Constitución: feliz cumpleaños


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Ya hemos comentado más de una vez que al mundo del espectáculo le gusta celebrar aniversarios y efemérides varias. Cualquier excusa es buena para ponerse de tiros largos y posar en el photocall, aprovechando, si surge, para promocionar el próximo estreno. Y hasta lo emplea en sus propios títulos, como El aniversario, Feliz aniversario o, simplemente, Celebración.

También nuestro escenario tiene sus efemérides. Y aunque las hay más o menos importantes, hay una que no podemos pasar por alto: el 40 aniversario de nuestra Constitución. Que coincide, por buscarle una pareja cinematográfica, con el de Grease, el musical que nos marcó a toda una generación.

Me vais a perdonar si me pongo un poco en modo abuela cebolleta, que una tiene sus años y, además de canas y arrugas -y veteranía , por supuesto- alguna ventaja me tenía que dar. Imaginadme, para haceros una idea, como María, la hermana pequeña de Cuéntame, que a veces creo que mi madre  les prestó fotos mías para vestirla igual.

Cuando yo nací no había Constitución. Era muy niña cuando se aprobó, tanto que apenas recuerdo poco más que el hecho de que en la tele estaban pesadísimos. He de confesar que, en esa época, me parecían bastante más importantes Olivia Newton John y John Travolta y su Happy end en aquel Instituto Ryder al que me hubiera encantado ir, porque no hacían otra cosa que bailar y cantar y ponerse estupendos modelitos y no había una sola escena que estuvieran dando clase o haciendo exámenes.

Con  el tiempo, la balanza de la importancia fue inclinándose a favor de la Constitución en contra de Olivia y John y sus gorgoritos. Una se hace mayor, aunque también he de confesar que no me pierdo ninguna reposición de Grease y que salgo a la pista como una posesa si en una verbena o una boda suenan los acordes del “Tell me more” o del acachudermotuplayer. Pero ya hace tiempo que perdí mi álbum y mis carpetas forradas de escenas de Grease y, sin embargo, conservo como oro en paño el primer ejemplar de la Constitución, que me dieron en el colegio por cortesía del Ayuntamiento, y el primero que tuvo mi padre, ese con fondo ocre que he visto en más de un nostálgico tuit,  como el de la compañera que me ha prestado la imagen.

La cuestión es que, por suerte para mí, crecí como si el hecho de tener una Constitución fuera normal, sin acabar de ser consciente de que durante los cuarenta años anteriores no lo había sido en absoluto. Conforme me fui haciendo adulta, empecé a ser consciente de ello, y, cuando me decidí a encaminar mis pasos hacia Toguilandia, tuve, además, que estudiarlo. Por supuesto, el día que me puse mi toga y mis tacones por vez primera, me sabía a pies juntillas la Constitución enterita, incluidos esos enormes artículos 148 y 149 sobre las competencias del Estado y de las Comunidades Autónomas a los que tanto debo, ya que me salió ese tema en el examen y creo que fue la clave no solo para aprobar sino para hacerlo con buena  nota. Y la verdad es que les debía un homenaje al estilo de Lola Flores, que siempre decía eso de su público, al que tanto quiero y al que tanto debo.

También he de decir que fue una buena inversión. Además del impagable aprobado, con su pasaporte a Toguilandia incluido, es una de las pocas materias que no han cambiado casi, apenas un par de retoques que cabrían en un folio de las famosas actualizaciones de los apuntes.

Eso me lleva a la pregunta seria de este estreno, que cualquier peli que se precie tiene que tener un mensaje. ¿Hace falta reformar la Constitución? ¿Necesita una buena capa de chapa y pintura, como cualquier edificio por bien construido que esté?. No contesten ahora, háganlo al final del post.

Es cierto que todos los partidos coinciden en que algo hay que reformar, aunque en lo que no coincidan tanto es en el qué. Yo le daría una vueltita al lenguaje, que sonara un poco más inclusivo. Eso de que el término “mujer” solo salga dos veces, y sea para decir que será preferido el varón sobre la mujer en la sucesión del trono, me chirría. Y creo que también le chirría al propio texto y a su artículo 14, que proclama la igualdad.

También retocaría alguna que otra cosita, aunque voy a dejarlas a la imaginación de cada cual para mantener el suspense. Creo que ya ha pasado suficiente tiempo para que podamos revisarla sin complejos, aunque no creo que llegara a desgastar la punta de mi lápiz rojo.

Eso sí, a quienes daría un toque, y no un retoque, sería a quienes se empeñan en patrimonializar la Constitución para sí, declarándose constitucionalistas a machamartillo y arrogándose la pertenencia de un texto que pertenece a todo el mundo. No quisiera que pasase como con la bandera, que ha acabado por identificarse con determinada tendencia aunque no debiera ser así. Y, de paso, recordaría que la Constitución tiene más de un artículo, que a veces parecen olvidarlo.

Si me dan a elegir, me quedo con toda la parte dedicada a los derechos fundamentales, porque creo que ahí late nuestra esencia. Aunque no puedo por menos que mostrar mi debilidad por el título relativo al poder judicial y, en concreto, a ese artículo 124 dedicado al Ministerio Fiscal. Cosas de la fiscalita que llevo dentro, y que no me perdonaría si no dijese.

Así que este es el The End de este estreno. Ahora, que cada cual decida si hace falta una reforma y dónde. Mientras tanto, mi aplauso es para nuestra Constitución y por quienes, desde sus distintos puestos, hacen cada día que se cumpla. Feliz aniversario.

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Guardias: en bucle


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Pocas veces una película ha descrito una sensación mejor que Atrapados en el tiempo.  El famoso Dia de la Marmota se ha convertido en un clásico para aludir a esa sensación de encontrarse por enésima vez en el mismo lugar haciendo la misma cosa. En bucle. Si estuviéramos en Casablanca, a buen seguro que mandaríamos a Sam al guano y le suplicaríamos que no la tocara otra vez.

Pero nuestro teatro dista mucho del escenario de esa ciudad y quienes lo habitamos no somos Humphrey Bogart ni Ingrid Bergman, así que no hay pianista a quien pedirle nada. A nuestro pianista, quien quiera que sea el encargado de marcar la melodía de Toguilandia, solo le podemos pedir una cosa: si hemos de hacer algo, que sea en unas condiciones dignas.

Ya dediqué un estreno, en los inicios de este blog, al Juzgado de Guardia. Por eso no me extenderé en machacar sobre la importancia de las cosas que allí se hacen. Pero, llegado este momento, contaré más bien cómo se hacen -o cómo no se hacen- y cómo se debieran hacer.

Cuando pienso en las guardias, siempre recuerdo a una compañera, que contaba que su hija, preguntada en el cole por el trabajo de su mamá, dijo “no sé, siempre trabaja en la guardia”. Ninguna de sus amiguitas acertó sobre cuál era el trabajo de su madre, de inmediato lo relacionaban con ser médico o policía. Y debe ser por eso, porque se conoce poco, por lo que pasa lo que pasa.

