Cansinismo: ay…


ovejas dormidas

Más de una vez nos han repetido eso de que el que la sigue, la consigue. Eso les pasa a los aspirantes a artistas, de un casting a otro, de un concurso a otro hasta que, por fin, alguien les da su oportunidad, como le ocurría a los protagonistas de La la land o de la más antigua Fama. Pero entre ser perseverante y ser terco como una mula hay un espacio muy fino. Y más de una vez, a base de insistir, nos podemos convertir en Don Erre que erre. O hasta en La mula Francis, si me apuran

Nuestro teatro no podía ser una excepción y, aunque para llegar hay que usar grandes dosis de perseverancia, para mantenerse también, tratando de no traspasar el límite. O de verlo de otro modo, que también. Como hacía mi madre que siempre me ha dicho, cuando me pongo en modo inasequible al desaliento, que no sufra porque me llamen pesada, que en realidad lo que soy es tenaz. Y la verdad es que suena bastante mejor.

Pero el otro día una compañera utilizó un término que me encantó y decidí hacer mío. Previo permiso, por supuesto, que la propiedad intelectual ya se sabe lo que tiene. Y ese término no es otro que cansinismo. Gracias Sofía por la cesión.

Y es que el cansinismo es mucho más que la terquedad, aunque sean primos hermanos. Y que la tenacidad, su hermana buena. Recuerdo en mis primeros días de fiscal que, necesitada de un permiso de mi fiscal jefe para residir en una provincia limítrofe, se lo pedí confiada. Me dijo que no podía ser, aunque comprendía mis razones. Y yo, inasequible al desaliento que soy, le dije que iba a pedírselo todos los días hasta que lo pensara mejor. Así lo hice, y cada día permanecía sentada en su despacho media hora antes de empezar la jornada, preguntándole con una sonrisa si había cambiado de opinión. Y, tras un mes de asedio –hoy igual sería stalking, pero menos mal que entonces no estaba penado y que en todo caso estaría prescrito-, capituló. Cuentan las crónicas que fui la única fiscal que logró tal autorización en todo el tiempo de su jefatura, pero tal vez sea una leyenda urbana. ¿Tenacidad o cansinismo? No me contesten ahora. Háganlo al final de este estreno.

Hay cosas que entran sin duda en la categoría de cansinas. Desde antes incluso, del principio de la vida toguitaconada. Que se lo digan si no a quienes opositan, que seguro que están hasta más arriba de las narices de que les pregunten por los años que llevan estudiando, por los temas que llevan cada vez, por las horas que estudian o por los años que tienen. Y por supuesto, eso de si no descansan nunca, que por una vez no pasa nada, que exageran y bla bla bla. Y más cansinos todavía quienes cuentan que conocen un primo de una vecina del cuñado de una amiga que aprobó en unos meses.

Y eso es solo el entrenamiento, por más que sea un entreno de alto rendimiento. Después las dosis de cansinismo vienen en tandas, y hasta a granel. Quienes nos dedicamos a ser fiscales, por ejemplo, estamos hasta el gorro de que nos digan, un día sí y otro también, lo de que recibimos órdenes del gobierno, venga o no venga a cuento. Y a Dios pongo por testigo que jamás me ha sonado Teléfono rojo alguno, aunque haya quien crea que nos dicen hasta que zapatos ponernos. Y eso sí que no. Mis tacones son sagrados.

Otro de los lugares comunes, que compartimos con la carrera hermana, es la referencia al supuesto dineral que ganamos, aunque más de uno se quedaría de pasta de boniato al conocer nuestros sueldos , sobre todo los de quienes empiezan. Y también es común a ellos y a otros funcionarios eso de que nos pegamos la vida padre, trabajando de 9 a 2, como si no hiciéramos guardias ni nos lleváramos deberes para casa.

Pero, como todo no va a ser común, también he de hablar de la hartura de  los fiscales cuando, desde la carrera hermana, o de alguna que otra prima, insisten en que somos inmortales porque no podemos pasar a mejor vida, echando mano del viejo chiste. Y, ahora más que nunca, es evidente que de eso, nada. A los hechos me remito.

Supongo que, de otra parte, los Letrados y Letradas estarán hartos de que les miremos con cara de cansancio y de oirse de sus Señorías eso de “sea breve, Letrado, que tenemos más juicios”. Como si fueran los culpables de que esta Justicia nuestra siga empeñada en estar colapsada por más que trabajemos.

Y, para tratar de no olvidarme de nadie, también me referiré a la hartura de los antiguos Secretarios –y sobre todo Secretarias- Judiciales-, hoy Lajs, de que les dijeran aquello de que eran las secretarias de los jueces. Y, aunque el cambio de denominación ha ayudado a desfacer el entuerto, todavía quedan quienes mantienen esa errónea creencia.

Pero, para cansinismo del bueno, el de tertulianos de pro, todólogos y opinadores varios, a través de medios de comunicación y redes sociales que, a base de insistir, acaban aburriendo a las ovejas. Esos que cogen un tema y lo exprimen hasta dejarlo seco, no sin antes dejar claro que hay quien tan pronto se convierte en especialista en derecho constitucional o procesal, en instrumentos internacionales y convenios varios como en la forma de redactar las sentencias o un escrito de calificación. Aunque no sepan reconocer uno ni aunque se lo pongan en la cara. Y ojo, los mejores son los discutidores. Que he visto y leído más de una vez que, ante la paciente explicación de alguien que sabe del tema, insisten en que las cosas son así porque lo ha dicho en televisión el enteradillo de turno. Y se quedan tan anchos.

Y ahora, sí pueden contestar. ¿Cansinismo o tenacidad? E ahí el dilema

Pero mientras se deciden, demos el aplauso de hoy a quienes aguantan estoicamente el chaparrón sin que mengüen ni su objetividad ni sus ganas. Que no es fácil, desde luego.

 

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Última palabra: oportunidad


habla

Todo el mundo ha oído alguna vez eso de que en el teatro la última palabra la tiene el público. De poco sirve un estreno fastuoso, muchos flashes y glamour, mucha alfombra roja y muy buenas críticas si el público luego no pasa por taquilla ni ocupa el patio de butacas. Esa, y no otra, es la verdadera última palabra, y no el The End de los títulos de crédito. Pero también es cierto que añadir un “último” a cualquier título le da un aire de fatalismo que siempre resulta atractivo. Los últimos de Filipinas o El último mohicano son un buen ejemplo de ello.

Nuestro teatro también tiene su “última palabra” regulada e institucionalizada. Y no se refiere a la opinión del justiciable, precisamente. Ni tampoco tiene referencia alguna a aquel programa de televisión llamado Ultimas palabras, en donde un sacerdote con alzacuellos acababa la emisión cuando era niña, justo antes del himno y las fotos del rey. Lo aclaro, por si las moscas.

  La última palabra es el derecho del acusado a hablar en último lugar en un juicio. Está tan consagrado que omitir este trámite –porque eso es lo que es en gran parte de los casos- da lugar a la nulidad. A mí me ha pasado. Hemos tenido que repetir alguna vez uno de los antiguos juicios de faltas porque no se le había brindado al acusado el derecho a la última palabra. Un juicio largo y tedioso que hubimos de reproducir enterito para que luego el acusado dijera que no tenía nada que añadir. Pero chitón. Es un derecho y no se puede saltar a la torera. Por eso tampoco yo tengo nada que añadir a tales decisiones.

Pero más de una vez una se plantea si sirve de algo realmente y, sobre todo, si le sirve de algo al acusado que, en más de una ocasión, mete la pata irremisiblemente. Y cuándo y cómo y qué sentido tiene. En los juicios que se celebran en Juzgados de lo penal y Audiencias tiene, a priori, un sentido clarísimo. Habida cuenta que el orden en que se desarrollan los juicios en nuestro derecho consiste -salvo que por alguna razón se altere- en oír al acusado en primer lugar y proceder después a la práctica de la prueba, es razonable pensar que quiera añadir algo tras haber oído y visto todo lo que ha acontecido ante sus narices, aunque no siempre le convenga. Pero si el orden es otro, como ocurre en los juicios por delitos leves o en los antiguos juicios de faltas, donde el acusado hablaba después del denunciante, la cosa puede ser diferente. Y teniendo en cuenta, además, que el acusado, al igual que los testigos y peritos, solo responden a lo que se les pregunta, podría pensar que algo se quedó en el tintero porque nadie se lo preguntó. Y ahí está su fundamento. Y ahí está, también, la encomiable labor de la defensa, que debe haber hablado con su cliente para indicarle si es mejor abrir la boca o callar para siempre.

