Naturalidad: el difícil equilibrio


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Desde siempre, no recomiendan comportarnos con naturalidad. Eso es fácil si a una no la conoce nadie más allá de amigos y conocidos y residentes en su ciudad, como decían en el Un, Dos, Tres, Responda otra vez de mi infancia. Pero cuando se alcanza cierto grado de fama, de notoriedad o de conocimiento público, del tipo que sea, la cosa se pone más difícil.

Ello es especialmente patente en el mundo del espectáculo y sus aledaños, donde basta con salir unos minutos en televisión para que la gente te pare por la calle, quiera hacerse un selfie o, sencillamente, te mire raro. Y no es cosa sencilla aguantar el tirón, por más que lluevan los consejos, unos bienintencionados y otros no tanto. Pero encontrarse de la noche a la mañana con miles de fans, de followers o de admiradores debe ser algo alucinante -o espeluznante, como diría Iker Jiménez-. Imaginemos por un momento cómo se debe sentir un adolescente como Justin Bieber que pasa de los vídeos colgados en youtube a la fama mundial, histeria colectiva incluida. Pero, como nos han dicho siempre, lo difícil en muchos casos no es llegar, sino mantenerse. Y la naturalidad es la clave. Tratar de que esa fama, o lo que sea, no haga cambiar a la persona ni a su vida, al menos, no más de lo imprescindible. Y quizás ahí esté el problema: dónde empieza y acaba eso de “lo imprescindible” y dónde empieza y acaba Lo imposible.

En nuestro teatro, dada la materia, no somos de grandes estrellas ni fans enloquecidos. Aunque también hay su puntito de togas mediáticas, que ya tuvieron su estreno. Pero en su justa medida, también hay que encajar los cambios y la profesión con una naturalidad que a veces hay que conseguir haciendo más equilibrios que un funambulista.

En primer lugar, está lo que yo llamo el Síndrome de la Panadería. Aplicable a cualquiera de nuestros protagonistas, pero especialmente a quienes entramos en el mundo toguitaconado por oposición, por el brusco cambio que supone pasar de la nada absoluta al todo en un nanosegundo. En nuestro particular Apolo XII después de muchos “Houston, tenemos un problema”. Con una palabra –o una cifra- colgada en un tablón –aquí no hay digitalización que valga- se pasa de considerarse el ser con menos derechos del mundo a ser un ser humano normal. ¿Exagero? Tal vez. Pero pensemos qué supone pasar de no tener derecho al descanso, ni a vacaciones, ni a un salario, ni libertad de expresión –cualquiera se atreve a quejarse- a ingresar de repente en el mundo de las personas con un trabajo y vida propia, a poder costearse las lentejas, tumbarse en un sofá sin sentirse culpable y no medir los años como el tiempo que media entre una convocatoria y otra, ni las semanas como los días que hay entre una visita al preparador y la siguiente. Si me apuran, un cambio más grande que el de Justin Bieber.

Pero eso solo es el principio. Porque a partir de ahí una es otra persona para muchos. Le miran de otro modo, le llaman señoría, y los bancos corren a hacerle ofertas porque una nómina fija es una panal de rica miel donde acuden las moscas como en la fábula de Samaniego. Y es difícil. Precisamente es ahí donde entra el síndrome en cuestión. Una es alguien cuando su madre ya puede presumir en la panadería de hija –y bien que hace, vaya, que también ha sufrido lo suyo-. A propósito de esa “rivalidad” entre carreras hermanas, la de juez y de fiscal, recuerdo que el tema de la panadería era casi un mito. Siempre ha parecido que viste más tener un hijo o hija juez que fiscal, que parece que eso de juez viste mucho y manda más que el fiscal. Aunque poco a poco tratemos de cambiar las conceptos. Pero eso, que para las madres está muy bien, sobre todo en ese primer momento, no puede cegarnos. No se puede andar por ahí presumiendo de juez, de fiscal, de laj, de abogado o de lo que se sea, sin que venga a cuento. Ni para conseguir un trato distinto ni simplemente para impresionar. La toga se quita cuando se sale del juzgado. Aunque a veces sea inevitable que quede enganchada en el cerebro.

Y, en el otro extremo, tenemos el exceso de celo y miramiento por ocultar una profesión que en nada debe avergonzarnos. Lo que yo llamo la prueba del taxi. Cuando una se sube en un taxi y el taxista, por darle conversación, le pregunta por su profesión, hay quien se esconde tras un neutro “soy funcionario”. Y tampoco es eso. Deberíamos asumir que somos jueces, fiscales, abogados o lo que sea con la misma naturalidad que diríamos que se es tornero fresador o cajera del súper, que nada hay que esconder. De lo contrario, podemos caer en lo contrario a lo pretendido: el solo hecho de ocultarlo puede parecer que nos consideramos tan especiales que no podemos ni contarlo. Y qué narices, ni somos el Agente 007 ni Anacleto agente secreto. Aunque no sé en qué términos toguitaconados podríamos decir esos de “Bond, James Bond” . Se admiten sugerencias.

Para completar el círculo, tenemos la leyenda del Economato, la opción entre permanecer en el anonimato o darse a conocer con la verdadera identidad en redes sociales, cuyo nombre le he tomado prestado de @AngryJuez –de nuevo, gracias-, que en su bio de twitter tiene ese frase antológica de Gomaespuma “prefiero permanecer en el economato”. Una opción como otra cualquiera, aunque la mía vaya más por dar la cara abiertamente. Cualquiera que sea la elección, lo que hay que tener claro en todo momento es que en las redes ni se ponen sentencias ni se hacen escritos de acusación o defensa. Y que todos volamos en igualdad de condiciones. Lo que, además, es muy sano y, en mi opinión, positivo. Está muy bien que la sociedad nos vea como gente normal y no como unos señores vestidos de negro encerrados en su fortaleza inexpugnable. Pero para gustos, hay colores. Negro incluido.

Así que hoy el aplauso va para quienes, sean lo que sean y lleguen a donde lleguen, consiguen mantener ese difícil equilibrio entre la presencia y la sobreexposición innecesaria. Un ejercicio digno de El mayor espectáculo del mundo.

Y añado una ovación extra, a @MartaSocana por prestarme su encantadora imagen de avatar.

