Canción del verano: se busca


         El verano es tiempo de descanso, de fiesta y de relajación a partes iguales. O al menos lo era, porque ahora, coronavirus mediante, se conforma con ser lo que puede. Pero sea Un verano en la Toscana, Vacaciones en Roma o en la isla de Mamma Mía, al cine le sienta bien este tiempo. Un tiempo que, además, siempre tiene su sintonía, la canción del verano. Esa que nunca faltaba en las verbenas…cuando lo que no faltaban eran las verbenas.

En nuestro teatro no tenemos canción, ni de verano ni de invierno. Aunque eso no sea del todo cierto. Tal vez sí la tengamos y no nos hayamos dado cuenta, porque Despacito nos viene como anillo al dedo. Porque por más que corramos o vayamos Bailando, con los medios que tenemos, seguimos como siempre. La vida sigue igual. Iglesias padre e hijo en la banda sonora de Toguilandia, que no se diga.

Y es que muchas veces no nos damos cuenta del contenido penal, y hasta delictivo, de algunas canciones del verano. Buena le caería a Georgie Dan por montar La Barbacoa en el campo, que podían imputarle un incendio forestal como la copa de un pino. Pero no sería el único en cometer delito contra el medio ambiente, que ahí está cada verano Maria Jesús con su acordeón obligando a bailar a Los pajaritos, y rozando con ello el delito de maltrato animal.

No hay más que mirar un poco, y aparece la parte legal de las canciones del verano, de cualquier época que sean. Ya contaba en otro estreno, dedicado a las canciones , que lo de seguir a Adelita por tierra y por mar no pasaría el filtro de un juzgado de violencia sobre la mujer, y tampoco lo pasaría, sin duda, el Every Breath You Take, de Police, ni, por supuesto, El preso número nueve, que no sé si sería canción del verano, pero hacía apología de la violencia de género. Como si para protestar contra la pena de muerte no pudieran encontrar otro ejemplo, vaya.

Cercano a ello está otro temazo imprescindible en cualquier verbena que se precie, el Tell me more de Grease, lo que puede ser un precedente analógico del sexting o al menos de la revelación de secretos. Y es que entonces las cosas no quedaban inmortalizadas como ahora en las redes, sino que, como el protagonista de Maria Isabel, podías escribr en la arena su nombre mil veces y luego borrarlo con toda tranquilidad, mientras te ponías y te quitabas el sombrero.

Pero que no se diga que todo es delito. Hay algunas canciones que fueron unas adelantadas en utlizar la perspectiva de género. Ahí está Maria Cristina me quiere gobernar para demostrarlo.

Por otro lado, que nadie crea que solo delinquen los hombres en las canciones veraniegas. Nada de eso. Eva María se fue buscando el sol en la playa, y lo que omitió el cantante de Formula V es que fue corriendo al juzgado a denunciarla por abandono de familia. Tal vez por eso, años más tarde, insistía David Civera diciendo Que la detengan, O puede ser que se tratara de la Mujer en el armario a la que cantaba Rafaella Carrá, entre Fiesta y fiesta. Nunca se sabe.

Otro grupo de canciones que no pasarían el filtro de Toguilandia serían las que tocan el tema de la igualdad y la discriminación. La Ramona podría ser tildada de sexista y de discriminar por el aspecto físico, aun hilando muy fino, y lo de repetir que El negro no puede, aunque sea a ritmo salsero, no tiene por donde cogerlo. Y, si nos ponemos exquisitos, igual alguien se ofende por el Ave María de Bisbal y le denuncia por delito contra los sentimientos religiosos O por el Ave Lucía de Sergio Dalma, una vez entendió que no debería insistir con lo de Bailar pegados por si los acosos.

No obstante, no son los únicos delitos cantantes y sonantes. En su día, lo de El chiringuito podría dedicarse perfectamente a los delitos de corrupción, y La casita de papel referirse a las estafas urbanísticas. El corazón de tiza en la pared se podría referir a un delito de daños en bien público por la realización de grafitis. Y el robo, desde luego, tiene barra libre. A Sabina le robaron el mes de abril, a Alejandro Sanz le robaron el alma al aire y a David Civera le robaron el corazón. Y nadie ha ido a la cárcel por ello hasta ahora, ni creo que vaya, porque está prescrito.

Hay, incluso, quien pone la venda antes que a herida y busca una atenuante por si las moscas. A ver qué pretendían, si no, cuando nos decían que La culpa fue del cha cha chá o, ahora mismo, nos repiten que La culpa fue del ron, del Dom Perignon y de no sé que más que da carta blanca para todo, al parecer.

Con esto doy el do de pecho de estas Vacaciones de verano en Toguilandia, que no en nuestro escenario. En él, aquí seguiré, como siempre, Antes muerta que sencilla. Con el aplauso que, como no podía ser de otro modo, es para quienes alegran cada verano con su música. Porque sin la música tampoco en Toguilandia podríamos vivir. Ni siquiera sobrevivir,

Casualidades: ¿existen?


         Mucha gente afirma que las casualidades no existen. O que no creen en ellas, como si fueran una religión o algún tipo de secta Y yo, la verdad, no sé qué opinar, pero lo cierto es que el azar a veces nos pone en situaciones tan increíbles que una llega a pensar que hay algún por ahí arriba divirtiéndose con nuestros destinos, cuando no dice directamente, como la película, que El cielo se equivocó o que El cielo puede esperar. Y desde luego, la Casualidad no es ajena al cine, y, además de dar título a una película, hay muchos otros que afirman que Nada es casualidad, que existe una Coincidencia inesperada o que surge el Amor por casualidad. Hasta se puede estar en La mafia por casualidad. Para que luego digan que no existe.

En nuestro teatro las casualidades existen, como en cualquier sitio. Incluso desde antes de formar parte de Toguilandia, cuando una era una estudiante o una opositora angustiada, cualquier cosa que pasara me parecía una casualidad que podía marcar mi vida. Si se me caía un tema al suelo pensaba que era una señal de que iba a caer en el examen, o si me llamaba la atención una matrícula con un número determinado, creía que el destino me estaba avisando de que sería ese número la nota que sacara.

No obstante, no nos lo creamos mucho. En aquella misma época alguien me regaló un búho de porcelana como amuleto para que me diera suerte en el examen. Pues bien, mi madre lo rompió en su primer día de estancia en mi escritorio, aunque, como yo estaba tan insoportablemente supersticiosa, me ocultó lo ocurrido y trató de evitar que me enterara a base de Loctite y una amorosa reconstrucción. Y es que entonces una se agarra a cualquier cosa, y si no, que se lo digan a quien me viera colocar mi San Pancracio con su perejil y todo en la mesa donde me examinaba, como ya conté en el estreno dedicado a aquel día D que tanta gracia le hace a un buen amigo mío.

Pero ¿por qué me ha dado hoy por hablar de las casualidades? Pues, como la ocasión la pintan calva, diré que nada es casualidad, que, ya que de cabelleras y calvas hablamos, me viene al pelo. Así que el otro día, cuando por el santo de Marina, prima mía que en su día fuera la primera médica forense de mi comunidad autónoma -lo siento, lo tenía que decir- le di su regalo, se encendió la bombilla. O más bien la encendió ella, que, con su inocente “esto irá a los tacones” me estaba pidiendo un estreno. Y aquí está.

El regalo era un libro, que lleva por título Noruega, aunque nada tiene que ver con el país nórdico, del que me habían hablado muy bien y que pensé que le gustaría. Aunque he de confesar que sobre todo pensé que me gustaría a mí, y me vendría fenomenal que me lo prestara, con promesa de devolución desde luego. Pero cuál no sería nuestra sorpresa cuando, al abrir su primera página, nos encontramos con el texto que ilustra este post. Teniendo en cuenta que ella se llama Marina y yo Susana, la cosa no deja de ser curiosa. Pero si tenemos en cuenta que ella se llama en realidad Marina Susana y yo Susana Marina, por una decisión pintoresca de nuestros respectivos padres, la cosa sube de nivel. Añadiré, para quienes no nos conozcan, que nuestros respectivos padres eran dos parejas de hermanos, o sea, dos hermanos casados con dos hermanas. Así que nuestros apellidos son los mismos. No es casualidad, pero casi. La casualidad en realidad tuvo lugar el día que mi padre decidió llevar a su hermano a la cita con su novia, que siempre iba acompañada por su hermana pequeña por expresa disposición de mi abuela. Buena era ella. Para acabar de redondear la casualidad, a Noruega es donde se va de Erasmus mi hija, ahijada de ella. Ahí queda eso

Si nos ponemos a pensar, casualidades hay muchas. Una de mis más bonitas casualidades toguitaconadas fue la primera con la que me encontré, aunque entonces aun no lo sabía. Cuando realicé mis prácticas como fiscal, lo hice bajo la tutoría de un gran fiscal, José María Gómez, ya desparecido. Su hija era, a su vez, mi amiga y compañera, de piso y de promoción, en la escuela judicial. No me podía imaginar que al correr de los tiempos acabaría compartiendo con él aquel mismo juzgado donde yo debuté y él hizo su último juicio, antes de jubilarse. Para rizar el rizo, más tarde tuve como juez a su hijo. Y es que el mundo es un pañuelo.

