Peliculismo; que la realidad nunca estropee la ficción


         Hay muchas películas sobre juicios. Y todavía hay más series de televisión, de todos los tiempos, desde la ya mítica Ironside hasta The Good Fight, pasando por La ley de los Angeles, Ally Mc Beal, o las nacionales Turno de oficio o Anillos de oro, sin olvidarme de las recientes Hierro o Ana Tramel. Los juzgados son plato de gusto para las cámaras, y aunque han dado lugar a obras maestras como Matar a un ruiseñor, 12 hombres sin piedad o Testigo de cargo, de todo hay en la viña del señor. Lo que no se puede negar es su influencia en el imaginario colectivo.

En nuestro teatro necesitamos bien poco de a ficción para encontrar historias de todo tipo, desde las más hilarantes a las más dramáticas. Siempre he pensado que si un guionista se sentar a lo largo de una sola mañana en una sala de vistas o en un juzgado de guardia, encontraría tantas historias como para ganar el Oscar unas cuantas veces.

Ya hemos comentado en varios estrenos que la cultura -o incultura- jurídica bebe de las fuentes anglo sajonas, que nada tiene que hacer nuestra patria campanilla al lado de un buen mazo para llamar al orden, y dónde va a comprarse nuestra sobria toga con el pelucón y las chorreras. Y así todo. Ya hablamos de series de ficción y también de películas y hoy la cosa va un poco de lo mismo, aunque dándole la vuelta. ¿Nos han acabado influyendo las películas americanas en nuestros juicios en lugar de ocurrir al revés? He ahí el quid de la cuestión.

Hay un ejemplo que inclinaría la balanza a una respuesta positiva sin ningún género de dudas. Ya lo hemos visto más veces, y antes hacía referencia a ello, pero es inevitable. En el proceso español, nunca se vio mazo alguno. Las normas y la costumbre eran ajenos a semejante cosa hasta que empezamos a verlo en películas y televisión. No hay un solo cuadro o representación de ningún tipo donde aparezca. Lo nuestro era una campanilla con la que se llamaba al orden o se anunciaba la audiencia pública que, en honor a la verdad, ha desaparecido de la mayoría de salas, salvo algunas Audiencias muy tradicionales- Sin embargo, los jueces y juezas de las nuevas hornadas tienen mazo. Siempre aparece algún amigo o pariente que se lo regala cuando aprueba o para tener un detalle. De verdad o a modo decorativo, de abrecartas o pisapapeles, pero ahí están abriéndose paso. Y dejando a las pobres campanillas olvidadas. Y menos mal que no ha pasado otro tanto con la peluca en relación con nuestro birrete. Aunque confieso que algún juez aquejado de alopecia galopante me ha dicho que le gustaría llevarla. Mucho más barato que un viaje a Turquía.

El otro día veía una serie de televisión española donde es el tribunal del jurado quien juzga un delito de inducción al suicidio, un tipo penal que no se encuentra entre la magra lista atribuida al jurado . Hablaban, además, de delito de perjuirio, de que el acusado no podía mentir, o de la posibilidad de que los testigos declaren cuando les viniera en gana. Por supuesto, abogado y fiscal se dedicaban a investigar en el lugar de los hechos cogidos de la manita, mientras el juicio estaba en marcha, aunque luego llega otra fiscal que retira la acusación a mitad de la práctica de la prueba, con un par. Y, para acabarlo de arreglar, el juicio acaba con un sobreseimiento porque las partes lo acuerdan. Cuando es de primero de Derecho -y de elemental de sentido común- que los juicios solo acaban con sentencia, aunque sea absolutoria, y que las partes poco pueden decir ante un delito perseguible de oficio.

Pero el problema no sería más que una anécdota graciosa -o cabreante, según el caso- si no fuera porque luego los clientes exigen a sus letrados y el justiciable a todo el mundo toguitaconado que nos comportemos como los personajes. Pobre de la abogada que no consiga un sobreseimiento a mitad de jurado, o que no logre que el fiscal se retire por la cara.

De hecho, me atrevo a decir que en ocasiones hay alegatos excesivamente ampulosos y largos por parte de letradas y letrados -generalmente de fama y caché- que parecen dirigirse más bien a impresionar a sus clientes que a lograr el convencimiento de un tribunal que lo tiene todo claro tras la práctica de la prueba. Cuántas veces me quedo con ganas de tomar la palabra y emular a Baltasar Gracián con lo de “lo bueno, si breve, dos veces bueno”. Y lo malo, ni te digo.

Anécdotas aparte, lo que realmente preocupa, por no decir que enoja y entristece al mismo tiempo, es que los productores de una serie de televisión española -sea esta o cualquiera, que ejemplos hay a punta pala- no pierdan ni un minuto de su vida en asesorarse como es debido. Y remarco el “como es debido” porque, según me contó una amiga, la protagonista dijo en una entrevista que tenían un estupendo asesoramiento jurídico. Pero, o no era estupendo, o no le harían ni puñetero caso, no fuera que la realidad les estropeara un buen guion. Lo peor es que con una simple llamada a alguien que conociera un poco Toguilandia, se hubieran ahorrado muchos gazapos. Pero o no interesa la realidad, o la justicia, o ambas. Es lo que hay.

La verdad es que siempre me pregunto si los juicios americanos serán como los pintan en las películas, porque si no son fieles a la realidad en España, tal vez allí tampoco. Y es que de ver a Marlene Dietrich como testigo a Chus Lampreave como testiga hay un mundo. Aunque si tuviera que elegir no sé con cuál de las dos me quedaría.

Ahora, como en toda película, sea americana, española o de donde sea, hay que acabar bajando el telón. Y dando, por supuesto, el aplauso, que hoy va dedicado a esa gente del cine y la tele que sí se preocupan en ser fieles a la realidad, aunque no les quede tan aparente. Gracias por respetarnos.

Descubrimientos: Fértil


Fértil

(relato incluído en la Antología “Los hilos de la vida”, libro solidario coordinado por Lute Pérez a favor de la Asociación de Alzheimer de El Vendrell)

                  Cuando me lanzaron el reto, dudé si aceptarlo. Hoy no dejo de dar gracias por haberlo hecho. Aquella decisión, en apariencia intrascendente, cambió mi vida.

                  Era difícil para una adolescente que, como toda adolescente que se precie, se creía adulta, tomar una decisión así. Parecía fácil, pero solo de imaginármelo me entraban sudores fríos. Pero pudo más mi curiosidad y hasta mi soberbia. Aquel pretencioso amigo de mis padres, que se daba ínfulas de saberlo todo, no iba a ganarnos la partida. Si él se creía en posesión de la verdad, había llegado el momento de demostrarle que no era así y que las jóvenes de hoy en día no éramos una panda de descerebradas solo pendientes de la ropa que nos ponemos y de las fotos que nos hacemos por el móvil

                  Esa fue la razón por la que acepté y por la que, además, conseguí arrastrar conmigo a mi prima Ester, mi compañera de fatigas. Le daríamos una lección a aquel tipo que pretendía enmendarnos la plana, a nosotras y a nuestros padres, diciendo que no nos sería posible aguantar sin nuestros móviles ni ningún tipo de acceso a Internet durante quince días en el pueblo de nuestros abuelos, donde íbamos todos los veranos a pasar una temporada.

                  Después de pasado el tiempo, he de confesar que, además de mi afición a los retos, hubo algo más que me movió a hacerlo. El tipo en cuestión, un conocido de nuestros padres, se había empecinado en sostener que la sociedad actual no tenía valores, que no respetábamos nada y que tanta libertad no había traído más que problemas a la sociedad, incluida, según él, la liberación de las mujeres, que nunca debieron salir de su ámbito natural, las labores domésticas y el cuidado de los niños. Le faltó decir aquella manida frase de que “con Franco se vivía mejor” aunque, según me contaron más tarde, la usaba con frecuencia.

Dicho y hecho. Al día siguiente, a la hora del desayuno, mi prima Ester y yo nos desprendimos de todo vestigio tecnológico y entregamos mansamente nuestros teléfonos móviles y nuestras tabletas. La noche anterior habíamos aprovechado para despedirnos de nuestras amistades reales y virtuales, analógicas y digitales. Según lo pactado, nos limitamos a explicar que habíamos decidido pasar unos días libres de tecnologías a modo de desintoxicación y que estábamos en el pueblo por si alguien quería venir a vernos, pero que no nos buscaran por redes, y ni siquiera en el móvil, porque no estaríamos conectadas. Tampoco teníamos en la casa teléfono fijo, con lo que la desconexión sería total. Y, aunque lo negué, reconozco que sentí vértigo en el momento en que me desprendía de mi teléfono móvil y lo ponía en manos de Don Braulio, el maestro jubilado del pueblo, que se había enterado de nuestro reto y quería seguirlo desde primera fila.

Como si de una aventura se tratara, Ester y yo hicimos una cuidadosa planificación de nuestras actividades para los siguientes quince días. Habíamos decidido incluir la televisión entre los dispositivos prohibidos, para evitar apoltronarnos en el sofá viendo un programa tras otro. Y habíamos cometido un error terrible que íbamos a pagar caro: no nos habíamos llevado ningún libro convencional. Tanto a Ester como a mí nos gustaba leer, pero nos habíamos adaptado al EBook y hacía mucho que no pasábamos las páginas de un libro de papel. Así que aquel entretenimiento también estaba descartado. No nos quedaba otro remedio que valernos de nosotras mismas y de lo que teníamos a nuestro alrededor

Ideamos un plan de excursiones de la mejor manera que supimos. No nos imaginábamos que nos iba a resultar tan difícil, sin contar con Internet para auxiliarnos. Descubrimos, entre la sorpresa y la tristeza, que aquel pueblo en el que llevábamos veraneando los dieciséis años de nuestras vidas era un total desconocido para nosotras. Nos dimos cuenta que, más allá de la plaza del Ayuntamiento, de la discoteca-pub, la calle de los bares, la piscina y el polideportivo, no sabíamos adonde ir. Y eso nos sucedía en un paraje conocido en todo el país por su riqueza paisajística, por sus montes, sus bosques, su río y su vegetación, que le habían convertido en una zona muy demandada para el turismo rural.

