Normalizar: querido señor Relator


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A veces, ser normal es lo menos normal del mundo. En el mundo del espectáculo, poblado de gente que daría ambos brazos y ambas piernas por llamar la atención, lo ordinario es lo extraordinario, y viceversa. Hay estrellas rutilantes que se matan por ser Gente corriente y pasar desapercibidas por la calle, y aspirantes que no llamarían la atención ni aunque se pusieran un cartel luminoso en la cara.

En nuestro teatro somos mucho más normales de lo que la gente piensa. O, al menos, deberíamos serlo. Atrás quedaron los tiempos de torres de marfil y de sentirse semidioses intocables en un universo de cortinajes de terciopelo rojo al que solo se podía acceder con la venia. Ya hace tiempo que debemos haber asumido que servir a la justicia es una de las maneras de cumplir con un servicio público y no un sacerdocio sacrosanto.

Eso es, al menos, lo que muchos y muchas creíamos y para lo que llevamos tiempo esforzándonos.  Jueces fiscales somos personas normales que vivimos y sentimos como el resto de los mortales. Es más, no es que seamos jueces o fiscales, sino más bien trabajamos como tales. Ser, somos otras muchas cosas. Madre, hermano, tía, amiga, violinista, miembro de un club de macramé, jugadora de parchís, cinéfila, tiradora de tiro con arco, criadora de gusanos de seda o cualquier otra cosa que se quiera ser, además de miembro de la carrera judicial o fiscal, en su caso.

Eso era, a menos, lo que pensábamos, hasta que llego el  Relator de la ONU a tocarnos las narices. Porque hete aquí que un buen día llego ese señor Relator Especial de la ONU a hacer un informe sobre independencia de los magistrados y abogados (sic) y visto lo visto, cualquiera diría que alguna vez una o Uno de los nuestros le dio calabazas y ha querido vengarse. O es posible que, como a Dinio, la noche le confunda, se haya armado un lío con las togas y las sotanas, y haya creído que esto es un sacedorcio, con su voto de silencio y de pobreza y, por descontado, con su secreto de confesión en vez de secreto de sumario.

Veamos qué dice el relator de marras. Además de empezar tratándonos con condescendencia, como si fuéramos chiquillos traviesos, tras decirnos que seamos cuidadosos con lo que colgamos en medios sociales, nos recuerda que aunque lo hagamos de modo anónimo, hay medios para descubrirnos. Vaya sorpresa, señor Relator. Le juro que ninguno de los afectados, que nos dedicamos profesionalmente a la investigación, nos hubiéramos imaginado semejante cosa. Es más, pensábamos que si nos abríamos un perfil como Peter Pan, no nos encontrarían porque buscarían en el país de Nuncajamás.

Pero si alguien pensaba que el señor Relator se quedaba ahí, la cosa no había hecho mas que empezar, y el buen hombre se vino arriba. Y si no, que me expliquen esto: “cualquier información o biografía compartida en los medios sociales debe ser discreta y decorosa” ¿Eing? ¿Decorosa? Igual me he puesto yo muy pejiguera, pero eso suena como las páginas del Hola en blanco y negro del año de Maricastaña, que decía que “la sra Pérez de las Flores, de soltera Purita Mendez de Pimpanpúm, ha recibido al Sr de Miravalles que ha pedido la mano de su hija primogénita- vestida con todo decoro, faltaría más- Así que ya sabemos. Nada de ponerse a tomar el sol en público si una -o uno- no va tapada hasta el cuello, que el decoro es el decoro.

Pero ojito, que la cosa no acaba aquí, que va. Todavía quedaba lo mejor, ahí va : “Los jueces y fiscales deben abstenerse siempre de hacer comentarios políticos partidistas y no publicar nada nunca que pueda ser contrario a la dignidad de su cargo o que afecte de alguna otra manera a la judicatura o al ministerio público como institución”. Toma ya. El señor Relator, de una parte, nos toma por ignorantes, porque ya sabemos perfectamente lo que dice la Ley Orgánica del Poder Judicial en cuanto a las limitaciones que tenemos, que no son pocas. Además de no poder sindicarnos ni pertenecer a partidos políticos, no podemos dirigir a los poderes, autoridades y funcionarios públicos o Corporaciones oficiales felicitaciones o censuras por sus actos, ni concurrir a actos salvo en representación de la institución ni tomar en las elecciones más parte que la de emitir nuestro voto. De otra parte, sigue empeñado en asustarnos diciéndonos que de lo que hagamos depende el devenir del planeta, o poco menos. Y eso da mucha fatiga.

Y me guardaba lo mejor para el final, que hay que ver como son los señores relatores cuando se les pilla inspirados. Pues bien, dice el susodicho informe: “Los jueces y fiscales pueden utilizar twitter; no obstante, dado que en las cuentas de twitter figuran como jueces o fiscales , tales cuentas solo deben utilizarse con fines informativos y educativos y para actividades relacionadas con su trabajo”

Ojo al dato, como decía un locutor, que si me pinchan no sangro. Ahora va a resultar que un señor que viene de un organismo dedicado a salvaguardar los derechos humanos, se va a dedicar a cercenar los míos, empezando por la libertad de expresión. Y eso sí que no. Tengo cuenta de twitter porque me da la gana, no porque el señor Relator me lo permita, y puedo hablar en ella de lo que me apetezca, dentro de los límites que la ley me impone y que no hacía maldita la falta que viniera ningún relator a recordarme. Y tampoco tengo por qué dedicarme, si no me apetece, a hacer pedagogía a no ser que me contraten para ello. Que sí, que ya sé que yo,como otros y otras twitteros, tratamos de hacerlo, pero porque queremos y no porque este señor lo mande.

Así  que igual tenemos que hacer como en aquella escena de High School Musical en que los protagonistas deciden saltar por encima de los estereotipos y dedicarse a hacer lo que nadie espera de ellos, comenzando por el as del baloncesto empeñado en cocinar crème brûlée. Os invito al reino del pajarito azul a hacer, como algunos colegas, fotos de la luna, hablar de macramé, de esoterismo, de ballet, de cine o de la cría del calamar salvaje. Y a ver si se atreve, señor Relator, a venir a decirle a alguien, por más juez o fiscal que sea, que no puede hablar de fútbol o del último partido de tenis de Nadal. ¿A que no hay? Pues eso.

Y esto es todo por hoy. El aplauso se lo dedico hoy a todos y todas mis compis tuiteros que hacen pedagogía porque les da la gana y a los que no la hacen y se hacen fotos en la playa porque también les da la gana. Señor Relator, ¿qué le parecería a usted si limitaran su libertad de expresión y le dejaran sin relatar? ¿A que no le gustaría? Pues a nosotros, tampoco.

