Coletillas: muletas del foro


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Todos sabemos lo que es una coletilla o un lugar común, también llamadas muletillas. Ese recurso de la lengua, intencional o no, que se repite una vez y otra.

Más o menos cultos, más o menos buscados o más o menos inconscientes, en el mundo del espectáculo son muy usados. Tanto los que puedan utilizar sus miembros de modo particular como esos que pueblan series y programas de televisión y acaban formando parte del acervo colectivo. Si logran que una frase, una expresión o una palabra se identifique de inmediato con su fuente de procedencia, el objetivo está logrado. ¿Quién no piensa de inmediato en el inefable Chiquito de la Calzada si hacemos referencia al “pecador de la pradera” o, quién de los que peinamos canas –o ni eso-  no nos trasladamos en cuanto oímos aquello de “veintidó, veintidó, veintidó” al Un Dos Tres de los viernes noche con el Dúo Sacapuntas en acción? ¿Quién no sabe quién no siente las piernas, quién dice aquello de “yo soy tu padre” o quien es Bond, James Bond? ¿Y quién no ha empleado alguna vez eso de “hasta el infinito y más allá”, “en ocasiones veo reos”, “que le corten la cabeza” o “ven a la luz, Carolyn?

Nuestro escenario también tiene sus coletillas. Bastante más aburridas, por cierto, pero es lo que tiene. Frases que se repiten una vez y otras cuando Entre togas anda el juego.

Si hay una reina absoluta de nuestras muletillas, esa es la expresión “con la venia”. La muletilla en cuestión antecede cualquier actuación ante los tribunales de modo que acaba pegándose a la piel y saliendo casi sin pensar. En más de una ocasión, con las cuitas de una maternidad recién estrenada y medio sonámbula por falta de sueño, he llegado a pedir la venia a mis hijas para darles la papilla. Tal como suena. Ni que decir tiene que la niña, lejos de dármela, me miraba de hito en hito con cara de asombro. Aunque por suerte no les quedaron secuelas. O quizás sí y ahí está la razón de que a día de hoy no muestren ninguna inclinación por el mundo del derecho.

Lo de la venia en realidad no es otra cosa que una fórmula de estilo destinada a pedir permiso al tribunal –que no al juez, aunque sea unipersonal- para tomar la palabra. No es necesario emplear estos términos, bastaría con pedir permiso de otro modo o incluso hacer un gesto como inclinar la cabeza en señal de respeto. Y, en cualquier caso, jamás he visto a un juez denegar la dichosa venia. Aunque por eso de Nunca digas nunca jamás, confieso que a veces fantaseo con ser juez por un día y decir que ahora no doy la venia, que me la quedo para mí. Deformación toguitaconada, supongo.

Pero hay más. Los abogados sueles utilizar una coletilla nivel Terminator. Esa de “en estrictos términos de defensa” que no quiere decir otra cosa que “cuerpo a tierra, que te va a caer artillería por tierra, mar y aire”, especialmente si tus puñetas son las de fiscal, y precede en ocasiones a un chorreo de los que hacen historia en el que lo más bonito que llaman a una es “digna representante de Ministerio Fiscal” con expresión de pensar exactamente lo contrario.

Igualmente, otra de las habituales muletillas que usamos son esas que quieren decir que poco hay que decir. “Que se confirme la resolución recurrida por sus propios fundamentos”, por ejemplo. Que no significa que el fiscal sea un vago y no se  ha leído los autos sino que está tan de acuerdo, generalmente porque sigue a pies juntillas lo que dijo él mismo en su día, que no vale la pena desperdiciar tiempo y energías en repetir las cosas. Y otro tanto cabría decir respecto a eso de “reproducir por vía de informe”, que está muy bien cuando se usa para evitar repeticiones innecesarias, pero no tanto cuando se utiliza para salir del paso sin más.

Y, si hay una muletilla comodín esa es la de “que se proceda conforme a derecho”, que en muchos casos es respuesta a otro de los comodines, el preferido de los jueces, “pase al fiscal para informe”. Y, como en todo, lo poco gusta y lo mucho cansa. Esto es, su uso moderado no sólo es correcto sino una práctica muy recomendable, que bien está que juez y fiscal actúen de consuno o al menos sepan cuáles son sus posiciones, pero su abuso puede acabar por colapsar los armarios y las paciencias. Y no andamos sobrados de unos ni de otras, en los tiempos que corren.

Y no me olvido de otra de las coletillas estrellas del foro. La invocación cada cinco minutos de modo indiscriminado del in dubio pro reo y la presunción de inocencia. Que no necesitamos que nos lo recuerden en cada frase. Y que además, como decía un magistrado en mi primer destino, no pueden confundirse ni mezclarse. Cuando no hay dubio, no hay pro reo que valga. Y solo debe alegarse cuando existe una duda entre dos normas a aplicar. Cuando lo que se quiere es hacer valer la alternativa entre culpabilidad e inocencia a favor de la presunción sobre ésta última, es ésta y no aquélla. Y de veras que con que lo digan una vez, lo hemos pillado. Incluso sin ello.

Y, por último, una costumbre inveterada. Decir, para hacer énfasis, “que conste en acta”. Admiro la paciencia de los Letrados de la Administración de Justicia para no perder las formas y soltarles una fresca. En acta consta todo, señores. Y sobre todo ahora,  que  los juicios se graban. Acabáramos.

Así que, por una vez y sin que sirva de precedente, el aplauso es condicionado. Ovación al uso y abucheo al abuso. Eso sí, en estrictos términos de defensa y respetando la presunción de inocencia de esta humilde toguitaconada.

 

Suerte: alea jacta est


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La suerte. Ese ente esquivo e invisible que todo el mundo conoce pero nadie ha visto. Como la niña de la curva o la escena de Ricky Martin, el perro y la mermelada. Algo que no reconocemos siempre cuando aparece pero que echamos de menos cuando no está. ¿Quién no se ha quejado alguna vez en su vida de su mala suerte? Y, sobre todo, ¿quién no se ha quejado de su mala suerte comparada con la buena suerte del otro? Porque a veces, parece que nos interesa más que el ente no visite al contrario que el hecho de que pase por nuestra casa. Por eso compramos compulsivamente lotería a todo aquel que nos la ofrece, no vaya a ser que a él le toque y nosotros nos quedemos viendo su buena fortuna con tres palmos de narices.

Pero, lo admitamos o no, la suerte es uno de los ingredientes que jalonan el camino de la fama. Un golpe de suerte a la hora de sacar una estreno, o de promocionar una canción, llevan a la gloria a quienes la tengan. Como le ha pasado a tantos artistas que han sido flor de un día, o que han vivido Por Siempre Jamás de aquel golpe de suerte. Las Spice Girls, con su Wannabee o Massiel y un Lalala que le llegó de rebote ante la negativa inesperada de quien estaba inicialmente seleccionado para representarnos en Eurovisión. Otra cosa es mantenerse, pero eso es harina de otro costal. Y la suerte forma parte de muchos títulos de películas. Un golpe de suerte, Un tipo con Suerte nos enseñan que hasta ella misma puede ser protagonista.

Y no es cualquier cosa. Hasta tiene su propia regulación penal, que aún recito de memoria aquello de las obligaciones naturales surgidas de los juegos de suerte, envite o azar que aprendí de carrerilla en su día. Que se lo digan si no a Los Bingueros, un título que por más friki que nos parezca, todo el mundo conoce.

Nuestro teatro no es ajeno a esta azarosa visitante. Y por más que muchos se empeñen en soltarnos aquello de Al saber lo llaman suerte o A la suerte hay que buscarla, no podemos sino rendirnos ante la evidencia de que la suerte existe. Y determina muchos momentos de nuestra vida, o al menos empuja a que se resuelvan en determinado sentido.

