Acerca de gisbertsusana

Fiscal con vocación de artista. Me tomo la vida con mucho humor y siempre subida en mis tacones.

Empoderada: reconocimiento de ACREM


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Es de bien nacida ser agradecida. Lo dice el refranero, mi madre y lo digo yo misma cada vez que tengo ocasión. Puedo ponerme en plan vedette, con mis plumas y mis tacones, y cantar con Lina Morgan eso de Gracias por venir, o puedo ponerme intensa y revolucionaria y emular a Joan Baez en su Gracias a la vida. Si tengo que elegir películas sobre la gratitud, elegiré dos: Qué bello es vivir, ese clásico de la Navidad que nunca pasa sin dejar unas lágrimas, y El color púrpura, una película maravillosa que hoy viene a cuento más que nunca, porque si hay que hablar de mujeres empoderadas, pocas como sus protagonistas, a pesar de las circunstancias adversas en que les tocó vivir.

Por fortuna, este no es el caso. Y lo que vengo a contar hoy se sale un poco de las aventuras de Toguilandia de otros estrenos porque la ocasión lo merece. O, como diría el anuncio, porque yo lo valgo. O porque, al menos, personas muy generosas lo entendieron así y me embarcaron en esta aventura maravillosa.

El pasado 9 de noviembre de 2019, en la Diputación de Málaga, recibí el reconocimiento de ACREM (Asociación Cultural Recreativa Embrujo Andaluz), unos galardones que reconocen a personas familias y empresas que apuestan por la conciliación y trabajan por la igualdad entre hombres y mujeres. Casi nada. Y, en una de sus categorías, la de Mujer empoderada, ha reconocido a esta toguitaconada, que, desde entonces, está flotando en una burbuja de alegría. No me la pinchéis, por favor, que flotar es muy bonito.

Ya he dicho más de una vez que ser reconocida  o que lo sea tu obra es algo muy hermoso. Y, aunque respeto mucho a Woody Allen como cineasta, nunca entendí esa cosa suya de no ir a la entrega de los Oscar estando nominado porque tenía que tocar el saxofón. Entre otras cosas, el saxofón, que, como EL Cielo de la película, puede esperar. Y yo seré un poco boba, pero tendría todas las veces que fuera necesario una experiencia como la del otro día. Porque, además, estaba tan bien acompañada que seguro que soy la envidia de todo twitter. En persona, Angeles, Fernando y Alvaro representaban a ese cariño virtual que se ha hecho real y duradero. En espíritu, muchas más personas, entre las que quiero hacer especial mención a Alicia, la impulsora inicial de esta locura. Junto a ellos y ellas, un montón de gente cuyo cariño podía palparse en el ambiente.

La asociación ACREM es una entidad que lucha de una manera incansable por la igualdad, capitaneada por la infatigable Paqui Cruzado, y con todas las personas que la integran dándolo todo para que las cosas funcionaran como un reloj de precisión. No puedo dejar de agradecer este reconocimiento y haberme hecho tan feliz. Se trata, además de un reconocimiento por algo en lo que creo tan profundamente que pienso que es un empujón para que otras personas luchen por lo que crean. Y sí, no puede dejar de mencionar a la famosa profesora de Fama, con eso de que la fama cuesta y se empieza a pagar con sudor. Pues bien, puedo decir que recogí los frutos de ese esfuerzo, aunque aun espero recoger otros en forma de resultados el día en que no sea asesinada ninguna mujer más.

Como decía, con ese premio se venían conmigo muchas más cosas. Es un reconocimiento a la lucha por la igualdad, pero también es un reconocimiento a algo maravilloso, la amistad. Sin ella, no hubieran sido posibles las cerca de doscientas firmas que acompañaban la propuesta del reconocimiento y que dejaron abrumada a la propia asociación, entonces, y a mí, en cuanto lo supe. No sé Qué he hecho yo para merecer esto pero, desde luego, debe haber sido algo bueno, Y estoy feliz por eso.

Por último, en este estreno especial de hoy, quiero recordar algo que por más que sea sabido, no puede dejar de decirse. Un premio nunca es la meta, es una acicate para hacer más fácil el camino. Y nuestro camino, el de la igualdad, aun tiene unos cuantos obstáculos que saltar , aunque yo estreno estas alas que me ha regalado ACREM. Mil gracias.

No quiero olvidarme de dar la enhorabuena a todos los premiados y premiadas. Es un lujo tener personas tan maravillosas como compañeras en el camino. A estas personas es a quienes dedicaré el primer aplauso, aunque el más fuerte es hoy para esta asociación que lucha durante todo el año para que el mundo sea un poco mejor. Porque se lo merecen y porque es un  lujo compartir el camino.

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Intimidación: temor jurídico


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En el mundo del espectáculo se ha sacado mucho partido al miedo. El terror, el suspense y el miedo en general, en cualquier de sus formas, dan lugar a un género  propio, y muy exitoso. Pero cuando lo que produce este temor no son Zombies, ni Poderes Extraños, ni Aliens ni Poltergeist, cuando son personas de carne y hueso que nos tienen con el corazón en un puño, el miedo es mucho más auténtico, por más verosímil.

En Toguilandia este temor tiene una forma jurídica: la intimidación. La intimidación despliega sus efectos en Derecho hasta el punto de poder convertir lo lícito en ilícito, lo válido en nulo o lo leve en grave. La existencia de intimidación, si se prueba, invalida el consentimiento que pudiera haberse dado para cualquier acto. Así que acreditar que existió intimidación se convierte en algo de una enorme importancia. Y así lo estamos viendo últimamente.

El consentimiento obtenido con intimidación hace que el contrato sea nulo en Derecho Civil, al igual que lo hace en cualquier acto jurídico en que el consentimiento sea un elemento esencial.

Y si esto es así en Derecho Civil, con más razón en Derecho Penal. Como ya dijimos al hablar de la violencia, la intimidación, su prima silenciosa, convierte en robo lo que era hurto, o en violación lo que era abuso sexual, además de ser requisito para varias conductas que solo son punibles si concurre violencia o intimidación. La intimidación es, además, el espíritu de un delito como las amenazas, que se nutre de ella, y su gravedad o no determina la gravedad del delito, su existencia, y la pena a imponer. Ahí es nada.

El problema es que el Código no define intimidación, como si que hace con otras figuras jurídicas, de las que da su definición auténtica, como la tentativa. Así que hay que andar buceando en la jurisprudencia y la doctrina y claro, pasa lo que pasa, que de todo hay en la viña del señor.

Eso sí, no hemos de confundir intimidación con otras cosas que suenan parecido pero no se parecen en nada. Intimidar no es lo mismo que intimar, desde luego. Y, para quienes estén pensando mal, también hay que distinguir entre intimar a alguien e intimar con alguien. Sin ir más lejos, el Código habla de intimar a los rebeldes para que depongan su actitud, cuando trata del delito de rebelión. Intimar con alguien es algo totalmente diferente, aunque sé que algún testigo se ha hecho un lío con ello. Recuerdo a una mujer diciendo que tuvo relaciones intimidantes con su marido, y resultó que no se refería a nada forzado sino a unas relaciones sexuales consentidas de lo más normalitas. Y, al contrario, también recuerdo a una víctima de un atracó que decía que el atracador “me intimó con una navaja”. Ni que decir tiene que no aludía a relación fetichista alguna sino a una “sirla” de las de toda la vida.

¿Qué hemos de entender entonces por intimidación? Pues según y depende, no hay más que comprobar lo que ha pasado con la sentencia de La Manada para ver en tres pasos diferentes posiciones, desde el abuso con voto discrepante de absolución en primera instancia, al abuso con discrepancia hacia la violación en el primer recurso, para finalmente considerarse una violación e insinuar que podrían ser varias según el Tribunal Supremo. Y esto interpretando un mismo Código Penal.

Hubo un tiempo en que se exigía a las mujeres una resistencia tan heroica para “defender su honra” -hoy, por suerte, el bien jurídico es la libertad sexual- que entendieron que usar un alfiler o una llave con la que le pinchaban, aunque ella no supiera de que se trataba, no asustaba lo bastante para considerarse intimidación y que tampoco se podía asustar alguien que había provocado al agresor llevando una minifalda.

Sin embargo, si se trataba de la intimidación para ser atracado, no se exigían tantas heroicidades. Si una soltaba el bolso, por algo sería, vaya. Parece mentira, pero se tenían las cosas más claras para el patrimonio que para otras cosas.

