Pedagogía: haciendo escuela


coco_8

La escuela es otro de los escenarios más frecuentes en películas, teatro y series de televisión. De hecho, ha habido aluvión de series de todas las nacionalidades acerca de las aventuras y desventuras de sus protagonistas en el colegio o instituto, Al salir de clase, Segunda enseñanza, Compañeros, Rebelde, Rebelde Way, Sensación de vivir , Lizzy McGuire o Merlí son muchos de los títulos de series de adolescentes centradas en sus peripecias en el centro de enseñanza, por más que, en algunas de ellas, apenas aparezca una sola clase y menos todavía una lección. Por supuesto también en cine han encontrado su filón, y películas como Grease o High School Musical, han marcado generaciones enteras.

En nuestro teatro no hay escuela una vez nos hemos puesto la toga, aunque sí haya mucho que aprender. La facultad , la preparación de la oposición  y las prácticas se supone que nos dan la formación adecuada para meternos de cabeza en Toguilandia, si bien aderezada con algunos cursos  de vez en cuando. El resto, corre por nuestra cuenta y depende de nuestro tiempo y nuestras ganas, que no siempre pueden ir a la par.

Pero más que de lo que aprendamos, que también, hoy quería dedicar este estreno a lo que podemos enseñar. Es más, a mi juicio, debería decir a lo que debemos enseñar, aunque sé que no todo el mundo coincide con esta idea mía de que Toguilandia debería ser más accesible. Sigamos con la función y veamos si al final he logrado convencer a alguien más.

La verdad es que cuando yo aterricé en este mundo todo me parecía muy lejano, a pesar de que no era la primera  jurista en mi familia. Pero ese universo de cortinajes de terciopelo, pesados muebles, jerga incomprensible y frases en latín ya me resultaba extraña. Eso sí, tenía la pompa de lo desconocido, de lo inaccesible a los simples mortales. Pero eso mismo parecía ser su gran defecto. No tardé mucho en atreverme a decir en voz alta que aquello me parecía viejuno, aunque es verdad que tardé un poco más en escribirlo, en cuanto mi toga y mis tacones me dieron pie a ello.

Ahora, como ya me he soltado la melena, trato de dedicarme a hacer pedagogía o, cuanto menos, a desmontar algunos mitos que que mucha gente se forma en relación con la Justicia. Aunque es una medalla que no quiero ponerme si no es compartida con todos los compañeros y compañeras juristas que desde sus blogs o sus cuentas de redes sociales se empeñan en hacer más comprensible este mundo nuestro. Como digo siempre ,la Justicia pertenece al pueblo y se administra en su nombre, según la propia Constitución, así que ¿cómo vamos a administrar en su nombre algo que no entiende? Por eso creo que es tan necesario hacerse comprender, como ya dije en otros estrenos.

A la chita callando, hemos ido consiguiendo que la gente sepa que la Justicia en España no es como la que ven en las películas y series, en su mayoría anglosajonas. Así que hay quien por fin ha descubierto que no llevamos peluca, que no usamos mazo sino campanilla -o deberíamos- y que no nos levantamos al entrar en sala el juez al grito de “ en pie, preside el ilustre juez x”.  También creo que ha quedado claro a estas alturas que los testigos no ponen la mano en la Biblia, ni sobre el pecho, que no juran decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad y que el investigado, precisamente porque no jura nada, no puede cometer delito de perjurio -que como tal no existe en nuestro país- Y, otra cosa muy importante, que en las bodas no se dice eso de que quien tenga algo que decir que hable ahora o que calle para siempre, aunque sea muy chulo y haya dado lugar a escenas gloriosas de la historia del cine, como el grito de “Elaaaaaaaine” de “El graduado”.

Pero tal vez de las cosas que más nos hemos esforzado en explicar es en que consiste la figura del Ministerio  Fiscal  y qué papel desempeñamos. Después de todo lo que hemos contado otros compis y yo, espero de todo corazón que nadie nos venga a decirnos eso de que recibimos órdenes del Gobierno para cualquier cosa o, la herejía más terrible, que estamos a las órdenes de los jueces. Si quieres ganar la enemistad de un fiscal hasta el fin de tus días, dí algo así y no te lo perdonará. Y diría que doy fe de ello si no fuera porque no usurparé el papel de otros de los grandes desconocidos, los LAJs -Letrados y Letras de la Administración de Justicia, antiguos Secretarios judiciales– a cuya función también se ha dedicado más de un estreno.

Hacer pedagogía no es quitar seriedad a la Justicia, ni rebajar su nivel. Por el contrario, creo que la engrandece, al ponerla al alcance de todas las personas a quienes va destinada. Solo si conocen nuestro trabajo pueden valorarlo. Y solo lo conocerán si somos capaces de mostrarlo.

Y como de muestra vale un botón, recurriré a algo que me pasó ayer mismo. Estaba en la guardia, compartiendo instalaciones con mis compañeros de Fiscalía de Menores. La fiscal de Menores le decía al funcionaría que “tendrían que hacer una muñeca”, lo cual dejó estupefacta a una señora que andaba por allí denunciando el delito del que había sido víctima a manos de ese presunto menor. Imagino, por su cara de sorpresa, que la señora estaría preguntándose si los fiscales no teníamos otra cosa que hacer que andar fabricando muñequitas. Menos mal que la compañera se apercibió y le explicó de inmediato que se trataba de la radiografía de muñeca para determinar si el ínclito era mayor o menor de edad. Pedagogía instantánea que, de no haberse hecho, hubiera dejado a la mujer con la duda eterna.

Algo parecido viví hace mucho tiempo con la referencia a un levantamiento de cadáver. La madre del fallecido, con la mejor intención, nos dijo que iba a ser imposible que lo levantáramos, porque su hijo estaba muy gordo. Obviamente, echamos mano de la pedagogía instantánea para explicarle que lo de “levantar” no es literal, sino el momento a partir del cual se mueve el cadáver de donde se encuentre y se empiezan las gestiones para la investigación y por supuesto, para las exequias.

Así que hoy el aplauso no podía ser otro que para quienes desde sus despachos, desde sus cuentas de redes sociales, o desde los medios de comunicación, acercan la Justicia a la ciudadanía. Porque una justicia que no se entienda siempre parecerá menos justa.

 

Anuncios

Juicio a Jesús: la primera crónica de tribunales de la Historia


clavariesa

Hace unos años presencié la representación del juicio de Jesús que hacen en Benetússer, un pueblo cercano a Valencia. Algo que me atrevo a recomendar con entusiasmo, sean cuales les sean las creencias de cada uno o la ausencia de ellas.

Como quiera que la deformación profesional es lo que tiene, lo primero que me vino a la cabeza fue pensar que quienes describieron este momento, estaban realizando, sin saberlo, la primera crónica de tribunales de la historia. Y, probablemente, la más leída. Todos unos precursores, vaya.

Y, como no tengo remedio, me vine arriba y empecé a ver el juicio con esos ojos de fiscal que, lo quiera o no, me acompañan allá donde voy. Y decidí escribir algo sobre ese juicio. Por supuesto, desde el respeto que me merecen todas las creencias. Pero pensé que ese primer juicio retransmitido bien merecía algunas reflexiones, así que allá voy.

