Argot (III): polisemia toguitaconada


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  Las ambigüedades lingüísticas y los juegos de palabras son un recurso ingenioso y resultón para  títulos de películas, obras teatrales o novelas, como la propia Juego de palabras. Otras veces, se cambia parte de una frase o palabra conocida para tratar, con mayor o menor éxito, que el título resulte ingenioso, como hace el Disputado voto del señor Cayo. Un recurso que, además, fue muy utilizado en el cine español de la época del destape, con títulos como Los extremeños se tocan, Al este del oeste o La Lola nos lleva al huerto. Cosas de la época…o no

Nuestro teatro es muy dado a utilizar términos que, aunque ya existen, tienen un significado distinto del habitual, dando lugar, más de una vez, a situaciones hilarantes. Ya hablamos de algunas de las cosas de nuestro argot, en los dos pasados estrenos, pero aún se quedaron otra en el tintero, sobre todo relacionadas con estas ambigüedades a que hacía referencia.

Para empezar, pensemos en cómo llamamos a los mamotretos con los que vamos a juicio. Es cierto que muchas veces se emplea el término “expedientes” que resulta bastante lógico, pero otras les llamamos de formas que no hay quien nos entienda. Hablamos de “causas”, cuando en realidad de lo que se trata es más bien de consecuencias, por que se trata de dar fin al proceso. Más simpático aun es lo de referirnos a “actuaciones” como si hubiera un escenario donde se desarrollara el juicio, además del que da lugar a este blog. Pero no es de extrañar, cuando a una de las partes se le llama actor, algo que ha motivado más de una anécdota. Cuando se le llama a gritos, con eso de “que pase el actor”, más de una vez me he encontrado que el susodicho protestaba porque él era albañil, representante o tornero fresador, pero nada de actor. Algo que también pasa cuando nos dirigimos a quien declara como el dicente, que insiste en que no, que se llama Gregorio, que él no es Vicente y que igual lo confunden con su primo del pueblo, que son clavaditos, oiga. Por supuesto, del poderdante ya ni hablamos, que lo del apud acta son palabras mayores, sobre todo cuando una piensa que ya no hay actas como tales

No obstante, la reina de las denominaciones de los expedientes judiciales es la de “rollo”, como llaman en las Audiencias a los procedimientos. Y, las más de las veces, con muchisima razón, que menudos tostones hay que aguantar de vez en cuando -guardadme el secreto-. Pero que nadie se engañe, que no se llaman “rollo” por eso, ni porque vayan enrollados a ningún sitio, que de eso nada. Lo que sí he visto alguna vez es que lo de “atado con cuerda floja” sea literal, aunque cada día se vea menos, sustituido por unas tristes grapas que no tienen ni la mitad de salero. Dónde va a parar.

Otra cosa que también llama la atención, especialmente a las criaturas con las que conciliamos, es la existencia de piezas. Cuando mi hija era pequeña, la pillé con el colorín a punto de rayar en una causa. Le dije que no se podía, que era una pieza del asunto que mamá estaba despachando. Terrible error el mío, al usar muestra terminología, aunque fuera de un modo inconsciente. Ella me dijo, y con toda la razón, que eso no se parecía ni de lejos a las piezas del Lego. Aunque hay que reconocer que a veces, cuando se tratan de encajar, sí que tienen cierto parecido a las del Tetris, porque hay que hacer malabarismos para que las cosas funcionen ¿o no?

La verdad es que a veces con estas cosas nos ponemos muy eufemísticos. Hablar de la situación personal suena mucho mejor que aludir a prisión o libertad, y decir que una se abstiene o que plantea una declinatoria que decir, siempre y llanamente, que esto no me corresponde. Aunque, para decir algo fino, nada como los fiscales cuando reproducimos por vía de informe, un pasapalabra jurídico en toda regla.

Y, hablando de fiscales, que de vez en cuando está bien arrimar el ascua a mi sardina, la gente suele desconocer dos de nuestros papelillos -que no papelinas, no se confunda nadie- más importantes. Uno de ellos es el extracto, que no es el papel del banco con los ingresos y gastos, sino un resumen de la causa de modo que, aunque no vaya a juicio quien calificó (cosa que ocurre casi siempre) tenga una cumplida idea de la cusa sin necesidad de leerla entera. Un buen o mal extracto hace que te acuerdes del compañero y sus ancestros en uno u otro sentido. Verdad verdadera.

El otro papelillo, es el estadillo, aunque mas bien debería llamarse “el pesadillo”, por lo plúmbeo que resulta hacerlo, y porque, si no lo hemos rellenado a tiempo, puede afectar a nuestra capacidad de conciliar sueño. Se trata del impreso de estadística mensual, del que ya hablé -o mejor dicho, del que ya despotriqué- en el estreno dedicado a los absurdos  y sigo acordándome de los ancestros de quienes lo inventaran cada vez que llega el momento de rellenarlo.

Y si hasta aquí me he referido a los papeles y a las cosas que hacemos, ahora aludiré a quienes las hacemos. Porque, además de los que conocemos, hay unos jueces y fiscales que mucha gente desconoce. Se trata de los JATS,  y de los FATS , que, aunque parece un nombre en clave, no es otra cosa que jueces o fiscales de adscripción temporal, aunque se hayan consolidado mucho más en la carrera hermana que en la nuestra. Se trata de un apaño que hicieron para cubrir plazas sin necesidad de rascarse el bolsillo con sustitutos, pero que nadie se olvide que son titulares y, a veces, con mucha antigüedad, aunque carecen de órgano propio y van cambiando de sitio según las necesidades. Otros, parecidos pero no iguales, son los jueces paralelos que nada tienen que ver con los juicios paralelos aunque  la terminología pueda llevar a engaño. Se trata de casos en que es necesario más de un juez o jueza para llevar un juzgado por alguna circunstancia especial, como la llevanza de una macrocausa, y en los que el Consejo hace como con los petit suisse, darnos dos. También se llaman de refuerzo, y aunque pueda recordárnoslo el nombre, no tienen que ver con el primo de Zumosol, aunque bien pensado podrían ser la versión toguitaconada del mismo

Y hasta aquí esta nueva entrega sobre nuestro argot. De nuevo daré el aplauso a quienes me han proporcionado todas estas joyitas. Diría que pongo fin a la trilogía, pero Toguilandia da para mucho y, como decía Bond Nunca digas nunca jamás. Por si las moscas

Argot (II): sutantivos y adjetivos


 

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La gramática, aunque no lo parezca, da más juego de lo que pudiera pensarse. Además de que sin ella no sería posible la existencia de todas las obras de la literatura que leemos o vemos en pantallas grandes o pequeñas, el uso de sus propios términos ha dado para más de un título, como Pretérito imperfecto o, jugando con los tiempos verbales, Regreso al futuro. Por su parte, la propia enseñanza ha quedado reflejado en otros, como ocurre con Asignatura pendiente o Asignatura aprobada. Aunque el maestro por antonomasia es el de la Lengua de las mariposas. Inolvidable

Más de uno y de una se estará preguntando qué tiene que ver la gramática con nuestro teatro. Pero, paciencia, que vamos a ello.  Como ya vimos en el anterior estreno, en Toguilandia empleamos nuestro propio argot. Y en él tiene una importancia extraordinaria una distinción que parece solo cosa de la asignatura de lengua española: lo sustantivo y lo adjetivo.

Nos referimos a lo sustantivo para aludir a aquello que hace referencia al fondo, y adjetivo a la forma, que en nuestro caso es el proceso. Aunque, como nos gustan las palabrejas, no solo empleamos estas o sus sinónimos de ley sustantiva o ley procesal, sino otras más enrevesadas como ley rituaria para despistar. Un nombre que pudiera parecer que se refiere a ceremonias extrañas invocando, no la lluvia sino unos medios adecuados, nuestro particular totem.

Pero este no es el único caso en que jugamos con la gramática en nuestro argot toguilandés. A la gente suele llamarle la atención, y no es para menos, el uso peculiar de los posesivos. Se habla de “mi juez” o “mi funcionaria”, como si nos hubieran tocado en una tómbola o hubiéramos pagado una hipoteca por su adquisición. Claro que, como ocurre con los hijos, cuando no nos gusta lo que hacen, pasan a ser “tu juez” o “tu funcionaria”, para el habitualísimo caso de que compartamos uno u otra con un compañero, que en Justicia no estamos para dispendios.

