Juramento: por estas que son cruces


 

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En todas partes la palabra “juramento” tiene unas connotaciones sacrosantas que hacen que cause respeto. Afirmar algo es una cosa, pero jurarlo es otra mucho más seria. Tanto, que no son pocas las obras que llevan la referencia al juramento en su título: El juramento, Juramento final o Juramento de sangre, sin ir más lejos. Otro tanto ocurre con las promesas, aunque quizás suenen un poco menos contundentes, entre cuyos títulos hallamos La promesa o Promesa de sangre –casualmente, igual que en juramentos- o La gran promesa. Y, por supuesto, La princesa prometida. No fuera a olvidárseme

En nuestro teatro el juramento o promesa es protagonista de muchos de los momentos más importantes, en cualquiera de los lados del escenario. En otras ocasiones, forman parte del Derecho mismo, y pueblan los Códigos y tratados desde la noche los tiempos jurídica. Juro que sin exagerar un ápice.

En primer lugar, el juramento o promesa es requisito imprescindible para empezar a ejercer nuestras funciones. Tanto jueces, fiscales o Lajs como miembros de la abogacía y procuradores han de hacer juramento o promesa de cumplir y hacer cumplir la Constitución y resto del ordenamiento jurídico. La verdad es que es uno de los momentazos de la vida en Toguilandia, el estreno de la toga con todos los parabienes. Curiosamente, se llama “jura” aunque se pude jurar o prometer y, aunque el origen de esa diferencia estribaba en jurar por Dios o prometer por el honor, hoy en día se han difuminado esos matices y solo se pregunta si se jura o se promete. Y ojo, que con los nervios no se le escape a una eso de “juro y prometo”, porque como el texto sobre la que se hace el juramento contiene ambas posibilidades, no es la primera vez que oigo las dos. Como diría mi madre, más vale que sobre que no que falte. Palabrita del niño Jesús.

Ningún juez o fiscal puede empezar a ejercer en su primer destino  sin este acto de juramento o promesa. Y también se realiza cuando se asciende  y se viste la toga con las famosas puñetas

La verdad es que eso de cumplir y hacer cumplir la Constitución y resto del ordenamiento jurídico no es poca cosa. Significa que estamos sujetos al principio de legalidad y que hemos de hacer cumplir las leyes aunque no nos gusten ni nos parezcan adecuadas. Me llama poderosamente la atención la existencia de juristas que no se contentan con criticar algunas leyes –la de violencia de género, en especial- sino que llegan a llamar prevaricadoras a quienes las defendemos y aplicamos cuando no hacemos otra cosa que actuar conforme a dicho juramento. El mundo al revés, vaya. Pero a veces es el precio que hay que pagar por asomarse al mundo más allá de la Torre de marfil de maderas nobles y cortinajes de terciopelo que a veces es nuestro escenario.

Otro momento en que el juramento o promesa tiene especial protagonismo es el de la declaración de acusados –o investigados, según la fase procesal- y testigos en el proceso penal. Los investigados y acusados, a diferencia de otros países, no prestan juramento de decir verdad, porque es uno de sus derechos no declarar contra sí mismo. Así que en la práctica pueden mentir como bellacos sin que eso suponga delito. Eso sí, hay que decir que a los magistrados y magistradas no suele gustarles nada que jueguen a engañarles, así que si van a tomarles el pelo, más vale pensarlo dos veces. Recuerdo un magistrado que solía advertir al acusado que su derecho a no declarar contra sí mismo no implica el de tomar por tontos a los miembros de tribunal. Y juro que daba buenos resultados.

En cuanto a los testigos, esos si han de decir la verdad. Y no porque, como Chus Lampreave, sean testigas de Jehová y tengan prohibido mentir, sino porque la ley así lo establece y de no hacerlo incurren en delito de falso testimonio, que no es ninguna tontería. En nuestro Derecho no hay delito de perjurio para el acusado como en las pelis americanas, pero sí que hay delito de falso testimonio si el testigo miente. Siempre que le pillemos, claro está .

Hay que reconocer que el momento del juramento o promesa por parte de testigos es uno de nuestros momentos estrella a la hora de atesorar anécdotas. Como quiera que en España somos más bien siesos a la hora de recibirlo, no tenemos ni Biblia, ni mano en el pecho, ni nada de nada. Solo se le pregunta si jura o promete. Y más de uno y una se han quedado con las ganas de hacerlo sobre algún libro de lomos dorados, aunque lo de los golpes de pecho no lo podemos evitar. Ni tampoco que apostillen eso de “por estas, que son cruces”. Recuerdo a un testigo que, a mitad de su declaración, como le recordaron que estaba bajo juramento porque no resultaba muy creíble, nos dijo “que me muera ahora mismo si he mentido”. La juez no pudo contenerse y le dijo “por Dios, no diga eso” porque como se cumpliera, nos iba a caer fulminado de inmediato. Si aquel hombre hubiera sido Pinocho, la longitud de su nariz hubiera superado el largo de la sala de vistas.

Sin embargo, en el proceso civil , y en otros ámbitos del derecho, las cosas no son así. Demandado o demandante, así como testigos, juran decir verdad si declaran. Y es más, si no comparecen pero han sido citados, puede pedirse su declaración y tenerlos por confesos porque no están. Una dicción con claras connotaciones religiosas del año del catapum. Aunque la ley de Enjuiciamiento Civil sí que sea del año 2000.

Y como me he venido arriba, derribaré otro mito desde las alturas. Aquí no se dice eso de juro decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. Suena muy bien en las películas, pero ahí es donde debe quedarse Como ya he dicho, somos un poco siesos.

Por ultimo, hay que hacer referencia a la promesa como parte mismo del derecho. Las promesas forman parte del Derecho Civil y pueden, incluso, formar parte del Derecho Penal. La más conocida, la promesa de matrimonio, de la que hoy nadie habla pero que formó parte de nuestro ordenamiento no hace tanto tiempo. Incluso era un tipo específico de engaño a una mujer para conseguir tener acceso carnal con ella. Por fortuna, eran otros tiempos

Así que, como hubiera dicho el presidente Suárez, puedo prometer y prometo que no doy más la lata por hoy con esta historia. Aunque no me olvido del aplauso, que doy hoy a todas y todos los profesionales del Derecho que cada dia se la juegan en juzgados y tribunales. Juro y prometo que lo merecen. Por estas que son cruces.

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Buenrollismo: los mundos de Yupi


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Hay quien se empeña en ver la vida como un camino de terrones  de azúcar. Las baldosas amarillas del Mago de Oz son poca cosa al lado de lo que hacen algunas personas, empeñadas en que la vida es de color rosa. Pero no un rosa cualquiera: rosa chicle y con purpurina, como el uniforme del equipo de waterpolo de Al agua, gambas –una peli que, por cierto, poco más que eso tiene de rosa-. Películas Disney, comedias románticas que rezuman almíbar por todas sus escenas y el sempiterno fueron felices y comieron perdices con el que acaban Cenicienta, Blancanieves o la Bella y la Bestia. Nunca he sabido qué tendrán las perdices para hacer tan dichosa a la gente, aunque alguna vez me he planteado que tal vez esas aves fueran acompañadas de alguna seta de esas que hacen a la gente flipar en colorines.

En nuestro teatro ignoro si alguien comerá perdices, pero, aunque no lo parezca, sí que hay quien es más feliz que una perdiz -¿o será que una codorniz?- Pero mejor todavía es  quien, no siéndolo, sabe transmitir buenas vibraciones, buen ambiente de trabajo o, como lo he llamado, buenrollismo. ¿Cómo distinguimos a un buenrollista de verdad de un impostor encantado de conocerse? Pues con paciencia, aunque a veces pasa como dice el refrán, que se pilla antes a un mentiroso que a un cojo.

