Katiuskas: pisando charcos


              La lluvia es una constante en muchas películas. De hecho, es el complemente perfecto para un momento dramático, aunque los hechos sucedan en un lugar azotado comúnmente por una pertinaz sequía. Desde el exceso de La tormenta perfecta o Huracán a la lluvia de hombres del tema que se escucha en El diario de Bridget Jones pasamos por Cuatro bodas y un funeral, Los puentes de Madison o Lluvia en los zapatos hasta la imprescindible Cantando bajo la lluvia. Y es que nunca llueve a gusto de todos. O, como decía lqa inolvidable Audrey Hepburn en My Fair Lady, la lluvia en Sevilla es una maravilla.

              En nuestro teatro, sin embargo, la lluvia no es una maravilla. Más bien un inconveniente que ha dado lugar a suspensiones, retrasos y hasta daños en las sedes judiciales que no estaban para muchas roscas. Y, en los peores casos, como bien sabemos por desgracia en mi tierra, dan lugar a inundaciones con resultados catastróficos que motivan macro procesos tremendos, como ocurrió con la presa de Tous y está ocurriendo con el proceso por la Dana de octubre de 2024. Ya hemos tratado en varios estrenos de estas catástrofes. Ojala no lo hubiera tenido que hacer porque hubieran existido.

              No obstante, no era de esa parte catastrófica de la lluvia de la que pensaba tratar hoy, sino más bien de otra, más metafórica. Aunque con el cambio climático nunca se sabe, en estos tiempos que corren.

              Así que hoy más que de lluvias hablaremos de charcos. Más concretamente, de cómo meterse en ellos, o como saltarlos. Y, sobre todo, de la facilidad de algunas personas, entre las que mi incluyo, en pisar charcos a cada paso. Por eso necesito unas buenas katiuskas o botas de agua no solo metafóricas como reales, como las que os traigo en mi propia foto. Y es que siempre vale la pena ir bien preparada.

              ¿Y por qué algunas personas tenemos una especialidad para meternos en charcos hasta la rodilla, si no más?. Pues, obviamente, porque como dice el refrán, quien quiere peces que se moje el trasero o, lo que es lo mismo, para cuando se llevan determinados temas, que le salpiquen a una los charcos es inevitable por más que lleve botas, impermeable, y hasta un paraguas preparado par vientos racheados de más de 80 kilómetros/hora como el que yo tengo (o eso fue, al menos, lo que me aseguraron en la tienda de Cáceres donde lo compré)

              Decía mi madre que no sabía como lo hacía pero siempre acababa cogiendo las materias que más daban que hablar. Así ocurrió con la violencia de género, a la que me dediqué desde que se creó la sección especializada por la ley de 2004. Y, por si no fuera bastante, cuando ya no era plena actualidad -no tanto por falta de casos como, por desgrcia, m´s por falta de atención- me sumergí de lleno en los delitos de odio que, también por desgracia, hacen correr ríos de tinta debido a su frecuencia y a su naturaleza. En mi caso particular, además, y por si fuera poco, mi dedicación durante mucho tiempo a las labores de portavocía convirtieron todo ello en la tormenta perfecta. Una tormenta que ocasionaba unos charcos de mil pares de narices.

              Lo cierto es que los temas mediáticos puede caer por dos razones. La primera de ella es el mero azar, porque los hechos hayan sucedido durante la guardia del juzgado que se despacha. En ese caso las actitudes son dos: la transparencia absoluta con los medios de comunicación o tratar e pasar lo más inadvertida posibles. Y ello con todos los matices intermedio que se quiera, claro está. Ante ello cualquier posición es posible Siempre y cuando se respete el derecho de la ciudadanía de recibir información veraz. Un derecho que hoy en día puede resultar puesto en entredicho tras la condena al Fiscal General del Estado. Pero esa es otra historia y será contada en otro momento, como decía el protagonista de El médico.

              El segundo caso es el más cercano a mi. Y es que, cuando una asume especialidad en materia que tiene repercusión mediática, acaba viéndose en situaciones comprometidas. Situaciones que son conocidas por la gente que me conoce o me sigue y de las que ya conté algo en otros estrenos. Aunque sigo afirmando que si algo he aprendido de estas cosas es que el silencio n conduce a ningún sitio, y hay que seguir adelante. Y, por supuesto, denunciar cuando se haya cometido un delito. Aunque nos pueda costar.

              Así que, pese a quien pese, seguiré pisando charcos. Calzada con mis buenas katiuskas y, aun así, arriesgándome a que el agua y el barro me salpique y me deje marcas difíciles o imposibles de quitar. Y no por afán de protagonismo, como insinúan alguna lengua viperina sino, simplemente porque creo en la justicia y en la transparencia informativa, un matrimonio no siempre bien avenido.

              Y con esto, cierro el telón por hoy. Con un aplauso para quienes pisan charcos sin miedo, con ese difícil equilibrio entre pasarse de rosa y no llegar. Una empresa difícil, aunque no sea Misión imposible.

Motivación: entre la ilusión y el formalismo


              Según el diccionario, motivar equivale a “dar causa o motivo para algo”. Esto es, vale tanto para “causar” como para “explicar”. Y en el cine encontramos títulos como La causa o Justa causa, cuando hablo de lo primero, o bien películas sobre superación como El indomable Will Hunting, Una mente maravillosa, Forrest Gump o El lado bueno de las cosas, entre otras muchas. Y en la vida, por descontado, encontramos de amabas para dar y tomar.

