Ratos muertos: todo el tiempo perdido


         Que El tiempo es oro no es algo que vaya a descubrir yo ahora. Muchas películas y obras literarias emplean medidas de tiempo en sus propios títulos. Lo que queda del día, 24 horas desesperadas o 9 semanas y media son algunos de los títulos. Lo que no nos cuentan es qué hacían sus protagonistas entre toma y toma, entre descanso y descanso, entre rodaje y rodaje, ni si tienen esos ratos muertos que tanto desesperan. Porque en todas partes cuecen habas. Y si no que se lo digan a Proust, todo el día En busca del tiempo perdido

En nuestro teatro, los ratos muertos son tantos que están más vivos que muertos. Solo diré que el santo Job no aguantaría algunas de las cosas que nos toca aguantar. Pero no nos queda otra. Con razón se dice que la paciencia es una gran virtud.

Uno de los ratos muertos más desesperantes es el momento ruedita. Seguro que cualquiera que transite por Toguilandia sabe de lo que estoy hablando, pero para quienes tengan la suerte de no haberlo experimentado, les diré que se trata de todo el tiempo que transcurre entre el momento que encendemos el ordenador o cualquiera de sus aplicaciones –particularmente las de Justicia como Fortuny, Lexnet o similares- y el instante real en que se conecta, que suele venir amenizado por una ruedecita que gira y gira como si fuera un hámster, pero sin gracia. Sin ninguna puñetera gracia.

Otro de los ratos muertos es el de la llamada en espera . Aunque ya le dedicamos un estreno, bien está recordar lo exasperante que resulta tratar de comunicar con algún sitio, generalmente alguna institución u órgano público, y encontrarte con la voz metalizada que te dice que en unos momentos serás atendida. Y una porra. Su concepto de “unos momentos” difiere una vida del mío, igual que difiere su concepto de entretenerse con una melodía y perforar las meninges a base de repetir una y otra vez el mismo sonsonete. He sabido de personas que han llegado a odiar canciones que adoraban antes en cuanto les han torturado unas horitas poniéndosela como tono de espera. Por supuesto, estas cosas suceden cuando existe prisa porque hay un plazo para presentar alguna cosa y nos falta un dato esencial al que solo podemos acceder por esa llamada.

No obstante, entre los ratos muertos más desesperantes se encuentran los que suceden en el juzgado de guardia. El tiempo de espera para que traigan un detenido, para que llegue el intérprete del idioma que se trate, peor cuanto más raro es el idioma, o en que llegue el abogado o abogada que anda como pollo sin cabeza del juzgado a la comisaría es frustrante. Porque se podían hacer muchas otras cosas y no siempre se puede por falta de instalaciones y medios. Y que conste que peor es para quien va como pollo sin cabeza que para quienes esperamos.

También hay casos donde el pollo sin cabeza es el fiscal, por más que le extraña a la gente. En muchos casos llevamos guardias de más de un juzgado y, cuando los planetas se alinean y la Ley de Murphy  hace de las suyas, nos llaman de los más lejanos al mismo tiempo. Y entonces esperan los demás. Y no siempre con la paciencia que deberían.

Pero, para que nadie me llame corporativista, me pondré en la piel de quienes ejercen la abogacía porque de ratos muertos saben un rato. Como se de mal una sentada de señalamientos, se ven en el brete de esperar horas hasta que le toca el turno a su juicio. Y, aunque quienes estamos haciendo esos otros juicios no podemos hacer nada más que eso, celebrar los juicios anteriores, hay que entender que desesperen.

Otras veces pasa lo contrario. Se trata de señalar con un tiempo prudente entre juicio y juicio y, entre suspensiones y conformidades, pasamos nuestros buenos ratos mirando al horizonte. Porque, generalmente, no es tanto tiempo como para ir a nuestro despacho, ni tan poco como para que no se note.

Por último, hablaré de uno de los ratos muertos que más estrés causa. El que esperamos quienes hemos participado en un juicio con jurado a la sentencia. Juro que a veces, es como un parto. Y el bebé no siempre es como nos hubiera gustado.

No me olvido del justiciable, claro está. Si es difícil en muchos casos comprender los ratos muertos que nos hace pasar un sistema no tan eficiente como nos gustaría, para ellos es imposible. Echar tropemil horas para que un juicio luego se suspenda, o para que le digan que ha habido conformidad y que su testimonio no hacía falta no es plato de buen gusto. Y hay que explicárselo muy bien para que lo entiendan, Y, por supuesto, ser humildes y pedir disculpas, aunque la culpa no sea nuestra. O no lo sea del todo, que no es cuestión de tirar la piedra y esconder la mano.

Ahora ya solo queda el aplauso. Y esta vez está dedicado, obviamente, a todas las personas que, desde dentro o fuera de estrados, se han visto obligadas a esperar más de lo razonable y no han escupido sapos y culebras por la boca. Porque el buen gesto siempre lo facilita todo. Hasta los ratos muertos.

Ironía: la máscara


         No es fácil definir la ironía, pero todo el mundo la ha usado alguna vez. Hay personas que la usamos constantemente. De hecho, entender la ironía o los dobles sentidos constituye un hándicap para personas con determinados trastornos, de los que el cine ha hecho uso con magníficos resultados, como el caso de Rain Man o Forrest Gump. En otras ocasiones, son los propios títulos los que tienen una gran carga de ironía, con frases como Los mejores años de nuestras vidas. Sin olvidar, por supuesto, personajes que hacen de la ironía su santo y seña como el mismísimo Hannibal Lecter de El silencio de los corderos.

En nuestro teatro utilizamos la ironía más de lo que nos damos cuenta. Obviamente, las leyes no la usan, aunque hay disposiciones que parecen hacerlo, como aquella época en que se puso de moda decretar leyes con grandes objetivos que incluían una disposición adicional según la cual la ley en cuestión no supondría ninguna dotación de medios personales ni materiales. Y, aunque, por desgracia, no era ironía, más valía tomarlo así.

La ironía no siempre se entiende por sus destinatarios. Por ejemplo, yo cada vez que alguien alega que ha llegado tarde por circunstancias como el tráfico, le digo eso de “claro, es que el Ministerio Fiscal se teletransporta”, pero no siempre pillan la ironía. Tampoco la pillan cuando, ante excusas relacionadas con los niños, digo que las mías nacieron con 12 años y la ESO acabada.

A veces, ni siquiera ellas -que ni nacieron con 12 años ni con la ESO acabada- entienden mis cosas. Cuando eran pequeñas y se impacientaban porque la comida no estaba hecha, siempre les decía lo mismo, ante sus demandas de que nos diéramos prisa. Poniéndome delante del microondas, lo jaleaba al grito de “¡microondas, microondas!” mientras daba palmas. Ni que decir tiene que nunca da resultado, pero convirtió en un gag familiar desde el día en que sus amigos fueron testigos del numerito y lo celebraron.

En Toguilandia son tantas las oportunidades de usar la ironía que no es fácil sustraerse a ello. En ocasiones, es la mejor fórmula para no perder los estribos, como me cuenta un compañero que, ante la pregunta del acusado de maltrato sobre qué hubiera hecho él si llega a su casa y la comida no está hecha, le respondió con su mejor sorna: para esos casos tengo Fabada Litoral. Un crack, mi compañero.

También recuerdo a una juez que, harta de que todos los detenidos dijeran que los productos robados los habían encontrado en el contenedor, les dijo, muy seria: “qué suerte tienen todos, yo cada día miro en el contenedor, y nuca encuentro nada de eso”. Una postura parecida es la que adoptó otro juez que, como quiera que en una pelea recíproca ambos se negaran a hablar ni a decir más allá que los múltiples arañazos de su cara se los causó cayendo al suelo, le preguntó muy tranquilo si el suelo era de alambre de espino.

El hecho de conocer o no a alguien también da mucho juego a la ironía. En un juicio de faltas, Su Señoría, cansado de que el denunciado le tuteara sin ningún respeto, le preguntó si acaso comían sopas juntos, aunque el ínclito no debió entenderlo a juzgar por su cara de asombro. Y en otro caso donde la testigo negaba conocer a la acusada, la llamó reiteradamente Pepi a pesar de que figuraba como Maria José, por lo que la abogada, en el colmo del sarcarsmo, le preguntó si se trataba de otra persona, porque a la tal Maria José había dicho no conocerla.

Por supuesto, no es la única abogada que saca respuestas ingeniosas de la chistera, Me cuenta otra que, ante la pregunta de su cliente sobre si sabía qué era el aviso que le había llegado de Correos, le dijo que se perdió la clase de magia de la Facultad. Una clase que, por cierto, también me perdí yo, y debió ser donde repartían varitas mágicas y bolas de cristal.

