Raimunda: una medalla distinta


Hoy nuestro escenario se viste de gala para hacer algo a petición del público: publicar el relato con el que gané el tercer premio del concurso de narrativas del ICAV (ilustre Colegio de Abogados de Valencia), titulado “Raimunda”

Dedicado con todo mi cariño a todas las personas que trabajan en Justicia y, muy especialmente, a abogados y abogadas de oficio

Y, como siempre, a mi padre

                RAIMUNDA

-¿Nombre?

-Raimunda

-¿Cómo Raimundo Amador, el cantante?

-No. Como Raimundo de Peñafort, el jurista

         Siempre la misma historia. Durante una época, no había vez que me identificara en que alguien no me hiciera la dichosa preguntita como una gracia. Y no había vez tampoco en que yo no respondiera del mismo modo, sin ánimo de hacer gracia alguna, a pesar de lo que la gente creyera. Es algo que me venía a la cabeza en cada ocasión en que, como hoy, tengo que inscribirme en algún listado más o menos oficial. Y esta vez, tan especial para mí no podía ser menos, del mismo modo que no podía, aunque quisiera, evitar que mi mente volara a un pasado no tan lejano.

 Mi nombre, por extraño que pareciera en un entorno como el mío, era un homenaje a San Raimundo de Peñafort. Algo que solo podía entenderse si se conocían los detalles de mi historia.

         La verdad es que mi nacimiento no pudo ser más pintoresco. Y, aunque, por razones obvias, yo no estoy en condiciones de recordarlo, puedo hacerme cargo de lo que supuso. Incluso a veces sueño con ese episodio, como si lo hubiera vivido como una espectadora en lugar de como la protagonista.

         Según parece, yo tenía mucha prisa por nacer. Mi madre ya se lo advirtió a los policías que acababan de detenerla por llevarse unas cuantas prendas de un centro comercial sin pasar por caja. Ellos creyeron que se trataba de una de sus artimañas habituales y la ignoraron a ella, y a la panza de ocho meses en la que yo me removía inquieta.

         Así que, sin hacer ningún caso a los gritos de mi madre, que aseguraba tener contracciones de inminente parto, la subieron en el furgón y la llevaron hasta el juzgado de guardia. Fue allí donde se empezaron a asustar al ver que la cara de mi madre se desencajaba más por momentos, e hicieron lo que mejor creyeron, no tanto para mí madre sino para ellos mismos: la llevaron de inmediato a disposición de la jueza de guardia.

         A la pobre mujer casi le da un colapso de ver en qué estado traían a mi madre detenida. El momento del nacimiento era tan evidente que, según he oído contar, una de las policías que la custodiaba dijo que había visto mi cabeza asomar desde el primer momento.

         No debió equivocarse mucho porque, antes de que le leyeran por completo sus derechos -que, por otra parte, ella se sabía de memoria por la cantidad de veces que los había escuchado-, ya se había recostado en una de las sillas, con contracciones que la partían en dos

-Que viene, que viene- se interrumpió para jadear varias veces-Se lo juro, mi Señorita.

-Soy Su Señoría, recuerde. Su Se-ño-rí-a

-Pues eso. Se lo juro, Su Señoría.

La jueza no dudó de ella. Probablemente, el hecho de que ya tuviera dos niñas y otra en camino le ayudó a distinguir los dolores de parto del mero fingimiento. De hecho, dicen que la Juez se puso todavía más pálida que mi madre

-Llamen a la ambulancia inmediatamente -grito- Y, mientras tanto, hagan el favor de avisar al forense de guardia. Que venga cagando leches… ummm-quiso corregirse- Perdón, que venga ya, quería decir

-Que cague leche o lo que quiera, pero que venga, joder -mi madre, genio y figura, gritaba entre una contracción y otra- Que venga ya, mi Señorita.

         Esta vez ya ni se molestó en corregirla. La situación era desesperada. El forense no llegaba y los policías -un hombre y una mujer- que custodiaban a mi madre parecían haberse convertido en estatuas de sal.

-Venga, échenme una mano mientras llega alguien -dijo la juez tratando de recostarla como podía- Este niño parece llevar mucha prisa

-Ni..ña -corrigió mi madre entre jadeos- Es niña

Lo era, sin duda. Niña, precipitada y llorona como pocas. Mis prisas en nacer eran tales que cuando apareció el forense, la juez ya sostenía mi cabecita. Al menos, llegó a tiempo de cortar el cordón umbilical de un modo higiénico, mientras la juez, que ya se había hecho con la situación, me envolvía con su toga, lo único que tenía a mano para taparme.

-Pues nada, dicen que el fin justifica los medios. Y que esta niñita esté bien tapada justifica que me quede sin mi toga como me quedé sin abuela. Ni las puñetas se salvan -rezongaba la juez para sí, según me contaron- Pero ha merecido la pena, sin duda.

No quedó otra opción que llamarme Raimunda. La juez se negó a que me pusieran su nombre, por más que mi madre se empeñó, no sabía si por vergüenza, por modestia o por discreción, aunque más tarde descubrí la razón. La pobre se llamaba Eduvigis, nombre con el que cargaba con la mayor dignidad posible, pero que no quería perpetuar de ninguna de las maneras.

-Ni hablar de eso, No le he puesto mi nombre a mis hijas ni he permitido que se lo pongan a mis sobrinas, mucho menos se lo va a poner a la suya. Déjese de bobadas

´-Como quiera, mi Señorita

´-Su Señoría

-Pues Su Señoría, pero dígame al menos quien es su patrona. Alguna Virgen tendrán los picapleitos, digo yo

-Pues -la juez se quedó pensando- no sé de ninguna Virgen, la verdad, Lo que sí recuerdo, desde los tiempos de la facultad, es que el patrón es San Raimundo de Peñafort

-Pues, sea

Por fin había llegado la ambulancia y se llevaron a mi madre antes de que la Juez pudiera decir nada. Sin quererlo, acababa de darme nombre. A partir de ese momento, fue Raimunda. Incluso antes de bautizarme ni de inscribirme en el Registro Civil, mi madre ya me llamaba Raimunda. Ni Rai, ni Mundi, ni ningún diminutivo. Raimunda, con todas las letras. Como le decía la gente, mucho nombre para una niña tan chica.

La vida de mi madre, según me contaron más tarde, no cambió gran cosa. Aunque justo después de nacer yo parece que hizo propósito de enmienda y quería cambiar de vida, pronto olvidó tal propósito. O quizás no tuvo otro remedio que olvidarlo. El caso es que, en cuanto fui capaz de dar un paso seguido de otro sin caerme al suelo, comencé a acompañarla en lo que ella llamaba “sus compras”. Lo recuerdo como algo divertido porque íbamos a tiendas muy bonitas y de pronto ella decía “Raimunda, corre” y yo corría todo lo que podía hasta perder de vista a quienes querían darnos alcance. Normalmente eran señores uniformados que, con el correr del tiempo, he sabido que eran vigilantes de seguridad, pero ella lo contaba todo a su modo

-Son los malos, Raimunda, los malos. Por eso escapamos de ellos. No quieren que mamá se lleve a casa lo que ha comprado.

Conforme fui cumpliendo años, comprendí que la naturaleza de las compras de mi madre no era trigo limpio. Al principio, cuando empecé a ir al colegio, echaba de menos las correrías con ella, pero, en cuanto fui consciente de lo que ocurría, empecé a rechazarla. Ahora sé que a ella le dolía, pero entonces era incapaz de procesar toda aquella información. Una información que, además, se mezclaba con hombres que entraban y salían de nuestra casa con cierta frecuencia. A mi madre no le gustaba vivir sin pareja, y las que se buscaba eran a cada cual peor. Ni uno solo me gustó, aunque, en honor a la verdad, he de reconocer que ninguno se portó mal conmigo. Tampoco se portó ninguno bien, pero, visto lo visto, me podía dar con un canto en los dientes. Con la pátina del tiempo, creo que más de uno de aquellos tipos cuyo nombre ni siquiera recuerdo le pegaba, pero mi mente ha borrado esos episodios hasta hacerlos transparentes. Solo recuerdo gritos y más gritos y, de repente, un clic de desconexión. Tal vez algún día recupere esos retazos de mi vida, o tal vez queden escondidos para siempre. De momento, me conformo con que permanezcan al margen de mis sueños y no los conviertan en pesadillas.

