#FiscalesON: cosas que oímos


 

20190218_210036Ya sabemos que lo que ocurre en juzgados y tribunales es muy atractivo para el mundo del cine y del teatro. Series y películas tienen un verdadero filón con ello. Pero, pese a ello o tal vez por su causa, ya que nuestra cultura audiovisual es fundamentalmente anglosajona, la mayoría de gente conoce a los y las fiscales solo de oídas. Y nos imagina paseando de uno a otro lado de la sala como en Vencedores y vencidos, Presunto inocente, Testigo de cargo, Algunos hombres buenos, El jurado o en series como La fiscal Chase, Juzgado de guardia o Turno de oficio, solo por citar algún ejemplo. Aunque tampoco es infrecuente que se nos ignore olímpicamente.

Estas cosas, las que cuenta la prensa, y alguna más salida directamente de la imaginación, hacen que se tenga una visión distorsionada de la realidad de Toguilandia y en particular, de Fiscalilandia. Ya dedicamos un estreno a la ficción  y, aunque también hubo otro -uno de los primeros de nuestro escenario- dedicado a fiscales, hoy he decidido dar un paso más, y agarrarme del hilo que inició en twitter una compañera sobre esas frases que tenemos que escuchar más de una vez.

Las fuentes, como en el Derecho, son variadas, pero vienen principalmente desde dos manantiales: la gente ajena a Toguilandia y los profesionales, con todos los subapartados que se quiera.

Entre las frases a que hacía referencia mi compañera hay varias muy comunes, basadas en el desconocimiento la mayoría de las veces. Hay quien pregunta directamente qué es lo que hace un fiscal, y hay quien da un paso más, y creyéndose en la posesión de la verdad jurídica absoluta por haber visto Perry Mason, La ley de los Angeles, la fiscal Chase o Canción triste de Hill Street -según sus aficiones y su año de nacimiento- te suelta  eso de “claro, el fiscal es el que siempre acusa” o, más de colegueo, que eres la mala de los juicios, algo que en su día le dio más de un disgusto a mi madre que, después de verme quemarme las pestañas durante tanto tiempo tenía que vérselas en la panadería con las vecinas que le decían que tanto estudiar para ser la mala de la película.

Por otra parte, el lenguaje no ayuda, y es más que común que la gente piense que nos dedicamos a los impuestos y, si te pillan desprevenida, te pregunten sobre el IVA o te pidan que les hagas la declaración de la renta.

También hay gente que piensa que eso de ser fiscal te convierte en una enciclopedia ambulante de saberes jurídicos. ¿Me recurres esta multa? ¿Tengo que pagar la reforma del ascensor si vivo en el primero y subo andando? ¿He de seguir pagando la pensión si mi hija me ha dicho que mamá tiene novio? O una de mis preferidas ¿se puede desheredar a los hijos como Angela Channing en Falcon Crest?. Ante esto, no queda otra que decir simple y llanamente que no o echar balones fuera, que no siempre es fácil. Contaba un compañero que las veces que visitaba su pueblo natal -una aldea muy pequeña- los vecinos le esperaban haciendo cola para preguntarle sobre todo lo preguntable. Y a ver quien es el guapo que defrauda a un público tan entregado, y más si estaba al lado su madre sacando pecho orgullosa de lo listo que le había salido el zagal.

Confieso que otras veces las preguntas nos hacen enfadar, y hay que contar hasta tres para no lanzar un exabrupto. Eso me ocurrió a mí cuando una amiga, con la mejor de las intenciones, me dijo cuando aprobé: “no te preocupes, ya ascenderás a juez”. O,como contaba mi compañera “¿y no quieres ser juez?”. Y por más que se empeñe una en recitar esa parte de la lay orgánica que dice que jueces y fiscales somos iguales en cargos, honores y tratamientos -a lo que yo suelo añadir que también en sueldo, que se entiende mejor- no es raro que se te queden mirando con cara de poca convicción, como diciendo “pobrecilla, se consuela con cualquier cosa”

No nos conocen. Hasta el punto de que en juicios el justiciable no sabe como dirigirse a nosotros, y te sueltan un “señoría, perdón, fiscal” o directamente te llaman señorita, majestad o cualquier otra cosa. En una ocasión, en una entrega de medallas, el speaker, que tenía que anunciar las de un juez y una fiscal, dijo “miembros de poder judicial y del poder fiscal”. Y yo me sentí más poderosa que nunca, por supuesto.

Fuera de la sala la cosa no pinta mejor, y es habitual que alguien te suelte eso de que no pareces fiscal, no tienes pinta de fiscal o, mejor aún, que “eres muy normal”, como si ser fiscal implicara ser extraterrestre. Y oye,llevaremos toga, pero ni somos verdes ni tenemos antenitas.

Pero no todo viene de fuera de Toguilandia. En nuestro propio escenario también oímos cosas curiosas, por decirlo de algún modo. Cuando llegué junto con dos compañeras a mi primer destino, alguien espetó, medio en broma medio en serio, que habían pedido fiscales, no niñas. Por no hablar de las relaciones con la carrera hermana, sobre todo si hay un juicio largo de por medio : venga, aprecia una eximente/atenuante/menor entidad, que son 7 tomos y 15 testigos citados… Pero, al final de la corrida, se aprecia cuando se tiene que apreciar, y eso lo sabemos y aplicamos tanto jueces como fiscales.

Y es que las conformidades dan mucho de sí. Frases como “Qué me ofreces”, “anda, bájame la pena en grado”, “bájame la cuota diaria de multa a 2 euros, que tus compañeros lo hacen” o “tus compañeros me piden menos” son muy frecuentes. A veces pienso que algunos Letrados hacen la pregunta trampa, poniéndonos de cebo al compañero o compañera cuyo nombre no facilitan pero que, según él, seguro que la bajaría. Un compi me dice que más de una vez ha respondido que eso no era el Corte Inglés ni estaban de rebajas, y otra que, simplemente, ha tenido mala suerte porque “le he tocado yo”. Aunque hay quien es todavía más directo y te dice eso de “¿no me va a retirar la acusación?”. Y ojo, que no se me tome como una crítica, que respeto mucho que hagan todo lo que puedan por sus clientes, que algunos son para darles de comer aparte, como el que en una vista de conformidad, tras una paciente conversación con su letrado, le deja a los pies de los caballos diciendo “yo no he sido, pero me conformo si me da la suspensión”.

Eso sí, los investigados o ya acusados no son tan finos con la fiscalía, que por algo debemos ser su enemigo natural. Un compañero oyó como uno se refería a él diciendo “¿el niñato h d p me ha pedido prisión?” y yo oí en la puerta como se referían en similares términos a mi persona los familiares del ya preso preventivo. A veces, se les escapa un “pero, muchacha” o directamente como “eh, rubia”.

Pero sin duda entre mis respuestas favoritas está la de un letrado que, a la habitual pregunta del auxilio judicial sobre “si quieren hablar con el fiscal” dijo: sí, pero de esto , no. También es buena la de “por favor, háblame de tú”, cuando una lleva media hora hablando de usted, y es que lo del tratamiento siempre tiene su aquel.

Por último, acabaré con un clásico, oído de cualquiera a quien no le guste una decisión nuestra. Claro, como obedecéis órdenes del Gobierno. A lo que yo suelo responder que esperen un momento, que me llama el presidente para decirme que ropa he de ponerme. Y qué tacones ,por descontado.

En cuanto al aplauso, es obvio. Hoy va dedicado a la inspiradora de este estreno y a todos los compis que han aportado en él. Mil gracias otra vez.

Y un aviso extra. Prometo volver con frases que les dicen a jueces/abogados/LAJs/funcionarios/abogados/procuradores… y a quien quiera contármelas. Espero ansiosa vuestras aportaciones.