Aunque la experiencia, que es la madre de todas las ciencias, me dice que más de una vez los defendidos ignoran los consejos de quienes les defienden, extremo que he corroborado viendo las caras de algunos letrados y letradas ante el arrebato verborreico de sus clientes. Su expresión era un letrero luminoso de “trágame tierra”. Seguro que quienes ocupamos uno u otro lado de estrados lo hemos visto.

He de reconocer que varias veces el uso de la última palabra por el acusado ha hecho más por la condena que yo misma como fiscal . Recuerdo un caso de violencia de género –entonces aún no se llamaba así- en que, tras una práctica de prueba de la que yo temía una absolución segura, el acusado dio la vuelta a la tortilla para acabar estampándosela en su propia cara. Cuando el juez le dijo si quería añadir algo en uso de su derecho a la última palabra, se dirigió a él en plan colega y le explicó que “a la parienta había que meterla en cintura”. Y no contento con eso, le guiñó un ojo y le dijo que seguro que él sabía de lo que hablaba. Ni que decir tiene que el juez, además de responder con una calma admirable que no sabía a que se refería, le condenó sin paliativos.

También recuerdo una anécdota que me contó un compañero en que, tras un juicio donde se cuestionaba el reconocimiento en rueda, prueba principal que sustentaba la acusación, el acusado usó su derecho a la última palabra para marcarse él solito el camino de la cárcel. Porque, ni corto ni perezoso, afirmó muy serio que no sabía cómo le reconocieron si llevaba el casco puesto cuando atracó la gasolinera. Tal cual.

En otra ocasión, en un juicio por darle una buena paliza al árbitro en donde estaba bastante confusa la autoría en medio de la turbamulta que se armó, el acusado se dirigió a mí en uso de su última palabra y me dijo que como era mujer, no sabría de fútbol, pero que si fuera hombre seguro que comprendía que después de ese penalty tan injusto el árbitro se merecía eso y más. Y añadió que se sabía un héroe en el pueblo que daba nombre al equipo de fútbol en cuestión. Por supuesto, la tarjeta roja quedó en nada al lado de la condena que le cayó.

Y, volviendo a la violencia de género, más de un acusado ha tratado de justificar su conducta en ese último turno de intervención diciendo que el comportamiento de ella hacía que se mereciese los insultos o el golpe que había recibido. De esos casos, el más pintoresco fue el de un hombre que, ofendidísimo porque ella le dijo que “la tenía pequeña”, le dio un tortazo a la vista de todo el mundo y que, en su uso de la última palabra, le dijo al juez que él también habría hecho lo mismo ante semejante ofensa. Y es que para él, el tamaño importaba mucho. Y tamaña condena se llevó por eso.

Pero en honor a la verdad, en la mayoría de los casos se limitan a decir que están conformes con lo que ha dicho su defensa, a no decir nada, o a proclamar su inocencia o su arrepentimiento, con distintos grados de tranquilidad o excitación, aspavientos incluidos. Aunque alguna vez lo usan para arremeter contra fiscal o acusación particular después de oir su informe. “Esa señora del batín negro con puntillas no ha dicho más que mentiras”, dijo una acusada indignada refiriéndose a mi informe. Gajes del oficio.

Así que hoy el aplauso es, una vez más, para quienes cumplen y hacer cumplir la ley cualesquiera que sean las circunstancias. Pero, eso sí, con una ovación extra para esos letrados y letradas que miran desesperados cómo su trabajo se viene abajo por la incontinencia verbal de sus patrocinados. Paciencia. No queda otra.

 

Tautologías: a mayor abundamiento


coco y elmo

En el mundo del teatro, no es infrecuente el uso de las repeticiones para transmitir un mensaje. Muy habituales en películas destinadas a menores, a veces también las usan para los mayores, incluso hasta el extremo de tomarnos por bobos. Los Charlis que le venían por doquier a Rambo, mientras no sentía las piernas, acaban cansando hasta el más fan cuando llegan a la cuarta entrega. Y es que hay cosas que no hace falta repetirlas, por obvias. Recuerdo que cuando era niña, la sintonía de un programa infantil decía: “sube hacia arriba, sube y verás…”, mientras yo no cesaba de preguntar a mi madre si era posible subir hasta abajo. Por no hablar de los Teletubbies y su manía de decir “abrazo fuerte” a cada escena, que ganas le entraban a más de una madre de que se estrangularan en uno de ellos y se callaran de una vez.

Pero lo que yo siempre creí tan obvio, resulta que no lo es tanto, ni fuera ni dentro de Toguilandia. Ni, mucho menos, en todas esas tertulias encantadas de reproducir nuestro escenario con sus todólogos como protagonistas. Y no, no exagero. Cada vez que oía, en una de las enésimas repeticiones de La que se avecina, a una de sus protagonistas gritando eso de “demanda judicial” me hacía gracia pensando en lo pintoresco del personaje, pero luego enchufas la tele y ni es tan pintoresco, ni tan personaje.

¿O no es así? Que en ocasiones parece que sean los mísmisimos creadores de la serie los que guionicen algunas tertulias. De ahí, la frecuencia con la que oímos decir con toda seriedad que van a poner una querella criminal –como si pudieran poner una civil- o, lo último, que se ha cometido un delito penal, como si los delitos pudieran ser de otro tipo. Y entonces es cuando ya no me parece tan de broma cuando alguien sigue con lo de que va a proceder por lo penal o por lo criminal. Aunque bien pensado, sí que es un crimen que se tomen en serio tan versadas opiniones. Solo comparable con eso de ser personas humanas, tan querido para alguna famosilla y opinadora profesional. Así nos va.

Aunque, como decía, en Toguilandia también tenemos nuestras tautologías. Algunas tan incrustadas que ni nosotros mismos nos damos cuenta. Una de ellas es el empleo inopinado de “a la sazón” que, aunque queda muy bonito, no quiere decir otra cosa que “en aquel tiempo u ocasión”, y la verdad es que sobra más de una vez.

Pero, como soy fiscal, voy a arrimar el ascua a mi sardina y a hacerme eco de una de mis preferidas. Eso de que “pase al fiscal para que interese lo que a su derecho convenga”. Mi primera sorpresa cuando la leí es el descubrimiento de que el Derecho nos pertenezca, porque supongo que es a ése, con mayúsculas, al que se refieren. Porque de no ser así, lo que a mis derechos conviene es que me den más vacaciones, que me reconozcan los días de permiso que me arrebataron, o que me den unas condiciones de trabajo seguras y dignas, por poner algún ejemplo, por no hablar de que me dejen descansar tras la guardia sin necesidad de ejercitar un largo procedimiento adhiriéndome a la ejecución de otro y tirando los dados para que me toque la Sala que nos da la razón, y no la que no lo hace. Pero temo que no se refieren a eso. Aunque la respuesta frecuente también tiene su cosa: “que se proceda conforme a Derecho”. Acabáramos. Como si se pudiera informar que se procediera de modo contrario a Derecho.

Es lo que hay. Como lo que hay es también esa conocida y protocolaria fórmula de “Visto”. Recuerdo en una ocasión que una juez, muy avispada ella, respondió a sus compañeros que se quejaban de que el fiscal sólo ponía un cuño, que si se ponía “visto”, es porque lo habíamos tenido que ver. Y que estar conformes, claro. Y para verlo, hay que leerlo todo, todo y todo, aunque según la dicción literal bastaría con mirarlo para poder decir que se había visto, sin mentir un ápice.

Cuando de la carrera hermana se trata, siempre me ha gustado mucho eso de retirarse a deliberar cuando quien lo dice es titular de un órgano unipersonal. Que eso de deliberar consigo mismo debe molar un montón, sobre todo si se da una a sí misma la razón y consigue la unanimidad más unánime del mundo mundial.

Tampoco me olvido de la Abogacía, faltaría más. Que eso de pedir algo “en estrictos términos de defensa” también tiene sus perendengues. ¿O acaso un abogado defensor puede hacerlo en términos distintos a los de defensa?. Aunque en honor a la verdad, dicha coletilla precede por regla general o a una petición predestinada al fracaso y que el Letrado no tiene más remedio que hacer, o a un chorreo de los de quitar el hipo dirigida al Ministerio Fiscal, a la acusación particular o a ambos. Cosas del Planeta Justicia.

¿Y que me dicen de las peticiones de visionar imágenes o escuchar un audio? ¿Alguien se imagina que se pueda hacer al contrario? Estaría curioso que visionáramos un audio o escucháramos imágenes, aunque nunca sabe una cuál puede ser la propia ocurrencia del legislador. Y ojo, que a veces nos venimos arriba y pedimos que se pruebe una prueba o, rizando el rizo, que la prueba no está probada. Y digo yo que si no está probada no será prueba, pero igual me estoy armando un lío.

