Acerca de gisbertsusana

Fiscal con vocación de artista. Me tomo la vida con mucho humor y siempre subida en mis tacones.

Mitos: justicia con la Justicia


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El mundo de la farándula está lleno de mitos. Unos son realidad y otros no lo son en absoluto, pero se transmiten como si lo fueran. Ideas preconcebidas sobre actores y actrices, estereotipos, presunciones de divismo y mil cosas más. Pensamos que todos los artistas son seres extravagantes que se desplazan siempre en limusina, que exigen llenar su camerino de flores azules veteadas de verde esmeralda o de botellas de agua extraída del pozo más recóndito de los Alpes Suizos y cosas parecidas. Y claro, haberlos, haylos. Pero son los menos. El mundo del espectáculo está lleno de gente normal que tiene vidas normales con familias normales, lejos de fiestas y saraos varios y del brilli brilli del papel couché. Y que incluso tienen serias dificultades para llegar a fin de mes. Y es que, como en el Show de Truman o La rosa púrpura de El Cairo, a veces es imposible distinguir realidad de ficción.

En Toguilandia tenemos nuestros propios mitos. Leyendas urbanas que se transmiten boca a boca sin que muchas veces respondan a la realidad. Aunque, como sabemos, también muchas veces la realidad supera la ficción. Veamos algunas de las más conocidas, y desmontémoslas… o no. No hare spoiler antes de tiempo.

La primera de ella es un verdadero clásico. La justicia es lenta. Algo que a veces pasa, pero las más de las veces no ocurre en absoluto. El imaginario colectivo, sobre todo quien vive alejado de togas y puñetas, piensa que cualquier demanda o denuncia tardará una eternidad en ser resuelta. Debe ser por eso por lo que más de una vez, la gente se queda con cara de pasmo cuando en la guardia celebramos un juicio rápido y se va con su sentencia recién hecha, todavía calentita del horno -o de la impresora, que también se calienta- No voy a negar que en asuntos complejos o mediáticos -o ambas cosas a un tiempo- los tiempos pueden llegar a dilatarse hasta la exasperación, sobre todo por la cantidad de diligencias a practicar y la escasez de medios para hacerlo, pero no podemos convertir la excepción en regla. La aplicación de la atenuante de dilaciones indebidas es una realidad jurídica a la que hubo que dar nombre propio, ya que no hace tanto se metía en ese cajón de sastre que eran las atenuantes por analogía.

El problema de la lentitud de la justicia, cuando la hay, suele ser por una razón de medios, o, mejor dicho, de falta de ellos. No negaré la cantidad de señalamientos que se fijan con años de antelación porque no hay huecos en las agendas que permitan ponerle fecha antes. No hay más que darse un paseo por twitter para comprobarlo a través de las cuentas de algunos abogados. Pero me gustaría dejar claro que, a pesar de que hay quien se empeña en difundir lo contrario, no somos una panda de vagos a quienes nos importe un rábano si las cosas se resuelven hoy o dentro de varios meses. Lo que no puede ser, no puede ser, y además es imposible. Y la realidad es que hay juzgados donde no queda otra que señalar a muchos meses – si no años- vista porque materialmente no se puede hacer antes. Pero en esto, como en todo, la noticia suele ser que el hombre muerde al perro y no al contrario, y no se habla de la multitud de asuntos que son resueltos con celeridad y eficacia . Y también eso habría que contarlo. Al césar lo que es del césar.

Otra de las leyendas urbanas que corren por ahí y de las que más abomino es la relativa a las pocas ganas de trabajar, por decirlo de forma elegante -como diría una buena amiga-  Nos afecta a todos los habitantes de Toguilandia, pero a veces se ceba especialmente en los funcionarios. He trabajado con muchos y he encontrado de  todo, como en botica, pero ganan por goleada quienes trabajan de un modo eficaz y entregado. No son seres que se dediquen únicamente a almorzar o hagan del “vuelva usted mañana” su modus vivendi, a pesar de que haya generalizaciones francamente ofensivas. Por eso desde aquí quiero romper una lanza por todo ese personal que, pese a que casi nunca tiene protagonismo, son esenciales en el engranaje de la Justicia.

Y clásico entre los clásicos es otro de nuestros mitos, el de que la Justicia no es igual para todos o su variante de que hay justicia para ricos y pobres. A este respecto, hay que decir que la Justicia es igual, que jueces, fiscales, lajs y personal actuamos de la misma manera sean quienes sean las partes -normalmente, ni nos fijamos en sus nombres-, y que otro tanto cabe decir de los letrados, sobre todo los que actúan de turno de oficio, que lo hacen con igual entrega y profesionalidad que para clientes particulares. Otra cosa es que litigar, a veces, pueda resultar costoso, y que no todo el mundo pueda permitírselo y opte por eso de que más vale un mal acuerdo que un buen juicio. Algo que todavía se acentuó más durante la triste época en que estuvieron vigentes las tasas judiciales que, además, todavía perviven para empresas, por pequeñas que sean, y ONG, aunque parezca que se nos haya olvidado.

Hay otra leyenda urbana de la que he hablado en otra ocasión, en el estreno dedicado a los sueldos. La de que cobramos un pastón.  Y de eso, nada. Más de uno se ha quedado ojiplático viendo la nómina de jueces o fiscales en su primer destino, o comprobando la exigua cantidad que se cobra por una semana entera de guardia. Y esto hay que hacerlo extensivo a letrados y letradas. Más allá de los grandes despachos o de abogados estrella, la mayoría viven como cualquier autónomo, sin saber si ese mes se dará o no bien la cosa. Por no hablar del turno de oficio, siempre retribuido tarde y mal. Y es que, créanlo o no, las togas no dan para cuentas en Suiza.

Otra cuestión es el mito de que la Justicia es viejuna. Ahí me siento incapaz de desmontar nada. Nuestra Justicia aun sigue los patrones del siglo XIX en que empezó a andar en medio de una sociedad rural e incomunicada. Y los intentos de modernización han sido bastante calamitosos, como la famosa digitalización que sigue dando más problemas de los que resuelve. Eso sí, hay cosas en que hemos cambiado. Hoy día sería inconcebible una sentencia, una demanda o un escrito de calificación sin usar el corta y pega. Pero más allá del uso de ordenadores con sus imprescindibles modelos y plantillas, seguimos transitando sobre esquemas arcaicos. No hay más que echar un vistazo a esas fotos de apertura del año judicial que parecen sacadas de otra época.

