Habitualidad: los repetidores


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En el mundo del cine, y también en el de la televisión, vemos con bastante frecuencia un fenómeno común: el de los habituales. Un actor o actriz se pone de moda, y lo tenemos hasta en la sopa. Estrenando varias películas al mismo tiempo, o simultaneando series hasta el punto que una enchufa la tele y no entiende cómo ese señor tan moderno y simpático se ha vuelto de repente un malandrín de armas tomar en pleno Medievo. Y sin pasar por el Ministerio del tiempo. O sí.

Y, lo crean o no,  en nuestro teatro tenemos bastante de eso. Y no solo entre quienes vestimos toga o somos profesionales, que no nos queda otra que asistir a cada nuevo estreno a representar nuestro papel. También tenemos unos cuantos de los que nos visitan con frecuencia, hasta el punto que una pensaría que les gusta. Para que luego se quejen de que les tratamos mal.

También en nuestro caso va por épocas, por no decir por modas. Nuestros Sospechosos habituales nos visitan una y otra vez hasta que, en ocasiones, no quedo otra que mandarlos a prisión para estar una temporadita sin verles. Y porque se lo merecen, no vaya nadie a creerse que frivolizo con algo tan serio como la privación de libertad.

Y es que la habitualidad, aparte de una construcción jurídica recogida en el Código Penal, que considera reos habituales a quienes cometen varios delitos de la misma naturaleza en un breve lapso de tiempo, también existe en su acepción meramente gramatical. Aunque no se trate de reos –que por cierto, los reos habituales no siempre son “reos”-, sino de testigos, querellantes, denunciantes o cualquier otro de los personajes que transitan por Toguilandia.

Sin duda alguna, el premio gordo se lo llevan los investigados –antiguos imputados- en su versión engrilletada –detenidos- o no. Recuerdo que antaño no pasaba un día sin que tuviéramos a alguno, o más de uno, por aquel delito que ha cobrado naturaleza de incunable consistemte en robar radiocassettes de coches. Una y otra vez los veíamos llegar detenidos, después de “haberse hecho” unos cuantos vehículos de motor, en algunos casos aprovechando para dar una vuelta. Y ahora la verdad es que cuando aparece alguno, ganas entran de hacerle la ola por preservar una tradición delincuencial que tantos escritos de calificación nos hizo hacer.

Quienes sí siguen manteniendo la tradición son quienes se dedican a la sustracción en establecimientos comerciales. Esos hurtos en tiendas que no dan lugar más que a una antigua falta o a un nuevo levito  y que se han convertido en la especialidad de más de uno y de una. El record absoluto lo tenía una mujer que ya hace tiempo superaba con mucho las doscientas detenciones. No sé que habrá sido de ella, pero supongo que hasta en El lado oscuro se tiene una jubilación.

Lamentablemente, algunos de mis habituales son quebrantadores casi profesionales. Individuos a los que un auto de alejamiento le impone bien poco respeto y siguen merodeando hasta que, pillados por enésima vez, nos dejan pocas salidas que no sea su ingreso en prisión. Dentro de estos hay una modalidad singular, aquéllos cuya localización está sujeta a un dispositivo telemático, vulgo pulsera. Tengo algunos que han superado sin despeinarse las doscientas incidencias del centro de control. Imaginará el sagaz lector dónde están ahora. Aunque entre estos, merece especial atención un caso: el de un indigente que, controlado por dicho dispositivo, registraba incidencias todos los días, con puntualidad británica, a partir de las ocho de la tarde. Hasta que descubrimos que se trataba exactamente del tiempo que dura la batería que cargó en la institución de caridad que le da cobijo para dormir. Y que no puede volver a cargar hasta que vuelva al carecer de domicilio. Una buena prueba de que hay que ponderar las circunstancias personales a la hora de decidir la medida a imponer.

Pero, como decía, hay otros habituales, del otro lado del banquillo, y de diverso grado de curiosidad. Recuerdo uno, en uno de mis primeros destinos, que venía todas las semanas a contarnos las distintas abducciones extraterrestres de las que era víctima, u otro que se paseaba con una enorme piedra arguyendo que era lo que le quedaba del patrimonio familiar que supuestamente le habían esquilmado.

Y, en el colmo de la picaresca, recuerdo una señora cuyas visitas al forense y al juzgado eran más frecuentes que lo habitual, hasta que descubrimos que tenía la costumbre de arrojarse delante de los coches para que la atropellaran y cobrar un buen pellizco del seguro, que se había convdertido en su principal fuente de financiación.

También los hay cuyas disputas familiares o vecinales son tan frecuentes que no hay semana que no crucen denuncias por un quítame aquí estas pajas. Y hasta, a veces, la cosa llega a mayores. Más de una vez se han oído un “¿ya están otra vez aquí?” por parte de quienes hemos de acabar resolviendo sus disputas . Y lo que nos quedamos con ganas de decir, que todos somos humanos, con toga o sin ella.

Así que hoy el aplauso será, no para quienes nos visitan con más frecuencia de la que quisiéramos, sino para quienes, con paciencia y profesionalidad los atienden sin perder los nervios. Que en ocasiones no es nada fácil.

Lugar: la escena del crimen


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Si hay algo que guste sobremanera a los autores y guionistas, eso es una buena secuencia con la escena del crimen, con su sangre, sus vestigios, sus vísceras según lo gore que sea la cosa, su cinta delimitando el lugar y, cómo no, ese dibujito con tiza del cuerpo del finado. Y alrededor, miles de detalles nimios que nunca pasan desapercibidos al CSI –sea Las Vegas, Miami o el que toque- a la Jessica Fletcher o Miss Marple de turno o hasta a la aparentemente despistada protagonista de Los Misterios de Laura, versión patria o anglosajonizada. Hasta el punto que a veces he llegado a pensar que podían cambiar el título de la serie por el de Se ha dibujado un crimen.

Pero si hay algo que películas y series de televisión han traído consigo, es la cantidad de gente que sabe tanto que el FBI y la CIA se quedan en unos aprendices a su lado, y creen que la vida real es como lo que ven tras las pantallas. Y entonces toca explicar eso de que Spain is different, no sé bien si a otros países, o a lo que el cine y la tele nos muestran de otros países. Tampoco nuestros detectives son como los de la pantalla.

A lo largo de mi vida toguitaconada, he visto bastantes y muy variadas escenas del crimen, algo distintas de El cuerpo del delito de las películas. Antes de las últimas reformas, acudíamos en las guardias a todos los levantamientos de cadáver que imaginarse puedan, sean asesinatos –a los que seguimos yendo- o sean muertes naturales si no se han certificado, suicidios, accidentes y, como decía la ley, cualquier otra muerte violenta o sospechosa de criminalidad. Pero juro que nunca he visto el dibujito con tiza marcando la silueta del cadáver. Y eso que me fijo. Y juro también que, a pesar de los pesares y de haber pasado más de un mal trago, mi estómago y yo hemos sobrevivido.

