#HistoriasDeAnimales: Partida


Partida

Me costó adaptarme a mi nueva vida. Sobre todo, me costó acostumbrarme a la comida. O, mejor dicho, a la falta de ella. Acostumbrada a que nunca me faltara en el plato, mi nuevo estatus me supuso un suplicio. Tenía que ganármela, y eso era nuevo para mí. Tan nuevo como tener que conformarme con cualquier cosa a pesar de que le repugnara a mi fino paladar y a que cayera como una bomba en mi no menos fino estómago, después de años de vida regalada. Pero no pude hacer otra cosa. Las circunstancias me pusieron en el brete de tomar una decisión y sabía que esa era la más acertada. Aunque doliera.

Les echaba de menos. Sobre todo, a las niñas. Echaba en falta hasta sus caprichos, que tantas veces me parecieron incomprensibles. A veces, cuando no podía más, me colocaba junto a su ventana y las observaba desde lejos, en silencio, y trataba de evitar que me saliesen las lágrimas.

No me quedó otra salida que partir, para no partirme en dos, o para que no me partieran ellos. Se me rompía el corazón de oír sus discusiones, de escuchar gritos y reproches donde antes solo había cariño y arrumacos, pero la cosa no tenía remedio.

No fue fácil, pero sabía que no podía seguir así. La obsesión de él por colmarme de manjares iba a acabar con mi salud física, y la de ella de llevarme a los sitios más extraños llena de lazos y con collares cuajados de adornos acabaría con mi salud psíquica. Así que, después de unos meses de andar de un lado a otro, tomé la única decisión posible. Y una noche, aprovechando la oscuridad que siempre fue mi mejor cómplice, crucé el umbral para no volver.

Nunca pensé que llegaría a convertirme en una sin techo, pero no aguantaba más. El hecho de que tuviera que ser un juez quien determinara cómo habría de ser mi vida fue la gota que culminó el vaso. Mi existencia se había vuelto una esclava del calendario y nada más me hacía a la idea de permanecer en un sitio me llevaban a otro, y así una semana tras otra. Yo solo anhelaba permanecer en el mismo lugar, con mis cosas, mi comida, mi mantita y mi sofá, con un paseo de vez en cuando y, como mucho, un traslado a la playa cuando hacía calor y a la ciudad cuando dejaba de hacerlo.

Lo peor eran los gritos. Que si me había dado de comer demasiado, o demasiado poco, que si me llevaba más limpia o más sucia, que si ya no me portaba tan bien como antes. Y la culpa taladrándome las orejas. Ellos se echaban las culpas uno a otro, pero yo llegué a creer que la culpa la tenía yo. Porque las niñas lloraban sin consuelo y de nada servía acariciarles ni ponerles mi mejor cara ni hacerles arrumacos. Ya no me hacían caso.

Ahora, cuando a veces me asomo a la ventana y las veo llorar, o discutir, o gritar, me pregunto si me echaran de menos tanto como yo a ellas. Me pregunto si ellas habrán sufrido tanto como yo con todo esto, y si seguirán sufriendo. Y solo de pensarlo se me hace un nudo en el estómago.

Antes éramos felices. Pero cuando las cosas empezaron a ir mal, me convertí en un problema. Se lo oí decir a los dos. Por eso le dijeron a aquel juez que no me conocía de nada que tenía que arreglar lo que ellos habían estropeado, Y fue cuando estableció los turnos en que uno y otro disfrutarían de mi compañía.

Al principio, creí que aquello sería una bicoca. Que tratarían de mimarme para demostrar con quién debería quedarme, pero lo convirtieron en una competición. Y yo lo último que desea en el mundo era convertirme en un trofeo con el que se golpearan el uno al otro.

Por eso me marché. Ahora vivo en un garaje abandonado, y como de lo que puedo encontrar. Con el tiempo he aprendido a buscarme la vida y, aunque me falten las comodidades de antaño, nadie me usa para dañar a nadie.

Ha sido difícil, y lo sigue siendo. Pero sigo pensando que es mejor vivir tranquila en un garaje abandonado que ser el objeto de discordia en una casa de lujo. Sobre todo, si una es una gatita siamesa necesitada de cariño.

Tenía que partir. De lo contrario, me repartirían hasta dejarme partida en dos mitades.

Qué molesta IV. Forenses, Policías et al


      La sabiduría popular dedica refranes a los primeros, los segundos y hasta los terceros. Pero cuando llegamos al cuarto lugar, parece haberse quedado sin resuello, o, mejor dicho, sin letras. Más allá de que con un seis y un cuatro se forme la cara de tu retrato, como enseñan a los niños. Pero el cine no se olvida, y hasta hay una película cuyo título es un expresivo Soy el número cuatro. Aunque, si realmente queremos algo fuera de serie, Los cuatro fantásticos. A ver quién los supera,

      Veíamos en las tres entregas de esta serie qué molesta a cada quien en nuestro teatro. Pero aún no estaba toda la munición gastada, como se han encargado de avisarme por varios medios. Y, por supuesto, además de agradecer como siempre las intervenciones, les pedí paciencia. Cada cosa a su tiempo.

      Uno de los primeros en contestarme a mi llamada de auxilio tuitera fue un buen amigo notario, que, aunque no frecuenta físicamente Toguilandia por su oficio sí que tiene por razón de este una gran relación con nuestro teatro. Se quejaba, y con razón, de lo poco que valoramos sus esfuerzos para realizar actos que acaban quitándonos trabajo. Las bodas serían un buen ejemplo y, aunque no el único, tal vez el más vistoso. Quizás merecerían por sí solas un estreno, aunque ahora nos conformemos por sustituir el tradicional Vivan los novios por un viva a mi amigo el notario y a su profesión.

      Más cerca físicamente de Toguilandia aunque no siempre en las tablas nos encontramos con una profesión indispensable para el desempeño de nuestro trabajo. La que desempeñan los miembros de las Fuerzas y cuerpos de seguridad que, aunque ya tuvieron su propio estreno, no habían tenido la oportunidad de ver plasmadas sus quejas. Y no son pocas cosas ni infundadas, precisamente.

      Se quejan, y con razón, quienes custodian a los presos y detenidos en calabozos de algunos «detalles» de los que a veces no nos damos cuenta, como llamar para que suban al preso y tenerles luego esperando media hora e los pasillos, de los retrasos omnipresentes y de faltas de miramiento con cosas como notificar en calabozos lo que se podría notificar en prisión sin las consiguientes esperas y relevos de turno. A eso añadiría yo, de mi propia cosecha, las situaciones violentas en que se les llega a poner cuando, estando esperando con el detenido custodiado, mandamos al letrado o letrada a hablar con él ahí en mitad del pasillo. En esos casos yo prefiero cederles el despacho y ser juez y fiscal quienes nos salgamos, pero no todo el mundo lo hace.

      Otra cosa que, además, roza la falta de educación, es no dar opción a los miembros de FFCC que custodian al preso a sentarse, porque ni silla haya para ofrecerles o, lo que es peor, ni siquiera se cae en ello. Vaya esto como recordatorio para estos olvidos y como mea culpa por si acaso. No cuesta nada pensarlo.

