Ironía: el recurso


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Dice el Diccionario de la Real academia que la ironía es una “burla fina y disimulada”. Pero como tercera acepción, da la “expresión que da a entender algo contrario o diferente a lo que se dice, generalmente como burla disimulada”. Y ésa es precisamente la acepción que me gusta, por lo que da de sí. Un recurso frecuentemente utilizado en las tablas del teatro, sobre todo cuando se trata de comedias, más inteligentes cuanto más usan de este recurso. El humor fino e irónico ha dado de sí grandes obras, y grandes momentos del cine, entre los que me quedo el de la subasta de Con La Muerte en los talones, o el propio título de Arsénico por compasión.

En nuestro teatro también usamos la ironía. A veces, cono puro instrumento de defensa, ante unos escenarios más propios de Los Albóndigas o de Porky´s que de la alta comedia. Pero, ante estas cosas, resulta un excelente instrumento de defensa. O de supervivencia, según como se mire.

Si repasamos el día a día, resulta más que obvio. Yo misma, vivo en una constante ironía. Porque, desde luego es irónica mi frase cuando digo, convenientemente toguitaconada, que estoy dando saltos de alegría ante la perspectiva de hacer quince juicios seguidos en una mañana. O cuando compruebo que en la guardia hay tropemil detenidos esperándome. También es pura ironía cuando nos encontramos varios compañeros en un fin de semana de guardia y nos saludamos comentando la alegría que nos supone vernos. Y, por supuesto, lo es también cuando, ante la llegada de una causa con preso de varios tomos justo el día antes de irme de vacaciones, exclamo, como si estuviera en la feria, eso de “que alegría, que alboro, otro perrito piloto”. Lo que advierto por si alguien me escucha en ese trance y cree que las actuaciones vienen con regalo incorporado, no vayan a creer que encima hay un cohecho.

Y, ya puesta a hacer advertencias, aprovecharé para hacer otra. Cuando esta hunilde toguitaconada dice eso de “y un jamón para la fiscal”, no quiere decir otra cosa que el tema no tiene por donde cogerlo. Por si las moscas. Aunque éstas vengan del mismísimo Jabugo.

Pero no solo fuera del escenario usamos tan fino recurso. Muchas veces se usan en el trámite de informe. Y más de lo que a veces nos damos cuenta. Siempre recordaré un juicio por una paliza propinada a un árbitro. Cuando el acusado se empeñaba en contarme que él solo protestó con toda educación ante las adversas circunstancias, le dije: “de modo que usted, viendo que el señor árbitro había pitado un penalty injusto en el último minuto, que además suponía la bajada de categoría de su equipo, puso los brazos en jarritas y reconvino con educación a dicho señor árbitro diciéndole que tal vez estaba cometiendo un error de apreciación”. Pero el acusado no debió pillar el tono porque me dijo “Exacto. Lo ha adivinado”. Añadiendo que después fue el propio árbitro quien se cayó al suelo y se rompió él solito la nariz. He de decir que la juez hubo de suspender por unos minutos la vista porque no podía para de reír, por más que intentaba disimular. Ante el ataque de la carcajada inminente, no hay ironía que valga.

Y también muchos de nuestros latiguillos son irónicos. Como ese que se refiere al adversario en el juicio –sea fiscal, defensa, o acusador particular- como “el insigne compañero”, que en realidad quiere decir qué mal rayo le parta y ojala se abra la tierra a sus pies y se lo trague. Y, por supuesto, estoy segura que esos “seré breve” que anteceden a una hora larga de informe oral son también pura ironía.

Pero no solo somos irónicos quienes vestimos toga. La ley también lo es muchas veces, y todavía más quienes se encargan de adoptar determinadas medidas. Por qué a ver si me explica alguien por qué llamaron abreviado a un tipo de procedimiento que pude durar muchos años y muchos tomos, u ordinario a ese sumario cuyo uso es extraordinario. O llamar Ministerio de Gracia y Justicia al encargado de tomar medidas que a más de uno le hacían de todo menos gracias. O titular así a la derogada ley de suspensión de pagos, cuando precisamente lo que pretendía es que no se suspendiera pago alguno. Cosas del legslador.

Y parecen haber tomado gusto a eso de la ironía. Porque seguro que es por esa razón por la que hacen referencia al Papel 0, que como todos sabemos, nada tiene de cero y mucho de papel. O llamar “modernización” a usar algo tan revolucionario como un SMS para notificar, o un pen drive como la pera limonera de los medios tecnológicos. Y tantos ejemplos cuantos queramos ver.

Probablemente sea ésa la razón por la que, a veces, no interpretamos bien lo que nos dicen. Y nos llevamos los chascos que nos llevamos. Pero interpretando en clave irónica, todo cobra sentido, y al menos sabremos a que atenernos. Así, siguiendo la definción de la RAE, podemos entender que cuando se nos dice que en un año desparecerá el papel, en realidad significa que desaparecerá cuando las ranas críen pelo, y cuando nos dicen que la reforma de la ley de enjuiciamiento criminal ha agilizado la instrucción, pues otro tanto. Como las manifestaciones continuas de que van a crear plazas de jueces y fiscales, y juzgados, que en realidad deben querer decir que esperemos sentados. Y es que no hay como tener la piedra justicieta para entender las cosas.

Y esto es lo que hay. Así que hoy el aplauso es para quienes, en lugar de echar sapos y culebras por la boca ante los contratiempos diarios, emplean una fina y educada ironía. Que siempre hace la vida más agradable. Dicho sea, esta vez, sin doble sentido.

 

Más coletillas: ¿ inevitables?


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Ya hace un tiempo se levantaba el telón de nuestro escenario para hablar de algunos lugares comunes o usos del lenguaje, lo que conocemos como coletillas o también latiguillos. También hablábamos entonces de su uso en el teatro y en la vida, en el espectáculo y en nuestro teatro. Seguro que cualquiera ha emulado alguna vez a Escarlata O´Hara poniendo a Dios por testigo en Lo que el viento se llevó, o ha usado el conocido Buenas Noches y buena suerte. Y hasta ha recordado al Tío de la Vara y ha dicho eso de “va a ser del riego” Y eso por citar algún ejemplo, de los muchos que hay.

Y, por supuesto, en nuestro estreno al efecto nos dejamos muchas de esas coletillas en el tintero. Y aunque diga el refrán eso de que segundas partes nunca fueron buenas, me arriesgo a continuar con el blog que vivimos peligrosamente y a exorcizar a la mala suerte.

