Bases: sembrar y recoger


IMG_20170426_204655

No son pocos quienes, al referirse a lo que se arrastra del pasado, echan mano del dicho “de aquellos polvos, estos lodos”. Y en muchas ocasiones, no sin razón. Pero como yo soy más optimista, prefiero acudir a la figura de recoger lo que se sembró, que no tiene por qué ser malo. Y es que ni en la vida ni el teatro podemos prescindir de lo que nos ha ido conformando, con el concurso además de la propia voluntad. Construir sobre bases falsas nos puede llevar a erigir El ídolo con los pies de barro, por más que nos encomendemos a El cielo Protector, y si descuidamos lo que se siembra nos podemos encontrar con Los chicos de maíz escondidos en ello.

En el mundo del espectáculo, una buena siembra consiste en formación, disciplina y trabajo unidos al indispensable talento, aunque sin olvidar unas dosis de ese ingrediente llamado suerte. De ahí que por talentoso que sea alguien, si no riega ese talento con trabajo y lo abona con formación, no acabará obteniendo buenos resultados. Puede tener éxito, sin duda, pero suele ser efímero. Ya dicen que lo realmente difícil no es llegar sino mantenerse.

Y cómo no, nuestro teatro también necesita unas bases sólidas para lograr una buena y permanente cosecha. Como bien sabemos, no basta con estudiar una carrera y luego una oposición, en su caso, y echarse a dormir. Para ser buen profesional hay que estar estudiando casi cada día. No dormirnos, vaya. Aunque de vez en cuando una siestecita en forma de relax sea de agradecer.

Pero no creamos que solo de estudiar vive el jurista, por más que hacerlo sea imprescindible. Y hacerlo para estar al día, que pocas cosas hay mas penosas que encontrarse en una Sala alegando unos preceptos derogados. Y eso que en los últimos tiempos nos lo habían venido poniendo difícil, con esa manía de reformas exprés con entradas en vigor casi automáticas. Pero con ser un erudito no basta. Corremos el riesgo de convertirnos en máquinas de escupir Códigos, algo más que absurdo hoy en día en que no solo podemos consultar el texto legal en papel como toda la vida sino que Internet y las bases de datos nos lo ponen fácil. Como me dijeron en su día, lo realmente difícil no es conocer la norma, sino saber cómo, dónde y cuando aplicarla.

Aunque no todo está en los libros. Unas buenas bases empiezan por una buena educación, en el sentido más amplio del término. No irá muy lejos quien se sepa los códigos y leyes de pe a pa si es incapaz de saludar, despedirse, agradecer lo bien hecho y tratar con cortesía a profesionales y todo el personal, cosas básicas que no siempre se cuidan lo que se debiera. Y, si es con una sonrisa, mejor. Hasta para echar un rapapolvo que, como decía Mary Poppins, con un poco de azúcar la píldora entra mejor. Y lo bueno que resulta ejercitar los músculos faciales.

Hay más ingredientes. La empatía, a la que ya dedicamos un estreno, y que no consiste en nada más que la capacidad de ponerse en la piel del otro, y la sensibilidad, una cualidad no siempre valorada y muy necesaria en nuestro trabajo. Si no utilizamos ni una ni otra, por más que sepamos jurisprudencia al dedillo, corremos el riesgo de parecer dios con pandereta. Y eso sí que no.

Pero como obras son amores y no buenas razones, no solo hay que tener de todo eso. Hay que ponerlo en práctica. Con el resto de interpretes de nuestro teatro y, sobre todo, con el justiciable, ese público al que, como diría Lola Flores, tanto queremos y al que tanto debemos. Y al que no siempre mimamos como debiéramos, o al que no siempre miman quienes tienen en su mano hacerles la justicia de mejor calidad con unos medios dignos.

Y hay una versión especial de ese sembrar y recoger en nuestro teatro. La de ser esclavos de nuestras palabras. Y si no, pensemos cuántas veces nos hemos visto en un brete por algo que habíamos dicho en un informe anterior, o que hemos heredado de un compañero. Y ahí queda el papel para siempre, mirándote con cara desafiante diciendo “a ver cómo sales de ésta”. Lo que en Derecho llamamos “doctrina de no ir en contra de los propios actos” y que alguna vez produce ganas de que se te trague la tierra. Y es que el papel es muy sufrido…

Por todo ello, el aplauso es hoy para quienes actúan con la coherencia suficiente para recoger lo que sembraron sin llevarse sorpresas. Que no siempre es fácil en los tiempos que corren.

Y la ovación extra para @JulioAntonio48, que de nuevo me ha cedido una de sus preciosas imágenes para que me sirva de inspiración. Mil gracias

Empoderamiento: mujeres del tercer milenio


IMG_20170424_162201

Si echamos un vistazo a la imagen de la mujer en el mundo del espectáculo, a buen seguro que nos encontraríamos con clichés machistas a tutiplen. Algunos evidentes y otros tan sutiles que nos pasan desapercibidos pero calan, y mucho. El cine nos ofrece todo un muestrario de mujeres sumisas, encadenadas al mito del amor romántico y al papel que la sociedad se ha empeñado en darles. Hasta las que se rebelan, como La fierecilla domada, la Escarlata de Lo que el viento se llevó o Gilda, reciben “su merecido”. Incluso los títulos sentaban cátedra sobre el sentido de posesión, con eso de que Los caballeros las prefieren rubias y su continuación Pero se casan con las morenas Por no hablar de toda esa etapa del cine español embebida por el espíritu de una época, con el prototipo de Las que tienen que servir y el señoriiiiito por aquí y por allá o títulos hoy impensables como La Lola nos lleva al huerto. Hoy no es tan evidente, pero entre Crepúsculos donde las mujeres llegan a asumir ser vampirizadas por amor o aquellas dispuestas a que las eleven a Tres metros sobre el cielo, seguimos recibiendo mensajes que nos sitúan a las mujeres en un segundo y subordinado plano.

Algo que ocurre en la vida y que en nuestro teatro, como no es otra cosa que una representación de la vida misma en versión toguitaconada, vemos a diario. Con su maldita culminación en esa tragedia llamada Violencia de Género  tan evidente y dañina que ha dado lugar a la creación de una jurisdicción propia.

Y para combatir ese machismo que es la base de tantos males, las propias mujeres tenemos una herramienta poderosa: el empoderamiento. Algo que se consideraba un palabro exportado del inglés y que ya ha cobrado carta de naturaleza en la RAE desde 2014, y que consiste en el proceso por el cual las personas fortalecen sus capacidades para impulsar cambios positivos en las situaciones en las que viven. Y las mujeres, obviamente, necesitamos mucho de eso. Ya dedicamos un estreno a ese largo camino de la igualdad  y a las pioneras que empezaron a poblar de tacones Toguilandia. Y aunque aun nos queda llegar arriba, por abajo ya estamos empujando. Más de la mitad de las carreras judicial y fiscal somos mujeres.