Ahora bien, si en algo coincidimos, es en esa manía de solicitar o decir las cosas “a mayor abundamiento”. Como si la abundancia no fuera suficiente per se, y tuviera que ser mayor. Pero, sin duda alguna, queda más fino que emplear un sencillo “además”. Dónde va a parar.

Así que, en definitiva, lo de subir arriba y bajar abajo tampoco es tan raro teniendo en cuenta las cosas que a veces decimos o escribimos sin darnos cuenta. Aunque siempre tendremos Barrio Sésamo con el inefable Coco dispuesto a explicarnos algunas cosillas.

Por todo eso hoy el aplauso va dedicado a quienes, antes de escribir o de usar meras fórmulas, lo piensan dos veces. Y hasta tres. Porque hacerse entender vale la pena.

Domótica: ¿estamos preparados?


pepe isbert

Antes de la enésima revolución tecnológica, ésa en la que nos hallamos inmersos, nos guste o no, todo el mundo pensaba que al mundo del arte poco le iban los adelantos científicos. El talento, las musas, la inspiración y ese aura romántica y bohemia que nos muestran las películas parece que casan poco con tecnologías. Pero las cosas no son siempre así. Y sin adelantos, ni los efectos especiales de las películas, ni todas las posibilidades que hoy tenemos darían unas obras de la calidad a la que nos vamos acostumbrando casi sin darnos cuenta.

Pero Toguilandia es otra cosa. Aquí todavía necesitamos de bolis, grapadoras, pósits, típex y rotuladores fosforitos de los de toda la vida. Y claro, vamos a otro ritmo. Por eso, si un día, de repente, nos encontráramos que todo está domotizado, nos entraría un susto de miedo. Y si no me creen, pasen y vean un botón de muestra. Y comprobaremos que eso de La ciudad no es para mí no es solo cosa de Pepe Isbert y del pasado. Y porque no se trata de un barco, porque si no lo de Cateto a babor también vendría a cuento.

Hace unos días contaba el fiestuqui que montamos por las bodas de plata  de mi promoción de fiscales. Lo pasamos de maravilla y nos supo a poco. Y aprovechamos, cómo no, para hacer un repaso y ver Cómo hemos cambiado.

Pero lo bien cierto es que no hemos cambiado tanto como a veces pensamos. Tal vez por eso nos embarcamos en nuestro particular Regreso al Pasado y lo tomamos al pie de la letra. Y no solo en la intención de darlo todo bailando y disfrutando, que también, sino en nuestra particular manera de desenvolvernos.

Por obra y gracia del organizador –mil gracias de nuevo, Jorge- nos reunimos en un hotel supermoderno. O al menos, eso nos pareció. Y, después de alguna copa que nos quitó la timidez, comenzamos a comentar nuestras cuitas con los adelantos tecnológicos de nuestro alojamiento que, para más inri, no tenía una habitación igual a otra.

Para abrir el fuego, contaré mi experiencia, convertida en Gracita Morales en su llegada a la ciudad. Confieso que, tecnológica que se cree una, comencé buscando un enchufe para cargar mi móvil y mi tablet, una vez hube introducido –¡albricias!- a la primera la clave del wi fi. El pobre móvil buscaba batería como agua en el desierto, y ahí estaba yo, cual Lawrence de Arabia, dispuesta a proporcionársela. Y ahí llego mi primer chasco. Mi cargador convencional no cabía en ningún enchufe. Su precioso embellecedor impedía que entrara y funcionara, una vez encontré los apliques, tan bellamente integrados que me costó quedarme sin el primer gin tonic. Probé en todos, y nada. El móvil agonizaba y yo sin poderle alimentar. Menos mal que descubrí en el baño un aplique extra para el secador, donde, por fin, sí que cabía. Y móvil y yo empezamos a respirar.

Cuando me animé a comentar mi paletismo con una compañera, su primera reacción fue de sorpresa. Pero no dirigida a mi hallazgo del enchufe, sino al del secador, que ella no había podido encontrar. Saqué pecho creyéndome La reina del mambo sin saber que Gracita Morales me iba a seguir poseyendo.

La cosa se animó, y otra compañera se atrevió a contar que se había peleado con el grifo de la ducha, y habían quedado en tablas. Porque no consiguió saber cómo narices se regulaba la temperatura entre tanto botón. E, inasequible al desaliento, decidió ducharse a cachitos, aprovechando el momento en que se empezaba a calentar y cerrando para volver a repetir la operación antes de escaldarse.

Otra confesó entonces que había sido incapaz de cerrar la ventana. Que se hallaba abierta sin que diera con el botón para bajar la persiana, de modo que se sentía en mitad de la calle hasta que un amable empleado tuvo que acudir en su rescate.

Pero ahí no acaba todo. Yo reconozco que prescindí de ver la televisión después de no conseguir pasar de una pantalla donde me preguntaban en qué idioma quería verla. Como una mala jugadora de vídeo juegos, no pasé de nivel, y lo dejé estar. Pero otros compañeros lo tuvieron más difícil: ni siquiera encontraban la propia televisión hasta que, como un rayo divino, emergió del techo como por ensalmo. Y habría que ver sus caras.

Cómo habría que ver, también, la de un compañero que tuvo que aplacar su sed con agua del grifo, incapaz de encontrar el mini bar. Porque claro, estaba tan hábilmente camuflado que no había quien lo localizara salvo que le pasara como a mí, que dí con él de casualidad mientras andaba buscando el dichoso enchufe.

Por supuesto, la mayoría dormimos con la calefacción a la temperatura que habían decidido quienes entraran antes, porque eso de regularla también tenía su aquel. Y hete tú aquí que había quien durmió tapado con siete mantas y quien lo hizo sin ninguna. Plegados y obedientes a lo que el termostato decidió, mucho más que a cualquier orden de ésas que dicen que nos da el gobierno a diario.

Y eso no fue lo único. Yo me vi incapaz de apagar las luces que se encendian por doquier en cualquier sitio de la habitación. Sin lámpara, iluminaban el mueble bar, la mesita de noche o el armario y cada vez que encendía una se apagaba otra. Acabé optando -lista que es una- por quitar la tarjeta que conectaba la electricidad y resignándome a permanecer En la ardiente oscuridad -una vez estuvo cargado el móvil,, claro– Alguien me dijo luego que había unas instrucciones que distinguían entre luces de noche y de dia, pero yo no dí con ellas. Igual salían por la tele que no logré encender.

Por supuesto, nada de eso turbó nuestra alegría. Más bien al contrario. Fue motivo de risas y de chanzas como en nuestros mejores tiempos. Y precisamente fue una compañera la que me sugirió que le diera forma y los llevara a “la toga y los tacones”. Gracias, Nati. Espero haber respondido a las expectativas.

Y, si es verdad que esto es una prueba evidente de que no hemos cambiado tanto como creíamos, no lo es menos que nosotros mismos hacemos juego con esa sempiterna vetustez de la justicia. Irá en el cargo. O en la falta de costumbre de utilizar algo de este siglo como nos ocurre en nuestro trabajo.

En cualquier caso, lo que no va a dejar de ser como toda la vida es el aplauso. Muy fuerte, hasta romperme las manos, para la inspiradora de este post, el organizador de la fiesta y todos mis compañeros y compañeras. Igual el próximo aniversario es en una nave espacial.

Violencia contra la mujer: suma y sigue


JAULA DE ORO

De nuevo llega el día para la eliminación de la violencia contra la mujer, y de nuevo seguimos sumando nombre a la terrible Cifra de la Vergüenza.

Por eso nuestro teatro hoy ofrece una representación extra, en forma de relato. Sirva como homenaje a las que ya no están y como reflexión para las que todavía pueden salvarse. #PorEllas

 

Relato ganador del 1er premio de narrativa de la Fundación Hugo Zárate 2017

MIA

Desde la primera vez que la ví, decidí que tenía que ser mía. Su cara, su forma de moverse, su sonrisa y hasta el modo de arrugar la nariz cuando algo no le gustaba, me cautivaron. La quería para mí, solo para mí. Quería cuidarla, protegerla, mimarla y contemplarla. Quería tenerla.

No tardé en decírselo. Ni se me pasaba por la cabeza que pudiera rechazarme. Conmigo sería feliz. Solo conmigo. Y así se lo solté el primer día que, a la salida del instituto, se separó de ese grupo de amigas que siempre la rodeaban.

Como supuse, sucumbió de inmediato. Imagino que el gran ramo de rosas rojas con que le obsequié también ayudaría, así como mis palabras y sobre todo mis promesas de hacerla feliz. Estaba tan enamorado…

Todo fue maravilloso al principio. Yo solo quería estar con ella y ella sólo quería estar conmigo. O, al menos, eso me dio a entender. La recogía del instituto hasta la puerta de su casa, le llevaba la mochila, y luego no paraba de enviarle mensajes al móvil para que supiera lo que la quería. Y ella me contestaba con el mismo amor que yo ponía en cada una de mis palabras.

