Correo: de la carta al mail


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No hace tanto tiempo, los buzones servían para algo más que para llenarlos de propaganda y de cartas del banco. Parece un universo muy lejano, pero si echamos la vista atrás tampoco hace tanto.

En la literatura, el género epistolar ha dado mucho de sí. Y en el teatro y en el cine, también. La mala de la película que ocultaba las cartas del chico al que no querían para su niñita en La casa de la Troya, las misivas romántico nostálgicas en busca de un nuevo amor de Cartas a Julieta o lo que parecía en su momento la cúspide de la modernidad tecnológica en comunicación de Tienes un email, pasando por El cartero y Pablo Neruda, son algunas muestras de lo que el correo da de sí en el cine. Y hay muchos más, algunas tan temibles como El cartero siempre llama dos veces.

En nuestro teatro, el correo postal, el de toda la vida, tiene mucha más incidencia que lo que el correr de los tiempos haría suponer. Claro que en nuestro teatro siempre vivimos un siglo menos que el resto del mundo. No íbamos a ser menos que los canarios que viven una hora menos. En Justicia, a lo grande, que no se diga. Por eso aún podemos ver en los expedientes esos papelitos rosa del acuse de recibo, y aún se utiliza el correo certificado y hasta el telegrama. Aunque parezca mentira. Que para algunas cosas, el correo electrónico y el fax todavía son tecnología punta.

Es curioso que en un tiempo en que ya casi nadie emplea el correo postal, más allá de las odiosas notificaciones de Hacienda, o de multas, las cartas del banco o la propaganda, nosotros sigamos en nuestro mundo. Hace unos ocho años, en una ocasión en que le dije a mi hija que teníamos que ir al buzón para enviar unas postales de felicitación, le pedí que me acompañara antes al estanco a comprar sellos. La criatura no sabía qué eran, y traté de explicarle. Cuando los vió, me dijo muy seria: “habérmelo dicho, yo tenía unas pegatinas  mucho más bonitas”. Y es que ya no conocen en qué consiste eso del correo no-electrónico. Sin embargo, casi una década después, en Toguilandia se sigue viendo como habitual.

Tan habitual es que en todos los Juzgados, Fiscalías y similares, existe una bandeja del correo. Una bandeja en sentido literal, de plástico, con sus bordecitos y todo. Nada de un icono en la pantalla del ordenador. Y también hay funcionarios encargados de repartir el correo. Y ojo que no se lleve al día, que tan pronto puede haber una bomba de relojería en forma de carta que cuenta cualquier cosa, que la notificación de un trámite procesal o señalamiento con su temporizador de plazos adosado.

Recuerdo que no hace mucho que nos dijeron que a partir de ese momento nos iban a mandar las Instrucciones, notas de servicio y demás por correo electrónico en lugar del papel. Como si fuera la pera limonera. Y aún hubo quien se quejaba, no creamos. Pero eso sí, las cosas como las notificaciones de trienios, las concesiones de comisiones de servicio para asistir a un curso y cosas similares siguen llegando en su cartita, con sobre y todo. Y también llegan por correo los tarjetones rimbombantes con invitaciones a actos protocolarios –cuando llegan, claro- y las felicitaciones de Navidad de todas las instancias posibles.

Pero donde más se ve el correo postal es en los expedientes. Certificado, por acuse de recibo, por valija… Una viva muestra de que lo del Papel 0 es un cuento chino. Porque si el papel fuera realmente 0, no habría nada que meter en los sobres, digo yo. Pero igual son cosas mías.

Lo que sí tenemos a la orden del día es el correo electrónico. El famoso mail. Pero a la orden del día de ayer. Porque, como siempre, parece que en Justicia se descubren las cosas cuando en otros sitios ya se van dejando atrás por obsoletas. Debe ser nuestro sino.

No obstante, reconozco que me causan cierta ternura las cartas de toda la vida, los buzones, y los sellos. Aunque, eso sí, agradezco sobremanera no tener que lamer el reverso para que se pegue. Al menos ahí algo sí que hemos avanzado, que recuerdo de pequeña el sabor amargo y dejarme la lengua como un esparto. Y también recuerdo  de una compañera de colegio que, cuando nos dijeron que las notas las mandarían en una circular, preguntó si había sobres redondos

Así que hoy el aplauso no sé si dárselo a los carteros y carteras o a quienes reciben las misivas. Esto es, a todos los habitantes y usuarios de Toguilandia. Porque tenemos cartas para rato.

 

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Tesón: esfuerzo y recompensa


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Todo esfuerzo tiene su recompensa. Algo que siempre nos dicen aunque en ocasiones es difícil ver Mas allá de la lágrimas. Y, desde luego, en el mundo del espectáculo tiene su traducción en aquella frase de la profesora de Fama a la que ya he aludido otra veces. La fama cuesta, y aquí es donde vais a empezar a pagarla, con sudor. Y pese a todos los inconvenientes, como el niño de Billy Elliot que triunfó pese a que todo lo tenía en contra.

Esto se cumple en nuestro teatro, punto por punto. Aunque hay quien no lo crea. Y no solo una vez dentro del escenario. Lo más duro es muchas veces llegar hasta él. Eso es lo que recordé cuando desde twitter @ladycrocs nos dejó encogida el alma contando sus avatares hasta llegar a vestir toga y puñetas. A ella le siguieron más, y de este ejercicio de sinceridad nace este estreno, que probablemente sea uno de los más emotivos que he hecho.

Como no me parece justo mantenerme como espectadora mientras los demás desnudan su alma, empezaré por mi propia historia, pequeñita al lado de otras que demuestran que la oposición no es el camino de rosas para niños y niñas de papá que mucha gente se empeña en hacer ver.

Como he contado más veces, soy hija de una abogado al que le hubiera encantado ser fiscal. En teoría, lo tenía más fácil que gran parte de mis compañeros de carrera a la hora de despegar, con un despacho a mano donde batir mis primeros duelos toguitaconados. Pero nada es lo que parece. Mi padre ya había perdido la vista y, el mismo día que regresé del viaje de fin de carrera, supe que se moría. Dicen que aguantó más tiempo del que el destino le había señalado por verme acabar la carrera y, sobre todo, por hacerme prometer que  conseguiría ser fiscal. De hecho, no abandonó este mundo hasta que estuvo seguro de que tenía todo encauzado: preparador, tema y ganas. Y acertó. El mismo día que cerró los ojos, yo ya me había estudiado mis dos primeros temas, los que mejor me sabía, los que nunca olvidaré. El sabía que el resto no sería fácil. Su enfermedad y la falta de previsión del régimen de la abogacía en aquel momento nos dejó en una situación económica complicada, pero sabía que con mi madre a mi lado nada iba a fallar. Recuerdo tantas veces las noches pasadas junto a ella, yo estudiando, y ella pendiente de mí y de la aguja con que seguía cosiendo para que nada me faltara. En justa compensación, tuve que abandonar el ballet, mis ganas de escribir y los trabajillos que hasta entonces hacía –desde pintar abanicos a pasar a limpio las cuentas de un perito-. Juntas forjamos el objetivo de sacar la oposición lo más pronto posible, aunque, como decía, tuviéramos que ir al más remoto de los pueblos a criar gallinas. Lo logramos a los dos años y pocos meses. Y el día que apareció mi familia al completo en la estación de autobuses con una boteella de cava, lo vi. Mi padre estaba allí, brindando junto a nosotras. Y por la cara de mi madre, ella también lo vio.

