Danza: del tutú a la toga


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A lo largo de estos más de dos años de estrenos en nuestro gran teatro de la Justicia, hemos visto de todo. Desde las estrellas más rutilantes hasta el último y más olvidado figurante, desde el director al tramoyista, han ido desfilando por nuestras tablas, y también sus sentimientos, sus problemas y sus alegrías. Y seguirán haciéndolo, que aun queda mucha tela por cortar y esta modista tiene hilo y aguja de sobra mientras siga habiendo espectadores.

Pero, a pesar de la debilidad de esta humilde directora de pista por la danza, aún no había dedicado función alguna a la misma. O quizás por eso. Y el acompañamiento de baile es lo que da sentido a muchas obras, cuando no se convierte por sí misma en el tema de la trama. Las zapatillas rojas, El Cisne Negro, Billy Elliot, El último bailarín de Mao, Flashdance, Fiebre del Sábado Noche, Dirty Dancing, A chorus line, Fama, Noches de Sol.. y así hasta una lista interminable. Y luego están esas otras películas en las que nada sería igual sin danza: la escena de la azotea de West Side Story, el dùo de Grease, el tango de las asesinas de Chicago, los saltos entre los troncos de Siete novias para siete hermanos. Y no solo musicales. ¿Qué sería de Pulp Fiction sin el baile que se marcan Uma Thrman y Travolta, o de Perfume de Mujer sin el tango de Al Pacino?

En nuestro teatro no bailamos. Ya me gustaría a mí, que llevé tutú y zapatillas de puntas antes que toga y tacones. Pero quizás por eso, a veces imagino nuestras actuaciones en términos bailados.O bailables. Y cómo la propia danza, nunca son iguales.

Cuando todo transcurre como es debido, es como si estuviéramos ante un ballet de corte clásico. Evolucionamos al ritmo de una coreografía pautada, como las bailarinas de El lago de los cisnes, aunque cambiemos el vaporoso tul blanco por el solemne raso negro. E incluso, a veces, con nuestra Odile y nuestra Odette, el cisne negro y el banco, el autor y la víctima. Imaginemos un juicio por asesinato, por violación o por cualquier otro hecho terrible de los que tenemos la desgracia de andar sobrados.

Otras veces, cuando oímos a las víctimas en el juzgado de guardia, es inevitable pensar eso de “su vida es un tango”, de pro encadenamiento de tragedias. Me ocurre con muchas víctimas de violencia de género, pero también con otras. Su historia se podría contar a golpe de pasos del tango más intenso y sentido que imaginarse pueda.

¿Y cómo no pensar en un reggaetón cuando, en mitad de una declaración, escuchas a hombres que se creen con derecho a humillar a su mujer, solo porque es suya, y hasta a mujeres que asumen ese papel y que, en muchos casos acaban retirando las denuncias? No sé si perrean, pero, a veces, me parece oir de fondo la sintonía de una machacona canción que repite “eres mía, mía, mia”. Un peligro que, por cierto, acecha a nuestra juventud.

Pero no todo es triste, intenso ni negativo. En ocasiones, cuando el asunto acaba en una confomidad a satisfacción de todos –los hay, incrédulos, los hay-, me siento como si fuéramos a arrancar a cantar y bailar como si de un musical se tratara. Oh, what a beatiful morning, o what a beatiful day… Probad a imaginarlo. Igual creamos tendencia y los acuerdos se hacen coreografiados. Todo es cuestión de proponerlo.

También a veces, cuando de menores se trata y el hecho no pasa de ciertos límites, los imagino a ritmo de hip hop, o intentando arreglar sus diferencias en una batalla de break dance. Ojala lo hicieran siempre así y su escenario nunca fuera el nuestro.

.        Y. según sean los protagonistas, podríamos añadir una danza imaginaria a nuestras funciones. La multiculturalidad de la sociedad moderna y, por tanto, de los actores de nuestra función, nos lleva a imaginar Salsa, Bachata, ritmos africanos, danza de vientre y hasta valses vieneses o danzas húngaras. E incluso sevillanas o una jota, si me apuran, que nuestro folklore en bien rico.

Así que hoy, el aplauso es por todos los bailarines de nuestro teatro, aquellos que con sus evoluciones armoniosas saben seguir el ritmo de la música y arrancar los aplausos del público. Porque al ritmo de la música de la Justicia no es fácil, desde luego.

Puertas adentro: la intrahistoria


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Es evidente que el teatro, como espectáculo que es, vive de puertas para adentro. De lo que ve el público, lo que desarrolla en el escenario ante nuestros ojos. Fuera quedan lo que ocurre entre bambalinas y más allá, en las vidas de todos los que lo conforman y que nadie puede ver ni mucho menos sentir, por más que siempre haya algún Objetivo indiscreto –o no tanto- que pretenda hacernos creer que nos descubre sus vidas y sus almas. Lo que el ojo no ve es esa parte a la que nunca tendremos acceso. Como las propias vidas de los actores, muchas veces prefabricadas para dar una imagen que nada tiene que ver con la realidad. Como aquel Rock Hudson que nos vendían como prototipo de determinados clichés hasta que su forzosa salida del armario por culpa de una enfermedad maldita nos estalló en la cara. Gigante. Vaya que sí. Como otras miles de historias que nunca conoceremos.

Y si en algo es prolijo nuestro teatro, en esas historias ocultas, esa intrahistoria que esconde detrás de cada función, por no decir de cada toga. Hay miles de esas historias en las vidas de cada uno de los protagonistas, fijos o eventuales, protagonistas o secundarios. Y, si interpretan bien sus papeles, nadie se dará cuenta. Ya se sabe. Show must go on.

Aun antes de llevar la toga, ya existen detrás de códigos y apuntes muchas mochilas con las que cargar. Detrás de cada estudiante y, muy especialmente, detrás de cada opositor, un mundo de vivencias grandes y pequeñas tratan de alterar la rutina, a veces para siempre. El fallecimiento de un ser querido o una ruptura sentimental pueden introducir un terremoto de magnitudes incalculables en la calma chicha del enclaustramiento propio de quienes opositan. Solo reponerse de ello  puede suponer un esfuerzo titánico. Pero a veces hay más. He conocido casos en que la pérdida de un padre ha supuesto tener que dejar los estudios de golpe por una cuestión económica o compatibilizarlos con un trabajo que supone un obstáculo más en el camino. O enfermedades propias o ajenas, que hacen batallar en varios frentes distintos. Furia de titanes. Y el tiempo jugando siempre en contra.

