Recusación: ¡fuera de ahí!


              No siempre es fácil quitar de en medio a las personas que molestan. Canciones, obras literarias y cinematográficas inventan mil maneras d inventar a alguien a marcharse, Los Amaya cantaban a ritmo de rumba “Vete”, el cine dice cosas como ¡Fuera de aquí! y hasta una serie de televisión se titulaba Quítate de ahí pa ponerme yo. Y es que no siempre es fácil permanecer e el sitio correcto en el momento adecuado

              En nuestro teatro no hay un modo directo de quitar a alguien que se cree que puede no ser tan justo como debiera, pero sí hay un modo jurídico. O varios. En Derecho procesal estudiamos la declinatoria y la inhibitoria, destinadas a pedir a un juez, jueza o tribunal que dejen de conocer de una causa, o que pasen a conocer de la que no llevan, según la perspectiva desde la que se vea. Y son instrumentos jurídicos que manejamos a diario.

              En efecto, cuando se entiende que un tribunal no es competente por la materia o por el lugar, se puede inhibir, de oficio o a instancia de parte, al que estima competente. Y viceversa, el que cree que lo es puede reclamar su competencia del otro.  También puede surgir la discrepancia por cuestiones de reparto que no es competencia en sentido stricto, sino unas normas de atribución entre juzgados de igual competencia material y territorial, y que a veces son tan intrincadas que parecen un jeroglífico. A este respecto, conviene recordar que en estas cuestiones no se requiere informe del Ministerio Fiscal, ya que no se trata de competencia en sentido estricto. O sea, que ni Visto ni nada, aunque no son pocas las veces que nos lo remiten.

              Pero hoy iba a hablar de otra figura parecida pero no igual No se trata de competencia del juzgado o tribunal, sino de causas que impiden, o deberían impedir, que el titular de un órgano jurisdiccional conociera de un determinado asunto. En ese caso, se pide la abstención del juez, jueza, magistrado o magistrada, que hade resolver sobre el asunto.

              Tratándose del miembro del Ministerio Fiscal de que se trate, no se puede, sin embargo, recusar, sino que no queda otra que pedirle amablemente -o no tan amablemente, lo aseguro-, que se abstenga del asunto, y es el aludido quine ha de hacer un informe aceptando la “sugerencia” o no, con el beneplácito de su respectivo fiscal jefe. Así que, aviso a navegante, a los fiscales no se nos recusa, sino que se nos requiere de abstención. En lo que tiene la ley.

              Por otro lado, también jueces y fiscales podemos abstenernos sin necesidad de que nadie nos lo diga, o nos lo “sugiera”. Si vemos que estamos incursos en una de las causas legales, pues procedemos en consecuencia. Y no es que sean cosas raras ni inconfesables son que hay motivos tan objetivos que no plantean ningún problema. Sería el caso y que nos encontramos quienes tenemos nuestra pareja dentro del mismo ámbito profesional -esta es una profesión con una endogamia considerable- y esta ya ha intervenido en el pleito en cuestión.

              Y es que, como decía, lo de la endogamia es frecuente, y hay numerosos matrimonio o parejas de jueces con fiscales, con abogados o abogada o con LAjs, con todas las combinaciones posibles. Y ojo, no es que no nos gusten las personas que se dedican a otras cosas fuera del ámbito legal, sino más bien que, con años de encierro en una oposición, es difícil encontrar pareja en otro sitio que no sea la facultad, el preparador o la Escuela Judicial. Y, aunque siempre hay quine encuentra en años en una gasolinera o en el súper, pus no es lo más habitual. Por poder, podíamos encontrarlo hasta em First Dates. Y seguro que sería un puntazo de audiencias.

              Las causas de recusación y de abstención están tasadas, así que no vale decir que fulanito me cae mal o yo le caigo mal, o no me gusta nada como resuelve. La mayoría son objetivas, como la incompatibilidad por parentesco a la que he hecho referencia, u otras como haber sido denunciado o denunciante respecto a alguna de las partes. Aunque ahí la cosa empieza a tener su aquel porque, en teoría, bastaría con denunciar al juez o magistrado por cualquier cosa, aunque luego se archive, para quitarlo de en medio. Espero que no me lea nadie con intenciones aviesas y le esté dando ideas, porque solo faltaba eso. Que ya está la vida político judicial muy tensa como para tensarla aún más.

              Sin embargo, hay otras causas de incompatibilidad, que dan lugar a abstención y recusación, que no son tan objetivas o que, al menos, pueden dar lugar a problemas de interpretación. Se trata, como no, de la amistad íntima y la enemistad manifiesta.

              En cuanto a la amistad íntima, tiene su puntito el saber a qué tipo de intimidad se refiere. Tiene que ir, sin duda alguna, más allá de una mera amistad por estrecha quesea, porque de lo contrario, nadie podría resolver cuanto tiene cierta veteranía. Yo, sin ir más lejos, llevo muchos años trabajando con la misma juez, y es evidente que si seguimos es porque estaos a gusto y hemos creado vínculos de amistad. Pero eso no me va a impedir ser imparcial, porque si no, acabáramos. Así que está pensado para casos de amistad que van más allá de eso. Aunque sin necesidad que la intimidad traspase determinadas barreras físicas. Faltaría más.

              Lo de la enemistad manifiesta tiene más perendengues, si cabe. No basta con que se trate de alguien con quien una se lleva mal son que ha de ser del dominio público, de ahí lo de manifiesto, y ha de tener cierta entidad esa enemistad. No haberle dado la razón a alguien no debería ser suficiente para ello. Salvo que el motivo de no dársela fuera algo diferente, en cuyo caso ya traspasaríamos fronteras muy resbaladizas.

              Otra de los motivos de abstención y recusación es el interés directo o indirecto en la causa. Si es directo es más claro, porque nos afecta directamente. El indirecto ya es más difícil de discernir, pero habría que ver si la resolución de ese pleito puede afectar a algún otro que tengamos pendiente y que nos afecte personalmente, por ejemplo. No siempre es fácil.