También usamos de un modo propio los tiempos verbales. Aunque desparecieron de los formularios, todavía hay quien usa los gerundios, porque parece que togando, togando, se acaba sentenciando. Así que atrás quedaron los resultandos y considerandos, pero todavía quedan otros. Por no hablar de ese tiempo verbal que solo usan los códigos, el futuro de subjuntivo, sea imperfecto -el que matare a otro- o perfecto -si hubiere desistido de su acción-. ¿Alguien se imagina hablar en una tertulia de que quien pidiere el café antes será quien pagare la cuenta? Pues eso.

También es peculiar el uso de palabras propias y conectores un tanto obsoletos y hasta cursis. Y si no, que alguien me diga como suenan expresiones como “Habida cuenta”, “a la sazón” “llevado por el ánimo de enriquecerse a costa de lo ajeno” “de consuno” “toda vez” o “tuitivo” . También es muy frecuente -tanto como infrecuente en la vida normal- decir que algo no es baladí, o hacer cosas como detraer o proceder a la subsunción. Incluso hay vocablos con connotaciones escatológicas como el evacuar de los fiscales, o el deponer de los testigos. Hay que hacer un verdadero ejercicio de exégesis, otro palabro de los que nos gustan. Aunque quizás uno de los más chocantes sea el del “injusto típico”. Que no significa que el hecho de que desparezca la flamenca de encima del televisor sea una injusticia, ni que la paella con chorizo sea un verdadero atentado. Aunque lo sea, sin duda.

En cuanto a la parte verdaderamente sustantiva, esto es la que afecta al meollo de la cuestión, la jerga es tal que a veces das la sensación que hablamos en sánscrito, en clave o en cualquier lenguaje solo apto para iniciados, formado por una mezcla de siglas, abreviaturas y popularizaciones. Así, tenemos varios nombres para referirnos a la violencia doméstica y a la de género, cuando no van juntas. Hacemos juicios por VIDO, por VIOGEN, por VIGEN o VIOFAM y, cuando hay problemas para las visitas de los menores, les remitimos al PEF, que, aunque parezcan las siglas de un partido político, no es sino el punto de encuentro familiar, o a otros como el SEAFI, cuyo significado es fácilmente deducible.

Para que nadie crea que solo hablo de un tipo de delitos, citaré otro cuya terminología también es peculiar. Hablamos de COBIBA para referirnos a las conducciones bajo los efectos de bebidas alcohólicas, y recuerdo que el modo de recoger la abreviatura en las carpetillas en uno de mis destinos, “Conducción BIBA”, me gustaba casi más. La de veces que hemos dicho que íbamos a hacer un “Biba la conducción”. Con tanta soltura que ni me hubiera extrañado que algún día un acusado dijera “¡¡viva!!!”. Aunque los vítores se le hubieran quedado congelados al conocer la RC derivada del delito. O sea, la responsabilidad civil, que es lo mismo que la obligación de rascarse el bolsillo.

Y, como todo se pega, también adoptamos para algunas cosas el lenguaje de nuestros clientes, y llamamos marrón a algo complicado e inoportuno que maldita la hora en que nos cayó encima. Vamos, como dice una compañera “me ha entrado un mochuelo que no me cabe en el armario”. Y es verdad. Porque entre nuestros papeles hay mucha morralla -esto es, cosas de poca importancia- los expedientes cuando fastidian es que fastidian de verdad, como decía la copla de la española cuando besa. Tan española, como el “Ajo” que usamos como adjetivo coloquial para referirnos a ellas.

Aun me he dejado alguna cosilla en el tintero, pero, como no me gusta eso de reproducir por vía de informe que de vez en cuando hacemos los fiscales -forma culta de decir “pasapalabra”-, lo dejaré para el siguiente estreno, si es que el público pide un tris.

Mientras lo espero, daré el aplauso, una vez más, a todos los compañeros y compañeras que han contribuido a hacer este estreno posible. De nuevo, mil gracias.

Argot: procesando el proceso


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Todas las profesiones tienen su argot o, al menos, sus guiños o sus palabras clave. La noche americana, además de una película de Truffaut, es un modo de rodar determinadas escenas en cine, y estar On the air o en el aire no es estar Volando hacia Río -ni siquiera bailando claqué en las alas del avión- ni hacia un Amor sin escalas, sino algo así como estar grabando o en las ondas. Y, si una no conoce los términos, puede hacer el más clamoroso de los ridículos, como quienes en un programa de televisión tradujeron “estar on fire” por “estar en el fuego”. Y, claro está acabaron quemados.

Si por algo se caracteriza nuestro teatro es por el uso de tantos términos extraños y palabras clave que, a poco que nos descuidemos, hacen que parezcamos incomprensibles. Y, aunque mi consejo, como ya dije en otro estreno, es utilizar un lenguaje  accesible, no siempre lo logramos. Incluso hay quienes cometen el error  de pensar que por hablar un jerga incomprensible parecen más sabios, cuando es exactamente lo contrario.

Pero, por si alguien duda, diré que este es el primero de varios estrenos dedicados al tema, porque da para mucho, como veremos a continuación. Por supuesto, con el permiso de Su Santidad, el modo en que, a veces, leemos eso de SS que no se refiere a la policía nazi ni a la Seguridad Social sino a sus señorías.

Nuestro lenguaje ya es peculiar desde antes de ingresar en Toguilandia. Por eso, aunque quienes opositan hablan con frecuencia de cantar, no pertenecen a un coro ni van a dar ningún recital en el Liceo. Aluden a los temas de la oposición que o se recitan como si fuéramos prosodas, o se cantan, Nunca se dicen. Faltaría más.

El proceso da para mucho en lo que a palabrejas se refiere. ¿Acaso alguien fuera de Toguilandia imagina que un pelo, un palo o una flauta puedan ser algo distinto de un cabello, una vara o un instrumento de viento? Pues así es.

Cuando yo llegué a Toguilandia ya no existía, pero durante mucho tiempo hubo un procedimiento, llamado procedimiento de urgencia para delitos menos graves y flagrantes al que todo el mundo llamaba PELO. Por contraposición, el que vino a sustituirle, el Procedimiento Abreviado para determinados delitos, se le llamó PALO o, simplemente pé-a (PA) cuando ya le habíamos cogido confianza. Por supuesto, podía acabar en una “cali” -que no es el dimintivo cariñoso de Calimero sino una calificación- o en un ese-pé , es decir, un sobreseimiento. Por supuesto, cuando los ese-pés son muchos, hablamos de esepear, que puede hacerse en la modalidad P1 y P2, que no es jugar a los barquitos sino aludir al número del precepto que determina falta de prueba o autor deconocido. Menos frecuentes, pero también posibles, son los ese-eles (SL) que es como la madre de todos los sobreseimientos porque no admite reapertura.

Pero no solo de procedimientos abreviados -que son todo menos breves- vive el proceso penal. Tenemos nuestro propio modelo de DIOR, que aunque desearíamos que fuera un traje o un perfume, no es sino una diligencia de ordenación; nuestras Dip, que nada tienen que ver con mojar cereales en salsa de queso, y nuestras Dur, que no es la abreviatura de dureza. Se trata de las Diligencias de Investigación Penal o Diligencias Previas o de las Diligencias Urgentes propias de los juicios rápidos que, cuando se combinan entre sí dan lugar a las Dip Dur. También se habla, para abreviar, de Previas, sin nombre propio, e incluso de previable para referirnos a alguien que apunta maneras delictivas. ¿Parece un galimatías? Pues esto no es nada para lo que queda.

Cuando se trata de asuntos realmente gordos por la pena asignada, como una violación, el procedimiento adecuado se llama “sumario ordinario”. Que no se emplea dicho término desde luego, ni porque sea una vulgaridad no tampoco porque sea lo frecuente, porque aunque sea el procedimiento tipo frente al abreviado que es el especial, es más extraordinario que ordinario. Así que si alguien oye en Toguilandia que “es un ordinario” solo se alude a un tipo de proceso, no a un señor muy patán. Un tipo de proceso, por cierto, que aunque se llame “sumario” nada tiene de resumen ni de índice como podría creerse sino todo lo contrario. S.e.u.o -salvo error u omisión, una abreviatura que tiene muchos toguifans– , se trata de unos tochos de cuidado

Por el otro lado están los asuntos más chiquitillos, los que antes se llamaban juicios de faltas pero llamábamos juicios de faldas o de flautas, según de que fuera la cosa. Ahora les han sustituido los juicios por delitos leves que, como ya dijimos, han pasado a llamarse leves, o, mejor, levitos. Y hasta delititos, otra propuesta interesante. Siempre suena más simpático.

