Acerca de gisbertsusana

Fiscal con vocación de artista. Me tomo la vida con mucho humor y siempre subida en mis tacones.

Vistas: juicios que no son juicios


              No todo es lo que parece. Lo que ocurre en la Administración de Justicia es un gran filón para cine y series. Pero, por el contrario a lo que parece, alguna de esas series o pelis no sacaban juicios sino otros momentos distintos, aunque igual de importantes. Es el caso de Juzgado de guardia, Turno de oficio o series de investigación como Bones o CSI en sus distintas versiones. Todo cuenta.

              En nuestro teatro hablamos constantemente de juicios, pero no vivimos contantemente con la toga puesta, al menos en sentido literal. Realizamos numerosas actuaciones que no requieren toga y que, por tanto, no son juicios. Aunque también hay actuaciones que requieren toga y tampoco son juicios. Pero vayamos por partes

              Algunas de las actuaciones judiciales más visibles son las que ocurren en el Juzgado de guardia y ninguna de ella es un juicio en sentido estricto. Hay una salvedad, claro está, la del juicio rápido con conformidad que formalmente es un juicio -empieza con un atestado o una denuncia y acaba con una sentencia firme- pero no se desarrolla materialmente como un juicio, con sus estrados, sus partes, sus togas y sus informes.

              Aparte de este caso, no hay juicios en la guardia. Ni las declaraciones, ni las comparecencias de prisión o de orden de protección lo son, aunque a veces algunos todólogos profesionales induzcan a confusión. Y el hecho de que no sean juicios se comprueba con tres claves: no se usa toga, no se acaba con sentencia y no se pide la venia para intervenir. Y sí, ya sé que hay muchos profesionales que piden la venia a su señoría cada vez que preguntan en un interrogatorio, pero no procede porque no es un juicio. Aunque pueden objetar que lo que abunda no daña. Y tendrán razón.

              Otro tanto cabe decir de las declaraciones que se realizan más allá de la guardia, en el juzgado de instrucción correspondiente, sean de investigados, sean de testigos. Pues tampoco, aunque haya a quien le gusta tanto llevar si toga a cuestas que no se deshaga de ella ni para estas cosas. Allá cada cual con sus manías.

              Tal vez los actos que induzcan más a confusión sean las comparecencias de prisión. Ignoro porque razón, hubo una época en que se llamaban “vistillas” como si fueran una hermana pequeña de los juicio, pero el hábito no hace al monje y lo que es una comparecencia no deja de serlo porque le cambies el nombre. Y sí, seguro que alguien me dice que las ha hecho con toga en la sala. Yo también, pero tampoco ese hábito nos hace ingresar en orden religiosa alguna. Y, aunque se celebre con toga por estar en la sala de vistas, no deja de ser una comparecencia. Por si alguien se pregunta en qué casos hay comparecencia de prisión preventiva en la Sala, le responderé que, en esencia, para aquellos casos en que el investigado o procesado que se encontraba en libertad provisional incurre en alguno de los supuestos que hagan que se replantee su situación personal, como el hecho de no comparecer a los llamamientos judiciales cuando le citan o no cumplir con la obligación de firmar en el juzgado con la periodicidad que se diga, lo que llamamos comparecer apud acta.

              Y, hablando de comparecencias apud acta, no puedo dejar de contar algo que presencié hoy. Un investigado iba a firmar a la ventanilla correspondiente, y le oí preguntar al funcionario si le podía ayudar, que creía que la juez del 4 le había dicho los lunes y miércoles, la del 17 los jueves, y la del otro juzgado que no se acordaba cada semana. El pobre funcionario no se aclaraba con tanto lío, así que al final el angelito dijo que iría todos los días para no equivocarse. Y es que el tipo debía tener un verdadero máster delincuencial de amplio espectro, visto lo visto. Porque si se hacen las cosas, se hacen bien, vaya

              Tampoco son juicios otras de las actuaciones estrella de los juzgados de guardia, sobre todo si son de violencia sobre la mujer, las comparecencias de orden de protección. En este caso, se escucha a las partes, y hasta se da la última palaba al investigado, pero tampoco se considera juicio ni acaba con sentencia sino con auto. Que, como nos decía mi preparador cuando empezábamos con la oposición, es algo más que un vehículo automóvil.

              Pero hay otro tipo de vistas, más formales y con toga incluida, pero que no acaban en sentencia. Se trata de las vistas de recursos que no siempre existen, en unos casos porque no está previsto y en otro porque solo hay cista si hay petición de parte. En cualquier caso, cuando se celebran, son vistas en el más estricto sentido, pero no juicios. Aunque en algunos casos lo parezcan, por su desarrollo y su solemnidad. Porque, en este caso, sí que se pide la venia para actuar.

              Y, si queremos un proceso que tiene más comparecencias que ninguno antes de llegar a la fase de juicio, ese el tribunal de jurado. Tan es así que, si se celebran todas, cuando llega el momento del juicio, los profesionales que intervenimos nos hemos visto tantas veces que hasta nos ha dado tiempo a hacernos amigos. Y hasta enemigos, en algunos casos, que no todo es happy flower en Toguilandia

              Por supuesto, me he referido solo a las vistas del proceso penal. La del civil, y otras jurisdicciones, la dejamos par otro estreno, pero e este bajamos el telón por hoy. El aplauso se lo daremos a quienes celebran vistas cada día con toga o sin toga, con sentencia o sin ella, pero con unas dosis de profesionalidad y paciencia que bien merecen un reconocimiento.

#Machismo: otro 25 N


              Este 25 de noviembre me hubiera gustado hablar de lo que hemos cambiado, de la evolución en nuestra concienciación y de la disminución del numero de víctimas, pero no puedo. Me hubiera gustado que películas como La estrella, Durmiendo con su enemigo o Te doy mis ojos fueran meros testimonios y no realidades candentes, y que cosa tan espantosas como lo que ocurría en Sor Citroën, donde se hacía mofa y befa del maltrato, ya no pasaran. Pero pasan. Y por eso no hay que callarse.

              En nuestro teatro, no podemos decir que el machismo campe por sus fueros, pero ahí está, como en la sociedad. Y por más que en los Juzgados de Violencia sobre la Mujer tratemos de poner nuestra parte para acabar con esto, es solo eso, una parte. Porque tenemos que recordar que en los Juzgados actuamos cuando el mal ya está hecho, es decir, cuando se ha cometido un delito y que, aunque podamos evitar -o intentarlo- que se cometa uno más grave, no podemos actuar sin la comisión de un delito y sin unos indicios razonables para seguir adelante. Y ese es nuestro problema y muchas veces, nuestra gran frustración.

              En este nuestro teatro llevamos mucho tiempo reivindicando la lucha contra la violencia de género. El hacerlo con la toga y sin la toga puesta, con y sin los tacones, me ha valido más de un disgusto, no lo niego, pero la balanza se inclina a favor de las satisfacciones. Ya conté como me sentí de abrumada ante las muestras de apoyo por la acción en redes de alguien a quien solo calificaré llegado el momento procesal oportuno. Y no soy la única. Cada día vemos en redes, en medios de comunicación y hasta en el Parlamento como las mujeres somos agredidas por el hecho de ser mujeres. Y eso también es Violencia de Género.