              Y, por último, una causa que en su día dio mucho que hablar, lo que llamamos la contaminación. Por supuesto, no se trata de que no reciclemos l basura ni llenemos de humo nuestro lugar de trabajo, son de cosas más sutiles que nada tiene que ver con la atmósfera. Son los casos en que un juez ya resolvió en alguna instancia sobre ese asunto, y los más habitual es que ocurra en casos de recursos, sobre todo si se ha cambiado de destino. Todavía recuerdo lo que nos reímos vendo a un magistrado de una audiencia que, sin darse cuenta de que la sentencia que se había apelado la había puesto él mismo en su destino anterior, un juzgado de instrucción, la revocaba sin cotarse un pelo en señalar lo equivocado que estaba el juzgador de instancia, No daré más datos, que luego todo se sabe. Pero este era un caso claro de abstención.

              Y hasta aquí, estos pequeños apuntes sobre un tema que da para mucho. El aplauso, pro supuesto, es hoy para quienes conocen sus propios límites y se mantienen en ellos. Que son la mayoría, pero no está de más reconocerlo de vez en cuando.

Orientación: ¿dónde estoy?


              Hoy en día parece que el hecho de orientarse es relativamente fácil. Cualquier dispositivo móvil nos indica donde está el Norte o el Sur, dónde nos encontramos y cómo se va a cualquier sitio. Pero no siempre fue así y, aún cuando lo es, el hecho de encontrarse Perdidos es motivo de numerosas películas o series, como la del mismo nombre, la reciente La sociedad de la nieve o su predecesora, Viven. Y, ni que decir tiene como se las veían para orientarse en 1492 o en La conquista del Oeste.

              En nuestro teatro, la buena orientación no parece una de las cualidades necesarias para ser buen jurista, aunque a la hora de la verdad todo vale. Si no, que me lo digan a mí, que debía hacer pellas el día que la repartían y aun tengo dificultades para distinguir la derecha de la izquierda. Y no me refiero a la política.

              Voy a contar algo que la gente que me conoce sabe de sobra. Carezco por completo de sentido de la orientación. Es más, si hubiera que calificar el mío en una escala del 1 al 10, sería menos 10. Y esto es algo que me ha dado lugar a vivir numerosas anécdotas dentro y fuera de Toguilandia. Y hoy voy a contar algunas.

              Cuando estaba en mi primer destino, y como suele suceder cuando una es la última del escalafón, tuve que hacer numerosos juicios de faltas de los de entonces en pueblos y ciudades de a contornada, a los que iba con mi vehículo de motor. Y ojo, sin Google maps, que entonces ni estaba ni se le esperaba. Pues bien, había a un juzgado al que no sabía llegar hasta que descubrí que estaba a junto al mercado. No había mas que seguir  las señoras con cesta o carrito para llegar. Aunque lo hiciera a paso de tortuga reumática para desesperación de otros conductores. Incluso llegó un momento que me dejaban aparcar en el mismo prking que los proveedores, y allí llegábamos mi coche y yo. Y así, entre col y col…toga.

              Otras de mis hazañas gloriosas la compartí con unas buenas amigas volviendo de dar una conferencia en otra provincia. Como quiera que estábamos muy animadas hablando, le quitamos la voz al navegador y acabamos yendo en dirección tan contraria que casi nos pasamos de provincia. Todavía nos reímos al recordarlo.

              Y hablando de navegadores, siempre me pone de los nervios esa manía de decir que nos vayamos al norte o al Oeste, como si yo supiera donde está. No suelo llevar mi brújula, ni mi astrolabio. Y si los llevara, tampoco sabría usarlo, la verdad.

              Mención aparte merece el Google maps de mi hija, que ya se ha quedado con el nombr4e de “Jenny, la poligonera”, porque no sabemos por qué razón, siempre nos acaba mandando a algún polígono. Le encantan, lo juro.

              Aunque no necesito irme tan lejos. En mi propia Cuidad de la Justicia, en la que ya llevo trabajando más de veinte años, confieso que sigo perdiéndome. En cuanto subo en un ascensor que no es el mío, aparezco en cualquier juzgado sin saber qué hago allí ni como he llegado. Y tengo que disimular diciendo cualquier tontería. Pero ya sé que no cuela, y que es difícilmente explicable la presencia de una fiscalita penalista hasta la médula en un juzgado de lo social o de lo contencioso. Pero me sigue pasando.

              Aunque no debo ser la única. Tengo acusados que me alegan algo parecido cuando les pillan con las manos en la masa. Recuerdo uno que decía que no sabia como había llegado a la casa donde le habían pillado robando tras entrar por la ventana, ni se explicaba que hacía con aquellos enseres en sus manos. Misterios sin resolver.

              Pero los mejores de estos son los encausados por quebrantamientos de medida cautelar o pena de alejamiento. Ya he tenido más de uno que me alega que no sabía que estaba tan cerca de casa de su ex novia, o que no conocía otro camino para llegar a su casa o que, simplemente, se había perdido y, oh casualidad, había aparecido en la puerta del trabajo de su ex. Y es que les pasan cosas muy curiosas.

              También hay víctimas, o testigos, y hasta profesionales que alegan como causa de su tardanza o de su incomparecencia el hecho de haberse perdido. Pero esto si qu no cuela. Que si no me pierdo yo, con la facilidad que tengo, no se pierde nadie para llegar a los Juzgados. Verdad verdadera.

              Y con esto, bajo el telón por hoy, que, por suerte, sí sé donde está. El aplauso se lo daré a quine inventara el Google maps, que ha cambiado mi vida y la de todas las personas tan desorientadas como yo. Es lo mínimo.

Canciones infantiles: madredelamorhermoso


              Las películas infantiles son un género que constituye un filón sin fin -siempre habrá niños y niñas pare verlas y papás y mamás para acompañarles- pero no siempre son tan educativas ni tan duces como creemos. Pensemos en el pobre Marco buscando a su madre, e Bambi con su madre asesinada por un cazador o en el dramático final de Marcelino pan y vino. Por no hablar de la muerte de Chanquete en Verano azul, que traumatizó a toda una generación, o la del payaso de Zampo y yo, que traumatizó a la anterior.

              En nuestro teatro lo que ocurre no es cosa de niños, ni andamos cantando canciones infantiles, pero a buen seguro que las que cantábamos en nuestros primeros años de vida nos marcaron de alguna manera, aunque ni siquiera nos demos cuenta. Y hoy no pasarían el más mínimo filtro.