Hay otros procesos con nombres y alias curiosos. Una compañera me habla de las Preincas, que aunque suena a pueblo de la Amazonía no son más que unas diligencias previas a la incapacitación. Y, si hablamos de concursos, olvidémonos de La ruleta de la fortuna o Pasapalabra, que estamos hablando de unas finanzas en estado catatónico. Y conformarse  no es resignarse a lo que a una le pase, sino aceptar los hechos de que se acusa a alguien con la propuesta de una rebaja de pena.

Y que nadie se asuste. Si hablamos de ejecutar o liquidar, no hemos decidido ingresar en el hampa. La ejecutoria es el expediente que se incoa -abre, en juriargot- para el cumplimiento de las condenas, y la liquidación, el cómputo de los días de prisión o de cualquier otra medida que ha de cumplir el condenado. Pero no confundamos las penas en general con la llamada pena de banquillo. No se trata de condenar a alguien a permanecer sentado, sino que es la forma en que se denomina el castigo que por sí mismo puede resultar el hecho de estar acusado en un juicio, independientemente de cuál sea el resultado.

Por su parte, si lo que queremos es decretar la prórroga de prisión para quien fue condenado en una sentencia que se ha recurrido, hay que celebrar un acto que entre toguisconsultos llamamos mediapena. Aquí hay explicación: se le atribuye ese nombre porque el límite aplicable es la mitad de la condena impuesta en la primera sentencia.

Por supuesto, para ejecutar, previamente tiene que haber habido una condena, y esta a su vez requiere de una instrucción que, pese a lo que su nombre indica, no es la que hacen los soldados, al igual que instruir equivale a investigar, pero no a enseñar, por más que haya más de uno y de dos que necesiten que les enseñen, sean o no soldados. Y, aunque nos hayan enseñado que no hay que señalar, en Toguilandia no solo se pude sino que se debe, porque señalamiento es la fijación de fecha y hora para juicio. Si no te encuentran, te declaran rebelde, algo que no tiene nada que ver con la canción setentera de Jeanette ni con un comportamiento díscolo. Aquí no son rebeldes porque el mundo les haya hecho así. O tal vez sí, pero no es eso lo que interesa.

Y para quien crea lo contrario, el lenguaje inclusivo existe desde hace mucho en Toguilandia, y en Fiscalía más concretamente. Aquí hay vistas y vistos. Lo primero es como se llama a todo lo que se celebra en salas de tribunales y juzgados; lo segundo, es la fórmula que se emplea por los fiscales para mostrara que se está conforme con una resolución. Sea un auto -que no es un vehículo automóvil-, una providencia -que nada tiene que ver con lo que nos pasará mañana- o una sentencia.

Para acabar (por hoy) contaré una anécdota proporcionada por una compañera generosa. A ella, como nos suele pasar sobre todo cuando se aproximan vacaciones, “le entró un preso” y así se lo contó a su marido. El pobre no entendía cómo dejaban entrar a presos en fiscalía, y no los vigilaban lo suficiente hasta el punto que pudieran tratar de ligar con una fiscal. Y es que no hay quien entienda que digamos que entra alguien en un sitio solo para referirnos a la llegada de una causa a nuestra mesa. Pero así es como hablamos. Y como nos entendemos. O no.

Hasta aquí la ración de hoy de argot tribunalero. El aplauso, por descontado, para todos mis compañeros y compañeras que han aportado a este estreno, y a los que le seguirán, que queda materia de sobra. Solo hay que pedir un bis y aquí estará la próxima semana. ¿Hace?

Medias verdades: mentiras a medias


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Dicen que no existen las verdades absolutas. Y no lo dudo, pero no es lo mismo una verdad que una verdad a medias, que casi se convierten en mentiras. O sin casi. A verdades y sobre todo a mentiras se han dedicado muchas películas. A veces son Mentiras arriesgadas, otras se deben a que alguien es un Mentiroso compulsivo y otras lo que empieza como una mentira inocente puede acabar como La infamia. Y las consecuencias son imposibles de predecir.

En nuestro teatro se supone que se proscriben las mentiras. Salvo, claro está, para el investigado que tiene derecho a no declarar contra sí mismo ni declararse culpable, lo que a veces se traduce en que puede mentir, simple y llanamente. Aunque la verdad es que más de una vez más le valdría quedarse callado, que no hay que ver las meteduras de pata que hay cuando usan de su derecho a la última palabra

A veces dan ganas de acudir a la fórmula de las películas americanas para pedir a los testigos que digan la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad, porque la nuestra es bastante más estoica. A lo de “jura o promete decir verdad “ que se le pregunta a los testigos podría faltarle esa rotundidad de exigir que la verdad sea toda y no un trocito. Y por ese resquicio se nos puede escapar alguna vez más de un matiz

Siempre que se habla de estas cosas me viene a la cabeza aquel forense con una retranca digna de encomiar que a la pregunta de formulario que empezaba por “diga ser cierto…” contestó, sin alterar lo más mínimo: ser cierto. Verdad verdadera. Como verdad es también que la jueza casi se muere de la risa.

También recuerdo a una de mis amigas, cuando la toga solo era un objetivo lejano en nuestras vidas, que me dijo muy seria que la profesora dijo que iba a hacer el examen –se rumoreaba que habría un aprobado general por su jubilación- pero no que lo fuera a corregir. Menos mal que no le hicimos caso y seguimos estudiando, porque hubo examen y corrección. Como está mandado

Medias verdades hay muchas, Una de las más comunes son las contestaciones de acusados de malos tratos e incluso de víctimas. A la pregunta de si han agredido a su pareja, dicen que no, para añadir a continuación que de agredirla, nada, que solo la ha empujado. Como si los empujones fueran caricias amorosas, vaya.

Otras medias verdades también bastante frecuentes son las relativas a los insultos, y hasta a las amenazas. Cuando preguntas a alguien si insultó a fulano llamándole ignorante, o tonto o estúpido, te puede contestar que no le insultó, que le dirigió tales epítetos porque responden a la verdad. Y que lo comprobemos si queremos. Una exceptio veritatis difícil, sin duda

Aunque para exceptio veritatis, o, mejor dicho, mentiratis, la que pretendía probarnos el otro día un detenido. Declaraba por videoconferencia sobre los insultos que había dirigido, presuntamente, a su pareja. Pero él, lejos de contestar, repetía una y otra vez, haciendo alarde de indignación, que ella le había dicho “que la tenía pequeña”. Lo peor de todo fue cuando, a voz en grito porque la tecnología obligaba a hablar de ese modo, se empeñaba en ofrecernos la prueba visual de que semejante afirmación era del todo falsa. Incluso hizo un amago de mostrárnoslo, rápidamente abortado por el policía que le custodiaba, por fortuna. Eso sí, la mascarilla la mantuvo en todo momento en su sitio.

Lo de las amenazas también es curioso. La de maneras de interpretar expresiones claramente amenazantse que tienen los acusados de este delito. Recuerdo que a un “te vas a enterar” nos explicaba que lo que quería es, precisamente, que se enterara bien de las cosas, que luego le faltaba información y tenía que preguntar. Ni que decir tiene la explicación de la expresión “enterarse de lo que vale un peine” que hizo este mismo sujeto. Pero una de las más frecuentes es el conocido “yo no la amenacé, solo le advertí de lo que podía pasarle”.  Pues claro que sí.

