Crueldad: casos que nos marcaron


                El mundo del espectáculo se ensaña muchas veces con historias especialmente crueles, respondan a hechos reales o no. El silencio de los corderos, Seven, Los crímenes del museo de cera o La matanza de Texas son solo una muestra de las que son pura ficción -o casi-, y filmes como El misterio von Bülow, A sangre fría, El irlandés o Crimen en familia lo son, en su versión más o menos fiel a la realidad, de casos que ocuparon las portadas. Y, por supuesto, Jack el destripador, la tremenda historia cuyas múltiples versionas cabalgan entre la realidad y la ficción.

                En nuestro teatro este tipo de historias no suceden todos los días , por fortuna, pero suceden. No pretendo que esta función se refocile en el morbo, sino recoger algunas de las muchas historias reales que a mis compañeros o a mí nos impresionaron especialmente por su crueldad.

                Empezaré haciendo referencia a algunos casos mediáticos que todo el mundo conoce. El de las niñas de Alcácer, muy doloroso en mi tierra, el asesinato de sus hijos por José Bretón, el de la niña Mari Luz, el de Diana Quer, Sandra Palo, el del niño Gabriel Cruz o el de Asunta Basterra fueron algunos de los que más llamaron en su momento, aunque la lista es mucho más larga. No obstante, no se trata de enumerar los crímenes más mediáticos sino de algo más subjetivo, de señalar algunos que nos dejaron huella a quienes los llevamos.

                En mi caso, el primer asunto que me marcó vivamente fue el de un taxista atacado por un grupo de jóvenes, algunos de ellos menores. Le dispararon con balines durante el trayecto hasta saltarle un ojo, le robaron la recaudación y tras machacarle el cráneo con una piedra lo arrojaron por un barranco, dándolo por muerto. El pobre hombre sobrevivió contra todo pronóstico, aunque quedó muy tocado. Todavía se me ponen los pelos de punta al revivir su actitud en el reconocimiento en rueda. “Esos son los que me mataron”, dijo. Sin comentarios.

                Otro asunto que me afectó por otras razones fue el de un tipo que, para dañar a su novia, destrozó a su cachorrito golpeándole contra la pared hasta matarlo. Me pareció una crueldad enorme. Otro asunto muy cruel era el de un hombre, que fue condenado por maltrato psíquico pero luego absuelto por la Audiencia, que le repetía a su mujer, enferma terminal de cáncer, lo fea que estaba y el asco que le daban sus cicatrices, y le decía que a ver si se moría de una vez.

                También he llevado asesinatos impresionantes. Acabar con alguien con 36 puñaladas siempre es algo que te marca, y otro caso espeluznante fue el de un hombre que llegó a escribir en la pared con la sangre de su víctima.

                Una de mis compañeras me habla de un asunto que no solo la impresionó a ella sino que me ha impresionado a mí al leerlo. Se trataba del caso que se llamó de los bebés congelados, y en el que la madre daba a luz sin que nadie conociera su embarazo y metía en el congelador a sus bebés, cuyo descubrimiento no quiero ni pensar lo impactante que sería.

                Y es que la manera de deshacerse del cuerpo, aunque no suponga por sí misma un plus de pena, hace las cosas más escalofriante. Me cuenta otra compañera de un acusado que troceó, descuartizó y se comía los restos de su víctima, su madre. Lo que me recuerda algo que siempre me ha contado mi madre, de un crimen muy famoso en Valencia donde los restos, descuartizados y eliminados en cajas de galletas que el autor tiraba a un descampado, fueron descubiertos por el hedor que llegaba al cine colindante.

                Como he dicho antes, los asesinatos de hijos para dañar a la madre son especialmente dolorosos. El de José Bretón fue el más conocido, por sus especiales circunstancias, pero no el único. Otro de mis compañeros cuenta como asistió a uno de estos casos, en que, además, había un dictamen previo de suicidio, y lo tranquilo que se quedó cuando el jurado dio su veredicto unánime de culpabilidad

                La violencia de género ofrece escenas difícilmente olvidables. La que me cuenta otra compañera es la de una mujer cuyo marido, tras engañarla a ella para dejar a buen recaudo a los niños, le pega en el coche, trata de tirarla en marcha y no contento con ello va a aplastarle la cabeza con una piedra cuando fue, por suerte, descubierto por un testigo, a quien tuvo encima la cachaza de decirle que era un accidente.

                También yo he vivido varios juicios por episodios de esta índole, entre los cuales resaltaré el de el tipo que asesinó a su amante tras llevarla de pic nic, arrojándola al lago y apuñalándola dentro, para luego irse con las pertenencias de ella en el maletero, a un festival del colegio de sus hijos. O el del que, tras apuñalarla, se llevó al niño a comer una hamburguesa y le dejó allí un rato mientas iba, quemaba la vivienda, y volvía. En ambos casos recayó condena con todas las de la ley.

                Y, por último, contaré un caso cuyo fondo es más habitual de lo que parece, la doble victimización y el rechazo por quien más tenía que apoyar En este caso, una chica de 15 años, violada repetidas veces por su padre que quedó embarazada y fue rechazada por su familia cuando le denunció. Cuenta mi compañero que era tristísimo verla sola con las monjas que la acogieron en el juicio mientras la familia en pleno apoyaba al padre violador. Algo que me recuerda una frase que escuché una vez de labios de una mujer y me quedó dentro para siempre. Aquella mujer, cuya hija había sido violada por su marido y padre de la niña, sí reaccionó, aunque tarde, y decía “a mí que la estrene el padre no me pareció mal, pero que lo haga tantas veces…” Ahí lo dejo

                Y hasta aquí, el estreno de hoy. De muestra vale un botón, pero hay muchas más historias de estas, Ojala no las hubiera. Pero mientras, el aplauso será para quienes las sufren y, en especial, para esos compañeros que han querido contármelas. Una vez más, gracias.

Analogía: parecidos razonables


                Cuando las cosas, o las personas, se parecen mucho entre sí, el juego de equívocos está servido para el mundo del cine. Puede acabar en tragedia o en comedia, según quien dirija y cuál sea su propósito. Todo el mundo recordamos películas que sacan jugo al parecido físico de hermanas hermanos gemelos, desde El príncipe y el mendigo hasta Tú a Boston yo a California, pasando por la insustituible Lina Morgan de Vaya par de gemelas. Claro está que algunos gemelos son tan desiguales que resulta inexplicable que lo sean, como los protagonistas de Los gemelos golpean dos veces. Y es que nunca se sabe hasta donde llega la semejanza.

                En nuestro teatro la semejanza tiene una forma jurídica concreta, la analogía. Hablamos de analogía para referirnos a una figura jurídica que aplica las soluciones de un supuesto a otro con el que tiene similitud. La RAE define la analogía, en su primera acepción, como  ”relación de semejanza entre cosas distintas” y de eso es de lo que se trata, aunque en nuestro caso lo que nos interesa es determinar si existe tanta semejanza como para aplicar una respuesta igual. Obviamente, se trata de situaciones que no cuentan con una regulación propia, porque si fuera así, se aplicaría esta. Ni analogía ni gaitas.

                No obstante, no confundamos las cosas. Cuando aquí se habla de semejanza o similitud viene referida al supuesto de hecho al que hay que anudar la consecuencia jurídica. Nada que ver con ese pseudoderecho al que ya dedicamos un estreno, donde lo que inventan son las propias instituciones, ni con los sucedáneos , que también protagonizaron su propia función.

