Tranquilidad: Misión Cumplida


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El mundo de la farándula nunca ha sido un remanso de paz. Más bien lo contrario. Un ritmo frenético, la incertidumbre de lo que pasará mañana y de si se ascenderá del anonimato al éxito o por el contrario se caerá del cielo del reconocimiento al abismo de ser ignorado en un nanosegundo. Todos recordamos historias de actores o cantantes que los fueron todo y tuvieron finales bien tristes. Hace apenas unos días mi buena amiga @MJLetrada nos despertaba desde las redes la conciencia ante el caso de un conocido actor que andaba leyendo poemas en el metro. Y es que por vertiginoso que sea el día, hay que dormir tranquilo. Y el mejor somnífero es una conciencia que le haga juego. Ya sabemos: si Pepito Grillo duerme a pierna suelta, Pinocho podrá relajarse también.

Nuestro teatro es especialmente proclive a instalar en nuestro subconsciente Historias para No dormir, como el título de aquella aplaudida serie. Situaciones, circunstancias o decisiones que, lo queramos o no, se colocan entre nuestras cabezas y la almohada, en ese momento del día en que una se ha despojado de toga y tacones. Y se empeñan en acompañarnos en nuestro paseo diario por el mundo de Morfeo, amenazando con que lo que pretendíamos que fuera El Sueño Eterno de esa noche se convierta en Pesadilla en Toga Street.

Y, como decía, el único somnífero ante ese agente patógeno es una conciencia tranquila. La del trabajo bien hecho, aun cuando los resultados no hayan sido los pretendidos. La de haber hecho todo lo que se podía y más. En calidad y cantidad. En la forma y en el fondo.

En cuanto a la cantidad, cualquiera lo sufrimos a diario. Estando como están las cosas en Toguilandia, con acumulaciones de trabajo y juzgados colapsados a diestro y siniestro y con esa curiosa ley de Murphy  que hace que todo se junte en el momento más inadecuado, seguro que a cualquiera le es familiar esa sensación de acostarse pensando en la cantidad de trabajo que queda pendiente. Y entonces es cuando los expedientes vienen a visitarte, con sus carpetas multicolores, sus pósits pegados, sus etiquetas que alertan de urgencias varias y sus grapas en equilibrio inestable amenazando con desmoronarse en cualquier instante. Papel 0  en estado puro, vaya, bailando como locos en La noche de las causas vivientes. Unos Zombies muy particulares que, en ocasiones, dan más miedo que los originales. Sobre todo porque no se terminan con el despertador y el desayuno sino que ahí siguen en las mesas, desafiándonos para que les hinquemos el diente so pena de acompañarnos otra noche más. Y es que una se programa pensando que el día tiene más de 24 horas y el chasco es morrocotudo. No le da la vida.

Pero como hay que ser moderna y digitalizarse, también las pesadillas están dispuestas a pasar por la pátina informática. Y sé de alguna que ve interrumpidos sus Dulces Sueños por recuerdos de notificaciones de Lexnet y e dichoso circulito girando, capaz de hipnotizarnos anres de que se descargue el documento. Si es que llega a hacerlo, claro está

Pero la verdadera tranquilidad viene del trabajo bien hecho en calidad jurídica y sobre todo humana. Esa víctima que te da las gracias después de un juicio, o la que después de varios años sigue acordándose de la letrada que le ayudó a sacar la cabeza del agua, flotar y finalmente, llegar a tierra firme. La felicitación de un colega –en el más amplio sentido togitaconado-, o la confirmación en forma de sentencia. Y eso vale también para los jueces, que pueden ver santificada su decisión original por el órgano superior y hasta por el Tribunal Supremo cuando toca.

Pero, a veces, son unas pocas palabras las que te reconcilian con el mundo y te permiten dormir a pierna suelta más que una tonelada de barbitúricos. El otro día recibí dos de esos mensajes que te hacen saltar las lágrimas. Uno de ellos, de alguien que fue víctima de violencia de género y todavía pelea con los flecos de su historia, que se siguen enganchando en su vida. Simplemente me decía que, tal como un día me prometió, por fin se había decidido a contar su experiencia en público para ayudar a otras mujeres en su situación, y adjuntaba en enlace a la noticia que confirmaba su valentía. Mil gracias por compartirlo.

La otra era de alguien que, después de mucho tiempo, se había decidido a denunciar las humillaciones que venía padeciendo.. Me recordó otra ocasión en que una víctima a quien no conozco se dirigió a mí a través de las redes sociales para que le hiciera llegar a una compañera de otra ciudad que algo que había hecho le había salvado la vida. Tal como suena. Ni que decir tiene que se lo hice llegar a toda prisa a mi compañera y que ambas lloramos de emoción. Porque, por si alguien lo duda, las togas también lloran.

Así que hoy, en lugar de aplauso, enviaré desde aquí un deseo. Que nunca se acaben esos somníferos de buen trabajo que nos regalan noches de sueño reparador. Que buena falta hace.

Y, por supuesto, sin olvidar un aplauso extra para @JulioAntonio48, autor de la preciosa fotografía que ilustra este estreno

 

 

 

 

Cuñadismo: para qué estudiar


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Uno de los clásicos no escritos de la vida es lo que muchos llaman cuñadismo, algo así como todólogos de andar por casa. ¿Quién no tiene un cuñado o cuñada –o en su defecto, suegra, vecina y similares- que lo sabe todo, todo y todo, como el papá de la niña del anuncio? De cuñados anda el cine lleno, y por partida no doble sino múltiple. Si no, que se lo digan a los de Siete novias para siete hermanos, Doce en casa o La gran familia y sus secuelas. O a aquel Con ocho basta de mi infancia. Que siempre complicaban las cosas cuando un ser ajeno turbaba la paz familiar al tratar de formar parte de la secta familiar por la vía de la unión de hecho o de derecho. Hasta el paroxismo del suegrismo de El Padre de la novia. Y ojo, a buen seguro que las inseparables Vaya par de gemelas de una duplicada Lina Morgan o los imposibles Los Gemelos golpean dos veces no se hubieran llevado tan bien con la aparición de un tercero. Sin duda.

