Acerca de gisbertsusana

Fiscal con vocación de artista. Me tomo la vida con mucho humor y siempre subida en mis tacones.

Atrezzo: puesta en escena


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Cualquier cosa en la puesta en escena es importante. Un detalle aparentemente nimio puede dar al traste una buena ambientación, como el reloj de pulsera que algunos dicen haber visto en una escena de las cuádrigas de Ben Hur, fuera totalmente de la época en la que estaba ambientado. Ignoro si esta leyenda urbana es auténtica, pero lo bien cierto es que cada cosa tiene su entorno adecuado y sin él la credibilidad se va al garete. Yo nunca olvidaré la cortina con la que se hizo un vestido escarlata O,Hara en Lo que el viento se llevó, y que sigo mirando cada vez que vuelvo a ver la película sabedora de que en algún momento la ceñirá a su cuerpo y le quedará divinamente. Tampoco olvido, cada vez que miro la Lista de Shchindler, el abriguito rojo de la niña que corría en el guetto y que luego veríamos en la pila de cadáveres amontonados, todo un símbolo.

Nosotros también tenemos nuestro atrezzo, nuestra peculiar puesta en escena fruto en muchos casos de una tradición vetusta y en otros de la improvisación y la falta de medios, cuando no una mezcla de ambos.

Las sedes más antiguas todavía tienen sus viejos cortinajes de terciopelo rojo, sus tapices y su profusión de madera labrada. Como ésas que vemos en las fotos de la apertura del año judicial. Y como quienes opositamos tuvimos oportunidad de ver, con una mezcla de pánico y esperanza, cuando nos examinábamos. En mi retina han quedado para siempre grabadas las enormes puertas verdes y doradas del Tribunal Supremo, la antesala de la gloria o el fracaso. Tengo una compañera que dice que cada vez que las ve en la televisión vuelve a sentir de inmediato dolor de estómago. Y no es para menos. También recuerdo de esa época el salón de los pasos perdidos, donde caminabas contando los baldosines una y otra vez hasta que el agente judicial salía con la lista de los afortunados que habían aprobado. Nunca un papel garrapateado me ha parecido más hermoso que aquel que tenía mi nombre y mi nota apuntada. Lástima que entonces no había móviles para inmortalizarlo, porque más de uno y una lo usarían de fondo de pantalla, de perfil y hasta para empapelar el despacho, si se tercia.

Pero después las cosas nunca son tan solemnes. Las sillas nunca son tan altas ni hay cortinajes ni dorados. Ni falta que nos hacen, la verdad. Aunque esas salas vetustas tienen su aquél. Recuerdo que en la antigua Audiencia Provincial de Valencia –hoy sede del Tribunal Superior de Justicia, de la que ya he hablado alguna vez- todavía tenían brasero escondido bajo los estrados y hasta un cenicero incrustado. Ni que decir tiene que inutilizados uno y otro hoy en día. Y las sillas con muelle traidor, que espero que hayan sido reparadas o sustituidas, porque eran una tortura. Y, aunque muchos no lo saben, la campanilla. Porque en el Derecho español no hay mazo como vemos en las películas, aunque la cultura audiovisual americana se va imponiendo y ya hay muchos que se llevan su mazo de casa, regalado generalmente por algún amigo.

Lo que siempre existió y existe aún son los micrófonos. Por más que, obviamente, han cambiado su aspecto. Es curioso observar como reaccionan testigos, acusados y hasta profesionales ante el micrófono. Recuerdo una testigo que lo agarraba como si fuera a arrancarse por sevillanas, y llegó a preguntar un “¿se me escucha?”, ante el que casi se nos escapa la carcajada. También hay quien le da golpecitos y hasta alguna vez he creído oir eso de “probando, probando” como si estuviéramos en un programa de radio. Y es que a veces es difícil hacer entender que están para grabar, no para retransmitir, y que no se trata de emular a Raphael, sino de grabar la vista en condiciones. Aunque confieso que, en ocasiones, ardo en deseos de que existiera un dispositivo como en aquel programa de televisión, 59 segundos, en que el orador que se pasaba de tiempo veía como el micrófono desparecía ante sus narices. Pero, por más modernos que sean, siguen creando problemas. Y alguna vez me he visto obligada a repetir una vista porque no se había grabado. Con lo difícil que es repetir lo mismo.

Y, por si alguien no lo sabe, tampoco gastamos peluca, ni siquiera birrete, aunque sé de buena tinta que algún juez le gustaría aunque solo fuera por disimular la calvicie. Y, por qué no decirlo, también podría resultar práctico si una no lleva bien el pelo o le hace falta un repaso al tinte.

En cuanto a las sillas, aunque no lo parezca, son objeto de sus disputas. El Juez suele tener una muy grande, algo que nunca tiene el fiscal, por más que la Ley diga que son iguales en honores y tratamientos. Y a veces hay que sentarse en cualquier sitio. También es curioso el batiburrillo de mobiliario cuando en un juicio intervienen muchas partes y faltan asientos para todas ellas. Se traen de donde se puede, y se crea un curioso aspecto kisch que quita toda solemnidad, y evoca alguno de los mejores momentos de Almodóvar. Más de una vez nos hemos apretado como sardinas en lata porque los estrados no daban más de sí. Pero ahí seguimos, haciendo lo que podemos. Con toga, con tacones o mocasines pero sin peluca. Y, a veces, hasta sin silla.

Pero no podré el The End a este estreno sin referirme a algo a lo que no se da la importancia que tiene, más aún a partir de la entrada en vigor del Estatuto de la Víctima. El famoso biombo para evitar el contacto visual de víctima o testigos con el acusado, si así lo quieren. Y es que los he visto de todos los modelos posibles, desde el que hace juego con la sala pero hay que tunear con un cartón para que tape el cristal, no tan opaco como debiera, hasta los archiutilizados de mimbre, pasando por alguno que otro de tipo japonés, que vaya a ustedes a saber de dónde han salido pero me recuerdan a aquellos que usaban las vedettes para cambiarse mientras el caballero esperaba. Y, si no fuera por la seriedad del momento, en más de una ocasión parecía que iba a salir de ahí la mísmisima Sarita Montiel cantando el Fumando espero. Aunque el premio se lo lleva el construido con cartones a modo McGyver, con un agujero recortado en medio en función de mirirlla, que se usaba en uno de los primeros juzgados donde trabajé.

Así que hoy el aplauso es para quienes siguen impartiendo Justicia sea cual sea el atrezzo. O pese al mismo. Hasta con techos que se caen a pedazos y paredes desconchadas. Porque ya sabemos que el hábito no hace al monje. Ni el terciopelo al jurista.

 

Compamigos: gracias


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Más de una vez hemos tratado en nuestro escenario del lenguaje  Neologismos, barbarismos, latinajos y jerga varia que usamos, y hasta abusamos, según sea nuestro papel en la función. Palabras que el Diccionario de la real Academia admite o no según le parece a sus sesudos señores, a los que siempre me gustaría imaginar como los protagonistas de aquella película antológica en que elaboraban una Enciclopedia, Bola de Fuego, aunque mucho me temo que poco tenga que ver.