 

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Sastrería: maestros de la costura


 

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Como todo el mundo sabe, un buen vestuario es esencial en cualquier espectáculo que se precie. La falta de cuidado en él puede dar al traste con la mejor de las películas, por buenos que sean guión e intérpretes. Hay veces que es el propio vestuario, y quienes lo confeccionan,  quienes asumen el protagonismo de las obras, como ocurre en El tiempo entre costuras, Pret a porter o El diablo viste de Prada. En otros casos, es la vida de los propios modistas y modistos las que dan lugar a interesantes biopics, como ha ocurrido con Coco Chanel, Versace o Yves Saint Lorent.

  En nuestro teatro estamos lejos de ser fashion victims, que la toga –o el batín negro, como le llaman algunos- da muy poco juego, la verdad, por más que la acompañe de mis imprescindibles tacones. Aunque su uso ha dado lugar a más de una anécdota jugosa. Jamás olvidaré a un letrado de hechuras considerables que no tuvo más remedio que verse embutido, literalmente, en una toga varias tallas pequeña porque era la única que quedaba en el toguero de su Colegio respectivo. Confieso que pasé todo el juicio sin poder evitar mirar a aquellas mangas que le quedaban tan apretadas en el codo que no le pasaban y parecían de farol, y lo difícil que le era mover los brazos dentro de aquello. Y creo que él tampoco lo olvidará, por la cara de apuro que ponía. También me he visto en el caso contrario, el de tener que usar la toga de un compañero con talla de jugador de baloncesto, y notar que flotaba a mis pies como si de una cola de novia –o de faralaes- se tratara.

Pero, aparte de nuestra toga, con sus puñetas  y todo, y nuestro vestuario, al que ya le dedicamos sus correspondientes estrenos, hoy me proponía abordar otra cosa, y hacer de este estreno nuestro particular Maestros de la costura. Así que cojamos hilo, aguja, dedal y tijeras, y vamos allá.

No puedo obviar, en primer término, la casi única referencia a la costura de nuestras leyes. La que hace la ley de enjuiciamiento criminal cuando habla de los autos cosidos con cuerda floja. Reconozco que, aunque tiene bastante de anacrónico, me encanta ver todavía esos sumarios que tienen sus piezas unidas con un cordelito rojo. Algo impensable en plena era digital que, sin embrago, existe, aunque cada vez menos. Ni punto de comparación con las grapas, fasteners y demás que, además de bastante más feos, se desarman a la mínima, dejándonos los sumarios hechos unos zorros.

Así que empecemos, cómo no, por los patrones, que ya se sabe que sin un buen patrón es difícil que siente bien ninguna prenda. Esta función la cumplen en Toguilandia, sin duda alguna, las leyes procesales, que establecen las medidas, las piezas y el diseño sobre el que luego se ejecutaran esos vestidos que son los pleitos. Y aquí es donde nos empiezan a fallar las cosas, porque aun estamos con el papel Manila y el jaboncillo. Ni rastro de posibilidades digitales ni de adelantos, sobre todo en lo que a materia criminal se refiere. Así que nos exigen usar el método manual de la alta costura pero obtener unos resultados propios del pret a porter más low cost. Cuando hay situaciones nuevas, que la vieja ley de 1882 no preveía ni podía prever, no tenemos patrones a los que ajustarnos, y no queda otra que inventar nuevos desde la nada. Y claro, pasa lo que pasa. Porque, en términos de costura, la ley de enjuiciamiento es como una vieja colcha de pachtwork tan parcheada que ya le revientan todas las costuras. O como tratar de acoplarle un traje de cristianar a una niña para su primera Comunión.

Apañado el tema de los patrones, tendremos que saber qué telas usamos. Nuestros tejidos son variados aunque algo limitados. Vendrían determinados por las leyes sustantivas, y especialmente los Códigos de cada materia. Algunos, como el Código Civil, viejos pero sólidos y resistentes, a prueba del paso del tiempo, como un buen algodón. Otras, tan sutiles como una seda que, con el paso del tiempo, se aja y pierde su belleza si no se cuida bien –y aún cuidándola-, como ocurre con los Códigos penales, tan sensibles y cambiantes con el paso de los años y las veleidades políticas. Por otro lado, tenemos nuestro tejido grueso y bien armado, la Constitución,  una lona resistente pero difícil de modificar por lo dura que resulta para trabajar. Y, cómo no, también unas cuantas leyes low cost, hechas a la moda del momento y que luego se cambian o devienen inservibles. Es sí, se echa de menos algún tejido elástico, una lycra judicial que diera una mayor flexibilidad a alguna que otra ley.

Por su parte, contamos con el material propio de nuestro particular taller de costura. Algunos, como las tijeras y las gomas –tan utilizadas para unir los tomos de los expedientes o las carpetillas de fiscalía- son los mismos, y con parecida utilidad. Otros, con sus peculiaridades, como esos dedalitos de goma que utilizan algunas personas para pasar las páginas de los expedientes. Nuestra máquina de coser sería más bien el ordenador con el que trabajamos, si lo tiene a bien, y que más de una vez se parecen más a las máquinas de pedal de nuestras abuelas que a las modernas máquinas multifunción, que igual hacen una vainica doble que un ojal para abrigo. Por eso, más de una vez, tenemos que bordar a mano –con nuestro boli bic- en vez de hacerlo a máquina. Cosas de Toguilandia.

Nuestros clientes son, sin duda alguna, los justiciables. Ese que necesita un traje a medida de su asunto y del lugar que ocupe en él. Y el encargo es, desde luego, el pleito de que se trate, que tanto pude ser un traje de alta costura o simplemente un dobladillo. Pero, sea lo que sea, habrá que ejecutarlo bien, porque tan malo es que el traje de alta costura no te quede bien o sea grande o pequeño, como que un dobladillo se deshaga. Por supuesto, las técnicas utilizadas son tan diferentes como distinto sea el encargo. En ocasiones, basta con dar unas buenas puntadas, en otras, hay que hacer verdadero encaje de bolillos.

Así que ahí queda la obra final, lista y dispuesta a desfilar por la pasarela de nuestro escenario. A quines la leéis corresponde decidir si ha quedado un traje digno de la mejor pasarela o una batita del todo a cien.

Por mi parte, solo me queda el aplauso, que va dedicado a todos los maestros y maestras de la costura de Toguilandia, que saben hacer un vestido que quede como un guante aunque la materia prima no sea la más adecuada. Y eso sí, hoy me permito una dedicatoria especial par mi madre que, como buena modista, me ha inculcado el amor por la costura y, sobre todo, por las cosas bien hechas.

 

Agendas: nuestra cartelera


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Una buena organización siempre es esencial, incluso entre los artistas, por más que tengan fama de bohemios y anárquicos. Y no hay organización que se precie sin una buena agenda, sea cual sea su soporte físico. Sin ella, no sabrían cuándo tienen bolos, o se les solaparían unos con otros sin remedio. Y, al fin y al cabo, ¿qué es una cartelera de cine sino una agenda? Así que, sea La agenda oculta, o sea bien visible, no podemos prescindir de ellas.

En nuestro teatro, las agendas tienen un lugar preferente. Sean las del juzgado, la personal o la de los profesionales, sea manual o digital, es uno de nuestros imprescindibles. Hasta el punto de que perderla puede convertirse en una auténtica tragedia. Con llanto, rechinar de dientes y todo.

