Eutanasia: muerte digna


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Sin duda alguna, si hay una tema que fascina en la vida, ese es el de la muerte. Aunque sea algo por lo que ha de pasar todo el mundo, vivimos de espaldas a ella y, cuando llega, parece que siempre nos sorprende, por poco sorprendente que sea. Incluso cuando todo se ha dispuesto, no es fácil que se cumplan las últimas voluntades, sobre todo si estas afectan a esa frontera entre la vida y la muerte que tan difícil es de rebasar. La voluntad de la persona de acabar con su vida es algo tratado y relacionado con el mundo del arte; no han sido pocos los artistas que han acabado como Van Gogh, El loco del pelo rojo, y el cine se ha recreado en ello. Por citar algún ejemplo, la Virginia Woolf de Las horas o la Sylvia Plath de Sylvia. Pero hoy quería ir más allá, a esos suicidios que caminan en la línea fronteriza, los de las personas que deciden acabar voluntariamente con una vida de sufrimiento por razón de enfermedad y piden ayuda para ello. La oscarizada Mar adentro nos ofreció la historia de Ramón Sampedro, pero no es la única. La estremecedora Johny cogió su fusil u otras como Mi vida es mía o Million dollar baby afrontan este siempre delicado tema.

    En nuestro teatro el tema de la eutanasia no es algo que se vea a diario pero, cuando aparece, nos azota suscitando todo tipo de debates. Quienes tenemos una cierta edad recordamos las reivindicaciones y las comparecencias de Ramón Sampedro en el Juzgado reivindicando su derecho a morir dignamente, y, últimamente, el caso de Angel Hernández, que quiso hablar al mundo en un programa de televisión sobre el deseo de su mujer, enferma de Alzheimer, de que acabara su vida antes de acabara su dignidad. En ambos casos se incoó un procedimiento judicial, de incierto contenido, porque la ley  sigue siendo la que existía hace mucho tiempo. Incluso en este último caso se llegó a plantear la inhibición al Juzgado de Violencia sobre la Mujer por un aplicación tan estricta de la ley que quiebra con todas las reglas de interpretación que la propia ley establece, como la de que las normas se deberán interpretar de acuerdo a las circunstancias del tiempo en que han de ser aplicadas, como dice el Código Civil

Reconozco que el difícil en un tema como este tratar de mantener el tono distendido propio de mi mundo toguitaconado, pero, como ya hice con el suicidio, trataré de que la delicadeza no me falte, Espero conseguirlo.

Para quitar hierro al asunto, empezaré diciendo que el tema del auxilio e inducción al suicidio es uno de los que más cariño me provocan. Y no porque yo sea rarita, que también, sino porque es gracias a él, entre otros diez, que conseguí ser fiscal. Era uno de los temas que me dieron el pasaporte a Toguilandiay por ello siempre estaré agradecida. Pero también he de decir que la regulación de entonces -va para veintiocho años ya- y la de ahora eran esencialmente iguales. Y eso debería darnos, cuanto menos, que pensar. Y, visto lo visto, más que eso, puesto que la reciente proposición de ley ha vuelto a traer el tema a la palestra. Y la verdad, ya era hora.

Como no hay estreno sin anécdota, traeré una vez más a colación a mi madre, inspiradora voluntaria o involuntaria de muchas de las cosas que escribo y de todas las que hago. Pues bien, ella, que va para 96 maravillosos años, me decía no hace mucho, haciendo gala de su sentido del humor -un humor negro muy suyo- que la solución para el problemas de la insuficiencia de dinero para las pensiones era fácil y que iba a escribir al presidente para proponérselo: bastaba con acabar con todos las personas mayores. Le dije de todo, claro está, pero ella erre que erre- Es tan coherente que cuando se operó hace un par de años de cataratas le dijo en el quirófano al médico que le operaba que le sabía mal que el estado desperdiciara su dinero en ella y sus ojos. Se pone muy burra a veces, mi madre, pero siempre nos hace reír. Lo que yo no podía imaginar es que alguien desde un atril público fuera a sostener argumentos parecidos y a hacerlo en serio. Cosas veredes, amigo Sancho, que diría Don Quijote.

Pero vamos al lío. Decía un juez tuitero @ViaderCarlos -al que ya he tenido el gusto de desvirtualizar- con toda la razón que la regulación de la eutanasia no te obliga a pedir que la practiquen contigo ni con tu familia, como la ley del divorcio no te obligaba a divorciarte si, como decía Cecilia “eras feliz en tu matrimonio” ni la del matrimonio homosexual a casarte con una persona de tu mismo sexo. Esto, que parece una obviedad, todavía lo es más si llevamos el ejemplo a cotas máximas: ni cuando se destipificó la homosexualidad nos obligaron a ser homosexuales ni lesbianas, ni la regulación del aborto obligaba a nadie a interrumpir su embarazo, ni la regulación de la adopción nos insta a formar familias adoptivas a cascoporro. Ni siquiera la regulación de la hipoteca obligaba a nadie a firmar una, aunque por la alegría con que se concedían en determinadas épocas pudiera parecerlo.

Así pues, si se regula la eutanasia, a quien no le guste, puede seguir con su vida y con su eventual muerte exactamente igual. Se trata de que no meta sus zarpas en la mía, ni en la de nadie. Porque la libertad de pensamiento, incluido el ético y religioso, es eso, libertad. Y si se quiere imponer el de otro, ese que obliga a mantener la vida a toda costa, se vulnera la libertad de la persona afectada, ni más ni menos.

Hasta aquí no he dicho nada nuevo. Pero, sin embargo, sí que se han dicho cosas que el texto de la proposición de ley no dice, y que conviene aclarar, BOE en mano. Reconozco que cuando oí eso de que iba a haber barra libre de homicidios suicidios, como si hablaran de una happy hour criminal en vez de de un tema tremendamente doloroso, me quedé de pasta de boniato. Y más aun cuando se defendía en serio algo como la broma de mi madre  de que la solución era acabar con la gente mayor. Voy a seguir, con su permiso, la idea que desde twitter me lanza @penal_de_pena y contaré que el proyecto que se aprobó no modifica ni un ápice el Código Penal más que en un aspecto, el de la impunidad del médico que auxilie, con todas las garantías legales, a quien opte por la muerte digna. No se ha abierto la veda a tirios y troyanos para que vayan haciendo escabechinas por los hospitales que nos dejen las arcas públicas como los chorros del oro a base de matar ancianos. Y no, tampoco se trata de que vaya a haber suicidios de adolescentes, porque nada tiene que ver la velocidad con el tocino. Tal cual.

Por último, recordaré algo que aprendí cuando estudiaba ese tema que me proporcionó mi entrada a Toguilandia. El auxilio e inducción al suicidio es el único delito donde se castiga la cooperación, necesaria o no, a una conducta que en sí no es delito. Porque no olvidemos que suicidarse no es delito, tema religioso aparte, claro. Así que si una persona pide ayuda para acabar con su vida en esas circunstancias y se la prestan pero, por la razón que sea, no muere, se castigará a quien le ayudó a hacer un acto por el que a él no se le castiga. ¿Verdad que parece absurdo? Pues para evitar esas situaciones absurdas es, precisamente, para lo que necesitamos una ley. Ahí lo dejo

Por supuesto hoy, el aplauso lo quiero dedicar a quienes han luchado desde hace tanto tiempo porque el derecho a una muerte digna sea una realidad.

Y, por supuesto, una ovación especial para MIky y Duarte (@MikiyDuarte), con cuyo permiso utilizo esta maravillosa viñeta para ilustrar este estreno. Millones de gracias

 

Dependencia: más de lo que parece


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Depender de algo o de alguien nunca es buena señal. Tal vez por eso la independencia se ha convertido en una meta para países o personas hasta el punto de que lograrla es el leit motiv de más de un filme. Sea para afirmar nuestra identidad frente a una invasión marciana, como en Independence day, para lograr la propia identidad de las colonias, como en Los últimos de Filipinas o para reafirmar el patriotismo americano como El patriota o Nacido el 4 de julio, lo importante es decir alto y claro que no dependemos de nadie. Se trate de un país, de un grupo o de una persona, como hicieron las inquebrantables Thelma y Louise.