Nuestro teatro vive el cuñadismo de forma muy particular, y especialmente intensa. Y, por supuesto, sin necesidad de que el extraneus –hasta término jurídico tenemos, oiga- tenga una verdadera relación por consanguinidad o afinidad. En nuestro caso cabe la interpretación extensa –aunque hablen de Derecho Penal- e incluye a todo aquél que sabe lo que no está en los escritos. Entre otras cosas, porque en los escritos no suele estar los que dicen, por más que una busque.

Y, como todo buen parentesco con tintes jurídicos, también podemos distinguir grados, como nos enseñaban en Derecho de Sucesiones. Y así, tendríamos el cuñadismo de primer grado, que el boca oreja de toda la vida, y el de segundo grado, que es el que parte de tertulianos, opinadores profesionales y hasta supuestos influencers del más variado pelaje. La vieja del visillo en sus más variadas manifestaciones, con el permiso de José Mota. Que visillear es deporte nacional.

De cuñadismo de primer grado tenemos ejemplos todos los días. ¿Qué abogado no se ha encontrado a algún cliente que pretende saber más que él y le discute todas sus decisiones porque conoce a alguien que le ha contado que la prima de una compañera del vecino del quinto ganó un pleito haciendo las cosas de otra manera? Nunca olvidaré la cara de una letrada que, tras dedicar una hora a tratar de explicar a su defendido por dónde iban los tiros, tuvo que aguantar que aquél dijera delante de juez, fiscal y LAJ que quería “un abogado de verdad”, no a ésa que le habían traído que no servía para nada. También recuerdo a una amiga letrada a quien su cliente puso verde a la salida afirmando que hasta el juez la había llamado impertinente. Y no hubo modo de convencerle que lo impertinente era una de las preguntas que hizo. Pero claro, su cuñada le había explicado muy bien qué tenía que decir la abogada y no le había hecho ningún caso, y así le lució el pelo. Literal.

En otro caso recuerdo con tristeza que lo que el cliente en cuestión rechazaba era la condición de mujer de la letrada, porque aquello era violencia de género y las mujeres solo dábamos la razón a las mujeres por serlo, que ya le contó un hermano de su cuñado lo que hacíamos allí. Seguro que nos pintó con sombrero de bruja y removiendo los códigos en el caldero de pez mientras hacíamos conjuros sólo para fastidiarles.

Pero que nadie piense que estas cosas solo les pasan a colegas del otro lado del banquillo. A quienes vestimos toga con puñetas también nos vienen con ésas. No es inusual que aparezcan denunciantes presumiendo de ir cargados de razón alegando leyes inexistentes, o interpretaciones de casos teóricamente iguales y que se parecen uno a otro como un huevo a una castaña. A mí me han llegado a decir que “usted es mi fiscal y tiene que hacer lo que yo diga”. Por supuesto, les he invitado amablemente a ponerse mi toga –nunca mis tacones- y a informar en juicio mientras yo me limaba las uñas o me dedicaba a la cría del calamar salvaje. Pero ni así.

Y es que muchos de estos conocimientos les vienen del cuñadismo de segundo grado. De todos esos catedráticos que andan sueltos que estudiaron en la universidad de Sálvame, en la Ana Rosa´s School o en la Twitter University College, de conocida fama mundial. Y que tan pronto saben como hacer la partición de la herencia de un famoso como te amenazan con ponerte un alejamiento –así, ellos solitos, sin juez ni nada- o con la famosa querella criminal, como si existieran las querellas civiles. Y que les encanta eso de acogerse a la Quinta Enmienda o denunciar por delito de perjurio, ambas cosas tan lejanas a nuestro derecho como Leganés del famoso monstruo.

Así que a armarse de paciencia, que no queda otra. Con un aplauso muy fuerte para quienes sobreviven al cuñadismo sin reaccionar contra el cuñado como le pide el cuerpo. Que a veces es bien difícil.

 

#historiasdesuperacion


Hoy, Día Contra la Violencia de Género, mi toga y mis tacones se visten de lila para contar una ·de esas #historiasdesuperacion que vemos cada día.

Acompañada de una magnífica ilustración de @madebycarol

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MAQUILLAJE

Aquello no me podía estar pasando a mí. No a una mujer como yo. Me lo repetía una y mil veces mientras cubría con una gruesa capa de maquillaje aquella paleta de colores entre el amarillo y el morado en que se estaba convirtiendo mi pómulo.

Por fin lo logré. Los cosméticos hicieron su milagro y taparon por completo las heridas de mi cara. Pero no había cosmética que pudiera tapar las de mi alma. Ahí seguían, obstinadas en gritar a los cuatro vientos que ellas no admitían maquillaje.

Me negaba a admitirlo. Eso le pasaba a otras. A esas otras que no habían vivido con un padre intermitente y una madre que nunca supe si vivía o sobrevivía en función de que él estuviera presente o ausente. A otras que no tenían trabajo, ni independencia económica. A otras que no habían estudiado una carrera y varios master ni tenían un puesto directivo donde mandaban a muchos hombres. Eso no le pasaba a mujeres que habíamos peleado a brazo partido contra un mundo hostil para llegar a lo más alto.

Pero allí estaba. Mi mejilla quemaba bajo las capas de un carísimo maquillaje. Pero eso no era nada en comparación con lo que quemaba el resto de mi misma. Me repetía que eso no me podía estar pasando.

