Grafitis: muros expresivos


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El arte se manifiesta de muchos modos. Y también hay muchos modos de expresión que no son arte, por más que así pretendan vendérnoslos. El grafiti, es uno de esos casos en que se recorren todo el espectro entre lo que es arte y lo que no lo es en absoluto, aunado con una libertad de expresión con la que hace un cóctel a veces, perfecto, a veces explosivo y a veces simplemente desastroso. Al grafiti se han dedicado películas, como American Graffiti, Beat Street o Style Wars, y también han aparecido en otras, como la pintada de Los violentos de Kelly. Igualmente hemos visto más de una vez como pintadas que nada tenían de artísticas boicoteaban estrenos de películas o cualquier otro evento. Un medio de expresión que no se puede obviar hoy en día. Atrás quedaron los tiempos en que los carteles de películas o de obras de teatro se elaboraban pintando directamente sobre las paredes de los locales donde se veían, tal vez un precedente directo de los grafitis actuales.

   Nuestro teatro, con lo viejuno que es para tantas cosas, podría pensarse que prescinde de esta forma de expresión, pero no es así. Pintadas, grafitis y garabatos también se encuentran presentes en Toguilandia de uno u otro modo.

En primer término, los juzgados y tribunales han tenido ocasión de pronunciarse sobre ellos en distintas ocasiones. Muy frecuentes son los asuntos sobre pintadas en los vagones de ferrocarril que, por artísticas que resulten, acaban mereciendo una condena por delito de daños – o la extinta falta, según la cuantía-, aunque de todo hay en la jurisprudencia, como en la viña del señor.

Pero hay otras, bastante menos artísticas, que han dado lugar a anécdotas varias, y siguen haciéndolo. Mucho antes de toguitaconarme por primera vez, allá en mis años de facultad, recuerdo una pintada en el suelo de la acera que daba entrada al edificio, dedicada amorosamente a un profesor que no se caracterizaba ni por su simpatía ni por la generosidad en sus calificaciones. En letras gigantescas, decía, en una rima ripio que jugaba con la rima con su apellido, que “tiene el pito de niño”. Ignoro si tendría relación con algún silbato de su propiedad o con alguna parte de su anatomía y  si alguna vez se sintió ofendido por ello, pero lo cierto es que la pintada –que no pitada- presidió los estudios de generaciones enteras de licenciados y licenciadas en Derecho. Seguro que hay quien lo recuerda y puede confirmarlo.

Ahí no quedó mi relación con el arte urbano, qué va. A partir de mi debut en Toguilandia, empecé a ver las cosas de otra manera. Siempre me había planteado quién tendría la paciencia y las ganas de hacer declaraciones de amor -o de cualquier otra cosa- en los sitios más pintorescos e inaccesibles, dejando para la posteridad mensajes tan poco poéticos como “te quiero churri” con firma y rúbrica -Joshua y Marylys forever 1999, por ejemplo-. En mi ciudad, sin ir más lejos, los veía en las márgenes del río y siempre me preguntaban cómo lo harían para llegar hasta ahí y pintar semejante cosa. Mi curiosidad aún no ha sido satisfecha pero confieso que hubo una experiencia que me hizo dar más valor a esas declaraciones. Fue hace mucho tiempo, cuando tuve que ir a un levantamiento de cadáver en aquel mismo lugar. La juez de guardia y yo no tuvimos otro medio de acceso que bajar por una escalerilla en brazos de los bomberos, literalmente. Así que a partir de entonces reconozco mucho más el mérito de Joshua y de tantos otros Joshuas, y lo encendido de su amor.

Pero hete tú aquí que el amor, como tantas cosas, se acaba. Y que no hace mucho me encontré que en una solicitud de orden de protección la víctima pedía, además de las medidas cautelares  standard, como alejamiento y prohibición de comunicación, que se borraran todas las pintadas con las que el denunciado había sembrado la ciudad. No resolvimos, aunque le instamos a que lo pidiera en su momento como responsabilidad civil, a ver si cabía. Eso sí, comprobé los nombres y respiré aliviada al ver que no se trataba de Joshua ni de Marylys.

Como digo, el amor se acaba, pero las pintadas ahí quedan. Me cuenta una compañera que a lo largo de todo el camino que llevaba de un pueblo a otro, un habitual del juzgado se había dedicado a decorar con corazones cuantos contenedores había. Él debía pensar que era una bonita forma de recuperar el amor de la que fue su chica, pero debió pensarlo antes de tener su hoja histórico penal cuajada de condenas por maltratos y quebrantamientos. Contra eso no hay corazones que valgan, aunque la compañera me dice que no podía evitar acordarse de él cada vez que pasaba por allí y veía los contenedores decorados.

También vemos con cierta frecuencia el uso de este medio de expresión para cometer un delito. Sea de injurias o vejación injusta,  o sea de otros delitos como quebrantamiento o acoso, decorando las paredes de la casa o del trabajo a quien fue su pareja. Y no deja de tener su aquel el tener que hacer una pericial caligráfica donde el cuerpo de escritura sea la pared. Recuerdo a una mujer que estaba realmente angustiada porque su ex, día sí día también, pintaba las paredes del centro médico donde ella trabajaba llamándola de todo e incluso poniendo su número de móvil en una clase de porno venganza bastante cutre pero efectiva.

Aunque no todas las pintadas tienen relación con Cupido. Me comentan de la que por mucho tiempo estuvo en la fachada de unos juzgados con la leyenda “aquí murió la justicia”. Obviamente, no hay que ser Einstein que algún justiciable insatisfecho debió querer dejar su impronta para siempre, y no quiso hacerlo con una queja formal no fuera a ser que con eso del papel cero desapareciera como las palabras que se lleva el viento.

En el colmo de las pintadas curiosas, está la que más me ha impresionado en mi vida. Fue la que hizo un asesino con la propia sangre de su víctima en la pared de su casa, donde la había degollado. Algo propio de las películas más gore imaginables. Pero ya sabemos que la realidad muchas veces supera la ficción.

Pero, para no acabar este estreno con ese mal gusto de boca, dejaré algo dulce para el final. La pintada de la que me da noticia un compañero, con fotografía incluida, en que el enamorado dedica cada día a su amada con un “Buenos días, princesa”, que no se sabe muy bien si emulaba a Roberto Benigni en La vida es bella o respondía a un amor no correspondido.

