#MaestrosInolvidables : Oportunidad perdida


                  Todavía lo recuerdo con una mezcla de vergüenza y rabia. Y no vergüenza ajena, precisamente. Por desgracia.

– ¿la habéis visto? No lleva nada debajo del abrigo. Solo una enagua horrorosa y pasada de moda

 

Prorrumpimos en carcajadas. La profesora de Derecho Civil, una mujer mayor y extravagante, se había olvidado de vestirse y había venido a clase de aquella guisa. No era la primera vez que hacía cosas raras. Y tampoco era la primera vez que nos reíamos de ella, ajenos a cualquier forma de empatía. Lo único que nos interesaba era si aquella señora iba a hacer examen o, como se rumoreaba, iba a dar un aprobado general. Nos traía sin cuidado que aquella fuera una asignatura esencial en nuestra formación y que toda la vía pagaríamos la falta de conocimientos sobre ella.

            Hacía tiempo de aquello, pero yo todavía conservaba la papeleta que acreditaba mi matrícula de honor en una materia de la que no sabía nada. Me tocó la lotería, pensé. Pero estaba equivocada de medio a medio.

            La dejamos a su suerte, con su enagua y el desconcierto nuestro de cada día. Continuábamos riendo sin piedad. Solo un compañero que, según, conocía a aquella mujer por ser amiga de su familia, se apresuró a ir junto a ella y a ponerle el abrigo, abrochado hasta el cuello

-Yo la llevo a casa, Doña Elisa.

Aquella mujer no estaba bien, sin duda. Pero nadie dijo nada al respecto. Una buena calificación en Derecho Civil subiría nuestra nota media. No lo merecíamos, pero nos daba igual. Del mismo modo que ella no merecía que la tratáramos así, ni nosotros, n quienes consentían que continuase impartiendo clase a pesar de una demencia evidente. Se decía que le faltaba un año para jubilarse y que la pérdida económica era tan grande para ella si se jubilaba de modo anticipado que quedaría casi en la indigencia. Y, por supuesto, no le habían reconocido una invalidez que solucionaría sus problemas económicos.

            Junto a mi papeleta, amarilleada por el tiempo, se burlaba de mí un recorte de periódico, tanto como yo me burlé en su día de ella. Aquella vieja profesora había muerto después de más de diez años en una residencia. Al lado de la esquela, un obituario recogía los méritos de aquella mujer, la primera catedrática de Derecho Civil en nuestro país, la autora de múltiples obras jurídicas y la artífice de la reforma del Código Civil que modificó la capacidad de la mujer. Gracias a ella, podíamos ser titulares de una cuenta corriente, alquilar un piso o viajar al extranjero sin el permiso de un hombre.

Podía habernos enseñado mucho, si hubiéramos sabido ayudarla. Y, en otro caso, podíamos haber ayudado a que tuviera un fin digno, en lugar de morir sola en una residencia olvidada del mundo.

No podía hacer nada ya por ella. Pero le debía algo. Por eso me presenté en su funeral con una enagua de mi madre por única ropa bajo de mi abrigo. Pero nadie se río de mí. La dignidad de personas como ella enseñó a quien quiso escucharla a que para ser una gran jurista solo se pude ser una gran persona.

Podría haberlo aprendido en su momento, pero perdí mi oportunidad. Y ahora tendré que dedicar el resto de mi vida a ello.

Partes: nuestro rompecabezas


A veces hay que encajar las piezas para conseguir ver la obra de arte completa. Y no siempre es fácil. Tenemos un Puzzle que hemos de acabar, y no siempre encontramos la pieza adecuada. A veces, ni siquiera están todas las partes de ese Rompecabezas, o no damos con ellas, aunque estén ante nuestras narices. Y hay que seguir Buscando, sea La búsqueda de la felicidad o cualquier otra Búsqueda.

En nuestro teatro son tan importantes las partes que sin ellas no es posible el proceso, Son sus piezas fundamentales, aunque en ocasiones se tome la parte por el todo, en esa sinécdoque a la que ya dedicamos un estreno.

De hecho, es tan importante que estén todas las partes que cuando falta una de ella, concretamente el investigado -antes llamado imputado -, no nos andamos con chiquitas. Le ponemos en busca y captura en un plis plas y, si se pone renuente, puede acabarse decretando su ingreso en prisión si hay riesgo de que vaya a eludir la acción de la justicia. Y es que en Toguilandia con algunas cosas se admiten pocas bromas. Como debe de ser.

Según estudiábamos en la facultad, las partes son quienes intervienen en el proceso sosteniendo una pretensión. Pueden ser necesarias o contingentes, pero la verdad es que la cosa cambia mucho según estemos ante una jurisdicción u otra, y según la naturaleza pública o privada de ellos intereses el conflicto. Eso sí, lo que tienen en común es que ahí están Sus Señorías para dirimir ese conflicto. Jueces y juezas, magistrados y magistradas, cuando actúan como tales, nunca son parte. Por eso se dice que son imparciales, porque nunca se les puede aplicar el castizo dicho según quien parte y reparte se queda con la mejor parte. Mejor, decir que parten y reparten y no se quedan con nada porque no les pertenece. Es lo que hay.

En el proceso civil, y en todos aquellos de naturaleza privada, ha de haber, al menos, dos partes, una que pide y otra de quién se pide, esto es, parte demandante y demandada. Aunque no siempre es todo tan sencillo. La parte inicialmente demandada puede retrucar con otra petición, formulando una reconvención y, por arte de birlibirloque, pueden convertirse las dos partes en demandantes y demandadas al mismo tiempo. Pero hay que hacer una precisión. Cuando hablo de Derecho Civil, quedan fuera las cuestiones de Derecho de Familia , cuya especialidad por la naturaleza de los bienes en conflicto hace que las partes no puedan disponer de todo y que, si hay menores, intervenga, como parte necesaria, el Ministerio Fiscal en defensa de la legalidad y del interés de los menores.

