Más derecho casero: más allá del BOE


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Hace apenas nada dedicábamos un estreno  al Derecho que crean las madres, esas grandes y desconocidas jurisconsultas de andar por casa. Pero, como me apuntaba mi querido notario Francisco Rosales,  aun me quedaron muchas cosas en el tintero. Y, pese a que nunca sería posible contar Todo sobre mi madre, me dispuse a enmendar ese error en la medida de lo posible. Porque, Mamma Mía, hay que ver lo que las madres dan de sí. Sean una Mater amantísima, como la de Mujercitas, o la mismísima madre de Psicosis, cuya calavera tanto susto nos hizo pasar. Por eso se recorrió Marco el mundo entero en busca de la suya.

Las madres, como ya vimos, son una auténtica fuente del derecho, la madrisprudencia. Y quien no me crea, que siga leyendo, y veremos si al final me da la razón.

Ellas, antes que nadie, nos enseñaron la importancia de los plazos, y si no, recordemos la impaciencia con la que esperábamos las impepinables 2 horitas para poder bañarnos después de haber comido, no nos fuera a dar el famoso corte de digestión. Pero no es ese el único plazo, porque las madres tiene su propia concepción de causa preferente, cuando nos dicen “quiero ver tu habitación arreglada ya” y, si remoloneamos pidiendo una prórroga, nos contestan con eso de “ya es ya”. Incluso inventaron la prisión preventiva, con eso de “no sales de tu cuarto hasta que hayas acabado los deberes”, sin derecho a habeas corpus ni nada. Eso sí, tienen su propia idea de las medidas cautelares, por eso suelen decir eso de “tú no lo hagas, por si acaso”.

También las madres fueron pioneras en la aplicación de las penas privativas de derechos y los trabajos en beneficio de la comunidad. Que me digan si no en qué consistían esos castigos de irse a la cama sin postre o quedarse sin ver la tele una temporada. También son pioneras del secuestro y el comiso de bienes, que te dejaban sin radio, sin música y, ahora, sin móvil hasta que cumplieras la condena. Y, por supuesto, de una madre debió partir la idea de los cursos de reeducación, cuando decía aquello de que te iba a poner un profesor particular para el verano, o te iba a endosar los inevitables cuadernos de vacaciones Santillana. Y ojo, que también inventaron la libertad vigilada mucho antes que el legislador, tanto en su versión real –“ y no te muevas de ahí que te estoy viendo”-, como en la virtual, desde bien críos –“acuérdate que los Reyes Magos te están viendo”-. E incluso conocen al dedillo la jurisdicción universal, de ahí el famoso e intimidante “ya puedes esconderte”

Las madres son además las precursoras de las garantías procesales, y si no recordemos esos de “que sepas que no me ha dolido el zapatillazo”. Y son también unas maestras en utilizar el sistema de recursos más efectivo, cuando te decían aquello de “como se lo diga a tu padre, vas a ver”. Para rematar, son unas verdaderas maestras de la instrucción de causas, que siempre averiguan por su cuenta donde estás, incluso recurriendo a la cooperación judicial versión materna: “he hablado con la madre de Zutanita y no has estado con ella”. Y es que entra las madres hay un corporativismo que ríase usted de cualquier otro cuerpo o profesión.

Pero que nadie crea que se bastan con sus propios conocimientos. Que va. Las madres hacen un uso exquisito del precedente jurisprudencial cuando nos decían aquello de “Fulanita arregla su cuarto todos los días” o “Menganito saca todo sobresalientes”. Y hasta echan mano, si hace falta, del Derecho comparado, que más de una vez hemos oído eso de “en casa de Perengano no pasan estas cosas”, por más que conozcamos a los hijos del sr. Perengano y sepamos que de eso nada. Pero , una vez agotado el sistema de recursos, la decisión es irrecurrible. Acabáramos. Y si no, las madres usan su propia modalidad de huelga con un toque de chantaje psicológico con su “me vas a matar a disgustos”.

Las madres también conocen las eximentes, pero son duras a la hora de contemplarlas. Ellas son quienes han perfilado los requisitos del arrepentimiento espontáneo para que tenga valor, y si no que alguien me explique si no era eso lo que hacían cuando decían “no te creas que con pedir perdón ahora te vas a salir de rositas”, versión materna del “a buenas horas, mangas verdes” de toda la vida. Y todavía son más implacables con otras eximentes como el consumo de alcohol u otras sustancias. Ay del que pretenda justificarse ante una madre aludiendo a que había tomado unas copas de más. No quisiera yo verme en su pellejo, Y tampoco les vale la obediencia debida ni nada parecido, que ellas ahí siguen erre que erre con lo de que “si uno se tira por la ventana, tú también“, como si nuestras amistades se dedicaran al balconing mucho antes de que este se pusiera de moda.

Y si hay algo en lo que son especialistas, es el Derecho Procesal. Delimitan el objeto procesal como nadie, con eso de “no me vengas con cuentos”, y valoran las pruebas como el mejor de los juzgadores, empezando por el interrogatorio, siempre implacable. Por eso las madres exigen eso de “contesta a lo que te pregunto” y “no te andes por las ramas”. Y, por su puesto, inventaron antes que nadie eso de dar por confeso, tan propio del proceso civil, que enseguida sueltan eso de “si no dices nada, algo tienes que ocultar”.

Por descontado, las madres conocen y valoran el escalafón, por eso nos repiten lo de que no nacieron ayer, que han sido cocineras antes que frailes –por más que no hayan sido ni una cosa ni otra- y acaban siempre preguntándonos si nos creemos que se chupan el dedo. Y ojo con contestar, que todavía es peor. Es como usar el derecho a la última palabra para acabar metiendo la pata hasta el fondo.

Pero, como no solo de derecho penal versa la madrisprudencia, aquí dejo un ejemplo de su conocimiento del Derecho civil. Las madres sabían mucho antes que nadie lo que era la custodia compartida y el régimen de visitas cuando le decían al hermano mayor que llevara consigo a su hermana. Y, por supuesto, también en la modalidad de visitas intervenidas, cuando añaden que no le quites el ojo de encima a la hermanita.

De lo que no cabe duda es que fue una madre la inventora del sistema de fichar de los funcionarios. Lo de “ a las diez en casa” era un clásico. Y ahí estaba, esperando que ficharas. Y, caso contrario, esgrimía otra arma de la que también fue una precursora: las TIC. Porque las madres no necesitaban hacer, solo con una mirada hacia la zapatilla nos convencían, haciendo un uso propio de las tecnologías  de información y comunicación sin usar dispositivo alguno. Eso sí que era ser una adelantada a su tiempo y no lo de Julio Verne.

Así que ahí queda la segunda parte del derecho de las madres. Un auténtico filón del que no se ha hecho tesis doctoral alguna, aunque bien lo merece. Aunque, de momento, se llevan nuestro aplauso. Tan merecido como ninguno.

 

 

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Amabilidad: el valor de una sonrisa


AMABLE

La sonrisa es algo necesario para cualquier artista, sobre todo si se trata de quienes viven delante de las cámaras. Actores y actrices, cantantes y todo tipo de estrellas y estrellitas se pasean por las alfombras rojas luciendo sus hileras de dientes perfectas y radiantes, aunque por dentro sientan cualquier otra cosa. Y es que todo el mundo espera eso de esas personas a las que sigue o admira. Aunque hoy se lo pongan cada vez más difícil con los móviles, porque todo el mundo parece dispuesto a hacerse el selfie de rigor con el famoso de turno, e imagino que a veces debe costar sonreír, cuando la procesión va por dentro. Sonrisas y lágrimas. Pero, como dicen, son las servidumbres de la Fama. Y cuando no se hace así, hay que prepararse para ser pasto de críticas y objeto de programas de zapping. Y si no, recordemos la antológico escena de Fernando Fernán Gómez mandando a hacer puñetas a quien hasta ese día era su admirador.

En nuestro teatro no tenemos alfombra roja, ni fans empeñados en hacerse selfies, salvo alguna que otra toga mediática . Pero hay que reconocer que, como trabajamos de cara al público, una cara amable o una sonrisa nunca viene mal. Eso si, sin caer en el dientes, dientes que tan famoso hizo cierta folklórica.