Para ilustrar estas cosas, contaré una anécdota que viví con unas compañeras cuando hicimos el traslado a nuestra actual sede, la Ciudad de la Justicia de Valencia. La verdad es que, entre que sufrimos el síndrome del hermanito pequeño y acomplejado que a veces tememos los fiscales, y que quienes se encargaban de organizar el cotarro no tenían muy claro qué era eso del Ministerio Fiscal, no salimos demasiado bien parados con las instalaciones y los medios. Han tenido que pasar quince años para que muchos compañeros y compañeras puedan ir a la luz como la Carolyn de Poltergeist, porque nuestros despachos, compartidos, carecían de ventana. Por aquel entonces, como todo era provisional y la fiscalía fue el conejillo de indias que hizo la mudanza primero, no dejábamos de quejarnos. Y con razón, ojo, que cada centímetro de mesa, de pared o de despacho había que ganárselo a pulso. Pues bien, un buen día llegó un mueble extra, una “mesa de salida” –donde se dejan los expedientes despachados para que los recoja el funcionario y los traslade a donde corresponda- que habíamos pedido hasta la saciedad. Dijeron que era un prototipo, y solo había uno. El fiscal encargado de esos menesteres no dudó en adjudicárselo a una pareja de compañeras concreta. No eran las más antiguas, ni las más modernas, ni eran delegadas ni encargadas de nada. Quien se las adjudicó nos respondió a todo el que fue a preguntar : “se lo he dado a ellas porque son las únicas que no se quejan y siempre ven el lado positivo de las cosas” Tenía toda la razón. Y he de decir, además, que esas dos compañeras no han perdido con el tiempo su optimismo inquebrantable y  allá por donde pasan siguen sembrando el buenrollismo.

Por contraposición están los que ejercen continuamente el papel de Pitufo gruñón, del que ya hablamos largo y tendido en el estreno dedicado al malrollismo. Si hubieran asignado el prototipo a un malrollista, seguro que hubiera dicho que lo hacían para hacerle trabajar más o porque tenía carcoma o termitas y querían que le mordieran.

Pero ¿cómo distinguir  un buenrollista de verdad de uno de pega?. Pues los límites vendrían por dos flancos: de un lado, la necesidad –o la afición, que nunca se sabe- de hacer la pelota; de otro, de tener un ego más alto que la Torre Eiffel o, al menos, querer aparentarlo. Estos últimos, hacen un ejercicio de ombligusimo diario, como vimos en otro estreno. Y, hay que tener cuidado porque, además de destrozar la moral, resultan insufribles. Aunque, si no queda otra que tratar con ellos, yo suelo hacer una recomendación: empieza diciendo lo maravilloso o maravillosa que es, lo importante que es su trabajo y la admiración que te causa, para a continuación, introducir, a traición, la pregunta o la petición. Da muy buen resultado. El ombliguista verdadero se quedará convencido de la única verdad verdadera, esto es, que es el mejor del mundo mundial y del universo sideral, y quien necesitaba algo de él lo habrá conseguido. Así que, al final, buenrollismo per tutti aunque sea por la puerta falsa.

En el otro lado, están los pelotas por afición, vocación o necesidad. Cuidado, que son peligrosos porque nunca sabes qué pretenden y con qué fines. Suele darles igual que la persona a quien tengan que pelotear sea de un signo o del opuesto, que sea partidario del trabajo en equipo o el individual, que sea juez o fiscal, que siga al Madrid, al Barça, a un equipo modesto u odie el fútbol. El pelota –o la pelota, que también las hay- se mimetiza con el peloteado con la misma habilidad para el camuflaje que un camaleón. Sus intenciones nunca son muy limpias salvo que se trate de alguien que pelotea por vocación, que también lo hay. Tuve un compañero que me decía: yo no hago la pelota, es que soy pelota. Para gustos hay colores.

El buenrollismo de verdad es muy necesario en Toguilandia. No perdamos de vista que trabajamos muchas veces en situaciones de presión extrema, con medios más que mejorables y asuntos donde se ventila lo más bueno y más malo del ser humano. En estas situaciones, es fácil perder los nervios, y hacérselos perder a los demás. A veces, basta con una sonrisa o con la mera amabilidad, otras hay que hacer un esfuerzo extra. Pero vale la pena. Como decía un estudio, se ejercitan muchos más músculos para fruncir el ceño que para sonreír. Así que, aunque sea por evitar las arrugas futuras o que no se profundicen las presentes, pongámoslo en práctica. Y, si no resulta, siempre habrá tiempo de volverse a enfadar.

Por cierto, haré un apunte extra. ¿Os habéis fijado cuánta gente habla de Los mundos de Yupi sin saber en realidad de que se trata? Me consta que hay muchas personas que los cita como si se tratara de una frase hecha o una metáfora ingeniosa robada a alguien. Pero no. Quienes ya tenemos que tapar algunas canas –o ni eso- sabemos que se trataba de una serie de televisión de los 80 –y principios de los 90, para los pejigueros a quienes les gusta buscar los fallos- cuyo protagonista ejercía de felicismo a toda hora. Quien hable de Yupi y no sepa esto debe hacernos sospechar: puede ser un impostor del buenrollismo. Cuidadín, cuidadín.

Por todo eso el aplauso de hoy es para todos y todas los buenrollistas del mundo, en especial para mis compañeras que, probablemente, ni siquiera recuerden esa anécdota. Porque ellas son así, buenrollistas de verdad. Y bien merecen ese aplauso

Responsabilidad civil: ¿el “precio” del delito?


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Muchas veces hemos oído eso de que todos tenemos un precio, o que todo tiene un precio. Tanto, que esa idea ha inspirado el spot de una tarjeta de crédito, que diferencia ente las cosas que no tienen precio, y todas las demás, que son las que paga la tarjetita de marras. Pero, evidentemente, hay cosas que no pueden pagarse ni por todo el dinero del mundo, aunque en el cine a veces nos den el mensaje contrario con títulos como La muerte tenia un precio. Ni Por todo el oro del mundo

Y, si en la vida hay cosas que no tienen precio, mucho menos en Toguilandia, donde no nos regimos por otra cosa que no se la legalidad pura y dura. Como debe de ser.

Me pedía hace unos días alguien vía Twitter que dedicara un estreno a la responsabilidad civil derivada del delito, y en ello estoy. Aunque pueda no resultar fácil para quien no frecuenta nuestro teatro, creo que es algo interesante y que merece la pena saber.

La responsabilidad civil derivada del delito es una especie de traducción en dinero de aquello que no puede traducirse en dinero: el daño causado. El propósito esencial e ideal sería el de devolver las cosas al estado en que estaban antes de haberse cometido el delito, o en el que estarían de no haberse cometido. Pero eso a veces es difícil y otras, de todo punto imposible, así que ante la imposibilidad de reponer las cosas a sus estado inicial, procedería una compensación. Y de eso es, precisamente, de lo que trata la responsabilidad civil.

Este tipo de responsabilidad, según lo que establece el Código Penal, se traduce en tres posibilidades, en orden de prelación estricto. La restitución de la cosa, la reparación del daño y la indemnización de perjuicios. Vayamos pues viendo cada una por su debido orden

Lo de la restitución de la cosa es fácil, al menos en principio. Que uno ha birlado la folklórica que había encima de la tele –aunque las teles de plasma lo ponen hoy en día difícil-, pues si la devuelve, se supone que ahí está cubierta la responsabilidad civil. Pero por supuesto, debe devolverla en buen estado. No valdría que le hubiera quitado el traje, la guitarra o que la hubiera dejado hecha unos zorros. En ese caso, deberá pagar los daños en el traje, o la guitarra que le falta, debidamente tasados, y siempre y cuando se puedan reparar. Si no es así, no quedaría otra que determinar el valor de restitución y reclamarlo.

