Derechos: grandes y pequeños


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Hay quien dice que el Derecho lo impregna todo. Hasta algo tan aparentemente antitético como el arte está fuertemente influido por el Derecho de cada Estado, con mayúscula, y por los derechos que en función de ello se tienen o no se tienen. La libertad de expresión y cómo se considere, si ir más lejos, guarda íntima relación con la producción literaria o artística. Recordemos que no hace tanto tiempo la censura privaba a espectadores de besos y desnudos, de un lado, y de toda clase de alusiones políticas que no estuvieran alineadas con el Régimen, de otro. Siempre, claro está, que el director no fuera lo suficientemente listo para sortearla y colarle más de un gol. También el propio Derecho y sus profesionales somos habituales protagonistas de películas y series. Perry Mason, Anillos de oro, Turno de oficio, La ley de los Angeles, Ali McBeal, La fiscal Chase, son solo algunos de los muchísimos títulos que se me vienen  a la cabeza. Sin olvidarnos de la lucha por los derechos más elementales, otro filón para el cine, desde Arde Mississippi hasta Missing, Mandela, Ghandi y muchas más.

Pero una cosa es el Derecho, con mayúscula, y otra los derechos, con minúscula. Y otra distinta el uso popular de la palabra “derecho” que hacemos. “No hay derecho” es una expresión común que se usa casi sin pensar para referirse a cualquier cosa que parezca injusta. Aunque, claro está, se extiende y una llega a oír cosas como que no hay derecho a tener que madrugar, a que no funcione la máquina de café o a cualquier nimiedad. Algo parecido a lo que sucede con la expresión “de juzgado de guardia” que, si se tomara en sentido literal, haría que en tales órganos no diéramos abasto. Y ojo que hay quien lo hace. He visto denuncias porque la vecina se había dejado el grifo abierto o porque el vecino había puesto un toldo con la imagen de una calavera que rompía la estética de tolditos blanquiverdes del edificio. Y es una gaita, desde luego, pero no es delito.

Derecho, con mayúscula, es la disciplina que estudia las leyes y su aplicación, algo que hemos estudiado la generalidad de habitantes de Toguilandia. Incluso aguantado la bromita que nos hacían frecuentemente de “¿Estudias Derecho? Pues yo prefiero estudiar sentado”. Espero que ya haya pasado de moda, o se haya sustituido al menos por algún meme o gif gracioso, con gatitos incluidos a ser posible.

Cuando se habla de que algo se resuelva conforme a Derecho, no quiere decir otra cosa que se haga conforme a la ley. Una obviedad, si nos fijamos. Aunque hay que reconocer que frases así hacen su papel como comodín del público en más de una ocasión. ¿Quién no ha visto expedientes despachados con un “procédase conforme a Derecho”, “es ajustado a Derecho” y expresiones similares? Pues eso. Una especie de Pasapalabra versión toguitaconada.

Pero, además del Derecho, están los derechos. Esa acepción de derechos, como derechos subjetivos, hace referencia a las facultades del ser humano que le corresponden por razón de serlo y que deben ser reconocidas y protegidas por el Estado. Los más importantes en el ranking, los Derechos Humanos , son los que a cualquiera se nos vienen a la cabeza al hablar de derechos. El derecho a la vida, a la integridad, a la libertad, a la intimidad, a la propia imagen, a la presunción de inocencia, a la tutela judicial efectiva  y unos cuantos más, que son los que confieren a un estado la categoría de Estado de Derecho. Cuando no se reconocen, es cuando sería aplicable al pie de la letra esa frase tan manida de “no hay derecho”.

Pero luego hay otras cosas, como prerrogativas o privilegios que a veces se confunden, deliberadamente o no. Pondré un ejemplo de lo que vemos habitualmente. Cuando en un proceso por violencia de género, ambas partes –víctima e investigado- no declaran, se dice que se acogen a su derecho a no declarar. Craso error. En el caso del investigado sí estaría haciendo uso de un derecho constitucional, reconocido y protegido como tal. En el de la víctima solo estaría utilizando un privilegio o prerrogativa que le concede la ley, la dispensa a declarar contra determinados parientes, pero no un derecho. Las consecuencias no son cualquier cosa. Dependiendo de si se trata de un verdadero derecho o no su vulneración tendría acceso al Tribunal Constitucional, y toda reforma que afectara al tema requeriría de ley orgánica, necesitada de una mayoría reforzada en el Parlamento. Tampoco creo que sean derechos en sí cosas como inmunidades o inviolabilidades de determinados sujetos, que entrarían dentro de las prerrogativas, facultades e incluso privilegios. Que no nos confundan.

Tampoco hay que confundir aquellas cosas que el estado protege con nuestros derechos. El Estado garantiza y reconoce el derecho a contraer matrimonio, pero lo de buscar un cónyuge corre de nuestra cuenta.  No vamos a exigirle que nos busque novio o novia, que el estado no es Santa Rita ni San Antonio. Otro tanto cabría decir con la protección a la familia, que no significa que el estado tenga que buscarnos una prole a nuestro gusto.

Pero hay quien toma el rábano por las hojas y disfraza de derecho cualquier cosa. Recuerdo un penado que ponía una queja tras otra porque el médico forense usaba gafas de sol –creo que tenía una afección en la vista-, alegando su “derecho a que me miren a los ojos”. Que está muy bien querer emular a Bécquer –pupila azul incluida-, pero de ahí a considerarlo un derecho hay un mundo.

También hay quien hace gala de un poco de jeta y toma por derecho lo que son simples exigencias, algunas de ellas realmente pintorescas. En un juicio de faltas, recuerdo un habitual de la casa que se quejaba de que el banquillo de los acusados era duro y esgrimía su derecho a un asiento digno, tal como suena. Y los hay que se enfadan mucho y tras el interrogatorio dicen que ellos también tienen derecho a preguntar, ”no lo van a decir todo los señores esos de negro”. E incluso en el público tuve una vez a una señora muy indignada que levantaba la mano mientras se daba golpes de pecho con el abanico y acabó gritando que por qué ella no tenía derecho a hablar.

Así que eso es lo que hay. El aplauso, una vez más, para quienes desde las trincheras del Derecho protegen los derechos de todas las personas. Aunque más de una vez hayan de oirse eso de que no hay derecho.

 

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Confesiones: en boca cerrada…


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Confesar es reconocer ante alguien haber realizado un hecho, generalmente reprobable o que al menos puede serlo. Aunque en principio el término tiene connotaciones religiosas, se utiliza desde siempre para referirse a secretos que se revelan y eso, sin duda, es un buen material para una película o una obra de teatro. Yo confieso o Secreto de confesión son títulos que inciden sobre ello, incluida su vertiente religiosa, y muchos más dan protagonismo al propio confesionario, como La Regenta. Pero cualesquiera Confidencias, sean Confidencias a medianoche o a otra hora del día, resultan prometedoras.

En nuestro teatro, la confesión también existe. Es, en sentido estricto, la prueba en la que declara el demandado en el proceso civil. Pero, más allá de ese concepto estricto, quienes son demandados, denunciados, investigados, procesados o denunciados tienen diversas oportunidades de abrir la boca. Y en algunas, más les valiera haberla cerrado y acogerse a su derecho al silencio, como vimos en el estreno dedicado a la última palabra

Pero es inevitable que, bien sea por pura ignorancia, o bien sea porque hay quien se cree tal listo – o lista- que pasa olímpicamente de los consejos de su defensa, los haya que meten la pata hasta el fondo en cuanto abren su boquita. Y da igual que estemos en un procedimiento por delito grave o leve, en un civil o en un penal. Nadie escapa a la maldición del bocachanclismo , como un acusado de homicidio que, fiel a la consigna de mantenella y no enmedalla, dijo “Yo no hice nada, pero lo volvería a hacer otra vez”.

