Desobediencia: delito estrella


20200403_162743

     La rebeldía a las órdenes a la autoridad siempre se ha teñido de un toque romántico. Héroes como Garibaldi, Ghandi o Mandela, de uno u otro modo, se plantaron ante un orden que consideraban injusto, y se convirtieron en leyendas que, por descontado, dieron lugar a su correspondiente película. También otros tipos de insumisión, como la de Rebeldes o Rebeldes del swim resultan muy atractivas al mundo del espectáculo. Pero, cuando las órdenes son justas y necesarias, hay que proceder como el título de aquella película, Haz lo que debas, si no queremos vernos en una situación en que No hay salida.

En momentos como los que vivimos a veces cuesta colocarse la sonrisa y ver El lado bueno de las cosas, pero hay que sobreponerse y hacerlo, porque no nos queda otra. Pero poner al mal tiempo buena cara no supone hacer la vista gorda ni reirles la gracia a los irresponsables que se saltan las órdenes en un momento tan delicado. Porque no tienen ni pizca de gracia.

Como decía, no tiene ni pizca de gracia que gran parte de nuestro trabajo en las guardias sea porque unos cuantos impresentables se han creído por encima del bien y del mal y han vulnerado el confinamiento que tanta gente está cumpliendo a rajatabla, por más que en muchos casos cueste. El delito de desobediencia a agentes de la autoridad, y su hermano el de resistencia, así como su primo de Zumosol, el de atentado, han aumentado hasta niveles estratosféricos. Y eso no es que suponga ponerse en riesgo ellos, que también, sino que supone poner a girar la maquinaria para un montón de gente -jueces, fiscales, LAJs, funcionario, Fuerzas y Cuerpos de seguridad, letrados y letradas, forense, etcétera etcétera- que por tanto, incrementan el riesgo para toda la población, incluidos los irresponsables.

No obstante, hay quien lo hace y además, se cree ocurrente y hasta se graba. Todo el mundo ha visto el vídeo de uno de estos estúpidos paseando vestido de dinosaurio, al igual que hemos visto o leído acerca de gente que ha paseado peluches y hasta electrodomésticos como si fueran perros. Incluso me cuenta un compañero de un paisano que llevaba como macota a una oveja y la llevaba por el Paseo Marítimo, Tal vez querían hacer una nueva versión del bolero llamada Balando al mar, pero que lo dejen para cuando las cosas vuelvan a su sitio y se limiten al Hogar, dulce hogar

Y, si de cosas extravagantes se trata, otra compañera me aporta esta joya. La de una muchacha que paseaba muy ufana a un conejo…en su jaula.

Y ojo, que hecha la ley hecha la trampa. Me comentaba otro compi sobre una chica con la que coincidía antes de esta hecatombe paseando su perro. La chica en cuestión sacaba a pasear a sus tres perros  a la vez, pasando en ocasiones muchos apuros para controlarlos. Sin embargo, ahora los paseaba de uno en uno y, preguntada al respecto, dijo que lo hacía para salir más veces. Y se quedó tan pichi, como si fuera más lista que nadie.

De otra parte, se comprende que los cuerpos tienen sus exigencias, y que es difícil que al confinamiento se sume la abstinencia, si no se tiene la suerte -o la desgracia, que también es posible- de compartir encierro con la pareja. Pero, como en los tiempos más duros, habremos de conformarnos, y eso vale para todo el mundo. Porque me cuenta un compañero que, a falta de hoteles bueno es un coche, y que pillaron a una pareja de esa guisa. Por descontado, no he podido evitar tararear eso de Que difícil es hacer el amor en un Simca mil, pero, también en este caso, lo dejamos para cuando esto termine.

Hay quien, en vez de coche, se lo hace un un cajero, pero tanto da. Apretar los dientes y aguantarse, como todo hijo de vecino. Por supuesto, salvo que el cajero sea su domicilio habitual por tratarse de sintecho, otro problema que nos está estallando en las narices. Si el sinhogarismo  era grave, hoy es insoportable.

La verdad es que somos un pueblo donde la picaresca está a la orden del día. En unas cosas, tiene su gracia, pero en otras no. O, al menos, ya no. Podemos pensar en el cambio de actitud que hemos ido teniendo, por ejemplo, respecto a Hacienda. Antes la gente presumía de hacer trampas para evadir impuestos, aunque fuera una cantidad mínima, pero ahora esos listillos encuentran cada vez más reproche. Quitado el caso de que sean futbolistas, en que todavía hay gente que les anima como héroes cuando van a un juicio por delito fiscal. Es lo que tiene pensar con los pies en vez de con la cabeza.

Ahora ese rechazo se hace más evidente, porque nos jugamos mucho. Nada menos que nuestra salud, y, en especial, la de las personas más vulnerables como pueden ser nuestras madres o nuestros padres, esa amiga enferma o ese primo que estaba superando un cáncer. Por eso, por ellos y ellas, nos enfadamos con esos individuos que todavía pretenden irse a sus segundas residencias o a hacer una escapada con cualquier excusa. Tolerancia cero. Y si los tenemos detenidos, leña al mono, que con la salud no se juega ni valen gracias ni gracietas.

Así que hoy el aplauso es para todas las personas que cumplen a pies juntillas el confinamiento y en especial para todas las que lo hacen cumplir. Y, sin duda, el abucheo y los tomates para los insolidarios que nos están dando tanta faena.

La ovación, una vez más, para mi ilustradora favorita, @madebycarol. Si algo tiene de bueno el confinamiento es que tiene tiempo de dibujar mucho más,

 

 

Resiliencia: adaptándonos


resiliencia

Los héroes y las heroínas cinematográficos no han llegado a este status porque sí. El hecho de que el protagonista de una obra se convierta de un mero personaje en un referente se determina en gran parte por su capacidad de adaptación a las circunstancias. Como hacían los juguetes de Toy Story al verse abandonados por sus dueños, o como en Buscando a Nemo son capaces de salir de su zona de confort para buscar al pececito naranja. Aunque no hace falta ser un dibujo animado para eso. Hay figuras reales que son capaces de reinventarse del modo más admirable, como hace el Nelson Mandela de Invictus, que convierte un partido de rugby en una metáfora del avance de una nación, tras haberse pasado más de media vida en prisión.

Esta capacidad de adaptación tiene un nombre, resiliencia, y si es necesaria en muchas ocasiones en nuestro teatro y en la vida, hoy es imprescindible. Hay que reinventarse para salir adelante. Y si no, pensemos en la canción que tanto se canta estos días, el Resistiré del Duo Dinámico, que habla del “junco que se dobla pero siempre sigue en pie”. La verdad es que esto no casa demasiado bien con la parte en que se vuelve “de hierro para endurecer la piel”, pero ya se sabe, nada ni nadie es perfecto, como dice esa escena antológica de Con faldas y a lo loco.

Ahora lo fácil sería parafrasear esta escena y hablar de Con togas y a lo loco, pero no están las cosas para demasiadas bromas, aunque el sentido del humor nunca nos puede abandonar del todo o estaremos perdidos. No obstante, no me resisto a comentar que esa frase de “nadie es perfecto” es el más claro ejemplo de lo que quería hablar hoy, la resiliencia.

