#MiMejorMaestro: Saber latín


SABER LATÍN

Todavía no me explico qué fue lo que me llevó a coger aquel avión. Fue una reacción instantánea en cuanto recibí la llamada. Entré en Internet y me hice con el primer billete de avión a la ciudad donde nací, pagado además a precio de oro. No me importó lo más mínimo, tenía que llegar enseguida. Ni siquiera cuando me avisaron del nacimiento de mi sobrina tuve tanta celeridad. De hecho, no la conocí hasta que había cumplido seis meses.

         Lo cierto es que no veía a aquella mujer desde hacía años. Dudaba, incluso, si hubiera sido capaz de reconocerla si me la hubiera cruzado por la calle. Pero daba igual. Era a mí a quien habían llamado. Era mi felicitación navideña la que llevaba en su bolso, y era yo la única persona a quien pudieron avisar cuando encontraron a una anciana perdida y desorientada en mitad de la calle.

         Cuando llegué, estaba ingresada en una institución dependiente de los Servicios Sociales, a la espera de una decisión definitiva sobre su destino. A primera vista, poco quedaba de aquella mujer fuerte que, con su voz atronadora y su erudición, nos causaba una mezcla de admiración y temor. Tenía, como profesora universitaria, el poder para influir en nuestras vidas con un aprobado o un suspenso y lo utilizaba con moderación, pero sin temblarle el pulso. Ahora, sin embargo, le temblaba mucho más que el pulso y era como si hubiera encogido con la lavadora del tiempo, pero conservaba aquellos ojos feroces que todo el alumnado de Derecho de la época recordaba. Unos ojos jóvenes que quedaron atrapados en el cuerpo de una anciana

-Doña Adela, ¿sabe quién soy?

No recibí respuesta. Tampoco la esperaba. Era absurdo creer que una mujer en plena crisis de borrado de datos del disco duro de su mente, recordara a una de sus alumnas de hacía más de veinte años. Pero aun así confieso que me decepcionó. En mis ensoñaciones durante el vuelo, había imaginado la escena donde la vieja profesora de Derecho Natural reconocía a su alumna favorita y hallaba en ella la llave para recuperar sus recuerdos. Habría sido un bonito argumento para una película, pero la vida no era una película.

-¿Tiene usted alguna idea de dónde la podemos llevar, con quién contactar, si tiene familia?

La trabajadora social me apremiaba. No se atrevió a decirlo, pero estoy segura de que no entendía cómo alguien había volado tantos kilómetros para asistir a una mujer a la que no veía hacía más de diez años y con la que no tuvo más vínculo que el de profesora y alumna. En el fondo, yo tampoco lo entendía.

No pude evitar que me cayeran las lágrimas mientras asistía a los inútiles esfuerzos del personal para que Doña Adela les facilitara algún dato que les fuera útil. Pero apenas era capaz de articular algún monosílabo. Ni siquiera sabía su nombre.

De pronto, tuve una inspiración

-¿Recuerda, Doña Adela, la lata que nos dio con la definición de ley de Santo Tomás? Suspendía a quien no la sabía de memoria. “Ordinatio rationis ad bonum commune ab eo qui habet…

…curam communitatis promulgata

La voz de Doña Adela volvió a ser la de hacía tanto tiempo, cuando tenía en su lápiz el poder de mucho más que aprobar o suspender. Todas las personas que estábamos allí llorábamos a moco tendido ante la mirada perdida de ella.

Pedí permiso para llevármela conmigo un par de días, a ver si lograba que recuperase un poco más. A pesar de que era algo irregular, lo logré y, de pronto, me encontré en un apartamento alquilado en la misma calle donde había vivido toda mi juventud con una mujer a la que solo conocía de haberme dado clases.

Pero lo que Doña Adela había hecho con mi vida fue mucho más, Me inoculó un amor al Derecho Natural que marcó mi futuro. Nunca olvidé lo que ella me enseñó

-¿Sabe que trabajo en la ONU, Doña Adela? Me trasladó su pasión por defender los Derechos Humanos más allá de las fronteras. Le debo tanto…

No sé si me entendió, pero me pareció vislumbrar un brillo nuevo en sus ojos. El mismo brillo con el que nos hablaba en su día del pasado y del presente de la defensa de los derechos de todos los seres humanos, el brillo que guio mi vida profesional sin que yo fuera consciente de ello.

Pasados los dos días, la devolví a la institución sin haber conseguido gran cosa. Es cierto que a veces conversábamos a nuestro modo, un modo en que ella ponía las reglas, ajenas a las de tiempo y espacio que todo el mundo utilizaba. Pero no conseguí arrancarle ningún dato que pudiera ser útil para decidir su futuro inmediato.

Arreglé lo que pude para encontrarle una residencia donde la trataran bien. Tenía lo que la gente llamaba un “buen pasar” con su pensión de jubilación como profesora universitaria, pero eso no bastaba. Decidí que iría a visitarla siempre que pudiera, y me mantendría en contacto con ella.

Antes de tomar el avión de regreso a mi vida, fui a hacerle una visita. Me recibió en un sillón orejero. Parecía haber crecido varios centímetros desde que la había visto la última vez. Su mirada volvía a ser la de aquella profesora universitaria de entonces, y volvió a tener la voz atronadora que yo recordaba

-No olvide nunca a San Agustín

“Ratio divina…

…vel voluntas dei”

En el avión, ya de vuelta a mi vida, una noticia del periódico que hojeaba captó mi atención. El latín desparecía de los programas de estudios. Solo pude pensar en lo que me alegraba de que Doña Adela no lo supiera.

Quebrantamiento: cuando no importa nada


                Las fugas de presos son un tema tan peliculero como novelesco. Obras muy famosas han tenido por argumento escapadas de lugares de encierro, sean cárceles, campos de concentración o cualquier otro tipo de encierro. Títulos como La fuga de Logan, Fuga de Alcatraz, La gran evasión, La roca o Evasión o victoria y, por supuesto, El conde de Montecristo, dan buena fe de ello, aunque la lista podría ser mucho más larga. Pero, a diferencia de lo que suele ocurrir en la vida real, en las películas la fuga tiene un carácter heroico y sus protagonistas son personas estupendas condenadas injustamente, como ocurre -pido disculpas por adelantado por spoilear– en Cadena perpetua.

                En nuestro teatro las fugas de prisión se encuentran dentro del denominado delito de quebrantamiento de condena, que comprende todos los incumplimientos de penas impuestas en sentencia, y también los de medidas cautelares. Aquí, la primera paradoja. Para cometer el delito de quebrantamiento de condena no hace falta quebrantar una condena. En realidad, ni siquiera hace falta que exista una condena. Y es que en Toguilandia tenemos cosas difíciles de comprender.

                Cuando una baja de las novelas a la realidad toguitaconada, las cosas cambian mucho. Las fugas y motines en prisión se convierten en una rareza y los tipos de quebrantamiento de condena o medida cautelar son poco o nada novelescos. Además, sus protagonistas tienen poco que ver con las estrellas del celuloide y sus papeles de víctimas de la injusticia. Y es que, aunque hay un dicho según el cual la realidad siempre supera la ficción, no siempre hay hechos rocambolescos con que demostrarlo. Por fortuna, porque si no, no daríamos abasto.