Por supuesto, no me olvido de la ovación extra, una vez más, para @madebycarol2, autora de la deliciosa imagen que ilustra este estreno -ya quisiera el relator tener una ilustradora así para sus informes-

 

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Responsabilidad: el plus


 

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Para todo en la vida hay que ser responsable, tanto a la hora de acometer la tarea como a la de asumir el fracaso -el éxito lo asume cualquiera, aunque gestionarlo ya sea otra cosa-. El cine nos lo muestra con frecuencia. A ser responsable le enseñaba  el maestro a su pupilo de Los niños del coro, o el operario del cine al Totó de Cinema Paradiso. La cosa se pone especialmente peliaguda si a quien se le exige responsabilidad es al propio estado, como hacía Erin Brocovich. Aunque, a veces, es difícil distinguir dónde acaba la línea del egoísmo y empieza la de la responsabilidad, sobre todo con un matiz social, una duda que expresa a la perfección el personaje principal de La lista de Shrhindler.

En nuestro teatro, como no puede ser de otro modo, tenemos que andar haciendo un ejercicio de responsabilidad diario. Y creo que también fuera de él hay que seguir haciéndolo, según qué cosas y qué circunstancias. Pero no hagamos spoiler antes de tiempo y continuemos con el estreno de hoy.

Decía que hay que ser responsables. Eso vale para todas las personas que intervienen en nuestra función, desde la primera figura al último tramoyista. Porque si falla cualquier cosa el resultado puede ser catastrófico para nuestro público que no olvidemos que no es otro que el justiciable, ese adjetivo abstracto que engloba a toda la sociedad. Recordemos, una vez más, que la Justicia emana del pueblo y se administra en nombre de él, algo que digo tantas veces que acabaré resultando más pesada que matar un cerdo a besos. Algo que, por cierto, habría qué analizar si es delictivo y en qué tipo se encuadra. Pero mejor dejar las animaladas para su propio estreno y centrarnos en este.

Que hay que ejercer nuestra profesión con responsabilidad es algo que no tiene duda. Tanto es así que una de las primeras cosas que hacemos al tomar posesión en nuestro primer destino  -e incluso antes- es enterarnos cómo está lo del seguro de responsabilidad civil, por si las moscas. Yo me lo hice antes de poner mi primer “visto” y aunque jamás lo he tenido que usar, ni conozco a ningún colega que lo haya hecho, reconozco que me da tranquilidad tenerlo

Pero hoy me gustaría llamar la atención sobre esos momentos en que no estamos ejerciendo nuestra profesión. O sí, que no es fácil dar una respuesta tajante. En cualquier caso, no lo hagáis ahora, esperad a después del estreno.

A nadie se le escapa que jueces, fiscales, lajs y todos los operadores jurídicos nos quitamos la toga alguna vez en la vida. Física y mentalmente, o eso al menos debiera ser, aunque a veces no es fácil olvidarse de los casos tan espeluznantes que ha visto una en el juzgado o lo difícil de la decisión a tomar. Pero más allá de Toguilandia, tenemos otra vida. ¿O debiera decir que tenemos vida, sin más?

De un modo simple, podríamos decir que con la toga en la percha, queda en la percha nuestra profesión. Al igual que les ocurre a los médicos con sus batas blancas o sus pijamas verdes. Pero luego resulta que no es así, porque si ocurre un accidente o cualquier percance siempre se acaba preguntando si hay un médico en la sala y además si el médico franco de servicio dejara de atender a alguien en ese momento de extrema necesidad puede incurrir en un delito. Eso sí, ojo con eso de la gravedad, que no puede servir de excusa para atracar al doctor o doctora que nos pongan al lado en la mesa en una boda explicándoles si nos ha salido un sarpullido o nos cruje la rodilla cuando cambia el tiempo.

En nuestro caso, claro está, no es igual de fácil. No veo cómo una situación en que se requiera un jurista pueda ser apremiante -salvo los supuesto de guardia, o sea, con la toga puesta- por más ganas que sienta una de librarse de un inquilino que no paga o poner fin a un matrimonio o a la situación de servidumbre de luces y vistas con reja remetida que a cada cual le traiga por la calle de la amargura. Ni veo tampoco un símil en términos jurídicos de la maniobra de Hemshel, esa que se hace para evitar que una persona se ahogue y que tanto sale en las películas como si la gente anduviera ahogándose a cada rato.

Llegadas a este punto, es cuando apelo al título de este estreno, la responsabilidad. Está claro que una, aunque nunca se desprenda del todo de su fiscalita interior, puede irse con amigas a un karaoke y cantar a pulmón La chica yeyé o El Cadillac solitario, o bailar dándolo todo como si no hubiera un mañana, pero no estaría bien que se le fuera la olla delante de según qué público. Obviamente, a nadie se le ocurriría hacer un remedo de Los Chichos cantando Libre libre quiero ser… en un acto con presos preventivos. Puro sentido común, digo yo.

Sin embargo, si nos vamos al ámbito de la vida digital, las cosas cambian, y eso me preocupa especialmente, tanto por acción como por omisión. Lo que se dice en medios de comunicación y redes sociales en qué concepto se hace.¿Somos jueces o fiscales al dar una entrevista, al responder un tuit o colgar una foto en Instagram?¿O somos totalmente libres?Nos encontramos con jueces, fiscales, LAJs, letrados, notarios y toda clase de fauna jurídica imaginable diciendo cosas acertadas, menos acertadas…y quizás nada acertadas. Y eso al margen de su opción sobre actuar con el nombre propio o bajo anonimato a lo que ya dedicamos otro estreno.

Me explico. Si una dice que es fiscal -o jueza, LAJ, o lo que sea- en ese momento se pone una mochila a la espalda a la que no puede renunciar aunque quiera. Y ha de tener cuidado no solo por ella misma, ya que la ley nos impone ciertas limitaciones, sino fundamentalmente de cara a la gente. No podemos olvidar que aunque en twitter -o la red social de que se trate- no estamos actuando profesionalmente, estamos opinando bajo el manto de esa supuesta autoridad que nos da la toga, la llevemos o no puesta. Por eso, se debe andar con mucho tiento a la hora de exaltar los ánimos criticando cosas o sobre todo si se crean alarmas innecesarias e injustificadas. Otra cosa es hacerse una cuenta donde una se identifique como pensadora, criadora de erizos marinos u organizadora de eventos y pueda decir o criticar lo que le venga en gana.

Así que no me enrollo más. Pero no olvido el aplauso que hoy dedico de todo corazón a aquellos y aquellas compañeras que usan las redes sociales como un instrumento para hacer pedagogía. Y hasta para dar buen rollo, que nunca bien mal. Mil gracias, nos seguimos viendo por el ciberespacio.

1000: la #CifraDeLaVergüenza


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Hay cosas sobre las que una no sabe si no debería existir cine y literatura, o todavía existe demasiado poco. La violencia de género es una de ellas. Se le han dedicado muchas películas, desde la frivolización intolerable de Sor Citröen  -¿cómo se aguantaba?- hasta la escalofriante delicadeza de Te doy mis ojos, pasando por Durmiendo con su enemigo, Solo mía, En tierra de hombres o la mismísima Gilda, con ese bofetón tras quitarse ella un guante que se vendía como el no va más del glamur cuando era una representación de libro de la violencia de género más genuina.