Otra de mis causalidades preferidas es algo que todavía me admira. Cuando empecé a formar parte del Colectivo Generación Bibliocafé el primer libro en el que participé, Sesión continua, consistía en una antología de relatos inspirados cada uno en una película. El texto debía ir acompañado de una breve explicación de las razones por las que habíamos escogido esa obra. Cuando me llegaron las galeradas para corregir leí, entre el asombro y la emoción, como el editor -Mauro Guillén hoy gran amigo- eligió El verdugo porque su padre le contó como Berlanga, del que fue amigo, se quedó impresionado por la expresión del joven abogado que asistió a la ejecución de la envenenadora de Valencia, la última mujer que sufrió el garrote vil. Acababa su explicación diciendo que su padre murió con la pena de no encontrar a aquel joven letrado, y que él seguía albergando ese deseo. Me quedé de pasta de boniato, porque yo siempre había escuchado a mi padre la historia de cómo presenció aquella ejecución en calidad de pasante del despacho donde estaba, algo que ya conté en el estreno dedicado a la justicia gratuita , donde anticipaba una segunda parte de aquella historia. Y hoy llegó el momento. Respondí al editor con mis correcciones y con un mensaje “Ya lo has encontrado. Era mi padre”. Y, como dicen los mejores finales de las películas, aquel fue el principio de una gran amistad. Supongo que nuestros respectivos progenitores lo celebrarían desde el Más allá.

Aun  hay otra preciosa casualidad relacionada con aquella historia Y es que en esa ejecución se juntaron no solo el abogado primerizo sino un fiscal joven al que, pese a sus convicciones, le tocó asistir. Ni imaginarse podían que con el correr del tiempo las hijas de ambos coincidirían como compañeras en la carrera fiscal, algo entonces impensable, y en su órgano representativo.

Todo esto no lo hubiera contado si la casualidad no hubiera querido que le regalara aquel libro a Marina. Y porque, como todo el mundo sabe, no me resisto a un reto. Por eso el aplauso, para hacer la cosa redonda, se lo dedicaré a ella. Y con ella, a mi padre y a nuestra familia. Sin ellos jamás hubiéramos llegado hasta aquí, ni ella ni yo.

Enfoque Lo que pudo ser


A veces hay que reescribir la historia para alcanzar a comprenderla. Otras, hay que ponerse las gafas correspondientes para saber ver lo que no se ve. Y siempre hay que recordar que la Historia ha sido siempre escrita por hombres. Tal vez si la hubieran escrito manos femeninas sería distinta. O no

Jugando con esta idea, hoy nuestro escenario un relato inspirado en la figura de Betsabé. En la imagen Betsabé en el baño, de Cornelisz van Haarlem

LO QUE PUDO SER

(Relato publicado en la antología VisibilizArte IV)

El tiempo se le venía encima. Tenía que entregar el reportaje y entre la enfermedad de su padre, los problemas en el colegio de su hijo y el infierno del trabajo, no le alcanzaban las horas.

Porque, de un tiempo a esta parte, el trabajo se había convertido en un verdadero infierno. El director no hacía más que seguirla, hacerle insinuaciones y buscar cualquier excusa para tropezarse con ella. De nada sirvió que ella le hubiera dicho bien claro que no quería nada. Más bien al contrario, parecía sentirse espoleado cada vez que le rechazaba o le hacía un desplante. Maldecía una y otra vez la fiesta de fin de año de la empresa, donde el alcohol le hizo bajar la guardia y ser un poco menos arisca con él de lo que tenía por costumbre. El, como siempre, interpretó eso como un sí y redobló sus esfuerzos para conquistarla, o lo que quiera que fuese aquel acoso y derribo al que la sometía en todo momento.

Lo peor era que aquello repercutía en su rendimiento. Era imposible trabajar con esa presión encima. Y más todavía cuando él aprovechaba cualquier circunstancia para ridiculizarla, para convertirle en la diana de su furia y de su ironía delante de todo el mundo. Ella sabía que lo hacía porque no accedía a sus deseos, pero lo bien cierto es que su trabajo era mucho peor que lo que había sido hasta entonces. Y no se podía arriesgar a un despido. De ninguna manera Por eso aguantaba carros y carretas.

Continuó tecleando su ordenador con la esperanza de que la inspiración llegara como un milagro, pero tenía el cerebro seco. Toda esa situación había actuado como un papel de lija en su talento, si es que alguna vez lo tuvo. Porque ahora ya dudaba de todo. La lija lo primero que atacó fue, sin duda, su autoestima.

Su marido, ajeno a todo, atendía a su sección desde dos despachos más allá del suyo. No tenía ni idea de lo que pasaba y ella no se lo podía contar. Se jugaban demasiado.

No obstante, sacó fuerzas de flaqueza y siguió con aquella historia sobre la que tenía que escribir, que, además, no le gustaba demasiado. Estaba segura de que le había encargado aquel reportaje para fastidiarla. Pero no podría con ella. Lo conseguiría. Como siempre había hecho

  • ¿Cómo va ese apasionante reportaje? -le preguntó con retintín- Lo quiero encima de mi mesa en media hora
  • ¿Media hora?
  • Bueno, media hora…salvo que quieras que pasemos un rato repasando los detalles y entonces tal vez pueda esperar a mañana

No le había oído entrar. Cuando escuchó su voz, dio un respingo. Sentía su aliento en su nuca. Pero no se conformó con eso. Le puso la mano en el hombro y metió sus dedos por dentro de blusa, tirando del tirante del sujetador mientras dibujaba con sus dedos círculos sobre su piel. Ella sintió náuseas y rabia al mismo tiempo. Le empujó y él cayó al suelo, al tiempo que le gritaba fuera de sí

  • Me lo pagarás. Te daré donde más te duela

Cuando llegó a casa, su marido lloraba con desesperación. No se había dado cuenta de que había abandonado la oficina antes que ella, y también ignoraba qué había pasado. Él tenía en su mano un documento que miraba con ojos de terror, un documento que le comunicaba su despido. Había sido escogido, fuera de todo pronóstico, como uno de los periodistas despedidos en el expediente de regulación de empleo que afectaba a su periódico. El director no había tardado ni cinco minutos en consumar su venganza. Sabía que sin el sueldo de él no podrían afrontar todos los pagos pendientes, incluida la residencia para su padre, el único lugar apto para él, que sufría una fase avanzada del mal de Alzheimer. Se sintió tan culpable que no pudo reprimir el llanto,

Miró su teléfono móvil. Un mensaje pendiente parpadeaba ante sus ojos

“Ahora que no está él en el despacho, te tendré para mí todos los días”

Maldito fuera. Maldito mil y una veces.

Cogió su ordenador portátil y se dispuso a terminar el reportaje. Solo faltaba que la despidieran a ella también.

De repente, le asaltó la inspiración. La daría la vuelta a aquel artículo sobre Betsabé, la que fue mujer del rey David, la que, según las crónicas, había motivado que aquel asesinara al esposo de ella y la hiciera suya. La criticada y condenada Betsabé mientras que el rey mantenía su fama y prestigio incólume a lo largo de siglos de historia.

“Betsabé amaba a su esposo. Estaba enamorada de él y no tenía intención alguna de abandonarlo. Pero David no estaba dispuesto a aceptar un no por respuesta y se deshizo del mayor de los obstáculos, su esposo. Le asesinó a sangre fría y la obligó a casarse con él. Nadie podía permitirse el lujo de desobedecer al rey, y una mujer menos que nadie. La historia convirtió en culpable a la que no era más que una víctima y en héroe a su verdugo”

Cuando firmó el trabajo con su nombre y apellidos, sintió una tranquilidad que hacía mucho que no sentía, a pesar de las facturas por pagar y de los problemas que se amontonaban. Ahora sabía que podría con ello.

Ella entregó el trabajo dentro del plazo que le habían fijado desde el principio. El reportaje fue recibido de un modo ambiguo por su director. Apenas pudo disimular su entusiasmo ante la calidad y el enfoque de aquel trabajo, pero no podía demostrarlo de ningún modo. Había fracasado. Lo que estaba destinado a que ella hiciera una chapuza que formaría parte de su venganza acabó siendo un éxito sin paliativos. Y la verdadera chapuza resultó ser la venganza.

No obstante, fingió sentirse encantado con el artículo y las críticas que suscitó, así como por el número de visitas registradas en la edición digital. Nadie podría saber dónde había sacado ella la inspiración para esa nueva visión del rey David.

Septenario: el tiempo vuela


                Hay algunos números que tiene un no se qué. El 7 es uno de ellos. Siete eran Los siete pecados capitales, que inspiraban el inquietante trhiller Seven, o Las siete plagas de Egipto que hemos visto en tantas películas como Sinuhé el egipcio. También era el Club de los Siete Secretos una de las sagas literarias de Enyd Blyton que marcaron a una generación. Y no podemos olvidarnos de Los siete magníficos o su predecesora asiática, Los siete samurais. Tanto es así, que hasta Jesucristo dijo que había que perdonar no siete, sino Setenta veces siete, frase que también dio título a una película. Muchos sietes en lontananza

                En nuestro teatro, tenemos acusados que vienen hasta siete veces o que tienen siete causas pendientes, o setenta veces siete. También hay gente tan inquieta que va por su séptimo destino, aunque no sea mi caso.  Pero hoy no hablaré de eso, sino de esta función que empecé a dar hace ahora siete años, con mi toga y mis tacones. Y la verdad es que parece que fue ayer.

