Agridulzura: las dos caras del triunfo


pensativo

El mundo del espectáculo vive entre el yin y el yan. O entre la cara y la cruz de la moneda. Todo son parabienes cuando la obra es un éxito, alfombra roja, premios y  parafernalia en marcha. Y todo se vuelve llanto y rechinar de dientes cuando las expectativas se estrellan en un estrepitoso fracaso.  Ya se sabe, Más dura será la caída. Que del fracaso al éxito nada más hay un paso por más que se sea El gran showman, y de éste al olvido, ni eso, que siempre puede llegar El crepúsculo de los dioses. Y quien ayer era era héroe hoy puede convertirse en villano. Si no, que se lo digan a Woody Allen estos últimos días.

Nuestro teatro también tiene su cara B. Y aunque a veces tendemos a reducir los términos al blanco y negro del éxito o del fracaso, hay matices grises que no siempre se tienen en cuenta. Y muchas veces también, son precisamente esos matices los que nos dificultan conciliar el sueño y los que se nos quedan pegados a la piel y a las entrañas para siempre.

He de reconocer que la idea de este estreno me llegó, musas mediante, al hilo de un tuit de un compañero, @nandogerman, que respondía a la felicitación por haber logrado una contundente condena en un delito execrable. Como no encuentro mejores palabras que las suyas, las transcribo textualmente: “la satisfacción por el trabajo bien hecho no evita la profunda tristeza por la desgracia de ese niño. En el informe me costó seguir un par de veces tratando de transmitírselo al jurado”. Chapeau, querido compi. No se puede decir mejor. Y tal vez sobre el resto de este post porque esas tres líneas ya lo dicen todo. Pero me arriesgaré a escribirlo porque creo que la cuestión bien merece ser tratada. Con tu permiso, claro, que ya te dije eso de “a los tacones vas”. Aviso a navegantes.

Quienes habitamos Toguilandia estamos acostumbrados a este trabajo donde, más que en muchos otros, vemos desnudarse almas cada día. Y vemos también las grandezas y las miserias del ser humano. Pero como el papel es muy sufrido, y hay que seguir adelante sin dejarnos llevar por nuestros sentimientos, a veces caemos en la inercia del reduccionismo al mero asunto jurídico. Me dan la razón o me la quitan, consigo una condena ejemplar o una absolución frustrante, me estiman en el recurso o me lo rechazan, me confirman el sobreseimiento o me abren el juicio oral.

Y no solo hablo de fiscales. A buen seguro jueces y juezas sienten esa misma sensación si les revocan aquello que tanto les costó o por el contrario se lo confirman. Y otro tanto en quienes ejercen la abogacía, con esa esquizofrenia de ser ora el defensor del acusado, ora el representante de la víctima, cuando logran una resolución conforme con los intereses de su cliente.

Pero no todo es blanco o es negro. Y, como comentaba mi compañero, se queda ahí la sensación de que, a pesar de haberse hecho justicia, la verdadera justicia hubiera sido que ese hecho terrible nunca hubiera tenido lugar. La familia del niño asesinado podrá estar satisfecha, pero jamás volverá a ser feliz. Lamentablemente, en muchos casos, podemos paliar los efectos, pero no devolver las cosas al estado que tenían antes de la tragedia. Y la alegría del triunfo y la satisfacción del deber cumplido se diluyen rápidamente.

Tras veinticinco años con mi toga y mis tacones, he tenido muchas veces esa sensación. Y la sigo teniendo, por supuesto. Si dejara de tenerla, creo que sería el momento de colgar la toga y dirigir mis taconados pasos  hacia otra dirección. Por eso, recordaré algunas de las historias que más me han impresionado, historias de las que la prensa se hizo eco en su día pero que casi todo el mundo ha olvidado, a excepción, por descontado, de aquellos a quienes esas historias les partieron la vida en dos.

Uno de ellos fue el asesinato de una chica joven por otra en el aparcamiento de una discoteca. La sensación de una vida joven y llena de futuro truncada nos partía el alma a profesionales y miembros del jurado. Se notaba en las caras. Y la de otra vida joven, la de la autora -y su entorno-, también destrozada. El juicio fue largo y doloroso, y quienes intervinimos acabamos agotados. Recuerdo la angustia en las horas –días- en que estábamos esperando el veredicto del jurado, una sensación que solo puede comprender quien la ha vivido, porque va mucho más allá que lo que se llama “gajes del oficio”. Y el subidón de escuchar ese veredicto tajante de culpabilidad. Una victoria en toda regla que, una vez la adrenalina baja al quitarse una la toga, se convierte en una sensación agridulce. Nadie devolverá la vida a aquella joven, ni volverán a verla su familia ni sus amigos. Y esa sensación barre buena parte de la alegría con que recibimos la noticia de la condena.

Otro de estos casos fue el asesinato de una mujer cometido por medio de muchas puñaladas por su pareja. Pocas cosas más incomprensibles para el ser humano que el hecho de que alguien cometa semejante atrocidad en nombre de un sentimiento llamado “amor” que nada tiene de eso. Le condenaron, sí. Incluso con la agravante de ensañamiento que tan difícil resulta de apreciar. Y sé, porque alguien me lo dijo, que mi informe supo trasladar la angustia que sufría esa mujer mientras estaba siendo asesinada. He de reconocer que me alegró saberlo. Pero también he de reconocer que esa angustia se me quedó enganchada en el alma y ahí sigue. Como me dice una buena amiga, no soy de plástico, aunque a veces pueda parecerlo.

Y, como no hay dos sin tres, y ya que he abierto la caja de los truenos, contaré otra historia en sentido inverso. Una mujer que, presuntamente, había asesinado a su pareja. La prueba era complicada y se complicó aún más durante el juicio. Así que, por más que intenté darlo todo en la vista, acabó siendo absuelta tras una costosa deliberación del jurado. Ha sido mi única absolución en un juicio de jurado pero juro que todavía me pregunto si es que yo hice algo mal o si de verdad se hizo justicia. El veredicto y la sentencia fueron impecables, pero ahí me quedará para siempre la duda. No somos de plástico, sin duda.

Recuerdo también a un compañero que lloró tras un juicio terrible y mediático. Toda la prensa se hizo eco de ello. Hubo quien, incluso, le cuestionaba por mostrarse vulnerable. Pero a mí jamás me pareció tan grande nuestra profesión que en aquellas lágrimas que supo contener hasta el final. Las togas también lloran.

Podría citar más ejemplos. Y seguro que quienes me lean añadirían otros. Y no solo en asuntos tan graves y sangrientos. Esa misma sensación agridulce nos invade cuando se logra que devuelvan a alguien el dinero estafado, o se le reconoce su derecho a cualquier otra cosa. O cuando se consigue castigar al corrupto. Pero ahí queda lo sufrido por el camino. Eso ya no se lo quita nadie.

Así que hoy el aplauso va a ir para quienes saben ser profesionales y humanos al mismo tiempo, para esas lágrimas contenidas y ese dolor que, a veces, nos acompaña en sueños. Y un agradecimiento especial a los dos compañeros a los que me he referido por recordarme por qué estamos aquí. Mil gracias.

Anuncios

Plasma: real vs virtual


DSC_0005

Ya lo hemos dicho otras veces. Si las tecnologías –me niego a llamarlas nuevas- han alterado el mundo en poco tiempo, es algo que se hace especialmente visible en el mundo del espectáculo. Es imposible pensar siquiera en una película que no cuente con adelantos que hace solo diez años ni se nos hubieran pasado por la imaginación. Vemos los móviles o los ordenadores que sacan en películas no demasiado antiguas y nos entra la risa, recordando sus tapaderitas, sus antenitas y su aspecto, tal como entonces nos reíamos de zapatófono del Superagente 86, o las cámaras ocultas de cualquier entrega antigua de James Bond o similares. No hace tanto, ni imaginábamos que algún día veríamos a la gente hablarnos tan ricamente al otro lado de una pantalla, y poder responder igual de ricamente.