NOTA TOGUITACONADA: estas reflexiones -o lo que sean- nacen de la invitación a la mesa redonda dedicada a Justicia y Sociedad en un curso para jueces, especialmente en su primer destino, organizado por Jueces para la Democracia. Gracias también a ellos por contar conmigo.

Dinero: poderoso caballero


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Desde que el mundo es mundo, el llamado vil metal mueve montañas. Muchas, en el caso del mundo del espectáculo. A cualquiera nos vienen a la cabeza las cifras de infarto que pueden llegar a cobrar actores archifamosos o cantantes que se han convertido en ídolos de masas. Cantidades por actuación, concierto o película que ni somos capaces de escribir so pena del mareo que nos produzca la sucesión de ceros. Aunque eso sólo es la punta del iceberg. Al lado de esos grandes millonarios, existen miles de artistas que se conforman con conseguir vivir de ello, muchos de ellos sin lograrlo. Quién no ha oído esa frase tan típica de actrices que pretenden abrirse paso: “eres actriz, ¿y dónde trabajas de camarera?”, como la protagonista de la recién estrenada Ciudad de las Estrellas. Así que cuando sale cualquier cosa no les queda otra que aquello de Toma el dinero y corre…Y luego habrá quien se extraña de haya quien sea capaz de todo Por un millón de dólares. Como la protagonista de Una proposición indecente, luchando entre ceder a la proposición y olvidar la conciencia, o hacer caso a la conciencia y olvidar el tan necesario dinero.

También el dinero es parte importante en nuestro teatro. Protagonista absoluto, en algunas de sus funciones. Porque, por más que la parte más visible del derecho penal de toda la vida sea ésa que yo llamo “de sangre, vísceras y sexo”, cada vez son más los delitos relacionados con el dinero. Y, por supuesto, los delincuentes capaces de hacer Todo por la pasta. Delincuencia generalmente de guante blanco, de la que no se mancha de sangre nunca, o solo cuando sea absolutamente indispensable. Los llamados delitos económicos y todos aquellos que se relacionan con esa práctica repugnante llamada corrupción y que consiste en quitarnos el dinero a todos.

No son nada fáciles estos delito –a mi me resultan francamente difíciles-. Al lado de las estafas de toda la vida, como la de Lina Morgan en La tonta del bote, ha surgido todo un catálogo de delincuencia de alto standing para la que muchas veces no estamos preparados. Y no porque no tengamos ganas, ni formación, sino porque, como siempre, no tenemos medios. Ni materiales ni personales. Hablamos de ingeniería financiera, de tramas corruptas, y de todo tipo de entramados destinados a ganar dinero sucio, a los cuales nos enfrentamos desde la Justicia como David a Goliat, con nuestro tirachinas. Y no solo me refiero a jueces, a fiscales y al personal de los juzgados. También a esos abogados de oficio a los que les cae en suerte un asunto de este calado a precio de saldo. Y ahora, encima con la espada de Damocles de los famosos seis meses de instrucción, por más prorrogables que sean. Tanto que a veces, en vez de informar una causa como compleja, entran ganas de declararla acomplejada.

Y también habrá quien diga que exagero. Pero a modo de ejemplo diré que muchas veces no somos capaces de leer los informes de organismos como la Agencia Tributaria porque no tenemos equipo informático compatible con los soportes en los que los envían. Y otro tanto ocurre con las búsquedas en casos de pornografia infantil u otos delitos relacionados con las tecnologías. De hecho, cuando algunos les regalaron un pen driver como prueba de ingreso en la modernidad, aún daban saltos de alegría.

Pero todavía hemos estado peor. Por eso lo de los saltos de alegría. Recuerdo una época no muy lejana en que no teníamos acceso a Internet desde el despacho. Nadie. Incluídos los fiscales de delitos tecnológicos que no podían tener acceso al cuerpo del delito. O sí, desde sus casas, pagado de su bolsillo y teniendo que descargarlo en su propio equipo. Y luego, pasa lo que pasa.

Aunque, como he dicho otras veces, no solo de Derecho Penal vive el jurista. Ni, desde luego, de asuntos en que se ventilan millones. La mayoría de las demandas en España son por lo que algunos privilegiados considerarían calderilla y para los afectados supone media vida. Reclamaciones de cantidad por servicios realizados y no cobrados, reparaciones de daños de accidentes de coche, entrega de cosas defectuosas, indemnizaciones que no llegan, mercancías que no se pagan o alquileres que no se cobran. Miles de pequeñas cosas que pueden poner contra las cuerdas a una familia y a las que no siempre se da la importancia que para el justiciable tiene. El derecho de las pequeñas cosas, que no por pequeñas requieren menor esfuerzo.

Pero en ocasiones no es hasta que no hay pronunciamientos que vienen de muy arriba cuando somos conscientes de su importancia. O mejor dicho, cuando le da importancia quien debiera habérsela dado. Como ocurrió en su día –y sigue- con las preferentes o sucede ahora con las cláusulas suelo. Cuánto esfuerzo hecho en cosas que quizás pudieron haberse evitado. Aún recuerdo con tristeza la muerte por infarto de una mujer en la misma puerta del juzgado donde se iba a ventilar su asunto de preferentes. Se fue al otro mundo sin saber que la Justicia le iba a dar la razón. Magro consuelo.

Por eso hoy mi aplauso va repartido a partes iguales. Para todos los que con su profesionalidad hacen grande ese derecho de las pequeñas cosas, y por el justiciable, que es quien lo vive en sus carnes. Por ese gran Derecho de las pequeñas cosas y quienes lo hacen posible.

 

Envidia: la semilla del mal


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Hemos dedicado muchos estrenos a los buenos sentimientos. Y hasta a los no tan buenos, pero recomendables, como la paciencia o la tranquilidad, que en dosis pequeñas son sanos pero en grandes dosis pueden llevar a la abulia. Pero no todo es de color de rosa, ni mucho menos. Ni en el teatro ni fuera de él. Y en el mundo del espectáculo se ve especialmente, en ocasiones, ese monstruo verde llamado envidia que todo lo envenena. Matar por un papel, como las coristas que ponían la zancadilla a la vedette principal con tal de sustituirla. O como aquella chalada de Atracción fatal, dispuesta a todo con tal de arrebatar a la otra el hombre que quería para sí.