Aunque reconozco que mis leyendas urbanas favoritas son las que nacen de la creencia de que los juicios son como las series de televisión americanas. Esos testigos con la mano en el pecho para jurar en estrados, los que buscan la Biblia para poner su mano encima, los que se empeñan en que nos van a decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad, o los que quedan decepcionados porque no decimos eso de “Protesto, señoría” a cada rato, proporcionan momentos impagables. Aunque quizás el despago más grande se lo llevan cuando ven que en la sala de vistas se entra como Pedro por su casa, sin pronunciar el espectacular “en pie, preside la vista el honorable juez Fulanito”, o que el juez no nos llama a fiscal y letrados para comentarnos algún incidente en petit comité. Pero si he de echar de menos algo, es lo de los paseos arriba y abajo de la sala de vistas mientras se hace el informe, que quedaría mucho más bonito, dónde va a parar. Pero es lo que hay. Y no, no llevamos pelucas blancas tampoco, aunque algún juez bajo la amenaza de la alopecia me ha confesado que le encantaría llevarla para disimular las entradas o, directamente, la calvorota.

Y esto son solo algunos de los mitos que rodean nuestro mundo. Algunos desmontables, y otros no tanto. Por eso, una vez más, dedicaré el aplauso para todas las personas que, con toga o sin ella, hacen que la justicia sea justa. O, al menos, lo más justa posible.

 

 

 

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Más animales: a nuestro lado


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Qué importantes son los animales en nuestras vidas, y qué momentos tan inolvidables han regalado al mundo del espectáculo. Dumbo, Rin tin tin, Beethoven, Bambi, Mickey, Lassie, Maya, Garfield, Platero, Baloo, Silvestre, Donald, Boogs Bunny, Super Ratón, Piolín… El mundo animal tiene miles de nombres propios

En nuestro teatro ya hablamos de la importancia que pueden tener los animales en Toguilandia. Por fortuna, cada día el Derecho se acerca más a ellos y la sensibilidad hace que el maltrato animal no solo se reproche moralmente, sino también jurídicamente.

Por eso hoy, aprovechando la reciente celebración del día de San Antón, patrón de los animales, mi toga, mis tacones y yo misma hemos querido hacer este pequeño homenaje en forma de relato a esos querido peludos que tan importantes son en muchas vidas.

El aplauso es para ellos.

 

Pigmento rojo

 

Sabía que tendría que llegar el momento. Desde el principio lo supo, pero aún así no pudo evitar encariñarse con ella. Era distinta a todos. Un animal con el que se entendía mucho mejor que con cualquiera de sus congéneres.

Se sentaba junto a ella, en el bosque, mirando los árboles y las flores, el sol y las nubes, y se comunicaban de la única manera que sabían. Eran felices. Cada día, se escabullía de las tareas que le estaban asignadas para pasar el mayor rato posible con su amiga, la única que la comprendía.

Por su causa dejó de comer carne. Prefería las bayas y las frutas que ingerir cualquier cosa que le recordara a ella. Hubiera sido como comerse a su hermana.

Pero el resto del poblado no la entendía. La arrinconaron cuando trató de explicar a su modo que podían prescindir de comer animales, que eran sus compañeros, sus amigos.

Por eso empezó a pintar. Se metía en su cueva y reproducía en las paredes las siluetas de los bisontes. Distinguía perfectamente unos de otros. Su favorita, a la que llamaba Qu por el sonido que solía emitir, destacaba entre todas las figuras.

No tuvieron piedad, y uno a uno fueron cazándolos. El hambre no entiende de sentimientos. Y ella encontró su modo de hacerles su particular homenaje. Buscó entre las plantas del bosque unas flores rojas de las que extraía unos polvos del color de la sangre, y rellenaba el interior de la silueta de cada bisonte muerto a medida que acababan con él.

Trató de esconder a Qu, de evitar que su silueta se tiñera de rojo. Llegó un momento en que solo ella permanecía carente de colore las paredes de la cueva. Pensó que podría salvarla custodiándola día y noche.

Pero el sueño le venció, y aprovecharon ese momento para prender a Qu.  No tardaron apenas nada en acabar con ella y comenzar a dar buena cuenta de su carne.

Le despertó el olor. Por supuesto que no probó bocado, pero sí que probó por vez primera un sabor que desconocía, salado, húmedo y doloroso, un sabor que le acompañaría siempre. El sabor de sus propias lágrimas mientras buscaba el pigmento rojo más brillante para homenajear a Qu.

Nunca llegó a imaginar que su pequeño homenaje a su amiga convertiría su cueva en Altamira en la primera galería de arte de la historia y a ella, en la primera pintora.

Sobreseimiento ¿the end?


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En el cine, la literatura y el teatro, el final es tan importante que un buen o un mal final determina que el producto guste mucho, poco, o nada en absoluto. El momento del The End es uno de los esenciales, aunque cada vez ese rótulo se vea menos en beneficio de otros finales más implícitos o sutiles, pero finales al fin y al cabo. Porque siempre ha de haber un final, aunque títulos como La historia interminable o Amor sin fin pretendan desmentirlo. Y que no siempre ha de ser lo de “fueron felices y comieron perdices”.

  En nuestro teatro tenemos nuestro propio rótulo para dar por terminada una función. O, más bien, nuestros propios rótulos. Muchas veces se habla de sobreseimiento, de archivo o de absolución como si se tratara de sinónimos. Y de eso nada.

Los procedimientos penales solo pueden acabar de dos formas: o con un auto de sobreseimiento, o con una sentencia, sea de absolución o de condena. Otros modos de terminación mediante archivo no son realmente un The End sino en realidad un To be continued, aunque no sepamos hasta cuando. Pero vayamos por partes.

Como decía, el sobreseimiento es uno de los modos de acabar el proceso penal, el que tiene lugar sin que ni siquiera exista juicio. Puede ser libre o provisional, y deberse a diversas causas, todas ellas expresadas en la ley. Cuando es libre, tiene carácter definitivo, y se da porque los hechos no son delictivos. Cuando es provisional, puede tener lugar porque no se ha acreditado la perpetración de delito o la autoría.

Si somos realistas, el sobreseimiento provisional es el top ten de las resoluciones de su clase. Da mucha más tranquilidad cerrar una causa con la posibilidad de poderla reabrir si en el plazo legal -5 años, generalmente- aparece cualquier otra prueba, que darle carpetazo Por siempre jamás. Al hilo de esto, hay algo que nos pasa a muchos y muchas fiscales al inicio de nuestra actividad profesional. Nos llama la atención ver tanto sobreseimiento provisional y tan poco libre -aunque haberlos, haylos- Recuerdo que, en mi caso, le preguntamos a un compañero veterano la razón de tal cosa, y nos contó una historia muy interesante, la de un sobreseimiento libre por un fallecimiento que parecía fruto de una accidente de tráfico y que, pasados años y decretada la inhumación del cadáver por una cuestión relativa a una herencia, resultó que el cadáver tenía alojada una bala en algún punto de su cuerpo, pero no pudieron reabrir porque el sobreseimiento era libre y no provisional. A día de hoy todavía ignoro si esta historia era cierta o una mera leyenda urbana -hay algo que no me cuadra, como el resultado de la autopsia- pero en su día me sirvió para meterme en el cuerpo el gusanillo de esepear provisionalmente siempre que fuera posible.

