Acerca de gisbertsusana

Fiscal con vocación de artista. Me tomo la vida con mucho humor y siempre subida en mis tacones.

Despistes: no tengo remedio


El despiste es algo que exaspera a quien lo presencia y desespera a quien lo padece. Aunque a veces produce una hilaridad más que considerable. Y ahí, por supuesto, aparece un verdadero filón para el cine. Desde el estereotipo del sabio despistado de El profesor chiflado o los viejecitos y encantadores catedráticos de Bola de fuego a títulos que dejan tan poco lugar a dudas como Despistadas o Despiste ministerial, el despiste y sus consecuencias suele dar buenos resultados. Menos, claro está a quien lo sufre. Pero eso es otro cantar.

En nuestro teatro el despiste es tan habitual como en el resto de ámbitos. Aunque las consecuencias puedan ser a veces peores. Pensemos en que se nos pase por alto un señalamiento o el plazo para presentar un recurso porque nos hayamos confundido de día o de hora. Porque pasar, pasa. Y también pasa en el otro sentido: más de una vez me he encontrado con que las partes están citadas para el mismo juicio a horas y hasta en días distintos porque alguien se despistó a la hora de enviar o emitir las citaciones. Y la rabia que da.

La verdad es que yo compito con ganas al trofeo de despistada toguitaconada del año. O del siglo. Ya conté en el estreno dedicado a la vergüenza aquella ocasión donde pasé la mañana con unza zapato de cada modelo y color y, lo pero de todo, sin darme cuenta hasta la hora de volver. Y eso es solo una muestra de algo que me pasa desde pequeñita. Y cada vez que pienso que lo he controlado, pasa algo que me recuerda que no, que mi despiste genético sigue ahí.

El otro día había conseguido cita para renovarme el pasaporte, y estaba pletórica porque no está nada fácil conseguirlo. Pues cuál no sería mi decepción cuando, armada y pertrechada del correo electrónico que me confirmaba la cita previa y tras reclamarle al policía porque no aparecía en la lista del día, me indicó que si leía bien vería que mi cita era para el día anterior. Y lo pero no es que yo leyera mal, sino que vivía con un día de retraso en el calendario. Es decir, que estaba convencida que estábamos a martes cuando ya estábamos a miércoles. Y, como castigo, tuve que volver a pedir cita, y a día de hoy aún no lo he conseguido. Todo por mi proverbial despiste.

Como decía antes, lo de confundirse con los señalamientos es uno de los grandes riesgos de quien padece este desajuste, y sus consecuencias pueden ir desde el desastre más absoluto por no haber ido cuando se debía, a las risas más desaforadas por exactamente lo contrario. Todavía se ríen de mí quienes presenciaron uno de mis momentos gloriosos. Bajaba yo, con mi toga a mis tacones, a la sala de vistas, con algo de antelación por si las moscas o, traducido a términos toguilándicos, por si las conformidades y comprobé que allí no había nadie. Me felicitaba a mí misma por mi previsión hasta que empecé a mosquearme. Que, pasada la hora no estuviera ni siquiera el funcionario encargado de tener todo a punto era sospechoso. Pero que no estuviera el acusado, ni su abogado ni el de la otra parte era absolutamente inaudito. Permanecí un rato más por allí, paseando mi indignación por las salas colindantes y comprobando de paso si habían cambiado el lugar de celebración, pero nada. Así que llamé al juzgado con los brazos en jarras pidiendo explicaciones por lo sucedido y por aquel retraso inexplicable. Ni que decir tiene que los brazos se me bajaron de inmediato cuando me dijeron, conteniendo la risa, que el señalamiento era el día siguiente. Solo puede balbucear, disimulando mi bochorno, que menos mal que no era el anterior.

Pero el despiste no es exclusivo de los mementos togados. Hay otros que también tienen lo suyo. Tengo unas amigas que cada vez que recuerdan en qué consiste “hacer un María” se parten de risa. Y es porque les conté algo que me pasó y que, aunque me hizo pasar un mal rato en su momento, luego ha dado mucho juego. Tenía que hacer una charla, junto con otras ponentes, sobre las Sinsombrero, para lo cual cada una se había preparado una faceta de su entorno. A mí me tocó en el reparto, obviamente, el ámbito de la justicia, y hablé de ello, tal como me lo había preparado, con toda la solvencia y dedicación que pude. Pero a continuación alguien dijo que hablaríamos cada una de una mujer y que la mía era María Zambrano. Tras superar la sorpresa, comprobé que había olvidado leer la segunda parte del correo, donde se me asignaba tan ilustre autora. Y en ese momento me encontraba en una mesa, ante un atril y un micrófono en una sala llena de público y sin un triste apunte del que echar, Así que le eché valor y, entre lo que recordaba, lo que pude pillar en una ojeada fugaz a SanGoogle y mi cara dura, salí del paso, y lo hice empezando con una frase que se ha convertido en un clásico entre nosotras: María escribía como una mujer. Y, al fin y al cabo, tenía razón.

Y es que eso de dar ponencias y conferencias da mucho de sí. En otra ocasión, me encontré con que el tema que había preparado -los delitos de odio- nada tenía que ver con el que habían anunciado y para el que me pidieron la intervención, que era la trata. Menos mal que conozco el tema y pude salir del paso de un modo más o menos digno. De hecho, parece que ni se notó y que los espectadores quedaron contentos. Y yo, una vez pasado el apuro, más.

Aunque a veces no es mi despiste sino los hados informáticos los que provocan los desaguisados. En un Congreso mi presentación a power point se empeñó en desaparecer y tuve que hablar “a pelo” porque no tenía ni una nota escrita. Y creo que también saqué el tema adelante. O eso espero.

La verdad es que siempre creo que estas cosas no me volverán a pasar, pero vuelven Y cada vez que subo a un tren compruebo varias veces los datos. Porque las he hecho de todos los colores: desde presentarme un día antes hasta subirme en un tren distinto y aparecer en otra provincia. Y, por supuesto, un clásico, perder el viaje por haberme confundido de hora

Y hasta aquí, el estreno de hoy. Espero que nadie se despiste a la hora de leerlo. Ni tampoco a la hora de dar el aplauso, que va destinado esta vez a todas las personas que han padecido mis despistes y los de cualquiera. Gracias por la comprensión y la paciencia, que tanto se agradecen

Y una vez más, la ovación extra es para @madebycarol, que siempre tiene una imagen adecuada para ilustrar mis palabras

Eurovisión: Vivo calificando


Los festivales de música existen desde que el mundo es mundo, desde luego, y por eso películas y obras de teatro se hacen eco de ello. La vida sigue igual nos contaba el triunfo de Julio Iglesias con el tema del mismo nombre en el Festival de Benidorm -hoy reseteado en el Benidorm Fest- y, mucho más recientemente Eurovisión:la historia de Fire Saga, nos hablaba del Eurofestival en clave de comedia, precisamente en el único año en que no pudo celebrarse, pandemia mediante, el 2020. Y es que, querámoslo o no, el festival de Eurovisión ha sido una constante en nuestras vidas. Y más aun después del casi-triunfo de Chanel tras muchos años de sequía eurovisiva.