                Han sido siete años en los que hemos dedicado estrenos a casi todos los personajes, principales y secundarios, de nuestro mundo, a los distintos escenarios donde se desarrolla, a las leyes, los delitos y a toda clase de sentimientos con los que bregamos a diario. Hemos contado anécdotas simpáticas y cuentos para reflexionar, que sé de buena tinta que han hecho reír y llorar según el caso. Gracias por formar parte del público de esta función que cada martes y cada viernes, sin faltar ninguno, llevamos compartiendo.

                Como siempre, aprovecho el cumpleaños de blog para repasar las cosas que han protagonizado sus páginas, y nuestras vidas durante este último año. Un año marcado, si duda alguna, por una palabra que casi nunca empelábamos antes, pandemia. No ha pasado día sin oír hablar de covid, pandemia, contagios, vacunas o secuelas. Y, lo que es peor, de muertes. Unas muertes que no han ignorado a Toguilandia, como conté en aquel estreno dedicado a una compañera fallecida , como homenaje a todas las personas que ya no están físicamente aquí. También quiero acordarme especialmente de María Jesús que, aunque no fuera por causa del covid, se nos fue en plena pandemia, dejándonos el corazón roto. O a Miguel Ángel, el LAJ que también nos dejó. Cuánto os echo de menos, amigos.

                Pero no todo ha sido triste. Esta nueva realidad nos ha obligado a conocernos, a desarrollar nuevas aptitudes y, sobre todo, a valorar lo que tenemos. La vida es demasiado hermosa para perder el tiempo lamentándonos, aunque que nadie se haga ilusiones. Seguiremos quejándonos de lo que haga falta, que en Toguilandia es mucho, por desgracia. Pero ahí estaremos, toguitaconenado siempre que haga falta.

                En este tiempo, también el blog ha crecido. Han emprendido el vuelo sus nuevas secciones, dedicadas a los artículos de prensa , a los microrrelatos, que cada semana aumentan con nuevas aportaciones, y a lo que he llamado “momentazos” . He de reconocer que soy tan afortunada que a veces no me da la vida para actualizarlos con episodios tan maravillosos como la entrega del premio de las Cortes Valencianas a las fiscalías de odio de mi comunidad autónoma, que tuve el honor de recoger. Como siempre digo, los premios, además de una gran alegría, son un estímulo para seguir adelante. Y en ello estamos, en esta materia de delitos de odio que tan de actualidad está, desafortunadamente.

                En estos siete años, además, he cimentado mi carrera como escritora. O como escribidora de libros, que es de lo que se trata. Mar de lija , mi primer libro en solitario, ya tuvo su reflejo en el blog y lo han tenido todos sus hermanos, hasta llegar a siete, con el de 101 valencianas frente a mi espejo . Otra vez el número siete rondando, aunque adelanto que no me voy a quedar ahí. No sé si llegaré al setenta veces siete, pero por falta de ganas e ideas no será.

                He de dar las gracias a todas mis compañeras y compañeros que han contribuido a este blog con sus anécdotas, sus aportaciones legales, sus imágenes y su ingenio. Sin vuestras aportaciones esto no sería posible. Y una agradecimiento especial una vez más a @madebycarol, mi ilustradora de cabecera y querida amiga que, una vez, me cede generosamente un dibujo para celebrar este cumple.

                Solo me queda, como siempre, el aplauso. Y hoy no puede ser otro que el que dedico a todas las personas que, en uno u otro momento, se han asomado a estas páginas. Especialmente, para quienes lo hacen con frecuencia. Sin vuestra asistencia, mi querido público, no habría función. O, como diría la Faraona, a ese público al que tanto quiero y al que tanto debo. Mil gracias una vez más

La venia: ¿costumbre o norma?


         Hay costumbres que se convierten en normas y normas que dan lugar costumbres. La vieja pregunta de qué es primero, el huevo o la gallina se repite a lo largo de la historia. Y del cine, por supuesto, que da vueltas al tema en cintas como Predestination. Y, por mucho que cambienn lo tiempos, la pregunta sigue vigente.

En nuestro teatro, como no podía ser de otro modo, también nos planteamos esta cuestión. De hecho, ya se hizo alguna referencia en el estreno dedicado a las fuentes del Derecho, pero hoy quiero hablar de algo que usamos a diario sin saber muy bien de dónde viene: la venia.

En Toguilandia, cualquier interrogatorio o intervención empieza con el susodicho “con la venia” o sus modalidades “con la venia de la Sala” “con la venia de Su Señoría” o sus ilustrísimas variantes- o con un cicatero “con venia” que a veces da la sensación de que se usa a desgana.

Pero ¿cuál es el origen de esto? ¿es una costumbre con valor de ley? ¿una costumbre válida como fuente de Derecho? ¿Un mero uso social? ¿o una obligación contenida en una norma?

No es fácil la rspuesta, desde luego. Ni el Ley Orgánica del Poder Judicial ni en el estatuto del Ministerio Fiscal se hacer referencia alguna a la necesidad de pedir la venia para tomar el uso de la palabra, y la única somera referencia es la del artículo 3 del Reglamento del Ministerio fiscal de 1969 –sí, 69, no me he equivocado al teclear ni me ha traicionado el subconsciente- que, en alusión a la vigilancia por el cumplimiento de las normas permite al fiscal tomar la palabra, aunque no esté en el uso de la misma, simplemente con pedir permiso, que siempre le será concedido. No obstante, no echemos las campanas al vuelo, que el mismo precepto nos insta a ser moderados en el uso de esa facultad. Como dice el refrán, poco dura la alegría en la casa del pobre.

La verdad es que es una lástima que algunos de los preceptos de este Reglamento tan vetusto hayan sido olvidados, aunque la mayoría hayan decaído por inconstitucionalidad sobrevenida, obviamente. Pero había cosas tan bonitas como la que recoge el artículo 119, a cuyo tenor el fiscal –era él porque no había “ellas”- esperaba tranquilamente en su despacho a que la sala, una vez constituida, le avisase para que acudiera a estrados. Recuerdo que en mi primer destino todavía lo hacían así, pero hoy recorremos pasillos hasta empezar como todo el mundo.

No obstante, lo de pedir la venia es una de las primeras cosas que le enseñan a una en cuanto se pone la toga. Y aún antes, que hay quien empieza a cantar los temas en el preparador y luego, en el examen, con un “con la venia” que a mí siempre me ha chirriado. Por más que en ese momento nos sintamos en el cadalso, no se trata de un juicio ni de un acto jurisdiccional, y bastaría con un sencillo “con permiso” o una indicación similar. O hasta con un saludo educado. Pero en Toguilandia todavía tenemos mucha afición a la prosopopeya.

Pedir la venia no es otra cosa que pedir permiso para hablar, aunque es un permiso matizado. Primero, porque nunca se niega. Y segundo porque tampoco nadie prevé que pueda hacerse cuando no esperamos un segundo a soltar nuestra perorata tras la consabida fórmula. Confieso que en mis primeros tiempos toguitaconados he fantaseado alguna vez con que no me dieran la venia, y hasta he tenido alguna pesadilla al respecto. Y no seria para menos.

La cuestión es que no hay norma que regule el uso de ese “con la venia” que decimos varias veces al día. Equivale, como decía, a pedir permiso, pero nada impediría –hay compañeros que así lo hacen- que se cambiara la fórmula por un “con permiso” y hasta un “cuando gusten”, por decir algo.

En cuanto al origen, pienso que se trata de que, como el juez o jueza, o quien preside el tribunal ostenta eso que pomposamente llamamos la “policía de las vistas” – o sea, la facultad de mantener el orden-, es quien debe dar el uso de la palabra. Algo así como los moderadores de las tertulias o de las mesas redondas en versión tribunalera. Por eso entiendo que no hace ninguna falta en los actos judiciales que no sean vistas, como una declaración de un investigado o una víctima en el juzgado de guardia o una comparecencia de prisión. En cualquier caso, hay que reconocer que es muy cansino que cada vez que intervenimos en un juicio empecemos con el dichoso sonsonete. Y ojo, que yo lo hago, porque me sale casi instantáneo

Pero, claro, al ser algo tan pomposo como otra de las muchas cosas que hacemos, también da pie a anécdotas jugosas. Algunas vienen de parte del justiciable, que no se resigna a no emplear esa palabrita que usan los señores y señoras del batín negro. Recuerdo un caso de un testigo que, tras referirse a la jueza como “la señora venia”, lo remató aludiendo al fiscal como “el señor venio”. Tal como suena, como si fuera una madre enfadada diciendo “ni pera ni pero” Y es que, como me comenta una compañera, no es extraño que los testigos quieran quedar de lo más bien e imiten nuestras formas. Y. aunque resulte chocante, tampoco es para echarse las manos a la cabeza. Mejor que pidan permiso para hablar que interrumpan a toda hora sin permiso.

Aunque, para anécdotas, las dos que me aporta un compañero, de lo más jugosas. La primera de ellas, la del testigo que, preguntado por su nombre, dijo “con su boina, me llamo..”. La jueza le interrumpió para explicarle que sería con su venia, a lo que el interfecto asintió con una “claro, con su vania”. Ni que decir tiene que Su Señoría le pidió que le apeara en tratamiento y fuera al grano.