Pero si hay una intrahistoria que me ha impresionado en mi vida toguitaconada, ésa es la de Amelia, nombre imaginario para una persona real. Tras su toga de juez de malos tratos en la lejana Bolivia, escondía un rosario de sufrimiento y superación. Un marido que la maltrataba, la difícil decisión de denunciarlo tras mucho meditar y un terrible desenlace. El marido de Amelia se suicidó tras ser imputado, y el mundo se le cayó encima. No solo la familia de él le echó la culpa sino que su propia familia le dio la espalda. Cambió de ciudad, donde sigue batallando día a día por sacar adelante a sus hijos y porque otras mujeres no padezcan el infierno por el que ella pasó. Una heroína anónima a la que tuve el honor de conocer y que me marcó para siempre.

Aunque quizás donde más intrahistorias existen es en las vidas de aquellos que acuden a nuestro escenario en busca de Justicia. Por un lado, no siempre les dejamos explayarse todo lo que quisieran. De una parte, la premura de tiempo y la necesidad de ceñirnos a los hechos controvertidos, de otra, incluso los propios consejos de su letrado, que le insta –acertadamente- a callar algunas cosas que le puedan perjudicar. Y, por otro lado, sus propios sentimientos. Mujeres que no declaran contra su pareja, hijos que no declaran contra sus progenitores, víctimas de agresión sexual a quienes la angustia les bloquea el recuerdo. Dramas que quedan soterrados y que incluso llevan a renunciar a juicios en pro de una conformidad que evite revivir tanto dolor.

Y, por supuesto, también puede haber dramas terribles detrás de algunas personas que haya cometido un delito. Pasados terribles, adicciones o vivencias que marcan. Algo especialmente doloroso cuando de menores se trata.

Aunque no todo es dolor. También hay entre bambalinas anécdotas que se guardan para evitar males mayores. Recuerdo en una de mis primeras guardias a un joven delincuente a quien su letrada no sabía cómo callar la boca porque, sorprendido con el radio cassette -sí, existía-de un coche recién sustraído, estaba empeñado en contarnos que él era mucho más hábil, y que en la mayoría de los casos no le habíamos pillado. Por suerte para el, su atribulada abogada consiguió que cerrara la boca antes de que saliera de allí imputado por una sucesión de robos que le habían salido niquelados. Salvado por la campana.

Las historias son infinitas. Por eso hoy la ovación es para quienes llevan a cuestas su intrahistoria y siguen adelante. A uno y otro lado del estrado. De puertas para adentro, como la imagen que ilustra este estreno, cedida generosamente por @JulioAntonio48. Gracias.

 

 

Luz: que no se apague


 

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¿Qué seria del teatro sin luz? Sin una iluminación que centrara la atención en el momento exacto, en el protagonista adecuado, sin los matices que dan el ambiente justo en cada momento, las obras perderían gran parte de su esencia. Imposible concebir Los Otros sin que la luz -o la falta de ella- llenen toda la pantalla, imposible el pánico de Psicosis sin la penumbra opresiva de la recepción de Norman Bates, imposible pensar en prostíbulos de La pequeña o Princesas sin sus luces anaranjadas e imposible imaginar el ambiente discotequero de Fiebre del Sábado Noche sin sus luces caleidoscópicas y s imprescindible bola de espejitos. Y mucho más.

La luz es imprescindible por su protagonismo de filmes como Luz de gas, hasta el punto de tratar de enloquecer con ello a la protagonista, y las referencias a ella son constantes y del más variado pelaje, como en Luces de Bohemia. Hasta el punto, de haber entrado a formar parte de nuestra vida frases como el famoso Carolyn, ven a la luz de Poltergeist, que usamos para hacer entrar en razón a alguien, o hacer luz de gas, como sinónimo de volver loca a una persona.

En nuestro teatro, la luz es tan imprescindible como en tantos otros ámbitos de la vida. Y, aunque no podemos –al menos de momento-, matizar cada instante del juicio o la declaración con subidas o bajadas de los focos para elevar el nivel de dramatismo, es algo esencial. Y, como sucede siempre, nos damos cuanta cuando falta.

Quizás lo primero que habría que aclarar es que no hacemos los interrogatorios con una potente bombilla enfocada a los ojos del detenido. Lo que se ha venido a llamar El Tercer Grado es una leyenda urbana. Aunque confieso que en algunos casos ganas no nos faltan. Guárdenme el secreto.

Y a veces juraría, aunque no lo vea, que existe un cañón de luz imaginario enfocando a determinados investigados o testigos mediáticos en sus cada vez más frecuentes visitas al juzgado. Folklóricas, políticos o futbolistas llegan tan en olor de multitudes que parece que tengan la alfombra roja extendida y un haz de luz enfocándoles, mientras una horda de fans les jalean, hayan hecho lo que hayan hecho, o se agolpan a su alrededor tratando de que las cámaras les den unos segundos para poner morritos, hacer el gesto de la victoria o decir “quiero saludar a mi churri”.

Pero la luz, ésa que aparece como por ensalmo en cuanto le damos al interruptor, a veces falla. Y entonces es cuando nos damos cuenta del completo desastre en que nos encontramos sin ella. Me pasó el otro día sin ir más lejos. Una tromba de agua nivel El diluvio que viene tuvo a bien obsequiar a mi ciudad mientras yo estaba en el juzgado de guardia haciendo las labores propias de mi toguitaconada profesión. Y como quiera que en mi ciudad no han sido suficiente siglos de inundaciones épicas para aprender la lección y estar preparados, nos pilló a los Togados por sorpresa y al justiciable más aún. Y de pronto, zas, En la Ardiente oscuridad. Y aunque no tardó en volver a iluminar nuestras caras y nuestros expedientes, los ordenadores no pudieron soportar la impresión recibida y decidieron ponerse en huelga de cables caídos. Y es sólo entonces, cuando tienes que tirar de boli bic –si hay- para hacer un informe, o poner un auto de prisión y otro de alejamiento en nuestro caso, es cuando te das cuenta que Todo lo que necesitas no es amor. Y ojo, tuvimos suerte porque la fotocopiadora decidió erigirse en Esquirol y no secundar la huelga, porque si no no habría otras copias que las que volviéramos a hacer con el sistema de un monje amanuense, como si estuviéramos en El nombre de la rosa. No obstante, hubo que dejar cosas pendientes pata día siguiente. Que si El cielo puede esperar, los juicios no van a ser menos.