Empezamos dando una vuelta por los alrededores más pegados al pueblo. Apenas habíamos andado un par de kilómetros cuando llegamos al cementerio. Lo conocíamos, aunque solo habíamos estado un par de veces. La primera, cuando hacía tres veranos, falleció nuestro abuelo y la última, más reciente, cuando el verano anterior un amigo de la pandilla de nuestros hermanos mayores se mató estampando su moto contra un árbol.

Como teníamos tiempo de sobra, nos entretuvimos bastante con cada lápida, con cada nicho, con cada inscripción, con cada fotografía esmaltada. Nos llamaba la atención la diferencia entre aquellas tumbas llenas de flores frescas y aquellas que parecía que nadie había visitado desde hacía años, pasando por aquellas cuya profusión de flores de plástico nos devolvía al sentido práctico de la vida. Con un pequeño escalofrío, comentamos las veces que se repetían nuestros propios apellidos entre los habitantes de aquel mundo de mármol y tierra.

La verdad es que el cementerio daba una sensación de abandono que reduplicaba la inquietud que un sitio así despertaba ya de por sí. La falta de cuidados y la sequía que venía repitiéndose en los últimos años hacían que apenas hubiera vegetación, y que la que había estuviera seca. Una lástima porque, según contaba nuestra abuela cada vez que iba a visitar la tumba del abuelo, aquel cementerio antes era como un vergel, lleno de flores. Más que un cementerio parecía el Jardín Botánico, decía siempre.

  • ¿Qué se les ha perdido por aquí, señoritas?

La voz cansada del enterrador nos hizo dar un respingo. De edad indefinida y vestido con un guardapolvos de color igual de indefinido, parecía ser parte del entorno. Con gesto triste, nos contó que apenas le quedaban unos días para jubilarse, y que nadie le sustituiría. Ya no había trabajo apenas

  • ¿Saben? Ahora entre la moda de las incineraciones y los recortes de presupuesto, apenas tenemos nada que hacer. Las plantas que un día adornaban esto como un precioso jardín fueron muriendo, y yo no daba abasto para cuidarlas desde que despidieron a Jacinto, el jardinero, y lo sustituyeron por una empresa que viene una vez cada quince días, además del día antes al  Día de todos los Santos y al de la Virgen de agosto, la patrona del pueblo. A mi también me sustituirán por una empresa que venga una vez cada quince días, aunque la verdad es que ahora pasan meses enteros sin un solo entierro.
  • ¿Y eso? –le pregunté, curiosa-
  • Apenas queda gente en el pueblo. Y tampoco queda gente de la que vive fuera pero quiere ser enterrada aquí. Ahora la gente es una desapegada. A nadie le importa que le entierren con sus mayores

Nos dio pena aquel hombre enjuto, que parecía disfrutar de un trabajo, cuanto menos, peculiar. Nos habló del pueblo, de sus muertos y de sus vivos como si fueran una misma cosa. Nos habló del vergel que antes era el cementerio, convertido ahora en un secarral por mor de la sequía y el descuido. Se nos pasó la tarde volando. Cuando ya nos íbamos, nos dijo algo que espoleó nuestra curiosidad.

– ¿No han visitado la parte de detrás del cementerio? Yo, de ustedes, no me marcharía sin echar un vistazo

Le hicimos caso pero, a primera vista, no vimos nada que llamase nuestra atención. Una pared lisa custodiada por un par de cipreses y poco más. No sabíamos a qué ser refería aquel anciano, hasta que nos dimos cuenta que lo que buscábamos estaba mucho más cerca de lo que hubiéramos pensado. Casi a junto a mis pies, crecía orgulloso un rosal de flores blancas, junto a otras flores que no supimos identificar. Nada tenía que ver con el resto del paisaje árido y casi devastado que rodeaba el cementerio. La tierra que circundaba las flores estaba fresca y oscura y hasta me hubiera atrevido a decir que estaba removida hacía poco. ¿Qué hacía aquella tierra fértil en medio de una sequedad tan absoluta? ¿Era la naturaleza, o la mano del hombre la que había colocado aquellas flores?

– Señoritas, veo que han dado con ello –dijo, enigmático, el enterrador- Ahora váyanse que voy a cerrar la tapia y cuando la noche cae aquí no se ve ni un alma. O tal vez se ven demasiadas…

Nos fuimos con la duda acerca de la tierra fresca y las flores. Al día siguiente alteraríamos nuestros planes y comenzaríamos por allí.

Una vez en casa, preguntamos a la bisabuela, sin mucha fe. Desde que el bisabuelo se marchó, su memoria cada día flaqueaba más, y la edad no ayudaba. A veces, ni siquiera nos reconocía ni a mi ni a Ester, o nos confundía con otras personas. Pero no costaba nada intentarlo.

  • Bisabuela, ¿tú sabes qué había en la parte de detrás del cementerio? ¿por qué hay flores solo en un trozo, si el resto es tierra seca?
  • María, has venido… -la abuela sonrió- Has vuelto de tus flores
  • Abuela, soy Ester. Y ella es Rosana. No hay ninguna María por aquí
  • Has vuelto…

Nos quedamos de piedra con aquella reacción de mi abuela, pero mi madre no nos dejó insistir. Dijo que debíamos dejar a la abuela en paz. Y juraría que también mi madre se puso nerviosa con el tema.

Estábamos agotadas cuando nos metimos en la cama. Ni una sola vez nos habíamos acordado de nuestros teléfonos móviles

Los siguientes días no fueron tan fructíferos en hallazgos ni tan entretenidos.  Permanecimos un buen rato en el cementerio y en su parte posterior, así como por los alrededores, a la búsqueda de alguna pista de aquella rareza de las flores. No hicimos ningún progreso, más allá de confirmar que en toda la contornada era el único rosal vivo y que las otras flores no existían en muchos kilómetros a  la redonda A punto estuve de cortar una, pero Ester me hizo desistir. Decía que era algo así como una profanación. Y me convenció.

No obstante, nuestras excursiones estaban resultando bastante entretenidas, y aunque hay que reconocer que alguna vez nos hubiera gustado tener a mano nuestro móvil para inmortalizar algunos momentos, en general no los habíamos echado en falta. Ni nosotras mismas lo podíamos creer.

Quizás parte de la culpa de ello la tenían la dichosa tierra fértil de la tapia del cementerio. Nos habíamos obsesionado con aquello hasta el punto de que no veíamos el momento de volver. Además, estábamos casi seguras que el viejo enterrador quería que escarbáramos en aquello, no sé exactamente con qué fines. Su insistencia, cada vez que pasábamos por allí, lo delataba.

Así que, al final, nos decidimos. Madrugamos, cogimos un par de palas y algunas herramientas del jardín de mi tío, y nos fuimos a la parte de atrás del cementerio dispuestas a descubrir el misterio. No dijimos nada a nadie. Teníamos algo más que la intuición de que podría ser importante. La reacción de mi abuela, la de mi madre, y las indirectas del enterrador parecían dar inequívocas pistas en ese sentido.

Fue curioso. Yo siempre había pensado que cavar debía ser muy difícil y costoso, pero hacerlo en la tierra de aquella zona resultó casi tan sencillo como hacerlo en la arena de la playa, con mi cubo y mis palitas como cuando éramos niñas. Ester compartía la misma sensación que yo, aunque ella, un poco más cauta, insistía en que aquello no era normal, que debía haber algún motivo para que cavar allí fuera coser y cantar

– A lo mejor alguien lo ha preparado todo porque quiere que descubramos algo

Los acontecimientos no tardaron en darle la razón. Apenas llevábamos cavando un cuarto de hora sin demasiado esfuerzo cuando encontramos un hueco enorme en la tierra, que parecía haber sido removida hacía poco y colocada a propósito. Me palpitaba el corazón en una mezcla entre miedo y curiosidad. A Ester se le saltaban las lágrimas y hablaba con nerviosismo. Acordamos que una se quedaría fuera y la otra entraría en el hueco y que,, si hacía falta, lo haríamos por turnos. No hizo falta. En cuanto me agaché, lo vi. Un objeto extraño, cubierto de tierra, pero fácilmente localizable. Parecía algo así como una piruleta, o una raqueta de tenis en miniatura. Nos miramos, con los ojos brillantes de emoción

– Quizás no deberíamos tocarlo

No hicimos ni caso a nuestras propias aprensiones. Con cuidado, le quitamos la tierra hasta darnos cuenta de qué era aquel objeto. Se nos saltaron las lágrimas

– ¡Es un sonajero!

Nos preguntábamos cómo había llegado aquel sonajero hasta allí, y a quién pertenecía. ¿Estaría allí enterrado el cadáver de algún niño muerto en extrañas circunstancias? ¿Lo habrían puesto allí para confundirnos? ¿O era una mera casualidad, un capricho del destino?

En cualquier caso, aquello ya sobrepasaba lo que podíamos hacer. Teníamos que poner el hallazgo en conocimiento de las autoridades, y antes, de nuestros padres. Recogimos nuestros bártulos, guardamos nuestro tesoro con cuidado y nos dispusimos a regresar. Cuando cruzábamos por la puerta del cementerio, una voz conocida nos sobresaltó

– ¿Lo habéis encontrado?

Asentimos con la cabeza y él sonrió. Fue la última vez que lo vimos.

Cuando supimos qué era todo aquello, ya habíamos recuperado nuestros móviles y regresado a nuestra vida habitual. Pero el policía que nos atendió y se quedó nuestro pequeño tesoro cumplió la promesa que nos hizo de que seríamos las primeras en conocer el resultado de las investigaciones.