La segunda, protagonizada por un presidente de Audiencia, es insuperable. Solicitada la venia por un letrado caracterizado por su incontinencia verbal, le respondió muy ufano “Tiene mi venia, pero para ser breve, si se excede en el uso de la palabra, se la retiro”. Y tan fresco

No me olvido que hay otra modalidad, la venia que se concede entre miembros de la abogacía para pasar el conocimiento de un asunto de unas a otras manos. Pero de esa ya hablaremos en otro momento.

Así que solo queda el aplauso. Y este, con la venia de Sus Señorías, se lo daré a todas las personas que me leen. Mil gracias. Sin olvidar esa ovación extra para los compañeros y compañeros que han aportado su sapiencia y su experiencia a este estreno, y el que ha aportado la deliciosa imagen, confeccionada con sus propias manos y cedida solo con comentar lo que me gustaba. Gracias también a tí, Julio.

Magia: todo es posible


                La magia, sea en sentido figurado o en su acepción literal, da mucho juego en el mundo del arte. Unas palabras mágicas, como Abrete Sésamo, dan título a una de las series infantiles más celebradas y exitosas, y la vida de un mago infantil, Harry Potter, dio lugar a una de las sagas de películas , y antes de libros, más conocidos. Y es que eso de que ahora me ves, Ahora no me ves tiene su aquel. Como lo tenía, sin duda, la vida de El mago por antonomasia, El gran Houdini, o Houdini, según las versiones. Y es que nada como El truco final.

                En nuestro teatro, la magia existe, aunque a veces no lo creamos. Cada día nos enfrentamos a situaciones a uno u otro lado de estrados que son dignas del mejor truco de prestidigitación. Y cada año, sin faltar ninguno, pido a los Reyes Magos dos cosas que jamás deberían faltar en el kit de una buena maga: la varita mágica -o varita de virtud, como la llama mi madre- y la bola de cristal. Y no hay manera.

                ¿Qué juez o fiscal no daría lo que fuera para tener la certeza de que determinada situación es de peligro para una víctima para decretar una prisión o dictar una orden  de protección? ¿Quién en Toguilandia no ha deseado alguna vez tener esa varita que todo lo solucionaría?

                Pero mientras seguimos esperando a ver si algún año los Reyes nos hacen caso, quería repasar algunos casos en que la magia existe. O alguien quiere hacérnoslo creer.

                La primera vez que me planteé semejante cosa fue cuando estaba en mis prácticas como fiscal, allá por el Pleistoceno. La juez con la que estaba haciendo aquella mi primera guardia recibía con paciencia un detenido tras otro por robar radiocasstes de coche, que hoy son casi una pieza de museo, pero entonces eran un botín muy preciado. Pues bien, aquellos angelitos repetían uno tras otro que se habían encontrado el aparato en el contenedor hasta que Su Señoría, a punto de explotar, le dijo a uno de ellos que tenían mucha suerte, que ella miraba cada día en el contenedor y jamás había visto un radio cassette. Yo casi me muero de risa con aquella ocurrencia, pero la respuesta del detenido no se quedó atrás. “Magia, mi Señoría, magia”. Obviamente, lo que era verdaderamente prodigioso era la caradura de aquel tipo, que además no dejaba de tener gracia. Y mucha

                Hoy en día este tipo de delincuentes han pasado al museo de la memoria tanto como los radiocassetes que robaban. Pero la magia no deja de aparecer a nuestro lado, como decía la canción de Alex y Christina- ¿Cómo, si no, se explicarían todos esos premios de lotería que tantas veces tocan a algunos visitantes de Toguilandia y que sirven para volver blanco blanquísimo el dinero negro negrísimo? Magia, de toda la vida. Seguro

                Y, en una versión más naif, algo que he visto casi desde el primer día que me puse la toga y que todavía me alucina que siga existiendo, el timo de las cartas nigerianas, aunque sea en su versión renovada, que no es ni más ni menos que ilusionar a alguien con la promesa de una fortuna –magia potagia– que, después de haberse adelantado dinero por el incauto para cobrarla desaparece, como al grito de abracadabra. También sigue habiendo gente que se deja engañar por los trileros y sus trucos de magia. Y es que el género humano es así.

                Pero tal vez una de las cosas más curiosas era otra estafa que vi en ocasiones parecida al timo de la estampita de La tonta del bote de Lina Morgan. Convencían a la víctima para pagar un dinero por unos supuestos billetes negros que, debidamente lavados, se convertirían, por arte de birlibirloque, en dinero contante y sonante. Pero el gran truco consistía, como no podía ser de otra manera, en que aquellos papeles negros no eran otra cosa que papeles negros, por más líquidos blanqueantes que uno les pusiera. Y, como en la mayor parte de los timos, acaban con la paradoja del timador timado.

                La magia también existe al otro lado de estrados. ¿O acaso no hemos dicho más de una vez que en algún caso se nos ha aparecido la Virgen, versión piadosa de la magia de toda la vida?. Un juicio que temíamos y que de pronto se suspende, una guardia donde no pasa nada o un recurso ganado cuando no lo esperábamos pueden ser cosa de magia, o de suerte. Aunque, como dice el refrán, a la suerte haya que ayudarla un poco.

Y no podemos olvidar la magia con que más de una vez nos sorprende el legislador, sacándose de la manga una reforma que, muchas veces, hemos de implementar con unos medios que no tenemos. Esa sí es magia de la buena, y lo demás son cuentos

                No obstante, la magia que a mi más me gusta es de otro tipo. Es la magia que se siente en el aire cuando una víctima sale del juzgado satisfecha y sintiéndose protegida, cuando te da las gracias por tu trabajo o cuando, como me sucedió una vez, me pide una abrazo en la cola del súper después de reconocerme. Esa es la verdadera magia de las togas que nos da fuerza para seguir cada día adelante, pese a todo-

                Por eso el aplauso de hoy no podría ser para otras personas que para quienes, con su imaginaria varita, hacen esa magia. Gracias por seguir haciéndolo a diario

Papel de oficio: Proust vive


                El tipo de papel en que se escriben las obras tiene su importancia. Desde la piedra en que se escribieron las primeras palabras de las que tenemos constancia hasta el actual mundo virtual que en muchos casos no usa ningún soporte físico, ha corrido mucho. El pergamino era lo normal en aquel Biblioteca de Alejandría de los tiempos de Hipatia, pero hoy pocas cosas quedan el papel, ni siquiera La carta. Y es que el progreso es lo que tiene.

                En nuestro teatro el papel sigue vivo, y bien vivo, por más que nos quisieran vender aquello del Papel 0 y, según los sitios, la digitalización esté más o menos avanzada. Pero seguimos necesitando los posits, las grapas, el cordel para coser los autos y hasta los dedales de goma para pasar las hojas. Ya dedicamos hace poco un estreno a nuestro particular parque jurásico donde comentábamos todas estas cosas. Y lo malo es que podríamos dedicarle varios más.

                Pero hoy quería hablar de algo que, si no ha desaparecido, va camino de hacerlo. Y, llamadme nostálgica, pero me da cierta penita, sentimental que es una. Hablo, ni más ni menos, que del papel de oficio.

                Cuando yo llegué a Toguilandia, esos tiempos donde la máquina de escribir era la reina del mambo y donde los ordenadores eran un artefacto del demonio que tenían en la NASA y poco más, el papel de oficio era absolutamente imprescindible. No podía salir un informe de fiscalía o de los juzgados si no era escrito en aquellos folios gruesos, satinados, y con marca de agua que, además, llevaban el escudo de la administración de Justicia impreso al margen. Cuando era pequeña y mi padre traía a casa algo escrito en aquellos folios, me acuerdo que me encantaba mirarlos al trasluz y ver “el dibujito”, eso que ahora sé que era la marca de agua. También sé ahora que “el dibujito” era siempre el mismo, pero entonces los miraba siempre con la esperanza de que me tocara uno distinto, como los cromos de las chocolatinas. Y es que imaginación nunca me ha faltado.

                No obstante, lo mejor que recuerdo del papel de oficio era algo que contaba un funcionario . La cuestión era que el papel de oficio, cuyo coste era bastante elevado, además, por el grabado y la alta calidad del papel, en algunos sitios desparecía de manera insólita. Cuando el fiscal jefe de aquel funcionario les dijo que no sabía que pasaba, que parecía que se comían el papel, él y otros compañeros se pusieron rojos como un tomate y empezaron a mirar al suelo, comenzando un silencio tenso que solo se rompió cuando uno de ellos dijo:-

-Comérnoslo,, no. Pero es que mi mujer dice que es el mejor papel para hacer magdalenas, y lo mismo dicen todas las que lo han probado.

Ignoro cómo sería la bronca que, a buen seguro, se vio obligado a echarles el jefe en cuestión.  La historia que me contaba aquel funcionario terminaba siempre con una bandeja de magdalenas hechas por su mujer, que, no sé si con aquel papel o no, estaban para chuparse los dedos. Supe el otro día que aquel funcionario, de nombre Marcial, que me contó la historia, ya jubilado pero que nunca faltaba a felicitar las Navidades con sus formas exquisitas y su imborrable sonrisa, había fallecido, y quise hacerle este pequeño recuerdo. Espero que desde donde esté le guste leerlo.