Cuando pienso en esto, siempre me viene a la cabeza una juez amiga, a la que, recién llegada a su primer destino, alguien se dirigió diciéndole “morena, tráeme un café”. Ni que decir tiene que a ese alguien casi le dio un síncope al descubrir que era la juez que a partir de ese momento dirigiría ese mismo juzgado. O las veces que se han dirigido a mí o a cualquiera de mis compañeras llamándonos “bonita” o “niña”. Y hasta “señorita” en vez de señoría. Incluso a otra compañera una funcionaria le dijo que iba a tutearla porque era joven y “chica”, algo que ni se le pasaba por la mente hacer con nuestros compañeros varones.

Pero no solo de togas vive el mundo. Y las mujeres del tercer milenio, en todas partes, debemos dar el paso a una sociedad distinta, donde la igualdad sea real y no solo formal. Y para ello hay iniciativas muy valiosas. Y hoy, desde Con Mi toga y Mis tacones, quisiera compartir una de ellas.

Se trata del Foro de mujeres del Tercer Milenio, una iniciativa que se llevará a cabo en Madrid los días 5 y 6 de Mayo. Pero que a buen seguro continuará , como si de un tracto sucesivo o de un delito permanente se tratara, permaneciendo en el tiempo. Muchas mujeres dispuestas a debatir, compartir experiencias y aprender cómo llegar a eso del empoderamiento. Escritoras, artistas, profesoras universitarias, científicas o empresarias que traerán a colación las situaciones vividas en carne propia o ajena, y tratarán de encontrar el modo de evitar que sucedan en el futuro. Sin dejar de contar con nuestros compañeros en el camino, los hombres. Porque una sociedad en igualdad es una sociedad mejor para todas las personas.

Pero no nos confundamos. Empoderarse no implica asumir roles masculinos, como algunos quieren hacer creer. Que se atreva alguien a cuestionar mis tacones, que se arriesga a que les dé un uso diferente para el que fueron hechos. Caminar, siempre adelante, hacia esa meta de la igualdad que, con iniciativa como ésta, están un poco más cerca.

En esta carrera, el empoderamiento no consiste en otra cosa que en dotarnos de las herramientas suficientes para conseguir situarnos en el mismo punto de partida que los hombres. No se trata de darnos ventaja, sino de quitarnos de encima la desventaja. Y, una vez ahí, saltar todos los obstáculos que nos vamos encontrando en el camino: la conciliación –o la falta de ella- , los malos tratos y la violencia de género, la brecha salarial, el techo de cristal y su primo hermano el suelo pegajoso, la trata de mujeres, los matrimonios forzados…

Todo eso y mucho más es el tema de este Foro del Tercer Milenio, organizado por Mujeres felices y que además tiene un fin benéfico, la lucha contra la mutilación genital femenina, otro de esos obstáculos tan enormes que encontramos en nuestro camino.

Y esto no es más que el principio. La mujeres del tercer milenio han de ser mujeres a las que el hecho de serlo no les suponga ninguna cortapisa. Y es nuestra responsabilidad el ir haciéndolo aquí y ahora.

Así que hoy, en vez de aplauso, hay premio. Un premio especial, entradas para ese Foro, y que tendrá quien haga los tres primeros comentarios a este post. Y dos más, para los mejores entre los restantes que se hagan en las 24 horas siguientes a la publicación.

Aunque el verdadero premio será el del futuro. Un mundo donde las mujeres y los hombres seamos iguales. Y, como Escarlata, a dios pongo por testigo de que acabaremos lográndolo.

 

#historiasdelibros : Revolución


niño y abuelo

Próxima la celebración del Día del libro, mi toga, mis tacones y yo misma nos queremos unir a ella, con, “Revolución”, una pequeña historia sobre la importancia de estos grandes amigos, una de tantas #historiasdelibros. Ojala nunca nos hayamos de convertir en La Ladrona de Libros para acceder a ellos..

Revolución

                  Como cada jueves, llegó puntualmente, sin faltar a nuestra cita. Y como cada jueves, me cercioré de que puertas y ventanas estuvieran bien cerradas, no fuera que nadie entrara. Con aquella vez que casi nos pillan, tuvimos más que de sobra. Aún me entran temblores cuando lo recuerdo.

                  Se sentó a mi lado y se sacó cuidadosamente las dos cápsulas de la boca, con cuidado de que no le rozaran la lengua, según me contaba. Hoy eran una roja y otra verde. Tras guiñarme el ojo, contestó a gritos a su madre que ya se las había tomado.

                  La verdad es que me daba mucha pena, pese a que a sus diez años tenía toda la vida por delante.  Tal vez precisamente por eso. El pobre odiaba los exámenes mucho más de lo que yo los odié nunca, que ya era mucho. Me fue imposible transmitirle cómo eran en mi época, un batería de preguntas y respuestas que escríbiamos con algo para él deconocido llamado bolígrafo. Y me lo imaginaba allí sentado, en silencio, esperando que el profesor leyera los contenidos de su cerebro y dictaminara si estaba preparado para pasar a la siguiente fase. Si cuando yo era niño me hubieran dicho que las evaluaciones del colegio se podían hacer así, estoy seguro que hubiera tenido ganas de que llegara ese momento. Y ahora, sin embargo, no me daba otra cosa más que lástima.

                  La vida era muy diferente en el año 2050. Hacía ya una década que comenzaron a experimentar con los estudios en grageas, que insertaban directamente los conocimientos en el cerebro. Poco a poco, los iban rellenando, y dependía de la capacidad  de almacenar de cada cual que le pasaran a la siguiente fase de enseñanza o no. Ahora se había generalizado, y habían acabado prohibiendo otro sistema de aprendizaje. Y todos parecían felices con ello.

                  Pero él no. Cuando lo veía aburrido un día tras otro sentado en la mesa de la salita, siempre a mi lado, decidí asumir el riesgo y actuar. Y ahora no faltaba un solo jueves a nuestra cita secreta, aunque al día siguiente tuviera que asimilar una doble cantidad de cápsulas con el terrible dolor de cabeza que le causaban las sobredosis. Según decían, era muy peligroso introducir más conocimientos de los previstos para un día.

                  Nos pusimos manos a la obra. Mi nieto era feliz, y juraría que esos eran los únicos ratos en que disfrutaba de verdad. Y yo disfrutaba con él.