Se define resiliencia en el Diccionario de la Real Academia como la “capacidad de adaptación de un ser vivo frente a un agente perturbador o un estado o situación adversos. Pero este palabro tiene un significado más concreto. En psicología, es la capacidad que tiene una persona parea superar circunstancias traumáticas como la muerte de un ser querido o una accidente. Por supuesto que quien elaborara esta definición no pensaría entre los ejemplos posibles en una pandemia mundial en pleno siglo XXI, pero encajaría como un guante. Vamos a tener que elaborar toneladas de esa resiliencia para salir adelante. Ahora y en el futuro

Confieso que cuando oí por primera vez esta palabra, pensé que alguien se estaba confundiendo y se refería a resistencia. Pronto me dí cuenta de que la confundida era yo -y no por la noche, que una no es Dinio- y habían querido decir exactamente lo que habían dicho. Resiliencia.

Como decía, ahora la necesitamos más que nunca. Y la seguiremos necesitando por bastante tiempo. A veces, resulta pasmosa la capacidad del ser humano para asumir cosas que pensaba que no asumiría nunca. Hoy mismo alguien empezó a hablar en twitter de lo que hacía hace un mes, cuando no podía ni figurarse la que se nos venía encima. Yo me preparaba para mis queridas Fallas, una amiga estaba de viaje, otra manifiesta que su mayor preocupación era el colegio del próximo año de su hijo y también había quien estaba planeando las vacaciones de Semana Santa o verano. Y de pronto, la hecatombe. Nuestro mundo sufre una sacudida gigantesca, y nuestras prioridad hacen otro tanto. Nadie nos hubiera dicho hace nada que sobrevivir estaría entre ella, pero así es.

Cuando, mientras estudiábamos la carrera o la oposición tratábamos los casos de fuerza mayor, nuestra imaginación no iba más allá de una catástrofe natural indeterminada y, casi siempre, lejana. Y la turbamulta de que hablaban antes las leyes no hacía otra cosa que causar hilaridad. También reaccionábamos con displicencia ante instituciones como el testamento en tiempo de epidemia o en peligro de muerte, algo que nos parecía tan viejuno y que hoy es tan posible que duele pensarlo. Porque, nos guste o no, nada volverá a ser como era. Tampoco nuestra manera de ver la vida, en general, ni el Derecho, en particular.

Por eso, habría que revisar todas esas veces en que nos hemos referido al tiempo de estudio de la oposición como un encierro o un confinamiento. Era una cosa graciosa que ahora no tiene ni pizca de gracia. Y es que la diferencia es obvia, y no solo se basa en la voluntariedad ni en la necesidad, que es lo esencial. En el tiempo de la oposición, por más que se enclaustrara una, siempre podía salir a dar una vuelta o tomar el aire. Ahora, ni siqueira para ir al preparador, porque no es actividad esencial, aunque lo sea para quien está en ello. Menos mal que la tecnología ayuda mucho en estos casos, y se pueden cantar temas por Skype o cualquier otro método de conexión. Aunque sí hay algo en que se parecen ambas situaciones, la incertidumbre sobre cuándo terminará esta situación. En uno y otro caso, espero que pronto, y aprovecho además para dar un empujoncito de ánimo a quienes opositan , que falta les hará.

También quienes habitamos Toguilandia hemos elaborado un cambio de chip mental de más de 360 grados. Hoy, cuando estaba en Juzgado de guardia, entre personas enguantadas, alejadas entre sí, cruzando los dedos para que la videoconferencia funcione, parecía estar en una escena surreal. Pero era tan real que causaba perplejidad asumirla con tanta naturalidad.

No hablaré de nuevo del teletrabajo, ni de la diferencia con trabajar en casa, pero sí me atreveré a recordar que lo que nos viene por delante va a ser de órdago. Una vez salgamos, que saldremos, y hecho el duelo por quienes ya no están, habrá que tratar de ponerse al día. Y no va a ser fácil hacerlo en una Justicia ya colapsada. Podríamos pensar que es lo de menos. Y lo es, al lado de lo que supone la pérdida de vidas humanas, sin duda. Pero resolver sobre cosas tan esenciales como un régimen de visitas, un desahucio o la reclamación de una deuda que quedaron en stand by recobrarán su importancia. Y habrá que estar ahí.

Estaremos, sin duda, como hemos estado siempre, pero no nos lo hagan más difícil. Que esto sirva para reaccionar ante la falta de medios y de eficiencia de una justicia decimonónica. Porque si no somos eficientes, no podremos resolver todas esas cosas tan de capital importancia con eficiencia. Obvio.

De momento, aquí seguimos, dando el servicio que se pude dar y que no admite demora. Una pieza más en el engranaje que hace que la maquinaria, aunque ralentizada, siga funcionando. Y a quienes realizan este servicio público, va el aplauso de hoy. El dirigido a personal sanitario y a los que están en primera línea, lo seguiremos dando cada día en esos balcones que se han convertidos en nuestras ventanas al mundo.

No repetiré que lo vamos a conseguir. Prefiero decir que ya lo estamos consiguiendo.

 

Adiós, compañera: lo que no hubiera querido escribir


IMG-20200327-WA0040

Hoy este teatro lleva un crespón negro. He tratado hasta ahora de mirar el vaso medio lleno, pero cuando ya no ningún hay líquido, no es posible. Volveré a tratar de sacar punta a la vida en Toguilandia, al encierro, y a lo que se presente. Pero hoy la realidad me estrelló en las narices.

Tardé algo en darme cuenta. En días como estos, en que los mensajes en el móvil se suceden a un ritmo incansable, llega un momento en que hay que discriminar. O que quedarse con el último, porque el día, aún confinados, no tiene horas bastantes para leer todo lo que circula.

Pero esta vez era distinto. El maldito bicho se ha llevado a una compañera. Y no es que me importe ahora que está cerca y me trajera sin cuidado antes, sino que es ese bofetón de realidad que te demuestra que la cosa va en serio. Muy en serio.

Los seres humanos tenemos una enorme capacidad de adaptación, mucha más de la que imaginamos antes de que las cosas suceden. La de gente que hubiéramos afirmado, con todo convencimiento, que no aguantaríamos un encierro en casa de, al menos, un mes -y cruzo los dedos para que ahí quede la cosa- Yo, entre esa gente, que siempre he sido de las personas a las que no caerá la casa encima.

Pero me cayó. La casa, y mucho más que eso. Y, aunque entre aplausos en los balcones, clases de gimansia on line, sucedáneo de teletrabajo, lectura, y otros hobbys parecía que estaba la cosa controlada, nada de eso. La verdadera historia está ahí fuera, donde la gente muere cada día. Y, a veces, necesitas un golpe duro para ser consciente de ello.

El golpe duro que hoy he recibido, junto con toda la carrera fiscal, se llama Cristina Toro Ariza. O, por desgracia, se llamaba. Yo no la conocía, al menos que recuerde. Y, por lo que estoy viendo escrito sobre ella, estoy segura que, de haberla conocido, no la habría olvidado.

Cuando recibía la noticia yo estaba en fiscalía, sentada en mi despacho, atendiendo cosas que creía urgentes -cómo cambian las prioridades cuando pasan estas cosas- mientras esperaba para acudir a la vista de una causa con preso que, como cualquiera podía imaginar, se ha suspendido por falta de comparecencia de testigos y peritos. Pero, sentada en mi silla de siempre, ante la pantalla de mi ordenador de siempre y el desorden de mi mesa de siempre, podía haber caído en el engaño de que aquello era como siempre. Pero no es así. Las manos enguantadas de algunas -no todas, que los guantes están contados- de las personas que pululaban por la Ciudad de la Justicia, el aparcamiento vacío del Conservatorio al que da mi ventana y los pasillos vacíos gritaban que nada es normal. Una actividad fantasma en un edificio fantasma.