    En nuestro teatro, si hablamos de independencia, parece que el subconsciente nos dirige inmediatamente a laindependencia judicial, a la que dedicamos ya un estreno, y que aparece siempre como meta de una Justicia democrática y no politizada. El verdadero problema estriba en saber cómo considera cada cual el camino para llegar a esa meta. Hoy en día son muchas las voces que claman por la elección directa de los miembros del poder judicial  por los miembros de la judicatura, pero ya hubo una experiencia al respecto en la primera Ley Orgánica del Poder Judicial y tampoco fue la panacea. Habrá que estar al modo en que se regule y cruzar los dedos para que, sea cual sea la reforma, funcione.

Frente a la independencia surge el contrario, el concepto de dependencia, una palabra que hace que los miembros del Ministerio Fiscal nos pongamos en guardia inmediatamente porque, a pesar de ser uno de los principios que rigen nuestra actuación según esa Constitución con la que todo el mundo se llena la boca, acaban denostándonos por contrarios a la división de poderes por algo que no depende de nosotros, En cualquier caso, no me cansaré de repetir que la “dependencia jerárquica” de la que se habla en la Constitución y nuestro Estatuto Orgánico es un modo de organización y no un instrumento para impartir órdenes por parte del Gobierno, como se empeñan en decir. Y que, por supuesto, existe un mecanismo legal para que cualquier fiscal pueda oponerse a una orden que considera inadecuada, de lo cual hemos visto más de una muestra en los últimos tiempos. Es difícil cohonestar esto con la autonomía, otro de nuestros principios de actuación, pero nadie dijo nunca que fuera fácil. Lo único que nos queda es ganarnos el respecto con nuestra actuación diaria, la de los 2500 fiscales que, desde las trincheras  de la fiscalía de ciudades y pueblos de España, nos dejamos cada día parte de nosotros mismos.

No ostante, no está de más repetir que, como he dicho otras veces, en más de veintisiete años de fiscal, jamás he recibido La llamada que me inste a hacer nada distinto a lo que haya hecho. Así que, o bien soy una mindundi fiscal, o es que no es tan frecuente como se empeñan en hacer creer. O tal vez es que nadie conoce mi número ni mi correo ni la forma de localizarme, nunca se sabe.

Pero, aparte de este binomio dependencia/independencia en términos abstractos y grandilocuentes, hay otras nociones de dependencia igual de importantes y a las que se hace bastante menos caso. Me refiero, en primer término, a la dependencia que muchas personas tienen respecto de otras para vivir, y, según el grado, para realizar las mínimas funciones de la vida como vestirse, comer o asearse, Aquello que, cuando yo estudiaba se llamaba invalidez o gran invalidez y que ahora se conoce como dependencia. La ley de dependencia, tan deseada y demandada en su momento, continúa siendo una de las grandes asignaturas pendientes de las administraciones públicas. Todo el mundo conocemos casos de personas que ya habían muerto cuando se les han concedido las ayudas a las que, en virtud de esta ley, tenían derecho. Y a eso no hay derecho, con rima y todo. Así que aprovecharé que la ocasión la pintan calva, y usaré esta pequeña ventana toguitaconada al mundo par insistir en algo en lo que no debería tenerse que insistir. Debería ser una prioridad absoluta.

Conviene en cualquier caso aclarar que la dependencia es una categoría administrativa, diferente de la declaración de incapacidad de antaño, de la que aun  se habla en algunos sitios el Código Civil, o de la actual discapacidad, más conforme con los Convenios suscritos por España al respecto. También es diferente de la incapacidad total o parcial del ámbito laboral y, por supuesto, de la imputabilidad en el ámbito penal. Y es que el Derecho se empeña en poner distintos nombres y apellidos a cosas que en muchos casos son casi iguales, y que algunas veces obligan a reduplicar trámites en uno y otro lugar para conseguir cosas que deberían rodar solas, tan sencillas como una pensión, una ayuda domiciliaria o una residencia si es necesaria.

Por último, hablaré de otra vertiente del concepto de dependencia, el de dependencia económica. Aquí estaba la razón por la que, antaño, muchas mujeres no se decidían a denunciar los malos tratos de sus parejas, y en muchos casos sigue gravitando sobre sus cabezas, sobre todo en tiempos de crisis. Antes del advenimiento de la democracia, además, esta dependencia era legal, ya que hasta la supresión de la licencia marital, en el año 1975, las mujeres no podían ni tan siquiera abrir una cuenta corriente sin el permiso de sus maridos o, en su caso, de sus padres, No olvidemos que no hace tanto tiempo como a veces creemos.

Diferente, aunque relacionada, es la dependencia emocional, otra de las razones que, sola o conjuntamente con la anterior,, encadenan a las mujeres a un maltratador del que no se atreven a desprenderse. Frases como “no puedo vivir sin ti” o “Sin mí no eres nada” son parte de los hilos con que se confecciona esa tela de araña de la que tan difícil resulta salir, No lo olvidemos y nunca, nunca, las juzguemos por eso. Ni siquiera cuando llevemos la toga puesta.

Así que hoy solo me queda el aplauso que, esta vez, va dedicado a todas las personas que, con toga o sin ella, administran su propia independencia para hacer posible la de los demás, Ahí es nada.

 

 

Perdón: no basta pero ayuda


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Perdonar es humano, aunque no perdonar también. Que se lo digan si no a Clint Eatswood, que convirtió esa intransigencia en lo que muchos consideran una obra maestra del western, Sin perdón. Para otros el perdón no es cualquier cosa, y necesitan nada menos que Cien años de perdón. Nunca es tarde si la dicha es buena, como dice el refrán. Tal vez por eso tuvimos en su tiempo tan empeñado a Camilo Sesto en repetir lo de Perdóname, misma palabra con otra música en la que insistieron hasta la saciedad los componentes del Dúo Dinámico.

El perdón, en nuestro teatro, es algo más que un acto humano. Es un acto jurídico que puede desplegar importantes consecuencias, y, aunque ya dedicamos un estreno al arrepentimiento y un pequeño espacio a la reparación del daño al hablar de las atenuantes, es un tema con tanta trascendencia que no está de más volverlo a abordar. Y esta vez, más desde el enfoque de quien perdona del que aspira a ser perdonado.

Todavía hay personas que tienen la creencia de que en Derecho Penal basta con que perdones a alguien para que todo vuelva a su estado original. Es algo que pasa con mucha más frecuencia de la que nos gustaría tanto en violencia doméstica como, sobre todo, de género. Quien solicitó en su día una orden de protección decide perdonar al agresor y le dice eso de “te he quitado el alejamiento”, como si una auto de un juez pudiera ponerse y quitarse por la propia persona afectada a voluntad. La verdad es que no es fácil explicar en muchos casos que por más que ella quiera acogerle en su casa y en sus brazos, mientras haya un alejamiento vigente, acudir a esos brazos es delito y puede tener pena de cárcel. Y más todavía cuando se trata de una condena, en cuyo caso, por más que lo pida la persona beneficiaria de la medida, no hay nada que hacer. Hay que meter en la cabeza de la gente que el alejamiento es una resolución judicial e incumplirla es desobedecer a un Juez. Y que, por supuesto, seguir los dictados de Cupido no es atenuante ninguna.

Esto ocurre porque se trata de un delito público, esto es, perseguible de oficio aunque no existiera denuncia o aunque esta fuera interpuesta por persona ajena a la víctima. Son la mayoría en nuestro Código pero hay otros delitos, los llamados “privados”, en los que es necesaria la denuncia o la querella y en los que el perdón del ofendido extingue la acción penal. El caso paradigmático son las injurias y calumnias -salvo las cometidas contra funcionarios públicos por hechos relativos a sus cargos- aunque existen otros en nuestro Derecho. Hay que matizar, como es obvio, que en realidad no se trata tanto de un perdón en el sentido ético religioso sino en un acto de desistimiento voluntario, porque nada obsta a que quien se ha apartado del procedimiento no quiera saber nada en la vía penal pero le tenga guardada la ofensa in secula seculorum. El Derecho no afecta a eso de “arrieritos somos y en el camino nos encontraremos”.