Lo primero que me llama la atención es la detención del pobre Jesucristo, allá en el huerto de Los Olivos. Un supuesto clarísimo de detención ilegal, que daría lugar a un procedimiento de habeas corpus en toda regla. Que tal vez habría cambiado el curso de la historia, sin duda. Porque si la Virgen, o María Magdalena, hubieran sabido que podían acudir a rebatir la legalidad de la detención, otro gallo nos cantara. Y no precisamente ese que le recordó a Pedro que era un cobarde.

¿Y qué pasa con la figura de Judas? ¿Un confidente? ¿Un testigo protegido? ¿Un denunciante anónimo? ¿Cabría haber procedido contra él por acusación y denuncia falsa? Algo que nunca sabremos porque, además de que desconocemos el catálogo de delitos de la época, su suicidio nos lo habría impedido. A no ser, claro está, que en el derecho Penal de entonces no rigiera el principio de personalidad de la pena, que nunca se sabe.

Pero, una vez superado el primer escollo, nos encontramos con un grave conflicto de jurisdicción, y también de competencia. Tan grave, que eso de andar de Herodes a Pilatos es un dicho que ha llegado hasta nuestros días y que describe como pocas cosas esos viajes de ida y vuelta que dan muchos expedientes actuales, en busca del juez que se declare competente, o no. Pensemos en lo que ocurre con asuntos donde hay aforados, sin ir más lejos.

Pero claro, el concepto de entonces del auto de inhibición era bastante diferente. Por lo que sabemos, consistía en ir con el presunto imputado – ¿se llamaría, quizás, investigado o encausado?- a cuestas, a ver que autoridad le pone el cascabel al gato. Y unos y otros tratando de escaquearse.

Otra de las cuestiones sería la del conflicto de jurisdicción, de un tribunal religioso o civil. Pero esa ya la trataron de solucionar los miembros del Sanedrín, muy listos ellos, insistiendo en que eso de “rey de los judíos” atacan a la autoridad de Roma. ¿Rebelión? ¿Sedición? Nunca llegaremos a saberlo.

Y luego está el tema del indulto. En eso, me temo, que estamos igual que entonces. Porque apelar a una tradición para saltarse una decisión judicial es exactamente lo que ocurre en pleno siglo XXI, hay que reconocerlo. Por eso todos sabemos quién era Barrabás. Y lo que es una barrabasada, claro.

Incluso podríamos, forzando un poco el tema, ver el primer precedente de un jurado popular. Poncio Pilatos declina su competencia en manos del pueblo, que es a quien finalmente le endosa la decisión, con el resultado que todos sabemos. Aunque la sentencia tuvo que ponerla él. Como hace ahora el Magistrado Presidente del tribunal del Jurado, ni más ni menos.

Y eso sí, aunque pudiéramos ponernos tan anchos pensando que la pena impuesta, la de muerte, no sería posible ahora, no hay que echar las campanas al vuelo. No, desde luego, en nuestro país, pero si echamos un vistazo al globo terráqueo, vemos en cuántos lugares sí se aplica, aunque muchas veces cerremos los ojos ante ello. Y también si buceamos en nuestra historia reciente. Y por delitos políticos, como ése del que acusaban a Jesús.

Así que, al final, un juicio sin garantías, nada de división de poderes –Montesquieu aún tardaría muchos años en nacer-, tratos inhumanos o degradantes al reo, pena de muerte… Un catálogo suficiente para actuar desde otros sitios, si es que la reforma de la justicia universal no nos hubiera cortado las alas al respecto.

Pero, bien mirado, quizás hoy nada de eso hubiera llegado a ocurrir. Porque, posiblemente, a alguien que solo predicaba públicamente la paz y el amor le hubieran tomado por loco. Y, como hizo Herodes, le habrían colocado la vestimenta destinada a señalar a los orates, aunque hoy no se trate de una señal externa tan evidente. Y, si las cosas siguen por el camino que van, nunca hubiera podido dar ninguno de sus sermones. Le hubieran detenido antes por manifestarse ilegalmente.

Por eso hoy el aplauso es una invitación a reflexionar. Para quienes se consideran creyentes, y para los que no. Y también para los que ni siquiera saben si creen, y en qué. Ahí lo dejo.

NOTA DE LA AUTORA: la primera versión de este post se publicó en su día en Confilegal- La ilustración, sin embargo, es nueva, cedida por @madebycarol2, para la que pido una ovación extra

Consentimiento: el quid de la cuestión


camiseta no

El consentimiento es el límite que establece que un mismo hecho sea correcto o reprochable, impune o delictivo. El consentimiento protagoniza multitud de películas porque, entre otras, es el nudo gordiano de la mayoría de comedias románticas y de enredo. Entre el “me quiere, no me quiere” de Deshojar la margarita hasta el “no quiero” de Novia a la fuga, hay un montón de situaciones. Y el cine sabe sacarles partido. Hay títulos que dan fe de la existencia de cosas que pasan Sin consentimiento, como Niñera a la fuerza, Familia a la fuerza, Equipo a la fuerza y varias posibilidades más, incluido un consejo, Nunca digas nunca jamás.

En nuestro teatro el consentimiento ocupa un papel estelar. Sin duda alguna, estemos en la jurisdicción que estemos, la ausencia o presencia de consentimiento es en gran parte el quid de la cuestión de muchos pleitos porque lo es de muchas figuras jurídicas. Es, sin ir más lejos, como estudiamos desde los primeros cursos de la carrera, uno de los elementos esenciales del contrato,  cuya ausencia puede dar lugar a la nulidad del negocio jurídico en cuestión. Nada más y nada menos.

No obstante, no pretendo hacer un tratado sobre el consentimiento y sus implicaciones jurídicas. Más bien, llamar la atención sobre su importancia. Pensemos en el matrimonio, sin ir más lejos. Si el consentimiento no existe o está viciado, o se ha obtenido mediante error, nos encontramos con una clarísima causa de nulidad, incluso de nulidad eclesiástica. Y si, además, se ha obligado a alguien a contraerlo, como ocurre por desgracia en algunos entornos con niñas, estamos ante algo tan grave como los matrimonios forzados, una lacra deleznable contra la que no se puede permanecer impasible.

Uno de los ámbitos donde la ausencia o presencia del consentimiento tiene mayores consecuencias es, sin duda, el del Derecho Penal. Recuerdo que cuando estudiaba la carrera había un tipo penal contemplado en el Código que castigaba al que se mutilara o dejara que otro lo hiciera con el fin de eximirse del servicio militar. Al margen de lo raro que resulta ahora leer cosas como esas, no hay que perder de vista de que se trataba de un supuesto extraordinario, la excepción de la excepción: las lesiones son delito con la excepción de que haya consentimiento, y éstas con la excepción de que se hubiera dado para librarse de la mili. Habría que ver cuántas cosas pasaban en aquel servicio para que alguien fuera capaz de mutilarse para escaquearse, pero eso de las Historias de la puta mili es harina de otro costal.

Al hilo de esto, la regulación del consentimiento en las lesiones es esencial para que determinadas conductas queden fuera de dudas y exentas de la consideración de delito, como podría ser una operación quirúrgica, especialmente si se trata de cosas tan peliagudas como la cirugía transexual o el trasplante de órganos, que por eso mismo son nombradas expresamente en nuestro Código. Todavía más delicado sería el tema de la esterilización de personas incapaces, pero ese es un asunto con multitud de aristas y no voy a meter mis tacones en un jardín así sin haberlo explorado con mucho más detenimiento.

