Tradiciones: 9 de octubre


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Todo el mundo sabe lo que son las tradiciones. Y también todo el mundo, lo reconozca o no, tiene apego a algunas de ellas, sean comunes a un grupo cultural o territorial, sean propias de una familia o grupo de amigos o amigas. Muchas películas se hacen eco de eso de las tradiciones de las novias de algo azul, algo prestado, algo nuevo y todo eso, y así lo organizan en sus Planes de boda hasta el punto de llegar a una Guerra de novias capaz de romper una amistad. Otras muchas nos embuten las pantallas de espíritu navideño con toda su parafernalia de Santa Claus, Navidades blancas y compañía, o nos llenan de corazones hasta el coma diabético por El día de los enamorados. Es inevitable.

Hoy es un día especial en mi tierra, Valencia. Es nuestra fiesta, el 9 de octubre. Y he decidido celebrarlo con un estreno especial que empezaré, cómo no, rememorando una tradición de la que guardo recuerdo desde niña, mucho antes de que este día fuera el Día de la comunidad autónoma porque, entre otras cosas, todavía no existían las comunidades autónomas –veterana que es una-. Como decía, mucho antes de todo eso ya celebrábamos ese día como el Día de Sant Dionís. Algo así como San Valentín en versión valenciana, bastante más majo que el querubín regordete lanzador de flechas. Un día en que los hombres reglaban a las mujeres “la mocadorà” –la pañuelada-, un pañuelo que envolvía unos dulces riquísimos de mazapán con forma de frutas diminutas. No he estudiado de dónde viene esa tradición , pero me cuentan que era un modo de comenzar el otoño, regalando un pañuelo para cubrirse de los primeros fresquitos envolviendo unos dulces que representan la huerta valenciana, algo que nos es tan propio. Fue después cuando ese día cobró carta de naturaleza y rango de día festivo propio, así que Toguilandia cierra sus puertas, salvo el juzgado de guardia, que permanece inasequible al desaliento. Más de una vez he trabajado por esa razón en tal día, y muchas veces hay alguien que tiene el detalle de endulzarnos la vida con esas frutitas de mazapán, comidas a pellizcos entre detenidos, órdenes de protección o cualquier otra incidencia que se presente, incluidos levantamientos de cadáver. Recuerdo una vez que asistí a uno tal día como hoy, con esa sensación amarga que se te queda en el cuerpo al comprobar que el dolor no respeta el calendario, y eso no hay mazapán que lo endulce. Gajes del oficio.

Hoy me quería acercar a una tradición en particular. La de la procesión cívica de la Senyera. Nuestra bandera también se llama así, no es una denominación exclusiva de Cataluña, como tampoco es la de Generalitat, que es como igualmente se denomina nuestro órgano de gobierno. Cada vez que oigo lo de “procesión cívica” me acuerdo lo que pensé la primera vez que lo escuché, porque me parecía una contradicción en sí misma, ya que siempre había relacionado procesión con religión, vírgenes, andas, cirios y cruces. Pero claro, por mucho que lo diga la Constitución, nos cuesta recordar que el nuestro es un estado aconfesional, y todavía quedan muchas cosas que parecen contradecirlo, como crucifijos en salas de vistas que, aunque cada vez menos, haberlos, haylos. También recuerdo en un tiempo no muy lejano haber visto representantes de la judicatura y la fiscalía en las procesiones, cirio incluido. Contradicciones que todavía nos quedan.

Lo de la procesión cívica no es nuevo, y ahí era donde quería ir a parar. Permitidme que, tal día como hoy, saque pecho y presuma de apellidos ahora que comprendo muchas cosas que de niña no comprendía. El de la imagen que ilustra este estreno es mi abuelo, y la imagen es de la procesión cívica de 1933, cuando él era alcalde de Valencia. Ya entonces había procesiones que nada tenían que ver con la religión y ya entonces se paseaba la Senyera con orgullo. Y con más orgullo diré que fue precisamente él, Manuel Gisbert Rico, quien rescató del olvido el penyó de la Conquesta, reliquia de los tiempos de Jaume I que andaba olvidada en algún rincón del consistorio. Es de las pocas cosas que sé de él, además del lugar donde está enterrado y que hay una calle –muy cerca de la Ciudad de la Justicia- que lleva su nombre. Murió pocos años después de la Guerra Civil, y apenas nos contaron nada de él, y tampoco sé cuánto hay de verdad y cuánto de autoprotección en lo poco que sabemos. Sí sé que esas informaciones tampoco coinciden con las escasas y no demasiado fidedignas que he ido encontrando. Sin ir más lejos, hace apenas unas semanas me escribió alguien que lo conoció contándome una preciosa historia, después de haberme visto en la tele y, tras atar cabos, haberme localizado en este blog. Pero esa historia la guardo para cuando tengamos ese proyectado encuentro y decidamos sacarla a la luz. Como he dicho algunas veces, la memoria histórica no solo está en fosas comunes y cunetas, está en todas aquellas historias que nos hurtaron del recuerdo para siempre.

Me hubiera gustado, como he hecho otras veces, como hice con mi padre  o con mi tía, poderle haber dedicado un estreno lleno de recuerdos personales y de alusiones a un legado que no he llegado a conocer. Más aún sabiendo que además de maestro y político fue abogado y podría haber enriquecido mi toga y mis tacones con su toga y sus recuerdos. No ha podido ser. Pero sí tengo su imagen en esa procesión cívica, presidiendo el homenaje a la Senyera. Ojala esos símbolos sirvieran para unir a los pueblos y no, como ha pasado más de una vez y sigue pasando, como excusa de enfrentamientos que acaban en juicios o en cosas peores.

Solo me queda pedir disculpas por este estreno atípico que, aunque parezca que poco tiene que ver con Toguilandia, tiene más relación de lo que creemos. Sin ir más lejos, sin él no estaría aquí. Por eso hoy mi aplauso es un homenaje a mi abuelo, y a todas esas personas que aun, sin conocerlas, han marcado nuestras vidas. Y un guiño extra a valencianos y valencianas, de nacimiento o corazón. Feliz 9 de octubre

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Firma: repartiendo autógrafos


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Cuántas fans habrían dado todo por un autógrafo de su ídolo. Firmar autógrafos es algo que va estrechamente unido con el mundo del espectáculo. Todo el mundo tiene en la memoria imágenes de largas colas para conseguir la dedicatoria de actores o cantantes de éxito. Hasta de escritores, aunque los juntaletras no sean tan glamurosos, con alguna excepción, como los astros del escenario. Y cuántas obras de arte multiplican su valor si tienen una firma conocida, aunque nadie hubiera dado un duro por esa misma obra antes del momento en que Ha nacido una estrella. Y es que ese garabato que rubrica la autoría puede llegara a dar un valor enorme a las obras.

En nuestro teatro también firmamos autógrafos. Que no se diga. Probablemente, cualquiera que lleve unos años en Toguilandia ha firmado más veces que la más rutilante de las estrellas de la pantalla en toda su vida profesional. Tanto, que al final acaba convirtiéndose en un garabato deforme. Eso sí, en nuestro mundo no hay dedicatoria. Quedaría feo enviar a alguien a la cárcel “con todo mi cariño”, embargarle los bienes “con afecto” o acordar un desahucio “para que no me olvides”. No imagino un escrito de calificación o una sentencia que tuviera un “que disfrutes mucho de la lectura” aunque a veces cuesten tanto que ganas entran de ponerlo. Pero tendremos que quedarnos con las ganas.

