Shock: encuentros inesperados


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Una de las tramas argumentales que más dan de sí son las de los encuentros inesperados. Tropezar con alguien que nunca se hubiera imaginado en ese lugar y situación ha dado lugar a muchas comedias de enredo, a finales dramáticos y hasta a contactos extraterrestres. Los Encuentros en la tercera fase son un clásico hasta el punto de que el título de esta película lo empleamos más de una vez para referirnos a estas cosas.

En nuestro teatro estas cosas suceden y, claro está, tanto para bien como para mal, un encuentro de estas características puede convertir un día cualquiera de nuestra vida en las trincheras en Un día inolvidable.

Seguro que nos ha pasado a cualquiera de los habitantes de Toguilandia, aunque para jueces y fiscales -también para LAJS- es todavía más impactante que para Letradas y Letrados. Me explico, sin ánimo de hacer de menos a nadie. Los clientes acuden, normalmente, al despacho correspondiente en busca de asesoría legal antes que al juzgado y eligen a quien vaya a representarles en virtud de determinadas premisas. Puede ser su fama y prestigio profesional, el boca-oreja o, simplemente, porque hayan pasado por allí y visto la placa de la puerta -todo es posible-, pero también se debe, en muchos casos, a que conocen al profesional por una relación personal o por medio de terceros. Voy a esa abogada que es mi amiga, la amiga de mi amiga, la prima de mi profesora de yoga o hasta mi propia prima. Entonces, por supuesto, el factor sorpresa desaparece. La excepción sería en el caso del turno de oficio  y, particularmente, la asistencia a detenidos, donde se pueden encontrar a cualquiera en la situación más comprometida posible.

En el caso de la judicatura o la fiscalía, esa asignación de clientes previa no existe. Somos un servicio público y como tal atendemos al justiciable sea quien sea, cada cual desde su posición, sin conocer previamente de quién se trata. Y eso depara más de una sorpresa desagradable. Con solo un tiempo vistiendo toga, ya nos encontramos cosas de este tipo. Yo, que confieso no leer nunca la lista de detenidos, me he quedado más de una vez de pasta de boniato a la vista de la persona que traían engrilletada. No voy a dar datos que permitan la identificación de nadie, pero aseguro que más de una vez he deseado que se me tragara la tierra en casos como estos. Personas a las que has conocido en otro entorno, con las que, incluso, has compartido mesa y mantel, y que, de pronto, se encuentran al otro lado de la mesa de interrogatorios con las muñecas enmanilladas y una expresión de vergüenza indescriptible. La violencia de género es lo que tiene, que no respeta estatus, ni clase social, ni entorno, para situar a sus víctimas y sus autores. Pero tampoco lo hacen otro tipo de delitos, entre los cuales los relativos a la seguridad vial ocupan un importante puesto en el ranking sorpresil. Y también algún que otro asunto de drogas nos ha deparado un sobresalto de este tipo.

Según me cuentan algunos compis, y me confirma la experiencia, a uno y otro lado de estrados, como investigados y víctimas, han tropezado con policías, letrados, y seguro que hasta con jueces o fiscales, aunque yo, por fortuna, no me haya visto en el caso y espero no verme nunca, más allá de algún compañero al que le hayan entrado a robar en su casa o le hayan quitado la cartera.

Porque la sorpresa aparece no solo cuando se trata de investigados. También cuando se trata de víctimas. Mujeres con las que convivimos a diario de las que nunca hubiéramos sospechado que estaban sufriendo una situación de violencia de género, o víctimas de cualquier tipo de acoso. Y lo peor es que ellas mismas se sienten avergonzadas y bajan la cabeza, como si hubieran hecho algo malo y tuvieran que esconderse. Cuánto tenemos que aprender en esto todavía. Aun me pregunto por qué la víctima de un robo lo cuenta con la cabeza alta y sin problemas, y la víctima de maltrato o de un delito sexual lo hace a escondidas y en voz baja. Y eso si lo hace, claro. Y, como la vida sigue, el día después hay que continuar llevando al colegio a los niños, o a la extraescolar, o al entrenamiento, o ir a comprar el pan o encargar la reforma de la casa viendo a esas personas que tuviste a uno u otro lado del banquillo, y hacer como si no pasara nada. Una compañera me cuenta que en un caso de este tipo, y tras fingir normalidad ambas durante varios días, la víctima en cuestión, madre de una compañera del cole de su hija,  simplemente se le acercó y le dio un abrazo y las gracias. A veces, son cosas como estas las que ayudan a seguir adelante pese a las dificultades, y a recordar por qué nos metimos en esto de la Justicia.

Uno de los casos paradigmáticos de ese factor sorpresa fue, hace bastante tiempo, el asesinato de una mujer por su marido, que no solo era policía sino que daba con frecuencia charlas de concienciación sobre la violencia de género. Algo que salió en su día en todos los periódicos y que causó y aun me causa una enorme impresión al recordarlo.

Pero, bajando a hechos más triviales, recordaré dos casos que me llamaron especialmente la atención. El primero es el de un compañero que tuvo ese encuentro inesperado con alguien a quien no había vuelto a ver desde hacía muchos años. El tipo en cuestión había cometido un atraco con armas en una gasolinera y su ingreso en prisión estaba cantado. Pero mi compañero estaba lívido al solicitarlo. Había reconocido al niño que le había hecho imposible la vida en el colegio, sometiéndole a un bulliyng del que entonces nadie hablaba.

Para terminar, el otro caso, que me gusta especialmente. Estaba yo calificando una causa por violencia de género cuando me di cuenta, al ir a citar al testigo que vio todo y llamó a la policía, que sus apellidos coincidían con los de una pareja de amigos y compañeros de toga. Comprobé el nombre y concluí que no podía ser otro. El muchacho, recién cumplidos los 18 años, se había interpuesto en la agresión de un hombre a una mujer en la vía pública, había impedido que continuara atacándola y había sido quien alertó a la policía. Ni que decir tiene que llamé a mi amiga para felicitarla. Y es que no es para menos. Actitudes como esa te reconcilian con la humanidad y te recuerdan que es posible un futuro mejor. Sin olvidar, claro está, el momento madre. Confirmar que tanto predicar acaba dando sus frutos también tiene su puntito.

Así que solo me queda el aplauso. El que dedico una vez más a los compis que han aportado sus experiencias para hacer posible este estreno. Y una ovación extra al hijo de mi amiga y a sus padres, por haberle transmitido esos valores.

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Recetas: togachef


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De un tiempo a esta parte, se han puesto muy de moda los talent show sobre cocina, así como las series de televisión y las películas que se ruedan entre fogones, aunque ya hace tiempo que Como agua para chocolate las pantallas nos enseñaron que los menús también pueden ser un filón, como el Festín de Babette. Chef, Julie y Julia, Comer, beber, amar, Chocolat, Ratatouille o Fuera de carta son algunas muestras de ello, aunque no puedo dejar de citar a la inolvidable Audrey Hepburn con su delantal en Sabrina. Y es que en el mundo del espectáculo parecen haber encontrado la receta del éxito entre sartenes y espumaderas.

¿Qué cocinamos en nuestro teatro? ¿Somos más partidarios de la cocina tradicional o de la de vanguardia? ¿Nos limitamos a las recetas de nuestro entorno o nos abrimos a las de otras culturas? ¿Minimalistas o amigos de la abundancia? ¿Practicamos la fusión, y la aplicación de nuevas técnicas? ¿Cocina de mercado o de autor? ¿Cómo hacemos el emplatado? Sigamos con el menú de este estreno y sabremos si hemos logrado la ansiada estrella Michelin.

