Pulseras: algo más que joyas


pulseras

Nadie duda del glamur que desprenden algunos objetos. Las joyas son, por antonomasia, los objetos más cargados de significado: por su valor económico, por su valor sentimental, o hasta por su consideración de fetiche. Y el cine y el teatro no podían dejar pasar ese filón. Es bien conocido el alfiler de sombrero que usa la protagonista de Matador -casi tanto como el picahielos de Atracción fatal que, aunque no sea una joya, podría serlo-, el anillo con veneno de Lucrecia Borgia o el diamante único de La Pantera rosa. Son especialmente frecuentes en obras de todo tipo, desde comedias románticas hasta los más sangrientos dramas, los anillos y las pulseras de pedida. Aunque pueden tener otros muchos significados, como las inolvidables Pulseras rojas de la serie o las de la película Cuarta planta, que evocaban el distintivo que marcaba a sus protagonistas por su estancia en un hospital.

Hoy no voy a hablar de esas pulseras. O al menos, no solo de esas pulseras, sino de algunas de las que podemos encontrar en nuestro teatro, desde los más diversos enfoques y ocupando distintos papeles. Así que vayamos por partes.

Lo primero que se le viene a una a la cabeza cuando le hablan de pulseras, como de cualquier otra joya, es el delito de robo. El robo de joyas ha tenido tal barniz de glamur en películas como Atrapa a un ladrón que ha hecho que mucha gente vea esa realidad algo distorsionada. Los ladrones de joyas que pasan por Toguilandia no son caballeros que coman las aceitunas con cuchillo y tenedor, sino que suelen ser simples delincuentes habituales que roban joyas como podrían robar dinero, televisores u ordenadores, porque es lo que tienen a mano. Y porque son más chiquitas y sencillas de transportar, sin duda, aunque tengan el inconveniente que es más fácil de reconocerlas y, por ende, son más difíciles de “recolocar”. Cualquiera que lleve un tiempo en nuestro teatro se habrá encontrado alguna vez con pruebas del delito tales como el anillo que lleva grabado en su interior “tuyo por siempre, Catalina”, el reloj con la inscripción “tus compañeros de Fornituras Pérez como recuerdo por tu jubilación” y hasta la esclava con el sempiterno “amor de madre”, un clásico donde los haya.

Pero hay otras pulseras, con un contenido mucho más jurídico, ya que, en vez de formar parte del contenido o la prueba del delito, se incardinan en la ejecución de la condena. Se trata de los denominados dispositivos telemáticos de localización, conocidos popularmente como “pulseras” y que, paradojas de la vida, no son pulseras sino tobilleras. Se trata de un dispositivo que , por medio de un GPS, localiza si el delincuente está cerca de su víctima o del lugar al que debe permanecer alejado, en cuyo caso emite una señal que es recibida por el centro de control pertinente. Todo muy clarito, muy aséptico y muy funcional, aunque, como suele ocurrirnos, del dicho al hecho hay un buen trecho y no siempre la pulsera es la panacea que algunos políticos nos quieren vender. No olvidemos que es solo uno de los modos de controlar al maltratador o delincuente de que se trate, pero ni funciona en todos los casos ni siempre es la solución.

Lo primero que hay que recordar es que el control a través de estos dispositivos requiere de la colaboración de la víctima, porque a ella también se la priva de su libertad ambulatoria, al tener que estar localizada, y se le obliga a cumplir con determinadas dinámicas, como cargar la batería del dispositivo y mantenerlo activado. Por tanto, si ellas no están convencidas de quererlo, es difícil que algo así funcione, menos aún si no se tienen en cuenta las características del caso concreto. Contaré u ejemplo, al que ya me refería al hablar de medidas cautelares  pero merece la pena recordar. Se trataba de un presunto maltratador -hoy condenado por sentencia firme- detenido por este hecho. La fiscal -yo, en este caso- pidió prisión preventiva para él y la jueza la acordó, pero su abogado recurrió, como no podía ser de otro modo, el auto, y la Audiencia Provincial decidió hacer un ejercicio del más puro salomonismo y, ni pa tí ni pa mí, dejó al sujeto en libertad pero con tobillera telemática, medida que nadie solicitó. Hete tú aquí que, desde el mismo día de su puesta en libertad, el artefacto pita como si no hubiera un mañana exactamente a la misma hora, las 8 de la tarde, y deja de hacerlo a las 10 en punto. Como era de esperar, el individuo fue detenido por un delito continuado de quebrantamiento de condena y, al recibirle declaración, fue cuando se destapó el pastel. Pernoctaba en la Casa de la Caridad y cargaba la batería por la noche pero, como quiera que no regresaba hasta la hora fijada para las cenas, las 10 de la noche, el aparato no tenía autonomía suficiente y se quedaba sin batería, con el consiguiente y constante pitido que volvía loca a su supuesta beneficiaria. La víctima nos rogó por activa y por pasiva que quitáramos aquello, pero hasta que no se comprobaron las circunstancias no se deshizo en entuerto, que tenía una complicación procesal extra al haber sido acordado por la Audiencia.

Otro caso que recuerdo es el de otra mujer que vino al juzgado llorando, suplicando que quitáramos la pulsera. Su agresor trabajaba en un servicio de asistencia en carretera, y ella cuidando ancianas. Como quiera que uno y otra se desplazaban para realizar sus trabajos -él especialmente-  las posibilidades de coincidencia eran muchas y a ella le sonaba con frecuencia el pitidito. Ya le habían despedido de dos trabajos porque a las ancianas a las que cuidaba no les gustaba nada eso, y menos aún que viniera la policía, y a los hijos que la contrataban todavía les gustaba menos que se descubriera que había sido contratada en negro. Total, que para la mujer había sido peor el remedio que la enfermedad.

Otro caso pintoresco era el de un hombre al que el dispositivo solo pitaba durante unos segundos, con una relativa periodicidad. El misterio quedó resuelto cuando se comprobó que los 500 metros quedaban un par de centímetros dentro de la línea de una de las cajas del hipermercado al que acudía habitualmente, con lo que el aparato sonaba cuando hacía la compra semanal y escogía la caja de la discordia por el tiempo que duraba meter la compra en la bolsa y pagar.

¿Quiero decir con esto que la pulsera es Satanás, y que no hay que usarla? Pues, desde luego que no, pero tampoco es el dios que va a acabar con la violencia de género de un plumazo. Los dispositivos telemáticos pueden ser muy útiles en muchos casos, pero no puede establecerse una regla general. Donde mejor encaje tienen es en la ejecución, para casos de condenados en libertad por haber cumplido la pena de prisión, tenerla suspendida o gozar de permisos o beneficios penitenciarios y sin embrago había muchas reticencias legales a acordar su uso, si bien ya hace tiempo que es pacífica la posibilidad de hacerlo y tiene buenos resultados.

Ignoro por qué, todo el mundo parece conocer este método de control -que no pena- aunque hace su propia interpretación. No hace mucho, un investigado nos decía que le pusiéramos la pulsera del polígrafo y veríamos cómo se portaba bien y otro nos extendía las muñecas “para que le tomáramos medidas para la pulsera”, como si hubiera de venir el mísmiso Dior a colcársela. Solo le faltó pedir un color neutro, no fuera a combinarle con todo. Y eso sin olvidar que, por travesuras del corrector -o no- más de una vez se ha acordado la colocación de dispositivo telepático, que no sé yo si tendríamos que llamar a la bruja Lola a instalarlo junto con dos velas negras.