Por eso, en estos días en que el plasma está tan a la orden del día que un presidente de Gobierno lo usa para hacer una rueda de prensa que no es tal, y que un político pretende ser presidente por vía telemática –que no telepática-, hay que plantearse por enésima vez si en nuestro teatro estamos preparados para la vida moderna. Y, aunque como otras veces, diré que no me contesten ahora sino después de leer el post, seguro que ya conocen la respuesta.

Ya dedicamos otro estreno a la videoconferencia  y sus múltiples avatares, incidencias y anécdotas, que seguimos viviendo cada día y dan para tantos estrenos como quisiéramos hacer. Sigo viendo, en las salas donde hay posibilidad de conectar por ella, cómo se mueven como robots al estilo C3PO al otro lado de la pantallita o como se empieza siempre por un “¿se me oye?” y se le oye, sí, pero como si fuera una voz de ultratumba que llega un minuto después que la imagen.  He hecho videoconferencias que tienen mucho de conferencia y poco de vídeo porque no llegaba la imagen, y otras donde hemos tenido que apañarnos cual Mac Gyver, poniendo un teléfono móvil en un micrófono para que hablaran por él mientras las imágenes discurrían por la pantalla tan mudas como en las películas de Charlot. Así que, a veces, acabo por no saber si estoy en la época de Tiempos Modernos o en la de La guerra de las galaxias.

Pero no daré más la tabarra con los defectos de los aparatejos que, incluso, cuando mejor funcionan, restan frescura a los testimonios y seguridad a los reconocimientos en rueda, por poner un ejemplo. Y trataré de ir un poquito más allá. Eso sí, intentando que sea plasma, y no ser plasta. Que a veces una letra cambia mucho las cosas.

¿Estamos preparados para todo esto? ¿Fallan los medios o es más bien el sistema lo que falla?. Pues, lamentándolo mucho, tendré que decir que fallan ambas cosas. Los medios no son buenos, cuando existen, pero no es solo eso. Se trata, una vez más, de que estamos anclados en un proceso pensado para dos siglos atrás, cuando todo giraba en torno a lo que sucedía en la sala de vistas y no había más. Y no solo hablo del proceso penal, cuya ley reguladora es del siglo XIX, sino de cualquier otra, aunque sea mucho más reciente. El esquema, más o menos tuneado y customizado, sigue siendo el mismo. Por eso siempre hay que acabar presentando las cosas en papel, y haciendo el informe en sala.

No voy a cuestionar la importancia de los informes y las alegaciones orales. Sería tonta, además, porque a mí me gusta hablar hasta debajo del agua. Pero tal vez habría que darle una vuelta a todo esto. O dos. Y ahora que estamos en confianza, que levante la mano quien no haya pensado alguna vez que está haciendo un informe que no vale para nada, porque está todo el bacalao vendido con las pruebas que hay. Confieso que he oído a algún juez a quien se le ha escapado, antes de celebrar un juicio, un “que pase el condenado”, y a algún otro que tenía las sentencias de faltas redactadas antes de celebrar el juicio. Y, sin perjuicio de que seguro que cambiaban lo que tenían decidido si el juicio no discurría según lo previsto, esto da la idea de la cantidad de trámites y formalismos que podrían evitarse.

No estaría mal que alguien hiciera una lista de las vistas absurdas que se celebran solo porque así obliga la ley. Y pondré algunos ejemplos, arriesgando a que alguien se lleve las manos a la cabeza. En la instrucción del procedimiento ante el Tribunal del Jurado –no me refiero al juicio- hay un montón de comparecencias presenciales que podrían ahorrarse y hacerse de otro modo. Y cuando se señala vista para algunos recursos, resulta poco más que absurdo ver como las partes repetimos oralmente lo que ya expresamos por escrito. Y hay procesos en que lo que se debate es una mera cuestión de Derecho donde la vista es prescindible. Siempre lo pienso cuando hago una vista civil por gastos extraordinarios, y estamos un buen rato alegando jurisprudencia según la cual los libros del colegio, la ortodoncia o la excursión a las Cuevas de San José o al Museo del chocolate o los adornos del traje de lagarterana son una cosa u otra. Y se pierde un tiempo y unos medios no solo preciosos sino preciados vista la situación. Añadiendo, además, que en ocasiones hay que recorrerse un montón de kilómetros para esas vistas.

Si se priorizara y se mirara esto, quedarían más tiempo y más ganas, sin la acumulación de señalamientos  que seguimos sufriendo, para aquellos procesos donde el informe es realmente importante. Empezando, sin duda, por el juicio de Jurado, donde el informe oral puede realmente determinar la absolución o la condena. Pero no solo eso. He visto juicios en los que su desarrollo me ha hecho cambiar varias veces la idea con la que llegué. Y a estos hay que dedicar las vistas.

Pero ahí seguimos. Anclados en un proceso que se pensó para otra realidad, y al que la realidad actual y el estado de la tecnología viene grande. Y me temo que nos queda por sufrirlo, tal conforme está el patio.

Así que ahora ya pueden contestar si estamos preparados. Yo, mientras, daré el aplauso de hoy a quienes siguen al pie del cañón, en persona, por videoconferencia y hasta por telepatía, caiga quien caiga. Como siempre

Apariencias: ¿engañan?


DSC_0002

Hay un dicho popular según el cual “las apariencias engañan”. Y la verdad es que nada más aplicable al mundo del espectáculo, donde la labor de los actores consiste, esencialmente, en ponerse en la piel de otras personas para hacernos creer que son quienes no son. Cuando lo consiguen, crean la ilusión de que a quien se está viendo en el escenario o en la pantalla es al personaje y no al actor o actriz. Tanto es así, que, a veces, la gente llega a identificarlos con el personaje, y a portarse en consonancia. Recuerdo que el actor que interpretaba a Falconetti –el malo malísimo de una serie de mi infancia llamada Hombre rico, hombre pobre– contaba en una entrevista que en una época no podía salir a la calle sin que alguien le increpara y le insultara. Y siempre ha habido actores, como Charles Chaplin, perpetuamente parapetados tras su personaje, el de Charlot. Y otras que no se pueden quitar el estigma de algún personaje que interpretaron y caló, como los niños de Verano azul o la niña de ET el extraterrestre, que seguirán con esa etiqueta por más cosas que hagan y más años que pasen.

En nuestro teatro la apariencia es -¿o parece ser?- importante. La imagen que tiene la gente de quienes lo integramos es seria, adusta y aburrida. Con un vestuario  estereotipado –aunque cada día menos-, tanto dentro como fuera del escenario. Y, aunque es claro que nuestra toga  y nuestras puñetas son el uniforme con el que se nos identifica y el que usamos en los juicios o actos oficiales, no es oro todo lo que reluce ni siempre tenemos la apariencia que la gente piensa que tenemos.

Leía el otro día una magnífica entrevista con un juez –del que, por cierto, todo el mundo habla maravillas- que vive y gasta una estética heavy (@orden_andres). De sí mismo decía que “era heavy, pero no era un juez heavy”, una definición magistral. Y acompañaba el reportaje una imagen con melena y anillos de calaveras. Chapeau. Hay que tener mucha personalidad para mantenerse fiel a sí mismo y no entrar –si no se quiere- en el estereotipo de vestir traje oscuro, camisa y corbata. O vestirnos, como decía una compañera al principio de nuestros días toguitaonados, de revisor de tren.

Al hilo de esto, contaba el magistrado que cuando se examinó pasó por el aro de cortarse la melena, adecuar su vestuario y gastar litros de gomina. Menos mal que no le pasó como a Sansón porque le sirvió y aprobó. Y esto me trajo algunos otros recuerdos a la cabeza.

