Trastornos alimenticios: la comida como enemiga


Los trastornos de la alimentación son un importante problema en nuestra sociedad. La obsesión por la imagen, el ansia de perfección, los cánones de belleza y otros factores hacen que para algunas personas, especialmente en la infancia y la adolescencia, la comida se convierta en una enemiga. Muchas estrellas han sufrido el azote de este mal, y en otros casos el propio cine se hace eco de ello, como en el caso de una de las protagonistas de Cuarta planta o de la serie Pulseras rojas.

Hoy traigo a nuestro escenario un relato que aborda el tema, incluido en mi antología Mar de lija y que fue presentado en el blog de mi amigo escritor Sergio Barce.

CAMISONES CON VOLANTES

Cuando era niña, Sara sólo tenía una obsesión: dejar de llevar aquellos horrorosos camisones con volantes que le imponía su madre. La verdad es que a mí nunca me parecieron tan espantosos, aunque quizás un poco ridículos para nuestra edad. Éramos adolescentes y aquel despliegue de lazos y puntillas se nos antojaba poco menos que un insulto. Pero no había manera: nada más había conseguido deshacerse de uno, su madre lo reponía por otro más cursi si cabe. Y ella siempre enfadadísima, quejándose de que aquella anticuada lencería que le imponía su madre, además de fea, le hacía parecer gorda. Pero, con ellos o a pesar de ellos, nos moríamos de risa en nuestras reuniones nocturnas, plagadas de refrescos, de palomitas y de chucherías.

Éramos varias amigas las que nos solíamos reunir, aunque con el tiempo, fuimos reduciendo nuestro círculo y las más de las veces acabábamos encontrándonos Sara y yo solas con nuestras sesiones de estudio, de maquillaje, de risas y de chismes. Como no podía ser de otra manera, nuestras conversaciones eran insustanciales, como insustancial era nuestra vida, y chicos, ropa y exámenes eran casi exclusivamente nuestros temas de conversación. Nos probábamos vestidos, pantalones, faldas, camisetas y chaquetas y siempre bromeábamos acerca de lo mal o lo bien que nos quedaban. Y Sara, siempre preguntando si esto o aquello la hacía gorda.

El tiempo fue pasando y nos fuimos haciendo mayores. Los temas de conversación variaron, pero nuestra amistad se mantenía incólume. O, al menos, eso es lo que yo creía

No debí ser una buena amiga para Sara. Si lo hubiera sido, me hubiera percatado de lo que pasaba. Pero yo, sin embargo, estaba tan absorta en mi mundo de clases diurnas y salidas nocturnas que no supe ver a tiempo la mano que me tendía. No lo supe o no lo quise ver. Ni siquiera me atreví a hablarle de ello, y preferí cerrar los ojos, y hacer como si no pasara nada.  Y la dejé caer sin prestarle la ayuda que me pedía en silencio. Y cayó en picado.

Antes de que me diera cuenta, Sara había perdido la mitad de su peso y toda su alegría. Su voz se volvió débil, sus ojos saltones y sus costillas prominentes. Fue entonces cuando adquirió la costumbre de llevar siempre las uñas pintadas con esmalte negro, lo que hacía un esperpéntico contraste con sus manos lívida y huesudas. Una de las últimas veces que la ví, descubrí la razón de su tétrica manicura: tenía las uñas llenas de manchas blancas y quería ocultarlo a toda costa. Igual que quería ocultar sus caderas huesudas y sus piernas esqueléticas cubriéndolas de ropa ancha y deformada…

Pero cuando lo supe todo, llegué tarde. Y encontré el cuerpo de Sara en el suelo del cuarto de baño de casa de sus padres, tras emprender un viaje del que jamás regresaría.

No pude por menos que admirarme ante el talento literario de mi hija. Sabía que escribía en sus ratos libres, pero difícilmente compartía sus relatos con nadie. Hoy, sin embargo, había dejado aquel folio olvidado encima de la mesa, y no pude resistir la curiosidad de leerlo. Y me había quedado enganchada desde el primer momento. Me pareció precioso y emotivo. Tanto, que se me saltaron las lágrimas. Y me preguntaba si mi hija concocía a aquella Sara o era fruto de su imaginación. Repasé mentalmente la lista de sus amigas y conocidas sin descubrir en quién pudiera haberse inspirado para aquella historia. Pero no se me ocurría nadie. Quizás fuera alguien que yo no conociera o tal vez el relato fuera únicamente fruto de la imaginación de mi hija.

Apenas me había secado las lágrimas, un golpe seco interrumpió mi ensimismamiento. Un golpe que venía del cuarto de baño, un golpe que parecía el de un cuerpo cayendo a plomo en el suelo. Un golpe que me puso la piel de gallina y un nudo en la boca del estómago. Un golpe que recordaré mientras viva.

Porque ese sonido afectó a algo más que a mis oídos. Algún resorte saltó en mi cerebro y me precipité corriendo hacia el cuarto de baño. Y fue entonces cuando la ví. Ví su cuerpo desplomado. Y por vez primera, la vi como nunca la había visto: sus ojos saltones, sus costillas prominentes y  sus piernas esqueléticas apenas disimuladas bajo un jersey holgado, y sus uñas esmaltadas de negro destacando tétricamente en unas manos lívidas. Y fue presisamente en ese momento cuando recordé aquellos camisones de volantes y lacitos que le compraba de niña, segura de que le gustarían solo porque a mí me parecían preciosos. Esas delicadas prendas de ropa que yo siempre hubiera querido tener.

Pero ella no era yo. Ella no era otra que la Sara de su cuento.

Le había fallado. .E imploré con todas mis fuerzas que para ella no fuera tarde ya.

Modas: Derecho pret a porter


                Hoy en día, la moda lo impregna todo. No hay película que triunfe sin un diseño de vestuario que plasme la moda de la época en que desarrolla, ni hay estrella del celuloide que no siga, e incluso cree, tendencia. Hasta el punto que ha aparecido un nuevo género audiovisual, protagonizado por influencers y youtubers que no es que sigan los dictados de la moda, sino que más bien son quienes los dictan.  Y la propia moda ha sido protagonista de películas como Pret a porter o El diablo viste de Prada, o parte esencial de otras, como Sexo en Nueva York

               En nuestro teatro, podría parecer en principio que la moda no nos afecta. Llevamos las mismas togas  desde tiempo inmemorial y nuestro generalmente aburridos atuendo no suele crear tendencia. Ya hablamos de ello en  otros estrenos dedicados s la vestimenta o el maquillaje

                Pero hoy no me voy a referir tanto a la forma como al fondo. El Derecho como tema de moda para trtulias y magazines. O, más concretamente, algunas figuras del Derecho, de los que de repente conoce todo el mundo cuando antes no habían suscitado el mínimo interés.

                Uno de los ejemplos más claros es el de la llamada okupación, lo que en Derecho Penal se llama usurpación de inmuebles. De repente, sobre todo cuando se acerca la época estival, los programas de supuesta actualidad dedican minutos y minutos a hechos de este calibre. De modo que llegan a crear una alarma social que no responde a la realidad. No es en absoluto frecuente que una se marche un fin de semana y se encuentre a una familia en su vivienda señoreando como Pedro `por su casa. Es algo que más bien ocurre en inmuebles largo tiempo desocupados o que, por mor de la burbuja inmobiliaria, ni siquiera han llegado a tener moradores

             Y la verdad es que, viendo la tele, una llegaría a alarmarse si no fuera porque esas informaciones vienen acompañadas de anuncios de alarmas y seguridad sospechosamente conectados. O esa sensación tengo yo. Llamadme malpensada. Porque además, las informaciones son ambiguas y maniouladoras: mezclan el allanamiento de morada con la usurpación, el impago de la renta con las molestias vecinales, en un pastiche difícilmente defendible en Derecho.

                Pero no es el único tema. Recuerdo hace varios años que durante todo e verano no se hablaba de otra cosa que de los refugiados un problema de Derechos Humanos verdaderamente preocupante. La foto del pequeño Aylan fue la chispa que encendió la mecha y fueron muchos los días en que los informativos abrían con escalofriantes imágenes que pretendían combatir en impacto con del pequeño de la playa. No lo lograron. Y parece que, al no conseguirlo, dejó de interesar el tema. Hoy sigue siendo tan grave –o más- como entonces, pero ya poco importa. Dejó de estar de moda, por desgracia. Aunque cada día miles de personas sigan jugándose la vida con a esperanza de llegar a algún lugar donde empezar de nuevo.

