Contentismo: mucho más que alegría


ALEGRES

La chispa de la vida, como decía aquel famoso anuncia, consiste en estar contenta, en ser feliz. Y para eso, es esencial que las cosas nos salgan bien o, mejor que bien, que nos salgan como queremos. Aunque sea verdad el dicho de que “cuidado con lo que deseas, no vaya a hacerse realidad”, lo bien cierto es que nos pasamos la vida esperando que se cumplen nuestros sueños, lo que implica, más de una vez, dar pábulo a quienes nos aseguran que eso es es posible, y dar la espalda a quien afirme lo contrario, aunque tenga más razón que un santo. Mejor instalarse en Los mundos de Yupi, con toda su Alegría de vivir que plantearnos la duda de si existe Un mundo feliz.

En nuestro teatro, aunque a veces no lo parezca, hay algunas dosis de alegría y alguna otra de contentismo, que es como yo llamo a ese anhelo porque las cosas sean como una quiere, tenga o no tenga razón, y sea o no sea posible. En ocasiones, llegando a límites que rozan el absurdo.

Las primeras dosis de contentismo llegan pronto, mucho antes de toguitaconarse por primera vez. Cuando estaba estudiando la carrera, pasaba horas estudiando -o fingiendo que lo hacía- con mis amigas. Siempre recordaremos una de aquellas noches a basé de café y coca cola en que pasamos más tiempo debatiendo acerca de si la profesora iba a hacer examen y, en ese caso, si lo iba a corregir, que estudiando Derecho Civil, que era la asignatura en cuestión. Nos había pillado el toro y, en nuestro optimismo, decidimos acogernos a la posibilidad de que la profesora, que andaba regular de salud, diera un aprobado general por su jubilación o algo parecido. Llegamos a irnos al examen convencidas de que así sería, hasta el extremo de que cuando vimos que no solo hacía examen sino que también lo corregía, nos indignamos como si fuera la mayor injusticia del mundo. Verdad verdadera.

Luego llega el tiempo de estudiar la oposición y también hay quien vive con el convencimiento de que va mejor preparado que nadie. Tanto es así que, en el caso de que aprueben, ha sido el tribunal más justo del mundo, y, en caso contrario, era el paradigma de la arbitrariedad. Aseguro que hay que poner distancia y dejar que pase algún tiempo para darnos cuenta de que ni lo uno ni lo otro. No siempre vamos tan bien preparados como pensamos, y no siempre los tribunales tienen la culpa de todo. Sin quitar, por supuesto, la enorme dificultad de aprobar algunas oposiciones. Que lo cortés no quita lo valiente.

Pero con la edad no se mejora. Contaba el otro día en twitter un microcuento que tiene más de verdad de lo que mucha gente reconoce:

– ¿Sabes? X es un/a gran jurista

– ¿Te convencieron los fundamentos de su resolución?

– No los leí

-Entonces ¿cómo sostienes que es gran jurista?

-Me dio la razón

Y esto nos pasa más a menudo de lo que parece. Nos llega una resolución, miramos el fallo, o la parte dispositiva y, si accede a nuestras pretensiones, es fantástica y si no, no lo es tanto. Cuesta mucho reconocer que una resolución que nos ponga a caer de un burro sea buena, aunque a veces lo sea. Pero es humano, claro

Lo que ya es pasarse de castaño oscuro es entender que todo lo que se aleja de lo que quieres oír es malo y quien lo dice el demonio reencarnado. Algo que pasa, por desgracia, cada vez más en redes sociales, donde he llegado a leer que me ponían verde a mí y exaltaban a otro cuando dábamos exactamente los mismos argumentos, simplemente por lo que esperaban de unos y otros. De paso, aprovecharé para decir que sigo sin entender esa gente que te sigue y lee todo lo que dices solo para ponerte verde. Más que seguidores, se trata de perseguidores, algunos bastante cansinos, por no usar un adjetivo más malsonante. Más les valdría echar mano del contentismo y seguir solo a quien va a decir lo que quiere leer. Pero hay quien parece que está encantando de vivir en el conflicto.

El contentismo, por su parte, suele hacer buenas migas con el cuñadismo. Y no solo en nuestra profesión, sino en otras muchas. Médico, psicólogo y hasta físico nuclear, si nos ponemos. Y, por supuesto, seleccionador nacional. Pero la diferencia es que una puede cambiar de abogada o de médico, pero es difícil que consiga que la fisión nuclear la haga su vecina del quinto, que tiene buena mano con  los potingues, ni que el seleccionador sea su sobrino Manolo, que cuando jugaba con el equipo del pueblo era un crack organizando. Sin embargo, sí que conozco a quien ha cambiado varias veces de ginecóloga hasta encontrar a una que no le desaconsejara tener un tercer hijo después de las dificultades de los partos anteriores. Y seguro que, si nos empeñamos encontramos a algún galeno que nos diga que para adelgazar nada mejor que hartarse de chocolate o tomarse cada día una cervecita con patatas fritas. No adelgazaremos pero que nos quiten lo bailao. Y nuestro contentismo, por descontado.

Por cierto, contentismo también sería, como vemos cada vez con más frecuencia, hablar de una teoría jurídica sin saber más de Derecho que lo que nos ha contado el cuñado de turno. Por ejemplo, como veo con más frecuencia de la que quisiera, referirse a delitos de autor como algo negativo. Delitos de autor son todos, obviamente, porque no se puede castigar ningún delito sin haber probado su autoría. También hay quien habla alegremente de Derecho de autor -es lo que tiene tocar de oídas- cuando eso es algo totalmente diferente, los derechos de autor, circunscritos al ámbito de la propiedad intelectual.  Obviamente, a lo que se refieren es al Derecho Penal de autor, que es lo que sí que está proscrito, y que tampoco es lo mismo que no poder castigar de modo distinto si en el autor concurren determinados requisitos. Tal sería el caso de los funcionarios públicos que, cuando son autores de delitos relacionados con su cargo, tienen asignada mayor pena y cuando son víctimas de una agresión, se pena más a quien la realiza. Pero es el riesgo de hablar de lo que no se sabe y, lo que es peor, no se tiene ningún interés en saber.

 

Así que no me enrollo más, que lo de resultar pesada no suele poner contento ni contenta a nadie. Dedicaré el aplauso, una vez más, a quienes saben aplicar las leyes en su justa medida. Aunque no se pueda contentar a todo el mundo.

#COP25: Un pingüino en mi ascensor


pinguino en ascensor

(Historias sobre el cambio climático)

 

UN PINGÜINO EN MI ASCENSOR

 

– Cariño, no te puedes imaginar qué he visto

– ¿Qué es lo que has visto, Manuela? No me tengas en ascuas

– Un pingüino en mi ascensor. Te lo juro

– Qué gracia. Recuerdo lo que te gustaba ese grupo cuando salieron, allá por los 80. ¿Te encontraste al cantante? ¿Lo has reconocido?

– Que no, Juan, que no. Que no era ningún grupo de música. Que era un pingüino, de los de verdad

– Ah, vale. Te refieres a alguien vestido de chaqué, como los directores de orquesta. Como el hortera de tu primo Lucas cuando se casó, vaya. ¿Te acuerdas cuánto nos reímos?

– Déjate de primos y de gaitas. Sé lo que he visto. Y no tenía nada que ver con la música

La voz de mi hija pequeña interrumpió nuestro diálogo de besugos. Parecía haberse vuelto loca de tanto que chillaba. Nos requería a gritos para que fuéramos a su habitación. Menos mal que su voz sonaba enérgica y alegre, porque por los decibelios a que se elevaba hubiera pensado que le pasaba algo

-Mamá, papá, venid ya -apremiaba la niña- De prisa

-Ya estamos aquí, hija. ¿Qué pasa?