Y como el movimiento se demuestra andando, aquí van algunas muestras, propias o cedidas por mis generosos compis. Yo siempre recuerdo el argumento que me dio un detenido por homicidio para no entrar en la cárcel, que decía muy convencido que él no podía estar en prisión porque le daba claustrofobia. No coló, claro, y hoy, ya condenado, no sé como lo llevará el hombre.

En otra ocasión, en este caso por violencia de género, el detenido ya había sido condenado a una pena de 27 años. Preguntado por ello, dijo en tono plano que “fue un lamentable error, un accidente que ocurrió”, explicando más tarde que “la que era mi novia en ese momento, que estaba embarazada, falleció”. Según la compañera que me lo cuenta, el ambiente se heló. Y no me extraña, la verdad.

Aunque en general estas meteduras de pata nos han hecho soltar más de una carcajada. Como la del investigado por violación que, sometido a un careo con la víctima, al oír que ésta le recriminaba por haberle violado cinco veces esa noche, gritó “Soy Superman”, alzándose de la silla, con los brazos en alto, y una enorme sonrisa. Y no es para menos, oiga, aunque el tribunal no debió creerlo porque acabó absuelto por falta de pruebas.

Y es que entre nuestra clientela hay verdaderos sabios, o que se creen tales. Entre los segundos, un denunciado en un juicio de faltas que quiso mostrar su sapiencia al juez, subiéndose la manga de la camisa y exclamando “y si no me creen, que me pongan el suero de la verdad”, mientras su madre, abochornada, trataba de llevárselo de allí. Entre los primeros, una verdadera joya de la delincuencia patria que, detenido por robo, repetía “Que yo esté aquí detenido, siñoria, por robar pa comer…y el dínguirin suelto por Suiza…es que no hay justicia ni diricho ni ná, llevénme a Suiza a mí también, donde los bollos”. Sabiduría popular en estado puro.

Algunos, incluso, nos dan lecciones de Derecho, incluso en su propio perjuicio. Así lo hizo un acusado por hurto que, orgulloso de su proeza, le explicó al juez y la fiscal que de hurto nada, que saltó una valla bien grande y eso era robo con fuerza sí o sí. Acabáramos.

No tan sabio era, sin embargo, un denunciado sobre el que me cuenta un compañero, en un juicio de faltas por hurto de gasoil, que fue sorprendido con la manguera y la garrafa en la mano. Ante ello, el angelito, dijo nada menos que el Mosso de escuadra iba a por él, que le tenía ganas desde hacía mucho. Y, por eso, tras decirle que le iba a hundir, sacó de su coche una manguera, un destornillador y una garrafa, se acercó al camión y agujereó el depósito y puso la garrafa para hacerle a él responsable. No contento con ello, preguntado por el fiscal si el otro Mosso también participó, dijo que no, que ese lo que hizo fue sacar una guitarra y ponerse a cantar en una esquina para distraer a quien pasara por ahí. Inexplicable que el juez no creyera esta historia y le condenara. ¿Verdad?

Y es que los juicios de faltas daban mucho de sí. Ya he contado alguna vez que un uno de mis primeros juicios por maltrato, mucho antes de la ley integral, el juez preguntó al denunciado si pegó a su mujer. Su respuesta a la gallega fue “qué usted no pega a la suya”. La condena fue obvia. Tanto como la otro denunciado que a la pregunta de si llamó al denunciante hijo de puta, respondió “es que lo es”, enzarzándose a continuación en un debate sobre infidelidad y cuernos que para sí quisiera el Diario de Patricia.

Los delitos sexuales son otro filón para estas cosas. Me cuenta un compañero de una testigo  se supo violada, pese a lo borracha que decía estar, porque al día siguiente tenía el estómago revuelto. Y eso que no dijo, como Chus Lampreave, eso de que era testiga de Jehová y no podía mentir. Aunque mucho más sincero fue un acusado de violación que, preguntado por la fiscal si, además de la penetración vaginal –por la que ya le había preguntado el juez- , había penetrado analmente a la víctima, respondió “ah, eso sí que no. Yo, señorita, cada agujero para lo que es”. Y cada cosa en su sitio, oiga, faltaría más.

Otra fuente de arrebatos verborreicos son las relaciones de pareja. Me cuenta otra compañera de un acusado que negaba una y otra vez haber sido pareja de la denunciante. La fiscal insistió preguntando si vivieron juntos, y si tenían hijos. Pese a responder afirmativamente, añadió “pero no éramos pareja”, como si fuera el científico diciendo “y sin embargo se mueve” versión cañí. Una premisa también sostenida por un acusado ante mí que, preguntado si tenían relación de afectividad me dijo que se acostaban regularmente, pero que afecto no le tenía ninguno. Y tan fresco.

A veces, los destinatarios de esos excesos verbales somos quienes lucimos toga. Especialmente, como dice un compañero, si llegada la tarde se despiertan sus lenguas vespertinas. A una compañera le interrumpió el acusado en pleno informe diciendo “que se calle esta señora, que ya no la aguanto”, con lo majas que somos las fiscales, oye. A otra, sin embargo, se refirió el acusado en su última palabra, declinando el derecho a usarla porque “ya se lo había dicho to al cura”.

Pero como no solo de Derecho penal vive el jurista, también he encontrado perlas en otras jurisdicciones. Una de ellas, la de un demandado de paternidad que ya tenía otros cinco hijos naturales y que, lejos de negar los hechos, exclamó “pues sí que me ha salido caro este polvo”. En otro juicio, relativo a una custodia, el demandado fue preguntado si consumía drogas en ese momento. Como si hubiera sido inoculado del suero de la verdad que pedía aquel otro acusado en juicio, dijo que se metía speed, pastillas, coca.. y que casi mejor decía lo que no se metía y acababa antes. Pasapalabra, pues. No hay más preguntas.

O sí, porque me resisto a dejar fuera este diamente en bruto, calentita de hoy mismo. Respuesta a la pregunta del fiscal de por qué pide 250 € de pensión para su hijo : “porque está regordico”. Insuperable.

Así que ahí queda eso. El aplauso, una vez más, para mis compañeros y compañeras, verdaderos protagonistas de este estreno con sus historias. Gracias de nuevo por compartirlas

Custodia: la discordia


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Las avenencias y desavenencias familiares son fruto de gusto en el cine, y dan para mucho. Sobre todo, en lo relativo a qué pasa con los hijos e hijas tras una ruptura. Desde Kramer contra Kramer a Tres solteros y un biberón, pasando por todo tipo de comedias, tragedias y tragicomedias, estas situaciones son un caldo de cultivo excelente para cocinar buenos resultados en taquilla.

Pero la realidad ni es tan dulce ni se mide en la recaudación de la taquilla. La realidad pura y dura es esa con la que nos toca lidiar a quienes, de uno u otro modo, intervenimos en el Derecho de Familia . Algo que, aunque no tenga un contenido jurídico tan aparentemente sesudo como otras materias, es de lo más difícil que le pueden encomendar a una persona, con toga o sin ella. Y que deja siempre la duda de si habremos hecho bien con la decisión tomada.

