Amnesia: consecuencias del olvido


              La amnesia, o pérdida de la memoria, es un argumento más que manido en películas y series de televisión. Y es que el hecho de que a una persona, por un accidente o por una enfermedad o vivencia traumática, se le borre el disco duro de sus recuerdos y haya de resetearlo, da mucho juego. Son cosas que ocurren a los protagonistas de películas como Mientras dormías o A propósito de Henry, entre otras.

              En nuestro teatro, la pérdida de memoria en sí no tiene unas consecuencias concretas. Dependerá de por qué surja y cómo se manifieste para que despliegue -o no- efectos jurídicos. Si la amnesia es consecuencia de un accidente de tráfico o un accidente laboral, la posible indemnización, si procede, dependerá de cómo se produjo, y si la pérdida de memoria es debida a una enfermedad y produce incapacidad, será la jurisdicción civil la que determine el alcance de la limitación de capacidad de la persona y su influencia en sus actos jurídicos.

              En cualquier caso, y, más allá de enfermedades como el Alzheimer al que hemos dedicado varias historias, el verdadero problema que produce la amnesia es que nunca se puede llegar a saber hasta dónde llega y cuándo se recupera la memoria, si es que se recupera.  E, íntimamente unido a ello, que deja un amplio campo a la posibilidad de fingir un olvido que reamente no existe, si es que conviene. Algo que puede tener importantes consecuencias en un proceso penal.

              Así en España, lo testigos prestan juramento o promesa d decir verdad, y, aunque no se usa la fórmula que oímos en tantas películas americanas de “decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad”, es evidente que ocultar algo es tanto como faltar a la verdad. El problema es que es imposible saber a ciencia cierta cuándo realmente se ha olvidado algo o cuándo lo que no se quiere es contarlo, salvo que haya alguna otra prueba que lo corrobore, como podría ser una conversación previa con alguien. Pero, a día de hoy, no es factible entrar en el cerebro de una persona y saber si oculta algo deliberadamente o no lo recuerda. Del mismo modo, por cierto, que tampoco se puede determinar si miente o no, salvo casos de enfermedad mental o falta de madurez. Eso es lo que nos dicen siempre los forenses cuando alguien pretende que hagan una pericial sobre si tal persona miente o no. Es decir, que una persona mayor de edad y en pleno uso de sus facultades puede mentir o decir que algo no lo sabe o lo ha olvidado sin que un médico pueda detectarlo por pruebas científicas.

              Lo que vemos con frecuencia en Toguilandia es la amnesia selectiva. Investigados, acusados, testigos que no recuerdan lo que no les conviene, mientras que para lo que les viene bien tiene lo que mi madre llamaba “memoria de tísico”, que consiste en acordarse de algo hasta en el más mínimo detalle, por mucho tiempo que haya transcurrido. Una expresión que, por cierto, tampoco tiene base científica alguna, aunque se usa mucho, al menos en mi tierra.  En tiempos del Romanticismo existía la creencia de que la tuberculosis -popularmente, tisis- aceleraba y potenciaba la creatividad y la memoria, basándose en que genios como Bécquer o Chopin la padecieron. Puede ser que el motivo estuviera más relacionado con el tiempo que estas personas dedicaban a leer y estudiar mientras estaban convalecientes que con una consecuencia fisiológica, pero eso tampoco está estudiado.

              En realidad, cuando un testigo hace alarde de esa memoria de tísico, nos salva un juicio, y si ocurre lo contrario, nos hunde en la miseria, Pero la memoria selectiva es otra cosa, y, aunque en algún caso puede tener base científica -olvidar solo lo relativo a un hecho traumático- suele ser más pura conveniencia que otra cosa.

              Y, si de acusados se trata, la amnesia ya alcanza proporciones cósmicas. Cuántos “no recuerdo”, “no me consta” y expresiones similares hemos oído en Toguilandia, y aún más en las noticias que reproducen todos esos casos mediáticos que están haciendo que nuestro teatro esté más transitado que el metro en hora punta.

              En cualquier caso, no olvidemos -nunca mejor dicho- que aquel a quien se atribuye un delito, sea imputado, investigado, acusado o procesado, tiene derecho a no declarar, a no confesarse culpable y a no contestar a todas o a alguna de las preguntas que le hagan. O sea, que puede callarse o mentir como un cosaco. Y esa amnesia selectiva encaja muchas veces en ello.

              Para acabar, quiero hacer un pequeño guiño a quienes opositan para formar parte de nuestras funciones. Para eso sí que se necesita una memoria de tísico y una constancia tremenda. Por eso era hoy a ellas y ellos a quienes les doy mi aplauso. Porque quienes hemos pasado por ahí sabemos lo que cuesta.

Bodas: anécdotas y curiosidades


              Las bodas siempre suponen un acontecimiento. Y como acontecimiento que son, tienen un enorme protagonismo en el mundo del cine, con títulos como Cuatro bodas y un funeral, La boda de mi mejor amigo, Mi gran boda griega, La boda de Muriel, La boda de Rosa y otras muchas. Y eso sin olvidar cuántas películas y series tiene como gran final una boda por todo lo alto. Como la mismísima Cenicienta, o una no boda, como Mamma mía o El graduado. Y es que una boda siempre es una boda.

              En nuestro teatro las bodas y todo lo que llevan consigo también tienen un gran protagonismo. Y es que, nos guste o no, l matrimonio es un contrato que despliega efectos jurídicos durante su cumplimiento, y también a la hora de rescindirlo. Ya hablamos de bodas y divorcios en otros estrenos

              Pero lo que me ha inspirado para el estreno de hoy no es tanto la parte jurídica sino la parte lúdico-festiva del asunto, que ya hace tiempo que no contamos anécdotas y hay lectores y lectoras que me han hecho ver que se echan de menos. Espero no defraudarles.