Por eso, hoy el escenario de Con Mi Toga y Mis Tacones ha decidido ayudar un poco a tan sesudos señores –y señoras, pero pocas- y hacerles alguna sugerencia. En primer lugar, como no podía ser de otro modo, cualquier día monto una petición colectiva para que admitan el término toguitaconada, y algunos otros que ya recogí en un estreno, el del Toguitaconidiccionario. Pero hoy quiero sugerirles un término nuevo: compamigos. Porque, si han admitido cosas como “amigovios”, que a mí me suena fatal, por qué no admitir esta sugerencia. Todo es proponérselo.

Y es que creo que la necesidad de acuñar este término es un hecho. En todas las profesiones hay colegas, compañeros y amigos. Y la fina línea que separa o une tales conceptos es difícil de delimitar. En el teatro, todos sabemos de compañeros de profesión que aparecen como los mejores amigos del mundo y luego no pueden ni verse. Y viceversa, porque para ellos está el tema adicional del papel que representan. Recuerdo que más de un actor, famoso por su papel de malo o mala, ha contado que ha sido insultado por la calle. Recuerdo que la primera vez que leí eso venía del intérprete del Falconetti de Hombre Rico, Hombre Pobre, que vino a España de visita y se encontró con gente que le espetaba insultos a la salida de su hotel. Y también he oído cosas parecidas de la malvada Angela Channing de Falcon Crest , la Alexis de Dinastía o el JR de Dallas. No quiero ni pensar si alguna vez el dibujo de la señorita Rottenmeier cobrara vida y me la encontrara en la calle. Le haría pagar todo lo que le hizo a la pobre Heidi y con ella a todas las niñas de la época. Faltaría más.

La cuestión es que en nuestro teatro también nos pasa algo parecido. Porque nosotros también interpretamos papeles que a veces nos enfrentan hasta llegar a hacer difícil deslindar lo profesional y lo personal. Pero hay una clase de personas, los compamigos, que siempre vienen a dulcificar cualquier situación, por dura que sea. Y sin los cuales es difícil sobrevivir en nuestra Jungla de Cristal.

Compamigos es, como cualquiera puede adivinar a simple vista sin necesidad de ser un lince, una combinación de “compañeros”, “amigos” y “colegas” –en el sentido de colegas de profesión y no de compadreo festero-. Y hay que diferenciar los términos.

Colegas, de una parte, son quienes comparten profesión. Sin más. Hay quien se refiere a los mimos como “compañeros”, pero eso es otra cosa. Ser compañero o compañera tiene un plus de generosidad y buen trato, el compañerismo al que ya le dedicamos un estreno que, por desgracia, no puede predicarse de todos aquellos que pertenecen al mismo colegio profesional se encuentran en el mismo escalafón. De hecho, hay colegas que son todo menos compañeros. Y que se caracterizan por hacer del zancadilleo profesional y el malrollismo su bandera, con un egoísmo que cualquiera ha vivido alguna vez. Los hay capaces de destrozar al que ven como enemigo aprovechando cualquier circunstancia personal o profesional. Quienes se oponen a un cambio de señalamiento por enfermedad de un familiar de quien comparten estrados, quienes aprovechan cualquier fallo para sacar ventaja, o quienes dedican su informe a despellejar al otro en lugar de defender su causa. Los ejemplos son miles.

Luego están los -y las- compañero/as, de los que ya se habló en su momento. Y, traspasando ese límite, tras haberse metido de lleno en el terreno, están los amigos que a la vez comparten toga, estrados o lo que sea. La compamistad, vaya. Personas que son capaces de ver la situación de apuro de una sin necesidad de decir nada, y que no solo la cubren, sino que fingen que no les cuesta trabajo o incluso que les viene de maravilla. Yo tengo compamigos y compamigas que me han cambiado guardias o juicios aduciendo que eran ellos quienes lo necesitaban, o han hecho cosas por mí fingiendo que lo hacían por sí mismos. Cualquier excusa es buena: a mí me viene mejor esa fecha, necesito reciclarme en esta materia, este asunto es interesante y tú ya has hecho muchos… Se les identifica enseguida. Hacen favores con una sonrisa y jamás piden que les sean devueltos. Y tenemos mucha suerte de que existan.

Pero que nadie crea que me refiero solo a profesionales del mismo cuerpo al que una pertenece. Ya es hora de que hayamos superados eso de Los chicos con los chicos y las chicas con las chicas y nos mezclemos, que el derecho ya hace tiempo que dejó de meterse en compartimentos estancos. Puede haber compamigos entre jueces, fiscales, abogados, laj o procuradores, juntos o revueltos. Y así debería ser siempre por el bien de la justicia y del ciudadano. Ya sabemos que la unión hace la fuerza.

Y, también hay otra categoría, que encaja a la perfección en el término compamigos: los compinches. Esos con los que se comparte química, principios, y ganas de luchar por ellos. Yo tengo unos cuantos, y me considero realmente afortunada por ello. Queridos compinches, también para vosotros mi guiño toguitaconado, que bien sabéis a quienes me estoy refiriendo.

Así que hoy el aplauso, como no podía ser de otra manera, para todos los compamigos y compamigas del mundo. Porque debieran ser declarados una especie a proteger. Con la toga puesta, o sin ella. Gracias por estar ahí siempre.

Y gracias también de nuevo a @JulioAntonio48 por prestarme su preciosa imagen para ilustrar este estreno

 

 

 

Padres: la herencia


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La familia  y sus miembros, las relaciones entre ellos y las sagas familiares son un tema recurrente en el teatro y el cine. Como en la vida. Y en nuestro teatro les hemos dedicado varios estrenos. Con unos aplausos bien merecidos. Pero faltaba dedicarle uno a una figura importante, la del padre. Como han hecho muchas películas, desde Papá está en viaje de negocios hasta La vida es bella o Qué bello es vivir, desde Billy Elliot a En el nombre del padre. Con Sonrisas y lágrimas incluídas.

Y, aprovechando el Día del Padre, también nuestro teatro quiere hacer un homenaje a todos los padres del mundo en general, y al mío en particular. Como hice en su día con las madres . Mucho más allá de la figura del buen padre de familia a que se refiere tantas veces el Código Civil.

Mi padre ya se ha paseado otras veces por las tablas de nuestro escenario. De hecho, a él estaba dedicado el estreno referido a los abogados  e hizo un cameo de lujo en el que trataba de la Justicia gratuita  Y entonces prometí una segunda parte de esa historia tan triste y tan hermosa a su vez. La de una abogado enamorado de su oficio. Y hoy ha llegado el momento.

