Retroactividad vs irretroactividad : freno y marcha atrás


              A veces las cosas no son lo que parecen. El tiempo tiene su aquel y aunque parezca que las cosas suceden una tras otra, sin solución de continuidad, no siempre es así. De hecho el cine nos permite viajar en máquinas del tiempo como ocurre en las distintas entregas de Regreso al futuro, o nos invita a volver al pasado en películas basadas en recuerdos como Rebeca, Cinema Paradiso o Retorno a Brideshead, o plasma momentos de paralización del tiempo como La bella durmiente o Atrapados en el tiempo. ¿Quién no recuerda el famoso Día de la marmota? ¿O quien no ha reído alguna vez con los Cuatro corazones con freno y marcha atrás?

              En nuestro teatro el transcurso del tiempo tiene una importancia enorme. Los plazos determinan si un recurso o cualquier otro escrito es admisible o no, y también pueden dejar sin efecto la aplicación de normas. Eso ocurre tanto en la vía penal, en la que la prescripción del delito o de la pena deja sin efecto el castigo si en determinado plazo no es hallado el delincuente -pensemos en lo que ocurriría si apareciera hoy mismo Antonio Anglés- y en la vía civil, donde ese transcurso del tiempo unido a determinados requisitos es un modo de adquirir la propiedad, tanto de muebles como de inmuebles, mediante la usucapión.

              Pero hoy quería centrar este estreno en una vertiente muy concreta de la relación del paso del tiempo con el Derecho, lo que conocemos como “sucesión de leyes”. Se trata de dilucidar qué ley es aplicable en cada caso, especialmente cuando los hechos controvertidos tienen lugar en lo que llamamos en interregno entre dos leyes, es decir, cuando ya existe una ley nueva pero todavía podría ser aplicable la antigua. Ya se hizo alguna aproximación al tema cuando dedicamos varios estrenos a las revisiones , especialmente con  la famosa ley del solo sí es sí, en la que ha habido que revisar más sentencias de lo que se pensó en un principio, y todavía queda por desfacer más de un entuerto.

              Vayamos, pues, por partes. La regla general es sencilla: las leyes se derogan por otras posteriores. A esto hay que añadir que tienen que tener el mismo o superior rango, porque una norma de rango inferior no puede sustituir a una de mayor categoría. Para entendernos, un reglamento no podría dejar sin efecto una ley sobre la misma materia, y tampoco podría una ley ordinaria cambiar una ley orgánica. Y si hablamos de la norma más importante de nuestro ordenamiento, la Constitución, tiene sus propias reglas para ser reformada que hacen que esté investida de la seguridad jurídica necesaria para que no pueda cambiarse cada vez que cambie el gobierno.

              Así vistas las cosas, no se explicaría qué puñetas está pasando con la dichosa ley de libertad sexual con la que tan felices se las prometían y que tantos quebraderos de cabeza les ha dado a sus autores. Porque si rige la regla general -con latinajo sería tempus regit actum– se aplicaría esta ley a lo que sucedió después de su entrada en vigor y la anterior a aquellos hechos cometidos antes de que estuviera vigente. Y aquí paz y después gloria.

             Pero ni paz, ni gloria, ni nada de nada. Porque toda regla tiene una excepción y ahí está el quid de la cuestión, en la excepción. Como hemos dicho, las leyes, según nuestra propia Constitución, no pueden tener efecto retroactivos salvo cuando se trate de disposiciones sancionadoras, en cuyo caso pueden tener efecto retroactivo si benefician al reo o al sancionado o condenado. Algo que puede parecer sencillo pero que no lo es tanto. Veamos por qué.

              En primer lugar, hay que determinar qué es más favorable en cada caso. Si hablamos de penas de la misma clase, como la prisión, no hay duda: 3 años son menos que 4, aquí y en la China. Pero cuando son penas de distinta naturaleza, o penas conjuntas, ya la cosa no está tan clara. De la misma forma que no se pueden sumar peras y manzanas, no se pueden comparar cosas diferentes. Para intentarlo, la ley establece un ranking de gravedad de las penas, entre las cuales se consideran las más gravosas las privativas de libertad y las menos las económicas, con todas las penas de privaciones de derechos de por medio. Pero ni siquiera eso lo soluciona, porque si la pena privativa de libertad es susceptible de suspensión y la teóricamente menos gravosa no lo es, resultará que no es lo que parece. Y menos todavía cuando se trata de dos penas privativas de libertad pero de diferentes características, como sucedía con el extinto arresto de fin de semana. En todos esos casos tan dudosos, se establecía la obligación de oír al reo en cuestión para que este contara lo que realmente le resultabamás gravoso, y decidir al respecto. Y es que, además, hay penas que pueden ser muy duras para unas personas e inocuas para otras. Pensemos en la privación del derecho a la tenencia de armas para un cazador o en la privación del carnet de conducir para un taxista, sin ir más lejos.

              En segundo término no todo se reduce a cálculos matemáticos. Si así fuera, no habría grandes problemas, siempre que se tuviera una calculadora o dos dedos de frente. La verdadera problemática de esta ley, o de otras en supuestos parecidos, es que contemplan casos de agravación que antes no se contemplaban y de los que, por tanto, no se hacía mención en la sentencia. Si se hubiera hecho, probablemente no hubiera sido de aplicación el mínimo y no se hubiera armado el bacalao que se ha montado, pero no se podía adivinar el futuro, claro. Pero a buen seguro si la norma contuviera reglas para solventar estos casos, lo que se llaman disposiciones transitorias, las cosas hubieran sido mucho más fáciles. Así podemos atestiguarlo quienes peinamos canas jurídicas y ya hemos pasado por alguna que otra revisión de enjundia, la más gorda la del nuevo Código del 95, cuyas disposiciones transitorias, por cierto, decían algo muy parecido a lo que ha dicho el Fiscal General del Estado al respecto de esta ley, aunque a los tribunales -o muchos de ellos- no les ha parecido bien. Cosas de la independencia judicial.

              No obstante, y para acabar de rizar el rizo, hay que explicar que esto sucede con las normas penales y sancionadoras, pero no con otras, entre ellas las procesales. Para el procedimiento se aplica lo que rige en el momento en que se está instruyendo  cuando se celebra el juicio, de modo que podemos encontrarnos que haya casos donde se aplique la ley procesal vigente y los preceptos penales derogados. Pero así son las cosas.

              Por último, hay que dejar una cosa clara, por obvia que pueda parecer a alguien. Si se deroga una ley que a su vez derogaba otra, esta derogación no implica que se vuelva a la ley anterior. Aunque parezca un trabalenguas. Santa Rita, Rita, lo que has derogado no se quita.

              Y ahora solo queda el aplauso. Y se lo dedicaré, como no, a quienes cada día se ven en ese quebradero de cabeza. Revisar o no revisar, that is the question. Ya me gustaría a mí ver a Hamlet en ese fregado.

Pabralas: asegúrate que es lo correcto


                Las palabras se las lleva el viento. Eso dice el refrán y eso pasa, aunque no tanto. Hay veces que el viento no tiene fuerza bastante para borrar las meteduras de pata, y duran tanto como el metraje de Lo que el viento se llevó y su recuerdo, pese al tiempo transcurrido. Los juegos de palabras son un buen recurso, sin duda, y han dado para título de películas cuanto menos curiosos, como No me chilles que no te veo, La lola nos lleva al huerto o ese difícilmente traducible Eyes wide shut. Y es que las Palabras, sean Mil palabras o muchas más, sean Palabras robadas o propias, no siempre se las lleva el viento. Y a veces, se convierten en pabralas en vez de palabras.

