Acerca de gisbertsusana

Fiscal con vocación de artista. Me tomo la vida con mucho humor y siempre subida en mis tacones.

Homenaje: El enterrador


20200804_155056

 

Hoy, víspera del aniversario del fusilamiento de las Trece Rosas, nos sumamos a su recuerdo con un relato sobre memoria histórica

Este relato está inspirado en la historia de Leoncio, el enterrador de Paterna, que se conoció como “el paredón de España”. Sirva como pequeño homenaje a los represaliados del franquismo enterrados en la fosa 112 y el resto de fosas comunes de Paterna y de toda España.

(Publicado en 2019 en la antología de Valencia Escribe “A punta de relato”)

 

EL ENTERRADOR

-No pueden llevárselo. ¿Qué delito ha cometido?

Eugenio gritaba desesperado viendo como irrumpían en su casa a media noche y se llevaban a su padre a empellones, como si fuera el peor de los delincuentes. Era un buen hombre, un buen padre y una buena persona, que le había dado todo lo que había podido en sus veinte años de vida. A él y a muchas personas más.

-¿Quieres saberlo? Pues vente tú también y verás el delito de él y todos los rojos como él 

Se llevaron también a Eugenio, pese a las protestas del padre. Se sabía perdido y no quería arrastrar con él a su hijo. Pero no pudo evitarlo. Arrastrados por sus captores, ambos recorrieron las calles de su pueblo, mientras desde cortinas y visillos se llevaban las manos a la cabeza.

El padre de Eugenio no regresó nunca. Al pobre muchacho le contaron que le hicieron elegir entre su vida y la de su hijo, y que él no lo dudó. A Eugenio le dieron una libertad que sabía a condena. Y que lo era.  El precio a pagar sería el peor de los trabajos. Sería el enterrador, quien echara tierra sobre las fosas comunes donde iban a parar desdichados como su padre tras ser fusilados. Le dijeron que tendría que enterrar a los suyos.

A Eugenio acabaron por secársele las lágrimas con el polvo de la tierra que cada día echaba sobre esos cuerpos. Tuvo que enterrar al tendero que de pequeño le regalaba dulces, al panadero que hacía aquellas tortas con las que se chupaba los dedos, y a muchos amigos. Incluso a la hija de unos vecinos con la que él soñaba para novia. Fue entonces cuando se le secaron los ojos. Cada día volvía a preguntarse qué delito habían cometido. Y cada día se marchaba a su casa sin respuesta.

Gracias a Eugenio supimos qué había sido de mi abuelo y dónde estaba enterrado. Un magro consuelo, pero consuelo al fin y al cabo. Muchas familias ni siquiera tienen eso.

Yo entonces era una niña, y no lo conocía. Pero nunca olvidaré su rostro desde aquel día en que nos entregó nuestra joya más preciada. Un viejo calcetín sucio y roto donde todavía podían verse las iniciales de mi abuelo, bordadas con primor por mi abuela. Al verlo, ella lloró y quiso abrazarle, darle algo de la poca comida que teníamos, hacer lo que fuera para pagarle. El, con la cabeza gacha, se marchó sin más. Y viéndole desde la ventana, le oí musitar algo sobre delitos que yo no entendía.

No lo volví a ver, aunque corrían por el pueblo historias contadas en voz baja sobre las cosas que traía Eugenio. Un trozo de camisa, un botón, un cordón de zapato. Cualquier cosa que ayudara a identificar a toda aquella gente y a dar a sus familias un lugar donde llorarlos.

Muchos años después, supe que estaba a punto de morir y quise hacer lo que llevaba tantos años demorando. Cogí el calcetín que mi abuela nos había dejado como herencia, y se lo mostré, dándole las gracias una y mil veces. Él sonrió, y juraría que vi escaparse su lágrima de sus ojos secos.

Eugenio murió días más tarde. Las personas que estaban con él en ese momento cuentan que, al marcharse, dijo una última frase

-Por fin he entendido cuál era el delito. Era el asesinato que cometieron con ellos.

 

 

No-vacaciones: antología del disparate


vacaciones frustradas

 

Las vacaciones son un tema jugoso para el cine, el teatro o la literatura. La filmoteca está llena de obras que plasman vacaciones de diversas personas, ya se trate de princesas -Vacaciones en Roma- , de familias numerosas –12 fuera de casa-, de aspirantes a estrellas –Camp rock-. adolescentes –La tropa de Beverly Hills-, hermanas gemelas ansiosas de encontrarse –Tu a Boston, yo a California– aspirantes a encontrar el amor –Mi chica– o algo más que el amor –Dirty Dancing– o, por supuesto, pandilla inolvidable antes de saber que iba a serlo –Verano azul-. Hasta Los Picapiedra se iban de vacaciones aunque fueran Vacaciones frustradas. Aunque no olvidemos que también el verano ha sido el telón de fondo de algunas de nuestras más terroríficas pesadillas cinematográficas, como que se te aparezca un Tiburón o que susurren que Sé lo que hicisteis el último verano, sea Viernes 13 o no.

En nuestro teatro, como no podía ser de otra manera, venimos teniendo vacaciones cada año, e incluso dedicándoles más de un estreno. Pero hay que reconocer que las de este año están más cerca de las películas de terror que de las almibaradas vacaciones familiares que tanto hemos visto en la tele. Y es que entre el covid19 y la tendencia al más difícil todavía propio de Toguilandia, logramos unos resultados al lado de los que el teatro del absurdo se queda en nada. Veamos si no.

En pleno confinamiento, cuando empezábamos a vislumbrar el desastre que se nos venía encima, se tomó una decisión que nos pillo con el pie cambiado. Se iba a habilitar el mes de agosto, supuestamente para recuperar el tiempo perdido, como si fuéramos niños que han suspendido y se ven obligados a estudiar en verano para los exámenes de septiembre. Después de gritar hasta desgañitarnos en redes sociales, medios de comunicación y donde fuera posible, se rebajó el castigo y se decidió que solo serían hábiles del día 11 en adelante. Como si fuéramos críos a los que bastara quitarse la toga y ponerse el bañador para disfrutar de unas merecidas vacaciones.

Si alguien no frecuenta mucho Toguilandia, podría pensar, a primera vista, de que la medida no está mal. Se habilita agosto para recuperar el tiempo perdido y que la ciudadanía no vea demorado por más tiempo el ejercicio de sus derechos. Pero la cosa no es tan sencilla. Y eso por varias razones. La primera sería la que atañe a la propia judicatura- Porque, como es imposible dejar sin vacaciones a un trabajador por cuenta ajena -que eso somos-, lo lógico sería pensar que esa medida vendría acompañada de sustitutos que celebrarían mientras el titular no está. ¿Verdad? Pues de eso nada. Así que, como siempre, pan para hoy y hambre para mañana, porque si el juez vacaciona en septiembre, señalará en agosto y no lo hará en septiembre, y viceversa. Y no habremos adelantado nada. Si a eso le sumamos todo el personal de juzgados, incluidos lajs y fiscales, a quienes el ritmo de señalamientos determina las vacaciones, el absurdo se vuelve esperpento.

Pues bien, tal vez porque se dieron cuenta e esto  o tal vez porque vieron la luz como la Carolyn de Poltergeist, el Consejo General del Poder Judicial decidió tomar cartas en el asunto con una decisión peculiar, por decirlo de algún modo. Les dice a los jueces y juezas que, a pesar de ser hábil agosto, no señalen nada. ¿Perdón? ¿Esto en serio? Pues parece que iba en serio, aunque no fuera muy serio.