                Hay varios tipos de quebrantamiento. El primero, vendría dado por el incumplimiento de una condena a pena privativa de libertad, o de una medida cautelar de la misma naturaleza. Ahí se incardinarían las fugas de preso de las películas, sean con condena por sentencia firme o sean preventivos , incluida la conducción o custodia. En realidad, lo que más vemos son incumplimientos de la localización permanente, cuando el condenado no está en el domicilio fijado para el cumplimiento de esta pena, o casos en que los penados no vuelven al centro penitenciario tras disfrutar de un permiso.

                A este respecto, recuerdo un par de anécdotas que, aunque tal vez he contado alguna vez, vienen al pelo. Aún no formaba parte yo de Toguilanda cuando, paseando con alguien que ya formaba parte de este mundo, fuimos abordados por un tipo nada amistoso que nos decía que le diéramos algo, que acababa de salir de la cárcel. Mi amigo, sin cortarse, le dijo una frase que a mí me dejó de una pieza. ¿Y qué quieres que te dé, un diploma?. El tipo se fue, no sé si sorprendido o desconcertado, pero yo confieso que pasé miedo. Y, mi amigo, cuando se dio cuenta de lo que había hecho, también.

                En otra ocasión, cuando ya hacía tiempo que me había toguitaconado por primera vez, me encontré con algo bastante frecuente entonces por las inmediaciones de la estación. Se trataba de un chico pidiendo dinero porque tenía que volver a Picassent (centro penitenciario). Entonces fui yo quien me sorprendí a mí misma diciéndole que no se preocupara, que si no volvía solo seguro que vendrían a buscarlo. Ignoro si consiguió el dinero o se cumplió mi augurio, pero su cara de asombro fue de antología.

                Pero no todas las penas son de este tipo. Por el contrario, gran parte de los delitos de quebrantamiento hacen referencia a otras penas o medidas cautelares, sea alejamiento o cualquier otra. Al alejamiento, se le dedica un apartado específico, y, entre las demás, gana por goleada el incumplimiento de la obligación de abstenerse de conducir, vulgo, retirada del carnet. La verdad es que este delito, como los petit suisse, nunca viene solo. Suele acompañarse de sus hermanos la conducción bajo los efectos de drogas y alcohol y/o la conducción temeraria.

                En cuanto al incumplimiento de medidas de alejamiento y prohibición de comunicación, tienen su propio apartado. Por lo frecuente -son gran parte de los delitos de los que se conoce en los Juzgados de Violencia de Género- y por lo específico. Y porque, además, da lugar consecuencias procesales específicas, como veremos.

                Aquí entramos ya en algo distinto, muy poco parecido a las fugas peliculeras más allá del denominador común de una resolución judicial incumplida. Por el contrario de lo que algunos pretenden hacernos creer, el quebrantamiento de medidas de alejamiento y prohibición de comunicación no es un delito exclusivo de la violencia de género Se extiende a toda la violencia doméstica y a todos los casos en que la pena o la medida acordada sea lo que la gente llama de nombres tan diversos como auto de alojamiento -solo faltaba tenerlo que alojar- , auto de escarmiento -no hace falta comentar más- o prohibición de no acercamiento -que acaba diciendo, por error, que hay que acercarse-. Entre las cosas curiosas, la de un detenido empeñado en explicarnos que él no había incumplido porque no estaba a 300 metros, que estaba a 250 y eso ya no estaba prohibido. Además de una florida casuística de los diferentes modos de comunicar y la variedad de mensajes con los que se pude cometer el delito. Incluido el del supuesto enamorado empeñado en que ella vuelva con él y que, además, emparenta con el delito de acoso.

                Consecuencia de este incumplimiento es la obligatoriedad, en el caso de que se trate de una medida cautelar -no una pena- de celebrar la comparecencia de prisión, que no significa que haya que decretar prisión obligatoriamente, desde luego. La segunda consecuencia es la posibilidad de decretar la prisión aunque no concurran los demás requisitos para hacerlo. La justificación es clara, al entender que el riesgo para la vida de la víctima se acrecienta en quien no respeta una resolución judicial-

                Por último, hay un tipo especial, relacionado con el control por dispositivos telemáticos -vulgo, pulseras – y que consiste en romperlos, inutilizarlos o no recargar la batería. Si, además de hacer esto, el autor se acerca a la víctima o comunica con ella, estará cometiendo dos delitos y no uno. O ese es, al menos, el criterio generalizado.

                Aprovecho además esta función para recordar que las órdenes de protección y los autos de alejamiento los pone y los quita el juez o jueza, generalmente con informe del Ministerio Fiscal. La víctima no tiene ese poder, que en muchos casos quiere arrogarse y en otros esgrimen ellos como causa. Asimismo, la beneficiaria de la orden no comete delito si consiente en que él se acerque o le hable. El único que incumple una orden es quien está obligado por una resolución judicial a cumplirla. Sea hombre o mujer, por supuesto

                Y hasta aquí el estreno de hoy. El aplauso se lo dedico a quienes tienen que soportar, con paciencia y profesionalidad, las continuas detenciones de esos a quienes una resolución judicial se las trae al pairo.

Ortografía: cuándo serás mía


                Disculpadme el ripio, pero cuando decidí el título del estreno de hoy, me asaltó al subconsciente el estribillo de la canción de Bisbal, tal conforme hacen en el concurso de televisión que cada día presenta Arturo Valls. Basta cualquiera de las frecuentes palabras que en castellano acaban como el “Ave María” de la canción original, para que el público, presente o virtual, responda con el “¿cuándo serás mía?”, Y es que, en estos tiempos en que rige la cultura de lo instantáneo, el teclear deprisa y mal se impone demasiado. Aunque tampoco es cosa de ahora, claro, que ya en 1987 titulaban a una película Biba la banda.

                En nuestro teatro reconozco que muchas veces vemos más faltas de ortografía de las que quisiéramos. Y eso que ahora los ordenadores, los móviles y sus respectivos correctores nos lo ponen fácil, aunque de vez en cuando nos gasten más de una mala pasada, como ya vimos en un estreno de hace tiempo. Atrás quedaron los dictados con que nos machacaron a varias generaciones en el cole y en casa. Siempre recordaré -y no siempre con nostalgia- a mi madre agriándome las vacaciones con dictados de un libro que se llamaba Miranda Podadera y que jamás he vuelto a ver. Aunque he de reconocer que me sirvió. Al César lo que es del César y a mi madre, más aún.

                Confieso que la idea de este estreno me vino dada por un incidente de los muchos en que nos encontramos quienes navegamos por las redes sociales con frecuencia. Publicaba yo un inocente tuit sobre la nieve que caía en Zaragoza ese día, que coincidía con el aniversario de mi primer examen de la oposición, también con nieve y también en Zaragoza. Como quiera que no sé que es peor, si mis dedazos aporreando el pequeño teclado del móvil, o mis prisas primas hermanas de la precipitación, cometí el imperdonable error de dejarme una tilde en la palabra “hacía”. Algo que una tuitera -o tuitero, lo ignoro dado su valiente anonimato-, erigida en Fiscal General de la Ortografía, me afeó, instando poco menos a que me suspendieran de empleo y sueldo o me echaran directamente de la carrera. Por supuesto, desde ese día estoy haciendo penitencia de rodillas sobre mi toga, con orejas de burro, y un compendio de jurisprudencia en cada brazo. Al final de este estreno espero que el público sea generoso para alzarme el castigo.