Aunque el tema dé para ello, voy a intentar no ser morbosa, e incluso tratar de explicar alguna anécdota de humor negro, que a veces es necesario para seguir adelante. Espero conseguir mi objetivo.

Lo primero que hay que reseñar de estas cosas es la sensación que una tiene cuando recibe la llamada a horas intempestivas sobre el hallazgo de un cuerpo. El nudo en el estómago, vestirse a correprisa y salir disparada pensando qué nos deparará esta vez el destino. Con la certeza de que nunca es agradable. Pocas cosas he visto en mi vida más impresionantes que el efecto de un atropello de tren o de tranvía, y ni imaginarme quiero lo terrible que debe ser cuando se trata de  dantescas escenas de accidentes o atentados con varios muertos. Afortunadamente, no he pasado ese trago, aunque sé de buena tinta que quien ha visto esas escenas, las ha revivido una y otra vez en sus pesadillas.

Pero hay de todo. Aunque quizás lo más duro es ese momento en que has de hablar con familiares, absolutamente destrozados por la muerte en tales circunstancias de un ser querido.

También produce una mezcla de ternura y desasosiego comprobar las condiciones en las que vivían algunas personas. Ya me referí en otro caso al levantamiento del cadáver de una mujer, que murió sola en su pulcro apartamento, y en el que descubrimos, a través de las fotografías enmarcadas y cuadros de la pared, que en otro tiempo fue una vedette de cierto éxito, a la que el olvido había relegado a la más completa soledad. Nadie la echó de menos hasta varios días después, en que los vecinos avisaron alertados del olor que desprendía la vivienda en pleno mes de agosto. Como solos también murieron personas en condiciones deplorables, deshechos por ese mal terrible que fue durante mucho tiempo la heroína, con la jeringa todavía incrustada en el brazo.

Pero de todo pueden sacarse anécdotas y hasta una sonrisa. Como la que esbozo cada vez que recuerdo a un policía empeñado en que fumara en la propia escena del crimen para alejar el olor, a pesar de que yo estaba embarazada de ocho meses. Algo que hoy sería impensable.

Otro de los momentos estrella en estos trances me sucedió en una ocasión en que, avisados de un suicidio en una alquería, nos perdimos en el coche de la guardia el chófer y toda la comisión judicial, esto es, jueza, fiscal, forense y secretario judicial –entonces no era LAJ-. Anduvimos dando vueltas por la huerta durante un buen rato, porque para aquel entonces ni GPS ni móvil ni Cristo que lo fundó. Cuando llegamos, la cara de todo el mundo era un poema. Y más aún nuestras pintas, después de aparcar el coche donde pudimos, y cruzar huertos embarrados porque, como en toda buena escena del crimen, llovía a cántaros.

Y también recuerdo otra ocasión en la que también llovía, como no, y el cadáver se encontraba en un lugar de difícil acceso, en el margen del río. Cuando nos preguntaron a la juez y a mí si íbamos a bajar, dijimos que por supuesto, y, como no había otro modo, hubo de ser en brazos de los bomberos que habían acudido al lugar. Por fortuna no había tampoco móviles para inmortalizar el momento, porque hubiera sido un filón. Porque toga no llevaba, pero tacones sí. Pero cumplimos, vaya que sí.

Así que la próxima vez que vean una serie con todos sus sabihondos protagonistas adivinándolo todo de un solo golpe de vista y tomando notas sin perder la compostura, no se lo crean. La realidad ofrece cosas muy diferentes, aunque tan profesionales y eficaces como las que más.

De modo que hoy el aplauso no puede ser otro que para quienes han soportado y soportan esos momentos conjugando profesionalidad y sensibilidad. Una combinación en ocasiones muy difícil.

 

Lazos personales: más allá de la toga


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Todo el mundo sabe que el artista nace, no solo se hace. El talento, el temperamento, la inspiración  y el duende son cosas que no se pueden aprender, aunque sí se pueden potenciar. Por eso, quien es artista, lo es mucho más allá de las tablas del escenario. Su vocación impregna todo lo que hace, desde freír una huevo hasta subir a un autobús. Y eso vale para todos los campos del arte. Las vidas de Frida, El Greco, Lautrec, el VanGogh de El loco del pelo rojo, el Goya de Los fantasmas de Goya o el Van Vermeer de La joven de la perla trascendían mucho más allá de sus momentos entre lienzos y pinceles. El arte es lo que tiene.

En nuestro teatro no tenemos la fortuna de atesorar talentos tan trascendentes. Lo nuestro son las obras de cada día, las interpretaciones diarias de nuestros papeles. Pero también en muchos momentos nuestra labor trasciende más allá de nuestro escenario, y no se queda colgada con la toga en el armario que la guarda.

Nosotros no pintamos cuadros, ni hacemos esculturas, ni componemos música que pueda quedar para la posteridad. Pero sí tejemos relaciones personales que van más allá de togas y puñetas. Y hoy, desde las tablas de Con Mi toga y mis tacones, quería compartir una de ellas.

Conocí a Carla cuando ambas intervinimos en un programa de radio. Era el Día de la Violencia de Género y ella, una de esas heroicas supervivientes de esta tragedia  iba a dar su testimonio del infierno vivido por vez primera. Yo no la había visto nunca, por eso cuando se acercó a mí y me dio un abrazo diciéndome las ganas que tenía de conocerme, me quedé sorprendida. No solo por sus palabras, sino porque en ese abrazo  noté una corriente eléctrica que excedía con mucho de un mero contacto entre dos cuerpos. Supongo que tiene que ver con eso que llaman química  que nuca llego a comprender, por eso de que soy de Letras.

Carla me conocía por referencias, por contactos comunes, porque había leído cosas que yo escribí y me seguía en redes sociales. En cuanto la escuché, me consideré enormemente honrada por ello. Si algo de lo que alguna vez dije o hice pudo echar agua en el fuego de su infierno, todo el trabajo de tanto tiempo lo daba por bien empleado. Su historia era dura, como tantas otras. Ella había salido de  aquel calvario pero aún se enfrentaba a miedos y, cómo no, a muchos flecos legales de su historia. Mayores que los de otras porque, en su caso, no hubo sentencia condenatoria, sino una absolución por falta de pruebas. No obstante, ella jamás perdió la fe en el sistema y continuó luchando por ella y por su hija. Y, poco a poco, iba ganando batallas.

