Entrada en vigor: sudoku legal


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Todas las salas donde se representan espectáculos tienen su programación. Es lo suyo. Con la suficiente antelación, se organizan los estrenos, reestrenos, funciones benéficas o de temporada, que suelen ser previstos desde mucho tiempo antes y anunciados a bombo y platillo en los carteles y en la publicidad que tengan contratada en los medios de comunicación. Sería impensable que alguien acudiera al teatro sin saber qué función va a ver, que no es lo mismo ir a ver Dora la Exploradora que Cinco Horas con Mario, ni va destinada al mismo público. La necesaria previsión es tan necesaria que determina hasta dónde se encuentran los personajes, como les pasaba a aquellos viajeros en Si hoy es martes, esto es Bélgica. Y así debe de ser, salvo imponderables absolutamente excepcionales.

Y en nuestro teatro debería suceder otro tanto. Deberíamos saber a ciencia cierta cuándo una ley nos da la pauta para empezar a representarla. Y anunciarla debidamente en nuestros carteles publicitarios, que no son otros que el BOE y demás boletines oficiales. Y eso parecía ser lo que se hacía. Por eso precisamente la ley dice que las leyes entrarán en vigor a los veinte días de su publicación, salvo que en ellas se prevea otra cosa. O sea, una regla general y una excepción. Claro, clarísimo en apariencia ¿no?. Pues ahora resulta que no. Y que hay que volverse loco para saber cuando entran en vigor y cuál es su tiempo de vacatio legis y comenzar a hacer ese sudoku en que se ha convertido el calendario a la hora de contar los plazos y adivinar la ley aplicable. Que ya quisiera yo ver a Aramis Fuster en semjante trance.

Y es que algún duende maligno escondido entre las bambalinas de los Ministerios ha decidido expandir el polvo de sus travesuras. Y parece que mueve la naricilla, como hacía Samantha en Embrujada, y pone plazos a su antojo. Y nosotros, a volvernos locos.

Alguien me podría decir que eso ha pasado siempre, no digo yo que no. Pero parecía algo excepcional, pero hoy parece que la excepción se ha convertido en regla general y así no hay quien se aclare. Por eso, de un tiempo a esta parte, cuando miro el BOE –o su trasunto en twitter o en cualquier otra red o foro- me entran sudores fríos como si el mimísimo Freddy Kruger fuera a emerger de sus páginas y atravesarme con sus garras. Y el temor se vuelve pánico si miro el final y la recua de Disposiciones Finales, Adicionales y Transitorias. Leyes que reforman varias leyes y que tienen varios plazos de entrada en vigor, correcciones de errores de esas leyes que reforman otras leyes pero que no hacer referencia a su excepcional entrada en vigor, con los que, si se aplica la regla de los veinte días, serán de aplicación antes que la ley que corrigen. Y plazos para todos los gustos, desde el inmediato hasta el de varios años. Y ojo, que la cosa no es para tomársela a broma. Porque al establecer que algunas disposiciones entran en vigor el mismo día de su publicación, y publicarse por la mañana, resultaría que fueron aplicables antes de ser publicadas. Y, en cambio, hay otras que se publicaron y nunca entraron en vigor porque fueron reformadas o derogadas antes. O sea, un verdadero galimatías, que daría para protagonizar Este BOE es una ruina.

                Así que no queda otra O hincharse de tranquilizantes e hincar los codos o hacerse con un GPS legislativo que nos ayude a viajar por la legislación y a llegar a buen puerto. O ambas cosas.  Que tal como están las cosas lo de Aterriza como puedas será la función que acabaremos representando.

Así que ánimo. Que igual hay suerte y empiezan a derogar como locos, que nunca hay que perder la esperanza. Aunque compadezco a los pobres opositores, que para ellos rige la ley que estaba publicada cuando se convocó la oposición, lo que puede llevarles a situaciones tan absurdas como la de examinarse de leyes derogadas o de leyes que nunca hayan tenido vigencia.

Por eso hoy me espero para el aplauso. Y lo guardo para el que consiga acabar el sudoku. Aunque, eso sí, reservo una ovación especial al compañero que me prestó la idea. Gracias, Fernando.

Paciencia: de lo que hay que armarse


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Cuando la profesora de Fama, bastón en mano, decía a sus alumnos eso de que “la fama cuesta, y aquí el donde vais a empezar a pagarlo, con sudor”, ocultaba algo a aquello alevines de artistas que nos alegraban con sus piruetas, sus cánticos y sus interpretaciones. Muy aviesamente, no les decía que también tendrían que armarse de paciencia. Porque hacen falta toneladas de ella para esperar los resultados de uno y otro casting, para aguardar la llamada del productor, para saber cuándo y cómo se va a estrenar la obra, si se estrena, y hasta para ese momento memorable en que, por fin viene esa nominación al Oscar, al Goya, al Grammy o a lo que sea. Y también para luchar contra la decepción de que no venga nunca.

Pero si en algún sitio se necesitan dosis de paciencia en cantidades industriales, ése es nuestro gran teatro. Y, aunque, como la profesora de Fama, nos entrenan desde el principio, a veces hay que luchar como titanes para no perder la paciencia. Aun que sea la madre de todas las ciencias.

Por lo que ha de venir, nos someten a un entrenamiento de alto rendimiento, que empieza en la facultad. Esas esperas a que te llegue el turno para el examen, ese tiempo eterno que media entre éste y el momento en que la nota sale, no son sino el preludio de lo que llegará. Algo así como el cortometraje que precede a la película. Después, para los que elegimos esa carrera de obstáculos que es la oposición, llega un verdadero maratón, peor que el  de Danzad, danzad, malditos Esperar a que convoquen las oposiciones, a que el número de plazas sea mínimamente esperanzador, a conocer el resultado de la plantilla de respuestas, a saber la nota de corte, a la resolución de impugnaciones, a calcular la fecha del examen oral, a esperar dando vueltas a que salga el veredicto y, si la cosa no sale, vuelta a empezar. Un verdadero periplo que hace del santo Job un simple aficionado.

Y, cuando una cree que ha acabado la cosa, y que se pondrá la toga y se subirá a sus tacones y viviremos felices y comeremos perdices, pues va y no. Resulta que se tiene que armar de paciencia. Tanto que lo de El paciente inglés se queda en un cuento de hadas de los de las perdices ésa que nadie se come. Primero, empieza la espera del primer destino, y el cruce de dedos para que sea lo menos malo posible. Luego, la matraca de los concursos para ver si una se acerca al sitio anhelado, y puedo asegurar que las últimas experiencias al respecto han sido verdaderamente heroicas, al menos en cuanto a los fiscales se refiere, aunque en todas partes cuecen habas. Y así, hasta el infinito y más allá. Volviéndonos Del revés un día sí y otro también.