Me contaban hace apenas unos días que un profesor de la facultad solía presentarse a sus alumnos con una frase “Yo tengo un don. Siempre pregunto en el examen la única pregunta que se han dejado”. Verdad verdadera. Y no es que el profesor en cuestión fuera el mismísimo Rappel, es que eso de que salga la única materia que alguien dejó de estudiar, es algo que hemos oído en nuestras vidas de estudiantes más veces de las que seríamos capaces de recordar. Y seguro que sigue pasando.

Y si hay un momento donde la suerte juega un papel esencial, o al menos así lo creemos, es el de la oposición. Nos jugamos en unas horas el esfuerzo de muchos años, y cualquier factor puede afectarnos. Desde una gripe inesperada hasta la letra en que comienza nuestro apellido, que fija la fecha en que nos tocará examinarnos. El número de orden del día señalado, si es viernes o lunes, si el de antes o el de después son unos cracks o unos paquetes y hasta si ese día hacen en la tele un partido de fútbol y los miembros del tribunal puedan tener prisa para acabar. Y, por supuesto, los temas sacados al azar. Luego, el león no es tan fiero como lo pintan y quien sabe y hace un buen examen acabará aprobando, si no a la primera, a la segunda o a la tercera, si tiene la paciencia, el temple y los posibles que le permitan seguir adelante. Como decía mi abuelo, todos los cuchillos cortan, es cuestión de cómo, cuánto y cuándo se les afile.

Pero la suerte no solo influye en los exámenes. Siempre jugará un papel en nuestra toguitaconada vida. El destino al que accedemos, desde luego, y un montón de pequeñas o grandes cosas. ¿Quién no se ha encomendado a todos los santos para que su asunto no caiga en manos de tal juez, o de tal otro? ¿Quién no prefiere uno u otro fiscal, o abogado, según pinten las cosas? La diversidad de criterio, la rapidez del juzgado, la inclinación o no de llegar a un acuerdo hacen que a veces creamos que estamos rellenando un boleto de la Primitiva. Aunque luego todos somos profesionales y las cosas acaban saliendo, por más que haya factores que allanen el camino o le pongan piedras en el recorrido.

El momento de esperar una sentencia, o la resolución de un recurso, nos lleva más de una vez a una ceremonia de cruce de dedos y rogativas varias esperando que el azar pegue un empujoncito a nuestras legítimas pretensiones, por más que estén perfectamente fundadas en derecho. Yo confieso que he pasado y sigo pasando nervios de principiante cuando espero a que acabe la deliberación de los miembros del jurado y lean su veredicto. Adrenalina pura, aun después de tantos años.

Pero no hay que exagerar. Por fortuna, nuestro estado de derecho tiene los mecanismos suficientes para que la suerte solo sea ese ente que empuja en un sentido u otro, pero no determina la resolución de las cosas. Y la mala suerte de algunos no lo es tanto. Como la de aquel delincuente que se dolía de su mala fortuna al haber ido a atracar directamente a quien resultó ser juez, fiscal o policía, que haberlos haylos.

Así que hoy el aplauso no va a ser fruto de la suerte, del envite ni del azar. Va dedicado a todos aquellos que salvan los obstáculos que la diosa Fortuna pone en su camino y consiguen pese a todo llevar las cosas a buen puerto. Porque no hay suerte que pueda con el trabajo, el empeño y la perseverancia. ¿O no?

 

Relax: togas Stand By


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Todos tenemos derecho al descanso. Lo dice la Constitución, las Declaraciones de Derechos Humanos y, lo que es más lógico, el sentido común. Ningún ser humano puede rendir si en algún momento no descansa. Y no solo físicamente.

También descansan los artistas. Lo hacen a destiempo, generalmente cuando los demás nos dedicamos al solaz, y muchas veces precisamente por eso. Porque su trabajo coincide con nuestro descanso. Y también las vacaciones han dado lugar a un filón cinematográfico, desde la deliciosa Vacaciones en Roma hasta la estresante serie de Doce fuera de casa, pasando por la inquietante Y de repente el último verano. Y desde luego, en nuestro país no podíamos ser menos, desde Las bicicletas son para el verano o Bámbola hasta toda la serie de suecas, hombres que se quedan de rodríguez y clichés varios encabezados por el inefable Pepito Piscinas.

Pero la cuestión es si en nuestro teatro también descansamos. Si, además de destoguitaconarnos de cuerpo, también lo hacemos de mente, impidiendo que togas y puñetas salgan del armario donde deben permanecer por un tiempo. Y, aunque parezca fácil, no lo es tanto.

Hubo un tiempo, cuando los teléfonos móviles y la pesadilla Lexnet no había ingresado en nuestras vidas, en que hacer semejante cosa era posible, y solo dependía de nosotros. Eran los tiempos en que había jueces, fiscales y secretarios judiciales –hoy LAJs- sustitutos bastantes para cumplir el cometido para el que había sido nombrados: sustituir. Y cubrían las vacaciones de los titulares, que nos podíamos dedicar al dolce far niente por un mes en el año. Ahora, desde que el año 2013 la tijera podadora de justicia se llevó a la mayoría de ellos por delante, la cosa se pone cuesta arriba. Y, aunque el mes de vacaciones es indiscutible, se disfruta o se padece en muchos casos a saltos, como si viviéramos en una constante montaña rusa. Y se hace complicado tener todo el mes de vacaciones seguido porque las necesidades del servicio obligan a encajar las planillas de los repartos como si de un sudoku se tratara, y no siempre sale. Y además, a quienes hacemos guardias no nos queda más remedio en ocasiones que interrumpirlas cada vez que nos toca una, con lo que la desconexión total es casi imposible. Así que una se sube en la montaña rusa y, cuando más alto ha ascendido y llega el momento de la emocionante bajada, cortan la electricidad y toca volver al suelo y desperdiciar la adrenalina que ya se iba soltando, que allí se queda con tres palmos de narices. Y vuelta a empezar.

Pero eso no es todo. Y no solo quienes adornamos la toga con puñetas tenemos esos problemas. Y, como si de niños que no estudiaron lo suficiente se tratara, nos toca llevarnos el cuaderno de vacaciones. Expedientes que quedaron a medias, leyes que no tuvimos tiempo de estudiar y todas esas cosas que nos prometíamos que pondríamos al día en cuanto el calendario nos diera una tregua. Y, en el caso de los abogados y otros profesionales liberales, más aún. Sus clientes no se congelan hasta la llegada de septiembre y, aunque agosto es en casi todo inhábil, hay cosas para las que no lo es tanto. Y toca reunirse, estudiar y trabajar. Con canícula estival y todo, abanico y ducha mediante, por supuesto.

Y, para redondear la cosa,  las salas de vacaciones. Que, por cierto, menuda ironía que se llamen salas de vacaciones cuando quienes la forman no pueden disfrutar de ellas. Debería llamarse sala de no vacaciones. Así que igual lo propongo para una próxima reforma de la Ley Orgánica del Poder Judicial, ya que tanto les gusta cambiar nombres a diestro y siniestro.

Y, en este punto, tampoco quiero olvidar a los opositores, esos pobres seres que ni siquiera disfrutan de vacaciones. Mucho ánimo que el esfuerzo tiene su recompensa. O debe tenerla.

Leí en algún sitio que la desconexión verdadera empieza a partir de las dos semanas sin tocar nada de trabajo. Dedicándose a escribir, a la cría del calamar salvaje, a cultivar tulipanes, hacer macramé, a riscar por los montes como si no hubiera un mañana o, simplemente, a vegetar en un sofá. Y si, además, conseguimos olvidarnos de togas y puñetas varias, y nos sacudimos el complejo de culpabilidad por todas esas cosas que pensábamos hacer en vacaciones y se han quedado en el Monte del olvido, mejor que mejor.

