Puntualidad:¿posible?


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Los artistas tienen fama de anárquicos. Todos hemos oído historias –reales o leyendas- de divos o divas que se permitían llegar horas tarde a los ensayos so pretexto de ese divismo. Y, por supuesto, si la estrella es tan rutilante que sus extravagancias compensan los ingresos que reporta, se le consiente. Pero los caprichos no duran muchos. Y como El Ocaso de los dioses llega, tal como Ha nacido una estrella, su brillo se apaga y no hay capricho que se le aguante. Y al final es lo de siempre: lo duro no es llegar, es mantenerse. O ambas cosas, vaya.

Ya sabemos que eso de la puntualidad parece tener nacionalidad. La puntualidad es británica por antonomasia. Como el Te de las Cinco. Al igual que la disciplina es germánica. Para los españoles parece que queda la jarana y la fiesta, como el título de aquella película Siempre es domingo. Y ojo, no solo nacionalidad. Seguro que quien resida en mi tierra sabe qué es eso del horario fallero, voz que asimilamos a llegar siempre una media hora más tarde de lo que se dice, y sabiéndolo además.

Y la verdad es que algo tiene de cierto eso de “Cría fama y échate a dormir”, porque por más que las cosas se hagan a tiempo no nos quitamos de encima el sambenito de ser impuntuales, tardones y hasta maltrabajas. Aunque esté comprobado por una estadística reciente que los españoles somos quienes más horas trabajamos de toda la Unión Europea. Quizá sea cuestión de calidad y no de cantidad, pero de todo hay en botica.

El caso es que en nuestro teatro de eso de la puntalidad se habla mucho. Y nos quejamos mucho, y no sin  razón. Porque todos hemos vivido situaciones en que juicios señalados a una hora empiezan horas más tarde, con la consiguiente desesperación de profesionales y justiciable, viendo como desperdician el tiempo en los pasillos que anteceden a los juzgados y salas de vistas. Pero ¿es esto tan cierto como se dice? ¿es evitable?. Pues si y no, ni blanco ni negro. Como casi todo en la vida.

Es cierto que los señalamientos suponen hacer casi un ejercicio de adivinación, y que el juez o el LAJ que se encargan de organizarlos deberían tener una bola de cristal o las dotes del Mago Merlín para acertar con la duración da cada juicio y el lapso conveniente entre éste y el siguiente. Porque claro, se calcula que un juicio va a ser largo y se suspende o hay una acuerdo y se queda ahí un hueco tremendo. O al revés, se intuye que no va a ser nada y la cosa se complica…Recuerdo un LAJ, en los tiempos en que se llamaban secretarios judiciales, al que se le notaba de inmediato que el juicio se había ido de sus previsiones porque empezaba a mover nervioso la grapadora, las gomitas con las que se sujetan las carpetas y la caja en la que llevaba toda clase de adminículos de papelería. Era ver ese movimiento y saber que la mañana se había fastidiado.

También recuerdo que en los inicios de pasear mi toga y mis tacones por la Ciudad de la Justicia de Valencia, nos pusieron unos preciosos paneles, como si estuvíéramos en un aeropuerto, donde se suponía que constaría el número de sala y el estado del juicio. Como el “delayed” o “embarcando” de los aeropuertos. Permaneció allí, con sus pantallas y sus lucecitas durante mucho tiempo sin que nadie jamás lo viera en uso, hasta que un buen día despareció no sabemos cómo. Dicen las malas lenguas que tal vez al aeropuerto de Castellón, donde su utilidad sería segura por mucho tiempo… Pero yo me quedé con las ganas de sentarme con mis palomitas preparadas esperando a que esperara el juicio como si de un multicine se tratara.

Pero no todos los retrasos son por imponderables. Aunque jueces o fiscales cargamos con fama de tardones, de todo hay en la viña del Señor, pero mucho tiene de leyenda urbana. Y también pueden llegar tarde otros, con o sin culpa. Los Abogados, por ejemplo, cuando se ven obligados a hacer prestidigitación porque se les solapan los señalamientos y todo el mundo enarbola la bandera de su preferencia. El juicio de Salomón y el agobio, del que ya hablamos aquí.

Y también el justiciable. Aunque hay gente muy puntual y correcta, hay quien ve normal llegar tarde a un juicio, sobre todo algunos de los clientes habituales de la casa, que si una se descuida hasta se indignan si hemos empezado a tiempo sin que hubiera llegado. Y por más que les explico que si esto fuera el médico de la Seguridad Social se le habría pasado su hora y no lo habrían atendido, más de uno ha montado un zapatiesto al respecto. Sobre todo en los recordados juicios de faltas, donde una incomparecencia determinaba el sentido del fallo en muchos casos.

Así que hoy el aplauso va dirigido a todos aquellos que tienen la puntualidad como costumbre y hacen uso de ella. Y, por supuesto, a la paciencia de quienes tienen que aguantar retrasos inevitables y lo hacen con comprensión. Y con educación. Que no falte.

 

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2 pensamientos en “Puntualidad:¿posible?

  1. Pingback: Horario: la cuadratura del círculo | Con mi toga y mis tacones

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