Mensajes subliminales: Don Federico


            A veces , cosas aparentemente inocentes esconden un mensaje peligroso. Algo de eso ocurre con los productos audiovisuales destinados a la infancia que, si no se explican en relación a su contexto, pueden perpetuar estereotipos de desigualdad. Princesas Disney como Cenicienta o Blancanieves, cuyo único objetivo en la vida era encontrar un príncipe con el que ser felices y comer perdices –qué manía con las perdices-, ideales de belleza o prototipos de familias tradicionales pueden trastocar la visión de las cosas. No perdamos de vista que tanto Blancanieves como Cenicienta no hacían otra cosa que fregar y lavar hasta que el príncipe las redime, perdices incluidas. Aunque, para ejemplos que dan que pensar, el de Siete novias para siete hermanos, que, en un bucólico marco de cantos y bailes, esconde el rapto de siete chicas contra su voluntad.

             No pretende cargarme toda la tradición cinematográfica de determinada época, pero sí plantear cómo verlas con las gafas violetas. Porque si no, sin darnos cuenta, eternizamos estos estereotipos

            Hoy nuestro teatro reestrena un relato que trata de abrir los ojos sobre eso. Ojala lo consiga. Y, si no, que haga que el público pase un buen rato, que no es poca cosa.

Don Federico

(Relato incluido en la Antología de Generación Bibliocafé “Juegos y Juguetes”)

Mamá, ¿me das dinero para una goma?

¿Una goma de borrar? Tienes muchas

No, boba. Una goma de saltar. ¿No sabes lo que es?

           Lo sabía. Vaya si lo sabía. Había pasado muchas horas de mi infancia saltando a la goma y, además, era la protagonista de una de las anécdotas que mi madre contaba a quien quisiera oírla, a pesar de mis airadas protestas. Me moría de la vergüenza cada vez que la contaba. Ahora, sin embargo, cuando hace meses que la perdí, me encantaría volver a escucharla. Me parecía oír su voz de hace muchos años

Hija, saluda a Don Federico. Es el nuevo vecino que se ha instalado en nuestro mismo rellano

           Salí corriendo, como una exhalación. Mi madre no entendía nada, pero se enfadó tanto que me requisó la goma, mi juego favorito. No podía imponerme peor castigo.

          Desde que descubrí aquel juego, se convirtió en mi pasión. Todas mis compañeras de clase jugaban, pero yo era una de las mejores. Me sabía de memoria todas las canciones a cuyo ritmo enredábamos y desenredábamos la goma a nuestras pantorrillas al tiempo que saltábamos. Mi goma, además, era de las mejores. La había conseguido de las sobras del costurero de mi madre, que era modista, y tenía una flexibilidad y una resistencia que no tenían las de mis compañeras. Mi popularidad había subido varios enteros desde que se había puesto de moda jugar a la goma. Y a mí, que siempre fui tímida y me sentía casi invisible,  eso me hacía muy feliz.

            Pero mi habilidad no había surgido por generación espontánea. Pasaba horas y horas saltando en la terraza del edificio donde vivíamos, con la goma colocada entre dos sillas y mi madre quejándose de que repitiera una y otra vez aquellas canciones machaconas

Don Melitón tenía tres gatos

Y los hacía saltar en un plato

– Hija, por dios. ¿No puedes saltar en silencio? Tengo a ese don Melitón clavado en la meninge

– Vale, mamá

             Reconozco que era una pesada de tomo y lomo. Al cabo de un rato se me había olvidado y había vuelto a la carga, para desesperación de mi progenitora.

Popeye el marino soy

Montado en un buque voy

Hija, por favor. Está bien ya

Ay, sí. Lo siento.. No vuelvo a cantar

             Mi madre, con su castigo, me había dejado sin todas aquellas horas de diversión y ensayo a tiempos iguales. Estaba enfadada. Corría el riesgo de perder mi privilegiado puesto en la clase, con lo que me había costado. Decidí suplicarle perdón, a ver si colaba. Mi madre, aunque presumía de implacable, en el fondo era una blanda

Mamá –puse mi mejor cara de niña buena- ¿Me perdonas? ¿puedo recuperar mi goma?

Claro que te perdona –respiré aliviada- Ahora, cuando venga Don Federico, le pides disculpas y sanseacabó. Mira, por ahí viene

           El aludido llegaba con una sartén en sus manos. Al verlo, no pude reprimir mi pánico y volví a salir corriendo. Temía haberme quedado sin goma para siempre, pero no podía evitarlo. Además, pensaba que debía apartar a mi madre de ese hombre como fuera

            Mi madre me siguió, enfadadísima. Llevaba una zapatilla en la mano, símbolo inequívoco que se avecinaba tormenta materno filial, y que yo llevaba todas las papeletas para que los rayos y truenos me cayeran encima sin remedio.

          De pronto, se paró en seco y prorrumpió en una carcajada. Era una carcajada enorme, escandalosa. Nunca había oído reírse así a mi madre

¿Era esto, hija? –me preguntó, si parar de reírse- ¿Esto?

    Por la ventana, se oía como unas niñas jugaban a la goma

Don Federico mató a su mujer

La hizo picadillo y la hizo a la sartén

             Asentí con la cabeza, mientras mi madre seguía carcajeándose. Me explicó que aquel Don Federico no tenía nada que ver con la canción, que era un hombre estupendo y la mar de amable. Cuando estaba casi convencida, la voz de las niñas que saltaban volvió a escucharse

 “La gente que pasaba

Olía a carne asada

Era la mujer

de Don Federico

           Me miró y no dijo nada más. Fue al armario de la cocina, y sacó mi goma del cajón. Había recuperado mi tesoro, aunque debía, a cambio, disculparme con Don Federico. Lo hice pero confieso que, durante mucho tiempo, seguí desconfiando de él

Mamá, mamá. ¿Me vas a comprar la goma, o no? Por fa, por fa

Está bien, te la compraré –le dije, tras regresar al presente- Pero con una condición

¿Cuál?

Nunca juegues a la goma al ritmo de la canción de Don Federico.

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