Nuestro teatro, por desgracia, tiene que ver con tanta frecuencia manifestaciones de esta pandemia horrible que hemos necesitado que se cree una jurisdicción propia para luchar contra ella. Y ni aún por esas. La Cifra de la Vergüenza de mujeres asesinadas a manos de quien más debía quererlas no nos ha dado tregua. Hasta alcanza los cuatro dígitos. 1000  desde 2003. Y muchas más antes, que ni siquiera contaban ni se contaban.

No es el primer estreno que dedico a la violencia de género . Por desgracia, la realidad  me ha dado muchos motivos para dedicarle líneas y más líneas, para abrir y cerrar nuestro telón con la esperanza de que la función nunca más habrá de darse #PorEllas. Pero siempre hay que volver, y no solo porque el almanaque lo recuerde cada 25 de noviembre  sino porque los hechos son los que son cada día del año.

Cuentan las crónicas que la primera mujer de la que se tiene constancia escrita que padeció y denunció violencia de género -aun cuando el delito ni siquiera tuviera nombre- fue Francisca de Pedraza,  que allá por el 1624 en Alcalá de Henares consiguió que por primera vez se reconociera la condición de víctima a una mujer. Por fortuna, Francisca vivió para contarlo, pero no corrieron tal suerte nuestras protagonistas de hoy que desde 2003 a hoy han alcanzado el fatídico millar.

Desde Diana, en 2003, a Beatriz, en 2019, la cifra de la vergüenza ha superado la barrera de 1000, un límite que esperábamos que nunca llegara pero sabíamos que, tal como iban las cosas , acabaría llegando. Lo peor, pensar que aunque el nombre de Diana quedará fijo en el recuerdo como la primera, es difícil que el de Beatriz quede como la última. Porque precisamente es eso lo que provoca más rabia, más impotencia y más indignación: la casi total certeza de que no será la última.

Quizá alguien no sepa por qué las bolitas de nuestro  ábaco imaginario empiezan a contar en 2003. Pues, ni más ni menos que porque hasta entonces la violencia de género ni tenía sustantividad propia ni a nadie que desde ninguna instancia se molestara en computar sus víctimas. Y ya se sabe que lo que no se nombra no existe. Las mujeres que padecían este tormento se veían abocadas a un ostracismo social y legislativo que multiplicaba por otro millar su sufrimiento. Hasta el infinito y muchísimo más allá.

A partir de 2003 empezamos a contarlas y a contar con ellas. Fue en ese mismo año donde se reguló la orden de protección  -para víctimas de toda la violencia doméstica, no solo de género, como hay quien se empeña en hacer creer- pero hubo que esperar a fines de 2004 para tener una ley propia, y a mediados de 2005 para que hubiera juzgados especializados. Empezamos a andar con fuerza pero en algún punto del camino parece que nos quedamos sin resuello y paramos el avance para llegar a esa meta del fin de la violencia de género que tanto anhelamos.

En el ínterin, esta toguitaconada ha visto a mujeres asesinadas con cuchillos jamoneros, arrojadas por una escalera o por el balcón, apuñaladas decenas de veces, ahogadas en el agua de la bañera o de un lago, quemadas, estranguladas, tiroteadas con escopeta o con el cráneo roto a pedradas. Y esa es solo mi experiencia. Si sumo la de todos los compañeros y compañeras que han pasado por esto, podríamos escribir un manual de todas las formas de asesinato posibles, habidas y por haber, a las que sumar cualquier tipo de tortura imaginable, desde obligarlas a comer heces de perro a arrancarles el pelo a mechones y pegarlo con pegamento de contacto. Y juro que no invento nada, y que tampoco cuento todo. Invitaría gustosa a quienes niegan que la violencia de género exista a darse una vuelta por nuestros juzgados a ver si cambian de idea. Pero, como dice el refranero, no hay peor sordo que el que no quiere oír.

Así que hoy, si me permitís, en lugar de aplauso, una ovación cerrada para esas 1000 mujeres que, desde Diana a Beatriz, han configurado, a su pesar, la #CifraDeLaVergüenza. Y el más cariñoso recuerdo par quienes las quisieron y no pudieron disfrutar de ellas por culpa de un asesino machista. Hacia ellos todo nuestro rechazo. Sin fisuras. Hagámoslo #PorEllas

Días temáticos: multifunción


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Las unidades de medida del tiempo son una referencia importante a la hora de dar título a obras literarias o a películas. El año que vivimos peligrosamente, 9 meses, 9 semanas y media, El día de la bestia… Pero si un día se ha hecho famoso hasta traspasar el cine -y la realidad en que se basa- para convertirse en una frase de uso común, es el del Día de la marmota, de la película Atrapados en el tiempo. Un día temático de los muchos que tenemos, y cada día más.

Nuestro teatro no es demasiado dado a este tipo de celebraciones. Hasta nuestro propio patrón, San Raimundo de Peñafort, que se celebra el 7 de enero, pasa tan desapercibido que no nos damos ni un triste día de vacaciones, con lo bien que vendría justo después de Navidad. Como los críos, para jugar con lo que nos hayan traído los Reyes Magos.

Pero aunque no los celebremos expresamente, muchos impregnan nuestro quehacer diario, algunos con sus celebraciones específicas, como el día de la mediación, y otros compartiendo las que se hacen desde todos los ámbitos, como ocurre con el 8 de marzo o el día para la eliminación de la violencia de género

No obstante, hay que reconocer que a veces se nos va la mano con lo de los días temáticos. Por poner un ejemplo en un mismo día -21 de marzo- y de una sola tacada se celebraban el día contra la discriminación racial, el día mundial de la poesía, el día del síndrome de Down y el día mundial de los bosques. Ahí es nada. Que no sé dónde andarán metidos los señores que deciden los días temáticos, pero a veces se lucen, que en vez de un día parece el camarote de los Hermanos Marzx. Un poquito de por favor, hombre. Y dos huevos duros.

No creamos que esto de amontonar las celebraciones en un solo día es nuevo. Nada de eso, y bien que podíamos haber aprendido. Ya el propio santoral nos juega alguna de estas malas pasadas, y acumula santos en una misma jornada sin ton ni son. Que me lo digan a mí, que mi pobre onomástica queda siempre eclipsada porque Santa Clara acompaña a Santa Susana en el camino, y como quiera que ya entonces el cotilleo era un grado, pues mi pobre santa se queda ahí agazapada. Como Santa Clara tenía tan buena relación con San Francisco de Asís que hasta salía en Hermano Sol, Hermana Luna, a la otra pobre ni caso. Por cierto, es el 11 de agosto, por si alguien quiere anotárselo y tener un detallito.

Y es que no se pueden acumular tantas cosas en un solo día, que a veces las conciencias no dan para tanto, con lo que cuesta a veces despertarlas. Y a veces se trata de causas importantes que bien merecerían un día en solitario o pueden pasar desapercibidas.