                También tuvimos en su momento otro tema candente con lo que dio en llamarse “manadas”, referido a violaciones grupales, a partir de la que tuvo lugar en las fiestas de sanfermines de 2016. El asunto, desde la instrucción al juicio, incluidos recursos varios, estuvo en la picota mediática de principio a fin, hasta el punto de que, a partir de ese momento, se asignó el nombre de “manada” a cualquier delito sexual cometido por varios hombres contra una sola mujer, un sustantivo que va seguido del lugar de los hechos. A la manada de Pamplona siguieron otras como las de Manresa, Callosa o Sabadell, por poner varios ejemplos. Y en ese momento, asuntos que jamás habían levantado el mínimo interés mediático, se convierten en poco menos que el juicio del siglo. Lo he dicho varias veces: no es que antes no ocurrieran, sino que no se denunciaban y de hacerse, a la prensa le importaba un pimiento. Hablo por experiencia

                Otro tema que sufre los avatares de un interés mediático errabundo es la violencia de género. En este drama social el interés mediático ha sufrido distintos avatares, yendo y viniendo como meandros de un río. De la nada absoluta o el morbo del crimen pasional, se pasó al interés social a partir del asesinato de Ana Orantes, que sirvió para visibilizar y poner cara a este horror. A partir de ahí se vivió una etapa de concienciación y sensibilización importante hasta que la digitalización y la dictadura de las audiencias hicieron primar el morbo sobre la función social en varios medios. Había que dar más información que nadie, más morbosa que nadie y con detalles más escalofriantes que nadie. Y había que hacerlo, por supuesto, antes que nadie. Así que poco a poco se ha ido elevando el listón de lo noticiable. Ya apenas importa que un hombre mate a su mujer, para que haya repercusión ha de hacerlo en circunstancias especialmente llamativas o crueles. Como vimos, desgraciadamente, con los asesinatos de las pequeñas Anna y Olivia, que sacaron a la palestra el término “violencia vicaria “, sobre la que de repente todo el mundo tenía hecha una tesis.

                Y si un caso generó un interés tremendo y luego se abandonó a su suerte, fue el de Juana Rivas. Durante un verano, se dio cobertura a todos los detalles de un caso que, a día de hoy, habría perdido todo interés sino fuera porque la petición de indulto lo ha puesto nuevamente “de moda”.

                También relacionado con la violencia de género, se puso durante un tiempo el foco de atención en la violencia psicológica, algo que ha existido siempre pero que a nadie parecía interesar hasta que la hija de una conocida folklórica saliera a contarlo en televisión. Tal fue la repercusión que incluso una ministra entró en directo en el programa. Y me parecería bien, agarrándome a que el fin justifica los medios –la visibilización del maltrato psíquico- si no fuera porque el tiempo ha dado la razón a quienes temíamos que se tratara de una moda pasajera. Por desgracia, así parece haber sido. No hay más que ver la programación actual de la cadena que  lo emitía para comprobarlo.

                Estos son solo algunos ejemplos, pero seguro que se podían añadir muchos más. El Derecho está más de moda de lo que a quienes lo ejercemos nos gustaría. Sobre todo por la proliferación de todólogos y especialistas del todo a cien.

                Por eso, mi aplauso es hoy para quienes saben transmitir sin necesidad de retransmitir, para quienes informan y no deforman. Tan importante como  necesario.

Y la ovación extra, una vez más, para @madebycarol por prestarme la preciosa imagen que ilustra este estreno

Entrega: #AmoMiTrabajoPorque


         El trabajo es uno de los lugares donde más horas pasamos, si no donde más. En la oficina, la empresa o el despacho se crean microcosmos que, en algunos casos, han sido el ambiente óptimo para series de televisión y películas, Las hay de médicos, como Urgencias, o la versión patria, Hospital Central, de farmacias –Farmacia de guardia-, de centros de enseñanza –Segunda enseñanza, Merlí– o de medios de comunicación –Periodistas o Lou Grant– . Y no hace falta que la profesión sea especialmente glamurosa, que hasta una gasolinera daba lugar una serie como Lleno por favor. En cualquier caso, entre los ambientes laborales más reproducidos en la ficción, están las comisarias de policía, como la de Servir y proteger o la inolvidable Canción triste de Hill Street, y las de tema jurídico, desde las antológicas Juzgado de guardia o Turno de oficio hasta las más actuales Suits o Cómo defender a un asesino, pasando por Los Angeles LA, Ally McBeal, Anillos de oro y muchas más.

Nuestro teatro no solo es uno de los escenarios más reproducidos, sino que es de esos oficios en los que la vocación es esencial. Se puede ejercer sin ella, desde luego, pero no es lo mismo. Seguro.

Por eso hace unos días pulsé la magia de twitter para que quien quisiera me contara las razones por las que ama su trabajo. Y el resultado no se hizo esperar, y no solo en el campo jurídico, sino en muchos más.

He de confesar que el resultado del experimento me pintó una sonrisa en la cara. Había respuestas bonitas, ingeniosas y hasta reivindicativas pero la mayoría tenían un denominador común: la gente ama su trabajo porque pude ayudar a los demás. Y mucho más allá del mundo del Derecho Y eso me pareció tan hermoso, en los tiempos que corren que, aun a riesgo de resultar cursi -qué le voy a hacer, lo soy- quería compartirlo.

Lo primero que he de aclarar es que la respuesta fue tan amplia que es imposible reproducir todos los mensajes, aunque sí su esencia. Así que a ello vamos. Os invito a un viaje al planeta Ilusión que, aunque a veces lo parezca, no está deshabitado, ni muchísimo menos.

En lo que a Toguilandia afecta, somos legión quienes amamos nuestro trabajo porque nos da la oportunidad de ayudar a los demás, y de aportar nuestro granito de arena para construir un mundo mejor. Entre esas personas a quienes gusta ayudar se encuentran, cómo no, las más vulnerables. Por duro que parezca, el resultado merece la pena, a decir de quienes se dedican -nos dedicamos- a ello.

También hay varios mensajes que se enorgullecen de su trabajo e Toguilandia por su contribución a mantener el estado de Derecho y sus valores.

Pero no solo en Toguilandia amamos nuestro trabajo. Una de las primeras respuestas que recibí fue de una ingeniera, que ama su trabajo porque ayuda a dar soluciones para hacer la vida más fácil, ahí es nada,

Otras de las profesiones que se volcaron en transmitir su vocación fue la docencia. Leer a personas que dicen amar ese trabajo porque enseñar es regalar vida, una vida que se devuelve multiplicada cada vez que alguien aprende. Y con lo difícil que debe ser tratar con algunos alumnados, son cosas que le devuelven a una la esperanza. Y la sonrisa, razón por la que mucha gente ama su trabajo.

Y aún hay más. Profesionales de medios de comunicación que, a pesar de los malos tiempos que para su profesión corren, los aman hasta el punto de no concebir dedicarse a otra cosa. Con una mención especial para quienes se dedican al ámbito de la cultura, tan necesitado de altavoz. Y es que tener el poder de transmitir información, cuando se hace bien, debe ser muy grande. Nunca olvido la función social del periodismo.

Y, cómo no, desde el mundo del arte también me llegan razones maravillosas para amar su trabajo. Una de ellas me dice que ama su trabajo porque le presta palabras mágicas para volar. O para bailar, que es lo mismo.

Pero no todo el mundo ama su trabajo. Algunas de las respuestas al “experimento” han sido exactamente las contrarias. Ha habido quien niega tener ningún amor a su trabajo, mas allá de ser el medio por el que logra pagar sus facturas, si lo logra, y quien directamente dice odiarlo, sentirse explotado o entenderlo como una condena. Les compadezco, debe ser muy duro pasar tanto tiempo de la vida haciendo algo que se aborrece.