            Tal vez haya quién se pegunte qué narices tiene que ver nuestro teatro con semejante evento. Y tal vez tengan razón como las cosas no siempre son lo que parecen, hoy propongo este juego de relaciones músico jurídicas con un toque friki. Y, por supuesto, invito a quien quiera a participar.

            En Toguilandia es cierto que no hacemos festivales , pero no es menos cierto que tenemos nuestra propia selección para ser parte de este mundo. Ahí está la carrera, y, para quien quiera una toga con puñetas en el lado fijo de estrados, la oposición. No hay casting más exigente, os lo aseguro. Y a más de uno y una se le ha escapado un gallito como el que hizo tristemente famoso a nuestro representante de la edición de 2017, Manel Navarro, o ha acabado su participación con los 0 points que nos hicieron renegar en su día de Remedios Amaya y de quien manejaba su barca.

            La verdad es que aunque Julio Iglesias participó con Gwendoline, hay otro título suyo, que ganó otro festival, el de Benidorm, que parece escrito para describir la situación de nuestro teatro en todas las épocas: La vida sigue igual. Aunque a veces nos encontramos cada desastre que parece nuestro particular Waterloo, por más que no nos quede otra que decir que Voy a quedarme. Qué vamos a hacer si no. Y qué va a hacer la ciudadanía cada vez que haya que detener a un Bandido. ¿Deccirle que Baile el chiqui chiqui como el Chiquilicatre? Pues eso.

            No podemos negar que este año hemos recibido un chutazo de energía, con ese tercer puesto de Chanel, pero hemos tenido que sufrir muchos palos antes, por más Euphoria que pusiéramos cada año. Algo parecido a lo que nos sucede cada vez que el ministro de turno nos promete medios materiales y plazas, y luego nos deja como nos deja, diciendo Hallelujah si no nos quitan algo, practicando el Virgencita que me quede como estoy. Porque hay que reconocer que en este mundo vivimos un poco como esas Marionetas en la cuerda que tienen que hacer esfuerzos para no caerse.

            No obstante, siempre hay quien se empeña en mirar la vida con optimismo y va cantando La la la por donde quiera que vaya, que eso de Vivir cantando nos fue muy bien en su día, aunque fuera Al fin del camino. Ya lo decía Peret: Canta y sé feliz. Por eso otro de nuestros representantes repetía lo de Enséñame a cantar una y otra vez, mientras que Su canción, con Betty Missiego y su coro de niños nos dejó a los niños y niñas de la época al borde del colapso con ese segundo puesto que fue primero hasta la última votación.

            Pero no pensemos que todo es tradicional y rancio. Ya vimos que la parejita edulcorada  que nos cantaba Tu canción hacía un papelón, mientras que otras visiones alternativas triunfaban, como la propuesta de Conchita Wurst, con sus lentejuelas y su barba. Y es que, por qué no, Eurovisión es una buena excusa para reivindicar la igualdad, y más en modo Diva, y también para abrirnos los ojos en temas como el bullyng, convirtiéndonos en Héroes o en Toys. Y, por descontado, sobre los horrores de la guerra, que han sido los que, según todos los eurosabihondos, ha llevado a Ucrania y su Stefania al triunfo en 2022.

            Aunque, tratándose de un festival europeo, no podemos olvidar la vocación de transnacionalidad del Derecho Europeo, que podía ser a lo que cantaba Rosa en su Europe’s livings a cellebration. Aunque para los británicos la cosa no era para tanta celebración, y, si hubiera que dedicarles alguna canción tras el Brexit, seguro que sería Quédate conmigo, o, mejor, Vuelve conmigo. Y quizás nos contestarían que La fiesta terminó.

            Incluso podemos ver un trasunto de las órdenes de busca y captura finalizadas con éxito cuando Mocedades cantaban Eres tú, y un modo de responder el de Raphael Yo soy aquel. Y, si se trata de esos habituales con los que tantas veces nos encontramos, alguien acabará diciéndoles, una vez atraviesan las puertas de juzgado de guardia que Volverá.

            Y qué decir del amor, que tantos títulos genera, y que, en algún caso, estarían cerca de ser protagonistas de alguno de nuestros procesos. Pues que no sea siempre así, pero esa insistencia en decirle a la ex pareja Vuelve conmigo, o buscar a alguien para hacerle el encargo de Dile que la quiero pueden rozar el acoso, como ese empeño en decir que Voy a quedarme o Guarda tus besos para mí. Habría que saber mucho del fondo de la historia, claro.

            Y con esto, acabo este pequeño divertimento jurídico eurovisivo que, si no otra cosa, espero que haya ayudado a esbozar una sonrisa. Y, en vez de aplauso, esta vez será un Congratulations en que dedique a todos esos artistas que nos han alegrado la vida. Bravo samurais

Modas: vintage jurídico


              

  La moda ha sido tema, principal o secundario, de numerosas películas y series. ¿Quién no recuerda aquella marimandona Meryl Streep de Pret a Porter, o los looks que creaban tendencia de Sexo en Nueva York? Y es que, aparte de que para el éxito de cualquier obra es necesaria una cuidada puesta en escena, incluida la moda de la época, la moda en sí misma puede ser la protagonista absoluta. Pensemos, si no, en cualquier entrega de premios donde el posado en la alfombra roja de las estrellas de turno es tan importante como el concurso mismo.

En nuestro teatro, además de lo que respecta al vestuario, bastante poco creativo y al que ya hemos dedicado algún estreno, también hay modas, aunque no lo parezca. Para quien no lo crea, basta con echar la vista atrás respecto de cosas de las que se hablaba mucho dentro y fuera de Toguilandia y que hoy han quedado pasadas de moda. O vintage, que queda mucho más bonito.

Uno de los peligros de esas modas es lo que se ha dado en llamar legislar a golpe de telediario. De repente, un tema es objeto, con razón o sin ella, de una atención desmedida de los medios, y parece que no queda otra que apresurarse con una modificación legislativa, que no se diga. Y es que el BOE es muy sufrido. Y cuando se casa con la todología , muy peligroso también.

Ahora mismo se me viene a la cabeza un caso del que ahora apenas se habla, pero en su momento dio lugar a una alarma social superlativa. Era el caso de los llamados conductores suicidas, que parecía responder a una moda de conductas extremas y apuestas, consistente en conducir en contradirección por una autopista o vía de gran densidad, con el peligro que supone y los terribles resultados que puede implicar. Lo bien cierto es que esas conductas fueron, afortunadamente, flor de un día, pero no había informativo que no hablara de alguna. Y, aunque el Código ya tenía un perfecto encaje de estas conductas entre los delitos contra la seguridad del tráfico –ahora seguridad vial- se empeñaron en hacer un precepto específico para contentar a propios y extraños. Sin explicar, claro está, que la regla de la irretroactividad de la ley penal no es posible en perjuicio de reo.