                  Nos entretuvimos tanto que casi nos pillan otra vez. Pero reaccioné a tiempo. Una milésima de segundo antes de que mi hija entrara en el salón con mi bandeja de la cena, él había vuelto a su silla ergonómica y yo a la mía, motorizada y computerizada. Agaché mi cabeza sobre el regazo y me apresuré en volver a colocarme la manta de cuadros sobre las piernas. Y hasta dejé caer un hilillo de saliva para rematar la puesta en escena.

  • Qué pena, papá. Con lo revolucionario que tú has sido y que acabes así, todo el día dormido y sin poder moverte ni decir palabra…

              Confieso que me costó mucho no levantarme y abrazarla. Pero si lo hubiera hecho, me hubieran llevado de inmediato a aquel centro donde mandaban a los hombres de mi edad, sin más alimento para el cuerpo y la mente que cápsulas de colores. Mi primo Antonio me dijo que no se estaba mal, pero no le creía, así que seguí sin moverme, como casi siempre.

            Cuando cerró la puerta a mis espaldas, por fin pude sacar mi tesoro de entre los pliegues de mi manta térmica. Un libro. Uno de aquellos pocos que logré rescatar y que mi nieto y yo compartíamos cada jueves en la clandestinidad.

            Al menos, en algo tenía razón mi hija. Era y seguía siendo un revolucionario. ¿O acaso había mayor signo de revolución que un buen libro?

Señalamientos: día y hora


 

subida tacones

              Hay que planificar las cosas. El momento en que se hagan es un factor fundamental para que salgan bien o sean un desastre. Bien lo saben los empresarios del espectáculo, que planean minuciosamente los estrenos en función de diversidad de variables. Y un error en eso puede ser vital a la hora del éxito o el fracaso. Siempre vemos que los estrenos de películas con aspiraciones a premio se amontonan en fechas próximas al fallo de los mismos, o cómo se dejan las películas u obras familiares para las vacaciones de verano, o  se hacen funciones ex profeso de cara a la Navidad. Y, por supuesto, el día en que se planea una acción es importantísimo, como el famoso Día D del Desembarco de Normandía. O, por qué no, El día de la Bestia y hasta El Día después

Nosotros también tenemos nuestro día D. O, mejor dicho, muchos días D. Tantos, como funciones representamos a diario en nuestro teatro. Y el cómo y cuándo se señalan es esencial al buen fin de nuestra función.

Decía mi tutor en su día que los jueces cuentan con una de las armas más peligrosas en su poder: el libro de señalamientos. Y no le faltaba razón. Agenda en mano, pueden dar con el momento para que el juicio sea por completo satisfactorio o pueden incluso destrozarte los planes más elaborados sin contemplaciones. A propósito o sin buscarlo. Y hoy en día con la inestimable ayuda de los LAJs, aliados imprescindibles en ese trance. O cómplices, según se mire.

Una sesión de juicios con unos señalamientos bien pensados y planificados es garantía si no de éxito seguro, casi. Y viceversa. Unos señalamientos mal planificados es una llamada al desastre. Salvo milagro, por supuesto. Y todo ello aderezado por las coincidencias  que, para quienes no somos jueces o lajs, nos obligan a hacer encaje de bolillos. Y a veces es muy difícil no enredar el hilo.

Pero no creamos, que no es cosa fácil. No se trata de poner al azar los juicios, o hacerlo por orden cronológico tal cual van entrando. Hay que hacer unos cálculos aproximados de la duración previsible, para decidir cuánto tiempo le dan hasta el siguiente. Y, por añadidura, hacer un ejercicio de adivinación para suponer los que tienen posibilidades de conformidad o acuerdo o aquéllos en los que toda avenencia es imposible. Cualquiera que haya dado algo más de un par de paseos por Toguilandia sabe que no es lo mismo una alcoholemia sin accidente que un alzamiento de bienes, una reclamación de cantidad sencilla que una negligencia médica. Por eso, un buen señalamiento combina cálculos de probabilidades que ni los ingenieros de la NASA y las labores de la más inspirada pitonisa. Y aún así a veces no se acierta.

Por supuesto que todo sería mucho más sencillo si los juzgados tuvieran una carga razonable de trabajo y no se vieran obligados en muchos casos a forzar la máquina señalando más juicios de los que se pueden celebrar, confiando en que la providencia toguipuñetera les eche una mano en forma de acuerdo, conformidad o suspensión. Pero mientras las cosas sigan así, esto es lo que hay.

La primera decisión a tomar es la relativa al número máximo de juicios a señalar, seguida de el tiempo destinado a cada uno de ellos. Hay quien señala juicios cada cinco minutos, y quien lo hace cada hora, pero lo habitual y lo más adecuado es imaginar la posible duración del mismo. Porque, como sabemos, en cuando uno dura más de lo previsto, arrastra a los demás como fichas de dominó y se empieza a acumular el retraso. Y, con él, los nervios, la impaciencia… y el hambre. Jurp que más de una vez me he visto en verdaderos apuros para lograr hacer callar a mis tripas, que pugnaban por rugir enfurecidas.

Si no me falla la memoria, mi record absoluto ha sido celebrar treinta y tres juicios en una mañana. Y acabando a una hora razonable, encima, aunque con una considerable empanada mental. Y, por el otro lado, he acabado a más de las 8 de la tarde sesiones que deberían haber terminado antes del mediodía sin parar a comer. Gajes del oficio. Y eso que no he consultado el Guiness, que tal vez debería plantearse una sección toguitaconada.

Confieso que, en ocasiones, cuando el tiempo supera lo previsible, empiezo a ver a los demás togados con cara de bocata de jamón, hasta el punto de costarme mantener la concetración. Y más de una vez hemos presenciado muestras de impaciencia en ese “letrado, sea breve”, que tanto puede llegar a incomodar. Pero lo mejor es hacer de tripas corazón -nunca mejor dicho- y tratar de ponernos en la piel del otro. Tan difícil y pesado es estar en la puerta varias horas esperando, como permanecer dentro celebrando un juicio tras otros sin solución de continuidad. A cada cual, lo suyo.

Por eso hoy el aplauso es doble. Para quienes señalan con tino y previsión, de una parte, y para quienes soportan con paciencia y educación los imponderables que hacen que las cosas no se celebren cuando debieran. Porque, aunque a veces se nos olvide, todos viajamos en el mismo barco.

 

Abrazos: tesoros impagables


abrazo

Como dice el anuncio, hay cosas que no se pagan con nada del mundo. Pequeños tesoros que cambian por completo el día, la semana y hasta la vida de una. Y los abrazos son uno de esos tesoros, aunque a veces no sepamos reconocerlo. En el cine, abrazos de todo tipo –o la falta de ellos- han protagonizado y sobre todo, puesto el The End a muchas películas, y en algunas incluso  son los que dan título a la obra, como Los abrazos rotos o El abrazo de la serpiente. Son innumerables los abrazos que podemos encontrar, desde los más castos a los más libidinosos, de los más sinceros a los más traicioneros, desde los de saludo a los de despedida.