En esa ocasión el miedo que todavía la atenazaba quiso que su voz saliera distorsionada, y también se negó a salir en las fotografías que se harían públicas. Por eso, al despedirnos con un nuevo abrazo, le hice prometer que algún día mostraría su rostro y su voz a todo el mundo. Ese día tejimos un lazo entre nosotras que sigue hasta hoy.

No había pasado mucho tiempo cuando volvimos a coincidir. De nuevo me sorprendió, esta vez con un regalo. Era una fotografía enmarcada de aquella primera vez en que nos vimos, la imagen en la que ella sí que salía, la que no quiso que se hiciera pública. Me la dio y me presentó a su hija, que había contribuido a elegir el marco. Unos días más tarde, me hizo un regalo más grande, si cabe. Se acercó a mi oído y me dijo que había decidido cumplir la promesa que me hizo. Ya no se escondería más tras una imagen pixelada ni una voz distorsionada.

A partir de ese momento, el testimonio de Carla se hizo público, tanto en los medios como en actos públicos para ayudar a otras mujeres. Y además, como no podía ser de otro modo, ha sido públicamente distinguida por ello. Y tengo el enorme honor de haber compartido ya varias fotos con ella que comentamos, por fin, sin que el miedo apague su voz. También se ha convertido en una incansable activista en redes sociales, sin dar tregua a esa violencia de género que no pudo acabar con su fortaleza.

Ayer Carla vino a verme. Puso punto final a otro de esos flecos legales que aún le pesaban como una losa, relacionado con su hija. Como siempre que la veo, sentí esa corriente eléctrica que me recorre cuando nos damos un abrazo. Y me dijo que podía contar su historia si con eso ayudaba a alguien. Y desde luego que ayuda. A mí, la primera, sin duda alguna.

Y esa visita no fue más que el preludio de algo que sucedería apenas un rato después, otro lazo personal que acababa con los flecos de su historia. Y otra corriente eléctrica.

Por todo eso, hoy cambiaré el aplauso por un emocionado gesto de agradecimiento a todas esas heroínas que no desfallecen. Porque al verlas, una siente que vale la pena seguir. Y no podemos defraudarlas.

Y una ovación extra. Esta vez para Paula (@Click_ea_), la autora de esa pequeña y maravillosa toguitaconada que ilustra esta historia

Digitalización: lo imposible


DIGITALIZACION

Cuántas veces habremos oído hablar de ese palabro de digitalizar y sus derivados, que, aunque se relacione con dígito, o con dedo, se usa para hacer referencia a la modernización por la vía de las no tan nuevas tecnologías. Algo que, desde luego, ha hecho cambiar el mundo en general, y el del espectáculo en particular, por dentro y por fuera. El cine ha avanzado desde los tiempos en que la música se interpretaba con un piano en el escenario donde se proyectaba una película muda hasta el momento actual, en que un solo dedo hace que se proyecte en tres, cuatro y hasta cinco dimensiones si nos descuidamos. Por no hablar de los efectos especiales, en los que se han cambiado los decorados por un teclado donde un clic nos traslada desde el Far West hasta el futuro en un nanosegundo. Pasando por la antigua Roma, la Edad Media y la Revolución Francesa si es necesario. Y otro tanto ocurre con su contenido. No ha pasado tanto tiempo y ya suena muy anticuado aquello de Tienes un Email, las cuitas de la protagonista de La Red o El diario de Bridget Jones y hasta las habilidades como hacker de Lisbeth Salander en la trilogía de Milenium.

Ya hemos hecho referencia alguna vez a esa coplilla de Don Hilarión en La Verbena de la Paloma, de “hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad”. Y no digo yo que no tuviera razón el hombre, pero el problema es que en nuestro escenario parece que nos paramos ahí, o casi. Al menos de esa época es la ley que todavía rige nuestro proceso penal. Por más que la tuneen y parcheen y nos la vendan como el colmo de la modernidad. Pero no cuela.

Y para demostrarlo, cambiaré el título de la película original y la convertiré el Tribulaciones de una fiscalita en Fiscalía o El diario de una Toguitaconada. Y podremos comprobar que no es oro todo lo que reluce, ni moderno todo lo que dicen modernizar.

Llegada al despacho. Lo primero que hay que hacer es conectar el ordenador, aunque confieso que lo dejo en reposo del día anterior, porque así me ahorro un cuartito de hora de arrancarlo. Lista que es una. Y, una vez sale la pantalla oportuna, hay que introducir el nombre de usuario y la clave. Y cruzar los dedos para que no haya caducado.

Una vez saltado el primer escollo, consultar el correo corporativo. Nuevo usuario, nueva clave, y nueva cruzada de dedos. Operación ésta que hay que duplicar si se dispone de otro correo corporativo en razón de la función, y triplicar porque ninguno de ambos tiene capacidad suficiente y acabamos usando el particular, con otro nombre de usuario y otra clave. Y, si hay tiempo, vaciar los dos primeros, en la costosa operación de ir seleccionando uno a uno porque no hay posibilidad ni pestaña de enviarlo a la papelera directamente.

Una vez comprobado que no hay correos que nos envíen a juicios sorpresa ni nada semejante, disponerse a empezar a trabajar. Para ello, los fiscales tenemos que entrar en el sistema Fortuny, – o más bien Infortuny– que nos pide otra clave y otro usuario. Más cruzada de dedos. Tratando, claro está, de no dejar de usarlo por más de un cuarto de hora porque habría que volver a empezar la operación. Cosa que, a veces, no es fácil, ya que lo más eficaz es confeccionar un documento aparte que luego cortamos y pegamos, y hasta recauchutamos, porque uno y otro sistema no coinciden y se nos desconfigura el documento. y, tras la enésima cruzada de dedos, albricias, hemos conseguido eleborar el informe. Pero, claro, hay que imprimirlo, que lo del papel 0 será en otra dimensión, y aquí todo tiene que acabar siendo impreso, cuñado y sellado. Como toda la vida. Y eso de imprimir también tiene su aquel, porque mi impresora y yo tenemos un contencioso y no siempre está dispuesta a obedecer. Y, cuando está realmente enfadada, no solo no imprime sino que hace que se cuelgue el ordenador y toca reiniciar todo, incluida la cruzada de dedos.

Pero ahí no acaba todo. Debemos anotar minuciosamente en un papel lo que hacemos, porque cada mes nos piden que rellenemos una estadística que, oh sorpresa, necesita de más claves. Una para entrar en fiscal.es y otra en Ainoa. Y, acordándonos de la familia de quien inventó el estadillo, rellenamos un montón de datos mientras seguimos cruzando los dedos para que no se cuelgue mientras tanto, porque ahí ya no vale cortar y copiar. Y estoy segura que quien lea esto pensará que para qué, si ya habíamos ido poniendo todo en el sistema Fortuny, que debe arrojar esos datos en un pis pas. Pues preguntéselo a Iker Jiménez porque yo no he encontrado la respuesta. Pero no descarto que se revele al mundo a la vez que el Cuarto Misterio de Fátima. Optimista que es una.