¿ Quién no ha padecido alguna vez de envidia, aunque sea de esa que llaman sana? ¿Quién no podría haber dicho en alguna ocasión que Un monstruo viene a verme?. Un poco de envidia puede ser hasta buena, algo así como una hermana pequeña de la admiración. Pero un mucho se enraíza y emponzoña como si fuera el propio Demien, sembrando La semilla del diablo.

En nuestro teatro también tenemos nuestras envidias. Pequeñas y grandes, sanas y no tan sanas. Y tanto entre sus intérpretes como entre las funciones a las que asistimos.

En su momento, ese filón llamado Juicios de faltas, escenario habitual de peleas de vecinos que ríanse ustedes de los de Aquí No hay quien viva y La que se avecina juntos, daba para más de una historia, aunque no seamos mayoristas ni limpiemos pescado. Peleas intestinas por un toldo o un cerramiento, en el que se acababa viendo la envidia por no tener el toldo o el cerramiento en cuestión, terrazas a las que iban a parar los desperdicios más asquerosos, con tal de fastidiar al que gozaba del privilegio de usarla, y hasta críticas inmisericordes al presidente, al más puro estilo del Señor y la Señora Cuesta. Recuerdo que en una ocasión llegué a oír a una mujer implicada en una apasionante juicio porque tiraba la lejía sobre la colada de la vecina, que acabó confesando que no soportaba que ella tuviera tendida una ropa interior tan bonita y llena de encajes. La verdad es que, a veces, sigo añorando los juicios de faltas porque sus herederos, los levitos, no me han proporcionado aún los ratos impagables que me dieron aquéllos.

Pero hay otros momentos mucho menos simpáticos. Hay delitos graves donde subyace la envidia y esos hermanos peligrosos, los celos. En los delitos de violencia de género, sin ir más lejos, muchos de los episodios más dramáticos comienzan porque él ha descubierto, o creído descubrir, una infidelidad. Ver una conversación de whatsapp con otro, o algún cruce de miradas, son a veces la espita que desata la tragedia. Y una vez desencadenada, es casi imposible de parar. Por no hablar de ese terrible “la maté porque era mía”, tan desgraciadamente frecuente en cuanto el interfecto conoce que la que fue su esposa tiene ahora otra pareja. Y ojo, cosa curiosa, aunque él haya también logrado rehacer su vida.

Con esto no quiero decir, por supuesto, que sólo los hombres sean celosos, o envidiosos. Ese mal es suficientemnte fuerte para envenenar a cualquiera, y sus consecuencias son siempre imprevisibles, desde la noche de los tiempos. No olvidemos a Caín y Abel.

Pero la envidia también florece a veces entre los intérpretes habituales de nuestro teatro. Aunque en muchos casos no sea así, y exista un compañerismo  que da gloria verlo, en otros ese monstruo verde se instala en cuanto entra en juego un puesto o un cargo más o menos jugoso. Y diríase que a veces podrían verse volar los puñales, y oir su sibilante sonido rondando las espaldas. El mito, o no tan mito, de Julio César que se repite una y otra vez. ¿Tú también, Bruto?

Pero en ocasiones, no es necesario que lo que entre en liza sea un carguito más o menos atractivo. Recuerdo que una compañera, caracterizada por su buen humor y sonrisa permanente, acaba siempre quejándose de que, en cuanto había un cambio de reparto de trabajo, alguien más antiguo le arrebataba su lote, a pesar de que nunca antes le había interesado. La explicación no era otra que, a la vista de su sonrisa y su permanente buen humor, siempre había alguien que pensaba que se debía a que su cuota era un chollo, y no a que fuera capaz de conjugar buen humor y efectividad. Lo que una buena amiga llama una persona “potencialmente odiable”. Por supuesto, como quiera que el tiempo pone a cada uno en su lugar, al final se acababa descubriendo que el chollo no era tal y que, si había un verdadero chollo, era la forma de afrontar las cosas de la propia compañera. No sé qué habrá sido de ella, pero seguro que sigue teniendo la misma sonrisa perenne pintada en la cara. O al menos, eso me gustaría creer.

En realidad, compadezco a quien padece de envidia. Debe de ser muy triste andar pensando en lo que tienen los demás en vez de disfrutar de lo propio. Aunque sea un boli bic y cuatro pósit. Seguro que hay alguien que solo tiene un lápiz sin mina y ha de pelearse por los pósit. Cosa nada infrecuente en nuestro toguitaconado mundo, donde un rotulador fosforito puede ser un  bien precioso y preciado.

Así que hoy el aplauso es para quienes, como mi compañera de la sonrisa perenne, siguen adelante sin  que le importe lo que puedan pensar los demás. O, aún importándole, no dejan que afecte a su trabajo. Ni, por supuesto, a su vida.

Y hoy añado un aplaudo extra. El que le debo a mi hija Lucía, autora de la ilustración del post. Mil gracias

Antihéroes: reacción


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Cuando hace apenas unos días enviábamos nuestra propia carta toguitconada a los Reyes Magos  le pedía una serie de cualidades destinadas a aguantar estoicamente todas las injusticias contra las que bregamos para hacer justicia. Paciencia, templanza, horas, un estómago forrado de amianto y nervios de acero, entre otras, para echarnos a la mochila los inconvenientes y seguir adelante. Cómo ser jurista y no morir en el intento, vaya. Algo así como una mezcla entre Superman o Superwoman y Santa Teresa de Jesús. O de cualquiera de los héroes y heroínas de los que está poblado el mundo del cine.

Pero hete tu aquí que encontré un comentario a ese estreno que me encantó, y, solicitado el oportuno permiso, que no hay que bromear con los derechos de autor, decidí toguitaconizarlo oportunamente y dedicarle un estreno. Gracias Silvia Fasan por la idea.

Se trataba de antihéroes. Como aquel de la serie de mi infancia que andaba siempre pasándolas canutas porque nunca le llegaron las instrucciones del traje de superhéroe. Algo parecido a lo que pasa con nuestras togas, que por más que sean capas de superhéroe  no vienen ni con libro de instrucciones, ni bola de cristal, ni varita mágica ni nada de nada. Y a improvisar tocan. Así que vamos a darle la vuelta a la tortilla.

