25 N: Como Dios manda


Para conmemorar el Día para la erradicación de las Violencias contra las mujeres, este escenario abre el telón con un estreno especial, un cuento que fue seleccionado y publicado en la antología de Valencia Escribe “Cada Vez Más Iguales”

Ojala no hubiera que escribir más cuentos como este, o solo fueran cosa del pasado

COMO DIOS MANDA

-¿Puedo, madre? ¿Puedo?

– Mientras no se entere padre y no descuides tus obligaciones, haz lo que te venga en gana. Pero yo no quiero saber nada. ¿Está claro?

         Se fue a su cuarto dando saltos de alegría. Al final convenció a su madre, aunque le costó mucho. Pero mereció la pena. A partir de ese momento, podría ponerse en marcha para cumplir su sueño.

          Quería ser maestra. Le encantaba estudiar, y enseñar lo que había estudiado y, era, además, el modo perfecto de esquivar el futuro que le esperaba, ese futuro que habían diseñado para ella.

          Sus padres eran granjeros, como lo era casi el pueblo entero. No tenían más idea en la cabeza que la de que su hija les ayudara con las faenas de la casa hasta que la casaran con un buen hombre, y que el chico se hiciera cargo de la granja. Era una pena que el destino se hubiera burlado de ellos y les hubiera caído en suerte una chica lista y organizada y un chico que era un zoquete que pasaba las horas entre la calle y la taberna. Confiaban en que con el tiempo sentarían la cabeza aunque, si era difícil en el caso de él, en el de ella lo era todavía más. Pocas niñas sentían tan poca inclinación por las cosas de la casa.

         Fue la maestra del pueblo la que le dio la idea en el mismo momento en que sus padres decidieron que abandonara la escuela. Ella la prepararía en su casa para ser maestra. Era inteligente y aplicada y conseguiría sacarse el título, estaba segura.

          No se equivocó y, una vez consiguió el permiso de su madre –o que, al menos, hiciera la vista gorda- se aplicó como nunca había visto la maestra aplicarse a nadie.

          Cumplió su sueño. Pocos años después de aquella conversación con su madre, firmaba su contrato. Sería la maestra del pueblo vecino. Tendría su trabajo, su sueldo y su casa propia y, aunque las condiciones eran entre injustas y ridículas, las asumió con alegría. ¿Qué más le daba a ella llevar doble enagua, no andar con varones, no teñirse el pelo ni vestir de colores brillantes, ni toda esa sarta de tontadas? Era libre.

            Su padre, sin embargo, sintió que se la habían ido las cosas de madre. Cuando la niña se plantó con la maleta en una mano y el título en la otra, gritó que había dejado de ser su hija. Pero fue la madre quien pagó la osadía de su hija. Le dio tal paliza que casi no lo cuenta, aunque no le importó demasiado. Unos cuantos huesos rotos eran un precio asumible a cambio de la libertad de su hija.

            El no pensaba igual. Le avergonzaba que la niña anduviera por ahí como una cualquiera en vez de estar en la granja como Dios manda. Además, le vendría muy bien casarla con el panadero, que había enviudado. Así lograría un dinerito extra para salvar el desastre a que le habían llevado las deudas de su hijo.

            Cuando llegó aquel inspector y le pidió que le mostrara las instalaciones, ella no sospechó nada. Pero la sangre se le heló en las venas cuando vio lo que había en su cajón. No dudó ni un instante cómo había llegado hasta allí.

             La barra de labios que encontraron en su pupitre fue suficiente para su despido fulminante como maestra. Su contrato, fechado en el año 1923, le prohibía, entre otras muchas cosas, maquillarse. Era el fin.

             Regresó a casa de sus padres con la cabeza alta, pero no les miró a la cara. Su madre solo pudo pedirle perdón con una mirada triste de su ojo sano. Descubrió el plan cuando él recibió en paquete postal la barra de carmín, pero no pudo impedir que lo ejecutara.

               Apenas llevaba un día de vuelta cuando su padre la encontró en la cama con el cuchillo de la matanza clavado en el abdomen. A su alrededor, un charco de sangre tan roja como el carmín con el que se había pintado los labios por primera y última vez en su vida.

              Su venganza no acabó ahí. Su padre hubo de soportar un entierro clandestino fuera del cementerio, con el reproche y las lágrimas de su esposa como única compañía.

              Tuvo en su muerte la libertad que le negaron en su vida.  Las suicidas no pueden tener un sepelio como Dios manda.

Cambios: rebus sic stantibus


                El cambio es una constante en nuestras vidas. Tal vez por eso, las miradas al pasado tienen tanto éxito en cine y teatro, a pesar de que no siempre se pueda afirmar que cualquier tiempo pasado fue mejor. Recuerda es el mismo títulos de una película ya clásica, y es que rememorar Tal como éramos siempre gusta, sobre todo si es para revivir nuestra particular Belle Epoque. También es bueno atreverse a Volver, aunque no siempre los recuerdos sean amables, pero es necesario para Volver a empezar. Y en ello estamos

                En nuestro teatro el pasado es un componente esencial  porque, al fin y al cabo, los argumentos siempre hacen referencia a un pretérito más o menos remoto, o más o menos inmediato. Se trata de colocar el cartel de The End a aquella historia que vivimos y que acaba en los pasillos de Toguilandia, sea para poner una pena al culpable de un hecho delictivo, para resarcir a una víctima, para regular los efectos de una ruptura matrimonial o para ventilar las vicisitudes de una herencia o los conflictos con una propiedad.

                Los tiempos que nos ha tocado vivir, y que hace nada nos hubieran parecido una película de ciencia ficción, han hecho que tengamos que adaptarnos a unos cambios que nunca hubiéramos imaginado. Si han venido a quedarse o no, el tiempo lo dirá. Aunque, mientras tanto, podemos hacer un ejercicio de adivinación, porque el futuro es tan incierto que toda previsión lógica puede saltar por los aires en cualquier momento.

                Entre las cosas de las que espero librarme lo mas pronto posible –siempre, claro está, que sea lícito hacerlo- están las mascarillas. Aun recuerdo cuando veíamos las imágenes de un Michael Jackson desteñido y enmascarillado y nos parecía algo totalmente irreal. Ahora, lo de las mascarillas es el pan nuestro de cada día y en cuanto al desteñido, no es de extrañar vislumbrar cierta palidez en nuestras caras, ya que pasamos una buena temporada entre las cuatro paredes de nuestra casa y ahora, aunque salgamos, no lo podemos hacer ni con la frecuencia ni con a alegría de antaño. Quién nos lo iba a decir hace nada.