Además de lo extravagante de la situación, entra en marcha el factor tiempo. Cuando dicen tal cosa, hay quien ya tienen cerrada la agenda de señalamientos, y concedidas las vacaciones suyas y las de los que le siguen como fichas de dominó. No olvidemos que en muchos sitios, organizar las vacaciones es como la partida de más alto nivel de Tetris. De eso sabemos mucho en Fiscalía, cualquier compi puede atestiguarlo. Así que ahí se quedan los señalamientos, fijados antes del consejo del Consejo -ya solo decirlo da risa- y que salga el sol por donde quiera. Por Antequera, o por cualquier otro sitio.

Y seguro que leyendo todo esto, más de un compañero y compañera de las necesarias profesiones de la Abogacía y la Procuradoría se están acordando de mis ancestros. Tranquilos, no os olvido. Pero lo vuestro es tan gordo que lo dejo para el final, que conviene ir poco a poco. Vaya por delante que ante todas estas noticias, sé de buena tinta que el consumo de ansiolíticos, tila, valeriana y cualquier otro dapaz entre entre estas profesiones se ha multiplicado. Y no es para menos. Salvo, claro está despachos con peso suficiente como para poder turnar las vacaciones. O sea los más grandes despachos, que son los menos, aunque sena muy visibles.

Pero prosigamos con el despropósito. Llegado el mes de julio, alguien cae en que esto es una verdadera barbaridad, y decide dar marcha atrás. Deshabilitamos agosto, y listo. Y que se apañen quienes ya se habían organizado. Pero ni por esas, porque los trámites parlamentarios son los que son y, aunque lo aprueba el Congreso, falta que pase por el Senado…que ya está de vacaciones. Con lo cual se aplaza a septiembre, lo que implica que una ley que inhabilita la habilitación de agosto -precioso trabalenguas- será aprobada en septiembre. O sea, a toro pasado, cuando ya no sirve para nada.

Esto, además de un despropósito, puede producir graves efectos. Imaginemos que, por cualquier razón, la ley no aprueba en su paso por el Senado ¿Qué pasa con los actos realizados al amparo de la misma? Y si es al contrario, ¿qué pasa? Si se inhabilita lo que estaba habilitado, ¿se podría reclamar por los perjuicios por su no aplicación? ¿Devengaría intereses de algún tipo? ¿O se podría pedir la nulidad de los actos amparados en esa habilitación? En fin, un galimatías que todavía empeora más las cosas. De ser eso posible, claro.

Y ojo, que hasta aquí solo hemos hablado de señalamientos que, al fin y al cabo, se conocen con cierto tiempo, aunque hagan que se evacue el traslado en las muelas de quien señala, por decirlo de un modo fino. Pero la segunda parte todavía es peor, especialmente para letrados y letradas, procuradores y procuradoras. Hablo de los plazos, la pesadilla del jurista. De poco sirven habilitaciones y deshabilitaciones, consejos del consejo y demás zarandajas mientras el reloj sigue marcando su tic tac como si fuera una bomba con temporizador.

El resultado es zozobra para la ciudadanía, un desconcierto para Jueces, fiscales. Lajs y personal de juzgados, y el desastre más absoluto para abogacía y procuradoría que se ven, de facto, privados de un mínimo disfrute vacacional cuando más lo necesita todo el mundo. Y lo peor de todo es que este desastre para ellos no supone un beneficio para nadie, porque sin más medios, tanto da que se habilite agosto. ¿O acaso tiene sentido que se obligue a interponer un recurso en agosto si no hay juez para resolverlo?

Así que ánimo. Hoy el aplauso lo daré a todos los habitantes de Toguilandia pero un abrazo especial para Abogacía y Procuradoría. Ya vendrán tiempos mejores. Es la única esperanza que nos cabe,

 

 

 

Anglicismos: oh yeah


 

angliscismo

Nuestra cultura audiovisual es, fundamentalmente, anglosajona. Quizás por eso alternamos el castizo término “película” por el más internacional de “film”, o su castellanización “filme”. Pero esos no son las únicas señales de que, a veces, creemos que por referirnos a algo en inglés somos más in, más cool o estamos más on, que no se diga. Hay muchas películas que se han dado a conocer por su nombre anglosajón, aunque tengan una perfecta traducción al castellano. Y no es cosa e ahora. Love Story, Grease o West Side Story se conocen por sus títulos originales, aunque perfectamente pudieran traducirse por “Historia de amor”, “Brillantina” o “Historia del West Side” –o incluso del lado oeste-. Cosas de The artists, que son así.

En nuestro teatro podría decirse que penetró más el latín que otros idiomas, pero no es del todo cierto. Aunque los latinajos siguen estando ahí, no podemos evitar el uso de barbarismos  como ya vimos en un estreno anterior. Pero, aunque no lo creamos, son tantos, que merecían una nueva oportunidad. Especialmente, tras la llegada de la pandemia.

Es posible que alguien piense que la pandemia no tiene demasiada influencia en el lenguaje jurídico , pero aquí estoy yo dispuesta a demostrar lo contrario. Veremos si lo consigo

Pensemos. ¿Cuál ha sido uno de los términos más utilizadas en estos día? Sin duda alguna, “la Covid19” –que no el Covid19- que sigue en boca de todo el mundo. Ese vocablo, aunque alguna política de pro pensara que se  refería al coronavirus del mes de diciemebre de 2019, por la “d” y el número, no es sino una abreviatura del término inglés que describe la enfermedad que produce el coronavirus. La famosa “d” no se refiere al ultimo mes del año sino a la palabra anglosajona “desease”, que significa enfermedad. Incluso se emplea el orden propio de esa lengua, en que, a diferencia del castellano, el sustantivo es o que va en último lugar. Precisamente por eso se ha de nombrar en femenino, no porque haya ninguna conspiración para culparnos a las mujeres, por una vez y sin que sirva de precedente. El virus, sin embargo, es masculino, por muy coronado que sea. Y, aunque no habría pega en llamarle por su nombre español, hemos convenido hacerlo por el inglés. Tal vez para ser más cool, o tal vez para usar el mismo nombre en todo el mundo. O una mezcla de ambos.

Además, si hay una palabra que ha venido con fuerza al tiempo que el maldito bicho, esa es la de webinar. Durante el confinamiento hemos hecho webinar con el mismo entusiasmo que pan, y con la misma insistencia que hemos comprado papel higiénico. La webinar (¿o el webinar?) no es otra cosa que una conferencia, exposición o mesa redonda que se realiza por medios digitales. O sea, lo que llamamos on line, otro anglicismo usado hasta la saciedad y que en más de una ocasión se traduce por “en línea”, algo que tiene poco sentido en nuestra lengua. Lo suyo sería hablar de videoconferencia , pero es que el término ya estaba cogido, para aludir más a la forma que al fondo. Y a una forma, por cierto, que nos sigue dando más de un problema. No obstante, seguro que con un poco de imaginación dábamos con una palabra mucho más castiza y bonita que ese extraño “webinar”, que igual vale para hablar del censo enfitéutico que del mejor modo de colocar el papel pintado en la pared.