Y entonces fue cuando ella volvió. Se plantó delante de mi espejo con su cara de infinito cansancio y me miró a los ojos. Seguía pidiéndome perdón con la mirada. Perdón por no haberle parado los pies, perdón por no haber reaccionado a tiempo, perdón por volver con él una y otra vez, perdón por haberle perdonado.

No era la primera vez que aparecía allí. Odiaba sus apariciones en mi espejo tanto como llegué a odiarla a ella por blanda, por pusilánime, por débil. Por no saber reaccionar como yo lo hubiera hecho en su caso.

Y sin embargo, esta vez fue distinto. Su cara era mi cara. Una cara con muchos años y mucho menos maquillaje. Me atravesó con sus ojos de color tristeza y esta vez lo acepté. Aquello me estaba pasando a mí. Aquella mujer del espejo no era mi madre. Era yo, desprovista del disfraz que me ponía cada día.

Me quité el maquillaje. Me fui a la comisaría más cercana, y entregué aquel papel que llevaba en mi bolso de marca desde hacía tiempo y que pesaba como una tonelada de plomo. En la denuncia lo contaba todo, y me quité tal peso de encima que por un momento pensé que iba a salir volando.

Pero no era suficiente. Nadie más debería pasar por aquello. Y le debía algo a mi madre.

Dejé mi fantástico puesto de trabajo antes de que me invitaran a marcharme. Me compadecían, pero una mujer maltratada no era una buena imagen de marca. Pero ya poco me importaba aquella marca por la que tiempo atrás hubiera dado la vida.

Mi marca es ahora una asociación dedicada a ayudar a mujeres que tampoco creían que esto les estuviera pasando a ellas. La he llamado El Espejo, como un pequeño homenaje a mi madre. Espero que sepa perdonarme algún día por ser tan ciega. Así se lo pido cada vez que visito su tumba, esa lápida que no había vuelto a ver desde aquel día, hace veinte años, en que una adolescente destrozada asistía al entierro de su madre asesinada.

Aunque estoy segura que cuando hoy, desde allá donde esté, haya visto cómo mi hija adolescente recibía un premio por haber salvado a una compañera  de instituto de las garras de su maltratador, habrá podido, por fin, descansar en paz. Ella nunca necesitará maquillar su vida.

Paradojas: lo que es y no es


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Valga la paradoja. Algo que repetimos con mucha frecuencia y que con mucha más frecuencia aún vivimos. En el escenario y fuera de él.

El mundo del espectáculo está lleno de ellas. La rubia por antonomasia, Marilyn, no era rubia. El más esteorotípico de los galanes de comedia romántica, el Gigante Rock Hudson, resultó tener un papel en la vida bien distinto, aunque no por difícil menos lucido. Y el salvaje oeste de muchos westerns resultó no ser otra cosa que el desierto de Almería. Como decía, paradojas de la vida.

Y nuestro teatro también está llena de ellas. Por casualidad, por improvisación o por lo que sea, las paradojas nos inundan. Si no fuera así, no sería comprensible que se llamara Procedimiento Abreviado un tipo de proceso que puede durar muchos años y tener muchos tomos, que a veces parece una broma. Como broma parece también que se regule como un procedimiento especial, cuando por él se tramitan más de un noventa por ciento de las causas penales, frente al llamado “ordinario”, el sumario, que ha pasado a convertirse en extraordinario. Y también se convierten algunas veces en paradoja los llamados “juicios rápidos” que, aunque las más de las veces lo son, en otras se transforman en juicios ralentizados. ¿Acaso hay algo más paradójico que haber tenido que apreciar la atenuante de dilaciones indebidas a un procedimiento iniciado por juicio rápido?

Y si de paradojas hablamos, no hay otra más evidente que el dichoso papel 0 , que solo para hablar de él ya ha hecho verter ríos de tinta. Lo que se suponía iba a ser la desaparición del papel ha traído consigo que, si Lexnet  y las notificaciones llegan correctamente a su destino –que ya es mucho- los juzgados gasten mas papel que nunca, a base de imprimir todo lo que llega y se tiene que incorporar físicamente al procedimiento, por más que nos cuenten otra cosa. Y es que la digitalización no necesariamente viene de digital, sino tal vez de “dedos”, los que se tienen que utilizar para darle al print y a la impresora. Cuestión de saber interpretar las cosas. ¿Y qué decir de esa ley de reforma de la Ley de Enjuiciamiento Criminal, autodenominada de agilización, y que supone una paradoja en sí misma? ¿O no es una contradicción en sí misma eso de pretender agilizar y prohibir por ley la dotación de medios?

Pero si hay una institución donde la paradoja esté instalada, ésa es aquella donde habita mi vida toguitaconada, el Ministerio Fiscal. O el Misterio Fiscal, como dicen algunos no sin razón. No es extraño que quien está más alejado de este mundo de togas y puñetas piense que nos dedicamos a los impuestos, por eso de “fiscal”, y que algún amigo se empeñe en que le hagamos la declaración de la renta. Pero eso no es todo. Cuando una intenta explicar lo de nuestras categorías, a la gente se le empiezan a poner los ojos como platos. Abogados fiscales, fiscales y fiscales de sala. Pero resulta que los abogados fiscales no son abogados sino fiscales, pero no fiscales con categoría de fiscal. Y los fiscales de sala, equivalentes en categoría a magistrados del tribunal supremo, no son los fiscales del tribunal supremo, porque hay fiscales del tribunal supremo que son fiscales-y no fiscales de sala- y fiscales de sala que no están en el Tribunal Supremo. Un galimatías. Y si a eso unimos la posibilidad de que haya fiscales ocupando plaza de abogado fiscal y viceversa, la cosa se pone que ni Cuarto Milenio. El Misterio Fiscal más misterio que nunca.

