Acerca de gisbertsusana

Fiscal con vocación de artista. Me tomo la vida con mucho humor y siempre subida en mis tacones.

#historiasdeanimales : Paseos


perros parque

Paseos

Cada día se encontraban en el parque, paseando a sus perritos. Ellos apenas hablaban, solo intercambiaban un saludo y bajaban la cabeza. Los perros, en cambio, trotaban y brincaban sin parar, daban carreras, meneaban el rabo, ladraban y daban volantines descontrolados. No se separaban uno del otro. Ni los perros, ni los amos.

Pero mientras los animales eran espontáneos y disfrutaban de su mutua compañía, mostrando al mundo lo felices que eran juntos, los humanos solo se miraban de reojo para devolver sus ojos al suelo sin pronunciar palabra más allá de un monosílabo.

Sin embargo, ellos también eran felices. Era el único modo de estar juntos y aquellos ratos eran oro puro. El tiempo que pasaron en prisión, después de que alguien les denunciara por “invertidos” fue suficiente para aprender que nunca estarían más juntos más que en esos momentos robados mientras paseaban a sus perros.

Lord y King lo sabían. Por eso instaban con tanta frecuencia a sus amos a salir para cumplir con unas necesidades fisiológicas inexistentes. Ellos eran libres, pero sabían que sus amos solo podían tener un poco de esa libertad unida a las cadenas con las que los sacaban a la calle.

Era el cuento que siempre me contaba mi tío abuelo Germán. La primera vez lo hizo para convencer a mi madre, su sobrina, de que me dejara quedarme con aquel perrillo que había recogido en la calle. Decía que los perros siempre dan mucho más de lo que reciben, y contaba ese cuento que se había inventado. Era un maravilloso contador de cuentos.

Hoy he sacado el cuento a relucir, y se lo cuento a mi nieto, que no consigue que su madre transija con tener un perro. Sé que con el cuento lo logrará, mi hija no se resistirá como no se resistió en su día mi madre. Eso sí, le oculto lo que yo solo supe mucho tiempo después. Que Lord y King existieron, y que están enterrados junto a las tumbas de dos hombres. Uno de ellos es mi tío abuelo Germán

 

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Suicidio: un gran desconocido


suicidio

Si hay un tema tabú, ese es, sin duda, el suicidio. El hecho de quitarse la vida, sus motivos y consecuencias son algo de lo que se haba en voz baja salvo, quizás, en el mundo del cine y la literatura. Ahí el suicidio sale de sus estrechos márgenes de silencio y miedo y se nos muestra en toda su crudeza en momentos tan recordados como los que vimos en Oficial y caballero o El club de los poetas muertos. El suicidio en sí es el propio título, el leit motiv de películas y el modo de morir de más de un artista también. E, incluso, el tema del suicidio ha servido de enganche en alguna comedia como El hombre que se quiso matar. Y es que, por más que se quiera silenciar,  da para mucho. Una de las películas que más ahondan en el tema, valga la redundancia, es Mar adentro, basada además en hechos reales.

En nuestro teatro, el tema del suicidio está mucho más presente de lo que se pudiera pensar. Tanto en las leyes como en nuestro día a día, lo vemos con frecuencia. Desde cualquier ángulo de nuestro escenario y adoptando todos los papeles posibles. Veámoslo si no. Y vaya por delante que espero tener en este estreno toda la sensibilidad que el tema merece.

En primer término, he de reconocer que algo importante tengo que agradecer a esta cuestión. Y que nadie me mire mal, pero es que el auxilio e inducción al suicidio fue uno de los temas que me salieron en mi examen de la oposición y gracias a los que, por ende, soy fiscal. Así que una razón más para tratar a la materia como se merece, y también para darle la visibilidad que no siempre tiene.

Si me remonto a mis tiempos de estudiante de la carrera de Derecho, recuerdo haber tratado este tema, además de en la clase correspondiente a la parte especial del Derecho Penal, en la de Medicina Legal, que cogí como optativa. Ya entonces me llamó la atención algo que nos explicaban respecto al efecto de repetición de los suicidios. Cuando una persona se suicidaba en un pueblo, al cabo de poco tiempo algunas más lo hacían en los pueblos cercanos, sin necesidad de que se conocieran entre ellas ni siquiera que conocieran el hecho –nos hablaban de tiempos muy anteriores a la aparición de Internet-. Era un fenómeno de difícil explicación, pero al que siempre acudo cuando alguien pretende esgrimir el dichoso “efecto llamada” para la difusión de algunas noticias, particularmente si de violencia de género de trata.

Por tanto, si no existe ese “efecto llamada” ¿por qué se silencian e invisibilizan?  Porque, lo creamos o no, en la prensa existe una regla no escrita por la cual estos temas no se sacan a la luz. Salvo, claro está, que la víctima sea una persona de especial trascendencia pública, en cuyo caso no hay silencio que valga. No hace mucho hemos vivido algún que otro suicidio en que algo debe haber tenido que ver el hecho de que quienes lo realizan se hayan visto implicados en un proceso judicial del que iban a salir mal parados. No diré nombres, estoy segura de que no hace falta. Tampoco extenderé la semilla de la duda que algún irresponsable quiere plantar respecto a estos actos. Aun cuando no pueda obviarse que estas muertes restan pruebas, cuando hay un informe forense  que dictamina el suicidio, no podemos dudar en absoluto. Su profesionalidad es obvia y lo que veamos en las películas no deja de ser eso, películas.

La regulación del hecho de quitarse la vida en nuestro Derecho no es mucha, pero es bien conocida. Desde la noche de los tiempos, el auxilio e inducción al suicidio –lo que conocemos por eutanasia- es delito, siempre que se haga en las modalidades previstas en el código: tanto empujando a alguien a que se quite la vida –ojo, ha de ser activa y determinante de la conducta, no basta con una frase general- como colaborando con actos materiales a poner en marcha esa decisión. Como sabemos, la eutanasia y su despenalización son temas polémicos que, periódicamente, salen a la luz con hechos como el del protagonista de Mar adentro o el más reciente de la mujer con Alzheimer que pidió ayuda a su esposo, aun subiudice, por lo que no hablaré de él más. Pero lo que sí hay que decir es que es un tema necesitado de una legislación clara, en particular para que eso que conocemos por testamento vital –la declaración de una persona de cómo quiere que sea su final, si llega a darse el caso de encontrarse en unas circunstancias de ese tipo- pueda cumplirse .

Lo más curioso del delito de auxilio e inducción al suicidio es que se trata de la participación en un hecho ajeno que se castiga como autoría. Con la peculiaridad de que si el hecho no llega a consumarse, el suicida no sería castigado, y el partícipe en el suicidio sí. Y siendo que  el suicidio no es delito, es una paradoja que ayudar a cometerlo sí lo sea. Tal vez provenga de una cultura donde el suicidio, fuera o no fuera delito, era pecado e impedía el entierro en camposanto. Pero solo es una reflexión.

En el aspecto práctico, cualquiera que lleve unos añitos en Toguilandia habrá asistido a multitud de levantamientos de cadáveres de personas que se hayan suicidado. ¿Por qué íbamos? Pues, sencillamente, porque la ley hablaba de muertes “violentas o sospechosas de criminalidad!. O. disyuntivo, no y, copulativo. Y “violenta” en Derecho se contrapone a “natural”. Esto es, no es necesario que se haya clavado un cuchillo o se haya pegado con un bate de béisbol para que una muerte sea violenta. Simplemente, se considera en principio así la que no respondía a causas naturales que se certificaban por un médico. Por supuesto, con independencia de cómo se califiquen luego en Derecho los hechos, que eso es harina de otro costal. Puede, incluso, parecer un suicidio y resultar ser un homicidio. Sería el ejemplo de quien mata a alguien de una golpe y luego finge que se ha ahorcado o que ha abierto la espita del gas y se ha asfixiado. Conste que estos dos casos son reales, por peliculeros que suenen. Palabra de fiscalita.