Y aunque no lo creamos, los abrazos también forman parte de nuestro teatro. O quizás deberían formar parte más de lo que lo hacen, que muchas veces nos contenemos demasiado a la hora de expresar determinados sentimientos. No olvidemos que bajo las togas siempre late un corazón y ay de nosotros y del justiciable si no es así.

A lo largo de mi vida toguitaconada he visto y vivido muchos abrazos, todos ellos importantes en mayor o menor medida. El primero que me gustaría destacar, uno de los más trascendentales, es el abrazo triunfador, ese abrazo que marca la frontera entre la opositora y la fiscal –trasladable a cualquier otra oposición o profesión-. Ese abrazo desmedido, con saltitos incluidos, que le endosas a cualquiera que pilles cerca cuando tu nombre aparece en la lista de aprobados. En ese momento, abrazarías a cualquiera que estuviera a tiro, incluído el mismísimo demonio con rabo, cuerno y tridente. Y por supuesto, hay modalidades de esos abrazos cada vez que se aprueba un examen difícil, sea en la carrera, en el colegio o en cualquier otro ámbito.

Una de las modadlidades más frecuentes es el abrazo saludo, algo que cada día se ve más pero que todavía nos cuesta, especialmente a una generación a la que nos inculcaron muchos reparos hacia el contacto físico. Se puede dar cada día, pero la verdad es que no suelo ver que los togados andemos abrazándonos cada dos por tres. Además, resultaría raro a la vista de la gente que juez y fiscal se abrazaran antes o después del juicio, o lo hicieran con letradas o lajs. Ni que fuéramos Los Teletubbies, diría alguno, sin caer en que una señal de afecto no hace daño a nadie. Pero hay ocasiones en que son necesarios. Hace nada, vino a vernos una funcionaria de baja tras una operación. No pude dejar de abrazarla, aunque no lo haga habitualmente. Pero no veo mejor manera de mostrarle mi alegría por verla recuperada.

Otro tipo de abrazos frecuentes son los abrazo despedida. Son abrazos que se dan empapados en lágrimas, contenidas o no. Entre estos, destaco algunos de los que seguro que hemos sido testigos quienes habitamos el planeta Toguilandia. Me refiero a ese abrazo que le da la madre –u otro familiar- al delincuente que va a ingresar en prisión. Muchas veces, en la propia sala de vistas, donde la mujer pregunta si puede abrazar a su hijo. Confieso que más de una vez se me han saltado las lágrimas ante esta escena, donde el dolor trasciende mucho más allá de los cuerpos que se abrazan.

Y también existe el abrazo felicitación. El que le estampamos a un compañero o compañera que ha tenido un éxito en su vida, personal o profesional. Y cuidado con estos abrazos. Muchos son sinceros, pero alguno que otro es el abrazo del oso, y hasta hay que ir mirando las espaldas por si vuelan puñales. Cosas de la vida.

Y, aunque haya tantas clases de abrazos como personas y sentimientos, quería dejar para el final un abrazo especial: el abrazo reconfortante. No hace mucho, en un acto público, quiso venir a conocerme en persona alguien de quien conocía su triste historia de maltrato a través de un  contacto virtual. Que viniera a verme, se identificara y me buscara me emocionó tanto que le di uno de los abrazos mas sinceros que haya dado nunca. Creo que era mi modo de decirle que aunque no estuviera en mi mano hacer algo más por ella, podía contar conmigo. Y noté como una corriente de cariño traspasaba nuestros cuerpos hasta meterse dentro de nuestras almas. Y ella debió notar lo mismo, porque al llegar a casa encontré un mensaje suyo diciendo que lo mejor del acto había sido ese abrazo.

Ese abrazo me recordó otro. El que hace ya tiempo dí a otra mujer con una historia igual de dura. La conocía y conocía su historia por razones profesionales, pero a pesar de ser toda una superviviente, no estaba dispuesta a contar su historia, ni siquiera a aparecer en fotos. Cuando llegó a mi despacho un día y me dijo que iba a hablar en público para ayudar a otras mujeres, dando la cara, no pude hacer otra cosa que darle un enorme abrazo. El que le sigo dando cada vez que nos vemos. Y lo mejor de estos abrazos no es darlos, sino recibirlos. Qué afortunada me siento por ello.

Por eso hoy el aplauso no será aplauso. Es un enorme abrazo para todas las personas que superan sus aprensiones para manifestar su afecto, su apoyo, su solidaridad, su cariño y hasta su dolor. Porque un abrazo es mucho más que dos cuerpos que se juntan.

 

Semana Santa: togas penitentes


procesion

Pocos temas han dado para tanto metraje como la vida de Jesucristo y la temática religiosa en general. Y pocas películas han sido tan repetidas a lo largo de la historia de televisión como ese arsenal que nos ponían cada Semana Santa sin solución de continuidad. La túnica sagrada, Jesús de Nazaret, Quo Vadis, Ben Hur, El Evangelio según San Mateo, Los Diez Mandamientos y muchas más, a las que han sucedido otras versiones más iconoclastas como La ultima tentación de Cristo. Aunque, insuperable en el ranking La vida de Bryan, que una dosis de humor siempre viene bien.

En nuestro teatro no hay representaciones religiosas, desde luego. Pero también vivimos la Semana Santa a nuestra manera toguitaconada. O sea, vacaciones, en el bien entendido caso de que vacaciones no significa no llevarse deberes  a casa, como tantas veces nos toca. Pero es lo que hay.

Con motivo de estas vacaciones pascueras, desde Con Mi Toga y Mis Tacones queremos sumarnos a nuestro modo a ese espíritu de celebración, montando nuestra propia Pascua. Que espero que no le haga la pascua a nadie.

Como no hay Semana Santa sin procesiones, podemos montar la nuestra propia. Y lo primero que no pueden faltar son los penitentes. Y los penitentes no son otros que aquellos que tienen que desfilar purgando sus pecadillos. Y ahi, desde luego, hasta nos faltarían capirotes. Los que le pondría a todos los culpables de que las plazas de jueces y de fiscales sigan siendo las mismas que desde la noche de los tiempos, los que siguen sin crear juzgados, los que continúan sin dar una retribución digna y adecuada al turno de oficio, los que consienten que algunas sedes judiciales se caigan a pedazos, los que continúan manteniendo programas informáticos y equipos que funcionan a pedal o los que inventan leyes sin presupuesto. Y, en el papel de clavarios o clavariesas quienes, además de todo esto, presumen de que la digitalización va viento en popa o de que se ha agilizado la instrucción de las causas. Que cada cual les ponga nombre, y su sitio adecuado en el cortejo.

