Lesiones: las mil posibilidades


                Dar o recibir golpes es uno de los temas más frecuentes en el cine. Desde los tiempos del cine mudo, en que Charlot o el Gordo y el Flaco recibían más que una estera, ha habido multitud de películas y géneros cinematográficos donde los golpes eran gran parte del contenido del filme. La emprendía a baser de artes marciales Bruce Lee en Operación Dragón y todas las que se le pusieran por delante, y la emprendían también a tiros, a sillazos o a lo que tocara El bueno, el feo, el malo y todos los protagonistas de spaghetti western. Y, por supuesto, no faltan golpes y tiros en la saga de James Bond, ni tampoco en todas las películas de acción de Van Damme , Swarzenegger y demás. Por no hablar, por supuesto de los Rambos y los Rockys de Silvester Stallone.

                En nuestro teatro, las lesiones son protagonistas de una buena parte de nuestras funciones. Y no solo en Derecho Penal, que es lo primero que se le viene a la cabeza a una -o al menos, a una penalista irredenta como yo- cuando le hablan de lesiones. El daño corporal puede ser objeto de debate también en la jurisdicción civil, en la laboral y hasta en la contencioso administrativa.

                Por lo que al Derecho Civil atañe, hay multitud de casos en que se pude entablar una reclamación por daños personales, o sea, lesiones. Desde una reclamación por responsabilidad extracontractual -ese cajón de sastre tan usado- por haberte caído en una zanja por obras o por una macha de aceite en el súper, hasta un accidente de tráfico o  o laboral o una responsabilidad profesional por negligencia. Y esto son solo algunos ejemplos. Las posibilidades son infinitas. Y todas, o casi todas ellas, pasan por atravesar la fina línea que divide el Derecho Penal y el Civil, que a veces es tan sutil y difusa que es imposible estar segura.

                Otras jurisdicciones tampoco son ajenas a la existencia de daños corporales y a la necesidad de aunarle consecuencias jurídicas, sea en forma de indemnización, de pensión o de cualquier otro modo. Pensemos, sin ir más lejos, en una pensión por incapacidad laboral o una reclamación referida a un accidente de trabajo, por lo que atañe a la jurisdicción social. También en la vía contencioso administrativo podemos encontrar pretensiones derivadas de daños corporales, como puede ser en el caso de mal funcionamiento de un servicio público cuyo resultado haya sido precisamente ese.

                Pero la guinda del pastel queda para el final, como debe de ser. Cuando las lesiones alcanzan sus más variadas formas y sus más variopintos resultados es el la jurisdicción penal, donde las posibilidades son tan variadas como variado es el mundo. Y, donde, por descontado, las anécdotas son más frecuentes. Es de mucha gente conocida la anécdota -no sé si leyenda urbana- de aquella testigo que, preguntada si resultó herida en la reyerta, dijo que no en la reyerta exactamente, sino más bien entre la reyerta o el ombligo.

                También hay otra que ha circulado por redes, y que cuenta la historia de alguien a quien, tras verterle aceite hirviendo, no respondió sino con un amable “¿no has visto que me estás quemando y resulta una sensación desagradable en exceso?”.

                 No sé si esta historia será cierta, pero sí recuerdo una que me ocurrió a mí, en relación con un partido de fútbol y unas lesiones al árbitro. Resulta que había habido una reyerta -esta de verdad, no la de al lado del ombligo- en un partido importante entre dos pueblos limítrofes y, por ende, rivales. Uno de los futbolistas había acabado propinándole un puñetazo tan fuerte al árbitro que le rompió la nariz y le dejó la cara hecha un cristo. Pues bien, preguntado por esta toguitaconada, tras su explicación según la cual solo protestó con educación, si entonces debía de entender que él, después de que el árbitro pitara una penalty injusto en el último minuto por el que bajaban de categoría le dijo “señor árbitro, creo que ha tenido usted un error de discernimiento” su respuesta no tuvo desperdicio. Exactamente, señorita -me dijo- ha acertado de pleno. Y de pleno acertó él con su repuesta con una condena como la copa de un pino.