A esto hay que añadir un matiz, lo que llamamos lucro cesante, que significa el dinero que se deja de ganar por la comisión del delito. En este caso, si la gente pagaba una entrada por ir a ver la folklórica de encima del televisor, habrá que indemnizar en el dinerito que se ha dejado de ingresar, aunque se devuelva incólume la gitamilla.

Y, ya que me he ido por el follklore andaluz, hagamos como las sevillanas y digamos eso de mírame cara a cara que es la segunda. Y la segunda es aquí la reparación del daño. Ya se ha dicho que si la folklórica no tiene todos sus volantes y castañuelas en su sitio, hay que pagar la reparación para que los tenga. Y eso vale para cualquier cosa, como el vehículo chocando contra el cual se ha cometido un delito contra la seguridad vial o la ventana que se ha roto para entrar en el domicilio.

Esto, que es muy sencillo de ver en el caso de cosas, ya no es tan sencillo en el caso de personas. Imaginemos que se causa una lesión por la fractura de un brazo. Obviamente hay que reparar la fractura, para intentar que el brazo vuelva a su sitio –lo que, normalmente, se consigue- Pero en este caso no basta, porque no se trataría tanto de una reparación strictu sensu,-en sentido estricto, perdón por el latinajo- sino una indemnización de perjuicios. Los que le haya causado a la persona tener el brazo roto. En ese estado, no habría podido acometer la tercera sevillana, que es a lo que vamos a continuación.

La tercera opción, y siempre para el caso en que no se haya podido satisfacer con las dos anteriores, es la indemnización de perjuicios, que consiste en pagar un dinero para tratar de compensar el dolor infligido, el daño causado o ambos. Pero que quede claro que es subsidiario. Esto es, que por mucho que nos guste la folklórica de encima del televisor y queramos quedarnos con ella tras haberla sustraído pagando la cantidad que se fije, no cuela. Lo primero es restituir.

La indemnización de perjuicios es la que se da en los casos más dolorosos y graves del derecho penal, que son los que afectan a los derechos más importantes. La indemnización por la muerte de alguien, o la del daño moral por el dolor causado cuando se ha padecido una violación serían el ejemplo más típico. Al hilo de eso, hay que distinguir entre el daño moral, que es difícilmente traducible en dinero, de otras cantidades que se determinan con más facilidad como el lucro cesante. Para calcular estas cosas incalculables no ayudamos de los baremos, principalmente el de daños causados por tráfico aunque –oh, paradoja- los daños no se hubieran causado por tráfico.

Y ahora, preparemos los tacones y las castañuelas, que va la cuarta.¿Qué pasa si el condenado no tiene dinero para pagar  o no quiere hacerlo?  Pues, en el primer caso, se le declara insolvente -ojo, se le declara insolvente, no disolvente, como me han dicho alguna vez-  después de averiguar sus bienes y la deuda queda ahí por si acaso viniera a mejor fortuna. O sea, que le tocara la lotería, cosa que nunca pasa. En el segundo caso, y tras averiguar también sus bienes, se le embargan, y se paga con eso a la víctima. Faltaría más. Además, el hecho de no haber pagado la responsabilidad o no comprometerse de modo fehaciente a hacerlo, no se puede conceder la suspensión de la pena –ese beneficio que permite que los delincuentes primarios condenados a menos de 2 años no entren en prisión-

Además en algunos casos graves –delitos violentos y contra la libertad sexual- la ley –ley 35/95- prevé que el Estado anticipe el importe y sea luego quien se lo reclame al condenado. Incluso se prevé hacerlo en forma de pensión en supuestos concretos, como que el beneficiario fuera menor.

Un par de detallitos más. La responsabilidad civil se paga por delante de todo. Así, si el condenado lo es a una pena de multa y el dinero no le alcanza para todo, deberá pagar antes la indemnización que la multa. Y si no le alcanza la multa, atenerse a las consecuencias, que no son otras que la responsabilidad personal subsidiaria, lo que siempre se había llamado arresto sustitutorio

El otro detallito es el relativo a la fianza. Se exige a los acusados prestar fianza de responsabilidad civil esta es para asegurar esos pagos y no tiene nada que ver con la fianza para eludir la prisión, cuando cabe. Ya dedicamos a esto un estreno así que no insisto más por no ponerme pesada.

Ah, y por si alguien se pregunta cuándo  prescribe –esto es, cuanto tiempo puede seguir reclamándose- aunque antes eran 15 años, ahora son 5, desde una reforma del código civil de 2015. Así que hay que espabilarse o se no nos acaba el tiempo. Un error, en mi opinión, pero es lo que hay.

Y hasta aquí, estas pinceladas sobre la parte crematística del delito. El aplauso, esta vez, se lo daremos como homenaje a todas esas victimas que, por más que hayan sido indemnizadas, nunca se verán compensadas en el daño causado. En esos casos, unamos la empatía al aplauso

Y no me olvido de la ovación extra, que no es otra que la que dedico, como ya he hecho en otras ocasiones, para la autora de esta ilustración, una de las alumnas de una buena amiga, cuya obra, junto a las del resto del alumnado, iba destinada a una exposición en la que no se expusieron. En este teatro no solo caben sino que se disfrutan y agradecen.

 

Malrollismo: cenizos per tutti


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Es cierto que no se puede vivir permanentemente en Los Mundos de Yupi. Que la vida no es tan happy como nos cuentan todas esas almibaradas comedias románticas de toda la vida, como aquellas inolvidables cintas en que Doris Day, loca de amor por Rock Hudson, le hacía Confidencias a medianoche mientras usaban un Pijama para Dos. En todas partes siempre hay algún cenizo dispuesto a ver el vaso siempre medio vacío, como el Pitufo gruñón, el enanito del mismo nombre de Blancanieves o, si ir más, lejos, el pobre Calimero, aquel pollito que nunca acababa de salir del cascarón y siempre se lamentaba por ser muy desgraciado

En nuestro teatro hay tantos cenizos por kilómetro cuadrado como en cualquier otro ámbito, pero las materias que tratamos son tan delicadas que no siempre se notan. Incluso a veces, no se distinguen los cenizos de las personas verdaderamente desgraciadas. Por ejemplo, un señor que se quejaba amargamente de que había tropezado en el supermercado y se había roto la cadera porque se había derramado una botella de aceite. Se quejaba una y otra vez de su mala suerte, hasta que una funcionaria, cansada de oírlo, le dijo que no pasaba nada, que eso le podía pasar a cualquiera en el supermercado. El hombre en cuestión, sin cesar en sus lamentos, contestó que lo suyo era mala suerte de la de vedad, porque era la primera vez que iba a hacer la compra en treinta años de matrimonio. Así que una al final no sabe si darle la razón y compadecerlo o alegrarse de su fastidio porque ya le vale, treinta años sin comprar una triste lechuga. Igual fue el karma

Entre los profesionales, hay quienes son tan cenizos que hay que huir como sea. Suelen, además, practicar el yomasismo, un síndrome que padecen quienes, a cualquier cosa que les pase a los demás, encuentran otras mucho más gorda que les pasa a ellos. Las consultas de los ambulatorios están llenas de yomasistas. Si a una señora le diagnostican un resfriado, la yomasista tiene una neumonía y si uno tiene un esguince, el de al lado tiene una fractura múltiple seguro, diga lo que diga el médico. Al yomasista, además, siempre le duelen más las cosas que a ti. Juraría que en las salas de espera hay concursos de yomasistas cada tarde. Pero igual es una leyenda urbana

No obstante, el yomasimo no es patrimonio de las profesiones sanitarias. En Toguilandia también hay unos cuantos. Ese juez o fiscal cuyo asunto es más gordo o más difícil que el tuyo, digas lo que digas. Y le da más trabajo, Y, además, se lo valoran menos. Una trata de no discutir por no crear malrollismo, y acaba admitiendo que sus veinte tomos son una nadería comparados con los cinco del yomasista. Pero ni asi, el malrollismo ya se ha instalado.