Aquel sonajero tenía dueño. Pertenecía a un niño que nació en 1936, recién empezada la Guerra Civil. Su madre fue fusilada en el paredón de al lado del cementerio junto con nueve personas más, les acusaban de agitadores y criminales por el mero crimen de que ellos o sus familias pertenecían a un sindicato. Cuando Ester y Rosana conocieron el nombre de aquella joven madre, no podían creerlo. Se trataba de María, una prima de la que nadie volvió a hablar en la familia. Aquella María con la que confundió a Ester cuando le preguntaron por las flores del cementerio,

Al parecer, alguien pagaba al viejo enterrador para que mantuviera fresco y florido el lugar donde pensaban que estaban enterrados María y sus nueve compañeros de infortunio. El era quien lo había dispuesto todo para que ellas dieran con el sonajero y, a su vez, se pudieran hacer las gestiones para la exhumación de aquella fosa. Pero nunca pudimos saber quién era la persona que le hacía aquel encargo. El enterrador murió apenas unos días después de que se encontrara el sonajero.

Hoy, un año más tarde, he ido con mi prima Ester al lugar donde está enterrada María. Llevamos unas flores y un paquete con el que hemos de cumplir un encargo muy especial. Allí hemos podido, por fin, entregar su sonajero a nuestro tío Lucas, cuya existencia ignorábamos. El era aquel bebé cuya madre fue fusilada en aquel negro día del año 37, y que se llevó consigo el sonajero de su niño para estar ceca de él hasta el último momento.

No fue difícil conocer la historia. Me bastó con seguir mi intuición y mostrarle el sonajero a mi bisabuela

  • María, otra vez estás aquí. ¿Has visto que mayor está el niño?

Mi bisabuela murió antes de que cumpliéramos aquel encargo. Cuando se fue, ya ni siquiera me confundía con María. Pero, por la sonrisa con que nos obsequió en el último momento, supimos que se iba en paz, con la satisfacción que quien ha saldado una deuda que llevaba a rastras toda su vida

Cuando, al día siguiente, nos pidieron una foto que hubiera inmortalizado el momento, nuestra respuesta fue la única posible

– Lo sentimos. No llevábamos móvil.

Violencia doméstica: dolor en casa


                El maltrato dentro de la casa, con carácter general, ha sido objeto de muchas obras de cine y literatura. Lamentablemente, ocurre porque está tan presente en nuestras vidas que no es posible sustraerse de ello. Y no hace falta hablar de filmes impresionantes sobre maltrato infantil o hechos desgarradores –basados en hechos reales- como los que se narraban en Crimen en familia. Hay películas tan inocentes como Cenicienta o Blancanieves que ya lo describen, porque ¿qué otra cosa era aquellos a lo que sometían a las protagonistas hermanastras y madrastra?

                En nuestro teatro, por desgracia, la violencia doméstica es muy habitual, en cualquiera de sus versiones. Maltrato en la pareja, de padres a hijos, de hijos a padres y de cualquier otro tipo, que abarcan todo el catálogo de ilícitos penales imaginables, desde los delitos contra la vida hasta los relativos a la libertad sexual, pasando por cualquier otro. La casuística es tan amplia como imaginarse pueda.

                Lo primero que me gustaría explicar, en este estreno toguitaconado, es la diferencia entre violencia doméstica y de género, una diferencia que no por trillada deja de ser necesaria de concretar. La Violencia de género, tal como se concibe en nuestra ley integral, tiene lugar dentro de la pareja o entre quienes lo han sido, siempre que la ejerza el varón sobre la mujer. Aunque hay que aclarar que otras fuentes legislativas como el Convenio de Estambul o nuestro propio Pacto de Estado la amplían a todos los delitos que se cometan contra las mujeres por el hecho de serlo, como ocurre con delitos como la mutilación genital femenina, los matrimonios forzados o los atentados contra la libertad sexual. Pero a día de hoy nuestro Código Penal y nuestras leyes procesales –por la competencia del juzgado de violencia sobre la mujer- aun no lo han asumido, aunque es de suponer que en un período medio de tiempo habrá de que ponerle el cascabel a ese escurridizo gato.

                Por su parte, la Violencia doméstica es toda la que ocurre en el seno de la casa o la familia, entendida en el sentido amplio que incluye a familiares por afinidad, como la relación entre las hermanastras y Cenicienta de la que hablaba antes, o la de Blancanieves con su madrastra y verdugo. Así pues, puede entenderse que la Violencia de género –en su acepción de la ocurrida dentro de la pareja- es una especie de la violencia doméstica. Aunque también cabe entender que no es una clase sino que tiene especificidad propia, criterio más coherente con la concepción de la violencia de género como violencia sobre la mujer por el hecho de serlo. Sea como sea el criterio que se elija, lo que hay que dejar bien claro son dos cosas. La primera, que tiene una especificidad que requiere una normativa propia, y, la segunda, que esa normativa propia en modo alguno significa que se desprotejan los otros tipos de violencia doméstica, respecto a los que cabe, incluso, la tan llevada y traída orden de protección, que no es un invento del feminismo sino que se reguló antes que la violencia de género, en 2003, para todo el ámbito de la violencia doméstica.

                Dicho esto, habrá que entrar en harina. Y la harina no es ente caso otra que muchos tipos de maltrato, entre los que es especialmente doloroso el maltrato infantil. Cuando yo daba mis primeros pasos en Toguilandia, recuerdo que mi madre me preguntaba si era verdad aquello que sacaban en la tele sobre niños maltratados por sus propios progenitores, porque le parecía inconcebible. Y, aunque a mí también pudiera habérmelo parecido en algún momento, no tardé un nanosegundo en descubrir la triste realidad y responderle en consecuencia. Todas las personas que habitamos Toguilandia hemos tenido casos escalofriantes de criaturas apalizadas, quemadas con cigarrillos o abandonadas sin alimento e incluso asesinadas. Un bautismo de fuego especialmente duro, pero inevitable. Ahora mismo me vienen a la cabeza varios casos, porque pase el tiempo que pase, es difícil olvidarlos. Pero del que más me acuerdo es del asesinato de un bebé por su madre, cuya condena logré, y respecto del que luego tuve que soportar una circunstancia, cuanto menos, curiosa. Uno de esos haters que se amparan en un cobarde anonimato, me espetaba en redes, como hacen casi a diario, que no perseguía los delitos cometidos por mujeres sobre sus hijos, y me lanzaba a la cara virtual un recorte sobre ese caso que, precisamente, había llevado yo, Por supuesto, no le respondí, amparada en la máxima de no alimentar al troll, pero desde luego que me quedé con las ganas.

                Precisamente, esto me lleva a otra de las cosas que quería explicar. Las mujeres no somos seres de luz, y las feministas no tenemos por postulado que todas las mujeres lo sean. Las mujeres tenemos tantas luces y tantas sombras como cualquiera, y el hecho de perseguir la violencia de género no impide a nadie perseguir otros delitos. Por más que se empeñen en decir lo contrario. Acusamos a madres que matan o maltratan a sus hijos cuando así sucede, aunque aprovecho también para recordar que, a pesar de unas estadísticas manipuladas que circulan por ahí, en modo alguno son más las mujeres que matan a sus hijos que los hombres que lo hacen. Y son igual de reprochables y se les castiga igual. Algo que por obvio que parezca hay que repetir casi a diario.

                En la frontera entre este tipo de maltrato y la violencia de género está la violencia vicaria de la que ya hemos hablado más de una vez. Se trata de la que ejercen los padres contra sus propios hijos e hijas al utilizarlos como instrumento para dañar a la madre. Los ejemplos dolorosos nos vienen a la cabeza enseguida con los rostros de las pequeñas Anna y Olivia, Rut y José Bretón y tanto otros.

                Otra faceta importante de este poliedro de la violencia doméstica es el maltrato en la pareja diferente de la violencia de género. Hablo del maltrato en parejas homosexuales o el de la mujer sobre el hombre. Quede claro que se castiga con la misma dureza y se aplica la misma agravante de parentesco. Y que, además pueden otorgarse las mismas medidas cautelares, como la orden de protección a la que hice referencia antes.

                Y, por supuesto, otra de las partes más dolorosas es el maltrato de los hijos o hijas a sus progenitores o ascendientes. Por desgracia, quienes llevan menores saben mucho más de eso de lo que les gustaría. Y, aunque no siempre sea así, en estos casos hay problemas sociales de fondo que los juzgados difícilmente pueden resolver. Entre estos supuesto, los de madres maltratadas por hijos drogadictos que se debaten entre soportar ese infierno o denunciarlo y dejar a su hijo abandonado a su suerte sin sitio donde vivir y en el más absoluto desamparo.

                Por último, no me olvido de los atentados sexuales que sufren muchas niñas y niños durante su infancia por parte de familiares muy próximos por consanguinidad o por afinidad, esto es, sean padres o padrastros. Y el mundo de silencio en el que viven esa tortura que puede marcar sus vidas para siempre.

                Hasta aquí el estreno de hoy. Solo pretendía dar unas pinceladas sobre algunos de los hechos que más nos marcan en nuestras carreras jurídicas. Por eso el aplauso es para quienes día a día se enfrentan a estos casos con entereza y profesionalidad. Aunque luego les cueste el sueño. Algo que no siempre se valora como debería.

Protagonista: premio 20 blogs


                No hay dos sin tres, según un conocido dicho y, cómo no, el título de una película. Tres eran tres las hijas de Elena, dice la canción, y tres son Los Angeles de Charlie, Los tres superpolicías o Las tres mellizas.  También hay varias obras que han llegado hasta su tercera parte y, aunque segundas partes nunca fueron buenas para el refranero, nada dice de las terceras que, como El padrino o la saga de La guerra de las galaxias, poco tiene que envidiar de la primera.

                Hoy el protagonista de este dicho es este propio blog. Después de contar tantas cosas sobre nuestro teatro, ha llegado el momento de que sea el mismo el protagonista de un estreno. Y cómo no, si hay que ir se va, y se hace a lo grande, que no se diga.

                Después de tres nominaciones a los premios al mejor blog de 20 minutos, el pasado 7 de octubre le llegó el gran día. Si, como contaba en anteriores ediciones ya era un subidón ver esa portada a la que tanto cariño le tengo ocupando todo el escenario, el subidón se volvió superlativo al escuchar que Con Mi Toga Y Mis Tacones había sido galardonado con el premio al mejor blog en categoría personal. Y ojo, que quedó entre los tres finalistas al mejor de todas las categorías. Ahí es nada.

