
La magia siempre tiene un hueco en nuestras vidas. En el cine, en muchas las películas que, de uno u otro modo tratan el tema, desde la fantasía de la saga de Harry Potter hasta la realidad de biopics como El gran Houdini, pasando por otras como Ahora me ves. No obstante, en estos días en que hemos perdido al gran Juan Tamariz, será él y su ¡Tachán! Lo que inspire este estreno.
En nuestro teatro podríamos afirmar que, en principio, la magia no existe, ni en sentido real ni figurado, que no en balde somos juristas y nos apoyamos en la legalidad. Sin embargo, no hay más que rascar un poco para encontrar algunos vestigios de cosas que, si no son magia, bien podrían serlo.
Si echamos la vista atrás, podríamos decir que la magia empezó, de algún modo, el día que entramos a formar parte de Toguilandia. Nunca hay que perder de vista que el hecho de aprobar una oposición tiene mucho de esfuerzo y constancia, pero también una pizca de eso que llamamos suerte pero que bien podría llamarse magia. Los temas que nos tocan en el examen, las circunstancias en las que nos encontramos o la composición del tribunal o e número de plazas disponibles son factores que escapan al mero estudio y preparación y que tienen un algo de mágicos. Como si una varita de virtud -como la llamaba mi madre- o una varita mágica -como siempre la he llamado yo- nos hubiera tocado ese día y hubiera determinado nuestro destino para siempre.
Y hablando de varitas mágicas, son muchas las funciones en que he implorado por tener una y poder así disponer de medios para solventar los muchos problemas que en esta pobrecita Administración De Justicia nos encontramos en nuestro día a día. Ojalá pudiéramos dar un toque de varita y encontrarnos con que aparecen, como por ensalmo, jueces, ficales, lajs, funcionarios y funcionarias, forenses y todos los medios materiales y personales que necesitamos. Pero, como no es así, nos vemos en la obligación de practicar nuestra propia magia, la de hacer todo lo posible para sacar las cosas adelante.
También he deseado más de una vez contar con la bola de cristal que tienen las pitonisas clásicas, otra manera de hacer magia. Así podríamos adivinar, sin riesgo de equivocarnos, qué medidas son necesarias en cada caso para evitar males mayores. Cuándo es necesario decretar una prisión preventiva, o poner una medida de alejamiento, con cuál de los progenitores -o con ambos, o con ninguno- han de quedarse los menores y mil cosas más de las que hemos de resolver en un nanosegundo y pueden determinar un destino. Por no hablar de la decisión entre la absolución o la condena, entre acusar o archivar, entre la culpabilidad o la inocencia. Pero, de momento, la bola de cristal no ha llegado y seguimos con nuestro particular modo de hacer prestidigitación. Todo un reto.
Pero la magia no siempre es buena. A veces se convierte en maga negra, negrísima, y donde teníamos un asunto que resolver aparecen cien, y a ver qué mago soluciona eso.
Y es que, aunque no lo reconozcamos, cuando hacemos nuestro trabajo tenemos un poco de magos y magas. Tanto es así que hasta llevamos nuestra propia capa, la toga, y una chistera imaginaria de la que sacamos soluciones cuando no las hay. Para que luego digan.
Por eso, cada una de nuestras funciones, sean guardias, declaraciones, o juicios, tienen un poco de escenario donde practicamos nuestra magia jurídica. De nosotros y nosotras depende que esa magia sea blanca o negra, potente o débil. Porque a la magia, como a la suerte, hay que ayudarla.
Así que terminaré este estreno como lo he empezado. Con un homenaje a Juan Tamariz y a su modo mágico de hacer las cosas. Para él es hoy el aplauso. Aunque, mejor que aplauso, debería decir ¡Tachán!
Y, por supuesto, una ovación extra para la autora de la ilustración, @madebycarol, una vez más