   El mazazo me lo daba la muerte de Cristina, mi compañera, por coronavirus. Como he dicho, no la conocía, pero a la vista de lo que dicen de ella, me hubiera encantado conocerla. Una cosa más que reprocharle al bicho.

Me hablan de una compañera en toda la extensión de la palabra. De esas que no se conforman con ser buena fiscal, que lo era y mucho, sino que tienen la paciencia y las ganas para ayudar a quien lo necesitara, para integrar a quien llegara de nuevo, para estar ahí siempre.

Un compañero que la conocía bien me la describe con esta frase tan expresiva “era de esas personas que transmiten buenas vibraciones desde lejos”. Y, desde luego, en cualquier fotografía su sonrisa cálida llega a traspasar la pantalla.

Podría decir que ojala su muerte sirva para percatarnos de lo desprotegidos que estamos, de lo frágiles que somos y de la necesidad de tomar medidas. Pero lo que hubiera querido no es que su muerte sirva, sino que no hubiera ocurrido. Lo que realmente me hubiera gustado es que ella misma pudiera contarlo y recuperar esa sonrisa.

No es posible. Un abrazo enorme a quienes tuvisteis la suerte de conocerla y de quererla, porque he comprobado que no era posible una cosa sin la otra.

Por favor, desde donde esteis, cuidad de que esto no vuelva a pasar. Y a ver si toma nota quien corresponda.

No diré más. Vaya mi aplauso, en forma de pequeño homenaje, para Cristina y, con ella, para todas las personas que han perdido la vida con esta pandemia

Y gracias, @madebycarol por ilustrar una vez más uno de mis estrenos. En este caso, el que nunca hubiera querido haber escrito

 

Stand by: quita y espera


20200324_164058

Siempre nos han dicho que conviene tomarse una pausa, un respiro para tomar fuerzas cuando hace falta. Pero, cuando la pausa no es voluntaria sino impuesta, la cosa se hace más difícil. Pocas cosas más impensables para un artista que el inmovilismo, cuando el mundo del arte se caracteriza por sus constante movimiento. Y, si de la escena se trata, todavía más. Tanto es así que incluso las figuras de papel más estáticas cobran vida a través de la llamada stop motion, y, además, si hay un género indiscutible es la animación. Incluso el paro laboral da lugar a obras maestras como Los lunes al sol o la inolvidable Full Monty. Pero una cosa es eso, y otra quedarse en Standby, algo de lo que en poco tiempo todo el mundo tendrá un master.

Desde que se decretó el estado de alarma, nuestro escenario se ha convertido en un teatro fantasma, y nuestras tablas son virtuales, salvo las excepciones fijadas en las que, o bien es inevitable la presencia física, o bien no hemos encontrado una forma de sustituirla, aunque la tecnología tenga muchas posibilidades. Pero como he dicho muchas veces, una ley procesal del siglo XIX no da muchas opciones, y ha hecho falta una pandemia del siglo XXI para demostrarlo. Ojala nos sirva de lección.

He tratado de encontrar una figura jurídica que describa de algún modo las sensaciones que estamos viviendo, y no se me ha ocurrido otra mejor que la quita y espera. Aunque no estoy muy ducha en Derecho Mercantil, creo recordar que se trataba de una posibilidad con la que terminar un proceso concursal –lo que antes llamábamos quiebra y que todavía es más visible en el imaginario colectivo- con un acuerdo. Dicho acuerdo, como su propio nombre indica –por una vez el Derecho es claro con os términos- consiste en que se extingue una parte de la deuda y se hace un compromiso de pago, con un aplazamiento, para la otra parte. No quiero ni pensar en el tema de las deudas cuando salgamos de este trance, pero la cosa ahora no iba de eso. Me refería a que pondremos toda la carne en el asador para que se extinga esta situación –quita- con la esperanza de volver a la normalidad –espera- y hacer frente a lo que se nos venga por delante. No nos queda otra.

Nuestra situación es de una especie de standby jurídico y vital. Somos como una grabación en pause esperando que el dedo oportuno vuelva a activarla, pero hemos de cuidar el dispositivo todo lo posible, no vaya a dar problemas de reproducción después. Por eso, mientras tanto, hay que ir solucionando los problemas que aparecen, con mejor o peor tino. Veamos algunos de ellos

El primero del que voy a hablar es de una de las excepciones al trabajo penal de los juzgados, más allá del servicio de guardia, y que no es otro que las causas con preso, también llamadas, cuando el sentido del humor florecía sin necesidad de esforzarse, causas con prisa. Como no se le escapará a nadie –aquí el Derecho vuelve a ser más claro en su nomenclatura de lo que suele- es un procedimiento donde hay, al menos, un investigado en prisión preventiva, aunque pueden ser más. Hasta aquí la claridad del Derecho porque para quien  no lo sepa le diré que hay otras causas que no se consideran tales, aunque haya una persona en prisión: se trata del caso de que esta personas ya este condenadas por sentencia firme, en cuyo caso pasa a tratarse de una causa con penado , por más que el penado esté preso, y al no considerarse “con preso”, tampoco es tanto “con prisa”. Prisa, en todo caso, la del sentenciado de que su condena pase lo más pronto posible. Como la nuestra en que este confinamiento acabe.

Pues bien, son estas causas con preso preventivo las que gozan de máxima urgencia y, por ello, están incluidas en las excepciones a la paralización de actuaciones judiciales vía estado de alarma. Pero ¿es realmente posible la celebración de un juicio con preso? Pues me van a perdonar pero tengo más que serias dudas, aunque en un par de días las solventaré y podré dar una respuesta basada en hechos reales, como las películas del domingo a mediodía. Y es que, salvo que exista una conformidad, que no es posible en muchas de las causas con preso porque la pena prevista excede del límite de la conformidad, 6 años de prisión –pensemos en un homicidio o una violación, por ejemplo- la cosa se pone complicada. Está claro que los y las profesionales, intérpretes fijos de la función, ahí estaremos. Pero ¿qué pasa con los testigos, verdaderas estrellas del juicio en muchos casos? Pues que veo casi imposible que aparezcan. Y no les culpo, claro.

Lo explicaré mejor. Si una persona recibe una citación para un juicio como testigo, su obligación es ir, sin duda. No solo eso, sino que puede ser sancionado por no hacerlo, e incluso acusado de obstrucción a la justicia o desobediencia. Pero si antes del juicio se ha decretado un estado de alarma donde se impide salir de casa, y no consta entre las excepciones el actuar como testigo, la multa se la podría llevar si sale de casa por incumplir el confinamiento. Y claro, alguien dirá que las causas con preso son una excepción, pero eso debe afectar a profesionales, pero no a testigos, que ni siquiera tienen por qué saber ni que hay un preso preventivo, ni que esa es una de las actuaciones que en Justicia se consideran como urgentes. Así que ahí está la dificultad, en quedarnos compuestos y sin testigo, que es casi lo mismo que decir sin prueba, por lo que lo suyo será acabar pidiendo la suspensión. Y acordándola, of course.

Y al hilo de esto, hablare un poco de la desobediencia. Y del delito de desobediencia, que no es lo mismo, que, como ya estamos viendo, el Derecho nada es lo que parece. Algo que se ha convertido, por desgracia, en la rutilante estrella de nuestros juzgados de guardia del confinamiento.