El hecho de estar de guardia marca los tiempos de nuestras vidas como nadie que no esté en el ajo podría hacerse idea. Cuando mi hija era pequeña, un día me dijo muy seria que había descubierto la causa de la violencia de género. Ante tan singular anuncio, me dispuse a prestar orejas a lo que tuviera que decirme, no fuera a ser que una niña de 8 años hubiera dado con la fórmula que llevamos tanto tiempo buscando. Totalmente convencida, aseguró que “los malos maltratan el día que estás de guardia, porque saben que tengo examen, para que no puedas ayudarme a estudiar y suspenda”. A punto estuve de hablar con su profe para que cuadrara los exámenes con mis guardias, a ver si tenía razón. No hubo suerte, claro está, pero sirva esta anécdota para comprobar la incidencia en nuestras vidas de ese hecho repetitivo de “estar de guardia”.

Aunque la gente no lo crea, en Toguilandia hay más modalidades de guardia que canciones en un musical. En las ciudades grandes hay guardias de 24/48 horas en los juzgados de instrucción, a las que se suman las guardias de Menores y de Violencia de Género -generalmente, de 3 días-, y la guardia de delitos leves -antigua guardia de faltas-. En el resto de partidos judiciales, las guardias son de una semana seguida, a la que se suma el famoso octavo día, dedicado a juicios rápidos sin detenido. Ese es el esquema básico, con todas las variantes posible, para juzgados.

En cuanto a Fiscalía, las modalidades se multiplican hasta el infinito. Salvo en el caso de Juzgados de Instrucción de grandes capitales, en que hay un fiscal por juzgado, la mayoría de partidos comparten fiscal con otro u otros juzgados, lo que hace imposible el esquema de que el fiscal haga la guardia del juzgado al que está adscrito. Así que se agrupan como se puede, y se gestionan por semanas. Tanto en el caso de jueces, como de fiscales o LAJ, una semana entera con disponibilidad las 24 horas del día, con una periodicidad que va desde una cada dos semanas, hasta una al mes más o menos -salvo en partidos judiciales de un solo juzgado, de guardia siempre-. Y, aunque mi madre siempre me dijo que estaba feo hablar de dinero, desobedezco sus consejos para contar que ese tiempo está pagado a razón de cantidades que a veces no llegan a 1 euro la hora. O sea, que ni siquiera da para pagar a alguien que cuide a nuestras criaturas mientras.  Además se cobra a unos tres meses vista, con suerte.

A todo esto hay que añadir que, tras la supresión de los sustitutos para estas cosas, por más que estés de vacaciones, hay que volver a hacer la guardia y seguir con las vacaciones después, con lo que es difícil encadenar más de 10 días de vacaciones seguidos, lo que hace imposible la necesaria desconexión. Tampoco se cuentan los fines de semana trabajados a efectos de vacaciones, así que en cómputo global, trabajamos más días al año, sin que ello se compense con días de vacaciones o libranza, salvo los arrancados a golpe de recurso y con una interpretación restrictiva.

Y una cosa más. El servicio en los juzgados de violencia sobre la mujer -salvo los de Madrid, Barcelona, Sevilla y Valencia, por tener cuatro o más juzgados- no se retribuyen, aunque se atiendan detenidos y otras cosas exactamente igual. Eso sí, no atienden por la tarde ni en fin de semana porque el legislador ha decidido que la especialización para la mayoría de partidos judiciales solo exista en horario de oficina.

No me olvido de los letrados y letradas. Confieso que soy incapaz de comprender, y menos transcribir, los diferentes sistemas que, según Colegios, utilizan para distribuir las guardias. Pero lo bien cierto es que van como pollos sin cabeza de comisaría a juzgados -a veces con muchos kilómetros de distancia- y no solo el día que teóricamente están de guardia, sino que cotinuan el día siguiente -o los días- para solventar los famosos flecos de la guardia, tantos que acaban pareciendo el mantón de Manila  de las chulapas de Don Hilarión. El detenido de ayer al que se toma declaración hoy, la víctima que no encontraron y de pronto aparece, la diligencia que quedó pendiente… Y todo eso al módico precio de alrededor de 3 euros la hora, que se cobrarán cuando los sapos bailen flamenco, día arriba, día abajo

Así estamos y así seguimos. Porque parece que decidir sobre la libertad de una persona, o sobre cómo proteger a una víctima, no está suficientemente valorado por quien tendría que hacerlo.

La idea de este estreno me surgió a raíz de un tuit de una compañera, que se quejaba amargamente de que pasaría las navidades completas, por segundo año consecutivo, a muchos kilómetros de su pareja y su familia por gentileza del servicio de guardia. Tampoco yo sé a qué hora tomaré el cocido de Navidad ni si lo haré por la misma razón, aunque, con todo, sea una privilegiada que, tras 26 años de carrera “solo” tengo hipotecados 1 de cada 7 días laborables y 1 de cada 7 fines de semana.

Las guardias son necesarias, sin duda. Son el modo de cumplir con el derecho a la tutela judicial efectiva que consagra como un derecho nuestra Constitución. Precisamente por eso, deberían ser reguladas y retribuidas de un modo digno y razonable.

Por todo eso, mi aplauso es hoy para quienes siguen hipotecando horas de su vida en un juzgado de guardia en pro de una justicia que no siempre es justa con quienes la administramos. Buena guardia.

Dichos: a hacer puñetas


hasta luego mari carmen

Los dichos populares pueden ser un verdadero filón para el cine y el teatro. Tanto los que viene de toda la vida como los que van tomando cuerpo desde los propios escenarios, impregnan obras y hasta copan títulos, incluso haciendo juegos de palabras más o menos ingeniosos. Aquí no hay quien viva o algunos títulos de la época de los 70 del cine español como La Lola nos lleva al huerto o Los extremeños se tocan, dan buena cuenta de ello. Aunque en otros casos, son desde el propio cine desde donde se trasladan a la vida real. O acaso no hemos dicho nunca eso de “Hasta el infinito, y más allá”, “Más madera” o “…y dos huevos fritos”? Seguro que sí

Aunque no lo parezca, somos tan proclives a estos dichos como cualquier otro ámbito de la vida. Ya hablamos en otro estreno de las frases hechas pero tal vez es el momento de darle otra vuelta. Porque, como en botica, hay de todo. Y ya se sabe que para gustos hay colores.

Algunos de estos dichos son aplicables a nuestro propio modo de funcionar. El Visteme despacio, que tengo prisa, es un buen consejo para cualquier asunto complejo que tengamos que acometer. Y eso de En casa del herrero, cuchara de palo, algo que nos pasa a diario, cuando por ejemplo hemos de decidir sobre los derechos laborales de la gente y no  logramos que reconozcan los nuestros.

La violencia de género también tiene lo suyo, y aunque haya quien no lo crea, todavía hay gente que nos dice eso de que Los que se pegan se quieren o su versión más cruda, Me pega porque me quiere. Yo reconozco que si algún investigado me sale con esas, tengo unas ganas enormes de decirle que No me toque las palmas que me conozco, pero prefiero quedarme callada y aplicarme lo de que a palabras necias oidos sordos.