Y, no hace nada, antes de que pandemia y guerra colmaran espacios en las noticias, nos hablaban día y sí y día también de los okupas, como si la ocupación de inmuebles no fuera un delito ya existente y sancionado. Pero claro, la alarma social sale barata y rápidamente se hacía creer que cualquiera que faltara media hora de sus casa podría encontrársela okupada y no tener, además, posibilidad de recuperarla. Después, mirando con ojos jurídicos, resultaba que muchas de las supuestas ocupaciones que denunciaban no eran sino impagos del alquiler, y que muchos de los denunciantes indignados no eran los propietarios sino unos vecinos molestos por el comportamiento de quien estuviera en la casa. Afortunadamente, en este caso el BOE no llegó a hacerse eco, pero sí fueron muchas las horas de información, las tertulias jurídicas y hasta las notas de servicio destinadas a un tema que desapareció de los telediarios en cuanto algo más atractivo llenó su espacio. Eso sí, suponiendo generosos ingresos a las empresas de seguridad que fabricaban alarmas, dicho sea de paso.

También recuerdo que, en un momento en que surgió una verdadera alarma por la existencia de asesinatos que tenían relación con los juegos de rol, empezó a hablarse de estos como si fueran el mismísimo demonio, y como si el solo hecho de practicarlo te convirtiera en un asesino en potencia. Otra moda que acabó en humo, como tantas otras.

Pero a veces no son los medios de comunicación sino la realidad la que da lugar a que surjan determinadas modas en los tipos delictivos. Quienes tenemos cierta edad seguro que nos acordamos de haber hecho juicio tras juicio por robos de radíocasete en el coche. Claro está que se trataba de unos artilugios que se extraían con relativa facilidad, y que daban lugar a que en muchos casos, los propietarios anduviéramos de un lado a otro con nuestro radiocasete en la mano para evitar disgustos. En esa misma época otro de los delitos frecuentes era la utilización ilegítima de vehículo de motor, o robo de uso, que ahora ha pasado a ser una reliquia. Nadie, o casi nadie, coge un coche ajeno para dar una vuelta, y, además, la tecnología actual de los coches no lo pone fácil.

Recuerdo con mucha tristeza la época en que los atracos a farmacias, o los robos usando una jeringuilla que decían infectada de SIDA eran habituales. La época más negra del consumo de heroína combinada con un SIDA entonces incurable hicieron estragos. No había día que no archiváramos varias ejecutorias por la defunción del reo.

Y si de modas hablamos, no podemos olvidar esas cosas de las que todos los días nos hablaban como una realidad y que siguen siendo una quimera. Me refiero, obviamente, al llamado Papel 0 y la famosa digitalización que se supone que era inminente, y aún seguimos cargando con expedientes de tomos y tomos. Eso sí, lo de referirse al Papel 0 quedó aparcado en el rincón del olvido.

Los ejemplos serían muchos, y no descarto volver a este tema. Pero por hoy cerramos el telón. Eso sí, sin olvidar el aplauso, dedicado, cómo no, a quienes no se dejan llevar por las modas y modismos. Si cundiera el ejemplo, otro gallo nos cantara

Consejo Fiscal: un gran desconocido


El saber no ocupa lugar, reza un conocido dicho. Pero no siempre sabemos de todas las cosas, incluso ignoramos algunas que nos son muy cercanas. La sabiduría no puede ser infinita, y hay cosas que escapan a nuestro conocimiento. Y no hace falta ser Dos tontos muy tontos para desconocer algunas cosas

En nuestro teatro, a poco que rasquemos, encontramos grandes desconocidos. Y el Consejo Fiscal es uno de ellos. Seguro que no todo el mundo en Toguilandia sabría exactamente decir qué es, y poca gente fuera de aquí. Y es que si la figura del Ministerio Fiscal es desconocida más allá de lo que vemos en las películas, su máximo órgano representativo es poco menos que un Expediente X. Por más que aparezca en nuestros más importantes textos legales.

En una primera aproximación, podríamos decir que el Consejo Fiscal es a la fiscalía lo que el Consejo General del Poder Judicial a la judicatura. Pero solo sería una aproximación, porque las diferencias son muchas y de muy diverso calado.

Ambos consejos se asemejan en que forman parte de la cúpula de las respectivas carreras, y en que entre sus funciones hay atribuciones tan importantes como informar de las leyes que se proyectan en determinadas materias. Pero sus diferencias son muchas, y van desde la composición hasta las funciones, aunque tal vez la más trascendente sea que el órgano de los jueces tiene autonomía presupuestaria y el Consejo fiscal no la tiene, lo que marca con rotundidad sus posibilidades de acción, y todavía más las de no acción.

También hay otra diferencia profunda en el carácter de sus decisiones. Las del Consejo Fiscal nunca son vinculantes al tratarse de un órgano meramente consultivo. Cosa distinta es que, si la máxima representación de la carrera informa en un sentido, parezca de sentido común seguir su criterio, por más que quien sea Fiscal General del Estado pueda hacer lo que le venga en gana, incluso ignorar olímpicamente el criterio del Consejo. Algún ejemplo de ello recuerdo, y seguro que no soy la única.

Sin embargo, quizás la mayor peculiaridad de este órgano nuestro sea la composición y el modo de elección. El Consejo Fiscal lo forman 12 miembros, 11 más la Fiscal General. Todos -salvo el o la Fiscal General del Estado han de ser fiscales en activo, algo que nos diferenciaba de quienes formaban el Consejo de la carrera hermana, aunque ahora se ha matizado. A diferencia del Consejo General del Poder Judicial, donde hay vocales de procedencia judicial y de otras carreras jurídicas, en nuestro Consejo solo hay fiscales en activo, y además no hay ninguna exención de funciones, lo cual supone una carga de trabajo considerable a tratarse de un extra sobre nuestras ya sobrecargadas espaldas. Esta situación era opuesta al consejo de la judicatura hasta que una reforma limitó la exención de otras funciones a la comisión permanente.

Pero en el aspecto en el que más llama la atención la diferencia es en el sistema de elección. 9 de los 12 miembros son escogidos entre miembros de la carrera fiscal de todas las categorías. Son los llamados vocales electos, por contraposición de los natos, que lo son por su cargo -Teniente fiscal del Tribunal Supremo, Jefe de la Inspección Fiscal y Fiscal General del Estado-. Se trata, además, de listas abiertas, con lo cual se puede votar a candidatos de diferentes candidaturas, incluidos independientes, con la peculiaridad de que no es necesario votar tantos candidatos como puestos a llenar.