Cuando nos examinamos, parece que como fumus bonis iuris –apariencia de buen derecho, como se exige en las medidas cautelares – tenemos que tener un determinado aspecto. Y que conste que esta comparación no es mía, si no cedida por @JA_RamirezAbreu, al césar lo que es del césar. Y por eso los propios preparadores nos instan a tener el aspecto más estereotipado posible para lo que se espera. En mi caso, recuerdo que me encantaba llevar unas uñas larguísimas de color rojo sangre y, si es posible, con dibujitos. Y, por supuesto, mi preparador me recomendó muy encarecidamente que me las cortara y presentara un aspecto modosito. Además, como gesticulo con las manos como un helicóptero en pleno vuelo, les iba a acabar mareando. Le hice caso, con similar resultado al juez heavy. Y, como él, volví a mis costumbres inmediatamente que me embutí en mi propia toga. Ahora informo con las uñas de colores, con anillos gigantescos y haciendo aspavientos como si no hubiera un mañana. Y tan ricamente.

También recuerdo a otro de mis compañeros, que creo que era rocker –perdóneseme mi ignorancia en tribus urbanas- pero que llevaba un tupé impresionante. Por supuesto, él también pasó por el aro de la tijera y la gomina. Y no sé si en algún momento recuperaría su estética primigenia, pero lo bien cierto es que después de varios años lo he visto pasearse con traje de chaqueta y pajarita por los pasillos de Toguilandia.

Y no soy la única. Me comenta en twitter –gracias tuiteros por vuestras ideas- @Kinotofukasuka que su predecesora en el cántico de temas llevaba el pelo como Morticia Adams de largo pero con unas raíces a la altura de las orejas, gafas con celo, ropa grande…un número (sic) Falta por saber si la muchacha llegó a atravesar la línea que distingue a los beati (así llamaba mi profesor de Derecho Romano a quienes aprobaban) de los que no lo son.

La cosa llega hasta límites curiosos. Muchos de los chicos tenían un solo traje de chaqueta, comprado por sus mamás a los solos efectos de dar buena imagen al tribunal. Como no estaban las cosas para dispendios, el traje era el único hiciera el tiempo que hiciera. Y recuerdo ver sudar la gota gorda a más de uno examinándose en el mes de julio en plena ola de calor con un blazier de lana azul marino -con sus inevitables botones dorados-  a punto de que le diera un parraque. En su caso, no perdió la estética formalita, y continua vistiendo trajes de chaqueta aunque adecuados a la temperatura y mucho menos uniformados.

También hay quien se planta. Sé de buena tinta de un opositor –hoy LAJ- que, pese a mis recomendaciones, dijo “yo nunca uso corbata y no me voy a poner”. Y cumplió. Y aprobó además. Y sigue cumpliendo su consigna.

Así que, como decía, no es oro todo lo que reluce ni el hábito hace al monje. Hemos de vestir con dignidad, pero no es necesario cambiar la personalidad de cada cual para ser un buen juez, fiscal o lo que se presente. ¿Cuáles son los límites? Que cada cual decida.

Por todo esto y por mucho más –como dice la canción- mi aplauso va hoy para quienes practican la fidelidad en sí mismos, sean jueces, fiscales o torneros fresadores. Porque quien es fiel a sí mismo difícilmente sea infiel a la profesión que ha elegido. Mientras tanto, yo seguiré también fiel a mi toga, mis tacones, mis uñas brillantes y mis inseparables gafas de sol a modo de diadema. Porque yo lo valgo.

Im(precisión): ¿hilando fino?


hilando

En el mundo del arte existe algo que se conoce como “licencias poéticas” –aunque no se trate de poesía- para justificar algún desacuerdo o falta de fidelidad con la realidad con tal de que la obra resulte atractiva. No está mal, cuando viene al caso, aligerar un rollo filosófico, histórico o jurídico que podría aburrir al espectador, aunque pueda resultar superficial para quien si está versado en tal o cual tema. Pero no hay que pasarse de rosca, o la cosa pierde credibilidad y hasta su atractivo. No se puede pasar por alto el reloj de muñeca del que tantas veces se hablado en uno de los remeros de Ben Hur aunque yo nunca lo ví –y creo que es una leyenda urbana-. Ni tampoco, relacionando nuestros dos mundos, reproducir juicios en los que cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia, como vimos en el estreno dedicado a las series de televisión.

Y, como quiera que nuestro teatro está cada día más en el candelero –o en  el candelabro, como acuñó la famosuela de turno- y somos pasto de titulares , opiniones, o ríos de tinta o de plasma, muchas veces encontramos cosas que a quienes transitamos por Toguilandia nos dejan de pasta de boniato. ¿Tendrían que hacérselo mirar o hilamos demasiado fino?. No me contesten ahora, háganlo después del post.

Aunque los ejemplos son muchos, he recogido unos cuantos de la vida diaria, de esos que vemos en prensa o tele o de los que me he encontrado en el trabajo.

Hay algo que trae a mal traer a quien escribe de tribunales. Se trata de la diferencia entre procesado, investigado, imputado, sospechoso o culpable, con su “presunto” delante si toca.  Y es que aunque gusta mucho escribir eso de “se ha decretado el procesamiento de Fulanito por tal cosa”, la realidad es que en la inmensa mayoría de los casos no es correcto, porque procesados solo lo son quienes han cometido, presuntamente, un delito al que la ley atribuye pena de prisión superior a nueve años o de otra naturaleza de duración aun mayor. Pero claro, suena mucho mejor decir esto que explicar que “se ha dictado auto de incoación de procedimiento abreviado”, porque la versión B), el llamado “auto de imputación”, tampoco existe en la ley, por más que en algún asunto mediático o complejo se haya dictado. Y ni que decir tiene que, tras el cambio de la Ley de Enjuiciamiento Criminal que sustituyó el término “imputado” por el de “investigado” suena todavía peor. A ver cómo explicamos que, tras la instrucción, se ha dictado auto de investigación. Porque cualquiera preguntaría ¿Y que han estado haciendo hasta ahora, si no era investigar?, o ¿cómo han investigado para declarar investigado a alguien?. Y con razón. Yo también me lo pregunto, y se lo sigo preguntando al legislador que tuvo la feliz idea.

Pero las perlas salen de las ostras mediáticas por doquier. Así oí en estos días, oí algo que me dejó estupefacta: “el imputado se acogió a su derecho a no testificar”. No hay que ser un lince para deducir que quien testifica es el testigo, y si es imputado, obviamente, no puede serlo. Y que, para acabarlo de rematar, ni se llama ya “imputado” ni el derecho a no testificar existe. Lo que existe es el derecho a no declarar contra sí mismo y a no declararse culpable para quienes comparecen en calidad de detenidos, investigados o procesados, según el caso.

Ahí no queda la cosa. Otro compañero me apuntaba que ese mismo día había escuchado esto: “el asesino confeso no declaró” ¿Mande? Me pregunto cómo podía ser confeso –salvo que se hable en términos religiosos- si no abrió la boca, si adivinaron por telepatia o por un medio desconocido. La explicación también es sencilla: pudo declarar en comisaría y confesar, y luego no hacerlo en el juzgado. Pero no deja de resultar chocante la frasecita.

Y, hablando de investigados y sus declaraciones, también recogí otra que me gustó mucho: “el  acusado mantuvo que fue homicidio y no asesinato”. Mire usted, salvo que el acusado Zutanito fuera letrado e hiciera un alegato como tal, no veo yo al presunto analizando las circunstancias que transforman el homicidio en asesinato. Pudo decir que no le pilló de sorpresa, que no se ensañó o que no cobró precio, pero hasta ahí. Y aun me parece mucho. Pero igual era muy listo listisímo, o se había ilustrado en la twiteroteca, que nunca se sabe.

También hace nada oia otra frase lapidaria: “la detenida quedó en libertad sin cargos pero conserva la calidad de investigada”. Vamos a ver. Aparte de que la libertad con cargos o sin ellos no existe como tal en nuestras leyes, si lo entendemos en el sentido de que no se tiene nada contra esa persona, obviamente, no podría seguir como investigada. Salvo que se cometiese una prevaricación y se presumiese, además de ella. Lo correcto sería que quedó en libertad provisional pero en calidad de investigada.