      Por último, en lo que a esta parte afecta, dejo algo que creo muy importante. Quienes custodian al detenido o preso son quienes conocen de su peligrosidad y, por tanto, quienes deben decidir si permanece esposado o se le retiran las esposas. Cuando Su Señoría toma una decisión en contra de su criterio, se sienten ninguneados, pero, además, en peligro innecesario. A este respecto, recuerdo algo que pasó cuando todavía estaba en prácticas en que, retiradas las manillas, el detenido se dedicó a arrojarnos todo lo que tenía a mano, incluida la pesada mesa de un juzgado de guardia de los de antes. Tuvieron que reducirle y lo hicieron bien y rápido, aunque probablemente si se hubiera atendido el consejo de mantenerlo esposado, nos hubiéramos ahorrado una escena desagradable. Y un bautizo de realidad, en mi caso.

      Por su parte, los y las forenses, que también tuvieron su propio estreno, no se han privado de transmitirme algunas de sus quejas. Se quejan, y con razón, de los apremios por plazos imposibles -lo quiero para ayer- y, por otro lado, de las esperas para entrar a juicio. También he oído algunas de sus quejas en el sentido de los informes que se les piden, más de una vez fuera de su competencia. Cosas como informes sobre la credibilidad de una persona mayor de edad y en plenas facultades, a los que la única respuesta médicamente posible es que puede mentir como cualquiera. En otros casos es la materia: se pide erróneamente informe sobre imputabilidad, cuando el forense puede informar sobre el estado de las condiciones intelectivas y volitivas del sujeto en el momento de cometer el hecho, pero la decisión sobre si es o no imputable corresponderá, en última instancia, al juez o jueza, con informe de la fiscalía, por descontado.

      En algunos casos, es la propia ley la que lo pone complicado, como ocurre con las lesiones y el concepto de tratamiento médico, que difiere en su dimensión médica y jurídica. Como sabemos quienes nos dedicamos a esto, para la Medicina recetar un analgésico o limpiar una herida es un tratamiento que, para el Derecho, a los efectos del delito de lesiones, no es. Como siempre, el divorcio de los términos jurídicos hace difícil comprender ciertas cosas.

      No obstante, no podemos olvidar que los médicos forenses y otros peritos al servicio de la administración de justicia, como psicólogos no son los únicos peritos que actúan en nuestro teatro. Hay otros que aportan las partes y que se quejan precisamente de eso, esto es, de que, sea cual sea su cualificación y su currículum, se les cuestiona por el hecho de ser “de parte”. Y hay que reconocer que a veces pasa.

      A ello voy añadir mi propia queja, que estoy segura de que comparten muchos y muchas peritas. Y es a que pronuncien mal su cargo, añadiendo un acento en la e al pronunciarlo que a mí me pone de los nervios. Llamadme tiquismiquis, pero es así.

Y hasta aquí, el post y la saga, salvo error u omisión, que siempre puede legar alguien que con sus quejas dé para otro estreno. Mientras tanto, aquí lo dejo, con el aplauso, una vez más, para quienes han cont5ribuido a hacerlo posible. Ml gracias.

Qué molesta … (III) : LAJS y función pública


              Si segundas partes nunca fueron buenas según el refrán, si se trata de terceras partes ya la cuesta se vuelve empinada. Sin embargo, el mismo refranero dice que no hay dos sin tres y a la tercera va la vencida. En el mundo del arte, no disgusta tanto el número 3. Y así, aunque Tres eran tres las hijas de Elena -y ninguna era buena- también era tres Las tres gracias de Rubens y tres tablas las que componen los trípticos tan frecuent4es en la pintura. En el cine -y antes en la tele- tres son Los ángeles de Charlie y tres también Las tres mellizas. Así que podemos asumir el riesgo de lanzarnos a una tercera parte Sin miedo a nada. Que sea lo que Dios quiera.

              Ya vimos en los dos estrenos anteriores lo que, dentro de nuestro teatro, molestaba a miembros de la judicatura, de la fiscalía y de la abogacía. Pero ahí no se quedan los protagonistas de Toguilandia. Nos quedan algunos por ver que tienen tanto o más derecho a molestarse. Así que vamos al lío.

              Respecto de los LAJS, letrados y letradas de la Administración de Justicia, hay quien se siente molesto incluso por el nombre. Así me lo reconoce una LAJ tuitera, que no se siente cómoda con esta denominación. Es cierto que la anterior, la de Secretarios judiciales también daba pie a muchos equívocos, entre ellos el más conocido y molesto el de confundir la función de secretario o secretaria judicial con la de secretaria del juez, y entender que, como en la canción de Mocedades, tan pronto estaba para servir un café, como para comprar un ramo de flores a una invitada a quien se quiera obsequiar. Ayudó bastante a esta deformación la segunda parte de la serie Turno de oficio, que no hacía honor a su celebrada antecesora y que dio lugar, incluso, a una queja formal del colectivo. Y con razón.

              Sé que a muchas LAJS, y así me lo han dicho más de una vez, les molesta sobremanera esa manía de alguna de las partes de interrumpir en mitad de un interrogatorio para, supuestamente, enfatizar, diciendo “que conste en acta”. Por supuesto, como he oído responder con una buena educación no exenta de ironía, en acta consta todo, y esa frase, llevada a sus últimas consecuencias, supondría poner en tela de juicio la profesionalidad de quien es responsable de dicha acta. Pero en la actualidad, con la grabación de los juicios, la frasecita de marras se convierte en una solemne tontería porque es obvio que consta eso y todo. Solo faltaba que se anduviera seleccionando qué grabo y qué no. No obstante, de vez en cuando sigo oyéndolo. Y sigo mirando al LAJ con una sonrisa de resignación.

              En cualquier caso, una de las quejas más comunes de los LAJS es el desconocimiento de su labor, de su categoría y de su importancia en el proceso. Y eso no solo por parte de quienes van al Juzgado sino también por parte de las instituciones, que no siempre han sabido reconocerlos. Baste decir que a la trascendental función de ser depositarios de la fe pública judicial -algo así como nuestros notarios- y quienes tienen encomendada la custodia de los autos y la dirección de la oficina judicial, se le ha sumado desde hace tiempo la posibilidad de dictar importantes resoluciones en diversos ámbitos, algo que antes solo competía a Sus Señorías. Esto hade suponer una redistribución del trabajo, pero también una potenciación de la figura del LAJ. Que sea en buena hora.

              Y, si los LAJs se quejan de falta de reconocimiento, cuando se trata de funcionarios y funcionarias sus quejas son todavía más generalizadas. No son pocos quienes lamentan que no siempre se dirigen a ellos con la educación correspondiente, aunque también aquí hay de todo. Confieso que también he escuchado quejas en sentido contrario, aunque mi experiencia siempre ha sido de lo más exquisita.

              Las quejas de quienes pertenecen la función pública de Toguilandia van también en otros sentidos, además de la sempiterna falta de medios que nos agobia a todos. Como funcionarios, padecen el problema de la necesidad de un concurso para acercarse a casa y organizar su vida, que no siempre llega a tiempo. Y, si de interinos o interinas se trata, se añade la incertidumbre de un futuro incierto. Nada que no pase en otros ámbitos de la Administración.