Pero nuestros colegas los LAJ no se andan a la zaga. Con su cambio de denominación resulta que son Letrados de la Administración de Justicia. Y claro, si los Abogados –y abogadas- son también letrados y letradas, y también ejercen en el ámbito de la administración de Justicia, la cosa se pone difícil. Otros que son Letrados sin serlo. O más bien lo somos todos, por aquello de ser quienes sabemos de letras. Tampoco era más afortunado lo de secretario judicial, sobre todo cuando se anteponía el artículo femenino –la secretario judicial-, otra contradicción en sí misma. Correcto pero extraño. Aunque eso sí, se han desprendido de esa rémora que hacía pensar a más de uno que eran las secretarias del juez, y que tan mal sentaba, y con razón.

Otra de las paradojas de nuevo cuño es la condición de investigado en lugar de la de imputado, utilísima como sabemos para luchar contra la corrupción. ¿Cómo se puede estar investigando a alguien que no es investigado? Quien lo entienda, que lo compre.

Y es que a veces pienso que no podía pasar otra cosa, cuando el propio Ministerio nace con el nombre de Ministerio de Gracia y Justicia, cuando maldita la gracia que la Justicia hace a algunos, especialmente si se es investiga aunque no sean investigados o se les imputa un delito aunque ya no sean imputados. Otro Expediente X.

Así que hoy no hay aplauso, sino una enorme cara de sorpresa. La que se nos queda cada vez que nos encontramos estas cosas. Eso sí, los tomates pueden lanzarse en la dirección adecuada. No seremos ni yo, ni mi toga o mis tacones quienes caigamos en la paradoja de impedirlo.

Eso sí, un aplauso extra a @Manuelperezpi por prestarme su foto y su toga en ella. Una paradoja en sí misma

 

Contundencia: la tercera c


contundencia

No hay dos sin tres. Si en los dos anteriores estrenos hablábamos de claridad y concisión, hoy le ceden el protagonismo a la contundencia, la tercera c. Porque a la tercera va la vencida.
Y es que en el teatro y en la vida, la contundencia es tan necesaria para dar un mensaje como el sol para que empiece el día. Imaginemos que en la crónica de un estreno o en la invitación para asistir al mismo se dijera que tal vez se celebre en lugar de hacer constar día y hora. O una crítica de cine donde se nos dijera que la película no es buena, ni mal sino todo lo contrario. Hamletear está bien, pero depende de cuándo. Y si se ha de transmitir una decisión, una petición o un mensaje, ha de hacerse en términos precisos. Con contundencia. Sin que deje al espectador entre el Ser o no ser.
Si algo ha de ser contundente en nuestro mundo, ese algo es, sin duda alguna, la sentencia. El paradigma de la decisión por antonomasia. Y sobre todo, su fallo o parte dispositiva. Porque, reconozcámoslo o no ¿quién no empieza a leer por esa parte? Te llega la notificación y corres a buscar el regalito que lleva el huevo de pascua –que me gustan mucho más que los kínder sorpresa- o el roscón de reyes. Sin saber a ciencia cierta si te va a tocar el muñequito o el haba, y te va a tocar, encima, pagar el del año siguiente. Suspense en estado puro., vaya.
Aunque lo peor de todo llegaría si esa sorpresa no supiéramos si es buena o mala, favorable o desfavorable. Si la muñeca es una adorable Pepona o se convertirá en la novia de Chucky, El muñeco diábolico o en uno de esos payasos endemoniados que tan de moda están. ¿Podemos imaginar una sentencia donde diga qe quizás condena, o que tal vez estima la demanda? Desde luego que no. Pero si que hay algunas que dejan flecos como si se tratará del vestuario de Chicago o Cotton Club. Y toca acudir a la consabida aclaración. U otras que suscitan las dudas a la hora de ejecutarlas. Por suerte, no suele ocurrir, pero a veces pasa. Y, por lo general, por causa de las prisas, del corta y pega y sobre todo, de ese colapso que impide en ocasiones prestar tanta atención como se desearía.
Pero si hay algo que siempre me llamó la atención en las sentencias, es esa fórmula del “debo condenar y condeno”. Que me recuerda al Suárez de la Transición, que podía prometer y prometía. Pero que no deja de ser una redundancia. ¿Acaso no se condena cuando se debe? Claro que si, como en cualquier otro trabajo. Porque, por más fantasía que le eche, no consigo imaginar a un albañil diciendo que debe enladrillar y enladrilla, o a la dependienta de una panadería dándonos la barra de a cuarto a la voz de debo vendérsela y se la vendo. Así que tal vez sería el momento de plantearse modernizar algunas fórmulas de estilo. O tal vez es solo cosa mía.
Y como en todas partes cuecen habas, no solo hablaremos de sentencias. Otra de las cosas que me llama la atención en escritos de acusación o calificaciones, sean del fiscal o de la acusación particular, son esas coletillas indeterminadas que dicen: “en caso de que se dicte sentencia condenatoria”, procédase a la revocación de la suspensión, a la cancelación de las medidas o a lo que sea. ¿No es un poco contradictorio solicitar sin condiciones una pena y luego sembrar la duda?. Pues no señor. Yo si pido una condena, la pido con todos sus complementos. Sin plantear que exista otra probabilidad. Acabáramos.
Y ahí entramos en ese universo insondable que son los Otrosi. Un “además” dicho en fino. Y de los que en muchos casos hacemos uso y abuso. He visto escritos hasta con más de diez otrosi, que aprovechan que el Pisuerga pasa por Valladolid para pedir cualquier cosa. Y enturbian la contundencia de la petición. Y cuando es así, siempre me viene a la cabeza la broma de un magistrado que siempre decía: “y respecto al otrosi, otro no”. Ignoro si llegó alguna vez a utilizarlo, pero seguro que ganas lo le faltaron.
¿Y que decir de los “suplicos”?. Ya sé que queda muy respetuoso y muy formal pero quizás habría que plantearse cambiarlo por un sencillo “solicito”, igual de formal y educado pero sin esa connotación cuasi servil que poco casa con la realidad del siglo XXI. Pero igual son cosas mías también. Lo importante es que sean contundentes a la hora de pedir y, si no superan en extensión al cuerpo del escrito, pues mejor que mejor.
Así que también el aplauso es hoy contundente. Dedicado a quienes hacen bien sus trabajo, con toga o sin ella, con puñetas o sin ella. Plas, plas, plas, plas.