Incluso la jurisprudencia tiene su propio dicho popular. Tanto vale lo de que Más sabe el diablo por viejo que por diablo, como que todos hemos sido cocineros antes que frailes,aunque no hayamos tocado un fogón ni vestido hábito en la vida. Porque de todo el mundo es sabido que el hábito no hace al monje. Hasta se puede alegar la necesidad de especialización acudiendo al tan conocido Zapatero a tus zapatos, lo contrario de valer igual para un roto que para un descosido o que ser aprendiz de todo y oficial de nada.

Los enfrentamientos dialécticos en juicio también dan para alguno que otro de estos dichos.  Siempre podemos aplicar aquello de Al enemigo ni agua para no descubrir antes de tiempo nuestra estrategia procesal, y pedir Más madera cuando hemos decidido sacar toda la artillería pesada. Y si las cosas no salen como una espera, ya sabemos, Más se perdió en Roma. Aunque, cuando llegan a términos inaguantables, bien podría sustituirse el puñetazo en la mesa, que nunca queda fino, por un dicho muy de mi tierra, Hasta aquí llegó la riada.

¿Y que hacer cuando no sabemos cómo comportarnos ante un imprevisto? Pues está claro, si vas a Roma, haz como los romanos, y no olvides que en Derecho todo es discutible porque todos los caminos conducen a Roma.

Lo que no me gusta nada es prejuzgar por las apariencias. Ya sabemos que las apariencias engañan, y eso de la mujer del César debería desterrarse de una vez de nuestro vocabulario. La mujer del César puede hacer lo que le venga en gana, que es el comportamiento del César el que importa. Pero a veces, hay que callarse, que hay quine vale más por sus silencios que por sus palabras. O vayamos a pasarnos de listillos, que seguro que alguien nos sale con lo de consejos vendo que para mí no tengo. Que se pilla antes a un mentiroso que a un cojo.

Para acabar, un dicho que se ajusta como un guante al Ministerio Fiscal. Eso de ser como la tripa de Jorge, que se estira y se encoge -versión castiza del Mc Gyver que hace un telescopio con un chicle y una goma del pelo-. Porque para todo nos llaman, alegando que igual valemos para un roto que para un descosido.

Así que ahí queda eso. Me iba a despedir con un Hasta luego Lucas propio de los tiempos de Chiquito de la Calzada, pero habré de optar para que no me digan que tengo más años que las cuevas de Altamira, por un mucho más moderno Hasta luego Maricarmen.

Solo me queda el aplauso, que hoy va dedicado a quienes me leen, con un abrazo extra.Que es de bien nacida ser agradecida

Gritos: más que un desahogo


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La voz es uno de los instrumentos principales de actrices y actores. Que se lo digan si no a quienes vieron sus carreras truncadas por el advenimiento del cine sonoro, como nos contaban -y cantaban- en Cantando bajo la lluvia. Hay que dominarla, modularla, y emplearla siempre en el tono correcto. Pero a veces es inevitable alzar la voz para que se nos escuche, aunque sean Los gritos del silencio. Y el cine nos lo dice muchas veces: Grita libertad. Ningún grito como el de la protagonista de Psicosis, sin duda el grito cinemtatográfico por antonomasia

En nuestro teatro, dominado por los formalismos, parece que los gritos tienen poca cabida. Pero a veces las cosas se salen de madre y los decibelios suben, tanto a uno como a otro lado de estrados.

Quienes habitamos Toguilandia nos hemos visto a veces sorprendidos por los gritos que llegan desde la calle, desde el Juzgado de guardia o desde la sala vecina. Y, como quiera que somos humanos, no podemos evitar el efecto curiosidad para saber rápidamente qué ha pasado. Eso me ocurría hace apenas unos días en una sala de vistas, mientras celebraba un jurado y nos vimos sorprendidos por la algarabía que salía de detrás de los pasillos. En otra de las salas, se armó un jaleo de padre y muy señor mío, que acabó teniendo que recurrir, incluso, a los propios guardias civiles que teníamos en nuestra sala. Por fortuna, la sangre no llegó al río y en pocos minutos ya se restableció el orden, y cada mochuelo a su olivo.

Los gritos pueden tener muy variadas procedencias. Cuando estaba en mi primer destino, la ventana daba al lugar donde se celebraban las bodas, y me veía frecuentemente amenizada por gritos de Vivan los novios. Menos mal que aún no tomaron carta de naturaleza los bautizos civiles, que si no me veo en breve escuchando eso de “padrino roñoso” si no reparte caramelos o monedas como está mandado.

Cada vez más frecuente es, también, ver alterado mi trabajo diario por gritos de protesta. Y es que hay tantas cosas por las que protestar que no damos abasto. Desde la reclamación de condiciones laborales del personal, hasta quejas más o menos airadas por el funcionamiento de la Justicia. Lo hemos visto, cómo no, respecto de la sentencia de “La Manada”, a raíz de la cual se montaron protestas en sedes judiciales, aunque no tuviéramos nada que ver con quienes dictaron la sentencia. Un modo de mostrar el desacuerdo con una resolución judicial al que nos tendremos que acostumbrar, nos guste o no. La ciudadanía tiene derecho a mostrar su descontento, siempre que lo haga dentro de los límites del respeto.

Otras veces los gritos obedecen a cosas más personales. Todo el mundo que frecuente un juzgado de guardia se habrá visto en el caso de tener a toda la familia del investigado en la puerta, montando a veces un escándalo de proporciones considerables. Confieso haber huido como una cobarde sobre mis tacones fingiendo que no sabía nada mientras gritaban contra el fiscal que había pedido la prisión de su padre/madre/hijo/primo/hermana/novio, y cruzando los dedos para que no supieran que aquel fiscal malo malísimo no era otro que yo misma.

Otro tipo de gritos nos salen de lo más profundo de las entrañas sin poder evitarlo. Esas veces en que, tras una hora en conectarse, el ordenador se apaga, cuando la ruedita no deja de girar, cuando te entra la enésima causa con preso el día que te vas de vacaciones, cuando te asignan unos juicios sorpresa de varios días o cuando aparecen en el despacho, a la vez, tropemil procedimientos  esperando ser calificados. Imagino también a los letrados con ganas de tirarse al tren cuando les coinciden varios señalamientos o cuando, sin ningún miramiento, tiramos de ellos exigiéndoles que estén a la vez en uno y otro juzgado. Ya he contado más de una vez mi habilidad como roba-letrados, pero cualquier día aparecerá algún abogado o abogada partido por la mitad como el niño del juicio de Salomón. Y no dirán que no se lo advertí. A mí, que me registren.

De un tiempo a esta parte, y desde hace mucho más del que quisiéramos, nuestros gritos van encaminados a decir basta, a gritar que necesitamos medios y unas condiciones dignas para trabajar, que merecemos, en suma, una justicia de calidad. Tal vez la diferencia es que antes no salíamos a la calle y ahora sí lo hacemos. Y tendremos que seguir haciéndolo, visto lo visto -que no es lo mismo que visto para sentencia-

También tendremos que seguir gritando por todas aquellas injusticias a las que no se pone remedio. Con la Violencia de género a la cabeza, que ya hemos comprobado que los minutos de silencio sirven de poco si no van acompañados de acciones efectivas.