-Corre, mira por la ventana. Hay un oso polar paseando por la fuente

-Otra que tal. ¿Os habéis puesto de acuerdo para volverme loca, o qué? -me asomé, a regañadientes- Yo no veo nada, hija

-Pues -intervino su padre- a mi me ha parecido ver una sombra blanca pasar por al lado de la fuente.

-Estáis mal de la cabeza. Los dos. Y queréis volverme a mí tan majareta como vosotros

 

Quería creerme lo que estaba diciendo. Lo deseaba con todas mis fuerzas. Hacía todos los esfuerzos del mundo por autoconvencerme de que aquello no estaba pasando, para no sucumbir al pánico como le estaba sucediendo a tanta gente.

Pero era difícil. Era muy difícil cuando veía que el termómetro de la terraza de mi casa de Teruel marcaba, en pleno mes de enero, 21 grados centígrados.

De no ser así, probablemente hubieran quedado marcadas las huellas de oso polar en la nieve que, por aquellas fechas, debería haber rodeado la fuente del Torico. Que no en balde Teruel también existe

Trampantojos: ilusiones ópticas


tarta sandía

Jugar con la ambigüedad, con ser una cosa y parecer otra es un buen recurso para el mundo del arte. A veces, simplemente estético. Otras, necesario. Hombres vestidos o travestidos de mujeres por una u otra razón son moneda común en el mundo del cine, como hacen la Sra. Doubtfire, Victor o Victoria, Tootsie o Flor de otoño, aunque también se da en sentido contrario, al modo que lo hizo Juana de Arco o Concepción Arenal, La visitadora de prisiones. El hacer pasar una cosa por otra es también el espíritu de obras de Dickens como El príncipe y el mendigo o hasta un modo de supervivencia en la Alemania nazi, como le ocurre al protagonista de Europa, Europa  o a Anthony Quinn en La hora 25. En definitiva, hacerse pasar por lo que no se es resulta tan frecuente como atractivo. O no, según desde que prisma se mire.

   En nuestro teatro los trampantojos, una técnica pictórica que intenta engañar a la vista, según nos dice Santa Wikipedia, existen. Pero, como ilusiones que son, cuesta encontrarlos. Y vaya por delante que no son tan apetitosos ni tan atractivos como esos platos ilusionistas que hacen en Masterchef, en que un marron glacé puede acabar siendo una fabada asturiana o lo que parece una paella convertirse en una delicada muselina de merengue y frutos del bosque con esferificaciones de mango de Manila y aire de dulce de leche.

Nuestro teatro es otra cosa. Aquí, por ejemplo, el mayor trampantojo que tenemos es el llamado Papel 0. Una auténtica ilusión óptica en la que, donde parece que no existe papel, se imprimen más folios que nunca, y se llenan despachos y archivadores de tomos y más tomos. Su prima la digitalización no le va a la zaga y, si no, que se lo digan a mis compañeros donde ya se ha implantado la fiscalía digital, en que el verdadero engaño está en el término “digital”, que pensábamos que se refería al expediente virtual y en realidad alude a las veces que el pobre fiscal ha de teclear lo mismo con sus deditos para hacer lo que antes hacía en un nanosegundo a golpe de visto con cuño -y hasta a mano, vaya-. Aunque a veces creo que lo de “digital” alude al gesto de mostrar el dedo corazón en señal de mandar todo a cierto sitio, como es de sobra conocido.

Otro de los trampantojos clásicos sería el que viene constituido por el procedimiento abreviado. Como su propio nombre indica, debería ser breve. Pero aquí está el engaño. Existen Abreviados que duran varios años y muchos tomos, de modo que tienen de breve lo que yo de carabinero. La segunda vuelta de tuerca trampantojil es la de su configuración como procedimiento especial, que es lo que le considera la LECrim. Algo que se hizo, sin duda alguna, para engañarnos, puesto que es el procedimiento por el que más asuntos se llevan en la jurisdicción penal. Y gana por goleada al ordinario, que, pese a su nombre, es cada vez menos habitual.

El Derecho sustantivo también tiene su buena ración de trampantojos. Son los que podríamos llamar trampantojos legales, y no son exclusivos del Derecho Penal, ni muchos menos. En Derecho Civil estudié en su día los contratos simulados y los negocios fiduciarios, que una vez salieron en el examen práctico de la oposición -cuando lo había- y la gente aun está alucinando pepinillos. Pues bien, semejante cosa no era más que disfrazar un negocio jurídico de otro para obtener ciertas ventajas o eludir determinadas responsabilidades. El típico, hacer pasar por compraventa lo que en realidad es una donación para evitar que compute de cara a una herencia, eludir el pago del impuesto de donaciones o esconder los bienes de los acreedores. Aunque, es esta última opción, podrían incurrirse en un delito, trampantojo penal donde los haya, el alzamiento de bienes. Eso que hace el listillo de poner los bienes a nombre de los hijos para que no le embarguen los acreedores y que supone, cuando lo pillan, que se vea que no era tan listillo.

El Derecho Financiero, por su parte, también puede dar lugar a esos trampantojos que bordean el ilícito penal. En el caso anterior de la donación disfrazada de compraventa para eludir impuestos, podría ser un delito fiscal si el bien o bienes donados excediera de la cifra límite a partir de la cual deja de ser una infracción administrativa apara ser un delito. Por su parte, hemos visto en los últimos tiempos noticias sobre sociedades creadas ex profeso para facturar y así eludir tributos que estaban en ese límite.

En el Derecho Laboral un ejemplo muy de moda de trampantojo jurídico sería el de los falsos autónomos. En ese caso, se trata de disfrazar una relación laboral fija con una empresa con la etiqueta de ser autónomo, lo que beneficia a la empresa a la hora de cotizar y perjudica, sin duda, al trabajador o trabajadora. Por suerte, cada vez se persiguen más estas acciones y ya no es tan sencillo salirse de rositas.

Por su parte, el Derecho Mercantil tiene un ejemplo de trampantojo que puede ser perfectamente legal pero a mí siempre me ha hecho gracia por paradójico. Se trata de la existencia de sociedades unipersonales, que, así dicho, parece contradictorio. Si es una sociedad debería tener socios, y si no hay nadie que se asocie a otro, no hay persona jurídica sino una persona física. Pero está previsto que exista, así que es lo que hay, aunque me siga pareciendo una contradicción como la copa de un pino.

En el Derecho penal voy a citar dos tipos de trampantojos jurídicos, a modo de ejemplo. Uno sería el que viene constituido por las denuncias falsas y las simulaciones de delito, delitos contra la administración de justicia en que una persona miente acerca de la existencia de un delito, llevada del propósito que sea. Las más frecuentes son las de simular un robo para estafar a la aseguradora y cobrar el seguro, aunque hay otras que también se ven algunas veces, como denunciar el robo de un coche para escaquearse si alguien se ha visto implicado en un accidente, o fingir que el conductor era otro para eludir la responsabilidad por cualquier causa. Por su parte, a pesar de que cuando se habla de denuncias falsas mucha gente piensa en la violencia de género, su incidencia no es mayor que respecto a cualquier otro delito, algo de la que ya he hablado en otros estrenos, así que no quiero repetirme.

El otro ejemplo sería lo que llamamos querella catalana. En ella lo que se finge es que ha existido una estafa cuando, normalmente, la cosa no pasa de un incumplimiento de contrato, pero el acudir a la vía penal hace que el deudor se sienta acongojado y tal vez se espabile para el pago, así como que se practiquen pruebas por el órgano judicial que el querellante no haya de hacer por sí mismo. Obviamente, cuando la cosa está clara, jueces y fiscales, que para esos hemos estudiado, nos damos cuenta y no entramos en el juego jurídico.