Eso sí, echo en falta un día de la Justicia, por ejemplo. Sé que existe un día del turno de oficio, pero como la cosa está como está, lo tienen que gastar reclamando lo que se les debe en vez de reivindicar la importancia de la función que realizan.

Pero quienes trabajamos en la Administración de Justicia no tenemos ningún día temático, como tampoco lo tienen las víctimas de muchos delitos ni el justiciable en general. Y no estaría mal darnos un homenaje de vez en cuando. Eso sí, un homenaje que ni fuera el dichoso día de la marmota, en que todo sigue igual y nunca nos alcanzan los medios para todo lo que se necesita.

Aunque, si lo pensamos bien, si que hay una celebración que tiene lugar a diario. Como el día del no-cumpleaños de Alicia en el País de las Maravillas. En el Juzgado de guardia, cada día es el día del detenido. Eso no falla. Y bien que podría fallar alguna vez, que ya digo siempre que no hace falta que se empeñen en venir a vernos. Nos encantaría aburrirnos. A ver si llega el día alguna vez

Mientras tanto, aprovecho para mandar un mensaje a los encargados de los días temáticos. Por favor, nada de overbooking. Que el calendario tiene 365 días a su disposición y no hace falta juntar tantas causas importantes en uno solo. Y aunque pensemos que no sirven para mucho, ya se sabe eso de cacito a cacito… Pero pónganlo fácil y que no se nos acumule la faena. Hasta entonces, dejo en suspenso mi aplauso.

 

Erratas: lo que cambia una letra


parte diapositiva

El lenguaje es importante, y el buen uso del mismo es preciso en todos los ámbitos, y esencial en la literatura, el cine o el teatro. Un error puede desembocar en un fracaso clamoroso, y un equívoco bien utilizado pude ser un recurso fantástico. Un pequeño cambio en una palabra, y se abre un abanico de posibilidades, como en Víctor o Victoria. Aunque a veces se emplea el erro como parte del título con fines de humor, como en el Robobo de la jojoya. Eso sí, si consiguen o no su objetivo, es harina de otro costal. Y en cualquier caso, una sola letra puede ser muy importante, que le digan si no a la protagonista de La letra escarlata

Las erratas también forman parte de nuestro teatro, dándole color -¿o será calor?- a nuestro muchas veces aburrido mundo. Porque a veces eso de que de lunes a martes poco te apartes no se hace realidad, y una letra de diferencia supone un cambio como del día a la noche. Y si no, basta recordar aquella errata histórica con la que se publicó una de las más importantes leyes de Toguilandia .La ley orgánica del joder judicial, como salió en el BOE, por más que se corrigiera al día siguiente

Empezaré por dos erratas que han pasado ya a formar parte del repertorio de clásicas pifias toguitaconadas. La primera, cómo no, el habeas corpus, y sus distintas interpretaciones magistrales, desde la recatada corpus christi a la más echada p´alante ave escorpio. La segunda, reciente pero incorporada con fuerza al top ten de éxitos, la de las notificaciones por vía telepática que, como sigan así, van a hacer a más de un médium forrarse.

Las medidas cautelares dan mucho de sí para esto. Una de las erratas que hemos visto más de una vez es la de la orden de alojamiento, que si nos descuidamos nos toca buscarle cobijo al investigado. A no ser, claro está , que se encuentre en panadero desconocido, en cuyo caso habrá que poner en marcha a las fuerzas y cuerpos de seguridad. Y, por supuesto, hacerlo en el mayor tiempo posible, como ponía en un atestado del que me da cuenta un compañero, que ya sabemos que las prisas no son buenas consejeras.

No obstante, si de darse prisa se trata, recordemos aquel viejo consejo de Steve Wonder en el anuncio de la DGT, “si bebes no conduzcas”. Porque como te pare la Guardia Civil, en el atestado por delito contra la seguridad vial nos podemos encontrar con una descripción como la que me cuenta una compañera, que decía que el interfecto estaba “haciendo heces”. Prefiero abstenerme de imaginar que aquello fuera otra cosa que un error ortográfico, y que las haches  y las eses se hubieran venido arriba en el teclado. Por si acaso, no olvidemos mirar por el espejo mirapatrás, que nunca se sabe.

A veces son los temas médicos los que causan más de un error curioso. Sobre todo si el médico que te atiende es el médico florense, que no sé exactamente si es porque se dedica a la esgrima con florete o a las flores del jardín. Pero encontrarse con alguien que dicen sufrir VHS por VIH no deja de tener su punto.

Y ojo, que hay delitos que parece que atraen a la errata. Hace nada, un periódico reflejó mi reciente nombramiento como fiscal delegada de tutela penal de la igualdad como fiscal de delitos de ocio. Ni que decir tiene que más de una compañera dijo que si le hubieran avisado, se pide esa especialidad tan atractiva. El error fue subsanado al cabo de un rato, pero quedó en la memoria y en las bromas que me siguen gastando.

No son los únicos delitos con los que ocurre. He visto pedir pena por tenencia ilícita de almas -no comprobé si era Belcebú el acusado-. Aunque, para Expedientes X, el de los delitos perseguibles a instancia de Marte, que la jurisdicción universal puede dar mucho de sí y llegar hasta los confines de la Vía Láctea. Esto sí que es ir hasta el infinito, y más allá.

Otras veces las pifias tienen relación con el mundo animal. Una compañera relataba una estafa cometida con una tarjeta de cerdito, lo cual hubiera venido bien al cuidador de marranos, que era como se le presentó un testigo a otro compañero. Aunque la mejor es la que me contaron de una señora que llegó con su perro dispuesto a declarar en juicio y que, apercibida de que no era lugar para el animal, contestó que en la citación decía que viniera con los testigos y perritos de que se fuera a hacer valer .

También la proposición de prueba tiene su aquel. Yo misma, sin ir más lejos, me percataba el otro día de que había pedido como prueba la explotación del menor, que debieron pensar que no tengo corazón, aunque la culpa la tenga más de una vez el corrector, a quien también le atribuyeron la responsabilidad de pedir como prueba la hoja histérica penal. El mismo corrector que, en un día gamberro, cambió el “imputadio” que por error tecleó el funcionario por “imputadito”, y ahí se quedó todo el procedimiento, con un diminutivo que hacía imaginarlo siempre como si fuera El pequeño Ruiseñor y fuera a arrancarse por los Doce cascabeles

Y es que los propios hechos pueden cambiar mucho por una sola letra. No es lo mismo dar patadas a otro, que dar patatas, porque en el segundo caso muchas le tendríamos que dar para causarle daños en su integridad física, aunque fuera por indigestión y poder calificar el hecho de delito de lesiones. Y tampoco es lo mismo que te llamen “niñito” que “niñato”, desde luego.

Para concluir,  algunas erratas de las que quedan en los  anales de las sentencias. Sin ir más lejos, en su parte diapositiva -ver imagen-. Debo delirar y declaro, decía otra, según me cuentan. Y, conforme vi en un periódico, el contenido no era cualquier cosa. Absorbía al acusado, como si en vez de una toga el juez tuviera un enorme aspirador.