Así que hoy, como no podía se de otro modo, el aplauso es para los compañeros y compañeras que con sus historias y fotografías, han contribuido a dar vida a este estreno. Mil gracias

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Curriculum: la carrera de la vida


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Me dice San Google que “currículum vitae” significa “carrera de la vida” –eso era fácil a poco que una haya estudiado latín en el Bachiller- y que se empezó a utilizar en la antigua Roma por contraposición a “curriculum honoris”, que hacía referencia a la carrera profesional. Curioso dato, teniendo en cuenta que hoy en día que ese curriculum, -o cv, como se conoce generalmente- hace casi siempre referencia a la carrera profesional o la vida laboral, y no a esa vida genérica a la que parecían aludir los romanos. Pero, sea como sea, en el mundo del espectáculo, como en tantos, es imprescindible presentar ese papelito donde se hace referencia a títulos, a dónde se obtuvieron, a experiencia profesional y a otras muchas cosas. Algo así como la historia personal de cada cual, de la que puede depender mucho. La biografía es tan importante que ha dado lugar a un subgénero propio, el biopic, lleno de ejemplos, que van desde La pasión de Juana de Arco a El hombre elefante, desde la agresiva El lobo de Wall Street a la hilarante La vida de Bryan, pasando por El Gran Gatsby, Patton, Ghandi, Malcom X, El último Emperador y muchas más.

En nuestro teatro, el currículum importa, aunque no  tanto como en otros sitios, y no, desde luego en el sentido tradicional. Dependiendo de a cuál de los lados de estrados nos coloquemos, la cosa es diferente.

Para quienes accedemos a Toguilandia por oposición –Jueces, Fiscales, Lajs, forense o funcionarios-, lo del currículum es relativo. La oposición  es libre y presidida, en principio, por una transparencia absoluta aunque de vez en cuando caigan nubarrones como ya comentamos en un estreno  no hace mucho. Nadie nos pide la más mínima referencia a nuestra historia anterior, más allá de acreditar estar en posesión del título de Derecho  –que, por quien no lo sepa, cuesta normalmente cuatro o cinco años, a pesar de las noticias de que hay quien hace nada se lo sacó en poco más de cinco minutos-. Más adelante, para concursar a destinos con lengua cooficial , hay que acreditar el conocimiento de tal lengua para adelantar unos pasitos en el escalafón, aunque este, de momento, sea un requisito aun no regulado para fiscales –sí para jueces, Lajs y funcionarios-. Y, aparte de eso, poco más hemos de aportar para los destinos de trinchera, salvo algunos casos de especialización en algunas jurisdicciones  para miembros de la judicatura – como Social, Contencioso, Mercantil, Menores- o para plazas en determinadas secciones para fiscales –como Menores o Violencia de Género-

Cuando la plaza a la que se aspira es  de algo más que trincherista, la cosa empieza a cambiar. Se ha de presentar el currículum y decidir, teóricamente, por los principios de mérito y capacidad tal como dice la Constitución, pero ahí hay mucha tela que cortar. La falta de un baremo de méritos hace que presentemos las cosas como buenamente sabemos, con el convencimiento, por desgracia, de que hay otros factores que influirán en esa decisión. No abriré ese melón de momento, aunque no descarto hacerlo algún día. Basta decir aquí que en esos currículums no reglados una se encuentra las cosas más pintorescas. Recuerdo el de un aspirante a Fiscal Jefe que incluía entre su méritos el haber sido pregonero de las fiestas de su pueblo, algo que me parece estupendo  y despierta mis simpatías –a folklórica no me gana nadie- pero que no aporta mucho a sus cualidades para el desempeño de la jefatura. Por cierto, el pueblo en cuestión ni siquiera pertenecía a la provincia ni la Comunidad Autónoma a la que aspiraba, cosas de la vida. y juro que me quedo con la duda de si incluir el cursillo de natación que hice de niña, la catequesis de la Primera Comunión o un lacito verde por buen comportamiento que me dieron en el parvulario.

Si hablamos de otros lados de estrados, la cosa puede cambiar. No cabe ninguna duda que para entrar en un  despacho de abogados de los de campanillas o en una empresa importante es preciso tener un currículum lo más abultado posible. Con conocimiento de idomas que, a ser posible, vaya más allá de pedir un relaxing cup of café con leche in Plaza Mayor. Y por supuesto con cursos, cursitos y cursillos y cómo no, con uno varios másters de postín. Que ya sabemos que el plan Bolonia ha traído consigo, entre otras cosas, una remasterización en toda regla. En sentido literal.

Y ahí la cosa empieza a ponerse resbaladiza. Podemos salir del ámbito de Toguilandia y encontrarnos con las cosas que nos encontramos últimamente. Aunque, a decir verdad, no se trata de salir de Toguilandia sino de acceder por otra puerta de entrada, la que usan quienes no llevan togas ni puñetas e interpretan otros papeles en nuestro teatro. Sin ánimo de hacer spoiler jurídico -o lo que es lo mismo, respetando los asuntos que están subiudice-, no deja de ser penoso que el modo de obtener determinadas titulaciones de las que se hace gala sea, cuanto menos, poco ortodoxo. Que visto lo visto, no descarto levantarme de la cama cualquier día y encontrarme que, sin saberlo ni ir ni siquiera a clase, me ha sacado un flamante máster en física cuántica o en técnica de macramé grado avanzado. Nuca se sabe, aunque, por si acaso, si algo así me ocurre, me abstendré de incluirlo en mi currículum ni de colgarlo en las paredes de mi despacho.

Lo que realmente me apena es pensar cómo se deben sentir las personas que, con un enorme esfuerzo en tiempo y en dinero, se encuentran con que otros logran lo mismo sin ese esfuerzo. Y no solo eso, sino que esas cosas devalúan los títulos y a las entidades que los expiden . Lo que se viene conociendo comúnmente por pagar justos por pecadores.

Por eso hoy, sin duda, el aplauso irá a dedicado a quienes invierten su tiempo en formarse y no solo en presumir de haberse formado. Que, aunque pueda parecerlo, no es lo mismo.

Twiteroteca:  Twitter University


 

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Hay un dicho según el cual todo el mundo tiene dentro un seleccionador nacional. Yo añadiría un jurista y un profesional de la medicina, que de estas cosas parece que todo el mundo sabe. Y, por descontado, el mundo del espectáculo no es ajeno. Cualquiera que vea una película o serie puede hacer de crítico twitero y ensalzarla o destrozarla a su antojo. No son Todos los hombres del presidente, pero sí Todas las gentes de twitter. Que no en balde ese presidente americano que parece que lleve acostado un gato en la cabeza –bloqueándole las neuronas, por cierto- utiliza twitter a modo de BOE.

Y es que no falla. Cada vez que hay un asunto judicial polémico, la red social del pajarito ve inundado su cielo de bandadas de “catedráticos” que en un nanosegundo tienen la capacidad de analizar los hechos, estudiar el expediente, hacer la calificación jurídica y poner la sentencia en solo 280 caracteres -y eso si no le da por tejer un hilo que ni Ariadna y su laberinto- sin haber pisado una facultad ni abierto un Código en su vida. Sentando cátedra, tal cual.

Yo, la verdad es que debo ser muy torpe. Porque, pese a haberme pasado más de media vida estudiando y otro tanto trabajando en esto, carezco de esa capacidad de adivinación. Y eso que he pedido a quien corresponda que me envíen la bola de cristal y/o la varita mágica, aunque sea a cobro revertido. Pero ni por ésas. No hay manera. Y sigo necesitando estudiarme bien las cosas para poder emitir una opinión.