En nuestro teatro somos muchos de palabras y palabrejas Ya les hemos dedicado varios estrenos. Incluso podemos hablar de un diccionario toguitaconado. Pero hay que tener cuidado. Hay palabras que mal empleadas causan una impresión desastrosa. Y pueden difuminar un buen trabajo. Y más vale usar un término menos culto que usar otro más culto, pero hacerlo mal, algo que pasa más veces de las que creemos. Seguidme si no lo creéis.

Una de las palabras que más frecuentemente se emplea de modo incorrecto es una muy simple: cónyuge. Estoy más que harta de escuchar, y hasta leer, a quien se empeña en colocarle una u entre la ge y la e y pronunciarlo como “guerra” en vez de cómo “gema”. Juro que cuando lo oigo se me encienden las alarmas y ya me cuesta escuchar otra cosa. Y no sé si sonará como una guerra, pero al menos, a mí, me resulta una batalla. No sé si perdida.

Hay otra palabra que también usamos mucho en nuestro mundo -y más allá de él- y que se ve siempre amenazada por la existencia de un r espuria: discusión. Lo de la discursión es otra de esas cosas que chirría tanto que casi hace perder el hilo del discurso, este sí con r en medio.

Y hablando de cosas espurias, recordaré una anécdota de mis tiempos de la escuela judicial. Uno de nuestros profesores nos hizo escribir la palabra «espurio». Tal como esperaba, se encontró con más de uno y de una que mutaban la «i» por una «e» y la convertían en esdrújula, algo que ahora está admitido, pero como vulgarismo. Lo curioso es que semejante práctica se repitió infinitas veces en la jurisprudencia por culpa del corta y pega. La primera vez que alguien aludió a » ausencia de motivos espurios» como requisitos para que la declaración de la víctima fuera prueba suficiente para fundamentar una condena, lo hizo escribiendo la palabra como «espúreo». Y así ha seguido a través de multitud de sentencias que la citaban pese a que la grafía más correcta es la de «espurio». Algo que nunca olvidaré

Otro de los clásicos en este tipo de cosas viene dado, como diría Lola Flores, por el acento. Ese acento que convierte la palabra perito en una esdrújula y a mí siempre me hace dar un respingo. No son péritos, como tampoco son perritos, como he visto alguna vez por una travesura del teclado. Y, además, la RAE dice claramente que es perito/a, con lo que, si se trata de una mujer, habrán de llamarle perita por raro que suene. Y no me vale la broma de “perita, manzanita y fresita”, que también se la he oído a alguno.

Y, hablando de travesuras del teclado, aquí está otra que tenía guardada desde hace tiempo, cuando mi amigo y compañero @nandogerman la publicó en Twitter y yo le respondí con el ya famosos “a los tacones, vas” Pues aquí está, dando además imagen al estreno. Y es que no podía pasar por alto esta perla: causa rugente. Ahí es nada. Debe ser que es tan apremiante que no basta con una pegatina que así lo anuncie, sino que ruge, igual que nos rugen las tripas cuando los juicios no se terminan, pero se acerca y hasta se pasa la hora de comer. Seguro que quienes frecuentan Toguilandia saben de lo que hablo.

Y ahora contaré algo que es una pena que no tenga documentado ni fotografiado, pero tampoco podía dejarme en el tintero. Me cuentan que, al reseñar una causa en que la investigada era una mujer, quien tecleaba quiso poner, con toda la lógica del mundo, que se trataba de una “causa con presa”. Pero, como pasa a veces, el corrector hizo de las suyas y quiso pasarse de listo, y pasó a quedar escrito “causa compresa”, para estupefacción del personal una vez se hubo dado cuenta del error. Y menos mal que no se trataba de ninguno de esos delitos que, como la violencia sobre la mujer o la mayoría de agresiones sexuales, tienen víctimas de sexo femenino, porque si no, no quiero ni pensar la que podría haberse armado de caer el documento en manos inadecuadas.

Otra confusión simpática, por decirlo de algún modo, es la de un denunciante que no andaba demasiado fino y afirmaba tener “hombre y sed de justicia”. Y aunque el hambre, como conté una vez, podían saciársela con un bocadillo de providencia, lo del hombre ya no sé cómo arreglarlo.

Para acabar, me haré eco de uno de mis gazapos preferidos, por la parte que me toca. Se trata del Misterio Fiscal, un “error” que veo escrito con más frecuencia de lo que la gente imagina. Y confieso que siempre me quedo dudando si se trata de un verdadero error o de un guiño a todas esas cosas que dicen de mi profesión. Ahí lo dejo

No obstante, no me olvido del aplauso. Y hoy va dedicado a todas aquellas personas que, con sus aportaciones, hacen de nuestra vida toguitaconada un lugar un poco más relajado. Que nunca viene mal

Entuertos: desfacerlos o no


              Cuando hablamos de desfacer entuertos, nos viene a la cabeza de inmediato Don Quijote. El hidalgo de la Mancha ha sido protagonista de muchas obras en todo tipo de soportes. Desde la auténtica, El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha hasta todo tipo de versiones, desde musicales –El hombre de la Mancha– a dibujos animados. Me sigue repiqueteando en la cabeza cada vez que veo algún programa remember el Sancho-Quijote, Quijote-Sancho interpretado por el dúo Botones que constituía la sintonía de la serie de dibujos animados. Y, por supuesto, el ballet de Marius Petipa y Ludwig Minkus, Don Quijote, cuyo solo de Kitry es pieza obligada -además de difícil- para cualquier bailarina que se precie.

              En nuestro teatro, más de una vez nos toca comportarnos como verdaderos Quijotes, pero no era de esos momentos de los que quería hablar en el estreno de hoy, sino de los entuertos. Y más, concretamente de cómo deshacerlos o, como diría el caballero de la triste figura, desfacerlos. Aunque ahí voy a destrozar un mito, que seguro que a más de uno y de una causa sorpresa. Cervantes nunca empleó la expresión “desfacer entuertos” aunque mucha gente así lo crea. Lo que dice, textualmente, es “enderezar tuertos” haciendo referencia no a hombres de un solo ojo -Dios nos libre de discriminar a nadie- sino a cosas que están o que vienen torcidas. Y -perdón por la pedantería, pero como si hay que ir se va- lo dice en el capítulo XIX de la primera parte de tan magna obra. Ahí queda eso.

              De todas maneras, y puestos a que la vida nos de sorpresas como a Pedro Navaja, no es el único fragmento del Quijote que todo el mundo cree que existe pero nadie ha visto, como el perro y la mermelada de Ricky Martin o la niña de la curva. Hay otra famosa frase, el “ladran luego cabalgamos”, que todo el mundo -o casi- atribuye a Cervantes, pero que nada de nada. En realidad, viene de la traducción al castellano de un poema de Goethe, Ladrador. Ignoro por qué se instauró la creencia de que venía del Quijote. Otra pildorilla de pedantería, que voy a dejar de inmediato, no vaya a causarle a alguien una sobredosis.

              Así que voy a lo que iba, que no es ni más ni menos cómo desfacemos entuertos -o, mejor dicho, enderezamos tuertos- en Toguilandia y sus alrededores. La respuesta simplona sería decir que “mal” pero se me acabaría el post en un pis pas y tampoco es eso. Así que ahí va la pregunta ¿qué ocurre cuando nos equivocamos?