Y por hoy, como decían en los dibujos animados, eso es todo amigos. El aplauso esta vez se lo dedico al sentido del humor de quienes con sus aportaciones han hecho posible este estreno. Mil gracias una vez más, sus Señorillas

#ProcuradoresON : más cosas que se oyen


 

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Pocas cosas hay que den tanto juego en el mundo del cine que tener poderes. El hombre invisible, Hulk, Los Increíbles, Superman, WonderWoman o Los Cuatro Fantásticos tenían superpoderes capaces de hacer verdaderas maravillas. Pero no son estos los únicos poderes que existen en el universo. Y si no me creen , sigan leyendo.

En nuestro teatro, hay unos reyes -y reinas, claro está- absolutos de los poderes. Los tienen, y más abultados que nadie, en el más inocente de los sentidos. Y no son otros que los procuradores y las procuradoras. Aunque ya les dedicamos un estreno, Deprisa, deprisa, que incluso fue objeto de atención especial y cariñosa en su propia revista, también merecen un capítulo propio dedicado a esas frases que tienen que oir con frecuencia y de las que deben de estar hasta el mismísimo birrete -versión jurídica de estar hasta el gorro-

Una de las primeras cosas que se encuentra una cuando empieza a dar sus primeros pasos en Toguilandia, son ese montón de folios aburridídismos que engordan cualquier causa: los poderes de los procuradores. Se puede distinguir a alguien bisoño en el oficio en que los lee de cabo a rabo. De hecho, hay un dicho que lo plasma “es tan novato que hasta lee los poderes de los procuradores”. Aunque caben versiones adaptadas de distintos refranes. Es más aburrido que un poder notarial, por ejemplo, y discúlpenme los señores y señoras notarios, pero a veces tienen una forma de redactar que le hace la competencia al más potente de los somníferos.

Una de las obviedades más comunes respecto a procuradores, además de preguntarles qué son o para qué sirven, es bromear acerca del nombre. ¿Procuradora? ¿Y qué es lo que procuras, si puede saberse? Y claro está, no lo dicen, pero lo que procuran es contar hasta veinte para no decirle cualquier grosería al graciosillo de turno.

Si he de ser justa, este estreno no es solo cosa mía. Después de los dedicados a las cosas que tienen que oir jueces, fiscales  o abogados, dejé la puerta abierta a que otros habitantes de Toguilandia me contaran las suyas. Y hace nada me contestó Mari Carmen, procuradora, relatándome algunas de estas frases y animándome al hacerlo a que hiciera justicia a esta profesión a veces tan olvidada.

Me cuenta esta procuradora que una de las cosas que más le ocurren es tener que explicar cuál es su labor, incluso a sus propios clientes. Y lo debe explicar tan bien que se encuentra con reacciones como “Qué trabajo tan chuli tienes, te dedicas a acompañar gente al juzgado a hacer los apud actas “esos”. Por supuesto, lo de “los apud actas esos” no saben lo qué son pero les suena de cine. Menuda decepción si lo supieran…

Hay, por su parte, quien resume su trabajo en un simple: “tú te dedicas a los papeles, ¿no?”, como si jugaran con los folios como si se tratara de una baraja y no de documentos que a veces, tienen una importancia tremenda. Por eso, si el incauto no ha hecho bastante, se viene arriba diciendo que eres muy lista porque “te has tirado” a lo más fácil, a eso del papeleo, que puede hace cualquiera. Obvio que hay a quien es absurdo explicarle que si pudiera hacerlo cualquiera, no exigirían una formación y un título.

Por otro lado, y como quiera que la ignorancia es muy osada, a nuestras pobres procus suelen deleitarles con faltas de consideración nacidas del propio desconocimiento, como cuando les dicen que son la secretaria del abogado o, directamente, les dicen que son menos, porque no han estudiado carrera ni nada. Y se quedan tan pichis, oiga, mientras el aludido o la aludida se muerde los labios para no contestar.

Y es que, claro, como no hablan en los juicios, hay quien cree que no hacen nada. Y aunque no seré yo la que niegue que, a veces, está de más esa necesidad de que permanezcan allí haciendo de Don Tancredo -por eso se les excusa más de una vez de permanecer en sala- hay que recordar que sin su trabajo ni el juicio hubiera llegado hasta ahí ni, una vez en sala, se podría celebrar. Así se sencillo.

Por último, como mucha gente desconoce que su función esencial es andar corriendo de Herodes a Pilatos, física o virtualmente, para que no se les pase un plazo o una notificación, piensan que son algo así como apéndices del Juzgado y que deben vivir encadenados a él, y llegan a extrañarse – y hasta enfadarse- si aparecen a una hora distinta de la que han quedado y no están a su disposición.

Por todo esto, y saldando una deuda que aun guardaba con la profesión, hoy el aplauso no pude ser más que para todas y todos los procuradores que facilitan el trabajo en nuestro teatro, aun costa de aguantar más de una impertinencia. Gracias por estar ahí

 

 

 

Reciclaje: cuidar el planeta


 

 

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De un tiempo a esta parte, el ecologismo ha pasado de ser casi una moda, o algo que se miraba de soslayo, a ser una necesidad absoluta. Nuestro planeta nos pide urgentemente socorro y como no nos demos prisa en escucharle, tal vez sea tarde. Y son muchas las voces que desde el cine y el teatro nos recuerdan Una verdad incómoda, sea a través de historias de animales como La vida de Pi, Bailando con lobos o El oso o sea directamente a través de sus acciones reivindicativas, tan relacionadas con nuestro teatro como ocurre en Erin Brockovich o Acción Civil.

En nuestro teatro ya hace tiempo que el cuidado del medio ambiente tiene una notable nivel de protagonismo. Los delitos contra el medio ambiente ya son penados desde hace mucho tiempo, y también desde hace mucho tiempo existe la sección especializada de fiscalía, con su propio Fiscal de Sala al frente de la misma. Perdonadme el momento abuela cebolleta contando batallitas, pero todavía recuerdo los inicios de esta tendencia, cuando yo todavía era una fiscal en prácticas y quien hoy es fiscal de sala se devanaba los sesos para tratar de hacer posible la protección penal de esa joya natural de mi tierra que es la Albufera.

Juntamente con ello vino la preocupación por los incendios forestales, esa pesadilla que durante todo el año pero especialmente cada verano, se lleva por delante parte de lo que debería ser el patrimonio natural de nuestros descendientes.

Pero la preocupación por estos temas no debe limitarse a esas cuestiones de tanta trascendencia. En nuestro despacho diario de trabajo podemos poner nuestro granito de arena.