Lo hemos visto en muchos casos. Con Diana Quer, con La Manada, con Juana Rivas y, por descontado, con la pléyade de asuntos de corrupción que invaden nuestro universo toguitaconil. También lo vimos con aquella supuesta violación en Málaga que luego no resultó tal pero ínterin pusieron a la juez y a la fiscal a caer de un burro. Salta la noticia, y todo el mundo parecía haber visto la grabación, leído la denuncia y escuchado las declaraciones. Y, por supuesto, conocía la legislación penal y procesal de cabo a rabo y sabía a pies juntillas lo que debía hacer el juez y el fiscal. Y al día siguiente, también sabían todo lo que se puede saber acerca de presunción de inocencia, diligencias de investigación y denuncias falsas. Y así, claro está, leímos todas las barbaridades que leímos. Como pasa siempre.

Y que no se me malinterprete. No abogo porque no se opine twitter o en cualquier otra red social o medio de comunicación, y hasta en la Hoja parroquial, si una quiere y le dejan. Yo misma lo hago, entre otros lugares, en este teatro toguitaconado, dentro de los límites correspondientes Es bueno, es sano y, lo que es más importante, es el libre ejercicio de un derecho constitucional, la libertad de expresión. Y además, hay opiniones muy sensatas y bien fundamentadas que más de uno y de una tendrían que leer con atención.

Pero cuidado con esas manifestaciones hechas demasiado a la ligera. En el fondo de unos hechos, siempre hay personas, a uno y otro lado, y el daño puede resultar irreversible. Y sobre todo, cuidado con dar pábulo a todo lo que se diga. Igual que siempre, hay que atender al sentido común, y pensar dos veces lo que se va a decir antes de abrir la boca o, en este caso, aporrear el teclado. Y, como dice el refranero, que es muy sabio, “a palabras necias, oídos sordos”.

Porque de lo contrario, ya sabéis, queridos estudiantes de Derecho y opositores varios: a olvidarse de Facultad, apuntes y Códigos, y a aprender en Twitter University. Que no en vano es el sitio con más catedráticos por metro cuadrado.

Por eso, el aplauso está hoy dedicado a quienes leen, reflexionan y piensan antes de darle a la tecla. Que las cosas en caliente, queman.

Días de asueto: ¿cerramos por vacaciones?


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Es propio del mundo del espectáculo el trabajar cuando la mayoría de la gente está de vacaciones. Ahí ni Vacaciones en familia ni Vacaciones fuera de ella, ni Vacaciones en Roma ni en ningún otro sitio. A las tablas, a los bolos y a las giras. A hacer, como se dice, el agosto. O al menos a intentarlo.

Pero ¿hay vacaciones en Toguilandia?. ¿O, como todo teatro que se precia, no echamos el cierre?. Veamos.

Agosto. Una entra en la Ciudad de la Justicia y casi no la reconoce. Diríase que una bomba nuclear ha pasado por allí y ha acabado con todo vestigio de vida togada. Y no togada, vaya. Y que solo quedamos algún que otro superviviente. Si esto fuera América, no me extrañaría nada ver la Estatua de la Libertad semienterrada y una manada de simios parlantes persiguiéndome. Pero, por suerte o por desgracia, Esto no es América y en todo caso podría esperarme ver asomando la punta del Miguelete. Pero ni eso. Aparentemente, no hay vestigio de vida judicial. Además, la puerta por donde entramos quienes aquí trabajamos está cerrada a cal y canto, nuestra cafetería está fuera de servicio y varios de los cuartos de baño están clausurados.

Y, cuando una piensa que está sola en esta mole, descubre un reducto de vida: el ascensor. O mejor dicho, el rellano donde se espera el ascensor. En singular, porque sólo funciona alguno de los varios que a pares pueblan el edificio. Y claro, los pocos seres humanos que continuamos allí, nos encontramos en el mismo sitio. Y agradecemos enormemente a la institución encargada del mantenimiento esa manera de cuidar nuestra sociabilidad. Porque, si no fuera por ellos, no haríamos amigos.

Pero el cariño con el que nos cuidan no acaba ahí, no vayamos a creernos. También están enormemente preocupados por nuestra salud. Porque ya se sabe, como dice el anuncio, quien mueve las piernas, mueve el corazón. Y por eso no nos arreglan los ascensores. Porque una vez fomentadas nuestras relaciones sociales, más de uno acaba optando por subir andando. Así que se matan dos pájaros de un tiro, hacemos ejercicio, y nos ahorramos la cuota del gimnasio, que no nos han dejado los sueldos como para dispendios.

Y todavía hay más. La preocupación por nuestra salud llega hasta el punto de haber inutilizado la puerta de acceso para el personal para que no salgamos a fumar, que les importan mucho nuestros pulmones, además de nuestro bolsillo, que algo ahorramos.

También evitan todo riesgo de constipado, gripe o enfriamiento, que nunca se sabe si acaban degenerando en neumonía. Por esa razón, el aire acondicionado tiene vida propia y hasta decide descansar cuando le viene en gana que, como dice mi madre, un resfriado en esta época del año tiene muy poca gracia. Una verdadera muestra de cuidado por el personal y prevención de riesgos laborales. Y, de paso, la posibilidad de cocinar cualquier cosa sin necesidad de hornillo en los despachos, que siempre viene bien si queremos entrenar para Masterchef toguitaconado, que se rumorea que en nada empiezan el casting

Y por si alguien creía que la preocupación se limita a nuestra salud física, nada de eso. Nuestra salud psíquica también importa, y probablemente de ahí que estén poniendo a prueba nuestra paciencia y nuestra templanza instándonos a soportar en todo momento los pitidos regulares de una alarma, que suena incansablemente, y que además debe tener las pilas del conejito de Duracell, porque no para. Método inigualable para trabajar nuestra capacidad de concentración y para un ejercicio de contención de la ira que seguro que nos va a ser muy útil. Y ojo, aunque me dicen que no la pueden quitar por seguridad, lo bien cierto es cuando suena no acude nadie. Si lo hicieran, tendríamos una legión de personal de seguridad apostada en la puerta de mi despacho. Verdad verdadera.

Pero si hay un verdadero núcleo de la vida judicial en agosto, ésa es el Juzgado de guardia. O mejor dicho, los juzgados de guardia, que ahí sí que estamos a pleno rendimiento todo el personal. Demasiado pleno, en mi opinión, que hay que ver qué mal gusto tienen los delincuentes que no se toman un descanso. Y por más que todo el mundo sepa que el mes de agosto es inhábil, ellos como Don erre que erre, a lo suyo. Que ni olas de calor ni un tsunami que hubiera les hacen desistir de Lo imposible

Y mira que lo habíamos advertido una y mis veces. Que nos quitaron los sustitutos y cada verano los echamos en falta, que nos hemos de suplir entre nosotros. Y, una guardia tras otra, al final una no sabe en qué día está. O más bien sí. En el Día de la Marmota. Pero eso sí, muy acompañada, Porque con el cierre de la puerta de acceso la de la guardia se convierte en vía obligada de entrada y salida, y aquello parece la Gran Vía de tan concurrido.

