SIDA: ayer y hoy


            Quienes tenemos cierta edad, recordamos con horror las noticias sobre la epidemia que nos sacudió entre finales de los 80 y los 90: el SIDA. Aquella enfermedad desconocida parecía atacar solo a ciertas personas hasta que, de repente, había famosos que reconocían padecerla y acabó con ellos. Yo recuerdo especialmente las fotografías de un Rock Hudson esquelético, aunque mucha gente recuerda más el caso de Freddy Mercury. Sea como fuere, aquello llegó para quedarse y pronto el cine se hacía eco de ello en películas como Philadelphia, Pride y, por descontado y más recientemente Bohemian Rhapsody, que contaba la vida del líder de Queen.

            En nuestro teatro pronto nos percatamos de los efectos de SIDA. Aparte de quienes, a uno u otro lado de estrados, perdieran la vida o vieran como la perdían familiares y amigos, aquella enfermedad maldita tuvo enormes efectos en la población delincuente de toda una época y, por tanto, en nuestras funciones. No podía ser de otro modo.

            Cuando yo aterricé en Toguilandia, ya estaba consumado en numerosos casos un matrimonio mortal: drogadicción y SIDA. A los terribles efectos de la heroína, que había causado estragos a varias generaciones, se unía un aliado de la muerte todavía más letal, el VIH. La enfermedad se transmitía, entre otras causas, por la sangre, y las condiciones faltas de higiene en que los adictos compartían jeringuillas les hacía compartir también un destino fatal.

            Las cárceles por aquel entonces estaban llenas de personas que eran drogadictas y delinquían, un binomio de difícil separación. En estos casos, nunca se sabía si fue antes el huevo o la gallina. Había quien delinquía y en ese ambiente comenzaba a consumir, y quien consumía y se veía obligado a delinquir para financiar su adicción. Generalmente, ambos factores se unían y acababa siendo la pescadilla que se muerde la cola, entrando en un bucle infernal del que era muy difícil salir.

            Todavía recuerdo con un nudo en la garganta la angustia de esas madres -también padres, pero sobre todo madres- destrozadas por esa adicción de su hijo, que le convertía en un ladrón incluso en su propia casa. Coches destrozados, joyeros heredados vaciados y mil cosas más componían ese mapa. Y a ese mapa sed añadía una enfermedad mortal, que obligaba a cuidar al hijo hasta sus últimos suspiros. Por el camino, ingresos voluntarios o involuntarios en instituciones que en muchos casos no hacían sino alargar la agonía.

            Así las cosas, aquello tenía varios efectos en nuestro trabajo. En primer término, y junto con la drogadicción con la que formaba siniestra pareja, constituían una atenuante, bien por la adicción en sí, bien por el síndrome de abstinencia, o bien por la alteración psíquica. En una fase posterior, y una vez en prisión el avance entonces inexorable de la enfermedad hacía que requirieran cuidados especiales y que, en muchos casos, se pidiera su excarcelación por motivos humanitarios. En otros muchos, firmábamos archivos de ejecutorias y sobreseimientos en diligencias previas con inusitada frecuencia por muerte del imputado. Recuerdo que hubo una época que no pasaba un día sin haber firmado un archivo por defunción.

            Por supuesto, esa no era la única causa de transmisión, aunque por lo que a nuestro teatro afecta, sí que era la más frecuente. Otra vía eran los pinchazos accidentales del personal sanitario que, aunque no fueran a la vía penal, podía dar lugar a peticiones de indemnización en la vía civil e incluso contenciosa. Ya sabemos que no solo de derecho penal vive el jurista.

            Aunque los pinchazos no solo eran accidentales. Era tal el clima de terror que causaba solo nombrar a la enfermedad que las jeringuillas ensangrentadas se convirtieron en el arma óptima para cometer atracos bajo la amenaza de pinchársela a la víctima.

            Y si de pinchazos hablamos, no puedo dejar de nombrar un macrojuicio que tuvo lugar en Valencia y repercusión en toda España. Se trataba del enjuiciamiento -y condena- de un anestesista que se prevalía de su posición para conseguir sus dosis de los goteros de sus propios pacientes, lo que propició un masivo contagio de hepatitis B del que todavía se habla, y se sufre. Cierto es que no se trataba de SIDA sino de hepatitis, pero por su relación con jeringas, contagios y adicciones no podía dejar de citarlo.

            No obstante, el caso relacionado con el SIDA más curioso y duro a un tiempo fue el relacionado con otro tipo de delitos. Un sujeto, tras conocer a una chica en un local de ocio, entendió que su sola amabilidad era suficiente para tener sexo con ella, aunque ella se negara desde un primer momento. La chica no solo manifestó su negativa, sino que le advirtió de que ella era seropositiva, lo que no provocó sino la furia de él que, además de penetrarla, la golpeó varias veces. El destino quiso que el sujeto se contagiara y no solo eso, sino que ese contagio evidenciado en las pruebas biológicas fue la prueba definitiva pata condenarlo por violación. La justicia o la injusticia divina hizo que él muriera en prisión.

            Ahora, cuando la enfermedad tiene un tratamiento que, si no la cura, la convierte en crónica, parece que, al menos en esta parte del globo terráqueo -en otros países de otra parte del mundo todavía es una plaga mortal en muchos casos- el VIH ya no debería suponer un problema para nadie. Sin embargo, me contaba un compañero hace poco de un caso de discriminación en un gimnasio de una persona a la que se aisló del resto de clientes cuando comunicó la circunstancia. Ignoraban que el SIDA no se contagia de ese modo, e ignoraban también que discriminar por razón de enfermedad puede ser constitutivo de un delito de odio.

            Por último, para quitar un poco de hierro al asunto, recordaré una pequeña anécdota, la del investigado que contaba a todo el mundo que tenía el VHS. Para quienes nacieran después de los dolores, como diría Chiquito de la Calzada, he de aclarar que eso era un sistema de vídeo, que era como veíamos las películas por aquel entonces. Y aunque me arriesgue a que alguien más joven me contenten con ese “ok boomer” que he oído más de una vez, asumo el riesgo. Intrépida que es una.

            Y ahora llega la hora de bajar el telón por hoy. El aplauso se lo dedico a todas las víctimas de esta enfermedad, como pequeño homenaje. Y, como no, a quienes siguen luchando contra ella.

Amenazas: delito comodín


              En principio, una amenaza parece algo muy grave. Y puede serlo, sin duda, aunque más de una vez se trivializan tanto que les acabamos quietando importancia. Y, ya se sabe, nos arriesgamos a lo que pasó con el lobo, que tantas alertas en falso hicieron desatender a la que resultó verdadera. Por supuesto, las amenazas, trascendentes o triviales, forman parte de la historia del cine. La amenaza fantasma es el título de una de las películas de la saga Star Wars, porque en la ciencia ficción es campo abonado para vivir Bajo amenaza, sea de Alien o sea La amenaza de Andrómeda. Incluso ese temor dio lugar al conocido episodio radiofónico que luego se tradujo en película en La guerra de los mundos. Y, por supuesto, fuera de la ciencia ficción, encontramos títulos tan impresionantes como Cuando sea mayor, te mataré o Te buscaré y te mataré. Y esto es solo una pequeña muestra.

            En nuestro teatro las amenazas están a la orden del día. Y no es que nos dediquemos a amenazarnos unos a otros, aunque haya quien interprete como una amenaza eso de “nos veremos en los juzgados”. Pero en Toguilandia tenemos un enorme contenedor que recoge amenazas de todo tipo. Entendido en su doble sentido: como tipo penal y como especie o clase.