Mi padre llevaba toga, pero no tacones, obviamente. Pero creo que hasta eso le debo. Solía decirme que una mujer jamás debía salir de casa sin sus tacones y sus pendientes. Recuerdo que incluso cuando el destino le jugó la mala pasada de robarle la visión, me tocaba las orejas para comprobar que no cruzara el umbral sin ir como es debido. Con pendientes y con zapatos de tacón. No le hacía ni pizca de gracia que me calzara unas manoletinas o unas deportivas. Por desgracia, nunca llegó a verme con mi toga y mis tacones, porque nos dejó antes. Pero se aseguró, sobreviviendo más de lo que la enfermedad auguraba, a que no solo hubiera acabado la carrera sino que tuviera mis pasos encauzados hacia donde él quería que fueran, la carrera fiscal. Algo que a él también le hubiera encantado y que decía que a mí me iría como anillo al dedo. Y no se equivocaba. Días antes de marcharse, él y mi madre me regalaron un colgante con una balanza, que guardo como oro en paño para lucir en las grandes ocasiones.

Como conté en su día, él me transmitió su pasión por el derecho en general y por el Derecho penal en particular. Y su manera de entenderlo, como un servicio público y como un derecho fundamental a un tiempo. Mi padre asistió, en calidad de pasante, a la última ejecución de una mujer a garrote vil, la de la envenadora de Valencia, ésa que protagonizó aquel capítulo de la serie La huella del Crimen que muchos recordamos. Y justamente en ese punto empieza la segunda parte de una historia que prometí contar.

En esa ejecución estuvo también, cumpliendo con su oficio, un fiscal, tan joven y bisoño como mi propio padre. Y ambos comentaron que ojala sus desendientes vivieran en un mundo donde no tuvieran que cumplir con tan ingrata tarea.

Como el destino es caprichoso, y quizás mucho más que eso, pasados muchos, muchos años, juntó a las hijas pequeñas de aquellos dos hombres. Y las reunió en un escenario diferente, ejerciendo ambas como representantes democráticamente elegidas por sus compañeros en un órgano propio de la carrera fiscal. En plena democracia, tratando de defender el concepto de Justicia que ambas heredamos de nuestros padres, cuando ya ninguno de los dos estaba en este mundo. Cuando, tiempo después de ese momento, descubrí esta coincidencia, no podía creerlo. Pero a veces las cosas no pasan porque sí, y estoy seguro que, donde quiera que estén, disfrutarían el momento como nadie.

Y esta historia también tiene otro fleco. Relacionado con otra de las grandes pasiones heredadas, la literatura. Cuando mi padre perdió la vista, pasé mucho tiempo junto a él leyéndole novelas, como El lector de la película. Creo que eso también me marcó de por vida, además de ayudarme a hablar y leer en público tratando de transmitir todo lo posible, algo muy útil tanto en mi faceta de opositora como en mi trabajo. Como me marcó la afición por los libros, y por escribir. Mis padres siempre me recordaban una nota que dejó el jurado de un premio de redacción que gané en mi adolescencia: “nunca dejes de escribir”.

Le hice caso, y en esa faceta, me encontré con otra de las coincidencias que el destino se encapricha en regalarme. Cuando empecé a colaborar en Generación Bibliocafé, Mauro, nuestro querido editor, escribió un relato basdo en la película El Verdugo y una vivencia al respecto de su padre. Contaba que éste hablaba de la experiencia de un joven abogado que presenció aquella última ejecución de una mujer, y que, pese a sus esfuerzos, nunca consiguió localizarlo. Cuando leí su historia, no podía creerlo. Había dado con él, aunque fueran sus hijos quienes se encontraran. Y es que, como dije antes, nada pasa porque sí.

Así que hoy, día del padre, he querido dedicar estos pequeños recuerdos a mi padre. A esa persona que, a pesar de que vivió una época diferente, me transmitió unos valores de libertad, justicia e igualdad que han cimentado mi vida y lo siguen haciendo. A esa persona que, aún sin estar, me acompaña en muchos momentos de mi vida profesional y personal. Y que se da el capricho de, allá donde esté, montar aparentes casualidades para hacerse presente. Aunque no haga falta.

Por eso hoy el aplauso es para él. Y, con él, para todos los padres del mundo.

Como verás, nunca salgo de casa sin mis tacones. Ni sin tu recuerdo.

 

 

Pirotecnia: pólvora judicial


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Hemos dedicado estrenos de nuestro teatro a casi todas las partes del mismo. Desde las tablas a los intérpretes, desde el telón al público, pasando por ceremonias de entrega de premios y hasta por los más sonados fracasos. Pero nunca habíamos recalado en esa parte que muchas celebraciones tienen, la de los fuegos artificiales. Algo imperdonable para una toguitaconada valenciana, y más en plenas Fallas. Así que había que ponerle remedio, montando nuestro particular castillo de fuegos artificiales.

En el cine, es frecuente ver a los protagonistas de películas americanas celebrando el Independence Day viendo los Fuegos artificiales, se haya o no Nacido el 4 de julio. O, como los llamaron los japoneses, Flores de fuego. Siempre van asociados a bonitas celebraciones y hasta a momentos románticos en que los protagonistas se juran amor eterno, como los protagonistas de Grease o de High School Musical. Por más que ese amor eterno solo dure un curso.

Pero en nuestro teatro no están las cosas para dispendios, y poco hay que celebrar. Y cuando alguien se viene arriba con celebraciones, ya sabemos que es lo de siempre, Mucho ruido y pocas nueces. Así que más que un idílico castillo de fuegos artificiales con palmeras de colores como en las películas de Disney, mejor voy a montar una Mascletá ruidosa, como las de mi tierra. Haciendo volar por los aires todo lo que me dé la gana, que por algo soy el ama y señora de mi toga y mis tacones. Preparemos los tímpanos, y dejemos a un lado eso de No me grites que no te veo.

La primera de mis tracas virtuales va destinada a quienes se encargan –o deberían encargarse- de dotar a la Justicia de medios. Unas buenas dosis de petardos son lo que merecen, por permanecer más de cuatro años sin crear un solo juzgado, por más que de vez en cuando nos vendan la cabra de que crean tales o cuales plazas. Y mientras seguimos preguntándonos dónde está Wally, porque las dichosas plazas no aparecen por ningún lado. Que se lo digan si no a los sufridos opositores, que ven como año tras año les convocan miseria y compañía. O sin compañía. Y entretanto, muchas sedes judiciales siguen en un estado tan patético que parece que su único remedio sea explotar definitivamente para ver si les hacen otra en condiciones dignas.

La siguiente traca, muy relacionada, es la del dichoso Papel 0. Ese castillo pirotécnico que nos cuentan en cuanto tienen ocasión y que no tiene nada en su interior. O sí, los muchísimos papeles que sigue generando el día a día de cada juzgado y cada fiscalía a pesar de que aseguran que todo está digitalizado. Junto a ello, esos sistemas informáticos que dan más probelmas que soluciones. Capitaneados por el inefable Lexnet, y seguidos por Fortuny y todos sus primos autonómicos, llaménse Minerva, Adriano, Cicerone o cualquier otro nombre rimbombante que quieran ponerle. En ocasiones, entre que se conecta y se logra acceder al sistema deseado daría tiempo a disparar la más grande de las mascletás de la Plaza del Ayuntamiento. Y más aún.