En nuestro teatro tenemos unas materias primas peculiares. Desde luego, hay profesionales de primera calidad, pero los fogones no siempre están a la altura. Más de una vez, nos encontramos más cerca del fuego directo y la olla de hierro que de la placa de inducción, el abatidor y el extractor lento de jugos que veo en la tele. Y es imposible osmotizar nada -si supiera cómo narices se hace eso- frotando dos palitos como en las cavernas.

Nuestras cocinas están surtidas como decía, de un montón de cosas variadas que se mezclan sin orden ni concierto. Una macedonia de clientes hambrientos -el justiciable en busca de justicia-, chefs saturados, pinches que van por ahí como pollos sin cabeza y despensas llenas de procedimientos que temen que les llegue la fecha de caducidad, junto a un instrumental que en muchos casos pide a gritos una renovación. Si a eso le unimos unos recetarios del año de Mari Castaña -como nuestra vetusta Ley de enjuiciamiento criminal o la ley de Indulto, por poner solo un par de ejemplos- concluiremos que es un verdadero milagro que seamos capaces de hacer guisos comestibles. Pero los hacemos, vaya que sí. Rico, rico, y con fundamento, como diría otro de los chefs televisivos.

¿Cuáles serían las recetas para hacer un buen guiso? Cambiemos por un día la toga por un delantal -tacones o no, al gusto- y remanguémonos las puñetas. Lo primero, cabría decir que nos faltan ingredientes, o que los que tenemos no son los mejores. No lo dudo, pero también es cierto que un gran chef -o una, claro está- es capaz de cocinar platos excelentes con cualquier cosa. Para ello, no hace falta, ni más ni menos, que un ingrediente extra. O varios. Las ganas, los conocimientos y el trabajo. Ahí es nada. Y ahí está la explicación de que hayamos visto resoluciones excelentes salidas de juzgados saturados y sin medios, profesionales que hacen milagros para señalar al día a pesar de la constante entrada de papel, y juicios que se resuelven de modo ejemplar pese a todos los inconvenientes. Pero no debería ser así. No debería exigírsenos que cada día hiciéramos un menú de restaurante de lujo en unas cocinas obsoletas y con una materia prima francamente mejorable. No todo el mundo puede ser Ferrán Adrià, ni tener el talento de nuestras abuelas, que daban de comer a un regimiento con poco más que una raspa de pescado.

Sería fundamental cambiar el recetario. Sustituir esas leyes que revientan por sus costuras de tanto parche por unas nuevecitas, a las que, además, se pudiera acceder a través de las nuevas tecnologías, y no pasando hojas y más hojas de tomos y más tomos de expedientes y más expedientes. También habría que cambiar las viejas ollas de cobre y hierro por recipientes modernos, con sus electrodomésticos llenos de botones que nos permitieran hacer caviar de hipoteca, osmotizar un delito leve, hacer una esferificación con un sumario, extraer el jugo a un procedimiento abreviado o hacer una parmentier de una orden de protección que condensara todas las medidas necesarias. No podemos seguir anclados en los procesos a fuego lento y al baño maría y seguir batiendo a punto de nieve solo a costa de la fuerza de nuestra muñeca.

Por no hablar de las cocinas. Todavía hay sedes  en las que nos movemos que adolecen de toda clase de carencias. A falta de despensas amplias, expedientes apilados en los pasillos y una ausencia de mantenimiento que clama al cielo. ¿Cómo guisar en condiciones con goteras?

Nos faltan cocineros, chefs y camareros. Los que hay tiene que atender muchas más mesas de las que pueden, y las comandas exceden de la capacidad. Y claro, por eso muchas veces los platos no llegan a los comensales a tiempo, o lo hacen fríos o, lo que es lo mismo, con la amenaza de la caducidad, la prescripción o el temido artículo 324  flotando sobre su presentación. Y así cuesta cocinar.

Especialmente importante es la gestión del tiempo . Si tenemos que hacer el más sofisticado de los platos pero apenas nos dan tiempo para ello, algo falla. Y falla más todavía si ese tiempo precioso tenemos que perderlo en meter el ordenador claves y más claves , si tenemos que entretenernos con burocracia absurda de estadillos  o si la justicia digital nos supone una carga en lugar de una descarga.

No nos vamos a olvidar del emplatado, algo fundamental en un buen menú. Aparte de que, materialmente, nuestros expedientes recuerdan otros tiempos, con sus grapas forzadas hasta el límite o su cuerda floja -tan parecida a la de atar la carne, por cierto-, también es importante cómo nos vendemos. Y lo hacemos mal, y hasta muy mal. Nos falta saber dar una imagen al justiciable que nos dote de cercanía y de la posibilidad de que nos entiendan. Algo así como esos camareros y camareras que cantan el contenido de los platos que dan ganas de meter el tenedor sin mirarlos siquiera.

Muchas veces, además, no nos queda otra que presentar un trampantojo, porque a eso es a lo que nos obligan. A presentar como justicia moderna lo que aun necesita de muchas horas de cocción para serlo.

Por todo eso, hoy convertiré el aplauso en un eslogan televisivo con trampantojo incluido. Pónganle sabor a la justicia. Hay demasiados buenos chefs esperando medios con que hacer excelentes platos.

 

Floreros: convidados de piedra


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Las flores son y han sido siempre eterna inspiración de artistas. Muchos cuadros y esculturas reproducen sus formas y colores, e infinidad de poemas se refieren a ellas como inspiración o como metáfora. El mundo del espectáculo no es ajeno al poder evocador de estas joyas de la naturaleza, y varios títulos incluyen referencias a ellas, como Muerte entre las flores, o Deshojando la margarita, a quien las cuida, como El jardinero fiel o las incluyen en imágenes inolvidables, como las rosas que rodean a la protagonista de American Beauty. Y, por supuesto, sin olvidarnos de La abeja Maya, fan incondicional de las flores.

Nuestro teatro no es, desde luego, un lugar donde abunden las flores, más allá de los tiestos que decoran algunos despachos de gente que sabe cuidarlas -no como yo, que soy un desastre y o bien me olvido de regarlas o me paso de riego y las ahogo-. He de reconocer que admiro a quienes lo hacen. Hubo una temporada que una funcionaria me regalaba de vez en cuando una rosa de su jardín, y me encantaba.

Tampoco en nuestros asuntos florecen otra cosa que no sean folios y más folios de ese papel 0 que no llega nunca. Aunque de vez en cuando me he encontrado con algún caso en que tenían algún protagonismo, como el de un acusado -ya condenado- que se aparecía en el portal de la casa de su amada no correspondida llevándole ramos de flores y recitándole poemas a voz en grito. Ni que decir tiene que la pobre chica, que no quería saber nada de él ni nunca lo había querido, estaba desesperada porque no podía ir a ningún sitio sin que el mozo se apareciera y le montara el numerito con sus requiebros, y acabó denunciándolo. Y es que hasta unas flores pueden resultar una pesadilla si no son queridas.

Pero, aunque no veamos muchas flores, hay cosas en Toguilandia que nos hacen sentir como floreros. Esto es, como un mero objeto decorativo sin otra función que la de convidado de piedra. O poco menos. Y es que nuestras viejas leyes todavía están ancladas sobre un presencialismo que casa mal con los tiempos que corren.