Recordé al hilo del suceso otras ocasiones en que falló la iluminación en nuestro teatro. Me contó una compañera cómo en pleno juicio de jurado por asesinato de pronto la oscuridad se cernió sobre los presentes precisamente en el momento de emitir el veredicto. Es decir, en pleno clímax, con el acusado esposado, magistrado, abogados y fiscal presentes esperando, y los once miembros del jurado dispuestos a que su portavoz, puesto en pie, diera lectura al acta y se pudieran ir por fin a continuar sus vidas. Vana ilusión. Después de unos cuantos minutos, que imagino eternos, congelados en el momento como si fueran los protagonistas de la Bella Durmiente después de que ésta se pinchara con la rueca, se decidió ir en busca de otra sala, y tuvieron que abrirse paso como bien pudieron entre el Azul Oscuro casi negro del ambiente. Porque añadiré, para los listillos que estén pensando en que usaran el móvil de linterna, que los miembros del jurado no pueden tener el teléfono consigo. Un día inolvidble, a buen seguro.

También me vino a la cabeza otra ocasión, donde la compañera de guardia en un pueblo estaba tomando declaración al acusado de un caso que despertaba un morbo desmedido, en que, tras horas de interrogatorio y ya entrada la madrugada, se vio sumida Entre tinieblas. La luz se extinguió para no volver hasta horas más tarde, y tuvieron que emigrar hasta otro edificio, en un peregrinaje con los expedientes a cuesta en que juez, fiscal, funcionarios, abogadas y secretaria judicial –hoy LAJ- avanzaban en la noche seguidos de cerca por los periodistas que, cámara en ristre, no les dejaban a sol ni a sombra, al filo de la noticia.

Gajes del oficio, desde luego. Pero muchos de ellos evitables con un poco de previsión un mucho de inversión. Por eso, hoy el aplauso va, con mi linterna en la mano por si las moscas, para quienes sacan adelante este trabajo a pesar de los inconvenientes. Incluso a ciegas.

 

 

 

 

 

Concordancias: encajar las piezas


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A veces unas cosas no se entienden si no es con relación a otras. Quien nos habla lo hace con la certeza o el convencimiento de que compartimos ciertas cosas, y si ese conocimiento previo falla, nos perdemos parte de la historia o hasta la historia entera. Y nos quedamos con cara de tontos. Imaginemos qué pasaría si ignoráramos las referencias que se hacen a otras películas en Schreck, en Scarie Movie –o su versión patria Spanish Movie– o hasta en muchos capítulos de Los Simpson. Pues la cosa perdería su gracia.

Y algo más que gracia perdería si careciésemos de unas referencias culturales comunes. Pocas cosas tendrían sentido si no supiéramos de qué nos están hablando de El Quijote, La Armada Invencible o el Holocausto, por poner un ejemplo. Y no nos llegaría tan hondo El Niño con el Pijama de Rayas o La Vida es bella si no supiéramos que se esconde tras esas alambradas y esas espeluznantes columnas de humo. Un mínimo acervo común para manejarnos que, de no existir o no ser tan común, se suple en los libros con esos asteriscos que nos llevan a la letra pequeña de los pies de página que suelen despertar el deseo irrefrenable de saltárnoslos. Y, si sucumbimos, nos dejan con la historia a medias.

También en nuestro mundo toguitaconado nos vemos obligados a manejar algunas referencias que, de no conocer, nos dejan sin parte de la historia. Y que pueden hasta cambiar el final, esto es, la decisión a tomar, que no es cualquier cosa. Gran parte de ella forman parte –o debieran hacerlo- de nuestros conocimientos jurídicos. Esto es, se suponen que viene en el pack con el título que colgamos en la pared que nos acredita como Licenciados –o graduados ahora- en Derecho. El mismo pack donde viene esa orla en la que la mayoría tenemos cara de pipiolos, un peinado conforme a la época, y una toga prestada que parecía habernos caído de un quinto piso. Tal como éramos, que el tiempo que no pasa en balde.

Pero, aunque no permanezcan las melenas que un día tuvieron algunos y que pasaron a la historia, ni los cardados, ni la piel tersa que entonces lucíamos, se supone que lo que sí debe permanecer es ese remanente de conocimientos que un día adquirimos y que se supone que mantenemos y hasta mejoramos, a base de regarlo como si de una plantita se tratara. Y a pesar de lo difícil que nos lo pone a veces el legislador, cuando le entra la furia reformadora y no damos abasto. Pero ahí están, desafiando al paso del tiempo, cosas como la presunción de inocencia, la tutela judicial efectiva, la buena fe, el dolo, la culpa y hasta el tercero hipotecario.

Otra cosa distinta son  esas otras referencias, las que redirigen a cosas concretas de otro precepto de la misma o distinta ley. Lo que damos en llamar concordancias y sin las cuales el precepto puede cambiar su sentido, o hasta quedar vacío de contenido. Algo así como la parte contratante de la primera parte del genial Grouxo Marx.

Recuerdo que, durante mi tiempo de opositora, me volvía loca cada vez que la Ley de Enjuiciamiento Criminal me ponía como requisito –para la conformidad, por ejemplo- que se tratara de una “pena correccional”. ¿Qué diantres era aquello? ¿No eran todas las penas correccionales, en el sentido de que debían tender a la rehabilitación del penado? ¿O es que solo corregían algunas de ellas? La respuesta era sencilla, una vez conocida. Se trataba de una referencia a un límite de pena que el legislador había derogado como tal pero que había olvidado corregir –él es quien necesitaba una corrección-. Solo había qué saber qué límite era ese -6 años, si no recuerdo mal-, para interpretar el precepto correctamente. Porque el legislador descuidó la concordancia.

Por desgracia, no es el único ejemplo. Chapuzas de este tipo pueblan nuestro ordenamiento. Aún queda por algún lado alguna referencia a las faltas –desbancadas hoy por los delitos leves o levitos– y recuerdo que durante mucho tiempo se mantuvo vigente un precepto que sancionaba los fraudes de subvenciones europeas contabilizándolos en ecus, moneda  que jamás llegó a tener vigencia, arrumbada por su flamante sucesor el euro.

Me preguntaba hace poco mi buen amigo Francisco Rosales, notario para más señas, qué pasaba ahora con el delito de impago de pensiones, puesto que el artículo del Código Penal seguía refiriéndose a “convenio judicialmente aprobado”, pasando por alto la nueva realidad de las bodas ante notario, lo cual dejaría fuera de ese tipo concreto el impago de una pensión acordada en un matrimonio ante notario. Las posibilidades jurídicas son diversas, pero la chapucilla ahí queda.