              Pero lo que, al parecer, no ocurre en otros ámbitos, es la división escalafonal y las fórmulas de cortesía tan marcadas. Me cuenta alguien desde twitter que es fue una de las cosas que más le llamó la atención: la rigidez en el uso del usted, en las fórmulas de cortesía y en los formalismos varios. Y es que en Toguilandia siempre hemos sido un poco rancios, la verdad. Aunque poco a poco vayamos modernizándonos. Pero confieso que a mí también me chocaba cuando llegué a este mundo. De la noche a la mañana pasé de ser una mindundi, a oír como me llamaban Doña Susana personas que me doblaban la edad. Y confieso también que siempre que lo oía pensaba en Susanita, mi tocaya amiga de Mafalda.

              Aunque una de las quejas que más me han dolido como mujer es la de una funcionaria que cuenta que en su puesto de trabajo, los sesgos machistas persisten de tan modo que, a pesar de que sus compañeras y su compañero tienen la misma categoría, todo el mundo da por bueno que ellas sean quienes atiendan el teléfono o al público y cosas semejantes, y él se dedique a lo que se considera “importante”, la tramitación de las causas sin que nadie le moleste. No creo que sea generalizado pero el machismo todavía campa por sus fueros en muchos sitios. Esperemos que pronto sea una mera anécdota de tiempos pasados.

              Hasta aquí, unas pinceladas de algunas de las cosas que molestan a dos colectivos tan importantes. Gracias de nuevo a quienes desde redes han hecho posible con sus aportaciones la redacción de este post. Suyo es el aplauso de hoy.

Qué molesta…(II) Fiscalía y judicatura


          Después del uno, el dos, suelen decirnos cuando se nos amontona la faena. Y, aunque en el mundo del espectáculo se diga que nuca segundas partes fueron buenas, a veces sí lo son. Y no hay que ser El juez para juzgarlo ni hacen falta Doce hombres sin piedad para acreditarlo.

Ya vimos en la anterior entrega de esta serie cómo había unas cuantas cosas que molestan a abogados y abogadas en nuestro teatro. A la recíproca, también desde las otras partes de estrados tenemos nuestras manías, nuestra filias y nuestras fobias, algunas justificadas y algunas injustificables. De todo, como en botica.

Una vez más, escribo este post con la inestimable colaboración de juristas twitteros. Ahora bien, como decía en el anterior, las señorías puñeteras en redes, vengan de las fiscalías o de la judicatura, somos muchas menos. Lo que hace todavía más de agradecer las aportaciones, que sumo a mi propia experiencia. Que sea lo que Dios quiera.

Se quejan algunos magistrados y magistradas de alguna que otra trampita procesal que yo también he detectado. Se trata de pedir una aclaración que es casi como un recurso. O sin casi. Pretender convertir la posibilidad de aclarar en una suerte de tercera instancia está fuera del propósito de dicha institución. Y tampoco lo está eso que llaman “complemento” y que se convierte en un cajón de sastre. Aunque tampoco está bien que las sentencias sean tan parcas que necesiten de aclaraciones siempre. Ni calvo ni siete pelucas.

Otra de las cosas que pueden llegarnos a sacar de quicio son los escritos o informes innecesariamente kilométricos. En Justicia, donde, habida cuenta la carencia de medios, el tiempo es oro, se hace más real que nunca lo de que “lo bueno, si breve, dos veces bueno”. Repetir y repetir la misma idea no hace más que agotar la paciencia de Sus Señorías. Aunque esta paciencia a veces sea bien corta. Sobre todo, cuando no queda otra que celebrar quince juicios en una misma mañana. Si papá estado tuviera a bien darnos más medios, probablemente esa paciencia podría estirarse como un chicle de buena calidad y las repeticiones no crisparían tanto, pero es lo que hay. En cualquier caso ¿para qué usar una hora en lo que se puede decir en 10 minutos? No se trata de mermar el derecho de defensa sino de optimizar el tiempo que, como sabemos, es un bien escaso.

Tanto en la judicatura como en la fiscalía hay una cosa que nos pone de los nervios. Que no contesten a lo que preguntamos, que se vayan por los cerros de Úbeda o que se atropellen unos letrados a otros. A mí, particularmente, como fiscal, me molesta que informen mirándome a la cara y dirigiéndose a mí cuando el informe se dirige a Su Señoría, sobre todo, cuando se hace con gesto desafiante para decirme de todo menos guapa. Eso sí, “en estrictos términos de defensa”, una especie de comodín del público donde hay quien cree que cabe todo. Incluso la prepotencia, una mal del que se quejan de todos los lados de estrados, venga de donde venga. Y con razón

Otra de las cosas en las que coincidimos es en lo que nos molesta la cantidad de señalamientos que hay que poner cada día porque no nos queda otra si no queremos señalar a cuatro años vista. Lo malo de esto es que al final, nos enfrenta en vez de unirnos. La abogacía se queja de que se acumulan retrasos insufribles y, quienes permanecemos en la sala ventilándonos un juicio tras otro llega un momento en que no damos más de nosotros mismos. Yo siempre digo que cuando llega la hora de comer me falla el riego. Además de que me hacen unos ruidos la tripa que esto segura que se podrían escuchar en toda la Ciudad de la Justicia.

Al Ministerio Fiscal, además, nos toca mucho las narices que se olvide de notificarnos las cosas, o de decirnos que algo se ha suspendido. O, lo que es peor, el famoso juicio sorpresa cuyas citaciones nunca llegaron. Reconozco que cubrir el expediente lo cubrimos porque nos llaman y el pobre al que pillen de incidencias hace lo que puede, pero nunca lo que hubiera hecho si le hubieran dejado prepararse el juicio. Es lo que hay. También me altera mucho que digan que continuemos el juicio que empezó otro porque el Ministerio Fiscal es único. Será único, pero no tenemos los cerebros interconectados. Aún. Y sin haber leído los autos no nos llegan por telepatía.

Aunque si quieres molestar a un fiscal, hay dos cosas con las que ganas su enemistad eterna: si le dices que es menos que el juez o si le repites la matraca de las órdenes del gobierno.

Por supuesto, a Sus Señorías les molestaras si haces exactamente lo contrario: decir que el fiscal trabaja más o cuestionar su independencia.

Tontunas nuestras porque mientras nos peleamos por un quítame ahí esas pajas, seguimos sufriendo una carencia de todo de la que, por costumbre o resignación, ni siquiera nos quejamos, Y eso sí sería para ponerse de los nervios.

Por último, he de afirmar que tanto a jueces y juezas como a fiscales nos molesta e indignan los problemas de la abogacía a la hora de cobrar el turno de oficio. Creer que es solo problema de ellos es un error de bulto. Y tenía que decirlo para dar al menos un pequeño espaldarazo a sus reivindicaciones

La lista de quejas podría ser eterna, aunque al final todo se reconduce a lo mismo: la Justicia es la hermanita pobre de la Administración. Y por eso voy a dar el aplauso de hoy a quienes tienen claro que remamos en el mismo barco y, sobre todo, no caen en el error de pelearnos entre nosotros mientras los problemas siguen ahí. No demos el gusto de distraer la atención de lo verdaderamente importante

Qué molesta … (I) : abogacía


                De vez en cuando está bien hacer Examen de conciencia y saber qué cosas molestan a los demás. Para no repetirlas, claro, no para criticar por criticar, aunque tomarse las cosas con un poco de humor siempre viene bien. Cuando mezclamos cine y derecho, vemos esas cosas que hay que evitar para acabar como en La guerra de los Rose, o para no entrar en una espiral de ira como en Un día de furia. Mejor prevenir que curar.