Concisión: la segunda C


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Hablábamos en el anterior estreno –sin ánimo de emular a Fray Luis de León, Dios me libre- de las tres C que aprendí dando mis primeros pasos toguitaconados: claridad, concisión y contundencia. Y de lo necesario que resulta hablar y escribir claro, en el teatro y en la vida, so pena de que la forma impida ver el fondo del mensaje.

Ser conciso es el segundo de los 3 mandamientos. Aunque en este caso no venga Charlton Heston a abrir las aguas del Mar Rojo para descubrirlo. Pero a nadie se le escapa que si se quiere transmitir un mensaje, más vale hacerlo de modo que sea comprensible y, sobre todo, que el espectador no se haya cansado cuando llegue. Mejor saber que Dorian Grey entregó su alma al diablo no sea que cuando descubre el retrato nos pille roncando en la butaca. Y eso es labor de quienes dirigen e interpretan la obra.

Nuestro teatro no anda a veces demasiado sobrado de esa concisión. Hace ya tiempo que desapareció por disposición legal el gerundismo, esos considerandos y resultandos que hacían que las sentencias difícilmente se fueran soportando, entendiendo  y aplicando, pero todavía quedan resquicios de ese modo alambicado de expresarse, como si hubiera que buscar el contenido en una especie de ginkana de aforismos y palabrejas. Entre Atrapa a un ladrón y Toma el mensaje y corre.

Sin ánimo de ofender a nadie, ¿quién no ha visto fundamentos en sentencias que a costa de citar preceptos de la Constitución, de Declaraciones de Derechos y hasta de las leyes de Wisconsin o Alabama? Y ojo, que si son aplicables, pues se citan y punto, pero hay veces que ese corta y pega que tan bien nos viene engorda los párrafos con más de algún detalle innecesario. Y conste que tampoco es patrimonio exclusivo de los jueces, que también he visto algún informe de fiscales que meten más paja de la necesaria o de Letrados que en sus recursos hacen otro tanto. Y, por supuesto, no es la regla general, pero como las meigas, haberlas, haylas.

Y para que no se me tache de criticona –que un poco, sí lo soy- empezaré entonando el mea culpa. Cando empezaba a despegar en mis primeros vuelos por Toguilandia, todavía pensaba que un escrito de un solo folio no resultaba lo suficientemente impresionante para convencer al tribunal. Y mucho menos un informe oral que no pasara de cinco minutos. Alguna vez he contado uno de mis primeros juicios de faltas, cuando estaba en prácticas, en que invertí tres cuartos de hora para un tipo que había subido sin billete en el tren y que además, reconocía los hechos, ante la paciencia infinita de la juez que, veinte años más tarde, no debe haber olvidado aquella plasta infumable de fiscalita recién estrenada. Y también recuerdo otra ocasión, en una de mis primeras intervenciones en Sala, en que me empeñé en explicar hasta la saciedad en qué consistía el dolo y sus clases antes de entrar en materia, un atraco en un banco si no me falla la memoria. Ni que decir tiene que al pobre presidente, por aquel entonces a punto ya de la jubilación, casi le da un jamacuco de aguantar mi perorata. Y también recuerdo a otro magistrado más joven que, educadamente, me dijo que mi informe había sido muy bonito pero que a la próxima recordara que agradecían mucho el ir al grano. Y la verdad, le agradecí el consejo. Y jamás me volví a enrollar más de lo necesario hablando del dolo o de los elementos de la acción penal. O eso creo, vaya.

Pero si hay un punto caliente en la necesidad de concisión, ése es el interrogatorio, sea de quién sea y por parte de quien venga. Esa fórmula del “diga ser cierto” hace que el propio interrogado no se entere demasiado de lo que le están preguntando, como tampoco se entera si la pregunta es tan larga que no llega a saber dónde está el sujeto y dónde el predicado. Se consideren o no sugestivas, capciosas o impertinentes, como dice la ley. Siempre que oigo esa fórmula, me viene a la cabeza un forense muy guasón que, ante una pregunta kilométrica, con el consabido “diga ser cierto” dijo, ni corto ni perezoso “ser cierto”, tan como suena. Y añadió inocentemente “¿no me ha dicho que lo diga?, pues lo digo: ser cierto”. Aún me río pensando en lo que nos costó reprimir la carcajada. Y es que no era para menos.

Así que hoy el aplauso va para quienes son capaces de decir las cosas sin circunloquios, para hacerse entender por aquél por quien deben ser entendidos en cada caso. Que el refranero es muy sabio y lo bueno, si breve, dos veces bueno.

 

 

Claridad: las tres C


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Nada hay tan claro como lo que se dice claro. Una aparente perogrullada que en ocasiones no lo es tanto. ¿O acaso alguien no ha salido más de una vez del cine o del teatro pensando que lo han liado todo tanto que no se ha entendido nada, o más bien poco? Como esas películas de arte y ensayo que se pusieron de moda una temporada – en versión original subtitulada, por supuesto- y de las que una salía del cine fingiendo que era magnífica y sin haberse enterado de nada. Con ganas de gritar eso de No me chilles, que no te veo, con los ojos como platos. ¿O esas otras veces en que a fuer de proposopopeya y afectación el mensaje queda en nada y aburriendo a las ovejas? ¿No hay filmes a los que les sobra metraje y les falta chicha? Siempre recuerdo películas como Pasaje a la India o Titanic –perdónenme los fans- en que a una le podían las ganas de que se hundiera de una vez el dichoso barco..