En cualquier caso, de lo que quiero llamar la atención es de lo delicado y doloroso del tema. Nadie que no lo haya visto puede hacerse a la idea de cómo se encuentra una familia al saber que esa persona a la que quiere se ha quitado la vida. Al normal dolor de la pérdida hay que sumar lo inesperada que resulta, lo incomprensible y un difuso sentimiento de culpa que más de uno se carga a las espaldas, aunque no haya nada que reprochar. Quienes nos encontramos con las familias en esas situaciones, no debemos olvidarlo nunca a la hora de tratarlas. Si la empatía siempre es recomendable, aquí es imprescindible.

Lo que no es admisible en ningún caso es utilizar la cifra de suicidios para fines espurios. Como por ejemplo, el de algunas imágenes que circulan por ahí culpando a las mujeres en general y a la ley de violencia de género en particular del suicidio de hombres. Por desgracia, es imposible saber la verdadera causa de cada suicidio, si es que la hay, y, desde luego, no hay ninguna estadística que la haga constar, más allá de lo que algunos inventen.

Tal vez de lo que sí ha llegado el momento de levantar el veto y hablar de ello. Quizás así se podrían buscar soluciones y sobre todo, prevenirlos. Aun recuerdo con espanto el primer caso de una forense, unas adolescentes que se tiraron por el balcón, y cuánto estaba de afectada al contarlo.  El destino quiso que, muchos años más tarde, haya conocido a una de las amigas de aquellas criaturas. Y la afectación al hablar de ello seguía ahí., por más que pase el tiempo

Así que hoy el aplauso es, sin duda, para quienes son capaces de ayudar a las personas que pasan por este difícil trago. De la manera que sea.

Eso sí, no me olvido, una vez más, de agradecer al alumnado de mi querida amiga Alicia y a ella misma la colección de dibujos que, aunque nunca formaron parte de la exposición a la que iban destinados, están ilustrando de manera maravillosa mis estrenos.

Bullying: al borde del precipicio


 

mujer-sentada-precipicio

Hoy, en Con Mi toga Y mis Tacones nos atrevemos con un tema muy duro, el acoso escolar o, usando su más popular anglicismo Bullying. A él se han dedicado varias películas, como La clase, Cobardes, Cadena de favores o la famosa Carrie, en sus versiones de ayer y de hoy, y a él dedico hoy mi estreno, en forma de relato

Vaya por anticipado mi homenaje a quienes lo han sufrido y lo sufren, y mi aplauso para quienes luchan contra este drama cada día.

 

Al borde del precipicio

 

        Cuando la vi por primera vez, estaba al borde del precipicio. Al borde del precipicio en sentido literal. Sin metáforas ni comparaciones.

        Estaba sentada en el borde afilado de una roca, y los pies le colgaban, balanceándose, justo encima del vacío más absoluto. Las manos parecían sujetarle sin demasiada firmeza en sentido contrario, aferrándole a la tierra. La decisión entre el todo y la nada despedía de sus propias extremidades. Adelante o atrás. Adelante y atrás. Ahí estaba su cuerpo. Lo que era imposible era saber adonde estaba su mente y, sobre todo, dónde estaba su alma.

        Aun me asombro cuando pienso cómo llegué hasta allí, cómo fui capaz de adivinar cómo encontrar a aquella adolescente que, desde donde quiera que estuviera, había lanzado un grito de angustia desesperado. El hecho de que aquel grito llegara hasta mí y yo llegara hasta a ella quedaría siempre como uno de esos caprichos del destino que confirmaban lo que decía mi madre. Las cosas siempre pasan por algo.

        Me enganché a su vida casi si darme cuenta. En poco tiempo, supe todos los detalles de su corta existencia. O, al menos, eso creía.

        Conocí de primera mano el dolor del primer palo que le dio la vida, cuando apenas acababa de cumplir los cinco años, la muerte de su abuela, que no fue más que el aperitivo de lo que tenía que venir. Pude revivir en mi propia piel el asombro que causa descubrir que no somos inmortales, que la muerte está ahí y que no es un drama que les pase a otras personas. Su abuela, que la había criado, se marchó un día de noviembre rumbo a un hospital para no volver jamás. Tras mucho preguntar, le dijeron que estaba en el cielo, un cielo que pintaban tan bonito que hasta apetecía ir, según ella decía.

        Era también ella quien decía que la vida quiso entrenarla para cuando llegara la competición definitiva. No tardó mucho. En el verano de sus doce años, cuando todavía el calor era insoportable y todavía quedaban días de vacaciones, la arrancaron de cuajo de su lugar de veraneo para devolverla a la ciudad donde pasaba el resto del año. Allí, sentada en el borde de la silla, recibió la noticia de que su madre iría pronto a acompañar a su abuela a ese extraño lugar llamado cielo. Y,no tardaría en emprender ese viaje. La enfermedad tuvo al menos el detalle de ser tan rápida y fulminante que la niña ni siquiera se dio cuenta de su sufrimiento.

        No entendía por qué tenían que marcharse las personas que más quería, las que más le ayudaban para sobrellevar lo que le pasara. Por eso lloró tanto. Lloró sin consuelo pensando en ella misma, y más tarde volvió a llorar sin consuelo pensar que solo había sido capaz de pensó  Y el Via Crucis, que ya hacía tiempo había pasado por la primera estación -como cada Semana Santa le contaban en el colegio religioso al que asistía desde siempre- iba avanzando hacia el final del camino.

        Odiaba el colegio como nada en el mundo. No dejaba de ser triste que aquello que aborrecía fuera lo que ocupara la mayor parte de sus escritos, pero así era. De hecho, sin aquellas malditas aulas jamás se hubiera decidido a deslizar sus dedos aun torpes sobre el teclado del ordenador que le regalaron por su Primera Comunión.

        El ordenador era uno de los pocos recuerdos de aquel día. A pesar de que por aquel entonces ya abominaba la sola idea de ponerse un vestido de merengue y participar en una ceremonia que ni entendía ni compartía, se conformó con seguir a la masa y no oponerse a aquella farsa de la Comunión. Al fin y al cabo, era lo normal en un colegio religioso y lo que se esperaba de ella. Y entonces todavía anhelaba por encima de todas las cosas ser lo que esperaban que fuera, estar a la altura de las expectativas de no sabía exactamente quíen. Cuando vio que, poco a poco, las compañeras del colegio iban rechazando todas sus invitaciones, supo que se había equivocado. Por más que se esforzase, nunca sería como ellas. Y nunca, nunca, le permitirían ser una de ellas. Ni siquiera se habían molestado en excusarse ante ella. Se habían limitado a dejarle en el pupitre una nota escrita por su madre en una tarjeta de visita, y dirigida a su madre. “Lamento comunicarte que mi hija no podrá asistir a la Primera Comunión. Gracias por la invitación y os deseo un día inolvidable” Un texto, repetido casi letra por letra varias veces, que su memoria grabó a pesar del esfuerzo que hizo para olvidarlo

        No siempre fue así. Cuando empezó a ir a aquel colegio, tenía mucha ilusión. Pensaba que se adaptaría y formaría parte de esa élite de niñas guapas, simpáticas y educadas a las que todo el mundo adoraba.

        Pero la cosa fallaba desde el primer requisito. No era guapa, como no tardaron en decirle y como le recordaban a cada oportunidad que podían. Pese a que su madre y su abuela le habían repetido cada día que era la niña más bonita del mundo, al resto de las niñas le parecían horribles su pelo ensortijado, sus ojos saltones y, sobre todo, aquella pierna que no había crecido lo suficiente para hacer juego con su pareja y que impedía que ella corriera, saltara y jugara como el resto de sus compañeras. Aunque tratara de disimular con una prótesis que se había llevado gran parte de los ahorros de su madre, a ellas les daba igual. Es más, ella llegó a pensar que su cojera no era la causa sino la excusa para convertirse en la diana de sus continuos desprecios y, sobre todo, de su constante indiferencia.

        Lo repetía mucho. Lo que más le dolía no eran los insultos de aquellas dos niñas que la tomaron con ella casi desde el momento en que llegó. Lo peor era la indiferencia de las demás, que se comportaban como si ella no estuviera. Jamás la invitaban a un cumpleaños ni una fiesta, pero nunca se molestaban en ocultarlo delante de ella, y comentaban sin ningún miramiento lo bien que lo habían pasado en la fiesta de María o lo que disfrutarían en el cumpleaños de Cristina, actos que le estaban vetados.