                En nuestro teatro, dadas las diferentes tribus que transitamos por las tablas con intereses contrapuestos cuando no directamente enfrentados, es difícil no chocar. Por eso, para que los pequeños vicios no se conviertan en males irremediables, he decidido dedicar una serie de estrenos a esas cosas que irritan al resto para tratar de evitarlas o de comprenderlas. Algunas tienen solución, otras no tanto. Pero, como siempre, mejor buscar soluciones que buscar culpables. Aunque, si hay que reconocer algo, se hace. Que no se diga.

                Esta saga empieza por una pequeña semilla que lancé al vuelo en redes sociales, y que encontró abono y riego como para plantar varios bosques. Por eso he decidido que, como El padrino tenga varias entregas. Y empezar por quienes más han contado y cantado. Como diría Robert de Niro en El cabo del miedo: Abogaaaado

                He de decir que agradezco la enorme colaboración con mi experimento del colectivo de la abogacía tuitera. Han ganado por goleada, no sé si porque son los más numerosos, los más sinceros o quienes tiene más motivos para quejarse. Pero así es. Y así se lo agradezco, aunque en algunos casos tenga que servir para tomar nota, de uno u otro lado, o esto no tendría más sentido que ejercitar un derecho que, aunque no reconocido con carácter constitucional, debería de estarlo: el derecho al pataleo.

                Hay que reconocer que gran parte de estas quejas provienen de un mal común: la falta de medios. A ello le debemos, al menos en gran parte, cosas que molestan tanto como el señalamiento a varios años agradezco, vista, la demora en dictar sentencia o el no cumplimiento de los plazos. Y aquí empieza una cuestión espinosa.

                Me dice una amiga abogada con todo el cariño no exento de puyita, que una de las cosas que más le molesta es que los y las fiscales nos pasemos los plazos por el forro de la toga. Razón tiene en el fondo, pero no tanta en la dirección del tiro.  Aseguro al mundo que, en la mayoría de los casos, los plazos no se cumplen por nuestra parte por imposibilidad absoluta por cosas tan absurdas como que cuando la resolución llega a nuestra mesa ya está el plazo pasado o que los juzgados escupen tantas causas a la vez -la última vez que las conté eran más de 30 para calificar con la misma fecha- que ni dedicando las 24 horas del día lo lograríamos. Y esto no tiene solución mientras el sistema siga siendo el que es y los medios los que son. Al pan, pan y al vino, vino, aunque me pregunto ¿por qué siempre la queja va en este sentido y nadie le cuenta al juez o jueza los días par dictar sentencia, que también están previstos? Ahí lo dejo. En cualquier caso, sí he de decir que para causas con preso o recursos cumplimos los plazos escrupulosamente. Y si no, ahí sí que hay que entonar el mea culpa.

                Cuestión distinta es la de puntualidad. Yo tampoco entiendo que se señale a las 9 y se empiece a las 10, si no hay una causa justificada. Y si la hay, que se explique. Y esto me vale, por supuesto, para cualquiera de las partes, Y para los investigados que a veces creen que en vez de a un juicio les han llamado para un pic nic

                Otra de las quejas frecuentes y que me da mucha pena es la falta de respeto y la prepotencia. En todos los sentidos, pero ya sabemos quine tiene la sartén por el mango. Remamos en el mismo barco, aunque con los agujeros de la madrea y lo viejo que es el cascarón se escora de cualquier de los lados y el día menos pensado se hunde.

                Y un clásico: no dejar hablar al letrado o letrada o interrumpirle. Aquí, por supuesto, hay que encontrar el punto medio donde está la virtud y que tan difícil es de hallar. No se pude cortar con el bisturí toguístico como se hace muchas veces, pero tampoco se pueden repetir las mismas cosas hasta la saciedad. Quizás la tolerancia en uno y otro sentido mejoraría si en vez de tener que celebrar por parte de juez y fiscal 15 juicios –o más- en una mañana se celebraran 5, pero los módulos con los que nos ahogan son así. Y si se señalara menos, el retraso en los señalamientos también se multiplicaría. La pescadilla que se muerde la cola. Pero, por supuesto, hay un parámetro: la educación y el respeto. Y eso nunca se debe sobrepasar.

                Y cuando de muchos juicos hablamos surge otro clásico. La molestia que para muchos letrados y letradas supone que fiscal y juez estén dentro de la sala antes del juicio. Pero así lo prevé nuestro Estatuto, como expliqué en su día (en realidad, deberían venir del juzgado a por nosotros cuando esté todo listo, cosa que nunca se hace) y, sobre todo, hay una cuestión práctica. Si celebramos 20 juicios en una mañana, sería poco operativo entrar y salir cada vez. En mi experiencia, cuando la abogada de dos juicios ha sido la misma, también se ha quedado dentro. Y tan pichi.

                Cuestión distinta es el colegueo y las risas fuera de lugar. Se puede hablar distendidamente -juro que casi siempre de temas por completo ajenos- sin que dé la sensación de que hay un contubernio del que el letrado es, cuando entra, un convidado de piedra. Y si lo hacemos así, nos lo hemos de hacer mirar. Para mí fue muy ilustrativo lo que una juez me dijo de una operación de menisco que padeció. Contaba que mientras la intervenían, con anestesia local, los médicos hablaban de fútbol, y eso le hacía sentirse fatal, como si la ignoraran a ella y su rodilla. Entonces pensó que tal vez los acusados, u otros profesionales se sentían así cuando hablábamos de otra cosa. Y tratamos de cambiar nuestros hábitos para no caer en el síndrome del menisco de Su Señoría. Rectificar es de sabios.

                Otra de las cosas con muchos matices es lo relacionado con las conformidades. No seré yo quine niegue que hay veces que las representaciones letradas se sienten más que presionadas a conformarse por determinadas actitudes. Y que, desde luego, tener que negociar delante del juez o jueza no es de recibo.. Prácticas que también hemos de hacernos mirar, porque no solo es lo que se hace, sino lo que puede parecer, aunque no sea. O se ausenta el magistrado de la sala o la fiscal sale fuera, si es que no hay salita ex profeso Otra cosa para tomar nota. Y nuevamente el comentario de siempre. Si la saturación no fuera tal, el interés en hacer conformidades a toda costa rebajaría bastante. ¿O no?

                Por último, en este resumen rápido, hablaré de la falta de atención y sus derivados. Es terrible estar informando y sentir que nadie te escucha, desde luego, y a veces nos sentimos así. Y sé que más aún se sienten los miembros de la abogacía que ven que, una vez terminó el fiscal, empieza la impaciencia y, lo peor de todo, lo de mirar el móvil sin disimulo. Y aunque es cierto que a veces es necesario -mensajes urgentes y hasta consulta de Códigos on line– en la mayoría de casos se distingue el ocio del negocio. Aunque no se llegue al extremo de la política pillada jugando al Candy Crush

                Y hasta aquí, un breve resumen de esas quejas, todas justas, aunque no siempre enfocadas a la raíz: la precariedad de medios. Que, ojo, nunca justifica, sin embargo, la mala educación ni las faltas de respeto. Al César lo que es del César. Sirva este ejercicio no para hacernos sangre sino para apercibirnos de nuestros “vicios”, de una parte, y para comprender algunas prácticas inevitables.