              El caso es que el otro día me contaron algo que no puedo guardarme para mí sola. Resulta que un juicio por delito leve acabó como una escena de folletín o poco menos. Se celebraba un levito por insultos en el seno de una pareja -que, afortunadamente, no había tenido más denuncias- y ella, aunque compareció, no quiso ratificar la denuncia. Como quiera que el delito leve de injurias es la única infracción dentro del ámbito de la violencia de género que es perseguible a instancia de parte, se solicitó la absolución y en ello hubiera acabado el juicio si no fuera por lo que pasó a continuación. Que no fue ora cosa que el hecho de que el denunciado, ya absuelto, previa petición de permiso a Su Señoría y sin esperar su toguitaconada respuesta, se arrodilló y pidió matrimonio a la que, hasta hacía unos momentos, había sido la denunciante, que, ojiplática, acabó aceptando encantada. O supuestamente encantada, porque habrá que ver qué es lo que pasó de puertas para afuera. Esperemos que el hecho que seiba a enjuiciar fuera una mera anécdota y la cosa termine felizmente. Peo habrá que estar alerta. Por si las moscas.

              El hombre supongo que quería emular lo que hizo un árbitro al acabar un partido, o una atleta al terminar la competición, o incluso un fallero después de pasar por la Virgen de los Desamparados: pedir matrimonio a su pareja. Pero alguien le debía haber dicho que un juicio al que había comparecido no era el escenario más romántico, desde luego.

              La historia me hizo recordar algunas otras cosas que he vivido, en toga propia o ajena, respecto a las bodas y eventos varios. Una de las más graciosas es la de una pareja que llegaron a preguntar si el juez que les iba a casar podía vestirse de Elvis como en Las Vegas. No hace falta que reproduzca la respuesta. ¿no? Aunque no niego que no estaría nada mal para dar un toque de color al asunto.

              Quizás por eso una compañera mía, que, antes de aprobar las oposiciones fue jueza de paz, nos contaba que, cuando le decían de celebrar una boda en su juzgado, trataba de echar balones fuera diciendo que se fueran a que les casara el alcalde ¡que es más rumboso y tiene piano”. Que yo sepa, nunca ha recibido una queja por esa inhibición encubierta.

              Y hablando de hacer y deshacer bodas, me ha venido a la cabeza lo que nos sucedía con uno de los habituales de un juzgado de mi primer destino. Su mujer, hasta las narices -por no decir otra cosa- de él, había interpuesto una demanda de divorcio en su día que fue resuelta satisfactoriamente por el juez al que le tocaba en suerte, por ser en encargado del registro civil en aquel partido. Pues bien, el tipo se fue a otro de los juzgados de dicho partido para decirle a la titular, muy enfadado, que él y su mujer se querían mucho y que si se habían divorciado era por culpa del insensible del juez del número 1 que se había empeñado en divorciarse., como si los jueces fueran divorciando a la gente según su capricho.

              En ese mismo destino, recuerdo una cosa curiosa que sería cómica si no fuera patética. Y es que la pareja, que había acabado como el rosario de la aurora, tenían un contencioso importante acerca de la liquidación de gananciales, y uno de los puntos culminantes de la discordia era, nada más y nada menos que quién se quedaba con el vídeo de la boda. Ver para creer.

              Estas son solo algunas anécdotas de las que puedo comentar respecto a bodas y eventos. Seguro que hay muchísimas más. Y espero vuestro aplauso para recopilarlas y hacer un bis. Estaré atenta

Reserva: ¿entre el secreto y la publicidad?


              Por más transparente que se sea, todo el mundo se reserva una parte para sí. Porque es imposible no guardarse un hueco, aunque sea pequeño, para nuestro espacio íntimo. Incluso cuando decimos que algo se hace Sin reservas, como el título de la película, siempre existe alguna, y La reserva está ahí.  Y no me refiero a la reserva espiritual de occidente, que era la propaganda del franquismo, ni a la banda de música experimental que lleva este mismo nombre, sino a otras muchas cosas.

              En nuestro teatro, la reserva parecía ser el santo y seña de nuestras actuaciones durante mucho tiempo hasta que la nueva era de la sociedad de la información llegó. Y también con la arribada de los nuevos tiempos a partir de la Constitución, que supuso el punto de partida para la democratización de la justicia y, por supuesto, de la sociedad.

              Hubo un momento, mucho menos lejano de lo que pudiéramos creer, en que la justicia y quienes trabajan en ella vivían en su torre de marfil, ajenos a lo divino y a lo humano y con aura de inatacabilidad que los hacia poco menos que intocables. Se decía que los jueces hablaban a través de sus sentencias que además redactaban en alambicados “considerandos” y “resultandos” que hacían que fueran casi indescifrables para los iniciados en la secta de los togados.

              Por aquel entonces, bastaba con cerrar la puerta para que nadie se pudiera enterar de lo que pasaba en estrados, y de ahí lo de la “celebración a puerta cerrada” como figura para preservar la intimidad de las personas involucradas en determinados juicios. Y es lógico que así se llamara porque no podemos perder de vista que nuestra ley de enjuiciamiento criminal fue redactada en el siglo XIX, por más que la hayamos parcheado y recauchutado más veces de lo que su estructura podía admitir.

              Por supuesto, de ninguna manera podía imaginar nuestro legislador de 1881 que legaría un día en que todo el mundo tendría un chisme en el bolsillo con el que podría comunicar en segundos con cualquier punto del planeta e infinitas personas simultáneamente. Ni el mismísimo Julio Verne en su momento más inspirado podía pensar en algo así. Recordemos que apenas cuatro años antes se había adquirido el primer teléfono en España por la Escuela de ingenieros de Barcelona y que no fue hasta varios años después en que empezaron a existir teléfonos en algunos lugares, un armatoste de lujo que no estaba al alcance de casi nadie. De hecho, hace nada se conmemoraban 140 años de la primera llamada.

              Pero como las ciencias avanzan que es una barbaridad, como decía Don Hilarión e La verbena de la Paloma, ya hace varios años que el panorama nada tiene que ver. Cualquiera puede entrar en una sala de vistas y, con permiso o sin él, grabar lo que allí ocurre. Ni que decir tiene que lo de la celebración a puerta cerrada suena hoy día, cuanto menos, un poco naif.

              No obstante, no echemos la culpa de todo a los móviles . Los juicios paralelos comenzaron a existir mucho antes de que estos se extendieran, y todo el mundo recuerda espectáculos dantescos con algunos asuntos de especial interés mediático-morboso. El punto culminante de aquel despropósito fue el terrible asunto de Las niñas de Alcácer, cuyos bulos y ruido mediático han llegado hasta nuestros días en variadas y rocambolescas teoría conspiranoicas, pese a que han pasado más de 30 años.