Hasta aquí, unas notas sobre joyas varias en general y pulseras en particular. El aplauso, una vez más, para quienes usan de estos medios con prudencia y sensatez. No me atrevo a decir que con eficacia, porque mientras no nos llegue la bola de cristal, nunca se puede prever todo. Por desgracia.

Debut: mariposas bajo la toga


debut

Pocas cosas hay que causen más nervios que un debut. Ese momento entre deseado y temido, entre esperado y desesperado que hace que a cualquier artista se le revuelva el estómago. Se habla de mariposas en el estómago, pero a veces la impresión se parece más a una lavadora en pleno centrifugado que a unas sutiles mariposas batiendo sus alas. Pero en lo que todo el mundo coincide es que sigue sintiéndolas cada vez que sube a un escenario, por mucho tiempo que haya pasado desde la primera vez. E incluso hay quien dice que cuando no se sienten es el momento de dejarlo. Cuando Ha nacido una estrella no se ha culminado una historia, solo acaba de empezarse. Y ahí está la Sensación de vivir cada día, y que nunca falte.

Esta misma semana era testigo tuitera del debut en sala de un fiscal -@suker778-, que nos confesaba que iba a actuar en la Audiencia Provincial por vez primera. Reconozco que leerlo me produjo una mezcla de ternura, ilusión y envidia. Todo junto, agitándose con esas mariposas que siguen moviéndose en mi estómago.

La ternura responde a una debilidad personal. No hace mucho, ese mismo compañero contaba que cuando era opositor leía nuestros post y nuestros tuits y le animaban a seguir adelante, a fijarse un objetivo. Ya sé que soy una cursi sin remedio, pero me emocionó leérselo como me emocionó su aterrizaje en este lado de Toguilandia, en este que seguimos esperando a esos opositores y opositoras que ponen su ilusión y su empeño en conseguirlo. Por eso, ver que ahora atraviesa por esa experiencia, preciosa a la vez que acongojante, de celebrar un juicio de peso por primera vez, me ha inspirado este estreno. Espero estar a la altura y que las mariposas me dejen expresarme como quisiera hacerlo.

En segundo lugar , me encanta la ilusión  que se transmite de sus palabras. Esa ilusión contagiosa por la que debemos luchar cada día y que a veces se obstina en abandonarnos . Que no la perdamos nunca.

Pero lo que más me da es envidia. Ya nunca podré pasar por ese trance. Ya tuve mi primera vez y las siguientes, como en cualquier estreno, están bien pero ya nunca serán lo mismo. Hablé de ella en otro estreno, el dedicado al primer destino , así que no haré de abuela cebolleta repitiéndome como el ajo, aunque no pueda evitar contar, al menos, que se trataba de la violación de una anciana que se resistía a contármela porque yo era soltera.

Como una cosa lleva a otra, y el cibermundo toguitaconado da mucho de sí, no tardó en responder mi compañera Jezabel, dando ánimos, como no podía ser de otra manera, y compartiendo la ilusión y su experiencia en semejante trance. Se trataba, como en mi caso, de una violación, pero lo curioso de su asunto es que la víctima no paraba de decir que el procesado no conseguía la “erupción”, ante lo cual mi compañera trataba por todos los medios de aclarar si pese a ello había habido penetración o no. Cuenta que al final, el Presidente, un señor muy mayor dijo “lo que la fiscal intenta educadamente que explique es si se la metió o no se la metió” Y, como ella misma dice, sí, eso era. Ayuntamiento carnal, como lo llama otro compañero.

También recuerdo el debut de mi amiga y compañera del alma, que compartió conmigo oposición y cada uno de nuestros destinos y a la que sigo estrechamente unida. Mi amiga hubo de estrenarse con un farragoso delito relativo a la prostitución, y todavía sonrío al pensar los ratos que pasamos intentando encontrar un lenguaje que no resultara soez ni malsonante pero se pudiera entender. Lo entendieron, sin duda, porque la condena fue de las que hacen historia. Quien no lo entendía demasiado bien era la madre de mi amiga, que nos decía que esos delitos tan feos los deberían hacer los hombres mayores y dejarnos a las fiscales jovencitas que no pasáramos ese mal rato. Eran otros tiempos, claro, y sin duda mi amiga demostró que las fiscales jovencitas suplíamos la falta de experiencia con preparación, ilusión y ganas. Fue precisamente entonces cuando le dije que, si alguna vez me veía apática ante la celebración de un juicio, me enviara de cabeza al frenopático. Y estoy segura de que lo cumplirá. Buena es ella.

Por último, contaré una primera vez vista desde el otro lado. Se trataba de una chica que acusaba a su novio de maltrato y él negaba la relación. Negaba incluso conocerla, ante lo cual la pobre gritó, ante nuestra estupefacción “Johnny, cómo dices eso, si tú me desvirgaste”. Nunca olvidaré esa frase, Como tampoco olvidaré la de un acusado que negaba la relación porque decía que no había llegado al organismo. Sin comentarios

Así que hoy el aplauso está más que claro. Es, sin duda, para mis compañeros Suker, Jezabel y mi amiga de todos los destinos. Y, en su representación, a pasado, presente y futuro de la carrera fiscal, y también de cualquier otra carrera, jurídica o no, que necesite de ilusión, vocación y ganas. Que no nos falten.

 

 

Límites: fronteras intangibles


 

IMG-20190929-WA0003

Los límites y, especialmente, la falta de ellos, constituyen un tema imbatible para el arte. Ya se trate de límite físicos –La frontera– como metafóricos –Sin límites– la existencia de esas barreras y el modo de traspasarlas ha dado para muchas películas. Saltar la verja del campo de concentración de Evasión o victoria, las puertas del penal de Cadena perpetua o los límites imaginarios de los sentimientos como en Amor sin fin, están y siguen estando a la orden del día. Y ahí seguirán Por siempre jamás, supongo

En nuestro teatro, los límites actúan de muchas maneras. Nos los ponemos, o los atravesamos para llegar a Toguilandia, y seguimos probándolos cada día en nuestro quehacer diario. De otra parte, también los límites forman parte esencial del Derecho, que es nuestra gasolina. Es más, sin límites no haría falta.

Pero vayamos por partes y no nos saltemos el primer limite, el del orden. Llegar hasta las puertas de nuestro gran teatro de la justicia, decidir qué papel se quiere representar y luchar hasta conseguirlo requiere, sin duda alguna, de fuerza y entrenamiento para salvar todas las barreras, que en eso consisten los límites. La primera, la decisión de estudiar esta carrera y no otra, la de superar los problemas económicos o de cualquier otro tipo, y la de tirarse a la piscina del Digesto sin red. Porque nadie me negará que atravesar el Derecho Romano era todo un obstáculo a salvar para seguir adelante. Al menos, en mi promoción, en que empezamos primero de carrera 600 personas, de las que pasaron a segundo menos de la mitad, y acabamos una cuarta parte. Y Ticio, Cayo y Sempronio tuvieron la culpa de más de un abandono.

Luego venía la cuestión de elegir qué papel representar en el escenario. No voy a negar que los de jueces  y fiscales  eran de los más codiciados -también las de LAJ, una vez se conocía su trabajo-, pero había que atravesar nada menos que el desierto de la oposición para conseguirlo. A veces, con una tenacidad digna de elogio.