No obstante, podría pensarse que antes de la pandemia no utilizábamos términos ajenos, pero nos engañaríamos. Los préstamos lingüísticos vienen de antiguo, a veces por la simple creencia de que se es más esnob, o más sofisticado. Quedamos en el hall, cuando podríamos hacerlo en el atrio, el recibidor o, sencillamente, la entrada. Hacemos cursos on line o presenciales, y en estos nunca falta un cofee break en vez de la pausa café de toda la vida. Sin embargo, si es digital, nos preocupamos por el feedback, es decir, por la reacción de las personas. Además, para solucionar los problemas de espacio, echamos mano de un local de coworking, y compartimos gastos. Fifty fifty, vaya. Y, si no decimos todas esas cosas, parece que estemos out.

Incluso  algunos ámbitos del Derecho se han impregnado de estos anglicismos. En Derecho Laboral se habla de mini Jobs, o de trabajos low cost, aunque esto de low cost, lo que venía siendo “barato” de toda la vida, igual vale para un roto que para un descosido. Así que lo podemos usar a full.

Por supuesto, también necesitamos optimizar nuestro tiempo y nuestro descanso. Para lo primero, nada como un coach que nos enseñe a administrar y administrarnos. Y para lo segundo, unas buenas sesiones de mindfullness, y arreglado. Que es como meditar, pero en fino. Y por supuesto, con un buen personal training

Y es que hasta a las mascarillas llega la anglosajonizacion. Se llaman por su nombre español, aunque en otros países se usa la traducción literal de “tapabocas”, pero hay que tener cuidado que nos desdigan de nuestro outfit, o estropeen nuestro look. Hasta ahí podiamos llegar.

Y hasta aquí el estreno de hoy. El aplauso, para quienes están alertas en el buen uso de la lengua, que es bien necesario. Aunque haya quien prefiera decir on fire –por cierto, los subtítulos de televisión lo tradujeron como “en fuego”-, demostrando que es lo que hay.

 

 

 

Comunicación: asignatura pendiente


comunicacion

 

   El mundo de los medios de comunicación es especialmente atractivo para cine y literatura.  Hay muchas y recordadas películas que lo tratan, como Primera Página o Al filo de la noticia, así como series de televisión, desde la inolvidable Lou Grant a la más cercana –en el tiempo y en el espacio- Periodistas, sin olvidar que el protagonista de una serie que marcó mi infancia, Con ocho basta, era periodista. Además, el mundo de los tribunales y la prensa también ha sido protagonista de varias obras de ficción, como Ausencia de malicia.

En nuestro teatro, la comunicación tiene un lugar importante, y de ahí que ya le hayamos dedicado varios estrenos  a sus protagonistas, tanto de la parte de los propios periodistas  como de los órganos encargados de la comunicación. Incluso los titulares y los gazapos han merecido su propio espacio en nuestro escenario. Y muy aplaudido, por cierto.

Hoy voy a tratar de otra cosa, cercana, pero menos de lo que me gustaría. Confieso que es un tema que me apasiona, y no he tenido más que encontrarme con la entrevista de mi amiga y compañera Escarlata  (@escar_gm) para espolearme y dedicarle un estreno como se merece. Se trata de la comunicación , entendida como el modo en que nos “vendemos” y la imagen que ofrecemos. Así que: luces, cámaras , ¡acción!

Cuando yo llegué a Toguilandia la prensa era El enemigo público número 1. A pesar de que ya entonces el artículo 4 del Estatuto Orgánico del Ministerio Fiscal nos atribuía la función de “informar a la opinión pública”, la consigna que recibíamos nada más llegar era que la prensa y los periodistas cuanto más lejos, mejor. Y eso, que valía para fiscales, valía mucho más para la judicatura que, al contar además con su propio Gabinete de prensa, podían permitirse no plantearse siquiera lo de arremangarse las puñetas y salir a la palestra. Alguien me podría replicar alegando la existencia de jueces estrella, pero también tengo respuesta para eso. Más que probablemente, su estrellato provenía de ser una rara avis o, lo que viene siendo, en román paladino, la excepción que confirma la regla.

Por fortuna, y aunque fuera a pasos de tortuga reumática, fuimos avanzando y en 2005 la Fiscalía General del Estado dictó una Instrucción (3/05) que regulaba las relaciones entre fiscales y medios de comunicación, instituyendo la figura del Portavoz, que podía asumir el propio Fiscal Jefe o delegar en otro miembro de la plantilla. Yo tuve el honor de desempeñar ese cargo durante once años, en los que disfruté muchísimo y trabajé aún más, aunque el balance podría resumirse como Sonrisas y lágrimas. Más de una vez he sentido el impulso irrefrenable de emular a Julie Andrews a informar en términos tan sencillos y comprensibles como ella hacía con las notas musicales. Podrías ser algo asi como “si las pautas conocéis, todo ya bien informaréis…”, mientras muevo mi toga cual falda de vuelo y me atuso mi imaginario almidonado delantal de batista.

La cuestión es que del modo en que transmitamos  depende mucho la forma en que percibe la ciudadanía la institución, sea la judicatura, la fiscalía o los LAJs, grandes desconocidos, entre otras cosas, por lo poco que se habla de ellos. Los médicos forenses, sin embargo, a falta de gabinete de prensa, tienen la saga de series de CSI que, aunque se parezca poco a la realidad, les hace más propaganda que la mejor agencia.

Por supuesto, la comunicación va en dos sentidos. Quienes ejercen el periodismo han de tener interés en informarse de cuál es la verdad en Toguilandia, tanto en el fondo como en la forma. Solo de ese modo, acudiendo a fuentes oficiales y contrastando las que no lo son  para confirmar que son fidedignas, proporcionan a la sociedad la información que corresponde, sin inventos ni manipulaciones, Por otro lado, tienen además que cuidar la forma, y que un poco cuidada redacción o una falta de conocimientos estropee el trabajo.  Hay que evitar el imperio de la querella criminal –todas las querellas lo son- del delito penal –idem- de la libertad sin cargos –aquí no hay cargos- o el uso de los términos “sumario” o “procesamiento” para cualquier delito, aunque solo se corresponda ese nombre los procedimientos por delitos graves.

Pero no podemos echarles la culpa de los males del mundo. ¿Cómo van a saber hablar de Tribunales si no les informamos, o si lo hacemos con un lenguaje tan enrevesado que no hay quien lo entienda? A veces, cometemos el error de pensar que, por emplear palabras grandilocuentes y abusar de nuestra jerga  vamos a quedar como un prodigio de erudición,  y en vez de eso resultamos un fracaso de comunicación. Es más, habría que pensar si hablar a la gente en un lenguaje que no entiende roza la falta de educación o entre de lleno en ella. No olvidemos que la Justicia emana del pueblo, y el pueblo no habla en latín. Aunque e muchos casos se pueda decir que sabe latín a pesar de no haber declinado el Rosa Rosae ni conocido a Ticio, Cayo y Sempronio en su vida.

No obstante, la comunicación no solo tiene lugar por conductos oficiales. Es más, los profesionales siempre buscan un plus sobre esa info que saben que todo el mundo maneja y buscan algo más, en exclusiva, pata llevarse el gato al agua. Y eso está muy bien, siempre que respeten la verdad. Y los límites éticos, especialmente que se cuiden e que con una revelación bomba no estropeen toda una investigación. Alguna vez ha pasado que la filtración de un dato de una investigación ha echado a perder la misma. Obviamente, si alguien publica que se va a detener al político X, o se va a hacer una entrada y registro en su casa, X podrá huir o deshacerse de todas las pruebas incriminatorias que pudiera haber en su casa. Así que el periodista en cuestión habrá tenido un bombazo informativo, pero se puede haber cargado la investigación de mucho tiempo. Así que, responsabilidad, que nos jugamos mucho.

