Dolo: la intención


              Hay quien sostiene que para hacer algo, solo hay que quererlo y poner toda la carne en el asador para conseguirlo. Y aunque tiene un punto de razón, querer no es suficiente. Más de una vez he visto películas donde se pretendía hacer una obra de miedo y acaba resultando una comedia descacharrante porque sus personajes o situaciones no daban miedo sino risa. Y otro tanto cabe decir de los dramas: hay quien, pretendiendo hacer un dramón tipo Lo que el viento se llevó no se queda más allá de Los albóndigas en cualquiera de sus entregas. Aunque es casi peor lo contrario: hacer reír y no lograr más que hacer llorar de pena. Y es que la intención es importante, pero no lo es todo. Ni mucho menos.

              No obstante, si hay algún ámbito sonde la intención es fundamental, es nuestro teatro. Tanto es así que se puede llegar a dar muerte a alguien sin tener la mínima intención de hacerlo, y viceversa. Y el Derecho Penal ha de atender forzosamente a esa intención para calificar los hechos e imponer la pena. Es eso consiste el dolo, aunque no siempre es fácil de entender. Ya dedicamos un estrene a la subjetividad pero había que abundar más

              El dolo, en una primera aproximación muy de andar por casa, se puede entender como la intención de causar un mal determinado. Por supuesto, puede causarse o no, según lo atinado del autor y lo favorables o adversas de las circunstancias. Para eso están, precisamente, lo grados de ejecución del delito, lo que en Derecho llamamos Iter criminis. Porque se pude querer matar a alguien, tener una pistola fantástica para hacerlo y una puntería excepcional, y atascarse el cargador. O, al revés, puede no tenerse ninguna intención de matar a alguien cuando se arroja una piel de plátano al suelo, pero tener tan mala fortuna que alguien la pise y se dé contra un bordillo, fracturándose el cráneo.

              Estos ejemplos son, desde luego, extremos, y por tanto fáciles de deslindar. Pero las cosas no suelen ser tan sencillas. Pensemos en quien conduce un coche con una velocidad excesiva y, al no poder frenar a tiempo, atropella al niño que corría a la calzada a recoger su pelota. Está claro que el sujeto no tenía intención ninguna de matar al niño, aunque el hecho de conducir demasiado rápido haya desencadenado el fatal desenlace, más aún si la conducción se hacía tras haber ingerido alcohol o drogas. Pero, aunque los padres del niño, en una comprensible reacción, griten “asesino” al autor, como hemos visto más de una vez en imágenes de informativos, no es así. Será, como mucho, autor de homicidio, y no a título de dolo sino de imprudencia, porque no tenía intención de matar al niño ni a nadie. Lo cual no significa que no tenga su merecido, puesto que los homicidios imprudentes también están castigados en el Código Penal.

              Cuestión diferente es la de la persona que tiene toda la intención del mundo de matar a alguien, pero utiliza unos medios que no matarían ni a un mosquito. Es el caso, que siempre nos ponían en las clases de Derecho Penal para hablar del error, de hacer vudú o echar mal de ojo. Así que aquí, a pesa de que el dolo existe, no hay delito. Porque el Derecho Penal sanciona acciones, no pensamientos. De ahí el brocardo “cogitationem nemo patitur” -el pensamiento no delinque-, toma latinajo . De modo que podéis seguir imaginando que matáis a vuestro jefe, o a cualquier otro que eso no computa. Y hasta sirve de desahogo.

              En otras ocasiones la cosa se pone más peliaguda. Proporcionar una sustancia a alguien que es alérgico será o no delictivo dependiendo de que quien lo haga conozca la existencia de la alergia y, por supuesto, se pruebe, que la presunción de inocencia es lo que tiene. Un caso parecido al de quien da un disgusto al enfermo de corazón que sufre un infarto, en que conocer la dolencia y la capacidad objetiva de la noticia de causar ese mal determinará la existencia o no de dolo

              Y, aunque no solo de matar vive el Derecho Penal, es lo más fácil de probar. Porque cuando nos metemos en terreno resbaladizo como ocurre con los delitos contra la libertad e indemnidad sexual, la cuestión se complica aún más. Por supuesto, no con una violación violenta con penetración, pero sí en otros supuestos. ¿Cómo distinguimos la palmada en el trasero de una subordinada que pude ser, según la intención, una vejación, un mal trato de obra, una agresión sexual, un acoso o un mero accidente? Pues por el dolo, aunque la práctica lo pone complicado. Pero si no fuera así, cualquiera podría ser juez o jueza. ¿no?.

              Los delitos contra el patrimonio, por su parte, requieren de un dolo específico, el ánimo de lucro.  Si alguien coge una crema en un supermercado y no la paga, puede haberse olvidado o hacerlo deliberadamente. Incluso puede haberse olvidado y, al darse cuenta, en vez de devolverlo, decidir quedársela. Y eso es el ánimo de lucro, ese dolo específico para cometer el delito. Que se lo digan si no a alguna política de pro grabada in fraganti.

              Por si fuera poco, hay categorías intermedias, también dolosas y también castigadas. Por una parte, el dolo de segundo grado, del que sería ejemplo paradigmático el del terrorista que quiere matar a su objetivo, pero no le importa matar para ello a su chófer o a su hija que estaba con él, y que también habrá de responder a título de dolo de ambos asesinatos.

              De otra parte, el llamado dolo eventual, que existe cuando el sujeto se presenta un resultado como probable y aun así actúa asumiéndolo. Sería el caso de quien abre la espita y gas o prende fuego a un edificio habitado sin comprobar que había gente dentro, e incluso del de aquellos a quienes “se les va la mano” con prácticas sexuales peligrosas que pueden llevara a la muerte y, de hecho, la producen. Ni que decir tiene que en este caso y en el anterior se responde y se castiga por dolo.

              Y, para acabarlo de arreglar, el dolo no solo puede ser penal. También puede darse en el ámbito civil, pero si es difícil distinguirlo en el ámbito criminal, en el civil ya es para nota. Quedémonos con la idea de que es la intención de causar daño deliberadamente con una acción que no es delictiva, pero perjudica a otro

              Hasta aquí, estas pequeñas pinceladas para hablar del dolo, una de las claves del Derecho Penal. Y, por cierto, uno de los temas que más salen en la oposición, aunque no quiero ser malpensada. Solo resta el aplauso, y hoy se lo dedicaré a quienes, día tras día, se ven obligados a distinguir dolo de culpa, dolo civil de dolo penal, hechos punibles de otros que no lo son. ¡Qué tarea más difícil e importante!

Fiscales en Teruel: claro que existe


              Son muchas las películas que plasman encuentros entre compañeros y compañeras de cualquier ámbito muchos años después, y las sorpresas -o no- que esos encuentros suscitan. Los americanos, con sus anuarios y sus graduaciones y bailes espectaculares son muy dados a ello, como en Peggy Sue se casó, pero no hace falta estar en USA para vivir etas experiencias. Aunque, en este caso, también empezó todo en algo Nacido el 4 de julio.

              En nuestro teatro, no siempre somos proclives a celebraciones. De hecho, anticipaba lo que íbamos a vivir en Teruel a otras compañeras y me decían que sus promociones no habían hecho nada de esto. Y es que, claro, permitidme que saque pecho, pero no son de la XXXVI de fiscales y, sobre, todo, no tienen a nuestro número 1 en todos los sentidos, Jorge, para fabricar recuerdos que nos acompañarán nuestras vidas. Casi nada.