Y hablando de libertad provisional y su contraria, la prisión provisional o preventiva, ahí va otra perla. “El Tribunal Supremo ha decidido que la prisión preventiva no es revisable”. Me lo expliquen. Lo que ha decidido es revisar la decisión de otro órgano –porque es, precisamente, revisable- y no cambiar el criterio. O sea, que la ha revisado, ergo no se puede decir que no sea revisable. Más bien se trata de tiempos verbales: ha revisado y ha decidido mantenerla. Y punto pelota.

Y cómo no, al hilo del tan traído y llevado artículo 155 de la Constitución, otra maravilla. Decían que, desde que entró en vigor el pasado año el artículo 155 la situación en Cataluña era así o asá. ¿Entrada en vigor? ¿Qué me he perdido? Si este artíículo, como la Constitución enterita, entró en vigor en 1978, nada menos. Lo que ocurrió ahora es que se aplicó. Y se aplicó, precisamente, porque estaba en vigor.

Pero no se vayan todavia, que aún hay más. Calentita me traigo otra joya de hoy mismo. Parece ser que, según el informativo, cierto señor fugado trataba de “pactar su vuelta a España con el juez”. Que ya es, no sé si por parte del señor o de quien lo cuenta. Pero lo mejor viene ahora: “el juez ni siquiera quiso atenderle y le derivó a su secretaria”. ¿Cooomorrrrr?. ¿Cuántas veces habremos dicho que los jueces no tienen secretaria? –ni secretario-. O era una Letrada de la Administración de Justicia –antigua secretaria judicial, que no secretaria del juez- y ni se han enterado del cambio de nombre ni de que se trataba precisamente de evitar eso , o era una funcionaria. O bien, sres de los informativos, confiesan inmediatamente dónde hay que ir para pedirse un secretario o secretaria particular, que yo también quiero.

Así que, llegado el momento, dejo al público la decisión de si hilamos fino cuando nos quejamos. Si somos como la Bella Durmiente con su huso y su rueca, o llevamos algo de razón. Y, por supuesto, decida el respetable el aplauso merecido. O no. Pero no nos manden a hilar puñetas, que ya tenemos.

Y por cierto, seguiremos hilando en más estrenos, que éste se quedó corto.

Omisión: lo que hace no hacer


ignorar

El mundo del espectáculo se caracteriza por un hacer constante. Se hacen películas, obras de teatro, se montan ballets o se organizan conciertos o exposiciones. De poco sirve el talento si no se exhibe al público. Y allá quedarán, escondidas en un rincón, tantas obras anónimas que no vieron la luz, como nunca la habría visto Harry Potter y todas sus secuelas si la hija de uno de los lectores de una editorial no hubiera descubierto el manuscrito en el maletín de su padre.  Lo que nunca nos dijimos se queda para siempre sin decir. Y, a veces, se puede hacer mucho no haciendo.

La omisión tiene un papel muy importante en las funciones que se desarrollan en nuestro teatro. Además de ser un tema infumable de la oposición –al menos así lo recuerdo de mis tiempos de opositora-, tanto en su modo directo como indirecto puede dar lugar a varios delitos. Lo que se llama delitos de omisión pura, como la omisión del deber de socorro o la omisión del deber de denunciar delitos; o de comisión por omisión, como ocurre cuando se imputa a unos padres por homicidio por no haber alimentado a su hijo. Y, aunque estos son los ejemplos típicos, hay otros más sutiles, como sería hacer la vista gorda ante cualquier desmán que se estuviera cometiendo ante nuestras narices. Como dice el refranero, tan culpable es el que hace como el que consiente.

Y, como he dicho otras veces, no solo de Derecho Penal vive el jurista. Que los olvidos también tienen en el Derecho Civil sus consecuencias, como ocurre cuando no se menciona a un heredero forzoso en un testamento. Lo que se llama preterición intencional o errónea, que no desheredación. Que aquí para desheredar a alguien hay que hacer las cosas como toca y con unos motivos concretos, que van mucho más allá de los caprichos de cualquier Angela Channing para decidir quién iba a heredar los viñedos de Falcon Crest.

Pero no todas las cosas son tan evidentes. Ni todas las omisiones se ven tan claras, ni es fácil distinguirlas de los meros despistes. Si alguien no te da los buenos días o no te felicita las Navidades, por ejemplo, no siempre quiere decir que te desee un mal día o que quiera que pases las peores navidades del mundo. Pero si se lo desea a todas las personas con las que se cruza y no a tí, ahí ya se puede empezarse una a mosquear. Y ojo, no hace falta un good morning a ritmo de claqué como el de Cantando bajo la lluvia –aunque no estaría nada mal, desde luego-, basta con un saludito amable. Y mutatis mutandi, como nos gusta decir cuando usamos latinajos , esto vale para todo. Y para todos.

Sin duda, la versión light de la omisión es el ninguneo. Cuando se ningunea a alguien puede causar simplemente disgusto o estupor, como al chico del anuncio del aire acondicionado, o puede causar algo más grave. Incluso en casos extremos podría llegar a ser un bulliyng en el ámbito escolar o laboral por prescindir siempre y deliberadamente de determinada persona. Y hasta un caso de discriminación clarísima. Pero eso ya son palabras mayores.

¿Pero qué pasa con otras clases de omisión o ninguneo? Algunas de las que vemos y padecemos a diario.  Pues lo malo es que no pasa nada, aunque debería de pasar, y mucho. Y no quiero con esto hacer un juego de palabras, que ya se sabe que con las cosas de comer no se juega.

En nuestro teatro estamos más que acostumbrados a que  nos olviden.. Se olvidan de la Justicia en los presupuestos, se olvidan a la hora de hacer campañas electorales y hasta se olvidan los encuestados del barómetro del CIS -que no conozco a ninguno, pero deben existir-. Y claro, también se les olvida dotarnos de medios o crear plazas. Y al final, resultamos ser el hijo que no se menciona en el testamento porque el terrateniente cacique quería darle todo a su hijo preferido. Será por eso que la Justicia es la hermanita pobre y Hacienda el heredero rico y bien alimentado.

Pero, como pasa siempre, luego llega el tío Paco con las rebajas y todo el mundo acaba en uno u otro momento en los tribunales. Y ahí es donde llega el llanto y el rechinar de dientes. Que si tardamos mucho, que si nos falta especialización, que si se hace mal esto o aquello. Y es que yo, cuando oigo esto, siempre me acuerdo de la canción. Dónde estabas entonces, cuando tanto te necesité…

Habrá que buscar una solución para Toguilandia. Podríamos ponernos las togas de colores fosforescentes para resultar más visibles, o dar los buenos días cantando como los protagonistas de un musical. Pero no sé si lo veo. Hay quien cree que el negro de las togas favorece y nos arriesgamos a desafinar. Así que usemos nuestro instrumento, la palabra. Y no dejemos de quejarnos hasta que por fin nos hagan caso. Y si no lo hacen porque tengamos razón, que lo hagan al menos por pelmas.

Y  mientras tanto, lo que no voy a omitir es el aplauso. El que merecen quienes día a día trabajan por la Justicia a pesar de esas carencias que no son otra cosa que omisiones. Voluntarias o no. Eso se lo dejo al público para que sea quien lo juzgue

 

Más Reyes Magos: ahora sí que sí


Escoba

Ya lo sabemos de sobra. Año tras año, Los Reyes Magos llegan desde Oriente dispuestos a traernos regalos. Y nos lo enseña el cine, la televisión y el mundo del espectáculo en general, por más que Papá Noel le gane por goleada en el mundo de las pantallas, donde cada año Vuelve Santa Claus. Y aunque seamos adultos, da igual. Pongamos en marcha nuestra Fantasía y esperemos que esa noche mágica lo sea de verdad.

