Humor: el séptimo sentido


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La comedia es uno de los géneros más celebrados en el teatro y el cine. Acompaña en tiempos de bonanza y ayuda a evadirse cuando las cosas no van todo lo bien que deberían. Incluso cuanto más reprimido está un pueblo, más prolifera el humor en los escenarios. A veces, porque es el único vehículo para colar ideas que no pasarían determinados filtros censores -pensemos en El Verdugo y la carga de profundidad que escondía tras el habilísimo uso del humor y la ironía-. Otras veces, porque ya tenemos bastante con la que está cayendo, y más vale echarse unas risas y olvidarse de todo, aunque sea por unas pocas horas.

Tal vez a un espectador ajeno a nuestro teatro se le podría antojar frívolo que echáramos mano del sentido del humor. Que, entre asuntos que de por sí son tremendos, y lo tremendo que le resulta a cualquiera verse mezclado en un juicio, poco espacio debe quedar para el humor. Pero en ocasiones no queda otra salida. Y tenemos que echar mano de El Séptimo Sentido, y liarnos la toga a la cabeza para poder sobrevivir. Amanece, que no es poco.

Que no se me malinterprete. No se trata de reírnos del justiciable, sean investigados o testigos, sino de diluir un poco ese guiso que tantas veces resulta demasiado concentrado. Porque somos humanos, y porque no debemos dejar de serlo.

Tengo una compañera que a todo le saca punta. Sea un juicio de faltas –u hoy, levitos- o el más complicado de los sumarios, siempre encuentra un rescoldo al buen humor, un detalle que hace sonreír y se agradece. Y la juez con la que trabajo suele recibir a los menores haciéndoles reír mostrándoles su propia torpeza con determinadas asignaturas para relajar el ambiente.

El sentido del humor no pude forzarse, pero si hay situaciones que lo llaman a gritos. No hace mucho, ante las dificultades de un abogado para acceder a calabozos para entrevistarse con su cliente, de nombre Aladin, le sugerí que probara diciendo “Abrete Sésamo”. No dio resultado, obviamente, pero al menos quitamos hierro a una guardia infernal en el doble sentido material y climatológico, porque aguantar tropemil horas de un sábado de julio en pleno estrés térmico tiene su aquel.

Ya he contado otras veces algunas anécdotas de las miles que día a día no suceden en los juzgados. Y es que eso de estar Abierto hasta el amanecer da para mucho. Hace apenas unos días, me explicaba un señor muy compungido que no podía pagar nada porque solo tenía lo del suicidio. Alertada, le pregunté si tuvo algún intento de autolisis que le hubiera dejado secuelas. Y cuando me explicó, muy ufano, que se refería al suicidio de desempleo, la que tuvo que emplearse a fondo fui yo, más que nada porque me debatía entre estallar en carcajadas o desear que se me tragara la tierra. Por supuesto, lo tomamos con todo el humor que pudimos, sin faltar, por descontado, al respeto al compungido señor.

Otro alarde de sentido del humor, a la vez que de humanidad, es el que hacía una juez a la que conocí hace mucho tiempo que, en sus visitas a residencias de enfermos psiquiátricos, asumía sin complejos la personalidad que le atribuían en su confusión. Trataba de Su Majestad al enfermo que en sus delirios de grandeza, aseguraba ser el rey, y todos contentos.

Otra juez, hace ya bastante tiempo, me contó que en su primer destino, y dado que ella era joven y parecía serlo aún más, se vio increpada por n testigo que le dijo “morena, tráeme un café”. Sin alterarse lo más mínimo, se fue a la máqina y trajo el café en cuestión, ante la estupefacción de los funcionarios. Luego, con la bebida humeante en sus manos, le dijo al testigo que tomara asiento, le hizo las advertencias legales y tras hacerle hincapié en la obligación de decir verdad, le espetó “y eso porque lo dice la ley, no porque le haya invitado a café”. Ni que decir tiene que aquella juez, titular de un juzgado conflictivo en un partido no menos conflictivo, se ganó de golpe el respeto de todos los presentes. Mucho más que si hubiera hecho valer su posición de modo autoritario y formal.

Y, aunque lo he contado más veces, siempre recuerdo a aquel juez que, tras reprender al denunciado por entrar con gafas de sol y obligarle a quitárselas, le dijo que en esa sala de vistas solo la fiscal tenía derecho a llevarlas, en alusión a mi sempiterna costumbre de llevarlas en la cabeza, y evitando, con sentido del humor, la inmediata contestación de aquel denunciado que ya andaba abriendo la boca y señalándome con el dedo, a mí y a mis fantásticas gafas polarizadas.

Otra más de la situaciones en que hubimos de salir con sentido del humor fue en una ocasión en que alguien, tras asegurar que podía auxiliarnos para entendernos con una denunciante, una rusa que sabía español “pero poco”, nos sorprendió con que su “traducción” consistía en hablar castellano a grandes gritos y con aspavientos. Ante ello, el entonces Secretario Judicial –hoy LAJ- le dijo tranquilamente: no pongo en duda su capacidad de interpretación, pero necesitamos a alguien con título oficial. Y tan tranquilos.

Pero muestras de sentido del humor hay a diario. En mi agradecimiento eterno a quien se ocupa de los medios materiales por proporcionarnos sauna gratis en virtud del sistema de climatización, por ahorrarnos el gimnasio estropeando los ascensores para que hagamos ejercicio subiendo y bajando escaleras, por ayudarnos a prevenir el Alzheimer obligándonos a memorizar miles de claves, o por facilitarnos uso ejercicios de relajación fabulosos con la práctica que supone esperar a que se conecte el sistema informático sin perder los nervios. No sé de qué nos quejamos, la verdad.

Así que al menos el sentido del humor no falte. Por eso el aplauso va para todos los que lo utilizan con inteligencia cada día. Porque hacen más agradable el mundo. Y ya se sabe: se cazan más moscas con miel que con hiel.

 

 

 

Cumpletogas feliz: #TaconesON


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Ayer hizo exactamente dos años que se alzó por vez primera el telón de nuestro Gran Teatro de la Justicia. Aunque parezca un tópico, parece que fue ayer cuando me asaltó a la cabeza esta idea que fue tomando forma y que ahora forma parte de mi vida de un modo que no me podía imaginar. El veneno de la escritura bloggera se me ha metido en la piel hasta debajo de las uñas, y he llegado a un grado de deformación toguitaconada que veo post allá donde quiera que estoy. En ocasiones veo post…y no soy la única.

De entonces a acá, han sido muchas las anécdotas relacionadas con los símbolos que son enseña de esta bitácora, hasta el punto que a veces parece que haya perdido hasta mi nombre para ser “la de la toga y los tacones”, como me han llamado más de una vez. Claro que tiene una ventaja. Para ir de incógnito, no he de hacer otra cosa que descalzarme o, a lo sumo, calzarme unas manoletinas o hasta unas zapatillas de deporte. Pero no lo verán sus ojos. Antes muerta que sencilla.

