
La vida diaria está llena de peligros de los que ni siquiera somos conscientes. Una maceta caída de un piso, el palo de una escoba o el bordillo de una acera se pueden convertir en elementos mortíferos. Incluso un pañuelo, como le ocurrió a Isadora Duncan, la bailarina pionera de la danza contemporánea, que murió asfixiada con su propio chal, como vemos en la pelíula biográfica Isadora.
En nuestro teatro, vemos cada día ejemplos de instrumentos peligrosos. Tanto es así que esta categoía está contemplada de modo específico en el Código Penal y da lugar a la agravación de la pena en algunos supuestos, como ocurre en el robo con violencia.
Pero ¿qué se pueden considerar instrumentos peligrosos? Pues ahí está el quid de la cuestión, más allá de las armas convencionales, que ya tuvieron su propio estreno.
Hay algunos instrumentos u objetos cuya peligrosidad es obvia, aunque su uso normal sea absolutamente inocente. Sería el caso de un bate de béisbol, un palo de golf, una porra o un bastón, unas tijeras, un punzón un martillo o cosas semejantes. Cuando se emplean para practicar un deporte, ayudarse a caminar, o cortar o pinchar lo que se necesite, resulta evidente. Pero cuando se emplean como armas contra otra persona, pueden resultar mortíferas, tanto por su potencialidad en sí misma, como en la posibilidad, por separado o unido a la anterior, de producir una infección.
Por otro lado, hay cosas que, sin ser un instrumento em sí mismo, sí que tienen la potencialidad de agravar el daño con su acción. Sería el caso de un coche o una moto cuando se usa para dar un tirón, como ha reconocido reiteradamente el Tribunal Supremo. Seguro que todo el mundo conoce algún caso de personas -especialmente, señoras mayores- a las que se les ha roto una cadera o un brazo al darle un tirón -robo con violencia- desde un vehículo. También fue frecuente, durante la época más dura del SIDA, que se utilizara como arma para cometer delitos una jeringuilla presuntamente infectada del virus.
Cuestión diferente a la de los instrumentos peligrosos, aunque el Código Penal los equipara, es el de las armas prohibidas. Entre las más conocidas están el puño americano, o esos bastones que acaban con un filo que creemos que solo se ven en las películas pero de las que los archivos de piezas de convicción están llenos y algunas de ellas son bien curiosas, como cuchillos o navajas disimuladas en objetos aparentemente inocuos como bolígrafos.
Pero posiblemente el caso más peliagudo es el de los cuchillos. Un cuchillo es instrumento utilizado en nuestra vida diaria pero puede ser el instrumento de un homicidio, un asesinato o unas lesiones graves. Tan es así que cuando doy charlas suelo poner el mismo ejemplo: un cuchillo jamonero es el instrumento para tomarnos unas cortadas de jamón buenísimas -siempre que haya un buen cortador de jamón, claro está- pero también puede ser el arma homicida en varios casos. De hecho, el ultimo asesinato de género a cuyo levantamiento de cadáver asistí había sido cometido con un cuchillo jamonero idéntico al que hay en mi casa que, además, todavía estaba clavado en el cuerpo de la víctima.
Hay que andar con mucho cuidado a la hora de tomar decisiones al respecto. Es perfectamente comprensible que una persona que vaya al campo a recoger fruta lleve un cuchillo, pero no lo es tanto que lo lleve alguien que va a entrar en un juzgado, por ejemplo. En esos casos se le interviene, aunque no se puede considerar delictivo, o estaríamos aviados. No tenemos más que pensar lo dicho hace poco por un político sobre la peligrosidad de unas personas acampadas porque tenían cuchillos. A saber, si no, cómo cortarían el fiambre o untarían la mantequilla, la sobrasada o, como era el caso, el humus. Y es que no se puede ser más papista que el papa.
Lo que es más discutible es que se pueda considerar instrumentos peligrosos aquellos que lo son solo para algunas personas, como sería el caso de utilizar un producto al que es alérgica una persona para provocarle un mal e incluso la muerte. El instrumento en sí mismo -sean boquerones, frutos secos, el pelo de un gato o la piel de un melocotón- no es peligroso, aunque lo sea para esa persona. Cuestión diferente es que se le puede atribuir un propósito homicida o de lesionar si conocía esa alergia y lo hizo específica a fin de causar daño.
Los gases, sin embargo, son nocivos para todo el mundo y sí podrían entrar en la categoría, aunque no sean objetos en sí mismo. Recordemos lo ocurrido con el gas pimienta en un episodio ocurrido hace poco o pensemos en bombas de humo que puedan causar mal. Más allá de las bombas fétidas, claro, que aunque sean una broma de mal gusto, no pasan de ello.
Y hasta aquí, el estreno de hoy. La palabra también puede ser un instrumento peligroso, aunque el Tribunal Supremo aún no lo haya contemplado. Eeperamos que las mías no surtan ese efecto y merecer el aplauso del público.