Pero eso no es todo. Porque luego tenemos el día a día para recordarnos aquello que la profesora de Fama nos ocultó: que necesitaríamos paciencia o tranquilizantes a granel. O ambos. Porque ¿cómo si no nos enfrentamos a la odisea de encender el ordenador y conseguir que funcione antes de que los hechos de los que tratamos hayan prescrito? ¿Cómo soportamos instalaciones tantas veces indignas? ¿Cómo nos enfrentamos a situaciones ciertamente injustas? ¿Cómo logramos no mandar a todos a determinado sitio nada agradable cuando nos torpedean con exigencias de estadísticas, protocolos e inutilidades varias? ¿cómo estiramos nuestro tiempo para hacer el trabajo de varios desde que un iluminado decidió suprimir los sustitutos o reducirlos a su mínima expresión? Pues eso. Echándonoslo a la espalda que nos acabará quedando como un cruce entre el Jorobado de Notre Dame y El jovencito Frankenstein. O peor.

Pero, como decían en los dibujos animados, No se vayan todavía, amigos, aún hay más. Porque en el Vivir cada día de nuestro gran teatro nos someten a pruebas que me recuerdan el Si lo sé no vengo que hace años hacían en televisión, o la prueba del Un Dos Tres, responda otra vez que permitía pasar a la subasta y arriesgarse a llevarse el coche o a la calabaza Ruperta. Y que, en ocasiones, andan más cerca de la aventura de Los Payasos de la tele que de otra cosa. Porque solo así se pueden concebir los saltos de obstáculos que hay que hacer para esquivar los expedientes en algunos juzgados, o esas citaciones para dos años vista porque no hay fecha libre antes. Esa si es paciencia y no la del santo bíblico. Por no hablar de cuando, tras la espera, ha ocurrido un imponderable y nos encontramos con una suspensión y vuelta a empezar. Teniendo, encima, que soportar con paciencia la justa indignación del justiciable que no entiende por qué esas cosas pasan, y arroja su ira sobre el pobre profesional que tiene cerca, sea abogado, funcionario, fiscal, juez o secretario, sin entender que no tiene culpa ninguna. Pero es que ya lo dice el refrán, el que espera, desespera.

Por eso hoy va el aplauso para todos los que siguen adelante pese a los inconvenientes del camino, para los que no desesperan, por desesperante que sea la espera. Y por la santa paciencia que tienen, a pesar de que la profesora de Fama no se la enseñara nunca.

Vacaciones: funciones de verano


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                Para el mundo del espectáculo, el verano no es sinónimo de vacaciones. Muy por el contrario de lo que sucede en general, los artistas reduplican su trabajo a base de bolos estivales. Y pobres de ellos si no les salen, que mala señal sería. Hasta las propias vacaciones son tema de su trabajo, si se tercia. ¿Quién no ha envidiado aquellas inolvidables Vacaciones en Roma?¿Quién no ha deseado estar Bajo el sol de la Toscana?¿O quién no se ha visto atrapado en unas vacaciones familiares como en 12 fuera de casa, que le hayan hecho desear que llegara De repente, el último verano?

                Y es que es cierto, las vacaciones están presentes en nuestras vidas pero no siempre en nuestros trabajos. Y en nuestra función, como en el mejor de los teatros, no cerramos por vacaciones. Incluso me atrevería a decir que damos funciones extra. Sin toga, pero con tacones. Faltaría más.

                Dice la más vetusta tradición legislativa que el mes de agosto será inhábil, salvo las actuaciones urgentes. Y que cabe además la posibilidad de habilitación. Cuenta una leyenda que una vez una juez recién salida de la Escuela Judicial decidió habilitar un día del mes de agosto y celebrar juicios, ya que se acababa de incorporar y quería poner al día su juzgado a toda costa. No se sabe qué fue de ella, pero un día desapareció sin dejar rastro. El suyo ha engrosado la lista de Misterios sin resolver, sin duda alguna, y se dice que Iker Jiménez sigue buscándola.

                Pero bromas aparte -¿o no?- lo bien cierto es que los tiempos en que el mes de agosto no se trabajaba o, quienes lo hacían, estaban casi en un balneario, pasó a mejor vida. Ahora, extinguidos casi por completo los sustitutos y multiplicado el trabajo por infinito, el período estival adquiere tintes de pesadilla. Momentos en que dan ganas de gritar a pleno pulmón eso de Dios mío, pero ¿qué te hemos hecho?, o ¿Qué he hecho yo para merecer esto?. Pero hay que mantener la calma, no nos queda otra.

                Y es que de una parte, está el conocido síndrome del fin del mundo, que nos ataca en los juzgados periódicamente cada  fin de año y cada verano. Este síndrome es objeto de estudio de los más reputados científicos que, de momento, no han dado con un remedio, aunque siguen haciendo esfuerzos para ello. Y consiste, ni más ni menos, que en la creencia de que el mundo se va a terminar y hay que dejar las mesas limpias a toda costa. Y claro, eso supone un viaje de expedientes de un juzgado a otro, de éste a fiscalía, de ahí a la Audiencia y vuelta a empezar. Lo importante parece ser deshacerse de ellos a cualquier precio. Con el efecto perverso de que todo tiene que hacerse para anteayer y las mesas acaban llenándose a espaldas del incauto que se ha ido de vacaciones, esperándole a su vuelta como quien espera el advenimiento divino.

                Pero eso no es todo. ¿Qué hacen, mientras tanto, los que se quedan? Pues ahí está la cosa. De un lado, reducidos al mínimo los sustitutos que tan buena labor hacían para estos menesteres, nos vemos obligados a duplicar, triplicar o cuadriplicar nuestro trabajo para poder disfrutar de las vacaciones cuando nos llegue el turno. Además, se acabó para muchos eso de coger un mes seguido, que hay que volver a cada guardia salvo pactos particulares con compañeros. Y hay que hacer los repartos de trabajo con la ayuda de un ingeniero de la NASA, porque no se llega a cubrir todos los servicios ni a apagar todos los fuegos. Es lo que hay.

                Y es que, aparte de los deberes de vacaciones que nos llevamos como los niños, este año hay que añadirlos deberes extra que nos ha puesto el legislador, empeñado en que nos dé un ataque de ansiedad cada vez que abrimos el BOE. Es como volver a los tiempos del Cuaderno de vacaciones Santillana, que tanto me hacía odiar a mi madre verano tras verano. Un verdadero Deja vu.

                Y luego está el clásico. Los delincuentes no descansan, ni nos dejan descansar. Y las actuaciones de la guardia siguen impertérritas por más que algún gracioso nos pregunte eso de ¿Y vosotros qué, en agosto cerrareis los Juzgados? Pues no señor, mira que lo he intentado por activa y por pasiva, pero por más que trato de explicar a los señores delincuentes que tienen derecho al descanso, que se tomen su mesecito de vacaciones y cometan sus fechorías en horas de oficina y días laborables, no hay manera. Incluso había pensado que se incluyera en el Estatuto de los Trabajadores, a ver si así colaba. Pero no lo diré muy alto, que ya sabemos que el legislador anda ojo avizor e igual le doy una idea y hace una nueva reforma. Y sólo nos faltaba eso.

                Así que hoy dedicaré el aplauso a todos los integrantes de este gran teatro. Porque todos, sin excepción ninguna, trabajaremos en vacaciones. En el escenario, en el turno que nos corresponda, o en casa, estudiándonos los guiones que los desalmados productores se empeñan en cambiar un día sí y otro también. Con nuestro cuaderno de vacaciones cortesía del legislador.