Así que para hacer un Flash Back como corresponde, me retrotraeré en el tiempo hasta el día del nacimiento de la criatura. Andaba yo publicando acá y allá, donde me daban cobijo y me picó el gusanillo bloggero, con más fuerza que el virus de Contagio. Gracias a Loreto Ochando y a Salvador Viada, que me cedieron generosamente su espacio y me prestaron unas alas que aún no les he devuelto. Ni pienso, vaya. La cuestión es que me entró la necesidad imperiosa de volar por mí misma, aparte de mis incursiones en algún que otro medio.

Y dicho y hecho. La idea apareció de pronto, cuando preparaba el informe previo de un Jurado. Una, que siempre ha querido ser artista, tuvo la ocurrencia de explicar a los miembros del jurado cómo se desarrollaría el juicio como si de una función de teatro se tratara. Una función en que ya estábamos los personajes, el decorado, el guión, el director, los decorados, el atrezzo y todo lo necesario. Una función a la que solo faltaba el final, el que escribirían ellos cuando dieran su Veredicto Final.

Y convertí esa idea en mi propio escenario. Estrenando en dos funciones semanales, que nunca han faltado desde el mismo día de la inauguración. Y que, mientras de mí dependa, seguirán sin faltar. Solo restaba ponerle nombre. Quería algo cinematográfico, y andaba dándole vueltas al nombre de Con Togas y A lo Loco. Así se lo comenté a un buen amigo, que en un nanosegundo dijo: “Tacones. Tus tacones no pueden faltar”. Y acudió a mi mente la simpar Martirio, con su chándal y sus tacones, arreglá pero informá… Y voilà. La criatura ya estaba lista para venir al mundo.

El último paso era quedaba darle forma. Unos tacones de lunares y una muñeca Nancy, la que llenó de sueños mi infancia, con una toga. Ninguna de las dos cosas me pertenecían, lo confieso. Tuve que quitar la muñeca de la portada porque alguien se puso en contacto conmigo diciendo que la imagen, que capturé como libre en Internet, le pertenecía. Me despedí de ella, que conflictos los justos, y me apresuré a hacerme con mi propia marca de fábrica, la foto de mi hija de bebé con una toguita que le confeccionó mi madre y aún conservo. Y la verdad es que me gusta más. Tanto que, a pesar de que tengo mi propia Nancy togada –buena soy yo cuando se me mete algo en la cabeza-, la usé de imagen de un post pero mantengo a mi niñita togada en la portada.

  Los tacones son otra historia, como diría una buena amiga. Una historia que adoro y que hoy voy a compartir. Aunque los de la imagen no eran míos, ahora soy la feliz propietaria de unos idénticos. Porque alguien que se ha convertido en una querida amiga, tuvo el detalle de regalármelos cuando nos conocimos personalmente, en un curso en el que iba yo de ponente. Y se han convertido en un símbolo. Mis zapatos mágicos. Con ellos puestos, puedo con todo. Y llevo a mi querida Mayte conmigo.

Y así se fue fraguando esta pequeña historia, la de un teatro que me ha dado muchas alegrías. La primera, el regalo de la amistad de alguien muy especial, que salió en mi defensa cuando un tuitero se empecinaba en criticarme. Y ahí seguimos también. Como almas gemelas, conectadas por una especie de chip que ya quisiera tener la mismísima NASA. Al igual que muchas otras personas, que se han acercado a mí a través del blog y me han hecho regalos excelentes. El dibujo contra la violencia de género que hizo la sobrinita de una lectora, los comentarios cariñosos y halagüeños, la fidelidad de muchos seguidores y hasta la posibilidad de asistir al estreno de Cabaret, un momento inolvidable.

Y por supuesto, curiosas vivencias. Desde un pretendiente que usó la mensajería del blog para hacerme proposiciones deshonestas, hasta personas que me han parado en sala, en los juzgados, en cursos y hasta en la calle diciendo lo que les apetecía conocerme. Solo me falta firmar autógrafos, pero tiempo al tiempo. Hay un abogado que me insta a irme a casa si me ve un martes o un viernes, porque “toca post”, y alguna otra que, ante una metedura de pata o un chascarrillo, me ha dicho “y ahora me hará un post”. Y lo hice, vaya que sí, y encantada. También sé de alguna que otra juez que insta a sus funcionarios a leerme, como si fueran los deberes del cole. Gracias otra vez

  Gracias también a todos los que habéis contribuido contando anécdotas, o incluso siendo parte de las mismas. Y a los lectores fieles, a la cabeza de los cuales está mi infatigable madre, que protagonizó el estreno más leído en la historia de Con Mi Toga y Mis Tacones. Gracias a todos los que me reblogueais, que comentáis, que me enlazáis en twitter o facebook y a los que me hacéis el honor de incluir el mío entre los enlaces de vuestros propios blogs, como la UPF, asociación a la que pertenezco, o Paco, mi notario preferido, que me ha hecho el honor de ser mi artista invitado en un par de ocasiones, como también lo hizo mi compañera Carmen. Esta es su casa. Y, por supuesto, gracias a mis infatigables compinches en el activismo tuitero y a mis compañeros fiscales, que siempre me acompañan en este viaje.

Así que hoy, como siempre, no podía acabar de otro modo que con un aplauso muy fuerte. Para todos esos lectores que os habéis convertido en amigos. Algunos, como mi querida Inma, hasta el punto de perder su tiempo en confeccionar las imágenes que ilustran este estreno cumpleañero. Y ésas que me servís de Guarida, siempre al pie del cañón y dispuestas a leer, escuchar y echarnos unas risas. O un baile. Mi toga, mis tacones y yo os queremos a todos. Y ahí seguiremos. Hasta que el cuerpo aguante

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Trolls: haberlos, haylos


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Las estrellas siempre han tenido sus admiradores. Y junto a ellos muchas veces surge otra especie no tan agradable: los acosadores. Personas que, llevadas por un odio desmedido o por una admiración mal entendida, se dedican a torpedear la vida de los famosos en cuestión hasta extremos muchas veces insoportables. O hasta las últimas y más terribles consecuencias, como le sucedió a John Lennon

También tenemos la versión sibilina, la del que parece amigo y acaba poniendo la zancadilla para apropiarse de algo. Eva al desnudo. La vieja historia de siempre.

Pero con la llegada de las nuevas tecnologías que ya no son tan nuevas y se llaman TIC, como si fuera un guiño incontrolado, tenemos un nuevo tipo de acosador, acechador, o pesado de los de toda la vida. El troll, que yo sigo imaginándome como aquellos monstruitos feos y con los mocos colgando que salían en David el Gnomo. Y de eso también saben mucho los famosos, acostumbrados a desenvolverse en redes sociales para hacerse visibles y ganar seguidores. O perseguidores, por eso de que más vale que hablen mal de alguien que no hablen nada. El clásico Ladran luego cabalgamos.