La verdad es que todo esto parece muy idílico a primera vista, pensando en un sistema donde los fiscales elijan a los fiscales, pero la realidad no es muy distinta de lo que ocurriría en otros casos. Se da la paradoja de que en varios casos los Fiscales Generales del Estado designados en su momento habían sido también elegidos como miembros del Consejo Fiscal por la carrera. Esto es, que el Gobierno tomó una decisión a la hora de nombrarlos muy similar a la que tomamos los fiscales. Y eso tampoco supuso ninguna ventaja, la verdad. Lo siento por los jueces, que tienen puestas sus esperanzas en un cambio de sistema, pero las cosas son así. Tiempo al tiempo,

Por otro lado, no deja de ser curioso que, mientras todo el mundo tiene siempre en la boca lo de la dependencia de los fiscales del poder político, como si no pusiéramos un visto sin que nos llamaran de Moncloa para darnos permiso, nuestro sistema de elección es interno, al contrario de lo que ocurre con el de los jueces, cuya independencia parece no cuestionar nadie. Ahí lo dejo, para la reflexión.

En cualquier caso, el desconocimiento del gran público acerca de nuestro órgano representativo es un buen indicador de la importancia que se nos da. Por desgracia.

En realidad, la labor más característica de este Consejo es la de informar sobre los nombramientos de los puestos discrecionales en la carrera. Ahí es donde el juego de mayorías y de equilibrio o desequilibrio entre asociaciones -hasta ahora, dos, y a partir de estas últimas elecciones, tres- entra en liza, con consecuencias realmente importantes porque, como dije antes, aunque el resultado de la votación no es vinculante, lo normal es seguirlo y, de no hacerlo, debería explicarse muy bien

Ojalá algún día nuestro Consejo, además de un sistema de elección que parece ser del gusto mayoritario, tenga una importancia y unas funciones que nos permita tener nuestro sitio en Toguilandia. Pero de momento aún queda camino

Eso sí, que nadie intente enterarse de la actividad del Consejo Fiscal a través de redes, porque lo tiene claro. La cuenta de Twitter tiene su último mensaje fechado en 2016. Esperemos que no sea un presagio de la modernidad de nuestra institución y de su potencial, porque mal vamos entonces. O igual leen esto y deciden activarlo. O borrar la cuenta, nunca se sabe

Y hasta aquí estas pequeñas pinceladas sobre un órgano desconocido en buena parte. Ya solo queda el aplauso. Y esta vez se lo daré a quienes trabajan por el bien de la carrera y de quienes la componemos. Ojalá sean muchos y muchas

Llegar a tiempo: la ausencia


Hoy en nuestro escenario rescato un cuento que, lamentablemente, está tan de actualidad como cuando lo escribí. Y es que el dicho de «mejor tarde que nunca» no siempre se cumple. Hay veces en que el tiempo es oro, y nuestra reacción también.

Espero que os guste- Está incluido en mi antología Remos de plomo y se hizo una lectura en público el día de la movilidad, a la que pertenece la imagen

Relato galardonado con el premio del público en el concurso “Busseja la ciutat” organizado por Descriu.org y la EMT Valencia, 2018 e incluído en el libro «Valencia en línia» de editorial. Descriu en su versión original en valenciano

LA AUSENCIA

No sé por qué, pero me llamó más la atención su primera ausencia que su primera presencia. Quizás me acostumbré a verla sin darme cuenta, como a tantos otros pasajeros que, un  dia tras de otro, iban arriba y abajo

No sé tampoco qué día fue el primero que la vi, pero sabía prefectamentee cuál fue el último. Ayer. Porque hoy tampoco estaba. Y un escalofrío acompañaba su ausencia

En principio, ella no era máas que de las personas que ya estaban sentadas en su asiento cuando yo subía, a las 7.15 exactamente, al autobús número 5. Siempre llevaa una bolsa enorme, y no sé cómo ni cuándo, empecé a fabular con qué cosas llevaría dentro.

Por su expresión la primera vez que la miré a la cara, debían de ser cosas bonitas. Tenía una sonrisa esplendorosa y, cuando a veces giraba la cabeza hacia donde yo estaba, su cabellera se movía. Y yo también sonreía.

Poco a poco, su sonrisa se fue apagando. Ya solo parecía cuando alguien decía “buenos días”. Y un día, solo dos meses más tarde, ya no rspondía a los saludos, ni siqueira con la cabeza. Ya no se giraba nunca ni movía la cabellera y, como quine no quiere la cosa, su sonrisa había dejado paso a una llamativa tristeza

Juraría que un día la vi llorar. No me atereví a preguntarle, pero dejé de fabular con el contenido de su bolsa y comencé a hacerlo con el conrenido de su corazón. Ya solo miraba al suelo del autobus, como si no hubiera ninguna otra cosa que le interesara.

Fue entonces cuando yo abandoné mi costumbre de llegar al autobús con el tiempo justo, y madrigaba más con tal de estar el primero en la cola para subir. Ssí lograba un asiento a su lado. De ese modo descubrí sus marcas. Las tenía en la cara, en los braazos y en las piernas. Aquela chica tenía moretones por distintas partes de su cuerpo, según el día. Incluso creo que que una vez vi una en su cuello, que ella trataba de tapar con un pañuelo cuando la miraba fijamente. Y también llevaba gafas de sol, aunque hiciera un día en que la lluvia no dejara asomarse ni un solo rayo. Ccreo que fue entonces cuando decidí buscar la ocasión propicia ara preguntarle.

No pude hacerlo. Ella no volvió. Y, de nuevo, me recorrió un escalofrío

No me equivocaba. Exactamente a las 7.35, cuando yo bajaba del autobús como l hacía días antes junto a ella, escuchaba en la radio una noticia: una mujer había sido asesinada por su marido en Valencia. Antes de ver su fotografia en la prensa, ya sabia que era ella. Y me maldije a mí mismo por siempre.

Yo continúo viajando en el autobús número 5 cada día. Y cada día, su asiento vacío me recuerda mi silencio cómplice.

Clichés del lenguaje: discriminación oculta


Todo el mundo sabe que la primera película sonora fue El cantor de jazz, aunque lo que no sabían entonces es que era un claro ejemplo de blackface, esos casos donde una persona de piel blanca tiñe su cara de negro para parecer -teóricamente- alguien de piel negra y que a día de hoy se considera inequívocamente racista. Como si no hubiera cantantes negros de jazz como para interpretar al protagonista de esa película, por cierto. Y, aunque no es el único caso, es verdad que las asimilaciones del color negro como negativo frente al blanco como positivo han sido tan frecuentes que títulos como El negro que tenía el alma blanca no llamaban la atención. Aunque yo siempre me acuerdo de los bienintencionados Angelitos negros de Machín.

En nuestro teatro, como en la vida, el uso del lenguaje discriminatorio también está ahí, aunque a veces sea tan sutil que no nos demos ni cuenta.

Este estreno viene a cuento de una reflexión muy interesante que hacían en Twitter los titulares de la cuenta de Olympe abogados. Decían, y con razón, que no volverían a utilizar la palabra «denigrar», ni sus derivados, porque, según les explicaron, etimológicamente significa “ennegrecer” y perpetúa el cliché que une lo bueno a lo blanco y lo malo a lo negro. Pensemos cuántas veces hemos utilizado esta palabra sin pensar en ese significado oculto y, al menos pensémoslo. Porque no es solo cosa de nuestra habla corriente, el Código Penal también la utilizaba con referencia a algunos insultos, y nos es extraño leerla en alguna sentencia, incluso -oh, paradoja- referida a delitos de odio, cuando se califica una expresión o hecho de denigrante. Por supuesto, no se hace con ese significado oculto, pero ahí queda para perpetuar el estereotipo.