Y no solo en Toguilandia usamos la ironía. Una amiga periodista, se encontró con que alguien le dijo que era una puta y una hija de puta. Lejos de enfadarse, respondió muy tanqula que no se metieran con el negocio familiar, con lo que les había costado hacerse un huevo en el mercado.

Las profesiones sanitarias también tienen lo suyo. Me cuentan que en Urgencias una señora dijo que tenía dolor en una mama y que su médico le había dicho por teléfono que fuera a Urgencias a que le exploraran. La facultativa hizo su tarbajo, pero no se cortó un pelo a la hora de lamentar en voz alta por el médico que tenía teléfono pero no manos. Y hablando de pechos, me acuerdo la genialidad de la contestación de una mujer que, ante la insinuación de su pareja -ya ex de que se pusiera “más tetas”, le dijo: ¿Qué con dos no tienes bastante?. Sublime.

No obstante, no todo el mundo entiende la ironía, aunque le pongan subtítulos. No la entienden quienes, merecedores de un 0 en civismo y otro en solidaridad, aparcan en las plazas de las personas con discapacidad y son preguntadas por alguien que sí las necesita si su discapacidad es el cerebelo. Y con razón

Por otro lado, la vida tiene situaciones en donde la ironía es casi el único recurso. Encontrarse en una cola a alguien que pregunta “estás haciendo cola” solo merece contestarse con un irónico “no, espero el bus”. Y en una cola del mercado, precisamente, se encontraba mi madre cuando una vecina le dijo muy seria que a ella el pescado le gustaba bueno, a lo que mi progenitora, ni corta ni perezosa, le respondió que a ella le gustaba podrido, por eso hacía cola.

Otras veces, el tomarse las cosas al pie de la letra da lugar a situaciones irónicas. Cuentan que un tipo con un ojo de cristal solía quitárselo y lanzarlo cada vez que alguien decía eso de “echa un ojo a esto”. No sé si es una leyenda urbana, pero habrá que ver la cara de quien lo presenciara Como también habría que ver la cara de una niñata que, venida arriba en una discusión con un “tú no sabes quién es mi padre”, se encontró con una respuesta a su medida: “pues ya tenemos algo en común tu madre y yo”.

Para acabar, un caso que más que ironía parece sacado de un chiste de esos de “el colmo de..” y que también me aportan por redes. El caso de una chica que, contratada para labores de coaching y fomentar el trabajo de equipo, fue despedida por fomentar las reuniones de equipo. Ironía pura,

Y, hasta aquí, el estreno de hoy. El aplauso es, como no, para todas las personas que, desde redes sociales y desde la vida, han colaborado para hacerlo posible. Mil gracias.

Ayuda: no miremos a otro lado


Hoy en nuestro escenario estrenamos una historia, un cuento para invitar a la reflexión sobre llamadas inatendidas y dejar las cosas para el último momento. Pero no quiero hacer spoiler. Que cada cual saque sus propias conclusiones

MAÑANA POR LA TARDE

  • Lo siento, Cecilia. Me encantaría quedar contigo ahora mismo, pero hoy es imposible. No sabes la de lío que tengo
  • No te preocupes, de verdad, no pasa nada. ¿Mañana puedes?
  • ¿Mañana? Pues puede ser
  • ¿Por la mañana? Es domingo
  • Por la mañana tampoco puedo, te lo juro. Pero si quieres, mañana por la tarde. ¿Sí?
  • Claro. Mañana por la tarde entonces. ¿A que hora?
  • Ya te llamo y te digo. Ahora mismo no puedo concretarte. Y ahora te dejo, que he de irme ya

Cualquiera que hubiera escuchado esa conversación telefónica, se habría dado cuenta al segundo de que la interlocutora pretendía quitarse de encima a su amiga Cecilia. Cualquiera, claro está, menos ella, que estaba convencida de que había puesto una excusa fantástica y había quedado de maravilla, y la propia Cecilia, que se negaba a creer que su amiga la estuviera despachando sin contemplaciones cuando ella le pedía ayuda.

Cecilia y Marta eran amigas desde niñas. Habían asistido a la misma clase en el colegio y en el instituto, y habían convertido noches de juerga y de estudio a partes iguales. Nunca estaban solas. Tenían un grupo de inseparables compuesto por ellas dos y dos amigas más, también compañeras de colegio, de instituto y, claro está, de correrías.

Ahora hacía tiempo que no se veían tanto y, aunque Cecilia culpaba de ello a los distintos caminos que tomaron cada una, ya que dos de ellas iban a la facultad juntas, la tercera se puso a trabajar en la tienda de sus padres y ella misma estaba estudiando la carrera a distancia, sabía que no era cierto. Fue él y solo él quien las separó. Fue él quien protestaba a diario de que quedara con ellas, quien las llamaba “zorras” y le advertía que no podía ser como ellas, quien malmetió hasta convencerla de que la daban de lado. Y ella, cegada por lo que creía que era el amor de su vida, la que se dejó convencer. Poco a poco fue espaciando sus quedadas. Al principio les ponía excusas razonables, luego se fueron volviendo más vagas e increíbles y llegó un día en que dejaron de contar con ella. Y, por supuesto a él le faltó tiempo para hacérselo ver.

  • ¿Ves? Si fueran tus amigas de verdad te llamarían. En cuanto han podido se han librado de ti. ¿Te das cuenta de que yo tenía razón?

Pero el tiempo había pasado y las cosas no eran como Cecilia pensaba. El amor de su vida se convirtió en la pesadilla de su vida. Se había quedado sola. Había creído lo que él le decía de todo el mundo y se había alejado de familia y amigos. Ni siquiera tenía compañeros de facultad, porque había elegido estudiar en la universidad a distancia. Aunque, en realidad, no se trataba de una elección voluntaria, sino una de las maniobras de él para alejarla de todo y de todos.

  • Tienes que estudiar por la UNED, Cecilia. Me he estado informando y en tu carrera tiene mucho más prestigio que la facultad de nuestra ciudad. Ah, y no te preocupes por el dinero, porque yo me hago cargo. Por ti, lo que haga falta, ya lo sabes.

Cayó en la trampa. Sus amigas no comprendieron su decisión, pero fue tan convincente cantando las virtudes de la enseñanza a distancia que no quisieron insistir. Por aquel entonces, ya hacía tiempo que se había empezado a distanciar de ellas.

Ahora estaba sola, y necesitaba urgentemente a alguien. Su madre estaba descartada, porque con ella no se podía hablar de ciertas cosas. Y su hermano, más aún. Aunque se querían, la diferencia de edad y el hecho de tratarse de un chico nunca habían propiciado una verdadera relación de confianza. Pero tenía a sus amigas. Sus hermanas, como gustaban llamarse. Sabía que se había alejado injustamente de ellas, pero sabrían entenderlo. Y perdonarle. De hecho, es lo primero que haría, pedirles perdón.

            Marta fue la primera a la que llamó. Se quedó un poco decepcionada porque no quisiera quedar ese mismo día, a pesar de que ella le había dicho lo urgente que era. Pero no quiso darle importancia. No se podía permitir el lujo de hacerlo. Así que se convenció a sí misma de que su excusa era creíble y de que su cita del día siguiente era inamovible. Pero ella necesitaba hablar con alguien antes, así que continuó con la lista, Claudia fue la siguiente

  • ¿Cecilia? Qué alegría oírte. Tenemos que vernos pronto para ponernos al día
  • Por eso te llamaba, ¿Qué tal esta tarde? ¿O esta noche? Me da igual la hora
  • De veras que lo siento, Ceci, pero hoy es imposible. Tengo un montón de cosas que hacer y una cena del trabajo a la que no me apetece nada ir, pero ya sabes, hay que cumplir
  • Pero, ¿ya no trabajas con tus padres?
  • Bueno…sí. Pero tengo que ir a eventos en su nombre, cenas de empresarios del barrio y cosas de esas… Un rollo
  • ¿Y mañana? Es domingo, podríamos quedar por la mañana
  • Uf. Por la mañana, imposible. Igual mañana por la tarde. Ya te llamo y te digo

           Claudia mentía bastante peor que Marta, pero Cecilia no quiso verlo. Incluso llegó a imaginársela en una aburrida cena de empresarios mayores y barrigudos, fumando puros y con la cara colorada de beber vino. Porque así es como era el propio padre de Claudia, propietario de una bodega de las de toda la vida.

            Solo le quedaba Elvira. Siempre fue con la que se sintió más unida, y la había dejado en último lugar como una apuesta segura. No podía pretender que después de tanto tiempo desatendiendo las llamadas, estuvieran todas a su disposición. Pero estaba convencida de que Elvira le haría un hueco, tuviera lo que tuviera que hacer. Por eso, cuando vio que no respondía al teléfono, le envió un mensaje. En cuanto lo viera, seguro que le devolvía la llamada.