Y nosotros, en la humildad de nuestro teatro, también tenemos los nuestros. Reales y virtuales. Y mixtos, como el sándwich. Que no nos falte de na, que no, que no… Que estamos que lo tiramos. Y como las meigas, hay quien no cree en ellos, pero haberlos, haylos.

Entre nuestros perseguidores reales hay algunos que son un clásico. Recuerdo uno que hasta hace nada se colocaba en la puerta de los juzgados con una soga atada al cuello reclamando justicia por un asunto antiguo, del que ignoro por completo el contenido. El cartel que llevaba era tan largo que era imposible abarcarlo de una ojeada, ni de dos. Ni siquiera de tres. Pero allí permaneció, primero en la sede de los antiguos juzgados, luego en del Tribunal Superior de Justicia y más tarde en la nueva –ya no tan nueva, ni cronológica ni materialmente- Ciudad de la Justicia. Y aunque hay quien cuenta que más de una vez perdió las formas, yo jamás lo vi hacerlo. Aunque confieso que jamás leí entero su cartel, que, con él, pasó casi a formar parte del mobiliario urbano.

También hay otro tipo especialmente pesados. Los que psiquiatría llaman querulantes y pasan el tiempo presentando denuncias infundadas hasta que alguien les diagnostica y toma medidas. Recuerdo uno que día tras día interponía denuncias contra el mismo juez, todas ellas escritos con máquina Olivetti y en folios amarillos y que, en sus ratos libres, permanecía inasequible al desaliento en la puerta de su juzgado reclamando ser atendido o, simplemente, increpando a quienes pasaban acerca de lo mal que funcionaba la justicia. Y así un día tras otro.

Luego están los que envían cartas, generalmente manuscritas, afirmando saber a ciencia cierta quien mató a Kennedy o nuevos datos del Crimen de Cuenca o de cualquier otro asunto judicial famoso. Algunos, incluso, con artes quirománticas de por medio o apariciones divinas. Que no sabemos la manía que tiene de aparecerse la Virgen haciendo revelaciones insospechadas.

Pero también hay trolls más modernos. De esos que nos amargan la vida o pretenden hacerlo. Ultimamente, hay algunos empeñados en cobrar notoriedad apareciendo por detrás de las retransmisiones en directo de televisión con una pancarta de “Stop Feminazis”. Hecho que repiten en charlas y conferencias que gustan de reventar con la dichosa pancarta, y que ha dado lugar a varias intervenciones policiales.

Y, para acabar, están los que se mueven en las redes. Gente que, bajo una identidad anónima, se dedican a torpedear a diestro y siniestro, venga o no venga a cuento, y aunque sepan menos de Derecho que yo de Física Cuántica. Y, para acabar de ilustrar el panorama, está el modelo controlador, y no precisamente aéreo. Que si tuiteo en horas de trabajo o dejo de hacerlo, que si cuál es mi horario, que si entro o si salgo. Como si tuviera que dar explicaciones en twitter de si programo tuits, si descanso tras la guardia o si tengo permisos o vacaciones o salgo a almorzar y hago lo que me viene en gana. Que ni el CNI y  Anacleto, agente Secreto haciendo equipo. Pero bueno, al fin y al cabo se lee lo que escribo, aunque sea para ponerme verde. Algo es algo.

Lo bien cierto es que estos personajes anónimos pueden acabar por sacarnos de quicio. Es difícil cohonestar eso de tratar de ser cercano y accesible con aguantar las continuas ráfagas de insultos y malos modos. Y todavía son peores las insinuaciones, como las que nos caen día sí día también por unos existentes insistentes, empeñados en que quien lucha contra la violencia de género está a favor de todos los demás tipos de maltrato. Y nos sueltan en la cara –o mejor, en el perfil- noticias de hombres o niños maltratados o de mujeres asesinas como si eso nos pareciera fantástico. Ignorando que incluso en algunos de esos casos que escupen en mi cuenta como si fueran veneno, he sido yo misma la fiscal que acusó y obtuvo una condena. Pero no les daré el gusto de responder, que ya se sabe eso de que no hay mejor desprecio que no hacer aprecio. No existen.

Así que hoy el aplauso para todos los que, haciendo gala de la paciencia del santo Job, aguantan troles reales o virtuales. Porque el ciudadano necesita saber que somos personas de carne y hueso, que sienten y padecen, y no conseguirán que nos volvamos a nuestra concha. Acabáramos.

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Gafes: lagarto, lagarto


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El mundo del espectáculo es supersticioso. O tiene, al menos, fama de serlo. De hecho, una de sus supersticiones más comunes, la creencia de que el  color amarillo es gafe, dicen que procede de que ése era el color que vestía Molière en la representación de El Enfermo Imaginario donde murió, y lo bien cierto es que la creencia de que ese color da mala suerte ha traspasado las tablas del escenario y se tiene por un lugar común en muchos ámbitos. Casi nadie se enfrentaría a un momento importante de su vida vestido de ese color, y, de hacerlo, seguro que hay alguien que le mira cruzando los dedos y diciendo eso de “lagarto, lagarto..” Se evita, aunque solo sea por si acaso. Aquello de las meigas: yo no creo en ellas, pero haberlas, haylas.

El Gafe -título de una vieja película española- es una personaje recurrente en todos los ámbitos y reuniones. Esa persona a la que alguien -con razón o sin ella- le colgó el sambenito de que atraía a la mala suerte. Y a partir de ahí, solo queda alimentar la leyenda, y achacar al pobre al que le cayó encima el estigma todos los males del universo. Que si rebuscamos, seguro que algo tuvo que ver en el asesinato de Kennedy o en la muerte de Manolete. Recuerdo a un cantante español que de pequeña me llamaba poderosamente la atención por la cantidad de dientes que le cabían en la boca que cargaba con esa fama allá donde fuera. No sé qué habrá sido de él aunque, por si las moscas, no escribiré su nombre. Pero quizá la llegada de otros cantantes que han superado con creces su puesto a la cola de Eurovisión debería redimirle. O no.

Y, por supuesto, también en nuestro teatro tenemos nuestros gafes. Reales o imaginarios, grandes o pequeños, todos hemos caído en ese ritual de cuidar los pequeños detalles, no vaya a ser que pase algo. Salvo que tengamos a mano el amuleto mágico, el antídoto contra el mal de ojo, o mejor, el mal de toga en nuestro caso.

Confieso que en su día, mi entonces novio y también opositor, llegó a considerarme gafe. Y, después de un par de experiencias fallidas en las que le acompañé a examinarse, decidió que a la siguiente iría sin mí. Ni me atreví a rechistar, y me quedé en casita esperando los resultados que, mira por dónde, esta vez fueron buenos. Estoy segura que mi ausencia no influyó en absoluto, pero nunca llegaremos a saber que habría pasado de obcecarme en ir, aunque hubiera sido con una ristra de ajos colgada del cuello para contrarrestar el mal fario a modo de amuleto.