Por eso, hoy el aplauso es para quienes no se callan cuando deben gritar. Porque a veces es más que necesario alzar la voz

 

Más violencia de género: gritemos


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Un año más, a punto de conmemorar el día para la eliminación de la violencia de género, mi toga, mis tacones y yo nos vestimos de violeta para hacer un pequeño homenaje a todas las víctimas en forma de relato

Relato seleccionado en la antología Cuentos de las estaciones, de Valencia Escribe

ESMALTE DE UÑAS ROJO

 

– El verano no empieza hasta que una se pinta de rojo las uñas de los pies

Con esta frase, mi madre se cargaba de un plumazo las teorías de físicos y meteorólogos acerca de la llegada del verano. Para ella, el momento llegaba cuando se ponía sus sandalias y lucía su esmalte impecable de color carmín. Daba igual que fuera 21 de junio o no. Ese era el momento.

Y desde niña, también lo fue para mí. Desde que tuve uso de razón, le pedía que me pintara a mí mis uñitas, y me metía con ella orgullosa en un autobús atestado que nos llevaba a la playa, un día tras otro, cada verano.

Sombrilla, silla plegable y neverita potátil con fiambrera se venían con nosotras en inverosímil equilibrio en el pasillo del autobús. Y lo peor, la vuelta, cansadas, llenas de arena y con mi bañador de flores todavía húmedo, llegábamos a casa ansiosas por una ducha.

 

-Ojala tuviéramos una casa en la playa para no tener que coger el autobús.

 

Al año siguiente, mis deseos se hicieron realidad. Mi madre se casó con un hombre que, entre otras muchas cosas, tenía una casa en la playa. Se acabaron los viajes en autobús con sombrilla, silla plegable y neverita portátil con fiambrera. Ella y yo paseábamos en chanclas con nuestras uñas pintadas de rojo, que podíamos enjuagarnos en nuestra propia ducha junto a la piscina de nuestra casa de la playa.

Después de ése, ya no recuerdo más veranos. Ibamos a la casa de la playa y, aunque continuábamos sin tener que transportar nuestros enseres playeros en atestados autobuses, ya no volvió a pintarse las uñas de los pies. Ni tampoco el carmín en los labios. Y, con el pintalabios, se esfumó su sonrisa.

Llegué a añorar el autobús, la silla plegable y la neverita con la fiambrera. Pero sobre todo, añoraba la risa de mi madre mientras me pintaba las uñas de los pies a juego con las suyas y decía que ya había llegado el verano.

El le robó los veranos. Y los inviernos, y los otoños y las primaveras. Yo no sabía muy bien qué pasaba, hasta que un día la oí gritar, y luego suplicar llorando

-Que no nos oiga la niña

Mi madre ya no se pintaba las uñs de los pies, pero siempre llevaba gafas de sol. Debajo escondía la tristeza y, a veces, los moratones. Una y mil veces le quise decir que ella no era una inútil, que ella no era una zorra, que no era cierto que no sirviera para nada. Pero una y mil veces mi madre me tapó la boca.

Llegué a la adolescencia, y seguía sin haber verano. Hasta aquel día. La casa de la playa estaba rodeada de policías, y alguien se empeñaba en que yo no mirara. Pero miré.

Por la puerta sacaban una camilla cubierta con una sábana. No se ditinguía su cara. Pero yo sabía quién era. Por el borde de la sábana se asomaban unos pies con las uñas esmaltadas de rojo.

Supe entones que mi madre había dicho basta. Que había decidido marcharse y recuperar su propia vida y que él, incapaz de soportarlo, le había clavado el cuchillo con el que nos cortaba jamón de Jabugo en tiras finas.

Me lo contó una policía, pero no hubiera hecho falta. Lo supe en cuanto ví asomar sus uñas por debajo de la sábana.

Aborrecí el verano para siempre. Un verano que nunca llegaba, porque no había uñas de los pies esmaltadas de rojo.

Hasta hoy. Porque hoy he entrado en una droguería y me he comprado el esmalte rojo más caro que había. El no me robaría a mí también el verano. Se lo debía a ella.

Hoy me he ido a la playa con mi sombrilla, mi silla plegable y mi neverita con una fiambrera. En el autobús, me miro los pies que, encima de las chanclas, resplandecen con su esmalte de uñas rojo.

En el chiringuito, me pido un plato de jamón de Jabugo cortado en finas tiras. Lo tiro al suelo y lo pisoteo con mis dedos de los pies con sus uñas esmaltadas de rojo.

El dueño, cómo no, me mira con extrañeza. Pero entonces es cuando sé que, por fin, ha vuelto el verano.

Twitter: togas en red


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Mucho han cambiado las cosas desde que las películas y las obras se anunciaban con carteles y octavillas repartidas por la calle. Hoy en día, las redes sociales han sustituido a las octavillas, y los carteles se hacen con ordenar y se insertan en esas mismas redes. Sin una adecuada comunicación, la mejor de las obras puede irse al garete por falta de espectadores. Ya no estamos en los tiempos de Cinema Paradiso, sino más bien en las de cualquier epopeya futurista, y hasta esas cosas que parecían anticipar películas como La red han quedado totalmente desfasadas.

Nuestro teatro, con sus cortinajes de terciopelo y su parafernalia, parece más amigo de las octavillas que de las redes sociales y, como ya dijimos en un estreno, las redes todavía son un potencial a descubrir, aunque poco a poco vayamos incorporándonos al invento y, en particular, vayamos subiéndonos a lomos del pajarito azul.

No pretendo hacer aquí un estudio pormenorizado de nuestro comportamiento en redes, con estadísticas y todo. Eso lo dejo para otros estudios más jurídicos  y sesudos. Pero sí unos comentarios toguitaconados de lo que hacemos y lo que no, de lo que tenemos y lo que nos falta. Un balance en el que me temo mucho que todavía gana el debe sobre el haber. Espero que al echar el telón de este estreno tengamos las cosas al menos un poco más claras.

Vayamos por partes. Lo primero que es necesario diferenciar es la actuación en redes de las instituciones y las asociaciones de las de los particulares que ponemos una toga al pajarito azul.

En cuanto a las instituciones oficiales relacionadas con la Justicia, hay que reconocer que no son el colmo de la modernidad. La Fiscalía General del Estado fue la última en incorporarse a este mundo virtual, y lo hizo hace menos de un año. El Centro de Estudios Jurídicos -el equivalente a la Escuela Judicial para fiscales, LAJs y médicos forenses, entre otros- ya lo había hecho antes, y hay que reconocerle al menos la voluntad de animarnos a usar estos instrumentos en cada comunicación que nos envía. Algo es algo. Porque si miramos la cuenta de twitter del Consejo Fiscal, seguro que creemos que hemos viajado en el coche de Regreso al futuro: su último trino data de septiembre de 2016 nada menos.

Un poco mejor lo llevan las cuentas relacionadas con la carrera judicial. La mayoría de los Tribunales Superiores de Justicia tiene su propia cuenta de twitter, como también la tiene el propio Consejo General del Poder Judicial y la Escuela Judicial. Unas cuentas muy profesionales, muy serias y muy institucionales, que pueden llevarse al día gracias a la existencia de gabinetes de comunicación de los que carecemos el resto. No obstante, en uno y otro caso, estas cuentas me recuerdan bastante al NO DO. No inauguramos pantanos, pero sí anunciamos cursos, visitas o leyes, con foto incluida. Cumplen su función, pero no dejan de ser cuentas-BOE, lejos del mecanismo común y de la espontaneidad y frescura de la red social.