Por supuesto, el lector no ducho en estas prácticas estará imaginando que todo esto logra que se envíen las cosas al Juzgado. Pero de eso nada. Los Juzgados tienen otro sistema, incompatible con el nuestro, al que, eso sí, por fin hemos conseguido acceso a efectos meramente informativos. Por descontado, con otra clave y otro nombre de usuario. Faltaría más.

Y quizá pensarán que me olvido de algo. Del famoso Lexnet. Y no es que me olvide, sino que en mi Fiscalía, aun cuando tenemos un icono en la pantalla, éste dice que no estamos autorizados. Y casi que me alegro, porque los compañeros de otras fiscalías donde sí acceden en modo programa piloto, me explican que tienen más claves, más nombres de usuarios y, por supuesto, más cruzadas de dedos. Y, mis amigos y amigas de la abogacía me cuentan la cantidad de tiempo que pasan peleándose para que el escrito encaje, se envíe y llegue a su destinatario. Una delicia.

Si, además, fuera LAJ o por la razón que fuera quisiera acceder al registro de órdenes de protección, o de penados y rebeldes, más usuarios y claves, Y más aun si pretendo consultar el sistema relativo a la Violencia de Género, el VioGen. Y suma y sigue.

Así que, llegada a este punto, una se llega a preguntar si la tan cacareada digitalización existe y, si, en ese caso sirve para algo. Porque de momento lo que nos está sirviendo es para duplicar el trabajo que hacemos en papel, como toda la vida, pero registramos en infinitos y cibernéticos lugares. A pesar de que los procedimientos siguen entrando, convenientemente atados con gomas, en un carrito de supermercado empujado por el funcionario de turno, y salen, una vez sellados y cuñados, exactamente por el mismo conducto. Es decir, el de los tiempos de Don Hilarión. Ni más ni menos.

Y ojo, no vayamos a necesitar una cruzada de dedo extra super plus si ese ataque cibernético del que todo el mundo habla llega a nuestras pantallas. Aunque a veces entren ganas de que dé el petardazo y se dejen de historias. Pero seguro que nuestros sistemas son tan arcaicos que ni al virus interesan.

Resulta curioso, por no decir otra cosa, que las cosas no sean así en todas partes. En Hacienda, tan servicio público como el nuestro, las cosas van de otro modo. Y da mucho que pensar por qué es todo tan fácil para que el estado nos exija cumplir nuestras obligaciones, y tan difícil para poder ejercitar nuestros derechos.

Así que hoy el aplauso es para la Santa paciencia que nos hemos de gastar cada vez que alguien se llena la boca hablando de modernización, digitalización y otras gaitas. Porque esto es lo que hay.

Chascarrillos: chistes con toga


CHISTE

Qué importante es poner un poco de humor a la vida. Y más en los tiempos que corren, en los que a veces parece el único antibiótico que cura la desazón o al menos ayuda a sobrellevarla.

Bien sabe el mundo del espectáculo de esa importancia. Tanto, que la comedia, en sus diversas modalidades, es uno de los más aplaudidos, y de los más buscados. Porque pasar un buen rato no tiene precio. Y la sonrisa, sea La sonrisa de Mona Lisa, o las de Sonrisas y lágrimas, como cualquier otra, siempre se agradece. Y hasta la carcajada. No te rías, que es peor, como decía aquel viejo programa de televisión.

Y nuestro teatro, cómo no, también emplea el humor para trivializar tantas miserias. Son muchos los chistes y no menos las anécdotas, a las que ya hemos dedicado más de un estreno. Pero no me he resistido a  recopilar algunos chistes, anécdotas y chascarrillos toguitaconados que me han cedido algunos compis generosos.

Y hablando de chistes, es inevitable aludir a aquel que más odiamos los fiscales, el de que nos llaman los inmortales porque no podemos pasar a a mejor vida. Un chiste que, visto lo visto, ha quedado más que obsoleto, cosa de la que no sé si alegrarme o lamentar. Tendré que pensarlo.

Así que voy a eugeniear un poco, y como la toga es tan negra como el atuendo que vestía, puedo empezar diciendo lo de “¿saben aquel que diu..?” de un hombre que decía a su esposa “Pepa, me ha dicho el juez que o 1000 euros o al talego”, respondiendo ella, cómo no “Pepe, tú no seas tonto y trinca los 1000 euros”. Y dice la leyenda que ese mismo Pepe, cuando el fiscal le dijo que le hablara de usted, le dijo muy serio “¿Y qué quiere que le cuente de mí?”

Aunque la realidad siempre supera la ficción. Por eso, hoy en día, pocos chistes hay que nos hagan soltar mayores carcajadas que la afirmación de que los funcionarios van a recuperar el poder adquisitivo perdido en los últimos diez años, que van a triplicar las plantillas de jueces y fiscales y, casi la más graciosa, que nos van a atribuir a los fiscales la instrucción, un chascarrillo que llevó oyendo no desde antes de ponerme la toga, sino casi desde antes de subirme a lo tacones por vez primera.

Y para realidades hilarantes, unas cuantas recopiladas entre mis compañeros y compañeras fiscales, aunque valen para cualquier habitante de Toguilandia. Una de ellas cuenta que en un atestado se hacía constar que el testigo, por no saber firmar, estampaba sus huellas genitales. Ni imaginarme quiero la escena, ni la cantidad de tinta que requerirían. Pero no es el único caso, no vayamos a creer. ¿O alguien no ha dejado volar su imaginación al leer eso de “el juez firmará con las partes”?.

El lenguaje y el uso del mismo también proporcionan un buen filón. Decir de alguien que es multiorgásmico (por politoxicómano), llamar al ecotoxicólogo “ecotoxicómano” –el pobre se ha quedado con ese nombre para los restos-, hacer heces por la carretera –y no se refería a un caballo- , o el auto de alojamiento o auto de escarmiento para referirse al alejamiento, son varias de las cosas que vemos de vez en cuando. Pero si algún palabro se lleva la palma, ése es el habeas corpus, que ha sido solicitado como corpus cristi, via scorpiu porque su prisión sobrepasaba lo que “estimula” la ley, y hasta como un ave scorpio.

