Medidas cautelares III: fianza y confianza


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No hay dos sin tres. O eso, al menos, reza el dicho popular, que también apostilla lo de que a la tercera va la vencida. Y no sé si seremos Vencedores o vencidos, pero aquí está la tercera entrega de esas medidas cautelares con que apuntalamos nuestros procesos. Los pilares de la tierra o, más bien, los de ese mundo llamado Justicia.

Ya hablamos de la prisión, y de su antagonista, la libertad, como la más gravosa de ellas. Ya en aquel estreno asomaba la cabeza nuestra estrella de hoy, la fianza, que no quería quedarse sin su minuto de gloria. Y aquí lo tiene, que no se diga. Que, como ya dijimos, Poderoso caballero es don dinero  y no podría dejar de serlo en nuestro teatro. Coge el dinero y corre. O no.

Aunque las entrañas de nuestro escenario no andan sobradas de inversiones, que no hay más que ver qué medios materiales  y qué sedes  nos gastamos, ello no significa que no veamos pasar, ante nuestras propias narices, cantidades ingentes de dinero, o la expectativa de tenerlos. Y eso, evidentemente, hay que asegurarlo antes de que desaparezca.

El término fianza es bien conocido del público en general. Cualquiera que haya alquilado un piso se habrá encontrado con esa obligación de entregar un dinerillo a cuenta, al igual que ocurre al reservar una viaje o hacer cualquier otro encargo. Pero en Derecho las cosas nunca son tan sencillas, aunque en más de una ocasión debieran serlo. Por eso la fianza no siempre es lo que parece, y por eso mismo da lugar a más de una confusión, sobre todo, cuando de medidas cautelares hablamos.

La fianza es, por un lado, un contrato regulado en el Código Civil. Este sentido de fianza es el que más se parece a lo que nos piden al alquilar un piso. También es semejante a eso que piden muchos hijos a sus padres cuando se compran una vivienda y les exigen una avalista, y que tantos quebraderos de cabeza ha causado a más de uno cuando explotó la burbuja inmobiliaria. Pero esas fianzas, aunque comparten la función de asegurar el cumplimiento de una obligación, no son medidas cautelares del proceso, que es de lo que trata esta saga.

Para el público en general, la fianza es eso que uno paga para no entrar en la cárcel. Y sí, es cierto, aunque con matices. En nuestro país no ocurre eso de que el papá va a recoger a su hijito al calabozo, donde ha ido a caer tras haberla liado parda una noche de juerga, y previo pago, se lleva a su rorro de una oreja. Aquí la fianza para eludir la prisión la decreta un juez, tras la comparecencia al efecto con la intervención necesaria del Ministerio Fiscal, y puede acordarse tanto decretando la prisión, que puede tornarse en libertad si se deposita la cantidad fijada, como al revés, que se decida la libertad que se tornará prisión si en determinado plazo no se hace el ingreso oportuno. Nunca dejaré de sorprenderme de lo rápido y milagrosamente que la gente que se decía insolvente encuentra cantidades imposibles de dinero en cuanto la amenaza de los barrotes se cierne sobre sus cabezas. Y la cara de boba que se le queda a una en muchos casos. Recuerdo una vez, en los primeros días de mi vida toguitaconada, que, tras pedir una fianza de varios millones de pesetas –sí, pesetas- a un muchachito acusado de tráfico de drogas, ví cómo su madre sacaba allí mismo del bolsillo de su mandil un fajo de billetes que incluso superaba la cantidad. ¡Y hasta nos ofrecía una propina! Una cantidad, que, por cierto, yo no gano ni en varios años aunque haga guardias remuneradas todos los días de mi vida.

Pero aparte de esta modalidad de fianza como medida cautelar, también hay otra, que muchas veces se confunde. Se trata de la fianza para asegurar la responsabilidad civil en un proceso penal, y se fija, si procede, en el propio auto que pone en marcha la última parte del proceso, pero sin ninguna referencia a prisión. Si no se pagara, la consecuencia nunca seria la cárcel, sino el embargo de los bienes que se encuentren. Pero, como estamos en un procedimiento penal, no siempre se tiene tan claro y alguna vez he leído lo contrario en algún medio, o lo he oído de algún tertuliano inspirado. Y nada de eso. No se pueden mezclar churras y merinas. Como tampoco se debe confundir con la multa, que no es otra cosa que una pena impuesta en sentencia, y cuyo incumplimiento sí puede dar lugar, como responsabilidad personal subsidiaria, a la prisión.

Pero, aunque sea la reina, no es la única medida cautelar de carácter económico. A su ladito, tenemos el embargo, que, tanto en el proceso civil como en el penal, tratan de asegurar el resultado del proceso poniendo un cepo imaginario en los bienes del investigado o el demandado. Para evitar que no sucumba a la tentación de, en un súbito ataque de generosidad y amor paterno filial, regalar todo su patrimonio a sus descendientes para que nadie pueda hacerse con él. Y no es que yo dude del amor paterno filiar y de los súbitos arrebatos, pero hay algunos que dan que pensar.

También a la verita de aquellos, tenemos cosas como el comiso y el secuestro de bienes. Que dan lugar al depósito, en los archivos, de las cosas más pintorescas. Porque aparte de decomisar bienes como vehículos u ordenadores, a los que se les puede dar un uso directo o indirecto, en el concepto de “instrumento del delito” pueden entrar cachivaches de lo más variado. O cosas que en su día servían y hoy no aprovechan si no es para un museo. La de radio cassettes de coche, equipos de música o electrodomésticos que harían las delicias de “yo fui a EGB” o cualquier programa de refritos remember. Habrá todavía en esos archivos. Ay, si encontrara mi comediscos…

Aunque, por supuesto, y para que nadie se lleve a engaño ni tenga malas tentaciones, cuando se trata de cosas de ilícito comercio, como las drogas o las armas prohibidas, se destruyen. Faltaría más.

Así que hoy, nuevamente, el aplauso para la ponderación de quienes solicitan y decretan todas estas medidas. Que nunca es fácil acertar pero sí lo es equivocarse.

 

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Corrector: del tippex al predictivo


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Cometer errores es algo de lo más común. Las palabras se las lleva el viento pero, en cuanto toman forma en el papel, perpetúan eso de “quien tiene boca se equivoca” y ya no hay viento que se lo lleve. En el teatro, existía en su día la figura del apuntador que, desde su concha, iba anticipando los diálogos por si los intérpretes tenían fallos de memoria. De ahí viene el dicho de que “muere hasta el apuntador” para referirse a un final dramático, que lleva a clave de humor la última escena de La venganza de Don Mendo. El cine y la televisión, con la posibilidad de repetir escenas, ya no usan de esto, aunque han hecho de las tomas falsas  casi un género propio.

En nuestro teatro también se cometen errores, cómo no, y se tratan de corregir de la mejor manera. Y, como nuestro instrumento es el papel, que de cero poco tiene, ahí es donde se tiene que corregir. Y se hace, claro. Pero a veces quedan gazapos,  la prueba del delito, o del error, en este caso.

Cuando empezaba a escribir mis primeras letras toguitaconadas, era El imperio del tippex. Cuando en otros ámbitos ya empezaban a ser comunes los ordenadores, nosotros, como siempre, con años de retraso, escribíamos con bolígrafo –bic de punta fina, por caridad- que, en unos casos pasaban a máquina los funcionarios correspondientes, y en otros así quedaban. No hace tanto tiempo que los informes del Ministerio Fiscal se hacían a la vuelta del papel donde se nos daba traslado y a mano. Recuerdo que en mi primer destino, mi fiscal jefe elogiaba mi letra y la de otra compañera como una virtud extra, y hasta así lo hizo constar en un informe que le requirieron por un rifirrafe con una juez un tanto pejiguera que se negaba a recibir nuestros informes porque, según decía, eran ilegibles. Aunque solo dijeran “Visto”, por cierto. Menos mal que el cuño, que todavía es una parte imprescindible de nuestros instrumentos de trabajo, le facilitaba esa faena.