En nuestra procesión imaginaria, podríamos sacar en andas a Lexnet, que menuda murga han dado con ese invento que, hasta el momento, da más dolores de cabeza que otra cosa.

Pero en Pascua no todo son procesiones. También hay gastronomía propia de la época. Torrijas, potaje de bacalao, mona y huevos de pascua y hasta longaniza propia de la época. Y ¿por qué no transformarlas en un suculento menú judicial, propio del mejor bistro jurídico?. Tan suculento que no dé tiempo a que prescriba, ni a que se agote el plazo de instrucción, porque ya hayamos dado buena cuenta de ello, haciendo de la digestión la fase de consumación del delito. Con premeditación y alevosía, si hace falta

Podríamos empezar por un potaje de leyes, como el que nos hacen cada vez que les entra el furor reformista, bien aderezado con la retroactividad de la ley penal más favorable y no demasiado generoso, que siempre va a venir acompañado de una disposición adicional que nos escamote los ingredientes, que es tiempo de ayuno y abstinencia. Y como es momento de vigilia, nada de carne, pero sí unas verduritas aliñadas al aroma de claúsulas suelo, con un toque de jurisprudencia europea para darle sabor. Y, por supuesto, ligero, para que no origine lesiones en la gula que requieran tratamiento médico ni dejen como secuelas cartucheras de unas armas cuya tenencia no sepamos si es iícita o no.

Y como siempre, lo mejor, los postres. Esas torrijas de Semana Santa cocinadas a base de presunción de inocencia y consumidas más deprisa que cualquier juicio rápido. Y sin demasiada bebida espirituosa, que luego llegan las pruebas de alcoholemia y ya se sabe. Y cuidado con comer más de una, que podemos caer en la reincidencia y hasta en la habitualidad. Un poquito de zumo de equidad para alcanzar la medida justa, sin necesidad de acudir a arbitraje ni mediación alguna. Con aplicación estricta del principio de oportunidad, por descontado, que nada más oportuno que darnos un homenaje de vez en cuando.

Sin olvidar la merienda. Una buena mona de Pascua confeccionada por alguien que no sea el tercero hipotecario, que a ése nadie lo ha visto, no vaya a ser que su ingesta se convierta en un delito imposible por falta de objeto. Y, coronando la mona, un buen puñado de azúcar de instrucción, que aún no sabemos si se lo acabarán comiendo jueces o fiscales, y si dejaran algo para el resto de habitantes de toguilandia. Buen provecho.

Una forma de celebrar una especial Semana Santa Toguitaconada que algunos afortunados no verán porque han conseguido enlazar varios días de vacaciones y marcharse a desconectar a Dios sabe dónde. Bienaventurados sean, aunque no salgan en el sermón de las siete palabras.

Así que hoy el aplauso es para todos. Con un especial recuerdo a quienes pasarán estos días en el Juzgado de guardia, y una ovación muy especial para esas personas que, desde twitter, elaboraron esa idea del #BistroJuridico que he tomado prestada. Mil gracias.

clicks procesiion 3

Gafas: vida en colores


IMG_20170406_003519

Ya dijo Campoamor eso de “En este mundo traidor nada es verdad o es mentira, todo es según el color del cristal con que se mira”. Unos versos que todo el mundo conoce y todo el mundo aplica. Y es que las cosas cambian según las gafas que uno se ponga para mirar la realidad.

Las gafas dan mucho más juego del que a primera vista –nunca mejor dicho- pudiera parecer. Y en el mundo del espectáculo han dado también para mucho. Que se lo digan si no a Manolito Gafotas o a Mister Magoo. O hasta a una miope y encantadora Marilyn de Los caballeros las prefieren rubias. O la escena antológica de Thelma y Louise, con sus gafas de sol y su pañuelo al cuello dispuestas a todo.

También en nuestro teatro las lentes nos dan mucho juego. Particularmente a mí, que como bien sabe quien me conozca, jamás salgo de casa sin unas buenas gafas de sol ancladas en mi cabeza, para deseperación de una buena amiga que me riñe cada vez que me ve con ellas. Eso sí, a juego con la ropa, a ser posible. Y ellas acompañan a mi toga y mis tacones por donde quiera que voy. De hecho, alguna anécdota han suscitado en la sala de vistas, como ya conté un una ocasión. Tal vez ese amor mío por las gafas de sol viene de la época en que veía menos que un gato de escayola –circunstancia hábilmente corregida por un cirujano-, pero lo cierto es que ya forman parte de mí. Y sí, también tienen cristales de colores.

Pero la cuestión va mucho más allá de las gafas como soporte físico. Se trata de la mirada que una use en cada ocasión, en cada momento. Y no siempre es fácil ponerse las gafas adecuadas.

Lo más manido es referise a eso de ver las cosas de color de rosa. Una alusión al optimismo, a ver la parte buena de las cosas. Ponerse las gafas rosas es estar dispuesta a interpretar cualquier cosa que pase desde una perspectiva positiva. Nada fácil, y menos en nuestro teatro. Pero a veces es conveniente hacer ese ejercicio para no desesperarse. ¿Qué no va el ascensor? Pues se da las gracias a mantenimiento por ayudarnos a ponernos en forma. ¿Qué no funciona el ordenador? Pues agradecidisima porque cuiden de que no olvide la escritura manual. ¿Que se suspende un juicio? Pues encantada de la vida porque tendré oportunidad de estudiármelo de nuevo. ¿Que las temperaturas superan los 40 grados por fallos de la climatización? Pues es una suerte el disponer de sauna gratis. ¿Qué, por el contrario, nos quedamos congelados como pingüinos?. Pues menuda fortuna la nuestra, con lo bueno que es el frío para la circulación y para la piel. ¿Qué no funciona Lexnet? Pues así nos daremos un paseíto para llevar los autos, que la espalda sufre de tanto sedentarismo. Y así, hasta el infinito y más allá. Por más que muchas veces, los cristales rosas acaben por ahumarse o entren ganas de lanzarlos por la ventana.

En el otro extremo, tenemos las gafas negras. Las que hacen verlo todo de la peor manera posible. Esas que hacen que quien ha ganado un recurso se lamente porque se ha puesto el listón muy alto, o que se asusten ante una guardia tranquila porque seguro que al día siguiente es horrorosa. Las que llevamos todos cada vez que anuncian la enésima reforma procesal, porque eso de “virgencita, que me quede como estoy” se va a acabar convirtiendo en un mantra. Esas mismas gafas son las que llevan quienes, cuando consiguen conectarse en el ordenador, miran a todos lados pensando que de un momento a otro se autodestruirá como los mensajes del Super Agente 86, zapatófono incluido. Pero, la verdad, visto lo visto, en nuestro teatro se hace muy difícil a veces quitarse las gafas oscuras y tratar de ver la vida en colores.