¿Hay letrados y letradas yomasistas? Pues claro que hay, aunque a veces van disfrazados de mártires de la abogacía. Pero no os dejeis engañar. Cuando todos, absolutamente todos sus casos son los más complicados, los que dan más trabajo y pese a que lo hace mejor que nadie, nunca le valoran como corresponde, sospechad. Ahí hay gato encerrado seguro. Palabra de fiscalita toguitaconada con más de medio siglo de experiencia. Casi na.

Y, como quiera que nadie se libra de este síndrome, también existe entre funcionarios y funcionarias. Cuando afirman que les tienen manía y les dan todo lo peor y más trabajo que a nadie, también hay que sospechar. Se reparten las tareas por igual en la medida de lo posible y muchas veces lo que pasa es exactamente lo contrario, Como reza el dicho, el premio al funcionario que más trabaja es más trabajo. Y ese o esa, además, suelen hacerlo en silencio y sin alharacas. Por fortuna, me he encontrado muchos más de estos que de los otros. Y lo digo bien fuerte a ver si deshacemos de una vez el estigma injusto con el que tienen que cargar más de una vez.

El malrollismo es contagioso, además. Cuidado con darle oxígeno a un malrollista, que se extiende como la pólvora. La única vacuna es hacer oídos sordos, pero no siempre se llega a tiempo, y no queda otro remedio que curar la herida, concretada en mal ambiente de trabajo y mal humor generalizado. No he dado con las píldoras adecuadas, pero si lo sé que nadie duda que lo haré público. No sin antes patentarlo, claro.

El antídoto del malrollismo es, sin duda, el buenrollismo. Pero a eso dedicaremos otro estreno si el público lo pide. De momento, para quienes compensan con ese antídoto va el aplauso de hoy. Que hay que ver el mérito que tiene

 

#crimenperfecto : La pluma


pluma

-Padre ¿qué fue del tío Carlos?

-Lo asesinaron

-¿Cómo?

-Con una pluma

-¿Y cómo puede matarse a alguien como una pluma?

-Se puede, te lo aseguro

-Entonces, ¿dónde está su cuerpo?

-No ha aparecido nunca. Nunca. Fue el crimen perfecto

Mi madre me contó esa conversación con su padre antes de morir. Desde ese momento, el asesinato del tío Carlos se convirtió en una obsesión que me perseguía cada día y se colaba en mis sueños cada noche. Hasta que, conforme fui creciendo, la obsesión cedió y los sueños encontraron nuevos temas con que llenar mis noches. Pero la historia del crimen perfecto se quedó instalada en un algún lugar de mi cerebro, y de vez en cuando me visitaba. Por eso decidí investigar

Pregunté en mi familia. Nada. Nada me dijeron tampoco en el pueblo, y nada encontré en los archivos, que, como tantos otros, se habían perdido en su mayor parte. Alguien me habló de un incendio, pero no supe cuándo ni por qué. Ni rastro del tío Carlos, y mucho menos de su asesino. Ningún testigo ni nadie que supiera de él. Hasta el día en que recibí aquella llamada

-¿María Gómez Montero?

-Si ¿quién es?

-¿Es usted familiar de Carlos Montero Rodríguez, nacido en 1910?

-Era…mi tío abuelo, el hermano de mi abuelo. Pero yo no le conocí.

-Obviamente

La voz del otro lado de la línea telefónica pronunció esa palabra con un tono que mezclaba contundencia e ironía. Yo ni siquiera sospechaba qué pasaba.

Sin ser consciente de ello, tenía ante mí el resultado del enigma que me había acompañado toda mi vida. Estaba a punto de resolver el crimen perfecto.

La llamada me informaba de que habían encontrado los restos de mi tío abuelo Carlos, enterrado en una fosa común con otros muchos cuerpos. Era una de tantas fosas en las que se arrojaron los cuerpos de personas que ejecutaron al poco tiempos de acabarse la Guerra Civil. Le habían identificado por los documentos que llevaba, conservados en el bolsillo de la camisa con la que fue enterrado.

A mi tío abuelo Carlos le asesinaron con una pluma. La que usaron para identificarle como homosexual y enemigo del régimen en la ficha que entregaron a las autoridades. Él murió fusilado, pero su asesino jamás empuñó un fusil. Y ya nunca pagaría por su crimen. Había cometido el crimen perfecto.

 

Telejurista: Derecho de Todo a Cien


 

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En todas partes cuecen habas, sin duda. En todos los ámbitos de la vida existen quienes de verdad saben, quienes no saben pero intentan aprender y quienes fingen saber . Original y copia. Algo de lo que, por supuesto, el mundo del espectáculo sabe mucho. Que se lo digan si no a los Milli Valnilli, aquel dúo de cantantes ultrafamoso en los 90 al que pillaron con el carrito del helado, esto es, con la prueba evidente de que de cantantes, nada, que hacían play back usando las voces de otros. Pero hasta entonces, el engaño estaba consumado, y vendieron miles de copias de sus discos . Engaños y mentiras, ya se sabe. Aunque siempre acaba pasando algo que hace que no permanezcamos Atrapados en el engaño.

En nuestro teatro, también tenemos de eso. Original y copia, juristas y pseudojuristas, sabios y cuñados varios. Aunque más que en nuestro teatro, los juristas de pega están fuera de él, como una especie de satélites que todo lo infectan. Como los juicios paralelos  a los que ya dedicamos un estreno. Injuria, que algo queda, como dice el refrán.

Aunque hay muestras casi a diario, parece que ahora, que esta toguitaconada está de vacaciones, tiene más posibilidades de pillar a Telejurista con las manos en la masa, o mejor dicho, en la pantalla. Telejurista, aunque nadie lo diga, es una aplicación que permite que cualquier persona hable de Derecho como si fuera el mismísimo Justiniano redivivo, aunque no tenga ni idea de quién es el susodicho ni haya visto un Código más allá de sus tapas. Una aplicación que, además, tienen fijada todas las cadenas de televisión y todos, o casi todos, los medios de comunicación, especialmente si hay tertulias en él. Porque, donde hay tertulias, el cuñadismo  está a la orden del día.

Hace nada, un titular de un periódico de tirada nacional decía algo que nos dejó a más de uno de pasta de boniato jurídica. Decía que la víctima había decidido interponer una denuncia criminal por vía civil , ahí es nada. Como dijo una compi tuitera, Moreno Catena y Gimeno Sendra están encerrados en el baño llorando. Y me da que van a tardar en salir, visto lo visto, como no les dé alguien un tranquilizante.

El titular en cuestión me recordó mucho algo que decían con frecuencia en La que se avecina, una de cuyas protagonistas gritaba a cada rato : “demanda judicial”, como si se pudiera poner una demanda en el supermercado o la frutería. Por supuesto, encontramos expresiones de este tipo a cada rato, incluso de gente que se presume sesuda. Denuncia penal o querella criminal son los ejemplos más conocidos. Para los legos, recordaré que la denuncia solo puede ser penal –si fuera civil sería demanda, de esas que les gustan en las series de vecinos- y la querella solo puede ser criminal, porque, por definición son imposibles las querellas civiles.

Y hay más, mucho más. Casi cada día. Sobre todo cuando las tertulias florecen como las sombrillas en una playa en agosto –o quizás por ello- Hace una semana, un tertuliano supuestamente puesto en Derecho decía que la gestación subrogada no estaba regulada en España, y que necesitaba una regulación, y se quedaba tan tranquilo. Sin embrago, como sabe cualquiera que haya estudiado un poco de Derecho, la gestación subrogada claro que está regulada, en el sentido de prohibirla. Precisamente por eso la gente va a otros países en busca de vientres de alquiler y por eso hay tantos problemas legales a la hora de inscribir a esos niños en España. Otra cosa es que al tertuliano de turno no le guste que este´prohibida, que está en su derecho, y que lo diga, a lo que también tiene derecho, pero sobre esas premisas y no otras. Y si no, pensemos en el ejemplo de las drogas. Se puede estar a favor de su legalización y defenderlo, pero nunca se podría decir que haya una laguna de regulación.