                A ver si al menos con el aplauso del público la cosa se hace más llevadera. Mientras, mis tacones y yo seguiremos aquí. Porque tampoco cerramos por vacaciones.

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Conciliación: asignatura pendiente


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                Aunque a veces no lo parezca, los artistas, como todos, también tienen una vida más allá de los focos y las bambalinas. Tienen padres, madres, hermanos, amigos, aficiones e incluso tienen hijos. Y esos hijos, también como todos, tienen sus necesidades, que van más allá de salir ideales de la muerte en la revista que toque, con cuadraditos en la cara o no. De algunos hemos seguido su vida y andanzas, y sabemos cuándo no querían comerse el pollo, o tenían ínfulas de modelo, de DJ, de cantante o hasta de presentadora de televisión, e incluso hemos visto cómo algunos descarriaban su camino y nos lo contaban previo paso por taquilla. De otros, con padres más discretos, apenas sabemos nada. Pero en cualquier caso, esos padres y madres han necesitado hacer encaje de bolillos para compaginar sus papeles en el espectáculo y su papel de madres o de padres. Aunque, en honor a la verdad, siempre más difícil para las madres, que a veces han tenido que ir a los rodajes con el rorro detrás y hasta darle el pecho entre toma y toma.

                Tampoco es fácil esto en nuestro gran teatro. También tenemos que hacer encaje de bolillos, y no precisamente para las puñetas de nuestra toga. Ser padre o madre es difícil siempre, pero cuando llega el tiempo en que los colegios echan el cierre y nosotros hemos de seguir dando representaciones, la cosa se pone casi heroica. Porque los delincuentes, sin ir más lejos, tienen la mala costumbre de hacer también su trabajo a cualquier hora, sea o no festivo, y ahí hemos de estar para recibirlos como se merecen. A pie de escenario.

                Algo hemos avanzado, no digo yo que no. Aunque seguimos representando un día tras otro eso de Mujeres al borde un ataque de nervios, ya casi pasó el tiempo de Papá está en viaje de negocios, aunque, en cuanto a hijos se refiere, Todo sobre mi madre siga siendo el estreno más visto. Lo de Papá canguro en muchos casos todavía queda más lejos de lo que nos gustaría. Aunque también ellos tienen, si se ponen, las mismas dificultades para conciliar, que aquí la cosa no es sencilla para nadie. A la espera estoy del próximo estreno de Tres togas y un biberón, que seguro que será un éxito de taquilla.

                Lo he contado otras veces. A mi primera hija casi la tuve en el camino en que mediaba entre la Audiencia y la Fiscalía, mientras, toga en ristre, corría sobre mis tacones para no llegar tarde a juicio. Llegué a pensar que nacería allí mismo, envuelta con mi toga, y no me quedaría otra que llamarle Raimunda, en honor al patrón de los juristas. Por suerte, fue una falsa alarma y tiene un bonito nombre. A la segunda la tuve nada más aterrizar desde Madrid, tras una reunión del Consejo Fiscal, y aún he de dar gracias que Iberia no sufriera retrasos ese día y naciera en tierra y no en pleno vuelo. Y por cierto, para responder a la pregunta qe todos me hacen cuando cuento esto, me dejaron volar con mi embarazo a cuestas, bajo mi responsabilidad. Que ahora más bien pienso que era irresponsabilidad, pero esa es otra historia. Pero ya se sabe que las mujeres aún no hemos superado esa especie de complejo que nos fuerza a convertirnos en Super Woman para que nadie piense que la maternidad nos impide hacer algo. Complejo que ya sería hora que nos sacudiéramos, dicho sea de paso.

                El caso es que los protagonistas de nuestro teatro lo tenemos difícil para eso de conciliar. Porque mal se concilia la reducción de jornada por lactancia, por ejemplo, si en el momento de salir se encuentra una sumida en mitad de un juicio, o haciendo una guardia. Sería de agradecer a los señores delincuentes que redujeran su horario a festivos y horas de oficina, pero, por más que se lo ruego, no tienen a bien hacerme caso. Aunque seguiré insistiendo, por si las moscas.

                Pero no todo se reduce a esos primeros tiempos de la vida de las criaturas. Van al colegio, hay que recogerlos, llevarles a extraescolares, ver sus funciones de fin de curso, llevarles al médico o atenderlos si están enfermos, y la cosa no siempre cuadra, Más bien casi nunca, si no fuera por esos benditos abuelos con que muchos contamos. Nuestra bala e la recámara, por suerte, que ya quisiera John Wayne balas así. Pensando en el ellos La Diligencia es mucho más que una película, porque su diligencia es nuestra salvación.

                Y si para nosotros es difícil, para aquellos de nuestros intérpretes que no cobran de la administración todavía lo es más, me consta. Y he visto abogadas o procuradoras corriendo como pollo sin cabeza para conseguir atender a sus retoños, porque ellas no gozan de esos cuatro mesecitos de maternidad que, aunque saben a poco, sí tenemos algunos –algunas, en la mayor parte de los casos-.

                Pero aún nos queda mucho camino por recorrer. Tanto hombres como mujeres. Porque la cosa no queda en las necesidades básicas. Y todos los días, cuando nos llevamos nuestros deberes a casa, en esa maletita de ruedas que ya mereció su propio estreno (Del attaché al trolley/), nos encontramos que hemos de ayudar a los niños con los suyos, y el tiempo no nos da de sí. Y menos aún para jugar con ellos, que no todo va a ser estudiar. Ni para ellos ni para nosotros.

                Así que hoy hay aplauso y abucheo a partes iguales. El aplauso, para todos y todas los que compaginamos vida togada con vida extratogada como si de una carrera de obstáculos se tratase. El abucheo, sin duda, para los que ponen tales obstáculos, y también para los que no hacen nada por quitarlos.

Estadísticas: cifras y letras


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                Ya hace algún tiempo que a todos parece encantarles hablar de estadísticas. Se hacen con todo, hasta con las cosas más peregrinas: a que tanto por ciento de hombres les gusta el doble de queso en su hamburguesa, cuantas mujeres prefieren los vestidos cerrados con botones o con cremallera, o los famosos uno de cada diez dentistas que recomiendan el chicle sin azúcar, aunque no sé de nadie que conozca a ese décimo dentista perverso que sigue empeñado en que tengamos caries. Y en el mundo del espectáculo lo sufren cada vez más. Todos conocemos la dictadura de las audiencias, los minutos de oro, y los programas que desaparecen de la parrilla porque su tanto por ciento de espectadores no ha conseguido superar a la comparecencia de la novia del primo que se lió con la tía segunda de una que salía en Gran Hermano 6 y que estaba dispuesta a contar las vergüenzas del primo, de la tía segunda y de la rutilante estrella del reality.