            Las amenazas han sido desde siempre constitutivas de delito. Además, tienen una gradación que en pocos delitos puede observarse: van desde el delito leve entre particulares hasta el delito de odio de las amenazas a población, desde la violencia de género hasta las amenazas condicionales que se ven en el jurado. Aquí hay de todo, como en botica.

            Por descontado, como ocurre tantas otras veces, en sede de las antiguas faltas o de los actuales juicios por delito leve es donde se encuentran las más pintorescas. Me contaba mi tutor cuando empezaba mis pasos profesionales de algunos curiosos juicios de faltas de entonces celebrados por lo que mucha gente conoce como “maldiciones”. Entre ellas, recuerdo dos. La primera “Ojalá te tragues un paraguas y los cagues abierto”, tan escatológica y visual que poco comentario puede hacerse. La otra, más larga “así te diera un dolor de muelas que cuando más corrieras más te doliera y si parases te reventase”. Acoquinan ¿verdad? No obstante, en ambos casos fue una clarísima sentencia absolutoria, a pesar de hacer mucho tiempo, por entender que la expresión de un deseo no constituye una amenaza directa. Están, sin duda alguna, en el rango de esos dichos populares que son más ciertos de lo que nos gustaría: pleitos tengas y los ganes.

            Dentro de esta jurisdicción menor nos encontramos con frecuencia con frases que quien las recibe percibe como amenazantes pero que objetivamente no resultan tales. Son frase como “ya verás” “vas a ver” “esto no va a quedar así” o similares. La más típica: te vas a enterar de lo que vale un peine. Nunca he sabido exactamente cuánto vale un peine ni el porqué de esta frase, aunque todavía me río al recordar un interrogatorio donde un abogado, muy serio, preguntó a su defendido si conocía el precio de un peine para probar que no había amenaza. Tal vez si hubiera conocido el origen de esta expresión hubiera llevado su interrogatorio a otros derroteros, porque, según parece, el peine a que hace referencia el dicho no es el de los cabellos, sino un instrumento que se utilizaba en la Edad Media para infligir dolorosas torturas y que tomó su nombre por su similitud al instrumento capilar. No te acostarás sin saber una cosa más.

            Pero más allá de la anécdota, hay amenazas verdaderamente atemorizantes. Sin duda, las que tienen lugar con un arma o cualquier instrumento peligroso, que ya de por sí obra el milagro de convertir en grave lo que en principio podría ser leve. No es lo mismo decir “te vas a enterar” entre risas con una copa en la mano que decirlo entre gritos y con un hacha en la mano. Una diferencia de matiz con una traducción jurídica que puede suponer años de prisión.

            Tampoco son iguales las amenazas en función del sujeto. No es lo mismo amenazar a un desconocido que a un familiar o pareja, Está claro que lo segundo es más grave y así lo refleja nuestro Código. Tampoco es igual amenazar a una autoridad o agente de la misma en el ejercicio de sus funciones o a un particular, ni a determinados cargos. Huelga decirlo

            A veces, no obstante, las amenazas quedan invisibilizadas por el brillo de otros delitos mayores o más evidentes. Desde siempre me ensañaron que amenazar con cumplir una cosa que inmediatamente se cumple es una conducta que queda absorbida por la acción de cumplir la amenaza. Con un ejemplo se ve mejor: decirle a alguien te voy a clavar esta navaja y clavársela a continuación no se califica como unas amenazas y un delito de lesiones o de homicidio, sino solo como lo segundo. Otros de los casos de invisibilización son aquellos en los que esa acción intimidante forma parte de los elementos del delito, como ocurriría con un robo con intimidación o una violación. “Dame el dinero o te mato” o “si no me dejas se lo haré a tu hija” son algunas de estas frases que he visto más de una vez en mi trabajo.

            Mención aparte merece, no obstante, un tipo de amenazas a la que no solo el Código Penal sino las leyes procesales han querido dar más importancia. Me refiero a las llamadas amenazas condicionales, que hacen que el procedimiento adecuado sea, en lugar del común por la pena, el del jurado. En honor a la verdad y sin que se entere nadie, he de confesar que conozco más de un caso en que se ha obviado la condición para evitar esa consecuencia procesal, pero la verdad es que no siempre es fácil distinguir cuándo nos encontramos ante ellas. El requisito es que se hagan bajo una condición y está pensado para temas relacionados con chantajes o sobornos, desde el viejuno “si no me pagas X le diré a tu mujer que te acuestas con el vecino” hasta un remasterizado “si no me ingresas tal cantidad difundiré las fotografías íntimas que tengo tuyas”. Pero en la práctica nos encontramos muchos supuestos más que dudosos en que la condición no tiene esa importancia: “como cuentes algo, te vas a enterar” o hasta “si no me haces caso, atente a las consecuencias”. Evidentemente, esto no puede ser una amenaza condicional ni llevar a un juicio de jurado, aunque gramaticalmente la frase contenga una condición.

            Para acabar, me referiré a un tipo poco conocido, las amenazas a población por razón de discriminación, que se consideran incluidas entre los delitos de odio pese a que se tipifican en artículo 170, lejos de la sede de estos, y que poca gente conoce. Aprovecho para presentároslas, aunque yo nunca he calificado una de ellas.

            Antes de cerrar el telón de hoy, he de aclarar que el mal con que se amenaza no ha de ser necesariamente constitutivo de delito. Se puede amenazar con matar a alguien o pegarle una paliza, pero también con contar algo que no quiere que sepa o dejar de hacer algo que quiere que hagas. Y tampoco es necesario que el amenazado o amenazada sea el propietario del bien con el que se amenaza: se puede advertir que te van a dar una paliza a ti, o que se la van a dar a tu hija o a tu madre. Pero para que sean delito sí se han de dirigir a alguien en concreto, no valen como amenaza esos mensajes que algunos malajes ponen en sus muros de redes sociales o sus estados de WhatsApp del tipo “tango ganas de matar a alguien”, aunque haya quien se dé por aludido.

            Y ahora sí, con eso acabo el estreno de hoy. Y si digo que volveré, como siempre, el próximo viernes, que conste que no es una amenaza. Aunque quizás alguien pudiera amenazarme con no leerme más si me olvido del aplauso. Y con razón. Hoy va dedicado a todas las personas que, aun sin saberlo, forman parte con sus vivencias de este estreno. Gracias por toso este material impagable.

Anacronismos: obsolescencia no programada


              Las antigüedades tienen mucho encanto. Y las cosas antiguas también pueden tenerlo, aunque no sea lo mismo. Pero lo que ya va teniendo menos gracia son las cosas viejas sin más. Sobre todo, si tienen que resolver necesidades nuevas. ¿Nos imaginamos desplazarnos ahora en el coche de caballos de Escarlata en Lo que el viento se llevó, por bonito que resultara en su día? ¿O llamando por teléfono con esos aparatos adosados a la pared que salían en películas como Qué bello es vivir o con el zapatófono del Superagente86? Pues eso.

            En nuestro teatro, sin embargo, estamos más que acostumbrados a resolver necesidades nuevas con medios antiguos. O, mejor dicho, a intentarlo, aunque no siempre se consiga. Así que en plena era de la tecnología aun contamos con algunos “ingenios” que vivieron su época dorada hace muchos años.