La firma no es cualquier cosa. Es la seña de  autoría de un individuo. Tanto es así que falsificarla constituye un delito castigado con pena de cárcel. Como no podría ser de otro modo, sobre todo, si se trata de documentos importantes.

No solo quienes vestimos toga signamos con nuestra rubrica los escritos. También han de firmar quienes, en calidad de justiciable, acuden a prestar una declaración o son notificados de algo. Y ahí nos hemos encontrado más de una circunstancia curiosa.

No podemos perder de vista que, como he dicho otras veces, nuestra ley de enjuiciamiento criminal es del año de Mari Castaña. Por eso, contemplaba expresamente la posibilidad de que quien acudiera a declarar, o a juicio, no supiera firmar. Por supuesto,  no supone ningún obstáculo para la validez del acto en cuestión. Una cruz, o la huella digital valen para salvar la firma, igual que la diligencia del LAJ haciendo constar que no sabe firmar. Pero cada uno interpreta esas cosas a su modo. Recuerdo un testigo empeñado en estampar su huella palmaria. Y palmario es, desde luego, que no hacía falta. Con un dedito va que chuta.

Pero el top ten en el ranking de los firmantes pintorescos lo tiene un investigado –entonces se llamaba imputado- que nos dijo que no sabía firmar pero estaba dispuesto a estampar su huella genital. Huelga decir que no se lo permitimos. Aunque me quedé con la duda de cómo se las habría ingeniado para estampar tan íntima huella.

Aunque, bien mirado, no es tan raro que hiciera ese ofrecimiento. Tal vez el personaje en cuestión había leído en alguna diligencia judiciales eso de “firma el juez con las partes” y pensó que si el juez lo hacía, por qué no tenía que hacerlo él. Malas pasadas de la ambigüedad lingüística, sin duda.

También hay a quien se le dispara el sentido del humor en cuanto le piden que firme un documento. Y he visto firmas a nombre de Superman, de Alien y hasta de Su Majestad la reina. Y la verdad es que deben quedarse muy despagados cuando ven que nos quedamos igual ante su arrebato. Incluso recuerdo a un secretario judicial –de los de antes- que, con toda ceremonia despedía al falsario con el nombre que había puesto en su firma. “Hasta luego, sr. Superman,  ya puede irse a salvar al mundo” le dijo al citado que firmaba como tal. Y le dejó planchado, y a mí con las ganas de que se pudiera la capa y saliera volando.

Los hay que no quieren firmar, y lo dicen como si se tratara de un supremo acto de rebeldía. Menuda cara de decepción se les queda cuando se les dice, con toda tranquilidad, que no firmen, que ya se hace constar. Incluso en alguna ocasión han cambiado de idea ante el poco éxito de su pequeña rebelión.

Especialmente tiernas a este respecto son las exploraciones de menores. Las criaturitas, cuando son muy pequeñas, siempre se ponen muy nerviosas con lo de que no les sale bien la firma. Hubo una niña, de unos seis o siete añitos, que nos dijo muy triste que no sabía firmar. Le preguntamos si sabía escribir y, como dijo que sí, le explicamos que bastaba con que pusiera algo para que supiéramos que era ella quien había declarado. La niña, ni corta ni perezosa, cogió el bolígrafo y, con todo el cuidado, puso en letras mayúsculas “SOY YO”. Y es de las firmas más bonitas que he visto en mi vida, la verdad.

Hoy la tecnología ha quitado encanto al tema de las firmas. Lo de la firma digital, además de funcionar malamente, como todo en Justicia, es lo menos poético que se puede imaginar. Y confieso que yo sigo quedándome con las ganas de estampar mi garabato cuando acaba un juicio y, como se graba todo, no hay acta ni firma. Al menos nos podrían dejar firmar los CD´s aunque, tal como están los medios, no habría rotuladores permanentes con que hacerlo .

Así que hoy firmo y rubrico este estreno con el aplauso para todas esas personas que, con sus firmas peculiares, nos han proporcionado un buen rato. Porque en la variedad está el gusto.

 

Botiquín: farmacopea togada


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Un buen botiquín es imprescindible en cualquier espacio. Incluido el cine y el teatro, pos supuesto. Un buen botiquín tal vez hubiera impedido que Molière pasara de ser El enfermo imaginario de su representación a un enfermo tan real que Murió con las botas puestas, o mejor dicho, con aquel ropaje amarillo que estigmatizó ese color para siempre jamás en los escenarios. No es fácil encontrar películas dedicadas a botiquines, aunque sí a sus hermanas mayores las farmacias y a quienes las atienden, sea La farmacéutica o El farmacéutico de guardia. Y por supuesto, a esas grandes empresas que las mueven, como El jardinero fiel ,o a sus productos, sean Amor, sexo y otras drogas, o sean sus Efectos secundarios. Los fármacos son capaces de dar mucha vida, aunque es una lástima que hayan producido el efecto contrario por sobredosis, y se haya llevado a estrellas como Marilyn y algunas más.

No empezaré diciendo que en nuestro teatro hay botiquines allá donde debiera haberlos. Los hay, sin duda, pero no siempre contamos con todos los medios que tendríamos que tener, dadas nuestras condiciones de trabajo . Pero no vamos a dedicar este estreno a eso, sino a nuestros botiquines reales, y al imaginario, ese que deberíamos tener en Toguilandia.

Hubo un tiempo en que los atracos a farmacias eran moneda común en nuestro mundo. Eran épocas en que la adicción a las drogas y la necesidad de sobrevivir al terrible síndrome de abstinencia convertía a estos establecimientos en víctimas propiciatorias de frecuentes robos. Estar con el “mono” era la razón por la que se cometían muchos delitos, lo que tiene su reflejo legal en la correspondiente atenuante. No obstante, de todos los asuntos de este tipo me quedo con dos, de los que fueron víctimas sendas fiscales. Uno de ellos fue el caso de un atracador al que perseguía, sin duda, la mala suerte. No solo la tuvo al elegir a la víctima, una fiscal a la que atracó a punta de navaja en su portal, sino más tarde cuando, detenido al día siguiente, encontró a su toguitaconada víctima, embarazada para más señas, ejerciendo su profesión en el juzgado de guardia. Ni que decir tiene que se vino abajo y confesó todo. Hasta la muerte de Manolete hubiera confesado en semejante trance.

El otro, además de drogodependiente, no debía tener muchas luces. Si no, no se entiende que, tras mostrar una jeringa a su víctima, también fiscal, que cargaba con sus expedientes en la consabida bolsa, le hiciera caso a sus indicaciones de que le siguiera hasta donde estaban sus amigos, que seguro que tenían más dinero que ella. El incauto fue tras ella para meterse directamente en la boca del lobo, representada, en este caso, por toda la comisión judicial que tomaba café en un bar cercano al juzgado de guardia donde acabó el pobre.