A este respecto, también recuerdo una anécdota parecida que oí contar a Antonio del Moral en un curso, y de la que ya hablé en el estreno dedicado a las fuentes. Decía, medio en broma medio en serio, que en sus primeros días en la carrera fiscal fue cuando descubrió que la costumbre, entendida como el modo habitual de proceder en cada juzgado o fiscalía, era la fuente fundamental del Derecho procesal. Y la verdad es que más de una vez acabamos resolviendo los problemas a base de preguntar qué es lo que se viene haciendo aquí. Por supuesto, siempre que eso sea posible con la ley en la mano. Faltaría más.

El otro tipo de sobreseimiento provisional, el de la falta de autor conocido, que tanto engrosaba nuestras estadísticas sobre todo cuando de delitos patrimoniales se trataba, ha perdido su puesto de privilegio en el ranking de los autos más comunes a partir de la reforma procesal de 2015 que permite que esas causas se archiven por la policía antes de llegar al juzgado. Me refiero, por supuesto, a todas esas denuncias de robos o de sustracción al descuido en que no se ha visto al autor ni se sabe ningún dato del mismo.

La otra forma de acabar el proceso penal es la sentencia. Absolutoria o condenatoria, según el caso. Firme, cuando ya no cabe recurso alguno -porque las partes se han aquietado o porque se han agotado los recursos- o no, mientras tanto. Ni que decir tiene que la gran mayoría de las absoluciones en los juicios penales son por falta de prueba, aunque puden existir otros motivos, como que el delito haya prescrito, o que se considere que los hechos no encajan en ningún tipo penal.

Para acabar de cerrar el círculo, el archivo existe cuando los autos han de quedar paralizados por alguna razón. Puede ser también provisional o definitivo. El definitivo tendría lugar, por ejemplo, cuando hay una sentencia firme absolutoria o condenatoria totalmente ejecutada. El provisional, mientras se está ejecutando, o mientras se está a la espera de cualquier otra cosa, como sucede en el caso en que el investigado está en paradero desconocido.

Hasta aquí, un pequeño repaso a algunos principios básicos del Derecho procesal penal. Pero hoy me gustaría ir un poco más lejos. ¿Qué pasa cuando el procedimiento acaba en un sobreseimiento o sentencia absolutoria y quien fue investigado o acusado queda libre? ¿Quiere esto decir que la denuncia o la acusación fueron falsas, como parece que se argumenta por algunos sectores en materias como la violencia de género? La respuesta no puede ser otra que no, porque una cosa es que no haya pruebas y otra muy diferente que se haya denunciado falsamente. Cuando hay indicios de una denuncia falsa, se trate de la materia que se trate, se deduce testimonio se remite al tribunal competente para instruir la causa contra  quien, presuntamente, denunció en falso. Así de claro y así de sencillo. Porque, aunque haya quien se empeñe en ver confabulaciones, no hay interés ninguno en perseguir unos delitos y dejar de hacerlo con otros.

Así que esto es lo que hay. Un The End mucho más aburrido que el de cualquier película aunque, de vez en cuando, nos pueda sorprender con algún que otro desenlace inesperado. Entre estos, uno especialmente curioso fue el de un preso que se había especializado en mimetizarse con el aspecto de otros compañeros para luego asumir ante la autoridad judicial, ignoro a cambio de qué, el delito que se le imputaba al recién llegado. Casi nos la dio con queso, hasta que comentamos que a varios nos había pasado el mismo caso y se descubrió el pastel. Y no, no recibió un Oscar, pero lo hubiera merecido.

Por todo esto el aplauso, una vez más, irá dedicado a todos y todas los que se dejan las pestañas en ese trabajo diario y constante que a veces tan poco se valora. No todo son casos mediáticos. Por fortuna.

Ignorancia: lo que hay


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Hay un dicho popular según el cual la ignorancia es muy osada. Y no le falta razón. El mundo del espectáculo está lleno de fracasos gloriosos de quienes pensaron que cualquiera podía dirigir cine o teatro aunque no estuviera preparado para ello. Lo mismo que ocurre con esos famosillos que por el hecho de tener cierta repercusión mediática se deciden a escribir un libro como si eso fuera coser y cantar. Aunque, a veces, las colas para que esos famosillos firmen tales libros nos demuestren que no todo el mundo conoce el refrán. No hace falta ser La tonta del bote para saberlo.

Que nadie se me asuste. No voy a decir que Toguilandia esté llena de ignorantes, ni mucho menos. Ni siquiera que existan, aunque  como en cualquier sitio, pueda haber de todo. Pero hoy me voy a centrar más en las afueras de Toguilandia, en sus barrios periféricos reales o virtuales.

No sé que tiene el Derecho, que todo el mundo se cree que sabe, aunque jamás haya pisado una Facultad de Derecho ni haya visto un juicio más que en la tele o el cine. Pasa algo parecido con la Medicina, que hay que ver la cantidad de catedráticos que andan sueltos recomendándote un remedio infalible contra el dolor de muelas, la indigestión o la depresión sin bata blanca  que les avale ni visos de tenerla. Y, por supuesto, como en el fútbol, que es bien sabido que todo el mundo tiene un seleccionador nacional en su interior.

Ya dedicamos otros estrenos a cuñadismo, y al cuñadismo on line, su versión digital y a todo lo que aprenden muchas personas en Twitter University. Pero, de un tiempo a esta parte, parece que han proliferado los opinadores jurídicos sin toga, sea en la variante de tertulias de café o redes sociales, o sea en la de todólogos o tontulianos -cojo prestado el término que alguien me pasó- en medios de comunicación del más diverso pelaje. Dicho sea, por supuesto, con todo el  respeto para quienes colaboran en los medios con conocimiento de causa y aportando saber, que es lo que más necesitamos en los tiempos que corren.

Y es que, de pronto, todo el mundo sabe de presunción de inocencia, carga de la prueba, medidas cautelares, tipificación de delitos, procedimiento penal o reglas de determinación de la pena, por poner un ejemplo. Tanto es así que he llegado a pensar que quienes somos tontos somos quienes hemos invertido años de nuestra vida y seguimos invirtiéndolo en saber de eso llamado Derecho. Me compadezco de los estudiantes de la carrera y de quienes se encierran estudiando una oposición para luego ver que todo el mundo parece saber de eso que tanto les está costando aprender. No desfallezcáis, os necesitamos.

La frase “no soy jurista pero…” parece haberse convertido en un mantra, especialmente en las redes sociales. Estoy segura que si me dieran un euro por cada cuenta que replica a algo que haya dicho usando esta frase, sacaría un capitalito. Y así se leen las cosas que se leen. Hoy mismo, sin ir más lejos me decía alguien que el habeas corpus no prospera en violencia de género contra la detención porque es una medida cautelar. Imposible explicar que precisamente ese procedimiento solo es aplicable a la detención, medida cautelar por excelencia.