              Así que hoy, como homenaje a las que ya no están, y como grito de ánimo para las que siguen enfrentándose cada día a esta tragedia, os dejo un poema. No soy poeta, pero soy mujer, y el grito me sale del alma

PERDIDA Y ENCONTRADA

Hace tiempo que perdió su sonrisa

en una olla llena de lentejas y sangre

Hace tiempo que perdió su alegría

y que la vio escaparse por el desagüe

Hace tiempo que no ve los espejos

porque no se reconoce

en esa imagen de derrota y miedo

Hace tiempo que la esperanza

dejó de ser siquiera una quimera

Pero hoy alzó su voz

y buscó su sonrisa en el plato de lentejas

y desmontó el desagüe para recuperar su alegría

Hoy le quitó al espejo

la sábana negra que le impedía verse

Y dejó que la esperanza entrara otra vez

por su ventana abierta

tiñendo de morado su cuerpo y su alma

Hoy volvió a ser ella

Y decidió que nadie

 volvería a borrarla

Hoy decidió retomar las riendas de su vida

y, por fin, nos ha invitado a acompañarla

Yo voy con ella al fin del mundo

¿quién viene con nosotras?

#HistoriasDelFuturo: De lo justo y lo injusto


De lo justo y los injusto

Su dispositivo personal le dio un aviso. El nivel de alerta que marcaba era máximo. Y la verdad, no le sorprendió. Lo que tal vez le sorprendió es que no hubiera sucedido antes.

Se le notificaba que había incurrido en un R-72-15 y que la sanción se ejecutaría de inmediato. Sería confinado en s propio domicilio del que no podría salir sin autorización de la autoridad competente, algo que solo se concedía en supuestos excepcionales. Una campana invisible compuesta de rayos de no sabía qué cubriría los límites de los que no podría salir en mucho tiempo.

Atravesar aquella capa era imposible y lo sabía. No obstante, se resignaba. Había conseguido mucho más de lo que imaginaba cuando comenzó esa locura. Ahora solo esperaba que mereciera la pena.

Todavía recordaba las historias que le contaba su abuela. Era jueza, una profesión que ya no existía, como tampoco existía la de su abuelo, fiscal de profesión según le contaron. Ahora la justicia, o lo que quiera que fuera, se impartía a través de un programa informático, algo de lo que se jactaban quienes lo implantaron, porque acabó con el sempiterno retraso de la administración de justicia a la que pertenecieron sus abuelos.

El sistema era sencillo y eficaz. Lo que no estaba tan claro era que fuera justo. Se introducían los parámetros del hecho que se hubiera cometido, a base de rellenar los diferentes ítems que el programa demandaba. Junto al hecho realizado, el lugar, la persona, su edad y poco más. Todo ello daba lugar a un sentencia instantánea, que fijaba una condena como la que acababa de caerle encima. Se notificaba de inmediato, a través del dispositivo móvil que cada persona portaba y que incluía todos sus datos personales. Lo único que tenía que ver con las antiguas sentencias de las que le habló su abuelo era el nombre. Ahora ni siquiera se necesitaba a nadie que conociera las leyes ni su aplicación, sino técnicos con conocimientos informáticos para saber introducir los datos en el programa. No había recursos, salvo que el subprograma TO de lectura algún fallo técnico, en cuyo caso e encargaba de solicitar su subsanación.

Ya hacía tiempo que venía recopilando a escondidas testimonios de personas a las que esa justicia había tratado de modo injusto. Recordaba el caso de una mujer que había cometido un supuesto delito de daños y resistencia a la autoridad porque no se resignó a que no la dejaran despedirse de su hijo, recién fallecido, y rompió todas las puertas que la separaban del cadáver. Nadie tuvo en cuenta sus dolorosas circunstancias como tampoco las tuvieron en el caso del niño autista que se revolvió contra sus compañeros después de todo un curso de acoso.

Cada día eran más. Los responsables del programa se enorgullecían de que se habín acabado los retrasos en justicia, y que se había ahorrado una gran cantidad de dinero, porque ya no había sueldos que pagar. Por fin habían llegado las jubilaciones de las últimas personas que quedaban del viejo sistema y la justicia había alcanzado su objetivo, nunca hasta entonces logrado, de ser rápida, barata y eficaz. El problema es que había dejado de ser justicia.

Por eso se embarcó en aquel proyecto, en aquella locura que no había compartido con nadie. Poco a poco, había ido haciéndose con los viejos legajos de sentencias, especialmente de asuntos en que intervinieron sus abuelos. Trasladar papel, un bien en desuso, era francamente difícil, pero lo había conseguido. Cuando le sorprendieron, ya caso había acabado su fase de recopilación, Y, en cualquier caso, tenía material suficiente para llevar a cabo su sueño. Y ahora, con su condena recién dictada, también tenía tiempo.

Su proyecto cristalizó en algo que se convirtió en una verdadera revolución. Se difundía por los circuitos clandestinos a la velocidad de la luz. Había recopilado, copiado, ordenado y comentado una ingente cantidad de resoluciones judiciales y de dictámenes jurídicos. Llamó a su obra “libro” como homenaje a las cosas que le contaba su abuela, y hasta consiguió hacer una impresión en papel que fue un verdadero escándalo.

De hecho, estaba a la espera de la nueva condena por su osadía. Pero había merecido la pena. Aunque no pudiera volver a moverse con libertad, su obra ya volaba libre. Y su búsqueda de una justicia de verdad, también. Aunque costara más tiempo y más dinero

Lo inesperado: vuelven las revisiones


              A veces tenemos la sensación de vivir en bucle. Cuando una cosa parece superada, toca Volver a empezar, como la oscarizada película española. Por supuesto, volver a ver algunas obras es maravilloso, pero con otras, el “una y no más Santo Tomás” es casi lo más recomendable. En el arte y en la vida.

              En nuestro teatro somos muy proclives a repetirnos, casi más que el ajo, y con efectos tan indeseables a veces como los de ese ingrediente tan frecuente en nuestra cocina. Quienes llevamos ya un tiempo transitando por Toguilandia, hemos pasado por varias de esas pesadillas llamadas “revisiones”.. Un nuevo Código Penal, o una reforma de calado dan lugar a auténticos maratones de revisar sentencias firmes, o procedimientos en marcha. No queda otra.

              ¿Y por qué no queda otra? Pues por algo de lo que hay parece saber todo el mundo, aunque ayer era sánscrito para la inmensa mayoría de la gente, la retroactividad de las disposiciones sancionadoras más favorables al reo. Esto es una excepción a la regla general de la irretroactividad de las normas y constituye uno de los pilares de un Derecho Penal democrático.

              Para quien no sepa en qué cosiste, y sea capaz de reconocerlo, y para quien no lo sea, pero esté en disposición de saber un poco más, trataré de explicar en pocas y comprensibles palabras de qué se trata. Sin ánimo de exhaustividad, como siempre hacemos en este teatro que pretende ser apto para todos los públicos y no solo para la secta de jurisabihondos. Y jurisabihondas, no me vaya a caer la del pulpo por no ser inclusiva, o alguien interprete que solo se lo achaco al género masculino. La todología no tiene género.

              Pues bien, vamos a ello. Las reglas de sucesión de las normas es que la norma nueva deroga la anterior en la misma materia, sin que pueda aplicarse la antigua desde la entrada en vigor de la nueva ni elegir entre ambas. La excepción la constituye el derecho sancionador, en este caso el Derecho Penal, el más sancionador de todos, en que, cuando un hecho sucede durante la vigencia de una norma, pero ha de juzgarse cuando ya ha entrado en vigor la otra, ha de aplicarse aquella que sea más favorable al reo.

              ¿Complicado? Menos de lo que parece si ponemos un ejemplo simple. Si, en la noche de los tiempos, cuando estaba penado el adulterio, una mujer era condenada por ello pero mientras cumplía condena llegaba la ley que lo despenalizaba, de inmediato se revocaba su condena y se la dejaba sin efecto. Otro tanto cabe decir de conducta que estuvieron sancionadas en nuestro anterior régimen, como la homosexualidad, y hoy, afortunadamente, no solo no son delito sino que entran de lleno en el ejercicio del derecho constitucional a la igualdad.