Cuando empecé mi andadura en Toguilandia, siendo todavía una fiscalita en prácticas, mi tutor me dijo algo que se me quedó grabado. El juez tiene en sus manos el arma más poderosa: el libro de señalamientos. Pronto pude comprobar que tenía, como siempre, más razón que un santo y que aun con todo el tiempo que ha pasado y todo lo que hemos cambiado, sigue siendo una verdad irrefutable. Sin olvidar, claro, la intervención de los LAJs en esta tarea

Es cierto que ha llovido mucho desde entonces a acá. Y aunque en nuestro escenario las cosas suelen ir más despacio que en el resto del mundo, también se ha dejado sentir el avance tecnológico y el cambio -o parcheo- de algunas leyes. Ahora hay una agenda electrónica monísima, que facilita ese sudoku que hay que hacer para encajar declaraciones, juicios y guardias. Pero, se crea o no, no han dejado de existir esas agendas de cuero -o símil, claro está- de toda la vida donde se anotan las cosas. Cuántas fotocopias de sus páginas nos han pasado directamente, con la dificultad añadida en muchos casos de interpretar la letra de quien hizo las anotaciones. Hay cosas que no cambian.

También los y las fiscales tenemos nuestra propia agenda. Que, además de la propia de cada cual, viene traducida en un instrumento del demonio: las planillas. Para quien no lo sepa, se trata de un papel -o su trasunto virtual- tipo sábana que reparte los juicios entre los fiscales de la fiscalía correspondiente. Y lo de sábana no es baladí, es el perfecto revestimiento del peor de los fantasmas, porque son como un huevo Kinder pero la sorpresa nunca hace sonreír como a las criaturas del anuncio. Y si alguien cree que exagero, que se lo pregunte a cualquier miembro de la carrera fiscal, que seguro que le confirma este extremo. Porque aunque haya quien lo ignora, los fiscales no pertenecemos a un juzgado -por eso no podemos acudir a todas las declaraciones a lo que, además, no nos obliga la ley- sino que además del juzgado o los juzgados  a los que estamos adscritos, tenemos que cubrir los señalamientos de los órganos de enjuiciamiento -Juzgados de lo Penal y Audiencias-, las bajas o ausencias de compañeros y mil incidencias más, de las que las más de las veces tenemos noticia por esa agenda global que son las planillas.

Pero si hay agendas que realmente dan más terror que el mismísimo Fredy Kruger, son las de las Letradas y Letrados -o procuradores y procuradoras-. Cuando les veo sacar esa libreta manoseada, mirar el móvil o la Tablet o -versión de toda la vida- llamar a su despacho me pongo a temblar. Especialmente si se trata de poner fecha a una continuación de juicio con múltiples investigados, múltiples acusaciones, o las dos cosas a un tiempo. Yo ese día tengo guardia, yo un señalamiento a 500 km, yo un recurso en la Audiencia Nacional, yo una declaración o una vista en el Tribunal Supremo o, lo que es más gordo, yo ese día tengo programada una cesárea o me operan de menisco. Y he visto más de diez propuestas sin éxito, y eso que nadie cuenta con que el fiscal tenga algo que, salvo honrosas excepciones, ya vendrá otro que para eso la Fiscalía es única, como si nos transmitiéramos los conocimientos por telequinesia. Y ojo, que tampoco me parece de recibo lo que he oído alguna vez respecto de los letrados: “pues avise a un compañero”. Tampoco hay telequinesia abogadoril.

En cualquier caso, mientras las cosas sigan como están, no nos queda otra que hacer malabarismos para encajar todas las piezas del puzle. Por más que en muchos casos hubiera que plantearse una reforma a fondo que evitara el presencialismo a machamartillo y optara por optimizar las vistas a los casos en que son realmente necesarias. Y no lo son todos esos supuestos en que simplemente se hacen alegaciones iguales a las hechas por escrito sin práctica de prueba alguna, y se celebra vista únicamente porque la ley lo prevé.

Y ya que estamos, aprovecharé para dar unos consejitos. Las agendas, además de tenerlas, hay que ponerlas al día y anotar bien las cosas. No hagáis como yo, que alguna vez me he confundido de mes y me he plantado un mes antes en un evento extrañada de estar sola allí. También lo he hecho alguna vez porque me equivocado al mirar en el día que estamos. Aunque, por suerte, siempre me he adelantado y no he dejado de aparecer porque me haya pasado lo contrario. También conviene comprobar todas las características de las cosas, que confieso que una vez me encontré en una mesa redonda teniendo que improvisar porque no había leído el correo completo y había obviado la segunda parte -por suerte, creo que no se notó, aunque a mí casi me da un patatús-. Y, para quienes no sean de la secta del despiste, disculpad este momento del Libro gordo de Taconete.

Pero, por muy despistada que esté, delo que no me olvido es del aplauso. Hoy es para todos los operadores jurídicos que consiguen dar volteretas para atender a todo. Que a veces, es Pura magia,aunque nos volvamos Del revés, como la ilustración que tan generosamente me deja una vez más, @madebycarol2 Por supuesto, una ovación extra para ella

 

 

Autoayuda: manuales toguitaconados


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De un tiempo a esta parte, cada día están más en boga los libros de autoayuda. Se ve que en en nuestro mundo necesitamos un empujoncito extra para afrontar el día a día. Y, por supuesto, esta tendencia también pasa al mundo del espectáculo, aunque se gritaba eso de Help desde mucho antes. Películas como Del revés se empeñan en que nos conozcamos por dentro, con todas nuestras emociones, a ver si somos capaces de hacer las cosas de un modo Mejor imposible.

A pesar de que hay libros de autoayuda en muchos ámbitos de la vida, no sé si hay alguno destinado a los habitantes de Toguilandia. Al menos tal y conforme los concebimos, porque en realidad los hay sin que nos hayamos dado cuenta de que lo son.

Me di cuenta de que los Códigos tienen mucho de eso a raíz de una anécdota que me contó un amigo juez hace mucho tiempo. Por aquel entonces, él era juez de un juzgado mixto y había ido a verle uno de los jueces de paz de su partido judicial. Para quien no lo sepa, explicaré que los jueces de paz son los encargados de algunas gestiones relativas a la justicia en pueblos donde no hay juzgado de primera instancia e instrucción, pero no pertenecen a la carrera judicial ni hacen oposición alguna. Pues bien, en esa consulta, relativa a un asunto de tierras, el juez de paz en cuestión, tras plantear sus cuitas dijo algo inolvidable. Sacó una cosa que llevaba guardada en su maletín y enarbolándolo con cara de triunfo, exclamó: me han dicho que me compre este libro rojo donde viene todo. Y algo de razón tenía, sin duda. Porque ese libro rojo –color de la editorial que le recomendaron- no era otro que el Código Civil. Por supuesto, el juez le dijo que era una recomendación extraordinaria, y que tomaba nota. Faltaría más.

El Código civil que no es el único de esos libros que eran pioneros de los libros de autoayuda sin saberlo. Pero hay qué ver la de cosas a las que da solución, o al menos le pone nombre, que no es poco. Hay que reconocer que saber que se llaman servidumbres cosas como que el vecino  pase por nuestra casa para ir a la suya porque así lo ha hecho toda la vida, o que no puedan levantarnos una finca delante que nos tape el panorama -con su reja remetida, o no- pues tranquiliza mucho. Y es que el Código Civil igual sirve para saber a quién le corresponde la propiedad del tronco que flota en un río, cómo qué hacer con un enjambre de abejas o con un tesoro oculto, supuestos con los que nos encontramos a diario, como todo el mundo sabe.