En teoría, la cosa parece sencilla. Hay que decidir para quién es la guarda y custodia del menor y cuál será, de haberlo, el régimen de visitas, utilizando un principio fundamental. El beneficio del menor, o favor minoris, que en latín siempre parece más fino. Hasta ahí resulta fácil. Sobre todo cuando uno de los progenitores tiene una conducta tan reprochable que no deja el mínimo resquicio a la duda. Pero las cosas nunca son tan simples, y eso del interés superior del menor tiene distintas interpretaciones según quien las haga.

Obviamente, cuando los dos progenitores están de acuerdo en todo, y ese todo es razonable –de ahí la intervención de juez y fiscal aunque haya acuerdo- no hay problema alguno. El interés del menor nos viene servido en bandeja.

Pero hete tú aquí que hay muchos casos en que el acuerdo es imposible. Las partes se empecinan en que la razón absoluta les corresponde, y no hay manera. A veces, son cosas justas y razonables, como mantener al menor en su entorno escolar y familiar, o darle la mejor atención médica o educación posible. Pero otras no es tan razonable, y los pleitos se enquistan por cosas tan peregrinas como el vestido de comunión –me han llegado a traer fotos del modelito elegido por el padre y pos la madre-, las actividades extraescolares o el lugar de veraneo. Y ahí es donde se empiezan a poner las cosas espinosas y donde cuesta mantener la compostura.

Pondré un ejemplo. Recuerdo un procedimiento de modificación de medidas en que el padre pretendía un cambio de custodia alegando que su hija se quejaba de continuos tirones del pelo de la madre. Como, obviamente, parecía que lo de arrastrar del pelo a la niña era inaceptable, pusimos en marcha el procedimiento. Y cuál fue nuestra sorpresa al descubrir, tras escuchar a la menor, que esos tirones de pelo no eran otra cosa que el empeño de la madre por deshacerse de una contumaz y persistente plaga de ftirápteros –vulgo, piojos- que se habían cebado con la cabellera abundante, rubia y rizada de la niña. Y cualquiera que haya pasado por semejante trance sabrá que los anuncios de televisión mienten como bellacos cuando dicen eso de que en cinco minutos se van y no vuelven jamás. Un ejemplo de publicidad engañosa de los que hacen historia. Esperando estoy a que alguien lo plantee, por cierto. Por supuesto, en este caso ambos progenitores alegaban el interés de menor para pretender la custodia. Y por supuesto también que todo quedó desactivado al descubrir el pastel.

Y es que hay que oir a las criaturas –obligatoriamente hasta los 12 años y antes si tuvieren suficiente juicio, según la ley, aunque yo les oigo siempre- Pero oírles no significa que lo que digan vaya a misa. Los niños son niños y sus razones son muchas veces razones de niños. Como que quieren ir con uno u otro porque le compra más cosas, porque no le obliga a hacer los deberes o porque vive mas cerca de su amigo Fulanito. Así que, además de oír, hay que escuchar, y luego, ponderar. Que no es poca cosa.

En cuestiones de custodia lo más espinoso es, sin duda el tema de la custodia compartida. Algo que debería ser lo ideal si la relación entre los progenitores fuera ideal y tuvieran la capacidad de ponerse de acuerdo. Pero que no siempre resulta posible si tienen que venir al juzgado cada vez que hay que decidir cosas tan nimias como si el niño toca el trombón o la flauta travesera o se apunta a baloncesto o fútbol. Por eso es tan difícil de concebir la custodia compartida impuesta –esto es, sin acuerdo de los progenitores-

Por supuesto, en casos de violencia de género, la propia ley prohíbe la custodia compartida. Y, aunque no prohíbe la custodia exclusiva del progenitor investigado o condenado por un delito de mal trato, parece obvio que es el espíritu. Aunque, desde luego, toda regla pueda tener una excepción, por excepcional que resulte, valga la redundancia.

Lo que no se pude hacer en ningún caso es usar la guarda –que no guardia, como he oído más de una vez- y custodia, o las visitas en su caso, como arma arrojadiza entre los ex cónyuges en lugar de como instrumento de velar por el menor. Nunca debemos perder de vista que la patria potestad es, antes que una facultad de los padres, un derecho de los hijos e hijas. Y el derecho a relacionarse con ambos debe ser respetado, salvo que existan casos para restringirlo o privar de él, como son los malos tratos al propio menor.

Acabaré diciendo que hay algo que me remueve las tripas. Esos procesos de divorcio donde las cuestiones relativas a los menores se resuelven de un plumazo, y pasamos las horas discutiendo quién se queda con esta o aquella cosa. Siempre me acordaré de un caso que daría para una película de Berlanga o de Almodóvar: un divorcio donde el problema por el que no se llegaba un acuerdo era quién se quedaba con el vídeo de la boda. Tal como suena. Me gustaría preguntarles, pasados más de 20 años, qué hacen ahora con la cinta de vídeo de las narices. Aunque aquello era tan surrealista que igual guardan un reproductor de VHS o Beta para la ocasión. Nunca se sabe.

Así que hoy no puedo hacer otra cosa que dedicar mi aplauso a la santa paciencia de todos y todas los jueces, fiscales, abogados y abogadas que se dedican al espinoso tema de desunir eso que, según la fórmula tradicional, Dios había unido y no podía separar el hombre. Porque tiene un mérito que no siempre se sabe ver.

 

Síndrome postvacacional: otra vez


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Cada año pasa lo mismo. El verano termina, se acaban los bolos y las galas estivales, y el mundo del espectáculo tiene que reinventarse de cara al nuevo curso. Nuevas programaciones, nuevas obras y nuevos proyectos mientras van quedando lejos actuaciones al aire libre y algún ratito de asueto en traje de baño. Nos ponen por enésima vez en alguna cadena de tele o radio al Duo Dinámico cantando lo de El final del verano, y se acabó. Cada mochuelo a su olivo. Se acabó El mejor verano de nuestras vidas, el peor, o uno más. Y a regresar como los chicos de Grease contando las aventuras estivales al ritmo de Tell me more.

Aunque haya quien no lo crea, también nuestro teatro sufre del síndrome postvacacional, y de un modo especialmente intenso. Porque, como ya hemos dicho alguna vez, lo nuestro no son vacaciones sino pseudo vacaciones, porque en realidad se trata de unos días con licencia para faltar al despacho mientras los expedientes siguen amontonándose en él como si no hubiera un mañana. Un efecto que se acrecentó desde que tuvieron la ocurrencia de acabar de un plumazo con la mayoría de sustitutos 

Pero una cosa es saberlo, y otra bien distinta vivirlo. Y como de ilusión también se vive, una regresa a Toguilandia pensando que esta vez no, que después de haberse dejado la mesa y las estanterías listas para que las revise el inaguantable mayordomo de la prueba del algodón la cosa será diferente. Igual hay suerte y no ha entrado mucho papel, o quizás se ha hecho realidad lo del Papel 0 mientras zanganeábamos. Pero nada. Mi gozo en un pozo. Y de nuevo las pilas de papel amontonadas en equilibrio imposible mientras me parece estar oyendo al mayordomo riéndose de mí, y diciendo que quien ríe el último ríe mejor.

Entonces me acuerdo de otro anuncio con otra protagonista odiosa. La chica del futuro que nos trae una lejía, que anda que no debe haber cosas en el futuro para que justamente nos traiga eso. Ya podía traer la fórmula mágica para que los expedientes se despacharan solitos.