              Confieso que la idea de este estreno no es mía, o no totalmente, no vaya a caer en mi propia trampa y a aplicárseme la ley de propiedad intelectual. La verdad es que vi un video de una graciosísima influencer -o creadora de contenido, o como se diga- que, bajo el título de “lo de las canciones”, comentaba, en clave de humor, la inocencia con la que canturreábamos verdaderas barbaridades sin ser conscientes de nada.

              En concreto, el post en cuestión hablaba de canciones como Don Federico, al que ya dediqué una historia, que, según cantábamos, mató a su mujer, la hizo picadillo y la puso en la sartén También se refería a la de la calle 24, donde una vieja mató un gato con la punta del zapato, al pobre Marco gritando “No te vayas, mamá” o Heidi preguntando cosas imposibles a su abuelito gruñón. Y, por supuesto, del barquero que decía que las niñas bonitas no pagan dinero.

              Pero hay muchas más. Haciendo palmas cantábamos que en la plaza redonda había una zapatería donde las niñas guapas iban a tomarse la medida, para lo cual se levantaban la faldita y se les veía la pantorrilla y el zapatero, pues va y se caía de la silla. Casi nada. Y es que no nos enterábamos. Si no, a qué santo hubiéramos berreado mientras saltábamos a la goma que Popeye el marinerito no sabe tocar el pito, y yo que lo sé tocar no me lo quiere dejar.

              Si se cantaba la Lecherita, hacíamos una oda a la violencia doméstica, porque mi mamá me pega y yo le pego a ella, dice la letra. Y si saltábamos con Don Melitón, un canto al maltrato animal, porque tenía tres gatos y los hacía bailar en un plato. Por no hablar de Antón Pirulero, que fomentaba el desnudo porque el que no atendía el juego había de pagar una prenda.

              Aunque si en algo son tremendas as canciones infantiles son a la hora de perpetuar los estereotipos. Los payasos de la tele, a los que adorábamos, sabían mucho de eso, con esa niña que no podía jugar ningún día de la semana porque tenía que lavar, que fregar o que planchar, mientras que todos iban en el coche de papá, que era siempre el que conducía, mientras que los buenos guisos los hacía Porrompopom Manuela, y por eso le iban a poner el mejor piso. De todos modos, y en descargos de Gaby, Fofó y Miliki diré que, muchos años después, reeditaron sus grandes éxitos en versión igualitaria. La niña por fin podía jugar, y el coche ya no solo lo conducía papá. Al César lo que es del César.

              Paradójicamente, las nanas, las canciones destinadas a hacer dormir a las criaturas, daban más miedo que otra cosa. Se le decía al niño que si no dormía vendría el Coco y se lo comería, nada menos. Y hay otra en valenciano que decía que el niño se caía de la cuna y se quedaba cojito. Casi nada.

              ¿Y qué decir de canciones tan populares como los villancicos? La Virgen, venga peinarse entre cortina y cortina con el panorama que tenía por delante, San José hecho un cuadro porque los ratones le robaban los calzoncillos y, mientras tanto, la burra cargada de chocolate yendo hacia el portal como si tal cosa. Y no olvidemos el toque de racismo cuando a los dos Reyes magos llamados Melchor y Gaspar les sigue un negrito al que todos llaman el Rey Baltasar.

              Y aquí no acaba todo. Seguro que a más de una y de uno le vienen a la cabeza otras canciones populares tan políticamente incorrectas como estas. Po eso no descarto otro estreno y estoy abierta a nuevas aportaciones, aunque hoy lo dejo aquí. Eso sí, sin olvidarme del aplauso, dedicado a aquellas niñas y niños que, con toda nuestra ingenuidad cantábamos sin darnos cuenta de qué decíamos, Bendita inocencia

Em deien Caratrista: Guía de actuación


              A veces, toca que una misma sea la protagonista de la película y de eso va a ir nuestro estreno de hoy. Una nueva criatura ve la luz, convirtiéndose en el número 10 de mis libros y, como buena madre, tendré que contar su bautizo como corresponde.

              Em deien Caratrista (Me llamaban Caratrista) trae causa de su predecesora, otra de mis criaturas, Caratrista , publicada en 2019. En esa ocasión daba el doble salto mortal en cuanto a mi ocupación de juntaletras, y publicaba por primera vez para un público infantil y adolescente y además lo hacía, también por vez primera, en valenciano. Siempre tendré que agradecer a la editorial Vincle que no dudara ni un momento en apostar por mí, aun cuando de Caratrista, por más que estuviera en mi cabeza, no había escrito ni una línea. Pero, como comentábamos el mismo día de la presentación, estamos en la misma onda. Yo quería publicar un cuento que ayudara a niñas, niños y adolescentes, a comprender y actuar contra la violencia de género, y ellos querían publicarlo. Así de sencillo y así de complejo.

              Caratrista funcionó y sigue funcionando para el fin con el que había concebida: entretener y enseñar. Porque sin conseguir enganchar a la lectura con una historia que entretenga, no es posible enseñar nada, por más loable que sea su propósito.

              En estos ya cinco años de andadura, Caratrista y sus protagonistas ha visitado casas, bibliotecas, colegios e institutos, y sé a ciencia cierta que vive en muchas de sus estanterías y continúa entreteniendo y enseñando. Y, la verdad, nada me podía hacer más feliz.

              Pero Lucía, aquella niña a la que apodaron Caratrista y su inseparable amiga Carla, como todas las niñas, tenían que crecer y tenía que cambiar su modo de ver el universo. Y es una pena que nos lo perdiéramos, porque aun le quedaba mucha diversión y mucha pedagogía por aportar. Así que me puse manos a la obra y dejé volar, una vez más, mi imaginación.

              Ahora Lucía, Carla y sus compañeros y compañeras ya son adolescentes. Por eso, ya no solo pueden ver la violencia de género dentro de una pareja de personas adultas, sino que pueden convertirse en parte de una pareja y por ello puede ocurrir…lo que ocurre. No haré spoiler, que sería tirar piedras a mi propio tejado y eso sí que no.