                La cuestión es que lo de las mascarillas puede tener, incluso, su lado bueno, aunque a mí me costaba encontrarlo. Una compañera, contestando a una de esas preguntas con las que le doy la lata para nutrir estos estrenos, me decía que en algunas cosas echará de menos las mascarillas cuando desaparezcan de nuestras vidas, esperemos que más bien pronto que tarde. Decía que el tapabocas le sirve para poder comentar cosas por lo bajini con su juez y “adelantar faena” –hay que ver cómo le sacamos partido a cualquier cosa.- y que además permite disimular cuando a una le entra la risa con las numerosas anécdotas con las que bregamos día a día. Esta parte confieso que me gusta más, y que además la vivía ayer mismo cuando una testigo dijo con toda su intención, a la pregunta de si era cierto que vio determinada cosa, que ella, como Chus Lampreave, era testiga y no podía mentir. Así que, visto lo visto, nos resultó útil la mascarilla para ocultar el ataque de risa, hay que reconocerlo.

                También la mascarilla nos da una excusa perfecta para esas veces en que no hemos saludado a alguien o no queremos hacerlo. Y para cuando, cosa muy posible, no recuerdas a la persona y ella sí te recuerda a ti. A este respecto, haré una confesión: alguna vez me encontraba en los pasillos con abogadas o abogados que me abordaban hablándome de “nuestro asunto”, sin que yo recordara de qué se trataba. Ahora es más fácil escabullirte con un “no le reconocía con la mascarilla”. Incluso puede ser cierto, además.

                Sin embargo, hay algo a lo que es difícil encontrar el lado positivo, aunque también puede tenerlo. Se trata de las limitaciones a las reuniones sociales que, desde luego, incluyen esos cafetitos que con distancia y pocas personas, no saben igual, si es que se llegan a hacer. Pero, bien mirado, también nos pueden librar de algún compromiso indeseado, aunque yo he de confesar que cada día echo más en falta la vida social, incluso para cosas que antes no valoraba. No obstante, a mi café burbuja -las cuatro compañeras que tomamos juntas el primer café de la mañana- no lo cambio por nada

                Pero, aparte de la mascarilla y de las limitaciones en distancia y número de personas, si algo ha traído consigo el coronavirus y sus consecuencias es la pantallización de muchos ámbitos de nuestras vida, desde el profesional hasta el lúdico. Ya dedicamos un estreno a las pantallas a tutiplén y, mucho antes, al teletrabajo , pero es algo que, desde luego, ha venido a quedarse, si no en todo, en buena parte. Me dice una compañera que su gran cambio laboral ha sido el teletrabajo y que “de aborrecer el expediente digital ha pasado a adorarlo”. La verdad es que es curioso que hayamos necesitado nada menos que una pandemia mundial para dar este cambio, pero bienvenido sea si es para bien. Lo bien cierto es que ha solucionado muchas cosas que no podrían hacerse con las restricciones, y que es mucho más seguro para nuestra salud y la de los nuestros. Así que, si mejoraran los medios, ya seria lo más. A ver si toma nota quien corresponda y llega el día en que podamos celebrar sin que ningún “me se escucha, me se oye” enturbie el proceso, y sin tener que pasar más rato conectando que en el acto procesal en sí mismo. Prefiero pensar que todo se andará, aunque hay que recordar que hay muchos lugares donde la digitalización sigue sin existir. Yo, sin ir más lejos, sigo llevándome los expedientes a casa en mi maletita. O maletota, vaya.

                La otra cosa que ha cambiado radicalmente son los cursos, como me apunta otra compañera. Su parte positiva es que permite realizar más formación al no tener que depender del traslado varios días y, especialmente, permite tener contacto con muchos sitios y entidades a los que no se accede en persona con tanta facilidad., como puede ser el Consejo de Europa. Pero esta es a su vez una parte negativa, porque perdemos el contacto con compañeros y compañeras que, muchas veces, son lo mejor del curso, tanto en su vertiente profesional al compartir experiencias, como en la lúdica, que tampoco hay que desdeñarla. No solo de juicios vive el jurista.

                Así que cojamos lo bueno y desprendámonos lo mas pronto que las circunstancias permitan, de todo lo negativo que nos ha obsequiado esta pandemia. Y eso sí, tengamos mucho cuidado en que no sirva de excusa para cicatearnos medios, que no es que yo sea malpensada, pero tampoco podemos ir siempre con el lirio en la mano.

                El aplauso de hoy, por su parte, es obvio. Y se lo doy a esas compañeras y compañeros que con sus comentarios han ayudado, una vez más, a que abra el telón de este escenario. Mil gracias. Espero que pronto nos podamos ver en persona, aunque hayamos aprendido que también se pueden hacer las cosas de otro modo.

Homofobia: el estanque de las tortugas


Hoy, nuestro teatro se viste de gala para estrenar un cuento, un cuento sobre amor, discriminación e injusticia. Algo que ojala fuera solo cosa del pasado

EL ESTANQUE DE LAS TORTUGAS

(Relato seleccionado en la antología “Cada vez más iguales” de Valencia escribe)

Me costó un mundo cumplir la última voluntad de mi abuela, pero tenía que hacerlo. Se lo había prometido, y maldecía el momento en que lo había hecho. Y todavía maldecía más la otra promesa que me arrancó con su último suspiro: que guardaría silencio. Así que, por más que costara no había otro remedio que proceder conforme ella quiso.

Esa era la razón de que yo me encontrara aquel domingo sola, frente a un estanque lleno de tortugas, mientras que el resto de mi familia estaban en el entierro de mi abuela. Mi madre se había enfadado tanto que temía que no volviera a dirigirme jamás la palabra. Y yo cargaba con la impotencia de no poderle explicar nada.

– Ya sé que ibas todos los domingos con la abuela a ese dichoso parque, pero ella ya no está. ¿Lo entiendes? No está. Y lo que tú tienes que hacer ahora es venirte al funeral con tu familia.

Bajé la cabeza y seguí adelante, mientas me tragaba mis lágrimas y las que le veía derramar a ella.

Nada más llegar al estanque, me vine abajo. Comencé a llorar sin consuelo, aferrada a la barandilla que rodeaba el pequeño islote de tortugas. Entonces la vi y lo entendí todo.

-Se ha ido ¿verdad?

Esas cuatro palabras fueron suficientes para darme cuenta de lo importante que fue aquella mujer para mi abuela. No tardé en reconocerla. Cada domingo, a la misma hora, coincidía con nosotras alrededor del estanque. Mi abuela y ella nunca se decían nada, nunca se tocaban, ni siquiera se acercaban la una a la otra, pero nunca faltaban a su cita. Yo creía que era casualidad, pero ese día conocí la razón

-Ella y yo nos amábamos desde jovencitas. Nuestros padres nos pillaron juntas y nos prohibieron vernos. A ella, además, la obligaron a casarse. Yo no me casé nunca. Desde entonces, nos conformamos con vernos a través de la reja que circunda el estanque, cada una a un lado, sin juntarnos nunca.