Hasta aquí unos cuantos casos de lo que he llamado trampantojos jurídicos. También lo sería, sin duda, disfrazar de teatro Toguilandia y a sus protagonistas de intérpretes. Y para ellos y ellas, precisamente, es para quienes pido el aplauso hoy. Pediría el Oscar, pero sería un trampantojo, sin duda, ya que en nuestro mundo, como mucho hay Raimundas. Igual cualquier día entre Raimunda y Oscar surge el idilio. Prometo contarlo en cuanto lo sepa

Gazapos: teclas traicioneras


 

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A veces una sola letra es suficiente para cambiar el sentido de un título o de una frase o, por supuesto, para estropearla. En otras ocasiones es más de una letra. Puede ser una equivocación o incluso una traición del subconsciente. El caso es que en esos casos queda escrita para la historia la equivocación, la traición del subconsciente o el error y, una vez en cartel, no hay marcha atrás. Otras, se juega con esa misma ambigüedad, haciendo pasar por error lo que en realidad no lo es, como en No me grites que no te veo. Y el error acaba siendo motivo de hilaridad, sea de un modo casual o de modo intencionado

En nuestro teatro nos equivocamos, como cualquiera, pero a veces los resultados de esas equivocaciones van más allá de la mera anécdota y pueden tener consecuencias jurídicas. Ya he hablado alguna vez del juez que se puso en libertad a sí mismo -menos mal que se puso en libertad, y no en prisión- o las veces que hemos bailado un nombre por otro para acabar acusando al procurador o asignando la defensa al investigado. Y es que las prisas no son buenas consejeras ni la acumulación de trabajo tampoco.

Yo confieso que me he equivocado más de una vez a la hora de citar a los testigos y se me ha escapado algún nombre de otro procedimiento al escribir sobre un modelo. Por suerte, entre unos y otros siempre nos hemos dado cuenta a tiempo de que la sangre no llegue al río -en nuestro caso, que el citado erróneo no llegue a juicio- aunque sí sé de algún caso en que el interrogatorio ha tenido ese tinte surrealista de quién le preguntan si recuerda lo que paso el día x del mes y y dice que estaba en la Chimbamba y que no conoce ni los hechos ni a las partes de nada. También he de decir que, como el hombre que muerde al perro, es poco frecuente y tal vez por eso se cuenta y amplifica si sucede.

En la actualidad ha entrado en tromba en los ordenadores de algunos de los habitantes de Toguilandia un instrumento peligroso: esa herramienta que traslada a texto lo que se dice de viva voz. Y a veces da lugar a resultados muy graciosos. Lo podemos ver en la tele, en los subtítulos de los programas que en ocasiones dan ganas de echarse a reír por no echar a correr. Este 25 de noviembre, quizá por hartazgo de las veces que se había escrito “violencia contra la mujer” leí un par de veces “vuecencia”, aunque despareció casi de inmediato. Aunque reconozco que lo que más gracia me hace es ese momento en que explica un cartelito que “suena música intrigante” o “cantan en idioma extranjero”. Me encantaría conocer los parámetros de quien pone esos subtítulos para calificar las músicas de trágicas, intrigantes o siniestras. Pero me da que me quedaré con mi propia intriga.

Pues bien, ese transcriptor de voz también ha llegado a nuestro escenario y me temo que lo haya hecho para quedarse. A él ha de deberse la joya que me pasa un compañero y que ilustra este post. En la resolución, al juez de que se trata se le escapan unos lamentos acerca de ”la panzá que se ha echado a trabajar” para que luego la Audiencia no le dé la razón. Y no es que yo no comprenda el disgusto, que todo el mundo hemos cogido algún berrinche porque no nos estiman lo que nos ha costado sangre, dolor y lágrimas, pero lo de decirlo en voz alta y no darse cuenta de que se ha transcrito en palabras tiene su aquel.

De vez en cuando, aun sin necesidad de echar mano de esos artificios tecnológicos, los documentos judiciales nos proporcionan alguna perlita que rompe la monotonía y ayuda a desencajar las mandíbulas, que también hay que ejercitarlas, qué narices. Mucha gente recuerda aquella ristra de excusas escatológicas para no acudir a juicio con que se despachaba un investigado, que iban desde el “apretón” a su resultado final, pasando por todas las fases del proceso digestivo y sin eludir detalle en su exposición, no fuera a ser que no le entendieran bien.

También es conocido un juez al que le dio por poner sentencias en verso, aunque pronto recibió un toque que dio al traste con sus veleidades poéticas. Ya se sabe, para el Consejo General del Poder Judicial puede que Garcilaso de la Vega esté muy bien, pero Garcilaso de la Toga ya no lo está tanto.

Pero como no solo de tecnología vive el hombre, acabaré con una gazapo de principios de mi vida toguitaconada, antes de que los móviles nos poseyeran, aunque podría suceder hoy mismo en versión digital. Estábamos reunidos en Junta de Fiscales cuando sonó el teléfono -fijo, claro-. El fiscal jefe, no sé si por despiste o sin querer queriendo, conectó el manos libres, que era de los primeros que yo había visto. Al otro lado de la línea, se oyó la voz enfurecida de la mujer de un compañero, diciéndole al jefe: ”dile a X que venga a casa inmediatamente, que ha frito los chorizos en el cazo de hervir los biberones”. X, centro de todas las miradas mientras tratábamos de contener la risa, se levantó inmediatamente, aunque aun no sé si por miedo a la furia de su mujer por el tema de los chorizos y los biberones o por la vergüenza del numerito. Y es que para un gazapo en condiciones tampoco hacían falta las nuevas tecnologías. Bastaban Tres chorizos y un biberón

Y hasta aquí, la ración de anécdotas de hoy. El aplauso se lo daré esta vez a quienes me han proporcionado el material para este estreno. Siempre se agradece poder echarnos unas risas. Que nunca nos falten

Liberación: vidas sin violencia machista


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La libertad es un bien tan necesario, tan firme y a la vez tan frágil que es inevitable que el arte le haya dedicado muchos episodios memorables. Siempre recordaré mi impresión al ver el cuadro La libertad guiando al pueblo al natural, cuando siempre había sido la portada de libros de texto o la ilustración del tema de la Revolución Francesa, o el recuerdo de aquella canción de Nino Bravo, Libre, que me transporta a mi infancia. El cine le ha dedicado multitud de títulos, como Grita libertad, Nacida libre o Libertad, entre otros. Pero la libertad de la que quiero hablar hoy es menos ambiciosa, aunque no menos importante. La de la mujer que se libra de las cadenas de la violencia de género, esas cadenas descritas en filmes como Te doy mis ojos, Durmiendo con mi enemigo, Celos, Nunca Más o Los hombres que no amaban a las mujeres, solo por citar algunas.

A lo largo de la vida de este escenario, hemos dedicado muchos estrenos, más de los que quisiéramos, a la Violencia de Género Ojalá no fuera necesario. Ojalá cuando se me ocurriera hablar del tema me llamaran cansina, o mejor, trasnochada. No anhelaría momento de estar más pasada de moda que ese, el momento en que el trabajo que hacemos fuera innecesario.

Pero de momento, nada de eso. Más bien lo contrario, parece que llegan tiempos de atarse los cinturones porque hasta las cosas que más claras parecían se cuestionan, y hasta cosas tan sencillas como un minuto de silencio por las víctimas de violencia de género o una pancarta en contra de esta tragedia no alcanza consenso y es objeto de discusión. Un caldo de cultivo estupendo para un enemigo silencioso y con un poder infinito: el miedo. El habitante de muchos más cuerpos y muchas más almas de las que podríamos imaginar.