              Así que, una vez escita la historia, hechas las fantásticas ilustraciones de @madebycarol, que nunca me falla, y terminado todo el complejo proceso en que consiste publicar un libro, Em deien Caratrista ha visto la luz. Y la ha visto, como no podía ser de otro modo, en el paraíso de los libros, la Feria del Libro, ese lugar mágico que cada año nos regala miles de historias en unos pocos metros.

              El libro ha nacido con buena estrella. Porque ha tenido un padrino de lujo, Juan Magraner, esa voz que nos despierta cada día desde la Cadena Ser en Valencia a tantas y tantas personas. Una voz magnífica que hace juego con el resto de su persona, os lo aseguro. Y os lo asegurarán todas las personas presentes en la presentación que, por fortuna, fueron muchas.

              Es precisamente, de Juan Magraner la definición de Em deien Caratrista como una guía de actuación. Una guía de actuación contra la violencia de género en la adolescencia, por supuesto. Y así nos lo contó, por si alguien tenía alguna duda.

              No acompañó Xavi Bellot, por parte de Vincle, a nuestro lado de la mesa, y muchas personas, algunas a las que conocía y otras a las que no, pero todas estoy segura que amigas ya de aquella niña a la que un día llamaron Caratrista, y que se nos ha hecho mayor y comprometida.

              De nuevo, gracias, gracias, gracias y gracias. Caratrista y sus amigas y amigos os esperan en las librerías. Y yo os espero con mi lápiz afilado para firmar un ejemplar a quien quiera. Por si acaso, os dejo el enlace aquí para ir abriendo boca:

Em deien Carattrista

              Y el aplauso, que no se me olvida, es hoy para todas las personas que han hecho posible este sueño, con su colaboración, con su apoyo, con su presencia o de cualquier otra manera.  Gracias otra vez

No hablarse: el látigo de la indiferencia


              Hay relaciones que nacen y mueren como si nada. Y otras que por alguna razón fueron tan fuertes que no pueden cortarse sino de forma abrupta. Y qué más abrupto que dejarse de hablar entre quienes un día fueron íntimos. Esto ha ocurrido en el mundo del cine entre famosos hermanos como Warren Beatty y Shirley Mc Lane u Olivia de Havilland y Joan Fontaine. Así, ni siquiera los intérpretes de películas tan inolvidables como Esplendor en la hierba, Irma la dulce, Lo que el viento se llevó o Rebecca se libran de esta maldición. Y es que siempre hay quienes se llevan Como perros y gatos

              En nuestro teatro podemos decir que, como en todas partes, cuecen habas- Y, aunque en las relaciones interpersonales hay de todo, más de una vez se enquistan las cosas y acaban con un muro de silencio de por medio. Porque, como dice el refranero, no hay mejor desprecio que no hacer aprecio.

              Una de las enemistades más clásicas que hay en Justicia es la que supuestamente existe entre jueces y fiscales. Aunque sería mejor decir que ente algunos jueces y algunos fiscales, porque por fortuna, y pese a la leyenda urbana que existe, no es la regla general. Somos carreras hermanas y, como en todas las relaciones entre hermanos, hay muchas discusiones, pero también mucho cariño. ¿Cómo no va a haberlo si en algunos casos, como el mío, jueza y fiscal compartimos juzgado más de veinte años?

              No obstante, las rencillas existen. De hecho, existen tanto que en mi primer destino me dijeron nada más llegar que “a los jueces, ni agua”. Lo cual suponía para mí un problema gordo, porque mi entonces novio -hoy marido- pertenecía y pertenece a la carrera hermana. Eso sí, puedo decir que al final no llegó la sangre al rio.

              Pero hay relaciones toguitaconadas que son francamente tormentosas. Recuerdo un juzgado donde estuve adscrita en que el juez y el secretario -entonces se llamaba así, aunque hoy se llame LAJ- no se dirigían la palabra. La situación era tan tensa que llegaron al punto de colocar sus mesas para la celebración de juicios de modo que se sentaba uno de espalas a otro, con la consiguiente estupefacción -por no decir hilaridad- de quienes acudían a su sala de vistas.

              También he conocido algún que otro caso en que, según Radio Patio, LAJ y Su Señoría llegaron a las manos, pero como quiera que no hubo condena, respetaré la presunción de inocencia y me limitaré a cantar con la gran Raffaella Carrá lo de “Rumore, rumore”.

              En cuanto a las relaciones entre jueces o juezas y fiscales, y aun cuando la regla general es que son buenas o cuanto menos cordiales, también he visto situaciones peores que La guerra de los Rose. Incluso hay quienes se odian o se adoran según temporadas, sin que una sepa muy bien a qué atenerse en cada caso. Lo mejor, como diría una buena amiga, hacerse gótica de agua.

              Aunque a veces las peores refriegas son las que se dan ente astillas de la misma madera o, lo que es lo mismo, entre colegas de la misma carrera. En ocasiones, influyen las aspiraciones de unos u otros a acceder a determinados cargos. Intrigas palaciegas de las que nuestro teatro no se libra. Otras, alguna rencilla por un asunto profesional en el que chocaron sus criterios. Y otras, sencillamente, la falta de química. Porque las togas y las puñetas no necesariamente unen.

              Y mutatis mutandis, como decimos en forma de latinajo, otro tanto cabe decir e mi propia carrera, e imagino que de cualquier otra.

              En mi experiencia personal, puedo decir que hay personas que lo ponen francamente difícil. Porque hasta a mí misma, que me cuesta más callar que cualquier otra cosa, no me ha quedado otra que azotar con el látigo de mi indiferencia a algún compañero o compañera. No daré datos ni nombres porque no hace ninguna falta. Y por la intimidad, y la protección de datos y demás, qué caramba.

              Y aquí acaba el estreno de hoy, después del que espero que todo el mundo me siga dirigiendo la palabra. Aunque no olvido el aplauso, dedicado a quienes son capaces de superar sus rencillas y conseguir fundir el hielo. Que es difícil pero no imposible

Lo analógico: ¿Qué pasaría si…?