            Cecilia no podía saber que, mientras tecleaba el mensaje para Elvira, ella estaba llegando a su cita de esa noche. Fue la última en acudir al bar de siempre, donde le esperaban sus amigas Marta y Claudia. Antes de sentarse, echó un último vistazo a su teléfono móvil

  • No os imagináis quién lleva llamándome toda la tarde -dijo Elvira a sus amigas- Tuve que silenciar el teléfono porque no me podía ni maquillar. Me supo mal, pero…
  • No digas más – intervino Marta- Cecilia. Te llamó Cecilia. ¿A que sí?
  • Pues sí. ¿Cómo lo has sabido?
  • También me llamó a mí, y no sabes lo peñazo que se puso con la idea de quedar hoy. Estuve a punto de decirle que viniera, pero luego pensé en la última vez que cenó con nosotras y se me quitaron las ganas- ¿Os acordáis?
  • Claro que me acuerdo, como para olvidarlo. Toda la noche cantando las maravillas de ese impresentable de Luis, mientras no dejaba de mirar el móvil y sus mensajes con cara de susto
  • Y luego, el colofón -terció Claudia- ¿Recordáis?
  • No me olvidaré nunca, Aquel imbécil llegó a recogerla, y nos dijo antes de todo. Y ella, como una tonta, no nos defendió. Ni siquiera nos miró a la cara. Yo no se lo he perdonado, no sé vosotras
  • Mujer, no seas rencorosa. Estaba muy pillada por él. Aunque luego, bien que podría haber hecho alguna llamadita disculpándose, pero nada. Yo la perdono, pero no me olvido, la verdad. No sé si seré capaz de retomar la amistad que teníamos. Porque a mí también me ha llamado.
  • No sé, como insistía tanto, yo le dije de quedar mañana por la tarde. Pero lo dejé en el aire. Aun no sé si ir o poner alguna excusa
  • Mañana por la tarde Qué casualidad

Sin haberse puesto de acuerdo, las tres habían coincidido. Habían demorado una cita que no les apetecía en absoluto, con la esperanza inconfesable de que pasara algo que les impidiera ir. Las tres amigas tenían unas enormes ganas de divertirse. Después de todo lo que habían pasado durante el confinamiento y las restricciones posteriores, había llegado el momento de desquitarse. Por fin podían salir sin mascarillas y sin que nadie les llamara la atención por acercarse demasiado. Y, claro, no estaban dispuestas a que la que fue su amiga viniera a fastidiarles el plan. No es que no la apreciaran, solo se trataba de una cuestión de prioridades. Ella había elegido en su día, y las había postergado en favor de su novio. Ahora ellas le devolvían la pelota. En realidad, no era ni siquiera una venganza. No tenían ganas de quedar con ella

  • Estoy segura que ha cortado con Luis y ahora viene con nosotras para lamerse las heridas. Me da un poco de pena, pero tampoco vamos a correr al primer silbido que dé después de cómo nos trató
  • Tienes razón. La escucharemos si hace falta, pero no hoy. Hoy ¡la noche es nuestra!

Se dieron un abrazo. El enésimo desde que habían declarado el fin oficial de la pandemia de coronavirus, hacía apenas un par de días. No había pasado ni media hora desde que llegaron cuando ya habían dado buena cuenta de un par de jarras de cerveza y se disponían a empezar la tercera, con sus jarras en la mano y los ojos brillantes

  • Por la pesada de Cecilia -dijo de pronto Marta, alzando su jarra- A ver qué rollo nos va a contar
  • ¡Por la pesada de Cecilia!
  • ¡Por Cecilia!

Las tres rieron a carcajadas. El alcohol estaba causando sus estragos y, mezclado con la alegría de la recuperación de la normalidad, formaban un cóctel explosivo. No solo en ellas sino en la gente en general se había instalado una sensación de urgencia, de vivir al día, que no sabían si se terminaría en algún momento. La pandemia dejó secuelas incluso a quienes no pasaron la enfermedad.

Mientras tanto, Cecilia seguía recorriendo el listado que guardaba en la memoria de su teléfono móvil con la esperanza de que alguien le contestara, pero era inútil. El primer sábado desde el fin de la pandemia todo el mundo tenía planes que llevar a cabo. Todos los planes que quedaron aplazados una vez y otra mientras duró la pesadilla. Esos mismos planes que a ella le faltaban.

De pronto, tuvo una idea. Tal vez a Claudia le venía bien acabar con aquella cita de negocios. Estaba segura que si llamaba y le proponía tomarse una copa con ella, le daría una excusa para escabullirse. Le pareció una idea genial. De hecho, no sabía cómo no se le ocurrió decírselo cuando habló con ella. Tomarían una copa juntas y, mañana por la tarde, cuando quedara con las demás, las cosas habrían vuelto a ser lo que eran. Llena de esperanza, apretó la tecla de llamada.

  • Claudia, te está sonando el teléfono -dijo Elvira entre risas- Baja de la mesa y te lo doy

En el punto culminante de su noche, Claudia cantaba “I Will survive” a voz en grito subida encima de la mesa del tercer bar de copas que visitaban aquella noche. El resto de gente que allí había le hacía coro y la aplaudía con entusiasmo. Las ganas de divertirse se palpaban en el ambiente. No obstante, acabó bajando a ver su teléfono, aunque, al cogerlo, ya la llamada había acabado.

  • No os lo vais a creer. Era Cecilia otra vez
  • ¿En serio?
  • En serio. Qué cansina se está poniendo, ¿verdad?

Volvió a dejar el teléfono en el interior de su bolso, sin siquiera molestarse a mirar si había dejado algún mensaje

  • Camarero, otra ronda -dijo Claudia, con una carcajada- Vamos a brindar por Cecilia

Brindaron por ella otra vez. De hecho, cuando, a regañadientes, dieron por finiquitada la noche, habían hecho hasta cinco brindis por Cecilia. La resaca del día siguiente se la deberían, en parte a ella. Sin contar las innumerables rondas de cervezas y tequilas que trasegaron, claro está.

Durmieron toda la mañana. Pasaban la noche juntas en casa de los padres de Elvira, que se habían marchado de viaje, ahora que ya era posible. Hacía tanto tiempo que no se podía pasar una noche así, que no escatimaron nada. Nada de nada. Sus cuerpos notaron la falta de costumbre y no se despertaron hasta bien pasada la hora de comer, con dolor de cabeza y la lengua convertida en papel de lija. Ninguna se apercibió de las llamadas perdidas en sus respectivos móviles que, además, se habían quedado sin batería sin que se molestaran en cargarlos.

Cuando recobraron casi por completo la compostura, después de tomar cualquier cosa del bien abastecido frigorífico de los padres de Elvira, fue esta la primera en poner en marcha su teléfono móvil, olvidado por unas horas. Apenas lo cogió, el timbre volvió a sonar. Todavía somnolienta, activó el altavoz, de modo que todas pudieron escuchar. La memoria de su dispositivo le indicaba que era Cecilia quien llamaba

  • ¿Usted es Elvira Marcos?
  • ¿Quién es? Ese es el teléfono de Cecilia, de Cecilia Ríos
  • Así es -dijo la voz, con un tono tan serio como pocas veces habían escuchado- Soy el agente de Policía Local 21125. La realizada a su teléfono es la última llamada que consta en el registro del móvil de su amiga Cecilia
  • Pero ¿qué le ha pasado?

El cuerpo de Cecilia fue encontrado en su casa sin vida. Se había tomado dos cajas enteras de somníferos. En la mesa de al lado de la cama donde murió, había dejado una nota cuidadosamente escrita:

“Perdonadme. No pude esperar a la tarde”

Denuncias falsas: ¿falsas denuncias?


         Las mentiras y las falsedades forman parte de la vida. Y, al igual que de la vida, forman parte del mundo del espectáculo: No es extraño que algún artista organice un montaje sobre un supuesto amor o cualquier otra cosa para atraer la atención de los medios y ganar fama. Y todavía lo es menos que esos montajes sean el argumento de una película, como Quiz show o El show de Truman. Y es que, como cantaba el bolero, La vida es puro teatro.

En nuestro teatro, esos tejemenes tienen su traducción jurídica en los delitos contra la Administración de justicia. Y entre ellos, hay que destacar el falso testimonio, la denuncia falsa y la simulación de delito que, aunque parezcan iguales, no son lo mismo. Lo que no existe en nuestro Derecho es el delito de perjurio, al que se refieren muchas películas porque en Norteamérica sí es delito. Pero aquí, faltar al juramento o promesa de decir verdad es, para testigos, un delito de falso testimonio, y para acusados, nada, puesto que ni declaran bajo juramento ni tienen obligación de decir verdad. Y, a decir verdad, y valga la redundancia, quienes habitamos Toguilandia hemos visto mentir como bellacos a más de uno.