En ese sentido, y ara terminar, me quedo con la reflexión de @nereatts (Faralae) que dice que ama su trabajo porque ama la vida. Y añade “Amaría cualquier cosa que tuviera que hacer por obligación durante ocho horas diarias porque no concibo tirar mi tiempo, porque no sé aceptar la mediocridad. Amaría a una piedra si mi trabajo fuera cuidar de ella porque no concibo alternativa

No pude expresar mejor, ni con más certeras palabras, así que para ella va mi aplauso de hoy. Para ella, y para todas las personas que aman su trabajo. Especialmente, para las que han querido contármelo.

Intolerancia: la historia se repite


El cine se ha hecho eco de esas situaciones donde la intolerancia lleva a resutados espantosos. West side Story, una de mis películas favoritas, esconde una historia de amor en un entorno donde el odio y la intolerancia lo determinan todo. Una historia que inspiró este relato. Porque en tiempos como estos conviene reflexionar mucho

(Relato incluido en la Antología Sesión Continua, de Generación Bibliocafé y en mi primera antología de relatos, Mar de Lija)


LA AZOTEA


Era jueves. Y como todos los jueves desde hacía tiempo, sin fallar ni uno, ahí estaba yo otra vez. Ni siquiera sabía muy bien por qué lo hacía, ni si realmente servía de algo, pero sabía que no me hubiera perdonado el faltar a aquella cita. Y menos ahora que, desde hacía tiempo, era yo la única que acudía. Bueno, y ella, por supuesto. Pero ella no tenía otra opción.
Ella era mi tía, pero para mí siempre fue mucho más. Aunque era la hermana menor de mi
madre, se comportaba como una amiga, como si estuviera más cerca de mi generación que de la suya propia. Y era a ella a quien acudía cada vez que tenía problemas con un chico, ella quien me ayudaba a eludir los castigos paternos y hasta quien me explicó cómo evitar un embarazo si llegaba el caso. Aunque nunca lo reconoció, siempre sospeché que mi madre tenía celos de mi relación con ella.
A mi tía Celia siempre le encantaron las azoteas. Cualquier excusa era buena para subir, y
llegaba a pelearse por ser ella quien tendiera las sábanas con tal de ir a la dichosa azotea. Cuando a veces la acompañaba, comenzaba a cantar y a bailar como una posesa, y me hablaba de una película antigua mientras canturreaba algo relacionado con América y recorría la azotea moviendo el delantal como si de una vaporosa falda se tratara

Precisamente fue la azotea la causa de que ahora estuviera
como estaba. En el mismo sitio todos los jueves, y todos los días de la semana.
Hacía más de un año y medio que mi tía Celia permanecía en la misma cama del mismo hospital, prácticamente en la misma postura y siempre con el mismo rostro inexpresivo. Un aciago día, se cayó de la azotea que tanto adoraba y, tras mucho tiempo debatiéndose en la fina línea que separa la vida de la muerte, acabó quedándose allí, en el medio, sin llegar a despertarse ni a dormirse del todo.
Al principio, todo el mundo iba a verla, incluso nos distribuimos los días de la semana. Y a mí, claro, me tocó el jueves. Los otros días iban mi madre, su otra hermana, sus sobrinos e incluso varios amigos. Pero poco a poco las visitas fueron espaciándose hasta desparecer casi por completo y, año y medio después del accidente, solo yo seguía acudiendo regularmente a mi cita, la de los jueves.
Nunca sabré si durante ese tiempo mi tía me escuchaba, si servía de algo y ni siquiera si, caso de oírme, le interesaba lo que yo pudiera contarle. Después de mucho tiempo contándole mi vida, mis cosas, lo que me sucedía y lo que hubiera querido que me sucediera, me di cuenta de que estaba siendo una enorme egoísta. Mi tía estaba allí inmóvil, en coma, pero ni era mi psicóloga, ni nadie que pudiera
utilizar solo para desahogarme. La protagonista no debía ser yo, sino ella, y si de verdad quería ayudarla debía hablarle de cosas que le interesaran a ella, y no a mí.
Así fue cómo empecé mi pequeña investigación en la vida de Celia Blanes, mi querida tía. Y
como no sabía muy bien por dónde comenzar, pensé en buscar aquella película que le gustaba tanto, aquella que siempre recordaba cuando subía a una azotea. Aquella que le hacía cantar a voz en grito y mover su vaporosa falda imaginaria.
Me fui a un video club de los que por aquel entonces proliferaban en la ciudad. Pensaba que se reirían cuando pidiera una película cuyo nombre ignoraba, con unos datos tan escuetos y ridículos como que bailaban en una azotea una canción relacionada con América. Cuando el dependiente, en unos pocos segundos, adivinó que estaba hablando de West Side Story me quedé de piedra. Claro que luego he comprendido que quien debió quedarse de piedra fue él ante mi supina ignorancia. Pero es lo que había.
En cuanto llegué a casa, me dispuse a ver en el reproductor la cinta de vídeo que había alquilado. Quería comprobar cómo era aquella película que fascinó a mi tía, y albergaba la secreta esperanza de que me diera alguna pista sobre ella, sobre su vida e incluso sobre aquella caída que la mantenía a medio camino entre la vida y la muerte. En realidad, quería encontrar la llave que me ayudara a llegar hasta ella. Y pensaba que podía estar en aquella vieja cinta.
No voy a negar que me sorprendió. Ya vi en la carátula, que leí atentamente, que era de 1961, justamente el año en que ella nació, que había obtenido nada menos que diez Óscars, y que su música era tremendamente conocida. Probablemente esa fuera una de las causas que hacían que le gustara tanto aquel filme, basado en un musical de Broadway que llevaba representándose desde 1957, que, según la reseña, contenía una banda sonora que aunaba los más diversos estilos. No quise leer nada sobre el argumento, prefería verlo por mí misma, pero no pude evitar percatarme que el nombre de la
protagonista era María, igual que el mío. Ignoraba si sería o no casualidad.
Me enfrasqué en la película. Al principio, dudé si me habría equivocado o la cinta estaría en mal estado, con aquel chillón color naranja que llenaba por completo la pantalla. Pero pronto apareció ese plano general de la ciudad que se va acercando hasta centrar la atención en una banda de jovencitos que cantaban y chasqueaban sus dedos y comenzó a engancharme la historia, el baile, la música… todo.
Cuando acabé de verla, las lágrimas inundaban mis ojos. Había disfrutado enormemente con los números musicales y los bailes, y no me extrañaba que a mi tía, con su gran sensibilidad artística, le encantara esa película. Pero también me había emocionado inmensamente la historia, tan nueva y tan vieja como la humanidad, una historia como la de Romeo y Julieta, el amor contra la intolerancia. Y me había sentido por unos momentos como mi tocaya cinematográfica, que interpretaba una deliciosa actriz, Natalie Wood. Pude saber luego que, curiosamente, esa actriz perdió la vida en un extraño accidente,
casi a la misma edad que mi tía casi pierde la suya en un no menos extraño accidente.
Los siguientes jueves que fui a verla le hablé de la película, de sus protagonistas, de la música y la coreografía, y del argumento. Le comentaba el triste final del amor de aquellos dos jóvenes por culpa de la intolerancia y de un odio que les era ajeno. No sé por qué, pensaba que aquello le llegaría, que podría causarle alguna reacción, algún cambio en su estado, por imperceptible que este fuera. Pero fueen vano. O, al menos, así lo parecía.
Pero no me vine abajo, y seguí con mi pequeña investigación con la esperanza de poder penetrar en ese mundo extraño donde mi tía Celia estaba inmersa desde hacía demasiado tiempo.
Cuando, entre jueves y jueves, ya había visto la cinta hasta diez veces y la melodía de “María” se había incrustado en mi cerebro, decidí iniciar una búsqueda entre las cosas de mi tía. Había de hacerla a escondidas de mi madre, que se oponía ferozmente a que nadie violara la intimidad de su querida hermana, alegando que cuando ella se despertara no le gustaría que nadie hubiera escarbado entre sus secretos.
No tardé demasiado en dar con una vieja caja, atada con una goma, que parecía albergar
recuerdos de mucho tiempo atrás. La abrí con cuidado, no sin antes asegurarme de que la puerta de la habitación estuviera cerrada. Encontré una flor seca, varias entradas de cine, un colgante oxidado con forma de corazón bastante feo y hasta una colilla casi fosilizada. Y fotos, unas pocas fotos amarillentas junto a un montón de recortes de periódico de diversas fechas. Mucho más de lo que había esperado.
Las fotos apenas me decían nada, por más que las miraba. Una jovencísima Celia con un par de amigas, alguna sola y un par más junto a un chico muy moreno en actitud que no dejaba lugar a la duda. Un novio de adolescencia, seguro, del que apenas distinguía los rasgos, más allá de su tez oscura, que contrastaba con la palidez casi albina de mi tía. Las descarté y pasé a los recortes de periódico,tomándolos con mucho cuidado para que no se rompieran. Me sorprendí enormemente. Todos se referían a la misma persona, un bailarín de flamenco que me sonaba lejanamente de haberlo visto en algún programa de televisión. Y el último de aquellos recortes era de apenas un par de días antes del fatídico accidente.
El hallazgo me dejó desorientada. No tenía ni idea de por qué mi tía guardaba la biografía enprensa de aquel personaje. Jamás le oí hablar de él y ni siquiera percibí nunca en ella el más mínimo interés por el baile flamenco o la danza española. Hasta que, después de unos días, caí en la cuenta.

