#ArtistaInvitado: Héctor Melero


Hoy en nuestro teatro inauguramos una sección dedicada a artistas invitados, como ocurre en toda serie que se precie. Aunque ya había existido alguna colaboración puntual, hoy se convierte en sección fija, que estrenará e vez en cuando

¿Y quién mejor que mi compañero Héctor, el primer fiscal invidente además de fantástico amigo y profesionales, para hacer una estreno de campanillas?

Así que ahí os dejo sus palabras. Para disfrutarlas y paladearlas

Más de un año en una profesión apasionante.


Para alguien como yo, que no soy muy dado a escribir, esto es complicado, pero Susana, amiga, compañera y jefa en delitos de odio por ese orden me pidió una colaboración en este blog contando mi primer año como Fiscal, y ni he querido ni he podido decirle que no.
Al ser el primer fiscal ciego que ha pasado por nuestra institución, el fiscal Jefe y yo acordamos que me dedicaría solamente a hacer juicios, no teniendo por tanto que despachar papel, ya que podía complicar el trabajo por tener que escanear toda la documentación.
Un juicio oral es algo apasionante, todavía me pongo nervioso cada vez que empezamos uno y el juez me pregunta si el Fiscal tiene alguna cuestión previa. Y qué decir del informe, donde hay que resumir el juicio Pero esa adrenalina es maravillosa.
Debo agradecer a mis compañeros sus calificaciones y extractos, que son siempre muy buenos. Y se preguntarán los ajenos al mundo de la toga, ¿qué es esto?
La calificación es el escrito de acusación, donde explicamos los hechos que entendemos han ocurrido, decimos de qué delito se trata y finalmente pedimos la pena, y los extractos son un resumen de la causa, que te permite hacer el juicio sin mirar la totalidad de la misma.
Dedicarse al juicio oral te da multitud de perspectivas diferentes, ya que ves todo tipo de
delitos habidos y por haber. Si hay algo que me gusta es individualizar, ya que detrás de cada juicio, acusado o testigo hay personas así que aprovechando este post, os voy a contar alguna que otra anécdota.
Todo juicio empieza con las negociaciones entre fiscal y partes para rebajar la pena y llegar a un acuerdo para no celebrar el juicio. Yo siempre aplico en estas negociaciones la máxima de que un precepto penal no te arruine una buena conformidad, e intento bajar las penas al máximo posible salvo en contadas excepciones, como aquel juicio, en que un chico marroquí pidió a través de su letrado que se le pusiese un año y un día, que quería que lo expulsasen de España, que aquí no había tenido suerte y quería volver a su país.
Cuando no hay conformidad, se pasa al interrogatorio del acusado, salvo en algunas
excepciones que o no declaran, aplicando eso de que «si el silencio es más interesante que tus palabras, cállate», o cuando los abogados piden la declaración en último lugar del acusado para garantizar mejor su derecho de defensa, dando su versión tras la práctica de toda la prueba.
Recuerdo a un acusado, al que habían pillado en un robo de pleno, y cuando su abogado le
ofreció la conformidad le dijo que para el juicio. Yo le pregunté si era cierto el robo, y él, más
ancho que largo me dijo que sí, y cuando le pregunto si había entendido lo de la conformidad, va y me suelta que le daban igual cuatro que tres años.
Posteriormente se pasa siempre a la práctica de la prueba testifical, y quiero hablar de las
víctimas en general y de las de violencia de género en particular. Tenemos que agradecerlas que declaren, que nos cuenten lo que han vivido, y reflexionar todos los que componemos la administración de Justicia. Las víctimas quieren dejar de pensar en estos hechos, tan cotidianos y habituales para nosotros los profesionales pero tan traumáticos para ellas, y debemos tardar menos en terminar con los procedimientos, con el máximo respeto a los derechos de todo investigado. Más juzgados y sobre todo más juzgados especializados en violencia de género los necesitamos como el comer, porque trabajamos mucho todos los que estamos, pero necesitamos ser más para ayudar de verdad a las víctimas.
Tras las testificales, y después de dar por reproducida la documental, pasamos a las
conclusiones, y a mí hay algo que me encanta hacer como es retirar acusación. Cuando de la prueba practicada en el juicio oral no hay ninguna para desvirtuar la presunción de inocencia, debemos hacerlo, ya que el Fiscal es imparcial y garante de la legalidad, y acusar sin pruebas es inquisitorial. Reconozco que al principio me daba un poco de vértigo pero ahora lo hago cada vez que toca, y es de lo más satisfactorio de nuestra profesión.
Tras el informe final, en donde se resume el caso por todas las partes y el derecho a la última palabra del acusado, donde alguna vez alguno se ha declarado culpable por un ataque de sinceridad, queda el juicio visto para sentencia.
Pero no solo vivo de los juicios, también hago alguna que otra guardia, donde puedes
encontrarte cualquier situación, y cualquier llamada intempestiva pidiendo un “habeas
corpus”, como me pasó no hace mucho, y también formo parte de dos secciones
especializadas como son Delitos Económicos (acabo de entrar y poco hay que contar), como en delitos de odio, (con la artista de este blog), donde llevo desde mi incorporación a esta fiscalía como voluntario y estoy muy contento. Os hablaría más de esta última, pero se lo dejo a Susana, que lo hará mejor.
Que una persona ciega entrase a formar parte de la fiscalía, y al ser algo nuevo, podía resultar complicado al principio, pero creo que hemos superado el examen con nota. Quiero agradecer a todos los que trabajan diariamente conmigo, a los compañeros, que siempre están dispuestos a echar una mano, a José francisco Ortiz y a Teresa Gisbert, Fiscal Jefe y Fiscal Superior respectivamente, que me han dado todas las facilidades del mundo, y no han visto un problema en mi discapacidad. También a todos los jueces, que cuando voy a su juzgado nunca se molestan si hay que leer alguna documentación, o explicar alguna imagen, y finalmente a los funcionarios de nuestra fiscalía, que hacen nuestro trabajo mucho más fácil, organizando nuestras carpetillas para ir a juicio, tramitando todo el papel para que a todos los compañeros nos llegue a tiempo y un largo etc, y, especialmente, a Ana, mi funcionaria en exclusiva, por aguantarme tanto, por haberse quedado sin almorzar algún que otro día y por ser mis ojos en esta maravillosa profesión.

Ya hasta aquí, la palabras de Héctor. A partir de este momento, el aplauso. Y la ovación cerrada, que bien la merece

Aprendizaje: la práctica eterna


              Si hay algo que dura desde el principio al final de la vida, eso es el aprendizaje. O debería serlo. A lo largo de nuestra existencia, diversos maestros marcan nuestras vidas y encarrilan nuestros caminos. Y, por supuesto, ni el cine ni el teatro ni la literatura podían ser ajenos a esta figura tan especial que es la maestra o el maestro. Entre mis preferidos, el de la Lengua de las mariposas o El club de los poetas muertos, pero se podían citar muchos más.

              Si en algún ámbito el aprendizaje debería ser constante, es en nuestro teatro. Las leyes cambian casi cada día y la jurisprudencia todavía más porque, si la primera es estática y necesita de un proceso reglado en el Parlamento para cambiar, la segunda es dinámica y no necesita más que la motivación de quienes dictan la sentencia. El ABC de Toguilanda.

              Cuando yo era una pipiola que estudiaba Derecho, una de mis íntimas amigas solía decir, cuando fantaseábamos con nuestro futuro, que ella aspiraba a un trabajo donde no tuviera que llevarse deberes para casa. Chica lista, sin duda, de la que he de decir que se salió con la suya. Eso sí, no diré a qué se dedica no vaya a caerme la del pulpo. Mujer prevenida vale por dos.

              Lo que está claro que mi amiga no podía elegir de ningún modo es formar pate de nuestro teatro. Ya vimos en otro estreno que, desde los antiguos maletines de cuero hasta las actuales maletitas de ruedas, llevarnos trabajo para casa es una constante en nuestras vidas. Una constante que, además, la pandemia consagró con la llegada o la consolidación del teletrabajo que, como decíamos en su día, en nuestro caso no es otra cosa que llevarnos la tarea a casa como hemos hecho toda la vida. Exactamente, como no quería hacer mi amiga.