              Seguro que, llegado este punto, pica la curiosidad para saber en qué consistieron los fastos del 30 aniversario de mi promoción de fiscales, una promoción que, como he adelantado, nació oficialmente el 4 de julio de 1992, el día en que supimos oficialmente que éramos fiscales, día, además, del cumpleaños de una de nuestras compañeras, que recibió el mejor de los regalos.

              El lema del evento, como no podía ser de otro modo, era “del boli bic a la fiscalía digital” y es que, si una reflexiona sobre los cambios que hemos vivido, da hasta vértigo. Ya hice algún avance al respecto en el estreno en que reproducía el monólogo que me llevé a Teruel como pequeña contribución a la causa.

              Ha sido un fin de semana entero, y e ha hecho corto. Un fin de semana en el que regresamos, de golpe, a quienes fuimos hace 30 años, a esas criaturas que no habíamos cumplido los 30, sin canas, ni arrugas y con todo el pelo, criaturas que no nos preocupábamos del colesterol ni de los hijos ni de otra cosa que debatirnos entre celebrar haber aprobado y prepararnos para la que se nos venía encima.

              Pero, si una cosa quedó clara de todas las intervenciones que hubo, preparadas o espontáneas, fue que a pesar de que nuestros cuerpos ya no son los mismos, la ilusión permanece intacta. Y las ganas. Aun resuena en mi cabeza algo que contaba una de mis compañeras, cuyos padres le decían “Hija, es que esto es muy importante, vas a pode ayudar a la gente”. Y es así. Una sencilla frase que resumen la grandeza de nuestro oficio.

              Pero que nadie crea que estuvimos en todo momento haciendo cosas profesionales y profundas y mirándonos el ombligo. Nada de eso. Por eso os lo quiero contar, aunque muráis de envida. Para compartir mi alegría, que siempre es bueno.

              La cosa empezaba fuere. Quienes llegamos el viernes, tuvimos el gusto de asistir a una cena animada con las canciones de Benito, nuestro otro anfitrión de Teruel, cuya voz y guitarra no han cambiado un ápice. El folklore combinado con el humor es una fórmula más que recomendable. Yo la recetaría en la Seguridad Social para más de uno de esos males del alma que tanto proliferan.

              La visita a Teruel de la mañana siguiente merece mención aparte. No queda detalle de la historia de los famosos amantes, del Torico y sus vicisitudes o de la techumbre de la catedral que no nos hayan contado con todo lujo de detalles. Nos han convertido en fans del mudéjar en un nanosegundo, con la inestimable colaboración de la alcaldesa, que nos recibió como una estupenda anfitriona en el Ayuntamiento. Y como colofón, una comida copiosa y exquisita al mejor estilo de Teruel, como debe ser.

              Pero, con todo, eso no era más que el aperitivo. El plato fuerte, después de la imprescindible siesta, programada, por supuesto, en el guion de actividades, venía luego. A partir de las seis de la tarde el Casino era testigo de un evento inolvidable que empezaba saldando una deuda histórica con nuestra promoción. Asistimos a una nueva entrega de despachos donde el ministro de entonces, De la Quadra Salcedo, apareció en una edición remasterizada que ni el Ministerio del tiempo, acompañado de una versión mejorada de la reina Sofía que nos explicaba que su marido se había perdido en la España vaciada.

              Tuvimos nuestros diplomas, algunos de los cuales pasaron a formar parte del contenido de la cápsula del tiempo, que abriremos dentro de cinco años por petición popular, aunque su primera previsión era esperar un decenio. Y, para no faltar detalle, recordamos con emoción a quienes nos dejaron, Jana y David, y también a quienes por una u otra razón no habían podido acompañarnos. E, inevitable tratándose de fiscales, hicimos unos cuantos informes más o menos inspirados, de lo cual dejó buena nota Jaime, nuestro particular notario. Y proyección de fotos de ayer y de hoy Que no nos falte de na. Ohh, cómo hemos cambiado, aunque no pueda decirse en este caso que haya quedado lejos aquella amistad

              No nos faltó cena y baile, que lo cortés no quita lo valiente. Al ritmo de Amazónico, nos contorsionamos con todo tipo de temas, desde Nino Bravo hasta Reggaetón. Amigos para siempre, sin duda, homenajeado a ese 1992 que nos cambió la vida.

              Un fin de semana maravilloso, como comprobamos en los mensajes que seguimos mandándonos al grupo de whatsapp. Y, aunque confieso que mi aguante no es como el de entonces, como me demostró mi cuerpo el domingo por la mañana, todavía luzco una sonrisa de boba que no se me borra

              Por eso, el aplauso de hoy es para toda mi promoción de fiscales, la XXXVI, y especialmente para Jorge. Como te dijimos, gracias por cuidar de nuestros recuerdos y de nuestra ilusión

#ArtistaInvitado: Joan Comorera


Hoy tengo la fortuna de que mi querido amigo Joan Comorera, ex senador, abogado y persona cabal donde las haya, se mi invitado especial

Pero, sobre todo, quienes tienen la suerte son las personas que me leen, que pueden disfrutar de su opinión en un tema de hoy y de siempre: las prisas.

Para saborear despacio

LAS PRISAS SON …

Las prisas son malas consejeras, las prisas no son buenas, las prisas son malas compañeras, …, cuantas veces habremos oído estas expresiones. Aprovecho que Susana me invita a escribir en su exquisito blog para reflexionar sobre las prisas.

En un mundo donde el tiempo cada día es más precioso y en particular para los que nos dedicamos al mundo de Toguilandia un bien escaso, hay que saber conjugarlo con hacer las cosas bien o, por lo menos, lo mejor posible.

Me explico.

En una de las últimas guardias del turno de oficio me tocó un asunto de amenazas con instrumento peligroso entre personas que compartían piso.

Se tramitó como juicio rápido. El Fiscal solicitó en su escrito de acusación como medida cautelar una orden de alejamiento del detenido hasta la celebración del juicio oral. 

Por parte del juzgado de guardia se preparó toda la documentación para hacer de una tirada antes de subir al detenido de los calabozos de la sede judicial. Algo habitual para agilizar y más cuando ya llevas casi cuatro horas de espera en el juzgado de guardia para que le toque a tu detenido.

Pues bien, entre toda la documentación ya preparada estaba la orden de alejamiento en base al artículo 544 bis LECr.

Todo eso cuando ni siquiera había declarado el detenido. La justicia ha de ser justa, pero además debe parecerlo. Los tiempos deberían respetarse. Imagínense la cara del detenido cuando acaba de declarar dando su versión de los hechos y acto seguido le entregan la orden de alejamiento. O la mía cuando ya sabes que digas lo que digas en defensa de tu representado la decisión ya está tomada de antemano.

Pobre derecho a la tutela judicial efectiva enfrentado a las prisas.

Podemos entender la dinámica de trabajo en el juzgado de guardia, pero ello, no debe ser óbice para respetar un mínimo el derecho de tutela judicial, del que también goza cualquier detenido.

Así lo expuse en el recurso de reforma y en el de apelación contra la orden de alejamiento y tanto Juzgado de Instrucción como Audiencia Provincial no dedicaron ni una frase al tema en sus resoluciones.