Pero tal vez el tema más espinoso en cuanto al consentimiento, y más todavía en estos días, es el de la eutanasia o, como se llama en nuestro Código Penal, auxilio e inducción al suicidio. Lo primero que voy a decir respecto de este tema es que le tengo un enorme cariño, porque  gracias a él aquí estamos mis tacones y yo en Toguilandia, ya que fue uno de los que las bolas me repartieron en suerte en el examen  de la oposición. Pero, al margen de ello, o tal vez a su hilo, una reflexión: hace más de veintisiete años de aquel día y nada ha cambiado en el Código. Ya entonces era una regulación controvertida que reclamaba una revisión, y seguimos igual. Y parece que poca gente se lo plantea hasta que la actualidad, con casos tan terribles como el de Ramón Sampedro inmortalizado en el filme Mar adentro o el más actual de Angel y Maria José nos espolean la conciencia. O quizás, la falta de ella, por mirar hacia otro lado hasta que la realidad nos estalla ante las narices.

En cualquier caso, hay que reconocer que es un tipo penal jurídicamente curioso. Se castiga como autoría una participación en un hecho impune. Y digo impune porque el suicidio no es delito. Ya sé que a estas alturas algún listillo o listilla estará pensando que claro que no, cómo vamos a castigar a un muerto. Pero ahondemos un poco más y pensemos en los casos en que por cualquier razón quien pretendía suicidarse no logra su propósito. No se le castiga por nada, lo cual confirma que el suicidio es impune. Y, si lo es, resulta muy difícil explicar que un acto de participación -sea complicidad o cooperación necesaria- en un acto impune resulte delictivo y castigado, además, con penas considerables. Por si no vemos el contrasentido, ricemos un poco el rizo e imaginemos que el suicida no logra su propósito porque alguien llega a tiempo de que lo lleven al hospital y le hagan un lavado de estómago del veneno que ha tomado con la asistencia de otro. ¿Tendría sentido castigar a quien ha colaborado como actor secundario y no al actor principal? Pues eso

No obstante, el problema de esta actuación va mucho más allá de esas trabas técnicas. Y no es otro que el derecho a una muerte digna, huérfano de regulación adecuada desde la noche de los tiempos. Y eso es algo que nos debemos plantear para que evitar que las leyes vayan por un lado y la realidad por otra, en lugar de servir las unas para regular la otra.

El otro punto álgido en relación con el consentimiento, vendría dado por los delitos contra la libertad sexual. Como sabemos, la existencia de consentimiento o no, o el modo en que se haya obtenido este, son tan importantes que llegan a determinar el tipo delictivo -violación/agresión sexual o abuso sexual- y por supuesto, la pena asignada al mismo. Sucesos como el de La Manada han puesto de manifiesto lo importante que es la interpretación del concepto de intimidación para ello. Pero, como todavía no tenemos una sentencia definitiva, esperaremos a entonces para hacer la secuela de este estreno.

De todos modos, no quiero cerrar el telón de esta función sin escarbar en la memoria en busca de alguna anécdota sobre el consentimiento, que las hay. Tal vez las mejores vienen de hechos relacionados con los menores, que, por ejemplo, dicen que conducen el coche que le han birlado a su padre “porque él me deja “. También son frecuentes quienes, en su afán de culpar al prójimo, nos repiten en la declaración ante el juez lo de “yo no quería coger eso, pero él me obligaba”, por más que veas que a ese individuo tan resuelto y con la envergadura de un armario ropero de doble puerta seguro que nadie le puede obligar a nada. Y menos aún cuando compruebas que su lista de antecedentes es más larga que el listín telefónico. Aunque el mejor era aquel tipo que nos decía en su declaración que dejar una moto tan bonita y brillante aparcada sin candado era como pedirle que la cogiera, y, claro, no pudo resistirse.

Así que, con el consentimiento del público, ahí va el aplauso. Dedicado a quienes han de devanarse los sesos decidiendo en todos estos casos. Que la suerte os acompañe.

 

Fines de semana: ¿albricias?


Finde33

En términos generales, el fin de semana es sinónimo de descansar del trabajo, de ocio y, por tanto, de alegría. No obstante, esto que resulta lo normal para el común de los mortales, es casi lo anormal para lo que ocurre en el mundo del espectáculo. Al igual que ocurre con otras pocas profesiones, como las relacionadas con el ocio y la hostelería, para muchos y muchas artistas el fin de semana es el momento de más trabajo. Es cuando se realizan estrenos, cuando se hacen funciones, y cuando se espera más afluencia de espectadores. Su Fin de semana no es igual que para el resto del mundo, ni les atrapa la Fiebre del Sábado noche.

  En nuestro teatro compartimos algo de esa sensación, aunque también compartamos la sensación de alegría del resto del mundo. Depende del tiempo y del lugar en que nos toque estar en cada momento entre las dependencias de Toguilandia.

Como hemos visto más de una vez, cuando estamos de guardia , no hay fin de semana que valga. En ese caso hay que estar al pie del cañón en una de su variadas modalidades: presenciales o de disponibilidad, semanales o de 24/48 horas. La cuestión es que si te toca el finde, te tienes que despedir de todo posible plan, porque no se pueden hacer. Ni siquiera en el caso de que no te llamaran en todo el fin de semana -para el caso de las guardias de disponibilidad- se puede disfrutar del descanso semanal, porque hay que estar pendiente por si llega La llamada y hay que salir escopetada hacia donde sea.

En este punto, haré una aclaración. La guardia es trabajo, y cansa, aunque no la llamen a una o aunque no haga ni una sola asistencia. Ni que decir tiene que cansa más si se trabaja más, pero en modo alguno se pude decir eso de “si, total, no has hecho nada” porque no es así. Hay que estar preparada, prescindir de cualquier salida que impida llegar a tiempo, tener la logística preparada en caso de necesitar un plan B para hacerse cargo de nuestras propias criaturas y renunciar a unas cuantas cosas. Y si además, la guardia exige presencia física, hay que estar ahí, como su propio nombre indica. Parece mentira, pero nos costó la vida -entendida en términos de reclamaciones y recursos, claro está- conseguir que se nos reconociera algo tan simple como el derecho a librar tras la guardia. Que no es, como algunos piensan, un día extra de vacaciones como premio sino algo lógico: si ayer trabajaste 24 horas, lo normal es que hoy no trabajes ninguna, más aún si el día anterior fue festivo. Pero ha costado, y aún sigue costando, reconocerlo. Ya se sabe, en casa del herrero, cuchara de palo.

Quienes tienen ahí una piedra con la que se tropiezan día tras día son los Letrados y Letradas del turno de oficio. Que ya no es que les reconozcan o no, es que les cuesta lo indecible cobrar por el trabajo realizado, aunque se hayan dejado a su familia empantanada todo el fin de semana para atender detenidos o víctimas. Espero que alguna vez llegue el día en que no tenga que meter siempre esta cuñita publicitaria al respecto, pero mientras siga la situación, seguiré haciéndolo. Porque es de justicia.