                Desde que el mundo es mundo circula por ahí una anécdota, mitad chiste mitad leyenda urbana, sobre un levantamiento de cadáver que viene muy al hilo con este tema. Resulta que en tal levantamiento, que debió ser de un atropello de tren o de tranvía, la cabeza del interfecto estaba a varios metros del resto del cuerpo. Pues bien, dice el anecdotario que el subalterno preguntó si “arcén” -que era donde estaba la cabeza- se escribía con h o sin ella, a lo que el aludido, tras pensar un momento, reaccionó propinando una patada al cráneo y dijo “ponga que en la carretera”. Pues bien, no sé si este episodio de humor negro pasó en realidad o se trata de una invención, pero sí conozco múltiples casos donde una falta de ortografía nos ha hecho sangrar los ojos y ha dado lugar a más de un equívoco.

                Cuando yo estaba en la escuela judicial, uno de nuestros profesores, Siro García, nos hizo un curioso examen. Debíamos escribir la palabra “espurio” en una hoja de papel. No entendíamos demasiado, pero he de reconocer que hubo casi más “espúreos” que “espurios”, pese a ser la segunda la forma correcta. Quería demostrar el buen hombre algo que comprobé con el tiempo: que los errores pasan de unos documentos a otros hasta eternizarse. Pues bien, esto es lo que pasó con dicha palabra, recogida entre los requisitos que la jurisprudencia exige a la declaración de la víctima para tener virtualidad de enervar la presunción de inocencia. En muchísimas sentencias se citaba textualmente, incluido el error. Aunque semejante cosa no es exclusivo de sus señorías del Tribunal Supremo. Me cuenta un compañero de un señor que denunció el robo de una HAZADA y que tal insidiosa ortografía sobrevivió y pasó de la denuncia al atestado y de ahí al auto del juez. Por supuesto, la cadena se rompió con el escrito de acusación del fiscal, aunque no sabemos cómo fue la sentencia. Lástima.

                Las haches se hicieron, sin duda, para fastidiar. Lo hicieron con el de la Hazada y también con otro de nuestros clientes, que se escondió en un HARMARIO. No sé lo que pasará cuando salga de él, desde luego, pero, si se le discrimina, será por su ortografía y no por otra cosa.

                Otra compañera me habla de un atestado donde a las declaraciones de la señora que no recordaba, explican que tenía “el alceime”. Aunque no es la única enfermedad que da lugar a confusión y, si no, que se lo digan a quienes, siendo positivo en VIH, vieron escrito que eran VHS, como el vídeo de mis tiempos mozos. Y esa misma compañera aporta otra joya. La de un mensaje de una señora que pedía respecto a su marido diciendo “respétame que soy un ce rumano”. Eso sí, ignoro si después de eso la respetó o no.

                A veces son los correctores los culpables, o la excusa para justificar un fallo. Aporta otra compañera otra de estas anécdotas. Me cuenta que un juez bastante pomposo, a la par que peculiar en sus resoluciones, terminaba su parte dispositiva con un “debo delirar y declaro no haber lugar” impagable. Cabría preguntarse si más que el corrector, no le traiciOnaría el subconsciente.

                Y es que el subconsciente juega malas pasadas hasta en la forma de escribirlo. Su parentesco gramatical con “inconsciente” ha dado lugar a más de un juego de palabras bien jugoso. Aunque, muy relacionado, me quedo con lo que leí en un informe, que analizaba las cosas “desde el punto de vista subjuntivo”. Desde luego, escribiendo así auguro a su autor un futuro imperfecto.

                Los predictivos también son proclives a darnos disgustos. Los ertzainas se convierten en Hertzianas, a ver si así llegan más rápidos al lugar de los hechos. De la misma cepa es el cambio de “telemático” por “telepático” que es, como sabemos, la única manera de notificar en algunos casos, ondas hertzianas mediante.

                Hay, desde luego, faltas que hacen que duela la vista, como el testamento barbal cuya imagen me presta otro compañero, que no sabemos si era porque el testador tenía barba o verbo. Ahí es nada

                También dan mucho de sí las cosas que derivan de la coexistencia del castellano con otra lengua oficial Las faltas de ortografía en ambas lenguas van que vuelan, y los equívocos también. Algo así me sucedió cuando, en mi primer destino, leía un atestado por robo de “palets”. Yo me volví loca pensando qué importancia tendrían los palitos (palet es palito en valenciano) hasta que alguien me habló de los “palés” que se apilan en las obras, un término que viene del inglés “pallet” y que en castellano se escribe “palé”. Nada de palitos, por muy valiosos que fueran.

                Para acabar, un toque de actualidad. Os conmino a que veías el modo en que en algunos sitios se anuncian las medidas para evitar el covid. Idrogel, Higrojel o, lo que es mucho mejor, Nitrogel. Cualquier día salimos por los aires. Eso sí, con los huantes puestos, faltaría más

                Ahora ya me queda el aplauso. Y hoy, cómo no, dedicado a mis compañeras y compañeros que tanto han aportado en este estreno, y a quienes interactuaron con la Fiscal General de la Ortografía, también llamada Torquemada de las tildes. Gracias por convertir lo agrio en motivo de sonrisa. Ya queda solo saber si merezco que me levanten el castigo, aunque la cosa no empezara bien. Soy culpable, también, de haber escrito mal la palabra “ortografía” en el post en que pedía que me aportaran anécdotas. No tengo remedio

Frío: togas congeladas


                El tiempo atmosférico es mucho más que el tema para una conversación de ascensor. La lluvia, la nieve, el sol o la tempestad han dado lugar a numerosas películas. El tsunami de Lo imposible, la tempestad de La tormenta perfecta, Las nieves del Kilimanjaro o la Lluvia en los zapatos dan idea de la buena excusa que constituye el clima para un buen título. Porque se puede desde estar Cantando bajo la lluvia hasta retándose en un Duelo al sol. Todo es posible.

                En nuestro teatro, aunque no lo parezca a primera vista, la meteorología puede jugar un gran papel. De hecho, las condiciones meteorológicas pueden dar lugar a suspensiones y retrasos o a hacer evidente la necesidad de medios materiales que siempre nos agobia. Y pueden, incluso, ser la causa de juicios históricos como ocurrió con el desbordamiento de la presa de Tous debido a las lluvias torrenciales con que el clima obsequia de vez en cuando a mi tierra.

 En su día, ya dedicamos un estreno al calor , que hacía que las togas sobraran. Ahora, sin embargo, nos pasa justo lo contrario. Ojalá las togas fueran plumíferos para poder combatir la ola de frío a la vez que hay que ventilar para combatir otra ola, la del covid. Y es que se nos amontona la faena.

                No es la primera vez que salen a la luz nuestras carencias cuando el frío aprieta. Ya veíamos, cuando hablábamos de sedes, que en esos sitios donde el termómetro gusta de pasearse por debajo del cero, la falta de calefacción es un riesgo evidente para la salud, y algo más frecuente de lo que sería desear. Espero que algún día pueda dedicar una entrada a la llegada de unos medios apabullantes para nuestra pobre justicia, pero de momento esto es lo que hay.