Pero que nadie piense que desprecio el papel de abogados y abogadas, o de procuradores. Todo lo contrario. Cada cual lo suyo, es cuestión de posicionarse y luchar por ello. Y, en su caso, además de la lucha por cada uno de los temas que se defienden, está la lucha por ganarse El pan nuestro de cada día, En el nombre del padre o en el de quien sea. La zozobra de si se cobra y cuándo se cobra es otro límite a superar. Como hija de abogado, recuerdo la obsesión de mi madre porque tuviera un trabajo con un sueldo fijo. Quizá influyó el hecho de que, más de una vez, a mi padre le pagaban en especie, casos de los que se me grabaron dos en especial. El primero, el de un empresario que le pagó sus servició en piezas de bacon, producto con el que trabajaba, y hay que ver imaginación que tuvo que gastar mi madre para pasarse seis meses cocinando cosas a base de bacon en sus más variadas modalidades. El segundo, alguien que le obsequiaba los mejores productos de su corral, por lo que mi madre, que estaba hecha a todo, no dudaba en matar, desplumar, despedazar y cocinar. Aquel pavo que corría sin cabeza por la terraza de mi casa todavía puebla alguna de mis pesadillas.

Una vez con la Toga y los tacones en marcha, tampoco dejan de superarse obstáculos. Bien mirado, creo que es cómo deben plantearse cada uno de los procesos en los que intervenimos, para no caer en el peligro de que la rutina nos aplaste y nos deje sin ilusión. Esas veces en que una plantea un procedimiento que nadie planteó antes, que recurre una resolución en contra de la doctrina mayoritaria porque cree que hay que cambiarla o que se embarca en un juicio ante el que muchos otros se habían puesto de perfil no siempre dan resultado pero cuando lo dan es un subidón que ni la más sofisticada de las sustancias químicas conseguiría. En mi caso, tengo anotadas cuestiones como la consecución de condenas por asesinatos o violaciones que parecían imposibles, o la retirada de la campaña publicitaria de una conocida entidad. Y seguro que cada cual tiene sus hitos. Algún día les dedicaré un estreno .

En cuanto al Derecho mismo, no olvidemos que su propia existencia se debe a la necesidad de poner límites, de establecer normas que regulen las relaciones entre las personas y con el Estado para que saltando mis límites no me meta de lleno en los de los demás. Los más obvios, son los lindes del Derecho Civil. Cuántos pleitos habrán causado. Y si se traspasan las barreras pueden acabar en el Derecho Penal, desde los hechos consistentes en lesionar o hasta matar a alguien por un tema de lindes, hasta los delitos contra la propiedad, que tienen en los límites de las pertenencias propias su fundamento.

Por su parte, el Derecho Penal no es otra cosa que un catálogo de penas y consecuencias jurídicas para quien se salte los límites de lo permitido. Y aquí quiero hacer una especial referencia al Derecho Penal de menores , porque tal vez son estos los que más juegan a probar límites. Y, en nuestras manos, queda el equilibro entre la reprensión y la rehabilitación, fin al que tiende la ley del menor. Un difícil juego de pesos y contrapesos que convierte a quienes lo ejercen en funambulistas del Derecho.

Y, como quiera que otro de los límites es la extensión, no quiero traspasarlo. Por eso dejo las cosas aquí, aunque sin olvidar el aplauso dedicado, esta vez, a todas las personas con arrojo suficiente para traspasar límites, y prudencia suficiente para no romperlos, con toga o sin ella. Ahí es nada.

Xenofobia: más allá del delito         


 

    prejuicio

El mundo del cine y, en general, del arte, se han nutrido mucho del racismo, la xenofobia y cualquier tipo de discriminación por razón de origen o pertenencia a un grupo. Por desgracia, la historia universal y también la más reciente nos ha dado historias de sobra para muchas obras. Los campos de concentración de Holocausto, La vida es bella o La lista de Schlinder, el apartheid de  Mandela, Soweto o Grita libertad, o la discriminación racial de Arde Mississipi o Criadas y Señoras son solo algunos ejemplos, pero hay muchos más.

Nuestro teatro, por razones obvias, nada debería tener de racismo ni xenofobia sino todo lo contrario. No podemos olvidar la cada día mayor importancia que se confiere a la persecución de los delitos de odio o de esos hechos que, sin llegar a constituir  un delito de odio tal como está tipificado, sí que tiene una motivación racista, xenófoba o similar y merecen la aplicación de la agravante de tal naturaleza. Y, por supuesto, hay que destacar que dentro de la organización de la Fiscalía General del Estado, hay una Fiscalia de Sala de tutela penal de la igualdad y contra la discriminación, con sus fiscales delegados y delegadas en cada fiscalía. Nunca está de más barrer un poco para casa.

No obstante, nunca se puede afirmar con contundencia que no se tienen defectos. E, igual que nos pasa con los llamados micromachismos –que yo prefiero llamar machismos cotidianos- hay determinadas conductas respecto a la diversidad por razón de origen, o grupo étnico o racial que se nos escapan más de lo que quisiéramos. Y, por qué no decirlo, más de lo que debiera. Y sí, antes de decir “a mi no me pasa”, sigamos leyendo.

Leía no hace mucho que el grupo más discriminado es el pueblo gitano –acabo de aprender que es esta y no la de “raza gitana” la denominación que prefieren- y no hay más que pensar un poco para darnos cuenta que es una verdad como una casa. Aunque no sean el grupo donde se dan más los delitos de odio –no todo acto discriminatorio es delito de odio igual que no todo acto de machismo es violencia de género- sí que es cierto que son víctimas de los estereotipos a diario, y eso se manifiesta en actitudes y en el lenguaje casi sin darnos cuenta. Hace nada dediqué una columna de opinión al tema y creo que merece sacarle más jugo, sobre todo en un ambiente como el nuestro. Y en ello estoy

¿Y por qué digo un ambiente como el nuestro? Pues porque, lo reconozcamos o no, existe el estereotipo que identifica a “gitano” con “delincuente”. Se les atribuye la frecuente comisión de delitos contra la propiedad y una fama de pendencieros prestos a sacar la navaja. Y, aunque entre ellos pueda haber delincuentes, a buen seguro que hay muchos que no lo son, pero no por eso deja de relacionarse una cosa y otra. De ahí a actitudes inconscientes como llevarse la mano al bolso o al bolsillo cuando ve a alguien cuyo aspecto es inequívocamente gitano hay un paso. Como lo hay en creer que su papel en nuestra función es siempre la de investigados o acusados, aunque hayan venido a denunciar o sean, por qué no, la letrada o el letrado.

En honor a la verdad, diré que, a diferencia de mis primeros tempos en Toguilandia, la proporción de gitanos delincuentes es escasa. No obstante, el estereotipo sigue y el otro día me contaba una activista gitana que en la estación del AVE ella y sus compañeros fueron “amablemente” acompañados por el vigilante de seguridad, que no les quitaba ojo en ningún momento pese a no haber realizado ninguna conducta que pudiera resultar extraña ni sospechosa. Me decía que ese es su día a día y, después de pensar un rato, me doy cuenta de cuántas cosas decimos sin percatarnos que es estereotipo puro y duro. Que no se lo salta un gitano, sin ir más lejos.