Lo que pasa en que en muchas ocasiones ni siquiera nos damos cuenta de que las usamos. Así, tanto Abogados como Fiscales hemos dicho ás de mil veces eso de “elevar a definitivas” sin pensarlo siquiera, como de carrerilla. Sin caer en la cuenta de la cara del justiciable, que más de una vez mira hacia arriba cómo si se fuera a elevar algo a los cielos. Y con papel 0 o sin él, de elevar nada. Con los pies en el suelo y bien en el suelo.

Otro tanto ocurre con lo de dar la documental por reproducida. Confieso que, en ocasiones, ni siquiera sabemos bien de qué documental hablamos y lo empleamos mecánicamente sin comprobar si los números de folios coinciden o si se incluyeron todos los documentos que queríamos. Por supuesto, me refiero a cuestiones de mero trámite. Ni que decir tiene que una documental contable en la que se basa una acusación o una defensa o una tasación pericial que establezca la diferencia entre delito y falta –ahora, levito- se comprueba bien comprobada. Acabáramos. Pero eso de dar por reproducido es una costumbre que también deja patidifuso al lego que esté asistiendo a la vista.

Pero cuando realmente se encienden las alarmas es cuando se refieren a una como ilustre compañera o dignísima representante del Ministerio Fiscal. Entonces, hay que atarse los machos. Porque el chorreo que cae a continuación, con razón o sin ella, suele ser de órdago. Aunque a la salida nos saludemos tan ricamente. Gajes del oficio

Y para el otro lado del estrado, también caen las balas, que no se crea nadie. Esas frases ampulosas del tipo “no escapará a la sobrada preparación del juzgador” o “como muy bien conoce el tribunal” pueden esconder un “ a ver si conoces esta sentencia, majo”. Por supuesto, contestada cordialmente con un “el tribunal está sobradamente ilustrado” que nunca llegaremos a saber si responde a la realidad o si rápidamente se pondrá a buscar en una base de datos En busca de la sentencia perdida. Dice la leyenda que hay quien se ha atrevido a alegar jurisprudencia que no existe, con fecha y todo, pero nunca pude comprobar si era cierto o se trataba de algo como lo de Ricky Martin, la niña, el perro y la mermelada en Sorpresa, sorpresa.

A mí, personalmente, hay una frase en los alegatos que me hace ponerme a temblar. Y no es otra que “en aras a la brevedad”. Es oirla, y pensar en que el rato que me espera para terminar el juicio va a ser largo, largo. Y, si va acompañado de aquello de “no insistimos por no cansar al tribunal”, más todavía. Por más que el juez les espete otro de los latiguillos habituales, “sea breve, señor letrado”, que entiendo que debe poner nervioso a más de uno. Sobre todo, si lleva toda la mañana esperando para entrar a hacer su juicio.

Así que, como hacemos muchas veces, me afirmo y ratifico en lo dicho. Todo está bien usarlo en su justa medida. Pero no se debe abusar so pena de convertir el juicio en un automatizado galimatías en que el justiciable se queda con cara de boniato, sin haber entendido de la misa la media. Buscando encima al amigo invisible por esa manía de hablar de nosotros mismos en plural y en tercera persona, como si fuéramos un entrenador de fútbol. Y, por descontado, pediré el recibimiento del pleito a prueba para que me demuestren si esta humilde toguitaconada tiene razón o anda errada en sus apreciaciones. Por una vez, que juzgue quien lo lea en lugar de hacerlo el juez o jueza. Que para algo es mi escenario y me puedo tomar la libertad de repartir los papeles a mi gusto.

Eso sí, no diré como Lola Flores eso de “si me queréis, irse”, pero lo cambiaré por otra cosa. Si me queréis, no me volváis a repetir lo de que como soy fiscal acato órdenes del Gobierno. Que de eso ya se están encargando otros desde más arriba, mal que nos pese. Y en las trincheras no damos abasto para esquivar los tiros.

Y claro está, el aplauso, habitual coletilla de este teatro, es esta vez, como tantas otras, para quienes desde la profesionalidad usan estos lugares comunes lo justo y necesario. Porque en el equilibrio está la virtud. Aunque sea difícil encontrarlo.

 

San Valentín: amor y Derecho


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Este año no he podido sustraerme. Aunque ya hemos pasado varios 14 de febrero desde que se alzara por vez primera el telón de Con Mi toga y Mis Tacones, hasta ahora había venido obviando la fecha porque no es demasiado de mi gusto. Y aunque el querubín con su arco y sus corazones puede tener su gracia, lo de las Flechas del amor de Karina y todas sus connotaciones mercantilistas me parecen un poco casposas.

Aunque es lo que hay y, como la ocasión la pintan calva, bien está que dediquemos un estreno al amor, que para tantas obras ha dado y sigue dando de si. Desde el clásico Romeo y Julieta –en versiones leída, vista, cantada o danzada- hasta la almibarada Love Story, desde Amor sin Fin hasta aquellos productos de una época en España titulados El día de los Enamorados o Vuelve San Valentín, donde una encantadora –hay que reconocerlo- Concha Velasco nos daba puntual nota, junto a Tony Leblanc, de todos los esterotipos posibles.

Pero a estas alturas muchos se estarán preguntando qué tiene que ver nuestro teatro con el amor, si es que nos vamos a poner el escudo de la toga en forma de corazón y, de uno a otro lado del banquillo, lanzarnos flechas empapadas en azúcar en lugar de espetarnos jurisprudencia y textos legales. Pero tranquilidad. Nada de eso. Seguiremos en nuestro universo toguitaconado como siempre, porque siempre estuvo en él el amor o el desamor en pareja. Porque forma parte de la vida y el derecho no es otra cosa que el modo de regularla.

La influencia del amor en nuestro teatro se ve por todas partes. Con su parte buena y con su parte no tan buena. Y hasta con su parte dramática. Y a una y otra parte de los estrados podemos encontrar corazones togados o destogados.

En primer lugar, pensemos en el matrimonio, o las relaciones de pareja no matrimoniales. En cuanto al primero, es imposible sin que intervenga el derecho en él. Necesariamente, un juez del registro civil -aunque ahora caben otras opciones, como un notario, y habrá que ver qué pasa con el futuro Registro Civil– ha de registrarlo e inscribirlo y, en muchos casos, celebrarlo. Que me lo digan a mí si no que cada viernes me veo sobresaltada por el ruido de las tracas con que lo celebran a la salida –en Valencia somos así-. Sigue llamándome la atención el revoloteo de novias, novios y familiares, con todas las modalidades de vestuario posibles, esperando su turno.