   Las respuestas también tienen lo suyo. Cuenta una compañera que un testigo, harto de responder al fiscal, cuando llegó el turno al abogado le dijo que ya se lo había contado todo al cura. Otros hacen bueno eso de que “por la boca muere el juez”, y se condenan solitos. Hubo quien, tras ser absuelto in voce porque no había pruebas de que robara el vehículo, preguntó si se podía llevar el coche. Y recuerdo a un maltratador que ante la pregunta del juez de si pegaba a su mujer, quiso galleguear diciendo “¿y usted no pega a la suya?”. Y hasta quien, a la pregunta de si había bebido, tras enumerar las copas que había trasegado, añadió que tomó de postre tarta al whisky. U otro buen hombre que, preguntado si era experto criador de cerdos, respondió que tanto como eso no, que solo les echaba de comer. Tan servicial como la que, a la pregunta del juez sobre su profesión, dijo “puta, para servirle” y se quedó tan ancha.

Y a veces, son sus propias señorías –o señoritas, o hasta majestad, de todo nos han llamado- quienes hacen cosas que acaban resultando pintorescas. Como el juez que, en una resolución sobre modificación de la capacidad hizo constar que a la pregunta pertinente, el peritado respondió “acertadamente” que pesaba más un kilo de plomo que uno de paja. O una tasación pericial, que al valorar un gato en 2000 pesetas, dio por definitiva  una tasación de 14.000 , resultado de multiplicar por  las 7 vidas del gato. Y, si de animales hablamos, no quiero ni imaginarme la cara de quienes intervinieron en un juicio de medio ambiente con un piloto imputado por la muerte de una abutarda, en que lo esencial fue la autopsia del pajarito.

Así que, como decía, la realidad siempre supera a la ficción. Y por eso hoy el aplauso es para quienes con sus aportaciones me han hecho reir y, si este post tiene el efecto pretendido, han hecho reír a los lectores. Mil gracias. Que una sonrisa vale mucho y cuesta poco.

Imagen: ser y parecer


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En un mundo como el que vivimos, con una cultura eminentemente audiovisual, pocas cosas hay que importen tanto como la imagen, nos guste o no. Pero esto, que es una constante de la vida actual, siempre lo ha sido para el mundo del espectáculo. La dificultad de triunfar con mucho talento y un fisico poco agraciado es inversamente proporcional a la facilidad de hacer otro tanto con un físico espectacular y una espectacular ausencia de talento. Que se lo pregunten a aquella estupenda Pequeña Mis Sunshine que aspiraba a ser Más bonita que ninguna, con su Cara de Angel.

También en nuestro mundo la imagen es importante. Y no tanto la imagen física como otro tipo de imagen, aunque a nadie le amarga un dulce, e ir convenientemente toguitaconada, tuneada y alicatada es estupendo. Aunque no sea imprescindible ni lo más importante. Algo que algunos medios de comunicación parecen no comprender, cuando dedican gran parte de sus crónicas judiciales a comentar sobre el troller o el bolso de una juez, o que va niquelada de los pies a la cabeza. Algo que por supuesto no ocurre con las corbatas ni el maletín de sus congéneres masculinos, aunque eso sea otra historia, como diría una buena amiga.

La cuestión está en la imagen que damos al justiciable, nuestro destinatario, algo no tan cuidado como debiera. E incluso despreciado, sin pensar que si no gusta lo que se ve en el escaparate, es difícil que nadie entre a ver la mercancía, por fina y exquisita que ésta pueda ser. Y, como reza el dicho, la mujer del Cesar no solo ha de serlo, sino también parecerlo. Aunque desde aquí propugno que se cambie eso de la pobre mujer, y que sea y parezca lo que le venga en gana, que quien se tiene que preocupar de lo que es y parece es el propio César, qué narices. Pero también eso pertenecería a la otra historia a que hacía referencia invocando a mi amiga.

Y como suele ocurrir, de aquellos polvos, estos lodos. Y hoy más lodo que nunca, con la que está cayendo, que una abre el periódico y ya no sabe si está en las páginas de política o en las de tribunales. Pero nos cuidamos poco de construir unos buenos cimientos en nuestra casita, y cuando llega el aguacero nos salen las goteras, las humedades y hasta los champiñones, Por no hablar de las ranas, claro.

Lo primero que deberíamos haber contado es quiénes somos y qué hacemos. A uno u otro lado de estrados, con puñetas o sin ellas, esos señores y señoras que vestimos un batín negro para trabajar somos mucho más que unos engreidos que hablan en clave y viven en su torre de marfil, aunque unos más que otros. Nos dedicamos, lisa y llanamente, a hacer que los derechos que todos tenemos reconocidos sean efectivos. Bien reclamando que se cumplan, bien castigando a quien los vulnera, bien exigiendo la reparación si eso ocurre. ¿Tan difícil resulta de explicar?

Pero claro, no sentamos las premisas y en cuanto viene el tío Paco con las rebajas, ya está el lio armado. Y ahora mismo hay uno armado, y de los gordos. Porque con el aluvión de noticias sobre corrupción y otros desmanes, surgen por doquier los Hamlets obstinados en repetir hasta la saciedad eso de que “algo huele a podrido en Dinamarca”. Y algo hay, desde luego. Por suerte, no tengo la pituitaria anestesiada, auqnue a veces, visto lo visto, bien que me gustaría. Pero el problema viene de la generalización, y cuando pretenden defender que ese “algo” más bien es “todo”.

Ya hace tiempo que en mi carrera venimos hablando de eso que llmamos “fiscales de trincheras”. Que no somos otra cosa que la inmensa mayoría de los aproximadamente 2500 que la conformamos. Esto es, quienes nos mojamos las rodillas toga en ristre cada día, usando la frase de otra de mis compañeras. Pero soy consciente de que en las trincheras de la Justicia no andamos solo nosotros, armados y pertrechados de Códigos, pósits y con suerte, de un ordenador obsoleto. Ahí tienen cabida jueces, abogados, procuradores, funcionarios, forenses y cuantos habitantes tiene Toguilandia. Aunque ahora nos ha tocado pagar el pato a nosotrros.

No, damas y caballeros. Lo crean o no, no me llama el ministro ni el presidente del gobierno cada mañana para ordenarme qué tacones debo ponerme. Aunque al Fiscal General lo elija el gobierno. Ni llama tampoco a jueces ni juezas para decirles cuál ha de ser el color de su chaqueta, aunque también su órgaano de gobierno tenga una procedencia política. Y tampoco creo que nadie llame a un abogado antes de ir a la guardia, se cueza lo que se cueza –si es que se cuece algo- por las alturas.

Cada vez que nos tiramos piedras unos a otros, cargando el tirachinas con acusaciones veladas de parcialidad, de falta de transparencia, de profesionalidad y hasta de vagueria, estamos cargando un boomerang que salpica a todos. Y es la imagen de la Justicia y su credibilidad la que padece. Pensémoslo antes de aplicar la técnica del “y tú más”. La transparencia es mucho más que echar porquería sobre el otro, y debería haber empezado mucho antes de que las cosas se nos vayan de las manos.