                En principio, la analogía es más propia de otros campos del Derecho diferentes al Derecho Penal. Y eso es porque en Derecho Penal, como limitativo de derechos fundamentales que puede ser, no cabe la aplicación extensiva de nada. Los preceptos han de interpretarse con carácter restrictivo y, ante la duda, hay que aplicar por lo más favorable al reo, esto es, por la no aplicación del precepto.

                Con el Derecho Civil, sin embargo, la cosa es harina de otro costal. Nada obsta a que se puedan aplicar las normas relativas a un contrato existente a otro que todavía no ha sido regulado. Es, sin ir más lejos, lo que pasó en su día con el contrato de garaje, que ahora está muy claro pero que aparecía como una mezcla entre el depósito y el arrendamiento, o con contratos innominados como los que tenían que cubrir nuevas realidades como el leasing o la franquicia. Pero, como en Derecho nada es lo que parece, no siempre puede aplicarse la analogía en Derecho civil. El obstáculo más claro es el derecho de familia, en especial lo relacionado con menores . Ahí sí que hay que ser más cuidadoso con analogías, como con todo.

                Y, como decía, nada en Derecho es lo que parece. Por eso, a la afirmación tajante de que no cabe analogía en Derecho Penal, hay que hacer algunos matices. Porque el propio Código Penal se tira a la piscina de nombrarla sin que el legislador supiera si había agua o no. Y nos deja a los pobres operadores jurídicos con  el problema. Y si no, vamos a verlo

                El primer caso es la de la atenuante analógica que recoge el Código como la última en el catálogo de circunstancias atenuantes . En realidad, habla de cualquier otra circunstancia de análoga significación a las anteriores. O sea, en román paladino, cualquier otra que no se nos haya ocurrido y pueda dar razones para rebajar la pena. Recuerdo que cuando estudiaba la oposición, entre las que citaban los apuntes como ejemplo, estaba la de una sentencia muy antigua que aplicaba como circunstancia atenuante analógica la fiebre láctea, bajo cuyos efectos una madre dio muerte a su bebé recién nacido. Está claro que respondía a una época que no se parece en nada a la nuestra, pero a mí aquello me parecía y me sigue pareciendo una burrada. Claro que hablamos de un sistema jurídico que castigaba con una pena muy reducida el que llamaba delito de infanticidio, que no era matar a un niño sin más, sino hacerlo por parte de la madre para ocultar su deshonra. Y es que la honra era mucha honra en aquellos días. Una honra que, por cierto, no era cosa del padre, que si mataba al bebé en el mismo caso vería caer sobre él todo el peso de la ley. Cosas de una sociedad ya caduca, por fortuna.

                También entre esas atenuantes por analogía nombraban aquellos apuntes de hace más de un cuarto de siglo la angustiosa situación de paro. Algo que sería muy moderno entonces pero que hoy, por su lastimosa frecuencia, ya no resulta excepcional para que merezca una atenuación, por muy angustiosa que resulte

                A día de hoy, este comodín entre las atenuantes se utiliza sobre todo para intentar suplir las carencias de requisitos de otras atenuantes, como ocurre alguna vez en el caso de la confesión cuando, por ejemplo, falta el requisito temporal de haberla hecho antes de que el investigado conociera que el procedimiento se dirige contra él. Y, en este sentido, resulta muy útil para esos casos de drogadicción o enfermedad mental en que hay alguna alteración pero no la suficiente para considerar que concurre la exención completa o incompleta.

                En cualquiera de los casos, y ante la prohibición de la analogía en Derecho Penal, esto se remedia diciendo, y con razón, que se trata de analogía in bonam partem. Es decir, que como no perjudica sino beneficia, pues sí que puede valer. Bastante lógico.

                El otro caso, que ya no sé si es en tan bonam partem, es el de la relación análoga de afectividad, aun sin convivencia, de que hablan los preceptos relativos a la violencia de género, o la circunstancia mixta de parentesco. Y aquí la cosa sí se pone difícil, lo primero para adivinar qué es eso. Porque una relación análoga de afectividad al matrimonio sería la que conocemos como pareja de hecho, sin necesidad de inscripción en un registro, porque entonces, por más que la llamaran así, sería de Derecho, y no de hecho. Pero, matices aparte, parece un poco contradictorio que si la característica del matrimonio, y de la pareja de hecho por analogía, es además de la afectividad, la convivencia conyugal – en latinajo convivencia more uxorio-, añadan un inciso que incluye en este supuesto los casos en que no la haya ¿En qué quedamos, es análoga o solo un poco? Porque, en este caso, podría ser perjudicial para el reo, sea hombre o mujer. Pegar a quien es tu pareja siempre es más gravoso que a quien no lo sea. En realidad, se referían a los novios de toda la vida, pero quizá resultaba un vocablo demasiado antiguo para que lo usaran. Pero es lo que hay.

                En cualquier caso, siempre me acuerdo de aquel imputado que insistía que lo suyo de relación análoga de afectividad nada, porque afecto no le tenía ninguno. Cosas que hay que oír.

                Y con eso se cierra el telón por hoy. El aplauso, no analógo sino original, para quienes se ven en el brete de tener que aplicar esa analogía que da más de un problema. Que os sea leve.

Mañana: ¿qué pasará?


Esta vez, el estreno es un cuento, un cuento sobre lo que podría pasar en el año 2070. O no

Currículum

(Relato incluido en la antología “relatos líquidos” de Generación Bibliocafé)

Rechazada. Me habían rechazado otra vez. Pero esta vez no me iba a quedar callada, ni me iba a conformar con la transmisión de mi queja a través de las ondas. Iría en persona como se hacía antiguamente, como, según mi abuela, se hacían las cosas antes de que la pandemia del coronavirus diera al mundo la vuelta como un calcetín.

La verdad es que la abuela se ponía un poco pesada con sus batallitas del confinamiento, pero daba unos consejos tan útiles que no podía despreciarlos. Y pobre de mí si lo hacía, claro. Como alguien se enterara, me podía caer una pena de las gordas, porque cualquier falta respeto a las personas mayores de 65 años era considerado un crimen grave y tenía un grave castigo.

Yo no sabía a qué se debía esto hasta que mi madre me lo contó. En aquella dichosa pandemia de 2020 murió mucha gente mayor, así que el cataclismo en la economía fue tremendo. Además de los efectos del tiempo que estuvieron encerrados en sus casas, a la vuelta se encontraron que habían fallecido tantas personas jubiladas, que la conciliación era imposible para muchas parejas que echaban mano de los abuelos. Y encima se desplomó el consumo de muchísimas cosas, empezando por algunos medicamentos y prótesis y acabando por los viajes, a los que eran muy aficionados. Total, que fue un desastre añadido al desastre que ya habían tenido.

Me contaron también que hubo varios procesos para depurar las responsabilidades por cómo habían cuidado -o más bien habían dejado de cuidar- a las personas mayores que estaban en algunas residencias. No sabía mucho más de eso porque mi abuela se ponía muy triste cuando se hablaba del tema. Al parecer, sus propios abuelos fallecieron entonces por la epidemia.

Así que las personas mayores se habían convertido en seres de especial protección a quienes se les daba todo tipo de beneficios y cuya opinión era tenida en cuenta por encima de todo. Creo que el hecho de que fuera esa generación la que tirara del carro en esos tiempos también debió influir, o eso era al menos lo que yo pensaba.