En cualquiera de los casos, el problema estriba en cómo se interpreta cada caso concreto. Cuando a alguien le enseñan un hacha o una pistola para lograr tener acceso carnal -o que le dé el bolso, que también- está claro. Lo que ya no está tan claro es cuando se utilizan frases como “ya verás” “te vas a enterar” que, dependiendo del contexto pueden tener una trascendencia u otra. En esos casos, habrá que acudir a las herramientas de interpretación que son, de un lado, las circunstancias de tiempo y lugar en que han de ser aplicadas las normas -como dice el Código Civil- o, caso de delitos sexuales, la perspectiva de género. Y no porque lo diga yo, ni porque sea un invento de las feministas sino porque, nos guste o no, lo dice el Convenio de Estambul , derecho aplicable en nuestro país, y lo ha dicho ya varias veces nada menos que el Tribunal Supremo.

Y sí, todo esto está muy bien, pero a ver cómo interpretamos cosas como una que he visto hoy, sin ir más lejos , “te vas a cagar por la pata abajo”. Y no, no daré la respuesta. Ahí lo dejo como uno de esos finales abiertos que permiten al cineasta hacer una segunda parte y hasta una saga.

Por último, hay que recordar que la necesidad de denuncia para perseguir los delitos sexuales que persiste en en nuestro Derecho, me plantea una duda importante -varias, en realidad, pero ahora solo expondré una-  Imaginemos que un hombre amenaza a una mujer con una pistola y logra así tener relaciones sexuales que ella se niega a denunciar, pero hay un testigo que sí denuncia. Como las amenazas graves no requieren denuncia y la violación sí, ¿se podrá seguir solo por amenazas? ¿no resultaría absurdo, cuando en el caso de que ella denunciara quedarían absorbidas en la violación, al ser la intimidación elemento del delito?. Pues tal vez lo absurdo sea que la persecución de un delito tan grave dependa de la denuncia, porque un bien jurídico como la libertad sexual debería ser público. Y también porque si no se persigue, el autor quedaría libre para volver a cometer hechos así. Pero es una opinión, por supuesto. Aunque no estaría de más abrir, cuanto menos, el debate al respecto.

Así que ahí lo dejo. Hoy el aplauso, una vez más, para quienes aplican el Derecho y tienen que bregar cada día con unas interpretaciones que, como siempre ocurro, no pueden satisfacer a todo el mundo. Que dios nos pille confesados.

Hitos. ¿dónde estabas entonces?


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Todo el mundo tiene unos hitos en su vida, y hay hitos que lo son para todo el mundo. El preguntarse dónde nos encontrábamos cuando ocurrieron cosas que cambiaron o pudieron cambiar los designios de la humanidad, de nuestro país o de nuestra ciudad es algo tan recurrente que, además de dar título a un programa de televisión, ¿Dónde estabas entonces?, -que, a su vez, toma el título de una conocida canción que le sirve de sintonía- se utiliza como telón de fondo de muchas películas. Una de las muestras más evidentes es Forrest Gump y su recorrido a través de los últimos hitos de la historia americana, con su protagonista compartiendo escenario con los protagonistas de la Historia en esa vida que, según su madre, es como una caja de bombones. Pero también es lo mismo que hacen series de televisión como Cuéntame  -también con nombre y sintonía de título de canción-, cuyos personajes han vivido en carne propia todos los acontecimientos de nuestra historia más o menos reciente.

Es muy tentador escarbar en la memoria para recordar dónde nos encontrábamos en esos hitos de la historia reciente que todo el mundo conoce. Aun a riesgo de descubrir mi edad -lo que tampoco me importa especialmente- apuntaré que recuerdo el atentado contra Carrero Blanco porque fastidió mi celebración de cumpleaños, ya que al no ir al cole mis compañeras no se vendrían en el autocar hasta mi casa -sí, entonces los cumples se hacían con una merendola en casa-. De la muerte de Franco, el mismo año que yo tomé la Primera Comunión, lo que más me llamó la atención es que estuvimos varios días sin clase, y que la televisión era un auténtico muermo con imágenes del funeral e informativos a toda hora. Y hay otro hito del que no recuerdo nada, porque me conformaba con succionar mi biberón y mi chupete, pero que mi madre siempre recuerda con una anécdota: la llegada del hombre a la Luna le dejó sin ver el final de Pijama para dos, la película que estaban haciendo por la única televisión que existía, en blanco y negro. No imaginaba mi madre que llegaría a vivir en un mundo donde las cadenas de televisión permitieran elegir película, así como  el momento y el sitio en que verlas y, por supuesto, en color. Pero así es y, seguro que al leer este este estreno, sonríe pensando en ello. Porque a sus 95 años me sigue leyendo cada martes y cada viernes, que ya es mérito.

Aparte de estos hitos, y todos los que me deje en el tintero, voy a tratar de rescatar los que me dejaron alguna huella por su trascendencia y por su relación con Toguilandia. O, al menos, algunos de ellos.

El primero que se me viene a la cabeza es la llamada Pantaná de Tous, esto es, el desbordamiento de la presa de Tous, ocurrido a principios de los 80, cuando yo estaba cursando el BUP. Mi recuerdo más vívido es mi preocupación por una de mis más queridas amigas, Carolina, que vivía en un pueblo cercano a donde sucedió aquello, y con la que no puede contactar en tres días. Por supuesto, entonces nada de móvil ni de Internet ni de otra cosa que no fuera el teléfono, cuyas conexiones se fueron al carajo. Mi amiga no tuvo problema alguno y, cosas de la vida, hace apenas unos meses que volví a verla, gracias a haberla recuperado a través de redes y de este blog, y aprovecho para mandarle otro abrazo. De estos hechos se derivó un juicio, muy sonado en su día, cuando yo ya andaba mascullando por un futuro en Toguilandia. A él le debemos una de las más jugosas anécdotas, la del testigo que contaba que se despertó y se dijo “Ché, això és el Ebro”

Otro de los hitos para todo el mundo en este país es el fallido golpe de Estado que me pilló, también, cursando el BUP -Bachillerato Unificado Polivalente, para quienes no lo sepan- Si algo me llama la atención de cómo viví aquello, es la inconsciencia acerca de su importancia, y lo que podía haber pasado si llega a prosperar. He de decir, no obstante, que llegué a ser algo más consciente cuando en la calle me obligaron a separarme de mi tío y mi prima al grito de “¡¡disuélvanse!!” -aunque no alcanzaba a comprender cómo podíamos disolvernos- y, sobre todo, cuando el suelo del piso donde vivía temblaba al paso de los tanques. Más tarde, cuando estudiaba en la carrera los delitos de rebelión y sedición, me daba cuenta de que no eran tan imposibles como a primera vista parecía. De hecho, recuerdo vagamente el juicio y, sobre todo, la reforma legal que supuso que tuve que aprender de memoria en la oposición.

Al hilo de esto, esa misma sensación que estas cosas que no pasaban nunca sí que pasan es la que he tenido -y todavía tengo- al presenciar el Procés en Cataluña y todo lo que de ello se ha derivado. Y lo que nos queda por ver, me temo. Aprovecho también para enviar un abrazo a los compañeros y compañeras que lo viven en sus propias carnes en tierras catalanas.

Es curioso que hubo cosas de las que no guardo memoria personal alguna, a pesar de su trascendencia, como la matanza de los abogados de Atocha -debe ser porque estaba en la EGB- y sí, en cambio, de otras, como la expropiación de Rumasa, de la que supimos, no sé bien por  qué, en unas convivencias del colegio.

En cuanto a algunas de las grandes tragedias que han cambiado el curso de la humanidad, ya me pillaron con la toga puesta. El 11 S, el día del atentado a las Torres Gemelas, yo estaba en el Juzgado de Guardia de Valencia, como fiscal de guardia. Apenas nos enteramos de nada, porque el número de detenidos superaba con creces lo habitual y porque, además, teníamos que ir a un levantamiento de cadáver, ya que entonces no se distinguía entre guardia de detenidos y de incidencias, como ahora ya se hace en mi ciudad y en otras. Permanecimos durante algunas horas sin saber si lo ocurrido era un accidente, un atentado, o el mismísimo fin del mundo. Y, como dato curioso, contaré que le pedimos a la forense que fuera a la garita de la guardia civil a enterarse y que volvió consternada diciéndonos que no sabían nada porque estaban viendo el partido del Real Madrid que retransmitían por la tele en esos mismos momentos. Verdad verdadera.

