Acerca de gisbertsusana

Fiscal con vocación de artista. Me tomo la vida con mucho humor y siempre subida en mis tacones.

Cuatrianiversario: parece que fue ayer


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En el mundo del espectáculo gustan mucho de las celebraciones. Fiesta, Feliz navidad, La boda de mi mejor amigo y hasta Cumpleaños sangrientos se celebran, tanto dentro como fuera de las tablas. Cualquier excusa es buena para calzarse los tacones, ponerse unas lentejuelas y echarse unos bailes. Faltaría más.

En nuestro teatro, por supuesto, no íbamos a ser menos. Por eso hoy me coloco la boa de plumas sobre la toga, me subo a unos tacones con lentejuelas y me dispongo a celebrar el cuarto cumpletogas toguitaconado. Como debe de ser.

Ya es el cuarto año que comparto toga, tacones y escenario con quien me honra con sus visitas, ya más de 300.000, con sus  5500 seguidores en la fanpage de facebook   Y, tacita a tacita, ya van más de cuatrocientos estrenos, que hay que ver que cansina puedo llegar a ser, aunque, como dije, mi madre prefiera llamarlo tenacidad. Y este año, con premio extra, esa nominación a los premios 20 blogs que me hicieron tan feliz. Y que, por supuesto, me animan a seguir. Que me esperen al año próximo, que allá voy.

Ya conté en el primer y segundo cumpleaños toguitaconado cómo surgió la idea de este blog, así que no me voy a repetir. Como no voy a repetir el repaso de los temas tratados, a los que dediqué la fiesta del tercer aniversario. Porque el año ha dado ya mucho de sí en nuestra Toguilandia. Y merece la pena recordarlo.

Cuando celebramos el tercer aniversario, todavía seguíamos en aquello de La vida sigue igual y pensando que, por mucho que nos quejáramos, pocas cosas cambiarían. Pero como la realidad siempre supera a la ficción, mientras seguíamos peleando con la falta de medios y la falta de voluntad, nos llegó el Tornado de acontecimientos.

Primero fueron las movilizaciones, esa patada encima de la mesa por la que desde Togulandia dijimos que ya estaba bien, que había que hacer algo. En cumplimiento del plan preconcebido –como si de un delito continuado se tratara- o aprovechando idéntica ocasión, continuamos con la huelga , la segunda a la que nos lanzamos en la carrera fiscal y la tercera para los jueces, con un amplio seguimiento que dio cuenta de lo grave del caso. Prueba de ello es que la actual ministra de Justicia, por entonces fiscal y consejera, secundó los paros, como tantos y tantas compañeras. No se pueden conocer las cosas más de primera mano en el Ministerio.

Y a eso iba, precisamente. De pronto, cuando ya nos estábamos resignando a que el ministro de nuestras últimas desdichas iba a eternizarse, llegó el Terremoto. Una moción de censura sacudía la política española y, por supuesto, la Justicia no podía ser ajena a ello. Y, de pronto, una Ministra Fiscal, una Fiscal General del Estado Fiscal, y un secretario de estado de Justicia Fiscal también. Un hat-trik de nuestra carrera tan sin precedentes en nuestra historia que me perdonaréis que ponga chauvinista, pero mi fiscalita interior no me perdonaría que no lo hiciera. Un equipo que conoce bien la casa y en el que he depositado todas mis esperanzas, o al menos muchas de ellas. Espero ansiosa esa derogación del límite de instrucción tan reclamada, y un aumento de plazas en las convocatorias que ya se ha empezado a vislumbrar. Y también que revisen ese engendro llamado productividad y todos los absurdos  con que nos obligan a bregar. Pero tiempo al tiempo. Roma no se hizo en un día

También hemos dado pasos importantes en igualdad. Además de un gabinete más que paritario, con una ministra de Justicia entre sus filas, contamos con la segunda Fiscal General del Estado. Un paso importante. A ver si la carrera hermana toma nota, que ya le ganamos por 2/0, sin penalty ni prórrogas. Ojala este año no se repita la foto multicorbata a la que nos han acostumbrado cada apertura del año judicial.

Y no me olvido de otro de los hitos importantes de este pasado año, el 8 de marzo, el dia de la mujer este año fue especial. Una salida masiva a la calle reivindicando una igualdad tantas veces postergada, y una huelga feminista que algunas secundamos desde Toguilandia. Y me vine tan arriba que hasta mis queridas fallas las celebré desde los tacones con un cuento sobre igualdad y violencia de género.

Y, como de todo hay en botica, también ha sido el año en que nos hemos enfrentado, más que nunca, a la opinión de la calle. Hemos tenido que asumir que también cabe la crítica respecto a nuestro mundo, y que hay que bregar con el descontento y soportar los juicios paralelos  y tratar de sacar de ello, como de todo, su parte positiva. Aunque cueste.

Para acabar, no puedo dejar de nombrar un acontecimiento en mi vida toguitaconada. Las bodas de plata de mi promoción de fiscales, un evento inolvidable por lo que suponía y por cómo se desarrolló. Gracias de nuevo a quienes lo hicisteis posible. Y a por veinticinco años más.

Así que ahora os dejo, sin olvidar el aplauso para todos y todas mis lectores. Esto no tendría sentido sin vuestra presencia. Me retiro a soplar la tarta toguitaconada que me ha regalado, una vez más @madebycarol1 con su deliciosa ilustración. Gracias por aportar tanto a este blog con tus imágenes. Y ahora…a celebrarlo. Os espero para soplar las velas.

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Gestión del tiempo: el secreto


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El tiempo es muy importante en nuestras vidas. Y en este mundo acelerado que vivimos, cada minuto vale un potosí. Cada día que se rueda una película en exteriores, por ejemplo, supone un coste adicional que los productores quizás no puedan permitirse, como no pueden permitirse irse de las fechas previstas de entrega de un  guión, de montar una película o de entregarla ya montada para llegar a tiempo al estreno. En el cine, como en la vida, Las horas valen su peso en otro y 24 horas pueden dar mucho de sí. De lo que hagamos o lo que dejemos de hacer puede depender que tengamos Un día inolvidable o Un día de furia. O hasta ambos.

Me han preguntado muchas veces cuál es mi secreto para gestionar el tiempo.  Hay mucha gente que se empeña en que tengo un pócima mágica para que los días den mucho de sí y me dé tiempo a hacer muchas cosas. Aunque confieso que ya me gustaría tener una varita mágica que estirara horas y minutos, porque juro que todavía me quedan más de una Asignatura pendiente en mi vida. Algún día tendré que aprender a hacer una paella –un baldón para una valenciana-, apuntarme a Corte y Confección o estudiar alguna otra carrera, como Periodismo, Criminología o hasta Medicina. Ganas no me faltan.

Pero,ya que estamos en confianza, confesaré uno de los secretos. Tengo el máster de madre grado avanzado. Mi rito iniciático en la maternidad coincidió con el ascenso forzoso del padre de mis hijas a una ciudad a bastantes kilómetros, y mi edad y mi bisoñez en la carrera hicieron que tuviera un lote de trabajo especialmente pesado. Nada original el que, al ser la última, te lleves lo que nadie quiere. Coincidió esa época con mi pertenencia al Consejo Fiscal, en un tiempo en que ni whatsapp, ni mensajes, ni móviles, ni vida cibernética sustituían a las reuniones presenciales, que se celebraban en Madrid cuando todavía no existía el AVE. Así que tenía que aprovechar cada segundo. Todavía me entra ansiedad de recordar cómo mecía la cuna de mi hija con una mano y leía un procedimiento para calificar con otra. Tenía tanta práctica que a base de vaivén las ruedas se hicieron cuadradas y tuve que cambiarlas, y desarrollé un bíceps en el brazo izquierdo capaz de emular al más aguerrido levantador de piedras. Y, además, desarrollé otro talento para el que ya apuntaba maneras desde chiquitita: el de dormir poco. Por supuesto, debe ser hereditario porque mi hija lo tenía muy desarrollado desde que nació, y no me quedó otra. Ni que decir tiene que si ahora lo de la conciliación en nuestra carrera estaba mal, entonces ni existía. Solo diré que el padre de las criaturas no tuvo ni 1 día por paternidad, ya que solo podían coger tres a cuenta de los permisos por asuntos propios ordinarios, o restarlos de vacaciones.