El Código penal recoge, además, las conductas consistentes en tráfico de drogas y medicamentos, así como todas esas sustancias que los deportistas tramposos usan para obtener resultados más allá de sus posibilidades. Pero tampoco es el propósito de este estreno analizar estos tipos penales, sino algo totalmente diferente: crear nuestro propio botiquín de urgencia. Ahí es nada.

No estaría mal, por empezar, suministrarnos algo así como toguivitaminas, para supertoguivitaminarse y toguimineralizarse, como si Super Ratón hubiera cambiado su capa por una toga .Así podríamos aguantar como si nada esas sesiones de juicios maratonianas en los que no se para ni a comer. Evitaríamos los ruidos de tripa y ese momento en que una siente que no le llega el riego. Mucho mejor que un café de máquina, dónde va a parar. Eso sí, que estuvieran a prueba de control antidoping, por si las moscas.

También habría que repartir en la puerta de los juzgados pildorillas de paciencia , que hay que ver la que hay que tener en ocasiones para aguantar lo que aguantamos. Y, por supuesto, que fueran en dosis elevadas, porque ya se sabe que la paciencia tiene mucha tendencia a perderse a la mínima de cambio.

Otra de las cosas que nos deberían prescribir obligatoriamente es la empatía, en vena a ser posible. Un chute permanente que nos permitiera tratar al justiciable, al personal y a los compañeros con esa capacidad de ponernos en su piel que siempre deberíamos tener y que a veces se nos gasta de tanta usarla, como el amor de la canción, pero sin gorgoritos. Y es que nuestro escenario no siempre ayuda con su puesta en escena de colapso y falta de medios.

No nos olvidemos de la anestesia. Porque más de una vez necesitaríamos una buena dosis para hacer frente a algunos casos que se nos plantean sin que nos duelan hasta un punto insoportable. Una toguiepidural nos vendría de fábula.

Además, hay algo que voy a patentar en cuanto lo descubra,  algo que debería ser obligatorio. El Adivinum compositum, simple o complex según las necesidades del momento. Mucho mejor que esa bola de cristal o esa varita mágica que todos los años pedimos a los Reyes Magos  y que siguen sin traernos. Necesitaríamos urgentemente tener esa capacidad de adivinación que nos permitiera saber cuando existe riesgo para dictar o solicitar una medida cautelar, y hasta saber el alcance de ésta, para perfilar cual de las medidas a nuestro alcance es la más adecuada. También estaría bien una buena dosis para conocer los hechos sobre los que hay que decidir, de los que a veces solo tenemos indicios. Ojala el estado de la ciencia avance hasta dar con la fórmula.

Pero, mientras ninguna empresa farmacéutica ni ningún Profesor Chiflado dé con la clave para crear estos productos, deberemos seguir tirando de los que traemos de serie, y hacer verdaderos esfuerzos para que no se nos agoten. Porque los vamos a seguir necesitando, visto lo visto.

Por eso, el aplauso hoy no puede ser otro que para quienes, pese a todo, dosifican todas estas cosas para poder utilizarlas en la dosis justa. Porque cuesta. Y duele.

Fetiches: no sin mi amuleto


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Muchos recuerdos van asociados a objetos. Sean fetiches, amuletos, o simplemente algo a lo que tenemos cariño, su presencia nos da seguridad y su ausencia nos la resta. Tal vez por eso, los objetos son los protagonistas absolutos de muchos títulos de películas, como Las zapatillas rojas, La caja de Música, El Tambor de hojalata, El Piano o, por qué no El muñeco diabólico, sin olvidar a todos los juguetes animados de Toy Story.

La presencia de fetiches en nuestro teatro existe, tanto a uno como a otro lado de estrados. Del lado de los delincuentes, hay determinados delitos sexuales que traen consigo toda una puesta en escena de lo más pintoresca. Recuerdo unas esposas rosas de peluche que eran lo más, y algún otro adminículo castigador que sonrojaría a cualquiera. Incluso en una ocasión, me cuentan que la cantidad de objetos de esa índole era tal que el argumento era que estaba buscando material para un Tupper sex.  Pero, más allá de eso, lo más habitual es encontrarnos navajas, cuchillos, tijeras o cortaúñas que eso sí, todo el mundo dice que son para cortar la fruta. Viva la vida healthy, vaya.

Pero quienes habitamos Toguilandia también tenemos nuestros fetiches, como, por supuesto, mi toga y mis tacones. Incluso desde antes de subir a estrados por primera vez. ¿Quién no ha tenido un amuleto de la suerte, una estampita, una prenda de ropa o cualquier otra cosa que llevar al examen  para que le diera suerte?. Yo ya he hablado otras veces de mi San Pancracio, con peana y todo, que planté encima de la mesa ante la estupefacción de examinandos y examinadores, y que debió dar su resultado, visto lo visto. O del suéter de la suerte de un compañero que con la temperatura de 10 grados bajo cero a la que hicimos el primer examen, casi le cuesta una pulmonía doble. Pero también dio su resultado. Eso, y los años que llevábamos empollando, claro. Una cosa es la suerte y otra hacer milagros.

Y es que, aunque no lo reconozcamos, todo el mundo tiene un punto de superstición. Cuando yo estaba en plena oposición, a mitad camino entre uno y otro examen, una buena amiga me regaló un búho de cerámica que según ella había de darme suerte. Yo, con la desesperación propia de quien está en ese trance, lo guardaba como oro en paño pero mi madre tuvo un mal día con el plumero y el búho perdió la cabeza literalmente. Mi madre anduvo buscando los trocitos y, armada y pertrechada del mejor de los pegamentos, lo recompuso mientras cruzaba los dedos para que yo no lo supiera. Estaba convencida, y con razón, que si sabía que la figurita se había roto, creería que sería un signo de mal fario y minaría mi autoestima de opositora trastornada. Consiguió su objetivo y yo no me enteré hasta que, mucho tiempo más tarde, confesó su pecadillo. Y la verdad, le agradezco que me lo ocultara, que nunca se sabe.

Continúo teniendo objetos a los que tengo mucho cariño y de los que no estoy dispuesta a desprenderme. Uno de ellos es una alfombrilla de ordenador que preside mi despacho, imagen de este estreno. Está muy viejecilla la pobre, pero me la regaló un compañero en los tiempos en que tuvimos ordenador en fiscalía por primera vez, que aunque parezca el Pleistoceno, tampoco hace tanto. Hace pocos años mi compañero falleció, y guardo su alfombrilla como oro en paño aunque se caiga a pedazos. Y la pienso seguir usando, y acordándome de él que, además, fue quien me inició en lo poco que sé de informática.

También tengo mis pongos, de los que ya hablé en el estreno dedicado a los decorados. Cada uno me recuerda a una persona, a una situación, a alguien que se fue de viaje y se acordó de mí. Y me gusta, aunque den a mi ordenadorr el aspecto del salpicadero del taxi de Que he hecho yo para merecer esto.

     Otra compañera tiene en su mesa un perrillo de esos que se pusieron de moda en los coches en los años 70, que movían la cabeza con un muelle y tenían los ojos brillantes. Y confieso que el día menos pensado se lo cojo para hacer compañía a mis pongos. Guardadme el secreto.