                Habrá quien se pregunte por qué categoría personal un blog jurídico. Es decir, qué hace un blog como tú en un sitio como este, como la canción. Pero todo tiene su explicación. En las anteriores ediciones, el blog concursaba en la categoría de blogosfera, es decir, algo así como las selecciones de “resto del mundo” cuando juega un partido benéfico y se trata de un batiburrillo de jugadores de diferentes procedencias. Pero despareció dicha categoría, y no había otra con un encaje más propio que la personal. Y ahí que fue a para al blog con su toga puesta y subido a sus tacones. Cómo no.

                Es cierto que llama la atención que un blog  jurídico vaya a un certamen de blogs de todo tipo, con lo dados que somos en Toguilandia en no salirnos de nuestro mundo. Los chicos con los chicos y las chicas con las chicas. Pero también hay quien no encaja este espacio toguitaconado en el casillero de blogs jurídicos, porque no hace sesudas reflexiones acerca del dolo eventual ni el homicidio preterintencional, ni casa bien con el tercero hipotecario o la enfiteusis y, por supuesto, no comenta ni cita las últimas sentencias del Tribunal Supremo. Pero precisamente eso era lo que pretendía cuando, un día ya lejano hace más de cinco años decidí abrir por vez primera el telón de este escenario

                Quise hacer un blog que hablara de Derecho, sin que entrara en los esquemas de los blogs jurídicos, que ya hay muchos y muy buenos. Pretendía explicar el Derecho a no juristas con un lenguaje que también gustara a juristas. Y demostrar, sobre todo, que los temas jurídicos pueden ser divertidos sin perder credibilidad. Y también que el Derecho es mucho más que aburridas leyes y jurisprudencia. Esto es, que tiene alma, un alma que pude llevar a llorar o a reír, según el caso. O a ambas cosas a un tiempo, como la propia vida.

                No sé si lo he logrado. Lo que sí sé ahora es que a un jurado le ha parecido que tiene la suficiente personalidad y calidad para premiarlo, y eso me hace muy feliz. Por mí, y por todas esas personas que, cada martes y cada viernes, me seguís.

                Si algo le reprocho a este espacio toguitaconado es haberme robado la personalidad. No son pocas las personas que, cuando me ven en la guardia o en juicio, me identifican como “la de los tacones”. El otro día escuché como una abogada le decía a otra, cuando le preguntaba qué fiscal estaba en sala, que la de la toga y los tacones. Y he de confesar que me encanta, aunque ahora a ver quién se atreve a ir en deportivas por la vida. Mil gracias por eso y por tantas cosas.

                Hoy el blog y yo somos felices. Algo que, lejos de llevarnos a cerrar página, nos da fuerzas para seguir adelante. Quedan muchas cosas por contar, muchas personas por concienciar y muchos temas que explicar. Queda mucho espacio para luchar por la igualdad en cualquiera de sus versiones, y por contar historias que remuevan mentes y almas. Y aquí seguiremos siempre que haya un público dispuesto a leernos.

                Mil gracias a @madebycarol por sus preciosas ilustraciones y su generosidad y, con ella, a todas las personas que han contribuido con sus imágenes o con sus ideas. Esto no habría sido posible sin sus aportaciones.

                Así que hoy, como he hecho otras veces, me desdoblo en dos y hago de voz en off para dar el aplauso al blog, a sus protagonistas y a sus lectores y lectoras. Y, por supuesto, a 20 minutos por considerarlo merecedor de este premio y darnos esta alegría. Seguimos adelante. Y por mucho tiempo, por supuesto, mientras el público quiera

Decisiones: Ligera de equipaje


Hoy, en nuestro escenario, un relato que es mucho más que una historia. Una invitación a la reflexión.

Ligera de equipaje

                  Nunca pensó que su vida entera cabría en una maleta. Y no en una maleta grande, ni siquiera mediana, sino en una de esas tan pequeñas que hasta las compañías aéreas más pejigueras la hubieran aceptado como equipaje de mano si no fuera por las dos orejitas negras que sobresalían, dibujando a la perfección la cara de una Minnie Mouse sonriente con su enorme lazo rojo de lunares. Tan sonriente como ella en ese mismo momento.

                  La maleta era de su hija. O, mejor dicho, había sido de su hija, cuando todavía la necesitaba. La niña fue a la vez su alegría y su tormento, su fuerza y su debilidad, su talón de Aquiles y su muleta. El crecimiento de Angela había ido marcando los tiempos de su vida hasta haberla dejado carente de sentido, ahora que se había marchado. Por eso se decidió, después de tanto tiempo, a poner punto y final a una historia que llevaba encallada desde siempre en unos eternos puntos suspensivos. Por eso, también, sacó del altillo la maleta de Disney que le regalaron a la niña por su Primera Comunión y que tanto le gustaba hasta el día que dijo que era demasiado mayor para usarla, y decidió que sería el perfecto continente para el imperfecto contenido de su vida.

                  Nunca le había gustado hacer el equipaje, pero esta vez lo estaba disfrutando. Con parsimonia, elegía cada una de las cosas que se llevaría a esa nueva vida que estaba ansiosa por empezar. Hasta se descubrió a sí misma con una sonrisa que hacía años que no ejercitaba al descartar un montón de detalles que hasta hacía nada le hubieran parecido imprescindibles.

                  Mientras acariciaba las orejitas de Minnie y abría la cremallera de la maleta, se dio cuenta que cada una de las cosas importantes de su vida había estado marcada por la vida de Angela, incluso antes de que naciera.

                  Abrió el cajón de la cómoda, ese que nunca se atrevía a mirar. Allí vio el primer parte médico de una sucesión imparable, que dudaba si describir como un rosario o como un Vía crucis. Fechado hacía más de veinte años y con una caligrafía intrincada y casi borrada por el paso del tiempo, era el testigo mudo de la primera paliza, la que él le dio cuando estaba embarazada de la niña. Hasta entonces, solo -¿solo’- había habido insultos, amenazas, y algún empujón que otro que le había dejado un hematoma en el cuerpo y una cicatriz en el alma. No sabía si fue porque era el primero o porque no se lo esperaba, aquel bofetón fue el que más le dolió de todos.

                  Llegó a plantearse denunciarlo, pero en aquella época era impensable. De hecho, llegó a ir hasta la puerta de una comisaría donde un policía entrado en años y en carnes le dijo con condescendencia que se volviera a casa, que seguro que su marido estaba arrepentido y podría conocer el dulce sabor de la reconciliación. No hubo tal, pero no le importó demasiado. En realidad, una vez supo que el riesgo para la vida de su pequeña estaba superado, todo le dio igual.

                  A partir de ahí, su vida se convirtió en un descenso en caída libre. Se hizo la idea de que el mundo solo giraba en el espacio de tiempo que mediaba entre una paliza y la siguiente. Al principio, se esforzaba porque todo estuviera en orden, porque no faltara un detalle que le hiciera enfadarse y estrellar su furia contra ella. Sus comidas eran las mejores, su casa la más limpia, sus armarios los más ordenados, su bebé la más bonita y la mejor vestida. Pero daba igual, si se arreglaba le recriminaba porque se acicalaba demasiado y seguro que quería llamar la atención de otros hombres Si no se maquillaba, era porque no le quería, porque no se esforzaba en estar guapa para él.

                  Hiciera lo que hiciera, estaba perdida. Llegó un momento en que deseaba que estallara su arrebato de furia, que le pegara ya y acabara pronto, porque lo peor de todo era la angustia de esperar que en cualquier momento le cayera la golpiza. Y vuelta a empezar.

                  Se acostumbró a aquello como si se tratara de algo normal. Es más, llegó a pensar que era algo normal, e incluso a creer que lo merecía. Hasta aquel día. El día que le puso la mano encima a su pequeña Angela. Ese día todo cambió para siempre.

                  La niña estaba probándose el vestido de Primera Comunión. De hecho, la fotografía enmarcada de ese día era una de las pocas cosas que ella había metido en la maleta de Minnie Mouse que era el fin y el principio de todo. Angela quiso emular el anuncio de una conocida marca de detergente de la época, un anuncio con el que madre e hija se reían mucho, en el que la protagonista vertía una taza entera de chocolate sobre el inmaculado vestido de organdí, pero no pasaba nada porque el milagroso detergente quitaría la mancha en un santiamén. Así que la niña comenzó a girar como una peonza como hacían en el spot televisivo mientras su madre se reía a carcajadas. El padre las vio y, sin que ninguna de las dos supiera que fuerza demoníaca le había poseído, arrojó la copa de coñac que estaba tomando sobre el vestido banco, y a continuación le propinó a la niña un bofetón tan fuerte que se golpeó contra los azulejos de la cocina. La boca comenzó a sangrarle, y el vestido se tiñó de rojo, de un rojo que no hubo detergente milagroso que borrara. De aquel vestido de anuncio solo quedó la fotografía enmarcada que ella guardó.

                  Angela no pudo hacer la Primera Comunión con sus compañeras de colegio. Mientras ellas cantaban “Con flores a María”, ella apenas podía encontrar un espacio de su cuerpo donde no hubiera un cardenal, un corte o una herida. Comulgó un par de meses más tarde, con un vestido corto de nido de abeja y el hueco visible en la boca del lugar que una vez ocupó un diente.

                  Habían cambiado de residencia. Se mudaron a un pueblo a más de 100 kilómetros, que para ella estaba tan lejano como la Luna, La visita del médico a la niña, y las cosas que dijo aquel hombre, advirtiéndoles que de repetirse algo así pondría los hechos en conocimiento de la policía, motivaron la Diáspora, y a el le dieron la excusa perfecta para aislarlas un poco más cada día. Ahora ni siquiera tenían a la familia para acudir si pasaba algo. Solo se tenían la una a la otra y, en medio, un muro de miedo. Ni siquiera hablaban de ello.

                  El tiempo fue pasando. Y mientras que ella se había resignado a su suerte, como si tuviera un callo en la dermis de la vida, Angela cada día se rebelaba más. Llegó a enfadarse con su madre porque no reaccionaba ante los continuos desmanes de aquel hombre que todo el mundo decía que era su padre pero que a ella se le antojaba un monstruo. Y le reprochaba no haber hecho nada por ella misma y, sobre todo, por sacarle a ella de aquel ambiente opresivo y doloroso. Aun tardó un tiempo en descubrir que tal vez para su madre fuera tarde, que tantos años y tantos golpes minaron sus fuerzas hasta dejarla exhausta.