        Trató de ocultarlo a su madre, aunque intentaba encontrar excusas para estar el menor tiempo  posible en el colegio. Fingía que se había olvidado algo para salir con el tiempo justo y no tener que esperar en el patio, se quejaba de dolores de barriga o de cabeza con la esperanza de quedarse en casa. Cuando salía de clase, lo hacía a toda prisa, para encontrarse enseguida con su madre y evitar a toda costa el peor rato, ese en que todas las niñas se mezclaban en la puerta entre risas, marchándose juntas al parque,  a comprar chucherías o hasta a hacer los deberes las unas en casa de las otras. Cuánto hubiera dado por una sola de aquellas golosinas, o por estudiar en compañía. Pero ella no era como las demás, y no tenía derecho a todo aquello. Llegó a creérselo y era ella misma quine instaba a su madre a que se fueran lo más rápido posible de allí.

        Fue precisamente eso lo que alarmó a la madre. Ya había empezado a sospechar que algo no iba bien con esa manía de su hija de hacer tiempo para salir de casa con el tiempo justo. Pero al salir, cuando todas las niñas reían y gritaban, su hija bajaba la cabeza y se escabullía de toda posible vida social. O, mejor dicho, de toda imposible vida social.

        No llegó a sincerarse con su madre, aunque no hizo falta. Algo pasaba, y ahí estaba la razón de que su niña nunca quisiera celebrar su cumpleaños más que con la familia. Le sugirió a la tutora que la niña sufría acoso escolar, pero lo negó con energía. Le dijo que solo se trataba de una niña demasiado tímida, que había que animarla a relacionarse con las otras niñas y a que dejara de ser tan cerrada para que no pensaran que era rarita. Rarita, eso le dijo Y le quitó importancia a todo aquello. En aquel colegio nunca habían tenido un caso de acoso escolar ni nunca lo tendrían. Faltaría más.

        Lo peor de todo fue que ella estaba allí, sentada en la silla de al lado de la de su madre mientras la tutora hablaba de ella como si no existiera. En realidad, como hacía todo el mundo. Ahí no pasaba nada. Y si pasaba, era suya toda la culpa. Y no había más que hablar.

        La soledad a la que había sido condenada sin juicio ni sentencia le pesaba como una losa. Le hacía llorar por dentro, aunque ya hacía tiempo que dejó de llorar hacia fuera. Solo soñaba con que aquello se acabara de una vez, como fuera. No quería volver a esa tortura diaria de indiferencia abierta y burlas encubiertas, de cuchicheos a su paso y risas contenidas.

        Un día, después de estar vomitando toda la noche sin razón aparente –no había contado a nadie que se comió un paquete de tizas porque alguien dijo que hacían subir la fiebre- le arrancó la promesa a su madre de que al año siguiente cambiaría de colegio. Por fin. Comenzó su imaginaria cuenta atrás, donde cada desprecio era uno menos de los que le restaban por soportar hasta marcharse de allí para siempre.

        Mientras tanto, había descubierto lo que ocurría en redes sociales. En tuenty, la red de uso común por aquel entonces entre adolescentes, había varias conversaciones donde se burlaban de ella. Decían que tenía piojos, que había que apartarse de ella no fuera a contagiarlos, se reían de su pierna llamándole “patapalo” y que era tan fea que al mirarla dolían los ojos. Comprobó con dolor que hasta las niñas que creía que eran menos duras con ella, intervenían en la conversación sin piedad. Y todo esto lo hacían sin necesidad de bloquear la publicación de ningún modo. Cualquiera podía verla, incluida ella. Era una invitación a todo el mundo a burlarse de ella ante sus propias narices. Desde que lo descubrió, no pudo volver mirar a nadie a la cara, ni siquiera a quine trataba de ser amable con ella. Sospechaba que todo el mundo sabía quién era y si en un momento era agradable con ella, solo era para granjearse su confianza y poder luego golpearla con más saña.

        Decidió dejarlo pasar. Aquello acabaría pronto, se repetía una y otra vez. Aquello acabaría pronto.

        Mientras tanto, tomó la decisión de escribir y contarlo todo. Solo quería desahogarse, aunque pensaba que quizás algún día le podría servir recordarlo. Estuvo informándose de cómo abrir un blog y comenzó con su diario telemático, convencida de que nadie la leería. Se había acostumbrado a hacerse tan invisible que llegó a creer que realmente lo era. Ni se molestó en indagar acerca de la privacidad de sus publicaciones, que creía que nadie podría ver, y ese despiste fue el hilo que me condujo hasta ella

        Fue entonces cuando, sin que ella lo supiera, empecé a engancharme a su vida para no soltarla. No sabía quién era aquella criatura, aunque hubiera dado cualquier cosa por poder ayudarla.

        Lo que seguía era especialmente triste. La enfermedad de su madre debió empezar a manifestarse, aunque a ella no le dijeran nada. Pero sin duda era por eso por lo que la niña contaba que hacia tiempo que su madre no hablaba con ella y que muy pocas veces iba a recogerla. Luego llegó aquel verano, y el regreso precipitado para recibir la noticia fatal.

        Cuando supo lo que ocurría, su primera reacción fue la de preguntar si la habían cambiado de colegio. Se sintió una persona horrible por hacerlo, pero no podía evitar que fuera su mayor preocupación, casi su única preocupación. La respuesta fue la que se temía, y no tuvo estómago para exigir a su moribunda madre el cumplimiento de su promesa.

        La acompañó hasta el final. Y el primer día en que, tras unos días de duelo, sus tíos le hicieron regresar al colegio, tomó la decisión.

        Por fortuna, lo escribió en su blog, en ese blog que ella creía privado y se podía ver por Internet. Un blog al que llegué un día por casualidad cuando tecleaba la búsqueda de una palabra: invisible. Fantaseaba con el lugar donde iría a cumplir su propósito, el punto desde el cual se marcharía de una vez al dichoso cielo del que tan bien hablaba todo el mundo. Si su madre y su abuela estaban allí, a buen seguro le harían un hueco. Allí no seria invisible.

        No me equivoqué. No había muchos lugares de esas características que ella pudiera conocer. Me dirigí a toda prisa allí en cuanto leí lo que mi desconocida amiga contaba con la esperanza de que no fuera demasiado tarde.

        Allí estaba, con sus piernas colgando en un vacío con más de diez metros por debajo. Un poco más de impulso y no habría marcha atrás

        Muerta de miedo, la llamé por su nombre con voz suave, tratando de agarrar las manos que todavía se sujetaban en el suelo pedregoso. Se resistió con la voz, aunque su lenguaje corporal me decía otra cosa, pòr eso me atreví a continuar hablándole.

– No eres invisible. Si lo fueras, no habría leído tu blog ni habría llegado hasta aquí.

        Fue definitivo. Como también lo fue para que sus tíos se dieran cuenta de la importancia de cumplir la promesa que la madre hiciera a la niña. Jamás volvió a pisar ese colegio. Ni siquiera cuando, tiempo más tarde, la invitaron a dar allí mismo sobre la importancia de escribir y de tener un blog, después de que su bitácora alcanzara cierta notoriedad tras recibir un premio por ella.

        Aquella invitación fue tan invisible para ella como ella lo fue un día para quienes se la enviaron

        Ella y yo, sin embrago, nunca hemos dejado de ser visibles la una para la otra. Ella cree que le salvé la vida. Algún día le contaré que encontrar sus escritos fue lo que me dio una razón para seguir viviendo. Desde ese día, volví a escribir, aunque nada parecido a aquella novela con la que, hacía muchos años, me había hecho famosa.ar en ella misma. Pero, de algún modo, supo que aquellas lágrimas serían las últimas que brotaran de sus ojos. Que, a partir de entonces, tendría que tragárselas aunque se convirtieran en una bola enorme en el centro de su alma.