Y es que los padres marcan nuestra vida. Aun tengo los pelos como escarpias del testimonio de una compañera que supo, el mismo día que aprobó, que su madre la iba a dejar. Que, de hecho, había estirado y disimulado una terrible enfermedad con tal de que su hija cumpliera su sueño. Impelida por una fuerza sobrehumana, mantuvo la consciencia hasta salir a celebrar el logro de su hija con un desayuno con pasteles. Tan dulce y tan amargo. Fue su última salida de casa. Después el destino regaló a ambas una prórroga de un mes para despedirse. Y para grabar en el corazón de mi compañera algo que nunca olvidará. El momento en que su madre le decía orgullosa que había llegado hasta donde solo podían llegar antes los hombres. Y, vista su trayectoria, esa frase y ese espíritu la ha marcado. Nunca ha dejado de pelear por los derechos de las mujeres.

Pero, con todo lo importantes que son estas herencias, hay otras historias de superación dignas de la mejor película del hombre hecho a sí mismo. Claro ejemplo es la que nos contaba @nandogerman a raíz de este ejercicio de sinceridad tuitero. Sirviendo copas en bares de noche y estudiando de día hasta acabar la carrera. No contento con ello, preparando una oposición de funcionario que su tesón y su capacidad lograron al primer intento. Y, mientras desarrollaba su trabajo, lejos de acomodarse, dando una nueva pirueta preparando la oposición de fiscal hasta, después de un intento baldío, sacarla adelante. Y, entretanto, con unos hijos a los que tener, cuidar y mantener. Como un ejercicio de malabarismo que le llevó hasta la meta, aunque hubiera corrido la maratón con los pies descalzos junto a atletas con equipaciones ergonómicas y su propio entrenador personal. Todo un ejemplo.

Como lo es también el de @escar_gm, que perdió a su madre al mes de empezar la oposición y quedó huérfana, porque había perdido a su padre tres años antes. Y que, pese a todo, siguió adelante, apoyada por su familia primero y por quien hoy es su marido después y, por supuesto, por su tesón y sus ganas,  que le permitían compatibilizar el estudio con un trabajo de dependienta los fines de semana. Escarlata luchó además contra los avatares de una oposición difícil y se vio obligada a cambiar de preparador, y a partir de cero después de más de un año estudiando. Pero lo que entonces parecía ser un desastre le salvó la vida, y un año y medio tras el cambio celebraban el aprobado con todos los que la apoyaron. Los que estaban y los que se fueron. Ahora nos enseña cada día, con un sonrisa, el trabajo desde esas trincheras del derecho por las que tantos transitamos.

  Otra impresionante historia de superación es la de la propia @ladycrocs, la “culpable” de estas confesiones. Adolescente rebelde por sí misma y por la situación conflictiva del divorcio de sus padres, devino de una mala estudiante a coger por los cuernos el toro de la vida. Tuvo que estudiar mientras servia copas en un pub para subvenir sus necesidades primero, de la carrera y luego, de la oposición, con un preparador que se lo puso fácil económicamente –los preparadores no son esos endiosados peseteros que muchos suponen-. Así, llegando a estudiar a la luz de las velas porque le habían cortado la luz por falta de pago, logró sacarse la oposición, tras un primer intento frustrado. Sin desfallecer. Otro ejemplo a seguir en el que se encarna eso de” querer es poder”.

También @Kinotofukasuka nos contaba otra historia de superación, desde otros parámetros. La de quien, no contenta con un trabajo en una empresa, decidió ponerse el mundo por montera y abandonar un trabajo que la dejaba insatisfecha para preparar la oposición costara lo que costase. Dejó su ciudad, se casó y estudió en la única casa que podían pagarse en la ciudad costera donde él fue trasladado, bien avituallada de mantas porque nadie sabe lo fría que puede ser una casa en pleno invierno en la playa sin acondicionar. A los dos años y cuatro meses, objetivo cumplido. Aunque no era la única prueba que le quedaba por superar. Sigue en la brecha día a día pese a que los problemas de salud de una de sus tres hijos habrían hecho a más de uno abandonar. Y también con una sonrisa y unas ganas de pelear por los derechos de todos que no hace falta que cuente porque son bien conocidos.

No quiero acabar este estreno sin contar las angustias que se derivan de la propia oposición. No solo estar encerrados, física y psíquicamente, sino pelear con imponderables e injusticias contra las que no se puede hacer nada. A un compañero mío, tras llegar a casa y pasar varios días preparando el examen práctico –ya había superado el teórico- le llegó una carta del Tribunal diciéndole que se habían equivocado y que él no había aprobado. Un mazazo como poco he visto. No volvió a intentarlo.

No es el caso de otro compañero, que, en un récord difícil de superar, aprobó el mismo año el examen teórico de Jueces, de Fiscales –eran dos oposiciones iguales pero separadas- y de Secretarios Judiciales. Y le suspendieron en los casos prácticos de las tres, pese a que hasta ese momento habían sido un mero trámite. Con el cruel agravante de que en Judicatura sobraban plazas y el Presidente del Tribunal les aseguró que estaban todos dentro y les deseó un feliz verano, a la vuelta del cual se cargaron sin piedad y sin justificación a la mitad de los opositores de aquel tribunal maldito. Pero tampoco se dejó vencer. Al año siguiente, junto con otra compañera en el mismo caso, sacó la oposición. Y hoy es uno de los jueces mejor considerados que hay.

Y, para desenredar el nudo que se me pone en la garganta, acabaré con una anécdota. La que me proporciona otra compañera, convencida de que el fútbol es en gran medida el culpable de que ella vista hoy toga y puñetas. Porque la final de la Champions hizo que no se examinara el día que estaba citada –era la última, hándicap seguro- sino al día siguiente, con un tribunal sonriente y receptivo por la consecución de la copa por el Real Madrid –los exámenes son en Madrid-. Pero, aunque ella, dice eso, vista su trayectoria, seguro que habría aprobado aunque le hubieran metido un 7-0 al equipo de marras.

Siempre recordaré una frase que me soltó una aspirante a juez la primera vez que fui al Tribunal Supremo, como acompañante. Yo estudiaba entonces cuarto de carrera, y decía que aquello era lo que quería hacer. Aquella chica me dijo “prepárate para estudiar”. Yo le pregunté que qué era lo que había hecho hasta entonces, y me respondió con un “Nada”, que nunca olvidé. Al cabo de unos meses la vi en la tele como juez instructora de un asunto mediático.

Así que hoy, el aplauso va sin duda destinado a todos nuestros protagonistas. Y a lo que sus historias encarnan. Gracias por compartirlas.

Y, de paso, esta toguitaconada pide disculpas a lectores y lectoras por la extensión de este estreno.Pero, aún así, sé que me quedo corta.

 

Códigos: pretérito imperfecto


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Desde que se inventó la imprenta, el mundo del teatro ha estado indisolublemente unida a él. Las obras, los guiones, los libretos, los programas de mano, las entradas o los carteles anunciadores. Todo tenía, de uno u otro modo, relación con la letra impresa. Y la sigue teniendo, aunque cada vez menos, gracias a la tecnología que sustituye papel por pantalla, lo físico por lo virtual. Hoy sacamos nuestras entradas a través de Internet y a veces ni siquiera hace falta imprimirlas. Atrás quedaron los tiempos de Cinema Paradiso, por más que cause nostalgia el recordarlo.

Y, si la historia en cualquier materia está unida a la existencia de la letra impresa, en nuestro teatro más que en ninguno. No en vano a los abogados se les llama Letrados –y Letradas-, y hoy los antiguos secretario judiciales son Letrados de la Administración de Justicia. Porque, como muy bien explicaría Coco en Barrio Sésamo, Letrado viene de letras.