              Pero esto, que es muy sencillo en casos tan evidentes, se empieza a complicar cuando se trata de normas que no pasan de la nada al todo, sino que regulan supuestos aparentemente iguales de modo distinto. Y ahí está el quid de la cuestión, en que determinar esa similitud no siempre es fácil. Tampoco es sencillo en ocasiones determinar qué es lo más favorable, porque cuando se trata de la misma pena que sube o baja -más o menos años de prisión- es evidente, pero no lo es tanto cuando lo que se comparan son penas diferentes, como peras y manzanas. En una de las revisiones del Código nos pasaba con los arrestos de fin de semana, que para unos era mucho mejor que el cumplimiento de la pena en prisión mientras que otros preferían hacerlo de golpe, o con la opción de trabajos en beneficios de la comunidad. Por eso en casos así había que preguntar al afectado. Sin ir más lejos, la jurisprudencia ha establecido que no se puede imponer la pena de trabajos en beneficio de la comunidad cuando es alternativa a otra pena si el condenado no da su consentimiento.

              Para solventar estos y otros problemas de aplicación, porque, como he dicho, es difícil comparar peras y manzanas, las leyes de reforma suelen tener unas normas que son claves para la interpretación. Se trata de las Disposiciones Transitorias, otra cosa que hasta ayer todo el mundo desconocía y ahora parece que se conocen al dedillo. El mejor ejemplo es el del Código Penal de 1995, que traía multitud de reglas para solventar los problemas de interpretación y de aplicación de la norma más favorable respecto del Código anterior.

              Con esto, y lamento haber hecho spoiler, ya he metido el dedo en la llaga legislativa del problema con el que bregamos hoy, la famosa ley del sí es sí. La norma, que supone una reforma del Código Penal cuantitativa y cualitativamente importante, no tiene Disposiciones Transitorias. Tal vez porque nadie pensó que iban a plantearse estos problemas, tal vez porque pensaron que la regulación del Derecho Penal general bastaba, la bomba ha estallado en las manos de quienes más apostaban por ella.

              Está claro que el espíritu de la ley no era ni ha sido nunca reducir las penas para violadores y delincuentes sexuales. Más bien al contrario, se trataba de poner el foco en el consentimiento y de castigar todas las conductas en que este faltara, existiera violencia o intimidación o no. Al hilo de esto, se eliminaba -al menor en lo que al nombre se refiere- la diferencia entre agresión y abuso, condenando a este último al ostracismo. Y es que un hecho de la gravedad de un delito sexual merecía una denominación más contundente que la de “abuso”, que evoca al “mal uso” y se emplea en muchos ámbitos.

              El problema viene en que, al tratarse de categorías distintas, han surgido zonas oscuras donde es difícil entrar a determinar cual es la norma más favorable sin tocar los hechos probados, algo absolutamente prohibido. La ley contempla agravantes específicas que antes no se contemplaban, por lo que su existencia no puede venir relatada en los hechos. Es difícil aplicar un bisturí en Derecho. La solución podría haber estado en una norma similar a la que había en las disposiciones transitorias del Código del 95 y la Circular de la Fiscalía General del Estado que lo desarrollaba, esto es, decir expresamente, por un lado, que se aplicarían las normas completas de uno u otro Código -sin poder mezclar ambos- y, por otro, que no se revisarían las condenas que también hubieran sido imponibles con la nueva regulación. Ello podría haber evitado la aplicación automática de los mínimos, desde luego, pero no hay en este caso una norma similar. ¿Podría aplicarse como fruto de la práctica judicial? Pues difícil sin norma que lo ampare, pero todo es posible en Derecho. Lo que está claro es que hay que ir caso por caso sin que quepan automatismo ni generalizaciones, siempre peligrosas.

              Pero en este caso hay una nueva vuelta de tuerca. Nuestro Código Civil, aplicable para todas las materias del Derecho en sus normas generales, establece que las normas se interpretarán según el contexto y la realidad del tiempo en que han de ser aplicadas. También alude al espíritu de las nomas, que es claro que no era esta rebaja; no hay más que echar un vistazo a la Exposición de Motivos. Por otro lado, el Convenido de Estambul, del que España es parte, nos obliga a aplicar la perspectiva de género. ¿Es esta una regla infalible para evitar el indeseable efecto de rebajar la condena a violadores? Pues no, cuando estén claros los términos comparativos y opere esa retroactividad de la que hemos hablado, y sí cuando haya dos interpretaciones posibles. Y creo que aquí está el verdadero nudo del entuerto, decidir si hay o no dos interpretaciones posibles. De nuevo el caso concreto es el que ha de determinar, aunque resulte difícil o casi imposible.

              Para acabar, insistiré en una idea de la que he leído poco, pero me parece muy acertada. Estamos poniendo el foco de todo, una vez más, en el Derecho Penal, cuando el Derecho Penal no da soluciones ni previene, sino que castiga conductas cuando ya se han cometido. Lo verdaderamente deseable es que la legislación consiga erradicar estas conductas, y para esto hay que incidir en muchos aspectos de educación y prevención que poco tienen que ver con el Derecho Penal.

              Y ahora llega el momento del aplauso. Lo voy a dejar en diferido, para cuando los órganos que tienen que pronunciarse realmente lo hagan, aunque es de ley una ovación extra a quienes se ven en la coyuntura de dictar resoluciones que no van a ser comprendidas, y, aun así, las hacen, sea en el sentido que sea. No son tiempos fáciles en Toguilandia.

Consultas: el precio del saber


              Cuando alguien habla de “consultas” parece referirse a la consulta del médico, esas que tantas series y películas han protagonizado. El Qué me pasa doctor es mucho más que un título, aunque hay muchas más. El médico y toda su saga o series como La Doctora Queen, Urgencias, Hospital Central o House, entre otras muchas. Aunque las consultas de abogados también tienen su espacio, y nada despreciable, aunque más bien respondan al nombre de bufetes o despachos, entre los que encontramos los de series como Suits, Ally McBeal, La ley de los Angeles y, cómo no, la recordada Anillos de oro. Y es que la actividad profesional siempre ha sido atractiva para el gran público.

              En nuestro teatro, los intérpretes fijos nos dividimos en dos categorías: profesionales liberales, como la abogacía y la procura, y quienes tenemos el estatus de funcionarios públicos, como la judicatura, la fiscalía, médicos forenses o LAJs, además del funcionariado propiamente dicho.

              Pero hoy no voy a hablar de ellos y ellas como profesionales, sino que voy a dar un giro al foco y me voy a centrar en una parte muy importante, la consulta no como sede física sino como objeto de trabajo. Me ha inspirado este post las frecuentes quejas y cometarios de compañeras y compañeros del otro lado de estrados acerca de esos clientes que pretenden que estén disponibles las 24 horas del día y que, además, se pasman porque les quieran cobrar por hacerles “una simple pregunta”

              Vayamos por partes, como siempre. Como hija de abogado, además de licenciada en Derecho y habitante de Toguilandia, yo también he visto esa fea costumbre de preguntar -aquí te pillo, aquí te mato- sobre un tema jurídico y hacer pasar por una conversación entre amigos lo que en realidad es una consulta profesional. Además del matiz de que el preguntante no siempre es amigo. De hecho, si lo fuera, a lo mejor se cortaría de hacer eso. O quizás porque lo hace dejaría de serlo. Todas las opciones son válidas.

              La verdad es que tiene poca gracia que cuando alguien está en una boda, en el gimnasio, tomando copas o practicando tai chi o bailes regionales, te venga el espabilado de turno y te diga que tiene un inquilino que no le paga la renta, una duda con la partición de la herencia de la tía Puri, un conflicto con la pensión de su ex o un “problemilla” por ese día en que le paró la policía con el coche y se había bebido hasta el agua de los floreros. Y claro, te quedas sin ver el momento en que los novios cortan la tarta, el gin tonic se te agua, la meditación se va a la porra o te pierdes en los pasos de la jota de Bicorp o el bolero de Castelló. Y te acuerdas de sus muertos o, como diría Chiquito de la Calzada, te cagas en sus muelas, y con razón.