Por lo que respecta a las cuentas de asociaciones judiciales, de la carrera fiscal y de LAJs -de médicos forenses no encontré nada-, hay de todo, como en botica. Desde cuentas con tropemil seguidores, hasta cuentas con un número tan discreto de ellos que cuesta creer que sea una asociación. Pero hay que entender que no hay más CM que uno o varios asociados voluntariosos, y el tiempo da para lo que da.

Algo muy distinto son las cuentas individuales de quienes se identifican como jueces, fiscales, LAJs, abogados, procuradores, notarios – o sus equivalentes femeninos-, y un enorme ectéctera. Sin duda alguna, quienes llevan togas sin puñetas nos ganan por goleada, por un lado, y quienes no llevan toga también. El número de jueces y fiscales tuiteros y tuiteras se podía contar hasta hace poco con los dedos de una mano, aunque parece que últimamente podemos sumar  las dos manos y hasta los pies. Pero no mucho más. Si de estos restamos a quienes no se identifican con su propio nombre, la cosa se reduce. Ya hablé en su día del anonimato -o el pseudoanonimato del que habla @adsuara- como una opción personal, que respeto aunque no comparta. Eso que uno de ellos llama el economato, emulando a Gomaespuma, en un giro genial. Es más, en los últimos tiempos he sido testigo de cómo una de esas cuentas se transformaba y venía hacia la luz, como la Carolyn de Poltergeist, y arrumbaba a su sosias tuitera para tuitear con su propio nombre.

No voy a citar nombres, ni nicks de cuentas. Seguro que me dejaba alguna, y no está la cosa como para ganarse enemigos ni crear agravios. Pero a buen seguro que la mayoría de gente que transita por los dominios del pajarito azul sabe a quiénes me refiero.

Sin ningún género de dudas, voy a romper una lanza por todos esos profesionales de la toga que se arremangan las puñetas para entrar en los dominios del pajarito azul. Creo que es muy importante dar una sensación de cercanía a la ciudadanía, y que es un buen instrumento para ello. Entrar en twitter supone salir de la torre de marfil y, por qué no decirlo, llevarse algún disgusto. Hay quien entiende que tener en tu perfil o en tu bio un par de puñetas te convierte en oficina de denuncias ambulantes, y en depositaria y representante de todos los males que asolan la justicia. A veces, es como hacer de puching ball. Llega el ciudadano descontento, y te acusa a ti, que pululas con tu cuenta por la red, de no señalar a tiempo, de lo podrida que está la justicia, de que somos machistas o de que somos feministas -hay críticas en ambos sentidos- o de que a su cuñado no le dieron la razón en un accidente de tráfico. Da igual, quienes buscan un culpable, tienen un blanco fácil. Sobre todo, porque tenemos difícil contestar sin saltarnos nuestros estatutos y el sentido común, aunque más de una vez cueste morderse los dedos.

Pero, por supuesto, hay una parte positiva, y debería valorarse más de lo que se hace. Además de dar una sensación de cercanía, muchos toguituiteros y toguituiteras usan la red para contar en qué consiste nuestro trabajo, para reinvindicar por las carencias, para explicar instituciones jurídicas de difícil comprensión o para dar una opinión que, compartida o no, siempre está fundada en Derecho. La corrupción, la violencia de género, la igualdad, la falta de medios, la politización de la justicia, entre otras, son causas justas por las que estos guerreros del pajarito azul se baten el cobre cada día. Con tuits, con hilos, con artículos, con blogs, con imágenes y hasta con preciosas fotografías que hacen que una se acueste o se levante con una sonrisa en la cara.

Por todo eso, mi aplauso. Yo también seguiré ahí aportando mi toguitaconado granito de arena. Gracias por estar ahí. Y una vez más, un aplauso extra para @madebycarol1 por esa insuperable ilustración toguituitera (ya sé que me envidíais, pero es mía)

Famoseo: otros encuentros inesperados


estrellas

El famoso es consustancial al mundo del espectáculo. Salvo raras excepciones,  el éxito va unido a la Fama de los artífices de la obra, en especial los que se encuentran del lado visible de la pantalla. Y, por descontado, esa fama tiene esos inconvenientes que cualquiera conoce, que se sobrellevan mejor o peor. La gente se queda mirando, pide selfies, reclama autógrafos en los lugares anatómicos más inesperados o, en los caos más extremos, grita y se estira de los pelos como aquellas fans que salían en las grabaciones en blanco y negro de los Beatles. Help.

Nuestro teatro no es lugar demasiado proclive al famoso, pero de vez en cuando pas, y entonces se forman unos escándalos de padre y muy señor mío. Como para rodar un Gran Juzgado vip.

A lo largo de mi toguitaconada vida me he encontrado con algunos de estos casos. Recuerdo que uno de los asuntos estrella en mi primer destino era el sonado divorcio de una cantante que seguía buscando en El baúl de los recuerdos y su pintoresco peluquero. No voy a contar los detalles del caso, que ni conozco ni me importan demasiado, pero sí puedo describir el revuelo que se formaba en el edificio cada vez que ambos personajes del colorín hacían su aparición. Confieso haberme asomado al balcón -sí, teníamos balcones como en un patio de vecinos- para contemplar su salida y llegada triunfal.

También me acuerdo de un asunto en que estaba involucrado un futbolista. El pobre aguantó estoicamente más de ocho horas de espera en la puerta. Cumpliendo con la inevitable ley de Murphy, la tostada cayó del lado de la mantequilla y aquel día todo se complicó, y el último juicio, que debía haber empezado a las once, lo hizo bien entrada la tarde. Mientras tanto, en los pasillos, se escuchaba el revuelo de aficionados y curiosos revoloteando alrededor de la estrella del balompié, que ni siquiera se quejó de la demora, y se comportó con la exquisitez de un caballero inglés de los que cortan las aceitunas con cuchillo y tenedor. Lástima que no se hubiera comportado así el día de autos, y se hubiera ahorrado el juicio y su correspondiente espera.

Últimamente nos encontramos con cierta frecuencia en Toguilandia a famosuelos de nuevo cuño. Gente que es conocida por haber salido en un concurso de televisión donde no se hace otra cosa que sentarse en un trono, retozar bajo un edredón o gritarse las verdades del barquero a mil millones de decibelios. Me pasma que llegan allí como si fueran semidioses, como si su aparición en un reality show les convirtiera en Greta Garbo o Laurence Olivier. Y  lo peor, que siempre hay gente para bailarles el agua. Me resultó muy curioso algo que me contó un compañero, que tenía en busca y captura a uno de estos individuos, que no había sido hallado por encontrarse en pleno concurso. Cuando por fin se celebró la comparecencia, tuvo la poca vergüenza de espetarle al Fiscal un “no me diga que no sabe quién soy yo y dónde estaba, si me conoce toda España”. Y se quedó tan fresco que mi compañero tuvo que hacer un esfuerzo para no meterle en prisión por chulito, aunque el hecho no fuera para tanto. Por supuesto, ganó la profesionalidad y la chulería se quedó sin castigo. No quedaba otra.