Es cierto que la imagen de quienes nos dedicamos a la Justicia siempre viene asociada a libros, togas y balanzas. Es imposible no relacionarnos con enormes tochos que, en ocasiones, amenazan con tragarnos. Repertorios de jurisprudencia, leyes variadas y, sobre todo, Códigos. La madre de todas las batallas judiciales. No sin mi Código, podría ser eslogan común de las profesiones jurídicas. Y le iría al pelo.

Como soy hija y nieta de abogado, recuerdo siempre los pasillos de mi casa, además del despacho correspondiente, plagados de librotes, a los que luego fueron a sumarse los míos.  Porque, además, pocas cosas hay más cambiantes que las leyes. Todavía me acuerdo de mi desesperación siendo opositora cada vez que a las Cortes les daba por meter, quitar o cambiar un articulito, o más, de uno u otro código. El antecedente de lo que hoy se llama la obsolescencia programada. Aún no habías acabado de pagarlo en la caja de la librería jurídica de marras, y ya había algo derogado. De hecho, no era raro que al comprarlo ya vinieran con addendas, esos cuadernillos que advertían que tal o cual precepto habían sido cambiados y aportaban el nuevo texto. Y también me acuerdo que mis Códigos de opositora obsesiva se convertían en un verdadero puzzle con trocitos de Boe pegados y hasta con desplegables artesanos. Tal como éramos.

Ahora, con el advenimiento de las nuevas –o no tan nuevas- tecnologías, la cosa debería haber cambiado. Y algo ha cambiado, la verdad, pero menos de lo que debería. Ahora podemos echar mano de Internet y ver la última redacción del precepto buscado en un nanosegundo. También pasaron a la categoría casi de incunables aquellas colecciones de jurisprudencia por años, como el Aranzadi de tapas de cuero o similar y papel de biblia. Que tenían su punto, no digo yo que no, pero que acababan copando espacio por todas partes.

Pero, si somos realistas, basta con echar un vistazo a cualquier sala de vistas para percatarse que todavía llevamos nuestros Códigos a cuestas. El Código Civil, el Penal, las Leyes de Enjuiciamiento Civil y Criminal, o los que afecten a la jurisdicción de que se trate. La mayoría vamos con nuestros libritos en la mano para hacer una consulta rápida, si es necesaria. Posiblemente influya el hecho de que en las salas de vistas no suele haber wi-fi ni otras posibilidades tecnológicas de consultar que no sean las que cada cual aporta de su propio bolsillo.

Pero no solo es eso. También se trata de mentalidad, de que en este mundo llevamos bastante a cuestas eso de no ser nativos digitales y vivimos todavía pegados al papel. Buena prueba de ello es el funcionamiento de la propia Administración de Justicia en la que, por mas que nos vendan lo del papel 0, seguimos requiriendo en cada procedimiento de documentos con sus sellos, cuños y firmas como toda la vida. Y sus grapas, sus cuerdas flojas y hasta sus imprescindibles posits.

No hace mucho, un Magistrado ya mayor me preguntó si no había bajado a la sala el Código penal, que a él se le había olvidado. Le dije muy convencida que lo llevaba en la mano, refiriéndome a mi teléfono móvil, donde almaceno las leyes que uso con más frecuencia. Me puso una cara muy rara, me dijo que era muy moderna, y, después de enseñarle el artículo que buscaba, me hizo una fantástica pregunta. ¿Y no te ha costado mucho trabajo hacer fotos de todas las páginas del Código?. No supe si reirme o llorar, y acabé saliendo del trance con un diplomático “es que soy muy apañadita” que igual vale para un roto que para un descosido.

Aunque confieso que, en ocasiones, aun me causan nostalgia mis viejos Códigos, los llenos de anotaciones y pegatinas. Cuando los veo –aun conservo algunos, fruto de mi particular síndrome de Diógenes- me producen la inmensa ternura que no me causaron en su día. Debe ser que me hago mayor. Probablemente por eso, y aunque sea muy moderna, como decía aquel magistrado, todavía sigo echando mano de Códigos en papel en muchas ocasiones. Y eso que no siempre nos los proporcionan, o lo hacen tan de vez en vez que tienen que soportar varias reformas sin ser sustituidos. Así que, aunque menos, sigo visitando in person las librerías jurídicas. Y no soy la única, desde luego.

Y es que en Justicia las cosas  son como las de palacio, que van despacio. Y la verdad, tampoco tienen pinta de ir a despegar como un cohete a propulsión. Aunque a trancas y barrancas vayamos acoplándonos cada cual como puede.

Así que hoy el aplauso es, a partes iguales, para ese puntito de nostalgia, y para la capacidad de adaptarse a los tiempos. Porque, como dice el refrán, en el término medio está la virtud.

Trincheras: togas de camuflaje


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En el teatro, como en la vida, no todo el mundo puede ser una estrella. De hecho, siempre hay más tropa que generales, más indios que jefes. Tal vez por eso sea tan común en cine bélico, desde los principios de la gran pantalla. Y siempre, o casi siempre, fijándose más en el soldado que en el general, en las trincheras que en los despachos de los estrategas. Por eso había que Salvar a soldado Ryan a cualquier precio, por eso nos desesperamos ante Johny cogió su fusil, ante Pearl Harbor y sus múltiples historias, o reímos con el día a día de las trincheras de Mash. Porque las trincheras siempre están llenas aunque la fama se la lleven los generales.

En nuestro teatro también hay trincheras. Y muy bien pobladas, por cierto. Da fe de ello cada día mi querida compañera @escar_gm que desde su cuenta de twitter nos cuenta cada día un pedacito de #LaVidaEnLasTrincheras entre togas, tacones, mocasines y códigos. Y coche, mucho coche. Algo que ya contaba en un artículo  y que sigue retransmitiendo día a día, con la naturalidad  de quien, como nosotras, no es otra cosa que parte de un servicio público y esencial, la Justicia.

Las trincheras de la Justicia son variadas, movibles, y están pobladas por gran número de habitantes. Con más o menos años de antigüedad, que no se trata, como algunos puedan creer, de los recién llegados. Tras veinticinco años, sigo trabajando en las trincheras y no me importa mojarme las rodillas. Y lo que te rondaré, morena.

Mucha gente piensa en jueces o en fiscales y pinta en su mente la imagen de cortinajes de terciopelo rojo, collares con medallas, solemnidad, lejanía…y hasta un puntito casposo que a veces responde a la realidad y otra no tanto. Piensa en intrigas palaciegas, en luchas de poder, en llamadas casi de Teléfono Rojo, órdenes de superiores y conjuras varias. Craso error. Puede que la cara visible para los medios de comunicación sea la del Tribunal Supremo y su prosopopeya del día de la apertura del año judicial, de los discursos, de los juicios mediáticos y la de los nombramientos conflictivos. Pero la mayoría de nosotros y de nosotras vivimos a años luz de esas cosas.

Cuando una es fiscal, y, sobre todo, cuando es una fiscal joven como mi compañera Escarlata, pasa gran parte de su vida con la toga a cuestas. Aunque la gente lo crea, y por eso se queje sin conocer la realidad, no somos parte del personal de ningún juzgado. La mayoría de fiscales despachan más de un juzgado de instrucción, o mixto. Y, aun quienes tenemos la fortuna de que los años y las canas nos hayan premiado con un destino algo más cómodo territorialmente hablandoo, además del trabajo del o los juzgados al que estamos adscritas, hacemos nuestras tandas de juicios en Juzgados de lo Penal y en Sala. Total, que en una semana nos podemos merendar entre treinta y cuarenta juicios sin despeinarnos. Y juro que no exagero. Echemos cuentas: entre juicios por delitos leves, juicios civiles, juicios en los juzgados de lo Penal, en la Sala, y juicios rápidos en la guardia hay semanas que aún me quedo corta. Ya he dicho alguna vez que mi récord está en 33 juicios celebrados –celebrados, no suspendidos ni aplazados- en una sola mañana. Algo a tener en cuenta para quienes se empeñan en seguir tildaándonos de los señoritos de la Justicia. Porque confieso que, muchas veces, me identifico más con Gracita Morales que con aquel a quien ella llamaba “el señoriiiito” con su inigualable voz atiplada.