            A cualquiera que, ajeno a Toguilandia, se relacione con nuestro mundo, se le salen los ojos de la órbitas cuando comprueba que uno de los artilugios que a toda marcha es, nada más y nada menos que el fax, algo que en muchos sitios ya ni se usa pero que resulta imprescindible tal como funcionamos. Pero si el fax ya está a punto de entrar en desuso salvo en Justicia, hay algo que no es que esté a punto, es que lo está. Me refiero a los telegramas, que se siguen usando para citaciones y otros menesteres cuando en sitios tan cercanos como en Francia han dejado oficialmente de utilizarse y clausurado sus oficinas. Casi nada.

            Pero los ejemplos son múltiples. Me aporta un compañero el sofisticado modelo de papelera que ilustra este estreno, el no va más para el reciclaje y la protección de datos, teniendo en cuenta la sensibilidad de las informaciones que constan en nuestros papeles. Pero como hablemos de una trituradora de papel, a alguien le da la risa. O las ganas de llorar.

            Por otro parte, nuestro día a día se nutre de numerosos adminículos de papelería que es difícil encontrar en otros sitios. Las gomas de caucho son uno de ellos que, salvo para esconder los postizos en el peinado de fallera -pasmaos, que sé peinar-, no he visto usar en ningún sitio, y menos con la frecuencia que lo hacemos en fiscalía y juzgados. Lo mismo sujetan las carpetillas  para ir a juicios que consiguen que los tomos de un sumario no se desparramen. Que, por descontado, nos sirven de preciosas pulseras cuando te las colocas en la muñeca porque no sabes bien donde ponerlas. Y es que la digitalización es lo que tiene. O, mejor dicho, lo que no tiene.

            Y hablando de sostener tomos, todavía hay otras cosa más viejuna que ahí sigue. Me refiero a los cordeles con los que atan la pieza al sumario, la llamada cuerda floja por nuestra modernísima Lecrim del siglo XIX y que, aparte de ahí, solo he visto para atar longanizas o chorizos.

            Y, por supuesto, si de tomos y tomazos se trata, de alguna manera habrá que trasladarlos de un lado a otro. Ya se hizo famoso en su día el carrito de Mercadona que un entonces famoso fiscal tenía tras de él en una entrevista, pero, aunque él ya no está en la carrera sino en excedencia, no puede decirse lo mismo de los carros, que siguen cumpliendo esa función, tan diferente a la de transportar hasta la caja registradora las frutas, las verduras o el papel higiénico que les es propia. Y ojo, que hasta aquí llega el intrusismo, y cualquier silla o asiento, con un par de ruedines que tenga, sirve para trasladar los expedientes, siempre que no sea de esas de cuero claveteado que aun lucen por algunos despachos. Y eso incluye las maletas, trolers, maletines y cualquier otro instrumento similar Que no se diga que desaprovechamos los medios

            Otra reliquia habitual en nuestro mundo es el CD. Y no es la cita de vídeo de milagro, aunque alguna he llegado a ver reproducir en sala. No deja de ser curioso que cuando los ordenadores portátiles de que disponemos no tienen ranura para CD , los juicios sigan grabándose en este soporte y parte de la prueba también. Y no hay más que ver el modo que van de la ceca a la meca, dentro de expedientes llenos de grapas desafiando a todo. Faltaría más.

            Aunque nada más imprescindible en nuestro escenario que un buen mazo de posits Nunca les rendiremos el homenaje que merecen esos rectángulos de papel que tan pronto te anuncian la urgencia de una cusa con preso como la distribución de trabajo. Qué sería de nuestra vida sin ellos…

            En este mundo, quien tiene una grapadora y un quitagrapas tiene un tesoro. Os lo digo yo que tengo el quitagrapas atado con un cordel -si, como el de los tomos… y de los chorizos-, porque en casa del, herrero cuchillo de palo. O sea, que me desparecían hasta que tomé tan sofisticada medida de seguridad. Que no soy yo nadie cuando me pongo, oiga. Aunque reliquias tenemos bastantes, desde esos bolis bic que soportan el paso del tiempo mejor que la mismísima Jane Fonda, a los móviles de la guardia que se convertirán en piezas de museo antes de que cambien el modelo.

            Para acabar, no me quiero olvidar del elemento humano, pura poesía. Nada comparable en el mundo al modo en que el auxilio -antes, agente judicial- llama a gritos a las personas que deben entrar a declarar en el juicio, o dice eso de “audiencia pública”. Que para qué pantallas ni requerimientos digitales si tenemos cuerdas vocales ¿verdad?            

Pues eso, que hasta aquí una pequeña muestra de todas esas antiguallas que forman parte de nuestro día a día. No están todas las que son, pero, sin duda, si son todas las que están. Por eso no puedo olvidarme del aplauso, destinado a todos esos compañeros y compañeras que han  compartido sus cuitas conmigo. Que ya dice el refrán que a mal de muchos…

25 Noviembre: regalo envenenado


A punto de que llegue, un año más, el 25 de noviembre, día para la eliminación de la violencia contra las mujeres, en Con Mi Toga Y Mis tacones os traemos un regalo, un cuento. Pero tal vez sea un regalo envenenado, porque es más para reflexionar que para disfrutar. O tal vez no

Este relato `forma parte de la antología Visibilizarte V, dirigida por Esther Tauroni, y responde a la temática Mujer y virginidad

El tiempo vuelve

  • Mamá, ¿qué es eso?
  • ¿El qué?
  • Lo del cuadro. Esa cosa tan rara que lleva esa mujer en… esa parte
  • Pues, si no me equivoco, es un cinturón de castidad
  • Un cinturón de castidad. ¿Y eso qué es?
  • Bueno, no sé cómo explicarte. ¿Seguro que no te han contado nada de eso en el colegio?
  • En clase de Historia del Arte sí que nos hablaron, aunque poco, de Artemisia Gentileschi. Pero no de este cuadro. Que no sé ni cómo se llama
  • “Maddalena svenuta”. Así se llama
  • Pues nadie nos habló de él. La verdad es que nos han hablado bien poco de mujeres pintoras. Bueno, ni escultoras, ni músicas, ni nada. Lo de esta Arrtemisia es una excepción, y de milagro
  • Es lo de siempre, hija. Quieren hacer creer que las mujeres pintamos poco o nada. Nunca mejor dicho

              Madre e hija se encontraban viendo una exposición de obras realizadas por mujeres. La madre había organizado la visita desde que supo que la exposición se iba a montar en su ciudad, y, aunque a su hija no le ilusionaba demasiado, fue incapaz de decírselo. Por nada del mundo defraudaría a su madre.

  • Pero no te desvíes, mamá. Qué es eso del cinturón de castidad
  • Verás. Según sé, los había de varios tipos. Pero era un ingenio destinado a que las mujeres no fueran infieles a sus maridos o novios mientras estos estaban fuera. Entonces los hombres se iban a la guerra y los viajes eran largos. Ya sabes
  • Pues no lo sé. Ni siquiera soy capaz de imaginarlo, pero allá ellos. Me parece una barbaridad como la copa de un pino, que lo sepas
  • Lo es, hija, lo es
  • Menos mal que es cosa del pasado
  • Eso. Menos mal que lo es

            La madre dijo eso sin muchas ganas. Estaba algo contrariada porque su hermana no había ido con ellas a la exposición. La había organizado para que fueran las tres juntas, como hacían muchas veces. Pero hacía tiempo que su hermana tenía comportamientos extraños. A veces, ni la reconocía.