Por otro lado, tanto en una parte como en otra puede haber varias personas, incluso varios grupos de ellas, que se agrupan según los intereses en conflicto. Son los casos de litisconsorcio que tantos dolores de cabeza nos dan cuando estudiamos y a los que algún día seguro que dedico una función porque hay mucha tela que cortar. En cuanto encuentre las tijeras adecuadas, por supuesto,

Pero entre la imparcialidad absoluta del poder judicial y la parcialidad de quienes intervienen en el proceso en su propio nombre, hay una figura intermedia, que parece en cuanto hay interés público, sobre todo en el proceso penal: el Ministerio Fiscal. Como siempre, todo lo liamos porque a veces parece que no somos ni carne ni pescado, sino todo lo contrario. Somos imparciales, pero en cuanto sentamos nuestra postura, nos convertimos en parte. ¿En qué quedamos, entonces? Pues en que somos una parte necesaria, de un lado, y que no hay que confundir imparcialidad con objetividad. Porque la fiscalía, aun cuando asuma formalmente el papel de parte, siempre lo hace con objetividad, en defensa de la legalidad y del interés público. Algo que no siempre es fácil de entender,

Algún sector de la abogacía sigue empeñado en que nuestra posición es la misma que las de los letrados y letradas que representan a las partes y que por eso, entre otras cosas, no deberíamos estar en sala entre juicio y juicio. Sin entrar en profundidades, resaltaré dos cosas, una de ellas formal, que es que la ley nos atribuye la misma categoría y tratamiento que el poder judicial, y otra meramente práctica, ya que si el miso fiscal hace los 15 juicios de esa mañana con el mismo juez, sería absurdo que saliera y entrara en cada momento de la sala. Más aun con las normas COVID, que obligarían a desinfectar el asiento y cambiar la bolsita que cubre el micrófono, si la hay. De hecho, si un mismo abogado tiene dos juicios seguidos, tampoco se sale de la sala, y nadie plantea nada. Otra cosa es que se esté bromeando o teniendo una conversación impropia, pero eso forma parte de la mala praxis y no hay que hacerlo, sin más. Del mismo modo que el médico mientras opera no debe estar bromeando con la anestesista o el enfermero. Con un ejemplo, queda clara la diferencia: si el letrado o letrada no puede asistir y así lo justifica, el juicio se suspende; si es el fiscal, se sustituye por otro miembro del Ministerio Público. Y sanseacabó. Lo cual no significa que no merezcamos el mismo respeto ni la misma consideración, desde luego.

No obstante el lío que algunas personas arman entre objetividad, imparcialidad, independencia y autonomía, hay un concepto de partes que todo el mundo tiene claro, y poco tiene que ver con el mundo jurídico, o eso parece. Se trata del concepto de “partes” como eufemismo de aquel segmento de nuestra anatomía con el que se practica el sexo. Esa acepción, aunque se usa en la calle y pueda tener influencia en el conocimiento de determinados temas, en concreto los delitos sexuales, no es el habitual en Toguilandia. Pero que no sea el habitual no significa que no se use nunca.

            Precisamente, al hilo de esto traigo una de mis anécdotas toguitaconadas preferidas, que conocí personalmente. Se trata, ni más ni menos, que de la interpretación de una fórmula que tenemos tan asumida que no vemos su ambigüedad. Yo no me di cuenta de ello hasta que un denunciado en un juicio de faltas se negó a firmar el acta, que por aquel entonces era totalmente manual. Y dijo que no firmaba porque ahí ponía que “firma el juez con las partes” y el juez había firmado con un bolígrafo que sostenía en su mano, pero no con “sus partes”. Aunque tenía más razón que un santo, no lo reconocimos. Bastante teníamos con aguantar la risa. Y el denunciado en cuestión se fue sin firmar el acta. Y, además, creo recordar que fue absuelto, aunque por falta de prueba, no por falta de nada relacionado con las partes de Su Señoría. Verdad verdadera.

            Y hasta aquí el estreno de hoy. Esta parte cierra el telón, pero no se olvida del aplauso, que hoy, como estoy generosa, es para todas esas partes que intervienen en los procesos. Por supuesto, entendidas en su acepción jurídica, no en la de nuestro denunciado. Que no quiero confusiones.

Depresión: hay salida


La búsqueda del tesoro anhelado es una constante en el mundo del cine. En busca del valle encantando, En busca del arca perdida o Tras el corazón verde son muestras de ellos. Pero no es necesario ir muy lejos para encont5rar la salida, por muy Desesperado que se encuentre alguien, por muy despacio que pasen Las horas para la Gente corriente

Hoy nuestro teatro aprovechando que acabamos de conmemorar el Día Mundial contra la Depresión trae hoy un relato para infundir esperanza incluso cuando parece todo perdido

Espero ganarme el aplauso

Una habitación sin vistas

(Relato incluido en la Antología Habitaciones de paso, de varias autoras, entre las que me incluyo)

UNA HABITACIÓN SIN VISTAS

– Necesito una habitación sin ventana

– Lo siento, señora. No tenemos habitaciones sin ventanas. Teníamos, pero la normativa covid nos obligó a clausurarlas

– Pues lo necesito. Es importante

La mujer se retorcía las manos con nerviosismo. Se movía tanto en todas direcciones, que a punto estuvo de tirar al suelo el pequeño jarrón con flores de plástico de color violeta. Las flores, que tiempo atrás le encantaban, ahora le traían demasiados recuerdos y demasiado dolor. Aunque fueran de plástico y de color violeta.

-¿No puede darse prisa?

Se la veía muy preocupada. Se sentó en el sofá de Recepción, un sofá negro de imitación de piel que había conocido mejores épocas. Apretaba entre sus manos uno de los cojines blancos, mirando sus numerosas manchas como si pudiera leer en ellas su futuro.

-Acabo de consultarlo con Dirección -le dijo la recepcionista- y creo que hemos encontrado la solución

-¿Una habitación sin ventana?

-Más bien una habitación sin vistas. Hemos escogido la que tenía la ventana más pequeña y la taparemos por fuera de modo que nadie pueda ver en su interior. Por supuesto, tampoco se podrá ver el exterior. Y es una pena, porque daba a la puerta lateral de la estación y es bonito ver el trasiego de viajeros desde tan cerca. Aunque siempre puede entretenerse con la tele. Es vieja, pero funciona de maravilla. Ya no hacen aparatos como aquellos

-Perfecto, perfecto. ¿Me da ya las llaves, por favor?

-Aquí están -dijo tendiéndole una tarjeta perforada- Habitación 323.

Le costó un par de intentos lograr que la tarjeta encajara en la ranura para abrir la puerta Las manos le temblaban cada vez más. Una vez dentro, revisó en un vistazo rápido todas las esquinas de la sobria habitación y respiró hondo. Todo en orden.

Descolgó el teléfono para impedir cualquier llamada, y puso en marcha la televisión. Las ofertes de la teletienda se sucedían una tras otra sin lograr captar su atención. Era justo lo que necesitaba, un mero ruido de fondo para acompañarla.

Comprobó que la ventana estaba condenada y se tranquilizó un poco. Sentada en el borde de la cama, se dispuso a organizar toda la parafernalia para su misión secreta.

Lo tenía todo. Aquellas pastillas eran las adecuadas. Le había costado bastante conseguir la receta y todavía más que se las trajeran a la farmacia de la otra punta de la ciudad, pero ahí estaban. El plástico metalizado que las envolvía individualmente reflejaba la luz de la lamparilla de la habitación y le hacía guiños. Había llegado el momento.