Creo que al menos hay que dar la apariencia que se respeta el procedimiento y los derechos del justiciable, por mucha prisa que tengamos para acabar. Es difícil que la persona afectada confíe en la justicia cuando ve que todo está decidido antes que ni siquiera haya podido abrir la boca. Y difícil me resulta a mí convencerle de lo contario ante hechos como el relatado.

Otro ejemplo que me explicaba el otro día un compañero en esas eternas esperas en los juzgados a que nos toque el turno. A él le pasó algo similar, pero en este caso con una vista de prisión provisional para el detenido.

El funcionario entra en el despacho antes de la vistilla con la carpeta de las Diligencias Previas y la etiqueta de “Causa con preso”.

Realmente no anima mucho a presentar tus argumentos para fundamentar la libertad provisional de tu defendido.

Luego llegó el Auto de prisión provisional.

Deberíamos seguir los tiempos y no adelantarnos a los procesos con las prisas por acabar, la confianza del ciudadano en la Justicia lo agradecería.

Pero las prisas no son patrimonio de Toguilandia y de sus operadores.

Como algunos saben hice un inciso en mi vida de abogado para pasarme algo más de tres años en el Senado en un regalo de vivencia personal que me hicieron los ciudadanos con su voto.

En el mundo de la política también vi que las prisas no son buenas, por ejemplo, en la tramitación de leyes. Como saben cuando una ley es aprobada en el Congreso pasa a la cámara de segunda lectura que es el Senado. Ello debería servir para introducir mejoras, si es el caso, o modificar errores que puedan haberse advertido en el redactado de la misma.

Pues en más de una ocasión observé que se aprobaron leyes a sabiendas que había algunos errores gramaticales o artículos que podían ser contradictorios con otros. Especialmente en el caso que fueran leyes que se debían transponer de una Directiva comunitaria y se iba con retraso en su tramitación y, claro, con la amenaza de multa sobre España.

Si en el Senado movías una coma del texto la ley no quedaba aprobada automáticamente, sino que debía volver al Congreso para una nueva votación y eso significaba más retraso (y la espada de Damocles de la multa encima). Conclusión, se aprueba como está y si más adelante hay que modificar los errores ya se hará.

Las prisas (bien sea por falta de tiempo o por no hacer las cosas cuando toca) traen en muchas ocasiones chapuzas. Tenemos que esforzarnos todos un poquito más para conjugar prisas y trabajo bien hecho, porque las prisas como dice el dicho son malas consejeras.

Monólogo: Ministerio Fiscal del tiempo


Hoy en nuestro teatro estrenaremos un post muy especial para un momento muy especial. Mi promoción de fiscales, la XXXVI, cumple 30 años, ahí es nada, y cuando leáis esto lo estaremos celebrando. Justo acabaremos de oír este monólogo, que publico a continuación de que sus primeros destinatarios, mis compis de promoción, lo hayan escuchado en primicia. Espero que os guste

Buenas noches a todas y todos.

Probablemente, penséis que soy una fiscal que ha venido aquí a contaros un rollo de los vuestros. Es más, igual me decís lo que m dice mucha gente, que si soy esa de los tacones y la toga que anda todo el día dando la vara en redes. ¿Cómo voy a ser yo esa petarda? Si soy, desde luego, mucho más guapa, dónde va a parar.

La cuestión es que no, no soy una fiscal. Soy una agente infiltrada del Ministerio del tiempo. O, mejor dicho, del Ministerio Fiscal del tiempo. Mis jefes me han encomendado una misión especial: ir al año 1992 y contar de primera mano cómo eran los fiscales -y las fiscales, que las había y muchas- entonces. Y allá que me fui. Y he venido a contaros lo que vi porque lo vais a flipar. Os lo aseguro.

Como es lógico, me fui a buscar al fiscal al Juzgado de guardia. No a una ciudad grande, sino a una cosa más medianita, que cae todo más a mano. Y cuál no sería mi sorpresa al no encontrar rastro de fiscal alguno

  • Ni está ni se le espera -oí a alguien por lo bajini i con una importante dosis de mala leche

Pero no me vine abajo, claro. Y m puse a indagar, haciendo preguntas como está mandado

  • Llegará cuando haya una comparecencia de prisión. ¿No?

Lo deje caer, como si nada. Y como es decía, lo vais a flipar. Me dijeron que no hay comparecencias de prisión, que a ver eso qué es si el juez puede meter en prisión a quine le dé la gana sin comparecencia ni nada, Confieso que me tuvieron que cerrar la boca de la impresión, pero disimulé y seguí adelante como si nada.

Mi siguiente paso no fallaría, lo tenía bien pensado

  • Parece que hay una mujer fuera que quiere denunciar violencia de género- dejé caer- Habrá que avisar al fiscal para la comparecencia de orden de protección

Os juro que si me hubieran salido dos cuernos verdes en medio de la frente no hubiera visto mayores caras de asombro. Allí nadie sabía qué era la violencia de género ni el alejamiento, ni nada de nada

  • No te estarás refiriendo a la pena de destierro ¿verdad?

De paste de boniato. Así me quedé. Así qu cambié de estrategia. Iría por las instalaciones en busca del fiscal perdido. Todo antes que presentarme ante mi jefa sin haber cumplido la misión.

Me senté en una mesa de las que había, porque no encontré despachos, y no os podéis imaginar qué vi. Alucinante. Nada de ordenadores ni similares, pero había un artefacto muy curioso. Tenía un teclado como el del ordenador pero había que hacer excavaciones sobre cada letra para conseguir que se moviera. Y nada de impresora, aunque salía un papel por una rueda muy extraña. Y ni una sola pantalla. Aún no me he recuperado de la impresión porque, además, solo había unas pocas cosas de esas. El resto eran bolis de los de toda la vida.

Cuando ya estaba a punto de tirar la toalla, vi algo que me resultó familiar. Un par de chias bastante jóvenes se devanaban los sesos ante un papel en el que rellenaban palotes. Una, con boli verde porque dijo que no encontró otro. Me acerqué y el papel me resultó familiar. Sus maldiciones aun más. Albricias. Estaban rellenando la estadística de fiscalía, esa cosa absurda de la que ayer mismo m hablaba el fiscal con el que me informé antes de empezar la misión. Era idéntico al de ahora. Había encontrado lo que buscaba.

Por si acaso, me quedé un rato contemplándolas y su conversación confirmó mis sospechas

  • Pues tendremos que espabilar, que en nada nos dan la instrucción
  • ¿Tú crees que es inminente eso de la instrucción al Ministerio Fiscal?
  • Claro. Lo ha dicho el ministro

No cabía duda. Había encontrado lo que buscaba. Mi misión había sido un éxito.

Ahora solo queda una incógnita por despejar: ¿habré merecido el aplauso?

Insoportables: al borde de un ataque de nervios


              Uno de mis títulos de película preferido es, sin duda, el de Mujeres al borde un ataque de nervios. Aparte de que la película se convirtió ya hace mucho en un referente, ese título ha dado para parafraseos varios. ¿Quién no se ha sentido al borde del ataque de nervios alguna vez? Y quien no ha cantado, como Camilo Sesto -o, en versión remasterizada Nathy Peluso- “Y ya no puedo más” a voz en grito

              En nuestro teatro podría decirse que vivimos al borde del ataque de nervios. Los plazos, la falta de medios, las reformas y la materia misma convierten nuestra vida toguitaconada en una carrera de obstáculos a la que llegamos sin la equipación adecuada. Y, aunque tratamos de superarlos, no podemos evitar que nos saquen de quicio.