Así que otra vez reparto de juicios, corre corre que no llegas, y, sobre todo, ya nada de No me pises que llevo chanclas, que toca toguitaconarse de nuevo. Y ya sabemos, aun para quienes estamos cerca, Aquí no hay playa, vaya, vaya 

Y encima, los efectos secundarios de las vacaciones. La dichosa pregunta de qué tal las vacaciones y la no menos dichosa de dónde has estado. Porque parece que hay que irse muy lejos y hacer cosas como bucear, saltar en paracaídas o tirarse de un acantilado para que las vacaciones sean lo más. Y a ver cómo explica una que no, que ha pasado unos días tranquilita sin hacer nada, ni siquiera todas esas cosas que se había jurado hacer. Aunque siempre cabe llamarle Dolce far niente que suena mucho mejor. Dónde va a parar.

Porque esa es otra. ¿Por qué narices nos empeñamos en que tenemos que hacer deberes de vacaciones como si fueran el cuaderno de verano de cuando íbamos al colegio? Este verano me voy a leer los catorce libros que tengo pendientes, voy a hacer un repaso a toda esa jurisprudencia que no me leí en su día, voy a poner al día mi correo electrónico y borrar todos esos mensajes del Pleistoceno, voy a ponerme en forma corriendo tropecientos kilómetros al día, y voy a pintar la casa con mis manitas y dejarla hecha un pincel, después de arreglar cajones y estanterías. Y se puede añadir a la lista tanto como una quiera. Porque luego, nada de nada.

Así que repasamos el verano y ni hemos subido al Everest, ni buceado entre los corales, ni leído más que una par de novelitas no demasiado sesudas, ni arreglado nada. Y una llega con una sensación de haber perdido el tiempo que hace que se la lleven los demonios cada vez que le preguntan por el verano.

Y, como si fuera un castigo divino por no haber hecho los deberes, ahí están los expedientes haciéndonos burla. Ellos no han perdido el tiempo, no señora. Ellos estaban ahí haciendo eso de Creced y multiplicaos mientras una no hacía más que tomarse una cervecita de cuando en cuando jurándome a mí misma que al día siguiente empezaría todo lo que tenía planificado para las vacaciones.

Ganas me dan de usar la toga como capa invisibilizadora tipo Harry Potter y meterme debajo. O descender al mundo de los Teletubbies y, con la toga, por supuesto, taparme la cara al grito de “no toy”. Pero vaya si estoy. Con zapatos en vez de chanclas y toga en lugar de pareo, aunque con el cerebro no sé en qué punto intermedio entre unos y otros.

Pero lo juro. Al año que viene, vacaciono mejor. O no.

Así que hoy no me queda otra que dar el aplauso a quienes cambian chanclas por tacones –o mocasines, o lo que sea- . Aunque solo sea para animar un poco, que buena falta nos hace.

Material escolar: los imprescindibles


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Es casi imposible hacer una buena obra sin unos medios mínimos. Para dirigir una película se necesitan cámaras, decorados, un guión, actores y actrices, vestuario, maquillaje, decorados, exteriores y un montón de cosas sin las cuales no es posible. La bailarina poco podrá hacer sin las zapatillas adecuadas y las mallas que correspondan y tampoco nadie se puede lucir como cantante sin un equipo de sonido adecuado. Algo obvio. Un material escolar que no puede faltar para abordar el nuevo curso, vayan a enfrentarse a un curso tan difícil como el de Rebelión en las aulas, a una mágica escuela tipo Harry Potter o a las veleidades cantarinas y danzarinas de Grease o High School Musical.
Y en nuestro teatro no íbamos a ser menos. Nos enfrentamos, como cada año, a la vuelta al cole y tenemos que tener nuestros cuadernos, nuestros lapiceros y nuestra agenda preparados. Sin olvidar los libros de texto. Que, como decía aquel anuncio que siempre odié de niña, hay que ir Al colegio con alegría no vaya a ser que,- también parafraseando a otro famoso anuncio de una época- tengamos que decir lo de “Andá, la cartera” aunque no olvidemos los Donuts.
Parece mentira que en plena era de la informática tengamos que hablar todavía de cosa como lápiz, boli y gomas, y más aún cuando tanto se presumió de Papel 0 . Y parece más mentira todavía que así sea también en los lugares donde las implantación informática es más amplia y tienen cosas como la Fiscalía digital, que sé que tiene en un sin vivir a los compañeros que la padecen. Pero de momento, seguimos esperando que la informatización sea una verdadera ventaja y no un quebradero de cabeza. Esperemos que con los nuevos aires ese momento esté más cerca.
Pero mientras tanto, vamos a hacer nuestra propia selección de material toguitaconado imprescindible. Y que no falte. Que confieso que alguna vez me he lanzado en plancha sobre el armario del material y si he logrado un fosforito de más me he ido dando saltos al grito de “Mi tesoooooro”
Lo primero, cómo no, serán los bolis. Que, aunque pueda parecer increíble, a veces escasean, y hay que conformarse con los que quedan. Que no sé cómo decir que los bolis verdes no son lo más, y que no se empeñen en traer un montón. Y que hay quien escribe con punta gruesa y quien, como yo, prefiere la fina, y tampoco pasaría nada porque hubiera un poquito de cada. Aunque a veces haya que conformarse con que haya, y punto. Tampoco estaría mal que pudiéramos disponer de lápices y gomas de borrar, que muchos y muchas  nos criamos sin ordenadores y los echamos de menos. Además vienen muy bien para anotar en los Códigos si ha habido alguna reforma, porque hasta el momento no confiamos demasiado en su renovación.
Aunque la estrella absoluta para mí son los posits. Ya decíamos un estreno a la positprudencia , útil como pocas cosas. Y también constituyen un canal de mensajería entre fiscalía y juzgados que ya quisiera whatsapp. Y ojo, que nadie me llame antigua por eso. Soy un ejemplo viviente de la combinación de las nuevas tecnologías con la tradición: tengo el ordenador plagado de pósits pegados. Que no se diga.
Otra de las estrellas de nuestro material escolar son los marcadores, o sea, los fosforitos de toda la vida. Juro que he visto a compañeros que casi llegan a la manos por hacerse con el último amarillo o verde que quedaba. Y, una vez obtenido el trofeo, lo esgrimían como Escarlata O´Hara gritando eso de A dios pongo por testigo que no dejaré sin subrayar la copia del atestado.
También hay otro adminículo especialmente útil: las gomas elásticas. Por si alguien no lo sabe, igual sirven para un roto que para un descosido, y lo mismo sujetan esas carpetillas de fiscalía que engordan como si hubieran atracado el Burguer King, que atan unos autos que se desmoronan por momentos. Y tienen utilidades extra. Recuerdo en mis primeros tiempos toguitaconados a un secretario judicial –hoy LAJ- que empezaba a hacer ruiditos con ellas cuando los informes en juicio se alargaban y su paciencia se acortaba.
Por supuesto, no podemos olvidar las etiquetas o pegatinas, que ya tuvieron su estreno y tienen el poder de provocar infartos, como traigan eso de causa con preso acompañado de varios tomos.
Por último, entre los grandes misterios de la humanidad, está uno que espera que seguro que sería un filón en Cuarto Milenio. La desaparición de las grapadoras y los quitagrapas. Estoy convencida que debe haber un agujero negro en el espacio llenito de grapadoras que, misteriosamente, se esfumaron de las mesas de los y las fiscales –aun tengo que averiguar si les pasa a otros- Yo, por si acaso, confieso que mi querido quitagrapas lo tengo sujeto con un cordel como los de la cuerda floja de los sumarios, que puede resultar un poco cutre pero es muy efectivo.
Menos mal que siempre nos quedaran las tiendas multiprecio -de chinos, vaya- para suplir carencias, que a veces vienen de lujo.
Así que hoy el aplauso es, un vez más, para quienes, pese a todo, siguen al pie del cañón sean cuales sean los medios. Y si además lo hacen, como en aquel viejo spot, con alegría, mejor todavía.