              Lo que ocurre es que ahora no es preciso salir en televisión para lanzar todo tipo de bulos y destripar y deformar los procesos judiciales hasta el absurdo. Basta con contar con una grabación, unas notas o un audio para extenderlo por tierra, mar y aire, con todo el daño que puede suponer

              Frente a ello hay quien se alza enarbolando la bandera del secreto de sumario. Pero, como sabemos, no todos los sumarios son secretos. El secreto se debe declarar expresamente, y solo puede durar un tiempo determinado, transcurrido el cual, si se prorroga, hay que dar cuenta periódicamente. Pero alzar un secreto no significa echar las campanas al viento y que cualquiera pueda saberlo todo porque las cosas no son así. Fundamentalmente, porque los sumarios, y la instrucción de cualquier procedimiento, aunque no sea declarado formalmente secreto, está sujeta al principio de reserva frente a la publicidad característica del juicio oral.

              Así, hay que aclarar que la instrucción es siempre reservada, aunque no sea formalmente secreta. Y esto es más que lógico, pues, tratándose de una investigación, poco se podría investigar s vamos cotando a los cuatro vientos todo lo que va descubriendo y el siguiente paso a seguir.

              La cuestión que me hace hablar conmigo misma con más frecuencia de la que quisiera, es la normalización de reventar esa reserva y que todos los medios de comunicación y, por ende, todo el mundo, lo sepa todo de cualquier instrucción a poco mediática que resulte. Por un lado, están las filtraciones que solemos ver, y si no recordemos las grabaciones de interrogatorios en instrucción que cualquiera puede seguir encontrando a un clic del teclado.

              Pero, por otro lado, ocurre algo que todavía me pasma más. Y es esa normalización de “pasar el sumario a la prensa”. En los últimos tiempos oímos como se sabe que tal día se facilitarán las actuaciones a los medios como si eso fuera lo normal. Y no lo es. No, al menos, con el sistema procesal por el que nos regimos.

              A partir de ahí, se abre la veda. Los programas extraordinarios, las tertulias y las aportaciones de expertos de verdad y de pseudo expertos y juristas de la señorita Pepis están servidas. Y en muchos casos el daño que se causa, aunque luego haya una absolución o un archivo, es irreparable. El “injuria, que algo queda” versión toguitaconada.

              Y no es que yo abogue por el cerrojazo informativo, pero sí por la racionalización que haga que la información sea fruto de la transparencia y no de la bulocracia. Ya sé que pido mucho, pero ahí lo dejo. Como dejo mi aplauso para quien lo consiga.

#historiasdefútbol: El gol que lo cambió todo


EL GOL QUE LO CAMBIÓ TODO

Hacía tiempo que había perdido la esperanza de volverlo a ver. Yo, y toda mi familia, algo que me dolía especialmente por mi padre, cuya precaria salud anunciaba un final próximo.

La partida de mi hermano dolió, pero lo que más dolió fue el corte radical en las relaciones con nosotros. Y es que, fiel a su cabezonería de siempre, cumplió al pie de la letra aquella frase que escupió, más que dijo, al cruzar por última vez el umbral de la casa familiar. Gritó que ya no éramos su familia y fue consecuente.

Mi madre apenas hablaba de él, pero celebraba a escondidas su cumpleaños. Incluso sospecho que le mandaba cartas, mensajes y hasta regalos que a buen seguro no llegaron a su destino o no fueron atendidos. Hacía años que no sabíamos donde vivía. Ni siquiera sabíamos si vivía.

El desencadenante de la tragedia fue, como en tantas otras tragedias familiares, una herencia. Mi abuelo murió sin testamento y mi padre y sus hermanos hicieron lo que pudieron para repartir unas cuantas tierras en el pueblo y el puñado de joyas de mi abuela entre los ocho hermanos y más de quince nietos. Mi hermano quería unas tierras que entendía que le correspondían, porque se había dedicado a ellas, pero, por alguna razón que desconozco, no le tocaron en el reparto. Su enfado fue tan monumental que tiró al suelo el collar de la abuela que la que entonces era su mujer había elegido y que sí le había correspondido.

Lo siguiente que supimos de él fue a través de la llamada de un notario que nos comunicaba que renunciaba a la herencia. Y a partir de ahí, nunca más le vimos ni escuchamos. Hasta aquel día.

Era el 11 de julio de 2010 y mis padres estaban sentados delante del televisor viendo el reportaje previo a la final del Mundial de Fútbol de Sudáfrica. A los dos les gustaba el fútbol, y siempre veíamos en casa los partidos de la selección con toda la parafernalia de unos buenos aficionados. Mi hermano y yo nos pintábamos la cara, y ellos se ponían sus bufandas, aunque hiciera un calor de mil demonios. Papá siempre sacaba la camiseta de Naranjito, que guardaba desde el Mundial de 82, y nos reíamos de él. Era días felices.

Aquel día de julio de 2010 mi padre también llevaba la camiseta de Naranjito. Mi madre se la había puesto a pesar de que él parecía ya desde hacía tiempo ajeno al mundo. El Alzheimer había ido barriendo sus recuerdos hasta dejarle casi sin nada, pero ella no quería faltar a la tradición. Por si acaso, como repetía siempre.

Entonces sonó el timbre. Abrí sin preguntar, pensando que era un vecino que solía acompañarnos en nuestras tardes de fútbol, y la sorpresa fue mayúscula. Ante mis ojos se presentó mi hermano, con una camiseta de Naranjito y muchos años encima. Le abracé y le indiqué con la mirada el sillón en que nuestra madre había colocado a nuestro padre para presenciar la final, aunque no se enterara de nada. Mi hermano avanzó y, como si no hubieran pasado ni los años ni los conflictos, se sentó junto a él.

Mi madre y yo aguantamos la respiración mientras el partido se desarrollaba en nuestro televisor. Mi padre no daba signos de aquel fuera un día distinto a los demás, marcado por el olvido y la desmemoria. Hasta que llegó el minuto 116 de la prórroga. En ese momento en todas las casas de España sonaban gritos de alegría, pero en la mía fueron especiales. De pronto, escuchamos la voz de mi padre gritando “1Gol de Iniesta!” y abrazando a mi hermano.

Su cara y su voz eran del pasado, pero su abrazo fue presente. Un presente que se convertiría en futuro de ahí en adelante. Porque aquel gol lo cambió todo.