Por todo eso, nadie mejor que mi abuela para ayudarme en este trance. No podía ser que, con toda la preparación que tenía, me rechazaran en el trabajo una y otra vez. Era la mejor de mi promoción, la del año 2069.

-¿Cómo ha ido, hija? -me preguntó- ¿Te dieron el trabajo?

´-No, abuela. Me han vuelto a rechazar. He pensado en ir en persona a pedir explicaciones

-¿En persona? ¿Lo dices en serio? Creía que en este tiempo ya no lo hacía nadie

-Y así es, pero alguien me tendrá que explicar, y se me ha ocurrido que es el único modo. Pero no sé cómo hacerlo

-Bueno, pues lo primero tendrás que saber dónde ir a reclamar

-Anda, pues no lo había pensado. Como la mayoría de empresas, tiene una sede virtual y nos comunicamos a través de las ondas, así que no tengo ni idea de adónde ir.

-Pues mal lo tienes si no lo sabes -me dijo, entre seria y divertida- Pero bueno, déjame los datos que tienes y te lo buscaré yo. Como hacíamos toda la vida.

No sé de cómo lo haría mi abuela, pero en menos de dos horas sabía todo lo que había que saber sobre la empresa en la que yo aspiraba a trabajar. Estaba a más de 1000 kilómetros, pero con el transportador eléctrico podría plantarme allí en media hora

-Gracias, abuela, mañana mismo iré. Pero ¿cómo me tengo que comportar? No he hecho nunca una entrevista de trabajo presencial.  Y menos una no-entrevista, porque de lo que se trata es de que me la hagan allí y me acepten

Bueno -comenzó, poniendo aquella expresión de “hacerse la interesante” que tan nerviosa me ponía- Yo te daría un par de consejitos

-Dime, abuela, por dios

-Fíjate, yo empezaría dándole la mano a quien te atienda. Y al marcharte, un abrazo

-¿Un abrazo? -no podía estar diciéndome aquello- No puede ser, nadie da abrazos ahora. Solo lo hemos visto en las películas antiguas

-Hazme caso. Cuando yo era muy joven, mucho antes del coronavirus, nos dábamos abrazos. Era maravilloso sentir a otro ser humano. Pero después de la pandemia la gente se acostumbró a no tocarse, y acabó por dejarse de hacer. Pero te aseguro que es fantástico. No falla

-Está bien, si tú lo dices…

-No me convenció del todo, pero no tenía nada que perder, así que lo intentaría. Dediqué un buen rato a ver películas y grabaciones antiguas, de cuando la gente todavía se abrazaba, y hasta se besaba. Me parecía tan raro…

Cuando llegué a la entrevista, estaba preparada para todo. Pensaba que me rechazarían o que ni siquiera me darían la oportunidad de hablar con nadie. Pero tenía que intentarlo.

La jefa era una señora de edad, que, de hecho, me recordaba bastante a mi abuela. Tal vez por eso me costó lo del abrazo menos de lo que pensaba. Se lo estampé nada más llegar. Lo había ensayado bien. Me acerqué, le puse un brazo por encima de un hombro y el otro a la altura de la cintura, y apreté con fuerza, pero con cuidado de no arrimarme demasiado. Estaba satisfecha. Me había salido de maravilla.

La mujer puso una cara de sorpresa que me asustó. Pero tras un silencio que me pareció eterno, solo me dijo una palabra:

-Admitida

-¿Cómo? -no lo podía creer- ¿Cómo dice?

-Bienvenida a tu nuevo puesto de trabajo. Has entendido perfectamente nuestro objeto social, devolver a la humanidad la calidez de las cosas pequeñas de la vida. En nuestra nueva filial vamos a comercializar abrazos y besos. Creo que va a ser un éxito

-Muchas gracias -respiré hondo y me atreví a preguntar lo que había ido a preguntar- Pero ¿puedo preguntarle por qué me rechazó siempre?

-Tu currículum

-¿Mi currículum? Pero si es el mejor de mi promoción

-No bailas, no cantas, no pintas, ni escribes… ¿cómo me iba yo a fiar de alguien a quien no le interesa el arte?

Me contrataron, pero no empecé a trabajar hasta varios meses más tarde. Antes, debía acreditar que era capaz de interpretar una pieza de música con la voz, un instrumento o con la danza, o que podía escribir un poema o pintar un cuadro decente. Elegí la danza y, solo cuando fui capaz de hacer una diagonal de piruetas en condiciones, fui parte de la empresa.

Me costó entender aquel empeño artístico que más me parecía un capricho que otra cosa. Pero mi ya nueva jefa me lo explicó a la perfección-

-¿Sabes? Cuando sufrimos el confinamiento, quienes nos daban fuerza a diario eran los artistas. Una violinista en un balcón, un escritor que contaba cuentos cada día, una bailarina que daba clases virtuales, un pintor que hacía dibujos cómicos para que no perdiéramos el ánimo. Hubo hasta un grupo de escritores, llamados “Generación Bibliocafé” que hicieron un libro estupendo, llamado “2070” imaginando cómo serían los tiempos después del coronavirus, justo este año en que estamos.  Hasta entonces la gente no se había percatado del valor del arte, pero para mí fue una lección que nunca olvidaré. Por eso, sin una formación artística, de nada me vale el mejor currículum.

Iba pensando en sus palabras cuando mi abuela se acercó y se sentó a mi lado-

-¿Cómo te fue en tu primer día? -se interesó mi abuela- ¿Te sirvieron mis consejos?

Fui hacia ella y le di un abrazo. Pese a que era mi primera vez, me salió perfecto, como si llevara haciéndolo toda la vida.

Día a día: siempre queda el humor


                No hay mejor receta para superar los problemas que el humor. El humor no cura las enfermedades, ni resucita a los muertos, pero ayuda a sobrellevar la tristeza derivada de estas situaciones. Quizás por eso la comedia es uno de los géneros más exitosos, por duros que sean los tiempos. ¿Quién no recuerda el Make ‘En Laugh de Cantando bajo la lluvia, con esa lección de optimismo para el cine y la vida?. La risa y mucho más es una buena fórmula para salir adelante, aunque tengamos Sonrisas y lágrimas por partes iguales. Ya el genial Chaplin nos mostraba en El gran dictador que el humor es un instrumento ideal incluso para los temas más duros. Y es que no podemos vivir sin reír, aunque a veces cueste.

                En nuestro teatro nos encontramos, junto a situaciones dramáticas, otras en las que no podemos evitar esbozar una sonrisa, incluso en las que pasamos verdaderos apuros para disimular la carcajada. Anécdotas y más anécdotas han sido tema de varias de nuestras funciones, pero siempre hay más. Como el rayo que no cesa en versión humorística y toguitaconada.

                Hace apenas unos días tuve una sesión de juicios de esas que constituyen un verdadero filón, y no he podido sustraerme a la tentación de compartirlo. Nos hallábamos a la espera de la acusada por una apropiación indebida respecto de la cuenta de la persona a la que cuidaba. Ya pensábamos que no llegaba y que celebraríamos en ausencia cuando su propia abogada nos alertaba de que estaba en la puerta esperando que le dejaran pasar debido a un incidente que había protagonizado. La señora había traído una bandeja de pasteles, una botella de vino y un bote de olivas caseras de su pueblo. Y aún consintió que le interceptaran el dulce y la bebida, pero lo de las olivas, ni hablar. Su letrada, tratando de calmarla, le dijo que aquello no podía llevarlo, que podía ser cohecho, a lo que la señora, muy ofendida, dijo que no llamara así a las olivas de su pueblo. Ni que decir tiene que al final consiguió convencerla y nadie probó las famosas olivas que, aunque no dudo que serían deliciosas, no era el momento ni el lugar de comprobarlo.