Otro asunto donde se ha suscitado una polémica de Telejurista ha sido la reciente condena un hombre por agredir con un arma blanca a un policía– nótese que digo “agredir” -, algo que fue grabado en un vídeo que ha visto toda España. Y, por supuesto, toda España se ha sentido juez y fiscal,  se ha puesto a calificar los hechos y a sentenciarlo, sin necesidad de conocer nada más ni ganas de saberlo. Hay un hilo estupendo de un compañero juez –Judge The Zipper- explicando esta cuestión, pero en la tele hay que oír lo que hay que oír. Sin ir más lejos, un tertuliano decía que el Ministerio Fiscal debe meter en la cárcel a todo aquel que resulte un peligro. Así, sin pruebas, ni nada. Sin anestesia. Y luego llegaba lo mejor. Decía, sin despeinarse, que el Ministerio Fiscal representa al pueblo, y que a él ese fiscal no le representa. Ahí queda eso. Lamento decirle, señor todólogo, que hay una diferencia entre representar a alguien y defender la legalidad. Y que, desde luego, los pobres fiscales no podemos representar a todo el mundo por una razón obvia: no todo el mundo piensa lo mismo.

Por supuesto, cuando el tema tiene ribetes festoneados de prensa del corazón, Telejurista se viene arriba. No hay más que ver lo que se sabía de repente sobre pruebas de ADN si se ventila la paternidad de un famoso, o lo que se sabe de testamentos y herencias cuando es una famosa con posibles la que ha fallecido.

También en las redes sociales sirve Telejurista. Hoy mismo, sin ir más lejos, he leído una perlita para no perdérsela. El tuit de alguien que afirmaba sin empacho que por fumarte un porro te encierran por delito contra la salud pública mientras los responsables de la carne intoxicada se salen de rositas. Le hubiera respondido que fumar porros no es delito, pero ya lo hizo alguien antes, con más paciencia que yo. Porque a mí cualquier día se me acaba.

Pero Telejurista, por supuesto, vale para todo esto y mucho más. Una llama a Telejurista e igual le sirven un alejamiento que una multa, lo mismo le resuelven una intoxicación masiva por una bacteria cuyo nombre nadie conocía antes, que saben sobre Derecho Internacional, asilo y extranjería. Telejurista es capaz de darnos la solución a la crisis migratoria, a las intoxicaciones masivas, al antivacunismo y hasta al tierraplanismo, si se ponen. Porque Telejurista es mucho Telejurista. E igual, si tenemos suerte, pillamos una oferta de last minute o un dos por uno. Le arreglo lo del okupa y le regalo una indemnización por la salmonela que pilló en el chiringuito. Que no se diga.

Así que, sin más, hoy daré el aplauso para quienes no dan pábulo a semejantes cosas. Y, de paso, mi agradecimiento. Que no se diga.

Antes de acabar,  pediré una ovación extra para quienes desde su cuenta de twitter han contribuido, aun sin saberlo, a este estreno. Es de bien nacida ser agradecida.

 

Código penal II: más Derecho de película


 

derecho penal

Ya hemos hablado otras veces del riesgo de las segundas partes en el mundo del espectáculo. Pero, una vez más, en este teatro emulamos El día en que vivimos peligrosamente y, tal como si fuera el mismísimo Juan Sin Miedo, asumimos el riesgo. Aunque me quede Sola ante el peligro, y me encuentre Con la muerte en los talones, vamos a ello. Más Derecho de película

Ya hablamos en el anterior estreno de que el Derecho penal  es el que vemos en la mayoría de las películas. Temas como asesinatos, robos, violaciones o corrupción son de lo más taquillero, pero eso no significa que sean nuestros favoritos. Para gustos, hay colores. Y más si de juristas se trata.

Como no solo de Derecho penal vive el jurista, hay artículos del gusto de quienes se dedican mayoritariamente a otras materias. Así, hay quien me habla de su presencia por el 404, que le permite usar algo tan grandilocuente como la prevaricación administrativa para recurrir multas de tráfico. Hay quien, más habituada al Derecho Civil y en particular al de familia, tiene su top ten en el impago de pensiones del artículo 227. Por otro lado, quienes se dediquen a los menores tienen su precepto fetiche en el  artículo 19, que establece que a los menores de edad no les son aplicables las penas del Código penal, lo que no significa, por cierto, que a ellos no les afecte, porque los delitos son exactamente los mismos, y lo que cambia –si tienen más de 14 años- es que en lugar de las penas de Código Penal se les aplican las medidas de la Ley del menor.

El uso de determinado tipo de lenguaje es el que da lugar a las preferencias de otros juristas, porque hay tipos que no tienen desperdicio. Es muy curioso, sin duda, lo de cercenar moneda conforme al artículo 386, como lo es también la dicción empleada por el artículo 570 bis para definir la organización criminal –que aunque lleve a pensar en la Mafia o La Famiglia, va mucho más allá-. Y también lo es la redacción tradicional del delito de estafa del 248, con eso del engaño bastante para producir error en otro que, aunque nos hemos acostumbrado a decir de corrido sin pensar, no deja de tener su aquel.

Hay más expresiones que resultan, cuanto menos, pintorescas. La referencia a los favores de naturaleza sexual del artículo 184 queda un poco viejuna, como puede resultarlo también la del escarnio del artículo 525. Y en el caso del perdón del ofendido del artículo 130.5, es el propio concepto el que resulta viejuno, y alguna vueltecita necesitaría también la referencia a la madurez del artícuo 183 quater.

Especialmente bonita es, a este respecto, la historia que me cuentan sobre la calumnia, y la expresión hecha en su definición del artículo 205, que hace necesaria la existencia de conocimiento de su falsedad o temerario desprecio hacia la verdad y que, según me han relatado, tiene su razón de ser en los discursos de Martin Luther King y su posible persecución. También la definición del antiguo artículo 457 de la injuria era particularmente hermosa, Es injuria toda expresión proferida o acción ejecutada, en deshonra, descrédito o menosprecio de otra persona. También lo es, por clara, concisa y contundente, la del regulación del homicidio del artículo 138, al decir que el que matare a otro será castigado como reo de homicidio. Así, simple y llanamente, aunque hay otros preceptos que se vienen arriba y hablan de cosas como las armas exterminadoras de la especie humana (160), nada más y nada menos. El Armageddon está aquí. O casi.

Hay preceptos, por otro lado, que no dejan indiferente a nadie. El artículo 510 y su regulación de los delitos de odio es uno de ellos. Hay quien lo celebra y es muy fan de su contenido y si redacción, y hay quien lo denosta, considerándolo un peligro para la libertad de expresión. A este respeto, creo que lo peligroso no es tanto el precepcto sino la interpretación que del mismo pueda hacerse. Pero no puede negarse que los crímenes de odio han de ser visibilizados y sancionados con justicia, como ha de ser, también, el genocidio del artículo 607, otro de los votados como favoritos.

Por su parte, los delitos contra la administración de justicia han dado lugar, aunque no lo parezca, a los más encarnizados debates. Mientras una víctima de violencia de género me dice que el artículo 468.2, referente al quebrantamiento de medida cautelar o condena de alejamiento, es su favorito porque lo siente como un escudo protector, el mismo capítulo es un vivero de odiadores profesionales. Uno de ellos me señalaba, con su acostumbrada acritud, que su mención era para el artículo 457 porque no perseguimos, según él, los delitos de denuncia falsa en violencia de género. Al respecto, y además de aprovechar para recordar que el Ministerio Fiscal persigue todos los delitos, no está de más recordar que la denuncia falsa se regula en el artículo 456 y que la mayoría de los delitos de acusación y denuncia falsa, y también de simulación de delito (ese si es el 457) se cometen en ámbitos distintos de la violencia de género, sobre todo en delitos contra la propiedad.