Aunque necesitemos paciencia, para aguantar sin medios y sin plazas, tengamos también frente a eso audacia y osadía, y que no quede solo en resignación. Atrevámonos a gritar bien alto lo que ocurre, lo que falta y las pocas ganas que parecen haber en poner fin a esta situación. Que nuestra paciencia solo sea la tirita que tape la herida, pero que no dejemos de reclamar al cirujano que la cure.

En cuanto a esa templanza que pedíamos para  sobrellevar situaciones terribles, que sirva para templar los nervios y estar acertada a la hora de reclamar las soluciones, y no una manera de conformarnos con todo lo que tengan a bien echarnos encima.

Por lo que atañe a ese estómago forrado de amianto para sobrevivir a tantas situaciones injustas para las víctimas, que sea útil para no venirnos abajo ni caer en el desánimo mientras exigimos sus derechos sin desfallecer. Porque si quienes tenemos que hacerlo no estamos e condiciones, no podremos cumplir nuestra Misión.

Y esas 30 ó 40 horas que suplicábamos, que solo sean un parche para seguir adelante, para coseguir que las 24 con que vienen los días de serie sean suficientes para vivir, con toga y tacones y sin ellos, no vaya a ser que la sensatez y la cordura se queden en el camino. No caigamos en ser Yo, Robot sino Yo, Persona, con nuestros días y nuestras noches de ocio y de negocio.

Y que tampoco pase nada si los nervios de acero, de vez en cuando, se vuelven de gelatina. Así que los cambio por nervios de mercurio, como esas bolitas con las que jugaba de pequeña al romperse un termómetro, y que se adaptaban y volvían a ser líquido o sólido, según las circunstancias y el recipiente,  hasta que se derramaban.

Así que, queridos Reyes Magos, admítanme este recurso de aclaración que presento en tiempo y forma. Con su documento adjunto, que espero que no supere las megas que admite su sistema MagoNet, seguro que mucho mejor que el Lexnet de nuestros desvelos. Con un Otrosi que dice que eso de la sabiduría mejor lo dejan como estaba, que bien cierto es  que el saber no ocupa lugar.

Por todo lo anterior , a los Reyes Magos suplico que, teniendo por admitido este recurso en tiempo y forma, le den el trámite procedente, y concedan los deseos según lo formulado en el cuerpo de este escrito.

Y, como no podía ser de otra manera, el aplauso es a medias. Para todos los antihéroes que se pelean a diario con ese traje sin instruccciones, para que nunca dejen esa pelea. Y para Silvia, por servir de inspiración para este estreno. Gracias

Y uno extra para mi compañera Rocío, que me prestó a su fiscalita como imagen

 

Promesas: esperando


Broken Promises

Ha empezado un nuevo año. Y con él, como siempre, se ha abierto la veda de nuevos propósitos para empezarlo. O más bien de viejos propósitos reciclados, porque todo eso de dejar de fumar, apuntarse –o mejor dicho, ir- al gimnasio, hacer régimen, aprender idiomas y demás, no son más que un remake de cada año que empieza. En el teatro y en la vida. Como ocurre con otras cosas más intangibles, como tomarse las cosas con más calma, aprender a decir que no y cosas parecidas. Algo que nos prometemos todos los inicios de año y que al final quedan como Promesas Incumplidas.

A buen seguro que el teatro tiene su propio elenco de buenos propósitos, propios y ajenos. Propósitos que se mezclan y confunden con deseos, pero que acaban siendo el augurio de estrenar la mejor obra del mundo o tener el papel de su vida. Y, de parte de quienes deben hacerlo, esa promesa tantas veces aplazada de fomentar la cultura y el arte. Que siempre quedan en agua de borrajas, o casi. Es lo que hay. La cultura no se cuida siempre como se debiera.

Pero, como sabemos bien en nuestro escenario, no es la cultura la única que padece esas promesas que nunca se cumplen. En nuestro teatro tenemos en eso un máster. ¿Dónde quedaron las promesas dadas una vez y otra de creación de plazas, de dotación de medios para la Justicia? En Nada, como el título de aquella vieja película que recreaba la novela del mismo nombre. Aunque no A cambio de nada, que el precio a pagar es evidente. En nuestro esfuerzo y en la desazón del ciudadano, que se queda Esperando a Godot en versión jurídica

En esos momentos me acuerdo especialmente de los opositores. Siempre esperando que este año será el bueno, que por fin empezarán a hacer convocatorias de verdad y no de la Señorita Pepis. Que habrá un número de plazas suficiente para no imaginarse entrando con el cuchillo en los dientes para conseguir aprobar, como si fueran Rambo y no sintieran las piernas Pero otra vez va a ser que no. Que si quieres arroz, Catalina. Para jueces y fiscales, otra vez lo mismo. Y en la misma proporción, por cierto, qué no sé cómo prevén dar la instrucción a los fiscales y siguen convocando más plazas de jueces que de fiscales, aun cuando el ministro llegara a decir “que no descartaba” reconvertirlos. Aunque vaya a saber usted qué quería decir con eso. Me falta la piedra Ministreta para traducir esos jeroglíficos. Y, aunque no lo he comprobado personalmente, seguro que en las demás oposiciones pasa lo mismo. La vida sigue igual.

Pero es que a veces vivimos Vidas Paralelas. Por un lado, la realidad que nos cuentan. Por otro, la que sufrimos a diario. Solo así se entienden todas esas rimbombantes afirmaciones sobre expediente digital, papel 0, modernización y demás gaitas, y seguimos teniendo más papel que nunca. Con sus tomos, sus grapas y hasta sus cuerdas flojas, como está mandado. Y hasta con sus papelitos rosas que acreditan que ha llegado la notificación o no. Que estamos que lo tiramos, oiga. Eso sí, mientras, en una galaxia muy lejana, nos venden que el ciudadano podrá comprobar el estado de su procedimiento por Internet. Imagino al ciudadano en cuestión alborozado por saber que su juicio no se celebrará hasta dentro de un año o dos, con suerte, porque los juzgados siguen exactamente igual de atascados. Un gran avance eso de ahorrarse llamar a su abogado, que le podría haber dado esa información –en el caso de que se la hayan proporcionado, claro- Ahora solo falta que habiliten un número de teléfono para mandar sms nominando juzgados para ver a quién expulsan o salvan de la casa del Gran Hermano Judicial. Acabáramos. Su asunto está muy retrrasado pero nosotros se lo contamos. Por si acaso le quedaba alguna esperanza.