Pero mis hijas crecieron. Y yo, como la juventud se cura con la edad, me hice mayor y, por tanto, más veterana, y pude escoger un lote de trabajo mejor. Fue entonces cuando aprovechaba el tiempo de espera de las extraescolares para ir calificando que es gerundio. Ellas siguieron creciendo, y cada vez tenía más minutos, y luego horas, libres. Pero ya me había acostumbrado a exprimirlos y se me quedó la costumbre. Cualquiera que me conozca sabe que acostumbro a usar varios dispositivos móviles a la vez para diferentes cosas, o que mientras atiendo a alguien sigo tecleando, y juro que no dejo de escuchar lo que dice.

Además, como nuestro teatro, y especialmente las guardias, están llenos de tiempos muertos, mientras esperamos que llegue el letrado  o  el intérprete,  que se conecte el ordenador o el programa o que se alineen los planetas, pues hay que aprovecharlos también. Son ratitos que dan mucho de sí para miles de cosas, como escribir este mismo post,  sin ir más lejos

Tengo la suerte –o la desgracia- que las ideas se me amontonan en la cabeza y pugnan por salir, hasta el punto que a veces siento que mi cerebro emite un mensaje como el de los móviles “memoria llena, vacíe espacio”. Y más vale que lo haga, no vaya a ser que se me borre el disco duro y me toque resetear. O que me dé un patatús toguitaconado. Por eso tengo mi casa llega de libretitas y pósits, y cosa que se me ocurre, cosa que apunto. Si además luego fuera capaz de recordar dónde he dejado la nota en cuestión, sería perfecto. Pero no es el caso.

Porque ahí, precisamente, está la otra cara de la moneda. La cara B de fiscalita multitarea. Que no es otra que fiscalita multidespiste. Quienes me conocen pueden dar fe –sin necesidad de ser notarios ni LAJ  y aún siéndolo- que más de una vez me he visto en el brete de subirme en el tren un día antes del que debía ir a algún sitio, de confundir el mes y creer que tenía que ir a un acto el 8 de mayo en vez del 8 de junio y acabar encontrándome mas sola que la una o ir a una conferencia creyendo que se hablaba de un tema y era de otro y tener que improvisar como buenamente pude. Como dicen en Con faldas y a lo loco –en nuestro caso, Con togas y a lo loco-, nadie es perfecto. Y esta toguitaconada menos que nadie.

Así que podría decir que aquí está el secreto. Aunque en realidad, mentiría, o más bien diría una verdad a medias. Hay quien piensa que en realidad somos tres fiscalitas toguitaconadas en una y por eso podemos desplegarnos. Y yo, por supuesto, ni confirmo ni desmiento. Aunque la verdad verdadera, seamos una o tres, es que no hay más secreto que las ganas de hacer cosas. Y de eso voy bien servida, por suerte.

Por todo eso, mi aplauso va hoy para quienes estiran el tiempo hasta lo inimaginable cuando el fin vale la pena. Difícil, pero no imposible. Haced la prueba

 

Absurdos: más sobre la digitalización


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Todo el mundo ha oido hablar del teatro del absurdo. Mucha gente lo identificará con obras como Esperando a Godot o La cantante calva, entre otras muchas. Porque el absurdo forma parte de nuestra existencia y el teatro quiso hacerse eco de ello con todo un movimiento destinado a exaltarlo. Aunque, desde luego, no todo lo absurdo se incardina en este movimiento ni tiene fines tan elevados. Hay cosas que, sencillamente, caen por su propio peso de pura inconsistencia. Cosas que te hacen exclamar eso de Qué he hecho yo para merecer esto. Y cuando suceden, ya sabemos, Aterriza como puedas.

En Toguilandia tenemos más ejemplos de los que nos gustaría, por desgracia. Pero hoy voy a traer uno en concreto, el de la fiscalía digital y, por extensión, la digitalización, a la que ya hemos dedicado algún que otro estreno toguitaconado. Pero es que la cosa tiene perendengues. Y no se trata de que no queramos modernizarnos, ni ingresar en el siglo XIX, aunque hayamos pasado por el siglo XX como de puntillas. Se trata de cómo se hacen las cosas, o cómo se han hecho hasta ahora. Pero no seré yo quien dé el diagnóstico. Expondré varios ejemplos y que quien los lea responda después al consabido Qué me pasa, doctor.

Cualquiera que transite en nuestro mundo sabrá en qué consiste el “visto” del fiscal. Un trámite por el que quienes ejercemos esta función manifestamos de forma escrita estar conformes con la resolución judicial de la que se nos da traslado. Cuando yo empecé, allá por el Pleistoceno toguitaconil, lo poníamos a mano y a la vuelta del folio. Más tarde, estampando un cuño prefabricado y firmando, que es como seguimos haciéndolo en muchas fiscalías. Por tanto, una vez leída la resolución y tomada la decisión, el tiempo físico empleado no excedía de unos segundos. Hasta ahí todo correcto, ¿no?. Pues ahora agarrémonos que viene curva. Esto es lo que transcribo de un compañero que amablemente me ha cedido para compartir.

REALIZACION DE UN “VISTO” POR EL FISCAL EN UNA NOTIFICACION DE ARCHIVO POR NO SER LOS HECHOS CONSTITUTIVOS DE DELITO EN UN LEVE ACCIDENTE TE TRAFICO.

1-Encender el ordenador con su clave
2-Entrar en Fortuny con su clave

 3–Picar en consultas
4-picar en acontecimientos notificados

 5-elegir jurisdicción
6-elegir fecha “desde

7-elegir fecha “hasta”
8-elegir nombre del Fiscal

9-elegir revisado, “si, no, todos”
10-picar en “buscar”

11-Abrir la resolución que se notifica
12-Picar dos veces sobre dicha resolución abierta para verla en su totalidad.
13-Cerrar la resolución
14-Picar en el documento o documentos en los que se basa el archivo (parte de lesiones)
15-Cerrar dicho documento o documentos
16-Picar sobre NGF para ver en Fortuny
17-Picar sobre el procedimiento en concreto para seleccionarlo (aparece como pendiente de “VISTO”)
18-Picar sobre “resolución archivo”
19-Picar sobre “dictamen”
20-Picar sobre “elaborar” dictamen
21-Picar para elegir tipo de dictamen (VISTO)
22-Picar para “seleccionar intervinientes “
23-Picar para “verificar firmantes”
24-Picar sobre “tramitar”
25-Esperar un momento a la composición del documento.
26-Picar en “aceptar”
27-Escribir sobre el documento elaborado ( “visto”)
28-Picar en “Complementos”
29-Picar en “guardar y salir”
30-Esperar a que se genere el documento
31-Picar en guardar como definitivo o borrador
32-Abrir la página de inicio de Intranet de Xusticia con clave
33-Picar en Fiscales 34-Picar en porta signaturas
35-Introducir la tarjeta criptográfica
36-Elegir y picar en una de las dos opciones que da la tarjeta
37-Picar aceptando la opción elegida
38-Picar seleccionando el documento pendiente de firma
39-Introducir el PIN de la tarjeta

40-Picar en aceptar
41-Esperar a que se firme el documento y aparece ventana indicando la existencia o no de solicitudes pendientes

Nada menos que 41 pasos, cuando antes de la digitalización nos limitábamos a estampar un cuño. Un verdadero avance, al que hay que sumar el tiempo que se tarda en encender el ordenador, cruzando los dedos para que no tarde.