Así que cuando una se equivocaba, sobre todo en aquellos informes a mano, no quedaba otra que echar mano del consabido tippex, ese liquidito blanco que tan útil resultaba. Porque igual sirve para corregir un escrito, como para parar una carrera inoportuna en las medias,  o hasta para rotular una silla o una grapadora, que si no, vuelan. Aunque algunas veces se derramaban y acababan en un desastre de escrito de mucho cuidado. Cutre, cutre, la verdad. Y ojo, que como yo todavía conocí la época de las Olivetti, también era muy práctico en los escritos a máquina, porque lo de corrector automático tampoco se conocía. Todavía  recuerdo aquella vetusta fórmula, que nos hacían poner tras un tachón o una apaño con tippex: “lo enmendado vale”, fecha y firma. Para que no quepan dudas

Ahora, salvo algunas excepciones –conozco algún juez que todavía dicta sus resoluciones- escribimos al teclado del ordenador. Y, sea por nuestra impericia, o por los caprichos de las ondas, si nos descuidamos salen cosas capaces de sonrojar a cualquiera. Para muestra un botón. Es bien conocido que la Ley Orgánica del Poder Judicial se publicó en el BOE, en el año 1985, con una errata antológica: la de sustituir la “P” por la “J” dando como resultado una palabra muy proclive al chiste fácil y hasta subidito de tono..

Y, si les pasa a los señores que hacen el BOE, cómo no nos va a pasar a cualquier toguitaconada de a pie. Porque, además, el corrector automático parece estar poseído en ocasiones por un duende maligno que ríanse ustedes de las maldades que Gargamel hacía a Los Pitufos.

Uno de los gazapos más habituales, y que se desliza cada dos por tres, es el relativo a las notificaciones que, por más que nos empeñemos en decir que son telemáticas, el predictivo sustituye automáticamente por “telepáticas”. Y la verdad es que tal vez sea menos error de lo que parece porque, habida cuenta de las dificultades para conseguir que lleguen, sería más que deseable que la telepatía entrara de verdad en juego. O no, porque si alguien leyera la mente de quien se encuentra delante de ese circulito que no para de dar vueltas sin quererse conectar, se llevaría un buen susto. Sapos, culebras y todos los improperios imaginables. Y con razón.

Pero hay muchas palabras que desaparecen de nuestro escrito y son mágicamente sustituidas por otras que nada tienen que ver o que cambian el sentido. Hoy, sin ir más lejos, el corrector del sistema Fortuny, el que usamos los fiscales, decidió ponerse creativo y sustituyó mi aburrida referencia a “delito”, por Eliot, mucho más entretenido, dónde va a parar. No sé si es tan listo que sabe de mi querencia al ballet y quería recordarme a Billy Elliot, si me quería convertir en una de Los Intocables de Elliot Ness, o, lo más probable, que me mandara a mi casa como repetía ET a su amiguito Elliot.

Y otra de las cosas traicioneras, son las Ñ, según el teclado y el ordenador que usemos. Pero convertir año en ano, o cono en coño, sobre todo cuando se conjugan verbos como “entrar” o “penetrar” es algo tan frecuente como peligroso.

¿Y qué decir de la compañera que, por mor de la gracia de un corrector avispado, convirtió a la Compañía de Seguros Aurora – empleado en su abreviatura Cía- en la Tía Aurora que, citada como testigo, dio serios quebraderos de cabeza al funcionario de auxilio judicial que debía dar con ella, y hasta a la policía a la que se tuvo que acudir para localizarla.

Y es que una sola letra puede cambiar muchas cosas. En una ocasión, fui a un juicio con un escrito de calificación en el que el acusado le daba patatas a la víctima. El famoso delito de pataticidio, vaya. Obviamente, modifiqué alegando eso de que “el error de transcripción solo dará lugar a su corrección”, pero lo cambié por “puntapiés” para evitar equívocos. Y hace nada, en una red social, alguien se lamentaba por cambiar un “camino” por un “comino”, con los matices de importancia que hay entre uno y otro. Debe ser que los correctores también se ponen en modo Carpanta y ven comida por todas partes. Salvo, claro está, que se trate de términos tan ambivalentes como “chorizo”, pero esa es otra cuestión.

Así que ahí queda mi aplauso. Para esos correctores que, con sus caprichos, nos sacan una sonrisa en el momento más insospechado. Y, por supuesto, a quienes se ven en la obligación de rectificarlo. Entre el Trágame tierra y el humor.

 

#DíaDeLosMuertos


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ZOZOBRA

 

El tiempo había pasado demasiado deprisa. De pronto, las horas se convirtieron en días, los días en semanas, las semanas en meses y ya estaba a punto de cumplirse un año. Acababa octubre, y yo todavía no me había atrevido a volver a entrar en su habitación.

La televisión me recordó el aniversario. Otra vez aquellas imágenes que me producían una sensación indescriptible. Como si las hubiera vivido, aunque nunca hubiera estado allí. Recordaba, como si fuera ahora, el año anterior, cuando él todavía vivía, cuando nada hacía presagiar que sería nuestra última conversación. Le pregunté, a él y a mi madre, por aquella festividad de México por el Día de los muertos, que tanto me atraía de un modo inexplicable. No era la primera vez que preguntaba por eso, y, como siempre, trataron de cambiar de tema. No insistí, pensando que no tenía la menor importancia. Pero, por alguna razón que se me escapa, las imágenes de esas calaveras pintadas de colores se me quedaron enganchadas en la mente y en el alma.

Pensé que ya tendríamos oportunidad de hablarlo. Sacaría el tema a colación cuando llegara nuestro Día de Todos los Santos, o el dichoso Halloween, como algunos preferían Seguro que vendría a cuento.

No pudo ser. El destino, escondido en una curva de la carretera mojada y mal asfaltada que conducía al cementerio del pueblo de mi abuela, le salió al paso y se lo llevó por delante. Y mi madre, que salvó el cuerpo pero perdió el alma en aquella misma curva, no volvió a ser la misma desde entonces.

A partir de aquel día, transitábamos como fantasmas por nuestra casa, sobreviviendo un día tras otro y demorando el momento de enfrentarnos con nuestros recuerdos. No volvimos a entrar en la habitación donde él tenía su guarida, esa leonera que había cuidado con mimo y donde había pasado tantas horas. Solo la empleada entraba a limpiarla de vez en cuando, seguida por nuestro perro, que gemía lastimero cada vez que se abría aquella puerta. Y, por alguna razón, se me antojaba que, aunque vivos, parecíamos mucho más muertos que las calaveras pintadas de aquella fiesta de muertos que me tenía obsesionada desde siempre.

Seguía pensando si decidirme de una vez a entrar en la habitación secreta cuando el propio destino me marcó el camino. Esta vez viajaba a lomos de nuestro perro que, tras haber derramado el agua de su bebedero, corrió a esconderse detrás de esa puerta, que debió dejar abierta la empleada que limpiaba una vez por semana. No me quedó otro remedio que entrar a buscarlo. Y ahí estaba, ladrando alegremente mientras esparcía un recién encontrado tesoro.

Le reprendí, y cogí su nuevo juguete, una caja de cartón forrada de papel de colores que nunca había visto antes. Se alejó con el rabo entre las patas, y ahí me quedé yo con su descubrimiento a mis pies y una sensación extraña atenazándome la garganta.

Abrí la caja. Lo que ví en su interior me dejó desconcertada. Una especie de muñeca, con cabeza de calavera pintada, y ataviada con un collar de flores. Se parecía mucho a las de aquellos reportajes que siempre llamaron mi atención. Probablemente había dado con la razón de esa fijación, pero no acertaba a unir las piezas del rompecabezas, porque en aquella caja no había nada más que la figurilla y una estampita descolorida de la Virgen de Guadalupe.

Me puse a revolver cajones y armarios, a escudriñar en aquel cuarto que no había vuelto a ver desde que la curva del camino al cementerio del pueblo de mi abuela partió mi vida en dos. Y, después de un buen rato, di con un sobre en el fondo de un cajón. Algo en mi fuero interno me dijo que ahí estaba la clave de todo.

Lo abrí, con las manos tan temblorosas que apenas acertaba a sacar el papel del interior. El corazón, que me palpitaba con fuerza, casi se me salió de la boca al descubrir qué era aquello. Una partida de nacimiento, con un nombre desconocido para mí. Una criatura nacida en México, el mismo año que yo, el mismo mes que yo, el mismo día que yo. Precisamente el 1 de noviembre.

Aun estaba a tiempo. Busqué en Internet y me hice con lo que necesitaba, echando mano de mis pocos ahorros.

Y ahora mismo estoy volando a México, llevando en mi maleta la figura con cabeza de calavera y collar de flores, y en mi corazón un mar de zozobra. Todavía no sé si celebraré con ella una vida u honraré una muerte.