            Todo empezó cuando comenzó a salir con ese nuevo novio. Parecía entusiasmada con él, pero a su hermana, casi diez años mayor que ella, le daba mala espina. La había criado casi como una hija y tendía a protegerla, aunque ya hiciera tiempo que ambas eran adultas.

            La última vez que quedó con ella, le dejó con una sensación amarga que no se le había ido desde entonces. No hubo manera de tener una conversación fluida con su hermana. A cada momento, miraba el móvil y tocaba sus teclas con un gesto de preocupación en la cara. Una vez, incluso, cogió el teléfono y se salió fuera del bar donde estaban para tener una conversación que, a juicio del modo en que regresó, debió ser agitada. Cuando terminó de hablar, tenía los ojos brillantes y las lágrimas a punto de desbordarse. No tardó más de cinco minutos en marcharse a toda prisa, alegando un problema de trabajo inexistente. Su hermana mayor ni siquiera se molestó en discutírselo. Pero se juró a sí misma que tenían una conversación pendiente.

             Por eso, entre otras muchas cosas, había organizado lo de la exposición. Irían ellas dos con su hija, como tantas veces hacían cuando la niña era pequeña. Y estaba segura de que encontraría el momento de hablar con ella

  • Mamá, por qué no ha venido al final la tía. Tenía muchas ganas de verla
  • Y yo, hija, y yo. Pero le ha surgido algo de última hora. Ya sabes que en el trabajo le exigen micho
  • Mamá, puedo ser una niña, aunque ya haya cumplido los catorce. Pero lo que no soy es tonta. El trabajo de la tía nunca fue obstáculo para nada hasta que apareció ese nuevo novio en su vida. ¿O te crees que yo no me he dado cuenta?
  • ¿Y cómo te has percatado?
  • No hace falta ser Sherlock Holmes para averiguarlo. La última vez que comió en nuestra casa estaba en todo momento mirando el móvil. Miré por encima de su hombro y pude ver el mensaje de ese tipo, que le reclamaba que le dijera dónde estaba. Luego, en un descuido, curioseé en su teléfono móvil. Tenía muchos más mensajes de ese tipo. A todas horas le pedía pruebas de donde estaba o le recriminaba porque no le había contestado inmediatamente. Y la tía, cada vez que sonaba la alarma de un mensaje, daba un brinco y ponía cara de angustia
  • ¿y cómo no me dijiste nada, hija?
  • No sé si me hubieras creído. Y tampoco quería alarmarte sin estar segura. Esperaba hablarlo primero con la tía. Por eso puse esa cara de disgusto cuando me dijiste que no venía. No supe disimular
  • Vaya. Pues parece ser que las dos pretendíamos lo mismo de esta pequeña excursión artística. Y al final, nos tendremos que quedar con el arte de Artemisia. Que tampoco está mal, la verdad

Salieron de la sala de exposiciones después de disfrutar de todas las obras de arte que allí había. No obstante, ninguna de las dos dejaba de pensar en la que tenía que haber sido la tercera en discordia. O en concordia.

En la puerta, les esperaba una sorpresa. Allí estaba ella, la que les había faltado

  • No sé si llego a tiempo a la exposición, pero a la comida seguro que me apunto. ¿Puedo?
  • Por supuesto
  • Pero, tía, al final ¿conseguiste librarte de eso del trabajo que tan angustiada te tenía?
  • Digamos que sí. Pero no era un trabajo. Era un tipo que me daba mucho trabajo, que es otra cosa. Y que, además, pretendía que viviera permanentemente con un cinturón de castidad
  • ¿Y lo has dejado?
  • Los cinturones de castidad son cosas del pasado. Y ahí es donde se deben quedar.

Imitaciones: copias de andar por casa


         Una de las disciplinas artísticas más conocidas es la de hacer imitaciones. Sean con tintes cómicos como dramáticos, hay muchas personas que triunfan copiando a alguien famoso. Un auténtico filón para programas de televisión como Lluvia de estrellas o Tu cara me suena. Aunque a veces no hay que cantar no bailar, sino que basta con estar, cuando de personajes como el mímisimo Franco se trata, como nos cuentan en Espérame en el cielo.

En nuestro teatro `podría parecer que eso de los imitadores no va con nosotros, pero solo podría parecerlo. En todas partes cuecen habas. O, mejor, en togas partes.

Recuerdo que en mi primer destino nos quedamos de pasta de boniato con un tipo que se mimetizaba de tal manera con sus compañeros de prisión, que llegaba a autoinculparse del crimen que aquel hubiera cometido. Ignoro qué recibiría a cambio, ya que el imitado podía exculparse a costa de este, que tenía tantas condenas que una más le saldría gratis. Pero como dice el refrán tanto va el cantarito a la fuente que al final se rompe. Y eso le pasó a nuestro camaleónico preso, que quiso abusar tanto de su imitación con asunción de culpa que a la tercera vez empezamos a sospechar y se descubrió el pastel.

Aunque no todos los imitadores son tan profesionales ni tienen tan sofisticados propósitos. En mis periplos por poblaciones de mi Comunidad Autónoma haciendo juicios de faltas me encontré con algunos casos francamente curiosos. Había una señora en un pueblo a la que todos llamaban Sara Montiel y que, francamente, se parecía bastante a la diva. Tanto que si hubiera declarado por videoconferencia seguro que hubiera puesto una media delante de la cámara como decían que hacía Saritísima para que no se le notaran las arrugas. Pero no dejaba de ser pintoresco verla aparecer por los juzgados -era de las habituales- vestida de lentejuelas y plumas desde las 9 de la mañana. Y, puro en mano, canturreando que Fumando espero, claro

Cambiando de tercio y metiéndole de lleno en el campo de la ternura, no puedo olvidarme de aquel buen hombre ingresado en un centro psiquiátrico que se colocaba la bata a modo de capa de armiño y emulaba -que no imitaba- a lo que él creía que era el rey, con su cetro y todo. Y eso sí, mientras se le llamara Majestad, todo iba bien. Y le llamábamos así, que no nos costaba nada.

En cualquier caso, la mayoría de las imitaciones tienen un toque de humor. Y en nuestro teatro no podíamos ser menos. Por eso uno de los hits más usados es el “alguien ha matado a alguien” del maestro Gila. Con esa frase nos despachábamos mi compañera y yo con frecuencia cuando nos tocaba algún asunto complicado y andábamos perdidas. Y, aunque no nos encontráramos, al menos nos reíamos un poco, que siempre viene bien.

Pero si hay alguien en este país que ha sido imitado y requeteimitado por cualquiera, ese el Chiquito de la Calzada. Más de una vez he visto usar lo de Pecadorrr -o Pecador de la pradera- para hablar sobre un investigado fuera de su presencia. Y, por supuesto, todo el mundo ha caído alguna vez en la tentación de soltar un “No puedorrr” si los juicios se eternizan o la guardia se pone cuesta arriba. Es lo que tiene haber nacido después de los dolores.

Aunque hay que reconocer que una de las imitaciones que mejor se nos daba, aun inconscientemente, es la de los Hermanos Marx y su famoso camarote, cuando empiezan a aparecer detenidos en la guardia o se llena la sala de vistas por culpa de algún juicio mediático. Ganas entran de emular a Groucho y decir los de “y dos huevos duros”

Y hablando de Groucho, cuántas veces no nos habremos acordado de él y de su parte contratante de la primera parte. Cuánta razón tenía a la vista de la percepción que el justiciable tiene de alguno de nuestros escritos.