Me venía esto a la cabeza el otro día en un procedimiento de Jurado donde, tras el informe del fiscal, estuvimos varios días oyendo los informes del resto de partes. Y no es que diga yo que no tengamos que escucharlos, faltaría más. La cuestión es que la ley se conforma con nuestra mera presencia física. Me explicaré mejor. En este caso, mi compañera era quien había hecho el juicio entero, pero tenía otro señalamiento en que su intervención era necesaria. Así que cumplimos el trámite con mi mera presencia física, a modo de florero, aunque luego le di cumplida cuenta de todo lo ocurrido -y que además, podrá ver en el correspondiente CD -. No fui la única. Otra de las partes estuvo representada por una abogada que no era la que había llevado el peso del juicio, porque su compañero tenía otro juicio. Y si para nosotras es difícil dejar durante más de quince días el juzgado, todavía lo es más para Letrados y Letradas, cuyo universo de clientes y señalamientos sigue girando mientras permanecen en la sala un día tras otro. Y aquí lanzo la pregunta ¿era realmente necesaria la presencia física de alguien simplemente para cubrir el expediente? Las respuestas posibles son de dos tipos. O era necesaria la de quien estuvo en el juicio y llevó el peso del mismo, en cuyo caso habría procedido la suspensión -cuyas causas son de muy estricta interpretación-, o no lo era y no hacía falta un florero togado. Pero está la tercera vía ¿por qué no acudir a la tecnología para suplir la presencia física con la virtual, mediante la grabación o incluso la videoconferencia u otros medios? Pues porque todavía tenemos el presencialismo tan arraigado como si todos esos medios no existieran.

Y ya sé que alguien saldrá diciendo que el Ministerio Fiscal es único. Y desde luego que lo es porque así lo dice la ley. Pero esto sabemos que en realidad es una falacia, y que cada cual se sabe sus juicios y esa unicidad no viene con un chip que nos transfiera, junto con la toga, todo el conocimiento de aquel a quien sustituyes. Lo que me recuerda algo que he vivido y sigo viviendo -tanto en el lado pasivo como en el activo- en mi carrera profesional. El fiscal que ha de ir a determinado sitio se pone enfermo, tiene un accidente o le pasa cualquier otra cosa. El juez o jueza llama a fiscalía reclamando un fiscal, y nos toca aparecer y suplir al compañero haciendo lo que podemos, aunque ni siquiera hayamos preparado el juicio. Y pese a que se hace lo que se puede, ganas dan de convertirse en florero, en piedra o en cualquier otra cosa. Porque en la realidad de Toguilandia, muy complicado tiene que ser un juicio para que la imposibilidad de asistir del fiscal que lo llevaba dé lugar a la suspensión. Tal vez habría que plantearse en algún momento que el servicio a la Justicia se cumpliría mejor suspendiendo que mandando a alguien que no ha podido prepararlo. Pero es lo que hay.

Esto del florerismo también se me viene a la cabeza muchas veces cuando veo a los procuradores sentados durante todo un juicio donde hacen de acusación particular. Han hecho su trabajo antes, sin duda, y sin duda también lo harán después, pero en ese momento lo que prevé la ley es que, simplemente, estén. Otro absurdo del presencialismo que hace perder un tiempo precioso. En la práctica, es verdad que muchas veces piden excusarse o lo hace directamente el juez. Pero es algo que se decide por mero sentido común y no es lo que en realidad dispone la ley, con cuyo cumplimiento estricto tendrían que permanecer horas e incluso días sin pronunciar palabra. Algo que me parece absurdo, aunque igual son cosas mías.

No son estos los únicos ejemplos. Seguro que a quien esté familiarizado con Toguilandia se le ocurren otros muchos. Casos de representaciones de entidades, de responsables civiles subsidiarios o de otros cuyo papel es meramente testimonial. No siempre, pero sí algunas veces.

Este florerismo no solo se da en cuanto a la presencia física. También se exigen intervenciones por disposición de la ley en que hacemos un papel de convidado de piedra, más de una vez consecuencia de que quien legisla no ha visto un juzgado más que en películas. Como ejemplo, esas expulsiones administrativas dentro de un proceso penal en las que, a pesar de pedirnos informe, poco podemos informar salvo que “el fiscal no se opone”, los vistos de liquidaciones de condena hechas con una calculadora o los infinitos pases para visto en un mismo procedimiento en que, sencillamente, acuerdan en el sentido en el que se había informado.

También me resulta curioso ese desdoblamiento del Ministerio Fiscal cuando hay un proceso de menores y ha de comparecer una víctima también menor, cuyos representantes legales no están. Eso de que haya que acudir a lo que llamamos “un fiscal para que haga de papá o mamá” siempre me ha hecho gracia. De repente, ya no somos un Ministerio Fiscal único, hemos de ser dos. Y puedo asegurar sin temor a equivocarme que el o la fiscal de menores encargado de la reforma del menor delincuente va a salvaguardar a la víctima sin necesidad de un fiscal extra. Pero igual también esto son cosas mías.

No me extenderé más, aunque a buen seguro cualquiera tiene muchos más ejemplos de presencialismo absurdo para ilustrarnos. Solo me queda dar el aplauso a quienes, a pesar de todo, cumplen con la ley pero son capaces de hacerlo con un plus de sentido común. Como dicen, el menos común de los sentidos.

Seguridad: asignatura pendiente


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    El riesgo es parte sustancial de un género de cine. Vivir al límite, hacerlo El día que vivimos peligrosamente, estar Con la muerte en los talones, bregar con situaciones de Alerta máxima o ejecutar una Misión imposible tras otra es algo propio de muchas películas y, alguna que otra vez, de la vida diaria.

Pero el cine es el cine y la realidad de nuestro teatro no debiera ser así. Por más que sea cierto que nuestra clientela no es siempre de lo más granado de la sociedad, tampoco debería hacer falta exponerse más de lo necesario, esto es, de dar la cara en estrados o en las dependencias de juzgados y fiscalías ejerciendo nuestra profesión. Que no es, desde luego, ni la del Superagente 86 ni la de James Bond. Aunque confieso que alguna vez me han entrado ganas de decir eso de “Fiscal. Ministerio Fiscal” emulando a 007. Pero me temo que me quedaré con las ganas. Toga agitada, pero no revuelta, como el Martini.

La cuestión es que, como ya conté una vez, también en Toguilandia pasamos miedo . En ocasiones, es inevitable. Pero en otras, no debería serlo. Porque deberíamos tener unas medidas de seguridad de las que carecemos, como de muchas otras cosas.

Cuando me asaltó la idea de este estreno, como tantos otros, por inspiración de mis compis foreros, me tropecé con una noticia. La de un juez que persiguió y redujo en plena sala de vistas a dos acusados que trataban de escapar del juzgado en pleno juicio. Ole sus narices, Señoría. Pero la verdad es que en la Escuela Judicial no nos educaban para esto, por más que bienvenidos sean todos los conocimientos adicionales, y todos los arrestos extra.

Pero, como decía, la inspiración me vino de algo que le pasó a una compañera. Contaba que pilló in fraganti a un delincuente habitual hurtándole su cartera en el despacho, y fue ella misma quien se enfrentó a él y le persiguió, sin que por parte de la seguridad del edificio se procediera siquiera a su detención. No ha sido la única a quien le han sucedido hechos de esta especie. A su comentario sucedieron los de otras compañeras y compañeros que también se vieron desapoderados de posesiones tales como carteras, gafas y hasta la bolsa de la toga, que ya me gustaría a mí saber para qué quieren semejante cosa. Y hoy mismo me decía otra compañera que tuneara la disquetera porque desaparecen como caramelos en la puerta de un colegio de los de antes.

Yo tuve una experiencia parecida, aunque con un final algo más feliz que el de mi compañera. Un ejecutoriado entró en mi despacho mientras yo hacía fotocopias fuera y se llevó mi teléfono móvil. La funcionaria de auxilio judicial, una auténtica joya, se apercibió y le persiguió pero cuando dio con él, el angelito ya no llevaba mi teléfono, que, como comprobamos más tarde, había entregado rápidamente a un compinche. El tipo tuvo encima la cara dura de negármelo y suplicarme que no le denunciara, que tenía muchas cosas pendientes. Y ahí lo tuvimos retenido entre fiscales y funcionarias mientras llegaban los de seguridad. En mi caso, el muchacho acabó teniendo un “espontáneo” arrepentimiento que dio con la recuperación milagrosa del teléfono -eso sí, ya despiezado- y la inclusión en su hoja penal de una medalla más.