              Ya dediqué en su día varios estrenos a esas cosas que molestan a abogados y abogadas, jueces y fiscales , lajs  y función pública . Pero, por desgracia, me quedé corta. Por eso hoy quería retomar el tema con la inestimable colaboración de mis compañeros y compañeras fiscales, aunque la inmensa mayoría de nuestras quejas son extrapolables a toda Toguilandia.

              Una de las quejas más frecuentes es la relativa, cómo no, al material. Los folios, aunque no lo parezca, siguen siendo un bien tan necesario como escaso, y de ahí que una compañera describa la situación diciendo que esperamos su llegada como alimañas y otra comente que a veces no queda otra que “robarlos” cual ninjas silenciosos en la noche. Y si se trata de posits, ya ni os cuento. O de bolis, que da mucha penita firmar con un bic sin tapa y ver como hay quien saca su estilográfica de luxe.

              Otro de nuestros caballos de batalla en cuanto a medios es la informática. Es desesperante llamar al servicio técnico que sea y perder la mañana escuchando un tono de espera que una acaba odiando. Y luego, te dan solución…o no. Y vuelta a empezar-

              El tóner, por supuesto, se convierte en producto de lujo y a veces hay que traficar con él como con el más clandestino de los productos de contrabando

              Las contraseñas que caducan son otra pesadilla. Como lo sigue siendo la videoconferencia con sus fallos que te hacen polvo. Aunque lo más desquiciante es no poder conectar porque “no está el funcionario que la lleva”. Y todo el mundo colgado. Verdad verdadera

              Por su parte, quienes ¿disfrutan? De fiscalía digital alucinan con sus fallos y su impotencia. Parece ser que ponerse a trabajar y no poder hacerlo porque el visor no va es una constante.

              Y para constantes, la estadística dichosa . Sea fiscalía digital o analógica, eso no cambia. Y parece mentira que, a pesar de tenerlo todo registrado -aun en  las fiscalía no digitalizadas- informáticamente, sigamos haciendo palotes cada mes por imposición. Y ojo, que a esta tortura han incorporado a jueces y juezas, que ahora saben de primera mano de qué nos quejábamos.

              Otras de las cosas de que se quejan -y con razón- es de la disparidad de festivos. Como quiera que gran parte de fiscales tenemos sede en una ciudad y juzgados e varios pueblos, el día que es fiesta en nuestra sede y señalan en el pueblo les hacen polvo. Y viceversa.

              ¿Y las prisas? Pues y dice el refrán que no son buenas consejeras, y quizá por eso suela darse el fenómeno de que hay muchas cuando te llaman y muy pocas cuando resuelven.

              Las conformidades darían para una novela entera. Me dicen que en las citas previas hay algunas que son como las peores de First Dates y, visto lo visto, lo creo. En ellas hay algo que nos altera mucho, y es que nos aprieten diciendo que hay un compañero que me lo baja más o me pone la multa a 2 euros.

              Y es que el Ministerio Fiscal será único pero sus componentes son diferentes. Por eso da tanta rabia cuando alguien llega a fiscalía, pregunta por el fiscal X y como quiera que el fiscal Y le dice que no está, pues le espeta un “da igual, tú me sirves”. Como si fuéramos cromos.

              Aunque, si hay algo con lo que nos pueden hacer polvo, es con los señalamientos. Ir a una sesión de juicios y que en medio haya varios sin fiscal, especialmente si es en un sitio lejano de nuestro despacho y sin despacho de fiscal, no es plato de gusto. Algo perfectamente extrapolable a lo que les ocurre a abogados y abogadas que hacen encaje de bolillos para completar el puzle de señalamientos.

              Pero para tortura compartida por todos los operadores jurídicos, las reformas. Los Códigos no duran ni un telediario y con lo que cuesta conseguirlos, acaban llenos de fotocopias, grapas, posts y anotaciones, siempre que nos dé tiempo a ponernos al día entre expediente y expediente que no es fácil.

              Y hasta aquí, estos problemillas nuestros de cada día, solo algunos de los muchos que surgen cada día. El aplauso no pude ser otro que para quienes los superan, casualmente, esos compañeros y compañeras que han tenido la generosidad de compartirlos. También son solo una muestra de quienes sufrimos cada día las cuitas de Toguilandia

#ArtistaInvitada: Escarlata Gutiérrez Mayo


Hoy tenemos una invitada de lujo. Amiga, compañera y luchadora infatigable dentro y fuera de redes, además de gran jurista. De esas personas que cada día aportan un chute de alegría. Ojala todo el mundo pudiera tener una Escarlata en su día, pero mientras así no sea no conformaremos con los libros que ha coordinado: Delitos informáticos y Prueba digital, ambos de Colex.

Un aplauso muy largo para ella

Delitos contra la intimidad en la era de las TIC

Los delitos contra la intimidad son los que más interés me suscitan porque en mi opinión son de los que más cambios han sufrido con la implantación y el uso extendido de las TIC y de las redes sociales. De esos papeles y cartas a que hace referencia el artículo 197.1 ya pocos casos quedan en la práctica. De hecho, el artículo 197 sufrió una modificación sustancial por la Ley Orgánica 1/2015, de 30 de marzo, para recoger supuestos prácticos, que claramente atentaban contra el bien jurídico intimidad, pero no tenían encaje en el 197, como ocurrió con el denominado sexting que se introdujo en el apartado 7 de este artículo, y que castiga con una pena de prisión de tres meses a un año o multa de seis a doce meses “al que, sin autorización de la persona afectada, difunda, revele o ceda a terceros imágenes o grabaciones audiovisuales de aquélla que hubiera obtenido con su anuencia en un domicilio o en cualquier otro lugar fuera del alcance de la mirada de terceros, cuando la divulgación menoscabe gravemente la intimidad personal de esa persona.”

Posteriormente, la Ley Orgánica 10/2022, de 6 de septiembre, introdujo un párrafo en este artículo con el siguiente tenor: “Se impondrá la pena de multa de uno a tres meses a quien habiendo recibido las imágenes o grabaciones audiovisuales a las que se refiere el párrafo anterior las difunda, revele o ceda a terceros sin el consentimiento de la persona afectada.”

Pero los cambios producidos por la implantación y el uso de las TIC, y en particular de las redes sociales, no solo se han producido a la hora de encajar nuevas conductas en el tipo, sino principalmente en las consecuencias de estos delitos por el efecto multiplicador en la lesión del bien jurídico protegido que el uso de las TIC produce. Es por todos conocidos la denominada viralidad que tienen las imágenes de contenido íntimo que se comparten a través de redes sociales y lo complicado que es, no solo parar esa difusión, sino retirar posteriormente el contenido compartido.

Estos delitos tienen un claro sesgo de género, ya que afectan en mucha mayor medida a las mujeres. En términos generales, dentro de los delitos cometidos a través de las TIC han aumentado los que integran la denominada violencia digital, entendiendo por ésta la que se comete y expande a través de medios digitales como redes sociales, correo electrónico o aplicaciones de mensajería móvil, y que causa daños a la dignidad, la integridad y/o la seguridad de las víctimas. Esta violencia digital afecta en mayor medida a las mujeres, así según ONU mujeres el 73% de las mujeres en el mundo han estado expuestas o han experimentado algún tipo de violencia en línea. El 90% de las víctimas de la distribución digital no consentida de imágenes íntimas son mujeres. A nivel mundial, 23% de las mujeres manifestaron haber sufrido abuso o acoso en línea al menos una vez en su vida, y que 1 de cada 10 mujeres, de 15 años en adelante, ha sido víctima de alguna forma de violencia en línea.