              En estos casos, yo recuerdo algo que cuenta mi prima, médica de profesión. Dice que cuando algún conocido le aborda en la calle y le cuenta que le duele el trigémino, o que tiene una mancha en el ombligo o le duele la barriga, le dice que se desnude. La repuesta es siempre la misma: “¿pero ¿cómo me voy a desnudar aquí en la calle?” Y, por supuesto ella responde que es en la calle donde le ha hecho la consulta. Ni que decir tiene que al espabilado se le quitan las ganas de volver a hacerlo, y sería un estupendo modelo para seguir si no fuera que nuestro trabajo es mucho más intangible y menos físico, y lo que leemos son papeles y no el cuerpo humano.

              No es fácil explicar que para saber qué hacer ante el inquilino, la herencia, el divorcio o la alcoholemia hay que recorrer un largo camino de aprendizaje. Que no basta con comprarse un par de códigos y poner una placa en la puerta, aunque algún que otro tertuliano parezca creerlo, a la vista de la osadía con la que comentan complejos temas judiciales. Y que, además, esa inversión de tiempo y dinero es nuestro medio de vida. Pero, si nadie se cuestiona que el fontanero cobre por decirte dónde está la fuga de agua, además de por repararla, no debería cuestionarse tampoco que el profesional del Derecho cobre por saber cuál es la cuestión en el asunto que te afecta, además de por tratar de solucionarlo. Sin embargo, siguen diciéndoles eso de “¿me va a cobrar por una simple pregunta?”, cuando en realidad lo que se cobra es la respuesta. Y no cualquier respuesta. De eso se trata.

              ¿Y qué pasa con jueces y fiscales? ¿Acaso no nos hacen preguntas de ese tipo? Pues, desde luego que sí, y con la misma intención de que no les cobremos nada porque es una simple conversación. En nuestro caso, tenemos la respuesta más fácil, ya que la ley nos prohíbe asesorar por la vía privada. No obstante, hay quien insiste. Si yo no quiero que me asesores, quiero que me digas qué es lo que he de hacer y que redactes el escrito, que a ti no te cuesta nada. Que si quieres arroz, Catalina.

              Así que voy a hacer una propuesta que no solo vale para esto, sino para muchas cosas de la vida. Hay que desterrar de nuestro vocabulario la coletilla “si no te cuesta nada”, y premiar con el látigo de nuestra indiferencia a quienes la usen. Las cosas cuestan, se trate de resolver un intrincado problema jurídico o de acercarte en coche a casa de tu prima. Y lo mínimo que ha de hacerse es pedirlas como toca y cuando toca y, por supuesto, agradecerlas. Y, cuando de una consulta profesional se trata, el agradecimiento se traduce en el pago de honorarios, además de un jamón por Navidad si se quiere. En el bien entendido caso de que tanto el pago como el jamón vienen referidos a profesionales de la abogacía. No vaya a ser que alguien piense que estoy reclamando algo para esta fiscalita o cualquier colega, que, como he dicho, ni podemos asesorar ni recibir regalos. Gajes del oficio.

              Y ahora, solo queda el aplauso. Y esta vez, como no podía ser de otro modo, va destinado a quienes soportan cada día este tipo de consultas que pretenden disfrazarse de charla de amiguetes. Y con el aplauso, un tazón extra de paciencia. Que buena falta les hace.

Alarma social: la alarma que no alarma


                Pocos términos dan lugar a tantos títulos de películas como el de “alarma”. Alarma en el expreso, Alarma catástrofe, Motivo de alarma, Señal de alarma, Estado de alarma o simplemente Alarma son algunos de los muchos que convierten esta palabra en su principal valor. Y es que, nos alarmemos o no de ello, parece que gusta alarmarse.

                En nuestro teatro, aunque vivamos personalmente en estado de alarma permanente, la alarma no tiene tanta trascendencia como se cree. Por supuesto, más allá del estado de alarma, que creíamos que nunca veríamos y al que asistimos en estado de estupefacción durante los tiempos de la pandemia.

                Hubo un tiempo en que uno de los requisitos para decretar la prisión provisional era la alarma social. No hablo de ayer o de anteayer, sino, nada más y nada menos, que del año 2003, antes incluso que este escenario nuestro levantara el telón por vez primera, aunque en algunas tertulias todológicas y pseudojurídicas parece que no se hayan enterado. Casi veinte años desde la nueva redacción del precepto que regula los requisitos de la prisión provisional, ahí es nada.

                ¿Y por qué me pongo yo a hablar así, sin más, de algo que lleva derogado casi dos décadas? Pues podría decir que porque yo lo valgo, como el eslogan, y no mentiría del todo, pero no se trata de eso. Se trata de que es algo que vuelve a sacarse a colación cada vez que un juez o jueza no mete en prisión a alguien que, según cree quien opina, debería estar entre rejas in secula seculorum.

               Pero vayamos por partes. No está de más recordar que, en el año 92, además de celebrar la Olimpiada, la Expo de Sevilla, y, lo que es mucho más importante, mi entrada en Toguilandia como flamante fiscalita, se introdujo un cambio fundamental en el régimen de la prisión provisional. Dicho cambio consistía en que la prisión preventiva solo podía decretarse previa petición del Ministerio Fiscal o de otra parte acusadora en comparecencia al efecto. Eso no ocurría antes, donde Su Señoría era soberana para decidir sobre libertades o prisiones como medidas cautelares, pero, al introducirse este cambio radical, por más ganas que tenga, ha de quedarse sin firmar ese ingreso en prisión si no encuentra acusador público particular que se lo pida. Y conste que alguna vez me he encontrado con un juez que me ha dicho que “lo hubiera metido en prisión si me lo hubieras pedido”. Pero la legalidad es lo que tiene.

                En cualquier caso, eso de la alarma social como una de las causas por las que podía decretarse la prisión provisional ya venía viviendo horas bajas desde antes de su derogación, porque ya el Tribunal Constitucional había dictado alguna sentencia en la que se veía que no le gustaba mucho la cosa. El mismo Tribunal Constitucional que no se cansa de recordarnos, cada vez que puede, que la prisión provisional no es una pena anticipada, sino una medida cautelar que tiene un propósito determinado, cual es proteger a la víctima del eventual riesgo contra su persona si el sujeto sigue libre, evitar el peligro de que se destruyan pruebas y/o asegurarse su presencia en juicio o, dicho de otro modo, que no tomará las de Villadiego a las primeras de cambio y no lo encontrará ni el Paco Lobatón de los mejores tiempos de Quién sabe donde, ese programa que se dedicaba a buscar gente desparecida. Un programa que, por cierto, nos proporcionó momentos inolvidables, como el de aquella señora que decía a su hermano desaparecido hacía años : “Paco, estés vivo o muerto, ponte en contacto con el programa”. Habría que ver la cara de la señora, y del presentador del programa, si el tal Paco se ponía en contacto con el programa desde el más allá. Pero eso, claro, pertenecería a otra rama del Derecho, la del Derecho de ultratumba, que aun no ha sido convenientemente desarrollado, pero nunca se sabe.

                Pero, volviendo a la alarma social, hay que insistir en que jurídicamente es poco menos que nada, al menos en Derecho Penal. El Derecho Penal se ocupa de hechos constitutivos de delito, y poco debe importarle que ese hecho cause un revuelo sideral o que los medios le dediquen ríos y ríos de tinta. Un ejemplo típico sería el de las okupaciones, que alguien se ha empeñado en vendernos como un delito frecuentísimo y alarmante, cuando la cosa no es para tanto. De hecho, la inmensa mayoría de inmuebles okupados pertenecen a bancos, fondos buitres o están abandonados. Y otros que se pretenden hacer ver como tales no son más que inquilinos que no pagan, para lo cual hay que instar el procedimiento oportuno. Cosa distinta es que otro tipo de alarmas motiven que se le dedique tanto tiempo. Y no me refiero a la alarma social sino a las alarmas que venden las empresas del sector aprovechando que a río revuelto, ganancia de pescadores.