El 11 M, por su parte, me sorprendió yéndome a mi Juzgado de Torrente-3 -nada que ver con la película- a hacer una buena tanda de juicios de faltas. Recuerdo con angustia que, cada vez que terminábamos un juicio e íbamos a empezar otro, nos conectábamos -ya era posible, claro- y comprobábamos que el número de muertos aumentaba y aumentaba sin parar. De este sí recuerdo perfectamente el juicio, la sentencia y todo lo que trajo consigo.

Me he dejado para el final uno de los hitos judiciales que más ha impresionado a toda España y, sobre todo, a mi tierra: el asesinato de las niñas de Alcácer. Aquello nos pilló desprevenidos, y el despliegue morboso/periodístico se recuerda en los anales de la historia como la muestra de lo que nunca hay que hacer, incluidos juicios paralelos a tutiplén. También veo, con la pátina del tiempo, lo poco que se habló de machismo a raíz de este crimen, que hoy veríamos como el paradigma de la violencia machista. Guardo buena memoria del juicio, celebrado a apenas unos metros de donde yo trabajaba y de sus múltiples flecos. Incluso llegué a intervenir en uno de ellos, un recurso contra la sentencia recaída por los insultos vertidos en televisión contra determinados profesionales de la justicia.

Por último, mi vivencia respecto a uno de los problemas más graves de nuestro país durante mucho tiempo: el terrorismo de ETA. Aunque todas las víctimas duelen, me referiré a dos en particular, no porque importen más sino por cómo me impresionaron. Una fue Carmen Tagle, fiscal de la Audiencia Nacional, asesinada en 1989. Cuando hice allí mis prácticas como fiscal, en 1992, todo en aquella Fiscalía estaba impregnado de ella y su recuerdo. El otro fue Luis Portero, Fiscal Jefe de Andalucía. Cuando en el año 2000. siendo ya fiscal, me llega la noticia del asesinato de un compañero, la impresión fue terrible. También fue terrible la que en su día, tiempo antes, tuve con los profesores Broseta y Tomás y Valiente, ambos paisanos. Cuando asesinan a alguien que sientes tan cercano, el impacto es doble. Vaya desde aquí, también, el homenaje a todas las víctimas.

Para acabar, el aplauso junto con una promesa. El primero dedicado, como no podía ser de otro modo, a todas las víctimas de cada uno de esos hitos y a su memoria. En cuanto a la promesa, si el público lo pide, la de una segunda parte con otros hitos importantes, los legislativos. Espero el veredicto.

Lecturas: del papel a la toga


libros

Todas las películas, sean buenas, malas o regulares, responden a un guion. Y el guion, como sabemos, puede ser original o adaptado. Son miles los libros que han sido llevados al cine, con éxito mayor o menor aunque, por regla general, todo el mundo dice que era mejor el libro que la película. No siempre es cierto, pero lo que sí que es verdad es que un libro permite imaginar los personajes cuando la película impone los que ha imaginado el director. Por supuesto, en el otro lado están todas esas personas que no saben lo que se pierden al no leer y dicen aquello de “yo mejor me espero a que hagan la peli”. De aficionados -y sobre todo aficionadas- a los libros está llena la historia del cine en cintas como La ladrona de libros o La librería, entre otras muchas, y hasta la protagonista de la película de amor por excelencia, Love Story, era bibliotecaria. Y es que sin libros el mundo no sería lo mismo

En nuestro teatro leemos, sin duda, al menos jurisprudencia y libros jurídicos. Incluso los aprendemos de memoria, como hacemos con los Códigos y los apuntes durante la carrera y especialmente al preparar oposiciones. Pero de ese otro tipo de libros habrá, como en todas partes, quien lea más y menos, y también quien los devore, me consta. Por eso hoy, a modo de divertimento -¿y algo más?- y sin ánimo de exhaustividad, vamos a intentar llevarnos algunos del papel a Toguilandia. Veremos como es más fácil de lo que parece.

Lo primero que se me viene a la cabeza al respecto es La odisea por la que pasan muchas personas que deciden denunciar o reclamar sus derechos de otro modo ante los tribunales, sea por medio de una Acción civil o exigiendo la correspondencia entre Crimen y castigo. Hay que reconocer que a veces los procesos ante El juez que corresponda se hacen más largos y más complejos que Guerra y paz o Los pilares de la tierra. Y tardan más en construirse que La catedral del mar

                Por supuesto, la investigación da mucho de sí, ya seas un profesional como Sherlock Holmes o una aficionada como Miss Marple, e incluso si eres un héroe infantil como Gerónimo Stilton. Todos tienen sus Angeles y demonios

                No es extraño que haya quien se cree que revive la historia de Romeo y Julieta, que de eso en los juzgados de violencia sobre la mujer sabemos un rato, y confunden amor con posesión como el mismísimo Otelo y alguna vez con los mismos terribles resultados. Se podría escribir toda una tesis, como La tesis de Nancy, con las cosas que se escuchan y se viven en estos juzgados. Y es que el príncipe azul no existe, ni debe existir, por más que Cenicienta o Blancanieves sigan defendiendo lo contrario

Y es que si hay un materia que no podemos pasar por alto es la relativa a las mujeres, la desigualdad y la violencia que se comete contra nosotras. Nombres como los de La Regenta, Fortunata y Jacinta, Anna Karenina o La dama de las camelias llenaban nuestra literatura de frases que las mujeres, en su propia Casa de Muñecas, no podían decir fuera de ellas, porque las Mujercitas no pueden decir siempre lo que piensan. Para muchas mujeres siempre es Tiempo de silencio, como para todas las que vivían en La casa de Bernarda Alba.

En otras ocasiones, sin embargo, lo que vemos es Mucho ruido y pocas nueces, que cosa que parecían tan complicadas de instruir como si de los Episodios Nacionales se tratara se quedan en Nada.

                Cualquier cosa puede recordar un título de libro. Ahora mismo me venía a la cabeza uno que se vendió mucho en la época en que murió Franco, Al tercer año resucitó aunque haya quien pensando en lo sufrido en aquel pasado evoque ser La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina, después de tanto vivir De todo lo visible y lo invisible. También en estos tiempos una se acuerda de las referencias a la Patria y siente frío, que es un concepto en el que más de uno se ha escudado para cometer barbaridades. No hay más que desempolvar algún Retrato en sepia para recordarlo

Y es que cualquier jurisdicción, especialidad o ámbito del Derecho puede traer a la cabeza títulos de libros, por más que piense que una es La loca de la casa con tanto libro a cuestas. Si pensamos en la materia de menores, yo me acuerdo de Smokers, una novela sobre reformatorios americanos tremendo. Pero también pienso en la edad como concepto y me acuerdo de títulos como Las edades de Lulú o Edad prohibida, de uno a otro hemisferio, como si viajáramos del Trópico de cáncer al Trópico de Capricornio.

Si pensamos en racismo, xenofobia o cualquier otro tipo de discriminación, cómo no acordarse de El diario de Ana Frank o El niño con el pijama de rayas, que nos envían a una Europa, Europa que daba escalofríos. Pero otro tanto pasa si pensamos en Raíces o Criadas y señoras al otro lado del mar o, sin ir tan lejos, en El romancero gitano.

Y es que, como decía una canción, todo está en los libros. No sé si La vida es sueño, pero todos los sueños caben en los libros, se trate de Mi verdadera historia o de la cualquier otro que pueda relatar La vida a ratos. Tal vez por eso todas las personas tenemos a un Don Quijote dentro, que fue quien se cree que dijo eso de “Cambiar el mundo amigo Sancho, que no es locura ni utopía, sino justicia” aunque en realidad no lo dijera nunca.

Así que ahí lo dejo. El aplauso hoy es, como dice cada semana mi amiga -y prologuista- @fanigrande para quienes leen. Y más fuerte aún si lo que leen es algo más que jurisprudencia. Porque no hacerlo es De juzgado de guardia, aunque no esté en La lista de Los siete pecados capitales

Sinhogarismo: una realidad incómoda


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Hubo un tiempo que el mundo del artisteo la pobreza se identificaba con lo bohemio, y de ahí, más de una vez, con la pobreza. Quizás tiene que ver el estereotipo con la ópera La Boheme o la zarzuela Bohemios o tal vez con una realidad que se ve en Tolouse Lautrec o en el escritor protagonista de Moulin Rouge. Pero la pobreza no siempre tiene ese halo romántico e idealista, y no faltan las obras que nos la muestras en toda su crudeza, desde clásicos como El chico, de Chaplin o Las uvas de la ira hasta versiones más modernas y en clave de comedia musical como Slumdog Millonarie o Annie, pasando por cualquiera de Dickens o clásicos españoles como Nazarin. La pobreza y su consecuencia inevitable, las personas sin hogar, son algo tantas veces reflejado que sería imposible hacer una lista completa.