Paradójicamente, la puerta de acceso a las dependencias donde yo me encuentro tiene una alarma que suena cada vez que alguien entra o sale, incluso para tomar un café o ir al cuarto de baño. He llegado a contar hasta cincuenta veces, lo cual es realmente molesto para trabajar. Cuando nos quejamos, nos dicen que es por seguridad. Pero ni una sola vez ha venido nadie a comprobar por qué sonaba la alarma. La explicación no era otra que decir que es zona de paso. O sea, que no quitan la alarma por seguridad, pero no le hacen caso porque es zona de paso. Y de ahí no salimos. Y de torturar las meninges con la fanfarria, tampoco.

Todo esto me recuerda los tiempos en que ejercía mi profesión en uno de los entonces llamados “destacamentos” -hoy, secciones territoriales o fiscalías de área-, situado en el segundo piso de un edificio de vecinos sin seguridad alguna. Yo me fui, pero se mantuvo mucho tiempo en esas condiciones, hasta hace bien poco. Y, por fortuna, no he tenido conocimiento de que pasara nada grave, pero fue porque Dios no quiso, como diría mi madre. Porque unos cuantos fiscales reunidos en un piso sin seguridad en la puerta ni en ningún sitio cercano es una tentación difícil de soportar para algunos delincuentes.

Lo peor de todo es que esto que cuento no es sino el chocolate del loro. Cada día pasan cosas grandes y pequeñas, y seguirán pasando si no se pone remedio. Hay casos de compañeros que han sido agredidos en pleno juicio y han tenido lesiones importantes. En algunas cosas, premiados con una Raimunda. Aunque, si me dan a elegir, prefiero mantener mi pecho libre de condecoraciones pero seguro.

Como ha dicho otro compañero, cuya frase tomo prestada con su permiso, la seguridad en las juzgados debiera ser como la higiene en los hospitales. Por eso, dejo en suspendo mi aplauso hasta que se tomen medidas. Aunque lo que no dejo de dar es la ovación para el autor de la frase y el resto de compis inspiradores, y, por supuesto, mi solidaridad con la compañera

Lo jurídico: Derecho más allá de Códigos


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El mundo del Derecho, las leyes o los tribunales son un auténtico filón para el mundo del espectáculo. No hay más que mirar cualquier lista de películas y encontraremos títulos como Delitos y faltas, Crimen y castigo, El juez, Testigo de cargo, Acción civil, Coacción a un jurado, Veredicto final y otras muchas, más todavía si tenemos en cuenta las que abordan este tema aunque no se refieran a él en su título. Obviamente, no se pueden considerar “películas jurídicas” -si así fuera, dudo que tuvieran algún éxito- pero sí son películas que tratan de Derecho, y que han contribuido a cimentar cierta cultura -y a veces, incultura- jurídica, y a despertar más de una vocación.

Tal vez alguien se esté preguntando a qué viene esto. Y tal vez también haya más de un y una que ya lo haya adivinado. De qué se pude considerar Derecho, y qué no y, por qué no decirlo, quién reparte los carnets de “contenido jurídico”.

Estas reflexiones toguitaconadas – que no sé si jurídicas- viene al hilo de algo que sucedió no hace mucho. Se publicaba un ranking de cuentas de twitter jurídicas. Al hilo de ello, alguien preguntó en la red del pajarito azul qué criterios seguían, porque le extrañaba que varias cuentas ni hubieran sido incluidas, entre ellas, la de esta fiscalita que, como mucha gente sabe, tuitea con el usuario @gisb_sus -aunque huelgue decirlo, primeras letras de mi apellido y nombre-, perfectamente identificada. Seguro que hay quien piensa que este estreno tiene por causa mi rencor por lo estar entre los elegidos en la lista de 154 cuentas. Y, aunque crean que se trata de una Vendetta, al Código Penal pongo por testigo de que no es así. Lo hago porque la explicación, dada en abierto, con expresa referencia a mi cuenta, me molestó profundamente, he de reconocerlo. Y, pasado el calentón, me invitó a la reflexión.

Tal explicación era que la cuenta en cuestión -la mía- tenía un bajo porcentaje de post jurídicos. Y claro, al leer eso, repasé mi TL por si en algún momento me he dedicado a tuitear sobre macramé, recetas de cocina, flolklore de Kazajistán o la cría del calamar salvaje. Y no. De momento no me ha dado por ahí, aunque nunca se sabe. Así que desgrané lo dicho, analizando con lo que yo creía que era técnica jurídica y ahora no sé que es.

Vayamos por partes. Lo del bajo porcentaje no podía referirse a la cantidad. Teniendo en cuenta que enlazo todos los post de este blog -que publica desde hace más de cuatro años dos veces por semana, llueva o haga sol, esté trabajando o de vacaciones-, que escribo varios artículos a la semana sobre temas de Derecho y que a diario -también llueva o haga sol, esté trabajando o de vacaciones- fijo en mi perfil un tuit contra la violencia de género, además de otros muchos, no se trataba de una cuestión de cantidad. Tendría que referirse entonces a la calidad. Y “no jurídicos” era el veredicto inapelable.

Y ahí es donde empiezo la reflexión. No voy a esconder que hablo con frecuencia de temas de igualdad y violencia de género, además de otros como homofobia o discriminación de cualquier tipo, y me suelo quejar -ojalá no tuviera motivos- de la falta de medios en la Administración de Justicia. También, como de vez en cuando hay que arrimar el ascua a mi sardina, reivindico la figura del Ministerio Fiscal, en la que llevo ya más de veinticinco años. Eso sí, no incluyo entre mis temas habituales la servidumbre de luces y vistas -con su reja remetida y todo- , la usucapión secundum tabulas, la accesión por comixtión ni el censo a primeras cepas, aunque alguna vez me he referido a ellos. Hay gente que sin duda sabe mucho más que yo de eso, así que zapatero a tus zapatos.

Y aquí enlazo la pregunta. ¿Qué es Derecho?, digo mientras pongo mis pupilas en el pajarito azul. Y me doy a mí misma varias posibles respuestas. Puede hacer referencia a todo aquello que viene en Códigos, leyes y jurisprudencia, y nada más que eso. Puede también referirse a la aplicación de esas leyes, Códigos y jurisprudencia. O puede, en tercer lugar, abarcar lo que se refiera a la aplicación de las normas a nuestra vida, que es, al fin y al cabo para lo que fueron creadas. Confieso que soy más de la tercera vía, aunque, después de pensarlo mucho, no me disgustan tampoco las anteriores.