Otras cuestión controvertida es la de trabajar o no en casa los fines de semana. Yo reconozco que , desde que ingresé en la carrera, he sufrido y he visto como todo el mundo se llevaba deberes a casa  porque el tiempo en el despacho no le era suficiente. Una cuestión muy  relacionada con la escasez de medios materiales  y personales y la necesidad de crear nuevos órganos, pero que a día de hoy sigue existiendo. Creo que no es deseable que nos llevemos a casa sentencias o calificaciones por poner, o juicios por estudiar, pero no queda otro remedio, mientras las cosas sigan siendo como son -o, como diríamos en plan pedante: rebus sic stantibus-. Ojala llegara el día en que nuestro horario de trabajo fuera únicamente el que desarrollamos entre las paredes de los juzgados, pero al ritmo que vamos ese día está lejos todavía. Y no reconocerlo es cerrar los ojos a la realidad.

De todos modos, no creamos que eso de los fines de semana de trabajo es cosa nuestra. Al otro lado del banquillo también se emplean a fondo, y, a veces, demasiado a fondo. Para los amigos de lo ajeno, fines de semana y festivos son campo abonado para realizar sus fechorías, y ponerse las botas sustrayendo carteras o tomando prestados efectos en tiendas o centros comerciales. Y por más que les digamos que descansen el fin de semana, que no tenemos ninguna necesidad de verlos en el Juzgado de guardia, los delincuentes profesionales hacen oídos sordos a nuestros ruegos y no se apiadan de nuestras pobres togas ni de quienes estamos dentro de ellas.

En cualquier caso, que llegue el fin de semana siempre es motivo de alegría para todo el mundo salvo, quizás, para esa especie rara constituida por los opositores  a quines les da igual el día que sea, ya que la semana se mide como la distancia que hay entre los días de ir a cantar al preparador. Un abrazo muy fuerte. Ya sabéis que os esperamos al otro lado

Así que hoy, el aplauso, será para quienes disfrutan del fin de semana. Y, sobre todo, para quienes no lo disfrutan para que el resto de personas podamos hacerlo

 

Semanas: día a día


 

IMG-20190409-WA0003Hace poco, oí a una persona decir que la unidad de tiempo había pasado a ser la semana. Y algo de razón tenía. Ya no contamos los ciclos en meses y menos aún en años, una semana es un ciclo completo, desde las mejores sensaciones del fin de semana hasta la pesadumbre de ascender la cuesta cada lunes. Y viceversa. El día de la semana determina en muchos casos nuestra vida y nuestra actividad, y el cine da buena muestra de ello. Encontramos títulos para cada día de la semana: Los lunes al sol, Si hoy es martes esto es Bélgica, Los miércoles no existen, Jueves, Gracias a Dios es viernes, Fiebre del sábado noche, La enfermedad del domingo. Y no olvidemos que hace unos cuantos años, los Payasos de la Tele nos obsequiaban con una canción llamada así, Los días de la semana, en que una pobre niña no podía jugar porque tenía que planchar, que barrer, que lavar, y no sé cuántas cosas más. Menos mal que las niñas de entonces no hicimos mucho caso y aquí estoy, con mi toga y mis tacones en vez de estar todo el día lavando, cosiendo, y barriendo.

También en Toguilandia determinan la vida los días de la semana. Y como quiera que  somos seres humanos, nos sentimos bien cuando llega el finde y se puede descansar, y nos cuesta la vida empezar las semanas. Porque, aunque un trabajo pueda gustar, disfrutar de otras cosas gusta cada día más, mientras sea en su justa medida.

En cualquier caso, hay que hacer una puntualización. En nuestro teatro hay muchas veces en que los días de la semana se difuminan hasta desaparecer. Es exactamente lo que ocurre en el Juzgado de guardia  y lo que nos pasa a quienes estamos de guardia  el fin de semana, porque en ese caso no hay descanso posible. Se trabaja sábados, domingos y festivos para que el resto del mundo pueda gozar de su descanso en paz.

Pero en este estreno quería centrarme en los que llamamos entresemana, que del finde ya hablaremos en otra función -atención, primicia al canto- en próximos días.

Los lunes son para la mayor parte de la gente, el peor día de la semana. O, al menos, de la gente que podemos considerar normal, que nunca se sabe. Los lunes son días de vuelta al cole después del fin de semana, o de su correlativo, la vuelta al trabajo. Con ese añadido que son los domingos por la tarde en que más de una vez me asalta la misma sensación que de niña. Dios mío, en nada es lunes y no he hecho los deberes. Y no solo eso, tampoco he hecho aquellas cosas pendientes que tenía que hacer y que me repetí a mí misma que haría estos dos días. Y sigue ocurriendo, aunque siempre nos demos el atracón jurándonos a nosotras mismas que no nos vuelve a pasar, que a la próxima no nos pilla el tren. Porque lo realmente malo es tener un señalamiento complicado un lunes, de esos que hay que estudiarse en casa sí o sí. Aunque no solo afecta a este lado de estrados. Más de una vez me he encontrado con acusados que llegaban tarde alegando, tan ricamente, que era lunes. Sin ir más lejos, una compañera que lleva Menores me contaba que alguno de sus habituales ha llegado a reñirla por señalar tan pronto un lunes, que tiene sueño y tiene que dormir. Acabáramos, que hay fiscales que no tenemos corazón y no dejamos dormir a la gente.

Los martes ya son un poco menos malos. La semana se ha encauzado como se ha podido y ya hemos arrancado. Suelen tener, eso sí, más señalamientos que los lunes, que me consta que siempre se tiende a ponerlos los días centrales de la semana, por si las moscas. No obstante, hay algo que no olvido, pese al tiempo transcurrido. Los martes eran para mí, cuando era opositora, día de cante. Porque cuando una estudia una oposición la semana se mide de otra manera, en función de los días que se va al preparador a cantar; el fin de semana no es más que un maldito obstáculo de un par de días donde el resto de la gente disfruta y quien oposita hace lo mismo que el resto de la semana, pero de peor humor. O así lo vivía yo.

El miércoles es, pese a lo que diga el refranero, el día central. Y digo eso porque todo el mundo ha escuchado alguna vez lo de “estás siempre en medio, como el jueves”. Y es que, aunque en sentido literal, el jueves es el día central, el miércoles es un okupa que ha acabado adquiriendo ese puesto central de la semana por usucapión. Y contra tábulas, nada menos. Aunque hay que admitir es que algunos de nuestros protagonistas tienen un complejo de miércoles que no se les aguanta. Están en medio de todos los fregaos. Y eso me vale tanto para profesionales como para justiciables, que hay quien tiene una vis atractiva tal para algunos temas que antes de que se sepa quién los lleva, ya hay quien ha montado la porra y la ha ganado.

El jueves el camino hacia el descanso dominical empieza a ponerse cuesta abajo. Salvo que se le compliquen mucho las cosas, una ya va sabiendo que el fin de semana se acerca y todo resulta más fácil. Salvo, por supuesto, plazos  que venzan y todas esas cosas, que no hay que olvidar que lo malo que tienen los días de la semana es que son hábiles  a efectos de cómputos de cualquier tipo

  El viernes, como la semana ya está acabando, todo parece ir bien. Aunque no hay que tomarlo al pie de la letra. Si bien es cierto que el número de señalamientos disminuye, sigue habiéndolos, y no podemos tomar como un derecho el de no tener juicios en viernes. Y no digo esto porque sí, que alguna vez he oído quejas del tipo “ese juez es un…. (rellénese la línea de puntos al gusto), que no tiene más ocurrencia que señalar en viernes”. Pues sí, señoras y señores, a efectos de juicios, los viernes, como Teruel, también existen.