Bromas aparte, el Código Civil, aun cuando date del siglo XIX, resuelve muchas más cosas de lo que la gente cree. La clave, claro, está en saber buscar, y para eso nos formamos. Al hilo de esto, recuerdo algo que me pasó hace mucho y que creo que es ilustrativo. Un familiar me decía que quería formalizar algo para que en el caso de que le pasara algo, su pareja, que estaba por aquel entonces embarazada, no quedara desprotegida y se supiera que el niño que esperaba era suyo. Le dije que podía inscribirse en el Registro de parejas de hecho, que podía hacer un documento ante notario y que podía hacer testamento donde reconociera al niño, que se mantenía aunque luego hiciera otro testamento. Me miró diciendo que menudo lío. Entonces le expliqué que había algo que resolvía todo lo que quería: se llamaba matrimonio y estaba en un libro estupendo -recordé entonces al juez de paz de mi amigo- que se llamaba Código Civil. Y que, ojo, no ponía en ningún sitio que tuviera que ir acompañado de convite, vestido blanco ni tarta de merengue, por si había dudas. Y añadi que no tenían que besarse los padrinos, por si acaso.

Pero no creamos que solo el Código Civil nos da soluciones. Todas las leyes están hechas para eso, aunque a veces no lo parezca. Y entre ellas, también hay que destacar al Código Penal que, aunque, como su propio nombre indica, regula esencialmente las penas, en el sentido de dar castigo a las conductas ilícitas que él mismo define, es una autoayuda fantástica para un derecho que debería tener reconocimiento constitucional: el derecho al pataleo. Tal vez no consigas recuperar ese bolso que te robaron ni que vuelvan las cosas al estado que tenían antes de que nos causaran tal o cual mal, pero, al menos, le atribuye un castigo a quien lo ha hecho, que siempre es un consuelo.

Esta función de autoayuda la puede tener cualquier ley. Las leyes procesales, sin ir más lejos, nos indican cuál es el camino a seguir para hacer una reclamación ante los tribunales. Aunque, tal conforme están redactadas, hay que concluir que el camino más corto entre dos puntos en Derecho casi nunca es la línea recta.

Las publicaciones en el BOE pueden tener esa importante función de autoayuda. Pensemos, por ejemplo, en los concursos de traslado, o en los nombramientos. Si salen bien, te ponen en casa. Y si no, ya sabemos, nada es infalible, y el BOE menos aún.

No quisiera bajar el telón de este estreno sin hablar del contrario a esa función de autoayuda. La de no-ayuda, una característica que tienen muchas leyes que no hacen sino complicar las cosas en lugar de mejorarlas. El mejor ejemplo que me viene a la cabeza es el de la limitación de los plazos de instrucción, cuya derogación seguimos pidiendo a gritos. Que gran ayuda será el día en que el BOE, por fin, la publique, que esperemos que sea más pronto que tarde.

Solo me queda dar el aplauso, que va hoy dedicado a todas esas leyes que mejoran nuestras vidas y, sobre todo, a quienes saben aplicarlas para lograr tal efecto. Porque en eso consiste administrar justicia.

 

Enseñanzas: Derecho en pantuflas


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  La casa es la primera escuela. Por eso el cine nos cuenta las cosas que pasan cuando algo de eso no funciona, bien porque dejan al niño Solo en casa, o bien porque ni casa tiene, como les pasaba a Marcelino pan y vino o a Annie y sus compañeras. Y es que los padres son capaces de cualquier cosa por sus hijos, tanto en casos límite como La vida es bella, como en filmes más amables como Buscando a Nemo. Y si no, que se digan a Marco, que se recorrió De los Apeninos a los Andes buscando a su mamá,con su mono Amedio al hombro.

Por eso, los padres y madres, sin saberlo, nos hacen desde niños una suerte de rito iniciático a Toguilandia, se tuerza luego o no. Ya me diréis si tengo  razón cuando caiga el telón de la función de hoy.

Como me gusta ser honrada, y darle al césar lo que es del césar, he de reconocer que la idea de este estreno no se me ocurrió a mi sola como por ensalmo. Aunque ya había hablado del derecho casero, o derecho de las madres, alguien (gracias, Roberto) colgó en un foro uno de esos mensajes que corren por redes que me hizo mucha gracia. Y decidí continuarlo tirando del hilo. Con su permiso, claro está.

El texto en cuestión decía que los padres nos enseñaron, entre otras cosas, Derecho administrativo, al hacernos pedir los permisos oportunos para salir; Derecho Mercantil, al reclamarnos las vueltas de la compra; Derecho Político, al repetirnos eso de que tenemos derechos y deberes; Derecho electoral, cuando nos decían que no teníamos ni voz ni voto; Derecho aduanero, al mostrarnos las normas que regían en casa de puertas para adentro; Derecho canónico, al apelar a la Corte celestial; Derecho Internacional, al decir que algo lo sabían hasta los chinos, o Derecho comparado, porque te repetían lo poco que les importaba que Fulanito también hubiera suspendido. La verdad es que todo un resumen de los cinco -o cuatro más máster, ahora- cursos de Derecho, convertido en jurisprudencia de batín y zapatillas. Así que he decidido desarrollarlo un poco más, a modo de trabajo de fin de máster de Derecho en pantuflas.

El Derecho administrativo era, desde luego, muy usado en las casas. Además del ejemplo de los permisos, otro de los principios que se siguen a pies juntillas es el de solve et repete -paga y después reclama- pilar del Derecho administrativo según nos enseñaron. Lo que no nos dijeron es que eso no es original de ese campo del Derecho sino de las relaciones paterno filiales, porque, ¿quién no ha escuchado de boca de su padre o de su madre eso de “tú haz lo que te digo y después hablamos”? Y además, normalmente acompañado de un formulario tipo: ni peros, ni peras… ¿O no?

Además, en cuanto a los permisos, entraban rápidamente en el campo de la jurisdicción militar, exigiéndonos un pase pernocta para dormir en casa de una amiga, que podía ser anulado si habíamos hecho algo que mereciera una sanción de arresto. Y es que el Código penal Militar lo debió inventar algún padre, de los que repetían constantemente el “aquí mando yo” y su consecuencia legislativa “porque lo digo yo”. Eso sí, no andaban muy duchos en Derecho Procesal, porque lo de la motivación se lo pasaban por alto.

Sin embargo, otras partes del Derecho Procesal sí que les gustaban. Especialmente, la declinatoria y la inhibitoria, para pasar la pelota de un progenitor a otro como se remiten los asuntos de uno a otro Juzgado. “Eso, que lo resuelva tu madre” o “se lo voy a decir a tu padre y verás lo que es bueno”. Porque claro, también en el Derecho en pantuflas hay juzgados más accesibles que otros. Y ojo, que lo de los recursos también les venía de perilla cuando les convenía: le voy a mandar una nota al profesor que vas a ver. Eso sí, se trataba de recursos devolutivos, porque el profe remitía a su vez las notas a los padres. Y ahí, volvían al Derecho administrativo, porque se tenían que devolver firmadas, que el requisito de forma para hacer constar la notificación era indispensable.

No obstante, como ocurre en Derecho, siempre había resoluciones que no admitían recurso alguno, con exhortaciones al Derecho Canónico si hacía falta. Además de la Corte Celestial, a la que ya me he referido, había cosas que “no las cambia ni Dios”. Acabáramos.

En lo que no estaban muy puestos era en Derecho Constitucional. Lo de la libertad de expresión lo llevaban francamente mal, porque repetían lo de “No quiero ni oir hablar de eso” o “No me vengas con cuentos” vulnerando nuestro derecho a opinar sin duda alguna.