              Pero, obviamente, para trabajar hay que saber. Y para saber hay que estudiar y, además, hay que hacerlo siempre, porque en Toguilandia los conocimientos de hoy pueden quedar obsoletos mañana en un pis pas. Basta como decíamos que un golpe de BOE cambie una ley o un golpe de CENDOJ cambie la jurisprudencia para que nos hundan en la miseria. O mejor dicho, para que nos hagan hundir la cabeza en la pantalla del ordenador.

              No obstante, no todo en nuestro teatro son las leyes y su aplicación, aunque a veces lo parezca. Y no solo se aprenden materias sesudas, que todo es necesario. Y entre ese todo, el sentido común, ese que llaman el menos común de los lo sentidos. En más de una ocasión en el sentido común tenemos la clave del asunto a resolver. Algo que es evidente en muchos temas, entre los que quiero destacar los de Derecho de Familia.

              Para estas cosas es muy recomendable poner los pies en el suelo. Lo que me recuerda otra materia que debemos hacer esfuerzos por aprender cada día, la humildad. Proliferan, por desgracia, en nuestro ámbito, togados y togadas que se creen Dios con pandereta y van dando lecciones a diestro y siniestro, como si estuvieran en la continua y permanente posesión de la verdad. Y nadie posee tan divino tesoro, por más que se lo crea. Y por más que mi madre crea que es todo mío. Que no se entere, pero yo también me equivoco. Guardadme el secreto.

              Confieso que a mí me encanta aprender. Aprendo de mis compañeros y compañeras, de quienes se sientan en los otros lados de los estrados, del justiciable y hasta a veces del investigado. Al menos, te enseñan qué es lo que no se debe hacer, que no es poca cosa en los tiempos que corren. De hecho, siempre digo que el día que deje de aprender, tendré que colgar la toga porque habré perdido la perspectiva. Y la ilusión.

              Y si de alguien me gusta aprender especialmente, es de la gente joven, de quienes empiezan su vida toguitaconada y tienen muchas funciones por delante.

              Los alumnos y alumnas de Practicum siempre me aportan mucho. El hecho de saber que lo que vean -y lo que no vean- en mi trabajo va a influir decisivamente en la decisión que tomen para su futuro es una responsabilidad importante de la que no siempre somos conscientes. Pero, además, nos pueden regalar lecciones de vida impagables, como la que nos dio mi querida Celia en este mismo blog no hace mucho sobre los trastornos de alimentación

              Subiendo un escalón más, me encuentro a fiscales en prácticas. Cuánta ilusión, cuántas puertas a traspasar, cuánta vida por delante. Cuántas oportunidades de cambiar el mundo que no pueden desaprovechar. Y qué suerte la de quienes podemos compartirla y poner nuestro granito de arena.

              Aunque, quizás, de quienes más aprendo es de otros fiscales. De quienes tienen más veteranía, sin duda, y por razones obvias. Pero se puede aprender mucho de quienes acaban de llegar, y cosas que tal vez nunca imaginamos. Ya he hablado varias veces de mi compañero Héctor, que compensa con creces la carencia del sentido de la vista con dosis extras de esfuerzo. Espero que en breve atienda a mi invitación de contarnos cómo se ha sentido en su primer año de fiscal, pero yo adelanto que con él he aprendido en un año más que en infinitas enciclopedias. Y sigo aprendiendo.

              Y con esto, cierro el telón por hoy. Espero que estas reflexiones también sirvan para aprender un poco. Yo, por mi parte, también aprendo cada día de quienes me leen y de sus comentarios, así que animo a hacerlos. Y no me olvido del aplauso, hoy dedicado para todas las personas que, desde cualquier lugar y cualquier ámbito, me enseñan. Gracias

Reparto: la causa justa


              Si en el mundo del espectáculo, hablamos de “reparto” todo el mundo sabe a qué nos estamos refiriendo, al conjunto de actores y actrices que intervienen en la obra. Aunque quizá no sea tanto quiénes sino de qué manera lo que da lugar a más de un conflicto, como el querer ocupar a cualquier precio el lugar de la protagonista, como se veía en Eva al desnudo o El cisne negro. Pero ya se sabe, quien parte y reparte se queda con la mejor parte, según el refrán. Y ahí está la cuestión. En el cine y en el mundo.

              En nuestro teatro la cuestión del reparto es algo muy peliagudo, aunque no todo el mundo lo conoce. Por eso le dedicaremos este estreno a un tema que, aunque no lo parezca no es baladí. Para nada.

              Por supuesto, también en nuestro escenario, como en cualquier teatro que se precie, es fundamental el reparto de actores y actrices, principales y secundarios -de reparto-, y hasta de los figurantes y, cómo no, de la dirección y el equipo técnico. Pero a eso ya dedicamos los primeros estrenos de nuestro gran teatro de la justicia y no vamos a insistir en ello. El casting está cerrado. Así que hoy vamos a hablar de otro tipo de reparto.

              Repartir consiste, en esencia, en atribuir lo que corresponde a cada cual. Y en Toguilandia hay mucho que repartir. Porque causas, como todo el mundo sabe, hay para dar y tomar. Pero ¿por qué un asunto se atribuye a uno u otro juzgado, a una u otra sala, o a uno u otro fiscal? ¿Y por qué no a cualquier otra u otro? Pues eso es lo que trato de deslindar.

              Por un lado, están las normas de competencia, pero eso es algo que es claro y establecido en cada caso en la ley correspondiente. Sin ir más lejos, en Derecho Penal rige el principio del Juzgado perteneciente al lugar donde se cometió el delito –forum delicti comissi– salvo para violencia de género en que manda el del domicilio de la víctima. En Derecho Civil, en cambio, la regla general, salvo excepciones, es la del domicilio del demandado. A todo esto, se añaden matices relativos a conexiones, litisconsorcios y otras circunstancias que concretan el juzgado competente, territorial y funcionalmente.

              Pero en la mayoría de los partidos judiciales de España -salvo la muy excepcional existencia de partidos con un único juzgado- hay varios juzgados con la misma competencia territorial y funcional y, si hablamos de grandes ciudades, más todavía porque las jurisdicciones se desglosan por motivos de eficiencia y se crean juzgados que solo conocen una parte de esa competencia, como ocurre con los de incapacidades o familia en Derecho Civil, o los de ejecutorias en Derecho Penal.

Pues bien, hay que establecer unas reglas precisas y claras para atribuir los asuntos. Y eso son las normas de reparto. Estas normas se publican, pero no son leyes, sino disposiciones administrativas que, además, varían en cada caso. Cada partido judicial, incluso el más pequeño de los pueblos con tal de que tena más de 1 juzgado, tiene sus propias normas, que pueden parecerse las unas a las otra como un huevo a una castaña. Ahí es donde se determina si tal o cual causa la lleva el juzgado 1, o 2, o 3, si ha conocido de la detención, o si estaba de guardia cuando sucedieron los hechos, o si se establecen turno o cualquier otro criterio que imaginarse pueda. Y que nadie crea que se trata de algo pacífico. He visto a jueces y a fiscales dejarse de hablar durante años por deshacerse o quedarse de tal o cual causa.

Los conflictos, que los hay y muchos, no se tramitan como cuestiones de competencia, porque no lo son, sino que se someten al criterio de la Jueza o Juez Decano. Y aseguro que no me quisiera ver en su lugar cuando se encuentra de un conflicto de estas características enquistado. Especialmente difícil debe ser su decisión cuando se trata de un lugar pequeño con pocos compañero y compañeras con quienes debe seguir conviviendo.

Otro tanto ocurre con las salas de las Audiencias, y con las secciones de las salas cuando las hay. En algunos casos reparten por materias, como ocurre con la Violencia de Género, lo que no convierte al órgano en especializado, aunque funcionalmente actúe como tal.

Pero ¿es verdaderamente importante que “nos toque” uno u otro juzgado, con su titular correspondiente? Pues en principio no debería serlo, pero, como sabemos, del dicho al hecho hay un buen trecho y entre unos y otros el justiciable percibe diferencias en el trato, en la rapidez al resolver o en el modo de hacerlo. La verdad es que, aunque hay quien insiste en ello, la ideología no suele ser el problema, porque las resoluciones no tienen que ver con quién voten Sus Señorías. Y así es en la inmensísima mayoría de los casos, aunque a veces nos quieran vender otra cosa. Y quede claro que hablo de Justicia de trincheras, no de órganos como el Tribunal Constitucional, que ni siquiera forman parte del poder judicial

Por esas diferencias hay quien cruza los dedos según el juzgado al que toque su asunto, y sé de buena tinta que los abogados y abogadas hacen verdaderas quinielas según les corresponda. Y hasta jaculatorias al santo del día, si se tercia.