              La respuesta no es sencilla. Depende de quién sea quien se equivoque y la magnitud del error. Para resolver cuestiones jurídicas existe el régimen legal de recursos , pero eso no son exactamente errores sino pareceres distintos en Derecho. La ley sí prevé la posibilidad de corregir errores materiales, al permitir subsanarlos o decir que el simple error de cuenta dará lugar a su corrección. También está prevista la aclaración de las resoluciones judiciales cuando en alguno de sus puntos la interpretación sea difícil u oscura. Y cuando el error esté en alguna parte importante del procedimiento y se cause indefensión a alguna de las partes, está la nulidad de actuaciones.

              ¿Pero qué pasa cuando la que se equivoca es la propia ley? Pues tampoco hay una única respuesta. En primer término, tenemos a mano las famosas correcciones de errores publicadas en el BOE, que tan pronto valen para un roto como para un descosido. Por citar una de las más conocidas, la de la Ley Orgánica del Poder Judicial, que, en su primera publicación, vio la luz con una incómoda J en vez de la P de la palabra “Poder”. Una carambola que dio mucho que hablar en su día y mucho más que bromear. Y por citar otras de las menos conocidas, me referiré la de la ley reguladora de la orden de protección que, tras una corrección de errores, cambiaba una coma de sitio, lo que, por nimio que parezca, alteraba la interpretación acerca de si las órdenes de protección se podían otorgar exclusivamente si existían menores o no era así. La citada corrección me hace inclinarme por la segunda interpretación -no es necesario que haya hijos o hijas menores para su adopción- pero no todo el mundo lo tiene claro.

              Pero hay otras veces que la ley, sin saberlo, yerra. O produce efectos que no se habían previsto cuando se tramitó. El más claro y más actual ejemplo es la llamada ley del sí es sí, de reforma de los delitos de naturaleza sexual. Evidente, no era el propósito del legislador que la misma motivara la revisión de numerosas condenas de violadores y agresores sexuales a la baja. Es más, me atrevería a decir que su propósito era exactamente el contrario. Pero hete tú aquí que el juego de la aplicación del principio de retroactividad de la norma penal más favorable al reo combinado con la falta de disposiciones transitorias que ofrecieran reglas objetivas, han dado lugar a una bomba de relojería de proporciones descomunales. Y ahora viene el llanto y el rechinar de dientes, como diría el otro de los libros más leídos, la Biblia. O, en román paladino, de arreglar el desastre, o enderezar el famoso tuerto de Don Quijote.

              Todavía hay quien cree -o quien quiere hacer creer- que la cosa tiene solución con un cambio legislativo. Pero no es tan sencillo. De hecho, la ley ha dado poco problema en su aplicación a hechos posteriores a su entrada en vigor, ya que, aunque las horquillas de penas puedan ser más amplias, se contemplan circunstancias que hacen que, por regla general, la pena sea más grave que con la anterior redacción. Pero la cuestión es que, en nuestro Derecho, se aplica el principio de irretroactividad de las disposiciones penales desfavorables al reo y, por ende, la retroactividad de las que le favorecen, y sus consecuencias no las va a cambiar ninguna ley. La condena que es revisable hoy, lo seguirá siendo mañana, o pasado mañana, porque siempre se aplicará la ley más que beneficie al reo entre todas las temporalmente aplicables.

              Es cierto que la Fiscalía General del Estado trató de dar una solución al problema, aplicando la misma doctrina que se aplicó cuando cambiamos de Código Penal, allá por el año 95. Pero entonces había unas disposiciones transitorias en la propia ley que lo amparaban y ahora no las hay. Y lo que podría parecer lógico puede no serlo tanto.

              Y es que las cosas en Derecho no se pueden cambiar así porque sí, porque alguien cambie de idea o vea que algo quedó poco claro. Es norma de sobre conocida la de que las leyes solo se derogan por otras posteriores, y el único modo de dejar sin efecto, total o parcialmente, una norma con rango de ley es a través de una norma con idéntico -o superior- rango. Así que si las cosas se regulaban por Ley Orgánica -obligatorio cuando se trata de normas que afectan a derechos fundamentales, como la libertad- no se pueden cambiar más que por ley orgánica. Y eso, como sabemos, no es cualquier cosa en lo que a mayorías se refiere.

              Así que no queda otra más que esperar a ver como lo hacen, al tiempo que se preguntan, como Lola Flores, eso de cómo me la maravillaría yo. Yo, la verdad, es que no me la puedo maravillar de otro modo que dando el aplauso a quienes, día tras día, han de enfrentarse a revisiones de condenas, con el resultado que sea. Un trabajo pesado y no siempre valorado.

Amenazas: el delito que anuncia


              Todo el mundo sabe lo que es una amenaza. Y lo que es sentirse amenazado, que no siempre va precedido de una amenaza explícita. El cine ha hecho buen uso de esta situación, especialmente el cine de terror. Frases como Sé lo que hicisteis el último verano. Abre los ojos. No mires arriba o Nunca digas nunca jamás son advertencias que dan título a películas, aunque hay otros más evidentes, como Amenaza mortal o Alerta máxima. Y es que hay que estar ojo avizor, por si acaso.

              En nuestro teatro las amenazas, sean explícitas o implícitas, juegan un papel tan importante que cualquiera que lleve algo de tiempo en Toguilandia ha tropezado con algún caso de ellas. Y si no lo ha hecho, ya advierto yo que no tardará en llegar.

              Lo primero que se nos viene a la cabeza cuando hablamos de amenazas en sentido jurídico, es el delito de amenazas, o su hermano pequeño, el delito leve o la antigua falta. Pero no se reduce a eso. En ocasiones, es difícil explicar a quien no frecuenta estos lares que una amenaza de muerte no siempre es un delito grave, y que depende mucho de cómo se haga. No es lo mismo decirle a alguien que le vas a matar mientras le persigues hacha en mano como Jack Nicholson en El Resplandor, o hacerlo entre copa y copa en una conversación distendida.

              El verdadero problema es que, como siempre, nos falta la bola de cristal para adivinar qué amenazas tiene visos de ser ciertas, y cuáles no. Porque, incluso entre las que se cometen con amas, hay un subtipo atenuado si se deduce que no había intención de usarlas. O sea, que hay que distinguir una verdadera amenaza de una bravuconada, y eso no siempre es fácil. Recuerdo un caso que me llamó mucho la atención al respecto, un tipo que dijo a sus amigos y al camarero del lugar donde almorzaba a diario que si seguían hablando mal de su tierra cogería una escopeta y los mataría. No le tomaron en serio, y se quedaron en el bar almorzado tranquilamente mientas el individuo subía a su casa, bajaba con una escopeta y les descerrajaba varios tiros que acabaron con la vida e uno de los amigos y del camarero. Increíble pero cierto. Y condenado, of course.

              En el otro lado del espectro, hay amenazas que tienen su gracia, aunque no se la hagan al amenazado. Una de las más curiosas, la de una chica que amenazaba a su ex con contarle a todo el mundo que tenía un micropene. Y aquel, tan empeñado en demostrar que no era así, que casi tenemos que contenerlo para que no se quitase el pantalón en la propia sala de vistas.

              Luego están las amenazas que son y no son. Frases como “te va a enterar”, “vas a ver” o “te acordarás” no son objetivamente unas amenazas, pero pueden serlo según el contexto. Y, por descontado, mi preferida: te vas a enterar de lo que vale un peine. Y ojo, que yo sigo sin saberlo. Pero conservo la esperanza de saberlo algún día

              Hay por otro lado una frase que no es una amenaza, aunque haya quien la tome por tal: “nos veremos en el juzgado” o “te voy a llevar a juicio”. La jurisprudencia ha manifestado muchas veces que no es sino una expresión del derecho a ejercer la tutela judicial efectiva, aunque hay para quien sea una verdadera espada de Damocles. Y es que con toga damos mucho miedo. O no.

