Equilibrio: ni tanto ni tan calvo


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Una y mil veces nos han dicho eso de que en el punto medio está la virtud y, por más que cueste, es una verdad como un templo. Aunque en el mundo del espectáculo debe resultar especialmente difícil. Conseguir hacer algo tan diferente que consiga llamar la atención del público, pero no pasarse de histriónico, es un ejercicio complicado. Como esos artistas circenses  de El mayor espectáculo del mundo, que con una mano hacen malabares mientras pedalean en un monociclo imposible.

También en nuestro teatro tenemos que hacer ejercicios de equilibrio diarios, cuando no de prestidigitación, para no pasarnos ni quedarnos cortos. Y, en un ámbito donde manejamos bienes tan preciosos como la vida, la libertad o el dinero las consecuencias pueden ser muy importantes. Más que malabaristas, nos sentimos como los protagonistas del Trapecio. Como la mísmisima Pinito del Oro en sus buenos tiempos lanzándonos al vacío sin red.

Son muchas las ocasiones en que esta sensación de Vértigo te atenaza la garganta o, más gráficamente, te hace sentir como si la toga pesara una tonelada. La más característica es la decisión que obliga a optar entre la libertad o la prisión, sea con carácter preventivo o como pena a cumplir.

Reconozco que, como fiscal, cuando acudo a una comparecencia de prisión, me siento por un momento como si tuviera sobre mí un potentísimo foco. En ese instante que media entre que nos dan la palabra y hacemos la petición, todos los ojos se centran en el Ministerio Fiscal. Hasta, a veces, escucho un imaginario redoble de tambores antes de decir eso de que solicito la prisión provisional, comunicada y sin fianza, o su contrario, la libertad provisional, o cualquiera de sus opciones intermedias –alejamiento, fianza, control telemático, comparecencias periódicas-. Juro que a lo largo de mi vida toguitaconada he presenciado todo tipo de reacciones ante tal petición. Desde el lógico alivio si hay fumata blanca – o sea, libertad- acompañado de suspiros más o menos disimulados, hasta el llanto más incontenible en el caso contrario. Siempre me ha impresionado ver a tipos aparentemente duros, que han cometido actos terribles, venirse abajo y llorar como niños. Aunque, además de esas, hay reacciones pintorescas que nunca se olvidan. Entre ellas, me acuerdo la de un inmigrante que nos obsequió con una danza aborígen ante nuestra estupefacción, o la de otro que, de pronto, pareció entrar en éxtasis y se puso a rezar en una lengua indescifrable. Y una de las más frecuentes, la del don de lenguas, que les viene de pronto cuando, quien juraba necesitar intérprete, entendió a la primera la palabra “prisión” sin necesidad de traducción alguna. Milagros que ocurren a diario en Toguilandia.

También es necesario hacer un ejercicio de equilibrio y ponderación a la hora de solicitar una pena. Y de imponerla, claro está. Como quiera que la ley nos proporciona una horquilla considerable entre el mínimo y el máximo, hay que tener cuidado a la hora de determinar la pena. Porque, además de las atenuantes  y agravantes  que, según el Código penal, se compensarán racionalmente, hay que tener en cuenta el resto de circunstancias del caso que no tienen reflejo expreso pero dotan de mayor o menor reprochabilidad al hecho. Un ejercicio realmente difícil.

Pero, como he dicho otras veces, no solo de Derecho Penal vive el jurista. Y hay decisiones complicadisimas en otros ámbitos. De ellas, de las más difíciles las del ámbito del Derecho de Familia. Decidir con quién se quedan los hijos o hijas, si hay o no derecho de visitas y en qué condiciones es algo que me ha quitado el sueño más de una vez. Y que lo sigue haciendo. Y es que una equivocación puede tener enormes consecuencias en la vida de unas criaturas que puede repercutir para siempre en su futuro. O en la falta de él.

Además, en Toguilandia hay vida mucho más allá del juzgado y de la sala de vistas. Protestamos, nos movilizamos y nos quejamos de nuestras sempiternas carencias esperando que alguien, por fin, nos haga caso. Y esto tampoco es fácil, no creamos. Si andamos todo el día como plañideras corremos el riesgo de que acaben por pasar de nosotros, y si callamos demasiado y nos resignamos a lo que hay, a que piensen que quien calla otorga. Y llevamos tanto tiempo siendo olímpicamente ignorados, hagamos ruido o callemos, que, cuando cambian las cosas, una no sabe muy bien como actuar.

No negaré mi alegría porque nuestro teatro haya elegido como directora a Una de los nuestros. Y no lo digo solo porque sea fiscal –aunque reconozca que mi alegría sea doble- sino porque es alguien que sabe qué es lo que hay, sobre todo, lo que no hay, y la impotencia que esto causa. Ahora nos toca resetearnos y buscar el equilibrio entre darle la oportunidad de que trate de arreglar las cosas –qué difícil lo tiene, la pobre- y no dejar de reclamar esa justicia de calidad por la que hemos luchado. Así que ahí seguiremos, con la esperanza puesta en que nuestras voces, por fin, sean algo más que predicar en el desierto.

Por eso hoy daré un paso adelante y me arriesgaré a dar el aplauso por anticipado. Porque ese ejercicio de equilibrio que hacemos cada día va a ser al menos comprendido. Y eso no es poca cosa, con lo que habíamos vivido hasta ahora.

y, una vez más, un aplauso extra a @madebycarol1, autora de la estupenda imagen que ilustra este estreno

 

 

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Atenuantes: rebajando penas


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No todas las cosas son blancas ni negras. A veces, quienes más malos parecen tienen cierta disculpa, y quienes no parecen serlo tanto merecen mayor reproche, vistas las circunstancias. Es lo que llamamos agravantes y atenuantes, y no solo en Derecho. Una película puede no haber profundizado todo lo que sería deseable en un tema pero cuando se conocen las presiones de una censura, ya no es ta el reproche por sus faltas. O quizá se trate de una biografía o un hecho real que no ha contado con la colaboración del biografiado o de quienes protagonizaron el hecho que pueden, incluso, haber puesto obstáculos. Y las cosas se acaban viendo de otra manera. Porque no todo es Blanco y negro, hay un amplia escala de color Del rosa al amarillo, 

Dedicamos un estreno anterior a las circunstancias agravantes . Ya decía entonces que son” las” y no “los” porque lo que se regulan son circunstancias que suben o bajan la pena. Y no repetiré aquí la perorata gramatical.

La circunstancias atenuantes son el alter ego de las agravantes. Si unas contemplan casos en que la pena se sube, éstas hacen al contrario. La razón, en principio, es dar valor a motivos que hacen menos reprochable el hecho, aunque no sean de suficiente entidad para declarar exento de pena a su autor.

La primera que contempla el artículo 22 son las llamadas eximentes incompletas. Se trata de casos en que se está cerca de la exención, pero a los que le falta algo para llegar a ese extremo. Se formulan en relación a las eximentes (alteración psíquica, intoxicación, alteraciones de la percepción, legítima defensa, estado de necesidad, miedo insuperable y cumplimiento de un deber) a las que se parecen sin llegar a ser iguales. Una de las usadas con mas frecuencia es la relativa al uso y abuso de drogas o alcohol, que sirve para ponderar si el delincuente carecía por completo de conocimiento y voluntad en ese momento o solo lo tenía muy afectado. También es frecuente la alegación de la alteración psíquica –lo que antes llamábamos enajenación- a los mismos efectos. Pero cualquier eximente es susceptible de tener su hermana menor, la eximente incompleta.