Esto es solo un ejemplo. Pero para que nadie crea que es una mera anécdota o exageramos, traeré otro de mi cosecha, con el que seguro qe se identifican muchos fiscales, y tambien otros operadores jurídicos. Se trata de la estadística o el estadillo, de la que también he hablado alguna vez. Cuando yo ingresé en la carrera fiscal, las hacíamos a mano, con palotes, sobre una plantilla predeterminada, que íbamos rellenando conforme trabajábamos y entregábamos mensualmente. Cuando aparecieron en nuestra vida los ordenadores, y los programas informáticos en los que se supone que se introduce todo, todo y todo, albergamos la esperanza de que esa obligación desapareciera. Lógicamente, si estaba todo registrado –a demás de en papel, claro-, debería bastar con apretar un botón para saber el trabajo de cada cual. Pero, como suele pasar, lejos de desaparecer, esa obligación perisitió, y además se creó un programa específico para rellenarlo. De modo que seguíamos anotándolo a mano en las planillas predeterminadas, pero después teníamos que introducirlo en el programa, que, por cierto, falla más que una escopeta de feria. Cada actualización es peor que la anterior, y, además de que no siempre se puede acceder y de vez en cuando se cuelga y desparece lo hecho, da serios problemas para cosas tan simples como cortar y pegar. Como quiera que cada seis meses nos amenazan con todos los males si no están entregados todos los estadillos mensuales, decidí contar el tiempo invertido con el siguiente resultado, no sin antes describir los pasos a realizar:

1.Encender el ordenador con su correspondiente clave

2. Entrar en fiscal.es con su correspondiente nombre de usuario y clave

3. Redirigirse a ainhora con su correspondiente nombre de usuario y clave –cruzar los desos para que no haya caducado y toque llamar a la central y que después de un rato de musiquilla te den una clave nueva, si hay suerte.

4. Picar aplicaciones

5. Picar aplicaciones del Ministerio Fiscal

6. Picar estadillos

7. seleccionar semestre

8. seleccionar mes

9. Ir desplegando cada pestaña (ver foto)

10. Dar a “expandir nodos” en cada hueco en que sale un bocadillo

11. Rellenar en cada hueco los procedimientos debidamente numerados y por fechas

12. Ir guardando a cada rato para que no se borre, mirando el circulito

13. Guardar cambios

14. Enviar

15. confirmar envío (responder a la pregunta “¿desea enviar al Fiscal jefe?”, que siempre da un poco de yuyu)

16. comprobar que está validado por el fiscal jefe (cruzar los dedos)

17 caso de no estarlo, corregir o modificar

18. Inversión de tiempo:

– Enero: 30 minutos. De pronto pantalla en blanco y desparece todo.

20 minutos más. Otro fundido en negro y se borra parte (lo que no dio tiempo a guardar)

5 minutos más. Se queda colgado

14 minutos más y por fin puedo dar a “enviar”

– Febrero. 23 minutos

el sistema detecta una contradicción y avisa: 2 minutos en corregirla

– Marzo: 6 minutos. Hay una interrupción, Suerte que le dí a guardar antes

24 minutos más

– Abril: 27 minutos (sin incidencia, yupi)

– Mayo: 31 minutos (idem, más yupi)

– Junio: 8 minutos. Hay una interrupción, También tuve suerte porque guardé casi todo

26 minutos

En total, son 174 minutos de una funcionaria teórícamente cualificada desperdiciados. Eso equivale a casi tres horas, en que podría haber celebrado una mañana de juicios en Juzgado de lo Penal (a una media de 7 juicios), o de sala (1 ó 2 juicios), una mañana de guardia (con unos 5 detenidos y órdenes de protección) o podría haber despachado papel en el despacho a una media de 4 o 5 calificaciones, recursos o un montón de vistos -salvo digitalización, como vimos antes-. Si multiplicamos este tiempo por los aproximadamente 2000 fiscales de trinchera extendidos por el universo de Toguilandia, tenemos que cada seis meses, se invierten nada menos que 6000 -no me he confundido en añadir ceros- horas tiradas a la basura, en que se podrían haber hecho, por ejemplo, 14.000 juicios, o 10000 calificaciones. Para hacérselo mirar. ¿O no?

Pero, para que nadie crea que practico ese deporte de riesgo llamado ombliguismo extremo, he hecho una pequeña incursión en nuestro mundo para comprobar que en todas partes cuecen habas. No me ha costado mucho encontrar otro estupendo ejemplo, en este caso, al otro lado de los estrados. Comrpuebo en la guardia el papeleo que tienen que hacer los letrados y letradas del turno de oficio para cobrar, tarde y mal, su trabajo, y alucino . Los pobres van cargados con una carpeta con papeles de diversos tamaños y colores que deben cumplimentar si albergan la esperanza de cobrar alguna vez por su trabajo. Armados y pertrechados con ellos, deben perseguir a sus clientes para que les estampen firmas por triplicado en varios modelos. Me cuentan que, además, tienen que tener el cuño del juzgado para, a su vez, ir a su respectivo colegio de abogados a presentarlo en mano y les den el taloncito correspondiente, no vaya a ser que de otro modo no llegue. Y, como me he puesto curiosa, me cuentan cosas tan pintorescas como que por los recursos de reforma no cobran, al igual que no cobran si el procedimiento se convierte en delito leve -en falta, en su día- salvo que el juez tenga a bien hacerles un auto motivado diciendo que era necesaria su intervención. Lo más chocante es que, en un tiempo donde les imponen el uso de Lexnet en los procedimientos, con la tortura sobreañadida que su mal funcionamiento supone, a la hora de cobrar se olvidan de todo eso de la digitalización y el papel 0 y han de rellenar tropemil papeles de los de toda la vida, con firmas y cuños a tutiplen. Faltaría más.

Así que hoy no hay aplauso. O, mejor dicho, hay un aplauso supendido en el aire esperando a poder prorrumpir en salvas algún día. El día en que dejemos de hacer todos estos trámites absurdos y nos dediquemos a tiempo completo a eso para lo que nos preparamos y que constituye nuestro oficio: hacer Justicia. Nada más y nada menos.

 

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Esperas: ¿desesperas?


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Cada cosa a su tiempo. Algo que oímos a diario, a pesar de que a veces la impaciencia nos consume y cuesta llevarlo a la práctica. Los tiempos de espera son en el mundo del espectáculo tan importantes como las obras mismas. Quien quiere las mejores entradas para un estreno espera pacientemente horas y hasta días de cola, quien es seguidor de una saga espera a que llegue la siguiente entrega y, por supuesto, quien aspira a abrirse un hueco en el mundo de la farándula espera a que algún día llegue su oportunidad, sea Una segunda oportunidad, sea La última oportunidad, o sea la enésima. Y la verdad, cuando de esperas cinematográficas se trata, siempre me vienen a la cabeza esas escenas de películas de antaño donde el futuro padre aguarda en la sala de espera del hospital fumando un cigarrillo tras otro –que raro se nos hace ver eso ahora- a que La cigüeña diga sí, preguntándose eso de Qué esperar cuando estás esperando

Nuestro mundo toguitaconado está lleno de esperas. Grandes o pequeñas, importantes o nimias, largas o cortas, llenan minutos y horas de nuestro día a día. Algunas, en forma de recesos, otras en forma de suspensiones y otras más en meros retrasos que colman nuestra paciencia y a veces son dignas de poner a prueba al mismísimo Job.

Uno de los momentos en que la espera adquiere tintes melodramáticos por su intensidad e importancia, es el que sirve de antesala a nuestra llegada a Toguilandia. Seguro que cualquiera de quienes hayan pasado por la oposición recuerdan ese momento angustioso entre haber terminado el examen y el momento en que el ujier de mi época, el agente judicial o el auxilio actual salen y cuelgan en el tablón ese papelito donde está el veredicto que puede marcar nuestro futuro para siempre. Apto o no apto. Un momento en el que el mundo se para o comienza a girar vertiginosamente. Y, hasta que llega, la espera. Esos paseos interminables por el pasillo de los pasos perdidos, esa sequedad de boca, ese apretar amuletos y mirar una y mil veces a ver si llega el momento. Y, a pesar de que llevamos casi toda la vida ensayando para ese momento, en cada examen de la carrera, en cada prueba a superar, no hay entrenamiento que palíe la angustia de esos momentos. Tanto es así que tengo una compañera que dice que aún siente ansiedad cada vez que ve las puertas verdes y doradas del Tribunal Supremo, aunque sea en una serie de teelevisión.