No sé si la muerte de su madre, dos meses más tarde de aquel día de finales de verano, fue el detonante o si no fue más que causalidad, pero fue en ese preciso momento cuando todo se precipit

 

Pulseras: algo más que joyas


pulseras

Nadie duda del glamur que desprenden algunos objetos. Las joyas son, por antonomasia, los objetos más cargados de significado: por su valor económico, por su valor sentimental, o hasta por su consideración de fetiche. Y el cine y el teatro no podían dejar pasar ese filón. Es bien conocido el alfiler de sombrero que usa la protagonista de Matador -casi tanto como el picahielos de Atracción fatal que, aunque no sea una joya, podría serlo-, el anillo con veneno de Lucrecia Borgia o el diamante único de La Pantera rosa. Son especialmente frecuentes en obras de todo tipo, desde comedias románticas hasta los más sangrientos dramas, los anillos y las pulseras de pedida. Aunque pueden tener otros muchos significados, como las inolvidables Pulseras rojas de la serie o las de la película Cuarta planta, que evocaban el distintivo que marcaba a sus protagonistas por su estancia en un hospital.

Hoy no voy a hablar de esas pulseras. O al menos, no solo de esas pulseras, sino de algunas de las que podemos encontrar en nuestro teatro, desde los más diversos enfoques y ocupando distintos papeles. Así que vayamos por partes.

Lo primero que se le viene a una a la cabeza cuando le hablan de pulseras, como de cualquier otra joya, es el delito de robo. El robo de joyas ha tenido tal barniz de glamur en películas como Atrapa a un ladrón que ha hecho que mucha gente vea esa realidad algo distorsionada. Los ladrones de joyas que pasan por Toguilandia no son caballeros que coman las aceitunas con cuchillo y tenedor, sino que suelen ser simples delincuentes habituales que roban joyas como podrían robar dinero, televisores u ordenadores, porque es lo que tienen a mano. Y porque son más chiquitas y sencillas de transportar, sin duda, aunque tengan el inconveniente que es más fácil de reconocerlas y, por ende, son más difíciles de “recolocar”. Cualquiera que lleve un tiempo en nuestro teatro se habrá encontrado alguna vez con pruebas del delito tales como el anillo que lleva grabado en su interior “tuyo por siempre, Catalina”, el reloj con la inscripción “tus compañeros de Fornituras Pérez como recuerdo por tu jubilación” y hasta la esclava con el sempiterno “amor de madre”, un clásico donde los haya.

Pero hay otras pulseras, con un contenido mucho más jurídico, ya que, en vez de formar parte del contenido o la prueba del delito, se incardinan en la ejecución de la condena. Se trata de los denominados dispositivos telemáticos de localización, conocidos popularmente como “pulseras” y que, paradojas de la vida, no son pulseras sino tobilleras. Se trata de un dispositivo que , por medio de un GPS, localiza si el delincuente está cerca de su víctima o del lugar al que debe permanecer alejado, en cuyo caso emite una señal que es recibida por el centro de control pertinente. Todo muy clarito, muy aséptico y muy funcional, aunque, como suele ocurrirnos, del dicho al hecho hay un buen trecho y no siempre la pulsera es la panacea que algunos políticos nos quieren vender. No olvidemos que es solo uno de los modos de controlar al maltratador o delincuente de que se trate, pero ni funciona en todos los casos ni siempre es la solución.

Lo primero que hay que recordar es que el control a través de estos dispositivos requiere de la colaboración de la víctima, porque a ella también se la priva de su libertad ambulatoria, al tener que estar localizada, y se le obliga a cumplir con determinadas dinámicas, como cargar la batería del dispositivo y mantenerlo activado. Por tanto, si ellas no están convencidas de quererlo, es difícil que algo así funcione, menos aún si no se tienen en cuenta las características del caso concreto. Contaré u ejemplo, al que ya me refería al hablar de medidas cautelares  pero merece la pena recordar. Se trataba de un presunto maltratador -hoy condenado por sentencia firme- detenido por este hecho. La fiscal -yo, en este caso- pidió prisión preventiva para él y la jueza la acordó, pero su abogado recurrió, como no podía ser de otro modo, el auto, y la Audiencia Provincial decidió hacer un ejercicio del más puro salomonismo y, ni pa tí ni pa mí, dejó al sujeto en libertad pero con tobillera telemática, medida que nadie solicitó. Hete tú aquí que, desde el mismo día de su puesta en libertad, el artefacto pita como si no hubiera un mañana exactamente a la misma hora, las 8 de la tarde, y deja de hacerlo a las 10 en punto. Como era de esperar, el individuo fue detenido por un delito continuado de quebrantamiento de condena y, al recibirle declaración, fue cuando se destapó el pastel. Pernoctaba en la Casa de la Caridad y cargaba la batería por la noche pero, como quiera que no regresaba hasta la hora fijada para las cenas, las 10 de la noche, el aparato no tenía autonomía suficiente y se quedaba sin batería, con el consiguiente y constante pitido que volvía loca a su supuesta beneficiaria. La víctima nos rogó por activa y por pasiva que quitáramos aquello, pero hasta que no se comprobaron las circunstancias no se deshizo en entuerto, que tenía una complicación procesal extra al haber sido acordado por la Audiencia.

Otro caso que recuerdo es el de otra mujer que vino al juzgado llorando, suplicando que quitáramos la pulsera. Su agresor trabajaba en un servicio de asistencia en carretera, y ella cuidando ancianas. Como quiera que uno y otra se desplazaban para realizar sus trabajos -él especialmente-  las posibilidades de coincidencia eran muchas y a ella le sonaba con frecuencia el pitidito. Ya le habían despedido de dos trabajos porque a las ancianas a las que cuidaba no les gustaba nada eso, y menos aún que viniera la policía, y a los hijos que la contrataban todavía les gustaba menos que se descubriera que había sido contratada en negro. Total, que para la mujer había sido peor el remedio que la enfermedad.

Otro caso pintoresco era el de un hombre al que el dispositivo solo pitaba durante unos segundos, con una relativa periodicidad. El misterio quedó resuelto cuando se comprobó que los 500 metros quedaban un par de centímetros dentro de la línea de una de las cajas del hipermercado al que acudía habitualmente, con lo que el aparato sonaba cuando hacía la compra semanal y escogía la caja de la discordia por el tiempo que duraba meter la compra en la bolsa y pagar.

¿Quiero decir con esto que la pulsera es Satanás, y que no hay que usarla? Pues, desde luego que no, pero tampoco es el dios que va a acabar con la violencia de género de un plumazo. Los dispositivos telemáticos pueden ser muy útiles en muchos casos, pero no puede establecerse una regla general. Donde mejor encaje tienen es en la ejecución, para casos de condenados en libertad por haber cumplido la pena de prisión, tenerla suspendida o gozar de permisos o beneficios penitenciarios y sin embrago había muchas reticencias legales a acordar su uso, si bien ya hace tiempo que es pacífica la posibilidad de hacerlo y tiene buenos resultados.

Ignoro por qué, todo el mundo parece conocer este método de control -que no pena- aunque hace su propia interpretación. No hace mucho, un investigado nos decía que le pusiéramos la pulsera del polígrafo y veríamos cómo se portaba bien y otro nos extendía las muñecas “para que le tomáramos medidas para la pulsera”, como si hubiera de venir el mísmiso Dior a colcársela. Solo le faltó pedir un color neutro, no fuera a combinarle con todo. Y eso sin olvidar que, por travesuras del corrector -o no- más de una vez se ha acordado la colocación de dispositivo telepático, que no sé yo si tendríamos que llamar a la bruja Lola a instalarlo junto con dos velas negras.

Hasta aquí, unas notas sobre joyas varias en general y pulseras en particular. El aplauso, una vez más, para quienes usan de estos medios con prudencia y sensatez. No me atrevo a decir que con eficacia, porque mientras no nos llegue la bola de cristal, nunca se puede prever todo. Por desgracia.

Debut: mariposas bajo la toga


debut

Pocas cosas hay que causen más nervios que un debut. Ese momento entre deseado y temido, entre esperado y desesperado que hace que a cualquier artista se le revuelva el estómago. Se habla de mariposas en el estómago, pero a veces la impresión se parece más a una lavadora en pleno centrifugado que a unas sutiles mariposas batiendo sus alas. Pero en lo que todo el mundo coincide es que sigue sintiéndolas cada vez que sube a un escenario, por mucho tiempo que haya pasado desde la primera vez. E incluso hay quien dice que cuando no se sienten es el momento de dejarlo. Cuando Ha nacido una estrella no se ha culminado una historia, solo acaba de empezarse. Y ahí está la Sensación de vivir cada día, y que nunca falte.