                Por eso, el aplauso de hoy no podría ser otro que el que dedico a todos y todas las usuarias de una trilogía fantástica: educación, respeto y comprensión. Ahí es nada

Imputación: ¿Dónde está el límite?


  

                Ya hemos visto que las películas sobre juicios, juzgados y tribunales son tropel y, si no éxito asegurado, una buena garantía de interés seguro. Por eso, una de las personas a cuyo alrededor pivota toda la acción no podía dejar de ser protagonista en muchas de ellas, en títulos como Presunto culpable, Presunto inocente, Sospechosos habituales o Inocentes, entre otros muchos. Diferentes nombres para mentar una misma realidad ¿O quizás no es la misma? Ahí está el quid de la cuestión.

                En nuestro teatro, ese sujeto al que llamamos “imputado” constituye el epicentro de nuestro trabajo. Y digo que lo llamamos así porque, técnicamente, dejó de tener ese nombre en la reforma del año 2015 en que, no sé sabe muy bien por qué -¿o si?- se le rebautizó como “investigado”, Entonces, cabría preguntarse por qué se sigue hablando en todas partes de “imputado/a” e “imputación”, tanto en ambientes jurídicos como, sobre todo, en medios de comunicación y opinión pública.

                La respuesta no es fácil, desde luego. Y, aunque es posible que yo no la tenga, lo que sí puedo hacer es dar las claves para encontrarla. Así que preguntad donde están las llaves, y yo seré quien diré que el fondo del mar, Matarile, rile rile.

                Cuando, en los primeros tiempos de este teatro nuestro dedicamos un estreno al imputado , todavía se llamaba así y nadie pensaba que fueran a cambiarle el nombre. Hasta que las aguas de fuera de Toguilandia empezaron a removerse tanto que el tsunami nos llegó de pleno.

                En el esquema original de nuestra vetusta ley de enjuiciamiento criminal, el procedimiento tipo, el sumario, tenía varias fases bien diferenciadas. Primero se investigaba, incluida la declaración como imputado -entonces, sí- y, una vez concluida la investigación, se decidía si se dictaba o auto de procesamiento, que era lo que marcaba un camino judicial de difícil marcha atrás. Ese imputado pasaba a llamarse “procesado” y ya estaba claro que la cosa seguía adelante por unos indicios claros. Por supuesto, sin perjuicio del resultado del juicio, presunción de inocencia mediante.

                Con el tiempo, este proceso resultaba demasiado largo y en aras a la economía procesal y a la rapidez se crearon otros que ahorraban trámites, quedando el sumario solo para los juicios realmente graves, en que la pena de prisión pueda -y recalco lo de “pueda”, porque se trata de la pena en abstracto, no la que se pida en concreto- superar los 9 años de prisión. En los ochenta se creo el proceso para delitos menos graves y flagrantes -PELO- que luego sería declarado inconstitucional- y en los noventa le sustituyó el llamado “procedimiento abreviado” -PALO- que sigue en vigor. Curiosamente, se regula como procedimiento especial cuando es el normal, ya que por él se conocen el 90 por ciento de los asuntos. Pero esa es otra historia.

                La cuestión es que en este proceso ya no había procesamiento y por tanto no había un auto que durante el procedimiento estableciera que la cosa iba en serio, como sucede con el auto de procesamiento. Así que como ya no se podía hablar en estos casos de “procesado” se empezó a usar como comodín el término “imputado”. Y ahí empiezan los problemas, porque, ¿cuándo está imputada una persona realmente? Se decía, y no deja de ser cierto aunque con matices, que en la citación en tal calidad, pero hay que reconocer que una mera citación es poca cosa para algo tan grave. En realidad, esta citación solo garantizaba que la persona iba a declarar con abogado, para salvaguardar sus derechos caso de que luego siga adelante el proceso, ya que citarla como testigo implicaría que tendría que decir verdad y no tendría derecho ni a un abogado ni a guardar silencio. Pero, paradójicamente, lo que era una garantía se convirtió en un estigma, sobre todo cuando empezar a frecuentar Toguilandia políticos y otros personajes de renombre.

                Para evitar este efecto, y también para su seguridad, más de una Señoría se sacó de la manga un denomina do “auto de imputación” que no prevé la ley en absoluto, aunque pueda hacerse en virtud de la cualidad maravillosa de los autos judiciales para abarcar toda decisión judicial. La jugada no era poca cosa, porque al ser un auto cabía recurso y sería en último caso la Audiencia quien decidiera sobre esa imputación. Así ocurrió, por ejemplo, en el famoso caso que, entre otros, afectaba a una infanta de España y a su cónyuge, hoy condenado al tiempo que ella absuelta, como es de dominio público,

                Pero, si se sigue el procedimiento a rajatabla,, lo verdaderamente definitivo es el auto de incoación de procedimiento Abreviado, que se dicta después de toda la investigación. Por tanto, hasta ese momento no se podría hablar con propiedad de “imputado”. Pero como se les citaba el tal concepto, los políticos -siempre del partido contrario al que resultaba afectado, qué casualidad– empezaron a exigir responsabilidades por esa supuesta imputación, adelantando en realidad el momento definitivo. Porque, en teoría la declaración podría haberlo aclarado todo y dar lugar a un sobreseimiento ¿Por qué no?

                Así las cosas, la reforma de 2015 complicó aun más las cosas. Temerosos de que esas citaciones como imputados causaran más de un cataclismo, se cambió el nombre a “investigado” algo tan absurdo como ambiguo ¿Se considera “investigado” a alguien a quien se está investigando para citarlo como “investigado·? Y, si es “investigado” a partir de entonces, ¿qué era antes¿? ¿preinvestogado? ¿Se le podía investigar si no le había citado como “investigado? O lo que es lo mismo ¿cómo decidir que alguien está investigado sin investigarlo previamente? Por todo esto y por mucho más se ha seguido usando la referencia a la imputación aunque se haya cambiado el nombre.

                En definitiva, la verdadera imputación se produce con el auto de incoación de procedimiento abreviado, no con la citación. Aunque, claro está, cuando se realiza un informe para decidir si se procede o no, se da un paso más que si solo existiera esa citación. Algo que tiene especial importancia en el caso de personas aforadas, porque determina la competencia, y, entonces sí, hace ese informe necesario. Pero cuando se llega a ese momento aun queda partido, aunque se tengan varios goles en contra y algún jugador expulsado, por usar un símil futbolístico. No olvidemos la famosa moral del Alcoyano, cuyo entrenador pasó a formar parte del imaginario colectivo por animar a sus pupilos cuando, con una diferencia de diez goles y a falta de un minuto del final, les decía que aun podían ganar- O eso es, al menos, lo que dice la leyenda.

                Hasta aquí, esta pequeña explicación de un tema que suscita grandes dudas y grandes problemas. Espero que haya quedado un poco más claro. Por eso, daré el aplauso a quienes, ant4es de sentar cátedra se informan bien sobre ello. Ojala ocurriera siempre

Ayuda: hoy por tí…


          Los seres humanos somos sociales por naturaleza. Nos necesitamos y por eso pedir y dar ayuda forma parte de nuestra naturaleza. O debería formarla, que no todo es tan bonito como nos gustaría. Ya lo decían los Beatles, en una de sus canciones emblemáticas, Help, también título de una película. De cada cual depende cuál sea el resultado cuando se recibe La llamada.