Pleonasmos: obviedades jurídicas


              Hay cosas que son tan obvias que no haría falta decirlas. Pero, sin embargo, se dicen. Y hasta sirven para dar título a películas, como Subir y bajar abajo. Nada que ver con Arriba y abajo, esa serie de época tan recordada.

                      En nuestro teatro el uso de esas obviedades es, a veces, inevitable. La muestra más evidente es la expresión “querella criminal”, que es la expresión que se emplea para referirse, sencillamente, a la querella que se interpone ante los órganos jurisdiccionales penales por lo cual el adjetivo “criminal” sería innecesario.

                          Cuestión parecida es la de la famosa, sobre todo en medios de comunicación y tertulias varias, del término “denuncia penal”, cuando la denuncia, en Derecho, es de naturaleza penal sí o también. Otra cosa es la demanda que, aunque suele remitirnos a la jurisdicción civil, puede ser propia de otras jurisdicciones, aunque nunca de la penal.

                            Pues bien, este uso reiterativo de lo que resulta obvio tiene un nombre en el lenguaje, el de pleonasmo. Y ojo, que no todos son una redundancia innecesaria. De hecho, la propia Real Academia ha manifestado respecto del ya mentado “subir arriba” o “bajar abajo” que, aunque parezcan una redundancia, son pleonasmos que constituyen expresiones correctas si se usan en el contexto adecuado. No obstante, yo entiendo, con el permiso de los señores de la RAE, que es difícil subir en una dirección que no sea arriba, o hacer lo propio cuando se trata de bajar.

                            En cualquier caso, y otro de los pleonasmos – ¿o redundancias? – más frecuentes, y no solo en el ámbito jurídico, es una expr4esión que cada día se escucha más, la de “valorar positivamente”. Según la bendita RAE, “valorar” consiste en “reconocer, estimar o apreciar el valor o mérito de alguien o algo”. Por tanto, si se valora a alguien, ya se hace de una manera positiva, por cuanto que se aprecian su valor o sus méritos, y no hace falta que se diga eso de “positivamente”. Sobre todo, porque no cabe decir, como antónimo, que algo se valora negativamente. O no cabía, porque hace y tiempo que la Real Academia dobló la testuz y admitió que se puedan utilizar ambos adverbios -positiva o negativamente- tras el verbo “valorar”. Para que luego digan que la RAE no se adapta a los tiempos. Lástima que para otras cosas le cueste mucho más, como para hacer desaparecer la acepción de “mujer del juez” al referirse “jueza”, aunque sea coloquialmente y en desuso. Y otro tanto cabe decir de la “fiscala”. Y eso a pesar de la campaña que se instó desde la Asociación Mujeres juezas allá por 2016, que consiguió que se erradicara como una de las acepciones, pero no que despareciera totalmente.

              Pero hay otros muchos pleonasmos que utilizamos sin apenas ser conscientes de ello. Uno de los más frecuentes es afirmar que algo es así “en mi opinión personal”. Como si la opinión pudiera ser de otra naturaleza. ¿O acaso alguien ha oído hablar de la opinión animal o mineral? Pues eso.

              En Derecho también se ha empleado en algunos casos otra expresión que, per se, es un pleonasmo. Me refiero a la de “accidente fortuito”. Porque algo es un accidente o no lo es -o sea, entraríamos en el campo del ilícito penal o de otro tipo-, y, si es fortuito, es per se un accidente. Una obviedad obvia.

              También hemos oído decir a testigos que vieron las cosas con sus propios ojos o las escucharon con sus propios oídos, como si se pudiera ver o escuchar con los ojos o los oídos de otro. Y otro tanto cabe decir de “callarse la boca”, porque es evidente que, aunque se pueda silenciar a alguien para que no escriba algo, es finalmente su boca la que habla y, en su caso, cala.

              Lo mismo cabría decir de la referencia a la edad. Si alguien tiene catorce años, huelga decir que tiene catorce años de edad. Pero se dice. Del mismo modo que se dice que una catástrofe fue terrible, como si las catástrofes pudieran ser poco catastróficas, valga la redundancia. ¿O no?

              Y hasta aquí estos pequeños apuntes sore redundancias y pleonasmos. Seguro que a quien me lea se le ocurren muchos más, y quedo abierta a sugerencias. Pero, mientras tanto, no me olvido del aplauso, que dedico hoy a quienes se siguen esforzando cada día en hacer buen uso del lenguaje. Que no siempre es fácil.

#Relato: Partida


Hoy toca relato. Que lo disfrutéis

Partida

Me costó adaptarme a mi nueva vida. Sobre todo, me costó acostumbrarme a la comida. O, mejor dicho, a la falta de ella. Acostumbrada a que nunca me faltara en el plato, mi nuevo estatus me supuso un suplicio. Tenía que ganármela, y eso era nuevo para mí. Tan nuevo como tener que conformarme con cualquier cosa a pesar de que le repugnara a mi fino paladar y a que cayera como una bomba en mi no menos fino estómago, después de años de vida regalada. Pero no pude hacer otra cosa. Las circunstancias me pusieron en el brete de tomar una decisión y sabía que esa era la más acertada. Aunque doliera.

Les echaba de menos. Sobre todo, a las niñas. Echaba en falta hasta sus caprichos, que tantas veces me parecieron incomprensibles. A veces, cuando no podía más, me colocaba junto a su ventana y las observaba desde lejos, en silencio, y trataba de evitar que me saliesen las lágrimas.

No me quedó otra salida que partir, para no partirme en dos, o para que no me partieran ellos. Se me rompía el corazón de oír sus discusiones, de escuchar gritos y reproches donde antes solo había cariño y arrumacos, pero la cosa no tenía remedio.

No fue fácil, pero sabía que no podía seguir así. La obsesión de él por colmarme de manjares iba a acabar con mi salud física, y la de ella de llevarme a los sitios más extraños llena de lazos y con collares cuajados de adornos acabaría con mi salud psíquica. Así que, después de unos meses de andar de un lado a otro, tomé la única decisión posible. Y una noche, aprovechando la oscuridad que siempre fue mi mejor cómplice, crucé el umbral para no volver.