Así que nada. Si alguien se pasea por la Ciudad de la Justicia de Valencia estos días, que no se alarme, .que no ha sucedido ninguna desgracia. O, al menos, ninguna desgracia nueva. Y si quiere marcha, ya sabe, el rellano del ascensor o el Juzgado de guardia. Porque no cerramos por vacaciones, aunque haya quien crea que sí.

Y lo peor de todo es que ni siquiera para quienes están de vacaciones son vacaciones de verdad. Porque en realidad se trata, como ha señalado una compañera desde twitter, de unos días en que la asistencia al puesto de trabajo no es obligada, pero durante los cuales sigue entrando el papel –el digital y el real-, de modo que la vuelta es terrible. Que lo nuestro con el síndrome postvacacional es una verdadera pesadilla. Juro que a la vuelta las pilas de expedientes amenazan con hundir despachos y mesas. Y no es exageración. Por desgracia. Siempre me pregunto qué pasaría si a los médicos les dejaran los enfermos para cuando volvieran de vacaciones, por ejemplo. Pero esto es lo que hay mientras nadie se plantee cambiarlo.

Como los malos no descansan, los buenos tienen que trabajar. Aunque sea agosto. Por eso, mi aplauso es hoy para quienes siguen al pie del cañón. Aunque sea a punto de derretirse

 

 

Nombres: marcados por el destino


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Aunque no lo parezca, el nombre que nos ponen al nacer puede marcar la vida, para bien o para mal. Un nombre inadecuado puede dificultar una carrera artística, como le decían a la protagonista de Ha nacido una estrella
para obligarla a cambiarlo. Y es que sea el de verdad, el artístico o cualquier otro, es una cuestión importante. Tanto que hasta forma parte de algunos títulos. En el nombre del padre, Todos los nombres o El nombre de la rosa son buen ejemplo de ello.
De estas cosas sabemos mucho en nuestro teatro. Además de los alias, a los que ya dedicamos un estreno, tanto en nuestra vida toguitaconada común como en la que desarrollamos en el ámbito del Registro Civil, nos encontramos con anécdotas para dar y regalar.
Alguna vez he contado que a punto estuve de tener a mi hija, toga en ristre, en el camino que mediaba entre Fiscalía y la Audiencia Provincial. Y no sé por qué, en ese momento me dio por pensar que si nacía allí mismo y tenía que arroparla con la toga, no me quedaría otra que llamarla Raimunda. Menos mal que pude reponerme y tenerla en el hospital al día siguiente. Por supuesto, tras haber celebrado la sesión de juicios en Sala. Acabáramos.
Pero, como decía, hay nombres que marcan. Que un acusado se llame Cárcel de apellido, tiene su aquel, como lo tiene, por el contrario, llamarse Inocencio. También recuerdo un Prudencio acusado del entonces delito de imprudencia temeraria, como si fuera un chiste del colmo de los colmos. Y me cuentan de un habitual de los juzgados que se apellida Justicia Palacios, como si sus padres al juntarse hubieran tenido una premonición que ni Nostradamus Y me viene a la memoria una guardia hace mucho tiempo en que, decidido un coimputado a cantar La Traviata, djo que el autor había sido su compañero Angel Bueno. Y añadió, muy serio, que de bueno no tenía nada, y de ángel menos.
Al otro lado de estrados también se ven cosas curiosas. Me cuenta una compañera de una juez con apellidos Herencia Malpartida, que ya es. Y también sé de señorias que se llaman Justos o Justinas, algo que parece que determinó su destino desde la pila.
Por su parte, las modas y lo que se ve en películas y series tiene su influencia directa en este tema. Recuerdo en mi primera época de fiscal que empezaban a aparecer en las causas las Demelsas, Cristal, Rubí o Davinias, de series como Poldark o La Fundación o de culebrones eternos. Ahora me dicen que abundan las Shakiras, y hasta una Khalessi. Aunque respecto a esta última, comparto la reflexión de una compañera, que manifestaba su justa indignación porque no le hubieran puesto Daenerys de la Tormenta, como está mandado, que lo de Khalessi ya llegaría.
Las modas hacen que la gente marque para siempre a sus retoños con nombres como María del Cisne, que debió ser lo más en una temporada, aunque tiene el riesgo de comprobar si el cisne quedó en Patito Feo y no al revés.
Y es que pocos sitios como el Registro Civil para comprobar que a padres y madres es, a veces, para matarlos o poco menos. Todavía me acuerdo cuando vi la primera denegación de inscripción de un nombre, el de Skylab que pretendían los padres, y que el encargado del Registro se negó a inscribir por “extravagante, propio de un laboratorio espacial pero no de una persona”. Quizá ese mismo criterio de sensatez debieron haber tenido quienes consintieron que existiera un Alonso Alonso Alonso, Segundo Tercero o Melodía Barata, nombres todos ellos reales y que dicen mucho –y no demasiado bueno- de los padres al encajar el patronímico con el apellido que ya venía de serie. Y, otras veces, sin necesidad de apellidos curiosos, le atizan al niños un Lenin o Stalin que pobre de él como decidiera afiliarse a un partido de derechas.
Otras veces, es la suerte la que juega esas pasadas. Como la de un matrimonio en que los cónyuges se apellidaban, respectivamente, Oliva y Aceituno, tal como suena. O la de los que ostentan un apellido foráneo que aquí suena, cuanto menos, hilarante, como Kitemoko Panda, o Karamoko, de quienes llamarlos en la puerta de estrados es todo un momentazo, como cuentan otras compañeras. O el de Mohamed Chichi, o Yousef Tirititaum que, como dice un compañero , no se sabe si tiene frío o es fan del flamenco. Y otro patronímico curioso del que me llega noticia es el de un tal sr. Triki, que hacía que, cuando era llamado, la gente esperara la aparición del monstruo de las galletas recién llegado de Barrio Sésamo.
Verdaderos casos de mala suerte son los de una mujer apellidada Pendón, que denunciaba pintadas en su puerta con la palabra “puta” o el de un hombre apellidado Preguntegui Dudagoitia. Pero para colmo de los colmos, el de una funcionaria de la Generalitat catalana que, en estos tiempos que corren, carga con el nombre –no apellido- de María España.
Pero estas cuestiones pintorescas no son siempre culpa de los padres o del azar. A veces, la actuación de los propios afectados es la que crea la anécdota. Como un señor que, decidido a cambiar su nombre , Cojoncio, por otro, escogió el de Tiburcio para el cambio. O el de otro hombre, de nombre y apellido muy normal, que pretendía hacer valer su filiación respecto de alguien que, precisamente regentaba un bar llamado “El Pichina”. Y lo más curioso, un tal señor García que solicitaba ser “García de Valladolid” porque, obviamente, era pucelano, y no se conformaba con ser un García cualquiera.
Así que ahí queda eso, que Toguilandia da para mucho en lo que a nombres se refiere. Pero como este estreno no hubiera sido posible si mis compis que me han proporcionado estas anécdotas, el aplauso es hoy para ellos. En mi nombre y en el de quienes me lean, por supuesto. Mil gracias

Neuras: el síndrome de la panadería


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Hay cosas que dejan huella, sin duda. Y no siempre se trata de Algo para recordar, ni de Recuerdos maravillosos. Las huellas, a veces, consisten en un trauma o, al menos, en cosas que te dejan marcada para siempre. Y cualquier día, te encuentras saltando las rayas de los adoquines como el Jack Nicholson de Mejor imposible. Y si es así, todo en orden, siempre y cuando no lleguemos a emularlo hacha en mano en El Resplandor.