              Por otra parte, hay tipos concretos de amenazas con consecuencias especiales. Las amenazas condicionales convierten el procedimiento en juicio por jurado, aunque no siempre está justificado semejante dispendio. Supongo que el legislador pensaba en chantajes de altos vuelos, pero exigir una condición puede ser algo muy pedestre como para motivar un juzgado. También hay amenazas especialmente penadas en algunos casos, como en el caso de la violencia doméstica o de género, o las amenazas a población por motivos de odio. Y, por supuesto, las proferidas a autoridades.

              Pero, como digo siempre, no solo de Derecho Penal vive el jurista, y hay amenazas de índole civil y hasta contencioso administrativo a tener en cuenta. Edificios que amenazan ruina, o la responsabilidad objetiva por humos, por objetos que se caen de una casa u otros supuestos, que se basa en la amenaza para la vida o integridad física de las personas.

              Y hasta aquí, este pequeño repaso. No olvido el aplauso, dedicado a quienes han de ponderar cada día la trascendencia de las amenazas. Y eso sí, amenazo con volver. Como siempre

Más latinajos: no metamos la pata


              El latín fue la lengua de algunos de las primeras representaciones de que se tiene memoria, en los circos romanos -seguro que Ben Hur y Espartaco hablaban latín- y también de una de las escenificaciones más representadas, la de la misa, que habla latín para todo el mundo hasta el Concilio Vaticano II. Y aunque el cine llegó cuando el latín ya era una lengua muerta, siempre hay películas que nos recuerdan la importancia de saber latín. Yo siempre me acuerdo de Fernando Fernán Gómez, en Stico, aquella película en que un catedrático de Derecho Romano se ofrece como esclavo para subvenir sus necesidades. Mucho que pensar, sea en latín o en cualquier otra lengua.

              En nuestro teatro, el latín hubo un tiempo que lo fue todo. Y como venimos de donde venimos, no podemos dejar de vivir en un mundo poblado de latinajos, que ni siempre se emplean bien ni siempre vienen a cuento. Ya nos preguntábamos en otro estreno si sería erudición o pedantería, y la pregunta sigue en el aire. Pero valía la pena retomar el tema con algunos ejemplos más.

              Confieso que la idea de este post me vino por tuit de una compañera y amiga tuitera que me dejó, como ella misma dice en su entrada, que si me pinchan no sangro. De hecho, he tomado prestada la imagen, pero es que la cosa no era para menos. Y es que habla de una relación “iuxo more”, un vocablo inexistente tanto en latín como en castellano y que imagino que quería referirse a la famosa convivencia more uxorio que estudiábamos como uno de los requisitos del matrimonio. Y me pueden decir que vale, que quien sea no sabía decirlo en latín, y eso no es para tanto, que no hay que ser sabihondo. Y de acuerdo, pero si no lo sabía, por qué no dijo relaciones de pareja, o pareja de hecho, o cualquier otra expresión castellana en vez de usar un supuesto latinajo inventado. Pues eso. Como dice la copla, Manolete, si no sabes torear por qué te metes.

              No es el único caso. Al contrario, he visto muchos a lo largo de mi vida toguitaconada, incluso he hablado de ellos otras veces. Bien conocido es el caso de la expresión “motu proprio” que muy poca gente usa bien y que acaba convirtiéndose en un “de mi propio motu” y hasta ”de mi propia moto” como he leído alguna vez. Verdad verdadera.

              Otro clásico es el procedimiento de habeas corpus, cuyo nombre es tan sufrido que casi ha pasado a conocerse por el nombre que le dan quienes poco o nada saben de Derecho, corpus cristi. Así, con ese nombre he visto escritos de presos o detenidos solicitando su libertad. Pero no es el único nombre. También he leído alguna vez que solicitaban un “ave scorpio”. Y tuve que leerlo varias veces para saber de qué se trataba.

              Otra de las transformaciones del latín, o de vocablos que proceden del latín, que más me ha gustado, es la que le escuché una vez a una señora en un juicio de faltas por insultos -entonces eran delito- que se quejaba muy indignada porque su vecina había puesto a su marido como ficha de dominó. Me costó unos segundos adivinar a qué se refería, pero cuando descubrí que lo que quería decir era “como chupa de dómine” tuve que hacer un esfuerzo para reprimir la carcajada. Y sí, el vecino había puesto al hombre de vuelta y media, algo que sí tiene que ver con las chupas de dómine -el dicho viene de una vestidura bastante descuidada que llevaban, mira tú por dónde los preceptores de latín- y no con las fichas de ese juego de mesa tan frecuente en los casinos de los pueblos. Por supuesto, mejor que esta señora no sepa que existen en Derecho las adquisiciones a non domino, porque a buen seguro le da un pampurrio. O un simposium, como me dijeron una vez antes de que casi me ahogara de risa.

              Por supuesto, no me olvido de otra de mis expresiones favoritas, una vez “traducida”. Me refiero a decir algo “grosso modo” y que alguna vez me han cambiado por un “a Mato Groso” que casi me hace caer de la silla.

              Pero hay más. Hay quien se empeña en usar el latinajo venga o no venga a cuento, lo conozca o no, y tan pronto te dice “en primera facie” -por “prima facie”- como te compara “a priori” con “a tardori” y se queda más a gusto que un arbusto.

              Otra de las frases que gustan mucho pero no siempre  se usan como se deben es el famoso “habemus papam”. Está bien que se trasponga a otros ámbitos de la vida, y que se utilice para cuando, tras un tiempo, se ha tomado una decisión y se da a conocer, como ocurre con los veredictos de un jurado o la sentencia de un juicio complicado. Pero decir que “habemus papa” -comiéndose la m generalmente-cuando nos sirven la comida o nos invitan a un cumpleaños es sacar las cosas de quicio. Y otro tanto cabe decir de la famosa “fumata blanca”, cuyo origen también viene de la elección de los Papas, pero que hay quien usa para todo. Incluso una vez, para referirse a que los okupas del piso de abajo del testigo fumaban marihuana, me dijo que estaban todo el día “con la fumata blanca”. Tal cual.

              Así que, aunque los ejemplos sean muchos, ahí lo dejo, sin descartar volver otro día al tema. El aplauso es, por supuesto, para la instigadora de este post con el regalo que me mandó por twitter y que es la imagen que lo ilustra. Aunque, tal vez, lo que debiéramos darle es un aplausum. ¿O no?         

Deportes: togas en los estadios


                La práctica del deporte y todo lo que conlleva son un buen escenario para cualquier historia. El cine ha dado cumplida cuenta de ello en películas como Carros de fuego, Invictus, Evasión o victoria, entre otras muchas. Y es que no solo el deporte sino las historias que originan sus protagonistas y sus seguidores pueden tener mucha punta. Y a eso vamos.

                En nuestro teatro, más allá del deporte que practique cada cual -quien lo haga- y de esos deportes toguitaconados a los que ya dedicamos un estreno en su día, podría parecer que el deporte no tiene incidencia, ya que existen las sanciones en el terreno de juego y fuera de él y su propio Comité de competición. Incluso una de las figuras esenciales en el campo es el Juez de línea, del que más de una vez he tenido que explicar que nada tiene que ver con la carrera judicial, aunque parezca mentira. Pero como decía, solo lo parece. Y las apariencias engañan, como reza el refranero.

                El fútbol amateur ha dado para muchas anécdotas de las más jugosas, sobre todo en los extintos juicios de faltas y en sus sucesores, los delitos leves. Yo recuerdo dos de ellas, que viví en mis propias carnes.