                La verdad es que las faltas daban mucho juego, y muchas de ellas se celebraban por mal trato de obra o lesiones leves, con un anecdotario jugoso. De vez en cuando alguien se empeñaba en enseñarnos su cicatrices de guerra remangándose o incluso bajándose el pantalón o subiendo su falda para que apreciáramos bien el resultado. De poco servía que insistiéramos en que teníamos el dictamen del médico forense. “Déjese de florenses y florituras y mire como me puso el muslo, que aún me se nota la meretriz” Una frase que no he olvidado ni creo que olvide nunca. Los sucesores de aquellos juicios de faltas, lo juicios por delitos leves -o levitos, que me gusta más- no han conseguido aquel grado de emoción.

                Hay lesiones, sin embargo, que no son para tomarlas a broma. El tipo básico viene constituido por aquellas que necesitan, además de una asistencia, tratamiento médico o quirúrgico. Este criterio, que sustituyó al anterior -que yo no llegué a conocer más que de oídas- que se basaba en los días necesarios para la curación, tampoco resolvió las muchas zonas limítrofes entre el delito y la falta -o ahora, el delito leve- Todavía encontramos resoluciones contradictoritas en asuntos como el collarín cervical, el reposo o los puntos de sutura. Y es que, como me dijo una vez una forense y yo me grabé a fuego, para un profesional de la Medicina, tratamiento médico es todo lo que hacen, desde prescribir una aspirina a operar a vida o muerte.

                Por el límite superior están las lesiones que causen graves daños a la integridad corporal, esto es, las mutilaciones, que se distinguen según se trate de privación de sentido o de miembro u órgano y a su vez entre estos si son o no principales. Otra posibilidad de zonas difíciles de interpretar en cada caso. Y más aun cuando puede plantearse la duda de donde acaban las lesiones consumadas y donde empieza el homicidio intentado, un tema que ha dado para páginas y páginas de la literatura jurídica.

                No obstante, no cerraré el telón sin recordar un tipo penal de mis primeros tiempos toguitaconados, que nunca ví en la práctica y cuya formulación me dejaba de pasta de boniato. Se trataba de las automutilaciones para eximirse del servicio militar y aun me pregunto cómo podría ser de horrible la perspectiva de irse a la mili para que alguien prefiriera mutilarse que acudir a su cita con el ejército.

                Por último, no quiero olvidarme de las lesiones más difíciles de probar y puede que también de curar, las lesiones psíquicas. Un tema tan peliagudo que daría lugar para otro estreno, que ya llegará en su momento

                Y hasta aquí, la función de hoy. El aplauso se lo dedicaré a todos esos médicos y médicas del cuerpo y del alma que devuelven su integridad a las personas tras un episodio de esta clase. Muchas gracias por estar ahí

Tono de espera: desesperando


                Cuando el mundo del cine empezó a dar sus primeros pasos, el teléfono no era de uso generalizado porque, aunque se inventara a mitad del siglo XIX, aún tardaría bastante en incorporarse a la vida común de los mortales. ¿Quién hubiera imaginado un mundo donde los teléfonos apenas ocuparan lo que la palma de la mano, y se convirtieran casi en una prolongación de la misma? Ni Julio Verne, aunque pudiera fabular con un Viaje al centro de la tierra o 20.000 leguas de viaje submarino. Tampoco se hubieran figurado Las chicas del cable que acabarían heredándoles unos teleoperadores que, desde los más recónditos lugares, amenazan con fastidiarte la siesta ofreciéndote las ofertas más peregrinas. Han quedado muy lejos los tiempos de aquel Teléfono rojo, volamos hacia Moscú , pero algo queda. Y ese algo no es otra cosa que el tiempo de espera. Y ya se sabe lo que dice el refrán: el que espera, desespera.

                Nuestro teatro no iba a ser una excepción, que de esto de esperar sabemos mucho. Y de desesperar, desde luego, también. Casi casi podríamos hacer un máster diario desde los distintos puntos del escenario, el público y las bambalinas.

                Pero hoy no me iba a referir a cualquier tiempo de espera, sino a uno muy particular, que todo el mundo conoce, tanto dentro como fuera de Toguilandia. Y no es otro que el tiempo que en cualquier teléfono, generalmente oficial, te hacen esperar hasta llegar a quien quiera que tenga que solucionarte la cuestión. Y eso si hay suerte. Ese tiempo viene amenizado –por llamarlo de algún modo- con una musiquilla que, tras repetirse una y otra vez, acaba clavándosete en la meninge como si fuera la más refinada de las torturas. Porque mucha música clásica, mucha pretensión cultureta y muchas gaitas, pero al finas de oír siempre los mismos compases una acaba hasta el gorro.