Desde el escenario de Con Mi Toga Y Mis Tacones ya les hemos enviado varias cartas. Una por año, son faltar ninguno: 2015, 2016 y 2017 Por más que confieso que ando un poco enfurruñada con ellos porque nunca traen todo lo que pedimos. Pero tal vez lo haga mal, así que voy a renovar mi carta a ver si este año sí que sí.

Esta vez he decidido no pedir mucho, a ver si por fin cae. Y, en lugar de la lista que tengo por costumbre, voy a empezar por algo inusual. Quiero una escoba. Pero no una escoba convencional. Tampoco una escoba como la de las brujas, para subirme en ella y salir volando, aunque de vez en cuando ganas no me faltan. Quiero una escoba mágica, como las de la película Fantasía, para barrer todo aquello que no me gusta. Tampoco pido tanto, digo yo.

Con mi escoba mágica barreré, en primer lugar, esa tragedia llamada violencia de género. Y barreré y barreré hasta que algún día pueda llevarme por delante los juzgados de violencia sobre la mujer por innecesarios. Y que nadie se preocupe porque me quede sin trabajo, que seguro que en Toguilandia tienen algo preparado para mí.

También barreré con todas mis fuerzas la corrupción, que tanto trabajo da a mis compis y tantos disgustos a la ciudadanía. Y también lo haré hasta hacer desaparecer la Fiscalía anticorrupción por falta de materia. Seguro que todo el mundo me lo agradecería.

Y barriendo, barriendo, me llevaría por delante todo el odio de que somos capaces los seres humanos. Y otra sección de fiscalía por delante, la de los delitos de odio. Y también su prima hermana, la de criminalidad informática, que tampoco haría falta porque con mi super escoba habría borrado del mapa no solo los delitos de odio cometidos a través de las redes sino todos los que se hacen ordenador mediante, especialmente la repugnante pornografía infantil.

Y como la escoba es mágica, nunca se le acaba la batería. Por eso también acabaría con cualquier delito de homicidio y asesinato, y de paso haría desaparecer la sección de jurado por falta de trabajo.

Por supuesto, no me olvidaría de barrer todo tipo de conductas delictivas al volante, que tantas familias destrozan, y dejaría sin trabajo a la sección de Seguridad Vial. Ni a los llamados accidentes de trabajo, que también hay que acabar con la siniestralidad laboral. Faltaría más. Eso sí, a unos y otros les dejaría un trabajo extra: preocuparse de que las condiciones en las que trabajamos sea las adecuadas, que ya sabemos como estamos

Tampoco estaría mal, ya puesta, venirme arriba y terminar con todo tipo de delitos, incluidos los leves, por más que nos proporcionen anécdotas jugosas. Ya nos haríamos con algún video de Chiquito de la Calzada para reir un rato. Y que el único pecador de la pradera fuera el que protagonizaba sus chascarrilos.

Pero como no solo de delitos viven las togas, seguiría barriendo hasta acabar con todos esos desacuerdos que pueblan los juzgados de familia y que envenenan las relaciones humanas. Solo celebrarían bodas y mutuos acuerdos.

Y en cuanto a los juzgados de los social, me cargaría de una barrida enérgica todos los conflictos y dejaría que se preocuparan solo de los derechos y del bienestar de los trabajadores y trabajadoras. Que además serían legión porque habría barrido antes el paro que agobia a tanta gente.

También, aunque no hiciera falta porque habría dejado poco trabajo, me cargaría enterito todo el sistema informático de la Justicia para partir de cero y tener uno nuevo. Y que en vez del roscón esperando conexión, tuviéramos roscón de Reyes todo el año.

Y así, como La Ratita presumida,  con sus tacones y todo, tralaralarita, limpio mi Justiciita. Hasta dejarla como los chorros del oro. Que cuando me pongo no tengo rival

Así que queridos Reyes Magos, Si me traeis todo esto no me harán falta la bola de cristal y la varita mágica que os pido todo los años. Aunque, por si acaso, hago una calificación alternativa y la incluyo en la carta. Y añadiré, por si las moscas, bolis que no sean verdes, grapas a juego con la grapadora, pósits a discreción un quitagrapas que no tenga que atar con un cordel para que no desaparezca.

Tampoco pido tanto. Y eso sí, pediré un aplauso para Sus Majestades de Oriente para animarlos. Que no se diga

Partidos: la liga de la Justicia


justicia_sobre_futbol

¿ Cuántas veces habremos hecho la comparación entre lo que importa el fútbol y lo que importan otras cosas? Incluídos, por supuesto, el arte y la cultura, que hasta para crear un Ministerio los ponen juntos no vaya a ser que lo de la cultura pase desapercibido. Y claro está, el cine se ha hace eco. Y por eso podemos encontrar películas de los tipos más diversos que se dedican a ello, desde Evasión o victoria hasta Quiero ser como Beckham, pasando por Tres de la Cruz Roja y muchas más. Con el permiso, por descontado, del baseball, que todo el mundo ha visto esas pelis americanas donde los niños se sienten realizados cuando su padre entrena el equipo de la escuela y le saca a batear y ganan el partido y acaban llorando, incluido el chico fantasma de Campos de Sueños.

En nuestro teatro, los partidos que nos son más familiares son los partidos judiciales, que nada tienen que ver con balones y porterías. Y lo cierto es que, más allá de algún partidillo de jueces y fiscales contra abogados que ví en mis primeros tiempos toguitaconados –ignoro si en algún sitio se seguirán haciendo-, cualquier parecido con la práctica del balompié es pura coincidencia, empezando, claro está, por los sueldos de sus protagonistas.

Pero como todo lo que toca el fútbol parece tener interés, se me ocurrió que futbolizar de algún modo la Justicia haría que la gente se fijara más en ella. Y claro, si interesa más, interesara más también dotarla de medios adecuados. Porque si Cristiano Ronaldo o Messi no pueden jugar sus partidos en un patatal, nosotros tampoco deberíamos hacerlo. Y menos aún teniendo en cuenta que ellos y algún que otro compañero se han visto obligados a hacernos una visita contra su voluntad.

He de confesar que la idea no es del todo mía. Me ayudaron, como tantas veces, las ocurrencias de algunos de mis compis a través de las redes sociales, que me proporcionan un buen filón. La cosa empezaba cuando una de mis compañeras se quejaba, por enésima vez y con más razón que un santo, del cúmulo de tomos y tomos de papel a pesar de la tan cacareada digitalización  Y, ni corta ni perezosa, nos mostraba las estanterías recién llegadas para apilarlo. Y no pude evitar hacer la gracia. Papel 0/ estanterías 1. Y es que eso del papel 0  da mucho juego. Lo malo es que siempre le ganamos por goleada.

La cosa no quedó ahí. Al día siguiente, otro compañero hacía su propia crónica de los juicios rápidos de la guardia como si del mismísimo Matías Prats de sus buenos tiempos se tratara. Aunque no recuerdo exactamente el resultado, la cuestión es que cantaba: alcoholemias 3/ conducciones sin carnet 2. Un marcador ajustado, la verdad. Aunque no tanto como el mío de esa misma mañana, que era: maltratos 3/ quebrantamientos de  medida cautelar 3. Por supuesto, la prórroga, al menos en mi caso, se jugó por la tarde, y esa vez ganaron los quebrantamientos, aunque hasta el último momento la cosa estaba reñida. De hecho, si no hubiera sido por el detenido que pasaron a última hora, en tiempo ya de descuento, nos hubiera tocado jugárnosla a penaltys.