Con el tiempo aquel papel de oficio fue perdiendo calidad -y encanto- para convertirse en folios comunes y corrientes que llevaban impreso en blanco y negro el escudo. Y más tarde, ni eso. Es el propio ordenador el que, con el programa correspondiente, imprime ya con el escudo en su sitio. Aunque, según decían, el papel ya no debería existir, ni de oficio ni de otra clase. Pero juro que mi impresora sigue funcionando sin parar cada día. Y eso por no hablar de su prima la fotocopiadora o el fax, por increíble que resulte a mucha gente.

Para acabar, me acuerdo de otra anécdota que me contaron relacionada con esto. Sucedía hace mucho tiempo, cuando, al fin de una declaración, el juez montó en cólera porque no se había escrito en papel de oficio. Cuando el declarante oyó que la declaración no valía por esa razón, sacó una hoja de papel de estraza y se la ofreció a Su Señoría, diciéndole que podía usar el papel de su oficio, que era el de charcutero. Ignoro cómo acabaría la declaración, y si el interfecto acabaría trayendo una ristra de chorizos como las magdalenas de mi funcionario´. Ni siquiera sé si es una historia verdadera o una leyenda urbana, pero ahí lo dejo. Si no es verdad podría serlo. porque en Toguilandia más que en ningún otro lugar del mundo, la realidad siempre supera a la ficción.

Y hasta aquí, el estreno de hoy. Que no se diga que solo es Proust quien saca partido a las magdalenas para sus historias. El aplauso, es, sin duda, para Marcial, aquel funcionario que se fue y a quien le teníamos tanto cariño, y, con él para todas las funcionarias y funcionarios con los que trabajamos a diario y sin cuyo trabajo no habría función.

Autoría: participación criminal


                A primera vista, si pensamos en la autoría de algo, lo primero que se le viene a una a la cabeza es un sentimiento de orgullo, de ser padre o madre de una criatura, especialmente si se trata de una obra de arte o de una creación que aspira a serlo. Pero se puede ser autor o autora de muchas cosas, y no todas son para enorgullecerse, ni mucho menos. Cuando alguien dice Yo confieso, como en la película, ya se ve venir que no se trata de una obra de caridad. Y si un grupo de personas se autoproclaman Compinches, seguro que algo están tramando. Tiempo al tiempo.

                En nuestro teatro, la autoría es fundamental. Es lo primero que tenemos que saber para atribuirle a alguien un hecho por el que creamos que deba ser condenado. Y no solo en Derecho Penal, sino que en cualquier rama del Derecho hay que contar con un sujeto sobre que el que recae la consecuencia jurídica. Tan fácil como lo que nos enseñaban en la clase de gramática del colegio: no hay frase sin sujeto, aunque sea elíptico. Y hay que ver esas elipsis la guerra que nos dan

                El tema de la autoría es uno de los primeros que se estudia en Derecho Penal. Y aquí funcionamos al revés de la lógica. Algo que parece tan claro a primera vista empieza a complicarse según se van sabiendo más cosas. Por eso, esa frase que es la primera en que alguien piensa cuando le hablan del autor, como “el que comete los hechos” empieza a tener matices y bucles y acaba por tener más tirabuzones que la cabecita de Shirley Temple en sus mejores tiempos.

                Autor es, desde luego, el que realiza el hecho. Eso dice el Código Penal y el sentido común. Y la verdad es que en la inmensa mayoría de los casos la cosa no tiene más complicaciones. Es autor el que roba, el que mata, el que pega a su mujer, el que conduce un coche borracho, el que viola o el que comete cualquier otro hecho. Obsérvese que si me refiero a “el que” y no a quien, como suelo, para abarcar a hombres y mujeres, es porque así lo hace todavía nuestro Código, que toma lo del masculino genérico tan a rajatabla que un delito que se comete generalmente contra mujeres, como la mutilación genital, se formula como “el que mutilare a otro”

                Pero, lenguaje no inclusivo aparte, y uso del futuro de subjuntivo -matare- que es ya casi para lo único que se utiliza, la cuestión es que esa es la regla general, pero lo más complicado viene con las excepciones. La primera que hay que resaltar es la que hace referencia a la coautoría. Un hecho puede tener varios autores, de los que se presume que tienen una participación igual de trascendente porque en otro caso serían cómplices. Y eso es lo que nos discuten en juicio muchas veces. Está claro que si dos tipos roban un banco, y uno es quien encañona a los empleados y el otro quien recoge el dinero, ambos son culpables. Pero puede intervenir un tercero, que los espera en la puerta para que huyan, y aquí pueden plantearse dudas. La jurisprudencia entiende que es tan autor como los otros, pero su defensa siempre puede intentar convencer al tribunal de que no sabía qué habían hecho, o la gravedad de sus actos. Y, aunque generalmente no cuela, es un buen intento.

                En otros casos, la coautoría es más discutida o discutible. Recordemos, sin ir más lejos, las agresiones sexuales en las tristemente famosas “manadas” donde ha habido un giro jurisprudencial que ha acabado estableciendo que en cada agresión es autor no solo el que materialmente comete el acto sexual, sino también quienes contribuyen con su colaboración de cualquier tipo, incluso pasiva.

                Otro tipo de autor directo mucho menos frecuente es el inductor. O inductora, claro, con el permiso del Código. Más que nada, porque ha de probarse que su acción fue la que determinó al autor material a cometer el delito y que éste lo hizo por esa causa. Aunque hay otros casos, el más llamativo es el de los crímenes cometidos por sicarios. Que, aunque suenen muy peliculero, son muy poco frecuentes. Yo solo me encontrado con uno en mi más de un cuarto de siglo de carrera profesional y tengo muchos compañeros que jamás llevaron ninguno. En mi caso, están condenados sicarios e inductor, por cierto. Que no se diga.

                Una de las figuras más resbaladizas es la del cooperador necesario. Según nuestro Código, responde como el autor porque contribuye con un acto sin el cual el hecho no podría ejecutarse. Sería el caso al que me he referido, de quienes emplean la intimidación para que otro sea el que tenga la relación sexual con la víctima intimidada. Pero no siempre es fácil diferenciarlos de los cómplices, que contribuyen simultáneamente a la acción con un acto no esencial, como proporcionarle los medios para que cometan el delito, por ejemplo, el disfraz. Seguro que más de uno está pensando en La casa de papel y su característica indumentaria.

                Junto a los cómplices hay otro modo de participación, que se diferencia por el momento en que se interviene, la de los encubridores. Nuestro Código ya no lo considera, como el anterior, como una forma de participación sino como un delito autónomo que, si es con ánimo de lucro, se puede convierte en delito de receptación, que consiste, como sabemos, en sacar provecho de los efectos robados. Eso sí, el autor del robo nunca comete receptación, porque para él es un acto de aprovechamiento impune, lo que llamamos fase de agotamiento de delito. Pero a veces es el único modo de enganchar a los autores cuya acción no puede probarse. El resto de encubridores son los que esconden al delincuente o los efectos del delito. Participar en el crimen no puede salir gratis o, como decían en las series de mi infancia, el criminal nunca gana. Aunque no siempre sea cierto.

                Por último, la cosa se complica cuando se meten por medio las sociedades y personas jurídicas. Al principio clásico de personalidad de la pena le han salido muchas aristas por la realidad actual, especialmente en los delitos económicos y societarios. En pincelada gruesa, podemos afirmar que hoy en día las personas jurídicas pueden delinquir y que, pueden+, además ostentar una posición difícilmente comprensible para un lego en Derecho -y para algunos no legos-: la de partícipe a título lucrativo. En cualquier caso, no olvidemos que detrás de las sociedades siempre hay personas. La mano que mece la cuna, ya se sabe

                Y hasta que estas pequeñas pinceladas sobre la autoría en Toguilandia. El aplauso se lo daré a quienes cada día han de bregar con estos autores y sus pintorescas excusas. Confieso que, después de tantos años, hay algunos y algunas que todavía me sorprenden. Y, por supuesto, uno extra a mis compinches. Ya saben…

Bares: estrados paralelos


                Los bares y en general, los locales de ocio, son tan importantes en el mundo del arte que son el lugar donde se fraguan muchos encuentros y hasta se firman muchos de los contratos que ha dado lugar a las mejores obras maestras o los más sonados fracasos. A veces, incluso, son los propios protagonistas de ellas, como el Bar Coyote, el Moulin Rouge o, sin apellidos, el Cabaret.

                Nuestro teatro no podía ser una excepción. No hay más que echar un vistazo a las inmediaciones de juzgados, fiscalías, Tribunales Superiores de Justicia y Ciudades de la Justicia varias para apercibirse de que, a su alrededor, surgen como champiñones bares, cafeterías y locales varios que además en muchos casos tienen nombres tan jurídicos como “La venia” “Justicia” ”Tribunales” “La balanza” o similares. O, aunque se llamen de otro modo, acaban siendo “el bar del juzgado” o el de al lado del juzgado.