Por último, una de las medias verdades que más recuerdo, por el malentendido que suscitó, fue la que surgió a partir de lo que contó una niña a su padre. El padre, alertado por la noticia de que la madre, cuando estaba con la niña, le estiraba del pelo, instó un procedimiento de jurisdicción voluntaria para adoptar medidas urgentes sobre custodia  en la vía civil. Una vez todo el mundo allí, la niña explicó que era verdad que la madre le estiraba del pelo, pero que lo que no había dicho, porque nadie se lo preguntó, era que era por razón de pediculosis. O sea, para quitarle los piojos, que cuando la toman con una cabeza, son muy persistentes. Así que aquí hay una clara muestra de lo que cambian las cosas de tratarse de una verdad completa o de una verdad a medias.

Y hasta aquí, el estreno de hoy. El aplauso, que destinaré a quienes convierten la verdad en una constante en su vida y su trabajo, espero que no sea a medias. Verdad verdadera. Y entera.

Legalidad: lo legal, lo ilegal y lo alegal


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     La ley es, además de la norma que rige en cada caso el funcionamiento de una sociedad, el santo y seña de más de una película. Ese sheriff que luce su estrella como guardián de la ley, el delincuente que vive al margen de ella o el mandamás que hace la ley son algunas de las figuras que, de uno u otro modo, se repiten en cine, teatro, literatura y series de televisión una y otra vez. Son muchos los títulos que tiene la ley, o lo que se regula en ella, por bandera. Delitos y faltas, Crimen y castigo, Acción civil, Crimen perfecto,  La ley del más fuerte. La ley de Los Angeles. La sombra de la ley… Y podría seguir hasta terminar este estreno, pero tampoco es cuestión. De muestra vale un botón. O, mejor dicho, una película.

Como todo el mundo sabe, o debería saber, en la fiscalía nos regimos por el principio de legalidad por expresa disposición de la Constitución, al igual que el resto de intérpretes de nuestro teatro, aunque no se diga de esa manera tan tajante. Pero es una obviedad. Los juristas no nos podemos regir por otra cosa que no sea el imperio de la ley. Ya lo dice el brocardo: dura lex, sed lex. Algo que me trae a la memoria un chascarrillo basado en hechos reales que siempre contaba mi padre. Encargó a un herrero que le hiciera esa frase en hierro forjado para colocar en la pared, y cuál no sería su sorpresa al comprobar que el artesano había forjado la palabra “Duralex”, como si se tratase de aquellos platos de color vede o ámbar que todavía se conservan –son casi irrompibles- en algunas casas.

No obstante, compruebo que cada vez hay más confusión, intencionada o no entre lo que es legal y lo que es delito, lo que es ilegal y lo que es inmoral y lo que simplemente está mal. Y creo que es un buen momento para hablar de ello.

Delitos son solo aquellas conductas que están sancionadas como tales en el Código Penal y leyes especiales, en su caso. Lo cual puede parecer una perogrullada pero no lo es tanto. Hay cosa, como el asesinato que más que evidente que son delito,. Pero hay otras que no lo son. Seguro que cualquiera habrá oído la expresión “es de juzgado de guardia”, como equivalente a que es tremebundo, alucinante o cualquier otro adjetivo de este tipo. Pero no se puede tomar al pie de la letra. Que mi vecino haya decidido poner un toldo con un unicornio rosa con purpurina puede ser de juzgado de guardia –y yo diría que lo es- pero como vayas al juzgado de guardia a denunciarlo te van a mirar como si el unicornio rosa fueras tú. La que avisa no es traidora

Pero la cosa se pone más peliaguda cuando diferenciamos entre hechos delictivos e ilegales. Sin duda, cualquier delito es ilegal, por contrario a la ley. Pero cualquier hecho ilegal no es delictivo. El ejemplo más claro sería infringir una norma de tráfico. Aparcar en doble fila no es legal y además está sancionado en la vía administrativa, pero no es delito. Aunque a veces la multa duela más que algunas penas, como ocurría en su día con la conducción sin seguro, que fue falta hasta que alguien se dio cuenta que hacía más pupa la sanción económica en la vía administrativa que los pocos días de localización permanente o arresto de fin de semana.

En cualquier caso, algo que resulta especialmente difícil es diferenciar el dolo civil del penal. El dolo es la intención de causar el mal de que se trata, pero esa línea es complicada, especialmente en delito económicos. Las estafas y supuestas estafas tienen dedicadas paginas y páginas de jurisprudencia al respecto, y siempre el caso concreto acaba sorprendiéndonos. Es lo que hay.

Por otro lado, hay cosas que no son legales porque van en contra de la ley, pero no tienen prevista ninguna sanción, Esto es, son ilegales, pero ni son delictivas ni constituyen infracción de ningún otro tipo. Un verdadero problema, porque la ley sin sanción suele convertirse en un brindis al sol o papel mojado. Es algo que suelo contar en relación con la previsión de ley de violencia de género de que queda proscrito el machismo en emisiones e informaciones en medios de comunicación. Pero como no les castiga con nada si incumplen ahí siguen con granjeros que buscan esposa, madres que quieren casar a sus hijos, princesas buscando marido y viceversas varios. Y lo que te rondaré, morena. Y moreno, claro está.

Otro ejemplo claro es el de la prostitución. Obviamente, no es legal, pero a las prostitutas no se las castiga como autoras de delito, como sí se castiga a los proxenetas. Pero no se puede regular su actividad como un trabajo precisamente por eso, porque no es legal. Si quisiera hacerse habría que cambiar la ley. Así son las cosas, aunque nos queran hacer creer otra cosa.

También es muy ilustrativo el caso de los vientres de alquiler. Se suele repetir por parte de quienes quieren defenderlos, que se trata de algo alegal, porque no está regulado. Craso error. Está regulado en nuestra ley de reproducción asistida, y lo está en el sentido de prohibirlo. Otra cosa es que no sea delito, lo cual es, como hemos visto, bastante diferente. Como otra cosa es también es la relativa a cómo solucionar las situaciones de hecho, como la de los hijos que se traen a España concebidos mediante vientres de alquiler en países donde eso es legal. Pero que se proteja a esos menores, como se protege a cualquier menor que se encuentre en este país, no convierte el hecho en legal. Del mismo modo que venir en patera no es legal, aunque protejamos a los menores que así han llegado a nuestras costas

Por último, llega la moral para tocarnos las narices. Y nos las toca especialmente cuando es la ley la que apela a la moral, como hace en más de una ocasión nuestro Código Civil, cuando habla del objeto del contrato o de la costumbre. Ni que decir tiene que la moral en la que pensaba en legislador de entonces, en pleno siglo XIX, nada tiene que ver con la actual y que si los contemporáneos de Alonso Martínez levantaran la cabeza no darían crédito. Pero ahí sigue el concepto, que ha de interpretarse, según el propio Código Civil, conforme al tiempo en que debe aplicarse. Dejemos descansar en paz a nuestros toguiantepasados

En cualquier caso, hay muchas cosa que están mal y no son delito. Incluso no son nada, jurídicamente hablando. No nos dejemos liar. Precisamente, una de ellas sería no dar el aplauso de hoy, destinado a todas las personas que hacen cumplir la ley, como el protagonista de Toy Story, hasta el infinito y más allá

 

 

Asesinato: el rey de los delitos


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Pocas cosas más vistosas que un buen asesinato para cualquier autor o guionista. O quizás ninguna. Me faltarían dedos de los pies y de las manos, aunque sumara a los míos los de un equipo de fútbol completo, para enumerar las películas, novelas, y obras de teatro basadas en un asesinato. Como decía Jessica Fletcher, Se ha escrito un crimen. O más bien muchos, porque títulos de películas referidas a asesinatos hay muchos: Asesinato en el Oriente Express, Asesinato en Cornualles, Asesinato en la Universidad, Misterioso asesinato en las Vegas o en cualquier otro sitio. Son muchas las películas que ofrecen la Anatomía de un asesinato, visto directamente o a través de La ventana indiscreta, hasta convertirse en una verdadera Psicosis, incluso si lo ha cometido El muñeco diabólico o el mismísimo Joker. Y en ocasiones, son más de uno, sin duda, sean Seven o Diez negritos. Y es que el Crimen perfecto no existe. O tal vez sí.