Pero hay una Pepita Grilla con toguita y taconitos que se empeña en darme el tostón. Seguro que más de uno sabe de quién hablo. Y ojo, que no siempre viste toguita y taconitos. A veces va en chándal, o en traje de baño y chanclas y hasta de lagarterana, si me apuran, pero aparece cuando menos se lo espera una. Hace chas y aparece a tu lado, como aquella canción de tiempo ha. Y nos fastidia el anhelado descanso. O lo intenta.

Así que hoy una aplauso especial. Para quienes consiguen desconectar de verdad, cargar las pilas como corresponde y volver con ánimos renovados y fuerzas por estrenar. Que a veces es tan difícil que se convierte en Misión Imposible

 

 

Asco: togas melindrosas


bebe asco

Ya hemos hablado otras veces de la importancia de los sentimientos, en nuestro teatro y fuera de él. Amor, odio y todo el elenco de sensaciones que hay por medio forman parte de él como de la vida misma. Pero no todo es glamuroso y brillante. Y a veces, algo desagradable retuerce nuestras entrañas y se sube a la garganta. Y hay que mantener el tipo, mejor o peor.

En el cine esa sensación de repugnancia ha sido explotada por todo un género. Las vísceras desparramadas a diestro y siniestro en La Matanza de Texas o por el terrible Jason en las mil y una partes de Viernes 13, o los bichos asquerosos que tan del  gusto son de algunos, desde La Mosca hasta Alien y sus descendientes pretendiendo inundar las pesadillas de quienes no tengan el estómago forrado de amianto.

Y en nuestro teatro no nos quedamos atrás. Pequeñas y grandes cosas que hacen difícil mantener la compostura y a veces, hasta la dignidad. Y que hacen que tengamos que desarrollar nuestras dotes de actores y actrices hasta el infinito y más allá para que las náuseas no del al traste con nuestra función.

Después de varios trienos poblando Toguilandia, recuerdo más de uuna situación que ha puesto a prueba mis tragaderas. Y juro que no exagero.

Las primeras, las relacionadas con las sedes. Aunque parezca que estoy hablando de la prehistoria, no hace tanto que había juzgados donde los Bichos eran parte del entorno, especialmente unos negros y bastante repulsivos que gustaban de vivir en el hueco de un ascensor de cierto juzgado de pueblo. También recuerdo otro, donde llegó a salir en el periódico que las ratas estaban devorando con fruición los expedientes de Registro Civil. Y, más recientemente, las pulgas nos visitan con una cierta frecuencia. Tanta, que se rumorea que están confeccionándose toguitas y buscando tacones para hacernos la competencia. Pero tal vez se trate solo de un rumor. O no.

Otras veces hay que soportar momentos que ponen nuestros estómagos a prueba. es difícil aguantar el trago de algunos levantamientos de cadáver, por ejemplo. Recuerdo uno, el de un anciano que fue encontrado muerto en pleno mes de agosto después de más de una semana del deceso, en que el olor era tan fuerte que un policía, con la mejor intención del mundo, me instaba a que fumara para que el humo ahogara aquellos vapores. Algo impensable hoy, y más si tenemos en cuenta que yo lucía una tripa de siete meses de embarazo. Pero la intención era buena, desde luego.

Aunque la verdadera repugnancia no es tanto la física, sino la que nos vemos obligados a sufrir ante algunos hechos que pasan por nuestro teatro. Los relacionados con criaturas, particularmente los relacionados con abusos sexuales o la pornografía infantil nos someten a situaciones en que hay que contar hasta cien para no dejarse llevar por lo que a una le pide el cuerpo.

También ocurren algo parecido con los delitos cometidos contra personas mayores o contra discapacitados, a quienes algunos desaprensivos desposeen de su patrimonio y hasta de su dignidad aprovechando sus circunstancias. Y hay que respirar hondo para aguantar la compostura. Y aún así, cuesta.

Y todavía hay otras cosas que me causan repulsión, aunque sea de otra clase. Entre otras, la pasividad ante la falta de medios endémicos de la justicia, la poca sensibilidad de algunos para la violencia de género, o pata temas de odio como la homofobia. Se me abren las carnes de pensar que en los últimos minutos de silencio por las víctimas de crímenes machistas se contaban con los dedos de la mano las personas concentradas al respecto en algunos lugares públicos. ¿Resignación? Tal vez, pero no deja de darme una aprensión enorme una sociedad que se resigna a cosas como estas, y otras que he nombrado.

Así que hoy el aplauso es para todos los que encuentran el equilibrio. Y sin llegar a acostumbrarse, hacen de tripas corazón y siguen adelante. Gracias por estar y seguir ahí.

 

 

 

 

 

 

Esperanza: se busca


Dedos-cruzados

Los artistas, o quienes aspiran a serlo, viven constantemente en una especie de zozobra. Las expectativas forman parte de su vida sin poder evitarlo. Lograr su primer papel cuando aún no ha debitado, obtener un papel protagonista luego, conseguir un Oscar, un Goya, un Tony, una Palma de oro o cualquier otro premio, y vuelta a empezar. Siempre esperando participar en la obra de su vida, y después esperando no bajar el listón. De Ha nacido a una estrella a no caer en el Crepúsculo de los dioses, pasando por Que siga el espectáculo. Siempre con el corazón en vilo.

En nuestro teatro también compartimos esa continua sensación de estar en vilo, de vivir con la esperanza de lograr esto o aquello. Primero, conseguir terminar los estudios, la carrera, con sus cursos y sus prácticas. Después, quienes elegimos ese camino, aprobar la oposición, que no es moco de pavo. Y si se opta por tirarse a la arena del ejercicio profesional, lograr la formación e instalarse, que tampoco es poca cosa. Ahí es donde tenemos nuestro momento Ha nacido una estrella, ese momento donde creemos que está todo hecho cuando la cosa no ha hecho nada más que empezar.

Y, cuando apenas nos ha dado tiempo a saborear las mieles del triunfo, casi sin darnos cuenta, entramos en la siguiente fase. Que siga el espectáculo. Y empezamos a desear fervientemente alcanzar un destino mejor, o  consolidar el despacho en su caso, y comenzar a situarnos cerca de aquello que suponíamos que sería nuestro objetivo cuando alcanzáramos la meta. Éxitos profesionales, mejores casos, nombramientos o destinos más atractivos. Seguimos esperando.

Y aunque nos situemos, la espada de Damocles sigue ahí. Porque no hay que dormirse, no vaya a ser que llegue la fase el Crepúsculo de los dioses, que hay que evitar a toda costa. Y esperamos que las cosas sigan bien y sobre todo que vayan a mejor.

Pero esas esperanzas no lo son todo. Hay esperanzas grandes y pequeñas, comunes e individuales. Y quienes transitamos por nuestro escenario, seguimos con la esperanza a cuestas, aunque a veces cuesta tanto conservarla que me parece que cualquier día aparece en un cartel pegado a la pared con la leyenda “Wanted”, o “Se busca”, como en las clásicas películas del Oeste.

¿Y que esperamos? Pues seguro que la mayoría, lo mismo. Que tengamos una Justicia eficaz y con medios, que la Justicia sea Independiente y que sea efectiva y, desde luego, que sea igual para todos. Que por fin entremos en el siglo XXI y no tengamos que encomendarnos a todos los santos para que las notificaciones lleguen, los programas informáticos funcionen o los juicios se puedan celebrar en un tiempo razonable. Parece fácil ¿no?

Pues no. Como quiera que quienes tienen que proveer de medios, que quienes hacen las leyes y quienes organizan el cotarro no escuchan o no quieren escuchar, seguimos como seguimos. Esperando y esperando. Y ya se sabe que el que espera, desespera. Y pobres de nosotros si llegamos a ese punto.