Al hilo de esto, siempre recuerdo una anécdota que me sucedió fuera de Toguilandia. Alguien  me quitó el bolso abriendo de golpe la puerta de mi coche. Yo grité como una posesa pidiendo socorro  -hasta el punto que mi hija me oyó es de el sexto piso- y varios viandantes acudieron en mi ayuda, logrando interceptar al ciclista ladrón y arrancarle el bolso. El contenido se desparramó por el suelo y varias personas me ayudaron a recogerlo y recomponerme. Los tres billetes de 50 euros que llevaba los recogieron del suelo una pareja de gitanos, hombre y mujer, que acababan su jornada en el mercadillo. Por supuesto, les di las gracias a todos y quise escribir un artículo para contar lo afortunada que fui de contar con tan buenas personas a mi alrededor. Dí varias vueltas a si convenía explicar que esas dos personas que recogieron los billetes eran gitanas o no hacerlo. Si, con la mejor intención, lo decía, podría parecer que estaba cayendo en el estereotipo y diciendo que era algo excepcional. Por otro lado, hubo quien me dijo que decirlo serviría para tratar de acabar con ese mismo estereotipo. Al final, decidí no especificar nada, como no lo hubiera hecho si fueran finlandeses altos y rubios, pero sigo con la duda de qué era lo correcto. Eso sí, contándolo ahora me quito la espinita, que no hay mal que por bien no venga.

Lo del pueblo gitano ha sido solo un ejemplo, pero tal vez el que nos pasa más desapercibido por formar parte de nuestra in-cultura. Pero otro tanto ocurre con cualquier otro grupo racial. Decimos que alguien es moro para tildarlo de celoso y casi seguro maltratador, nos referimos a timar como un chino, trabajar como un negro o “hacer de negro” o llamamos a un tipo de estafas las cartas nigerianas. También damos por hecho sin darnos cuenta. que los sudamericanos –primer estereotipo- beben como cosacos –segundo estereotipo-  y que si son argentinos hablan por los codos

Hasta en juicios se deslizan estas cosas. A buen seguro cualquiera recordará un caso mediático de corrupción donde se desviaban los fondos destinados a cooperación, en el que una de las cosas más sangrantes era saber que se referían a los destinatarios como “negratas”. Pues en ese mismo juicio, y sin ninguna mala intención, a uno de los operadores jurídicos intervinientes se le escapó que “había trabajado como un negro”. Sin comentarios.

Así que aquí lo dejo. No olvidemos nunca que algunas cosas que decimos sin pensar pueden dañar a alguien. Y que, aunque no toda discriminación sea delito de odio, siempre duele. Por eso el aplauso lo dedico hoy, a partes iguales, a quienes sufren esas discriminaciones y a quienes luchan cada día contra ellas. Que, en muchos casos son, además, las mismas personas.

Aclaración: ambigüedad o error


 

20190922_113156

  El que tiene boca se equivoca, sin duda. Pero hay veces que ni siquiera somos capaces de saber si se equivoca o no, porque no damos con el sentido de sus palabras, sea por ambigüedad del emisor, ignorancia del receptor, o ambas a un tiempo. A veces, también, la ambigüedad es deliberada. Un recurso que usa el arte con frecuencia para hacer pensar al público o cuando la censura impide ser tan explícitos como se hubiera querido. Títulos como No me grites que no te veo juegan, a su modo, con ese equilibrio entre el error voluntario e involuntario. E incluso el reto de hacerse entendible se utiliza para el efecto exactamente contrario como santo y seña de algunos intérpretes, como aquellos discursos que Antonio Ozores hacía en el Un Dos Tres, responda otra vez –entre otros sitios- y que quienes tenemos unos añitos recordamos bien, y que hasta dieron juego para películas como “No, hija, no”.

En nuestro teatro pudiera parecer a simple vista que no necesitamos aclaración ninguna. Que los jueces y juezas hablan como si de la palabra de Dios se tratara y que son infalibles en su juicio. Y, por supuesto, que si no lo entiendes, el problema es tuyo, faltaría más.

Pues, como diría Antonio Ozores si le preguntaran si las cosas son siempre son así, No hija, no. El que tiene boca se equivoca y hasta la propia Ley Orgánica del Poder Judicial contempla que los errores materiales existen, y pueden ser corregidos. Y, como el movimiento se demuestra andando, nos lo mostró antes, incluso, de su entrada en vigor. Es de todo el mundo bien conocido que tan importante ley fue publicada en el BOE como “Ley Orgánica del Joder Judicial”, como si no tuviéramos ya bastante mala fama como para andar provocando. Ni que decir tiene que semejante gazapo se corrigió con presteza, pero ahí quedó para la antología del disparate in secula seculorum. Y no es el único caso. Hubo un acuerdo de dicho órgano que se público el 6 de marzo de 2015 como proveniente del Conejo General del poder Judicial.

Hay también otras cosas que no son gazapos pero debieran serlo, porque la inoportunidad parece haber guiado sus pasos. Así, no me quiero poner tiquismiquis, pero el legislador, o quien quiera que decida las fechas de las leyes, parece que nos quiere mal a las mujeres y se empeña en algunas de las leyes más importantes para el reconocimiento de nuestros derechos sean fechadas el 28 de diciembre que, como todo el mundo sabe, es reconocido como el Día de los Inocentes. Tal es el caso de la ley que permite a las mujeres el acceso a la carrera fiscal y judicial, entre otras, de 28 de diciembre de 1966, o la ley integral contra la violencia de género, de 28 de diciembre de 2004. ¿Casualidad o algo más? Nunca lo sabremos, pero el día queda ahí para solaz de bromistas y machistas varios.

No obstante, y para reconciliar al género femenino con el legislador, he buscado un detallito. La ley de igualdad efectiva de hombres y mujeres tiene por fecha el 22 de marzo de 2007. Entre las efemérides de ese día se incluye la publicación, en 1963, del primer álbum de Los Beatles, Please, please, me. Un “por favor” que nos sirve para exigir esa igualdad, pero con educación. Que no se diga.

Como decía, la ley prevé que el error material dará lugar a su corrección. Por eso vía corrigió una compañera la citación de “la tía Aurora” por la de “la Cía Aurora”, compañía de seguros que no sé si sigue existiendo pero con la que mi compañera no guardaba ningún parentesco. Y ayer, sin ir más lejos, la usé yo para salvar un error material más que evidente: calificaba como 2 asesinatos aunque había un solo muerto y una sola petición de pena. Y es que en vez de vísteme despacio, que tengo prisa, habría que decir tecléame despacio, que tengo prisa.

Pero hay veces, cuando las cosas están en la frontera entre el error material y una dicción ambigua o poco clara, que hay otra vía: el recurso de aclaración. Por ese cauce se corrigen cosas como decir una cosa y su contraria, normalmente cuando el modelo de formulario utilizado te juega malas pasadas y dejar parte del otro. Ya he hablado alguna vez del juez que se dejó a sí mismo en libertad –menos mal que no se metió en prisión- o la pena pedida para una procuradora o un abogado.

Aunque hoy traigo una de las campeonas del mundo mundial en lo que a aclaraciones atañe. He de reconocer que es cortesía de mi buen amigo InterJuez, que me la pasa con foto y todo, y no he podido contenerme al impulso de compartirla. Su Señoría corrige o aclara su resolución anterior en el sentido siguiente (sic):  en los Fundamentos Jurídicos donde consta “puta” debe constar zorra”. Para alucinar en technicolor, pero que nadie diga que Su señoría no cuida al detalle sus resoluciones. Me quedo sin saber si tal rectificación fue realizada de oficio o a instancia de parte y, en ese caso, de qué parte. Porque me resulta casi igual de chocante imaginar al autor diciendo que no la llamó de un modo sino de otro igual de insultante, como que la propia víctima dijera que no me dijo esto sino aquello.

En cualquier caso, y por pintoresco que parezca, la trascendencia jurídica del cambio es la misma: cero patatero. Una expresión y otra serían igual de injuria o de vejación injusta. Pero lo que si que me pregunto es si esto responde a un error material o a una aclaración, porque la corrección formalmente podría ser diferente. Pero me quedaré con la duda, Siempre es bueno un final abierto.