Y ahí queda nuestra particular semana toguitaconada, igualitas unas a otras con la excepción de aquellas en que un puente o un festivo las hacen más atractivas. Algunas, incluso,se convierten en semanas intermitente -trabajo ahora sí, ahora no- o semanas Guadiana, porque las fiestas te hacen aparecer y desaparecer

En cualquier caso, el aplauso esta vez es para ese calendario que va marcando nuestra vida profesional, y al que nunca le dedicamos una palabra amable. Venga, hoy va por ti.

 

Eufemismos: decir y no decir


IMG-20190201-WA0036

Desde siempre, de un modo consciente o inconsciente, utilizamos eufemismos. Esa suerte de hipocresía verbal en que prescindimos de la palabra exacta favor de otra más suave pero más imprecisa para evitar la crudeza de la original, sea por ser malsonante o dolorosa o porque se busca la ambigüedad deliberadamente. Los títulos cinematográficos nos dan amplias muestras de uso de eufemismos cuando aluden a la enfermedad, como Cuarta planta -referencia a la parte del hospital dedicada a oncología infantil-  a la muerte, como Mi vida sin mí u Otoño tardío entre muchas otras, o a cualquier otro tema difícil. Aunque en nuestro país nos acostumbramos al uso de eufemismo relacionados con el sexo durante la época del destape, con títulos tan pintorescos como Lo verde empieza en los Pirineos o La Lola nos lleva al huerto, que preferían el humor a la sutileza, sin duda alguna.

Nuestro teatro parece, en principio, poco proclive al uso de eufemismos. Pero, si rascamos un poco, descubriremos que los usamos continuamente.

El lenguaje de Toguilandia no deja de ser curioso y, en ocasiones, lo que resulta ser un eufemismo en el mundo real produce exactamente el efecto contrario en nuestro teatro, dando lugar a expresiones más que rocambolescas. Alguna vez he comentado lo chocante que resulta esa expresión de que “el Juez firma con las partes”, a poco que le saquemos punta. Pero no es la única, desde luego, Vivimos en un mundo donde los fiscales “evacúan” en los informes, los testigos “deponen” y los interrogatorios pueden ser “sugestivos” o capciosos. Pero es que, además, la propia Ley de Enjuiciamiento Criminal, en un precepto que ya va necesitando la jubilación, habla de la “excitación del Ministerio Fiscal”, lo cual, en una carrera formada, según su propio Estatuto Orgánico, por “miembros”, da para más de un chascarrillo. Pero así están las cosas mientras sigamos anclado en ese lenguaje decimonónico y grandilocuente que poco casa con la realidad actual.

Pero al margen de ello, por supuesto que utilizamos eufemismos, a uno y otro lado de estrados, según convenga en cada caso. El más evidente, el uso y desuso del término “imputado”  y todos los que le rodean. En principio, en el sistema originario de la Ley de Enjuiciamiento Criminal, el del sumario como procedimiento tipo, todo aparecía muy claro: el “procesado” era la persona contra la que se dirigía el procedimiento después de una fase de investigación. Pero como quiera que el procedimiento abreviado abrevió -como su nombre, nada eufemístico, indica- trámites y con ellos la diferencia entre imputado y procesado, eso de ser “imputado” pasó a tener una connotación negativa que, cuando empezaron procesos contra políticos y famosos y  ringorrango mediático, no gustaba nada. Así que le dieron una vuelta más de tuerca y lo cambiaron por “investigado”, lo cual no deja de ser absurdo, puesto que es investigado aquel a quien se va a investigar y, sin embargo, no tiene cualidad de investigado aquel a quien se está investigando hasta que se le cita en el Juzgado una vez hecha la investigación previa. Un lío, vaya. Y todo por evitar que aparezca lo de “imputado” negro sobre blanco.

Hay otros eufemismos más de andar por casa que, además, dependen mucho de cuál sea la finalidad en cada caso. Con carácter general, hemos adoptado la terminología quinqui de llamar marrones  a esas cosas que se nos vienen encima con visos de desastre. Pero no todos los casos son tan universales. Si una quiere hacer un cambio a un compañero, por ejemplo, se lo “venderá” mejor diciendo que es “un asunto” que un marrón, o explicando que es un caso de “prueba delicada” en vez de decir que lo tenemos turbio.

Al otro lado del banquillo, también tienen sus cosas. Los antecedentes penales, sin ir más lejos, son un término que no les gusta nada usar y que evitan hablando de “un asuntillo” “un problema con la justicia” o hasta “un mal paso”. Aunque, en el colmo, como me cuentan algunas amigas abogadas, esos clientes que afirman carecer de antecedentes penales pero cuyo nombre, una vez buscado en el Registro Central de Penados y rebeldes, va seguido de veinte hojas con sus fechorías. Claro, sería mejor llamarlo “currículum delictual” en el cual, además, se puede alegar un máster en algún tipo de delito concreto -los hay muy especializados- o en el propio Código Penal.

La cuestión es que muchas veces es peor el remedio que la enfermedad, y mejor hubiera sido decir las cosas que dar un circunloquio. Por eso el aplauso es hoy para quienes saben llamar a las cosas por su nombre y actuar en consecuencia. Coherencia, ni más ni menos. Sin eufemismos.

Y una vez más una ovación extra para @madebycarol2, cuya imagen ilustra este post.

Desencanto: vacunémonos


welcomereality

Todas las profesiones, por más vocacionales que sean, tienen sus fantasmas. Y el desencanto es uno de ellos, más fuerte cuanto más vocacional es la actividad, como ocurre en el mundo del arte. Más de una vez hemos leído noticias de profesionales del espectáculo que un buen día se retiran porque ya no responde a sus expectativas, porque ya no disfrutan de él o porque ya no encuentran su sitio. En resumen, por desencanto, algo tan presente que El desencanto es tanto título de película como de serie de televisión.

En Toguilandia, cómo no, el desencanto nos ronda en cada esquina, y hay que andar muy preparada para que no nos capture. Y confieso que la idea de dedicarle este estreno no parte de mí directamente, sino de una compañera que la lanzaba al aire desde twitter, como si no supiera que yo soy facilona y recojo cualquier buena idea (Gracias, Jezabel).  Pero confieso que lo que más me preocupó es que la compañera en cuestión sea joven, porque parece que este tipo de sensaciones sean patrimonio de quienes ya hemos sumado varios trienios.