En nuestro teatro la pobreza, la indigencia y lo que podemos llamar sinhogarismo son el pan nuestro de cada día. Gente sin casa como protagonistas de funciones de Derecho Penal o administrativo, gente que se queda sin casa como parte del Derecho civil, gente que lo pierde todo reflejada en el derecho concursal o laboral o niños y niñas necesitados de que el Estado les proporcione el hogar del que carecen en la jurisdicción de menores.

Recuerdo que, en mis primeras guardias, siendo todavía una fiscalita en prácticas con la toga por estrenar, aunque con los tacones ya en acción, veíamos bastantes delitos, de mayor y menor trascendencia, cometidos por personas que vivían en la indigencia. En uno de los casos, en que el detenido había sido sorprendido con un auto radio cassette en la mano -sí, existían- éste contestó que lo había encontrado en un contenedor y, ante mi sorpresa, la juez le dijo que había que ver la suerte que tenía, que ella rebuscaba cada día en el contenedor de debajo de su casa y nunca encontraba nada. Luego supe que la respuesta de la juez se debía que el detenido era un habitual de la casa y que siempre contaba el mismo cuento.

En otra ocasión, trajeron a dos detenidos, acusados de haberse causado lesiones recíprocamente. Resultó que el motivo era nada menos que el sitio para mendigar, a la puerta de un conocido supermercado. Nos llevamos las manos a la cabeza cuando uno y otro nos contaron la diferencia entre ese punto concreto y cualquier otro, traducida en pesetas de las de entonces, tanta que, en broma, comentábamos que daban tentaciones de colgar la toga y cambiarla por harapos. Pero, por desgracia, la cosa no tiene ni pizca de gracia cuando conocemos sus verdaderas dimensiones, como el homicidio sucedido hace mucho tiempo en que un mendigo mató a otro porque le arrebató el lugar junto a un semáforo donde vendía el periódico La Farola, un diario que se publicaba para ayudar a personas sin recursos.

El problema es más de una vez se identifica indigencia y pobreza con delincuencia y se les estigmatiza doblemente. No olvidemos el espíritu que a estos efectos animaba la antigua Ley de vagos y maleantes, cuyo propio título ya es toda una declaración de intenciones. Una ley que, instada con un propósito teóricamente protector en 1933, devino con el franquismo en un instrumento de represión de personas sin recursos, a los que añadiría a los homosexuales. Por fortuna, esta visión legal está más que superada y hoy los recursos de carácter social nada tienen que ver con eso, pero el estigma social permanece, con lo que conlleva de aislamiento y exclusión.

Cuando mis hijas eran pequeñas, les insistíamos mucho en el respeto y la dignidad de los sin techo. Hasta el punto que una vez mi hija, viendo que el mendigo que normalmente pedía cerca de casa con una guitarra, había sustituido su instrumento por un cartel donde decía “me han robado la guitarra” tuvo una reacción preciosa. Quiso bajarle su guitarrita de plástico rosa para que pudiera seguir cantando. Llamadme cursi, pero me emociono al recordarlo.

Por desgracia, indigentes sin hogar han sido desde siempre objeto de burlas y desprecio que hoy llegan a un nivel de crueldad inusitada. Todo el mundo ha visto imágenes subidas a canales de vídeo y redes sociales donde se les maltrata y se les humilla, mientras el resto se ríen sin piedad, sin olvidar la oportuna grabación. Recuerdo haber leído de casos de mendigos y mendigas quemados vivos en el cajero donde pernoctaban y sometidos a las humillaciones más escalofriantes. No hace mucho, veíamos cómo un joven era condenado por el escarnio público de un mendigo al que daban galletas con dentífrico solo para reírse de él, difundiéndolo en redes sociales a los mismos efectos. Por suerte, el Derecho actuó y desde la fiscalía de odio de Barcelona se instó una condena que acabó imponiéndose en sentencia.

No obstante, la aporofobia, o rechazo al pobre, término que entró hace poco en nuestra lengua y que fue acuñado por la  filósofa Adela Cortina, todavía no está expresamente incluida entre los motivos que dan lugar a la condena por delito de odio. Lo cual no significa que el hecho sea impune o que no merezca una agravación por sus circunstancias. Pero las veleidades políticas de los últimos tiempos nos privaron de una reforma al respecto que estaba en camino.

El sinhogarismo, además, se mezcla con otros factores que también dan lugar a discriminación, particularmente, la inmigración. La ley de Extranjería prevé el internamiento en un Centro de Extranjeros para aquel que no señale un domicilio donde encontrarlo mientras se tramita la expulsión -y, en su caso, los recursos contra esta- Todavía recuerdo con una sonrisa los esfuerzos que hacía una juez con la compartí juzgado para que le dijeran que tenían una casa como referencia. Preguntaba por amigos, por vecinos, por conocidos, hasta le decía cosas como “seguro que puede decirnos que le hacen un huequito en un bar o en una panadería” Y a veces, ni por esas

Tener un techo es una de las cosas más necesarias en la vida. No en balde la Constitución reconoce el derecho a una vivienda digna, aunque los medios para trasladarlo a la práctica sean lo realmente difícil. Y de ahí, precisamente, que sea tan terrible el drama de las personas que se quedan sin hogar como ha ocurrido con los desahucios. El verdadero problema es que es algo cuyas dimensiones sociales exceden lo jurídico y nunca pueden arreglar los tribunales más allá de una suspensión o de un remedio puntual.

El sinhogarismo, en definitiva, es una cuestión compleja que va mucho más allá de los límites de Toguilandia. Aquí podemos, a lo sumo, poner tiritas, pero nunca curar la herida ni, mucho menos, evitarla. Eso es cuestión de otras instancias y para allí tiro mi pelota

Por último, no me olvido del aplauso. Hoy lo voy a dedicar para quienes, como la jueza de la que hablado, tienen la humanidad de ver mucho más allá en estas personas. Porque no tendrán casa pero sí dignidad que respetar,

 

Drogas: el gran peligro


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Dicen que el consumo de drogas data casi del origen del propio ser humano. Alucinógenos de origen natural, como plantas, debieron ser el principio y hoy conviven con elaborados químicos de toda especie y de variados resultados. Un mundo,  el de las drogas, que nunca ha sido ajeno al mundo del espectáculo, tanto por sus protagonistas –no son pocas, desgraciadamente, las estrellas que en algún momento han tenido problemas de adicciones- como en calidad de temática de muchas obras. Los años 80 y la irrupción de la heroína dieron lugar a películas como El vaquilla o El pico en nuestro país o Yo, Cristina F allende nuestras fronteras. Son muchas las películas que abordan el tema de las adicciones y sus devastadores efectos, como Transpoitting o Diario de un rebelde, o bien lo enfocan desde su otra cara, el tráfico, como Traffic, Sicario o la serie Fariña, por citar algunas. Y es que, por desgracia, es un tema que siempre está ahí.

También está ahí la cuestión de las drogas en nuestro escenario, desde uno u otro prisma. Aun recuerdo los estragos de la heroína en gente muy joven en los primeros tiempos de mi vida toguitaconada. Atracos a farmacias o gasolineras, robos con intimidación valiéndose de una jeringuilla como arma y todo un elenco delincuencial con un denominador común: el síndrome de abstinencia o “mono” de quienes lo cometían.

No tardó en llegar una tragedia que se unió de modo casi indisoluble a esta clase de delincuencia. El SIDA hizo mella en estos drogadictos que compartían jeringuillas, adicción y desgracia y hubo un tiempo que cada día archivábamos un par de procedimientos por el fallecimiento del autor. Recuerdo el título de un libro que decía mucho: La agenda de los amigos muertos.

Ahora, por fortuna, no estamos en esos momentos tan duros, pero la droga sigue ahí, con sus distintas caras y sus devastadores efectos y, por supuesto, con su incidencia en el mundo del Derecho.

Así, hay que hablar en primer lugar del tráfico de drogas, un delito castigado con dureza en nuestro Código Penal. A efectos prácticos diré que un considerable número de los delitos que se enjuician en las salas de las Audiencias –esto es, de delitos castigados con penas superiores a 5 años, aunque la pena en concreto que se pida no supere esa cifra- son delitos de tráfico de drogas. También hay que reconocer que la gran mayoría no enjuician a grandes narcos, sino a pequeños camellos que venden al menudeo para financiarse su propia adicción. Por supuesto, existe una fiscalía antidroga en Madrid, conectada con la Fiscalía Nacional, y sus delegaciones en cada territorio para perseguir esos grandes casos de tráfico. Y hay que valorar su labor, nada fácil, por otro lado.