-¿Y jamás os volvisteis a tocar?

-Nunca. Ni un dedo, Mi padre dijo que nos denunciaría. Hubiéramos ido a la cárcel por invertidas, como él no se cansaba de repetirme,

-¿Y luego? ¿Cuándo ya no era delito?

-Era demasiado tarde para nosotras. Habíamos aprendido a disfrutar de las migajas que nos dio la vida, un par de horas mirándonos de lejos con unas tortugas como cómplices.

Le di el abrazo que llevaba tanto tiempo esperando. Yo no era mi abuela, pero era todo lo que le quedaba de ella. Nos quedamos abrazadas, llorando juntas en silencio, hasta que llegó la hora de volver a casa, la hora en que cada domingo mi abuela y yo emprendíamos el regreso.

Me maldije a mí misma por no haberme dado cuenta de nada, por no haberla ayudado, por no haber hecho algo que devolviera a estas dos mujeres, al menos, una mínima parte de lo que una sociedad injusta les había hurtado.

Nunca volví a verla. No supe nada de aquella mujer a la que había amado toda mi vida mi abuela hasta que, un par de meses más tarde, vi una noticia en la televisión. El cadáver de una mujer había sido encontrando flotando, sin signos de violencia, en un estanque rodeado de tortugas. No necesité más para saber que, por fin, estaban juntas.

Olvidos: ¡Andá, la mascarilla!


                El olvido y la desmemoria son temas recurrentes en el mundo del arte, sobre todo cuando va unido al dolor y melancolía que forman ingredientes esenciales de cualquier buen melodrama. La dificultad de continuar Más allá del olvido, la de tratar de pensar en El olvido que seremos o componer Los versos del olvido son algunos ejemplos, como lo es la petición de que No me olvides.

                En nuestro teatro los olvidos son tan frecuentes como en cualquier otro ámbito, aunque hay que andarse con cuidado porque los efectos pueden ser mucho más graves. Hay olvidos grandes y pequeños, importantes o intrascendentes, y hay olvidos inevitables en estos tiempos de pandemia.

                Más de una vez en estos días me he acordado del anuncio de Donuts de mi más tierna infancia, donde un niño –en blanco y negro todavía- olvidaba su almuerzo y, como quiera que regresaba a remediar el despiste, cometía uno mayor. Su frase de “Anda la cartera” ha seguido repitiéndose como paradigma del despiste, aunque, desde luego, revela la edad de quienes lo recordamos.

                Como decía, más de una vez me he sentido ahora como el niño de los Donuts cuando he salido de casa. Y es que, no sé por qué, nos olvidamos de la mascarilla, obligatoria en estos tiempos pandémicos que nos ha tocado vivir. No sé si es mi subconsciente, que quiere hacerse la ilusión de que nada de esto ha pasado, o mi esperanza, que quiere mirar a un futuro en que volvamos a vernos la cara completa. Pero, sea uno u otra, confieso que he tenido que andar alguna vez sobre mis pasos para coger la mascarilla.

                Algo así debió pasarle el otro día a un abogado, que entró en una declaración tapando su nariz y su boca con una braga de motorista que agarraba con la mano para que no se le bajara. Estoy segura que olvidó el tapabocas –como dicen, tan bonito, en Hispanoamérica-, algo que se intuía no solo por el sucedáneo que utilizaba sino por la expresión de apuro que se adivinaba en su cara.

                Y, aunque no sea exactamente un olvido, no puedo dejar de recordar al hilo de esto una anécdota que me pasó en mis primeros tiempos en la fiscalía, relacionada, precisamente, con la prenda de ropa en cuestión. Resulta que me encontré con un atestado por el robo en una gasolinera donde los acusados “cubrían su cara con bragas”. Me quedé impactada imaginando a los acusados de semejante guisa porque, por aquel entonces, yo desconocía que existieran más bragas que las que forman parte de la ropa interior femenina, y me preguntaba por qué habían elegido aquello como disfraz. El entuerto se deshizo cuando cometí la ingenuidad de preguntarle a un compañero cómo colocarían los agujeros para las piernas. Mi compañero debe estar riéndose de mí todavía, y yo aún me sonrojo solo de pensarlo. Eso sí, aquí no hay olvido que valga, nunca dejaré de recordar que existen más bragas que las de lencería.

                Por supuesto, hay olvidos más relacionados con nuestro trabajo. Yo, que el día que repartieron la cualidad del orden estaba haciendo pellas, suelo tener olvidos y despistes día sí día también, que trato de suplir con alarmas, notas y pósits que a mí misma me cuestan de entender . Sin ir más lejos, confieso que tengo un grupo de whatsapp conmigo misma donde me digo todas las cosas pendientes, pero aún así he llegado a ir a coger un tren un día antes del curso que iba a hacer, o he olvidado la hora en que salía y he llegado por los pelos al siguiente, como me ocurrió para la celebración de las bodas de plata de mi promoción de fiscales.

                También me sucede de vez en cuando con juicios y carpetillas, y aunque nunca ha llegado la sangre al río, el mal rato no me lo quita nadie. Recuerdo una vez que pasé una hora entera sentada en la sala de vistas, indignada porque no había llegado ni jueza, ni letrados ni partes. Indignada, llamé al juzgado para pedir explicaciones y aún están carcajeándose con la fiscal que llegó con un día de antelación a sala. Si eso no es puntualidad, ya me dirán qué es.

                Otro de los olvidos horribles es el de las carpetillas, nuestro instrumento para conocer los pormenores del juicio al que vamos, que muchas veces no hemos calificado ni instruido.  Sabiendo eso, no es difícil imaginar cómo se queda una al saber que se ha olvidado la carpetilla en casa, en el coche, o donde sea. O que a ha confundido con otra. Y, aunque siempre se encuentra una solución –volver a por ella, mirar los autos in situ o pedir un receso, el mal trago no nos lo quita nadie.

                Supongo que, mutatis mutandi –toma latinajo- lo mismo se podría decir de las carpetas donde los letrados y letradas llevan sus copias o del expediente que maneja Su Señoría. Aunque en su caso no suele darse la circunstancia tan habitual en los fiscales de no haber visto ese asunto hasta la fase de juicio, salvo casos como sustituciones entre compañeros o la llegada a un nuevo juzgado con asuntos antiguos. Quien se haya visto en este caso seguro que sabe de lo que estoy hablando.