Detalles: cosas que hacen feliz


luna y venus

La felicidad es un concepto vago. O concreto, según se entienda.Hay quien entiende la felicidad como algo abstracto y absoluto que no se alcanza nunca. Hay, por el contrario, quien tiene la suerte de hallarla en las pequeñas cosas. Eso es lo que trata de hacer precisamente el arte. Cuando alguien ve una obra de teatro, o una película, cuando contempla una escultura o una pintura o ve un espectáculo de danza y por un instante sale de su vida diaria para disfrutar de la de otros, el artista ha logrado su objetivo: hacer feliz a alguien. Da igual que sea a través de un drama o de una comedia, de una biografía o de una historia de ciencia ficción. Todas las personas, de un modo u otro, andamos En busca de la felicidad, recibimos La llamada que nos llevará a ella, recordamos Aquellos maravillosos años o buscamos Un lugar en el mundo. Al fin y al cabo, ¿a quién no le gusta Un final feliz?.

Es difícil que en Toguilandia tengamos finales felices tal como ocurre en las películas. Nuestro mundo se nutre de desgracias y problemas que tratamos de arreglar, ley mediante, lo mejor que podemos. Pero es imposible reponer las cosas a su estado original. Hay que reconocerlo. Aunque también hay que reconocer la satisfacción, si no felicidad, que puede dar que se haya hecho justicia. O la que nos da el deber cumplido. Pese a todo.

Pero hay pequeños trocitos de felicidad que aparecen cuando una menos se lo espera. Y donde una menos se lo espera. Y hay casos que merece la pena compartir.

Leía el otro día como mi compañero y amigo de profesión y redes sociales @nandogerman contaba una experiencia surgida a través de twitter, un mundo donde se prodigan insultos y desprecios más de lo que sería deseable. Nos contaba que, a raíz de una de sus maravillosas fotos –precisamente, la que ilustra este estreno, como no- Con su permiso, voy  a dejar que sean sus palabras las que hablen: “Hace poco alguien vio una de mis fotos de Venus y la Luna y me escribió en privado. Me explicó que se había emocionado al verla porque desde que murió su madre, hace cuatro años, todas las noches busca a Venus, ya que su madre le dijo que estaría allí”. Termina diciendo que le envió la fotografía por correo, y la hizo feliz, y al hacerla feliz también se sintió feliz. Y he de admitir que esta toguitaconada, al leerlo, también sintió un poco de esa felicidad. Aunque pueda parecer cursi. A veces no puedo evitar serlo, y a mucha honra.

Recordé al leerlo algo que me había pasado a mí no hace mucho. También a través de redes, y por mensaje privado, alguien me dijo que había prestado mi Mar de Lija . La mujer a la que se lo prestó, al leerlo, se sintió tan identificada con una de las protagonistas de mis relatos que tomó la decisión de salir de la situación de malos tratos que asfixiaba su vida. También yo me sentí feliz. Y coincidiréis conmigo que si eso es ser cursi, vale la pena cursilizarse de vez en cuando. Que para sobredosis de realidad ya tenemos de sobra.

Hago hincapié en mi presunta –digo yo que tambien tendré derecho a la presunción de inocencia- cursilería por otra cosa que me ocurrió a través de redes. Algo que da fe –sin necesidad de notario o LAJ- de lo que decía al principio respecto a la abundancia de insultos y desprecios en redes sociales. Que más bien parecen insociales, dicho sea de paso. A propósito de un post que hablaba de que no somos de piedra  hubo alguien que se molestó en en entrar en el blog y comentar al respecto. Me llamaba cursi y ágrafa, y lo que es peor, se refería a mis seguidores como “personas sin criterio”. Por eso precisamente no aprobé el comentario, porque tolero que me insulten – o lo intenten- a mí pero no a toda ese gente que me leéis y con eso también me hacéis feliz. Y, en cualquier caso, como dice el refrán, no insulta quien quiere sino quien puede. Y no me ofende ser cursi, ya lo he dicho. En cuanto a lo de la agrafía, aun le estoy dando vueltas, entre la hilaridad y la perplejidad. Por si alguien no lo sabe, se trata de una pérdida de la habilidad de producir lenguaje escrito causada por una lesión cerebral. Y yo creo que a nadie se le escapa a estas alturas que mi lenguaje escrito puede gustar o no, pero producir, produzco. No puedo evitarlo, soy escriborreica. O lletraferida, como dice una amiga. Por supuesto, en cuanto a la lesión cerebral, mejor ni lo cometo.

No es este el único insulto que he recibido en redes, aunque tal vez sí sea de los más pintorescos. Al césar lo que es del césar. Pero me han llamado de todo. Como ocurre, en mayor o menor medida, a todo aquel que se atreve a adentrarse en este mundo de las redes sociales 

Por eso me gustó la historia de Fernando. Por eso conté la mía y podría contar alguna más. Como la de una persona que se fue de este mundo hace poco y que, cuando la desvirtualicé, me dijo “qué feliz me has hecho”, unas palabras que ahora que ya no está son un tesoro que guardo en mi memoria. También la de alguien que había perdido el contacto con mi familia desde antes de que yo naciera y que no hace mucho me encontró a través del blog , y con quien tengo una cita pendiente que me ilusiona mucho -no haré spoiler para entonces-. O la de la recuperación de un familiar perdido, con reencuentro en persona incluido.

Así que ahí queda eso. Llamadme cursi, si queréis, que cualquier día le pongo purpurina a la toga y lazos a los tacones, y me saco el máster de cursilería. Pero antes, ahí va el aplauso. Dedicado esta vez a @nandogerman y a todas las personas que hacéis que las redes sociales merezcan la pena. Gracias.

#historiasdebicis : El dedo corazón


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El dedo corazón

Cada vez que pasaba por el escaparate de la tienda de bicicletas, recordaba mi asignatura pendiente. Jamás aprendí a montar. Y todavía me dolía el recuerdo.

Mi padre enseñó a mis hermanos. Compró una flamante bicicleta de segunda mano, y fue iniciándoles uno a uno en el arte del pedaleo a medía que cumplían once años. Yo esperaba con ansia el día de mi undécimo cumpleaños para adquirir el derecho a subir en nuestra bicicleta, la más preciada y casi la única de nuestras posesiones.

Cuando llegó el día, me subí a aquel artefacto, sin tener ni idea de qué era lo que había que hacer. Esperaba, sentada a horcajadas en el sillín, a que llegara mi padre del campo. Mantenía el equilibrio a duras penas. La bici era enorme y no me llegaban los pies al suelo.