Si nos referimos al Derecho como lo que está en las leyes, no deberíamos circunscribirlo a instituciones jurídicas de nombres rimbombantes y a sus no menos rimbombantes interpretaciones. Incluiría también algo tan básico como los Derechos Humanos, la igualdad entre ellos. Así que toda acción encaminada a denunciar la discriminación debería tildarse como jurídica. No obstante, hay quien considera que cosas como la Violencia de Género o los Menores son poco menos que un derecho menor, para lo cual no hace falta estudiar gruesos tratados. Y quienes nos dedicamos a ello somos juristas de segunda división, si lo somos, algo que oigo incluso de quienes llevan toga. Cuando crearon los juzgados especiales, escuché llamarlos en tono jocoso “juzgados Ausonia”, solo para mujeres. Y no es cosa nueva, ni de broma. Ya la ley de 1961 que regulaba paradójicamente la igualdad para el acceso a determinadas profesiones, excluía a las mujeres de algunas como las fuerzas armadas o la judicatura o la fiscalía, aunque establecía la excepción de la excepción en los tribunales tutelares de menores o la jurisdicción de Derecho del Trabajo, porque esas si eran adecuadas a nuestra sensibilidad, como si se tratara de algo regido por la sensiblería y no por las leyes. Incluso se volvía a utilizar este argumento en la ley de 1966 que nos franqueó por fin la entrada a esas profesiones, explicando que no se nos habían vetado por nuestra incapacidad de estudio, sino por nuestra especial y distinta sensibilidad. O sea, un derecho de segunda división. O de tercera regional, si me apuran. Sé que alguien se puede llevar una sorpresa, pero después de esto vino la Constitución, la ley de leyes, que regula la igualdad entre los derechos fundamentales. Y también la ley orgánica del poder judicial, que establece las jurisdicciones propias de estas materias, a la que añade la de Violencia sobre la mujer, que nadie se planteaba como un problema en los años a que aludo. Así que, por más vueltas que le doy, eso sí es Derecho, Y hablar de ello y defenderlo también debiera verse así.

Mutatis mutandi -yo también sé usar latinajos – llegamos a la segunda vía, para la que me sirven los mismos argumentos que respecto a la primera. Seguimos en el mundo del Derecho, ese que yo llamo muchas veces Toguilandia.

Pero la que más me gusta es la tercera, la que hace referencia a la aplicación del Derecho a nuestra vida diaria, que fue para lo que fue creado. No está de más recordar que la Constitución también dice que la justicia emana del pueblo. Y que mal puede entenderla el pueblo si no se la explicamos., con un lenguaje accesible y cercano. ¿Y por qué no? Con ejemplos y anécdotas, que por reírse un poco no ha explosionado ninguna toga que yo sepa.

Y, viniéndome arriba, se me ocurre un argumento extra. Si continuamente nos quejamos de que en tertulias televisadas se pontifica sobre Derecho por parte de quienes no tienen ni idea ni formación, por qué quitar el carnet de “jurídico” a quienes lo hacemos bajándonos de estrados. Me he referido a temas que trato habitualmente, como igualdad y violencia de género, pero lo mismo me valdría para otros como medio ambiente, menores o discapacidad. Y también a la corrupción, que, lamentablemente, es un delito que no solo puebla los códigos y publicaciones jurídicas, sino que habita en las páginas de política, en las de sociedad y hasta en las de corazón de cualquier periódico. Por supuesto, todo esto son Derecho.

Así que, aun a riesgo de haberme enrollado demasiado con este estreno “no jurídico”, reivindico el Derecho para todos. Y mi aplauso va para quienes lo hacen posible y que me enseñan cada día con toga y sin toga, en juzgados y en redes. Espero haber aprendido mucho, y seguir haciéndolo. Tanto de usufructos legales o anotaciones preventivas como de Derechos Humanos.

PD Todavía soy capaz de repetir la definición en latín de usufructo, de contrato, de ley según Santo Tomás y San Agustín y unas cuantas más. Igual con eso sí me ganaría el carnet, pero no creo que añadiera nada a lo dicho. Prefiero seguir con la L de jurista novel.

 

Reconocimientos: grandes alegrías


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En el mundo del cine, el teatro, la música, y en cualquier otra disciplina artística tienen su modo de reconocimiento. Oscar, Goyas, Tonys, Grammys y todos esos premios que periódicamente, llenan de glamur las alfombras rojas y de alegría a quienes premian. El premio, grande o pequeño siempre es una alegría y un impulso extra para seguir adelante. Y así es como debe ser.

En nuestro teatro, también tenemos nuestros propios premios , a los que ya dedicamos un estreno. Se materializan, generalmente, en las medallas de San Raimundo de Peñafort -vulgo, Raimundas-, la mayoría de veces muy merecidas y alguna otra no tanto. Pero de todo ha de haber en la viña del señor. O de Toguilandia, claro.

En otras ocasiones, es desde fuera de nuestro teatro desde donde vienen a reconocernos. Y de eso iba a hablar hoy, aun a riesgo de que este estreno resulte atípico y cuajado de umbralismo. Pero me tendréis que perdonar. Estoy tan contenta y tan agradecida que si no lo cuento, reviento. Y eso sí que no.

  24 de octubre de 2018. Un día que quedará para siempre marcado en mi memoria. Y no solo por la feliz coincidencia de que mi hija entra en su mayoría de edad, sino porque la Policía Local de Valencia ha tenido a bien reconocer mi trabajo otorgándome la medalla al mérito profesional con distintivo azul. Y, por si no fuera bastante esa alegría, lo ha hecho junto con mi querida compañera Socorro Zaragozá, mi hermana fiscal, tan discreta, que si lee que pongo su nombre no sé si va a perdonármelo. Pero la ocasión lo merece, y un día es un día. ¿Verdad, Soco?

Hay un dicho según el cual nadie es profeta en su tierra. Y confieso que a veces he llegado a creerlo, porque en más de una ocasión he sentido que te valoran más fuera de casa que dentro. Cosas de la condición humana, supongo. Pero hoy me trago todo eso porque me han reconocido en mi tierra, mi querida Valencia. Y lo ha hecho la policía local, ese cuerpo con el que trabajamos día a día, codo a codo, disgusto a disgusto y alegría a alegría. Son muchos años de colaborar en muchos frentes, pero sobre todo luchando contra esa pandemia que es la violencia de género, la de cada día, la que vemos en el trabajo diario. Muchos días atendiendo a mujeres, compartiendo preocupaciones, peleando contra la impotencia de no poder hacer hacer más y con la zozobra de si habremos hecho suficiente. Muchos días compartiendo horas en juzgados, en aulas de formación, y en foros varios para intentar que la cifra de la vergüenza acabe de una vez. Y en ello seguimos.

Cualquier recompensa es siempre bien recibida. Pero si la recompensa lo es al trabajo diario, a la ilusión y las ganas, al cansancio, y a todas esas cosas con las que bregamos cada día, es todavía mejor. Es una palmadita en la espalda para seguir adelante. Lo estás haciendo bien, fiscalita, no te rindas. Casi nada.

Hemos tenido, además, el lujo de que fuera nuestra propia fiscal jefa la que nos la impusiera, junto con el resto de autoridades presentes. Y hemos contado con la presencia de amigos, amigas y familiares, y con la ausencia muy presente de quienes no han podido venir pero de algún modo estaban con nosotras. Nada mejor que verse rodeada de tanto cariño.

Pero no voy a venirme demasiado arriba. He de reconocer que este galardón es mío, pero no me pertenece a mí sola. Pertenece a todas las personas que contribuyen a ello. Y, por qué no decirlo, a la carrera fiscal, de la que me enorgullezco de formar parte, y a la que dedico mi vida toguitaconada. Es un verdadero lujo encarnar a todos y todas mis compañeras y a nuestro trabajo diario, a veces tan desconocido e incluso denostado.

De hoy en adelante, cada vez que el cansancio, la desazón, la impotencia o cualquier otro de los fantasmas que viene a visitarme lo hagan, sacaré pecho y miraré mi medalla. Y les diré que ya se pueden ir con viento fresco, que aquí estamos con todas las ganas para seguir adelante. Quedan advertidos, señores fantasmas, mi toga y mis tacones tienen una nueva compañera, mi medalla.

Mil gracias a quienes nos propusieron, a quienes acordaron concedérnosla y a quienes nos acompañan y se alegran. Incluso a quienes no se alegran, que no se diga.

Por eso hoy el aplauso lo convertiré en agradecimiento a quienes lo han hecho posible. De todo corazón.