La segunda alude a la grave adicción a sustancias como drogas o alcohol. Y ojo, no basta con ser adicto. Hay que obrar por causa de ello. Si alguien que es drogadicto asalta una farmacia para procurarse su dosis, está claro que estamos en el caso. No lo estaríamos , sin embargo, cuando un alcohólico pega a su mujer, puesto que no lo hace por esa adicción ni va a paliar su abstinencia con ello. Tampoco entran en este supuesto (aunque podrían en el anterior, según el caso), quienes,  en un momento dado, tienen una melopea como un piano que anula sus frenos inhibitorios y cometen cualquier tropelía. Estarán borrachos, pero no son alcohólicos.

La tercera de las circunstancias tiene un nombre bien vistoso. Arrebato, obcecación o estado pasional. Ahí cabe cualquier acceso de furia o de otro sentimiento que afecte a la conciencia hasta obnubilarla sin que exista una enfermedad psíquica. Según mi experiencia, es una circunstancia que gusta mucho a los jurados, porque tienen a comprenderla o sentirse identificados con personas que, en una situación crítica, reaccionan de un modo a todas luces excesivo. Pero no nos obnubilemos nosotros con ello, que no entra cualquier ataque de ira, por muy arrebatado que se sienta uno. Ha de ser excepcional.

La cuarta es la de confesión, una circunstancia que da lugar a confusión. Hay que aclarar que tiene unos requisitos, y no vale con declararse culpable en cualquier momento. Ha de hacerse antes de saber que el procedimiento se dirige contra él, así que quien es pillado in fraganti por la policía con el cuchillo ensangrentado en la mano no puede beneficiarse de ello por más que se dé golpes de pecho, porque ya van a por él, así que pierde la espontaneidad requerida –antes se llamaba arrepentimiento  espontáneo-. Y tampoco vale, por supuesto, contárselo a su amigo o al grupo de whatsapp –salvo, claro está, que el amigo en cuestión sea autoridad encargada de estos menesteres-

La quinta atenuante es la reparación del daño. Aquí, a diferencia de la anterior, se pude hacer en cualquier momento, siempre que sea antes del juicio. Y, la verdad es que no extraño que en la misma puerta de la sala ofrezcan el dinero para cubrir una responsabilidad civil que no quisieron pagar antes. Una conducta legalmente prevista aunque moralmente pueda plantear sus dudas, sobre todo si nos preguntamos por qué no pagó antes. En lo tocante a la cuantía, no hace falta que sea completa, ya que se admiten las reparaciones parciales. Respecto a esto, recuerdo una vez en que la sensación que tuve era de tomadura de pelo, porque el reo, en prisión provisional por asesinato, había pagado a la familia de la víctima las cantidades que le abonaban en prisión por su trabajo, una fruslería comparada con el daño moral de la pérdida de una persona y el monto económico que como reparación se pedía por ello. Pero se apreció, porque la ley no lo excluía. Esas cosas que te dejan con mal sabor de boca.

La penúltima de las circunstancias es la de dilaciones indebidas. Se exige que sea extraordinaria en relación con la complejidad de la causa y que no sea atribuible al propio acusado. En cuanto a lo segundo, es claro: se trata de no premiar las maniobras dilatorias a base de recursos sin fundamento y suspensiones cogidas por los pelos, incluyendo, por supuesto, la dificultad de localización del acusado. El verdadero problema es el carácter de extraordinaria, porque con los medios que tenemos, casi es más extraordinario acabar a tiempo que no hacerlo, por más que el temporizador de los plazos de instrucción siga agobiándonos cada día, con su correspondiente declaración de complejidad . Algo que, por cierto, formaba parte de las razones de las movilizaciones y la huelga, así que a ver si toman nota los mandamases recién llegados.

Por último, establece nuestro Código Penal un estupendo cajón de sastre, la atenuante analógica. Se refiere a cualquier otra circunstancia, pero no puede alegarse cualquier cosa, sino que tiene que tener relación con las anteriores y una entidad suficiente para darle valor. Recuerdo que en los apuntes de la oposición siempre citaban una sentencia antiquísima que hablaba de la fiebre láctea, bajo cuyos efectos una madre dio muerte a su hijo recién nacido, y a la de la angustiosa situación de paro. Pero en la práctica, lo más frecuente es usarla para graduar otras como la alteración psíquica o la intoxicación, aunque también para casos en que se da la circunstancia pero no todos sus requisitos, como se ha hecho a veces respecto a la confesión. Lo dicho, un cajón de sastre.

Así que, repasada la lista, queda el aplauso. Dedicado, como en anteriores ocasiones, a quienes ponderan con responsabilidad y sensatez todas estas cosas. Tarea difícíl como pocas.

 

Ideas: atrápalas como puedas


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Es imposible crear sin una idea sobre la que hacerlo. Sea un mero germen, o sea una planta completa, las ideas están por ahí, sueltas, esperando a que alguien las recoja y haga con ellas lo mejor posible. Hay quien lo llama inspiración, musas y hasta intuición, pero se llame como se llame, existe ese algo que hace clic y a lo que hay que darle vida sí o sí. Esa bombillita que siempre surgía en la cabeza de Vicky el viquingo y que hay que atrapar para que no se escape.

Hay quien piensa que en nuestro teatro no tenemos musas ni inspiración. Y hasta que somos seres aburridos que aplicamos la ley como autómatas y carecemos de ideas. Pero nada más lejos de la realidad. Confieso que a mí las ideas se me aparecen por cualquier sitio, y en ocasiones tengo serios problemas para darles cabida a todas en  mi cabeza antes de que se desarrollen y tomen forma. Juro que a veces siento como aparece una pantallita imaginaria en mi cerebro que, como la de mi móvil, me dice eso de “Memoria llena. Vaciar espacio”. Y lo que cuesta, con mi síndrome de Diógenes de ideas.

Pero no todas las ideas son buenas. Es más, las hay que son francamente malas, y nos toca bregar con ellas lo queramos o no. Y de eso sabemos mucho en Toguilandia. Que estamos hasta las narices de tener que suplir con ocurrencias  las carencias contra las que luchamos día a día. Desde las sedes y el material de papelería, hasta los programas informáticos  y la digitalización  deficiente, pasando por todo tipo de leyes que nos complican la vida más que arreglárnosla.

De vez en cuando me da por pensar que hay alguien por ahí que recoge todas las ideas que andan sueltas por la calle, sean buenas o malas. Y  ni siquiera se las llevan para trabajar en casa, las sueltan en el BOE y se quedan tan tranquilos. Y luego sale lo que sale. Qué me digan si no cómo fue lo del famoso 324, el límite de instrucción sin un triste eurito e presupuesto, cuya derogación formaba parte de la lista de reivindicaciones en nuestras movilizaciones. Que, por cierto, veremos si con el cambio de director de nuestro teatro  ns hacen un poco más de casito, que ya nos toca.

Yo me acuerdo de eso todos los días, porque mi ordenador tiene a bien informarme –cuando funciona el programa, claro está- que “revise el plazo” de esta u otra causa. Y, la verdad, me hace sentirme como en aquellas series de mi infancia, cuando al Superagente 86  le llegaba el recado con la misión diciendo que este mensaje se autodestruirá en 3 minutos. Lo malo es que no solo me identificó con él en eso. Su zapatófono me recuerda mucho a algunos de los móviles que aun circulan por ahí para las guardias y otros menesteres. Y conste que no exagero. Seguro que alguien puede probarlo con una foto al efecto.

Y claro, así nos va, atrapando ideas como si no hubiera un mañana. Con unas reformas  que nos ponen los pelos verdes a quienes trabajamos y mas todavía a los sufridos opositores  y opositoras, que acuden rápidamente a mi cabeza en cuanto alguien anuncia la última ocurrencia  legislativa. Aun recuerdo el síndrome del pánico al telediario, que me asaltaba cada vez que, estando preparando la oposición, una locutora muy sonriente anunciaba que iba a cambiar tal o cual ley. Y creo que todavía no me he curado, o que se me ha quedado como secuela permanente. Tendré que preguntar al forense  en cuantos puntos del baremo se valora eso.