                En ese mismo juicio la testigo principal, al tiempo que perjudicada, nos pidió entrar con su hijo, porque necesitaba que le ayudara. Como no era testigo, le dejamos pasar, instándole a que se quedara en un discreto segundo plano. Pero no había hecho apenas mi primera pregunta cuando el hijo intervino diciendo que “tenía que traducir”, lo que nos extrañó porque la mujer parecía expresarse en perfecto castellano. Cuando escuchamos que lo que el hijo hacía era repetirle lo mismo pero a muchos decibelios más, lo entendimos. La señora no es que no hablara bien castellano, sino que estaba sorda. Por supuesto, lo solucioné hablando a gritos tan fuertes que tuvieron que entrar desde otra sala preguntando si nos pasaba algo. Prueba superada.

                Apenas un día antes, en la guardia, tuve otra experiencia inolvidable. Estábamos con un asunto de acoso a través de medios tecnológicos cuando vimos a una abogada esgrimiendo muy ufana unas fotocopias al preguntarle al acusado, Cuando oí su pregunta, casi me quedo muerta. Nada menos que le preguntaba si él le había enviado aquellos mensajes desde una cuenta que se había abierto a nombre de “Spam”. Ante nuestra reacción de estupor, se disculpó diciendo que no era muy ducha en TIC. Aunque la verdad es que no le hacía falta decirlo. Por obvio.

                Pero no solo me pasan cosas pintorescas a mí. Me cuenta un abogado amigo el show que presenció en un juicio por delito leve. El empezó su interrogatorio a la denunciante diciendo si “era cierto que..” No pudo acabar la fase al ser interrumpido por ella que, a voz en grito, le dijo “Es mentira por Dios y la Virgen que yo no miento”. Mi amigo le pidió, obviamente, a Su Señoría, que le dejara terminar la pregunta antes de negar la respuesta. Y es que ya dice el refrán que por la boca muere el pez.

                Otras veces es la palabrística de querer hacer las cosas complicadas la que lleva a meter la pata. No hace mucho veíamos en un estreno varios ejemplos, pero me topé con algunos más, Otra amiga abogada contaba en Twitter algo que escuchó en la tele respecto a la paliza que recibió un hombre. El reportero dicharachero dijo que a la víctima le dejó la cara desconfigurada. Y claro está que mi amiga y yo aún le damos vueltas para saber como pudo hacer semejante muestra de ingeniería o robótica. Y nos quedaremos con la duda, claro. Lo que no dudamos es que si el periodista hubiera optado por la palabra obvia y sencilla no nos hubiera proporcionado unas risas

                No es el único. En otro programa de televisión, a propósito de las joyas dejadas por una famosa en su herencia, las describió como muy sinuosas. Y ahí estaba yo imaginando collares con forma de serpiente cuando caí en la cuenta de que no era a eso a lo que se refería sin a algo mucho más sencillo. Eran, huelga decirlo, suntuosas.

                Y acabo con una casi metedura e pata por culpa del corrector que también hace de las suyas. Si no llego a repasar un escrito de acusación después de varias veces, no me hubiera dado cuenta que había deslizado un “gustazo” por “Gustavo”. Y poco gusto me hubiera dado descubrirlo cuando fuera irremediable.

                Y hasta aquí la función de hoy. El aplauso se lo daré a todas estas personas que nos dan esos ratos inolvidables, con todo mi cariño. Y, por supuesto, a mis amigos y amigas letrados cuya aportación ha sido fundamental en este estreno. Mil gracias de nuevo.

Transcripciones: con el CD hemos topado


                Las nuevas formas de comunicarnos y de guardar la información también llegan al mundo del escenario. Hoy en día, y más en las actuales circunstancias, junto al formato tradicional de teatro en escenario y cine en pantalla, conviven otros muchos modos de asistir a estrenos o ver películas o series. Las plataformas de contenidos están a la orden del día, y hoy quedan prácticamente para el recuerdo las películas en VHS  -o Beta- que un día poblaron nuestras ciudades de video clubs. Formaban parte de nuestra vida hasta el punto de que de estas grabaciones hablaban películas como Sexo, mentiras y cintas de video sin saber que estos artilugios quedarían tan obsoletos como en su día quedaron las películas de Super 8 o las que veíamos en el CineExin, que recordamos varias generaciones. Menos mal que siempre hay programas de Cachitos que nos recuerdan Tal como éramos

                En nuestro teatro, aunque tarde, también han llegado las grabaciones. Y pese a quien pese, han llegado para quedarse y convivir, aunque no sustituir, a nuestra puesta en escena tradicional, con sus estrados, sus togas y su banquillo de acusados.

                Pero algo que parece tan evidente, es constante fuente de problemas entre algunos de los habitantes de Toguilandia. En concreto, surgen fricciones entre Lajs y fiscales que muchas veces ha tenido que acabar resolviendo un juez, que ha de tomar partido como la niña a quien le preguntan si quiere más a papá o a mamá. No me gustaría ponerme en el pellejo de Su Señoría en estos casos, pero es lo que hay.

                En principio, para quien no sea habitual de nuestro toguitaconado mundo, puede resultar incomprensible que el hecho de grabar y transcribir –o no- lo grabado se convierta en un problema. Pero puede ser, y mucho. Y eso es lo que trataré de explicar sacando de mí a mi fiscalita interior y tratando de ser objetiva, que no siempre es fácil. Ya me las habré de ver con esa fiscalita, que se pone inaguantable si se enfada.

                Que los juicios se graban es algo que nadie pude discutir, entre otras cosas, porque ya es una imposición legal. Y la verdad es que, a la hora de informar sobre un recurso, o de resolverlo, resulta muy útil poder reproducir en tiempo real lo sucedido en la sala de vistas en vez de fiarnos a la memoria de las partes o al acta de los secretarios judiciales –hoy LAJs- que no siempre podían tomar nota de todo al pie de la letra, ni mucho menos, describir los matices de una declaración que, más de una vez, es la única prueba de cargo. Es verdad que tropezamos con los sempiternos problemas de medios, con cosas tan sencillas como que nos den una copia en CD y que el ordenador ya no tenga disquetera para reproducirlo, o que el programa sea diferente y no haya modo de ver lo que se quiere ver. Ya dedicamos un estreno a los CD y quedaría mucho por decir.

                Pero no todo son juicios, y ahí es donde surge el problema. Las declaraciones se toman como toda la vida, pero se graban, y su transcripción o falta de ella puede ser un verdadero problema a la hora de estudiarse la causa que, eso sí, adelgaza considerablemente. Ahí vendría la primera cuestión a plantearse, dado que la Ley de Enjuiciamiento Criminal todavía habla de folios, y de aumentar el plazo para el traslado cuando exceden los 1000. ¿Cómo se mediría eso si los folios solo dicen que se graba el acto?. Ahí lo dejo.

                Más allá de este detalle, que dice mucho de cómo son las cosas, la cuestión va más allá. En teoría, la existencia de medios técnicos de reproducción de imagen y sonido deberían resultar una ahorro de tiempo y esfuerzo para todo el mundo, pero, incardinados en un sistema del siglo XIX, en realidad no lo son para nadie.