La verdad es que sonreir cuesta bien poco y se agradece. Y también sirve para salir de algún que otro atolladero o evitar que alguien reacciones airadamente. Como dice el refrán, se atrapan más moscas con miel que con hiel. Y eso vale para cualquier sitio, incluida Toguilandia.

Recuerdo lo que contaban de un fiscal jefe cuyo nombre omitiré por prudencia. Decían de él que cuando te llamaba a su despacho, te trataba con una amabilidad tan exquisita que, aunque te endosara el doble de trabajo, la gente acababa saliendo de allí dándole las gracias y creyendo que casi le estaban haciendo un favor. Hasta que, una vez  fuera del influjo de sus formas amables, caían en que les había encalomado un marrón, pero entonces ya la cosa no tenía remedio. No pude experimentarlo en persona, pero no dudo que sería así .

Pero no hace falta ser jefe para tratar a la gente con amabilidad. Ni tampoco hace falta tener que asignar un trabajo extra para desplegar ciertos encantos. Como he dicho más veces, llegar y saludar con un “buenos días” a quienes comparten lugar de trabajo con nosotros es una buen ejercicio y cuesta poco. Y se agradece mucho. Y, aunque no hace falta venirse arriba y cantar aquello de” Good morning, good morning”, saltando entre los expedientes como los protagonistas de Cantando bajo la lluvia, no estaría nada mal hacerlo, aunque fuera solo una vez. Por si acaso, me iré haciendo con unos zapatitos de claqué. Con tacones, por descontado.

Otro ejercicio que me planteé hace ya tiempo llevar a la práctica es uno muy sencillo. Agradecer a mis compañeros o compañeras el trabajo bien hecho. Si estaba bien calificado el asunto con el que fui a juicio, si el extracto me ayudó y si dejó notas útiles, pues se lo digo, igual que le digo a un abogado o abogada si me ha gustado su informe o a su señoría si me pareció espléndida la sentencia. Y no se trata de andar haciendo la pelota todo el día, sino de obrar exactamente al contrario de lo que solemos. Porque parece que haya quien solo abre la boca para decir que algo no estaba bien hecho, que menudo sofoco que me he tragado por culpa de quien sea. Buenrollismo al poder, que tampoco cuesta tanto. Aunque sea buenrollismo puñetero.

No obstante, no hay que pasarse con eso de las sonrisas y los buenos modos. Yo confieso que a veces uso mi mejor sonrisa y mi vocecilla atiplada para pedir una prisión preventiva o unos cuantos años de cárcel, y eso puede no sentar bien. Y confieso también que no lo hago para fastidiar, sino porque me sale. Pero hay que andarse con cuidado con los límites, no confundan la amabilidad con la burla. Y eso sí que no.

Para acabar, recordaré  a un señor al que en un juicio de faltas de los de antes le pedí una pena de multa, la prevista para el hecho cometido, una bronca vecinal con insultos en la que cayó algún mamporro. Aquel buen hombre, cuando le preguntaron si estaba de acuerdo con lo que solicitaba, respondió que cómo no iba a estarlo, si se lo había pedido de un modo tan bonito. Y juro que a punto estuve yo de retirar mi petición, poseída por el espíritu de Mimosín. Menos mal que reaccioné antes de que el coma diabético nos sumiera en una explosión de besos y abrazos

Así que hoy, como no podía ser de otro modo, mi aplauso para quienes empiezan el día con una sonrisa pero, sobre todo, para quienes consiguen acabarlo igual. Que eso sí que tiene mérito.

Derecho casero: mucho más que Códigos


MAMA MAFALDA

No todo en el mundo del arte es profesional, ni todos los profesionales nacieron siéndolo. Hay grandes obras de arte que nacen de la pluma, de los pinceles o del talento de amateurs que, sin haberse preparado estrictamente para ello, poseen una intuición y una frescura que valen un potosí. Y también hay momentos en que salirse de los esquemas e irse al conocimiento que aporta el sentido común vale la pena. Y de eso saben mucho las madres. Quizás por eso hay tantos títulos en que salen a colación, como Todo sobre mi madre, Mamá cumple cien años, La madre de la novia y muchos más.

Aunque no lo creamos, las madres saben mucho más Derecho práctico que lo que podemos encontrar en miles de códigos. Y hay que escucharlas. En nuestro teatro y fuera de él.

No hace mucho, alguien me hacía una pregunta en tuiter, a lo que respondí con una frase de mi madre “tanta culpa tiene quien hace como quien deja hacer”. Y, al hilo de un comentario sobre el derecho penal de las madres, surgió la idea de este post. Y es que esa frase engloba una definición clara y concisa del delito de omisión. Nada más y nada menos

No es esta la única figura jurídica que conocen muchas madres aun sin haber estudiado Derecho. Hay madres que inventaron el alejamiento , cuando nos decían, enfadadas “vete de aquí, que no quiero ni verte” o “ni te acerques a tu hermano” en plena disputa fraternal.

También las madres tiene su propia versión de la orden de busca y captura, cuando nos dicen si se pierde algo eso de “ a que si voy yo a buscarlo, aparece”, rematado con un “las cosas no tienen patitas” que bien valdría para el conocido comodín de “el expediente está en Fiscalía”, tan usado en los juzgados.

Las madres también tenían muy claro la necesidad de la especialización cuando nos decían aquello de “aprendiz de todo, oficial de nada” o lo de que “quien mucho abarca poco aprieta”. Y además, debían conocer perfectamente la estructura del Ministerio Fiscal, al decir eso de que algo es como un chicle, que se estira y se encoge. De la misma manera, podrían hacer un tratado del estado de la Justicia, con lo de “a perro flaco, todo son pulgas”, y del escepticismo ante cualquier reforma, que siempre tienen su lado oscuro, por lo de “poco dura la alegría en la casa del pobre”. Y efectivamente, es como si hablaran de la falta de medios y la necesidad de optimizarlos, cuando les oímos eso de la hebra de Juan Moco, que cosió cuatro camisas y aun le quedó un poco. Podrían aplicarse punto por punto –o puntada por puntada- a los presupuestos de Justicia.

La sabiduría materna, además, es muy buena para animarnos a estudiar, a trabajar o a lo que sea, por más difíciles que sean las circunstancias. Lo de “todos los cuchillos cortan, solo es cuestión de afilarlos más”, podría aplicarse tanto a los opositores a la hora de prepararse como a profesionales a la hora de tener que asumir algo que se sale de lo que solemos hacer.

Las madres además inventaron el principio de libre valoración de la prueba, cuando nos dicen eso de “ni pitos ni flautas” o que estamos entre Pinto y Valdemoro.  Y por supuesto, con el famoso “ni mamá ni mamó”, que, además muestra que eran unas adelantadas en el empleo del lenguaje inclusivo.

También las madres saben mucho de cómo interrogar y hasta hacer los apercibimientos legales. Más de una vez nos repiten lo de “para decir eso, más te vale estar callada” que le vendría al pelo a más de un investigado para evitar que meta la pata. O con el “no me vengas con historias” que es un modo perfecto de delimitar el objeto del proceso para no andarse por los cerros de Ubeda. Y, por supuesto, son un hacha en los delitos económicos, que no hay estafa que se les resista en aplicación del principio de que el dinero no entra por la chimenea o su versión ecológica de “el dinero no crece el los árboles”.

Y también saben un rato de derecho procesal. Por eso aplican a la perfección las normas de competencia y saben cuándo hay que inhibirse al decir eso de “vete a otro con el cuento” o “cuéntale eso a otro, a ver si cuela”

Asimismo, las madres tienen muy claro el tema de la jerarquía normativa y el escalafón. Por eso más de una vez terminan con un “porque lo digo yo” o lo de “cuando seas madre, comerás huevos”. En uso de ello, controlan la policía de las vistas mejor que el más experimentado magistrado, con esa frase tan conocida de “mientras vivas en esta casa, las cosas se hacen a mí manera”. Aunque, para suavizar las cosas, siempre te acaban con un “qué sabrás tú” o una batallita que comienza con un “en mis tiempos” que haría dura competencia con muchas de las historias que algún acusado imaginativo nos quiere hacer tragar.