En este espacio toguitaconado hablamos sin parar de jueces y fiscales  -y menos, pero también, de LAJs , esos grandes desconocidos-, pero pocas veces nos entretenemos en saber el precio de llegar hasta aquí, el tributo satisfecho y, lo que es peor, los que quedan en el camino. Ya abordamos el esfuerzo que cuesta, y el tesón  necesario para alcanzar la meta. Pero quedan cosas por contar. Y me parecía justo hablar sobre ello.

Ya he contado otras veces que una de las secuelas que arrastro de mi ya lejano tiempo de opositora es la visita nocturna del ordenamiento jurídico dispuesto a aplastarme sin piedad. Aunque aun no lo ha logrado, todavía me despierto muchas noches con sudores fríos temiendo que semejante monstruo acabe conmigo. Y esto es solo un ejemplo. Tengo una compañera que no puede soportar ver en una película las rimbobantes puertas verdes y doradas de las salas del Tribunal Supremo donde nos examinábamos sin que le entren ganas de vomitar, y también hay quien ha desarrollado una fobia terrible a los cronómetros tras tantas horas de cantar temas amenazados por esos segundos traidores. Por no hablar de las manías que heredamos de aquellos tiempos, y con las que seguimos, en muchos casos inconscientemente, como la necesidad de escribir con un bolígrafo de punta fina con la que yo continúo guerreando, o la de tener un rotulador de determinado color o una regla para subrayar. Taras absurdas y aparentemente inofensivas que darían un buen tema a una tesis doctoral en psiquiatría.

Mientras estudiaba, alguien me dijo que todo iba bien mientras no cayera en la neura de los autobuses y las matrículas. Cuando me explicaron en qué consistía, me quedé consternada: ya era tarde para mí, al parecer. Consistía, ni más ni menos, en andar por la calle mirando los números de tales vehículos y comprobando que ese número de tema estaba bien anclado –o no- en mi cabeza. Horroroso. Y también estaban los dichosos consejos o trucos supuestamente infalibles con los que los temas se fijarían indeleblemente en nuestros cerebros, desde grabarlos y escucharlos en el coche, o por la calle, hasta ponérselos debajo de la almohada. Nada de nada, pero lo bien cierto es que, durante esos espantosos años, me he levantado innumerables veces de la cama sobresaltada porque algún artículo del Código Penal o Civil había huido de mi cabeza. Verdad verdadera.

Pero quizás la peor de las cuitas del opositor es lo que llamo el síndrome de la panadería, que le persigue durante todo el tiempo de estudio y aún después. No es ni más ni menos que esa frase aparentemente inocente que nuestra madre, o cualquier otro ser cercano, escucha en la cola del pan, y que nos trae a casa para amargarnos la existencia. “Fulanita dice que su vecino aprobó la oposición en seis meses”, “Menganita me ha contado que hay un preparador con el que nunca nadie ha suspendido” “Perenganito cuenta que no van a salir plazas en seis años” “Sotanito me ha dicho que si no tienes un buen enchufe te olvides, que la prima de su cuñada aprobó sin estudiar solo porque conocía a alguien muy importante”. Y, pan en ristre, espetan cualquiera de estas sentencias, u otras peores, y te dejan hundida en la miseria para horas. Y cuantas más horas desaprovechadas, menos temas aprendidos, ya se sabe. Pero es inevitable. Nadie se sustrae al síndrome de la panadería, que sigue y sigue incluso cuando ya se ha superado la oposición. Porque incluso en el momento de la elección -¿juez o fiscal?- parece pesar lo que puedan presumir tus padres en la panadería o en el súper. Y ahí, lamentablemente, perdemos los fiscales. Porque al público en general, le parece más importante y mucho mejor ser juez que fiscal. Faltaría más. Sospecho que más de uno y una hizo una elección incorrecta por esta razón u otra parecida.

Pero, bueno, si ha llegado ese momento, se supera el síndrome y mil que vinieran. Es un momento mágico, un momento en que crees que has vencido al mundo, el día D Y es un momento que deberíamos recordar con más frecuencia, siempre que el desasosiego, la desilusión o el desencanto nos vienen a visitar en nuestro trabajo. Aunque fuera solo por todos aquellos que, mereciéndoselo como el que más, se han quedado en el camino.

Hoy, más que nunca, creía oportuno contar todas estas cosas. Hay cosas que ponen en solfa la oposición y a quienes opositamos y arrojan la sombra de la duda sobre el proceso. Y después de todo lo que ha pasado tanta gente, de lo que siguen pasando y lo que está por venir, es terrible que la sombra de una injusticia nos salpique. Por eso, utilizo las tablas de este escenario para reivindicar la transparencia y que no haya ni sombra de opacidad. Déjennos que podamos confiar en el sistema. Seguro que no hace falta que diga más, porque a buen entendedor, ya se sabe.

Por todo ello, vaya desde aquí mi homenaje en forma de aplauso a todas las personas que tienen el coraje de seguir intentándolo. A quienes cada noticia de un posible cambio legislativo les oprime el estómago, a quienes se angustian mirando el número de los autobuses, a quienes están desarrollando fobias al cronómetro o alimentando una adicción eterna a los rotuladores fosforitos.

Yo me voy a buscar mi bolígrafo de punta fina no vaya a ser que si no lo encuentro, vuelva a por mi el ordenamiento jurídico esta noche. Que nunca se sabe.

 

 

 

Apocalipsis: puñetero fin del mundo


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Desde que el mundo es mundo, la especie humana anda preocupada con la cuestión de cuándo dejará de serlo. Desde la crisis del milenio, de la que se han hecho eco muchas películas, hasta el famoso efecto 2000, que al final quedó en nada, el pánico a la llegada de Los Cuatro Jinetes de la Apocalipsis nos invade. El día del fin del mundo, El día de la bestia y hasta esos reflexiones ficcionadas de lo que vendrá a continuación como la de El día después, Blade Runner o El planeta de los simios, por citar algunas. Ya sabemos, Winter is coming…

En nuestro teatro, sin embargo, el fin del mundo llega, sin faltar, dos veces por año. Cuando llega el verano y cuando acaba el año natural. Y, aunque ya nos planteamos en otro estreno cómo sería el juicio final , no se trata de eso. Qué va. Se trata de algo mucho más pedestre. Nuestros particulares fines del mundo puñeteros. Y tan puñeteros.