Yo espero que algún día no demasiado lejano se creen plazas de jueces, fiscales, LaJs y funcionarios, se recuperen los sustitutos perdidos, se valore de una vez el turno de oficio, se faciliten medios dignos y adecuados a los tiempos y se legisle de un modo razonable. Espero que la Justicia deje de ser la Cenicienta de la Administración, y de recoger las migajas que dejan sus hermanastras poderosas, como Hacienda, que siempre tiene el vestido más lujoso mientras ella se lo tiene que confeccionar con harapos. O, en otro caso, que venga el Hada Madrina y a golpe de varita, diga aquello de “todo se arregla con solo decir Dibidibadibidú”.

Pero mucho me temo que va a ser que no. Así que mientras tanto, me quedo con la esperanza de que no se me cuelgue el ordenador más de lo soportable, de que no me falten grapas, possits o bolis, que los fallos de la climatización no eleven la temperatura de mi despacho más allá de lo soportable, o de que no le pase nada a ninguna de mis compañeras, no me toque sustituirla. Y por supuesto, que no se retrasen en los pagos más de lo admisible, como ha venido sucediendo con el turno de oficio y ocurre a veces con la retribución de guardias, porque nuestras familias tienen la mala costumbre de comer todos los días. O como con la paga extra de 2012, que aún venimos recuperando a trozos, tarde y mal, y ya no da para comprar los turrones de aquellas Navidades.

Así que el aplauso es, desde luego, para todos los que pese a todo, conservan la esperanza. De las cosas pequeñas y las grandes, que todo importa. Y mientras tanto, por si acaso, iré colgando el cartel de “Se Busca” en las puestas batientes del Saloon de nuestra Justicia.

Independencia: la meta


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El mundo del arte siempre ha gustado de los temas románticos. Y pocos temas hay que lo sean tanto como la Independencia. Así, con mayúsculas. Casi siempre la identificamos con la lucha de un territorio por mantenerse libre de injerencias o de invasiones. Con más o menos matices, y más o menos estilos. Desde el Curro Jiménez de mi infancia luchando cada domingo contra los franceses, hasta los galos de Astérix y Obelix defendiendo la aldea gala, desde las mil versiones de un idealizado Garibaldi hasta la defensa terrícola de Independence Day, pasando por las luchas contra cualquier invasión paranormal, sean zombies, ultracuerpos o cualquier otra cosa. Sin olvidar, por supuesto, el filón de la Guerra de la Independencia americana, entre el Norte y Sur y Lo que el viento se llevó, o la descolonización, que ha dado metraje de sobra.

Pero no toda independencia es la territorial. La independencia es un concepto demasiado amplio para circunscribirlo a ello. La independencia es la personal, la institucional y cualquier postura que trate de mantenerse firme en su sitio frente a cualquier injerencia. Un concepto positivo, más allá de los matices políticos con los que se usa el término hoy en día, limitado a un espacio y tiempo determinado. Y en los que, desde luego, ni quiero ni debo entrar.

Nuestro teatro tiene su propia especialidad en los que a independencia se refiere. La independencia judicial. Un término del que se usa y se abusa, y una aspiración legítima de nuestro Estado de Derecho. Pero también un concepto en el que se mezclan y confunden otros, deliberada o inconscientemente. Independencia, imparcialidad o jerarquía son ingredientes de una misma ensalada que a veces se mezclan sin orden ni concierto y dan lugar a platos incomestibles. O no.

La independencia judicial es, como decía, una aspiración irrenunciable de todo estado democrático. Sin un poder judicial independiente, la separación de poderes se convierte en papel mojado y se nos desmorona el edificio porque cae una de sus patas. Montesquieu en Caída libre. Seguro que en eso todos estamos de acuerdo. El problema es saber en qué consiste esa independencia, y distinguirla de otros conceptos. Y no siempre es fácil.

La independencia supone, en esencia, que los jueces cumplan su papel de juzgar y hacer ejecutar lo juzgado con libertad, basados en el principio de legalidad y que no sean perturbados ni influidos por otros elementos, esencialmente políticos. Algo que, se crea o no, hacen cada día la inmensa mayoría de los jueces españoles. Y en lo que coadyuvamos todos. Los fiscales, sin ir más lejos, máximos garantes de la independencia judicial según dice la ley y por más que muchos lo ignoren o lo pongan en duda. Pero claro, es comprensible. La propia ley no lo pone fácil, cuando dice que estamos integrados con independencia en el poder judicial. Un galimatías que deja rumiando a más de uno. Y no sin razón.

La cosa es que cada día más oímos que la justicia está politizada. No sin razón. Pero la razón no es tanta cuando nos colocan el sambenito a todos según la decisión que tomemos. No hay decisión judicial, o informe del fiscal, que afecte a responsables políticos sin que el comentarista o el todólogo de turno no achaque el sentido de tal decisión a la presunta adscripción política que supone a quien la firma, o a un telefonazo de las más altas instancias. Y de eso nada, monada.Al menos en el mundo de los mortales. Por éstas que son cruces.

Como diría aquél, puedo prometer y prometo que en gran parte de las investigaciones judiciales que involucran alcaldes, ignoramos a priori a qué partido pertenece. Y no es cuestión de ignorancia. Cualquiera sabe quién dirige el consistorio de Madrid, Valencia o Barcelona, pero es imposible conocer quién lo hace en Villaconejillos de Arriba. Salvo que sea el que aparece en el anuncio del detergente lavando con una gota la paella gigante, claro.

Y en cuanto a la llamada, también puedo prometer y prometo que en casi un cuarto de siglo toguitaconada, nunca la he recibido. Y no se crean que a veces no me gustaría, que aprovecharía para decirle cuatro cosas al responsable de turno. Y de paso, para pedirle pósits y bolis de punta fina, que está la cosa malica.

Quizá el quid de la cuestión esté en distinguir entre quienes nos mojamos las rodillas en salas de vistas y juzgados, y quienes tienen otras funciones. Y aclarando además que ni todos los miembros del Consejo General del Poder Judicial son jueces ni están ejerciendo funciones jurisdiccionales –aunque tras la última reforma algunos las simultanean-. A diferencia de los miembros del Consejo Fiscal, por cierto, que han de ser necesariamente fiscales en activo. Cosa que no ha de ser el Fiscal General del Estado, que ni siquiera tiene por qué pertenecer a la carrera fiscal –aunque así era en los dos últimos casos- Tal vez esta aclaración despeje la duda de que el modo de su nombramiento no tiene por qué afectar a la imparcialidad o no de quienes trabajamos día a día en cada juzgado.

Así que el sistema falla en la cúspide. Debería darse una vuelta de tuerca –o más de una- a ese sistema. Al modo de nombramiento y, sobre todo, a cómo se hace en la práctica. El papel es muy sufrido, y el mérito y capacidad para los nombramientos de una cierta enjundia son unos principios rectores objetivos. El problema, como siempre, está en cómo se interpreta. Y ahí en dónde la independencia puede empezar a tambalearse. Porque por más vueltas que se a un destornillador, poco se puede conseguir si el tope está pasado de rosca.

Y lo que ocurre en muchos casos es que se interpretan las decisiones según convenga al interpretante. Pondré un ejemplo. En un asunto que duró años y años, contra un alto cargo de una ciudad que tiene un aeropuerto sin aviones, se ha dicho hasta la saciedad que se cambiaban los jueces para que ninguno hurgara en la llaga. Desconociendo algo básico: que lo instruía un juzgado de entrada, mal dotado y peor retribuido, donde los jueces aterrizaban en su primer destino y huían como alma que lleva el diablo a un destino mejor dejando el juzgado tan vacío como lo estaba de aviones el aeropuerto en cuestión. Y ninguna culpa tenían de eso cada uno de los jueces que por allí cayeron.