Acerca de las denuncias falsas, se han vertido ríos de tinta. Y los que quedan por verter, sobre todo, a raíz de determinados hechos puntuales, como ha sucedido estos días con la supuesta agresión homófoba, que parece no ser ni agresión ni homófoba. Ahora bien, lo primero que hemos de destacar es la vieja historia del hombre que muerde al perro. Es una excepción, llamativa pero excepción, y no borra ni hace desaparecer el problema que supone la homofobia y el aumento de las agresiones de este cariz.

La cuestión de las denuncias falsas no es nueva. Muy al contrario, se trata del látigo con el que nos fustigan día sí y día también a quienes luchamos contra la violencia de género. Hay un sector empeñado en pintar a las víctimas de violencia de género como unas mentirosas compulsivas, malvadas y ruines, que quieren destrozar la vida de sus parejas inventándose una agresión, unas amenazas o cualquier otro maltrato. Lástima que no podamos darles la razón afirmando que no hay mujeres asesinadas, ni apalizadas, pero las cifras cantan. Los asesinatos de género siguen, y también la violencia vicaria y el maltrato. Ya me gustaría que sus denuncias fueran falsas y no hubiera cadáveres sobre los que llorar.

No obstante, no se puede negar que existan. Todo el mundo recuerda aquel episodio de la mujer que denunció haber sido agredida por su pareja con pegamento en la vagina. Pero no podemos convertir la excepción en regla y precisamente que se condene a la culpable, pública y judicialmente, demuestra que lo que es realmente falso es ese empeño en repetir que no perseguimos las denuncias falsas. Las perseguimos porque es nuestro trabajo y nada hay más dañino que dar armas al contrario.

Diferentes de las denuncias falsas, aunque el acervo popular las ponga en el mismo saco, son los hechos constitutivos de simulación de delito. En estos, una persona finge haber sido víctima de un hecho delictivo, aunque no lo atribuya a persona determinada. Sería, precisamente, el caso de la inexistente agresión homófoba de que hablaba antes.

Lo curioso de estos casos es que, según sea el tema, las conclusiones que sacan algunos son diferentes. Si se trata de violencia de género, o de delitos de odio, se pasa directamente a cuestionar la legislación que protege a las víctimas y la regulación del delito. Sin embargo, cuando se tata de otros delitos, no ocurre nada de eso

El ejemplo más típico es el de quine denuncia falsamente -o, mejor dicho, simula- un robo para cobrar el seguro. Algo muy frecuente en caso de móviles, en que se disfraza una pérdida de robo con esa intención de cobrar de la aseguradora. Pues bien, a pesar de ser supuestos numerosos, nadie cuestiona el precepto que castiga el robo ni la ley de contrato de seguro.

Otro caso, muy de moda, es el de las okupaciones, que tomo prestado a un tuitero generoso. A pesar de que se ha armado una alarma mediática totalmente desproporcionada respecto a este delito, y de que gran parte de los supuestos que nos cuentan no son sino impago de rentas o molestias vecinales, se continúa exigiendo un castigo ejemplar para los culpables. Y no solo eso, también un supuesto pintoresco de un montaje ha sido objeto de atención mediática, pero nadie ha cuestionado la ley que castiga la usurpación de inmuebles. Más bien al contrario, nos siguen torpedeando con anuncios de alarmas respecto a los que -llamadme malpensada- a quien se le saltan las alarmas es a mí.

No son los únicos ejemplos. Otra tuitera contaba el ejemplo de un político que fingió un secuentro por parte de ETA en los tiempos duros del terrorismo, que en modo alguno implicó que se pusiera en duda la efectividad de la legislación antiterrorista, sin perjuicio del castigo del mentiroso, claro.

Por último, quería hacer una puntualización. Hay quien confunde que una denuncia sea falsa con que, según él, ese hecho no debiera castigarse. Y ahí empieza el rosario de “lo que hizo no fue nada” que tanto daño hace.

Y con esto cierro el telón por hoy. Y la boca, porque hay temas de los que una podía hablar horas y horas. Pero ahora toca el aplauso. Y hoy va dedicado, como homenaje, a todas esas víctimas cuyo testimonio se cuestiona injustamente.

Pasividad: el peligro


Hoy quiero llamar la atención sobre una actitud más habitual de lo que parece, la pasividad. Ante la Violencia de Género o ante cualquier otro hecho intolerable. NO podemos cerrar los ojos, ni conformarnos con acallar nuestras conciencias

Para eso, traigo un relato inédito. Ojala sirva como invitación a la reflexión

Imprescindible

  • ¿No viene tu amiga hoy?
  • No -respondí con mucha tristeza- Su novio no la deja
  • ¿Cómo? -mi interlocutora pareció crecer tres palmos- ¿Qué estás diciendo?
  • Eso, que no la deja. Yo tampoco lo entiendo, pero es lo que me ha dicho
  • Pero eso no lo puedes consentir. Si te consideras su amiga, no debes consentirlo
  • ¿Y qué puedo hacer yo?
  • Siempre, siempre, puedes hacer algo -me travesaba con la mirada- Lo que no puedes hacer es mirar hacia otro lado.

Rosa era la directora de un grupo de voluntarias que nos dedicábamos a atender a las personas sin hogar. Desde que en la pandemia del coronavirus de 2020 fallecieran gran número de indigentes, la sociedad había cobrado conciencia de lo grave de este problema. En su día, dijeron que todo el mundo debía quedarse en casa, pero el drama era que estas personas no tenían casa en la que quedarse.

Cayeron como chinches, y eso hizo que Rosa, y otras como ella, fundaran la asociación en la que mi amiga Mónica y yo colaborábamos. O, al menos, colaboraba yo, porque Mónica me había dicho ayer mismo que no volvería. A su novio no le gustaban nada los indigentes y se lo había prohibido. A mí quien no me gustaba era su novio, pero si se lo decía me arriesgaba a perder a Mónica para siempre, y eso hubiera sido peor. Al menos, sabía que era de ella. Mónica y yo éramos amigas desde la guardería y no quería ni pensar en que pudiera pasarle algo malo.

La verdad es que yo pensaba que César, el novio de mi amiga, no sería capaz de hacerle nada. Le había visto gritarle, pero jamás le puso la mano encima delante de mí y, según ella, tampoco fuera de mi presencia. Lo que no sabía cómo soportaba Mónica era el constante control al que la tenía sometida. No podíamos ir a ningún lado sin que la llamara unas cuantas veces y le mandara infinitos mensajes. Ella le remitía su ubicación y fotos y hasta vídeos del lugar donde nos encontrábamos, pero aquello era insufrible. Me di cuenta cuando me percaté cómo le cambiaba la cara al recibir según qué mensajes.

Poco a poco, Mónica fue alejándose de nuestro grupo. Empezó espaciando nuestras quedadas semanales, Siempre ponía alguna escusa: se encontraba mal, le había bajado la regla, tenía que estudiar, no tenía dinero para salir, su madre necesitaba que la ayudara… Luego dejó de venir a cumpleaños y fiestas especiales con las mismas excusas. Todo mentira. Era César, que estaba construyendo un muro alrededor de ella para aislarla. Un muro donde ella misma, sin darse cuenta, iba poniendo los ladrillos.

No obstante, siempre había respetado el voluntariado. Era algo que hacíamos desde hacía tiempo Mónica y yo, porque siempre nos apeteció ayudar a quienes lo necesitaban. Pero no solo era eso. El voluntariado se había convertido en una cuestión muy valorada en los currículums, sobre todo a partir de aquella crisis sanitaria que en 2020 sacudió el mundo. La misma que propició que Rosa fundara la asociación.

Ahora César le prohibía venir también a la asociación. Al leerla, sentí un hilo invisible se rompía y la enviaba muy lejos de mí. Era el hilo con el que manteníamos el contacto. Y creo que era la única amiga con la que todavía lo tenía.

Yo le había dicho que lo dejara, que no le hacía bien. No me atreví a decirle que le denunciara porque nunca llegué a saber hasta qué punto lo que él le hacía sería delictivo. Y porque, igual que ella, yo también me engañaba a mí misma. Me repetía una vez y otra que César era celoso, ególatra, maleducado y hasta impresentable pero que en modo alguno podría hacer daño a Mónica. Quería creer eso. Igual que quería creer ella que lo que aquel tipo sentía por ella era verderol amor.