Y, aun cuando la pareja haya tomado la decisión de no casarse, tiene la posibilidad de juridificarlo inscribiéndose en el registro de parejas de hecho. Pura contradicción, porque si se inscriben, ya serían parejas de derecho, no de hecho, o al menos eso es lo que siempre he pensado. Aunque también están las que ni eso, pero, llegado el caso de ruptura, acaban aterrizando en el juzgado para repartirse bienes, y, sobre todo, para dar forma legal a los temas de la custodia de los hijos comunes. Y es que si en el amor interviene el derecho, en el desamor lo invade. Cualquiera que lleve derecho de familia tendrá la experiencia que es la jurisdicción perpetua, los asuntos que nunca se acaban. Separación, divorcio, nulidad, liquidación de la sociedad conyugal, medidas de hijos, modificaciones de las medidas, vistas de gastos extraordinarios, ejecución, oposición a la ejecución. Hasta el infinito y más allá. Incluso después de la muerte, vía herencia.

Pero no es solo en el derecho civil donde las togas irrumpen en los corazones, rotos o sin romper. Y, aunque diga el refrán que siempre hay un roto para un descosido, lo que hacemos nosotros es más bien un remiendo. Gestionar las crisis, como se pueda. Cuántos juicios de faltas habremos celebrado por cuestiones en las que subyacía una relación de pareja. Y no solo entre los miembros de la misma, sino entre sus padres, cuñados, amigos y demás. Porque eso de tres es multitud es una leyenda urbana.

En el derecho penal tenemos claros ejemplos de la influencia de esta relación. En el robo y en los delitos patrimoniales no violentos, la excusa absolutoria hace que no se pene al cónyuge que roba al otro. Y la ley de enjuiciamiento criminal permite que un cónyuge, o pareja, no declare contra el otro como testigo. Esa dispensa legal que ha permitido a tantas mujeres eso que popularmente se conoce por retirar la denuncia y quedar al albur de su maltratador.

Y, si hay una muestra dramática del desamor, ésa es la violencia de género. Ese drama que diariamente sufren muchas mujeres a manos de su marido, de su pareja o de quien lo fue y que sigue llenando los juzgados de papeles y de impotencia. Y también es muestra de ello la violencia doméstica, la que se ejerce por mujeres contra hombres en el ámbito de la pareja o en el seno de parejas homosexuales que, aunque no forme parte de la violencia doméstica y sea casuísticamente inferior, también existe. Y también tiene su reproche penal.

Pero, si hay algo donde se traiga el amor a colación a contratiempo, es en esas declaraciones que tanto hemos oído últimamente de mujeres formadas y preparadas que afirman tan ricamente que firmaban todo lo que su maridito les ponía delante. Como si ellas fueran tontas y con ellas, todas las mujeres. Y pase que, en otra época, las mujeres que eran herederas de una sociedad que no les permitía trabajar, viajar o comprar un piso sin permiso de su marido o de su padre, pudieran comportarse así. Pero esgrimir eso hoy en día, con una formación y una sociedad igualitaria, parece casi una burla. Y no debiera tener consecuencias en Derecho.

Así que hoy el aplauso no es para San Valentín. Ni siquiera para quienes se aman sin que su amor tenga que ser invadido por togas y puñetas. Hoy el aplauso es para todos los profesionales que, con toda la paciencia del mundo, se dejan el corazón en tratar de solucionar esos asuntos en que andan por medio corazones rotos. Porque remendar es a veces más difícil que coser.

 

 

 

Rutina: enemigo al acecho


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Son muchos los enemigos que rondan la vida de un artista, como si del Fantasma de la Opera se tratara. Desde la mala suerte hasta las críticas, desde una mala elección de un papel a un mal día en un casting, mil factores pueden convertir una carrera exitosa en un fracaso y viceversa. Pero si hay una cosa susceptible de matar al arte, eso es la rutina. Repetir las actuaciones como si fueran autómatas, viendo cómo las mariposas que deberían aletear en el estómago ni están ni se las espera, mata el duende. Y, sin duende, no hay arte. Como mucho, una fría corrección que no emociona a nadie. Y, cercano a ello, está el dichoso encasillamiento. Esos artistas que quedan tan marcados por un personaje que ya nadie les llama para hacer algo distinto. Atrapados en el tiempo. Una maldición que ha acabado con más de un niño prodigio, como ¿Qué fue de Baby Jane?.

En nuestro teatro, por más que el alma de artista se pueda quedar enganchada entre los pliegues de la toga, la rutina también es un riesgo. Y muy peligroso por cierto. A veces, entre medios precarios e inventos del tebeo, la ilusión  amenaza con volar por una ventana para no volver jamás. Y es difícil hacer un trabajo como el nuestro sin motivación. Hacerse, se puede. Pero hacerlo bien, no tanto. Porque es difícil convencer de algo en lo que no se cree.

Pero los enemigos nos rondan, y no son uno ni dos, que son Trescientos. Un verdadero ejército de impedimentos que, más de una vez, dan ganas de colgar la toga y hacerse churrero, como decía un compañero mío.

Cuando empezó mi vida toguitaconada, en un tiempo no tan lejano pero donde, se crea o no, aun se gastaban las máquinas Olivetti y el ordenar o el móvil eran puro lujo asiático, le hice prometer algo a una querida compañera y amiga. La cosa era sencilla. A la vista de determinadas prácticas encaminadas al escaqueo puro y duro, le hice comprometerse a que si algún día me veía hacer algo así, me daría un buen tozolón y, de no reaccionar, me ingresaría en el frenópatico de urgencia previa visita a la sección de incapacidades –hoy, de personas con discapacidad-. Y ojo, he de decir que ella ha cumplido. Sé que me vigila de cerca porque siento su aliento toguitaconado en mi nuca, y que siga. Para algo son las amigas, por muy puñeteras que sean -en el más literal de los sentidos-

Pero, como decía, no siempre es fácil sustraerse a la rutina que, en nuestro escenario, tiene una adalid fuerte y dispuesto a pelear duro contra la ilusión. La burocracia Esa cantidad de trabajos que poco o nada tienen que ver con el derecho, con el servicio a los ciudadanos ni con la atención de las víctimas. Palotes, estadísticas, cuños y modelos, en nuestro caso, y ese monstruo de varias cabezas llamado Lexnet  que, aunque se supone que venía a salvarnos la vida, a veces parece que está a punto de hacernos perder la paciencia de puro desespero. La cantidad de horas perdidas esperando que una pantalla se abra, un archivo se cargue u otro se envíe, son tiempo que dejamos de dedicar a lo verdaderamente importante. Y la ilusión amenazando con largarse, que a veces tiene muy poca paciencia.