Como están, también los cambios de denominaciones que no acaban de encajar en el sistema. El nuevo término investigado –que sustituye a imputado-, por ejemplo, hará que ahora se estudien las causas de ininvestigabilidad, en lugar de las de ininmputabilidad. Y cómo vamos a investigar si alguien es o no imputable, si a priori decimos que es ininvestigable. Misterios sin resolver.

Como misterio es también encajar otro término de nuevo cuño, el de Letrado de la Administración de Justicia. No ofrece especial problema con los que sirven en los Juzgados, pero ¿qué pasa con cargos como el de Secretario de Gobierno?. ¿Se convierte en Letrado de la Administración de Justicia de Gobierno? Cuento menos, un poco raro sí suena. Pero sería lo coherente en principio. Veremos.

Y esto son solo algunas muestras. Nuestras leyes están salpicadas de chapuzas y chapucillas hijas de la precipitación y las prisas, y madres de la falta de exquisitez técnica que sería deseable. Por eso acaban cuajándose de bises -que no son una repetición a petición del público en este caso- o quinquies -que tampoco son lo que parecen. Pero, con las prisas que le entran en algunos momentos al legislador, acaba siendo algo inevitable.

Por eso hoy el aplauso es, ni más ni menos, para la paciencia de todos los aplicadores del derecho que sobreviven a estas cosas tratando de hacer Justicia y no de cumplir un mero trámite. Que no nos lo ponen fácil precisamente.

 

Milagros: ¿a Lourdes?


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Todos hemos oído alguna vez eso de “milagros, a Lourdes” . Afirmaciones tajantes como “no creo en los milagros” se oyen cada dos por tres, pero cada dos por tres también imploramos en busca de un milagro para logar esto o aquello o desfacer un entuerto. Algunas artistas de antes, las folklóricas de toda la vida, tenían hasta una capillita con sus estampitas para encomendarse a santos o vírgenes en cada función o cada estreno. Aunque mi preferida, de todas todas, es Nuestra Señora del Abrigo de Pana a la que se encomendaba Lina Morgan en Vaya par de gemelas mientras ponía en blanco los ojos y hacía un cruce de piernas imposible.

Y es que todos hemos vivido alguna situación en que hayamos implorado un milagro. Seamos creyentes o no, que eso es lo de menos, que siempre viene a cuento eso de acordarse de Santa Bárbara cuando llueve. Y el cine, por descontado, no podía ser menos. Desde la emocionante El milagro de Anna Sullivan o la ternura de Un lugar llamado milagro hasta la iconoclastia de Los lunes, milagro o El milagro de P Tinto. Por más que nos digan aquello de El Cielo puede esperar.

Mi vida toguitaconada –y supongo que la de todos- está llena de grandes y pequeños milagros. Porque, tal como están las cosas, milagro es cada día que no se cuelgue el ordenador, que tarde menos de media hora en ponerse en marcha o que la mesa no se haya desarmado bajo el peso de los expedientes tras la vuelta de las vacaciones. Y, por lo que oigo y veo, también viven como un milagro quienes usan Lexnet que el dichoso sistema ande como debe, admita los adjuntos, envíe las cosas como toca y no se cuelgue. Por no hablar del milagro superlativo que sería que todos pudiéramos usar un sistema único, llamese lexnet o toguitaconet, que me gusta más. Pero aquí sí que valdría eso de Milagros, a Lourdes. Más que nada porque su ubicación geográfica le aleja de la lexnetfobia.

Pero, como decía, de milagros anda jalonada la escalera de Toguilandia. Desde bien pronto, además. Porque, que levante la mano quién no ha llevado a los exámenes estampitas, virgencitas, amuletos de las más variadas procedencias y algún que otra prenda de la suerte aún a riesgo de asarse o morirse de frío, según la época del año. Y que levante la mano también quién no se ha visto enredado en novenas, rogativas a San Judas Tadeo o a Santa Rita o a toda la corte celestial porque con tal de lograr un ansiado aprobado una es capaz de abrazar cualquier fe. Incluso varias a la vez, llegado el caso. Ya he dicho en alguna otra ocasión que cada vez que hay examen se puede escuchar las discusiones de todos los habitantes del reino de San Pedro, que tienen tantas recomendaciones que no dan abasto. Es lo que tiene eso de A Dios rogando y con el mazo dando. Crea uno o no crea, que, a situaciones desesperadas, soluciones desesperadas. Y pocas cosas hay más desesperadas que la necesidad de aprobar una oposición. Seguro que muchos sabe a qué me refiero.

Y ahí no acaban los milagros. Como decía, van empedrando el camino de las baldosas amarillas del reino de Toguilandia, en busca de nuestro particular Mago de Oz, que no es otro qe la Justicia –así, con mayúsculas-. Sin ir más lejos, me contaba un buen amigo lo feliz que se hallaba el otro día porque una mujer, después de mucho trabajo, había decidido denunciar a su agresor y coger la mano que le estaban tendiendo –gracias, Javier, por compartir esta historia-. Nunca lo sabremos, pero quizás se haya salvado una vida. La misma sensación que tuve yo también no hace mucho, viendo cómo las compañeras de colegio de una chica que estaba siendo maltratada tomaban la iniciativa y, a pesar de la negativa de ella, hablaron con su familia y denunciaron los hechos. Ella, finalmente, se vio arropada y salió de su marasmo y, con ello, de una vida segura de llanto y rechinar de dientes. Y no sé si llamarlo milagro, pero ver cómo da sus frutos el trabajo de quienes nos empeñamos cada día en poner nuestro granito de arena a la concienciación se vive como si lo fuera. Lo mismo que le pareció a otro buen amigo el hecho de encontrar, al menos por un día, vacío el Juzgado de Violencia Sobre la Mujer. Ojala estuviera así siempre

Hay más milagros casi a diario. Entendiendo milagro como un hecho maravilloso e inesperado, por más que en él haya intervenido la mano del hombre. Esa resolución que por fin hace justicia a quien se creía indefenso, ese abrazo de una víctima agradecida y, por qué no, ese menor que reorienta su vida o ese delincuente que consigue reinsertarse. Pequeños milagros que hacen posible seguir avanzando.

Así que hoy el aplauso para todos los que siguen el camino de baldosas amarillas. Los milagros existen sin necesidad de llegar más allá del arco iris. Solo hay que saberlos ver.

 

Respeto: que nunca falte


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En todos los ámbitos de la vida hay un ingrediente fundamental: el respeto. Sin él los seres humanos somos menos humanos. Y la convivencia es imposible o, cuanto menos, insoportable.