                Seguro que a mucha gente de la que hoy habitamos Toguilandia le suena el nombre de “Riofrío”. En ese bar, cercano a la plaza de las Salesas de Madrid, sede de nuestros exámenes de oposición, hemos pasado horas de angustia esperando que llegara el momento del examen, o que saliera la nota. Y también hemos vivido momentos de celebración cuando, una vez conocida, el resultado era el deseado. Confieso que a mí me ha seguido produciendo escalofríos cada vez que volvía a ver su rótulo, al recordar aquellos momentos. La misma sensación que describe una de mis amigas, que dice que hoy, después de treinta años de aquel día, con solo ver las recargadas puertas del Tribunal Supremo con sus barrocos dibujos dorados sobre fondo verde, le entra dolor de estómago, Y eso que ahí aprobó no una sino dos oposiciones, que si no, no sé lo que le causaría.

                Hay en lugares, sobre todo en sitios pequeños, donde todavía pervive la costumbre del almuerzo, y todos los intérpretes de nuestra función acudían al mismo bar, tuvieran el papel que tuvieran en los juicios a celebrar ese día. En uno de los juzgados que servía en mi primer destino, se paraba religiosamente a las 12 de la mañana, como si del Angelus se tratara, y nos trasladábamos a un bar donde había preparada una mesa larga que ni la de un banquete de boda. Mi humilde café, lo que suelo pedir en ese trance, hacía el ridículo ante tanto dispendio. Pero era la costumbre, y quién es una pobre fiscalita para romperla. así que si hay que almorzar se almuerza. Y juro que allí se sentaban jueces fiscales, abogados de defensa y acusación sin que nadie se planteara siquiera que eso pudiera afectar a la imparcialidad, Y no lo hace, desde luego, aunque haya quien pretenda cuestionarlo.

                En otro de mis destinos, la costumbre era otra, y todavía la añoro. El día antes de los juicios, llegaba un fax a fiscalía donde el LAJ -entonces secretario judicial- remitía a fiscalía una nota muy simpática sobre a quién le tocaba pagar el almuerzo, que llevábamos el aludido o aludida desde casa. El nivel se puso tan alto que lo que empezó con unas ensaimadas y un café acabo siendo un almuerzo pantagruélico en toda regla, para el que acabábamos compitiendo sobre quién traía unas viandas además de ricas, originales. Recuerdo haberme recorrido varias panaderías para encontrarlas, aunque luego me despachaba con un “bah, he traído cualquier cosa”. Aquel invento se debía a un LAJ muy especial, Miguel Ángel, que ya no está con nosotros y cuya ausencia sigue doliendo

                Pero si por algo se caracterizan los bares que rodean a los juzgados es por lo que podrían contar sus paredes, si hablaran. Entre las paredes -hoy, más bien terrazas- de esos locales se han cerrado acuerdos, se han fraguado conformidades y hasta han nacido enemistades eternas. A veces, hasta pienso que a algún camarero le podrían convalidar un par de cursos de Derecho por lo que ven y escuchan.

                Otra de las características de estos lugares son los encuentros inesperados y hasta incómodos. De un lado del banquillo, he tenido ocasión de ver en varias ocasiones, delitos de quebrantamiento de condena o de medida cautelar porque el afectado por la medida de alejamiento se ha acercado a quien no debía y hasta la ha abordado en el bar de juzgados. Incluso en un caso tuvo que venir su abogado de testigo.. Y otro, donde el lugar donde no debía acercarse era la propia Ciudad de la Justicia, lo cual incluía los bares de la contronada

                Y lo más incómodo viene del otro lado. Esas veces en que, acabado un juicio especialmente peliagudo, una se va al bar en busca de un cafelito reparador y se encuentra al ladito al letrado con quine ha tenido mayúscula bronca o, lo que es pero, el tipo para el que acabo de pedir una condena de narices. Y hasta a miembros del jurado que se está juzgando, que se quedan mirando sin saber que hacer.

                Aunque una de las cosas que más fastidian es la aparición de esa persona inoportuna que te aborda en tu tiempo de descanso y pretende que le informes o le soluciones la vida, o, en su caso, el pleito. Para estos casos siempre me acuerdo de la anécdota que cuenta una prima mía médica que, cuando alguien en la calle le pregunta sobre una enfermedad le responde pidiéndole que se desnude. Cuando le dicen, con asombro, que no van a desnudarse en la calle, ella responde con la mayor tranquilidad que es en la calle donde le han pedido el diagnóstico. Co toda la razón

                En este punto, me quiero acordar de mis amigas y amigos de la abogacía, que, además, tienen que aguantar que esa consulta, además de inoportuna, pretenda ser gratuita. Como si no tuvieran por costumbre comer y pagara sus facturas.

                Y con esto se cierra el telón por hoy. El aplauso es esta vez para esos profesionales de la hostelería a los que tanto les ha afectado esta pandemia y que tanto hemos echado de menos. Ojala nunca volvamos a añorarlos

Sensibilidad: el fiscal que lloró


Las lágrimas no son patrimonio de unos pocos, ni mucho menos. Hace tiempo, al principio de la llegada de los culebrones a nuestra televisión, había una cuya título dejó huella: Los ricos también lloran. Hoy parafraseo ese título para recordar que las togas, aunque a veces pueda parecerlo, no nos insensibilizan para las cosas que llegamos a ver, aunque sirvan de escudo.

Hoy traigo a nuestro escenario un relato que escribí hace tiempo, y que está recogido en mi antología de relatos Remos de plomo

EL FISCAL QUE LLORÓ

            Los hombres no lloran. Se lo habían dicho una y mil veces, y se lo había creído. Los hombres no lloraban, y cuando eran fiscales, todavía menos. Su deber era acusar de un modo implacable, ponerse la muesca imaginaria en la toga, y seguir adelante como si tal cosa.  Como si fueran el mismísimo John Wayne en el Salvaje Oeste.

            Su mentor decía esto siempre con una sonrisa algo torcida, no sabía muy bien si por costumbre o forzada por la apoplejía que sufrió tiempo atrás. El fue quien le enseñó todo lo que sabía de Derecho y de la Carrera Fiscal, incluídas las triquiñuelas para tratar de sacarse de delante todo el trabajo posible con el mínimo esfuerzo. Y se lo agradecia, desde luego. Pero cuando ya tuvo su propia toga, empezó a sentir como se despegaba de él hasta que quedó muy poco de la admiración que le profesaba cuando empezó a prepararse las oposiciones.

            Recordaba lo que sentía cuando empezó. Le veneraba. Le parecía un milagro que a un chico de pueblo como él, sin blasones ni tradición jurídica en su familia y sin un colchón económico abultado, le hubiera admitido entre su escogido ramillete de pupilos.

– Menuda suerte que has tenido. No coge a cualquiera, no creas. No sé cómo te ha cogido a ti.

En efecto. Sus compañeros le hicieron sentir como la excepción que confirmaba la regla. El también ignoraba por qué aquel señor tan empingorotado le había aceptado entre sus no menos empingoratados alumnos, la mayoría de cuyos apellidos no cabían en una sola línea. Sus simples “Martínez Gómez” y su condición de hijo del tendero de un pequeño pueblo del interior no eran un buen aval. Pero suponía que el hecho de que su pueblo fuera el lugar de veraneo del aquel prohombre y que su padre, el mejor jugador de dominó de la contornada, aceptara ser la pareja de él en las partidas del casino, tuvo algo que ver.  A veces imaginaba que hasta su preparación fue fruto de una apuesta, y le debía la carrera a un seis doble oportuno.

Cuando se mudó a la ciudad para empezar a preparar las oposiciones, sus padres le colmaron de consejos. Que se portara bien, que aprovechara el tiempo, que hiciera caso a todo lo que dijera el preparador y que fuera formal. Y su madre, como siempre, que se alimentara bien y tuviera cuidado de no coger frío.

Su padre, en un aparte mientras la madre preparaba las fiambreras con que le pensaba llenar una maleta, le guiñó un ojo y le dio unos cuantos consejos extra de cómo comportarse “como un hombre”. Hasta le dejó caer que el que iba a ser su preparador tenía querencia por ciertos locales de alterne y que no pasaría nada si le acompañaba si le invitaba a ello. Que eso sería un honor, y ni se le ocurriera hacerle el feo. Y le metió unos billetes de más en el bolsillo “para esos menesteres”. Para eso siempre había dinero, aunque tuviera que dormir en una pensión de mala muerte porque había que ahorrar. Prioridades.

Tampoco olvidó decirle algo que repetía con frecuencia, algo que le tenía harto.

-Y por Dios, deja de lado tus ñoñerías y todas esas cosas de arte que te gustan tanto. No seas tan “sensible”, que con eso no vas a ningún sitio.

Qué cansado le tenía. Decía lo de ser “sensible” con retintín, como si fuera algo terrible. Y él sabía perfectamente a qué se refería. Su padre estaba convencido de que era homosexual y eso no lo podría aguantar de ninguna manera. Menuda deshonra para él.

La cuestión es que a él le gustaban las mujeres, aunque en algún momento llegó a dudarlo. Era curioso, pero la obsesión paterna producía en el hijo exactamente el efecto contrario al pretendido. Como le gustaba leer, escribir, ir a exposiciones, al teatro o al ballet, estaba estigmatizado. Y, como cuando la única vez que se atrevió a hablar de eso, dijo que los hombres deberían compartir con las mujeres el trabajo de la casa, le puso la cruz. Las mujeres estaban para servir a los hombres y que ni se le volviera a ocurrir levantarse a quitar un plato de la mesa, que para eso estaban su madre y su hermana. Acabáramos.