En otros casos, se me vienen canciones a la cabeza. La de veces que le habría cantado a algún habitante de Toguilandia -sea juez, fiscal, LAJ, letrada o lo que quiera- que presume de listillo eso de que “cuando tú vas, yo vuelvo de allí”, como si me hubiera poseído Chenoa. Y ni que decir tiene que en esas horas de pasillo interminables, cuando un juicio se retrasa, me ha parecido oír por lo bajini “Y yo sigo aquí, esperando que…” cual si Paulina Rubio se hubiera colado en nuestro teatro

Confieso que, a veces, cuando el acusado suelta excusa tras excusa a cuál más intragable, muero de ganas de emular a Loquillo y decir que la culpa fue del cha cha cha, aunque imitar en este caso es difícil, dado el medio metro de estatura, además de algún otro detallito, que nos diferencia.

Sin embargo, me sigue dando mucha pena y a veces mucho miedo, por mucho tiempo que lleve en esta jurisdicción de Violencia de Género, oír en primera persona de boca de un detenido refiriéndose a su pareja un “sin ti no soy nada” o “no puedo vivir sin ti”. En este contexto, más que romántico suena amenazante. Y lo peor es que a veces lo es

Y hasta aquí estas pequeñas pinceladas de algunas cosas que imitamos casi sin querer., o sin querer queriendo. De modo que no veo mejor manera de cerrar el telón que usar a los Looney Toons para decir que “esto es to, esto es todo, amigos”- Eso sí. No me olvido del aplauso. Y lo doy hoy a todos y todas las protagonistas de mis anécdotas. Sin ellos y ellas yo sin que no soy nada

Reencuentros: Congreso de Abogacía de Violencia de Género


Los reencuentros han dado para muchas horas de cine. Los hay
gozosos, terribles, esperados y desesperantes. Hay Reencuentros y
desencuentros
amorosos, familiares, como en La gran familia española, o
amistosos, como Los amigos de Peter. Pero si algo tienen en común es la
gran cantidad de emociones y recuerdos que desatan. Y abrazos, muchos
abrazos. Todos los que estaban guardados esperando hacerse realidad.
En nuestro teatro los reencuentros son relativamente frecuentes. Y los
desencuentros, aunque esto hoy no venga al caso. Casi cada día, en los
pasillos de Toguilandia, tropezamos con alguien a quien llevábamos tiempo
sin ver. Una compañera de facultad, una amiga del colegio, un letrado con
quien no coincidías desde hace mucho o una jueza con la que no celebrabas
desde hace una eternidad. Un día a día que la pandemia nos ha hecho
valorar aun más.
Estamos en tiempo de retomar cosas. Poco a poco, y con la prudencia
que el puñetero bicho nos impone, vamos volviendo a tener actividades que
las restricciones se llevaron. Y por fin he vuelto a coger un tren para irme,
como una flecha y ajustando horarios como un sudoku, a un congreso.
En este caso era algo que me apetecía muchisimo y en el que todavía
no había tenido la fortuna de estar, el Congreso de Violencia de Género de
la Abogacía Española
. Una ocasión para aprender y para disfrutar, que todo
es importante. No vaya a ser que me digan, como decían a las niñas
empollonas de Torres de Malory, aquel internado de los libros de mi
primera adolescencia: «mucho estudiar y no jugar hacen de Juan un
aburrido». Y eso sí que no.
Así que, superado el sudoku de horarios y trenes, estupendamente
cubierto por la organización del congreso, me embarcaba en el tren rumbo
a Ciudad Real. Como quiera que no aprendo y que, como buena siatodista
–no sé decir que no- quiero abarcarlo todo, otros compromisos me
impedían llegar a las ponencias del primer día. Pero no importaba, ya me
resarciría. Socialmente con la cena e intelectualmente con el trabajo del día
siguiente. Así que empecé mi periplo que casi parecía una ginkana ¿Quién
dijo miedo?.
Mi llegada había de ser directamente a la cena. Podría haber sido un
problema llegar con el aspecto adecuado para una cena de gala después de
un día de juicios, un par de cosas más y unas cuantas horas de tren. Pero
nada es imposible para fiscalita cuando se pone. Así que, aprovechando
que la cena era a unos cuantos kilómetros de la estación, optimicé el
trayecto para convertir el taxi en la cabina de teléfono de Superman. Si él
conseguía cambiarse de ropa y ponerse unas mallas con los calzoncillos por
fuera, yo no iba a ser menos, aunque con la ropa interior y exterior en sus
lugares correspondientes. Me cambié medias y zapatos –no sin mis tacones-,

cambié la bufanda de lana por un chal de lentejuelas, sustituí los pendientes
por otros de brilli brilli y me retoqué la cara en la medida que el taxi lo
permitía. Aquel hombre aun debe estar pensando en qué hacía aquella
señora agachándose y alzándose, y moviéndose a uno y otro lado en la
medida que el cinturón de seguridad lo permitía. Que ponerse divina no es
excusa para saltarse las normas.
Prueba superada. A pesar de que era casi una hora más tarde que la
hora oficial de la cena, llegué justo a tiempo. Ya dice mi madre que más
vale llegar a tiempo que rondar cien años. Y así fue. La gente estaba ya
sentada y acomodada y eso me sirvió para comprobar algo muy agradable.
Me habían guardado sitio en tres mesas diferentes. Y, llamadme tonta, pero
que hubiera tantas personas pendientes de mi llegada me hizo ilusión. Tanta
como los abrazos que a partir de ese momento repartí a diestro y siniestro.
Y que seguí repartiendo en la copita de luego, que no me quedó más
remedio porque en la cena no había tenido tiempo suficiente para socializar
con todo el mundo. Y antes muerta que quedar mal, vaya.
Al día siguiente llegó el momento de trabajar. Llevaba mi ponencia
preparada a punto de once y esta vez no me había pillado el toro y había
enviado resumen, abstract, currículum, power point, cesión de derechos y
todo lo que me pidieron. Y menos mal, porque, aunque no lo sabíamos,
había llegado el momento fundamental de la ginkana, algo así como la
prueba de eliminación de Master chef. Tocaba esmerarse para cocinar y
emplatar porque la ley de Murphy me tenía una sorpresa preparada.
Después de una fantástica presentación, que agradezco en el alma, y
una no menos fantástica primera intervención de mi mesa, me llegaba el
turno. La pantalla reproducía mi presentación y yo empezaba a hablar muy
ufana cuando el ordenador decidió declarase en huelga y el proyector le
seguía. La presentación en que tenía que apoyarme desaparecía de mi vista
y, como no tengo costumbre de llevar nada en papel, me quedaba sin suelo
bajo los pies. Pero, cómo dice un spot, para qué quiero pies si tengo alas, así
que continué como si las imágenes y el texto estuvieran allí delante. Y eso
no era lo peor. Lo peor fue hacerlo mientras varios técnicos pululaban a mi
alrededor con la sana intención de desfacer el entuerto. Y lo consiguieron,
aunque cuando apenas me quedaban unos minutos para agotar mi tiempo.
Y pasarme, nunca. La primera regla de la buena ponente es ser fiel al
tiempo asignado. Lo bueno, si breve, dos veces bueno. Y si no es bueno,
mejor no hacerlo durar, vaya.
Pasé la prueba de eliminación, los Juegos del hambre y lo que se
presentara. Espero que con buena nota, a ver si me he ganado volver al
próximo, que me quedaron ganas. Pero yo no soy quién para calificarme. Y
como en el fondo, soy una kamikaze, fue divertido.
Aun quedaba alguna cosilla más para que no me relajara. Camino de
la comida, el GPS decidió continuar con la huelga iniciada por el ordenador