Y, si de amuletos se trata, también podría escribir un tratado toguitaconado. O mejor, pretoguitaconado. Ya hable del San pancracio que me acompañó en los exámenes, como otros llevaban a Santa Rita Santa Gema o San Nicolás, hasta el punto que un compañero dijo que incluso podía oír a toda la corte celestial pelándose por ver a quién ayudaba más, en función de las promesas que opositores y familiares les habían hecho.  Pero la cosa se pone algo más peliaguda cuando el amuleto en cuestión es una prenda de ropa, más aún si entre un examen y otro cambia la estación y la temperatura. Recuerdo a otro de mis compañeros emperrado en llevar a los exámenes escritos su jersey de la suerte. Un suéter primaveral -de los que llamamos de entretiempo- ideal para la bonanza climatológica de mi tierra, pero que casaba mal con un examen en enero, en Zaragoza, a unos cuantos grados bajo cero. Pero ¿quién dijo miedo?. Mi compañero se fue con su jersey de hilo, aterido porque nos obligaron a quitarnos el abrigo -no vaya a ser que lleváramos “chuletas”, que entonces nada de pinglanillos- e hizo su examen. Salió triunfante, si así se puede considerar a quien acaba el día con un aprobado y una pulmonía. Pero ahí sigue, con su toga aunque sin tacones y la salud restablecida.

También tenemos nuestros gafes particulares. ¿Quién no ha experimentado que jueces o funcionarios digan que tal o cuál fiscal le da suerte en las guardias, o que se lamenten de que venga tal otro porque atrae las desgracias? Y otro tanto cabe decir de los que pensarán de abogados, o éstos de nosotros. Reconozco que yo también tengo mi top ten de profesionales que traen buena o mala suerte, aunque nunca desvelaré el secreto no vaya a ser que los hados se enfaden y me echen mal de ojo. Y eso sí que no.

Pero además de estos existen otros gafes. Unos que apuntan más alto. Y a los que tal vez estamos culpando injustamente del estado de la justicia. Porque quizás, el hecho de que haya juzgados que se caen a pedazos, o que el trabajo entre a cascoporro, o que los ordenadores se empeñen en no funcionar y el maldito lexnet se ande cayendo cada dos por tres se deba a eso, a un gafe. Al mismo que impide que se creen plazas, o que hizo que desaparecieran un montón de sustitutos al grito de abradacabra. Ese que ha hecho que, de repente, fiscales y LAJs anden a la greña por un quién se come el marrón de las revisiones de nada. Un gafe. O probablemente más de uno.  Solo es cuestión de dar con ellos.

Pero, mientras tanto, seguiremos peleando contra los elementos, y los gafes. Grandes o pequeño, reales o irreales. No vaya ser que cambien el color de las togas al amarillo y la liemos más. Lagarto, lagarto… Y, por descontado, sin olvidar el aplauso de hoy. Que va para quienes con el amuleto del trabajo y el esfuerzo consiguen cada día conjurar la mala suerte de unos medios precarios. Nada más y nada menos.

 

Calor: togas fuera


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Parece un tópico. Verano, calor, vacaciones, piscina o playa. Lo típico, aunque no tanto para el mundo del espectáculo. Porque para los artistas lo típico de verdad es pasar el verano entre galas, bolos y funciones extra. Lo que se llama hacer el agosto. Y con la canción del verano de música de fondo, cómo no. Y, por descontado, los rigores estivales haciendo estragos. En el calor de la noche…o del día, vaya. Es lo que toca.

Pero nosotros también tenemos nuestro verano, rigores estivales incluídos. Porque la delincuencia no se toma un respiro y eso de Que la detengan es más que una canción del verano en nuestro teatro. Y estemos en la costa, o seamos de los que entonan el Aquí no hay playa, toca trabajar. Que aquellas vacaciones de 3 meses de nuestros tiempos estudiantiles pasaron ya hace mucho a la historia. Y El largo y cálido verano también viste de toga. O debería. Porque largo no sé si será, pero lo de cálido le queda corto.

Saltaban a las redes sociales hace días varios cartelitos pulcramente fijados en las puertas de los juzgados acerca del calor. Aunque parezca increíble, los sistemas modernos de climatización aún no han arribado a la Justicia, porque para los presupuestos somos más invisibles que el protagonista del anuncio de Daykin, el aire acondicionado para más inri. Y así, un juzgado de Sevilla saltaba a la fama porque se vieron obligados, en primer término, a eximir de toga a los profesionales, so pena de que les diera un jamacuco a todos y, más tarde, a suspender los juicios más allá de la una del mediodía porque, por más que nos repitieran en Mayfair Lady eso de que la lluvia en Sevilla es una pura maravilla, el calor no lo aguanta ni Superman, aunque se quite las mallas.

Y no ha sido el único. Juzgados de Madrid saltaban a la palestra por la misma razón, y a ellos se sumaban otros. Yo, sin ir más lejos, confieso que en mi Juzgado celebramos sin toga ya hace días, que una juez, una Laj y una fiscal a la parrilla no son plato del gusto de nadie. Y conste que no excluyo a los compañeros letrados, aunque ellos tienen el pobre consuelo de recibir la purga de las altas temperaturas en más pequeñas dosis al celebrar un juicio y poder salir a respirar y no media docena o más seguidos. Pobre consuelo, como decía.

Y es que nuestra particular Escuela de calor florece por lo ancho y largo de la geografía judicial española. Tal vez influya el hecho de diseñar edificios acristalados como si estiviéramos en Finlandia en ciudades que alcanzan más de cuarenta grados. Y así, estoy segura que en mi despacho a determinadas horas podríamos cocer mejillones solo con dejarlos en la mesa –si hacemos sitio entre el Papel 0, claro-. Invito al que quiera a comprobarlo, que igual podemos reeditar aquel concursito veraniego del Qué apostamos. Todo es ponerse. Igual, hasta sacábamos para un abanico o un ventilador, que buena falta nos hacen.

Puede ser que algún lector despistado piense que exagero. O que estoy hablando de los tiempos de mi abuelo, que ahora hay una climatización inteligente estupenda. Pero no. La inteligencia de la climatización en muchos juzgados estoy segura de que no pasaría ningún test psicotécnico. Y eso donde la hay, o donde funciona, que aquí la regla se vuelve excepción.

Aun se me ponen los pelos como escarpias de recordar las guardias del pasado verano, donde quien hizo su agosto fue el propietario de la tienda multiprecio cercana –versión cuqui del todo a cien de toda la vida- a base de vender ventiladores de los más variados modelos a funcionarios achicharrados. Y, por supuesto, del hipermercado de al lado, que rápidamente se subió al carro, y no precisamente al de transportar expedientes que tan famoso lo ha hecho. La cosa se solucionó relativamente pronto, probablemente por aquello de haber sido cocinero antes que fraile, ya que por estas latitudes algún cargo de la administración había sufrido en sus carnes hacía muy poco el cocimiento toguitaconado, pero eso no dejó de ser un parche en un sistema que nos recuerda que, por más que Las bicicletas son para el verano, los juzgados no parecen serlo.