A ese síndrome se ha unido otro, que me asaltó sin previo aviso en cuanto me toguitaconé por vez primera. Se trata de la revisionofobia, una suerte de cuadro clínico que presentamos en cuanto nos toca arremagarnos para revisar  y volver a revisar causas a toda máquina, en busca de cuál es el Código Penal más favorable, para aplicarlo al caso, incluida todas sus disposiciones adicionales y transitorias, que nos nos falte de na, que no, que no. Para quien aún no lo haya sufrido, se caracteriza por ansiedad, temblores y una enorme dificultad para sacar la cabeza entre tantos papeles que puede acabar en dolores musculares. Así que tengamos cuidado

Estas advertencias no son baladíes. Las hago con toda la intención porque, visto lo visto, se avecinan tiempos de cambios. Hay que deshacer muchas cosas y rehacer otras y eso, como la Fama, cuesta y lo acabaremos pagando con sudor. Espero que no sea con sudores fríos.

Así que acabaré dirigiéndome a las ideas que andan corriendo por ahí. Por favor, no se vayan con cualquiera ni se empeñen en salir antes de tiempo. Dejen que se las lleven, las acunen y las mimen antes de hacer su puesta de largo en el BOE. Y a quienes lleguen a dirigir nuestras funciones, tampoco se conformen con la primera idea que se encuentren. Que de ésas ya hemos tenido más que de sobra.

Y esta vez no acabaré con un aplauso. Hoy lo voy a dejar en suspenso, como esos juicios que no llegan a celebrarse porque el colapso los sitúa en el furgón de cola, a la espera de cómo se porten quienes arriben a la cima de Toguilandia con las ideas que se encuentren por la calle. Espero que llegue el momento de aplaudir hasta que nos sangren las manos.

 

 

 

Agravantes: subiendo penas


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Todo el mundo tiene una idea de lo que es un agravante. Como su propio nombre indica, es algo que hace las cosas más graves, o más costosas. Si un hecho es terrible, con el agravante lo será aún más, un verdadero filón para películas y obras de terror o policíacas. Y también para los dramas, más trágicos cuanto más los agravamos. Y así, nos encontramos títulos tan “agravados” como Sola en la oscuridad o personajes que los reunían todos como los protagonistas de Seven o El silencio de los corderos.

En Derecho hay que diferenciar entre cosas que agravan, y agravantes en sentido jurídico. Que, por cierto, son “la agravante” de tal o cual cosa y no “el agravante”, como repiten en los informativos. Y son así porque es una elipsis de “circunstancias agravantes”, reguladas como tales en el Código Penal, y perdóneseme la pedantería. Por explicarlo con un ejemplo, algo que hace más grave un hecho sería que se realizara ante menores de edad, pero la presencia de éstos no está contemplada como una agravante en sí misma –salvo en subtipos concretos, como el maltrato-, por más que a cualquiera le parezca peor la comisión de un asesinato si los hijos de la víctima están viéndolo que si no lo están.

Pero como decía, nuestro Código da un catálogo de las circunstancias agravantes, y hay que ir a él. Catálogo en el que no están ya ni la premeditación –que antaño convertía el homicidio en asesinato- ni la nocturnidad, el despoblado o la cuadrilla, aunque hay quien sigue refiriéndose a ellos como el colmo de las circunstancias del delito. Y sí, suenan muy bien, y son muy vistosos, pero es lo que hay.

La primera circunstancia agravante es la alevosía. El Código la define tanto en la lista de agravantes como el la regulación del asesinato y, en esencia, consiste en un plus por atacar a la víctima por sorpresa o estando indefensa. Muchas veces se habla de alevosía muy a la ligera, destacando algo que resulta especialmente reprochable o repugnante. Pero el concepto jurídico es más estrecho y solo se refiere a delitos “contra las personas” –aquí el Código patinó un poco, arrastrando una categoría de la legislación anterior, porque cualquier delito es en última instancia contra una persona-, refiriéndose a delitos contra la vida y la integridad física. Nunca sería alevosa, por poner algún caso, una estafa o un delito de corrupción, por más imperdonable que nos parezca por las circunstancias. Aunque es una palabra que encanta a opinólogos variados.

La segunda de las agravantes es un mega mix de varias. Incluye el disfraz, que no implica ir vestido de carnaval o de lagarterana, sino emplear cualquier artificio que impida la identificación, como una braga -por supuesto, del cuello, que no caiga nadie en la torpeza en que lo hice yo cuando creí que usaban ropa interior femenina a modo de sombrero- o un pasamontañas. También incluye el abuso de superioridad, que se ha definido como una “alevosía menor” y concurre entre otros casos cuando son varias personas las que atacan a una sola. Asimismo está dentro de este número el aprovechamiento de las circunstancias de lugar y tiempo y el auxilio de gente armada para cometer el delito, un modo mucho más fino y general que los antiguos nocturnidad, despoblado o cuadrilla, aunque hay que reconocer que sonaban mejor y eran más aparentes para escribir una crónica o una novela. Dónde va a parar.

La tercera circunstancia alude al precio, recompensa o promesa. Es decir, lo que vulgarmente conocemos como sicarios, mucho más frecuentes en las películas que en Toguilandia, aunque haberlos, haylos. Es otra de las circunstancias que convierte el homicidio en asesinato, aunque tal vez la menos habitual. En mi caso, solo la he aplicado una vez en toda mi vida profesional.

La siguiente agravante es la de obrar por causa de discriminación. Sea por sexo, raza, religión, etnia, orientación sexual o discapacidad, a la que la última reforma añadió la agravante de género. Ni que decir tiene que puede venir acompañada de un delito de odio.

Y si hay una circunstancia agravante que ha hecho correr ríos de tinta, ésa es el ensañamiento, la quinta. Es una clara muestra del divorcio entre la terminología  jurídica y la gramatical o coloquial. Ensañarse en general es refocilarse en el dolor e insistir en la acción, pero en Derecho es algo más. Implica aumentar deliberada e inhumanamente el dolor del ofendido causando males innecesarios para su ejecución. El caso típico es el de múltiples puñaladas a la víctima que para cualquiera supondría ensañamiento pero según el Código solo lo sería si ésta estuviera viva y consciente cuando le asestan cada una de ellas. Apuñalar a alguien cuando ya se le ha matado con la primera cuchillada es terrible, pero no es ensañamiento. También esta circunstancia torna el homicidio en asesinato.

La sexta circunstancia es el abuso de confianza. Aquí si se entiende en un sentido muy parecido a como lo hacemos el común de los mortales. La criada que aprovecha su posición para birlar las joyas de su empleadora o el empleado que se queda el importe de la recaudación, sin ir más lejos.

La siguiente hace referencia al prevalimiento del carácter público del culpable. Cualquiera se imagina lo que ello supone: un policía que aprovecha su condición de tal para cometer un delito y cosas similares. Eso sí, no basta con tener carácter público, hay que aprovecharse de eso para delinquir.

Por último, se contempla como agravante la reincidencia, que también es diferente de lo que se piensa. Ser reincidente no consiste en tener una hoja penal más larga que el listín telefónico, ni haber cometido más delitos que El Lute en sus tiempos; tiene que haberse cometido un delito de la misma naturaleza y que, además, esté regulado en el mismo título del Código. Eso da lugar a situaciones chocantes, como que alguien condenado por maltratar a su esposa no sea reincidente si luego la mata. Cosa distinta son los antecedentes policiales, eso que llaman “estar fichado”, que no produce efectos jurídicos. Pero debe inducir a confusión, como comentaba un compañero el otro día llevándose las manos a la cabeza ante la frase de un locutor de televisión: “fue absuelto, pero quedó con antecedentes penales”. Eso es imposible, salvo que ya viniera con ellos de serie, esto es, que hubiera sido condenado antes. Pero de eso nada dijo, induciendo a la confusión al lego y a la estupefacción al jurista.