 

 

 

Medidas cautelares (II) alejamiento y más


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De vez en cuando, sagas. El cine y la literatura son muy dados a sagas, trilogías y demás, desde StarTrek a Milenium, pasando por La Guerra de las Galaxias o El Padrino. Y en nuestro teatro iniciamos una para hablar de las medidas cautelares . Y claro, lo suyo es continuarla. Cruzando los dedos para que no sea cierto eso de que segundas partes nunca fueron buenas.

Como decía, nuestras medidas cautelares son tantas y tan variadas que no cabían en una sola función. Así que hoy, en la segunda entrega, nos dedicaremos a ver aquellas que se podrían englobar bajo el genérico título de privativas de derechos. Excluida, claro está, la que priva de uno de los más esenciales de nuestros derechos, la libertad, ya que la prisión y su antítesis fueron objeto del primero de los capítulos de esta saga.

Aparte de la prisión, puede que la otra de las medidas cautelares estrella en nuestro derecho sea la de prohibición de aproximación y comunicación. O sea, lo que popularmente se conoce como orden de alejamiento, y que ni siempre es orden –puede ser un mero auto sin orden de protección- ni siempre es solo de alejamiento –suele llevar aneja la prohibición de comunicación-. Aunque he oído llamarla de todo: orden de alojamiento, de no alejamiento y, mi preferida, auto de escarmiento.

Lo primero que hay que decir, para que quede claro sobre todo a quienes no frecuentan Toguilandia, es que este auto, o orden, lo dicta un juez. Ya sé que parece una afirmación de Perogrullo, pero no lo será tanto cuando me encuentro a más de un investigado diciéndome eso de que “ella me puso el alejamiento” o excusarse con lo de que “me dijo que había quitado el alejamiento” cuando han sido pillados con el carrito del helado, o sea, quebrantando una medida. Que solo la pone y la quita el juez es algo que tengo que explicar más veces de las que quisiera. A ver si así queda claro de una vez y no vuelvo a oír a ningún todólogo inspirado en una tertulia televisiva amenazando al tertuliano contrario con ponerle un alejamiento. Que juro que lo he visto yo con estos ojitos que se ha de tragar la tierra, y no exagero.

La hermanita pequeña del alejamiento, que suele acompañarla cogida de la mano como toda hermanita que se precie, es la prohibición de comunicación. Que es algo que, por claro que parezca, no lo está tanto. La de veces que tengo que repetir que eso implica no solo no ponerse al lado de la beneficiaria de la orden a decirle cualquier cosa, sino no llamarla por teléfono, ni pedirle amistad en redes sociales, ni enviarle cartas ni nada de nada. Incluído lo de mandarle mensajes por persona intermedia usada como emisario, que aquí no hay Miguel Strogoff que valga. Aunque en esto siempre me viene a la memoria una escena de Verano azul donde el pobre Tito, utilizado como correveidile, acaba oyéndose y transmitiendo lo de “y mierda para el recadero”.

Muy unida al alejamiento está la famosa pulsera. Ese dispositivo telemático que controla si el investigado se acerca a la víctima más allá del límite permitido. Una herramienta que puede ser útil en muchos casos pero no es la panacea. Porque, cuando no se tienen en cuenta las circunstancias, da más problemas que soluciones. En un caso que conozco bien, fue la Audiencia quien impuso esta medida en vía de recurso, como solución salomónica entre la pretensión del fiscal atendida por el juez, la prisión, y la de la defensa, la libertad. Y hete aquí que, una vez establecida, nos encontramos con quebrantamientos a gogo, que, además, se producían todos los días a la misma hora, para desesperación no solo del propio imputado sino de la víctima, que clamaba porque le quitáramos aquel chisme que no dejaba de pitar. El enigma se aclaró en seguida. El investigado en cuestión era un indigente que pernoctaba en la Casa de la Caridad. El hombre cargaba la batería del dispositivo por la noche, se iba por la mañana y no volvía hasta la hora de la cena y, como quiera que la batería duraba  ocho horas, todos los días, a la misma hora, perdía la señal hasta que el regresaba al albergue. Y así una vez y otra. Con 30 procedimientos por mes y, si no lo hubiéramos sabido a tiempo, 365 por año. Y con el efecto extra de que aquello sonaba tanto que, de pasar algo realmente peligroso, hubiera sido como Pedro y el lobo.

Aunque estas son las más frecuentes, hay otras prohibiciones que se pueden establecer como medidas cautelares, dentro o fuera de una orden de protección. La prohibición de entrar en determinado municipio –algo así como el destierro o el extrañamiento de antaño-, la de acudir a locales de determinadas características, o cualquier otra. Y, por supuesto, otras también conocidas como la retirada del pasaporte o la prohibición de abandonar el país, para aquellos que tienen la tentación de poner tierra de por medio.

Y, de vez en cuando, una tropieza con cosas curiosas. Recuerdo una vez, al principio de la eclosión de Internet y las redes sociales, en que un juez impuso la medida cautelar de no entrar a Internet. No sé si se cumpliría, ni cómo, porque pensar que alguien no pueda pillar una wi fi en cualquier sitio, usar su tarifa de datos o compartir la de alguien, o entrar en un ciber café es de locos. Pero más de locos es pensar que eso se pueda controlar. Lo pintoresco del caso es que pensó que incautándole el portátil al chaval –entonces los móviles andaban por la primera generación- había dado con la clave. Cosas que pasan.

Por último, no quiero olvidarme de algo tan peligroso como las armas. Que aunque aquí no estemos en Estados Unidos ni tengamos al mísmisimo Ben-hur capitaneando la asociación del rifle, también tiene su peligro. Es importante saber si el investigado tiene permiso de armas y obrar en consecuencia. Y también saber si es cazador, que los he visto con verdaderos arsenales en su casa. De hecho, un porcentaje importante de los juicios de jurado por homicidio o asesinato en los que he intervenido tenían por arma homicida una escopeta de caza. Y, claro, conviene poner la venda antes que la herida.

Así que hoy el aplauso será para quienes piden y dan medidas cautelares con sensatez y tino. Tratando de equilibrar los derechos del imputado y la protección de la víctima en una suerte de equilibrio bien difícil.

Miedo: fantasmas en el foro


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Llega Halloween. O mejor, el día de Todos los Santos. Un verdadero filón para el teatro y el cine, que le han exprimido el jugo hasta el tuétano. Y no es que sea un invento de ahora, que desde siempre nuestra más vetusta tradición ha sido representar Don Juan Tenorio. Pero claro, llegó Halloween desde Yanquilandia y nos absorbió. Quizás influya que parece más divertido eso de disfrazarse o pedir caramelos a la consigna de “truco o trato” -que confieso que todavía no pillo muy bien- que irse al cementerio a rezar a los muertos y limpiar las lápidas como hacía Penélope Cruz en la primera escena de Volver.

En nuestro teatro no necesitamos disfrazarnos para pasar miedo. Aunque no es lo más frecuente, por fortuna, algunas veces tenemos nuestra propia Noche de Miedo en pleno día. Y entonces, los fantasmas atacan a las togas y no hay Cazafantasmas que lo impidan

Varias veces me han preguntado si no paso miedo ejerciendo mi profesión. Suelo contestar que no y, en general, no falto a la verdad. Pero confieso que alguna vez sí que me he sentido asustada, atemorizada, angustiada, intimidada o, como diría mi madre, he notado que no me llegaba la camisa al cuerpo. Con razón o sin ella. Y después de la pequeña cuestación que hice hace tiempo entre algunos compañeros y compañeras, compruebo que no he sido la única. Y lo malo de esto es que, aunque algunas de estas situaciones son inevitables, otras se deben a la precariedad de medios o a la falta de seguridad con la que trabajamos. Y eso es intolerable.

  La primera vez que se me subió el miedo a la garganta fue hace mucho cuando no era sino una alevín de fiscal que ni siquiera había terminado el período de prácticas. Y ahí estaba, junto a mis compañeros, en el más que vetusto juzgado de guardia de entonces, viendo como la juez tomaba declaración a un detenido junto a mi tutor, un gran fiscal tristemente desaparecido y a quien todavía echo de menos. En un momento dado, el detenido en cuestión agarró una de esas sillas que pesaban un quintal –entre la madera y la carcoma que se las comía- y la arrojó hacia nosotros. El policía que lo custodiaba reaccionó de inmediato y le redujo, tirándolo al suelo. Y yo descubrí una parte oscura en mi interior, una yo vengativa que deseaba que le hiciera daño. Y aún a veces me he de pelear contra ese sentimiento, muy a mi pesar. Cosas de la condición humana, imagino. Guardadme el secreto.