Y aún hay más, y más profundo. No solo se trata de la forma, sino también del fondo. Esos baremos que parecen que valoran más la cantidad que la calidad, y que hacen que el corta y pega () se adueñe de nosotros más de lo que sería deseable. Porque bien está el uso, pero nunca el abuso, aunque a veces no queda otra que abusar so pena de que la calidad acabe dejándonos sin la cantidad que nos exigen. Y así seguimos.

Es verdaderamente penoso que muchas sentencias no solo sigan conteniendo ese latiguillo que empecé a ver en mis primeros días de fiscal, sino que lo hayan ampliado. Y que no es otro que eso de que “en este asunto se han contemplado todos los plazos, salvo el relativo a dictar resolución debido a la acumulación de asuntos” y que ahora he visto ampliado en algunos casos con una referencia a la desaparición de los sustitutos, una pérdida que sigue ahí .

Y mientras, en un universo muy lejano, el legislador se empeñó en reducir los plazos sin ampliar los medios, con esa reforma de la ley de enjuiciamiento criminal para limitar, simplemente con unas palabras, el tiempo de instrucción. Y en derecho, no basta un Abrete Sésamo para que se abra la cueva de Ali Baba. Porque, entre otras cosas, tenemos que enfrentarnos a mucho más que cuarenta ladrones.

Pero mientras no quede otra, que es lo que parece, tendremos que seguir pugnando porque la rutina no nos coma las ganas. Y por supuesto, sin dejar de sentir el aliento toguitaconado de mi compañera y amiga en la nuca.

Por eso, para ella va el aplauso. Y con ella, para todos los que día a día, y a pesar de los pesares, continúan luchando para que las mariposas sigan acudiendo a su estómago, y la rutina no acabe con ellas. Aunque a veces haya que sellar con silicona la ventana para que la ilusión no se marche para siempre.

Detectives: ojos que sí ven


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Pocas profesiones han dado tantos argumentos a obras de teatro, películas y series de televisión que la de detective. Un oficio que a priori imaginamos lleno de glamour y encanto y que en la vida real no lo es tanto. Desde El Halcón Maltés hasta Miss Marple, desde Hércules Poirot hasta Sherlock Holmes, desde Los Angeles de Charlie a Colombo o a la inefable Jessica Fletcher de Se ha escrito un crimen, son cientos los detectives que la ficción nos ha proporcionado. Con sus claros y sus oscuros. Y hasta en pareja, como Mc Millan y esposa, Luz de Luna o Remington Steele.

Pero la vida real es lo que tiene, que el glamour se acaba marchando por la ventana. Y, aunque es una bonita profesión, ni van en cochazos, ni vestidas a la última, ni siempre resuelven asuntos importantísimos allá donde la policía no supo. Pero es que, por suerte, tampoco tienen un homicidio por semana, como les ocurría a los televisivos héroes de nuestra infancia.

Y, aunque a veces no se sepa, tienen también su papel, a veces protagonista, en nuestra función . Todos hemos visto informes de detectives que forman parte de la documentación de un proceso, sea penal, civil o laboral. Y confieso que me sigue encantando ver esos cuños cruzados sonde pone “confidencial”, que me siguen transportando a aquellas series de televisión.

Pero, según me cuentan, del dicho al hecho hay un buen trecho, y eso de ponerse en la puerta una placa o recibir una llamada de cualquiera que quiere investigar o espiar al prójimo, es muy distinto de lo que se imagina. Actualmente y a la espera del Reglamento que desarrolle la Ley de Seguridad Privada, su campo de acción es restringido, y no pueden lanzarse a investigar a cualquiera. El solicitante tiene que demostrar un interés legítimo, y una relación que le autorice para adentrarse en la intimidad del otro. Ello es especialmente relevante en los casos en los que lo que se quiere probar, comprobar –o a veces descartar- es una presunta infidelidad o simplemente con quién se relaciona íntimamante determinada persona. Pues bien, por más ganas que tenga de saberlo el cliente, no hay nada que hacer si no acredita que es su cónyuge o su pareja de hecho inscrita como tal. Y aún así, respetando siempre los límites que el derecho a la intimidad conlleva. No obstante, me cuentan que en otro tiempo, la investigación de presuntas infidelidades de cara a un divorcio era un buen filón para la profesión, aunque hoy ya no sea de ese modo.

De aquella época data esta anécdota, totalmente verídica, que ha llegado hasta mí. Habida cuenta que la necesidad de prueba en juicio obligaba en ocasiones a que el detective compareciera como testigo en el mismo, se veían en situaciones comprometidas, por no decir extravagantes. Como una en que nuestro protagonista tuvo que relatar en la vista la práctica de una felación. Según sus propias palabras ”El detective, desde un lugar elevado, observó cómo los investigados se encontraban en el interior del vehículo, Dña. Mercedes tenía su cabeza a la altura del abdomen de D. Manuel, realizando un movimiento oscilante de forma reiterada, como si contestara de forma afirmativa a una cuestión planteada” La cosa fue tan sonada que cuando terminaron la vista, el juez le felicitó, partiéndose de risa, de cómo había descrito el episodio en cuestión.

Pero no todos los encargos son de esta índole. Otros de los frecuentes son los relativos a las bajas laborales, dada la picaresca de más de un espabilado en fingir un dolor o unas secuelas que no existían. Y no me extraña. Yo misma he visto cómo algún listillo llegaba a la consulta del forense con su collarín cervical y cara de agonía, y no más daba la vuelta a la manzana se desprendía del mismo con una agilidad que le podría llevar hasta el Circo del sol. Recuerdo también un trabajador que estaba de baja por lumbalgia y fue descubierto en la prensa del día siguiente portando el anda del Cristo de su pueblo sin nada que recordara su supuestamente dolorida espalda. Y son precisamente esas cosas las que tratan de demostrar con sus seguimientos, porque no siempre hay una fotografía en el periódico que desenmascare al pillo.

No obstante, mucha gente sigue teniendo la idea que nos han trasladado las películas y, unida a su propia fantasía, hace que les lleguen peticiones de lo más pintoresco de personas empeñadas en que están siendo seguidas y perseguidas por vaya usted a saber qué grupo perverso o secta satánica. Y, según me cuentan, con especial incidencia cuando la luna llena empieza a anunciarse. Ya se sabe, El poderoso influjo de la luna. Y no me extraña que se vean en situaciones más que curiosas, con las cosas que a veces vemos. Recuerdo en uno de mis anteriores destinos que teníamos un habitual de los juzgados empeñado en denunciar abducciones marcianas día sí y día también, especialmente a través del ombligo. Pobre del detective que tuviera que seguir a ET hasta su casa..