No obstante, hasta en esto existe alguna que otra anécdota jugosa que contar. Quizás una de las cosas que dan más juego está relacionada con la impunidad de la tenencia para autoconsumo y el consumo compartido. Como empezó a consolidarse la tesis que sostenía la absolución por consumo compartido, empezaron a surgir las excusas más pintorescas. Tipos pillados in fraganti con un cargamento de pastillas suficiente para abastecer a toda la ruta del Bakalao en sus mejores tiempos que te decían eso de que “lo mío es consumo compartido porque iba a dar una fiesta para celebrar mi despedida de soltero”. Cuando a uno de ellos le dije que con aquello tenía para varias despedidas de varios amigos, me dijo muy convencido “es que usted no sabe cuántos amigos tengo”. Le falto añadir “no como usted, que es una siesa”. Pero lo comprendí viendo su cara, que soy un hacha leyendo la mente.

Al otro lado del espectro, está la droga como circunstancia que rebaja la pena, que puede ir desde la eximente completa –cuando su estado o su adicción le impiden siquiera distinguir entre el bien y el mal-, la atenuante, que es cuando está afectado pero sabe lo que hace, o la eximente incompleta, algo así como el Rey Salomón de las atenuantes. Dentro de estas, se puede distinguir entre la intoxicación plena, que no requiere adicción sino que esté francamente mal ese día, y sus degradaciones a eximente incompleta o atenuante, o la del que comete los hechos por razón del síndrome de abstinencia. Algo parecido a lo que ocurre con el alcohol  al que ya dedicamos un estreno. Eso sí, no olvidemos que para aplicar la atenuación tiene que acreditarse que haya influido en la capacidad de conocer y querer del sujeto, lo que quiere decir que no basta con probar que se han consumido drogas para ser merecedor de la rebaja.

Sin embargo, no se aplica ninguna rebaja cuando el delito en sí ya contiene el desvalor de haber consumido, como ocurre con la conducción bajo los efectos de sustancias estupefacientes. Sería un contrasentido penar por haberse consumido drogas y luego rebajar la pena por estar drogado, obviamente.

Y no solo influyen las drogas a la hora de calificar el delito y condenar más o menos al autor. También una vez condenado el hecho de ser adicto y someterse a tratamiento de deshabituación puede suponer, si se dan los requisitos, una suspensión extraordinaria de la pena, condicionada, por supuesto, a que el penado cumpla con el tratamiento. Si no lo hace, regresa a la casilla de salida, esto es, a la pena de prisión

Por último, un pequeño homenaje a algunos personajes que me han producido ternura. En este caso, a un muchachito que, después de haber conseguido que en una sentencia le rebajaran la pena por su adicción a las drogas, nunca dejaba de decirnos cuando le volvían a detener eso de “venga, Señoría, rebájeme algo, que estaba endrogao”. Y la verdad es que daban ganas de rebajarlo solo por el modo de decirlo. Pero aun no existe la atenuante de decir con gracia las cosa, así que no hubo suerte.

Por todo, hoy el aplauso es para todas y todos los operadores jurídicos que se dedican a esto del tráfico de drogas pero, sobre todo, a quienes se dedican a lograr la rehabilitación de estas personas y a quienes la consiguen. Una tarea dura pero que merece mucho la pena.

 

Violencia: la intangible


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Si echamos un vistazo a la historia del cine, pocas películas se salvarían del filtro de la violencia. En mayor o  menor grado, casi todas tienen su parte. Como la vida misma, por otro lado. En algunas, como Reservoir Dogs, Django desencadenado o cualquiera de Tarantino, la propia violencia es una de las protagonistas de la obra, como en otras como las de la saga de Viernes 13 , La matanza de Texas y muchas más. E incluso aunque vengan disfrazadas de muñeco, como Chucky y sus secuelas, o de payaso, como Joker. Es imposible concebir el cine, como la vida,  sin violencia. Ojala algún día la vida fuera de otro modo.

  También en nuestro teatro la violencia es uno de los habitantes, visibles o invisibles, más presentes. La violencia aparece regulada en muchas partes del Derecho, especialmente el Derecho Penal. Así, la presencia de violencia convierte un hurto en un robo o un abuso sexual en una violación, puede convertir en delito un hecho impune , como la realización arbitrario del propio derecho –cobrarse una deuda por cauces extralegales- o puede agravar un delito ya cometido, como ocurre en el allanamiento de morada. Y, además, su presencia o ausencia y, sobre todo, cómo se interprete, puede marcar la frontera del tipo legal donde se incardinan unas hechos, como acabamos de ver  en el caso de la sedición, la rebelión o la mera desobediencia.

Todo el mundo sabe, o cree saber, qué es la violencia. Pero a la hora de aplicarla al Derecho la cosa se complica, hasta el punto de que muchos juristas no se ponen de acuerdo entre sí. No hay más que leer todo los que se escribió acerca del asunto de La Manada –ahí entraba en juego, además, la prima hermana de la violencia, la intimidación- para darse cuenta que es un concepto de todo menos sencillo. Solo a modo de resumen, recordaré que en ese asunto y con unos mismos hechos, hubo jueces que consideraron que el hecho era impune –voto articular de la primera sentencia-, otros que consideraron que no existía violencia ni intimidación –primera y segunda sentencias salvo votos particulares- y quien entendió, finalmente, que sí existía la violencia o intimidación que convierte el mero abuso sexual en violación, como hizo el Tribunal Supremo y el voto particular de la segunda sentencia. Así pues, como muestra un botón, y, para un mismo asunto, todo un abanico de interpretaciones, desde el todo a la nada.

Otro de los delitos donde la violencia –o en su caso la fuerza- tienen una intervención fundamental es el robo. Aunque en la vida común y destogada tildemos de “ladrones” a cualquiera que se haga con lo que no es suyo, incluidos los corruptos, en el Código Penal solo es robo el apoderamiento de bienes muebles ajenos con fuerza en las cosas o violencia o intimidación en las personas. Lo demás, por mal que nos parezca, se quedará el delito de hurto –o de estafa, o de cohecho, o el que sea- que tendrá, por tanto, una pena inferior, sin perjuicio, por supuesto, de las agravantes que concurran, si es que hay.

Cuando hablo de esto siempre me viene a la cabeza algo que oí hace mucho tiempo en un programa de televisión, en el que el público intervenía haciendo cuñadismo del más auténtico aun antes de ponerse de moda. En tal programa salía una madre indignada porque a su hijo le habían condenado a muchos años de prisión por “robar solo un neumático”, mientras que, según decía, las estafas inmobiliarias dejaban a la gente sin casa y sus autores ni siquiera pisaban la cárcel. Pues bien, más allá de que la estafa de la que hablaba estuviera más o menos penada –algo que no puedo saber al no conocer el caso- , “olvidaba” la señora contarnos que el angelito de su hijo para hacerse con esos neumáticos cogió al propietario del cuello y se lo rebanó con una navaja, y no le mató de milagro. Y claro, visto así, las cosas cambian. La violencia empleada contra el propietario convierte el hurto en robo, además del delito de tentativa de homicidio o de lesiones. Los neumáticos, al fin y al cabo, eran lo de menos.

Algo que hay que dejar claro es que, a diferencia de la acepción común, la acepción jurídica de violencia hace referencia a la que se ejerce de una persona a otra, no sobre las cosas, que recibe el nombre de “fuerza” –que tampoco responde a la acepción común-. Según la RAE, violencia es “la acción o efecto de violentar o violentarse” o “acción violenta o contra el modo natural de proceder”. Aunque esto, que parece tan claro, de repente se desdibuja, porque los juristas somos especiales. Así, existe el término “vis in re” que se confunde al traducirse como violencia sobre las cosas, o en otros casos, incurrimos directamente en contradicción, al hablar, por ejemplo, de Juzgados de Violencia sobre la mujer e incluir entre los delitos de su competencia algunos que no incluyen violencia en si mismos como las amenazas, la vejación injusta o las injurias.