                A este respecto, recuerdo una experiencia que me ha marcado. Cuando estudiaba solfeo, allá por el Pleistoceno, tuve que aprenderme un famoso tema de Ana Magdalena Bach combinando las notas y la sintonía cantadas, el compás con las manos, y otro compás con los pies. Lo aprendí, desde luego, pero acabé aborreciéndolo. Y cada vez que en un hilo musical de tono de espera del teléfono aparece –es bastante frecuente- regresa a mí aquella pesadilla y cuelgo, bañada en sudor. Traumas de una infancia sin psicólogos.

                Pero ahora a Ana Magdalena la acompañan varios compositores más en mis neuras. Según les dé a quienes se encargan de elegir esos tonos de espera. Y no quiero ni pensar lo que será ya mismo con los villancicos. Acabaré con pesadillas donde caerá una campana sobre otra campana, que acabarán golpeando al pobre Tamborilero, entretenido como estaba mirando los peces en el río y perdiendo la pista a los pastorcillos, a la burra y a los Reyes que iban a Belén. Y hasta a las muñecas de Famosa, que no nos falte de na.

                Hoy me pasó otra vez. Tenía que hacer uno de esos absurdos  que nos obligan a hacer, los famosos estadillos, y cómo no, el sistema no reconocía mi contraseña. Aunque mejor sería decir que no reconocía una de las mil contraseñas que venimos obligados a memorizar. Paradojas de la vida, ha habido un cambio encaminado precisamente a que eso no ocurra, algo llamado Escritorio Integrado, que se supone que evitará la multiplicidad de contraseñas. Pues mira por donde, no reconoce la que tenía. Así que tengo que llamar al organismo correspondiente para que me faciliten una nueva o me restablezcan la antigua. Algo que parece fácil y que se ha convertido en una escalada al Everest porque llevo una semana llamando y escuchando el mismo tonillo en espera que se repite una y otra vez. Durante cinco, diez, veinte minutos. Y no soy la única. Y eso, por supuesto, después de las típicas opciones entre las cuales no sé cual elegir. Si quiere una cosa, pulse 1, si quiere otra, pulse 2, si quiere la de más allá, pulse 3 y así sucesivamente hasta que me dice que me espere a que me atienda la operadora, porque no identifico mi problema ni con 1 ni con 2 ni con 3, aunque también los he probado en balde. Puede resultar gracioso, pero cuando una tiene que calificar, hacer juicios, ir a la guardia o cualquier otra cosa, es bastante exasperante perder el tiempo de esa manera.

                Esto es solo un ejemplo, claro está. Cualquier ciudadano o ciudadana se ha topado con la musiquilla de espera para tratar de contactar con cualquier administración, más aun en estos tiempos de pandemia en que ya nada es presencial. El colmo de los colmos es el caso de que te den cita telefónica para atenderte por teléfono, pero es así en muchos casos. Juro que no invento nada.

                Además, no soy la única, y, aunque maldita la gracia que tiene el refrán de “a mal de muchos, consuelo de tontos” es una verdad como un templo. Una se siente menos sola en su desesperación pensando en cuantos compañeros y compañeras están oyendo el mismo tonillo desde distintos lugares de España con el mismo resultado. Ánimo.

                Solo me queda el aplauso que hoy voy a hacer en modo especial. Si le ha gustado el post, pulse 1, si no le ha gustado pulse @·”*+&# -tampoco lo voy a poner fácil- si le ha gustado muchísimo pulse 2 y si le ha gustado a rabiar, pues a dar ese aplauso con ovación que tanta ilusión me hace. Me dará fuerzas para seguir escuchando el tono de espera. Que no se diga

Todoelmundismo: las malditas generalizaciones


                Generalizar es un vicio común. Puede que incluso en algún caso se considere una virtud o, al menos, algo útil. De hecho, los términos “todos” y “todas” así como sus primos hermanos “todo el mundo”, “toda la gente” y similares son de uso común. Y el mundo de los escenarios no podía ser menos. Títulos como Todos los hombres del presidente, Todos a una (título que evoca a la inolvidable Fuenteovejuna) o Uno para todos (que a su vez recuerda el lema de Los Tres Mosqueteros) así lo atestiguan. Pero no todas las personas somos iguales, y eso también se refleja en títulos como Diferente o Tan distinto como yo. Y es que, como dice mi madre, cada cual somos hijos de su padre y de su madre.