Pero ahí no acaban nuestros tiempos de espera. La vida en los juzgados y tribunales está jalonada de ellas. Esperar en la puerta a que te toque el turno de hacer el juicio es algo a que abogados y abogadas viven a diario, al igual que lo vive el justiciable.

También vivimos muchos momentos de espera en los juzgados de guardia. Esperar a que llegue el intérprete , por ejemplo, sobre todo si se trata de un dialecto raro, es otro de los momentazos que pone a prueba la templanza. Como lo pone la espera a la llegada de algunos profesionales, como esos pobres letrados y letradas del turno de oficio  que van de la comisaría al juzgado corriendo como pollo sin cabeza y que encima a veces tienen  que tragarse la bronca de unos y otros porque, de momento, no tienen el don de la ubicuidad. Aunque me consta que siguen pidiéndoselo a los Reyes cada año.

Una de las esperas que todavía me ponen un nudo en la boca del estómago es la del veredicto del tribunal del jurado . Pasas días dándolo todo en juicio y al fin, una vez concluidos los informes finales y entregado a las partes el objeto del veredicto, solo queda esperar a que esas nueve personas decidan si el acusado es o no culpable, y en qué circunstancias. Unas horas o unos días donde estás esperando La llamada de la sala para ir a escuchar cómo ha quedado la cosa. Confieso que yo siempre me imagino a los miembros del jurado deliberando como en Doce hombres sin piedad aunque también confieso que, a pesar de lo que piensa mucha gente, sus veredictos suelen estar llenos de sentido común. Ese rato -o ratos- de espera, pueden darse mientras se aguarda la resolución de cualquier otro proceso, sin duda, pero en pocos se vive con la inmediatez e intensidad que en este tipo de juicios. O, al menos, esa es mi experiencia.

Pero no todas las esperas son de tanta trascendencia, aunque el nivel de desesperación sea considerable. Hay un tipo que vivimos a diario cualquiera de quienes nos dedicamos a este oficio. La espera del rosco. Ese momento en que el ordenador, el programa informático o ambos a un tiempo, deciden que están cansados y nos obsequian con un circulito dando vueltas en pantalla. Generalmente, como manda la ley de Murphy, hacen esto cuando termina un plazo, cuando se trata de una causa urgente o cuando una tiene intención de irse de vacaciones, incluso cuando suceden las tres cosas a la vez. Y hay que contenerse para no coger el terminal y arrojarlo por la ventana.

Y, por supuesto, están los períodos de esperar sentados. O sentadas. Y han sido demasiado frecuentes en los últimos tiempos. Opositores esperando una convocatoria donde las plazas no sean miseria y compañía, jueces, fiscales y LAJs esperando que salga el concurso ansiado, profesionales esperando que creen juzgados y que nos doten de medios materiales y de condiciones dignas para ejercer nuestra función o la ciudadanía esperando que deroguen una ley o que promulguen otra, u otras, que nos coloquen de una vez en el siglo XXI. Y seguimos preguntándonos si es cierto eso de que el que espera desespera. Suma y sigue.

Por todas esas razones, una vez más, el aplauso se lo daré a la paciencia. Eso sí, siempre que no se convierta en resignación, que de eso ya tenemos de sobra.

 

Insistencia: derogad el limite de instrucción


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Insistir, persistir y nunca desistir. Un lema que no por muy usado resulta menos necesario. Cuando se precisa algo, hay que perseguirlo hasta el final, ser inasequible al desaliento y continuar insistiendo hasta que a una le hagan caso. Es lo que hacen esos directores de cine empeñados en sacar adelante su proyecto aunque se dejen muchos años y casi la vida en ello. O como dijo una en su día una famosilla de pro, conocida por estar en el candelabro, una se deje la piel en el pellejo. Hay que insistir, sea Buscando a Susan deseperdamente, o sea repitiendo que No nos moverán, como cantaba la pandilla de Verano Azul a bordo del barco de Chanquete.

En la carrera fiscal tenemos una obsesión muy grande, una obsesión que nos hizo encabezar un movimiento sin precedentes en contra de la reforma procesal, al que se unieron todos los operadores jurídicos. Se trataba de la entrada en vigor del famoso artículo 324 de la Ley de Enjuiciamiento Criminal, el que fija el famoso límite de instrucción en 6 meses, aunque sean prorrogables en ciertas cicrcunstancias hasta 18, y siempre con petición expresa y dentro de ese primer plazo semestral. Y el que introduce la no menos famosa declaración de complejidad , una suerte de contorsionismo jurídico para tratar de eludir el temporizador de la bomba del plazo.

Por si alguien no se acuerda, anda fuera de Toguilandia, o se ha incorporado más tarde a nuestro reino de togas y puñetas, recordaré que no contentos con el chapucero texto legal, nos obsequiaron con unas directrices que cargaban sobre el Ministerio Fiscal el peso de los plazos, a pesar de no tener destino en ningún juzgado –nuestro destino es la respectiva fiscalía- y no ser nosotros sino los LAJ quienes tienen encomendada la custodia de los autos. O sea, que somos los responsables de un tesoro cerrado con una llave que está en poder de otro. Si a eso añadimos que muchos y muchas fiscales llevan más de un juzgado cuya sede puede estar a muchos kilómetros de su despacho, la cosa se vuelve esperpéntica. Y a ese esperpento es al que nos seguimos enfrentando día a día, con la amenaza constante de que el temporizador nos estalle en las manos. Fue terrible lo de aquellas revisiones para poder acoplar a esa nueva exigencia causas y más causas, sin medios materiales ni personales para hacerlo porque la disposición adicional así lo establecía expresamente. Como si el legislador quisiera darnos un tirón de orejas tal cual si fuéramos críos que no sacáramos el papel adelante por mero capricho en vez de por el colapso que nadie se molestó en solucionar. Pero ahí no acababa la cosa. El tiempo sigue pasando, los plazos acuciando y a mí se me siguen poniendo los pelos como escarpias cada vez que el sistema informático –cuando funciona- me manda una aviso con un triángulito rojo que me advierte de que revise los plazos. Juro que me siento como en las viejas películas de espías, en que el microfilm se audestruirá en cinco minutos.

Se habló, protestó y escribió mucho sobre ello en su día. Más de la mitad de la carrera fiscal firmamos un escrito donde pedíamos su derogación o al menos, el retraso de su entrada en vigor en tanto no existieran medios. Se unieron a nosotros jueces y abogados y más operadores juridicos. Pero fue en balde. Como suele pasar, nos ignoraron. Y es precisamente una de las reivindicaciones concretas que hacemos los fiscales en las movilizaciones. Porque el problema sigue ahí. Aunque ya parece no interesar y nosotros, como siempre, hemos acabado acostumbrándonos a él. Uno más.

En su día se comentó mucho sobre qué pasaría con las causas largas y difíciles de instruir, fundamentalmente corrupción y delitos económicos, en que lo de los 6 meses parece una broma de mal gusto. No se habló tanto, aunque es también terrible, de lo que ocurriría con otras causas como las de violencia de género, donde sobreeseer provisionalmente, el único subterfugio que permite paralizar el temporizador, dejaría automáticamente sin protección a las víctimas, ya que no se pueden mantener medidas cautelares de un proceso archivado, aunque sea con carácter provisional. Y se sacaron, además, de la chistera, esa cosa llamada declaración de complejidad  que sigue sufriendo distinta suerte según tribunales y audiencias.