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Estereotipos: ideas preconcebidas


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Todo el mundo se maneje con ideas preconcebidas, lo reconozca o no. De hecho, también ocurre, y mucho con el mundo del espectáculo. O, más aún, por culpa del mundo del espectáculo. Nos ofrecen unos modelos como tópicos de determinadas cosas, y esperamos que la realidad responda a ellos. No hay más que echar la vista atrás a nuestra filmoteca para ver la España que se mostraba al mundo, a de la pandereta y el traje de folklórica, o las suecas de las películas de Alfredo Landa, con títulos tan terribles como Lo verde empieza en los Pirineos. Estereotipos puros y duros, como en tantos otros ejemplos, particularmente en las películas y series de juicios 

Cualquiera que llegue de nuevo a Toguilandia, es rehén de una serie de estereotipos heredados de lo que sabe, lo que oye en la tele, o lo que ha visto en las películas, especialmente americanas. Por eso se extrañan tanto cuando los juicios nunca empiezan por un “Pongánse en pie. Preside el ilustrísimo juez don X”. Alguna vez he sido testigo de cómo alguien se ponía en pie esperando que semejante cosa pasara. Y la cara de decepción que se le queda. La cara de decepción que ya venía de antes, tras descubrir que ni el señor juez lleva peluca, ni la sra fiscal lleva moño y traje de chaqueta y se pasea por la sala. A partir de ahí, todo un mundo se les cae encima. Los testigos no juran decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad ni tienen una Biblia sobre la que hacerlo, nadie se pone la mano en el pecho para jurar o prometer ni la levanta con gesto solemne. Aunque confieso que más de una vez me he encontrado a testigos que buscaban esa Biblia y hacían esos gestos. Y me ha costado mantener la compostura.

Los estereotipos que manejan el común de los mortales encajan con un juez adusto, serio, entrado en años y carente por completo de sentido del humor. Y no digo yo que no los haya, que también. Pero son tan variados y variadas los modelos como las personas de este mundo, e incluso hay quienes empiezan los juicios con una sonrisa, que siempre viene bien. Siempre recordare a un justiciable que, a la salida del juicio, comentaba sorprendido con su acompañante que “el juez era muy normal, ni siquiera parecía juez”. Como si nacieran con la toga puesta y el ceño fruncido.

   Los y las fiscales no salimos mucho mejor parados en el imaginario colectivo. A la concepción americanizada de que somos “los malos de la película” y que acusamos a cualquier precio para avanzar en política y llegar a ser gobernador del estado, hay que unir ahora la concepción españolizada de que obedecemos órdenes del gobierno como si nos colocaran un chip en el momento que nos ponemos la toga por primera vez. Y ni una cosa ni otra. Aunque ya lo he contado más de una vez , somos los garantes de la legalidad entre otras muchas cosas.

Y cuando de LAJ se trata, apaga y vámonos. Como quiera que no tienen alter ego en películas ni series, y que su anterior denominación, secretarios judiciales, podía llevar a confusión, hay quien cree que son secretarias o secretarios particulares del juez, o los identifican con los ujieres de las películas. Y nada más lejos de la realidad , como sabemos. Pero no siempre es fácil de transmitir, porque eso de guardianes de la fe pública no se entiende demasiado.

Algo parecido ocurre con los y las procuradores  La ausencia de figuras parecidas en otras legislaciones, lo confuso de su nombre y el desconocimiento de su labor hace que nadie entienda muy bien qué hace ese señor o señora sentado en estrados sin decir nada. Vendria bien dar un repasito a su figura.

Los abogados y abogadas, sin embargo, sí gozan del conocimiento general, aunque tal vez “gozar” no sea la palabra adecuada. Injustamente, tienen fama de leguleyos serios y alambicados, capaces de cualquier cosa por engañar al tribunal a favor de su cliente. Incluso el refranero no es nada generoso con la profesión. También habría que dar una repasito a la importante labor constitucional que desempeñan, en particular cuando de turno de oficio  se trata. Pocas cosas más difíciles y más incomprendidas que defender al presunto autor de un crimen horrendo.

También al otro lado del banquillo hay estereotipos. Todo el mundo espera que el acusado tenga cara de malo y, si no la tiene, llega a hacer dudar. A pesar de que el arquetipo de delincuente mal vestido y andrajoso cada vez se rompe más, habida cuenta la cantidad de trajeados que en los últimos tiempos han ocupado banquillos y se han alojado en centros penitenciarios como inquilinos de pleno derecho.

Tampoco las víctimas responden a lo que la gente cree. Las hay que lloran, que están destrozadas y que no se tienen en pie. Pero también las hay que mantienen la compostura y un aspecto impoluto sin que esto deba restar un ápice a su credibilidad. Aunque a veces, lo haga, consciente o inconscientemente. Por eso hay que superar esa impresión e ir a lo que nos corresponde: la prueba. Sin ideas preconcebidas.

Por todo eso, el aplauso es hoy para todas las personas que, de un lado u otro de estrados, saben superar las ideas preconcebidas para hacer justicia. Porque de eso se trata.

 

Más palabros: Justicia para todos


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Una de las herramientas fundamentales del mundo del espectáculo es la palabra. La utilizan escritores, guionistas, actores y actrices, rapsodas y cantantes para sus representaciones. A las palabras se dedican películas como el ladrón de palabras o El jardín de las palabras, y, a veces, su ausencia es de lo más elocuente, como la de la protagonista de la historia real de El milagro de Anna Sullivan o la de Hijos de un dios menor. Pero las palabras se pueden usar bien, y no tan bien. Y los resultados de su mal uso pueden dan lugar a situaciones terribles, y también a situaciones hilarantes.

De estas últimas tenemos muchas en nuestro teatro. Tantas, que aunque ya les dedicamos un estreno, el de los palabros , se quedaron más de una y más de dos en el tintero. Y lo que te rondaré, morena. Así que ahí va un recopilatorio nuevecito, recién salido del horno de la experiencia de muchos compañeros y compañeras. Y no olvidemos que estas cosas no nos son exclusivas. Hace nada escuchábamos a un político hablar de cajeros autonómicos, y hace un poco más a otro algo le era inverosímil. Consultad a San Google y veréis que no miento.

Entre los clásicos de toda la vida, está el de aquel que cogió la amoto para ir a robar una arradio. También la petición de corpus cristi y, mejor aún, la de un ave escorpión, que no está nada mal. Claro está que estos justiciables, preguntados por su trabajo, explicaron que “trabajaban en lo ajeno” , a lo que su orgullosa abuela aclaraba que tenía a todos sus nietos colocados. Y no, no se refería a las sustancias que en un momento dado tomaran, que seguro que también, sino a que estaban en la cárcel toditos. Alguno, incluso, tenía el VHS que había pillado tas un mal pico, y otro se quedó cristofénico y con personalidad multipapel. Y, si no es verdad, que traigan la máquina de las mentiras, como me han dicho hoy mismo. Aunque, a la misma pregunta de si trabaja por cuenta ajena, otro respondió que trabaja por la cuenta que le trae. Pues claro que sí, guapi.

Los delitos contra la seguridad vial, por ejemplo, dan mucho juego. Me cuentan de quienes afirman que el acusado tenía la deambulación deambulante –claro que sí- y de quien, tras una leche de dos pares de narices, sangraba en ambulansia. Y sí, debía seguir sangrando en la ambulancia por la abundancia de sangre. Acabáramos. Y ojo, que lo vio desde el mirapatrás del coche, mucho más bonito que el retrovisor de toda la vida.

Y qué decir de los delitos sexuales, con su propia nomenclatura. Una señora, para explicar lo ocurrido, llamaba flauta al pene y bujero a la vagina, así que casi hay que llamar a un intérprete para traducirlo. También hubo quien hacía referencia a las cosas de hombres que no eran el coñac Soberano del anuncio de antaño, sino el semen, ni más ni menos. Pero bueno, siempre lo podrán analizar en el Instituto Autonómico de Orense, donde están todos los forenses del mundo mundial, como todo el mundo sabe.