                  Cuando cumplió la mayoría de edad, Angela se fue de casa. Antes de hacerlo, intentó por todos los medios que su madre la acompañara, que se marcharan juntas y empezaran de nuevo. Su madre le juró que lo pensaría, pero al final no se decidió, y Angela no le perdonó que no lo hiciera.

                  Lo que la niña ignoraba es que aquella noche en que le suplicaba a su madre que la acompañara, la escena había tenido un testigo, alguien que se coló sin invitación y que permaneció agazapado sin ser visto. El lo oyó todo, y esperó con paciencia a que la niña terminara y se marchara a su habitación para montar el segundo acto de aquella función

-No se te ocurrirá marcharte, ni llevártela a ella -gritaba él, encendido de furia-

-Pero… ¿Por qué no dejas que nos marchemos a nuestro pueblo? No contaremos nada a nadie, podemos venir a verte los fines se semana. Te dejaré si quieres comida para toda la semana

-¿Qué dices, loca? ¿Qué te has creído? A mí no me deja nadie-un sonoro bofetón selló sus palabras- Nadie. ¿Me has oído?

                  Se quedó acurrucada junto al sillón con cuyas patas se había golpeado al caer tras el empujón de él. Quería llorar, pero no le quedaban lágrimas. Quería removerse, pero tampoco le quedaban fuerzas.

-Y que te quede claro. Como te marches con esa niña, no pararé hasta encontraros. Y os mataré a las dos, pero empezaré por ella para que puedas verlo

-No, por favor…no le hagas nada a ella. A ella, no.

-Pues, ya sabes

-Y que te quede claro. Como te marches con esa niña, no pararé hasta encontraros. Y os mataré a las dos, pero empezaré por ella para que puedas verlo

-No, por favor…no le hagas nada a ella. A ella, no.

-Pues, ya sabes

                  No pudo hacer nada. Ni siquiera pudo oponer resistencia a que aquella noche el practicara sexo con ella. O más bien contra ella. Esa noche, ni siquiera fue capaz de decirle que no quería. Aunque no hiciera falta.

                  Angela se marchó de casa un mes después de ser mayor de edad. Su madre consiguió hacerse con algún dinero para darle, pero se le rompía el corazón de pena por perder a su niña, no solo en la distancia sino en el respeto

-Mamá, te lo digo por última vez. Vente, vámonos juntas

-No puedo, hija. De verdad que no puedo. Algún día lo entenderás…

-No lo entenderé nunca, mamá -dijo agria- Si no te vienes, es porque no quieres. Y porque no me quieres. Quédate con él, si es lo que prefieres

-Hija, por Dios

-Cualquier día te matará. Y yo no quiero estar aquí para verlo

                  Ni siquiera cogió los billetes que le tendía, preparados en un sobre. Abrió la boca un par de veces, a punto de desvelarle las amenazas con que él la tenía retenida. Pero volvió a cerrar la boca sin pronunciar palabra. Sabía que él era capaz de cumplir sus advertencias. Al menos, que ella pudiera librarse de su yugo.

                  No volvió a saber de Angela en mucho tiempo. Su marido le prohibió ni siquiera mencionarla

-Esa niña esta muerta y enterrada. Que nadie vuelva a pronunciar su nombre en esta casa ni en mi presencia

-Pero…

-¿Lo has oído bien? Quiero que quites todas las fotos y todo lo que de ella quede en esta casa. Está muerta. ¿lo entiendes?

-Sí -dijo con un hilo apenas audible de voz-

-No me obligues a…

                  No le dejó acabar la frase, Sabía lo que venía a continuación, y le daba pánico solo oírlo.

Quitó todos los retratos, y tuvo que enseñarle a él como se deshacía de ellas. Él se encargó personalmente de que fueran al basurero y de ahí al vertedero. Solo pudo conservar la foto con el vestido que nunca usó. Su pequeño tesoro.

Tampoco hubo manera de comunicar con ella. No dejó seña ninguna, y no volvió a aquella casa, ni al pueblo del que un día se marcharon. Ningún pariente, ninguna amiga sabía nada de ella ni le daba ninguna pista. Era como si se la hubiese tragado la tierra, y aquella ausencia le dolía más que cada paliza, que cada golpe. Se tocó la cicatriz que le cruzaba la mejilla de parte a parte y volvió al presente. A su maleta con cara de ratoncita de dibujos animados. Y sonrió otra vez.

Escogió con cuidado la ropa que iba a meter en la maleta. En realidad, casi ninguna de sus prendas tenía especial valor económico ni sentimental que mereciera la pena preservar. Se trataba de ropa cómoda y funcional sin ninguna personalidad.

Sus zapatos, sin embargo, eran cosa aparte. Con un celo que apenas recordaba haber tenido alguna vez, sacó de su armario un par de zapatos. Eran de color rojo, de modelo salón, de tacón de aguja. Los había comprado para Angela, para regalárselos en un cumpleaños que nunca llegaron a celebrar juntas. Aunque usaban el mismo número, nunca los usó. Prefería mantenerlos intactos en su caja dorada, envueltos en papel de seda, esperando en día en que se reencontraran con su Cenicienta.

Cada año, por su cumpleaños, la recordaba de una manera especial. Cocinaba una tarta de manzana, su preferida, y ponía una velita con la esperanza de alguna vez fuera ella quien viniera a soplarla. También guardaba todas aquellas velitas consumidas que, año a año, habían ido marcando el tiempo de separación de su hija. Las había metido en la maleta, pero optó por sacarlas. No quería ocupar sitio con cosas tristes. Demasiada tristeza había ocupado su vida.

Acarició de nuevo los zapatos rojos. Esta vez sí. Esta vez irían a parar a los pies de su dueña. Aun no podía creerlo. Limpió con cuidado la lágrima que había caído sobre el charol rojo, para que continuaran impecables.

De reojo, miró la pantalla de su móvil y comprobó q2ue no había ninguna señal que alertara de nada. Todavía recordaba palabra por palabra aquella llamada que lo cambió todo. Y la recordaría toda su vida.

-¿Es usted María Ángeles Romero Castillo?

-Sí, señora, dígame. ¿quién es usted?

-¿Tiene una hija llamada Angela Martínez Romero? ¿Es así?

-Si, si -decía ella con nerviosismo- ¿Le ha pasado algo?

-No. Bueno, sí. Siéntese, y le cuento. Es una larga historia.

Se sentó y escuchó con atención a aquella extraña, que resultó ser la trabajadora social de un hospital de una provincia limítrofe. Su hija estaba ingresada allí. Estaba bien cuidada pero no tenía a nadie cerca, y, después de mucho insistirle, había dado las señas de su madre

-Pero ella, ¿cómo está? ¿Qué tiene? ¿Se encuentra bien?

-Será mejor que se lo diga ella

-Sí, sí, dígale que se ponga -decía esperanzada-

-Ahora mismo no está a mi lado. Pero será mejor que venga y comprueba como está en persona. Me ha dado permiso para que la llame

-¿De verdad que quiere verme? ¿Está segura?

-De verdad

No dudó ni por un momento lo que tenía que hacer. Cogió el primer autobús que salía hacia allí y se plantó en aquel hospital. Ni siquiera se molestó en dejar un mensaje en su casa, ni darle a él ninguna explicación. Nunca había pensado que aquel olor aséptico y penetrante le parecería el mejor de los perfumes.

El abrazo con su hija fue largo, prolongado y húmedo por las lágrimas derramadas y las no derramadas desde hacía tanto tiempo. Antes de ponerse al día, la miró y algo punzante le atravesó el corazón.

Su niña estaba débil. Respiraba con dificultad y tenia unas ojeras muy pronunciadas. Las redondeces de las caderas que tantos quebraderos de cabeza le habían causado habían desaparecido, y habían sido sustituidas por piel y huesos. Su niña no estaba bien, por más que se empeñara en decir lo contrario.

Lo que más la alertó, sin duda, fue el pañuelo que llevaba en la cabeza. El signo equívoco de que de su abundante melena castaña no quedaba ni rastro. La interrogó con la mirada

-Sí, mamá, es lo que imaginas. Tengo cáncer. Cáncer de mama

-¿Y…cómo? ¿qué? -no sabía cómo hacerle la pregunta que la quemaba por dentro- ¿cuánto…?

-¿Si me voy a morir? Pues sí, como todo el mundo. Pero no tengo la más mínima intención de que sea ahora. Aunque hay un bichito -dijo señalándose el pecho- empeñado en ponérmelo difícil, no me va a ganar

-Claro que no, hija. Y menos ahora que está tu madre contigo-trató de sonreír- Ya te puedes ir yendo a otro lado, bicho, aquí no tienes nada que hacer.

Le debía una vida de explicaciones. Pero, sobre todo, le debía una vida de abrazos, de mimos y hasta de riñas. Pero en ese momento lo único que deseaba con todas sus fuerzas es que no fuera demasiado tarde.

Después del reencuentro, de ponerse al día en besos y abrazos, llegó el momento de conocer la verdadera situación de Angela. Habló con la trabajadora social que la había avisado, y juntas fueron a hablar con las doctoras que se encargaba de ella. Sufría, según le dijeron, un tipo de tumor muy agresivo, pero pensaban que lo habían cogido a tiempo, aunque en estas cosas nada era seguro.

Lo que sí era seguro es que, en cualquier caso, a Angela le quedaba por delante un largo y duro tiempo de tratamiento, y que necesitaría a alguien a su lado. Por eso, cuando vieron que aquella chica estaba sola, que nadie la acompañaba, decidieron tomar cartas en el asunto. Y, al parecer, habían acertado. Tanto la madre como la hija parecían estar esperando el empujón que uniera otra vez lo que había quedo roto tiempo atrás.