                El todoelmundismo es moneda frecuente en nuestro teatro. Es frecuente meternos en el mismo saco a “todos los fiscales”, “todos los jueces” o “todos los abogados”, o sus equivalentes femeninos, que todavía no hemos interiorizado el lenguaje inclusivo ni siquiera en nuestros propios formularios oficiales -el sistema informático de Fiscalía sigue poniendo “El Fiscal” en los encabezamientos- Pero, sea cual sea el tema, no todos somos iguales, aunque, a veces, unos y unas seamos más iguales que otros y otras. Que por qué digo esto. Habrá que seguir leyendo para comprobarlo.

                Lo de generalizar, o tomar la parte por el todo no es algo nuevo. Incluso le hemos dedicado algún estreno, y también a esas personitas que creen saber de todo, esos terulianos y tertulianas que impregnan de todología los medios de comunicación sin que nadie les contradiga.

                La cosa, no obstante, ya tenía sus perendengues en nuestra infancia, incluso sin darnos cuenta. A ver quién no ha oído a su madre, cuando insistíamos en hacer algo porque Fulanita o Zutanito también lo hacía, decirnos eso de “y si se tira por una barranco, tú también lo haces, ¿verdad?”. La verdad es que a nuestra madre le importaba poco que contestáramos que sí porque ella, pionera en el lenguaje inclusivo, nos hubiera espetado un “Qué barranco ni barranca” que solía zanjar la cuestión, nos gustara o no.

                Y es que eran otros tiempos, los tiempos en que una de mis amigas dio tanto la lata con que toda su clase tenía el comediscos -un artefacto curioso que podría describirse como un bolso bandolera con tocadiscos incorporado- que consiguió que se lo compraran. Cuando la pobre comprobó que “toda la clase” era un eufemismo que en realidad quería decir “tres niñas” ya era tarde para devolver el aparatejo, pero no para confiscarlo -de nuevo el Derecho materno– hasta que mi amiga lo mereciera, a su juicio. Lo del comediscos, propio de una generación que ya estamos cerca ser de riesgo para el covid y alguna cosa más, podría traducirse en móvil, ordenador, tablet o cualquier otro artilugio, según la época. El espíritu permanece intacto.

                Como decía, en Fiscalía estamos más que acostumbrados a que nos metan en el mismo saco, como si eso de la dependencia jerárquica que recoge nuestro Estatuto Orgánico como principio de organización fuera una suerte de unifomación con chip incluido que hace que pensemos exactamente de la misma manera y que seamos responsables de los comportamientos de los demás. Y, por más que el Ministerio Fiscal sea único, sus miembros somos muchos y muy diferentes y hay de todo, como en botica. Ni todos somos hijos de papá -y mamá, supongo-, con apellidos compuestos  y cuentas corrientes saneadas, ni lo contrario. Por otra parte, tampoco el tener un apellido rimbombante o determinado nivel de ingresos te adscribe por fuerza a un lado del espectro político, por más que se empeñen en simplificar en ese ejercicio de frentismo que tan poco nos beneficia.

                Ciertamente, Sus Señorías de la carrera hermana no sufren tanto eso de la generalización porque, como son independientes como la república de su casa, no les ponen un chip por el que hayan de responder de las culpas ajenas. Pero no se libran, desde luego. Si a los miembros de la carrera fiscal nos etiquetan como hijos de papá, en su caso ya es una cosa superlativa. De nada sirve que nos empeñemos en probar que desde hace muchas promociones la mayoría no tienen ningún antepasado con puñetas -aunque seguro que los tienen puñeteros- que, en cuanto surge la oportunidad, alguien viene con el cuento. No obstante, tampoco pasaría nada. Si nada tiene de raro que el hijo del médico sea médico y la hija de la arquitecta también quiera construir casas como mamá, no tiene que extrañar que en nuestro mundo también pase. Al fin y al cabo, hay que ganarse el puesto por oposición, no se hereda como las empresas, y en ese caso tampoco nadie pone pegas.