Para acabarlo de arreglar, la Ley de Enjuiciamiento Criminal, nuestra viejecita achacosa, habla de muertes “violentas o sospechosas de criminalidad” en el sentido de entender como violenta toda muerte que no sea natural. Entraría dentro entonces, por poner un ejemplo, un suicidio por sobredosis de somníferos, que de violento per se no tiene nada

Para acabar sin dejar demasiado mal sabor de boca, aludiré a un chascarrillo que oí hace tiempo y todavía me hace gracia. Contaban que un testigo se refirió al hecho que había presenciado como una muerte natural, aunque en realidad era un asesinato con arma blanca. Preguntado para que se explicase, manifestó con toda naturalidad que claro que era muerte natural, “nada más natural que una persona se muera si le clavan 20 puñaladas”. Y, visto así, tenía razón el hombre.

Así que la próxima vez que vayamos a opinar sobre la existencia o no de violencia, pensémoslo antes. Es un concepto complejo, en el que ni siquiera hay acuerdo entre juristas en muchos casos. No caigamos en la todología de sofá.

Por todo ello, hoy el aplauso es para quienes aplican el Derecho haciendo funambulismo jurídico para interpretar las leyes y hacer justicia, que no siempre es lo mismo, aunque debe serlo.

Y no me olvido de la ovación extra de hoy, dedicada, una vez más, al alumnado de mi amiga Alicia que con sus dibujos para una exposición que nunca se expusieron, me han regalado una galería de imágenes impagables, como la de hoy, que nos muestra de un modo delicioso una propuesta para solucionar la violencia en la mundo. Ahí es nada. Mil gracias

 

#historiasdeanimales : Paseos


perros parque

Paseos

Cada día se encontraban en el parque, paseando a sus perritos. Ellos apenas hablaban, solo intercambiaban un saludo y bajaban la cabeza. Los perros, en cambio, trotaban y brincaban sin parar, daban carreras, meneaban el rabo, ladraban y daban volantines descontrolados. No se separaban uno del otro. Ni los perros, ni los amos.

Pero mientras los animales eran espontáneos y disfrutaban de su mutua compañía, mostrando al mundo lo felices que eran juntos, los humanos solo se miraban de reojo para devolver sus ojos al suelo sin pronunciar palabra más allá de un monosílabo.

Sin embargo, ellos también eran felices. Era el único modo de estar juntos y aquellos ratos eran oro puro. El tiempo que pasaron en prisión, después de que alguien les denunciara por “invertidos” fue suficiente para aprender que nunca estarían más juntos más que en esos momentos robados mientras paseaban a sus perros.

Lord y King lo sabían. Por eso instaban con tanta frecuencia a sus amos a salir para cumplir con unas necesidades fisiológicas inexistentes. Ellos eran libres, pero sabían que sus amos solo podían tener un poco de esa libertad unida a las cadenas con las que los sacaban a la calle.

Era el cuento que siempre me contaba mi tío abuelo Germán. La primera vez lo hizo para convencer a mi madre, su sobrina, de que me dejara quedarme con aquel perrillo que había recogido en la calle. Decía que los perros siempre dan mucho más de lo que reciben, y contaba ese cuento que se había inventado. Era un maravilloso contador de cuentos.

Hoy he sacado el cuento a relucir, y se lo cuento a mi nieto, que no consigue que su madre transija con tener un perro. Sé que con el cuento lo logrará, mi hija no se resistirá como no se resistió en su día mi madre. Eso sí, le oculto lo que yo solo supe mucho tiempo después. Que Lord y King existieron, y que están enterrados junto a las tumbas de dos hombres. Uno de ellos es mi tío abuelo Germán

 

Suicidio: un gran desconocido


suicidio

Si hay un tema tabú, ese es, sin duda, el suicidio. El hecho de quitarse la vida, sus motivos y consecuencias son algo de lo que se haba en voz baja salvo, quizás, en el mundo del cine y la literatura. Ahí el suicidio sale de sus estrechos márgenes de silencio y miedo y se nos muestra en toda su crudeza en momentos tan recordados como los que vimos en Oficial y caballero o El club de los poetas muertos. El suicidio en sí es el propio título, el leit motiv de películas y el modo de morir de más de un artista también. E, incluso, el tema del suicidio ha servido de enganche en alguna comedia como El hombre que se quiso matar. Y es que, por más que se quiera silenciar,  da para mucho. Una de las películas que más ahondan en el tema, valga la redundancia, es Mar adentro, basada además en hechos reales.

En nuestro teatro, el tema del suicidio está mucho más presente de lo que se pudiera pensar. Tanto en las leyes como en nuestro día a día, lo vemos con frecuencia. Desde cualquier ángulo de nuestro escenario y adoptando todos los papeles posibles. Veámoslo si no. Y vaya por delante que espero tener en este estreno toda la sensibilidad que el tema merece.

En primer término, he de reconocer que algo importante tengo que agradecer a esta cuestión. Y que nadie me mire mal, pero es que el auxilio e inducción al suicidio fue uno de los temas que me salieron en mi examen de la oposición y gracias a los que, por ende, soy fiscal. Así que una razón más para tratar a la materia como se merece, y también para darle la visibilidad que no siempre tiene.

Si me remonto a mis tiempos de estudiante de la carrera de Derecho, recuerdo haber tratado este tema, además de en la clase correspondiente a la parte especial del Derecho Penal, en la de Medicina Legal, que cogí como optativa. Ya entonces me llamó la atención algo que nos explicaban respecto al efecto de repetición de los suicidios. Cuando una persona se suicidaba en un pueblo, al cabo de poco tiempo algunas más lo hacían en los pueblos cercanos, sin necesidad de que se conocieran entre ellas ni siquiera que conocieran el hecho –nos hablaban de tiempos muy anteriores a la aparición de Internet-. Era un fenómeno de difícil explicación, pero al que siempre acudo cuando alguien pretende esgrimir el dichoso “efecto llamada” para la difusión de algunas noticias, particularmente si de violencia de género de trata.

Por tanto, si no existe ese “efecto llamada” ¿por qué se silencian e invisibilizan?  Porque, lo creamos o no, en la prensa existe una regla no escrita por la cual estos temas no se sacan a la luz. Salvo, claro está, que la víctima sea una persona de especial trascendencia pública, en cuyo caso no hay silencio que valga. No hace mucho hemos vivido algún que otro suicidio en que algo debe haber tenido que ver el hecho de que quienes lo realizan se hayan visto implicados en un proceso judicial del que iban a salir mal parados. No diré nombres, estoy segura de que no hace falta. Tampoco extenderé la semilla de la duda que algún irresponsable quiere plantar respecto a estos actos. Aun cuando no pueda obviarse que estas muertes restan pruebas, cuando hay un informe forense  que dictamina el suicidio, no podemos dudar en absoluto. Su profesionalidad es obvia y lo que veamos en las películas no deja de ser eso, películas.

La regulación del hecho de quitarse la vida en nuestro Derecho no es mucha, pero es bien conocida. Desde la noche de los tiempos, el auxilio e inducción al suicidio –lo que conocemos por eutanasia- es delito, siempre que se haga en las modalidades previstas en el código: tanto empujando a alguien a que se quite la vida –ojo, ha de ser activa y determinante de la conducta, no basta con una frase general- como colaborando con actos materiales a poner en marcha esa decisión. Como sabemos, la eutanasia y su despenalización son temas polémicos que, periódicamente, salen a la luz con hechos como el del protagonista de Mar adentro o el más reciente de la mujer con Alzheimer que pidió ayuda a su esposo, aun subiudice, por lo que no hablaré de él más. Pero lo que sí hay que decir es que es un tema necesitado de una legislación clara, en particular para que eso que conocemos por testamento vital –la declaración de una persona de cómo quiere que sea su final, si llega a darse el caso de encontrarse en unas circunstancias de ese tipo- pueda cumplirse .

Lo más curioso del delito de auxilio e inducción al suicidio es que se trata de la participación en un hecho ajeno que se castiga como autoría. Con la peculiaridad de que si el hecho no llega a consumarse, el suicida no sería castigado, y el partícipe en el suicidio sí. Y siendo que  el suicidio no es delito, es una paradoja que ayudar a cometerlo sí lo sea. Tal vez provenga de una cultura donde el suicidio, fuera o no fuera delito, era pecado e impedía el entierro en camposanto. Pero solo es una reflexión.