Cuando no estaba con ella, pensaba en ella. No permitiría que me pasara como a mis padres. No permitiría que ella se convirtiera nunca en esa mujer apagada que fue mi madre, esa mujer que no entendía lo enamorado que mi padre estaba de ella, que no correspondía a sus halagos, que nunca hablaba bien de él por más que él hubiera dedicado su vida a tenerla como una reina. Yo la haría feliz. Y ella sabría apreciarlo. Porque ella era diferente. O al menos, eso creí.

Pero un día todo comenzó a cambiar. Dejó de responder de inmediato a mis mensajes. A veces, ni siquiera los leía. Otras, tardaba mucho, a pesar de que yo había comprobado una y mil veces que habían sido enviados, leídos y recibidos. Quise quitarle importancia, pero me tenía obsesionado. No entendía que tuviera algo más importante que hacer que responderme. Intenté ser comprensivo y le pregunté sobre ello. Pero no me convencieron sus excusas. Me hablaba de exámenes, de trabajos y de otras cosas que requerían su atención. Y, por supuesto no la creí.

No me dejó otro remedio. Así que un día, mientras ella dejó su mochila en la silla del bar donde estábamos tomando algo, le cogí el teléfono móvil. La furia se apoderó de mí al comprobar que, durantes esos minutos en que no contestaba a mis mensajes de amor, se entretenía en charlas en su chat de amiguitas, ésas que siempre la rodeaban a la salida del instituto hasta que aparecí yo a salvarla. Pero, al seguir mirando, descubrí más. No solo era el chat. También tenía una conversación muy larga con un tal Pedro. Exactamente a la misma hora en que ella me dijo que estaba haciendo un trabajo.

Al salir del baño, no pude contenerme. Cogí su teléfono móvil, lo arrojé al suelo y lo pateé hasta que quedó destrozado. Ella lloraba, y me decía que no entendía nada. Pero no era cierto. Lloraba porque sabía que lo había fastidiado todo y que había traicionado nuestro amor. Y quiso irse, supongo que avergonzada.

Pese a todo, yo estaba enamorado y quería darle otra oportunidad. Y así se lo dije.  La cogí del brazo para que se sentara y me escuchase. Era lo único que pretendía, que permaneciera junto a mí. Como se empeñaba en marcharse, tuve que apretarla por los brazos. Estoy seguro de que no le hice daño, y, aunque al día siguiente tenía dos cardenales, eso fue porque su piel era tan fina que cualquier presión le dejaba marca. Lo sabía porque a mi madre le pasaba lo mismo.

Al final lo entendió, y no se movió de la silla hasta que yo le dejé hacerlo. Por fin comprendió que mi amor era exclusivo, y muy grande. Si estaba conmigo, nada malo podría pasarle. Para demostrárselo, le prometí comprarle un nuevo teléfono móvil, el último modelo. Seguro que mi padre me prestaba el dinero para hacerle el regalo. Mi padre era muy comprensivo y generoso, por más que mi madre y mi hermana parecían no apreciarlo. Nunca he podido entender por qué eran tan ariscas y desagradables con él. Pero a mí no me iba a pasar lo mismo.

Ese día ella estuvo esquiva conmigo. Y claro está, no podía enviarle mensajes porque no tenía móvil. Así que la llamé al teléfono fijo de su casa, y solo me contestó con monosílabos. Me dio bastante rabia, pero decidí ser magnánimo y fingir que no me daba cuenta. Seguro que al día siguiente, cuando le diera mi flamante regalo, se le olvidaba lo ocurrido con su teléfono.

Y, por supuesto, al día siguiente me planté en la puerta del instituto con un teléfono móvil último modelo, costeado en parte con mis ahorros y en parte por mi padre. Tuve que esperar bastante, porque aquellas fastidiosas amigas parecían no estar dispuestas a dejarla ni a sol ni a sombra. Menos mal que me acerqué y le pedí que fuera ella misma quien les dijera que se marchasen. Aunque ni así, cualquiera diria que eran sus guardianas. No entendían que no hacía falta guardarla de nada estando yo allí. Pero, aunque me costó mucho trabajo quedarme a solas con ella, al fin lo logré.

 Había fantaseado tanto con la cara que pondría cuando viera su nuevo teléfono, que me quedé bastante decepcionado con su reacción. Me dio las gracias con frialdad y fue enseguida a buscar los contactos que tenía almacenados. Al decirle que, obviamente, también la tarjeta era nueva, pareció contrariarse. Aunque cuando le expliqué que así ya no tendría todos aquellos fastidiosos grupos que nos quitaban tiempo de estar juntos, estoy seguro que lo entendió, por más que no dijo nada. Ahora nadie nos distraería. Sería como el principio de una nueva vida. Y para demostrárselo, le pedí que viniera a conocer a mis padres. Así sabría que yo iba en serio con ella, no como todos esos tipos que pululaban a su alrededor.

Preparé su visita con mucho cuidado. Mi madre estaba casi contenta y hasta mi hermana, que se había marchado de casa hacía un tiempo a vivir con el imbécil de su novio, dijo que acudiría a la cita. Ibamos a ser una familia feliz, y verían que chica tan estupenda tenía.

A ella le compré un vestido nuevo. No es que no me gustara su ropa, pero ya era hora de que se vistiera como yo prefería. Elegante y con estilo. Que dejara los short y los escotes para las tontas de sus amigas, que parecían andar como locas para cazar a un hombre. Ella ya tenía uno. Yo.

Aunque a ella no pareció convencerle demasiado, el vestido le quedaba estupendamente. Ya le dije que cambiaría su aspecto para que estuviera guapa para mí. Seguro que ganaba por el cambio. Y no podría quejarse. Aunque a mí no me gustaba nada el cabello rubio, podría llevar esas mechas en su pelo si ella quería. Ya cambiaría de opinión con el tiempo.

Pero la verdad es que, por más que hacía para hacerla feliz, ella parecía estar siempre amargada. Más de una vez tuve que zarandearla para que reaccionara y se diera cuenta de la preciosa pareja que hacíamos y de lo feliz que estaba dispuesto a hacerla. Y la cena con mis padres era toda una demostración de amor.

Lo pasamos bien. Aunque ella no quisiera reconocerlo, los chistes de mi padre le hicieron gracia, y hasta mi hermana le hizo un regalo, un libro. Aunque a mí no me gusta demasiado leer, sabía que a ella le entretenía, y me pareció bien. Hasta que descubrí lo que había hecho la zorra de mi hermana, claro.

Cuando la llevé a casa, le pedí que me enseñara el libro. Ella pareció resistirse, así que no me dejó otra opción que quitárselo. Se lo tuve que arrancar de las manos, porque estaba empeñada en no dejarme que lo viera. No le pegué, solo la empujé para que lo soltara. Si me lo hubiera dado voluntariamente, no hubiera pasado nada, pero ella empezó a lloriquear otra vez. Y cuando hacía eso me ponía muy nervioso.

Abrí el libro y lo ví. Mi hermana había dejado allí una nota con su número de teléfono y una frase “déjalo antes de que sea tarde”. Enfurecí. ¿Quién era mi hermana para meterse en nuestra vida? Pero fingí estar tranquilo y la dejé en casa quitándole importancia. Ya lo hablaríamos al día siguiente.

Entonces fue cuando me fui a buscar a mi hermana. No me había dejado otra salida. Aun estaba en casa, con mi madre. Me senté con ambas como si no hubiera pasado nada y, caundo mi madre fue hacia la cocina, le pedí explicaciones. Solo quería eso, explicaciones, pero ella no me las daba. Así que me vi obligado a reclamárselas por la fuerza. Tal vez me pasé con el bofetón, pero estaba demasiado furioso con ella para contenerme. Y, de pronto, tenía la cara llena de la sangre que salía de su boca. Le pedí perdón, porque tal vez me había excedido. Pero ella se lo había buscado. Cualquier hombre en mi lugar hubiera hecho lo mismo.

Decidí olvidar el incidente, y centrarme en mi amor por ella. Nadie parecía comprender lo que sentía, ni siquiera mi propia madre, que seguía enfadada conmigo por lo que pasó con mi hermana. Al menos mi padre le quitó importancia diciendo que eran peleas de hermanos. El sí que sabía cómo eran las cosas.

Y mientras tanto, ella parecía huir de mí. A saber qué le había metido en la cabeza la asquerosa de mi hermana, porque siempre parecía buscar cualquier excusa para irse de mi lado. Cuando no eran exámenes, eran sus padres, y cuando no, sus amigas. Esas amigas que yo no soportaba.