No me voy a olvidar de quien cita como preferidos los artículos relativos a su especialidad, los informáticos del 197 bis, los delitos contra los derechos de los trabajadores del artículo 315, al 502.2 que habla de obstaculizar la investigación por un cargo público,  o los ya dichos en materia de delincuencia económica o medio ambiente. Entre estos, quiero hacer una mención especial al artículo 333, que un compañero me define como “delito de Bart (Simpson)” por alusión a un capítulo en que el gamberrillo niño amarillo hace precisamente lo que dice el precepto: librar fauna no autóctona (o sea, soltar animales).

Por último, la parte que más me afecta, o puede afectar, que no se diga. Me ha encantado la elección de un tuitero jurista para quien su artículo preferido es el artículo 20, el que regula las eximentes. Dice que es un recepto que está borrado en los Códigos penales de los fiscales, ante lo cual me he puesto inmediatamente a buscar el mío. Y oye, ahí está, aunque quizás más nuevecillo que otros. Sobre todo en comparación a cómo está esa página en los códigos de letrados y letradas, que lo tienen tan sobadillo que casi no puede leerse.

Y, hablando de borrar preceptos, acabaré con una anécdota. Decían las malas lenguas que en el momento en que se promulgó la ley del Jurado desaparecieron de muchos Códigos penales delitos como la omisión del deber de socorro, las amenazas condicionales o el allanamiento de morada, que pasaron a incluirse en otros más genéricos, como las coacciones, para esquivar el procedimiento del Jurado. No sé si será una leyenda urbana lo de la desaparición, pero lo que sí recuerdo es a una compañera por aquella época, que insistía en el interrogatorio del detenido que había sido pillado dentro de una casa preguntándole “¿Y seguro que usted no quería robar nada? ¿ni siquiera la figurita de encima del televisor?”. He de decir que entonces, encima de las teles, cabía, incluso, la clásica folklórica con traje de faralaes y guitarra. Verdad verdadera.

Y cómo no, el aplauso para concluir. Aplauso que, de nuevo, va dedicado con todo el cariño para quienes han aportado sus filias y sus fobias codigopenaleras para estos estrenos. Mil gracias otra vez

 

Código penal: el derecho de las películas


 

codigo penal

Los delitos, o dicho de modo más melodramático, los crímenes, son imprescindibles para el mundo del escenario y la literatura. De Miss Marple a Hércules Poirot, de Seven a El silencio de los corderos pasando por la saga Milenium, solo por citar algunas, vemos un largo rosario de Crimen y castigo, de Delitos y faltas que igual merecen Pena de muerte que Cadena perpetua, quedan Sin remisión o no logran descubrirse nunca al lograr ser el Crimen perfecto.

Por eso, después de haberle dedicado un estreno especial al Código Civil , la penalista que llevó dentro no dejó de amenazarme con las penas del infierno si no hacía otro tanto con el Código Penal, el particular Libro gordo de Petete para quienes vivimos del delito. Así que lancé el anzuelo a las redes sociales y la pesca no pudo ser más abundante. Ya hubiera querido Jesús en la multiplicación de los peces –los panes, ya los dejo para otro momento- Gracias a todos y todas los que habéis intervenido con vuestro artículo preferido. Imposible citaros individualmente, pero estáis ahí.

No es fácil escoger un precepto penal como el favorito. Es algo así como traicionar al resto, pobrecitos, y además al no ser tan longevo como el Código Civil no tiene enjambres de abejas ni formaciones de isla propias de otro tiempo. No obstante, también tiene lo suyo. Tanto, que necesitará más de un estreno.

Cuando yo estudiaba la oposición, estaba entusiasmada con un delito que me parecía propio de los tiempos de Mata Hari, a la que llegaba a imaginarme como “el español que sedujere tropa” -el delito de La Madelon, le llamaba mi compañera- para que cambiaran de bando y pasaran a las tropas sediciosas o separatistas. Eran otros tiempos y se trataba de los delitos contra la seguridad exterior del estado del Código anterior. Me dio pena –o más bien rabia- que no me tocara en el examen eso tan difícil con lo que me hubiera lucido de lo lindo y en su lugar tuviera que cantar el auxilio e inducción al suicidio y la riña tumultuaria, mucho más fáciles y, por tanto, como manda la paradoja del opositor, menos lucidos por estar al alcance de cualquiera. Pero los tiempos no cambian. Me cuenta una amiga jueza, más moderna  -en el sentido escalafonal, que a mi a modernez no me gana nadie- que yo, que ella sintió parecida sensación de frustración con los complícadísimos delitos contra la comunidad internacional del artículo 612. No obstante, no me quejo, y no solo porque aprobé sino también porque lo de la riña tumultuaria tiene su aquel, idéntico al del actual artículo 154 que, por la razón antedicha, se convirtió en uno de mis preferidos. Muy fan de los tumultos, sí señora.

Mi amiga jueza y yo no somos las únicas con experiencias similares. Me cuenta otra compañera que le tocó cantar todo el libro III, de las faltas, hoy desparecidos y que tantos buenos ratos nos dieron. Como quiera que soltaba de carrerilla una tras otra, el tribunal le dijo que no hiciera falta que las dijera todas. Pero es que había cosa muy chulas, como la de la suelta de animales domésticos, y aquella que, durante mucho tiempo, hablaba de una cantidad en ECUS para diferenciar entre el delito y la falta cuando esa moneda nunca llegó a tener virtualidad.

No podemos negar que el Código Penal nos ofrece momentos muy simpáticos, al menos cuando se ven a toro pasado. Me contaba una buena amiga los sudores fríos que le entraron cuando le hablaron, en su primera guardia, de que tenía que atender un delito de recepción. No sabía que iba a tener que recibir hasta qe se dio cuenta que se refería a la receptación del artículo 298. Aunque nada que hacer al lado de los famosos propágulos del artículo 332 –ponga usted un propágulo en su vida- o las no menos famosas radiaciones ionizantes del artículo 343, que una no es nadie hasta que no las ha probado

Pero no todo va a ser chanza, que hubo quien aprovechó el envite para recordarnos lo importante que es contar con un Derecho Penal democrático. Así, nuestra Ministra de Justicia y querida compañera fiscal Dolores Delgado nos remite a un clásico, el artículo 1 y su consagración del principio de legalidad, piedra angular de nuestro Derecho. Otro compi se refiere al artículo 5 –no hay pena sin dolo ni imprudencia-, otra de las patas del mismo banco y la puesta en práctica del dicho de que lo bueno si breve dos veces bueno. También el artículo 14 y su definición del error ha sido el elegido por más de una persona, y es que dar con las palabras adecuadas para explicarse es fundamental.

Y si de palabras hablamos, no podemos dejar de citar algunos casos curiosos, por defecto o por exceso, tal como me recuerdan otros compañeros y compañeras. De un lado, el artículo 13, con eso que parece una perogrullada al decir que son delitos graves los que la ley castiga con pena grave y que, si lo leemos con calma, dice más de lo que parece. Y en el otro lado del espectro, artículos que se convierten en verdaderos trabalengiuas, especialmente para el opositor cuando tiene que recitarlos, como los estragos del artículo 346, con una lista de cosas que se pueden dañar que ríase usted de  la de los Reyes Godos, aunque hayan quitado aquello de los caminos de hierro que tanto me gustaba.  Y, para complicado el artículo 31 bis, con un catálogo de medidas para las personas jurídicas delicuentes que ni el listín telefónico de antaño. Aunque el artículo 122, referente al partícipe a título lucrativo, es igual de complicado de entender en muchas menos palabras.