Me explicaré, aunque a buen seguro cualquiera que transite con alguna frecuencia por Toguilandia ya sabe de qué hablo. De pronto, a todo el mundo le entra el ataque y es como si los expedientes estuvieran en llamas, o llenos de chinches, y hubiera que soltarlos a toda costa. Y para ello, por supuesto, practicar lo que sea y como sea, pero no cuando sea sino ya. Para anteayer.

Cuando empiezan los turnos de vacaciones, llega el síndrome del fin del mundo. Y, de repente, se crean unas autopistas imaginarias que hacen que las causas necesiten viajar, como las personas. Lo importante es que no estén en tu mesa cuando te vayas. Y eso es una regla universal estés donde estés y tengas el papel que tengas en nuestro teatro.

En los juzgados, surge la necesidad irremediable de mandar las causas a fiscalía, que siempre hay algún informe que pedir, y los famosos carritos de supermercado empiezan a llenarse como si no hubiera un mañana. A la recíproca, en fiscalía también nos entra el come-come, y es el momento de dar salida a todas esas causas que estaban ahí, agazapadas, esperando su momento. Nos invade el deseo apremiante de ver nuestra mesa limpia, y descubrir, al menos una vez al año, de qué color es la madera de que está hecha, normalmente cubierta con expedientes. Una experiencia enriquecedora, no digo yo que no. Igual hasta encontramos algún Código que creíamos perdido e incluso, albricias, un taco de pósits nuevecito. Todo es ponerse.

Por supuesto, no somos los únicos que sufrimos ese síndrome. Letrados y letradas, y también procuradores, sienten como el peso de los plazos es más apremiante que nunca. Y, en esa parte de estrados, sé de buena tinta –no en vano soy hija de abogado- que los clientes que estaban Missing durante mucho tiempo resurgen como el Ave Fénix con la pretensión de que se solucione en un mes lo que parecía no importarle un pimiento durante mucho tiempo. He oído llantos y lamentos de abogadas amigas contando que ese cliente que ni siquiera cogía el teléfono ahora no puede vivir sin hablar con su letrada cada cinco minutos. “Tendremos que dejarlo solucionado antes de las vacaciones…”, como si en vez de irse a la playa se fueran a Marte a los mandos de la nave nodriza.

Y lo peor no es eso. Lo peor es lo que ese movimiento produce un efecto secundario terrible, el de la causa del último día. Y así, ese último día en que podía entrarnos papel, entra, y con ganas. Un asunto con la terrible pegatina  de “causa con preso”, que equivale a una bomba con  temporizador, y que, traducido al castellano, significa que tendrás que alargar ese último día porque eso tiene que salir, sí o sí. Además, como la ley de Murphy es lo que tiene, la dichosa causa suele ser de varios tomos. Que estamos que lo tiramos, oiga. Hasta juro que a veces me parece a oír al vendedor de fruta que cada año destroza las siestas estivales en cualquier lugar de veraneo que, en lugar de anunciar el melocotón de Murcia, dulce como el caramelo o los cuatro melones cinco leuros, gritan “cuatro tomos para informe y una causa con preso, que me las quitan de las manos”. Cosas de mi imaginación, supongo. O no.

Y nada, que no hay manera. Otro año jurándonos que el año que viene no nos pasa, que me organizo mejor, que lo tendré todo controlado. Pero el síndrome del fin del mundo puñetero  es lo que tiene. Que es inevitable.

Así que hoy el aplauso lo dedico a todas las víctimas del síndrome del fin del mundo. Que los plazos les sean leves. La playa, como el cielo, puede esperar.

 

Desacuerdos: voluntades divergentes


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Como todo el mundo sabe, cada cual es hijo de su padre y de su madre. Un dicho universal que, no por obvio deja de tener sus consecuencias. Cada quien tiene sus ideas, su posicionamientos y su manera de gestionarlo, más o menos flexible. Seguro que no es fácil tomar las decisiones correspondientes a la hora de decantarse por un intérprete en un casting, a la hora de escoger cuál de los guiones propuestos se va a convertir en película y hasta a la hora de ponerle título. Como, a la recíproca, tampoco es fácil para el eventual público decidir en cuál de todas las opciones de la cartelera gasta su tiempo y su dinero, sobre todo si se va con alguien y las preferencias no coinciden. Es necesario llegar a acuerdos, aunque  a veces ser Divergentes o Rebeldes sin causa -o con ella- también sea necesario. Y el cine está lleno de homenajes a estas personas que se escaparon de la norma por no estar de acuerdo con las injusticias, como Ghandi, Nelson Mandela y tantos otros y otras.

En nuestro teatro los acuerdos y desacuerdos son el pan nuestro de cada día. Tanto a un lado del escenario como a otro, las muestras y las consecuencias de la conjunción de voluntades o la falta de ellas tienen su fiel reflejo.

Sin ir más lejos, el Derecho Civil nos da continuas muestras del acuerdo de voluntades por antonomasia, el contrato, regido por algo tan importante como la autonomía de la voluntad. Y en esa parte tan delicada como es el Derecho de Familia  se hace más patente que nunca el dicho popular de que más vale un mal acuerdo que un buen juicio.

Del lado de los delincuentes, también el acuerdo juega un papel importante. Ya sabemos eso del plan preconcebido o aprovechamiento de idéntica ocasión que caracterizan el delito continuado, y las agravaciones, pasadas o presentes, de cuadrilla –siempre me encantó el término-, auxilio de gente armada o abuso de superioridad, que hacen más reprochable la acción cuando la cometen varias personas conjuntamente.

Pero, de ese lado del banquillo, donde más se ve la importancia del acuerdo es las formas de participación. Más allá del autor material, esto es, el que empuña la pistola o toma para sí lo que no es suyo, las otras personas que participan también tiene su responsabilidad, aunque su manos estén en apariencia limpias. Cooperadores necesarios, cómplices, inductores o encubridores tiene su cuota de culpa, y por tanto, de pena, según toque en cada caso. Y aquí no dejan de ser curiosas las cosas que pasan. Con tal de escaquearse, he visto a amigos desde la infancia negarse como el mismísimo San Pedro, sin necesidad de que cante el gallo, y no tres sino trescientas veces si hace falta. Recuerdo a un muchacho habitual de los juzgados que,  cuando iba a ser detenido por participación en un robo, se empeñaba en decirnos que él no conocía de nada al otro detenido. Comprobada su identidad y filiación, resulto que a quien decía no conocer de nada era nada más y nada menos que  su propio hermano. Lo mejor es que cuando le advertimos oportunamente de que conocíamos esa circunstancia, diciéndole que cómo no iba a conocer a su propio hermano, el muchacho se despacho con un “anda,¿ y solo por eso tenía que conocerlo?”. Claro que, él no contaba con la visita de la madre de ambos que, apostada a la puerta del juzgado de guardia -haciendo ídem-, preguntaba a todo el mundo si iban a soltar a sus chicos, con lo buenos que eran y lo unida que está la familia. Faltaría más. Le faltó decir eso de que la familia que delinque unida, permanece unida.