Recuerdo una época en que la policía estudiaba cuando solicitar una entrada y registro porque dependiendo de quién estuviera de guardia, se concedía con más o menos facilidad, Y he visto con estos ojitos verdaderas colas cuando determinado juzgado estaba de guardia a estos efectos. También he oído de quién solicita una orden de protección uno u otro día en función de qué juzgado está de guardia. Pero igual es una leyenda urbana. O judicial, vaya usted a saber.

¿Y qué pasa con la fiscalía? Pues que, como no pertenecemos a la organización de un juzgado como el juez o el laj, sino que estamos adscritos a uno u otro en virtud de nuestras propias normas de reparto, normalmente se sabe quién va a llevar el asunto, pero no siempre ocurre así. Porque, además, nuestras normas de reparto nos pueden llevar a cambiar de juzgado o de materia sin necesidad de concurso. Para acabarlo de arreglar, en nuestro caso el reparto por juzgados se matiza por el reparto por especialidades, y hay asuntos relativos a materias como delitos de odio, salud laboral, corrupción, drogas o medio ambiente, o a procesos como el del jurado que tienen sus propios fiscales, entre otros.

En definitiva, si alguien quiere apostar por qué juez y fiscal va a llevar un asunto, tiene muchas posibilidades de acertar si conoce las reglas de reparto, pero ni aún así está todo el bacalao vendido. Y la verdad es que es parte de las reglas del juego. Y hasta tendría su gracia, por qué no, si no se ventilaran asuntos tan serios.

Y hasta aquí, el estreno de hoy. El aplauso, por descontado, para quien parte y reparte y no se queda con la mejor parte

Empeño: Querer es poder


Hoy, en nuestro teatro, abrimos el telón con un nuevo relato, uno de esos que demuestran que aunque no siempre querer es poder, es muchas más veces de lo que creemos. Si la voluntad mueve montañas, el empeño puede mover cordilleras, como ocurre con nuestra protagonista de hoy

La vida en danza

(Relato incluido en el libro «Habitaciones Propias», una iniciativa premiada y participada por La Nau Gran de la Universidad de Valencia)

         Pasaba el día entero pendiente del reloj. Deseaba con todas sus fuerzas que las horas de trabajo pasaran deprisa y llegara el momento, su momento. Ese tiempo por el que valía la pena todo.

         Hoy tocaba tango. En unos instantes, se transportaba a los rincones más auténticos de Buenos Aires y escuchaba la voz de Carlos Gardel para inspirarse mientras se ajustaba la falda de raso negra, las medias de rejilla, los zapatos de tacón. Le había costado mucho conseguir que su pierna se enroscara como una serpiente a la de su acompañante, mientras arqueaba la espalda hasta una posición inverosímil. El resto, salía solo. Los aplausos estaban servidos.

         Ayer le resultó más fácil. Había volado hasta Rusia, hasta el inigualable Teatro Bolshoi. Sus zapatillas de puntas se ajustaban como un guante, las tenía tan domadas que parecían formar parte de sí misma. Una, dos, cuatro, siete piruetas. Odile volaba con su tutú blanco a pesar de las maniobras de Odette y sus plumas negras por arrebatárselo todo. La magia se había apoderado de ella y nada podía sacarla de su ensueño. El escenario era suyo.

         Sin embargo, sus propias raíces le costaban más. Cuando tuvo que bregar con la bata de cola y las castañuelas, casi se vio en un aprieto. El zapateado se le resistía y la bata amenazaba en cada momento con enredársele en las piernas. Pero lo logró. Tras mucho esfuerzo, consiguió meterse en el personaje y parecía que nunca hubiera salido de las Alpujarras. La mismísima Carmen Amaya la hubiera ovacionado si la hubiera visto.

         Su preferido, no obstante, era el contemporáneo. De ningún otro modo se sentía tan bien como poniéndose en la piel de Isadora Duncan, la madre de la danza contemporánea. Su cuerpo se expresaba como no eran capaces de hacerlo sus palabras y transmitía todas las emociones con un solo giro, con un solo movimiento de cabeza, con solo agitar sus brazos arriba y abajo, arriba y abajo. Hubiera seguido así toda su vida.

         Pero no podía quedarse allí para siempre. París la esperaba. El Moulin Rouge abría sus puertas para ella. Sus infimitos volantes rojos y negros subían y bajaban al impulso de sus piernas kilométricas. Toulouse Lautrec hubiera enmudecido si hubiera podido verla. Tampoco el can can tenía secretos para ella.

         Una nueva vuelta de tuerca y volaba hasta los felices veinte. El Cotton Club la aguardaba y sus zapatos de claqué ya estaban preparados. La gente nunca sabría el trabajo que costaba cada uno de aquellos movimientos que lograban que los pies cantaran por encima de su propia música. Unos pies que parecían tener vida propia haciendo música al tiempo que giraban y saltaban. Otro reto conseguido. No había estilo que se le resistiera.

         Incluso se atrevía con más. Las luces de Broadway la hipnotizaban y no pudo resistirse en hacer su incursión en el musical. Si tenía que cantar, cantaría, pero no podía negarse a ponerse en el lugar de todas aquellas artistas que tanto admiraba. Cantar y bailar al mismo tiempo era difícil, pero nada era imposible. West Side Story, Chicago, A chorus line, Cabaret No había nada que ella y sus pies mágicos no pudieran conseguir con tesón e ilusión. Y de eso tenía para dar y tomar. Todo lo que hiciera falta.

         Estaba ensayando una jota cuando recibió la llamada. Odiaba que la interrumpieran cuando estaba trabajando en sus coreografías, y aquella era especialmente complicada. Nunca antes se había planteado lo de los bailes regionales, pero se había hecho el propósito de que por sus aulas y en su espectáculo, ningún estilo de danza podía faltar. Aunque necesitara el concurso de la propia Virgen del Pilar para lograrlo. O de Agustina de Aragón, que le gustaba más.

         No le quedó más remedio que interrumpir el ensayo. Mañana era el día. Había llegado el momento para el que venía preparándose tanto tiempo, casi una vida entera. Era el momento de ejecutar la mejor danza, la más coordinada, la más bella. En este estreno se lo jugaba todo.

         Por un tiempo que no supo cuánto duró, perdió la conciencia de la realidad. Conforme iba recuperándola, oía unas voces que parecían referirse a ella como si no estuviera. Pero estaba ahí mismo, escuchándolo todo.

  • La intervención ha sido difícil, pero confiamos en que todo haya ido bien
  • ¿De veras? –le pareció reconocer la voz de su madre- ¿De verdad que esta vez sí?
  • Han sido seis horas de quirófano, pero estoy muy satisfecha con el resultado. Quizás en unos meses pueda…
  • No lo diga, por Dios. No diga nada que no pueda cumplir

Cuando, una año más tarde, su madre llevó al desván la silla de ruedas que  le había acompañado casi toda su vida, ambas lloraron

  • Ahora, por fin, podrás cumplir tu sueño. Podrás empezar a bailar.

            Lo que su madre no sabía es que ella llevaba cumpliendo ese sueño toda su vida. Danzaba desde siempre, todos los días de su vida, justo cuando acababa con aquellas dolorosas sesiones de rehabilitación y fisioterapia. Había bailado siempre con su alma y su mente. Ahora, además, lo haría con sus pies.

Subjetividad: lo más complejo


              Si hay algo difícil de conocer a ciencia cierta, son los sentimientos. No hay modo de conocerlos con certeza, porque nos llegan a través de cómo los vive cada sujeto, si los oculta o los exagera. Salvo, claro está, que utilicemos la licencia artística que puede permitirse el cine, como hace en la película Del revés. Pero al margen de a ciencia ficción, si hay Alegría o Dolor y gloria, depende de quién lo cuenta y como se vive.