Y tenía razón para hacerlo. En realidad, ellas tuvieron la culpa de todo. Porque la convencieron para que se marchara con ellas de fiesta en vez de quedar conmigo, y me engañó diciendo que iba a estudiar. Pero como andaba con la mosca tras la oreja, la seguí, y pude descubirila traición. Conseguí llevármela de allí. Y no de los pelos, como contaron ellas. Simplemente le dije que se viniera, y la cogí de los brazos para acercarla junto a mí. Ella enseguida lo entendió. O eso creí yo.

Esa misma noche pasó lo inevitable. Yo le reprochaba, pidiéndole explicaciones, pero estaba dispuesto a perdonarla. Pero ella ni siquiera me dio una excusa. Solo me dijo que no quería verme más. A mí, que estaba dispuesto a darle todo lo que quisiera, que solo quería estar con ella siempre. Y se lo dije una y otra vez. Que era mía, y solo mía.

Pero ella estaba empeñada en provocarme. No pude hacer otra cosa para convencerla de que yo era lo que le convenía que arrinconarla contra la pared. Solo tenía que darme la razón, pero se resistía. Quería escapar de mis abrazos, y yo no podía vivir sin ella. Así que tuve que apretar más fuerte, y se golpeó contra la pared. No entiendo cómo se golpeó para quedar inconsciente, pero es lo que pasó. Y solo de pensar que podía haberle pasado algo, casi me muero ahí mismo. Si la pierdo, soy capaz de matarme, lo juro.

Tomé nota de todo lo que me decía. No muy lejos de allí, Clara, su novia, se debatía entre la vida y la muerte en la cama de un hospital. Y yo no pude pensar otra cosa que, por difícil que fuera el trabajo de los médicos que la atendían, el mío era mucho más complicado.

 Era la abogada de oficio de aquel chico y tenía que defenderlo en el juicio que celebraran contra él.

Acababa de cumplir los dieciocho años. Clara no llegó a cumplirlos nunca.

 

 

 

Bodas de plata: tal como éramos


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Cantaba en su día Gardel, a ritmo de tango, aquello de Veinte años no es nada, y no le faltaba razón. Ignoro por qué motivo no haría un remake con Veinticinco, aunque la rima fácil no hace aconsejable ese título, desde luego. Tal vez esa sea la causa por la que el vigésimo quinto aniversario de cualquier cosa, matrimoniada o no, haya adoptado el nombre mucho más poético de Bodas de Plata, que, aunque suene un poco antiguo, se mantiene. Posiblemente porque lo de “Unión de hecho de plata” no queda nada fino. Dónde va a parar, desde luego.

El mundo de la farándula es muy dado a celebraciones de este tipo, pero no son los únicos. También nuestro teatro gusta de celebrar, de vez en cuando, estos acontecimientos. Y, aunque tengamos fama de serios y aburridos, nunca viene mal una cana al aire y venirse arriba dándolo todo al grito de “¡togas fuera!”

Y este año nos ha tocado a quienes formamos la XXXVI promoción de la carrera fiscal, esto es, la mía. Una generación de fiscales Nacida el 4 de Julio, como ya conté en su día, porque ese fue precisamente el día en que nuestra vida quedó dividida en un antes y un después de aprobar la oposición. Un buen momento para echar la vista atrás y recordar pensando en Tal como éramos, o para cantar, como Presuntos Implicados que fuimos, aquello de Cómo hemos cambiado.

Eran tiempos felices. En España nos convertimos en el centro del mundo con los Juegos Olímpicos y la Expo de Sevilla, pero en nuestras casas el acontecimiento fue, sin duda, nuestro ingreso, por fin, en la carrera fiscal, después de años de encierro entre apuntes y códigos. Que se vistiera quien quisiera con los colores de la Selección o la bata de cola, que nada como lo que a a partir de ese día sería nuestro uniforme de trabajo: la toga.

Por de pronto, no dieron los primeros premios de esa apuesta. Un sueldo que, por magro que fuera, era el primero que cobrábamos algunos, y un premio extra, como en el Un Dos Tres de nuestra infancia: el viaje. Eso sí, anticipándonos que en esto de la Justicia nunca se han atado los perros con longanizas, nada de gastos pagados ni del Caribe. A buscar alojamiento a Madrid para un par de meses que recuerdo como parte de los mejores momentos que he vivido.

Lo que entonces se llamaba la Escuela Judicial –hoy Centro de Estudios Jurídicos- era la excusa perfecta para desquitarse de tanto sufrimiento. Se acabaron las horas de confinamiento en bata y pantuflas para sacar de paseo los tacones –o los mocasines, o las deportivas, o lo que tocara- y recuperar el tiempo perdido. Confieso, ahora que ha prescrito, que en mi vida he dormido menos y he salido más. Y que no fui la única que viví aquello como una vuelta a la adolescencia, a salir en pandilla, a darlo todo hasta que el cuerpo aguante, al ritmo de Amigos para siempre o el Tractor Amarillo, canciones que todavía me hacen esbozar una sonrisa de nostalgia cada vez que las oigo. Pese a que, si recuerdo las hombreras, los cardados imposibles y las pintas que nos gastábamos, ya no sé si reír o llorar.

Dicen que en la Escuela Judicial no se aprendía nada, o casi nada. Pero yo discrepo.Lo cierto es que mucho Derecho no aprendimos, que ya llevábamos el disco duro lleno y no nos cabía más memoria, pero sí otras cosas. Yo, por ejemplo, aprendí cosas tan útiles como bailar sevillanas, jugar a póker, hice un máster en las comidas y bebidas de otras Comunidades Autónomas y me hice una verdadera especialista en fingir atención en clase cuando no había dormido nada, en sobrellevar con dignidad una resaca o en encontrar el único garito abierto a determinadas horas en Madrid. Para que luego digan. Aunque aprendí otra cosa que no he olvidado nunca: el valor del compañerismo.

Aquello pasó volando y, antes de que nos diéramos cuenta, nos estampamos de bruces con la realidad. Tras unas prácticas no demasiado largas, nos mandaron a nuestros destinos con la cartera vacía y la ilusión intacta. Tres cuartos de hora me costó poner mi primer “Visto”, de algo tan complicado como un sobreseimiento por falta de autor, mientras mis dos compañeras de destino, tan bisoñas como yo, hacían lo mismo, en un despacho compartido por más de cinco personas que era top ten en la época.

En todos estos años, hemos visto de todo. Y casi sin darnos cuenta ni ser conscientes de ello, hemos conseguido las condenas de muchos delincuentes, hemos ayudado a que víctimas de violencia de género, de agresiones sexuales o de otros delitos salgan adelante, hemos contribuído a que muchos menores no caigan rodando por el precipicio que podía haber sido su vida, hemos aportado nuestro granito de arena para parar la corrupción, para salvar el medio ambiente, para frenar los delitos de odio o para luchar contra el terrorismo o el crimen organizado, hemos salvaguardado los derechos de las personas con discapacidad y evitado abusos a quienes son más vulnerables, nos hemos erigido en paladines del interés del menor en cuestiones de familia, hemos impedido que se vulneren derechos fundamentales de trabajadores y de la ciudadanía en general y, en definitiva, hemos defendido la ley sin más arma ni armadura que nuestras togas y nuestras ganas.

Y hemos hecho todo eso desde todos los frentes posibles, desde todos los campos de batalla y cubriendo todos los flancos. Unos, desde las trincheras, otros, desde los despachos. Más arriba o más abajo, con medallas o sin ellas.

Ahora los cardados se han venido abajo, las cabezas se han cubierto de canas o se han descubierto por completo y ya nadie escucha el Amigos para siempre como no sea en alguna sesión remember. Pero el espíritu ahí sigue, aunque más de una vez haya amenazado con irse por la ventana del despacho –si es que se tiene la fortuna de que tenga ventana, claro- Seguimos utilizando los bolis bic, los tipex y el cuño de antaño, pero ahora con un toque de modernidad, Fortuny y ordenador mediante. Y, aunque usamos nuestros propios teléfonos móviles en vez de aquellos terroríficos buscas para recibir el aviso, seguimos yendo a nuestras guardias como entonces.

Ojala no perdamos nunca la ilusión por el trabajo, por más que nos lo pongan difícil, ni la ilusión por reunirnos como amigos.

Así que aquí tenéis mi aplauso, compañeros y compañeras de la XXXVI promoción. Por muchos más años.

Aunque eso sí, no podía poner el The End a este estreno sin dar una ovación muy especial. La que se merece Jorge, que no solo es el número uno de nuestra promoción por sus conocimientos, sino sobre todo por su calidad humana. A él le debemos esta cita, la anterior, y este regalo de transportarnos, por una sola noche, en quienes fuimos. Y en devolvernos a la realidad diaria con las pilas cargadas por otros cinco años. Hasta entonces.