En este 25 de noviembre no quiero, sin embargo, dedicarle más tiempo al enemigo sino a quienes le vencieron, o le vencen cada día, para animar a que muchas más lo hagan, y para hacer ver a todo el mundo que hemos de estar a su lado. Por supuesto, son nombres ficticios -o no- para historias reales.

El otro día, Candi se acercó a mí llorando. La conozco mucho tiempo, conocí su historia después de haber compartido lucha y trabajo y admiro su forma de enfrentarse a la vida, con una sonrisa por bandera. Jamás la había visto llorar hasta entonces, muchos años después de haberla conocido. Pensé que le había pasado algo, pero no era así. O no era sí exactamente. Nada en ese momento había sucedido que afectara a su vida, pero, sin embargo, algo que contaron le hizo recordar la situación en que tantas mujeres, incluida ella misma, viven en torno a sus hijos, por los que sufren cada vez que han de obligarles a cumplir con el régimen de visitas. Sus lágrimas me traspasaron. Ver llorar a alguien que tiene la sonrisa por bandera, acongoja. Pero sé que en ese momento ese visitante no querido, el miedo, había llamado a su puerta. Espero que ya se haya marchado o, al menos permanezca a raya. Es difícil que sobreviviera al abrazo tan fuerte nos dimos, capaz de aplastar a cualquiera.

       Clara, con la que hablo a diario, hace tiempo que logra que ese intruso se mantenga a raya, aunque la visita con más frecuencia de la que quisiera. Ella, como Candi, ha convertido su experiencia en fortaleza y conocimiento para ayudar a otras mujeres y, aunque no siempre lo cuenta porque cree que pueden parecernos tonterías -a ver qué día aprende que no es así-, sé que cada sonrisa que esbozan y cada paso que dan la llena de orgullo como si fuera propio. Por supuesto, también sé que cada tropezón le duele en carne propia, pero Clara es así y así es como la queremos.

Marta, de la que ya he hablado otras veces se libró del infierno hace mucho tiempo. Primero no quería que nadie supiera nada, luego empezó a dar testimonio ocultando su imagen y, después de prometerme un día que aparecería tan cual es, cumplió su promesa y fue portada de periódico por su lucha contra la violencia de género. Otra valiente que venció al miedo y lo usó para hacerle frente.

Patricia estuvo a punto de perder la vida hace muchos años, con su cuerpo cosido a puñaladas y su alma destrozada. Pero sobrevivió y hoy nos da cada día testimonio, a través de redes y prensa, de que es posible salir adelante, de que hay ahí un futuro esperando y merece la pena agarrarse a él con uñas y dientes.

Marina es otra valiente asidua a los medios. Fue Evole en un Salvados quien la dio a conocer y, con ella, destapó el frasco de las esencias que muchos no se atrevían a tocar más que con pinzas. La vida de Marina es ahora una vida plena, dedicada a su niña y a todas las mujeres que necesitan su ayuda y, por supuesto, que les contagie esa risa que te deja enganchada en el alma para siempre. En esa alma que alguien quiso arrebatarle un día.

Por último, no quiero dejar de nombrar a Rosana, esa mujer cuyo asunto sigue pendiente pero que, tras varios días de coincidir en el supermercado sin que yo lo supiera, se acercó a darme un abrazo y a decirme las palabras más mágicas que se pueden oír: cuando te veo en el juzgado sé que todo va a ir bien. Ella, y todas las personas como ella, como Candi, como Clara, como Marta, como Patricia o como Marina, son quienes cada día consiguen conjurar el miedo que a mí también viene a verme, el miedo de equivocarme, el miedo de fallarles.

Por todo esto hoy el aplauso lo quiero dedicar a todas ellas y, #PorEllas, a todas las que representan y a todas la que no lo consiguieron y a las que luchan por lograrlo. Entre todas, conseguiremos vencer a ese miedo. ¿Te imaginas lo que seríamos capaces de hacer sin él? ¿Qué haríamos si no nos acompañara el miedo?

Esa frase no es mía. Es de mi amiga @madebycarol, mi ilustradora de cabecera. Ver la imagen que ilustra este post y que una vez más me ha cedido generosamente ha sido la inspiración de este estreno especial por el 25 de Noviembre. A ella, por supuesto, una ovación extra.

Pérdidas: lo que nunca querría escribir


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Los obituarios son parte imprescindible de la vida y, por supuesto, del mundo del arte. Los homenajes a personas que se han ido siempre llegan aunque hay que reconocer que, según la persona de que se trate, con mayor o menor emoción, con mayor o menor sinceridad. También es cierto que el ser humano tiende a ser desagradecido, y no valora en vida lo que valora cuando ya la persona no puede oírlo. También tiende a ser  hipócrita, y canta alabanzas de quien no las merecía tanto solo por el hecho de que haya muerto. Ni una ni otra postura es buena, aunque sí lo es homenajear a quien lo mereció. Hablar De parte de la princesa muerta, despertar La voz dormida o hacer un buen Epitafio de quien lo merece no solo es algo que se puede hacer: es algo que se debe hacer, y a ello vamos.

Desde que empecé a contar mis venturas y desventuras en este nuestro teatro, ya hemos sufrido varias pérdidas dolorosas en Toguilandia. Pérdidas, además, más dolorosos cuanto más tempranas, por lo que tienen de inexplicable, por las cosas que esas personas se han dejado por hacer, y los abrazos que hemos dejado de darles. Duele, sin duda, y mucho.

No pretendo en este estreno ser exhaustiva sino hacer un pequeño homenaje a todas las personas que nos han dejado. Citaré a quienes me han dejado una huella imborrable por una u otra toguitaconada razón, pero que ellos y ellas no sean sino la representación de todos los huecos que han quedado en nuestro mundo de togas y palabras.

Era marzo de 2014, meses antes de que este escenario abriera el telón por vez primera, cuando, a propósito de la medalla concedida a título póstumo a una querida compañera, Alicia, publicaba un post como homenaje a ella. Alicia me regaló muchas cosas, y me dejó como herencia las ganas de tener mi propio espacio para hablar de cosas como el hueco que nos dejó y esa medalla que llegó más tarde de lo que debiera.

Alicia se fue pronto, muy pronto. Pensábamos entonces que no tendríamos que pasar más por ese trago de la pérdida temprana de una compañera o compañero, e hicimos nuestro duelo como pudimos -confieso que nunca he vuelto a poder subirme a una bici de spinning, deporte que compartía con ella- pero el destino se obcecó en dar más palos en nuestra fiscalía. Y en otras muchas también. A nosotros se nos fueron, en plenitud de facultades y de un modo igual de injusto Salvador, Felipe y ahora Paco, hace apenas unos días. Sus togas seguirán viéndose en los pasillos por más que ya no estén, pero cuánto se les echa de menos.

No me quiero dejar en el tintero otras pérdidas relacionadas con este mundo, las de esas personas que han guiado nuestros pasos hasta llegar aquí. En mi caso el primero fue mi padre , abogado, del que ya he hablado largo y tendido. Pero también perdí demasiado pronto a quien fue mi preparador, Miguel Miravet, y a quien fue mi tutor, José María Gómez, ambos grandes fiscales y referentes en nuestra carrera. Me quedé huérfana de ellos de una manera demasiado brusca, demasiado temprana. Tanto, que todavía hay veces que me pregunto si ellos aprobarían tal o cual actuación o si estarían orgullosos de mí. Y me funciona. Su orgullo es un acicate para seguir adelante.