Por no hablar de la empanada mental que tiene mucha gente con el concepto de “prueba” y sus consecuencias. Que el testimonio de la víctima no es una prueba, que si la palabra de uno contra la de otro, que si inversión de la carga de la prueba. No deja de sorprenderme que sin tener ni idea de cuáles son las pruebas en nuestro Derecho -incluida la testifical, por supuesto-, en qué consiste la carga de la misma y dónde se regula, se pueda hablar alegremente de inversión de la carga de la prueba. Como si yo dijera que estoy en contra de la fisión nuclear de los átomos y a favor de la de los protones, sin tener ni la más repajolera idea de los que son unos y otros

Los ejemplos son muchos. La orden de protección, sin ir más lejos. Cuánta gente hay por ahí hablando de órdenes de alejamiento, que jurídicamente no existen, sino que son órdenes de protección, que pueden incluir el alejamiento y otras medidas, y autos de alejamiento, y que pueden imponerse, la primera, en todo el ámbito de la violencia doméstica además de la de género y la segunda, en cualquier ámbito, exista relación familiar o no. Más veces de las que quisiera, incluso en publicaciones aparentemente serias, se habla de que en una sentencia se impuso una orden de alejamiento, cuando eso es jurídicamente imposible. Las sentencias imponen penas, las órdenes de alejamiento son medidas cautelares, aunque puedan tener el mismo contenido material.

Y otra cuestión que me tiene hablando sola es la invención de un término nuevo: anticonstitucional. Como quiera que el Tribunal Constitucional dice que determinada norma no es inconstitucional, y a quien sea no le gusta como ha resuelto, pues dice de la norma que no es inconstitucional sino anticonstitucional, y se queda tan pichi. O sea, que usted no tiene un constipado sino un resfriado, porque lo digo yo.

Estas  cosas vienen la mayoría de  veces de perfiles anónimos, así que te dicen eso de “yo no soy jurista, pero…” y comentan sobre tu trabajo dejándote en franca desigualdad. Porque como no sé si se trata de albañiles, físicos nucleares o torneros fresadores, nunca les podré contestar si en su oficio se aprenden estas cosas mejor que en el mío.

Pero la que más me alucina es la que hace referencia a un supuesto reproche moral. Una condena una crimen -la violencia de género, en otros no pasa- y siempre hay alguien que le espeta de modo agrio que no condene la violencia a menores, la siniestralidad laboral o cualquier otra cosa, como si fuera incompatible. Y ojo, sin cortarse un pelo, te dicen que eres cómplice del asesinato de esos menores -en un caso en que me lo dijeron, fui yo misma quien calificó el asunto y logró la condena, por cierto-.Algo que voy a comparar con un ejemplo de la medicina, para que se entienda mejor.

-Fulanito es un oncólogo premiado por haber logrado un método para curar muchos casos de leucemia

-Así que Fulanito no cura el SIDA. ¡¡¡¡Es cómplice de las muertes causadas por el SIDA!!!!

Ridículo,¿no?. Pues eso.

Ya sé que puede parecer predicar en el desierto, pero siempre albergo la esperanza de que en el desierto haya alguien más. Por eso hoy el aplauso es, sin duda, no solo para quienes opinan con conocimiento de causa sino para la prudencia de quienes no lo hacen si es que no lo tienen.

 

 

Hostilidad: huida hacia delante


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No todo en el mundo pueden ser aplausos y palmaditas en la espalda. Desde que el mundo es mundo, siempre ha habido personas que responden a cualquier cosa con un bufido. O con algo peor. Porque, desde luego, ni en el escenario ni en la vida vivimos en Los mundos de Yupi. Por eso, el cine se hace eco de tantos títulos tremendos donde sentimientos negativos como la Traición, la Revancha o la Venganza son los protagonistas, convirtiendo a los personajes en Enemigos irreconciliables, lo busquen o no.

Nuestro teatro, como la vida misma, no se libra de esos sentimientos, unas veces justificados y otras menos. No me cansaré de decir que sentarnos a uno u otro lado de estrados no convierte a los profesionales de la justicia en enemigos, pero sí hay quien se lo toma así y llega a asumir la defensa o representación de una parte como una cuestión personal. Ya he dicho alguna vez que esa frase de “en estrictos términos de defensa” puede llevar una carga de profundidad que incluye acordarse de los ancestros de la sra fiscal, aunque no tenga por qué ser así.

Pero es que hay quien sale de casa con el enfado puesto. O lo lleva de serie. Siempre me acuerdo de aquel chiste en el que uno le pregunta a otro cómo está, y aquél le responde “pues anda que tú”. Y eso, que parece exagerado, a veces hasta se queda corto.

Una de las ocasiones en que estas cosas se hacen patentes es cuando preguntamos por eso que se llama “las generales de la ley”, unas preguntas destinadas a evaluar la credibilidad del testigo, entre las que se incluye la de si tiene interés directo o indirecto en la causa, y cuáles su relación con las partes. Como quiera que nuestro lenguaje   no es siempre entendible para quienes son ajenos a este mundo, las respuestas pueden ser de lo más pintorescas.

Lo de si tiene interés directo o indirecto  en la causa parece una pregunta trampa. Y, en ocasiones, lo es. La respuesta correcta, si se tratara de un examen, sería decir que no, pero no suele entenderse lo que se pregunta. Por eso, he oído respuestas del cariz de “como no voy a querer que castiguen a este -o esta- sinvergüenza” o “claro que tengo interés en que hagan caso a mi prima Puri”. Cuando los testigos contestan así, suele verse la cara atribulada de quien lo ha propuesto y, si llega a reaccionar, un intento de salvar la situación con un “lo que quiere es que se haga justicia, ¿no?”, a lo que el testigo en cuestión suele responder con un “claro que sí” algo confundido. Aunque a veces, ni eso, e insisten con lo de que lo que quieren es que ese pague por lo que ha hecho a la pobre Puri.

Situaciones más curiosas aún nos encontramos cuando preguntamos por las relaciones con las partes. Una señora, que debía venir con el enfado de serie, malinterpretó eso de las “relaciones” y nos dijo muy ofendida que “ella solo tenía relaciones con su marido, faltaría más”. Y otro nos respondió que él era muy ecualizador con todos sus vecinos, porque de eso iba el tema. Confieso que me costó unos segundos caer en que quería decir ecuánime y que, después, me costó mantener la compostura. Aunque la palma se la lleva un señor un poco duro de oído que contestó preguntando que tenía el juicio que ver con sus partes.

    Cuando se trata de parientes, la cosa se pone aún más peliaguda, sobre todo cuando hay un antagonismo familiar desde tiempo ha. Más de una vez he visto repreguntar diciendo “usted no tiene mala relación con su madre ¿verdad?”. No señor, quien diga eso miente, no tenemos mala relación porque no nos dirigimos la palabra desde hace cuatro años. Pues eso.