Por supuesto, de todo hay en la viña del señor. Pero desde este escenario hoy quería romper una lanza por todos los que día a día hacen su trabajo con más ganas que medios y ajenos a llamadas e intrigas palaciegas, que ya tienen bastante con lo que tienen. Para ellos va el aplauso. Dirijan sus tomates hacia arriba. Así, igual, acertamos. Sólo es cuestión de puntería.

 

Urgencias:¿verdadero o falso?


urgencia

Las prisas no son buenas consejeras. Eso dice el refranero, y eso nos dicen una vez y otra cada vez que el tiempo apremia, y eso decimos a su vez a todo aquel que nos insta a que las cosas se terminen para anteayer. Pero no todas las urgencias son tan urgentes como parecen, y hay que andarse con cuidado para no confundir las prisas con la precipitación.

En el mundo del espectáculo lo saben bien.  Películas que llevan gestándose años suelen obtener buenos resultados, mientras que las que usan del tirón para estrenar aprovechándose de las circunstancias suelen acabar en el rincón del olvido, por más que en un primer momento hayan despertado muchas expectativas. Ya se sabe, vísteme despacio que llevo prisa. O Roma no se hizo en un día.

En nuestro teatro nos sentimos a veces como protagonistas de esa serie de médicos tan conocida, Urgencias. Esperando la que cae para enchufar goteros, mascarillas, y correr pasillo arriba a lo largo del Hospital Central, versión patria de la serie americana. Y olvidamos que no todas las cosas son urgencias y, si de médicos se trata, en muchas ocasiones hay que acudir al Médico de Familia y hacer cada cosa a su tiempo. Despacito, y buena letra. Piano, piano en lugar de Deprisa, deprisa.

Pero claro, ya sabemos que en Toguilandia andamos apremiados por el síndrome del fin del mundo, que tiene lugar, indefectiblemente, dos veces al año: en Navidad y en Verano, en Diciembre y en Julio. Así que cuando los bikinis empiezan a empujar con fuerza para salir de los cajones o el espumillón empieza a brillar en los escaparates, hay que prepararse. La Apocalipsis Judicial llega de nuevo.

Todo el mundo se siente aquejado por una inquietud desaforada que hace que los expedientes inicien un baile frenético. Danzad, danzad, malditos. Y atrápame este expediente como puedas que las mesas tienen que quedarse limpias no vaya a ser que aterricen las naves del Independence Day en nuestros despachos y no encuentren sitio para aterrizar.

Puen no. Guárdenme el secreto, pero después del mes de julio llega el de agosto y después, créanlo o no, septiembre. Y seguimos trabajando, aunque la máquina seismesizadora de la reforma Lecrim  nos haya agobiado un poco más, y los plazos sigan corriendo su inexorable curso. O sea, que El Día Después es lo mismo que el día antes, y el de antes de antes, y el de antes de antes..Y si miramos los medios con que contamos, hasta el siglo de antes.

El caso es que la gente parece no creerlo y se comporta como si no hubiera un mañana. Literal. Y aparece ese expediente del que una se había olvidado reclamando atención inmediata. Pero ojo, que hay trampa. No es oro todo lo que reluce. Ni urgente todo lo que parece serlo. Lo es una causa con preso, una petición de libertad, la entrega de unos hijos por un progenitor renuente para que pase su turno de vacaciones con el otro o un internamiento no voluntario, por poner algún ejemplo. En la guardia es urgente exactamente lo mismo que el resto del año: todo. Pero no es urgente lo que alguien quiere acabar por otro tipo de razones. Y ahí es donde viene el llanto y el rechinar de dientes.

Me contaba una buena amiga abogada de un cliente que llevaba meses sin dar señales de vida y de pronto se ha convertido en poco menos que su sombra, exigiendo que lo suyo se quede resuelto ya a pesar de que nunca hasta ahora había tenido el más mínimo interés en seguir con el asunto. Y no es ella sola. Aunque aquí no vale eso de que a mal de mucho consuelo de tontos.

Así que hoy no hay aplauso sino regañina. Dedicada a todos aquellos que confunden el inicio de las vacaciones con la llegada de los Cuatro Jinetes de la Apocalipsis. A ellos va dedicada. Con todo mi cariño toguitaconado. O no.

 

 

Memoria histórica: Recordemos


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Si hay un tema que ha dado materia prima a nuestro cine, ésa es la Guerra Civil Española y sus consecuencias. El cine español del último medio siglo ha rememorado todo lo que no pudo hacer antes. Y hoy, por el día que es, 6 de agosto, me quedo con dos títulos, La Voz Dormida y Las Trece Rosas, de cuyo fusilamiento se cumple hoy años

Por eso, en homenaje a ellas y a todos los que quedan en cunetas y fosas comunes y por la memoria que a todos nos robaron y que muchos seguimos exigiendo recuperar, desde Con Mi Toga y Mis Tacones quiero hacerles este pequeño homenaje en forma de relato. Como dijo una de ellas, que la historia no borre sus nombres, ni los de tantas otras personas.

Como la vida es puro teatro, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. O no…

 

TRECE ROSAS BLANCAS

 

             En cuanto oí el timbre del teléfono supe que algo andaba mal. No es que yo sea una lumbrera, ni que tenga esos pálpitos que tanto salen en las novelas, no. Era una sencilla cuestión de sentido común. Mi hija no había vuelto a casa, la hora era era intempestiva y sonaba el teléfono fijo. Blanco y en botella, leche. Así que sólo deseé con todas mis fuerzas que lo que quisiera que pasara fuera lo menos malo posible. Y descolgué el auricular mientras cruzaba los dedos.

            Detenida. Eso era lo único con lo que me quedé de una insulsa conversación. Ponían en mi conocimiento que mi hija de dieciséis años estaba detenida junto a varios jóvenes más por participar en una manifestación ilegal. Me dijeron algo más, se refirieron a alteraciones del orden público, daños en el mobiliario urbano, desobediencia a agentes de la autoridad y una retahíla de cargos a los que ya no hice demasiado caso. Aunque sospechaba que algún día habría de pasar, mi conciencia de madre me estaba pegando martillazos sin parar.

            Me vestí a toda prisa mientras le daba vueltas a cómo se lo contaría a su padre. Llevaba tiempo advirtiéndome de que no le metiera esas cosas en la cabeza a la niña, que era demasiado joven para meterse en política. Pero yo le quitaba importancia. Incluso me reía de él, diciéndole que a cualquier cosa le llamaba “meterse en política”. Y era lo que pensaba, la verdad. No veía qué tenía de revolucionario que unos cuantos críos salieran a la calle y se sentaran en el suelo en protesta por los recortes y la falta de medios en su instituto y en tantos otros. E incluso la alenté a que participara, diciéndole que todos debemos protestar en defensa de lo que consideramos justo.

            Pero ahora me asaltaban las dudas. Tal vez su padre llevara razón y hubiera sido mejor dejar a la niña en su cómodo mundo, preocupada tan solo por tener el mejor teléfono móvil y la ropa más moderna, y dejarme de tonterías y de idealismos. Tal vez, incluso, debí llevarla a aquel carísimo colegio privado que me recomendaban en lugar de empeñarme en que fuera a un instituto público. Pero me era imposible. En cuanto venían a mi mente esas ideas, mis genes se rebelaban y me impedían dormir.

            Así que agarré al toro por los cuernos, y me dispuse a contarle lo que pasaba al padre de la criatura. Sabía de antemano que me iba a reprochar aquellas conversaciones con nuestra hija acerca de mis ancestros. Me había dicho una y mil veces que aquello debería estar muerto y enterrado. Pero yo no pensaba lo mismo. Estaba orgullosa y quería transmitirle mi orgullo a mi hija, ahora que podría presumir de ello sin jugarse la vida. O eso era al menos lo que yo creía.