                ¿Y nosotros? Pues también nos vemos sumidos en esta vorágine, que en todas partes cuecen habas, y en mi casa a calderadas. Y así, jueces, fiscales y secretarios vivimos nuestros particulares momentos de pánico cuando una inspección, un alarde –palabreja que designa el testimonio que ha de dejar un juez que se va de un juzgado de su paso por éste- o ese momento del año, mes o trimestre en que puntualmente toca, nos obliga a perder horas tratando de que los numeritos cuadren. Y los numeritos, las más de las veces, se empeñan en no cuadrar, o en no cuadrarnos a nosotros, que además somos mayoritariamente de letras. Y por algo decían en mis tiempos aquello del que sabe, sabe, y el que no a letras. Y a lo mejor esto es una venganza de aquellos tiempos. O una broma de los dioses, por no decir de algún otro mandamás malintencionado o con ganas de dar trabajo, como si nos faltara.

                Me consta que en esto los Secretarios  -perdón, Letrados al servicio de la Administración de Justicia, o como se diga ahora- se llevan gran parte de esta pesadilla, que han de rellenar periódicamente todos los datos que tiene a bien pedirles. Pero a los demás no nos dejan tranquilos tampoco. Sé de buena tinta que los jueces, desde que les implantaron ese dichoso sistema de módulos, andan bien liados haciendo constar las sentencias, autos y resoluciones varias que dictan, teniendo en cuenta, además, que al ser perverso que ideó el sistema se le ocurrió dar distinto valor según tipo de procedimiento, modo en el que termina y mil variables más.

                Pero que nadie se crea que a los fiscales no nos toca. Que nos toca, y nos toca las narices, además. Y, por si alguien no lo sabe, todos los meses tenemos que rellenar un estupendo estadillo que da unas puntuaciones muchas veces absurdas a nuestro trabajo, que luego hemos de mandar para validar, cruzando los dedos para que no nos lo devuelvan por habernos equivocado al hacer las cuentas. Y ojo con no hacerlo, porque en ese momento te llega al correo un mensaje que, aunque parece amable en la forma, te amenaza con las penas del infierno como el dichoso estadillo no esté presentado.

                Así que con todo esto, perdemos un fabuloso tiempo que podríamos dedicar a perseguir a los malos o a ayudar a los buenos, haciendo palotes como cuando estábamos en el jardín de infancia, preescolar, educación infantil o como quiera que se llame ahora. Los tiempos de Barrio Sésamo, para entendernos. Lástima no haber hecho más caso en su día a Coco, y tal vez nos iría mejor. Aunque quizás esto era más nivel de Alicia Calixta la Lista, aquella niña pedantilla que habitaba el barrio, o de Susi Pelotilla, que se pasa de listilla. Pero lo que es seguro es que Gustavo, el reportero más dicharachero, hubiera sacado una buena crónica. ¿O no?.

                Pero seguro que a los sagaces lectores ya se les ha ocurrido la pregunta del millón. Que no es otra que ¿qué narices hacemos perdiendo nuestro tiempo cuando tenemos unos sistemas informáticos que registran todo lo que entra y sale, generalmente por duplicado, ya que a estos efectos fiscalía y juzgados no se hablan? Pues eso me gustaría saber a mí –y también a mi toga y mis tacones, por supuesto- y seguro que a la mayoría de mis compañeros, y de los compañeros de las carreras hermanas, primas y parientes varios. Pero mucho me temo que esta pregunta pasará a engrosar la lista de los grandes misterios de la humanidad, mucho más que las caras de Bélmez o el Triángulo de las Bermudas. El caso es que por estos lares parecemos empeñados en darle trabajo a Iker Jiménez y su Cuarto Milenio. Pero, eso sí, que se dé una vueltita y seguro que sus estadísticas de telespectadores aumentan. Y, al menos, las dichosas estadísticas servirán a alguien.

                Así que hoy no hay aplauso. Mis manos se quedan esperando a ese momento en que, apretando un botón, salga en la pantallita lo que hacemos y lo que no hacemos, que para eso se registra. ¿Ciencia ficción? Probablemente, pero yo no pierdo la esperanza. Ingenua que es una. Y es que si en Hacienda pueden hacerlo, nosotros también deberíamos poder, que ya nos decían en el anuncio eso de “Hacienda somos todos”. Y todos somos todos, hasta Coco lo sabe.

Notarios: justicia sin toga


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Los grandes artistas suelen ver como sus camerinos se llenan de flores de sus admiradores, y, lo que es mejor, como al final de su representación, si lo merecen, además del aplauso del público, alguien sale al escenario con una inmenso ramo.

Pues bien, mi toga, mis tacones y yo estamos disfrutando del aroma de las más exquisitas orquídeas y las más refinadas rosas que desprende este ramo que en forma de post nos ha regalado Francisco Rosales, mi notario de referencia.

Corro a por un jarrón a ponerlas que, en este escenario virtual, corresponde a colgarlo en un sitio preferente para que todo el mudo pueda disfrutas de sus colores y de su fragancia. Para que luego digan que las redes sociales no son buenas…

Y por supuesto, con el guante que me arroja bien agarrado, que lo he pillado al vuelo, y no quiero acabar como Gilda por culpa del suyo

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En el gran teatro de la justicia hay todo tipo de actores y de escenarios posibles, hay guiones buenos y malos; pero no me cabe la más mínima duda que para el gran público, para ese ciudadano de a pié, que probablemente ni lea este blog, el guión es más aburrido que 2001 una odisea del espacio, que es una película que confieso que tiene valor doble (pues la vi al mismo tiempo por primera y última vez).

Entra ahora en el teatro (si le dejan) uno de los personajes más aburridos y tediosos que existen para el ciudadano, el Notario.

Muchos de los actores de ese gran teatro ven al Notario como: una mezcla de actores del método Stanislavski, y esos actores que acuden a las performances modernas cuyo mayor valor cultural es el de hacer un teatro sin escenario, sin atrezzo, y sin más calidad cultural que la de sacar un montón de personas en pelotas (pues tenemos la poca vergüenza de no ponernos togas -lo cual en verano no se si causa más envidia que indignación-.

Nosotros no vamos si quiera al juzgado, de hecho en diecisiete años de ejercicio profesional, sólo en dos ocasiones me han llamado como testigo; sin embargo los notarios somos los principales enemigos de esos juzgados (aunque no os equivoquéis, los principales enemigos son los que trabajan en los juzgados, pues día a día en el juzgado ven las grandezas y miserias -más las últimas- del ser humano, y créame que eso no le gusta a nadie).

Hace poco tomando café con uno de los jueces de mi pueblo, le comentaba que mi trabajo consistía en que él no tuviera trabajo; pues conocida es la frase que dice «puerta de Notaría abierta, juzgado cerrado», ambos éramos sobradamente conscientes del significado de esas palabras.

El derecho se asemeja mucho a la medicina; pues la medicina trata de resolver los problemas del cuerpo y del alma, y el derecho los problemas de la sociedad.

Todos hemos oído hablar que «más vale prevenir que curar», sin embargo también sabemos que, antes o después, iremos al médico y que nuestros días están contados.

Si vamos al Notario obtendremos seguridad de que lo que estamos haciendo es correcto, de que ningún virus extraño entrará en nuestras vidas y que probablemente nos ahorraremos tener que ir al gran teatro de la justicia, que es un teatro al que ningún ciudadano cabal quiere acudir (pues pocos son los que disfrutan disputando con otro).