de mi ponencia y también se volvió loco, aunque esta vez con una huelga a
la japonesa. Daba indicaciones continuas y contradictorias, hasta llegó a
rayarse como los vinilos de mi juventud, y repetir la misma frase varias
veces. Pero tampoco pudo con nosotras. Llegamos a comer, como también
llegamos, con su pizca de intríngulis, al tren. Y vuelta a casa. Y al día
siguiente, guardia. La vida sigue. Pero me apetecía contarlo
Ahora solo me queda el aplauso. Y, por supuesto, se lo daré con todas
mis fuerzas a la organización del congreso, y a todas y todos los
congresistas, desvirtualizados, revirtualizados o reencontrados. Gracias por
tratarme siempre con tanto cariño. Y por enseñarme tanto, que no solo de
abrazos vive la jurista. Que no se diga

Credibilidad: la línea invisible


A veces, más de las que una quisiera, es difícil hacerse creer. A las dificultades de las víctimas, especialment4e de determinados delitos, se han dedicado varias películas y series de televisión, entre las que ahora me viene a la cabeza una peli que ya tiene tiempo, Acusados, y una serie de hace poco, Creedme

En nuestro teatro, la credibilidad de las víctimas es algo que se cuestiona más veces de las que debería. Por más que profesionales de la medicina forense nos repitan que el dictamen sobre credibilidad de una persona adulta en plenas facultades es inútil, porque pude fabular o decir la verdad como cualquier persona, seguimos encontrándonos de vez en cuando con ese tipo de peticiones.

Pero no se trata de ningún dictamen pericial. El testimonio de la víctima es en muchos casos, la única prueba para enervar la presunción de inocencia y aunque el Tribunal Supremo tiene dicho desde hace mucho tiempo -mucho antes de la ley integral contra la violencia de género- que ese testimonio puede ser suficiente para enervar la presunción de inocencia, el requisito de verosimilitud sigue planeando sobre las víctimas junto con el miedo a no ser creídas

Hoy nuestra función trae consigo un relato sobre eso, un relato que fue seleccionado para su publicación en la Antología del I Certamen de relato corto Acen.

LA MALA MEMORIA´-

Entonces, ¿quién le hizo eso es su novio?

-Era mi novio. Pero…

-Venga, no se ponga así. Todo el mundo sabe que las mujeres a veces exageran

´-Pero él me violó

Vamos, vamos. Váyase a casa y seguro que hacen las paces y el día de mañana me lo agradece

A pesar de su mala memoria, el agente de policía A-27 nunca olvidaría la última frase que escuchó de la mujer aquella noche. Sobre todo, porque la siguiente vez que vio aquellos labios estaban tan amoratados como sus ojos, y fríos como el resto de su cuerpo.

Hacía ya diez años de aquello, pero el agente de policía A-27 todavía lo recordaba. A pesar de que en sanatorio donde le trataban se quejaban de su mala memoria.

Le costaba recordar su nombre, pero nunca olvidó el de aquella mujer que, noche tras noche, se le aparecía en sus pesadillas para recordarle que no la había creído.

Reuniones: entre la excusa y la realidad


         Hablando se entiende la gente. Eso es, al menos, lo que nos han enseñado y lo que en mayor o menor medida hacemos cada día, en el ocio y en el negocio. Todo el mundo de cierta edad recuerda la famosa reunión previa a salir a las calles a patrullar de Canción triste de Hill Street cuyo lema, “tengan cuidado ahí fuera”, se ha convertido en un clásico. Y, cómo no, las reuniones de Los Angeles de Charlie con Boslie y el invisible Charlie, donde les explicaban el caso a resolver. Y otro tanto cabe decir de otras series sobra profesiones, como Urgencias, Hospital central, Periodistas, Lou Grant o House. Lo dicho: hablando se entiende la gente. O no.

En nuestro teatro las reuniones son tan frecuentes que en algunos casos están institucionalizadas. Sin ir más lejos, en la carrera fiscal las Juntas de Fiscales son uno de los órganos de nuestra estructura, contemplados como tal en el Estatuto Orgánico. Hay Juntas de Fiscales en todas las Fiscalías, y también las hay de carácter sectorial, o por secciones. Y su celebración periódica es obligatoria.

No obstante, no podemos perder de vista que la estructura y funcionamiento de la carrera fiscal data de un tiempo totalmente diferente al nuestro. Entonces no había macrofiscalías y las reuniones donde todo el mundo hablara y diera su opinión eran posibles. De hecho, el Estatuto preveía una periodicidad mensual que en mi primer destino se despachaba con una formalidad. Quien hacía las funciones de secretario o secretaria –el más moderno del escalafón- rellenaba nuestro vetusto libro de actas encuadernado en piel, con sus filos dorados y todo, con un lacónico “Reunidos los señores reseñados al margen –siempre se ponía “señores” porque cuando se hizo el Reglamento no había señoras en la carrera- tratan de asuntos de su interés. Y punto pelota. Aunque siempre recuerdo que alguien decía que deberíamos poner “reunidos los señores reseñados pierden el tiempo con estas cosas mientras su casillero lleno espera”. Y no le faltaba razón. A veces la burocracia exaspera.

Pero las Juntas de fiscales son muy útiles cuando pasan de una mera formalidad. Asuntos de importancia como reformas legales y repartos de trabajo necesitan de su concurso. Y más de una enemistad feroz se ha fraguado a raíz de una intervención en una junta, sobre todo si de reparto de trabajo se trata. Y es que con las cosas de comer no se juega.

En ocasiones son absolutamente trascendentales. A este respecto hay que destacar la Junta convocada al amparo del artículo 27, cuando un fiscal no está de acuerdo con la orden de un superior. Un mecanismo legal que la gente desconoce y que nos permite tener la autonomía que mucha gente niega que tengamos. No somos corderitos obedientes, desde luego.

Por otro lado, y aunque quizás es en la Fiscalía donde la Junta tenga más valor, no somos la única institución que se reúne. La carrera hermana tiene sus Juntas de Jueces, presididas por el Decano o Decana, en las que deciden cuestiones de importancia y que también están previstas en su norma correspondiente, la Ley orgánica del poder judicial. Y las salas, aunque no las llamen juntas, se reúnen a deliberar en secciones o en pleno. A este respecto no puedo olvidar un programa de televisión de hace mucho tiempo llamado Tribunal Popular, donde un magistrado jubilado hacía de juzgador de un proceso entre dos partes que acudían a la televisión en sustitución del juzgado. Lo mejor era cuando este Magistrado pronunciaba con voz pomposa un “me retiro a deliberar” y él solito, consigo mismo y con su mecanismo, tomaba la decisión. Siempre me quedé con las ganas de saber cómo deliberaba sin nadie más con quien hacerlo. Peor la gente se lo tragaba encantada de la vida.

Por supuesto, en el resto de profesiones toguitaconadas también se reúnen. Aunque no he asistido a ninguna, imagino que en los bufetes múltiples se reunirán para tomar decisiones de trascendencia, como hacían en La ley de Los Angeles o en Ally Mc Beal. Si no, me llevaría una decepción enorme.