            Fue cuando estrenaron aquella película, “Las Trece Rosas”, cuando vi la oportunidad de hablarle de su abuela, y no lo quise demorar más. Su avidez por conocer me espoleó y le conté lo que sabía, poca cosa,  pero suficiente para despertar su conciencia como en un día no tan lejano despertó la mía.

            Mi madre era una de tantas muchachas que habían estado en aquella prisión de Ventas Conocía bien a  aquellas trece muchachas que un mal día fueron sacadas de allí para emprender un viaje del que jamás regresarían. Era muy buena amiga de varias de ellas, las más jóvenes, más cercanas a ella, que ostentaba el dudoso mérito de ser la prisionera de menor edad. Y es que era una niña cuando entró en aquella cárcel, mucho más niña de lo que era mi hija cuando me decidí a contárselo. Y, desde luego, muchísimo más de lo que era yo cuando llegué a conocer la verdad.

            Mi madre se salvó de tener el mismo final que sus amigas, probablemente por sus pocos años, pero permaneció encerrada durante mucho tiempo. No obstante, una supuesta política aperturista del régimen hizo que saliera a tiempo de recomponer los pedazos de su vida y hasta tener una hija, aunque bastante tardía. El sufrimiento de todo aquel tiempo y el miedo que trataron de inocularle, unido a su afán de protegerme, hicieron que yo viviera en un mundo de mentiras y medias verdades hasta que exigí conocer su historia. Aun así, no me contó apenas nada más que los datos esenciales, que era una adolescente ilusionada por cambiar el mundo, que se unió a un grupo de chicas que organizaban actividades, que querían defender la república y hacían cosas tan perniciosas como asistir a reuniones informativas y organizar algunas fiestas. La pillaron con unas octavillas en el bolso, y a partir de ese momento empezó un calvario del que supe casi más por los libros que por ella misma. Creo que ella no quería recordar demasiado y cuando por fin hubiera querido, ya no era capaz de hacerlo. La edad y la enfermedad habían borrado todo aquello de su mente y sólo pude rellenar las lagunas con libros y películas.

            Y mientras oía sin escuchar la filípica con que el padre de mi hija se estaba despachando, seguía preguntándome si había hecho bien, si no hubiera debido hacer como mi propia madre y ocultarle mientras fuera posible todas aquellas cosas.

            Al llegar a comisaría, su cara me dio la respuesta. La niña estaba bien, aunque tenía una pequeña brecha en la frente que nadie quiso aclarar cómo se había producido. Nos la entregaron, tras firmar varios papeles donde nos citaban para que compareciera en el Juzgado de menores, y salimos de allí.

            Cuando cruzamos la puerta de la calle, un grupo de jóvenes la recibieron con aplausos, al tiempo que seguían gritando exigiendo la libertad de los que todavía permanecían en aquellas dependencias. Mi hija nos miró y se fue junto a ellos, mientras su padre trataba de impedírselo diciéndonos si no habíamos tenido suficiente. Pero se quedó allí, mientras él y yo la esperábamos en casa sin dirigirnos la palabra entre nosotros.

            Esta vez regresó sin contratiempos al cabo de unas horas, durante las cuales nos fue informando por mensajes de móvil de que todo iba bien.

            Al día siguiente, fui a buscarla nada más levantarme, pero ella ya no estaba en su cama, y pensé que habría salido a hacer cualquier recado. Así que me dispuse a ir yo sola al sitio donde pensaba llevarla.

            Al llegar, la sorpresa me dejó muda. Junto a aquella vieja tapia que tanto significaba, encontré a mi hija, de pie junto a la silla de ruedas de mi madre. Y, por primera vez en muchos años, el mundo real recuperó a aquella mujer que, sosteniendo una rosa banca en la mano, se abrazaba a su nieta diciéndole lo orgullosa que se sentía de ella.

            Junto a la tapia quedaron otras trece rosas blancas, idénticas a la que ella tenía.

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Burocracia: ¿lastre imprescindible?


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Los artistas son artistas. Y, salvo raras excepciones, poco les gustan las formalidades, los trámites y los papeleos varios. Y es comprensible, las musas son las musas y una no puede elegir el momento en que vengan a visitarla. Sería cómodo, desde luego, pero no veo factible poder decirle a la musa que aparezca únicamente de 8 a 2, debidamente provista de su carnet de musa, con sus pólizas o su chip electrónico. La verdad, no lo veo.
Pero sea como sea, y les guste o no a los artistas y a su inspiración, todas las cosas tienen su trámites, y cada día más. Los teatros necesitan sus papeles en regla, los espectáculos la consabida licencia, las ganancias sus impuestos, los trabajadores su alta y cada cosa en su sitio. Y no queda otra que pasar por el aro, o resignarse a que no pueda alzarse el telón.
También nosotros tenemos nuestros trámites burocráticos. Cosas supuestamente ideadas para ayudarnos y que a veces no son sino un obstáculo más en nuestra paciencia y nuestro tiempo. Una sobre otra, como si alguien se empeñara en ponernos a prueba. ¿Hasta cuanto son capaces de soportar los togadillos sin sacarlos de quicio?, es lo que deben preguntarse. Pero igual cualquier día se llevan una sorpresa, que todo tiene un límite. O no.
Y es que alguien pensará que exagero. Pero si me dieran un euro por cada hora que he perdido haciendo trámites que poco o nada tienen que ver con el trabajo que según la ley desempeño, estoy segura que tendría para dedicarme a la Dolce Vita sin necesitar de dar un palo al agua nunca más. Después, por supuesto, de haber tramitado con todos sus papeles mi excedencia. Pero no caerá esa breva. Si el estado nos diera un euro por cada hora tirada en esas cosas, a buen seguro estaría en la más absoluta de las miserias. Por siempre jamás.
Por eso, para demostrar que de exagerada, nada, y que más bien me quedo corta, solo daré algunas pinceladas. Porque si pintara el cuadro entero se acabarían las existencias de pintura. Y, sin duda alguna, la paciencia de los lectores.
Pero vayamos con un ejemplo práctico. La dichosa estadística –que ya tuvo su estreno- que nos obligan a rellenar periódicamente –cada mes en mi caso-. Y que a todos les toca. Cuando empecé mi vida toguitaconada, la rellenábamos a mano, con palotes. Cuando llegaron los ordenadores, y los programas informáticos, pensamos que el programa haría ese trabajo. Vana ilusión. Continuamos con los palotes, aunque, en un momento dado, nos obligaron a rellenarlas también informáticamente. Eso sí, después de haber anotado todo a mano con los mismos palotes que siempre. Doble faena. Y a cada actualización, más cosotosa se hace, más datos piden y más pegas ponen. Y lo mejor de todo es cuando, llegado el momento de la memoria anual, alguien te llama y te alerta de que los datos no coinciden. “Entonces, ¿tienen los datos salidos del programa?”, preguntó un compañero con inocencia. Y le contestaron que sí, de modo que una no alcanza a comprender para qué tanto palote si ya lo tenían en ese remoto lugar donde van a parar los datos del programa. El Triángulo de las Bermudas Judicial, ese sitio donde son abducidos los datos para no regresar jamás. Y solo se me ocurren dos respuestas: o no se fían del programa, o se trata de un método especial de tortura. O tal vez es una suerte de entrenamiento de alto rendimiento para una Misión Top Secret que aún no nos han desvelado.
Pero parece que este método está de moda y se va implantando. Tai chi jurídico. Con un masaje reiki que en vez de piedras gasta expedientes. Tal vez sea ese el espíritu que informó la creación de lexnet, y nosotros sin saberlo.
Y, como en todas partes cuecen habas, hay otros papelotes que me llaman la atención. Todos los que tienen que hacer los abogados del turno de oficio cada vez que hacen una asistencia. Allí se sientan con su carpeta llena de impresos, formularios y talones con su copia y todo, tratando de explicar al indignado detenido, o a la atribulada víctima a los que atienden, que por favor le firmen todo aquello porque lo necesitan. Y hasta a veces se tienen que prestar los papelitos los unos a los otros, porque es imprevisible la cantidad de asistencias de un día de guardia y tal vez se quedaron cortos. Quizás por ello esas declaraciones de cierto mandamás de que si no les pagan a tiempo es por problemas administrativos, que hay que tener perendengues para soltar eso y quedarse tan fresco. Con el calor que hace y lo caldeados que andan los ánimos.
Todo ello sin olvidar, por supuesto, esos prodigios tecnológicos que necesitamos en nuestro día a día y que son los sellos y membretes. Con sus fechas y sus colores, y su tinta que te mancha las manos como cuando el boli bic desparramaba su contenido en la mochila del colegio. Y que no se le ocurra a nadie prescindir de ellos, porque ya está el lío armado. Hasta el punto que son varias las resoluciones que, en caso de conflicto por cómputo de plazos, dan prevalencia a la fecha consignada en la estampación del sello que a la que consta en el ordenador. Modernidad en estado puro, vaya.
Y las dichosas copias. Que por más que nos quieran vender eso del papel 0, las copias se presentan en papel como toda la vida. Faltaría más. Ni que esto fuera la NASA.
Así que hoy el aplauso, aunque pudiera parecerlo, no es para los cuños, los posits, los impresos, las copias ni los palotes. Es para los que aguantamos todo eso sin decir por dónde opinamos que se podían meter todas estas gaitas quienes las idearon y quienes siguen inventándolas. Pero que no se confíen, que cualquier día alguien no podrá soportarlo más. Y pobre del que le pille cerca.