Había llegado el momento de la verdad, y no tuvo ninguna duda. La trabajadora social le dio las señas de varios hostales cercanos donde podía quedarse para estar con Angela mientras estuviera ingresada. Luego, ya verían

.Hija, tengo que ir a casa a recoger mis cosas

-Pero ¿seguro que vas a volver?

-¿Tú quieres que vuelva?

-Más que nada en el mundo

-Entonces, volveré

-¿Y te quedarás conmigo?

Para siempre, hija. Para siempre

Cuando aquel mismo día regresó a casa, ya sabía que sería la última vez que pusiera los pies en aquel lugar donde tan desgraciada había sido. Aquel bicho que se había infiltrado en el cuerpo de su hija había hecho una faena extra: le había dado las fuerzas suficientes para tomar la decisión que debía haber tomado tanto tiempo atrás.

No le dio ninguna explicación mientras, con toda parsimonia, iba eligiendo las pocas cosas que se llevaría en su maleta de Minie Mouse. Sabía que, más bien pronto que tarde, él aparecería demandando explicaciones, exigiendo que le hiciera la comida, o la cena, o cualquier otra cosa que se le ocurriera.-

.-¿Se puede saber dónde has estado? ¿Y por qué has vuelto tan tarde? -reclamaba él a gritos- ¿De dónde vienes?

-De ningún sitio que te intereses – respondió ella con una seguridad que le pasmó a sí misma-

-¿Y dónde leches vas? -dijo mirando la maleta-

-Me voy. Se acabó

-No puedes irte -él, de pronto, cambió el tono exigente por otro lastimero- No me dejes así, somos una familia

-No aguanto más. Tenía que haberme ido antes

-Puedo cambiar -suplicaba- Dame una oportunidad. No puedo vivir sin ti

-Ya es tarde. Adiós

Mientras cerraba las orejitas de Minnie Mouse, oía como él empezaba a gritar de nuevo. Bramaba que no pararía hasta dar con ella, que la buscaría, que la obligaría a volver a su lado. La mataría. De la cárcel se sale, del cementerio, no. La maldita frase que tantas veces había escuchado. Pero ahora parecía no producir ningún efecto sobre ella.

Se instaló en el hostal cercano al hospital que le recomendaron. Antes de dejar su maleta, pasó a ver a su hija. Quería que supiera que había vuelto, como le prometió, y que era para siempre. Quería estar con ella ahora que la necesitaba, devolverle todo el tiempo perdido.

Angela estaba tumbada en la cama, conectada a un gotero, aunque despierta

– Mamá, qué pronto has vuelto

– Te lo prometí, ¿no?

– Y esa maleta, es la mía -se río- Solo a ti se te ocurre pasearte por ahí con una maleta de Minnie

– Pues a mí me gusta

– Y a mí, mamá. Y a mí

Todo saldría bien. Estaban seguras de ello

Al cabo de pocos días, tenían que operar a Angela. Madre e hija se fundieron en un abrazo antes de que entrara en el quirófano. Ambas pensaban que el destino, que tan esquivo les había sido, no les iba a jugar ahora la mala pasada de separarlas.

Y el destino no les falló. Meses más tarde, Angela abandonaba el hospital, con su equipaje en una maleta de Minnie Mouse y calzada con unos preciosos zapatos de tacón de color tojo

Juntas fueron al despacho de un abogado, donde, por fin, se libraron de las cadenas que las habían atenazado tanto tiempo.

Mientras su madre firmaba el convenio de divorcio, Angela hubiera jurado que Minnie Mouse le guiñaba un ojo desde su maleta.

Preferencias: #MiJuicioFavorito


                Todas las personas tenemos nuestras preferencias. Nuestra peli favorita, nuestra canción, nuestro libro y hasta nuestra persona predilecta. Los seres humanos no somos planos y a veces, no tenemos problemas en mostrar nuestras debilidades. Hasta Mi villano favorito es el título de toda una saga de películas. Aunque no es siempre fácil decidirse, por eso hay títulos que te instan a hacerlo, como Elígeme.

                En nuestro teatro también tenemos nuestras debilidades, nuestras filias y nuestras fobias. Cuando me preguntan, suelo decir que mis juicios favoritos son las violaciones, no porque me resulte agradable la materia sino porque me gusta emplearme a fondo en un tema donde la prueba que se desarrolla en juicio es fundamental. Medio en broma medio en serio, suelo decir que yo soy fiscal de sangre, sexo y vísceras, por contraposición a otros compañeros y compañeras que se inclinan más por las cuestiones económicas. Y es que un buen asesinato también me pirra, lo confieso, hasta el punto que una de mis hijas dice que le da miedo la cara de disfrute que pongo cuando hablo de estos temas. Y es que no es fácil para alguien ajeno a Toguilandia entender que se disfrute al hablar de puñaladas o penetraciones, por ponet un ejemplo.

                He de confesar que este estreno trae causa de una pequeña iniciativa que hice en redes, invitando a que me contaran sus preferencias en materia de juicios. Me ha abrumado la cantidad de respuestas, que agradezco en el alma, y trataré de desvelar qué pensamos los juristas, que de todo hay en la viña del señor.

                Hay quien, con un toque de humor, se decanta por lo práctico. Así, una abogada amiga me dice que sus preferidos son aquellos en que la fiscalía retira la acusación. Otra, en similar sentido, se inclina por aquello donde la parte demandada no se presenta. Y la verdad es que esos juicios gustan a cualquiera. Bueno, bonito…y no siempre barato.

                En cuanto a materias, hay quien se inclina directamente por lo penal, e incluye lo que venga, sobre todo, dice una compañero fiscal y se adhiere otra, si se enfrenta a una buena defensa. Sin embargo, ganan por goleada los aficionados al derecho civil, aunque el contencioso también tiene sus fans, y lo laboral. Que no se diga

                En cuanto a jurisdicciones, también hay muchas respuestas que se inclinan por la de menores y por lo relativo a personas vulnerables, incluida la discapacidad. Sin embargo, la violencia sobre la mujer ha recibido menos votos, aunque me encantó el de quien expresó sus preferencias por las comparecencias de orden de protección. En este caso, me adhiero al letrado.

                Y, entando en materias concretas, los juicios con jurado son muy del gusto toguitaconado, a lo que yo misma me sumo. Otras materias penales con cierta popularidad son la libertad e indemnidad sexual, la imprudencia, el tráfico de drogas, las estafas, los delitos económicos, la siniestralidad laboral –en sus múltiples vertientes- o el asesinato –cuanto más complejo, mejor-. Hay quien también disfruta cuando se discute sobre imputabilidad y sus causas, y quien dirige sus preferencia en función del procedimiento, desde quienes adoran los sumarios hasta quienes lo que adoran son los delitos leves, que también tiene su puntito.

                En el campo penal, también me ha llamado la atención la frase de una persona que hace hincapié en que le gustan los juicios donde se juzga a los acusados y no a las víctimas, elección a la que me uno. Me entristece, sin embargo, que nadie haya manifestado su favoritismo por los delitos de odio. Menos mal que sé que es una preterición involuntaria o errónea, y aquí estoy yo para defenderlos.

                En el orden civil, los hooligans son legión, y, entre todas las materias, es la de familia la que no tiene rival, seguida, aunque de lejos, por las sucesiones y por las herencias, con lo que gustaban cuando veíamos en la tele Falcón Crest Dinastía.

                Pero para gustos hay colores. Me llama la atención que a una fiscal le guste especialmente el procedimiento de derecho al honor, pero así es. Y junto a este, temas variados,  mezclados con el mercantil algunos de ellos, como la competencia desleal y la propiedad industrial, los contratos de distribución y de franquicia, el exequatur, la responsabilidad extracontractual –bastante votada-, los relacionados con la empresa, alimentos, arrendamientos, propiedad horizontal, compraventa, liquidación del régimen matrimonial, declarativos de dominio, defectos en la construcción o interdictos de retener y recobrar. Hasta las reclamaciones de cantidad o los verbales de tráfico tienen su público.

                También hay quien elige, como pasaba el Penal, en función del procedimiento, y el ordinario es el que más agrada. Además, me comenta un juez que le gustan especialmente las audiencias previas por su contenido jurídico, aunque no siempre se valoran como deben.

                En materia administrativa o contencioso administrativa, la extranjería tiene mucho predicamento, como debe de ser. No siempre somos capaces de pensar los intereses tan importantes que hay en conflicto.

                Y no me olvido del laboral. Despidos y derechos fundamentales son de lo más valorado, aunque me encanta la apreciación de otra Señoría, que encamina sus gustos hacia materias especialmente novedosas, como han sido en su momento los ERTES por Covid. Y es que tener la oportunidad de hacer cosas nuevas y seguir estudiando nos da la vida y nos ayuda a no perder la ilusión que, a veces, parece querer escaparse por la rendija que le abre la rutina.

                Y hasta aquí este pequeño esbozo de nuestras preferencias que tal vez deben dejar ojiplático a quien no visite nuestro mundo con frecuencia. También en Derecho vale el refrán de “sobre gustos no hay nada escrito”

                Ahora solo queda el aplauso. Que es, sin duda, para todo el mundo Twitter que ha colaborado con sus aportaciones. Mil gracias por contarlo, y por entregaros a esas materias nada fáciles. Me declaro fan vuestra.

                Como fan soy de @madebycarol, autora de la ilustración de hoy y de otras muchas, para la que pido la ovación extra

#HistoriasdelaHistoria


En el nombre de dios

-Mamá, ¿por qué se lo llevan, si es un hombre bueno?

-Hija, es tan difícil de explicar que no sé si voy a tener palabras

-Pues inténtalo, mamá. Necesito saberlo

El hombre a quien se llevaban era médico. Uno de los pocos que podían llamarse así oficialmente por aquel entonces. Enseñaba Medicina en la Universidad y su fama y buen hacer eran tales que llegó a ser el médico personal del rey. No obstante, nunca perdió la humanidad ni se dejó arrastrar por fama ni oropeles. Atendía a cualquiera que necesitara sus servicios, fuera noble o plebeyo, amo o siervo, rico o pobre, hombre o mujer.