En el camino del medio están los casos más peliagudos, el de los llamados delitos sempipúblicos o semiprivados -según convenga a quien habla de ellos, porque el Código no les pone nombre- que necesitan denuncia de la victima o su representante legal si es menor o incapaz aunque en estos casos puede hacerla también el Ministerio Fiscal. En esta categoría entran todos los delitos contra la libertad sexual y, aunque ya hablamos de ellos en el estreno dedicado a la denuncia  conviene insistir en algo que mucha gente ignora y otros no quieren contar. Las violaciones, por salvajes que sean, necesitan que la víctima denuncie. Si no lo hacen aunque haya cometido el hecho delante de un estadio de fútbol lleno a rebosar y haya tantas grabaciones de móviles como espectadores, el hecho es impune. Esto es,  el violador se pude ir de rositas a violar a otra persona sin ser, ni siquiera, reincidente.  Por eso, aunque fuera solo por esa última razón, debería darse una vuelta al tema, que ya son horas. No olvidemos que viene del tiempo en que en estos delitos se consideraba bien jurídico protegido la honestidad y no la libertad sexual, y aun quedan flecos de ese mantón. Sin embargo, en estos delitos, el perdón de la víctima no produce efecto alguno, una vez iniciado el proceso. Sin perjuicio, claro está, que si ese perdón afecta a su modo de declarar -la amnesia repentina existe-, la prueba será mucho más difícil para la acusación.

Pero, como digo otras veces, no solo de Derecho Penal vive el jurista y aquí el Derecho Civil tiene  mucho que decir. Aunque no se habla con frecuencia de perdón, salvo en algunos supuestos de derecho de Familia o, en su día, de sucesiones, el acto de retirarse o desistir sí que tiene efectos, al tratarse de una jurisdicción rogada que solo existe a impulso de parte. Si una pide el cumplimiento de un contrato o la ejecución de una servidumbre de paso y luego desiste de la acción, no se trata propiamente de que haya perdonado al incumplidor o haya disculpado al dueño del predio que no le deja pasar, pero, por la razón que sea, ha decidido no seguir con la acción civil. Debe ser porque en muchos casos se cumple eso de que más vale una mal arreglo que un buen juicio.

La excepción de la excepción es, sin embrago, el Derecho de Familia que, aunque pertenece al Derecho Civil, tiene naturaleza pública por los intereses que se ventilan en él. Por eso existen los deberes relativos a la patria potestad aunque el otro progenitor -en nombre del hijo menor- o el propio hijo o hija quieran “perdonárselos” por la razón que sea, muchas veces por pura conveniencia. Mala suerte, no hay nada que hacer.

Y ojo, ni siquiera en las cuestiones de pareja el perdón tiene más efectos que los sentimentales si no va acompañado de un acto que lo valide en Derecho, si eso es posible. Eso es lo que ocurre con la reconciliación de cónyuges en trámites de divorcio. Si llegan a tiempo y no se ha dictado sentencia, podrán celebrar como marido y mujer el próximo San Valentín, pero si ya hay sentencia, no les queda otra que volver a casarse si es que quieren seguir estando unidos, como la protagonista de la copla, con una anillo con una fecha por dentro incluido

Hasta aquí el estreno de hoy. Solo me queda disculparme si he resultado reiterativa con algunas cuestiones, pero es que me parecen de capital importancia, y pedir, como siempre, el aplauso. Esta vez dedicado a todos los profesionales del Derecho que cada día han de enfrentarse a eso que llamar “retiradas de denuncia” y explicar una y mil veces que eso en Derecho no es posible. Aunque tu vecina del quinto te haya contado que la hija de la prima de su portero lo hizo así y ahora está tan feliz con su churri. Paciencia.

Ucronías: qué hubiera pasado si…


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Se conoce como ucronía un género literario que parte de un acontecimiento histórico para cambiar algo de lo que sucedió en realidad, de modo que cambie el curso de la historia. Un futuro donde no hubieran asesinado a John Lennon y los Beatles se volvieran a reunir, otro donde Kennedy no hubiera sido asesinado -así lo hace la novela de Javier Lacomba El cuarto disparo– o cómo sería El jardín del Edén si Eva no hubiera probado la manzana serían buenos ejemplos de ello. En realidad, se trata de jugar al ¿qué hubiera pasado si…? Como ocurre en películas como Malditos bastardos, Amanecer rojo, El planeta de los simios o El día después. Y como ocurre en cierto modo con Forrest Gump, aunque en realidad no cambie el curso de la historia sino que el protagonista se introduce en ella sin alterarla. Y como sucede, por supuesto, en la inigualable El gran dictador

         En nuestro teatro quizá pueda resultar pretencioso hablar de ucronías, pero si rebajamos el nivel y pensamos en cosas que hubieran pasado o hubieran dejado de pasar si no hubieran concurrido ciertas circunstancias, es evidente que tenemos ejemplos para dar, tomar y hasta para aburrir.

El primer ejemplo que se me ocurre al respecto es el de algo que revolucionó por completo nuestra forma de trabajar, aunque ni siquiera seamos conscientes de ello. Se trata, ni más ni menos, que el advenimiento de la informática al reino de Toguilandia. Y, si bien es cierto que, como pasa siempre en nuestro teatro, lo hizo mucho más tarde que la mayoría de ámbitos y que todavía arrastramos unas disfunciones en la digitalización que quitan el hipo, no lo es menos que no llegamos a ser conscientes de lo que supuso.

Me arrriesgaré a hacer como Sofía Petrillo y, sin necesidad de viajar en el tiempo a Sicilia, años 30, me quedaré en Toguilandia, años 90. Aunque ya dediqué un estreno a los recuerdos de mis primeros tiempos de fiscal, no está de más hacer memoria de cuáles eran los medios cuando aterricé en mi primer destino. No solo no había ordenadores sino que los fiscales no teníamos mesa propia sino una larga compartida, en la que daban ganas de hacer como en un anuncio de televisión muy famoso en su época, en que la presidenta de la empresa se tiraba tan larga cual era con una bayeta al grito de “tú pasa el Pronto, y yo el paño”. Ni que decir tiene que tampoco contábamos con máquina de escribir ni nada que se le pareciera y que compartíamos un teléfono para todos que, en uno de mis destinos, ni siquiera tenía comunicación con el exterior porque el político de turno, juez en excedencia, decidió que los fiscales no teníamos por qué hablar con nadie. Por supuesto, las calificaciones e informes se hacían a mano y lo pasaba a máquina un funcionario o funcionaria o, en otros casos, lo escribía al dictado. Ahora, aunque parece una historia propia de Parque Jurásico, cabría preguntarse qué habría pasado de no instalarse la informática, los modelos y las plantillas en nuestras vidas. Y hay que reconocer que, aunque de una parte nos hizo la vida más cómoda, por otra ahorró en personal mucho más de lo que somos capaces de imaginar. El volumen de trabajo actual sería imposible de despachar con aquellos medios.

Al hilo de esto, también han sido esenciales los buscadores de jurisprudencia. Adiós a aquellos tomos de Aranzadi escritos en papel de biblia. Ahora no hay más que teclear, cortar y pegar, y nos queda una resolución tan larga como queramos. Eso sí, no me cansaré de repetir que, con alguna excepción gloriosa, se ha perdido en creación intelectual. Antes, las sentencias dedicaban la mayoría de su contenido al hecho concreto de que se trataba, ahora en muchos casos son una sucesión de sentencias cortadas y copiadas y apenas unas líneas dedicadas al caso de autos. Y el problema es que con la acumulación de trabajo no se puede hacer mucho más.

Otro de los elementos cuya ausencia sería hoy impensable es el teléfono móvil, en especial para las guardias. Yo viví en su día el trabajo con aquel artefacto llamado “busca”, que emitía un pitido que obligaba a buscar un teléfono público allá donde una estuviera. Y eso ya se consideraba un adelanto en relación con tiempos anteriores, en que no podían moverse del sitio por si ocurría algo, fuera día o noche. Ahora es, desde luego, inconcebible.

Pero, aparte de estos artilugios, hay otras cosas que han cambiado la vida en nuestro escenario de una manera considerable. Una de la que siempre me acuerdo, y no para bien, es la llegada del famosos límite de instrucción del artículo 324 -que espero se lleven por delante de una vez- Es una auténtica ucronía los asuntos de corrupción que hubieran acabado con sentencia condenatoria y en los que los investigados se han salido de rositas por culpa de la combinación maldita entre dos factores: la existencia del límite temporal y la inexistencia de medios materiales para ponerlo en práctica. Espero que pronto sea solo una pesadilla, pero de momento ahí sigue.