La verdad es que cuando alguien ajeno a nuestro teatro piensa en él, lo primero que pregunta es por casos de asesinatos. Aun recuerdo que, cuando mis hijas eran pequeñas, cada vez que alguna amiguita sabía a qué se dedicaban su mamá, preguntaba si había conocido a algún asesino. Y no solo es una pregunta que hacen las criaturas, que hay gente bien mayorcita que te estampa la pregunta en la cara. Y otra que se queda con las ganas de hacerlo, que se le nota en la cara. Por cierto que una de mis hijas, haciéndose la interesante solía decir que su mamá veía asesinos a diario. A saber que pensaban las amiguitas y sus familias de esta pobre toguitaconada.

Todo el mundo que lleva cierto tiempo en Toguilandia ha tenido oportunidad de hacer algún juicio por asesinato. Algunas, más de uno y de dos, porque la pertenencia a determinadas especialidades, como la de Jurado, multiplica las posibilidades de que te caiga en suerte un delito de esa especie, dado que es el procedimiento por el que, desde el año 1995, se juzgan estos delitos. En cualquiera de los casos, es una especie de bautismo de fuego. Un fiscal de la vieja escuela nos decía cuando llegábamos a ese momento que se trataba de la primera muesca en nuestra toga, como si fuéramos vaqueros del Far West. Y, aunque algo trasnochado el símil, no dejaba de tener ciertas dosis de razón. Siempre me quedé con las ganas de contestarle eso de “Yo que tú no lo haría forastero”

Mentiría si dijera que recuerdo perfectamente mi primer asesinato en sala. Por aquel entonces -una ya tiene unos años- no era competencia del tribunal del jurado y fue un ajuste de cuentas sin demasiado interés jurídico y ningún interés mediático. Sí recuerdo mejor el primer juicio por jurado por asesinato en que intervine, el de un anciano al que asesinaron en un desguace que regentaba. Acabó con condena, por cierto.

Los asesinatos que recuerdo especialmente son todos y cada uno de los asesinatos de violencia de género en los que he tenido que intervenir, tanto aquellos en los que hubo juicio como los que ni siquiera lo hubo porque el presunto autor se suicidó o se murió antes de ser juzgado. Y ya sé que, llegada a este punto, habrá alguien esgrimiendo la bandera de la presunción de inocencia y diciendo que el hecho no pude ser asesinato si no existe condena. Craso error. La presunción de inocencia abarca al autor y no al hecho. Si una mujer aparece muerta con treinta puñaladas por la espalda, no cabe duda de que ha sido asesinada. Lo que será presunto será el autor hasta que sea condenado.

En cualquier caso, conviene aclarar, aunque ya se haya hecho más de una vez, qué necesita una muerte dolosa para pasar de ser homicidio a asesinato, en el sentido jurídico del término. Porque, pese a todo, existe mucha confusión y mucha leyenda urbana que se perpetúa en tertulias y redes sociales.

El homicidio se convierte en asesinato cuando concurren una o varias de las siguientes circunstancias: alevosía; precio, recompensa o promesa; ensañamiento o cuando se comete para facilitar la comisión de otro delito o evitar que se descubra.

Iremos por partes, pero empezaré diciendo lo que no es una circunstancia del asesinato, aunque mucha gente lo crea. Se trata de la premeditación. Sé que a más de uno y de una le dará un parraque al descubrir que eso que se oye tanto de “asesinato con premeditación y alevosía” no responde a la realidad jurídica, pero es así. La premeditación fue una circunstancia cualificadora del asesinato en el Código anterior, pero desapareció en el de 1995. Como desaparecieron también las agravantes de despoblado, nocturnidad y cuadrilla, aunque sigan quedando muy literarias. Pero la literatura no siempre es fiel al ordenamiento jurídico.

Empezando por la alevosía, ya hablamos de ella en el estreno dedicado a las agravantes. Existe como circunstancia cualificadora del asesinato y también como circunstancia genérica de cualquier otro delito, y, esencialmente, consiste en atacar a una persona indefensa aprovechándose de tal indefensión. Sea por inferioridad física, como ocurre con un niño pequeño o una persona discapacitada, porque se va armado frente a alguien que no lo está, porque se ataca por la espalda o porque se aparece por sorpresa, el elemento definitorio es la inexistencia o eliminación de toda posible defensa por parte de la víctima del asesinato.

También al ensañamiento le dedicamos parte del estreno relativo a las agravantes porque, al igual que la alevosía, existe tanto en su versión específica como cualificadora del asesinato, como en su versión de agravante genérica para cualquier delito. No obstante, no está de más repetir que lo que el común de los mortales entiende por “ensañarse” con alguien, no equivale con el ensañamiento jurídico, que requiere aumentar el dolor del ofendido o causarle sufrimientos innecesarios. El caso típico que siempre conduce a error es el de apuñalar muchas veces a alguien una vez se le ha matado. Aunque el cuerpo tenga cincuenta puñaladas, si la primera  provocó la muerte y las siguientes ya se asestaron sobre un cadáver, no hay ensañamiento. Es lo que hay.

En cuanto al precio, recompensa o promesa, hay que reconocer que suena muy del Far West y las muescas de la toga de mi veterano compañero. Pero en la realidad, se circunscribe a los casos de sicarios. Y hay que recordar que a quien le agrava es al autor material, que es el que lo comete “por”, o sea, motivado por la recompensa. Quien la ofrece será el inductor, sin duda. Y aquí añadiré que tener un asesinato con sicarios es mucha más infrecuente de lo que la gente imagina,. En mi vida profesional solo he visto uno -y está condenado- y hay fiscales que nunca vieron ninguno.

La última circunstancia es la relativa a utilizar el crimen como medio para cometer otro o para esconderlo. Podría ser el supuesto del que mata a alguien para robarle, en el primer caso, o del que mata a un testigo del delito cometido anteriormente para que no abra la boca. Los supuestos teóricos son muchos, aunque en la práctica no sean tantos. Lo de que la realidad supere a la ficción pasa a veces, pero no siempre.

Y hasta aquí, el estreno de hoy. Espero que no haya salpicada a nadie la sangre. El aplauso se lo daré a todos los profesionales que tienen que bregar con este tipo de crímenes. Porque si siempre cuesta hacer justicia, en estos caso es especialmente duro. Seguiremos en ello

 

Aforo: el límite increíble


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Cuántas veces no habremos visto en películas escenas de estadios, escenarios o salas de fiestas llenas hasta los topes. En algunos casos, incluso, ese exceso de aforo da lugar a una catástrofe, como la del Titanic y su famoso naufragio, o la de El coloso en llamas. En otras, como Invictus, era precisamente la cantidad de gente que llenaba el estadio lo que se buscaba para conseguir lo que se pretendía.

La verdad es que, salvo alguna que otra excepción, nunca pensé que el aforo fuera algo que tuviera la más mínima importancia. Pero mira tú por dónde que ha tenido que ser un bicho microscópico el que impida que nuestras salas y juzgados se llenen mínimamente. Atrás quedaron los tiempos en que se nos abarrotaban las salas con público, con familiares de las partes o con centros educativos o facultades con la curiosidad recién estrenada. Y temo mucho que aún tardarán en volver. Quién me hubiera dicho que recordaría con nostalgia aquello que decía el Dúo Sacapuntas en el Un, dos , tres de mi infancia_ “¿Como estaba la plaza? Abarrotaaaa!”

El aforo, que también se pude describir como la cabida, nunca había tenido demasiada relación con el Derecho. Recuerdo haber estudiado en mis tiempos de oposición un procedimiento de exceso de cabida que jamás tuve oportunidad de ver en mi vida profesional. Lo que sí que he visto es algún procedimiento en órdenes jurisdiccionales diferente al penal, sobre todo en el ámbito de consumidores, por vender más entradas de alguna fiesta que el aforo que permitía el local. Aunque si esas conductas desencadenan una tragedia, como hemos visto alguna vez, la responsabilidad penal no solo es posible sino que es la vía adecuada.

En cualquier modo, no confundamos el aforo con el aforamiento, que suenan parecido -en valenciano son idénticos- pero son bien distintos. El aforamiento, como sabemos, consiste el cambio en la determinación de quien vaya a juzgar a alguien en función de su cualidad personal o profesional. Políticos y altos cargos de una parte, y profesionales de la justicia, de otra, somos quienes mayoritariamente estamos aforados, aunque en nuestro caso solo por delitos cometido en el ejercicio de nuestro cargo mientras que en el otro es por cualquier delito. Una institución más que discutida que, más tarde o más temprano, será objeto de reforma. Pero lo que importa, a los efectos que nos ocupan es que lo que aquí se exceptúa es el foro, no el aforo.