Y tampoco el Tribunal Constitucional nos ayudó mucho. Ante una de las cuestiones planteadas, se limitó a lanzar al aire un pequeño balón de oxígeno, o quizás a lanzar un balón fuera, diciendo que la inadmitía porque no tratánodse de plazos propios sino impropios, no suponían los resultados que el proponente exponía. Faltará conocer si quedan más por resolver, pero ya se sabe eso de las cosas de palacio van despacio.

Pero tal vez sea el momento de hacer balance. La cosa ha traído consigo, además de angustia y presión a quienes trabajmos en esto, algunas prácticas cuanto menos discutibles. La precipitación, que no es lo mismo que la rapidez, que hace que prime la necesidad de quitarse el procedimiento de encima aunque no se haya practicado toda la prueba que podría practicarse  Porque parece que lo primordial, según el espíritu de la ley, es hacer las cosas deprisa en lugar de hacerlas bien. Y, en otros casos supone la imposibilidad de practicar pruebas que podrían determinar la diferencia entre absolución y condena. Ahí es nada.

Eso sí, los artífices de la reforma sacaron pecho de lo bien que había ido, aunque fuera a nuestra costa y a pesar de ellos. Y la verdadera lástima es que nunca sabremos el coste que estas cosas ha tenido en la calidad de nuestra justicia, ni los asuntos terminados en absolución porque el síndrome de correprisa impidió que se practicara más prueba.

No nos resignemos. Ahora que las cosas han dado un giro y ha llegado el momento de abrir puertas y ventanas, que el dichoso artículo 324 vuele con viento fresco para no volver jamás. El aplauso lo guardo para entonces, que será cuando inicie una ola toguitaconada para quien le ponga el casacabel al gato.

Invisibles: lo que no vemos


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El don de la invisibilidad, como ya hemos dicho alguna vez, es algo muy atractivo para cualquier guión de cine u obra de teatro. El hombre invisible es un clásico entre los superhéroes, como lo son Los cuatro Fantásticos o cualquier otro superhéroe o superheroína, que también las hay. Pero la invisibilidad no siempre es un súper poder. Y más de una vez hace referencia a quienes la gente mira sin ver, como Los miserables. Ser Invisible o ser Los invisibles es demasiadas veces sinónimo de olvido.

En otros estreno hablamos de cuando los invisibles  a ojos de la opinión pública, somos quienes habitamos Toguilandia. Aunque parece que solo lo somos cuando reclamamos cosas, y no lo somos en absoluto cuando alguna de nuestras actuaciones  da lugar a críticas y, por qué no decirlo, al descontento.

Pero la invisibilidad a que dedico este estreno es la que tiene lugar al otro lado de las togas, la de todas aquellas personas que existen pero que no vemos o no sabemos ver. Por ejemplo, quienes acaban teniendo el complejo del tipo del anuncio del aire acondicionado porque creen que no les hacen ni caso. Se sientan en la puerta del juzgado o de la sala de vistas pensando que alguien va a preguntar por ellos y se lo va a explicar todo. Incluso alguna vez he visto quien busca, como si se encontrara en la cola de la carnicería, el numerito, o hasta pregunta aquello de Quién da la vez. Y claro, si quien llama dice cosas como “que pase el actor” o “que pase el demandado” pues no se dan por aludidos. Hubo un señor que no respondió al llamamiento, pese a estar en la puerta sentadito varias horas. Cuando acabó la sesión y se quejó al agente judicial porque no le habían llamado, le dijo que sí lo habían hecho, a lo que el señor, cariacontecido, dijo que ese tal José Martinez al que llamaron creyó que no era él, porque dijeron que era actor y él es panadero, y a mucha honra.

Y es que a veces no nos damos cuenta, y no explicamos las cosas. Como ocurre con testigos que pasan la mañana en la puerta sin que nadie les explique que ha habido una conformidad y no es necesario su testimonio. Lo normal, lo correcto y lo educado es salir a explicarlo o, como he visto hacer a algún magistrado, llamarles a la sala de vistas para contarles lo sucedido y decirles que se pueden marchar, y que les agradecemos su asistencia. Pero cuando hay quince juicios, se llevan dos horas de retraso, la grabación no se conecta, la videoconferencia parece una comunicación con el planeta Saturno y el aire acondicionado no funciona pese a los cuarenta grados a la sombra, esas cosas se olvidan. Y, claro está, se sienten invisibles. Y con razón.

Pero si de invisibilidad hablamos, la peor parte es la que se llevan algunas víctimas. Se trata de personas que, con razón o in ella, se sienten ninguneadas en los juzgados o en el proceso judicial. A veces porque la ley no lo prevé, otras porque no saben lo que pasa y alguna otra porque alguien no lo hace todo lo bien que debiera.

Los ejemplos son variados.  A las mujeres víctimas de violencia de género no siempre se les explica bien eso de poder personarse y en qué consiste. Y no hablo solo de los juzgados. Esta cuestión empezaría en las propias comisarías, donde no siempre son asistidas por letrado desde el principio para poner la denuncia, porque entienden que con que el abogado o abogada que les asista en el juzgado es suficiente. Y quienes trabajamos en esto sabemos la trascendencia de esa primera declaración al interponer la denuncia. Dar importancia a unos hechos o a otros, concretar circunstancias o poner el acento donde toca evitaría esas famosas preguntas: ¿por qué no dijo eso ante la policía? o ¿por qué tardó tanto en denunciar?.

También los menores se sienten ninguneados. Quieren contar “su” verdad, por qué quieren irse con tal o cual o progenitor o por qué no quieren hacerlo. Escucharles siempre es bueno pero, si no se hace por alguna otra razón, debería saberse la causa. Y, en la vorágine de los procesos judiciales despachados uno detrás de otro, no siempre se tiene el tiempo o la paciencia para hacerlo ver.

Luego están todas aquellas personas que se sienten víctimas sin que la ley les atribuya tal carácter. Sería el caso de quien se considera estafado o perjudicado por un hecho, pero no hay indicios suficientes para considerar que tal hecho haya traspasado los límites de la jurisdicción civil -o, en su caso, la administrativa- para considerarlo un delito. Una señora, por ejemplo, estaba muy indignada con el alcalde de su pueblo porque no se arregló el socavón en el que ella cayó, rompiéndose la cadera. La buena mujer puso una denuncia y solo vio que un día le llegaba un papelito del juzgado diciéndole que la causa se había archivado, sin que ni siquiera le hubieran llamado a declarar. Y, si nadie le cuenta que esa no es la vía pero puede reclamar de otro modo, le da la sensación de que la han ignorado olímpicamente. Y es que no todo lo que la gente piensa que es de juzgado de guardia es susceptible de ventilarse en el juzgado de guardia.

Hay mucha gente que cruza el umbral de salida de Toguilandia mascullando eso de “no me han hecho ni caso” sin saber que eso no es exactamente así, y que si lo es, tal vez haya una razón comprensible que nadie le ha hecho comprender. La famosa frase “¿qué hay de lo mío?” se queda suspendida en el aire, esperando una respuesta.

Así que hoy el aplauso va dirigido a quienes, en un encomiable ejercicio de profesionalidad y empatía, se bajan a las trincheras para explicarle al justiciable que lo suyo importa, aunque le dé la sensación de que no es así. Algo realmente muy difícil cuando el colapso y la carencia de medios transforman cada minuto empleado en ello en oro puro.

Y por supuesto, una vez más una ovación extra para @madebycarol1, que ha hecho la ilustración que enriquece este estreno

 

 

Edad: tempus fugit


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La edad es un tema de gran relevancia en el mundo del espectáculo. Tanto en lo que atañe al público como a artistas y temas.  Hay películas para mayores de determinada edad y películas para todos los públicos. Y seguro que quienes, como yo, ya peinamos alguna que otra cana, recordamos aquellos malditos dos rombos que hacían que nuestros padres nos enviaran a la cama ipso facto porque la serie o la película que ponian en televisión “no era tolerada”. La de veces que me acordé por aquel entonces de toda la parentela de quien quiera que fuera el encargado de poner los rombos dichosos que, además, espoleaban las ganas de ver aquello aunque en principio no nos interesara nada.