Como decía, no es el único caso. Tal vez el más paradigmático sea el uso continuado del verbo “blanquear” para referirse, a tornar bueno algo teóricamente malo. La RAE se refiere a ello solo en su acepción fiscal y, precisamente, echa mano de otro cliché, al decir que blanquear consiste en ajustar a la legalidad fiscal el dinero negro. De modo que el dinero ilegal era negro y el legal blanco. ¿o no? Pues eso. Y nuestro Código no es ajeno a ello, al castigar como delito el blanqueo de capitales.

También el término blanquear se usa, con carácter general, para referirnos a sacar a la luz de la legalidad algo que era ilegal, o para tornar lícito o aceptable algo que no lo era. Más paradojas, porque no es extraño que también venga referido a la discriminación y el odio, cuando se critica, por ejemplo, a quienes blanquean el fascismo.

Pero hay más. Es bien conocido el ejemplo de la histeria, una enfermedad que se relacionaba directamente con las mujeres y que tomaba su nombre de parte de nuestro aparato reproductor. Porque, claro está, lo que se valora es la hombría, como si ser muy hombre fuera tan maravillosos como proporcionalmente es horrible ser mujer. Por eso reprenden a más de un niño con eso de que no sea “nenaza”. Los hombres no lloran, tiene que pelear, claro está. Ya lo cantaba Miguel Bosé. Y, aunque no habla de hombría exactamente, son todavía varios los artículos de nuestro Código Civil que utilizan como paradigma de todo lo que debe ser a un buen padre de familia. Faltaría más.

A veces son los estereotipos regionales los que dejan una impronta de discriminación en el lenguaje, incluso en el jurídico o meta jurídico. Sería el caso, por ejemplo, de las famosas querellas catalanas, que utilizan la vía penal para hacer presión en un asunto civil.

Y es que el lenguaje esconde muchas cosas que a veces ni notamos. Se habla con naturalidad de judiadas como malas pasadas y hasta el refranero se ensaña con determinados grupos, en particular con el pueblo gitano. No hay más que echarle un vistazo para comprobar con que ligereza le endosa estereotipos negativos.

Y, aunque los ejemplos serían muchos se trata de un estreno, no de una trilogía, así que acabaré con algo que hasta hace poco estaba en nuestros Códigos y discriminaba a las personas mucho más de lo que pensábamos. Cuántas veces no habremos hablado de incapaces, como si las personas que padecen alguna discapacidad no pudieran hacer absolutamente nada. Afortunadamente, tanto el Derecho como el lenguaje común es cada vez más sensible a esta realidad y acuña términos como diversidad funcional o capacidades diferentes para los que no hace tanto, se llamaban “inválidos”, con un deje peyorativo del que no siempre éramos conscientes.

Y con esto, bajo el telón por hoy. El aplauso se lo daré a quienes inspiraron este post y a las personas que cada día cuidan los pequeños detalles para que, de verdad, seamos cada vez más iguales. Mil gracias

Tópicos: ni peluca ni mazo


Cuantas veces no habremos oído eso de que la realidad no te estropee un buen titular, algo que es aplicable no solo al mundo del periodismo. Los tópicos, cuanto más facilones mejor, entran sin dificultad y se quedan en las mentes, y más de una vez el mundo del espectáculo sirve como argamasa para fijarlos. No hay más que echar un vistazo a todas aquellas películas de los años 70 que pretendían vendernos el typical spanish con sus suecas rubias esbeltas que volvían locos a unos españoles descritos con trazo gordo, con títulos tan sugerentes como Lo verde empieza en los Pirineos. Unos tópicos de los que no escapa, ni mucho menos, la Justicia, que pinta, aunque sea en nuestra tierra, unos estereotipos anglosajones que se han quedado en el disco duro de la gente. Y lo que cuesta desmentirlos.

            En nuestro teatro, como decía, abundan los tópicos cinematográficos que, perpetuados por tertulianos y opinólogos varios, hacen que constantemente tengamos que decepcionar a nuestro público, cuando comprueba que la realidad no es como la de las series de abogados.

            Ya hemos dedicado varios estrenos a estas cosas. Leyendas urbanas, series de ficción absolutamente infieles a nuestra realidad judicial y todología son un cóctel difícilmente rebatible. Por más que nos esforcemos. Seguro que muchos habitantes de Toguilandia saben de que hablo cuando me refiero a la cara de decepción de una testigo cuando no le damos Biblia sobre la que jurar ni le hacemos ponerse la mano en el pecho. ¿Cuándo me dicen eso de decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad? Pues eso.

            Confieso que me dan ganas de volver a las andadas, o mejor, a las escritas, cada vez que veo una serie de televisión española cuyos guionistas olvidaron documentarse mínimamente, no fuera a ser que les estropeara el argumento. Pero sigue pasando. Me decía un compañero que precisamente por esa razón no ve series de nuestro país, y creo que solo eso sería suficiente razón para reconsiderarlo. Pero si quieres arroz, Catalina. Ya no nos sacan con peluca y las togas son como las nuestras, pero ahí todas las similitudes con nuestro proceso. Desde una violación juzgada por un tribunal de jurado, absolutamente imposible en Derecho español, en que los delitos sexuales están excluidos de esa modalidad de juzgar, hasta toda una parafernalia que en nada nos define.

            Al hilo de es comentario en redes, me contestaba otra tuitera que era ficción, y se admitirían licencias, y que sus padres, por ejemplo, no entenderían que el juez no llevara mazo. Y, precisamente, de eso se trata. Sus padres creen a pies juntillas que los jueces llevan mazo porque lo han visto en miles de películas americanas, y nadie les ha explicado a la hora de hacer la réplica patria que aquí no hay mazo, sino, en todo caso, campanilla, aunque cada vez menos. Por la misma razón que nadie explicó a la testigo de mi primer ejemplo que no hay Biblia, ni mano en el pecho. Y ojo, que tampoco nos levantamos cuando llega el juez, ni nadie grita que preside el honorable juez Fulanito. Y es que somos más de andar por casa, vaya, por más cortinajes de terciopelo y banderas que se gasten en las altas instancias.

            Pero esta vez, por si con las series no tuviéramos bastante, nos encontramos con las declaraciones de un presunto que da una nueva vuelta al tópico de los tópicos, el de los fiscales obedeciendo ordenes del Gobierno. Y ojocuidao que el investigado en cuestión, que presume de dormir nueve horas como un angelito -al que no le afectan el paro, la crisis ni el precio de la luz y la gasolina- nos suelta una perla inigualable. “La Fiscalía, ya sabes, son todos de izquierdas y así actúan”, Tócate los pies -seguramente los suyos calzados de Gucci, cuanto menos- toguitaconados o no.