Del mismo modo, hay quien tiene especial apego a un Código en especial, que lleva destrozado y lleno de pegatinas con las distintas reformas, pero que tiene sudores fríos si entra en sala sin él. Manías toguitaconadas, vaya.

Aunque no hace falta que sean objetos relacionados con el derecho. Sé de una buena amiga que suele llevar canicas como amuleto, y se las mete en el bolsillo y hasta las hace sonar entre ellas para sentirse tranquila con su sonido. Y es que para gustos hay colores. Como los de las canicas

Así que ahí queda eso. El aplauso, esta vez, será para todas esas cosillas que nos ayudan en nuestra día a día en Toguilandia, y para los recuerdos que evocan. Porque toda piedra hace pared. ¿O no?

 

Escalofríos: palabra de víctima


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Contar vivencias en primera persona es un modo frecuente de expresarse en el mundo del espectáculo. Y no solo eso. Es un modo en el que lo que sucede en el escenario llegue de un modo mucho más directo al espectador, removiéndole las entrañas, sobre todo cuando lo que se cuenta responde a hechos reales. Incluso hay casos donde vemos a alguno de los protagonistas sosteniendo la cámara –son las llamadas películas en primera persona-, como ocurre en las terroríficas Rec o El proyecto de la bruja de Blair.

Nuestro teatro tiene mucho de relato en primera persona. Y, desde luego, mucho de terrorífico o escalofriante cuando eso sucede. Y es que pocas cosas hay tan impresionantes como oir a una víctima en vivo y en directo revivir una experiencia traumática. Y a ello vamos a dedicar este estreno

En mi vida profesional, dos de las frases de víctimas que más me han impactado tuvieron lugar a propósito de delitos sexuales, uno los hechos más desgarradores que puede vivir una persona. Nunca olvidaré lo que dijo una madre que, ante la reiterada violación de sus hijas por su marido, explicaba que podía llegar a asumir que el padre quisiera “estrenar” a las niñas, pero que más de eso no le aguantaba. No entraré a juzgar la actitud de esa madre, pero todavía se me ponen los pelos como escarpias de pensar todo el mundo de machismo, estereotipos y tradiciones terribles con que hemos tenido que bregar las mujeres.

La otra frase fue la de una mujer extranjera que, mientras declaraba la violación a la que había sido sometida por su marido, nos decía que ella ya le advirtió que eso en su país no sería nada, pero que en España se llamaba violación y era delito. Espeluznante.

En la misma línea me cuenta una compañera de otra mujer que, violada de modo reiterado por su pareja, llegó a decir en el día del juicio que “ahora ya no le molestaba tanto, porque ya no era tan seguido”. Igualmente tremendo.

Y es que algunas mujeres tienen asumidas cosas inasumibles hasta el punto de que, según me relatan, hubo una mujer, víctima de maltrato, que decía solicitar una orden de acercamiento. Preguntada por la asombrada fiscal a qué se refería, dijo que le dijeran al esposo, que le era infiel, que hiciera lo que quisiera y con quien quisiera pero que luego volviera a casa, que es lo que tenía que hacer. Por supuesto, hubo que explicarle en qué consistía, precisamente, la violencia de género.

Porque, aunque cueste creerlo, todavía hay mujeres que asumen y normalizan la violencia de género que padecen. Como una de la que me cuenta otra compañera, una mujer mayor que pedía encarecidamente que “quitaran del vino” a su cónyuge porque cuando bebía la molía a palos, aunque ella decía que cuando no bebía era un hombre excelente. Por supuesto, le preguntaron acerca de la frecuencia con que bebía y le pegaba. Y la señora, en una frase que esa fiscal todavía recuerda con honda tristeza, le dijo “lo normal”. Lamentablemente, no es la única que ha oído semejante frase.

A veces, la propia espontaneidad de quien declara nos deja desarmadas. Así le sucedió a otra compañera cuando una mujer mayor, víctima de una violación por un hombre joven, explicaba que ella ya le dijo que con lo joven que era, por qué no se buscaba a una de su edad. También fue espontánea la frase de una testigo de un asesinato por violencia de género que, interrogada acerca del modo en que el autor mató a la víctima, respondió “le disparó como si fuese un conejo”, aludiendo a que él era cazador.

Por supuesto, no todo es tan triste. Así que acabaré con dos casos de los que a una se le pone una sonrisa de ternura en la cara. Uno es relativo a la madre de un acusado por impago de pensiones que, tras declarar que su hijo estaba en las últimas, y una vez apercibida por la juez de que podía quedarse en la sala si quería, se paró y mirando al fiscal, le dijo: ” ¿Qué? ¿He estado bien?”. Y tanto que debió estarlo, porque a su hijo lo absolvieron.

Y, para genialidades, la de una víctima de supuestas amenazas que decía “no puedo más, no hace más que amenazarme con volver a suicidarse”. Y conste que lo realmente insuperable fue la reacción del letrado del investigado, que dijo que estas amenazas no había que tomarlas muy en serio. Acabáramos.

Así que ahí queda eso. Es solo una pequeña muestra de lo que vivimos cada día en Toguilandia a veces con el corazón hecho un gurruño a base de encogerse. Por eso el aplauso de hoy será, además de para mis compis que con su generosidad me proporcionan material para contar, para quienes cada día bregan con estos difíciles asuntos. Gracias mil de nuevo.

 

Derechos: grandes y pequeños


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Hay quien dice que el Derecho lo impregna todo. Hasta algo tan aparentemente antitético como el arte está fuertemente influido por el Derecho de cada Estado, con mayúscula, y por los derechos que en función de ello se tienen o no se tienen. La libertad de expresión y cómo se considere, si ir más lejos, guarda íntima relación con la producción literaria o artística. Recordemos que no hace tanto tiempo la censura privaba a espectadores de besos y desnudos, de un lado, y de toda clase de alusiones políticas que no estuvieran alineadas con el Régimen, de otro. Siempre, claro está, que el director no fuera lo suficientemente listo para sortearla y colarle más de un gol. También el propio Derecho y sus profesionales somos habituales protagonistas de películas y series. Perry Mason, Anillos de oro, Turno de oficio, La ley de los Angeles, Ali McBeal, La fiscal Chase, son solo algunos de los muchísimos títulos que se me vienen  a la cabeza. Sin olvidarnos de la lucha por los derechos más elementales, otro filón para el cine, desde Arde Mississippi hasta Missing, Mandela, Ghandi y muchas más.

Pero una cosa es el Derecho, con mayúscula, y otra los derechos, con minúscula. Y otra distinta el uso popular de la palabra “derecho” que hacemos. “No hay derecho” es una expresión común que se usa casi sin pensar para referirse a cualquier cosa que parezca injusta. Aunque, claro está, se extiende y una llega a oír cosas como que no hay derecho a tener que madrugar, a que no funcione la máquina de café o a cualquier nimiedad. Algo parecido a lo que sucede con la expresión “de juzgado de guardia” que, si se tomara en sentido literal, haría que en tales órganos no diéramos abasto. Y ojo que hay quien lo hace. He visto denuncias porque la vecina se había dejado el grifo abierto o porque el vecino había puesto un toldo con la imagen de una calavera que rompía la estética de tolditos blanquiverdes del edificio. Y es una gaita, desde luego, pero no es delito.