Dicho de otra manera, los Notarios somos ese médico preventivo; sin embargo somos conscientes de que tratamos simplemente de retrasar lo inevitable, pues igual que el cuerpo humano es limitado y antes o después cae enfermo; la sociedad siempre tiene conflictos, antes o después estallan, y entonces es cuando el escenario cambia, ese médico que visita a domicilio, que es el Notario oyendo y asesorando a las partes, se ve sustituido por el hospital de la justicia, donde las batas blancas se ven sustituidas por togas negras

Sin embargo, no creo que sea importante hablar de mi, ni de mi profesión (quizá porque soy consciente de lo poco que importa).

¿Y cómo se llevan los actores de ese teatro?

La relación entre Notarios y Administración de Justicia, tiene los mismos defectos que la relación que entre si tienen todos los actores de ese gran teatro. Efectivamente, como en todo teatro que se preste, están los grandes divos, y hay rencillas porque tal o cual papel se lo han encargado a María José Cantudo o a Estela Reynolds, y por tanto, de una u otra manera todos tratan de defender su papel en la escena, mirando de forma esquiva al rival (cuando en realidad ese al que consideramos rival, no es sino un compañero de reparto).

Me duele profundamente que en el fondo ese divismo casposo, propio de las películas de baja calidad, también exista en el teatro de la justicia.

Ni Jueces, ni Fiscales, ni Abogados, ni Notarios, ni ninguno de los demás actores de ese teatro, somos absolutamente nadie, sólo hay dos cosas importantes: el guión y el público.

Cada uno tiene su papel, no es ni más ni menos importante; nadie vería adivina quien viene a cenar esta noche, si el gran juez Spencer Tracy, no tuviera un abogado defensor como Katherine Hepburn (supongo que los Notarios entramos en esa familia acomodada de la justicia como Sidney Poitier).

Veo muchas manos negras en ese teatro de la justicia, veo muchas rencillas; sin embargo, en el fondo, todo es miedo e ignorancia.

Tenemos miedo a perder nuestros papeles en el guión, creemos que si algún otro actor obtiene un nuevo papel, es porque seguramente está empezando el ocaso de nuestras carreras y que la otrora bella actriz juvenil por la que porfiaban todos los directores, pasa a ser una vieja decrépita que llora por un cameo.

Somos conscientes de nuestras limitaciones, de lo amplio del reparto y sobre todo de lo largo del guión (digamos que el conjunto de leyes que hay hoy en día es más largo y aburrido que Titanic -yo hubiera puesto Australia, pero sería censurado por la dueña del blog-) somos consciente de que es imposible abarcar todas las leyes, y nuestras propias limitaciones nos hacen recelar de los actores del reparto, cuando en realidad ellos lo que vienen es a darnos el respiro que necesitamos cuando se nos olvida el papel, o resulta que no estamos en la película adecuada.

Ya no hay cine mudo, no es en blanco y negro, y el cine ha evolucionado hasta el punto que incluso hay películas como Avatar en la que todo son dibujos animados (pero en la que todos reconocemos a la impar Sigourney Weaver).

Show must go on, lo importante no son los actores, lo importante es el espectáculo (en definitiva el ciudadano), pero en ese espectáculo un actor de calidad, puede cambiar de papel y de registro sin ningún problema, simplemente tiene que evolucionar, pero sobre todo tiene que interactuar con los demás actores de reparto, o tendremos la típica película cuyo único valor será la aparición de alguna rutilante estrella pero que será un fracaso de taquilla (y en nuestro oficio los fracasos de taquilla son vidas arruinadas de ciudadanos que ven rotas sus legítimas expectativas)

¿Pero de qué película habla este hombre?

Quisiera terminar este post lanzando un guante a la dueña del blog, que espero sea recogido con el mismo cariño con el que se envía.

A lo largo de un año, y gracias a este blog he ido descubriendo los personajes del gran teatro de la justicia, los he ido admirando, respetando, y he aprendido a valorar su trabajo y su papel en el guión; digamos que por primera vez en mi vida he ido leyendo todos y cada uno de esos rótulos iniciales de las películas que identifican a los actores, productores, guionistas, maquilladors etc.

Ahora me gustaría ver la película, quiero paladear las muchas y muchas representaciones de los muchos guiones que se representan en ese teatro (y en otros como los despachos de otros que colaboramos en que ese teatro funcione como un reloj, y a la hora de abrir el telón todo esté en su sitio).

Quiero disfrutar del genio particular de la autora de este blog, analizando problemas y resolviendo cuestiones jurídicas; acercando con palabras sencillas y agradables al ciudadano los complejos conceptos del mundo del derecho.

¿Por qué? pues porque entonces habré convertido a mi fiscal en una Notario cibernética, dado que lo que estará logrando es lo que día a día tratamos de conseguir los Notarios, y es que al juzgado sólo se vaya de visita cultural y no porque tengamos un problema.

Cumpleaños: un año de toga y tacones


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                Cuando, hace ya un añito, decidí dar comienzo a la función en este gran teatro de la justicia lo hice casi como un juego. Hacía tiempo que acariciaba la idea de tener mi propio espacio para dar mi particular visión de este mundo en el que habito, una visión que nos acercara a la gente y sirviera para descartar esa concepción que existe de la justicia como algo sacrosanto, lejano y más bien casposo. No sé si lo estaré consiguiendo, pero ahí sigo, que a cabezota no me gana nadie.

                El caso es que la idea me vino a la cabeza al informar en un juicio de jurado. Se me ocurrió explicar a los miembros del jurado cómo funcionábamos comparándonos con una representación teatral, y parece que la cosa funcionaba… y hasta gustaba. Así que me puse manos a la obra y decidí convertirlo en mi propio proyecto. Y, como era mío, me asigné la misión de dirigir esta función, sin casting ni nada, a ver qué opinaba el público. No obstante, reconozco que he hecho trampa: tan pronto asumo esa función de directora como me convierto en la voz en off, o me meto en la piel de alguno de los personajes, fundamentalmente el que interpreto con más frecuencia, el de fiscal, aunque también soy ciudadana, público, o me puedo convertir en testigo, víctima o crítico si me viene en gana. Pero bueno, como de espectáculo se trata, más que trampa sería una licencia artística, o un recurso escénico. O sea, lo que viene a ser “porque yo lo valgo”.

                A lo largo de este año hemos asistido ya a más de 100 representaciones, por las que han pasado la mayoría de los protagonistas: jueces, fiscales, secretarios judiciales , médicos forenses , funcionarios, médicos forenses, abogados, procuradores, iintérpretes, peritos, abogados del estado, sustitutos, periodistas y todos los que asumen un papel en nuestra función por razón de su profesión. Hasta el Ministro ha pasado por ella. Y, como no podía ser de otro modo, también han desfilado ante nuestro escenario muchos personajes cuya intervención no tiene que ver con su profesión, sino con su condición de ciudadano, precisamente, porque la justicia es de todos y no el patrimonio exclusivo de quienes, mal que bien, nos ganamos la vida con ella. La gente que vive del delito, como me dijeron una vez. Y ahí están, además del ciudadano, el público o la sociedad sociedad protagonistas tan importantes como el imputado, que ya hasta su nombre ha perdido en este tiempo, las víctimas víctimas los testigos o el jurado

                Y, en las representaciones, también han querido aparecer otros personajes que no se ven pero se sienten. Y vaya si sienten. Como el caso de la ilusión ilusión, el tiempo tiempo, la solidaridad solidaridad o el compañerismo Y se han lucido mucho, por cierto.