Pero nada de eso le sirvió cuando vinieron a buscarlo. O tal vez se dejó ver demasiado y despertó envidias inoportunas. Se lo llevaban en el nombre de Dios, en el nombre de un dios que habían jurado no tomar en vano. La Inquisición procedía contra aquel hombre sabio y bueno por una sola razón, porque alguien había denunciado que seguía practicando el judaísmo, a pesar de haberse convertido hacía mucho a la religión cristiana.

Se dejó llevar sin oponer resistencia. Sabía que aquello iba a ocurrir desde el aciago día en que aprehendieron a su amada esposa y la trasladaron a un lugar del que no regresó jamás. Sabía que si ella caía, él sería el próximo. Solo rezaba a su dios, fuera el que fuera, para que sus hijos no corrieran la misma suerte. O la misma desgracia

No hubo piedad, no perdón, ni remisión posible. Primero ardió ella en la hoguera, después de obligarla a procesionar por toda la ciudad con el sambenito que la estigmatizaba como hija del diablo tras meses de torturas. Más tarde, le tocó el turno a él. Ninguna de todas aquellas personas a las que tan bien trataron se atrevió a decir una palabra en su favor. Temían que el fuego de la hoguera les alcanzase si abrían la boca.

-No fueron el único caso. Por desgracia, la Inquisición mató y torturó a un montón de personas inocentes

-¿En el nombre de Dios?

-En el nombre de un dios que jamás aceptaría eso.

              La película terminó. La madre y la hija se dieron un largo abrazo. Ambas tenían los ojos llenos de lágrimas.

-Menos mal que esas cosas ya no pasan

        Tras la película, la televisión emitía un avance informativo con una noticia de urgencia. Los talibanes se habían hecho con todo el control de Afganistán. Las imágenes de mujeres tapadas de pies a cabeza, de obras de arte destruidas, y de dolor y llanto eran estremecedoras. El locutor recordaba que las mujeres no podrían estudiar, ni trabajar, ni siquiera salir a la calle sin que les acompañara un varón

– Por desgracia, siguen pasando, hija. Puede cambiar el nombre del dios, pero no cambian las personas que usan su nombre como excusa para la barbarie.

A La bartola: sentencias que se tumban


         Hablar en sentido figurado es algo común en cualquier ámbito, y más todavía en el artístico. Aunque confieso que nunca vi. la película, siempre me intrigó el título de Sentados al borde de la mañana con los pies colgando, tal vez más sugerente que el propio filme, que poca gente recuerda. En otros casos, el uso de ese lenguaje metafórico se hace echando mano de frases más conocidas, como Al filo de la noticia o Al filo de  lo imposible. Y es que con un buen título tenemos buena parte del trabajo hecho.

En nuestro teatro no damos titulares. Pero son muchos los medios que los dan a costa nuestra, porque nuestra capacidad de generar noticias es casi infinita. Como infinita es, también, nuestra paciencia a la hora de soportar y explicar determinados lugares comunes que usan y abusan de ese lenguaje metafórico.

Seguro que todo el mundo ha leído alguna vez eso de “tumbar una sentencia” o cualquier otra resolución judicial. El Tribunal Supremo, según esos titulares, se pasa el día tumbando cosas, como si en vez de estar impartiendo justicia estuviera en una caseta de feria de tiro al blanco. Pero que no se confíe y agarre bien la escopeta, que hay ciertos tribunales europeos que de vez en cuando afinan la puntería y les tumban a ellos. Así que entre unas cosas y otras, todo el día a la bartola.

Pero no solo de tumbar viven las togas. Ni de la escopeta del pim pam pum de la feria toguitaconada. Hay veces que lo que hacen es dar un palo, o un varapalo, que, para el caso, quieren referirse a lo mismo. Que no es otra cosa que revocar una resolución después del recurso correspondiente interpuesto en tiempo y forma. Con lo sencillo que sería explicarlo así y no hacer que nos imaginemos a los magistrados y magistradas –pocas, pero las hay- dando mamporros a diestro y siniestro como si fueran los protagonistas de una película de Bud Spencer.

Y ojo, que los golpes no vienen siempre del mismo lado. Leía el otro día, no sin una sonrisa complaciente –confieso- que el fiscal había zarandeado al tribunal. Pero que no cunda el pánico, que ningún fiscal perdió la paciencia más de lo permitido y se fue cara al tribunal. Lo sucedido no era otra cosa que el hecho de que recurría una resolución con la que no estaba de acuerdo alegando las razones por las que lo hacía que, mira tú por donde, fueron asumidas por la sala correspondiente. Me daban ganas de poner la foto de una de esas chicas ligeras de ropa que salen entre un asalto y otro de los combates de lucha libre poniendo Fiscal 1, tribunal 0.

Aunque nuestros zarandeos no siempre dan resultado, El otro día leía que la fiscal reprochaba no se qué cosa al juez. Pero no nos vengamos arriba. Aunque la imagen de una fiscal con los brazos en jarras riñendo al juez y castigándole sin postre es muy atractiva, tampoco era el caso. Se trataba de un sencillo recurso de nuevo. Y nada más. Lo mismo que ocurre con los famosos tirones de orejas a los tribunales o fiscales, que tanto gustan a la prensa

Claro está, que el dicho periodístico de que “no dejes que la realidad te estropee un buen titular” se cumple a pies juntillas en Toguilandia. Harta estoy de explicar que esa frase grandilocuente de que “el fiscal investiga” cuando se pone una denuncia y se incoan unas Diligencias de Investigación de Fiscalía, no responde a la realidad. Lo que quiere decir es que se ha interpuesto una denuncia en Fiscalía y que hemos hecho lo que establece la ley, incoar un procedimiento, que puede acabar con un archivo incluso desde el primer momento. Es verdad que la nomenclatura legal no ayuda, y entre llamarlo diligencias de investigación y llamar al imputado de toda la vida investigado antes de haberle investigado realmente, la confusión está servida. Pero no hay que sacar punta de un lápiz sin mina.

Y cómo gusta sacar pecho de que el juez ha admitido un recurso o una denuncia, como si pudiera hacer otra cosa. Diferente es si lo estima o no, pero eso es harina de otro costal Como lo es también que el fiscal condene, como llegó a decir una famoso nada más había recibido el escrito de acusación del Ministerio Fiscal. O al contrario, que digan que el juez acusa. Algo que me recuerda a aquel juez que tuvo un desliz al decir que pasara el acusado y dijo “que pase el condenado”. No hace falta ser Einstein para adivinar el contenido de la sentencia.

Dejo par el final una de mis preferidas, aportada por un compañero. Ese medio de comunicación que, tras decir que el caso está bajo secreto de sumario, añade en grandes titulares de colorines, “pero le ofrecemos la exclusiva de la declaración”. Como si del próximo divorcio de una famoso se tratara, oiga. Que no nos falte de na.

La verdad es que cuando leo estas cosas no puedo dejar de comparar lo que ocurre con otras materias. Con la pandemia, todo el mundo se convirtió en epidemiólogo, como con la erupción –que no erección, como leí el otro día entre carcajadas- del volcán en vulcanólogo, y emplean o tratan de emplear su jerga sin complejos. A nadie se le ocurriría decir que la pandemia ha tumbado muchas vidas ni que la lava ha dado un varapalo a los habitantes del lugar, porque sería inaceptable. Pero cuando de Derecho se trata, todo vale. Porque, como sabemos, todo el mundo tiene en su interior, además de un seleccionador de fútbol, un jurista de pro.

Así es que hoy voy a dar el aplauso en un doble sentido. El primero de ellos, a quienes desde sus togas han colaborado, aun sin saberlo, a escribir este post y por supuesto a mis compañeros y compañeras Con sus aportaciones. Y, el otro, a quienes desde la prensa sí saben respetar nuestro trabajo y transmitirlo de forma adecuada. Porque generalizar nunca es bueno.

La ovación extra es para el autor de la viñeta, Vicente Parra, que me la ha prestado amablemente por la intermediación de su hijo, directamente de su cuenta de Instagram. Mil gracias

Violencia económica: maltrato de guante blanco


         Poderoso caballero es Don Dinero. Ya lo decía Quevedo, y ya lo sabe cualquiera, desde que el mundo es mundo. Lo de “contigo, pan y cebolla” puede estar bien en algunos casos, pero indudablemente está mejor si, además de pan y cebolla, se mejora el pack con alguna cosa más. Por eso, hasta en las familias mejor avenidas, surgen graves problemas cuando el poderoso caballero se mete de por medio. Ocurre con las herencias y que, si no, se lo digan a cualquiera de los protagonistas de aquellas series de lujo y enredo como Falcon Crest o Dinastía, donde los testamentos y las desheredaciones eran continuas. O a los personajes de rupturas matrimoniales tremendas como la de La guerra de los Rose o Bajo el mismo techo.

En nuestro teatro, el dinero no solo es protagonista destacado de jurisdicciones como la civil o la mercantil, sino que irrumpe con fuerza en otras, como ocurre con la jurisdicción penal en casos de corrupción o estafas gigantescas. Pero tal vez donde más duele es cuando se incardina en esa jurisdicción penal con parte civil que el la de Violencia sobre la Mujer o en todas esas materias que se sitúan en sus aledaños sin que sepamos cuál es su sitio exacto. De eso es precisamente de lo que va este este estreno.

No hace falta ser Sherlock Holmes para adivinarlo, ya que en el título he hecho un spoiler como una casa. Hoy la cosa va de violencia económica. Pero ojo, que no es oro todo lo que reluce. Empezando por la propia denominación.

Por “violencia económica” venimos entendiendo lo que en realidad sería “violencia de género económica”, con esa economía de palabras que a veces nos gusta tanto. Pero ni siquiera eso explica convenientemente el término. Si hablamos en términos de Derecho Penal, lo de referirnos a “violencia” quizás es cogerlo demasiado por los pelos. Utilizando el latinajo adecuado, “violencia” existe cuando se emplea la vis física -fuerza física- a diferencia de la intimidación, que es la vis compulsiva. Se ve claramente diferenciado en tipos como el robo, que distingue entre robo con fuerza y con violencia, o la violación, donde la existencia de violencia o intimidación tenía una trascendencia capital. Así que, salvo que se le quite a la ex el bolso de un tirón, es difícil hablar de “violencia” en sentido estricto en estos casos. La única solución es acudir al artículo 1 de la Ley integral contra la violencia de género y usar este concepto para luego añadirle el apellido “económica”. O “patrimonial”, que casi me gusta más. Tal vez “maltrato patrimonial” fuera jurídicamente más correcto, pero parece que lo de “violencia económica” ya va asentándose. Y bienvenido sea, se llame como se llame, si sirve para dar solución a este problema.