Por fin llegó, y yo puse una sonrisa resplandeciente, enseñando mis dientes apiñados. Fue la última vez que pude mostrarlos todos a un tiempo. Antes de que me diera cuenta, me cayó un bofetón de tal calibre que la bicicleta y yo nos estampamos contra el suelo. La boca me sabía a sangre porque se me habían partido las dos palas. Vi una de ellas en el suelo casi entera. Pero yo no tenía fuerzas para recogerla y a mi padre le interesaba más recoger la cadena de la bici, que se había salido de su guía. Las ruedas no corrieron mejor suerte, y se quedaron en forma de cuatro. Mi padre recuperó los pedazos de la bicicleta y me dejó a mí en el suelo, con mi pala rota, y la sangre saliendo a borbotones de mi boca y de mi alma. Mi madre miraba por detrás del visillo sin decir nada.

Al cabo de un rato, después de comprobados los daños, mi padre volvió. Me agarró del brazo con tanta fuerza que me retorció el dedo corazón, sumando un dolor nuevo a los que ya llevaba. Y a los que habían de venir.

Aquel día de mi cumpleaños fue la primera de las muchas palizas que recibí de él, mientras mi madre permanecía inmóvil como una estatua. Entonces fue cuando comprendí que mi madre no se caía tantas veces como nos contaba, ni se tropezaba con  las puertas. Supe en carne propia el por qué de cada hematoma, de cada rasguño, de cada hueso roto.

Llegó un momento en que los golpes ya no dolían. Solo esperábamos que pasaran pronto. Mi madre y yo veíamos aparcar la bicicleta y ya sabiamos lo que venía. Y así un día tras otro hasta el momento en que pude escapar y marcharme muy lejos.

Salí adelante como pude, trabajando en lo que saliera, sobreviviendo. Cualquier cosa antes que volver a pasar por aquello. Tuvieron que operarme el dedo corazón, que él había fracturado y nadie curó, y recomponerme los dientes que perdí. Y, conforme reponían mis huesos a su sitio, mi espíritu se iba recolocando en busca del lugar que me arrebataron siendo una niña.

Hoy hace cuarenta años de todo aquello. Es mi cumpleaños, y me he regalado a mí misma una bicicleta, que hace unos días aprendí a montar. La he subido a mi coche, y he vuelto por vez primera al pueblo donde pasé mi infancia.

Subida a mi bicicleta, he dado un paseo hasta llegar a aquella casa donde viví. Está abandonada, y su silueta siniestra ya no parece tan amenazante como lo fue un día. He pasado por el lugar donde me dijeron que esparcieron las cenizas de mi padre. Solo una cosa parece recordar su paso por el mundo. Su vieja bicicleta, oxidándose sin  que nadie lo impida.

He pedaleado hasta ponerme a su altura. Y allí, sonriendo con todos los dientes que vuelve a tener mi boca, he pensado en levantar bien alto mi recompuesto dedo corazón para expresar lo que siento. Pero lo he pensado mejor. Junto con el corazón alzo mi dedo índice y dibujo en el aire una uve imaginaria. Por fin he ganado.

 

 

Sensibilidad: no somos de piedra


sensibilidad

El arte se alimenta de sentimientos. No hace falta decir que por refinada que sea la técnica, perfecta que sea la ejecución o impecable el guión, si no toca el corazón, no vale nada. Llegar directo al alma es lo que hace que obras técnicamente peores logren el triunfo que les es esquivo a otras de factura exquisita e irreprochable. Es esa cosa intangible llamada talento, ángel, duende o cualquier otro nombre similar. Es la cualidad de mover los sentimientos, aunque a veces el cine se pase de frenada y sea demasiado fácil traspasar la línea que separa la sensibilidad a la sensiblería. Tampoco es necesario que no demos abasto para sorbernos los mocos, como ocurría en películas como Love Story o Campeón, que menuda jartá de llorar. O aquella serie de mi infancia, La casa de la pradera, tan lacrimógena que la conocíamos como La casa de la plorera –plorar es llorar en valenciano-. Y es que los sentimientos son tan importantes que hasta ellos mismos han protagonizado algún filme, como Del revés.

En nuestro teatro tenemos fama de insensibles, una fama no siempre merecida. Se duda de nuestro Sentido y sensibilidad para achacarnos más lo del Orgullo y prejuicio. Pero ni Todos los hombres –y mujeres- son iguales ni es oro todo lo que reluce. A veces, ni siquiera llega a oropel.

Pero, como quiera que esta toguitaconada es Pobre, pero honrada, como decía Lina Morgan, lo primero que he de hacer es dar a cada uno lo suyo –esto lo dijo Ulpiano, claro, nada que ver con la Morgan – y reconocer que la idea de este estreno no es mía. La idea primigenia pertenece a @ladycrocs, tuitera de pro como todo el mundo sabe. Yo solo le pedí prestado el hilo para hacer mi propia madeja, mezclada con la suya. Pero, como me dio permiso, no hay apropiación indebida, ni robo, ni siquiera hurto. Y así consta, que seguro que pueden dar fe cualquiera de los notarios y lajs que andan por los dominios del pajarito azul.

Se quejaba mi compi, y con razón, de todas aquellas personas que olvidan que  quienes vestimos toga también lo somos. Y acaban haciendo en muchos cassos exactamente lo mismo que denostan: no ponerse en nuestra piel, lo que viene llamándose empatía  Decía estar harta, y yo lo suscribo, de la gente que llega al juzgado y nos espeta cosas como que se nota que no tenemos hijos, o padres, o hermanos, según el caso, o que no es a nosotras a quienes nos ha pasado lo que quiera que sea. Y, aunque pueda resultar sorprendente resulta que sí, que tenemos padres y madres, hijas e hijos, que nos casamos o nos divorciamos, que perdemos a seres queridos y que pasamos por dramas diversos. Y, aunque a veces finjamos lo contrario, nuestras togas  pueden ser capas de superhéroe, pero no son una coraza. A veces no llegan ni a escudo.

Mi amiga tuitera cuenta en su hilo  lo afectada que se sentía cuando tuvo que decidir sobre la invalidez de un niño cuando a su hijo le acababan de diagnosticar una enfermedad, o lo terrible que fue visitar una residencia de ancianos recién fallecida su madre. Pero no le voy a robar sus historias, que ella las cuenta mejor que nadie. Y, una vez más, voy a hacer un ejercicio de umbralismo toguitaconado, y hablaré de mi libro. Y de algún que otro libro más que he vivido de cerca.

Me retrotraeré en el tiempo a antes de llegar a Toguilandia. A esa etapa de la oposición de la que ya contamos nuestras cuitas en el estreno dedicado al tesón. Apenas llevaba unos pocos meses estudiando cuando perdí a mi tío, algo que, además, viví con una angustia redoblada por lo que tenía de revivir la reciente muerte de mi padre. El día que le enterraron era día de cante así que, haciendo de tripas corazón, me fui directamente del cementerio al preparador, sin solución de continuidad. Recuerdo que varias personas me dijeron eso de “no sé cómo puedes” y hasta un velado “no tienes sentimientos”. Pues bien, los tengo. Y recuerdo que me costó la vida cantar el tema de “daños, incendios y estragos”, un tema fácil al que tuve manía desde aquel mismo día. Y que sigue sin gustarme ni pizca, porque siempre me devuelve a aquel momento.