              En nuestro teatro, como en la vida, tenemos las dos caras de la moneda. Incluso más que en cualquier otro ámbito. Así, podemos hablar de la motivación de las resoluciones judiciales y cualquier otro dictamen, por un lado, y de la motivación como impulso personal para hacer las cosas, porque quienes habitamos Toguilandia somos humanos. Aunque a veces haya quien crea que carecemos de humanidad, que es otra cosa.

              En cuanto a la motivación de las resoluciones, es una exigencia de la Ley Orgánica del Poder Judicial, que dice que las resoluciones judiciales serán siempre motivadas, so pena de nulidad, salvo que se trate de resoluciones de mera tramitación. Y es que, superada la época de los farragosos gerundios “considerando” y “resultando” que convertían los autos y sentencias en un galimatías, ahora se trata de que sean entendibles y que, además, den respuesta a lo que se pide. Lo cual parece lógico, porque sino deja indefenso y son posibilidad de argumentar un recurso al justiciable.

              No podemos olvidar, como hemos dicho en tantos estrenos, que la justicia emana del pueblo y se administra en nombre de él, y difícilmente pueda emanar de alguien un texto que no entienda. Así que nos tenemos que esforzar para expresarnos en términos entendibles y no refocilarnos en citas y brocardos que nadie comprenda. Llegada a este punto, siempre me acuerdo de aquella señora que decía que su abogado era fantástico porque hablaba muy bien, aunque ella no hubiera entendido nada. Y lo que en realidad no había entendido la pobre mujer es que eso no era exactamente ser un buen abogado, porque quien primero tenía que comprenderle era su propia clienta.

              No obstante, confieso que a mi me gusta mucho más la otra acepción de motivación. Y que, aunque no lo parezca, me parece mucho más difícil de conseguir. Tiene mucho que ver con la ilusión , a la que ya dedicamos un exitoso estreno, pero va más allá. Sería como la ilusión que te empuja a seguir con lo que estás haciéndolo y a hacerlo dando todo de una misma. Casi nada.

              La motivación, cuando alguien está estudiando la carrera y, sobre todo, las oposiciones, es evidente. La perspectiva se centra toda en el día en que se consigue aprobar, que se convierte durante una temporada en el casi exclusivo objetivo de nuestras vidas. Tanto es así que, en el momento de aprobar, hay quine experimenta cierta sensación de vacío, una especia de “Lo he conseguido, ¿Y ahora qué?” que, afortunadamente, se pasa en cuanto aparece la realidad a darnos su primera bofetada.

              Pero ¿Qué es lo que nos motiva y como conseguir que continúe haciéndolo muchos años después? Pues, desde luego, si la primera pregunta no es fácil, la segunda es dificilísima. Pero trataremos de dar alguna respuesta. No todas, que no las tengo, aunque ojalá las tuviera.

              Podríamos decir con carácter general que, en unas profesiones vocacionales como son las profesiones jurídicas, nuestra obvia motivación es la consecución de justicia. Algo que pude parecer una simpleza como la copa de un pino, pero que en realidad no lo es tanto. Valdría volver a la definición de Ulpiano que estudiábamos en la facultad, según la cual Justicia es la perpetua y constante voluntad de dar a cada cual lo que le corresponde”. Así, cada vez que nuestro trabajo termina en una resolución satisfactoria para las partes, la motivación de activa.

              Pero con eso no basta. En ocasiones, la rutina y las exigencias del trabajo nos hacen perder de vista lo verdaderamente importante, el justiciable. Por eso, la verdadera motivación para seguir viene cada vez que una víctima te da las gracias, cada vez que sientes que la ley ha castigado de manera justa al culpable, cada vez que sientes la satisfacción del deber cumplido, más allá de haber cubierto el expediente.

              Para esto hay que aprender de la gente joven. Contagiarse de su ilusión y ayudarles en lo que se pueda, porque hubo una vez en que también estuvimos allí. Y todo eso, aunque las reformas, la carencia de medios y todas esas cosas nos lo pongan difícil.

              La verdadera motivación es levantarse cada mañana pensando que podemos seguir haciendo justicia. Ni un solo día de mi vida me he arrepentido de elegir este camino. Y por eso el aplauso hoy es para quienes siguen pensando que cada día pueden aprender algo y hacen lo posible por conseguirlo. Más allá de todos los obstáculos

Bulocracia: el imperio de Pinocho


              Todo el mundo ha escuchado alguna vez eso de “injuria, que algo queda”. Y, probablemente, también todo el mundo ha vivido una experiencia que lo confirme. En el cine tenemos películas como La calumnia -en sus diversas versiones- que así lo demuestran, además de las diferentes cintas sobre mentirosos, como Mentiras arriesgadas, Mentiroso compulsivo y, por supuesto, el mentiroso por antonomasia, Pinocho.

              En nuestro teatro, las mentiras tienen su consecuencia jurídica, y de ello hemos hablado en diversas ocasiones, tanto en el estreno dedicado a las mentiras como a los bulos .

              No obstante, y como quiera que el tema de los bulos va a más, nuestras funciones no pueden ir a menos. Así que conviene recordar algunos de esos que se han implantado tanto que casi hacen cierto eso de que una mentira repetida muchas veces se convierte en una verdad.

