Vestuario: con mi toga y mis tacones


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Pocas cosas hay más importantes en un espectáculo que el vestuario. Desde los taparrabos de 2001 Odisea del Espacio a las futuristas Mad Max, pasando por todo tipo de vestuario de época. ¿Qué sería de Las Amistades Peligrosas sin sus fantásticos trajes de época, o de Cotton Club sin sus vestidos de charleston y sus zapatos bicolor? ¿Cómo podríamos creer en una película de médicos sin batas blancas y trajes anti ébola como Contagio o en los juicios de Nuremberg de Vencedores y Vencidos sin sus togas? Hasta el propio vestuario da título a algunas películas, con toda la carga que tiene, por ejemplo, el traje de la infamia de El Niño con el Pijama de Rayas.

Pues claro. El hábito no hace al monje, pero no hay monje creíble sin hábito. Otra cosa es que no sea monje quien el hábito viste, como si de Sister Act se tratara, pero ese es otro cantar. Nunca mejor dicho

Nuestro teatro tiene un vestuario muy definido. Tanto, que con él le he dado nombre. Y ya hemos hablado de togas  y puñetas, ese parte imprescindible de nuestro espectáculo. Y de los tacones  que, aunque no sean imprescindibles, ayudan a pisar fuerte por estas tablas que tanto dan sinsabores como alegrías.

Todos estamos acostumbrados a ver esas películas anglosajonas donde los jueces llevan peluca y toga con unas chorreras de puntillas que da gloria verlas –aunque menos debe dar almidonarlas, vaya-. Aquí no hay pelucas. Lo digo y lo repito. Aunque sé de algún juez que estaría encantado de ello para disimular la calvicie o de algún otro u otra al que le ahorraría más de un paso por la peluquería. Pero nada. Aquí pelo al viento que, aunque en algún momento se usó birrete, hoy está en desuso. O, en mi caso, gafas de sol a modo de diadema que, aunque no resulten demasiado ortodoxas y me valgan algún rapapolvo de una querida amiga, son parte casi indispensable de mí misma. De hecho, recuerdo un juez que, tras haber requerido airadamente al acusado para que se quitase las gafas de sol, tras mirarme de reojo, añadió “porque en esta sala solo tiene derecho a llevarlas el Ministerio Fiscal”, ante la cara de estupefacción del acusado que, obediente, acabó por guardarse las lentes en el bolsillo. En mi defensa diré que, a diferencia de él, yo iba como un pincel, mientras que el muchacho había aparecido en bañador bermuda, camisa hawaiana luciendo pelo en pecho y chanclas, con lo que las gafas de sol eran una mera anécdota.

Pero lo bien cierto es que mucho se ha hablado sobre el vestuario. Es incontestable que atrás quedaron los tiempos de ir casi uniformados, la época de ir vestidos con traje oscuro, camisa blanca y corbata negra. Los tiempos avanzan y hoy en día se puede ir perfectamente adecuada a las circunstancias sin necesidad de parecer un revisor de tren. Y forzar las cosas puede llevar a extremos que rozan el ridículo.

Recuerdo un contencioso que tenía un juez con un letrado, allá por los tiempos de mi primer destino. El letrado en cuestión solía vestir de colores llamativos y llevar sandalias tipo nazareno –cosa en cierto modo comprensible habida cuenta la temperatura y la carencia de aire acondicionado-. Pues bien, el juez, algo rígido en este extremo, llamaba la atención al abogado y éste protestaba diciendo que si había normas de vestuario las pusieran en sitio bien visible. El magistrado recogió el guante y al día siguiente colgó un cartel que prohibía la entrada al juzgado a los letrados que no llevaran corbata ni calcetines. Y el abogado, ni corto ni perezoso, apareció por allí con bermudas y sandalias con calcetines blancos, como si fuera un turista japonés en pleno tour fotográfico. Eso sí, lucía una flamante corbata con estampado estraboscópico que aún me da dolor de cabeza con solo recordarla.

Y es que una cosa es vestir de un modo correcto o adecuado a las circunstancias y otro exagerar la nota hasta el paroxismo. De una y otra parte. Como exagerada, rocambolesca y hasta insultante resultaba cierta normativa que pretendieron implantar no hace mucho que, bajo la rúbrica genérica de “vestir con decoro” hacía referencia, incluso, a la depilación o al olor corporal. Tal como lo cuento.

Y ojo, reconozco que las mujeres lo tenemos más fácil. Nuestro vestuario, al no tener el estereotipo de la chaqueta y la corbata, nos permite mucha más flexibilidad que el de los varones. Y se agradece en esos tiempos en que las temperaturas hacen estallar el mercurio y los aparatos de aire acondicionado, si los hay, no dan de sí lo que debieran.

Pero no olvidemos que nuestro uniforme de trabajo es la toga, aunque solo lo es en los juicios y en los actos oficiales. Y que con ir ataviados de un modo digno hay más que suficiente, que ya somos mayorcitos. Y si nos tuvieran que dar normas estrictas y detalladas, sería para hacérselo mirar. Con la de cosas que hay esperando una regulación adecuada.

Así que hoy el aplauso es para mi toga y mis tacones. Pero sobre todo para los que andan dentro de esas togas, sea con mocasines, manoletinas o botas, con traje de chaqueta o jersey, con camisa o vestido, pero, en cualquier caso, con el cerebro y el corazón prestos a hacer justicia. Porque eso es lo que cuenta.

 

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