Po eso hoy el aplauso no puede ser más que para quienes, con su trabajo diario y constante, ofrecen la imagen de la Justicia que todos queremos. A pesar de todo.

Nacimiento: muchas togas y un biberón


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Pocas cosas dan en el mudo tanta alegría como el nacimiento de una criatura. Sea cual sea el entorno, el ambiente, o las circunstancias, la llegada al mundo de un nuevo habitante nos devuelve la ilusión y la fe en la vida, aunque sea por un momento. Cualquiera que haya sido madre, padre, tío, sobrina, hermano, abuela o cualquier otra cosa, sabrá que esas manitas que tienden los dedos al mundo enternecen hasta al más huraño. Y no es para menos.

Y en el mundo del espectáculo, cómo no, hay muchas obras dedicadas a ello, como protagonistas absolutos de ese Milagro de la Vida, que se plantean desde Qué esperar cuando se esta esperando durante Nueve meses hasta Mira quién habla, que cuentan que La cigüeña dijo sí o las andanzas de un Bebé a bordo, Arizona Baby o las cuitas de Tres solteros y un biberón. Y además, cientos de películas tienen su momento culminante en ese parto inesperado que tiene lugar en un ascensor, en un taxi, y hasta en un autobús, como Carne Trémula.

Pero también en Toguilandia tenemos nuestros propios momentos. Y, de pronto, entre reivindicaciones, juicios, agobios y otras cuitas, un bebé nos borra de la cara ese rictus de indignación casi permanente y nos pinta una enorme sonrisa. Y eso es lo que ha pasado esta semana. Una de mis queridas compinches , Ana, nos ha regalado ese momento. Y, por un instante, todos los que la apreciamos nos hemos olvidado de juicios, togas y puñetas para volver nuestra mirada a Jaime, esa pequeña maravilla que acaba de irrumpir de un modo u otro en nuestras vidas.

Nuestro pequeño compinche no era un desconocido, ni mucho menos. Tuvimos la suerte de compartir la alegría de la noticia de que estaba en camino, y la evolución de su desarrollo hasta que se ha hartado de estar a refugio y ha tenido la valentía de salir al mundo. Y, como no podía ser de otro modo, siempre hace recordar a quienes ya pasamos por ahí nuestro pequeño gran momento. Ya conté en otros estrenos la llegada de mis hijas, casi con la toga puesta. En sentido literal, ya que las primeras contracciones que anunciaban la llegada de una de ellas tenían lugar toga en ristre, camino de la Audiencia, y la otra apenas pudo esperar unos minutos a que bajara del avión que me traía de regreso a casa de una reunión del Consejo Fiscal.

A ellas, y a tantos otros, se une hoy Jaime. Otro bebé que crecerá entre togas, expedientes y lucha por una justicia mejor. Que hará que sus padres tengan que hacer encaje de bolillos, no para hacer puñetas, sino simplemente para lograr conciliar la vida personal y laboral de quienes habitamos Toguilandia. Que tomará su primer alimento tranquilo mientras su madre piensa la de cosas que le quedan por hacer. Un bebé cuyas primeras papillas a buen seguro que mancharán algún que otro expediente y que, si nadie lo remedia, en alguna ocasión tendrá que acompañar a su mami al juzgado porque todavía falta mucho por andar en ese camino para se #CadaVezMasIguales. Un bebé cuyos tiempos de lactancia se mezclarán con los plazos para hacer una calificación o interponer un recurso, pero cuya sonrisa, al acabar el día, borrará la amargura de la impotencia de esa víctima que no quiso denunciar a su maltratador.

Y seguirá creciendo, y habrá que ir combinando deberes con trabajo, en un equilibrio tan difícil como posible. Las matemáticas serán algo más que encajar los números de las cuentas de impuestos, el lenguaje alcanzará otros registros que poco tendrán que ver con el jurídico, y las prisas por llegar a los sitios incluirán en el trayecto el cole y las actividades extraescolares. Los días ya no se diferenciarán según sean hábiles o inhábiles, sino según las vacaciones escolares, y los minutos empezarán a cobrar una importancia desmedida, porque cada segundo arañado al trabajo se colocará en una recién estrenada cuenta de debe y haber para el nuevo miembro de la familia.

Pero lo mejor de todo es la certeza de que ese nuevo habitante del planeta llega dispuesto a mejorarlo. Que sabrá luchar por un mundo mejor, por un mundo donde la Justicia llegue a todos y donde la igualdad entre todas las personas sea una realidad, porque lleva viviéndolo desde mucho antes de abrir sus preciosos ojos y de empezar a mover sus manitas.

Bienvenido Jaime. El mundo te necesita. A tí, y a muchos como tú. Desde ya te ofrezco la pequeña toguita que mi madre hizo a mis hijas y que adorna la portada de este blog para que nos regales una preciosa foto.

Así que hoy el aplauso no podía ser más que para Jaime, para Ana Garnelo, esa mamá de la que puede estar bien orgulloso, para su papi y, con ellos, para todos y todas los que siguen empeñados en traer criaturas a este mundo que lo hagan mejor que lo hicimos nosotros. Bienvenido, mini compinche.

Y eso sí, antes de que nadie me lo diga, lo diré yo. #SoyCursi. Y a mucha honra.

Bases: sembrar y recoger


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No son pocos quienes, al referirse a lo que se arrastra del pasado, echan mano del dicho “de aquellos polvos, estos lodos”. Y en muchas ocasiones, no sin razón. Pero como yo soy más optimista, prefiero acudir a la figura de recoger lo que se sembró, que no tiene por qué ser malo. Y es que ni en la vida ni el teatro podemos prescindir de lo que nos ha ido conformando, con el concurso además de la propia voluntad. Construir sobre bases falsas nos puede llevar a erigir El ídolo con los pies de barro, por más que nos encomendemos a El cielo Protector, y si descuidamos lo que se siembra nos podemos encontrar con Los chicos de maíz escondidos en ello.

En el mundo del espectáculo, una buena siembra consiste en formación, disciplina y trabajo unidos al indispensable talento, aunque sin olvidar unas dosis de ese ingrediente llamado suerte. De ahí que por talentoso que sea alguien, si no riega ese talento con trabajo y lo abona con formación, no acabará obteniendo buenos resultados. Puede tener éxito, sin duda, pero suele ser efímero. Ya dicen que lo realmente difícil no es llegar sino mantenerse.

Y cómo no, nuestro teatro también necesita unas bases sólidas para lograr una buena y permanente cosecha. Como bien sabemos, no basta con estudiar una carrera y luego una oposición, en su caso, y echarse a dormir. Para ser buen profesional hay que estar estudiando casi cada día. No dormirnos, vaya. Aunque de vez en cuando una siestecita en forma de relax sea de agradecer.