Y luego están las grandes promesas. Una de ellas, la de acabar con las tasas judiciales. Que por más que dijeron, ahí siguen para Pymes y ONG,s y, visto lo visto, dan ganas de decir eso de “Virgencita, que me quede como estoy”. Que con la excusa de que se pierde dinero, esta vez va a ser que tampoco las quitan. Una argumentación digna de alguien con de Una Mente Maravillosa. Y ahí seguimos, compuestos y con tasas.

Y hay más. Eso de que instruyamos los fiscales, que no voy a entrar en el fondo, pero tal cómo parece que quieren hacerlo, nuevamente imploro a la virgencita del inmovilismo. Aun cuando yo esté en teoría a favor de la instrucción del fiscal, como se hace en la mayoría de países, alguien me explica cómo, sin cambiar leyes ni medios. Aunque yo no sea Einstein –soy muy de letras- si tenemos diez huevos y los cambiamos de cesta ¿no seguirán siendo diez huevos? ¿podremos hacer por eso más tortillas?. Aunque, como soy de letras, igual me equivoco.

Así que hoy no hay aplauso. Me lo guardo para cuando cumplan en condiciones algo de lo que han prometido. Que ya es hora

Reyes 0.0: a ver así…


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De nuevo llega la noche de Reyes. Esa noche mágica para los niños y los no tan niños, que se aprovecha para pedir una lista de buenos deseos, de cosa materiales, o de lo típico, como la canción: salud, dinero y amor. Ahí es nada.

A los pobres Reyes Magos no les dedican demasiado protagonismo en el mundo del espectáculo, colonizado por la influencia anglosajona que hace competencia desleal con el Papá Noel que ellos llaman Santa Claus, y que dónde va a parar. Si es pura matemática: tres mejor que uno, como las ofertas del súper. Pero es lo que hay. Alguna película de animación, como Los Reyes Magos –título original donde las haya- o alguna otra como La noche de Reyes –más originalidad- y pare usted de contar. O alguna referencia en otras, como sucede en La vida de Brian, o en Jesús de Nazaret, que ví muchas veces en mi infancia de colegio de monjas, y de la que aún recuerdo a Fernando Rey haciendo de rey mago, imagino que porque me hizo gracia la coincidencia con el apellido. Estaba convencida que le habían elegido por eso, ya ves. Cosas de niñas.

Tal vez por eso, los Reyes se enfadan y no siempre nos traen todo lo que pedimos, que no somos conscientes del trabajazo que les damos. Pero yo no cejo, que la tenacidad ya me la trajeron de pequeña, y voy a insistir con la carta a los Reyes desde el escenario de Con Mi toga y Mis Tacones.

Como aún estoy esperando lo que le pedimos en otras ocasiones , se me ocurre que quizás confundimos a los pobres magos. Porque, claro, tanto pedirle possits, bolífrafos, grapadoras y folios cuando leen que ha llegado el Papel 0 , pudieron pensar que nuestras peticiones habían prescrito. O caducado, más correcto en Derecho. Así que hoy voy a aclarárselo.

Queridos Reyes Magos. Han de saber que lo del expediente digital y el papel 0 es a día de hoy una milonga y seguimos necesitando todos esos adminículos de papelería que llevamos pidiendo tanto tiempo. Por no hablar de impresoras, con su correspondiente tóner, ordenadores que no funciones a pedales y programas que funcionen de verdad, y no solo en lo que cuenta algún mandamás inspirado. Hágannos caso a quienes nos mojamos las rodillas y nos tenemos que remangar la toga.

Pero por si acaso no me creen, ahí van unas cuantas peticiones de las seguro tienen stock. De las de toda la vida.

Tráigannos paciencia para aguantar sin medios y sin plazas las avalanchas de papel –del de verdad-, y para soportar sin perder los nervios las promesas incumplidas cada vez que alguien va a contar a la prensa lo bien que va todo.

Tráigannos templanza para mantener el tipo, sin soltar la carcajada, cada vez que nos vemos ante alguna de esas anécdotas  que ya han protagonizado más de un estreno. Para mantener el gesto y la seriedad de las circunstancias si alguien monta en cólera porque cree que le llamaron “insolente” cuando se trataba de “insolvente” o si protestó enfervorizado porque él no era el “actor”, que se dedicaba a la fontanería. O cuando echan la bronca a su propia Letrada porque el juez la llamó “impertinente” cuando lo impertinente era su pregunta. Y tantas otras cosas.

Tráigannos un estómago forrado de amianto para asimilar la situación injusta de tantas víctimas, que a veces dan ganas de llevárselas a casa de pura impotencia. La vida a veces se empecina en hacerlo pasar tan mal a muchas personas…

Tráigannos unos nervios de acero para mantener la calma ante determinados delincuentes, cuyos hechos deleznables pueden llegar a hacer tambalearse los principios generales del derecho. Y, buena memoria, para recordar siempre que somos juristas, y que el estado de derecho está ahí para algo, aunque cosas como la violencia de género, la pornografía infantil o las violaciones nos revuelvan las entrañas.

Tráigannos cordura y sensatez para tomar las decisiones adecuadas para el justiciable, y una dosis extra de sabiduría para lograr hacérselo comprender.

Y tráigannos también unas retribuciones dignas, adecuadas y cobradas a tiempo, que reclamar una guardia o los emolumentos del turno de oficio no se convierta en una hazaña digna de Furia de Titanes.

Y, si aún les queda algo en las alforjas de sus camellos, no olviden dejarnos, para el caso de que todo lo demás no llegue, horas de más para que cada día alcance las 30 o 40, que a falta de pan buenas son tortas cuando no queda otra que suplir con esfuerzo la falta de medios.

Y, ya puestos, no se olviden de traernos una sonrisa, que eso siempre ayuda.

Así que hoy coloco mis tacones en la chimenea imaginaria de nuestro escenario, y pido un fuerte aplauso para esos Reyes Magos. A ver si recibiéndolo por anticipado tienen la energía suficiente para dejarnos todos esos regalos.

Feliz noche de Reyes.