Este tipo de violencia de género digital, además de otras consecuencias, persigue y provoca que las mujeres reduzcan su presencia en Internet y en las redes sociales. En este sentido las investigaciones indican que el 28% de las mujeres que fueron objeto de violencia basada en las TIC han reducido deliberadamente su presencia en línea. Lo que intensifica la brecha de género que ya existe en el uso de las TIC.

Volviendo a los delitos contra la intimidad, y en particular al denominado delito de sexting, social y culturalmente afecta y estigmatiza fundamentalmente a las mujeres. En este sentido lo recoge la Sentencia del Tribunal Supremo 447/2021, de 26 de mayo (ponente Javier Hernández), en un supuesto en que el acusado amenazaba a la víctima mujer menor de edad con difundir imágenes de contenido íntimo que le había enviado previamente si no seguía mandándole más. En esta resolución el Tribunal Supremo señala que “el riesgo para cualquiera, pero muy en especial para una mujer menor, de que la imagen de su cuerpo desnudo, mostrando, además, actos de contenido sexual, pueda ser distribuida por una red social de la que participan muchas personas de su entorno social y afectivo, adquiere gran gravedad. No solo por lo que pueda suponer de intensa lesión de su derecho a la intimidad sino, además, de profunda alteración de sus relaciones personales y de su propia autopercepción individual y social.

Este nuevo ciberespacio de interacción social fragiliza los marcos de protección de la intimidad. además, cuando tales datos se relacionan con la sexualidad, junto a su divulgación indiscriminada, y en especial si la víctima es mujer, y a consecuencia de constructos sociales marcados muchas veces por hondas raíces ideológicas patriarcales y machistas, se activan mecanismos en red de criminalización, humillación y desprecio

La revelación en redes sociales de la cosificación sexual a la que ha sido sometida la víctima, y en especial cuando es mujer y menor puede tener efectos extremadamente graves sobre muchos planos vitales. Lo que ha venido a denominarse como un escenario digital de la polivictimación. No cabe duda, por tanto, que la llamada “sextorsión” constituye una de las formas más graves de ciberviolencia intimidatoria.”

Por último, con ocasión de estos delitos se pone generalmente el foco de atención y se intenta culpabilizar a la víctima por haber compartido imágenes de contenido íntimo con quien ha considerado oportuno. El foco de atención no debe recaer en ningún caso en que no deben compartirse imágenes íntimas, sino en que quien recibe dichas imágenes, o las capta con consentimiento, no puede posteriormente redifundirlas a terceros. En este mismo sentido lo señala la sentencia del Tribunal Supremo 70/2020, de 24 de febrero, (ponente Manuel Marchena) que confirma la condena del Juzgado de lo Penal por un delito del art 197.7 del Código Penal en un supuesto de reenvío por el acusado a un tercero de una foto de un desnudo que la perjudicada había mandado voluntariamente al acusado. Entiende el Tribunal Supremo en esta resolución que “no puede entenderse que fue la propia víctima la que creó el riesgo de su difusión, remitiendo su propia foto al acusado. Quien remite a una persona en la que confía una foto expresiva de su propia intimidad no está renunciando anticipadamente a ésta. Tampoco está sacrificando de forma irremediable su privacidad. Su gesto de confiada entrega y selectiva exposición a una persona cuya lealtad no cuestiona, no merece el castigo de la exposición al fisgoneo colectivo.

Acuerdos: pájaro en mano


              Hay un refrán que dice que, si uno no quiere, dos no riñen. Y no sé si será cierto, pero lo que sí que es verdad es que los acuerdos dan mucho de sí, en la vida, y, por supuesto, en el cine, sea El acuerdo, sin más, o sea Un acuerdo original, que de todo hay en la viña del señor. Y si no, que se lo digan a todos esos artistas que han llegado a acuerdos millonarios con tal de no serobjeto de una demanda por uno u otro motivo, que ya dice otro refrán eso de Pleitos tengas y los ganes.

              En nuestro teatro, los acuerdos están a la orden del día. De hecho, tenemos refrán propio, y bien conocido y usado: más vale un mal acuerdo que un buen juicio. Y, mal que no sepan, es la pura verdad. A veces merece la pena renunciar a una parte de lo que supuestamente se puede obtener en un pleito, con tal de obtener una resolución segura y, sobre todo, rápida. Siguiendo con el refranero, más vale pájaro en mano que ciento volando.

              Tal vez los acuerdos más conocidos sean los que tiene lugar en el orden penal, las famosas conformidades que a veces hacen que los juzgados se parezcan a un mercado más de lo que debiera, y que ya tuvieron su propio estreno hace tiempo, como no podía ser de otra manera.

              Hoy, sin embargo, vamos a meter mano a otros acuerdos. A aquellos que, dentro de la jurisdicción penal, no están procesalmente previstos, y a los que pertenecen al ámbito de otras jurisdicciones, que ya se sabe que no solo de Derecho Penal vie la jurista.

              En cuanto a la jurisdicción penal, está claro lo que hemos de hacer cuando nos encontramos ante un procedimiento abreviado, o un juicio rápido. Sea en la guardia o sea en la puerta del Juzgado de lo Penal o la Audiencia -no hay manera de que se nos quite la manía de dejarlo todo para el último momento, por una u otra causa- el Ministerio Fiscal ofrece una pena dentro del límite legal que las partes aceptan. Y con eso y un bizcocho, hasta mañana a las ocho. Otro tanto ocurre con los sumarios y hasta los jurados siempre que la pena pactada esté dentro del límite previsto para conformar, que nunca puede ser mayor de 6 años de prisión, que es lo que la ley todavía llama en algunos sitios pena correccional, y a buen seguro que corregir, corrige.

              La cuestión surge cuando la pena excede de ese límite. En esos casos, si las partes quieren conformarse en cualquier caso, hemos de hacer una suerte de paripé para que procesalmente tenga encaje la cosa. Generalmente, se reconocen los hechos, se realiza una prueba muy sucinta que consiste en ratificar declaraciones o periciales, y, con eso, el Ministerio Fisca realiza una calificación acorde a lo pactado, a la que las partes se adhieren. Y hasta aquí, todo en orden. Pero confieso que siempre me quedo con la misma zozobra. ¿Qué pasa si alguna de las partes, fundamentalmente la defensa, no es leal a lo pactado y aprovecha esa casi renuncia a la prueba para solicitar una absolución? Pues que, además de las ganas de asesinarla, no quedaríamos con una mano delante y una detrás, por decirlo finamente. Por eso más valdría que todas estas cuestiones estuvieran previstas y no tuviéramos que echar mano de imaginación jurídica, no fuera a desbocarse.

              Por el otro lado, tenemos los delitos leves, donde tampoco está prevista estrictamente la conformidad, de modo que lo único que se puede hacer es la misma maniobra: reconocer, calificar conforme a lo pactado y adherirse las partes. No deja de resultar curioso -por no decir otra cosa- que no se haya previsto la rebaja del tercio en los delitos leves que sí que existe en los juicios rápidos con conformidad. Así que tratamos de hacer justicia y dar valor a ese reconocimiento como podemos, dentro del libre arbitrio. No queda otra.