Esta misma semana era testigo tuitera del debut en sala de un fiscal -@suker778-, que nos confesaba que iba a actuar en la Audiencia Provincial por vez primera. Reconozco que leerlo me produjo una mezcla de ternura, ilusión y envidia. Todo junto, agitándose con esas mariposas que siguen moviéndose en mi estómago.

La ternura responde a una debilidad personal. No hace mucho, ese mismo compañero contaba que cuando era opositor leía nuestros post y nuestros tuits y le animaban a seguir adelante, a fijarse un objetivo. Ya sé que soy una cursi sin remedio, pero me emocionó leérselo como me emocionó su aterrizaje en este lado de Toguilandia, en este que seguimos esperando a esos opositores y opositoras que ponen su ilusión y su empeño en conseguirlo. Por eso, ver que ahora atraviesa por esa experiencia, preciosa a la vez que acongojante, de celebrar un juicio de peso por primera vez, me ha inspirado este estreno. Espero estar a la altura y que las mariposas me dejen expresarme como quisiera hacerlo.

En segundo lugar , me encanta la ilusión  que se transmite de sus palabras. Esa ilusión contagiosa por la que debemos luchar cada día y que a veces se obstina en abandonarnos . Que no la perdamos nunca.

Pero lo que más me da es envidia. Ya nunca podré pasar por ese trance. Ya tuve mi primera vez y las siguientes, como en cualquier estreno, están bien pero ya nunca serán lo mismo. Hablé de ella en otro estreno, el dedicado al primer destino , así que no haré de abuela cebolleta repitiéndome como el ajo, aunque no pueda evitar contar, al menos, que se trataba de la violación de una anciana que se resistía a contármela porque yo era soltera.

Como una cosa lleva a otra, y el cibermundo toguitaconado da mucho de sí, no tardó en responder mi compañera Jezabel, dando ánimos, como no podía ser de otra manera, y compartiendo la ilusión y su experiencia en semejante trance. Se trataba, como en mi caso, de una violación, pero lo curioso de su asunto es que la víctima no paraba de decir que el procesado no conseguía la “erupción”, ante lo cual mi compañera trataba por todos los medios de aclarar si pese a ello había habido penetración o no. Cuenta que al final, el Presidente, un señor muy mayor dijo “lo que la fiscal intenta educadamente que explique es si se la metió o no se la metió” Y, como ella misma dice, sí, eso era. Ayuntamiento carnal, como lo llama otro compañero.

También recuerdo el debut de mi amiga y compañera del alma, que compartió conmigo oposición y cada uno de nuestros destinos y a la que sigo estrechamente unida. Mi amiga hubo de estrenarse con un farragoso delito relativo a la prostitución, y todavía sonrío al pensar los ratos que pasamos intentando encontrar un lenguaje que no resultara soez ni malsonante pero se pudiera entender. Lo entendieron, sin duda, porque la condena fue de las que hacen historia. Quien no lo entendía demasiado bien era la madre de mi amiga, que nos decía que esos delitos tan feos los deberían hacer los hombres mayores y dejarnos a las fiscales jovencitas que no pasáramos ese mal rato. Eran otros tiempos, claro, y sin duda mi amiga demostró que las fiscales jovencitas suplíamos la falta de experiencia con preparación, ilusión y ganas. Fue precisamente entonces cuando le dije que, si alguna vez me veía apática ante la celebración de un juicio, me enviara de cabeza al frenopático. Y estoy segura de que lo cumplirá. Buena es ella.

Por último, contaré una primera vez vista desde el otro lado. Se trataba de una chica que acusaba a su novio de maltrato y él negaba la relación. Negaba incluso conocerla, ante lo cual la pobre gritó, ante nuestra estupefacción “Johnny, cómo dices eso, si tú me desvirgaste”. Nunca olvidaré esa frase, Como tampoco olvidaré la de un acusado que negaba la relación porque decía que no había llegado al organismo. Sin comentarios

Así que hoy el aplauso está más que claro. Es, sin duda, para mis compañeros Suker, Jezabel y mi amiga de todos los destinos. Y, en su representación, a pasado, presente y futuro de la carrera fiscal, y también de cualquier otra carrera, jurídica o no, que necesite de ilusión, vocación y ganas. Que no nos falten.

 

 

Límites: fronteras intangibles


 

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Los límites y, especialmente, la falta de ellos, constituyen un tema imbatible para el arte. Ya se trate de límite físicos –La frontera– como metafóricos –Sin límites– la existencia de esas barreras y el modo de traspasarlas ha dado para muchas películas. Saltar la verja del campo de concentración de Evasión o victoria, las puertas del penal de Cadena perpetua o los límites imaginarios de los sentimientos como en Amor sin fin, están y siguen estando a la orden del día. Y ahí seguirán Por siempre jamás, supongo

En nuestro teatro, los límites actúan de muchas maneras. Nos los ponemos, o los atravesamos para llegar a Toguilandia, y seguimos probándolos cada día en nuestro quehacer diario. De otra parte, también los límites forman parte esencial del Derecho, que es nuestra gasolina. Es más, sin límites no haría falta.

Pero vayamos por partes y no nos saltemos el primer limite, el del orden. Llegar hasta las puertas de nuestro gran teatro de la justicia, decidir qué papel se quiere representar y luchar hasta conseguirlo requiere, sin duda alguna, de fuerza y entrenamiento para salvar todas las barreras, que en eso consisten los límites. La primera, la decisión de estudiar esta carrera y no otra, la de superar los problemas económicos o de cualquier otro tipo, y la de tirarse a la piscina del Digesto sin red. Porque nadie me negará que atravesar el Derecho Romano era todo un obstáculo a salvar para seguir adelante. Al menos, en mi promoción, en que empezamos primero de carrera 600 personas, de las que pasaron a segundo menos de la mitad, y acabamos una cuarta parte. Y Ticio, Cayo y Sempronio tuvieron la culpa de más de un abandono.

Luego venía la cuestión de elegir qué papel representar en el escenario. No voy a negar que los de jueces  y fiscales  eran de los más codiciados -también las de LAJ, una vez se conocía su trabajo-, pero había que atravesar nada menos que el desierto de la oposición para conseguirlo. A veces, con una tenacidad digna de elogio.

Pero que nadie piense que desprecio el papel de abogados y abogadas, o de procuradores. Todo lo contrario. Cada cual lo suyo, es cuestión de posicionarse y luchar por ello. Y, en su caso, además de la lucha por cada uno de los temas que se defienden, está la lucha por ganarse El pan nuestro de cada día, En el nombre del padre o en el de quien sea. La zozobra de si se cobra y cuándo se cobra es otro límite a superar. Como hija de abogado, recuerdo la obsesión de mi madre porque tuviera un trabajo con un sueldo fijo. Quizá influyó el hecho de que, más de una vez, a mi padre le pagaban en especie, casos de los que se me grabaron dos en especial. El primero, el de un empresario que le pagó sus servició en piezas de bacon, producto con el que trabajaba, y hay que ver imaginación que tuvo que gastar mi madre para pasarse seis meses cocinando cosas a base de bacon en sus más variadas modalidades. El segundo, alguien que le obsequiaba los mejores productos de su corral, por lo que mi madre, que estaba hecha a todo, no dudaba en matar, desplumar, despedazar y cocinar. Aquel pavo que corría sin cabeza por la terraza de mi casa todavía puebla alguna de mis pesadillas.

Una vez con la Toga y los tacones en marcha, tampoco dejan de superarse obstáculos. Bien mirado, creo que es cómo deben plantearse cada uno de los procesos en los que intervenimos, para no caer en el peligro de que la rutina nos aplaste y nos deje sin ilusión. Esas veces en que una plantea un procedimiento que nadie planteó antes, que recurre una resolución en contra de la doctrina mayoritaria porque cree que hay que cambiarla o que se embarca en un juicio ante el que muchos otros se habían puesto de perfil no siempre dan resultado pero cuando lo dan es un subidón que ni la más sofisticada de las sustancias químicas conseguiría. En mi caso, tengo anotadas cuestiones como la consecución de condenas por asesinatos o violaciones que parecían imposibles, o la retirada de la campaña publicitaria de una conocida entidad. Y seguro que cada cual tiene sus hitos. Algún día les dedicaré un estreno .