Por otro lado, hay leyes que han cambiado la vida de las personas. Ahora nadie concibe la existencia de delitos de violencia doméstica o de género sin la posibilidad de imponer medidas de alejamiento y prohibición de comunicación, que se han incorporado a nuestra vida jurídica como si hubieran estado ahí siempre. Sin embargo, aparecieron en nuestro Derecho en el año 2003. Aunque hay quien se empeña en decir que fueron cosa de la Ley Integral contra la Violencia de género., no fue esta sino una ley de una año antes la que posibilitó la existencia de la orden de protección que, además, no es patrimonio exclusivo de la violencia de género sino aplicable a toda la violencia doméstica.

Y como no hay estreno sin anécdota, acabaré por contar alguna de las que atesoro. Recuerdo a más de un investigado que, aun sin tener ni idea de que estaban hablando de una ucronía, la ponían en práctica. Lo de “si llego a saber que iba a robar, no le acompaño al banco”, como si el hecho de ir con una media en la cabeza y una bolsa de deporte con una recortada dejara algún resquicio a la imaginación.

Por supuesto, las drogas y las malas compañías, juntas o por separado, son otros de los factores de los que se lamentan algunos de nuestros clientes, como si el hecho de exigirle a alguien el móvil navaja en mano fuera algo que se hace solo. Aunque el mejor fue un habitual que nos decía que el dueño no debería haberse dejado aparcada en la calle una moto tan brillante y tan bonita , porque eso era una provocación en toda regla y claro, él no pudo contenerse. Verdad verdadera.

Y hasta aquí, el estreno de hoy. El aplauso, una vez más, para quienes se adaptan a los tiempos sin pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor. Aunque, en alguna cosa, sí que lo fuera.

 

Educaciòn: lo imprescindible


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La educación es algo tan necesario que, sin ella, no habría cine, ni teatro, ni ningún tipo de arte. Sin educación no habría artistas y, si me apuran, no habría espectadores, porque el arte casa mal con la falta de educación. Sin ella no habría títulos como La lengua de las mariposas o La mala educación. Y no habría, desde luego, documentales como Maestras de la República o, en el otro espectro de la vida, series como Crónicas de un pueblo

   No es sencillo distinguir entre educación y formación y con frecuencia se confunden ambas. Pero no son lo mismo, aunque puedan ser primas hermanas. Conozco personas a las que las vicisitudes de la vida les privaron de formación pero poseen una exquisita educación y personas educadas en los colegios más elitistas que carecen por completo de ella. Lo ideal es, desde luego, poseer ambas, pero no es fácil, aunque no sea imposible. Conozco mucha gente en que sí convergen.

En estos días se habla mucho de adoctrinamiento en la escuela, con el llamado pin parental incluido, pero si la cosa sigue así, se abusará tanto de esta palabra que acabará dejándose sin contenido. No se hablaba de ello, sin embargo, en mi infancia más remota y mucho antes, a pesar de que las escenas de niños y niñas segregados por sexo, cantando el Cara al sol, estudiando una asignatura llamada Formación del espíritu nacional y asumiendo el Manual de la buena esposa de la Sección femenina como libro de cabecera para las futuras mujeres Algo tan cercano al adoctrinamiento que la serie que he citado en primer término, Crónicas de un pueblo, no se ha repuesto jamás porque, según leí, era obligatorio introducir en cada capítulo un artículo del Fuero de lo españoles. Que conste que yo recuerdo lejanamente la serie, con un cartero inolvidable, pero no tengo conciencia de mucho más, porque era muy niña cuando cambió el régimen. Solo me acuerdo de un libro que decía de García Lorca que “murió en extrañas circunstancias” y que, cuando pregunté qué extrañas circunstancias eran esas, fue respondido con un “de eso no se habla”.

Cada día percibimos en Toguilandia la existencia de personas que, desde cualquier sitio de nuestra función, tienen una educación exquisita. Personas que no ponen el grito en el cielo cuando no les atienden en el acto o no les dan la solución que pretenden, que confían en el quehacer de su letrada o letrado y respetan a quienes vestimos toga como debería hacerlo todo el mundo. Siempre me producen ternura esas señoras mayores que llegaban dos horas antes de empezar su juicio de faltas “no vayan a tener que esperar por mí”. Y se vestían de domingo, como en las ocasiones importantes de la vida.

Al otro lado de la escala imaginaria están quienes gritan a cualquier cosa, quienes interrumpen y quienes, a pesar de que se les dice una y mil veces que no pueden hacer gestos de aprobación o desaprobación, no dejan de darse golpes de pecho y mover la cabeza asintiendo o negando. Especial mención merecen los que hacen caso omiso de la indicación de desconectar el móvil y, no solo nos obsequian con música de Shakira, de Rosalía o del concursante de moda de Operación Triunfo, sino que si nos descuidamos atienden el teléfono a mitad juicio y nos dicen que esperamos, que es solo un momento, Tra tra. Por supuesto, suele coincidir con una vestimenta de lo más inadecuada, que no digo yo que haya que venir al juzgado vestido de Primera Comunión, pero tampoco es de recibo hacerlo en bañador y chanclas, gafas de sol y comiendo chicle, escena frecuente en sitios con playa. Por no hablar del cigarrillo detrás de la oreja, que no sé si es de mala educación, pero a mí me da mucho grima.

Pero de todo hay en botica. Por eso, la mala educación no solo está a un lado de estrados. Quienes somos los personajes fijos de nuestra función también podemos dar algún que otro recital de mala educación y, aunque no es lo habitual, estropea todo el buen trabajo hecho por tanta gente. Alguna vez .lo he pasado francamente mal al ver como se dirigía una Señoría a sus funcionarios o a los letrados. Por suerte es la excepción que confirma la regla, pero ojala no hubiera ni siquiera eso.

   Las ocurrencias de los acusados, procesados, investigados, imputados o presuntos culpables tienen mucho peligro, y en ocasiones hay que llamarles al orden. Ya he hablado alguna vez de aquel magistrado que, con buen tino, decía que el derecho a no declarar  comprendía la posibilidad de callar o dar otra versión, pero no de tomar el pelo a la gente.

Como he dicho, distinto de la educación, que nos viene sobre todo de casa, está la formación, que es la que se adquiere en colegios y facultades, sin olvidar que no podemos dejar de formarnos jamás. Mi hija, de pequeña, me preguntaba cuándo dejábamos de estudiar. Creo que mi respuesta, diciéndole que nunca, hizo que no se decidiera por profesiones jurídicas como sus progenitores. Lo que no sabía es que la necesidad de formación no es exclusiva del Derecho

Así que hoy el aplauso es para quienes tratan a todo el mundo con educación. Aunque no sea recíproco y den ganas de soltar cuatro frescas al interfecto

 

Enfermedades mentales: lo más delicado


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Cuántas veces el mundo del cine y el teatro ha tomado como tema central de sus historias las enfermedades mentales. Despertares, Rain man, Mi pie izquierdo, Forrest Gump, Campeones, Alguien voló sobre el nido del cuco, Joker o Una mente maravillosa, entre otras, son películas que abordan estos temas y, de paso, constituyen garantía de premio casi seguro. Y es que abren una ventana a un mundo cuya puerta no es fácil de franquear.

  No es exactamente lo mismo un enfermo mental que una persona con discapacidad psíquica, pero sí es cierto que nuestro Código Penal los mete en el mismo saco, el de la alteración psíquica. Ya dedicamos un estreno a las personas especiales, para el cual conté con la inestimable colaboración de una amiga y compañera que conoce bien el tema. Pero hoy quería dar un paso más, aunque no necesariamente hacia adelante.

En Toguilandia, como en cualquier otro ámbito, escuchamos la palabra “loco” o “loca” con más frecuencia de la que cabría desear. Ese término se ha trivializado hasta el punto de que cualquiera lo usa sin darse cuenta del terrible dolor que causa a quienes padecen enfermedades mentales. O siendo consciente de ello, que de todo hay.

Muchas veces oímos hablar de de víctimas, especialmente de mujeres, en términos despectivos diciendo que están locas. Están locas porque han denunciado a su marido, locas porque denuncian una violación o locas porque dicen cosas que no se espera de ellas. También se dice de ellos en algunos casos, pero para los hombres son más frecuentes otro tipo de expresiones peyorativas.