En estos días tan raros, hay gente que se cree con patente de corso para hacer lo que le dé la gana y aprovechan para demostrar al mundo que ser descerebrado, en tiempos de coronavirus, es ser descerebrado al cuadrado. Así, sé de buena tinta que tuvieron en la guardia detenido a un tipo por pasear un peluche, para escaquearse del confinamiento con la excusa de pasear al perro. Algo que en prensa decía que fue en Palencia y que sé que también fue en Valencia, porque me lo han confirmado fuentes oficiales. Similares fuentes me han confirmado también el multazo que le ha caído al dueño de un bar por preparar almuerzos clandestinos, como si fuera un esbirro de Al Capone en plena ley seca. Y ya no tiene nombre lo de los detenidos por celebrar fiestas de cualquier tipo en locales, azoteas o donde quiera que sea.

A ver, berzotas ¿cómo hay que explicar que no tiene ni pizca de gracia? ¿Qué vuestra insensatez no solo arriesga a quienes están a vuestro alrededor sino que incrementa tontamente el trabajo de jueces, fiscales, letrados y personal del juzgado, que ya tenemos bastante con lo verdaderamente urgente?. Dicen que la gente les grita por los balcones cuando ve estas cosa pero, la verdad, no es para menos. Son ocasiones en que -guardadme el secreto-  le pido al karma que actúe. Espero que no me defraude

Y ahora, para que no coincida con el  las 8 de la tarde, mi aplauso. Una vez más, para todas las personas que están al pie del cañón. Un cañón  con el que vamos a vencer al bicho verde de las narices.

Mientras tanto, en casita todo el tiempo que sea necesario. Aunque dé la impresión, como en la ilustración que encabeza el estreno, que se han invertido los papeles entre el despertador y las personas a quienes despierta. Una ovación extra para @madebycarol por pintarlo así de bonito.

Futuribles: fuera de control


20200320_155506

Cuántas veces habremos visto películas de ciencia ficción en que nos pintan el futuro de uno u otro modo, y hemos pensado eso de Vaya mentira. Seguro que lo pensaron los coetáneos de Julio Verne, sin saber que iba a ser posible hacer 20.000 leguas de viaje submarino o La vuelta al mundo en 80 días. Lo contaba en clave de comedia el protagonista de Regreso al futuro, cuando, en su viaje por el tiempo, descubría que un actor de cine -Ronald Reagan- era presidente de los Estados Unidos y pensaba que algo había fallado en las predicciones. Ni pensar quiero lo que diría si hubiera sabido del actual presidente, ero, como diría el protagonista de El médico, esa es otra historia y tendrá que ser contada en otro momento.

En nuestro teatro los futuribles son frecuentes. Tanto, que a veces parece que vivimos más de futuribles que de presentes, aunque echando un vistazo a algunas cosas estemos en realidad en el pasado. No sería este mal lugar para rodar el Ministerio del tiempo, aunque no ahora, claro. Ahora toca confinamiento para poder despegar luego. Y, si hay que hacerlo, se hace bien

En momentos como estos, en que una ley que creía que nunca podría leer en el BOE, nos mantiene en nuestras casas -salvo los servicios necesarios, por supuesto- podemos aprovechar para replantearnos muchas cosas. Y, por descontado, para hacérselas replantear a quien corresponda, una vez se hayan recuperado del tremendo terremoto que el coronavirus ha supuesto.

Aprovecho este inciso para hacer una confesión. Nunca me había planteado presentarme a fiscal jefa ni nada parecido pero, visto lo visto, hice bien. Porque menudo marrón del 15 se están comiendo, dicho sea en términos carcelarios. Ha habido días de hasta tres notas de servicio de mi fiscalía, más otras tantas de la Fiscalía General del Estado, más las de Decanato, el Tribunal Superior de Justicia, la Comunidad Autónoma, el Ministerio de Justicia y el Consejo General del Poder Judicial. Una verdadera locura. Y, por más que reciban críticas, que las recibirán, hay que ser solidaria. Si no les alcanza el coronavirus, igual les da una crisis de ansiedad o un brote psicótico. Porque la cosa está que arde.

Pero vayamos al lío, a esos futuribles de los que yo quería hablar hoy. Con el aburrimiento, le da a una por dar vueltas a la cabeza, que ir empijamada todo el día en vez de toguitaconada es lo que tiene. Hace nada, estábamos a la greña jueces y fiscales por quién iba a llevar lainstrucción  Me imaginaba a ambas carreras disputándose un cofre imaginario al tiempo que, como Gollum, gritábamos eso de “mi tesoooro”. Las disputas fueron tan encendidas que algún compañero incluso decidió hacer un ERTE de redes sociales para no seguir discutiendo. ¿Y ahora qué? Pues que ni para ti ni para mí, que a la vuelta no estará el patio para reformitas integrales. Bastante haremos con ponernos al día porque eso del teletrabajo, como ya dije, es una buena idea pero con unos medios escasos no es tan fácil como pintan.

Y aquí viene el segundo futurible a plantearnos. Hemos hablado muchas veces de carencia de medios, de la decrepitud de las leyes y hay que seguir reivindicando. Pero hay muchos más. Esto es un bofetón para darnos cuenta que el sistema está caduco y que, ni siquiera la digitalización tiene pies ni cabeza mientras la estructura judicial y el modo en que están concebidas las actuaciones judiciales sigan como están. Porque al final el papel no desparece, y acaban duplicándose los esfuerzos en lugar de ahorrarlos. No repetiré los absurdos en que se ha incurrido en algunos casos, pero es el mejor momento para darse cuenta y ponerle solución. Solo dejaré caer un detallito de nada: me están hablando en las notas e instrucciones de teletrabajo, pero, hasta el día en que decretaron el estado de alrama, continuábamos utilizando faxes y cuños. Verdad verdadera.

Otro futurible que nos ha atropellado es el de los plazos  y, en especial, el dichoso límite de instrucción que tantos dolores de cabeza nos ha dado. Y mucho más, porque ha sido la causa de absoluciones en procesos de corrupción y en otros muchos que nunca sabremos. ¿Qué se ganaba con ese límite? Pues aquí está, todo suspendido porque las cosas no pueden ser de otra manera. Y si se ganó algo, ahora se fue al garete. Otra cosa para pensar, reformas eficientes acompañadas de medios que les hagan juego. El papel es muy sufrido, pero no es más que eso. Y hoy lo sabemos más que nunca

En definitiva, esta vez no va a ser más que cuestión de tiempo, y de mucha paciencia. Pero aprovechemos esta lección de vida que nos dan las circunstancias, y que nos recuerda que por más que lo creamos las cosas no están bajo nuestro control absoluto. Y apliquémosla a lo que sucede en nuestro escenario, a nuestro mundo de togas y puñetas, Es hora de darse cuenta que, cuando hemos necesitado ser modernos, es cuando nos hemos dado cuenta de lo antiguos que somos, cuando hemos necesitado eficiencia hemos tropezado con la realidad de muchos trámites absurdos. Pero, como soy optimista, que sea como el refrán, que nunca es tarde si la dicha es buena. O mejor aún, el de más vale llegar tarde que rondar cien años. Porque por ahí por ahí va la cosa, siglo arriba siglo abajo.

Que no se diga que un bicho verde acabó con nosotros. Pero que nos sirva de lección. No estábamos preparados.

Así que hoy vuelvo a dedicar el aplauso a quienes, en guardias y otros servicios imprescindibles, están ahí dando el callo y arriesgando por prestar esos servicios.Vuelvo a pedir que se cuiden, que no puede faltarnos nadie a la vuelta.