  • Angela, ¿te das cuenta de lo que estás diciendo? – Rosa casi se enfrentaba conmigo- ¿Te das cuenta?
  • No sé- balbuceé- No sé a qué te refieres
  • Estás siendo cómplice de un maltratador
  • No digas eso, Rosa. Yo le ofrecí ayuda y la rechazó. Yo le dije…
  • Bobadas -me interrumpió, alzando la voz- Eso son bobadas. Tú no quieres ayudar a Mónica, quieres acallar tu conciencia. Quieres irte a casa convencida de que eres una buena chica porque le has dicho que lo deje. Igual que venís aquí para convenceros a vosotras mismas de que hacéis algo por los demás
  • Rosa -se me saltaban las lágrimas- ¿Cómo me puedes decir eso?
  • No me lo preguntes -seguía enfadada- Pregúntate a ti misma cómo has podido decir que no puedes hacer nada por tu amiga.

Me fui llorando, destrozada por lo que me había dicho Rosa, a la que admiraba, y destrozada también por mi amiga Mónica. Después de aquella conversación, la había llamado varias veces y no contestaba. ¿Y si Rosa tenía razón? No quería ni pensarlo.

Por el camino, tropecé con Ángela, otra de las fundadoras de la asociación que, al ver mis lágrimas, me preguntó. No hizo falta que le dijera apenas nada para que entendiera mis cuitas. Me consoló y me contó una historia que no olvidaré nunca

Era el año 2020, recién estrenada la primavera, cuando el sol asomaba y todo el mundo tenía ganas de salir, pero, en lugar de eso, tocaba estar encerrado en casa. Yo era muy pequeña, y apenas me acuerdo de ello, pero en el colegio lo hemos estudiado como la época del confinamiento. Un virus muy dañino se había extendido tanto que no quedó otro remedio que obligar a la gente a quedarse en casa, para evitar el contagio y lograr vencer a la pandemia. Entre todas aquellas personas condenadas a no salir de casa sen encontraba una amiga suya. Una amiga de la que todo el mundo sabía, salvo ella misma, que sufría violencia de género. Saltaba a la vista que su modo de comportarse, de esquivar a la gente, de mirar al suelo cuando le preguntaban y muchas otras cosas no eran normales. No obstante, seguían quedando con ellos como pareja, y todo el mundo se hacía el loco si él la reprendía en público, diciéndole que no sabía hacer nada y poniéndola en ridículo una vez y otra. Hasta que decretaron el estado de alarma. A partir de entonces no volvimos a saber de ella. No contestaba a las llamadas, ni respondía a las proposiciones de participar en chats e iniciativas comunes para matar el tiempo.

Ella no aguantó todo el tiempo encerrada. Antes de acabarse la cuarentena, salió de casa. Pero lo hizo en una camilla, con un tajo en el cuello del que salía tanta sangre que aquello no parecía tener remedio.

  • ¿Se salvó? -le pregunté
  • ¿Nunca te has preguntado por qué Rosa lleva siempre pañuelos anudados al cuello, haga el tiempo que haga?

El relato de Angela me dejó helada. Nada más oírlo, regresé a buscar a Rosa y la abracé con fuerza

  • Perdóname. Te juro que volveré con Mónica. Voy a sacarla de ese infierno, le guste o no.

Rosa me devolvió el abrazo. Y del modo que lo hizo, supe que confiaba en mí.

No le fallaría. Ni a ella, ni a Mónica.

Consejos: vendo que para mí no tengo


                Todo el mundo ha recibido consejos alguna vez. Y los ha dado. Y más de una vez le hemos dicho a alguien eso de “consejos vendo, que para mí no tengo”. El “Carpe diem” del inolvidable profesor del Club de los poetas muertos o las enseñanzas del de La lengua de las mariposas son ejemplos de buenos consejos, aunque también los hay malos malísimos. De seguir unos u otros depende muchas veces cómo termine a película

               En nuestro teatro, como en todas las profesiones, abundan los consejos. Buenos, malos y regulares. Algunos nos han marcado para siempre y otros más nos valdría no haberlos escuchado nunca, pero de todo se aprende.

               Uno de los mejores consejos es el que me cuenta una amiga abogada que le dieron ya en la facultad. El profesor les invitó a hacer un tour, boli en ristre, por la Biblioteca, para que supieran buscar jurisprudencia en el Aranzadi –aquellos tomos de papel tan bonitos…- y en las primeras bases de datos, que entonces iban poco menos a que a pedal. A continuación les dijo que la cabeza era para pensar y no para memorizar artículos, y que lo esencial era sabes dónde buscarlos. Excelente consejo para e trabajo que, por desgracia, no se puede cumplir a rajatabla en la oposición a riesgo de no sacarla.

              Los juicios, como escenario de nuestro teatro, necesitan de mucho consejo previo. La misma amiga me cuenta que, respecto a dónde se ha de colocar una, una de las primeras dudas que surge, le dieron un consejo aparentemente imbatible, que se esperara a entrar la última y cumpliera he dicho de donde fueres haz lo que vieres. No contaba quien lo dio con la caballerosidad –o tal vez picardía- del compañero que con su galante “las mujeres primero” dio al traste con el consejo de marras.

     En cuanto a la relación con acusados y testigos en juicio también es conveniente hacer caso a algunos de los consejos a que se refiere otra compañera como no entrar en discusiones con ellos por más que mientan. Siempre recordaré al Presidente de Sala que decía a los acusados “el que no tenga obligación de decir verdad no le da derecho a tomar a este tribunal por idiota”. Tal cual.

             Buenos consejos son, también, los que nos incentivan a respetar al contrario. Eso el lo que me cuenta otra amiga abogada, que me aporta la siguiente recomendación, que bien deberíamos llevar todo el mudo a la práctica, No infravalores al contrario y menos si es novato, porque tal vez sabe menos pero tiene más ganas y más necesidad de ganar. Ese consejo me ha recordado algo que me pasó en mi primer destino con un abogado veterano que se las daba de ser lo más de lo más. El abogado en cuestión tendría mucha veteranía pero ninguna puntualidad, y llegó más de media hora tarde, sin avisar ni pedir disculpas. La Sala ya había comunicado los hechos al Colegio de Abogados a los efectos disciplinarios, por lo que el Letrado vino a hablar con la Fiscal, que era yo misma. En un alarde de inmodestia, en lugar de disculparse, me dijo que como yo era muy jovencita no le conocía pero todo el mundo sabía quién era él, y no era le típico abogado novato que llegaba tarde. En un arrebato de inspiración, le dije que “el típico abogado novato lo que nunca haría es llegar tarde”. Se fue con su toga a otra parte. No había nada que rascar con aquella fiscal jovencita que él había desdeñado.

                En la carrera fiscal, donde era frecuente compartir despacho con varios compañeros, consejos nunca faltaban. Siempre me hizo gracia lo escatológico de algunos de ellos, como el bien conocido de empezar las ejecutorias mirándoles el culo. A eso seguía una frase machista que omitiré, aunque la idea principal, e empezar por el final, era y es muy útil

               Más malsonante aún es una frase típica en la carrera, por la que mi madre me hubiera lavado a boca con jabón. “La mierda flota, y la mierda vuelve”, frase excesivamente literal que alude a las causas feas que, por más que les dé una un pase torero, acaban regresando. Otro compañero las define con una frase que me encanta “diligencias de patada en el culo”. Bravo, señoría. No hay más preguntas.

                Hay consejos prácticos que no se olvidan. Yo todavía uso el esquema que uno de mis primeros compañeros me hizo para entender las refundiciones de condena. Otro compañero me recuerda lo que le dijo uno de sus primeros jefes, que no descuidara el Derecho Civil, porque aunque llevemos causas penales, sin saber civil nunca sería buen fiscal. Verdad verdadera. A ver cómo podríamos sobreseer tantas cosas porque es una cuestión civil si no sabemos lo qué es una cuestión civil

                 Otros consejos no son tan buenos, aunque quienes los dan presumen de listos. Uno de ellos, decir que el fiscal ha de ser como e solitario de la cerveza en la barra del bar, que mira todo pero no se mete en nada. El contra de él, que recomiendo no seguir, me inclino por hacer caso a uno que citaba un forense respecto: quien no mete el dedo mete la pata. Pensado para la Medicina, también nos serviría en Toguilandia.

                Del mismo estilo son esos consejos de quienes te dicen que preguntes  a qué hora es el café, o el aperitivo. Y, aunque no está mal saberlo, y hasta llevarlo a término, no debería ser lo primero sino lo último.

                 Hay, por otra parte, consejos prácticos que resultan muy útiles, como el de llevar siempre trabajo para poder despachar entre juicio y juicio si se prevé que pueda haber suspensiones, o el de llevar preparadas las cosas y no dejarlas par el último momento, aunque, en sentido contrario había quien se vanagloriaba de dejarlo ara el último momento “no sea que te suspendas alguno y hayas perdido tu tiempo”.      