Los Servicios Sociales visitaban con frecuencia nuestra casa, un piso casi en ruinas que nos había prestado una tía de mi madre mientras esperaba a poderlo vender. Era una cochambre, pero era, al menos, un techo donde resguardarse, una cama donde dormir y una mesa donde se podía comer, cuando teníamos la suerte de que hubiera comida.

 La mitad de los días yo no llegaba a tiempo al colegio, a pesar de que me gustaba mucho ir, y que era de las mejores estudiantes de la clase, por no decir la mejor, Pero mi madre no siempre me llevaba, o no siempre me llevaba en el momento en que debía hacerlo. Por no hablar de los deberes: ni una sola vez la recuerdo ayudarme a hacerlos. Aunque ahora ni siquiera sabría afirmar a ciencia cierta si sabía leer y escribir. La trabajadora social no dejaba de recriminarle la falta de implicación en mis estudios, y entonces ella lloraba y a mí me daba una pena horrible porque pensaba que estaba triste por mi culpa. Solo era una niña.

Fue en una de aquellas visitas cuando me enteré de lo que le pasaba a mi madre. Aquel día, cuando volví del colegio -ya era mayor para andar las dos manzanas de distancia sola- me encontré la puerta abierta y mi madre en el suelo. Tenía los ojos en blanco y una jeringuilla clavada en el antebrazo. Llamé a una vecina, lo único que se me ocurrió hacer. Por fortuna ella, que más de una noche se había quedado conmigo, se hizo cargo de la situación. Yo estaba tan impresionada que mi mente desconectó por un buen rato, y no soy capaz de recordar quien ni cómo se la llevaron, ni tampoco cómo me trasladaron a mí a mi nuevo hogar.

Ese mismo día me llevaron al centro de protección de menores. Aunque en ese momento lloré y pataleé, fue providencial para mi vida. Tanto, que a veces he pensado que mi madre fue quien provocó la situación para que me llevaran allí. Mi vida comenzó a tener un orden como nunca había conocido y la alumna espabilada que apuntaba maneras pronto pasó a ser una estudiante brillante. Cada día olvidaba a mi madre un poco más, y su recuerdo se desdibujaba de mi mente a velocidades considerables.

Ella se recuperó de aquella crisis. Tras varios meses de hospitalización, salió a la calle limpia y con un tratamiento que estaba dispuesta a seguir a rajatabla. Cuando me anunciaron que mi mamá se había puesto bien, me invadieron sentimientos contradictorios, y un nerviosismo que no se calmó hasta que me explicaron que, de momento, solo vendría a visitarme de vez en cuando y que con el tiempo ya se vería si me podía volver a vivir con ella. Me entraron escalofríos solo de pensar en esa posibilidad.

Me sentí fatal, porque no tenía ningunas ganas de que aquello ocurriera. Lo de verla estaría bien, pero nada más. Además, ya hacía tiempo que había oído a unas educadoras hablar a mis espaldas de que era una pena que mi madre viviera, porque de otro modo me podría adoptar una familia de verdad. Aquello de “familia de verdad” me traspasó el alma. Yo quería una de esas con todas mis fuerzas, pero, por otro lado, me sentía como una traidora a mi madre con solo pensarlo. Había noches que no dormía ni un minuto dando vueltas a esa idea.

Llegó un momento en que pasaba algunos fines de semana con mi madre y, aunque ella parecía estar muy feliz a mi lado, yo no acababa de acoplarme. Trataba de disimular, pero no veía el momento de volver a mi vida ordenada y rutinaria en el centro. Y, por las noches, soñaba con esa “familia de verdad” de la que me hablaban tanto.

No sé si mi madre supo a ciencia cierta cómo me sentía, pero estoy segura de que de algún modo se dio cuenta. Por eso se dejó coger en aquel hurto tan tonto, y por eso, además, hizo algo que no había hecho nunca: insultó y pateó a los policías que la detuvieron. Me imagino que quería asegurarse una condena que la enviara definitivamente a prisión -ya había estado en varias ocasiones- y supusiera para mí la oportunidad de una nueva vida.

Mis sospechas se confirmaron el día que, unos meses más tarde, la educadora social me dijo, con mucha delicadeza, que mi madre se había marchado para siempre. No me explicó cómo había sido pero lo que escuché detrás de una puerta ratificó lo que ya me imaginaba: mi madre se había quitado la vida. En ese mismo instante supe que se quitó de en medio para dejarme vía libre a mí y a una vida distinta. Y me juré a mi misma que su sacrificio no sería en balde.

La familia de verdad no tardó en llegar. Tras una temporada viviendo con ellos, la situación se volvió definitiva y me preguntaron si quería tener su mismo apellido, ser su hija a todos los efectos, Nada deseaba más en el mundo, aunque la sombra de mi madre era alargada, como el título de aquel libro que me habían hecho leer en el colegio. Mi nueva madre me leyó el pensamiento y me lo puso fácil

-Raimunda, ella siempre estará en ti. Estoy segura que desde el cielo estará orgullosa de verte tan guapa y tan aplicada.

-Y… ¿no he de cambiarme el nombre?

-No, si tú no quieres. Seguirás siendo Raimunda, pero llevarás nuestros apellidos.

Hace mucho tiempo de aquello, pero todavía recuerdo muchas cosas como si acabaran de pasar ahora mismo. Mi nueva familia se esforzó en hacerme la vida agradable, y lo consiguió, sin duda, Yo, por mi parte, no necesité esforzarme demasiado en ser la hija que siempre habían querido.

 Un año antes de lo esperado, acababa la carrera de Derecho con las mejores notas. Varios despachos importantes pugnaban por ficharme, pero a mí aquello no me interesaba

-Querrás hacer oposiciones ¿no? Con tu capacidad, puedes ser notaria o registradora de la propiedad. O, si lo prefieres, jueza o fiscal. ¿Ya has decidido?

-Desde luego. Lo tengo claro desde hace mucho tiempo.

Ayer me inscribía, después de hacer los cursos de capacitación y cumplir todas las formalidades burocráticas, en el turno de oficio. Quería dedicarme profesionalmente a atender a mujeres como mi madre, quería darles las oportunidades que ella nunca tuvo. Ahí es donde volví a oír la pregunta se siempre, la pregunta que fue una constante en mi vida.-¿Nombre?

-Raimunda

-¿Raimunda? ¿como el de Peñafort?

-Bueno… Más bien como Raimundo Amador, el cantante.

Desde donde quiera que estuviese, mi madre me miró y me guiñó un ojo. Y yo, cómo no, le devolví el guiño con mi mejor sonrisa

Sinécdoque: la parte por el todo


                Referirse a la parte por el todo, se haga de una manera intencional o errónea, es un recurso frecuente en la literatura y, con ella, en las artes escénicas. Incluso así, sin más añadidos, La parte por el todo, es un título de película. Aunque también ocurre al revés, se generaliza utilizando un lugar, una profesión o cualquier otra cosa como modelo, aunque no todas las personas de ese lugar o de esa profesión sean así. Se podía vivir en West Side Story o ser Un Americano en París sin necesidad de ser Bailarín o Bailarina, por ejemplo. Es la cara y la cruz del todo y de sus partes.

                En nuestro teatro, es mucho más frecuente utilizar la parte por el todo de lo que creemos, y viceversa. Aunque no nos demos cuenta. Ya vimos alguno de esos casos cuando se abrió, por tres veces nuestro telón para hablar de nuestro argot, pero todavía queda mucha tela que cortar. Y, si no al tiempo.

                Todo el mundo en Toguilandia sabe lo que es una vista, además, por supuesto, de uno de los cinco sentidos. Vista -o vistas- es como llamamos a los juicios orales y, por extensión, a cualquier acto que realizamos ante un juzgado o tribunal. Ignoro de donde viene exactamente ese nombre, aunque bien podría imaginarse que del modo de concluir con un “visto para sentencia” o “visto para resolución”.