Y así seguimos. Quizá algo mejor que en mis primeros tiempos, donde recuerdo que a un juez le abrieron un expediente por celebrar sin toga, por más que haberlo hecho con ella hubiera sido, cuanto menos, insalubre. O cuando un director general de cuyo nombre no quiero acordarme nos respondió ante la demanda de aire acondicionado para una fiscalía de la costa que eso era un lujo, no una necesidad, y me preguntó si acaso tenía aire acondicionado en mi casa. Confieso que jamás supo la respuesta, porque me levanté de aquella reunión y me largué dando un portazo. Pero eso es otra historia, como diría una querida amiga.

Lo malo es que la cosa queda como una anécdota graciosa –o más bien sudorosa- y es mucho más. Y no es más qe el trasunto de poco o nulo interés que suscita la Justicia y las condiciones en las que trabajamos quienes en ella estamos. Porque, lamentablemente, los medios materiales hacen juego con la climatización. O con la falta de ella, que aún es peor.

Así que hoy, en vez de aplauso, me gustaría regalar abanicos. Con su escudo y sus puñetas, si hace falta. Pero, mientras tanto, nos conformaremos con una enorme ovación a todos los que pasan los rigores estivales y continúan en la brecha. Y todavía mejor, si mantienen la sonrisa. Al menos no se les quedará congelada.

 

El Día D: Recuerda…


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El Dia D la Hora H. Todos tenemos nuestro particular Desembarco de Normandía. Ese día que marca un antes y un después en nuestras vidas, que nunca volverán a ser igual. Y, de vez en cuando, tenemos nuestro personal momento para recordar, como en Rebeca, eso de Anoche soñé que volvía a Manderley. Ese momento en que repasamos nuestro Diario de Noa y echamos la vista atrás para repasar lo que fue y, por qué no Lo que pudo haber sido y no fue. Volver. Que 20 años no es nada…

Mi particular Día de la Victoria tiene, como si de un presagio escénico se tratara, nombre de película, Nacida el 4 de Julio. Porque un 4 de Julio de un ya lejano año, en pleno fragor olímpico, gané mi propia medalla de oro. Esa que me daba derecho a montar mi vida tal como había previsto. O casi.

Aún recuerdo como si fuera ahora la Llamada. La que me hizo desde Madrid –por supuesto, con un teléfono fijo y público, que eso de los móviles ni soñarlo- un recién aprobado Médico forense que estaba en su período de prácticas en la Escuela Judicial, como entonces se llamaba. Por suerte, La Cabina no fue en ese caso presagio de un final terrible, como el de aquel José Luis López Vázquez que pobló de pesadillas la infancia de más de una – confieso que desde que vi aquella película, siempre me entraban sudores fríos al meterme en alguna-, sino todo lo contrario. Mi amigo forense me comunicaba que estaba en La Lista. Esa lista que culmina los sueños de las 150 personas que figurábamos en ella. Después de hacérselo repetir tropemil veces, conseguí creerlo. Y noté, con una certeza real, como el botón de stand by que estaba anclado en el magnetófono de mi vida por fin se soltaba dando entrada, por fín, al de play. Hoy, pasados más de veinte años, no puedo evitar recordar ese momento cada vez que me cruzo con aquel médico forense que hizo de Miguel Strogoff con un final feliz.

Aunque final, final, tampoco puede decirse que fuera. Aquello no era sino el principio de una existencia nueva, el pistoletazo de salida para empezar la carrera Con mi toga y mis tacones. Camina o Revienta

Como si fuera ayer mismo, recuerdo el frenesí de llamadas, desde el teléfono de mi casa a todos aquellos compañeros que estaban en el mismo caso. Tuvimos suerte, y todos estábamos incluídos en aquel listado mágico. Más arriba o más abajo, pero dentro. Precisamente, el día del cumpleaños de Una de los nuestros, que no pudo tener mejor regalo. Entre risas histéricas y llanto no menos histéricos, íbamos contando a todo aquel que quisiera oírlo –o que no-, la hazaña que habíamos culminado. Porque era eso, una verdadera hazaña. Habíamos escalado por el Everest y habíamos llegado a la cima. Algo cuya comprensión quizás solo esté al alcance de quien ha pasado por semejante trance, pero que es inigualable. Lo juro.

Atrás quedaban años de angustia, de nervios, momentos de bajón y muchísimas horas encerrados entre cuatro paredes, sin más perspectiva que el próximo cante –dos veces por semana, sin fallar llueva o haga sol- y el número de temas que íbamos a llevar. Llegar al preparador, hacerlo lo mejor posible y vuelta a empezar. Y así una semana tras otra, un mes tras otro, un año tras otro, en un eterno Día de la Marmota que parecía que nunca fuera a terminar.

  Atrás quedaban también las enfervorecidas consultas al BOE, en una biblioteca y pasando aquellas finísimas hojas de letra abigarrada, a la búsqueda de la ansiada convocatoria. Las llamadas a alguien de Madrid para que te dijeran cómo iban y cuándo te tocaba, los paseos por el Tribunal Supremo, las novenas de nuestras madres o nuestras abuelas, las promesas, los dedos cruzados hasta tener calambres, los amuletos y hasta las supersticiones.

Reconozco que me fui a examinarme con una imagen de San Pancracio que me regaló una tía mía, de un palmo de alto y con perejil incluido. Y que tuve el cuajo suficiente para colocarlo encima de la mesa, ante la estupefacción no solo de mis compañeros sino de los encargados de cuidarnos en aquel primer examen escrito. Pero no se atrevieron a decir nada, aunque aun deben recordar a aquella loca que andaba con un San Pancracio de un palmo de alto, perejil incluido. Y por cierto, la misma tía que me lo regaló entonces, apareció en mi casa aquel 4 de Julio con un precioso regalo: unas puñetas de bolillos restauradas del ajuar de su abuela. Aunque aun tardaría en ascender, las guardé y me han acompañado hasta hace bien poco. Y no solo eso, fueron hasta portada de un libro, como conté en el estreno a ellas dedicado. Hoy esas puñetas, vueltas a restaurar, están cuidadosamente guardadas para volver a ser protagonistas en cualquier momento. Mientras, luzco otras, no menos bonitas ni menos queridas, regalo de una buena amiga y de un enorme valor sentimental.

También recuerdo como si fuera ahora la cara de otro de mis compañeros, que se cantó sus temas el día anterior a mí, y que se marchó cariacontecido porque el ujier dijo, al final de la sesión, que no había aprobado nadie. Sin saber que el funcionario en cuestión no leyó bien y que su nombre estaba escrito en el tablón. Había aprobado aquel segundo examen y, aunque apenas lo conocía, no dudé un momento en recorrer los pasillos del Tribunal Supremo gritándole la buena nueva. Un momento inolvidable para ambos. Tanto que fue la anécdota que él escogió para contar en la fiesta que hicimos para conmemorar los veinte años de nuestra promoción.