En nuestro teatro, como somos tan humanos como en cualquier otro lugar, las llamadas de socorro y las reacciones ante ello son habituales, aunque por la naturaleza de las materias de que tratamos y la urgencia en resolverlas quizás lo sea todavía más que en otros ámbitos.

En otros estrenos hemos hablado de llamadas de socorro ante todo tipo de necesidades humanas y tecnológicas, de la desesperación por la falta de medios o de la impotencia cuando una no puede hacer todo lo que quisiera. Suma y sigue. Pero hoy quería referirme a algo distinto, a la ayuda entre compañeros y compañeras, en el más amplio sentido de la palabra. Por eso quería ir más allá del colegueo y del compañerismo.

Siempre se ha dicho que lo que diferencia la carrera fiscal de la judicial es el individualismo del juez o jueza frente al sentimiento del grupo del fiscal, la soledad frente a la compañía. Y ya se sabe que, aunque la compañía siempre es de valorar, hay un refrán que dice que más vale solo que mal acompañado. Por eso, lo que hay que hacer es que la compañía sea la buena, no esa de la que habla el refranero.

La idea de este post me vino a la cabeza ayer mismo, cuando, ante una llamada de desesperación de alguien muy cercano, tuve la solución a un solo clic de teléfono, por más que yo del tema no tenía ni idea. Porque si hay algo que hemos experimentado cualquiera de las personas que transitamos por Toguilandia es que quienes son ajenos a nuestro mundo creen que el título de Derecho nos habilita para arreglarlo todo, todo, todo, como el papá de la niña del anuncio. Y que tan pronto damos solución a una herencia, a un asesinato, a una multa o a un tema de impuestos. Debe ser porque no saben lo que dice siempre mi madre. Aprendiz de todo y oficial de nada. O que quien mucho abarca poco aprieta, que viene a ser lo mismo.

El caso es que soy una suertuda. No sé si lo mereceré o no, pero lo que me pasó ayer no fue la única vez que me ocurre. Cada vez que me veo perdida en el maremágnum de leyes y jurisprudencia y toco un tema con el que no estoy familiarizada, encuentro un alma caritativa que me echa una mano jurídica para salir del atolladero. Por supuesto, y siempre trato de hacer otro tanto, pero en honor a la verdad diré que nunca lo hago pensando en que el día de mañana pueda necesitar a la persona a la que me dirijo sino más bien por un ejercicio de empatía. Y tal vez es el karma quine me devuelve la jugada.

Podría echar mano de un latinajo y decir que se tata de un quid pro quo, pero no me gusta demasiado. Prefiero pensar que mis amigos y amigas toguitaconados son generosos y no que esperan nada a cambio. Porque si es así van aviados ante esta jurista de sangre, sexo y vísceras, como siempre digo.

Hay, sin embargo, compañeros y compañeras de los que llevan puñetas que se niegan en redondo a contestar a nadie que les pida consejo alegando que la ley nos prohíbe asesorar. Y, aunque eso sea cierto, no lo es menos que hay una gran diferencia entre asesorar y aconsejar. Por supuesto que no podemos hacer por ley ningún asesoramiento jurídico, pero decirle a alguien dónde debe ir o que haríamos en su lugar dista mucho de asesorar, al menos a mi juicio. Tiene más bien que ver con la amabilidad, si se trata de alguien de fuera, o con el compañerismo en sentido amplio, si se trata de alguien de dentro. O con la amistad, que es como el comodín del público pero con corazones.

Por eso hoy quería hacer ese pequeño homenaje a todas las personas que están ahí cuando las necesitas, códigos en ristre, para sacarte del entuerto. Y a quienes tienen la humildad de reconocer que no lo saben todo, que también tiene mérito. Para ellos y ellas es el aplauso de hoy. Que nunca me falta un teléfono del que echar mano y, sobre todo, una voz al otro lado que me atienda.

Berlanga : homenaje


Este año se celebra el centenario de un director irrepetible. Y valenciano además como yo misma. Su sentido del humor y su personalidad quedarán en los anales de la historia. Y, cómo no rendirle homenaje desde nuestro teatro a alguien que dirigió títulos tan relacionados con Toguilandia como Todos a la cárcel o El verdugo

Así que ahí va el mío, en forma de relato, jugando con esa expresión tan suya: Austrohúngaro

Mi abuelo el delincuente

  • Pero, abuelo ¿estás seguro?
  • En mi vida he estado más seguro de algo
  • Cuando se entere mi madre, nos mata a los dos. Lo sabes, ¿verdad?
  • Y tanto que lo sé. Es la segunda cosa de la que estoy más seguro en el mundo. O la primera, no lo sé ya

          Mi abuelo me cogió de la mano y me hizo salir de casa a toda prisa. Miró a un lado y a otro, como si se tratara del protagonista de una película de espías de serie B. Se había puesto lo que él consideraba sus mejores galas y confieso que si no fuera él, me hubiera muerto de vergüenza de andar a su lado en la calle. Pero si alguien tenía bula para hacer todo lo que le diera la gana era mi abuelo. Se lo había ganado a pulso en sus ochenta y cinco años de vida.

            Me costó mucho convencerle para que no cogiera el coche, pero ya teníamos suficiente con la locura que íbamos a hacer para sumar una detención más que segura por conducción imprudente y por no tener en vigor el carnet de conducir. Por no hablar de su coche, un Seat 600 empeñado en resistir el paso del tiempo sin que ningún operario de la ITV le echara el ojo. No hubo manera de convencerle para que lo llevara a la revisión, ni siquiera antes de que la doctora que tenía que dar el visto bueno a la renovación de su carnet le echara a cajas destempladas de la consulta porque no se quiso poner las gafas de vista

  • Pero señorita, ¿cómo me pide que me ponga estas gafas, si estoy más feo que un pie?

        Todavía me río cuando lo recuerdo, y estoy segura de que aquella médica tampoco lo ha olvidado. Y menos mal que pude quitarle de la cabeza la idea de presentar una queja contra ella al Colegio de médicos, porque él estaba convencido de que tenía toda la razón.

  • Al fin y al cabo, yo ya sé lo que son los juzgados. Yo estuve en la cárcel.

         Por supuesto, no hice caso a aquello, que tomé como una más de sus bravatas, y lo dejé pasar. Como hacía muchas veces.

         Cuando llegamos a la puerta del Instituto Luis Vives, nuestro destino, la cola daba la vuelta al edificio. Yo ya me esperaba algo así, igual que me esperaba que aquella locura no sirviera de nada, pero él estaba tan convencido que pensé que por probar no pasaba nada. El no ya lo tenía.

            La cosa no empezaba demasiado bien. Sin soltar mi mano en ningún momento, que tenía cogida con más fuerza de la que se presuponía en un hombre de aquella edad, me llevó a rastras hasta el principio de la cola, saltándose las más elementales normas de civismo

  • Oiga -se atrevió a decirle un adolescente con una expresión a medio camino entre el asombro y el enfado- Ha de ponerse en la cola. Al final de la manzana
  • ¿Qué dices, criatura? ¿Cómo vas a permitir que un venerable anciano como yo vaya al final de la cola? Y como tengo la próstata…
  • Pero hay que hacer cola, oiga -insistía, ya sin mucha convicción- Yo llevo más de dos horas aquí. Ha de ir al final
  • Pues no pienso hacerlo -gritó, sin moverse un milímetro- Austrohúngaro, que eres un austrohúngaro

La cara del adolescente era un poema. Pero ya no osó replicar. Ni él ni nadie más, que nos miraban como si estuvieran asistiendo a una grabación de alguna cámara oculta.