                Pero, más allá de nuestras cuitas, y una vez nos hemos aprovisionado de guantes, bufanda, camiseta térmica y calcetines de lana, nos disponemos a sufrir las consecuencias del temporal, que en este 2021 se ha despachado a gusto. Y, obviamente, lo primero que nos encontramos son las dificultades para asistir a juicios. De profesionales y del justiciable o, lo que es lo mismo, de intérpretes y público.

                Es obvio que jurídicamente la circunstancia de verse atrapado por la nieve o imposibilitado de acudir por falta de medios de transporte no puede calificarse de otro modo que no sea el de fuerza mayor. Pero cuestión distinta es cómo se arbitra la situación para causar el menor perjuicio posible, Y ahí empiezan los problemas.

                Evidentemente, si alguien, sea testigo, perito, intérprete o investigado, no acude al llamamiento judicial por este motivo, no pueden aplicársele las consecuencias legales de la incomparecencia en cualquier otro caso, esto es, multa, o, en casos recalcitrantes, ser encartado por un delito de obstrucción a la justicia. La nieve es un buen salvoconducto para escaquearse, aunque tiene su plazo de caducidad. En cuanto los muñecos de nieve se derriten, el salvoconducto deviene inválido.

                Caso parecido es el de los y las profesionales. Si jueza, fiscal, forense, Laj o cualquier otra persona que sirva en Toguilandia no llega por las mismas razones, tampoco habría ninguna consecuencia para quien no ha comparecido. La consecuencia lógica sería poner un suplente a quien falte, pero andamos escasos de medios y los sustitutos ya hace mucho que quedaron reducidos al mínimo. Así que o se cubre la sustitución por un colega disponible, o el fantasma de la suspensión empieza a planear. Y aterriza, claro

                No obstante, cuando pasan estas cosas se revientan algunas de nuestras costuras. Entre ellas, la excesiva rigidez de nuestra legislación que da lugar a situaciones estrambóticas. Leía hoy mismo la de un juzgado donde letradas, letrados y procuradores habían acudido como habían podido, y se habían encontrado sin jueces, porque se había acordado previamente por el Decanato suspender las vistas. No sé hasta donde es cierto, aunque sí sé de fiscalías que han emitido notas advirtiendo de su incomparecencia a algunas sedes -recordemos que los fiscales tenemos una sede física que puede distar muchos kilómetros del juzgado o juzgados al que estemos adscritos- Pues bien, en nuestro caso, la fiscalía toma la decisión, pero quién lo hace en el caso del órgano judicial? ¿El Decanato? ¿El Tribunal Superior de Justicia correspondiente? Pues, salvo que me equivoque, creo que corresponde a cada juzgado en concreto, aunque ya nosé si es cosa de Su Señoría o del LAJ acordarlo y comunicarlo, respectivamente. Lo que sí sé es que resulta bastante disfuncional no saber hasta el último momento a que atenerse, y que es desconcertante que diferentes órganos judiciales de la misma localidad pudieran adoptar medidas diferentes para el mismo supuesto. Pero, si la logística nacional no está preparada para contingencias de este tipo, no podríamos esperar que la administración de Justicia lo estuviera.

                No quiero despedir esta función sin recordar que el frío me trae buenos recuerdos. Un día como hoy, hace ya muchos años , hacía en Zaragoza mi primer ejercicio de la oposición que me convirtió en Fiscal. No recuerdo haber pasado más frío nunca, y aseguro que no era cosa de los nervios.

                Ahora ya, no me queda más que dar mi aplauso para bajar el telón de este estreno. Hoy es, sin duda, para quienes han seguido dándolo todo sin denuedo pese al frío, la nieve y todos los inconvenientes. Un cálido agradecimiento en esta heladora situación

Adiós María Jesús: ya te echamos en falta


                Todo el mundo hemos cantado alguna vez esa sevillana tan conocida: “algo se muere en el alma cuando un amigo se va”. Muchas personas, además, la relacionamos con aquella muerte que paralizó a un país entero: la de Chanquete en Verano azul. Así que me pareció la mejor banda sonora para mi estreno de hoy. Un estreno que cumple una deuda histórica de gratitud. Que se abra el telón.

                Este maldito 2020 culminó su nefasta andadura con el peor colofón para mucha gente. La noticia de la muerte repentina de María Jesús Moya nos dejaba con la boca abierta y el corazón roto, mirando una y otra vez las pantallas de nuestros móviles deseando que fuera un mal sueño, o un malentendido, o lo que sea. Pero, no. La desgracia se confirmaba y la noticia recorría foros y grupos de WhatsApp. En un día de celebración, se nos partía el alma.

                No obstante, no quiero escribir algo triste. Ya hice un pequeño homenaje en la prensa que resumía el sentir de muchos compañeros y compañeras. Hoy quiero escribir algo que le hubiera gustado leer, algo que vea desde allá donde esté y que provoque su eterna sonrisa pintada de carmín, tan indeleble como su recuerdo.

                Cuando hace ya más de seis años empecé con este blog, María Jesús fue una de las primeras seguidoras, al que se mantuvo fiel. Desde entonces, muchas veces me decía que era algo tan bonito que debería conocerlo todo el mundo, y que debían enseñarlo a las nuevas promociones de la carrera en el Centro de Estudios Jurídicos. Obviamente, el cariño guiaba sus palabras, como guaba todas sus obras. Y yo quiero devolverle ese ejercicio de confianza y afecto con estas líneas. Hoy será mi blog el que haga que todo el mundo conozca a María Jesús, así que difundid este post por tierra, mar y aire. Que todo el mundo sepa la fortuna que tuvimos quienes la conocimos.

                Me gusta recordarla con una flor en el pelo, como la ilustración de @madebycarol que he escogido para ilustrar este estreno. Fue en una cena tras la presentación de uno de mis libros, a las que nunca fallaba, donde, entre risas, decía que la ilusión de su vida era ir a un hotel del Caribe con una flor en el pelo. Nos divertimos tanto que ninguna persona de las que asistimos olvidamos aquella anécdota, que tan bien te describe.

                María Jesús era alegría. Era la persona que, como dijo una compañera, nos alegra las mañanas elogiando cualquier cosa que lleváramos con tal de hacer la vida un poco más bonita. Qué zapatos más lindos, qué bien te queda ese traje, qué guapa estás, cómo te sienta ese color. Siempre pendiente, siempre amiga, siempre ahí.

                Pero la alegría de María Jesús no era gratuita. Se había ganado a pulso su derecho a reír de un episodio injusto que tanto le hizo llorar. Todavía me caen las lágrimas cuando pienso en su llamada: he decidido pedir el traslado a Valencia, por la gente que conozco de redes sé que voy a estar bien. Era un halago y una responsabilidad enorme que se convirtió, en apenas unos días, en una fortuna aun más grande. Aunque suene raro, mi madre le diría que no hay mal que por bien no venga. Esa madre a la que siempre trató con tanto cariño como si fuera la suya y a la que dedicaba un beso en el último mensaje que me envió, unas horas antes de irse para siempre.

                Fue una gran fiscal como solo podían serlo las grandes personas. Las leyes necesitan tener alma y ella se la insuflaba en cada dictamen, junto con todos sus conocimientos. Algo que no digo solo yo, sino que dice mucha gente.