Mi madre se gastó una pequeño fortuna en Moet Chandon para celebrarlo con la familia. Hasta entonces, nunca lo había probado. Y aun hoy, cada vez que veo una botella o tengo una copa de champán, revivo en mi garganta el gusto de aquel día.

Hace ya mucho tiempo y, echando la vista atrás, puedo decir que valió la pena, y que sigue valiéndola. Que, aunque nos quejemos o nos veamos a veces invadidos por el desánimo, compensaba y sigue compensando. Y espero que lo siga haciendo mucho tiempo más. Por eso el aplauso lo dedico hoy a todos los que me acompañaron en ese viaje. Y especialmente, cómo no, a mi padre, que no pudo llegar a vivir ese día, aunque estoy segura que se tomó su copa de champán allá donde estuviera, y brindó con nosotros. Y me atrevería a decir que todavía escucho a veces el tintineo de su copa brindando cuando me pongo la toga subida a mis tacones.

Impotencia: el fantasma


impotencia

Todos lo hemos vivido alguna vez. Si hay un fantasma que se presenta sin previo aviso y juega a ahogarnos entre sus cadenas, no nos llevemos a engaño. No es El Fantasma de la Opera ni el encantador Casper, ni los que agobiaban al niño de El Sexto Sentido o salían de la tele para llevarse a la Carolyn de Poltergeist. Es la impotencia, que aparece en el momento menos pensado e invade nuestras vidas con una fuerza que intenta desbordarnos. Y no hay Ghostbusters que nos puedan quitar esa sombra de encima.

No dudo ni por un momento lo mal que debían sentirse los artistas en un tiempo no tan lejano, cuando las tijeras de un censor daban al traste con todo aquello que querían decir. Aquel contumaz regodeo de la concupiscencia del que hablaba el cura de La Corte del Faraón, y por el que había que pasar sin remedio. También debe doler sobremanera al genio del artista la falta de dinero o, en su caso, de financiación, para llevar a la práctica esa gran idea que acabará durmiendo el sueño de los justos si el vil metal no aparece.

Y de eso sabemos un rato en nuestro teatro. La impotencia se instala en los huecos de nuestras togas y pugna por expandirse y quedarse adentro a vivir. Y, como todos los intrusos, llega cuando nadie la espera, aunque nos resistamos, y por múltiples razones.

A veces, simplemente nos pasa como a esos artistas talentosos pero más pobres que una rata de los que hablábamos.  Quisiéramos hacer miles de cosas, luchar contra los malos como soñábamos desde niños, y no siempre podemos. ¿Cómo vamos a poder, si se empeñan en ponérnoslo difícil? Porque que me explique alguien cómo enfrentarse a tremas complicadísimos de ingenieria financiera, de mafias o de grupos organizados sin más medio que un ordenador que a veces se rebela, y el imprescindible boli bic, y el taco de posits, si hay suerte y los hay. ¿Cómo afrontar asuntos de cientos de investigados, y miles de miles de euros con unos medios materiales y personales como los que tenemos.? Pues eso, haríamos muchas cosas, pero no siempre se puede. Aunque se intenta, que nadie se crea, que hay más Quijotes con toga por metro cuadrado de lo que nadie se podría imaginar.

Otras veces es la propia ley la que se nos planta con los brazos en jarras y nos trae la impotencia de su mano. Supuestos en que ya no se puede perseguir un delito porque haya prescrito, porque han desaparecido las pruebas o porque por una u otra razón se han declarado nulas. La famosa fruta del árbol envenenado que nos deja el sabor amargo de la manzana de Blancanieves. La impotencia de saber que se ha cometido un delito y no poder probarlo. Y no poder siquiera hacer como el cazador del cuento, que no mató a la princesa y engañó a la madrastra haciéndole creer que sí lo hizo. Nosotros no tenemos un corazón de repuesto para poder usar ante la malvada reina.

Pero hay otro tipo de impotencia peor, si cabe. La que se siente ante el presunto culpable al que hemos de dejar en libertad por falta de pruebas mientras su víctima sigue sintiendo el miedo en la garganta. Un miedo contagioso, que se nos pega a la piel y nos acompaña en sueños, y ante el que tenemos difícil escapatoria. En ocasiones veo muertos… ¿Cómo explicarle a una víctima de un delito sexual, a una mujer maltratada o a una madre que ha perdido a su hijo que no podemos seguir adelante? ¿Cómo conjugar ese dolor si apenas podemos soportar el nuestro propio? Habrá quien diga que son gajes del oficio, pero son esos momentos en los que una piensa que malditos gajes y maldito oficio.

Y si hay algo que instala la impotencia en el disco duro de nuestros cerebros y, lo que es peor, en el centro mismo de nuestros sentimientos, es el silencio de una víctima para declarar contra su agresor, si éste es su pareja, -o su hijo, o su padre-. Algo que la ley permite y que nadie se ha decidido a cambiar, por más que se ha demandado por activa y por pasiva. Y que sabemos que puede determinar un resultado nefasto para esa propia víctima. Se hace lo que se puede, pero en contra de la voluntad de ella es difícil llevar a buen puerto la nave del proceso. Y son esos momentos en que una marcha a casa con los dedos cruzados y sigue manteniéndolos así hasta que no los siente a costa de calambres. Que no le pase nada. ¿Quién no se ha quedado pensándolo más de una vez, quien no ha pasado una noche en vela por eso? Y nos sigue pasando, por más que el tiempo y la veteranía añadan muescas a nuestras togas. Aunque peor sería si no nos pasara…

Por eso, el aplauso de hoy va dedicado a todos los que siguen sintiendo la impotencia de no hacer todo lo que quisieran.  Porque ahí está la espita que abre el grifo para seguir intentándolo. Y, aunque no siempre querer es poder, siempre se puede intentar Lo imposible. Y, a veces, se consigue.

Valentía: visibles e invisibles


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Valientes hay en muchos sitios. En el mundo del espectáculo y fuera de él. Súper héroes y súper heroínas, grandes y pequeños. Algunos, bien visibles en películas y obras de teatro, esos que visten capa y hasta llevan los calzoncillos por fuera de la ropa –cosa absurda donde las haya, por cierto-. Y otros y otra, con pequeños gestas que nadie ve pero que valen mucho más. Héroes.

El artista de verdad es valiente. El arte es cultura, es educación, y la educación, como dijo Mandela, es el arma más poderosa para cambiar el mundo. Invictus. Quizás por eso han pagado a veces tan caro defenderlo. El tiro en la frente en Ay Carmela, el final de El Club de los Poetas Muertos, el de Rebeldes del Swing y tantos otros. El riesgo que atraviesa ese padre de La Vida Es Bella para expandir la vida de la música en la muerte de un campo de concetración. Pequeños y grandes valientes, que nada tiene que ver con Superman o con La Mujer Maravilla pero son mucho más supermaravillosos. Como todos esos Héroes, anónimos o no, que salvan vidas día a día.