              El cine, y el arte en general, es un ejercicio de imaginación. Y, la verdad, es que las ya no tan nuevas tecnologías cada vez nos dejan menos lugar a la imaginación, aunque nos aporten cosas muy positivas. Ahora causa hasta un poco de hilaridad pensar en lo modernas que parecían películas como Tienes un email o La red, y es que en pocos años hemos avanzado más de lo que hubiéramos imaginado. Pero ¿qué pasaría si alguien despertara y se encontrara, como si de Regreso al futuro se tratara, esta época, directamente venido de los años 70, sin ordenadores personales, ni Internet, ni nada de nada?

              En nuestro teatro, y por más que nos quejemos -con razón- de la falta de medios, lo bien cierto es que es difícil imaginar el día a día sin ordenadores ni programas informáticos. De hecho, si algún día se cuelgan en la guardia es el acabose y, aunque podamos hacer las cosas a mano, el retraso, al no tener modelos, sería considerable, y el registro y la consulta de antecedentes, imposible. Por no hablar de las diligencias que se hacen por medios telemáticos, que sería impracticable. Un desastre en toda regla, vamos.

              Pues bien, veamos que le pasaría a una fiscalita imaginaria que, por capricho de alguna máquina del tiempo, se viera trasladada de los años 70 a la actualidad.

              Nuestra fiscalita llegaría al juzgado y podría encontrarse necesitada, por ejemplo, de un modelo de informe del tipo que sea. Por supuesto, lo pediría a una compañera, que le diría que claro, que lo tenía colgado en el sistema. Y la pobre fiscalita, por más que mirara puertas y ventanas en busca de una cuerda imaginaria, no encontraba nada colgado. Ni siquiera clavado con chinchetas en un corcho, que era lo que creía que era “el sistema”, porque no había corcho por ningún sitio. Si no encontró ni el tablón de edictos que se suponía que debía haber a la puerta de todos los juzgados.

              Cuando nuestra fiscalita, tímidamente, le dice a su compañera que no lo encuentra, esta solícita, le dice que enseguida lo sube, y ella se queda tranquila. Aunque de pronto, empieza a dudar, porque están en el mismo piso, pero tal vez su compañera se equivocó. Pero, después de mucho rato, nadie subía, así que se decidió a preguntar a otro compañero.

              Le costó un rato encontrar a alguien, porque la mayoría de sus compañeros hacían cosas muy raras, y parecía que, en vez de trabajar, estaban viendo la tele en unas pantallas bastante pequeñas, como la que tenía su madre en la cocina para ver La casa de la pradera mientras su padre veía los partidos de fútbol. Pero al final encontró a uno que, muy solícito, la atendió. Le dijo que buscara en la red, que allí lo encontraría todo, así que ella se puso manos a la obra a buscar alguna red por allí. Le extrañó, pero igual la usaban para guardar expedientes o modelos. Pero, tras mucho buscar, no encontró ni sombre de red alguna, y se quedó como estaba. Sin poder hacer nada.

               Entonces llegó lo peor, si cabe. Pensó que, ya que no entendía a sus compañeros, habría algún funcionario que le solucionara la papeleta. Se fue hasta una chica joven, con pinta de espabilada, y le dijo que sacara la máquina de escribir que le iba a dictar. La cara de aquella muchacha era para haberla visto. Y la de nuestra fiscalita, para qué contar.

              Al final, un señor mayor se apiadó de ella y le explicó que había unos aparatos que hacían lo mismo que las máquinas de escribir. Se llamaban ordenadores, aunque a ella no le parecía que ordenaran nada. Dónde estuvieran los archivadores de toda la vida, que se quitaran aquellos cachivaches.

              Pero se calló y siguió adelante. Como lo que le habían dicho que hiciera era un informe para no ponerse a la expulsión -que manera más fina de llamar al destierro de toda la vida-, se puso a dictarle a aquel funcionario mayor tan dispuesto. Tras dictarle un informe sencillo, le dijo que le dejara espacio para la firma. Cuál no sería su sorpresa al escuchar que la firma tenía que electrónica. A ver dónde encontraba ella ahora un boli enchufado a la corriente para firmar.

              Mientras lo buscaba, cayó en un detalle. ¿Cómo era posible que hubiera tantas mujeres fiscales, si solo eran veinte en la carrera? Eso era raro, rarísimo. ¡Si tenían hasta cuarto de baño propio!

              Con tantos problemas, decidió irse a casa. Mañana sería otro día, pero aun le quedaba una sorpresa. Al salir, otro compañero le señalaba a una jueza bastante joven, y le dijo muy serio que era muy buena en redes y tenía muchos seguidores. Pero la verdad es que por más que miró, ni vio la dichosa red, ni vio que ninguna persona le siguiera, así que volvió a preguntar. El fiscal, un tanto atónito, le explicó que tenía muchos “likes” y ella se quedó de pasta de boniato. Qué presuntuoso, decir las cosas en inglés. Y solo para explicar que sus sentencias debían ser muy buenas y gustaban mucho. Con lo fácil que era explicarlo.

              La fiscalita desapareció y nadie supo más de ella. Estoy segura de que la máquina del tiempo la recogería de nuevo, y ahora estará escribiendo a mano, dictando y archivando en carpetas de cartón. Y reclamando un cuarto de baño para mujeres, claro. Sin saber que, en unas cuantas décadas, las cosas serían totalmente diferentes,

              Y hasta aquí, este pequeño ejercicio de imaginación. Espero que haya servido para ser conscientes de lo que hemos cambiado. Y sin dejarme, como no, el aplauso para esas pioneras que nos abrieron camino no hace tantos años.

Comodines: estoy reunida


                Hay cartas en la baraja que sirven para sustituir a cualquier otra. Por extensión, pasa lo mismo en otros juegos, y al final en cualquier circunstancia de la vida. El comodín, o el Jocker, título de una afamada película, no solo es una especie de payaso, sino un salvoconducto para salir airosa de situaciones comprometidas. Sean las que sean.

                En nuestro teatro también tenemos nuestros propios comodines. Tanto para situaciones relacionadas con el trabajo, como para otras. Podríamos decir ue son excusas, a las que ya dedicamos un estreno , pero son mucho más que eso. Y, a veces, absolutamente imprescindibles.