Primas hermanas de las anteriores, están las gafas grises. Esas que dan una versión plomiza y rutinaria de todo cuanto ocurre. Y de la que hay que huir a toda costa, por más que a veces entre burocracia y trámites absurdos acabe a una acabándosele la paciencia e instalando la rutina en su trabajo. Vade retro, Satanás.

Pero hay otro tipo de gafas más hermosas. A mí me gustan mucho las de colores, las que emulan el arco iris de la bandera del orgullo gay y que constituyen todo un símbolo de tolerancia y libertad. Ojala nos las consiguiéramos colocar todos los días.

Y para último me he dejado mis gafas preferidas. Las gafas lilas , o violetas, o moradas. Esas que hay que ponerse para dotar a la vida, y a la Justicia, de una perspectiva de género de la que andamos tan necesitados. Con ellas se han puesto sentencias que nos acercan a ese objetivo de ser cada vez más iguales que tantas personas perseguimos. Como ésas tan recientes que aplican la agravante de género a asesinatos cometidos en ese ámbito, o la que reconoce el derecho a una pensión a una víctima de violencia de género. Y con ellas puestas, conseguiríamos que la paridad en los más altos tribunales y órganos fuera una realidad y no solo una quimera. Así que a ver si, aunque sea poco a poco, se va logrando que se incorpore una par de ellas a cada toga, con tacones o sin ellos.

Así que hoy el aplauso es para quienes, pese a todo, huyen de esas gafas negras y grises y se las ponen del tono adecuado. Porque, por más que cueste, vale la pena. Y todo se ve mucho mejor

Traslados: de la Ceca a la Meca


IMG_20170403_181452

En cualquier ámbito es fundamental la necesidad de trasladarse, o de trasladar las cosas de un lado a otro. Y en el teatro lo es, si cabe, todavía más, ya que cuantos más sitios se visiten, más gente verá el espectáculo, si bien hoy los medios de difusión ayudan mucho. Pero, por más que haya pasado el tiempo, los artistas siguen haciendo bolos con sus funciones y con sus conciertos, porque sin contacto con el público el espectáculo pierde gran parte de su sentido. Y aunque se pague a veces un precio caro por ello, como les sucede a los protagonistas de la oscarizada y actual La la land, o de las antigua serie de Melodías de Broadway, por ir de un extremo a otro. O a los músicos, prestos a ir con la música a otra parte, como los deliciosos protagonistas de Con faldas y a lo loco.

En nuestro teatro nos trasladamos de muchos modos. Y unos más que otros, sin duda. Nos trasladamos cambiando de destino a través de los concursos, o nos trasladamos de un señalamiento a otro dentro del mismo sentido, con nuestras togas portátiles, con chófer  o sin el, o más frecuente, con los tiempos que corren.

Pero no solo es preciso que nos traslademos nosotros. También es, más si cabe, que lo haga el papel, recorriendo su trayectoria judicial de Herodes a Pilatos, de la Ceca a la Meca, o, dicho de otro modo, de un profesional a otro. Del juez al fiscal, de éste a la Sala, de aquélla al Procurador, de éste al Letrado, pasando por en medio por los LAJ, y todos los funcionarios que hagan falta y, en su caso, por el médico forense o el perito de que se trate –o sus homónimas femeninas en todos los casos- Y el sufrido papel va de un lado a otro, en original o en fotocopia, en valija o en carrito, en persona o por correo. De ahí precisamente” debe venir la fórmula de encabezar los escritos con eso de “evacuar el traslado conferido”. Horrible verbo, por cierto, ese de “evacuar”, solo comparable en fealdad con el “deponer” atribuido a los testigos.

Y es que por más que nos vendan como la panacea eso de Papel 0, a día de hoy, de 0 nada. Como mucho, podrán viajar los escritos por las ondas misteriosas de lexnet, pero acaban siendo impresos en un juzgado e incorporados en papel a la causa como toda la vida. Eso sí, con todas la variedades que podamos imaginar.

En primer lugar, la más tradicional del mundo. La de entrega personal a través del auxilio judicial –funcionario o funcionaria encargado de llevarlo de un sitio a otro-. Que, aunque a un profano pueda parecerle tarea sencilla, nada de eso. Porque dado que cada juzgado, y cada fiscalía, tienen sus propio personal, y su propia distribución interna, puede pasar por muchas manos antes de llegar a su destinatario. Auxiliados, por supuesto, de los sempiternos carritos, de papelería, de súper, o hasta de sillas con ruedines haciendo las funciones. Porque, aunque resulte difícil de creer, en Justicia la distancia más corta entre dos puntos nunca es la línea recta, y un procedimiento puede tardar en llegar del despacho del juez al del fiscal, distantes uno o dos pisos, varios días. Pura eficiencia, a la que hay que sumar la obligación de registrarlo en el programa informático de una y otra dependencia, generalmente incompatibles entre sí, y en el del órgano superior, si es que existe recurso.

Pero eso que ya es bastante absurdo en el caso de que los procedimeitnos empiecen diractamente en el juzgado que ha de conocer de ellos, se vuelve una locura cuando entran desde Decanato, desde la guardia, o inhibidos desde cualquier otro lugar. Las causas siguen un via crucis en estos casos que ríase usted de los de Semana Santa. De Herodes, a Pilatos, como decía. Y como se reechace la inhibición o haya un conflicto de competencias, vuelta a empezar. Una verdadera locura que parecería una broma si no se tratara de un asunto tan serio.

Y ojo, que la cosa puede complicarse más todavía. Porque si cambiamos de partido judicial, entra en acción la famosa valija. Que no es otra cosa que una suerte de correo postal entre unos y otros órganos. Cuando llegan, los procedimientos están a veces ya viejos de tantas vueltas. Las grapas se sueltan, y más de una vez hemos tenido que tirarnos en el suelo para recomponerlos, como si fuéramos críos haciendo un rompecabezas. Y, ay de ellos como también susciten conflictos de competencias…

Por supuesto, cuando los papeles viajan, como todo viaje que se precie, se les ponen sus correspondientes cuños de entrada y salida, que para eso sí que somos serios. Como si fuera un pasaporte, con sus visados y todo.

Y así seguimos. En plena era digital, con estos sistemas de notificación tan modernos, a los que se suman, los crean o no, el sempiterno papelito rosa del acuse de recibo del correo y hasta el telegrama, no vaya a ser que el señor Morse se enfade y venga a azotarnos desde su tumba. Y el otro papelito rosa indispensable, el mandamiento de devolución del Banco. Modernización en estado puro, oiga.