              En nuestro teatro los sentimientos están muchas veces a flor de piel. Pero los sentimientos, si no se reflejan en hechos, no tienen relevancia jurídica. Como ocurre con los pensamientos, que ya dice el viejo brocardo jurídico que el pensamiento no delinque.

              Pero eso no significa que la subjetividad no tenga trascendencia. La tiene, sin duda, en figuras tan esenciales como el dolo y la culpa, sea civil o sea penal. Y vaya por delante que si es difícil determinar si existe el dolo -o intención de cometer el hecho- en el ámbito delictivo, mucho más lo es cuando entramos en el ámbito del Derecho Civil. A modo de aproximación, y en pincelada gruesa, consiste en la posibilidad de imaginarse las consecuencias de determinado acto y, aun así, hacerlo.

              Sin embargo, ojalá fuera así de sencillo. Nos habríamos despachado de un plumazo una de las cuestiones más complejas del Derecho. Por eso, y como este teatro no pretende ser un tratado jurídico sino un humilde acercamiento a algunas cuestiones de Toguilandia, vamos a agarrar el toro por los cuernos. O por los sentimientos, que no se diga, aunque en un sentido diferente al de los nuestros propios, que ya tuvieron su propio estreno.

              Ya se ha aludido antes al dolo y la culpa -o imprudencia, en el Código Penal anterior- la madre del cordero en lo que al Derecho Penal afecta. No en balde el Código empieza su articulado, desde la noche de los tiempos, diciendo que no hay pena sin dolo ni culpa. Lo que implica que no se comete delito si no existe la intención de causarlo o, al menos, la posibilidad de representarse sus consecuencias. Si alguien tira a la basura un bote de insecticida -por supuesto, en el contenedor correspondiente- no puede responder del envenenamiento de una personas que abre el contenedor y la bolsa de basura y se bebe su contenido. Más sencillo aun, tampoco se respondería de suministrar determinado alimento a alguien que sea alérgico, salvo que conociera esa alergia y lo hiciera a sabiendas de sus resultados fatales.

              Pero el Derecho Penal riza el rizo todavía más cuando introduce lo que conocemos como elementos subjetivos del tipo. Se trata de un especial componente de la intención que convierte en delito una conducta que en otro caso podría no serlo. Los más conocidos son el ánimo de lucro y el ánimo libidinoso, aunque hay otros. Pero empecemos por ahí.

              El ánimo de lucro es característico de los delitos patrimoniales -o delitos contra la propiedad en el Código anterior y en otros ordenamientos- y consiste, ni más ni menos, que en la intención de obtener una ganancia. Como siempre, un ejemplo lo explica mejor. Si yo cojo el jarrón chino de casa de una amiga puedo hacerlo por varias razones. Podría ser porque está a punto de caerse y quería evitar su fractura, o para gastar una broma a mi amiga,  pero podía hacerlo porque quiero quedármelo. Solo en este último caso estaré cometiendo un delito de hurto, o de robo -si hay fuerza en las cosas o violencia o intimidación en las personas-. Aunque, vistos algunos jarrones, podría ser hasta un favor, desde luego. Pero no entraré en eso, claro. Ya lo probaría si fuera acusada por ello.

              De todos modos, y para evitar algún comentario tiquismiquis, aclararé que la jurisprudencia tiene declarado desde la noche de los tiempos que ese ánimo de lucro no es necesario que suponga enriquecimiento efectivo. Volviendo al jarrón chino, no hace falta que lo venda, con el gozo contemplativo bastaría, si es que tanto me gusta. Aunque hay quien no lo entienda.

              El ánimo de lucro se traduce en nuestros escritos de calificación y sentencias en frases definitorias, algunas de ellas rimbombantes y heredadas de otro tiempo. Se habla de intención de enriquecerse a costa de lo ajeno, ánimo de enriquecimiento ilícito o cosas similares. Pero nunca “ánimo de lucro” expresamente, porque esa expresión forma parte del tipo y no se pueden introducir conceptos jurídicos en los hechos. Pejigueros que somos, vaya.

              El otro elemento subjetivo más característico es el ánimo libidinoso. En este caso el Código no lo exige expresamente, pero sí lo hace implícitamente, al hablar de cosas como “acceso carnal”. Pero tampoco aquí las cosas son tan sencillas. Es evidente el ánimo con el que actúa quien viola a otra persona, pero no es tan fácil saberlo en quien da una palmada en el trasero. No hay más que pensar las que nos hemos llevado algunas generaciones de nuestros mayores, exentas por completo de toda intención sexual. Los cómics de Zipi y Zape contenían una gran variedad de esas prácticas nada libidinosas

              Hay un caso paradigmático que merece la pena ser comentado, por ilustrativo. Cuando se reformaron los delitos sexuales para introducir la violación por vía anal, allá por lo ochenta, el tipo hablaba de penetración anal, bucal o introducción de objetos. El espíritu parecía claro, pero en la práctica nos podíamos encontrar con conductas tan poco sexuales como la de meter una cuchara en la boca a la fuerza, algo que las madres y padres venimos haciendo con la papilla de nuestras criaturas poco comedoras desde tiempo inmemorial. Así que para evitar equívocos por la aplicación literal hubo que introducir una modificación que añadiera la coletilla “por las dos primeras vías” limitando la introducción de objetos a la vía vaginal o anal. Por si las moscas… o las papillas.

              En el caso del ánimo libidinoso se introduce en los dictámenes y sentencias con su expresión literal -no proscrita porque el Código no la emplea-, otras como “ánimo lúbrico” o giros más floridos como “intención de satisfacer sus lúbricos deseos” o “ánimo de obtener placer sexual”. O cualquier otra similar. Depende de lo barroco de la pluma del jurista.

              Además de estos, hay otros elementos subjetivos del tipo, como la intención de causar daño en determinadas falsedades, o el hecho de cometer el hecho “a sabiendas” en supuestos como algunos tipos de prevaricación o malversación. Y, por supuesto, el animus iniurandi -de injuriar- que marca la diferencia entre un delito y una simple expresión, especialmente difícil cuando de animus jocandi -de broma- se trata. Que se lo digan si no a más de un artista.

              También hay supuestos donde, aun sin ser un elemento subjetivo específico, hay que hacer constar la intención porque forma parte del delito, como el caso de lo delitos contra la vida. Hay que dejar claro el ánimo de matar, lo que no siempre es fácil y marca una línea finísima entre las lesiones consumadas y el homicidio o asesinato intentado.

              ¿Y cómo probamos esos elementos subjetivos o ánimos específicos? Pues he ahí el quid de la cuestión. En casos como el homicidio, la jurisprudencia habla de arma utilizada, de lugar de las lesiones o de la existencia de amenazas previas. En otros, no está tan delimitada la cuestión, pero lo que está claro es que hay que ir caso por caso.

              Y que a nadie se le ocurra que la solución está en el polígrafo, o máquina de la verdad. Eso queda para las películas americanas y programas de televisión más o menos morbosos. Pero nuestro Derecho no lo admite. Aunque hace unos días un detenido me lo pedía a gritos y se fue muy mosqueado porque no le hicimos caso. Por supuesto, y para acabarlo de arreglar se acogió a la Quinta enmienda, faltaría más. Lástima que aquí eso no sirva de nada porque, entre otras cosas, no tenemos tal enmienda sino una Constitución bien garantista.

              Ahora ya toca bajar el telón. Por supuesto, con toda la intención de concluir este estreno, no sin antes dar el aplauso para todas y todos los operadoras jurídicas que cada día se ven en un brete para desbrozar la verdadera intención del culpable. O de quien no lo es, claro. Ahí está el mérito.

Admiración: lo que nunca decimos


         Los seres humanos somos los seres más protestontes que hay. Nos gusta tanto quejarnos que olvidamos eso que dice el refrán castizo: una de cal y otra de arena. El cine reproduce Mis quejas hacia Dios, hacia los hombres y hacia quien sea y pocas veces somos capaces de hacer públicos los Aplausos.

En nuestro teatro reproducimos este comportamiento como nadie. Nos quejamos del contrario, de compañeros y compañeras, de funcionarios y de quien se presente cuando mete la pata –o cuando creemos que la ha metido- pero pocas veces nos detenemos a agradecer una buena atención, un buen trabajo o un esfuerzo. Y no debería ser así.