Ya existía este escenario cuando la carrera fiscal se vio sacudida por un terremoto, especialmente quienes nos dedicamos a la lucha contra la violencia de género. Soledad Cazorla, fiscal de sala contra la violencia de género nos dejaba de un modo inesperado, aunque su legado nos acompañaría siempre. Un legado que incluye esa fundación que otorga becas de estudio a huérfanos y huérfanas de la violencia de género con la que cada año os doy la lata con la lotería solidaria. Y os la seguiré dando, que nadie lo dude.

También existía este blog cuando, por primera en vez en mi historia toguitaconada y en mi recuerdo, nos dejaba un Fiscal General del Estado en el ejercicio de su cargo. Jose Manuel Maza se marchaba, exactamente, mientras mi promoción celebrábamos en Madrid nuestras bodas de plata. Recuerdo lo impactante de aquella noticia y el empeño que pusieron quienes más lo conocían en que siguiéramos con la celebración, porque es lo que él hubiera querido. Y así lo hicimos.

También hay pérdidas de personas que no conoces más que por las redes. Eso me ocurrió con Angel Vicente Illescas, a quien seguíamos en ese grupo de Facebook de El Actualizador capitaneados por Ramón Badiola, y que nos dejó consternados. A él le dediqué el post de la sentencia, y representa hoy todas esas pérdidas de personas a las que conocemos aun sin conocerlas.

Por supuesto, las pérdidas personales también nos marcaron. Os hablé de mi querida tía, cuya sonrisa se apagó hace un par de años. Que ella represente todas las pérdidas personales a pesar de las cuales hemos seguido adelante, haciendo a veces de tripas corazón, porque era lo que debíamos y porque no nos hubieran perdonado que nos viniéramos abajo

Por último el aplauso hoy se lo voy a dar a mi compañero Paco Ceacero, fallecido hace unos días, y con él a todas esas personas que hemos perdido. Porque siguen inspirando nuestras vidas y nuestra actuación profesional

 

Hitos legislativos: reformas que machacan


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  Los cambios siempre han existido. Hay a quien le gustan más y a quien menos, y hay quien, sencillamente, no los soporta. En el mundo del espectáculo se ha vivido, y asumido, un cambio tras otro. De los Días de radio a la televisión, del Cinema Paradiso a las plataformas digitales, del blanco y negro al color o del cine mudo al sonoro que nos Cantaban bajo la lluvia. Un cambio tras otro, una adaptación tras otra, y muchas cosas en el camino. Como la vida misma.

Nuestro teatro también ha pasado por reformas que han cambiado sustancialmente nuestra vida. Y, aunque hay de todo, la mayoría de ellas han sido a peor. A peor, sin duda, para quienes transitamos Toguilandia y, en muchos casos, también a peor para nuestro público, la ciudadanía. Y es que, por más que digamos, una reforma tras otra, que deberían asesorarse de gente que estuviera acostumbrada a este mundo, no suele ser así. Y luego, pasa lo que pasa.

He hecho una pequeña cuestación entre mis compis para que me cuenten sobre esos cambios que machacaron sus vidas. Su experiencia, unida a la mía, ha dado como resultado este estreno que, sin ánimo de exhaustividad, nos propone un viaje por la historia judicial reciente. Por supuesto, vamos a limitarnos a viajar por las leyes posteriores a la Constitución., remontarnos antes requeriría usar el famoso condensador de fluzo de Regreso al futuro que he pedido a Amazon y aun no me ha llegado. Abróchense los cinturones, que despegamos.

Una de las primeras reformas que supusieron un cambio importante en el modo de trabajar fue la sentencia del Tribunal Constitucional de 1988 que declaró nulo el Procedimiento urgente para delitos dolosos, menos graves y flagrantes, el famoso PELO. Según nuestro máximo intérprete constitucional, el hecho de que el mismo juez que instruía un asunto lo fallara vulneraba las garantías. Así que hubo que despedirse de tal procedimiento, por el que se juzgaban la inmensa mayoría de los delitos, sin que nos hubieran dado tiempo a prepararnos para el entierro. Por supuesto, hubo que regular un nuevo proceso, el Abreviado -vulgo PALO-, que jamás hizo honor a su nombre, porque ni era breve, en la mayoría de los casos, ni era especial, como lo consideraba la LEcrim, ya que era y es el procedimiento por el que se juzgan un porcentaje altísimo de nuestros asuntos. El “adiós, PELO, hola PALO” trajo consigo, según me cuentan, casi un año entero en el dique seco, y luego un tiempo en que se trabajó como nunca se había hecho.

En mi caso, las primeras reformas gordas que recuerdo, en mis inicios toguitaconados, fueron dos, una buena y una mala, como las noticias. Para empezar por la buena, se trataba de la ley y posterior circular que nos permitía no acudir a algunos juicios de faltas, en esencia, los que requerían denuncia. Librarse de un montón de juicios por tráfico era un ahorro de tiempo importante, aunque luego se matizara haciéndonos ir  en determinados casos de trascendencia, como en el caso de que hubiera personas fallecidas

La segunda fue un verdadero terremoto en la organización que existía hasta entonces en la fiscalía. El advenimiento de las comparecencias de prisión nos obligaba a una presencia física en las guardias que hasta entonces no teníamos, salvo en el caso de grandes capitales. Con ella, nos trajeron nuestra particular bola de preso, el busca, ese aparato del infierno con el que hoy se morirían de risa nuestros hijos, y que te obligaba a buscar un teléfono, en muchos casos, una cabina, que eran mucho más que la película de Mercero. Justicia fue la última institución en incorporar los teléfonos móviles para las guardias, y aún hay todavía muchos  de primera generación en uso. Aquellas guardias no se retribuían aunque, mucho tiempo más tarde y vía recurso, se logró que nos las abonaran en el futuro y con carácter retroactivo salvo las prescritas. Ya se sabe que, en casa del herrero, cuchara de palo.

Pero si hay una reforma que marcó una generación, fue el cambio de Código penal. Por fin llegaba, en 1995, el ansiado -salvo para los opositores, claro- Código de la democracia. Atrás quedaron aquellas propuestas del 82 y el 83 que estudiamos y nunca llegaron a buen puerto. Y quienes estábamos acostumbrados a un sistema de penas donde cada una tenía su propio nombre -prisión menor y mayor, reclusión menor y mayor- y se dividían en tres grados, nos encontramos de golpe con otro sistema donde la pena de prisión no tenía apellidos y los grados se reducían a dos, amén de varias penas de nuevo cuño. La revisión de aquellas ejecutorias fue de las cosas más pesadas que recuerdo. Nada menos que volver a ver, una por una, cada causa, y decidir si la pena de antes era mejor o peor que la de ahora.

No fue la única vez en que tuvimos que revisar causas, esos nos ocurre cada vez que cambian delitos o penas. Me recuerda una compañera la reforma de la seguridad vial que nos obligaba a preguntar a cada penado si prefería multa o trabajos en beneficio de la comunidad, algo que se produjo, entre otras cosas, con la supresión de la pena de arresto de fin de semana. Por el contrario, en el caso de la seguridad vial, mejoró bastante nuestra posición el establecimiento de una tasa objetiva, aunque hay que reconocer que quitó gracia a algunos juicios en que discutíamos como si no hubiera un mañana si los síntomas afectaban a la conducción del acusado. Por supuesto, volvió a ocurrir con la enésima reforma, la que reformó la suspensión de la ejecución y nos dejó sin parte del margen para conformar con la sustitución que tan bien venía para algunos casos

De esa misma época es la llegada de un proceso que sigue dando quebraderos de cabeza, el jurado. Y no solo por el juicio en sí sino, sobre todo, por la cantidad de comparecencias y requetecomparecencias que hay que hacer a lo largo de la instrucción. Por supuesto, había que cambiar el chip a la hora de informar, porque no se podía hablar a personas legas en derecho de cosas como el dolo eventual o la posición de garante. Por cierto, con esta reforma venía un premio extra que nos colaron de rondó: la supresión del antejuicio, un juicio previo cuando quien va a ser enjuiciado es juez o fiscal por hechos cometidos en el ejercicio de su cargo, que persiste en muchos países de nuestro entorno que presumen de no tener aforamientos.