Y nuestro teatro no escapa de estas veleidades. Me enseñó mi tutor en la carrera fiscal, entre otras muchas cosas que guardo como oro en paño, que nuestros escritos tienen que pasar el filtro de las tres C: claro, conciso y contundente. Un consejo que me ha acompañado por todo mi periplo toguitaconado y que espero que siga haciéndolo

Mi padre, por su parte, decía que quien dice en 20 palabras lo que se puede decir en 2 es que no tiene mucho que decir. Otra máxima a tener en cuenta. Porque nos encontramos a diestro y siniestro con tochos que bien podrían resumirse en unas líneas. Hagamos un ejercicio y lo veremos. ¿Quién me acompaña? Vamos allá.

Un ser humano introdujo todas y cada una de las partes de su anatomía a través del angosto hueco que quedaba entre la puerta entreabierta, expuesta a la vista de vecinos, viandantes y transeúntes, y el cielo abierto de la recién estrenada primavera. Una vez hubo conseguido que cabeza, tronco y extremidades hubieran traspasado el umbral que separaba el espacio cerrado que delimitaba el cubículo donde un amable señor de sienes plateadas obsequiaba, a cambio de dinero y haciendo gala de una franca sonrisa, con pequeños dulces multicolor a los infantes que acudían dichosos a hacer un dispendio de la paga semanal ganada con su buen comportamiento, aprovechó un descuido de la habitual diligencia del referido señor para llevar a cabo su deleznable acción depredatoria. Así pues, desconociendo las más elementales normas de cortesía, educación y solidaridad, introdujo en el escondido hueco del pantalón desharrapado que vestía, una cantidad considerable de los dulces multicolor que, otrora, hacían las delicias de los más pequeñuelos de la casa. A continuación, ignorando cualquier atisbo de decencia y mucho menos de arrepentimiento, marchó en dirección no concretada, llevándose el fruto de su oprobiosa acción consigo, no sin antes esbozar una sonrisa de satisfacción que hubiera repugnado a cualquiera que hubiera conocido su despreciable acción.

¿Qué tal nuestro ejercicio? ¿Resultó legible? ¿No es mucha prosopopeya para decir algo tan simple como que el acusado birló unas cuantas chucherías de un kiosko? Pues eso. Que mi padre tenía razón y hubiera bastado con un relato con las palabras justas y adecuadas. Algo como esto: “el acusado se apoderó de varias golosinas aprovechando un descuido del dueño del kiosko”. Correcto y ajustado. Y mucho más sencillo de leer y entender.

A veces olvidamos que la Justicia pertenece al pueblo, como dice la Constitución. Y mal entendería el pueblo semejante ejercicio de pedantería. Como aquella vez que un cliente le dijo a su Letrada: debieron hacerlo muy bien, porque no entendí nada. Y deberían entenderlo todo. Para poder decir, como la niña del anuncio, que lo arreglamos todo, todo y todo. O que al menos lo intentamos, vaya.

Por eso hoy el aplauso va destinado a quienes, sin artificio innecesario, se hacen entender de manera clara. Porque la claridad a veces no está tan clara como debería.

Aprobado: pasaporte a Toguilandia


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En pocos mundos depende todo de un hilo tan fino como en el espectáculo. La diferencia entre el más rotundo éxito o el más clamoroso de los fracasos marca la línea entre el ser y el no ser, el sí o el no, el yin o el yan, el reconocimiento mundial o el ostracismo. Y hay tantos factores que escapan de las manos de los artistas que da hasta vértigo pensarlo. El momento del estreno, las características del público, la coincidencia con otros más o menos sonados, pueden determinar la caída más absoluta en el Abismo o la entras en El más grande espectáculo del mundo. Tal como suena. El trabajo bien hecho está detrás, pero hay mucho más. Y muchas cosas más.

Y si en algo se parece esa Delgada Línea Roja a nuestro mundo es en el espacio que media entre el aprobado o el suspenso en el examen, entre estar dentro o fuera. Especialmente cuando de oposiciones se trata.

Hace más de un año hablaba en un estreno del examen ese pistoletazo de salida para entrar en el mundo de toga y tacones –o mocasines- Le dedicaba esa función a mi sobrina Teresita -¿por fin pasara a ser Teresa?-, que empezaba sus pasos en el frondoso bosque de las oposiciones mientras su familia ejercíamos de sufridores en casa como en el Un Dos Tres Responda otra vez de nuestra infancia. Y ya que compartimos cuitas hoy Mi Toga y Mis Tacones se ponen de gala para compartir alegrías. Acabo de recibir La llamada, esa que dice que pasa a formar parte de Toguilandia. Y, claro está, además de la alegría sin medida, han comenzado a asaltarme los recuerdos, apelotonándose en mi cabeza como lo hicieron en su día los casi cuatrocientos temas que me metí entre pecho y espalda, algunos de cuyos párrafos todavía soy capaz de recitar de carrerilla, como más de uno y de una de quienes me conocen han tenido ocasión de comprobar. Y no miro a nadie.

Esta sensación ya la sacó a la luz el otro día el recién desvirtualizado Justito el Notario, que con su post dedicado a la suerte abrió la caja de los truenos. Y aquí están todos, montando La Tormenta Perfecta pero esta vez con final feliz.