Así que, sin miedo a equivocarme, hoy mi aplauso es para quienes reconocen sus errores, sin duda. Y por supuesto, una ovación extra para Jorge Interjuez, que con su maravillosa aportación ha espoleado mi imaginación y mis ganas para este estreno, además de recordarnos que Teruel existe, que nunca está de más.

Modificación: nada es invariable


24433086-ficha-policial-de-delincuentes-sospechosos-en-l-nea-de-la-polic-a-Foto-de-archivo

Como defendían desde la antigüedad algunos filósofos, la vida es un continuo cambio. Nada permanece invariable, todo está en continuo cambio, nos demos cuenta o no. Y no hace falta retrotraerse hasta el Agora para verlo. No hay más que echar un vistazo al mundo del espectáculo para percatarnos lo deprisa que cambian las cosas. Desde los teatros en corrales hasta las películas con efectos increíbles y las series de televisión de última generación, hay todo un mundo. Cine mudo, cine sonoro, cine en color, un recorrido digno del protagonista de Cinema Paradiso, que no habría podido ni imaginarse como seguía evolucionando más y más. Aunque lo diga la canción, no siempre La vida sigue igual, y hay que echar un vistazo a Tal como éramos y no olvidarlo cuando lleguemos a El día después.

Nuestro teatro parece, a priori, un mundo poco permeable a los cambios. Los formularios, los escenarios rimbombantes, los latinajos o las formas grandilocuentes pueden dar idea de una inmutabilidad que en realidad no es tal. Si así fuera,    continuaríamos siguiendo, con Justiniano, hablando de Ticio; Cayo y Sempronio y sus sextercios .Y aunque nos cueste reconocerlo , bastante hemos avanzado. Sin desmerecer al Derecho Romano, al que, como si fuéramos, tanto le debemos y tanto le queremos. Que no se diga que no hay jurista agradecido.

El vocablo “modificar” es muy usado en Toguilandia, y según quién y cómo se use, puede causar desde que alguien entre en pánico a que de saltos de alegría. Y, con mucha frecuencia, ambas cosas a un tiempo a uno y otro lado de estrados.

Una de las partes de nuestra representación donde más se escucha, aunque a veces casi sin ser conscientes, es en los juicios penales. Uno de los momentos culminantes tiene lugar cuando Su Señoría insta a las partes a modificar sus conclusiones o elevarlas a definitivas. Siempre me he preguntado por qué narices se dice eso de elevarlas, como si fuéramos a colocarlas en un avioncito de papel y mandarlas a la otra parte por esa via -ahora ya sería un dron, que soy muy antigua-. Una muestra de lo viejuno del lenguaje, porque seria más fácil decir si se mantienen o se modifican, y se evitarían cosas como que alguien se quede mirando hacia arriba como si las conclusiones fueran a subir como el espíritu santo . Confieso que nunca me había llamado la atención este detalle de “elevar” hasta que una alumna de instituto me preguntó a dónde subían los papeles, y  no  entendí su pregunta hasta  que me aclaró “han dicho que los elevan, ¿no?”. Tocada. O mejor dicho, togada.

En Derecho Penal, donde son verdaderamente frecuentes las modificaciones es el el caso de una conformidad  Ahí si que es lo normal. Aunque en principio el acusado puede conformarse con la más grave de las acusaciones, lo normal es que lo haga si eso supone alguna rebaja -dentro de lo que marca la ley- en la petición. Si no, por qué no arriesgarse al juicio o, como dice el refrán, si hay que ir se va, que ir pa na a es tontería.

Pero las penales no son las únicas modificaciones posibles. En Derecho Civil las partes pueden modificar sus peticiones y hasta allanarse a las del contrario o desistir de sus peticiones lo que, dado su carácter de Derecho Privado -salvo cuestiones de interés público  -como derechos de los menores en procesos de familia- daría lugar a la terminación del proceso. Y aquí, la verdad es que eso de modificar es más frecuente, sin duda.

Las modificaciones tienen tanto protagonismo en Derecho Civil que hay, incluso, un procedimiento que lleva ese nombre: la modificación de medidas en materia de familia, un proceso pensado para cambiar las medidas acordadas en el caso en que haya cambiado la realidad de cuando se dictaron. El ejemplo típico es que el obligado a pagar una pensión este en el paro, aunque también podría ser que le hubiera tocado la lotería. No vamos a ser pobres hasta para poner ejemplos, vaya.

Lo que no va a cambiar, sin embargo, es la sana costumbre de acabar el estreno con un aplauso. Y, esta vez, va dedicado a todos y todas las juristas que no tienen complejo ninguno en cambiar de opinión cuando las cosas cambian. Aunque el precio a pagar sea  dar explicaciones.

Juramento: por estas que son cruces


 

jurar

En todas partes la palabra “juramento” tiene unas connotaciones sacrosantas que hacen que cause respeto. Afirmar algo es una cosa, pero jurarlo es otra mucho más seria. Tanto, que no son pocas las obras que llevan la referencia al juramento en su título: El juramento, Juramento final o Juramento de sangre, sin ir más lejos. Otro tanto ocurre con las promesas, aunque quizás suenen un poco menos contundentes, entre cuyos títulos hallamos La promesa o Promesa de sangre –casualmente, igual que en juramentos- o La gran promesa. Y, por supuesto, La princesa prometida. No fuera a olvidárseme

En nuestro teatro el juramento o promesa es protagonista de muchos de los momentos más importantes, en cualquiera de los lados del escenario. En otras ocasiones, forman parte del Derecho mismo, y pueblan los Códigos y tratados desde la noche los tiempos jurídica. Juro que sin exagerar un ápice.

En primer lugar, el juramento o promesa es requisito imprescindible para empezar a ejercer nuestras funciones. Tanto jueces, fiscales o Lajs como miembros de la abogacía y procuradores han de hacer juramento o promesa de cumplir y hacer cumplir la Constitución y resto del ordenamiento jurídico. La verdad es que es uno de los momentazos de la vida en Toguilandia, el estreno de la toga con todos los parabienes. Curiosamente, se llama “jura” aunque se pude jurar o prometer y, aunque el origen de esa diferencia estribaba en jurar por Dios o prometer por el honor, hoy en día se han difuminado esos matices y solo se pregunta si se jura o se promete. Y ojo, que con los nervios no se le escape a una eso de “juro y prometo”, porque como el texto sobre la que se hace el juramento contiene ambas posibilidades, no es la primera vez que oigo las dos. Como diría mi madre, más vale que sobre que no que falte. Palabrita del niño Jesús.

Ningún juez o fiscal puede empezar a ejercer en su primer destino  sin este acto de juramento o promesa. Y también se realiza cuando se asciende  y se viste la toga con las famosas puñetas

La verdad es que eso de cumplir y hacer cumplir la Constitución y resto del ordenamiento jurídico no es poca cosa. Significa que estamos sujetos al principio de legalidad y que hemos de hacer cumplir las leyes aunque no nos gusten ni nos parezcan adecuadas. Me llama poderosamente la atención la existencia de juristas que no se contentan con criticar algunas leyes –la de violencia de género, en especial- sino que llegan a llamar prevaricadoras a quienes las defendemos y aplicamos cuando no hacemos otra cosa que actuar conforme a dicho juramento. El mundo al revés, vaya. Pero a veces es el precio que hay que pagar por asomarse al mundo más allá de la Torre de marfil de maderas nobles y cortinajes de terciopelo que a veces es nuestro escenario.