Sin nuevos incidentes, y sin que yo fuera capaz de levantar la mirada del suelo, llegamos a la ventanilla. Saqué mis papeles de la mochila, y los dejé encima de la mesa, mientras no dejaba de cruzar los dedos de las manos y hasta de los pies. Me iba la vida en ello. Mi abuelo tomó la palabra con su mejor voz de trueno

  • Aquí tiene toda la documentación para matricular a mi nieta en el Bachiller artístico ese que hacen aquí, Está todo en orden, que ya me he encargado yo, pero si quiere le digo que le cante y le baile para que vean su talento
  • Abuelo -protesté abochornada- ¿Qué dices?
  • Pues qué voy a decir, la verdad. Que eres una artista y tienen que matricularte. Acabáramos
  • Perdone, señor, pero esto no funciona así, Déjeme la documentación y si es todo correcto ya verá en el tablón si su nieta está en la lista de admitidos

      Por un instante, se quedó callado, Su silencio se podía cortar un cuchillo hasta que la voz de aquella mujer de la ventanilla lo rompió de un tajo certero

  • Su nieta es menor de edad. Y no veo la firma de sus padres o tutores por ningún sitio
  • ¿Y para qué cree que he venido yo, ¿eh? Pues como persona responsable. ¿O insinúa que no soy una persona responsable?

       A aquella pobre mujer le iba a dar algo. Hacía un gesto en la cara que no hubiera sabido si contenía las lágrimas o las carcajadas. Pero no podía más. Le dio por imposible

  • Mire, voy a quedarme los papeles, pero no tienen validez sin la firma de los padres. Se lo digo para que se vayan haciendo a la idea de que la niña no saldrá en las listas.

        Ya me imaginaba que ese sería el final de nuestra ocurrencia. Pero tenía que intentarlo. Por mí, y también por él, mi mejor cómplice y compinche.

        Mi ilusión era cursar el Bachiller artístico escénico en el Luis Vives, uno de los poquísimos institutos que impartían esa especialidad en la provincia de Valencia. Mis padres, en cambio, querían que me quedara en el colegio donde estaba, estudiando un aburridísimo bachillerato de Humanidades, ya que hacía tiempo que quedó claro que las ciencias no eran lo mío. Ellos anhelaban para mí un futuro en el que terminara siendo funcionaria del Ayuntamiento, como mi madre, con un horario de 8 a 2 y un sueldo fijo cada mes. Yo, sin embargo, soñaba con un edificio que estaba apenas a unos metros físicos, pero a un mundo de distancia, el Rialto, donde me encantaría estrenar algún día una de mis obras. En el abismo que se abrió entre mis padres y yo cuando cada cual mostró sus cartas, se colocó mi abuelo, dispuesto a sacarme las castañas de fuego como fuera. Pero, conociéndole, lo más probable es que salieran chamuscadas.

         Me olvidé del tema y comencé a resignarme a que mi futuro no sería el que yo había soñado. Mi abuelo me insistía en que hay que luchar por lo que se quiere, hasta las últimas consecuencias

  • ¿Nunca te he contado que estuve en la cárcel?

          Lo había intentado, sí, pero yo había podido esquivar la batallita. Pero temía que ahora no hubiera escapatoria

  • Me metieron tres meses en la cárcel, aquí, en Valencia. Solo por decir la verdad
  • ¿Por decir la verdad?
  • Claro. Publiqué en un periódico una carta al director metiéndome con un ministro de Franco
  • ¿Le insultabas?
  • Solo le dije “austrohúngaro”. Es una palabra que empleaba mucho un amigo de mi padre, ese director de cine valenciano tan famoso… Esta memoria no me deja recordar su nombre.

       Apenas un mes más tarde, un día mi abuelo no se despertó. Apareció muerto en su cama, haciendo de su fallecimiento el único acto discreto de su vida.

       Ese mismo día, recogí dos cartas a su nombre de nuestro buzón. Cuando abrí la primera, me quedé estupefacta: el Instituto Luis Vives había admitido la documentación presentada y me citaba para matricularme.

       La otra no fue menos sorprendente. Citaban a mi abuelo para juicio por los insultos proferidos a un adolescente menor de edad en la cola del Luis Vives. Recordé lo que le había gritado y me reí. Austrohúngaro. Genio y figura.

Disfrutar: sin mis tacones ni mi toga


              No todo es trabajar. O, mejor dicho, no todo es trabajar en aquello que supone un medio de vida. Ya en su día la protagonista de Flashdance dejaba las herramientas de soldar para disfrutar bailando, y otro tanto hacían los del Fiebre del sábado noche. Y no vamos a ser menos.

En nuestro teatro, cada cual es de su padre y su madre, pero vivimos más mundos que el de Toguilandia. En su día, ya conté mi tránsito del tutú a la toga y hoy me apetecía contar el trayecto inverso. El de la toga al tutú.

Desde hace tiempo, mi vida ha añadido un nuevo componente a los juzgados y los libros. He vuelto a la danza, a esa práctica que tantos ratos felices me ha regalado y tantos me sigue dando día a día. Podría guardármelo para mí, pero creo que pecaría de egoísta. Algo que me hace tan feliz merecía ser compartido para dejar a un lado, por un día, quejas y reivindicaciones, que nunca viene mal.

Hace tiempo compartí un pequeño vídeo donde evolucionaba con mis zapatillas de punta, rescatadas -metafóricamente, porque son nuevas- del cajón del olvido. Mis pies tenían memoria y en cuanto me calcé las zapatillas, las amé con esa mezcla de disfrute y dolor que es el ballet. Como dije entonces, ni soy una prima ballerina ni mi cuerpo es el de una modelo veinteañera. Ni falta que me hace. Y creo que es bueno saber que ni el ballet ni el deporte, ni nada de lo que nos guste acaba a los veinte, ni a los treinta. Porque la danza no tiene edad, aunque lo tenga el cuerpo que lo practique.

No hace mucho me presenté a un concurso, junto con mi compañera, que también habita Toguilandia cuando no baila. Doblábamos, y hasta triplicábamos, la media de edad. Pero me atrevo decir que también triplicamos la ilusión. Y así lo supo ver la gente en cuanto se abrió el telón. Nos llevamos la mayor ovación, además de un premio, que siempre se agradece. Y todavía me recorre un escalofrío cuando recuerdo la sensación, tanto tiempo olvidada, de encontrarme en un escenario frete a unas butacas llenas de público.

Estoy segura de que habrá quien piense que algo así es improcedente a mi edad. Incluso tuve mis dudas sobre si compartir alguna imagen. Pero la reacción de mucha gente al ver esas fotografías y vídeos me ha hecho reflexionar, y mucho. No han sido una ni dos las personas que me han alabado por lo que escribo, por mi trabajo, pero, sobre todo, por dar esa cara humana al compartir mis evoluciones en clase. Soy, además, doblemente afortunada porque es mi hija, a quien yo inculqué el amor a la danza, la que hoy es mi profesora, convertida en la profesional que yo nunca llegué a ser.