Y todavía me quedan petardos que disparar. Y unos que tiraré con mucha fuerza y muchas ganas. Los destinados a todas esas ocurrencias del legislador que no hacen sino ponernos en la picota de hacer más trabajo en menos tiempo y con los mismos medios. Como el dichoso límite de la instrucción, que ya nos dijeron que no supondría dotación de medios y así lo han cumplido.

Pero tengo más petardos guardados. Y algunos especiales para despertá, que es como llamamos en mi tierra a una salva de petardos destinados a servir de despertador a propios y ajenos. Y esos los usaría para despertar a la sociedad de la abulia que en muchos casos tiene respecto a temas tan sangrantes como la crisis de los refugiados o la violencia de género. Y, de paso, trataría de reventar a base de pólvora virtual el machismo y la desigualdad, y todo tipo de discriminación, para ver si de una vez caminamos a paso ligero para ser #CadaVezMásIguales.

Y por qué no, y ya viniéndome arriba, me cargaría la corrupción, el terrorismo, el paro,  y todas esas cosas que según los estadísticos preocupan a los españoles. Y entonces, y no antes, es cuando montaría el mejor de los castillos de fuegos artificiales para celebrarlo.

Pero, mientras todo esto no sea posible, me conformaré con dar mi aplauso a todos los que siguen adelante pese a todas estas cosas, dando en cada momento lo mejor de sí. A ellas y ellos, una traca de celebración, como las bodas. Porque lo merecen.

Fallereando: de nuevo con peineta


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Ya lo he dicho otras veces. Pocas cosas hay que les gusten más a los artistas que una buena fiesta. Más aún, si la fiesta le da oportunidad de desarrollar su talento, como ocurre con las Fallas y, a buen seguro, con muchas más fiestas de nuestro país. Pero yo soy valenciana y éstas son las que conozco. Unas fiestas donde, además de todo lo que todos sabemos, hay teatro, música, disfraces, canto, baile y todo cuanto se quiera disfrutar de un buen espectáculo.

Así que, sin más preámbulos, se abre el telón fallero por tercera vez en Toguilandia. Después de Fallas  y más fallas, llega el nuevo estreno fallero. No podía ser de otro modo en este año tan especial como fallera de esta humilde toguitaconada, que consiguió el sueño de ser mantenedora de la Fallera Mayor de Valencia, y tan especial para las propias fallas, que consiguieron ser nada menos que Patrimonio de la humanidad.

Por eso este estreno quiere ser especial. Y demostrar que las fallas pueden ser espacio de integración, de solidaridad, de igualdad, de sentimientos y de cultura. Y cómo no, de Justicia, el alma mater de nuestro teatro. Para ello, Con Mi Toga Y Mis tacones se viste de microrrelatos falleros, un pequeño espacio que pretende contar mucho más que sus pocas líneas.

¿Por qué no aprovechar las fiestas para recordar los derechos de las personas con discapacidad, y de paso, de todas aquéllas que luchan cada día por ser #CadaVezMasIguales?. El olor de las fallas es una buena excusa:

 Después del accidente, pensó que no volvería a ver sus queridas Fallas.

Era el mes de marzo cuando salió por vez primera a la calle tras aquello.

Aspiró el olor de las flores, de los buñuelos recién hechos, de la pólvora de los petardos. Escuchó la música, el ambiente, el ruido atronador de la mascletá. Probó la paella y el chocolate caliente. Palpó la suavidad de los monumentos y el tacto de los trajes de fallera. Y sintió el ambiente.

Y supo que no hacen falta ojos para ver las Fallas. Acarició su bastón blanco y volvió a sonreir.

            También las fallas son un buen momento para recordar a quienes ya no están, y tanto nos dejaron. Tantos buenos momentos, que pueden quedar representados en un objeto cualquiera, como La peineta:

 La caja cayó a mis pies cuando sacaba mis esquíes del altillo. No recordaba haberla visto antes, pero cuando abrirla fue como abrir la caja de Pandora.

Mirándome desde su estuche de terciopelo rojo, una peineta dorada me mandaba un mensaje. Tenía una esquina rota, pero era preciosa.

De pronto, me transporté a una época muy lejana y feliz. Y la identifiqué. Era la que llevaba mi abuela en la única foto que conservo de ella.

Y entonces decidí dejar en el suelo mis esquíes.

Ese mismo día, desfilé en la ofrenda con una vieja peineta con la esquina rota.

 

Y por qué no. Las fallas también dejan un enorme espacio a la solidaridad con quienes sufren una enfermedad, y una buena razón para salir adelante. Como cuenta la protagonista de Mi ofrenda

No me cansaba de verme en el espejo. Los moños, la peineta, la mantilla de mi madre. La mujer del espejo sonreía

Después, por la calle de la Paz continuaba tocándome la cabeza con el peinado que pensé que nunca más volvería a lucir

Cuando llegué a la Plaza de la Virgen, una lágrima se asomó a mis ojos. Quizás nadie se diera cuenta, pero mi ramo era muy especial

Els clavells estaven anugats per un mocador, el que va cobrir el meu cap al llarg del dur tractament. I amagat entre dos flors, un paper. L´analisi que certificava que la malaltia ja no existia.

Los claveles estaban anudados por un pañuelo, el que cubrió mi cabeza durante el duro tratamiento. Y, encondido entre dos flores, un papel. El análisis que certificaba que la enfermedad ya no existía.

 

Y es que, para quien no lo sepa, en Fallas podríamos montar nuestro propio Frenopático, porque las fallas tienen mucho de Locura

Falleros. Dicen que estamos locos. ¿Por qué?

¿Por qué pasamos todo el año trabajando para disfrutar cuatro días? ¿Por que construimos monumentos enormes que luego quemamos? ¿Por qué pasamos cuatro días sin dormir? ¿Por qué lloramos cuando cruzamos la Plaza de la Virgen? ¿Por qué soportamos con una sonrisa pesados trajes y complicados peinados? ¿Por qué nos enredamos en cualquier proyecto que salga? ¿Por qué desfilamos aunque nos duela todo, aunque llueva o queme el sol?

Quizás no sea por eso

Tal vez sea porque después de todo eso, repetimos un año y otro más

 

Por todo esto, aunque no lo parezca, las Fallas tienen mucho que ver con nuestro teatro, como con la vida misma. Y pueden ser un espacio ideal para crear un mundo en Justicia y en igualdad.

Así que hoy el aplauso especialísimo para quienes combinan togas, tacones y peinetas, o togas y saragüell, o blusón. Y para quienes comparten estos valores. Y a todos ellos, por añadidura, un castillo de fuegos artificiales toguitaconados.

Y una ovación extra para Dani Sebastián, el autor de la fabulosa imagen que ilustra este estreno, que resultó finalista en el concurso de microrrelatos falleros, y que me ha prestado generosamente. Mil gracias

 

Memoria: buscando a Dory


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Pocas cosa hay más útiles que la memoria. Mal lo deben pasar los actores si no la tienen bien desarrollada y no son capaces de recordar su papel. A salvo, claro está, de pinganillos y chivatos y los apuntadores de toda la vida, con su concha y todo. De éstos, mi preferido es, sin lugar a dudas, el de la Venganza de Don Mendo, que hace bueno el dicho de “muere hasta el apuntador”. Aunque también deben tener su punto los que usaban para rodar culebrones, que bien podían grabar veinte capítulos de golpe de Los Ricos también lloran sin que llegaran a secárseles las lágrimas. Y cómo olvidar esas películas en las que la propia memoria es la protagonista, como Memorias de Africa, Algo para recordar Memorias de una Gheisha. O el filón que supone para el cine la falta de memoria o la pérdida de ella, como Mientras dormías.