                La vista no vive sola en nuestro mundo, sino que podríamos creer que tiene familia. Es, sin duda, hija suya la vistilla, nombre que se da a las comparecencias que se hacen en sala pero no responden a un juicio ni por su contenido ni por su duración. Llamamos así a las comparecencias de prisión, a las de orden de protección o a las que se realizan para acordar otras medidas cautelares después de acabado un juicio y antes de la sentencia firme, entre otras. Poco tienen que ver con quien podría parecer su alter ego, los vistos, que vienen de la carrera hermana, la Fiscalía, y son el trámite por el que el Ministerio Público manifiesta su conformidad con determinadas resoluciones. Es evidente que el “Visto” no es sino una evolución del “Visto y conforme” del que trae causa, que se fue reduciendo y que, si no fuera por los cuños o los programas informáticos, acabaría en una V monda y lironda.

                Por supuesto, los Vistos son parte de algo de lo que hablamos sin cesar, y que es la pesadilla nuestra de cada día: el papel. Para nuestro mundo, el papel no son los folios sin más, sino los documentos, expedientes e informes que hemos de despachar, incluso en el paradójico caso de que no ocupen papel ninguno y se sustenten solo en expedientes electrónicos. Hasta en este caso hablamos de papel, y, más concretamente de Papel 0 que, hasta el momento y como ya hemos visto más de una vez, tiene mucho más de 0 que de papel.

                El papel en cuestión llega con el carro que, aunque más de una vez se haya perdido, nada tiene que ver con el que llevaba a Manolo Escobar por la calle de la amargura. Cuando viene el carro, cuerpo a tierra, que vienen los nuestros, y nos inundan la mesa de papel. Y si alguien te avisa que llega un carro lleno o, peor, que llegan varios, ya puedes ponerte a temblar. Y eso sin olvidar que no hace tanto tiempo uno de ellos, como telón de fondo de una entrevista a un conocido fiscal, hizo una propaganda impagable a una cadena de supermercados y lamentable a los medios de nuestra Administración de Justicia.

                Y, si hay que llevar el papel a casa, va en nuestra maleta, que ya ha olvidado lo que es un viaje, pandemia mediante, y solo se dedica a transportar expedientes. Lo que viene siendo el peso de la ley que, mientras no avance la informática, es mucho más que una metáfora. Hay más de una espalda que se resiente a diario de coger y dejar expedientes.

                A su vez, esas vistas y vistillas se celebran en la Sala, que no es una dependencia con mesa camilla y brasero, sino el escenario donde se desarrollan nuestras funciones. Esto es, la Sala de vistas , aunque se queda en Sala para las amistades, sean o no peligrosas.

                Como hemos visto, en las vistas se celebran juicios y se acaban, generalmente, en sentencia, pero en las vistillas se ponen otro tipo de resoluciones. Una de ellas la de mandar a alguien “al hotelito”, una expresión muy poco piadosa con la que más de uno se refiere a la cárcel. Otras de las resoluciones posibles en este tipo de actos consiste en poner lo que llamamos un bis o un ter, que no se trata de repetir o tripitir una actuación memorable sino de algo mucho más prosaico: un auto de alejamiento previsto en el artículo 544 bis o una orden de protección del articulo 544 ter, ambos de la Ley de Enjuiciamiento Criminal.

                Pocas cosas hay en nuestras toguitaconadas vidas que asusten más que el hecho de que llegue un preso. Todo el mundo se agobia cuando entra un preso, aunque no sea por lo que pudiera parecer. Me contó una compañera que una vez que se llevó a su hija al despacho -exigencias de la no conciliación- esta se puso a llorar de repente. La atribulada madre le preguntó y casi le da un ataque de risa cuando la niña dijo que había oído que había entrado un preso al despacho de su madre, y creía que alguien se había escapado de la cárcel y se le había presentado para atacarla. Y claro, a ver quién le explica que eso de entrar un preso no es otra cosa que la llegada de un expediente cuyo investigado está en prisión preventiva.

                Tampoco es fácil explicar los nombres que nos damos, para abreviar, para quitar hierro al asunto o para ambas cosas. Ya me había acostumbrado a que a quienes llevamos asuntos de violencia de género nos llamaran coloquialmente “las violentas” para encontrarme con un nuevo sobrenombre, derivado de la dedicación a los delitos de odio. Ahora soy violenta y odiosa, ahí es nada. Y lo digo con una sonrisa, como si fuera lo más bonito del mundo. Y menos mal que no me ha tocado ser siniestra -de Siniestralidad Laboral-, corrupta, o incorrupta como el brazo de Santa Teresa -de Antocorrupción- o prisionera -de Penitenciario- porque eso me faltaba.

                Aunque lo mejor fue un día que, tras haber optado por otra especialidad, dije que me había quitado de las drogas. Obviamente, me refería a que no iba a hacer más juicios por tráfico de drogas o sustancias estupefacientes, pero la verdad es que sacado de contexto suena, cuanto menos, raro. Y eso siendo bien pensada.

                Así que ahí queda eso. Solo queda el aplauso de hoy, y va dedicado a quienes emplean tiempo y paciencia para descubrirnos que en Justicia, no es oro todo lo que reluce.

#historiasrurales : Pan de ajo


PAN DE AJO

-Guapa, ¿me pones un par de hogazas de ese pan de ajo tan famoso?

-Claro, señor ¿Le gusta blanco, o más tostadito?

Pilar atendía en el mostrador mientras su madre, incansable, se empleaba a fondo en el horno. Había conseguido sacar adelante aquel establecimiento que le cedió un tío lejano a cambio de cuatro perras, cuando él se instaló en uno nuevo, en el centro del pueblo, con un horno más moderno y varios empleados a su servicio. La mujer salió del obrador, como impelida por un resorte, y le arrebató a su hija el pan que estaba a punto de entregar a aquel hombre

-No nos queda pan, señor. Ni de este ni ninguno. Tenga usted un buen día

-Pero, madre…

-Lo dicho. Váyase con viento fresco.

La panadera parecía muy alterada. Su cara brillaba encarnada a pesar de la harina que todavía le cubría las mejillas y la punta de la nariz. Su hija adolescente la miraba desconcertada. Jamás había visto a su madre en tal estado. Parecía que el corazón fuera a salírsele del pecho.

Había llegado el momento que había estado demorando tanto tiempo. El momento de contar la verdad a su hija

-Pilar, ese hombre… -respiró hondo antes de acabar la frase- es tu padre.

Aquella frase marcaría un antes y un después en la vida de Pilar, aunque mucho menos de lo que su madre imaginaba. Ya hacía mucho que dejó creer la historia del padre modélico que perdió la vida en un accidente de tractor.

Virtudes había sido una mujer muy guapa. Todavía lo era, a pesar del maltrato del tiempo y de la vida, y de que no hacía ningún esfuerzo en arreglarse. Tal vez por eso llamó la atención de Joaquín, el muchacho más rico, más malcriado y más maleducado de toda la contornada.

Ocurrió en la verbena, en las fiestas del patrón del pueblo. Joaquín agarró a Virtudes cuando subía la cuesta que llevaba de su casa, a las afueras del pueblo, a la plaza. A empellones, la metió en la cochera de una casa cercana que, como otras muchas del pueblo, pertenecía a su familia. Le arrancó su  blusa de los domingos, blanca y con cuello de encaje, y le rasgó la falda para subírsela hasta la cintura. Ella se resistió tanto como pudo, pero él era fuerte y la tenía inmovilizada

-No podía hacer otra cosa, de verdad…

Virtudes seguía culpándose, aún después de tanto tiempo. Quizás por eso nunca denunció a Joaquín, aunque lo que más le indujo a callar fueron las palabras de él. Le juró que si contaba lo sucedido a alguien, su familia lo pagaría caro. Nadie les daría trabajo y se morirían de hambre.

-Además, ¿quién va a creer a una putita paleta como tú?

           Virtudes calló, y siguió callando hasta que la biología le impidió hacerlo. A la primera falta temió lo peor, y las dos siguientes le confirmaron sus sospechas. Su abultada tripa le obligó a contárselo todo a su madre tras cinco meses de silencio. Los padres de Virtudes aceptaron aquello como una prueba más a las que les sometía la vida, y, aunque nunca culparon a su hija, tampoco tuvieron la más mínima intención de denunciar al autor, convencidos de que nadie creería a su hija frente al todopoderoso hijo del dueño de medio pueblo.