                Otro de los temas donde se vuelve hablar de ello, en una especie de bucle eterno, es en los delitos sexuales. En cuanto se tiene noticia de una violación con tintes escabrosos, se cuestionan las decisiones sobre la situación personal del presunto o presuntos autores, sin pensar en dos cosas esenciales. La primera, que el Derecho Penal no es preventivo sino que castiga conductas concretas, y si no hay suficientes indicios, la presunción de inocencia manda. La segunda, y relacionada con la anterior, que la mayoría de estos delitos están todavía sometidos al régimen de denuncia previa, lo que significa que, sin denuncia de la víctima, no puede haber procedimiento. Esto significa que podemos tener grabaciones o testigos de una violación pero si la víctima no denuncia nuestras manos están atadas. Se puede investigar, pero si la víctima no quiere denunciar no podemos seguir adelante y, obviamente, no podemos meter en prisión a nadie -salvo que hablemos de menores o personas vulnerables en que pude denunciar el Ministerio Fiscal-, por mucha alarma que nos cause. Es lo que hay.

                Poe último, unas palabritas acerca de la famosa valoración del riesgo. La valoración del riesgo, que normalmente hace la policía -aunque también pueden hacerla los forenses- es eso, una valoración del riesgo. Y por más riesgo que crean que existe, no se pude decretar la prisión de nadie por algo que podría hacer pero no ha hecho, si no ha cometido un delito cuya pena sea de suficiente importancia para decretar la prisión. La pregunta del millón es siempre la misma: ¿qué he de esperar, a que me mate? Pues, evidentemente, no, pero hay que dejar claro que en el Juzgado no ponemos medidas preventivas sino medidas cautelares relacionadas con el delito cometido, no con el que pueda cometerse. Para ello hay que acudir a otras instancias, como una vigilancia policial. Algo que hay que recordar cuando en la tele critican a una jueza o juez, o al Ministerio Fiscal, por no haber encerrado a alguien a quien “se venía venir”. Si la víctima no declara o ni siquiera denuncia y no hay más pruebas, por más que nuestro convencimiento personal sea otro, una decisión así no solo no es posible, sino que sería prevaricadora. Tal cual. Aunque nos alarme.

                Y hasta aquí, estas notas sobre esa alarma que ya no tiene efectos jurídicos. Mi aplauso va hoy, en clave de solidaridad, para quienes, en uno u otro momento, han tenido que soportar este tipo de críticas injustas. Bastante tienen -o tenemos- con bregar con nuestra propia impotencia.

Almanaque: cualquier tiempo pasado no fue mejor


Hoy, en nuestro escenario, el estreno de un relato que pudo haber ocurrido no una sino muchas veces. Ojala cosas así no ocurran nunca más

ALMANAQUE

-¿Qué es esto, abuela?

          Mi nieta sostenía en sus manos un viejísimo almanaque. Tenía las hojas amarillentas por el paso del tiempo, y estaba ilustrado con la reproducción de una acuarela de unas falleras de peinetas demasiado grandes y labios demasiado rojos. En concreto, esgrimía con cara de asombro la hoja correspondiente al mes de agosto, con el número dieciséis rodeado con un círculo que en su día debió ser rojo.

            No era la primera vez que alguien me hacía esa pregunta al descubrir aquella hoja del almanaque de falleras de peinetas demasiado grandes y labios demasiado rojos.

-¿Qué es esto, Dolores?

            Todavía podía ver a mi madre, hacía más años de los que querría recordar, con la hoja en su mano y los ojos fuera de las órbitas. Y todavía temblaba al recordar aquel día. El día que cambió mi vida.

            Mi madre estaba fuera de sí. Me miraba con una expresión a mitad camino entre la estupefacción y la furia que no olvidaré jamás. Como tampoco olvidaré su voz al gritarme, una voz que en nada se parecía a la que yo conocía, y menos aún a la que usaba para atender a sus clientas de la panadería.

-Así que era eso -me gritaba- Ahora entiendo porque se te ha puesto esa cara de bollo y ese cuerpo redondo a pesar de que comes como un pajarito. Qué decepción, Dolores, qué decepción más grande

-Lo siento, madre -trataba yo de disculparme- No fue culpa mía, de veras

            Una sonora bofetada me cruzó la cara. El impacto fue tal que se me movió un diente del sitio y comencé a sangrar por la boca. La sangre se mezclaba con las lágrimas y dejaba en mi boca un sabor a hierro y sal que me daba náuseas. Y miedo, mucho miedo.

-¿Y puede saberse quién ha sido el sinvergüenza?

              Tras muchos esfuerzos, conseguí que me dejara explicarme. Entre sollozos, le conté lo que había pasado la noche del 15 al 16 de agosto de 1966, la peor noche de mi vida.

            Aquel día era la festa del pueblo. Había verbena en la plaza, un acontecimiento que esperábamos todo el año como quien espera a Dios. Con la diferencia de que Dios nunca supimos si llegaría, pero la verbena ahí estaba siempre, año tras año, con sus músicos desafinados y sus bailarinas carreras en las medias y con vestidos ajustados, algo que los hombres del pueblo consideraban motivo bastante para gritarles obscenidades y hasta para tratar de pellizcarlas o de meterles mano, a poco que pasaran cerca de ellos.

            Pero a mí todo eso me importaba poco por aquel entonces. Lo que me importaba es que por fin llegaba un día para la diversión, un día en que se me permitía un descanso en aquella rutina odiosa de levantarme a las seis de la mañana para hacer la masa del pan, y pasarme el día despachando en el mostrador mientras la levadura alzaba la masa para volver al obrador en un bucle sin fin. Odiaba tanto el pan, que apenas lo probaba. Y sigo sin hacerlo,

            Aquel día me había puesto mis mejores galas. O, mejor dicho, mis únicas galas. Un vestido de flores bastante anticuado que tanto servía para ir a misa que para bailar en la plaza. Aunque para eso último desabrochaba los botones del cuello sin que mi madre se enterara, y me subía un poco más la falda con unos alfileres del costurero de mi abuela. No estaba bien visto maquillarse, pero me las ingeniaba para conseguir unas mejillas sonrosadas a base de frotarlas y esparcir sobre ella un poco de mi posesión más secreta y más preciada, una barra de labios que compré en una excursión al pueblo de al lado con un dinero que había sisado de la panadería. Fue un riesgo, pero estaba convencida de que valía la pena. Con los labios pintados de rojo me encontraba tan guapa como una artista de cine. Tanto como aquella fallera del almanaque que tenía colgado en mi habitación.

            Me encaminé a la plaza con la ilusión de pasar una noche inolvidable, y, desde luego, lo fue. Pero por algo que en nada se parecía a lo que yo había soñado. Mientras estaba bailando, un chico se acercaba a mí. Debía ser forastero, porque nunca lo había visto, e iba con un grupo de amigos a los que tampoco conocía. Me piropeó y me pidió que bailáramos juntos. Yo le dije que no, porque no le conocía y, sobre todo, porque mi prima Angustias, a la que le habían encomendado que no se despegara de mí en toda la noche, cumplía su función. Pero, en un momento dado, mi prima me propuso separarnos para poder estar a solar con su novio, y yo vi el cielo abierto. Por supuesto, no diríamos nada a nuestras madres, y volveríamos juntas como si nada hubiera pasado. Ese era, al menos, el plan.