Una vez la idea se instaló en mi mente, corrí a comparar la foto de mi tía con aquel jovencito moreno con el artista de los periódicos. Había dado en el clavo. Era el mismo. El mismo Antonio Santiago que había triunfado en escenarios de todo el mundo. Antonio. ¿Sería él su Toni? ¿O me estaría yo dejando llevar por mi imaginación calenturienta, obsesionada con aquella vieja película?
En los sucesivos jueves que fui a visitar a Celia, no me atreví a hablarle de Antonio. Mucho
menos a mi madre, porque descubriría que había infringido su prohibición de tocar las cosas de Celia. Pero mi obsesión iba a más y tenía la sensación de que quedaba algo importante por descubrir. Así que esperé paciente a que aquel bailarín, ya en plena madurez artística, visitara nuestra ciudad. Por suerte, no tardó en venir, a raíz de una gira en que se despedía como bailarín en activo.
Gasté gran parte de mis magros ahorros en sacar una entrada y fui a ver el espectáculo, sin apenas enterarme de lo que pasaba en el escenario, nerviosa ante lo que había hecho y expectante por el resultado. Me las había ingeniado para hacer llegar un centro de fruta al bailarín, con una tarjeta en que me identificaba como la sobrina de Celia Blanes, a la que había adjuntado una copia de aquella vieja foto de ellos dos y mi número de teléfono.
El resultado no se hizo esperar. Al cabo de menos de una hora de llegar a mi casa, recibí una llamada de Antonio Santiago en persona. Y al día siguiente nos citamos en una cafetería cercana. Nunca hubiera imaginado que aquel café cambiaría tanto mi vida.
Él se identificó como Toni, lo cual me hizo sonreír. Luego, cambió mi sonrisa de un plumazo por una cara de asombro que aún no se me ha despintado del todo. Antonio, o Toni, fue el novio de mi tía Celia cuando ella apenas contaba catorce o quince años y él diecinueve. Mis abuelos se opusieron a que se vieran en cuanto conocieron la relación, porque él era gitano y se dedicaba a la venta ambulante con sus padres mientras se intentaba abrir paso como bailaor. Y los padres de él tampoco querían ver a Celia cerca de su chico. Y ellos, cuanto mayor era la oposición, más se querían.

Apenas cumplidos los quince años, ella se quedó embarazada, para escándalo y disgusto de su familia. Mi abuelo, un militar estricto, tomó las riendas de la situación y, de una manera implacable, alteró para siempre sus destinos. Denunció a Toni por abuso de una menor y confinó a Celia a un pueblo del interior a cargo de unos parientes hasta
que diera a luz a su hijo. Toni pasó cuatro largos años en la cárcel, tras los cuales todavía hubo de hacer el servicio militar. Celia alumbró a una niña prácticamente a escondidas, y se las ingeniaron para inscribirla como hija de su hermana, que ya estaba casada. Y así se criaría toda su vida.
A partir de ese momento, algo cambió en mí para siempre. En un instante comprendí por qué era yo tan morena cuando todos en casa eran de tez clara y pelo rubio, por qué mi tía había vivido toda su vida con nosotros comportándose como una segunda madre y por qué mi madre, pese a estar celosa, se lo consentía. Y, especialmente, por qué me llamaba María.
Me fundí en un largo abrazo con mi recién descubierto padre. Supe que jamás tuvo una relación exitosa con ninguna mujer, más allá de fulminantes romances que gustaban más a la prensa del corazón que a él mismo.

A partir de entonces mi tía Celia tuvo visitas todos los martes, además de los jueves.
Hoy hace diecisiete años de aquel café y estoy de nuevo en la azotea. Junto a mí, Celia, desde su silla de ruedas, ha conseguido mover sus manos en un aplauso dedicado a Toni, que nos explica en primicia la coreografía del espectáculo que ha creado y presenta esta noche: «Por encima de todo», la verdadera historia de Celia y Antonio. Y estoy segura que será un gran éxito. El éxito que hasta entonces les había negado la vida.

Eximentes: ¿crimen sin castigo?


         El que la hace la paga. Eso, al menos, es lo que se dice habitualmente, y lo que decían aquellas series de los 70 cuyo lema era “el criminal nunca gana”. O se era culpable, o inocente. Pero, como en todo, las cosas no son siempre blancas o negras. Y en esa zona de grises están circunstancias como la Legitima defensa, la Locura, o el alcoholismo de Living las Vegas o Días de vino y rosas.

En nuestro teatro esa zona de sombra en que, aun habiendo cometido un hecho, no se paga por él -o no se paga de la misma manera- está cubierto por las eximentes. Que no son otra cosa que circunstancias cuya concurrencia hace que el hecho no se castigue, sea por falta de imputabilidad, de culpabilidad o de antijuridicidad.

En su día ya dedicamos otro estreno a las circunstancias atenuantes -que no los atenuantes, como se empeñan en decir en tertulias-, que disminuyen pero no eliminan la pena. Las eximentes, sin embargo, no rebajan la pena sino que la eliminan, o, en todo caso, hacen que se sustituya por una medida de seguridad. Pero entre unas y otras están las eximentes incompletas, la prueba evidente de que el gris existe. Estas concurren cuando en principio podría haber una eximente, pero no concurren todos los requisitos. En ese caso, hay una rebaja penológica más importante que la de la atenuante, pero que no llega a la exención completa.

Pero vayamos por orden. La primera de las circunstancias eximentes es la anomalía o alteración psíquica. Lo que vulgarmente se conoce como locura o que en otros momentos se han llamado enfermedades mentales. Idiocia, imbecilidad u oligofrenia son términos que se usaron en el pasado y que hoy se consideran obsoletos. Pero la idea básica es la misma, la inimputabilidad de quien delinque en estos casos, por falta de conocimiento de la ilicitud del acto o por no poder controlar la voluntad- O sea, lo que se llaman las condiciones intelectivas y volitivas, que es por lo que se le pregunta al médico forense a la hora de hacer la pericial. El médico forense no es quien dice si un sujeto es imputable o no, sino si tiene afectadas estas condiciones intelectivas y volitivas y hasta qué punto. Será en ultima instancia el juez, tras los informes del Ministerio Fiscal y las partes, quien decida si el sujeto es imputable, semiimputable o inimputable.

Son muchos los casos en los que a lo largo de mi carrera me he encontrado con exenciones completas de responsabilidad penal por alteración psíquica, aunque no se regalan. No basta, por más que haya quien se empeñe en “vender” otra cosa desde esa ciencia llamada Todología, que nadie diga que estaba loco. Sin un dictamen médico, tras la exploración del afectado y el estudio de su historia clínica, no hay locura que valga, digan lo que digan.

Por su parte, el trastorno mental transitorio también exime, pero siempre que no se haya buscado con el propósito de delinquir. Entonces se trataría de una actio liberae in causa y sí se castigaría.