Para hacer todos esos juicios, hay que llegar a la sede, aunque parezca una obviedad propia de un episodio de Dora la Exploradora. Pero juro que hay fiscales que viajan para eso más que el baúl de la Piquer. Y en eso somos colegas de Abogados y procuradores –y abogadas y procuradoras, claro está- que también andan de Herodes a Pilatos con una descuadre de horas importante y tratando de hacer el encaje de bolillos que no llevan sus togas para llegar a tiempo. Puñetas son, de uno u otro modo.

También los jueces tienen sus trincheras, aunque más serían la retaguardia. Ahí permanecen, como los LAJs, en su sede –salvo sustituciones forzosas en virtud de la supresión de los sustitutos- viéndonos desfilar uno tras otro, un juicio tras otro…y llevándose como deberes para casa una sentencia tras otra. Nosotros los deberes los hicimos antes, a la hora de calificar la causa o de preparar el juicio. Y es que nuestra profe imaginaria, la señorita Justicia, nos pone distinta tarea. Y, aunque sabe que no tenemos suficientes medios para hacerla, no le queda otra que resignarse y jurar que reclamará al director del cole que nos traiga bolis y gomas, lápiz y papel –o su versión moderna, ordenadores que funciones con programas que funcionen-. Pero ni caso le hacen a la pobre. Ni puñetero caso, sea dicho en el más literal de los sentidos.

Por supuesto, de una parte y de otra, de retagardia y trincheras, tenemos que recibir los disparos desde primera línea. Las quejas del justiciable por una tardanza de la que casi nunca tenemos culpa, las demandas de reforma de una ley que no están en nuestras manos, o las consecuencias de imponderables contra los que no podemos hacer nada, como que se queme todo un juzgado con sus expedientes.

Y sí, tenemos otra vida. Y hasta familias, se crea o no. Aun recuerdo mecer a mi hija mayor con una mano al tiempo que sostenía un expediente con la otra. Seguro que a más de una compañera, y de algún compañero, les suena la canción. Esa conciliación  que sigue siendo una asignatura pendiente y poca pinta tiene de que lleguemos a aprobarla alguna vez

Y, aunque también tenemos vacaciones, en nuestro caso son una estafa. Porque los expedientes se acumulan mientras vacacionamos.  Pocas depresiones post-vacacionales hay tan profundas como la de quien llega con las pilas cargadas y se le descargan como la batería de un viejo móvil a la vista del montón de expedientes que está esperando en su despacho, que dejó limpito y reluciente, como si lo hubiera lavado la mismísima chica de la lejía que vino del futuro solo para eso y lo hubiera comprobado el inaguantable mayordomo que hace la prueba del algodón.

Pero, pese a todo, he de decir que vale la pena. Que dedicarse a lo que le gusta a una es un privilegio, y poder hacer algo cada día por los demás lo es aún más. Y que, si quienes nos mandan se encargaran de que lo hiciéramos en unas condiciones dignas y con medios suficientes, ya sería la bomba. Pero tal vez eso sea pedir demasiado. Aunque ya se sabe, contra el vicio de pedir…la virtud de no dar. Algo que aplican a pies juntillas los máximos responsables de nuestro teatro.

Así que hoy, como no podía ser de otra manera, el aplauso para todos los trincheristas del derecho, para quienes cada día visten su toga de camuflaje y se enfrentan a lo que venga con ganas y, si es posible, con una sonrisa. Y, en especial, para mi compañera Escarlata, cuyo chute de ánimo por #LaVidaEnLasTrincheras ha inspirado este estreno. Gracias por esa inyección de ilusión y ganas.

 

Equívocos: la toga me confunde


zapatos de colores diferentes

Los errores, equivocaciones o simples despistes son parte de la vida. Los artistas, sin ir más lejos, tienen fama de despistados, con eso de que las musas consumen su tiempo y su espacio, y tan pronto pueden confundir el día de un estreno como a quién le habían concedido una entrevista. Una suerte para los agentes, por cierto, siempre que puedan permitírselos. Y también los propios errores protagonizan algunas obras,que hasta Dios comete errores, como le pasó el El cielo puede esperar o El cielo se equivocó.

Nuestro teatro, como todos los ámbitos, no escapa a errores o despistes. Y, aunque no trabajemos en el espectáculo, algunas, como esta humilde toguitaconada, somos tan despistadas como la más pintiparada estrella. Que no se diga. Eso sí, sin agente para que me lleve la agenda, a veces pasa lo que pasa. Y en más de un aprieto me he visto por culpa de ese despiste que me acompaña. Con y sin toga, con y sin tacones.

No sé si a alguien más le ha pasado, pero más de una vez he confundido el día de juicios, y me he visto en algún que otro aprieto. Por exceso o por defecto. En alguna ocasión he permanecido sentadita, con la toga puesta y los tacones colocados, en una sala de vistas viendo como pasaba el tiempo sin que nadie apareciera. Y, cuando empezaba a acordarme de toda la parentela de juez, personal del juzgado y demás, me he empezado a extrañar de que tampoco hubiera letradas ni letrados, ni testigos ni un triste acusado con que saciar mi hambre de fiscalita. Y claro, lo que no había era juicios. Que eran al día siguiente, y yo tan puesta. También en otro caso acudía a una reunión importante, AVE mediante, con maletita y todo, y no me dí cuenta de que había confundido la fecha hasta que en la propia estación me dijeron que aquel billete era para el día siguiente. Mea culpa.

Pero si esto se zanja asumiendo con deportividad el ridículo, cuando es por defecto es otro cantar. Pocas sensaciones más angustiosas que la de darme cuenta en el último momento que los juicios que creía que eran para el día siguiente se celebraban ya mismo. Y yo con estos pelos. Qué angustia tener que mirar las carpetillas a correprisa y aprovechando los huecos entre juicio y juicio, implorando a la suerte una conformidad o una suspensión para poder ganar tiempo para mirar el resto de causas. Por fortuna, nunca me ha pasado con un asunto de envergadura, pero a Dios pongo por testigo que no hay Lexatin que aplaque la ansiedad de esos momentos.

No obstante, mi despiste más sonado tuvo lugar el día en que me paseé por los seis juzgados del partido al que estaba adscrita, con mi toga y mis tacones…cada uno de un modelo. Unas cuantas horas con un zapato tipo mocasín marrón de ante y el otro modelo salón azul marino con puntera verde. Y sin percatarme. Y sin que me dijeran nada los fiscales en prácticas que me acompañaban. Cuando, ya de vuelta, me di cuenta, quise que la tierra se abriera bajo mis tacones y se me tragara.

Aunque no siempre la culpa va a ser mía. Y por imponderables del destino, todos los habitantes de Toguilandia en general, y los fiscales en particular, nos hemos encontrado con situaciones pintorescas, error mediante. Llegar a un juicio con la carpetilla confundida, sin saberlo, y sentirse incomprendida como los protagonistas de Encuentros en la tercera fase, al descubrir que todo el mundo hablaba de una alcoholemia cuando yo me había preparado un juicio por estafa. Y salir del trance como se puede. Como se sale cuando, sin saber por qué, hay una confusión en el testigo y cuando esperábamos a Matilde, aparece un señor con bigote, al que, disimulando, una pregunta “Y usted, ¿qué sabe de los hechos?”, con la esperanza de que nos aclare algo. Que seguro que más de uno y una que me lea se ha visto en estos berenjenales y ha sudado la gota gorda para salir con dignidad, y sin perjudicar a nadie.