Derecho, con mayúscula, es la disciplina que estudia las leyes y su aplicación, algo que hemos estudiado la generalidad de habitantes de Toguilandia. Incluso aguantado la bromita que nos hacían frecuentemente de “¿Estudias Derecho? Pues yo prefiero estudiar sentado”. Espero que ya haya pasado de moda, o se haya sustituido al menos por algún meme o gif gracioso, con gatitos incluidos a ser posible.

Cuando se habla de que algo se resuelva conforme a Derecho, no quiere decir otra cosa que se haga conforme a la ley. Una obviedad, si nos fijamos. Aunque hay que reconocer que frases así hacen su papel como comodín del público en más de una ocasión. ¿Quién no ha visto expedientes despachados con un “procédase conforme a Derecho”, “es ajustado a Derecho” y expresiones similares? Pues eso. Una especie de Pasapalabra versión toguitaconada.

Pero, además del Derecho, están los derechos. Esa acepción de derechos, como derechos subjetivos, hace referencia a las facultades del ser humano que le corresponden por razón de serlo y que deben ser reconocidas y protegidas por el Estado. Los más importantes en el ranking, los Derechos Humanos , son los que a cualquiera se nos vienen a la cabeza al hablar de derechos. El derecho a la vida, a la integridad, a la libertad, a la intimidad, a la propia imagen, a la presunción de inocencia, a la tutela judicial efectiva  y unos cuantos más, que son los que confieren a un estado la categoría de Estado de Derecho. Cuando no se reconocen, es cuando sería aplicable al pie de la letra esa frase tan manida de “no hay derecho”.

Pero luego hay otras cosas, como prerrogativas o privilegios que a veces se confunden, deliberadamente o no. Pondré un ejemplo de lo que vemos habitualmente. Cuando en un proceso por violencia de género, ambas partes –víctima e investigado- no declaran, se dice que se acogen a su derecho a no declarar. Craso error. En el caso del investigado sí estaría haciendo uso de un derecho constitucional, reconocido y protegido como tal. En el de la víctima solo estaría utilizando un privilegio o prerrogativa que le concede la ley, la dispensa a declarar contra determinados parientes, pero no un derecho. Las consecuencias no son cualquier cosa. Dependiendo de si se trata de un verdadero derecho o no su vulneración tendría acceso al Tribunal Constitucional, y toda reforma que afectara al tema requeriría de ley orgánica, necesitada de una mayoría reforzada en el Parlamento. Tampoco creo que sean derechos en sí cosas como inmunidades o inviolabilidades de determinados sujetos, que entrarían dentro de las prerrogativas, facultades e incluso privilegios. Que no nos confundan.

Tampoco hay que confundir aquellas cosas que el estado protege con nuestros derechos. El Estado garantiza y reconoce el derecho a contraer matrimonio, pero lo de buscar un cónyuge corre de nuestra cuenta.  No vamos a exigirle que nos busque novio o novia, que el estado no es Santa Rita ni San Antonio. Otro tanto cabría decir con la protección a la familia, que no significa que el estado tenga que buscarnos una prole a nuestro gusto.

Pero hay quien toma el rábano por las hojas y disfraza de derecho cualquier cosa. Recuerdo un penado que ponía una queja tras otra porque el médico forense usaba gafas de sol –creo que tenía una afección en la vista-, alegando su “derecho a que me miren a los ojos”. Que está muy bien querer emular a Bécquer –pupila azul incluida-, pero de ahí a considerarlo un derecho hay un mundo.

También hay quien hace gala de un poco de jeta y toma por derecho lo que son simples exigencias, algunas de ellas realmente pintorescas. En un juicio de faltas, recuerdo un habitual de la casa que se quejaba de que el banquillo de los acusados era duro y esgrimía su derecho a un asiento digno, tal como suena. Y los hay que se enfadan mucho y tras el interrogatorio dicen que ellos también tienen derecho a preguntar, ”no lo van a decir todo los señores esos de negro”. E incluso en el público tuve una vez a una señora muy indignada que levantaba la mano mientras se daba golpes de pecho con el abanico y acabó gritando que por qué ella no tenía derecho a hablar.

Así que eso es lo que hay. El aplauso, una vez más, para quienes desde las trincheras del Derecho protegen los derechos de todas las personas. Aunque más de una vez hayan de oirse eso de que no hay derecho.

 

Confesiones: en boca cerrada…


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Confesar es reconocer ante alguien haber realizado un hecho, generalmente reprobable o que al menos puede serlo. Aunque en principio el término tiene connotaciones religiosas, se utiliza desde siempre para referirse a secretos que se revelan y eso, sin duda, es un buen material para una película o una obra de teatro. Yo confieso o Secreto de confesión son títulos que inciden sobre ello, incluida su vertiente religiosa, y muchos más dan protagonismo al propio confesionario, como La Regenta. Pero cualesquiera Confidencias, sean Confidencias a medianoche o a otra hora del día, resultan prometedoras.

En nuestro teatro, la confesión también existe. Es, en sentido estricto, la prueba en la que declara el demandado en el proceso civil. Pero, más allá de ese concepto estricto, quienes son demandados, denunciados, investigados, procesados o denunciados tienen diversas oportunidades de abrir la boca. Y en algunas, más les valiera haberla cerrado y acogerse a su derecho al silencio, como vimos en el estreno dedicado a la última palabra

Pero es inevitable que, bien sea por pura ignorancia, o bien sea porque hay quien se cree tal listo – o lista- que pasa olímpicamente de los consejos de su defensa, los haya que meten la pata hasta el fondo en cuanto abren su boquita. Y da igual que estemos en un procedimiento por delito grave o leve, en un civil o en un penal. Nadie escapa a la maldición del bocachanclismo , como un acusado de homicidio que, fiel a la consigna de mantenella y no enmedalla, dijo “Yo no hice nada, pero lo volvería a hacer otra vez”.

Y como el movimiento se demuestra andando, aquí van algunas muestras, propias o cedidas por mis generosos compis. Yo siempre recuerdo el argumento que me dio un detenido por homicidio para no entrar en la cárcel, que decía muy convencido que él no podía estar en prisión porque le daba claustrofobia. No coló, claro, y hoy, ya condenado, no sé como lo llevará el hombre.

En otra ocasión, en este caso por violencia de género, el detenido ya había sido condenado a una pena de 27 años. Preguntado por ello, dijo en tono plano que “fue un lamentable error, un accidente que ocurrió”, explicando más tarde que “la que era mi novia en ese momento, que estaba embarazada, falleció”. Según la compañera que me lo cuenta, el ambiente se heló. Y no me extraña, la verdad.

Aunque en general estas meteduras de pata nos han hecho soltar más de una carcajada. Como la del investigado por violación que, sometido a un careo con la víctima, al oír que ésta le recriminaba por haberle violado cinco veces esa noche, gritó “Soy Superman”, alzándose de la silla, con los brazos en alto, y una enorme sonrisa. Y no es para menos, oiga, aunque el tribunal no debió creerlo porque acabó absuelto por falta de pruebas.