Nunca pensé que llegaría a convertirme en una sin techo, pero no aguantaba más. El hecho de que tuviera que ser un juez quien determinara cómo habría de ser mi vida fue la gota que culminó el vaso. Mi existencia se había vuelto una esclava del calendario y nada más me hacía a la idea de permanecer en un sitio me llevaban a otro, y así una semana tras otra. Yo solo anhelaba permanecer en el mismo lugar, con mis cosas, mi comida, mi mantita y mi sofá, con un paseo de vez en cuando y, como mucho, un traslado a la playa cuando hacía calor y a la ciudad cuando dejaba de hacerlo.

Lo peor eran los gritos. Que si me había dado de comer demasiado, o demasiado poco, que si me llevaba más limpia o más sucia, que si ya no me portaba tan bien como antes. Y la culpa taladrándome las orejas. Ellos se echaban las culpas uno a otro, pero yo llegué a creer que la culpa la tenía yo. Porque las niñas lloraban sin consuelo y de nada servía acariciarles ni ponerles mi mejor cara ni hacerles arrumacos. Ya no me hacían caso.

Ahora, cuando a veces me asomo a la ventana y las veo llorar, o discutir, o gritar, me pregunto si me echaran de menos tanto como yo a ellas. Me pregunto si ellas habrán sufrido tanto como yo con todo esto, y si seguirán sufriendo. Y solo de pensarlo se me hace un nudo en el estómago.

Antes éramos felices. Pero cuando las cosas empezaron a ir mal, me convertí en un problema. Se lo oí decir a los dos. Por eso le dijeron a aquel juez que no me conocía de nada que tenía que arreglar lo que ellos habían estropeado, Y fue cuando estableció los turnos en que uno y otro disfrutarían de mi compañía.

Al principio, creí que aquello sería una bicoca. Que tratarían de mimarme para demostrar con quién debería quedarme, pero lo convirtieron en una competición. Y yo lo último que desea en el mundo era convertirme en un trofeo con el que se golpearan el uno al otro.

Por eso me marché. Ahora vivo en un garaje abandonado, y como de lo que puedo encontrar. Con el tiempo he aprendido a buscarme la vida y, aunque me falten las comodidades de antaño, nadie me usa para dañar a nadie.

Ha sido difícil, y lo sigue siendo. Pero sigo pensando que es mejor vivir tranquila en un garaje abandonado que ser el objeto de discordia en una casa de lujo. Sobre todo, si una es una gatita siamesa necesitada de cariño.

Tenía que partir. De lo contrario, me repartirían hasta dejarme partida en dos mitades.

Simplificación: ¿el síndrome de SuperPop?


                Ya nos dice el diccionario que la palabra “simple” tiene, al menos, dos acepciones. La del adjetivo que equivale a sencillo, y la que, aplicada a personas, se refiere a aquella que no tienen muchas luces, como aquel recordado papel de Paco Rabal en Los santos inocentes. Y, más allá de estas, y utilizada como adverbio, la encontramos en muchos títulos de películas como, Simplemente, Simplemente Alicia, Simplemente amor y muchas más. Aunque lo realmente difícil es distinguir la simplicidad de la simplificación y esta del simplismo.

                En nuestro teatro tampoco es fácil distinguirlo. Los procedimientos tienen que ser lo más sencillos posible para que el justiciable pueda comprenderlos, pero a veces es inevitable que las causas se compliquen, hasta el punto de que pueden declararse oficialmente complejas cuando se prevea que el plazo de 12 meses, que es el que el legislador considera razonable, no sea suficiente para la instrucción de la causa. Ya hablamos de esto largo y tendido cuando el temido artículo 324 de la Lecrim nos amargó la existencia hasta que fue reformado, aunque sin derogar el plazo límite de instrucción.

                Sin embargo, el tenor literal de la mayoría de leyes suele ser mucho más complicado de lo que debiera para que realmente se hiciera cierto el principio, consagrado en nuestro Código Civil, de que la ignorancia de la ley no exime de su cumplimiento. Y ahí es donde puede entrar en juego la posibilidad de aplicar el error, de hecho o de derecho, de tipo o de prohibición, y sus consecuencias jurídicas, que pueden ir desde la inaplicación de la ley hasta la suavización de sus consecuencias.

                No obstante, y más allá de los textos legales, he percibido en algunos casos una tendencia a la simplificación que nunca sé muy bien como valorar. Supongo que, como siempre, habrá que ir al caso concreto. Pero, en ocasiones, me recuerda aquellos test que, en mi adolescencia, leía en la Revista Super Pop -seguro que boomers y generación X saben de lo que hablo, aunque disimulen- y que reducía al mínimo cuestiones vitales o que así nos parecían. Había test para determinar si eras o no atractiva para los chicos -la eterna sociedad heteropatriarcal-, si comías lo correcto o si eras buena persona. Todo cabía en una encuesta de diez preguntas que iban desde cuál era nuestro color preferido a cómo reaccionábamos ante un accidente o la comisión del delito. Un reduccionismo inaceptable que las adolescentes de entonces aceptábamos a pies juntillas. Y es que la SuperPop era lo más. Imagino que ahora habrá otras publicaciones semejantes. O no.

                Y es que el mundo no puede ser reducido a diez ni a veinte preguntas. Y el Derecho todavía menos. Eso sí, con una excepción, o más bien con dos, relacionadas entre ellas. Cuando esta simplificación tiene una finalidad pedagógica o divulgativa, o ambas a un tiempo.

               Esto es, si se trata de enseñar a estudiantes o a quienes por alguna razón quieran aprender sobre un tema jurídico, está muy bien simplificarlo lo máximo posible para que resulte comprensible a quienes no tienen conocimientos en esta materia.

                Tanto o más aun cuando de lo que se trata es de dirigirse a un público variopinto con la pretensión de hacer comprensible lo que ocurre en Toguilandia. Yo misma trato de alcanzar esta finalidad en este teatro mío, y resultan especialmente valiosas las cuentas de redes sociales de miembros de la judicatura, de la fiscalía o de la abogacía que resumen con enorme mérito resoluciones judiciales complejas, leyes de difícil aplicación práctica, consejos para manejarse en Toguilandia o principios básicos de nuestras actuaciones que no siempre son conocidos. Ante estas iniciativas, me quito el sombrero -diría el birrete, pero ya no se usa- porque me parece muy importante la tarea de acercar la justicia a la ciudadanía. Y más aún cuando cumplen la función de desactivar bulos.