       Virtudes nunca volvió a ver a Joaquín. Se marchó, como cada invierno, a la capital, pero no regresó. Su familia lo hacía muy de Pascuas a Ramos hasta que vendieron sus propiedades y desaparecieron

       Cuando Virtudes oyó aquella voz que pedía dos hogazas de pan de ajo, revivió sus peores recuerdos. Era la misma voz que la llamaba “zorra” mientras le arrancaba su blanca blusa de los domingos, con su cuello de encaje.

       Mientras relataba todo aquello a su hija, Joaquín recorría el pueblo como si, de nuevo, volviera a ser el dueño y señor de todas las cosas. Pero no hubo pan para él tampoco en la panadería nueva, ni le sirvieron vino en la taberna ni en la recién reformada casa de comidas. Tampoco le quisieron dar habitación en la fonda, y ni tan siquiera le abrieron el ventanuco de la farmacia, pese a que era la única que había en toda la comarca.

       Cuando Virtudes se enteró de todo aquello, se dio cuenta que había hecho mal en ocultarse a todas las miradas, en no salir de casa más que para ir a Misa o llevar a la niña a la escuela, al médico o adonde hiciera falta. El pueblo que ella creía que la juzgaría a ella, había celebrado su juicio mucho antes. Y había condenado al miserable a una pena que jamás podría imponer un juez.

       Ese día cogió a su niña de la mano y fue a pasear por todo el pueblo, con la cabeza muy alta. Jamás volvió a ocultarse ni a sentirse avergonzada.

       Hacía mucho que mi madre me había contado aquella historia para explicarme que, al contrario que el resto de mis compañeras, yo no tenía abuelo materno pero a cambio tenía una abuela que valía por dos.

       Hoy lo he recordado al ver que nadie del pueblo ha faltado al entierro de mi abuela Virtudes la panadera, la que hacía el mejor pan de ajo. Y la mujer más querida y respetada de toda la comarca.

Confusión: trágame tierra


                Los equívocos son siempre una tentación para echarnos unas risas, algo muy utilizado en el mundo del espectáculo. Hay comedias que giran por completo en torno a equívocos, y con un hilarante resultado por lo general, Una comedia de equívocos es una apuesta segura, que no en balde pueden llegar hasta lo más alto posible, como vemos el El cielo se equivocó o El Cielo puede esperar. Más arriba imposible. Ahora bien, siempre que me hablan de escenarios y confusiones, recuerdo aquella miss cuya metedura de pata pasará a la historia, que a la pregunta de quién era Confucio, dijo que el que inventó la confusión. Casi nada.

                Nuestro escenario se encuentra muchas veces en esas situaciones de confusión que, además, nos proporcionan momentos impagables. Ya hablamos de algunos equívocos en el estreno correspondiente, pero vale la pena hacer un nuevo esfuerzo en recordar algunos, porque la sonrisa, aun con mascarilla, no tiene precio.

                Algunas meteduras de pata, dentro y fuera de nuestro teatro son antológicas, como la famosilla -¿qué habrá sido de ella?- que estaba en el candelabro mientras se dejaba la piel en el pellejo, o el torero que escribía impresionante en dos palabras. Sin ir más lejos, ahora mismo yo habría cometido una si el corrector no me hubiera advertido a tiempo y estaría hablando de meteduras de plata. Y eso sí que no, si hay que ir se va, y si se mete la pata, que sea de oro y diamantes. Faltaría más.

                Sin duda alguna, la imagen que ilustra este estreno, que he tomado prestada de la cuenta de una buena amiga en twitter, es la prueba evidente de la importancia de una sola letra para crear una confusión importante, dicho sea, con todo el respeto del cuerpo policial en cuestión. También era cuestión de una letra la citación que una compañera hacía como testigo de la Compañía de seguros Aurora por su abreviatura de “Cía. Aurora”, en la que sufrió un error de transcripción que motivó que los funcionarios se volvieran locos -estos sí- para citar a “la tía Aurora”. No es para menos.

                También ha creado alguna confusión una letra de más o de menos a la hora de calificar y hasta de juzgar unos hechos. Una “A” traviesa que convierte a Manuel en Manuela o a Rafael en Rafaela puede llegar a variar mucho a la hora de conocer los hechos, en particular si de delitos sexuales estamos hablando. También tiene su aquel la cara de sorpresa que se le queda a más de uno y de una cuando aparece Juan en vez de Juana y viceversa, aunque ahora se vayan normalizando tanto estas cosas que pueden crear un verdadero enredo a partir de lo que solo era un error mecanográfico.

                En cualquier caso, hay quien cree que se llevan las cosas al límite cuando, queriendo llevar el lenguaje inclusivo hasta las últimas consecuencias, se cita a la perita cuando quien hace la pericia es mujer. Y claro, siempre hay alguien que dice por lo bajini lo de “…en dulce” o evoca algún personaje de Los fruitis. Y en este caso es el graciosillo -o graciosilla, para esto no hay distingos- quien mete la pata, porque ya la RAE admite el femenino “perita”, así que es mucho más que el diminutivo del fruto del peral. Que tome nota quien corresponda.

                Algo que espero que nunca admita la RAE es el término “conyugue” así, con “ue” que significa pronunciar la g suave. Porque por suave que sea la pronunciación, a mí me suena como un mazazo cada vez que la oigo. Que es, por cierto, mucho más de lo que me gustaría.

                Hay muchas más confusiones con una letra, o un par de ellas, además del cambio de sexo. Recuerdo un político que alguien hablaba de brindar las medidas de prevención en lugar de blindarlas, y otro que se empeñaba en doblegar los esfuerzos en lugar de redoblarlos. Aun me sigo preguntando cómo hacer para doblegar un esfuerzo sin hacernos daño, que es bien difícil. Pero es lo que hay.

                En cualquier caso, una de las confusiones más frecuentes, y que causan numerosos problemas, es la equivocación en los nombres de testigos e incluso de acusados. Cuando una emplea el modelo de una calificación o sentencia anterior, puede encontrarse con que pasen esas cosas y, sin darse cuenta, cite al testigo de otro asunto o condene al acusado del juicio anterior. Por fortuna, no es demasiado frecuente y tiene solución rápida -según la LOPJ, los errores materiales darán lugar a su corrección- pero no dejan de causar situaciones pintorescas, como la del juez que se dio la libertad a sí mismo. Y menos mal que no se metió en prisión.

                Otras de las confusiones vistosas son las de la fecha. Una tecla traviesa, y conviertes confusiones en la máquina del tiempo, teniendo que viajar hasta 1020 o 2220, como si estuviéramos en el Ministerio del tiempo. También he visto citaciones para el 40 de junio o, lo que es mejor, el de mayo, ese día en que según el refranero no hay que quitarse el sayo. Por desgracia, con la falta de medios de la Justicia hay algunas citaciones, a 2 años vista, que parecen un error mecanográfico, pero no son sino la triste realidad. Una realidad que no tiene pinta de solucionarse, menos aun el tiempo de pandemia.

                Y hasta aquí, un pequeño repaso por algunos errores que nos hacen sonreír. O eso espero. El aplauso, para quienes los saben torear con dignidad y tolerancia al tiempo. Porque el sentido común, como dicen, es el menos común de los sentidos

Fuego: síndrome de bornout


                El fuego es, sin duda, un gran protagonista de algunos momentos de la vida, con frecuentes manifestaciones en el mundo del arte, en cualquiera de sus manifestaciones, incluidas, por supuesto, las artes escénicas. La mujer en llamas, película y cuadro a la vez, o la danza del fuego de El amor brujo, son buenas manifestaciones de ello. También es principio o fin de numerosas historias que andan En busca del fuego  como la de Rebeca o Juana de Arco. Y, en más de una ocasión, se utiliza en sentido figurado, como La hoguera de las vanidades o Bornout, sin más. Precisamente de ese sentido figurado nos vamos a ocupar hoy.

En nuestro teatro, el fuego tiene sus implicaciones, como las tiene en la vida misma, tanto en sentido literal como figurado. Cometer un homicidio por medio del fuego convertía este en asesinato, en la redacción del Código anterior, y  hay además varios preceptos destinados a castigar el incendio con diferentes penas, incluso muy elevados, según sea el peligro para personas o bienes y según sea, también, el resultado producido.