Así que hoy el aplauso es para estos protagonistas ocasionales de nuestro teatro, ni tan conocidos, ni tan televisivos como se imagina. Pero cuya labor es esencial en ocasiones para conducir la barca de la Justicia a buen puerto.

Y el aplauso especial para Octavio Morellá, que ha compartido conmigo sus vivencias profesionales para redactar este post. Mil gracias

Velocidad: togas supersónicas


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La velocidad es algo que siempre ha fascinado al género humano. Pocas cosas parecen gustar más que la sensación de rapidez con el viento en contra y todas esas cosas que nos muestran algunas películas. A pie, como en Carros de fuego y  Forrest Gump o en cualquier medio de transporte, desde las cuádrigas de Ben Hur, la velocidad es tema recurrente en el mundo del espectáculo. Como también lo es a la hora de computar el tiempo en que se hace una película o lo que dura. Todos conocemos la distinción entre Largometrajes, Cortometrajes y Mediometrajes, que tienen sus propias categorías. Como ocurre en el mundo de la literatura, donde al lado de las tradicionales novelas se abren paso los relatos breves y los microrrelatos.

Las carreras son el hilo conductor de muchas obras, funciones y series de televisón, entre las que me quedo, si dudarlo, con los Autos Locos de mi infancia, entre Pierre Nodoyuna, Patán y Penélope Glamour y, por supuesto, con Correcaminos y su eterna pugna con el pobre Coyote, que nunca consiguió dar con él.

En nuestro teatro tenemos fama de lentos. Si alguien pregunta sobre características de nuestra Justicia, muchos de los encuestados traerán ese término a colación. A excepción, en todo caso, del homólogo del dentista que no aconseja tomar chicle sin azúcar, al que por cierto me gustaría conocer algún día.

Pero no todo es lento en Justicia. Hay veces que alcanzamos velocidades supersónicas, lo crean o no. Y conste que no me refiero a los llamados juicios rápidos que, aunque en la mayoría de los casos sí lo son, hay  algunos que, a base de transformaciones, acaban convirtiéndose en exactamente lo contrario. Ni, por supuesto, me refiero al Procedimiento Abreviado, que en la práctica de abreviado tiene bien poco. Buena muestra de ello son los tomos y tomos que ocupan muchos de ellos. Porque, paradojas de las leyes, aunque se regula bajo el epígrafe de “proceso especial”, es tan habitual que por sus cauces se siguen la inmensa mayoría de los procesos penales en nuestro país. Cosas de una ley que todavía avanza en La Diligencia –dicho sea en la acepción referida a medio de transporte y no a la de resolución de trámite-.

Pero a veces, corremos que volamos. Como Sppedy Togalez, vaya. Sin ir más lejos, esta misma semana he celebrado un juicio civil cuya duración exacta fueron 52 segundos, tal como consta en la grabación correspondiente. Y sin trampa ni cartón, con todas sus partes cumplidas y con todos los intervinientes satisfechos a la voz de “visto para sentencia”. Y héte tú aquí que estaba yo a punto de registrar mi proeza en en Libro Guiness cuando alguien me echa un jarro de agua fría diciéndome que los ha habido más cortos, y que conoce un caso de 43 segundos. Mi gozo en un pozo. Qué poco dura la alegría en la casa del pobre, como diría mi sabia madre.

Obviamente, no es lo normal. Ni tampoco lo habitual, que no es lo mismo. Los juicios se suelen señalar calculando una media de 15 o 20 minutos –salvo que sean procedimientos especialmente complejos- para lograr terminar una sesión aprovechando el tiempo y a una hora razonable. Y tratando de evitar las esperas en los pasillos de profesionales y justiciables. Objetivo que no siempre se cumple, doy fe –aunque no sea LAJ- porque imponderables haberlos, haylos y, tampoco este año han traído los Reyes Magos la tan solicitada bola de cristal. Pero no pierdo la fe -aunque no sea LAJ- que cualquier día llega. Optimista que es una.

Eso sí, como he dicho otras veces, no hay que confundir la rapidez con la precipitación ni mucho menos con las prisas injustificadas. Y hay que encontrar el equilibrio entre evitar que se hable de cosas que no vienen al caso y cortar inopinadamente cualquier alegación. Difícil tarea, sin duda alguna. Y más difícil todavía cuando por las circunstancias que sea el retraso se acumula, la hora avanza, y hasta el estómago protesta y es difícil acallarlo, que a ése no se le puede declarar en rebeldía.Y es que oír esa frase de “en aras a la brevedad” y ponerse a temblar es todo uno. Como lo de “para no cansar al tribunal”, otro cásico.

Pero ahí seguimos. Tratando de manejar el tiempo con los medios que tenemos, que ya sabemos que no son para echar cohetes. Y vayamos en cuádriga o en Sputnik intentando no perder la compostura.

Así que hoy el aplauso es para quienes gestionan el tiempo y los medios de manera eficiente, dando a cada caso el tiempo que necesita. Porque el malabarismo temporal también ha de tener premio.

Críticas: sanas e insanas


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Pocas cosas hay que teman más los artistas que las críticas. Tras un estreno, una buena o una mala crítica puede dar alas a la obra o hundirla en la miseria. Mucha gente acudirá a ver la función según haya leído acerca de ella, o según funcione el boca oreja, otro factor importante. Y más aún ahora que el efecto multiplicador de las redes sociales convierte en miles las bocas y las orejas en cuestión. Ya se sabe, El Cuarto Poder, al que casi se le podría unir un quinto, el de las redes. O un cuarto bis, al gusto de nuestro legislador.

En nuestro teatro, como en la vida, la crítica es frecuente. No solo esa valoración de la prueba según las reglas de la sana crítica a que se refiere la Ley de Enjuiciamiento Criminal, sino crítica de la de verdad. De la constructiva, y de la destructiva también. Pasando por todos los matices de la escala cromática. Del rosa al amarillo.

La crítica puede venir de dentro y de fuera, de casa o de las Antípodas. También puede hacerse en un medio público, con luz y taquígrafos, o en las tertulias de café. Pocos deportes más propios de nuestra cultura que rajar al vecino. Desde el cariño, eso sí… O no.