                Cuestión distinta son las resoluciones judiciales, o los informes o dictámenes, que se empeñan en reducir todo a varios puntos concretos, como si en vez de juristas fuéramos adolescentes en proceso de formación -o de desinformación, que nunca se sabe- y necesitáramos que el Rincón del vago -aquella página que facilitaba el trabajo a los malos estudiantes, e incluso a los buenos sin tiempo o sin ganas- nos hiciera un resumen. O la IA, que es a lo que equivale hoy. La doctrina que sienta una sentencia, o cualquier otro dictamen, no cambia porque se enumeren los puntos de debate ni se pongan en columnas. Ni tampoco porque se empleen palabras rimbombantes que quedan bien en una nota de prensa pero que poco tienen que ver con el contenido de la resolución. E igual es cosa mía, pero percibo que más de una vez se escribe más pensando en lo que vayan a contar los medios de comunicación que en la resolución del caso concreto.

                Pero igual todo esto son pájaras mentales mías, y nadie lo percibe como yo lo hago. Si es así, acepto los tomates imaginarios. En otro caso, el aplauso lo dejo reservado a quienes encuentran ese equilibrio entre comunicar y resolver asuntos concretos. O, lo que es más difícil, unir ambas cosas.

Custodia compartida: de Salomón a Herodes


              No sé si el rey Salomón habría sido tan recordado si no fuera por su famosa decisión al conflicto de dos madres que reclamaban el mismo bebé. Salomón sentenció que dividieran al niño en dos y, aunque así consiguió la reacción esperada, la de la madre que prefería renunciar a que dañaran al niño, el concepto de las “decisiones salomónicas” ha pervivido hasta nuestros días. Y la fama de Salomón, inmortalizada en películas como Salomón y la reina de Saba o Las minas del rey Salomón, entre otras.

              En nuestro teatro, las decisiones salomónicas son, o deberían ser frecuentes, porque la igualdad es uno de nuestros principios inspiradores, aunque sin olvidar que la igualdad no es dar a todo el mundo lo mismo, sino a cada uno lo suyo, como vimos en el estreno dedicado al mismísimo Ulpiano .

              Pero hoy no vamos a ver todas las decisiones salomónicas, sino una en concreto que ha dado y sigue dando mucho que hablar: la custodia compartida de los niños y niñas en los casos de ruptura de los progenitores. Ya hablamos algo de ello en un estreno dedicado a la custodia pero parece que hay mucho que decir todavía. Especialmente, en estos días en que aun sufrimos la resaca de las más que discutibles declaraciones de un juez titular de un juzgado de violencia sobre la mujer en un curso dedicado, paradójicamente, a la formación de abogados y abogadas en violencia de género.

              Decía Su Señoría algo así como que las mujeres somos enemigas de la custodia compartida, como si su afirmación tuviera gracia y estuviera hablando de una verdad universal. Pero no olvidemos unos cuantos matices nada baladíes. Los juicios civiles a los que se enfrenta cada día la jurisdicción de violencia sobre la mujer siempre tienen como antecedente un procedimiento por violencia de género. Si ese procedimiento está en curso o ha recaído condena, mientras el proceso dure o la condena prescriba, la custodia compartida no es que guste o disguste a las madres, es que está prohibida por ley. O sea, blanco y en botella. Aunque no veo tan blanco y botella el hecho de que en el mismo caso no esté prohibida la custodia paterna, que es lo que parecería coherente. Cosas del legislador.

              Cuestión distinta es cuando, habiendo existido un procedimiento por violencia de género, el mismo ha concluido con sobreseimiento, se ha celebrado el juicio y ha concluido con absolución o se ha cumplid la pena y trascurrido el plazo de prescripción -un supuesto difícil en la práctica en delitos graves y menos graves pero perfectamente posible en delitos leves- En todos estos casos la ley no proscribe la custodia compartida, anqué sí puedan hacerlo el sentido común, el dictamen pericial y el principio informador de estas decisiones que conocemos por favor minoris o beneficio del menor.

              Así, aunque ya hace tiempo que en nuestra práctica judicial la regla general es la custodia compartida, la excepción se da en los casos de violencia de género, bien porque estemos ante un supuesto de prohibición legal, o bien por las circunstancias del caso concreto.

              Si vamos a los casos concretos donde no hay prohibición legal, podemos encontrar de todo. No es lo mismo un archivo porque los hechos no sean constitutivos de delito que una absolución por falta de prueba, ni es lo mismo una condena por delito leve que una por delito menos grave, aunque ambas hayan prescrito. Lo que sí está claro es que, sea cual sea el caso, existe una conflictividad entre los progenitores que no es precisamente lo más fácil para una custodia compartida. De hecho, he visto casos donde, a pesar de existir custodia compartida, el desacuerdo era tan radical que nos hemos visto obligadas a decidir por vía judicial sobre el traje de comunión de una niña, sobre si va a estudiar francés o alemán o va a ir a la extraescolar de ballet o de judo. Recuerdo a una juez que recriminaba a unos padres, y con razón, porque ella había decidido en estrados más cosas sobre la ida de la niña que los propios padres, desde el colegio al que debía asistir hasta en qué dentista le tenían que hacer la ortodoncia.

              También es comprensible que, cuando un niño o una niña presenciado como su padre insulta o menosprecia a su madre -o a la recíproca- tenga rechazo al progenitor que realiza estas conductas, aunque no hay condena o sea por un delito leve. Y en estos casos los dictámenes periciales tienen mucho que decir, y es mucha la responsabilidad del perito que ha de emitir el informe.

              Así que, no es que las madres seamos enemigas de la custodia compartida, pero se entiende que quien sufre o ha sufrido maltrato tema que sus hijos tengan que estar con el maltratador. Algo que cae por su propio peso.

              Pero, más allá de estos casos, la custodia compartida es el régimen idóneo en una sociedad moderna como la nuestra, en que las tareas de cuidado deben repartirse por igual. De hecho, la custodia exclusiva de la madre siempre va a dificultar su inserción en el mercado laboral, y es una de las razones por las que hoy es, salvo casos de violencia de género o doméstica, la regla general. Aunque la razón fundamental siempre ha de ser el beneficio del menor que, a quien, en principio, hay que respetar el de4recho a relacionarse de igual modo con ambos progenitores.