                Por eso hoy he querido, como despedida y homenaje, traer el testimonio de los dos últimos jefes que tuvo, que compartimos, que no tardaron ni un minuto en atender mi petición. El actual fiscal jefe de Valencia, José Francisco Ortiz, dice de ella

                “Siempre recordaré de María Jesús su carácter afable y su compromiso en defensa de la sociedad y de los valores del Estado de Derecho”

                Por su parte, Teresa Gisbert, actual Fiscal Superior de a Comunidad Valenciana y anteriormente fiscal jefe de Valencia cuando María Jesús llegó, escribe lo siguiente:

                “He sentido mucho el fallecimiento de María Jesús, no solo por lo que supone perder a una compañera y a una fiscal muy trabajadora sino, sobre todo, porque hemos perdido a una persona buena, porque así es como yo definiría a María Jesús, una persona generosa, empática y siempre dispuesta a ayudar a quien lo necesitara. Siempre la echaré de menos por su alegría, su simpatía y su cariño”

                He querido que sean nuestros jefes quienes dejen esas palabras para que todo el mundo sepa que ella, que llegó incluso a dudar de sí misma como fiscal, era una profesional querida y valorada en todos los aspectos.

                Por mi parte, cierro el telón de hoy con una ovación cerrada para ella. Me quedo con su silla vacía en cada acontecimiento, pero la llenaré con su recuerdo. Y con esa inmensa sonrisa con la que miraba a la cámara con los labios pintados de rojo y una flor en el pelo.

Reyes Magos de nuevo: más precisos que nunca


                Aunque, en repercusión cinematográfica, nuestros Reyes Magos pierden por goleada ante Santa Claus, hoy son más necesarios que nunca. Es más, el estreno del año debería ser una película que plasmara la coalición entre unos y otro para asumir conjuntamente no el gobierno de la Navidad sino el de todo el año. Una película que, además, debería estar basada en hechos reales como esas que nos facilitan la siesta del domingo mejor que el mejor de los somníferos. Pero, mientras llega, tendremos que escribir nuestra carta, más necesaria que nunca.

                En nuestro teatro, ni un solo año hemos dejado de escribirles. Y he de decir que, como pasaba cuando era una niña, no siempre traen todo lo que pedimos. La diferencia es que entonces no siempre se podía llegar a todo lo que era capaz de pedir la imaginación de una niña que todavía cree en la magia, y ahora, nos conformaríamos con aquellos mínimos necesarios para quienes hace tiempo dejamos de creer en la magia.

                Porque, seamos realistas, si a alguien le quedaba el más mínimo rescoldo de creencia en la magia de la Navidad, esta se lo ha puesto fácil para barrerla de un plumazo. Sonrisas secuestradas bajo las mascarillas, reuniones restringidas, toque de queda, o limitaciones de aforo y de horarios no son buen caldo de cultivo para dejarse llevar por el espíritu navideño. Si a ello unimos los agujeros sin fondo en el bolsillo por la crisis económica, el panorama se vuelve desolador. Por mucho brilli brilli con que lo disfracemos.

                En las anteriores cartas, desde Toguilandia nos hemos desgañitado pidiendo medios, medios y más medios. Sobre todo, medios informáticos , que en muchas cosas todavía andamos dándole al pedal para que los ordenadores se pongan en marcha. Y claro, ha llegado el lobo y ha pillado a Pedro yendo a por uvas. Un lobo que, aunque diminuto e imperceptible a simple vista, ha sido más demoledor que el de Caperucita y el de los Tres cerditos juntos tras tomarse la pócima que volvía al Increíble Hulk en La Masa.

                Así que ahí va la primera petición, tan vieja como lo es nuestro escenario. Necesitamos medios materiales adecuados. Esto es, además de aprovisionarnos de bolis -que no sean verdes, por dios-, possits a discreción -qué haría sin ellos-, grapadoras, subrayadores, carpetas y demás adminículos de papelería, unos medios informáticos suficientes para que lo del teletrabajo sea una realidad que consista en mucho más que llevarse el trabajo a casa como toda la vida.

                Y, cómo no, medios personales. Necesitamos jueces, fiscales, funcionarios y funcionarias, forenses y hasta personal de limpieza, que siempre olvidamos la intendencia y hoy es más precisa que nunca. Qu no se nos olvide que la mopa, el trapo y el desinfectante son de las armas más poderosas para nuestra lucha diaria contra el coronavirus.

                Tampoco podemos olvidar que no podemos relajarnos mientras el virus siga ahí. Así que nada de trampas. No podemos sucumbir a la tentación de dejar de ventilar, de espaciar los juicios o de llamar para que desinfecten entre uno y otro. Que sí, que es una pesadez y lo hace todo mucho más largo, pero más pesado sería contagiarnos y más largo recuperarnos. Y eso sin ponernos en lo peor, claro…

                Pero, si en estos días duros hace falta algo, ese algo es la ilusión , eso tan volátil que siempre amenaza con marcharse volando. Y ahora, más todavía, con las ventanas abiertas para ventilar. Hagamos lo posible por mantenerla ahí, aunque cueste. Es una parte importante de la pócima del éxito. Unida, cómo no, a la esperanza, el bien más buscado en estos días inciertos.

                Este año, más que nunca, os pediremos, queridos Reyes Magos, esa varita mágica que nos debéis desde hace varios años. Creo que es hora ya de tenerla, y que, después de toda la experiencia que hemos adquirido -a la fuerza ahorcan- seguro que sabemos usarla. Y si no puede ser varita mágica, que sea su versión low cost, la lámpara de Aladino. Creo que a estas alturas tenemos la capacidad de síntesis suficiente para resumirlo todo en tres deseos, y hasta que nos sobre alguno.

                Por todas estas cosas, este año voy a introducir una novedad. Traed lo que queráis, pero, por favor, llevaos unas cuantas cosas. Llevaos el maldito virus para que no vuelva jamás, y llevaos con él la incertidumbre en la que nos ha sumido. No os pediré optimismo, ni alegría, porque seguro que sabemos encontrarlas en el momento en que el bicho desaparezca. Y seguro también que desaparece como por ensalmo ese cansancio perenne con el que vivimos cada día. No más Día de la Marmota, por dios. Y si tampoco hay Día de la Mascarilla, mejor que mejor. Ya va siendo hora de volver a vernos las caras, una frase que ha pasado de ser una amenaza velada a un canto a la esperanza.

                No me pondré muy pelma. No vaya a ser que no me hagáis caso, querido Reyes Magos. Por eso bajaré hoy el telón con el aplauso. Ese que os daremos, aunque sea en diferido, cuando todas estas cosas se cumplan. O, cuando al menos, se cumpla la que resume todo. Que se baja el bicho de una vez. Y para siempre.

2020: el año que vivimos peligrosamente


                Acabamos de salir de un año en que hemos vivido algo inaudito. Por más que nos hubieran pintado situaciones similares en filmes como Contagio o Estallido, aquello sonaba poco menos que imposible, propio de otras épocas como La peste. Pero lo que parecía que nunca pasaría pasó y convirtió a 2020 en El año que vivimos peligrosamente, un año para decirle Sayonara, baby, vete y no vuelvas más. Adiós, 2020, adiós.

                Pese a todo, es preciso hacer balance. Incluso diría que es preciso más que nunca, porque nunca tuvimos una mejor ocasión de reflexionar y autoevaluarnos que la de este año. Con todo el tiempo que el confinamiento nos dio y se llevó. Siempre según el cristal con que se mire.