Por eso hoy estoy dispuesta a remediar ese error y, aprovechando un caso mediático y un trabajo ejemplar, voy a manifestar abiertamente mi admiración a quien la merece. A pesar de que sé de buenísima tinta que le van a asaltar las ganas de asesinarme por hacerlo, porque es acérrima enemiga de cualquier tipo de notoriedad. Pero aquí estoy yo para contarlo. Porque también sé que es tan buena gente que seguro que me perdona, y lo que de veras sería imperdonable es quedarme callada.

Mi compañera Socorro Zaragozá –digo su nombre porque ha salido en toda la prensa y no descubro nada- es una fiscal de raza y vocación, de las que cada día hacen su trabajo y pelean porque la ilusión no se escape por la ventana del despacho junto con la impotencia por la falta de medios y la desesperación por todos esos trámites burocráticos que nos impiden dedicarnos a lo que realmente importa.  Más allá de exquisiteces jurídicas, de las que podría echar mano sin ningún problema, su objetivo es siempre proteger a las víctimas, a las más vulnerables. Es decir, dar voz a quienes no la tienen. Y eso es precisamente lo que ha hecho en ese juicio que todo al mundo ha seguido de uno u otro modo, el que ha tenido lugar en Valencia por la muerte de Marta Calvo y dos mujeres más, Arliene y Lady Marcela, además de por numerosos delitos sexuales respecto de ellas y muchas otras mujeres, hasta un total de treinta. Concluido con una condena por los treinta hechos como treinta soles.

Confieso que la idea no es del todo mía. Mi compañero Héctor a quien ya dediqué un estreno en su día, fue quien me sugirió que escribiera sobre ello y, aunque en principio me resistí por respectar los deseos de discreción de la protagonista, luego pensé que es algo que debería saberse. De hecho, decidí darle voz a él también, el fiscal más joven de nuestra fiscalía, para que cuente cómo lo ha vivido, ya que él asistió a varias de las sesiones del juicio. Estas son sus palabras.

Como fiscal de la última promoción, ver a  Socorro en todas las sesiones del maratoniano  juicio en las que pude colarme fue una auténtica lección del tipo de fiscal al que quiero llegar a ser algún día. Admiro sus ganas y su ilusión, Y sobre todo el trato tan humano que ha dado a las víctimas, personas tan vulnerables como son las prostitutas, y a las que ha defendido con tanto arrojo pero sin levantar la voz.

Pero, lejos de hacer corporativismo, también he decidido recabar las palabras de personas que hacen de la objetividad en la información su oficio. La prensa, tantas veces denostada en Toguilandia porque no nos gusta algo que han publicado, coincide plenamente con lo que digo. Y como de muestra vale un botón, aquí dejo las palabras de Loreto Ochando, veterana periodista de tribunales, actualmente en El Plural y La sexta, entre otros

  Conozco a Soco desde hace 15 años. Considerada una fiscal dura en Sala por la mayoría, es la persona más empática que he visto con una toga y unas puñetas. Sus palabras al principio del juicio de Marta Calvo humanizaron a las grandes olvidadas: las prostitutas. Esas mujeres de las que solo nos acordamos cuando cambia la Ley. Pero no nos fijamos en sus problemas, nos metemos con los políticos. Viendo los debates del Congreso una sólo puede pensar: más Socorros Zaragozá y menos mamarachos con traje. Gracias Soco por tu trabajo diario con las víctimas. Siempre estás detrás, pero aunque no quieras eres la sombra que nos cobija, que nos defiende y que nos representa. Gracias, gracias y mil veces gracias

Y no es la única. Teresa Domínguez, jefa de sucesos y tribunales del diario Levante y decana del periodismo de tribunales en Valencia, que no solo no se ha perdido una sesión sino que ha seguido el caso desde el minuto 0, nos dice:

No dudó en dar un paso al frente cuando a la Fiscalía le llegó, al principio de todo, que la abogada de la madre de Marta Calvo había pedido unir todas las causas en una. Iba a ser un trabajo ímprobo y único en una Fiscalía española. Un caso con jurado sin precedentes. No solo no miró a otro lado, sino que ha sido, durante el proceso y en el juicio, la voz y la defensa públicas de esas once mujeres (diez, al final) hasta liderar incluso la batida judicial contra el predador que elegía a sus víctimas como quien busca “piezas de caza perfectas”, ese acertado término acuñado por Socorro Zaragozá. Gracias, Soco, por mostrarle al mundo la especial vulnerabilidad de las mujeres prostituidas, por defender su dignidad y sus derechos y, sobre todo, por demostrar que todas las víctimas son iguales a los ojos de la ley. Por ser su voz y su protectora. De todas.

No obstante, quizás los testimonios más importantes sean los de nuestros jefes, en una carrera donde, como todo el mundo sabe, existe la jerarquía aunque, como el mundo no sabe, no es un problema sino en muchos casos un punto de apoyo.

Teresa Gisbert, Fiscal superior de la Comunidad Valenciana, también nos aporta su testimonio

Para mí es un orgullo que Socorro Zaragoza forme parte del Ministerio Fiscal, no solo porque, como tengo comprobado desde hace muchos años, es una magnífica profesional y de nuevo se ha evidenciado durante las largas sesiones del juicio, si no porque además representa perfectamente lo que constituye la esencia y es un sello de l@s fiscales, la defensa de la víctimas y la empatía con ellas como Soco, de nuevo, ha puesto de manifiesto con su actuación.

Y, como no podía ser de otro modo, también nuestro jefe directo, José Ortiz, Fiscal jefe de la Fiscalía provincial de Valencia, hace otro tanto.

La Fiscal Socorro Zaragozá, adscrita a la Sección de Violencia de Género, de Protección de Víctimas y a la Sección de Jurado, asumió de forma voluntaria las diversas causas. Tras estudiar detenidamente su estado y elementos de prueba procedió a su acumulación asumiendo personalmente la actuación ante el Tribunal del Jurado. Lejos de buscar un protagonismo mediático y, solo guiada por su profesionalidad, rigor y buen hacer, actuó con un único referente, el estricto respeto a la legalidad y a la defensa del interés público, especialmente el de las víctimas. El resultado final no puede ser sino  la más completa satisfacción del deber cumplido

Aunque probablemente la mejor manera de conocer el trabajo de alguien es preguntar a quienes comparten su día a día. A este respecto, las palabras de Angeles Martínez Marzal, compañera de ella y mía en la sección de violencia sobre la mujer, dicen a la perfección algo que es compartido.

Cuando propios y extraños valoran el trabajo de un fiscal, resulta frecuente que sólo cuente el resultado, sea este el que sea. 

Sin embargo, los compañeros de profesión vemos otra realidad muy distinta. La que empuja a un fiscal, que por lo común debe trabajar con un asunto muy complicado, a dejar al lado otras oportunidades profesionales, a tener que hacer cambios de servicios con otros compañeros, y a postergar su vida familiar y personal, para conseguir  atender al procedimiento del que se ocupa. Si además de todo ello, la fiscal desempeña su trabajo con decisión, buen ánimo, sin que sus obligaciones laborales diarias no queden desasistidas, y agradeciendo de continuo el apoyo que los demás le prestan, entonces nos tenemos que quitar el sombrero y sentir mucho orgullo hacia nuestra compañera. Un orgullo muy sano que mantenemos con firmeza, a pesar de encontrarnos en tiempos difíciles para nuestra profesión

Y otro tanto podemos decir de las de Pilar Tomás, que también estuvo en la sección con nosotras aunque actualmente encabeza la sección de lo contencioso y laboral

Admiración a mi amiga y compañera ¿por ? Dirían mis hijas .

Por ser como es , valiente , arriesgada y trabajadora . 

En su actuación diaria revela que la protección a la víctimas supera el mimetismo de la indemnización ,consigue restaurar la dignidad dañada y pérdida en los supuestos graves y más aún que esa dignidad sea reestablecida cuando la víctima ha fallecido .