La segunda circunstancia es la relativa a adicciones y sus efectos. Exime de responsabilidad tanto cometer el hecho con una intoxicación plena por alcohol o drogas -salvo, como en el otro caso, que se busque a propósito-, como hacerlo bajo el síndrome de abstinencia o por causa de la adicción. En la práctica, lo más frecuente es que, de apreciarse, se haga en su versión de eximente incompleta o incluso atenuante. Y es que si alguien va tan borracho como para que la intoxicación se considere plena, es dificil que sea capaz de hacer nada, ni bueno ni malo. Ni siquiera mantenerse en pie.

La tercera circunstancia es la relativa a las alteraciones de la percpeción. No basta con ser sordo, o ciego, sino que hay que acreditar que esa discapacidad impide tener una visión objetiva de la realidad. Si no es así, no hay eximente que valga.

La cuarta circunstancia es la legítima defensa, que consiste en actuar en defensa de la persona o derechos, propios o ajenos. El propio Código establece los requisitos, cuales son: agresión ilegítima, necesidad racional del medio empleado y falta de provocación por quien se defiende. En la práctica, es extraño hallar casos de legítima defensa completa, aunque alguno de circunstancia incompleta sí he visto, como el caso de mujeres maltratadas que atacan a su maltratador. Una de las causas más frecuentes de conversión de circunstancia completa en incompleta es la falta de proporcionalidad en el medio, lo que conocemos como exceso en la defensa. Depende de la naturaleza de las desproporción para moverse entre la semiexención, la atenuación o la imputación completa.

La quinta circunstancia es el estado de necesidad. Comparte con la legitima defensa la necesidad de requisitos, sin los cuales la exención se desvanece. Estos son: la proporcionalidad, la ausencia de provocación y que el necesitado no tenga por su oficio o cargo obligación de sacrificarse. Es decir, que un bombero no puede dejar quemarse a alguien porque en su oficio entra esa obligación de salvarlo.

La sexta circunstancia es el miedo insuperable. Aquí lo difícil no es probar que exista miedo, sino que este sea insuperable hasta el punto de que el sujeto no sea responsable de sus actos. En la práctica también se ven pocos caso de exención completa, aunque sí algunos de incompleta.

En último lugar, el Código contempla la exención para quien obre en cumplimiento de un deber o en el legitimo ejercicio de un derecho, oficio o cargo. Sería el típico caso del soldado que mata en guerra, aunque hay otros ejemplos menos radicales como los que están relacionados con el ejercicio de la Medicina

Y hasta aquí este breve repaso a las eximentes, ahora que parecen haberse puesto en el candelero a raíz de un hecho de candente actualidad del que, por descontado, no hablaré sin conocerlo a fondo

Ahora solo queda el aplauso. Y hoy, se lo dedico, sin duda, a todas y todos los operadores jurídicos que se ven en el brete cada día de decidir si se han traspasado o no las líneas que diferencian el castigo de la ausencia de él, la responsabilidad penal de la falta de esta. Un trabajo tan difícil como poco valorado.

Letras: cambios que trascienden


         Todas las letras tienen su valor. Los grandes de la literatura no habrían sido nada sin todas y cada una de las letras del abecedario, y tampoco habría sin ellas guiones de cine. Incluso a veces, ellas mismas son las protagonistas. Lo era La letra escarlata, y también era el cincuenta por ciento de Tú la letra, yo la música. Por no hablar de su valor en concursos de televisión, como Cifras y letras o Pasapalabra. Y es que una letra vale un tesoro.

En nuestro teatro, vivimos de las letras. Con ellas –en muchos casos, con muchas más de las necesarias- hacemos nuestros informes. Y la mayoría de quienes habitamos Toguilandia pertenecemos a esa parte del espectro estudiantil cuando, en plena adolescencia, nos clasificaban en Ciencias y Letras. No es casualidad que a la abogacía se les llame “Letrados” y que, desde la reforma, los antiguos secretarios judiciales hayan pasado a llamarse Letrados –y letradas- de la Administración de Justicia, aunque ya nos hayamos acostumbrado a referirnos a su profesión como LAJs.

Hoy, sin embrago, quería demostrar el valor que una letra puede tener en el significado de una palabra, y lo que cambian las cosas de otra en Toguilandia.

El ejemplo clásico de lo que cambia una letra es lo que sucedió con la publicación de la Ley Orgánica del Poder Judicial, que lo llamó Joder judicial, como si fuera una broma del destino. Claro, que en todas parte cuecen habas, y no es extraño que en algún sitio se refieran a la fiscalía como el Ministerio Púbico. Incluso no hace mucho en una comunicación oficial se hablaba del escroto de acusación del Ministerio Fiscal. Parece que el subconsciente traiciona a alguien.

En ocasiones, esa letra rebelde da lugar a curiosas polisemias, que incluso llegar a se antinomias. La diferencia entre indultar a alguien e insultarlo es obvia, como obvio el abismo que media entre acatar la Constitución y atacarla.

En otros casos, es el corrector el que juega malas pasadas, porque, además se niega a admitir algunas palabras. Al señor Google no le da la gana que las notificaciones sean telemáticas, y prefiere las telepáticas. Claro que yo, si me dan a escoger, también. Igual que escogería que algo fuera homófono en vez de homófobo, otro de los términos que al corrector se le resisten, pero la realidad es tozuda, y ahí están los delitos de odio para demostrarlo. Aunque alguna vez bailen una letra y se les llame delitos de oído. Y es que al odio no podemos hacer oídos sordos

Cuando la medicina se junta con el Derecho, los resultados son curiosos. A los pobres forenses he visto llamarles desde médicos fluorenses a florenses, así que una no sabe si hacen esgrima o brillan en la oscuridad como las virgencitas de plástico que traían de souvenir de Lourdes, Quizás por ello en un informe habló de la santidad de las lesiones. O tal vez por eso un can sea capaz de firmar un informe, que algún informe pericial hemos visto realizado por el perrito. Algo que puede ser preocupante cuando se trata de determinar los daños y prejuicios, con lo difícil que es determinar los que tiene en su fuero interno cada cual. Y ojo, que del informe puede depender que se dicte una medida de alojamiento, o de alelamiento, o de escarmiento incluso. Porque lo de alejar se nos ha quedado corto

Los informes periciales dan mucho de sí, desde luego. No leerlos bien da lugar a hablar de cosas como las huellas genitales, que miedo da imaginar cómo se tomarían. O de que una persona sea inmutable, porque puede ser interesante saber si va a cambiar o no, pero lo que realmente interesa es que sea o no imputable. Esto es, que se le pueda atribuir un hecho punible, que no ponible como si fuera un traje. Tal vez por ahí se explique lo de la mutablidad.

Aunque el perrito no es el único animal que aparece por Toguilandia. De vez en cuando, tropezamos en algún escrito con las famosas tarjetas de cerdito, que deben ser como o la versión digital de la hucha de toda la vida. Y es que no hay como hacer las cosas de forma elefante, con clase u estilo.

Una clase y estilo que les falta a quienes cometen un robo con virulencia, especialmente llamativo en tiempos de pandemia. Aunque también lo pueden haber cometido con fuerza, valiéndose de una cizaña, como reza el correspondiente atentado de la policía. Y, si el muchacho conducía borracho, nada como hacer constar que hacía heces por la carretera para intentar que se le absorba por el robo, aunque se coma una condena por seguridad vital como un piano. Y eso, por más que se declare disolvente y diga que no puede pagar multa alguna. Ni siquiera cuando se encuentre en panadero desconocido

El proceso también tiene sus cosas, y si cuando empieza el juicio se plantean cuestiones perjudiciales en vez de prejudiciales, mal vamos. Como mal vamos cuando ese denunciante a quien pregunta si ratifica se arme un lío y diga que no rectifica nada, faltaría más, Su Señorita. Que era todo tal como el flas que mandó al despacho de la abogada, y el burroflas que ella mandó al contrarío. Acabáramos.

Pero estas cosas no solo pasan en Derecho Penal. Es bien conocido el caso del magistrado de lo contagioso administrativo, que tenía que resolver sobre la legalidad o no de conminar a las personas sin salir de casa. Aunque al final, algo tenía que ver porque conminados a encerrarnos fuimos todo el mundo.

Menos conocido es el caso de quien, en vez de hablar de la delación de la herencia, la cambió por una inoportuna f, que cambiaba todo ¿De nuevo el subconsciente? Ahí queda la pregunta

Y ahí queda, también, el aplauso, Dedicado una vez a más y mis compañeras y compañeros que con sus aportaciones han hecho posible este estreno. Y estas sonrisas, espero.