Otras veces, los errores no son tales, aunque lo parezcan. Alguna vez he contado que un señor acudió indignado cuando le llamaron como “el actor” para aclararnos que no era actor, sino albañil, faltaría más. Pero no es el único caso. En uN  supuesto semejante, llamada a comparecer la actora, nos reconvino amablemente “se dice actriz, oiga”. Y no quisimos contradecirla, claro está.

Pero, como dice el refrán, el que tiene boca se equivoca. Por eso el aplauso es para quien tiene recursos para salir de esos errores con bien. Y los usa, claro. Aunque sude tinta china en el intento.

 

Vehículos: en marcha


Troncomóvil

¿Qué sería de nuestra vida sin medios de transporte? ¿Y qué sería del teatro y el cine sin ellos, tanto dentro como fuera del escenario? Llegar a la alfombra roja en una flamante limusina o en un desvencijado Opel Corsa dice mucho de quien va a hacer su arribada, desde luego. Y hay películas que no serían nada sin una escena antológica con vehículo, como el inolvidable taxi en el que subían las Mujeres al borde de un ataque de nervios de Almodóvar, la cuádriga de Ben Hur o el coche de caballos en el que Escarlata huía de Lo que el viento se llevó. Y hasta a veces, es el propio vehículo el protagonista, como el simpático Chity Chity Bang Bang, o sus herederos de Cars, el autobús de Speed o el superheroico Kit, El coche fantástico, pasando por los inefables Autos Locos y sus no menos locos conductores, o los complementos del coche de El Inspector Gadget, que tantas veces hemos deseado tener en medio de un atasco. Y eso por no hablar de barcos, como el Titanic, aviones, como el Concorde, trenes como el Orient Exprés, globos como el de La vuelta al mundo en ochenta días y hasta submarinos, como en 20.000 leguas de viaje submarino

En nuestro teatro, como en el de verdad, los medios de transporte tienen su propio protagonismo dentro y fuera del escenario. Aunque hay que reconocer que estamos más cerca del Opel Corsa desvencijado –ojo, sin desmerecer a este modelo, que es que habitualmente conduce esta toguitaconada, en un bonito tono rosa, eso sí- que de la flamante limusina. Lejos de alcanzar velocidades supersónicas. Seguro que no sorprende a nadie.

Hubo una época que los vehículos ocupaban mucho espacio en los atestados. Eso de coger un coche, hacerle el puente y llevárselo para cometer fechorías o simplemente para fardar con los compinches e irse de fiestuqui hasta que el depósito se agotaba, estaba a la orden del día. De esa época recuerdo la cara que se le quedaba al detenido de turno cuando le informaban que estaba imputado de un presunto delito de utilización ilegítima de vehículo de motor ajeno. “¿Mandeeeee?, que yo no hice nada de eso, si yo solo lo cogí para dar una vuelta”, me contestó uno, haciendo evidente el divorcio entre el lenguaje jurídico y el de la calle. Pero en cualquier caso, mucho más fino ese nombre que el de “hurto de uso”, que no solo no me gusta nada en la forma sino tampoco en el fondo, cuando hay que darle la vuelta y decir que se remite a las penas del robo pese a no serlo, o explicar aquello de que si hay fuerza en las cosas para llevárselo o para usarlo, si el ánimo es de lucro o de usarlo y todas esas exquisiteces jurídicas que a veces son tan difíciles de comprender tanto a víctima como a autor. Hoy, sin embrago, ese tipo de delitos han pasado al museo de incunables delictivos, junto con el inefable robo de radiocassette previo uso de una bujía para romper el cristal. Qué tiempos aquellos. Hoy se lleva más lo de apropiarse de vehículos de lujo para revenderlos en cualquier ignoto país para desesperación de su atribulado propietario. Ya nadie quiere aquellos utilitarios que tanto molaban a los manguis de otros tiempos y que hoy causan hasta ternura.

Como objeto o instrumento del delito, hoy los coches nos aparecen en los delitos de tráfico de drogas o en otros como un componente meramente económico, pero la cosa ya no tiene ese componente kirsch, desde luego. O como instrumento de venganza o de odio cuando se rajan las ruedas o se rompe el retrovisor de alguien, que esto sí sigue siendo un delito atemporal. Con lo que molaba el coche con el que Torrente apatrullaba la ciudad, o la época en que hasta se cantaba sobre lo difícil que es hacer el amor en un Simca 1000 o sobre una novia que había dejado al chico por otro con un Ford Fiesta a rayas y un jersey amarillo.

Pero los vehículos no solo son protagonistas de nuestras funciones. También prestan su genuina función de medios de transporte  con los que quienes vestimos toga llegamos al lugar donde debemos usarla. Ya comenté en otro estreno que, a diferencia de los jueces y LAJ, que tienen su sede estática, la nuestra, como la de quienes ejercen abogacía y procuradoría, es dinámica. Viajamos con la toga a cuestas como el baúl de la Piquer, en los medios que tienen a bien darnos o de los que nos autoabastecemos. Que cada día son menos, por cierto. Atrás quedaron los tiempos en que había coches oficiales a cascoporro –yo no llegué más que a dos conductores que nos repartíamos por rigurosa lista- y a un coche de la guardia que también había que compartir. Hoy, ni eso. De hecho hace poco, un día en que la inundación de las instalaciones de los Juzgados de guardia dejó sin luz el edificio y a mí sin poder acceder al garaje donde me esperaba mi querido y modesto cochecito, le pedí a la Juez de guardia permiso para que el vehículo de la guardia me llevara a mi casa, a apenas 10 minutos de mi casa, porque dada la lluvia torrencial que caía y lo avanzado de la hora no había un taxi en 100 km a la redonda. Y me dijo que nones, a pesar de la penica que daba verme calada hasta los tacones y lo que te mojaré morena. Y menos mal que un funcionario generoso se abalanzó con agilidad felina sobre un taxi que encontró media hora después en lontananza, porque si no estaría todavía curándome la neumonía y no habría ni toga ni tacones que valga.

A esto ya sé que quienes me leeis estaréis pensando en que esto es una venganza toguitaconada en toda regla. Y sí, no lo niego, que se ve que voy olvidando todo eso del perdón y de la otra mejilla que se esforzaban en enseñarme las madres Teresianas en su día. Pero que conste en acta que no es un ataque a Sus Señorias en general, con quienes tengo muy buenas relaciones, sino a una señoria en particular. Y un agradecimiento al funcionario que fue mi Indiana Jones particular y me salvó de El diluvio que viene y de irme directamente a Urgencias o a Hospital Central.

Eso sí, que quede claro que, a pesar de lo que muchos suponen, y hasta afirman, nadie nos pone un coche para ir a trabajar, ni nos pagan un taxi, que más de una vez he leído u oído eso de que “el señorito del fiscal, que le tiene que traer o llevar a casa”. Aprovecho para recordar que los fiscales no tenemos nuestra sede ni nuestro puesto de trabajo en ningún juzgado sino en fiscalía, que la mayoría despachan más de un juzgado y que nos tenemos que trasladar a muchos kilómetros como buenamente podemos y cuando nos llaman. A veces, de varios sitios a la vez. Dicho quede o de lo contrario mi fiscalita interior – y los y las compis que me leen- no me lo perdonarían.

En cualquier caso, es curioso que nuestras leyes aún siguen ancladas en los tiempos, no del Simca 1000, sino de la diligencia. De hecho, hasta 2015, la LECrim seguía distinguiendo en la regulación de los juicios de faltas en función de los kilómetros que separaban de la sede del juzgado el tiempo para las citaciones y comparencias. Y con ese tipo de leyes seguimos.