                Hemos recorrido los diversos escenarios donde se desarrolla nuestra función, desde las más glamurosas salas de vistas hasta esos inquietantes calabozos que una nunca se acaba de acostumbrar del todo a visitar , pasando por el juzgado de guardia o los despachos, por descontado, o las visitas al exterior, sean a instituciones,  cursos o de cualquier otro modo.

                Y subida en mis tacones tacones y armada y pertrechada con mi toga, esa capa maravillosa, puñetas incluídas, he podido conducir a quien tuviera a bien seguirme hasta los distintos tipos de actuación que tenemos, como si fuera Campanilla, y llevara a Peter Pan y sus amigos al Reino de Nunca Jamás. Y, juntos, nos hemos adentrado en diferentes órganos como los Juzgados de Instrucción, los de Violencia de Género, los procesos electorales, los Juzgados de Familia, el Registro CivilExtranjería y hasta hemos visto la ejecución y los recursos. Incluso nos ha dado tiempo a decir adiós a los juicios de faltas, que tanto tiempo nos han acompañado y que han sido reemplazados por los levitos, aunque no sabemos si darán tanto juego. Hasta con el juicio final nos hemos atrevido (https://conmitogaymistacones.com/2015/02/03/el-juicio-final-como-seria/), que no se diga. Y lo que nos queda por ver, que nadie se piense que la función ha terminado, que nos queda cuerda para rato. Que aquí se cumple a machamartillo eso de que el espectáculo debe continuar. Show must go on.

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                Pero he de reconocer que como directora también he dejado salir a la niña protestona que llevo dentro, y no he dejado de quejarme de la precariedad con la que trabajamos –más bien diría cutrez-. Y sí, me he despachado a gusto con los medios materiales), la informática, las carpetas, etiquetas y hasta los pósit. Y tantas y tantas cosas. Y lo que te rondaré, morena, que decía la copla, me temo. Pero ahí seguiremos, dando la lata con nuestros ordenadores del Pleistoceno, entre cuño y cuño. Si las montañas de papel nos dejan, claro. Y mientras el público quiera. O mejor, mientras quienes hayan de poner mejores medios no lo hagan, y sigan mereciéndose que les arrojemos tomates virtuales. Y hasta reales, llegado el caso.

                Ha sido un año muy intenso. Hemos tenido que soportar la locura del legislador, que ha pisado el acelerador de las reformas y nos está friendo vivos a costa de revisar y estudiar estudiar Y no solo a quienes ya tenemos papel en la función, vaya que no. También a todos esos estudiantes de Facultad, alumnos en prácticas y sobre todo opositores opositores, el ser más sufrido del mundo, que solo puede estar seguro que siempre le quedará Pacicos de mi vida, además de sus preparadores, claro, y sus abnegadas familias familias. Así que aprovecho para decirles lo que les digo siempre, que les esperamos al otro lado, que aquí sigue faltando mucha gente. Que solo tienen que cruzar el Rubicón de ese examen sin que les invada el pánico y antes de que lo piensen, se enfrentarán a su primer destino. Y que el esfuerzo vale la pena.

                Juntos hemos celebrado muchos de esos días temáticos que nos invitan a reflexionar, como el Día de la Mujer, el de la violencia de género, el de la Justicia Gratuita, el del trabajador trabajador, el del libro y varios más. Incluso el Día de los Inocentes Y nos hemos ido de vacaciones de Navidad, de Fallas, o de permiso Y hasta hemos echado un sueñecito cuando tocaba. También enviamos nuestra carta a los Reyes, como los niños, con toda la ilusión, aunque a día de hoy veo que no nos han traído la mayor parte de cosas que pedimos. Pero no perdamos la esperanza, que nunca se sabe. Yo aún miro mi armario a diario esperando que hayan llegado la varita mágica y la bola de cristal que me hacen falta.

                Y, entre visita y visita, hemos tenido momentos divertidos, y momentos tristes. Como la vida misma. Y hemos hecho guiños a la comedia, repasando esas leyendas urbanas con que mucha gente nos identifica (mitos y juicios y mitos y justicia) y que tan poco se parecen a nosotros mismos. Pero también momentos duros, como el adiós a personas importantes (Soledad Cazorla y Angel Illescas) que nos han dejado inesperadamente.

                Como decía, ha sido un año intenso. Pero que nadie se haga ilusiones, que mi toga, mis tacones y yo misma pensamos seguir ahí, representando nuestras dos funciones semanales y sus correspondientes reestrenos en sesión continua. Que si Ana Rosa o Jorge Javier pueden, yo no voy a ser menos. Faltaría más.

                Así que hoy el aplauso ha de ser especial, especialísimo, porque especial es el día. Un año de vida, más de 100 estrenos y cerca de 100.000 visitas y una fanpage de 2400 seguidores (Con Mi Toga Y Mis Tacones) no son cualquier cosa. Por eso hoy os pido que permanezcáis sentados en vuestra butacas. Y dejad que sea yo quien, con mi toga y mis tacones, os dé la más fuerte de las ovaciones a todos y cada uno de los que habéis entrado en este teatro. Porque la función no es posible sin el público.

Lenguaje: hacerse comprender


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                Cada profesión tiene su propia jerga. Una suerte de lenguaje que solo entienden los iniciados y que marca la diferencia entre los que son y los que no son. Palabras técnicas algunas, y otras pertenecientes al argot, que simplemente cambian su significado empleadas en el contexto de ese ámbito. Del teatro, casi todos conocemos eso de “desear mucha mierda” o el “que te rompas una pierna” en vez de desear suerte, como el resto de los mortales.

                Y si eso es así en la farándula, estoy segura de que en nuestro escenario ganamos por goleada. Manejamos un montón de conceptos y expresiones jurídicas, muchas ellas venidas del latín (lLatinajos: ¿erudición o pedantería?) que a veces hacen francamente incomprensible cualquier conversación a aquellos que no formen parte de la secta de los togados, y todavía más de la logia de los puñeteros. Y a veces olvidamos que lo que es de recibo entre los iniciados, es inconveniente entre quienes no lo son. Porque, como sabemos, nuestro público es la sociedad, y ésa ni sabe Derecho ni debe saberlo.

                Que la justicia emana del pueblo es algo que sabemos todos, que no en vano lo dice nada menos que nuestra Constitución. Pero, como decía, hay veces que olvidamos que es el pueblo su destinatario, y que mal puede entenderla si no entiende nuestro lenguaje, sea el empleado en las sentencias y dictámenes, o sea el usado en el juicio oral que, como también dice la Constitución, es público. Y muchas veces, se encuentran con unos galimatías que ni siquiera a los iniciados nos resultan fáciles de entender.