 

CD´s: ¿tecnología punta?


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Si Don Hilarión viviera, estaría todo el día tirándose de los –escasos- pelos con eso de que las ciencias adelantan que es una barbaridad. Porque si en los tiempos de La Verbena de la Paloma era así, si ahora viajara en el tiempo le daría un parraque al pobre hombre, que no habría ni Casta ni Susana bastantes para sujetarlo. Porque los medios tecnológicos avanzan a velocidades supersónicas y lo que es nuevo hoy, se queda obsoleto al cabo de unas horas.

El teatro y el cine, obviamente, no solo no han sido ajenos a estos avances, sino que han sido y son muchas veces la punta de lanza de los mismos. Del mudo al sonido, del blanco y negro al color, del modo tradicional a las 3 dimensiones, de los dibujos animados manuales a la animación por ordenador, pasando por toda clase de inventos que en su día parecían la bomba y hoy dan hasta risa, como cuando de pequeña veía aquellos carteles de “sensorround” o algo parecido. Por no hablar de los Efectos especiales, que ahora vemos algunos que eran lo más en su día y han quedado en algo simpático sin más.

Pero, si queremos evitar que a Don Hilarión le dé el tan temido pititango, le deberíamos llevar en su Viaje a través del tiempo, a darse un paseo por Toguilandia. Porque aquí las cosas de palacio van despacio, y la tecnología punta es menos punta que en resto del mundo.

Ya hemos dedicado otros estrenos a nuestros programas informáticos , a la videoconferencia , a los móviles, a los USB y a los variados elementos que no han sustituido al tradicional boli, carpetilla, ni al indispensable pósit. Y lo que nos queda, me temo.

Aunque todavía faltaba dedicar un estreno a un elemento que forma parte de nuestro toguitaconado quehacer diario, aunque en otra galaxia muy lejana ya casi ni se use. Hablo del CD, nuestra estrella de hoy. Una estrella que más de una vez, no obstante, acaba siendo estrellada.

Cuando empezaba en este mundo de togas y puñetas, todavía usábamos libros con compendios de jurisprudencia de los de toda la vida. Fue en mis primeros tiempos de ejercicio cuando alguna juez modernísima, me habló de las colecciones de jurisprudencia en CD Rom, la pera limonera, vaya, que teníamos que costearnos, como el ordenador y la impresora, con nuestro sueldo, porque en el planeta Justicia nadie parecía haber oído hablar de aquello. Recuerdo que cuando hablé a un compañero, bastante cercano a la jubilación, de esos CDs, me dijo “¿eso no son esos disquitos dorados en los que mis nietos oyen música”?. Pues sí, lo eran, igual que ahora forman parte de la decoración de muchos balcones como modernos espantapájaros. Aunque para frase insuperable, la de otro compañero, coetáneo del anterior: “¿y por donde entramos el casquete?” Sin comentarios

Pero, aunque tarde, los discos dorados aterrizaron un buen día, cual nave nodriza, en el planeta Justicia. Y durante un tiempo nos los mandaban con alguna colección de jurisprudencia. Y ojo, que nos siguen mandando alguno que otro como regalo de Navidad con algún mensaje institucional, con lo bien que nos vendría un jamón o una caja de polvorones, puestos a ser tradicionales y rumbosos. Pero nada, que no hay manera.

Y hete tú aquí que llegó el momento en que se institucionalizó lo de las grabaciones. Por fin se decidió que el secretario judicial –sí, entonces se llamaba así, y en masculino- dejara de ser un monje amanuense escribiendo con su boli bic todo lo que ocurría en el juicio y se grabara en un reluciente CD. Pero como nunca es completa la alegría en la casa del pobre, el problema llegaba a la hora de visionarlos. Durante bastante tiempo me encontré con la pintoresca circunstancia de que tenía la grabación del juicio, pero mi ordenador no tenía reproductor de CD. Y lo veía en casa, para pasmo de mis hijas que no acertaban a comprender cómo sus padres se entretenían con semejante rollo. Ahora he de reconocer que ya puedo verlos –y hasta oirlos, aunque no siempre-. Pero ahí no se acaban las cuitas. De hecho, ayer descubrí que mi portátil, más nuevo que el ordenador del despacho, no tiene reproductor ni grabador de CD, entiendo que porque ya es algo obsoleto fuera de nuestra galaxia puñetera. Pero habría que verme, dando vueltas al ordenador como una boba en busca del hueco para meter el disquito.

Fuera de bromas, el tema de la transcripción o no de las grabaciones ha dado mucho que hablar. Por supuesto, mientras la ley no cambie, es una faena extra para los LAJs. Pero, también por supuesto, tener que escuchar íntegras todas las grabaciones es un gasto excesivo de tiempo cuando en ocasiones solo nos interesa un minuto, una frase, o uno de los testigos, y no hay manera de encontrarlo si no se ve la grabación desde el principio. Y eso, si hablamos de juicios. Porque como hablemos de escuchas telefónicas, con la Iglesia hemos topado. Que tenerse que escuchar horas y horas de cháchara sobre si voy al super, me compro una camisa o el niño ha hecho los deberes, para dar con la frase adecuada, ésa en la que uno de los interlocutores le hace un pedido al otro, o el otro hace un  ofrecimiento al uno, tiene su aquél. Y ahí seguimos con el tira y afloja de si hay que transcribir o no, con un Tribunal Supremo que nos da una de cal y una de arena.

Pero eso no es todo. Tal vez lo más extravagante es cómo viajan esos CD que a veces constituyen una prueba esencial. La imagen que ilustra este estreno  -que debo, como la inspiración de este post a mi compi @nandogerman- es un buen ejemplo, y que conste que es la regla general, no la excepción. Grapados en sobres en mitad de las causas, recibiendo golpes cada vez que se da uno de los miles de traslados previstos en nuestras Leyes de Enjuiciamiento, sea en valija, en carrito del súper o en ambos. Y eso, si el sobre está cerrado. Porque tampoco es algo raro que vengan en una de esas funditas de plástico de donde se pueden caer con facilidad –a mi me ha llegado la funda de “contiene CD” foliada y vacía- o incluso dar el cambiazo, con o sin intención

He visto casos donde, puestos a escuchar el CD, esté estaba vacío, o no lo estaba pero era imposible su reproducción, o no tenía sonido. Y la cara de pez que se nos queda a todos, con nuestras togas puestas esperando la reproducción de la prueba clave y sin oír ni ver nada. Hasta una vez me contó una compañera que, cuando esperaban escuchar la discusión entre la pareja que daría con la resolución del pleito, se llenó la Sala con el sonido de Estopa cantando cómo por la raja de tu falda se dieron un piñazo con un Seat Panda. Nunca se supo quién dio el cambiazo o si, como aventuraba la testigo, su hija vería “el disquito” y grabó ahí “sus canciones”. Pero el juicio se quedó sin prueba. Vaya que sí. Y hubo que ir a lo de siempre, a lo que no falla. A que los protagonistas contaran sus versiones y valorar libremente la prueba como toda la vida.

Porque otra cuestión es ésa, la de cómo lo llevamos a juicio. Porque si se aparece de repente con una prueba documental en soporte CD, a ver cómo la examinamos en salas donde los medios brillan por su ausencia. Por más que brille el CD de marras.

Así que así seguimos. En un estado donde Don Hilarión no moriría de un infarto. Aunque, eso sí, podría escuchar el “dónde vas con mantón de manila” saliendo del disquito. Acabáramos.

Por eso hoy el aplauso es, una vez más, para quienes logran  salvar todos estos inconvenientes y hacen Justicia con los medios que tenemos. Que no es poca cosa.

 

Números: cábala toguitaconada


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Aunque a veces no los parezca, los números marcan muchas veces nuestras vidas. Más aún cuando se trata de personas supersticiosas, o simplemente maniáticas. Algo que es frecuente en el teatro, que siempre huirá de estrenar un Martes y Trece -o su versión anglosajona Viernes 13-, vestirse de amarillo o todas aquellas cosas que den mala suerte, por si las moscas. Hay quien incluso llega a obsesionarse con ellos, como uno de los protagonistas de Toc Toc. Y por supuesto, hay muchas obras que incluyen un número en su título,  y de cualquier género y estilo, como Los siete magníficos, Las Aventuras de los Cinco, Los Cuatro Jinetes de la Apocalipsis, Doce fuera de casa, Los Tres Mosqueteros, Vaya par de gemelas, Nueve semanas y media, 300 o Mamá cumple cien años, por poner unos cuantos de los miles de ejemplos.