Así que creció con la duda de si era homosexual por el solo hecho de que no le gustaban las mismas cosas que a él. Sus propias hormonas empezaron a despejar esas dudas. Simplemente, era raro. Y decidió guardarse sus opiniones y sus gustos para sí mismo. Que él pensara lo que quisiera.

Tal vez por eso su vocación se acrecentó mucho. Tenía tantas ganas de ser fiscal –o juez, aunque menos- como de librarse de la convivencia con su padre en aquel pueblo pequeño y asfixiante. Así que se fue a la ciudad con sus maletas, sus fiambreras y su mente abierta a todo.

El preparador se empeñó en suplir al padre a su modo. Era como una versión sofisticada de él. Sus mismas manías, su misma obsesión por las cosas “de hombres” y por compartir con sus alumnos chistes y ocurrenccias que a él no le hacían niguna gracia. Sus compañeros –por llamarlos de algún modo- seguían la corriente al mentor y se mostraban encantados, pero nunca olvidaban mirarle a él por encima del hombro. El no era como ellos y se lo recordaban a cada rato.

La verdad es que le hicieron un gran favor. No iba a sus cenas, ni a sus encuentros, y dedicaba todo el tiempo a estudiar. No sabía si era mucho más brillante que ellos, pero su dedicación y constancia hacían que lo pareciese. Y eso tampoco lo perdonaban.

Un buen día llegó el momento que su padre anticipaba y para el que le dio un dinerillo extra que él había guardado para gastar en el cine o en alguna obra de teatro que le gustara. Aquel día cantó el tema que le preguntó especialmente bien. Las servidumbres legales eran complicadas y las había clavado.

-Muchacho, te has ganado un premio. Llevas muchos días haciendo méritos, así que prepárate que este viernes, al acabar de clase, nos vamos de juerga.

Cuando vio cómo le guiñaba el ojo con su gesto torcido y el regusto baboso que se desprendía del modo de decirlo, no tuvo dudas. Cuando iba a poner la excusa más fácil, le cortó el camino

-Y no te preocupes, los gastos corren de mi cuenta.

Consumada la encerrona, no tuvo valor para negarse. Solo tenía una posibilidad, y tiró de ella. Al viernes siguiente, dio la lección del modo más catastrófico posible. Equivocó de forma deliberada el número de los artículos del Código, titubeó repetidas veces, cambió los epígrafes de orden y, como colofón, dijo que no se acordaba del final. Aspiraba a haber perdido su premio y poder irse a la pensión tranquilo, aunque fingiera una contrariedad enorme por quedarse sin la noche de juerga.

-Ay, muchacho. Te entiendo –otra vez me guiñó el ojo torcido-. Estás tan nervioso con lo de esta noche que no das pie con bola. ¿Eh?

Nada que hacer. La estratagema no dio resultado y su cobardía le llevó derechito a un sitio al que juró no volver jamás. Farolillos rojos, camareras escasas de ropa ofreciendo mucho más que bebidas aguadas, y toda la parafernalia que había visto en las películas. Se pidió un whisky, lo bebió de un trago y sonrió a la mujer que se lo servía con la esperanza de que ahí quedara la cosa. Pero su gozo en un pozo. El preparador le instó a que le siguiera y, sin comerlo ni beberlo, se encontró a solas en una habitación con una mujer desvestida de lencería barata y con los labios del rojo más chillón que jamás hubiera visto.

Con una mueca que pretendía ser una sonrisa provocativa, le preguntó qué le gustaba hacer. Y le dijo que tenía crédito suficiente para lo que quisiera. Para cualquier cosa, insistió. Se llamaba Marlene y estaba a su servicio. Y al decirlo, notó a la perfección cómo su alma contradecía lo que salía de sus labios. Siempre pensó que una situación así le causaría asco, pero solo le dio pena.. Mientras dudaba entre dejar hacer a Marlene para que se ganara su jornal o proponerle otra cosa, ella ya se había desnudado, dejando al descubierto unos pechos blancos cuajados de cardenales de distintos tonos y una cicatriz junto al ombligo.

-Marlene, si no le importa, a mí lo que me apetece es hablar

-Pero a mí no me pagan por hablar

-Fingiremos que no hemos estado hablando, sino haciendo…eso por lo que te pagan

-Como usted guste, señorito. Pero no se lo diga a nadie.

Se lo prometió. Casi más por él que por ella. Confiaba en haber superado su “bautismo” y que no le volvieran a llevar a semjante sitio. Ni a otro parecido.

El preparador debió darle el parte oportuno al anhelante padre. Su cachorro había pasado la prueba con buena nota. Podía dormir tranquilo, era un machote. La cara de satisfacción de Marlene, a quien él conocía de sobra, daba fe de ello. Qué confundidos y ciegos podían llegar a estar.

Después de aquello, ni sus compañeros ni su maestro volvieron a molestarle. Aquéllos hacían una vida y él otra. Solo coincidían cada martes y cada viernes ante el despacho de madera maciza y cuero verde del preparador. Y la verdad es que allí más bien le rehuían. Las comparaciones siempre son odiosas, y en cuanto al nivel de conocimientos, él les ganaba por goleada.

En cuanto al preparador, continuó con la actitud paternalista sobre él, pero solo en la vertiente profesional. De vez en cuando, algún chiste picante, que él soportaba como podía, y poco más fuera de Códigos, leyes, artículos y reglamentos. El hombre no era tonto y sabía que aquel muchacho llegaría lejos, a pesar de ser un tanto paleto. Pero se adaptaba bien y seguro que se puliría con el tiempo. Y el éxito del alumno sería tambien el éxito del maestro.

Poco más de dos años después del día que desembarcó en la ciudad con su maleta llena de fiambreras, llegó el momento. El examen estaba convocado y él, por mor del azar, sería de los primeros en hacer la prueba. Y tanto él como su preparador sabían que estaba listo. La suerte haría el resto. La suerte, y la carta de recomendación que mandaría a los miembros del Tribunal de oposición, por si las moscas. No fuera que sus apellidos y su acento pueblerino hicieran que lo miraran con malos ojos. El muchacho se encargaría del resto. Recitaba los temas de un modo y con una precisión que dejaban poco espacio a las dudas.

Aprobó sin problemas el primer examen. Y luego el siguiente. Sus padres estaban henchidos de la emoción, él estaba orgulloso y el preparador, invitado de honor al banquete de celebración que su padre encargó en el casino del pueblo, se pavoneaba diciendo que él vio en aquel muchacho un diamante en bruto desde el día en que lo conoció. Y que, por supuesto, con su preparación había triunfado, como no podía ser de otra manera. Olvidaba explicar cómo esa misma preparación de nada había servido a los demás compañeros de apellidos compuestos y blasones, pero eso allí no importaba a nadie.

Por descontado, a la hora de elegir destino, decidió marcharse lo más lejos posible. Y sin ninguna intención de volver en mucho tiempo. Con las ganas que tenía de perder de vista la vigilancia paterna directa, y la indirecta a través de su preparador, poner tierra de por medio le vendría de fábula. Ya vería a la familia en Navidades o en vacaciones.

Así lo hizo. Pero el destino siempre dispone a su antojo, y las cosas cambiaron para él de golpe. Su padre sufrió un ictus que le dejaría postrado, y su madre, delicada de salud, le pidió que se acercara a su casa para echarle una mano. Su hermana se había casado y tenía varios hijos y no podía estar siempre con ellos. Y además, económicamente, sin su padre haciéndose cargo de la tienda y con la obligación de atenderle a tiempo completo, las cosas se habían puesto cuesta arriba.

Aunque se sentía mal por ello, deeseaba con todas sus fuerzas que no saliera en mucho tiempo una plaza en la ciudad donde había preparado la oposición, la más cercana a su pueblo natal. Aliviaría su conciencia enviándole a su madre más de la mitad de su sueldo y acudiendo a verles cada vez que podía. Pero tampoco ahí el destino estuvo de su parte, y en poco tiempo la Gaceta de Madrid publicaba la vacante de un compañero que se había marchado a otra provincia. Y no tuvo excusas para no solicitarla, cruzando los dedos para que hubiera alguien más antiguo que se la llevara. Pero nada. En un par de meses, él y su maleta con las fiambreras vacías estaban de vuelta en la ciudad que le vio partir.

Se negó a hacerse cada día el trayecto en tren que le separaba del pueblo y, aunque iba casi a diario, se alquiló un modesto pisito en la ciudad. Al menos, que mantuviera su santuario allí. Ni tenía novia ni intención de tenerla, pero nunca se sabe. Y sus libros, sus cuadros y su música estarían con él.

El preparador le recibió con los brazos abiertos. Ahora él era el Teniente Fiscal, el segundo de a bordo de la Fiscalía, aunque él se jactaba de ser quien mandaba

-Bienvenido a casa, muchacho. Verás que bien vamos a estar. Ese –decía señalando el despacho del Fiscal Jefe- no se entera de nada.

Otra vez el guiño supuestamente cómplice de ojo torcido. Y una nausea le recorrió la garganta recordando aquella noche en el local de alterne. Le temblaron las piernas con la sola idea de que se le ocurriera una fiestecilla de bienvenida. Pero, de momento, no parecía ese su propósito y respiró aliviado.