En nuestro teatro la memoria juega un papel fundamental. Sobre todo al principio, que es un buen pasaporte para abrirse  paso en la carrera y sobre todo, para  las oposiciones.. Aunque la memoria ha de ir siempre acompañada de un buen raciocinio, que con intépretes tipo Rain Man andaríamos aviados, por más que fuera capaz de aprender un listín telefónico de principio a fin. Sobre todo ahora, que los listines pasaron a ser una pieza de museo.

He de reconocer que tengo la suerte de tener una buena memoria. Y que ésta, por supuesto, me franqueó la entrada en Toguilandia, porque nuestras oposiciones, como todo el mundo sabe, se nutren esencialmente de la capacidad de recitar temas en tiempo fijado, sin pararse a pensar, y lo más adecuados a la dicción literal de la ley en cuestión. Confieso que, a punto de cumplir mis bodas de plata toguitaconadas, todavía soy capaz de cantar de corrido cosas que aprendí en mis tiempos de opositora, como las definiciones en latín de ley, de usufructo, de contrato y de unas cuantas cosas más, algunas de ellas inútiles. Sin ir más lejos, los artículos de un Código Penal que ya no existe, y cuyos preceptos todavía se ha negado a derogar mi memoria. De hecho, el español que sedujere tropa para pasarse al servicio de las tropas sediciosas o separatistas aún anda en el disco duro de mi cerebro ocupando espacio. Y menos mal que el Código Civil se mantiene, que también hay varios de sus artículos que continúan grabados a fuego, junto al inefable artículo 34 de la Ley Hipotecaria, todo un clásico aunque una sea fiscal y esencialmente penalista.

Por suerte para mi cordura, hay cosas que ya he olvidado, como las fechas de promulgación de cada uno de los Estatutos de las Comunidades Autónomas, que dejaron ojiplático al tribunal que me escuchaba y me valieron una buena nota, o todos y cada uno de los apartados de los artículos 149 y 150 de la Constitución, referidos a las competencias del Estado y de las Comunidades Autónomas. Hace tiempo que a este respecto regresé al mundo de las personas normales y tengo que consultarlo para recordar.

Después de tantos años, creo que me he recuperado de casi todas mis neuras, aunque siempre queda un poso. Y si no me acuerdo de lo que dice un artículo pues cojo el código, o el ordenador, tablet o similares y lo miro. Atrás quedaron los tiempos en que me despertaba en plena noche empapada en sudores fríos porque mi cerebro se negaba a procesar el más recóndito artículo de una no menos recóndita ley, y acababa levantándome de la cama y buscándolo, para luego darme de cabezazos contra la pared no sé bien si por no recordarlo o por no ser capaz de esperar al día siguiente.

Cuando el tiempo pasa, se pierden muchas cosas pero se gana en sentido común y en capacidad de razonar las cosas. Por suerte. Tengo una buena amiga que siempre dice que es Dory, la desmemoriada pececilla de Buscando a Nemo, no obstante es una excelente profesional. Y seguro que exagera con lo de Dory, aunque yo hago como si la creyera. Y reconozco que más de una vez me he  encontrado a mí misma Buscando a Dory.

Pero la memoria también tiene su espacio entre las leyes. Entre otras cosas, da nombre a una ley, la de Memoria Histórica, no tan presente en ocasiones como debiera, o a instituciones tan vetustas como las Infomaciones de perpetua memoria, que vaya usted a saber qué son. O eso de reanudar el tracto sucesivo, que no es otra cosa que reparar el episodio amnésico de algunos registros públicos. Por no hablar de la sempiterna Memoria de la Fiscalía, que año tras año llega para amargarnos la vida a jefes y a no tan jefes

Y no solo en la ley. Hay que recordar siempre de dónde venimos, lo que hemos conseguido y cuánto ha costado. No hace tanto que en nuestro país, por ejemplo, las mujeres no podíamos comprar un piso o irnos de viaje sin permiso de un hombre, ni acceder a determinadas carreras. Tampoco hace tanto que se negaba a la ciudadanía la capacidad de opinar como quisiera y hasta de pensar, vedando la posibilidad de pluralidad política de ningún signo. Nos ha costado mucho llegar hasta aquí y aunque en muchas cosas aún queda camino, eso sí que no debemos olvidarlo nunca.

Así que ahí va el aplauso. Para quienes usan la memoria para no olvidarse de nuestros derechos. Que son los de todas las personas.

 

#historiasporlaigualdad


cuchilla

Por este 8 de marzo, desde el escenario de Con Mi Toga y Mis Tacones nos sumamos a a reividicación con una de esas #historiasporlaiguadad que ojala nunca hubiera de ser contada

 

CUCHILLAS

– Mamá, ¿Qué son cuchillas?

Con esa sencilla pregunta, mi hija abrió la caja de los truenos. Ya no hubo manera de cerrarla.

Traté de explicarle lo obvio. Que son unos instrumentos afilados que sirven para cortar, con los que, además, tenían que tener mucho cuidado las niñas pequeñas como ella. Pero no le convencieron mis explicaciones. Siguió preguntando para qué servían, y cómo se usaban. Y, aunque me extrañó la pregunta, seguí explicando con paciencia que las usaban los hombres para afeitarse, y también las mujeres y algunos hombres para depilarse y, a veces, para cortar papel u otras cosas. Pero insistí en que ella no debía usarlas. A no ser que  la supervisaran en el colegio.

Como me llamó la atención tanta curiosidad por algo tan nimio, quise seguir preguntándole. Y entonces me contó una historia que jamás una niña de nueve años debería saber. Y menos, vivir.

Al parecer, ese día en el colegio la profesora les había encargado un trabajo manual algo complicado. Las criaturas estaban emocionadas con aquella tarea, un pequeño monumento que deberían construir entre todos. Y les había dicho que, entre el material necesario, podrían traer cuchillas, siempre que las utilizaran con una persona adulta delante.

Según me contó la niña, de pronto, una de sus compañeras, Amina, rompió a llorar desconsoladamente. Repetía una y otra vez que las cuchillas eran malas, que ella no quería saber nada de eso, y que tampoco quería que nadie las usara. Y lloraba y lloraba sin parar.

La maestra se acercó a ella y trató de consolarla sin mucho éxito. La niña no paraba de llorar. Así que les dijo que cambiarían aquel trabajo hasta nueva orden. Que no harían el monumento cortando maderitas y que lo convertirían en un concurso de dibujo. Y entonces, aunque Amina pareció calmarse, el resto de la clase se enfurruñó. Les habían estropeado la diversión sin siquiera explicar por qué. Así que se enfadaron con Amina, a la que culpaban de haberles fastidiado la fiesta.