Hay que reconocer que estos episodios antes eran otra cosa. Ahora nos hemos acostumbrado tanto a que las páginas de tribunales, de sociedad y de política se mezclen en los diarios hasta confundirse, que la cosa ha pasado de ser pintoresca a ser preocupante. Folklóricas venidas a menos, políticos de variado pelaje, astros del balompié y hasta el cuñado del Rey, no han podido evitar su paso por el lado oscuro de Toguilandia, Dura lex, sed lex. La Justicia ha de tratar a todos por igual aunque en algunos casos la logística se nos vaya de las manos, y entren y salgan por sitios desacostumbrados para evitar muchedumbres. Generalmente, se trata de muchedumbres indignadas, pero en algún otro caso la indignada he sido yo al ver cómo jaleaban y apoyaban a un futbolista acusado de evasión de impuestos. Cosas veredes, amigo Sancho.

Seguro que hay muchas más anécdotas famosiles que contar. Me ofrezco a recogerlas y hacer una secuela, o las que toque. Pero ahora me quedo con la idea de que la Justicia, al final, es igual para todos por más fama que se tenga. Y así debe de ser.

Por eso, hoy el aplauso es para quienes lo hacen posible. Para todos y todas las profesionales que han de aguantar la presión de juicios mediáticos con protagonistas mediáticos y tira para delante como si nada. Así son las trincheras.

Shock: encuentros inesperados


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Una de las tramas argumentales que más dan de sí son las de los encuentros inesperados. Tropezar con alguien que nunca se hubiera imaginado en ese lugar y situación ha dado lugar a muchas comedias de enredo, a finales dramáticos y hasta a contactos extraterrestres. Los Encuentros en la tercera fase son un clásico hasta el punto de que el título de esta película lo empleamos más de una vez para referirnos a estas cosas.

En nuestro teatro estas cosas suceden y, claro está, tanto para bien como para mal, un encuentro de estas características puede convertir un día cualquiera de nuestra vida en las trincheras en Un día inolvidable.

Seguro que nos ha pasado a cualquiera de los habitantes de Toguilandia, aunque para jueces y fiscales -también para LAJS- es todavía más impactante que para Letradas y Letrados. Me explico, sin ánimo de hacer de menos a nadie. Los clientes acuden, normalmente, al despacho correspondiente en busca de asesoría legal antes que al juzgado y eligen a quien vaya a representarles en virtud de determinadas premisas. Puede ser su fama y prestigio profesional, el boca-oreja o, simplemente, porque hayan pasado por allí y visto la placa de la puerta -todo es posible-, pero también se debe, en muchos casos, a que conocen al profesional por una relación personal o por medio de terceros. Voy a esa abogada que es mi amiga, la amiga de mi amiga, la prima de mi profesora de yoga o hasta mi propia prima. Entonces, por supuesto, el factor sorpresa desaparece. La excepción sería en el caso del turno de oficio  y, particularmente, la asistencia a detenidos, donde se pueden encontrar a cualquiera en la situación más comprometida posible.

En el caso de la judicatura o la fiscalía, esa asignación de clientes previa no existe. Somos un servicio público y como tal atendemos al justiciable sea quien sea, cada cual desde su posición, sin conocer previamente de quién se trata. Y eso depara más de una sorpresa desagradable. Con solo un tiempo vistiendo toga, ya nos encontramos cosas de este tipo. Yo, que confieso no leer nunca la lista de detenidos, me he quedado más de una vez de pasta de boniato a la vista de la persona que traían engrilletada. No voy a dar datos que permitan la identificación de nadie, pero aseguro que más de una vez he deseado que se me tragara la tierra en casos como estos. Personas a las que has conocido en otro entorno, con las que, incluso, has compartido mesa y mantel, y que, de pronto, se encuentran al otro lado de la mesa de interrogatorios con las muñecas enmanilladas y una expresión de vergüenza indescriptible. La violencia de género es lo que tiene, que no respeta estatus, ni clase social, ni entorno, para situar a sus víctimas y sus autores. Pero tampoco lo hacen otro tipo de delitos, entre los cuales los relativos a la seguridad vial ocupan un importante puesto en el ranking sorpresil. Y también algún que otro asunto de drogas nos ha deparado un sobresalto de este tipo.

Según me cuentan algunos compis, y me confirma la experiencia, a uno y otro lado de estrados, como investigados y víctimas, han tropezado con policías, letrados, y seguro que hasta con jueces o fiscales, aunque yo, por fortuna, no me haya visto en el caso y espero no verme nunca, más allá de algún compañero al que le hayan entrado a robar en su casa o le hayan quitado la cartera.

Porque la sorpresa aparece no solo cuando se trata de investigados. También cuando se trata de víctimas. Mujeres con las que convivimos a diario de las que nunca hubiéramos sospechado que estaban sufriendo una situación de violencia de género, o víctimas de cualquier tipo de acoso. Y lo peor es que ellas mismas se sienten avergonzadas y bajan la cabeza, como si hubieran hecho algo malo y tuvieran que esconderse. Cuánto tenemos que aprender en esto todavía. Aun me pregunto por qué la víctima de un robo lo cuenta con la cabeza alta y sin problemas, y la víctima de maltrato o de un delito sexual lo hace a escondidas y en voz baja. Y eso si lo hace, claro. Y, como la vida sigue, el día después hay que continuar llevando al colegio a los niños, o a la extraescolar, o al entrenamiento, o ir a comprar el pan o encargar la reforma de la casa viendo a esas personas que tuviste a uno u otro lado del banquillo, y hacer como si no pasara nada. Una compañera me cuenta que en un caso de este tipo, y tras fingir normalidad ambas durante varios días, la víctima en cuestión, madre de una compañera del cole de su hija,  simplemente se le acercó y le dio un abrazo y las gracias. A veces, son cosas como estas las que ayudan a seguir adelante pese a las dificultades, y a recordar por qué nos metimos en esto de la Justicia.

Uno de los casos paradigmáticos de ese factor sorpresa fue, hace bastante tiempo, el asesinato de una mujer por su marido, que no solo era policía sino que daba con frecuencia charlas de concienciación sobre la violencia de género. Algo que salió en su día en todos los periódicos y que causó y aun me causa una enorme impresión al recordarlo.

Pero, bajando a hechos más triviales, recordaré dos casos que me llamaron especialmente la atención. El primero es el de un compañero que tuvo ese encuentro inesperado con alguien a quien no había vuelto a ver desde hacía muchos años. El tipo en cuestión había cometido un atraco con armas en una gasolinera y su ingreso en prisión estaba cantado. Pero mi compañero estaba lívido al solicitarlo. Había reconocido al niño que le había hecho imposible la vida en el colegio, sometiéndole a un bulliyng del que entonces nadie hablaba.