Sacó su neceser y se maquilló con cuidado en el cuarto de baño. La luz no era muy buena, pero consiguió buenos resultados. Se veía guapa. Se cepilló el pelo con energía y volvió al borde de la cama, donde había dispuesto todo para la función. La última función.

Se entretuvo imaginando cómo se sentiría él cuando lo supiera, cuánto lloraría por haberla tratado tan mal y cuánto se arrepentiría de cada una de las palizas, de cada uno de los insultos, de cada uno de los golpes. Lo vio yendo a su entierro, cabizbajo y entre lágrimas, con un enorme ramo de flores como los que usaba para zanjar cualquier situación. Incluso se relamió y saboreó el gusto de la venganza. Un gusto acre, mucho menos agradable de lo que había pensado.

Permaneció un rato sin pensar en nada, con la vista fija en el teléfono, y al final se decidió

-¿Recepción?

-Dígame

-Le llamo desde la habitación 323

-¿Está todo a su gusto, señora?

Bueno…sí. Pero he cambiado de idea. Quiero cambiar de habitación- ¿Es eso posible? Le compensaré -por las molestias, por supuesto.

-Ha tenido suerte. Este es un hotel pequeño, pero todavía disponemos de algunas habitaciones libres. ¿Cómo la quiere?

-Una habitación con vistas, por favor

En cuanto entró a su nueva habitación, abrió la ventana y sacó la cabeza, respirando hondo. Entonces, cogió los envases de la farmacia que hacía un rato le habían hecho guiños, y los arrojó con fuerza.

El sonido que causaron al estamparse contra el suelo fue la melodía de inicio de su nueva vida.

Oficio: más que una profesión


Cuando alguien realiza su trabajo con eficacia, se dice que tiene mucho oficio. Esto es más evidente aún en las ocupaciones artísticas, en las que “tener mucho oficio” puede suplir al ramalazo artístico, pero, sobre todo, ha de complementarlo. El talento, sin oficio, no es fácil que triunfe, y menos aún que mantenga a su propietario en lo más alto. Aparte de eso, el término “oficio” es tan polisémico que ha dado lugar a títulos de películas de lo más variado, como El santo oficio, Riesgos del oficio o El oficio de las armas. Por no hablar de esa recordada serie de la que más de una vez hemos hablado, Turno de oficio.

En nuestro teatro, como en todos los ámbitos, ese “oficio” del que hablamos tiene varios significados. Y algunos son exclusivos de Toguilandia, y además han tenido su propio y exitoso estreno como el Turno de oficio , un derecho del justiciable que se hace efectivos con el trabajo de grandes profesionales, o el papel de oficio

Por supuesto, las acepciones comunes de “oficio” también tienen su reflejo en nuestro mundo. Cuando somos eficaces y buenas profesionales también nos pueden decir que tenemos mucho oficio. Y, sin duda alguna, en esta nuestra comunidad, los oficios jurídicos son legión. La judicatura, fiscalía, abogacía, procura o laj son oficios, aunque sean mucho más que eso. Son parte del ejercicio de una función constitucional, la de administrar justicia, ahí es nada. Y sin cada una de esas partes, no hay todo.

Otro de los significados de “oficio” si no exclusivos de nuestro escenario, sí muy frecuentes en él, es en la acepción de la palabra referida a un documento dirigido desde el juzgado a determinadas autoridades o instituciones. Se emiten oficios destinados al Registro de la Propiedad, a la Policía o hasta a la Embajada, si toca. Es parte de esa manía que tenemos en Toguilandia de dar distintos nombres a los documentos que utilizamos. Como siempre me decía mi preparador, una empieza a estar en el mundo jurídico cuando descubre que auto es algo más que un vehículo automóvil. Y, por supuesto, cuando asume que hay más diligencias que la conducida por John Wayne

Pero si hay una acepción importante en nuestro teatro del término oficio, es la que va precedida por la preposición “de” y se refiere a una de las dos formas clásicas de iniciación del proceso penal: de oficio o a instancia de parte. Nos decían en la Facultad que el proceso de se inicia a instancia de parte cuando lo hace previa denuncia, y de oficio cuando la notitia criminis llega a conocimiento del Juzgado de cualquier otro modo. Pero no todo es tan sencillo.

En términos generales, se pude decir que hablamos de iniciación de un procedimiento de oficio cuando el órgano judicial o el Ministerio Fiscal lo inician sin necesidad de denuncia, sea del perjudicado o de terceros. Ahora bien, las cosas no son tan fñaciles. Porque, de un lado, en muchas ocasiones es el Ministerio Fiscal quien, al término de unas diligencias de investigación, formula la denuncia. El Fiscal procede de oficio, pero Su Señoría lo hace con la denuncia de la fiscalía, así que lo haría a instancia de una parte que no es, en realidad, ni quien ha sido perjudicado ni un tercero. Así que ahí queda la primera paradoja.

Otra paradoja la encontramos cuando, tras afirmar que, tras la actuación de la Policía, el juzgado abre diligencias de oficio, para luego explicar que el atestado policial tiene valor de denuncia. ¿En qué quedamos, entonces? ¿Inicia el juzgado por denuncia, aunque sea de la policía, o sin ella? Pues eso.

De otra parte, no siempre se puede iniciar de oficio, aunque se quiera. En nuestro ordenamiento jurídico existen algunos delitos que solo son perseguibles previa denuncia o querella del ofendido, como ocurre con las injurias o calumnias, o en algunos de los delitos leves, y otros que no la necesitan -aunque pueda haberla- como sucede con la gran mayoría de los tipos penales. Los primeros se llaman delitos privados y los segundos, públicos

No obstante, ni siquiera con esto se soluciona todo, porque, para acabar de liar las cosas, existen los delitos semipúblicos o semiprivados, esos que necesitan denuncia para comenzar, pero no para continuar, de modo que si la inicial denunciante se echa atrás, ya no tendrá la llave del del proceso en sus manos y este continuará. Aunque parezca mentira, en nuestro Derecho, un delito tan grave como la violación todavía depende de la existencia de denuncia, salvo algunos casos particulares de personas vulnerables como discapacitados o menores en que puede denunciar el Ministerio Fiscal. Y además, esa denuncia ha de ser de la víctima, y no vale la de cualquiera que haya tenido conocimiento del hecho o incluso que lo haya visto. Esto significa que si presenciamos una violación, o la tenemos grabada, pero la víctima no quiere denunciar, el autor se saldrá de rositas y no tendremos nada que hacer al respecto. Salvo, por supuesto, que se trate de menores o personas vulnerables porque en este caso siempre esta el comodín de la querella del Ministerio Fiscal. Pero esto no es así en los demás casos. Y suena absurdo, sin duda, y peligroso, porque un delincuente quedaría suelto, pero nuestro ordenamiento todavía arrastra algunas cosas de cuando los delitos sexuales se consideraban delitos contra la honestidad y era la víctima quine decidía si pasaba la “vergüenza” de denunciar o se callaba para siempre. Algo que hoy es difícil de entender. Tanto, que no parece tener demasiado sentido que el legislador considere bien jurídico a proteger la propiedad, cuyas infracciones como el robo o la estafa son delitos públicos, y no considere tan protegible la indemnidad sexual, cuyas infracciones dependen de la denuncia. Y es que aun nos queda avanzar en algunos temas.