                  Y hay también consejos no por meramente logísticos menos desdeñables. Uno de ellos consiste en no llevar a las últimas consecuencias lo de toguitaconarse, especialmente si se está de guardia, porque una pude acabar con sus tacones cruzando un campo o, como me pasó a mí, bajando a algún sitio inaccesible a brazos de un bombero.

                 Otro consejo curioso es el que daba un compañero a los recién llegados. Nos decía que nunca dejáramos el armario de entrada totalmente vacío, porque so era una llamada ineludible a la macrocausa. Confieso mi escepticismo de entonces, pero ahora, con el tiempo, va resultar que tenía razón. O esa impresión nos da, al menos, cuando comprobamos que el tiempo que dura el estante vací es un nanosegundo. O menos

           Por último, ojo con los malos consejos de los que presumen de listos. Me cuenta una compañera sobre el que recibió para lograr una conformidad trampeando con el límite de dos años de prisión para la suspensión de la pena, lo que luego le valió un reprimenda. A ella, no al listillo porque, aunque lo hubiera merecido, no lo delató ni le echó la culpa.

                Con esto cierro el telón por hoy. El aplauso se lo doy a los compañeros y compañeras de la fiscalía y la abogacía que me han regalado sus aportaciones. No solo aconsejo que los ovacionemos, sino que os insto a que lo hagáis. Mil gracias

Competencia: el órgano justo


                Estar en el sitio y en el momento  adecuado no siempre es fácil. Dice un refrán que más vale llegar tarde que tardar cien años, y una conocida canción pregunta ¿Qué hace una chica como tú en un sitio como este?, al tiempo que otra pregunta “¿Dónde estabas entonces?”, frase que dio título a un programa de televisión. Por su parte, el cine está lleno de propuestas de Un lugar donde refugiarse, Un lugar donde quedarse o Un lugar en el mundo. Y hasta de Un lugar llamado milagro.

               En nuestro teatro, el tiempo y el lugar tienen una traducción procesal: la competencia. Las normas de competencia son las qué determinan qué juez o tribunal han de conocer cada caso y, correlativamente, las normas con las que lo hará. Como es obvio, esas normas tienen que estar establecidas previamente, a diferencia de lo que ocurría antes de la Constitución. Nuestra norma suprema prohíbe los tribunales de excepción y los creados ad hoc para un supuesto concreto, así como los tribunales de honor. Atrás quedaron, por fortuna, ejemplos como los de los Tribunales de orden público, los tristemente famosos TOP. Algo que yo no conocí pero, por los testimonios de quienes sí lo hicieron, dejaron un amargo recuerdo.

               El término “competencia” tiene distintas acepciones y, tal vez por eso, no siempre es bien comprendido. Nada tiene que ver la competencia procesal con la dura competencia a la que nos enfrentamos a la hora de aprobar una oposición, cuyo mecanismo, como es bien sabido, consiste no solo en conocer y exponer bien la materia, sino hacerlo mejor que el resto para conseguir esa plaza ansiada.

               Otras de sus acepciones  es la que hace referencia a la preparación que alguien tiene para realizar determinadas labores o ejercer determinados trabajos. Y ahí es donde encontramos anécdotas curiosas.  Todo el mundo que lleva tiempo en Toguilandia ha vivido uno de esos casos donde el justiciable pone una expresión a medias entre pasmado y enfadado cuando el juez dice a su abogado que es incompetente. Me contaba una amiga abogada, muerta de risa, que su cliente la reprendió por llamar incompetente al juez, que se iba a enfadar y no les iba a dar la razón. Y a la inversa, también sé de algún cliente indignado con su abogado porque el juez  “le ha llamado incompetente”. Y lo que cuesta explicar a veces que esa incompetencia es la consecuencia de una norma procesal, y no un adjetivo peyorativo para quien sea.

              Pero vayamos al lío, las normas de competencia que determinan quién ha de conocer en cada momento. Lo primero es determinar ante qué jurisdicción nos encontramos. Por más que en tertulias varias se hable sin empacho de demandas penales o denuncias civiles, no se pueden hacer esos mix inaceptables en Derecho y empezar las cosas por el principio. Estoy segura que, cada vez que alguien dice “demanda criminal”, se cae una página del Aranzadi, versión toguitaconada de eso de que se muere un gatito, que siempre me da mucha pena.

                Los asuntos van a un juzgado civil, penal, contencioso, mercantil o laboral. A veces, un mismo juzgado suma funciones de dos jurisdicciones, como ocurre con los juzgados mixtos, de primera instancia e instrucción que, en realidad, son uno u otro según estén actuando en cada momento. A este respecto un caso curioso es el de los Juzgados de Violencia sobre la Mujer, que son juzgados penales con competencias civiles. La diferencia con los anteriores es que esos son mixtos, es decir, conocen supuestos civiles y penales, mientras que los de violencia sobre la mujer conocen de delitos, y de los asuntos de familia que afectan a los sujetos de esos delitos, y solo esos. La razón es fácil de entender : que el mismo órgano judicial que conoce del maltrato, conozca también del divorcio o la custodia de los niños, para tener presentes todos los datos para tomar la mejor decisión posible.

                Hasta aquí, solo se ha aludido a la materia. Pero la otra coordenada de nuestra ubicación procesal es el lugar, del que depende que , entre todos los órganos de la misma jurisdicción, haya de conocer uno u otro. En el Derecho Civil la competencia puede, incluso, depender de la sumisión de las partes y como regla general, a falta de otra, rige el criterio del domicilio del demandado. O del trabajador, si hablamos de Derecho laboral, aunque hay muchas posibilidades de fueros competenciales diferentes

               En Derecho Penal, por el contrario, nunca las partes tienen nada que decir sobre la competencia. La establece taxativamente la ley, y es siempre el lugar de comisión del delito, si se conoce, salvo en la violencia de género que rige el del domicilio de la víctima. Pero no siempre es fácil determinar el lugar de comisión del delito. Como la ley viene de un tiempo añejo, donde las cosas no eran como hoy, nadie se planteaba problemas que son el pan nuestro de cada día ahora. ¿Cuál es el lugar de comisión del delito cuando se envía un correo electrónico, un mensaje de whatsapp o de redes sociales? Pues aun se sigue mareando la perdiz con el servidor, la sede de la red social o el lugar donde ser recibe el mensaje, si es que se sabe. Pero como nos toque irnos hasta Sylicon Valley ya se sabe, con la Iglesia –tecnológica, eso si- hemos topado.

              Y aún hay más. ¿Cómo se determina quién de todos los Juzgados del mismo orden, con la misma competencia territorial, debe conocer? O, para explicarlo más claro, quién decide si es el juzgado de instrucción 1, 2 o 3, el de Primera Instancia 24 o 25 o el Social 5 o 6. Y eso no puede dejarse al azar, claro esta. Para solucionar esa cuestión, están lo que lamamos normas de reparto, que sientan los criterios para atribuir a uno u otro. Las normas de reparto pivotan sobre dos ejes, el tiempo en que sucedieron los hechos, y el orden correlativo para repartir los asuntos. El fin es la equidad en la distribución y que el Juzgado Decano, que es quien reparte, no tenga que oír eso de que quien parte y reparte se queda con la mejor parte. Porque de eso nada.

              Por último, y por arrimar el ascua a mi sardina, diré que en las cuestiones de competencia ha de intervenir el Ministerio Fiscal. En las de competencia, no en las de reparto, que hay quien las confunde. Y lo hace tanto a la hora de adoptar la decisión, como a la hora  de resolver cuando se plantea un conflicto o una cuestión de competencia entre dos órganos que creen cada uno que lleva la razón.

                Así que hasta aquí el estreno de hoy. Espero haber sido lo suficientemente competente para explicar la cuestión, aunque aún así no pido el aplauso para mí sino para quienes cada día han de tomar estas decisiones. Que no son nada fáciles, por cierto.

Iter criminis: La vida del delito


                No siempre se logran terminar las cosas. A veces, más de las que quisiéramos, se quedan a medias, por nuestra culpa o por culpa de las circunstancias. La vida, y el cine con ella, está llena de Sueños frustrados, Vidas truncadas y de Cosas que debemos hacer antes de morir, aunque parezcan ser Lo imposible. Aunque a veces hasta los sueños imposibles se hacen realidad, lo más normal es que queden ahí, como una Asignatura pendiente.