La otra parte de la extraoficialidad viene dada por la actuación de jueces, fiscales, lajs, letrados y letradas o cualquier otro habitante de Toguilandia –como esta humilde toguitaconada- en redes sociales y otros medios, como este blog, sin ir más lejos. Ya le dedicamos un estreno a juristas twitteros a lo que habría que añadir otras redes , o artículos y entrevistas en medios de comunicación. Cuando empezamos a plantearlo algunas chaladas como yo misma, nos miraban como si nos hubiera salido un cuerno rosa en la  frente. Incluso había quien abiertamente nos criticaba por el terrible pecado de darnos a conocer como personas normales que somos. Incluso nos han llegado a plantear si podemos o no hacerlo. Por suerte, cada día somos más y más normalizados. Pero, permitidme que saque pecho con algo que me dijo hace nada una ilustre tuitera togada:  que yo era la decana en esta actividad. Y, aparate de que eso implique alguna cana de más, me hizo sentirme muy orgullosa. Las canas, al fin y al cabo, se tapan.

Y hasta aquí el estreno de hoy, Mi agradecimiento a quienes cada día me acompañáis en el propósito de demostrar que no hay dioses ni semidioses con toga, sino profesionales que cada día se parten la cara y el alma por un servicio público. Vuestro es el aplauso de hoy. Gracias también por hacer posible un derecho fundamental: el derecho de la ciudadanía a recibir información veraz

Prodigios: lo increíble


asoombro

 

El mundo y el espectáculo se ha nutrido mucho de esos acontecimientos fantásticos que superan todas las previsiones, y que llamamos prodigios, o milagros. Sea en tono irónico, como Los martes, milagro o El milagro de P Tinto o para describir logros tan fantásticos que hacen que la realidad parezca un milagro, como en El milagro de Anna Sullivan, ahí están, siempre presentes. Porque La vida es bella, sobre todo si vivimos en La ciudad de los prodigios o en Un lugar llamado milagro. Aunque no nos coloquen El chip prodigioso. Es lo que hay.

En nuestro teatro también hay milagros. De hecho, ya tuvieron su propio estreno en este escenario. Pero hoy vamos a dar una vuelta de tuerca más e irnos a esas cosa inexplicables que son menos inexplicables de lo que parecen. Prodigios que son y no son a un tiempo. Vamos allá.

Lo he dicho más de una vez. En ocasiones, me siento como en los Hechos de los Apóstoles, cuando aparece la paloma y trae consigo el don de lenguas que hace que todo el mundo entienda todos los idiomas, aunque jamás los haya estudiado. Porque eso es algo que me pasa en mas de un caso.

El primero de ellos es el del detenido que no entiende castellano. O cree que no lo entiende, porque en cuanto pronuncio la palabra mágica, “prisión” , entiende perfectamente y reacciona. Algunos, incluso, llegan al punto de no solo entender sino hablar perfctamente, porque empiezan a dar argumentos con una elocuencia que ni el mismísimo Cicerón. Otro prodigio.

Un fenómeno parecido acontece cuando a ese mismo detenido que no sabe español se le explica que deberá esperar unas horitas al intérprete de su lengua. Y de repente, albricias, otro prodigio. No solo ha entendido a la perfección esa explicación, sino que le ha poseído el don de lenguas y es capaz de dar su versión de los hechos en un castellano tan perfecto que Cervantes se hubiera sentido orgulloso.

Aunque estas cosas no solo pasan con los idiomas. En esta nueva normalidad que nos ha tocado vivir, la mascarilla se convierte en un instrumento distorsionador del lenguaje, no cabe duda. Pero el grado  en que se distorsiona es diferente según el caso. Además, la palabra mágica sigue teniendo su poder. Así que alguien que no entiende nada, y se empeña en decir que nos quitemos la mascarilla o que quiere quitársela, entiende la frase “se solicita la prisión” a las mil maravillas. Casi igual que cuando lo que se solicita es la libertad, aunque la expresión de su cara, mascarilla mediante, en uno y otro caso sea radicalmente distinta.

Pero este no es el único caso de prodigios inexplicables y transformaciones milagrosas. Otro que vivo con bastante frecuencia se relaciona con Don Dinero , el poderoso caballero del que hablaba el poeta. En cuanto a esto, puedo decir que yo he visto cosas que no creeríais, y como yo la mayoría de mis compañeras y compañeros. Cosas como que una persona que se declara insolvente de todo punto, que no tiene ni donde caerse muerto, vaya, de repente encuentra dinero debajo de las piedras. ¿Cómo? Pues con otra palabra mágica combinada con la anterior: fianza. Si a prisión o libertad le añadimos la coletilla de “eludible con fianza” o ·bajo fianza de…” el insolvente encuentra el tesoro oculto y, en menos que canta un gallo, reúne el dinero. Los he visto, incluso, que deberían llevarlo en el bolsillo, de lo poco que han tardado, a pesar de que estaban declarados insolventes porque no se les encontró ni un triste euro. Igual es porque, como me dijo uno de ellos, lo que le habían declarado era “disolvente”. Tal cual.

Tampoco es este el único caso de hallazgos prodigiosos de cantidades importantes. Como quiera que desde hace tiempo uno de los requisitos para conceder la suspensión de la ejecución de la pena –o sea, que el condenado no entre en prisión si la pena es leve y es delincuente primario- es haber satisfecho la indemnización impuesta como responsabilidad civil, aparece una varita mágica nueva. Y así, quienes no habían podido pagar ni un euro durante el curso del proceso, y manifestaban estar más pelados que las ratas, al verse tocados por la varita mágica de la suspensión de condena corren a pagar la indemnización. Voluntariamente, por supuesto.

Esa misma voluntariedad se da en otro supuesto, no menos prodigioso. Me he encontrado más de una vez que, después de un proceso largo donde el interés por pagar nada de lo adeudado ha sido cero, y las posibilidades de trincar algún bien que embargar también, el día del juicio aparecen con unos dineritos y la mano extendida. Lo que ocurre es que en vez de decir eso de “dame algo” lo que quieren es que se les aprecie la atenuante de reparación del daño, como muy cualificada si es posible. Otro prodigio digno de estudio.

Por último, recordaré algunos otros prodigios relacionados con el tiempo, o, más bien, con la paciencia. He oído más de una vez a personas, tanto víctimas como investigados, que ven la luz cuando alguien les informa que lo que quiera que están esperando tardará bastante. El caso típico es el del abogado particular cuya presencia reclama la parte. Cuando se les dice que les hemos avisado pero tardará x tiempo en llegar, el abogado de oficio que rehusaron se vuelve lo mejor del mundo mundial. Y es que no hay como ver la luz, con o sin túnel.

Y hasta aquí la descripción de algunos de esos prodigios que harían las delicias del mismísimo Iker Jiménez y su Cuarto Milenio. Quizás habría que instaurar un Cuarto Milenio Toguitaconado, hasta entonces, seguiremos en nuestro escenario, que esta vez da el aplauso a quienes no se dejan deslumbrar por los prodigios. Que es casi tan difícil como mantener la compostura cuando se descubre el pastel.