Siempre he disfrutado con cualquier tipo de baile, desde el académico hasta el que se baila en verbenas y discotecas. Aunque lo que más disfruto es el ballet, también practico danza contemporánea y, últimamente, folklore valenciano. Y cualquier día me arrancaré por el claqué, el flamenco o la salsa, que no se diga.

A mí el ballet me aportó disciplina, gusto por la música, cultura, y una espalda a prueba de oposiciones gracias a una educación postural que nunca he perdido. Creo que tampoco he perdido a las mariposas que más de una vez y sin poder evitarlo, conducen a mis manos mientras hablo.

Por supuesto, no voy a invitar a todo el mundo a practicar ballet. Pero sí a encontrar tiempo para hacer aquello que tanto nos gustaba y dejamos aparcado. O aquello que nunca llegamos a hacer por falta de tiempo o de oportunidades. Aprender corte y confección, tocar la guitarra o el trombón de varas, tejer con bolillos, actuar en el teatro o practicar cualquier deporte. Querer es poder. No seremos la Pavlova, ni Messi, ni Margarita Xirgu, pero seguro que somos más felices. Y esa felicidad se transmite a nuestro trabajo y a nuestra vida diaria. Estoy segura de que hacer las cosas que nos hacen disfrutar nos convierte en mejores profesionales. Es más, creo que el justiciable lo notaría, y lo haría para bien.

Y sí, ya sé que el tiempo es oro y que no siempre se encuentra. Pero busquémoslo. Seguro que no nos arrepentimos. Y si no nos gusta, siempre estamos a tiempo de cambiar de palo. Ya dice el refranero, tan sabio, que nunca es tarde si la dicha es buena. Y no seré yo quien lo contradiga.

Así que hoy daré mi aplauso al ballet. Y a la guitarra, la flauta travesera, en encaje de bolillos, el buceo o el hockey sobre patines. A cualquier cosa que nos haga felices. Porque pocas cosas hay más bonitas que compartir felicidad. Aunque suene cursi

Colores: para gustos.


         Según un conocido dicho popular, para gustos, los colores. Y aunque algo hay de eso, no es oro todo lo que reluce. Los colores no solo dependen de los gustos sino del valor que les asignemos o la idea con la que lo relacionamos, como tan bien nos mostraba la película Del revés, donde la alegría, la ira o la tristeza tenían un color preasignado. Y es que los Colores no siempre son lo inocentes que parecen, sino que pueden dar mucha más información de lo que creemos. Pensemos, si no, en el abrigo rojo de la niña de la Lista de Schindler o por qué The Artist se rodó en blanco y negro.

En nuestro teatro, también el color puede tener más influencia de lo que en principio parece. En la Ciudad de Justicia de Valencia, sin ir más lejos, se dividieron las zonas por colores. El rojo para la jurisdicción penal, el azul para los juzgados civiles y el amarillo para los temas laborales. Recuerdo que en Twitter comentaba un abogado que se ponía la corbata a juego con la zona y, por ende, con la jurisdicción. Y es que, como decía, para gustos, los colores.

¿Por qué se eligieron estos tonos y no otros? ¿Responde a alguna razón concreta, o al mero azar? La verdad es que lo ignoro, aunque una siempre tiende a pensar que el rojo, que inmediatamente conduce a evocar sangre y pasión, se pensó que era el color adecuado para esos asuntos que yo llamo de sangre, sexo y vísceras y que a mí personalmente tanto me gustan. Lo del azul y el amarillo, ya no sabría decir, aunque seguro que quien lo diseñó algo tendría en la cabeza para llegar a esa conclusión.

De todos modos, nada es inmutable y no son colores todo lo que reluce. De un lado, porque las necesidades de espacio han hecho que los Juzgados de lo mercantil tengan que quedarse en esa zona rojo pasión que tan poco parece corresponderles y que los de lo contencioso compartan color con sus colegas sociales y civiles. De otro, porque en Toguilandia somos como somos, y no nos vamos a poner un marchamo de alegría así nos maten. Así que, que se olvide quien estuviera imaginando un edificio lleno de colores, porque estos solo los verá en los directorios, y en el número indicador de la planta correspondiente, junto a los flamantes ascensores de cristal. El resto es tan gris y aburrido como es tantas veces la Justicia.

Aunque los colores no solo afectan a los edificios. También existe un código no escrito en las pegatinas con las que nos advierten algunas cosas inaplazables de determinados expedientes, a las que ya dedicamos un estreno. Las causas con preso, o las urgentes por otros motivos tienen que ser necesariamente rojas, como la alerta de los semáforos. Los posits, que también tuvieron su estreno y que siguen siendo imprescindibles, siguen siendo amarillos en su mayor parte, no sé si por casualidad o por asociación al ámbar de precaución de los mismos semáforos. Y el verde, que suele identificarse con paso libre, no se utiliza apenas, que cada cual saque sus propias conclusiones. Tal vez por eso sobran siempre tantos bolis bic verdes en las cajas de material.

Las carpetillas de fiscalía también se impregnan de alguna manera de ese código de colores, y aunque mayoritariamente son de un neutro blanco o amarillo, creo que es por razones prácticas: no hace tanto escribíamos los extractos sobre ellas, a mano, y leer sobre una superficie de color hace doblemente difícil el trabajo de interpretación del manuscrito que a veces, ni con piedra Rosetta se desentrañaba del todo. No obstante, en algunas cosas se notan los cambios. En mi fiscalía, por ejemplo, las carpetillas para los juzgados de violencia son rosas para los asuntos civiles y moradas para los penales, con las connotaciones que ambos colores tienen. Y las carpetillas civiles son azules, a juego con los paneles indicadores de esa jurisdicción.

Lo que nunca he acertado a adivinar es con que criterio deciden en cada juzgado el color de las cartulinas de sus expedientes. Generalmente, hay un color por tipo de procedimiento, según esté en Diligencias Previas, o ya se haya transformado a Juicio por Delito Leve, procedimiento Abreviado o sumario ordinario, cada cual con su color propio. Eso, que facilita la faena cuando se despacha siempre el mismo juzgado, puede llegar a volvernos tarumba como haya un cambio o una equivocación al poner la carátula. Y puede parecer una tontería pero es así. De hecho yo, que no es que sea la persona más ordenada del mundo, me ordeno los asuntos por colores. Que nada tienen que ver en este caso con los gustos, por más que lo diga el dicho.

Hay otros casos en que los colores los aportamos desde fuera del material de Toguilandia. Se nos ponen las mejillas – la cara entera- rojas cuando pasamos vergüenza o alguna situación abochornante, sea a una u otra parte de estrados. O nos ponemos también rojo de ira cuando los planetas se alinean para que todo nos salga mal. Y palidecemos, pasando del blanco folio al azul, cuando nos encontramos con una situación inesperada ante la que no sabemos qué hacer. O cuando estamos tristes, como el gato de la canción de Roberto Carlos.

A estos códigos de colores hemos de sumar los que por convención tienen algunas materias o ámbitos, como el arco iris del colectivo lgtbi o el violeta de la lucha contra la violencia de género. Temas ambos que han sido objeto de varias de nuestras funciones.

En definitiva, que la elección de colores no siempre es tan inocente ni depende tanto de los gustos como se cree. Pero, en cualquier caso, el aplauso hoy se lo daré a quienes los usan para borrar en la medida de lo posible de nuestras vidas ese gris que a veces pesa tanto en el ánimo. Gracias