              Uno de los que más fuerza han alcanzado es el referente a las supuestas denuncias falsas en violencia de género. No me extenderé demasiado porque ya dedicamos otro estreno a las mismas, igual que a tratar de desmontar todas las leyendas urbanas que circulan en relación con la ley integral conta la violencia de género. No me extenderé demasiado porque ya lo hice entonces, pero baste con recordar que las estadísticas oficiales -Policía, Judicatura y Fiscalía- registran un 0’1 por ciento, y que las denuncias falsas por robo con muchísimo más frecuente sin que nadie por ello cuestione la regulación del robo en el Código Penal.

              Otro de los bulos que de vez en cuando aparece en relación con esta materia es la de las cifras de suicidios masculinos cuya causa, según el bulócrata en cuestión, es haberse visto implicado en una casusa por una de esas denuncias falsas o, ampliando más el campo, por causa de un divorcio complicado. A esto hay que responder, en primer término, que esas cifras de suicidios no suelen responder a ninguna estadística oficial más allá de la imaginación de quien las publica. No obstante, e incluso cuando las cifras de suicidios son reales, lo que no puede ser nunca real es la causa. En primer lugar, por2que es imposible conocer las razones por las que una persona se quita la vida. Y seguro porque tampoco existe una relación fiable entre estos fallecimientos y la vida de pareja del difunto. En resumen, un bulo como la copa de un pino que sigue circulando por ahí, con cartelito y todo, cada vez que alguien lo saca a pasear.

              De un tiempo a esta parte, el objeto de la bulocracia se ha ampliado a otro colectivo al que le cuelgan el sambenito de todos los males imaginables. Se trata, por supuesto, de las personas migrantes, a quienes también hemos dedicado varios estrenos. Pero hay que recordar, una y mil veces si hace falta, que ni todos los delincuentes son extranjeros ni todos los extranjeros son delincuentes. Es más, que resulta absurdo pensar que alguien se juega la vida en una patera para venir a delinquir a nuestro país, porque para jugarse la vida no hacía fata que se movieran del suyo.

              Especialmente crueles son estos bulos relacionados con menores de edad, a quienes se ha estigmatizad y despersonalizado atribuyéndoles el nombre de “Menas”, que en realidad es un acrónimo de “menores no acompañados” o, lo que es lo mismo, de niños que están totalmente solos en el mundo. Pero, al hacer correr todos estos rumores, en vez de compadecerlos, se les a<tribuyen todos los males, convirtiéndolos, si nos descuidamos, en el enemigo público número 1 o poco menos.

              Y si hablamos de delitos sexuales, todavía es más evidente la cosa, porque a poco que salte una noticia, se buscan culpables entre los migrantes y, además, entre los de determinada procedencia. Y no estoy inventando, que ya he vivido varios casos en que, a pesar de que se había publicado en redes que la autoría era de un grupo de «menas», acabaron siendo autores jóvenes españoles.

              Si nos vamos a casos concretos, quizás el más paradigmático fue el de el homicidio de un niño en Mocejón, que se atribuyó falsa e imprudentemente al colectivo migrabt4e cuando el auto resultó ser un joven español con problemas mentales. También fue otra muestra lo sucedido en Torre Pacheco, en que una noticia deformada sobre una agresión padecida por un anciano, en la que se habían usado hasta fotografías falsas, desencadenó unos acontecimientos lamentables con graves episodios racistas. También fue muy evidente el bulo r4elacionado con la Dana de Valencia que insistía en que en aparcamiento iban a aparecer centenares de muertos cuando, finalmente, no hubo ni uno en ese lugar.

              Así que, en estos tiempos hay quien solo se (des)informa en redes sociales, andémonos con cuidado, porque las redes las carga el diablo. Por eso el aplauso ha de ser esta vez para quienes, aun a riesgo de que les aparezcan haters por tierra, mar y aire, no cejan en su propósito de desmontar los bulos. Porque son necesarios

Trenes: luto sobre raíles


              El tren es un medio de transporte que siempre resulta atractivo, en ocasiones hasta romántico. El cine y la literatura se han hecho eco de ello en numerosas obras, como Extraños en un tren o Asesinato en el Orient Express, sin olvidar aquellos trenes de la muerte del nazismo que tan bien plasmaron películas como La lista de Schindler. Pero, a veces, los trenes traen consigo grandes tragedias. Y hoy hay que hablar de ello. Por desgracia.

              En nuestro teatro, como en cualquier otro ámbito, conocemos bien un medio de trasporte tan antiguo y popular como el tren. Además de emplearlo como vehículo para trasladarnos de un lugar a otro, sea por trabajo o por ocio, la Justicia ya ha tenido varios casos de catástrofes ferroviarias de las que ocuparse. Ojalá no fuera así.

              Ya en su día dedicamos un estreno a las grandes catástrofes. Entre ellas ocupaba un lugar destacado la tragedia del Alvia en Galicia en julio de 2013 que se saldó con un espantoso balance de 80 muertos.

              Y, aunque no se trate de un tren propiamente dicho, tampoco olvidamos el espantoso accidente del metro de Valencia de julio de 2006, que causó 43 fallecimientos y que pronto cumplirá su vigésimo aniversario. En uno y otro caso el procedimiento judicial fue largo y penoso, hasta el punto de que en el caso del metro no hubo una condena hasta el año 2020.