Aquello fue poca cosa, la verdad, pero el susto no me lo quitaba nadie. Y esos sustos vienen a visitarnos con más frecuencia de lo que sería de desear. Un clásico es el de la salida del juzgado de guardia. Esas situaciones en que, tras haber pedido la prisión para algún angelito, tenemos a la familia entera esperándonos en la puerta. Si hay suerte, disimulamos como si ese fiscal hijo de su madre que ha metido al niño en la trena fuera otro u otra, esperamos agazapados en nuestro despacho con la esperanza que desaparezcan, o nos atrincheramos en cualquier esquina atentos al momento propicio para poner pies en polvorosa. Pero si la desdicha, o nuestro número de escalafón, no nos confiere el lujo de tener una plaza de aparcamiento en el edificio, tenemos que acabar optando por ponernos el mundo por montera y acceder hasta nuestro coche rezando porque no le hayan pinchado las ruedas o, lo que es peor, no nos pinchen a nosotros cualquier otra cosa. Eso sí, como no hay mal que por bien no venga, algunos han conseguido récords homologables en la huida, como una compañera que cuenta que el detenido en cuestión había logrado zafarse de sus custodios y había ido tras ella, que corría como alma que lleva el diablo.

Y es que algo tiene ese momento en que el fiscal pide la prisión, que da lugar a las reacciones más variadas. Cuando llega ese instante, he visto a mocetones bien bragados echarse a llorar como niños. También he presenciado un efecto curioso, el de esos detenidos que dicen no hablar ni papa de español –por lo que hemos tenido que esperar un buen rato la llegada del intérprete de urdu, o de swajili- y que, cual espíritu santo en forma de lengua de fuego, no necesitan traducción alguna para comprender cuál será su próximo domicilio. Y claro, ante tal perspectiva, algunos se nos revuelven. Un compañero cuenta que en plena comparecencia, el imputado le miró y se pasó el dedo por el cuello en un gesto que no dejaba resquicio alguno a la duda, y varios dan fe de las miradas clavadas en su cara que les han robado más de una noche de sueño. Los hay también que no se contentan con el lenguaje gestual, y no se cortan un ápice en decirle al fiscal, por ejemplo, que le buscarían en cuanto salieran a la calle o que quitarían a sus hijas de en medio, con el consiguiente espanto del amenazado. Incluso les amenazan en otro idioma, para abalanzarse a continuación sobre la fiscal, primero, y sobre la puerta, después. Y una compañera me cuenta, con justa indignación, cómo ante la peligrosidad de los detenidos los miembros de las fuerzas y cuerpos de seguridad iban bien tapados y cubiertos mientras que ella y la juez de guardia tenían sus rostros y toda su vulnerabilidad al descubierto.

Además, si hay algo que parece atraer especialmente a alguno de nuestros clientes, es el cuello de las fiscales. Así, me comentan que a una compañera trataban de estrangularle con las propias esposas que portaba el detenido, acción rápidamente abortada, por fortuna. A otra, un detenido por intento de homicidio y quebrantamiento de condena la agarró del cuello y no la soltaba hasta la oportuna intervención del abogado. Y otra más, fue intimidada con un destornillador en esa frágil parte que separa la cabeza del resto del cuerpo, y así la mantuvo hasta que el propio juez logró hacerle desistir. Y seguro que hay más.

Pero es que hay situaciones que claman al cielo, y no nos queda otra que dar la cara, a ver si nos la parten. Una de ellas son las famosas visitas a prisión. Los fiscales vamos a cumplir con nuestro deber de hacer la visita de rigor a presos preventivos. Pero a nadie se le escapa que, si están ahí, es precisamente porque algún fiscal así lo ha solicitado. Y esto  no les hace ninguna gracia, claro. No obstante lo cual, esas visitas se desarrollan con poca o ninguna vigilancia, expuestos a que cualquiera tenga un arrebato y la pague con nosotros.

Otro tanto sucede con personas con graves problemas mentales, algunos de ellos francamente agresivos, hasta el punto de haber agredido a sus padres, o a quien se le pusiera por delante. Han visto a Luzbel, o recogido las plumas del demonio debajo de un sofá, o necesitan un cargador para coger energía, o son visitados por extraterrestres que les abducen por el ombligo. Obviamente, su imputabilidad es más que dudosa. Pero el problema es qué hacemos con ellos. Y también, qué pueden hacer en un momento dado contra nosotros. O contra ellos mismos, que no es infrecuente que se autolesionen, y se den cabezazos contra la pared, el furgón o el mismo suelo.  Problema más social y médico que otra cosa, se nos aparece con frecuencia en las guardias, y para el que nadie da con una solución. Como tampoco se da, por cierto, en temas relacionados con la salud, que a veces nos dicen que estamos tratando con personas con enfermedades contagiosas cuando ya hemos acabado nuestra declaración sin otra protección que lavarnos furiosamente las manos y cruzar los dedos para que no nos pase nada.

Pero, si hay una fuente de conflictos y situaciones comprometidas, es todo aquello que se relaciona con los menores. Yo misma puede sentir el frío de una navaja en mi cuello en cuanto una detenida supo que a su hijo se le llevaba a un centro, mientras mi propia hija daba patadas desde mi barriga, gestante de siete meses. Y es que parece ser que la maternidad, o la paternidad, saca un punto agresivo a las personas, y algunos se toman al pie de la letra lo de “yo, por mi hija, maaato”. Y hay quien se ha encontrado a padres que, no contentos con insultar a la fiscal hasta el punto de ser expulsados de la sala, la esperaban en la puerta con intenciones nada recomendables. O con una inopinada invitación a una red social, con el loable propósito de no dejar tranquila a la compañera, que optó por hacer desaparecer su verdadero nombre la red. Y las cosas llegan a veces hasta el punto que, tras un enfrentamiento con una Fiscal, una madre ha llegado hasta a cogerle cariño a la compañera, y, después de cinco hijos, la considera su Fiscal de cabecera. Cuando no son los propios menores quienes toman la iniciativa, como una que lanzó una mesa sobre la Fiscal que trataba de hacer su trabajo.

Y, aunque las guardias son la principal fuente de problemas, en ocasiones los juicios también nos ponen en situaciones tremendas. No hace mucho leíamos en los periódicos cómo un Fiscal era golpeado por el acusado de asesinato tras oír el veredicto de culpabilidad del jurado. Y no es un caso único. Ha habido compañeros amenazados directamente en la vista, de palabra o de obra. Especialmente curioso uno que fue increpado por una venerable ancianita, que le alzó el puño y le advirtió al compañero lo mal que iban a acabar si se ponían así, hasta el punto que hubo de ser sacada por la fuerza, agarrada de manos y piernas; y debió decirlo en serio porque previamente había mordido a varios de los agentes que la custodiaban. Como curioso también el caso de una compañera que vio cómo el acusado, de clara estética “skinhead” se enfrentaba a ella cuando le preguntó si estaba con el otro acusado, de procedencia magrebí, indignado ante la posibilidad de compartir algo, aunque fuera la comisión de un delito, con él.

Y yo misma recuerdo como un preso especialmente peligroso, trasladado para la celebración de un juicio de faltas, sacaba de repente un pincho carcelario con el que se fue hacia juez, fiscal, secretario o todo lo que se moviera, hasta que lograron zafarse con un quiebro, y quedó el preso en cuestión con su pincho en la mano con la toga enganchada de él.

Y es que, inexplicablemente, a veces las armas pasan y entran a donde nunca debieron entrar. Pasó en ese caso –no había arco detector- y en otros, como el de una compañera que presenció estupefacta cómo en plena declaración el detenido le mostraba la navaja con la que atracaba para demostrarle que no era tan grande como decía el atestado. Y también en otros a los que ya me he referido.

Y esto es solo un botón de muestra de esas cosas que pasan, o pueden pasar, en nuestro quehacer diario. Ni somos héroes, ni queremos serlo. Sólo hacemos nuestro trabajo en las condiciones que tenemos. Y no habríamos de pasar por la mayoría de estas situaciones si los medios materiales y personales y las medidas de seguridad fueran las adecuadas. Si no hubiera sedes en pisos de vecinos sin seguridad alguna, si no tuviéramos que aparcar nuestros coches donde cualquiera pudiera verlo, o si no tuviéramos que salir del juzgado de guardia pasando a pecho descubierto delante de las familias de nuestra más selecta clientela, entre otras cosas. Para que fuera la excepción la que confirme la regla, y no lo contrario.