Y por supuesto, en el espectáculo ocurre otro tanto. En un mundo donde el divismo es un riesgo corriente, y los ascensos estratosféricos habituales, hay que saber mantener los pies en tierra. Todos hemos sabido de estrellas que pierden los papeles y tratan a la gente con desprecio, olvidando que quien un día está en lo más alto, al día siguiente puede ir al subsuelo. Ya se sabe, Más dura será la caída.

Nuestro mundo, por descontado, no sólo no es una excepción sino que es un guiso que no puede hacerse sin ese ingrediente imprescindible que es el respeto. En vertical, en horizontal y en oblicuo, porque el respeto no es unidireccional. Tan es así, que la falta de respeto o desconsideración con superiores, con compañeros, con otros profesionales o con el justiciable son constitutivos de una falta disciplinaria, cuando no de más. Como no podía ser de otra manera.

Lo que ocurre es que hay que diferenciar términos. Una cosa es la falta de educación, otra la falta de respeto y, en la cima más alta de la pirámide, está el insulto. Y, a partir de ahí, se puede entrar de lleno en campo minado por el Código Penal. No todo vale.

La educación nos viene de serie. O, al menos, debería  Consiste en algo tan sencillo como decir buenos días, por favor y gracias. Sea quien sea y como sea. Cuesta lo mismo exigir a un funcionario que busque un expediente que pedírselo por favor. Es más, creo que lo segundo es más sencillo y más agradable. Se matan más moscas con miel que con hiel.

En la mayor parte de los casos, tratamos de ser escrupulosamente educados y respetuosos. Pero ni todos somos iguales ni estamos cortados por el mismo patrón, por supuesto. Y no deja de resultar curioso leer algunos artículos o entradas en redes sociales en que jocosamente dan palmas con las orejas porque aquel o este juez o fiscal se comportaron con educación. No tiene gracia, la verdad. No hay que hacer de la excepción regla y tratarnos como si fuéramos el diablo, que cambió el tridente por toga y puñetas.

Pero si algún lugar es campo abonado para insultos, ése es el de las redes sociales, amparados generalmente por el anonimato de un avatar que no contiene datos personales. Todos hemos leído verdaderas barbaridades, contra las que no siempre se actúa con la rapidez que se debiera.

Desde hace tiempo vengo observando cobardías e infamias en las redes. Pondré un ejemplo, el de una buena amiga y mejor periodista de tribunales, que día sí y día también tiene que soportar que cuestionen su ropa, su peinado, su aspecto físico y hasta su higiene por el mero hecho de hacer su trabajo. Servidumbres de la fama, le digo yo, haciendo de amiga entregada. Pero, en la confianza de estar en mi casa –porque eso es de algún modo este blog-, diré que me tocan el trigémino estas cosas. Y no digo otra cosa por hacer un ejercicio de esa educación que he postulado, pero me cuesta la vida y muchos pingüinos enfriadores, que conste.

Mi amiga @loretoochando habla en la tele de corrupción, de asuntos candentes, pisando más de un callo y como la profesional que es. Puede gustar o no, compartir su estilo o sus afirmaciones o no. Pero decirle cosas como “peínate, guarra”, llamarla “borracha”, “gorda” o meterse con la camiseta que lleva y hasta con la marca del bronceado dice mucho de quienes lo hacen y muy poco de sus argumentos. El insulto es el argumento de quienes no tienen argumentos.

No voy a defender a ultranza su trabajo. Ya lo hace con su labor diaria. Pero sí voy a denostar a quienes se amparan en el anonimato para escupir su mala educación y su machismo. Porque, además, pocas veces he visto semejantes comentarios dedicados a un hombre.

Y no es la única, ni el machismo es el único palo de la baraja de semejantes tipos. Me constan que en otros casos lo que ataca es la orientación sexual del periodista de que se trata. Igualmente despreciable.

Así que hoy el aplauso se convierte en un pequeño homenaje a estas dos personas y con ellas, a todos los que no se achantan ante estas demostraciones de intolerancia, que superan con mucho la mera falta de respeto. No os rindáis, que no tiene más razón quien arma más ruido. Y, como dice otra buena amiga –gracias Lydia- la razón solo tiene un camino.

Deportes togados: en forma


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El deporte está muy relacionado con el mundo de la farándula. Y cada día más, teniendo en cuenta la cantidad astronómica de dinero, proporcional al revuelo mediático, que provocan algunas figuras balompédicas. Han heredado el fenómeno fan de tal manera, que el fanatismo ha llevado a cosas tan absurdas como no solo obviar la condición de presunto delincuente de alguno sino jalearlo a la puerta del jugado.

Aunque no toda relación entre espectáculo y deporte es de este tipo. Hay quien aprovecha la condición de personajes conocidos para embarcarse en acciones solidarias, ya sea con carácter permanente, -a través de asociaciones como Non Stop– o bien con acciones puntuales, como partidos benéficos. Ole por ellos.

Y las estrellas del espectáculo también practican deporte, muchas de ellas con buenos resultados. No olvidemos a Jane Fonda, que puso de moda el aerobic, o a Madonna, que convirtió el running –antes footing, y antes de antes, correr, como se ha llamado toda la vida- en una verdadera moda.

¿Y qué hay de nosotros? ¿Practican deporte las togas? Pues sí, no lo pongamos en duda. Muchas compañeras cambian por un rato toga y tacones por chándal y deportivas, y se lanzan a gimnasios, carreteras o montes para correr, trotar, andar, saltar o lo que sea preciso. Y otro tanto hacen los mocasines, no creamos. Que tantas horas delante de un ordenador –cuando funciona, claro- o ante expedientes pasa factura al cuerpo si no le echamos un poquito de gasolina aeróbica –o anaeróbica, que soy de letras y nunca las distinguí bien-

Pero no hace falta siquiera que nos pongamos las mallas o el pantalón corto para eso. La gentileza de los responsables de la Administración de Justicia es infinita, y su afán por cuidar de nuestra salud de sobra conocida. ¿Alguien lo duda? Pasen y lean. Varios nuevos deportes pugnan por abrirse paso y convertirse en disciplina olímpica para los próximos juegos.

El primero de ello, muy en boga estos días, es el salto con pértiga para sortear los expedientes que nos dejaron como souvenir las vacaciones. Se dice que hay verdaderas maestras en el tema, y yo me pongo a ello, que no se diga. Asimismo hay una nueva modalidad de escalada, la que se hace con casco de minero y piqueta para conseguir asaltar la cima del Justiciest  También conozco a quien se está empleando a fondo en ello.

Y si lo que se prefiere son los deportes de aventura, también estamos de suerte. Su pueden atravesar las pilas de procedimientos machete en ristre al modo Indiana Jones, En busca del expediente perdido. Incluso se pude practicar el tiro olímpico para conseguir despejar el terreno, aunque los resultados no sean demasiado recomendables. Tal vez habrá que afinar un poco la puntería.