              No obstante, no son los únicos accidentes de tren, aunque sí sean los más graves y más conocidos hasta la tragedia que acabamos de vivir hace unos días. Si tiramos de hemeroteca -o, más bien, de Wikipedioteca, de San Google o de la recién incorporada IA, encontramos centenares de casos de accidentes, aunque ninguno de esa gravedad, por suerte. ¡Solo en la década de los 20 de este siglo XX! Constan veinte accidentes ferroviarios, aunque, como he dicho, ninguno de este calibre. Porque, a pesar de todo, el transporte ferroviario es de los más seguros. No hay más que compararlo con la cifra de accidentes de coche para comprobarlo.

              Pero hoy hay que hablar de la tragedia de Adamuz. Exactamente, del accidente ferroviario de 18 de enero de 2026 en que, el descarrilamiento de un tren de alta velocidad y de un Alvia, con e que chocó ha causado al menos 43 muertos. Y digo “al menos” porque todavía no se ha cerrado la cifra definitiva de personas fallecidas.

              Todavía queda un larguísimo camino para aclarar las causas y juzgar, de haberlos, a los culpables. Un procedimiento judicial que, por su complejidad, se hará largo y complicado. Pero eso ya llegará. De momento estamos en los primeros momentos, en que la actuación de los equipos de emergencias, de los médicos forenses cuya labor es esencial, y la de los juzgados que realicen la investigación es lo primero y lo más urgente.

              Aunque eso es en el terreno judicial. De momento, lo realmente importante es la vertiente humana, la de la solidaridad con las víctimas y los familiares, la del acompañamiento. Un hecho en el que nunca debería mezclarse la política, aunque siempre acabe haciéndolo.

              La casualidad, el destino, o lo que sea, ha querido que apenas dos días más tarde otro tren, en este caso de la red de cercanías catalana, hay sufrido un accidente en el que ha muerto una persona. Un hecho que ha dado una sensación de llover sobre mojado de la que todavía no conocemos las consecuencias. Además, por supuesto, de los inconvenientes por la alteración o suspensión de las rutas ferroviarias, en uno y otro caso.

              No obstante, y más allá de Toguilandia, me quedo con la vertiente humana de esta tragedia. La de esa niña que, en pocos segundos, ha perdido a toda su familia, la de quienes iban a ver un partido de fútbol o a la representación de un musical con toda la ilusión del mundo, la de quienes aun esperan la identificación de sus familiares entre los desparecidos y, cómo no, la de quienes esperan un milagro, por imposible que resulte. Esto es lo verdaderamente importante en este momento.

              Por todo eso, y por mucho más, en nuestro teatro no podíamos dejar de acordarnos de las víctimas y hacer nuestro pequeño homenaje. Para ellas es el aplauso de hoy, compartido con quienes, de uno y otro modo, han contribuido a las labores de salvamento. Gracias por estar ahí.

#detodalavida : Ultramarinos


ULTRAMARINOS

         Cuando pasé por aquel escaparate, tal lejos de lo que un día fue mi hogar, un alud de recuerdos desfiló por mi memoria. Solo era un tarro de cristal antiguo, con su tapa de latón, pero para mí era mucho más.

            Mi madre solía ir al ultramarinos de enfrente de casa a comprarlo todo. Mi madre y todo el barrio, porque entonces era donde se compraba en barrios como el mío. Y en cuanto cumplí la edad suficiente para poder cruzar la calle sola, me convertí oficialmente en la encargada de la compra en casa. Aunque tampoco en esto era original. Todos los niños del barrio tenían asignada esa tarea, cuando no otras muchas.

            En lo que sí que era especial era en el favor del dueño del ultramarinos y de su mujer. Celestino y Pilar me adoraban y tan pronto me regalaban un caramelo como una galleta, algo absolutamente inaudito en un tendero que era conocido por su devoción a la Virgen del puño apretado.

            Yo pasaba las horas en el ultramarinos, viendo como despachaban, como pesaban las legumbres que sacaban con una cuchara de aquellos tarros de cristal que me volvían loca. Anhelaba tener uno para jugar con ellos en mi cocinita de juguete, pero Celestino no me dejaba ni acercarme. Por nada del mundo me hubiera dado uno; ni siquiera me lo hubiera dejado un rato.

            Así que un día no pude evitarlo. Pilar era quien estaba a cargo de la tienda ese día y me dejó encargada por un momento mientras iba al cuarto de baño. No pude resistir la tentación y me hice con el bote, con sus lentejas y todo, que escondí como pude en la bolsa de la compra. Me lo llevé a toda prisa a casa en cuanto volvió Pilar, pretextando un malestar inoportuno.

            Juro que yo solo quería jugar un rato con mi adorado tarro. Pensaba devolverlo al día siguiente sin que nadie se enterara, pero las circunstancias me sobrepasaron. Mientras sacaba todas aquellas lentejas del tarro, tropecé, con tan mala suerte que se rompió un pedazo de la boca del recipiente, justo donde tenía un dibujo en espiral que servía de rosca para cerrar el tarro. Traté de arreglarlo con el pegamento que usábamos en la escuela, pero fue peor. Y ahí se quedó una muesca con forma de uve doble que malbarataba el cierre hermético y hacía imposible que lo devolviera. De modo que no me quedó otro remedio que esconder el tarro y mis remordimientos.

            Por si fuera poco, cada vez que iba al ultramarinos, un hueco donde debería estar mi tarro espoleaba mi culpabilidad hasta dolerme. Celestino juraba y perjuraba que encontraría al ladrón y yo disimulaba lo que podía cuando Pilar me decía que yo era la única chiquilla del barrio por la que pondría la mano en el fuego.