Las madres, incluso, saben de extranjería y de fueros internacionales, por eso más de una vez amenazan con irse al extranjero y no volver más. Y, cuando se enfadan, asustan más que cualquiera de nuestras movilizaciones, diciendo eso de hasta aquí llegó la riada –al menos las madres valencianas-  e incluso usan el chantaje psicológico como campeonas, si te dicen eso de “ya lo llorarás”.

Y también son unas especialistas en arbitraje y mediación. O a ver que es lo que están haciendo cuando dicen eso de “dale una abrazo a tu hermana y que no vuelva a veros discutir”.

El caso es que sin madres nada sería lo mismo. Y ojo con no hacerles caso que, no hay científico que les chiste cuando dicen que al zumo se le van las vitaminas si no lo tomas enseguida, una interpretación sui generis de los plazos procesales.

La cuestión es que a veces me planteo que debería existir una nueva rama del Derecho, la madrelogía, incluso con sus propios tribunales especializados. Y, por supuesto, con un Código madrológico en el que habría respuestas para todo.

Por todo eso, hoy el aplauso no puede ser para nadie más que para nuestras madres y para todas las madres del mundo. Unas juristas desconocidas y no siempre valoradas.

Pruebas: la necesidad


PRUEBAS

El mundo del arte se nutre de sentimientos. Cada artista plasma en su obra no la realidad sino cómo ve y siente la realidad para transmitir ese sentimiento a quien la vea. Los artistas no tienen que acreditar nada. Pueden pintar unas manzanas de color azul en un bodegón que nadie exigirá que se pruebe que las manzanas son azules. Y, si de cine o teatro se trata, hablan de sentimientos que son imposibles de probar, Amor sin fin, Un día de furia, Dolor y dinero, La belleza …Incluso en alguna, como Del revés, tratan de poner cara y cuerpo a esos sentimientos. Y aunque nadie puede probar que algo sea así o de otra manera, tampoco nadie puede exigirlo.

En nuestro teatro sucede exactamente lo contrario. Es un mundo de evidencias, donde si algo no está probado no pude haber condena, por más que en nuestro fuero interno creamos que es verdad. Una y mil veces he leído a justiciables quejándose de que no les creemos. Craso error. En Toguilandia necesitamos pruebas porque, de lo contrario, llega la presunción de inocencia y trae consigo una sentencia absolutoria. Como no puede ser de otro modo en un estado de derecho.

Pero la verdad es que la idea que la gente en general tiene de las pruebas viene muy contaminada de las películas y series de televisión americanas. Más de una vez he comentado el daño que nos hace el CSI, en sus diversas versiones, que convierte en criminólogo a cualquiera que se haya visto una temporada entera –sin máster ni nada, oiga-. Por eso, no es extraño encontrarnos a denunciantes de robo indignados porque no acudan de inmediato las versiones patrias de Murder y Scully a hacer barridos, recoger vestigios y organizar un laboratorio de investigación, aunque lo sustraído sean un par de chicles del kiosko, o ese vestido tan mono que ha desaparecido del tendedero.

Con esto no estoy diciendo, por supuesto, que nuestra policía y guardia civil no hagan bien su trabajo. Nada de eso, que recogen los vestigios cuando toca y averiguan lo que se puede averiguar, a veces con carencias importantes. Pero lo cierto es que se parecen poco a los de las series.

Otra cosa común en quienes no frecuentan Toguilandia es creer que jueces y, sobre todo, fiscales, nos arremangamos las togas y nos vamos a la calle a buscar las pruebas. Piensan que en eso consiste la instrucción, más aún con ese juego terminológico en que han metido con calzador, el término “investigado”, para confundir a propios y ajenos. Y ya sé que resultaría más vistoso y peliculero pero en nuestro Derecho son las fuerzas y cuerpos de seguridad quienes salen a la calle y nos remiten el resultado de sus investigaciones a nuestros despachos, para que tomemos las decisiones adecuadas sobre la continuación de la investigación o para darle la forma jurídica de archivo o juicio, absolución o condena. Aunque en algunos casos, como en levantamientos de cadaver, reconstrucción del hecho –mucho menos frecuente de lo que se cree- o entradas y registros –mucho más frecuentes de lo que se cree- salgamos a la calle. Y, en estos casos, quien más labor tiene es el LAJ , una figura muchas veces desconocida pero esencial para estos y otros menesteres.

Pero lo que de verdad se llama prueba, y se practica como tal, es la que se desarrolla en el juicio oral, propuesta debidamente por fiscal y defensa –y, sí la hay, acusación particular- Por supuesto que hay cosas que no se pueden practicar en el juicio. No nos van a hacer la autopsia en vivo y en directo en la sala de vistas –a más de uno y de una le daría un parraque- ni van a traer el alijo de drogas para hacer in situ las pruebas de laboratorio. Tampoco se examinan las lesiones en estrados, aunque más de una vez alguien se ha empeñado en enseñarnos la cicatriz que le quedó y, si no lo evitamos a tiempo, se arremaga la ropa y nos la muestra. Para esas cosas existen los documentos que plasman el resultado de los estudios o la pericia hecha, contando además con la posibilidad de que el perito venga a explicarnos o aclararnos su informe.

Pero todo lo que puede ser practicado en el juicio, allí se hace. Y, por descontado, la prueba testifical es la reina absoluta. Los testigos acuden, tras ser debidamente citados, a contar, bajo juramento o promesa –sin biblia ni mano en el pecho, This is not America– lo que vieron, oyeron o percibieron con sus sentidos. O sea, lo que en las pelis aparece como la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad, aunque aquí seamos más sencillitos y les digamos que están obligados a decir verdad una sola vez, eso sí, con los apercibimientos legales, que no son otra cosa que advertirles que si mienten ante el tribunal pueden cometer un delito y acabar en el talego. También es importante que sepan que han de constestar a las preguntas que se les hagan, no decir lo que les venga en gana, ni mucho menos, contestar con otra pregunta. Que, aunque crean que no, he visto más de una vez a testigos repreguntando cosas como ¿qué hubiera hecho usted en mi lugar?, a lo que una responde con elegancia que eso es algo que no interesa aquí. Por más que le interese al testigo en cuestión, que todo puede ser.

Otra de las pruebas reinas es la declaración del acusado. Este, a diferencia de los testigos, no tiene obligación de declarar ni tampoco de decir la verdad. Puede mentir como un cosaco, aunque es algo que no suele gustar a Sus Señorías, más aún si se trata de versiones increíbles. Ya hablé en alguna ocasión de un magistrado que advertía que podía no declarar, pero que se abstuviera de tomarle el pelo al tribunal. Pero, como decía, aquí no hay delito de perjurio como en las películas, entre otras cosas, porque al acusado no se le recibe juramento. También ellos deben responder a las preguntas, si quieren hacerlo, aunque tienen una oportunidad de decir lo que les venga en gana, el derecho a la última palabra,  un derecho que a veces se convierte en su propia condena, como el de aquel que trató de coleguear con el magistrado diciéndole que ya sabe que hay que poner en su sitio de vez en cuando a la parienta.

Y, si hay un procedimiento donde las pruebas se relajan y regalan verdaderas anécdotas, ese es el de las antiguas faltas, hoy delitos leves o, mejor, levitos. Como quiera que la ley establece que las partes vendrán al juicio con las pruebas de que intenten valerse, hemos visto de todo. Desde una señora que venía con el televisor a cuestas – cuando pesaban una barbaridad- para ponernos la cinta de video, hasta todo tipo de prendas de ropa en diferentes estados para demostrar que la vecina les echó lejía. Aun recuerdo una señora acusada de decirle a su vecina que era una guarra porque no se lavaba la faja, que llegó a la sala con una faja a la que buena falta le hacía una dosis de detergente para demostrarnos que sus afirmaciones eran ciertas. Un pretendido uso pintoresco de la exceptio veritatis.

Aunque si de ropa en diversos estados hablamos, de eso también se ve mucho en los juicios de familia, donde demandantes y demandados nos obsequian de vez en cuando con calcetines con agujeros, chándales sin lavar o uniformes en diversos estados de conservación, para acreditar que el otro no lleva a las criaturas como un pincel.

Así que hoy el aplauso no pude ser otro que el dedicado, una vez más, a la santa paciencia que nos permite presenciar esas cosas sin perder la compostura. Y, por supuesto, al sentido común para valorarlas, que no es cosa fácil.