Yoismo: y yo más


                Sin duda alguna, si hay un mundo donde el ansia de protagonismo es protagonista, valga la redundancia, es el mundo del espectáculo. Entre quienes lo integran hay una dosis de narcisismo en mucho casos inevitable. Porque, aunque sean legión las actrices y actores que manifiestan adolecer de una enorme timidez, lo cierto es que se suben a un escenario con la pretensión de ser vistos por cuantas más personas, mejor. Yo, sin más , es el título de una película, aunque otras lo alargan con más adornos como Yo, mí, me conmigo o Yo, yo mismo e Irene. Y es que ser una misma es tan difícil a veces como no serlo.

                En nuestro teatro no podemos negar que las dosis de individualismo son importantes. Y eso porque, a pesar de tratarse de un servicio público, algo que nunca podemos olvidar, a veces nos cegamos ante la tentación de hacernos tan visibles que nos pasamos de frenada. Como siempre, el equilibrio es lo más difícil de encontrar, esa virtud que está en el punto medio del que siempre habla mi madre y a la que tengo puesta en busca y captura permanente.

                En estos días, después de haber vivido momentos tan duros como el confinamiento y todo lo que le ha seguido y continúa ahí, ya nos hemos resignado a que las cosas no son como pensábamos.. Cuando nos cerraron el mundo a cal y canto, teníamos el convencimiento de que saldríamos mejores, pero no ha sido así. En cuanto hemos asumido la situación, hemos vuelto a nuestro egoísmo de siempre. Ese ego que ya dediqué un estreno.

                En realidad, pensaba titular a esta función yomasismo, pero como el corrector se empeñaba en cambiarlo por “Tomasito” he acabado desistiendo. Si San Google no entiende mi palabro, es fácil que nadie más lo entienda. El yomasismo es esa manía que tenemos las personas de ser más que los demás, se trate de lo que se trate. Si sufren, sufrimos más, y si están felices, también lo superamos. Que no se diga, oiga.

                Si nos damos una vuelta por redes sociales, que es, a veces, como hacerlo en una plaza del pueblo gigantesca, nos daremos cuenta enseguida.. Si alguna persona cuenta su drama personal, sea el que sea, alguien retruca con un drama aún peor. Y si no tiene drama, cambia de tercio para arrimar el ascua a su sardina y hablar de su libro, como Umbral en la famosa entrevista. Un ejemplo claro lo tenemos cada día en lo que nos ocurre a quienes reivindicamos la lucha contra la violencia de género. No hay más que decir que lamentas el asesinato de una mujer para que salga el enfadoso de turno diciéndote de todo porque no lamentas cualquier otra desgracia, sea el asesinato de menores, los incendios forestales o la siniestralidad laboral. Y una tiene las espaldas anchas, pero no tanto como para que quepa todo sobre ellas.

                Por otro lado, siempre ha habido yomasistas de las enfermedades, algo que en tiempo de pandemia se multiplica por el infinito. Si cuentas que te duele la cabeza, hay alguien a quien le duele la cabeza, el trigémino y la ciática, y si el coronavirus te ha dejado sin olfato, alguien responderá que a su prima Puri le dejó sin poder andar ni hablar. Que no es que no sea cierto, pero tampoco hace falta. Cada cual tiene lo suyo.

                En época de pre vacaciones, con esa obsesión toguitaconada de dejar las mesas limpias como si fuera a implosionar la galaxia si queda un solo papel,, todo el mundo trabaja más que el vecino. Da igual que hagas diez juicios, que alguien hará veinte, ni que te señalen a dos años vista, porque alguien traerá su citación para dentro de tres años. Y, si de medios hablamos, más de lo mismo. Si yo no tengo bolis ni posits siempre habrá alguien que dirá que se le cae el techo. Y así una vez y otra. Y será cierto, pero yo seguríe sin poder escribir si no tengo un triste bolígrafo, aunque tenga techo

                La verdad es que siempre hay desgracias más grandes que la nuestra, porque todo es relativo. Pero el dolor, la pena o la desesperación también lo son, y si una persona está triste, desesperada o con ganas de tirarse al tren, poco le ayuda que le respondan que lo suyo no es nada, porque hay quien está peor. MI madre siempre me lo decía de niña cuando me quejaba de cualquier tontería y, generalmente, me importaba un pepino.  El  hecho de que hubiera desgracias muy grandes no paliaba la mía, por pequeñita que fuera.

                Deberíamos probar a cambiar el chip por el de la empatía y entender que la competitividad puede estar bien para hacer las cosas mejor, pero no para pretender ser más desgraciados. En realidad, quien te responde a tu angustia con la suya, corregida y aumentada, no hace otra cosa que conseguir que te sientas peor. El yomásismo no ayuda. Ya lo dice el refrán, que a mal de muchos consuelo de tontos. Y solo nos falta que, encima, nos llamen tontos

                Cuando pienso esto, siempre me acuerdo del chiste ¿Cómo estás? Pues anda que tú. Es lo que mi madre siempre llamaba tener la escopeta preparada. Y las escopetas, si se tienem cargadas, pueden acabar disparando contra nosotros mismos.

                En Toguilandia hay casos en que el yomasismo es una metedura de pata como un piano. Me acuerdo a este respecto de los antiguos juicios de faltas por peleas múltiples, con muchas personas de uno y otro lado como denunciantes y denunciados. Siempre había alguien que soltaba un “y yo más”, aunque fuera para decir que había insultado más o pegado más fuerte. Cosas de la naturaleza humana.

                Aunque el caso más insuperable es el del tipo que, peguntado por el juez si pegaba a su mujer, le respondió “¿Qué usted no pega a la suya?”. Sin necesidad de más pruebas el muchacho se cavó su propia tumba. En la que, por cierto, parecía querer meterse su letrada cuando le oyó

                El otro día viví una experiencia de este tipo con una víctima que se ponía tan a la defensiva que todo lo que le decíamos le parecía un ataque. Tuvimos que explicarle que no estábamos contra ella y que no le preguntábamos porque no la creyéramos si no para precisamente lo contrario. “Es que ustedes no saben lo que es esto”, nos decía, y nos costó lo que no está escrito hacerle comprender que, si le preguntábamos, era precisamente para saberlo. Lo que no podíamos hacer era decirle que nosotras lo pasábamos aun peor, porque no tenía sentido, además de ser incierto. Pero eso es, sin embargo, lo que vemos con frecuencia.

                Así que, la próxima vez que nos empeñemos en yyomasizar a alguien, pensémoslo antes. No podemos vivir en una eterna competición a ver quién sufre más o lo pasa peor.

                Por eso, el aplauso es hoy para todas esas personas que saben responder con un “cuéntame” en vez de con un “yo te cuento lo mío”. Aunque lo suyo pueda ser más, y hasta peor

Canción del verano: se busca


         El verano es tiempo de descanso, de fiesta y de relajación a partes iguales. O al menos lo era, porque ahora, coronavirus mediante, se conforma con ser lo que puede. Pero sea Un verano en la Toscana, Vacaciones en Roma o en la isla de Mamma Mía, al cine le sienta bien este tiempo. Un tiempo que, además, siempre tiene su sintonía, la canción del verano. Esa que nunca faltaba en las verbenas…cuando lo que no faltaban eran las verbenas.

En nuestro teatro no tenemos canción, ni de verano ni de invierno. Aunque eso no sea del todo cierto. Tal vez sí la tengamos y no nos hayamos dado cuenta, porque Despacito nos viene como anillo al dedo. Porque por más que corramos o vayamos Bailando, con los medios que tenemos, seguimos como siempre. La vida sigue igual. Iglesias padre e hijo en la banda sonora de Toguilandia, que no se diga.

Y es que muchas veces no nos damos cuenta del contenido penal, y hasta delictivo, de algunas canciones del verano. Buena le caería a Georgie Dan por montar La Barbacoa en el campo, que podían imputarle un incendio forestal como la copa de un pino. Pero no sería el único en cometer delito contra el medio ambiente, que ahí está cada verano Maria Jesús con su acordeón obligando a bailar a Los pajaritos, y rozando con ello el delito de maltrato animal.