              Pero si en alguna materia son útiles y frecuentes los acuerdos es el Derecho de Familia. En estos casos, que se ventilan cuestiones tan personales, se hace más cierto que nunca lo del acuerdo y el juicio. Teniendo en cuenta, por supuesto, que la intervención del Ministerio Fiscal, si hay menores, y, en todo caso, de Su Señoría, tratará de impedir que no existan abusos a la hora de forzar pactos. Todo tiene un límite. Nadie puede imaginar la de cosas que pueden frustrar un acuerdo. Yo siempre recuerdo a una pareja que, estando de acuerdo en casi todo, chocaron con un obstáculo insalvable: ambos querían quedarse el original del vídeo de la boda. No entendí entonces ni entiendo ahora qué más dará tener un original o una copia y, sobre todo, para qué puñetas quieren conservar un recuerdo de algo que esté roto, peeo me quedé sin saberlo. Quizás si hubiera visto el vídeo de la discordia lo hubiera comprendido, pero ni hubo opción.

              Por otro lado, y salvo la materia de familia y alguna cuestión más de orden público, el Derecho Civil es territorio abonado para los acuerdos extrajudiciales. Al tratarse de jurisdicción rogada, si las partes llegan a un acuerdo y desisten de su pretensión, el proceso no llega a nacer o se acaba con los que conocemos como crisis procesales , fundamentalmente el desistimiento y el

Ñallanamiento.

              Otro tanto cabe decir de las jurisdicciones social o contencioso administrativa donde los acuerdos son tan frecuentes que, si no existieran, se colapsarían por completo los juzgados. Y es que el refranero es muy listo a la hora de aconsejarnos el pacto.

              Y hasta aquí el estreno de hoy. Espero que haya acuerdo a la hora de juzgarlo y que sea para bien. Y no me olvido del aplauso. Dedicado, por descontado, a quienes propician lo acuerdos sin llegar a forzarlos. Un equilibrio tan difícil que bien vale una ovación

Si fuera: de nuevo en juego


                Hace un tiempo iniciamos una sección que sale a la luz de vez en cuando dedicada a juegos en versión toguitaconada. Y hoy quería invitaros a jugar a algo que todo el mundo ha hecho alguna vez, para distraerse en días de lluvia, en esos viajes largos en coche que nunca se acababan, o, simplemente, cuando se tenía ganas de pasar un buen rato sin más.

                El juego es sencillo. Empezar una frase con “si fuera…” y jugar añadiendo cualquier cosa y buscando, obviamente, una respuesta más o menos ingeniosa según la gracia de quien la dé. Y hoy vamos a jugar a eso en nuestro teatro. Y, por supuesto, con elementos propios de nuestro escenario y espero que a la altura del mismo. De eso dependerá el aplauso final. Allá vamos.

                Empezaremos con lo fácil. Si fuera una tragedia ¿qué sería? Pues evidentemente, un asunto de violencia de género de esos que nos ponen los pelos como escarpias, esos inexplicables casos de violencia vicaria que siembran el dolor no en una sino en muchas familias.

                Sin embargo, si fuera una comedia, tampoco tendría dudas. Sería, a buen seguro, uno de esos juicios de faltas de antaño que tanto nos hicieron reír, esas riñas de vecinas que se tiran la lejía a la ropa recién tendida como arma arrojadiza o gritan por el hueco de la escalera que la otra es una cochina porque no se lava la faja o una fresca porque tiene tangas de todos los colores y lencería picante. Una comedia a caballo entre Almódovar y Berlanga.

                ¿Y si fuera un documental? Pues por la seriedad del tema y del tratamiento, me vienen a la cabeza esos juicios de materia económica en que hay muchas cifras y poco morbo, mucho documento y poco testigo. Aunque la verdad es que también cabrían algunos juicios contencioso-administrativos sobre materias más difíciles que lucidas.

                Por supuesto, si fuera comedia romántica, nos remitiríamos de inmediato al Derecho de Familia, aunque cometeríamos un error. El Derecho de Familia trata en gran medida las crisis matrimoniales y análogas, y sus posibles soluciones, y eso más bien puede acabar en un drama tipo La guerra de los Rose que en una comedia romántica del tipo cuando Harry encontró a Sally. Así que, para género rosa, más bien deberíamos acudir al Registro Civil que es donde se tramitan los matrimonios, que luego se celebran allí o en otros lugares como Ayuntamientos o Notarias. Que vivan los novios.

                Aunque si hay algo fácil de encontrar en nuestro caso es la repuesta a si fuera una novela negra. Tenemos argumentos para dar y regalar todos los días en nuestros Juzgados de guardia. En estos casos se puede decir sin miedo a equivocarnos que la realidad supera la ficción. De largo.

                Muy cerca de esta respuesta es la que daríamos a la pregunta de qué sería si fuera un thriller. Y sería, sin duda, uno de esos asuntos que, aun sin ser muy frecuentes, nunca se olvidan cuando se viven. Pienso en asesinos en serie, por ejemplo, que no solo viven en las películas. En toda mi vida profesional he visto dos, pero lo he visto. Y eso nunca se olvida.

                ¿Y si fuera un cortometraje? Pues podrán ser los delitos leves, o los acuerdos en diversas materias, incluso los juicios de familia en rebeldía, pero de todas las opciones yo me quedo con las conformidades en Derecho Penal, esos juicios a los que la gente acude pensando que va a asistir al momentazo de su vida y se va en menos de lo que canta un gallo. Esa es, al menos, la impresión con la que acaban algunos testigos si no nos molestamos en explicarles qué ha pasado.

                Por supuesto, si fuera una obra de cine comprometido también tenemos varios candidatos. En la lista estarían todos esos juicios donde se ventilan derechos fundamentales, como ocurre en algunos juicios de la jurisdicción social, y también podríamos encajar en este molde los procedimientos relativos a delitos de odio.

                Y hasta aquí, este pequeño entretenimiento. Os animo a imaginaros vuestros propios si fuera toguitaconados. Mientras, espero el aplauso, si es que el juego ha sido del gusto del público. Y si no, tomates. Siempre saldrá una buena ensalada

Limpieza: brillo toguitaconado


              La limpieza siempre es una virtud. Necesaria, además, sin duda. Las que tienen que servir bien lo saben, como contaban aquellas películas en que Gracita Morales se refería a José Luis López Vázquez como “el señoriiiiito“ con un sonsonete que ha pasado a la historia. Que se lo digan si no al mayordomo del anuncio, tantos años dando la lata y amenazando con hacer la prueba del algodón para comprobar el nivel de limpieza

              En nuestro teatro la limpieza también es importante, como en cualquier ámbito de la vida. Y lo es, por supuesto, el personal encargado de realizarla, que ya tuvo su propio estreno hace algún tiempo, pero no es el tema al que vamos a hincar el diente hoy. Y conste que no es porque el personal de limpieza no tenga mucho que decidir en Derecho, que no hay más que ver la última reforma en cuanto a los derechos laborales de las empleadas del hogar o la lucha que, desde hace tiempo, mantienen por los suyos las camareras de piso de hoteles, popularmente conocidas como las Kellys

              Las limpiezas a las que me referiré hoy son otras. Esencialmente las metafóricas, desde uno u otro extremo de estrados.