Competencia: tener o no tener


homer croupier

La noción de competencia es necesaria en todas partes. En el teatro, si una de las piezas chirría, por un director, intérprete, guionista o tramoyista incompetente, la obra se va al traste. Y es que con personal  incompetente no se va a ningún sitio. Y la obra se desmorona, como les ocurría a los protagonistas de Esta casa es una ruina.

En nuestro teatro, sin embargo, la competencia es algo mucho más complejo que en los demás ámbitos. Se puede ser incompetente sin necesidad de hacer nada mal y, en nuestro caso, es un adjetivo que no siempre resulta negativo. Aunque profesionales incompetentes, como en todas partes, los haya. Pero son los menos, por más que a veces se empeñen en dar de nuestro mundo una imagen desastrosa de la que poca culpa tenemos.

La competencia, en Derecho, hace referencia a la asunción de un asunto por un órgano determinado, al que le corresponde según unas normas preestablecidas. Esas normas vienen en las leyes, obviamente, pero hay que saber aplicarlas a cada caso. Y olvidarnos de una regla no escrita pero que a veces nos asalta. La de “tonto el último”.

Me explico. La primera norma al respecto viene dada por la propia Constitución. Esta establece como derecho fundamental el de tener el juez ordinario predeterminado por la ley. Lo que quiere decir que ha de existir la norma y el órgano antes del asunto y no crearse ex profeso para él, como ocurre en otros sistemas no democráticos. Por eso se prohiben los tribunal ad hoc –formados para un caso concreto y determinado, así como los de excepción, como aquel Tribunal de orden público que tantos disgustos ocasionó a quienes nos precedieron.

Esa norma, que tiene que existir antes, viene determinada por las leyes procesales, tanto la ley orgánica del poder judicial, que crea nuestros juzgados y tribunales, como las leyes que regulan cada proceso. Así, para la comisión de un delito, se establecen determinadas reglas de cuál será el órgano que instruirá, que será el del lugar de comisión del delito como regla general, con varios fueros subsidiarios por si el lugar no puede determinarse y con una sola excepción, el caso de violencia de género, donde el órgano competente es el del domicilio de la víctima. Todo muy clarito en teoría, aunque en la práctica hay que confesar que se gasta más papel y tiempo en inhibiciones y viajes del papel –nada de 0- de uno a otro juzgado del que sería deseable. Que ya se sabe que entre juzgados la distancia más pequeña nunca es la línea recta.

Y es que del dicho al hecho hay un buen trecho. He conocido jueces y juezas que pasan más tiempo estudiando todos los pormenores a ver cómo se pueden quitar el asunto de encima que el que tardarían en resolverlo. Y ojo, no solo ellos. También hay fiscales que hacen otro tanto, y abogados que recurren o piden inhibiciones dilatando el procedimiento. Y es que ante la acumulación de trabajo, la tentación es mucha. También he de decir que conozco jueces y juezas con fama de “quedárselo todo” aunque tengan duda de si les corresponde, por no plantear problemas y no tener que elevar cuestión de competencia para que la resuelva el superior jerárquico, que es el procedimiento que establece la ley para resolver el conflicto. No olvidemos que en Derecho todo es discutible.

Las normas de competencia tienen muchos perendengues. Y no solo en el ámbito penal. También en el civil, y en otros campos, dan para mucho, incluidos los de las jurisdicciones entre sí, que han de resolverse, en última instancia, por una sala de conflictos.

Los conflictos de competencia son distintos de las cuestiones de competencia, y estas a su vez de las de reparto, pero muchas veces tienden a confundirse, a mezclarse y a dar más de un quebradero de cabeza.

Por contar algún ejemplo, me referiré a casos de los más frecuentes. El primero de ellos, el de las llamadas querellas catalanas –aunque, visto lo visto, tal vez habrá que cambiarles el apodo por si las moscas-, consistentes en una querella criminal –como le gusta decir a alguna política de pro- por hechos que o frisan entre el ilícito penal o el civil o entran de lleno en el segundo, pero que mientras se averiguan, da para la práctica de diligencias de oficio, que le ahorran lo suyo a quien pretendiera pedirlas por la vía civil, y dan tiempo para que, entre bambalinas, las partes querellante y querellada vayan pergeñando acuerdos. Y más de un a vez los llevan a término cuando ya el proceso ha vislumbrado un tema penal, y acaban dejando al fiscal, como vulgarmente se dice, Con el culo al aire. O Solo ante el peligro, si se prefiere.

También son frecuentes, desde que empezaron a funcionar los juzgados de violencia sobre la mujer, las cuestiones entre los juzgados de instrucción y éstos. Decidir si las partes han tenido una relación se convierte a veces en una labor de ingeniería donde cada día de relación es oro. Recuerdo muy bien a un denunciado que nos dijo muy serio que él no tenía relación de afectividad alguna, porque aunque se acostaba con la denunciante, no le tenía ningún afecto. Tal cual. Y a otro que negaba a grandes gritos conocerla hasta ella dijo, con más gritos y ante la estupefacción de todos “Johny, si tú fuiste quien me desvirgó”, sin que nos diera tiempo a evitar que nos mostrara un tatuaje con el nombre del tal Johnny en salva sea la parte. Y, ante tales cosas, se lo pusieron difícil al juez de violencia para apartar de sí ese cáliz.

Pero tal vez las cuestiones más controvertidas son las relativas a las normas de reparto que, aunque hay quien piensa que sí, no son competencia en sentido estricto, ni requieren auto de inhibición ni intervención del fiscal. Como en cada partido las normas son distintas, a gusto del consumidor, he visto escudriñar expedientes para descubrir una diferencia de cinco minutos en la fecha de entrada, determinante de la asunción de un juzgado u otro, o rebuscar en antecedentes hasta el Pleistoceno, para poder mandar el expediente a otro juzgado que presuntamente conoció alguna vez de aquello.

Y, aunque tampoco sea competencia en sentido estricto, también los fiscales tenemos nuestros conflictos. Hay una norma, vigente en la mayoría de fiscalías, que dice que quien mete una vez el boli mete la pata para siempre, quedándose el asunto aunque cambie de juzgado. Confieso la alegría inmensa que me ha embargado alguna vez al comprobar que, perdida entre los miles de folios de una causa de varios tomos, descubro la firma de un compañero. Pero, como nada es tan sencillo como parece, luego vienen los problemas: que si esto lo despaché por vacaciones pero no era mío, que si la compañera estaba de baja pero a la vuelta le tocaba a ella, que si por un “visto” no hay que asumir una causa para siempre, que si el informe no es más que de trámite. O sea, todo un mundo donde parece que, como dije al principio, la regla acabe siendo “tonto el último”.

Pero es lo que hay. El problema es que mientras debatimos cuestiones de jurisdicción, de competencia, de reparto o de distribución, las causas viajan de una mesa a otra. Por eso, el aplauso lo daré precisamente a quienes asumen lo que les corresponde, y aún más, sin protestar y con una sonrisa de propina.  Que para discusiones ya tenemos más que suficiente.

Movilizaciones: #MerecemosUnaJusticiaDeCalidad


movilizaciones

Por más que un artista tenga vocación y ganas, hay ciertas cosas que son necesarias para desarrollar su talento. Las personas, artistas o no, tienen la costumbre de comer, de ir al médico, necesitan realizar su trabajo en unas condiciones dignas y que se reconozcan sus derechos.  Sin nada de todo esto, el teatro no podía levantar el telón en cada función, o lo haría hecho jirones, con la mitad del elenco o en un patio con butacas desvencijadas. Y, claro, el público se quejaría. Y con razón. Hay que deshacer la casa que Esta casa es una ruina.

Y algo así nos ocurre en nuestro teatro. Pasa el tiempo, y seguimos viendo los mismos cortinajes de terciopelo año tras año, que no son sino un símbolo del tiempo en que, para muchas cosas, quedó anclada la Justicia. Y llega un momento en que hay que decir basta. Hasta aquí llegó la riada. Que ya está bien de reuniones, que mucho te quiero perrico, pero pan, poquico.