                Pero la pedantería no es patrimonio de la logia de los puñeteros, vaya que no. Dentro de la secta de los togados, también los Letrados caen en ello. Y, muchas veces con el deseo de impresionar a sus clientes, los impresionan tanto que creen que están oyendo a su abogado en un idioma más próximo al swuajilii que al español castizo –o a la correspondiente lengua cooficial, que nadie se me enfade-. Con diferentes resultados, eso sí. A algunos clientes hasta les gusta, como aquel que decía de su abogado que debía ser muy bueno, porque no había entendido ni una palabra de lo que dijo en su horita y media de informe. A otros, sin embargo, les desconcierta, como al que tuvo una amiga mía que acabó enfadadísimo con ella porque hasta el juez había visto que no lo hacía bien, y la había llamado “impertinente”. Y, por más que se esforzó en explicarle que lo que era impertinente era la pregunta, no hubo quien le bajara del burro. U otro que, atendido por una letrada de oficio que intentaba explicarle lo que más le convenía, preguntó delante de todos: “¿Y cuando me traen a un abogado de verdad?”

                Pero claro, hay clientes y clientes, que de todo hay en el justiciable. Y entre éstos, los hay que se creen en posesión de la verdad universal, y de la verdad jurídica en particular. Y no se cortan un pelo a la hora de aconsejar al propio letrado y hasta al juez o al fiscal llegado el caso. Y algunos, con su propia interpretación del lenguaje jurídico. Y entonces –¿o debería decir “a la sazón”?-, nos dicen muy serios que van a repelar la sentencia, porque su señoría lustrosísima se ha equivocado, que ya les dijo el vecino de su prima Mari Puri que eso era lo que había que hacer. Y mientras tanto, lo que tienen que ponerles es un auto de escarmiento, que de eso el vecino de Mari Puri también sabe un rato largo. Y ojito con lo que hacemos, no nos vayan a poner un corpus cristi, que eso se lo contó Francisquito el secretario, que no había manera de explicar que el secretario en cuestión se llamaba Antonio y en el papel lo que ponía era “el infrascrito”. Pero claro, doctores tiene la Iglesia.

                Y es que de aquellos polvos, estos lodos. Si no hablamos en un lenguaje comprensible, no se nos comprende. Y se nos reinterpreta al gusto del consumidor. Y, como me dijeron una vez, tenía que hacer preguntas sugerentes y cadenciosas, curiosa lectura de la prohibición de preguntas sugestivas o capciosas de las que habla la ley.

                Eso sí, otra cosa es lo que hablemos entre nosotros. Y ahí, además del lenguaje técnico, tenemos nuestro propio argot. Cuentan que hubo un tiempo en que se hacían PELOS, que era como se llamaba al procedimiento urgente de la ley que precedió a la del actual procedimiento abreviado, PALO para los amigos. Y hasta hace apenas unos días, íbamos a juicios de flautas, aunque a partir de ahora estamos yendo a los levitos (juicios de faltas, adiós pequeños, adiós) o, si se quiere, delititos. También decimos tranquilamente que nos vamos a sala a hacer una media pena, refiriéndonos a las prórrogas de prisión preventiva de aquellos condenados cuya sentencia pende de un recurso. Y en cuanto a las penas, todos sabemos lo que es la pena de banquillo o el traje a medida. Aunque esa es otra historia que ya revelaré en su momento. O tal vez no, que en el teatro siempre conviene mantener la intriga.

                De todos modos, agucemos nuestro ingenio, porque al ritmo desenfrenado que va el legislador, tendremos que seguir inventando nombres para todas aquellas cosas que se le ocurran. O, como sugiere mi compañero José María, cantar, a ritmo de merengue, eso de “Suavemente, derógame…” o el más movidito “Derógame otra vez..”, mientras sacudimos nuestras togas con donaire sin igual.

                Pero mientras tanto, cuidemos nuestro lenguaje. Y cuidarlo no es hacerlo tan alambicado que nadie lo entienda sino hacerlo tan comprensible que lo entienda todo el mundo. Porque de nada sirve servir al ciudadano si se habla en términos que éste no entienda ni tenga obligación alguna de hacerlo.

                Así que ahí va el aplauso de hoy. Para todos los que, teniendo el conocimiento que pocos tienen, lo hacen comprensible para todos. Porque la justicia es de todos y así debe ser siempre.

Justicia gratuita: derecho a los derechos


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                A la mayoría de personas les gusta el teatro. Unos géneros más y otros menos, pero todos hemos disfrutado de una buena película o una buena representación teatral. Pero hay algo más. Todos hemos aprendido, y aprendemos, de lo que vemos en el escenario. Y es que es cultura. Y la cultura es un bien al que debemos poder acceder todos. De ahí que, para aquellos que no pueden costearse la entrada, haya funciones gratuitas, y de ahí también las subvenciones que los artistas reciben, para poder realizar su labor. Aunque algunos no lo entiendan.

                En nuestro teatro pasa algo parecido. También la justicia, como la cultura, es un bien universal, al que todas las personas deben tener derecho. Que no lo digo yo, lo dice la Constitución, con eso de que la justicia emana del pueblo. Ya dije en su día que si la justicia era del pueblo, difícilmente se debería hacer pagar por acceder a ello, como ocurría con las malhadadas tasas (Tasas, el precio de la justicia.), ya reducidas, por fortuna, aunque no del todo eliminadas, como algunos quieren hacernos creer. Por poner solo un ejemplo, cualquier ONG debe seguir pagándolas, por más que sus fines sean los más loables del mundo. Pero ésa es otra historia…

                Y en nuestro teatro no siempre podemos entrar directamente en la función, sin más ni más. Al igual que en el teatro se necesita pasar por una taquilla –real o virtual-, ser recibido por un portero que controla la entrada, y encontrar el sitio con un acomodador, nuestra función también tiene sus perendengues. Y, en la mayoría de los casos, nadie puede ejercitar sus derechos, o defenderse de aquello que le reclaman, sin la concurrencia de unos profesionales: el abogado y el procurador. Profesionales pero seres humanos al fin y al cabo que, como tales, tienen la mala costumbre de comer, ir al médico, llevar a sus hijos al colegio y mil cosas más. Caprichosos que son, vaya. Así que han de cobrar por su trabajo, por extraño que pueda parecer.

                Y ¿qué pasa cuando esa persona que reclama sus derechos o ha de defenderse no tiene para pagarles? ¿Acaso se va a quedar sin función? Pues claro que no. Eso es algo que no podemos consentir, y de ahí la existencia de esa institución llamada justicia gratuita, muy relacionada con el turno de oficio, que ya tuvo su propio estreno (Turno de oficio, bomberos del Derecho) pero que no es exactamente lo mismo.

                La justicia gratuita es la obligación que tiene el estado de costear a estos profesionales a quienes acreditan insuficiencia de medios para litigar. Y obsérvese que hablo de obligación del Estado, y no de facultad. Porque no es una concesión graciosa, sino un derecho exigible. Y así lo debemos entender. Los ciudadanos somos los espectadores que reclamamos nuestra asistencia a la función, porque es una función de la que somos parte.