Pero hoy no vamos a ocuparnos de los daños por fuego en sentido material, sino de algo mucho más sutil. Que tampoco es el simbolismo de arrojar a la hoguera todo lo que sobra, algo de lo que sabemos mucho el pueblo valenciano. Ya hemos dedicado más de un estreno a mis queridas Fallas y hasta hicimos nuestra propia Cremà para tirar a la hoguera un montón de cosas. Y esperemos que el dichoso coronaviorus nos deje pronto volver a hacerlo, que ya nos debe unas fallas y no quisiera sumar otras a las deudas de esta desgraciada pandemia.

Hay otro modo de quemarse. Aunque el diccionario de la RAE no lo admite, el término burnout viene usándose desde hace mucho para referirnos a un fenómeno que el habla popular describe como estar quemado o fundido. El síndrome de burnout –qué bonito queda todo cuando se antepone el término “síndrome”- se define como un tipo de estrés laboral, un estado de agotamiento físico, emocional o mental que tiene consecuencias en la autoestima, y está caracterizado por un proceso paulatino, por el cual las personas pierden interés en sus tareas, el sentido de responsabilidad y pueden hasta llegar a profundas depresiones. Casi nada.

Seguro que más de una y de uno de quienes transitamos por Toguilandia al leer esta definición se ha sentido identificado en mayor o menor medida. Y es que, aunque suele relacionarse con profesiones como la medicina o la enfermería, en nuestro escenario jugamos muchas papeletas para que nos toque este ardiente premio. Y, como es sabido, cuando mucho se juega, muchas posibilidades hay de ganar.

No pretendo hacer psicología que tengo bien aprendido lo de “zapatero a tus zapatos”, pero sí contar algo que pasa, o que puede pasar, para detectar las señales y tomar medidas antes de que sea tarde. Porque esa quemazón puede repercutir directamente en nuestros público, el justiciable y de un modo muy especial en el modo de tratar a las víctimas. Y eso no nos lo podemos permitir.

Semejante síndrome está muy relacionado, según dicen, con las profesiones vocacionales. Esa característica nos pone, sin duda, en la primera línea de aspirantes a padecerlo. Porque, sean cuales sean las razones que nos llevaron a elegir una profesión jurídica, hemos de reconocer que la mayoría tenemos una vocación que no se nos puede alcanzar. Y no solo eso. Tenemos además en muchos casos, una subvocación por una parcela específica que nos puede convertir en pasto de las llamas, directamente. Materias como Menores o Violencia de género son particularmente susceptibles de ello.

Cuando las llamas del bornout aparecen, lo primero que tratan de llevarse es la ilusión. Hay que aferrarse con mucha fuerza a ella, porque si desparece es nuestra perdición, Más nos vale colgar la toga y poner una churrería, que también necesita del calor, pero de otro tipo.

Con la ilusión, como no podía ser de otro modo, se lleva las ganas, sus primas hermanas. Si nos cuesta una eternidad levantarnos y enfrentarnos con esa declaración, ese juicio o ese informe que tenemos pendiente, hay que alarmarse. Que, aunque todo el mundo quiera descansar de vez en cuando, querer hacerlo siempre se pasa de castaño oscuro. Bombilla roja encendida, y hay que hacer algo.

Hay que estar alerta. Y buscar solución, a ser posible, que a veces la necesidad de ganarse el pan nuestro de cada día, y más aun virus mediante, no lo pone fácil. A veces, bastan con unas simples vacaciones, pero de las de verdad, no como las pasadas no vacaciones  de no-verano. Pero otras hay que cambiar de chip y hacer un salto mortal si es necesario. Cambiar de especialidad, de jurisdicción o de materia. E Incluso de profesión, en casos muy extremos. De ahí lo de hacerse churrera, vaya, aunque vale peluquera, tornera fresadora o experta en la cría del calamar salvaje.

Esperemos que no haga falta llegar a tales extremos. Por eso, es importante que quienes renuevan cada día la ilusión y luchan contra las llamas del cansancio reciban nuestro aplauso. Así que ahí va el de hoy. A modo de bombera.

Glamour: sin leyes no hay paraíso


                ¿Quién no ha evocado alguna vez la época dorada de Hollywood, con sus actrices llenas de glamour y sus maravillosas alfombras rojas? ¿Quién no ha deseado transportarse a aquella época, aunque solo sea por un instante? Seguro que alguna vez hemos soñado ser protagonistas de Lo que el viento se llevó y pasear con nuestro miriñaque por Tara o con nuestros maravillosos vestidos ajustados y tacones de vértigo en fiestas y entregas de premios. Aunque luego muchas de esas cosas no dejen de ser algo hueco, y acabe llegando El ocaso de los dioses o se imponga la realidad implacable de Eva al desnudo. Por supuesto, lo que ni entonces ni ahora podía faltar eran los vestidos maravillosos, las joyas inasequibles, los tacones infinitos. Sedas, tafetanes, lentejuelas, plumas y encajes son el envoltorio de un talento que ha de existir. Porque si falta la joya, el estuche no sirve para nada.

                Nuestro teatro también tiene su pasarela y su alfombra roja, aunque nada tena que ver con festivales de cine y fiestas de la farándula. Aquí somos más de una sobriedad tan acentuada que resultamos de lo más aburrido. Por eso, desde este escenario siempre se ha apostado por tirarnos la manta a la cabeza y toguitaconarnos como mejor parezca a cada una, tratando de quitar caspa a este mundo negro negrísimo. Aunque en estos momentos, con lo de la dispensa de togas, el toque de color vaya llenando las salas de vistas.

                Pero lo que no podemos olvidar nunca es lo que dice un refrán castizo: el hábito no hace el monje. Y ni la toga o la ausencia de ella ni un look maravilloso suplen a la preparación y al estudio. Eso no quiere decir que no haya que mantener las formas, y no sea de recibo aparecer sin un vestuario adecuado. Del mismo modo que una no se pone toga para ir a la playa, no se pone bikini para ir a juicios, ni tampoco chándal -ni siquiera con tacones, como Maritirio-, del mismo modo que no se va al gimnasio con traje de chaqueta. La imagen puede ser importante, pero no deja de ser un complemento. Sin leyes no hay paraíso posible en Toguilandia.

                ¿Por qué me dio hoy por recordar algo que parece obvio? Pues porque, según leo, no es tan obvio como parece. Leo los “consejos” que una señora abogada a la que llaman “reina del divorcio” en Gran Bretaña da a sus jóvenes pupilas y me quedo que si me pinchan no sangro. Porque la señora en cuestión les habla de ser sofisticadas, de vestir de determinada manera, de peinarse y de maquillarse como si se tratara de lo más importante, en lugar de serlo preparar y estudiar los asuntos y conocer las leyes al dedillo. Pero lo que más cardíaca me pone es que la señora en cuestión le dedica estas perlas a las jóvenes aprendices, y no a ellos, que se ve que con ponerse una corbata apañada van que vuelan. Porque ahora ya ni el buen afeitado del que hablaba mi padre, que hay barbitas, incipientes o pobladas, que son lo más.

                No es que yo tenga manía a ir vestida de una manera adecuada, que soy muy del “donde fueres haz lo que vieres” pero invertir los términos y primar la forma sobre el fondo, dice muy poco de la buena señora, aunque todavía dice menos de quienes la eligen para llevar su pleito basándose en tan superficial criterio. Tal vez cuando las cosas no salgan como es debido, recuerdan a aquella chica que no iba tan maquillada y cuya melena no era tan espectacular pero que era sabia y eficiente.

                Y es que una se cree que hemos avanzado mucho en materia de igualdad, y en seguida viene alguien a darle el disgusto. Que confieso que todavía no se me ha pasado el que pillé cuando se formó el actual gobierno, con mayoría de mujeres, y muchos medios de comunicación -incluso los pretendidamente serios- se dedicaban a comentar sobre su mejor o peor gusto para vestir, sobre la calidad de su maquillaje e incluso sobre su vida privada. Algo de lo que, desde luego, están exentos los caballeros, que da igual lo que se pongan, con quien compartan techo y lecho -salvo que haya que meterse con ella claro- o como decía Perales, a qué dedican el tiempo libre.