Pensando esto, recuerdo que, en los principios de la Ciudad de la Justicia de Valencia, había unos bonitos paneles digitales que se suponía que irían anunciando el estado de los juicios que se celebraban en cada sala. Jamás lo vi en funcionamiento y un buen día ya no estaban, si que nadie sepa muy bien a dónde fueron a parar. Algún chistoso comentó que irían al aeropuerto de Castellón, donde hacían mucha falta dado su denso tráfico aéreo, pero seguro que solo es una leyenda urbana. La cuestión es que, planteados los juicios como si fueran partidos de fútbol, hubieran venido de lujo a modo de pantalla gigante. Hasta podríamos haber montado saraos a ver cuándo acaba este macrojuicio, con apuestas de si fulanito  va a declarar o no y en qué sentido. Oye, y puesta a venirme arriba, se podría montar hasta una porra on line a modo reality, incluso con una app diseñada al efecto, que no se diga. Y habilitar los correspondientes números de teléfono para votar a la acusación o a la defensa: si quieres condena marca el 0000, y si quieres absolución marca 0001. ¿Y por qué no votar a los intérpretes de nuestro teatro, al modo Operación Triunfo, como favoritos, para que se salven de las nominaciones? Y por supuesto, quien no cruce la pasarela, nominado para el juicio que viene.

Y sí, sé lo que más de uno y de una estará pensando.  Que se me está yendo la olla y que no se puede tratar a la justicia como si fuera un espectáculo televisivo. ¿Verdad? Pues algo que resulta tan obvio, es menos obvio de lo que parece, porque en esos juicios paralelos que tanto gustan de hacer los medios y los usuarios de las redes sociales hacen algo parecido. Poner verde, azul o amarillo a juez, fiscal, letrado, víctima o quien les venga en gana sin conocer los hechos ni el Derecho.

Pero, como quiera que unos y otros –el fútbol y los reallitys- tienen mucho más interés para el público, y lo que es peor, para quienes mandan, habría que planteárselo. Dar con una fórmula que haga llegar la trascendencia de nuestro trabajo. Y que el grito de Justicia sonara alguna vez más fuerte que el de goooooool. Que, al fin y al cabo, entre pena y penalty solo distan tres letras. Y a quien lo haga mal, pues tarjeta roja de quien corresponda, pero con moviola, ojo de halcón y todo.

Eso sí, que nadie se haga a la idea que una está dispuesta a cambiar los tacones por botas de tacos, que eso sí que no. Todo tiene un límite. Que aunque mi toguitaconada imagen no tenga montante económico como las de los astros del deporte, no tiene precio.

Y para acabar, el aplauso, hoy convertido en una ovación al grito de “campeones, oe” a quienes, a pesar de todo, juegan el partido de la justicia sin rendirse. Aunque a veces tengamos que tener más moral que el Alcoyano.

 

 

Gracias: lo bueno del año


0E08CB4BC40042F1A6D653B2580BAD1B

En estos días son frecuentes los programas de televisión, películas y saraos varios para rememorar el año que se va. Lo que queda del día es ya lo que queda del año, apenas nada. Y, aunque en cierto modo haya sido El año que vivimos peligrosamente, celebraremos las Campanadas a media noche y seguiremos caminando. Por siempre jamás.

Pero mis teclas se resistían a dejar a 2017 sin una despedida toguitaconada. Se la ha ganado, el pobre, con la de trabajo que nos hemos dado mutuamente. Y hoy, por una vez y sin que sirva de precedente, me guardaré la lengua viperina a buen recaudo hasta el año que viene y compartiré las cosas buenas que me han pasado, que son muchas. Porque sin las personas que os acercais cada martes y cada viernes a esta pantalla no sería posible. Pido disculpas anticipadas por ejercicio de umbralismo, pero es inevitable dar las gracias y no decir por qué.

El año empezó para mí de la mejor manera. Recién nacida mi criatura, Mar de Lija , empezaba a volar con alas propias hasta convertirse en #MarDeLijaPorElMundo. Después de la presentación en sociedad, ha recorrido varios espacios en Valencia, desde librerías como Bibliocafé, Bartebly, Samaruc (Algemesí) o Somnis de paper (Benetússer), ha estado en la Biblioteca de la Dona, y en ciudades y pueblos de la Comunidad como Cullera, Villar del Arzobispo –donde me regalaron un muro pintado en mi honor- o Requena, en Valencia, Callosa de Segura en Alicante o Borriol en Castellón y traspasando fronteras en Cáceres, Zaragoza y Teruel. También ha tenido su espacio en varias librerias, en la vida digital de Amazon , y esperemos que siga recorriendo el mundo como el baúl de la Piquer. Sin olivdar sus momentos solidarios, como en la Librería Aida y, ultimamente, en Junta Central Fallera con la asociación Alanna, aunando dos mundos a los que quiero tanto.

Pero no ha sido mi única criatura, aunque sí lo sea en solitario. Otro año más, he compartido antología con sus correspondientes peresentaciones con mis queridos compañeros de Valencia Escribe, que dimos a luz a nuestros Relatos con banda sonora, y mis igualmente queridos de Generación Bibliocafé, que estrenamos nuestro Cuánto pesa un libro. A estos colectivos añado un nuevo sueño nacido en 2017, el de las 30 Mujeres FascInantes en la Historia de Valencia, con la recién nacida editorial solidaria Vinatea, que ha sido todo un descubrimiento literario y humano. Ahora ya no podría vivir sin esas treinta deliciosas chaladas entre las que me incluyo -en lo de chalada, en lo de deliciosa está por ver-, con las que he recorrido Valencia con firmas y presentaciones.

Y todo esto esto dio lugar a otro sueño hecho realidad, el de las firmas y dedicatorias en la Feria del Libro. Atesoro preciosos momentos firmando Mar de Lija, 30 Mujeres, Relatos con Banda Sonora y Cuánto pesa un libro. Llegó un momento en que pensé seriamente alquilar una jaima para quedarme a vivir en las Feria. Y tan feliz.

Pero no solo de libros vive una toguitaconada que se precie. Y si de sueños se trata, este año viví uno de los que nunca pensé que se cumplirían: el de ser mantenedora de la Fallera Mayor de Valencia. Gracias a quienes hicieron posible que tuviera esta oportunidad de vivir algo inolvidable. Y, por qué no decirlo, de tratar de aportar mi granito de arena a la visibilización de las mujeres en el mundo de las fallas. Y gracias especialmente a Raquel, la que será mi fallera mayor ya para siempre.

Y el año me deparaba otra sorpresa agradable. El tremendo orgullo de ser designada candidata a magistrada del Tribunal Constitucional por las Cortes Valencianas. Confieso que, cuando me llamaron para proponérmelo, llegué a pensar que era una broma y a punto estuve de preguntar dónde estaba la cámara oculta. Pero fue un verdadero honor representar a la Comunidad Valenciana en la comparecencia ante el Senado y, de paso, abrir una rajita más el el techo de cristal con el que todavía andamos a vueltas las mujeres.

No fue mi última visita al Senado. Con apenas unos días de diferencia, regresé, esta vez para comparecer como experta y tratar de aportar mi granito de arena al pacto de estado contra las violencias machistas. Un nuevo honor para mí, sin duda.

Y tampoco me olvido de quienes quisieron contar conmigo para celebrar su aniversario, como feria Valencia por sus 100 años o Tyrius por sus 50. Ni de mis queridas Alanneras, que quisieron que fuera yo quien les entregara el merecido premio Bétera en Lilà por su lucha contra la Violencia de Género. Ni de quienes contaron conmigo para amadrinar sus libros, como Rosa Pastor, Susana R. Miguelez o Teresa Yusta, un gran orgullo. Con una mención especial para mi propio aniversario, las bodas de plata de mi promoción de fiscales, de cuya celebración guardo un recuerdo imborrable, por el reencuentro con compañeros y compañeras gracias, sobre todo, a nuestro fantástico número 1 y organizador Jorge.