El Tribunal Supremo ya se ha subido al carro y, por vez primera, ha utilizado el término “violencia económica” referido a un delito de impago de pensiones, en una sentencia de marzo de 2021. No obstante, hay que aclarar que, aunque la nota de prensa oficial sacaba pecho diciendo que se consideraba “una forma de violencia económica”, la sentencia solo dice “una especie de violencia económica”. Y en Derecho, como sabemos, los matices son importantes. No obstante, es un paso adelante y así hay que reconocerlo.

Pero también hay que reconocer que el supuesto que utiliza es el más fácil, el del impago de pensiones -generalmente, para manutención de la prole-, un tipo penal reconocible por su objetividad y que está tipificado con toda claridad en el Código Penal. Basta dejar de pagar 2 meses consecutivos o 4 no consecutivos para cometerlo, siempre que conste, como en cualquier otro delito, el dolo o intención. Eso sí, como en Derecho no nos gusta hablar del todo claro, en ningún momento se le llama “impago de pensiones” sino “abandono de familia”. Y, para quien no lo sabe, ver una acusación por abandono de familia les recuerda a aquellas historias donde un tipo se iba a comprar tabaco y no volvía jamás, dejando tirada a la mujer, los hijos y hasta el periquito. Un concepto fruto de otra época, por suerte.

Y es que la violencia de género económica, como recordaba el otro día la letrada con la que tuve el honor de compartir ponencia al respecto, viene de hace mucho. Y no hace tanto vivíamos una época donde estaba institucionalizada y admitida, porque ¿qué era si no la licencia marital, que privaba a las mujeres de cualquier independencia a la hora de tomar decisiones sobre su patrimonio? Pues no era otra cosa que un instrumento para perpetuar la situación de poder del varón sobre la mujer, del que podía usar y abusar con la bendición del sistema. Y no olvidemos que hasta 1975 estuvo ahí, como una forma más de sojuzgar a las mujeres.

Hoy en día alguien podría pensar que todo eso acabó. Pero, como dice la ciencia, la materia no se crea ni se destruye, solo se transforma, y esa forma de maltratar sin necesidad de poner una mano encima se ha transformado. No hay más que darse una vuelta por los Juzgados de Familia o por las secciones civiles de los Juzgados de Violencia sobre la Mujer para comprobarlo. Hecho que difícilmente se pueden incardinar en tipos penales, pero que tienen virtualidad suficiente para perpetuar el maltrato.

Sin ánimo de exhaustividad, por supuesto, hablaré de algunos de los que vemos con frecuencia y que hacen que se me abran las carnes de importancia. Además, por supuesto, de los impagos.

La querulancia continua es uno de los más dañinos. El maltratador se dedica a discutir jurídicamente cualquier cosa con respecto de las hijas e hijos. Si les llevan a judo o ballet, si necesita ortodoncia o gafas, si se va de excursión o campamento, en lugar de abonar su parte, discute su procedencia con un juicio que obliga a la víctima a perder más horas de sueño y de vigilia con sus visitas a los tribunales de las que debiera. También otra estrategia es la de no pagar lo debido hasta que le requieren para ello en el juicio correspondiente. Más horas perdidas y más desasosiego.

Los retrasos intencionados también son otro instrumento de tortura. No se llega a cometer delito alguno, pero obligan a la víctima a tener que suplicarle que pague a su debido tiempo para poder a su vez, abonar las facturas que nunca se retrasan. Y así es imposible romper el lazo. O más bien el nudo corredizo.

En ocasiones, las presiones son tantas que las mujeres firman cualquier acuerdo económico, por más que les perjudique, con tal de no seguir batallando. No es infrecuente que esas presiones estén relacionadas con temas de custodia o visitas, utilizados como moneda de cambio para obtener sustanciosas rebajas de la deuda. Más de una vez he sabido -o más bien intuido-, por la puerta de atrás, de rebajas económicas vinculadas a promesas de no pedir la custodia compartida o la ampliación del régimen de visitas. No es la regla general, pero es más habitual de lo que me gustaría. Y por supuesto que de probarse sería un delito de coacciones, pero cuando entran en juego estas cosas es difícil probar nada.

Para último me dejo esos casos que parecen tan claros y son tan oscuros. Los de descapitalización de la cuenta común previa a la separación, o los de ponerse en una situación de insolvencia para evitar pagar la pensión. Casos donde el alzamiento de bienes podría parecer claro pero no siempre lo está. Y, sobre todo, la mujer no está dispuesta a meterse en más pleitos.

Aquí bajo el telón hoy. Tal vez me he extendido demasiado pero el tema lo merece y yo me vengo arriba. El aplauso hoy se lo daré al Colegio de Abogados de Valencia por proponerme este tema tan interesante para sus jornadas autonómicas. Disfruté tanto al prepararlo que no podía dejar de compartirlo. Gracias.

Ratos muertos: todo el tiempo perdido


         Que El tiempo es oro no es algo que vaya a descubrir yo ahora. Muchas películas y obras literarias emplean medidas de tiempo en sus propios títulos. Lo que queda del día, 24 horas desesperadas o 9 semanas y media son algunos de los títulos. Lo que no nos cuentan es qué hacían sus protagonistas entre toma y toma, entre descanso y descanso, entre rodaje y rodaje, ni si tienen esos ratos muertos que tanto desesperan. Porque en todas partes cuecen habas. Y si no que se lo digan a Proust, todo el día En busca del tiempo perdido

En nuestro teatro, los ratos muertos son tantos que están más vivos que muertos. Solo diré que el santo Job no aguantaría algunas de las cosas que nos toca aguantar. Pero no nos queda otra. Con razón se dice que la paciencia es una gran virtud.

Uno de los ratos muertos más desesperantes es el momento ruedita. Seguro que cualquiera que transite por Toguilandia sabe de lo que estoy hablando, pero para quienes tengan la suerte de no haberlo experimentado, les diré que se trata de todo el tiempo que transcurre entre el momento que encendemos el ordenador o cualquiera de sus aplicaciones –particularmente las de Justicia como Fortuny, Lexnet o similares- y el instante real en que se conecta, que suele venir amenizado por una ruedecita que gira y gira como si fuera un hámster, pero sin gracia. Sin ninguna puñetera gracia.

Otro de los ratos muertos es el de la llamada en espera . Aunque ya le dedicamos un estreno, bien está recordar lo exasperante que resulta tratar de comunicar con algún sitio, generalmente alguna institución u órgano público, y encontrarte con la voz metalizada que te dice que en unos momentos serás atendida. Y una porra. Su concepto de “unos momentos” difiere una vida del mío, igual que difiere su concepto de entretenerse con una melodía y perforar las meninges a base de repetir una y otra vez el mismo sonsonete. He sabido de personas que han llegado a odiar canciones que adoraban antes en cuanto les han torturado unas horitas poniéndosela como tono de espera. Por supuesto, estas cosas suceden cuando existe prisa porque hay un plazo para presentar alguna cosa y nos falta un dato esencial al que solo podemos acceder por esa llamada.

No obstante, entre los ratos muertos más desesperantes se encuentran los que suceden en el juzgado de guardia. El tiempo de espera para que traigan un detenido, para que llegue el intérprete del idioma que se trate, peor cuanto más raro es el idioma, o en que llegue el abogado o abogada que anda como pollo sin cabeza del juzgado a la comisaría es frustrante. Porque se podían hacer muchas otras cosas y no siempre se puede por falta de instalaciones y medios. Y que conste que peor es para quien va como pollo sin cabeza que para quienes esperamos.

También hay casos donde el pollo sin cabeza es el fiscal, por más que le extraña a la gente. En muchos casos llevamos guardias de más de un juzgado y, cuando los planetas se alinean y la Ley de Murphy  hace de las suyas, nos llaman de los más lejanos al mismo tiempo. Y entonces esperan los demás. Y no siempre con la paciencia que deberían.

Pero, para que nadie me llame corporativista, me pondré en la piel de quienes ejercen la abogacía porque de ratos muertos saben un rato. Como se de mal una sentada de señalamientos, se ven en el brete de esperar horas hasta que le toca el turno a su juicio. Y, aunque quienes estamos haciendo esos otros juicios no podemos hacer nada más que eso, celebrar los juicios anteriores, hay que entender que desesperen.

Otras veces pasa lo contrario. Se trata de señalar con un tiempo prudente entre juicio y juicio y, entre suspensiones y conformidades, pasamos nuestros buenos ratos mirando al horizonte. Porque, generalmente, no es tanto tiempo como para ir a nuestro despacho, ni tan poco como para que no se note.

Por último, hablaré de uno de los ratos muertos que más estrés causa. El que esperamos quienes hemos participado en un juicio con jurado a la sentencia. Juro que a veces, es como un parto. Y el bebé no siempre es como nos hubiera gustado.

No me olvido del justiciable, claro está. Si es difícil en muchos casos comprender los ratos muertos que nos hace pasar un sistema no tan eficiente como nos gustaría, para ellos es imposible. Echar tropemil horas para que un juicio luego se suspenda, o para que le digan que ha habido conformidad y que su testimonio no hacía falta no es plato de buen gusto. Y hay que explicárselo muy bien para que lo entiendan, Y, por supuesto, ser humildes y pedir disculpas, aunque la culpa no sea nuestra. O no lo sea del todo, que no es cuestión de tirar la piedra y esconder la mano.

Ahora ya solo queda el aplauso. Y esta vez está dedicado, obviamente, a todas las personas que, desde dentro o fuera de estrados, se han visto obligadas a esperar más de lo razonable y no han escupido sapos y culebras por la boca. Porque el buen gesto siempre lo facilita todo. Hasta los ratos muertos.