                ¿Quién no ha dicho alguna vez que si pregunta determinada persona no está, o está reunida, o en cualquier otro sitio porque no quiere atender a determinadas personas? Que levante la mano. Como esa situación por la que todo el mundo ha pasado alguna vez en la que, tras decir a su hija que si llama alguien diga que no está, se encuentra con que la niña mete la pata diciendo, con toda su inocencia “mi mamá me ha dicho que le diga que no está”. Seguro que nos suena.

                Cuando de trabajo se trata, hay una de esas frases comodín tan usada, que a veces resulta difícil de creer, aunque sea verdad. Se trata de decir eso de “está reunida”. Incluso hay quien la tiene puesta en su perfil de whatsapp, por si alguna llamada inoportuna. Y sí, en muchas ocasiones estamos reunidas, pero al final, de tanto usarla, resulta poco creíble, Como el famoso cuento del lobo.

                No obstante, hay variantes. La reina de las variantes toguitaconadas es la de “esta en juicio” o, todavía mejor “está en sala”. Y conste que, en el caso de los ficales, es verdad la mayoría de veces, que nuestras togas viajan más que el baúl de la Piquer. Pero también me consta que mucha gente no lo cree. Y es que alguna vez confieso que no es verdad. Pero guardadme el secreto.

                Otra variante consiste en decir que tenemos algún servicio, aunque no siempre se entiende bien. Recuerdo que en una ocasión una funcionaria dijo que yo no estaba en el despacho porque estaba en un servicio. Cuando llegué del servicio en cuestión, me encontré a la persona que quería hablar conmigo esperando más de una hora, según me dijeron. Cuál no seria mi sorpresa cuando me explicó que me había esperado porque le dijeron “que estaba en el servicio”. No quiero ni pensar lo que pasaría por la mente de que la persona, si creyó que pase más de una hora en el baño. Cosas que pasan.

                Otra confusión que ocurre muchas veces es la que tenía lugar cuando era opositora. Mi madre, bien para que no me molestaran mientras estudiaba, bien porque era verdad, decía muchas veces que estaba cantando, o que no podía ponerme porque ese día tenía que cantar. Y claro, la gente que no conoce este mundo estaba convencida de que me había apuntado a un coro o me dedicaba a la ópera. Incluso hubo quine dijo por lo bajini que era una pena que me hubiera dejado la oposición por algo tan inseguro como la música. Mas cosas que pasan.

                También hay un comodín del que echamos mano más de una vez. Se trata de que, ante una visita o una conversación que suponemos pesada o más larga de lo que quisiéramos. Inventemos un código para que alguien nos saque de ese trance. En mi caso, le hago un gesto a una funcionaria que conoce el paño, y sabe que, pasado determinado lapso de tiempo, debe entrar en mi despacho y decirme que me llaman de la sala, o de la guardia, para que la visita se dé por aludida y se marche. Aunque también esto tiene sus riesgos. Una vez la funcionaria me dijo que me llamaban de la guardia y, como veía que no le hacía caso me lo repitió hasta cuatro veces. Yo no le hacía caso, pensando que era la señal acordada, y que, como la conversación me interesaba, no hacía falta concluirla. Al final, me tuvo que decir que me llamaban de la guardia “pero de verdad”. Y así era. Y es que fui yo quien caí en mi propia trampa, y pensé que era una excusa y no una realidad. Y, claro, se destapó el pastel

                Y hasta aquí, estas pequeñas reflexiones sobre la manera de esquivar una conversación incómoda. El aplauso es hoy para todas esas personas que nos sirven de cómplices para conseguirlo. Mil gracias

Teatro: que comience el espectáculo


Hoy, en lugar de un post, y como homenaje al teatro, os hago llegar el poema con el que gané el premio al mejor poema inédito de Junta Central Fallera. Incluyo la versión original en valenciano, y su traducción al castellano.

Y quiero agradecer a quine lo declamó, Celia Sanchis Salcedo, por transmitir mis palabras de una forma tan hermosa, y a mi falla Cádiz Denia por confiar en mí

(Poema original SUSANA GISBERT GRIFO Falla Cadis-Denia-Germanies-Sueca)

Guanyador del premi de Junta Central Fallera al millor poema inèdit categoría senior

TÍTOL: Que comence l’espectacle

AUTORA: Susana Gisbert i Grifo

Que comence l’espectacle!

Que isquen els actors a escena!

Perquè passe el que passe

l’art sempre paga la pena

Soc una amant del teatre.

eixa és la meua passió

poder transmetre a la gent

tota la meua emoció.

Igual té que tinga música,

o que siga una tragèdia,

que conte una fita histórica,

o romàntica comèdia.

Cante, balle, cride, plore,

fent de vella o de xiqueta,

si el paper m’agrade molt

o si sols una miqueta.

Jo estaré per al que calga,

siga d’actriu de suport,

siga d’actriu principal

i fins d’acomodador

El que importa és que el teatre

per cap cosa ha de parar.

Ni la crisi, ni pandèmies

ho han pogut ofegar.

Mira que va ser difícil

sobreviure als entrebancs!

Però quan hi ha vocació

res pot fer malbé els plans

d’eixir cada dia a escena,

de tindre en el enteulat

el lloc on poder gaudir

fugint de la realitat.

Ja ho va dir Rodolf Sirera

Que quan et pica el verí

del teatre, no hi ha manera

d’escapolir-se d’ací.

Un dia seré sirena,

un altre seré criada,

l’altre seré la comtessa

o una dona enamorada

Balls, cançó, monòlegs, diàlegs.

Tot això he d’interpretar

I per descomptat no oblide

que hui he de declamar.

A Hollywood o a la falla,

davant de públic nombrós

o de unes poques persones.

Igual té, és meravellós.

Vos el recomane a tots

encara que té un perill:

Quan t’enganxes, cada dia,

quan et mires a l’espill

penses, qui seré hui?

A qui hauré d’interpretar?

Te’n adones que no saps

 ni qui eres de veritat

Però això no importa, és clar,

perquè no hi ha res millor

que gaudir de l’espectacle

quan està fet amb amor

I l’amor no em faltarà

en cada interpretació

i també, per descomptat,

en esta declamació

Si damunt, jo guany un premi

és la guinda del pastís.

Siga Goya, saragüell

o una copeta d’anís.

Que no hi ha premi millor,

vos el dic de veritat

que l’aplaudiment del públic

que sempre esperem guanyar.