Y ovación extra una vez más a @madebycarol por hacer más bonitas las cosas con sus ilustraciones. Gracias otra vez

Confinamiento: no desesperemos


20200316_184556 (1)

El cine no está hecho para claustrofóbicos. No son una ni dos, sino muchas, las películas que transcurren en una habitación, sea Una habitación con vistas o La habitación del pánico. Pero el verdadero problema no existe cuando hay libertad de movimientos, sino cuando el encierro, sea en una habitación, en una casa, en un sótano o en una buhardilla, no son voluntarios sino impuestos por las circunstancias, como ocurría en El diario de Ana Frank o El pianista. Afortunadamente, nuestras circunstancias no son tan terribles como las de ambos protagonistas ni nuestro enemigo es el ejército nazi sino un bicho microscópico contra el que todavía estamos buscando armas. Pero saldremos de esta, y veremos la luz al final de El túnel.

Recuerdo bien que, cuando estudiaba la oposición, me encontraba con frecuencia con preceptos que creía que no iba a aplicar nunca que, incluso, me parecían ridículos. ¿Rebelión y sedición? Anda ya, ¿quién iba a aplicar eso?, pensaba yo. Está visto que como jurista puedo ganarme la vida, pero como pitonisa sería un auténtico fracaso. Con la ilusión que me haría ponerme ante la bola de cristal, con un pañuelo de moneditas tintineando y un loro parlante haciéndome los coros. Pero ni en eso hubiera sido original, que ya ha habido una Señoría que me ha robado la idea, como todo el mundo pudo leer en la prensa no hace mucho.

Pues bien, otra de las cosas que pensaba que no vería nunca aplicar era lo de los estados de alarma, excepción y sitio que estudiábamos en Derecho Constitucional como uno de los supuestos de restricción de los derechos fundamentales. Y, desde luego, nunca se me hubiera venido a la cabeza que fuera por otra cosa que no fuera una guerra, el peligro de una invasión o algo parecido.

Pero, como la realidad siempre supera a la ficción, viene con sus cosas a desbaratar todo lo que pensábamos. Ya hubo otro caso de declaración del estado de alarma, el que se declaró en 2010 por la huelga de los controladores aéreos. Recuerdo cómo, ingenuas de nosotras, comentaba con mi entonces fiscal jefa, cuando coordinábamos la labor de la portavocía -que yo ejercía entonces- que estábamos ante un hecho histórico, que no volveríamos a vivir nunca. Obviamente, tampoco ella se ganaría la vida como adivina, salta a la vista.

Lo que supone el estado de alarma no lo voy a desgranar aquí, que ya han sido muchos y muy variados los comentarios, estudios y opiniones al respecto, aunque me quedo con el análisis, sentencia en mano, de mi compañera @escar_gm. Pero sí que diré algo, destinado sobre todo a quienes se empeñan en fastidiarnos la vida con sus vaticinios apocalípticos. El estado de alarma es, en realidad, un oxímoron. Lo que pretende es tomar medidas para no alarmar más de lo necesario y que no sea preciso pasar a los otros estados excepcionales previstos en nuestra norma suprema, que son los que de verdad alarman.

Pero eso sí, haré unos pequeños apuntes de lo que, a mi juicio, no se debe hacer, que hay quien, por si no fuera bastante con pasar varios días encerrados, pretende amargárnoslos. Y para cenizos ya tenemos más que de sobra, no hace falta más adhesiones al club. No hagamos caso a todos aquellos que pintan el más negro panorama con tal de ganarse unos cuantos likes con el más irresponsable ejercicio de cortavenismo posible. Tampoco lo hagamos a quienes inventan historias o dan con remedios milagrosos: ni hacer gárgaras, ni tomar agua caliente, ni ponerse un lazo rojo en el pelo o morado en salva sea la parte va a servir de nada. Si les gusta, que lo hagan, pero no lo vendan como el remedio infalible, que va a ser que no.

Tampoco deben buscarse culpables, ni mucho menos hacer bromas con algunos contagios, por mal que puedan caernos las personas contagiadas. En cuanto a culpables, tiempo habrá de investigar lo que haga falta, pero ahora es necesario arrimar el hombro y no darse de trompicones con él. Y conste que hablo de hombro virtual, que real nunca a menos de un metro, que no sea diga.

También debemos rechazar de plano toda aquella expresión que atribuya nuestros males a una determinada raza. Y que nadie piense que exagero, que de eso nada. En un primer momento, la gente se separaba de los chinos y, por extensión, de cualquier persona con rasgos orientales, como si fueran a contagiarles aunque no hubieran estado en China desde hacía años. Fue muy ilustrativo el comentario de un empresario chino con muchos años en España que decía “que la gente sepa que el virus está en China, no en los chinos”. Por desgracia, el bicho llegó a España y a Dios pongo por testigo que he oído las cosa más peregrinas Una amiga me decía que le habían rechazado de algunos sitios porque su apellido es italiano, aunque su padre ha vivido aquí desde los cinco años. Pero lo más rocambolesco fue lo de una señora en la peluquería -antes del estado de alarma, que nadie sea susceptible- que contaba muy seria su teoría de que aquello tenía que ver “con los moros” que estaban a salvo porque sus mujeres están tapadas con velo. Hilarante, si no fuera por lo que subyace, racismo puro y duro. Como el que he llegado a leer en algunos comentario referidos al pueblo gitano, que también está sufriendo un intolerable rechazo en estos días. Así que tengamos cuidado, que no se inocule el virus de la xenofobia, que ya tenemos bastante virus con el de la coronita

Y, volviendo al principio, otra de las cosas que me parecían marcianas cuando estudiaba, era la referencia a las penas de extrañamiento, confinamiento y destierro, que contemplaba el antiguo Código Penal. Y, mira por donde, aquello de confinamiento que parecía tan viejuno es, en la versión remasterizada, y combinada con el que creíamos insólito estado de alarma, lo que nos tiene en casa sin salir. Porque así ha de ser.

Así que solo me queda correr detrás de las abejas del fundo ajeno, encontrar el tesoro oculto, que se forme una isla y mute un cauce y localizar la famosa reja remetida para que ocurran todas esas cosas que pensé que nunca ocurrirían de aquello que estudiaba. Pero ahora ya no me pillan y no digo lo de esta agua no beberé, que luego todo se sabe.

Aprovechemos el encierro para estudiar aquello que siempre quisimos, para leer los libros que siempre quedaron pendientes, para conversar con nuestra familia, para reforzar los vínculos, para aprender a usar herramientas para comunicarnos desde la distancia, para desarrollar nuestros talentos ocultos y, sobre todo, para reflexionar sobre esa lección que nos da el mundo. Que no tenemos todo controlado aunque a veces hayamos pensado que sí.

Pensé que nunca diría esto, pero qué ganas de toguitaconarme otra vez para hacer esos juicios plúmbeos, esa diligencias de rutina, o esa cosas a las que acudíamos arrastrando los pies. Ahora es el momento de valorar lo que tenemos, y que no solo merece la pena nuestra labor en Toguilandia por los asuntos que dan caché. Y aprovechemos también para confirmar que el sistema procesal es una castaña pensada para otro siglo y que no aguanta ni una semana sin un presencialismo obsoleto y absurdo. Que también hay que decirlo

Solo me queda el aplauso que dedico hoy a quienes no han tenido más remedio que ir al trabajo, como servicio público que somos. Aunque nos falten guantes o mascarillas, que no nos falten las ganas. Cuídense mucho, por dios.