 

#cuentosdeNavidad


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Hoy en Con Mi Toga Y Mis Tacones nos vestimos de Navidad para contar una pequeño cuento. Porque en Toguilandia también es Navidad…

Ahí va el nuestro, uno de tantos #cuentosdeNavidad
Un árbol sin estrella
Siempre había odiado los árboles de Navidad. Desde aquella noche lejana de su infancia en que el árbol dichoso se quedó sin encender. Ese día se acabó la Navidad para siempre. Sus padres fueron en busca de unos ardonos y nunca volvieron. Su madre le dijo que iban a buscar la estrella más brillante para coronar el árbol y, de pronto, le dijeron que las estrellas más brillantes ahora eran ellos. En lo alto del cielo, incapaces de venir a encender aquel maldito árbol que nunca jamás volvería a encenderse.
Su vida cambió por completo. Los abuelos se hicieron cargo, pero ya nada sería igual. Sus padres se esfumaron de su vida como el polvo de estrellas. Y nunca se habló más del tema ni se volvió a celebrar una maldita Navidad.
Pero el tiempo le puso en una encrucijada, que más tarde o más temprano había de llegar. Su hija sacudía sus coletas furiosa porque no ponían árbol de Navidad. Ella quería un abeto brillante lleno de espumillón y luces de colores, como sus compañeros de clase. Quería cantar villancicos y comer turrón como hacía todo el mundo. Y no se conformaba con los regalos que, para taparle la boca, venían haciéndole por estas fechas. Ya se habían acabado las excusas, y también se había acabado la vida de su bisabuela, que se marchó despacito en la mañana de la Nochebuena anterior, incapaz de soportar una vez y otra aquellas fechas que le horadaban el alma. Y su querido esposo no tardó en hacerle compañía, y apenas dos meses después su cuerpo abandonó este mundo, aunque su alma lo había hecho mucho antes.
La niña le explicó muy seria que ya tenía demasiadas estrellas en el cielo, y que ella quería tenerlas también en un árbol de Navidad. No hubo manera de convencerla, por más que recurrieran al chantaje emocional del recuerdo de quienes se habían ido, y al chantaje económico de un rutilante teléfono móvil de última generación. No quería nada. Solo quería celebrar la Navidad.
Y ahí estaba, en medio de un centro comercial, tratando de elegir un odioso árbol de Navidad, mientras su pareja intentaba compensar su mal humor con arrumacos a la niña. No quedaba otra solución. Consensuaron algo más discreto de lo que ella quería y a todas luces más llamativo de lo que hubiera querido, y se llevaron su nueva adquisición a casa.
Adornarlo fue una verdadera tortura, pero aguantó el tipo. Poco a poco, la cara iluminada de la niña iba despejando los nubarrones del alma. Casi sin darse cuenta, desfrunció el entrecejo con el que la había venido obsequiando, y al cabo del rato, ya faltaba poco para esbozar una sonrisa.
Pero fue un espejismo. De pronto, la cara de su madre volvió a aparecérsele, protestando porque se había empeñado en tener una bonita estrella, hasta que la convenció y marchó en su busca. Le cayeron las lágrimas otra vez más. Nunca se perdonaría aquel gesto caprichoso que acabó con la vida de sus padres para siempre. Nunca. Le dolía demasiado el recuerdo.
Mientras Angela leía en voz alta este cuento en su escuela, ganadora del primer premio de historias de Navidad de su ciudad, su padre permanecía en su butaca anegado en lágrimas. Su hija había sacado a la luz su propia historia, la historia de su vida. Le dió el abrazo más fuerte del mundo y fueron juntos a casa. Tenían algo por hacer.
Cuando llegaron, depositó junto al árbol incompleto una vieja caja de cartón, y se la entregó a Angela. Era su regalo de Navidad, un regalo que debió haberle hecho hacía mucho tiempo.
La niña lo abrió ceremoniosamente, consciente por alguna razón de la importancia de aquel regalo. En la caja, una vieja estrella de Navidad, algo oxidada y con las puntas maltrechas. La rescataron aquel aciago día de Nochebuena, entre el amasijo de hierros en que quedó convertido el coche de sus padres tras chocar con un conductor borracho que se dió a la fuga. Desde entonces languidecía en su caja esperando que alguien le diera el uso para el que fue hecha.
Angela cogió de la mano a su padre y, tras ponerle con un beso la estrella en su mano, le pidió que la usara para coronar su árbol incompleto. Y, tal vez fuera su imaginación, pero juraría que dos estrellas titilaron en el cielo.
Desde entonces nunca volvió a faltar en aquella casa la Navidad. Ni un árbol coronado por un estrella oxidada y de puntas maltrechas que ellos veían como la más hermosa del mundo.

Colaborar: entre el deber y el querer


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Ya hemos dedicado en otros estrenos de nuestro escenario un espacio a la solidaridad. Pero quizás sea siempre menos del que merece, más aún en los tiempos que corren. Nunca son suficientes las funciones benéficas, las aportaciones solidarias con trabajo o con dinero. Todo vale, y en estas fechas más que nunca, aunque debíeramos ser solidarios los 365 días del año. Pero no pidamos peras al olmo, y aprovechemos el momento. Y a ver si la Blanca Navidad nos hace recordar Que bello es vivir.

Y hoy la causa solidaria que traigo tiene mucho que ver con nuestro escenario, con sus personajes, y con esta humilde toguitaconada.

En otro de los estrenos hablé de Soledad Cazorla, la que fue la primera Fiscal de Sala de Violencia sobre la Mujer, y a la que seguimos echando de menos. Aunque, como todas las personas grandes, ni la muerte pudo con ella, ya que su espíritu sigue viviendo en el trabajo de todas las personas que tratamos de luchar cada día contra esta pandemia que es la Violencia de género. Y, no contenta con ello, como El Cid, sigue ganando batallas después de haber dejado este mundo. Y eso es lo que hoy vengo a contar.

La fundación Soledad Cazorla financia becas para los huérfanos y huérfanas de la violencia de género, esas criaturas que, además de con su dolor y su impotencia, tienen que seguir bregando con la vida y con las necesidades que conlleva. Que no son pocas, por cierto.