Así que hoy el aplauso de este estreno, más largo de lo que me gustaría -ojala no hubiera casos que contar- es para todas las personas valientes que esconden su miedo bajo la toga y siguen adelante. Porque, como dijo alguien, la valentía no consiste en no tener miedo, sino en tenerlo y conseguir vencerlo.

 

Personas especiales: ¿cómo actuamos?


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La vida nos pone en situaciones complicadas. Esas situaciones que, de más lejos o de más cerca, nos tocan el cerebro y el alma hasta dejárnosla enganchada en jirones. Encontrarte con una de esas personas especiales a las que me refiero es una de ellas. El derecho y las convenciones las llaman personas con discapacidad y, aunque es una denominación menos terrible que otras que se usaron y aún hay quien usa, como inválidos o minusválidos -¿quién narices tiene derecho a etiquetar la validez de las personas?-, todavía me parece demasiado fría. Por eso escogí la de personas especiales, con el beneplácito de alguien que vive esto cada día.

El cine nos ha regalado bonitos ejemplos de estas personas especiales, como Rain man, Forrest Gump, el hijo en Mater amantísima o los pacientes de Despertares. También nos ha aportado ejemplos de personas con deficiencias sensoriales llamándolos Hijos de un dios menor, un título que me parece toda una declaración de intenciones. Y, desde mi humilde escenario, pretendo hoy hacerles un pequeño homenaje invitando a quienes actuamos en él a reflexionar sobre ello. Espero dar con la tecla adecuada.

En nuestro teatro, hay muchos lugares por donde aparecen. Su espacio propio está, desde luego, en los llamados comúnmente Juzgados de Incapaces –a ver si aprendemos a ser un poco más finos con el lenguaje-, donde los hay, claro está, porque en la mayoría de partidos judiciales forman parte del batiburrillo del que conocen los juzgados de Primera Instancia. Y, por otro lado, en las Fiscalías de Personas con discapacidad, que viene funcionando desde hace mucho por más que el mandamás de turno pretenda vendernos que las crea ahora como una concesión graciosa. Y con determinadas cosas no se juega. Tramitar los papeles necesarios, inspeccionar las residencias y controlar que no se esquilme su patrimonio es parte de la encomiable labor de estos profesionales ante los que me quito el sombrero.

Pero hoy quería centrarme en otros aspectos. En lo que ocurre cuando transitan como ciudadanos por Toguilandia y lo fácil o lo difícil que se lo ponemos. Y también echar una mirada al caso de que esas personas especiales formen parte de la vida de los protagonistas de nuestro teatro.

Ya he hablado alguna vez de las dificultades con las que se encuentran las personas con movilidad reducida, sean profesionales o usuarios de la justicia. Salas donde no se ha previsto el acceso de una silla de ruedas hasta el punto de, como reflejó una noticia en su día, tener que celebrar el juicio en la calle, o salas multiusos  donde para acoplarnos tenemos que hacer verdaderos malabarismos. Recuerdo, en los inicios de mi carrera, cómo un conocido fiscal nos contaba que eligió como destino la Audiencia Nacional porque era la única sede donde había rampa de acceso. Mucho tiempo hace de eso, pero las cosas no han cambiado tanto como deberían.

También quienes padecen una discapacidad sensorial se encuentran con serios problemas. Tardamos un mundo en encontrar un intérprete de lengua de signos, por ejemplo. Y se acaba de aprobar la modificación de una ley de Jurado que les impedía ser miembros del tribunal del jurado, en una clara discriminación sin justificación. Y ya he contado más de una vez las dificultades por las que pasó mi propio padre cuando, habiendo perdido la vista pero no las ganas, quiso seguir ejerciendo como abogado.

Hay dos casos que recuerdo especialmente. El primero de ellos es el de una chica con una grave discapacidad física y psíquica que había sido víctima de abusos por un desalmado. Qué difícil hacer un interrogatorio a una persona en esas condiciones por alguien que, como yo, no tiene más preparación que su propia sensibilidad. Puse toda mi alma en ello. Cuando acabé, estaba más agotada que si hubiera realizado una maratón.

     El otro era un caso que dice mucho –y malo- de nuestra sociedad. Una mujer ya mayor, aquejada de parálisis cerebral, que, por haber perdido a sus padres, estaba a cargo de otros familiares, que se turnaban su cuidado por meses. El pleito era nada menos que causado por un desacuerdo sobre a quién le tocaba estar con ella el mes de vacaciones, y habían acabado dejándola sola, en mitad de la calle, con su silla de ruedas, hasta que una vecina se hizo cargo. Pocas veces me he tenido que tragar más sapos para no perder la compostura al tratar a un justiciable como con aquellos seres humanos tan poco humanos.

Pero hoy quería dedicar un homenaje especial para quienes transitan por nuestro teatro y viven cada día con una de estas personas especiales. La disfrutan, pero también padecen con ello. Sobre todo porque, si es difícil conciliar en cualquier circunstancia, en ésa se convierte en una tarea de Superhéroes y superheroínas. Conozco un compañero cuya vida profesional ha estado supeditada a su hijo, aquejado de parálisis cerebral y así sigue. No hace mucho que me lo encontré, y cuando me decía que ya es mayor, y van consiguiendo sacarlo adelante, su cara se iluminaba como pocas veces he visto en una persona.

No es un caso único, aunque poca gente sabe muchas veces lo que se esconde debajo de las togas. Me contaba una compañera sobre su hija, una de esas personas especiales, que son gente pura, que su discapacidad les impide gozar del mundo como lo hacemos los demás, y eso es lo malo y lo bueno a un tiempo. Y yo me quedo con lo bueno, que es que son personas felices, y capaces –mucho más que el resto- de regalar felicidad a quienes los rodean. Yo lo ví en la cara de mi compañero cuando me hablaba de su hijo. Y lo leo en las palabras de ella. Y en lo que me cuenta de su otro hijo, menor, que aprendió a la vez a coger su chupete y a darle el sonajero a su hermana. Ojala todo el mundo supiera ver sus capacidades, en lugar de la falta de ellas.

Para terminar, una anédocta que dice mucho, cedida por la misma compañera, tan generosa como para compartir estos pequeños tesoros. Me contaba que en una de las ocasiones que llevaba a su hija a terapia, se encontró en la consulta a una de las intérpretes con las que trabajaba, que también llevaba a su hija. Coincidieron allí mismo con otra mujer, escoltada por dos guardias civiles, que también llevaba a su bebé a terapia, desde la cárcel. Y, en ese momento, dejaron de ser una juez, una intérprete y una penada para quedar solo en tres madres unidas por un especialísimo hilo de empatía.

Así que hoy el aplauso no puede ser otro que una enorme, grandísima ovación, dedicada a todas esas personas especiales. Y, por supuesto, a quienes cuidan de que su mundo sea especialmente bello. Gracias por el ejemplo de vida.

 

 

 

Medidas cautelares I: prisión vs libertad


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Es bien conocido el dicho de “más vale prevenir que curar”, aplicable a todos los aspectos de la vida. Eso de “mujer precavida, vale por dos” es un buen aforismo para aplicar en la vida diaria. Y, por supuesto, en el teatro. Mejor le hubiera ido a más de uno si hubiera asegurado los riesgos antes de embarcarse en aventuras que les llevaron al más sonado de los fracasos. Como titulaba una vieja película española, Agitese antes de usar, no nos encontremos sin haberlo previsto ante un Peligro inminente que nos deje Con la muerte en los talones. Que más vale hacer caso a los carteles de Cuidado con el perro que lamentarlo luego.

Nuestro teatro es lugar proclive al aseguramiento. Como se trata de un sitio muy serio, hay que tenerlo todo atado y bien atado para que las cosas no se nos escapen de las manos o, lo que es peor, del proceso. Asegurar la prueba, asegurar la presencia del investigado en el juicio, asegurar la integridad de las víctimas, o asegurar que no desparezcan los bienes con los que hacer frente a las responsabilidades son, a grandes rasgos, los objetivos de lo que llamamos medidas cautelares.

Siempre que se habla de medidas cautelares, nos sacan a colación dos latinajos tan conocidos que una acaba por aprendérselos de memoria y usarlos casi sin darse cuenta de que, fuera de Toguilandia, suena a chino. El fumum bonis iuiris –apariencia de buen derecho- y el periculum in mora –peligro en la tardanza- que, traducido a términos coloquiales, no sería otra cosa que un hecho que motive un proceso y unos indicios de que, de no espabilarnos en tomar medidas de aseguramiento, ese proceso pueda quedar en agua de borrajas. En dos palabras, emulando el modo de contar de un famoso torero.