La ovación extra es, una vez más, para @madebycarol por su fantástica ilustración, Mil gracias de nuevo

Teletrabajo: de todo lo posible y lo imposible


20200311_201601

  La libertad de movimientos, o su pérdida, han sido tema de muchas películas. Unas, por supuesto, hacen referencia a reclusiones forzosas, como Cadena perpetua, pero otras, tanto o más inquietantes, aluden a situaciones en las que sus protagonistas no salen de casa por motivos diferentes a un encierro físico. La agorafobia atenazaba a los personajes de Copycat o Musarañas y otro tipo de problemas  impedían salir a los niños de Los otros. Y es que poder ir a donde una quiera está muy bien, pero hay veces en que hay que restringir esa libertad en pro de otro bien, como ocurre en caso de Epidemia

Ya dedicaba el estreno anterior al Coronavirus y su incidencia en Toguilandia, pero hay que insistir en ello, ya que la cosa es más seria de lo que parecía en un primer momento. Aunque lo más probable es que nadie supiera la verdadera trascendencia de lo que estaba empezando a pasar hasta que estuvo encima. Y, como hemos comentado en Valencia, muy grave tiene que ser para que se haya llevado por delante nuestras queridas Fallas.

Pero, como siempre hay un roto para un descosido, hay que buscar soluciones en vez de entretenerse en lamentarse. Y, una vez más, en Toguilandia lo hacemos todo tarde y mal. O, simplemente, no lo hacemos porque, como reza el dicho, lo que no puede ser no puede ser y, además, es imposible.

Empezaba la cascada de reacciones con un Decreto de nuestra Fiscal General recomendando encarecidamente que los y las fiscales optáramos por el teletrabajo, dejando la presencia física para los casos absolutamente ineludibles o urgentes, como las guardias o los juicios con preso. Hasta ahí, todo impecable y tan lógico que parece no tener discusión. Pero como sabemos, en Toguilandia, la distancia más corta entre dos puntos nunca es la línea recta y las cosas nunca son tan sencillas como parecen.

Veamos si no. Lo del teletrabajo de fiscales molaría mucho si fuera posible. Y no solo hoy, sino desde hace mucho. Pero choca con la realidad hasta darse de trompicones. Y ello por varias razones que diseccionaré como si de una intervención quirúrgica se tratara, que no se diga. Con mascarilla y todo

El primer incoveniente es el reparto. ¿Cómo llegan las causas hasta la mesa del fiscal? Pues, obviamente, de manos de un funcionario que a su vez lo ha recibido de la valija que ha repartido en auxilio judicial y que ha remitido otro funcionario del juzgado. De ahí, tras el registro hecho por el funcionario o funcionaria de gestión o tramitación, nos llega y calificamos o emitimos el informe que sea, que hemos de imprimir forzosamente tras haberlo intriducido en el programa. Nuevamente lo recoge un funcionario que lo lleva al visado, y de ahí a otro funcionario que le da salida para que llegue al juzgado, donde recorre un periplo similar hasta llegar manos del juez o jueza, que resuelve -cuando no lo hace el LAJ dentro de sus competencias- O sea, que si la causa, con su papel, sus grapas y su fotocopias, se repartiera a nuestras casas para el teletrabajo, habría de tener, cuanto menos, cuatro traslados más los que correspondan una vez entren en los dominios de Sus Señorías. Y, por descontado, a un transportista expandiendo virus de un lado a otro.

Todo esto, que sería un argumento estupendo para El Club de la comerdia -estoy viendo al monologuista de turno contando los traslados- sería muy gracioso si no fuera porque no tiene ni pizca de gracia. Porque cuando pensamos que el contenido de esos papeles que van y vienen son nuestros derechos, la cosa se pone seria. Y no es para menos.

En cualquier caso, es la prueba evidente de la ineficiencia de un sistema que, inventado para el siglo XIX, revienta en el XXI por sus costuras. Como ya he dicho alguna vez, un AVE circulando por las estrechas vías de un tren de cercanías. Y así, en muchos casos, la tan cacareada digitalización  no ha sido otra cosa que duplicar el trabajo: además de hacerlo en papel y con palotes como toda la vida, se introduce en un programa informático, para que el Gran Hermano sepa lo que hacemos. Y claro, es entonces cuando hay que decir eso de que el sistema no nos sirve a nosotros, sino que somos nosotros quienes acabamos siendo esclavos del sistema. Ojala esta crisis sirva al menos para replantearnos que la digitalización es mucho más que meter datos en un archivo informático.

Pero eso no es todo. Que va. Por parte del Consejo General del Poder Judicial no han perdido la oportunidad de protagonizar su propia película en esta historia. Y no es otra que Murieron con las togas puestas, a la vista de sus múltiples y cada vez más marcianos comunicados. Ha habido un momento de la mañana del día X en que, mientras colegios, universidades, Parlamento fiestas populares -ay, mis Fallas…- y hasta cafeterías y discotecas, el Consejo General del Poder Judicial, con una terquedad que ni Paco Martínez Soria en Don Erre que Erre, insistía en que nada de dar directriz ninguna, y que cada juez podía ponderar las circunstancias y decidir la suspensión, que sería sometida al visto bueno del Consejo. No deja de llamar la atención lo prolijo de las instrucciones para cosas tan fantásticas como rellenar la estadística y lo laxo para cosas como salvar vidas, ahí es nada. Eso sí, nos explicaba como lavarnos las manitas divinamente para, con ellas bien limpitas, arriesgarnos a lo que venga por tierra, mar y aire porque, recordemos, aun no está clara la foma de contagio. Mi querida @natalia_velilla ha hecho un tuit sobre los jueces zombies que era muy ilustrativo al respecto. Porque el humor que no falte, por negro que sea.

Y, aunque por fin parecen haber entrado en razón -probablemente ayudados por los miles de tuits, los escritos de las asociaciones judiciales, de fiscales y de Lajs, de la abogacía y el propio sentido común – y han suspendo toda la actividad salvo la de urgencia. Pero, para llegar a eso, no se han privado de un periplo que causaba estupor, por no llamarlo de otro modo. Primero que no, luego que cada juez decida, después que solo en algunos sitios, para acabar diciendo que es lógico lo que se pedía. Como diría Gila, teléfono en ristre: buenas, ¿está la Justicia?, que se ponga.

Ahora llega el momento de demostrar que el teletrabajo, como los Reyes Magos, no existe. Lo malo es que no son los padres. Lo que sí existe, y ha existido siempre, es lo de llevarse trabajo a casa, algo que hemos hecho desde los tiempos del maletín al trolley. Pero eso no es lo mismo que teletrabajo, como no es igual que los escolares tengan deberes para casa que el hecho de organizar clases on line.

Así que, llegado lo inevitable. Que al menos nos sirva para comprobar que tal como se hacen las cosas, no se pude prescindir de un presencialismo de cuños y fotocopias francamente obsoleto.

Mientras tantos, no olvidemos el aplauso para todas las personas que, desde la primera línea de fuego, combaten la emergencia. Personal sanitario o de emergencias, fuerzas y cuerpos de seguridad y, en nuestro caso, todos y cada de los que sirven en estos momentos losjuzgados de guardia. Animo y gracias

 

Virus: prevención o miedo


20200310_161546 (1)

Todo el mundo ha visto películas o series de televisión sobre epidemias, enfermedades y contagios, un buen tema que da mucho de sí. Películas como Contagio o Ebola o series como La peste ponen en imágenes algo tan atávico como inevitable: el pánico colectivo que estas cosas suscitan, tan contagioso o más que la enfermedad misma. Tan presente en todo tipo de géneros que hasta el atormentado vampiro protagonista de la saga de Crepúsculo había fallecido, a principio de siglo, de la mal llamada gripe española, que no tenía más vinculación con nuestro país que la nacionalidad de los diarios que hablaban de ella, que ya entonces existía la manipulación de la información.