Desde la Fundación nos proponen un pequeño esfuerzo. Colaborar con la compra de un décimo de lotería para el sorteo de El Niño. Se trata de décimos amadrinados por personajes conocidos y por esta toguitaconada, que aunque nada tiene de cellebrity, a tenaz no le gana nadie. Y debe ser por eso.

Pero, con madrina o sin ella, se trata de colaborar para que esas criaturas no lo tengan todavía más difícil. Unas víctimas que no siempre son tan visibles como debieran y que no lo tienen nada fácil. Así que, aunque sea una gota en el oceáno, hoy me coloco mi toga y mis tacones para ponerme en modo pedigüeño. Y, por supuesto, os pido que colaboréis, si os es posible, comprando un décimo. O medio, o un cuarto, que también se puede buscar alguien con quien compartirlo, que ya nos decían en el cole eso de “compartir es vivir”. Y, si habéis tenido la suerte de pillar un pellizquito en la lotería de Navidad, esas devoluciones que no llevan muy lejos, pues es una buena idea para reivertir. Como sugirió rápidamente una querida amiga respecto de una lotería que compartimos.

La verdad es que podría deciros que compréis el número que amadrino, en un ejercicio de umbralismo de los que hago de vez en cuando. Pero no lo haré. Dadle al número que más os guste o al que más manía le tengais, al que coincida con el día del cumpleaños, de la boda o del pregón de vuestro pueblo. Pero colaborad, que no cuesta tanto y vale mucho.

Eso sí, sé que hago trampa. Porque tiene su aquel que diga que le deis a cualquier número y os plante en las narices una preciosa ilustración de @madebycarol, que siempre está presta a poner sus lápices y su talento a  mis locuras, y más aún cuando su causa es un motivo tan hermoso como éste. Si no me hacéis caso a mí, pués hacédselo a la preciosa muñequita que ella ha pintado ex profeso. Y, tal vez sea trampa, pero a veces el fin justifica los medios. Así que, venga, a rascarse el bolsillo.

Por todo esto, evidentemente, el aplauso no podía dedicárselo a otra persona que no fuera Soledad, que continúa luchando desde donde quiera que esté, y a quienes en su nombre se encargan de que su memoria permanezca viva. Pero añadiré un aplauso extra. El que desde Con Mi Toga y Mis tacones dedicamos a quien se anime a colaborar con esta noble causa. Y esta vez espero no dejar de aplaudir hasta que me sangren las palmas de las manos. E incluso después.

Adjunto el enlace para adquirir esta lotería solidaria. Mil gracias

http://www.playloterias.com/Web_2_0/la-loteria-de-la-madrina

Villancicos: zambombas togadas


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Otro año más llega la Navidad. El calendario sigue su curso inexorable y ya nos hemos plantado otra vez con los turrones, las comilonas, el cava y el maratón de regalos. Y es que la Navidad es lo que tiene, nos guste o no nos guste, todos caemos en sus fauces revestidas de espumillón con la banda sonora de los villancicos de fondo.

Por supuesto, en el mundo del espectáculo la Navidad es un verdadero filón. Almibaradas películas que hablan del espíritu de la Navidad, como la saga de Vuelve Papa Noel, o encantadoras e imprescindibles cintas como Love Actually o Que bello es vivir, pasando por la Gran Familia, con Chencho perdido en el mercado navideño. Y también comedias, más o menos ácidas o agriduclces, como Cuento de Navidad en sus múltiples versiones o El Grinch, en otras tantas. Pero hoy me voy a quedar con mi preferida para representar la Navidad, el Cascanueces, otra imprescindible, más aun para quien todavía añora sus tutús y sus puntas.

Pero no solo de música clásica vive el hombre, y los villancicos, machaca que machaca, son la verdadera banda sonora de la Navidad. Cada vez por cierto más anglosajonizados, que ya pocos se acuerdan del anuncio de la abuela dando la matraca con la botella de anís del Mono. Y tenía su aquel.

Por eso, como en Toguilandia no nos privamos de nada, desde Con Mi Toga y mis Tacones también queremos confeccionar nuestro propio mix de villancicos. Así que a agarrar la zambomba y la pandereta.

Pocas cosas nos identifican más que eso de “Hacia Belén va una burra”, si uno piensa en cómo se trasladan nuestros expedientes. Es cierto que ya no van en burra, pero sí en esos ingenios de la técnica moderna que son los carritos de súper, las sillas giratorias convertidas en transportines o los carritos-camarera. Pero claro, no podíamos esperar otra cosa de un procedimiento que se rige, eso sí, por normas de la época en que, efectivamente se iba en burra.

¿Y qué vamos a decir de “Noche de Paz”? ¿Acaso no es el leit motiv de todas las jornadas en que tenemos guardia?. Nada más deseado que una noche de paz total, en que nadie venga a visitar el juzgado porque no haga falta, y ni una sola llamada perturbe nuestros sueños –o mejor, nuestro duermevela-

Lo de “Navidad, Navidad, dulce navidad” ya es otra historia. Porque mucha cena fraternal, mucha comida y mucho espíritu navideño, pero todo el mundo parece desear que toque ese décimo que compartimos para no volver jamás. De hecho, una buena amiga nos había citado en Tonga si tal cosa pasaba. Y eso de que “un trineo deje oír la voz del cascabel” también tiene su cosa, que muchas voces se oyen por estos lares, pero poco tienen de dulces ni de cascabeleras. A ver qué dice una cuando el ordenador se cuelga, por ejemplo. Que da tiempo a zamparse un kilo de polvorones hasta que se vuelva a conectar.

Aunque lo de “Campana sobre campana” sí tiene algo de real. Seguro que cualquiera ha sufrido esas interrupciones tan oportunas en mitad de la guardia, de una declaración o de una vista, consistentes en el sonido de un móvil con el más variado motivo. Que sí, puede ser navideño, pero también el “Dame veneno que quiero morir” con el que me amenizaron un juicio por asesinato, o cualquier ritmo de reggaeton, salsa o lo que quiera que le guste al usuario. Por no hablar de ésos que tienen de tono de llamada un “Que te estan llamaaaaaaando” y hasta un “Cuñaoooooo, coge el móvil”. Poesía pura, vaya. Por más que en la mayoría de los juzgados haya un cartelito que diga que desconecten el móvil, tan invisible como la modernización de la justicia, al parecer.