                La primera sucedió hace muchos años, en uno de los más pequeños partidos judiciales de España, de esos que tenían -y tienen- un único juzgado. Me encontraba yo, con mi toga y mis tacones, presta a celebrar un juicio de faltas por una tangana donde el árbitro salió bastante malparado cuando nos encontramos con un problema enorme. En aquel juzgado, que no tenía Secretario judicial -hoy LAJ-, hacia sus funciones un oficial -hoy funcionario del cuerpo de gestión- habilitado para ello. Pues bien, cuál no sería mi sorpresa al descubrir que el juicio  en cuestión no solo tenía que suspenderse porque el oficial era nada menos que en entrenador de uno de los equipos, sino que no había quien le pudiera sustituir porque el otro de los funcionarios que podría realizar dichas labores tenía un hijo en el equipo contrario. Yo, como manda la prudencia, me hice gotica de agua -frase que tomo prestada a una amiga mía- porque el ambiente estaba caldeado en el propio juzgado. Nunca he sabido cómo acabó la cosa, porque ya me marché de aquel destino, pero me hubiera gustado conocer el desenlace. Al menos, que yo sepa, no corrió la sangre.

                La segunda fue también hace bastante tiempo, y también en el marco de un juicio de faltas. De nuevo el fútbol amateur y de nuevo un árbitro agredido. En este caso, nadie del juzgado tenía relación con los contendientes, pero el desarrollo tuvo su punto. El futbolista acusado de agredir al árbitro insistía en la injusticia del penalti pitado en el último minuto de un partido donde se jugaban el ascenso de categoría. Llegado  a ese punto, yo le pregunté que si fue en esa situación donde perdió los nervios -por decir algo- y le agredió, y me insistió que solo le recriminó. Entonces yo, tirando de ironía, le pregunté si él indignado ante la injusticia de un penalti que suponía no ascender pitado en el último minuto, puso los brazos en jarras y dijo educadamente “señor árbitro, creo que comete usted un error” y me contestó que exactamente, que parecía que yo hubiera estado allí. A la juez le dio un ataque de risa para cuyo disimulo tuvo que hacer un receso, y, una vez retomada la sesión la que casi se infarta soy yo misma al oír al angelito que, al pasar por mi lado, masculla “si usted hubiera visto el penalti, también le hubiera pegado”. Ni que decir tiene que la condena fue de las que hacen historia. Aunque seria más propio decir que fue de las que hacen afición.

                Pero no todo es tan pintoresco. El deporte, y en especial el fútbol, han dado lugar a la comisión de delitos graves como corrupción con compras y ventas de partidos, apuestas ilegales y hasta, si cruzamos nuestras fronteras, algún asesinato de un deportista en represalia por su actuación en un partido. Por no hablar de los asuntos referidos al dopaje, extendido a muchos otros deportes, como el ciclismo.

                De otra parte, muchas más veces de las que quisiéramos vemos noticias de gritos proferidos en los estadios que, si no entran de lleno en el delito de odio, que lo hacen en algunos casos, sí lo bordean. Ofender a jugadores por el color de su piel, arrojándole plátanos o imitando el sonido de los monos, son cosas que se siguen viendo, desgraciadamente, aunque la ley del deporte lo sancione con dureza cuando no lo hace directamente el Código Penal.

                Por desgracia, algunas personas utilizan la excusa del deporte, sobre todo del fútbol, para dejar correr sus peores instintos. Todo el mundo recuerda los terribles hechos que han acabado con la muerte de seguidores por la acción de los mal llamados hinchas, y las condenas que les cayeron por semejantes hechos. Y eso, desde luego, no es afición ni deporte sino barbarie pura y dura.

                Por último, no puedo dejar de referirme a las barbaridades machistas que se ven de cuando en cuando. Recuerdo el caso de una árbitra de basket de categorías infantiles a la que el público -fundamentalmente padres de los jugadores- le gritaban que se fuera a fregar a su casa. Cosas que están en las antípodas del espíritu deportivo pero que se siguen viendo en algunos estadios.

                Y hasta aquí, el partido de hoy. El aplauso, por supuesto, es para quienes se comportan con deportividad dentro y fuera de Toguilandia, lleven toga, pantalón corto, o mallas. Ese sí es el mejor de los récords.