De hecho, algunas veces he contribuido a la causa sin saberlo, o, al menos, sin ser consciente de ello. Cuando yo estaba en ni primer destino, el Fiscal jefe nos obligaba a usar los folios por ambas caras y, además, nos instaba a no desperdiciar nada, por lo que los papeles inservibles los dejaba en medio de la mesa comunitaria donde entonces despachábamos nuestros expedientes para que los utilizáramos por el reverso como los que él llamaba “papel de sucio” Por aquel entonces, cuando la conciencia ecológica andaba aún en mantillas, sonreíamos pensando que se trataba de una extravagancia o incluso de un alarde de tacañería. Hoy, sin embargo me doy cuenta que aquel hombre era un visionario. Un visionario que, por cierto, iba cada día al trabajo con su termo de café u horchata según la época y su bocadillo envuelto en papel de periódico.

Sin embargo, iniciativas como esta no dejaban de ser una rara avis en nuestra Administración de Justicia donde, si algo se usa a cascoporro es papel y más papel, más incluso desde la fallida implantación del papel 0, que, en realidad, acaba no siendo otra cosa que un cambio de lugar de la impresora -ahora se imprime en el juzgado cuando llega en vez de llegar impreso por las partes-

No niego que somos viejunos y hay a quien todavía le cuesta estudiarse un documento si no es con el papel físico y subrayándolo con sus fosforitos, pero tal vez deberíamos pensarlo un poco mejor antes que desperdiciar tanto folio inútil. En realidad,  de cada causa mediana sobrarán entre la tercera parte y la mitad de sus folios, por la cantidad de veces que un mismo documento  -generalmente, el atestado- se fotocopia. Y eso por no hablar de los poderes de los procuradores, un montón importante de hojas que no se leen, y que seguro que hay otro modo de incorporar a las actuaciones sin necesidad de cargarse un arbolito con cada procedimiento. Que parece mentira que se hayan inventado chips donde cabe toda la información imaginable y nadie invente un modo de hacer más ligeros los procedimientos de papel inútil -del 0 ya ni hablamcos-

En cualquier caso, el colmo de los colmos en cuanto a reciclaje judicial son las estanterías hechas de cartón y cinta aislante que he visto en los Juzgados de lo Mercantil de Valencia y de las que ya he hablado en alguna ocasión. Aunque con la ampliación de instalaciones han mejorado algo, había momentos que nos sabía si entre los archivos se me aparecería el presentador de Briconanía o el mismísimo McGyver camufllado entre trogas y puñetas.

Otro de los clásicos es el uso de cualquier ingenio para evita que la salida del aire acondicionado nos traiga una pulmonía doble. Desde paraguas de los más variados tonos y colores hasta cartones colocados de modo estratégico y hasta artístico. Incluso a veces a juego con los ventiladores tradicionales de otros juzgados que, por el contrario, padecen de que el aire acondicionado no llega con suficiente fuerza. Será porque los edificios inteligentes son más bien tontitos.

Cualquiera de las personas que habitamos Toguilandia echamos mano de la imaginación en muchos casos. Yo sin mis posists no podría hacerla mitad de cosas de las que hago, y en ocasiones un clip te saca de un apuro. De hecho he visto jueces que los usan para sujetar esas puñetas rebeldes que con el paso del tiempo parecen querer huir de las mangas de las togas. Eso sí, que no topen conmigo que voy con mi hilo y mi aguja y les quito esas veleidades puñetero libertarias en un pis pas.

Los ejemplos serían muchos y no descarto, si hay aportaciones al respecto, embarcarme en una segunda parte de este estreno.

De momento, me contento con estas pequeñas muestras, y  dedico el aplauso a quienes con su ingenio las han hecho posibles. Y una vez más, a @madebycarol, mi estupenda ilustradora de cabecera, que nos regala la imagen de hoy.

 

Bolsos: misterios insondables


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Es un hecho que las mujeres solemos llevar bolsos. Hoy, por suerte, los hombres pueden hacerlo -y de hecho, muchos lo hacen- sin tener que someterse a mofas y befas de gente de miras estrechas y alma intolerante. Pero no hace tanto tiempo que se polemizaba con el bolso de Tinky Winky, el muñeco morado de la inocente serie Los Teletubbies, y sus posibles significados. Y es que los bolsos tienen su punto inspirador, cono el bolso de piel marrón de la Penélope de Serrat, o el que hace juego con el vestido gris de la protagonista de “Y cómo es él” de Jose Luis Perales. En el cine, el bolso de Mary Poppins es un clásico, y, aunque siempre me gustó, mi favorito era el de una serie de televisión de mi infancia donde el protagonista, Sport Billy, tenía una bolsita de deporte donde cabía absolutamente todo.

También en Toguilandia llevamos nuestros bolsos, por supuesto. Y son mucho más que esos maletines o trollers  a los que ya dedicamos un estreno y que cargan con el peso de la ley en sentido literal. En un bolso se puede llevar la vida entera. Se puede, incluso, llevar bien plegadita la toga y también los tacones, que hay quien tiene la costumbre de ir en deportivas y toguitaconarse al llegar al juzgado, como hacían las protagonistas de Armas de mujer.

El estereotipo establece que en los bolsos de las mujeres hay de todo, pero nunca faltan cosas como algo de maquillaje, una lima de uñas o un espejito de mano. Pero, hoy en día y al menos en mi caso, eso es una leyenda urbana. No suelo llevar maquillaje en el bolso, no uso pintalabios y aunque a veces sí que llevo alga lima de uñas mona de esas que regalan en las bodas, acabo desalojándola del bolso en algún momento, aunque seguro que es justo ese día cuando la necesito. Sí que suelo llevar, en cambio, unos pendientes de repuesto, pero es una manía mía, que me siento desnuda sin ellos.

Otro clásico es que siempre haya alguien -generalmente,, un hombre- que, ante cualquier emergencia, suelte eso de que en los bolsos de las mujeres hay de todo, para pedir a continuación la cosa más absurda, desde una alcayata a una sierra mecánica, desde hilo y aguja a un rollo de cinta americana, desde una aspirina a una jeringuilla hipodérmica. Y no, no podemos llevar de todo, aunque a veces lo parezca.

Confieso que cuando mis hijas eran pequeñas, podía aparecer cualquier cosa del interior de mi bolso, que, además, tenía proporciones considerables, por si acaso. Allí podía haber desde cromos o juguetes a cualquier alimento en distintas fases de consumo -íntegro, mordisqueado, mordido o a punto de acabarse-. Y luego,claro,una se encuentra con lo que se encuentra, como me pasó en alguna ocasión en que al ir a sacar el Código Penal que solía llevar encima -antes de que Internet nos facilitara las cosas- apareció pringado con cualquier sustancia que, en algún momento anterior, estaba en un bollo, en un bocadillo o hasta en un brik de zumo. Y una pasa las páginas con cara de asquito y los dedos haciendo pinza, tratando de no mancharse más de lo imprescindible.

Hay cosas que son, o debieran, ser precisas en el bolso de cualquier jurista que se precie. Y voy a tratar de fijar un kit básico, sin perjuicio de posibles variaciones al gusto del consumidor y a tenor de las circunstancias.