Pero tampoco aquí acaban mis periplos toguitaconados. He tenido el placer enorme de ser invitada –y espero que hasta escuchada- para hablar de igualdad y violencia de género en los más diversos sitios, desde institutos u hospitales hasta Ayuntamientos o Institutos de la Mujer. Sin olvidarme de los Colegios de Abogados: Valencia, Oviedo, Bilbao, Zaragoza, León y su delegación de Ponferrada , Cáceres o el Consejo General de la Abogacía. Gracias de nuevo por contar conmigo.

Y hasta premios ha habido, que no nos falte de nada. Recibí encantada el primer premio de literatura breve de la Fundación Hugo Zárate y el premio de narrativa Vila de Mislata. Pero que nadie se crea que esto es llegar y besar el santo, que más bien se trata de echar muchos huevos en la cesta. De esos, algunos me dieron la alegría de ser finalista, como el certamen Beatriu Rivera del Ayuntamiento de Valencia –que ganó una querida amiga-, el de microrrelats per la igualtat de Alzira, el de Galería de cuentos de Valencia Escribe, y, varias veces, en el concurso mensual de la Radio en colectivo. A ver si este año cae el premio, que digo yo que quien la sigue la persigue.

Con Mi toga y Mis Tacones alcanzó las 260.000 visitas –guauuuu-, su página de facebook los 5200 seguidores y mi cuenta de twiter los 8000 followers. Gracias a quienes contribuis con ello a buscar un mundo más justo, donde seamos #CadaVezMasIguales. Y gracias también a los medios de comunicación que me han apoyado de uno u otro modo, dándome un espacio –Tribuna feminista, El Mundo, Confilegal, El Periodico de Aquí, Informavalencia, diario 16- o haciéndose eco de mis andanzas o de mis opiniones, por escrito, en radio o en imagen.

Y si alguien piensa que no he hecho otra cosa, se equivoca. La mayoría de mi tiempo sigo dedicándolo, con mi toga y mis tacones, a ejercer esa profesión que amo, la de fiscal. Y militando en la asociación a la que pertenezco, la UPF, y en Mujeres Juezas, otro de los felices descubrimientos del año. Y así pienso seguir, salvo que una editorial famosa convierta mi próximo libro en un best seller. O no.

Por último, no quiero olvidar el plano personal. Como cualquiera, tiene su parte agridulce. Perdí a un ser muy querido, mi tía Marina , aunque su sonrisa y su espíritu se quedaron conmigo. Ha habido gente que ha entrado en mi vida, o que ha permanecido y se ha afianzado en ella. Y también hay quien se aleja, aunque siempre habrá una oportunidad para reencontrarse. Y he celebrado el nacimiento del hijo de una querida amiga, que representa a todas esas personitas nuevas que pueblan nuesto mundo de esperanza.

El broche final vino al descubrir mi inclusión en la Wikipedia -paracerá tonto, pero qué subidón-. Y con la colaboración en un proyecto que me encanta, el de la Fundación Soledad Cazorla, amadrinando un décimo que os animo de nuevo a adquirir- y sí, ya sé que soy pesada, o mejor, tenaz-

Y 2018 se acerca lleno de proyectos, algunos de ellos a punto de caramelo.

Así que hoy el aplauso es para quienes lo haceis posible. Gracias por vuestra paciencia de leerme, de escucharme, o de darme un abrazo real o virtual. Nos vemos en 2018.

PD Espero no haberme olvidado de nadie. Si es así, disculpas anticipadas y hacédmelo saber. La pestaña de editar existe, como Teruel.

Gestos: más que una buena causa


IMG_20171229_152756 (1)

El mundo del espectáculo es muy amigo de la solidaridad. El hecho de tener en sus manos un instrumento tan bello y poderoso como el talento posibilita que se puedan montar funciones benéficas para cualquier loable fin, hacer donaciones de sus ganancias o servir de reclamo a iniciativas solidarias. Querer es poder.

Y por supuesto, en nuestra Toguilandia, en la medida de nuestras posibilidades, también podemos aportar nuestro granito de arena. Pero que nadie se me asuste. No se me ha pasado por la mente representar un juicio o hacer una disquisición acerca del tercero hipotecario, el delito imposible o la preterintencionalidad heterógenea. Ni vendría nadie ni tendría tirón. Acabáramos. Salvo que recogiéramos el dinero que la gente pagara por no aguantarlo.

Y aunque confieso que más de una vez me apetecería montar una Operación Triunfo toguitaconada o un Justipasión al estilo de los que hacen las cadenas de televisión por Navidad, temo que nuestro talento para cantar y bailar no esté a la altura. Como dijo Jack Lemmon en Con faldas y a lo loco, Nadie es perfecto.

Así que nuestras posibilidades de contribuir a una buena causa van por otro camino. Y hoy traigo una  útil y de la que me llena de orgullo formar parte. Se trata de la Lotería del Fondo de Becas Soledad Cazorla, para huérfanos y huérfanas de la violencia de género. Y, aunque ya hablé de ello, no esta de más recordar quién fue Soledad y cuáles son los fines de la fundación con la que ha seguido luchando contra la violencia machista más allá de su muerte.

Y, aunque solo eso ya sería razón más que sobrada para animar a comprar un decimito, o más, voy a dar alguna extra. Que, como decimos en Derecho, lo que abunda no daña. Así que os propongo un ejercicio de imaginación al estilo de Con Mi Toga y Mis Tacones.

Imaginemos, por un momento, que nos subimos en La Máquina del Tiempo y que, a los mandos del coche de Regreso al Futuro, aparecemos en 2037, por ejemplo. Y sigamos imaginando que allí se nos aparece Clarence Jr, el nieto del ángel de Qué bello es vivir que, como su cinematográfico abuelo, también necesita de una buena acción para ganar sus alas.

Como de tal palo tal astilla, Clarence jr. nos enseña cómo sería el mundo si en el 2017 no hubiéramos comprado el décimo en cuestión, no se hubieran sacado beneficios ni podido dar las becas a los hijos e hijas de esas madres asesinadas.

En ese paseo imaginario por el mundo, lo primero que nos muestra nuestro ángel sin alas es la cifra de niños y niñas que han muerto por causa del cáncer infantil, una de las primeras causas de muertes tempranas. Algo que no habría pasado si, unos años antes antes, una científica brillante  hubiera descubierto una cura definitiva para ese mal. Pero esa científica no pudo estudiar Biomedicina, porque, después de que su madre fuera asesinada por su ex pareja, no tuvo medios suficientes para cursar una carrera. Pidió una beca pero no alcanzaba los estudios universitarios y la fundación que podía ayudarla se había quedado sin fondos porque nadie compró la lotería solidaria que pusieron en marcha.

Lo siguiente que nos enseñaría Clarence Jr. Sería la hambruna que seguía asolando varias regiones de África. Una hambruna que  se habría paliado si una pareja de hermanos mellizos  geniales hubieran conseguido, valiéndose de su fama como cineastas, filmar una película cuyos beneficios fueron destinados a un programa para dar solución a este problema. Un programa que en 2037 no existía ya que los chicos no pudieron estudiar nunca cinematografía, ocupados en sobrevivir junto a sus otros hermanos tras la terrible muerte de su madre a manos de su padre, que luego se suicidó, dejándoles en una precaria situación económica.

También nos enseñaría los efectos del cambio climático, que no pudieron detenerse porque el investigador que hubiera dado con la fórmula para detener sus efectos no terminó el bachillerato. No le quedó más remedio que ponerse a trabajar para sobrevivir junto con sus hermanos, porque la pensión de orfandad que cobraban después de perder de un modo tan traumático a su madre no alcanzaba para más.

En el 2037 de Clarence, además, un terrible atentado tiñó de luto una de las más grandes ciudades de nuestro país, que podría ser cualquiera. Algo que se habría evitado si una verdadera heroína hubiera logrado desarticular la banda que la organizó. Pero claro, aquella muchacha nunca llegó a estudiar, ni a preparar una oposición, porque no tuvo en su día recursos para hacerlo. Tras la desgracia que asoló su vida cuando apenas tenía 14 años, en que su madre murió víctima de la violencia de género, tuvo que dejar los estudios y olvidar su sueño para poder sobrevivir.