              Y, aunque habría mucho más que decir, me conformo con esas pinceladas sobre la custodia compartida. Y, de paso, le doy el aplauso a quienes se ven obligados cada día a tomar decisiones de esta índole, que son bien difíciles. Porque de la decisión salomónica a convertir el hogar en el infierno propio de Herodes puede mediar una línea demasiado fina.

#Relato: homenaje a Clara Campoamor


(este relato forma parte de la antología 101 relatos Judiciales de editorial Vinatea)

Nos la han matado

“Nos la han matado, Doña Clara, nos la han matado”

          Reconocí en el acto aquella letra redonda y esmerada, como de niña pequeña. Yo misma había tomado la mano de su autora para enseñarle a escribir y había dibujado cada letra con ella una y mil veces hasta lograrlo.

            Aurorita era la hija pequeña de Ramona, la mujer que regentaba la fonda de mi añorado barrio madrileño. La pobre Ramona trabajaba como una mula, en una cocina que nunca dejaba de echar humo, y aún aprovechaba las pocas horas de descanso para lavar y planchar las sábanas y manteles de algunas casas de gente pudiente. Sus hijas, Luisa y Aurorita, pasaban muchas tardes conmigo desde que la propia Luisa me hiciera aquella petición que me hizo más feliz a mí que a ellas

  • Doña Clara, enséñenos a leer. No quiero ser tan bruta como madre.

          La reprendí por hablar así de aquella santa, pero, claro está, me hice cargo de las dos hermanas, que venían a mi casa cada tarde, después de ayudar a su madre con las tareas de la casa.

            Luisa resultó tener una inteligencia excepcional, y un ansia de saber cómo nunca había conocido otra. No dejaba de pensar hasta dónde hubiera podido llegara aquella chiquilla si el destino le hubiera reglado otra cuna. Se lo leía todo, lo absorbía todo, lo quería saber todo. Le interesaban los derechos de la mujer y leía conmigo todo lo que le traía. Aún recuerdo cuando le mostré el prólogo de Feminismo socialista, que escribí para aquella magnífica mujer llamada María Cambrils

  • Yo de mayor quiero ser como ustedes. Quiero estudiar, y escribir, y llegar muy lejos. Y demostrar al mundo que las mujeres lo podemos conseguir todo. Que no pueden encerrarnos en la casa a parir y lavar sin otra perspectiva que cuatro paredes y muchos hijos.

          Recuerdo con especial cariño aquel día 19 de noviembre de 1933. Luisa y Aurorita aparecieron muy temprano en mi casa y, excitadas como nunca, me señalaban la cola que se había formado a solo una manzana de mi casa

  • ¿Lo ha visto, Doña Clara? Son las mujeres que esperan para votar. Y todo gracias a usted.

          Las abracé, mientras trataba di disimular las lágrimas que rodaban por mis mejillas. Era un día para el recuerdo, algo que guardaría en mi memoria para siempre. Me acordé del largo camino que había recorrido para llegar hasta allí, un camino lleno de obstáculos y sinsabores, pero que acabó con la mejor de las noticias.

            Todavía me despertaba por la noche envuelta en sudores, recontando una y otra vez los votos del Congreso de los Diputados, para ver si alcanzaban para aprobar la ley que nos daría el voto a las mujeres. Todavía notaba en la garganta el regusto de la indignación que me producía la postura de Victoria Kent. No entendía que, siendo mujer, no apoyara a muerte el voto femenino, el más importante de los derechos políticos. Y tampoco entendía sus argumentos, por muy prácticos que resultaran. Aunque las mujeres fueran a votar lo que sus padres, o sus maridos, o sus confesores les indicaran, era su derecho. Impedírselo sería considerarnos unas menores de edad jurídicas por siempre jamás. Si nosotras mismas no confiábamos en las mujeres ¿quién lo haría?

            Aquel día de noviembre de 1933 Luisa estaba orgullosa. Sonreía con una expresión de satisfacción en la cara que se quedó fijada en mi memoria para siempre

  • ¿Sabe, Doña Clara? Voy a acompañar a madre a votar, y me ha pedido que sea yo quien escoja la papeleta, ya que ella no sabe leer. Que padre quería hacerlo por ella, pero no se lo iba a permitir.

            Sonreí. Al fin y al cabo, Victoria no estaba en lo cierto. Solo había que dotar a las mujeres de esa herramienta tan poderoso como era la educación para que fueran capaces de cualquier cosa por sí mismas.

  • Cómo me alegro, Luisa. Qué orgullosa estoy de vosotras
  • Deje, deje, Doña Clara. Sin usted no sería posible. Y en pocos años, yo también meteré mi voto en esa urna. Y quién sabe si me presentaré a unas elecciones como usted. ¿Cree que podré?
  • Claro que sí, Luisa, claro que sí.

         Se lo dije de corazón, convencida de que así sería. Aquella chiquilla tenía madera. Con un poco de ayuda y otro poco de suerte, podría haber llegado donde hubiera querido.

         Pero ni una ni otra le fueron propicias. La carta de Aurorita había cortado de cuajo mis esperanzas en ella y en las que, como ella, hubieran podido cambiar el mundo.

            Era el año 1938, y Luisa había muerto. Su hermana me contaba que se fue a servir a Alicante, a una casa donde trabajaba una prima de su madre que ya estaba demasiado vieja y cansada y le cedía su puesto. Allí, en el Mercado Central, le pilló aquel horrible bombardeo del que los periódicos apenas se hicieron eco. Su cuerpo quedó destrozado entre frutas, verduras e ilusiones. Y, con su cuerpo, muchas más cosas de las que la propia Aurorita pensaba.

            En el mismo momento en que leía aquella carta, supe que todo había acabado. Con la muerte de Luisa moría para mí la esperanza de que aquella horrible guerra acabara bien, si es que alguna guerra acaba bien. Fue entonces cuando supe a ciencia cierta que ni yo volvería a España, ni Aurorita ni nadie tendrían los derechos por los que tanto luchamos.

            Lloré, lloré mucho, Lloré por Luisa, por Aurora, por Ramona. Lloré por mí y por todas las mujeres que no volverían a hacer una cola como la de aquel día 19 de noviembre de 1933, cuando creímos que por fin éramos libres

            Nos la mataron, Aurorita. Nos mataron a Luisa y a todo lo que hubiera podido conseguir. Nos mataron los sueños, las ilusiones. Mataron nuestros derechos, pero no las ganas de luchar por tenerlos.