Porque no sea todo malo, podemos recordar supresiones que fueron un alivio. Entre ellas, la de la falta de conducción sin seguro, regulada de un modo tan absurdo que hacía que en la vía penal se impusieran sanciones menores que en la administrativa. Otras, como el abandono de jeringuillas o las mordeduras de perro ni siquiera se han notado. Y, al final, todas ellas se fueron, sustituidas por los levitos que no tienen ni la mitad de gracia. Aun recuerdo aquellas sesiones dedicadas a las discusiones entre vecinas porque una le dijo a otra que no se lavaba la faja o porque le tiraba la lejía al tendedero para mancharle la ropa.

Otro momento crucial fue la llegada de las medidas de protección en 2003, primero, y la ley integral de violencia de género, después. La comparecencia de la orden de protección multiplicaba nuestra presencia y nos hacía cada vez más necesario el don de la ubicuidad. Por su parte, la creación de los juzgados de violencia sobre la mujer, en sus múltiples modalidades según su exclusividad, cambiaban el reparto de fiscalía de un modo considerable.

Habíamos nacido “los especialistas”, como ya habían empezado a existir en Menores y pronto lo harían en Civil. Después fueron creándose delegaciones de diversas materias con tantas modalidades de regímenes de compatibilidad o exclusividad que sería imposible exponerlos.

Al hilo de esto, las reformas en materia de Menores, donde se le atribuía la instrucción al fiscal, cambió radicalmente la organización de las fiscalías e introdujo un modelo que demuestra que es posible instruir por la fiscalía sin que le caigan a nadie los palos del sombrajo

Por su parte,  la Ley de Enjuiciamiento Civil de 2000 nos regaló otro embolado de los gordos. De pronto, el fiscal era necesario en Derecho civil.  Y, de nuevo, una reorganización de las fiscalías para conseguir llegar a todo. Suma y sigue a esa fiesta en la que nunca puede faltar un fiscal, sea un expurgo o una comisión de asistencia gratuita.

Para acabarlo de arreglar, quienes nos gestionan pusieron la guinda al pastel, con cosas como la supresión de los sustitutos y la llegada de las sustituciones forzosas y la mal llamada Justicia digital -porque o no es justicia o no es digital- que tienen a más de un compañero volviéndose loco con tanto absurdo

De ellas y de la otra gran afrenta que nos calló encima, el límite de la instrucción nos quejamos hasta la saciedad, logrando la unión que para otras muchas cosas no conseguimos. Pero fue en balde, ahí siguen, como sigue el maldito 324 con su bomba con temporizador incorporada. Veremos si esta vez es verdad eso de que van a derogarlo, que yo, como Santo Tomás, hasta que no lo vea en el BOE no lo creeré.

Y hasta aquí un pequeño resumen de cómo cada cambio hace que nos pongamos a temblar, porque la experiencia nos dice eso de Virgencita que me quede como estoy. Sin olvidar a los pobres opositores, primeras víctimas de estas veleidades legislativas. Para ellos y para quienes sufrimos estas cosa, el aplauso. Y hoy, tomates para quienes los causan y para quienes no saben arreglarlo. A ver si alguien se pone las pilas.

 

 

Empoderada: reconocimiento de ACREM


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Es de bien nacida ser agradecida. Lo dice el refranero, mi madre y lo digo yo misma cada vez que tengo ocasión. Puedo ponerme en plan vedette, con mis plumas y mis tacones, y cantar con Lina Morgan eso de Gracias por venir, o puedo ponerme intensa y revolucionaria y emular a Joan Baez en su Gracias a la vida. Si tengo que elegir películas sobre la gratitud, elegiré dos: Qué bello es vivir, ese clásico de la Navidad que nunca pasa sin dejar unas lágrimas, y El color púrpura, una película maravillosa que hoy viene a cuento más que nunca, porque si hay que hablar de mujeres empoderadas, pocas como sus protagonistas, a pesar de las circunstancias adversas en que les tocó vivir.

Por fortuna, este no es el caso. Y lo que vengo a contar hoy se sale un poco de las aventuras de Toguilandia de otros estrenos porque la ocasión lo merece. O, como diría el anuncio, porque yo lo valgo. O porque, al menos, personas muy generosas lo entendieron así y me embarcaron en esta aventura maravillosa.

El pasado 9 de noviembre de 2019, en la Diputación de Málaga, recibí el reconocimiento de ACREM (Asociación Cultural Recreativa Embrujo Andaluz), unos galardones que reconocen a personas familias y empresas que apuestan por la conciliación y trabajan por la igualdad entre hombres y mujeres. Casi nada. Y, en una de sus categorías, la de Mujer empoderada, ha reconocido a esta toguitaconada, que, desde entonces, está flotando en una burbuja de alegría. No me la pinchéis, por favor, que flotar es muy bonito.

Ya he dicho más de una vez que ser reconocida  o que lo sea tu obra es algo muy hermoso. Y, aunque respeto mucho a Woody Allen como cineasta, nunca entendí esa cosa suya de no ir a la entrega de los Oscar estando nominado porque tenía que tocar el saxofón. Entre otras cosas, el saxofón, que, como EL Cielo de la película, puede esperar. Y yo seré un poco boba, pero tendría todas las veces que fuera necesario una experiencia como la del otro día. Porque, además, estaba tan bien acompañada que seguro que soy la envidia de todo twitter. En persona, Angeles, Fernando y Alvaro representaban a ese cariño virtual que se ha hecho real y duradero. En espíritu, muchas más personas, entre las que quiero hacer especial mención a Alicia, la impulsora inicial de esta locura. Junto a ellos y ellas, un montón de gente cuyo cariño podía palparse en el ambiente.

La asociación ACREM es una entidad que lucha de una manera incansable por la igualdad, capitaneada por la infatigable Paqui Cruzado, y con todas las personas que la integran dándolo todo para que las cosas funcionaran como un reloj de precisión. No puedo dejar de agradecer este reconocimiento y haberme hecho tan feliz. Se trata, además de un reconocimiento por algo en lo que creo tan profundamente que pienso que es un empujón para que otras personas luchen por lo que crean. Y sí, no puede dejar de mencionar a la famosa profesora de Fama, con eso de que la fama cuesta y se empieza a pagar con sudor. Pues bien, puedo decir que recogí los frutos de ese esfuerzo, aunque aun espero recoger otros en forma de resultados el día en que no sea asesinada ninguna mujer más.

Como decía, con ese premio se venían conmigo muchas más cosas. Es un reconocimiento a la lucha por la igualdad, pero también es un reconocimiento a algo maravilloso, la amistad. Sin ella, no hubieran sido posibles las cerca de doscientas firmas que acompañaban la propuesta del reconocimiento y que dejaron abrumada a la propia asociación, entonces, y a mí, en cuanto lo supe. No sé Qué he hecho yo para merecer esto pero, desde luego, debe haber sido algo bueno, Y estoy feliz por eso.

Por último, en este estreno especial de hoy, quiero recordar algo que por más que sea sabido, no puede dejar de decirse. Un premio nunca es la meta, es una acicate para hacer más fácil el camino. Y nuestro camino, el de la igualdad, aun tiene unos cuantos obstáculos que saltar , aunque yo estreno estas alas que me ha regalado ACREM. Mil gracias.