Por supuesto, la edad de los protagonistas también tiene enorme influencia en los argumentos. Sea real o fingida, que ahora veo con una sonrisa cómo nos tragábamos aquello de hacer pasar a los treintones protagonistas de Grease por adolescentes de instituto. Incluso la propia edad aparece en algunos títulos, como La edad de la inocencia, Adolescentes o Mamá cumple cien años.

En nuestro teatro la edad influye de muchas maneras. No tanto en el público, pero sí en los protagonistas de algunas funciones y en su contenido.  Y es que, como es sabido, la edad es ese problema que se soluciona con el paso del tiempo.

La edad es el primero de los límites para ser sujeto de derechos y para poder ejercitarlos. Como nos enseñaron en primero de Derecho, el nacimiento determina la personalidad y es preciso que el feto haya estado 24 horas enteramente desprendido del claustro materno para adquirir la misma, por más que el concebido se tenga por nacido para todos los efectos que le sean favorables, como acceder a una herencia. A partir de ahí se computa el tiempo en días naturales –o sea, en días normales y corrientes- y se adquiere la plena capacidad jurídica a los 18 años, sea cual sea el grado de madurez, contando además entero el día de nacimiento –es decir, del cumpleaños- sin atender a qué hora se llegó a este mundo. Esto significa que por maduro o madura que sea una criatura, solo sera mayor de edad cuando cumpla los dieciocho y solo entonces podrá ser sujeto de Derecho a todos los efectos. Y viceversa. Por más que pensemos que Fulanito o Zutanita son unos críos que no saben ni dónde tienen la mano derecha, si han cumplido la edad son mayores a todos los efectos. Salvo, por supuesto, los casos de personas con capacidad modificada, los que toda la vida habíamos llamado incapaces primero y personas con discapacidad luego.

Pero como en todo, hay excepciones. Y edades que permiten que se hagan determinadas cosas válidas en Derecho. Por ejemplo, escuchar a los niños y niñas en los procesos que les afectan, como los referentes a la guardia y custodia. En ese caso, pueden ser oídos cuando tuvieren suficiente juicio y siempre a partir de que cumplan 12 años. Lo cual no significa, como piensan algunos, que se tenga que hacer lo que digan, que más de una vez he escuchado que se daba por supuesto que se cambiaría el régimen de custodia o las visitas porque el menor hubiera cumplido 12 años. Y, obviamente, se les escucha, se toma en consideración lo que dicen y por qué lo dicen, y se toma la decisión teniendo en cuenta todas las circunstancias.

Hay, además, una figura que permite hacer casi un ensayo general de la mayoría de edad. Se trata de la emancipación, que se puede conceder a partir de los 16 años en determinadas circunstancias. Permite realizar muchos negocios jurídicos pero no es una mayoría de edad a todos los efectos. Sin ir más lejos, nunca podrán votar ni serán responsables penales como los mayores. Pero cuidadín que emanciparse es más de lo que la gente cree. No basta con largarse de casa de los padres, al igual que no basta con permanecer en ella para ser un eterno adolescente. El tiempo, en Derecho, no pasa en balde

En Derecho Penal, la edad tiene importancia para muchas cosas. Hasta los 14 años no se responde penalmente por más barbaridad que se haya cometido –hay muchas voces que piden la rebaja a los 12 años-, y entre los 14 y los 17 se responde conforme a la Ley del Menor , que tiene unos principios inspiradores diferentes al Código penal común. Como pincelada, aclararé que no impone penas sino medidas, aunque algunas de ellas muy gravosas, como el internamiento en centro cerrado, pero en las que predomina la finalidad de rehabilitación sobre la de castigo.

Y como personas especialmente vulnerables, los menores como víctimas hacen que se aumente la pena de algunos delitos o que existan en otros. Sería el caso de la pornografía infantil, de la inducción a menores para prostituirse, de su utilización para la mendicidad o el abandono. El hecho de matar a un niño pequeño, además, se considera generalmente alevoso y, por tanto, convierte en asesinato el homicidio. Y en cuanto al consentimiento para algunos delitos, como los relativos a la libertad e indemnidad sexual, no sirve de nada si se tiene menos de trece años y de poco cuando se tiene más. Aunque resulte obvio, recuerdo un juicio hace mucho mucho mucho tiempo donde la defensa se empeñaba en alegar que aquellos niños estaban conformes con que el monitor les hiciera tocamientos. Increíble, pero cierto.

Pero la edad no solo es límite por abajo. Por arriba también opera, aunque ha de existir una declaración expresa de incapacidad para que surta efectos jurídicos. Una parte importante y no demasiado conocida de nuestro trabajo es la de las visitas a centros geriátricos para comprobar las condiciones de quienes están internados. Y, por supuesto, hay que incrementar la vigilancia sobre esas personas mayores y sus patrimonios, que es bien conocida su vulnerabilidad respecto de desalmados que, con la excusa de cuidarlos, se hacen con su pensión o con sus bienes.

En el ámbito penal, corre por ahí la leyenda urbana de que a partir de los 70 las personas tiene impunidad absoluta. He oído a más de uno decir a sus padres al cumplir esa edad, medio en broma medio en serio, que ya pueden cometer delitos tranquilamente. Esto, evidentemente, no es cierto. El hecho de tener 70 años, sin más, no rebaja la responsabilidad, aunque sí mejora las condiciones en que, de decretarse, se cumple la prisión como pena. Y no hay obstáculo legal alguno a que se dicte la prisión preventiva. Así que, por si las moscas, aviso a navegantes.

Así que ahí queda eso. Solo falta el aplauso que esta vez daré con una dedicatoria especial. La que dirijo a quienes se dedican a proteger los derechos de esos seres más vulnerables por su edad, sea por ser menores o mayores. Un duro trabajo que bien merece un reconocimiento.

 

Bocachanclismo: por la boca muere el pez


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Como sabemos, si por algo se caracteriza el teatro es por la profusión de diálogos frente a cualquier otro medio de expresión. Se corre, por tanto, el riesgo de incurrir en eso de que “quien mucho habla, mucho yerra”, aunque en este caso es difícil mantener a pies juntillas lo de que “en boca cerrada no entran moscas” porque seria bien difícil imaginar una obra donde los intérpretes callaran por miedo a meter la pata. Así que la cuestión radica en la calidad y no en la cantidad, en el cómo y no en el cuánto. Que ni hay que hablar más ni más alto para ser mejor. No caigamos en el No me chilles, que no te veo ni en que nos insistan en eso de que Hable con ella o con quien sea. Como siempre, en el punto medio está la virtud. El problema es encontrarlo, que a veces es más difícil que Encontrar a Wally

En nuestro teatro también se habla mucho y, por tanto, aumentan las posibilidades de meter la pata. Aunque, en honor a la verdad, el bocachanclismo no es, ni con mucho, patrimonio que nos pertenezca, Más bien miraría hacia otro lado, aunque en todas partes cuecen habas.

Lo cierto es que los señores de la RAE aun no se han animado a incluir ese término, pero yo, desde que se lo oí hace unos días a @juansotoivars, estoy encantada con él. Y me encuentro ejemplos por todas partes.

Pero vayamos a nuestro teatro. Ya dedicamos un estreno al derecho a la última palabra  que tiene el acusado, que a veces se convierte en algo así como la oportunidad de que el solito se ponga la soga al cuello por obra y gracia de su bocaza. Me contaban en una cena un grupo de letrados y letradas sus experiencias al respecto, y el horroroso rato que les hacen pasar sus clientes cada vez que se vienen arriba y deciden apostillar, al final del juicio, a todo lo que se ha visto en él. Yo he visto como absoluciones casi seguras se tornan en condenas por la metedura del presunto maltratador que pregunta al juez si él no pega a su parienta o el acusado de robo que espeta eso de “no sé como me pudo reconocer, si entré a robar con casco”. Y es que esos angelitos aún no han aprendido que lo de “calladito estás más guapo” es un excelente consejo en tales casos.