Pero esa hostilidad no solo la vemos en persona. Últimamente, la veo y leo en redes sociales a diestro y siniestro. Hasta extremos impensables. Confieso que había hecho una lista por orden alfabético de los insultos con los que me han obsequiado en twitter a raíz de un hilo en que explicaba lo que dice y no dice la ley. Dudaba si contarlo o no hasta que he visto algo que me ha hecho reaccionar en sentido positivo. A una mujer a la que conozco, que ha sufrido un calvario por violencia de género y que por fin se ha decidido a contarlo en un reportaje, le contestaban de mala manera y en tono burlón. Y eso sí que no. Vaya desde aquí mi admiración y todo mi apoyo a ella, además de todo mi cariño. Y por añadidura, a la periodista que firma el reportaje que tiene que padecer cada vez que sale en la tele el ataque de los  machistas que comentan sobre su aspecto físico y le obsequian con toda clase de lindezas.

Así que me despediré recordando que el insulto es el argumento de quienes no tienen argumentos. Y por supuesto, lo de que “ladran, luego cabalgamos” que, aunque no es cierto que se diga en Don Quijote, está muy bien dicho.

Mi aplauso, esta vez, para ellas dos y para quienes cada día padecen esa hostilidad injusta e injustificada. Por no decir otra cosa, y caer en lo que trato de evitar.

De nuevo, Reyes: nuestra carta


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No fallan. Cada año. El 6 de enero, llegan a nuestras casas Los Reyes Magos. Melchor, Gaspar y Baltasar dejan su Oriente natal para visitarnos y, si nos hemos portado bien, obsequiarnos. O eso es, al menos, lo que vemos en las películas en las que salen Los tres Reyes Magos, porque Papá Noel les gana la partida en protagonismo, sin duda alguna.

Ya es una costumbre hacer nuestra particular carta a los Reyes toguitaconada, como hemos hecho otros años desde nuestro escenario. Aunque hay que admitir que mucho caso no nos han hecho. Y no me quiero poner tonta, pero mirad, queridos Reyes Magos, que como nos falléis nos pasamos a Santa Claus. Aunque si tres no pueden traernos lo que pedimos, es difícil que uno solo, y con sobrepeso además, pueda. Pero nunca se sabe.

Cada año, como si se tratará del mismísimo día de la marmota, pido dos cosas que nunca encuentro. Una es la bola de cristal, para poder adivinar en cada caso qué es lo que va a pasar, cuál es el riesgo y cómo han sucedido los hechos, con lo cual acertar con la decisión sería mucho más sencillo. La otra es la varita mágica, que he de reconocer que este año me llegó por mi cumpleaños de manos de una letrada -me encantó el detalle- y que guardo para probar su poder cuando corresponda. Por si acaso, pediré una dosis  extra de polvo de hadas del de Campanilla , que seguro que me va a hacer falta.

Pero a lo que iba. Como los Reyes Magos ya están mayores y seguro que están muy cansados de leer cartas y buscar regalos, se lo voy a poner fácil. Tienen el catálogo completo de nuestras peticiones en los motivos por los cuales hicimos movilizaciones  este año. Ahí tienen detalladas nuestras peticiones: medios materiales y personales, despolitización de la justicia y alguna cosita más que no voy a detallar pero que queda englobada en aquel hastag de “MerecemosUnaJusticiaDeCalidad. Y la seguimos mereciendo, vaya.

De todas formas, me voy a centrar en alguna que urge especialmente. La primera, la de la derogación del límite de instrucción  el famoso artículo 324 de la Lecrim que tanto daño hace y puede seguir haciendo. Queridos Reyes Magos, por si no lo sabéis, por culpa de este articulito puede quedar impune más de un delincuente, y pueden también quedar sin protección víctimas de delitos al archivarse las causas. También supone una fuente de conflictos y un trabajo extra para los profesionales de la justicia en general y los fiscales en particular, a quienes esta ley tuvo la ocurrencia de convertirnos en guardianes pero sin darnos la llave. Y, según parece, con lo fácil que sería cambiar unas letritas en el BOE, no hay manera. Una y otra vez hay bloqueos que nos siguen dejando a los pies de los caballos. Como profesionales y como personas.

La otra cosita en la que voy a insistir es el el tema de la digitalización. Que está muy bien, desde luego, en el qué pero no en el cómo. Aunque yo no pertenezco a una fiscalía donde se haya implantado eso de la fiscalía digital, he visto a compañeros y compañeras absolutamente desesperados con el tema. Y no es de recibo que una instrumento destinado a facilitarnos trabajo, en realidad nos dé más, y más quebraderos de cabeza. De hecho, juraría que les han salido algunas canas extra desde que usan el dichoso programita. Absurdos con los que vivimos día a día.

Por supuesto, esto no es exclusivo de los fiscales. Ya hemos contado más de una vez el estado de absoluta desesperación en que se encontraban abogados y procuradores con todas las cuitas que les causa Lexnet, que tampoco es cosa de broma. Cualquiera diría estas reformas están patrocinadas por alguna empresa de tintes, que a base de salirnos canas podría forrarse. Pero, cuidado, no vaya a acabar cayéndosenos el pelo y quedándose sin trabajo.

Y, ya que me he venido arriba, pediré unas cuantas cositas más. Unas buenas dosis de compañerismo, de unión entre los operadores jurídicos, a ver si entendemos de una vez que remamos en el mismo barco, de ilusión que a veces tanto cuesta de mantener, y, cómo no, de empatía, sin la cual Toguilandia no puede funcionar como toca.

     Mi petición extra, queridos Reyes Magos, iba a ser que la Violencia de género acabara, y que la negra cifra de mujeres asesinadas fuera 0. Pero, por desgracia, ya llego tarde y eso es imposible, porque una nueva víctima inaugura el contador de la vergüenza.  Así que solo puedo pedir que no siga creciendo.

Como siempre, acabaré este estreno con un aplauso. El que, haciendo un acto de fe, dedicaré a Melchor, Gaspar y Baltasar. No nos falleis

Y también pediré alguna cosilla más para @madebycarol1, que siempre hace ilustraciones maravillosas, como la que me ha regalado para este estreno

 

2018: gracias por venir


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Es costumbre en el mundo del espectáculo acabar el año haciendo balance de lo que pasó en él. Algo para recordar se convierte en el título, no solo de una película, sino en el de muchos reportajes, programas y resúmenes varios antes de las Campanadas a media noche.

En nuestro escenario no vamos a ser menos, manteniendo la costumbre de años anteriores. Así que toca exprimir las neuronas de la memoria  y repasar el año toguitaconado. Aunque implique una dosis de umbralismo extra. Disculpas por adelantado si me paso de frenada, pero después de tantas quejas, me gusta compartir las cosas bonitas.

El año empezaba bien. Nada más comenzar recibía el premio del público del concurso de historias del bus, organizado por Descriu. También este mismo año volví a recibir el premio del público en otro concurso de Descriu, el de “un día de partido”, y el tercer premio del Maratón de Microrrelatos de Massalfassar. La cosa prometía.