Las peticiones de medidas cautelares también tienen su historia. Es frecuente ver pedir una orden de alojamiento, o de escarmiento, que le coloquen una pulsera telepática, o que le cambien la multa por trabajos porque es disolvente, según una versión, o insolente, según otra. O porque no tenía extensión de agredir. Hay que ver lo que dice la gente para justificarse

En ocasiones, hay malentendidos que dan mucho de sí. El otro día tuvimos un curioso asunto, donde el investigado había pegado, según el atestado, a su novia y a su novio. Preguntado el segundo si él también tenía una relación sentimental –que no semental, que también lo he oído- con él, contesto muy digno que él no era homosexual, que era etéreo. Aun me parece verlo volar.

También nuestros  atuendos tienen su aquel. En virtud de ello, nos han llamado Santidad, Majestad, o simplemente “la del batín negro”. Y, si de mujeres se trata, “su señorita”, vaya que sí. Pero mejor aún es oír que los policías iban de campesinos. Y que nadie crea que vestían boina y garrote, que es que iban “de normal”, o sea, de paisanos.

Y hasta nuestros nombres y cargos dan para más de una anécdota. Me cuenta una compañera que había un justiciable que la llamaba “Inma”, como si la conociera de toda la vida, y eso porque en la placa del nombre ponía “Ilma”. Y ya me he referido alguna vez a una señora que acudía al juzgado preguntando por “Francisquito, el secretario”, por aquello de infrascrito.

Los procuradores también tiene sus propias cosas, que eso de tener poder especial provoca confusión. Oiga, que tengan poderes normalitos, como los de todo el mundo.

¿Y que decir de las lesiones? En esos delitos, encontramos desde el que se empeña en que se causaron “aqui”, sin más, a quien creyéndose el más listo del mundo hace referencia al arco cigomático derecho para luego señalarse el dedo gordo del pie, por ejemplo. Lo que recuerda la anécdota clásica de aquel que, preguntado si fue herido en la reyerta, respondió que mas bien ente la reyerta y el ombligo.

Y que nadie crea que las TIC no tiene sus propios palabros. Me habla un compañero de los delitos cometido por Internet de Santander . Ahí queda eso. Y si no lo encontraban, sería porque estaba en panadero desconocido, aunque lo hubieran localizado a través de las cámaras de vidrio del banco.

Y como no solo de derecho penal vive el jurista, traigo otro palabro recién sacado del Código Civil. El testamento calígrafo. No sé si hecho con los cuadernillo de Rubio de toda la vida o con letra gótica.

Por todo ello hoy el aplauso es para justiciables y justicieros a partes iguales. Gracias por estas vivencias. Y que conste que no me acojo a la Quinta enmienda para decirlo

Voluntad: a mover montañas


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Para dedicarse al mundo del espectáculo hay que emplear una buena dosis de fuerza de voluntad. Hay que vencer las reticencias de quienes todavía piensan que eso no es una profesión seria, hay que pelear en cada casting y en cada audición por conseguir el papel, o por no venirse abajo si no es así, hay que dedicar horas de esfuerzo a formarse y hay que demostrar cada día eso de “nena, tú vales mucho”, como si se tratara de un examen. Tan importante es que el propio régimen nazi aludía a ella en la película que usaron para exaltarse a sí mismos, El triunfo de la voluntad. Ese Hitler tan bien retratado por el genial Charles Chaplin en El gran dictador. Y es que la voluntad, parafraseando a Mae West, cuando es buena es muy buena pero cuando es mala es todavía mejor para sus fines.

En nuestro teatro la voluntad aparece por todas partes. Empezando, por supuesto, por el momento de estudiar la carrera y el de la oposición, en la que uno de los principales ingredientes de éxito es la fuerza de voluntad. Sin ella, no hay cerebro privilegiado ni memoria prodigiosa que resista. Y con ella, aunque el cerebro no sea tan privilegiado ni la memoria tan prodigiosa, se puede llegar a la meta. Como decía mi abuelo, todos los cuchillos cortan, es cuestión de afilarlos más o menos.

Así, desde el primer momento en que una se encuentra con el mundo del Derecho, le hablan de la autonomía de la voluntad, uno de los pilares de nuestro Derecho Civil. En esencia, y perdónenme por la simplificación los civilistas de pro, consiste en que cada cual puede pactar lo que le venga en gana, siempre que no sea contrario a las leyes, a la moral o al orden público, como decía ese precepto que había que aprenderse de memoria –confieso que lo he comprobado, pero había acertado de pleno al recordar el artículo-. Otra cosa es como se interprete eso de la moral y el orden público o, como dice algún otro artculo, las buenas costumbres. Pero no es momento de cortar ese traje, que seguro que mi abuelo nos diría lo de afilar los cuchillos también vale para las tijeras.

Por supuesto, también la voluntad es el eje sobre el que pivota el Derecho penal. En otro de los preceptos de obligada memorización para cualquier alevín de jurista que se precie, el Código Penal nos define los delitos como acciones u omisiones dolosas o imprudentes –antes dolosas o culposas- penadas por la ley. Y es, precisamente, ese “dolosas o imprudentes” lo que hace referencia a la voluntad. Los actos involuntarios no pueden ser delictivos, por gravísimas consecuencias que comporten, como sucede en esos casos que siempre nos ponían en los test de la autoescuela de la pelota y el niño detrás de ella apareciendo súbitamente en mitad de la calzada.

Los ejemplos que nos ponían en los casos prácticos cuando estudiábamos eran de lo más pintoresco. No tiene voluntad de matar quien da una mala noticia a un enfermo del corazón sin conocer su padecimiento y le da infarto del susto. Tampoco la tiene quien proporciona un empacho de dulces a un diábetico o de cualquier cosa prohibida a un alérgico. Siempre recuerdo en estos casos la noticia que leí una vez de una pobre chica que dio un beso a su novio tras haber tomado manteca de cacahuete, que provocó la muerte instantánea de él por causa e su alergia a ese fruto seco. Aunque la verdad, jamás me encontré con casos de este tipo en mi vida toguitaconada.

Tampoco me encontré nunca con otro de los casos típicos que nos ponían como ejemplo. El de la persona que da muerte a su padre sin saber que lo era que, en su día, no respondía de parricidio sino de asesinato y hoy, en que ya no existe el delito de parricidio como autónomo, no respondería de la agravante de parentesco.

Aunque la voluntad no basta, si el hecho no la acompaña. Ese sería el caso de otros de los ejemplos paradigmáticos que nos ponían cuando estudiábamos el error en Derecho Penal. No responde penalmente quien da a alguien azúcar pensando que es un veneno, ni quien hace un conjuro para matarlo con el convencimiento de que será efectivo. Ni siquiera deseando la muerte con todas sus fuerzas, que es bien conocido el brocardo de “el pensamiento no delinque”. Si así fuera, todo el mundo habría delinquido alguna vez. ¿O no?

Hay delitos que, además de la voluntad general de cometerlo, necesitan un plus, un dolo específico llamado elemento subjetivo del tipo, que no es otra cosa que una voluntad reduplicada. Así ocurre con el ánimo de lucro para los delitos contra el patrimonio y el ánimo libidinoso para los delitos sexuales. El problema es, entonces, probar la existencia de ese ánimo. Aunque, curiosamente –o no- se tratan de modo distinto. Nadie duda que quien se lleva la recaudación de una máquina tragaperras tiene ánimo de lucro, pero sí que se ha dudado en más de una ocasión que quien le toca el trasero a una mujer tenga ánimo lúbrico. Como si fuera a comprobar su tersura por un interés meramente científico, digo yo.