En cuanto al Derecho mismo, no olvidemos que su propia existencia se debe a la necesidad de poner límites, de establecer normas que regulen las relaciones entre las personas y con el Estado para que saltando mis límites no me meta de lleno en los de los demás. Los más obvios, son los lindes del Derecho Civil. Cuántos pleitos habrán causado. Y si se traspasan las barreras pueden acabar en el Derecho Penal, desde los hechos consistentes en lesionar o hasta matar a alguien por un tema de lindes, hasta los delitos contra la propiedad, que tienen en los límites de las pertenencias propias su fundamento.

Por su parte, el Derecho Penal no es otra cosa que un catálogo de penas y consecuencias jurídicas para quien se salte los límites de lo permitido. Y aquí quiero hacer una especial referencia al Derecho Penal de menores , porque tal vez son estos los que más juegan a probar límites. Y, en nuestras manos, queda el equilibro entre la reprensión y la rehabilitación, fin al que tiende la ley del menor. Un difícil juego de pesos y contrapesos que convierte a quienes lo ejercen en funambulistas del Derecho.

Y, como quiera que otro de los límites es la extensión, no quiero traspasarlo. Por eso dejo las cosas aquí, aunque sin olvidar el aplauso dedicado, esta vez, a todas las personas con arrojo suficiente para traspasar límites, y prudencia suficiente para no romperlos, con toga o sin ella. Ahí es nada.

Xenofobia: más allá del delito         


 

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El mundo del cine y, en general, del arte, se han nutrido mucho del racismo, la xenofobia y cualquier tipo de discriminación por razón de origen o pertenencia a un grupo. Por desgracia, la historia universal y también la más reciente nos ha dado historias de sobra para muchas obras. Los campos de concentración de Holocausto, La vida es bella o La lista de Schlinder, el apartheid de  Mandela, Soweto o Grita libertad, o la discriminación racial de Arde Mississipi o Criadas y Señoras son solo algunos ejemplos, pero hay muchos más.

Nuestro teatro, por razones obvias, nada debería tener de racismo ni xenofobia sino todo lo contrario. No podemos olvidar la cada día mayor importancia que se confiere a la persecución de los delitos de odio o de esos hechos que, sin llegar a constituir  un delito de odio tal como está tipificado, sí que tiene una motivación racista, xenófoba o similar y merecen la aplicación de la agravante de tal naturaleza. Y, por supuesto, hay que destacar que dentro de la organización de la Fiscalía General del Estado, hay una Fiscalia de Sala de tutela penal de la igualdad y contra la discriminación, con sus fiscales delegados y delegadas en cada fiscalía. Nunca está de más barrer un poco para casa.

No obstante, nunca se puede afirmar con contundencia que no se tienen defectos. E, igual que nos pasa con los llamados micromachismos –que yo prefiero llamar machismos cotidianos- hay determinadas conductas respecto a la diversidad por razón de origen, o grupo étnico o racial que se nos escapan más de lo que quisiéramos. Y, por qué no decirlo, más de lo que debiera. Y sí, antes de decir “a mi no me pasa”, sigamos leyendo.

Leía no hace mucho que el grupo más discriminado es el pueblo gitano –acabo de aprender que es esta y no la de “raza gitana” la denominación que prefieren- y no hay más que pensar un poco para darnos cuenta que es una verdad como una casa. Aunque no sean el grupo donde se dan más los delitos de odio –no todo acto discriminatorio es delito de odio igual que no todo acto de machismo es violencia de género- sí que es cierto que son víctimas de los estereotipos a diario, y eso se manifiesta en actitudes y en el lenguaje casi sin darnos cuenta. Hace nada dediqué una columna de opinión al tema y creo que merece sacarle más jugo, sobre todo en un ambiente como el nuestro. Y en ello estoy

¿Y por qué digo un ambiente como el nuestro? Pues porque, lo reconozcamos o no, existe el estereotipo que identifica a “gitano” con “delincuente”. Se les atribuye la frecuente comisión de delitos contra la propiedad y una fama de pendencieros prestos a sacar la navaja. Y, aunque entre ellos pueda haber delincuentes, a buen seguro que hay muchos que no lo son, pero no por eso deja de relacionarse una cosa y otra. De ahí a actitudes inconscientes como llevarse la mano al bolso o al bolsillo cuando ve a alguien cuyo aspecto es inequívocamente gitano hay un paso. Como lo hay en creer que su papel en nuestra función es siempre la de investigados o acusados, aunque hayan venido a denunciar o sean, por qué no, la letrada o el letrado.

En honor a la verdad, diré que, a diferencia de mis primeros tempos en Toguilandia, la proporción de gitanos delincuentes es escasa. No obstante, el estereotipo sigue y el otro día me contaba una activista gitana que en la estación del AVE ella y sus compañeros fueron “amablemente” acompañados por el vigilante de seguridad, que no les quitaba ojo en ningún momento pese a no haber realizado ninguna conducta que pudiera resultar extraña ni sospechosa. Me decía que ese es su día a día y, después de pensar un rato, me doy cuenta de cuántas cosas decimos sin percatarnos que es estereotipo puro y duro. Que no se lo salta un gitano, sin ir más lejos.

Al hilo de esto, siempre recuerdo una anécdota que me sucedió fuera de Toguilandia. Alguien  me quitó el bolso abriendo de golpe la puerta de mi coche. Yo grité como una posesa pidiendo socorro  -hasta el punto que mi hija me oyó es de el sexto piso- y varios viandantes acudieron en mi ayuda, logrando interceptar al ciclista ladrón y arrancarle el bolso. El contenido se desparramó por el suelo y varias personas me ayudaron a recogerlo y recomponerme. Los tres billetes de 50 euros que llevaba los recogieron del suelo una pareja de gitanos, hombre y mujer, que acababan su jornada en el mercadillo. Por supuesto, les di las gracias a todos y quise escribir un artículo para contar lo afortunada que fui de contar con tan buenas personas a mi alrededor. Dí varias vueltas a si convenía explicar que esas dos personas que recogieron los billetes eran gitanas o no hacerlo. Si, con la mejor intención, lo decía, podría parecer que estaba cayendo en el estereotipo y diciendo que era algo excepcional. Por otro lado, hubo quien me dijo que decirlo serviría para tratar de acabar con ese mismo estereotipo. Al final, decidí no especificar nada, como no lo hubiera hecho si fueran finlandeses altos y rubios, pero sigo con la duda de qué era lo correcto. Eso sí, contándolo ahora me quito la espinita, que no hay mal que por bien no venga.

Lo del pueblo gitano ha sido solo un ejemplo, pero tal vez el que nos pasa más desapercibido por formar parte de nuestra in-cultura. Pero otro tanto ocurre con cualquier otro grupo racial. Decimos que alguien es moro para tildarlo de celoso y casi seguro maltratador, nos referimos a timar como un chino, trabajar como un negro o “hacer de negro” o llamamos a un tipo de estafas las cartas nigerianas. También damos por hecho sin darnos cuenta. que los sudamericanos –primer estereotipo- beben como cosacos –segundo estereotipo-  y que si son argentinos hablan por los codos

Hasta en juicios se deslizan estas cosas. A buen seguro cualquiera recordará un caso mediático de corrupción donde se desviaban los fondos destinados a cooperación, en el que una de las cosas más sangrantes era saber que se referían a los destinatarios como “negratas”. Pues en ese mismo juicio, y sin ninguna mala intención, a uno de los operadores jurídicos intervinientes se le escapó que “había trabajado como un negro”. Sin comentarios.

Así que aquí lo dejo. No olvidemos nunca que algunas cosas que decimos sin pensar pueden dañar a alguien. Y que, aunque no toda discriminación sea delito de odio, siempre duele. Por eso el aplauso lo dedico hoy, a partes iguales, a quienes sufren esas discriminaciones y a quienes luchan cada día contra ellas. Que, en muchos casos son, además, las mismas personas.