Y eso hemos hecho. Como quiera que estamos hasta las mísmisimas puntillas de nuestras puñetas de que cada vez que pedimos algo nos manden, valga la redundancia, a hacer puñetas, ha llegado el momento de pasar del dicho al hecho, aunque haya un buen trecho. Y por eso han empezado las movilizaciones.

Sé que mucha gente en la calle se preguntará por qué nos movilizamos. Que las interpretaciones son variopintas, desde que somos unos señoritos que queremos cobrar más hasta que somos unos quejicas. Y nada de eso. Aunque, por supuesto, reivindiquemos nuestros derechos laborales –faltaría más- no se trata de eso. Se trata de pedir unas condiciones dignas para que podamos ofrecer una Justicia digna a la ciudadanía, que esto no es otra cosa que un servicio público. Así que voy a tratar de explicar lo que pedimos, que tampoco es la luna, no vayan a creer.

En primer lugar, que se refuerce la independencia judicial, a la que ya dedicamos un estreno. Sin entrar a disquisiciones acerca de cuál es el sistema ideal para el Consejo General del Poder Judicial, hay una cosa en que estamos de acuerdo. Que el que hay, desde luego, no lo es. Y se ve así desde fuera, donde continuamente hay quejas de que está politizado, y desde dentro, en que los jueces no se sienten representados y siguen reclamando algo tan obvio como que se les ampare cuando son atacados, es decir, que les dejen trabajar en paz. Y que, a la hora de designar altos cargos, que, como dice la Constitución, prime el mérito y capacidad, y la igualdad de género,  y no nos quedemos con la sensación de que andamos en intrigas palaciegas propias de Las amistades peligrosas.

Otra de las cosas que se piden, y vergüenza da hasta decirlo, es que se modernice la Administración de Justicia. Resulta increíble que cuando el ciudadano quiere ejercitar sus derechos tropiece con montón de cosas con las que no tropieza el Estado a la hora de reclamárnoslas vía Hacienda. Los sistemas informáticos son neandertalianos, lentos e incompatibles entre sí, y lo del Papel 0 es una quimera que daría risa si no diera pena.

Y, por supuesto, necesitamos medios personales. No es asumible que la ratio de jueces y fiscales esté en el furgón de cola de Europa, tanto en número como en las condiciones laborales  y retributivas. No se trata de estar montados en el dolar, pero que hacer una guardia cueste dinero porque cobra más quien cuida mientras tanto a nuestros hijos e hijas que lo que percibimos debería sonrojar a cualquiera. Si muchas personas conocieran las nóminas de algunos jueces y fiscales, alucinaría. Y no hay que olvidar lo grande que es la responsabilidad de decidir, por ejemplo, sobre la libertad de las personas, y la continua exposición pública en que estamos cada vez que tomamos una decisión.

Y no solo se trata de sueldo. Se trata de cargas de trabajo, en muchos casos inasumibles, y de condiciones de vida, porque, aunque sea sorprendente, tenemos hijos e hijas, enfermedades, bajas y personas mayores a las que cuidar, como todo hijo de vecino. Y, sin embargo, ni siquiera tenemos reconocido el permiso de paternidad como el resto de la ciudadanía ni nos han repuesto los permisos que nos arrebataron en virtud de unos recortes que, en este aspecto, más eran una humillación que un tema económico. Porque mientras funcionarios de todas clases han recuperado moscosos, canosos, días azules y de todos los colores, para jueces y fiscales ha actuado Santa Rita al revés. Lo que se quita no se da.

Insisto en que se trata de estar en condiciones dar un mejor servicio, no de reclamaciones individuales. Por eso, por parte de los fiscales, hemos añadido a lo anterior la necesidad de que se suprima la limitación del plazo de instrucción mientras no vaya acompañada de medidas para hacerla posible. ¿Quiere esto decir, como he oido alguna vez, que nos negamos a que nos pongan plazos? Pues no. Lo que nos negamos es a que nos pongan la soga al cuello mientras sigue subiendo el agua a nuestros pies. Porque lo que se hizo en su día, por más que se hayan vanagloriado de ello, no fue sino darnos una colleja diciendo que las cosas caducan pero no darnos medios para evitarlo. Y eso no es que nos angustie, que también, sino que, como se ha advertido por activa y por pasiva, puede impedir la persecución de delitos complejos o dejar desprotegidas a víctimas. Tal como suena.

Y por supuesto que desde la carrera fiscal, además de reclamar la independencia judicial  –de la que, por cierto, somos garantes- reclamamos nuestra propia autonomía, incluida la presupuestaría. ¿No se le llena a tanta gente la boca diciéndonos que dependemos del gobierno, que obedecemos órdenes y todas esas cosas que estamos hasta las narices de oir? Pues vamos a cambiarlo. Que, por si no lo saben, tenemos un Reglamento de 1969, y ya es tiempo de darle un repasito, que lleva camino de convertirse en incunable.

¿Verdad que leído así es razonable? ¿Verdad que hasta nos quedamos cortos? Pensemos que quien tiene un divorcio pendiente, una reclamación de una deuda o está esperando una indemnización por un despido o por un accidente de tráfico seguro que prefiere tenerla hoy que mañana o pasado. Y no crean, nosotros también. Que les aseguro que a nadie le gusta tener los expedientes decorando su despacho y su casa, y hasta habitando sus sueños, como si fueran parte del escenario de nuestras vidas.

Y sí, es cuestión de dinero, pero no del nuestro, sino del Estado, que lleva sin crear juzgados ni plazas, por ejemplo, desde la noche de los tiempos y que tiene a los recién llegados sin plaza fija un montón de años, como  togas en el purgatorio. Aunque no solo es dinero. También son ganas, o dicho en términos políticamente correctos, voluntad política. Ni más ni menos.

Y ojo, que la cosa es tan importante que, por una vez, hemos conseguido algo inaudito en nuestro país: ponernos de acuerdo. Todas las asociaciones de las carrera fiscal y judicial, haciendo Lo imposible. Todos a una, Fuentetoguna.

Por último, hay que recordar que la unión hace la fuerza y dar un empujoncito al resto de los operadores jurídicos y a la ciudadanía entera para que nos apoyen, que la Justicia es cosa de todo el mundo. Y no lo digo yo, sino la Constitución, según la cual la Justicia emana del pueblo.

Por eso hoy, después de ponerme toga en alto, doy el aplauso a quienes se han plantado, y seguirán luchando para que esto funcione. Porque #MerecemosUnaJusticiaDeCalidad.

Y como es de bien nacida ser agradecida, un aplauso extra a Lara por la foto de nuestra alter ego de Playmobil.

 

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Canciones: letra y música


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Ya recalcamos en otra ocasión la importancia de la banda sonora  en el mundo del espectáculo. Nada sería igual sin ellas. Pero a veces, llegamos más lejos. Una frase, un título o un estribillo se nos fijan en la meninge y acuden a nuestra mente en los momentos más insospechados. Tú la letra, y yo la música, como aquella película. Y es que las canciones, sea una Canción de juventud, estemos Cantando bajo la lluvia o sea el leit motiv de la obra, como el Ay mi pescadito de Capitanes Intrépidos que tanto me hizo llorar en su día. Y es que, como dice el refrán, el que canta su mal espanta.

Por eso, hoy nuestro escenario trae a colación algunos títulos de canciones que nos vienen a la cabeza en los momentos más insospechados. O algunas canciones que, en sí mismas, son todo un máster delictivo, e incluso darían lugar a incoar procedimiento de oficio.

A la cabeza, un clásico, El preso número 9, toda una apología de la violencia de género cuando en realidad se trataba de hacer un alegato contra la pena de muerte. Curiosa paradoja de lo poco que importaba esta tragedia. Junto a ellas, otras como La mataré, de Loquillo, aunque hay que decir en su descargo que tiempo más tarde decidió no cantarla por lo que pudiera suponer. Por no hablar de la copla, que tiene unas letras que dan para mucho en este tema, como eso de ser mi vida y mi muerte, Y sin embargo, te quiero. O la Cruz de navajas de Mecano que nos cuenta un crimen sin resolver con adulterio de por medio que ya quisiera pillarlo para sí Ana Rosa. Eso sí, menos mal que siempre hay mujeres que se plantan y dice eso de Vete, y  Pega la vuelta por más de que él se empeñe en hacerse el tontito. Porque los hay pesados, como el que se empeñaba en perseguir a Adelita por tierra y por mar si ella se iba con otro, rozando, si no entrando de lleno, en el delito de acoso.