                Me explico. Mientras se recibe declaración a investigados y testigos de un procedimiento, es necesario que haya alguien  -se LAJ o funcionario- controlando la grabación y dando fe de que lo que se graba es lo que está ocurriendo. Por lo tanto, no se escribe un acta, pero se permanece en la declaración el mismo tiempo. Posteriormente, cuando fiscal o partes han de estudiarse la causa para calificar o dictaminar, han de reproducir todo lo actuado, incluidos esos fragmentos de información de derechos y demás que llamamos “morralla” , además de muchas repeticiones. Y encima. hay que hacerlo con dos dispositivos, lo que convierte lo que antes costaba en cinco minutos, fácilmente, en una hora. Y eso sin contar los problemas técnicos que se han podido tener que salvar hasta conseguir reproducir la declaración o acto de que se trate, incompatibilidades de programas informáticos y autorizaciones varias incluidas. Total, que tampoco para quien va a utilizar esas grabaciones supone un ahorro de tiempo sino más bien lo contrario.

                La solución podría estar en solicitar la transcripción de las declaraciones, desde luego. pero eso ya supone una inversión de tiempo extra para quien tenga que hacerlo, y parece lógico que se niegue cuando la ley prevé la grabación. ¿Cómo se resuelve? Pues solicitándolo y, ante la denegación, ganado la enemistad del LAj en cuestión, interponer un recurso en que, como decía antes, su Señoría ha de inclinarse por la tesis de uno u otro, por papá o por mamá. Y, claro está, ha habido de todo.

                Y es que, conforme comentaba, el proceso no está configurado para eso sino para hacerlo todo en vivo y en directo, y estas cosas metidas con calzador distorsionan hasta el absurdo de conseguir lo que se trataba de evitar: sea cual sea la solución, alguien invierte más tiempo del que invertía antes.

                Y aún hay más. ¿qué pasa con el juicio oral en cuya causa las declaraciones se documentaron así? ¿Cómo mostrar el texto de las declaraciones, dar lectura a las mismas si el testigo ha fallecido o hemos de preguntar si reconoce su firma? ¿Cómo hacer ver que donde dijo digo dice Diego? Porque lo que está previsto es que, con el folio de la declaración delante, se haga, pero a ver cómo se monta para reproducir un CD, o el contenido de un pen, e ir buscando el minuto exacto. Resulta francamente difícil.

                La cosa se pone todavía más peliaguda en el procedimiento del Jurado, a pesar de que la ley no sea tan vieja como la de enjuiciamiento. En este procedimiento se regula de una manera muy estricta la aportación de testimonios para el acto del juicio, partiendo de la base de que sean documentos, y no cachitos de un soporte audiovisual que, además, según el tiempo transcurrido puede haber sido sustituido por otro.

                En la práctica, he visto resoluciones y acuerdo de todos los colores, pero siempre hay alguien insatisfecho. Aunque el verdadero problema es que quien resulte insatisfecho sea el justiciable, algo difícil de evitar cuando las leyes no se adecuan a los tiempos.

                Ojala la próxima ley dé una mejor solución a estas cosas que hoy son un quebradero de cabeza considerable. Ese día daré mi aplauso a quien lo solucione. Mientras tanto, queda en suspenso. Hay que querer igual a papá y a mamá.

Galleguismo: ni sí ni no


                Hay veces que la mejor salida ante una pregunta incómoda es dar una respuesta que no sea tal. Si se hace bien, puede convertirse en una obra maestra como el Ser o no ser de Hamlet. Ni si ni no es, incluso, el nombre de una película, como lo es la Historia de una indecisa, La duda o Dudas razonables. Y es que las cosas nunca están tan claras como parecen y a veces, mejor curarse en salud que meter la pata.

                Nuestro teatro, en principio, se caracteriza por tener que dar una respuesta a las cuestiones que plantea el justiciable. Una respuesta que no siempre satisface a las partes o, al menos, a una de ellas, pero que es respuesta, al fin o al cabo. O debería serlo.

                No obstante, no quiero seguir adelante sin hacer un guiño a mis amigos y amigas gallegos. Todo el mundo sabemos que es un estereotipo eso de que nunca se sabe si van o vienen, y que en esa hermosa tierra hay de todo, como en botica. Espero que lo tomen como un homenaje en tono distendido, como ya dijo en un tuit mi querida amiga y compañera Natalia, que fue la inspiradora de esta función y quien me ha dejado ese estupendo término: galleguismo jurídico.

                He de confesar que la primera muestra de este modo de responder, que no es en ningún caso exclusivo del Norte de la Península, la recuerdo durante los estudios y, especialmente, en la oposición. Todavía sonrío al recordar aquella escena en que esta toguitaconada, antes de serlo, muy seria, cantaba uno de los primeros temas a mi preparador diciendo: “pensamos que la teoría adecuada es tal”. Me miró muy serio y me preguntó: “¿lo piensas tú y quién más?”. Zasca en toda regla -aunque entonces nadie lo llamaba así- a mi pretencioso plural mayestático. Fue entonces cuando me proporcionó un truco que me fue muy útil en el examen, e incluso después. Cuando hay varias teorías, lo mejor es no tomar partido, y explicar ambas en tono neutro e, incluso, si hay que solucionar algún caso práctico –en mis tiempos, el último examen era práctico- y hay dudas en ese sentido, exponer cual sería la solución adoptando una u otra teoría sin asumir ninguno. Lo que yo llamaba la postura de distante reina del hielo, mucho antes de que Frozen viniera a hacerme la competencia.

                Pero, una vez entras en Toguilandia, el hielo tiende a derretirse y hay que mojarse. No hay Frozen que valga, y por eso algunas veces, los intentos de mantenerse neutra tiene su aquel. Siempre me viene a la cabeza cuando pienso en ello lo que hacía un compañero cuando el escrito de defensa consistía en un lacónico “Niego”. Con toda su retranca  -y él no era gallego- solía preguntar al acusado si se llamaba Antonio Pérez, Juan Ordóñez o Virtudes Martínez, según fuera su nombre. Cuando el interfecto, con cara de asombro, decía que sí, él respondía con un “ay, como su abogado lo niega todo” que dejaba a uno y otro de pasta de boniato. Y, desde luego, tenía razón. Si los hechos son “niego”, la consecuencia jurídica de “no son constitutivos de delito alguno” queda algo coja. O no, que yo también sé galleguear.

                Quienes sí son aficionados a decir una cosa y la contraria son nuestra clientela habitual, los investigados nuestros de cada día. Ay de ellos y ellas cuando quieren mantener una versión que no se sostiene y ay de sus pobres defensas cuando desoyen sus consejos y cuenta un cuento que no hay quien se trague, algo que ocurre más de una vez en esa última palabra con la que más de una acusado se fragua su propia condena.

                En cualquier caso, uno de los ejemplos más evidentes es el que viene combinado con la desmemoria selectiva. Todo el mundo hemos tenido la experiencia de alguien que no recuerda si estuvo en tal sitio, pero recuerda perfectamente que no cometió el delito de que se trate. O la gran paradoja del que no recuerda nada porque había bebido, pero recuerda con todo detalle que se trasegó entre pecho y espalda doce chupitos de Jack Daniels, un par de licor de coco, cuatro copas de Albariño -gallego también- y un par de carajillos de Ron Negrita.