Pero no creamos que solo de estudiar vive el jurista, por más que hacerlo sea imprescindible. Y hacerlo para estar al día, que pocas cosas hay mas penosas que encontrarse en una Sala alegando unos preceptos derogados. Y eso que en los últimos tiempos nos lo habían venido poniendo difícil, con esa manía de reformas exprés con entradas en vigor casi automáticas. Pero con ser un erudito no basta. Corremos el riesgo de convertirnos en máquinas de escupir Códigos, algo más que absurdo hoy en día en que no solo podemos consultar el texto legal en papel como toda la vida sino que Internet y las bases de datos nos lo ponen fácil. Como me dijeron en su día, lo realmente difícil no es conocer la norma, sino saber cómo, dónde y cuando aplicarla.

Aunque no todo está en los libros. Unas buenas bases empiezan por una buena educación, en el sentido más amplio del término. No irá muy lejos quien se sepa los códigos y leyes de pe a pa si es incapaz de saludar, despedirse, agradecer lo bien hecho y tratar con cortesía a profesionales y todo el personal, cosas básicas que no siempre se cuidan lo que se debiera. Y, si es con una sonrisa, mejor. Hasta para echar un rapapolvo que, como decía Mary Poppins, con un poco de azúcar la píldora entra mejor. Y lo bueno que resulta ejercitar los músculos faciales.

Hay más ingredientes. La empatía, a la que ya dedicamos un estreno, y que no consiste en nada más que la capacidad de ponerse en la piel del otro, y la sensibilidad, una cualidad no siempre valorada y muy necesaria en nuestro trabajo. Si no utilizamos ni una ni otra, por más que sepamos jurisprudencia al dedillo, corremos el riesgo de parecer dios con pandereta. Y eso sí que no.

Pero como obras son amores y no buenas razones, no solo hay que tener de todo eso. Hay que ponerlo en práctica. Con el resto de interpretes de nuestro teatro y, sobre todo, con el justiciable, ese público al que, como diría Lola Flores, tanto queremos y al que tanto debemos. Y al que no siempre mimamos como debiéramos, o al que no siempre miman quienes tienen en su mano hacerles la justicia de mejor calidad con unos medios dignos.

Y hay una versión especial de ese sembrar y recoger en nuestro teatro. La de ser esclavos de nuestras palabras. Y si no, pensemos cuántas veces nos hemos visto en un brete por algo que habíamos dicho en un informe anterior, o que hemos heredado de un compañero. Y ahí queda el papel para siempre, mirándote con cara desafiante diciendo “a ver cómo sales de ésta”. Lo que en Derecho llamamos “doctrina de no ir en contra de los propios actos” y que alguna vez produce ganas de que se te trague la tierra. Y es que el papel es muy sufrido…

Por todo ello, el aplauso es hoy para quienes actúan con la coherencia suficiente para recoger lo que sembraron sin llevarse sorpresas. Que no siempre es fácil en los tiempos que corren.

Y la ovación extra para @JulioAntonio48, que de nuevo me ha cedido una de sus preciosas imágenes para que me sirva de inspiración. Mil gracias

Empoderamiento: mujeres del tercer milenio


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Si echamos un vistazo a la imagen de la mujer en el mundo del espectáculo, a buen seguro que nos encontraríamos con clichés machistas a tutiplen. Algunos evidentes y otros tan sutiles que nos pasan desapercibidos pero calan, y mucho. El cine nos ofrece todo un muestrario de mujeres sumisas, encadenadas al mito del amor romántico y al papel que la sociedad se ha empeñado en darles. Hasta las que se rebelan, como La fierecilla domada, la Escarlata de Lo que el viento se llevó o Gilda, reciben “su merecido”. Incluso los títulos sentaban cátedra sobre el sentido de posesión, con eso de que Los caballeros las prefieren rubias y su continuación Pero se casan con las morenas Por no hablar de toda esa etapa del cine español embebida por el espíritu de una época, con el prototipo de Las que tienen que servir y el señoriiiiito por aquí y por allá o títulos hoy impensables como La Lola nos lleva al huerto. Hoy no es tan evidente, pero entre Crepúsculos donde las mujeres llegan a asumir ser vampirizadas por amor o aquellas dispuestas a que las eleven a Tres metros sobre el cielo, seguimos recibiendo mensajes que nos sitúan a las mujeres en un segundo y subordinado plano.

Algo que ocurre en la vida y que en nuestro teatro, como no es otra cosa que una representación de la vida misma en versión toguitaconada, vemos a diario. Con su maldita culminación en esa tragedia llamada Violencia de Género  tan evidente y dañina que ha dado lugar a la creación de una jurisdicción propia.

Y para combatir ese machismo que es la base de tantos males, las propias mujeres tenemos una herramienta poderosa: el empoderamiento. Algo que se consideraba un palabro exportado del inglés y que ya ha cobrado carta de naturaleza en la RAE desde 2014, y que consiste en el proceso por el cual las personas fortalecen sus capacidades para impulsar cambios positivos en las situaciones en las que viven. Y las mujeres, obviamente, necesitamos mucho de eso. Ya dedicamos un estreno a ese largo camino de la igualdad  y a las pioneras que empezaron a poblar de tacones Toguilandia. Y aunque aun nos queda llegar arriba, por abajo ya estamos empujando. Más de la mitad de las carreras judicial y fiscal somos mujeres.

Cuando pienso en esto, siempre me viene a la cabeza una juez amiga, a la que, recién llegada a su primer destino, alguien se dirigió diciéndole “morena, tráeme un café”. Ni que decir tiene que a ese alguien casi le dio un síncope al descubrir que era la juez que a partir de ese momento dirigiría ese mismo juzgado. O las veces que se han dirigido a mí o a cualquiera de mis compañeras llamándonos “bonita” o “niña”. Y hasta “señorita” en vez de señoría. Incluso a otra compañera una funcionaria le dijo que iba a tutearla porque era joven y “chica”, algo que ni se le pasaba por la mente hacer con nuestros compañeros varones.

Pero no solo de togas vive el mundo. Y las mujeres del tercer milenio, en todas partes, debemos dar el paso a una sociedad distinta, donde la igualdad sea real y no solo formal. Y para ello hay iniciativas muy valiosas. Y hoy, desde Con Mi toga y Mis tacones, quisiera compartir una de ellas.