Para terminar, el otro caso, que me gusta especialmente. Estaba yo calificando una causa por violencia de género cuando me di cuenta, al ir a citar al testigo que vio todo y llamó a la policía, que sus apellidos coincidían con los de una pareja de amigos y compañeros de toga. Comprobé el nombre y concluí que no podía ser otro. El muchacho, recién cumplidos los 18 años, se había interpuesto en la agresión de un hombre a una mujer en la vía pública, había impedido que continuara atacándola y había sido quien alertó a la policía. Ni que decir tiene que llamé a mi amiga para felicitarla. Y es que no es para menos. Actitudes como esa te reconcilian con la humanidad y te recuerdan que es posible un futuro mejor. Sin olvidar, claro está, el momento madre. Confirmar que tanto predicar acaba dando sus frutos también tiene su puntito.

Así que solo me queda el aplauso. El que dedico una vez más a los compis que han aportado sus experiencias para hacer posible este estreno. Y una ovación extra al hijo de mi amiga y a sus padres, por haberle transmitido esos valores.

Recetas: togachef


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De un tiempo a esta parte, se han puesto muy de moda los talent show sobre cocina, así como las series de televisión y las películas que se ruedan entre fogones, aunque ya hace tiempo que Como agua para chocolate las pantallas nos enseñaron que los menús también pueden ser un filón, como el Festín de Babette. Chef, Julie y Julia, Comer, beber, amar, Chocolat, Ratatouille o Fuera de carta son algunas muestras de ello, aunque no puedo dejar de citar a la inolvidable Audrey Hepburn con su delantal en Sabrina. Y es que en el mundo del espectáculo parecen haber encontrado la receta del éxito entre sartenes y espumaderas.

¿Qué cocinamos en nuestro teatro? ¿Somos más partidarios de la cocina tradicional o de la de vanguardia? ¿Nos limitamos a las recetas de nuestro entorno o nos abrimos a las de otras culturas? ¿Minimalistas o amigos de la abundancia? ¿Practicamos la fusión, y la aplicación de nuevas técnicas? ¿Cocina de mercado o de autor? ¿Cómo hacemos el emplatado? Sigamos con el menú de este estreno y sabremos si hemos logrado la ansiada estrella Michelin.

En nuestro teatro tenemos unas materias primas peculiares. Desde luego, hay profesionales de primera calidad, pero los fogones no siempre están a la altura. Más de una vez, nos encontramos más cerca del fuego directo y la olla de hierro que de la placa de inducción, el abatidor y el extractor lento de jugos que veo en la tele. Y es imposible osmotizar nada -si supiera cómo narices se hace eso- frotando dos palitos como en las cavernas.

Nuestras cocinas están surtidas como decía, de un montón de cosas variadas que se mezclan sin orden ni concierto. Una macedonia de clientes hambrientos -el justiciable en busca de justicia-, chefs saturados, pinches que van por ahí como pollos sin cabeza y despensas llenas de procedimientos que temen que les llegue la fecha de caducidad, junto a un instrumental que en muchos casos pide a gritos una renovación. Si a eso le unimos unos recetarios del año de Mari Castaña -como nuestra vetusta Ley de enjuiciamiento criminal o la ley de Indulto, por poner solo un par de ejemplos- concluiremos que es un verdadero milagro que seamos capaces de hacer guisos comestibles. Pero los hacemos, vaya que sí. Rico, rico, y con fundamento, como diría otro de los chefs televisivos.

¿Cuáles serían las recetas para hacer un buen guiso? Cambiemos por un día la toga por un delantal -tacones o no, al gusto- y remanguémonos las puñetas. Lo primero, cabría decir que nos faltan ingredientes, o que los que tenemos no son los mejores. No lo dudo, pero también es cierto que un gran chef -o una, claro está- es capaz de cocinar platos excelentes con cualquier cosa. Para ello, no hace falta, ni más ni menos, que un ingrediente extra. O varios. Las ganas, los conocimientos y el trabajo. Ahí es nada. Y ahí está la explicación de que hayamos visto resoluciones excelentes salidas de juzgados saturados y sin medios, profesionales que hacen milagros para señalar al día a pesar de la constante entrada de papel, y juicios que se resuelven de modo ejemplar pese a todos los inconvenientes. Pero no debería ser así. No debería exigírsenos que cada día hiciéramos un menú de restaurante de lujo en unas cocinas obsoletas y con una materia prima francamente mejorable. No todo el mundo puede ser Ferrán Adrià, ni tener el talento de nuestras abuelas, que daban de comer a un regimiento con poco más que una raspa de pescado.

Sería fundamental cambiar el recetario. Sustituir esas leyes que revientan por sus costuras de tanto parche por unas nuevecitas, a las que, además, se pudiera acceder a través de las nuevas tecnologías, y no pasando hojas y más hojas de tomos y más tomos de expedientes y más expedientes. También habría que cambiar las viejas ollas de cobre y hierro por recipientes modernos, con sus electrodomésticos llenos de botones que nos permitieran hacer caviar de hipoteca, osmotizar un delito leve, hacer una esferificación con un sumario, extraer el jugo a un procedimiento abreviado o hacer una parmentier de una orden de protección que condensara todas las medidas necesarias. No podemos seguir anclados en los procesos a fuego lento y al baño maría y seguir batiendo a punto de nieve solo a costa de la fuerza de nuestra muñeca.

Por no hablar de las cocinas. Todavía hay sedes  en las que nos movemos que adolecen de toda clase de carencias. A falta de despensas amplias, expedientes apilados en los pasillos y una ausencia de mantenimiento que clama al cielo. ¿Cómo guisar en condiciones con goteras?

Nos faltan cocineros, chefs y camareros. Los que hay tiene que atender muchas más mesas de las que pueden, y las comandas exceden de la capacidad. Y claro, por eso muchas veces los platos no llegan a los comensales a tiempo, o lo hacen fríos o, lo que es lo mismo, con la amenaza de la caducidad, la prescripción o el temido artículo 324  flotando sobre su presentación. Y así cuesta cocinar.

Especialmente importante es la gestión del tiempo . Si tenemos que hacer el más sofisticado de los platos pero apenas nos dan tiempo para ello, algo falla. Y falla más todavía si ese tiempo precioso tenemos que perderlo en meter el ordenador claves y más claves , si tenemos que entretenernos con burocracia absurda de estadillos  o si la justicia digital nos supone una carga en lugar de una descarga.

No nos vamos a olvidar del emplatado, algo fundamental en un buen menú. Aparte de que, materialmente, nuestros expedientes recuerdan otros tiempos, con sus grapas forzadas hasta el límite o su cuerda floja -tan parecida a la de atar la carne, por cierto-, también es importante cómo nos vendemos. Y lo hacemos mal, y hasta muy mal. Nos falta saber dar una imagen al justiciable que nos dote de cercanía y de la posibilidad de que nos entiendan. Algo así como esos camareros y camareras que cantan el contenido de los platos que dan ganas de meter el tenedor sin mirarlos siquiera.

Muchas veces, además, no nos queda otra que presentar un trampantojo, porque a eso es a lo que nos obligan. A presentar como justicia moderna lo que aun necesita de muchas horas de cocción para serlo.

Por todo eso, hoy convertiré el aplauso en un eslogan televisivo con trampantojo incluido. Pónganle sabor a la justicia. Hay demasiados buenos chefs esperando medios con que hacer excelentes platos.