No hay más que mirar un poco, y aparece la parte legal de las canciones del verano, de cualquier época que sean. Ya contaba en otro estreno, dedicado a las canciones , que lo de seguir a Adelita por tierra y por mar no pasaría el filtro de un juzgado de violencia sobre la mujer, y tampoco lo pasaría, sin duda, el Every Breath You Take, de Police, ni, por supuesto, El preso número nueve, que no sé si sería canción del verano, pero hacía apología de la violencia de género. Como si para protestar contra la pena de muerte no pudieran encontrar otro ejemplo, vaya.

Cercano a ello está otro temazo imprescindible en cualquier verbena que se precie, el Tell me more de Grease, lo que puede ser un precedente analógico del sexting o al menos de la revelación de secretos. Y es que entonces las cosas no quedaban inmortalizadas como ahora en las redes, sino que, como el protagonista de Maria Isabel, podías escribr en la arena su nombre mil veces y luego borrarlo con toda tranquilidad, mientras te ponías y te quitabas el sombrero.

Pero que no se diga que todo es delito. Hay algunas canciones que fueron unas adelantadas en utlizar la perspectiva de género. Ahí está Maria Cristina me quiere gobernar para demostrarlo.

Por otro lado, que nadie crea que solo delinquen los hombres en las canciones veraniegas. Nada de eso. Eva María se fue buscando el sol en la playa, y lo que omitió el cantante de Formula V es que fue corriendo al juzgado a denunciarla por abandono de familia. Tal vez por eso, años más tarde, insistía David Civera diciendo Que la detengan, O puede ser que se tratara de la Mujer en el armario a la que cantaba Rafaella Carrá, entre Fiesta y fiesta. Nunca se sabe.

Otro grupo de canciones que no pasarían el filtro de Toguilandia serían las que tocan el tema de la igualdad y la discriminación. La Ramona podría ser tildada de sexista y de discriminar por el aspecto físico, aun hilando muy fino, y lo de repetir que El negro no puede, aunque sea a ritmo salsero, no tiene por donde cogerlo. Y, si nos ponemos exquisitos, igual alguien se ofende por el Ave María de Bisbal y le denuncia por delito contra los sentimientos religiosos O por el Ave Lucía de Sergio Dalma, una vez entendió que no debería insistir con lo de Bailar pegados por si los acosos.

No obstante, no son los únicos delitos cantantes y sonantes. En su día, lo de El chiringuito podría dedicarse perfectamente a los delitos de corrupción, y La casita de papel referirse a las estafas urbanísticas. El corazón de tiza en la pared se podría referir a un delito de daños en bien público por la realización de grafitis. Y el robo, desde luego, tiene barra libre. A Sabina le robaron el mes de abril, a Alejandro Sanz le robaron el alma al aire y a David Civera le robaron el corazón. Y nadie ha ido a la cárcel por ello hasta ahora, ni creo que vaya, porque está prescrito.

Hay, incluso, quien pone la venda antes que a herida y busca una atenuante por si las moscas. A ver qué pretendían, si no, cuando nos decían que La culpa fue del cha cha chá o, ahora mismo, nos repiten que La culpa fue del ron, del Dom Perignon y de no sé que más que da carta blanca para todo, al parecer.

Con esto doy el do de pecho de estas Vacaciones de verano en Toguilandia, que no en nuestro escenario. En él, aquí seguiré, como siempre, Antes muerta que sencilla. Con el aplauso que, como no podía ser de otro modo, es para quienes alegran cada verano con su música. Porque sin la música tampoco en Toguilandia podríamos vivir. Ni siquiera sobrevivir,

Casualidades: ¿existen?


         Mucha gente afirma que las casualidades no existen. O que no creen en ellas, como si fueran una religión o algún tipo de secta Y yo, la verdad, no sé qué opinar, pero lo cierto es que el azar a veces nos pone en situaciones tan increíbles que una llega a pensar que hay algún por ahí arriba divirtiéndose con nuestros destinos, cuando no dice directamente, como la película, que El cielo se equivocó o que El cielo puede esperar. Y desde luego, la Casualidad no es ajena al cine, y, además de dar título a una película, hay muchos otros que afirman que Nada es casualidad, que existe una Coincidencia inesperada o que surge el Amor por casualidad. Hasta se puede estar en La mafia por casualidad. Para que luego digan que no existe.

En nuestro teatro las casualidades existen, como en cualquier sitio. Incluso desde antes de formar parte de Toguilandia, cuando una era una estudiante o una opositora angustiada, cualquier cosa que pasara me parecía una casualidad que podía marcar mi vida. Si se me caía un tema al suelo pensaba que era una señal de que iba a caer en el examen, o si me llamaba la atención una matrícula con un número determinado, creía que el destino me estaba avisando de que sería ese número la nota que sacara.

No obstante, no nos lo creamos mucho. En aquella misma época alguien me regaló un búho de porcelana como amuleto para que me diera suerte en el examen. Pues bien, mi madre lo rompió en su primer día de estancia en mi escritorio, aunque, como yo estaba tan insoportablemente supersticiosa, me ocultó lo ocurrido y trató de evitar que me enterara a base de Loctite y una amorosa reconstrucción. Y es que entonces una se agarra a cualquier cosa, y si no, que se lo digan a quien me viera colocar mi San Pancracio con su perejil y todo en la mesa donde me examinaba, como ya conté en el estreno dedicado a aquel día D que tanta gracia le hace a un buen amigo mío.

Pero ¿por qué me ha dado hoy por hablar de las casualidades? Pues, como la ocasión la pintan calva, diré que nada es casualidad, que, ya que de cabelleras y calvas hablamos, me viene al pelo. Así que el otro día, cuando por el santo de Marina, prima mía que en su día fuera la primera médica forense de mi comunidad autónoma -lo siento, lo tenía que decir- le di su regalo, se encendió la bombilla. O más bien la encendió ella, que, con su inocente “esto irá a los tacones” me estaba pidiendo un estreno. Y aquí está.

El regalo era un libro, que lleva por título Noruega, aunque nada tiene que ver con el país nórdico, del que me habían hablado muy bien y que pensé que le gustaría. Aunque he de confesar que sobre todo pensé que me gustaría a mí, y me vendría fenomenal que me lo prestara, con promesa de devolución desde luego. Pero cuál no sería nuestra sorpresa cuando, al abrir su primera página, nos encontramos con el texto que ilustra este post. Teniendo en cuenta que ella se llama Marina y yo Susana, la cosa no deja de ser curiosa. Pero si tenemos en cuenta que ella se llama en realidad Marina Susana y yo Susana Marina, por una decisión pintoresca de nuestros respectivos padres, la cosa sube de nivel. Añadiré, para quienes no nos conozcan, que nuestros respectivos padres eran dos parejas de hermanos, o sea, dos hermanos casados con dos hermanas. Así que nuestros apellidos son los mismos. No es casualidad, pero casi. La casualidad en realidad tuvo lugar el día que mi padre decidió llevar a su hermano a la cita con su novia, que siempre iba acompañada por su hermana pequeña por expresa disposición de mi abuela. Buena era ella. Para acabar de redondear la casualidad, a Noruega es donde se va de Erasmus mi hija, ahijada de ella. Ahí queda eso

Si nos ponemos a pensar, casualidades hay muchas. Una de mis más bonitas casualidades toguitaconadas fue la primera con la que me encontré, aunque entonces aun no lo sabía. Cuando realicé mis prácticas como fiscal, lo hice bajo la tutoría de un gran fiscal, José María Gómez, ya desparecido. Su hija era, a su vez, mi amiga y compañera, de piso y de promoción, en la escuela judicial. No me podía imaginar que al correr de los tiempos acabaría compartiendo con él aquel mismo juzgado donde yo debuté y él hizo su último juicio, antes de jubilarse. Para rizar el rizo, más tarde tuve como juez a su hijo. Y es que el mundo es un pañuelo.