Tampoco hace falta irse a ese momento del juicio. Algunos hacen su ejercicio de bocachanclismo desde el primer momento, como si el verse ante un juez o fiscal despertarse su verborrea hasta límites inconcebibles. Más de una vez me ha pasado que un detenido por un solo delito nos suelta para excusarse una caterva de hechos delictivos tal que no hay bastante sitio en el Código Penal para meterlos. Me he visto varias veces en el caso en que para justificarse de un delito leve o una falta, como un hurto o un insulto, explicaban que hicieron esto o aquello porque no le había pagado la droga que le había vendido, después de que lo había llevado a casa en su coche a pesar de que se habían bebido hasta el agua de los floreros, y encima que le había guardado la pistola que había comprado de estranjis. Toma ya. Suma y sigue, que de una bagatela pasa a comerse un tráfico de drogas, un delito contra la seguridad vial y una tenencia ilícita de armas. Y juro que ni exagero ni me ha pasado una sola vez. Igual que juro que leí la mente de su letrado que deseaba como ninguna otra cosa en el mundo que al cliente le fulminara un rayo y le privara del don de la palabra Para siempre jamás.

También los profesionales metemos la pata de vez en cuando por abrir la boca mas de la cuenta o cuando no debiéramos. Hay más de una sentencia que anula actos procesales porque en la grabación se oyen cosas más allá del juicio -y no son psicofonías, por cierto-. Aunque versen sobre el mismo juicio, como confieso que me pasó a mi una vez –mea culpa, mea culpa-. Pero para meteduras de pata de las que hacen historia, la de un magistrado –ya jubilado y cuyo nombre omitiré- que hace mucho, mucho tiempo, sin percatarse de que el micrófono estaba abierto, comentó acerca del aspecto físico de la víctima de un delito que entraba en la sala. Aunque el comentario no era soez, e incluso en otro contexto podría haber resultado hasta halagüeño, ni que decir tiene que no venia a cuento y que entonces fue él quien quiso que se le tragara la tierra, ante el silencio sepulcral de los presentes. Algo así como el “manda huevos” tan conocido en versión Toguilandia. Por suerte, la sangre no llegó al río y el juicio acabó celebrándose con normalidad y recayó una sentencia justa. Lo cortés no quita lo valiente.

Pero, anécdotas aparte, las peores muestras de bocachanchlismo en nuestro mundo viene más bien de quienes opinan de él más allá de lo que debieran. Como cierto Ministro, que ya pasó a la historia, cuando se vino arriba opinando sobre una sentencia y soltando insinuaciones sobre si uno de los magistrados “tenía un problema” como si fuera el mismísimo Gila diciendo eso de “alguien ha matado a alguien”. O algún otro mandamás, que, con tal de subirse al carro de la opinión pública, comenta sentencias y resoluciones judiciales como si estuviera en el bar comentando las jugadas del partido de fútbol del día anterior. Y esto sí que no. Cada cual en su sitio. Que por mas que bromee, la independencia del poder judicial  es algo muy serio.

La última muestra de este tipo la tuvimos hace apenas unas horas. La flamante portavoz del nuevo gobierno anunciaba a bombo y platillo que el Gobierno se personaría como parte en defensa de la víctima en determinados procesos, a raíz de esa resolución judicial sobre la situación personal de los miembros de “La Manada” que nos tiene en un brete. Como si con eso fueran a solucionarlo todo y olvidando -eso es lo más triste- que hay un Ministerio Fiscal velando por ello porque así lo dice, nada más y nada menos, que nuestra Constitución. Como no podía ser de otro modo, varios compis y una de nuestras asociaciones corrieron a explicarlo en redes y finalmente, el  Ministerio de Justicia tuvo que disfrazar de aclaración lo que era un desmentido, diciendo que no puede hacerse pero que se haría un estudio sereno de la ley. Obviamente, si hubieran echado mano de esa serenidad antes de soltar la bomba, se hubieran ahorrado un disgusto. Máxime, con una ministra fiscal que se lo hubiera podido explicar de maravilla. Como diría una buena amiga: “Ay, la prudencia”

Por supuesto, el culmen del bocachanclismo lo encontraremos en tertulias y foros de opinión varios, donde cualquiera cree que puede opinar de Derecho con tal de haber visto La ley de los Angeles, el CSI o hasta Perry Mason en sus buenos tiempos, según la edad del contertulio en cuestión. Y lo mejor viene cuando discuten a los profesionales, que se quedan –o nos quedamos- con cara de póquer ante tanto conocimiento pseudojuridico. Eso sí, se les cata enseguida. En cuanto hacen referencia al “delito penal”, la “querella criminal”, la “demanda judicial” o a la “absolución con antecedentes penales” están pillados. Lástima que no todo el mundo se dé cuenta.

Por todo eso, el aplauso no puede ser sino, una vez más, para quienes ponderan sus palabras sin quedarse cortos ni pasarse. Tan difícil como meritorio.

 

#historiasdefútbol : Vocación


 

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María nunca quiso estudiar Derecho. Y lo recordaba cada vez que tenía que renunciar a hacer deporte para estudiar un asunto complicado, cada vez que tenía que dejar a su hija para que la llevaran a entrenar mientras ella hacía el servicio de guardia, cada vez se veía obligada a leer jurisprudencia en lugar de la novela que la esperaba en la mesilla de noche y, en definitiva, a cada pequeña renuncia. Si la hubieran dejado hacer lo que quería… Pero no hubo manera.

Se culpaba cada día de ello. Porque sus padres se negaron firmemente a que cumpliera su sueño, pero ella tampoco supo oponerse como debía. Solo agachó la cabeza, se resignó a lo que decidían y se encerró a llorar en su habitación, maldiciendo su suerte. Como supremo gesto de rebeldía, permaneció durante un par de meses sin dirigirles la palabra. Ni siquiera fue capaz de cumplir con la amenaza -más bien bravuconería- de que no probaría bocado como protesta. Apenas pasado un día sucumbió ante el plato de macarrones con queso que su madre puso sobre la mesa.

Consiguieron que estudiara una carrera. Ella escogió Derecho, más por aquella cosa que decía todo el mundo de que tenía más salidas, que por la más mínima vocación. Y, como todo en la vida, lo hizo del modo correcto. Obtuvo unas calificaciones más que notables, y no tardó en conseguir un trabajo que satisfacía a todo el mundo salvo a ella. Por supuesto, para cerrar el círculo, se casó con un buen y aburrido chico y, antes de los terinta y cinco, ya tenia dos hijos, la parejita de niño y niña que todo el mundo consideraba la familia perfecta.

De vez en cuando su madre le recordaba, sacando pecho, lo bien que había hecho en hacerles caso. Ella asentía con la cabeza y fingía que estaba conforme, como lo había venido fingiendo toda su vida. Igual que fingió que su matrimonio era dichoso y perfecto hasta el mismo día en que decidió divorciarse. Aunque esta vez no cedió a las súplicas de él de que lo pensara, ni a los ruegos de su madre, que acabaron convirtiéndose en reproches.

Rompió con el modelo familiar y asumió un régimen de custodia compartida que, a ojos de su madre y de mucha gente, era poco menos que una renuncia a su instinto maternal. Joaquín seguía siendo un buen y aburrido chico con el que era tan fácil entenderse como lo había sido durante el matrimonio. En realidad, el cambio fue escaso. Seguían repartiendo los tiempos de recogidas y entregas de los niños, los deberes y sus gastos como hacían antes. Incluso iban juntos a celebraciones familiares. Únicamente habían dejado de compartir cama y las cuatro paredes de su casa.

No tuvo valor para terminar de dar el cerrojazo a esa vida que no le gustaba, y se quedó a medias. Se conformó con una sola vuelta de llave, la que cerraba el capítulo de la familia convencional, pero no se decidió a cambiar de trabajo, ni a planteárselo siquiera. Hasta aquel día.