Un abrazo amiga

Por último, no quiero cerrar el telón sin explicar a quienes no conocen la figura del Ministerio Fiscal unas cuantas cosas. Cuando llevamos un asunto de importancia como este, posiblemente el jurado más largo y complejo en número de cuestiones que se ha celebrado, no es nuestro único trabajo. Durante toda la instrucción de la causa, que no es poca cosa, simultaneamos con el juzgado al que estamos adscritas sin ningún tipo de exención. Solo nos suplen mientras la celebración y a la vuelta encontramos de nuevo el papel de nuestro juzgado esperándonos. Es algo duro, que no todo el mundo sabe. Nada que ver, por descontado, con ese fiscal de las películas centrado en un único asunto y con una pléyade de adjuntos para ayudarle. Qué más quisiéramos. Por eso tiene especial mérito el conocimiento de un asunto como este que, además, asumió de modo voluntario y sin protesta alguna.

Y hasta aquí este estreno. Espero estar presente en el siguiente, si mi amiga y compañera no ha acabado conmigo después de dedicarle este post y, por supuesto, el aplauso. Yo a partir de ahora no hago otra cosa cada vez que me preguntan a qué me dedico, saco pecho y digo con orgullo “soy fiscal, como mi amiga Socorro”.

Sustituciones: ¿qué hacemos?


Nadie es indispensable, por más que algunas veces así lo creamos, o lo queramos creer. Ya reza un dicho antiguo que «Hasta Don Preciso acabó en el cementerio», y no le falta razón. Por eso hay que tener muy claro quién nos sustituye, si nos pasa algo. Y ojo con no hacer chapuzas como la de aquellas series como Dinastía, donde solucionaban la espantada de una actriz con una “resurrección” de su personaje encarnado en una actriz distinta con subterfugios como un accidente, con operación de estética y amnesia incluida. La necesidad de que existan Sustitutos es una realidad y hay que tenerla prevista para evitar improvisaciones y parches

              En nuestro teatro, como en tantas otras partes, esta necesidad se siente cada día. Quienes habitamos Toguilandia tenemos la mala costumbre de enfermar, tener hijas e hijos, y hasta -oh, barbaridad- irnos de vacaciones. Aunque ahí estén los asuntos y sus plazos, inasequibles al desaliento, poniéndonoslo difícil.

              Sé que estoy a punto de meterme en un jardín por el que me va a costar pasar y más aún salir con bien, pero me voy a arriesgar. Mis tacones son capaces de atravesar jardines mejor de lo que parece. O de intentarlo, al menos. Porque en estos temas entramos muchas veces en el reino del yoísmo o yomasismo –“pues lo mío es peor”- en vez de recordar que remando a la vez el barco avanzará más rápido.

              Pero vayamos por partes. Y empecemos, cómo no, por Sus Señorías. ¿Qué pasa si un juez o jueza falta a su juzgado por alguna razón justificada como una enfermedad? Pues antes, en la noche de los tiempos, la cosa estaba prevista, entraban en juego los sustitutos y sustitutas , que ya tuvieron su propio estreno, la mayoría de los cuales fueron tan injustamente cesados. Papá Estado decidió ahorrar, allá en 2013, y que las sustituciones se hicieran dentro de la misma carrera, voluntariamente si había quien quisiera, y forzosamente en caso contrario. La solución resultó ser, como tantas, una chapuza que aún arrastramos. Sustituir a un compañero supone duplicar un trabajo ya de por sí colapsado, con el consiguiente perjuicio no solo para la salud del afectado, sino para la Justicia y el Justiciable. Porque, nos pongamos como nos pongamos, una persona no puede hacer el trabajo de tres sin que el trabajo y la persona se resientan. Es lo que hay.

              En la carrera hermana, o sea, la mía, hay más de lo mismo. La desaparición de los sustitutos nos afectó de la misma manera a la fiscalía y la solución chapucera también. A día de hoy nos encontramos con jueces y fiscales que tienen que interrumpir sus vacaciones para hacer la guardia, y conozco casos muy cercanos de juezas que llevan lustros sin poder disfrutar de más de 9 días seguidos de vacaciones. Y así es imposible desconectar, desde luego, además de que tampoco se puede hacer el mínimo plan si no es a costa de la compañera de al lado. Y otro tanto cabe decir de las LAJs, que para esto hay café para todas. Y para todos.

              Por supuesto, se trata de situaciones que no superarían en la empresa privada una inspección de trabajo. Es más, acabaría siendo un juez o una jueza quien resolvería sobre la sanción a esa empresa mientras que la nuestra, la Administración de Justicia, sigue haciendo lo que le da la gana. Porque de donde no hay no se puede sacar. Y no me refiero a lo que más de una y uno estará pensando sino a algo más simple, los medios. Porque si ya de por sí no hay suficientes jueces, o fiscales, o LAjs, menos aún habrá de los que echar mano para sustituciones.

              Esas cosas dan lugar a que, más veces de las que quisiéramos, se quedan las mesas multiplicando asuntos durante el verano que nadie despacha y que nos esperan a la vuelta como si fuéramos niños que no han hecho los deberes y tienen que pagar su castigo haciéndoos corregidos y aumentados.

              Y es que esa unidad de medida, la mesa, tiene mucha importancia en Toguilandia. ¿Cuántas veces no habremos visto que una causa se estanca porque está en la mesa de un funcionario de baja y no han provisto su sustitución? Pues eso.

              Pero, con todo y con eso, estos problemas no son nada si los comparamos con lo que les ocurre a los abogados y, especialmente, a las abogadas que tienen la ocurrencia de ser madres. Porque, en pleno siglo XXI, siguen luchando para conseguir cosas tan simples como que les suspendan los señalamientos cuando dan a luz o están de baja maternal y no resulten penalizadas por eso con una pérdida de clientes. Y sí, la empatía de Sus Señoría es importante, pero eso no debería suplir una previsión legal que, a día de hoy

Realidades y ficciones: no todo vale


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Hoy en nuestro teatro, teatro dentro del teatro en un relato para pensar que fue publicado en su día en la revista literaria Registros

REALIDADES Y FICCIONES

  • ¿Usted le dijo que no quería? ¿Lo dejó claro desde el primer momento?
  • ¿Cómo se atreve a dudar de eso? Me violó. Me violaba cada noche. Venía a mi cama cuando todo el mundo dormía y me decía que, si se lo contaba a alguien, mataría a mi madre
  • Entonces no le dijo que no quería ¿no? Lo que hizo fue acceder a sus deseos por miedo a que cumpliera sus amenazas

La mujer miró fijamente a la cámara y dejó que las lágrimas corriesen por su cara como si aquello no fuera con ella. Los millones de espectadores que veían el programa lloraban con ella, aunque fuera dos meses después de que ella vertiera todas aquellas lágrimas en un estudio, con la sola presencia del equipo de grabación y, por supuesto, de la maquilladora, atenta a que pudieran fluir y ser creíbles sin dejar un cerco negro a su paso que estropearía el plano.

Tras este momento de emoción, paró la emisión de la entrevista y devolvieron la conexión al estudio, donde un grupo de tertulianos del más diverso pelaje comentaban la jugada como si se tratara del último gol de Messi. Y, como no podía faltar la dosis de publicidad, el presentador anunciaba el sorteo de un viaje de Nueva York para quien acertara la pregunta que, a través de los rótulos que corrían por debajo de las imágenes, aparecería a lo largo del programa. Mientras lo decía, el rostro de la famosa bañado en lágrimas se quedaba congelado presidiendo el plató como fondo de pantalla.

En una sala anexa, las encargadas de analizar la audiencia se llevaban las manos a la cabeza. Habían previsto que aquello fuera un tanto importante para la cadena, pero los resultados obtenidos superaban sus previsiones de largo. La audiencia se había disparado y las interacciones en redes sociales se habían multiplicado por el infinito. Sonrieron y chocaron las palmas de sus manos, ajenas al rostro congelado de la famosa anegada en lágrimas que las miraba, sin verlas, desde el otro lado del estudio.

El tiempo de tertulia acabó y retomaron la retransmisión de la entrevista. La imagen de la famosa se descongeló y siguió hablando y llorando, llorando y hablando, sin que en ningún momento hubiera surcos negros de máscara de pestañas que afearan la imagen. La verdad es que se plantearon dejarlos, pero tras un sesudo estudio sobre el efecto que ello produciría en el público, se decidió que luciera su cara limpia. Los surcos desviarían la atención de las lágrimas y restarían emoción al momento.