Por último, y al hilo de todo esto, comentaré algo propio de la todología y redes sociales. Pasa cualquier cosa y siempre hay un listillo que pregunta que dónde está el fiscal para proceder de oficio. Es más, hay quien debe pensar que Twitter es una oficina de denuncias y que solo con leer las cosas debemos iniciar procedimientos a cascoporro. Y puedo asegurar que si abriéramos por todo lo que leemos en redes, no haríamos otra cosa en nuestra vida, ni en el juzgado ni fuera de él. Y eso, sin entrar en el tema de la competencia , ni mucho menos en el de la presunción de inocencia, que da para mucho más.

La otra cosa que me planteo cuando oigo o leo esos comentarios es por qué se empeñan en que abramos diligencias de oficio desde la fiscalía cuando los jueces y juezas pueden hacerlo también, y que además son a día de hoy quienes instruyen las causas. Pero, aparte estos detallitos, valdrían las mismas reflexiones hechas antes respecto de la fiscalía.

Y con esto, cierro el telón por hoy. Solo me falta el aplauso. Y, obviamente, es para quienes proceden de oficio siempre que deben hacerlo. Porque muchas veces las cosas solo acaban bien si empezaron bien y a tiempo

JAT: misterio con toga


         El mundo de los misterios, y las propia palabra que alude a ello, son imprescindibles en la historia del cine, del teatro y la literatura. Misterioso asesinato en Manhattan, El misterio de la dama blanca, Harry Potter y el misterio del príncipe son algunos de los muchos títulos de cine. El misterio de la Salem’s lot o El misterio de la cripta embrujada lo son de libros, y hasta hay series de televisión como Los misterios de Laura o El misterio de los Hunter. Sin olvidarnos de programas como La nave del misterio, con ese Iker que tanto juego nos da en nuestro teatro. Y es que el misterio siempre tiene su aquel.

En nuestro teatro los misterios suelen estar al otro lado de estrados, en los asuntos que investigamos y, sobre todo, en los que quedan sin resolver. Pero en algunas ocasiones, somos quienes habitamos Toguilandia los protagonistas de más de un misterio misterioso. De hecho, siempre que intento explicar la organización del Ministerio Fiscal a alguien no iniciado, acabo diciendo que es una cuestión de fe. Y ya se sabe que, como me decían en el colegio, fe es creer lo que no se ve,

Pero hoy vamos a dejar la fiscalía aparte. O casi, que siempre se cuela algo .Pero vamos a desentrañar uno de esos misterios insondables de la jurisdicción, la existencia de los -y las- llamados Jats. Y lo haremos de la mano y con el permiso de Amparo, una de estas misteriosas toguitaconadas, que dedicó un hilo de twitter a explicarlo, y, de paso, a inspirarme para este estreno.

Cuando yo entré en Toguilandia, en la noche de los tiempos, las cosas eran mucho más sencillas. Cuando se aprobaba la oposición de judicatura, tras la Escuela Judicial -que entonces era, por cierto, en Madrid- se elegía destino, que necesariamente era un juzgado mixto, de primera instancia e instrucción. El primer destino solía marcarnos una huella indeleble y, por supuesto, la bisoñez daba más de un disgusto que luego se solía solucionar. Gajes del oficio.

Por aquel entonces había que esperar un tiempo, variable según las circunstancias de creación de plazas y vacantes, para que quienes ocupaban esos juzgados mixtos ascendieran a magistrados y magistradas, y se fueran allá donde el azar decidiera. Insisto en lo del azar porque aquí el número de escalafón importaba poco: si ascendían 10 y te pillaba el décimo del corte, eras el último en elegir, aunque fueras el número 1 de tu promoción- Y si elegías el último, los destinos menos atractivos te esperaban. Y encima, con congelación -que no es estar sin calefacción sino no poder concursar a otro destino en un tiempo-, por lo que el pobre incauto que se fue al último rincón veía con importancia como quienes iban detrás se llevaban el gato al agua.

La cosa, que te obligaba a una mudanza forzosa cuando apenas habías empezado a instalarte donde fuera, con colegios e hipotecas incluidos, se intentó paliar con soluciones como la renuncia temporal al ascenso, pero era pan para hoy y hambre para mañana. Y al final, se arbitró algo que venía haciéndose en la carrera fiscal y era la envidia de quienes no conocían sus inconvenientes. Al ascender, podías quedarte en el mismo sitio donde estabas, cobrando el complemento de categoría, pero renunciando al aumento del de destino al no moverte de tu sitio. Esa solución, aparentemente ideal, tiene un gran inconveniente pasado el tiempo: perpetúa la inamovilidad en todos los sentidos, así que cuanto más tarde llegues a la carrera, más difícil es llegar a determinados destinos porque no nos mueve ni la grúa. Una circunstancia que determinará el destino de muchos magistrados y magistradas y en especial de nuestra protagonista. Pero vayamos por partes.

A todos estos avatares que hemos contado, se unen dos cuestiones más, la supresión de gran parte de los jueces sustitutos y el régimen de sustituciones forzosas y el parón radical en la creación de plazas que la crisis general y la endémica que afecta a los medios en justicia supusieron. Incluso, se llegaron a paralizar las entradas en funcionamiento de juzgados que habían sido ya creados. Y así las cosas, empezó a existir esa especie propia de Cuarto Milenio: los jueces y juezas sin juzgado. Esos seres que pasean sus togas como la capa del fantasma de la ópera por juzgados y tribunales de toda España.

Con estos mimbres, se creó como solución chapucerilla la figura de los JAT, jueces de adscripción temporal. Y, como tantas cosas temporales, tiene toda la pinta de ser defintiva, o casi. Con ello, arreglaban un doble entuerto: de un lado, utilizaban a todos esos jueces sin destino para cubrir huecos dejados por bajas de maternidad, enfermedad o excedencias y, de otro, desfacian el entuerto de la supresión de los sustitutos y sustitutas.

Pero, como todo, una cosa es el uso y otra el abuso. Y la chapucilla vino de maravilla para colocar a quienes salían de cada Escuela judicial, que perdían toda expectativa de un destino fijo donde echar raíces, y solucionaba la papeleta de marrones como juzgados paralelos para paliar la congestión judicial o solventar un asunto determinado o juzgados especiales para acciones preferentes y cosas parecidas que parecen de todo menos apasionantes.