No quiero olvidarme de dar la enhorabuena a todos los premiados y premiadas. Es un lujo tener personas tan maravillosas como compañeras en el camino. A estas personas es a quienes dedicaré el primer aplauso, aunque el más fuerte es hoy para esta asociación que lucha durante todo el año para que el mundo sea un poco mejor. Porque se lo merecen y porque es un  lujo compartir el camino.

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Intimidación: temor jurídico


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En el mundo del espectáculo se ha sacado mucho partido al miedo. El terror, el suspense y el miedo en general, en cualquier de sus formas, dan lugar a un género  propio, y muy exitoso. Pero cuando lo que produce este temor no son Zombies, ni Poderes Extraños, ni Aliens ni Poltergeist, cuando son personas de carne y hueso que nos tienen con el corazón en un puño, el miedo es mucho más auténtico, por más verosímil.

En Toguilandia este temor tiene una forma jurídica: la intimidación. La intimidación despliega sus efectos en Derecho hasta el punto de poder convertir lo lícito en ilícito, lo válido en nulo o lo leve en grave. La existencia de intimidación, si se prueba, invalida el consentimiento que pudiera haberse dado para cualquier acto. Así que acreditar que existió intimidación se convierte en algo de una enorme importancia. Y así lo estamos viendo últimamente.

El consentimiento obtenido con intimidación hace que el contrato sea nulo en Derecho Civil, al igual que lo hace en cualquier acto jurídico en que el consentimiento sea un elemento esencial.

Y si esto es así en Derecho Civil, con más razón en Derecho Penal. Como ya dijimos al hablar de la violencia, la intimidación, su prima silenciosa, convierte en robo lo que era hurto, o en violación lo que era abuso sexual, además de ser requisito para varias conductas que solo son punibles si concurre violencia o intimidación. La intimidación es, además, el espíritu de un delito como las amenazas, que se nutre de ella, y su gravedad o no determina la gravedad del delito, su existencia, y la pena a imponer. Ahí es nada.

El problema es que el Código no define intimidación, como si que hace con otras figuras jurídicas, de las que da su definición auténtica, como la tentativa. Así que hay que andar buceando en la jurisprudencia y la doctrina y claro, pasa lo que pasa, que de todo hay en la viña del señor.

Eso sí, no hemos de confundir intimidación con otras cosas que suenan parecido pero no se parecen en nada. Intimidar no es lo mismo que intimar, desde luego. Y, para quienes estén pensando mal, también hay que distinguir entre intimar a alguien e intimar con alguien. Sin ir más lejos, el Código habla de intimar a los rebeldes para que depongan su actitud, cuando trata del delito de rebelión. Intimar con alguien es algo totalmente diferente, aunque sé que algún testigo se ha hecho un lío con ello. Recuerdo a una mujer diciendo que tuvo relaciones intimidantes con su marido, y resultó que no se refería a nada forzado sino a unas relaciones sexuales consentidas de lo más normalitas. Y, al contrario, también recuerdo a una víctima de un atracó que decía que el atracador “me intimó con una navaja”. Ni que decir tiene que no aludía a relación fetichista alguna sino a una “sirla” de las de toda la vida.

¿Qué hemos de entender entonces por intimidación? Pues según y depende, no hay más que comprobar lo que ha pasado con la sentencia de La Manada para ver en tres pasos diferentes posiciones, desde el abuso con voto discrepante de absolución en primera instancia, al abuso con discrepancia hacia la violación en el primer recurso, para finalmente considerarse una violación e insinuar que podrían ser varias según el Tribunal Supremo. Y esto interpretando un mismo Código Penal.

Hubo un tiempo en que se exigía a las mujeres una resistencia tan heroica para “defender su honra” -hoy, por suerte, el bien jurídico es la libertad sexual- que entendieron que usar un alfiler o una llave con la que le pinchaban, aunque ella no supiera de que se trataba, no asustaba lo bastante para considerarse intimidación y que tampoco se podía asustar alguien que había provocado al agresor llevando una minifalda.

Sin embargo, si se trataba de la intimidación para ser atracado, no se exigían tantas heroicidades. Si una soltaba el bolso, por algo sería, vaya. Parece mentira, pero se tenían las cosas más claras para el patrimonio que para otras cosas.

En cualquiera de los casos, el problema estriba en cómo se interpreta cada caso concreto. Cuando a alguien le enseñan un hacha o una pistola para lograr tener acceso carnal -o que le dé el bolso, que también- está claro. Lo que ya no está tan claro es cuando se utilizan frases como “ya verás” “te vas a enterar” que, dependiendo del contexto pueden tener una trascendencia u otra. En esos casos, habrá que acudir a las herramientas de interpretación que son, de un lado, las circunstancias de tiempo y lugar en que han de ser aplicadas las normas -como dice el Código Civil- o, caso de delitos sexuales, la perspectiva de género. Y no porque lo diga yo, ni porque sea un invento de las feministas sino porque, nos guste o no, lo dice el Convenio de Estambul , derecho aplicable en nuestro país, y lo ha dicho ya varias veces nada menos que el Tribunal Supremo.

Y sí, todo esto está muy bien, pero a ver cómo interpretamos cosas como una que he visto hoy, sin ir más lejos , “te vas a cagar por la pata abajo”. Y no, no daré la respuesta. Ahí lo dejo como uno de esos finales abiertos que permiten al cineasta hacer una segunda parte y hasta una saga.

Por último, hay que recordar que la necesidad de denuncia para perseguir los delitos sexuales que persiste en en nuestro Derecho, me plantea una duda importante -varias, en realidad, pero ahora solo expondré una-  Imaginemos que un hombre amenaza a una mujer con una pistola y logra así tener relaciones sexuales que ella se niega a denunciar, pero hay un testigo que sí denuncia. Como las amenazas graves no requieren denuncia y la violación sí, ¿se podrá seguir solo por amenazas? ¿no resultaría absurdo, cuando en el caso de que ella denunciara quedarían absorbidas en la violación, al ser la intimidación elemento del delito?. Pues tal vez lo absurdo sea que la persecución de un delito tan grave dependa de la denuncia, porque un bien jurídico como la libertad sexual debería ser público. Y también porque si no se persigue, el autor quedaría libre para volver a cometer hechos así. Pero es una opinión, por supuesto. Aunque no estaría de más abrir, cuanto menos, el debate al respecto.

Así que ahí lo dejo. Hoy el aplauso, una vez más, para quienes aplican el Derecho y tienen que bregar cada día con unas interpretaciones que, como siempre ocurro, no pueden satisfacer a todo el mundo. Que dios nos pille confesados.

Hitos. ¿dónde estabas entonces?


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Todo el mundo tiene unos hitos en su vida, y hay hitos que lo son para todo el mundo. El preguntarse dónde nos encontrábamos cuando ocurrieron cosas que cambiaron o pudieron cambiar los designios de la humanidad, de nuestro país o de nuestra ciudad es algo tan recurrente que, además de dar título a un programa de televisión, ¿Dónde estabas entonces?, -que, a su vez, toma el título de una conocida canción que le sirve de sintonía- se utiliza como telón de fondo de muchas películas. Una de las muestras más evidentes es Forrest Gump y su recorrido a través de los últimos hitos de la historia americana, con su protagonista compartiendo escenario con los protagonistas de la Historia en esa vida que, según su madre, es como una caja de bombones. Pero también es lo mismo que hacen series de televisión como Cuéntame  -también con nombre y sintonía de título de canción-, cuyos personajes han vivido en carne propia todos los acontecimientos de nuestra historia más o menos reciente.