Las promesas se hicieron realidades. En febrero de 2018 tuve la dicha de cumplir un sueño: publicar mi primera novela. Descontando hasta cinco  se presentaba en Valencia y desde entonces ha recorrido la geografía española: Cáceres, Orense, Madrid, Barcelona y pueblos y ciudades de mi comunidad autónoma (Vlllar del Arzobispo, Manises, Paterna, Mislata, Náquera, Altura, El Perelló, Xátiva, Massamagrell, Calles…) y ahí sigue, proporcionándome alegrías.

Mientras tanto, este blog  seguía creciendo. Con Mi Toga Y Mis Tacones ya ha llegado a superar las 350.000 visitas, y este año me trajo una sorpresa escondida entre la toga y los tacones: la nominación al  premio 20blogs  de 20 minutos al mejor blog en la categoría de blogosfera. Es una gran alegría que un blog sobre Derecho se abra paso en unos premios así. Y, aunque no ganó, fue todo un honor ser finalista, y prometo volver a intentarlo con más ahínco. Porque el Derecho no tiene por qué ser aburrido.

En el terreno literario, el año ha sido fructífero. Además de publicaciones en solitario, he tenido el gusto de formar parte de varias antologías. De un lado, Reescribiendo a Blasco Ibáñez y GB con The Beatles, de mi querida Generación Bibliocafé; de otro, los Cuentos de las Estaciones de mi no menos querida Valencia Escribe. Como colofón, en noviembre presentábamos Mujeres en construcción (perdonen las molestias) un proyecto con la Editorial Vinatea en el que 30 autoras hemos puesto gran ilusión. También ha visto la luz un libro en el que he tenido especial ilusión en intervenir, la nueva edición de Medicina Legal y Toxicología del Profesor Gisbert Calabuig.

En cuanto a premios, el año todavía me reservaba algunas sorpresas agradables, como ser finalista del Certamen de narrativa breve Beatriu Civera del Ayuntamiento de Valencia, del certamen de microrrelatos falleros de Levante EMV, y del certamen Carolina Planells contra la Violencia de género. Y para poner la guinda al pastel, el segundo premio del concurso de Microrrelats per la Igualtat de Alzira.

Y, como no solo de escribir se trata, durante todo este tiempo he continuado, cómo no, en las trincheras de Toguilandia, aunque este año tenía un incentivo extra, el reconocimiento de la Policía Local  con la concesión de su medalla al mérito civil, algo que me hizo muy feliz. Ya no me quejaré de eso de que nadie es profeta en su tierra.

También he hecho un periplo por Colegios de Abogados, Universidades, Ayuntamientos y otras entidades hablando y compartiendo cosas sobre igualdad y violencia de género. Asturias, Cáceres, Barcelona, Pamplona, Tarragona, Ourense, Madrid, Alicante, Cuenca y, desde luego, Valencia, me han recibido con los brazos abiertos. Es un lujo compartir experiencias y poder seguir aprendiendo de tanta gente interesante. Sin olvidar eso de la desvirtualización , que siempre es un placer.

Este año, además, he hecho cosas que nunca pensé que haría. Cosas como hacer el prólogo de un libro, y de ciencia ficción nada menos, un género que pensaba que me era mucho más lejano de lo que en realidad era. Ha sido un honor prologar ese Diosas de tierra y metal  de Marisa Alemany que tanto éxito está cosechando. He sido, además, jurado de varios premios literarios y he tenido la maravillosa experiencia de impartir un taller de relatos con Bibliocafé. Si alguien me hubiera dicho un año antes que haría  estas cosas, probablemente le hubiera  contestado preguntándole qué narices había bebido para  imaginar eso.

Quedaba la traca final, nada menos que dos libros veían la luz a final de año. El primero de ellos Balanza de Género , del que tengo que agradecer la confianza depositada en mí por Nuria Coronado y la editorial Lo que no existe, además de las ilustraciones de mi querida @madebycarol1 y un prólogo y un epílogo de lujo, firmados por Gloria Poyatos y Teresa Peramato. En noviembre veía la luz en Madrid y luego en Valencia. Y lo que le queda de camino.

Y en diciembre, mi otra criatura salía a la palestra. Remos de plomo  hacía su entrada triunfal en el mundo del libro en Valencia, aunque ya tiene también su hoja de ruta para el año  próximo, y seguirá navegando en las librerías reales y virtuales ( ya en Amazon )

Quizás penséis que no me pasan cosas tristes o negativas, o que no tengo vida personal. A lo primero, me pasan, sin duda, pero prefiero guardármelas para mí y a lo segundo solo diré que no solo de la toga y el teclado vive esta toguitaconada. Aunque no puedo dejar de compartir un hecho personal que me ha hecho enormemente feliz: el nombramiento de mi hija como fallera mayor de mi falla de siempre, Cádiz Denia.

No olvido el tema de las fallas. Quienes me conocéis ya sabéis mi debilidad por mi nuestra fiesta , por eso me hizo tan feliz que el libro de la falla Plaça del Forn de Alzira, dedicado a las mujeres y en el que colaboré, fuera premiado con sendos premios en Alzira y en la Generalidad.

Por lo demás, he seguido colaborando en medios de comunicación. El Mundo, Confilegal,  El Periódico de aquí o Tribuna Feminista, entre otros ,siguen confiando en mí y yo sigo disfrutando con ellos.

Así que, gracias, gracias y gracias a este año que se va. Me quedo con todo lo bueno que me ha dado.

Y, como no podía ser de otro modo, me despido con un aplauso,  el que dedico a quienes tenéis la paciencia de leerme. Gracias por estar ahí y disculpad este arrebato de umbralismo. La ocasión lo merecía.

 

 

 

Efecto mariposa: pequeñas grandes cosas


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Todo el mundo ha oído hablar del Efecto mariposa alguna vez, ese que dice que el aleteo de una sencilla mariposa puede ser suficiente para desencadenar grandes cosas, como sucedía en Cadena de favores, en que la simple idea de unir a las personas haciéndoles un favor daba lugar a cambios sorprendentes en sus vidas.

Yo no sé si lo que voy a contar es causa o consecuencia de ello, pero sí estoy segura que nos hará pensar en un pequeño gesto  que puede contribuir a hermosos resultados. Y lo haré contando la historia de Isabel, la niña que soñaba volar.

Era el final. Isabel había hecho todo cuanto había podido para enderezar el rumbo del avión y lograr aterrizar, pero las circunstancias eran demasiado adversas para lograrlo. Cuando notó cómo su cabeza se golpeaba contra algo duro, se convenció de que no lo había conseguido.

                En ese momento, como había oído tantas veces, vio cómo su vida transcurría ante sus ojos como en una película. Revivió aquel momento terrible en que descubrió el cuerpo de su madre en su portal, cosido a puñaladas, y cómo lloró de pena, de impotencia y de rabia al saber que era su propio padre quien la había asesinado.