Trata: no hay trato


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Muchas son las obras que han tratado el tema de la prostitución y la trata de sereshumanos. Pero la vida real poco tiene que ver con la simpática Irma la Dulce o la almibarada Pretty Woman

Cercano el día contra la Trata nuestro escenario quiere expresar su más enérgica repulsa a este modo de esclavitud cruel y terrible.

Y lo hace de nuevo con un relato.

Vaya desde aqui la solidaridad con las víctimas y el aplauso a quienes luchan contra ello.

 

LA HERMANA QUE PERDI

Cuando recibí aquella llamada, no podía suponer que, además de perturbar mi sueño, iba a cambiar mi vida. Pensaba que era una de aquellas llamadas intempestivas con que de vez en cuando me obsequiaba algún cliente insatisfecho, o alguno que otro pillado en una fechoría. Es lo que tenía mi vida de abogada y, visto el nivel de mis asuntos, de abogada de causas perdidas.
Pero aquello no tenía nada que ver con mi oficio, ni con nada que me esperara en aquellos momentos. Aunque, en el fondo de mí misma, sabía que algún día llegaría algo así. Solo era cuestión de tiempo. Y, al parecer, el tiempo había llegado.
Cuando oí preguntar por mí al otro lado de la línea telefónica, ya me percaté que aquella no era una de esas conversaciones a las que estaba acostumbrada. Y, cuando me preguntaron si la conocía, mis sospechas se confirmaron. Y el corazón me empezó a latir a un ritmo desbocado, como si fuera a salírseme por la boca. Precisamente, ese corazón al que le faltaba un trozo desde que ella desapareció de mi vida.
Raquel era mi hermana melliza, mi otra mitad. Había sido una parte insustituible de mi vida. Y cuando desapareció, esa parte se fue con ella para no volver jamás. Pero siempre albergué la esperanza de que esa parte reaparecería en algún momento, y recuperaríamos el tiempo perdido. Y ahora esa llamada me decía que aquello nunca tendría lugar.
Me vestí a toda prisa y bajé a la calle para buscar un taxi. Estaba tan alterada que ni siquiera atiné a encontrar las llaves de mi coche. De todos modos, como no sabía dónde estaba la dirección que me facilitaron, sería lo mejor para encontrar el lugar.
Quien me llamó fue un policía, amigo de un amigo mío, al que conocía por mor de mi oficio. Me hizo el favor de darme la noticia antes de que me hicieran la comunicación oficial, aunque ante el contenido de la misma, no fui capaz de agradecerle el detalle. Pero eso era lo de menos.
Aquella voz desconocida me comunicaba que en una casa abandonada de un barrio marginal, habían hallado el cadáver de una mujer, cuyos apellidos coincidían con los míos. Su nombre era Raquel. Y no había ninguna duda de que era mi hermana, esa hermana que se me perdió un día para siempre. Aunque yo, por aquel entonces, pensaba que siempre era demasiado tiempo.
No especificó demasiado. Supongo que la delicadeza, o tal vez la confidencialidad de la llamada, le hizo ahorrarme detalles escabrosos. O tal vez no sabía más. Pero no tardaría en enterarme de todo. Y no sabía si prefería demorar el momento o acelerarlo.
El taxi seguía la carrera que me llevaba a aquel sitio. Aún no entiendo como aquel hombre podía conducir tranquilamente sin percatarse que me llevaba a un punto sin retorno. Y sin darse cuenta que estaba a punto del colapso. Pero, claro, él qué iba a saber. Aquel era su trabajo.
No tardamos en llegar. El sitio era francamente horroroso. Entre las pocas casas que había, ninguna se mantenía en condiciones habitables, y el resto eran chabolas rodeadas de basura y toda clase de desperdicios. Jamás hubiera imaginado que pudiera haber un sitio así en mi propia ciudad, pero no solo lo había, sino que me había tocado ir allí en busca de mi hermana… o de lo que quedara de ella.
Cuando llegué, ya estaba toda la parafernalia organizada. Coches de policía, varios agentes uniformados y la consiguiente cinta cercando el lugar. Respiré hondo, y me acerqué a uno de ellos identificándome como la hermana de Raquel. Me miró con una cara de infinita tristeza –o al menos eso me pareció- y me dijo que esperara. Habló con alguien y enseguida se acercó a mí una mujer policía que me dijo que la acompañara. Obedecí sumisa, y me encaminé junto con ella a lo más parecido a un lugar tranquilo que pudimos hallar por allí. Y entonces me contó todo.
Aquel era, como yo ya suponía, un lugar donde se refugiaba la gente que ya no tenía donde refugiarse. El tráfico de todo tipo de sustancias era una constante y, por desgracia también lo eran las reyertas y las muertes, en extrañas o no tan extrañas circunstancias. El caso de Raquel no era una excepción.
A aquella amable agente uniformada parecía costarle la vida proporcionarme toda aquella información. Pudiera decirse que casi sufría más que yo. Hube de asegurarle una y mil veces que hacía más de siete años que no había tenido ningún contacto con mi hermana para que siguiera con la historia sin dar por sobreentendido ninguno de los detalles escabrosos. Y se resignó finalmente a no ahorrarme ninguno de ellos.
Aquella mujer que identificaron como Raquel era una prostituta, vieja conocida de la policía. Ignoraba cómo habría llegado a ese punto, pero sabía con toda certeza que era adicta a la cocaína y a varias sustancias más. Trapicheaba con drogas, con efectos robados o con lo que surgiera con tal de sacar algo de dinero para sufragarse la adicción. Había pisado los calabozos varias veces, pero nunca había llegado a ingresar en prisión. Aunque, según la agente, tarde o temprano lo hubiera hecho de no haberle sucedido lo que le había sucedido. Aquello que aun no me había contado.
Habían encontrado el cuerpo de Raquel varios días después de su muerte. Las terribles condiciones higiénicas del lugar, y las veinticinco puñaladas que le habían asestado la habían dejado en un estado que no era nada recomendable que yo viera. En cualquier caso, me dijo que tampoco la reconocería con facilidad, dado el deterioro que ella había sufrido y el tiempo que hacía que yo no la veía. Estaba claramente identificada por su documentación y sus efectos personales, así que poco había que investigar. Y muchos policías la conocían más que de sobra.
Llevada por sus consejos, desistí de todo intento de ver el cuerpo sin vida de Raquel. Aunque nunca he sido especialmente aprensiva, preferí quedarme con la imagen que guardaba de mi hermana el día que desapareció de mi vida, aquel día más de siete años atrás.
Después de formalizar todos los trámites administrativos, asegurar que me haría cargo de las exequias y dejar mis datos personales para que me localizaran cuando fuera preciso, acepté el amable ofrecimiento de un coche para llevarme a casa, y abandoné aquel lugar que durante mucho tiempo poblaría mis pesadillas. Al fin y al cabo, allí ya no tenía nada que hacer.