              En primer lugar, recordemos que vocabulario coloquial suele identificar los delitos patrimoniales con la labor de lavar y sacar brillo. Se dice que han dejado una casa limpia cuando la han saqueado, no dejando nada. También se alude a la limpieza en este sentido para las estafas que dejan las cuentas de las víctimas más limpias que si las hubieran lavado con Ariel, como decían en el spot de mi infancia, que ni prueba del algodón ni nada.

              En los delitos de sangre, cuando hablamos de heridas, mortales o no, también se hace una referencia clara a la limpieza de las mismas. Un corte con un cuchillo, si es limpio, es capaz de matar de un solo tajo, mientras que el que no es limpio provocará muchas más complicaciones, como una infección, que también puede matar, pero es otra cosa. Y la cosa no es baladí, porque puede afectar incluso a la determinación de la existencia o no de ánimo de matar necesaria para calificar de homicidio doloso o de asesinato .

              Por supuesto, nuestro trabajo también se puede medir según el baremo de la limpieza, cuando nuestra actuación ha sido adecuada, rápida y honesta, como debe ser. Pero en la parte opuesta de Toguilandia, en la de aquellos que entran por la otra puerta del Juzgado de guardia, se refieren a un trabajo limpio para aludir a algo que está en nuestras antípodas: un delito del que no se han dejado huellas, vestigios ni flecos. El crimen perfecto que nunca sabremos si existe o no por razones obvias. Nadie va a descubrir el pastel de un crimen que no se resolvió para presumir de crimen perfecto. Porque el crimen perfecto dejaría de serlo.

              La limpieza puede ser, incluso, excusa para cometer delitos. En Violencia de género nos encontramos más de una vez con investigados que pretenden hacernos comulgar con ruedas de molino al afirmar poco menos que cometer un delito contra su pareja estaba justificado porque no le tenía la casa como los chorros del oro. Y lo peor es que hay mujeres que, en esa anulación característica de la violencia de género, llegan a sentirse culpables y a justificar a su agresor. Me pegó, sí, pero es que yo no había hecho la colada o no tenía preparada la comida. Por desgracia, no lo he oído dos ni tres veces, sino muchas. Y temo que muchas más me quedan por oír.

              Por último, hay otra acepción de limpieza que nos agobia especialmente en Toguilandia. Se trata del concepto de “tener la mesa limpia”, cuyo antónimo no es “tener la mesa sucia” como podría parecer, sino “tener la mesa vacía”, un milagro que, cuando ocurre, a buen seguro que causa que doblen las campanas. O las campanillas, sustituto español del mazo de jueces y juezas que cada día vemos menos.

              En nuestro caso, con la sobrecarga de trabajo que hay, lo de la mesa limpia es casi imposible. Pero eso se acrecienta especialmente cuando llegan las vacaciones, porque, aunque nos demos un merecido descanso, ya sabemos que los delincuentes no cogen vacaciones, y a la vuelta nos esperan los expedientes que dan fe de sus fechorías. Verdad verdadera.

              Y hasta aquí el estreno de hoy. Espero que me haya quedado limpio como una patena. Y, para que no se diga, el aplauso va dedicado hoy a quienes consiguen que, de vez en cuando, su mesa esté limpia. Un mérito que no siempre se valora como debiera.

El grito: secretos de familia


Hoy en Con Mi Toga y Mis Tacones, un estreno muy especial. Se trata del relato incluido en la antología Ranuras, un proyecto de una editorial italiana que supone la primera vez que me publican traducida a otra lengua

Una historia protagonizada por varias generaciones de mujeres que representan amuchas más, a todas. Espero que os guste

El grito

               Confieso que siempre aborrecí El Grito, ese cuadro de Münch que parece volver loco a todo a todo el mundo. Estoy segura de que esta afirmación puede parecer una herejía, pero es como lo siento. Tantos años con el cuadro dichoso -mejor dicho, con réplicas de todos los tamaños del cuadro dichoso- de un lado para otro habían alimentado una fobia en mí que nadie se explicaba. Pero así era.

               Y ahora, como si se tratara de una mala pasada del destino, me encontraba que en la herencia de mi tía Matilde me habían adjudicado nada menos que cuatro copias del cuadro. De todos los tamaños. Una broma macabra que quería gastarme desde el Más Allá. Donde quiera que estuviera, si es que existía.

               Además, aquel cuadro me recordaba demasiado a mi madre para que pudiera mirarlo sin que se desatara un cataclismo en mi interior que me agitaba hasta hacerme daño físico. Hay cosas que no se superan nunca.

               No pude estar en la apertura formal del testamento. Después me alegré, porque no sé cómo hubiera reaccionado ante aquella ironía de mal gusto delante de mis atribulados primos, tristes, como no podía ser de otro modo, por la pérdida de su madre. Ni tan siquiera se atrevieron a adelantarme nada sobre contenido del legado, ni a darme ninguna pista que me orientara. Mi prima Mati me llamó para pedirme mi dirección postal exacta porque tenía que enviarme “algo que había dejado para mí” su madre. No pude sacarle más información, por más que lo intenté, así que hube de desistir y esperar al momento en que el paquete llegara a casa.

               Lo bien cierto es que ni en el más disparatado de mis sueños me hubiera imaginado esto. Cuando llegó el misterioso paquete, lo abrí, pletórica de emoción. Y al ver los cuadros, me entraron ganas de matar a la tía Matilde, o más bien, de matarla de nuevo, porque un infarto se me había adelantado.

               Una réplica del cuadro nos acompañaba en cada viaje de los que hice con mi madre, cuando todavía me llevaba con ella de gira. Aunque era una cría, me entusiasmaba recoger las migajas de fama de la cantante de éxito que ella era. Hasta el día que decidió que no la acompañaría más. Me mandó interna a un colegio y se limitaba a pasar conmigo diez días en Navidad y diez en verano. Ni uno más. Y se había vuelto tan fría y tan distante, tan poco amiga de que saliéramos por ahí a mirar y ser miradas que acabé renunciando a aquellos días para irme con una amiga, o con la tía Matilde, que, por fortuna para mí, siempre tenía la casa abierta a su hija postiza.

               Solo después de una noche entera de insomnio alternando lágrimas y maldiciones, me di cuenta de que tenía que haber algo más, que mi querida tía no me podría haber hecho esta faena solo para burlarse de mí. Ella habría sido incapaz de hacerme sufrir.

               No tardé en dar con ella. En el revés del cuadro más pequeño, un sobre amarillento pegado con cinta adhesiva llevaba mi nombre. Dentro, la carta que sacudía los cimientos de mi vida

               “Querida hija

                         Sé que me he ganado a pulso tu odio o, aún peor, tu indiferencia, y no te culpo. Pero te pido que esperes un poco más para juzgarme. Hazlo después de leer estas líneas, que te llegarán cuando yo me haya ido. Tú serás quien decidas si merezco el descanso eterno. Sé indulgente, hija mía.

                        Te parecerá una broma que te lleguen mis palabras detrás de El grito, mi querido cuadro. Es mi forma de gritar en silencio, pero viene de mucho antes. De la historia que te voy a contar ahora.

                          Como sabes, tu abuela, igual que yo misma, fue cantante. Ella cantaba ópera como nadie, pero tuvo que retirarse. Le contó al mundo entero que fue por una lesión de las cuerdas vocales, y no mintió. Pero lo que calló para siempre fue el modo en que se produjo aquella lesión que la dejó sin voz. Y ahora ha llegado el momento de que tú lo sepas y decidas si quieres compartirlo con ese mundo al que dejó huérfano de su talento.