Y hablando de ello, ¿Qué es lo que decimos cuando alguien nos habla de la digitalización de la justicia y el advenimiento de los medios necesarios? Pues que espere, que la están peinando. Justamente como la Virgen, entre cortina y cortina, mientras beben “los peces en el río”

Pero que nadie se alarme. Aunque panderetas y chinchines nos torpedeen la meninge, siempre nos queda eso de “ya vienen los Reyes”, y podemos pedirle estanterías, pósits, grapas, bolis y hasta un sistema informático que funcione y muchas plazas de jueces, fiscales, lajs y funcionarios. Por pedir que no quede, ya cargarán ellos con la responsabilidad. Y siempre tienen a la vieja con el aguinaldo para que les eche una mano, aunque no sé yo si estará para mucho después de darle con la cucharilla a la botella de anís del Mono.

Así que voy a ver si busco al Tamborilero y le digo que me acompañe por el camino que lleva a toguilandia. Y si se quiere apuntar algún pastorcillo o pastorcilla, pues bienevenidos sean. Y esta vez, en vez de aplauso, un redoble de tambores para quienes siguen trabajando porque la Justicia funciones pese a todo. Feliz Navidad

 

Intendencia: brillar por su no ausencia


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Hemos dedicado muchos estrenos a casi todos los personajes del teatro. Principales y secundarios, visibles e invisibles, tangibles o intangibles, han ido desfilando con cada subida y bajada del telón. Pero en este escenario quedaba todavía una deuda. La del personal de intendencia y mantenimiento. Quienes limpian cada día o arreglan los desperfectos cuando surge la ocasión. Quienes cuidan que el teatro no se caiga a pedazos y conserve el lustre que merece.

Tanto las empleadas domésticas –porque casi siempre son mujeres- como los encargados de mantenimiento –porque casi siempre son hombres- han dado mucho juego al mundo del espectáculo. Desde Arriba y Abajo hasta Criadas y Señoras, pasando por la typical spanish Las que tienen que servir, con ese grito de “el señoriiito” saliendo de la voz atiplada de Gracita Morales que ha pasado a la historia. O, entrando en el universo masculino, el mayordomo de Lo que queda del día, el chófer que andaba Paseando a Miss Daisy o los chapuzas por excelencia, Pepe Gotera y Otilio y los protagonistas de Manos a la obra. Sin olvidar a las deliciosas escobas bailarinas de Fantasía, por supuesto.

En nuestro teatro, también existen las empleadas de limpieza y los encargados de mantenimiento. Y remarco el artículo femenino y masculino porque solo una excepción he visto en estos más de veinte años de toga y tacones. Y también remarco el hecho de que existan porque a veces parecen más transparentes que El hombre invisible. Sin darnos cuenta, a veces pasamos por el lado de las limpiadoras sin siquiera verlas, como si la bata de limpieza, y el carrito con el cubo y la fregona obraran el prodigio de hacerlas invisibles. Y son tan importantes como el que más.

Por lo que atañe a las empleadas de limpieza confieso que me gusta cruzarme con una de ellas en especial, que siempre tiene una sonrisa y un comentario amable. Sea la hora que sea y lleve el tiempo que lleve fregando los suelos que otros pisamos. Pero hay otras cosas que he aprendido a apreciar, como el tuneo de carritos. Alguna de las que frecuentan la Ciudad de la Justicia tiene más pongos que mi propia mesa de ordenador. Y más cuquis, aunque me cueste reconocerlo. Y, aunque es cierto que muchas veces no coincidimos en nuestro horario laboral, cuesta muy poco intercambiar una palabra amable y una sonrisa. Un ejercicio altamente recomendable, con ellas y con cualquiera. Que hay cada sieso por ahí que no mueve las comisuras de la boca ni con pinzas. Ellos se lo pierden.

En cuanto a los empleados de mantenimiento, esos que igual ponen un cuadro que un arreglan un enchufe, resultan más visibles. Particularmente porque los llamamos cuando los necesitamos con urgencia. Aunque a veces también paguen el mal humor por una tardanza que no es a ellos achacable, sino a la escasez de medios. La eterna canción. Todavía recuerdo la cara que le pusimos a uno que venía a ofrecernos el cuadro del nuevo rey, recién abdicado el anterior. Es cierto que él no tenía culpa alguna, pero que trajeran de inmediato el retrato cuando había una par de ventanas que llevaban un año sujetas con cinta aislante, desató el mal humor de más de uno y de una. Justificado, pero equivocado de destinatario. Y el pobre puso los pies en polvorosa lo más rápido que pudo. Por si las moscas.

Pero si hay una anécdota de estos personajes de nuestro teatro que recuerdo especialmente, es una que tuvo lugar en un partido judicial de mi primer destino. Días antes, había tenido lugar una visita del entonces Director General de Justicia, recién nombrado, en la que ofreció a los jueces y juezas del partido todo tipo de colaboración, proporcionándoles su número personal para que le telefonearan ante cualquier necesidad. Craso error. No había pasado ni una semana cuando las lluvias furiosas con que nos obsequia la climatología de mi Comunidad causaron tremendas inundaciones en la sede judicial, con el consiguiente peligro de pérdida de expedientes por naufragio, así que una juez, ni corta ni perezosa, telefoneó al número que les había dado el Director General, que prometió enviar un “equipo de salvamento”. Apenas media hora hacía que esperábamos, en medio de nuestra particular Aventura del Poseidón toguitaconada,  cuando apareció el equipo prometido. Y resultó no ser otra cosa que la misma empleada de limpieza que venía todos los días, eso sí, con un turbante recogiéndose el pelo, los pantalones remangados, un cubo algo más grande que el habitual y un par de toallas. Cuando nos dijo que ella era el “equipo de salvamento” que mandaba la Consejería, no supimos si reir o llorar. Aunque tampoco tuvimos demasiado tiempo para decidirlo, afanados entre achicar agua y colocar los expedientes en los estantes más altos para que se salvaran de la inundación.

Y es que, si algo permanece in illo tempore en nuestra Justicia no son leyes ni Códigos, sino la carencia de medios.

Así que hoy el aplauso va dedicado a quienes, sin tener un minuto de protagonismo en el escenario, se dedican entre bambalinas a que esté siempre todo lo limpio y arreglado que los medios permiten. Con sonrisa incluida.