            ¿A qué nos suena esto? Pues a aquel “la fiscalía te lo afina” que decía otro investigado, pero de signo contrario. Y no ha pasado tanto tiempo, así que, o han echado a todos ent4re una cosa u otra, o los miembros del Ministerio Fiscal somos de lo más chaquetero.

            La explicación es sencilla, para quien la quiera saber y no quedarse con el titular. Aunque a la Fiscal General del Estado la elija el Gobierno, por mor de una Constitución a la que para otras cosas se usa por bandera, las fiscales y los fiscales estamos ahí por una durísima oposición, la misma que judicatura, y ahí seguimos, haciendo nuestro trabajo contra viento y marea cada día esté quien esté en el poder. ¿Quiere decir que no tenemos ideología? Pues tiene ideología la persona que trabaja como fiscal, pero no la fiscalía en sí. Por eso, cuando trabajamos, estamos ajenos a nuestros pensamientos políticos, por más que haya quien no lo crea, y quien no lo quiera creer. Si fuera de otro modo nos echarían a todos cada vez que cambia el Gobierno, y eso está claro que no pasa.

            Aun hay más. No hace mucho, y periódicamente de vez en cuando, sale alguien diciendo que jueces y fiscales somos una pandilla de pijos retrógrados que cantamos el Cara al Sol a poco que nos toquen las palmas. Que todas y todos tenemos varios apellidos compuestos y nunca hemos tenido más problema económico que no fuera que no nos compraran el último Luisvi. Ya dediqué un estreno a contar lo contrario pero parece que hay quien se niega a aceptar otra verdad.

            Pero ¿en qué quedamos? ¿Somos retrógrados y reaccionarios o los pijoprogres que describe el investigado dormilón? Pues ni una cosa ni otra, aunque no estaría mal que le explicaran al muchacho que echar un vistazo a las perdonas que están asociadas en ambas carreras, judicial y fiscal, le daría una idea más clara de las cosas. Tiene las elecciones del Consejo Fiscal, donde votamos los fiscales -a diferencia del Consejo General del Poder Judicial- a la vuelta de la esquina para verlo.

            No insistiré mucho más en derribar tópicos, aunque no me resisto a recalcar que nuestro sueldo, por ejemplo, no da ni para pagar la fianza que se le pide al investigado en cuestión. Y que no somos policías, y no salimos a la calle en busca de pruebas como vemos en las pelis, aunque más de una vez me encantaría estar por ahí en lugar de encerrada delante de mi ordenador.

            Espero haber derribado algún mito que otro. Porque hay cosas que ya no pueden combatirse. Decir que en España no hay libertad con o sin cargos, sino provisional o definitiva, y que no todos los procedimientos son sumarios, es ya misión imposible. Aunque lo seguiré intentando

           Solo queda el aplauso. Y hoy propongo que se lo demos se lo demos a quienes, con rigor, se r3esiten a usar tópicos, aunque no les quede el artículo, el post o el tuit tan lucido. Mil gracias

Indiferencia: de perfil


         

Hoy en nuestro escenario un nuevo cuento, destinado, además de a causar emociones, a llamar la atención sobre la necesidad de no permanecer indiferentes ante determinadas cosas- Pero no haré spoiler. Mejor que leáis

DE PERFIL

(Relato incluido en mi antología Remos de plomo)

Margarita estaba indignada. ¿Cómo osaba decir semejante cosa de su niña?. ¿Cómo se atrevía siquiera a insinuarlo? Había que ver qué mala era la envidia, porque eso era lo que tenía aquella metomentodo. Si es que ella supo que desde que su hija se fue a la ciudad a estudiar y se hizo doctora, no le iba a perdonar. Y claro, había aprovechado la oportunidad, y seguro que le iba con el cuento a todo el mundo.

     ¡Mira que decir que su yerno pegaba a Azucena!. Ni que él fuera capaz, todo un señor catedrático. Y, por supuesto, ni que la niña se fuera a dejar, con lo lista que era. Acabáramos. A qué mala hora le cedió a su hija el piso del pueblo. Le había puesto la venganza en bandeja a Paquita, su vecina de toda la vida, que debía estar esperando una ocasión propicia. Y claro, oiría cuatro gritos y a difamar se ha dicho. Que ya se sabe eso de “injuria, que algo queda”. Y todo porque su propia hija le salió más bien fea y corta de entendederas. Y de milagro no se quedó para vestir santos, aunque para ese patán que tenía por marido, mejor le hubiera ido. Seguro que ese sí tenía las manos largas.

        Benjamín había desconectado del monólogo de su mujer hacía ya un buen rato. Solía hacerlo en cuanto ella se enredaba con chismes que poco lo importaban. Tal vez si hubiera estado atento, las cosas hubieran acabado de otro modo. Pero se limitó a asentir con la cabeza y a ponerse de perfil mientras ella le contaba cómo había echado a Paquita de su casa a cajas destempladas.

        Tampoco su hijo le prestó demasiada atención. Bastante tenía un adolescente como él con cargar con las burlas del pueblo entero porque era diferente, y más cuando llevaba la cruz de llamarse Narciso, con esa manía de su madre de ponerles a todos nombres de flores.

       Así que ni siquiera le comentaron a Azucena lo que decían de ella. Con lo ocupada que estaba con su trabajo, su marido y sus hijos, como para andarle con tonterías de patio de vecinas. Y la propia Paquita, después de aquel estallido de rabia, tampoco volvió a tocar el tema. Sólo lo había comentado con su hija Julia, la que fue la mejor amiga de Azucena.

       Julia fue la única que intentó hablar con su amiga. Le preguntó qué tal le iba con su marido. Y como le dijo que todo iba bien, se quedó tranquila. Le pareció cansada, desde luego, pero ello misma le explicó que entre la casa, el trabajo y los niños, apenas tenía tiempo para si misma. Tal vez, si la hubiera mirado con atención, en lugar de ponerse de perfil, hubiera descubierto alguna marca que el maquillaje no lograba tapar. Pero se conformó con la respuesta y siguió adelante.

      El tiempo fue pasando. Margarita, en su fuero interno, se arrepentía de su exabrupto con Paquita. La echaba de menos. Solo a ella le habría podido contar lo triste que estaba porque su hija cada vez iba menos a verles, porque apenas tenían contacto con los niños.

       También Paquita notaba la ausencia de la que fue su amiga. Trató de cerrar ojos y oídos a lo que pasaba en el piso de Azucena para no complicarse, aunque cada vez iba menos al pueblo. Aquella niña mimada y desagradecida se había olvidado de los suyos. Y le embargaba una mezcla de rencor y pena cada vez que lo pensaba.

       Cuando les avisaron de lo que había ocurrido no podían creerlo. O tal vez no querían. Azucena había muerto tras ingerir un bote entero de pastillas. Aunque sus padres dijeron a todo el mundo que fue un accidente, era más que evidente que fue un suicidio. Y eso que no contaron a nadie lo de los hematomas que tenía por todo el cuerpo. Algo que les dijeron en el juzgado, tras la autopsia, y que decidieron convertir en un secreto que les acompañaría a la tumba.