Ahora, además, los avances tecnológicos, espoleados por las necesidades que la pandemia impuso, han hecho proliferar las reuniones por medios telemáticos. Una buena opción, aunque hay que reconocer que la falta de contacto directo quita mucha gracia a eso de las reuniones. Menos mal que siempre hay anécdotas al respecto, como las que comentábamos al hablar de las covinécdotas. Descubrir que el interlocutor trajeado en realidad lleva pantalón de pijama –o, lo que es peor, no lleva- , asistir a los paseos de niños o mascotas por detrás de la pantalla o la llegada de cualquier visitante inesperado dan un poco de color a estas reuniones, generalmente aburridas con ganas.

Aunque hay otra utilidad de las reuniones, una que todo el mundo conoce pero no todo el mundo reconoce. Se trata de las reuniones como excusa. Desde el “estoy reunida” que usa una amiga mía como estado de whatsapp, a la consigna con que secretarias, funcionarios o cualquiera que coja el teléfono excusan nuestra ausencia o nuestra negativa a atender a quien se trate. Reuniones que, además, se presumen de duración indeterminada para que sirvan a su propósito de hacer desistir al comunicante. Aunque los hay que son inasequibles al desaliento y no se conforman con que alguien “esté reunido”. Y ante semejante insistencia, que Dios nos pille confesados.

Para acabar, contaré una anécdota propia de los tiempos en que yo era una niña y mi padre ejercía en nuestra casa. Me dijo que si llamaba el señor Fulanito, dijera que él estaba reunido y que llamara otro día. Yo, muy aplicada, tomé nota menta pero coincidió que, cuando llamó el señor Fulanito, mi padre estaba haciendo esas cosas que nadie podía hacer por él. Y yo, ni corta ni perezosa, le solté al susodicho: mi papá me ha dicho que le diga que está reunido, pero está solo en el cuarto de baño. La cara de mi padre fue un poema. Y la del ínclito, al otro lado del auricular, no llegué a verla pero la imagino.

Y con esto, se cierra el telón por hoy. Pero porque la función se ha acabado, no porque esté reunida. Aunque no me olvido del aplauso, dedicado esta vez a todas las personas que más de una vez han tenido que soportar una de esas reuniones plúmbeas con paciencia infinita. Ni el santo Job lo habría hecho mejor.

Remordimientos: nadie se libra


                Todo el mundo tiene sentimientos. Incluso en los casos más graves de psicópatas, siempre hay alguna cosa que les remueve por dentro, aunque sea la maldad. Recordemos si no la cara de disfrute del Hannibal Lecter de El silencio de los corderos o el perverso juego del criminal de Seven. Pero, quitados estos casos, la mayoría de personas albergamos en algún momento sentimientos de amor, compasión, lástima o cualquiera de estos que se relacionan directamente con el corazón. Y sentimos, también, remordimientos cuando creemos que una acción nuestra ha repercutido negativamente en los demás. Incluso cuando albergamos sentimientos de Venganza o Revancha.

                En nuestro teatro también gastamos de todo eso. Los remordimientos, a uno y otro lado de estrados, son moneda frecuente y a menudo acaban por aflorar. Y si no lo hacen de día, lo hacen por la noche, en nuestras pesadillas . Es lo que tiene la condición humana.

                He hecho, como otras veces, una pequeña cuestación entre mis compañeros y compañeras en redes para que me cuenten si alguna vez han sentido ese pinchazo del remordimiento. Medio en broma, medio en serio, me dice una compañera que los siente todos los días, a lo que otro responde que depende del nivel de autoexigencia de cada cual. Y, aunque pueda parecer exagerado, no andan del todo desencaminados.

                Hemos de reconocer que tenemos un trabajo donde se ventilan asuntos de gran importancia. La vida humana, sin ir más lejos, es protagonista de los juicios más duros con los que nos encontramos. Y la libertad es un bien precioso del que tenemos la llave cada vez que nos ponen un detenido a nuestra disposición. Nada más y nada menos.

                A veces me pregunto si con el tiempo perdemos la perspectiva de algo tan importante y llegamos a normalizar tanto nuestra función que no nos impresiona. Es un riesgo, sin duda. Ya hablamos en otro estreno de la rutina y del peligro que entraña, síndrome de born out incluído. Pero yo siempre trato de hacer un ejercicio que no por sencillo de contar resulta fácil: ponerme en la piel del otro. Se trata de utilizar la empatía, por supuesto, pero no solo la más obvia, que es la que nos identifica con las víctimas, sino algo más complicado, ponernos en la piel del culpable. Por qué hizo lo que hizo y en qué circunstancias. Y cómo habríamos reaccionado de hallarnos en su lugar. Hablamos a la ligera de esas criaturas que son “carne de cañón” pero  no siempre somos capaces de imaginarnos en esa situación. Es difícil, no lo niego, pero el resultado merece la pena. No se trata de tener compasión sino de hacer justicia. O, como dijo Concepción Arenal, de odiar el delito y compadecer al delincuente.

                Pero, incluso cuando ponemos toda la carne en el asador para hacer así las cosas, pueden no salir como pensábamos, o írsenos de las manos. Y entonces es cuando llegan los remordimientos. Como los que han sufrido más de uno y más de una cuando el detenido al que has ingresado en prisión se quita la vida. Una píldora difícil de tragar.

                Los supuestos más extremos a este lado del espectro serían los errores judiciales, que, aunque sean muy pocos, haberlos, haylos. Me viene a la cabeza ahora el conocido caso del asesinato de Rocío Wannikoff y la condena, tanto jurídica –la juzgó el tribunal del jurado- como social, que padeció por ello una mujer  cuya inocencia se demostró más tarde. O el de los asesinatos de mujeres de Vora Riu, en Castellón, por los que sufrió en primer término prisión preventiva un hombre que luego resultó no ser el culpable. Qué difícil debe ser gestionar todo esto. De día, y sobre todo, de noche.

                Desde otro punto de vista, otros de los casos que afectan nuestra tranquilidad son los relacionados con la violencia de género. De una parte, esas mujeres que sabes que son víctimas pero se niegan a denunciar, respecto de las cuales, sin más prueba, no puedes hacer mucho más que quedarte con el corazón en un puño y pedir a toda la corte celestial que no le pase nada. Y también están esos casos donde él acaba matándola a pesar de haber adoptado alguna medida. No somos infalibles, pero no serlo, en esos casos, se lleva muy mal. Fatal.

                Un compañero me cuenta un caso que me pone los pelos como escarpias, y que recuerda a la perfección pese a haber pasado tropemil años, e intervenido en tropemil juicios. Se trataba de una niña sistemáticamente violada por su padre que, no solo hubo de sufrir tal cosa sino también el rechazo de su familia. El juicio en aquel entonces se celebró sin ninguna medida de protección para ella, que se veía obligada a declarar a escasos metros de su padre que, para más inri, estuvo en todo momento arropado por su familia, mientras ella solo contaba con el respaldo de las dos monjas que le acompañaban. Dice mi compañero que jamás olvidará la cara de aquella niña y sus ataques de ansiedad. Y no es para menos.

