
Por más transparente que se sea, todo el mundo se reserva una parte para sí. Porque es imposible no guardarse un hueco, aunque sea pequeño, para nuestro espacio íntimo. Incluso cuando decimos que algo se hace Sin reservas, como el título de la película, siempre existe alguna, y La reserva está ahí. Y no me refiero a la reserva espiritual de occidente, que era la propaganda del franquismo, ni a la banda de música experimental que lleva este mismo nombre, sino a otras muchas cosas.
En nuestro teatro, la reserva parecía ser el santo y seña de nuestras actuaciones durante mucho tiempo hasta que la nueva era de la sociedad de la información llegó. Y también con la arribada de los nuevos tiempos a partir de la Constitución, que supuso el punto de partida para la democratización de la justicia y, por supuesto, de la sociedad.
Hubo un momento, mucho menos lejano de lo que pudiéramos creer, en que la justicia y quienes trabajan en ella vivían en su torre de marfil, ajenos a lo divino y a lo humano y con aura de inatacabilidad que los hacia poco menos que intocables. Se decía que los jueces hablaban a través de sus sentencias que además redactaban en alambicados “considerandos” y “resultandos” que hacían que fueran casi indescifrables para los iniciados en la secta de los togados.
Por aquel entonces, bastaba con cerrar la puerta para que nadie se pudiera enterar de lo que pasaba en estrados, y de ahí lo de la “celebración a puerta cerrada” como figura para preservar la intimidad de las personas involucradas en determinados juicios. Y es lógico que así se llamara porque no podemos perder de vista que nuestra ley de enjuiciamiento criminal fue redactada en el siglo XIX, por más que la hayamos parcheado y recauchutado más veces de lo que su estructura podía admitir.
Por supuesto, de ninguna manera podía imaginar nuestro legislador de 1881 que legaría un día en que todo el mundo tendría un chisme en el bolsillo con el que podría comunicar en segundos con cualquier punto del planeta e infinitas personas simultáneamente. Ni el mismísimo Julio Verne en su momento más inspirado podía pensar en algo así. Recordemos que apenas cuatro años antes se había adquirido el primer teléfono en España por la Escuela de ingenieros de Barcelona y que no fue hasta varios años después en que empezaron a existir teléfonos en algunos lugares, un armatoste de lujo que no estaba al alcance de casi nadie. De hecho, hace nada se conmemoraban 140 años de la primera llamada.
Pero como las ciencias avanzan que es una barbaridad, como decía Don Hilarión e La verbena de la Paloma, ya hace varios años que el panorama nada tiene que ver. Cualquiera puede entrar en una sala de vistas y, con permiso o sin él, grabar lo que allí ocurre. Ni que decir tiene que lo de la celebración a puerta cerrada suena hoy día, cuanto menos, un poco naif.
No obstante, no echemos la culpa de todo a los móviles . Los juicios paralelos comenzaron a existir mucho antes de que estos se extendieran, y todo el mundo recuerda espectáculos dantescos con algunos asuntos de especial interés mediático-morboso. El punto culminante de aquel despropósito fue el terrible asunto de Las niñas de Alcácer, cuyos bulos y ruido mediático han llegado hasta nuestros días en variadas y rocambolescas teoría conspiranoicas, pese a que han pasado más de 30 años.
Lo que ocurre es que ahora no es preciso salir en televisión para lanzar todo tipo de bulos y destripar y deformar los procesos judiciales hasta el absurdo. Basta con contar con una grabación, unas notas o un audio para extenderlo por tierra, mar y aire, con todo el daño que puede suponer
Frente a ello hay quien se alza enarbolando la bandera del secreto de sumario. Pero, como sabemos, no todos los sumarios son secretos. El secreto se debe declarar expresamente, y solo puede durar un tiempo determinado, transcurrido el cual, si se prorroga, hay que dar cuenta periódicamente. Pero alzar un secreto no significa echar las campanas al viento y que cualquiera pueda saberlo todo porque las cosas no son así. Fundamentalmente, porque los sumarios, y la instrucción de cualquier procedimiento, aunque no sea declarado formalmente secreto, está sujeta al principio de reserva frente a la publicidad característica del juicio oral.
Así, hay que aclarar que la instrucción es siempre reservada, aunque no sea formalmente secreta. Y esto es más que lógico, pues, tratándose de una investigación, poco se podría investigar s vamos cotando a los cuatro vientos todo lo que va descubriendo y el siguiente paso a seguir.
La cuestión que me hace hablar conmigo misma con más frecuencia de la que quisiera, es la normalización de reventar esa reserva y que todos los medios de comunicación y, por ende, todo el mundo, lo sepa todo de cualquier instrucción a poco mediática que resulte. Por un lado, están las filtraciones que solemos ver, y si no recordemos las grabaciones de interrogatorios en instrucción que cualquiera puede seguir encontrando a un clic del teclado.
Pero, por otro lado, ocurre algo que todavía me pasma más. Y es esa normalización de “pasar el sumario a la prensa”. En los últimos tiempos oímos como se sabe que tal día se facilitarán las actuaciones a los medios como si eso fuera lo normal. Y no lo es. No, al menos, con el sistema procesal por el que nos regimos.
A partir de ahí, se abre la veda. Los programas extraordinarios, las tertulias y las aportaciones de expertos de verdad y de pseudo expertos y juristas de la señorita Pepis están servidas. Y en muchos casos el daño que se causa, aunque luego haya una absolución o un archivo, es irreparable. El “injuria, que algo queda” versión toguitaconada.
Y no es que yo abogue por el cerrojazo informativo, pero sí por la racionalización que haga que la información sea fruto de la transparencia y no de la bulocracia. Ya sé que pido mucho, pero ahí lo dejo. Como dejo mi aplauso para quien lo consiga.