Otro momento en que el juramento o promesa tiene especial protagonismo es el de la declaración de acusados –o investigados, según la fase procesal- y testigos en el proceso penal. Los investigados y acusados, a diferencia de otros países, no prestan juramento de decir verdad, porque es uno de sus derechos no declarar contra sí mismo. Así que en la práctica pueden mentir como bellacos sin que eso suponga delito. Eso sí, hay que decir que a los magistrados y magistradas no suele gustarles nada que jueguen a engañarles, así que si van a tomarles el pelo, más vale pensarlo dos veces. Recuerdo un magistrado que solía advertir al acusado que su derecho a no declarar contra sí mismo no implica el de tomar por tontos a los miembros de tribunal. Y juro que daba buenos resultados.

En cuanto a los testigos, esos si han de decir la verdad. Y no porque, como Chus Lampreave, sean testigas de Jehová y tengan prohibido mentir, sino porque la ley así lo establece y de no hacerlo incurren en delito de falso testimonio, que no es ninguna tontería. En nuestro Derecho no hay delito de perjurio para el acusado como en las pelis americanas, pero sí que hay delito de falso testimonio si el testigo miente. Siempre que le pillemos, claro está .

Hay que reconocer que el momento del juramento o promesa por parte de testigos es uno de nuestros momentos estrella a la hora de atesorar anécdotas. Como quiera que en España somos más bien siesos a la hora de recibirlo, no tenemos ni Biblia, ni mano en el pecho, ni nada de nada. Solo se le pregunta si jura o promete. Y más de uno y una se han quedado con las ganas de hacerlo sobre algún libro de lomos dorados, aunque lo de los golpes de pecho no lo podemos evitar. Ni tampoco que apostillen eso de “por estas, que son cruces”. Recuerdo a un testigo que, a mitad de su declaración, como le recordaron que estaba bajo juramento porque no resultaba muy creíble, nos dijo “que me muera ahora mismo si he mentido”. La juez no pudo contenerse y le dijo “por Dios, no diga eso” porque como se cumpliera, nos iba a caer fulminado de inmediato. Si aquel hombre hubiera sido Pinocho, la longitud de su nariz hubiera superado el largo de la sala de vistas.

Sin embargo, en el proceso civil , y en otros ámbitos del derecho, las cosas no son así. Demandado o demandante, así como testigos, juran decir verdad si declaran. Y es más, si no comparecen pero han sido citados, puede pedirse su declaración y tenerlos por confesos porque no están. Una dicción con claras connotaciones religiosas del año del catapum. Aunque la ley de Enjuiciamiento Civil sí que sea del año 2000.

Y como me he venido arriba, derribaré otro mito desde las alturas. Aquí no se dice eso de juro decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. Suena muy bien en las películas, pero ahí es donde debe quedarse Como ya he dicho, somos un poco siesos.

Por ultimo, hay que hacer referencia a la promesa como parte mismo del derecho. Las promesas forman parte del Derecho Civil y pueden, incluso, formar parte del Derecho Penal. La más conocida, la promesa de matrimonio, de la que hoy nadie habla pero que formó parte de nuestro ordenamiento no hace tanto tiempo. Incluso era un tipo específico de engaño a una mujer para conseguir tener acceso carnal con ella. Por fortuna, eran otros tiempos

Así que, como hubiera dicho el presidente Suárez, puedo prometer y prometo que no doy más la lata por hoy con esta historia. Aunque no me olvido del aplauso, que doy hoy a todas y todos los profesionales del Derecho que cada dia se la juegan en juzgados y tribunales. Juro y prometo que lo merecen. Por estas que son cruces.

Buenrollismo: los mundos de Yupi


yupi

 

Hay quien se empeña en ver la vida como un camino de terrones  de azúcar. Las baldosas amarillas del Mago de Oz son poca cosa al lado de lo que hacen algunas personas, empeñadas en que la vida es de color rosa. Pero no un rosa cualquiera: rosa chicle y con purpurina, como el uniforme del equipo de waterpolo de Al agua, gambas –una peli que, por cierto, poco más que eso tiene de rosa-. Películas Disney, comedias románticas que rezuman almíbar por todas sus escenas y el sempiterno fueron felices y comieron perdices con el que acaban Cenicienta, Blancanieves o la Bella y la Bestia. Nunca he sabido qué tendrán las perdices para hacer tan dichosa a la gente, aunque alguna vez me he planteado que tal vez esas aves fueran acompañadas de alguna seta de esas que hacen a la gente flipar en colorines.

En nuestro teatro ignoro si alguien comerá perdices, pero, aunque no lo parezca, sí que hay quien es más feliz que una perdiz -¿o será que una codorniz?- Pero mejor todavía es  quien, no siéndolo, sabe transmitir buenas vibraciones, buen ambiente de trabajo o, como lo he llamado, buenrollismo. ¿Cómo distinguimos a un buenrollista de verdad de un impostor encantado de conocerse? Pues con paciencia, aunque a veces pasa como dice el refrán, que se pilla antes a un mentiroso que a un cojo.

Para ilustrar estas cosas, contaré una anécdota que viví con unas compañeras cuando hicimos el traslado a nuestra actual sede, la Ciudad de la Justicia de Valencia. La verdad es que, entre que sufrimos el síndrome del hermanito pequeño y acomplejado que a veces tememos los fiscales, y que quienes se encargaban de organizar el cotarro no tenían muy claro qué era eso del Ministerio Fiscal, no salimos demasiado bien parados con las instalaciones y los medios. Han tenido que pasar quince años para que muchos compañeros y compañeras puedan ir a la luz como la Carolyn de Poltergeist, porque nuestros despachos, compartidos, carecían de ventana. Por aquel entonces, como todo era provisional y la fiscalía fue el conejillo de indias que hizo la mudanza primero, no dejábamos de quejarnos. Y con razón, ojo, que cada centímetro de mesa, de pared o de despacho había que ganárselo a pulso. Pues bien, un buen día llegó un mueble extra, una “mesa de salida” –donde se dejan los expedientes despachados para que los recoja el funcionario y los traslade a donde corresponda- que habíamos pedido hasta la saciedad. Dijeron que era un prototipo, y solo había uno. El fiscal encargado de esos menesteres no dudó en adjudicárselo a una pareja de compañeras concreta. No eran las más antiguas, ni las más modernas, ni eran delegadas ni encargadas de nada. Quien se las adjudicó nos respondió a todo el que fue a preguntar : “se lo he dado a ellas porque son las únicas que no se quejan y siempre ven el lado positivo de las cosas” Tenía toda la razón. Y he de decir, además, que esas dos compañeras no han perdido con el tiempo su optimismo inquebrantable y  allá por donde pasan siguen sembrando el buenrollismo.

Por contraposición están los que ejercen continuamente el papel de Pitufo gruñón, del que ya hablamos largo y tendido en el estreno dedicado al malrollismo. Si hubieran asignado el prototipo a un malrollista, seguro que hubiera dicho que lo hacían para hacerle trabajar más o porque tenía carcoma o termitas y querían que le mordieran.