Y, quizás lo peor de todo es que en el 2037 de nuestro ángel la Violencia de Género seguía siendo un problema como lo era cuando mataron a la madre de aquella niña que estaba llamada a ser la primera presidenta de Gobierno de nuestro país. Con ella, con su sensibilidad y su tremenda experiencia, se habría dado por fin con la clave para acabar con esta pandemia, y habría puesto en marcha medidas en la educación que erradicarían el machismo. Pero tampoco ella pudo estudiar por falta de recursos, así que nunca llegaría a ser presidenta.

Pero por suerte, Clarence Jr nos devuelve a nuestra época a tiempo de evitarlo. Con el simple gesto de contribuir con la compra de un décimo –o más- a la financiación de estas becas, podemos hacer que esos niños y niñas llamados a hacer mejor el mundo no frustren sus futuros. Ni los nuestros. Porque cualquiera podría ser víctima de cualquiera de estas tragedias que contribuirán a evitar. Así que, si no lo hacen por ellos y por ellas, háganlo por sí mismos.

Y, si por si ni hubiera bastantes argumentos para convencerles, ahí va uno extra. Miren a la niña del dibujo que ha hecho al efecto Lucía, mi hija -disculpas por el arrebato madrepantojil- y dejénse guiar. Para ella va el primer aplauso de este estreno.

     Otro aplauso, por supuesto, para la Fundación Soledad Cazorla y el espíritu que la guía. Mil gracias por estar ahí.

Y, como estoy generosa y son las fechas que son, ahí va un aplauso adicional. Pero eso sí, ése hay que ganárselo haciendo clic en el enlace y colaborando con esta lotería en la que todo el mundo gana. Y que nadie olvide que, si oye una campana al comprarlo, será porque Clarence JR., por fin, habrá ganado sus alas. ¿Le vamos a dejar sin ellas?

¿Cómo? Solo hacer clic aquí, que es el enlace al número que tengo el honor de amadrinar (Se puede dar a cualquier otro de los números, por supuesto, pero siempre hace ilusión que sea el de una)

https://www.playloterias.com/la-loteria-de-la-madrina-susana-gisbert

 

#cuentosdeNavidad : SOS


 

bolas navidad

                Todavía no había llegado Navidad, pero ya tenía su regalo. Por fin convenció a sus padres para que le dieran el dinero suficiente para comprarse aquel último modelo de  móvil tan fantástico, y tenerlo antes que todas sus amigas. Aunque le costó que su madre claudicara, al final capituló. Y, a pesar de que sabía que tenía razón al decir que no lo necesitaba, que el suyo no tenía ni un año y funcionaba perfectamente, no cejó. Se rió de aquellas cursilerías sobre el espíritu de la Navidad y los Reyes Magos, con la ilusión y todas esas zarandajas. Ya era mayorcita y quería su regalo. Y, como siempre, lo había conseguido con dosis perfectamente equilibradas de zalamerías y mohines varios.

Lo que no sabía es que días antes, a muchos kilómetros de allí, una niña soñaba con esa misma caja en la mano. Para ella la Navidad no era otra cosa que tiempo de trabajo frenético. Horas y horas sentada colocando piezas en artefactos como aquél, mientras el patrón advertía que si en Navidad no estaba todo terminado no cobrarían. No sabía lo que era Navidad, ni lo que eran vacaciones o fiestas. Y no conocía más descanso que el momento en que podía levantarse de la silla y librarse de los calambres. Pero aún así, se consideraba afortunada.

Sin embargo a la dueña del móvil la ilusión le duró poco. Cuando vio en redes sociales a una de sus amigas con otro dispositivo igual en la mano, maldijo su mala suerte. Y no terminó de abrir la caja.

Si lo hubiera hecho en ese momento, hubiera descubierto que contenía algo más que ese lujoso dispositivo. Y tal vez, solo tal vez, se hubiera recriminado a sí misma.Pero como no lo hizo entonces, no pudo saber que la caja estaba cargada con un grito de auxilio. El que depositó dentro, en un descuido del patrón, aquella niña que, pese a todo, se consideraba afortunada, simplemente, porque las cosas podían ser todavía peores.

Ella, en cambio, creía en ese momento que no había nada peor que haberse visto desbancada, una vez más, por su amiga. Y por eso, ya sin ganas, rompió el papel que envolvía el paquete y rasgó la caja sin apenas mirarla. Y no se hubiera dado cuenta de nada si algo no hubiera caído junto a sus recién estrenadas deportivas de marca.

La niña había depositado todas sus esperanzas en ese momento. Y había fantaseado en cómo sería la recepcionaria del paquete. Imaginaba a una chica sensible que quedaría impresionada y que seguro que sabría hacer algo por su querida hermana.

Ella apenas hizo caso. No entendía cómo se les había colado semejante cosa a los fabricantes, ni qué narices hacía allí aquella foto descolorida en blanco y negro. Se disponía a quejarse a la empresa cuando se percató. En el reverso, tres letras reclamaban su atención. SOS. Debajo, unos garabatos que parecían una dirección desconocida. Aquello espoleó su curiosidad, y volvió a mirar la foto. Desde aquel papel, una niña de unos seis años con un vestido absurdo de novia parecía suplicar a la cámara mientras un hombre de más de sesenta la miraba con expresión lasciva. Y algo hizo clic dentro de ella.

La niña estaba preocupada por su hermanita. Era tan pequeña y tan frágil… Era la más linda de la casa, y sus padres no dudaron ni un instante cuando aquel hombre se prendó de ella. Y se la entregaron, pese a las súplicas de ella y sus siete hermanas. No la había vuelto a ver desde la boda, pero sabía que sus gritos de dolor se escuchaban por toda la aldea cada noche.

Aquellos ojos infantiles que le miraban desde el papel le habían quitado el sueño. Y por más que trató de apartarlos de su mente, fue inútil. No costaba nada intentarlo. Y quizás sería vista como una heroína por el mundo. Habló con un primo suyo periodista, que se emocionó con el tema y le dijo que lo dejara en sus manos. Y le entregó la foto, sintiendo una sensación extraña.

La niña ya había perdido la esperanza cuando algo la alertó. Esa noche, cuando volvía a casa del taller, había un revuelo enorme en toda la aldea. Allí mismo, junto a una camioneta cargada de maletas, se habían instalado unos periodistas con cámaras como las que ellas fabricaban. Se acercó a ellos con cuidado, y lo vio. El más alto llevaba en la mano una fotografía que enseñaba a todo el mundo. La foto de su hermanita que ella metió en la caja pidiendo socorro. Se atrevió a acercarse y tratar de explicarles como pudo. Después se fue a casa, jurando que no diría nada a nadie.

Días más tarde, en otro lugar del planeta, una joven veía la televisión sin poder dar crédito. Su primo periodista hacía la crónica de la llegada de una ONG a una lejana aldea de un remoto país para llevarse a una niña que había sido obligada a casarse a los seis años, y cuyo cuerpecito ya estaba molido de palizas.

La niña estaba, por fin, junto a su hermana. Aquellas personas también se habían hecho cargo de ella y se llevaban a ambas a un lugar seguro. Cuando subieron a la camioneta, vieron la fecha en la pantalla de los mandos del vehículo. Era 25 de diciembre. Navidad.

Lo que no sabía aquella niña es que el dispositivo en cuya caja metió aquel grito de esperanza había sido devuelto y reembolsado el dinero. La que fue su propietaria por un escaso tiempo lo había devuelto y donó su importe íntegro a la ONG que había realizado el rescate.

Lo sabría más tarde. Cuando, tras un largo viaje ambas pudieron conocerse y fundirse en un largo abrazo.

El periodista escribió un libro con aquella historia. Pero ninguna de las dos quiso ceder su imagen ni su nombre. Prefirieron guardar su cuento de Navidad para ellas solas.