                Aunque muchos lo vendan de ese modo, la justicia gratuita no es una justicia low cost. Los abogados que atienden a sus clientes porque les corresponde por turno no son peores que los que cobran un pastizal. Es más, a veces so los mismos. Aunque corra el rumor de que si alguien no se gasta un dineral en un abogado no tendrá una buena defensa o representación. Y bien que he oído a varios potenciales clientes indignados porque quieren un abogado de pago, o un abogado “de verdad” –lo he oído más de una vez, o se quejan porque su letrado es de rebajas y el otro es de alta costura. Aunque muchas veces resulta que la ropa del mercadillo queda más apañada que la de Dior si la modista sabe sacarle partido o la percha la luce con donaire. Cosas de la vida.

                Siempre recuerdo un episodio que debió influirme más de lo que pensé en ese momento. Mi padre, abogado de vocación -al que dediqué mi post Abogados, estaba en casa viendo conmigo una serie de televisión llamada La huella del Crimen. El ya era mayor, y yo una niña, y asistíamos -esquivando los fatídicos dos rombos- ante ese televisor sin mando a distancia y con solo dos canales al capítulo llamado La Envenenadora de Valencia, la última mujer ajusticiada a garrote vil en España. A mí aquello me parecía algo muy lejano, pero mi padre lo acercó contándome que él en aquel entonces era pasante del letrado que defendía el caso. Y me dijo que aquel abogado se hizo cargo de la defensa de esa mujer, que no tenía donde caerse muerta -textual- porque estaba apuntado a una cosa llamada turno grave y amaba su oficio en general y el derecho penal en particular. Y que hasta la más terrible asesina tenía derecho a un juicio justo. Creo que aquello me marcó para siempre. Y, muchos años después, tuve la oportunidad de vivir una maravillosa segunda parte de aquella triste historia. Pero eso lo dejo para otro estreno, que la función debe mantener la intriga.

                Así que hoy sí hay aplauso, vaya sí lo hay. Y ovación y vuelta al ruedo para todos los que día a día hacen posible el derecho de todos a ejercitar sus derechos. Como hacía mi padre. Pero también hay abucheos y lluvia de tomates. Precisamente, para quienes se lo ponen difícil, que a buen entendedor… A cada uno lo suyo. Como es de justicia.

Pánico escénico: togas que tiemblan


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Todos hemos oído hablar alguna vez del pánico escénico. Algunos, inlcuso lo hemos podido ver alguna vez en algún escenario, más bien amateur que profesional. Pero en todas partes cuecen habas, y no hace mucho una famosa cantante se veía obligada a tomarse un descanso por haber sufrido semejante mal. ¿Y quien no ha vivido, como espectador o hasta como intérprete, esas funciones del colegio donde algún niño se queda literalmente petrificado en mitad del escenario, o sale corriendo en busca de su mami? Y es que el pánico escénico es lo que tiene.

Y en nuestro escenario se vive esto también de una manera intensa. Todos los hemos padecido, reconozcámoslo o no, y son variados los momentos en que ocurre. Así que, como me dispongo a revivirlos, preparémonos para esa película de terror, esa Pesadilla en Justicia Street que todos hemos vivido alguna vez.

El pánico escénico es un enemigo traidor. A algunos se empeña en acompañarlos muchas veces, y para otros aparece de repente, cuando nadie de lo espera. Pero siempre está ahí, agazapado, esperando a atraparnos entre sus garras. Las primeras veces que lo vemos emerger se retrotraen a los tiempos de estudiante. Las facultades de Derecho tienen la costumbre –muy razonable, por cierto- de agasajar a sus inquilinos con profusión de exámenes orales, y eso a veces te mete un susto en el cuerpo de los que hacen historia. ¿Quién no se ha quedado alguna vez paralizado, sintiendo cómo esos artículos del Código Civil o de la Ley de Procedimiento Administrativo que se sabía al dedillo se quedan paralizados en algún punto inexpugnable entre su estómago y su glotis y se niegan a salir al exterior en forma de palabras? ¿Quién no ha notado que se había instalado en su garganta un estropajo empeñado en absorber todo lo que una estaba dispuesta a decir? ¿Quién no ha vivido esa pesadilla en la que, en el momento del examen, un bromista malintencionado ha usado una goma de borrar con nuestro cerebro y lo ha dejado en blanco? Y lo pero, cuando una sale de allí con su frustración a cuestas, de pronto, los conocimientos salen de su escondite, el estropajo desparece o la goma de borrar se volatiliza. Pero ya no vale…

Pero, si en algún momento el pánico adquiere dimensiones mostruosas, es en el examen de oposición. Es como si al Gremlin peludito y simpático le hubiera caído encima el diluvio universal y se hubiera tornado el Gremlin malo pero en tamaño Godzilla. Y aparece un King Kong enfurecido dispuesto a aplastar nuestras aspiraciones como aplastaba edificios. Y nosotros más indefensos que la pobre rubia en lo alto del Empire State. Recuerdo que, el día en que estaba convocada para examinarme, empecé a destilar agua de modo descontrolado por los ojos y la nariz, sin que nadie haya encontrado aún una explicación médica razonable. Por suerte, me examiné al día siguiente, cuando ya el Dr. Jenkill había desplazado a Mr. Hyde. Pero he visto en ese trance a gente con verdaderos ataques de histeria que no lo han conseguido. Y es que es un enemigo tan fuerte a veces como los más de trescientos temas del temario.

Pero ahí no acaba la cosa. Y, cuando una cree –con oposición o sin ella- que, arriba de sus tacones y con flamante toga cual capa de Superman (togas, capas de superhéroe) puede comerse al mundo, resulta que el bichito reaparece. Y la sola visión de la Sala convierte el espectáculo en El Diablo viste de toga, y empieza un temblequeo que ríase usted del Terremoto de San Francisco. Y es que informar en sala no resulta fácil, al menos al principio. Y como el más tradicional de los actores, las mariposas revolotean en el estómago y una cree que no va a poder. Pero al final puede, vaya que sí, que no en balde es una superheroína con toga y tacones.

Y, como las epidemias, se expande y va hacia otros sitios. Como el temible virus de Contagio. E impide que gente valiosísima se decida a dar charlas o clases en la facultad o en otros foros, por temor a no estar a la altura. Sin percatarse que a veces no son otra cosa que maricomplejines que hay que sacudirse de encima como Terminator se sacudía a los enemigos. No solo por nosotros mismos, sino porque es una pena no compartir la experiencia y los conocimientos con aquellos que están empezando. Y aún diría más. En algunos casos, es hasta un acto de egoísmo, porque es casi una obligación transmitir a otros todo aquello que pueda hacer mejor nuestra Justicia. Y ya nos decían en el colegio aquello de que era un acto de misericordia “enseñar al que no sabe” o esa mantra que repiten a los niños que no quieren dejar su juguete, “compartir es vivir”

Así que adelante. ¿Quién dijo miedo? Las tablas del escenario nos están esperando. Con un público dispuesto a aplaudir a rabiar. ¿Vamos a defraudarlo?