Por último solo queda explicar que las agravantes sirven para que la pena se eleve, esto es, para que se impongan en su mitad superior, más aún si concurren varias de ellas. Siempre y cuando no haya atenuantes, a las que dedicaremos otro estreno, si antes no me mandar a escaparrar por pesada, claro.

Y ahora el aplauso. Dedicado, por supuesto, a quienes se esmeran en aplicar las penas con exquisitez jurídica y sensatez. Que puede parecer fácil, pero no lo es. Al fin y al cabo, decidimos sobre vidas humanas.

Fuentes: el origen


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Nada aparece por casualidad. Cualquier artista tiene su musa, su inspiración y, por supuesto, la influencia de otros artistas que le precedieron y a quienes admira y que, directa o indirectamente, tienen reflejo en su obra. No se trata de imitar, sino de utilizar como fuente aquello que los demás aportan de bueno. Algo así como un Episodio 0, o como esos homenajes que gusta hacer en algunas obras. Por eso, hasta Los Simpson o Shrek hacen guiños a tantas películas. E incluso en tono de parodia, como los Scary Movie o su versión patria Spanish Movie.

En nuestro teatro somos mucho más serios para eso de las fuentes. Nada más empieza una la carrera le sueltan eso de que las fuentes del Derecho son la ley, la costumbre y los principios generales del Derecho, y nos lo repiten una vez y otra hasta que lo llevamos tatuado a fuego en nuestras meninges.

Recuerdo que en mis apuntes de la oposición, en el tema referente a las fuentes del Derecho, que por aquel entonces estaba en una apartado llamado “Teoría general del Derecho” había una frase que se hizo famosa. Decía algo así como que “etimológicamente, fuente es el lugar de donde mana agua, y traslativamente, se entiende por fuentes del Derecho…”. Como quiera que por aquel entonces casi todas las personas que opositábamos usábamos como fuente –valga la redundancia- los mismos apuntes, los tribunales examinadores tenían que oír semejante perogrullada unas cuantas veces, porque, por caprichos de la memoria selectiva, son esas cosas las que nunca se olvidan. Más aún en una época lejana, allá por el Pleistoceno opositoril, en que todos los aspirantes de un mismo tribunal hacían el mismo tema por escrito, que luego leían. No quiero ni pensar lo hartos que quedarían los examinadores después de haber escuchado tropemil veces la tontería del agua manando de la fuente. Batallitas opositores y de exámenes, que son ya casi como aquellas Historias de la puta mili.

Como decía, las fuentes del Derecho vienen claramente fijadas en el Código Civil, añadiendo que la jurisprudencia complementará el ordenamiento jurídico. Pero como Nada es lo que parece, y menos en Toguilandia, voy a compartir algo que escuché a un Magistrado del Tribunal Supremo el otro día sobre ello, que me hizo pensar.

Exponía Antonio del Moral –fiscal y actualmente Magistrado del TS- en un curso sobre Jurado al que asistí, que en la práctica las fuentes del Derecho Procesal no eran las que decía la ley, sino que invertían su orden, siendo la costumbre, los principios general y, si no se opone a ello, la ley. Ponía una ejemplo muy ilustrativo de sus primeros tiempos de fiscal, que yo también he vivido en carne propia. Cuando, en sus primeros escritos, pedía el sobreseimiento libre, le llamaron la atención, diciéndole que pidiera el sobreseimiento provisional. ¿Por qué? Porque se hace así. Por supuesto, hay miles de explicaciones jurídicas plausibles, pero esa era la principal. En mi caso, me explicaron el supuesto de alguien que parecía haber muerto en un accidente de tráfico, por lo que se sobreseyó libremente, y después, solicitada la exhumación para acreditar un tema de premoriencia para establecer el orden sucesorio, resultó tener alojada una bala en su cadáver, pero, como se había sobreseído libremente el caso, no pudo reabrirse. Ignoro si esta historia, que me tragué a pies juntillas, era una leyenda urbana, porque hoy le veo muchos flecos. Pero entonces me convenció para hacer en el futuro lo que, precisamente, me habían dicho que hiciera porque era la costumbre.

No es el único ejemplo. Si nos ponemos a pensar, hay un montón de cosas que hacemos porque siempre se han hecho así, sin pararnos a pensar. Es más, en ocasiones, cuando algún compañero recién estrenado o un alumno de Practicum te pide que le digas en qué precepto se encuentra aquello que estás defendiendo a capa y espada, te cuesta encontrarlo, si es que lo consigues. Y entonces es cuando acabas yendo a la tercera de las fuentes en ese orden de prelación remasterizado: la ley, siempre que no se oponga. Me pasó no hace mucho cuando una alumna de Practicum me preguntaba dónde venía la obligación de hacer comparecencia de prisión en los quebrantamientos de medida cautelar o condena de alejamiento. Me costó pero Eureka, lo hallé. Confieso que mi primer impulso fue decir que siempre se hacía, y que tuve que emplearme en la búsqueda porque en la guardia del Juzgado de Instrucción había quien decía que no era obligatorio. Y lo es, por cierto. En ese caso, la ley no se oponía a la costumbre.

En Derecho Procesal es cierto que hay muchos casos. Cada maestrillo tiene su librillo, por ejemplo, a la hora de establecer cómo nos sentamos en estrados –según el sitio, el fiscal va a la derecha o la izquierda. Por más que la ley lo dice claramente. Y también seguimos la costumbre del lugar a la hora de establecer el orden de actuación en los juicios, y creemos que es impepinable. Por eso hubo quien se llevó las manos a la cabeza cuando en el mediático juicio de La Manada se invirtió dicho orden. Lo cual, como se vio, era perfectamente posible.

Y hay más casos. En los antiguos juicios de faltas , a pesar de que el orden de actuación estaba fijado (denunciante y sus testigos, denunciado, y los suyos), cada cual lo hacía como había visto hacer a otros. Fundamentalmente, a su tutor o tutora en  prácticas, otra fuente inapelable y, además, permanente en el tiempo. Yo le seguí llamando para preguntarle durante mucho tiempo, y otro tanto hacen quienes han tenido la suerte o la desgracia de pasar por mis manos. Una categoría de fuente que, además, comparten con el preparador.

Pero ahí no acaba todo. En los tiempos actuales, con la llegada de Internet, las redes sociales y las tertulias televisivas, las fuentes se multiplican. Y San Google y la Wikipedia entran con fuerza en el sistema de fuentes aunque nada diga de ellas el Código Civil, que qué iba a imaginar de eso Alonso Martínez cuando en el siglo XIX dio a luz a su criatura. Que el hombre era jurista, no Julio Verne.

Lo curioso –o no- del caso es que nos encontramos con todólogos que afirman sin ambages que esto de tal o cual manera porque lo han leído en twitter, y venía de un tuitero con tropemil seguidores. Ahí es nada. Ya conté una vez que una periodista discutía a su director sobre la información que yo le estaba proporcionando como portavoz porque, según el director en cuestión, Ana Rosa decía otra cosa en su programa. Y claro, quién es una pobre portavoz , por toguitaconada que sea, para contradecir a tan autorizada voz. Acabáramos.

Así que no sé si hay que cambiar el sistema de fuentes, y no solo invertir el orden, sino introducir un apartado destinado a esas voces. Pero, desde luego, la ley dice lo que dice –por suerte y por seguridad jurídica-, y hay que recordarlo de vez en cuando. Aunque confieso que, como tuitera y bloggera toguitaconada y con puñetas, tengo que andarme con cuidado con lo que digo, que luego la citan a una. Y conste que lo intento, como otros muchos compañeros que navegamos en redes toga en ristre. Porque, bromas aparte, es importante que podamos hacer esta labor de comunicar para paliar tanto opinólogo que sabe de Derecho tanto como yo de física cuántica.