Honestidad: Preguntas de ayer y de hoy


  • Hoy en nuesrro teatro un relato especial

Preguntas de ayer y de hoy

  • Papá, ¿qué es ser honesta?
  • No sé, hija ¿por qué me lo preguntas?
    Se lo preguntaba por algo que había oído y que, como tantas otras cosas, no había comprendido. Me gustaba escuchar las cosas que se oían en la sala de espera del despacho de mi padre. Él era abogado, y tenía su despacho en el mismo piso donde vivíamos, que estaba dividido en dos. La parte dedicada a su trabajo, que comprendía una sala de espera y un despacho que a mí me parecía enorme, era territorio prohibido. Y, como todo lo prohibido, me parecía tan atractivo que, en cuanto podía, me ofrecía para abrir la puerta y anunciarle a los clientes que llegaban. Me sentía importante diciendo que había llegado el señor Fulano, o la Señora Mengana, e invitándoles a pasaran a la sala de espera como si se tratara de un ritual maravilloso. Algún día yo también formaría parte de ese ritual, de eso estaba segura.
    Fue en esa sala de espera, mientras les indicaba que tenían revistas para leer y que esperaran un momento, que el señor abogado les atendería enseguida, cuando escuché aquello. Como la chica no era honesta, decía uno de aquellos hombres a otro, él podría salirse de rositas.
    Ya hacía tiempo que sabía que “salirse de rositas” era librarse de un castigo, pero de aquello de la honestidad no tenía ni idea. Y a mí me gustaba saberlo todo. Por eso pasaba tantas tardes abriendo la puerta cuando se suponía que estaba haciendo los deberes. Y mi padre, desde luego, agradecía esa labor que le ahorraba tiempo, o el dinero que hubiera gastado en una recepcionista. Entre mi madre y yo, cubríamos ese puesto con creces.
    Mi padre era muy hábil para escaquearse de responderme a preguntas incómodas y, aunque yo muchas veces insistía, eran muchas más las que él se salía con la suya.
    Pero esa vez no tuvo suerte. Cuando ya creía que se había librado de responderme, volví a la carga con otra pregunta, si cabe, peor.
  • ¿Y qué es una prostituta?
    Recordaba que una vez, en el colegio, nos dijeron que una prostituta era una mujer que vendía su cuerpo a cambio de dinero. Nos lo explicaron en clase de religión, a propósito de la figura de María Magdalena, pero a mí no me quedó nada claro. Si aquello de vender el cuerpo era una cosa mala ¿por qué la Magdalena no había ido derechita al infierno? Las monjas, desde luego, no estaban dispuestas a darme más explicaciones, y mi padre parecía llevar el mismo camino.
  • Papá, ya sé que es quien vende su cuerpo a cambio de dinero. Pero lo que no entiendo es cómo se puede vender un cuerpo
  • Verás, hija. Hay personas que se ven obligadas a hacer cosas que no quieren
  • ¿Qué cosas?
  • Pues imagina que alguien quiere un beso. Ella no quiere dárselo, pero si le paga por ello, se lo da
  • Pero ¿por qué iba a hacer eso?
  • Pues porque a veces las personas necesitan dinero, y no tienen otro modo de conseguirlo. Imagina que tuviera un hijo enfermo, o que no tuviera para darle de comer y el niño tuviese hambre.
    Me acordaba de aquello cuando paseaba, pasillo arriba, pasillo abajo, a la espera de una llamada. Habían pasado muchos años desde aquella conversación con mi padre y ya nadie usaba aquel despacho, ni nadie se sentaba leer revistas en aquella sala de espera. Pero, como yo soñaba desde que abría la puerta, yo había pasado a formar parte de aquel ritual, aunque el tiempo le hubiera robado ese halo de misterio que tanto me atraía.
    La llamada no llegaba y mi nerviosismo iba en aumento. El jurado llevaba varios días reunido, y se decía que ya estaba todo decidido. Solo quedaba atar unos cabos sueltos, redactar el veredicto y dar el anuncio. Entonces entraríamos todos en la sala
    de vistas y, como ocurría siempre, habría quien saliera satisfecho y quien sintiera frustradas todas sus expectativas. Podría ser, incluso, que ni una cosa ni otra. Era lo que tenía una profesión donde, casi desde el principio, había que asumir que unas veces se gana y otras se pierde. Eso era lo que decía siempre mi padre y lo que, con el tiempo, había comprobado que era una verdad irrefutable.
    No era mi primer asunto en el que aparecía el oscuro mundo de la prostitución, pero sí, desde luego, el más grave con el que me había encontrado. Ahora recordaba el desosiego con el que se encontraron los compañeros que, en mi primer destino, se tuvieron que enfrentar nada menos que a un asesino en serie cuyas víctimas eran, en su mayor parte, prostitutas. Aquel asunto pasó a los anales de la historia judicial española y, aunque a mí solo me rozó, nunca me lo quité de la cabeza. Aunque pensé que nunca me encontraría con algo semejante.
    Me había enfrentado a un asunto enorme, en calidad y cantidad. Mediático como pocos por su contenido y por las circunstancias. Y rodeado de esa aureola de oscuridad y misterio que el mundo de la prostitución confiere a todo lo que toca. Nada menos que 3 mujeres muertas y 7 víctimas más, además de ellas mismas, de agresión sexual, y un tráfico de drogas como colofón. Una madre coraje, un cadáver sin aparecer y un tipo sombrío en el banquillo de los acusados eran ingredientes más que suficientes para convertir aquello, si no en el juicio del siglo, si en el juicio del año. Y uno de los que marcarán mi vida profesional, sin duda. La suerte estaba echada.
    Poca gente fuera de este mundo puede imaginar esa sensación que se tiene mientras se espera el veredicto de un jurado. Pero es una ansiedad comparable con ocas sensaciones en el mundo. Nuestro escenario habitual es el de los asuntos juzgados por profesionales del Derecho y cuando estamos en manos de legos la sensación de desnudez es tremenda. Casi tanto como la de pisar arenas movedizas.
    No era la primera que, a lo largo del proceso, evocaba la pregunta que hice a mi padre. No sé si es inevitable, pero ocurre con mucha frecuencia en los delitos sexuales que el foco del reproche se cambia de acusado a víctima. El hecho de que se hubieran visto abocadas a prostituirse es algo que siempre es traído a colación para descargar la culpa del único culpable. Esa honestidad por la que preguntaba a
    mi padre desapareció del Código, pero no desapareció con tanta facilidad de las mentes.
    Llegó la hora. El auxilio judicial nos llamó para entrar en sala. Los miembros del jurado estaban dispuestos y, una a uno, fueron leyendo todos sus veredictos, todos de culpabilidad, tantos como delitos por los que se acusaba.
    Sonreí. A mi cabeza volvió mi padre, y mis preguntas de niña. Ya no hay que ser honesta para ser considerada víctima del delito, pensé. Pero, como si estuviera allí mismo, él me dio la respuesta que había guardado en su momento
  • Pero ser honesta, poco tiene que ver con eso. Y esas víctimas a las que hoy se ha hecho justicia eran honestas a carta cabal.
    Sin duda, papá. Sin duda.

Despecho: ¿hay derecho?


              El despecho, la revancha o la venganza en temas sentimentales ha dado para mucho en la literatura y el espectáculo. Títulos como Revenge o Venganza dan idea de hasta donde puede llegar el ser humano cuando se siente despechado por amor, y ahora mismo la canción de Shakira y Bizarrap dedicada -presuntamente, claro- al ex de la cantante está haciendo correr ríos de tinta. Y no es para menos.

              En nuestro teatro, las venganzas por estos temas están a la orden del día. No son tan brillantes artísticamente hablando como la de la colombiana ni tienen tanta repercusión, pero desde la porno venganza, que ya ha adquirido carta de naturaleza, hasta otras muchas conductas encuadradas en las coacciones, la integridad moral, la intimidad e incluso, la violencia de género y doméstica, podemos encontrar muchos y variados ejemplos. Así que vamos a ello.

              Nada más escuché la canción y me percaté de la repercusión estratosférica, me vino a la cabeza un caso que tuve hace mucho tiempo. Se trataba de un tipo que, después de que su novia le hubiera dejado por otro, se dedicaba a ponerse debajo de su casa, aparcado con su coche y con la música a todo volumen reproduciendo una y otra vez el mismo tema: Mariposa traicionera, de Maná. Ahí queda eso. Para quien tenga la curiosidad, diré que el individuo acabó condenado no solo por un delito de coacciones -entonces no existía el delito de acoso en el Código Penal- sino también por varios quebrantamientos de medida cautelar. Y es que, para desesperación de su abogada, hacía caso omiso a las advertencias de que no repitiera tal conducta. Solo un fragmento de la letra sirve para hacerse una idea: “vas de boca en boca, fácil y ligera de quien te provoca”. Ahí queda eso.

              Menos poética y más frecuente es lo que se ha dado en llamar la porno venganza, en que el sujeto despechado se dedica a publicar cosas para perjudicar a la causante de su despecho. En ocasiones, los famosos videos e imágenes íntimas que motivaron que, tras el fracaso jurídico del caso de Olvido Hormigos se tipificara esta conducta, y en muchos casos la difusión de los datos de contacto de la víctima anunciando sus “servicios sexuales” en cualquier red. He visto casos de mujeres desesperadas que tenían hasta 100 llamadas en un solo día solicitando una cita. Poca broma.

              Lo que hace Shakira en este caso tiene su enjundia. Y no porque sea nada nuevo, sino por otras muchas razones, además de las puramente artísticas, que las hay. ¿Nadie recuerda aquella canción de Alaska y Dinarama que todavía cantamos a voz en grito en verbenas y saraos titulada “¿Cómo pudiste hacerme esto a mí?”? Pues, para jóvenes y desmemoriados, reproduzco un trozo bien ilustrativo: “La calle desierta, la noche ideal, un coche sin luces no pudo esquivar un golpe certero y todo terminó entre ellos de repente” A ritmo machacón, repite varias veces que no se arrepiente, que volvería a hacerlo y que son los celos. Es decir, un caso de violencia doméstica como la copa de un pino. Y por supuesto que ni da nombres ni está basado en hechos reales, pero yo, si fuera Mario Vaquerizo, me cuidaría de no serle infiel. Por si las moscas.

              Por la misma época, pero al otro lado de la pareja, los Hombres G tenían un gran éxito –Sufre, Mamónfocalizando su venganza en el niño pijo con un Ford Fiesta blanco y un jersey amarillo que les levantó a la novia. Es cierto que su represalia, consistente en llenarle el cuello de polvos pica-pica podría no ser gran cosa, pero cantarlo les dio un éxito sin precedentes que, como el anterior, seguimos berreando a pulmón en cualquier fiesta remember que se precie. O no remember, vaya.