 

Floreros: convidados de piedra


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Las flores son y han sido siempre eterna inspiración de artistas. Muchos cuadros y esculturas reproducen sus formas y colores, e infinidad de poemas se refieren a ellas como inspiración o como metáfora. El mundo del espectáculo no es ajeno al poder evocador de estas joyas de la naturaleza, y varios títulos incluyen referencias a ellas, como Muerte entre las flores, o Deshojando la margarita, a quien las cuida, como El jardinero fiel o las incluyen en imágenes inolvidables, como las rosas que rodean a la protagonista de American Beauty. Y, por supuesto, sin olvidarnos de La abeja Maya, fan incondicional de las flores.

Nuestro teatro no es, desde luego, un lugar donde abunden las flores, más allá de los tiestos que decoran algunos despachos de gente que sabe cuidarlas -no como yo, que soy un desastre y o bien me olvido de regarlas o me paso de riego y las ahogo-. He de reconocer que admiro a quienes lo hacen. Hubo una temporada que una funcionaria me regalaba de vez en cuando una rosa de su jardín, y me encantaba.

Tampoco en nuestros asuntos florecen otra cosa que no sean folios y más folios de ese papel 0 que no llega nunca. Aunque de vez en cuando me he encontrado con algún caso en que tenían algún protagonismo, como el de un acusado -ya condenado- que se aparecía en el portal de la casa de su amada no correspondida llevándole ramos de flores y recitándole poemas a voz en grito. Ni que decir tiene que la pobre chica, que no quería saber nada de él ni nunca lo había querido, estaba desesperada porque no podía ir a ningún sitio sin que el mozo se apareciera y le montara el numerito con sus requiebros, y acabó denunciándolo. Y es que hasta unas flores pueden resultar una pesadilla si no son queridas.

Pero, aunque no veamos muchas flores, hay cosas en Toguilandia que nos hacen sentir como floreros. Esto es, como un mero objeto decorativo sin otra función que la de convidado de piedra. O poco menos. Y es que nuestras viejas leyes todavía están ancladas sobre un presencialismo que casa mal con los tiempos que corren.

Me venía esto a la cabeza el otro día en un procedimiento de Jurado donde, tras el informe del fiscal, estuvimos varios días oyendo los informes del resto de partes. Y no es que diga yo que no tengamos que escucharlos, faltaría más. La cuestión es que la ley se conforma con nuestra mera presencia física. Me explicaré mejor. En este caso, mi compañera era quien había hecho el juicio entero, pero tenía otro señalamiento en que su intervención era necesaria. Así que cumplimos el trámite con mi mera presencia física, a modo de florero, aunque luego le di cumplida cuenta de todo lo ocurrido -y que además, podrá ver en el correspondiente CD -. No fui la única. Otra de las partes estuvo representada por una abogada que no era la que había llevado el peso del juicio, porque su compañero tenía otro juicio. Y si para nosotras es difícil dejar durante más de quince días el juzgado, todavía lo es más para Letrados y Letradas, cuyo universo de clientes y señalamientos sigue girando mientras permanecen en la sala un día tras otro. Y aquí lanzo la pregunta ¿era realmente necesaria la presencia física de alguien simplemente para cubrir el expediente? Las respuestas posibles son de dos tipos. O era necesaria la de quien estuvo en el juicio y llevó el peso del mismo, en cuyo caso habría procedido la suspensión -cuyas causas son de muy estricta interpretación-, o no lo era y no hacía falta un florero togado. Pero está la tercera vía ¿por qué no acudir a la tecnología para suplir la presencia física con la virtual, mediante la grabación o incluso la videoconferencia u otros medios? Pues porque todavía tenemos el presencialismo tan arraigado como si todos esos medios no existieran.

Y ya sé que alguien saldrá diciendo que el Ministerio Fiscal es único. Y desde luego que lo es porque así lo dice la ley. Pero esto sabemos que en realidad es una falacia, y que cada cual se sabe sus juicios y esa unicidad no viene con un chip que nos transfiera, junto con la toga, todo el conocimiento de aquel a quien sustituyes. Lo que me recuerda algo que he vivido y sigo viviendo -tanto en el lado pasivo como en el activo- en mi carrera profesional. El fiscal que ha de ir a determinado sitio se pone enfermo, tiene un accidente o le pasa cualquier otra cosa. El juez o jueza llama a fiscalía reclamando un fiscal, y nos toca aparecer y suplir al compañero haciendo lo que podemos, aunque ni siquiera hayamos preparado el juicio. Y pese a que se hace lo que se puede, ganas dan de convertirse en florero, en piedra o en cualquier otra cosa. Porque en la realidad de Toguilandia, muy complicado tiene que ser un juicio para que la imposibilidad de asistir del fiscal que lo llevaba dé lugar a la suspensión. Tal vez habría que plantearse en algún momento que el servicio a la Justicia se cumpliría mejor suspendiendo que mandando a alguien que no ha podido prepararlo. Pero es lo que hay.

Esto del florerismo también se me viene a la cabeza muchas veces cuando veo a los procuradores sentados durante todo un juicio donde hacen de acusación particular. Han hecho su trabajo antes, sin duda, y sin duda también lo harán después, pero en ese momento lo que prevé la ley es que, simplemente, estén. Otro absurdo del presencialismo que hace perder un tiempo precioso. En la práctica, es verdad que muchas veces piden excusarse o lo hace directamente el juez. Pero es algo que se decide por mero sentido común y no es lo que en realidad dispone la ley, con cuyo cumplimiento estricto tendrían que permanecer horas e incluso días sin pronunciar palabra. Algo que me parece absurdo, aunque igual son cosas mías.

No son estos los únicos ejemplos. Seguro que a quien esté familiarizado con Toguilandia se le ocurren otros muchos. Casos de representaciones de entidades, de responsables civiles subsidiarios o de otros cuyo papel es meramente testimonial. No siempre, pero sí algunas veces.

Este florerismo no solo se da en cuanto a la presencia física. También se exigen intervenciones por disposición de la ley en que hacemos un papel de convidado de piedra, más de una vez consecuencia de que quien legisla no ha visto un juzgado más que en películas. Como ejemplo, esas expulsiones administrativas dentro de un proceso penal en las que, a pesar de pedirnos informe, poco podemos informar salvo que “el fiscal no se opone”, los vistos de liquidaciones de condena hechas con una calculadora o los infinitos pases para visto en un mismo procedimiento en que, sencillamente, acuerdan en el sentido en el que se había informado.

También me resulta curioso ese desdoblamiento del Ministerio Fiscal cuando hay un proceso de menores y ha de comparecer una víctima también menor, cuyos representantes legales no están. Eso de que haya que acudir a lo que llamamos “un fiscal para que haga de papá o mamá” siempre me ha hecho gracia. De repente, ya no somos un Ministerio Fiscal único, hemos de ser dos. Y puedo asegurar sin temor a equivocarme que el o la fiscal de menores encargado de la reforma del menor delincuente va a salvaguardar a la víctima sin necesidad de un fiscal extra. Pero igual también esto son cosas mías.

No me extenderé más, aunque a buen seguro cualquiera tiene muchos más ejemplos de presencialismo absurdo para ilustrarnos. Solo me queda dar el aplauso a quienes, a pesar de todo, cumplen con la ley pero son capaces de hacerlo con un plus de sentido común. Como dicen, el menos común de los sentidos.