Por eso hoy el aplauso es para quienes nos convertimos en verdaderos Correcaminos de la justicia, corriendo para que el Coyote de la imprevisión y la falta de medios no nos pille. Volando voy…

 

Tabú: palabras prohibidas


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Los juegos dan mucho juego. En el teatro y en la vida. En las pantallas los hay a vida o muerte, como Juego de Tronos o Los Juegos del hambre, o los hay más de andar por casa, como el billar de El color del dinero, o el emblema de una época de cine patrio, Los Bingueros, con Pajares y Esteso dándolo todo al grito de “línea” o “bingo”

Nuestro teatro es poco dado a los juegos, ni reales ni virtuales, salvo aquello que decía el Código Civil de los juegos de envite o azar, y las obligaciones naturales, si mal no recuerdo de mis tiempos de oposición. Salvo eso, pasamos por personas serias, con nuestras negras togas y nuestras níveas – o no tan níveas, que hay que ver cómo se ensucian- puñetas, con poco tiempo para jueguecitos.

Pero, como ya se sabe eso de que “mucho estudiar y no jugar hacen de Juan un aburrido”, hoy mi toga, mis tacones y yo misma proponemos un jueguecito. Aunque, para ser honesta, no me llevaré el mérito. Al césar lo que es del césar. Y el César en este caso fue @Kinotofukasuka y un hilo que tejió desde su cuenta de twitter y al que otros y otras añadimos festones y bodoques varios.

El juego que propongo es el conocido Tabú, ese juego de mesa que consiste en fijar una serie de palabras prohibidas y tener que contar una historia sin utilizarlas. Así que a partir de ahí se me ocurrió tratar de hablar de la Justicia sin utilizar palabras como Lexnet, Medios materiales o la falta de ellos, convocatoria de plazas, digitalización, papel 0 , modernización, obsoleto, desatre, chapuza, retraso, fallos y colapso. Por ejemplo.

Vamos allá. Describamos el estado de la Justicia. Tendríamos que decir que funciona a base de mucha voluntariedad porque la carencia de (piiiii) y personales, dado que no convocan (piii) ni crean juzgados la tiene hecha unos zorros, un verdadero (piii). Añadiríamos que por más que nos hablen de (piii), de la (piii) y de que se ha conseguido el (piii) o estamos a punto de conseguirlo, lo que hay es una (piiii), con unos programas informáticos (piii) que no casan con la aplicación (piii) que tiene desesparados a todos los operadores jurídicos. Que el (pii) es constante y las soluciones que dan son una (piii), con constantes (piii) y (piii).

No sé qué haría Cervantes en mi caso, pero desde luego esta humilde bloggera toguitaconada se confiesa incapaz de redactar nada sobre nuestra Justicia con todas esas palabras tabú.

Pero hagamos otra prueba, que no hay que darse por rendida a las primeras de cambio. Propongamos otras palabras, esta vez tratando de ser más positiva: fantástico, estupendo, eficiente, ágil, útil, adecuado, eficaz.

Nuestra Justicia dista mucho de ser (pii), por más (pii) que nos digan que funciona y por más que la vendan como el colmo de la (piii), con unos sistemas informáticos que no son ni (piii), ni (pii) ni (pii) y unos medios que tampoco son (pii) y que nos llevan a las últimas de las plabras tabú de la serie anterior.

Así que no hay manera. En este Tabú imaginario me habría tocado pagar más prendas de las que llevo encima. Y lo peor, que me exigieran el pago con posits, bolis bic, folios o grapadoras, con lo difíciles que son de atesorar y lo que me los estimo.

Y es que, bromas aparte, es más que penoso que sea imposible hablar de Justicia sin que una catarata de quejas nos caiga encima. Un aluvión que, con mejor o peor humor según la ocasión, se lee por tierra, mar y aire –o sea, por medios de comunicación, tertulias de café y redes sociales- sin que parezca afectar lo más mínimo a quien debiera de hacerlo.

Me encantaría que llegara un día en que, por fín, no pudiéramos hablar de Justicia sin dejar de utilizar las palabras derechos, justiciable, servicio público, satisfacción, eficacia, celeridad, presupuesto, dignidad y orgullo, sin ir más lejos. Así querría jugar al Tabú del futuro, y dejar de hablar de medios para hablar de fines, que es de lo que se trata. Pero mientras que lo que tengamos no es que no sean medios sino que ni siquiera llegan a cuarta y mitad, esto es lo que hay. Y con lo que no nos queda otra que apechugar.

Y de ahí que hoy el aplauso sea, sin duda alguna, para quienes apechugan. Y que en su Tabú de cada día tienen en la lista las palabra esfuerzo, compromiso y entrega por bandera.

Perlas dialécticas: sin la venia


retrato robot

Por más que a veces creamos que tengamos agotada nuestra capacidad de sorprendernos, nada más lejos de la realidad. Precisamente gran parte del éxito de un espectáculo consiste en explotar esa capacidad de sorpresa, en saber pulsar la tecla adecuada en el espectador para lograr el clímax de ese momento que queda grabado en nuestras retinas. Pero la sorpresa puede venir en cualquier momento, en finales inesperados como en Seven o El Silencio de los Corderos, o  en frases o instantes antológicos que quedan en nuestra memoria para siempre, como la del niño de El Sexto sentido que en ocasiones ve muertos. Otras veces son cosas más jocosas, como los aparentes despropósitos de Amanece que no es poco o aquella frase de La Corte del faraón pronunciada por el censor interpretado por Agustin González : “esto es un contumaz regodeo de la concupiscencia”. Cosas que nos producen una reacción de asombro y que se quedan ahí Por siempre Jamás.

Pero, como todos sabemos, la realidad siempre acaba superando la ficción y en nuestro teatro tenemos buenas muestras de ello a diario. Reacciones o contestaciones que nos enganchan entre la perplejidad y la hilaridad, entre la risa o el llanto. Y, por supuesto, nos ponen en serios aprietos para mantener la compostura.

Recuerdo muy bien a uno de los internos de una residencia para personas con problemas mentales, que nos recibía convencido de que era el Rey, y a quien llamábamos “Majestad” porque era el único nombre al que contestaba, mientras hacía oscilar su bata como si de una capa de armiño de tratara. Pensé que era un caso aislado, pero parece ser que le han salido seguidores, porque según me cuenta una compañera, ella misma vio como un investigado se identificaba como “Dios”, y como tal estampó su firma al pie de la declaración.

Otras veces son las reacciones espontáneas las que nos dejan de pasta de boniato. En una ocasión, el acusado, cuando ya casi iba a ser absuelto por falta de prueba en un juicio por violencia de género, quiso usar de su derecho a la última palabra para tratar de hacerse coleguilla del juez, y, guiñándole un ojo, le dijo  “ya sabemos los hombres cómo hay que tratar a la parienta, eh”, ante la estupefacción de Su Señoría. Ni que decir tiene que el solito se cargó su propia presunción de inocencia de un plumazo.

Y es que esa intención de compinchear con Su Señoría no suele dar buenos resultados. Me acuerdo de otra vez en que el Juez, harto del tuteo del denunciado, le explicó  que como quiera que no tomaban sopas juntos, no procedía otro modo de hablarle que de usted. “No te preocupes, majo, ahora mismo te invito a unas cañitas y lo arreglamos”. Algo parecido a lo que me sucedió con una señora que, apercibida de la misma circunstancia respecto al tuteo, me dijo que es que era muy campechana, como el Rey, y añadió que por eso no le importaba que yo le tuteara.