            Nada más desapareció Angustias, sonreí a aquel chico y él me volvió a pedir que bailáramos y entonces, por descontado, acepté. Se acercó a mí más de lo que me hubiera gustado y he de reconocer que el aliento le olía a vino rancio, pero quise quitarle importancia. No iba a desperdiciar mi noche con exquisiteces, así que me entregué a aquel baile como si me fuera la vida en ello. Cerré los ojos a la realidad, que no era otra que un tipo que apestaba a alcohol que se me arrimaba sin miramientos, y quise creer que me encontraba ante un príncipe azul.

            Pero el azul de mi príncipe se destiñó pronto y se convirtió en algo muy sucio y muy oscuro. Una oscuridad que iba a durarme mucho tiempo

            El tipo cogió mi mano y me arrastró a un sitio aparatado, lejos de miradas curiosas y de mi prima Angustias, de la que hacía un buen rato que no sabíamos nada

-Vente conmigo. Vamos a alejarnos de todas esas envidiosas que no te quitan ojo

         Dijo exactamente eso. No caí entonces, pero en los miles de veces que he recreado aquella noche espantosa, lo he visto claro. Me envidiaban a mí, pero porque iba con él. Él era el deseado. Yo no valía nada.

            Tal vez si hubiera caído en ese detalle, no hubiera pasado lo que pasó. Pero ya lo dice el refrán. No hay peor ciega que la que no quiere ver.

            Lo que ocurrió a continuación se mezcla en mis recuerdos, Todavía no puedo, a pesar de todos los años que han pasado, recordarlo sin que las ganas de vomitar se mezclen con las lágrimas hasta paralizarme. Como entonces.

            Llegamos a nuestro destino, que resultó ser el bar de los padres de un amigo suyo. Estaba cerrado, pero el amigo se asomó a la puerta y nos dijo que entráramos, que nos estaban esperando hacía rato. Y, como de la nada, aparecieron un par de chicos más, unos chicos a los que jamás había visto más allá de ese día en la plaza. Empecé a asustarme. ¿qué hacían todos ellos allí? ¿Qué iban a hacerme?

-Me voy a casa -dije tratando de salir de allí- No me encuentro bien

-No te asustes. Solo vamos a pasar un buen rato

           Aquella frase confirmó mis temores. Ellos iban a pasar un buen rato, no yo. Me puse a temblar sin remedio. Fue entonces cuando él abandonó su faceta amable y se quitó la careta. Me cogió con fuerza de los hombros

-Ven aquí, zorra. Vamos a dejarnos de jueguecitos cursis y vamos a lo que vamos

           El hijo del dueño del bar me sujetó de los brazos y los otros dos chicos me agarraron las piernas. Ya no tenía escapatoria, así que solo deseaba con todas mis fuerzas que aquello acabara pronto, lo más pronto posible. Que acabara el dolor, y el asco, y la vergüenza.

            No tuve suerte y no se me concedió aquel deseo. Quien yo había creído mi príncipe azul me penetró, sin siquiera quitarme el vestido. Solo me arrancó las bragas y me remangó la falda hasta taparme la cara

-Prefiero no ver tu cara de puta. De puta fea.

              Noté un dolor fuerte, un desgarro que hizo que la sangre resbalara entre mis piernas. A partir de ahí ya apenas recuerdo nada. Solo las embestidas de aquellas bestias, que se turnaban para penetrarme, y el frío del suelo donde me dejaron tirada, en la calle de detrás. Tampoco sé muy bien cómo di con mi prima Angustias, pero nunca olvidaré, en cambio, su reacción

-¿Qué has hecho, loca? ¿Sabes la bronca que me va a caer por tu culpa?

               No tenía ni idea, y tampoco me importaba, Y no llegué a saberlo nunca porque aquella frase fue la última que intercambiamos mi prima y yo. Nunca volvió a dirigirme la palabra.

            Conseguí alcanzar mi cama sin que mis padres se dieran cuenta de nada, Fue entonces cuando rodeé con un círculo rojo aquella fecha en el almanaque que había en mi habitación. Ese almanaque de falleras con peinetas demasiado grandes y labios demasiado rojos que le dio la clave a mi madre para descubrirlo todo.

            Cuando ella me preguntó por el almanaque, yo ya no tenía duda de que estaba embarazada. No había logrado deshacerme de aquello por más golpes que me di, por más vendas que me puse, por más oraciones que recé. Aquella criatura se obstinaba en sobrevivir

-Hay que hacer algo -dijo mi madre con voz áspera- Diremos que te preñó un forastero con la promesa de casarse contigo y luego te abandonó

-Pero, madre, eso no es cierto. Yo no tengo la culpa de lo que me hicieron

-¿Cómo que no? Seguro que provocarías a aquellos chicos, sino no te hubieran cogido. Y si no fue así, tampoco lo creerá nadie. Mejor que te tomen por una tonta engañada que por una cualquiera

-Pero, madre….

-No hay más que hablar. A partir de ahora se hace lo que yo diga. Y a tu padre le explico yo. Tú callada. Y a obedecer sin chistar. Qué vergüenza, hija mía, qué vergüenza…

           Aún me dolían aquellas palabras, la antesala de lo que iba a ser mi vida. Una vida marcada por una violación de la que me culpaban a mí en vez de ellos.

-¿Y la niña, abuela?

-La niña, como habrás adivinado, era tu madre. Al principio no quería ni verla, pero. cuando tenía cuatro años, mi madre le pegó una bofetada por no sé qué tontería, y me dolió como si su manaza hubiera impactado en mi cara. Entonces comprendí que aquella criatura no tenía ninguna culpa, como no la tuve yo. Y no iba a pagar por algo que no había hecho, como llevaba pagando yo toda mi vida. No le destrozaría la vida a mi hija, como mi madre me la había destrozado a mí. Por eso me fui de esta casa, que no había vuelto a pisar hasta hoy

             Mi nieta me abrazó, sin decir nada y lloramos las lágrimas que teníamos atascadas en el alma tanto tiempo. Su madre, mi hija, nos había dejado hacía un mes por una maldita enfermedad, y habíamos ido a esa casa que me pertenecía por herencia para ponerla por fin en venta.

            Giré la llave en su cerradura por última vez mientras mi nieta me cogía la mano. En su puño guardaba, arrugada, la hoja del almanaque que yo había tirado a la basura un rato antes. De un almanaque con falleras con peinetas demasiado grandes y labios demasiado rojos

Abrumada: mil gracias


              El género autobiográfico es uno de los más difíciles de cualquier vertiente artística. Quien escribe sobre sí misma se derrama en cada palabra hasta quedarse exhausta, y los sentimientos salen a flor de piel. Tengo claro que no soy Almodóvar rodando Dolor y gloria, ni tampoco pretendo serlo, pero hoy toca hablar de mí misma. Y de mucha más gente.

              En nuestro teatro somos gente poco dada a expresar sentimientos. Poco o nada. Y además tenemos la mala costumbre de quejarnos cuando las cosas están mal pero no decir nada a quien las hace bien. Y de vez en cuando, viene bien una palmadita en la espalda.

              De eso era de lo que quería hablar precisamente hoy. Esta semana fui objeto de una canallada. Quede claro que, pese a ser yo fiscal y este blog hable de Derecho, me cuido muy mucho de calificarla jurídicamente. Tiempo habrá para ello por quienes corresponda, en cuyo oficio confío a pies juntillas, como no podía ser de otra manera.

              La canallada en cuestión consistió -y consiste- en la obra de un incalificable sujeto que abrió una cuenta en Twitter con mi imagen y mi nombre de pila, donde me llamaba “fiscal feminazi” entre otras lindezas y donde se dedica a emitir mensajes que, sin ninguna duda, me desprestigian. O, mejor dicho, pretenden hacerlo porque, visto lo visto, no lo ha logrado. Le molesta al sujeto en cuestión que me dedique a luchar por la igualdad y a combatir la violencia de género. Y llega hasta el punto de utilizar el asesinato de una niña de 6 años por su madre para escupir su veneno y su inquina.