                Pero, los casos más claros, son las de esos que ejercen totalmente de gallegos, aunque hayan nacido en Andalucía, y a la pregunta de si usted cometió estos hechos te espetan un “sí y no” que suele ir acompañado de un “le cuento”.  Normalmente, ese “le cuento” es una justificación de lo que sí cometió pero no quiere reconocer, pero a veces les quedan unas historias de lo más pintorescas. Como la de un acusado de pegar a su mujer que se empeñaba en decir que él lo que hacía no eran sino caricias, pero que, en cualquier caso, ni era su mujer ni estaba allí.

                A propósito de ello, escuché una de las explicaciones más curiosas que he oído. Se le preguntaba al acusado si había agredido a la persona con la que tenía una relación de afectividad. Respondió que sí y no, explicando que la había zarandeado pero no era su pareja. Como fue repreguntado por la circunstancia evidente de que vivían juntos, dormían en la misma cama y hacían desde hacía años vida marital, él respondió que así era, pero que no le tenía ningún afecto, así que nade de relación afectiva. Y se quedó tan pancho.

                Por supuesto, también desde la otra parte de estrados hay muestras de contradicciones y dudas evidentes. Algún que otro escrito de acusación y alguna que otra sentencia lo hacen, y hay que acudir al recurso de la aclaración si no queremos que las dificultades a la hora de ejecutar sean mayúsculas. Que en todas partes cuecen habas.

                Y hasta aquí, el estreno de hoy. El aplauso, sin duda, es para todas las gallegas y los gallegos a quienes dedico con todo cariño esta función. Y, por supuesto, el agradecimiento a Natalia por la idea. Espero que no haya dudas y os haya gustado el estreno. O no.

Palabrística: antes muerta que callada


         Hubo un tiempo, allá por el año 2004, en que en cualquier sitio se coreaba eso de Antes muerta que sencilla, la canción con que una niña pizpireta ganaba en la versión infantil un festival de Eurovisión que nos viene siendo esquivo desde el Lalala de Massiel y el Vivo cantando de una Salomé que, en vez de la cabeza del Bautista, presumía de los macarrones colgantes de su pijama de brilli brilli. Y es que la sencillez, por más que se impongan modas minimalistas, no es plato de gusto de muchas personas. Pocas cosas más expresivas que el título de una película, Lo más sencillo es complicarlo todo. Aunque a veces, menos es más, y un título llamado La isla mínima obtuviera un máximo de galardones.

         En nuestro teatro no siempre estamos en condiciones de elegir el estilo ampuloso o minimalista de cosas como decorados o instalaciones, pero sí que somos libres de escoger con nuestra más utilizada herramienta, la palabra. Y es que a veces nos empeñamos en complicar tanto las cosas que producen el efecto contrario del pretendido: lo más sencillo se vuelve incomprensible.

         Hace tiempo que quería hablar de un fenómeno cada vez más habitual, la palabrística. Se trata de un término que me he inventado -me encanta inventar palabras- para aludir a aquellas palabras que se alargan, complican o enredan innecesariamente. Desde luego, no es exclusivo de Toguilandia pero como aquí no callamos ni debajo del agua, nos resulta especialmente aplicable.

         Uno de los casos de palabrística que más rabia me da es el consistente en empezar las frases con un “yo diría que..” para expresar simplemente una opinión. Yo diría que este juicio está perdido, por ejemplo. Como una vez explicaba un maestro, si tu dirías algo no te quedes con las ganas, dilo y punto. Porque la frase está mal construida. Se trata de un condicional sin condición. Y eso no puede ser.

         Otro supuesto es el vicio consistente en estirar o adornar las palabras para que, supuestamente, suenen mejor. Decir explicitar en vez de explicar, visualizar o visionar en vez de ver, parlamentar en lugar de hablar o vocear en vez de gritar. Con lo bonito que es llamar a las cosas por su nombre.

         También muchas muestras de palabrística derivan de una moda. De repente, todo el mundo sabe de todo y, desde hace un par de veranos y muchos incendios, se usa la palabra perimetrar para aludir a rodear, aislar o fijar una zona concreta. La palabreja, por supuesto, no tiene cabida -aun- en la RAE, aunque poco les importa a quienes la usan para todo, sea un incendio o un cordón policial por una rave clandestina. Probablemente dejaron de estudiar mucho antes de que explicaran lo que es un perímetro en clase de Matemáticas.

         Ahora, con la que está cayendo, se usa a todas horas la palabra higienizar que, aunque sí que está admitida por el diccionario, no es otra cosa que “disponer o preparar un lugar conforme a las normas básicas de la higiene”. O sea, lo que ha venido siendo toda la vida limpiar, pero en fino. Faltaría más.

         Muy relacionado con ello está la nueva ciencia que va a implantarse en las facultades. Hablo, ni más ni menos, que de la mascarillología que hay quien le dejas a solas y es capaz de hacer un tratado de las diferencias entre higiénicas, quirúrgicas y fpp2 aunque de estas últimas nadie sabe a qué responden las siglas. Además, se dicen a toda velocidad, porque nunca se tiene del todo claro cuantas efes y cuantas pes van en la palabra.

         Pero si hablamos de expresiones que se han puesto de moda, hay una que se lleva la palma: poner en valor. Reconozco que cada vez que la oigo me rechinan los dientes. ¿Por qué no decimos “valorar” con lo bien que suena y lo claro que está?. Ahora bien, no caigamos en otro error frecuente, el de “valorar positivamente” que es una redundancia como la copa de un pino. Una cosa se valora o no se valora. Por eso no se pude valorar negativamente, un oxímoron evidente. Por cierto, otro término que se ha puesto de moda y en el que yo misma he caído como la fiscalita pedantilla que llevo dentro

         Hay veces que la pedantería acaba perdiendo a quien la usa, que llena sus frases de referencias a “a nivel de…” -solo se puede estar a a altura de algo, como a nivel del mar- o “en base a” -lo correcto en con base a- que estropean lo que querían decorar. Y ni que decir tiene de algo que escuché una vez y que aun me tiene hablando sola: “desde el punto de vista subjuntivo”. Se comenta solo

         Otro tanto ocurre con el uso excesivo de argot y tecnicismo, que convierten nuestros discursos en una jerga ininteligible. Siempre me acuerdo de aquel forense que a la pregunta de ·diga ser cierto” , respondió con toda frescura “ser cierto”. Y lo era, sin duda. Cierto, claro y meridiano.

         Solo me queda el aplauso. Y hoy se lo daré, sin asomo de duda, para quienes se resisten a la palabrística y siguen llamando a las cosas por su nombre. Porque, como dice siempre mi madre, al pan, pan, al vino, vino…y al sombrero chapeau

Valoración de la prueba: más fu que fa


         Todas las cosas tienen un valor, sin duda. Lo que ocurre es que no todo el mundo le da el mismo valor a una misma cosa. Las hay que tienen su precio objetivo, como todas aquellas personas a cuyas cabeza se ponía precio en las películas del Far West, en un cartel donde decía “Wanted” porque, sea como sea, La muerte tenía un precio. El cine ha sacado tanto partido de ello que son numerosos los títulos dedicado al valor de algo, material o inmaterial. El valor del tiempo, El valor de una promesa, El valor de la amistad, El valor de la ley, El valor del miedo y, por encima de todas las cosas, El valor del dinero. Poderoso caballero, sin duda.