 

Sexenio: 6 años toguitaconeando


20200717_162832

No hay aniversario sin celebración. Por pocos que sean los recursos, por adversas que sean las circunstancias o por escasas que sean las ganas, hay que hacer una Fiesta. El mundo del espectáculo está lleno de esas celebraciones, sean las reales de sus intérpretes o las de quienes desean Feliz cumpleaños desde las pantallas. Y si no, ¿quién no se acuerda ese Feliz, Feliz en tu día de los Payasos de la tele o del Cumpleaños feliz del grupo Parchís? Aun lo seguimos cantando. Seguro.

Aunque me parece mentira, este teatro nuestro que reproduce las idas y venidas de Toguilandia, cumple 6 años. 6 añitos, nada más y nada menos. Si fuera un niño o una niña, ya iría al cole de mayores, empezaría a leer y escribir y se creería el no va más de la madurez.

El blog no se queda atrás. Ha querido celebrar su entrada en la edad adulta -6 años ya son palabras mayores- haciendo unos pequeños cambios que espera que sean mejoras. Así, además de los estrenos principales que cada viernes y cada martes, sin faltar ni uno desde julio de 2014, hemos añadido otros apartados.

Uno de ellos es el relativo a los artículos y tiene a su vez dos partes. La primera, los artículos de prensa, una buena manera de recordar cada uno de los textos que esta humilde toguitaconada viene publicando en periódicos, tanto generales como especializados, tanto en papel como en digital, desde 2008, ahí es nada.

La otra parte, más artística, recoge algunos microrrelatos con que cada domingo desde el mes de marzo he decidido entretener, entretenerme, o ambas cosas a un tiempo. Espero conseguir el primero de los propósitos, porque el segundo lo tengo asegurado. Disfrutona que es una.

  La tercera de las novedades del blog de este año ha sido la introducción de otro apartado, llamado momentos, dedicado, como cualquier puede suponer, a esas ocasiones especiales. No están todas las que son pero son todas las que están. Y a partir de ahora hemos de ir cruzando dedos  para sumar otro a estos momentazos.

¿A que me refiero? Pues, aprovechando que el Pîsuerga pasa por Valladolid, a enlazar con otro de los grandes hitos del blog. El pasado año, por segunda vez consecutiva, Con Mi Toga Y mis tacones fue finalista al premio al mejor blog a los premios 20 blogs  de 20 minutos, en la categoría Blogosfera. Y espero que este año el refranero no me falle, que ya sabe que yo le tengo mucha voluntad, y sea verdad eso de que a la tercera va la vencida.

De esa manera era como empezaba el sexto año del blog, 365 días de verdaderos sobresaltos. Empezaba el año natural, por su parte con la gran alegría de obtener uno de los premios de teatro en valenciano que da Junta Central Fallera en unas fallas que nunca llegaron a celebrarse, las de 2020. Juro que si alguien me hubiera dicho que iban a suspender las Fallas alguna vez, no lo hubiera creído. Pero mira por donde, lo que no lograron otras cosa, lo consiguió un bichito  microscópico y dañino como pocas cosas que se hayan conocido. Así que me quedé sin poder montar mi particular falla toguitaconada con los ninots del año de Justicia. Esperemos que al año que viene todo vuelva a su sitio.

De milagro me dio tiempo a bautizar a mi nueva criatura,No me obligues , que se ha quedado sin visitar un montón de sitios a los que estaba invitada, entre ellos, mi querida Feria del libro. Ansiosas estamos la criatura y yo por poder ver mundo de nuevo. No obstante, quien quiera conocerla, ya sabe, en librerías reales o virtuales. Y si es preciso, le envío la dedicatoria por videoconferencia, que no se diga que este confinamiento no ha servido para modernizarnos.

También de milagro llegué a algo que me hacía ilusión como pocas cosas en el mundo: el reconocimiento como mujer referente en la campaña de la Generalitat Valenciana “Vull ser com”. Aun no me he repuesto del impacto de ver mi cara en carteles pegados por todas partes. Por supuesto, antes de que cerraran el mundo

Pero como no hay mal que por bien no venga, he de agradecer a todo el mundo la fidelidad a este espacio togiuitaconado. Si siempre tengo un público fiel, al que tanto quiero y al que tanto debo, como diría Lola Flores, esta pandemia todavía lo ha sido más. Las visitas han seguido ascendiendo y con ellas, cómo no, mi alegría. Y estas cositas son, sin duda, las que hacían llevadero el confinamiento. Incluso confieso que alguna vez me dieron ganas de salir al balcón a las ocho y en vez de Resistiré gritar Toguitaconaré. No lo hice por miedo a que alguien llamara a salud mental para que vinieran a hacerme una visita. No era el modo en que había pensado salir de casa por vez primera.

Así que hoy, en este día tan especial, el aplauso tiene unos destinatarios no menos especiales. El público. Gracias de todo corazón a todas las personas que cada semana seguís mis andanzas toguitaconadas. Ahí seguiremos. Con virus o sin él.

Y, como es de bien nacida ser agradecida, gracias a mi amiga @icleron por la infografía que ilustra el estreno. ¿A qué es un regalo por el cumple del blog genial?

Aporofobia: “Herself”


cajero indigente

A lo largo de su historia, el cine y la literatura nos han mostrado la historia de mendigos de una manera más o menos poética o más o menos dura. La tierna y triste  Pequeña cerillera de Dickens, el audaz Huckelberry Finn que no era sino un niño sin hogar o la fábula de El Príncipe y el mendigo son distintas caras de esos Invisibles a cuyo lado pasamos sin mirar.

Nuestro teatro también ve pasar a más de una de estas personas, tanto en uno como en otro lado del delito, en esa vida límite que les ha tocado vivir.

Pero nuestro Derecho lleva tiempo debiéndoles algo: el reconocimiento de la agravante de aporofobia, que no es otra cosa que el “odio al pobre” como motivo de discriminación.

Aunque ya he tratado el tema desde un punto de vista jurídico y también dediqué un estreno al sinhogarismo, hoy quisiera compartir un cuento para alertar sobre la gravedad de estos hechos. Y, de paso, quiero dedicar mi aplauso de hoy a quienes luchan cada día para la regulación y el castigo de estas conducta

 

 

  HERSELF

 

-Mario, tío, ven. Corre. Esto es muy fuerte

-Voy, voy. Pero espera un momento que tengo que terminar una cosa

-Déjate de chorradas y ven. Vas a flipar en colores.

Mario, apremiado por las prisas de su amigo, dejó su partida de video juego a medias y acudió. Ya podía tratarse de algo importante para que le compensara haber echado a perder el juego en lo más interesante.

-¿Lo ves?

-Jo-deeeer. No me lo puedo creer

-Un millón de visitas en YouTube en solo unas horas. Es la hostia. No hace ni tres horas que subí el vídeo. Mario, tío, ¡nos vamos a forrar!

Mientras veían discurrir las imágenes por la pantalla del ordenador, Mario sintió nauseas. De repente, la alegría inicial de la noticia había dejado en su estómago un nudo que no sabía cómo había llegado hasta ahí ni mucho menos cómo hacer desaparecer.

-¿No nos habremos pasado?

Ante sus ojos, una anciana a la que faltaban varios dientes, vestida con harapos, se levantaba la falda y orinaba en un vaso de plástico, mientras se oía una voz de fondo relatando la escena. “Aquí la tenemos haciendo sus necesidades. No os perdáis lo que viene a continuación. Ella misma”

Lo que venía a continuación era una imagen donde la anciana se bebía su propia orina, mientras se escuchaban de fondo sonoras carcajadas.