Los días siguientes se me aparecen como envueltos en una bruma. Me pasé horas y horas buscando y rebuscando en mi casa todos los recuerdos de mi hermana que el rencor no había destruido. Me maldije una y mil veces por no haber cedido a la soberbia y haber podido ayudarle, y di gracias a que mis padres ya no estuvieran en este mundo y se hubieran evitado algo que a buen seguro les hubiera matado de no estar ya muertos. Y empecé a hacerme a la idea de que tendría que pasar el resto de mi vida con otra pesada carga más a cuestas.
A pesar de que mis amigos me recomendaban pasar página, estaba empeñada en reconstruir la vida de mi hermana. Quería saber a toda costa qué la había llevado a rodar por esa pendiente cuesta abajo hasta acabar de la peor manera posible. Pero, sobre todo, quería quitarme de encima ese insoportable peso que me hacía sentirme culpable. Aunque nunca lo reconocí, anhelaba a toda costa encontrar un responsable que aliviara mi conciencia y me dejara seguir adelante tranquila. Pero no había manera.
Aunque por mi trabajo tenía algún que otro contacto del que echar mano, estos no eran demasiado importantes y el hilo se rompía antes siquiera de haberlo tensado. Por más que daba vueltas y vueltas, las pistas empezaban hacía no más de dos años, en que Raquel empezó a aparecer en las fichas policiales como una prostituta drogadicta y acabada. Y, en efecto, tal como auguró la mujer policía que me atendió aquella noche, su aspecto poco tenía que ver con la hermana que un día tuve. Incluso pude llegar a cruzármela por la calle sin reconocerla en absoluto, tal era su cambio. Pero, al margen de eso, no fui capaz de encontrar a nadie que la conociera mínimamente, ni compañeras, ni novios, y ni siquiera el proxeneta que debía tener. Nada de nada.
También probé con la prensa. Aunque no eran infrecuentes asesinatos como el de ella, este tipo de asuntos siempre tenían un componente morboso que los convertía en atractivos. Tampoco me hizo falta buscar demasiado. Apenas habían pasado unas horas desde el momento en que abandoné lo que pomposamente llaman la escena del crimen, y un reportero me localizó. Para mi sorpresa, sabía todavía menos que yo acerca de Raquel. Y he de reconocer que con ello se me desplomó un mito, porque yo pensaba que la prensa lo sabía todo siempre. Pero intercambiamos los números de teléfono y acordamos mantenernos en contacto por si alguno de ambos llegábamos a saber algo más. Pero, aunque volvimos a hablar varias veces, ninguno dio con nada nuevo.
La vida siguió adelante con su curso inexorable, ajena a mí y a mi dolor. Y poco a poco, como pasa siempre, la herida cicatrizó dejando una nueva zona muerta en mi alma que, de vez en cuando, despertaba en mitad de la noche en forma de pesadilla. Pero, aparte de eso, continuaba con mi existencia normal, con la única concesión de acudir cada quince días al lugar donde había esparcido las cenizas de mi hermana, una pequeña playa de difícil acceso a la que íbamos de pequeñas con mis padres, un bonito sitio donde me permitía a mi misma dar rienda suelta a mi melancolía y, a veces, hasta a mis lágrimas.
Aunque solía estar sola, de vez en cuando coincidía con algún otro solitario. Y, conforme se acercaba el buen tiempo, a buen seguro que habría por allí más gente. Pero en mis últimas visitas, me pareció que siempre andaba rondando por allí la misma persona, un hombre de caracteres borrosos que solo llamaba la atención por su elevada estatura. Quizás arrastrara una pena como la mía, no sé. O simplemente era otro solitario al que le gustaban las olas y el olor a sal. Pero jamás llegábamos a cruzarnos.
Cuando se cumplieron seis meses de la muerte de Raquel, decidí hacer algo especial y le compré un ramo de rosas blancas que pensaba arrojar al mar en su memoria. Aunque no era gran cosa, era una manera de recordarla, de hacer algo por ella. Y me dirigí al paraje de siempre.
Aquel día no había ninguna otra persona por allí. Ni siquiera aquel gigante taciturno con el que nunca llegaba a cruzarme. Anduve un rato por allí, arrojé parsimoniosamente mis rosas de una en una al mar, y me dirigí adonde tenía aparcado mi coche para volverme a casa, como siempre hacía. Allí, sentada sobre el capó, había una niña pelirroja sosteniendo entre sus manos las rosas que yo había arrojado al mar, chorreando agua salada. No dijo nada, pero me las dio con una sonrisa y un papel doblado, y salió corriendo. En aquella nota solo había dos palabras: “Gracias. Raquel”
Después de leerla, traté en balde de encontrar a la niña. Y me volvía a casa sin atender apenas a la carretera por la que conducía. Comencé a tejer fantasías. Aquella niña era pelirroja, como mi hermana y como yo misma, y, por la edad, podría ser hija de cualquiera de nosotras. No tendría más de seis años, con lo cual Raquel podría haberla tenido sin que yo supiera de su existencia. Y tal vez yo hubiera podido ayudarlas si me hubiera preocupado más.
Me entró la tentación de marcar el número de aquel reportero, pero desistí. Algo me decía que aquello formaba parte de un secreto que no debería airear, e hice caso a mi intuición. Pero las dudas me carcomían, y llegué a ir cada día hasta aquella playa. Y estrujaba la nota entre mis manos como si al hacerlo fuera a aparecer la clave que buscaba.
Hasta que una tarde volvía cruzarme con el hombre alto y taciturno. Y esta vez si se acercó a mí y me preguntó en voz baja si era la hermana de Raquel. Yo asentí, y le seguí sin rechistar hasta el lugar que me indicó con la cabeza, con la certeza de que no iba a hacerme daño.
No era su chulo, como yo había llegado a imaginar. Pero sí había sido su cliente, aunque su aspecto no era el de alguien que necesitara pagar por tener sexo. Y efectivamente, no lo necesitaba. Pertenecía a una organización que pretendía ayudar a las mujeres que se ven obligadas a prostituirse y acabar con quienes las explotan. Consiguió conectar con Raquel y alejarla de aquello, hasta el punto que ella misma se involucró en la organización y trataba de ayudar a otras chicas que tenían menos suerte que ellas Tuvieron aquella preciosa criatura que me había traído las flores, y todo parecía ir bien. .Pero la descubrieron, y ella tuvo que esconderse, fingiendo que volvía a su vida anterior. Y el resto, era historia.
Las lágrimas me caían a raudales cuando, a mis espaldas, una mujer pelirroja me daba un fuerte abrazo al tiempo que me indicaba por señas que callase. Y entonces las lágrimas llegaron a ahogarme.
Aquel cadáver no era el de ella, sino el de una infeliz que le robó días antes la documentación. Pero les había dado la solución a sus problemas. Oficialmente muerta, ya nadie la buscaría para ajustarles las cuentas.
Nadie más sabe que Raquel vive. Y yo sigo yendo cada quince días a aquella playa solitaria donde arrojé las cenizas de una desconocida. Y hoy, un año después de aquello, un gigante taciturno sonríe mientras dos mujeres pelirrojas arrojan una docena de rosas blancas al mar.

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