En el plano opuesto, allá donde las togas tienen puñetas, también hay desacuerdos. Algo que se ve especialmente en las salas de Audiencias y Tribunales, donde tiene que existir mayoría para tomar una decisión. Incluso cuando hay mayoría pero no unanimidad, quien disiente está en su derecho de hacerlo constar expresamente mediante un voto particular. Algo que ocurre en muchas ocasiones, pese a lo que se cree y lo que se ha dicho respecto de un controvertido voto particular en un reciente y mediático asunto.

También cuando quienes deciden no tienen toga ni puñetas, como ocurre en los juicios por jurado , es necesario estar un mínimo acuerdo en cada uno de los puntos controvertidos para llegar a una decisión. Tanto es así que si no existe se ha de disolver en jurado y volver a la casilla de salida.

Antes de llegar a ese momento, con o sin jurado, hay otra oportunidad de acuerdo, en la que participan Fiscal, partes  acusadoras, si las hay, y el acusado. Es la conocida conformidad , un instrumento muy útil por más que en ocasiones se vea como un mercadillo. Por eso aprovecho para repetir que esto no es una película americana, y no podemos hacer esos cambalaches que vemos en algunos filmes. En nuestro Derecho, cualquier oferta de rebaja de pena ha de estar dentro de los límites de la ley. Y tampoco pueden entrar en juego otras cosas, como pretendía un acusado, que decía que se conformaba si convencíamos a su churri de que volviera con él. Pero la churri debía tener muy claro que no quería ni verle porque al final no hubo conformidad.

Por último, no podía poner el The End a este estreno sin hacer referencia a lo que ocurre con los desacuerdos en Fiscalía. A pesar de que mucha gente insiste en vernos como soldaditos disciplinados y obedientes, las cosas no son así. Cuando un o una fiscal disiente con el criterio de su superior, las cosas no se limitan a un “señor , si señor” con taconazo incluido, sino que hay un mecanismo legal previsto en nuestro Estatuto para dirimir este desacuerdo. Se convoca Junta de fiscales y se exponen las posturas, debiendo asumir el parecer de la junta. Últimamente, hemos podido ver varios ejemplos en asuntos de sobra conocidos.

No obstante, siempre es deseable llegar a un acuerdo o, al menos, agotar las vías para intentarlo. Por eso, el aplauso de hoy es para quienes, con cintura y paciencia, ponen todo de su parte para alcanzarlos. Por más que cueste.

 

Cuatrianiversario: parece que fue ayer


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En el mundo del espectáculo gustan mucho de las celebraciones. Fiesta, Feliz navidad, La boda de mi mejor amigo y hasta Cumpleaños sangrientos se celebran, tanto dentro como fuera de las tablas. Cualquier excusa es buena para calzarse los tacones, ponerse unas lentejuelas y echarse unos bailes. Faltaría más.

En nuestro teatro, por supuesto, no íbamos a ser menos. Por eso hoy me coloco la boa de plumas sobre la toga, me subo a unos tacones con lentejuelas y me dispongo a celebrar el cuarto cumpletogas toguitaconado. Como debe de ser.

Ya es el cuarto año que comparto toga, tacones y escenario con quien me honra con sus visitas, ya más de 300.000, con sus  5500 seguidores en la fanpage de facebook   Y, tacita a tacita, ya van más de cuatrocientos estrenos, que hay que ver que cansina puedo llegar a ser, aunque, como dije, mi madre prefiera llamarlo tenacidad. Y este año, con premio extra, esa nominación a los premios 20 blogs que me hicieron tan feliz. Y que, por supuesto, me animan a seguir. Que me esperen al año próximo, que allá voy.

Ya conté en el primer y segundo cumpleaños toguitaconado cómo surgió la idea de este blog, así que no me voy a repetir. Como no voy a repetir el repaso de los temas tratados, a los que dediqué la fiesta del tercer aniversario. Porque el año ha dado ya mucho de sí en nuestra Toguilandia. Y merece la pena recordarlo.

Cuando celebramos el tercer aniversario, todavía seguíamos en aquello de La vida sigue igual y pensando que, por mucho que nos quejáramos, pocas cosas cambiarían. Pero como la realidad siempre supera a la ficción, mientras seguíamos peleando con la falta de medios y la falta de voluntad, nos llegó el Tornado de acontecimientos.

Primero fueron las movilizaciones, esa patada encima de la mesa por la que desde Togulandia dijimos que ya estaba bien, que había que hacer algo. En cumplimiento del plan preconcebido –como si de un delito continuado se tratara- o aprovechando idéntica ocasión, continuamos con la huelga , la segunda a la que nos lanzamos en la carrera fiscal y la tercera para los jueces, con un amplio seguimiento que dio cuenta de lo grave del caso. Prueba de ello es que la actual ministra de Justicia, por entonces fiscal y consejera, secundó los paros, como tantos y tantas compañeras. No se pueden conocer las cosas más de primera mano en el Ministerio.

Y a eso iba, precisamente. De pronto, cuando ya nos estábamos resignando a que el ministro de nuestras últimas desdichas iba a eternizarse, llegó el Terremoto. Una moción de censura sacudía la política española y, por supuesto, la Justicia no podía ser ajena a ello. Y, de pronto, una Ministra Fiscal, una Fiscal General del Estado Fiscal, y un secretario de estado de Justicia Fiscal también. Un hat-trik de nuestra carrera tan sin precedentes en nuestra historia que me perdonaréis que ponga chauvinista, pero mi fiscalita interior no me perdonaría que no lo hiciera. Un equipo que conoce bien la casa y en el que he depositado todas mis esperanzas, o al menos muchas de ellas. Espero ansiosa esa derogación del límite de instrucción tan reclamada, y un aumento de plazas en las convocatorias que ya se ha empezado a vislumbrar. Y también que revisen ese engendro llamado productividad y todos los absurdos  con que nos obligan a bregar. Pero tiempo al tiempo. Roma no se hizo en un día

También hemos dado pasos importantes en igualdad. Además de un gabinete más que paritario, con una ministra de Justicia entre sus filas, contamos con la segunda Fiscal General del Estado. Un paso importante. A ver si la carrera hermana toma nota, que ya le ganamos por 2/0, sin penalty ni prórrogas. Ojala este año no se repita la foto multicorbata a la que nos han acostumbrado cada apertura del año judicial.

Y no me olvido de otro de los hitos importantes de este pasado año, el 8 de marzo, el dia de la mujer este año fue especial. Una salida masiva a la calle reivindicando una igualdad tantas veces postergada, y una huelga feminista que algunas secundamos desde Toguilandia. Y me vine tan arriba que hasta mis queridas fallas las celebré desde los tacones con un cuento sobre igualdad y violencia de género.