Mario contuvo a duras penas las ganas de vomitar

-¿Qué vamos a pasarnos? -le respondió su amigo- No te pongas tonto ahora, Mario.

-Si ni siquiera la llamamos por su nombre

-No jodas, tío ¿Qué más da? Es una loca borracha y punto. Lo del título fue un acierto. La palabra en inglés llama la atención

-No sé, de verdad. Ahora lo veo y no lo tengo tan claro

-Tío, déjate de gilipolleces -le dio una palmadita en el hombro- Además, bien que cogió los 20 euros que le diste ¿No?

Mario no pudo conciliar el sueño en toda la noche. Al día siguiente fue a donde habían rodado el vídeo dispuesto a encontrar a aquella mujer. Le pediría perdón y le ofrecería una parte de esas supuestas ganancias de que hablaba su amigo. Sabía que la dignidad no se compra, pero necesitaba acallar su conciencia a cualquier precio.

Le costó un poco dar con ella. Cuando la localizó, tumbada en el cajero automático donde dormía cada día, notó un olor extraño, distinto al que percibió cuando fue con su amigo la primera vez. Con algo de aprensión, tocó a la mujer.

Ella estaba muerta. Cuando fue a dar aviso a Emergencias, vio un mensaje en su móvil. Las visualizaciones del vídeo de YouTube habían alcanzado los tres millones.

 

*Mi cuento “Herself” fue publicado en la Revista Valencia Escribe

 

 

 

Argot (III): polisemia toguitaconada


20200710_125206

  Las ambigüedades lingüísticas y los juegos de palabras son un recurso ingenioso y resultón para  títulos de películas, obras teatrales o novelas, como la propia Juego de palabras. Otras veces, se cambia parte de una frase o palabra conocida para tratar, con mayor o menor éxito, que el título resulte ingenioso, como hace el Disputado voto del señor Cayo. Un recurso que, además, fue muy utilizado en el cine español de la época del destape, con títulos como Los extremeños se tocan, Al este del oeste o La Lola nos lleva al huerto. Cosas de la época…o no

Nuestro teatro es muy dado a utilizar términos que, aunque ya existen, tienen un significado distinto del habitual, dando lugar, más de una vez, a situaciones hilarantes. Ya hablamos de algunas de las cosas de nuestro argot, en los dos pasados estrenos, pero aún se quedaron otra en el tintero, sobre todo relacionadas con estas ambigüedades a que hacía referencia.

Para empezar, pensemos en cómo llamamos a los mamotretos con los que vamos a juicio. Es cierto que muchas veces se emplea el término “expedientes” que resulta bastante lógico, pero otras les llamamos de formas que no hay quien nos entienda. Hablamos de “causas”, cuando en realidad de lo que se trata es más bien de consecuencias, por que se trata de dar fin al proceso. Más simpático aun es lo de referirnos a “actuaciones” como si hubiera un escenario donde se desarrollara el juicio, además del que da lugar a este blog. Pero no es de extrañar, cuando a una de las partes se le llama actor, algo que ha motivado más de una anécdota. Cuando se le llama a gritos, con eso de “que pase el actor”, más de una vez me he encontrado que el susodicho protestaba porque él era albañil, representante o tornero fresador, pero nada de actor. Algo que también pasa cuando nos dirigimos a quien declara como el dicente, que insiste en que no, que se llama Gregorio, que él no es Vicente y que igual lo confunden con su primo del pueblo, que son clavaditos, oiga. Por supuesto, del poderdante ya ni hablamos, que lo del apud acta son palabras mayores, sobre todo cuando una piensa que ya no hay actas como tales

No obstante, la reina de las denominaciones de los expedientes judiciales es la de “rollo”, como llaman en las Audiencias a los procedimientos. Y, las más de las veces, con muchisima razón, que menudos tostones hay que aguantar de vez en cuando -guardadme el secreto-. Pero que nadie se engañe, que no se llaman “rollo” por eso, ni porque vayan enrollados a ningún sitio, que de eso nada. Lo que sí he visto alguna vez es que lo de “atado con cuerda floja” sea literal, aunque cada día se vea menos, sustituido por unas tristes grapas que no tienen ni la mitad de salero. Dónde va a parar.

Otra cosa que también llama la atención, especialmente a las criaturas con las que conciliamos, es la existencia de piezas. Cuando mi hija era pequeña, la pillé con el colorín a punto de rayar en una causa. Le dije que no se podía, que era una pieza del asunto que mamá estaba despachando. Terrible error el mío, al usar muestra terminología, aunque fuera de un modo inconsciente. Ella me dijo, y con toda la razón, que eso no se parecía ni de lejos a las piezas del Lego. Aunque hay que reconocer que a veces, cuando se tratan de encajar, sí que tienen cierto parecido a las del Tetris, porque hay que hacer malabarismos para que las cosas funcionen ¿o no?

La verdad es que a veces con estas cosas nos ponemos muy eufemísticos. Hablar de la situación personal suena mucho mejor que aludir a prisión o libertad, y decir que una se abstiene o que plantea una declinatoria que decir, siempre y llanamente, que esto no me corresponde. Aunque, para decir algo fino, nada como los fiscales cuando reproducimos por vía de informe, un pasapalabra jurídico en toda regla.

Y, hablando de fiscales, que de vez en cuando está bien arrimar el ascua a mi sardina, la gente suele desconocer dos de nuestros papelillos -que no papelinas, no se confunda nadie- más importantes. Uno de ellos es el extracto, que no es el papel del banco con los ingresos y gastos, sino un resumen de la causa de modo que, aunque no vaya a juicio quien calificó (cosa que ocurre casi siempre) tenga una cumplida idea de la cusa sin necesidad de leerla entera. Un buen o mal extracto hace que te acuerdes del compañero y sus ancestros en uno u otro sentido. Verdad verdadera.

El otro papelillo, es el estadillo, aunque mas bien debería llamarse “el pesadillo”, por lo plúmbeo que resulta hacerlo, y porque, si no lo hemos rellenado a tiempo, puede afectar a nuestra capacidad de conciliar sueño. Se trata del impreso de estadística mensual, del que ya hablé -o mejor dicho, del que ya despotriqué- en el estreno dedicado a los absurdos  y sigo acordándome de los ancestros de quienes lo inventaran cada vez que llega el momento de rellenarlo.