                Su padre, aquel hombre que tan pronto parecía un santo como un demonio, no había aceptado la ruptura con ella, y la buscó cuando salía de uno de los múltiples trabajos con los que sacaba adelante a Isabel y sus hermanos, para poner fin a su vida del modo más cruel. Quebró sus alas para que no volara, y a punto estuvo de romper también las de Isabel, cuyo sueño desde niña era pilotar aviones.

                Su madre trabajaba duro para que pudiera estudiar, pero sin ella, con su padre en la cárcel, y sin nadie más en el mundo, Isabel sabía que su sueño nunca se haría realidad.

                Pero desde el cielo le llegó un regalo. O así lo sintió ella cuando alguien de una Fundación que financiaba becas para niños y niñas como ella, le dijo que podría seguir estudiando. Isabel pensó entonces que, si los ángeles tenían forma humana, ella acababa de ver uno.

                Siguieron desfilando ante ella los momentos importantes de su vida. Uno de los más especiales su graduación como piloto, la primera de su promoción. También se vio a sí misma la primera vez que tomó los mandos de un avión, con todo el cielo ante ella. Un cielo en el que siempre creía ver a su madre. Esa imagen fue la última que vio antes de que todo se hiciera oscuro

                Despertó en una camilla. La sacaban del avión. A su lado, una de las azafatas le daba las gracias con lágrimas en los ojos. Su pericia había conseguido realizar un aterrizaje casi imposible.

                Las doscientas cincuenta personas que viajaban en el avión salvaron la vida. Entre ellos había un grupo de niños y niñas de un colegio que habían ganado el viaje con un trabajo de clase, otro grupo de congresistas de Medicina nuclear de regreso tras haber logrado avances científicos importantes, varios jóvenes que iban a ver a sus familias después de ahorrar durante meses lo suficiente para el pasaje, y mucha más gente. La más pequeña, una bebé de apenas 9 meses que iba junto a su madre para, por fin, reunirse con su padre. Los más mayores, una pareja de ancianos de más de ochenta años que viajaban desde otro continente para conocer a sus nietos.

                Isabel los salvó, sin duda. Si no hubiera sido ella quien pilotaba el avión, y quien decidió jugárselo todo en una maniobra arriesgada, es probable que hubieran muerto. No en vano era la piloto mejor preparada de la promoción.

                Pero nada de eso hubiera ocurrido si un día a Isabel no le hubieran financiado los estudios con esa beca que ella creyó caída del cielo  y que le regaló sus alas, las alas con lasque volaba en su avión y fuera de él.

¿Por qué os cuento esta historia? Pues porque cualquiera podemos ser el día de mañana el padre o la madre de los niños de la excursión escolar, los abuelos que van a reunirse con su nieta o la familia de los jóvenes trabajadores en el extranjero. También podríamos padecer alguna de las enfermedades para las que encontraron remedio en el Congreso médico, o padecerlas un ser querido. Historias que acabarán con un final feliz  porque Isabel tuvo un día la  oportunidad de estudiar a pesar de que la vida le había golpeado con dureza.

Por eso hoy os invito a que ayudéis a las Isabeles del mundo. A esos niños y niñas  a los que la Violencia de género dejó sin madre y les cerró las puertas de muchas cosas. Desde la Fondo de  becas Soledad Cazorla, que debemos a una gran fiscal  que se nos fue, financian becas para la formación de jóvenes como Isabel. Y eso no es gratis, desde luego.

Tenemos una forma sencilla de contribuir, comprando un décimo -o más- de la lotería del Sorteo del Niño. Una pequeña contribución para una gran causa. Así que no hay excusa. Aunque no os guste jugar, haced una excepción. Y para quienes dicen que nunca les toca, esta vez si toca, aunque no toque. Porque hay muchas Isabeles esperando para salvar el mundo.

Por último, esta humilde toguitaconada os anima a comprar cualquiera de los décimos amadrinados. Pero confieso que si lo hacéis con el mío, me daréis una alegría extra. Y seguro que también a mi querida @madebycarol1, mi ilustradora de cabecera, que de nuevo me regala una imagen para ilustrar este post especial (Ojo: aunque veáis en la imagen la fecha del sorteo del pasado año, el número es el mismo este año).

No me dejo el aplauso. Lo daré a quienes contribuyáis. Espero poder hacerlo hasta que me sangren las manos.

Aquí os dejo el enlace para comprar los décimos. Un solo clic para hacer el mundo un poco mejor

https://www.playloterias.com/la-loteria-de-la-madrina-susana-gisbert

 

Pretérito indefinido: #cuentosdeNavidad


bola navidad

– ¿Me ha entendido bien? ¿Tiene alguna duda?

No la tenía, desde luego ¿Cómo iba a tenerla, si me había repetido lo mismo varias veces? Lo que pasaba es que, mientras me hablaba, había fijado mi mirada en las bolas rojas del árbol de Navidad que había tras ella, y había viajado en el tiempo.

Me encontré de pronto en las navidades felices de mi infancia, cuando mi abuela encarnaba al mismísimo espíritu de la Navidad. Hasta el día en que dejaron de ser felices.

Fue un 8 de diciembre, el día de su santo. Ese día íbamos todos a su casa, y yo llegaba siempre ilusionada, con la seguridad de que mi abuela Concha habría adornado la casa con su arbolito de bolas rojas y doradas, su Belén de loza, y con todos los cuadros de la casa rodeados de espumillón brillante algo despeluchado. Hacía mantecados caseros y pasteles de boniato, y yo salivaba de pensarlo con solo subir aquellas escaleras.

Pero ese día no había nada. Ni arbolito, ni Belén, ni espumillón, ni un solo dulce. Cuando protesté, mi abuela puso una cara muy rara diciendo que se había olvidado. No fue el único olvido de esas navidades, y la cara rara se le quedó fijada de modo permanente. El día de Nochebuena se le quemó el pavo y mi madre y yo tuvimos que ir corriendo a comprar turrones porque tampoco había. Después de cenar, mi abuela rompió a llorar diciendo que no sabía qué le pasaba, y luego volvió a quedarse ausente diciendo cosas que yo no comprendía.

Pasadas las fiestas, supimos qué le pasaba. Le diagnosticaron el mal de Alzheimer y mi madre me explicó que era una enfermedad que barría los recuerdos, que tendría que ser paciente y cariñosa con ella. Entonces fui yo quien lloré.  Intuía que las navidades felices se habían acabado.

Así fue. Las siguientes navidades mi abuela apenas era una sombra de lo que fue. Se iba y volvía a un mundo imaginario, un mundo donde yo era su hermana y mi madre era su madre. De vez en cuando regresaba, y volvía a llamarme por mi nombre. Entonces yo todavía creía que aquello tendría remedio.

Un año más tarde, mi abuela ya no nos reconocía. Ni tan siquiera era capaz de hablar, salvo alguna frase incoherente. Ya no nos reconocía, aunque de vez en cuando me miraba con una sonrisa enigmática.