Aclaración: ambigüedad o error


 

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  El que tiene boca se equivoca, sin duda. Pero hay veces que ni siquiera somos capaces de saber si se equivoca o no, porque no damos con el sentido de sus palabras, sea por ambigüedad del emisor, ignorancia del receptor, o ambas a un tiempo. A veces, también, la ambigüedad es deliberada. Un recurso que usa el arte con frecuencia para hacer pensar al público o cuando la censura impide ser tan explícitos como se hubiera querido. Títulos como No me grites que no te veo juegan, a su modo, con ese equilibrio entre el error voluntario e involuntario. E incluso el reto de hacerse entendible se utiliza para el efecto exactamente contrario como santo y seña de algunos intérpretes, como aquellos discursos que Antonio Ozores hacía en el Un Dos Tres, responda otra vez –entre otros sitios- y que quienes tenemos unos añitos recordamos bien, y que hasta dieron juego para películas como “No, hija, no”.

En nuestro teatro pudiera parecer a simple vista que no necesitamos aclaración ninguna. Que los jueces y juezas hablan como si de la palabra de Dios se tratara y que son infalibles en su juicio. Y, por supuesto, que si no lo entiendes, el problema es tuyo, faltaría más.

Pues, como diría Antonio Ozores si le preguntaran si las cosas son siempre son así, No hija, no. El que tiene boca se equivoca y hasta la propia Ley Orgánica del Poder Judicial contempla que los errores materiales existen, y pueden ser corregidos. Y, como el movimiento se demuestra andando, nos lo mostró antes, incluso, de su entrada en vigor. Es de todo el mundo bien conocido que tan importante ley fue publicada en el BOE como “Ley Orgánica del Joder Judicial”, como si no tuviéramos ya bastante mala fama como para andar provocando. Ni que decir tiene que semejante gazapo se corrigió con presteza, pero ahí quedó para la antología del disparate in secula seculorum. Y no es el único caso. Hubo un acuerdo de dicho órgano que se público el 6 de marzo de 2015 como proveniente del Conejo General del poder Judicial.

Hay también otras cosas que no son gazapos pero debieran serlo, porque la inoportunidad parece haber guiado sus pasos. Así, no me quiero poner tiquismiquis, pero el legislador, o quien quiera que decida las fechas de las leyes, parece que nos quiere mal a las mujeres y se empeña en algunas de las leyes más importantes para el reconocimiento de nuestros derechos sean fechadas el 28 de diciembre que, como todo el mundo sabe, es reconocido como el Día de los Inocentes. Tal es el caso de la ley que permite a las mujeres el acceso a la carrera fiscal y judicial, entre otras, de 28 de diciembre de 1966, o la ley integral contra la violencia de género, de 28 de diciembre de 2004. ¿Casualidad o algo más? Nunca lo sabremos, pero el día queda ahí para solaz de bromistas y machistas varios.

No obstante, y para reconciliar al género femenino con el legislador, he buscado un detallito. La ley de igualdad efectiva de hombres y mujeres tiene por fecha el 22 de marzo de 2007. Entre las efemérides de ese día se incluye la publicación, en 1963, del primer álbum de Los Beatles, Please, please, me. Un “por favor” que nos sirve para exigir esa igualdad, pero con educación. Que no se diga.

Como decía, la ley prevé que el error material dará lugar a su corrección. Por eso vía corrigió una compañera la citación de “la tía Aurora” por la de “la Cía Aurora”, compañía de seguros que no sé si sigue existiendo pero con la que mi compañera no guardaba ningún parentesco. Y ayer, sin ir más lejos, la usé yo para salvar un error material más que evidente: calificaba como 2 asesinatos aunque había un solo muerto y una sola petición de pena. Y es que en vez de vísteme despacio, que tengo prisa, habría que decir tecléame despacio, que tengo prisa.

Pero hay veces, cuando las cosas están en la frontera entre el error material y una dicción ambigua o poco clara, que hay otra vía: el recurso de aclaración. Por ese cauce se corrigen cosas como decir una cosa y su contraria, normalmente cuando el modelo de formulario utilizado te juega malas pasadas y dejar parte del otro. Ya he hablado alguna vez del juez que se dejó a sí mismo en libertad –menos mal que no se metió en prisión- o la pena pedida para una procuradora o un abogado.

Aunque hoy traigo una de las campeonas del mundo mundial en lo que a aclaraciones atañe. He de reconocer que es cortesía de mi buen amigo InterJuez, que me la pasa con foto y todo, y no he podido contenerme al impulso de compartirla. Su Señoría corrige o aclara su resolución anterior en el sentido siguiente (sic):  en los Fundamentos Jurídicos donde consta “puta” debe constar zorra”. Para alucinar en technicolor, pero que nadie diga que Su señoría no cuida al detalle sus resoluciones. Me quedo sin saber si tal rectificación fue realizada de oficio o a instancia de parte y, en ese caso, de qué parte. Porque me resulta casi igual de chocante imaginar al autor diciendo que no la llamó de un modo sino de otro igual de insultante, como que la propia víctima dijera que no me dijo esto sino aquello.

En cualquier caso, y por pintoresco que parezca, la trascendencia jurídica del cambio es la misma: cero patatero. Una expresión y otra serían igual de injuria o de vejación injusta. Pero lo que si que me pregunto es si esto responde a un error material o a una aclaración, porque la corrección formalmente podría ser diferente. Pero me quedaré con la duda, Siempre es bueno un final abierto.

Así que, sin miedo a equivocarme, hoy mi aplauso es para quienes reconocen sus errores, sin duda. Y por supuesto, una ovación extra para Jorge Interjuez, que con su maravillosa aportación ha espoleado mi imaginación y mis ganas para este estreno, además de recordarnos que Teruel existe, que nunca está de más.

Modificación: nada es invariable


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Como defendían desde la antigüedad algunos filósofos, la vida es un continuo cambio. Nada permanece invariable, todo está en continuo cambio, nos demos cuenta o no. Y no hace falta retrotraerse hasta el Agora para verlo. No hay más que echar un vistazo al mundo del espectáculo para percatarnos lo deprisa que cambian las cosas. Desde los teatros en corrales hasta las películas con efectos increíbles y las series de televisión de última generación, hay todo un mundo. Cine mudo, cine sonoro, cine en color, un recorrido digno del protagonista de Cinema Paradiso, que no habría podido ni imaginarse como seguía evolucionando más y más. Aunque lo diga la canción, no siempre La vida sigue igual, y hay que echar un vistazo a Tal como éramos y no olvidarlo cuando lleguemos a El día después.

Nuestro teatro parece, a priori, un mundo poco permeable a los cambios. Los formularios, los escenarios rimbombantes, los latinajos o las formas grandilocuentes pueden dar idea de una inmutabilidad que en realidad no es tal. Si así fuera,    continuaríamos siguiendo, con Justiniano, hablando de Ticio; Cayo y Sempronio y sus sextercios .Y aunque nos cueste reconocerlo , bastante hemos avanzado. Sin desmerecer al Derecho Romano, al que, como si fuéramos, tanto le debemos y tanto le queremos. Que no se diga que no hay jurista agradecido.

El vocablo “modificar” es muy usado en Toguilandia, y según quién y cómo se use, puede causar desde que alguien entre en pánico a que de saltos de alegría. Y, con mucha frecuencia, ambas cosas a un tiempo a uno y otro lado de estrados.

Una de las partes de nuestra representación donde más se escucha, aunque a veces casi sin ser conscientes, es en los juicios penales. Uno de los momentos culminantes tiene lugar cuando Su Señoría insta a las partes a modificar sus conclusiones o elevarlas a definitivas. Siempre me he preguntado por qué narices se dice eso de elevarlas, como si fuéramos a colocarlas en un avioncito de papel y mandarlas a la otra parte por esa via -ahora ya sería un dron, que soy muy antigua-. Una muestra de lo viejuno del lenguaje, porque seria más fácil decir si se mantienen o se modifican, y se evitarían cosas como que alguien se quede mirando hacia arriba como si las conclusiones fueran a subir como el espíritu santo . Confieso que nunca me había llamado la atención este detalle de “elevar” hasta que una alumna de instituto me preguntó a dónde subían los papeles, y  no  entendí su pregunta hasta  que me aclaró “han dicho que los elevan, ¿no?”. Tocada. O mejor dicho, togada.