                Aun se me abren las carnes cuando recuerdo las entrevistas a dos miembros recién elegidos del Consejo General del Poder Judicial, una mujer y un hombre. A ella le preguntaban cómo había tomado la decisión de dejar a sus hijos en su ciudad para irse a Madrid. A él, que también tenía hijos, le pr4eguntaban sobre sus proyectos de trabajo. Hace mucho tiempo de esto, pero las mentalidades, ahí siguen, como la de esa reina de los divorcios que se permite dar tales consejos

                Así que, señoras y señores, el glamour está bien pero no es lo más importante. Ni siquiera es necesario, aunque, como diría mi madre, cuanto más azúcar más dulce. Y por eso mismo mi aplauso de hoy va para todas aquellas profesionales que se visten bien porque les da la gana, y no para impresionar a nadie. Que les impresionen sus conocimientos. Porque no hay nada más glamuroso que la inteligencia.

Visitas: el conflicto


                Visitar a alguien es muestra de cortesía, cuando no de amistad. Por eso el arte, desde el principio de los tiempos, reprodujo esta costumbre social que ya menciona la Biblia en La visitación, en alusión a la visita que la Virgen María hace a su prima Santa Isabel, si no me falla la memoria. Y es que, cuando llega La visita, hay que hacerle los honores. O los deshonores, como El club de los idiotas.

                En nuestro teatro las visitas adquieren especiales significados, mucho más allá de la cortesía o la amistad. Y generan más de un problema, cuando no se trata de un conflicto permanente. Y no porque tengamos mala educación o falta cortesía, sino porque en Derecho nada es como parece. Y si no, véamoslo.

                Cuando alguien habla de visitas en el ámbito jurídico, puede referirse a las visitas que reciben los presos en el centro penitenciario, siempre y cuando no se trate de prisión provisional incomunicada, claro, pero eso es la excepción. Esas visitas son las que hacen los familiares a quienes sufren condena de prisión, o prisión preventiva, y, como todo el mundo sabe, existen las comunicaciones comunes y las Vis a vis, que por algo tienen nombre de serie de televisión. Aunque el nombre tiene su aquel, incluida esa uve que a veces induce a confusión. Incluso recuerdo en una visita a centro penitenciario, de las que el Ministerio fiscal ha de hacer a los presos preventivos, en que un interno se quejaba de que ·”no le daban un bis”. Incluso llegué a pensar que era un cantante frustrado porque nadie le repetía eso de “otra, otra…” hasta que me percaté de a qué se refería.

                Por cierto, hablando de esas visitas del Ministerio Fiscal a presos preventivos, siempre me pregunto el sentido de las mismas, Lo tenía, sin duda, hasta el año 1992, en que se introdujo la obligatoriedad de la comparecencia con el Ministerio Fiscal y las acusaciones cuando se planteaba decretar prisión provisional a alguien. La consecuencia fue que los jueces necesitaban petición de una acusación y no podían decretar prisión si no existía, por más que pensaran que el tipo la merecía. Hasta entonces, esas visitas eran un modo de controlar las prisiones preventivas pero, una vez es el fiscal quien pide, en la inmensa mayoría de los casos la prisión, parece un poco contradictorio que luego vaya a preguntarle qué tal lo lleva. Incluso hemos tenido algún incidente desagradable, cuando el mismo fiscal que pidió la prisión preventiva es quien luego hace la visita y le pregunta si todo está en orden o hay alguna queja, porque no siempre entienden esta dicotomía. Pero es lo que hay, hasta que nadie lo cambie.

                Aunque las visitas realmente conflictivas, las que más dolores de cabeza, dudas y aprensiones dan, son las de las hijas e hijos respecto de sus progenitores en caso de separación, divorcio o similares. Quienes llevamos Derecho de Familia, sabemos bien que una gran parte del tiempo que dedicamos a esta jurisdicción tiene relación con el derecho de visitas de menores. Y ojo, lo primero que hay que aclarar es que, aunque padres y madres lo esgriman y se lo arrojen a la cara como si las criaturas fueran de su propiedad,, es, antes que nada, un derecho de las niñas y niños. Si fuera lo primero que pensaran, otro gallo nos cantaría en más de una ocasión.

                En este sentido, quienes llevamos asuntos de esta índole oímos hablar continuamente del interés del menor o, dicho en latinajo, el favor minoris. Que es, desde luego, el principio que debe regir. El problema es cómo entiende cada cual el beneficio del menor. He visto esgrimir el principio de favor minoris tanto para que vea al padre como para que no lo vea, para que se vaya con uno o con otra, que haga inglés o alemán, danza o judo. Y es que pocos conceptos hay tan susceptibles de apropiación como este. Por eso precisamente hay que tener mucho cuidado a la hora de decidir sobre la existencia de visitas y la modalidad de estas. Y, por supuesto, a la hora de emitir ese informe psicosocial que suele ser la base de muchas resoluciones judiciales.

                Cuando no existe custodia compartida, la existencia de un régimen de visitas es la regla general, y la suspensión o privación la excepción. Debe haber causas poderosas para privar al niño o niña del derecho a relacionarse con uno de sus progenitores, y viceversa. Y ese motivo, cuando existe, consiste en maltrato, conducta violenta o inatención al menor, otra forma de maltrato. Pero de nuevo ahí están las posibles interpretaciones, porque si hay una condena por maltrato todo esta claro, pero no lo está tanto cuando se trata de una desatención o de cualquier otra conducta no sancionada o no sancionable por el Derecho Penal. Todo un mundo que causa muchos quebraderos de cabeza a quien ha de decidir. Recuerdo que la jueza con la que trabajo llegó a decir a una pareja que había decidido más cosas sobre la vida de su hijo que ellos mismos, puesto que todo lo sometían a conflicto, desde el traje de la Comunión hasta las actividades extraescolares.

                No obstantes, entre las visitas y la falta de ellas hay estadios intermedios. Pueden establecerse visitas intervenidas por personal especializado, o puede disponerse que las entregas y recogidas se hagan en un punto de encuentro familiar, porque las situaciones más tensas se generan en esos momentos. Un catálogo con infinitas posibilidades para cumplir con ese favor minoris que no siempre somos capaces de interpretar. Porque en esta materia no basta con aplicar las leyes, hay que hacer justicia. Y cuando está en juego algo tan delicado como la infancia, la cosa se pone francamente difícil. Y hay que valorarlo.

                Y hasta aquí, la visita de hoy. Que nadie se olvide de visitar nuestro escenario, aunque para visitar a sus protagonistas haya que pedir cita previa, que ya se explicó cuando hablamos de la ley Covid, aunque a veces sea difícil de entender que no pueda aprovecharse el viaje a tal o cual juzgado para tratar de entrevistarse con juez, fiscal, o quien interese. Pero es lo que hay. Habrá que pedirle cuentas al bicho o, mejor, a quienes gestionan los temas relacionados con ello, aunque no den abasto. Es lo que tiene la Justicia en tiempos de pandemia, un tema que jamás nadie incluyó en el temario de la oposición o de la facultad de Derecho y hoy sería tan útil. O no

                Ahora solo queda el aplauso de hoy. Y va dirigido, sin duda alguna, para quienes cada día tienen que decidir sobre algo tan complejo pese a su aparente sencillez como las visitas de menores. Que la fuerza os acompañe.

Evolución: cómo hemos cambiado


                El tiempo es uno de los protagonistas más habituales de cualquier tipo de obra artística. Puede tener un papel tan principal que hasta el propio título lo refleje, bien porque pasen Las horas, porque esperemos Lo que queda del día, porque estemos dispuestos a pasar unas memorables Nueve semanas y media o porque nos dé por recordar Aquellos maravillosos años de nuestra Belle epoque– O también puede tener un papel secundario pero que marca a unos personajes que rememoran Tal como éramos o un pasado Esplendor en la hierba. La cuestión es que siempre está ahí, produciendo, incluso, efectos tan curiosos como los de El extraño caso de Benjamin Button, al menos para la ficción

                En nuestro teatro, el paso del tiempo tiene unas consecuencias jurídicas clarísimas, a las que ya hemos dedicado más de un estreno. Los términos, los plazos, los recursos o instituciones tan importantes como la prescripción tienen su origen y su razón de ser en el paso del tiempo.