         En nuestro teatro, por más que demos mucho valor a otras cosas, tenemos una valoración que tiene especial importancia: la valoración de la prueba. Que no es otra cosa que cómo se pondera la existencia de una o varias pruebas –o la inexistencia, en su caso- para concluir con un pronunciamiento absolutorio o condenatorio.

         Lo primero que hay que destacar es que la valoración es diferente según se trate de una jurisdicción u otra. Nada tiene que ver cómo se valora en un proceso penal, en el que rigen principios como el de presunción de inocencia o la búsqueda de la verdad material, con la jurisdicción civil, que, salvo materias de orden público como las relacionadas con menores, se rigen por el principio de la jurisdicción rogada. Es decir, la diferencia entre la actuación de oficio y la actuación a instancia de parte. Aunque sea con matizaciones.

         Ahora bien, las cosas cambian con el paso del tiempo y aunque nuestra Ley de Enjuiciamiento Criminal del siglo XIX siga sin acceder a su merecida jubilación, no es igual el momento para el que fue concebida que el actual. Me ha cedido un compañero -gracias Gregorio Mª Callejo- la joya de imagen que ilustra este post, un recorte de prensa de Barcelona de 1901, hace más de un siglo y dos pandemias que, haciendo la crónica de un robo de gallinas, hace una valoración tan técnica como expresiva. Ni fu ni fa. Podría decirse más fino, pero no más claro.

         En realidad, a lo que alude la ley procesal penal es a las reglas de la sana crítica, un concepto jurídico indeterminado y mucho menos claro que lo que decía el periodista de principios de siglo. En efecto, en Derecho Penal rige el principio de valoración de la prueba, exactamente lo contrario que el de prueba tasada, que atribuya un valor concreto a cada prueba. En el proceso penal, una sentencia condenatoria puede basarse en una o varias pruebas, sean las que sean. Incluso es larga y prolija jurisprudencia que sienta que la sola declaración de la víctima es suficiente por si misma para enervar la presunción de inocencia, siempre que cumpla determinados requisitos. Una doctrina que, por cierto, ni ha sido inventada para la viol3encia d género ni supone una inversión de la carga de la prueba, por más que así lo quieran hacer creer determinados sectores que niegan la existencia de la violencia de género.

         Eso sí, la sentencia que se base en una o varias pruebas debe motivarlo. Y motivarlo con algo más que ese ni fu ni fa tan expresivo. Es decir, que es fu o fa, condena o absolución. No caben puntos intermedios, aunque quepan condenas parciales.

         No obstante, eso no significa que se puedan aportar pruebas en cualquier momento, como ocurre en las películas americanas en que aparece el testigo sorpresa que todo lo cambia a última hora. Aquí hay que proponer las pruebas en tiempo y forma. Que la valoración de la prueba tendrá libertad, pero no libertinaje. Acabáramos.

         Sin embargo, en el proceso civil las cosas son diferentes. De la libertad se pasa al encorsetamiento, como la diferencia entre una jurisdicción que actúa de oficio a una que lo hace a instancia de parte, con las matizaciones que sean necesarias.

         Por ejemplo, si el demandado no acude o está en rebeldía en el proceso civil puede declarársele confeso y tener por reconocidos hechos que le perjudiquen, algo impensable en Derecho Penal, donde el derecho a declarar tiene rango constitucional y nunca puede entenderse como una confesión.

         Otro caso es el de los testigos, que en el proceso civil pueden ser tachados, mientras que en el penal, simplemente, se ponderará la causa que comprometa su imparcialidad -por ejemplo, si es familia- sin perjuicio de poder cometer el delito de falso testimonio, que nunca el de perjurio, que no existe en España.

         En definitiva, en un proceso civil la prueba depende del impulso de parte -aunque hay casos donde Su Señoría puede acordar diligencias finales- y en el proceso penal, al buscar la verdad material, el impulso de oficio es mucho más pronunciado. A lo que se suma que ese impulso viene representado en el proceso penal en gran parte por el Ministerio Fiscal, cuya intervención en el proceso civil, más allá de los temas de familia y menores, es mucho más escasa.

         Y con esto, acabo estas pequeñas pinceladas sobre valoración de la prueba. El aplauso lo daré hoy a quienes hacen esa complicada tarea, con una ovación extra para quien me proporcionó la imagen que me inspiró la idea. Espero que no os haya dejado que ni fu ni fa

Saludismo: más allá de la cortesía


                Cuando yo era niña, los sábados por la tarde siempre empezaban de la misma manera. Sentada ante el televisor, escuchaba a los Payasos de la tele preguntarnos a gritos aquel famoso “¿Cómo están ustedeeeeeeees?” que respondíamos, desde el otro lado de las pantallas de muchos hogares de España, con un “Bieeeen” acompañado de una sonrisa enorme. Saludar, y preguntar al interlocutor o intelocutora cómo se encuentra era algo tan automático que nadie se paraba a pensar en su significado. Decíamos “hola” y “adiós” a Don Pepito y a Don José con a misma naturalidad que, años más tarde, repetíamos el televisivo “Hasta luego Lucas” que hoy hemos sustituido por un “hasta luego Mari Carmen” que vale tanto como un comodín de la llamada para cualquier tipo de situación sorprendente. Hasta incorporamos el saludo al nombre de una niña de cómic, Hello Kitty. Y varias películas usaban el saludo o la despedida corteses en sus propios títulos. Sayonara, baby, Adiós a las armas, Buenos días Vietnam o Buenas noches y buena suerte.

                En nuestro teatro, la amabilidad no siempre está tan presente como debiera y, entre las prisas, los problemas y la falta de tantas cosas, a veces olvidamos lo más básico: saludar y preguntar cómo están las personas con las que trabajamos, de una manera fija o episódica, y, a ser posible, acompañar el saludo de una sonrisa

                No obstante, hoy habría que revisar todo esto. La palabra “saludar” significa “expresar afecto o cortesía al encontrarse con alguien” y proviene del latín “salutare”, esto es, “desear salud a alguien”. Desde hace ya mucho, usamos el saludo en otra de sus acepciones, la de presentar respeto, reverencia o urbanidad como fórmula de cortesía. A veces, nos conformamos con un rápido “hola” o un casi imperceptible gesto con la mano o con la cabeza, y en ocasiones ni eso. Pero, con la que esta cayendo, habría que volver a ese “desear salud” subyacente en la etimología del saludo. Así que, desde mi atalaya toguitaconada, y dada mi afición a inventar palabras, he decidido aportar una nueva, el saludismo, que sería algo así como saludar e interesarse por la salud de alguien al mismo tiempo.

                En estos días, todo el mundo coincide en que preguntar “cómo estás” o “cómo estáis en casa” es mucho más que una formula de cortesía. Hay verdadero interés. Porque lo que antes dábamos por sentado, la salud, ahora se ha convertido en un bien, si no escaso, si mucho más precario y frágil que antaño. El virus maldito acecha por todas partes y cualquiera puede caer en sus garras.