Por todo eso, a esos tuiteros, tuiteras, bloggeros y bloggeras que se esfuerzan en ello va mi aplauso. Con un reconocimiento extra al Magistado/Fiscal que citaba al principio y cuya frase fue fuente de inspiración de este estreno.

 

Visibilizar: es justo y necesario


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De poco servirían tener una obra de arte maravillosa si no hay medio de que sea conocida y compartida. El arte es para ser visto, disfrutado y hasta vivido por el público. Como me dijo una vez una escritora, quien escribe solo para sí lo que hace es un diario. Y el mundo del espectáculo se nutre de obras, no de diarios escritos para una misma, más allá de esos diarios que dejan de serlo para convertirse en libros o películas, reales como el Diario de Ana Frank, u otros de ficción como El diario de Noa. Y, por cierto, no hace falta que el autor muera para ser conocido, como el Van Gogh que veíamos en El loco del pelo rojo, o el autor de La Conjura de los necios, cuya madre se empecinó en publicar a su hijo tras su fallecimiento.

En nuestro teatro tenemos un problema. Al parecer somos invisibles, como el pobre hombre del anuncio de aire acondicionado. Y aquí, precisamente, lo de ser invisible no es un super poder, como el de El hombre Invisible, o el de aquel chico de la serie Los Protegidos, mucho más afortunado con su don que la pobre muchacha que achicharraba a base de corrientes eléctricas todo lo que tocaba.

Esa invisibilidad se ha hecho patente estos días, y mucho. A pesar de que nos hemos desgañitado por tierra, mar y aire –o sea, medios de comunicación, redes sociales y foros varios- anunciando movilizaciones, gritando que #MercemosUnaJusticia De Calidad y llegando adonde pocas veces se llega, y menos en estas carreras, a la huelga, nos han hecho poco caso. No hemos abierto ningún informativo y en algunos ni siquiera se nos ha nombrado. Tal como lo escribo.

Por si alguien no me cree, y como de muestra vale un botón, contaré una anécdota, aun a riesgo de parecerme a esa cantante que siempre tiene una a mano, venga o no a cuento, mientras ejerce de jurado de un talent show.

Era el mismísimo día de la huelga, 22 de mayo. Esta toguitaconada, que había colgado no solo la toga sino las funciones de portavoz, recibía una llamada en su teléfono –particular, el corporativo es un Nokia antediluviano sin internet – de una periodista. Me pedía, cómo no, información sobre el asunto del día, que ya sabrá todo el mundo cuál era. Le respondí muy educadamente que estaba de huelga y que las labores de información no estaban incluidas en los servicios mínimos. Y, para mi sorpresa, me preguntó” ¿Qué huelga?”. Ojiplática, le respondí que la de jueces y fiscales, y me dijo que no sabía nada. Por si no era suficiente, me aclaró que ella se dedicaba a Sucesos. Como si los sucesos no tuvieran que ver con los juzgados y tribunales, que son parte de su escenario natural. Y no la reprocho a ella personalmente, sino que lo cuento como prueba de la poca repercusión que han tenido nuestras movilizaciones.

Pero si aun así tenéis dudas de mi veracidad, contaré más. Aunque a la primera de las movilizaciones y paros sí que acudieron algunos medios, cada vez fueron menos, hasta el punto que éramos nosotros quienes nos hacíamos fotos y las retransmitíamos por redes. E incluso en algún caso, el mundo al revés, era el medio quien cogía la foto del tuitero togado, y no al contrario. Y gracias, porque otros ni eso.

También es, cuanto menos, curioso, que alguna tele pública que sí dedico unos cuantos minutos a la huelga lo hiciera solo en su informativo territorial, dejando en el nacional un número de minutos similar a lo que pretenden decir del papel de los juzgdos. Cero patatero. Solo que ese cero es real y el del papel solo existe en la imaginación de los mandamases de turno.

Claro está que no contábamos con la contraprogramación. Y nada menos que la consistente en la detención de quien en otros tiempos estuvo en los más alto. Aunque es algo a lo que, por desgracia, nos venimos acostumbrando en los últimos tiempos, que no damos abasto. Pero no fue solo eso. Desde el más mínimo detalle del chalé del que todos sabemos , del que solo nos falta por conocer el tono del alicatado de los baños, hasta cotilleos variados nos dejaban sin sitio en los informativos. Incluso sé de buena tinta que, antes del hecho contraprogamatorio, se había llegado a cancelar alguna entrevista sobre la cuestión por falta de espacio.

Pero no voy a echar la culpa solo a los medios, ni a los periodistas, que nosotros también tenemos nuestra parte de culpa. No sabemos transmitir y nos falta cintura para reaccionar, arrimando el ascua a nuestra sardina, si es necesario. Si la hubiéramos tenido, podríamos haber aprovechado para insistir en que si al detenido estrella del día se le podía, llegado el caso, juzgar, era porque hay unos profesionales de la Justicia que pese a la carencia de medios y a la abundancia de trabajo ahí están, inasequibles al desaliento. Igual que lo han estado para instruir, calificar, hacer el juicio y culminar con la sentencia de la Gürtel, el tema que, al día siguiente, acabó de invisibilizarnos.

También podríamos haber dado la vuelta a un tema del que hablaba todo el mundo, el referente a la declaración judicial de una actor más polémico en otros campos que en el del espectáculo, y con apellido de ciudad castellana, que, al parecer, tenía que declarar en un juzgado y no lo hizo. ¿Qué mejor momento para explicar que si se suspendió su declaración era por el ejercicio del derecho de huelga por parte de unos profesionales que estamos hasta las puñetas de que nos traten como la hermanita pobre de la Administración?. Pero nada, ahí estaban comentando a diestro y siniestro las ocurrencias del actor de marras sin pararse a pensar ni por un instante en ello.

No obstante, es cierto que al final -a la fuerza ahorcan- algunos medios se hicieron eco de la huelga, aunque fuera al día siguiente. Que más de la mitad de la plantilla de jueces y fiscales colgaran las togas es un hito histórico. Pero no es menos cierto que ninguno lo hizo en portada, ni con un misero faldoncillo, con la honrosa salvedad de algún rotativo local, como, que yo sepa, ocurrió en Ciudad Real o Galicia. Y les alabo el gusto, o el tino.

Casi  da la sensación que en el extranjero llamara la cosa más la atención que aquí. ¿Nadie es profeta en su tierra? Pues no lo sé, pero lo que sí sé es que medios como Times o Le Figaro dedicaron un considerable espacio a ello.

Aunque no desesperemos, ni seamos pesimistas. Algo de pupa debió hacer cuando al día siguiente el director de nuestro teatro, o sea, el Ministro, ha anunciado que, como si fuera El Mago, se ha sacado de la chistera unos cuantos milloncejos para nuestras retribuciones. Como si con eso nos callara la boca. Y, al margen de poderles decir a nuestros loros que ya tienen  su chocolate, poco más. La dignidad de las retribuciones -también necesaria- no era, ni con mucho, la más importante de nuestras reivindicaciones. Interpretarlo así es acusarnos de mezquindad. Así que guárdese su chocolate que ya le daremos pipas al loro.

Y eso es todo, hasta ahora. Veremos cual es el siguiente paso. Pero, de momento, ahí va mi aplauso para quienes colgaron sus togas en pro de la dignidad de una Justicia mejor para todos, y para quienes nos apoyaron desde sus diferentes posiciones. Ahí seguiremos.

 

Huelga: todos a una, Fuentetoguna


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A veces, hay que dar un puñetazo encima de la mesa, aunque solo sea virtual o figurado. Cuando no hay otro modo de reclamar lo que es justo, hay que pasar a la acción. En el teatro, y en la vida, las reivindicaciones laborales no atendidas acaban llevando a La huelga. Y de eso hay películas más que de sobra, aunque me quedo con las que sirven de telón de fondo a Billy Elliot o Pride. O la que se desarrollaba en aquella serie tan famosa en mi infancia, Hombre rico, hombre pobre, con la que descubrí, por ejemplo, qué era un esquirol. No Todo va bien.