Lo que ocurre es que, como me explicaban en clase de Psiquiatría Forense, por alguna razón que se me escapa, se banalizan los términos que describían enfermedades según las clasificaciones oficiales, como el DSM, y acaban convirtiéndose en insultos mondos y lirondos. Y así una vez y otra cada vez que se cambia. Ahora puede que haya quien no lo recuerda, pero la idiocia y la imbecilidad aparecían en el catálogo de enfermedades mentales hasta que “Idiota” e “imbécil” se convirtieron en un insulto de uso común, y otro tanto pasó con términos como “oligofrénico” o “subnormal”, por no hablar de “psicópata” Hoy en día, cualquiera habla de esquizofrenia o bipolaridad con una ligereza que daría risa si no diera pena. Pero es como un bucle . Pensemos, si no, en toda esa gente que, como una gracia, dice eso de “cuidado, que estoy muy loko” -lo de la k parece que queda más chulo- acompañado de muecas burlonas.

Para que las enfermedades mentales tengan su efecto penal, deben tratarse de alteraciones psíquicas que impidan comprender y querer la trascendencia de ese acto concreto. Y tener, por supuesto, una base patológica, porque si se trata de algo transitorio o una mera ofuscación, hay que ir a otro número entre las .atenuantes. Esto quiere decir que el sujeto debe saber lo que hace y comprender que está mal. Aún recuerdo una estupenda explicación que dio un médico forense en un juicio sobre un chico cuyas pocas luces pretendía su defensa que le eximieran de responsabilidad. El delito era un atraco a punta de navaja y el forense, a mis preguntas, dijo que tal vez ese individuo no entendiera lo que es una exacción ilegal -que levante la mano quien lo entienda bien-, pero algo tan grueso o grosero como saber que no está bien atracar a alguien con una navaja estaba al alcance de su comprensión.

Pero las enfermedades mentales en Derecho Penal no son el todo o la nada. Hay zonas intermedias que el Código traduce como eximente completa o atenuante, si concurre alguno de los requisitos pero no todos. Algo fácil de decir en teoría pero muy complicado en la práctica

No obstante, no deja de ser curioso la cantidad de catedráticos y catedráticas de psiquiatría en el anonimato que hay por el mundo. Si me dieran un euro por cada vez que un denunciante dice del denunciado, sea mujer u hombre, que era bipolar o esquizofrénico, sería rica. Luego, mi gozo va a un pozo cuando, preguntado por si está diagnosticado el trastorno, las respuestas van desde “no, pero yo lo sé” a “ya se lo he diganosticado yo”. Hay, incluso, quien se atreve a medicar, valiéndose de mister Google o hasta a pelo, que mi prima del pueblo tomaba Diazepam y le sentaba de maravilla, oye. O, como me dijeron una vez, tomaba unas pastillas llamadas “hace pam”, figúrese lo fuertes que eran.

Pero, como he dicho otras veces, no solo de Derecho Penal vive el jurista. El Derecho Civil tiene mucho que decir en esta materia, casi más que el Penal. Las personas con discapacidad pueden tener tal consideración en el ámbito laboral o administrativo, pero necesitan tenerlo en el civil para producir determinados efectos. Antes se llamaba proceso de incapacidad y también tenían ese nombre la sección de fiscalía y los juzgados dedicados a la materia. Ahora son personas con discapacidad -también podemos hablar de capacidades especiales o diversidad funcional, pero ese el término legal- y por fin han logrado que tal declaración pueda afectar a todas o solo algunas de sus facultades. A diferencia de lo que ocurría hasta no hace mucho, ahora, por ejemplo, pueden votar salvo que se distinga lo contrario.

Al hilo de esto está la importante función de jueces y fiscales a la hora de visitar los centros de internamiento y controlar la legalidad del mismo y las condiciones. Nada que ver con el concepto de “manicomio”, que despareció hace mucho tiempo. Aunque no hay que rasgarse las vestiduras para decir que en muchos casos falta un recurso legal. He visto a madres llorar en el juzgado pidiendo un alejamiento respecto de su hijo esquizofrénico y/o drogadicto -son muy frecuentes las toxifrenias- que les pegaba, y llorar más cuando se les explica que no los pueden tener en casa si hay alejamiento. El Derecho Penal no siempre es la respuesta.

Y por cierto, voy a desmontar un mito. Eso que se oye a algún todólogo de que el acusado se declara loco y no le pasa nada es una mentira como la copa de un pino. Lo primero, porque es más que difícil dársela con queso al forense, que tiene estudios en psiquiatría. Y, de otra, porque no se sale de rositas ya que hay medidas de seguridad como los psiquiátricos penitenciarios que les son aplicables. Otra cosa es que la medida acaba con la curación y no es una pena, pero eso es otro asunto para hablar largo y tendido en otro estreno.

Tampoco vale para cuando la enfermedad mental aparece tras haber sido juzgado. Es lo que la Ley de Enjuiciamiento Criminal llama “demencia sobrevenida” y, de acreditarse, dará lugar a las medidas que correspondan, pero nunca a la impunidad sin más.

Así que solo queda despedirme. Podría hacerlo con una reverencia con la toga, como hacía un interno que teníamos en un centro, que se creía el rey, pero mejor lo hago con un aplauso, como siempre. El que esta vez dedico a quienes tratan este delicado tema, uno de los más delicados que hay

Novelas: no tanta ficción


Un-libro-es-un-libro

Como sabemos, en todos los premios cinematográficos de cierta enjundia, llámense Goya, Oscar, César o el que se precie, existe un premio al mejor guión adaptado. Novelas que se llevan al cine y cobran nueva vida. En general, suele decirse que “era mejor el libro”, muchas veces porque es verdad y otras porque queda bien y es una manera de decir que lo has leído, aunque no hayas pasado de la primera página. Y, aunque hay adaptaciones que me han dejado fría, hay otras cuya transposición al cine es francamente buena, como ocurre con El nombre de la rosa o La lista de Schindler. A veces, pasa lo contrario, la novela cobra nueva vida después de su paso por el cine, algo que pasó, por ejemplo, con La voz dormida tras su triunfo en la gran pantalla. En esos casos, además, se hace una nueva edición con las caras de los o las protagonistas de la película y todo el mundo lo relaciona con ello. Es inevitable, aunque resta la magia que supone para quienes leen imaginar el aspecto de los personajes

Hoy no pretendo hacer un repaso de las películas que tratan de juicios o justicia, porque me dejaría muchas y tampoco es cuestión. No puedo, sin embrago, dejar de citar algunas maravillosas como La costilla de Adán, Vencedores o vencidos o Aquellos hombres buenos. Sin embargo, la cosa va más bien de lo que tienen que ver las novelas con nuestro teatro, en viaje de ida y vuelta. Hay asuntos que parecen novelas y hay novelas escritas sobre asuntos.

Dicen, y con razón, que la realidad supera la ficción. Y creo que uno de los mejores sitios para comprobarlo es, precisamente, Toguilandia. Allí vemos con frecuencia verdaderos dramas, pero también dejamos sitio a la comedia, al surrealismo, a la tragedia y hasta, más veces de las que quisiéramos, al esperpento. Ríase señor Beckett, pero el teatro del absurdo debió inventarse en estrados, y, más de una vez, Esperando, no a Godot sino a la celebración del juicio, pasan todo tipo de cosas.

Pero empecemos por el principio. Que levante la mano quien no haya sentido que algún procedimiento, nada parecido a El proceso de Kafka -¿o tal vez sí?-, se convierte en La historia interminable, y que ha invertido tantas horas en él que pasará mucho tiempo En busca del tiempo perdido.

También más de una vez hemos tenido la sensación de que de nada servía quejarse, si es que puede hacerse, porque llega un momento procesal que no es otra cosa que Tiempo de silencio. Una nunca sabe si se encuentra ante Angeles o demonios, pero cada nuevo recurso y contestación se convierte en una verdadera Odisea, en que como tengas un solo Día de cólera y la pifies, la puedes haber fastidiado para siempre.

Por supuesto, podemos ejercitar una Acción civil o una denuncia o querella con todas sus consecuencias, pero aunque siempre deberíamos quedarnos con la idea de que hay Crimen y castigo, no siempre ocurre así. Como fiscal, más de una vez me he quedado con Cara de Póker cuando ha llegado una sentencia absolutoria de un asunto en que me he empeñado a fondo, y supongo que ocurrirá igual con quien lleva la acusación particular. Sin embrago, en esos casos, la defensa llega a creer, y con razón, que ha llegado a Un lugar llamado milagro y, para celebrarlo, monta un Fiesta. Comprensible, desde luego.