            Ayer volví a ver a Celestino y a Pilar en aquel escaparate como si no hubiera pasado el tiempo. Era una tienda de antigüedades y, en una esquina, un tarro de cristal antiguo me miraba desafiante. Tal vez me hubiera pasado desapercibido si no fuera porque no cerraba bien, así que, con el corazón en la boca, entré a preguntar. Al verlo, lo reconocí en el acto. Era mi tarro, con su muesca en forma de uve doble y sus marcas de pegamento a las que se había adherido la suciedad de muchos años.

            Supongo que llegaría hasta allí después de desalojar a toda prisa la casa de mi madre cundo murió, aunque nunca se sabe. El dueño me quiso explicar que aquel tarro tenía mucho valor porque había pertenecido a una conocida tienda en otro lugar, una tienda donde compraban ministros y gente importante. Pero yo sabía que ese era mi tarro, el que robé a Celestino traicionando su confianza.

            El dueño de la tienda insistió en el valor histórico del tarro y no discutí. Y acabé pagando una cantidad astronómica por mi pecado de antaño. Los remordimientos me costaron muy caros, pero la culpabilidad no tiene precio. O eso fue, al menos, lo que percibí en la sonrisa de Pilar y Celestino cuando, por un momento, volví a ver su imagen después de tanto tiempo.

Afinidad: entre el parentesco y la amistad


                Las personas solemos juntarnos con otras con las que tenemos algo en común. Es difícil relacionarse, salvo que no haya más remedio, con alguien con quien no se comparte nada. Pero, a veces, no queda otro remedio. Y surgen Las Amistades peligrosas o las Amistades irreconciliables de que hablan algunas películas. O los Amigos para siempre que nos cantaban Los Manolos, que de todo hay.

                En nuestro teatro, la afinidad tiene características propias, diferentes de lo que entienden el común de los mortales. Así, manejamos, por un lado, el concepto jurídico de “afinidad”, que es lo que fuera de Toguilandia se denominan “parientes políticos”, junto al concepto general que hace referencia a compartir intereses, fines o, simplemente, el sentirse a gusto con otra persona. Que no es poca cosa.

                En cuanto a la afinidad como concepto jurídico, se refiere a aquel parentesco que se tiene con alguien no por sangre sino por un vínculo matrimonial o análogo. O sea, cuñados, suegras, nueras, yernos y demás.

                La afinidad o, más correctamente dicho, el parentesco por afinidad tiene su reflejo en muchos más perceptos de lo que a primera vista pudiera parecer. El parentesco por afinidad aparece en numerosos artículos del Código Civil referidos a las sucesiones y en otros muchos de Derecho de familia.

                Por su parte, en el Derecho Penal encontramos que el parentesco por afinidad se equipara en muchos casos al parentesco por naturaleza, tanto cuando hablamos de circunstancias modificativas de la responsabilidad penal, como la circunstancia mixta de parentesco -en la inmensa mayoría de los casos contemplada como agravante- como cuando nos encontramos con subtipos agravados de determinados delitos o con delitos relativos a la violencia de género o a la violencia doméstica.

                En nuestra vida diaria, convivimos con el parentesco por afinidad continuamente. Todo el mundo tiene cuñadas, suegras, yernos o nueras con los que se lleva más o menos bien. Aunque hay que reconocer que el término “cuñado” cada día tiente un mayor tinte peyorativo, de una manera totalmente injusta para muchos buenos cuñados. No obstante, hay que reconocer que el cuñadismo ha adquirido carta de naturaleza y todo el mundo lo relaciona con el marisabilidillo de turno que, si te descuidas, te fastidia cualquier evento familiar. Así que aprovecharé para defender a los cuñados que no ejercen el cuñadismo en ese sentido y que se convierten en verdaderos hermanos. Lo sé bien porque hace poco perdí a uno y lo sigo echando de menos.

                Aunque si hay parientes políticos que llevan criando mala fama toda la vida, esas son las madrastras y las hermanastras. Y es que cuentos como Blancanieves o Cenicienta hicieron mucho daño, y las estigmatizaron para siempre. Y me consta que hay muchas que son estupendas. Verdad verdadera.

                En cuanto a las hermanastras, no puedo dejar de hacer una observación. Con carácter general mucha gente confunde “hermanastras” o “hermanastros” con lo que en realidad son hermanos o hermanas de un solo vínculo. Y lo utilizan en programas de corazón para referirse a los hijos e hijas de famosos con varias parejas a sus espaldas. Pero en Derecho eso son hermanos y hermanas de un vínculo, por contraposición a quienes comparten padre y madre. Y lo son por naturaleza o consanguinidad, no por afinidad. No obstante, la RAE acabó admitiendo esa segunda opción -la de llamar también “hermanastros” a los “medio hermanos”, por que no le quedó más remedio. Pero, como explico siempre, en Toguilandia, “hermanastras” son las hijas de la pareja del padre o de la madre, como las de Cenicienta. Y eso es lo que hay.

                No voy a echar el telón de este estreno sin referirme a esa otra afinidad, la que se tiene con alguien con quien se comparten intereses, aficiones o modo de pensar, y que es una especie de parentesco extraoficial. La afinidad es parecida a la amistad, pero no coincide exactamente. Es muy probable que con las más íntimas amigas se tenga mucha afinidad, pero puede existir la amistad sin afinidad y la afinidad sin amistad. Aunque, si coinciden, mejor. Como hubiera dicho mi madre, cuanto más azúcar, más dulce.