En nuestro teatro, no es demasiado frecuente la movilización, aunque tanto a través de protestas  como del activismo, vamos subiéndonos al tren de las reivindicaciones, aunque nuestro tren sea todavía como un ferrocarril a vapor en plena época de la alta velocidad. Y claro, aunque se pueda fantasear con otras iniciativas más vistosas, como destogarse a lo Full Monty, quienes defendemos la legalidad no deberíamos hacer otra cosa que usar los instrumentos que la ley nos proporcionan. Entre los que, por supuesto, se encuentra la huelga, por más que haya quien se empeñe en negarnos el derecho.

En efecto, hay quien mantiene que jueces y fiscales no tenemos derecho a la huelga. De hecho, no nos detrajeron nada de nuestro sueldo cuando, en una ocasión anterior, fuimos  a la huelga, nuestra primera vez para los fiscales -o para quienes nos sumamos a ella- y la segunda para la carrera hermana. Por más que hicimos la comunicación oportuna, no se dieron por enterados, con esa técnica tan usada de que lo que no se ve no existe. Y tampoco nos detrajeron nada a quienes -como es mi caso- nos adherimos fáctica y formalmente a la huelga de mujeres del 8 de marzo.

Pero no se puede negar a nadie un derecho constitucional si la propia Constitución no lo hace. Por más que ese alguien vista toga y puñetas y arrastre su precariedad de medios por Toguilandia sin apenas, hasta hace poco, alzar la voz. La referencia a que las peculiaridades del ejercicio del derecho de huelga serán reguladas por una ley que nunca se promulgó, no nos puede privar de un derecho fundamental. ¿O acaso no existía el derecho de asociación antes que hubiera una ley de asociaciones o la igualdad hasta que una ley la regulara? Pues lo mismo. El derecho existe, y, a falta de previsión, ya actuarán los mecanismos de derecho supletorio, que para eso están. Y, al final, han acabado reconociéndolo, aunque sea de modo implícito, cuando se nos negó la realización de uno de los paros parciales por no haber cumplido el plazo de preaviso. Si nos era de aplicación la norma es, obviamente, porque se nos reconoce el derecho. ¿O no?

Esa carencia de regulación es la que ha hecho, sin duda, tan difícil su ejercicio, del cual hemos hecho un uso muy escaso. Al tener legalmente vedada la posibilidad de sindicarnos, contamos con un escollo importante, pues son los sindicatos quienes actúan de motor en estos casos. Pero si el barco no tiene motor, no queda otra que remar. así que, como no es un obstáculo insalvable, hemos contado con las asociaciones que, en este caso, con un trabajo y una unidad ejemplar, han ido salvando los obstáculos para consensuar un catálogo de reivindicaciones y un calendario de movilizaciones para hacernos visibles.

No voy a entrar en detalle sobre cada una de las reivindicaciones que sostenemos, a las que ya dediqué el estreno referente a las movilizaciones. Sí insistiré, hasta el infinito y más allá, en que no se trata de sueldos, como algunos pretenden destacar para restar valor y ponernos a los pies de los caballos de la opinión pública. Se trata, simple y llanamente, de lo que se ha resumido en el hastag #MerecemosUnaJusticiaDeCalidad, algo tan sencillo como una justicia con medios personales y materiales suficientes, con una independencia y una autonomía que permita cumplir sus funciones, libre de injerencias, con una carga de trabajo razonable, sin límites imposibles, y con las condiciones laborales para quienes estamos ahí que nos permitan ejercer nuestra labor de un modo que satisfaga a la ciudadanía. No olvidemos que el objeto de nuestro trabajo es un servicio público, la Justicia, y que solo podremos cumplir con ello si las condiciones nos lo permiten. Y ojo, que hay mucha gente haciendo en Toguilandia mucho más de lo que cabría imaginar si se supiera en que condiciones trabajan. A los hechos me remito.

En estos días, me ha llamado la atención la invisibilización de nuestras movilizaciones. No quisiera ser mal pensada, pero  a veces creo que una mano negra impide que se transmita nuestra indignación como algo que interesa a todas las personas. Ha faltado atención mediática para un tema tan grave. Y tal vez si el apoyo cada vez que, inasequibles al desaliento, seguíamos contando cómo estaban las cosas, hubiera sido mayor, no habríamos llegado a este punto. Tal vez tengamos nuestra parte de culpa, por callarnos mas de lo que debiéramos, y por no saber transmitir la idea de que la Justicia es algo de todos, y que sin ella es imposible reclamar el ejercicio de cualquiera de los derechos que nos otorga la Constitución. Pero, como nunca es tarde si la dicha es buena -o la desdicha, según se mire- ha llegado el momento de decir basta. Y de hacer comprender que ese “basta” debería ser un grito común.

Este 22 de mayo de 2018 constituirá un hito histórico.  Por una vez, todas las asociaciones de jueces y de fiscales, y esa gran parte de no asociados, vamos de la mano para reclamar lo que nos niegan en las mesas de negociaciones. Y que ya no nos valen las promesas, porque ahí siguen unas convocatorias cicateras, la creación de un número de juzgados más que risible, el tremendo desastre que ha supuesto una cacareada digitalización  o la precaria situación en que se encuentran los compañeros y compañeras de las últimas promociones. Por no hablar del estado de algunas sedes  y de las carencias de medios personales y materiales de la que siempre hablamos.

Ya no había más salida que unirnos y, al grito de Todos a una, Fuentetoguna, dar ese puñetazo encima de la mesa que ya hace tiempo que se veía venir, porque no nos han dejado otro remedio. E insistiré una vez más en recabar el apoyo de otros operadores jurídicos, como los Abogados, a quienes estas carencias afectan tanto como a nosotros, y respecto de quienes he sabido que tanto por medio de algunos de sus Colegios,  o de modo individual han mostrado su apoyo expresamente. No me olvidaré de los LAJ, nuestros compañeros en el camino, que además de sus propias reivindicaciones, comparten las nuestras porque son las mismas. Unidos somos más fuertes, así que vamos a ello.

Por último, el aplauso esta vez lo  daré hasta que me sangren las manos a quienes no cejan en su empeño de poner todo la carne en el asador para lograr una Justicia digna. Dejaré en suspenso la ración de tomates a la espera de una reacción. Aunque si no la hay, tendremos que prepararnos para el abucheo más enérgico. Nuestra Justicia no merece que la dejemos a medias.

Gracias: #Premios20Blogs


 

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Los premios forman parte de la historia del  mundo del espectáculo. Los Oscar, los Tony, los César, los Goya, los Grammy , la Palma de Oro, la Concha de Oro y un largo etcètera convierten a la alfombra roja en parte indisoluble de él. Con sus vestidos, sus reivindicaciones y lo que se presente, es difícil pensar en este mundo sin relacionarlo con El Premio. El que se obtuvo, o el que no se consiguió. Porque no siempre se gana.

Hoy no vamos a dedicar el estreno a nuestros propios premios, los que se dan en Toguilandia, que ya tuvieron su propio estreno cuando hablamos de raimundas  merecidas o inmerecidas. Hoy voy a hacer de nuevo un ejercicio de umbralismo y dedicárselo no a la Justicia en general sino a este universo toguitaconado en particular, al propio blog. Y como, una vez más, puedo elegir adoptar mi papel de voz en off, voy a ello.