El desencanto puede aparecer en cualquier momento. Hay que estar alerta. Y puede que quienes estén ahora mismo preparando oposiciones no lo entiendan, pero el primer momento peligroso es precisamente ese, cuando se aprueba, por contradictorio que parezca. Durante el tiempo de estudio de las oposiciones ponemos nuestras vidas en stand by, pendientes de darle al on de nuevo cuando aparezca la fórmula mágica: el aprobado . Entonces podremos salir y entrar para cosas diferentes que cantar temas, ver un informativo sin que nos palpite el corazón cuando  anuncian nuevas leyes, o leer cosas que no incluyan la palabra “Derecho” entre sus páginas. Una se hace la ilusión de que retomando el gimnasio,  será capaz de completar la maratón de Nueva York o de ejecutar con maestría El lago de los Cisnes. Y que, por supuesto, retomará su vida social en el punto donde la dejó, y podrá asistir a bodas, bautizos, comuniones, despedidas de soltera, cumpleaños y cualquier otro evento sin tener que mirar el reloj a cada instante ni recogerse cuando la cosa más prometía. No voy a romper un mito ni a hacerme la víctima: aprobar es la pera limonera, no lo dudéis ni un momento. Pero también es cierto que se depositan tantas expectativas en ese momento, que es difícil que se cumplan, y hay que andar con los pies bien anclados al suelo una vez aterrizados del subidón inicial inevitable. Por eso, aquí va un consejo. Como la niña del chiste, hay que advertir que aunque usando tampax puedas montar a caballo, no vas a ser una amazona consumada por el solo hecho de utilizarlos si antes jamás te habías subido a un equino. Consejo que vale para el running, el ballet y hasta las danzas regionales.

Aunque soy consciente que el momento álgido del desencanto llega luego. Cuando la tozuda realidad nos coloca en sedes que se caen a pedazos, con un colapso de papel con el que no se puede aunque una trabajara las 24 horas del día sin parar, con guardias tan frecuentes que apenas da tiempo a respirar, con unas condiciones de seguridad en el trabajo por las que condenaríamos a cualquier empresa y con la perpetua sensación de que tienes una espada de Damocles sobre tu cabeza, es su momento. Ese cúmulo de circunstancias hacen que bajen nuestras defensas y convierten nuestro organismo en un sitio óptimo para que se instale y desarrolle el virus del desencanto. Y hay que tener cuidado, porque no solo crece a velocidades considerables, sino que además resulta contagioso.

Por eso hay que vacunarse. Y hacerlo antes de que nos ataque con toda su virulencia. En ese primer destino ,donde se cumple como nunca la regla de prior tempore potior iure adaptada a nuestros puestos de trabajo -si eres el último tendrás el lote de trabajo o el juzgado más terrible- hay que ir preparados para todo. Y pensar que iremos a mejor que, como decía mi padre, cuando seas padre comerás huevos y que lo bueno está por llegar. Pero en realidad, no hay mejor antídoto que la palabra de una víctima dando las gracias. Esos momentos deberíamos envasarlos y tenerlos preparados en la nevera para suministrarlos cuando las fuerzas mengüen.

A este respecto contaré algo que me pasó el otro día. Se me acercó una mujer, mientras hacía cola para pagar mi compra en el super, y me dijo que cada vez que veía que estaba yo en el juzgado de guardia, sabía que las cosas irían bien. Y me dio las gracias y un abrazo. Con esto, tengo antídoto para el desencanto para una temporada, que buena falta hace. Porque cuando se suman trienios llega otro de los momentos de crisis.

En efecto, el tiempo pasa y las condiciones mejoran. A veces, hasta entramos en una zona de confort bastante apacible.Pero de pronto una se ve con alguna que otra arruga, con que el pelo se empeña en cambiar de color o, lo que es peor, ralear, y que ahí seguimos. No hemos logrado casi ninguna de esas cosas que anhelábamos, no hemos logrado cambiar la Administración de Justicia como alguna vez imaginamos y nunca alcanzaremos un puesto de especial responsabilidad. Y ese es otro momento en el que hay que acudir al antídoto, y amarrarse fuerte a él. Pensar en cada mujer, en cada menor que sacamos adelante, en las veces que logramos que se hiciera Justicia y en las personas cuya vida ha cambiado por nuestra pequeña intervención, y saber que ha valido la pena y va a seguir mereciéndola.

Por eso hoy especialmente mi aplauso va dedicado a todas las personas de Toguilandia que se han visto alguna vez inoculadas por el virus del desencanto. Porque hemos de saber que, sea cual sea nuestro lugar en el engranaje, pocas cosas hay de mayor responsabilidad que contribuir a hacer Justicia.

 

Multa: a pasar por caja


multa forges

Ya lo decía el mismísimo Quevedo desde antiguo. Poderoso caballero es Don Dinero. Y no le faltaba razón. Tal vez por eso en el teatro, como en la vida, hay tantos argumentos basados en motivos económicos. Toma el dinero y corre,  Dólares, La muerte tenía un precio, o El color del dinero por citar algunas. Aunque, como título monetario, prefiero el castizo 1 franco 14 pesetas de nuestro cine. Y es que El poder del dinero es mucho.

En nuestro teatro el dinero aparece de múltiples maneras y es el protagonista de varias jurisdicciones, particularmente la civil. Pero este estreno no va a tratar de las cuestiones monetarias como objeto del pleito, sino como pena o como sanción. Y va a ser el Derecho Penal, una vez más, la estrella de esta función.

La pena de multa es, desde siempre, una de las penas posibles a imponer según nuestro ordenamiento. Y, aunque haya a quien rascarse el bolsillo le sea especialmente doloroso, no es en teoría de las peores penas que se pueden imponer. La pena de multa es mucho menos gravosa para el penado que cualquier otra pena, porque ésta solo afecta al patrimonio y las otras afectan a derechos tan fundamentales como la libertad. No obstante, no hay verdades absolutas, como veremos a continuación.

En este tema, lo primero que hay que aclarar es la diferencia entre lo que comúnmente conocemos como “multas” y la pena de multa impuesta en un juicio penal. Las multas de tráfico, esas que nos llenan de rabia porque nos han pillado con el carrito del helado, no son penas. Aunque a veces, si se lían mucho las cosas, pueden acabar en cosas peores.  No olvidemos que esa escena que tantas veces vemos en las películas, de alguien tratando de sobornar al policía para que no le ponga la multa, es delito en nuestro Código penal. Como también lo es el hecho de quedarse con su importe, como hizo en su día el otrora flamante marido de la hija de una folclórica.

Tampoco las multas impuestas en el ejercicio de otras actividades son penas, como las que sancionan a algunos locales por no cumplir las normas sobre horario, ruidos o cualquier otra cosa, o esas tan temidas que pone Hacienda. Estas multas, aunque su importe sea a veces mucho mayor que el de una pena, tienen diferencias con estas, entre otras, que no suponen antecedentes penales que te impidan sacarte la licencia de armas o presentarte a oposiciones, por ejemplo. Lo que ocurre es que el cálculo de las multas responde a muchos factores y no siempre se acierta. Recuerdo un ejercicio práctico que nos pusieron en la Escuela judicial sobre un horno que vendía bocadillos y bebidas a lo largo de toda la noche infringiendo las normas sobre horario comercial y que, aún siendo sancionado cada fin de semana por volver a abrirlo, lo hacía porque le salía a más a cuenta pagar una multa tras otra y continuar con la actividad, que obedecer y no ser multado. Y es que el resopón tras una noche de juerga salía muy rentable

Y, como decía, al lado de estas, están las multas penales. Que, por el modo en que se calculan, arrojan muchas veces cantidades ridículas en relación con las circunstancias. Recuerdo que, cuando no tener el seguro obligatorio del coche era ilícito penal, la pena de multa era irrisoria en relación a la que ponía hasta entonces la Administración por el mismo hecho. Y, como es norma de Derecho, cuando un hecho puede ser punible en dos vías, hay que optar por una u otra, siendo la penal la preferente. Por eso el precepto duró poco, porque a la Administración le salía la torta un pan. Era más barato no tener seguro que no llevarlo encima.