Después, he oido eso de “cómo se nota que no le ha pasado” más veces de las que quisiera. Y me lo han dicho tanto desde el lado de las víctimas como del de los culpables y sus familias. He escuchado a familiares de víctimas o a las propias víctimas lamentarse porque en algún caso no he pedido la pena más alta, la que ellos creen que merece quien les ha causado tanto dolor. En los accidentes de tráfico, por ejemplo. Que difícil era de explicar aquello de la imprudencia o el delito contra la seguridad para quien consideraban el asesino de su hija por haberla atropellado. Y, cuando mis propias hijas tienen la edad de esa pobre chica, se te desgarra el alma de pensarlo, pero no puedes salir de la coraza de la toga y, menos aún, la de la ley. A lo más, explicarlo. Pero en esas circunstancias poco entienden tales explicaciones. Y se comprende. Porque debajo de la toga hay sentimientos, se crea o no. Puede que parezcamos de plástico, pero un plástico que se derrite en cuanto le acercan una cerilla.

¿Alguien ha pensado lo difícil que es enfrentarse desde estrados con adicciones, o con problemas mentales, cuando se han podido vivir de cerca, en familia o amigos? ¿Lo duro que resulta oir eso de “usted no sabe de lo que hablo, porque no lo ha vivido”? ¿Lo terrible que es ir al levantamiento de cadáver de un niño, más aún si tiene la misma edad que el tuyo propio? ¿Y lo complicado, lo terriblemente complicado que es decidir en ese caso teniendo que colocar una barrera imaginaria entre ese caso y la propia experiencia?

  Especialmente admirable me pareció en su momento la actitud de una jueza respecto a quienes habían vendido preferentes, cuando yo sabía que a su propio padre, enfermo de Alzheimer, le habían esquilmado por esa vía. Nadie notó el nudo que tenía en  la garganta y en el corazón.

No somos de piedra. Y porque no lo somos, recuerdo la única vez en que estuve a punto de perder los nervios. Fue en la declaración de un pederasta que afirmaba que le encantaban las niñas de ocho años, exactamente la edad que tenía mi hija en ese momento. Seguro que cualquiera puede leer mi mente e imaginar lo que me pedía el cuerpo. Y cómo me sentí cuando tuve que solicitar el archivo de la causa, porque en ese momento la mera tenencia de material pornográfico de menores no era delictiva.

Los ejemplos son muchos. Y seguro que debajo de cada toga se han vivido mil y una experiencias de ese tipo. Pero, por no acabar con el corazón encogido, lo haré con una anécdota simpática al respecto. Estábamos esperando el comienzo de un juicio a que una de sus principales protagonistas llegara. Apareció con más de una hora de retraso, y, más fresca que una lechuga, nos explicó que era por causa de sus hijos. Como quiera que le dije que eso no era excusa, mirándome, me dijo “usted no sabe lo que es tener niños pequeños”. Por supuesto, le contesté, como no podía ser de otro modo. “No, señora, las mías nacieron con doce años cumplidos y la ESO terminada”. Acabáramos. creo que fue la última vez que esgrimió semejante causa como motivo de demora.

Por todo eso, hoy el aplauso es múltiple. Para la inspiradora de este estreno, de una parte, a la que parafrasearé citando al Mercader de Venecia con una pregunta muy ilustrativa de este estreno: ¿Acaso no sangro si me pinchan?. Y, por supuesto, para todos y todas las que usan su toga como escudo aunque sepan que no es una coraza. Ni debe serlo.

 

 

Acumulación: síndrome de Diógenes


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Todos los cambios alteran al ser humano. Y las reacciones son variadas. Hay quienes no pueden vivir sin cambiar de residencia, de trabajo o de vida cada cierto tiempo -lo que se ha venido en llamar culos de mal asiento– y quienes entran en pánico con el más mínimo cambio, como el Sheldon de Bing Bang Theory, para quien es un verdadero drama dar la vuelta al cojín del sofá. El mundo del espectáculo, que vive en continua trashumancia, es buena prueba de ello en sí mismo, y también en la cantidad de obras que dedican al tema. Te puedes cambiar de mundo, como en Alien, o tener simplemente Un buen año por ello, puedes acabar viviendo en Esta casa es una ruina o en La habitación del pánico, o puedes, incluso, irte tan lejos como puedas y no evitar que te encuentren, como el maltratador marido de Durmiendo con su enemigo. Pero sea cual sea el modelo, hay quien viaja ligero de equipaje, y a quien le cuesta una enormidad deshacerse de cada minucia. Ni que decir tiene que en esto, como en todo, en el punto medio está la virtud. El verdadero problema estriba en determinar dónde esta ese famoso punto medio.

  Nuestro teatro es un escenario proclive a los cambios, sin duda alguna. Quienes habitamos en él del lado de la función pública, seamos jueces, fiscales, lajs, forenses o funcionarios, hemos vivido más de un cambio de sede, ciudad y vida merced a los traslados, desde ese primer destino en que una va adonde puede, hasta el que van logrando escalafón, trienios y suerte por mor de los concursos . Cada cambio, lleva consigo una mudanza personal y profesional. Y no es fácil decidir en cada cambio qué conservamos y de qué hemos de deshacernos. Por supuesto, hay para quien es más difícil, como es mi caso, que cojo cariño hasta a los huesos de las aceitunas de un Martini que me tome en buena compañía. Ñoña que es una.

Cuanto más tiempo se ha pasado en un sitio, más cachivaches, papeles y trastos útiles e inútiles se han acumulado. Y, aunque la acumulación también es un concepto jurídico, especialmente en procesal, donde acumulación de acciones y acumulación de autos son el pan nuestro de cada día, no es de este tipo de acumulaciones de las que trata este estreno, sino de otras mucho menos jurídicas.

Seguro que cualquiera ha oído halar del síndrome de Diógenes. Consiste, esencialmente, en la acumulación de desperdicios y basura en el propio hogar. Curiosamente, el filósofo al que debe su nombre basaba su doctrina en la desposesión de todo bien material, llegando a dormir en un barril pero, como quiera que pertenecía a la Escuela Cínica, parece que fue por ironía por lo que se bautizó con su nombre a ese comportamiento. Por desgracia, más de una vez nos hemos topado en nuestro trabajo con casos de esta índole, en que personas viven en el total abandono y son los vecinos quienes dan la voz de alarma, debido al hedor que sale de esas viviendas. En ocasiones, tan terrible trastorno solo se descubre cuando ya es tarde, y únicamente nos queda por hacer el levantamiento del cadáver. Un problema social que nos da más de un quebradero de cabeza.

Pero más allá del verdadero síndrome, todas las personas tenemos un pequeño Diógenes en nuestro interior. Y no quiero decir con eso que nos dé por dormir en un barril precisamente. Tendemos a acumular toda clase de papeles, libros y enseres sin orden ni concierto -o con él- y solo nos vemos impelidos a revisarlos cuando nos acecha el fantasma de una mudanza. Me decía hace nada una querida amiga y compañera que estaba agobiada con el tema a pesar de que sabía de la venta de su casa desde hacía dos meses. Y no me extraña. Solo de pensarlo se me ponen los pelos verdes. La de papeles y cosas inservibles que aparecen por los rincones. Y, aunque como dice otro querido amigo, si no sabes que estaban es que no servían para nada, del dicho al hecho hay un buen trecho. Y tendemos a acumular recuerdos que luego no recordamos.