Y ahí no acaba la cosa. Una vez logrado el primer objetivo, como si de una suerte de Pentatlon se tratara, nos obsequian con nuevas pruebas. En primer lugar, la halterofilia, emulando a Lydia Valentín cuando los tomos son muchos y logramos alzarlos de golpe. Y su antítesis, la de lanzamiento de peso, que se puede ejercitar fácilmente tratando de colocar desde la silla a la mesa los expedientes, una vez despachados. Y que va en busca de récord olímpico cuando lo que pretende es que salgan definitivamente del juzgado o del despacho. Aunque, en ese caso, aflora algún precedente australiano desconocido y cobra efecto boomerang. Que, como dicen unas compis tuiteras, no hay mayor fidelidad que la de un procedimiento que se tuerce: te busca, te encuentra, te espera, te reforma, te apela y, si te descuidas, hasta te casa.

Y, cuando una tiene ganas de hacer el Pentatlon entero, de nuevo nuestra excelsa Administración acude a nuestro rescate. Y podemos practicar la gimnasia rítmica hasta el virtuosismo contorsionándonos para llegar al armario, alcanzar la ventana o colocar algún cartón para tapar los chorros de aire acondicionado, cuando le da por salir como si de un Huracán se tratara. Y, aunque no es recomendable correr entre los pasillos, la solución también nos la ponen en bandeja, haciendo que los ascensores no funcionen y supliendo el running por un sanísimo ejercicio de subir y bajar escaleras.

Así que no vuelvan a decir que somos sedentarios. De eso, nada. Un montón de deportes esperando la homologación de sus records son practicados con toga o sin ella a diario. Eso sí, en franca competencia con abogados y procuradores, que corren como locos de un lado a otro en busca de ese juzgado donde, por esa implacable ley de Murphy, han señalado el mismo día que se tiene guardia en un sitio y declaraciones en otro, a veces a muchos kilómetros. Y en ese caso está la alternativa de practicar motociclismo o automovilismo, que también son deporte.

Por todo ello y, mientras descanso del esfuerzo, hoy en vez de aplauso voy a dar dos medallas de oro. A esas dos compis tuiteras cuyo ingenio fue inspiración de este estreno, @Kinotofukasuka y @lcroldan. Y con ellas, a todos los que practicamos el esforzado deporte de la vuelta al trabajo. Como ser jurista y no morir en el intento.

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Derecho en serie: en serio


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Los artistas gustan de los retos. En realidad, todo el mundo del espectáculo es un verdadero reto. Lograr este o aquel premio, lograr buenas críticas, lograr espectadores. Esto sobre todo, y más en tiempo en que la batalla de las audiencias les hace vivir con el corazón en vilo. Pero los retos aguzan el ingenio y estimulan la adrenalina.
Y nada como un buen chute de adrenalina para traer a las musas. Así que en cuanto me hablaron del #Retoblog del Derecho y las series, vinieron las musas en tropel. Buscando a Susan desesperadamente, vaya. A ver quien se resiste.
El tema del derecho y los juicios ha sido, es y será una constante en las series de televisión. Mi madre me hablaba de Ironside y Perry Mason, pero yo llegué tarde a esas salas de vistas. Fui más de la generación de Turno de oficio, La ley de Los Angeles o la rompedora Ally McBeal, aunque confieso que quien quería ser era Sabrina, la morena lista de Los Angeles de Charlie. Cosas de la adolescencia.
Reconozco que si hay una serie que ha marcado mi vida profesional, esa es Canción Triste de Hill Street. No porque me identificara más o menos con aquella letrada que andaba siempre por ahí sino porque mis primeros tiempos en la carrera fiscal se parecían a aquellas escenas que acababan con el policía veterano diciendo a sus chicos “tengan cuidado ahí fuera”. Y es que así era el reparto de trabajo en mi primer destino: tú a juicios de faltas, tú a Penal, tú a sala. Eso sí, siempre me hubiera encantado ser una de aquellos Hombres de Harrelson y que me dijeran eso de “TJ, al tejado”. Igual cualquier día, que nunca se sabe.
Pero si a algo se parecen de verdad muchos de nuestros juzgados, es a Cuéntame. Esa puesta en escena que no cambia desde los tiempos de Historias de la frivolidad, da la sensación de haber viajado con el Ministerio del tiempo hasta el siglo pasado, y nos deja Perdidos en algún punto de El tiempo entre costuras. Cosas de casa. De esa casa nuestra que llamamos Administración de Justicia, y que necesita con frecuencia de un Mc Gyver que con un chicle y una goma de pelo arregle ordenadores e impresoras, o de una Embrujada que con un movimiento de nariz hiciera aparecer como por ensalmo esos medios materiales que reclamamos a gritos, o los Desaparecidos sustitutos, que un día se esfumaron como la Laura Palmer de Twin Peaks.
Si miramos bien, cada uno de nuestros escenarios tiene su serie. ¿Quién no ha fantaseado alguna vez con que el nuestro fuera como aquel hilarante Juzgado de Guardia con su desternillante fiscal y su juez desvestido debajo de la toga? ¿Quién no ha sentido que su toga era como el traje del Gran Héroe Americano, que recibió sin libro de instrucciones y andaba chocándose con paredes y ventanas día sí y día también?
Pero poco se parecen, no sé si por suerte o por desgracia. Y aunque nos imagináramos que alguien iba a llegar diciéndonos eso de Se ha escrito un crimen para resolverlos como la protagonista de los Misterios de Laura, la mayoría de los asuntos son más del tipo de Crónicas de un Pueblo. Algunos, que pretenden que tratemos como Urgencias lo que en realidad es cuestión de un Médico de familia o de una Farmacia de Guardia. Eso sí, con constante presencia de Periodistas haciendo pressing en la puerta. Y mientras, por nuestros pasillos desfilan todo el elenco de estereotipos de Aida, que, al natural, ya no tienen tanta gracia.
Nadie nos avisó que Corrupción en Miami quedaría en una nadería al lado de las cosas que íbamos a ver. Y nadie avisó a los telespectadores que eso del CSI es cosa de películas, que aquí lo de los medios es tan penoso que dan ganas de gritar eso de que Aquí no hay quien viva. Y ojo, La que se avecina como las cosas sigan por el mismo camino. Una Autopista hacia el cielo, que nos ganamos cada día a base de paciencia.
Pero no solo de Derecho Penal vive el jurista. Y si no, que se lo digan a todos esos civilistas que más de una vez se han enfrentado a disputas familiares por herencias o divisiones de negocios que ríase usted de Falcon Crest y los Colby. O a los que resuelven asuntos de Familia, que poco tienen que ver con los Anillos de oro de Imanol y Ana Diosdado. Escuchando a veces dramas que hacen derramar más lágrimas que La casa de la Pradera, Marco y Heidi juntos. Porque, lo crean o no, Los ricos también lloran.
Y la cosa se pone dramática cuando de algunas jurisdicciones se trata. Desde la Tristeza de Amor mal entendida que tiñe muchos asuntos de Violencia de Género, hasta los quebrantamientos de condena por tener, pese a su voluntad, Un hombre en casa. Y es que, por más que nos vendieran en algún momento eso de que Amar es para siempre, no hay zapatitos de Cristal ni anillos de Rubí que justifiquen muchas cosas. Quien ama no mata, como nos decía el culebrón brasileño.
Y, conforme va subiendo de nivel la cosa, más se complica el tema. Y para algunos nombramientos nos vemos inmersos en un Juego de Tronos, nos hallemos en tiempo de Bonanza o en Tiempos revueltos. Intrigas palaciegas incluídas, como si nos halláramos en la época de la mismísima Isabel o Aguila Roja.
Así que ahí queda eso. Ojala algún día el mundo de la Justicia fuera feliz y tranquilo como los Teletubbies paseando por Los Mundos de Yupi, o como Triqui comiendo galletas en Barrio Sésamo. Pero mientras sigamos igual, cada vez más sobrecargados y con menos medios, no nos quedará otra que seguir repitiéndonos como los capítulos de Los Simpson o la muerte de Chanquete en la enésima repetición de Verano azul.
Por eso hoy el aplauso es especial. Para todos esos personajes que han hecho de nuestra vida lo que somos. Y por todo lo que podemos llegar a ser. Con ganas. A pesar de que a veces esto sea La Historia Interminable. No vaya a que acabemos como los protagonistas de The Walking Dead. Y eso si que no.