En Derecho Penal, donde son verdaderamente frecuentes las modificaciones es el el caso de una conformidad  Ahí si que es lo normal. Aunque en principio el acusado puede conformarse con la más grave de las acusaciones, lo normal es que lo haga si eso supone alguna rebaja -dentro de lo que marca la ley- en la petición. Si no, por qué no arriesgarse al juicio o, como dice el refrán, si hay que ir se va, que ir pa na a es tontería.

Pero las penales no son las únicas modificaciones posibles. En Derecho Civil las partes pueden modificar sus peticiones y hasta allanarse a las del contrario o desistir de sus peticiones lo que, dado su carácter de Derecho Privado -salvo cuestiones de interés público  -como derechos de los menores en procesos de familia- daría lugar a la terminación del proceso. Y aquí, la verdad es que eso de modificar es más frecuente, sin duda.

Las modificaciones tienen tanto protagonismo en Derecho Civil que hay, incluso, un procedimiento que lleva ese nombre: la modificación de medidas en materia de familia, un proceso pensado para cambiar las medidas acordadas en el caso en que haya cambiado la realidad de cuando se dictaron. El ejemplo típico es que el obligado a pagar una pensión este en el paro, aunque también podría ser que le hubiera tocado la lotería. No vamos a ser pobres hasta para poner ejemplos, vaya.

Lo que no va a cambiar, sin embargo, es la sana costumbre de acabar el estreno con un aplauso. Y, esta vez, va dedicado a todos y todas las juristas que no tienen complejo ninguno en cambiar de opinión cuando las cosas cambian. Aunque el precio a pagar sea  dar explicaciones.

Juramento: por estas que son cruces


 

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En todas partes la palabra “juramento” tiene unas connotaciones sacrosantas que hacen que cause respeto. Afirmar algo es una cosa, pero jurarlo es otra mucho más seria. Tanto, que no son pocas las obras que llevan la referencia al juramento en su título: El juramento, Juramento final o Juramento de sangre, sin ir más lejos. Otro tanto ocurre con las promesas, aunque quizás suenen un poco menos contundentes, entre cuyos títulos hallamos La promesa o Promesa de sangre –casualmente, igual que en juramentos- o La gran promesa. Y, por supuesto, La princesa prometida. No fuera a olvidárseme

En nuestro teatro el juramento o promesa es protagonista de muchos de los momentos más importantes, en cualquiera de los lados del escenario. En otras ocasiones, forman parte del Derecho mismo, y pueblan los Códigos y tratados desde la noche los tiempos jurídica. Juro que sin exagerar un ápice.

En primer lugar, el juramento o promesa es requisito imprescindible para empezar a ejercer nuestras funciones. Tanto jueces, fiscales o Lajs como miembros de la abogacía y procuradores han de hacer juramento o promesa de cumplir y hacer cumplir la Constitución y resto del ordenamiento jurídico. La verdad es que es uno de los momentazos de la vida en Toguilandia, el estreno de la toga con todos los parabienes. Curiosamente, se llama “jura” aunque se pude jurar o prometer y, aunque el origen de esa diferencia estribaba en jurar por Dios o prometer por el honor, hoy en día se han difuminado esos matices y solo se pregunta si se jura o se promete. Y ojo, que con los nervios no se le escape a una eso de “juro y prometo”, porque como el texto sobre la que se hace el juramento contiene ambas posibilidades, no es la primera vez que oigo las dos. Como diría mi madre, más vale que sobre que no que falte. Palabrita del niño Jesús.

Ningún juez o fiscal puede empezar a ejercer en su primer destino  sin este acto de juramento o promesa. Y también se realiza cuando se asciende  y se viste la toga con las famosas puñetas

La verdad es que eso de cumplir y hacer cumplir la Constitución y resto del ordenamiento jurídico no es poca cosa. Significa que estamos sujetos al principio de legalidad y que hemos de hacer cumplir las leyes aunque no nos gusten ni nos parezcan adecuadas. Me llama poderosamente la atención la existencia de juristas que no se contentan con criticar algunas leyes –la de violencia de género, en especial- sino que llegan a llamar prevaricadoras a quienes las defendemos y aplicamos cuando no hacemos otra cosa que actuar conforme a dicho juramento. El mundo al revés, vaya. Pero a veces es el precio que hay que pagar por asomarse al mundo más allá de la Torre de marfil de maderas nobles y cortinajes de terciopelo que a veces es nuestro escenario.

Otro momento en que el juramento o promesa tiene especial protagonismo es el de la declaración de acusados –o investigados, según la fase procesal- y testigos en el proceso penal. Los investigados y acusados, a diferencia de otros países, no prestan juramento de decir verdad, porque es uno de sus derechos no declarar contra sí mismo. Así que en la práctica pueden mentir como bellacos sin que eso suponga delito. Eso sí, hay que decir que a los magistrados y magistradas no suele gustarles nada que jueguen a engañarles, así que si van a tomarles el pelo, más vale pensarlo dos veces. Recuerdo un magistrado que solía advertir al acusado que su derecho a no declarar contra sí mismo no implica el de tomar por tontos a los miembros de tribunal. Y juro que daba buenos resultados.

En cuanto a los testigos, esos si han de decir la verdad. Y no porque, como Chus Lampreave, sean testigas de Jehová y tengan prohibido mentir, sino porque la ley así lo establece y de no hacerlo incurren en delito de falso testimonio, que no es ninguna tontería. En nuestro Derecho no hay delito de perjurio para el acusado como en las pelis americanas, pero sí que hay delito de falso testimonio si el testigo miente. Siempre que le pillemos, claro está .

Hay que reconocer que el momento del juramento o promesa por parte de testigos es uno de nuestros momentos estrella a la hora de atesorar anécdotas. Como quiera que en España somos más bien siesos a la hora de recibirlo, no tenemos ni Biblia, ni mano en el pecho, ni nada de nada. Solo se le pregunta si jura o promete. Y más de uno y una se han quedado con las ganas de hacerlo sobre algún libro de lomos dorados, aunque lo de los golpes de pecho no lo podemos evitar. Ni tampoco que apostillen eso de “por estas, que son cruces”. Recuerdo a un testigo que, a mitad de su declaración, como le recordaron que estaba bajo juramento porque no resultaba muy creíble, nos dijo “que me muera ahora mismo si he mentido”. La juez no pudo contenerse y le dijo “por Dios, no diga eso” porque como se cumpliera, nos iba a caer fulminado de inmediato. Si aquel hombre hubiera sido Pinocho, la longitud de su nariz hubiera superado el largo de la sala de vistas.

Sin embargo, en el proceso civil , y en otros ámbitos del derecho, las cosas no son así. Demandado o demandante, así como testigos, juran decir verdad si declaran. Y es más, si no comparecen pero han sido citados, puede pedirse su declaración y tenerlos por confesos porque no están. Una dicción con claras connotaciones religiosas del año del catapum. Aunque la ley de Enjuiciamiento Civil sí que sea del año 2000.

Y como me he venido arriba, derribaré otro mito desde las alturas. Aquí no se dice eso de juro decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. Suena muy bien en las películas, pero ahí es donde debe quedarse Como ya he dicho, somos un poco siesos.

Por ultimo, hay que hacer referencia a la promesa como parte mismo del derecho. Las promesas forman parte del Derecho Civil y pueden, incluso, formar parte del Derecho Penal. La más conocida, la promesa de matrimonio, de la que hoy nadie habla pero que formó parte de nuestro ordenamiento no hace tanto tiempo. Incluso era un tipo específico de engaño a una mujer para conseguir tener acceso carnal con ella. Por fortuna, eran otros tiempos

Así que, como hubiera dicho el presidente Suárez, puedo prometer y prometo que no doy más la lata por hoy con esta historia. Aunque no me olvido del aplauso, que doy hoy a todas y todos los profesionales del Derecho que cada dia se la juegan en juzgados y tribunales. Juro y prometo que lo merecen. Por estas que son cruces.