En Derecho Civil, por su parte, está la figura de la buena fe, y su antagonista, la mala fe. Tan importante es que en algunos casos, como el de la prescripción adquisitiva, pueden determinar que el bien se quede en unas u otras manos.

Pero la voluntad no solo se manifiesta a ese lado del banquillo. Al otro lado de estrados, también la voluntad juega un papel importante. La mala fe procesal, por ejemplo, es una figura muy utilizada para desvirtuar argumentos. Así como lo de no ir en contra de los propios actos. Cosas que hay que tener en cuenta aunque en ocasiones parezcan triquiñuelas legales. La buena fe en el ejercicio de la profesión debe ser regla que rija nuestras actuaciones.

Así que hoy el aplauso va con cita bíblica. Paz en Toguilandia a los juristas de buena voluntad, porque ellos harán Justicia. Aunque no siempre ganen los juicios.

 

Imposible: peras al olmo


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Más de una vez se oye hablar de eso que llaman la magia del cine, de la famosa fábrica de sueños y de cómo estos se hacen realidad, aunque solo sea algunas veces, o se limite al rato en que la obra nos aleja de la rutina para meternos por un rato en un mundo de glamur y fantasía. Te dicen que La vida es bella, Vive como quieras y que puedes llegar hasta Un lugar llamado milagro. Y algunas veces, hasta se consigue Lo imposible.

Nuestro teatro no es una fábrica de sueños. Qué más quisiéramos. Más bien parece un Hospital Central donde remendamos, como podemos, todos esos Sueño rotos que se quedaron por el camino. Suturamos las heridas, recomponemos las fracturas y a veces hasta hacemos la cirugía estética, pero no llegamos a todo. O ni siquiera podemos llegar a eso, y nos quedamos con la frustración y la impotencia.

Con frecuencia se nos acusa de no haber evitado un mal. Y alguna vez es así, tampoco voy a negarlo. Entre nuestros medios paupérrimos no está la bola de cristal que debería venir junto a la toga el día que nos toguitaconamos por vez primera. Pero otras veces simplemente no podemos hacerlo. La legalidad es el marco que caracteriza una sociedad democrática, pero también en ocasiones es un corsé más apretado que el que Mamita le ajustaba a la señorita Escarlata.

Yo no tengo corsé. Ni ganas, claro está, qué fatiga. Pero si tengo varios botones de muestra que traigo para apoyar lo que digo. Ya decidirán al final del estreno si merezco un aplauso o una tanda de tomates.

El primer caso sería el de una mujer violada. Imaginemos que hay una persona que ha visto desde su ventana como la violan salvajemente varios sujetos. Puede incluso haberlo grabado con su móvil. La persona, como buena ciudadana, acude a la policía, cuenta lo que ha visto y aporta la grabación. La policía localiza a la víctima y la citan a declarar. Pero ésta, por la razón que sea, decide no denunciar los hechos. Y, como quiera que la violación es un delito que requiere denuncia para proceder –salvo menores o personas vulnerables, en que puede denunciar el Ministerio Fiscal-, se ha de archivar el caso que no llegó a nacer y dejar sueltos a los autores de tamaña barbarie. Sigamos imaginando. Los angelitos, envalentonados por la impunidad de su acción, deciden repetir la gesta con otra mujer, que en este caso sí denuncia y se muestra indignada porque estuvieran en libertad después de unos hechos iguales. A ello sigue, sin duda, una campaña mediática que pone a juez y fiscal de vuelta y media por no haber hecho nada a pesar de que era imaginable que volvieran a las andadas. Pues bien, no se podía. Ahí estaba el corsé legal apretando, en este caso con la necesidad de que exista denuncia de la víctima como requisito de procedibilidad. Y sin ella, nada podían hacer juez y fiscal mientras la ley sea la que es. Es lo que hay.

El segundo caso sería el de una mujer muerta de miedo que acudiera al juzgado. Imaginemos que se lee el pánico en sus ojos y en su actitud, pero lo que cuenta es que sabe que su marido, que acaba de reaparecer en su vida después de mucho tiempo, va a matarla. Y nos dice que es porque le conoce y está segura de que va a ser así, y que quiere una orden de protección. Por más que se le pregunta, no hay ningún hecho constitutivo de delito que pueda relatarnos, ni siquiera una amenaza. Y, aunque la creamos, en el juzgado no podemos hacer nada, porque se trata de juzgados que conocen de delitos e imponen medidas de protección si hay indicios de que se ya ha cometido un delito, pero que no pueden actuar a prevención si aun no se ha cometido ninguno –más allá de ponerlo en conocimiento de quien corresponda-. Continuando con la fabulación, resulta que este hombre acaba agrediendo o matando a su mujer como ella temía. Rápidamente, alguien sacará a la luz que pidió protección en el juzgado y no se le dio y comenzará el linchamiento mediático. Y de nuevo el corsé legal nos impedía tomar ninguna medida.

Pongamos un tercer caso, ahora desde el otro lado. Imaginemos a un hombre detenido por unos presuntos malos tratos que ella denunció. Se la cita al juzgado, y se acoge a su derecho a no declarar, y no hay testigos ni parte médico ni nada de nada de lo que podamos tirar para seguir adelante con el procedimiento. Para colmo, él resulta  un tipo de los que dan escalofríos con solo mirarlo, pero tampoco declara, perfetcamente asesorado por su defensa. Incluso podría tener una hoja de antecedentes más larga que el listín telefónico. Pero sin ningún indicio habría que archivar. Y volveríamos al caso de los ejemplos anteriores.

También hay quien nos pide imposibles, como si fuéramos El conseguidor. Es muy frecuente oír a víctimas pidiendo que obliguemos a sus parejas a ponerse en tratamiento de desintoxicación de lo que sea o, más gráficamente, que les quitemos del vino. E incluso las hay que nos piden un escarmiento. “Usted échele la bronca, que yo luego me lo llevo a casa”. Y tampoco podemos, aunque confieso que lo de la bronca a veces sí cae. Y, alguna vez, hasta funciona.

Por último, contaré dos casos reales. El primero, el de una mujer que nos decía que su marido amenazaba con suicidarse si ella le dejaba. Por supuesto, no le podíamos decir que se quedara con él, pero tampoco quitarse la vida a sí mismo es una amenaza hacia ella. Así que allí se quedó, con toda su angustia, que, además nos contagió. Por fortuna, él no llevó a cabo sus amenazas, que yo sepa, ni logró que ella desistiera de su propósito de divorciarse. Pero podría haber sido de otro modo.

El otro caso real fue algo verdaderamente curioso. La empleada de una empresa de alquiler de vehículos fue a la policía a denunciar que un hombre había pedido un coche con un maletero grande donde cupiera un cadáver, porque pensaba matar a su mujer. La chica estaba espantada, y con razón. Así que se le detuvo, y como quiera que no negaba, sino que dijo que era una broma, esperamos a localizar a la mujer en cuestión. Resultó que vivía a más de 1000 kilómetros y llevaba muchos años sin saber de él y sin que le hubiera molestado, así que no tenía nada que pedir ni denunciar. El hombre solo quiso llamar la atención y resultó tener un problema mental considerable. Pero si llegamos a dejarnos llevar por la presión de la alarmante situación, hubiéramos cometido un error de bulto. Nada menos que meter en prisión indebidamente, una de las peores cosas que puede hacer un profesional de la Justicia

Así que hoy el aplauso no pude ser otro que el dedicado a quienes, a pesar de todo, y hasta conscientes de que pueda caerles la del pulpo, cumplen y hacen cumplir la ley. Porque, como dice la cita, dura lex, sed lex. Eso sí, hay leyes que necesitan un repasito.