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Coletillas: muletas del foro


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Todos sabemos lo que es una coletilla o un lugar común, también llamadas muletillas. Ese recurso de la lengua, intencional o no, que se repite una vez y otra.

Más o menos cultos, más o menos buscados o más o menos inconscientes, en el mundo del espectáculo son muy usados. Tanto los que puedan utilizar sus miembros de modo particular como esos que pueblan series y programas de televisión y acaban formando parte del acervo colectivo. Si logran que una frase, una expresión o una palabra se identifique de inmediato con su fuente de procedencia, el objetivo está logrado. ¿Quién no piensa de inmediato en el inefable Chiquito de la Calzada si hacemos referencia al “pecador de la pradera” o, quién de los que peinamos canas –o ni eso-  no nos trasladamos en cuanto oímos aquello de “veintidó, veintidó, veintidó” al Un Dos Tres de los viernes noche con el Dúo Sacapuntas en acción? ¿Quién no sabe quién no siente las piernas, quién dice aquello de “yo soy tu padre” o quien es Bond, James Bond? ¿Y quién no ha empleado alguna vez eso de “hasta el infinito y más allá”, “en ocasiones veo reos”, “que le corten la cabeza” o “ven a la luz, Carolyn?

Nuestro escenario también tiene sus coletillas. Bastante más aburridas, por cierto, pero es lo que tiene. Frases que se repiten una vez y otras cuando Entre togas anda el juego.

Si hay una reina absoluta de nuestras muletillas, esa es la expresión “con la venia”. La muletilla en cuestión antecede cualquier actuación ante los tribunales de modo que acaba pegándose a la piel y saliendo casi sin pensar. En más de una ocasión, con las cuitas de una maternidad recién estrenada y medio sonámbula por falta de sueño, he llegado a pedir la venia a mis hijas para darles la papilla. Tal como suena. Ni que decir tiene que la niña, lejos de dármela, me miraba de hito en hito con cara de asombro. Aunque por suerte no les quedaron secuelas. O quizás sí y ahí está la razón de que a día de hoy no muestren ninguna inclinación por el mundo del derecho.

Lo de la venia en realidad no es otra cosa que una fórmula de estilo destinada a pedir permiso al tribunal –que no al juez, aunque sea unipersonal- para tomar la palabra. No es necesario emplear estos términos, bastaría con pedir permiso de otro modo o incluso hacer un gesto como inclinar la cabeza en señal de respeto. Y, en cualquier caso, jamás he visto a un juez denegar la dichosa venia. Aunque por eso de Nunca digas nunca jamás, confieso que a veces fantaseo con ser juez por un día y decir que ahora no doy la venia, que me la quedo para mí. Deformación toguitaconada, supongo.

Pero hay más. Los abogados sueles utilizar una coletilla nivel Terminator. Esa de “en estrictos términos de defensa” que no quiere decir otra cosa que “cuerpo a tierra, que te va a caer artillería por tierra, mar y aire”, especialmente si tus puñetas son las de fiscal, y precede en ocasiones a un chorreo de los que hacen historia en el que lo más bonito que llaman a una es “digna representante de Ministerio Fiscal” con expresión de pensar exactamente lo contrario.

Igualmente, otra de las habituales muletillas que usamos son esas que quieren decir que poco hay que decir. “Que se confirme la resolución recurrida por sus propios fundamentos”, por ejemplo. Que no significa que el fiscal sea un vago y no se  ha leído los autos sino que está tan de acuerdo, generalmente porque sigue a pies juntillas lo que dijo él mismo en su día, que no vale la pena desperdiciar tiempo y energías en repetir las cosas. Y otro tanto cabría decir respecto a eso de “reproducir por vía de informe”, que está muy bien cuando se usa para evitar repeticiones innecesarias, pero no tanto cuando se utiliza para salir del paso sin más.

Y, si hay una muletilla comodín esa es la de “que se proceda conforme a derecho”, que en muchos casos es respuesta a otro de los comodines, el preferido de los jueces, “pase al fiscal para informe”. Y, como en todo, lo poco gusta y lo mucho cansa. Esto es, su uso moderado no sólo es correcto sino una práctica muy recomendable, que bien está que juez y fiscal actúen de consuno o al menos sepan cuáles son sus posiciones, pero su abuso puede acabar por colapsar los armarios y las paciencias. Y no andamos sobrados de unos ni de otras, en los tiempos que corren.