Pero no me voy a poner demasiado intensa. Hay canciones que son verdaderas confesiones de delitos, como aquel Cómo pudiste hacerme esto a mí de Alaska, que encima gritaba que no se arrepentía. Como tampoco se arrepentía en su día Rocío Jurado de espetar una caterva de injurias a Ese hombre -necio, estúpido, engreído, egoista, caprichoso, payaso, vanidoso..-, que hubieran dado para varios juicios de faltas o para un procedimiento por delito en toda regla. Tal vez por eso pasó David Civera un verano entero pidiendo Que la detengan. Y no se si la detendrían al final cantando Los pajaritos, en La barbacoa o en El chiringuito, antes de que llegara El final del verano y se hubiera secado Una lágrima que cayó en la arena a Eva María con su biquini de rayas o a Maria Isabel con su sombrero de quita y pon. Y si gritaría, como Nino Bravo en su momento, que quería ser Libre o escaparía al ritmo de Volare, clamando por su Libertad sin ira o cantando emulando al Titi lo de Libérame. Y claro, a darnos trabajo, teniendo que buscarla sea En tierra extraña,  Camino Soria, en Hawai, Bombai o hasta en America, si procede, pasando por Guadalajara, México lindo o Donde quiera que tú vayas, aunque sea en un Barco a Venus

El funcionamiento de la Justicia también tiene su aquel, y nos aporta más de un título sugestivo. Y aunque todo el mundo quiera apartar Lo malo de sí, la cuestión es que tal como estamos, no nos queda otra que hacerlo Despacito, por más que cuando las cosas salen bien entren ganas de gritar aquello de We are de champions. También nos puede ocurrir que los plazos nos atormenten, y nos repitamos que es The final countdown, al ritmo de Europe, mientras el trabajo amenaza con volvernos Loca, loca, loca y los expedientes van de Izquierda a derecha, adelante y atrás, como La yenka. Pero lo que no pude ser, no puede ser y, además es imposible. Que, como todo el mundo sabe, Una rosa es una rosa y Black is Black.

¿Y que ocurre cuando nos encontramos a un delincuente reincidente, o a alguien de los que resultan más habituales de lo que quisiéramos? Pues que, por si no nos acordamos, nos puede explicar que Yo soy aquel y que esta puede ser Mi gran noche, que le hayan detenido por formar un gran Escándalo por más que el pensara que Mola mazo. Probablemente nos cuente que solo ha tomado Un sorbito de champan, aunque más pareciera que se tomó la botella de Cuatro rosas entera, o toda la Agüita amarilla que encontró, y por eso  la chevecha se le sube a chavecha, se la sirviera o no el Cantinero de Cuba o la Camarera de su amor. Y esto no hay Enfermera de noche que lo arregle por mucho que se esfuerce, ni por más que nos diga que es La Bomba o que se empeñe en pedir disculpas repitiendo lo de Perdóname una y otra vez.

En ocasiones, vemos tantas veces a los mismos sujetos, que nos dan ganas de cantar, con Mocedades, diciendo que Eres tú, que ya te dije que Volverás y lo has cumplido, por más que te hayan repetido lo de Déjame. Y, como todo puede excusarse, nos puede salir con lo de que Soy un truhán, soy un señor, a ver si lo de ser bipolar cuela como atenuante. O, como han dicho hoy en la tele, como “eximente mental” -chupate ésa- Y, aunque respondamos que Lo dudo, ellos ahí, insistiendo, con lo de decir que La culpa fue del cha cha cha pero Échame a mí la culpa, que Resistiré porque soy un Bandido y la cosa está que Arde, y lo que me pasa es que Tengo una debilidad.

En fin, que de vez en cuando hay que darse un respiro, un poco de Relax y tomar Aire, y hacer nuestro eso de Vivo cantando, sea cual sea Tu canciónla saeta o el Lalala.

Así que hoy, Antes muerta que sencilla, os doy un toguitaconado aplauso a todas las personas que me leeis. Y, por qué no, con Congratulations incluidas por la paciencia de hacerlo. Como diría Lina Morgan, agradecida y emocionada, Gracias por venir.

Productividad: no hacemos churros


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El arte no siempre va de la mano de la productividad. Aunque hay artistas con una ingente producción, también los hay con apenas una o dos obras, cuya calidad e inspiración han merecido un puesto en el Olimpo de los elegidos. Así ocurre con pintores, escritores o cualquier otra manifestación artística, incluidas las que desarrollan en los escenarios. Las musas es lo que tienen, que vienen cuando les da la gana, y no se le puede exigir a un artista que fabrique obras como si fuera el protagonista de Tiempos Modernos en plena cadena de montaje.

La productividad tampoco debería casar bien con determinados trabajos. Es comprensible que si se fabrican automóviles o se venden enciclopedias o pólizas de seguro, se premie a quien más fabrique o venda, sobre todo si depende de su esfuerzo, y la empresa quiere recompensarlo a la vez que incentivarlo. Pero no todas las cosas se elaboran como churros. Y algo así es lo que nos pasa en Toguilandia.

He de reconocer –al césar lo que es del césar- que la idea de este estreno no llegó sola. Las musas –si es que hay musas inspiradoras de post- venían de la mano de un hilo de twitter de @JuzgeTheZipper acerca de nuestros sueldos – a los que ya dedique un estreno– y la falsa creencia de que estamos nadando en el dólar. Nada más lejos de la realidad, desde luego. Por eso exhorto a quien quiera saber un poco más a leer el hilo en cuestión y –haciendo gala de un poco de umbralismo- el estreno al respecto de nuestro teatro.

Así que he querido ir un poco más allá, y explicar algo que mucha gente seguro que ignora, en qué consiste la productividad en las carreras judicial y fiscal, un complemento que nos pagan de vez en cuando, como si fuera una limosna, en lugar de adaptar de una vez los sueldos –sobre todo algunos de ellos- a la dignidad de nuestra función. Y ojo, hablo de dignidad, que va mucho más allá de una reivindicación basada en el vil metal, por más que pudiera parecerlo.

Hace ya algún tiempo alguien se sacó de la manga una cosa llamada “productividad”, tal como hacen determinadas empresas privadas con sus empleados más dispuestos. Lo primero que cuestiono es el propio concepto. Si el Estado forma y selecciona a determinadas personas para ejercer un puesto, si las dota de los medios y distribuye el trabajo de forma adecuada, no cabe este concepto. El Estado no produce, sino que satisface las necesidades y el ejercicio de los derechos de la ciudadanía, que no son cuantificables ni mucho menos comparables entre ellos. Incluso si se trata de incentivar, tiene algo de insulto. Porque es insultante pensar que jueces o fiscales vayamos a poner más sentencias, o a hacer más dictámenes si nos pagan más por ello. Se supone que nuestro sueldo está para eso, sin necesidad de incentivar nada, ¿no? Aunque tal vez sea yo que peque de ilusa. He ahí la principal razón por la que nos hemos opuesto a este complemento. Somos servidores públicos, no mercenarios de la justicia.

Pero además del qué, está el cómo, que da para mucho. En esencia, ese complemento de productividad, semestral, se abona a jueces y fiscales en función de unos baremos, por haber hecho determinado número de escritos que superan unos módulos. Y ahí empiezan los problemas, precisamente. En los baremos y en los módulos de la puñeta, nunca mejor dicho.

El baremo se hace en función de la naturaleza del escrito. Sentencias de determinado tipo o tal otro, escritos de calificación, recursos, informes, autos y demás. Pero se olvida que en Justicia tratamos de asuntos concretos de personas concretas, que no se parecen nada entre sí. Y no puede compararse, por poner un ejemplo, un escrito de calificación de una alcoholemia por superar la tasa con una causa por una malversación de varios tomos y con varios acusados. Pero valen exactamente lo mismo en puntos , como valen igual sentencias complicadísimas que otras que se resuelven casi tirando de formulario.  Es más, hay cosas que ni siquiera se valoran, como las contestaciones de demandas civiles hechas por los fiscales, o la asistencia a declaraciones, por mucho que éstas duren. Así las cosas, lo primero que falla es el baremo.