Y si hasta aquí me he referido a los papeles y a las cosas que hacemos, ahora aludiré a quienes las hacemos. Porque, además de los que conocemos, hay unos jueces y fiscales que mucha gente desconoce. Se trata de los JATS,  y de los FATS , que, aunque parece un nombre en clave, no es otra cosa que jueces o fiscales de adscripción temporal, aunque se hayan consolidado mucho más en la carrera hermana que en la nuestra. Se trata de un apaño que hicieron para cubrir plazas sin necesidad de rascarse el bolsillo con sustitutos, pero que nadie se olvide que son titulares y, a veces, con mucha antigüedad, aunque carecen de órgano propio y van cambiando de sitio según las necesidades. Otros, parecidos pero no iguales, son los jueces paralelos que nada tienen que ver con los juicios paralelos aunque  la terminología pueda llevar a engaño. Se trata de casos en que es necesario más de un juez o jueza para llevar un juzgado por alguna circunstancia especial, como la llevanza de una macrocausa, y en los que el Consejo hace como con los petit suisse, darnos dos. También se llaman de refuerzo, y aunque pueda recordárnoslo el nombre, no tienen que ver con el primo de Zumosol, aunque bien pensado podrían ser la versión toguitaconada del mismo

Y hasta aquí esta nueva entrega sobre nuestro argot. De nuevo daré el aplauso a quienes me han proporcionado todas estas joyitas. Diría que pongo fin a la trilogía, pero Toguilandia da para mucho y, como decía Bond Nunca digas nunca jamás. Por si las moscas

Argot (II): sutantivos y adjetivos


 

20200707_173704

La gramática, aunque no lo parezca, da más juego de lo que pudiera pensarse. Además de que sin ella no sería posible la existencia de todas las obras de la literatura que leemos o vemos en pantallas grandes o pequeñas, el uso de sus propios términos ha dado para más de un título, como Pretérito imperfecto o, jugando con los tiempos verbales, Regreso al futuro. Por su parte, la propia enseñanza ha quedado reflejado en otros, como ocurre con Asignatura pendiente o Asignatura aprobada. Aunque el maestro por antonomasia es el de la Lengua de las mariposas. Inolvidable

Más de uno y de una se estará preguntando qué tiene que ver la gramática con nuestro teatro. Pero, paciencia, que vamos a ello.  Como ya vimos en el anterior estreno, en Toguilandia empleamos nuestro propio argot. Y en él tiene una importancia extraordinaria una distinción que parece solo cosa de la asignatura de lengua española: lo sustantivo y lo adjetivo.

Nos referimos a lo sustantivo para aludir a aquello que hace referencia al fondo, y adjetivo a la forma, que en nuestro caso es el proceso. Aunque, como nos gustan las palabrejas, no solo empleamos estas o sus sinónimos de ley sustantiva o ley procesal, sino otras más enrevesadas como ley rituaria para despistar. Un nombre que pudiera parecer que se refiere a ceremonias extrañas invocando, no la lluvia sino unos medios adecuados, nuestro particular totem.

Pero este no es el único caso en que jugamos con la gramática en nuestro argot toguilandés. A la gente suele llamarle la atención, y no es para menos, el uso peculiar de los posesivos. Se habla de “mi juez” o “mi funcionaria”, como si nos hubieran tocado en una tómbola o hubiéramos pagado una hipoteca por su adquisición. Claro que, como ocurre con los hijos, cuando no nos gusta lo que hacen, pasan a ser “tu juez” o “tu funcionaria”, para el habitualísimo caso de que compartamos uno u otra con un compañero, que en Justicia no estamos para dispendios.

También usamos de un modo propio los tiempos verbales. Aunque desparecieron de los formularios, todavía hay quien usa los gerundios, porque parece que togando, togando, se acaba sentenciando. Así que atrás quedaron los resultandos y considerandos, pero todavía quedan otros. Por no hablar de ese tiempo verbal que solo usan los códigos, el futuro de subjuntivo, sea imperfecto -el que matare a otro- o perfecto -si hubiere desistido de su acción-. ¿Alguien se imagina hablar en una tertulia de que quien pidiere el café antes será quien pagare la cuenta? Pues eso.

También es peculiar el uso de palabras propias y conectores un tanto obsoletos y hasta cursis. Y si no, que alguien me diga como suenan expresiones como “Habida cuenta”, “a la sazón” “llevado por el ánimo de enriquecerse a costa de lo ajeno” “de consuno” “toda vez” o “tuitivo” . También es muy frecuente -tanto como infrecuente en la vida normal- decir que algo no es baladí, o hacer cosas como detraer o proceder a la subsunción. Incluso hay vocablos con connotaciones escatológicas como el evacuar de los fiscales, o el deponer de los testigos. Hay que hacer un verdadero ejercicio de exégesis, otro palabro de los que nos gustan. Aunque quizás uno de los más chocantes sea el del “injusto típico”. Que no significa que el hecho de que desparezca la flamenca de encima del televisor sea una injusticia, ni que la paella con chorizo sea un verdadero atentado. Aunque lo sea, sin duda.

En cuanto a la parte verdaderamente sustantiva, esto es la que afecta al meollo de la cuestión, la jerga es tal que a veces das la sensación que hablamos en sánscrito, en clave o en cualquier lenguaje solo apto para iniciados, formado por una mezcla de siglas, abreviaturas y popularizaciones. Así, tenemos varios nombres para referirnos a la violencia doméstica y a la de género, cuando no van juntas. Hacemos juicios por VIDO, por VIOGEN, por VIGEN o VIOFAM y, cuando hay problemas para las visitas de los menores, les remitimos al PEF, que, aunque parezcan las siglas de un partido político, no es sino el punto de encuentro familiar, o a otros como el SEAFI, cuyo significado es fácilmente deducible.

Para que nadie crea que solo hablo de un tipo de delitos, citaré otro cuya terminología también es peculiar. Hablamos de COBIBA para referirnos a las conducciones bajo los efectos de bebidas alcohólicas, y recuerdo que el modo de recoger la abreviatura en las carpetillas en uno de mis destinos, “Conducción BIBA”, me gustaba casi más. La de veces que hemos dicho que íbamos a hacer un “Biba la conducción”. Con tanta soltura que ni me hubiera extrañado que algún día un acusado dijera “¡¡viva!!!”. Aunque los vítores se le hubieran quedado congelados al conocer la RC derivada del delito. O sea, la responsabilidad civil, que es lo mismo que la obligación de rascarse el bolsillo.

Y, como todo se pega, también adoptamos para algunas cosas el lenguaje de nuestros clientes, y llamamos marrón a algo complicado e inoportuno que maldita la hora en que nos cayó encima. Vamos, como dice una compañera “me ha entrado un mochuelo que no me cabe en el armario”. Y es verdad. Porque entre nuestros papeles hay mucha morralla -esto es, cosas de poca importancia- los expedientes cuando fastidian es que fastidian de verdad, como decía la copla de la española cuando besa. Tan española, como el “Ajo” que usamos como adjetivo coloquial para referirnos a ellas.

Aun me he dejado alguna cosilla en el tintero, pero, como no me gusta eso de reproducir por vía de informe que de vez en cuando hacemos los fiscales -forma culta de decir “pasapalabra”-, lo dejaré para el siguiente estreno, si es que el público pide un tris.

Mientras lo espero, daré el aplauso, una vez más, a todos los compañeros y compañeras que han contribuido a hacer este estreno posible. De nuevo, mil gracias.

Argot: procesando el proceso


20200703_133252

Todas las profesiones tienen su argot o, al menos, sus guiños o sus palabras clave. La noche americana, además de una película de Truffaut, es un modo de rodar determinadas escenas en cine, y estar On the air o en el aire no es estar Volando hacia Río -ni siquiera bailando claqué en las alas del avión- ni hacia un Amor sin escalas, sino algo así como estar grabando o en las ondas. Y, si una no conoce los términos, puede hacer el más clamoroso de los ridículos, como quienes en un programa de televisión tradujeron “estar on fire” por “estar en el fuego”. Y, claro está acabaron quemados.

Si por algo se caracteriza nuestro teatro es por el uso de tantos términos extraños y palabras clave que, a poco que nos descuidemos, hacen que parezcamos incomprensibles. Y, aunque mi consejo, como ya dije en otro estreno, es utilizar un lenguaje  accesible, no siempre lo logramos. Incluso hay quienes cometen el error  de pensar que por hablar un jerga incomprensible parecen más sabios, cuando es exactamente lo contrario.