También tenían algunas lagunas en Derecho de familia, sobre todo en lo relativo a la filiación. Solo así se explican esas expresiones de un padre diciendo a una madre -o viceversa- “tus hijos han hecho esto o aquello” como si de repente hubiera desaparecido la relación paterno filial o materno filial y se hubieran subrogado en familia monoparental de un plumazo

Aunque si de algo sabían los padres y madres era de Derecho Penal. Ellos inventaron todas las sanciones, desde el confinamiento (“te quedas sin salir de la habitación”) hasta el destierro (“no vas a volver a ir a tal sitio”), aunque el top ten era la reprensión, tanto privada como pública, porque la bronca igual te caía en la habitación que en un bar lleno de gente, sin olvidar la reina de las condenas, el arresto domiciliario, invento paterno donde los haya. Tampoco desdeñaban las penas pecuniarias (“te quedas sin paga”) y las de privación de derechos (“a la cama sin postre”). Y por supuesto, fueron pioneros en la imposición de penas de alejamiento (“que no te vea acercarte a unos recreativos”) y de prohibición de comunicación (“y nada de hablar por teléfono”, que en la actualidad, se ampliaría a móvil, ordenador y demás).

También fueron los inventores de las reglas de conducta, en particular de los cursos de rehabilitación y reeducación. Por eso lo de no salir del cuarto hasta que hubieras leído tal o cual cosa, e incluso de un modo más sutil, “quedate ahí, y piensa en lo que has hecho”. Y, por descontado, con la espada de Damocles de ponernos un profesor particular o clases de repaso como curso de reeducación en su más genuina forma.

Además de todo eso, tenían un conocimiento exquisito de una institución del Derecho tan poderosa como el indulto. Lo podían aplicar o no a su prudente arbitrio. Y sin recurso, conforme establece la ley. Con suspensión de la pena mientras tanto según estimaran o no. Faltaría más.

Así que cuando estudiamos Derecho, resulta que todo estaba inventado, aunque no nos hubiéramos percatado. Por eso hoy, el aplauso será para esos padres y madres que, en batín y zapatillas, nos iniciaron en las leyes. Y con agradecimiento extra a quien me hizo llegar ese texto que me ha servido de inspiración. Que, como diría mi madre, es de bien nacida ser agradecida.

 

 

Herramientas: Kit de supervivencia


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Las situaciones límite son un escenario idóneo para cualquier obra de teatro, novela o película. Sentirse Acorralado en plena guerra es lo que hizo a Rambo pronunciar su ya clásico “no siento las piernas” . Y aunque vernos Al límite hace aguzar el ingenio, nada como un buen kit de supervivencia para estar en disposición de enfrentarnos a lo que sea. Que no todo el mundo puede ser Mc Gyver, que igual desactivaba una bomba con un chicle y una goma de pelo que la fabricaba con una lata de judías caducada y un clip sujetapapeles.

En nuestro teatro, aunque no hay guerras con fusiles ni hay que fabricar bombas, sí que hay más situaciones límites de lo que la gente cree habitualmente. Y guerras, no lo dudemos. Que nos lo digan sino a quienes llevamos familia, que mas de una vez nos hemos encontrado reviviendo La guerra de los Rose.

En mi toga y mis tacones queremos tenerlo todo dispuesto para esas situaciones límite, así que he elaborado mi propio kit de supervivencia toguitaconado, que espero que resulte útil tanto a quienes llevan toga -con puñetas o no- o a quienes esperan llevarla alguna vez, como a quienes nunca vestirán eso que una testigo llamaba el batín negro –se refirió a mi como la señora del batín negro-.

Lo primero de lo que debemos andar bien surtidos es de material escolar , todos esos adminículos sin los cuales, en plena era digital, no puede salir adelante la Justicia. Ya saben quienes me leen habitualmente mi fijación con los pósits, pero es que de verdad que son un bien escaso y de reconocida utilidad social. Tanto, que me planteo proponer una reforma donde se incluyan en el patrimonio digno de especial protección, y que el hurto o robo de los mismo sea un subtipo penal agravado. Igual así actúa eso que conocemos como prevención general –o sea, que el eventual delincuente pueda pensárselo mejor a la vista del castigo que le pueda caer- y dejen de desaparecer de mi mesa.

Entre todo este material nunca hay que olvidar los folios. Y conste que me refiero a los de papel de toda la vida. Porque, se crea o no, está empíricamente comprobado que la implantación de la tan cacareada digitalización  con su no menos cacareado lexnet  ha multiplicado el gasto de folios en juzgados, tribunales y fiscalías. El papel 0  en estado puro, vaya. Y sé de buena tinta de lugares donde a abogados y procuradores les instan a llevarse sus propios folios porque si no no les dan las copias que piden. Que no está la cosa para bromas.

Pero no creamos que eso nos libra de tratar de informatizarnos, digitalizarnos y hasta supervitaminarnos y mineralizarnos como Super Ratón. De eso, nada. Como quiera que en nuestro caso, una cosa no quita otra sino que lo que hace es multiplicar la faena –versión papel y versión digital-, pues también hay que estar armados y pertrechados de CD´s vírgenes y memorias usb para llevarnos la información. No deja de ser gracioso que los juicios siguen grabándose en CD pero los ordenadores ya no llevan lectores, así que la cosa tiene bemoles. Juro que no hace mucho me pase mi buen rato dando vueltas al ordenador portátil por el que sustituyeron el fijo en busca de la ranura para introducir el Cd. Sin resultado, claro, aparte de las carcajadas  de quien me observaba en semejante trance.

Tampoco la modernidad ha llegado a nuestras vidas hasta el punto de hacer desparecer los Códigos en papel. Continúan siendo una parte indispensable de nuestro kit de supervivencia, como toda la vida. Ahí están, sobreviviendo a reformas, a cambios de despacho, a traslados de un juzgado a otro, con sus páginas más que manoseadas, llenos de notas, acompañándonos en cada paseo por Toguilandia. Porque por más que la tecnología avance y los podamos llevar en nuestros dispositivos móviles, ellos siguen ahí, inasequibles al desaliento.

Pero, como no solo de pan vive el ser humano, hay otras cosas menos materiales que no pueden faltar en nuestro kit de supervivencia en Toguilandia. Cosa como la empatía  o la amabilidad  para tratar con profesionales y justiciable, que ya tuvieron su propio estreno. Aunque quizás de lo que más necesidad tenemos es de paciencia, así que conviene aprovisionarse de una ración doble, o triple. Paciencia para aguantar los retrasos en los señalamientos, paciencia para soportar los excesos de trabajo, paciencia para pelearse con ordenadores y programas informáticos y paciencia, en definitiva, para bregar con el día a día, que no es moco de pavo.

Tampoco nos puede faltar nunca una buena dosis de sentido del humor , que ya sabemos que la risa si no es siempre el remedio que cura la enfermedad, si que es, al menos, una buena receta para combatir los síntomas.

Aunque, ya puesta, nunca olvidemos tener a mano una bolsa para hiperventilar, un buen cacho de gomaespuma para que no nos duela si nos damos de cabezazos contra la pared y un paquete de kleenex para los disgustos. Y, ya que estoy generosa, revelaré mis dos ingredientes secretos: el respiranhondismo y la cuentahastresdina, ideales antes de tomar una decisión, lo aseguro.

Así que ahí queda eso. Mi aplauso va hoy para quienes son precavidos y nunca salen de casa sin su kit de supervivencia. Porque ya se sabe. Toguitaconada precavida vale por dos.

Pseudodelitos: el otro Código Penal


pseudodelitos

No es oro todo lo que reluce, ni artista todo el que se jacta de serlo. En el mundo del espectáculo están los de verdad, los que trabajan por y para ello, y Los otros, los advenedizos que aprovechan su momento de gloria por cualquier causa para tratar de hacerse un hueco donde no les corresponde. Original y copia, que no suele salir bien, aunque dé que hablar . Lo que podría llamarse El intruso.