Las multas penales se calculan -salvo en el caso de ser proporcionales- por el sistema de días multa. Esto significa que se asigna un valor a la cuota diaria en función de los recursos del obligado. Pero eso es pura teoría, porque en la práctica, imposibilitados de averiguar uno por uno  el patrimonio de cada denunciado, se acaba acudiendo a unos estándares, fijados en general por aproximación. Lo que no se puede interpretar, como hizo en su día un periódico, es que una multa de 20 días con cuota diaria de 10 euros quiera decir que el penado tenga que ir cada día al Juzgado con 10 euros en la mano. Pero juro que no solo lo publicaron así sino que llegaron a intentar un seguimiento del famoso en cuestión yendo a pagar sus 10 euritos diarios. Infructuoso, huelga decirlo.

Pero la cosa no es tan sencilla. Además de la multa por cuota diaria, está la multa proporcional, la que se impone, por ejemplo, en los delitos de tráfico de drogas según la cantidad incautada y su valor. Y existen, también otros casos de multa que no son penas propiamente dicha. Es lo que ocurría con la sustitución de determinadas penas no graves por multa, que fue dejada sin efecto por la reforma del Código penal de Julio de 2015. Ahora la multa es una de las posibles reglas de conducta a imponer como condición en el caso de que se suspenda la pena a una persona -por ser delincuente primario y no estar castigado a más de 2 años de prisión, generalmente- y, además,solo puede imponerse si entre ellas no existe una relación económica como la de pagar una pensión. Un puzle que hay que ir cuadrando y cuyas piezas nunca acaban de encajar bien.

Otra cosa importante a aclarar es que la multa se paga siempre después de la responsabilidad civil. Esto es, si alguien tiene que indemnizar por las lesiones causadas al lesionado, esto se paga antes que la multa. No se vale ser listillo, pagar la multa y quedar insolvente. Que no nos tomen por tontos.

Por último, no hay que olvidar que la multa impagada no se queda así. Se sustituye por responsabilidad subsidiaria, esto es, 1 día de privación por cada 2 cuotas no satisfechas. Esta advertencia ha dado lugar a verdaderos milagros presenciados por mí y por cualquiera en Toguilandia. Insolventes a perpetuidad que, ante la amenaza de la prisión, sacaban, oh milagro, dinero de debajo de las piedras. De ahí la importancia de que primero cobren las víctimas.

Así que ahí queda eso. El aplauso, una vez más,para quienes aplican las penas en general y la de multa en particular, con ponderación y equilibrio. Que aunque lo parezca, no es fácil

Animaladas: no comparemos


 

animales-en-el-zoo

En el mundo del arte siempre han tenido micho éxito las historias de animales, especialmente cuando nos empeñamos en que se comporten como personas. Desde las fábulas de Samaniego hasta las películas Disney con El libro de la selva a la cabeza, pasando por toda clase de cuentos, perros y gatos, burros, pájaros, osos, monos, serpientes, ratones, patos, cisnes y cualquier especie animal han tomado vida en las pantallas haciéndonos reír o llorar, adoptando modos casi humanos, en la mayoría de los casos vía dibujos animados. En otras ocasiones, sin embargo, los animales son animales, y como tales se presentan en las pantallas, bien con la crueldad de Los pájaros, con la ternura de Bailando con lobos o con el realismo de La vida de Pi.

  En nuestro teatro, los animales tienen poca presencia. Ya dedicamos un estreno a algunos caos en que valía la pena intentarlo, como el de la perra Peseta  o los perros que acompañan y protegen a víctimas de violencia de género. Pero en general no tenemos demasiada generosidad con nuestros amigos de pelo y plumas y seguimos utilizando comparaciones y lugares comunes que no les dejan en un lugar demasiado airoso.

Un ejemplo reciente y muy utilizado es el del término “manada”. Es obvio que, diccionario en mano, manada es un rebaño pequeño de ganado que está al cuidado de un pastor, o bien un conjunto de ciertos animales de una misma especie que andan reunidos. Sin embargo,con solo googlear la palabra, los primeros resultados de las búsquedas hacen referencia a la desgraciadamente famosa “manada” de Pamplona, y a todas las que le han seguido, o sea, a un conjunto de varones que abusan o agreden sexualmente en grupo a una sola mujer. Y me pregunto yo qué habrán hecho los pobres rebaños o conjuntos de animales para cargar con este sambenito de por vida por culpa de unos humanos. Y es que nos referimos más de una vez a conductas reprochables como propias de animales cuando no lo son.-o no lo son siempre- ¿Por qué nos referimos a que tal o cual delincuente era una verdadera bestia o un animal? La verdad es que no lo sé, pero sería para hacérnoslo mirar

En otros casos, las comparaciones con animales vienen en forma de insultos, y por esa vía llegan hasta Toguilandia. Y, además en estos casos sale bastante peor parado el género femenino que el masculino. En violencia de género sin ir más lejos, es muy frecuente que el acusado se haya referido a su pareja como “zorra” o “perra”, términos muy ofensivos cuando se emplean en femenino y no tanto si se hacen en masculino. Otro tanto ocurre con otros animales, como el lagarto; todo el mundo sabe lo que implica llamar a una mujer “lagarta” y más aún si es con el superlativo “lagartona”

No siempre nos traen las “animaladas” de fuera. A veces, la propia Justicia o sus protagonistas recurren al mundo animal para describir ciertas cosas. Así, la alusión a la tortuga o al caracol para hablar de la lentitud de la Administración de Justicia o la evocación del cangrejo y su marcha en retroceso para referirse a reformas que supongan una involución. Y por supuesto, la comparación con un dinosaurio como metáfora de la decrepitud de medios y de algunas leyes. Y ya, si nos referimos a los intérpretes de nuestro teatro, todo el mundo sabe a qué se refiere si de alguno se dice que “hace el ganso” o “hace el perro”. Y  tan injusto es tildar a estos animales de vagos por naturaleza, como hacerlo como generalización de muchos humanos.

A veces también se utiliza a los animales como sujeto pasivo– o mejor dicho, objeto- de algunos delitos. No olvidemos cuando determinado ministro se refería a los “robagallinas” con un deje de desprecio, tanto al delincuente como sobre todo a la clueca, con lo mona que es Turuleka poniendo un huevo, poniendo dos, poniendo tres… Pero no podemos perder de vista que, para el Derecho, los animales siempre han tenido consideración de objetos, bajo el raro nombre de “semovientes” y se les aplicaba en Derecho Civil tal régimen jurídico. Parecía que esta legislatura iba a acabar con esto, pero el modo abrupto de su terminación ha hecho que no culmine la reforma planteada en esta materia.

Donde sí cambió hace tiempo la consideración de los animales como sujetos pasivos de Derecho es en el Derecho Penal, aunque todavía falte andar un buen trecho en este camino. Pero hay que reconocer que hemos pasado de que matar un animal fuera considerado una falta de daños -o delito de daños, según el valor económico en que se tasara el animal- a que exista un delito de maltrato de animales con entidad propia. Por supuesto, quedan muchas lagunas legales por llenar, como la necesidad de que sean “domésticos” para que se considere cometido el delito, pero parece que estamos en el camino de castigar a quienes cometan actos de barbarie con los animales.