Hay otra cosa que ocurre con frecuencia sobre todo a quienes escribimos además de toguitaconarnos casi a diario. Siempre llega alguien que te dice eso de que podrías escribir una novela de su vida, o que del argumento de tal o cual asunto daría para escribirla y nos anima a hacerlo. Hay veces que tienen razón, aunque no se puede escribir sobre casos reales sin atar todos los cabos de El consentimiento y los derechos, pero hay otros que una no sabe como decir que su historia es infumable, más larga que toda la saga de Los pilares de la tierra pero sin el mínimo interés. Y por descntado, son llegar a construir no La catedral del mar sino ni siquiera La Barraca 

En otros casos, sin embargo, los personajes piden novelas a gritos, y viceversa. Me he encontrado individuos que se parecían tanto al protagonista de Un tipo encantador que no sabía qué era antes, si el huevo o la gallina. También he pensado cuando tenía un asunto de menores en lo que les ocurría en Smokers, y si de casos de protección se trataba, que no tuvieran la vida de los personajes de Las cenizas de Ängela Y confieso que a veces, me gustaría toparme por los pasillos con El caballero de Moscú, con la protagonista de Criadas y señoras, con cada una de los Modelos de mujer de que habla el libro o con la mismísima Escarlata O´Hara, de Lo que el viento se llevó -o al menos oir Sus pasos en la escalera– pero me he de conformar con personas que defienden sus ideas como El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, u otras como el mismísimo Sancho Panza, que, por cierto, nunca dijeron eso de “ladran, luego cabalgamos” ni nada parecido, sino que fue Goethe en el poema Ladrador. Como me decía mi madre siempre de pequeña, no te acostarás sin saber una cosa más. Y a mí me encanta ponerlo en práctica.

También hay quien se cree protagonista de una película cuando viene al juzgado, y nos cuenta sus Cincuenta Sombras de Grey sin ningún tipo de rubor. Incluso a veces hemos de decirles que no hace falta descender al nivel de detalle de El kamasutra. Y también hay quien nos cuenta sus andanzas como si fuera el mismísimo Don Juan Tenorio o un Giacomo Casanova redivivo. De todo hay en botica. Y más en nuestro escenario,

Y hasta aquí, el Divertimento de hoy. He de decir que me quedan miles y miles de novelas por introducir entre nuestras bambalinas, pero que no seré El egoista y las dejaré para otro estreno, siempre que haya petición de bis, claro está. Mientras tanto, como dice mi amiga Fani Grande, un aplauso a quienes leen. Y, de propina, otro a quieneas escriben, aunque muchas veces coinciden.

Macrojuicios: el tamaño importa


cola de gente

A veces una cree que es cierto eso de “caballo grande, ande o no ande”, pero no siempre es así. El tamaño es una cuestión importante en el mundo del espectáculo, y, aunque no siempre las grandes producciones son sinónimo de éxito -que se lo digan si no a los productores de Cats-, no cabe duda que es más fácil triunfar cuando el despliegue de medios es mayor, por más que existan gloriosas excepciones para contradecirlo, esas películas de bajo presupuesto que cautivaron al público y multiplicaron por mil lo invertido. Entre ellas me quedo con Slumdog Millonaire, por lo que supone, Full Monty, porque el humor es lo más grande, Pequeña Miss Sunshine, por su ternura y mensaje, o Rocky, porque, vistos sus frutos, hoy resulta increíble. Y es que en el escenario Todo es posible, Las pequeñas cosas, las cosas de tamaño Gigante y hasta las Pequeñas grandes cosas.

En nuestro teatro el tamaño sí importa, aunque de la máxima de que todos somos iguales ante la ley podría desprenderse lo contrario. Y ojo, que nadie me malinterprete, que no pretendo decir que se trate de manera distinta a unas personas que a otras, sino que, más de una vez, las características del proceso, sea por el tema, por las personas que intervienen, por el número de afectados o por cualquier otra razón, hacen que sean precisas medidas diferentes que para las de cualquier otro juicio.

Que conste que no pretendo ser exhaustiva con todos los macrojuicios y/o juicios mediáticos porque, tras lo sucedido en los últimos años con temas de corrupción, necesitaría una saga de estrenos más largos que Los pilares de la tierra para nombrarlos todos. Pero me tiro a la piscina con unos cuantos, que siempre cabe una continuación, que en nuestro teatro segundas partes sí que son buenas.

Hay juicios que llaman a la gente por la temática que abordan, sea por su importancia o, por desgracia, por el morbo que suscitan, o por una mezcla de ambos. Ya conté al hablar de los delitos de odio que cuando aterricé en mi primer destino me encontré con el juicio por el asesinato de Guillem Agulló, que tuvo muchos meses ocupado a mi compañero y que, dadas sus características, hubo de ser celebrado en local diferente al juzgado -si mal no recuerdo, cedido por una entidad bancaria- y con condiciones extremas de seguridad. Por desgracia, no hemos avanzado mucho en esta materia, a pesar de que han transcurrido más de 25 años y que los condenados ya están en la calle.

También era la materia, aunque en este caso algo diferente, la que hacía que cada día verdaderas hordas de personas, entre ellos multitud de prensa, se presentaran en las inmediaciones de la Audiencia Provincial de Valencia, para presenciar el juicio por uno de los más horrendos crímenes de que se tiene recuerdo, el de Las Niñas de Alcácer. Acababa yo de llegar a Valencia -me empiezo a preguntar si tengo poder para atraer estas cosas- cuando veía cada día a mi entonces Fiscal Jefe entrar en sala teniendo que haber soportado el día anterior toda clase de teorías conspiranoicas y juicios paralelos en la televisión, que también dieron lugar a sus correspondientes juicios por los insultos vertidos. No quiero ni pensar que hubiera pasado de existir entonces las redes sociales.

A este mismo esquema responden, como si el tiempo no hubiera pasado, juicios por asuntos igual de horrendos como fue en su día en de Rocío Waninkof -mejor dicho, los juicios, que hubo varias anulaciones y acabó con una absolución que daba para mucha reflexión-, el de Diana Quer, el de José Bretón, Sandra Palo, la niña Mari Luz o el del niño Gabriel, además del inconcluso caso de Marta del Castillo, cuyo cuerpo todavía no ha aparecido. También podemos incardinar en esta categoría de juicios mediáticos por la materia el de La Manada de Pamplona, hace apenas nada. Da mucho que pensar que, a pesar de que cada vez parece existir el firme propósito de no caer en el juicio paralelo, algo a todas luces rechazable, no hay modo de evitarlo, y a día de hoy, la dura competencia por las audiencias fomenta un “vale todo” en que las grandes sacrificadas son las víctimas y sus familias.

Aunque, si de temáticas hablamos, acabamos de asistir a un juicio, televisado además, de una materia sobre la que pensaba que jamás presenciaría un juicio: la rebelión y/o sedición. Como quiera que el 23 F me pilló niña y no era consciente de la trascendencia de estos procesos, para mí el Procés ha resultado algo jurídicamente inesperado e increíble. Y he de decir que, aunque yo no seguí demasiado el desarrollo de las sesiones, tengo varias compañeras que estaban más enganchadas al juicio que al más popular de los culebrones. Hasto podíamos ponerle un nombre de tal, como Los políticos también lloran. E intuyo que aún quedan cosas por decir.

 

Otra cuestión viene, por cambiar a un tema más amable -o no- cuando la razón de el carácter mediático viene dada por la condición del sujeto activo o pasivo, especialmente si el famoso es el presunto delincuente. Contaba una compañera que las medidas tomadas cuando se juzgó a una famosa folklórica en Sevilla fueron de órdago, incluida sala, puerta de entrada y mobiliario especial. Y ni que decir tiene cuando los juzgados han sido políticos de postín y hasta miembros de la realeza pero, pese a la seriedad de algunos temas, hay cosas inolvidables. Me contaba una compañera que estaba ella en sus prácticas en la escuela judicial de Madrid cuando se juzgó a Lola Flores por delito fiscal, y que tuvo la experiencia de presenciar varias de las sesiones con quien era su tutor. Contaba que las respuestas de La Faraona eran para escribir un libro y que, además, cuando en algún programa remember salen imágenes de este juicio, sale mi compañera en prácticas, recién toguitaconada, sentada en estrados por primera vez y pasando a la posteridad.