En nuestro teatro, como en todas partes, hay quien intenta hacerse pasar por lo que no es. Ahí tenemos el reflejo en el castigo del intrusismo, esto es, ejercer actos propios de una profesión careciendo del título para ello, o la agravante de disfraz, de la que ya hablamos en el estreno dedicado a las circunstancias agravantes 

Hoy no voy a hablar desde ese lado, sino desde otro que cada día vemos más. Esos pseudodelitos que nos llegan calentitos desde tertulias y redes y cuyos adalides parecen exponer como si la verdad absoluta les perteneciera.

Por una parte, están los exégetas del Derecho penal, amateurs que florecen como si estuviéramos en una eterna primavera jurídica, por más que no hayan leído un solo código en su vida. Uno de los ejemplos más glorioso es el de la interpretación del delito de prevaricación que, en esencia, no consiste en otra cosa que en dictar a sabiendas una resolución manifiestamente injusta, por supuesto, en el ejercicio de las funciones, sean judiciales o administrativas. Pues bien, no han sido ni una, ni dos ni tres las veces que he leído cómo se acusa a alguien -incluida yo misma, por supuesto- de prevaricador por alguna opinión expresada en twitter, o en cualquier medio de comunicación. Ni que decir tiene, para empezar, que en las redes no estamos ejerciendo función alguna más allá de la de ciudadano o ciudadana que opina, pero hay más. Prevaricar no es, desde luego, pensar de manera diferente a quien valora, que se convierte, además, en juez y parte sin toga ni título que le habilite.

Otro tanto ocurre con el delito de malversación, que hay que ver la gente cuánto sabe para distinguir así, de un plumazo, qué son caudales públicos y el uso inadecuado de estos. Por supuesto, hay que repetir lo mismo. Que uno crea que sabe cómo se ha de gastar el dinero no le convierte en Ministro ni en Inspector de Hacienda in pectore.

Pero hay otro tipo de pseudodelitos que todavía me gustan más. Los que la gente se inventa sin ningún sonrojo, o aquellos a los que da unas características diferentes de las que en Derecho tiene.

A la cabeza de estos, el delito de perjurio, que no sé cómo hay que repetir que no existe en nuestro Derecho, que es cosa de las películas americanas. Aquí en España somos más sencillitos y como no hay obligación de jurar, difícilmente faltar al juramento pueda ser delito. En nuestro caso se puede cometer delito de falso testimonio si el testigo -que jura o promete decir verdad- miente deliberadamente ante el tribunal, pero no es así en el caso del acusado, que puede acogerse a su derecho a no declarar o hacerlo diciendo lo que le venga en gana, falso o cierto.

Otro pseudodelito muy conocido es el de abandono de hogar. Cuántas veces habremos oído eso de “no te vayas de la casa, que te pueden denunciar por abandono de hogar”. Pues no. En nuestro derecho actual, no hay abandono de hogar que valga. Hay, eso sí, delito de abandono de familia, pero las más de las veces viene concretado en un simple impago de pensiones. Y en otras, escasas pero las más graves, en abandonar a los menores en condiciones que pongan en riesgo su vida. Pero la conocida conducta de irse a comprar tabaco para no volver no es delito alguno. Salvo, claro está, que esa marcha sea dejando a menores en riesgo para su vida, conforme se ha dicho, o que por el camino se cometa cualquier otro hecho delictivo aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, que todo puede ser.

También se lee de vez en cuando lo del pseudodelito de suplantación de personalidad, revivido ahora con el uso de las nuevas tecnologías y la posibilidad de hacerse pasar en redes por otra persona. Pues bien, lamento decir que, aunque suena muy bien, ese delito tampoco existe. Existe, eso sí, el de usurpación de estado civil, que necesita mucho más que dar el nombre de otra persona cuando a una le preguntan. Hubo un tiempo en que sí que existía un delito de uso público de nombre supuesto, con un caso paradigmático que nos traía de cabeza, el de unos gemelos que se hacían pasar el uno por el otro para esquivar los antecedentes penales. Pero la suplantación dichosa, no existe como tal. Y, en el caso de abrir una cuenta a nombre de otra persona en redes, puede cometerse delito pero si se usa como medio para cometer otros, como unas injurias, un acoso o una revelación de secretos.

Otro supuesto bien conocido es el del desacato, una palabra que se emplea mucho y con muchos fines. Pero el delito de desacato, que consistía en faltar al respeto a una autoridad o funcionario público en el ejercicio de sus funciones, desapareció hace tiempo. Lo cual no significa que la falta de respeto no sea punible como tal, cuando consiste en injurias, vejaciones, calumnias o cualquier otra cosa. Pero será ese resultado el que se castiga, no el desacato en sí.

Relacionado con ello, me viene a la cabeza el delito de escándalo público, también desaparecido de nuestro derecho. No obstante, no me resisto a la tentación de contar algo que escuché a un profesor cuando estudiaba la carrera. Se refería a ese delito para contarnos el caso de  unos muchachos que fueron detenidos por escándalo público por realizar “el acto solitario” -con ese eufemismo se referían a la masturbación- escondidos detrás de unos pinos. Ni que decir tiene que si el acto era solitario y ellos estaban escondidos, poco escándalo montarían, y menos público. Más claro aún cuando los agentes que los traían detenidos explicaban muy convencidos que los sorprendieron porque estaban vigilándoles camuflados en un coche. Muy curioso ese supuesto escándalo sin público para escandalizarse. Por fortuna, son cosas de otra época, aunque no tan lejana como a veces creemos.

Otro término supuestamente jurídico que se usa mucho es el de la deportación, que tampoco existe en nuestros Códigos. En España tenemos la figura de la expulsión de extranjeros tanto por causas administrativas -sin papeles- como por la comisión de delitos, cuando concurran determinados requisitos, pero no la figura de la deportación como tal. Y tampoco acude un agente de inmigración a controlar que te hayas casado por amor y que sepas hasta la marca de los calzoncillos de tu pareja, como en Matrimonio de conveniencia. Por muy entretenido que pueda resultar visto en película.

También hay que aclarar que aquí no hay homicidio en primer, segundo y no sé cuantos grados. Aquí hay homicidio doloso o imprudente, y pare usted de contar. Algo que vemos en las películas americanas y se traslada aquí como si fuera lo mismo. Como ha pasado, sin ir más lejos, con el término “libertad con cargos” que suena muy vistoso pero no es propio de nuestro derecho. Aquí la libertad es definitiva o provisional. Y sanseacabó, por más que la prensa se empeñe en usar ese vocablo.

A veces lo que ocurre es que se usan términos coloquiales con pretendidas ínfulas jurídicas. Es lo que ocurre con robos, estafas, injurias o calumnias, o con el ensañamiento, del que se habló en el estreno dedicado a las agravantes.  Podremos considerar que si nos han cobrado una cantidad desorbitada por algo es un atraco, un robo o una estafa. Pero de ahí a que sea constitutivo de tal delito hay un mundo.

Por último, y como no solo de Derecho Penal vive el jurista, traeré otro término pseudojurídico muy usado recién cogido del horno del Derecho Civil, la desheredación. Lo lamento mucho por los amantes de series de familias millonarias como Falcon Crest o Dinastía, pero aquí no se deshereda alegremente a quien a una le venga en gana. Aquí hay unos herederos legítimos -hijos e hijas, generalmente- que no pueden ser privados de su cuota salvo casos muy graves tasados en la ley, como haber atentado contra la vida del testador. Del resto de la herencia, se puede disponer -y no disponer- como se quiera.

Así que aquí va el aplauso. Por un lado, a quienes se informan antes de poner negro sobre blanco un término supuestamente jurídico como si estuvieran en posesión de la verdad absoluta. Y, por otro, a quienes dedican su tiempo a explicarlo. Algo muy necesario.