La siguiente cuestión es la de los módulos. ¿Quien decide cuantas sentencias ha de poner un juez como media para ser valorado en uno u otro escalón –los jueces tienen tres-? ¿O cuanto ha de calificar un fiscal para ser tenido por bueno?  Y todavía hay más, porque nosotros no tenemos modo de saber cuál será el módulo, que se decide a posteriori en función del total que hayan hecho los compañeros. Incluso he visto alguna vez a jueces “guardándose” sentencias para ponerlas el mes próximo, que este ya me he pasado y lo que haga de más me sale gratis. Y no se lo reprocho, es lo que obligan a hacer. Aunque aclaro, para malpensantes, que eso solo cuando la diferencia es de días, que nadie se guarda resolver una cuestión en meses por la dichosa productividad, aunque el sistema parece que llame a ello.

Pero aún hay más, y es algo obvio. Ni jueces ni fiscales dependemos de nosotros mismos para que nos entre o salga determinada cantidad de trabajo. Tener asuntos para resolver depende, en primer lugar, de que exista un hecho, de que se denuncie o demande, de que haya funcionarios suficientes para darle entrada, y de la eficiencia de todos los que estamos, entre otros muchos factores. Imaginemos un descenso de la delincuencia en determinado partido judicial, ¿ha de salir el juez o el fiscal a la calle suplicando a la gente que delinca para tener más asuntos? ¿Y que ocurre en los partidos judiciales necesarios por su emplazamiento físico pero con poco movimiento? ¿Hay que quitar el juzgado porque no es productivo y que el justiciable recorra 100 km o más para hacer valer sus derechos?

Y ahora pongamos otro ejemplo. Imaginemos un juez que retrasa su trabajo hasta lo insoportable. Obviamente, los asuntos no llegan al fiscal que, sin culpa alguna, no produce lo suficiente. O el ejemplo contrario, que sea el fiscal quien es un manta. El juez no puede hacer más porque los expedientes se atascan en fiscalía. Obviamente, son ejemplos extremos y salidos de mi imaginación, pero posibles. Y en ese caso simplemente hay que sancionar, si procede, a quien lo haga mal, pero no entrar en aspectos crematísiticos con la producción del resto de operadores.

Y tal vez lo peor de todo es que no se valora lo único que se tendría que valorar. Que no es ni más ni menos que llevar el papel al día. Ese debería ser el único módulo admisible, de admitirse alguno. Y eso, si es posible. Porque si no lo es, como ocurre con frecuencia, por falta de medios materiales y personales, es al Estado a quien hay que darle una colleja, y no al pobre que bastante tiene con lo que tiene. Si la distribución de trabajo y el número de jueces y fiscales estuviera bien hecha, nada de esto haría falta.

De este modo, la productividad, que, además, es una cantidad anecdótica, se convierte en una suerte de lotería que a veces toca y a veces, no. Incluso sé de fiscalías donde han institucionalizado una cena donde los afortunados en el bingo de la productividad invitan con eso a sus compañeros no premiados. Tal como lo cuento.

La cuestión, como decía, es de fondo. No se trata de darnos una limosna extra para tapar bocas, sino aplicar ese dinero a mejorar el sueldo de todos, especialmente de quienes, por ocupar una plaza de categoría inferior, aunque hagan el mismo trabajo, cobran bastante menos. Somos ya moyorcitos y mayorcitas para conformarnos con migajas ni limosnas.  ¿o no?

Así que, una vez explicada esta cuestión espinosa, solo queda dar el aplauso. Y esta vez para todos, que trabajamos todo lo que podemos sin tener en cuenta esas cosas. Aunque a veces entren ganas de mandarlo todo a hacer puñetas.

Climatología: anticiclones y borrascas


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Desde que el mundo es mundo, el tiempo atmosférico tiene mucho que ver en nuestras vidas. Imaginemos lo que suponía para el hombre primitivo cada lluvia o cada carencia de ella, tener cosecha y alimentarse o no hacerlo, nada menos. Y, aunque hemos avanzado mucho desde entonces, la Madre Naturaleza nos sigue recordando que, hagamos lo que hagamos, ella siempre tiene la última palabra.

Por supuesto el mundo del espectáculo no es ajeno a ello, tanto por fuera como por dentro. Un estreno puede echarse a perder por una tormenta o una helada, y más de una vez hemos visto en la alfombra roja a ateridas actrices –ellas siempre van escotadas y sin abrigo- a quienes a buen seguro el photocall les costó una pulmonía. Sin olvidar la cantidad de títulos que nos recuerdan los avatares meteorológicos o los tienen por argumento, desde Lo imposible a La tormenta perfecta, de Las nieves del Kilimanjaro o Cumbres Borrascosas. Y aún hay más. Si echamos atrás la cinta de nuestros recuerdos, comprobaremos la cantidad de escenas dramáticas que se desarrollan bajo la lluvia. O menos dramáticas, claro, porque se puede desde estar Cantando bajo la lluvia a tener Lluvia en los zapatos.

Aunque no lo parezca, en nuestro teatro también afecta la climatología. Pensemos si no en todos esos pueblos de nuestra España que se quedan aislados por la nieve o las tormentas, y lo difícil que les resulta acceder al juzgado, a la cabeza de partido judicial donde está la sede o a la capital de provincia donde tengan el juicio de que se trate. Que aunque en mi tierra no es habitual lo de las nevadas, de lluvias torrenciales sabemos un rato, y hemos vivido días en que no se podía llegar al juzgado como no fuera en helicóptero o canoa – de tenerlos a mano, claro-. Y, como de muestra vale un botón, citaré dos ejemplos muy claros. Uno, el de la “pantaná” de Tous, un juicio largo y complejo que todavía se recuerda por estos lares por un hecho cuyos efectos aún se dejan sentir. El otro, totalmente diferente, es el del hallazgo de los cuerpos de las niñas de Alcácer, en una zona anegada por las lluvias que determinó las dificultades del levantamiento de cadáver y la toma de vestigios.

Pero no todo van a ser cosas tremebundas. El clima también da a la gente excusas para las cosas más pintorescas, fundamentalmente en el modo de vestir. Recuerdo cuando llevaba el juzgado de una zona de costa, las frecuentes apariciones del justiciable en chanclas y  hasta en bañador, como si en vez de al Juzgado se fueran a la playa a darse un chapuzón. Y también a la gente que, sin cortarse un pelo, le echa la culpa al tiempo de cualquier cosa. Los hay que dicen que llegan tarde porque llovía, hacía sol o niebla. Por descontado, a esos siempre les recuerdo que el Ministerio Fiscal se teletransporta, y que, con su toga de superheroína, no le afectan el frío o el calor, los atascos ni los vendavales, y que otro tanto ocurre con su señoría, el laj o los letrados o letradas , que milagrosamente si hemos conseguido llegar a tiempo. Será que el sol no luce igual para todos.

Y no es que seamos inmunes al frío o al calor. Este último, especialmente, nos hace sufrir mucho, hasta el punto que ya mereció su propio estreno. La de veces que, en pleno mes de julio, me hubiera arrancado la toga a bocados si la canícula me hubiera dejado fuerzas para ello. Y, aunque hay veces que se exime de llevar toga, teóricamente no se puede, y recuerdo que en mi primer destino sancionaron a un juez por celebrar sin toga. Lo que no dijeron nunca es la sanción que podría haber caído de hacerlo con ella, en una sala sin ventanas y a lo largo de una mañana con más de cuarenta grados. Seguro que no pasaba una inspección de salubridad en el trabajo. Como no la pasarían tampoco esas sedes con goteras en las que se tienen que poner cubos en cuanto el cielo decide descargar. Y así siguen.

Pero además de los avatares meteorológicos físicos, están los metafóricos, que en Toguilandia dan para mucho. ¿O acaso nadie más que yo ha sentido como un verdadero terremoto sacudía hasta los cimientos del edificio cuando nos hemos encontrado con una revelación inesperada, una acusado que no era o un testigo que afirmaba en pleno juicio que el señor que se sienta en el banquillo no es el que cometió el delito? A mí me ha pasado, desde luego, y juro que noté temblar el suelo, que hubiera querido que se abriera y me tragara, en una ocasión en que, en un juicio por robo en el buffet de un hotel en que todo parecía estar muy claro, la testigo fundamental, empleada del establecimiento, me dijo : “pero si este no puede ser, que le faltan tres palmos” aludiendo a que el acusado apenas llegaba al metro y medio de estatura mientras que el autor había sido un mozalbete con una estatura propia de militar en la NBA.