                El otro asunto que me cuenta es el de un homicidio presuntamente cometido a bordo de un vehículo del que se acusaba a conductor y copiloto. Como quiera que la defensa no se planteó otra estrategia que la negación para ambos, no hubo discusión posible sobre el concurso de voluntades con el copiloto, que resultó condenado por el jurado. Tuvieron que pasar 10 años y varios recursos para que fuera finalmente absuelto por falta de prueba por lo que a su participación atañía, quedando la condena solo para el autor material. Otro supuesto difícil de olvidar, aunque fuera por otras razones

                Y no creamos que solo en el lado puñetero de Toguilandia hay remordimientos. Me he encontrado, a lo largo de mi carrera, con varios casos en que los propios autores manifestaban tener remordimientos por sus hechos, aunque una nunca llega a saber del todo si eso es cierto o es simplemente una estrategia para lograr el favor del tribunal o algún beneficio penitenciario.

                También hay otros asuntos donde ocurre exactamente lo contrario, el autor dice no arrepentirse ni tener remordimientos. El más llamativo, uno que me contaron en mis primeros días toguitaconados. Se trataba de un hombre acusado, y condenado, por matar a su hermano. El tipo lo reconoció, y admitió la condena de varios años de prisión sin pestañear. Dijo que lo merecía, pero que su hermano también merecía morir por lo que había hecho sufrir a su madre. Es más, repitió que si volviera a nacer lo volvería a hacer, y se negó a pedir ni a disfrutar de ningún tipo de beneficios penitenciarios. Otro asunto para no olvidar.

                Y con esto, se cierra el telón por hoy. Nuevamente pediré el aplauso para todos mis compañeros  y compañeras que contribuyen con sus experiencias a estos estrenos. Recordemos lo importante qué es lo que hacemos cada día. Tal vez por eso como recuerda otra compañera, hay quienes todavía vemos en nuestras pesadillas el día del examen que nos dio el pasaporte a Toguilandia.

Clase social: juicio o prejuicio


                La clase social es algo que se refleja, en todas partes, nos guste o no. Nuestros derechos serán los mismos, pero la realidad no siempre lo es, y eso se ve claramente en cine y teatro. Entre La pequeña cerillera de Dickens, o la pobreza de Las cenizas de Ángela a la Alta sociedad hay un mundo. Y los ejemplos podían ser miles, en un extremo y otro. C’est la vie

                En nuestro teatro debiéramos decir que no hay reflejo de clase social alguna. Pero eso sería tanto como vivir en Los mundos de Yupi y no asomar siquiera la cabeza para que un soplo de realidad nos estropee nuestro particular planeta. Y eso no es posible

                La clase social, o, más bien, la clase económica marcada por el poder adquisitivo, se nota a uno y otro lado de estrados. Aunque en algunos casos, no tanto como venden, o como quieren vender.

                Se dice hasta la saciedad que quienes formamos parte de Toguilandia, especialmente jueces y fiscales, tenemos un árbol genealógico florido y ascendientes con una cuenta corriente no solo florida sino floreciente. He leído poco menos que sin apellidos compuestos y rimbombantes, era difícil entrar en esto.  Pero se equivocan. Aquí hay de todo, como en botica, como ya contamos en el estreno dedicado al tesón. De hecho, las últimas estadísticas recién salidas de la escuela Judicial desvelan que lo de que la mayoría descendemos de rancio abolengo toguitaconado es una leyenda urbana, y la mayoría viene de ámbitos donde nadie había oído eso de “visto para sentencia” más que en las películas.

                No obstante, no seré yo quien peque ahora de ingenua y me quede en esos Mundos de Yupi de los que antes hablaba. Hay que reconocer que unas circunstancias económicas favorables o, al menos, no demasiado adversas, son casi imprescindibles para llegar a ser juez o jueza o fiscal –también para ser Inspector de Hacienda o Registrador de la Propiedad, aunque de eso nadie hable- Me refiero a la posibilidad no solo de pagar un preparador sino de poderse permitir no trabajar durante un numero indeterminado de años.  Y sí, hay becas –pocas- y algún ofrecimiento de preparación gratuita, pero no es la regla general. Como tampoco lo es aprobar mientras se trabaja, aunque haya un puñado de valientes que así lo hicieron y lo lograron, ante quienes hay que quitarse el sombrero. Pero de admitir una obviedad como esta a describirnos a todos como hijos de papá sin más mérito que nuestra herencia hay un mundo. La carrera judicial y la fiscal están llenas, y cada vez más, de gente de toda procedencia, que ha llegado con su esfuerzo, y con el esfuerzo de sus familias para hacerlo posible.

                Donde quizás es más evidente la influencia de la clase social o, más bien, socioeconómica, es al otro lado de estrados. Los delincuentes habituales pertenecen en muchos casos a familias donde la delincuencia ha sido un modo de vida y es difícil salir del círculo. En algunos ambientes desestructurados y faltos de recursos, la delincuencia, generalmente menor, se convierte en una salida a la que muchos llegan por inercia. Cuando a esto se suman adicciones, el coctel está servido. Porque, aunque hay quien afirma que las drogas igualan a las personas, no es del todo cierto. Aunque el sufrimiento sea el mismo, e incluso los hechos a los que la adicción lleve, no son las mismas las posibilidades de deshabituación y rehabilitación según la familia de cada cual. Es lo que hay.

                Ahora bien, reconocer ciertas realidades no nos debe llevar a caer en el estereotipo. No se puede estigmatizar al pobre porque lo sea ni tampoco al rico, ni mucho menos asignarles el binomio delincuencia/honradez según su procedencia. Nada más lejos de la realidad, Y cada día más.

                Hay, por ejemplo, un tipo de delitos que requieren que el autor pertenezca a determinada clase privilegiada. Hablo de los delitos de corrupción, que tanto han azotado a nuestro país durante una época. Es evidente que si no se ostenta una situación determinada de poder, no se pueden cometer estos delitos. Lamentablemente, aunque he visto peleas entre indigentes con terribles resultados por una esquina donde mendigar, esto nunca sería tráfico de influencias.

                Otra realidad preocupante es la que pretende enlazar la condición de inmigrante con la de delincuente. La constante y machacona alusión a los menores no acompañados con el despersonalizante acrónimo de “menas” para acusarles de todo tipo de delitos es algo que vemos a diario. Y, como dice el refrán, injuria, que algo queda. Así que estas personas en condiciones tan difíciles ven aumentar esas dificultades por el hecho de señalarles como delincuentes. Y aquí, como siempre, de todo hay.

                Por último, hay que hablar de esos delitos respecto de los que siempre hay alguien que dice “fue condenado, pero…” o, por decirlo de otro modo, lo que algunos llaman “delitos de personas normales”. He oído varias veces expresiones parecidas en las que, aunque subyace una discriminación y clasismo importante, mucha gente se identifica. El tipo paradigmático de estas situaciones sería el de los delitos contra la seguridad vial, en los cuales el elenco de posibles autores es amplísimo. Por suerte, y a base de campañas de concienciación, poco a poco desaparece esa permisividad social para este tipo de delitos. La gravedad de las consecuencias así lo imponía.

                Sin embargo, otro caso donde aun no se ha dado ese paso de conciencia social completa es en la violencia de género. Todavía escuchamos con frecuencia a personas que dicen que conceptúan estas condenas como injustas o que, directamente, niegan la existencia de estos delitos. Y si a eso sumamos quienes tildan directamente a todas las mujeres de mentirosas y de interponer, un día tras otro, denuncias falsas , el motivo de preocupación está servido. Y el trabajo por hacer, también.

                Por todo esto hoy pido el aplauso para todas las personas que luchan porque la igualdad sea un hecho, a uno y otro lado de estrados, sin que la clase social o económica suponga nada más que un dato estadístico. Gracias por marcar el camino