Perquè agradar al públic

que és agraït i estimat

és el millor del millor.

I es complirà el que he somniat

tantes vegades al llit

pensant en l’escenari

en què hui estic declamant

D’allò més extraordinari!

Per això, repetiré:

Que comence l’espectacle!

Que isquen els actors a escena!

Perquè passe el que passe

L’art sempre paga la pena

TÍTULO: Que empiece el espectáculo

(traducción al castellano)

¡Que empiece el espectáculo!

¡Que salgan los actores a escena!

Porque pase lo que pase

el arte siempre vale la pena

Soy una amante del teatro.

esa es mi pasión

poder transmitir a la gente

toda mi emoción.

Igual da que tenga música,

o que sea una tragedia,

que cuente un hito histórico,

o romántica comedia.

Canto, bailo, grito, lloro,

haciendo de vieja o de niña,

si el papel me gusta mucho

o si solo un poquito.

Estaré para lo que haga falta,

sea de actriz de reparto,

sea de actriz principal

y hasta de acomodador

Lo que importa es que el teatro

por nada ha de que parar.

Ni la crisis, ni pandemias

lo han podido ahogar.

¡Y mira que fue difícil

sobrevivir a las trabas!

Pero cuando hay vocación

nada puede echar a perder los planes

de salir cada día a escena,

de tener en el escenario

el lugar donde poder disfrutar

huyendo de la realidad.

Ya lo dijo Rodolf Sirera

Que cuando te pica el veneno

del teatro, no hay manera

de escabullirse de aquí.

Un día seré sirena,

otro seré una criada,

el otro seré condesa

o mujer enamorada

Bailes, canción, monólogos, diálogos.

Todo esto he que interpretar

Y por supuesto no olvido

que hoy tengo que declamar.

En Hollywood o en la falla,

ante público numeroso

o ante unas pocas personas.

Igual da, es maravilloso.

Os lo recomiendo a todos

aunque tiene un peligro:

Si te enganchas, cada día,

cuando te miras al espejo

piensas, ¿quién seré hoy?

¿A quien tendré que interpretar?

Te percatas de que no sabes

ni quién eres de verdad

Pero esto no importa, está claro,

porque no hay nada mejor

que disfrutar del espectáculo

cuando está hecho con amor

Y el amor no me faltará

en cada interpretación

y también, por supuesto,

en esta declamación

Si encima, yo gano un premio

es la guinda del pastel.

Sea Goya, saragüell

o una copita de anís.

Que no hay premio mejor,

os lo digo de verdad

que el aplauso del público

que siempre esperamos ganar.

Porque gustar al público

que es agradecido y estimado

es lo mejor de lo mejor.

Y se cumplirá el que he soñado

tantas veces en la cama

pensando en el escenario

en que hoy estoy declamando

¿De lo más extraordinario!

Por eso, repetiré:

¡Que empiece el espectáculo!

¡Que salgan los actores a escena!

Porque pase lo que pase

El arte siempre vale la pena

Eventos: bodas, bautizos, comuniones


              Nada como un buen evento para disfrutar y afianzar vínculos, que nunca se sabe. Ben lo vemos en el cine, en películas como La boda de Muriel, Mi gran boda griega, La boda de mi mejor amigo o Cuatro bodas y un funeral. O en Las bodas de Luis Alonso, si tiramos de tradición.

              En nuestro teatro no es que abunden los eventos, pero haberlos, haylos. Y más de lo que pensamos. Que no se diga.

              En primer lugar, hemos de referirnos al papel de los Juzgados en determinados eventos de la vida. Así, mientras no se cambie definitivamente la regulación del Registro Civil y deje de llevarse por Juzgados de Primera Instancia -recordemos que no es función jurisdiccional sino asignada a jueces y magistrados como podría asignarse a otro órgano-, en Toguilandia se celebran bodas y, aunque no se celebran -poco hay que celebrar- sí se tiene una labor fundamental en los entierros, la de inscribir el fallecimiento.

              Sin embargo, aunque la labor de celebrar bodas no sea estrictamente jurisdiccional, sí que lo es, en cambio, la de hacer lo contrario, esto es dejarlas sin efecto o, dicho de otro modo, descelebrarlas. Los divorcios y similares -regulación de los efectos de la ruptura en parejas de hecho- son competencia de los juzgados de primera instancia, bien en su modalidad compartía con ot5ras materias o bien en su modalidad de juzgados exclusivos, que existe en algunas grandes ciudades y aun no tiene carta de naturaleza como juzgados propios. De la materia que tratan, el Derecho de familia, ya hablamos en otro estreno.

              De hecho, hay algunos divorcios que se convierten en el acontecimiento del juzgado de que se trate. Recuerdo con especial cariño la que se liaba en mi primer destino cada vez que acudían con alguna cuita de su divorcio una otrora famosa cantante y su esposo , peluquero y aspirante a famoso. No hace falta que diga mucho más.

              Por otro lado, hay que afirmar tajantemente que no existe el bautizo civil, aunque haya quienes se hayan empeñado en instituirlo. El Bautizo es una celebración religiosa y, aunque pueden coincidir en el tiempo con la inscripción en el Registro Civil, no siempre es así. Cada día son más frecuentes los bautizos donde los niños van por su propio pie, a diferencia de la inscripción en el Registro Civil que, si se hace como se debe, ha de ser recién nacida la criatura. Ahora bien, si de lo que se trata es de celebrar el nacimiento, pues ahí estamos. Valdría la inscripción en el Registro como excusa para la fiesta.

              Lo que no puede admitirse de ninguna manera, es la Comunión civil. Ahí si que n o hay paralelismo con ninguna ceremonia civil ni con ninguna inscripción. Así que si se quiere fiesta, y regalos y un traje bonito sin pasar por la sacristía, se monta y ya está. Pero sin buscar cómplices en nuestro teatro, que bastante tenemos con lo que tenemos.

              Pero, además de estos eventos en los que intervenimos por razón de nuestro oficio, hay otros de ora índole en que somos invitados e incluso protagonistas. Los más comunes son las jubilaciones, celebradas con ágape y regalo, como Dios manda, o en petit comité, para quienes prefieren la discreción. Juntas, o por separado, hay un tipo de celebraciones especialmente gozosas, la concesión de medallas, aunque más de una vez se trate de un evento agridulce, cuando se conceden a título póstumo.