                Cuando echo la vista atrás, me doy cuenta que la cosa no empezó tan mal. Es mas, empezó de maravilla para mí, con momentos inolvidables, aunque ahora parezcan tan lejanos que hace una eternidad.

                Para mí el año comenzaba de un modo inmejorable. En el mes de enero recibía el primer premio de apropòsits en el concurso de teatro en lengua valenciana de Junta Central Fallera, con mi obra Caixa sense música. Era y es algo especialmente importante para mí, porque se trataba de mi primera incursión en el mundo del teatro, y lo había hecho aunando dos temas que me apasionan: la igualdad y las fallas. Espero poder verlo algún día representado. Y espero también poder repetir hazaña, que los huevos ya están puestos en la cesta. Ahí lo dejo.

                El mes de febrero fue en el que vio la luz mi sexta criatura en solitario, No me obligues , mi segunda novela. No había cumplido ni quince días de vida cuando nos cerraron el mundo, y nos dejaron a ella y a mí sin un montón de presentaciones en diferentes puntos de España. Cáceres, Madrid, Teruel o Castellón eran algunas de sus citas, además de diferentes lugares de Valencia. Y, por supuesto, la Feria del libro, ese evento que tanto hemos añorado quienes amamos las letras. Mis criaturas y yo ya contamos los días para volver.

                Marzo también me tenía sorpresas reservadas antes del cerrojazo pandémico. Ser elegida una de las cuatro mujeres referentes de mi Comunidad para la fantástica campaña “vull ser com..” (quiero ser como) realizada para el Día de la Mujer, es un lujo al que pocas mujeres tienen acceso. Así lo valoré en su día y hoy lo hago aun más, teniendo en cuenta lo que vino después. Ese mismo mes otro acontecimiento tenía que haber llenado mi vida, pero lo dejo en suspenso como quedó el acto. Ya lo contaré cuando recuperemos nuestras vidas.

                Entonces llegó la pandemia y todas sus consecuencias. Todavía en el mes de marzo me dio tiempo a ir a la Biblioteca Valenciana, donde mi obra había sido reconocida como una de las que merecían celebrar un encuentro y formar parte de la misma. Ahí fuimos Caratrista y yo, y ella se quedará para siempre. Y la jornada, en mi recuerdo, también.

                Ese mismo día dieron el aldabonazo de entrada en una de las épocas más duras que nos ha tocado y nos tocará vivir. En mi caso, la suspensión de mis amadas Fallas fue lo que me hizo ser consciente de la magnitud de la tragedia. Solo una Guerra Civil había podido evitar que se celebraran, y aun así hubo conatos. Era algo que jamás hubiéramos imaginado. Y marcó el pistoletazo de salida de una situación que nos ha perseguido y sigue haciéndolo: el reino de la incertidumbre

                Teletrabajo , videollamadas, aplausos en los balcones y mil maneras de tratar de invertir la cantidad de tiempo con la que nos habíamos encontrado, marcaron unos días de confinamiento que se hicieron eternos. Cantábamos Resistiré a voz en grito para tratar de acallar las dudas sobre si resistiríamos que nuestra mente se empeñaba en formular. Pero resistimos. Aunque ahora, mirando atrás, creo que lo hicimos con la esperanza de recuperar nuestras vidas en cuanto pudiéramos abrir las puertas de nuestras casas. Craso error. La era de la mascarilla había comenzado.

                No obstante, una echa la vista atrás y descubre que hubo cosas hermosas, como aprender a disfrutar la vida y la compañía de los nuestros, que no es poca cosa. Y, por supuesto, la literatura. Este tiempo me ha permitido leer aquellos libros que tenía pendientes -no todos, claro- y escribir y escribir más. Se acabó mi colaboración con El Mundo, donde seguí publicando hasta que las circunstancias se llevaron la delegación de Valencia, y comencé una colaboración periódica en El Plural y también en Próxima Parada, de APunt, y en Mitomanía en Radio El Álamo, además de continuar en El Periódico de Aquí. También abrí una página en el blog dedicada a todos mis artículos Gracias por contar conmigo, y gracias también a quienes han recogido otras colaboraciones puntuales o esporádicas. Soy muy afortunada de tener tantas puertas abiertas a mi pluma.

                En cuanto a libros, han visto la luz varios de los que había formado parte. Cada vez más iguales, de Valencia Escribe, fraguado antes de la pandemia, 2070 Relatos líquidos, de Generación Bibliocafé, relatos alrededor de la ciencia ficción con mucha relación con lo ocurrido. También participé en las dos antologías sobre Mujeres en el arte, y en “Ñ” de Ole libros, un libro muy necesario por su planteamiento optimista y positivo. Como necesaria es otra de las antologías de relatos en las que he participado, Los hilos de la vida, destinado a visibilizar el Alzheimer y a ayudar a quienes padecen sus consecuencias.

                Las otras dos antologías en las que he estado presente, “Mirad, están ahí” de Acen, y la de los relatos finalistas del premio Carolina Planells, responden a mi condición de finalista en sendos certámenes literarios. También en esto he sido afortunada, porque mi relato Doña Nadie fue finalista del premio de narrativa de mujeres de la Generalitat Valenciana, mi cuento Raimunda logró el tercer premio del concurso literario del Colegio de Abogados de Valencia y, ya a punto de acabar el año, me llegaba de Paiporta la gran noticia de haber ganado el certamen de narrativa breve contra la violencia de género con mi relato “Azogue”. Mis microrrelatos , por su parte, también gozaron de reconocimiento en los diversos concursos que se organizaron en Valencia Escribe. No fue una mala cosecha, la verdad.

                No me olvido de mi trabajo toguitaconado. Ha sido un año entero luchando, como siempre, por la igualdad, tanto en su vertiente relacionada con la Violencia de género como en la relativa a los delitos de odio , una materia tan desgraciadamente en boga. Solo diré que me encanta este trabajo, pero lo que más me encantaría es que ni yo ni nadie hubiéramos de hacerlo porque no hubiera razón para ello. Seguiremos, cómo no, luchando para lograrlo.

                Pero el año todavía tenía algunas cosas tristes con las que machacarnos. A la muerte de todas las personas que nos dejaron por covid, que quise representar en la compañera fallecida a la que dediqué el post más leído del año, se unen dos pérdidas dolorosas para mí. La de Miguel Ángel Martínez , el que fuera Secretario Judicial -hoy LAJ- y querido amigo y muy recientemente, la de mi amiga y compañera María Jesús Moya . Ya les echo de menos

                No puedo cerrar el telón sin nombrar esas otras cosas que me han dado la vida que las circunstancias se empeñaban en quitarnos. Mis amigas y amigos, a través de las pantallas o en persona, además de la familia, han sido esenciales. Gracias por estar ahí. Y la danza, tanto como espectadora como practicante -en la medida de lo posible- ha sido más de una vez e agarradero que necesitaba. Con razón dicen que bailar es soñar con los pies

                Por último, me queda el aplauso. Lo siento, 2020, pero no te toca. Y el de 2021 lo dejó en suspenso a la espera de cómo se porte, No nos defraudes, por dios, que tu antecesor te lo ha puesto fácil.

                Gracias por último a @madebycarol por esta y por todas sus ilustraciones. Y por ser amiga y cómplice tantas veces.