Los únicos casos en que realmente he vivido limitaciones de aforo han sido los macrojuicios  o los juicios mediáticos, esos que suelen generar juicios paralelos En más de una ocasión se han montado verdaderos circos entre periodistas, afectados y curiosos, y  hemos visto hasta colas para entrar. Es el resultado de esa curiosa mezcla entre las páginas de sociedad, de política y de tribunales de los periódicos. Algo que parecía que no tenía freno, y que ha acabado frenando un virus  Claro, que no era un virus cualquiera, que tiene su corona y todo. Igual de ahí su poder.

La cuestión es que la nueva normalidad, que poco tiene de normal, ha traído consigo, por lo que a Toguilandia respecta, una consecuencia que va a producir efectos muy graves. Se trata de la limitación de aforo para juicios y cualesquiera otros actos, e incluso para nuestras sedes con carácter general. En la Ciudad de la Justicia de Valencia, por ejemplo, se ha establecido un tope a partir del cual no pude entrar nadie más al edificio, excluidos, por supuesto, quienes trabajamos en él.

Quien no transite con frecuencia por las tablas de nuestros escenarios, puede que se pregunte que importancia tiene eso de limitar el aforo, más allá de impedir entrar a un público que, aunque está en su derecho, nada tiene que hacer en una sala de vistas. Pues bien, la limitación, implica en primer término, que no se pueden celebrar juicios cuyo número de intervinientes supere el aforo permitido a la sala, que viene dado en función de la posibilidad de guardar la distancia de seguridad que nos han impuesto como necesaria.  Ello limita mucho la celebración de juicios donde haya varios acusados, con sus varios letrados y letradas procuradores, testigos o peritos. Que no es poca cosa.

Luego está el tema de la disponibilidad de salas para celebrar. Antes de que el mundo se cerrara, nos apañábamos con salitas multiusos o con cualquier sitio donde pudieran celebrarse vistas con dignidad -o hasta sin ella- a falta de sala en condiciones. Pero ahora los apaños están proscritos, y las salas se han convertido en un bien escaso. Así que la posibilidad de desatascar con varios señalamientos simultáneos se difumina bastante por una mera cuestión de espacio físico.

Así que nos encontramos con que, a pesar de tener que recuperar el tiempo perdido, no se pude señalar tanto como se quisiera, y, además, el número de juicios por sesión se reduce considerablemente. Habida cuenta que no se puede correr el riesgo de que se amontone en la puerta gente que asiste a varios juicios -aunque se trate de las partes y poco más- hay que distanciar los señalamientos. Porque, además, hay que desinfectar entre uno y otro. Conclusión, que donde antes se celebraban 15 juicios, por poner un ejemplo, ahora se celebrar 5. Así que al retraso de los tiempos del confinamiento y la desescalada, se ha de unir otro que se va arrastrando poco a poco. Difícil ¿eh? Pues esto no es todo. Hagamos un redoble de tambores como en el circo y encaremos el “más difícil todavía”

Y es que, aparte del tema meramente logístico, yo me planteaba un par de cositas relacionadas con nuestros derecho, que no son moco de pavo. La primera sería la relativa al número de testigos y peritos que se traen a juicio. Si el aforo es reducido, parece que tendrían que limitarse al mínimo indispensable. Sin embargo, no puede vulnerarse el derecho a la tutela judicial efectiva de quien, dentro de los cauces del proceso, acude con varias personas como testigos o peritos. ¿Puede limitarse su número? Y ¿qué se hace como no se haya previsto y el aforo de la sala no contemple tal despliegue de medios? ¿Se suspende hasta que haya una sala en condiciones o hasta que la nueva normalidad se convierta en normalidad a secas? Un tema espinoso donde los derecho fundamentales andan enredados, sin duda. Nos mantendremos a la espera

La otra cuestión de esta índole que me planteo afecta a la publicidad de los juicios. Según la propia Constitución, los juicios serán públicos, salvo las excepciones que prevean las leyes de procedimiento. Algo que estaba pensado para la celebración a puerta cerrada pero no para unas situación de pandemia y sus secuelas, que a ver cómo se la iba a imaginar el propio legislador. Otra cuestión que dejo ahí y que afectaría, si de asistencia de prensa se tratara, a otros derechos fundamentales, cuales son la libertad de expresión y el derecho de la ciudadanía a recibir información veraz. Casi nada.

También esta situación me hace sufrir por estudiantes de prácticum  y opositores recién aprobados que se quedan sin su periodo de prácticas, uno de los más fructíferos. ¿Cuál será su preparación cara al futuro si se les priva de asistir a vistas? ¿Cómo articular este agravio comparativo con el resto de promociones? Ahí lo dejo.

Hasta aquí llegamos hoy. El aplauso lo pude dar cada uno desde su casa, que eso no da problemas de aforo. Y se lo dedicamos, cómo no, a todos los profesionales que cada día luchan contra estas limitaciones. Lo conseguiremos.

 

 

Actas: que conste


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Las cosas no existen si no hay alguien que deja constancia de ello. No solo hay que ser El lector o La lectora, sino que hay que contarlo, porque sin alguien que dé fe las cosas son como si no hubieran pasado. Directores o guionistas pueden tener ideas fantásticas pero sus ideas no son nada si no se plasman en una obra. La de historias que se han acabado perdiendo porque nadie las escribió…

En Toguilandia tendemos nuestros propios relatores y relatoras y su particular manera de plasmar lo que pasa. Se trata de los antiguos Secretarios Judiciales hoy Lajs  y de las antiguas actas (hoy grabaciones) Bien mirado, quizás sea de los cambios más evidentes, aunque hayan pasado ante nuestros ojos sin apenas verlas.

Confieso una vez más que este estreno no es cosa mía. O no solo mía, al menos. Una laj tuitera comentaba en relación con los manuscritos la verdaderas obras de artesanía toguitaconada que constituían las actas, y me abrió todo un mundo de recuerdos. Casi como abrir la caja de los truenos.

Cuando yo llegué a Toguilandia, como he contado más de una vez, por supuesto que nadie soñaba que alguna vez las cosas fueran a grabarse en algún tipo de soporte. Pensábamos que la escena del secretario o secretaria judicial sudando tinta para poder recoger de la forma más fidedigna posibles, además de más legible, lo que pasaba en un juicio, era algo que iba a pervivir per secula seculorum. O sea, Para siempre jamás.

Pero resultó que, como la canción, Nada es para siempre y tacita a tacita como en el anuncio de café instantáneo, las actas manuscritas se fueron yendo poco a poco hasta desaparecer. Primero fue la Ley de Enjuiciamiento Civil que descubrió en pleno año 2000, que los juicios podían grabarse, y que no hacía falta poner el radio cassette de toda la vida para ello. Luego ese vicio de grabar se extendió como una mancha de aceite y llegó un día en que ya no teníamos a nuestros secres en sala más que para las cosas del todo necesarias. He de decir que les echo de menos, aunque no eche de menos el acta manuscrita, que tenía su aquel.

Como no hay estreno sin batallita de fiscalita cebolleta, voy a ello. Cuando aterricé en Toguilandia, coincidí con algún que otro secretario judicial que hacía cosas de lo más pintorescas, dicho sea en el buen sentido y con todo el cariño. Uno de ellos llevaba siempre consigo su inseparable caja mágica, una especie de maletita de plástico con muchos compartimentos que era el no va más en adminículos de papelería. Ni que decir tiene que sufragado por el mismo, que el Ministerio nunca ha estado para caprichos. Se colocaba con sus gomas, su grapadora, y sus bolis y se ponía a tomar nota de las cosas como si no hubiera un mañana. Cuando llegaba el momento de los informes, relajaba la mano -el contenido de los informes no se recogía en el acta- y estaba quietecito mientras informaba el fiscal y al principio de los informes de abogados, pero como estos se extendieran demasiado, empezaba a dar golpecitos con el boli y la goma, de modo que alguna vez se le escapó el bolígrafo proyectado a modo de tirachinas hasta mi mesa. Confieso que me costó aguantar la compostura. Pero, gomas aparte, sus actas no tenían ni un pero. Ni un borrón, ni una palabra mal escrita. Para enmarcarlas.