Las críticas más convencionales a nuestro trabajo vienen de la mano de los medios de comunicación. Y, claro está, depende de la profesionalidad y el cuidado que pongan el contenido de las mismas. Todavía hay quien cree que las sentencias y, en general, las resoluciones judiciales u otros dictámenes jurídicos, no deberían ser criticados ni comentados. Pero no podemos permanecer en nuestra burbuja de cristal. Si las sentencias son públicas, nada debería obstar a que públicamente se comenten, dentro de los límites legales del derecho a la intimidad. Y otro tanto cabría decir de otras resoluciones, si bien en esos casos los límites son mayores, y pasan desde el secreto de sumario y la necesaria reserva hasta la propia presunción de inocencia. Que los juicios paralelos son muy peligrosos y no benefician a nadie.

Ya dedicamos un estreno al cuñadismo on line, el de ésos que lo saben todo, todo y todo, se hable del censo a primeras cepas o de física cuántica. Y en esa categoría, o cercanos a ella, están los todólogos de profesión, esos tertulianos que ganaron el sillón al otro lado de la pantalla o de las ondas por haber sido novios de alguien que salía en un reallity. Y que igual se atreven con una sentencia del Tribunal Supremo que con el último descubrimiento de la Biomedicina. Y, aunque su credibilidad debería ser nula, lo bien cierto es que intoxican a base de mentiras y medias verdades, y, sobre todo, a base de interpretaciones de textos que ni siquiera comprenden.

Al otro lado del espectro, hay periodistas serios y formados que ejercen la crítica de un modo responsable, por más que a veces pueda doler al criticado. Pero nadie es perfecto. Ni falta que hace, por cierto.

Pero además ha surgido una nueva clase de criticones. Los de las redes sociales. Esos que se sientan armados y pertrechados de su dispositivo móvil y, muchas veces desde el anonimato, juzgan con cuatro líneas lo mal que lo hizo éste o aquel juez, esta o aquella fiscal. O aventuran que no lo habrían hecho así si las víctimas fueran sus hijas. O barbaridades mayores, insultos incluidos. Sin saber que tal vez a ese mismo juez le dolió más la impotencia de no poder hacer nada más. Porque ni todas las cosas son delito ni son susceptibles de ventilarse en un juzgado. Yo, sin ir más lejos, me desgañito explicando que no se pueden poner órdenes de alejamiento si no se ha cometido efectivamente un delito, y haya un indicio serio de ello, por más que en ocasiones, duela el alma de no poder hacerlo. Pero es más fácil criticar que salir a reclamar los medios a quienes les corresponde proporcionarlos.

Por supuesto, tanto en los medios como en las redes está la crítica positiva. La que reconoce el trabajo bien hecho. Aunque a veces cuesta demasiado encontrarla.

E igual pasa en las tertulias de café. Es fácil criticar al compañero que, presuntamente, ha metido la pata, pero muy pocas veces nos molestamos en felicitar al que ha hecho un trabajo magnífico, mucho más frecuente por otra parte. El viejo dicho de que el hombre muerda al perro.

No obstante, yo abogo por decir lo bueno siempre que existe. No duele y anima a quien lo ha hecho. Y, lo que es mejor, fomenta el seguir esforzándose por hacer las cosas lo mejor posible, que, con los medios que tenemos, no siempre es fácil.

Así que hoy el aplauso es para quienes ejercen la sana crítica. La que ayuda a seguir avanzando. Sea desde los medios, desde las redes, o desde la cafetería. No saben lo que se agradece

 

Definiciones: gramática y derecho


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Cada profesión tiene su lenguaje. Sea jerga o sean términos técnicos, a veces hay que estar iniciado en la “secta” de que se trate para entender todo lo que se dice. Y muchas veces, lo que se dice en un ámbito es diferente al significado usual. En el cine, La noche americana –título además de una película- no quiere decir una noche que se pase en América, como tampoco es lo mismo ser especialista o doble que en la vida más allá del telón. Y cómo no, también está lleno de términos propios, generalmente anglosajonizados  de los que ya hemos hablado otras veces, como remake, spin off, make of y muchos más.

En nuestro teatro también empleamos nuestro propio lenguaje , una jerga construida a base de términos exclusivamente jurídicos y otros traídos y llevados del lenguaje habitual. Y suele ser con los segundos con los que, paradójicamente, se plantean más problemas de entendimiento.

Tratar de explicar a alguien ajeno al derecho en términos comprensibles cosas como la anticresis, el censo enfiteútico o las exacciones ilegales es casi Misión imposible. Prueben si no a ver. Aunque en ocasiones resulta más sencillo, por obvio, como ocurre con las servidumbres. También es complicado de explicar, pero a nadie se le escapa, a primera vista, que no se trata de una cuestión de siervos y señores. Como que el tercero hipotecario no es la tercera persona que tuvo una hipoteca.

El verdadero problema viene cuando se trata de conceptos que tienen un significado distinto gramatical y jurídico, pero que todo el mundo conoce. Entonces es cuando se mezclan a veces churras con merinas y los comentarios y conclusiones no acaban de atinar. Los ejemplos son muchos, pero pondré algunos de los más evidentes.

El asesinato es, según nuestro Código penal, el acto de matar a una persona concurriendo determinadas circunstancias: alevosía, precio, recompensa o promesa, o ensañamiento. No se trata de matar cruelmente o en condiciones que nos parezcan especialmente repugnantes, sino que es tal cual. Lo de la alevosía, ya es difícil por sí mismo, pero se puede reducir a un plus de desvalimiento o indefensión de la víctima. Pero lo del ensañamiento es algo realmente complicado de transmitir. Porque ensañarse es una cosa y otra cosa es que exista ensañamiento para el Derecho. El ensañamiento jurídico se refiere a causar males innecesarios para la ejecución del delito, algo así como una tortura concomitante. No es cualquier acto de crueldad extrema. Y no lo es, en concreto, propinar cuarenta puñaladas si se mató con la primera de ellas ni descuartizar un cuerpo cuando ya es cadáver. Por tremendo que resulte. Y en esa diferencia estriba que se contemple o no la circunstancia, por más que un lego no pueda creer que el solo hecho de dar cuarenta puñaladas a alguien no sea siempre ensañamiento. Quizás convendría explicar estas cosas para comprender algunas sentencia que se critican sin ton ni son.

Hay ejemplos más gráficos. El antiguo Código Penal consideraba parricidio el homicidio a determinados parientes, cuando etimológicamente solo sería la muerte del padre. Y consideraba infanticidio el homicidio a un recién nacido por parte de su madre para ocultar su deshonra, cuando en la vida destogada infanticida es cualquiere que cause la muerte intencionada de un niño.