             Mucho mejor eso que lamerse las heridas como hacían Los pecos con su voz en falsete llorando por el parque sus amores no correspondidos, o el mismísimo Fary penando porque ella se iba a casar con otro que no era él, y además con el vestido que tendría que usar para su boda. Ya hay que tener mala leche.

              Y ojito, que dicen las malas lenguas que Julio Iglesias hizo un Shakira muchos años atrás cuando se lamentaba cantando Hey. Le decía a su destinataria -ahí dejo espacio a la imaginación- que no fuera presumiendo por ahí diciendo que no podía estar sin ella. Y, por supuesto, entonces, que no teníamos la piel tan fina para algunas cosas, pensábamos que ella podía decir lo que le viniera en gana y él cantar lo que tuviera a bien. Acabáramos.

              Por supuesto, no podría dejarme en este pequeño repaso a Paquita la del Barrio, cuyo tema poniendo a su ex de hoja perejil llamándole «rata inmunda» entre otras lindezas ha vuelo a sonar gracias a Shakira. Y no olvidemos tampoco a la Jurado, que era la más grande hasta para insultar a su propio: «es un gran necio, un estúpido engreído, egoísta y caprichoso, un payaso vanidoso, inseguro de sí mismo, falso enano rencoroso que no tiene corazón». Por cierto, juro que esta retahíla la escrito de carrerilla, sin mirar Google ni nada. Y es que me la aprendí de memoria siendo una niña viendo la tele, allá por finales de los 70. Imaginad la cara de mi madre cuando escuchó mi voz angelical cantando semejante ristra de improperios. Pero hemos sobrevivido. Ambas (mi madre y yo, no la Jurado, como todo el mundo sabe)

              Otra experiencia curiosa con este tipo de canciones -¿o debería decir himnos?- la tuve no hace mucho yendo con mi hija en el coche. Sonaba un programa de canciones dedicadas, y alguien dedicaba una canción a toda su familia. Mi niña y yo nos quedamos de pasta de boniato cuando descubrimos que la canción dedicada era la de C TanganaTú me dejaste de querer”. Que nada menos dice que le dio la espalda cuando más le necesitaba, así que para imaginar las relaciones en esta familia. Mucho me temo que alguna que otra visita habrán hecho a Toguilandia.

              Pero volvamos a Shakira y al derecho ¿Podría ser demandable o denunciable por el aludido la canción? Pues en la vía penal, difícilmente. Por un lado, tenemos la exceptio veritatis -para quien no lo sepa, se trata de probar que la supuesta calumnia o injuria son verdad-, y que no le digan a la colombiana que no puede probar lo de la suegra de vecina, la prensa en la puerta ni la deuda en Hacienda, porque es verdad verdadera. Y, además, lo de la suegra podría ser hasta una causa de justificación porque hay algunas que dan para varios post. Que le pregunten a mi amigo Paco Rosales si no.

              Y aquí lo dejo. O no, porque no me voy a privar de decir que a mí me encanta que de una vez se acabe el cliché de la mujer despechada que llora por las esquinas y se encierra en su cuarto. Ella lo pone verde y tiene la posibilidad de que todo el mundo lo sepa, así que, porque ella lo vale. Por eso le daré el aplauso de hoy. Eso sí, sin que sirva de precedente.

Micromachismos: machismos cotidianos en Toguilandia


              Nuestra sociedad no siempre ha sido como es ahora. Hubo un tiempo, no hace mucho, en que la igualdad brillaba por su ausencia y los roles de género no solo existían sino que estaban bendecidos por la ley. Y esa sociedad, como no podía ser de otro modo, dio lugar a multitud de películas se señoritos y criadas, como Las que tienen que servir y, más tarde, en un aperturismo que seguía siendo machista, a estereotipos de suecas liberadísimas y españolitos que perdían el resuello con solo verlas porque, como rezaba el titulo de una película Lo verde empieza en los Pirineos.  Aunque no solo en nuestro país cocían habas, no tenemos más que recordar el argumento de la teóricamente blanca comedia Siete novias para siete hermanos, donde siete tipos hechos y derechos raptan a sendas muchachas para emparejarse con ellas a la fuerza. Hoy las cosas no son tan evidentes como en estas y otras películas -en Sor Citröen una monja bendice la violencia de género en tono de comedia- pero los sesgos machistas se dejan ver más de lo que deberían.

              En nuestro teatro pasa un poco igual. Hubo un momento en que el machismo no solo era evidente son legal, y hoy, aunque teórica y legalmente la igualdad es absoluta, la realidad nos premia con ejemplos que demuestran que no lo es tanto.

              Empezaré diciendo que no me gusta la expresión “micromachismos” por más que haya adquirido carta de naturaleza en muchos ámbitos. No hay machismo pequeño, como no hay racismo, antisemitismo o aporofobia pequeños. La discriminación siempre es grave, aunque ocurra con tanta frecuencia que la normalicemos. Por eso prefiero el nombre de “machismos cotidianos”.

              Ya he contado alguna vez que, cuando llegué a mi primer destino, junto con dos compañeras más recién salidas de la Escuela Judicial, alguien dijo, medio en broma medio en serio, que había reclamado fiscales, no niñas. Era una broma, pero ahí queda el sesgo. Todavía dudo de si la frase hubiera sido la misma de llegar tres varoncitos encorbatados en vez de nosotras. No obstante, confieso que no tardamos en aprovecharnos de esa supuesta desventaja y cuando llegaba alguien con algún “marrón” en ciernes y preguntaba por el fiscal, le indicábamos amablemente la silla de nuestro compañero varón, al que acudía el aludido sin plantarse en ningún momento que nosotras también éramos fiscales.

              De unos años antes es la anécdota de una compañera que, llegada a su primer destino y dispuesta a alquilar una casa, se encontró con un arrendador que, se refería a ella en todo momento como “la fiscala”. Pero no es que ya fuera muy adelantado el hombre en el lenguaje inclusivo, sino que estaba convencido de que quien acabaría pagando la renta sería el fiscal auténtico, dado que para él “la fiscala” solo podía ser su mujer. Y lo que costó convencerle de otra cosa.

              De esa misma época data lo que cuenta otra compañera, cuyo marido, cuando supo que había aprobado judicatura -entonces el examen se hacía diferenciadamente del de fiscalía, aunque el temario era idéntico- la convenció para que se presentara a las oposiciones a fiscal porque ”eran mucho mejor para las mujeres”.

              Y ese parecía ser el espíritu de una ley que no permitió a las mujeres incorporarse a las carreras judicial y fiscal hasta diciembre de 1966, aunque de facto lo hicieran mediados los 70 -precisamente acaba de fallecer Josefina Triguero, la primera mujer que ingresó en la carrera judicial- habida cuenta que hasta entonces no habían podido plantarse estudiar. Pues bien, la ley anterior -principios de los 60- solo dejaba ejercer la judicatura en materias como Menores o Laboral, que eran , según consideraba el régimen, más acordes con nuestra “especial sensibilidad”. Una sensibilidad de la que siguió hablando incluso al abrir la puerta a nuestro ingreso en estas carreras.