                Y ahora sí que echo el telón por hoy. Eso sí, sin olvidarme del aplauso, que hoy va dedicado a todos esos parientes políticos que se salen del cliché del cuñadismo o de la madrastra o hermanastra malvada: porque haberlo, haylos. Afortunadamente.

Derecho Internacional: hasta Toguilandia y más allá


              A veces tenemos la sensación de que la vida no existe más allá de nuestras fronteras. Pero hoy día la globalización es cada día mayor y las fronteras se desdibujan más. Por eso son necesarias unas normas que regulen los derechos de todo el mundo para evitar que vuelva a pasar aquello que todo el mundo conoce y que reflejaron películas como La lista de Schlinder o Vencedores y vencidos, sobre los juicios de Nuremberg. Aunque lo sucedido en la Segunda Guerra Mundial no es el único caso. En el cine hemos visto otros casos de infracciones de derechos humanos en películas como 1985, Todavía sigo aquí, Missing, Grita libertad, Arde Mississippi y otras muchas. Ojalá no hubiera tantos frentes que cubrir.

              En nuestro teatro vivimos el día a día, el minuto a minuto y el segundo a segundo de manera tan intensa que a veces se olvida que el Derecho no acaba ante nuestras narices. Pero entonces llega la realidad y nos da un puñetazo en las narices. O, mejor dicho, en los derechos.

              Como quiera que el mundo anda muy revuelto, miremos adonde miremos, no nos queda otra que desempolvar los conocimientos que algún día estudiamos casi como una maría. Ese Derecho Internacional que a veces tenemos tan olvidado y sin el cual la comunidad internacional no podría conducirse.

              Tal vez lo primero que hay que aclarar es que Derecho Internacional no es el que se aplica allende nuestras fronteras sin más. Hay que diferenciarlo de lo que se denomina Derecho comparado, que es el derecho interno de otros estados en una materia que se estudia como modelo a seguir o a evitar en cada caso.

              El Derecho Internacional forma parte de nuestro ordenamiento en virtud de lo que establece nuestra propia norma fundamental, la Constitución, que da valor a los tratados internacionales en los que nuestro país sea parte siempre que hayan sido ratificados, publicados y cumplido con las formalidades necesarias en cada caso.

              De ahí se desprende la principal característica que diferencia estas normas de las de derecho interno. Su aplicación no es automática ni vincula a todos los países. Solo lo hace a aquellos que se han unido al convenio de que se trate, y no hay manera de obligar a un Estado a que forme parte de determinado tratado, o de que permanezca en su ámbito de aplicación, nos guste o no. En la práctica, resulta relativamente frecuente encontrarnos con problemas en cuanto a la aplicación de las normas de extradición, dependiendo de si el país de que se trata es parte del convenio existente al efecto o no.

              A lo que sí se le podría obligar a un Estado es a que cumpla con las obligaciones derivadas de un convenio que sí que ha ratificado. El problema es, como otras veces, que del dicho al hecho hay un buen trecho, y que a día de hoy es difícil saber con que medios se contaría de tener que imponer a un estado rebelde el cumplimiento forzoso. Ojalá no nos lleguemos a ver en ese brete.

              El verdadero problema hoy día es que esas normas que pueden no cumplirse afectan a los derechos humanos. Y, lamentablemente, una cosa así, que parecía muy lejana, hoy se dibuja en el horizonte como una posibilidad real. Real y aterradora.

              Por otro lado, diferente, aunque muy cercano es el derecho transnacional que se aplica en estados que han decidido formar parte de una comunidad jurídica que traspasa las fronteras de un Estado, como ocurre con la Unión Europea. Al pasar a formar parte de la misma, se acepta su cuerpo jurídico, sus instituciones, su órgano legislador y sus propias leyes, así como la competencia del tribunal correspondiente. Y, ello, por supuesto, con sus ventajas y sus inconvenientes, aunque las primeras siempre han de supera a los segundos o la cosa carecería de sentido.

              En estos tiempos el Derecho Internacional se hace más necesario que nunca, aunque habrá que ver si cuenta con suficientes herramientas para hacerlo efectivo. Si es así, mi aplauso para quien contribuya a lograrlo. Que buena falta nos hace

Rehabilitación: posibilidad o quimera


                La rehabilitación, sea de adicciones, de accidentes, o de cualquier otro tipo, es un proceso tan complejo que ha dado lugar a mucha literatura y, como no, a mucho reflejo en las pantallas. Los tipos más conocidos son los de personas que han tenido un accidente, como ocurre a una de las protagonistas de Mar adentro, que son víctimas de hechos delictivos, como el caso de A propósito de Henry, y, principalmente, que sufren adicciones, se consiga o no, tal conforme vemos en Días de vino y rosas referida al alcohol, o en muchas otras películas en relación con las adicciones a drogas.

                En nuestro teatro, la rehabilitación es tan importante que tiene hasta su hueco en la Constitución. Según nuestra ley más importante, así como según el Código Penal, las penas tienen por din la rehabilitación , a lo cual ya dedicamos un estreno ya hace tiempo. Aunque, en la práctica, del dicho al hecho hay un buen trecho.

                Como decía, las penas tienen como uno de sus fines esenciales la rehabilitación, aunque en la creencia popular parece que prevalece la función represora sobre la función rehabilitadora. De hecho, y sobre todo cuando se trata de delitos especialmente reprochables o llamativos -o ambas cosas a un tiempo- suelen aparecer voces que claman más por una venganza social que por una justicia verdadera.