                Además, siento que este horrible coronavirus es como una suerte –o más bien desgracia- de ruleta rusa. No sabemos a quién le va a tocar contagiarse y a quién, ente la gente que se ha contagiado, le va a tocar padecerlo con mayor o menor intensidad y, en los peores casos, acabar con la muerte . A estas alturas, todo el mundo conoce casos inexplicables de familias enteras contagiadas menos uno de sus miembros, y de personas que lo han padecido con mucha gravedad sin pertenecer a grupos de riesgo, y viceversa. Ahí quedan, para la esperanza, esas imágenes de viejecitas nonagenarias que lo han superado pese a tenerlo todo en contra. Recuerdo, incluso, una señora que había padecido la gripe de 1918 y la de 2019, y a ambas había sobrevivido. Una campeona

                Vivimos con los dedos cruzados permanentemente. Empezamos cualquier conversación con una referencia a la salud –“¿estáis todos bien?”- y hasta los correos más formales o rutinarios comienzan con alguna frase en la que el remitente dice que espera que el destinatario se encuentre bien. Y ahora es de verdad, no como aquellas fórmulas formales de las cartas de antaño.

                No podemos cerrar los ojos. Cada día es más frecuente la suspensión de juicios, vistas y declaraciones porque alguna de las personas implicadas está en cuarentena o se ha contagiado. La nueva normalidad se ha convertido en una pesadilla donde vivimos permanentemente con el miedo en el cuerpo. Las mascarillas, el gel hidroalcohólico, las mamparas y las ventanas abiertas se han convertido en parte de nuestro escenario, y las pantallas han sustituido en gran parte a la presencialidad que era santo y seña de nuestras funciones. Ya ni siquiera se ven togas en letrados y letradas, ni en procuradores, y las salas de vistas han perdido la negra uniformidad de nuestros atuendos.

                Hubo un momento en que pensamos que esto acabaría pronto, y que recuperaríamos nuestra vida como premio a haber estado confinados tantos días. También era extraño conocer a alguien que se hubiera contagiado. Ahora, sin embargo, esa es la regla general. Todo el mundo tenemos a alguien cercano que ha pasado por ese trance, y ya hemos asumido que aun nos queda un poco más para recuperar nuestras vidas.

                Por eso, se incorpora a nuestro vocabulario otra fórmula que deja de ser de cortesía. A la despedida, más o menos formal, acompaña cada vez más un “cuídate” –o su equivalente en plural- que es un verdadero deseo. Hay que cuidarse porque cuidando de nosotros mismo cuidamos al resto.

                Esperemos que, cuando todo esto haya pasado, que pasará, al menos conservemos esa pizca de humanidad que habíamos perdido. Que el saludismo se quede para siempre. Y que el corrector no lo convierta en paludismo, que ya me lo ha hecho un par de veces.

               No me olvido del aplauso. El aplauso hoy no podría ser otro que el que dedica para quien cuida y se cuida. Todo el mundo es necesario. Y, por dios, no dejemos de cuidarnos. Ya queda menos.

Comunidades de propietarios: aquí no hay quien viva


                Los vecinos y sus conflictos pueden ser una inagotable fuente de inspiración para literatura y cine. Las series de vecinos son una apuesta casi segura, como demuestran ejemplos como Vecinos, Aquí no hay quien viva o La que se avecina. Y es que las comunidades de propietarios dan mucho de sí, y administrarlas se puede convertir e una continua aventura, más todavía si hay algún señor Cuesta con ínfulas de presidente o con alguien como el pescadero Recio que, como sabemos, no solo no limpia pescado sino que todo lo enreda. La Comunidad puede convertir nuestras vidas en una pesadilla, donde no faltan los Parásitos.

                En nuestro teatro las disputas entre vecinos, ya sean civiles o penales, dan mucho de sí. De hecho, el vecinismo ya tuvo su propio estreno, con un papel estelar de los extintos juicios de faltas, que tantas anécdotas jugosas nos aportaban. Por su parte, en lo tocante a leyes, hay una importante legislación que regula la propiedad horizontal, y algunos preceptos del Código Civil sobre distancias entre fundos, paredes medianeras, rejas remetidas y otras cosas difíciles de ver en las actuales ciudades, como el famoso enjambre de abejas que va al terreno del vecino o el árbol que arrastra el curso de las aguas.

                Pero el estreno de hoy no va a insistir sobre eso sino sobre otros protagonistas de nuestro teatro, aunque sea entre bambalinas, de quienes apenas se habla: los administradores de fincas. Y las administradoras, por descontado, que precisamente una de ellas, mi estimada Maribel, ha sido la inspiración de esta función.

                La imagen que la ilustra, aportada por ella, es todo un resumen de una época. Se trata de los Estatutos de una comunidad de propietarios del año 1974. Y, en este caso, lo de hablar de propietarios y no de propietarias no era por falta de uso de lenguaje inclusivo precisamente, sino porque no se concebía que la mujer fuera la propietaria. Por eso, para el caso de que lo fuera, había que prever reglas especiales. Así, decían: “las mujeres casadas propietarias de algún piso o local, podrán asistir a las Juntas y emitir voto, siempre que ostenten la debida licencia marital”. Ni que decir tiene que hoy algo así no solo es impensable, sino que se ve casi de ciencia ficción, pero no hace tanto tiempo en realidad. Y, para quien no lo sepa, la carrera a la igualdad ante la ley fue larga y plagada de obstáculos: las mujeres no solo no podían hacer eso sin licencia, sino tampoco cosas como viajar al extranjero, abrirse una cuenta corriente o adquirir un inmueble, entre otras. Por fortuna la licencia marital se abolió en 1975, pero todavía hubo que esperar a 1981 para poder hacer cosas tan sencillas como divorciarse. Y todavía hoy en día tenemos que luchar contra techos de cristal y brechas salariales que nos impiden llegara la completa igualdad.

                Me cuentan también de un tiempo en que se tenía que pedir permiso a la Delegación de Gobierno, porque se trataba de reuniones, y no fueran a resultan clandestinas o conspiratorias, que nunca se sabe dónde salta la liebre

                Pero todavía hoy quedan clichés curiosos, como me cuentan quienes se decían a esto. Cosas como decir que sean las mujeres las que escojan el color de la pintura de la fachada o la tela de los toldos, mientras los hombres se quedan hablando de las cosas serias, como las derramas. Y yo, como propietaria, recuerdo que cuando adquirí junto con mi marido un piso, me encontraba con la incómoda situación en que el administrador, un señor muy mayor, no quería hablar conmigo y siempre me preguntaba por él, que era con quien quería tratar los temas “serios”. Una vez trató de explicarme que los gastos a prorrata eran como si yo fuera al mercado y llevara un monedero que tuviera que ir distribuyendo. No le dejé seguir porque si le dejo acabar no respondo.

                Pero me temo que yo no soy la mejor de las copropietarias, porque mi experiencia me regala situaciones nada deseables. De hecho, mi presidencia, por riguroso turno, en nuestra segunda vivienda acabó en los juzgados, porque me vi obligada a denunciar a un copropietario por insultos y amenazas en mitad de la Junta. La cosa devino en un juicio de faltas donde el mejor de los testigos he de decir que fue el administrador, que ya no era aquel señor viejecito que me hablaba del monedero y el mercado.

                Y es que los conflictos vecinales llegan hasta el juzgado de guardia. Más de una vez me he visto recibiendo denuncias porque alguien había puesto un toldo de diferente color al acordado o porque había hecho un cerramiento indebido. Y hay que ver lo difícil que resulta explicar que esto se archive, Y es que las series de vecinos y su mantra de “demanda judicial” han hecho mucho daño.

                Y con esto cierro el telón de hoy. El aplauso, sin duda, para esos administradores y administradoras que tanto han de aguantar, y en especial a Maribel por darme la imagen y la idea. Que nunca tenga que decir que aquí no hay quien viva