Pero nosotros también tenemos los nuestros. Actores principales y secundarios que dan día a día lecciones de valentía. Con toga y sin toga, con tacones y sin ellos. Y en ocasiones no los distinguimos aunque los tengamos en las propias narices.

Más de una vez me han preguntado si no sentimos miedo. Si al pedir un montón de años de prisión para un asesino, si al acusar o condenar a alguien poderoso o desmontar una red de tráfico de drogas o una mafia de trata de personas o cualquier otra cosa deleznable no tememos represalias. Y por supuesto, en ocasiones hay un punto de miedo. O más, mayor cuanto más alto se dispara, como, por razones obvias, debe ocurrir a los compañeros de la Audiencia Nacional. Pero las más de las veces, no pasa nada. Por fortuna. Y no vivimos nuestra profesión con miedo. Quizás porque la amamos, pero también porque no es tan fiero el león como lo pintan y eso de que vayan a buscar al juez, al fiscal, al abogado o al policía que hizo que alguien acabara con sus huesos en la cárcel es cosa de películas. No somos Los Angeles de Charlie. Ni ganas tampoco, aunque confieso que en mi infancia hubiera matado por ser una de ellas.

Pero hay héroes y heroínas que no siempre se ven, y que, sin toga y sin saber de leyes, dan sentido a la Justicia. Con mayúsculas. Empleados –o empleadas- públicos que se lo juegan todo al denunciar la corrupción de quienes les rodean en vez de sucumbir a ella o guardar un cómodo silencio, quienes intervienen en mitad de una agresión para impedirla, aunque acaben recibiendo ellos mismos, quienes destapan fraudes grandes o pequeños, o quienes persiguen al atracador jugándose su propia integridad. Más de los que parecen. Recuerdo no hace mucho que me robaron el bolso por la calle, y a mis gritos acudieron tantas personas que entre todas consiguieron reducir al atracador y recuperar mis pertenencias. Personas a las que jamás había visto y a las que no he vuelto a ver pero que no dudaron un momento. Y que no salen en ninguna película ni nadie habla de ellos.

También hay personas admirables que vemos día a día sin darnos cuenta de su enorme valor. Un valor que no conocen ni ellas mismas. Me refiero a esas valientes que se sobrepusieron a su miedo  y denunciaron a quien las maltrataba. A esas que tuvieron que dar en un día la vuelta a su vida como un calcetín, y contarnos una y otra vez un suplicio que ni siquiera eran capaces de reconocer ante ellas mismas, que se tienen que enfrentar a la incomprensión y a una inexplicable vergüenza, que tienen que escuchar a gente que dice que se pretenden aprovechar de la ley, y que tienen que soportar, además, las presiones para retirar la denuncia incluso de su propia familia. A ésas que miran hacia delante aunque el miedo las atenace por dentro. Porque no solo tienen la heroicidad de un hecho, sino que viven en continuo estado de valentía. Y no solo porque con ello se salvan a ellas y a sus hijos, si los tienen, sino porque con su decisión alientan a otras a que también lo hagan, salvando más vidas de las que creen.

Créanme si les digo que son heroínas. Y son heroínas en un mundo donde hay hay mujeres que siguen diciendo que prefieren ser apalizadas para que sus hijo sigan comiendo del sueldo de su torturador. Frase que he oído, por desgracia, no una vez ni dos.

Por eso hoy mi aplauso va para todos esos héroes anónimos. Y especialmente para ellas, que ni siquiera son conscientes de su valentía.

Y para una en especial, a la que dedico este estreno. Ella ya sabe quién es, y con eso me basta. Porque ella son todas. Gracias por enseñarme tanto.

 

 

 

Cansancio: enemigo a la vista


cansancio

Todos nos hemos sentido cansados alguna vez. Qué digo alguna vez, hay días que nos sentimos cansados en todo momento, incluido el tiempo que dedicamos a dormir. Y no el Sueño Eterno, precisamente, que con 5 o 6 horitas tenemos que tirar para adelante. En el teatro y en la vida.

En el teatro no tiene nada de raro que los artistas lleguen a sentirse cansados. Por más que desde fuera veamos un mundo de glamour, debe de ser agotador repetir un día tras otro la misma función, en ocasiones con las dos funciones diarias. Debe ser agotador trabajar cuando todos se divierten y salir de gira y pasar meses sin ver a los seres queridos. Aunque compense. Pero hay un cansancio peor que el físico. El del hastío. Cuando ya no hay mariposas en el estómago y la ilusión se toma unas vacaciones. Interpretar papeles que no gustan, acudir a saraos que no apetecen solo por ser vistos, y hasta hacer algún que otro montaje en pro de una promoción que venden como necesaria. Cosas que se ven menos desde fuera, pero que deben hacer mella. Recordemos si no aquellas escena de un Fernando Fernán Gómez espetándole improperios a un admirador. O ya ex admirador, visto lo visto.

También en nuestro teatro tenemos un poco de ambos. Del físico y del anímico, que es peor. Y es un enemigo a batir. Porque si quienes participamos en la función no damos todo lo que podemos, o nos dejamos llevar por la apatía, corremos el riesgo de convertir la Justicia en mera burocracia y quien pierde es nuestro público, el ciudadano.

Claro está que el cansancio físico es inevitable. En un mundo donde en muchos casos los horarios son una quimera, las horas robadas al sueño, al solaz o a la familia pueden acabar pasando factura. Recuerdo a nuestros estimados espectadores que hasta hace nada jueces, fiscales y LAJs ni siquiera teníamos reconocido el derecho al descanso tras una guardia de 24 horas, de una semana o de un fin de semana entero. Y que aún teniéndolo ya reconocido, al menos en parte, muchos no hacemos uso porque los medios personales no lo permiten. Y aún hay más: estamos a vueltas de si nos reconocen algún derecho derivado de la sentencia que reconoció una compensación económica por no haber tenido ese descanso al que teníamos derecho al juez que tuvo arrestos y ganas para pleitear sobre ello.

Y los abogados, aun lo tiene peor, o al menos igual aunque sea de otro modo. Como son sus amos y señores, si no trabajan no solo no cobran, sino que se les pueden marchar los clientes, con los que no es extraño ver a alguna letrada dando el pecho a su bebé en los tiempos muertos de la guardia. Porque, recuerdo a algunos que, aunque hay guarderías, allí no amamantan. Y porque hay que trabajar, so pena de verse sin Nada en la Nevera.