“Doña Clara, no dejemos que los sueños de Luisa mueran con ella”

            Así terminaba la carta de Aurorita. Así empezaba un largo camino para todas las mujeres

Ulpiano team: ley y justicia


              Son muchas las películas y series de romanos. Tantas que llegaron a constituir un género propio con películas que todos recordamos. Se refieren al cristianismo, a las guerras de poder, a la figura de diversos emperadores o a luchadores y gladiadores, con títulos como Quo Vadis, Espartaco, Ben Hur, Yo Claudio o Gladiator. Sin embargo, poco hablan del Derecho, uno de los legados más importante de la época, al que sí se refería otra película Stico, una comedia española donde un profesor de Derecho Romano se ofrece como esclavo. Y es que el tema da para mucho

              En nuestro teatro es obvia la huella que ha dejado el Derecho romano. Aunque en su momento, en la Facultad, no supiéramos apreciarlo y esta asignatura se convirtiera, en muchos casos, en una auténtica pesadilla a superar en los primeros años de la carrera para seguir adelante.

              Y es que, a primera vista, podemos creer que es algo obsoleto y ciertamente inútil. Nadie va por ahí hoy día manumitiendo esclavos, ni vemos con frecuencia los problemas que Ticio, Cayo y Sempronio tenía con sus predios y sus sextercios. Pero muchas de sus instituciones han llegado hasta nuestros días, hasta el punto de que nuestro derecho está lleno de latinajos por su influencia. Figuras como la usucapio contra tábulas o secumdum tabulas, la entrega de la cosa longa manu o brevi manu, y muchas más continúan ahí, formando parte de nuestro acervo jurídico. 

              Todo ello sin olvidar brocardos que continuamos utilizando en latín sin ser casi conscientes de ello. De hecho, todos los días se alega un número imposible de determinar de veces el principio in dubio pro reo, o el de favor minoris, y cualquier que haga guardia con una carta frecuencia ha tenido que entendérselas con un procedimiento de habeas corpus.

              Pero hoy no quería tratar de instituciones concretas, sino más de un concepto más abstracto, el de justicia. Y, como no, hay que partir de la definición clásica de Ulpiano, de la que confieso que soy fan. La justicia según el jurista romano Domicio Ulpiano (170-228 d.C.) se define como «la constante y perpetua voluntad de dar a cada uno su derecho» (Iustitia est constans et perpetua voluntas ius suum cuique tribuendi).

              Se trata de doce palabras que engloban una gran sabiduría y son plenamente aplicables muchos siglos después. Y que nos llevan, además, distinguir la Justicia, con mayúsculas, de otros conceptos que parecen similares, pero no lo son.

              El primero seria la contraposición entre Justicia y administración de Justicia. La administración de justicia engloba las herramientas para poner en marcha la aplicación de las leyes y el ejercicio de los derechos. Es algo, más bien, de carácter burocrático, y a veces se convierte en un dinosaurio tan pesado que no deja ver el verdadero fin de su actuación, como eso famosos árboles que no dejan ver el bosque. Algo necesario pero que debería aligerarse, sin duda.

              El segundo sería la aplicación de la ley. El principio de legalidad es una de las bases de todo estado democrático, pero hay que recordar que las leyes no siempre son justas y no lo es, por tanto, la aplicación de la legalidad estricta. Un tema que se debatió en los juicios de Nuremberg con el tema de la obediencia debida y la posibilidad o no de aplicar una ley a todas luces injusta y, en se caso, criminal.

              No obstante, no hace falta irse a supuestos tan extremos. En nuestro día a día en Toguilandia podemos encontrar ejemplos de este tipo de discordancia. De hecho, el propio Código Penal establece la facultad, infrautilizada sin duda, de que por parte del tribunal se dirija a la instancia procedente recomendando la modificación de algún aspecto de una ley o incluso el indulto.

              Precisamente el indulto es la prueba evidente de que la aplicación de la ley no siempre implica hacer justicia. Pensemos en los caos en que determinada sentencia ha tardado tanto que el delincuente esté totalmente rehabilitado.

              Pero también hay casos más de andar por casa. Seguro que cualquiera de quienes vestimos toga nos hemos encontrado con casos en que la aplicación estricta de la pena que prevé la ley para un caso concreta resulta desproporcionada. Lo hablaba ayer, sin ir más lejos con un compañero. Y para estos casos hay que tener algo que casa muy bien con lo que dijo Ulpiano: cintura jurídica. Porque sin necesidad de inaplicar la ley se puede buscar un resquicio donde la proporcionalidad y la justicia sean efectivas. Muchas veces se hace a través de la aplicación de circunstancias atenuante, sean las previstas expresamente o la circunstancia analógica, que abre un mundo de posibilidades exploradas y por explorar. No olvidemos que circunstancias como las dilaciones indebidas empezaron aplicándose como circunstancia atenuante analógica para pasar finalmente a tener su lugar propio.

              En otros casos es la aplicación de tipos diferentes, siempre que sea legalmente posible. Y ello tanto para tratar de encontrar la proporcionalidad como para incardinar condutas injustas que merecen una condena y no encajan exactamente en un tipo legal concreto. Algo para lo que resultan muy útiles tipos que sirven de cajón de sastre como las coacciones o los delitos contra la integridad moral.

              A veces, se cree que el Ministerio Fiscal tiene que acusar a cualquier precio y mantener con la mayor dureza las acusaciones. Pero nunca podemos olvidar que la configuración de la fiscalía es la de defender el principio de legalidad y proteger los derechos de la ciudadanía, especialmente de las personas más vulnerables. Y la excesiva rigidez no casa bien con ello.

              Así que yo, desde hace tiempo, me apunto al team Ulpiano y trato de aplicar la ley sin que esto suponga crear situaciones injustas. Es decir, hacer justicia sin dejar de ser fiel al principio de legalidad. Si siempre lo logro o no, no debería ser yo quien lo diga.

              Y por todo eso, el aplauso es hoy para quienes, aun sin ser conscientes de ellos, engrosan las filas de ese tema Ulpiano. Porque la Justicia debe ser siempre nuestro principal objetivo