Se trata del Foro de mujeres del Tercer Milenio, una iniciativa que se llevará a cabo en Madrid los días 5 y 6 de Mayo. Pero que a buen seguro continuará , como si de un tracto sucesivo o de un delito permanente se tratara, permaneciendo en el tiempo. Muchas mujeres dispuestas a debatir, compartir experiencias y aprender cómo llegar a eso del empoderamiento. Escritoras, artistas, profesoras universitarias, científicas o empresarias que traerán a colación las situaciones vividas en carne propia o ajena, y tratarán de encontrar el modo de evitar que sucedan en el futuro. Sin dejar de contar con nuestros compañeros en el camino, los hombres. Porque una sociedad en igualdad es una sociedad mejor para todas las personas.

Pero no nos confundamos. Empoderarse no implica asumir roles masculinos, como algunos quieren hacer creer. Que se atreva alguien a cuestionar mis tacones, que se arriesga a que les dé un uso diferente para el que fueron hechos. Caminar, siempre adelante, hacia esa meta de la igualdad que, con iniciativa como ésta, están un poco más cerca.

En esta carrera, el empoderamiento no consiste en otra cosa que en dotarnos de las herramientas suficientes para conseguir situarnos en el mismo punto de partida que los hombres. No se trata de darnos ventaja, sino de quitarnos de encima la desventaja. Y, una vez ahí, saltar todos los obstáculos que nos vamos encontrando en el camino: la conciliación –o la falta de ella- , los malos tratos y la violencia de género, la brecha salarial, el techo de cristal y su primo hermano el suelo pegajoso, la trata de mujeres, los matrimonios forzados…

Todo eso y mucho más es el tema de este Foro del Tercer Milenio, organizado por Mujeres felices y que además tiene un fin benéfico, la lucha contra la mutilación genital femenina, otro de esos obstáculos tan enormes que encontramos en nuestro camino.

Y esto no es más que el principio. La mujeres del tercer milenio han de ser mujeres a las que el hecho de serlo no les suponga ninguna cortapisa. Y es nuestra responsabilidad el ir haciéndolo aquí y ahora.

Así que hoy, en vez de aplauso, hay premio. Un premio especial, entradas para ese Foro, y que tendrá quien haga los tres primeros comentarios a este post. Y dos más, para los mejores entre los restantes que se hagan en las 24 horas siguientes a la publicación.

Aunque el verdadero premio será el del futuro. Un mundo donde las mujeres y los hombres seamos iguales. Y, como Escarlata, a dios pongo por testigo de que acabaremos lográndolo.

 

NOTA DE LA AUTORA: Después de la publicación de este post, y dado el interés el evento, por parte de la organización se ha logrado la entrada libre. Basta acudir a la web y solicitarlo. Así que han ahorrado a esta toguitaconada el trabajo de decidir quien ganó el premio. Hay premio per tutti

 

#historiasdelibros : Revolución


niño y abuelo

Próxima la celebración del Día del libro, mi toga, mis tacones y yo misma nos queremos unir a ella, con, “Revolución”, una pequeña historia sobre la importancia de estos grandes amigos, una de tantas #historiasdelibros. Ojala nunca nos hayamos de convertir en La Ladrona de Libros para acceder a ellos..

Revolución

                  Como cada jueves, llegó puntualmente, sin faltar a nuestra cita. Y como cada jueves, me cercioré de que puertas y ventanas estuvieran bien cerradas, no fuera que nadie entrara. Con aquella vez que casi nos pillan, tuvimos más que de sobra. Aún me entran temblores cuando lo recuerdo.

                  Se sentó a mi lado y se sacó cuidadosamente las dos cápsulas de la boca, con cuidado de que no le rozaran la lengua, según me contaba. Hoy eran una roja y otra verde. Tras guiñarme el ojo, contestó a gritos a su madre que ya se las había tomado.

                  La verdad es que me daba mucha pena, pese a que a sus diez años tenía toda la vida por delante.  Tal vez precisamente por eso. El pobre odiaba los exámenes mucho más de lo que yo los odié nunca, que ya era mucho. Me fue imposible transmitirle cómo eran en mi época, un batería de preguntas y respuestas que escríbiamos con algo para él deconocido llamado bolígrafo. Y me lo imaginaba allí sentado, en silencio, esperando que el profesor leyera los contenidos de su cerebro y dictaminara si estaba preparado para pasar a la siguiente fase. Si cuando yo era niño me hubieran dicho que las evaluaciones del colegio se podían hacer así, estoy seguro que hubiera tenido ganas de que llegara ese momento. Y ahora, sin embargo, no me daba otra cosa más que lástima.

                  La vida era muy diferente en el año 2050. Hacía ya una década que comenzaron a experimentar con los estudios en grageas, que insertaban directamente los conocimientos en el cerebro. Poco a poco, los iban rellenando, y dependía de la capacidad  de almacenar de cada cual que le pasaran a la siguiente fase de enseñanza o no. Ahora se había generalizado, y habían acabado prohibiendo otro sistema de aprendizaje. Y todos parecían felices con ello.

                  Pero él no. Cuando lo veía aburrido un día tras otro sentado en la mesa de la salita, siempre a mi lado, decidí asumir el riesgo y actuar. Y ahora no faltaba un solo jueves a nuestra cita secreta, aunque al día siguiente tuviera que asimilar una doble cantidad de cápsulas con el terrible dolor de cabeza que le causaban las sobredosis. Según decían, era muy peligroso introducir más conocimientos de los previstos para un día.

                  Nos pusimos manos a la obra. Mi nieto era feliz, y juraría que esos eran los únicos ratos en que disfrutaba de verdad. Y yo disfrutaba con él.

                  Nos entretuvimos tanto que casi nos pillan otra vez. Pero reaccioné a tiempo. Una milésima de segundo antes de que mi hija entrara en el salón con mi bandeja de la cena, él había vuelto a su silla ergonómica y yo a la mía, motorizada y computerizada. Agaché mi cabeza sobre el regazo y me apresuré en volver a colocarme la manta de cuadros sobre las piernas. Y hasta dejé caer un hilillo de saliva para rematar la puesta en escena.

  • Qué pena, papá. Con lo revolucionario que tú has sido y que acabes así, todo el día dormido y sin poder moverte ni decir palabra…

              Confieso que me costó mucho no levantarme y abrazarla. Pero si lo hubiera hecho, me hubieran llevado de inmediato a aquel centro donde mandaban a los hombres de mi edad, sin más alimento para el cuerpo y la mente que cápsulas de colores. Mi primo Antonio me dijo que no se estaba mal, pero no le creía, así que seguí sin moverme, como casi siempre.

            Cuando cerró la puerta a mis espaldas, por fin pude sacar mi tesoro de entre los pliegues de mi manta térmica. Un libro. Uno de aquellos pocos que logré rescatar y que mi nieto y yo compartíamos cada jueves en la clandestinidad.

            Al menos, en algo tenía razón mi hija. Era y seguía siendo un revolucionario. ¿O acaso había mayor signo de revolución que un buen libro?