Y es que entre nuestra clientela hay verdaderos sabios, o que se creen tales. Entre los segundos, un denunciado en un juicio de faltas que quiso mostrar su sapiencia al juez, subiéndose la manga de la camisa y exclamando “y si no me creen, que me pongan el suero de la verdad”, mientras su madre, abochornada, trataba de llevárselo de allí. Entre los primeros, una verdadera joya de la delincuencia patria que, detenido por robo, repetía “Que yo esté aquí detenido, siñoria, por robar pa comer…y el dínguirin suelto por Suiza…es que no hay justicia ni diricho ni ná, llevénme a Suiza a mí también, donde los bollos”. Sabiduría popular en estado puro.

Algunos, incluso, nos dan lecciones de Derecho, incluso en su propio perjuicio. Así lo hizo un acusado por hurto que, orgulloso de su proeza, le explicó al juez y la fiscal que de hurto nada, que saltó una valla bien grande y eso era robo con fuerza sí o sí. Acabáramos.

No tan sabio era, sin embargo, un denunciado sobre el que me cuenta un compañero, en un juicio de faltas por hurto de gasoil, que fue sorprendido con la manguera y la garrafa en la mano. Ante ello, el angelito, dijo nada menos que el Mosso de escuadra iba a por él, que le tenía ganas desde hacía mucho. Y, por eso, tras decirle que le iba a hundir, sacó de su coche una manguera, un destornillador y una garrafa, se acercó al camión y agujereó el depósito y puso la garrafa para hacerle a él responsable. No contento con ello, preguntado por el fiscal si el otro Mosso también participó, dijo que no, que ese lo que hizo fue sacar una guitarra y ponerse a cantar en una esquina para distraer a quien pasara por ahí. Inexplicable que el juez no creyera esta historia y le condenara. ¿Verdad?

Y es que los juicios de faltas daban mucho de sí. Ya he contado alguna vez que un uno de mis primeros juicios por maltrato, mucho antes de la ley integral, el juez preguntó al denunciado si pegó a su mujer. Su respuesta a la gallega fue “qué usted no pega a la suya”. La condena fue obvia. Tanto como la otro denunciado que a la pregunta de si llamó al denunciante hijo de puta, respondió “es que lo es”, enzarzándose a continuación en un debate sobre infidelidad y cuernos que para sí quisiera el Diario de Patricia.

Los delitos sexuales son otro filón para estas cosas. Me cuenta un compañero de una testigo  se supo violada, pese a lo borracha que decía estar, porque al día siguiente tenía el estómago revuelto. Y eso que no dijo, como Chus Lampreave, eso de que era testiga de Jehová y no podía mentir. Aunque mucho más sincero fue un acusado de violación que, preguntado por la fiscal si, además de la penetración vaginal –por la que ya le había preguntado el juez- , había penetrado analmente a la víctima, respondió “ah, eso sí que no. Yo, señorita, cada agujero para lo que es”. Y cada cosa en su sitio, oiga, faltaría más.

Otra fuente de arrebatos verborreicos son las relaciones de pareja. Me cuenta otra compañera de un acusado que negaba una y otra vez haber sido pareja de la denunciante. La fiscal insistió preguntando si vivieron juntos, y si tenían hijos. Pese a responder afirmativamente, añadió “pero no éramos pareja”, como si fuera el científico diciendo “y sin embargo se mueve” versión cañí. Una premisa también sostenida por un acusado ante mí que, preguntado si tenían relación de afectividad me dijo que se acostaban regularmente, pero que afecto no le tenía ninguno. Y tan fresco.

A veces, los destinatarios de esos excesos verbales somos quienes lucimos toga. Especialmente, como dice un compañero, si llegada la tarde se despiertan sus lenguas vespertinas. A una compañera le interrumpió el acusado en pleno informe diciendo “que se calle esta señora, que ya no la aguanto”, con lo majas que somos las fiscales, oye. A otra, sin embargo, se refirió el acusado en su última palabra, declinando el derecho a usarla porque “ya se lo había dicho to al cura”.

Pero como no solo de Derecho penal vive el jurista, también he encontrado perlas en otras jurisdicciones. Una de ellas, la de un demandado de paternidad que ya tenía otros cinco hijos naturales y que, lejos de negar los hechos, exclamó “pues sí que me ha salido caro este polvo”. En otro juicio, relativo a una custodia, el demandado fue preguntado si consumía drogas en ese momento. Como si hubiera sido inoculado del suero de la verdad que pedía aquel otro acusado en juicio, dijo que se metía speed, pastillas, coca.. y que casi mejor decía lo que no se metía y acababa antes. Pasapalabra, pues. No hay más preguntas.

O sí, porque me resisto a dejar fuera este diamente en bruto, calentita de hoy mismo. Respuesta a la pregunta del fiscal de por qué pide 250 € de pensión para su hijo : “porque está regordico”. Insuperable.

Así que ahí queda eso. El aplauso, una vez más, para mis compañeros y compañeras, verdaderos protagonistas de este estreno con sus historias. Gracias de nuevo por compartirlas

Custodia: la discordia


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Las avenencias y desavenencias familiares son fruto de gusto en el cine, y dan para mucho. Sobre todo, en lo relativo a qué pasa con los hijos e hijas tras una ruptura. Desde Kramer contra Kramer a Tres solteros y un biberón, pasando por todo tipo de comedias, tragedias y tragicomedias, estas situaciones son un caldo de cultivo excelente para cocinar buenos resultados en taquilla.

Pero la realidad ni es tan dulce ni se mide en la recaudación de la taquilla. La realidad pura y dura es esa con la que nos toca lidiar a quienes, de uno u otro modo, intervenimos en el Derecho de Familia . Algo que, aunque no tenga un contenido jurídico tan aparentemente sesudo como otras materias, es de lo más difícil que le pueden encomendar a una persona, con toga o sin ella. Y que deja siempre la duda de si habremos hecho bien con la decisión tomada.

En teoría, la cosa parece sencilla. Hay que decidir para quién es la guarda y custodia del menor y cuál será, de haberlo, el régimen de visitas, utilizando un principio fundamental. El beneficio del menor, o favor minoris, que en latín siempre parece más fino. Hasta ahí resulta fácil. Sobre todo cuando uno de los progenitores tiene una conducta tan reprochable que no deja el mínimo resquicio a la duda. Pero las cosas nunca son tan simples, y eso del interés superior del menor tiene distintas interpretaciones según quien las haga.

Obviamente, cuando los dos progenitores están de acuerdo en todo, y ese todo es razonable –de ahí la intervención de juez y fiscal aunque haya acuerdo- no hay problema alguno. El interés del menor nos viene servido en bandeja.

Pero hete tú aquí que hay muchos casos en que el acuerdo es imposible. Las partes se empecinan en que la razón absoluta les corresponde, y no hay manera. A veces, son cosas justas y razonables, como mantener al menor en su entorno escolar y familiar, o darle la mejor atención médica o educación posible. Pero otras no es tan razonable, y los pleitos se enquistan por cosas tan peregrinas como el vestido de comunión –me han llegado a traer fotos del modelito elegido por el padre y pos la madre-, las actividades extraescolares o el lugar de veraneo. Y ahí es donde se empiezan a poner las cosas espinosas y donde cuesta mantener la compostura.