 

Malentendidos: el mundo al revés


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La literatura y el cine se han servido mucho de los malentendidos, especialmente para hacer humor. Miles de comedias románticas se nutren de esos malos entendidos entre sus protagonistas que ponen miga a la trama y no se resuelven hasta el final, como ocurre, entre otras con El novio de mi mejor amiga o el padre de la novia, esos  finales lo que aclaran todo – o no- al estilo Cuatro bodas y un funeral o Los amigos de Peter.

Nuestro teatro es poco dado a las comedias románticas, aunque no dudo que algún romance que otro se haya gestado entre estrados y togas. Pero sí que da lugar a algunos malentendidos de todos los tipos.

Uno de los que más recuerdo fue el de un juicio, muy sonado en su momento, en que el quid de la cuestión estaba en las últimas palabras que se oyeron a una persona que luego falleció. La diferencia entre “Que em tira” -en valenciano, que me tira- o “estira´m” -estira o sujétame- fueron la clave para marcar la línea entre absolución o condena, resuelta, por descontado, a favor de la presunción de inocencia.

Pero la mayoría de casos de malentendidos son más de otra índole, con un punto de gracia de esas que nos alegran el devenir a veces rutinario de Toguilandia. Y es que las palabras tienen su aquel, como el de un denunciado por insultos que se empeñaba en explicarnos que lo que le dijo a su novia no fue “gorda asquerosa” como ella decía sino “gorda amorosa”, insistiendo mucho en que lo de “gorda” lo decía por cariño, aunque yo no le vea el amor a esa palabra por ningún sitio.

Aunque de lo mejor que he oído en mucho tiempo fue uno que me contaron el otro  día, y que aun me hace reír con solo recordarlo. En este caso, el acusado de  haber amenazado a gritos desde el portal a su pareja con una frase tan poco original como “te voy a matar” se defendía con una versión cuanto menos pintoresca. Decía que lo que había dicho no era tal frase, sino “He visto Avatar” en relación a la conocida película de los seres azules. Muy ingenioso, la verdad, pero, según creo, tampoco coló. Aunque no se pude por menos que valorar el esfuerzo.

Respecto a estas cosas, hay una leyenda urbana que no sé si pasó alguna vez, pero se transmite boca  a boca -incluso creo que forma parte de alguna recopilación de anécdotas judiciales- y que no me resisto a traer aquí. Era el caso de aquel hombre que, declarando como testigo, fue preguntado sobre si resultó herido en la reyerta. La respuesta, que ya forma parte de la antología de anécdotas togadas, fue algo así como: bueno, exactamente en la reyerta no, más bien fue entre la reyerta y el ombligo. Soberbio.

En otra ocasión, el malentendido vino desde la propia petición de la parte. Nos decía la mujer que quería que se prorratease el alejamiento. Ahí estábamos dando vueltas a cómo narices se podría repartir a trozos proporcionales semejante medida cuando caímos en la cuenta de que lo que pretendido era que se prorrogase. Acabáramos.

También, como en el primer caso, la lengua juega sus malas pasadas. Así nos pasó en el caso de una mujer muy ofendida con su marido porque había dicho que era pudorosa. Viendo que aquello tenía pocos visos de ofensivo, le preguntamos, y nos aclaró que el insulto venía porque le estaba diciendo que olía mal, ya que “pudor”, en valenciano, significa mal olor. Ignoro si la pretensión del hombre era una u otra, pero tuvimos que acabar por darle el beneficio de la duda y, por ende, la absolución.

Para acabar, otra de esas anécdotas recién recogidas pero que valen un potosí. En este caso el malentendido no fue con palabras, sino más bien con conceptos. Venía un muchacho detenido por un hurto en un establecimiento. El insistía en que cogió aquello por qué lo necesitaba, así que a quienes se encargaban del caso les vino a la cabeza algún producto de primera necesidad, normalmente alimentos, por aquello de la figura del hurto famélico que estudiábamos en la Facultad. Cuál no sería su sorpresa cuando vieron que el objeto de la sustracción eran nada menos que preservativos. Así que adiós teoría del hurto famélico. Salvo, eso sí, que fueran de sabores, que igual en ese caso colaba.

Y no podía acabar este estreno sin el correspondiente aplauso. El dedicado, una vez más, a quienes me han proporcionado tan jugosas anécdotas y por supuesto, a sus protagonistas. Porque estas notas de color siempre se agradecen.

 

Mitos: justicia con la Justicia


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El mundo de la farándula está lleno de mitos. Unos son realidad y otros no lo son en absoluto, pero se transmiten como si lo fueran. Ideas preconcebidas sobre actores y actrices, estereotipos, presunciones de divismo y mil cosas más. Pensamos que todos los artistas son seres extravagantes que se desplazan siempre en limusina, que exigen llenar su camerino de flores azules veteadas de verde esmeralda o de botellas de agua extraída del pozo más recóndito de los Alpes Suizos y cosas parecidas. Y claro, haberlos, haylos. Pero son los menos. El mundo del espectáculo está lleno de gente normal que tiene vidas normales con familias normales, lejos de fiestas y saraos varios y del brilli brilli del papel couché. Y que incluso tienen serias dificultades para llegar a fin de mes. Y es que, como en el Show de Truman o La rosa púrpura de El Cairo, a veces es imposible distinguir realidad de ficción.

En Toguilandia tenemos nuestros propios mitos. Leyendas urbanas que se transmiten boca a boca sin que muchas veces respondan a la realidad. Aunque, como sabemos, también muchas veces la realidad supera la ficción. Veamos algunas de las más conocidas, y desmontémoslas… o no. No hare spoiler antes de tiempo.

La primera de ella es un verdadero clásico. La justicia es lenta. Algo que a veces pasa, pero las más de las veces no ocurre en absoluto. El imaginario colectivo, sobre todo quien vive alejado de togas y puñetas, piensa que cualquier demanda o denuncia tardará una eternidad en ser resuelta. Debe ser por eso por lo que más de una vez, la gente se queda con cara de pasmo cuando en la guardia celebramos un juicio rápido y se va con su sentencia recién hecha, todavía calentita del horno -o de la impresora, que también se calienta- No voy a negar que en asuntos complejos o mediáticos -o ambas cosas a un tiempo- los tiempos pueden llegar a dilatarse hasta la exasperación, sobre todo por la cantidad de diligencias a practicar y la escasez de medios para hacerlo, pero no podemos convertir la excepción en regla. La aplicación de la atenuante de dilaciones indebidas es una realidad jurídica a la que hubo que dar nombre propio, ya que no hace tanto se metía en ese cajón de sastre que eran las atenuantes por analogía.

El problema de la lentitud de la justicia, cuando la hay, suele ser por una razón de medios, o, mejor dicho, de falta de ellos. No negaré la cantidad de señalamientos que se fijan con años de antelación porque no hay huecos en las agendas que permitan ponerle fecha antes. No hay más que darse un paseo por twitter para comprobarlo a través de las cuentas de algunos abogados. Pero me gustaría dejar claro que, a pesar de que hay quien se empeña en difundir lo contrario, no somos una panda de vagos a quienes nos importe un rábano si las cosas se resuelven hoy o dentro de varios meses. Lo que no puede ser, no puede ser, y además es imposible. Y la realidad es que hay juzgados donde no queda otra que señalar a muchos meses – si no años- vista porque materialmente no se puede hacer antes. Pero en esto, como en todo, la noticia suele ser que el hombre muerde al perro y no al contrario, y no se habla de la multitud de asuntos que son resueltos con celeridad y eficacia . Y también eso habría que contarlo. Al césar lo que es del césar.