Nuestro teatro no podía ser menos, y aunque no nos demos cuenta, cada día desfilan por nuestro escenario, además de las consabidas letras, las cifras. Las primeras que se le vienen a una a la cabeza son las de las dichosas estadísticas  con las que nos fríen a cada momento. En primer lugar las que nos toca hacer, un verdadero absurdo cuando todo se supone que queda registrado en el correspondiente programa, que, si funcionara como es debido, debería escupirlas a un golpe de tecla Y luego, todas ésas con que nos torpedean habitualmente: número de asuntos registrados, número de sentencias, de calificaciones, de informes, en uno u otro sentido, para acabar dándoles la vuelta diciendo que todo va bien y que para qué hacen falta más medios si con estos nos apañamos.

Solo así se explica el primero de los números habituales en nuestro teatro. El cero, y no me refiero, precisamente, al dichoso papel 0  que mucho tiene de papel y poco de cero. Cero patatero son los juzgados que se han creado en mucho tiempo, cero es la creación de nuevas plazas y cero es también la nota que merece la inversión en Justicia, por lo cicatera.

El 1 es fácil. Son muchas cosas las que nos pasan solo una vez. Pero el “una y no más Santo Tomás”, seguro que es algo que hemos repetido más veces de las que quisiéramos. En esas meteduras de pata que nos dejan deseando que el suelo de la Sala de vistas se nos trague para siempre, las veces en que no hemos caído en algo o las que se nos pasó alguna cosa por alto. Pero también, continuando con el santo varón, esas en que nos la han colado y hemos creído que era verdad, que ahora sí, que se iban a tomar en serio la Justicia, ésas en que decimos como él eso de “si no lo veo no lo creo”.

En cuanto al 2, me quedo con eso de que si dos no quieren , uno no riñe. Algo que vendría al pelo si lo aplicáramos con frecuencia a algunas trifulcas que surgen por ahí –qué falta nos hace la unión – y que sirve para conformidades, mutuos acuerdos y hasta la mediación. Cuántas cosas se solucionarían si no se enconaran los asuntos, cuántos pleitos nos ahorraríamos si las partes no estuvieran con la escopeta cargada, dicho sea en sentido metafórico. Me vienen aquí a la cabeza un montón de cuestiones que ventilamos en familia y que rozan el absurdo. Si el niño va a ballet, o a guitarra, si a judo o a fútbol, hasta si le apuntan a una falla u a otra o con quién ha de hacer la Ofrenda si coinciden, si toman la Comunión de uniforme o de organdí o si van a uno u otro colegio aunque ambos sean de las mismas características y disten unos metros. Cosas que se resolverían con un poco de voluntad y de sentido común, ese sentido tan poco común en ocasiones.

Para el 3, escojo eso de que “no hay 2 sin tres”, por manido que sea. Porque ésa y no otra es la sensación que se tiene en ocasiones cuando se suspende por segunda vez un juicio –hay algunos que parecen gafados por una mano divina o no tan divina-. También me viene frecuentemente a la cabeza cuando los planetas se alinean y coinciden dos señalamientos, que seguro que la ley de Murphy viene a vernos y acaban siendo tres. Aunque no hay que exagerar, no vayamos a sacarle 3 pies al gato.

En referencia al 4, es muy útil eso de que “4 ojos ven más que 2”, que tan bien nos vendría para repasar escritos y dictámenes, y que podemos aplicar a la costumbre inveterada del visado en Fiscalía, y también cuando se resuelven los recursos. Y aun, así, en ocasiones hay que andar con 100 ojos, por si se nos olvida algo. Y acordarnos de aquella clase o conferencia o charla sobre el tema a la que no fuimos y en la que solo había 4 gatos.

Lo del 5, me niego a escribir la rima facilona, ésa que seguro que hemos tenido en la punta de la lengua más de una vez cuando nos tumban un asunto. Una absolución cuando se acusaba, o viceversa, un recurso que revoca una resolución, un zasca en toda regla, son cosas de decir lo que estamos pensando. ¿A que todo el mundo sabe a que me refiero? Pues, choca esos 5.

Algunas veces, la cosa numerística adquiere tintes casi jurídicos. Que cualquiera ha oído eso de que quien roba a un ladrón tiene 100 años de perdón aunque no aparezca en ningún Código. Estaría curioso alegarlo como costumbre o como usus fori. Igual hasta cualquier día me lo planteo.

Pero no puedo acabar el tema, hablando de números, sin aludir a una anécdota de la oposición. Un año, salió el tema de la historia de los Códigos Penales. Como quiera que los apuntes que manejábamos la mayoría hacían referencia a los Cien Mil Hijos de San Luis, todos los aspirantes los citaban –hablo de una época en que los temas era los mismos para todo el mundo- Recuerdo a un miembro del Tribunal que, cuando salía a hacer un receso, le decía cariacontecido a su compañero que el pobre San Luis ya tenía mil millones de hijos, y que si se lo volvían a nombrar le daría una apoplejía. O dos

Y con esto y un bizcocho, hasta mañana a las 8. Y como un 8 me pongo yo de chulita para dar hoy mi aplauso a los cientos de seguidores de este blog que 2 veces cada 7 días me honran leyéndome. Un millón de gracias.

 

Medidas cautelares III: fianza y confianza


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No hay dos sin tres. O eso, al menos, reza el dicho popular, que también apostilla lo de que a la tercera va la vencida. Y no sé si seremos Vencedores o vencidos, pero aquí está la tercera entrega de esas medidas cautelares con que apuntalamos nuestros procesos. Los pilares de la tierra o, más bien, los de ese mundo llamado Justicia.

Ya hablamos de la prisión, y de su antagonista, la libertad, como la más gravosa de ellas. Ya en aquel estreno asomaba la cabeza nuestra estrella de hoy, la fianza, que no quería quedarse sin su minuto de gloria. Y aquí lo tiene, que no se diga. Que, como ya dijimos, Poderoso caballero es don dinero  y no podría dejar de serlo en nuestro teatro. Coge el dinero y corre. O no.

Aunque las entrañas de nuestro escenario no andan sobradas de inversiones, que no hay más que ver qué medios materiales  y qué sedes  nos gastamos, ello no significa que no veamos pasar, ante nuestras propias narices, cantidades ingentes de dinero, o la expectativa de tenerlos. Y eso, evidentemente, hay que asegurarlo antes de que desaparezca.

El término fianza es bien conocido del público en general. Cualquiera que haya alquilado un piso se habrá encontrado con esa obligación de entregar un dinerillo a cuenta, al igual que ocurre al reservar una viaje o hacer cualquier otro encargo. Pero en Derecho las cosas nunca son tan sencillas, aunque en más de una ocasión debieran serlo. Por eso la fianza no siempre es lo que parece, y por eso mismo da lugar a más de una confusión, sobre todo, cuando de medidas cautelares hablamos.

La fianza es, por un lado, un contrato regulado en el Código Civil. Este sentido de fianza es el que más se parece a lo que nos piden al alquilar un piso. También es semejante a eso que piden muchos hijos a sus padres cuando se compran una vivienda y les exigen una avalista, y que tantos quebraderos de cabeza ha causado a más de uno cuando explotó la burbuja inmobiliaria. Pero esas fianzas, aunque comparten la función de asegurar el cumplimiento de una obligación, no son medidas cautelares del proceso, que es de lo que trata esta saga.

Para el público en general, la fianza es eso que uno paga para no entrar en la cárcel. Y sí, es cierto, aunque con matices. En nuestro país no ocurre eso de que el papá va a recoger a su hijito al calabozo, donde ha ido a caer tras haberla liado parda una noche de juerga, y previo pago, se lleva a su rorro de una oreja. Aquí la fianza para eludir la prisión la decreta un juez, tras la comparecencia al efecto con la intervención necesaria del Ministerio Fiscal, y puede acordarse tanto decretando la prisión, que puede tornarse en libertad si se deposita la cantidad fijada, como al revés, que se decida la libertad que se tornará prisión si en determinado plazo no se hace el ingreso oportuno. Nunca dejaré de sorprenderme de lo rápido y milagrosamente que la gente que se decía insolvente encuentra cantidades imposibles de dinero en cuanto la amenaza de los barrotes se cierne sobre sus cabezas. Y la cara de boba que se le queda a una en muchos casos. Recuerdo una vez, en los primeros días de mi vida toguitaconada, que, tras pedir una fianza de varios millones de pesetas –sí, pesetas- a un muchachito acusado de tráfico de drogas, ví cómo su madre sacaba allí mismo del bolsillo de su mandil un fajo de billetes que incluso superaba la cantidad. ¡Y hasta nos ofrecía una propina! Una cantidad, que, por cierto, yo no gano ni en varios años aunque haga guardias remuneradas todos los días de mi vida.