Por lo que a mí respecta, recuerdo el divorcio de una cantante que guardaba cosas en El baúl de los recuerdos y lanzaba Flechas del Amor a diestro y siniestro con quien se encargaba de hacerle la permanente, que era un verdadero espectáculo cada vez que entraban o salían en los juzgados. O el de un futbolista, acusado por una algarada en un bar, que resultó, supongo que aleccionado por su defensa, ser la persona más educada del mundo, a pesar que su juicio se retrasó más de cuatro horas. Nada que ver con los Messi y compañía, respecto de los cuales lo peor es la gente en la puerta que les alentaba como héroes cuando eran acusados de delitos cometidos con el dinero de todos.

Y la última clase de macrojuicios, por lo que a este estreno respecta, vendría constituida por aquellos que, sin imputados ni víctimas conocidas, afectan a tantas personas o producen tales efectos que es imposible que se celebren en las condiciones de cualquier otro. En esta categoría entrarían las grandes catástrofes como el metro de Valencia -de proximísima celebración-, el Prestige,  o la intoxicación por aceite de colza. En mi memoria quedó en particular el contagio masivo de hepatitis C, conocido popularmente por caso “Maeso” cuya logística era tan compleja que las salas que se habilitaron para su celebración siguen disponibles para cosas similares con el nombre popular de “la sala de Maeso”  También los grandes juicos por terrorismo, entre los que acuerdo en especial del 11 M, aunque haya que incluir también las masacres de la Banda terrorista ETA.

Precisamente de estos juicios con múltiples afectados son de los que tengo algunas anécdotas para acabar el estreno, de ser posible, con una sonrisa. Ya conté en otro estreno la reacción de un labrador cuando deponía como testigo por la Pantaná de Tous, que dijo con toda naturalidad eso de “Ché, el Ebro·”. Y me cuenta un compañero, que en un juicio con mútiples perjudicados por daños, se encontró con que uno de ellos era citado como LODVGSL, lo que suscitó la curiosidad de todos los presentes, pensando que se trataba de alguna sociedad o grupo de capital importancia. El enigma se resolvió al saber que era, ni más ni menos, el grupo La Oreja de Van Gogh y su guitarrista, afectado en el caso, que reclamaba daños. Algo que me recuerda una ocasión en que un compañero citó a Juan Luis Guerra porque ”a él pertenecía el CD sustraído” que, por supuesto, abogaba por una tormenta masiva de café en el campo. Tal vez en juicio mediático tendría lugar si tal cosa ocurriera.

Con esto, bajo el telón por hoy. Seguro que me he dejado muchos juicios mediáticos habidos y por haber, y no descarto, de tener sugerencias, volver a ponerle este cascabel al gato. De momento, dedico el aplauso a todas las personas que han tenido que soportarlos, de uno u otro modo, y lo han llevado adelante con dignidad y sensatez. Al resto, ni que decir tiene que tomates a tutiplén,

Blabladurías: con los Abadía hemos topado


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Los dichos, refranes y frases hechas dan mucho de sí. Tanto, que muchos títulos de libros, películas u obras literarias echan mano de ellas o las usan hasta retorcerlas para provocar un efecto hilarante o cualquier otro. En el nombre del Padre, Gary Cooper que estás en los cielos, No me chilles que no te veo, El cielo puede esperar, Nunca digas nunca jamás o Amanece que no es poco son algunos de los muchos ejemplos que podemos encontrar. Seguro que se nos ocurrirían muchos más

Y lo que hoy traigo no es que me lo haya encontrado, es que me lo han reglado, aunque confieso que es un regalo muy esperado desde que supe de su existencia por un abogado, Jorge Abadía, al que le agradezco no solo el regalo sino la dedicatoria. Y seguro que quienes me leéis agradecéis a él, a su padre Gonzalo, y a sus hermano,s Javier Rafael y Alfonso la recopilación de lo que ellos llaman Blabadurías y con lo que me va a salir, a poco que me esmere, no uno sino varios estrenos preciosos. Con esta materia prima sería imperdonable que no lo fueran.

La Blabadurías son dichos retorcidos hasta provocar cuanto menos, una sonrisa, como hemos visto más de una vez en este teatro, y como vemos casi a diario en sus tables. Precisamente ahí vamos, a ver cómo podrían aparecer donde una menos se lo espera. En Toguilandia, por supuesto. Y, sí, No seas pájaro de paragüero y pienses que no me va a quedar bien, que de eso, nada. Me va a quedar un post niquelado, y lo difundiré A pompo y platillo.

Así que vamos al lío, que no quiero irme con los perros de Úbeda -salvo que sea con uno llamado Yuri, él sabe por qué- y que todo quede en agua de borrascas. Por supuesto, no voy a cortarme un pelo, que a poco que me dejen me vengo arriba y ya se sabe que no se pueden poner vallas al cielo, ni se puede estar en lo más alto de la cresta de la ola, que eso es algo de cajón de pato.

Hay quien se empeña que en los Juzgados hay que ser soberbio, callado y peripuesto para que nos tomen en serio. Pero creo que no es cuestión de qué, sino de cuándo. El sentido del humor debería de ser el primero de los sentidos, y nadie lo incluye siquiera entre los cinco a que se alude siempre. Y ya sé que me arriesgo a que alguien me diga como aquel: me parece súper interesante lo que me cuentas, así que, por favor, manténme al margen. Y por si hay alguna duda,  lo repetiré, que Nada más cierto que la realidad.

Y no es que yo quiera ser correctamente política que ya sabemos que en Toguilandia, cuando de política se trata más vale tener cuidado, que es un Tema Vudú. De hecho, yo ni entro ni corto y si alguien espera que lo haga, ya se puede quedar esperando sentado, que ni por debajo de mi cadáver. Y aunque me intenten convencer y para ello me adornen la píldora, yo como los jueces, callando, callando y con el mazo dando.

Hay que reconocer, de todos modos, que a veces las cosas se sacan fuera de tiesto, y basta con mentar cualquier juicio mediático para verlo. O mejor dicho, para oírlo, y lo digo sin actitud hacia nadie. Pero es que hay que andar con cuidado, que hoy en día los medios y las redes nos sueltan cualquier cosa y  hay gente que se lo cree a pies puntillas, que ni la Paulova en su apogeo, vamos Y por más que quieras convencerlo de lo contrario, nada, ni aunque les propongas sentarse encima de la mesa para llegar a un acuerdo. Quien no quiere atender a razones, se queda con su idea, por más que esté Rizando el bucle sin parar.

En muchas ocasiones es difícil mantener la compostura ante algunas afirmaciones de nuestro público. ¿Qué hacer cuando alguien dice que el alquilino no le paga y que por eso es un estafador con todas sus palabras? ¿O cuando explica que le pagaron en parte en dinero y en parte en especias, que lo veo echando guindas, canela y clavo al pavo como si no hubiera un mañana?. Pues hay que disimular, no vaya a ser que el cliente decida rescindir de tus servicios, por más que tú llevas trabajando en el asunto siempre al pie del camión.

¿Qué hacemos cuando alguien se empeña en contarnos que le han pillado con las manos en el carrito del helado? Pues tratar de aguantar la risa, pensando mientras tanto que en todas partes cuecen almas. Porque eso es así, y no nos vamos a arriesgar las vestiduras por reconocerlo- ¿O sí?

No voy a acabar sin contar otra cuestión tan real como la vida misma, la del individuo que pedía que le sustituyeran la pena de prisión por trabajos en beneficio de la comodidad. Pues claro, yo de esos también quiero.. Voy a ver si el Médico Florense dice que son lo más adecuado y asunto concluido. Yo, si alguien me dice eso, estoy segura de que lanzo una flecha en su favor. No me merece menos, y eso aunque su Señoría se quede Superfacta con la propuesta.

Y hasta aquí las Blabadurías de hoy. Me quedan una cuantas en el tintero para otras ocasiones, que traeré gustosa a nuestro escenario si el público pide un bis. Hoy solo me queda el aplauso para la familia Abadía, que son quienes han inspirado este estreno. Porque el sentido del humor es el mejor de los sentidos, sin ninguna duda.