Así que una vez más, el aplauso para quienes siguen trabajando en pleno siglo XXI como si estuvieran en el siglo XX e incluso antes. La modernización es lo que tiene.

 

Carteles: avisos varios


1 (1)

Pocos símbolos con más magia en el espectáculo que los carteles anunciadores. Esas pequeñas obras de artes que anuncian el estreno de una película o una obra de teatro. Pintados a mano, en principio, y hoy con la más moderna tecnología. Maravilloso ver cómo cambiaban los de las películas en Cinema Paradiso o cómo los hacía Toulouse Lautrec para el mítico Moulin Rouge. Y, por supuesto, un verdadero sueño ver colgado el de “no hay localidades”, y una pesadilla ver el de “función suspendida”. La vida en carteles.

Y nuestro teatro no podía ser menos. Tenemos, por supuesto, nuestros carteles anunciadores, más o menos rimbombantes, en cada sede, y, más bien menos que más, en el interior de las mismas, para conducirnos con mayor o menor fortuna a la dependencia buscada. En Valencia, por ejemplo, contamos un sistema de colores, como si fuéramos los mismísimos Parchís: rojo el penal, azul el civil, amarillo el social. Supongo que a quienes lo idearon ni se les pasó por la cabeza que pudiera existir una jurisdicción contencioso administrativa, ni unos elementos extraños como los Juzgados de lo Mercantil o los de Violencia sobre la Mujer.

Aunque, respecto a mi supuestamente flamante Ciudad de la Justicia, no puedo ver el cartel anunciador del edificio sin que se me venga a la cabeza una anécdota que me contó una buena amiga procuradora. Había quedado con un cliente y tenían que concertar el lugar de la cita, y el cliente en cuestión se empeñaba en quedar “donde el caballo”. Mi amiga se volvía loca pensando a qué narices se referiría, puesto que no hay ningún cuadro, ni escultura ni nada que reproduzca un ejemplar equino, ni tampoco unas cuadras cerca. Cuál no sería su sorpresa cuando descubrió que se refería a la puerta principal, donde luce el escudo de la Generalitat, que no tiene caballo alguno, pero sí un dragón coronándolo. Increíble pero cierto.

Pero hay otros carteles mucho menos institucionales que abundan por todas las sedes judiciales y dan idea del estado de las mismas, y hasta del humor o la ausencia de él de sus titulares. En mi primer destino, y al hilo de un rifirafe entre un juez y un letrado acerca de la vestimenta de este último, surgió un cruce de carteles de lo más pintoresco. Como quiera que el letrado se obcecaba en vestir a su modo, el juez colgó un cartel que decía: “prohibido entrar sin corbata”. El letrado acudió al día siguiente con una corbata fosforescente enorme, vaqueros y sandalias de nazareno. El juez no cedió y colgó un nuevo cartel que prohibía la entrada sin calcetines, y al día siguiente el letrado acudió ataviado con bermudas y sandalias con calcetines al modo guiri. El incidente terminó de modo abrupto ante las quejas de las letradas que, en pleno verano mediterráneo, se negaban, obviamente, a ponerse calcetines bajo sus bonitos zapatos o sandalias. Pero dio su juego.

En el otro extremo, una juez de uno de los partidos judiciales que he recorrido con la toga a cuestas, que tenía el juzgado empapelado de carteles donde advertía las horas, modos y maneras en que se podía entrar en su despacho, con cosas del tipo “los funcionarios solo podrán entrar de 11 a 12” “absténgase de molestar a Su Señoría cuando está la puerta cerrada” “la firma solo se pasa a su Señoría de 12 a 2” o “Su Señoría no atiende Letrados salvo cita previa”. Como no me gustaba nada aquello y, aunque no sea letrado, no había cartel referido al Ministerio Fiscal, permanecí callada y modosita hasta que salió a la puerta. Cuando me preguntó por qué no había entrado, le dije, obviamente, que no había cartel referido a la fiscal. Por suerte, no hemos vuelto a coincidir.

También hay carteles ilustrativos acerca, como decía, del estado de las sedes. “No abran ventanas, que luego no cierran”o “cierren que hace frío”, aunque uno de los buenos es el que rezaba “no subirse a las estanterías” a cuenta de un incidente en que éstas se habían desplomado con todos sus expedientes sobre los funcionarios.

Y uno de los grandes protagonistas de la cartelería judicial es, paradójicamente, el propio papel. Las advertencias a los letrados de que acudan sus propios folios o no podrán hacer fotocopias abundan por los juzgados de España. Pero la mejor es la que me cuenta una compañera, que decía “utilicen el papel estrictamente necesario”. Lo peor es que en este caso se refería al papel higiénico, nada menos. Toda una alegoría de lo que sería después el tan traído y llevado Papel0.

Las instrucciones también son parte del escenario habitual. Las de la fotocopiadora, el escaner o el fax, incluidas referencias a las teclas que no funcionan en algún caso. Tan ignoradas como la sempiternaa de “apagar el móvil”, la de “prohibido el paso”, o la de “peligro, suelo mojado”, sea porque el personal de limpieza ha acudido en horas de trabajo o porque una inundación o una gotera nos ha recordado cómo estamos. O una muy celebrada en su día “prohibido mascar chicle en este juzgado”. Y el colmo, la fijada en un frigorífico junto a unos frascos que decía “ojo, muestras de semen”. Aún no sé el “ojo” a qué se referiría exactamente.

Buena muestra de la constante modernización es un cartel que tiene su aquel, fijado en el ascensor de la Ciudad de La Justicia de Valencia. Aparte de su estado lamentable, anuncia que los pisos cuarto y tercero son “zona de descanso de funcionarios”. Lo cual ha dado para más de una chuflaina, porque en esos pisos está ubicada actualmente una sección de la Audiencia y una parte de fiscalía, precisamente la mía. Y poner a tiro al bromista de turno que nuestros despachos son zona de descanso es arriesgar demasiado. Obviamente, el cartel pertenece a otra época. Pero da mucho juego. Y a mí, mucha rabia.

Pero, para sentido del humor, la de quien colocó un cartel sobre varios expedientes, con la leyenda “no tocar, están prescribiendo”. Otro visionario que debió adivinar el advenimiento de la reforma procesal con su límite de instrucción.

Otra cosa que se trasciende en la cartelería son las relaciones personales. O la falta de ellas. Me cuentan que una juez, publicado su traslado y a punto de hacerlo efectivo, colocó un cartel en la nevera que tenían diciendo “el frigorífico es mío y me lo llevo, vaciadlo antes del lunes”. Imagino que así lo harían, porque no parece que admitiera prueba en contrario.