              No voy a extenderme más en lo negativo, porque lo que de verdad me interesa es lo positivo. Porque, como dice una buena amiga, la verdad solo tiene un camino y, como dice mi madre, de una cosa mala pueden salir varias buenas.

              La existencia de dicha cuenta llegó a mi conocimiento casi al mismo momento de abrirse, y también llegó al de otra persona, que no sé si decir que actuó más como profesional que como amiga o, al contrario. Loreto Ochando, periodista de El Plural y colaboradora de otros medios, cuya amistad me precio de tener, me llamó inmediatamente. Esto hay que sacarlo, me dijo, no puede quedar así. Y yo, pese a que soy más de aplicar lo de “no hay mejor desprecio que no hacer aprecio” acabé dándole la razón. La cosa había traspasado unas cuantas líneas rojas, y no podía quedar en nada. Ni ella ni yo podemos permitirnos gritar a los cuatro vientos que hay que denunciar los atropellos y luego no hacerlo cuando nos escuece.

              La reacción fue inmediata y absolutamente abrumadora. Ya se ha hablado de ello desde un punto de vista objetivo, citando las personalidades de muchos ámbitos que demostraron públicamente su apoyo, pero yo hoy quiero contar la parte subjetiva, la de cómo me hicieron sentir. Espero ser capaz de transmitirlo, aunque no es fácil.

              No sé si alguien se pude hacer una idea lo que supone para una fiscalita toguitaconada que cada semana se asoma a estas páginas para contar cosas de su oficio, verse de repente arropada por tierra, mar y aire. La delegada de gobierno para la Violencia de Género, la Ministra de Justicia, miembros de las Cortes Valencianas o concejales de mi ayuntamiento eran la punta de lanza, junto con periodistas, escritores y un montón de gente. Juristas de todas las procedencias y todos los colores, incluso los que se encuentran años luz de mí, mostraban su adhesión pública y privadamente, sin fisuras. También lo hacía la asociación de fiscales a la que pertenezco, la Unión Progresista de Fiscales, la Asociación Mujeres Juezas y Jueces y Juezas para la Democracia en un comunicado que agradezco enormemente.

              Pero tal vez lo que más me impresionó fue el apoyo institucional, desde el primer momento, de la Fiscalía General del Estado. Por una vez el refranero se equivoca a decir que “nadie es profeta en su tierra”. Y, por descontado, de mis jefes, tanto de la Fiscalía Provincial como de la Superior. Y tal vez lo que más me gusta de ello es que han valorado mi actuación como fiscal más allá de hacer juicios o estar en la guardia. Y eso, como dice el anuncio, no tiene precio.

              Todavía humea mi móvil con mensajes privados de apoyo, de ánimo y de reconocimiento, todavía me siguen llegando palabras de aliento y de cariño. Todavía sigo abrumada

              Por eso, no podía hacer otra cosa que dedicar el estreno de hoy a decir “gracias”, con una imagen de mi querida @madebycarol que siempre pinta mis pensamientos como si estuviera dentro de mi cabeza. Para ella y para todas las personas que me habéis demostrado que no estoy sola, va el aplauso de hoy. No nos callarán, por más que nos insulten y nos pisoteen. No nos callarán porque la razón está de nuestro lado.

Dolo: la intención


              Hay quien sostiene que para hacer algo, solo hay que quererlo y poner toda la carne en el asador para conseguirlo. Y aunque tiene un punto de razón, querer no es suficiente. Más de una vez he visto películas donde se pretendía hacer una obra de miedo y acaba resultando una comedia descacharrante porque sus personajes o situaciones no daban miedo sino risa. Y otro tanto cabe decir de los dramas: hay quien, pretendiendo hacer un dramón tipo Lo que el viento se llevó no se queda más allá de Los albóndigas en cualquiera de sus entregas. Aunque es casi peor lo contrario: hacer reír y no lograr más que hacer llorar de pena. Y es que la intención es importante, pero no lo es todo. Ni mucho menos.

              No obstante, si hay algún ámbito sonde la intención es fundamental, es nuestro teatro. Tanto es así que se puede llegar a dar muerte a alguien sin tener la mínima intención de hacerlo, y viceversa. Y el Derecho Penal ha de atender forzosamente a esa intención para calificar los hechos e imponer la pena. Es eso consiste el dolo, aunque no siempre es fácil de entender. Ya dedicamos un estrene a la subjetividad pero había que abundar más

              El dolo, en una primera aproximación muy de andar por casa, se puede entender como la intención de causar un mal determinado. Por supuesto, puede causarse o no, según lo atinado del autor y lo favorables o adversas de las circunstancias. Para eso están, precisamente, lo grados de ejecución del delito, lo que en Derecho llamamos Iter criminis. Porque se pude querer matar a alguien, tener una pistola fantástica para hacerlo y una puntería excepcional, y atascarse el cargador. O, al revés, puede no tenerse ninguna intención de matar a alguien cuando se arroja una piel de plátano al suelo, pero tener tan mala fortuna que alguien la pise y se dé contra un bordillo, fracturándose el cráneo.

              Estos ejemplos son, desde luego, extremos, y por tanto fáciles de deslindar. Pero las cosas no suelen ser tan sencillas. Pensemos en quien conduce un coche con una velocidad excesiva y, al no poder frenar a tiempo, atropella al niño que corría a la calzada a recoger su pelota. Está claro que el sujeto no tenía intención ninguna de matar al niño, aunque el hecho de conducir demasiado rápido haya desencadenado el fatal desenlace, más aún si la conducción se hacía tras haber ingerido alcohol o drogas. Pero, aunque los padres del niño, en una comprensible reacción, griten “asesino” al autor, como hemos visto más de una vez en imágenes de informativos, no es así. Será, como mucho, autor de homicidio, y no a título de dolo sino de imprudencia, porque no tenía intención de matar al niño ni a nadie. Lo cual no significa que no tenga su merecido, puesto que los homicidios imprudentes también están castigados en el Código Penal.

              Cuestión diferente es la de la persona que tiene toda la intención del mundo de matar a alguien, pero utiliza unos medios que no matarían ni a un mosquito. Es el caso, que siempre nos ponían en las clases de Derecho Penal para hablar del error, de hacer vudú o echar mal de ojo. Así que aquí, a pesa de que el dolo existe, no hay delito. Porque el Derecho Penal sanciona acciones, no pensamientos. De ahí el brocardo “cogitationem nemo patitur” -el pensamiento no delinque-, toma latinajo . De modo que podéis seguir imaginando que matáis a vuestro jefe, o a cualquier otro que eso no computa. Y hasta sirve de desahogo.

              En otras ocasiones la cosa se pone más peliaguda. Proporcionar una sustancia a alguien que es alérgico será o no delictivo dependiendo de que quien lo haga conozca la existencia de la alergia y, por supuesto, se pruebe, que la presunción de inocencia es lo que tiene. Un caso parecido al de quien da un disgusto al enfermo de corazón que sufre un infarto, en que conocer la dolencia y la capacidad objetiva de la noticia de causar ese mal determinará la existencia o no de dolo

              Y, aunque no solo de matar vive el Derecho Penal, es lo más fácil de probar. Porque cuando nos metemos en terreno resbaladizo como ocurre con los delitos contra la libertad e indemnidad sexual, la cuestión se complica aún más. Por supuesto, no con una violación violenta con penetración, pero sí en otros supuestos. ¿Cómo distinguimos la palmada en el trasero de una subordinada que pude ser, según la intención, una vejación, un mal trato de obra, una agresión sexual, un acoso o un mero accidente? Pues por el dolo, aunque la práctica lo pone complicado. Pero si no fuera así, cualquiera podría ser juez o jueza. ¿no?.