Pero ¿cómo distinguir  un buenrollista de verdad de uno de pega?. Pues los límites vendrían por dos flancos: de un lado, la necesidad –o la afición, que nunca se sabe- de hacer la pelota; de otro, de tener un ego más alto que la Torre Eiffel o, al menos, querer aparentarlo. Estos últimos, hacen un ejercicio de ombligusimo diario, como vimos en otro estreno. Y, hay que tener cuidado porque, además de destrozar la moral, resultan insufribles. Aunque, si no queda otra que tratar con ellos, yo suelo hacer una recomendación: empieza diciendo lo maravilloso o maravillosa que es, lo importante que es su trabajo y la admiración que te causa, para a continuación, introducir, a traición, la pregunta o la petición. Da muy buen resultado. El ombliguista verdadero se quedará convencido de la única verdad verdadera, esto es, que es el mejor del mundo mundial y del universo sideral, y quien necesitaba algo de él lo habrá conseguido. Así que, al final, buenrollismo per tutti aunque sea por la puerta falsa.

En el otro lado, están los pelotas por afición, vocación o necesidad. Cuidado, que son peligrosos porque nunca sabes qué pretenden y con qué fines. Suele darles igual que la persona a quien tengan que pelotear sea de un signo o del opuesto, que sea partidario del trabajo en equipo o el individual, que sea juez o fiscal, que siga al Madrid, al Barça, a un equipo modesto u odie el fútbol. El pelota –o la pelota, que también las hay- se mimetiza con el peloteado con la misma habilidad para el camuflaje que un camaleón. Sus intenciones nunca son muy limpias salvo que se trate de alguien que pelotea por vocación, que también lo hay. Tuve un compañero que me decía: yo no hago la pelota, es que soy pelota. Para gustos hay colores.

El buenrollismo de verdad es muy necesario en Toguilandia. No perdamos de vista que trabajamos muchas veces en situaciones de presión extrema, con medios más que mejorables y asuntos donde se ventila lo más bueno y más malo del ser humano. En estas situaciones, es fácil perder los nervios, y hacérselos perder a los demás. A veces, basta con una sonrisa o con la mera amabilidad, otras hay que hacer un esfuerzo extra. Pero vale la pena. Como decía un estudio, se ejercitan muchos más músculos para fruncir el ceño que para sonreír. Así que, aunque sea por evitar las arrugas futuras o que no se profundicen las presentes, pongámoslo en práctica. Y, si no resulta, siempre habrá tiempo de volverse a enfadar.

Por cierto, haré un apunte extra. ¿Os habéis fijado cuánta gente habla de Los mundos de Yupi sin saber en realidad de que se trata? Me consta que hay muchas personas que los cita como si se tratara de una frase hecha o una metáfora ingeniosa robada a alguien. Pero no. Quienes ya tenemos que tapar algunas canas –o ni eso- sabemos que se trataba de una serie de televisión de los 80 –y principios de los 90, para los pejigueros a quienes les gusta buscar los fallos- cuyo protagonista ejercía de felicismo a toda hora. Quien hable de Yupi y no sepa esto debe hacernos sospechar: puede ser un impostor del buenrollismo. Cuidadín, cuidadín.

Por todo eso el aplauso de hoy es para todos y todas los buenrollistas del mundo, en especial para mis compañeras que, probablemente, ni siquiera recuerden esa anécdota. Porque ellas son así, buenrollistas de verdad. Y bien merecen ese aplauso

Responsabilidad civil: ¿el “precio” del delito?


20190909_142815

 

Muchas veces hemos oído eso de que todos tenemos un precio, o que todo tiene un precio. Tanto, que esa idea ha inspirado el spot de una tarjeta de crédito, que diferencia ente las cosas que no tienen precio, y todas las demás, que son las que paga la tarjetita de marras. Pero, evidentemente, hay cosas que no pueden pagarse ni por todo el dinero del mundo, aunque en el cine a veces nos den el mensaje contrario con títulos como La muerte tenia un precio. Ni Por todo el oro del mundo

Y, si en la vida hay cosas que no tienen precio, mucho menos en Toguilandia, donde no nos regimos por otra cosa que no se la legalidad pura y dura. Como debe de ser.

Me pedía hace unos días alguien vía Twitter que dedicara un estreno a la responsabilidad civil derivada del delito, y en ello estoy. Aunque pueda no resultar fácil para quien no frecuenta nuestro teatro, creo que es algo interesante y que merece la pena saber.

La responsabilidad civil derivada del delito es una especie de traducción en dinero de aquello que no puede traducirse en dinero: el daño causado. El propósito esencial e ideal sería el de devolver las cosas al estado en que estaban antes de haberse cometido el delito, o en el que estarían de no haberse cometido. Pero eso a veces es difícil y otras, de todo punto imposible, así que ante la imposibilidad de reponer las cosas a sus estado inicial, procedería una compensación. Y de eso es, precisamente, de lo que trata la responsabilidad civil.

Este tipo de responsabilidad, según lo que establece el Código Penal, se traduce en tres posibilidades, en orden de prelación estricto. La restitución de la cosa, la reparación del daño y la indemnización de perjuicios. Vayamos pues viendo cada una por su debido orden

Lo de la restitución de la cosa es fácil, al menos en principio. Que uno ha birlado la folklórica que había encima de la tele –aunque las teles de plasma lo ponen hoy en día difícil-, pues si la devuelve, se supone que ahí está cubierta la responsabilidad civil. Pero por supuesto, debe devolverla en buen estado. No valdría que le hubiera quitado el traje, la guitarra o que la hubiera dejado hecha unos zorros. En ese caso, deberá pagar los daños en el traje, o la guitarra que le falta, debidamente tasados, y siempre y cuando se puedan reparar. Si no es así, no quedaría otra que determinar el valor de restitución y reclamarlo.

A esto hay que añadir un matiz, lo que llamamos lucro cesante, que significa el dinero que se deja de ganar por la comisión del delito. En este caso, si la gente pagaba una entrada por ir a ver la folklórica de encima del televisor, habrá que indemnizar en el dinerito que se ha dejado de ingresar, aunque se devuelva incólume la gitamilla.

Y, ya que me he ido por el follklore andaluz, hagamos como las sevillanas y digamos eso de mírame cara a cara que es la segunda. Y la segunda es aquí la reparación del daño. Ya se ha dicho que si la folklórica no tiene todos sus volantes y castañuelas en su sitio, hay que pagar la reparación para que los tenga. Y eso vale para cualquier cosa, como el vehículo chocando contra el cual se ha cometido un delito contra la seguridad vial o la ventana que se ha roto para entrar en el domicilio.

Esto, que es muy sencillo de ver en el caso de cosas, ya no es tan sencillo en el caso de personas. Imaginemos que se causa una lesión por la fractura de un brazo. Obviamente hay que reparar la fractura, para intentar que el brazo vuelva a su sitio –lo que, normalmente, se consigue- Pero en este caso no basta, porque no se trataría tanto de una reparación strictu sensu,-en sentido estricto, perdón por el latinajo- sino una indemnización de perjuicios. Los que le haya causado a la persona tener el brazo roto. En ese estado, no habría podido acometer la tercera sevillana, que es a lo que vamos a continuación.

La tercera opción, y siempre para el caso en que no se haya podido satisfacer con las dos anteriores, es la indemnización de perjuicios, que consiste en pagar un dinero para tratar de compensar el dolor infligido, el daño causado o ambos. Pero que quede claro que es subsidiario. Esto es, que por mucho que nos guste la folklórica de encima del televisor y queramos quedarnos con ella tras haberla sustraído pagando la cantidad que se fije, no cuela. Lo primero es restituir.

La indemnización de perjuicios es la que se da en los casos más dolorosos y graves del derecho penal, que son los que afectan a los derechos más importantes. La indemnización por la muerte de alguien, o la del daño moral por el dolor causado cuando se ha padecido una violación serían el ejemplo más típico. Al hilo de eso, hay que distinguir entre el daño moral, que es difícilmente traducible en dinero, de otras cantidades que se determinan con más facilidad como el lucro cesante. Para calcular estas cosas incalculables no ayudamos de los baremos, principalmente el de daños causados por tráfico aunque –oh, paradoja- los daños no se hubieran causado por tráfico.