Nuestras medidas cautelares son varias, y de diversos tipos. Pero la estrella absoluta es la prisión provisional o preventiva. La antítesis de la libertad provisional, que muchos se empeñan en llamar libertad con cargos como si estuviéramos en un telefilme, porque suena muy bien aunque sea un término inexistente en nuestras leyes. Con la prisión, que no siempre responde a la berlanguiana imagen del Todos a la cárcel, empezamos en nuestro teatro una serie de estrenos dedicados a las medidas cautelares. Al por si acaso, vaya.

La prisión provisional se decide tras una comparecencia donde el fiscal u otra parte acusadora lo solicita porque, en otro caso, por más ganas que tenga el juez de meter al tipo o tipa en el talego, no puede. En alguna ocasión un juez me ha dicho eso de “yo a este lo hubiera metido en prisión” después de que yo, con mi toga y mis tacones, no hubiera solicitado tal medida. Y reconozco que me produce una satisfacción malsana eso de decirle que no, que se va a quedar con las ganas. “Mala suerte, haberte hecho fiscal” he contestado alguna vez, al tiempo que sentía como me alzaba, levitando, A tres metros sobre el suelo.

La comparecencia de prisión es un momento especialmente dramático, que, no obstante, nos ha proporcionado anécdotas más que jugosas. Tipos como un armario ropero de doble puerta que se venían abajo como críos de parvulario ante un castigo de la seño, imprecaciones a todo el santoral y hasta uno que me decía que me lo pensara mejor. Pero mi preferido fue un detenido por homicidio que, en cuanto oyó mi petición de prisión, me dijo muy serio que no iba a poder ser porque él tenía claustrofobia. Con un par.

Otro efecto de la petición de prisión es que es una palabra mágica. Juro que lo he vivido. Es como el don de lenguas del que hablan los Hechos de los Apóstoles. Porque hay detenidos que juraban y perjuraban no entender una palabra de castellano y necesitar un intérprete que, de pronto, entienden perfectamente la palabra “prisión” y reaccionan a ella. Como si hubiera llegado el mismísimo espíritu santo en forma de paloma.

Y, si de fiscales hablamos, hay otro efecto secundario. Consiste en que de pronto, parece que nos volvemos tan importantes, que nuestra aparición causa una mezcla de revuelo y miedo. Pensemos, sin ir más lejos, en un partido judicial que no corresponde a una sede de fiscalía. El juez de guardia, tras estudiar los atestados y hablar con el fiscal por el medio que nos hayan proporcionado, decide convocar comparecencia. Así que el fiscal –o la fiscal- se recorre los kilómetros que sean y acude presto a La llamada. Y, a su llegada, siente, hasta físicamente, las miradas de los letrados en la nuca pensando “ya nos ha tocado la china”. Como si anduviéramos por una alfombra roja imaginaria Y no suelen equivocarse, la verdad sea dicha. Porque, salvo que la declaración cambie las cosas, que todo puede ser, suele cumplirse eso de que si hay que ir se va, que ir para nada es tontería. Aunque juraría que, si las miradas matasen, yo ya habría caído fulminada en uno de esos lances hace mucho tiempo.

La prisión provisional, como sabemos, no tiene una sola modalidad. Puede ser comunicada –lo más normal- o no, con fianza o sin ella. En cuanto a esto último, y sin perjuicio de hablar en otro momento de las fianzas, hay una pirueta jurídica que da mucho juego. Tan pronto se acuerda la prisión eludible con fianza de x euros, como la libertad, que se convertirá en prisión si en el plazo de determinadas audiencias – un día o dos, generalmente- no se presta fianza de x. Este matiz es muy importante. Supone que el tipo puede irse a su casa a buscar el dinero, o que se va a la cárcel y que sean otros los que lo busquen por él. Aun no dejo de sorprenderme en esos casos en que determinamos una fianza que nos parece la intemerata en dinero, y resulta que en un pis pas aparece ingresada en la cuenta correspondiente. Y más que curiosidad, me produce un profundo enfado el hecho de que personas que se presentaban como insolventes de repente, como si se hubiera producido un milagro, tengan tropemil euros cuando de eludir el ingreso en prisión se trata. Seguro que muchos compañeros y compañeras saben muy bien de qué estoy hablando.

También hay otra clasificación importante. La de la prisión frente a la libertad con obligación apud acta –otro latinajo que hemos asumido- de comparecer o sin ella. Se trata, en términos comprensibles para todo el mundo, de la que viene acompañada de la obligación de presentarse con una cierta periodicidad en el juzgado –quincenal, semanal, y hasta diaria- o sin ella. Sin perjuicio, eso sí, de presentarse siempre que sea llamado. La gente se sorprendería viendo las colas que se forman en determinados días de la semana delante del juzgado de guardia cuando ese día cae en festivo y es el único sitio donde  pueden “ir a firmar”, como ellos dicen.

Pero como para gustos hay colores, aunque creamos lo contrario, no todo el mundo se toma mal eso de ingresar en prisión. En algún caso, para sorpresa de la juez y mía, incluso nos lo han pedido. Situaciones tan dramáticas en que estar en prisión era el único modo de comer a diario, o de no drogarse. Verdaderos dramas humanos que a veces pasamos por alto. También recuerdo una ocasión en que el propio detenido, que decía estar tremendamente cabreado con su vecino, decía “métanme en prisión que si estoy fuera, no respondo”. No lo metimos, porque la cosa no era para tanto aunque él así lo sintiera. Y, por suerte, la sangre no llegó al río.

Por todo esto, ahí queda mi aplauso. Para quienes deciden solicitar o no prisión, y para quienes deciden o no acordarla. Una de las decisiones más difíciles que imaginarse pueda.

Correo: de la carta al mail


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No hace tanto tiempo, los buzones servían para algo más que para llenarlos de propaganda y de cartas del banco. Parece un universo muy lejano, pero si echamos la vista atrás tampoco hace tanto.

En la literatura, el género epistolar ha dado mucho de sí. Y en el teatro y en el cine, también. La mala de la película que ocultaba las cartas del chico al que no querían para su niñita en La casa de la Troya, las misivas romántico nostálgicas en busca de un nuevo amor de Cartas a Julieta o lo que parecía en su momento la cúspide de la modernidad tecnológica en comunicación de Tienes un email, pasando por El cartero y Pablo Neruda, son algunas muestras de lo que el correo da de sí en el cine. Y hay muchos más, algunas tan temibles como El cartero siempre llama dos veces.

En nuestro teatro, el correo postal, el de toda la vida, tiene mucha más incidencia que lo que el correr de los tiempos haría suponer. Claro que en nuestro teatro siempre vivimos un siglo menos que el resto del mundo. No íbamos a ser menos que los canarios que viven una hora menos. En Justicia, a lo grande, que no se diga. Por eso aún podemos ver en los expedientes esos papelitos rosa del acuse de recibo, y aún se utiliza el correo certificado y hasta el telegrama. Aunque parezca mentira. Que para algunas cosas, el correo electrónico y el fax todavía son tecnología punta.

Es curioso que en un tiempo en que ya casi nadie emplea el correo postal, más allá de las odiosas notificaciones de Hacienda, o de multas, las cartas del banco o la propaganda, nosotros sigamos en nuestro mundo. Hace unos ocho años, en una ocasión en que le dije a mi hija que teníamos que ir al buzón para enviar unas postales de felicitación, le pedí que me acompañara antes al estanco a comprar sellos. La criatura no sabía qué eran, y traté de explicarle. Cuando los vió, me dijo muy seria: “habérmelo dicho, yo tenía unas pegatinas  mucho más bonitas”. Y es que ya no conocen en qué consiste eso del correo no-electrónico. Sin embargo, casi una década después, en Toguilandia se sigue viendo como habitual.

Tan habitual es que en todos los Juzgados, Fiscalías y similares, existe una bandeja del correo. Una bandeja en sentido literal, de plástico, con sus bordecitos y todo. Nada de un icono en la pantalla del ordenador. Y también hay funcionarios encargados de repartir el correo. Y ojo que no se lleve al día, que tan pronto puede haber una bomba de relojería en forma de carta que cuenta cualquier cosa, que la notificación de un trámite procesal o señalamiento con su temporizador de plazos adosado.