              Los delitos contra el patrimonio, por su parte, requieren de un dolo específico, el ánimo de lucro.  Si alguien coge una crema en un supermercado y no la paga, puede haberse olvidado o hacerlo deliberadamente. Incluso puede haberse olvidado y, al darse cuenta, en vez de devolverlo, decidir quedársela. Y eso es el ánimo de lucro, ese dolo específico para cometer el delito. Que se lo digan si no a alguna política de pro grabada in fraganti.

              Por si fuera poco, hay categorías intermedias, también dolosas y también castigadas. Por una parte, el dolo de segundo grado, del que sería ejemplo paradigmático el del terrorista que quiere matar a su objetivo, pero no le importa matar para ello a su chófer o a su hija que estaba con él, y que también habrá de responder a título de dolo de ambos asesinatos.

              De otra parte, el llamado dolo eventual, que existe cuando el sujeto se presenta un resultado como probable y aun así actúa asumiéndolo. Sería el caso de quien abre la espita y gas o prende fuego a un edificio habitado sin comprobar que había gente dentro, e incluso del de aquellos a quienes “se les va la mano” con prácticas sexuales peligrosas que pueden llevara a la muerte y, de hecho, la producen. Ni que decir tiene que en este caso y en el anterior se responde y se castiga por dolo.

              Y, para acabarlo de arreglar, el dolo no solo puede ser penal. También puede darse en el ámbito civil, pero si es difícil distinguirlo en el ámbito criminal, en el civil ya es para nota. Quedémonos con la idea de que es la intención de causar daño deliberadamente con una acción que no es delictiva, pero perjudica a otro

              Hasta aquí, estas pequeñas pinceladas para hablar del dolo, una de las claves del Derecho Penal. Y, por cierto, uno de los temas que más salen en la oposición, aunque no quiero ser malpensada. Solo resta el aplauso, y hoy se lo dedicaré a quienes, día tras día, se ven obligados a distinguir dolo de culpa, dolo civil de dolo penal, hechos punibles de otros que no lo son. ¡Qué tarea más difícil e importante!

Fiscales en Teruel: claro que existe


              Son muchas las películas que plasman encuentros entre compañeros y compañeras de cualquier ámbito muchos años después, y las sorpresas -o no- que esos encuentros suscitan. Los americanos, con sus anuarios y sus graduaciones y bailes espectaculares son muy dados a ello, como en Peggy Sue se casó, pero no hace falta estar en USA para vivir etas experiencias. Aunque, en este caso, también empezó todo en algo Nacido el 4 de julio.

              En nuestro teatro, no siempre somos proclives a celebraciones. De hecho, anticipaba lo que íbamos a vivir en Teruel a otras compañeras y me decían que sus promociones no habían hecho nada de esto. Y es que, claro, permitidme que saque pecho, pero no son de la XXXVI de fiscales y, sobre, todo, no tienen a nuestro número 1 en todos los sentidos, Jorge, para fabricar recuerdos que nos acompañarán nuestras vidas. Casi nada.

              Seguro que, llegado este punto, pica la curiosidad para saber en qué consistieron los fastos del 30 aniversario de mi promoción de fiscales, una promoción que, como he adelantado, nació oficialmente el 4 de julio de 1992, el día en que supimos oficialmente que éramos fiscales, día, además, del cumpleaños de una de nuestras compañeras, que recibió el mejor de los regalos.

              El lema del evento, como no podía ser de otro modo, era “del boli bic a la fiscalía digital” y es que, si una reflexiona sobre los cambios que hemos vivido, da hasta vértigo. Ya hice algún avance al respecto en el estreno en que reproducía el monólogo que me llevé a Teruel como pequeña contribución a la causa.

              Ha sido un fin de semana entero, y e ha hecho corto. Un fin de semana en el que regresamos, de golpe, a quienes fuimos hace 30 años, a esas criaturas que no habíamos cumplido los 30, sin canas, ni arrugas y con todo el pelo, criaturas que no nos preocupábamos del colesterol ni de los hijos ni de otra cosa que debatirnos entre celebrar haber aprobado y prepararnos para la que se nos venía encima.

              Pero, si una cosa quedó clara de todas las intervenciones que hubo, preparadas o espontáneas, fue que a pesar de que nuestros cuerpos ya no son los mismos, la ilusión permanece intacta. Y las ganas. Aun resuena en mi cabeza algo que contaba una de mis compañeras, cuyos padres le decían “Hija, es que esto es muy importante, vas a pode ayudar a la gente”. Y es así. Una sencilla frase que resumen la grandeza de nuestro oficio.

              Pero que nadie crea que estuvimos en todo momento haciendo cosas profesionales y profundas y mirándonos el ombligo. Nada de eso. Por eso os lo quiero contar, aunque muráis de envida. Para compartir mi alegría, que siempre es bueno.

              La cosa empezaba fuere. Quienes llegamos el viernes, tuvimos el gusto de asistir a una cena animada con las canciones de Benito, nuestro otro anfitrión de Teruel, cuya voz y guitarra no han cambiado un ápice. El folklore combinado con el humor es una fórmula más que recomendable. Yo la recetaría en la Seguridad Social para más de uno de esos males del alma que tanto proliferan.

              La visita a Teruel de la mañana siguiente merece mención aparte. No queda detalle de la historia de los famosos amantes, del Torico y sus vicisitudes o de la techumbre de la catedral que no nos hayan contado con todo lujo de detalles. Nos han convertido en fans del mudéjar en un nanosegundo, con la inestimable colaboración de la alcaldesa, que nos recibió como una estupenda anfitriona en el Ayuntamiento. Y como colofón, una comida copiosa y exquisita al mejor estilo de Teruel, como debe ser.

              Pero, con todo, eso no era más que el aperitivo. El plato fuerte, después de la imprescindible siesta, programada, por supuesto, en el guion de actividades, venía luego. A partir de las seis de la tarde el Casino era testigo de un evento inolvidable que empezaba saldando una deuda histórica con nuestra promoción. Asistimos a una nueva entrega de despachos donde el ministro de entonces, De la Quadra Salcedo, apareció en una edición remasterizada que ni el Ministerio del tiempo, acompañado de una versión mejorada de la reina Sofía que nos explicaba que su marido se había perdido en la España vaciada.

              Tuvimos nuestros diplomas, algunos de los cuales pasaron a formar parte del contenido de la cápsula del tiempo, que abriremos dentro de cinco años por petición popular, aunque su primera previsión era esperar un decenio. Y, para no faltar detalle, recordamos con emoción a quienes nos dejaron, Jana y David, y también a quienes por una u otra razón no habían podido acompañarnos. E, inevitable tratándose de fiscales, hicimos unos cuantos informes más o menos inspirados, de lo cual dejó buena nota Jaime, nuestro particular notario. Y proyección de fotos de ayer y de hoy Que no nos falte de na. Ohh, cómo hemos cambiado, aunque no pueda decirse en este caso que haya quedado lejos aquella amistad

              No nos faltó cena y baile, que lo cortés no quita lo valiente. Al ritmo de Amazónico, nos contorsionamos con todo tipo de temas, desde Nino Bravo hasta Reggaetón. Amigos para siempre, sin duda, homenajeado a ese 1992 que nos cambió la vida.

              Un fin de semana maravilloso, como comprobamos en los mensajes que seguimos mandándonos al grupo de whatsapp. Y, aunque confieso que mi aguante no es como el de entonces, como me demostró mi cuerpo el domingo por la mañana, todavía luzco una sonrisa de boba que no se me borra

              Por eso, el aplauso de hoy es para toda mi promoción de fiscales, la XXXVI, y especialmente para Jorge. Como te dijimos, gracias por cuidar de nuestros recuerdos y de nuestra ilusión