De modo que, como decía, lo provisional se convirtió en eterno, y, contrariamente a la idea inicial, según la cual se trataba de plazas para quienes iniciaban sus pasos judiciales, empezaron a parecerles atractivas a a quienes llevaban años en la carrera y tenían nulas esperanza de llegar a un mejor destino o a la capital de provincia ansiada. Y claro, ver desde tu juzgado de pueblo como los recién llegados ocupan Audiencias o juzgados especiales, aunque sea con  carácter provisional, duele. Y por eso, juezas como nuestra protagonista acaban decidiendo, después de casi veinte años en la carrera, convertirse en JAT. Como si acabaran de empezar por ese destino incierto, pero con mucha más preparación y mérito.

Así que, como ella dice, ni son jueces sustitutos, ni en prácticas, ni acaban de salir de la Escuela Judicial, por más que esto último pueda halagar- Son jueces y juezas titulares, sin juzgado, que han renunciado a la inamovilidad a la que tenían derecho a favor de una promoción a la que también tienen derecho pero que temen que les llegará cuando las ranas críen pelo.

Me ha encantado saber, gracias a nuestra flamante Jat, que en Reino Unido existe algo parecido llamado “floating judges”. Y la verdad es que flotar, sí que flotan más de una vez. Porque tener que pasar de una jurisdicción a otra, de un destino a otro sin solución de continuidad, hace necesario tener muchos recursos jurídicos y mentales. Hay que reconocerlo.

Y con esto termino el estreno de hoy. El aplauso va dedicado, por supuesto, a quienes ejercen de Jat, especialmente después de muchos años de carrera, y en especial, a nuestra protagonista, Gracias, Amparo, pro prestarme la inspiración y tu hilo

Roscón de Reyes: que toque


         Es verdad que no hay demasiadas películas que se fijen en Los Reyes Magos. Más allá de la que lleva su propio nombre, y de algunas sobre la vida de Cristo, como Jesús de Nazaret, en que se dejan ver, la cultura audiovisual anglosajona nos ha abducido tanto que Santa Claus ha ganado por goleada en nuestra pantalas a nuestros magos de Oriente. Por lo que, de tradiciones anejas a ellos, como la del Roscón de Reyes, ni hablamos. Ellos se lo pierden

En nuestro teatro cada año escribimos nuestra carta a los reyes . Así lo hemos hecho desde este escenario sin que, en honor a la verdad, nos hayan hecho ningún caso. Ni varita mágica, ni bola de cristal, ni siquiera unos medios materiales decentes. Como mucho, unos cuantos bolis bic y unos posits de esos que se cotizan a precio de oro en Toguilandia., Y pare usted de contar.

Por eso este año he desistido. Ya no escribiré carta, sino que haré, como cuando era pequeña y me quería hacer pasar por la niña más buena del mundo, decir a Sus Majestades que me traigan lo que quieran, que ya saben lo que me gusta. Por algo son Magos ¿O no?

Sin embargo, voy a rescatar una tradición que no vivimos en Toguilandia, salvo en las casas particulares de cada cual, el Roscón de Reyes. Para quien no lo sepa, es un dulce típico con forma redonda donde la gracias está en que hay un regalo escondido, que toca por azar, y, además una especie de contrarregalo, que también toca por azar. Como el amigo y el enemigo invisible, vaya. El primero, además de su coste, te asegura suerte el año venidero y el otro te obliga, entre otras cosas, a financiar el roscón siguiente.

Hay diferentes variedades, como la Casca de reyes valenciana o la francesa Galette de Rois, pero la esencia es la misma, aunque no lo sean los ingredientes del dulce. En mi casa, incluso, hace mucho tiempo cambiamos el dulce por algún tipo de pastel sorpresa salado, por respeto a mi padre, que era diabético, y que luego hemos mantenido como tradición familiar. Y no sigo por ahí, que me pongo tonta y me conozco.

La cuestión es que voy a montar mi roscón imaginario y a asignar la suerte. Que, aunque en el original sea anónima, en este es como yo decida, que para eso es mi propia función, vaya.

El haba –esto es, el contrapremio- sin duda tiene que corresponder al Consejo General del Poder Judicial y, en concreto, a quienes entorpecen hasta impedir su renovación. Los responsables de semejante despropósito deberían arrostrar con el coste del roscón de los años venideros, es decir, asumir la responsabilidad por todas las decisiones que no se hayan tomados o las que se hayan tomado y serían diferentes de haberse renovado el órgano. Es sonrojante que sigamos en este bucle.

El premio bueno, el que augura buena suerte, se lo voy a asignar, de momento, a quienes han seguido al pie del cañón, inasequibles al desaliento, a la falta de medios y a la de medidas de protección en los tiempos más duros de la pandemia. Y como quiera que el roscón es mí, la sorpresa es que van a haber varias figuritas premiadas. Que para eso me erigido en pastelera real por un día.

La primera será para Sus Señorías jueces y juezas, magistrados y magistradas. Especialmente, para quienes han seguido acudiendo al juzgado de guardia cuando el mundo estaba parado, a pesar de que nadie les aplaudía desde los balcones. Y para quienes se veían constreñidas, en tiempo record, a tomar decisiones sobre asuntos que nunca hubieran pensado que verían, como estados de alarma o medidas de restricción por pandemia. En este caso, además, también me sacaré una haba extra, para ese Tribunal Constitucional de nuestros desvelos. Y no por decidir que el estado de alarma no era constitucional, porque tienen potestad para ello, sino por hacerlo un año más tarde, cuando de nada sirve. Y eso, en un caso teóricamente urgente, que ya sabemos que hay otros que duermen el sueño de los injustos y llevan camino de convertirse en La bella durmiente.

Por supuesto, no me olvido de la fiscalía, a la que hubiera puesto en primer lugar por razones obvias, por las mismas que me contengo, no vaya a pensar alguien que peco de subjetiva. Y si lo piensan, qué vamos a hacerle. Pero me vale lo mismo. Premio extra para quienes estuvieron, están y estarán al pie del cañón. Y ánimo

Ánimo y premio también para otros cuasi desconocidos, los LAJs. Solo cabe recordar al mundo que no hay juzgado que pueda funcionar sin su presencia, como tampoco puede funcionar sin todos y cada uno de sus funcionarios y funcionarias. Ni de los médicos forenses, que si no lo digo mis genes me torturarán por las noches y no es plan.

Y, por supuesto, otro de los premios especiales de nuestro roscón lo reservo para letradas y letrados del turno de oficio que, contra viento y marea, a pesar de que cobran tarde y mal, sirven pronto y bien. Y tiene que saberse, por más que lo diga una fiscal y que haya quienes e empeñe en fomentar el frentismo en vez del compañerismo. Allá ellos.