Recuerdo que no hace mucho que nos dijeron que a partir de ese momento nos iban a mandar las Instrucciones, notas de servicio y demás por correo electrónico en lugar del papel. Como si fuera la pera limonera. Y aún hubo quien se quejaba, no creamos. Pero eso sí, las cosas como las notificaciones de trienios, las concesiones de comisiones de servicio para asistir a un curso y cosas similares siguen llegando en su cartita, con sobre y todo. Y también llegan por correo los tarjetones rimbombantes con invitaciones a actos protocolarios –cuando llegan, claro- y las felicitaciones de Navidad de todas las instancias posibles.

Pero donde más se ve el correo postal es en los expedientes. Certificado, por acuse de recibo, por valija… Una viva muestra de que lo del Papel 0 es un cuento chino. Porque si el papel fuera realmente 0, no habría nada que meter en los sobres, digo yo. Pero igual son cosas mías.

Lo que sí tenemos a la orden del día es el correo electrónico. El famoso mail. Pero a la orden del día de ayer. Porque, como siempre, parece que en Justicia se descubren las cosas cuando en otros sitios ya se van dejando atrás por obsoletas. Debe ser nuestro sino.

No obstante, reconozco que me causan cierta ternura las cartas de toda la vida, los buzones, y los sellos. Aunque, eso sí, agradezco sobremanera no tener que lamer el reverso para que se pegue. Al menos ahí algo sí que hemos avanzado, que recuerdo de pequeña el sabor amargo y dejarme la lengua como un esparto. Y también recuerdo  de una compañera de colegio que, cuando nos dijeron que las notas las mandarían en una circular, preguntó si había sobres redondos

Así que hoy el aplauso no sé si dárselo a los carteros y carteras o a quienes reciben las misivas. Esto es, a todos los habitantes y usuarios de Toguilandia. Porque tenemos cartas para rato.

 

Tesón: esfuerzo y recompensa


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Todo esfuerzo tiene su recompensa. Algo que siempre nos dicen aunque en ocasiones es difícil ver Mas allá de la lágrimas. Y, desde luego, en el mundo del espectáculo tiene su traducción en aquella frase de la profesora de Fama a la que ya he aludido otra veces. La fama cuesta, y aquí es donde vais a empezar a pagarla, con sudor. Y pese a todos los inconvenientes, como el niño de Billy Elliot que triunfó pese a que todo lo tenía en contra.

Esto se cumple en nuestro teatro, punto por punto. Aunque hay quien no lo crea. Y no solo una vez dentro del escenario. Lo más duro es muchas veces llegar hasta él. Eso es lo que recordé cuando desde twitter @ladycrocs nos dejó encogida el alma contando sus avatares hasta llegar a vestir toga y puñetas. A ella le siguieron más, y de este ejercicio de sinceridad nace este estreno, que probablemente sea uno de los más emotivos que he hecho.

Como no me parece justo mantenerme como espectadora mientras los demás desnudan su alma, empezaré por mi propia historia, pequeñita al lado de otras que demuestran que la oposición no es el camino de rosas para niños y niñas de papá que mucha gente se empeña en hacer ver.

Como he contado más veces, soy hija de una abogado al que le hubiera encantado ser fiscal. En teoría, lo tenía más fácil que gran parte de mis compañeros de carrera a la hora de despegar, con un despacho a mano donde batir mis primeros duelos toguitaconados. Pero nada es lo que parece. Mi padre ya había perdido la vista y, el mismo día que regresé del viaje de fin de carrera, supe que se moría. Dicen que aguantó más tiempo del que el destino le había señalado por verme acabar la carrera y, sobre todo, por hacerme prometer que  conseguiría ser fiscal. De hecho, no abandonó este mundo hasta que estuvo seguro de que tenía todo encauzado: preparador, tema y ganas. Y acertó. El mismo día que cerró los ojos, yo ya me había estudiado mis dos primeros temas, los que mejor me sabía, los que nunca olvidaré. El sabía que el resto no sería fácil. Su enfermedad y la falta de previsión del régimen de la abogacía en aquel momento nos dejó en una situación económica complicada, pero sabía que con mi madre a mi lado nada iba a fallar. Recuerdo tantas veces las noches pasadas junto a ella, yo estudiando, y ella pendiente de mí y de la aguja con que seguía cosiendo para que nada me faltara. En justa compensación, tuve que abandonar el ballet, mis ganas de escribir y los trabajillos que hasta entonces hacía –desde pintar abanicos a pasar a limpio las cuentas de un perito-. Juntas forjamos el objetivo de sacar la oposición lo más pronto posible, aunque, como decía, tuviéramos que ir al más remoto de los pueblos a criar gallinas. Lo logramos a los dos años y pocos meses. Y el día que apareció mi familia al completo en la estación de autobuses con una boteella de cava, lo vi. Mi padre estaba allí, brindando junto a nosotras. Y por la cara de mi madre, ella también lo vio.

Y es que los padres marcan nuestra vida. Aun tengo los pelos como escarpias del testimonio de una compañera que supo, el mismo día que aprobó, que su madre la iba a dejar. Que, de hecho, había estirado y disimulado una terrible enfermedad con tal de que su hija cumpliera su sueño. Impelida por una fuerza sobrehumana, mantuvo la consciencia hasta salir a celebrar el logro de su hija con un desayuno con pasteles. Tan dulce y tan amargo. Fue su última salida de casa. Después el destino regaló a ambas una prórroga de un mes para despedirse. Y para grabar en el corazón de mi compañera algo que nunca olvidará. El momento en que su madre le decía orgullosa que había llegado hasta donde solo podían llegar antes los hombres. Y, vista su trayectoria, esa frase y ese espíritu la ha marcado. Nunca ha dejado de pelear por los derechos de las mujeres.

Pero, con todo lo importantes que son estas herencias, hay otras historias de superación dignas de la mejor película del hombre hecho a sí mismo. Claro ejemplo es la que nos contaba @nandogerman a raíz de este ejercicio de sinceridad tuitero. Sirviendo copas en bares de noche y estudiando de día hasta acabar la carrera. No contento con ello, preparando una oposición de funcionario que su tesón y su capacidad lograron al primer intento. Y, mientras desarrollaba su trabajo, lejos de acomodarse, dando una nueva pirueta preparando la oposición de fiscal hasta, después de un intento baldío, sacarla adelante. Y, entretanto, con unos hijos a los que tener, cuidar y mantener. Como un ejercicio de malabarismo que le llevó hasta la meta, aunque hubiera corrido la maratón con los pies descalzos junto a atletas con equipaciones ergonómicas y su propio entrenador personal. Todo un ejemplo.

Como lo es también el de @escar_gm, que perdió a su madre al mes de empezar la oposición y quedó huérfana, porque había perdido a su padre tres años antes. Y que, pese a todo, siguió adelante, apoyada por su familia primero y por quien hoy es su marido después y, por supuesto, por su tesón y sus ganas,  que le permitían compatibilizar el estudio con un trabajo de dependienta los fines de semana. Escarlata luchó además contra los avatares de una oposición difícil y se vio obligada a cambiar de preparador, y a partir de cero después de más de un año estudiando. Pero lo que entonces parecía ser un desastre le salvó la vida, y un año y medio tras el cambio celebraban el aprobado con todos los que la apoyaron. Los que estaban y los que se fueron. Ahora nos enseña cada día, con un sonrisa, el trabajo desde esas trincheras del derecho por las que tantos transitamos.

  Otra impresionante historia de superación es la de la propia @ladycrocs, la “culpable” de estas confesiones. Adolescente rebelde por sí misma y por la situación conflictiva del divorcio de sus padres, devino de una mala estudiante a coger por los cuernos el toro de la vida. Tuvo que estudiar mientras servia copas en un pub para subvenir sus necesidades primero, de la carrera y luego, de la oposición, con un preparador que se lo puso fácil económicamente –los preparadores no son esos endiosados peseteros que muchos suponen-. Así, llegando a estudiar a la luz de las velas porque le habían cortado la luz por falta de pago, logró sacarse la oposición, tras un primer intento frustrado. Sin desfallecer. Otro ejemplo a seguir en el que se encarna eso de” querer es poder”.

También @Kinotofukasuka nos contaba otra historia de superación, desde otros parámetros. La de quien, no contenta con un trabajo en una empresa, decidió ponerse el mundo por montera y abandonar un trabajo que la dejaba insatisfecha para preparar la oposición costara lo que costase. Dejó su ciudad, se casó y estudió en la única casa que podían pagarse en la ciudad costera donde él fue trasladado, bien avituallada de mantas porque nadie sabe lo fría que puede ser una casa en pleno invierno en la playa sin acondicionar. A los dos años y cuatro meses, objetivo cumplido. Aunque no era la única prueba que le quedaba por superar. Sigue en la brecha día a día pese a que los problemas de salud de una de sus tres hijos habrían hecho a más de uno abandonar. Y también con una sonrisa y unas ganas de pelear por los derechos de todos que no hace falta que cuente porque son bien conocidos.