Acciones positivas: la vacuna


                El año está a punto de acabar. Por suerte, me atrevería a decir. Pero antes de que este tremendo 2020 se marche, nos da tiempo a hacer algo bueno. Incluso me atrevería a decir que nos da tiempo a poner en práctica algo de lo que hemos aprendido, o de lo que deberíamos haber aprendido. Tenemos la oportunidad de hacer una última  acción positiva de 2020, o de empezar el 2021 con buen pie. Que la suerte nos acompañe, en un momento tan de ciencia ficción que cualquier película del género parece más real.

                En nuestro escenario tampoco vamos a perder este tren, y vamos a abrir el telón para contar una historia de ficción que pude ser realidad, o tal vez una realidad que puede quedar en ficción. Cada cual lo decidirá cuando baje el telón.

                Vivimos en un momento en que una de nuestras principales preocupaciones es la vacuna. La dichosa vacuna, dicho sea en el sentido más literal. Cuándo llegará, cuándo nos tocará y cómo se hará son algunas de las grandes incógnitas. Porque el dilema entre ponérsela o no para mí no es incógnita alguna. Sí o también. No nos queda otra si queremos recuperar nuestras vidas.

                Ahora hagamos un ejercicio de imaginación y pongámonos en la piel de las científicas y científicos que han dado con ella. Pensemos cuánto habrán tenido que estudiar para tener la formación adecuada, cuánto habrán tenido que sacrificar y cuán necesario habrá sido el apoyo de sus familias.

                Un esfuerzo más y sigamos imaginando. ¿Qué habría pasado si estas personas no hubiera logrado terminar sus estudios? ¿Qué sería de nosotros sin que hubieran alcanzado el nivel de excelencia que les ha permitido llegar hasta ahí?

                Podría haber pasado. Es más, podría estar pasando ahora mismo. Podría haber ocurrido que esa niña o ese niño que soñaban emular a Madame Curie, a Fleming o a cualquier otro referente hubieran visto radicalmente interrumpida su vida. Podría haberles ocurrido que un aciago día un crimen machista acabara con la vida de su madre y hubiera supuesto el fin de su padre, encarcelado o muerto. No es algo imposible, desde luego. Este año les ha pasado a más de veinte niños y niñas en nuestro país. Y a otros tantos a lo largo de la historia.

                ¿Exagero? No lo creo. Tal vez las personas que conocían a las 43 mujeres asesinadas pensaban que era exagerado intervenir, y ahora la cosa no tiene remedio. Cuando se trata de salvar vidas, nada es exagerado. Mejor prevenir que curar porque, en este caso, de nada sirve el “más vale tarde que nunca”.

                No solemos pensar más allá del dolor del hecho. Nos quedamos con el drama del asesinato y no reflexionamos sobre qué será de esos niños y niñas que no solo han perdido a la persona que más querían sino que han perdido con ello la posibilidad de labrarse el futuro que anhelaban.

                Por fortuna, hay quién sí pensó en ello y quien sigue pensando. Soledad Cazorla , la que fue la primera fiscal de sala de Violencia de Género, cuya memoria permanece, se anticipó a todo. Dejó como herencia un fondo para becas de estudio para estas criaturas. Y la Fundación que lleva su nombre se dedica desde entonces a traducir en hechos su voluntad. Cada Navidad nos da, además, la oportunidad de contribuir con el simple gesto de adquirir un décimo de lotería solidario. Así lo hicimos otros años y, gracias a ello, varios huérfanos y huérfanas de violencia de género han podido seguir estudiando.

                Tal vez sea una de esas personitas la que el día de mañana, si sufrimos otro colapso mundial como esta pandemia, lleguen a tiempo de solucionarlo. Así que, si no somos capaces de hacerlo por ellos, hagámoslo en nuestro propio beneficio.

                Un solo clic aquí, y nuestra acción positiva estará hecha. Por supuesto, podéis hacer ese clic en el número de cualquiera de las madrinas, pero ya sabéis que si es el mío me hace mucha ilusión.

                No bajaré el telón si el aplauso. Hoy se lo daré a la Fundación Soledad Cazorla y a su enorme labor, pero lo comparto con quienes os animáis a este pequeña gran acción positiva. No les falléis.

Y, como siempre, mil gracias a @madebycarol por su preciosa ilustración hecha ex profeso, No a defraudéis a ella tampoco

Os recuerdo el enlace de nuevo, por si acaso. Ganemos o perdamos, ganamos igual

https://www.playloterias.com/la-loteria-de-la-madrina-susana-gisbert

#unaNavidaddiferente : De pata negra


DE PATA NEGRA

– ¿Qué haces, mami?

– Estoy preparando tarteras para llevar a los pobres

– ¿Quiénes son los pobres? ¿Y por qué les preparas tarteras?

– Pues… -la madre de Inés se paró a pensar antes de contestar- Son personas que no tienen de nada. Y, con esta situación de pandemia, cada día son más. Por eso preparamos comida para que puedan celebrar la Navidad. ¿Me ayudas?

         Inés cogió una silla y se subió encima, para conseguir llegar al banco de la cocina. Su madre seguía trajinando sin parar. Preparaba la mitad de aquellas cajitas de plástico con macarrones con tomate que había en una gran olla y la otra mitad la llenaba de una miscelánea de cosas ricas que ella llamaba “entremeses”. Unos canapés variados, unos pedazos de queso y jamón.

  • ¡Qué rico! ¡Jamón!

         A Inés le encantaba el jamón. A sus siete años recién cumplidos, era casi una especialista en tan preciado producto. No en balde fue el alimento que nunca fallaba cuando su madre se desesperaba ante la inapetencia de su hija.

         Inés no pudo reprimir la tentación de coger un trozo de aquel jamón que su madre ponía, meticulosamente ordenado, en cada tartera.

-Mami, este jamón no es como el que comemos en casa. No está tan bueno. ¿Está podrido, o algo así?

-No, hija, qué va. Lo que pasa es que nosotros comemos jamón de pata negra. Y no vamos a darle eso a los pobres

-¿Por qué? ¿No les gusta?

-Bueno -su madre volvió a pararse a pensar- No es que no les guste. Es que… no sabrán apreciarlo.

-Pues yo creo que sí. Como me decías a mí, hay que probar las cosas. Y seguro que les gusta

-Qué cosas tienes hija. A ver si lo entiendes, el nuestro es un jamón de pata negra, el más bueno y caro que hay, porque es el que nos corresponde. Somos…diferentes

-¿Cómo nuestro jamón? ¿Somos de pata negra?

La pregunta quedó en el aire. Para alivio de la madre de Inés, sonó el teléfono y pudo abandonar la cocina por un momento para atenderlo. La niña se quedó sola con su perplejidad, aupada sobre un taburete en la enorme cocina de su casa.

Al día siguiente, varias personas sin hogar disfrutaron en el albergue donde se refugiaban de una apetitosa cena con un inexplicable producto estrella. En todas y cada una de las tarteras, varias cortadas del mejor jamón de pata negra esperaban a que les hincaran el diente.

Cuando, en una casa a un mundo de distancia de allí, a pesar del escaso kilómetro que las separaba, la madre de Inés se tiraba de los pelos al descubrir que el exquisito jamón que guardaba para la cena de Nochebuena, se había convertido en unas toscas lonchas de ínfima categoría a punto de caducar.

Fue a preguntar a su hija, pero, al ver la expresión de su cara, no se atrevió. La furia se convirtió en vergüenza y no fue capaz de pronunciar palabra.