Otras veces los papeles dejan testimonio fehaciente de estas perlas dialécticas. Circula por ahí, y me hace llegar un compañero, la frase dirigida a Su Señoría, diciéndole, textualmente, “que le bese el culo”, una orden que desde luego no creo que ningún juez esté en disposición de cumplir, como tampoco lo está cuando responden que lo que digamos se lo pasan por el arco del triunfo, o por sus partes. Cualquiera imaginamos partes mucho menos desagradables por las que pasar, desde luego.

Y hablando de cosas desagradables, imagino el trago por el que pasaron la pareja de Guardias Civiles que, pretendiendo proceder a la detención por alcoholemia, sufrieron como les vomitaban en sus propias narices y por dos veces, circunstancia cumplidamente explicada en el atestado junto al hecho de que a continuación el tipo se durmió allí mismo. Y es que los tragos de uno supusieron el mal trago de los otros, sin duda. Aunque, como el que ríe el último ríe mejor, peor trago será el de la segura condena de tan plimplado individuo.

Y es que hay quien cree que pocas cosas tan inspiradoras como un buen trago. Así se hace constar en un escrito, también aportado por un compañero, en que insta a Su Señoría a que se agarre para disfrutar de su sapiencia jurídica del último día de plazo previa ingestión etílica presuntamente inspiradora. Si esa era solo la introducción, es una verdadera lástima no disponer del resto del escrito, porque la cosa prometía.

Y como ocurre tantas veces, lo escatológico también se abre hueco en nuestras perlas dialécticas. Es bastante conocida una nota manuscrita de un justiciable dedicada al órgano judicial en el que advertía que su incomparecencia al juicio respondía a una urgencia fisiológica que cambió su destino de la sala de vistas al cuarto de baño, contestada con un dechado de sentido del humor por parte del magistrado que comentaba que tal circunstancia, aun comprensible, no le eximía de su obligación. Lo que podría traducirse en un “no le excusa el excusado”, vaya. Aunque una de mis favoritas es la anécdota de una señora que alegó problemas de salud, diciendo de sí misma que era “muy vaporosa”. Cuando yo andaba pensando en una Sílfide vestida de tules y gasas, me encontré con la cruda realidad: no eran vapores sino gases a lo que aludía la mujer y que le traían a muy mal traer sin tener un baño cerca.

Otra compañera me aporta una perla notable, esa vez con connotaciones sexuales. La de quien rellenó las preguntas que le hicieron en el cuestionario haciendo referencia a que la pareja en cuestión se regalaron entre sí un lubricante. Igual supuso que así es todo más fácil, hasta impartir Justicia

Y si de hacerlo fácil se trata, lo que hizo otro justiciable, aportando su propio retrato robot del autor del hecho, que me pasa una compañera, y que es el que ilustra este estreno. Muy majo desde luego, aunque no sé hasta qué punto resultaría útil. visto que aun andaba lejos de ser un Velázquez o un Goya, pero la buena intención no se la quita nadie

Así que, como siempre, hoy el aplauso es para mis compañeras y compañeros que han tenido a bien proporcionarme las perlas con las que he montado el collar. De nuevo, mil gracias.

Espacio: establecido o improvisado


camarote

El espacio es una de las partes fundamentales de cualquier representación. El escenario, con sus decorados cambiantes, los exteriores, el patio de butacas y también las bambalinas y los camerinos. Todo forma parte de cada obra, le da o le quita sentido, contribuye a que triunfe o fracase. De Una habitación con vistas a la habitación del pánico, del Gran Hotel al hostal del Norman Bates de Psicosis, de la mansión de Rebeca a la Tara de Escarlata, de El lago azul a la Selva Esmeralda, el propio espacio da título a muchas películas. Y es nada podría ocurrir sin su propio espacio.

Nuestro teatro tiene su propio espacio, tan definido a priori que parece que no admite variaciones. La sala de vistas, el juzgado de guardia, las bambalinas, los despachos, los calabozos o los exteriores  son algunos que ya han tenido su propio estreno. Pero en nuestro teatro, Abracadabra, Nada es lo que parece, y a veces hay que improvisar. Y mucho.

La imagen que a todo el mundo le viene a la cabeza cuando se habla de nuestro teatro, es la de la sala de vistas solemnes, con pesado mobiliario de madera y cortinajes de terciopelo, que nos ofrece, año tras año, la solemne apertura del año judicial. Unas imágenes a las que bastaría poner en blanco y negro para hacerlas pasar por las de hace muchos, muchos años. Sin mujeres, lo que acrecienta la sensación de algo lejano y algo pasado de moda –por no decir casposo-

Pero las cosas no siempre son así. Las necesidades apremian y la inversión en justicia es tal que si no inventamos soluciones, nadie nos las va a proporcionar. En este siglo, al menos. Así que a improvisar tocan.

Los juicios deberían celebrarse en las salas de vistas. Pero esto, que parece una obviedad, no lo es tanto. En primer lugar, porque ocurre los señalamientos son muchos y no haya salas suficientes. También ocurre que las salas no estén preparadas para la vida moderna, y mucho terciopelo y mucha bandera y mucho cuadro pero no hay modo de reproducir un vídeo, de llevar a cabo una videoconferencia o incluso de grabar la sesión. Recuerdo haber recorrido en togada procesión los pasillos de la Ciudad de la Justicia para hacer una prueba por videoconferencia en una sala pequeña donde estaba el aparato y hacíamos cola paciente esperando nuestro turno. También recuerdo un juicio donde la prueba fundamental era un vídeo en VHS –los hechos habían ocurrido hacía mucho- y no había modo de reproducir aquello.

Por esas razones y otras muchas, cada día usamos más otros espacios. Despachos o salas multiusos se convierten en improvisadas salas de vistas, que tienen poco de salas y unas vistas que en nada se parecen a los cortinajes rojos y demás parafernalia.

Las salas multiusos y similares son, como su propio nombre indica, salas multiusos. No salas de vistas, aunque eventualmente puedan servir de ello. Esa naturaleza de multiusos las convierte en improvisados archivos donde se apilan los expedientes que no caben en otro sitio, en despacho de quien carece de despacho –como un juez de apoyo, sin ir más lejos-, sala de reuniones, lugar donde esperan las víctimas y cualesquiera cosas más. No tienen ni una disposición del espacio como una verdadera sala de vistas ni un espacio adecuado donde esperar justiciable y profesionales a que llegue su turno ni, mucho menos, el más mínimo sitio para que se instale un eventual público –recordemos que los juicios se celebran en audiencia pública salvo las contadas excepciones que prevean las leyes de procedimiento. Convertirlas en salas de vistas da lugar a muchos inconvenientes y situaciones pintorescas.

En primer lugar, parecen más una salita de tertulias que una lugar donde se celebra un juicio. Y eso lleva a que las partes se comporten como una salita, y pidan la palabra, intervengan, se contesten y hagan escuchitas con sus letrados para desesperación de los presentes. Sería bueno recordar que el único caso en que la ley prevé que los letrados se sienten junto a sus defendidos es en el procedimiento de Jurado, y que esto no es como lo que ven en las películas.

Luego está el tema de las sillas. Como haya varios profesionales y partes, comienza una carrera como si fuera la prueba del Un Dos Tres para cazar sillas de juzgados vecinos. Si caben, claro. Hay procuradores que pasan el jucio entero en pie por falta de silla, espacio, o ambos. Si se necesita biombo –cosa frecuente en violencia de género-, más carreras para haceerse con uno. La verdad es que a veces me parece estar oyendo una música imaginaria y que todos tuviéramos que correr en círculo y asegurarnos de tener la silla cuando la música para, como en el conocido juego infantil.