No quiero acabar este estreno sin contar las angustias que se derivan de la propia oposición. No solo estar encerrados, física y psíquicamente, sino pelear con imponderables e injusticias contra las que no se puede hacer nada. A un compañero mío, tras llegar a casa y pasar varios días preparando el examen práctico –ya había superado el teórico- le llegó una carta del Tribunal diciéndole que se habían equivocado y que él no había aprobado. Un mazazo como poco he visto. No volvió a intentarlo.

No es el caso de otro compañero, que, en un récord difícil de superar, aprobó el mismo año el examen teórico de Jueces, de Fiscales –eran dos oposiciones iguales pero separadas- y de Secretarios Judiciales. Y le suspendieron en los casos prácticos de las tres, pese a que hasta ese momento habían sido un mero trámite. Con el cruel agravante de que en Judicatura sobraban plazas y el Presidente del Tribunal les aseguró que estaban todos dentro y les deseó un feliz verano, a la vuelta del cual se cargaron sin piedad y sin justificación a la mitad de los opositores de aquel tribunal maldito. Pero tampoco se dejó vencer. Al año siguiente, junto con otra compañera en el mismo caso, sacó la oposición. Y hoy es uno de los jueces mejor considerados que hay.

Y, para desenredar el nudo que se me pone en la garganta, acabaré con una anécdota. La que me proporciona otra compañera, convencida de que el fútbol es en gran medida el culpable de que ella vista hoy toga y puñetas. Porque la final de la Champions hizo que no se examinara el día que estaba citada –era la última, hándicap seguro- sino al día siguiente, con un tribunal sonriente y receptivo por la consecución de la copa por el Real Madrid –los exámenes son en Madrid-. Pero, aunque ella, dice eso, vista su trayectoria, seguro que habría aprobado aunque le hubieran metido un 7-0 al equipo de marras.

Siempre recordaré una frase que me soltó una aspirante a juez la primera vez que fui al Tribunal Supremo, como acompañante. Yo estudiaba entonces cuarto de carrera, y decía que aquello era lo que quería hacer. Aquella chica me dijo “prepárate para estudiar”. Yo le pregunté que qué era lo que había hecho hasta entonces, y me respondió con un “Nada”, que nunca olvidé. Al cabo de unos meses la vi en la tele como juez instructora de un asunto mediático.

Así que hoy, el aplauso va sin duda destinado a todos nuestros protagonistas. Y a lo que sus historias encarnan. Gracias por compartirlas.

Y, de paso, esta toguitaconada pide disculpas a lectores y lectoras por la extensión de este estreno.Pero, aún así, sé que me quedo corta.

 

Códigos: pretérito imperfecto


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Desde que se inventó la imprenta, el mundo del teatro ha estado indisolublemente unida a él. Las obras, los guiones, los libretos, los programas de mano, las entradas o los carteles anunciadores. Todo tenía, de uno u otro modo, relación con la letra impresa. Y la sigue teniendo, aunque cada vez menos, gracias a la tecnología que sustituye papel por pantalla, lo físico por lo virtual. Hoy sacamos nuestras entradas a través de Internet y a veces ni siquiera hace falta imprimirlas. Atrás quedaron los tiempos de Cinema Paradiso, por más que cause nostalgia el recordarlo.

Y, si la historia en cualquier materia está unida a la existencia de la letra impresa, en nuestro teatro más que en ninguno. No en vano a los abogados se les llama Letrados –y Letradas-, y hoy los antiguos secretario judiciales son Letrados de la Administración de Justicia. Porque, como muy bien explicaría Coco en Barrio Sésamo, Letrado viene de letras.

Es cierto que la imagen de quienes nos dedicamos a la Justicia siempre viene asociada a libros, togas y balanzas. Es imposible no relacionarnos con enormes tochos que, en ocasiones, amenazan con tragarnos. Repertorios de jurisprudencia, leyes variadas y, sobre todo, Códigos. La madre de todas las batallas judiciales. No sin mi Código, podría ser eslogan común de las profesiones jurídicas. Y le iría al pelo.

Como soy hija y nieta de abogado, recuerdo siempre los pasillos de mi casa, además del despacho correspondiente, plagados de librotes, a los que luego fueron a sumarse los míos.  Porque, además, pocas cosas hay más cambiantes que las leyes. Todavía me acuerdo de mi desesperación siendo opositora cada vez que a las Cortes les daba por meter, quitar o cambiar un articulito, o más, de uno u otro código. El antecedente de lo que hoy se llama la obsolescencia programada. Aún no habías acabado de pagarlo en la caja de la librería jurídica de marras, y ya había algo derogado. De hecho, no era raro que al comprarlo ya vinieran con addendas, esos cuadernillos que advertían que tal o cual precepto habían sido cambiados y aportaban el nuevo texto. Y también me acuerdo que mis Códigos de opositora obsesiva se convertían en un verdadero puzzle con trocitos de Boe pegados y hasta con desplegables artesanos. Tal como éramos.

Ahora, con el advenimiento de las nuevas –o no tan nuevas- tecnologías, la cosa debería haber cambiado. Y algo ha cambiado, la verdad, pero menos de lo que debería. Ahora podemos echar mano de Internet y ver la última redacción del precepto buscado en un nanosegundo. También pasaron a la categoría casi de incunables aquellas colecciones de jurisprudencia por años, como el Aranzadi de tapas de cuero o similar y papel de biblia. Que tenían su punto, no digo yo que no, pero que acababan copando espacio por todas partes.

Pero, si somos realistas, basta con echar un vistazo a cualquier sala de vistas para percatarse que todavía llevamos nuestros Códigos a cuestas. El Código Civil, el Penal, las Leyes de Enjuiciamiento Civil y Criminal, o los que afecten a la jurisdicción de que se trate. La mayoría vamos con nuestros libritos en la mano para hacer una consulta rápida, si es necesaria. Posiblemente influya el hecho de que en las salas de vistas no suele haber wi-fi ni otras posibilidades tecnológicas de consultar que no sean las que cada cual aporta de su propio bolsillo.

Pero no solo es eso. También se trata de mentalidad, de que en este mundo llevamos bastante a cuestas eso de no ser nativos digitales y vivimos todavía pegados al papel. Buena prueba de ello es el funcionamiento de la propia Administración de Justicia en la que, por mas que nos vendan lo del papel 0, seguimos requiriendo en cada procedimiento de documentos con sus sellos, cuños y firmas como toda la vida. Y sus grapas, sus cuerdas flojas y hasta sus imprescindibles posits.

No hace mucho, un Magistrado ya mayor me preguntó si no había bajado a la sala el Código penal, que a él se le había olvidado. Le dije muy convencida que lo llevaba en la mano, refiriéndome a mi teléfono móvil, donde almaceno las leyes que uso con más frecuencia. Me puso una cara muy rara, me dijo que era muy moderna, y, después de enseñarle el artículo que buscaba, me hizo una fantástica pregunta. ¿Y no te ha costado mucho trabajo hacer fotos de todas las páginas del Código?. No supe si reirme o llorar, y acabé saliendo del trance con un diplomático “es que soy muy apañadita” que igual vale para un roto que para un descosido.

Aunque confieso que, en ocasiones, aun me causan nostalgia mis viejos Códigos, los llenos de anotaciones y pegatinas. Cuando los veo –aun conservo algunos, fruto de mi particular síndrome de Diógenes- me producen la inmensa ternura que no me causaron en su día. Debe ser que me hago mayor. Probablemente por eso, y aunque sea muy moderna, como decía aquel magistrado, todavía sigo echando mano de Códigos en papel en muchas ocasiones. Y eso que no siempre nos los proporcionan, o lo hacen tan de vez en vez que tienen que soportar varias reformas sin ser sustituidos. Así que, aunque menos, sigo visitando in person las librerías jurídicas. Y no soy la única, desde luego.

Y es que en Justicia las cosas  son como las de palacio, que van despacio. Y la verdad, tampoco tienen pinta de ir a despegar como un cohete a propulsión. Aunque a trancas y barrancas vayamos acoplándonos cada cual como puede.

Así que hoy el aplauso es, a partes iguales, para ese puntito de nostalgia, y para la capacidad de adaptarse a los tiempos. Porque, como dice el refrán, en el término medio está la virtud.