Aunque yo el cartel que guardo con cariño es el que confeccioné y fijé en la puerta de mi despacho con el texto “fiscal en huelga” con motivo de la única huelga que hemos hecho los fiscales.

Lamentablemente, el odio y la intolerancia también tienen su reflejo en carteles y pasquines. Todos hemos visto los que periódicamente colocan en la puerta de los juzgados de violencia sobre la mujer de cualquier lugar de España. Ese “stop feminazis” tan terrible e insultos parecidos, una verdadera oda a la sinrazón.

Así que hoy el aplauso es especial. El que desde Con Mi toga y mis tacones doy a quienes me han prestado sus anécdotas y fotos, sin las cuales no hubiera existido este estreno. Mil gracias.

IMG-20170325-WA0016

Excusas: no todo vale


Excusas-1

Recuerdo que cada vez que trataba de dar explicaciones a algo que había hecho mal, o no tan bien como se esperaba de mí, mi madre me salía al paso diciéndome que aquello eran excusas de mal pagador. Ya podían ser las notas del cole, por haber llegado tarde y por no haber arreglado mi habitación –esto último, lo más freecuente-. Y es que las cosas hay que hacerlas cuando hay que hacerlas. Y como hay que hacerlas, desde luego.

El teatro no puede ser una excepción. Imaginemos que una escena no se rueda porque el cámara llega tarde, o que el estreno o la entrega de premios no tiene lugar porque olvidaron la alfombra roja en el tinte. No colaría. Como nunca han colado las actitudes de esos divos y divas que, llevados de su divismo, se permiten llegar cuándo y cómo les viene en gana. Por más divos que sean, sus carreras acaban acusándolo porque no se puede trabajar con tal falta de respeto al prójimo, que sí que cumple. Las excusas en sí mismas son el leit motiv de algunas películas, como la propia ¡Excusas!, o alguna otra cuyo título ya en sí mismo lo es como Los chicos no lloran, Papá está en viaje de negocios o ¿Por qué lo llaman amor cuando quieren decir sexo?. Y es que, aun cuando vengan a modo preventivo, ya se sabe eso de “excusatio non petita, acusatio manifiesta”.

Nuestro teatro y sus protagonistas, como no podía ser de otro modo, está plagado de excusas. Algunas admisibles, como la sempiterna falta de medios que impide tantas cosas, y otras menos. Y vienen de todas partes. Veamos si no.

La tardanza es una de las razones que más hace mover la imaginación para crear excusas, reales o inventadas. Y, en los más de los casos, tuneadas. Un semáforo en rojo se puede convertir, a la hora de pedir disculpaas, en un atasco inconmensurable, y una simple vomitona del niño en una gastroenteritis vírica de grandes dimensiones, que suena mucho más fino. En mi primer destino, Castellón, a 70 kilómetros de mi docmicilio habitual, me encontraba más de una vez con abogados que llegaban tarde aduciendo que venían de Valencia, y que ya se sabía. A mí se me llevaban los demonios pensando que si yo me había pegado el madrugón de la vida para estar convenientemnte toguitaconada a la hora señalada, a ver por qué no lo podían hacer los demás. Y una vez, ya harta, porque solía tratarse de las mismas personas, me decidí a contestar. “No lo puedo saber, el Ministerio Fiscal se teletransporta para llegar a tiempo”. Fue agua de mayo, porque al menos por parte de esa persona no volvió a contarme el mismo cuento. Eso sí, cambió de discurso, y en otra ocasión me dijo “yo no soy el típico abogado jovencito que llega tarde”. Pero como ya me había venido arriba, le dije muy seria que el típico abogado jovencito lo último que haría sería llegar tarde a una vista. Y me quedé más a gusto que un arbusto.

Pero no quiero hacer de esto una guerra de profesiones. Tardones los hay en todas partes. Y hubo una vez que, ante una juez que sistemáticamente empezaba media hora después de lo que ella misma señalaba, me atreví a sugerirle que retrasara la hora del primer señalamiento. Pero, lejos de admitir mi sugerencia, me dijo que yo no sabía lo duro que es tener niños pequeños. Por supuesto, le dije que no, porque como todo el mundo sabe los hijos e hijas de las fiscales nacen con doce años cumplidos. Faltaría más.

Pero he de reconocer que las excusas más pintorescas me han venido de los propios acusados, algunos tan ingeniosos que ganas dan de aplicarles alguna atenuante analógica, por ser capaces de hacernos reir –o sonreir al menos- aunque estemos en medio de una guardia interminable. Los delitos contra el patrimonio de toda la vida espoleaban la imaginación de quines los cometían y así, he oido contar sin sonrojarse que aquel flamante radiocassette nuevecito –sí, existieron- lo habían encontrado en el contenedor. En mi primera guardia en prácticas casi se me escapa la carcajada al oir a una juez que ante semejante alegación, le dijo muy seria que menuda suerte tenían, que ella tiraba la basura todos los días y jamás había visto esas cosas en el contenedor de cerca de su casa. Y ojo, que aquél no se arredró, y le constestó que sería porque no miraba en los contendores adecuados. Y tan fresco.

En otro caso, el detenido nos explicó cariacontecido que debiamos entender que dejar una moto tan nueva, tan bonita y tan brillante en medio de la calle era una tentación a la que nadie podría sustraerse. Y se quedó tan tranquilo.

Pero mi excusa preferida fue la de un imputado –hoy sería investigado- que, en el trámite de la última palabra tras una compaecencia de prisión que le iba a llevar a la cárcel con toda seguridad, nos dijo que no podíamos meterlo allí porque tenía claustrofobia y no podía estar encerrado.

Aunque hubo otro que le iba a la zaga. Ante la perspectiva de una orden de protección que le iba a alejar unos cuantos metros de su ex novia y el domicilio de ésta, me dijo muy serio que no podía ser, porque él tenía que ir al gimnasio que estaba justo ahí. Amablemente, le expliqué que si ése era su problema, no se preocupara, que le enviaría a un sitio donde tendría gimnasio todos los días, y gratis, y que se llamaba centro penitenciario. Ni que decir tiene que, de pronto, la perspectiva de abandonar su amado gimnasio no le pareció tan terrible.

Pero si estas excusas son en cierto modo comprensibles, hay otras que no lo son de ningún modo, y que vienen de mucho más arriba. Y que no son otras que las que dan día sí y día también quienes se deberían encargar de proporcionarnos medios y no lo hacen. Esas sí son imperdonables. Pero ahí siguen. Sin darse por aludidos.

Así que hoy el aplauso no será para las excusas, ni para quienes las utilizan. Será, una vez más, para todos los que hacen su trabajo pese a todo y pese a todos. Sin ninguna excusa que lo impida.