Pero, por si alguien duda, diré que este es el primero de varios estrenos dedicados al tema, porque da para mucho, como veremos a continuación. Por supuesto, con el permiso de Su Santidad, el modo en que, a veces, leemos eso de SS que no se refiere a la policía nazi ni a la Seguridad Social sino a sus señorías.

Nuestro lenguaje ya es peculiar desde antes de ingresar en Toguilandia. Por eso, aunque quienes opositan hablan con frecuencia de cantar, no pertenecen a un coro ni van a dar ningún recital en el Liceo. Aluden a los temas de la oposición que o se recitan como si fuéramos prosodas, o se cantan, Nunca se dicen. Faltaría más.

El proceso da para mucho en lo que a palabrejas se refiere. ¿Acaso alguien fuera de Toguilandia imagina que un pelo, un palo o una flauta puedan ser algo distinto de un cabello, una vara o un instrumento de viento? Pues así es.

Cuando yo llegué a Toguilandia ya no existía, pero durante mucho tiempo hubo un procedimiento, llamado procedimiento de urgencia para delitos menos graves y flagrantes al que todo el mundo llamaba PELO. Por contraposición, el que vino a sustituirle, el Procedimiento Abreviado para determinados delitos, se le llamó PALO o, simplemente pé-a (PA) cuando ya le habíamos cogido confianza. Por supuesto, podía acabar en una “cali” -que no es el dimintivo cariñoso de Calimero sino una calificación- o en un ese-pé , es decir, un sobreseimiento. Por supuesto, cuando los ese-pés son muchos, hablamos de esepear, que puede hacerse en la modalidad P1 y P2, que no es jugar a los barquitos sino aludir al número del precepto que determina falta de prueba o autor deconocido. Menos frecuentes, pero también posibles, son los ese-eles (SL) que es como la madre de todos los sobreseimientos porque no admite reapertura.

Pero no solo de procedimientos abreviados -que son todo menos breves- vive el proceso penal. Tenemos nuestro propio modelo de DIOR, que aunque desearíamos que fuera un traje o un perfume, no es sino una diligencia de ordenación; nuestras Dip, que nada tienen que ver con mojar cereales en salsa de queso, y nuestras Dur, que no es la abreviatura de dureza. Se trata de las Diligencias de Investigación Penal o Diligencias Previas o de las Diligencias Urgentes propias de los juicios rápidos que, cuando se combinan entre sí dan lugar a las Dip Dur. También se habla, para abreviar, de Previas, sin nombre propio, e incluso de previable para referirnos a alguien que apunta maneras delictivas. ¿Parece un galimatías? Pues esto no es nada para lo que queda.

Cuando se trata de asuntos realmente gordos por la pena asignada, como una violación, el procedimiento adecuado se llama “sumario ordinario”. Que no se emplea dicho término desde luego, ni porque sea una vulgaridad no tampoco porque sea lo frecuente, porque aunque sea el procedimiento tipo frente al abreviado que es el especial, es más extraordinario que ordinario. Así que si alguien oye en Toguilandia que “es un ordinario” solo se alude a un tipo de proceso, no a un señor muy patán. Un tipo de proceso, por cierto, que aunque se llame “sumario” nada tiene de resumen ni de índice como podría creerse sino todo lo contrario. S.e.u.o -salvo error u omisión, una abreviatura que tiene muchos toguifans– , se trata de unos tochos de cuidado

Por el otro lado están los asuntos más chiquitillos, los que antes se llamaban juicios de faltas pero llamábamos juicios de faldas o de flautas, según de que fuera la cosa. Ahora les han sustituido los juicios por delitos leves que, como ya dijimos, han pasado a llamarse leves, o, mejor, levitos. Y hasta delititos, otra propuesta interesante. Siempre suena más simpático.

Hay otros procesos con nombres y alias curiosos. Una compañera me habla de las Preincas, que aunque suena a pueblo de la Amazonía no son más que unas diligencias previas a la incapacitación. Y, si hablamos de concursos, olvidémonos de La ruleta de la fortuna o Pasapalabra, que estamos hablando de unas finanzas en estado catatónico. Y conformarse  no es resignarse a lo que a una le pase, sino aceptar los hechos de que se acusa a alguien con la propuesta de una rebaja de pena.

Y que nadie se asuste. Si hablamos de ejecutar o liquidar, no hemos decidido ingresar en el hampa. La ejecutoria es el expediente que se incoa -abre, en juriargot- para el cumplimiento de las condenas, y la liquidación, el cómputo de los días de prisión o de cualquier otra medida que ha de cumplir el condenado. Pero no confundamos las penas en general con la llamada pena de banquillo. No se trata de condenar a alguien a permanecer sentado, sino que es la forma en que se denomina el castigo que por sí mismo puede resultar el hecho de estar acusado en un juicio, independientemente de cuál sea el resultado.

Por su parte, si lo que queremos es decretar la prórroga de prisión para quien fue condenado en una sentencia que se ha recurrido, hay que celebrar un acto que entre toguisconsultos llamamos mediapena. Aquí hay explicación: se le atribuye ese nombre porque el límite aplicable es la mitad de la condena impuesta en la primera sentencia.

Por supuesto, para ejecutar, previamente tiene que haber habido una condena, y esta a su vez requiere de una instrucción que, pese a lo que su nombre indica, no es la que hacen los soldados, al igual que instruir equivale a investigar, pero no a enseñar, por más que haya más de uno y de dos que necesiten que les enseñen, sean o no soldados. Y, aunque nos hayan enseñado que no hay que señalar, en Toguilandia no solo se pude sino que se debe, porque señalamiento es la fijación de fecha y hora para juicio. Si no te encuentran, te declaran rebelde, algo que no tiene nada que ver con la canción setentera de Jeanette ni con un comportamiento díscolo. Aquí no son rebeldes porque el mundo les haya hecho así. O tal vez sí, pero no es eso lo que interesa.

Y para quien crea lo contrario, el lenguaje inclusivo existe desde hace mucho en Toguilandia, y en Fiscalía más concretamente. Aquí hay vistas y vistos. Lo primero es como se llama a todo lo que se celebra en salas de tribunales y juzgados; lo segundo, es la fórmula que se emplea por los fiscales para mostrara que se está conforme con una resolución. Sea un auto -que no es un vehículo automóvil-, una providencia -que nada tiene que ver con lo que nos pasará mañana- o una sentencia.

Para acabar (por hoy) contaré una anécdota proporcionada por una compañera generosa. A ella, como nos suele pasar sobre todo cuando se aproximan vacaciones, “le entró un preso” y así se lo contó a su marido. El pobre no entendía cómo dejaban entrar a presos en fiscalía, y no los vigilaban lo suficiente hasta el punto que pudieran tratar de ligar con una fiscal. Y es que no hay quien entienda que digamos que entra alguien en un sitio solo para referirnos a la llegada de una causa a nuestra mesa. Pero así es como hablamos. Y como nos entendemos. O no.

Hasta aquí la ración de hoy de argot tribunalero. El aplauso, por descontado, para todos mis compañeros y compañeras que han aportado a este estreno, y a los que le seguirán, que queda materia de sobra. Solo hay que pedir un bis y aquí estará la próxima semana. ¿Hace?