               En nuestro teatro, el punto de cocción en el que quedan las cosas, especialmente en Derecho Penal, tiene un nombre, grado de ejecución. Y, el conjunto de ellos se denomina con una latinajo de esos que tanto nos gusta en Toguilandia, Iter Criminis, que, traducido literalmente del latín, quiere decir “camino del delito”. Que, por poético que parezca, se asemeja más a un Via crucis que a un camino de rosas.

                Cuando yo estudiaba la carrera y luego la oposición, es decir, en el Pleistoceno, existían tres grados de ejecución del delito: la consumación, la tentativa y al frustración. Hablábamos de delito consumado o acabado, intentado o frustrado. La diferencia entre esas dos formas imperfectas estribaba en que se hubiera hecho todo lo que debía para producir el delito y esto no se hubiera acabado por causa diferente a la voluntad del autor, o el caso de que faltara algo y eso fuera lo que determinara que el resultado delictivo acabara abortado. Muy fácil en teoría y verdaderamente difícil en la práctica. Pensemos en esos casos en que se encasquilla el arma homicida o, mas difícil todavía, cuando alguien se interpone entre autor y víctima recibiendo el disparo. Para volverse loca a la hora de calificar la verdad.

               Tal vez por eso, o porque no tenía demasiado sentido la distinción y la consiguiente diferencia de pena, el Código del 95 simplificó las categorías a dos: delito consumado y delito intentado. Y , de un plumazo, le quitó un montón de trabajo a la jurisprudencia, dicho sea de paso, No hay mal que por bien no venga.

                Así que hay delito consumado cuando se ha conseguido el resultado proyectado, e intentado en los demás casos. Pero, como siempre pasa en Derecho, las cosas no son tan sencillas. ¿Qué pasa cuando se intenta cometer un delito pero el resultado da lugar a otro delito? El caso más típico es el de quien, queriendo matar, se queda a medias y causa lesiones de cualquier índole. Habrá que ir a buscar los indicios que confirmen, en la medida de lo posible, la voluntad de matar y a resultado producido, para luego aplicar, en su caso las reglas del concurso.

                Incluso puede pasar lo contrario, que se pretenda hacer menos de lo que en realidad se hace. Que se trate de golpear a alguien y, por efecto del golpe, acabe muriendo. Algo a lo que se dio el rimbombante nombre de homicidio preterintencional. También habrá que aplicar las reglas del concurso entre el delito intentado y el consumado, aunque, a la hora de la verdad, el principio de in dubio pro reo acaba facilitando mucho las cosas. Otra vez el latinajo acude en nuestra ayuda.

                Pero en Toguilandia no todo es blanco o es negro. Y hay algunos puntos intermedios que lo complican todo. Entre esas zonas grises está el llamado delito imposible, que existe cuando, pese a que se quiere delinquir y se pone toda la carne en el asador, o la carne o el asador no son lo adecuado. Puede ocurrir por error en el objeto –en latin, aberratio ictus-, cuyo caso paradigmático es el de quien, creyendo que lo que tiene en la mano es veneno, lo pone en el café de su víctima cuando en realidad se trata de azúcar, algo que no se castigaría por el principio de que el pensamiento no delinque .cogitationem nemo patitur, más latinajos-. Al otro lado de las posibilidades, el caso de quien proporciona azúcar a un diabético o un alérgico sin saber que lo es, en cuyo caso tampoco hay castigo posible, pero en este caso por falta de dolo, o voluntad criminal.

                 Y, aunque alguien crea que estas cosas no pasan, pasan más de lo que creemos. Por desgracia, en la trata de personas utilizan mucho la amenaza de practicar vudú, porque saben que sus víctimas creen firmemente que este es un medio apto para matar, por más extravagante que nos parezca.

                 La segunda variedad de delito imposible seria el llamado error in personam, otro latinajo que no traduzco por obvio. Sería el caso de quien mata a un extraño creyendo que era su padre. En este caso, evidentemente, responderá igual por homicidio o asesinato, aunque no se aplicará la agravante de parentesco por más que a quien quisiera matar fuera a su padre. Y, si, a la inversa, el muerto es el padre pero el autor desconocía la paternidad también se respondería por la muerte pero no por la agravante.

                 Pero a veces, el delito no se acaba con el resultado. Pensemos en el ladrón que luego vende los objetos robados. En este caso, se trata de fase de agotamiento del delito, impune por lógica. Si el ladrón no pudiera aprovecharse del producto de su fechoría, no robaría. Sin embargo, cuando quien se aprovecha es otro y conoce el origen delictivo de los hechos, conoce un delito distinto, la receptación.

                   También es difícil muchas veces determinar el momento de la consumación. Está claro que si se trata de un homicidio, cuando el sujeto muere, y de un robo, cuando se apropian de los bienes, pero en otros casos no está tan claro. Es el caso de los llamados delitos a distancia, en que la duda de si la carta amenazante es un delito consumado al enviarla o al recibirla. Lo suyo es que sea al recibirla, porque si nadie se siente amenazado es difícil que exista el delito, pero hoy en día con la instantaneidad de la tecnología, a cosa se desdibuja bastante. Es paradójico – o no- que la ley haya previsto perfectamente cómo encuadrar estos delitos cuando se trata de una carta, pero surjan multitud de dudas cando lo que se envía es un correo electrónico, o un mensaje de whatsap o en redes sociales

                   Lo que si está consumado es este estreno. Si es al enviarlo, o al leerlo cada cual, que lo decida quien lo lea. Y de paso, que se dé el aplauso una vez tenga la respuesta. Y me lo cuente, ya puesto, cm fase de agotamiento.

Prejuicios: juicios anticipados


                Todo el mundo tiene prejuicios. En cuanto empezamos a tener contacto con el mundo nos empapamos de esas ideas preconcebidas casi sin darnos cuenta. Y lo mimo pasa con el mundo del espectáculo. Había una película cuyo título, Si hoy es martes esto es Bélgica, mostraba muy claramente la idea de dejarse llevar por lo que algo se supone que es y no por lo que es. Y más claro aun se ve en numerosas series y programas de televisión, que, con la excusa de hacer reír, utilizan estereotipos tan zafios que dan vergüenza.

                En nuestro teatro se supone que no tenemos prejuicios. Una gran paradoja eso de que hagamos juicios pero no prejuicios. Pero es que, claro, no es lo mismo un prejuicio que un juicio previo en sentido estrictamente procesal. Como tampoco es igual un antejuicio, una figura emparentada con los aforamientos que desapareció de nuestro Derecho en 1995 sin que nadie explicara muy bien por qué. El antejuicio consistía en un trámite de examen previo cuando había una denuncia contra jueces o fiscales, y podía resultar una criba muy útil. Una criba que, por cierto, existe en muchos países que se usan como referencia en cuanto a la escasez de aforamientos. No es oro todo lo que reluce

                Un prejuicio consiste en adelantar la opinión sobre algo o alguien haciendo un juicio previo no basado en hechos sino en ideas preconcebidas. Según la Rae, prejuicio es una “opinión preconcebida, generalmente negativa, hacia algo o alguien” y en Toguilandia no solo los tenemos sino que los padecemos. Más de lo que se piensa.

              Uno de los prejuicios más frecuentes que tiene la gente respecto a nuestro mundo, hace referencia a quienes formamos parte de él, especialmente jueces y fiscales. Se nos tilda de niñas o niños de papá por el hecho de habernos podido dedicar a estudiar una oposición hasta sacarla. Un enorme error que, además, no siempre es tan inocente como pudiera parecer. Hay medios de comunicación empeñados en vender esa moto a cualquier precio.

               Ya conté en otro estreno las historias de compañeros y compañeras de ambas carreras que estaban lejos de ese estereotipo de comodidad estudiantil a gastos pagados y sin preocupaciones. Hay gente que trabajaba mientras opositaba, y gente que pasó desgracias y penurias y lo logró a base de tesón, Algo muy alejado de ese modelo entre pijo e ingenuo que pintan

              Y tampoco es el único prejuicio que nos encasquetan. Hay quien sigue empeñado en decir que la mayoría de jueces y fiscales procedemos de familias donde las togas con puñetas eran legión en nuestro árbol genealógico. Hay muchas estadísticas que demuestran lo contrario, esto es, que un alto porcentaje de quienes aprueban no tiene  ninguna vinculación familiar con la judicatura o la fiscalía, pero da igual. Quien aprendió ese soniquete sigue con él de todas maneras.

             Aunque, en cualquier caso, tampoco pasa nada porque los hijos de jueces quieran ser jueces. La tradición familiar es válida para todo, y a nadie le extraña que de un papá médico salga una niña que también quiera serlo, así que en nuestro caso tampoco debería ser causa de reproche. Pero aun hay más, a todo e mundo le parece normal que los descendientes continúen con el negocio familiar, algo para lo cual basta con haber nacido en determinada familia. Sin embargo, en nuestro caso, seguir la tradición familiar pasa por aprobar un durísimo examen que deja a muchos en el camino. Incluso de los que tienen papás con puñetas.