                Pero no solo de Derecho vive el jurista. O mejor, no solo del Derecho de que hablan los Códigos. Hoy quiero hacer un pequeño repaso a cómo trató el tiempo a una de mis protagonistas de Toguilandia, como representación de lo que puede pasarnos a cualquier toguitaconada que se precie. O toguimocasinado, que no se diga.

                Hace más de cinco años, se abría este telón para tratar de una parte fundamental de la vida de la mayoría de toguipuñeteros, el examen de oposición. Por aquel entonces lo personalizaba en mi sobrina Teresita, a la que no he llegado a apear el diminutivo a pesar de que me lo he propuesto más de una vez. Ignoraba si sería de las elegidas o tendría que esperar a mejor momento, pero la cosa salió bien, y superó aquel trance.

                Por supuesto, exámenes hay varios, como en cualquier oposición que se precie, y aguantar es una de las pruebas más duras a que se someten las personas que opositan. Aguantar hasta que convoquen plazas, aguantar hasta que las circunstancias sean favorables, aguantar entre un examen y otro y, lo peor, aguantar si un año las cartas vinieron mal dadas hasta el reparto de naipes de la convocatoria siguiente. Como he dicho más de una vez, la oposición es una carrera de fondo, y en estas ganan más quienes compiten como Forrest Gump que como el velocista más rápido del universo mundo. Y es que la caja de bombones de la que hablaba la madre de Forrest ya estaba ahí esperando.

                La cuestión es que el tiempo pasó, lo que se tenía que aguantar se aguantó, y llegó el aprobado , otro estreno con profusión de público que personalicé en Teresita, pero que valía para todas las personas que hemos pasado por esa situación tan vertiginosa. De repente, la vida que había quedado en stand by vuelve a ponerse en marcha con un botón de on que, de repente, marcha a muchas más revoluciones que el cuerpo acostumbra. Pasamos de 0 a 100 con más velocidad que el Fernando Alonso de los mejores tiempos. Y, una vez cumplido el objetivo a que habíamos dedicado todos nuestros esfuerzos, todo nuestro tiempo y todas nuestras energías surge una nueva pregunta. ¿Y ahora qué?

                Aunque parezca mentira, esa es una pregunta que todo el mundo se ha hecho alguna vez. Pasados los nervios del examen, el éxtasis del aprobado, el vértigo del debut en el primer destino, llega el momento de la verdad. De nuevo, hay que aguantar lo que venga encima, sea lo que sea. Que, como bien dicen las artistas, lo difícil no solo es llegar sino permanecer. Porque, al fin y al cabo ¿qué otra cosa es administrar justicia que el arte de dar a cada uno lo suyo?

                Pues eso, ahí la tengo, toga en ristre, administrando justicia como una campeona., y dando la venia a diestro y siniestro. Ya pasaron los tiempos de prácticas, de tutelaje, de dudas e incertezas. Ahora es toda una señora jueza a la que, además, le gusta tanto serlo que no solo ha decidido plasmarlo de manera permanente en su muñeca, sino que ha cometido la imprudencia de compartirlo conmigo. Y conmigo, ya sabe, a poco que se descuide una, a los tacones va. Y vaya si ha ido.

                Quizá este estreno pueda parecer inconsistente, pero de eso nada. Es mi pequeño homenaje a las personas que siguen dedicando los mejores años de su vida a estudiar como si no hubiera un mañana para que haya, precisamente, un mañana, y sea mejor. La justicia necesita ilusión, empuje, ganas y compromiso, y llegan pisando fuerte muchas generaciones que lo tienen, y que ya han tenido ocasión de demostrarlo.

                Aprovecharé, eso sí, para dar un toque a quien corresponda. No destrocen su ilusión y sus ganas dotándoles de inseguridades, condiciones de trabajo dudosas y juzgados destinados al fracaso. Ya lo hicieron con las cláusulas suelo y amenazan con hacer algo parecido con órganos especiales relacionados con la covid. No maten a la gallina de los huevos de oro.

                Así que hoy el aplauso no puede ser para nadie más que para esas nuevas generaciones que llegan pisando fuerte. De jueces y también de fiscales, desde luego, que no puedo dejar de nombrar a ese valiente que, a pesar de su ceguera, ha conseguido aprobar y pasar a este lado de nuestro escenario (por cierto, mi fiscalita interior le da una ovación extra por elegir fiscal) Que nadie os robe la ilusión que os hizo llegar hasta aquí, porque estaría robando a la Justicia sus mejores bazas de futuro.

Ley COVID: medidas ¿organizativas?


                Dice la sabiduría popular que la necesidad crea el órgano. Pero no solo el órgano, la necesidad hace tomar decisiones que en otro momento serían impensables. Si en algún momento nos hubieran dicho que habríamos estado tanto tiempo sin ir al cine ni al teatro, o que lo haríamos con tales restricciones, `pensaríamos que se trataba de una película de ciencia ficción y no de la realidad. Pero quienes mandan han de tomar La decisión o las Decisiones, y, nos guste o no, hemos de pechar con ellas. Es lo que hay

                Hablábamos en el estreno anterior de las medidas de seguridad que se han ido tomando en nuestro teatro, pero era un ejercicio basado más en la práctica diaria que en la realidad legislativa concreta aplicable a nuestro mundo. Pero, como si me hubieran leído, la norma no se hizo esperar ni un par de días, y aquí tenemos la ley 3/20 de 18 de octubre, publicada al día siguiente en el BOE, nuestro noticiario particular.

                ¿Qué es lo que dice esta norma y que supone para Toguilandia? Pues a ello vamos, sin perjuicio de empezar por explicar que se va a obviar toda la parte relativa a los concursos -y no precisamente a Pasapalabra ni al Un dos tres– porque ya se sabe eso de zapatero a tus zapatos.

               Como debe ser, empezaré por el principio que, en toda ley que se precie, viene constituida por la Exposición de Motivos. Para quien no lo sepa, esta parte de las leyes, que en muchos casos es la más interesante, también se convierte en otras en un catálogo de deseos en vez de en una explicación de causas, cuando no combina ambas. En este caso, el motivo es tan sencillo y tan fácil de resumir que con una frase habría bastado. El motivo es nada menos que una pandemia. Pero no me resisto a resaltar algunas cosas que me han llamado la atención. La primera es que habla de diálogo y, hasta donde yo sé, nadie nos hemos sentido muy consultados, sobre todo en la trinchera . Y especialmente ninguneados se han visto quienes ejercen la abogacía y la procura que se han visto muy perjudicados por unas no vacaciones que no han beneficiado a nadie. La otra cosa que me deja ojiplática es la afirmación de que nos hemos adaptado con rapidez a los medios tecnológicos. Respecto a esto sí que pasopalabra.

                Metiéndome ya en harina, he de decir que hay algo que me tiene hablando sola desde que lo he leído. En relación con los procedimientos preferentes, me encuentro con que se considera tal el derivado del artículo 158 del Código Civil, es decir, medidas extraordinarias en materia de familia. Y estoy, desde luego, de acuerdo. Pero lo que me pregunto es cuándo dejaron de tener esa preferencia para que tuviera que establecerla una disposición extraordinaria. Algo me debí perder en el camino, sin duda. Para quien no esté en el ajo, recordaré que por este procedimiento vemos cosas como consentimiento para salir al extranjero de hijos menores, cambios de colegios y hasta cambios de custodia o de visitas en situaciones de riesgo. Así que su urgencia es desde siempre, además de que ya lo establecía el precepto antes de que nadie imaginara que una virus iba a cambiar nuestra vida.

                Por lo que a nuestro tema respecta, lo que más me gusta es que se pone fecha a la esperanza. Como se dice que las medidas organizativas y tecnológicas serán hasta junio de 2021, pensé que el legislador ha recibido un soplo, o una profecía, que pone fecha al fin de la pesadilla. Pero mi gozo en un pozo, porque no echan todos los huevos en la misma cesta. Según la materia, la fecha es diferente. Y es que al virus parece que le gusta más el derecho laboral que el penal, que es así de caprichoso. Pero, caprichos aparte, establece la norma que las actuaciones serán telemáticas, salvo excepciones, que son el juicio por delitos graves y la comparecencia de prisión, cuando así lo pida la parte. Nada que objetar a lo primero, pero en cuanto a lo segundo, me cuesta de comprender. ¿De verdad aporta algo la presencia física de las partes en un acto donde se limitan a hacer una petición y exponer las razones jurídicas que llevan a ello? Ahí lo dejo.