Pondré un ejemplo. Recuerdo un procedimiento de modificación de medidas en que el padre pretendía un cambio de custodia alegando que su hija se quejaba de continuos tirones del pelo de la madre. Como, obviamente, parecía que lo de arrastrar del pelo a la niña era inaceptable, pusimos en marcha el procedimiento. Y cuál fue nuestra sorpresa al descubrir, tras escuchar a la menor, que esos tirones de pelo no eran otra cosa que el empeño de la madre por deshacerse de una contumaz y persistente plaga de ftirápteros –vulgo, piojos- que se habían cebado con la cabellera abundante, rubia y rizada de la niña. Y cualquiera que haya pasado por semejante trance sabrá que los anuncios de televisión mienten como bellacos cuando dicen eso de que en cinco minutos se van y no vuelven jamás. Un ejemplo de publicidad engañosa de los que hacen historia. Esperando estoy a que alguien lo plantee, por cierto. Por supuesto, en este caso ambos progenitores alegaban el interés de menor para pretender la custodia. Y por supuesto también que todo quedó desactivado al descubrir el pastel.

Y es que hay que oir a las criaturas –obligatoriamente hasta los 12 años y antes si tuvieren suficiente juicio, según la ley, aunque yo les oigo siempre- Pero oírles no significa que lo que digan vaya a misa. Los niños son niños y sus razones son muchas veces razones de niños. Como que quieren ir con uno u otro porque le compra más cosas, porque no le obliga a hacer los deberes o porque vive mas cerca de su amigo Fulanito. Así que, además de oír, hay que escuchar, y luego, ponderar. Que no es poca cosa.

En cuestiones de custodia lo más espinoso es, sin duda el tema de la custodia compartida. Algo que debería ser lo ideal si la relación entre los progenitores fuera ideal y tuvieran la capacidad de ponerse de acuerdo. Pero que no siempre resulta posible si tienen que venir al juzgado cada vez que hay que decidir cosas tan nimias como si el niño toca el trombón o la flauta travesera o se apunta a baloncesto o fútbol. Por eso es tan difícil de concebir la custodia compartida impuesta –esto es, sin acuerdo de los progenitores-

Por supuesto, en casos de violencia de género, la propia ley prohíbe la custodia compartida. Y, aunque no prohíbe la custodia exclusiva del progenitor investigado o condenado por un delito de mal trato, parece obvio que es el espíritu. Aunque, desde luego, toda regla pueda tener una excepción, por excepcional que resulte, valga la redundancia.

Lo que no se pude hacer en ningún caso es usar la guarda –que no guardia, como he oído más de una vez- y custodia, o las visitas en su caso, como arma arrojadiza entre los ex cónyuges en lugar de como instrumento de velar por el menor. Nunca debemos perder de vista que la patria potestad es, antes que una facultad de los padres, un derecho de los hijos e hijas. Y el derecho a relacionarse con ambos debe ser respetado, salvo que existan casos para restringirlo o privar de él, como son los malos tratos al propio menor.

Acabaré diciendo que hay algo que me remueve las tripas. Esos procesos de divorcio donde las cuestiones relativas a los menores se resuelven de un plumazo, y pasamos las horas discutiendo quién se queda con esta o aquella cosa. Siempre me acordaré de un caso que daría para una película de Berlanga o de Almodóvar: un divorcio donde el problema por el que no se llegaba un acuerdo era quién se quedaba con el vídeo de la boda. Tal como suena. Me gustaría preguntarles, pasados más de 20 años, qué hacen ahora con la cinta de vídeo de las narices. Aunque aquello era tan surrealista que igual guardan un reproductor de VHS o Beta para la ocasión. Nunca se sabe.

Así que hoy no puedo hacer otra cosa que dedicar mi aplauso a la santa paciencia de todos y todas los jueces, fiscales, abogados y abogadas que se dedican al espinoso tema de desunir eso que, según la fórmula tradicional, Dios había unido y no podía separar el hombre. Porque tiene un mérito que no siempre se sabe ver.

 

Síndrome postvacacional: otra vez


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Cada año pasa lo mismo. El verano termina, se acaban los bolos y las galas estivales, y el mundo del espectáculo tiene que reinventarse de cara al nuevo curso. Nuevas programaciones, nuevas obras y nuevos proyectos mientras van quedando lejos actuaciones al aire libre y algún ratito de asueto en traje de baño. Nos ponen por enésima vez en alguna cadena de tele o radio al Duo Dinámico cantando lo de El final del verano, y se acabó. Cada mochuelo a su olivo. Se acabó El mejor verano de nuestras vidas, el peor, o uno más. Y a regresar como los chicos de Grease contando las aventuras estivales al ritmo de Tell me more.

Aunque haya quien no lo crea, también nuestro teatro sufre del síndrome postvacacional, y de un modo especialmente intenso. Porque, como ya hemos dicho alguna vez, lo nuestro no son vacaciones sino pseudo vacaciones, porque en realidad se trata de unos días con licencia para faltar al despacho mientras los expedientes siguen amontonándose en él como si no hubiera un mañana. Un efecto que se acrecentó desde que tuvieron la ocurrencia de acabar de un plumazo con la mayoría de sustitutos 

Pero una cosa es saberlo, y otra bien distinta vivirlo. Y como de ilusión también se vive, una regresa a Toguilandia pensando que esta vez no, que después de haberse dejado la mesa y las estanterías listas para que las revise el inaguantable mayordomo de la prueba del algodón la cosa será diferente. Igual hay suerte y no ha entrado mucho papel, o quizás se ha hecho realidad lo del Papel 0 mientras zanganeábamos. Pero nada. Mi gozo en un pozo. Y de nuevo las pilas de papel amontonadas en equilibrio imposible mientras me parece estar oyendo al mayordomo riéndose de mí, y diciendo que quien ríe el último ríe mejor.

Entonces me acuerdo de otro anuncio con otra protagonista odiosa. La chica del futuro que nos trae una lejía, que anda que no debe haber cosas en el futuro para que justamente nos traiga eso. Ya podía traer la fórmula mágica para que los expedientes se despacharan solitos.

Así que otra vez reparto de juicios, corre corre que no llegas, y, sobre todo, ya nada de No me pises que llevo chanclas, que toca toguitaconarse de nuevo. Y ya sabemos, aun para quienes estamos cerca, Aquí no hay playa, vaya, vaya 

Y encima, los efectos secundarios de las vacaciones. La dichosa pregunta de qué tal las vacaciones y la no menos dichosa de dónde has estado. Porque parece que hay que irse muy lejos y hacer cosas como bucear, saltar en paracaídas o tirarse de un acantilado para que las vacaciones sean lo más. Y a ver cómo explica una que no, que ha pasado unos días tranquilita sin hacer nada, ni siquiera todas esas cosas que se había jurado hacer. Aunque siempre cabe llamarle Dolce far niente que suena mucho mejor. Dónde va a parar.