              Pues bien, aunque creamos que eso era cosa de entonces, todavía colean algunos estereotipos, como que las mujeres somos más adecuadas para materias como Menores o Violencia de género. De hecho, somos una mayoría aplastante en  estas jurisdicciones. Sin embargo, me he encontrado más veces de las que quisiera con organizadores de cursos que se empeñaban en traer a un hombre para mostrar una paridad que no existía. Y, llamadme tiqisimiquis, pero ya es casualidad que por estos lares, solo se haya premiado con distinciones institucionales a dos jueces varones a pesar de que no alcanzaban ni el 10 por ciento de los titulares de esta jurisdicción. ¿Casualidad o no? Pues no lo sé y sin poner en duda que lo merecieran, lo bien cierto es que el hombre que se dedica a la violencia de género parece tener un plus o un especial mérito para algunos. Algo así como considerar “padrazo” al padre que lleva a sus hijas e hijos al parque o les cambia los pañales, cuando, si es su madre, se considera lo normal.

              A este respecto, todavía recuerdo con estupor las palabras de una Señoría que, en un curso sobre violencia de género, nos dijo, como si fuera lo más gracioso del mundo, que deberíamos estar contentas porque nos habían creado unos Juzgados Ausonia, solo para mujeres. Verdad verdadera.

              Pero si alguien no me cree, que mire dos ejemplos muy ilustrativos. Más del 90 por ciento de las excedencias por cuidado de hijas e hijos o personas dependientes la piden juezas y otro tanto pasa con las fiscales frente a los compañeros de sexo masculino. Porque se sigue pensando que somos nosotras las encargadas de los cuidados. Aunque además de eso, pongamos sentencias o elaboremos escritos de calificación. Lo cortés no quita lo valiente

              Y, como la discriminación viene por todos los frentes, al otro lado de estrados también encontramos muestras notorias. Un investigado por violencia de género, no hace mucho, echaba pestes de su abogada de oficio porque él quería un abogado “de verdad” y no una mujer, y otro trataba de ser coleguita del juez, refiriéndose a su esposa como “la parienta”, ante su cara de estupefacción. Y, por desgracia, todavía vemos cada día quienes llevamos asuntos de violencia de género, como hay investigados que tratan de justificar su reacción agresiva en que ella no tenía la casa limpia, no hacía la comida o tenía a los niños hechos unos adanes, como si la casa, la comida o los niños fueran exclusiva competencia femenina. Y, lo que es más triste, también hay mujeres víctimas que justifican la actitud e sus verdugos autoinculpándose de tan terribles pecados de la intendencia doméstica.

              ¿Y qué decir de los insultos por los que se siguen juicios por vejación injusta? Pues la inmensa mayoría van en la línea de “puta”, “zorra” y similares, cuando no “gorda”, “fea” o “inútil”. Perfectos para la guía del vocabulario machista por antonomasia

              En fin, que avanzamos, pero debiéramos hacerlo más. Y la conciliación o, mejor dicho, la corresponsabilidad, sigue siendo un escollo.

              Pero bien está hacer de vez en cuando examen de conciencia y repasar nuestro machistómetro, que, cuando menos lo esperamos, nos da subidas tremendas

              Y hasta aquí el repasito de hoy. El aplauso se lo daré a quienes son capaces de percatarse de sus propios sesgos machistas y tratan de corregirlos. Porque el diagnóstico es el primer paso. Y, al fin y al cabo, quien esté libre de pecado que arroje la primera piedra

Dia de Reyes: anécdotas de Magos toguitaconadas


              Aunque no tanto como Papá Noel, que gana por goleada a nuestros Reyes en cuanto a películas al respecto, también Melchor, Gaspar y Baltasar tienen sus metros de celuloide. Los Reyes Magos es una película de animación que fue en su día muy premiada, y no hay película navideña española donde nuestros magos no salgan a colación para espolear la ilusión de La gran familia. Y es que algunos de nuestros mejores recuerdos de infancia tienen relación con este día mágico.

              En nuestro teatro podríamos pensar que poca influencia tienen los Reyes, más allá de que su día sea festivo y, por tanto, inhábil -aunque a partir de 2022 todas las navidades serán inhábiles- y de que cada año pidamos cosas como medios personales y materiales para nuestra pobrecita Justicia. De hecho, en Toguilandia todos los años enviamos carta a los Reyes , aunque no siempre nos traen lo que pedimos. Pero por insistir que no sea.

              Hoy, no obstante, como los Reyes ya han pasado, vamos a contar alguna otra cosa. Porque la fiesta de Reyes también puede influir en nuestro mundo. Y más de lo creemos.

              Leía hace unos días un artículo donde se recopilaban algunos casos jurídicas curiosos relacionados con los Reyes Magos. Las anécdotas iban desde un tipo al que se denegó la nacionalidad española por no conocer a los Reyes Magos hasta los efectos jurídicos de un caramelazo desde la cabalgata de Reyes. Luego, la verdad es que la realidad no es tan pintoresca, y la razón por la que le denegaron la nacionalidad a aquel hombre no era exactamente por no conocer a los Reyes Magos sino por no tener ni repajolera idea de la cultura y costumbres españolas, entre las cuales había una pregunta referida a nuestros queridos Magos.

              Lo del caramelazo trajo más cola. Se trataba de una reclamación por los daños producidos al impactar un caramelo lanzado desde una de las carrozas de la cabalgata. No sé muy bien como acabó la cosa, pero parece que resolvió alrededor de la responsabilidad patrimonial de la Administración correspondiente. Solo faltaba que le hubieran imputado al paje real unas lesiones imprudentes.

              Otras cuestiones curiosas son las relativas a la contratación de quienes representan a los Reyes Magos, que, como sabemos, aunque tienen el don de la ubicuidad, siempre agradecen que les echen una manita. Pues bien, tanto los Reyes que cada año los representan como sus carteros, pajes y emisarios reales podrían reclamar un contrato fijo discontinuo. Y no andarían desencaminados. Ahí lo dejo.

              Más desencaminado resultaría, en cambio, quien intentara como alguna vez se ha insinuado, perseguir por racismo a quienes pintan a una persona de pie blanca con betún o similares para hacer de Baltasar. A pesar de que lo hemos visto toda la vida, podría ser inadecuado, incorrecto por eso que llaman “blackface” que hoy se rechaza, pero nada más. No saquemos las cosas de quicio. Y ya sabemos que no hace falta pintar la cara a nadie habiendo personas que pueden hacer ese papel sin maquillaje alguno.

              Y ahora llega el momento estelar de este estreno, en el que me voy a hacer eco de una historia que me contaron ayer mismo y que no podía dejar de relatar. Y hoy es el día, mientras abrimos regalos y comemos roscón.

              Resulta que tal día como el 5 de enero, un día de trabajo en Toguilandia por más que sea inhábil -recordemos que para la instrucción todos los días son hábiles- se cita a un hombre que está en prisión preventiva para que comparezca en el juzgado. Y cuál no será la sorpresa de Su Señoría cuando desde el centro penitenciario le suplican que no lo trasladen a ningún sitio ese día. La Juez, como no podía ser de otro modo, preguntó por qué, y le dijeron que tenía que hacer de Rey Mago para la fiesta que organizaban en la prisión y les desmontaban la función. Y ojo, que no solo era eso, era que le habían comprado un balón de regalo y no se lo podrían dar si se lo llevaban. Tal cual lo cuento.

              Al final, el preso no fue trasladado y la fiesta pudo realizarse. Aunque los medios tecnológicos permitieron que no hubiera de suspenderse el acto. Y que al final el muchacho tuviera su balón, no fuéramos a perder a un Pelé en potencia. Y es que, hasta en las peores circunstancias, los Reyes son Magos.

              Por eso hoy el aplauso lo dedico a quienes me han proporcionado esta jugosa anécdota, que quedan en el anonimato -aunque a mí siempre me gusta decir, con Gomaespuma, en el Economato-, pero ellas saben quiénes son. Que también les traigan muchas cosas los Reyes