En el aspecto práctico, cualquiera que lleve unos añitos en Toguilandia habrá asistido a multitud de levantamientos de cadáveres de personas que se hayan suicidado. ¿Por qué íbamos? Pues, sencillamente, porque la ley hablaba de muertes “violentas o sospechosas de criminalidad!. O. disyuntivo, no y, copulativo. Y “violenta” en Derecho se contrapone a “natural”. Esto es, no es necesario que se haya clavado un cuchillo o se haya pegado con un bate de béisbol para que una muerte sea violenta. Simplemente, se considera en principio así la que no respondía a causas naturales que se certificaban por un médico. Por supuesto, con independencia de cómo se califiquen luego en Derecho los hechos, que eso es harina de otro costal. Puede, incluso, parecer un suicidio y resultar ser un homicidio. Sería el ejemplo de quien mata a alguien de una golpe y luego finge que se ha ahorcado o que ha abierto la espita del gas y se ha asfixiado. Conste que estos dos casos son reales, por peliculeros que suenen. Palabra de fiscalita.

En cualquier caso, de lo que quiero llamar la atención es de lo delicado y doloroso del tema. Nadie que no lo haya visto puede hacerse a la idea de cómo se encuentra una familia al saber que esa persona a la que quiere se ha quitado la vida. Al normal dolor de la pérdida hay que sumar lo inesperada que resulta, lo incomprensible y un difuso sentimiento de culpa que más de uno se carga a las espaldas, aunque no haya nada que reprochar. Quienes nos encontramos con las familias en esas situaciones, no debemos olvidarlo nunca a la hora de tratarlas. Si la empatía siempre es recomendable, aquí es imprescindible.

Lo que no es admisible en ningún caso es utilizar la cifra de suicidios para fines espurios. Como por ejemplo, el de algunas imágenes que circulan por ahí culpando a las mujeres en general y a la ley de violencia de género en particular del suicidio de hombres. Por desgracia, es imposible saber la verdadera causa de cada suicidio, si es que la hay, y, desde luego, no hay ninguna estadística que la haga constar, más allá de lo que algunos inventen.

Tal vez de lo que sí ha llegado el momento de levantar el veto y hablar de ello. Quizás así se podrían buscar soluciones y sobre todo, prevenirlos. Aun recuerdo con espanto el primer caso de una forense, unas adolescentes que se tiraron por el balcón, y cuánto estaba de afectada al contarlo.  El destino quiso que, muchos años más tarde, haya conocido a una de las amigas de aquellas criaturas. Y la afectación al hablar de ello seguía ahí., por más que pase el tiempo

Así que hoy el aplauso es, sin duda, para quienes son capaces de ayudar a las personas que pasan por este difícil trago. De la manera que sea.

Eso sí, no me olvido, una vez más, de agradecer al alumnado de mi querida amiga Alicia y a ella misma la colección de dibujos que, aunque nunca formaron parte de la exposición a la que iban destinados, están ilustrando de manera maravillosa mis estrenos.

Bullying: al borde del precipicio


 

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Hoy, en Con Mi toga Y mis Tacones nos atrevemos con un tema muy duro, el acoso escolar o, usando su más popular anglicismo Bullying. A él se han dedicado varias películas, como La clase, Cobardes, Cadena de favores o la famosa Carrie, en sus versiones de ayer y de hoy, y a él dedico hoy mi estreno, en forma de relato

Vaya por anticipado mi homenaje a quienes lo han sufrido y lo sufren, y mi aplauso para quienes luchan contra este drama cada día.

 

Al borde del precipicio

 

        Cuando la vi por primera vez, estaba al borde del precipicio. Al borde del precipicio en sentido literal. Sin metáforas ni comparaciones.

        Estaba sentada en el borde afilado de una roca, y los pies le colgaban, balanceándose, justo encima del vacío más absoluto. Las manos parecían sujetarle sin demasiada firmeza en sentido contrario, aferrándole a la tierra. La decisión entre el todo y la nada despedía de sus propias extremidades. Adelante o atrás. Adelante y atrás. Ahí estaba su cuerpo. Lo que era imposible era saber adonde estaba su mente y, sobre todo, dónde estaba su alma.

        Aun me asombro cuando pienso cómo llegué hasta allí, cómo fui capaz de adivinar cómo encontrar a aquella adolescente que, desde donde quiera que estuviera, había lanzado un grito de angustia desesperado. El hecho de que aquel grito llegara hasta mí y yo llegara hasta a ella quedaría siempre como uno de esos caprichos del destino que confirmaban lo que decía mi madre. Las cosas siempre pasan por algo.

        Me enganché a su vida casi si darme cuenta. En poco tiempo, supe todos los detalles de su corta existencia. O, al menos, eso creía.

        Conocí de primera mano el dolor del primer palo que le dio la vida, cuando apenas acababa de cumplir los cinco años, la muerte de su abuela, que no fue más que el aperitivo de lo que tenía que venir. Pude revivir en mi propia piel el asombro que causa descubrir que no somos inmortales, que la muerte está ahí y que no es un drama que les pase a otras personas. Su abuela, que la había criado, se marchó un día de noviembre rumbo a un hospital para no volver jamás. Tras mucho preguntar, le dijeron que estaba en el cielo, un cielo que pintaban tan bonito que hasta apetecía ir, según ella decía.

        Era también ella quien decía que la vida quiso entrenarla para cuando llegara la competición definitiva. No tardó mucho. En el verano de sus doce años, cuando todavía el calor era insoportable y todavía quedaban días de vacaciones, la arrancaron de cuajo de su lugar de veraneo para devolverla a la ciudad donde pasaba el resto del año. Allí, sentada en el borde de la silla, recibió la noticia de que su madre iría pronto a acompañar a su abuela a ese extraño lugar llamado cielo. Y,no tardaría en emprender ese viaje. La enfermedad tuvo al menos el detalle de ser tan rápida y fulminante que la niña ni siquiera se dio cuenta de su sufrimiento.

        No entendía por qué tenían que marcharse las personas que más quería, las que más le ayudaban para sobrellevar lo que le pasara. Por eso lloró tanto. Lloró sin consuelo pensando en ella misma, y más tarde volvió a llorar sin consuelo pensar que solo había sido capaz de pensó  Y el Via Crucis, que ya hacía tiempo había pasado por la primera estación -como cada Semana Santa le contaban en el colegio religioso al que asistía desde siempre- iba avanzando hacia el final del camino.

        Odiaba el colegio como nada en el mundo. No dejaba de ser triste que aquello que aborrecía fuera lo que ocupara la mayor parte de sus escritos, pero así era. De hecho, sin aquellas malditas aulas jamás se hubiera decidido a deslizar sus dedos aun torpes sobre el teclado del ordenador que le regalaron por su Primera Comunión.

        El ordenador era uno de los pocos recuerdos de aquel día. A pesar de que por aquel entonces ya abominaba la sola idea de ponerse un vestido de merengue y participar en una ceremonia que ni entendía ni compartía, se conformó con seguir a la masa y no oponerse a aquella farsa de la Comunión. Al fin y al cabo, era lo normal en un colegio religioso y lo que se esperaba de ella. Y entonces todavía anhelaba por encima de todas las cosas ser lo que esperaban que fuera, estar a la altura de las expectativas de no sabía exactamente quíen. Cuando vio que, poco a poco, las compañeras del colegio iban rechazando todas sus invitaciones, supo que se había equivocado. Por más que se esforzase, nunca sería como ellas. Y nunca, nunca, le permitirían ser una de ellas. Ni siquiera se habían molestado en excusarse ante ella. Se habían limitado a dejarle en el pupitre una nota escrita por su madre en una tarjeta de visita, y dirigida a su madre. “Lamento comunicarte que mi hija no podrá asistir a la Primera Comunión. Gracias por la invitación y os deseo un día inolvidable” Un texto, repetido casi letra por letra varias veces, que su memoria grabó a pesar del esfuerzo que hizo para olvidarlo

        No siempre fue así. Cuando empezó a ir a aquel colegio, tenía mucha ilusión. Pensaba que se adaptaría y formaría parte de esa élite de niñas guapas, simpáticas y educadas a las que todo el mundo adoraba.

        Pero la cosa fallaba desde el primer requisito. No era guapa, como no tardaron en decirle y como le recordaban a cada oportunidad que podían. Pese a que su madre y su abuela le habían repetido cada día que era la niña más bonita del mundo, al resto de las niñas le parecían horribles su pelo ensortijado, sus ojos saltones y, sobre todo, aquella pierna que no había crecido lo suficiente para hacer juego con su pareja y que impedía que ella corriera, saltara y jugara como el resto de sus compañeras. Aunque tratara de disimular con una prótesis que se había llevado gran parte de los ahorros de su madre, a ellas les daba igual. Es más, ella llegó a pensar que su cojera no era la causa sino la excusa para convertirse en la diana de sus continuos desprecios y, sobre todo, de su constante indiferencia.