Porque cuando una aprueba, el mundo cambia de color. Literal. Dan ganas de entonar eso de “en la tómbola del mundo, yo he tenido mucha suerte” como si fuera Marisol, de cogerse a una farola para emular a Gene Kelly en Cantando bajo la Lluvia, y de gritar al mundo entero que La Vida es bella. La insoportable levedad del ser pasa de pronto, y sin solución de continuidad, a ser La Alegría de Vivir, y, aunque el examen sea en Madrid, Todo es bonito en Granada, o en donde se presente. De pronto, los autobuses vuelven a tener números de línea y no de temas, las matrículas son de coches y no de fincas y los autos pueden volver a ser vehículos de motor y no resoluciones judiciales. La servidumbre es la de la Criadas y Señoras y no la de los predios con reja remetida de luces y vistas. Los días vuelven a contarse de lunes a domingo y no de cantada en cantada, y el reloj vuelve a marcar la hora y no los minutos que se tarda en dar un tema. De pronto, cantar es lo que hacen –o intentar hacer- en Operación Triunfo y no recitar temas, y el preparador puede ser alguien que te enseñe a estar en forma y no quien toma dos veces en semana los dichosos temas. Y el sol es motivo de alegría para ir a la playa, y no causa para maldecir a los veraneantes. Ya no se desea la lluvia y el mal tiempo porque por fin se es libre. Ahí es nada.

De pronto, blanquear puede ser lo que hace la odiosa señora de la lejía del futuro, y ejecutar puede ser interpretar una obra artística. Y el juicio ejecutivo, la ley de la función pública, los derechos fundamentales y los delitos contra la Hacienda Pública salen a pasear con hipotecas, sumarios, testamentos y todo lo que se presente sin que a una se le ponga el corazón en la garganta.

Adiós a ver los telediarios con la angustia de que cuenten la enésima reforma de ésta o aquella ley, y a ver al legislador como el mismísimo demonio. O quizás a verlo así, pero de otro modo. Y hola al Por fin ya es viernes, a la Fiebre del Sábado Noche, que se acabó para siempre eso de La vida sigue igual.

Pero ojo. Que no está todo hecho. Ahora empieza de verdad la Fiesta. Arriba el telón, el viaje a Toguilandia despega en Tres, dos, uno….

Así que hoy, como no podía ser de otro modo, el aplauso y ovación es para Teresita. Y con ella, para todas las Teresitas –y Teresitos, claro- del mundo. Y a los que están por venir. Mi más calurosa bienvenida. ¿Quién me acompaña a dársela?

 

Palabros: ahí queda eso


sonrisa

 

El vocabulario es una parte muy importante de cualquier obra. Un buen o un mal vocabulario, más rico o más pobre, más cuidado o no, puede contribuir al éxito o al desastre de cualquier función. Pero, a veces, las vueltas dadas a una u otro expresión, pueden marcar la vida del artista, en contra o no de su voluntad. Qué sería de Chiquito de la Calzada sin su peculiar jerga, que hasta tu tuvo su propia película, Ahí llega Candemor, llena de fistros y pecadorrrr salpicados de la gloria de su madre.  O títulos como El robobo de la jojoya, tal como suena. Y nadie imaginaría a ET diciendo: por favor, déjeme usar el teléfono en vez de ET teléfono, mi casa. ¿Alguien se hace una idea de cómo sonaría oír a Johnny Weismuller diciendo “Hola, me llamo Tarzán y estoy encantado de conocerla, Jane”, en lugar de darse golpes de pecho y exclamar eso de “Yo Tarzán, tú Jane”. O el lenguaje indio, un clásico de los westerns, caracterizado por conjugar los verbos en infinitivo, como si con el penacho de plumas les introdujeran en el cerebro esta modalidad de lenguaje. Y tantos ejemplos cuantos podamos imaginar. Una colección de palabros que ahí quedan para siempre

En nuestro teatro también  tenemos nuestro propio lenguaje . E incluso dedicamos un estreno al vocabulario toguitacona propio de esta casa bloggera. Pero además  tenemos nuestros propios palabros, surgidos accidental o voluntariamente del uso y de las mil anécdotas que pueblan nuestro mundo.

Hay algunos que son clásicos. ¿Quién no ha oído hablar del corpus cristi -en vez de habeas corpus- y más frecuentemente de los autos de escarmiento? ¿Y quién no ha llamado a los ya extintos juicios de flautas a las extintas faltas? Seguro que más de una vez. Pero no son los únicos casos.

No hace mucho conté de un hombre que se quejaba amargamente porque solo cobraba el suicidio de desempleo. Es posible que tuviera una hipoteca nobiliaria que pagar, o al vez debiera el impuesto de secesiones. Y claro, al saberlo, le daría un simposium, que la cosa no es para menos.  O se pusiera hecho un obelisco al recibir la carta de Hacienda con el requerimiento de premio. Nunca se sabe.

En una ocasión, me dijeron en la puerta de un juicio que no se había suspendido, sino que se trataba del un deceso. Por supuesto, el letrado que estaba al lado de quien me lo dijo corrió a aclararlo, porque me asusté pensando en que la Parca había visitado repentinamente la sala de vistas.  Y acabado el receso continuamos sin que hubiera que lamentar víctimas. Escuchando, eso sí, una florida declaración en que en una pelea unos hablaban de arraparse y otras de rempujarse. Menos mal que alguna buena amiga me ha facilitado un manual para traducir algún que otro dialecto.

Otra vez, estuve a punto de perder la compostura ante una señora que, tras el rempujon, afirmaba haber perdido la loción del tiempo. Y, según contó, se quedó vitrificada. Pero ya pagarían quienes le había causado semejante afrenta. Porque todo cerdo llega a Chamartín, vaya que sí

Y hay más materias donde hay un filón por explotar. En determinados ámbitos no se separan ni divorcian, sino que se desapartan. Y ahí empieza a liarse todo. Hasta el punto de querer redactar un plan de connivencia o, incluso, de solicitar que se prorratee el alejamiento. O el alojamiento. Que llega un punto que una no sabe si quieren repartirse la casa, los hijos, invadir una nación o cumplir las resoluciones judiciales a cachos

Otras de mis preferidas es la querella criminal, tan del gusto de los tertulianos y todólgos varios. Como si las querellas pudieran ser de otra clase. Como la demanda judicial a que apela continuamente uno de los personajes de una serie de vecinos. Aunque siempre cabe la posibilidad de repelar la resolución que no guste, y hasta hacerlo de s propio motu. Acabáramos

Pero no creamos que todos son así. Una vez, una demandante en un proceso civil, cuando fue llamada por el funcionario refiriéndose a “la actora”, le corrigió atentamente, diciendo que “será la actriz”. Faltaría más.