El otro trabalenguas pesadilla de cualquier estudiante es, sin duda, el artículo 270, relativo a la propiedad intelectual, que pareciera que quien redactó y buscó los verbos se la tenía jurada. Y, muy cerca de este, un precepto que dio lugar a una anécdota que me cuenta un querido amigo, el 273.3 que al castigar las infracciones relacionadas con la propiedad industrial dedica una parte a los dibujos industriales que nada nada tienen que ver con los dibujos animados. Dejemos a Mickey Mouse tranquilo.

Por supuesto, de lenguaje inclusivo ni hablamos. Todos los tipos están formulados en masculino, tanto para autor como para víctima, incluso esos pensados para una víctima mujer, como el caso de la mutilación genital femenina del artículo 149, redactado como “el que causare a otro”.

Por ultimo, una pequeña referencia a los artículos de difícil o imposible aplicación. Entre estos he encontrado uno, gracias a una compañera, del que me he hecho muy fan, el artículo 616 ter y su apoderamiento ilícito de aeronave. Mira que nosotros mirando entre los robos y ese precepto ahí, esperando que alguien le haga caso. Me recuerda en cierto modo lo de la piratería de súbdito no beligerante del Código del 73, que también molaba mucho.  Otro tanto le pasa al de los daños en cosa propia, el 289, que mira que siempre me ha hecho gracia y nunca lo he podido usar. Aunque también pensaba cuando estudiaba que no se aplicarían otros como el 605, homicidio al Jefe del estado, y ya hace tiempo que hubo un juicio por este delito, afortunadamente, en grado de tentativa.

Llega el momento del aplauso y me he dejado muchas cosas en el tintero. Así que lo dedicaré a quienes habéis hecho todas estas aportaciones y, si me dais el grito de “otro, otro”, las de un próximo estreno continuación de este. Salvo que compartáis la opinión de un tuitero que se limitó a decir que todos le parecían nauseabundos, como si del Pitufo Gruñón se tratara.

No se me olvida una ovación extra, la dedicada en este caso a mi hija Lucía, autora del dibujo que ilustra este estreno. Al césar lo que es del césar y a la dibujante lo que es de justicia.

 

Armas: las carga el diablo


ARMAS

Muchas veces hemos oído lo de que las armas las carga el diablo. Pero no menos veces hemos visto películas, obras de teatro o literarias donde las armas tienen un papel fundamental. ¿Qué sería de todo un género como el western sin armas que desenfundar? Ser el más rápido del Oeste equivalía a ser el mejor, el más eficaz, el héroe. Igual de héroe que los que protagonizan las películas de acción, o las de guerra, por descontado. Y sin olvidar la ciencia ficción, encabezada por la espada láser de toda la saga de La guerra de las galaxias o la fantasía, donde Excalibur era la reina absoluta. Incluso el humor tiene sus armas, que buena era para eso La escopeta nacional. Como también lo tiene el más terrible de los dramas y ahí está la sobrecogedora Johny cogió su fusil para demostrarlo.

Por desgracia, las armas han trasladado de la ficción a la realidad su relación con el mundo del cine cuando Charlton Heston, el inolvidable Ben-Hur, cambió la cuádriga por el rifle y creó una asociación para defenderlo. La verdad, lo prefería vestido de romano, con su toga y sus sandalias.

En nuestro teatro, las armas también tienen –o pueden tener- un protagonismo importante. Son el objeto específico de un delito, como es la tenencia ilícita de armas o su hermano mayor, el depósito y hasta el tráfico de armas y explosivos. Así a priori puede parecer que se trata de un delito que se ve poco en las trincheras de Toguilandia. Craso error. Todo el mundo con cierta experiencia en nuestro teatro hemos visto alguna vez tenencia de pistolas sin licencia o, algo que se puso de moda durante un tiempo, allá cuando yo empezaba a lucir toga y tacones, las escopetas de cañones recortados. Cualquiera que tuviera que preparar su examen práctico para ese tiempo –sí, existía examen práctico en la oposición- sabíamos que una escopeta de tenencia legal, recortados los cañones, era delito de tenencia ilícita de armas que, además, estaba en concurso real con el robo con intimidación en el pack del atraco a banco o similares. Por cierto, y como curiosidad gramatical, se calificaba de delito de tenencia ilícita de armas, así en plural, aunque tuvieran solo esa escopeta. Y la tenencia era de todos los partícipes en el atraco siempre que lo supieran, aunque físicamente no llevaran la escopeta todos a la vez. Es difícil imaginarse que portaran la escopeta en cuestión entre todos, como si se tratara de un paso de Semana Santa.

Por otro lado, y como quiera que las armas en nuestro país –por fortuna- no son de libre tenencia sino sujetas a requisitos administrativos, también existe la privación de su tenencia legal impuesta como pena. Aunque no es demasiado utilizada en la mayoría de delitos, hay en uno en el que sí es obligatoria, los delitos de lesiones y amenazas cometidos en el ámbito de la violencia de género, donde su imposición es obligatoria. Aunque, oh paradojas de la vida, no es obligatoria si lo que se ha cometido en el ámbito de la violencia de género es un asesinato –consumado o intentado-, unas lesiones graves o unas amenazas también graves. Esas incoherencias del Código que nunca hay tiempo de corregir y son de todo punto absurdas. Porque absurdo es que a quien le dé una bofetada a su mujer le impongan, además de otras, esa pena, y no ocurra otro tanto para quien le clava un hacha en la cabeza.

Por cierto, a este respecto diré que siempre me llamó la atención que a todo el mundo le traía sin cuidado esa pena salvo a los cazadores, que se ponen como la niña de El Exorcista si les hablan de conformarse con dicha pena. No obstante, y como dato, he de decir que muchos de los asesinatos que he visto en mi vida profesional se han cometido con escopetas totalmente legales. Algo para pensar.

Pero ¿qué son armas? Podría parafrasear a Bécquer y decir eso de “armas eres tú” pero no tendría demasiado sentido, salvo para decir que el concepto de armas no es tan inequívoco como a primera vista pudiera parecer. Todo el mundo tiene claro que cosas como una escopeta, un revólver o un fusil son armas, ya que se trata de armas de fuego, y que si su tenencia no está legalizada o tienen determinadas características, como el número de serie borrado, no son fetén. Pero no solo hay armas de fuego, las armas blancas ocupan gran parte de la práctica delincuencial, y también las armas prohibidas, e incluso las que no lo son en absoluto, como el cuchillo jamonero que ha sido el arma del delito de no pocos crímenes, especialmente si de género se trata.

Puñales, cuchillos, navajas y los ingeniosos pinchos carcelarios que se fabricaban en prisión emulando a McGyver son cosas que se incluyen entre las armas prohibidas, pero una nunca sabe donde está el límite entre el ilícito penal y el administrativo, y hasta impunidad. ¿O acaso no puedo tener la navaja que me trajo mi primo en su último viaje a Albacete? ¿O la navajita suiza multifunción con cortauñas y abrelatas incluido?

Como muestra de ello, contaré un caso real. El de una homicidio valiéndose de una katana que había estado siempre colgada encima del cabezal de la cama del autor. Nunca a nadie se le pasó por la cabeza que pudiera ser ilegal, y no lo era, en absoluto. Por eso ni se calificó ni se condenó por ello cuando se juzgó el homicidio cometido con semejante trasto del que, por cierto, su autor explicó que lavó y volvió a colgar en su sitio “porque quedaba muy bonito y le daba pena que no estuviera”. Verdad verdadera.