El otro secretario al que me refería, que era muy simpático, no tenía ningún problema en interrumpir a quienes estuvieran declarando para, tras un protocolario “con la venia”, pedirle que repitiera, que no se puede imaginar lo difícil que es tomar nota. Y repetía, claro está. También sus actas eran fantásticas.

Una de la cosas que siempre me llamaba la atención, y que producía que el titular de la fe pública diera un respingo, es esa frase propia tan propia de película “que conste en acta”. Ni que decir tiene que todo constaba en acta, que para eso está, y no por decirlo iban a subrayarlo o ponerlo en mayúsculas. Supongo que era una manera de llamar la atención sobre algo, y que decir, “ojo al dato” como si fueran un locutor retransmitiendo un partido  quedaba peor. Pero el secretario o secretaria siempre se enfadaba, y con  razón. Bastante tenían con no dar abasto con las notas como para oírse aquello. Pero lo peor es que todavía hay quien utiliza este subterfugio, cuando ahora no hay acta como tal sino grabación. Me he quedado más de una vez con ganas de decir que las cámaras tienen por costumbre grabar de principio a fin. E igual cualquier día me lanzo, que nunca se sabe.

La verdad es que he visto todo tipo de actas. Sucintas y detalladas, con letra inglesa o mayúscula, grande o pequeña. Pero siempre he admirado a quienes elaboraban ese documento tan importante. Quizás no eran conscientes de ellos, pero resultaba esencial para poder articular un buen recurso y, desde luego, para ganarlo. Por más que una recordara lo que se dijo en tal juicio, si no estaba en el acta es como si no hubiera pasado. Y la verdad, solía estar.

Había otro momento curioso, la firma del acta. La estampaban, por supuesto, juez y fiscal, así como las partes que habían intervenido. Y el secretario o secretaria judicial para dar fe de todo aquello. O sea, para decir que era verdad. Y es que eso de dar fe tenía su punto cuando alguien no quería o no sabía firmar. O cuando se empeñaba en leer el acta completita para poder firmarla. Incluso he visto algún testigo empeñado en hacer un comentario de texto acerca de su contenido, como si aquello fuera un cine fórum o una tertulia y no un juicio. Un pequeño,placer del que nos han privado en pro de la eficiencia. Y en pro, por supuesto, de la salud de las articulaciones de las muñecas de aquellos que habían que elaborarlas, que no es moco de pavo.

Me despediré con otra anécdota de aquellos tiempos. En un juicio de faltas, un letrado esgrimía en su informe, en un pleito entre vecinos, que el secretaría había levantado el acta. Uno de los encausado se alzó muy enfadado y dijo que aquel señor no había levantado nada en todo el rato y que el acta no se había movido de encima de la mesa. Y no le faltaba razón, aunque sí un poco de comprensión lectora.

He de confesar que hoy mismo he sentido nostalgia de aquellos tiempos. Me hubiera encantado ver cómo transcribían en acta la frase de un investigado, que afrmaba que su mujer se llevó al trabajo a su hijo con riesgo de que cogiera el conorarivus. Hay que ver lo que cuesta escribirlo. Pero me quedaré con las ganas.

Solo me queda el aplauso, que va, sin duda, para los hacedores y hacedoras de las actas manuscritas. En especial, a Gloria Morchón, cuya respuesta en forma de tuit inspiró este post. Mil gracias.

También me gustaría tener un recuerdo especial para el que fue uno de mis secres favoritos, que se nos fue hace poco. Le dediqué un artículo y aquí quiero recordarlo. Va por tí, Miguel Angel.

 

 

Manuscritos: no hace tanto tiempo


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Los manuscritos siempre han tenido magia. A mano se escribían las obras de teatro hasta que la máquina de escribir y luego los ordenadores popularizaron la escritura mecánica. Y las publicaciones eran de manuscritos hasta que el señor Guttenberg y su imprenta vinieron a trastocarlo todo. Son muchas las películas dedicadas a ello, El manuscrito, El manuscrito secreto, El manuscrito encontrado en Zaragoza o El hallazgo del pergamino, entre otras, porque en plena era digital tienen todavía más encanto. Que se lo digan si no a esos coleccionistas capaces de pagar cantidades de dineros obscenas por un autógrafo o una dedicatoria de cualquier estrella.

En nuestro teatro la verdad es que firmamos muchos autógrafos  y, aunque su cotización nada tenga que ver con los de famosos y famosas, a veces ese autógrafo se agradece más por quien lo necesita para que se resuelva definitivamente su pleito que por el fan el de su estrella favorita. Así que nos podemos consolar pensando que tenemos algo de estrellas, como cantaba Bertín al final de aquel programa de imitaciones, Lluvia de estrellas.

Pero, además de los autógrafos, en Toguilandia hay más de un manuscrito. Y, a poco que nos remontemos en el tiempo muchos más. Cuando yo aterricé en este mundo los fiscales escribíamos a mano. Entre otras cosas, porque no teníamos ordenador -ni soñarlo- y ni siquiera una máquina Olivetti de las que eran habituales. Lo hacíamos a la vuelta del folio y, si se trataba de un escrito de más envergadura, lo escribíamos a mano para que el funcionario correspondiente lo pasara a máquina. De esas transcripciones ha nacido más de una anécdota jugosa, como la de citar a la Tía Aurora como testigo porque la funcionario no entendió la letra de la Fiscal, que pedía que se citara a la “Cía” (de seguros) Aurora.

Como decía, mi estreno toguitaconado tenía por todo material un boli. Ni siquiera cuño de “visto” porque a mi fiscal jefe no le gustaban, que decía que nos lo podía coger cualquiera y suplantarnos. Así que hasta los “Vistos” los poníamos a mano. Recuerdo que el primero que firmé, un sobreseimiento por autor desconocido de apenas dos folios, me costó tres cuartos de hora. Y es que estampar tu primera firma con trascendencia es algo muy gordo, aunque ahora no le demos importancia.

También en ese primer destino los escritos a mano suscitaron algún problema. En un lugar donde las relaciones entre judicatura y fiscalía no eran tan finas como cabría desear, cualquier cosa podría ser un problema. Y en un caso lo fue una juez que devolvía todo lo manuscrito por decir que “resultaba ilegible”. Y, aunque en algunos casos si no lo era, estaba cerca, en otros la caligrafía era digna del mejor de los monjes amanuenses. La cosa llegó al punto que nuestro fiscal jefe remitió al Tribunal Superior de Justicia los escritos de dos fiscales con una letra esmeradísima para que decidieran si eran o no legibles. Uno de ellos el mío, que si algo me enseñaron las monjas en su día fue a a hacer una letra inglesa preciosa, aunque últimamente la haya olvidado. Lo curioso fue que el Tribunal decretó que sí eran legibles, pero a nadie se le ocurrió decir que con unos ordenadores -ya existían, aunque no en Justicia-. o máquinas de escribir se hubiera solucionado. No obstante, la juez era especialmente pejiguera, cosa que se demostró cuando devolvió por ilegible un simple “Visto”. Y, como todo el mundo sabe, no hay fiscal que no sepa poner unos “vistos” `preciosos. Está en nuestro ADN.

Uno de mis compañeros me proporciona un filón fabuloso respecto a aquellos tipos de escritos. Uno de ellos es el caso de un fiscal que debía compartir con mi jefe de entonces el temor a ser suplantado, porque escribía la V de “visto” de tal tamaño que era imposible que cupiera nada más en el folio. Lo curioso es que el resto de caracteres eran de tamaño normal, lo cual causaba un efecto raro. Sin duda.

También me comenta el caso de una fiscal recién llegada a Toguilandia que escribía la siguiente ristra por cada “visto”: La fiscal  instruida debidamente del contenido de las DP XXm, evacúa el traslado conferido y dice: Visto”. Ni que decir tiene que cuando, como suele pasar, eran más de 200 los expedientes a despachar, la pobre tardaba un mundo. Así que recibió con inmenso agradecimiento el consejo de mi veterano compañero, que le dijo que bastaba un lacónico “visto”. Las articulaciones de su muñeca deben mucho a aquel compañero.