Otro tanto sucede con otrras circunstancias, además del ya referido ensañamiento. El disfraz, como agravante, no requiere ir ataviado de carnaval, sino que basta con ocultar los rasgos, como sucede si se lleva un pasamontañas. Y la derogada circunstancia de nocturnidad tampoco implicaba que se cometiera el hecho de noche, sino solo era de aplicación cuando se aprovechaba la oscuridad para cometer el delito. Si se hacía en casa con la luz encendida, por muy de noche que fuera, no había circunstancia. Y otro tanto cabría decir del despoblado.

Pero quizás lo que sea más entendible es el tema del robo. Ahí parece que sí hemos captado la diferencia entre el concepto jurídico y el general. Alguien puede exclamar al ver la factura de la luz o de la peluquería que es un robo a mano armada, pero sabe a ciencia cierta que no lo es. Y a quien se tiene en sentido vulgar por “ladrones” no pasan de ser meros estafadores, en su caso, y a veces ni eso.

Por ello, convendria, de una parte, explicar las cosas en términos comprensibles y, de otra, no tirarse a la piscina en criticar resoluciones judiciales sin teener en cuenta ciertas cosas. No hay que ser La ladrona de libros  y tener una bibliteeca jurícida completa para lograrlo, aunque sí poner empeño

Así que ahí va mi aplauso. Doble. Para quienes se explican y para quienes se dejan explicar. Porque no siempre es fácil.

 

Tenacidad: inasequibles al desaliento


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La tenacidad. Una gran virtud si una no se pasa de frenada. Mi madre suele decirme, cuando me pongo muy muy insistente, que no es que sea pesada, es que soy tenaz. Algo que una buena amiga traduce por terca. Pero tanto da. Lo importante es el mensaje. Persistir, insistir y nunca desistir. Frase que, por cierto, no es mía, pero me encanta. Me encaja a la perfección.

La tenacidad es parte importante del mundo de los artistas. En cualquier entrevista a cualquier estrella, leeremos la cantidad de puertas a las que ha llamado, la cantidad de noes que ha recibido hasta que alguien, por fin, le dio su oportunidad. Como en La Ciudad de las Estrellas o en la más antigua Ha nacido una estrella, como en Fama, y como en tantas otras.

Y en nuestro teatro, más que en muchos ámbitos, la tenacidad es necesaria. Porque tal como está el patio, no nos queda otra. A uno y otro lado de las bambalinas. A uno y otro lado del patio de butacas. Veamos si no.

Por un lado, el justiciable. Hemos visto varios casos de ciudadanos empeñados en conseguir Justicia, con mayúsculas, más allá de todo. Las víctimas del accidente del metro –afortunadamente reabierto- o las del Yak 42, que nunca se conformaron con indemnizaciones para callarles la boca. O las del terrorismo de ETA en sus peores épocas. Y eso en casos conocidos. Que hay cientos de miles de ciudadanos luchando contra las pequeñas y grandes injusticias. Plataformas antidesahucios, asociaciones de consumidores y de afectados por cualquier cosa. Cada día es más la gente que, solos o mejor en grupo –la unión hace la fuerza- luchan contra lo que consideran injusto, aunque no les ataña directamente, como la actividad de quienes colaboran en organizaciones solidarias.

Pero eso no significa que desde el otro lado de los estrados no se pueda pelear exactamente con la misma fuerza, cada cual con los medios a su alcance. Desde asociaciones o colegios profesionales o fuera de ellos, con un objetivo concreto o enarbolando la Justicia por bandera, dentro o fuera de la oficialidad. Y, cada día más, a través de ese instrumento tan poderoso que son las redes sociales que, como una catapulta de las más clásicas películas medievales, nos puede llegar a colocar en medios de comunicación, y en el primer plano de la atención, aunque solo sea por un instante. Porque hay que aprovechar el momento, que la fugacidad es otra de las características de nuestra época.

Y es precisamente esa fugacidad el amigo y el enemigo constante. Hay que agarrarse a la cresta de la ola y surfear, pero después hay que seguir navegando, y eso es a veces lo más difícil. Enfrentarse al olvido mediático de lo que un día fue primera página. ¿Recordamos cuando, tras el mazazo de la muerte de aquel niño llamado Aylan en la playa, no pasaba un día sin hablar de la tragedia de los refugiados? ¿Recordamos la conmoción cuando en su día Boko Haram secuestró a unas niñas en su propia escuela? ¿O esos casos de personas desparecidas que un día nos espantaron y acaban perdiendo gas como noticia? La memoria es flaca, y las tragaderas parece que se acostumbran a todo, y hoy los refugiados ya no ocupan titulares, aunque mueran ahogados o de frío, las niñas secuestradas y todas las que han venido detrás parece que no importan, como no importan los miles de muertos que a diario hay en diferentes partes del globo terráqueo en conflictos bélicos o en atentados terroristas.

Ante estas cosas, solo tenemos la tenacidad de quienes se empeñan en que no nos olvidemos, más efectiva que los tradicionales rabos de pasa o que cualquier compuesto milagroso para potenciar la memoria.

Pero no hace falta ser un héroe, ni enfrentarse a grandes causas. Recuerdo bien –y el afectado seguro que también- que, cuando estaba en mi primer destino, le hice una petición a mi fiscal jefe. Como quiera que no estaba por la labor, le dije que se lo pensara, y que por si acaso, se lo recordaría. Lo que él no esperaba es que, todos los días durante un par de meses, entraba en su despacho y permanecía un buen rato preguntándole si ya lo había pensado. Ni que decir tiene que acabó sucumbiendo a mi tenacidad. El objeto de la petición, algo sin demasiada importancia, quedará para el secreto de sumario. Pero el procedimiento parece que creó escuela. La tenacidad es lo que tiene.

Y sólo es un ejemplo. He visto a compañeros –en el sentido amplio que abarca a todas las posibilidades de togados y togadas- permanecer inasequibles al desaliento y acabar saliéndose con la suya y haciendo que triunfe lo que consideraron justo y no atendido. Que si hay que plantear la cuestión al Tribunal Contitucional se plantea, como al Tribunal Europeo de Derechos Humanos o adonde se presente. Como hizo quien – o quienes- consiguieron que Europa se pronuniciara sobre las claúsuslas suelo, como ha hecho el juez que ha planteado la incnstitucionalidad del fatídico límite de instrucción, o quien ha denuniado ante instancias europeas al sistema Lexnet. Y muchos casos más, a buen seguro. Mosqueteros del derecho

Así que hoy, el aplauso va para todos esos mosqueteros que bien en grupo o bien, como El Llanero Solitario, se enfrentan a la injusticia de una manera justa. Toda mi admiración toguitaconada.