Amina era buena amiga de mi hija, aunque, según contaba, era demasiado tímida. No se relacionaba mucho con la gente y tenía siempre una expresión de temor pintada en sus grandes ojos oscuros.

Pero mi hija no se conformaba con dejar así las cosas, de modo que siguió insistiendo.Y, aunque Amina se resistía a contárselo, acabó sabiéndolo.

La niña vivía en casa de unos tíos suyos, que llegaron a España desde su tierra varios años antes. Había conseguido llegar tras una odisea tremenda. Y todavía tenía pesadillas al recordarlo. Por eso jamás hablaba de ello.

Hasta poco tiempo antes, había vivido en su país, rodeada de una madre que la adoraba pero que vivía supeditada al hombre que le asignaron por marido, el padre de Amina y de sus tres hermanas. La mayor de ellas despareció un día de la mano de su padre y de una mujer mayor a la que nunca habían visto y jamás volvió. En su casa nunca volvieron a hablar de ella. Era como si la tierra se la hubiera tragado. Al cabo de un tiempo, aquella mujer volvió a aparecer por su casa. Se llevó a Amina y a sus dos hermanas, dos mellizas un año menor que ella. Y, antes de que se dieran cuenta, estaban en una habitación donde solo había un camastro y una vieja cuchilla oxidada. De pronto, Amina recordó las historias que contaban otras niñas de viejas que les cortaban “ahí abajo” con un instrumento como aquel y les hacían mucho, mucho daño. Tanto, que algunas nunca volvían. Como su hermana mayor. Y, llevada de un impulso irrefrenable, quiso coger a sus hermanas y salir corriendo en cuanto se descuidaran. Ella logró huir, pero las mellizas no pudieron huir. Y ella escapó prometiéndoles que volvería a por ellas.

Amina tuvo suerte, si es que se podía llamar así. Una pariente la vio escondida entre unos árboles y comprendió lo que pasaba. Se hizo cargo de ella hasta ponerla en contacto con alguien que la llevaría a un sitio muy lejano, allá donde no cortaban a las niñas con cuchillas. Y le hizo ver que era imposible llevara a sus hermanas, como ella quería

Los siguientes días fueron una vorágine de preparativos, mientras Amina permanecía oculta  Antes de que se pudiera dar cuenta, estaba en una barca de goma, sin más equipaje que un chaleco salvavidas que su tía pagó a precio de oro. Amina recordaba aquella travesía como una pesadilla, aunque según dijeron luego, también tuvo mucha suerte. Habían conseguido llegar a tierra firme sin demasiados contratiempos, aparte de un frío atroz, una sed horrible y un miedo que se le quedó impregnado en la mirada para siempre. Cuando creían que estaban a salvo, una enorme valla les separaba de la tierra prometida. Otra vez cuchillas. Las que coronaban esa valla.

A partir de ahí, la memoria de Amina se borraba. Hasta el momento en que fue rescatada no sabía por quién. Alguien se encargó de buscar a esos tíos con los que vivía actualmente, cuyos datos había aprendido de memoria obligada por aquella pariente de su madre que la escondió cuando salió huyendo de aquella habitación con una cuchilla oxidada.

Esta es la historia que me refirió la maestra de mi hija, la  historia que le tuve que contar. La historia que una niña de nueve años no tendría que conocer nunca.

 

Llegó el día de la fiesta del colegio. La clase de mi hija exponían lo que parecían simples dibujos.

Pero quienes asistimos a aquella celebración escolar nunca la olvidaremos.Debajo de una pancarta de colores, se apilaban un montón de cartas de organismos nacionales e internacionales. Habían logrado dar a conocer la historia de Amina.

Cuando volvimos la cabeza, no podíamos creer lo que vimos. Dos niñas idénticas, algo más pequeñas que Amina, la abrazaban sin parar de llorar. Encima de ellas, lucía, más hermosa que ningún monumento la pancarta: “Que ninguna cuchilla corte nuestro derecho a vivir en igualdad”. 

Veteranía: la voz de la experiencia


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Dicen que la veteranía es un grado. Y que la experiencia es la madre de todas las ciencias. Y no les falta razón, aunque como todas las cosas, admite matices. En el mundo del espectáculo, son muy respetados los profesionales veteranos, con toda una vida de tablas y escenarios a sus espaldas, aunque también hay otros que se han visto relegados en su vejez al más triste de los olvidos. Pero son frecuentes los homenajes, premios honoríficos o menciones a esas trayectorias. Y aunque el cine suele nutrirse de personajes jóvenes, hay excelentes muestras de obras protagonizadas por personas mayores, como esa delicia titulada En el estanque dorado o las inolvidables viejecitas de Arsénico por compasión.

También en nuestro teatro la veteranía es un grado. O debe serlo. Y no me refiero aquí a quienes, desde la jubilación, siguen aportando su experiencia a través de escritos o de colaboraciones, que los hay y muy valiosos. Me refiero a un momento anterior, cuando la toga va perdiendo lustre y ganando muescas y, si de togados públicos se trata, la nómina creciendo en trienios.

Comentábamos varios compañeros hace unos días acerca de lo que el tiempo da, y lo que quita. Y si bien es cierto que, al tiempo que el tinte se va haciendo necesario en muchas de nosotras, e innecesario en muchos de ellos por falta de objeto, las facilidades para un buen destino crecen y el empuje de la juventud disminuye. Y no siempre es fácil equilibrar la balanza.

La veteranía y, en la función pública, su primo hermano el escalafón, dan opciones a escoger un destino cómodo, lejos de asfixias obligadas por la circunstancia de tener que conformarse con lo que quede –o con lo que nadie quiere- Pero también dan muchas tablas y muchos conocimientos que deben aprovecharse en pro de la justicia y del justiciable, y que es una pena desperdiciar. Y ahí entra en juego un factor de equilibrio, la ilusión, esa que no hay que perder nunca, como comentaba otro de mis compañeros que había aprendido de su preparador.

Entiendo que es penoso ver que alguien aprovecha su buen número en el escalafón solo para buscarse una vida lo más confortable posible. Incluso quien lo pueda usar para escaquearse lo máximo posible. Pero también es penoso meter a todos en el mismo saco y creer que cualquier destino se escoge, años mediante, en pro de pegarse la vida padre y no de dar un mejor servicio donde esa experiencia pueda ser aprovechada. Y ni una cosa ni otra. Hay excelentes profesionales que lo son hasta el mismo día de colgar la toga, y hay quienes no lo son desde el primer día en que se la pusieron. Por fortuna, los primeros ganan por goleada a los segundos.

Pero la veteranía no es solo escalafón. Entre los protagonistas de nuestro teatro que no forman parte de escalafón alguno –Letrados y Procuradores esencialmente- también la veteranía es un grado. Y podemos aprender mucho de esos abogados y abogadas –aunque menos- mayores que llevan una vida dentro de su toga. Ya he hablado otras veces de todo lo que aprendí de mi padre, aunque no tuve la fortuna de disfrutar mucho tiempo de él, y siempre me quedaré con el deseo de haber compartido estrados. No perdamos la oportunidad de preguntarles y aprender de ellos.