Fue el día en que su hija adolescente se plantó ante ella y la transportó a un pasado muy lejano, a aquel momento en que ella no supo o no quiso enfrentarse con sus padres. La niña que, como ella, siempre había tenido una pasión desmedida por el fútbol, le informaba que quería dar un paso más. Era buena, y le habían ofrecido un contrato para un equipo femenino de fútbol. Tendría que cambiar de ciudad, que aparcar parcialmente los estudios, pero quería hacerlo.

Su hija no pedía permiso, tan solo le decía que iba a ir a por ello. Fue entonces cuando, por primera vez en su vida, comprendió a sus padres. Aquello como afición estaba muy bien, pero como profesión le daba vértigo. Por un instante, maldijo el día en que le contagió su pasión en vez de inclinarle a su profesión, tan segura y convencional como cualquiera desearía para una hija. Después, pensando que ella había vivido la vida que otros diseñaron por ella, decidió apoyarla. Se lo debía a ella, y también a sí misma.

Pero todavía no era todo. Su hija, tras recibir el pistoletazo de salida, le contaba que quería más.

-Mamá, he visto el contrato. Mi compañero Juan, aquél que jugaba conmigo en el equipo mixto y al que le daba mil vueltas, también tiene una oferta del mismo club para jugar con los chicos. Y cobrará más del doble.

Se quedó de una pieza. No le sorprendió tanto el hecho notorio de la discriminación femenina en el deporte, sino la determinación de su hija para combatirlo, a pesar de que su oferta tampoco estaba mal.

-No lo vamos a consentir. ¿Verdad, mamá?

La miró y sintió como un círculo imaginario se cerraba en su interior.

-Desde luego que no

Ese mismo día, María telefoneó a su madre y, por primera vez, le dijo lo que la mujer llevaba toda la vida esperando.

-Mamá, tenías razón en aquello de que un día te agradecería que me hicieses estudiar Derecho.

Madre e hija emprendieron la batalla legal poniendo toda la carne en el asador, aunque sabían que sería difícil. Su profesión de abogada y ella, por fin, hicieron las paces.

Un año más tarde, María y su hija, en un atestado bar de una ciudad a muchos kilómetros, alzaban sus copas brindando con un grupo de chicas, mientras miraban la pantalla gigante que retransmitía los partidos del Mundial de fútbol. La gente que las rodeaba se unió a ellas creyendo que celebraban el gol de la selección española.

Pero ellas celebraban mucho más. Les habían dado la razón y ya no cobrarían menos que sus compañeros varones. Habían metido un gol por toda la escuadra y, aunque sabían que todavía quedaba mucho partido por delante, estaban dispuestas a darlo todo para ganarlo.

Sucedáneos: lo que parece y no es


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Ya lo hemos dicho más de una vez. La realidad supera la ficción y a veces confundimos ambas. O confundimos la realidad con lo que creemos que es tal, dando lugar a situaciones hilarantes. Nada es lo que parece y, aunque en muchos casos cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia en otras Los Parecidos nos acaban proporcionando Algo parecido a la felicidad, al menos en ese efímero momento en que nos echamos unas risas.

En nuestro teatro, la afición a representaciones rimbombantes y a un lenguaje más rimbombante aún, da lugar a muchos equívocos. Y con esos equívocos vienen, en más de una ocasión, una ración extra de risas que no son fáciles de disimular. Son los sucedáneos de situaciones reales, que van mucho más allá de meras anécdotas. O no.

Uno de los mejores ejemplos nos lo da el procedimiento de habeas corpus, destinado, si prospera, a la puesta a disposición judicial de personas que han sido ilegalmente detenidas. A lo largo de mi vida toguitaconada he asistido a muchos, gran parte de ellos a horas intempestivas, pero no recuerdo ninguno que culminara con éxito. No obstante, es un proceso con mucho predicamento entre nuestra clientela, aunque hacen su propia interpretación de él. Tal vez la más conocida sea la de llamarle “corpus christi”, acompañado, según el caso, de imprecaciones marianas, genuflexiones o hasta exhortaciones a Santa Rita o a San Judas Tadeo como abogado de los imposibles. Pero una de las más memorables es la que ilustra este estreno, facilitada por un compañero, y que no tiene desperdicio. El angelito solicita, nada más y nada menos, que “bia escor Pus por falso testimonio”. Temblad de miedo, procesalistas de pro, que os ha salido una dura competencia con este jurista amateur.

Por supuesto, este no es el único sucedáneo de proceso. Otro de los mejores fue el que me contaba el otro día una abogada. La pobre se quedo ojiplática al recibir una llamada de uno de sus defendidos, habitual de la casa. El muchacho le llamó muy contento explicándole que le habían llamado del juzgado diciéndole que le había tocado un coche, como si se tratara de un premio a la fidelidad al juzgado de guardia. Obviamente, no se trataba de otra cosa que una llamada del juzgado para que fuera a recoger un auto, así que su gozo en un pozo. Pero bueno, al menos se llevó la alegría por un rato, y proporcionó un ataque de hilaridad a más de una. Y es que, como decía mi preparador, una de las primeras cosas que hay que aprender en Toguilandia es que “auto” es algo más que un vehículo automóvil.

También se quedó de pasta de boniato una víctima en el juzgado al comprobar que lo que había ideado no era más que un sucedáneo de la realidad. La mujer esperaba pacientemente en la puerta del Juzgado de guardia, a pesar de que ya hacía horas que se había resuelto su solicitud, una orden de protección que instó y fue concedida. Preguntada por la funcionaria acerca de por qué seguía allí, la mujer dijo muy convencida que estaba esperando que le dieran su móvil. Y menuda decepción que se llevó cuando le aclararon que la frase referente a que “le proporcionarían un teléfono para contactar con la policía” se refería a un número, y no un terminal. Aunque, si la pobre supiera de los modelos prehistóricos que se usan en algunas guardias, quizás se habría ahorrado la espera aunque creyera que le iban a dar el teléfono en cuestión.

Otro de los momentazos, con sucedáneo incluido, es uno que me cuenta otra Letrada y que confieso que me provocó un ataque de risa. Me decía que una de sus clientes, cuando le presentaba toda la documentación que le requería, le dijo muy seria que le faltaba el “certificado del himen”, que no lo había conseguido. Ni que decir tiene que el que necesitaba era el del INEM, pero no quiero ni pensar la de vueltas que daría para conseguir el que ella creía necesario. Aunque habría que verlo.

También recuerdo algo que me pasó hace apenas unos días. Una testigo nos dijo que ella se acogía al artículo 24 de la Constitución. Por supuesto, le dije que en eso estábamos, y que a él nos acogíamos todos. Fue entonces cuando me explicó lo que pretendía, que no era otra cosa que “acogerse a la enmienda esa por la que no declaraba si no quería”. Un curioso batiburrillo entre lo que ven en teleseries yanquis, lo que oyen en tertulias, y lo que se imaginan. Ay, si los americanos supieran la de gente que en nuestro país nos dice eso de acogerse a la Quinta Enmienda como si el Derecho Penal se estudiara a base de ver películas…

Por último –de momento- recordaré otro sucedáneo la mar de pintoresco a la par que habitual, en sus múltiples versiones. En un caso, un señor nos decía muy convencido en juicio que él estaba exento de pagar porque era insolente, que se lo habían dicho en el Juzgado. Otro, todavía más inspirado, afirmó muy serio que no pagaba porque era impotente. Digo yo que pensaría que era una desgracia bonificada.

Y ahora, cómo no, ahí va el aplauso. Que hoy dedico a todas las personas que con sus vivencias me facilitan material para estrenos como éste, y, en este caso, muy especialmente, a los abogados y abogadas de la Sección de Violencia de Género del ICAV que, en una cena de esas de hermanamiento que tanto disfrutamos, me regalaron estas anécdotas y el permiso para compartirlas. Gracias otra vez.

PD .El batín negro, la levita del especialista en enfiteusis y Fofó serán objeto de un nuevo estreno. Permanezcan atentos a sus pantallas