Y ojo, que además hay quien tiene sus propias extravagancias. Escribir con rotulador verde, hacerlo en los márgenes porque no cabe en el folio vuelto y hasta había quien tenía a gala no usar jamás medios mecánicos, como si fuera una hazaña digna de mencionar en el currículum

La verdad es que aunque los escritos oficiales acabaron sucumbiendo a la imprenta, para agradecimiento de todo el mundo salvo los oftalmólogos, ese documento necesario pero extraoficial llamado extracto todavía se resiste en muchos casos. El extracto es un resumen de la causa y de lo importante de la misma que se incorpora a la carpetilla para que quien vaya a juicio tenga conocimiento pleno de la misma sin necesidad de volverla a leer. Pero, como todo el mundo sabe, en la mayoría de casos, los fiscales no acudimos a los juicios que hemos calificado, sino a los que nos toca, y entonces el extracto se torna algo indispensable. Y ahí hemos pasado muchos padecimientos. Letras ilegibles, abreviaturas imposibles de entender y hasta un sistema de asteriscos y llamadas que formaban un jeroglífico tal que ni con la piedra Roseta se interpretaban. En mi caso, recuerdo el de un compañero que escribe apretando tanto el bolígrafo sobre el papel que hubieran podido leerse sus extractos al tacto, como en el Braille.

Adonde, dese luego, no ha llegado el ordenador, es al mundo maravilloso de los pósit. Aunque ya hemos hablado más veces de la positprudencia, ahí sí daría para hacer una auténtico manual de estilo. “Te lo mando porque no sé que hacer” “Al fiscal, a ver qué dice” y hasta “Espero que el Fiscal no se oponga”, dando la pista sobre qué quieren que hagamos.

Pero no todo va a ser estar conforme. Hay quien está disconforme por principio. Eso me cuenta una compañera, que ha visto con sus ojos como un colega había escrito en una vetusta ejecutoria: “El fiscal dice: me opongo”. Eso es tener claras las cosas, sí señor, y además suena como un grito de guerra zulú. Y me recuerda aquello del jurista que se oponía a todo, y en vez de “otrosí”decía “otrono”.

Y como no hay que ponerse demasiado ombliguista, recordaré algunos manuscritos provenientes de otras latitudes pero que también tienen su miga. Una compañera refresca mi memoria respecto de denuncias mano o cuestionarios para evitar matrimonios de conveniencia, que darían para varias funciones. Aunque para especies peliculeras, las cartas que recibimos de presos desde los centros penitenciarios, que no tienen desperdicio y que acaban siempre con el consabido “qué hay de lo mio”. Y, por supuesto, las peticiones manuscritas de habeas corpus, a las que me he referido en varios estrenos tanto por sus verdaderos nombres como por sus inolvidables nombres de guerra, corpus cristi o ave scorpio.

Para terminar, hemos de reconocer que los manuscritos todavía existen. Aún hay Vistos a mano, y escritos de los de “aquí te pillo aquí te mato” que no te queda otra que firmar a mano, porque en la guardia se ha estropeado el ordenador -he hecho hasta escritos de conformidad a boli- o porque en el juzgado de pueblo no tienes ni mesa ni silla ni perrito que te ladre. Y también por otras razones, que dejaré en suspense. Pero todavía hay hasta recursos de reforma a la vuelta del folio, aunque cada vez menos

Por todas estas cosas, hoy dedicaré el aplauso a todos los compañeros y compañeras que han contribuido a este estreno, y especialmente a Javier Montero, de quien partió la idea y que ha aportado jugosas anécdotas. Al César lo que es del César.

 

Racismo: ¡caracoles!


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En unos días en que el racismo está de plena actualidad, no olvidemos que el cine lo ha tenido siempre presente. Y no solo en sus grandes manifestaciones como sucede en 12 años de esclavitud o Arde Mississipi, sino en las pequeñas muestras, en esas en las que apenas reparamos, como la de aquellos padres de la magnífica Adivina quién viene a cenar o la hilarante Dios mío pero qué te hemos hecho.

En nuestro teatro ya hemos dedicado estrenos a los delitos de odio o a la xenofobia. Pero hoy quería regalan a quienes me leen un relato, inspirado, además, en una anécdota familiar.

Escrito en clave de humor -o, al menos, eso pretendo- es una invitación a reflexionar sobre esas cosas que decimos sin pensar.

 

 

CARACOLES

Mira que mi hermano nos lo dijo veces. Pues nada, metieron la pata a la primera de cambio. Igual hubiera sido mejor no explicar nada, que con mi familia nunca se sabía. Pero ya no había remedio.

Mi hermano había invitado a uno de sus mejores amigos a comer en casa. Se trataba de Rafik, un chico argelino que estudiaba con una beca. Era agradable, aunque tal vez un poco tímido. Pero cuando parecía que empezaba a acoplarse, llegó el desastre.

Lo que nos habían advertido es que a ellos en general, y a Rafik en particular, les molestaba mucho la palabra “moro”. Que no se nos ocurriera usarlo porque le ofenderíamos. Por supuesto, le dijimos que nos comportaríamos como las personas civilizadas que éramos. Y no le mentimos, desde luego. Éramos personas para darnos de comer aparte.

La cosa empezó regular. A mi madre no se le ocurrió mejor idea que hacer caracoles para comer. Nos encantaban, tan ricos con su toque de picante, pero había que reconocer que no era el plato ideal para obsequiar a un invitado que venía por primera vez. Por un lado, sorbíamos como si no hubiera un mañana para sacar todo aquel rico juguito del interior del caparazón, lo que no parecía muy normal. De otro, habría que ver cómo se aclaraba él para sacar la molla del bicho. Nos miraba de hito en hito, cogiendo un poco de ensalada para disimular, a la espera de que alguien le explicara cómo comer aquello. De repente, el desastre

 

-Mamá, estos caracoles no te han salido tan ricos como siempre

-Claro que no. Son una birria. Como que son todos moros…

 

Mi hermano escupió el caldo que se estaba comiendo a cucharadas, y salpicó a mi madre, a Rafik, y a algún comensal más. Mi madre, se puso alternativamente roja como la guindilla de los caracoles y blanca como la pared, y acabó llorando como una Magdalena. Mi padre, el artífice del desastre, nos miraba atónito sin saber qué había hecho. Mi tía le puso la mano en la boca al ver que se disponía a abrirla de nuevo. Rafik se levantó y se marchó.

Fui tras él. Necesitaba explicarle que mi padre era torpe, pero no quiso ofenderle, que en realidad llaman “moros” a un tipo de caracoles más pequeños y que les parecen menos sabrosos.

– O sea, peores. Porque son moros ¿no?

Quise arreglarlo y lo fastidié aún más. Sin duda alguna, he heredado la torpeza de mi padre. Ya no volví a intentar hablar con Rafik, al menos ese día. Eso sí, le supliqué a mi hermano que se lo explicara bien. Si es que volvía a dirigirle la palabra, claro.

Mi hermano no volvió a traer a Rafik, ni a hablar de él. Solo nos dijo que no nos perdonaba aquella ofensa a su amigo, que, aunque sabía que no teníamos mala intención, podríamos habernos fijado un poco, que bien que nos había advertido.

Tenía toda la razón. Yo, por mi parte, traté de volver a hablar con él y de deshacer el entuerto y, de paso, rehabilitarme como persona ante él. No quería que me consideraran una xenófoba, como tantos que había encontrado el pobre Rafik, según contaba mi hermano.

Lo conseguí. Me escuchó y supo comprenderme. Tanto, que hoy, dos años más tarde de aquella catastrófica comida, Rafik volverá a comer en casa. Les vamos a anunciar que nos casamos. Por si las moscas, le he dicho a mi madre que no haga caracoles.

Mi familia lo aceptó de buena gana. Incluso se llegó a comentar la anécdota de los caracoles en tono festivo. Todo parecía ir bien hasta que hablamos de nuestros planes de futuro. Rafik le explicaba a mi padre que él era partidario de que yo trabajara fuera de casa, desde luego, que ni se le ocurriría otra cosa

-Y entonces ¿No serás moro con ella?

 

Mi padre no tenía remedio. Pero Rafik ya se había acostumbrado a que le pasaran estas cosas. Sonrió y me dio la mano. Cuando vimos que, de postre, había helado de moras, nos dio un ataque de risa.