
La lluvia es una constante en muchas películas. De hecho, es el complemente perfecto para un momento dramático, aunque los hechos sucedan en un lugar azotado comúnmente por una pertinaz sequía. Desde el exceso de La tormenta perfecta o Huracán a la lluvia de hombres del tema que se escucha en El diario de Bridget Jones pasamos por Cuatro bodas y un funeral, Los puentes de Madison o Lluvia en los zapatos hasta la imprescindible Cantando bajo la lluvia. Y es que nunca llueve a gusto de todos. O, como decía lqa inolvidable Audrey Hepburn en My Fair Lady, la lluvia en Sevilla es una maravilla.
En nuestro teatro, sin embargo, la lluvia no es una maravilla. Más bien un inconveniente que ha dado lugar a suspensiones, retrasos y hasta daños en las sedes judiciales que no estaban para muchas roscas. Y, en los peores casos, como bien sabemos por desgracia en mi tierra, dan lugar a inundaciones con resultados catastróficos que motivan macro procesos tremendos, como ocurrió con la presa de Tous y está ocurriendo con el proceso por la Dana de octubre de 2024. Ya hemos tratado en varios estrenos de estas catástrofes. Ojala no lo hubiera tenido que hacer porque hubieran existido.
No obstante, no era de esa parte catastrófica de la lluvia de la que pensaba tratar hoy, sino más bien de otra, más metafórica. Aunque con el cambio climático nunca se sabe, en estos tiempos que corren.
Así que hoy más que de lluvias hablaremos de charcos. Más concretamente, de cómo meterse en ellos, o como saltarlos. Y, sobre todo, de la facilidad de algunas personas, entre las que mi incluyo, en pisar charcos a cada paso. Por eso necesito unas buenas katiuskas o botas de agua no solo metafóricas como reales, como las que os traigo en mi propia foto. Y es que siempre vale la pena ir bien preparada.
¿Y por qué algunas personas tenemos una especialidad para meternos en charcos hasta la rodilla, si no más?. Pues, obviamente, porque como dice el refrán, quien quiere peces que se moje el trasero o, lo que es lo mismo, para cuando se llevan determinados temas, que le salpiquen a una los charcos es inevitable por más que lleve botas, impermeable, y hasta un paraguas preparado par vientos racheados de más de 80 kilómetros/hora como el que yo tengo (o eso fue, al menos, lo que me aseguraron en la tienda de Cáceres donde lo compré)
Decía mi madre que no sabía como lo hacía pero siempre acababa cogiendo las materias que más daban que hablar. Así ocurrió con la violencia de género, a la que me dediqué desde que se creó la sección especializada por la ley de 2004. Y, por si no fuera bastante, cuando ya no era plena actualidad -no tanto por falta de casos como, por desgrcia, m´s por falta de atención- me sumergí de lleno en los delitos de odio que, también por desgracia, hacen correr ríos de tinta debido a su frecuencia y a su naturaleza. En mi caso particular, además, y por si fuera poco, mi dedicación durante mucho tiempo a las labores de portavocía convirtieron todo ello en la tormenta perfecta. Una tormenta que ocasionaba unos charcos de mil pares de narices.
Lo cierto es que los temas mediáticos puede caer por dos razones. La primera de ella es el mero azar, porque los hechos hayan sucedido durante la guardia del juzgado que se despacha. En ese caso las actitudes son dos: la transparencia absoluta con los medios de comunicación o tratar e pasar lo más inadvertida posibles. Y ello con todos los matices intermedio que se quiera, claro está. Ante ello cualquier posición es posible Siempre y cuando se respete el derecho de la ciudadanía de recibir información veraz. Un derecho que hoy en día puede resultar puesto en entredicho tras la condena al Fiscal General del Estado. Pero esa es otra historia y será contada en otro momento, como decía el protagonista de El médico.
El segundo caso es el más cercano a mi. Y es que, cuando una asume especialidad en materia que tiene repercusión mediática, acaba viéndose en situaciones comprometidas. Situaciones que son conocidas por la gente que me conoce o me sigue y de las que ya conté algo en otros estrenos. Aunque sigo afirmando que si algo he aprendido de estas cosas es que el silencio n conduce a ningún sitio, y hay que seguir adelante. Y, por supuesto, denunciar cuando se haya cometido un delito. Aunque nos pueda costar.
Así que, pese a quien pese, seguiré pisando charcos. Calzada con mis buenas katiuskas y, aun así, arriesgándome a que el agua y el barro me salpique y me deje marcas difíciles o imposibles de quitar. Y no por afán de protagonismo, como insinúan alguna lengua viperina sino, simplemente porque creo en la justicia y en la transparencia informativa, un matrimonio no siempre bien avenido.
Y con esto, cierro el telón por hoy. Con un aplauso para quienes pisan charcos sin miedo, con ese difícil equilibrio entre pasarse de rosa y no llegar. Una empresa difícil, aunque no sea Misión imposible.