                Otro de los útiles cuyo olvido es relativamente frecuente es la toga, pero hoy ya no tiene trascendencia. Entre las muchas cosas que se ha llevado el coronavirus por delante está la obligatoriedad de la toga en estrados. Ahora la uniformidad y solemnidad del negro se ha visto sustituida por una variedad de colores que a veces hasta se agradece, porque, como le dijo una vez a su madre la hija de una compañera, hay quien se pregunta por qué hemos de ir vestidos de cucarachas. Sea como sea, ya dedicamos a la toga epi un estreno, así que ahí lo dejo.

                Y ahora solo queda el aplauso, que de eso no me olvido. Y lo daré esta vez a todas aquellas personas que, como yo, sufren con sus despistes. Al final, todo tiene remedio .Aunque siempre queda el bochorno, claro

Y hablando de olvidos, casi se me olvida citar la fuente de la viñeta de Idígoras y Pachi exclusiva de jupsin’. https://jupsin.com/la-vineta/vuelta-al-cole-del-donut-a-la-mascarilla-y-el-gel/… Gracias por traducir a imágenes nuestros pensamientos

Onlainismo: pantallas a tutiplen


                En el mundo del espectáculo están acostumbrados desde hace más de un siglo a la utilización de pantallas. Sin ellas, el cine no hubiera nacido y no podríamos disfrutar de ese grandioso invento de Los hermanos Lumiere. Pero las ciencias adelantan que es un barbaridad, como dice la canción, y la tecnología que en su día convirtió el cine mudo en sonoro, que lo hizo panorámico o en 3 D también forma parte del contenido de las películas. Y se queda obsoleto tan rápido como en la vida real. Así, lo que era tecnología punta en Tienes un email o El diario de Bridget Jones, el correo electrónico, ha pasado a quedarse limitado al ámbito formal para dar paso a WhatsApp, redes sociales o cualquier otro modo de mensajería que también acabará pasando de moda. La red que dio lugar a la película de ese nombre nada tiene que ver con la de hoy. Deprisa, deprisa.

                En nuestro teatro, la digitalización siempre lleva retraso respecto del resto del mundo, ya lo hemos dicho en varios estrenos y mucho me temo que seguiremos teniendo que decirlo. Pero si algo ha traído consigo la pandemia y el confinamiento que supuso y supone en uno u otro grado es la activación de la vida digital. Teletrabajo , webinars y todo tipo de actividades on line sustituyen al presencialismo de toda la vida. A la fuerza ahorcan.

                Como tantas otras cosas, cuando empezó el confinamiento, pensamos que saldríamos cambiados. Creímos que, además de ser mejores personas por fin entraríamos en la modernidad, especialmente en Justicia. No sé como pudimos tener tanta ingenuidad. Ni mejores personas, ni una Justicia más eficiente. Parches, parches y más parches, como siempre. Y chapuzas y chapucillas de todos los modelos. Y es que no se podía sacar de donde no había, por más que se pusiera buena voluntad.

                Es cierto que con las obligadas restricciones a la movilidad, aprendimos que si se hacen determinadas cosas a través de videoconferencia, no implosiona el mundo ni se cae la balanza de la justicia sobre nuestras cabezas. Por fin nos hemos dado cuenta de que no hacen falta cortinajes de terciopelo y togas para hacer justicia. Eso sí, fieles a nuestro peculiar estilo, parece que siempre se escoge el sistema informático más complejo y menos intuitivo, y que el “se me escucha, se me oye” va a seguir siendo un clásico. Ya hablé de muchas de esas covinécdotas cuando tuvieron su propio estreno.

                La cuestión es que hemos vuelto exactamente al sitio donde nos encontrábamos, con alguna excepción. Seguimos llevándonos el trabajo  a casa en nuestras maletas y maletines, por más que lo llamen teletrabajo porque queda mejor, allá donde no había digitalización. Y allá donde la había, tienen exactamente los mismos problemas que antes de la llegada del virus. Y es que no hay virus que pueda con las vetustas costumbres de Toguilandia, ni vacuna que las prevenga.

                Pero hablaba de una excepción, y esa son los webinars -¿o las webinars?-. una palabreja que antes nadie conocía y ahora es el pan nuestro de cada día. O, mejor dicho, la pantalla nuestra de cada día. Se hacen para todo, formación, talleres de todo tipo, presentaciones de libro o tutoriales de maquillaje, yoga o macramé. El formato es sufrido y admite todo. Pero quienes no acabaremos admitiendo todo somos quienes las presenciamos, porque o se cuida el sistema o satura. Y ya andamos cortos de paciencia como para saturarnos más.

                La formación on line ha acabado siendo un sistema barato que amenaza con quedarse. En nuestro caso, adiós licencias de estudios porque podemos hacer el curso cuando acabemos de trabajar en casita, en el rato dedicado a nuestro ocio o a la conciliación, y a coste cero. Y eso no era exactamente lo que se pretendía. Pero parece que va a ser la tónica general. Lo que no sé es si no acabará decayendo el interés.

                No obstante, hay formaciones on line fantásticas. Se trata de adaptarse al sistema, y acoplarse a sus ventajas y dejar sus inconvenientes. Y me parece que por ahí flojeamos si no se plantea una adaptación completa. Que algo se haga por medio de un ordenador no significa formación on line, sino que necesita un plus de interacción y de atracción que va más allá de una ponencia tras otra leída o contada. O al menos eso creo, y no soy la única.

                Hemos de tener presente que no todas las cosas admiten el formato digital, que hay situaciones que, circunstancias mediante, no pueden dejar de tener su componente de ser realizadas en vivo y en directo, o pierden mucho. Yo confieso que el testimonio de una víctima por videoconferencia pierde mucho, y en los matices está a veces la diferencia entre una absolución y una condena. Si, además, esa declaración es con mascarilla y acompañada de las acostumbradas deficiencias técnicas, la cosa empeora y se vuelve casi imposible si a todo eso le sumamos la asistencia de intérprete . Quien lo haya experimentado sabrá de lo que hablo.

                Además ese tipo de declaraciones teleconferenciadas dan lugar a situaciones hilarantes cuando, como si del juego del teléfono escacharrado se tratara, entendemos una cosa por otra. Ser docente no es lo mismo que ser inocente o llamarse Vicente. Ni ser insolvente e insolente son la misma cosa aunque suenen parecidas.

                Así que ánimo. Aguantaremos carros y carretas digitales mientras no nos quede otro remedio pero habrá que recuperar algunas cosas cuando sea posible. No todo cabe en la pantalla de un ordenador.

                Mientras tanto, daremos un aplauso digital a Toguilandia entera. Porque de vez en cuando tenemos que animarnos,

Taquicardia: corazones desbocados


         ¿Quién no conoce la sensación de tener el corazón a punto de salírsele por la boca, o de reventarle en el pecho? Es algo tan conocido que no podía ser ajeno al mundo del cine, y un título paradigmático así lo atestigua: todo el mundo se ha sentido alguna vez como Esas mujeres al borde del ataque de nervios de Almodóvar. No son las únicas, claro. También hay quien se siente Con el corazón en la boca, o se va Donde el corazón de te lleve, pero los Nervios ahí están, A flor de piel.