Ajena a todo ello, la famosa seguía vertiendo su dolor en diferido ante las cámaras

  • Cuando mi padre empezó a visitarme por las noches, yo tenía catorce años. Lo recuerdo bien porque aquella misma tarde habíamos celebrado mi cumpleaños. Siguió haciéndolo hasta que cumplí los dieciocho y pude irme de casa
  • Pero usted era una niña prodigio. Ya era famosa a esa edad y ganaba dinero. Podría haber pedido ayuda, haberlo contado a alguien…
  • ¿Lo dice en serio? Mi padre era mi tutor legal, se quedaba todo el dinero que yo cobraba y lo administraba ¿Qué podía hacer una niña?

Ya no parecía triste, sino enfadada. Enfadada con el entrevistador, con su padre y con el mundo. Su rostro se crispó en una expresión extraña antes de que la pantalla volviera a congelarlo para dar paso a la tertulia. Varias periodistas, una psicóloga y una abogada analizaban cada una de sus palabras mientras en la sala anexa las encargadas de analizar la audiencia se frotaban las manos. Aquello marchaba viento en popa.

Esta vez la tertulia duró menos tiempo porque había que dejar tiempo para la tanda de anuncios, casi diez minutos de publicidad de pizzas congeladas, pomada para las hemorroides, una aplicación de compra y venta de ropa usada, comida dietética y un par de detergentes que competían por lavar más blanco que ningún otro. A la vuelta, la cara de la famosa volvió a descongelarse, pero no abandonó su gesto crispado. Había que reconocer que impresionaba. Impresionaba mucho.

Ante la pantalla, la famosa desgranaba todas las amenazas, todas las advertencias y todas las cosas que su padre le decía para convencerla de que accediera en silencio a sus perversiones. Le dijo que mataría a su madre y, cuando esto ya no funcionaba, le advirtió que haría lo mismo que a ella a su hermana pequeña si ella se negaba. Lo de su madre dejó de asustarle desde el momento en que, tras tratar de contarle el infierno para el que estaba pasando, le dijo una frase que le heló el alma

  • Hija mía, hay cosas que hay que aguantar por el bien de la familia

A partir de entonces el padre hubo de cambiar el objeto de sus amenazas para asustarla. Y no tardó nada en pulsar la tecla adecuada. Fue decirle que su negativa convertiría su hermanita en su sustituta en sus juegos de cama, y lograr que nada cambiara. Hasta aquel día.

Estaba a punto de cumplir los dieciocho, y tenía previsto marcharse de casa en el mismo momento en que su mayoría de edad fuera efectiva. Le denunciaría por lo que le había hecho, para vengarse y para que se hiciera justicia, pero, sobre todo, para conseguir que le alejaran de su hermanita y esta no tuviera que padecer un suplicio como el suyo.

  • Fui una ingenua creyendo que él no se imaginaría algo así. Ahora sé que lo tenía todo estudiado para que mi mayoría de edad no acabara con la gallina de los huevos de oro, pero entonces eran tantas mis ganas de marcharme que no veía más allá de esa puerta de casa que deseaba atravesar a cualquier precio
  • Pero él era quien administraba sus bienes ¿verdad?
  • Claro que lo era. Él fue quien me apuntó a la agencia de modelos infantiles, quien gestionó a partir de ahí mi carrera artística, quien contactó con productores y directores de cine. Me lo recordaba constantemente, Como si fuera su labor y no mi talento lo que me había hecho ganar dinero a espuertas. Un dinero del que no había visto ni un céntimo, por cierto
  • Pero no le faltaba de nada…
  • Claro que no. Ni a mí ni a nadie en mi casa. Yo era la única que aportaba dinero a la economía doméstica, pero mi padre me hacía creer que quien trabajaba era él y lo mío era poco que menos que divertirme
  • ¿Y no se divertía rodando películas o dando conciertos?
  • Al principio, sí. Pero cuando se convirtió en una obligación, cuando ya no podía ir al colegio, ni jugar con niñas de mi edad ni hacer nada de lo que se supone que hacen las niñas, empezó a fastidiarme
  • ¿Hasta qué punto le fastidiaba?
  • Acabé odiándolo

De nuevo se congeló la imagen. Consiguieron dejarla en una cara de cansancio infinito, como si el peso del mundo entero descansara sobre sus espaldas.

En la sala anexa empezaron a alarmarse. Desde que la famosa había dejado de hablar de abusos sexuales para aludir a abusos personales y profesionales, la audiencia había descendido a la carrera. Había que hacer algo. Le comunicaron la mala nueva al presentador a través del pinganillo, para que cambiara las tornas de la tertulia. Por fortuna, se trataba de un profesional todo terreno, capaz de llevarse las cosas adonde quería sin que los demás se apercibieran. Fue un acierto contar con él, a pesar de su caché estratosférico.

Desde producción, tomaron una decisión inesperada. Se saltaron las partes de la entrevista en que seguía hablando de los despilfarros del padre de la famosa con el dinero que la niña ganaba. No se dejaba ni uno de los tópicos: coches de lujo, prostíbulos, juego, fiestas millonarias. Todo ello sufragado por una joven estrella que solo deseaba dejar de serlo.

Pero nada de ello salió por televisión. La audiencia mandaba y la audiencia pedía sexo, Y eso era lo que iba a tener

  • Cuando mi padre descubrió la maleta y las cosas que tenía preparadas, montó en cólera.
  • ¿Le pegó?
  • Ojalá fuera eso, Consiguió que mi madre y mi hermana se fueran de allí, y me arrojó en la cama con toda la fuerza de sus 110 kilos, Me penetró por delante y por detrás, no una sino varias veces. Sangré, pero confieso que no sentía dolor físico. Lo único que me dolía era el alma
  • ¿Por eso intentó suicidarse?
  • Bueno… Eso solo fue la gota que colmó el vaso.

El programa de aquel día terminó con esa frase. Mientras, en su sofá, la famosa observaba la pantalla con el corazón encogido, sin querer atender a la multitud de mensajes de colapsaban su teléfono móvil.

          La llamada la sacó de su ensimismamiento. Sonó el teléfono fijo, aquel artefacto que estaba mudo salvo para alguna fastidiosa publicidad de ofertas de telefonía, seguros o cualquier otra cosa. Pero algo la impulsó a descolgar. De inmediato, se arrepintió de haberlo hecho, pero ya era tarde. La voz de él llenaba la estancia y rompía el ensalmo

  • Supongo que, después de todo lo que has dicho de mí, habrás previsto cómo darme mi parte del pastel…
  • ¿Tu parte? Olvídame
  • ¿Cómo voy a olvidarte, si eres mi amada hija? Procura que me llegue, o serás tú quien no se olvidará de mí. Ya me conoces

Colgó. No quiso escuchar más. Cruzó los dedos con la esperanza de que se tratara de sus bravatas de siempre. Pero el miedo la inundó de nuevo.

Pasaron dos semanas y no volvió a saber de él. Los datos de audiencia del programa eran extraordinarios, pero la persecución a la que le sometieron los medios de comunicación también fue extraordinaria. No era la primera vez, pero nunca se acostumbraba a ello. No obstante, sabía que el temporal pasaría, como siempre. Tenía que pasar.

Aquella noche, la famosa se sirvió una copa de vino blanco antes de sentarse en el sofá, Se disponía a paladearlo cuando el rostro que más odiaba en el mundo apareció en la pantalla de su televisión. Solo con verlo, tuvo arcadas y le costó mucho evitar el vómito allí mismo.

Al día siguiente, el cuerpo de la famosa reposaba en una sala de autopsias donde dos forenses concluyeron que había muerto por sobredosis de barbitúricos.

Las portadas de los diarios se repartieron el espacio entre la noticia de su fallecimiento, y el bombazo del programa del día anterior donde su padre había afirmado que todo lo que contó era un montaje preparado por ambos.

Ni siquiera dedicó una mínima parte de la suculenta cifra obtenida en comprar una corona de flores para ella.

Octleaños: como el primer día


      Es bueno conservar las tradiciones. Siempre que las tradiciones sean buenas. Y no cabe duda de que la de celebrar los aniversarios lo es. Hay que celebrarlo, se haga al ritmo del Cumpleaños feliz del Parchís de mi infancia, ya convertido en un clásico, al del Feliz feliz en tu día de Los payasos de la tele, otro hit de mi infancia, o al mucho más sensual Happy Birthday Mr President de Marilyn. Porque en los tiempos que corren no andamos sobradas de motivos de celebración y cuando los hay, hemos de aprovecharlo. Que no se diga.