                Esto es algo que sucede con frecuencia cada vez que un hecho especialmente luctuoso es cometido por menores. La opinión pública clama por la aplicación de penas mucho más graves que las previstas para los menares de edad que, además, no son penas sino medidas. Sin embargo, la rehabilitación es posible, y aunque hay menores que continúan su vida delictiva después de la mayoría de edad, hay otros que cometen hechos terribles y después cambian. Recordemos, sin ir más lejos, el tristemente célebre en su día asesino de la catana.

                También es más que posible la rehabilitación en personas adultas, y se ha conseguido en algunos casos muy conocidos. Para citar alguno, ,me referiré al de El Lute, que tras ser uno de los delincuentes más perseguidos, se rehabilitó en prisión y llegó a convertirse en abogado, o el caso del delincuente juvenil conocido como “El pera”, que pasó de ser un maestro de la delincuencia al volante a colaborar con las fuerzas y cuerpos de seguridad para formación en la conducción, lo que mejor se le daba. En ambos casos encontramos películas que cuentan su historia.

                No podemos perder de vista que en parte de la delincuencia está relacionada con las adicciones a drogas o sustancias estupefacientes, y que la rehabilitación de estas adicciones trae consigo el inicio de una nueva vida lejos del delito. Los que lo consiguen, claro, porque hay quien no lo superó. Basta con recordar la negra época de la heroína con sus secuelas de sobredosis y de muertes por SIDA

                En estos casos, la rehabilitación puede tener lugar tanto fuera como dentro de la cárcel. Son de sobra conocidas iniciativas como Proyecto Hombre o la labor que se realiza dentro de las prisiones. Tan es así que he llegado a ver casos en que los presos preventivos suplicaban seguir en prisión porque era la única manera en que se veían capaces de rehabilitarse. Verdad verdadera.

                Diferente de la rehabilitación y la reinserción social, aunque muy relacionada, está la reeducación. El propio Código Penal prevé cursos de reeducación como medidas de seguridad o reglas de conducta exigibles como requisito para conceder la suspensión de la ejecución de la pena.

                Así, en el caso de la violencia de género, es absolutamente obligatorio, para conceder la suspensión de la pena, que el penado se someta a un curso de reeducación en materia de igualdad.

                En otros ámbitos, aun cuando no sea obligatorio, es recomendable, y en algunos casos el Ministerio Fiscal o el Tribunal los impone como requisitos para conceder la suspensión. Así ocurre en muchos casos en los delitos de odio, en los que caben dos modalidades de curso: de reeducación en igualdad y de prevención de comportamientos violentos. No obstante, también en esto del dicho al hecho hay un buen trecho y a veces la dificultad de encontrar quine establezca estos cursos hacen ilusoria esta posibilidad.

                Más sencillo es, sin embargo, cuando los condenados se encuentran en prisión, aunque en este caso la voluntariedad es total, no como requisito de la suspensión. Eso sí, siempre se puede tener en cuenta para la concesión de beneficios penitenciarios.

                En definitiva, la rehabilitación y la reeducación es posible, con su necesaria consecuencia de reinserción, aunque no siempre se consiga. Por eso, el aplauso de hoy es para quienes lo logran y para quienes les ayudan a ello. Porque unos y otros lo merecen

Roscón de Reyes: a ver qué nos cae


              La última de las tradiciones navideñas, con la llegada de los Reyes Magos, es la del roscón de Reyes, un dulce propio de la fecha que en algunos lugares tiene características propias (en mi tierra convive con la Casca de Reis). Dado su carácter propio, pocas o ninguna película le dedican su espacio, ni las pocas en que Los Reyes Magos aparecen. Y es que, como siempre digo, nuestra cultura audiovisual es muy anglosajona y ahí es Papá Noel quien gana por goleada.

              En nuestro teatro, no hay roscón de reyes que valga. El día 6 es el último del período inhábil navideño y, salvo para quienes tengan que atendar la guardia, los juzgados son un erial. Y es que hay que recibir a los Reyes como tocan.

              Este año quería dedicar la función no tanto a la carta a los Reyes que cada año escribimos sin mucho resultado, sino al roscón. Y no me refiero al dulce en sí, sino a las sorpresas que llevan dentro, que suelen ser una buena (el rey o similares) y la negativa, el haba, que determina quién habrá de pagar el roscón al año siguiente. Así que toca ver qué o quién se lleva cada una, y si lo merece.

              En cuanto a lo positivo, llevo un rato pensando y me cuesta encontrar algo. Porque el año judicial ha venido marcado por la entrada en vigor de la llamada ley de eficiencia que, hasta el momento, no ha demostrado ser muy eficiente. Veremos a ver qué pasa cuándo acabe la transformación de los juzgados de toda la vida en tribunales de instancia. Aunque yo sigo teniendo la impresión de que se trata de los mismos perros con distintos collares. O con unos collares un poco más menguados, si supone la reducción de plazas de funcionariado. El tiempo lo dirá.

              Otro de los hitos, este claramente negativo, ha sido la imputación y posterior juicio y condena del Fiscal General del Estado. Un hecho inaudito en nuestro Derecho que se mire por donde se mire, ha creado un precedente peligroso y dañado considerablemente la imagen de la justicia. Veremos si el año venidero nos trae la resolución de un recurso ante el Tribunal Constitucional.