         En nuestro teatro, los nervios son fieles visitantes, tanto que ahí están casi siempre, aunque no los veamos. Y, junto a ellos, para redondear el asunto, la taquicardia, ese modo de latir el corazón de modo desbocado que anticipa un acontecimiento importante. Y es que para el justiciable “lo suyo” siempre es importante.

         Pero no solo nuestro público sufre esa taquicardia de la que hablaba, como antesala al momento en que se conoce una decisión. También quienes somos intérpretes fijos en Toguilandia hemos sufrido de ese mal. Y, aunque parezca mentira, lo seguimos sufriendo. Más aun en este tiempo en que la incertidumbre es lo más cierto que hay.

         Los momentos al borde del ataque de nervios llegan pronto. Mucho antes de que nos hayamos puesto la toga por vez primera, llegan los exámenes de la facultad, con su reparto de notas que, como toda evaluación que se tercie, nos tiene expectantes hasta que conocemos el resultado.

Pero si hay un momento en que el corazón se acerca tanto a la boca que aún no sé cómo no han encontrado más de uno por los suelos, es durante el desarrollo de la oposición, Conocer el resultado de cada prueba, saber que se van superando -o no- etapas y que al final se obtiene la plaza es algo difícilmente explicable para quien no lo haya experimentado. Aunque ya lo he contado alguna vez, no puedo evitar rememorar lo que ocurrió a uno de mis compañeros en el examen oral en el Tribunal Supremo. Yo estaba allí y me dejaron para el siguiente día, pero él si se examinó, y, cuando esperaba el resultado tras la deliberación, vio cómo el agente judicial salía con el veredicto -el papel que fijaban al tablón- y decía “ningún aprobado hoy”. El se marchó cabizbajo, desde luego, sin saber que mientras tanto yo comprobaba que lo que el agente judicial dijo no era cierto. El sí había aprobado, y tuve que recorrerme los pasillos del Tribunal Supremo para decírselo. Por supuesto, aquello forjó una amistad para toda la vida, además de la relación de compañeros de una profesión que me llegaría a mí al día siguiente.

         No obstante, el pellizco llegaba para quedarse. Y confieso que hay muchas ocasiones en que me siento igual, por mucho que haya pasado el tiempo. Una de ellas es el momento en que una espera el veredicto del jurado, sobre todo después de algún caso especialmente difícil. Cuando, ya sentada en mi sitio, espero a que el portavoz del tribunal del jurado lea su veredicto, los golpes que me da el corazón son tan fuertes que creo que van a oírlos desde el otro lado de estrados. Y la verdad es que nunca lo he preguntado, que igual es así. Nunca se sabe.

         Por supuesto, ese es un caso especial, pero en general la llegada de cualquier resolución sobre un tema en el que se ha estado trabajando, produce un efecto similar. Más aún cuando se trata de la resolución de un recurso que hemos interpuesto. Imagino que jueces y juezas también sentirán algo parecido cuando la Sala, el Tribunal Constitucional o quien quiera que sea, se dispone a confirmar o revocar. Son gajes del oficio, pero gajes que a veces nos ponen al borde del síncope. O del simposium, como me dijo una señora, que en su declaración testifical decía que lo que presenció fue tan terrible que casi le da un simposium. Y casi nos da otro a quienes lo escuchamos, hay que reconocerlo.

         Ahora, la dichosa pandemia nos ha puesto de nuevo en el disparadero de tener el corazón desbocada a cada poco. O a mí, al menos. He de reconocer que cada comparecencia del Presidente del Gobierno, del Ministro de Sanidad, del Presidente de la Comunidad Autónoma o de quien quiera que nos informe, me tiene en un ay hasta que suelta la bomba. Así hemos escuchado esas cosas que creímos que no escucharíamos nunca , como declaración de estado de alarma o confinamiento. Y ojala no tuviéramos que volver a oírlo, pero mucho me temo que nos quedan muchos telediarios a sufrir.

         Aunque, como juristas, nada como el cambio de una ley o las declaraciones del Ministro de Justicia de turno. Eso sí que es vivir al límite y lo demás son tonterías. Ya me gustaría ver a mí a Van Damme o a Schwarzanegger -aunque a mí me gusta más llamarlo Sobresagüer, como la madre de un amiga mía- en una de estas. Y es que, como Rambo, no sentimos las piernas. Ni los brazos, ni la cabeza, ni nada de nada.

         Espero poder cerrar el telón de la función de hoy sin otro sobresalto, que no damos para sustos. Mientras tanto, daré el aplauso a todas aquellas personas que llevan estas cosas con sosiego, y dan calma a quienes lo necesitamos, Habría que clonarlas y repartirlas por el mundo.

Discapacidad: distintas capacidades


         Mucho se ha hablado de las diferentes maneras de llamar a esas personas especiales a las que ya dedicamos un estreno.  Parece que discapacidad es el término que parece más empleado en Derecho, y, como alguien me sugirió hace tiempo, lo acepto siempre que se entienda como distintas capacidades, con las que se pueden conseguir cosas asombrosas. El cine nos lo mostró en su día con Campeones y ahora con Especiales y a estas personas me gustaría dedicar mi post de hoy, un relato incluido en el libro Cada Vez Más Iguales, de Valencia Escribe

EL JURADO

¡Maldita sea la hora en que acepté ser jurado! No sé en qué narices estaría pensando para decir que sí tan alegremente.

No dejaba de repetírmelo una vez y otra mientras, al otro lado de la pared, el conflicto seguía enquistado.

Me dijeron que iba a ser sencillo. No tenía más que leer cada uno de los relatos y puntuarlo como me pareciera. La dueña de la editorial, amiga de mi amiga Mara -que el diablo la confunda- me metió en el lío y me explicó que mi papel era hacer de contrapeso, que había un escritor atormentado al que todo le parecía mal y una escritora de novelas románticas a la que todos le daban pena y les otorgaba buena puntuación. Yo no tendría que hacer nada más que aportar sentido común.

En ello estábamos cuando recibimos la llamada de Mara. En la editorial se habían enterado de que una de las participantes era una chica con síndrome de Down, y estaría bien que miráramos su relato con especial cariño. Se me llevaron los demonios, y por más de un motivo. Nada en la plica que presentaban debería indicar un dato así de la autora, y mucho menos debería influir en nosotros. Solo insinuarlo era un insulto.