Fake news: mentiras arriesgadas


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Las mentiras son, desde luego, el nudo gordiano de más de un argumento, y otro tanto ocurre con los malos entendidos, Cuando unas y otros se mezclan y retuercen , pueden dar lugar a comedias de enredo, divertidas y de final amable o a verdaderos dramas. Depende como se traten las mentiras -aunque vayan en el pack de Sexo, mentiras y cintas de video– al Mentiroso compulsivo o a La infamia que marca al alguien para siempre. En cualquier caso, lo que no se pude negar es que a las mentiras las carga el diablo, y tienen más peligro que La escopeta nacional, que un Colt 45 o que todo un Arsenal. No en vano son Mentiras arriesgadas

Las mentirasen Toguilandia son el pan nuestro de cada día, sobre todo a un lado de estrados, ya que el acusado puede, al ejercitar su derecho a no declarar contra sí mismo y no declararse culpable, mentir como un cosaco, algo a lo que ya dedicamos un estreno.

Pero no todas las mentiras son iguales ni tienen los mismos efectos. A las que hoy vamos a dedicar la función es a esa clase llamada “fake news”, un tipo de noticias falsas que ha tomado carta de naturaleza, anglicismo incluido, en los últimos tiempos, por ser especialmente aficionado a ellas algún que otro dirigente internacional con una cáscara de plátano por cabellera y un peculiar tono zanahoria en su piel.

No es que antes no existieran, sino que éramos más sencillitos y las llamábamos rumores, chismes o cotilleos, adornándolas con las virtudes de nuestro refranero cuando decía eso de “injuria, que algo queda” o “cuando el río suena agua lleva”. Siempre me he planteado lo listo que debe ser el señor Anónimo, autor, como sabemos, del refranero, para distinguir de un modo tan exquisito una injuria de una calumnia o de un vulgar insulto pero eso es, como él mismo diría, harina de otro costal.

Mis primeras Fake news, -o algo parecido, que entonces no se llamaban así y no se distinguían de los rumores mondos y lirondos- relacionadas con el Derecho las viví antes de toguitaconarme, aunque cuando ya andaba camino de ello. Las primeras fueron muy típicas de determinada época estudiantil y quienes sonrían recordándolas seguro que ya peinan alguna una cana -o ninguna, según como se mire-. Se trata de aquellos avisos de bomba especialmente frecuentes cuando había un examen. Tan frecuentes eran que un precepto del código penal sancionaba ese alarmismo. Y era curiosa la diferente reacción del profesorado: había quien se empeñaba en ignorarlo, y quien hacía todo lo contrario, pero al final el examen siempre acababa posponiéndose horas o días, según el caso. Por supuesto, nada tiene esto que ver, aunque pueda parecerlo, a los peores tiempos del terrorismo en que, por desgracia, había que tomar los avisos más que en serio.

La siguiente experiencia pre-toguitaconada fue una más de andar por casa, pero también bastante común a estudiantes de cualquier carrera. Ese momentazo en que, en la noche antes del examen que habíamos de pasar sin dormir porque nos había pillado el toro de la imprevisión, alguien suelta el bulo de que el profesor o profesora no va a hacer examen. Normalmente, se relacionaba con alguna circunstancia que lo hiciera verosímil, como la próxima jubilación del docente o algún nombramiento fastuoso, y empezaban a sonar los teléfonos -fijos, nada de móvil y menos aún de whatsapp o redes- con lo que todavía perdíamos un tiempo precioso para aprender unos cuantos artículos más del Código que fuera. Siempre recordaré la conversación surrealista con mis amigas una noche que, entre cafés y coca colas para despejarnos, acabamos con esta afirmación gloriosa “la profesora X dijo que iba a hacer examen, pero no dijo que lo iba a corregir” Y nos pareció tan coherente, oye. Las componentes de esa cuadrilla seguimos juntas, acabamos la carrera y, de vez en cuando, le recordamos a la autora su genialidad. Por cierto, hicimos el examen y lo aprobamos.

Cuando ya mi momento toga estaba mucho más cerca, hubo otra de estas noticias bastante más similar a lo que hoy conocemos como fake news. Nos habíamos examinado del primer ejercicio de la oposición, que en nuestro caso era un escrito, cuando empezó a corre por tierra, mar y aire el rumor de que se había inundado un sótano donde guardaban nuestros exámenes, y estos se habían mojado, habiendo devenido inservibles. Las reacciones fueron variadas, desde quienes lo entendieron como una segunda oportunidad del destino porque su examen era una catástrofe hasta quienes se acordaron de todos los ancestros de Santa Bárbara porque les había salido niquelado. Nunca supimos de dónde salió el rumor, ni si se llegó a mojar algo, pero puedo asegurar que los ejercicios estaban incólumes y que aprobó quien tenía que aprobar.

Una vez toguitaconada, también he visto algunas cosas que entrarían en esa categoría de fake news, aunque es ahora, con el advenimiento de Internet y las redes sociales, cuando empiezan a florecer a nuestro alrededor, y más que lo harán. Una de las más típicas es la que se relaciona con nombramientos y ascensos, de candente actualidad, y que asegura que Fulano o Zotana van a ocupar tal cartera, tal consejería o aquel puesto en la carrera. Luego es o no es, aunque lo más normal es que no sea y el o la tapada aparezca por sorpresa y deje al resto con tres pares de narices.

Nos podemos encontrar también con cosas que se hayan publicado imputando un delito a una persona o colectivo que no tengan nada que ver -de nuevo injuria, que algo queda- o que se inventen directamente una noticia. Y también, lo que es más peligroso, hay manipulaciones de noticias auténticas o interpretaciones interesadas de datos que, una vez difundidas, se repiten hasta que todo el mundo cree que son verdad y lo afirma con total seguridad.

Una de la que ya he hablado alguna vez es la noticia que de vez en cuando se expande en redes de que un Juzgado de Valencia ha dicho que “expulsar una ventosidad es violencia de género”. Sé de buenísima tinta que juez y fiscal estuvieron buscando esta sentencia, por si alguno de ambos había sufrido un ataque de amnesia y jamás la encontraron. Si la recibís, fijaos que el recorte no tiene autor, ni fecha, ni nombre del periódico, algo que ya debía hacer sospechar, y además va corriendo por ahí desde 2010.

Otra de las tácticas frecuentes es partir de datos reales para difundir conclusiones erróneas. El más claro ejemplo es el de los miles de hombres que se suicidan por un divorcio injusto. Ni que decir tiene que no hay ningún estudio que relaciones cuántos de los suicidas estaban en ese trance, y además, tomaron la decisión por esa razón y no por cualquier otra como una depresión o una enfermedad terminal por poner algún ejemplo.

Y últimamente empiezan a aparecer estadísticas falsas sobre hombres asesinados por sus mujeres .curiosamente, siempre son 30, sea el año que sea- cuando se puede comprobar que no es así. También ocurre con hechos delictivos que se atribuyen a inmigrantes, a personas pertenecientes a determinados colectivos, o a menores no acompañados -a quienes despersonalizan llamándolos “menas”- para olvidar que son simplemente niños. Aunque he buscado por necesidad, no he encontrado nada -aun- al respecto en la jurisprudencia. Pero estoy segura de que no tardará en haberlo, y que si no lo encuentro yo mi compi Escarlata (@escar_gm, alias Rastreator) lo localizará. Os daré cumplida cuenta.

Por último, no quiero acabar sin hacer referencia a dos de estas fakes de toda la vida que seguro que hemos visto alguna vez. Una sería la de la niña, el perro y la mantequilla de Ricky Martin, de la que todo el mundo aseguraba que conocía a alguien que lo había visto, pero aun no he leído a nadie que lo viera. Obviamente, porque nunca existió. La otra es una que, periódicamente, aparece en las redes no sé por qué: la supuesta muerte del cantante Chayanne, que no sé quien le quiere tan mal que le mata un par de veces al año mientra el sigue de gira dando botes como un poseso. ¿Y que decir de que Elvis está vivo, o de que uno de los Beatles murió y lo sustituyeron por un doble? Pues eso, que no hemos inventado nada. Solo hemos puesto un nombre anglosajón y aprovechado el poder de difusión de Internet.

Así que hoy, el aplauso, como no podía ser de otra manera, es para quien se asegura de que una cosa es verdad antes de difundirla. Un ejercicio más saludables que una semana entera de gimnasio y a veces igual de costoso.