              Tampoco ha hecho nada de bien a nuestra sufrida Toguilandia la continua judicialización de la política, o la politización de la justica, no sabría muy bien como enfocarlo. Pero nos estamos acostumbrando peligrosamente a los desfiles de políticos por juzgados y tribunales, de una parte, y al “denuncia, que algo queda” de otra. Y ni una cosa ni otra nos favorece lo más mínimo.

              Ahora, para acabarlo de arreglar, nos hemos de salir del ámbito del Derecho interno y entrar de lleno en el Derecho Internacional, habida cuenta la última -me temo que penúltima- acción del presiente norteamericano sobre Venezuela. Y hay que ver como de repente salen de debajo de las piedras todólogos que saben todo de Derecho Internacional, aunque no hayan pisado una facultad de Derecho en su vida. Aunque lo que realmente me preocupa de esta cuestión es la confusión entre la condena al régimen de Maduro y el a todas luces inmerecido aplauso de la acción norteamericana que se salta todas las normas internacionales. Veremos cómo evoluciona.

              Así que, al final, muchas habas y pocos reyes. Porque lo de la tan cacareada instrucción del fiscal ni está ni se la espera, por más que lo anuncien a bombo y platillo. Y que como no sea con dotación de medios, más vale no meneallo.

              Por todo esto, hasta aquí el estreno de hoy. El aplauso lo diferimos para un futuro, a ver quién paga el haba.

              No obstante, no me resisto a compartir como imagen no solo el roscón tradicional sino la versión libre que hacemos en mi casa. Una tradición que empezó cuando mi padre no podía probar el azúcar y entonces no existían las versiones sin, y que hemos mantenido aunque ya hace mucho que no está con nosotros,

2026: vamos allá


                La Noche de fin de año es tema común de muchas películas, como Cuando Harry encontró a Sally, EL apartamento, Mientras dormías, Los amigos de Peter o Noche de Fin de año, entre otras muchas. Y es que es una noche para celebrar muchas cosas o, al menos, para dar una patada al año anterior que no nos fue bien y recibir con esperanza al nuevo. Es lo que hay.

                En nuestro teatro, la Nochevieja la celebra cada cual en su casa, salvo quien tenga  la mala fortuna de estar de guardia. Nunca llueve a gusto de todos, ni siquiera en Toguilandia.

                Pero, si hay un clásico de final de año, es hacer balance del año que se marcha. Un año que en lo jurídico nos ha traído muchos cambios y muchos quebraderos de cabeza, con esa ley de eficiencia a la que no le acabamos de coger el tranquillo, por decirlo de algún modo. Si a eso le sumamos los cambios que con la digitalización hemos tenido en algunos lugares, es la tormenta perfecta. A ver si el próximo año nos acoplamos a todos los cambios y descubrimos, por fin, lo que tienen de bueno, que deben tenerlo.

                En Con mi toga y mis tacones también vamos a hacer un repaso de lo que pasó este año no en general, que ya hay muchos programas de televisión que lo hacen, sino a quien hace posible que cada semana haya una o dos funciones. O sea, yo misma.

                Y es que este año ha tenido cosas buenas, per hay algo que ha opacado todo su brillo. Mi madre nos dejaba para siempre, después de más de 100 años dándome ejemplo e inspiración. Y como dice el refrán, nunca las desgracias vienen solas, y la pérdida de otra persona muy querida, en este caso inesperada, tiñó el año de negro.

                Pero no todo ha sido malo, desde luego. Siempre tengo mis bailes, mis escritos y alguna que otra cosa que me ayuda cuando me destoguitacono cada día.

                Y así, el mes de febrero salía a la luz mi última -dentro de nada ya no será la última- criatura, Creía que era feliz, mi estreno con la editorial Sargantana que me ha traído muchas alegrías y que espero que me traerá muchas más, si las cosas no se tuercen. Porque está en el aire una de esas cosas que se supone que no se cuenta por si se gafan, así que emplazo a quine me lea a una futura noticia al respecto.

                Las letras y, en particular, las relacionadas con otra de mis grandes pasiones, las Fallas, también me dieron alegrías. Y así, además de mi contribución a diferentes llibrets falleros, tuve el honor de ser finalista en el concurso de relatos de El turista fallero y también que resultara premiada con uno de mis Aproposits y una obra de microretatre faller.

                Y ya en primavera sucedieron dos de las mejores cosas del año, y de muchos años. Una de ellas fue mi designación como doctora esmorzaris causa, un título que, entre bromas y veras, celebra la aportación a la sociedad de las personas a las que decide destacar, siempre en e entorno de la cultura del almuerzo, de nuestro tradicional esmorzar. Un verdadero honor.

                El otro hito consistió en poder ejercer de mantenedora en la exaltación de las fallas mayores de la que siempre ha sido mi agrupación fallera, la de Ruzafa. De esos momentos que se guardan en la memoria para siempre.

                Como siempre, he participado en varios libros colectivos como Corazones de barro, de editorial Vinatea, dedicado a historias de la Dana, y 101 relatos LGTBI, de la misma editorial, cuya temática resulta obvia con leer el título. También tuvimos estreno con Generación Bibliocafé, con el libro Ángeles sin alas, con fin solidario y dedicado al voluntariado, y con un significado especial porque se lo dedicamos a una de nuestras compañeras, que también nos dejó este año. Y varias cosas más que se vienen en camino.

                Y hasta aquí este pequeño repaso a lo que sucedió este año, que no fue poco. Esperemos que el que viene traiga más y mejor. Y por eso le damos el aplauso desde ya, para animarle. No se nos vaya a empezar nada más empezar a andar.