Aún había más. Aunque ganara aquella chica, no tenía por qué hacerse pública otra cosa que su nombre, y nadie tendría por qué saber que tenía síndrome de Down. Salvo, claro está, que apareciera algún oportuno periodista acompañado de una cámara no menos oportuna a la recogida de un premio que nunca había sido objeto de más atención mediática que, con suerte, una reseña de cuatro líneas al final de algún suplemento cultural.

Cuando recibimos la llamada, me temí lo peor. Pensé que íbamos a enfrascarnos en una discusión eterna, que a la escritora romántica le daría pena y al escritor atormentado le daría rabia y a mí me tocaría hacer una mediación imposible. Los subestimé. Ambos se indignaron con la editorial por siquiera insinuarlo y dijeron que abandonarían el jurado si les obligaban a tomar una decisión así. Y yo me quedé sin nada acerca de lo que mediar. No podía estar más de acuerdo.

Le comunicamos a la amiga de Mara -el diablo la siga confundiendo- nuestra decisión inapelable. Ni siquiera queríamos saber cuál era el título del relato de aquella chica para impedir que afectara nuestra decisión.

Después de oír unos cuantos gritos al otro lado de la pared y de una tensa conversación con la representante de la editorial, decidieron que seguiríamos y que sería con nuestras condiciones.

Así fue, y reconozco que los lazos con mis compañeros de tarea se estrecharon con un vínculo que ha perdurado después de aquello. No tardamos gran cosa en ponernos de acuerdo. Cuando recogió el veredicto, la amiga de Mara -que el diablo la haya confundido para siempre- evitó mirarnos a la cara.

Yo tenía claro que nunca más me llamarían de la editorial cuando vi en la pantalla de mi móvil el número de la oficina. Me invitaban a la entrega de premios que se celebraría en un par de semanas.

Acudí, y compartí palco con mis amigos, el escritor atormentado y la escritora romántica. No era la primera vez que nos veíamos desde que fuimos jurado. Ahora quedábamos todos los miércoles a tomarnos unas cañas.

Cuando llegó el momento de desvelar quién había ganado, miré alrededor de la sala. Ni un periodista ni una cámara en varios kilómetros a la redonda. Y, la verdad, fue una lástima, De haber estado allí hubieran hecho un fantástico reportaje sobre la ganadora, una joven con síndrome de Down, que se había alzado con el galardón con un relato titulado “El jurado”.

Haters: odiadores en red


         Aunque no siempre se reconoce, todo el mundo ha sentido odio alguna vez. Odiar es humano, al igual que querer. Y tanto uno como otro sentimiento están presentes en la mayoría de películas, aunque en algunas El odio es el protagonista absoluto. Ya dice el refrán, y el título de una película que Del odio al amor no hay más que un paso, y buena prueba de ello la tenemos en filmes como La guerra de los Rose, el paradigma de una ruptura dramática. Aunque la lista, desde luego, podría ser tan larga como quisiéramos.

 En nuestro teatro, el odio tiene su propia sede. Los delitos de odio, que ya tuvieron su estreno, cada día son más visibles. Pero no es oro todo lo que reluce. Como he dicho más de una vez, ni todo el odio es delito de odio, y no es necesario que exista un odio tal como lo conocemos para cometer ese delito.

Me explico. En el caso de un hombre que asesine al amante de su mujer porque ha descubierto la infidelidad, puede hacerlo porque le odia mucho, incluso pude gritarlo a los cuatro vientos, pero no es delito de odio. Tampoco lo sería en el caso inverso, esto es, que la mujer acabara con la vida de la amante de su pareja, por más que lo odiara. Para que no se diga que siempre voy a los mismos ejemplos.

Por su parte, para cometer un delito de incitación al odio no es necesario odiar a una persona concreta, ni siquiera dirigir los insultos a alguien determinado, pero sí arrojar esa semilla de difusión propia del llamado discurso de odio.

Precisamente, era del discurso de odio de lo que iba a hablar hoy, al hilo del anuncio de una proposición no de ley para que las redes sociales eliminen los mensajes de odio. Algo que, confieso, por más que tenga la mejor intención, me pone los pelos como escarpias, porque no sé que legitimidad tiene una red social para calificar lo que incita al odio o no. Y ya sé que no se habla de delitos de odio, sino de incitación al odio. Precisamente, ahí está el problema. Si se tratara de delitos, está claro quién debe calificarlo de tal. –juez y fiscal, dentro de sus respectivas competencias- y cómo actuar al respecto, que para eso está el procedimiento, por más mejorable que sea.

El verdadero conflicto viene cuando hablamos de esas otras expresiones por las que no se sigue un procedimiento judicial, la de esos seres enmascarados en el anonimato virtual que escupen su odio y su repugnancia un día sí y otro también, algo de lo que más de un tuitero y tuitera –incluida esta toguitaconada- sufrimos a diario. Ya dedicamos en su día otro estreno a los trolls pero los haters –u odiadores, que no suena tan in– son sus primos hermanos. O, más bien, sus primos de Zumosol.

Reconozco que hay que armarse de paciencia para soportar el acoso cibernético de quien torpedea, malinterpreta y da la vuelta a cualquier mensaje, algo de lo que el feminismo sabe un rato. Cualquier excusa es buena para vomitar el odio. Por ejemplo, el atentado yihadista en una Iglesia de Francia o la noticia de que se condena a un taxista por no dejar entrar en su vehículo al perro guía de un ciego. De lo primero tienen la culpa, como no. las feminazis, y de lo segundo se hace burla solo porque una feminazi lo comparta. Y, de paso, pues le digo unas cuantas cosas sobre su físico, su profesionalidad o cualquier otra cosa, que no nos falte de na. Os invito a dar una vuelta por mi perfil de twitter para comprobarlo

La verdad es que algunos de estos haters no hacen sino dar mucho más valor al odiado u odiada del que en realidad tiene. Cuando te culpan de las decisiones del gobierno, de las del Poder Judicial o de las de la Fiscalía en pleno, no hacen sino creerte capaz de ejercer una influencia tal que pueda cambiar esas decisiones.

Pero hasta ahí llega la cosa. Hemos de recordar que la libertad de expresión no solo es un bien precioso sino que es uno de los pilares de nuestras democracias. Como se cree que dijo Voltaire -aunque no está claro-, “estoy en desacuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirtlo”

Limitar un derecho fundamental solo es posible cuando se vulneran los derechos fundamentales de otras personas, y eso ocurre cuando se comete el delito de odio, pero no cuando se dirige un mensaje que manifiesta odio, que de eso vemos todos los días y aviada estaría si tuviera que perseguirlos. Y los delitos, repito, los califican fiscales y los juzgan jueces y juezas.