El kit ha de tener un bolígrafo al menos. Ya sé que parece mentira, pero más de una vez se olvida tan esencial adminículo, y nos lo hemos de pasar unos a otras para firmar como si de la pipa de la paz se tratara. Yo ahora mismo llevo varios, uno de ellos con tinta morada, regalo de una abogada, que me encanta. Pero cuidado con los bolígrafos buenos, que por alguno motivo desaparecen y se van al agujero negro de los bolis buenos, un fenómeno que va a estudiar Iker Jiménez en cuanto dé solución al de los calcetines desparejados.

También es recomendable, aunque sea opcional, llevar posits. Nunca se sabe  dónde va a poderse pegar uno ni qué notas tomar en él, y siempre van bien. Junto a ellos, cualquier adminículo de papelería hace un papel, pero cuidado con que sean grapas o similares que siempre se enganchan con algo -especialmente con las puñetas-. Lo que sí es bueno llevar siempre es uno o varios pen driver, que siempre puede haber algo que copiar. Y los hay monísimos además, como mi fiscalita, mi abogadita y, últimamente, hasta mi fallerita.

Otras de las cosas que siempre pienso que debería llevar -pero no llevo muchas veces- son caramelos o similares. Igual te aclaran la voz o te ayudan a superar un golpe de tos que hacen su papel para acallar al estómago rugiente tras una sesión maratoniana de juicios sin probar bocado. Que cuando pasa, una no sabe dónde meterse,tal como si hubieran dado suelta al león de la Metro para expresarse a su antojo.

En cuanto a papeles, notas y apuntes, como ahora los móviles y el acceso a Internet lo facilitan todo, no hace falta llevar el Código en el bolso con riesgo de la mancha de Nocilla o mermelada -aunque haya quien siga prefiriendo el papel-. Pero una, que es una romántica, sigue gustando de llevar agenda o, mejor dicho agendita o libretita de notas, tanto para consultar como para anotar. Viene estupenda para cuando se suspende un juicio y se busca próximo día de señalamiento aunque, con la saturación que hay en ocasiones que hace señalar a años vista, o se tiene una agenda perpetua o mal vamos. Lo que nunca entiendo muy bien son esos letrados y letradas que, tras mirar móvil y libreta, acaban diciendo “espere que llame a mi secretaria”. Debe ser por pura envidia, que yo ni tengo secretario, ni secretaria, ni na.

Se me ocurren más cosas para llevar en el bolso,, pero lo dejo al tercio de libre disposición. Hay quien siempre lleva canicas porque le dan suerte, quien lleva una estampita, quien atesora chuches o rosquilletas para un apuro. Todo vale, siempre que pase el filtro del detector de metales de la puerta o del mecanismo de seguridad que haya -si lo hay, claro-

Solo me queda dar hoy el aplauso, que no me guardo en el bolso. Esta vez para quienes saben hacer de la previsión una norma, y tienen sus bolsos repletos de todo lo necesario Porque a quienes no somos tan previsoras, siempre nos viene de cine.

 

Timos: de la estafa a la picaresca


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Desde siempre, los pequeños tramposos, las personas que aguzan el ingenio para sacarle provecho a las cosas, son una figura muy querida de literatura y escenario. Desde El lazarillo de Tormes hasta aquella vieja serie de televisión llamada El pícaro, esos personajes han resultado tiernos y atractivos, por más que sus tretas estuvieran al filo de la ley, cuando no claramente fuera de ella. A su lado, esa otra modalidad del buen ladrón, que roba a los ricos para dárselo a los pobres como Robin Hood o nuestra versión bandolera encarnada en Curro Jiménez y su banda.

Hoy las cosas han cambiado, y atrás quedó en nuestro escenario el estereotipo del timador a pequeña escala que resultaba, incluso, entrañable, como La tonta del bote de la película de Lina Morgan. No obstante, todavía hay cosas que me dejan de pasta de boniato al comprobar la de gente incauta -o desesperada, o ambas cosas- que todavía hay por el mundo.

En mi vida profesional, creo que solo una vez, y hace mucho tiempo, supe de algo parecido al timo de la estampita, ese clásico de la picaresca nacional en el que se acude a la fábula del cazador cazado. Alguien que se cree más listo que nadie por tomar al pelo al supuesto “tonto” que hace de cebo y se queda con una considerable cantidad de billetes que el cebo le ofrece a precio de risa por considerarla meras estampitas. Al final, los billetes resultan no serlo y el estafador es el estafado que, además, como tampoco jugaba limpio, ha de escoger entre pasar la vergüenza de que se descubran sus intenciones – y su poca inteligencia- denunciando, o renunciar a un posible resarcimiento y castigo del culpable silenciando los hechos.

Pero aunque algo así no lo vemos en los últimos tiempos, sí que hemos presenciado con cierta frecuencia una nueva versión en la que subyace exactamente el mismo espíritu. Se trata del timo de las cartas nigerianas y del lavado de dinero. Su mecánica consiste, en esencia, en hacer creer al incauto -quien nuevamente, se cree más listo que nadie-  que esas láminas ennegrecidas son billetes de curso legal y que solo hay que “lavarlas” para hacerse con él. Por supuesto, quien hace de cebo finge no conocer el supuesto valor de los bllletes y quien cae en la trampa lo hace con el mismo espíritu que el de la estampita, el de aprovecharse, volviendo al mito del timador timado o lo que otros interpretarían como una actuación estelar del karma.

Durante una época, se usaba mucho la figura de la multipropiedad para consumar algunas estafas, más que tiempos. Porque aquí quien caía ya no era el incauto que  se creía más listo sino quien adquiría un derecho sobre una vivienda con la creencia de que aquello era buena inversión. Solían, por esos tiempos, ofrecer aquello por teléfono y he de decir que si me hubieran tocado tantas casas entre Torrevieja y Benidorm como veces me llamaron o dejaron mensajes en el contestador del teléfono -fijo, por descontado-, serían míos ambos municipios en su totalidad. Todas esas cosas solían ir acompañadas de reuniones donde, para recoger el premio, había que acudir y entregar un dinero a cuenta, y, a veces, hasta comprar una enciclopedia, una plancha a vapor o cualquier otro artilugio. Operaciones que se van renovando pero que siguen existiendo con diversas formas. Como diría mi abuelo, lo que trabaja la gente por no trabajar.

Hasta aquí, hemos hablado de esas trampas que, dinero por medio, son delictivas, generalmente bajo la forma de estafa. Las hay en que el estafado acaba siéndolo porque se cree más listo y se la dan con queso -la estampita, las cartas nigerianas y hasta los trileros,, que siguen existiendo- o en las que se trata sin más de desaprensivos que fingen lo que no son para engañar a alguien y que invierta su dinero, como aquellas tremendas estafas inmobiliarias que destrozaron los sueños de familias enteras.

