
La amnesia, o pérdida de la memoria, es un argumento más que manido en películas y series de televisión. Y es que el hecho de que a una persona, por un accidente o por una enfermedad o vivencia traumática, se le borre el disco duro de sus recuerdos y haya de resetearlo, da mucho juego. Son cosas que ocurren a los protagonistas de películas como Mientras dormías o A propósito de Henry, entre otras.
En nuestro teatro, la pérdida de memoria en sí no tiene unas consecuencias concretas. Dependerá de por qué surja y cómo se manifieste para que despliegue -o no- efectos jurídicos. Si la amnesia es consecuencia de un accidente de tráfico o un accidente laboral, la posible indemnización, si procede, dependerá de cómo se produjo, y si la pérdida de memoria es debida a una enfermedad y produce incapacidad, será la jurisdicción civil la que determine el alcance de la limitación de capacidad de la persona y su influencia en sus actos jurídicos.
En cualquier caso, y, más allá de enfermedades como el Alzheimer al que hemos dedicado varias historias, el verdadero problema que produce la amnesia es que nunca se puede llegar a saber hasta dónde llega y cuándo se recupera la memoria, si es que se recupera. E, íntimamente unido a ello, que deja un amplio campo a la posibilidad de fingir un olvido que reamente no existe, si es que conviene. Algo que puede tener importantes consecuencias en un proceso penal.
Así en España, lo testigos prestan juramento o promesa d decir verdad, y, aunque no se usa la fórmula que oímos en tantas películas americanas de “decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad”, es evidente que ocultar algo es tanto como faltar a la verdad. El problema es que es imposible saber a ciencia cierta cuándo realmente se ha olvidado algo o cuándo lo que no se quiere es contarlo, salvo que haya alguna otra prueba que lo corrobore, como podría ser una conversación previa con alguien. Pero, a día de hoy, no es factible entrar en el cerebro de una persona y saber si oculta algo deliberadamente o no lo recuerda. Del mismo modo, por cierto, que tampoco se puede determinar si miente o no, salvo casos de enfermedad mental o falta de madurez. Eso es lo que nos dicen siempre los forenses cuando alguien pretende que hagan una pericial sobre si tal persona miente o no. Es decir, que una persona mayor de edad y en pleno uso de sus facultades puede mentir o decir que algo no lo sabe o lo ha olvidado sin que un médico pueda detectarlo por pruebas científicas.
Lo que vemos con frecuencia en Toguilandia es la amnesia selectiva. Investigados, acusados, testigos que no recuerdan lo que no les conviene, mientras que para lo que les viene bien tiene lo que mi madre llamaba “memoria de tísico”, que consiste en acordarse de algo hasta en el más mínimo detalle, por mucho tiempo que haya transcurrido. Una expresión que, por cierto, tampoco tiene base científica alguna, aunque se usa mucho, al menos en mi tierra. En tiempos del Romanticismo existía la creencia de que la tuberculosis -popularmente, tisis- aceleraba y potenciaba la creatividad y la memoria, basándose en que genios como Bécquer o Chopin la padecieron. Puede ser que el motivo estuviera más relacionado con el tiempo que estas personas dedicaban a leer y estudiar mientras estaban convalecientes que con una consecuencia fisiológica, pero eso tampoco está estudiado.
En realidad, cuando un testigo hace alarde de esa memoria de tísico, nos salva un juicio, y si ocurre lo contrario, nos hunde en la miseria, Pero la memoria selectiva es otra cosa, y, aunque en algún caso puede tener base científica -olvidar solo lo relativo a un hecho traumático- suele ser más pura conveniencia que otra cosa.
Y, si de acusados se trata, la amnesia ya alcanza proporciones cósmicas. Cuántos “no recuerdo”, “no me consta” y expresiones similares hemos oído en Toguilandia, y aún más en las noticias que reproducen todos esos casos mediáticos que están haciendo que nuestro teatro esté más transitado que el metro en hora punta.
En cualquier caso, no olvidemos -nunca mejor dicho- que aquel a quien se atribuye un delito, sea imputado, investigado, acusado o procesado, tiene derecho a no declarar, a no confesarse culpable y a no contestar a todas o a alguna de las preguntas que le hagan. O sea, que puede callarse o mentir como un cosaco. Y esa amnesia selectiva encaja muchas veces en ello.
Para acabar, quiero hacer un pequeño guiño a quienes opositan para formar parte de nuestras funciones. Para eso sí que se necesita una memoria de tísico y una constancia tremenda. Por eso era hoy a ellas y ellos a quienes les doy mi aplauso. Porque quienes hemos pasado por ahí sabemos lo que cuesta.