– Feliz Navidad, mami.

Pese a que estaban solas en casa, la madre de Inés se puso la mascarilla. Ni siquiera así consiguió disimular el color escarlata que invadió sus mejillas. Ni, por supuesto, las lágrimas.

Intrusismo: fuera de órbita


                Sentirse ajeno es una sensación que a nadie es ajena, valga la redundancia. Con más o menos frecuencia, todo el mundo ha sentido alguna vez la sensación de sobrar en algún sitio, de estar fuera de lugar o de ser un extraño. En definitiva, ser La intrusa o El intruso. Aunque esta no es la única manera de ver las cosas. Se puede ser intruso si se finge ser El especialista que no se es. Porque no todo el mundo puede ser El sabio. Y al final todo se sabe, como le ocurría a Barbara Stanwick -o a a Virginia Mayo, en una versión más moderna- en Bola de Fuego, encerrada entre un montón de catedráticos listísimos.

                En nuestro teatro no todo el mundo es listísimo como los profesores de la película, pero tenemos nuestros propios intrusos e intrusas, y también quienes pretenden serlo. Su mayor o menor éxito ya es harina de otro costal.

                El intrusismo es, en primer lugar, un delito. Lo comete quien ejerce actos propios de una profesión u oficio sin estar habilitado para ello. El anecdotario judicial y la hemeroteca nos muestran pintorescos casos de médicos que ejercían sin haber pisado una facultad en la vida, en alguna ocasión, durante muchos años y sin que nadie se percatara hasta que salta la liebre. Aunque no es la única profesión en que sucede, claro está. También se ha visto algún caso de abogados, de administradores de fincas o de asesores que carecían de título para asesorar. Y es que, como dice el refrán, zapatero a tus zapatos.

                Entre nuestras extintas faltas existía también la de uso indebido de uniforme, traje o condecoración, que daba mucho juego. Y es que la gente no podía pasearse por ahí impunemente con el pecho lleno de medallas como si fuera un general, o, en nuestro caso, con más raimundas que las que se le hubieran concedido, si era el caso. Porque no digo yo que ese collar tan mono que lleva el rey en las fotos oficiales no pueda quedarnos pintiparado, pero no se puede llevar lo que no nos corresponde. Así que a conformarse con la medalla de la Comunión o la insignia de la falla, de la casa regional o del cursillo de natación. Porque aunque ahora ya no es delito, puede ser sancionable en otra vía. Más vale no jugársela.

                Pero hay otro tipo de intrusismo al que, aunque ya hemos dedicado espacio en varios estrenos, siempre hay que tener presente, por su frecuencia. Me refiero al de opinadores y tertulianos varios que, haciendo uso de esa nueva ciencia llamada todología nos hablan de cualquier campo del Derecho sin despeinarse, a pesar de no haber visto un Código mas que en foto. El Derecho Penal es especialmente proclive a ese tipo de invasiones, y es tan sufrido el pobre que apenas se queja. Leyes que no existen, cuñadismo -sea en su versión analógica o digital– como fuente del Derecho y tertulias en medios como vehículo de transmisión son sus herramientas más importantes.

                En estos tiempos tan extraños, sin embargo, hay una profesión que se ha unido con fuerza a las huestes de las profesiones diana de la todología. Se trata de una profesión de la que nadie sabía antes, y que hoy es lo más de lo más. Y es comprensible, en su versión fetén, aunque no tanto en la sucedánea. Seguro que más de uno y de una sabe ya a qué me refiero. La profesión nominada no podía ser otra que la virología, la epidemiología o cualquier otra que suene igual de bien al tertuliano de turno y tenga relación con enfermedades, virus y vacunas. Hoy en día, todo el mundo parece conocer a alguien que se dedique a esto, o que, al menos, tenga un primo cuya novia es hermana de una chica que estudia para serlo. Y por eso aparecen por tierra, mar y aire supuestos expertos que dicen una cosa y la contraria para que cada cual se quede con la que más le gusta. Todo el mundo ha oído a esos supuestos expertos que recomiendan usar un tipo de mascarilla, a otros que otra, y hasta a alguno que ninguna. Todavía recuerdo cuando nos conminaban, al principio de la existencia de este bicho maldito, a desinfectarnos antes de entrar en casa como si fuéramos a operar a alguien a corazón abierto. Juro que jamás tendré una experiencia más parecida a entrar en la NASA que las medidas que se tomaban en mi primera visita a la peluquería tras el confinamiento. Todo esto, por supuesto, sin perjuicio de los científicos y científicas expertos de verdad, que tanta falta nos hacen además.

                Quizás hay un factor de distorsión que hace más difíciles las cosas. En España, desde hace tiempo, se llama “doctor” -o doctora- a todo el que tiene un título de Medicina en su poder. Sin embargo, doctor es quien tiene un doctorado, que pude ser en medicina, en física cuántica, filosofía o cualquier otra cosa. Pero, como en inglés “doctor” equivale a “médico”, hemos acabado asumiendo una terminología que no es nuestra. Como ocurre con las dichosas nominaciones, sean a los Oscar o a abandonar la casa de Gran Hermano, cuando “nominar” en castellano no era otra cosa que poner nombre a las cosas. Anglicismos que nos cambian la vida.

                Y es que ahora se entienden muchas cosas. Quienes transitamos por Toguilandia hemos experimentado más de una vez la creencia de que por tener u título de Derecho has de saber de todo el ordenamiento jurídico y de cualquier especialidad. Te encuentras a una prima segunda que hacía siglos que no veías, y te espeta que si le puedes hacer un favorcito que tiene un problema con la declaración de la renta, o con el alquiler, o con la pensión de su abuelo que fue a la guerra. Y por más que le digas que tú de lo que sabes es de Derecho Penal, o de Contencioso, o de lo que sea, lo mismo le da. Eres malaje por no resolvérselo así, a bote pronto y en la calle. Y gratis, por supuesto que, aunque jueces y fiscales no podamos asesorar, letrados y letradas no solo lo hacen, sino que cobran por ello. Y es que eso de comer cada día es una mala costumbre, sin duda.

                A este respecto, me acuerdo de una anécdota que siempre cuenta mi prima -médica y doctora, además- Cuando alguien le para por la calle y le pide que le diagnostique porque le duele la barriga, el tobillo o se le cae el pelo, ella le dice que se desnude, Cuando el incauto o la incauta le dice que cómo va a desnudarse en la calle, ella responde que, al fin y al cabo, es en la calle donde pretende que le dé una solución. Una buena táctica para tomar nota.

                En estas fechas, no podía bajarse el telón sin dar cuenta de un intrusismo especial, que llevamos ejerciendo padres y madres toda la vida y que no es delito. Será, en todo caso, delictivo, el no hacerlo. Me refiero al hecho de suplantar los papeles de Papá Noel y los Reyes Magos para repartir regalos a niños y niñas, y a quienes ya no lo son pero, pese a todo, esperan estos días con ilusión. Que sepamos poner todo de nuestra parte para que nos traigan eso que deseamos todas las personas del mundo: que se acabe esta maldita pandemia. Ojala fuera posible tener este regalo y tenerlo ya esta Navidad.

                No me olvido el aplauso que hoy dedicaré a quienes, pese a todo, siguen manteniendo la ilusión y se esfuerzan en transmitirla. Gracias. Ya queda menos.