Y, como de todo hay en botica, también ha sido el año en que nos hemos enfrentado, más que nunca, a la opinión de la calle. Hemos tenido que asumir que también cabe la crítica respecto a nuestro mundo, y que hay que bregar con el descontento y soportar los juicios paralelos  y tratar de sacar de ello, como de todo, su parte positiva. Aunque cueste.

Para acabar, no puedo dejar de nombrar un acontecimiento en mi vida toguitaconada. Las bodas de plata de mi promoción de fiscales, un evento inolvidable por lo que suponía y por cómo se desarrolló. Gracias de nuevo a quienes lo hicisteis posible. Y a por veinticinco años más.

Así que ahora os dejo, sin olvidar el aplauso para todos y todas mis lectores. Esto no tendría sentido sin vuestra presencia. Me retiro a soplar la tarta toguitaconada que me ha regalado, una vez más @madebycarol1 con su deliciosa ilustración. Gracias por aportar tanto a este blog con tus imágenes. Y ahora…a celebrarlo. Os espero para soplar las velas.

Gestión del tiempo: el secreto


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El tiempo es muy importante en nuestras vidas. Y en este mundo acelerado que vivimos, cada minuto vale un potosí. Cada día que se rueda una película en exteriores, por ejemplo, supone un coste adicional que los productores quizás no puedan permitirse, como no pueden permitirse irse de las fechas previstas de entrega de un  guión, de montar una película o de entregarla ya montada para llegar a tiempo al estreno. En el cine, como en la vida, Las horas valen su peso en otro y 24 horas pueden dar mucho de sí. De lo que hagamos o lo que dejemos de hacer puede depender que tengamos Un día inolvidable o Un día de furia. O hasta ambos.

Me han preguntado muchas veces cuál es mi secreto para gestionar el tiempo.  Hay mucha gente que se empeña en que tengo un pócima mágica para que los días den mucho de sí y me dé tiempo a hacer muchas cosas. Aunque confieso que ya me gustaría tener una varita mágica que estirara horas y minutos, porque juro que todavía me quedan más de una Asignatura pendiente en mi vida. Algún día tendré que aprender a hacer una paella –un baldón para una valenciana-, apuntarme a Corte y Confección o estudiar alguna otra carrera, como Periodismo, Criminología o hasta Medicina. Ganas no me faltan.

Pero,ya que estamos en confianza, confesaré uno de los secretos. Tengo el máster de madre grado avanzado. Mi rito iniciático en la maternidad coincidió con el ascenso forzoso del padre de mis hijas a una ciudad a bastantes kilómetros, y mi edad y mi bisoñez en la carrera hicieron que tuviera un lote de trabajo especialmente pesado. Nada original el que, al ser la última, te lleves lo que nadie quiere. Coincidió esa época con mi pertenencia al Consejo Fiscal, en un tiempo en que ni whatsapp, ni mensajes, ni móviles, ni vida cibernética sustituían a las reuniones presenciales, que se celebraban en Madrid cuando todavía no existía el AVE. Así que tenía que aprovechar cada segundo. Todavía me entra ansiedad de recordar cómo mecía la cuna de mi hija con una mano y leía un procedimiento para calificar con otra. Tenía tanta práctica que a base de vaivén las ruedas se hicieron cuadradas y tuve que cambiarlas, y desarrollé un bíceps en el brazo izquierdo capaz de emular al más aguerrido levantador de piedras. Y, además, desarrollé otro talento para el que ya apuntaba maneras desde chiquitita: el de dormir poco. Por supuesto, debe ser hereditario porque mi hija lo tenía muy desarrollado desde que nació, y no me quedó otra. Ni que decir tiene que si ahora lo de la conciliación en nuestra carrera estaba mal, entonces ni existía. Solo diré que el padre de las criaturas no tuvo ni 1 día por paternidad, ya que solo podían coger tres a cuenta de los permisos por asuntos propios ordinarios, o restarlos de vacaciones.

Pero mis hijas crecieron. Y yo, como la juventud se cura con la edad, me hice mayor y, por tanto, más veterana, y pude escoger un lote de trabajo mejor. Fue entonces cuando aprovechaba el tiempo de espera de las extraescolares para ir calificando que es gerundio. Ellas siguieron creciendo, y cada vez tenía más minutos, y luego horas, libres. Pero ya me había acostumbrado a exprimirlos y se me quedó la costumbre. Cualquiera que me conozca sabe que acostumbro a usar varios dispositivos móviles a la vez para diferentes cosas, o que mientras atiendo a alguien sigo tecleando, y juro que no dejo de escuchar lo que dice.

Además, como nuestro teatro, y especialmente las guardias, están llenos de tiempos muertos, mientras esperamos que llegue el letrado  o  el intérprete,  que se conecte el ordenador o el programa o que se alineen los planetas, pues hay que aprovecharlos también. Son ratitos que dan mucho de sí para miles de cosas, como escribir este mismo post,  sin ir más lejos

Tengo la suerte –o la desgracia- que las ideas se me amontonan en la cabeza y pugnan por salir, hasta el punto que a veces siento que mi cerebro emite un mensaje como el de los móviles “memoria llena, vacíe espacio”. Y más vale que lo haga, no vaya a ser que se me borre el disco duro y me toque resetear. O que me dé un patatús toguitaconado. Por eso tengo mi casa llega de libretitas y pósits, y cosa que se me ocurre, cosa que apunto. Si además luego fuera capaz de recordar dónde he dejado la nota en cuestión, sería perfecto. Pero no es el caso.

Porque ahí, precisamente, está la otra cara de la moneda. La cara B de fiscalita multitarea. Que no es otra que fiscalita multidespiste. Quienes me conocen pueden dar fe –sin necesidad de ser notarios ni LAJ  y aún siéndolo- que más de una vez me he visto en el brete de subirme en el tren un día antes del que debía ir a algún sitio, de confundir el mes y creer que tenía que ir a un acto el 8 de mayo en vez del 8 de junio y acabar encontrándome mas sola que la una o ir a una conferencia creyendo que se hablaba de un tema y era de otro y tener que improvisar como buenamente pude. Como dicen en Con faldas y a lo loco –en nuestro caso, Con togas y a lo loco-, nadie es perfecto. Y esta toguitaconada menos que nadie.

Así que podría decir que aquí está el secreto. Aunque en realidad, mentiría, o más bien diría una verdad a medias. Hay quien piensa que en realidad somos tres fiscalitas toguitaconadas en una y por eso podemos desplegarnos. Y yo, por supuesto, ni confirmo ni desmiento. Aunque la verdad verdadera, seamos una o tres, es que no hay más secreto que las ganas de hacer cosas. Y de eso voy bien servida, por suerte.

Por todo eso, mi aplauso va hoy para quienes estiran el tiempo hasta lo inimaginable cuando el fin vale la pena. Difícil, pero no imposible. Haced la prueba