Recuerdo una vez, allá en la noche de los tiempos, en que un magistrado fue especialmente descortés –por decirlo de algún modo- con un letrado muy mayor que, aunque exquisito en sus formas, había tenido algún lapsus de memoria. En público, le dijo que debería volver a la Facultad. Nunca olvidaré la cara de aquel hombre al que había visto y admirado mil veces en Sala sintiéndose humillado ante semejante exabrupto. Y, aunque no lo hago muchas veces, lo busqué luego para darle la mano y decirle que hizo un buen trabajo. No lo era, pero podría haber sido mi padre.

La veteranía es relativa. Quienes andamos a medio camino entre un extremo y otro somos considerados veteranos por unos y bisoños por otros, dependiendo también de la edad media de la curia en ese tiempo y lugar. Algo así como los hermanos medianos de una familia numerosa, en el limbo entre ser el mayor de los pequeños o el pequeño de los mayores. Pero en vez de quejarnos unos y otros, deberíamos usar la experiencia de unos para aprender y el empuje de otros para contagiarnos. Reconozco que a mí los alumnos en prácticas siempre me insuflan un chute de energía extra y me dan más de lo que puedan recibir de mí, lo crean o no.

Por eso hoy el aplauso es para quienes valoran la experiencia como un privilegio sin perder la ilusión, y para quienes con la ilusión intacta, aprenden de ella. Y, por supuesto, para todos los perfiles senior , según terminología de nuevo cuño, que no son justamente apreciados. Dicho sea sin acritud alguna. O no

 

 

 

Gestos: comunicación no verbal


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Llevamos ya muchos estrenos en nuestro teatro, y en todos ellos hemos utilizado la palabra como instrumento esencial. Y esencial es, desde luego. Pero no todo se dice con palabras, y hasta muchas veces, las palabras contradicen al gesto, se diga lo que se diga.

Y si en todas partes es esencial el lenguaje no verbal, en el espectáculo es, si cabe, mucho más. Tanto, que hubo un tiempo en que no había sonido en el cine y el gesto nos lo tenía que transmitir todo. ¿Qué sería de nosotros sin ese andar característico de Charlot y la ternura de El Chico, sin la cara de palo de Buster Keaton o la galanura de Rodolfo Valentino? El cine nunca hubiera llegado a ser lo que era sin que le precediera el cine mudo, como nos recordaba, entre otras, Cantando bajo la lluvia y, en versión remember, las más modernas Blancanieves o The Artist. Aunque el gesto no se perdió con la llegada del sonido al cine. Lo que abunda, no daña, aunque a veces se pase de rosca, como las mil muecas de Jim Carrey en La Máscara.Pero una buena expresión vale una vida. Que me lo digan a mí, que aun veo en mis pseadillas la cara del Jack Nicholson de El Resplandor. O que se lo digan a la actriz de Hijos de un dios menor, merecidamente oscarizada aunque no pronunciaba ni una palabra en todo el filme. Pero, para gestos en el cine, la cara de los que parecieron premiados y no lo eran por La la land, en la ceremonia de los Oscar 2017, las de los que no parecían premiados y lo eran por Monnligh, y las de los atribulados presentadores del premio, Warren Beatty y Faye Dunaway

Y, aunque parezca que nuestro teatro pueda ser el reino de la palabra, dicha o escrita, muchas veces la comunicación no verbal dice más que el mejor de los informes. Y otras, no es que lo dice, sino que más bien lo contradice.

¿Que en menudo jardín me he metido? Tal vez, y acabe desvelando secretos inconfesables que hasta ahora escondía tras la máscara del disimulo. Pero, como ya he dicho otras veces, el mundo es de los valientes. También con toga y tacones.

Y puestos a confesar, confesaré. Seguro que más de uno y de una se ha dado cuenta, pero esas veces que se reproduce un informe de otro, o se afirma y ratifica, se hace con tan poca fe que el gesto nos delata. Otras, cuando nuestra presencia en juicio es debida a un imponderable de útima hora, de esos de “ve a juicio ya, que Fulanita se ha puesto enferma”, pasamos verdaderos malos tragos para sacar aquello adelante. Y aunque nuestra expresión diga que estamos convencidas a la vista del resultado de la prueba practicada en la sesión anterior del juicio, nuestro lenguaje no verbal dice que maldita sea mi mala suerte y ojalá no se den cuenta que no tengo ni repajolera idea de lo que pasó, más allá de las notas que haya dejado el compañero, cuando las hay. Porque por más que diga la ley que el Ministerio Fiscal es único, esto no es la Santísima Trinidad ni nos llega el espíritu en forma de paloma. Ojala así fuera.

Pero el lenguaje no verbal no es exclusivo del Ministerio Público, desde luego. Un clarísimo ejemplo es el del pobre letrado al que le ha tocado un cliente imposible, y que dice aquello de “siguiendo instrucciones de mi mandante”, que viene a equivaler a “no me queda más remedio que decir esto”, acompañado en ocasiones de una cara de perrillo apaleado que reconozco que me provoca ternura y empatía. Al otro lado del espectro, está el que se refiere al “estimado colega”, sea del Ministerio Público o de la acusación particular con una cara de pocos amigos que lo último que transmite es estima.

Y, arriba de estrados, todos hemos podido ver a jueces o juezas con caras de interés o expresiones de infinito aburrimiento. Y en casos, hasta dan un respingo. Como el que recuerdo que dio un juez bastante mayor cuando oyó en un juicio que la víctima se refería a la acusada como “su ex novia”, en un asunto donde la víctima en cuestión constaba como Manolo pero pasado el tiempo entre los hechos y el juicio había pasado a ser y parecer Manuela.

Y luego están los pequeños gestos. Recuerdo un secretario de judicial –ahora sería un laj- que, en cuanto concluía su labor, comenzaba a armar escándalo con las gomas, los clips y demás adminículos de papelería, aunque el resto estuviéramos concentrados en nuestros informes. Incluso una vez, jugando con un boli y la goma que sujeta el expediente, ésta hizo de tirachinas y me dio en plena cara. Y tuve que dominar muy bien el lenguaje no verbal para no ponerle cara de asesina en serie o que no me diera un ataque de risa. O ambos a un tiempo. Y algo parecido me pasa a mí cuando pierdo la paciencia, algo que la juez con la que trabajo nota de inmediato por el repiqueteo rítmico de mis tacones contra el suelo.

Pero donde más hay que emplear el lenguaje gestual es cuando se actúa ante el tribunal del jurado. Confieso que tengo un amplio repertorio de ojitos, levantadas de ceja y aspavientos con los que trato de comunicarme con los miembros del jurado. Que a veces tampoco pueden dominar el suyo, y sueltan más de un bostezo, por cierto, especialmente si están atendiendo a periciales complicadas. Cosas de la vida toguitaconada.