Y hasta aquí, el estreno de hoy. Que los Reyes traigan a cada cual lo que se merezca, y hasta un poquito más. Yo les dejo en suspenso el aplauso, a ver si así se portan mejor que otros años para los habitantes de Toguilandia. Que ya hemos tenido carbón más que de sobra.

Recapitulación: adiós, 2021


Otro año llega el fin de año, y los acordes de la canción de Mecano ya empiezan a llenarnos la cabeza. Un año más, que ojalá sea el último de esta pandemia que nos está volviendo la vida Del revés. Pero aprovecharé Lo que queda del día para para hacer un repaso del año. No han sido Los mejores años de nuestra vida, pero también ha habido cosas buenas. Y a eso vamos

            Nuestro teatro trató de sobrevivir al Covid, a los retrasos que había generado el confinamiento y a los que seguían generando las medidas restrictivas. Y en ello seguimos.

            Personalmente, no me puedo quejar, Este año he tenido el inmenso honor de que el trabajo que realizamos en la sección de delitos de odio, que dirijo, sea reconocido con la más alta distinción de las Cortes Valencianas, el premio Guillem Agulló, que valora el trabajo en relación a la lucha por la igualdad y contra los delitos de odio. Un momento que no olvidaré nunca, por más que la pena fuera que la reducción de aforo impidiera que estuviera todo el equipo que cada día están al pie del cañón. Mil gracias por esta ahí.

            También otra distinción me llenaba de alegría. El primer premio Malva, que reconoce la lucha por la igualdad y contra la violencia de género, y que otorga la Asociación de Dones Pregressistes de Benimámet. Casi nada.

            En lo que afecta a la literatura, 102 mujeres marcaron mi año. La primera de ellas solo una niña, Malika, la protagonista de Els cabells molt rulls mi última novela juvenil destinada, además de a entretener y emocionar, a reflexionar sobre los delitos de odio y la discriminación. Ojalá lo consiga. El libro se estrenaba en la flamante y recuperada feria del libro, que este año fue3, por motivos de la pandemia, en otoño en vez d en primavera.

            Las otras 101 mujeres protagonistas de mi año son las protagonistas de mis 101 valencianas frente a mi espejo. una antología de relatos sobre mujeres extraordinarias que vio la luz el día de la Mujer en el ICAV, que nos hizo de anfitrión y de mecenas. Otro de los momentazos a guardar en la memoria.

            Pero no solo he publicado libros en solitario. Mis relatos han formado parte de antologías de Generación Bibliocafé (relatos líquidos), de un compendio maravilloso llamado Habitaciones de paso, o de las diversas entregas de Visibilizarte. Y, que no se diga que no hablo también de Derecho, también hacía una pequeña contribución al Anuario de Derecho Civil de Tirant lo Blanch

            La literatura no paraba con eso de darme alegrías. Mis dos obras de teatro en valenciano presentadas al concurso de aproposits de Junta Central Fallera eran premiadas con sendos terceros premios tanto en categoría infantil como adulta. Un premio que me gusta especialmente por su relación con mis queridas fallas, y por ser en lengua valenciana, que tanto me gusta.

            Por su parte, Paiporta me daba alegría doble. De un lado, me hacía entrega del premio Carolina Planells de narrativa contra la violencia de género, que se había llevado mi relato Azogue () el año anterior. De otro, en noviembre conocía que otro relato mío, El tiempo que nos queda, quedaba finalista en la edición de este año del certamen. El año que viene ya os contaré la entrega de premios, por supuesto.

            Y una alegría especialísima fue la obtención por este blog del premio al mejor blog en categoría personal de los premios 20 minutos. Un honor que conseguía nuestro teatro después de haber sido nominado dos veces. Y es que, como dice el refrán, a la tercera va la vencida.

            Para acabarlo de redondear, poco antes de escribir este resumen, llegaba a mi conocimiento que había sido considerada una de las 25 mujeres más influyentes de España en 2021, concretamente, la novena. Esas cosas que no hay que tomar demasiado en serio, pero que siempre ponen contenta. Y así estoy yo.

            Y con esto, termino el último estreno del año. No me olvido del aplauso, que no podía ser otro que el dedicado a todas las personas que cada martes y cada viernes me leéis. Os espero a todas y todos el año que viene. No me faltéis

Tocar el cielo: #loteriadelamadrina


Un año más, mi toga, mis tacones y yo nos ponemos en modo solidario para colaborar con la Fundación Soledad Cazorla y su lotería de la madrina. Es una iniciativa cuyas ganancias -solo en el caso en que toque devolución, en los demás casos funciona como una lotería convencional- se destinan a financiar becas y sueños, como los de la protagonista de este cuento

Tocar el cielo

Señores pasajeros, les informamos que acabamos de tener un aterrizaje de emergencia. Gracias a la pericia y profesionalidad de la tripulación, nadie ha sufrido ni un rasguño, aunque la situación era límite

-¡Bravoooo! -aplaudía todo el pasaje del avión, ya sano y salvo, en la sala VIP del aeropuerto- ¡Bravo!

Y no solo eso -la megafonía continuaba informando- Además han llegado a su destino con apenas unos minutos de retraso.

             Fue una verdadera proeza, según decían, aunque a ella no le importaban demasiado las alabanzas. Había cumplido con su trabajo como una profesional, y eso era lo que más le satisfacía. Fue un largo camino el que recorrió desde que un día decidió que quería ser piloto de aviones. Primero, lo tomaron como un sueño infantil, y pensaron que ya se le iría de la cabeza. Luego, cuando la idea persistía cada vez con más fuerza, trataron de arrancársela. Que una mujer fuera piloto era difícil, pero que lo fuera ella era casi imposible.

            Sonrió, pensando en aquellos días. Y sonrió todavía más al ver la procedencia de la llamada que le indicaba su teléfono móvil.

            Mientras tantos, los pasajeros del vuelo 767 iban reponiéndose del susto

Menos mal que hemos llegado, y además a tiempo -dijo un joven delgado y nervioso- Mañana tengo algo importantísimo que hacer. Voy a hacer una donación de médula a mi sobrinita de nueve años, que tiene leucemia. Ya me hice las pruebas y soy compatible. Esa princesa se merece una oportunidad y yo puedo contribuir a que la tenga

Qué bonito -contestó otra de las pasajeras- Yo también necesitaba llegar, aunque por algo bien distinto. Mi padre está agonizando, apenas le quedan horas de vida, y me gustaría tanto despedirme de él…

Pues ya veis -intervino una señora de mediana edad- Yo no tengo motivos tan apremiantes. Pero e moría de ganas de llegar. Llevo ahorrando años para hacer este viaje para conocer a mis nietos. El mayor tiene ya cinco años y todavía no lo he visto nunca. El billete de avión es tan caro para mí…

Bueno, yo también tenía mucha urgencia -dijo una chica de aspecto tímido- Necesitaba llegar a tiempo para presentar mi descubrimiento, un medicamento que espero que pueda curar varias enfermedades. Tengo muchas esperanzas depositadas en ello.