En estos días es inevitable hablar del coronavirus, o Covid19, del que lo único que podemos decir es, como Sócrates, que solo sabemos que no sabemos nada. Vivimos, eso sí, un sobresalto permanente del que cada día –y hasta cada hora- hay un nuevo capítulo, como si de un folletín por entregas se tratara. Y, como en los culebrones, el guión se va improvisando y transmitiéndolo por el pinganillo. Solo que, en este caso, en vez de los amores y desamores de Alberto Washington Fernando con Luzmila Gwendoline de la Anunciación, se trata de nuestra salud.

Como no podía ser de otra manera, el coronavirus ya ha tenido su incidencia en Toguilandia. Y lo que te rondaré, morena, que parece que esto no ha hecho más que empezar.

Hace unos días, leía que un juzgado de Madrid suspendía sus actuaciones momentáneamente por una sospecha de contagio y hace nada, aquí mismito, en la Ciudad de la Justicia de Valencia se paralizaba la puesta a disposición de detenidos porque algo hizo pensar que uno de los que había en calabozos podría tener el virus, así que se paralizó esa actividad hasta que, al cabo de cinco horas, los análisis confirmaron que se trataba de una falsa alarma. Por suerte, y de momento, claro. A modo de anécdota –o no- diré que las detenidas sí que pasaban, ya que están separados los hombres de las mujeres y no había habido contacto, que se supiera.

La historias que corrieron al respecto fueron muchas y variadas. La verdad es que ignoro por qué se disparó la alarma de que uno de los detenidos pudiera padecer a enfermedad, pero pronto empezaron los rumores de que era un listillo que pensaba que con pronunciar la palabra “coronavirus” se le iban a abrir las puertas de la libertad cual si se tratará de Alí Babá gritando Abrete Sésamo. Una vez más, claro, su gozo en un pozo.

Me acordaba yo entonces de mis tiempos de Facultad, donde cada dos por tres teníamos avisos de bomba que hacían que nos desalojaran y montaran todo el dispositivo para concluir que, también en este caso, había sido una falsa alarma. La mayoría de veces coincidían con exámenes, lo que hacía pensar que alguien no se sabía la lección y quería lograr un aplazamiento del examen por el sindicato de las prisas. Y ojo, que hasta había profesores que se empeñaban en hacer igualmente la prueba “bajo su responsabilidad”. No triunfaron porque, por más responsabilidad que asumieran, como fuera verdad, la cosa no tendría remedio.

  El propio código penal contemplaba como delito el aviso falso de bomba, aunque la reforma de 2015 cambió el precepto para ampliarlo en el sentido de abarcar cualquier falso aviso que movilice los servicios sanitarios o de emergencias. Igual es que el legislador poseía el mismo poder que Los Simpson o Astérix y Obelix para predecir el futuro, y ya sabía la que se nos vendría encima un lustro después. De nuevo, Iker Jiménez encontraría tema para su Nave del Misterio –que no del Ministerio, y menos aun Fiscal- en Toguilandia.

También me he acordado de aquel precepto del contagio intencionado de enfermedades, que parecía muy moderno en los primeros tiempos del SIDA, y que ahora está ahí como congeladito el pobre. Igual se reactiva ahora para quienes nos peguen un estornudo en plena cara o para que denuncien a cascoporro los hipocrondríacos que se crean víctimas de un complot. Tiempo al tiempo.

Todavía no han empezado a notarse algunos efectos –o no los he notado yo, al menos- que no tardarán, sean verdad o mentira. En nada podrían empezar a provocar problemas las citaciones y notificaciones, y testigos o acusados citados no llegar porque les han impedido cruzar determinada frontera o les han retenido en cualquier sitio en una cuarentena que, hasta hace poco, nos parecía propio de las novelas de Robin Cook y no de nuestra realidad diaria. Y, por supuesto, la picaresca podría entrar en acción y, aunque no estuvieran en ese caso, acogerse a ello, que hecha la ley hecha la trampa. Como las tarjetitas de los padres que llevábamos al colegio diciendo eso de “mi hija Susanita no asistió ayer porque estaba malita” y que en más de un caso se hubieran calificado como falsedad en documento si se hubieran denunciado. Hay una leyenda urbana de un niño al que pillaron cuando falleció su quinta abuela, porque los profesores le llevaban la cuenta, pero no sé cuanto hay de realidad en ello. En todo caso, seguro que en la jusrisdicción de menores han visto más de una de esas.

Pero, volviendo al coronavirus dichoso, acaban de cancelar las clases en colegios, institutos y facultades de algunos lugares, Madrid nada menos entre ellos. Así que habrá que entender que otra incidencia en Toguilandia, la de los cursos de formación inicial o continua que, como conté en su día, son algo más que turismo judicial. Y no quiero ser susceptible, pero quienes tenían alergia a aprender eso de la perspectiva de género ya tienen una excusa nueva como la cosa se alargue. Aunque igual son cosas mías y está toda la judicatura como loca esperándolos. Ojala así fuera.

Así que así seguimos, minuto-resultado, como si de un acontecimiento deportivo se tratara. Tal vez se exagere, o tal vez nos quedemos cortos, solo el tiempo lo dirá. O quizás la cosa no haya hecho más que empezar. Pero no puedo evitar acordarme de la que nos liaron con la gripe A, con la que hicieron su agosto los fabricantes de gel desinfectante, y luego no fue nada. Pero, como dice el refrán, mejor prevenir que curar. Eso sí, si hay algo seguro, es que en unos años algún miembro de la familia Alcántara se contagiará de COVid19 en el Cuéntame del futuro, que siempre les pasa todo, y que dedicarán muchos minutos en el Donde estabas entonces dedicado a este año. Y si no, al tiempo. Que voy a competir a pitonisa con Los Simpsons.

Y hasta aquí, coronavirus mediante, el estreno de hoy. El aplauso lo voy a dedicar, de una parte, a los y las profesionales que se enfrentan cada día a estas cosas y de otra, a quienes con la sensatez por bandera, evitan el pánico, sin olvidarme de quienes emplean el sentido del humor porque siempre he admirado mucho a la gente que saca chistes de cualquier cosa en un nanosegundo. Porque, aunque la cosa no sea para tomarla a broma, una broma sin mala intención nunca hizo daño a nadie.

Y, por supuesto, no me olvido de la ovación para @madebycarol, autora, una vez más, de la ilustración de este estreno

#Heroínas


trenza

 

 

La trenza

 

– Y en el pelo… ¿Qué te parece si te hago una trenza? Te quedaría divina con ese traje de novia

– No, una trenza no. Cualquier cosa menos una trenza

Fue oír esa palabra y venírseme el mundo abajo. O arriba, según se mirara.

Ella me lo decía siempre. Nunca debía entrar a su cuarto si le había visto peinada con una trenza. Y yo la obedecía como hacía siempre. Era mi hermana mayor, el modelo al que yo aspiraba. Tan guapa y tan segura siempre de sí misma que, a su lado, sentía que todo iría bien,

Nos llevábamos ocho años, casi nueve, pero ella se comportaba como la madre que nunca tuve. Murió cuando yo apenas andaba, sin que llegara nunca a saber cómo ocurrió. Era un tema tabú en casa, tan doloroso que era innombrable. Eso fue lo que me dijeron siempre.