Este 17 de mayo se celebró la gala de los Premios 20 Blogs, con los que “20 minutos” galardona a aquellos blogs que le parecen mejores en el universo de las redes. Y hete aquí que entre los finalistas  estaba  Con Mi Toga y Mis Tacones, para gran alegría de su toguitaconada autora que, por una vez y sin que sirva de precedente, se quitó la toga y se encaminó, subida a sus tacones, a la gala, con su bolsito de mano repleto de ilusión y los dedos cruzados hasta que le salieron calambres.

No hubo suerte. O no, al menos, la suerte de ganar uno de los premios, aunque la suerte tiene muchas caras y pude disfrutar de varias de ellas. La suerte y la calidad de los finalistas hizo que los premios recayeran sobre otros, a los que felicito sinceramente, y que se pueden leer en las noticias publicadas al respecto.

Pero, como decía, la suerte tiene muchas caras, y yo disfruté de varias de ellas. En primer término, del lujo de estar allí, con mi pelo recién peluqueriado y mi inseparable maletita de flores –fui directamente desde el AVE- Porque la gala fue un fiestón. Cargos públicos, personalidades, famosos y famosas allí reunidos con el solo objeto de premiar el esfuerzo de unos cuantos chalados a quienes un día nos dio por abrir un blog, y muchos más días por seguir adelante con él con el fin de transmitir algo. Disfrutamos además de la magia, y no solo en sentido figurado, sino en sentido literal, con un conocido mago que hizo más mágica la noche, valga la redundancia.

No obstante, eso no fue lo más mágico, ni la parte más importante de la suerte a la que me refería. Lo mejor llegaba desde antes, en forma de mensajes de ánimo, de aliento, de apoyo, de cariño y de reconocimiento a esta bloguera y a su bitácora. La cantidad de personas y colectivos que me decían lo que les gustaba,  que les parecía que merecía el premio y  que se alegrarían mucho si lo ganara. Mensajes amables que le dan a una un chute de ilusión extra y combustible suficiente para seguir adelante hasta el infinito y más allá. Por supuesto, como no todo es perfecto y una no puede confundir las gafas de vista con las de color rosa, también se notan las ausencias, pero ni siquiera eso es negativo. De todo se aprende. Y pensar en la cantidad de gente que, al otro lado de sus pantallas, estaba pendiente de cómo nos iba al blog y a mí, compensa más que de sobra.

Y como no solo de redes vive la bloguera, también tuve mis toguitaconers en vivo y en directo. En quien me acompañó a la gala y quien, dispuesta a acompañarme pero imposibilitada de hacerlo por cuestiones de aforo, esperó pacientemente a que acabara para echarnos unas risas y unos brindis. Otra faceta maravillosa de mi poliédrica suerte.

Por supuesto, me hubiera encantado ganar. No soy demasiado amiga de eso de que lo importante sea participar. En cualquier competición hay que poner toda la carne en el asador para ganar, y lo que hay que aprender es a saber perder. Ser una buena perdedora es otra forma de ganar. Y, en mi caso, reconozco que haber logrado que un blog de Derecho –no sé si atreverme a llamarle “jurídico”- se haya colado en una final de blogs de todos los temas, ya era un triunfo. Algo así como la confirmación que, como me empeño en demostrar cada martes y cada viernes, el Derecho no tiene por qué ser aburrido, ni poco interesante, ni siquiera para legos. Solo me falta convencer a mis hijas de eso para rematar la faena.

Así que hoy, mi aplauso toguitaconado es doble. Por un lado, para quienes idearon la iniciativa y organizaron la gala –canapés incluidos, que nadie se crea que no-. Y otro aplauso inmenso para quienes desde antes, en persona o desde sus casas estabais allí conmigo. Como diría Lina Morgan, solamente puedo decir, gracias por venir.

PD .Preparaos, que al año que viene volveré a intentarlo. Y esta vez sí que sí.

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Denuncia: se ha escrito un crimen


se ha escrito un crimen

¿Qué sería del cine, del teatro o de la literatura sin  delitos y delincuentes? ¿Qué sería del mundo del periodismo sin este filón que llena páginas día tras día? Ya lo decía el título de aquella serie de televisión, Se ha escrito un crimen, donde Jessica Fletcher descubría en bata y zapatillas cualquier delito que se le pusiera por delante, sin más medios que su ingenio y las teclas de una máquina de escribir que las nuevas generaciones ya ni reconocen.  Y es que en el mundo de la ficción los delitos aparecen en cualquier sitio, un Asesinato en el Orient Exprés. un Crimen en el teatro,  en el Barco de la muerte o en el Cabo del miedo. Siempre y cuando no consigan el Crimen Perfecto, claro.

Pero en nuestro teatro las cosas no suceden así. Además de asesinatos y otros delitos truculentos, donde el lugar del delito  es fundamental, la inmensa mayoría de nuestras funciones empiezan con la denuncia. El modo más habitual en que llega a conocimiento de quienes vivimos del delito –dicho sea en el mejor de los sentidos- lo que, de modo ampuloso y con latinajo incluido llamamos la notitia criminis. Que no es otra cosa que poner en nuestro conocimiento la existencia de un hecho que reviste caracteres de delito, al menos a juicio de quien nos aporta esa información.

La denuncia es uno de los modos más frecuentes de conocer la existencia del delito. Pero ni es la única, ni es imprescindible en la mayoría de los casos, aunque sí en algunos. Son los llamados delitos privados y los delitos perseguibles previa denuncia, que pueden parecer iguales, pero no lo son.

Delitos privados son aquellos que no pueden ser perseguidos más que a instancia de parte y en los que el Ministerio Fiscal no es parte, es decir, que no intervenimos. Pero que nadie crea que es una buena ocasión de dejar descansar a mi toga y mis tacones, porque son los menos. Los más paradigmáticos son las injurias y calumnias –salvo en determinados casos, como las dirigidas a funcionarios públicos por hechos cometidos en el ejercicio de sus cargos- No sé si allá por el siglo XIX, del que data nuestra ley de enjuiciamiento criminal, serían muy frecuentes, porque les crearon un procedimiento especial y todo, que ahí sigue como una de tantas reliquias procesales. Pero hoy en día hay que reconocer que lo de los procesos por delitos graves de injurias y calumnias entre particulares son una rara avis. Otra cosa son los insultos constitutivos, en su día, de faltas, que dieron para mucho.

Además de esos, están esos delitos que requieren denuncia previa, pero en los que sí interviene el Ministerio Fiscal  una vez se ha interpuesto, aunque luego la víctima quisiera echarse atrás. El caso más frecuente es el de los delitos contra la libertad e indemnidad sexual. En ellos, pese a que mucha gente ajena a nuestro teatro lo desconoce, es necesaria la denuncia para iniciar un procedimiento, por grave que nos parezca el hecho. Quiere esto decir, ni más ni menos, que si cometen una violación delante de un montón de personas, o ante las cámaras de televisión, o en una grabación subida a Youtube, no podemos hacer nada si la víctima no quiere denunciar. Por eso aprovecho para lanzar un mensaje a todos esos tuiteros de pro que se empeñan en atosigar a quienes arrastramos nuestras togas por las redes sociales afeándonos que no persigamos de oficio este o aquel hecho. Aunque nos pongan en las narices un video tremebundo de una violación, no podemos proceder de oficio si se trata de un delito que requiere denuncia, como es el caso de la violación o de cualquier delito sexual. Salvo, claro está, que las víctimas sean menores o discapacitados en cuyo caso sería el fiscal quien debería denunciar, si procede.

Y, ya puesta, también aprovecharé para advertir de otra cosa, que parece obvia, pero no debe serlo tanto, visto lo visto. Las denuncias se interponen en los lugares e instituciones señalados en la ley al efecto. Esto es, en el Juzgado de guardia, la Fiscalía  o ante las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad. Las denuncias no se interponen en los platós de televisión, en los periódicos ni en las redes sociales. Que juro que hay veces que pienso que el Juzgado de guardia lo han trasladado a twitter y que nos han asignado el servicio de guardia permanente a quienes transitamos por sus dominios, aunque lo hagamos sin toga ni puñetas.