              También son relativamente frecuentes y generalmente gozosas las despedidas por cambio de destino, porque normalmente se hace para mejorar, bien por razones personales, bien por razones profesionales, o bien por ambas a un tiempo.

              Y, por último, tenemos esos eventos tan personales como bodas, bautizos o comuniones, cuando nos une a quienes los protagonizan, además de la condición de colegas, la amistad. Aunque en esos casos siempre hay que recomendar guardar la compostura, que alguna copa de más y algún bailoteo pueden hacernos arrepentirnos a día siguiente. Que no se diga que las togas nos confunden

              Y con esto, acaba el evento de hoy. Aunque, para acabarlo del todo, falta el aplauso. Y lo dedico esta vez a quienes los protagonizan. Porque siempre viene bien para salir de la rutina.

Ruedas de reconocimiento: pillados


              Se puede conocer y reconocer a alguien. Y se puede reconocer a alguien que ya se conocía o a alguien a quine se vio por primera ver. En eso consiste la Identificación, como la película del mismo título, u otras como Identidad o No identificado. Y, por supuesto, Reconocimiento. Porque no siempre se puede permanecer en el anonimato.

              En nuestro teatro hay varias formas de reconocer al presunto autor de unos hechos delictivos. En ello consiste una de las pruebas fundamentales en nuestro Derecho. Y de ello va a tratar el estreno de hoy.

              Como decía, es importante identificar a las personas. Por eso, cuando empieza un juicio o una declaración se le hacen una serie de preguntas, las generales de la ley, a las que ya dedicamos una función.

              Sin embargo, esa batería de preguntas se les hacen a los testigos. Cuando de un investigado, sospechoso, acusado o procesado se trata, dado que puede acogerse a su derecho a no declarar, puede no contestar nada. Podría, incluso, decirnos una sarta de mentiras porque en nuestro Derecho los investigados no prestan juramento y, obviamente, no pueden cometer delito de perjurio. Ya lo he dicho muchas veces, las películas americanas son una cosa y la realidad del Derecho español, otra. Podría decir que por suerte o por desgracia, pero me inclino por la suerte, porque es preferible el garantismo patrio, por aburrido que resulte, que la espectacularidad americana.

              Pero de lo que hoy se trata es de hablar de las pruebas encaminadas a identificar al presunto autor. Entre ellas, la rueda de reconocimiento es la prueba reina, aunque no es la única. Algo que no siempre se entiende.

              Me explico. Si alguien pone una denuncia porque le ha atracado, y hay un sospechoso -o varios- de la comisión de los hechos, se practica una prueba llamada rueda de reconocimiento, consistente en que, previa colocación en las circunstancias adecuadas y respetando sus derechos y la intimidad de la víctima, esta reconoce -o no- al autor de los hechos. Normalmente, se le pregunta además si lo hace con toda seguridad y se practica una segunda rueda cambiando de posición a quienes la integran.

              Respecto de los integrantes de las ruedas, además del sospechoso, han de ser forzosamente personas que tengan unas características físicas similares, Es decir, que si el sospechoso es de baja estatura, no pueden ponerse en la rueda personas con talla de jugador de la NBA, y si es calvo, sería improcedente colocar a melenudos recalcitrantes -salvo que llevara peluca, claro-. Parece una perogrullada, pero así es.

              El reconocimiento en rueda suele ser algo así como la prueba del 9 de la multiplicación,  es decir, poco menos que irrefutable. Pero hay veces en que no es necesaria. Imaginemos que la víctima ya identifica al autor, bien por su nombre o bien por la relación que le une a él. Es lo que ocurre en los casos de Violencia de género, y también en la violencia doméstica. Si la víctima dice que quine le pegó fue su marido o su padre, para nada serviría una rueda de reconocimiento. Blanco y en botella ¿no?

              Pues bien, retomando los dos ejemplos anteriores, en el del atraco, nadie duda de que existe suficiente prueba, porque hay una declaración de la víctima y un reconocimiento en rueda y, en cambio, en el caso de la violencia de género, hay gente empeñada en repetir eso de que no hay prueba, por mas que exista el testimonio de la víctima igualmente y no se haya practicado rueda de reconocimiento por ser innecesaria.

              La práctica de esta prueba ha dado lugar a numerosas anécdotas, algunas de ellas muy jugosas. Una de ellas la contaba en el post dedicado a los ascensores, el caso de una victima que reconocía a su agresor no tanto por serlo sino por haber compartido ascensor minutos antes.

              En cuanto sus integrantes, a veces cuesta encontrar personas con similitud física, sobre todo si el sospechoso tiene un aspecto que se salga de lo común. Había un funcionario al que siempre se recurría a esos menesteres. Hasta que un día fue reconocido y, aunque luego resultó ser un error, se llevó tal susto que no volvió a ofrecerse.

              Por lo que afecta a la manera de practicarse, nunca me olvidaré de lo que hacían en un juzgado de mi primer destino. Como no tenían instalación apropiada, improvisaban un medio, el de utilizar un cartón con un agujero para mirar, y colocar a los integrantes de la rueda al otro lado del cristal de una puerta. Ingenio contra carencia de medios. Lo malo es que la solución improvisada fue bastante duradera en el tiempo.

              Y como olvidar un caso que me contaron en la escuela Judicial, que aun no sé si es leyenda urbana o responde a la verdad. Se trataba de un reconocimiento de penes, porque el presunto culpable tenía, al parecer, un tatuaje en salva sea la parte que la víctima reconoció, además, sin dudas.

              Lo que es incierto es algo que a veces empelamos como broma, y que puede que alguien haya creído. Se trata de decir que todos los integrantes de la rueda iban a cabeza descubierta y el autor con casco, “para que resulte inconfundible”. Es ovio que es un chascarrillo, pero lo cuento por si algún incauto lo creyó y se corre la voz, que nunca se sabe.

              Y con esto, bajo el telón por hoy. El aplauso lo dedico, sin necesidad de rueda alguna, a todos aquellos que reconozco como lectores y lectoras. Gracias por estar ahí