Y ahora, preparemos los tacones y las castañuelas, que va la cuarta.¿Qué pasa si el condenado no tiene dinero para pagar  o no quiere hacerlo?  Pues, en el primer caso, se le declara insolvente -ojo, se le declara insolvente, no disolvente, como me han dicho alguna vez-  después de averiguar sus bienes y la deuda queda ahí por si acaso viniera a mejor fortuna. O sea, que le tocara la lotería, cosa que nunca pasa. En el segundo caso, y tras averiguar también sus bienes, se le embargan, y se paga con eso a la víctima. Faltaría más. Además, el hecho de no haber pagado la responsabilidad o no comprometerse de modo fehaciente a hacerlo, no se puede conceder la suspensión de la pena –ese beneficio que permite que los delincuentes primarios condenados a menos de 2 años no entren en prisión-

Además en algunos casos graves –delitos violentos y contra la libertad sexual- la ley –ley 35/95- prevé que el Estado anticipe el importe y sea luego quien se lo reclame al condenado. Incluso se prevé hacerlo en forma de pensión en supuestos concretos, como que el beneficiario fuera menor.

Un par de detallitos más. La responsabilidad civil se paga por delante de todo. Así, si el condenado lo es a una pena de multa y el dinero no le alcanza para todo, deberá pagar antes la indemnización que la multa. Y si no le alcanza la multa, atenerse a las consecuencias, que no son otras que la responsabilidad personal subsidiaria, lo que siempre se había llamado arresto sustitutorio

El otro detallito es el relativo a la fianza. Se exige a los acusados prestar fianza de responsabilidad civil esta es para asegurar esos pagos y no tiene nada que ver con la fianza para eludir la prisión, cuando cabe. Ya dedicamos a esto un estreno así que no insisto más por no ponerme pesada.

Ah, y por si alguien se pregunta cuándo  prescribe –esto es, cuanto tiempo puede seguir reclamándose- aunque antes eran 15 años, ahora son 5, desde una reforma del código civil de 2015. Así que hay que espabilarse o se no nos acaba el tiempo. Un error, en mi opinión, pero es lo que hay.

Y hasta aquí, estas pinceladas sobre la parte crematística del delito. El aplauso, esta vez, se lo daremos como homenaje a todas esas victimas que, por más que hayan sido indemnizadas, nunca se verán compensadas en el daño causado. En esos casos, unamos la empatía al aplauso

Y no me olvido de la ovación extra, que no es otra que la que dedico, como ya he hecho en otras ocasiones, para la autora de esta ilustración, una de las alumnas de una buena amiga, cuya obra, junto a las del resto del alumnado, iba destinada a una exposición en la que no se expusieron. En este teatro no solo caben sino que se disfrutan y agradecen.

 

Malrollismo: cenizos per tutti


mal rollo

 

Es cierto que no se puede vivir permanentemente en Los Mundos de Yupi. Que la vida no es tan happy como nos cuentan todas esas almibaradas comedias románticas de toda la vida, como aquellas inolvidables cintas en que Doris Day, loca de amor por Rock Hudson, le hacía Confidencias a medianoche mientras usaban un Pijama para Dos. En todas partes siempre hay algún cenizo dispuesto a ver el vaso siempre medio vacío, como el Pitufo gruñón, el enanito del mismo nombre de Blancanieves o, si ir más, lejos, el pobre Calimero, aquel pollito que nunca acababa de salir del cascarón y siempre se lamentaba por ser muy desgraciado

En nuestro teatro hay tantos cenizos por kilómetro cuadrado como en cualquier otro ámbito, pero las materias que tratamos son tan delicadas que no siempre se notan. Incluso a veces, no se distinguen los cenizos de las personas verdaderamente desgraciadas. Por ejemplo, un señor que se quejaba amargamente de que había tropezado en el supermercado y se había roto la cadera porque se había derramado una botella de aceite. Se quejaba una y otra vez de su mala suerte, hasta que una funcionaria, cansada de oírlo, le dijo que no pasaba nada, que eso le podía pasar a cualquiera en el supermercado. El hombre en cuestión, sin cesar en sus lamentos, contestó que lo suyo era mala suerte de la de vedad, porque era la primera vez que iba a hacer la compra en treinta años de matrimonio. Así que una al final no sabe si darle la razón y compadecerlo o alegrarse de su fastidio porque ya le vale, treinta años sin comprar una triste lechuga. Igual fue el karma

Entre los profesionales, hay quienes son tan cenizos que hay que huir como sea. Suelen, además, practicar el yomasismo, un síndrome que padecen quienes, a cualquier cosa que les pase a los demás, encuentran otras mucho más gorda que les pasa a ellos. Las consultas de los ambulatorios están llenas de yomasistas. Si a una señora le diagnostican un resfriado, la yomasista tiene una neumonía y si uno tiene un esguince, el de al lado tiene una fractura múltiple seguro, diga lo que diga el médico. Al yomasista, además, siempre le duelen más las cosas que a ti. Juraría que en las salas de espera hay concursos de yomasistas cada tarde. Pero igual es una leyenda urbana

No obstante, el yomasimo no es patrimonio de las profesiones sanitarias. En Toguilandia también hay unos cuantos. Ese juez o fiscal cuyo asunto es más gordo o más difícil que el tuyo, digas lo que digas. Y le da más trabajo, Y, además, se lo valoran menos. Una trata de no discutir por no crear malrollismo, y acaba admitiendo que sus veinte tomos son una nadería comparados con los cinco del yomasista. Pero ni asi, el malrollismo ya se ha instalado.

¿Hay letrados y letradas yomasistas? Pues claro que hay, aunque a veces van disfrazados de mártires de la abogacía. Pero no os dejeis engañar. Cuando todos, absolutamente todos sus casos son los más complicados, los que dan más trabajo y pese a que lo hace mejor que nadie, nunca le valoran como corresponde, sospechad. Ahí hay gato encerrado seguro. Palabra de fiscalita toguitaconada con más de medio siglo de experiencia. Casi na.

Y, como quiera que nadie se libra de este síndrome, también existe entre funcionarios y funcionarias. Cuando afirman que les tienen manía y les dan todo lo peor y más trabajo que a nadie, también hay que sospechar. Se reparten las tareas por igual en la medida de lo posible y muchas veces lo que pasa es exactamente lo contrario, Como reza el dicho, el premio al funcionario que más trabaja es más trabajo. Y ese o esa, además, suelen hacerlo en silencio y sin alharacas. Por fortuna, me he encontrado muchos más de estos que de los otros. Y lo digo bien fuerte a ver si deshacemos de una vez el estigma injusto con el que tienen que cargar más de una vez.

El malrollismo es contagioso, además. Cuidado con darle oxígeno a un malrollista, que se extiende como la pólvora. La única vacuna es hacer oídos sordos, pero no siempre se llega a tiempo, y no queda otro remedio que curar la herida, concretada en mal ambiente de trabajo y mal humor generalizado. No he dado con las píldoras adecuadas, pero si lo sé que nadie duda que lo haré público. No sin antes patentarlo, claro.

El antídoto del malrollismo es, sin duda, el buenrollismo. Pero a eso dedicaremos otro estreno si el público lo pide. De momento, para quienes compensan con ese antídoto va el aplauso de hoy. Que hay que ver el mérito que tiene