Aunque es verdad que a veces los gestos nos traicionan. Es difícil contener las ganas de levantarse la toga y dar vueltas por la sala de vistas abrazando a todo bicho viviente cual estrella balompédica cuando el testigo resulta fantástico a nuestros intereses o nos notifican una sentencia favorable en un asunto complicado. Y también es difícil disimular las ganas de volvernos invisibles cuando sucede lo contrario.

Por último, no podemos olvidar a nuestros protagonistas. La expresión de la víctima y su modo de transmitir credibilidad o lo contrario pueden ser determinantes. Como puede serlo también la cara del acusado, en particular cuando se le mira fijamente a los ojos, ejercicio que suelo poner en práctica. Y también reconozco que algunas miradas han llegado a darme escalofríos y hasta acompañarme en alguna pesadilla. Pero eso también son cosas de la vida toguitaconada.

Así que hoy en vez de aplauso, trataré de comunicarme de manera no verbal con una enorme sonrisa. Dedicada a todos aquellos que, con sus gestos, saben hacernos más agradable el trabajo. Que a veces cuesta mucho.

 

Cuentos: érase una vez


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No hay infancia sin cuentos. O no debería haberla. Cuando se recuerda la niñez, enseguida acuden a la memoria aquellos cuentos leídos o contados que nos hacían soñar y, sobre todo, nos invitaban a dormir, para alivio de nuestros padres. Y a los cuentos leídos o escuchados hay que sumar los vistos, a través de todas las representaciones que cine y teatro nos han brindado. Desde el viejo Marcelino, pan y vino hasta los más o menos modernos, muchos de ellos tuneados por la factoría Disney o en versiones mucho menos amables o almibaradas como las de Tim Burton. Para gustos hay colores y habrá quien prefiera ser Princesa por Sorpresa o Eduardo Manostijeras, pero siempre hay un cuento que viene a cuento.

Y hoy contaré uno muy especial. El de Taconita en el País de las Maravillas. ¿Me acompañáis? Advierto que la toga y los tacones son optativos, aunque siempre vienen bien.

Érase una vez una gentil toguitaconada que gustaba de dar largos paseos por su país, Toguilandia. A nuestra protagonista le gustaba explorar, investigar y adentrarse en todas partes, pero veía tantas cosas que luego no era capaz de recordarlas todas de golpe, y cuando quería contarlas había quien no le creía. Así que decidió llevarse su cuaderno y tomar nota de todo. Y éste es el resultado.

El cuaderno de Taconita no era un cuaderno al uso. En pleno siglo XXI en Toguilandia tenía algo que se llamaba Papel 0, que había sido fruto de un proceso muy bien estudiado llamado digitalización de la Justicia en el cual unos señores y señoras muy sesudos y bien asesorados consiguieron una justicia eficiente y rápida. Mientras lo ponían en marcha, cuenta la leyenda que se reían de un país muy lejano donde un invento llamado lexnet volvía Del revés a los operadores jurídicos, que acababan imprimiendo más papel que nunca en los juzgados. Pero en Toguilandia no pasaba eso, porque con MagicNet lo tenían todo solucionado. Por eso el cuaderno de Taconita no era más que su dispositivo móvil y su talento para plasmarlo. Del resto se encargaba la tecnología.

Así que armada y pertrechada con sus ganas, recorrió Toguilandia. Lo primero que visitó fue algo que llamaban Juzgado de guardia. Allí había hombres y mujeres instalados en unas magníficas dependencias que atendían con una sonrisa a los ciudadanos que acudían a consultar sus problemas. La leyenda decía que en aquel otro país ese juzgado se llenaba de hombres –y también mujeres- amarrados de las muñecas por algo que denominaban “esposas”, porque habían cometido actos horribles que llamaban “delitos”. Pero no en Toguilandia. Allí, aunque sí que se veían muy de vez en cuando hechos horribles, eran tan excepcionales que casi nadie se acordaba. Porque en el país de Taconita la educación era tan buena que casi todo el mundo llegaba a la edad adulta bien aprendido. Y cuando había excepciones, había una ley que actuaba de inmediato, porque la Justicia tenía muchos más medios que cualquier otra Administración. Y eran la envidia de la Agencia Tributaria que, a base de que la gente pagara voluntariamente todos los impuestos, casi no tenía medios por no necesitarlos.

Siguiendo con su paseo, Taaconita de repente se encontró un monumento. En él, una mujer y un hombre sonreían en un plano de igualdad. Taconita se sorprendió, porque en su país nadie se imaginaba que en algún sitio los hombres y las mujeres no fueran tratados de la misma forma, pero se acercó al monumento y vio una placa, que rezaba que aquello era un homenaje a algo que existió en otra época, algo llamado Juzgados de Violencia sobre la Mujer, que habían cerrado por innecesarios. A ningún hombre de Toguilandia se le ocurriría hacerle nada a una mujer por el solo hecho de serlo. Valiente barbaridad. Taconita dejó una flor virtual de su dispositivo MagicNet y siguió andando.

Casi al lado del anterior, había otro monumento. Un monolito dedicado a aquellos que lucharon contra la corrupción. Nuestra heroína tuvo que buscar a través de la red pública de Internet a la que cualquiera podía acceder en qué consistía aquello. Cuando leyó que hubo en tiempo en que había políticos que malbarataban el dinero público, no podía creerlo. En Toguilandia aquello era impensable.

Y en su paseo, Taconita también pudo ver cómo se celebraban los juicios. Vio que, como suponía, un número parejo de hombres y mujeres conocían de asuntos que habían sucedido hacía apenas unos días. Salvo algunos especialmente complicados por las diligencias a practicar, que nunca tardaban más de dos meses porque había tanto personal, con tantos medios y tan preparado que las cosas casi corrían solas. Auxiliadas, por supuesto, de todo tipo de especialistas que acudían raudos a emitir su dictamen. Había una leyenda que decía que en otros tiempos se llegaron a tardar hasta años, pero Taconita no quiso creerlo. La gente a veces contaba enormes mentiras y exageraba demasiado. Acabáramos.

Por último, Taconita no quiso marcharse sin saludar a quienes allí trabajaban. Le encantó el ambiente de camaradería y colaboración. Juristas, mujeres y hombres, que actuaban como un equipo en pro de la sociedad aportando cada cual lo mejor de sí. Sin rivalidades ni desconfianzas, como los maledicentes decían que existieron en otro tiempo. Pero eso tampoco quiso creerlo Taconita, que había que ver qué cosas inventaban.

Así que Taconita se fue a su casa con su cuaderno mágico lleno de notas que usó en este cuento, Taconita en el País de las Maravillas.

Y esta humilde Toguitaconada no hace otra cosa que traerlo para estrenarlo en nuestro escenario. Lástima que no acabe como el Planeta de los Simios, descubriendo que ese planeta en realidad es el nuestro.

Por eso hoy el aplauso es precisamente para quienes, inasequibles al desaliento, hacen cada día todo lo posible para que Toguilandia sea como ese País de las Maravillas. O que, al menos, se parezca todo lo posible.

Y un aplauso extra para @JulioAntonio48 por cederme esa fotografia que ilustra el post. Posiblemente, una imagen que envidiarían en la mismísima Toguilandia.