Pero quizás lo peor sea lo de fuera. Un pasillo es todo lo que hace las veces de hall para esperar el turno de su juicio. Allí se mezclan, sin orden ni concierto, acusados y víctimas, familias de unos y de otros, demandantes y demandados, testigos, aspirantes a público y hasta menores a la espera de exploración. Y a veces se montan unos jaleos de padre y muy señor mío. Como decía alguien, no pasa más porque Dios no quiere.

Y lo peor es que, a veces, éste es el mejor de los sitios posible. He asistido a declaraciones junto a la mesa de una funcionaria, apiñados todos a su alrededor, con más frecuencia de la que sería recomendable. Y con todo, creo que soy afortunada, porque he leido en los periódicos de juicios celebrados en plena calle porque el juzgado no tenía previsto lo de las barreraas arquitectónicas.

Que esa es otra, y no baladí. Sin ir más lejos, el otro día, una testigo víctima tuvo que sortear expedientes y esperar a que quitáramos sillas y mesas para conseguir caber con su silla de ruedas en la dichosa sala multiusos. Y es que, como sucede en Justicia, todo es precario. Y el espacio es de todo menos espacioso.

Por todo eso, hoy regresamos desde el escenario a privar del aplauso a quienes no preven estas cosas ni dotan de medios para ello. Tírenles cada cual lo que crea. Mi toga, mis tacones y yo nos sentamos a verlo comiendo palomitas.

Inactividad: paro forzoso


stop

En el teatro, como en la vida, hay imponderables que nos obligan a echar el freno. O, más bien, a colocar las cosas en un imaginario “pause” a la espera de que retornen las circunstancias que nos forzaron a para de golpe.  Artistas a los que una enfermedad inoportuna les manda al dique seco, o instalaciones que se echan a perder dejando a sus intérpretes huérfanos de espacio. Cualquier circunstancia por la que, de pronto, nos encontramos viviendo Los lunes al sol, o en la cola de los protagonistas de Full Monty.

Pensamos que nunca puede pasar, pero pasa. Nos ha pasado en Valencia. El incendio de la Ciudad de la Justicia nos ha mandado a casa. Hay que ver la de veces que, de niños, hemos deseado que pasara algo en el cole que nos impidiera asistir a clase y -lo que era esencial- que no tuviéramos deberes. Y hete tú aquí que, muchos años más tarde, el sueño se ha hecho realidad, y convertido en pesadilla.

¿Qué por qué digo esto, con lo bien que se está en casita sin hacer nada? ¿Acaso soy masoquista? ¿Quizá inhalé algo de humo el día que vinimos a media jornada y me ha afectado las neuronas? Pues no. Nada de eso. O eso creo, vaya.

Lo que ocurre es que aquí va a pasar eso de pan para hoy, hambre para mañana. O sea, que tenemos unas vacaciones forzosas pero mientras los deberes se acumulan y los tendremos que hacer todos de golpe. Y no va a tener ni pizca de gracia. Como no la tiene, tampoco, esos comentarios desafortunados que he leído de quienes poco menos que han llamado vagos o caraduras a quienes nos quejábamos de tener que volver a trabajar sin la certeza de que el edificio estuviera en condiciones.

Porque lo que no podemos perder de vista es que, además para quienes trabajamos en el edificio, el perjuicio es tremendo para el justiciable. El público se queda sin función, con la entrada pagada y sin la más remota idea de cuándo podrá  ver la obra. Y eso, que si se tratara de un espectáculo es molesto, en los casos que se ventilan por estos lares es letal. Imaginemos quien lleva meses -incluso años- para resolver su divorcio, su reclamación, el asunto del que es víctima o del que se le acusa o mil cosas más. Toca Volver a empezar, señalar de nuevo, encontrar un hueco en las más que atiborradas agendas. Y eso, algunos. Los más afectados, tienen que incluso reconstruir  el expediente y encontrar un lugar donde celebrar el juicio.

Y mientras, la zozobra. Porque aunque se declararon estos días inhábiles  de una manera oficial, la cosa no es tan sencilla como a primera vista pudiera parecer. En primer lugar, porque para la instrucción todos los días son hábiles -de hecho la guardia ha seguido funcionando- no sé hasta qué punto se pueden deshabilitar. Las formalidades pueden variarse, pero las vidas no pueden congelarse. ¿Qué ocurre con la resolución de un recurso en una causa con preso, por ejemplo, de la que puede depender la libertad? La respuesta fácil sería decir que en ese caso no hay inhabilidad que valga, pero no puede ser. Si los expedientes no se tramitan, y si ni siquiera se puede acceder a los despachos donde están, nada que hacer. Pero al preso no se le puede decir que se quede en stand by mientras espera la resolución. O tal vez si se pueda, pero resulta raruno cuanto menos. Ni tampoco se le puede decir al progenitor que depende de la justicia para recoger o entregar a sus hijos, o para resolver sobre dónde han de vivir esos menores, por ejemplo. Quienes litigan son personas y es difícil decirles que aunque su problema sea cuestión de dinero, el día es inhábl y no van a ejecutar su crédito, porque ni el banco, ni la factura de la luz, del agua o los libros del cole atienden a días inhábiles a la hora de pasar la cuenta.

Y luego están las cuestiones formales pero de difícil resolución. Fiscales con destino en la Ciudad de la Justicia pero que tienen asignados partidos judiciales diferentes no pueden hacer su trabajo pero sí ven correr los plazos y acumularse el papel. Abogados de la Generalitat cuya sede es también el edificio de la Ciudad de la Justicia pero que despachan pleitos del TSJ cuya sede está casi en ruinas pero en funcionamiento.

Sin olvidar  el problema de las notificaciones a procuradores y abogados, centralizadas en las oficinas del mismo edificio. ¿Correrán en cuanto se reanude la actividad a hacer cola y llevarse un contenedor portátil para recoger todo lo que quedó pendiente?. Un problema más. Y por más que se haya dicho que acudan con moderación, o dan numeritos como en la carnicería, o a ver quién es el guapo que se modera, después de más de una semana. Que me imagino a los profesionales en fila india y pregunta aquello de ¿Quién da la vez?

Un desastre de proporciones enormes, con más interrogantes que soluciones. Un periodista cifraba en unos 1000 juicios los que se dejaron de celebrar en una semana. Y eso, quienes habitamos los despachos menos afectados, porque para los que han sido Siniestro Total la cosa pinta para largo. Sumemos todo lo anterior y echémonos las manos a la cabeza. Y sin togas ni puñetas, que se quedaron dentro. Nadie podía imaginar que algo así pasara, pero tal vez alguien debería haberlo previsto.

Mientras tanto, el ocio cada cual lo resuelve como puede. Hay quien está encantado, y quienes van por ahí como tigres enjaulados sin saber qué hacer y llorando por sus expedientes perdidos. Tanto, que si Becquer levantara la cabeza seguro que les hacía una de sus melancólicas Rimas, dedicada en este caso a la zona azul donde se ubicaban los juzgados perdidos

¿Qué es un desatre?

Dices mientras fijas tu pupila

en nuestra zona azul

¿Qué es un desatre?

¿Y tu me lo preguntas?

Un desastre eres tú

 

Pero es lo que hay. Todavía queda mucho para paliar todos los efectos de esta catástrofe que, por suerte, no tuvo víctimas en vidas humanas. Porque decir que no tuvo víctimas personales no sería adecuado: quienes ven desatendidos sus derechos ya son víctimas, aunque sea por causa de fuerza mayor. O, al menos, llamémoslos damnificados que aunque suena más técnico, para el caso es lo mismo.

Así que hoy el aplauso es, sin duda, no solo para quienes en su trabajo ha padecido el incendio y lo seguirá padeciendo sino quienes en sus derechos seguirán sufriendo las consecuencias. Paciencia, no les queda otra.