      En nuestro teatro estamos de aniversario. Un 18 de julio de 2014 se abría por primera vez el telón de este Gran teatro de la Justicia y desde entonces ha acudido fiel a su cita dos veces por semana, haga frío o calor, en vacaciones o en tiempo de trabajo, esté triste o esté contenta esta humilde toguitaconada. Y ahí seguiremos, mientras haya público. Show must go on.

      La verdad es que cuando me embarqué en esta aventura no pensé que fuera a durar tanto, ni que me fuera a dar tantas alegrías. Este año, además, estamos de enhorabuena. A las dos nominaciones de años anteriores, hay que sumar el premio al mejor blog en categoría personal en los premios 20 blogs, por conseguidos. Ya dice el refrán que a la tercera va la vencida. Y es que a mí a persistente no me ganan. Eso que algunos llamarían “pesada” y que mi madre me decía que no era pesadez sino tenacidad. Y a una madre no hay que contradecirla.

      Blog en ristre, hemos compartido todo tipo de acontecimientos, en Toguilandia y fuera de ella, aunque todo lo que pase en el exterior repercute en nuestro teatro. Hemos repetido hasta la saciedad -y lo que te rondaré, morena- los problemas derivados de la falta de medios, los avatares de las leyes que han ido promulgándose y derogándose y de sentencias de todos los colores, los cambios en nuestro modo de trabajar y hemos seguido casos mediáticos por uno u otro motivo. Nos hemos hecho eco de acontecimientos judiciales como la tan peleada derogación de las tasas para las personas físicas o la llegada a la cúpula de la Fiscalía General del Estado de una mujer, seguida de dos más, aunque la carrera hermana no nos da todavía ese gusto. Seguimos con perplejidad no exenta de disgusto -por no llamarlo de otro modo- la fosilización de un Consejo General del Poder Judicial que ya lleva tres años de prestado y que no sabemos si se prolongará otro cumpletogas más. Y, por supuesto, no he olvidado aromatizarlo con buenas dosis de anécdotas, que un poco de humor siempre viene bien en nuestro mundo de togas negras y cortinajes de terciopelo.

      El mundo exterior tampoco nos lo ha puesto fácil. Quién nos iba a decir en aquel ya lejano 2014 que íbamos a vivir cosas tan impensables como una pandemia, una guerra o la erupción de un volcán. Porque lo de la crisis y la inflación siempre es más previsibles, aunque no lo sean tanto las causas. Eso sí, no descartemos la invasión extraterrestre o el apocalipsis zombi porque, visto lo visto, no hay que descartar nada. A mí, la verdad, que me pille bailando. Y pudiéndolo contar por aquí, que no es poca cosa lo de tener dos citas semanales con desconocidas y desconocidos que ya forman parte de mi vida.

      En todo este tiempo han pasado cosas muy hermosas de las que dejé constancia en los tacones. Reconocimientos y otras alegrías que me gusta compartir con la gente que quiero, porque creo que la felicidad compartida es más felicidad. Me quedo con eso, y también con los abrazos que han ido apareciendo de personas de cuya existencia no tenía ni idea. Y, por supuesto, con esa pregunta que se ha convertido en otro cásico: Ah, pero ¿tú eres la de los tacones?

      No me olvido de quienes se marcharon, y que también dejaron su impronta en las funciones de nuestro teatro. Ya han pasado a formar parte de él, y lo seguirán siendo por siempre.

      Pero que no se hagan ilusiones mis trolls y haters, que haberlos haylos, porque esto no es una despedida. Aquí seguiré después de estos ocho años, que ya dice ese refranero del que tanto echo mano que con esto y un bizcocho hasta mañana a las ocho. O a las nueve, o a las diez, o a la hora que sea. Mi toga y mis tacones continuarán con sus dos estrenos semanales, con sus momentazos y sus libros, y sus artículos y sus microrrelatos mientras el cuerpo aguante y haya público que quiera que sigan. Y para ese público fiel es, precisamente, el aplauso de hoy. No os doy miles de gracias, sino infinitas.

#HistoriasDeAnimales: Partida


Partida

Me costó adaptarme a mi nueva vida. Sobre todo, me costó acostumbrarme a la comida. O, mejor dicho, a la falta de ella. Acostumbrada a que nunca me faltara en el plato, mi nuevo estatus me supuso un suplicio. Tenía que ganármela, y eso era nuevo para mí. Tan nuevo como tener que conformarme con cualquier cosa a pesar de que le repugnara a mi fino paladar y a que cayera como una bomba en mi no menos fino estómago, después de años de vida regalada. Pero no pude hacer otra cosa. Las circunstancias me pusieron en el brete de tomar una decisión y sabía que esa era la más acertada. Aunque doliera.

Les echaba de menos. Sobre todo, a las niñas. Echaba en falta hasta sus caprichos, que tantas veces me parecieron incomprensibles. A veces, cuando no podía más, me colocaba junto a su ventana y las observaba desde lejos, en silencio, y trataba de evitar que me saliesen las lágrimas.

No me quedó otra salida que partir, para no partirme en dos, o para que no me partieran ellos. Se me rompía el corazón de oír sus discusiones, de escuchar gritos y reproches donde antes solo había cariño y arrumacos, pero la cosa no tenía remedio.

No fue fácil, pero sabía que no podía seguir así. La obsesión de él por colmarme de manjares iba a acabar con mi salud física, y la de ella de llevarme a los sitios más extraños llena de lazos y con collares cuajados de adornos acabaría con mi salud psíquica. Así que, después de unos meses de andar de un lado a otro, tomé la única decisión posible. Y una noche, aprovechando la oscuridad que siempre fue mi mejor cómplice, crucé el umbral para no volver.

Nunca pensé que llegaría a convertirme en una sin techo, pero no aguantaba más. El hecho de que tuviera que ser un juez quien determinara cómo habría de ser mi vida fue la gota que culminó el vaso. Mi existencia se había vuelto una esclava del calendario y nada más me hacía a la idea de permanecer en un sitio me llevaban a otro, y así una semana tras otra. Yo solo anhelaba permanecer en el mismo lugar, con mis cosas, mi comida, mi mantita y mi sofá, con un paseo de vez en cuando y, como mucho, un traslado a la playa cuando hacía calor y a la ciudad cuando dejaba de hacerlo.

Lo peor eran los gritos. Que si me había dado de comer demasiado, o demasiado poco, que si me llevaba más limpia o más sucia, que si ya no me portaba tan bien como antes. Y la culpa taladrándome las orejas. Ellos se echaban las culpas uno a otro, pero yo llegué a creer que la culpa la tenía yo. Porque las niñas lloraban sin consuelo y de nada servía acariciarles ni ponerles mi mejor cara ni hacerles arrumacos. Ya no me hacían caso.

Ahora, cuando a veces me asomo a la ventana y las veo llorar, o discutir, o gritar, me pregunto si me echaran de menos tanto como yo a ellas. Me pregunto si ellas habrán sufrido tanto como yo con todo esto, y si seguirán sufriendo. Y solo de pensarlo se me hace un nudo en el estómago.

Antes éramos felices. Pero cuando las cosas empezaron a ir mal, me convertí en un problema. Se lo oí decir a los dos. Por eso le dijeron a aquel juez que no me conocía de nada que tenía que arreglar lo que ellos habían estropeado, Y fue cuando estableció los turnos en que uno y otro disfrutarían de mi compañía.

Al principio, creí que aquello sería una bicoca. Que tratarían de mimarme para demostrar con quién debería quedarme, pero lo convirtieron en una competición. Y yo lo último que desea en el mundo era convertirme en un trofeo con el que se golpearan el uno al otro.

Por eso me marché. Ahora vivo en un garaje abandonado, y como de lo que puedo encontrar. Con el tiempo he aprendido a buscarme la vida y, aunque me falten las comodidades de antaño, nadie me usa para dañar a nadie.

Ha sido difícil, y lo sigue siendo. Pero sigo pensando que es mejor vivir tranquila en un garaje abandonado que ser el objeto de discordia en una casa de lujo. Sobre todo, si una es una gatita siamesa necesitada de cariño.

Tenía que partir. De lo contrario, me repartirían hasta dejarme partida en dos mitades.