Además del sentido metafórico, y de los animales como sujeto jurídico, hay otra presencia animal mucho más clara y molesta. La de ratones, cucarachas y otros seres que no son bienvenidos en nuestras instalaciones, pero cuyo estado les anima a tomar posesión del mismo. Y ojo, que si se alarga la cosa, podrían hasta adquirir por usucapión. Ya hablé en otro estreno de unas pulgas empeñadas en hacernos compañía en los juzgados, pero no son el único caso. Más de una vez he regresado de la guardia con varios recuerdos en forma de picaduras de un animal volante no identificado. También recuerdo hace algún tiempo que unos ratones en nada parecidos a Mickey y su compañera Minnie Mouse estaban dando buena cuenta de los archivos de Registro Civil.

Por último, quiero traer a este particular safari en que hemos convertido nuestro toguitaconado escenario una especie simpar, de todo el mundo conocida: la mosca cojonera. Se trata de una especie que se encarna en múltiples personalidades, y que tan pronto puede adoptar la forma de un profesional demasiado pelma, empeñado en recurrir lo irrecurrible o en hacer informes eternos, la de un juez que a todo pone pegas, la de un investigado al que no hay modo de investigar o la de cualquier otro y otra. Solo es cuestión de buscar, pero siempre está ahí.

En el extremo opuesto, también tenemos rémoras, que serían aquello o aquellas que no hacen otra cosa sino adherirse a quien le ha precedido en el uso de la palabra. Incluso aunque no le haya precedido nadie, que lo he visto alguna vez.

Por todo lo visto, hoy el aplauso será exequo. Dedicado de una parte, a quienes respetan e imitan las mejores virtudes animales y, de otra, a esos peludos que las inspiran. Gracias por partes iguales.

 

Selfie: autorretrato toguitaconado


selfie-drawing-woman-smartphone-icons-colored-cartoon-243472

El autorretrato -que es en lo que en realidad consiste un selfie– no es nada nuevo. El mundo del arte los usa habitualmente, y no es raro el pintor que no cae en la tentación de aparecer en algún lugar de sus cuadros, como Velázquez en Las Meninas, o que, directamente, se autorretrata, y a su vez el cine retrata el autorretrato como el Van Gogh de El loco del pelo rojo. A veces, son directamente los retratos en su versión tradicional los que son el leit motiv de libros y obras, como La chica de la perla o Laura. Y tampoco podemos olvidar la afición al selfie cinematogáfico de entonces de un director, Hitchcock, aficionado como nadie a aparecer en algún instante de sus propias películas, como hacía en la tienda de animales de Los Pájaros.

En nuestro teatro, como seguimos siendo un poco viejunos, poco podemos hablar de selfies, aunque seguro que encontramos una figura afín y alguna que otra anécdota. Sin ir más lejos, el otro día una señora nos contaba que tuvo un accidente mientras hacía “sulfing”. No sabíamos qué pensar, porque ni la edad ni la apariencia física de la señora recordaban en nada la estética surfera y era difícil imaginarla “pillando olas”, y estuvimos expectantes hasta que nos lo aclaró: se estaba haciendo “un sulfing” con el móvil cuando dio un mal paso hacia atrás, tropezó y se cayó al suelo. Tal cual.

Aunque no sea lo más frecuente y se haga casi a hurtadillas, ya me he encontrado alguna vez a gente haciéndose un selfie en el pasillo donde espera para un juicio, o a la entrada del Juzgado de guardia. De momento, aún no he visto a nadie que lo haga dentro de la sala, pero igual lo veo cualquier día, porque, pese a los carteles pegados en la mayoría de ellas respecto a apagar o desconectar el móvil , es rara la sesión de juicios donde algún dispositivo no nos obsequia con su tono de llamada, que pueden ir desde el himno del equipo de fútbol de sus amores -aquí somos muy de “amunt València”,pero seguro que hay tantas versiones como equipos- hasta la última moda en reggaetón o una rumbita de lo más animada. Aún recuerdo un juicio por asesinato donde varias veces se interrumpió la declaración del testigo principal con un impagable “dame veneno que quiero morir” alternando con “el del medio de los Chichos”

Pero hay que tener cuidado. Los móviles los carga el diablo, como mucho antes de eso cargaba las grabadoras de todo tipo. Si no, que se lo cuenten a más de uno que ha tenido un disgusto por eso.

Y aunque pueda no parecerlo, cada vez más estas cosas se incorporan a los procedimientos en la misma medida que forman parte de nuestra vida diaria. Y se pueden usar de prueba, con cualquier tipo de intención. Como ejemplo, el del progenitor -sea padre o madre- que, para demostrar que, en contra de lo que dice el otro, sus criaturas están divinamente con él o ella, se dedican a la práctica del selfie como si no hubiera un mañana, y luego nos lo traen a juicio impresos a todo color. Pero, por más que quieran demostrar otra cosa, lo único que demuestran es que en ese momento determinado, un minuto de los miles que tiene cada día, esbozaron una sonrisa. Obviamente, bien tontos serían si trajeran una foto donde sus retoños estuvieran llorando o con gesto de pesadumbre.

También en los selfies está más de una vez la mecha que enciende el polvorín de una situación de violencia latente, especialmente en casos de violencia de género. Una foto con otra persona, y quien confunde amor con posesión cree tener razón suficiente para agredir o insultar a su pareja. Y, de hecho, más de un investigado nos lo dice como si estuviera cargado de razón: es que yo ví en su móvil la foto con otro chico. Algo muy frecuente, por desgracia.

Como he dicho antes, los móviles los carga el diablo, y los selfies a veces también. Y nunca está de más controlar cómo y con quién se fotografía una, sobre todo si el selfie viaja directamente a redes sociales sin solución de continuidad, como suele pasar. Que igual lo de aquella noche que estábamos de fiesta con un cubata en la mano y una diadema de unicornio en la cabeza era entonces muy gracioso, pero a tu jefe no se le parece tanto, y menos aún si ese día el protagonista del selfie no había ido a trabajar alegando una lumbalgia o cualquier otra cosa. Que parece que no, pero a veces pasa, y podría ser una estupenda prueba de cara a un eventual despido, por ponerse en lo peor.

No obstante, no quiero bajar el telón de la función de hoy sin hacer un pequeño ejercicio de selfie toguitaconado, o, lo que es lo mismo, de autorretrato de nuestro escenario. Más de una vez nos falta capacidad de autocrítica, nos creemos casi infalibles o podemos llegar a pensar que lo que hacemos es impecable y que no se puede hacer mejor. Y, aunque sea cierto que los medios -o la falta de éstos- no ayudan, nunca hay que perder la perspectiva porque siempre se puede hacer las cosas un poquito mejor, o al menos intentarlo. Por eso no estaría más que de vez en cuando nos imagináramos haciéndonos un selfie y pensáramos si pasaría la prueba del algodón de la subida a redes sociales. Ahí lo dejo

Así que solo queda el aplauso. El que hoy dedico a todas las personas de Toguilandia que sí pasarían esa prueba del algodón. Sea via selfie, o sulfing, que no está nada mal.