      Y así fue. Margarita en apenas un año acompañó a su hija al otro mundo, tras una depresión de la que nunca levantó cabeza. La pena y la culpa se llevaron sus ganas de vivir, como también se llevaron las de Manuel, que sobrevivía penosamente en una residencia. Ni uno ni otra vieron más a sus nietos gemelos, que a los cinco años quedaron huérfanos de madre.

  -¿Y por qué me cuenta todo esto, doctor?

           El médico dejó de hablar y tomó suavemente entre sus manos la cara de su paciente, que había permanecido en todo momento mirándole de lado sin soltar la manita de su hijo, de cinco años. Le tocó el pómulo y comprobó que ella daba un respingo cada vez que lo hacía. El tono púrpura había traspasado la gruesa capa de maquillaje, que se cuarteaba conforme a aquella mujer le iban cayendo lágrimas.

-Yo soy el hijo de Azucena. Aquel niño de cinco años que se quedó sin madre. Tardé bastante tiempo en saber qué le pasó a mi madre, mientras me criaba el hombre causante de todo, mi padre.

No quisiera que su niño, de la misma edad que yo tenía, pasara por todo esto. ¿Y usted?

      Ese día cambió la vida para aquella mujer y su hijo.. Denunció a su marido y se marchó lejos, donde empezó una nueva vida. Tuvo nueva pareja y, en cuanto se quedó embarazada, supo qué nombre pondría a su hijo. El del buen doctor que tiró de ella para sacarla del abismo.

      Pero nació una niña. Y la llamó Azucena, en memoria de aquella mujer que, sin saberlo, le salvó la vida.

      Yo soy esa Azucena. Y ésta es la historia que le prometí a mi madre que contaría al mundo cuando ella ya no estuviera. Ojala sirva para que nunca más nadie se ponga de perfil ante una mujer que grite en silencio.

Guerra: lo que nunca debe pasar


En el mundo del cine, la guerra ha dado lugar a un género propio, el género bélico. Como en botica, hay de todo, pero no hace falta hacer mucho esfuerzo para que se nos vengan a la cabeza títulos como El día D, Los mejores años de nuestra vida, Salvar al soldado Ryan, Los gritos del silencio, El capitán Alatriste, Feliz Navidad, 1917, Ay Carmela, La chaqueta metálica o la impresionante Johnny cogió su fusil, entre otras muchas. Pero sean malas, buenas o regulares, tragedias o comedias, largas o cortas, lo bien cierto es que reflejan una realidad terrible, Algo que se repite demasiadas veces a pesar de que no debería existir en ningún lugar en ningún momento.

            En nuestro teatro la guerra también tiene su reflejo, aunque no sea fácil verlo en nuestro día a día. Salvo, claro está, que se esté destinada en la Audiencia Nacional o se ocupe un puesto del Tribunal Penal Internacional, que conocen de cosas tan espantosas como genocidio, crímenes de guerra o crímenes de lesa humanidad que ojalá no existieran.

            Cuando yo estudiaba la oposición, allá por el Pleistoceno, había sendos capítulos del Código penal especialmente difíciles. Eran los delitos contra la seguridad interior y exterior del Estado, entre los cuales se encontraban tipos tan curiosos como el que castigaba al español que sedujere tropa para que pasare al servicio de tropas enemigas, sediciosas o separatistas. Y a mí eso de seducir tropa, por muy español que se fuera, y por muy sediciosas que fueran las tropas enemigas, me parecía tan irreal que me daba risa, Sonaba como si fuera Mata Hari o la Madelon versión patria.

            Por aquel entonces pensaba que, aparte de para aprobar el examen, aquellos preceptos no se aplicarían nunca porque lo de la guerra me parecía algo imposible en nuestro mundo. Claro que como futuróloga nunca me ganaría la vida, porque cuando todo el mundo hablaba ya de pandemia y de confinamiento yo seguía afirmando que no podía ser, y cuando me dijeron que había entrado en erupción un volcán estaba convencida de que era una broma. Y, por supuesto, estaba convencida que lo del coronavirus acabaría el mismísimo día que saliéramos de nuestro encierro, y ya ves como seguimos tras más de dos años.

            Y otro tanto cabe decir de mis virtudes como pitonisa jurídica, que también pensé que tipos como la rebelión no se aplicarían nunca, y no hay más que echar un vistazo a las calificaciones del Procés para desmentir mi creencia.

            Así, la realidad confirma de nuevo mi falta de habilidad adivinatoria, y nos hemos encontrado, casi a las puertas de esta casa nuestra que es Europa, a la mismísima guerra. Una guerra que, además, viendo las imágenes, es como la de siempre, tan cruel y tan injusta como la toda la vida. Con su reguero de destrucción, de muerte, de refugiados y de dolor inmenso.

            Por eso he decidido dedicar este estreno a todos esos delitos que se cometen en la guerra, además del crimen inmenso que es la propia guerra.

            En primer lugar, hay una serie de normas de Derecho Internacional que rigen todas las guerras, aunque los contendientes no siempre estén dispuestos a respetarlas. Normas como el modo de tratar a los prisioneros de guerra, relativas a no atacar a los civiles y a respetar, en esencia los Derechos Humanos. Unas normas que se hizo preciso establecer después del horror de la Segunda Guerra Mundial, tras los juicios de Nuremberg.

            Por desgracia, cuando estalla una guerra, sobre todo cuando algún país o su visionario líder decide invadir a otro, no siempre los invasores están dispuestos a aceptar las reglas de juego. Es lamentable, pero es así.

            Y, además, las propias guerras dan lugar a delitos asociados a ellas, que responden al viejo dicho de A río revuelto, ganancia de pescadores. Lo que se da en llamar “pillaje” que no es otra cosa que robos en toda regla, es una de las más características. Eso que consideraban botín de guerra.

            Pero lo peor viene cuando esos delitos se cometen sobre personas. Todo el mundo hemos visto imágenes, actuales o antiguas de ejecuciones sumarias. Y también hemos oído hablar de delitos sexuales cometidos contra las mujeres que pertenecen a lo que se considera el bando contrario. Utilizar a las mujeres para humillarlas no solo a ellas sino a los hombres, considerando su cuerpo como territorio de conquista, es uno de los más frecuentes y terribles delitos que se cometen durante muchas guerras.

            Además, siempre ocurren cosas terribles respecto de las personas que se ven obligadas a abandonar su tierra. Esas personas que se llaman paradójicamente “refugiados” aunque no tienen refugio alguno. Y, aunque es difícil conocer cifras ni hechos concretos, se habla de trata de personas, de tráfico de órganos y de, nuevamente, violaciones y otros delitos sexuales.

            Cuando nos encontramos con estas cosas, como sociedad, pero también como juristas, debemos reaccionar. Y la reacción no puede ser otra que la condena de la guerra y la solidaridad con quienes la padecen. No olvidemos, además, la loable labor de voluntarios y Ongs que en ocasiones les cuesta la vida o la condena a penas de cárcel.