También he sentido en mis carnes, como imagino que muchos de quienes me estén leyendo, cómo la tormenta se avecinaba en forma de relámpagos furibundos, cuando al juzgado que despachamos le avisan de una inspección. En ese mismo momento, rayos y truenos en forma de lluvia de expedientes llegan a fiscalía y nos inundan, literalmente, hasta que no podemos sacar cabeza. Algo parecido al síndrome del fin del mundo que se produce, sin faltar nunca, cada fin de año y cada inicio de vacaciones, como ya veíamos en otro estreno, y que consiste en que, temiendo que el mundo se termine, entran las prisas y hay que tener todo despachado o, al menos, lo más lejos posible.

Y, como no todos los fenómenos meteorológicos son violentos, no podemos olvidar la lluvia fina, sirimiri, o como quiera que se llame al continuo goteo de procedimientos. Eso sí, en nuestro caso ni pertinaz sequía ni nada parecido. Mientras las cosas sigan como están –esto es, mientras sigamos con los mismos medios y más trabajo- el pantano de nuestras mesas de despacho siempre está a punto del desbordamiento. E incluso a veces el trabajo crece a un ritmo que el papel llega en forma de verdaderos aludes, por lejos que estemos de la montaña y la nieve.

Así que hoy, cojamos los paraguas para soportar el aguacero de aplausos a quienes, llueva o haga sol, con nieve o sin ella, logran que los ríos de expedientes no se desborden y lleguen a buen puerto. Por más que la tormenta perfecta en forma de escasez nos ronde continuamente.

Ingeniería horaria: juegos malabares


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    El tiempo es esencial en cualquier ámbito de la vida. Y, por supuesto, también lo es en el mundo del espectáculo. Acertar con el momento de un estreno, con la duración de una película o con los horarios de exhibición pueden trazar el límite entre el éxito y el fracaso. Al tiempo se dedican muchos títulos, desde Las horas hasta 24 horas desesperadas, desde un día de furia a 9 semanas y media, de La vuelta al mundo en 80 días a El año en que vivimos peligrosamente. Y en la literatura, ni que decir tiene con 100 años de soledad encabezando la lista.

  En nuestro teatro, como ya dijimos en otro estreno, tenemos nuestra propia teoría de la relatividad  a la hora de contar el tiempo. Un momento nunca es un momento, ni cinco minutos duran exactamente cino, ni enseguida corresponde a que se hagan las cosas de inmediato. También tenemos nuestro reloj propio, el que marca los plazos procesales que tanta importancia tienen. Pero no son esos los únicos pulsos que le echamos al tiempo.

Nuestra función, como otras muchas, tiene que contar para desarrollarse correctamente con un mecanismo de imprecisión que, a decir de mi compañera @escar_gm, se pude definir como ingeniería horaria. Y si no, díganme como definirian los juegos malabares de cada día, que ni en el Gran Showman los hacían más complicados. Tanto que, a veces, en vez de juegos malabares podrían ser los Juegos del hambre y hasta Juego de tronos, aunque sea exagerando un poco. O no.

El caso es que a veces -¿o siempre?- nos sentimos como si el señor Din Don se hubiera escapado de La Bella y la Bestia para reírse de nosotros, o como si tuviéramos que hacer la competencia al mismísimo conejito de Alicia en el País de las Maravillas. Porque organizar la agenda, la logística, el horario familiar y las extraescolares propias y ajenas dan para volverse loca, si una ya no viene así de serie.

Confieso que cada día, cuando suena el despertador del móvil con su musiquilla machacona -¿qué fue de los despertadores de campana como Dios manda?- me entran ganas de aplastarlo. Y, aunque no llego a eso, reconozco que más de una vez lo apago para comprobar al cabo del rato, con el susto correspondiente, que me he dormido un poco más de lo debido y que ya empiezo el día A contratiempo, es decir, con la lengua fuera. Y eso si sale todo conforme se ha planeado minuciosamente, que si no…

Quienes transitamos por Toguilandia –y ya sé que quienes transitan por otros mundos también- llevamos un ritmo enloquecido. Juicios, guardia, conciliación familiar, algún que otro intento de ocio o de hobby que se frustra más de un día, y vuelta a empezar. Pero hasta ahí, vale. El problema viene cuando alguna pieza del edificio cuidadosamente planificado cede, y, con el efecto dominó, corremos el riesgo de que se nos desmorone la construcción como a una niña haciendo castillitos con bloques.

Es algo que pasa muchas veces. ¿A quien no le ha ocurrido cuando, de repente, un juicio se alarga tanto que le descuadra la organización? Porque, aunque mucha gente no lo sepa, no tenemos horario de oficina y si el juicio sigue hasta las mil y monas, ahí seguimos, con nuestras tripas haciendo ruido y nuestro móvil a punto de estallar para tratar de recolocar las piezas. Si hay que recoger nuestros retoños del cole, de la clase de ballet o de la de macramé o bailes regionales y el juicio se alarga, pues va a ser que no llegamos. Y ojo, que como el juego de las palabras encadenadas, si de esa salida de clase teníamos que ir a la del otro retoño, que gusta más del dibujo, de aprender ikebana o de las prácticas de acrobacias circenses, pues que tampoco llegamos. Menos mal que, para estos menesteres están las super abuelas –también los super abuelos- , super heroínas que tienen el poder de acudir a donde hagan falta, sea para hacer un disfraz de calamar, para recoger a un niño con fiebre o para ser acompañantes de cumple en un parque de bolas. Y menos mal que existen, porque si no no queda otra que echar mano del plan b, canguros a discreción.

Otro tanto ocurre cuando entre la dichosa causa con preso, con tomos, o con ambas cosas que llega en el momento más inoportuno. Por ejemplo, cuando nos íbamos al día siguiente de vacaciones. O cuando, en esta misma circunstancia, nos sorprenden con un señalamiento que da al traste con nuestras esperanzas de unos días de asueto. O a mendigar a un compañero o compañera, o a anular el viaje tocan. No queda otra.

Y, aun si todo sale según lo previsto, tampoco es fácil. Aunque conciliar conciliamos como podemos, más de uno y más de una nos hemos encontrado con expedientes embellecidos por los lápices de colores de nuestras criaturas, o decorados con lamparones de papilla y hasta de café. Y no es porque les demos café a los niños, sino porque lo necesitamos para mantenernos despejadas en las horas que le robamos al sueño. Y lo que cuesta borrar el circulito dichoso, el dibujo de colorines o el lamparón de papilla, como si no tuviéramos más cosas que hacer.

Y después están las extraescolares. Y no solo las de nuestras hijas e hijos, sino también las nuestras. Esos días en que una se compromete a dar una charla en una asociación, una clase en una Facultad o cualquier otra cosa y luego, cuando se percata que no llega, se pregunta a sí misma por qué tiene que ser víctima de ese extraño y nuevo mal llamado siatodismo. El Siatodismo consiste en la imposibilidad de decir que no a nada, y se caracteriza porque quienes lo padecemos vamos por ahí como pollos sin cabeza por culpa de un virus extraño que nos impide pronunciar la palabra “no” y que bloquea nuestros cuellos hasta hacerlos incapaces de moverse de izquierda a derecha y de derecha a izquierda, en ese gesto universal de negación que todo el mundo reconoce. Y yo, la verdad, ahora que estamos en confianza y que nadie nos oye, confieso que estoy contagiada del virus del siatodismo en una de sus cepas más virulentas. Y lo malo es que no se conoce vacuna.

Pero así son las cosas. Y así seguirán mientras nadie asuma que necesitamos más medios y más plazas para paliar un poco todos esos imponderables para los que ya no tenemos sustitutos con que contar. Es lo que hay.

Así que hoy el aplauso es para quienes hacen ingeniería horaria para llegar a todo. Y para quienes somos víctimas de nuestro propia siatodismo. Que no decaiga.