                        Recuerdo pocas cosas de mi padre. Y las pocas que recuerdo, salieron a la luz después de mucho tiempo de terapia. Yo le oía gritarle siempre, y corría a esconderme. Me tapaba los oídos con tal de no escuchar aquellas palabras horribles destinadas a mi hermosa mamá. Oía ruido de golpes, su cuerpo contra el suelo una y otra vez. Luego, ella llegaba con sus brazos magullados y sus ojos con cercos violetas y me arrullaba cantándome una nana con la voz más dulce que oí nunca.

                         Cuando crecí, un día él entró en mi habitación. Chupaba mi cara con su lengua y me miraba con los ojos fuera de sus órbitas. Siguió lamiendo mi cuerpo por los pechos y el abdomen mientras yo le suplicaba que me dejara. Cuando me quiso bajar las bragas, grité. Grité lo más fuerte que pude, y mi madre vino y le apartó de mí a empujones. El se puso muy furioso y cogió unas tijeras que había en la mesita y se las clavó en el cuello a mi madre. El ruido sordo del filo penetrando en la carne y la sangre que salía a borbotones me han acompañado en muchas pesadillas desde entonces

                         Lo siguiente lo recuerdo a pedazos inconexos. Llegó una ambulancia, y la policía, y se llevaron a los dos. A mí me dejaron en casa de la tía Matilde, y no supe de ellos nada más que lo que me contaban. Había sido un accidente, mi madre se había clavado las tijeras al caerse, pero se pondría bien, aunque nunca volvería a cantar, ni siquiera a hablar con normalidad. La herida le había seccionado las cuerdas vocales.

                         Nadie me preguntó, y yo tampoco conté lo que pasó. Nos conformamos con la versión oficial. Mi madre acordó con él que se marcharía lejos si ella no le denunciaba, y cumplió. No lo volví a ver en mucho tiempo hasta aquel día, el día que lo cambió todo, una vez más.

                       Era el principio de mi carrera. Estábamos juntas en mi camerino, como siempre. Tras anunciarnos mi representante que teníamos una visita que nos iba a encantar, ella abrió la puerta sin preocuparse. Solo recuerdo un grito lacerante que me atravesó la piel y las entrañas. Por última vez en su vida, mi madre recuperó la voz. Y fue, una vez más, para salvarme. Mi padre había burlado todos los controles y estaba allí mismo, dispuesto a terminar lo que dejó a medias aquel día que mi madre se quedó sin voz para siempre.

                       Su grito, con ese timbre que un día fue capaz de romper una vajilla entera de un solo agudo, alertó a todo el mundo. A él se lo llevaron, pero ella ya no se levantó del suelo. Había muerto de un infarto, tras el sobreesfuerzo a que sometió a sus destrozadas cuerdas vocales, aunque yo prefiero decir que se le rompió en pedazos aquel corazón tan enorme que tenía.

                        La expresión de mi madre, en ese momento, me recordó tanto al cuadro de Münch que decidí que en el futuro siempre me acompañaría una réplica en todas mis giras para seguir teniéndola presente.

                        Cuando tú naciste, mirabas siempre aquellos cuadros con tus enormes ojos, y nada más fuiste capaz de cogerlos con tus manitas, eras la encargada de situarlos en mi camerino, justo al lado de la mesa donde me maquillaba. Éramos tan felices juntas…

                          Hasta aquel día. El día en que me llegó un anónimo, prendido de un ramo de rosas. A ese siguió otro, y otro, y pronto comprobé que él había salido de prisión. Desde el momento en que el texto de uno de esos anónimos decía “si no puedo contigo, iré a por ella”, no tuve otro remedió que seguir los consejos que me daban y llevarte a un lugar más seguro, alejado de mí y de mi mundo. El internado era una buena solución, que te daría, además, la educación que no podrías tener si me seguías a todas partes. Y yo tampoco podía dejar de cantar si quería darte la vida que merecías.

                       Sé que te debía una explicación, pero tuve miedo por ti. Estaba segura de que no me habrías dejado sola.

                         Hace tiempo que supe de su muerte, viejo y solo como un perro, como se merecía. Pero ya era tarde para nosotras. Tú habías hecho tu vida, y tu tía Matilde había sido más madre tuya de lo que yo fui nunca.           Le dejé en encargo de que lo siguiera siendo, y la promesa de que no te haría llegar esta carta hasta que ella tampoco estuviera aquí. Estoy segura de que la buena de Mati cumplió con su promesa.

                         Por último, te haré un regalo para compensarte de todo este tiempo. Tienes la libertad de publicar esta carta, y de hablar de tu madre, y de tu abuela, si es de tu gusto. O puedes guardar para ti a historia, si lo prefieres, u olvidarla para siempre.

                         Y, por supuesto, ahora que lo sabes todo, puede juzgarme como creas.

                 Te quiere

               Bárbara

                TU MADRE”

Lloré tanto al leer aquello, que pensé que nunca dejarían de salir lágrimas de mis ojos. Me sentí triste por ella, culpable por mí, impotente por mi abuela. Me sentí parte de una cadena entre generaciones de mujeres unidas por eslabones de silencio. Y había llegado el día en que eso dejara de ser así. El silencio tenía que acabarse para siempre.

Hoy, pasado un año, espero contener las lágrimas. Por nada del mundo me gustaría que se aguara la presentación de “El grito” el libro homenaje a mi madre, a mi abuela y a todas aquellas mujeres que se quedaron en el camino. Se acabó para siempre el silencio.

Esta es la primera crónica que he escrito. En la Facultad de periodismo me han pedido que hiciera un reportaje sobre cómo marca la violencia de género a sus víctimas y pensé que había llegado el momento de continuar con la cadena que un día empezó mi bisabuela y que mi madre decidió sacar a la luz. Les ha costado creer que alguien con tanta fama y medios a su alcance como ellas se vieran inmersas en esa pesadilla, pero en cuanto han leído la historia les ha convencido.

Me dijeron que me iban a calificar con una nota excelente, pero es lo que menos me importa. Cuando he sabido que había un productor interesado en comprar los derechos de la historia, he visto la luz. Han aparecido ante mí las imágenes de mi bisabuela y de mi abuela, y me han dicho lo que tenía que hacer. Solo faltaba hablarlo con mi madre, pero estaba segura de que ella no pondría ningún inconveniente a lo que yo tenía decidido

  • Verá, señor. Estoy dispuesta a cederle los derechos de mi historia para hacer esa serie de televisión que usted dice, pero tengo una condición
  • Usted dirá
  • Los beneficios deberán destinarse íntegramente a la creación de un hogar para mujeres víctimas de violencia machista. Un hogar donde tengan todo lo que necesiten
  • Déjeme que lo piense. Tendré que consultarlo

Mi madre y yo hemos recibido la llamada hace apenas un rato. El hogar para mujeres Bárbara Giménez es una realidad. Sus puertas, con una reproducción gigante de “El grito” de Münch, ya se han abierto para todas las mujeres que lo necesiten.

El día de la inauguración, a mi madre y a mí se nos rompieron las copas de champán con las que brindábamos. Juraría que oímos un grito de alegría desde el Más Allá para celebrarlo. Un agudo capaz de romper una vajilla completa.