 

Naturalidad: el difícil equilibrio


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Desde siempre, no recomiendan comportarnos con naturalidad. Eso es fácil si a una no la conoce nadie más allá de amigos y conocidos y residentes en su ciudad, como decían en el Un, Dos, Tres, Responda otra vez de mi infancia. Pero cuando se alcanza cierto grado de fama, de notoriedad o de conocimiento público, del tipo que sea, la cosa se pone más difícil.

Ello es especialmente patente en el mundo del espectáculo y sus aledaños, donde basta con salir unos minutos en televisión para que la gente te pare por la calle, quiera hacerse un selfie o, sencillamente, te mire raro. Y no es cosa sencilla aguantar el tirón, por más que lluevan los consejos, unos bienintencionados y otros no tanto. Pero encontrarse de la noche a la mañana con miles de fans, de followers o de admiradores debe ser algo alucinante -o espeluznante, como diría Iker Jiménez-. Imaginemos por un momento cómo se debe sentir un adolescente como Justin Bieber que pasa de los vídeos colgados en youtube a la fama mundial, histeria colectiva incluida. Pero, como nos han dicho siempre, lo difícil en muchos casos no es llegar, sino mantenerse. Y la naturalidad es la clave. Tratar de que esa fama, o lo que sea, no haga cambiar a la persona ni a su vida, al menos, no más de lo imprescindible. Y quizás ahí esté el problema: dónde empieza y acaba eso de “lo imprescindible” y dónde empieza y acaba Lo imposible.

En nuestro teatro, dada la materia, no somos de grandes estrellas ni fans enloquecidos. Aunque también hay su puntito de togas mediáticas, que ya tuvieron su estreno. Pero en su justa medida, también hay que encajar los cambios y la profesión con una naturalidad que a veces hay que conseguir haciendo más equilibrios que un funambulista.

En primer lugar, está lo que yo llamo el Síndrome de la Panadería. Aplicable a cualquiera de nuestros protagonistas, pero especialmente a quienes entramos en el mundo toguitaconado por oposición, por el brusco cambio que supone pasar de la nada absoluta al todo en un nanosegundo. En nuestro particular Apolo XII después de muchos “Houston, tenemos un problema”. Con una palabra –o una cifra- colgada en un tablón –aquí no hay digitalización que valga- se pasa de considerarse el ser con menos derechos del mundo a ser un ser humano normal. ¿Exagero? Tal vez. Pero pensemos qué supone pasar de no tener derecho al descanso, ni a vacaciones, ni a un salario, ni libertad de expresión –cualquiera se atreve a quejarse- a ingresar de repente en el mundo de las personas con un trabajo y vida propia, a poder costearse las lentejas, tumbarse en un sofá sin sentirse culpable y no medir los años como el tiempo que media entre una convocatoria y otra, ni las semanas como los días que hay entre una visita al preparador y la siguiente. Si me apuran, un cambio más grande que el de Justin Bieber.

Pero eso solo es el principio. Porque a partir de ahí una es otra persona para muchos. Le miran de otro modo, le llaman señoría, y los bancos corren a hacerle ofertas porque una nómina fija es una panal de rica miel donde acuden las moscas como en la fábula de Samaniego. Y es difícil. Precisamente es ahí donde entra el síndrome en cuestión. Una es alguien cuando su madre ya puede presumir en la panadería de hija –y bien que hace, vaya, que también ha sufrido lo suyo-. A propósito de esa “rivalidad” entre carreras hermanas, la de juez y de fiscal, recuerdo que el tema de la panadería era casi un mito. Siempre ha parecido que viste más tener un hijo o hija juez que fiscal, que parece que eso de juez viste mucho y manda más que el fiscal. Aunque poco a poco tratemos de cambiar las conceptos. Pero eso, que para las madres está muy bien, sobre todo en ese primer momento, no puede cegarnos. No se puede andar por ahí presumiendo de juez, de fiscal, de laj, de abogado o de lo que se sea, sin que venga a cuento. Ni para conseguir un trato distinto ni simplemente para impresionar. La toga se quita cuando se sale del juzgado. Aunque a veces sea inevitable que quede enganchada en el cerebro.

Y, en el otro extremo, tenemos el exceso de celo y miramiento por ocultar una profesión que en nada debe avergonzarnos. Lo que yo llamo la prueba del taxi. Cuando una se sube en un taxi y el taxista, por darle conversación, le pregunta por su profesión, hay quien se esconde tras un neutro “soy funcionario”. Y tampoco es eso. Deberíamos asumir que somos jueces, fiscales, abogados o lo que sea con la misma naturalidad que diríamos que se es tornero fresador o cajera del súper, que nada hay que esconder. De lo contrario, podemos caer en lo contrario a lo pretendido: el solo hecho de ocultarlo puede parecer que nos consideramos tan especiales que no podemos ni contarlo. Y qué narices, ni somos el Agente 007 ni Anacleto agente secreto. Aunque no sé en qué términos toguitaconados podríamos decir esos de “Bond, James Bond” . Se admiten sugerencias.

Para completar el círculo, tenemos la leyenda del Economato, la opción entre permanecer en el anonimato o darse a conocer con la verdadera identidad en redes sociales, cuyo nombre le he tomado prestado de @AngryJuez –de nuevo, gracias-, que en su bio de twitter tiene ese frase antológica de Gomaespuma “prefiero permanecer en el economato”. Una opción como otra cualquiera, aunque la mía vaya más por dar la cara abiertamente. Cualquiera que sea la elección, lo que hay que tener claro en todo momento es que en las redes ni se ponen sentencias ni se hacen escritos de acusación o defensa. Y que todos volamos en igualdad de condiciones. Lo que, además, es muy sano y, en mi opinión, positivo. Está muy bien que la sociedad nos vea como gente normal y no como unos señores vestidos de negro encerrados en su fortaleza inexpugnable. Pero para gustos, hay colores. Negro incluido.

Así que hoy el aplauso va para quienes, sean lo que sean y lleguen a donde lleguen, consiguen mantener ese difícil equilibrio entre la presencia y la sobreexposición innecesaria. Un ejercicio digno de El mayor espectáculo del mundo.

Y añado una ovación extra, a @MartaSocana por prestarme su encantadora imagen de avatar.

NOTA TOGUITACONADA: estas reflexiones -o lo que sean- nacen de la invitación a la mesa redonda dedicada a Justicia y Sociedad en un curso para jueces, especialmente en su primer destino, organizado por Jueces para la Democracia. Gracias también a ellos por contar conmigo.