Pero otras veces, los timos son mucho más pedestres. Recuerdo que durante una buena temporada, solía abordarme gentes en las inmediaciones de la estación, pidiendo dinero porque tenía que hacer supuestamente el viaje de vuelta a Picassent -población donde está nuestra prisión- y no tenía dinero. Alguna vez, después de oir el mismo cuento varias veces, me quedé tan harta que le dije al pedigüeño muchacho que no se preocupara, que si no iba solo seguro que volvían a por él unos señores de uniforme en un furgón. El pobre no volvió a abordarme ni a pedirme nada.

Y siempre me acuerdo con una sonrisa de la cara de estupefacción de otro supuesto ex convicto pidiendo dinero a quien un amigo mío le dio la respuesta que menos se esperaba. Ante su bravuconería de “dame algo, que he salido de Picassent”, mi amigo le respondía “y qué quiere que te dé, ¿un diploma?”. Afortunadamente para nosotros no debía ser tan peligroso como pretendía hacernos creer, porque tras la sorpresa inicial, se fue de allí con el rabo entre piernas y los ojos como platos.

Hasta aquí solo algunas muestras de todos esos engaños que se utilizan para conseguir que los demás nos rasquemos el bolsillo. Algunos, con su punto de gracia. Otros, con ninguna. Por eso el aplauso hoy va destinada a quienes desde su toguitaconada posición saben tratar a cada cual como procede.Porque en eso consiste la justicia.

 

LTBIfobia: nunca más


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Hoy, Día contra la LGTBIfobia, el estreno de nuestro teatro será en forma de relato, como homenaje a todas las personas que tuvieron que sufrir ese odio injustificado y atroz. Para ellas, y para quines luchan contra ello, el aplauso de hoy

EL TÍO PEDRO

Mis hermanas y yo habíamos recibido la misma carta. Y habíamos reaccionado de la misma manera, una mezcla de estupefacción, sorpresa y escepticismo en la que todavía estamos. No teníamos ni la más remota idea de quién podía ser ese señor con el que compartíamos apellido y que respondía al nombre de Pedro del que nunca nadie nos había hablado. En tono jocoso, lo bautizamos como el tío Pedro, aunque sin comprobar cuál era en realidad nuestro parentesco, si es que existía.

Por supuesto, lo fácil hubiera sido preguntar a nuestros padres, pero ya hacía varios años que la curva cerrada de una carretera comarcal había segado sus vidas de cuajo. Nuestra única tía, la hermana de mamá, había perdido el hilo que la unía la realidad, y vivía en ese universo paralelo en el que habitan muchas personas mayores. Así que no nos quedaba otra salida que guiarnos de nuestra intuición para decidir si acudíamos o no a la cita.

Yo era partidario de dar una oportunidad a aquel hombre. No sabía qué podía tener de malo reunirnos con él. Mi hermana Marta, sin embargo, insistía en que podía ser una trampa montada por un desaprensivo vaya usted a saber para qué. Y, aunque la desconfiada Marta casi convence a Natalia, mi hermana pequeña, finalmente ésta sucumbió al deseo romántico de encontrar a una pariente perdido, que seguro que tenía una historia extraordinaria que contar y que ella no estaba dispuesta a perderse. Hicimos conciliábulo familiar, votamos y salió que iríamos, por más que hubiera que llevar a Marta a rastras.

Al final, Natalia acertó por completo. El tío Juan tenía una historia extraordinaria que contar, aunque en los tiempos en que vivió su historia era mucho más ordinaria de lo que creíamos. Por desgracia.

Cuando llegamos al lugar pactado, nos recibió un hombre con tantas arrugas en la cara que podría tener doscientos años. Natalia iba a abrazarlo y a llamarlo “tío Pedro” cuando el hombre le paró en seco. El no era Pedro, pero traía un recado de Pedro en forma de carta. A nosotros nos correspondía decidir si deseábamos conocer su contenido o no. Asentimos, pese a las reticencias de Marta, y aquel hombre, tras entregarnos tres sobres tamaño folio, nos dejó solos con nuestra estupefacción

Abrimos nuestros sobres y nos quedamos en silencio, con toda la concentración puesta en nuestros respectivos folios. Supe tras leerlos que el redactor de aquella carta era el hermano de mi padre, que fue repudiado por mis abuelos porque le pillaron a los doce años probándose los zapatos de tacón y el maquillaje de su madre. Le enviaron a un colegio interno para que “le enderazaran”, pero no se puede enderezar algo que no está torcido. Después de vivir -que no convivir- un tiempo con unos padres que ni siquiera le dirigían la palabra, un día se marchó del pueblo para no volver más. En la familia se prohibió para siempre pronunciar su nombre, y nadie nunca más habló de él.

Levanté la vista de los folios y traté de comentarlos con mis hermanas. Me referí a la historia que nos contaba, pero resultó no ser la misma. El pliego de hojas de Natalia contaba la historia de amor con Juan, a quien el tío Pedro adoraba, pero que no tuvo el coraje necesario para escaparse del camino establecido por otros para él. Juan se casó con una chica del pueblo, tuvo una hija y, dos años más tarde, apareció colgado de una viga de su propia buhardilla, harto de fingir ser la persona que no era y más harto aún de fingir no ser quien era. Natalia lloraba al leerlo las mismas lágrimas que lloró el tío Pedro al perder de ese modo a la persona que amaba.

A Marta, sin embargo, le había reservado la última sorpresa, quizás por ser la más escéptica, aunque ignorábamos cómo pudo saberlo. En la carta que estrujaba Marta entre sus dedos, se describían las escenas más duras. Contaba todos los incidentes soportados en comisaría, en cada detención. Las torturas, el miedo, el tiempo de encierro en prisión, las vejaciones de los compañeros de cautiverio, las palizas y las humillaciones diarias. Describía con todo lujo de detalles como habían destrozado el cuerpo y el alma de aquel muchacho que un día salió de su pueblo por el solo pecado de ser diferente.

Los tres hermanos nos miramos sin saber qué hacer, con los ojos llenos de lágrimas y un interrogante enorme pintado en la cara. El hombre de las mil arrugas no tardó en aparecer de nuevo, y no lo hizo solo. Cogido de su mano, un anciano nos miraba desde su silla de ruedas con los mismos ojos color ámbar de mi hermana Natalia. Y entonces, ya sin duda ninguna, abrazamos al tío Pedro.

Nunca nos perdió la pista. Y ahora, cuando sentía que se le acababa el tiempo, no quiso irse sin ver a su familia. Según él, necesitaba pedir perdón por todo el mal que hizo, aun sin quererlo. Fue mi hermana Marta la que tomó la palabra para decirle lo que pensamos todos

-Si alguien ha de pedir perdón, sería el mundo entero por lo que te hicieron a ti, por lo que le hicieron a Juan y a tantos Pedros y Juanes de la historia

 

Nos abrazamos de nuevo y seguimos viéndonos de vez en cuando en los pocos meses que le restaban en el contador de su vida. El día que se marchó para siempre, nos hizo prometer una sola cosa. Que contaríamos su historia para que nunca más se volviera a repetir