             Toda aquella gente fue abandonando el aeropuerto mientras ella respondía el teléfono. La llamada le había devuelto a aquellos días terribles, cuando descubrió el cuerpo sin vida de su madre en la alfombra del salón. Aquel hombre en quine ella había confiado para rehacer su vida, la había destrozado. A ella le dijeron que su madre había marchado al cielo, un lugar donde estaría siempre protegiéndola. Tal vez por eso se le metió en la cabeza lo de ser piloto., porque albergaba la esperanza de poder tocarla otra vez, aunque solo fuera con la punta de los dedos.

            Pero se hizo mayor y mantenía ese propósito. No era solo un sueño de niña, sino su verdadera vocación. Cuando le dijeron que no sería posible porque la situación económica en que le había dejado la muerte de su madre no permitía unos estudios tan largos y tan caros, creyó que todo estaba perdido.

            Fue entonces cuando llegó su hada madrina. No tenía un taje brillan te, ni una varita mágica, y tampoco le hacía ninguna falta. Un fonde de becas que financiaba estudios para quienes, como ella, habían perdido a su madre por culpa de la violencia machista, se hizo cargo. En tiempo récord consiguió estar volando. Y sabía que en algún punto de ese cielo que recorría estaba su madre dándole ánimos.

            Respondió a la llamada

             Le habían propuesto ser una de las madrinas de ese fondo de becas que tanto hizo por ella. Por ella y por aquella niña que por fin tendría su trasplante, por el padre que se podría despedir de su hija, por la abuela que conocería a sus nietos y por todas las personas a los que el descubrimiento de aquella chica salvaría. Nada de eso sería posible si ella no hubiera pilotado aquel avión que a punto estuvo de estrellarse

– Me encantaría, Nada me haría más feliz

                Esta es una historia inventada, pero que podía ser real. Nuestra protagonista consigue su sueño gracias a una iniciativa como la que me trae hoy aquí, el Fondo de Becas Soledad Cazorla. Y podemos contribuir con un simple clic en el enlace para adquirir un décimo. Solo en el caso en que toque la devolución, la mitad se destinará a las becas, el resto puede hacernos ricas o ricos como cualquier otro décimo. O sea, que toca, aunque no toque

Y, por si yo no os he convencido, os traigo una ilustración de @madebycarol, hecha ex profeso para esta iniciativa. Si no os ablanda esto, es que sois de pedernal. Y estoy segura de que no es así

Aquí os dejo el enlace de nuevo, por si acaso

https://www.playloterias.com/la-loteria-de-la-madrina-susana-gisbert

PD Podéis jugar a cualquier número de cualquier madrina, pero si lo hacéis al mío, me pongo todavía más contenta.

Navinécodtas: togas con sonrisas


              La Navidad es tiempo de exaltar nuestras mejores cosas, nuestros mejores valores. Y, si hablamos de lo mejor del mundo, el arte ha de estar ahí. Y el espectáculo convertido en arte, más aún. No hay navidad sin Love Actually, Qué bello es vivir y, por supuesto, sin El Cascanueces, un clásico que no puede faltar, especialmente si, como es mi caso, te gusta el ballet. Y, por supuesto, sin Sonrisas y lágrimas. Aunque en estos tiempos sea mejor escuchar el Jo jo jo de Santa Claus en todo momento.

            En nuestro teatro la Navidad también existe, y más allá de las decoraciones más o menos inspiradas de estanterías y mesas con espumillón y bolas de colores, siempre y cuando los expedientes les hagan un hueco. Y pese a todo, las risas también. Por eso, aunque ya son seis años de toguinavidades y cuentos navideños quería sacar la sonrisa de paseo que, con la que está cayendo, siempre viene bien.

            Contaba un compañero en twitter ayer mismo una anécdota que dice mucho de cómo están las cosas. Tiene su punto de risa, pero en su trasfondo tiene mucho más, aunque eso ya lo dejamos para mañana, como hacía Escarlata O’Hara en Lo que el viento se llevó. Decía mi amigo y compañero Carlos que el otro día pasaban por el Juzgado de guardia unas personas -que no eran ni los Reyes ni Papá Noel, que quede claro- preguntando, despacho por despacho, si podían llevarse los calefactores porque había un juzgado donde no tenían calefacción. La cosa tendría su gracia si no fuera un puro esperpento, en pleno mes diciembre y en pleno siglo XXI. Ojalá pudieran leer estas cosas quienes tienen en su poder la posibilidad de solucionarlas, y no hubiera que confiar en Santa Claus, que lo veo tejiendo a toda prisa bufandas y gorros con el escudo del Ministerio de Justicia. Para acabar de rematar el esperpento aclararé que esos calefactores son los que nos compramos, de nuestro bolsillo, cuando el sistema no tira lo suficiente para calentarnos. Y que incluso en algunos sitios se usan de trinqui porque se prohibió porque había sobrecargas de luz que incluso motivaron algún incendio.

            Y al hilo de la falta de medios, que da mucho de sí, me acuerdo ahora de otra anécdota que también viene a cuento. El otro día, como sucede con frecuencia, la videoconferencia no iba del todo bien. Exactamente, era conferencia, pero no video, es decir, que no se veía nada, aunque había sonido. Estaba en sala mi querido amigo y compañero Héctor , el primer fiscal invidente al que ya dediqué un post -y dedicaría todos los del mundo, por cierto- que, con el sentido del humor que le caracteriza, dijo con toda tranquilidad “pues mira qué bien, ahora estamos todos en igualdad de condiciones”. Y tenía más razón que un santo. A mí me dio la risa, pero a veces la gente se queda descolocada. A ver si aprendemos a normalizar de una vez, vaya.

            En estos momentos en que el dichoso coronavirus vuelve a hacer de las suyas, vuelve a cobrar actualidad un término que creíamos que estábamos desterrando pero que regresa a nuestras vidas como el día de la marmota, el confinamiento. Pero no sé por qué razón, ese corrector que a veces juega tan malas pasadas, se empecina con algunas cosas, como convertir a las personas confinadas en con confitadas, como si fueran esas frutas escarchadas tan propias de la Navidad. Y es que, como me dijo no hace mucho un testigo, el predictor juega muy malas pasadas. Andaba yo pensando en algún embarazo no deseado cuando me percaté que se refería al predictivo que corrige los textos y, en este caso, los WhatsApp. Y casi me caigo de la silla.