                  Otro de los prejuicios que la gente tiene respecto de nuestras carreras es el de que todos y todas somos conservadores. Es más, leyendo algunas cosas pudiera parecer que el mismísimo Franco, si resucitara, parecería un alevín a nuestro lado. Por suerte, las cosas no son así y quien tal cosa afirma suele hacerlo de un modo interesado.

                   Jueces y fiscales no podemos estar afiliados a ningún partido político, ni tampoco sindicarnos. Es lo que dice la Constitución y era algo que ya sabíamos cuando compramos nuestro pasaje para Toguilandia. Pero eso no significa que no tengamos ideología, y seamos neutros y puros como la mismísima Virgen María. Nada de eso. Como, además de  nuestra faceta toguitaconada tenemos vida, pues tenemos ideología como cualquiera. Lo que no debemos hacer nunca, y en la inmensa mayoría de casos –no digo todos porque nunca se puede generalizar- no hacemos, es dejar que impregne nuestras actuaciones. De hecho, juro que he leído resoluciones idénticas de dos señorías que sabía que estaban en las antípodas políticas

                   Ahí es, precisamente donde está el error. Mucha gente sigue pensando que actuamos conforme a nuestras creencias. Cuando cuento que en los asuntos de corrupción de algunos pueblos, el fiscal muchas veces no sabía quien gobernaba en él hay quien no lo cree, pero es verídico. Lo que importa es el delito, no dónde milite quien lo cometió. Lo que Concepción Arenal resumió en “odia al delito y compadece al delincuente”

                   Ya sé que alguien dirá que nuestras carreras son mayoritariamente conservadoras Y que las asociaciones profesionales no son solo eso, sino que entran en política en mayor o menor medida. De hecho se usan como etiqueta para calificar a quien milita en una u otra. Pero, insisto, aunque es verdad que las asociaciones mayoritarias tiene un carácter más bien conservador, pero eso no supone que sus miembros vayan hacer las cosas de manera distinta a si pensaran de otro modo Por más que quieran decir o contrario. Más aun, teniendo en cuenta  el bajo porcentaje de afiliación que tenemos

                     No me olvido tampoco de la abogacía, que tanto tienen que aguantar en su día, empezando por un refranero que no siempre es tan sabio y una mala fama que no hay manera de que desaparezca, por más que sean profesionales magníficos y hagan una labor social tan importante como hace, por ejemplo, la justicia gratuita. Paciencia

                    También a otro lado de estrados algunos estereotipos juegan su papel y nos contaminan. Pensar que alguien va a hablar como si no hubiera un mañana porque en su pasaporte dice que nació en Buenos Aires es un buen ejemplo de ello. Pero, como no es el único, mejor le compramos la entrada para un próximo estreno.      

                Este se acaba aquí, con el aplauso para quienes hacen un esfuerzo para apartar los prejuicios antes de hablar con alguien o de alguien Y antes, por supuesto, de escuchar. Tanto  o más importante.

Trastornos alimenticios: la comida como enemiga


Los trastornos de la alimentación son un importante problema en nuestra sociedad. La obsesión por la imagen, el ansia de perfección, los cánones de belleza y otros factores hacen que para algunas personas, especialmente en la infancia y la adolescencia, la comida se convierta en una enemiga. Muchas estrellas han sufrido el azote de este mal, y en otros casos el propio cine se hace eco de ello, como en el caso de una de las protagonistas de Cuarta planta o de la serie Pulseras rojas.

Hoy traigo a nuestro escenario un relato que aborda el tema, incluido en mi antología Mar de lija y que fue presentado en el blog de mi amigo escritor Sergio Barce.

CAMISONES CON VOLANTES

Cuando era niña, Sara sólo tenía una obsesión: dejar de llevar aquellos horrorosos camisones con volantes que le imponía su madre. La verdad es que a mí nunca me parecieron tan espantosos, aunque quizás un poco ridículos para nuestra edad. Éramos adolescentes y aquel despliegue de lazos y puntillas se nos antojaba poco menos que un insulto. Pero no había manera: nada más había conseguido deshacerse de uno, su madre lo reponía por otro más cursi si cabe. Y ella siempre enfadadísima, quejándose de que aquella anticuada lencería que le imponía su madre, además de fea, le hacía parecer gorda. Pero, con ellos o a pesar de ellos, nos moríamos de risa en nuestras reuniones nocturnas, plagadas de refrescos, de palomitas y de chucherías.

Éramos varias amigas las que nos solíamos reunir, aunque con el tiempo, fuimos reduciendo nuestro círculo y las más de las veces acabábamos encontrándonos Sara y yo solas con nuestras sesiones de estudio, de maquillaje, de risas y de chismes. Como no podía ser de otra manera, nuestras conversaciones eran insustanciales, como insustancial era nuestra vida, y chicos, ropa y exámenes eran casi exclusivamente nuestros temas de conversación. Nos probábamos vestidos, pantalones, faldas, camisetas y chaquetas y siempre bromeábamos acerca de lo mal o lo bien que nos quedaban. Y Sara, siempre preguntando si esto o aquello la hacía gorda.

El tiempo fue pasando y nos fuimos haciendo mayores. Los temas de conversación variaron, pero nuestra amistad se mantenía incólume. O, al menos, eso es lo que yo creía

No debí ser una buena amiga para Sara. Si lo hubiera sido, me hubiera percatado de lo que pasaba. Pero yo, sin embargo, estaba tan absorta en mi mundo de clases diurnas y salidas nocturnas que no supe ver a tiempo la mano que me tendía. No lo supe o no lo quise ver. Ni siquiera me atreví a hablarle de ello, y preferí cerrar los ojos, y hacer como si no pasara nada.  Y la dejé caer sin prestarle la ayuda que me pedía en silencio. Y cayó en picado.

Antes de que me diera cuenta, Sara había perdido la mitad de su peso y toda su alegría. Su voz se volvió débil, sus ojos saltones y sus costillas prominentes. Fue entonces cuando adquirió la costumbre de llevar siempre las uñas pintadas con esmalte negro, lo que hacía un esperpéntico contraste con sus manos lívida y huesudas. Una de las últimas veces que la ví, descubrí la razón de su tétrica manicura: tenía las uñas llenas de manchas blancas y quería ocultarlo a toda costa. Igual que quería ocultar sus caderas huesudas y sus piernas esqueléticas cubriéndolas de ropa ancha y deformada…

Pero cuando lo supe todo, llegué tarde. Y encontré el cuerpo de Sara en el suelo del cuarto de baño de casa de sus padres, tras emprender un viaje del que jamás regresaría.

No pude por menos que admirarme ante el talento literario de mi hija. Sabía que escribía en sus ratos libres, pero difícilmente compartía sus relatos con nadie. Hoy, sin embargo, había dejado aquel folio olvidado encima de la mesa, y no pude resistir la curiosidad de leerlo. Y me había quedado enganchada desde el primer momento. Me pareció precioso y emotivo. Tanto, que se me saltaron las lágrimas. Y me preguntaba si mi hija concocía a aquella Sara o era fruto de su imaginación. Repasé mentalmente la lista de sus amigas y conocidas sin descubrir en quién pudiera haberse inspirado para aquella historia. Pero no se me ocurría nadie. Quizás fuera alguien que yo no conociera o tal vez el relato fuera únicamente fruto de la imaginación de mi hija.

Apenas me había secado las lágrimas, un golpe seco interrumpió mi ensimismamiento. Un golpe que venía del cuarto de baño, un golpe que parecía el de un cuerpo cayendo a plomo en el suelo. Un golpe que me puso la piel de gallina y un nudo en la boca del estómago. Un golpe que recordaré mientras viva.

Porque ese sonido afectó a algo más que a mis oídos. Algún resorte saltó en mi cerebro y me precipité corriendo hacia el cuarto de baño. Y fue entonces cuando la ví. Ví su cuerpo desplomado. Y por vez primera, la vi como nunca la había visto: sus ojos saltones, sus costillas prominentes y  sus piernas esqueléticas apenas disimuladas bajo un jersey holgado, y sus uñas esmaltadas de negro destacando tétricamente en unas manos lívidas. Y fue presisamente en ese momento cuando recordé aquellos camisones de volantes y lacitos que le compraba de niña, segura de que le gustarían solo porque a mí me parecían preciosos. Esas delicadas prendas de ropa que yo siempre hubiera querido tener.

Pero ella no era yo. Ella no era otra que la Sara de su cuento.

Le había fallado. .E imploré con todas mis fuerzas que para ella no fuera tarde ya.