A lo largo de mi vida toguitaconada no he hecho muchos traslados de ciudad, pero sí que he padecido el traslado hasta cuatro veces de sede dentro de la misma provincia. A cada mudanza, acompañaba una caja donde iba metiendo lo que se apiñaba en los cajones. Confieso que conservo cosas como un Código del 73 que se cae a pedazos, CD´s y hasta disquettes que no tengo ni idea qué deben contener -y en el caso de los disquettes no creo que lo llegue a saber ya- y algunos modelos de escritos que ni de forma ni de fondo son aplicables, entre otras cosas. Pero parece que mi Diógenes interior agarra mi mano cada vez que tengo tentación de tirarlos a la basura. Igual cualquier día puedo contribuir al museo histórico de la justicia, si es que alguna vez cambiamos de siglo en Toguilandia.

Pero como soy una toguitaconada moderna, mi particular síndrome de Diógenes también me asedia por la parte virtual. Acoso y derribo. Y he de confesar que mi ordenador está lleno de archivos que guardé o descargué algún día y que mis dedos se niegan a echar a la papelera. Infodiogénes 2.0 también me ataca.

Así que ahí queda eso. Solo falta dar el aplauso de hoy que, cómo no, irá dedicado a quien encuentra ese dichoso punto medio entre guardarlo todo y tirarlo todo. Y, de propina, una ovación extra para esos dos buenos amigos que han inspirado este post. Gracias de nuevo.

Carencias: pide un deseo


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Todas las personas tenemos deseos, ocultos o a la vista. De nuestros anhelos se nutre en mundo del espectáculo tanto por fuera como por dentro. ¿Quién no ha deseado emular a los protagonistas de cualquier historia? ¿Quién no ha deseado ponerse en la piel de quienes recorren la alfombra roja para recibir un Oscar, un Goya o lo que sea? ¿Quién no ha ensayado discursos imaginarios cuando recibía El premio?. Tal vez por eso haya tantas películas que plasman esos anhelos, quien pide Tres deseos, quien Quiere ser como Bekham o quien formula sus deseos al genio de la lámpara como Aladin.

Quienes habitamos en Toguilandia también tenemos nuestros propios deseos, grandes y chiquitos, personales y profesionales. De hecho, he de reconocer que la idea de este post me vino directamente de una señoria tuitera y de un reto que con el que a continuación me desafiaba otro tuitero amigo. Quejábase ella de que en Madrid no hay playa, vaya, vaya, como la canción de Los Refrescos -ojo, no, como creen algunos,  de Los inhumanos que, como valencianos, sí que tienen playa-Y decía que era lo que le faltaba a la capital del reino, expresando un deseo difícil de cumplir. Aunque no imposible, que en cuanto los reyes Magos me traigan la varita mágica que les pido todos los años, igual me pongo y le doy el capricho. Que no se diga de la generosidad toguitaconada.

Pero nuestros deseos no son siempre tan personales, ni tan teóricamente irrealizables. Ya antes de toguitaconarnos, somos ansia viva. Primero, por aprobar cada asignatura de la carrera y por acabarla -aunque sea en cuatro o cinco años como todo el mundo, y no en un ratito como parece que han hecho otros-, luego por encontrar nuestro hueco profesional. Si hay un ámbito donde los deseos son más constantes y apremiantes, ése es el de quienes opositan . Una se pasa varios años de su vida despertándose y acostándose con el deseo de aprobar, se examina con el deseo de que sea la última vez y cruza los dedos muy fuerte a lo largo del examen, cruzada de dedos que va acompañada de rezos a santos varios, que todo ayuda. Se desea fervientemente a la hora de sacar las bolitas que los temas sean propicios -y entran ganas de cortarse la mano si no lo son-, que el tribunal esté receptivo, que no hayan aprobado hasta ese momento tantos que no queden plazas ni tan pocos que denote la dureza extrema del tribunal, y hasta que no haya un partido de fútbol esa tarde no vaya a ser que les pillemos con ganas de irse. Y se desea, cómo no, que nuestro nombre aparezca en la lista de “aptos”. Y, si todos esos deseos no se cumplen, vuelta a empezar, preguntándonos dónde estará la dichosa lámpara de Aladino que conduzca a Toguilandia tras el grito de Abrete Sésamo.

Y, aunque en su día juráramos por todo el santoral que si nos era concedido ese deseo no volveríamos a pedir nada más en nuestra vida, la memoria es corta y, en nada, ya vamos buscando al pobre genio. Porque, otra de las cosas que más y con más fuerza se desean, es el acceso al puesto  anhelado.  En nuestro caso, a través del ansiado concurso que no siempre se convoca con la periodicidad que debiera, dando lugar a situaciones de interinidad verdaderamente angustiosas. Y no se trata de la ambición legítima de mejorar -o no solo de eso- sino de cosas tan básicas como poder compartir la vida con tu pareja, plantearte tener descendencia o, si se tiene, organizar la mudanza y los cambios de colegio y de vida. Casi nada.

También hay deseos de otro tipo, más ambiciosos o más de andar por casa. Cada día de nuestra vida profesional, si la cosa no cambia, exigimos que nos doten de medios que hagan de la Administración de Justicia un ámbito digno para cumplir nuestra función. Aquello de que #MerecemosUnaJusticiaDeCalidad por lo nos pusimos de togas caídas y por lo que seguiremos reclamando. Y mientras tanto, lo traducimos en deseos tan triviales como que el ordenador se conecte de una puñetera vez en lugar de tardar una eternidad, que no se hayan acabado los posits y los bolis -salvo los verdes, que siempre hay- o que funcione el ascensor, la calefacción o el aire acondicionado cuando la temperatura lo hace necesario.

No obstante, en nuestro teatro, donde más se deja sentir el imperio de los deseos -además de en la oposición, por descontado- es en el Juzgado de Guardia. Cada vez que nos toca, nos colmamos de buenos deseos que ríanse ustedes de los propósitos navideños. “Que tengas buena guardia”, como anhelo general que se desglosa en muchos pequeños anhelos. Que no entren muchos detenidos, que no soliciten muchas órdenes de protección, que no tengamos ningún habeas corpus que nos levante de la cama a horas intempestivas, que no tengamos que levantar un cadáver, que no haya entradas y registros que paralicen la guardia y por favor por favor por favor, que no entre esa denuncia que llevan varios días anunciando y que nos va a colapsar el Juzgado.

E, íntimamente relacionado, un tema que depende puramente del azar y que, por tanto, activa la maquinaria de los deseos como pocos: el reparto. Cuántas veces no habremos deseado que el tiempo corriera hacia atrás o hacia adelante para que no nos hubiera entrado ese asunto enorme y horroroso, o que tuviera un número par, o impar, o lo que sea, para que le correspondiera a cualquier otro u otra. Aunque también pude ser al revés, que nadie crea que solo queremos escaquearnos. Más de una vez he deseado con todas mis fuerzas que un determinado asunto me correspondiera porque me parecía atractivo, interesante o enriquecedor. Si bien hay que admitir que en estos casos puede hacerse realidad la máxima de “cuidado con lo que sueñas, no vaya a hacerse realidad”

Así que hoy el aplauso de este estreno habrá de ser compartido. De una parte, para quienes me retaron a escribirlo. De otra, a quienes cada día cruzan los dedos para que se cumplan sus deseos, con u recuerdo especial para los opositores y opositoras que se dejan la vida cada día quemándose las pestañas y pelándose los codos con apuntes y códigos. Que bien lo merecen y lo necesitan.

Y, por supuesto, con una ovación extra a @madebycarol1, fantástica ilustradora, una vez más, de este post