Pero aparte de esta modalidad de fianza como medida cautelar, también hay otra, que muchas veces se confunde. Se trata de la fianza para asegurar la responsabilidad civil en un proceso penal, y se fija, si procede, en el propio auto que pone en marcha la última parte del proceso, pero sin ninguna referencia a prisión. Si no se pagara, la consecuencia nunca seria la cárcel, sino el embargo de los bienes que se encuentren. Pero, como estamos en un procedimiento penal, no siempre se tiene tan claro y alguna vez he leído lo contrario en algún medio, o lo he oído de algún tertuliano inspirado. Y nada de eso. No se pueden mezclar churras y merinas. Como tampoco se debe confundir con la multa, que no es otra cosa que una pena impuesta en sentencia, y cuyo incumplimiento sí puede dar lugar, como responsabilidad personal subsidiaria, a la prisión.

Pero, aunque sea la reina, no es la única medida cautelar de carácter económico. A su ladito, tenemos el embargo, que, tanto en el proceso civil como en el penal, tratan de asegurar el resultado del proceso poniendo un cepo imaginario en los bienes del investigado o el demandado. Para evitar que no sucumba a la tentación de, en un súbito ataque de generosidad y amor paterno filial, regalar todo su patrimonio a sus descendientes para que nadie pueda hacerse con él. Y no es que yo dude del amor paterno filiar y de los súbitos arrebatos, pero hay algunos que dan que pensar.

También a la verita de aquellos, tenemos cosas como el comiso y el secuestro de bienes. Que dan lugar al depósito, en los archivos, de las cosas más pintorescas. Porque aparte de decomisar bienes como vehículos u ordenadores, a los que se les puede dar un uso directo o indirecto, en el concepto de “instrumento del delito” pueden entrar cachivaches de lo más variado. O cosas que en su día servían y hoy no aprovechan si no es para un museo. La de radio cassettes de coche, equipos de música o electrodomésticos que harían las delicias de “yo fui a EGB” o cualquier programa de refritos remember. Habrá todavía en esos archivos. Ay, si encontrara mi comediscos…

Aunque, por supuesto, y para que nadie se lleve a engaño ni tenga malas tentaciones, cuando se trata de cosas de ilícito comercio, como las drogas o las armas prohibidas, se destruyen. Faltaría más.

Así que hoy, nuevamente, el aplauso para la ponderación de quienes solicitan y decretan todas estas medidas. Que nunca es fácil acertar pero sí lo es equivocarse.

 

Corrector: del tippex al predictivo


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Cometer errores es algo de lo más común. Las palabras se las lleva el viento pero, en cuanto toman forma en el papel, perpetúan eso de “quien tiene boca se equivoca” y ya no hay viento que se lo lleve. En el teatro, existía en su día la figura del apuntador que, desde su concha, iba anticipando los diálogos por si los intérpretes tenían fallos de memoria. De ahí viene el dicho de que “muere hasta el apuntador” para referirse a un final dramático, que lleva a clave de humor la última escena de La venganza de Don Mendo. El cine y la televisión, con la posibilidad de repetir escenas, ya no usan de esto, aunque han hecho de las tomas falsas  casi un género propio.

En nuestro teatro también se cometen errores, cómo no, y se tratan de corregir de la mejor manera. Y, como nuestro instrumento es el papel, que de cero poco tiene, ahí es donde se tiene que corregir. Y se hace, claro. Pero a veces quedan gazapos,  la prueba del delito, o del error, en este caso.

Cuando empezaba a escribir mis primeras letras toguitaconadas, era El imperio del tippex. Cuando en otros ámbitos ya empezaban a ser comunes los ordenadores, nosotros, como siempre, con años de retraso, escribíamos con bolígrafo –bic de punta fina, por caridad- que, en unos casos pasaban a máquina los funcionarios correspondientes, y en otros así quedaban. No hace tanto tiempo que los informes del Ministerio Fiscal se hacían a la vuelta del papel donde se nos daba traslado y a mano. Recuerdo que en mi primer destino, mi fiscal jefe elogiaba mi letra y la de otra compañera como una virtud extra, y hasta así lo hizo constar en un informe que le requirieron por un rifirrafe con una juez un tanto pejiguera que se negaba a recibir nuestros informes porque, según decía, eran ilegibles. Aunque solo dijeran “Visto”, por cierto. Menos mal que el cuño, que todavía es una parte imprescindible de nuestros instrumentos de trabajo, le facilitaba esa faena.

Así que cuando una se equivocaba, sobre todo en aquellos informes a mano, no quedaba otra que echar mano del consabido tippex, ese liquidito blanco que tan útil resultaba. Porque igual sirve para corregir un escrito, como para parar una carrera inoportuna en las medias,  o hasta para rotular una silla o una grapadora, que si no, vuelan. Aunque algunas veces se derramaban y acababan en un desastre de escrito de mucho cuidado. Cutre, cutre, la verdad. Y ojo, que como yo todavía conocí la época de las Olivetti, también era muy práctico en los escritos a máquina, porque lo de corrector automático tampoco se conocía. Todavía  recuerdo aquella vetusta fórmula, que nos hacían poner tras un tachón o una apaño con tippex: “lo enmendado vale”, fecha y firma. Para que no quepan dudas

Ahora, salvo algunas excepciones –conozco algún juez que todavía dicta sus resoluciones- escribimos al teclado del ordenador. Y, sea por nuestra impericia, o por los caprichos de las ondas, si nos descuidamos salen cosas capaces de sonrojar a cualquiera. Para muestra un botón. Es bien conocido que la Ley Orgánica del Poder Judicial se publicó en el BOE, en el año 1985, con una errata antológica: la de sustituir la “P” por la “J” dando como resultado una palabra muy proclive al chiste fácil y hasta subidito de tono..

Y, si les pasa a los señores que hacen el BOE, cómo no nos va a pasar a cualquier toguitaconada de a pie. Porque, además, el corrector automático parece estar poseído en ocasiones por un duende maligno que ríanse ustedes de las maldades que Gargamel hacía a Los Pitufos.

Uno de los gazapos más habituales, y que se desliza cada dos por tres, es el relativo a las notificaciones que, por más que nos empeñemos en decir que son telemáticas, el predictivo sustituye automáticamente por “telepáticas”. Y la verdad es que tal vez sea menos error de lo que parece porque, habida cuenta de las dificultades para conseguir que lleguen, sería más que deseable que la telepatía entrara de verdad en juego. O no, porque si alguien leyera la mente de quien se encuentra delante de ese circulito que no para de dar vueltas sin quererse conectar, se llevaría un buen susto. Sapos, culebras y todos los improperios imaginables. Y con razón.

Pero hay muchas palabras que desaparecen de nuestro escrito y son mágicamente sustituidas por otras que nada tienen que ver o que cambian el sentido. Hoy, sin ir más lejos, el corrector del sistema Fortuny, el que usamos los fiscales, decidió ponerse creativo y sustituyó mi aburrida referencia a “delito”, por Eliot, mucho más entretenido, dónde va a parar. No sé si es tan listo que sabe de mi querencia al ballet y quería recordarme a Billy Elliot, si me quería convertir en una de Los Intocables de Elliot Ness, o, lo más probable, que me mandara a mi casa como repetía ET a su amiguito Elliot.

Y otra de las cosas traicioneras, son las Ñ, según el teclado y el ordenador que usemos. Pero convertir año en ano, o cono en coño, sobre todo cuando se conjugan verbos como “entrar” o “penetrar” es algo tan frecuente como peligroso.

¿Y qué decir de la compañera que, por mor de la gracia de un corrector avispado, convirtió a la Compañía de Seguros Aurora – empleado en su abreviatura Cía- en la Tía Aurora que, citada como testigo, dio serios quebraderos de cabeza al funcionario de auxilio judicial que debía dar con ella, y hasta a la policía a la que se tuvo que acudir para localizarla.

Y es que una sola letra puede cambiar muchas cosas. En una ocasión, fui a un juicio con un escrito de calificación en el que el acusado le daba patatas a la víctima. El famoso delito de pataticidio, vaya. Obviamente, modifiqué alegando eso de que “el error de transcripción solo dará lugar a su corrección”, pero lo cambié por “puntapiés” para evitar equívocos. Y hace nada, en una red social, alguien se lamentaba por cambiar un “camino” por un “comino”, con los matices de importancia que hay entre uno y otro. Debe ser que los correctores también se ponen en modo Carpanta y ven comida por todas partes. Salvo, claro está, que se trate de términos tan ambivalentes como “chorizo”, pero esa es otra cuestión.

Así que ahí queda mi aplauso. Para esos correctores que, con sus caprichos, nos sacan una sonrisa en el momento más insospechado. Y, por supuesto, a quienes se ven en la obligación de rectificarlo. Entre el Trágame tierra y el humor.