            Y a veces, ni siquiera se le puede echar la culpa. No hubiera colado en el caso de la imagen que ilustra este post, que habla por sí sola. Eso de que sea obligatorio consumar en la terraza tiene su aquel, Aparte de la ambigüedad de la frase, de la que una no sabe si es obligatorio tomarse algo, o si lo que es obligatorio es hacerlo en la terraza -no quiero ni pensar en la sanción por no hacerlo-, lo peor es a lo que se nos obliga. Que eso de consumar, según quién toque de partenaire, cambia mucho. No digo más por no pillarme los dedos, que nunca se sabe

            Tampoco tiene desperdicio el titular en que, por un obvio error, se refirió al toque de teta en vez de al toque de queda. Y menos mal que en este caso el Tribunal Superior de Justicia de turno lo rechazaba, porque si lo hubiera admitido aún hubiera dado para más chanzas. Y en algunas cosas no está la cosa para bromas.

            Para acabar, dejo una perla fina como remate de nuestro árbol de Navidad, aportada por otro compañero, que fue testigo presencial Estaba el fiscal de guardia dictando a una funcionaria algo que debía escribir en unas Diligencias urgentes y no acababan de entenderse. Ella, cada vez más nerviosa, consigue terminar su escrito y se busca la conformidad de quien le encomendó el trabajo y, cuando va a llamarlo, se dirige a él: “Señor Dur ¿está bien?”. Aún me río imaginando a cara del aludido.

            Y hasta aquí, los adornos de nuestro árbol de Navidad. El verdadero remate ha de ser el aplauso que doy a todas y cada una de las personas que se asoman a mi mundo toguitaconado. Muchas gracias y feliz Navidad

#cuentosdeNavidad : El armario


-¿Todavía te duele la herida? Te estás tocando la cicatriz

-Dolerme exactamente, no. Pero me molesta con el frío y con la humedad

-Tal vez deberías ir al médico para que le echara un vistazo. Hace demasiado tiempo para que se note

-No es para tanto, de verdad. Y, además, no me importa. Es más, me gusta notar esa sensación para recordar lo que pasó. No quiero olvidarlo ¿Sabes?

-No creo que lo olvides. Ni tú ni nadie de quienes lo vivimos.

                  Así era. Yo todavía podía recordar aquella llamada de teléfono, cuando los teléfonos pertenecían a una casa y no a una persona, y estaban unidos por un cable a esa casa de la que formaban parte. Fui yo quien descolgó el auricular y quien, tras identificarme ante mi interlocutor, recibí el mazazo. Mi hermana había recibido una paliza en la calle, a plena luz del día, y luchaba por su vida en la Unidad de Cuidados Intensivos de un hospital. No sabía por qué y, la verdad, tampoco me importaba, pero eso fue lo primero que mi padre preguntó cuándo escuchó la noticia de mi boca

-¿Una paliza en la calle, dices? ¿Y se sabe por qué?

-Faustino, por dios -dijo mi madre, enfadada- ¿Y eso qué importancia tiene ahora?

-La tiene, querida, la tiene, te guste o no. Y tú lo sabes perfectamente

          Yo no entendía nada. Mi hermana podía morir en cualquier momento y a mi padre parecía no importarle otra cosa que no fueran las circunstancias del suceso. Por desgracia, no tardé en entenderlo, aunque comprenderlo, no lo comprendí nunca.

            Al día siguiente la sección de sucesos del periódico daba todas las claves sobre la reacción de mi padre. Los golpes que le cayeron a mi hermana por la calle lo fueron al grito de “tortillera” “bollera de mierda” y similares. El periódico no ahorraba detalles, facilitados, al parecer, por testigos presenciales. Ella caminaba por la calle de la mano de otra mujer y eso fue suficiente para que se desencadenara la tragedia. Nunca encontraron a los autores, aunque tampoco creo que pusieran mucho interés en buscarlos. El acento se ponía en quién era mi hermana, quién era su familia y lo “inadecuado” de determinadas conductas, por más que el Código Penal acabara de despenalizarlas.

            Yo ignoraba si aquella chica con la que iba cogida mi hermana era su amiga, su amante o alguien que pasara por allí, pero tampoco tenía interés en saberlo. Solo quería que saliera del pozo donde estaba. Porque sus heridas curaron en el hospital, pero la persona que volvió a casa a hacer su convalecencia poco tenía que ver con la que salió unas semanas antes de casa a dar un paseo que le costó bien caro.

            La reacción de mi padre se exacerbó cuando vio lo publicado en el periódico, y las prioridades de sus preocupaciones propiciaron un alejamiento tan enorme de mi madre que nunca volvieron a estar juntos. Ella no le perdonó que le importara más el qué dirán qué la vida de su hija, y él no perdonaba a una hija que no respondía a lo que él esperaba de ella. A lo que esperaba, a su juicio, cualquier padre de cualquier hija.

            Nadie hablaba nunca en casa de la homosexualidad de mi hermana, pero flotaba en el aire sin nombrarla. También sin nombrarla supimos que fue la razón de su fulminante despido “por causas objetivas”, como lo fue del abandono de casi la totalidad de sus amistades, que jamás la visitaron. Solo acudía a verla una tal Mercedes, pero, cuando mi padre supo que era quien andaba cogida de la mano con ella aquel día, prohibió su entrada en casa,

            Eso precipitó la separación de mis padres, que ya venía cociéndose a fuego lento desde tiempo atrás. No obstante, mi madre parecía anclada todavía en algún punto del pasado donde mi hermana y su realidad tenían difícil encaje. O eso pensábamos.

            Llegó la Navidad, la primera tras lo que le ocurrió a mi hermana y tras la separación de mis padres. Pensaba que mi madre no estaría para celebraciones, pero me sorprendió desafiando la gravedad para subirse, un año más, al estante del armario donde guardaba los adornos navideños. No dejó ni uno dentro, y llenó la casa de espumillón y bolas de colores

-No has dejado nada en el armario

-Y así debe de estar, vacío.

            Mi madre miró fijamente a mi hermana cuando pronunció aquella frase y ella, por primera vez en mucho tiempo, levantó la cabeza. Fue entonces cuando mi madre se dirigió a nosotras y a mis hermanos, y nos dijo a toda la familia:

-Este año quiero que en Nochebuena vengáis todos con vuestras parejas.

-Sí, claro mamá, como siempre -dijo mi hermano- ¿No? Yo iré con mi mujer y Pablo con la suya y…

-Como siempre, no. He dicho con vuestras parejas. Las de todos

              De esta manera mi madre abría las puertas de su casa y de su vida a Mercedes, a quien tanto echaba de menos mi hermana.

-Ya os dije que había que vaciar los armarios por Navidad.