Y no me olvido de otra de las coletillas estrellas del foro. La invocación cada cinco minutos de modo indiscriminado del in dubio pro reo y la presunción de inocencia. Que no necesitamos que nos lo recuerden en cada frase. Y que además, como decía un magistrado en mi primer destino, no pueden confundirse ni mezclarse. Cuando no hay dubio, no hay pro reo que valga. Y solo debe alegarse cuando existe una duda entre dos normas a aplicar. Cuando lo que se quiere es hacer valer la alternativa entre culpabilidad e inocencia a favor de la presunción sobre ésta última, es ésta y no aquélla. Y de veras que con que lo digan una vez, lo hemos pillado. Incluso sin ello.

Y, por último, una costumbre inveterada. Decir, para hacer énfasis, “que conste en acta”. Admiro la paciencia de los Letrados de la Administración de Justicia para no perder las formas y soltarles una fresca. En acta consta todo, señores. Y sobre todo ahora,  que  los juicios se graban. Acabáramos.

Así que, por una vez y sin que sirva de precedente, el aplauso es condicionado. Ovación al uso y abucheo al abuso. Eso sí, en estrictos términos de defensa y respetando la presunción de inocencia de esta humilde toguitaconada.

 

Suerte: alea jacta est


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La suerte. Ese ente esquivo e invisible que todo el mundo conoce pero nadie ha visto. Como la niña de la curva o la escena de Ricky Martin, el perro y la mermelada. Algo que no reconocemos siempre cuando aparece pero que echamos de menos cuando no está. ¿Quién no se ha quejado alguna vez en su vida de su mala suerte? Y, sobre todo, ¿quién no se ha quejado de su mala suerte comparada con la buena suerte del otro? Porque a veces, parece que nos interesa más que el ente no visite al contrario que el hecho de que pase por nuestra casa. Por eso compramos compulsivamente lotería a todo aquel que nos la ofrece, no vaya a ser que a él le toque y nosotros nos quedemos viendo su buena fortuna con tres palmos de narices.

Pero, lo admitamos o no, la suerte es uno de los ingredientes que jalonan el camino de la fama. Un golpe de suerte a la hora de sacar una estreno, o de promocionar una canción, llevan a la gloria a quienes la tengan. Como le ha pasado a tantos artistas que han sido flor de un día, o que han vivido Por Siempre Jamás de aquel golpe de suerte. Las Spice Girls, con su Wannabee o Massiel y un Lalala que le llegó de rebote ante la negativa inesperada de quien estaba inicialmente seleccionado para representarnos en Eurovisión. Otra cosa es mantenerse, pero eso es harina de otro costal. Y la suerte forma parte de muchos títulos de películas. Un golpe de suerte, Un tipo con Suerte nos enseñan que hasta ella misma puede ser protagonista.

Y no es cualquier cosa. Hasta tiene su propia regulación penal, que aún recito de memoria aquello de las obligaciones naturales surgidas de los juegos de suerte, envite o azar que aprendí de carrerilla en su día. Que se lo digan si no a Los Bingueros, un título que por más friki que nos parezca, todo el mundo conoce.

Nuestro teatro no es ajeno a esta azarosa visitante. Y por más que muchos se empeñen en soltarnos aquello de Al saber lo llaman suerte o A la suerte hay que buscarla, no podemos sino rendirnos ante la evidencia de que la suerte existe. Y determina muchos momentos de nuestra vida, o al menos empuja a que se resuelvan en determinado sentido.

Me contaban hace apenas unos días que un profesor de la facultad solía presentarse a sus alumnos con una frase “Yo tengo un don. Siempre pregunto en el examen la única pregunta que se han dejado”. Verdad verdadera. Y no es que el profesor en cuestión fuera el mismísimo Rappel, es que eso de que salga la única materia que alguien dejó de estudiar, es algo que hemos oído en nuestras vidas de estudiantes más veces de las que seríamos capaces de recordar. Y seguro que sigue pasando.

Y si hay un momento donde la suerte juega un papel esencial, o al menos así lo creemos, es el de la oposición. Nos jugamos en unas horas el esfuerzo de muchos años, y cualquier factor puede afectarnos. Desde una gripe inesperada hasta la letra en que comienza nuestro apellido, que fija la fecha en que nos tocará examinarnos. El número de orden del día señalado, si es viernes o lunes, si el de antes o el de después son unos cracks o unos paquetes y hasta si ese día hacen en la tele un partido de fútbol y los miembros del tribunal puedan tener prisa para acabar. Y, por supuesto, los temas sacados al azar. Luego, el león no es tan fiero como lo pintan y quien sabe y hace un buen examen acabará aprobando, si no a la primera, a la segunda o a la tercera, si tiene la paciencia, el temple y los posibles que le permitan seguir adelante. Como decía mi abuelo, todos los cuchillos cortan, es cuestión de cómo, cuánto y cuándo se les afile.

Pero la suerte no solo influye en los exámenes. Siempre jugará un papel en nuestra toguitaconada vida. El destino al que accedemos, desde luego, y un montón de pequeñas o grandes cosas. ¿Quién no se ha encomendado a todos los santos para que su asunto no caiga en manos de tal juez, o de tal otro? ¿Quién no prefiere uno u otro fiscal, o abogado, según pinten las cosas? La diversidad de criterio, la rapidez del juzgado, la inclinación o no de llegar a un acuerdo hacen que a veces creamos que estamos rellenando un boleto de la Primitiva. Aunque luego todos somos profesionales y las cosas acaban saliendo, por más que haya factores que allanen el camino o le pongan piedras en el recorrido.

El momento de esperar una sentencia, o la resolución de un recurso, nos lleva más de una vez a una ceremonia de cruce de dedos y rogativas varias esperando que el azar pegue un empujoncito a nuestras legítimas pretensiones, por más que estén perfectamente fundadas en derecho. Yo confieso que he pasado y sigo pasando nervios de principiante cuando espero a que acabe la deliberación de los miembros del jurado y lean su veredicto. Adrenalina pura, aun después de tantos años.

Pero no hay que exagerar. Por fortuna, nuestro estado de derecho tiene los mecanismos suficientes para que la suerte solo sea ese ente que empuja en un sentido u otro, pero no determina la resolución de las cosas. Y la mala suerte de algunos no lo es tanto. Como la de aquel delincuente que se dolía de su mala fortuna al haber ido a atracar directamente a quien resultó ser juez, fiscal o policía, que haberlos haylos.

Así que hoy el aplauso no va a ser fruto de la suerte, del envite ni del azar. Va dedicado a todos aquellos que salvan los obstáculos que la diosa Fortuna pone en su camino y consiguen pese a todo llevar las cosas a buen puerto. Porque no hay suerte que pueda con el trabajo, el empeño y la perseverancia. ¿O no?