Y ahí seguimos. Aguantando la risa que en ocasiones nos producen todos estos palabros. Por eso, el aplauso es hoy para todos los que continúan adelante, entre el humor y el desconcierto, sin dejar de hacer su trabajo. Y a punto de que les dé un código frenético

Exploradores: abriendo camino


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El género de aventuras es uno de los más antiguos y celebrados del mundo del espectáculo. Desde El Zorro a Indiana Jones, desde andar En busca del arca perdida, Tras el Corazón Verde o en Las minas del Rey Salomón a conquistar América en 1492 o emprender La conquista del Oeste a rebelarse hasta las últimas consecuencias como Braveheart o El último mohicano . Con espada, machete, piedras, cuchillos o revólveres. O, lo que es mejor, con un cerebro despierto y la valentía y la locura haciendo equilibrios portentosos. Arriesgando, porque a veces el riesgo es el único Abrete Sesamo posible ante la cueva de Alí Baba, aunque no haya cuarenta ladrones flanqueando.
En nuestro teatro no tenemos machetes, ni pistolas ni cuchillos. Al menos no físicamente. Tenemos la toga, los tacones –o los mocasines- y las leyes, que a veces pueden abrir brechas en lugares tan inaccesibles como La tumba del Faraón. Aunque El regreso de la Momia nos ande corriendo detrás. Y hoy quiero dedicar este estreno a esos héroes y heroínas que derriban La Gran Muralla a base de arrojo legislativo.
Siempre me ha gustado lo que yo llamo el derecho creativo. Que no es otra cosa que usar la ley para dar soluciones a supuestos que no había previsto, y hacerlo del modo más justo posible. Con una legislación como la nuestra, en que muchos de los cuerpos jurídicos esenciales datan no del siglo pasado sino del anterior –ahí tenemos el Código Civil y la Ley de Enjuiciamiento Criminal, sin ir más lejos-, poner en marcha la imaginación forrada de Derecho se hace absolutamente necesario. O recomendable, al menos. Recordemos que el Código Civil aún contiene una detallada regulación sobre quién se queda el árbol que flota en un río o la isla que se forma en él o qué pasa cuando se escapan las abejas del panal o se halla un tesoro oculto, y que no hace mucho que el Código de Comercio hablaba de los piratas berberiscos o el Código Penal del español que sedujere tropa para que pasare a las huestes sediciosas o separatistas. Sin embargo, poco o nada prevén de nuevas –o no tan nuevas- realidades como los nuevos contratos surgidos del comercio internacional o el advenimiento de Internet. Así que toca hacer un ejercicio de imaginación y aplicar otras instituciones o los principios generales para darles cobertura.
Recuerdo que en mis tiempos de opositora había un tema dedicado a los contratos innominados. Leasing, factoring, franquicia o renting entraban en esa categoría, que ni siquiera había encontrado un nombre en castellano. El tiempo, y  juristas valientes, han ido dando contenido y regulación a tales realidades y a las que después, a buen seguro, han ido surgiendo, para que los derechos de las personas nacidos de estos contratos no queden en un limbo jurídico. Me imagino un purgatorio de derechos esperando a una buena acción de un jurista les dé las alas para subir al cielo de los elegidos como el ángel de Qué bello es vivir.
Y no solo ocurre en ese mundo del derecho civil, ni en las relaciones entre particulares. En el universo penal, el de juristas de sangre, sexo y vísceras -que cada vez tiene más intersecciones con el derecho civil o mercantil, dinero mediante- también aparecen nuevas realidades que hay que castigar por antijurídicas, por más que no vengan específicamente reguladas en nuestro Código Penal. El bulliyng ya es una realidad jurídica, como lo es el sexting –esa conducta repugnante de difundir fotos o vídeos íntimos- que, sin embargo, ya habían sido contempladas por el derecho dentro de tipos como las amenazas o ese cajón de sastre de las coacciones o de los delitos contra la integridad moral para hacer cierta la consigna de El criminal nunca gana de las series de mi infancia. Y poco a poco vamos abriendo caminos con nuestro machete imaginario en la intrincada selva de las leyes.
Sin valientes con toga no hubieran podido hacerse frente a realidades como las preferentes, que tanto daño han hecho a muchas familias. Tampoco se hubiera abierto paso una jurisprudencia consolidada en delitos de medio ambiente y en muchas otras materias. Y valentía sin fin la de quienes en su día empezaron a perseguir la corrupción, sobre todo esa que se escudaba en una legalidad ficticia para robarnos a todos.
Yo recuerdo algunos casos donde más de uno me miraba como si llegara de una nave espacial dispuesta a invadir la Tierra, tal cual Independence day. Ocurrencias como considerar que matar a la mascota de la ex novia es violencia de género o echar mano de la función constitucional del fiscal para perseguir la publicidad sexista. Dos pequeños ejemplos a los que seguro que cualquiera podría añadir miles. E invito a que lo hagan, que no hay nada como aprender de los demás.
Así que hoy el aplauso es para quienes, sin más armas que la cordura y usando de una cintura jurídica envidiable, no solo aplican leyes sino que hacen con ellas Justicia. Con mayúsculas.
Y una ovación extra para @madebycarol1, una ilustradora fantástica a la que descubrí en las redes y que me ha honrado con la deliciosa imagen que ilustra este estreno. Mil gracias. Y que no sea la última