
Las bodas siempre suponen un acontecimiento. Y como acontecimiento que son, tienen un enorme protagonismo en el mundo del cine, con títulos como Cuatro bodas y un funeral, La boda de mi mejor amigo, Mi gran boda griega, La boda de Muriel, La boda de Rosa y otras muchas. Y eso sin olvidar cuántas películas y series tiene como gran final una boda por todo lo alto. Como la mismísima Cenicienta, o una no boda, como Mamma mía o El graduado. Y es que una boda siempre es una boda.
En nuestro teatro las bodas y todo lo que llevan consigo también tienen un gran protagonismo. Y es que, nos guste o no, l matrimonio es un contrato que despliega efectos jurídicos durante su cumplimiento, y también a la hora de rescindirlo. Ya hablamos de bodas y divorcios en otros estrenos
Pero lo que me ha inspirado para el estreno de hoy no es tanto la parte jurídica sino la parte lúdico-festiva del asunto, que ya hace tiempo que no contamos anécdotas y hay lectores y lectoras que me han hecho ver que se echan de menos. Espero no defraudarles.
El caso es que el otro día me contaron algo que no puedo guardarme para mí sola. Resulta que un juicio por delito leve acabó como una escena de folletín o poco menos. Se celebraba un levito por insultos en el seno de una pareja -que, afortunadamente, no había tenido más denuncias- y ella, aunque compareció, no quiso ratificar la denuncia. Como quiera que el delito leve de injurias es la única infracción dentro del ámbito de la violencia de género que es perseguible a instancia de parte, se solicitó la absolución y en ello hubiera acabado el juicio si no fuera por lo que pasó a continuación. Que no fue ora cosa que el hecho de que el denunciado, ya absuelto, previa petición de permiso a Su Señoría y sin esperar su toguitaconada respuesta, se arrodilló y pidió matrimonio a la que, hasta hacía unos momentos, había sido la denunciante, que, ojiplática, acabó aceptando encantada. O supuestamente encantada, porque habrá que ver qué es lo que pasó de puertas para afuera. Esperemos que el hecho que seiba a enjuiciar fuera una mera anécdota y la cosa termine felizmente. Peo habrá que estar alerta. Por si las moscas.
El hombre supongo que quería emular lo que hizo un árbitro al acabar un partido, o una atleta al terminar la competición, o incluso un fallero después de pasar por la Virgen de los Desamparados: pedir matrimonio a su pareja. Pero alguien le debía haber dicho que un juicio al que había comparecido no era el escenario más romántico, desde luego.
La historia me hizo recordar algunas otras cosas que he vivido, en toga propia o ajena, respecto a las bodas y eventos varios. Una de las más graciosas es la de una pareja que llegaron a preguntar si el juez que les iba a casar podía vestirse de Elvis como en Las Vegas. No hace falta que reproduzca la respuesta. ¿no? Aunque no niego que no estaría nada mal para dar un toque de color al asunto.
Quizás por eso una compañera mía, que, antes de aprobar las oposiciones fue jueza de paz, nos contaba que, cuando le decían de celebrar una boda en su juzgado, trataba de echar balones fuera diciendo que se fueran a que les casara el alcalde ¡que es más rumboso y tiene piano”. Que yo sepa, nunca ha recibido una queja por esa inhibición encubierta.
Y hablando de hacer y deshacer bodas, me ha venido a la cabeza lo que nos sucedía con uno de los habituales de un juzgado de mi primer destino. Su mujer, hasta las narices -por no decir otra cosa- de él, había interpuesto una demanda de divorcio en su día que fue resuelta satisfactoriamente por el juez al que le tocaba en suerte, por ser en encargado del registro civil en aquel partido. Pues bien, el tipo se fue a otro de los juzgados de dicho partido para decirle a la titular, muy enfadado, que él y su mujer se querían mucho y que si se habían divorciado era por culpa del insensible del juez del número 1 que se había empeñado en divorciarse., como si los jueces fueran divorciando a la gente según su capricho.
En ese mismo destino, recuerdo una cosa curiosa que sería cómica si no fuera patética. Y es que la pareja, que había acabado como el rosario de la aurora, tenían un contencioso importante acerca de la liquidación de gananciales, y uno de los puntos culminantes de la discordia era, nada más y nada menos que quién se quedaba con el vídeo de la boda. Ver para creer.
Estas son solo algunas anécdotas de las que puedo comentar respecto a bodas y eventos. Seguro que hay muchísimas más. Y espero vuestro aplauso para recopilarlas y hacer un bis. Estaré atenta