Papá trataba de suplirla, pero, a decir de mi hermana, no lo lograba. Yo no estaba en condiciones de saberlo porque no la conocí, pero bastaba con que ella lo dijera para creerlo a pies juntillas.

Aquel día ella llevaba una trenza, nuestro código secreto `para no entrar en la habitación bajo ningún concepto. Papá, como ocurría siempre que me daba el aviso, estaba con ella. Pero yo necesitaba con urgencia algo que se quedó en el cuarto de mi hermana, y, tras mucho pensarlo, me decidí a entrar. Solo sería un momento y me marcharía sin molestar.

No llegué a tiempo. Mi hermana, peinada con una trenza apretada, yacía en el suelo mientras mi padre lloraba con un cuchillo en la mano.

No tardé mucho en entenderlo, lo justo para conseguir zafarme de él, que me bajaba las bragas, y ver la llegada de unos policías tras tirar la puerta abajo.

Ella se había decidido a denunciar los abusos a los que, casi cada día, la sometía. Esos que soportaba en silencio y de los que me protegía con una simple trenza en el pelo. Y lo hizo, según me explicaron más tarde, en el momento en que él le dijo que se había cansado de ella y empezaría conmigo.

Respiré. Los recuerdos me apretaban tanto como aquella última trenza en el cabello de mi hermana.

Hoy lleva, como siempre, su melena castaña al viento mientras, desde su silla de ruedas, me toma la mano para acompañarme como madrina el día de mi boda.

Feliz: estreno de “No me obligues”


20200228_195507

Cuánto gustan en el cine y la tele las comedias sobre familias que crecen y crecen… La familia y uno más, Doce fuera de casa, Con ocho basta, Sonrisas y lágrimas y hasta Ana y los siete son buena muestra de ello. Las familias crecen y los sitios se acoplan a las nuevas necesidades. Sin que falte, eso nunca, la celebración.

También en nuestro teatro la familia crece. Pero que nadie se me asuste que no lo hace con niños ni niñas reales -abstenerse de comentar, por favor- sino con nuevas criaturas, que vienen a hacer compañía a sus hermanas Mar de lija, Descontando hasta cinco, Remos de plomo, Balanza de género y Caratrista. Además no quise que las criaturas se lleven mucho tiempo, que luego no pueden salir juntas a la feria del libro, las presentaciones y esas cosas de escritores que nunca pensé que pasarían en mi vida.

Como soy muy lista, y además, como buena madre, conozco a mis hijitos literarios, estoy segura que, entre sus hermanas, con la que mejor se va a llevar es con Descontando hasta cinco, porque tienen muchas cosas en común. Ambas son novelas, tienen la misma prologuista, y han sido amadrinadas por voces señeras de la radio valenciana. Comparte además con ella y varias de sus hermanas la corrección por parte de Teloseditamos -tan fantástica que dan ganas de equivocarse- y es de la misma editorial que Remos de plomo, Talón de Aquiles. Por supuesto, como todos los hermanos, tienen cosas en común y cosas que les diferencian. Y lo que tiene en común con Balanza de género y Caratrista es a una persona muy especial, Carolina Calvo (madebycarol) que con sus lápices ya ha mejorado muchos de los estrenos de nuestro teatro.

Pero no quiero contar más, que las novelas están para leerlas, y si hacer spoiler es una faena por parte de cualquiera, hacerlo por parte de la autora es una auténtica estupidez. Como tirarse piedras a su tejado, y no están las cosas para eso. Así que me dedicaré a contar el evento de presentación, si es que consigo de una vez que se me borre de la cara esta sonrisa bobalicona que llevo instalada desde el día 28 de febrero de 2020, uno de esos días que quedaran en mi memoria como uno de los momentazos de mi vida.

   La cosa empezaba regular. El encargado del local me decía muy solícito que había decidido que, en vez de los 100 asientos que tiene de aforo la sala, él había decidido, motu proprio -y no de su propio motu como he escuchado en Toguilandia alguna vez- ampliar el número de butacas y que fueran 150. Entre en pánico. Faltaban apenas veinte minutos y solo estábamos allí la bailarina y la pianista encargadas de la perfomance, el librero y tres o cuatro personas, mientra el móvil no dejaba de vibrar con mensajes de personas que se disculpaban por no traer el cuerpo que afirmaban que su corazón estaba allí. Yo no pensaba otra cosa que no fuera que a ver si lográbamos sentar todos esos corazones y llenábamos los asientos, pero, de pronto, la cosa empezó a cambiar

Los primeros en llegar, he de decir, fueron una pareja a la que no veía desde hace mucho, mucho tiempo. Cuando me recordaron que yo fui la niña que llevó la trata en su boda, casi muero de un ataque de ternura, o de un coma diabético entre la dulzura del momento y el recuerdo del merengue, que me vuelve loca. Luego, uno tras otro, se apiñaban para que, incluso antes de la presentación, firmara el libro. Me pellizqué un par de veces para asegurarme que no estaba soñando y, como esto no es una película, las marcas de las uñas que me dejé siguen dando buena muestra de ello.

Empezamos. Cuando me dí cuenta de que había hasta gente de pie, fue el momento en que se me pintó en la cara esa sonrisa de la que hablaba al principio, la que no se me borra de la cara. Y no era para menos. Un comienzo excepcional, dulce y pausado según el tuit de un periodista presente en la sala, con un fragmento de la perfomance Mujeres en construcción a cargo de Susana y Simona, bailarina y pianista respectivamente. Y claro, con tan hermoso principio, las cosas solo podían ir bien

A Juan Magraner, cuya voz nos acompaña cada día en la Cadena Ser, no pudo más que darle las gracias. Gracias por ser mi amigo, por haber tardado menos de un nanosegundo en dejarse atracar para presentarme y gracias muy especialmente por ser un aliado constante y efectivo en la lucha por la igualdad y contra la violencia de género. La presentación que hizo aunó todos estos factores y dejó a todo el mundo, como tuiteó Fani Grande, con las ganas de escribir un libro para que él lo presentara. También he de agradecerle a Juan que representara a Ana Durán, madrina de mi anterior novela, que no pudo acompañarnos en persona.

Loreto Ochando, autora de un prólogo tan contundente que el editor decidió que formara parte de la contracubierta y de la reseña de presentación además de amiga, tampoco se le pude pedir nada más. Amistad, desparpajo, sentido del humor y lucha por la igualdad todo en uno. ¿Alguien da más?

Luego, aquí esta humilde toguitaconada, dijo lo que pudo sobre su criatura. Suerte que las madres siempre tenemos palabras para nuestro hijitos, porque sino me habría quedado sin ellas. Y es que la cosa no fue para menos. Casi me disloco la muñeca a base de firmas, casi me disloco la mandíbula a nace de sonrisas, y caso me disloco el alma a base de felicidad. Perdón por la cursilada pero, qué narices, tengo bula, que era mi día.

Y, como guinda del pastel, acabo con una referencia a esa campaña de la Generalitat por el 8 de marzo de la que he formado parte. No sé si lo merezco, pero es una ilusión enorme trrtar de acercar a la infancia referentes femeninos. Por eso acabo con esta foto que tanto me gusta, por umbralista que parezca. De nuevo me acojo a la bula de ser mi día.

Aunque no me olvido del aplauso. El que dedico a todas las personas que me acompañasteis, en persona o en espíritu- A la próxima no me dejéis sin abrazo ¿eh?

PD Aquí dejo el enlace de la editorial de No me obligues, por si alguien no lo encuentra

Y también en Amazon

20200303_115410