Esas Navidades decidí pedir a los Reyes un regalo especial. Les pedí que mi abuela, aunque fuera por un momento, recuperara la memoria y me reconociera.

El 6 de enero la mujer que cuidaba a mi abuela nos llamó con urgencia, diciendo que le pasaba algo. Cuando llegué, estaba sentada en su cama mirándome. Me llamó por mi nombre y pidió quedarse a solas conmigo. Solo fueron unos minutos, pero mi abuela Concha volvió al mundo y pude decirle cuánto la quería, y ella me dio un abrazo que todavía llevo pegado a mi piel. Al día siguiente, murió, con una enorme sonrisa pintada en la boca.

Volví del mundo de los recuerdos para contestar a aquella mujer que insistía en preguntarme si lo había entendido todo. Le contesté que sí, y que tenía prisa por marcharme, que era Navidad y tenía muchas cosas por hacer.

Aquella mujer se quedó con una expresión indescriptible en la cara. Probablemente, en toda su vida profesional como neuróloga, ninguna otra paciente a la que hubiera dado un diagnóstico tan terrible había reaccionado así.

Me acababa de decir que yo padecía Alzheimer.

Corrí a mi casa, dando gracias de que aún recordaba la dirección, y escribí una carta. Era una carta a los Reyes Magos, que dejé en la mesita de noche de mi hija para que se la entregara a mi nieta.

Mi carta está dirigida a “los reyes magos del futuro” y pide lo mismo para mí que pedí en su día para mi abuela. Unos minutos de memoria.

-Abuela, ¿y cuándo he de pedirlo?

-No te preocupes, lo sabrás cuando haga falta

En ese momento, la niña me abrazó muy fuerte. Y ese abrazo se me ha quedado pegado a la piel para siempre junto al de mi abuela Concha. Solo espero no olvidarlo nunca

Toguinavidad: con mi toga y mi zambomba


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Lo decimos cada año cuando llegan estas fechas. La Navidad es terreno abonado para las artes escénicas. No hay Navidad sin el Cascanueces, sin echar unas lagrimitas viendo Qué bello es vivir o sin esbozar una almibarada sonrisa con Love Actually. Y eso solo por poner tres ejemplos de los más típicos. Y es que por más siesa que se sea, es difícil escaparse de la espiral de regalos, polvorones, panderetas y zambombas entre el sonido de los niños de San Ildefonso cantando la lotería y el de villancicos varios.

También en Toguilandia es Navidad. Nuestras sedes se adornan por unos días con espumillón y bolas de colores, pero no echamos el cierre. Como todos los servicios públicos, alguien tiene que quedarse cuidando el fuerte, porque los malos no descansan y el mundo sigue girando. Y nos unimos a bomberos, policías, hospitales y demás trabajando para que el resto del mundo pueda tener su Noche de paz.

Por eso, en esta ocasión alzaré el telón para estrenar Toga Actually, y contar como se vive la Navidad de Juzgados para adentro.

La cosa no empieza en Navidad, sino mucho antes. Cuando, con más o menos anticipación según los casos, se reparte el calendario de guardias, todo el mundo acaba dirigiendo su mirada a esos días rojos de diciembre y enero, y se oyen varias vocecillas maldiciendo su suerte. Me ha tocado guardia en Nochebuena, en Navidad, en Nochevieja o el día de Reyes. O varias a un tiempo, que en este sorteo hay muchos más agraciados que en Navidad y El Niño juntos. Creo poder afirmar sin temor a equivocarme que no conozco a ningún habitante de Toguilandia que no haya pasado una o más veces unas navidades en el Juzgado. Con más o menos trabajo, que esa es otra lotería, claro. Pero siempre acaba cayendo algo, sea el Gordo o la pedrea.

Después de muchos años con mi toga y mis tacones, no sabría decir qué es peor, si Nochebuena, Navidad, Nochevieja, Año Nuevo o Reyes. Que cada cosa tiene su puntito.

La verdad es que la Nochebuena suele transcurrir en la guardia entre cruzar los dedos para acabar a una hora razonable, y que no pase nada que nos obligue a volver -o a permanecer- y, por qué no reconocerlo, algo de alivio pensando que serán otros quienes tendrán que ocuparse de poner la mesa y que no se queme el cordero, el pavo o el besugo. Alguna ventaja tendría que tener la cosa, aunque llegues a comértelo cuando esté frío y la familia esté ya dando buena cuenta de los polvorones. Reconozco que el único año en que llegué bastante tarde esa noche, lo hice cuando ya estaban dándole traca traca con la cucharilla a la botella de anís El Mono para acompañar los villancicos. Hace mucho tiempo de eso, pero recuerdo que tuve que asistir a un levantamiento de cadáver de un suicida. La Navidad puede ser muy triste para quienes no tienen a nadie.

Otro clásico de estas fiestas de Toguilandia para adentro son las alcoholemias. Los excesos se pagan y, como decía Steve Wonder, si bebes no conduzcas, porque además de un riesgo evidente para la circulación, puedes acabar yendo derechito al calabozo. A más de uno y de una hemos recibido el día de Navidad o el de Año Nuevo para celebrarlo con un juicio rápido por alcoholemia, algunos todavía con el gorrito de Papa Noel o el matasuegras. Y hasta con la corbata anudada en la cabeza, que no nos falte de na.

También en estas fechas no faltan las peleas varias, sea entre cuñados que se pasan de listillos, sean el en after celebrado en un bar. Aunque de las consecuencias más tristes son las surgidas a raíz de las entregas y recogidas de los menores entre padres separados y mal avenidos. Es muy triste, pero no falla. Siempre hay alguna denuncia por no haber entregado a los niños, o por haberlo hecho a destiempo. Algo a lo que, por más que pasen los años, no me acostumbro.

Tampoco me acostumbro a que cada año por estas fechas aumentan los casos de violencia de género. No sé si es la convivencia, la fiesta, el alcohol o de todo un poco, pero no hay Nochebuena que no se salde con varios de estos casos. De los más tristes que recuerdo, el de un hombre mayor, al que trajeron en pijama y del que ninguno de  los hijos se quería hacer cargo después de que su mujer decidiera que no aguantaba más y lo denunciara entre lágrimas mientras él continuaba bramando contra ella, amenazándola ante nuestras propias narices.

Por lo demás, lo de siempre corregido y aumentado, como los carteristas que hacen su agosto en diciembre alentados por la afluencia de personas haciendo las últimas compras. Nada nuevo bajo el sol.

Gajes del oficio, que la delincuencia no descansa en Navidad como no descansamos quienes, de uno u otro modo, vivimos de ella.

Por eso hoy, desde el Juzgado de guardia, mi aplauso para quienes trabajan para que el resto puedan descansar. Feliz Navidad, con la esperanza de llegar a tiempo a comerme el cocido (que este año, salvo que la cosa se tuerza, sí que sí)