Otra de las leyendas urbanas que corren por ahí y de las que más abomino es la relativa a las pocas ganas de trabajar, por decirlo de forma elegante -como diría una buena amiga-  Nos afecta a todos los habitantes de Toguilandia, pero a veces se ceba especialmente en los funcionarios. He trabajado con muchos y he encontrado de  todo, como en botica, pero ganan por goleada quienes trabajan de un modo eficaz y entregado. No son seres que se dediquen únicamente a almorzar o hagan del “vuelva usted mañana” su modus vivendi, a pesar de que haya generalizaciones francamente ofensivas. Por eso desde aquí quiero romper una lanza por todo ese personal que, pese a que casi nunca tiene protagonismo, son esenciales en el engranaje de la Justicia.

Y clásico entre los clásicos es otro de nuestros mitos, el de que la Justicia no es igual para todos o su variante de que hay justicia para ricos y pobres. A este respecto, hay que decir que la Justicia es igual, que jueces, fiscales, lajs y personal actuamos de la misma manera sean quienes sean las partes -normalmente, ni nos fijamos en sus nombres-, y que otro tanto cabe decir de los letrados, sobre todo los que actúan de turno de oficio, que lo hacen con igual entrega y profesionalidad que para clientes particulares. Otra cosa es que litigar, a veces, pueda resultar costoso, y que no todo el mundo pueda permitírselo y opte por eso de que más vale un mal acuerdo que un buen juicio. Algo que todavía se acentuó más durante la triste época en que estuvieron vigentes las tasas judiciales que, además, todavía perviven para empresas, por pequeñas que sean, y ONG, aunque parezca que se nos haya olvidado.

Hay otra leyenda urbana de la que he hablado en otra ocasión, en el estreno dedicado a los sueldos. La de que cobramos un pastón.  Y de eso, nada. Más de uno se ha quedado ojiplático viendo la nómina de jueces o fiscales en su primer destino, o comprobando la exigua cantidad que se cobra por una semana entera de guardia. Y esto hay que hacerlo extensivo a letrados y letradas. Más allá de los grandes despachos o de abogados estrella, la mayoría viven como cualquier autónomo, sin saber si ese mes se dará o no bien la cosa. Por no hablar del turno de oficio, siempre retribuido tarde y mal. Y es que, créanlo o no, las togas no dan para cuentas en Suiza.

Otra cuestión es el mito de que la Justicia es viejuna. Ahí me siento incapaz de desmontar nada. Nuestra Justicia aun sigue los patrones del siglo XIX en que empezó a andar en medio de una sociedad rural e incomunicada. Y los intentos de modernización han sido bastante calamitosos, como la famosa digitalización que sigue dando más problemas de los que resuelve. Eso sí, hay cosas en que hemos cambiado. Hoy día sería inconcebible una sentencia, una demanda o un escrito de calificación sin usar el corta y pega. Pero más allá del uso de ordenadores con sus imprescindibles modelos y plantillas, seguimos transitando sobre esquemas arcaicos. No hay más que echar un vistazo a esas fotos de apertura del año judicial que parecen sacadas de otra época.

Aunque reconozco que mis leyendas urbanas favoritas son las que nacen de la creencia de que los juicios son como las series de televisión americanas. Esos testigos con la mano en el pecho para jurar en estrados, los que buscan la Biblia para poner su mano encima, los que se empeñan en que nos van a decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad, o los que quedan decepcionados porque no decimos eso de “Protesto, señoría” a cada rato, proporcionan momentos impagables. Aunque quizás el despago más grande se lo llevan cuando ven que en la sala de vistas se entra como Pedro por su casa, sin pronunciar el espectacular “en pie, preside la vista el honorable juez Fulanito”, o que el juez no nos llama a fiscal y letrados para comentarnos algún incidente en petit comité. Pero si he de echar de menos algo, es lo de los paseos arriba y abajo de la sala de vistas mientras se hace el informe, que quedaría mucho más bonito, dónde va a parar. Pero es lo que hay. Y no, no llevamos pelucas blancas tampoco, aunque algún juez bajo la amenaza de la alopecia me ha confesado que le encantaría llevarla para disimular las entradas o, directamente, la calvorota.

Y esto son solo algunos de los mitos que rodean nuestro mundo. Algunos desmontables, y otros no tanto. Por eso, una vez más, dedicaré el aplauso para todas las personas que, con toga o sin ella, hacen que la justicia sea justa. O, al menos, lo más justa posible.

 

 

 

Más animales: a nuestro lado


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Qué importantes son los animales en nuestras vidas, y qué momentos tan inolvidables han regalado al mundo del espectáculo. Dumbo, Rin tin tin, Beethoven, Bambi, Mickey, Lassie, Maya, Garfield, Platero, Baloo, Silvestre, Donald, Boogs Bunny, Super Ratón, Piolín… El mundo animal tiene miles de nombres propios

En nuestro teatro ya hablamos de la importancia que pueden tener los animales en Toguilandia. Por fortuna, cada día el Derecho se acerca más a ellos y la sensibilidad hace que el maltrato animal no solo se reproche moralmente, sino también jurídicamente.

Por eso hoy, aprovechando la reciente celebración del día de San Antón, patrón de los animales, mi toga, mis tacones y yo misma hemos querido hacer este pequeño homenaje en forma de relato a esos querido peludos que tan importantes son en muchas vidas.

El aplauso es para ellos.

 

Pigmento rojo

 

Sabía que tendría que llegar el momento. Desde el principio lo supo, pero aún así no pudo evitar encariñarse con ella. Era distinta a todos. Un animal con el que se entendía mucho mejor que con cualquiera de sus congéneres.

Se sentaba junto a ella, en el bosque, mirando los árboles y las flores, el sol y las nubes, y se comunicaban de la única manera que sabían. Eran felices. Cada día, se escabullía de las tareas que le estaban asignadas para pasar el mayor rato posible con su amiga, la única que la comprendía.

Por su causa dejó de comer carne. Prefería las bayas y las frutas que ingerir cualquier cosa que le recordara a ella. Hubiera sido como comerse a su hermana.

Pero el resto del poblado no la entendía. La arrinconaron cuando trató de explicar a su modo que podían prescindir de comer animales, que eran sus compañeros, sus amigos.

Por eso empezó a pintar. Se metía en su cueva y reproducía en las paredes las siluetas de los bisontes. Distinguía perfectamente unos de otros. Su favorita, a la que llamaba Qu por el sonido que solía emitir, destacaba entre todas las figuras.

No tuvieron piedad, y uno a uno fueron cazándolos. El hambre no entiende de sentimientos. Y ella encontró su modo de hacerles su particular homenaje. Buscó entre las plantas del bosque unas flores rojas de las que extraía unos polvos del color de la sangre, y rellenaba el interior de la silueta de cada bisonte muerto a medida que acababan con él.

Trató de esconder a Qu, de evitar que su silueta se tiñera de rojo. Llegó un momento en que solo ella permanecía carente de colore las paredes de la cueva. Pensó que podría salvarla custodiándola día y noche.

Pero el sueño le venció, y aprovecharon ese momento para prender a Qu.  No tardaron apenas nada en acabar con ella y comenzar a dar buena cuenta de su carne.

Le despertó el olor. Por supuesto que no probó bocado, pero sí que probó por vez primera un sabor que desconocía, salado, húmedo y doloroso, un sabor que le acompañaría siempre. El sabor de sus propias lágrimas mientras buscaba el pigmento rojo más brillante para homenajear a Qu.

Nunca llegó a imaginar que su pequeño homenaje a su amiga convertiría su cueva en Altamira en la primera galería de arte de la historia y a ella, en la primera pintora.