¿Quiere esto decir que la red social, o el medio de comunicación donde se viertan no pueda hacer nada? Por supuesto que sí, puede hacerlo pero con unos límites muy claros, los que se aceptan en el contrato que, aunque no lo sepamos, firmamos al acceder a la red social y, sin duda, los que dispongan los juzgados si adoptan medidas cautelares. Pero de ahí a que una ley convierta a la red social en policía hay mucho camino. Y mucho peligro.

Lo mejor es poner en práctica el viejo refrán de que no hay mejor desprecio que no hacer aprecio. Y recordar eso de Ladran luego cabalgamos que, aunque se le suele atribuir a Quijote, pertenece a unos versos de Goethe que no aparecen en la obra cervantina.

Por todo eso el aplauso es para todas las personas que comprenden una cosa tan sencilla como que para el discurso del odio hay una vacuna. Se llama respeto y está disponible desde hace mucho tiempo al módico precio de 0 euros, solo hay que administrarla.

Una vez más, la ovación extra es para mi ilustradora de cabecera @madebycarol , cuya obra es tan fantástica que hay quien se arroga el derecho de copiarla sin pedirle permiso, cosa que no se puede permitir, por supuesto, con odio o sin él

Toque de queda: nueva Cenicienta


                No es algo extraño que nuestras vidas vengan limitadas por el mecanismo de un reloj. Cada cosa a su tiempo y un tiempo para cada cosa, dice en refrán, y al final el refranero siempre tiene razón, aunque cada cual lo interprete a su modo. El mundo de las artes escénicas no es una excepción, y así encontramos desde obras que transmiten a la perfección esas limitaciones paternas que marcaban nuestra a adolescencia, como aquella serie que se llamaba A las once en casa, hasta otras que recogen es vertiente bélica del Toque de queda. En cualquier caso, no podemos olvidar a la más conocida de las protagonistas de un toque de queda cinematográfico, La Cenicienta, paradigma de cómo se esfuman las cosas si nos pasamos del tiempo preordenado. Y, como siempre viene bien un toque de humor, recordaré también a aquel El Ceniciento de un Jerry Lewis que tanto me hacía reír cada vez que lo veía en la tele. El también tenía que estar a las 12 en casa.

                Como reza  un dicho, la vida siempre supera la ficción y nuestro teatro es buena prueba de ello. Si nos hubieran dicho hace apenas un año que desde Toguilandia se tendría que estar ratificando el marco jurídico de cosas como un estado de alarma o un toque de queda, le hubiéramos respondido a quien lo dijera que dejara las drogas o lo que quiera que le causara esas increíbles alucinaciones. Y sin embargo, aquí estamos, hablando tanto de estas cosas que acaban pareciendo lo más normal del mundo. O, quizás, lo más normal dentro de la anormalidad de una situación tremenda.

                Hablaba en otro estreno, dedicado al reseteo, de esas cosas que no volvería a decir después de la pandemia y sus consecuencias. Cosas como estado de alarma, restricción de la libertad ambulatoria o confinamiento, que creí que nunca conocería, han venido a instalarse a nuestras vidas. Y, según parece, con la intención de quedarse mucho más tiempo del que quisiéramos y, desde luego, del que éramos capaces de imaginar. O al menos, yo, y eso que siempre he tenido una imaginación desbordada, como me decía –y me sigue diciendo- mi madre.

                Ahora, a esas expresiones y la realidad que les acompaña, se une una nueva: toque de queda. Confieso que solo oírlo me pone los pelos de punta, aunque ya me voy acostumbrando. Tiene ese toque entre militar y dictatorial que hace estremecerse al escucharlo. Tal vez influya el recuerdo que quienes vivimos en Valencia tenemos del 23 F. Pero, sea como sea, la perplejidad me invade, y de tanto abrir los ojos como platos se me van a quedar pegadas las pestañas a las cejas. Es lo que hay

                No sé si los Simpson, que todo lo predicen, llegaron a anticipar esto del toque de queda, pero la que si lo hizo a la perfección fue Cenicienta. Qué íbamos a pensar cuando de niñas leíamos el cuento o veíamos la película de Disney que nos llegaríamos a sentir como ella, aunque sin hada madrina , traje brillante ni zapatito de cristal. Y por supuesto, sin príncipe, pero eso maldita la falta que nos hace ahora. Salvo que sea científico y que traiga la anhelada vacuna, claro está. Entonces se podría hacer una excepción. (Ojo, una excepción a la regla, no un estado de excepción, que no quiero ni nombrarlo por si las moscas)

                El caso es que nos hemos convertido en Cenicientas y dependemos que los ratoncitos y pajaritos nos hagan el traje para ir al baile. Y ahí está el problema, me temo. En que en vez de esos encantadores animalitos, dependemos de unos políticos que no siempre dan la talla. Y, lo peor de todo, que no se ponen de acuerdo ni así los maten. ¿Alguien se imagina que mientras los pajaritos le hacen un lazo para el cuello precioso a Cenicienta, los ratoncitos planean un vestido palabra de honor donde el lazo en el cuello no pueda ponerse? O que quisieran sustituir los zapatitos de cristal por botas de montaña. Pues algo así es lo que pasa, por simplona que parezca la comparación.

                Aunque lo verdaderamente importante es lo de la hora de regresar a casa. Ahí es donde nos parecemos a Cenicienta, aunque hay que ser conscientes de que las consecuencias de incumplir la norma serán todavía peores que lo fueron para ella. En su caso, la carroza se convertía en calabaza y los lacayos en animales. En el nuestro, a corto plazo, nos podremos llevar una sanción que nos ponga a temblar. Y a largo, lo más importante, hará que se aleje ese horizonte del fin de la pandemia que tanto deseamos.

                Así que, cuando nos vengamos abajo, recordemos que si el príncipe encontró a Cenicienta solo a partir de una zapato y a pesar de que la tenían escondida, también podemos encontrar una solución a esto del coronavirus , aunque cueste vislumbrarla en el horizonte. Y entonces no sé si comeremos perdices, pero seguro que seremos felices. Y, por supuesto, celebraremos juicios como si no hubiera un mañana, porque habrá que recuperar el tiempo perdido. Y hasta nos quejaremos, que nunca estamos conformes con las cosas. Y que nadie me venga con que ni se imagina que podamos quejarnos de eso, porque le recordaré que tampoco nos podíamos imaginar la que nos ha caído encima y aquí está

                Por todo eso, mi aplauso está para cada una de las Cenicientas cumplidoras de las normas, especialmente si son capaces de esbozar una sonrisa. El que le daría a ratoncitos y pajaritos, me lo guardo para cuando tengan el vestido terminado. Que sepan que les estamos vigilando y que aquí no hay hada madrina que valga

Identificación: las generales de la ley


                La identidad es una de las primeras cosas que adquirimos las personas, por no decir la primera. Nada más nacemos, ya se nos conoce con un nombre, una filiación y unos datos que marcarán nuestro futuro, algunos de los cuales persistirán y otros irán cambiando. Saber quién es una misma, y cómo lo perciben los demás, ha dado para más de una obra de ficción, aunque sea basada en hechos reales, La protagonista de Comer, rezar, amar se pasa la película tratando de encontrarse a sí misma, y más de uno y de una se preguntan ¿Quién soy yo? constantemente, y si no, se hacen preguntas como ¿Quién conoce a Joe Black? ¿Quién es el culpable? O ¿Quién es esa chica?. Y es que las cosas no son tan fáciles como parece, que se puede tener una Identidad oculta o hasta una Identidad borrada.