En cualquier caso, lo que no podemos negar es que, como dice el refranero, las armas las carga el diablo. Y por ello son tan peligrosos los sistemas como el norteamericano o las asociaciones como la del señor Heston -que podría seguir haciendo como en Moisés y limitarse a su vara, qué narices-, que faciliten sucesos tan horribles como los que hemos visto con mucha más frecuencia de la que quisiéramos.

Y ojo, que nadie dé alas a quienes propugnan cosas así, porque nos arriesgamos a encontrarnos en pleno Territorio Comanche. Si no, que se lo digan a un compañero que ayer mismo compartía vía Twitter lo que le había pasado. En el juzgado de guardia, le dijeron lo siguiente “Yo no quiero denunciar, solo quiero que el juzgado me autorice a llevar armas”. Pues no señor, las cosas no funcionan así, por suerte. Y, gracias Fernando, por prestarme tu anécdota.

No dispararé más por hoy. Eso sí, os pido que desenfundéis vuestros aplausos para dárselos, por una vez y sin que sirva de precedente, a nuestro sistema legal, que no permite que cualquiera pueda tener acceso a un arma y llevar a cabo las burradas que vemos en otros lugares del mundo.

Y una ovación extra, una vez más, para los alumnos y las alumnas de mi amiga Alicia, a cuya exposición de dibujos nunca hecha realidad pertenece la imagen que ilustra el estreno.

Acoso: más allá de la insistencia


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Muchas veces hemos leído noticias sobre estrellas acosadas por los fans. Mucho antes de que las redes sociales aparecieran en nuestro mundo, ya existían personas que hacían seguimientos y placajes a los famosos más allá de lo soportable. Y ahí está precisamente el límite entre la insistencia y el acoso, sea cual sea el nivel de admiración. Generalmente, se trata de personas desequilibradas pero, de no detectarlos a tiempo, las consecuencias pueden ser fatales, como tuvo ocasión de padecer John Lennon, asesinado por un fan descontento. También el acoso ha sido tema de muchas películas, como la angustiosa Atracción fatal o la no menos inquietante Mujer blanca soltera busca o, por descontado Acoso

Nuestro teatro contempla el acoso de diversas formas, e incluso en algunos casos no lo contempla o no lo hacía hasta hace poco. En cualquiera de los casos, lo que resulta realmente difícil es distinguir en cada caso el acoso de la insistencia, el ilícito penal de la simple pesadez, por cansino que resulte.

Pero empecemos por el principio. Aunque hoy todo el mundo habla de acoso sexual, o de acoso escolar o laboral con normalidad, no siempre fue así. Y había veces en que teníamos que hacer encaje de bolillos para incluir alguna de estas conductas en un tipo del Código Penal  sobre todo en las coacciones, ese cajón de sastre en que tantas cosas caben.

Contaré un ejemplo que me dejó marcada. Tanto, que quienes me conocen seguro que me han oído hablar de él, pero se tendrán que aguantar. Creo que vale la pena por lo gráfico. Se trataba de un tipo que estaba tan obsesionado -él lo llamaba “enamorado”- de una chica que la seguía a todas partes, y, con frecuencia, se plantaba en el portal de su casa con un ramo de flores o recitando poesías a voz en grito. La muchacha en cuestión apenas lo conocía y no quería saber nada de él, ni nunca tuvieron relación alguna, no obstante lo cual él se refería a ella, ante quien quisiera o no quisiera escucharle, como “el amor de mi vida”. Cuando la chica lo contaba, se encontraba con mucha incomprensión, incluso con gente que le decía que no sabía por qué se quejaba de gestos tan románticos. Es posible que por esa razón, unida a que el acoso por aquel entonces no era delito como tal, no adoptaran ninguna medida cautelar cuando ella, que ya no podía más, le denunció. La cosa llegó a tal punto que, incluso después de haber sido imputado -entonces no se llamaba “investigado”- el tipo traspasó todos los límites. Y hete tú aquí cómo la chica, que aspiraba a ser médica, cuando comenzó su examen de MIR, le vio haciendo aspavientos por la ventana. Ni que decir tiene que ella no pudo seguir con la prueba del ataque de ansiedad, pero al menos esa vez le hicieron caso y el presunto enamorado acabó, primero, con el requerimiento por parte del juez de que cesara en su actitud -tampoco había autos de alejamiento entonces- y, finalmente, tras reiterados incumplimientos, con el ingreso en prisión por el delito de desobediencia y de coacciones, vestido jurídico que se le pudo dar a esa conducta tan grave que llegó a perjudicar el futuro de ella. Por cierto, ignoro si después aprobaría, pero se lo deseo de corazón. Ojalá supiera que me lee con su bata y con su fonen.

Ahora vayamos al otro extremo, al simple pesado. De esos veo con frecuencia, pero me quedo con uno que tuvimos en el juzgado de guardia hace apenas unos días. El tipo había quebrantado el alejamiento, razón por la que estaba detenido. Pues bien, cuando le repetíamos en que no se podía acercar a ella, él insistía, inasequible al desaliento, que ella no sabía lo que quería, y decía que no quería estar con él, pero la realidad es que lo deseaba con todas sus fuerzas. La verdad es que el hombre estaba tan convencido que solo la alusión a la posibilidad de ir a Picassent -localidad de nuestra prisión más cercana- le hizo cejar de su actitud. Espero no verlo de nuevo y tener que cumplir mis amables advertencias de que a la siguiente ingresaría en prisión. Y no por él ni por mí sino, sobre todo, por ella.

He de aclarar que, en principio, nuestro Código Penal solo contemplaba el acoso sexual en el ámbito laboral o en algunos otros como el penitenciario pero, por el contrario a lo que pensaba la gente, solo cabía cuando existía una relación de superioridad entre quien acosa y quien es acosada o acosado, no entre compañeros, aunque una reforma posterior lo cambió. Y, lo más importante, que se trataba de casos de solicitud sexual, esto es, que también quedaban fuera cosas como decir obscenidades a la secretaria o arrimarse demasiado, salvo que traspasar la línea roja y entrara en el terreno del abuso sexual.

No fue hasta 2015 cuando se reguló específicamente el acoso como tal, que pueden ser miles de llamadas telefónicas, mensajes de whatsapp o cualquier otra aplicación o red social, seguimientos o, como el angelito del primer ejemplo, plantarse en su portal o en cualquier otro sitio aunque sea para llevar flores o recitar poemas. Hasta entonces, como he dicho, usábamos el delito genérico de las coacciones y muchas cosas se nos quedaban entre las zonas oscuras de los tipos penales, llegando a resbalar por los bordes de la impunidad. En este nuevo delito, cabe el ciberacoso, sin duda, pero también el acoso de toda la vida, el de perseguir a alguien hasta hacerle la vida imposible o controlarla hasta no dejarla vivir. Y, por los susceptibles, tanto las víctimas como los autores pueden pertencer a ambos sexos, y no es preciso que exista o haya existido relación entre ellos. Como el del ejemplo, vaya.

Otro tanto cabe decir del acoso escolar, en relación a los vericuetos jurídicos por los que ha tenido que transcurrir. Y, si es grave el anterior, este puede ser demoledor, a la vista de la edad de las personas implicadas y de las graves consecuencias en su desarrollo y hasta en su vida porque, en más de una ocasión, han llevado al acosado al suicidio. Por eso algún día retomaremos el tema en un estreno dedicado solo a eso. Palabra de toguitaconada.

Solo queda el aplauso. Y juro que no consideraré acosadores, ni siquiera pesados, a quienes lo deis muy fuerte, una vez más, a las personas que cada día toman las decisiones más difíciles del Derecho Penal.: las que establecen el límite entre la libertad y la falta de la misma, la prisión. Algo tan delicado eue solo es posible imaginarlo si se ha vivido

Y por supuesto, una vez más, el agradecimiento para @madebycarol2 autora de la ilustración que mejora, sin duda alguna, este estreno