Otra de mis causalidades preferidas es algo que todavía me admira. Cuando empecé a formar parte del Colectivo Generación Bibliocafé el primer libro en el que participé, Sesión continua, consistía en una antología de relatos inspirados cada uno en una película. El texto debía ir acompañado de una breve explicación de las razones por las que habíamos escogido esa obra. Cuando me llegaron las galeradas para corregir leí, entre el asombro y la emoción, como el editor -Mauro Guillén hoy gran amigo- eligió El verdugo porque su padre le contó como Berlanga, del que fue amigo, se quedó impresionado por la expresión del joven abogado que asistió a la ejecución de la envenenadora de Valencia, la última mujer que sufrió el garrote vil. Acababa su explicación diciendo que su padre murió con la pena de no encontrar a aquel joven letrado, y que él seguía albergando ese deseo. Me quedé de pasta de boniato, porque yo siempre había escuchado a mi padre la historia de cómo presenció aquella ejecución en calidad de pasante del despacho donde estaba, algo que ya conté en el estreno dedicado a la justicia gratuita , donde anticipaba una segunda parte de aquella historia. Y hoy llegó el momento. Respondí al editor con mis correcciones y con un mensaje “Ya lo has encontrado. Era mi padre”. Y, como dicen los mejores finales de las películas, aquel fue el principio de una gran amistad. Supongo que nuestros respectivos progenitores lo celebrarían desde el Más allá.

Aun  hay otra preciosa casualidad relacionada con aquella historia Y es que en esa ejecución se juntaron no solo el abogado primerizo sino un fiscal joven al que, pese a sus convicciones, le tocó asistir. Ni imaginarse podían que con el correr del tiempo las hijas de ambos coincidirían como compañeras en la carrera fiscal, algo entonces impensable, y en su órgano representativo.

Todo esto no lo hubiera contado si la casualidad no hubiera querido que le regalara aquel libro a Marina. Y porque, como todo el mundo sabe, no me resisto a un reto. Por eso el aplauso, para hacer la cosa redonda, se lo dedicaré a ella. Y con ella, a mi padre y a nuestra familia. Sin ellos jamás hubiéramos llegado hasta aquí, ni ella ni yo.

Enfoque Lo que pudo ser


A veces hay que reescribir la historia para alcanzar a comprenderla. Otras, hay que ponerse las gafas correspondientes para saber ver lo que no se ve. Y siempre hay que recordar que la Historia ha sido siempre escrita por hombres. Tal vez si la hubieran escrito manos femeninas sería distinta. O no

Jugando con esta idea, hoy nuestro escenario un relato inspirado en la figura de Betsabé. En la imagen Betsabé en el baño, de Cornelisz van Haarlem

LO QUE PUDO SER

(Relato publicado en la antología VisibilizArte IV)

El tiempo se le venía encima. Tenía que entregar el reportaje y entre la enfermedad de su padre, los problemas en el colegio de su hijo y el infierno del trabajo, no le alcanzaban las horas.

Porque, de un tiempo a esta parte, el trabajo se había convertido en un verdadero infierno. El director no hacía más que seguirla, hacerle insinuaciones y buscar cualquier excusa para tropezarse con ella. De nada sirvió que ella le hubiera dicho bien claro que no quería nada. Más bien al contrario, parecía sentirse espoleado cada vez que le rechazaba o le hacía un desplante. Maldecía una y otra vez la fiesta de fin de año de la empresa, donde el alcohol le hizo bajar la guardia y ser un poco menos arisca con él de lo que tenía por costumbre. El, como siempre, interpretó eso como un sí y redobló sus esfuerzos para conquistarla, o lo que quiera que fuese aquel acoso y derribo al que la sometía en todo momento.

Lo peor era que aquello repercutía en su rendimiento. Era imposible trabajar con esa presión encima. Y más todavía cuando él aprovechaba cualquier circunstancia para ridiculizarla, para convertirle en la diana de su furia y de su ironía delante de todo el mundo. Ella sabía que lo hacía porque no accedía a sus deseos, pero lo bien cierto es que su trabajo era mucho peor que lo que había sido hasta entonces. Y no se podía arriesgar a un despido. De ninguna manera Por eso aguantaba carros y carretas.

Continuó tecleando su ordenador con la esperanza de que la inspiración llegara como un milagro, pero tenía el cerebro seco. Toda esa situación había actuado como un papel de lija en su talento, si es que alguna vez lo tuvo. Porque ahora ya dudaba de todo. La lija lo primero que atacó fue, sin duda, su autoestima.

Su marido, ajeno a todo, atendía a su sección desde dos despachos más allá del suyo. No tenía ni idea de lo que pasaba y ella no se lo podía contar. Se jugaban demasiado.

No obstante, sacó fuerzas de flaqueza y siguió con aquella historia sobre la que tenía que escribir, que, además, no le gustaba demasiado. Estaba segura de que le había encargado aquel reportaje para fastidiarla. Pero no podría con ella. Lo conseguiría. Como siempre había hecho

  • ¿Cómo va ese apasionante reportaje? -le preguntó con retintín- Lo quiero encima de mi mesa en media hora
  • ¿Media hora?
  • Bueno, media hora…salvo que quieras que pasemos un rato repasando los detalles y entonces tal vez pueda esperar a mañana

No le había oído entrar. Cuando escuchó su voz, dio un respingo. Sentía su aliento en su nuca. Pero no se conformó con eso. Le puso la mano en el hombro y metió sus dedos por dentro de blusa, tirando del tirante del sujetador mientras dibujaba con sus dedos círculos sobre su piel. Ella sintió náuseas y rabia al mismo tiempo. Le empujó y él cayó al suelo, al tiempo que le gritaba fuera de sí

  • Me lo pagarás. Te daré donde más te duela

Cuando llegó a casa, su marido lloraba con desesperación. No se había dado cuenta de que había abandonado la oficina antes que ella, y también ignoraba qué había pasado. Él tenía en su mano un documento que miraba con ojos de terror, un documento que le comunicaba su despido. Había sido escogido, fuera de todo pronóstico, como uno de los periodistas despedidos en el expediente de regulación de empleo que afectaba a su periódico. El director no había tardado ni cinco minutos en consumar su venganza. Sabía que sin el sueldo de él no podrían afrontar todos los pagos pendientes, incluida la residencia para su padre, el único lugar apto para él, que sufría una fase avanzada del mal de Alzheimer. Se sintió tan culpable que no pudo reprimir el llanto,

Miró su teléfono móvil. Un mensaje pendiente parpadeaba ante sus ojos

“Ahora que no está él en el despacho, te tendré para mí todos los días”

Maldito fuera. Maldito mil y una veces.

Cogió su ordenador portátil y se dispuso a terminar el reportaje. Solo faltaba que la despidieran a ella también.

De repente, le asaltó la inspiración. La daría la vuelta a aquel artículo sobre Betsabé, la que fue mujer del rey David, la que, según las crónicas, había motivado que aquel asesinara al esposo de ella y la hiciera suya. La criticada y condenada Betsabé mientras que el rey mantenía su fama y prestigio incólume a lo largo de siglos de historia.

“Betsabé amaba a su esposo. Estaba enamorada de él y no tenía intención alguna de abandonarlo. Pero David no estaba dispuesto a aceptar un no por respuesta y se deshizo del mayor de los obstáculos, su esposo. Le asesinó a sangre fría y la obligó a casarse con él. Nadie podía permitirse el lujo de desobedecer al rey, y una mujer menos que nadie. La historia convirtió en culpable a la que no era más que una víctima y en héroe a su verdugo”

Cuando firmó el trabajo con su nombre y apellidos, sintió una tranquilidad que hacía mucho que no sentía, a pesar de las facturas por pagar y de los problemas que se amontonaban. Ahora sabía que podría con ello.

Ella entregó el trabajo dentro del plazo que le habían fijado desde el principio. El reportaje fue recibido de un modo ambiguo por su director. Apenas pudo disimular su entusiasmo ante la calidad y el enfoque de aquel trabajo, pero no podía demostrarlo de ningún modo. Había fracasado. Lo que estaba destinado a que ella hiciera una chapuza que formaría parte de su venganza acabó siendo un éxito sin paliativos. Y la verdadera chapuza resultó ser la venganza.

No obstante, fingió sentirse encantado con el artículo y las críticas que suscitó, así como por el número de visitas registradas en la edición digital. Nadie podría saber dónde había sacado ella la inspiración para esa nueva visión del rey David.