                En nuestro teatro una de las primeras cosas que hay que tener claro de quien actúa en él, sea protagonista o secundario, fijo o eventual, es su identidad. Y, aunque parece sencillo, a veces no lo es tanto, porque no siempre hay colaboración cuando de imputados, investigados, sospechosos o acusados de trata. Cualquier que haya pasado por Toguilandia lo sabe bien.

                En los juicios siempre se empieza haciendo a quienes declaran unas preguntas cuya denominación llama poderosamente la atención a quienes no frecuenta nuestro mundo. Las llamamos las generales de la ley, y no son unas señoras militares que vengan a imponernos la legalidad vigente a cualquier precio, sino algo mucho más sencillo. Es, ni más ni menos, que la identificación y unas cuantas advertencias, aunque ya sabemos que aquí a todo le damos nombres extraños.

                En cuanto a la identificación de los presuntos culpables –o culpables sin presunción, cuando ya se les ha juzgado- hay muchas anécdotas curiosas. Ya dedicamos en su día un estreno a los nombres, pero queda todavía mucha tela que cortar.

                Una de las cosas más cómodas que le pueden ocurrir a un delincuente es tener un hermano gemelo. Correlativamente, una de las peores cosas que le pueden suceder a una buena persona, es tener un hermano gemelo delincuente. Me explico: el habitual del lado oscuro de Toguilandia que se encuentra en ese caso suele sucumbir a la tentación de dar el nombre de su hermano para evitar el riesgo de la reincidencia. Aunque tal vez lo haga por proporcionarle una experiencia nueva, que no hay que ser mal pensada.

                También puede ocurrir que ambos sean habituales del lado oscuro, y se dediquen a marear al personal, lo que a veces se hace extensivo a primos de edad y características parecidas. A propósito de ello, tuve un caso que no olvidare nunca, Se trataba de hermanos que, al ser gemelos univitelinos, tenían el mismo ADN, cosa que ambos conocían por su florido historial delictivo. Los dos se vieron envueltos en un turbio asunto de una pelea donde murió una persona, entre cuyas ropas se encontraron restos del ADN compartido. Por supuesto, para exculparse se culpaban recíprocamente, y la cosa hubiera podido quedar en una absolución de no ser porque apareció un testigo que desde una ventana había visto a dos personas de similar envergadura física pelearse con la víctima, así que fueron finalmente condenados ambos.

                Pero no siempre hay tantas reticencias a la hora de identificarse. A veces, a pesar de que se colabora dando todos los datos, acabamos teniendo problemas con las grafías extranjeras e incluso el orden de nombre y apellidos. No es extraño el caso de una misma persona con diversos nombres en los que cambia una letra, y que pueden acabar eludiendo la reincidencia porque tienen varias hojas de antecedentes distintas. Nunca sabremos si estos errores son casuales o vienen incentivados por el afectado. Pero también hay que decir que en muchos casos nos damos cuenta, que para algo reza el dicho que la Policía no es tonta.

                Lo de la documentación es otro cantar. Si me dieran un euro por cada uno o una que ha perdido su documentación, se la han robado, ha desparecido o se la ha dejado en el sitio más insospechado, sería rica. Recuerdo que en los primeros tiempos de mi carrera se puso de moda entre la población delincuente de la zona donde trabajaba decir que la documentación se la habían dejado en Egea de los Caballeros, Zaragoza, aunque nadie me explicaba por qué allí y no en ningún otro sitio. Desde entonces, cada vez que oigo hablar de esa población me la imagino con un depósito enorme de documentaciones.. Espero que algún día pueda solucionar el enigma, que ni Iker Jiménez ha sabido resolver.

                Por otro lado, no solo han de identificarse quienes comparecen como investigados,. Los testigos también han de dar cumplida cuenta de sus datos personales, salvo que se trate de un excepcional caso de protección de testigos, que los hay. No obstante, que nadie piense que ocurre como en las películas americanas en que hay un programa de protección de testigos en que te dan una identidad nueva y una nueva vida, con su casa, su trabajo y todo, que aquí, de eso. nada, Nuestras piezas de protección de testigos son mucho más modestas, y se limitan a tomar las medidas para que no se conozca su identidad ni demás datos. Algo que, más de una vez, resulta francamente difícil. Recuerdo un caso en que la testigo protegida era la ex novia de uno de los acusados, y lo que sabía era por razón de esa relación. ¿Cómo preguntarle en el juicio si no pude explicar por qué sabe lo qué sabe o qué hacía en el lugar de los hechos o con el culpable? Pues eso. Algo a lo que podríamos dedicar un estreno entero. O varios.

                Aparte de esos casos, lo normal es que todo discurra plácidamente, aunque siempre hay alguna cosa pintoresca en ese trámite. Cuando quienes deponen –o sea, declaran, que menuda manía tenemos de usar verbos con connotaciones escatológicas- son testigos que, como los policías o médicos forenses, son personajes habituales de nuestro escenario, se les dice algo así como que no se le informa de las generales de la ley por conocerlas. Y es así. Saben que han de identificarse, que decir verdad y que si no lo hacen pueden incurrir en delito de falso testimonio. Y hasta ahí todo correcto. Pero nos podemos encontrar con algún espontáneo que quiera intervenir, como me pasó a mí en un juicio con un testigo que ya había declarado y se había quedado dentro de la sala a ver el resto del juicio. El testigo en cuestión se levantó muy enfadado diciendo que a ver por qué a los policías no les decían eso de que podían ir a la cárcel si mentían, y a él sí. Y a ver quien es la guapa que le explica que eso va dentro de eso que llamamos “las generales de la ley”. Y es que ese uso del lenguaje de nuestra secta trae esas consecuencias.

                Así que hasta aquí el estreno de hoy. El aplauso se lo dedicaré a todas esas personas anónimas que pasan por Toguilandia y nos lo ponen todo fácil. Que, más de una vez, con las prisas y la costumbre se nos olvida darles un simple gracias. Aquí queda dicho