La vida transcurría entre el trabajo, su piso y sus aficiones de ermitaño, y las frecuentes visitas a la casa paterna, donde su padre se consumía como una vela y su madre se estaba dejando la salud por el camino.

Mientras tanto, leía, y estaba en contacto con grupos que, desde la clandestinidad, trataban de hacer valer los Derechos Humanos en un momento aciago para ellos, en plena dictadura. Era solo correspondencia y, muy de vez en cuando, alguna reunión, pero se sentía satisfecho de hacer algo por tratar de cambiar las cosas.

En el trabajo, realizaba su cometido sin grandes alharacas. Era el recién llegado, el más joven del escalafón y, salvo que le tocara por reparto algún asunto complejo de los que no abundaban, su función era sencilla, casi tediosa. Pastoreo abusivo, robos en el campo, riñas de vecinos o accidentes de tráfico eran su día a día. Hasta que llegó la que parecía ser su oportunidad.

Era un caso por asesinato. La prensa lo había bautizado como “el crimen del marqués”, en atención al título nobiliario que ostentaba su ilustre víctima. El no lo siguió en su momento, solo sabía de ello por los periódicos y ya se sabía que no eran demasiado de fiar. Por ellos tenía conocimiento de que el propio Fiscal Jefe se ocupó personalmente de llevarlo, en contra de su costumbre de delegar el trabajo en otros.

Apenas unos meses después que que él llegara a su destino, el Fiscal Jefe sufrió un infarto, quedando el mando de la Fiscalía en manos del que fue su preparador, con el que mantenía una relación cordial, aunque exenta de demasidas implicaciones personales. Y no se sabía si por esa relación, por considerarle el más capacitado, o porque él mismo se negaba a trabajar más de la cuenta, le endosó lo que llamaba “la joya de la corona”

-Muchacho, se te ha aparecido la Virgen. Vas a llevar un asunto bien bonito, y bien fácil. La prueba está clarísima, la condena es segura y el trabajo lo tienes casi hecho. Solo tienes que hacer el juicio. El Jefe ya lo dejó calificado y listo. Y ya sabes…

De nuevo el gesto torcido, el guiño de ojo. No supo a qué se refería, pero le dio mala espina y le bajaron como las de una gaseosa desventada las burbujas de alegría con la que recibió la noticia.

      Una semana. Ese era el tiempo de que disponía para preparar el juicio que, según su preparador, era pan comido

-Una perita en dulce, muchacho.

Pero la pera debía estar agusanada porque no le supo nada dulce. Por el contrario, conforme ahondaba en el estudio de aquel sumario –con lo meticuloso que era, casi se los aprendía de memoria- más se arrepentía de haberlo aceptado de tan buen grado. Aunque no tuviera otro remedio, de haberlo sabido hubiera, cuanto menos, discutido por no hacerse cargo.

El marqués de Miraflores había sido asesinado por una prostituta. Según el escrito de calificación de su compañero, con premeditación y alevosía. Aquella tal María Virtudes García García había urdido un plan para, aprovechando que la víctima había consumido alcohol en exceso incitado por ella misma, asestarle una cuchillada en el abdomen, que le causó la muerte.

Algo no cuadraba ahí. Un sencillo y viejo cuchillo de mesa no parecía el arma elegida por nadie para cometer un asesinato. De hecho, según el resultado de la autopsia, la herida podía no haber sido mortal de no ser por el óxido y la mugre del cuchillo, y por las mellas de su vieja hoja. Todo eso produjo una infección que acabó con la vida del marqués, que debía estar tan borracho que ni siquiera fue capaz de defenderse o pedir ayuda.

Por su parte, la presunta asesina contaba que aquél le había propinado varios golpes, y que incluso llegó a quererla estrangular. Decía que era cliente habitual de la casa y que todas le temían por su violencia, pero nadie había tenido a bien oir la declaración de sus compañeras confirmando ese extremo. Tampoco parecía haber tenido nadie en cuenta los partes médicos de ella, que confirmaban por una marca en forma de surco en el cuello y varios moratones en distintas partes de su anatomía, su versión. Parecían haberla condenado sin darle ninguna opción a defenderse. Y aunque su abogado de oficio pidió la práctica de esas pruebas, así como de un dictamen psiquiátrrico de ella, todas ellas habían sido rechazadas de plano sin ser recurridas.

Era una pesadilla. El era el fiscal y empatizaba más con la autora que con la víctima. Le vino a la cabeza aquella noche en el lupanar con su preparador, y tuvo que hacer esfuerzos para no vomitar.

Decidió comportarse con honestidad, y exponerle a su preparador, que ejercía las funciones de jefe, su punto de vista. Aquella chica merecía, al menos, la aplicación de una rebaja considerable por haber actuado en legítima defensa. Le miró como si se hubiera vuelto loco.

-Déjate de historias, muchacho. Esa merece garrote, y eso es lo que tiene que tener. Nada de contemplaciones. Al fin y al cabo, es una guarra y nadie la echará de menos

No había nada que hacer. Pinchaba hueso, y de los duros. No le iban a permitir otra cosa que dirigir los pasos de aquella desafortunada al cadalso. Decidió darlo por imposible, y ya vería cómo se las componía en el juicio. Trataría de hacer ver las cosas de otro modo, confiando en que el tribunal tuviera algo de humanidad. Se arriesgaría, aunque le costara caro.

Llegó el día de la vista oral. Mientras recogía su toga del armario donde las guardaban, el que era su jefe en funciones se acercó a él y volvió a obsequiarle su guiño de ojos torcidos.

-Animo, vista y al toro, muchacho. Has tenido mucha suerte en tu primera pena de muerte. La primera cuesta, pero luego ya no.

Odiaba aquella forma de llamarle. El ya no era el muchacho que un día se llevó a una casa de putas.

-Muchacho. Ni se te ocurra rebajar la pena. Me has entendido, ¿no?. Ni se te ocurra –y cambió su sonrisa torcida por un rictus autoritario que no dejaba lugar a la duda-

El juicio fue un desastre. Los periódicos destacaron la lamentable labor del Ministerio Fiscal, que más parecía hacer de defensa que de acusación. Menos mal que la marquesa se había personado con una abogado de alto copete para reclamar justicia. O mejor, venganza.

Pero, llegado el momento, no tuvo los arrestos suficientes. No se atrevió a modificar la calificación provisional y al menos rebajar la pena. Tan solo introdujo una calificación alternativa, “para el caso de que no se admitiera la realizada en primer lugar”. En ella, contemplaba la posibilidad de que la víctima actuara para defenderse, aunque se hubiera excedido en la respuesta, y solicitaba una pena de prisión de 25 años.

            Aquello le valió una bronca de su jefe y el anuncio de una futura sanción. Pero a esas alturas, ya poco le importaba.

            La sentencia salió a los pocos días. Pena de muerte. Apenas la leyó, cayó enfermo y así permaneció durante mucho tiempo. Le obligaron a incorporarse a su puesto de trabajo, a pesar de que su estado de salud era pésimo y su estado de ánimo aún peor. Y tampoco tuvo arrestos para negarse.

            Creyó oir con toda claridad el sonido que delataba la rotura del cuello de la ejecutada. Y sintió como si fuera el suyo propio. Al día siguiente, firmó su renuncia y pidió la excedencia, y dejó colgada para siempre en aquel armario su toga de fiscal y toda su ilusión. Y lloró. Lloró hasta que ya no le quedaron lágrimas.

            Sobrevivió a base de llevar pleitos insulsos para varias compañías de seguros, y donaba parte de sus ganancias de modo anónimo a aquellas organizaciones de Derechos Humanos con las que colaboró y con las que nunca más osó contactar. Se sentía un fraude y un traidor.

            Nunca le contó a nadie que aquella María de las Virtudes García García no era otra que Marlene. La misma Marlene que una noche lejana, le había mostrado sus hematomas y le había pedido ayuda. La misma a la que él prometió ayudar y con la que creía haber cumplido dejando, de vez en cuando, un sobre con dinero en aquel maldito local de alterne.

            Mi madre acabó de contarme aquella historia bien entrada la madrugada del día que terminé mi carrera de Derecho. No sabía muy bien a qué venía aquello, pero no podía dejar de atenderla.

-Sabes quién era el fiscal que lloró, ¿verdad?

Era mi padre. Mi querido y bondadoso padre. El hombre que puso todo su empeño en que yo estudiara esa carrera, y que fuera fiscal “ahora que por fin las leyes dejan que lo seais las mujeres”.

Aquello espoleó una vocación que ya venía fraguándose hace tiempo. Aprobé la oposición y me juré a mi misma que haría que él, desde donde quiera que estuviera, se sintiera orgulloso. Sería la fiscal que a él no le permitieron ser.

Hoy me acordé de él. Más, si cabe, que lo recordaba cada vez que me ponía la toga. Hoy obtuve una condena histórica para los desalmados que organizaban una red de trata de mujeres para explotarlas como prostitutas.

Cuando una de ellas pasó por mi lado y me dio las gracias, no pude contener las lágrimas. “La fiscal que lloró”, me llamó la prensa, pero no me importó. Le di un abrazo y, ante su cara estupefacta, le dije solo dos palabras

-Perdónale, Marlene.