Es muy tentador escarbar en la memoria para recordar dónde nos encontrábamos en esos hitos de la historia reciente que todo el mundo conoce. Aun a riesgo de descubrir mi edad -lo que tampoco me importa especialmente- apuntaré que recuerdo el atentado contra Carrero Blanco porque fastidió mi celebración de cumpleaños, ya que al no ir al cole mis compañeras no se vendrían en el autocar hasta mi casa -sí, entonces los cumples se hacían con una merendola en casa-. De la muerte de Franco, el mismo año que yo tomé la Primera Comunión, lo que más me llamó la atención es que estuvimos varios días sin clase, y que la televisión era un auténtico muermo con imágenes del funeral e informativos a toda hora. Y hay otro hito del que no recuerdo nada, porque me conformaba con succionar mi biberón y mi chupete, pero que mi madre siempre recuerda con una anécdota: la llegada del hombre a la Luna le dejó sin ver el final de Pijama para dos, la película que estaban haciendo por la única televisión que existía, en blanco y negro. No imaginaba mi madre que llegaría a vivir en un mundo donde las cadenas de televisión permitieran elegir película, así como  el momento y el sitio en que verlas y, por supuesto, en color. Pero así es y, seguro que al leer este este estreno, sonríe pensando en ello. Porque a sus 95 años me sigue leyendo cada martes y cada viernes, que ya es mérito.

Aparte de estos hitos, y todos los que me deje en el tintero, voy a tratar de rescatar los que me dejaron alguna huella por su trascendencia y por su relación con Toguilandia. O, al menos, algunos de ellos.

El primero que se me viene a la cabeza es la llamada Pantaná de Tous, esto es, el desbordamiento de la presa de Tous, ocurrido a principios de los 80, cuando yo estaba cursando el BUP. Mi recuerdo más vívido es mi preocupación por una de mis más queridas amigas, Carolina, que vivía en un pueblo cercano a donde sucedió aquello, y con la que no puede contactar en tres días. Por supuesto, entonces nada de móvil ni de Internet ni de otra cosa que no fuera el teléfono, cuyas conexiones se fueron al carajo. Mi amiga no tuvo problema alguno y, cosas de la vida, hace apenas unos meses que volví a verla, gracias a haberla recuperado a través de redes y de este blog, y aprovecho para mandarle otro abrazo. De estos hechos se derivó un juicio, muy sonado en su día, cuando yo ya andaba mascullando por un futuro en Toguilandia. A él le debemos una de las más jugosas anécdotas, la del testigo que contaba que se despertó y se dijo “Ché, això és el Ebro”

Otro de los hitos para todo el mundo en este país es el fallido golpe de Estado que me pilló, también, cursando el BUP -Bachillerato Unificado Polivalente, para quienes no lo sepan- Si algo me llama la atención de cómo viví aquello, es la inconsciencia acerca de su importancia, y lo que podía haber pasado si llega a prosperar. He de decir, no obstante, que llegué a ser algo más consciente cuando en la calle me obligaron a separarme de mi tío y mi prima al grito de “¡¡disuélvanse!!” -aunque no alcanzaba a comprender cómo podíamos disolvernos- y, sobre todo, cuando el suelo del piso donde vivía temblaba al paso de los tanques. Más tarde, cuando estudiaba en la carrera los delitos de rebelión y sedición, me daba cuenta de que no eran tan imposibles como a primera vista parecía. De hecho, recuerdo vagamente el juicio y, sobre todo, la reforma legal que supuso que tuve que aprender de memoria en la oposición.

Al hilo de esto, esa misma sensación que estas cosas que no pasaban nunca sí que pasan es la que he tenido -y todavía tengo- al presenciar el Procés en Cataluña y todo lo que de ello se ha derivado. Y lo que nos queda por ver, me temo. Aprovecho también para enviar un abrazo a los compañeros y compañeras que lo viven en sus propias carnes en tierras catalanas.

Es curioso que hubo cosas de las que no guardo memoria personal alguna, a pesar de su trascendencia, como la matanza de los abogados de Atocha -debe ser porque estaba en la EGB- y sí, en cambio, de otras, como la expropiación de Rumasa, de la que supimos, no sé bien por  qué, en unas convivencias del colegio.

En cuanto a algunas de las grandes tragedias que han cambiado el curso de la humanidad, ya me pillaron con la toga puesta. El 11 S, el día del atentado a las Torres Gemelas, yo estaba en el Juzgado de Guardia de Valencia, como fiscal de guardia. Apenas nos enteramos de nada, porque el número de detenidos superaba con creces lo habitual y porque, además, teníamos que ir a un levantamiento de cadáver, ya que entonces no se distinguía entre guardia de detenidos y de incidencias, como ahora ya se hace en mi ciudad y en otras. Permanecimos durante algunas horas sin saber si lo ocurrido era un accidente, un atentado, o el mismísimo fin del mundo. Y, como dato curioso, contaré que le pedimos a la forense que fuera a la garita de la guardia civil a enterarse y que volvió consternada diciéndonos que no sabían nada porque estaban viendo el partido del Real Madrid que retransmitían por la tele en esos mismos momentos. Verdad verdadera.

El 11 M, por su parte, me sorprendió yéndome a mi Juzgado de Torrente-3 -nada que ver con la película- a hacer una buena tanda de juicios de faltas. Recuerdo con angustia que, cada vez que terminábamos un juicio e íbamos a empezar otro, nos conectábamos -ya era posible, claro- y comprobábamos que el número de muertos aumentaba y aumentaba sin parar. De este sí recuerdo perfectamente el juicio, la sentencia y todo lo que trajo consigo.

Me he dejado para el final uno de los hitos judiciales que más ha impresionado a toda España y, sobre todo, a mi tierra: el asesinato de las niñas de Alcácer. Aquello nos pilló desprevenidos, y el despliegue morboso/periodístico se recuerda en los anales de la historia como la muestra de lo que nunca hay que hacer, incluidos juicios paralelos a tutiplén. También veo, con la pátina del tiempo, lo poco que se habló de machismo a raíz de este crimen, que hoy veríamos como el paradigma de la violencia machista. Guardo buena memoria del juicio, celebrado a apenas unos metros de donde yo trabajaba y de sus múltiples flecos. Incluso llegué a intervenir en uno de ellos, un recurso contra la sentencia recaída por los insultos vertidos en televisión contra determinados profesionales de la justicia.

Por último, mi vivencia respecto a uno de los problemas más graves de nuestro país durante mucho tiempo: el terrorismo de ETA. Aunque todas las víctimas duelen, me referiré a dos en particular, no porque importen más sino por cómo me impresionaron. Una fue Carmen Tagle, fiscal de la Audiencia Nacional, asesinada en 1989. Cuando hice allí mis prácticas como fiscal, en 1992, todo en aquella Fiscalía estaba impregnado de ella y su recuerdo. El otro fue Luis Portero, Fiscal Jefe de Andalucía. Cuando en el año 2000. siendo ya fiscal, me llega la noticia del asesinato de un compañero, la impresión fue terrible. También fue terrible la que en su día, tiempo antes, tuve con los profesores Broseta y Tomás y Valiente, ambos paisanos. Cuando asesinan a alguien que sientes tan cercano, el impacto es doble. Vaya desde aquí, también, el homenaje a todas las víctimas.

Para acabar, el aplauso junto con una promesa. El primero dedicado, como no podía ser de otro modo, a todas las víctimas de cada uno de esos hitos y a su memoria. En cuanto a la promesa, si el público lo pide, la de una segunda parte con otros hitos importantes, los legislativos. Espero el veredicto.