Pero como decía, ese no es el peor cansancio. El peor cansancio es el que viene de la mano de la desilusión y la abulia. Y lo malo son quienes contribuyen a ello dándonos unos medios tan penosos que nos hacen sentirnos como Don Quijote ante los molinos de viento. Esos molinos llamados plazos de instrucción, lexnet, sistema informático, reformas sin presupuesto, penuria de medios, falta de personal y mil cosas más. Y aquí no hay Dulcinea que valga, que no me imagino yo a un ministro viniendo a conquistarnos vestido de posadera con corpiño y enagua. Ni aunque fuera ministra, vaya. Aunque si nos trajera ordenadores, plazas, sedes dignas, sistemas informáticos en condiciones y a los sustitutos que eliminaron, bien podría venir vestido –o vestida- de lagarterana que a buen seguro le haríamos la ola.

Aunque a veces hay que reconocer que hay cosas que te reconcilian con el mundo y te dan más energía que una tonelada de complejos vitamínicos. Esa víctima que te da las gracias por haberle ayudado a salir del pozo del maltrato, esa persona que ha recuperado un dinero que veía perdido gracias a la acción eficaz de su abogado, esos perjudicados que ven por fin reconocido su derecho por una sentencia judicial, el menor que se ha reintegrado a la sociedad, los que ven que quien les destrozó la vida debe pagar por ello…Y entonces, el cansancio se diluye y la satisfacción te pinta una sonrisa profiden en la boca para poder seguir tirando hacia adelante.

Pero señores, tampoco hace falta que nos lo pongan tan difícil, que todo tien un límite, y los Cuatro fantásticos andan ocupados salvando el mundo para podernos echar una mano en todo momento.

Así que hoy el aplauso es para todos los que a base de ilusión, ganas y esfuerzo, ponen al mal tiempo buena cara y vencen al cansancio, físico o anímico. Para los que se levantan cada mañana diciéndose a si mismos “a por ellos, que son pocos y cobardes” ¿Quién se apunta?

Vocabulario: toguitaconidiccionario


 

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Ya lo hemos dicho. Todas las profesiones tiene su jerga. El teatro la tiene, y también el nuestro. Pero dentro de él, siempre hay frases, palabras o expresiones que alguien acuña y se quedan ahí, como su pequeña aportación. Sea el artista o su personaje. La parte contratante de la primera parte evoca inmediatamente a Groucho Marx, en su ya famoso camarote de Una noche en la Opera, que cualquiera identifica rápidamente con un lugar lleno de gente. Y si hablamos de apatrullar la ciudad, rápidamente pensamos en Torrente en cualquiera de sus variadas entregas. Y en la tele, frases como un poquito de por favor, o ésta nuestra comunidad nos levan inmediatamente a una conocida serie de vecinos. Los ejemplos son miles, tantos como artistas hay, nadie renuncia a su propio vocabulario, que se crea incluso de un modo inconsciente.

También en nuestro escenario contamos con el nuestro. Algunas muestras vimos cuando hablábamos del código toga aunque hay muchas más, y las que vendrán, claro, al ritmo que les da por reformar y cambiar cosas.

Pero hoy voy a ir un poco más allá. Y haré un poco de umbralismo, esto es, hablaré de mi libro. De ese vocabulario toguitaconado que se ha ido gestando a través de muchos post.

Por supuesto, si hay una palabra reina en este blog, esa es togitaconado. Me toguitacono para ir a Sala igual que a veces me destoguitacono, que no solo de pan vive el hombre. Y, cuando no hay tacones en los togados, encontramos a los destaconitogados, que, según el caso, pueden ser o no toguipuñeteros. Y por supuesto, cuando hace falta, echo mano del clonador justiciero y me despliego en mis tres personalidades: Fiscalita, Taconita y servidora. Aunque reconozco que mi fiscalita interior siempre acaba por salir, hable quien hable.

Pero pongamos en marcha la Piedra roseta judicial -o sea, la Piedra Justicieta-o mejor, la Piedra Taconeta para poder entendernos. Y hagamos, de paso, un poco de blogterapia, qe nunca viene mal. Instalemos en nuestros dispositivos móviles la aplicación toguitaconadora y despeguemos.

La verdad es que estos últimos tiempos me lo han puesto fácil para tener que creer mi propio vocabulario. Las reformas express, hechas a toda prisa, no solo han hecho preciso un GPS legislativo para encontrar la legislación aplicable sino que han activado mi imaginación. Algo de bueno tenía que tener esa reformitis aguda, que de malo ya nos ha traido una lowcostización de la justicia por ese virus de disposicionadicionalismo que consiste en añadir una disposición adicional que dice que de dinero, nasti de plasti. Y que deja a Toguilandia sin recursos. O con unos pocos, como nuestra famosa y necesaria positprudencia, esas notas en posit que en ocasiones valen más que cualquier base de datos.

Y así, nos hemos encontrado con los levitos –o delititos– dignos herederos de nuestros añorados juicios de faltas. Con el investigado, que ha susititido al imputado y que nos sume en la zozobra de cómo se dirán algunas cosas, como el auto de investigación, que se pone cuando como resultado de la investigación se atribuye un hecho a alguien. Y si no, ¿qué se hace?, ¿se desinvestiga?. Y claro, en esos cosas no nos queda otra que hamletear en un mar de dudas o hacer un ejercicio de brujalolismo. O esperar que el todólogo de turno nos lo cuente, que siempre hay un listo que habla por la tele y sabe más que nadie. O acudir a la twiteroteca, fuente eterna de conocimiento como todos sabemos.

Otra de las aportaciones de las ultimas reformas ha sido la máquina seismsizadora, esto es, un ingenio que pretende convertir en seis meses lo que los medios materiales no permiten hacer en ese tiempo. Causándonos una tendinitis cruzadédica de tanto cruzar los dedos a la espera de que no pase nada peor. Que después de tropemil  -o hijoemil, o muchomil– reformas, ya anda una curada de espanto.

También nos hemos encontrado con el fenómeno Ruedas 0, hijo putativo de esa quimera llamada papel 0 y la realidad del papel arrastrado en los carritos de super. Y, por supuesto, con otro fenómeno llamado belenestabilización de la justicia, dado en los medios donde cualquiera opina de justicia como si fuera un catedrático. Incluido el vecino, en ese ejercicio de vecinismo que todos hemos vivido.

Pero no todo iba a ser malo. Tenemos para animarnos la vida nuestros pongos, con los que aderezamos los despachos, por más que resulten extogavantes. Y tenemos también nuestras propias estrellas de las togas, Napoleón Togaaparte.

Y con todo y con eso, seguimos adelante. Entre ojiplática y toguientusiasmada, como suele pasar, hacemos guardias, juicios y lo que se presente e intentamos mantener el buen humor, la ilusión y las ganas. Tanto que, a veces, a base de mimarnos y darnos ánimos, somos casi casi yonkis de Mimosín.

Pero que no decaiga. Arriba las togas. Seguiremos poniendo imaginación e ilusión. Y mientras tanto, podremos en marcha el ovacionador togitaconado.