                En cuanto al acceso del público a las salas de vista, se prevé, siempre que se respeten las medidas, en su versión presencial y en la telemática. La verdad es que me encantaría que tuviéramos un público de maniquíes como en los concursos de la tele, o de pantallitas con personas sonrientes que interactúan, pero temo que no es el caso.

                Otra de las cosas que ya teníamos asumidas es la dispensa de las togas, nuestro particular uniforme de trabajo. Aunque yo proponía la toga epi no ha cuajado. Quizás sería este el momento de plantearnos por qué nuestra ropa de trabajo es menos necesaria que otras. Seguro que nadie se imagina a un bombero o policía sin uniforme o al personal sanitario sin pijama o bata. Pero tal vez no guste la respuesta, que viene fundamentada en quien proporciona -o no- ese uniforme de trabajo. Otra de las cosas que dejo en el aire.

                También la atención al público tiene sus propias normas. Se nos dice que es imprescindible que sea telefónica, telemátca -que no telepática- o por correo electrónico y, de ser personal, con cita previa. Y, aunque está muy bien habría que pensar en un poco de flexibilidad, o llegaremos al absurdo de no poder atender al letrado que aprovecha que ha hecho otra gestión en la sede de que se trate para tratar de contactar. O, de llegar al absurdo de darle cita previa para dentro de 5 minutos. Todo puede ser.

                Aunque lo que más me ha preocupado es lo relativo a los informes médico forenses y de los equipos psicosociales, que, según la ley, se harán a la vista únicamente de la documentación. Y yo seré muy poco imaginativa, pero me cuesta ver un informe médico sin ver al paciente o dictaminar sobre la custodia de un menor sin verlo ni escucharlo. Llamadme tiquis miquis, pero de veras que me cuesta.

                Por último, además de la posibilidad de órganos especiales para aguantar el tirón, tenemos la previsión de la que se habló desde el principio, habilitar las tardes. Que está bien si es necesario, pero que poca efectividad tendrá si no va acompañada de un despliegue de medios que siempre se queda corto y, desde luego, de unas previsiones sobre conciliación -o mejor, corresponsabilidad- que no siempre se tienen en cuenta.                 Hasta aquí, un pequeño resumen de estas normas que pretenden paliar el desastre.. Si lo logran o no, el tiempo lo dirá. Pero, en cualquier caso, dependerá de quienes las apliquen. Y a ellos y ellas va dedicado el aplauso de hoy. Que Dios nos pille confesados. U confesadas, claro

Medidas de seguridad: la toga EPI


                Tener cuidado es necesario, sin duda. Aunque literatura y cine están llenos de protagonistas que despreciaban el peligro, también los cementerios están llenos de estos. Juan sin miedo más bien debería llamarse Juan el temerario. Aunque no sé qué hubiera hecho él, ni ninguno de Los cuatro Fantásticos, Los Increibles o cualquier superhéroe en tiempos de coronavirus. Quizás en el futuro alguna película nos lo muestre, y espero que pronto lo veamos como agua pasada. Mientras tanto, esperaremos. Con refresco y palomitas, si es preciso

                Hoy nuestro teatro presenta un aspecto que nunca habríamos imaginado. Ya hablamos de las medidas de precaución en los primeros tiempos del estado de alarma, aunque entonces lo hacíamos pensando en que se trataría de algo transitorio. Y ahora, por desgracia, lo transitorio tiende a volverse duradero.

                Hemos vuelto al cole con un catálogo de indicaciones y protocolos que a veces hacen más difícil cumplir con las medidas que el propio contenido del pleito. Por más que resulte chocante, muchas veces una tiene la sensación de que la preocupación se centra más en las distancias, la desinfección, las mascarillas y el gel hidroalcohólico que en el contenido del juicio y el Derecho a aplicar. Y no es una tontería. Ya habíamos hecho muchos juicios de muchas modalidades, pero jamás antes nos habíamos enfrentado a una pandemia, Y esperemos que tampoco ocurra después, que con una en la vida ya hay bastante.

                La cuestión es que lo que pensábamos que duraría poco, ya dura demasiado, y lo que te rondaré, morena, aunque cada día nos encontramos con alguna nueva variación que, como el libro gordo de Petete, enseña y entretiene hasta el programa de que viene.

                Como decía, ya dedicamos un estreno en su día a la precaución con la que debíamos conducirnos, que cada vez se va traduciendo en cosas diferentes. Empezamos por llevar guantes para todo, aunque togada con guantes no cace ratones, pero poco a poco pasó a mejor vida. Un buen día nos encontramos que en el súper, donde pasábamos las de San Amaro para coger cualquier cosa, ya no había obligación de guantarse, aunque sí de aguantarse. Y, como suele pasar, el súper da la medida de todas las cosas. Un plumazo, y descartados los guantes que, a la postre, llegaron a decirnos que hacían peor el remedio que la enfermedad si los llevábamos toda la jornada.

                Una suerte pareja ha sufrido el tema del saludo. Quedan descartados los abrazos, tan necesarios, y los dos besos protocolarios, así que no sé que hubiera hecho Judas en tiempos de coronavirus. Nos decían que había que saludarse con el pie, con el consiguiente riesgo para el equilibrio, especialmente si una se empeña en no bajarse de sus tacones, o con el codo. Lo del codo era feo pero, además, tenía su aquel, porque, salvo que se tengan los brazos de un chimpancé, no hay codazo que no infrinja el metro y medio de distancia reglamentario.  No sé si por eso ahora nos han vuelto a cambiar la consigna, y tenemos que saludar llevándonos la mano al pecho. Que, me perdonaréis, pero a mí me hace sentir como un deportista yanqui entonando su himno. Pero es lo que hay. A partir de ahora, y hasta nueva orden, a saludarse como si fuéramos Napoleón. Que no se diga. Solo nos falta que sustituyan la mascarilla por cuellos blancos engolados y pareceríamos un cuadro de El Greco. Hasta podemos proponer que, para respetar las distancias, nos insten a vestirnos como Las Meninas.. Los miriñaques son una buena medida de distancia. Física, que no social, por más que se empeñen en llamarla así.

                Lo que está cada día más en boga es lo de recordarnos nuestros tiempos mozos, donde los personajes de Barrio Sésamo nos explicaban lo que era ir adelante, atrás, arriba o abajo. A veces miro las flechitas e indicaciones del suelo y creo que van a aparecer Epi y Blas para contármelo todo. Eso sí, olvidando lo de compartir, que pasó a la historia. Triqui podrá tener todas las galletas para sí mismo sin que nadie le tache de egoísta. Eso sí, que no se olvide después de lavarse las manos o de echarse hidrogel, aunque, como a más de una, le acaben saliendo sarpullidos de tanto frotar o hasta escamas de tanto mojarse.

                También han entrado a formar parte de nuestra vida toguitaconada las bolsitas de plástico con que cubren micrófonos, aunque tenga su dificultad eso de cambiarlas cada vez que cambien los intervinientes. Malos tiempos para el planeta, ahora que parecía haber cierta conciencia de acabar con el plástico. Pero es lo que hay

                No sé qué será lo siguiente. Me hablaba un compañero de la toga epi. Y no lo decía por el compañero de Blas, sino por un equipo de protección apto para Toguilandia. Nos reímos mucho con la ocurrencia, imaginándonos con escafandra con escudo y puñetas, pero no es para reírse. Si no, pensemos en lo exagerado que nos parecía Michael Jakson con sus sempiternos guantes y su mascarilla, y lo que debe estar riéndose de nosotros allá donde este. Me lo imagino cantándonos Thriller a toda hora, vaya.

                Y hasta aquí llega el estreno de hoy. El aplauso, con mis manos perfectamente higienizadas y mi togascarilla colocada, es para quienes, pese a todo, se lo toman con humor, pero sin olvidar que no es cosa de risa. Nos jugamos demasiado