            El problema es que, como siempre, solo vemos las orejas al lobo cuando está en la puerta. Y hemos cerrado los ojos una y otra vez ante conflictos bélicos crueles, injustos y sangrientos en otras partes del mundo. Y seguimos haciéndolo. Ojalá esto sirva también para abrir nuestros ojos y nuestras mentes.

            Por eso hoy el aplauso no puede ser otro que el dirigido a todas esas personas que han sido capaces de jugarse la vida por conseguir que las víctimas de las guerras puedan huir o tengan mejores condiciones de vida. Gracias.

Y gracias también, una vez más, @madebycarol por esa preciosa imagen que ilustra el post

No-discriminación: perspectiva de igualdad


            Machismo, racismo, xenofobia, homofobia, xenofobia, discriminación por ideología, discapacidad, religión, enfermedad, o cualquier otro de los motivos que dan lugar a lo que se conoce como delitos de odio, han sido ampliamente reflejados en cine, teatro y series de televisión. Desde películas que recogen hechos históricos como Arde Mississipi, El milagro de Anna Sullivan, Invictus o La lista de Schindler a fábulas bienintencionadas como Forrest Gump o Rain Man. Y, más recientemente, Coda, el oscarizado remake de la francesa La familia Bélier, la historia de una familia de personas sordomudas, un tema que ya trató la también oscarizada Hijos de un dios menor Y es que la diferencia vende bien, aunque se compre peor. Verdad verdadera.

            En nuestro teatro la diferencia también tiene un papel importante, aunque a veces menor del que debería, o incluso del que decimos otorgarle. Ya dedicamos sendos estrenos a la igualdad de género , a los delitos de odio y, como no, a darle la bienvenida a ese pionero de las puñetas que es Héctor , mi amigo y compañero -por ese orden- invidente.

            Pero hoy quería dar una vuelta más al tema. Una vuelta que, confieso que no apareció sola en mi cabeza, sino que vino espoleada por una conversación con Natalia Velilla en el Centro de Estudios Jurídicos, en un estupendo curso sobre delitos de odio dirigido por Mayte Verdugo. Ambas, por una u otra razón, concluimos que en nuestras carreras, y en la vida en general, se echa de menos la perspectiva de discapacidad, una vez que hemos conseguido integrar, aunque sea a duras penas y a fuerza de pelear, la denominada perspectiva de género. De hecho, ella escribió un precioso artículo sobre los huesos del amor al que solo veo un pero: no haberlo escrito yo antes. Aunque me lo dedicó, que no se diga, que es de bien nacida ser agradecida.

            Como decía, quise dar una vuelta al tema e ir más allá. No solo nos falta perspectiva de discapacidad, sino que nos falta perspectiva de igualdad, entendida en sentido amplio y no solo como igualdad entre hombres y mujeres. Por eso tal vez sería mejor llamarla perspectiva de no-discriminación.

            La perspectiva de no-discriminación debería hacer que personas como una abogada a la que considero amiga, aunque solo la conozco por twitter, no tuviera que contar como una rareza que la juez con la que iba a celebrar un juicio lo hiciera en una sala adaptada a sus capacidades diferentes, puesto que necesita una silla de ruedas para desplazarse. La perspectiva de igualdad debería hacer que quien tiene que trabajar con cualquier persona con diversidad funcional o sensorial pensara en prever qué va a necesitar en lugar de lamentarse por si aquello puede suponer un retraso. También debería implicar que nadie se quejara porque la administración destina dinero a adaptar los puestos de trabajo -siempre hay alguien que ronronea eso de que “con la falta que hace para otras cosas…”- o porque las personas con discapacidad tengan derecho por ley a la reserva de un porcentaje de plazas en las oposiciones o en los puestos de trabajo. Porque estas cosas casi nadie las dice en voz alta, pero sí en la intimidad de cafés y chats creyéndose cargados de razón. Y todo el mundo lo sabemos, aunque hagamos como que no. Verdad verdadera.

            Una vez, la madre de una niña con una discapacidad importante, como esas de las que hablaba en el estreno dedicado a personas especiales me contó que su hija se quejaba de que la gente no la miraba a los ojos. Y lo cierto es que no lo había pensado hasta ahora, pero es una verdad como un piano. Las personas diferentes nos incomodan, porque más de una vez ponen al descubierto nuestra mezquindad y nuestro egoísmo, y ante eso es difícil reaccionar. Por eso, cuando no las miramos no es porque no las queramos ver, sino porque no queremos ver nuestro reflejo en ellas. La zona de confort es lo que tiene.

            Alguna vez he presenciado cómo a un funcionario con discapacidad se le arrinconaba dándole poco o incluso ningún trabajo en lugar de enseñarle a hacer lo que con un poco de ayuda podría hacer perfectamente. He de decir que también he visto lo contrario, pero en esos casos sí estaríamos ante esa perspectiva de no-discriminación de la que hablaba. Ojala fueran estos casos y no los otros los únicos que viera.

            Incluso a la hora de proponer testigos, podemos caer en ello sin darnos cuenta. Porque llamar a un testigo sordomudo puede implicar tener que buscar a un intérprete de signos, o interrogar a alguien con discapacidad intelectual puede requerir más dosis de paciencia y de tiempo. Nos decimos a nosotras mismas que no vamos a molestarnos, pero no nos perdemos un minuto en pensar que no solo ellos quizás quieran que conozcamos su versión, sino que su testimonio puede ser tanto o más útil como el de cualquiera. Porque creemos tener buena intención, pero nos falta esta perspectiva de no-discriminación de la que hablo.

            También nos falta cuando tratamos con alguna persona que viene de otro país, incluso de otra cultura, y pretendemos aplicarles nuestros parámetros. Es difícil que alguien te explique por qué no denunció si en su tierra esas cosas no se denuncian, no son delito o, simplemente, ni siquiera lo sabe.

            Otro tanto nos sucede cuando una persona vulnerable es víctima de un delito. El homosexual que no quiere que se conozca su orientación sexual, el inmigrante que teme que su denuncia saque a la luz su condición de sin papeles, o la persona que se avergüenza por haber sido víctima de una agresión sexual.

            Partimos de la base de que el mundo es como lo vemos, y que no hay más perspectivas. Nos faltan gafas de todos los colores para no suponer que si se habla de un matrimonio, este sea heterosexual, por ejemplo, por más que la ley lleve muchos años de rodaje. Pero las mentes necesitan rodar, a veces, más que las leyes. Y no siempre están dispuestas a hacerlo. Lástima que no haya un BOE que las cambie como cambia la legislación.

            Estos son solo algunos ejemplos, pero podría citar cientos. Y seguro que, a poco que lo pensemos, también se nos ocurrirían unos cuantos.

            Por eso el aplauso de hoy se lo daré, además de a Natalia,a Héctor, a Rosa y a Mayte, a las que ya cité y que por un u otro motivo son responsables de estas reflexiones, sino a quienes piensen un momento antes de decidir como tratar a una persona. Porque la perspectiva de no-discriminación es necesaria.