Porque esa es otra. ¿Por qué narices nos empeñamos en que tenemos que hacer deberes de vacaciones como si fueran el cuaderno de verano de cuando íbamos al colegio? Este verano me voy a leer los catorce libros que tengo pendientes, voy a hacer un repaso a toda esa jurisprudencia que no me leí en su día, voy a poner al día mi correo electrónico y borrar todos esos mensajes del Pleistoceno, voy a ponerme en forma corriendo tropecientos kilómetros al día, y voy a pintar la casa con mis manitas y dejarla hecha un pincel, después de arreglar cajones y estanterías. Y se puede añadir a la lista tanto como una quiera. Porque luego, nada de nada.

Así que repasamos el verano y ni hemos subido al Everest, ni buceado entre los corales, ni leído más que una par de novelitas no demasiado sesudas, ni arreglado nada. Y una llega con una sensación de haber perdido el tiempo que hace que se la lleven los demonios cada vez que le preguntan por el verano.

Y, como si fuera un castigo divino por no haber hecho los deberes, ahí están los expedientes haciéndonos burla. Ellos no han perdido el tiempo, no señora. Ellos estaban ahí haciendo eso de Creced y multiplicaos mientras una no hacía más que tomarse una cervecita de cuando en cuando jurándome a mí misma que al día siguiente empezaría todo lo que tenía planificado para las vacaciones.

Ganas me dan de usar la toga como capa invisibilizadora tipo Harry Potter y meterme debajo. O descender al mundo de los Teletubbies y, con la toga, por supuesto, taparme la cara al grito de “no toy”. Pero vaya si estoy. Con zapatos en vez de chanclas y toga en lugar de pareo, aunque con el cerebro no sé en qué punto intermedio entre unos y otros.

Pero lo juro. Al año que viene, vacaciono mejor. O no.

Así que hoy no me queda otra que dar el aplauso a quienes cambian chanclas por tacones –o mocasines, o lo que sea- . Aunque solo sea para animar un poco, que buena falta nos hace.

Material escolar: los imprescindibles


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Es casi imposible hacer una buena obra sin unos medios mínimos. Para dirigir una película se necesitan cámaras, decorados, un guión, actores y actrices, vestuario, maquillaje, decorados, exteriores y un montón de cosas sin las cuales no es posible. La bailarina poco podrá hacer sin las zapatillas adecuadas y las mallas que correspondan y tampoco nadie se puede lucir como cantante sin un equipo de sonido adecuado. Algo obvio. Un material escolar que no puede faltar para abordar el nuevo curso, vayan a enfrentarse a un curso tan difícil como el de Rebelión en las aulas, a una mágica escuela tipo Harry Potter o a las veleidades cantarinas y danzarinas de Grease o High School Musical.
Y en nuestro teatro no íbamos a ser menos. Nos enfrentamos, como cada año, a la vuelta al cole y tenemos que tener nuestros cuadernos, nuestros lapiceros y nuestra agenda preparados. Sin olvidar los libros de texto. Que, como decía aquel anuncio que siempre odié de niña, hay que ir Al colegio con alegría no vaya a ser que,- también parafraseando a otro famoso anuncio de una época- tengamos que decir lo de “Andá, la cartera” aunque no olvidemos los Donuts.
Parece mentira que en plena era de la informática tengamos que hablar todavía de cosa como lápiz, boli y gomas, y más aún cuando tanto se presumió de Papel 0 . Y parece más mentira todavía que así sea también en los lugares donde las implantación informática es más amplia y tienen cosas como la Fiscalía digital, que sé que tiene en un sin vivir a los compañeros que la padecen. Pero de momento, seguimos esperando que la informatización sea una verdadera ventaja y no un quebradero de cabeza. Esperemos que con los nuevos aires ese momento esté más cerca.
Pero mientras tanto, vamos a hacer nuestra propia selección de material toguitaconado imprescindible. Y que no falte. Que confieso que alguna vez me he lanzado en plancha sobre el armario del material y si he logrado un fosforito de más me he ido dando saltos al grito de “Mi tesoooooro”
Lo primero, cómo no, serán los bolis. Que, aunque pueda parecer increíble, a veces escasean, y hay que conformarse con los que quedan. Que no sé cómo decir que los bolis verdes no son lo más, y que no se empeñen en traer un montón. Y que hay quien escribe con punta gruesa y quien, como yo, prefiere la fina, y tampoco pasaría nada porque hubiera un poquito de cada. Aunque a veces haya que conformarse con que haya, y punto. Tampoco estaría mal que pudiéramos disponer de lápices y gomas de borrar, que muchos y muchas  nos criamos sin ordenadores y los echamos de menos. Además vienen muy bien para anotar en los Códigos si ha habido alguna reforma, porque hasta el momento no confiamos demasiado en su renovación.
Aunque la estrella absoluta para mí son los posits. Ya decíamos un estreno a la positprudencia , útil como pocas cosas. Y también constituyen un canal de mensajería entre fiscalía y juzgados que ya quisiera whatsapp. Y ojo, que nadie me llame antigua por eso. Soy un ejemplo viviente de la combinación de las nuevas tecnologías con la tradición: tengo el ordenador plagado de pósits pegados. Que no se diga.
Otra de las estrellas de nuestro material escolar son los marcadores, o sea, los fosforitos de toda la vida. Juro que he visto a compañeros que casi llegan a la manos por hacerse con el último amarillo o verde que quedaba. Y, una vez obtenido el trofeo, lo esgrimían como Escarlata O´Hara gritando eso de A dios pongo por testigo que no dejaré sin subrayar la copia del atestado.
También hay otro adminículo especialmente útil: las gomas elásticas. Por si alguien no lo sabe, igual sirven para un roto que para un descosido, y lo mismo sujetan esas carpetillas de fiscalía que engordan como si hubieran atracado el Burguer King, que atan unos autos que se desmoronan por momentos. Y tienen utilidades extra. Recuerdo en mis primeros tiempos toguitaconados a un secretario judicial –hoy LAJ- que empezaba a hacer ruiditos con ellas cuando los informes en juicio se alargaban y su paciencia se acortaba.
Por supuesto, no podemos olvidar las etiquetas o pegatinas, que ya tuvieron su estreno y tienen el poder de provocar infartos, como traigan eso de causa con preso acompañado de varios tomos.
Por último, entre los grandes misterios de la humanidad, está uno que espera que seguro que sería un filón en Cuarto Milenio. La desaparición de las grapadoras y los quitagrapas. Estoy convencida que debe haber un agujero negro en el espacio llenito de grapadoras que, misteriosamente, se esfumaron de las mesas de los y las fiscales –aun tengo que averiguar si les pasa a otros- Yo, por si acaso, confieso que mi querido quitagrapas lo tengo sujeto con un cordel como los de la cuerda floja de los sumarios, que puede resultar un poco cutre pero es muy efectivo.
Menos mal que siempre nos quedaran las tiendas multiprecio -de chinos, vaya- para suplir carencias, que a veces vienen de lujo.
Así que hoy el aplauso es, un vez más, para quienes, pese a todo, siguen al pie del cañón sean cuales sean los medios. Y si además lo hacen, como en aquel viejo spot, con alegría, mejor todavía.