                Reconozco que la idea de este estreno, aun cuando es un tema con el que siempre tropiezo, vino de una interacción -por no llamarla discusión- a través de redes sociales con un abogado. A propósito de algo que tuiteé sobre la violencia de género, afirmaba muy seguro que ”todos los abogados” sabían que se utilizaba para obtener ventajas en un pleito civil de familia. Con toda educación, le respondí que eso era una opinión, pero él insistía que eran “todos”, arrogándose la representación de toda la abogacía como si le correspondiera por mandato divino. Por más que traté de sacarle de su error diciendo que conocía abogados y abogadas que no pensaban así, y que una de ellas salió a confirmarlo, no hubo manera. Que si quieres arroz, Catalina. Y la pobre Catalina, empachada.

                Podría nombrar muchos más lugares comunes y generalizaciones que suelen, además, ir en contra del generalizado. Una de las que más me molestan es la que hacen con  el turno de oficio, cuando presuponen que por acudir a la justicia gratuita la atención va a ser peor que con un “abogado de pago”. Pues bien, he dicho varias veces y seguiré diciendo que mi experiencia con estos profesionales es la de una atención exquisita y entregada que no sé si sería igual pagando pero, desde luego, no podría ser mejor.

                La otra generalización que me fastidia, y esta personalmente, es la manía de que quienes vestimos puñetas tenemos un reloj distinto al del resto de la gente, y llegamos tarde porque nos da la gana. Desde luego, habrá jueces y fiscales impuntuales, pero igual que charcuteros, ferreteros o torneros fresadores. Al margen de que, cuando no llegamos a un sitio, probablemente es porque estemos en otro de la misma importancia. A este respecto, recuerdo a una famosa que salía en el magazine anarosísitico de turno indignada porque el juez de guardia, en vez de atender a su niño al que había mordido un perro, estaba levantando un cadáver. Ya ves tú que desconsiderado. Lo peor es que la entrevistadora y el público asentían con la cabeza dando la razón a la famosuela y a su rorro, que no tenía más que un rasguño que mostraba orgulloso a la cámara.

                Y hasta aquí, la ración de generalizaciones de hoy. El aplauso, para quienes las aguantan con gallardía y donaire que a veces no resulta fácil Confieso que más de una vez me he quedado con ganas de emular a Fernando Fernán Gómez en su famosa frase que no repetiré porque mi madre me lee y no le gusta que diga palabrotas. Y yo, claro está, no voy a darle un disgusto.

Color violeta: palabra de niña


                Si la infancia en general ha dado mucho de sí en el mundo de la creación artística, su visión de la igualdad y de las relaciones entre hombres y mujeres ha dado para un capítulo aparte. El arte no ha sido ajeno al ritmo de la sociedad, y los estereotipos y las ganas de cambiar las cosas también impregnan a las niñas. No todas iban a ser como la niña de El exorcista ni como las terroríficas gemelas ensangrentadas de El resplandor, desde luego. Niñas como la Pippi Calzaslargas que marcaron la infancia de toda una generación, como Matilda o como la inigualable Pequeña Miss Sunshine nos ofrecen diferentes caras de la misma moneda. Son olvidar, por descontado, a Lisa Simpson, esa pequeña gran filósofa que encarna tantas cosas y a Mafalda, la eterna niña que nos martillea la conciencia

                En nuestro teatro, niñas y niños merecen la misma atención y la misma protección, sin duda alguna. Pero dentro de él y, sobre todo, entre las bambalinas de nuestro escenario, nos encontramos verdaderas joyas en forma de frases o anécdotas que merecen su propio estreno. El feminismo y la lucha por la igualdad empiezan desde la cuna, aunque a veces no nos demos cuenta.

                Cuando mi hija mayor empezaba a llevar deberes del cole, solía pedirme ayuda y se sentía más segura si estudiaba a mi lado. Pero las necesidades de mi vida toguitaconada impedían a veces esa atención a tiempo completo que ella reclamaba. Cuál no sería mi sorpresa cuando un buen día, al yo disponerme a marcharme a la guardia, mi hija me soltó una frase lapidaria. Mamá -me dijo muy seria- ya sé por qué existe la violencia de género. Ni que decir tiene que ante una noticia de tal trascendencia, volví sobre mis pasos y me dispuse a escucharla. Su respuesta no tuvo desperdicio. Según ella, los malos maltrataban a sus mujeres el día en que yo estaba de guardia para fastidiarla a ella y que suspendiera los exámenes. Estaba tan convencida que llegué a barajar la idea de llamar a su tutora para que no le pusieran exámenes a ver si iba a tener razón, pero descarté la idea, obviamente. Ojala las cosas fueran tan sencillas como las pinta una niña de siete años. La otra opción, que yo no hiciera guardias, tampoco coló, claro está.