Y, ya que me he venido arriba, aprovecharé también para explicar otra obviedad, la competencia. El hecho de que una sea jueza o fiscal con cuenta abierta en redes no la convierte en competente para conocer de todos los delitos cometidos en el mundo mundial. Mientras no cambien la ley, cada cual somos competentes en nuestro juzgado o fiscalía. Y, por supuesto, cuando estamos desarrollando nuestro trabajo. No cuando estamos en nuestro sofá un domingo por la tarde leyendo en nuestros dispositivos.

Aun hay más. Todas las personas tienen el deber de denunciar los delitos de que tengan conocimiento, y de impedirlos, si lo pueden hacer sin riesgo propio o ajeno. Así que si conocen de un delito, ya saben, a denunciarlo en el lugar correspondiente, no a dirigir un tuit al primer perfil con puñetas que vean. Con eso no basta.

Por supuesto, no quiero con esto quitar importancia a las denuncias públicas –en el sentido no jurídico del término- que de determinados hechos se hacen. Esto puede ser positivo para que se conozca, incluso para que se actúe. Pero donde se actúa es, en última instancia, en los Juzgados. Recordemos eso de la presunción de inocencia a lo que dedicaba el estreno anterior .

Para acabar, responderé a una pregunta que me hacen con frecuencia. La de si podemos actuar de oficio a raíz de una noticia que salga en prensa de un hecho indiciariamente constitutivo de delito. Me arriesgaré a mojarme y contestar. Se puede y en ocasiones se ha hecho. Pero aquí entra en juego el sentido común que, como sabemos, no es el más común de los sentidos. Y se hace cuando la noticia tiene visos importantes de credibilidad e indicios suficientes, sopesando, además, cuál es la fuente. De otro modo, no daríamos abasto para abrir procedimientos cada vez que alguien cuenta que sabe de buena tinta que le han dicho que al vecino del quinto le ha contado el conserje que fulano ha hecho tal cosa. Y, en cualquier caso, la cosa, de prosperar, será en un juzgado. Aun no han abierto salas de vistas en twitter, en facebook ni en los platós de Sálvame. Aunque haya quien así parezca creerlo, en virtud de un fenómeno llamado AnaRosización del Derecho o el Código Salvameliano. Aunque no quiero dar ideas, que nunca se sabe cuál será la siguiente ocurrencia del legislador.

Así que ahí lo dejo. Con el aplauso para quienes, con toga o sin ella, saben en cada momento dónde están, y actúan en consecuencia. Que no nos lo ponen fácil.

 

Inocencia: ¿lo contrario a culpabilidad?


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    El binomio culpabIlidad/inocencia es algo que todo el mundo tiene claro. Tan claro y tan antinómico como bueno/malo o noche/día. Pero las cosas no son siempre lo que parecen. Y, aunque en las películas americanas los jurados tienen que decidir si el acusado es culpable o inocente, tras arduos debates como el de Doce hombres sin piedad, hay muchos títulos que dan buena fe de que no todo es blanco o negro.  Falso inocente, falso culpable, Presunto culpable o El inocente, sin ir más lejos. Y muchos más que hacen de la inocencia su leit motiv, desde La edad de la inocencia a El fin de la inocencia, pasando por Inocencia interrumpida o La inocencia sin ningún apellido.

Y si ni siquiera en el teatro las cosas son siempre como parecen, en nuestra función todavía más, y más aun cuando de culpabilidad e inocencia hablamos.

Lo primero que hay que dejar claro es que, en Derecho, ser inocente no es lo contrario a ser culpable. Lo contrario a ser culpable es ser no culpable, términos en los que precisamente se hace la pregunta del millón a los componentes del Tribunal del Jurado. Quien asista a un juicio de esta índole en nuestra Toguilandia, comprobará que jamás un jurado declara a alguien inocente, sino que dice, en caso de considerarlo así, que no es culpable de haber cometido tal o cual hecho. Un matiz que puede parecer una exquisitez, pero que es muy importante. Y ahora veremos por qué.

Podemos recordar, sin hacer un gran esfuerzo memorístico, casos que han terminado en una absolución por defectos formales o por nulidad de pruebas. Sería el supuesto en que se hubieran declarado nulas, por ejemplo, unas escuchas telefónicas de las que se desprendía con toda claridad que una persona había cometido tal o cual delito. Pues bien, si las escuchas fueron realizadas sin las garantías que contempla la ley, no puede ser tomada en cuenta esa prueba para fundamentar una condena. Ni tampoco valen, en aplicación de la doctrina de la fruta del árbol envenenado, las que se deriven de ésta, por ejemplo, la localización de un testigo o de algún vestigio del delito por lo que se desprende de esas conversaciones. De modo que la persona que, a todas luces, había cometido el delito pero no puede ser condenada por él, es absuelto y declarado, por tanto, no culpable del delito del que venía siendo acusado. Pero en modo alguno puede decirse que sea inocente. Entre otras cosas porque ese pronunciamiento no lo contempla la ley.

Esta misma argumentación sirve para explicar lo que muchos se empeñan en llamar denuncias falsas, y que no lo son. Partiendo de la base de que un acusado ha sido absuelto de un delito, o que se ha sobreseído el caso por falta de pruebas, concluyen que han sido declarados inocentes, y que, por tanto, la denuncia interpuesta era falsa. Obviando, de manera inconsciente o deliberada, la circunstancia de que nunca fueron declarados inocentes, sino que se trataba de una absolución por no existir prueba bastante para enervar la presunción de inocencia de la que gozamos todas las personas. Esto es especialmente usado respecto a la violencia de género, donde además la posibilidad que la víctima tiene de no declarar contra su pareja pone más difícil la prueba. Pero no es exclusivo de esta materia. Valdría para cualquier otra. Por ejemplo, las falsas denuncias de robo para cobrar del seguro, mucho más frecuentes y comprobadas y por las que nadie se lleva las manos a la cabeza.

Por eso mismo, no niego que las denuncias falsas existan, desde luego. Pero ni son tantas, ni lo son en los casos en los que tantas veces se pretende.

Pero que nadie concluya de todo esto que el legislador no emplea el término “inocencia”. Claro que lo hace, y precisamente para enunciar uno de los derechos fundamentales en toda sociedad democrática: la presunción de inocencia. Todos somos inocentes mientras no se demuestre lo contrario, como también dicen en las películas, aunque esa frase no esté, que yo sepa, en ningún precepto legal de nuestro ordenamiento. Pero es una forma comprensible de enunciarla, aunque sea más técnico y conforme con nuestro sistema decir , simple y llananamente, que nadie podrá ser condenado sin pruebas.

La presunción de inocencia es una garantía insoslayable de nuestro sistema. Aunque, a veces cueste la vida explicar por qué fundamenta una absolución de alguien que estamos convencidos que es culpable. Reconozco que más de una vez me he sentido mal ante el divorcio entre mi convicción interna de que alguien era más culpable que Judas, y mi labor como fiscal y jurista, que me obligaba a no acusar porque sabía que no había pruebas suficientes. Y aseguro que, aunque pueda resultar más fácil dejarse arrastrar por la corriente y acusar “por si acaso”, no esa la misión que nos encomienda la Constitución. Como garantes de la legalidad, los miembros del Ministerio Fiscal, como dice mi compi @escar_gm, no solo acusamos. A veces, incluso pedimos la absolución. Y no porque recibamos órdenes ni todas esas cosas con las que muchos se llenan la boca, sino porque es lo que debemos hacer. Ni más ni menos.

Así que hoy el aplauso no puede ser otro que el dedicado a quienes aplican las garantías constitucionales sin dejarse llevar. Aunque cueste la vida, y muchas veces, la incomprensión.