        Lo repetía mucho. Lo que más le dolía no eran los insultos de aquellas dos niñas que la tomaron con ella casi desde el momento en que llegó. Lo peor era la indiferencia de las demás, que se comportaban como si ella no estuviera. Jamás la invitaban a un cumpleaños ni una fiesta, pero nunca se molestaban en ocultarlo delante de ella, y comentaban sin ningún miramiento lo bien que lo habían pasado en la fiesta de María o lo que disfrutarían en el cumpleaños de Cristina, actos que le estaban vetados.

        Trató de ocultarlo a su madre, aunque intentaba encontrar excusas para estar el menor tiempo  posible en el colegio. Fingía que se había olvidado algo para salir con el tiempo justo y no tener que esperar en el patio, se quejaba de dolores de barriga o de cabeza con la esperanza de quedarse en casa. Cuando salía de clase, lo hacía a toda prisa, para encontrarse enseguida con su madre y evitar a toda costa el peor rato, ese en que todas las niñas se mezclaban en la puerta entre risas, marchándose juntas al parque,  a comprar chucherías o hasta a hacer los deberes las unas en casa de las otras. Cuánto hubiera dado por una sola de aquellas golosinas, o por estudiar en compañía. Pero ella no era como las demás, y no tenía derecho a todo aquello. Llegó a creérselo y era ella misma quine instaba a su madre a que se fueran lo más rápido posible de allí.

        Fue precisamente eso lo que alarmó a la madre. Ya había empezado a sospechar que algo no iba bien con esa manía de su hija de hacer tiempo para salir de casa con el tiempo justo. Pero al salir, cuando todas las niñas reían y gritaban, su hija bajaba la cabeza y se escabullía de toda posible vida social. O, mejor dicho, de toda imposible vida social.

        No llegó a sincerarse con su madre, aunque no hizo falta. Algo pasaba, y ahí estaba la razón de que su niña nunca quisiera celebrar su cumpleaños más que con la familia. Le sugirió a la tutora que la niña sufría acoso escolar, pero lo negó con energía. Le dijo que solo se trataba de una niña demasiado tímida, que había que animarla a relacionarse con las otras niñas y a que dejara de ser tan cerrada para que no pensaran que era rarita. Rarita, eso le dijo Y le quitó importancia a todo aquello. En aquel colegio nunca habían tenido un caso de acoso escolar ni nunca lo tendrían. Faltaría más.

        Lo peor de todo fue que ella estaba allí, sentada en la silla de al lado de la de su madre mientras la tutora hablaba de ella como si no existiera. En realidad, como hacía todo el mundo. Ahí no pasaba nada. Y si pasaba, era suya toda la culpa. Y no había más que hablar.

        La soledad a la que había sido condenada sin juicio ni sentencia le pesaba como una losa. Le hacía llorar por dentro, aunque ya hacía tiempo que dejó de llorar hacia fuera. Solo soñaba con que aquello se acabara de una vez, como fuera. No quería volver a esa tortura diaria de indiferencia abierta y burlas encubiertas, de cuchicheos a su paso y risas contenidas.

        Un día, después de estar vomitando toda la noche sin razón aparente –no había contado a nadie que se comió un paquete de tizas porque alguien dijo que hacían subir la fiebre- le arrancó la promesa a su madre de que al año siguiente cambiaría de colegio. Por fin. Comenzó su imaginaria cuenta atrás, donde cada desprecio era uno menos de los que le restaban por soportar hasta marcharse de allí para siempre.

        Mientras tanto, había descubierto lo que ocurría en redes sociales. En tuenty, la red de uso común por aquel entonces entre adolescentes, había varias conversaciones donde se burlaban de ella. Decían que tenía piojos, que había que apartarse de ella no fuera a contagiarlos, se reían de su pierna llamándole “patapalo” y que era tan fea que al mirarla dolían los ojos. Comprobó con dolor que hasta las niñas que creía que eran menos duras con ella, intervenían en la conversación sin piedad. Y todo esto lo hacían sin necesidad de bloquear la publicación de ningún modo. Cualquiera podía verla, incluida ella. Era una invitación a todo el mundo a burlarse de ella ante sus propias narices. Desde que lo descubrió, no pudo volver mirar a nadie a la cara, ni siquiera a quine trataba de ser amable con ella. Sospechaba que todo el mundo sabía quién era y si en un momento era agradable con ella, solo era para granjearse su confianza y poder luego golpearla con más saña.

        Decidió dejarlo pasar. Aquello acabaría pronto, se repetía una y otra vez. Aquello acabaría pronto.

        Mientras tanto, tomó la decisión de escribir y contarlo todo. Solo quería desahogarse, aunque pensaba que quizás algún día le podría servir recordarlo. Estuvo informándose de cómo abrir un blog y comenzó con su diario telemático, convencida de que nadie la leería. Se había acostumbrado a hacerse tan invisible que llegó a creer que realmente lo era. Ni se molestó en indagar acerca de la privacidad de sus publicaciones, que creía que nadie podría ver, y ese despiste fue el hilo que me condujo hasta ella

        Fue entonces cuando, sin que ella lo supiera, empecé a engancharme a su vida para no soltarla. No sabía quién era aquella criatura, aunque hubiera dado cualquier cosa por poder ayudarla.

        Lo que seguía era especialmente triste. La enfermedad de su madre debió empezar a manifestarse, aunque a ella no le dijeran nada. Pero sin duda era por eso por lo que la niña contaba que hacia tiempo que su madre no hablaba con ella y que muy pocas veces iba a recogerla. Luego llegó aquel verano, y el regreso precipitado para recibir la noticia fatal.

        Cuando supo lo que ocurría, su primera reacción fue la de preguntar si la habían cambiado de colegio. Se sintió una persona horrible por hacerlo, pero no podía evitar que fuera su mayor preocupación, casi su única preocupación. La respuesta fue la que se temía, y no tuvo estómago para exigir a su moribunda madre el cumplimiento de su promesa.

        La acompañó hasta el final. Y el primer día en que, tras unos días de duelo, sus tíos le hicieron regresar al colegio, tomó la decisión.

        Por fortuna, lo escribió en su blog, en ese blog que ella creía privado y se podía ver por Internet. Un blog al que llegué un día por casualidad cuando tecleaba la búsqueda de una palabra: invisible. Fantaseaba con el lugar donde iría a cumplir su propósito, el punto desde el cual se marcharía de una vez al dichoso cielo del que tan bien hablaba todo el mundo. Si su madre y su abuela estaban allí, a buen seguro le harían un hueco. Allí no seria invisible.

        No me equivoqué. No había muchos lugares de esas características que ella pudiera conocer. Me dirigí a toda prisa allí en cuanto leí lo que mi desconocida amiga contaba con la esperanza de que no fuera demasiado tarde.

        Allí estaba, con sus piernas colgando en un vacío con más de diez metros por debajo. Un poco más de impulso y no habría marcha atrás

        Muerta de miedo, la llamé por su nombre con voz suave, tratando de agarrar las manos que todavía se sujetaban en el suelo pedregoso. Se resistió con la voz, aunque su lenguaje corporal me decía otra cosa, pòr eso me atreví a continuar hablándole.

– No eres invisible. Si lo fueras, no habría leído tu blog ni habría llegado hasta aquí.

        Fue definitivo. Como también lo fue para que sus tíos se dieran cuenta de la importancia de cumplir la promesa que la madre hiciera a la niña. Jamás volvió a pisar ese colegio. Ni siquiera cuando, tiempo más tarde, la invitaron a dar allí mismo sobre la importancia de escribir y de tener un blog, después de que su bitácora alcanzara cierta notoriedad tras recibir un premio por ella.

        Aquella invitación fue tan invisible para ella como ella lo fue un día para quienes se la enviaron

        Ella y yo, sin embrago, nunca hemos dejado de ser visibles la una para la otra. Ella cree que le salvé la vida. Algún día le contaré que encontrar sus escritos fue lo que me dio una razón para seguir viviendo. Desde ese día, volví a escribir, aunque nada parecido a aquella novela con la que, hacía muchos años, me había hecho famosa.ar en ella misma. Pero, de algún modo, supo que aquellas lágrimas serían las últimas que brotaran de sus ojos. Que, a partir de entonces, tendría que tragárselas aunque se convirtieran en una bola enorme en el centro de su alma.

No sé si la muerte de su madre, dos meses más tarde de aquel día de finales de verano, fue el detonante o si no fue más que causalidad, pero fue en ese preciso momento cuando todo se precipit