                Ella misma tenía por aquel entonces un enorme lío con eso de los días temáticos. Como sabía por alguna razón que se celebraba un día contra el cáncer, contra el sida o contra la esclavitud, llegado el 25 de noviembre me preguntó si era el día contra las mujeres. Después de tardar un minuto en recuperarme de la sorpresa, conseguí salir del aprieto diciéndole que era el día contra los maltratadores. Prueba superada.

                Una amiga y compañera me cuenta una anécdota estupenda de su hija. Estaban preparando en el cole una canción para la celebración del día de la Comunidad Autónoma. Prepararon la letra, aprendieron las estrofas y la música y cuando ya estaba todo listo, la directora del coro infantil dijo: “ahora ya canten todos los niños”. La pobre debió quedarse de pasta de boniato al ver que las niñas no abrieron la boca. Ante su estupefacción, la hija de mi amiga, de seis años, le explicó que había dcho “los niños” y ellas eran niñas.. Y desde luego, tenía razón. Menuda lección dieron aquellas niñas a la maestra. Lo que no se nombra, no existe.

                Aunque no siempre interiorizan la igualdad del modo que hacemos las personas adultas, y no siempre sabemos entenderlas. La hija de otra amiga tiene muy claro que niñas y niños son iguales, pero algunas cosas tienen sus matices. Según ella, es un rollo tener vagina, y es mejor tener pilila para hacer pis porque apuntas, algo difícil de rebatir. Como es absolutamente irrebatible para ella que puede jugar a fútbol con sus amigos y sus primos pero las muñecas son solo suyas y no se tocan. Por supuesto, su madre tuvo que explicarle que la igualdad es para todo pero no sé si se quedaría muy convencida.

                Otro día, esa misma niña escuchó como su profe ponía la canción de Rozalén La puerta violeta en un día señalado.  Muy contenta, dijo que esa canción era de su mami y preguntó si se la había dado del coche. Y es que parece que tienen un don para poner en aprietos a las personas adultas.

                Por fortuna, día a día las niñas -y también los niños- interiorizan la igualdad y la lucha contra la violencia de género como una cosa natural. Me envía otra amiga la foto de su sobrina con un lazo enorme pintado de morado que ella misma se había hecho el día 25 de noviembre. Dijo que se lo pusieran porque era el que más le gustaba porque defendía a las mujeres. Y de nuevo, tenía toda la razón, además de estar preciosa con su lazo.

                Y es que las nuevas generaciones poco tienen que ver con la nuestra. Cuando veo y oigo estas cosas, todavía recuerdo algo que me decían mis compañeras de cole cuando veían que quien conducía en mi casa era mi madre y no mi padre, una pregunta que oí un montón de veces. “¿Qué le pasa a tu papá?”, me decían. Me costó entender que les pareciera raro algo que yo asumía como normal, pero más todavía les costó entender a ellas que mi padre no condujera y lo hiciera mi madre simplemente porque lo habían decidido así, sin necesidad de que le pasara nada malo a él. Así es como crecimos, algo que, por suerte, está superado. ¿O no tanto como pensamos? Ahí lo dejo.

                Ahora ya solo me queda el aplauso, que hoy es muy fuerte y muy grande. Dedicado a todas esas niñas que, desde su inocencia, nos dan ejemplo. Y, para susceptibles, no descarto dedicar otro estreno a los niños que también aporten su granito de arena a la igualdad. Espero con ansia esas historias.

Y, una vez más, con una ovación extra para @madebycarol por prestarme su ilustración…y algo más. Ella ya sabe..

Infancia: verdad verdadera


                Es bien sabido que los niños -y las niñas, claro está- siempre dicen la verdad. Aunque hay que reconocer que la dicen de un modo adorable- Tal vez por eso el mundo del espectáculo ha recurrido tantas veces a protagonistas infantiles, llegando incluso a explotarles hasta robarles la infancia. El rayo de luz de Marisol no brillaba tanto como quisieron que viéramos, los bucles de Shirley Temple no eran tan dorados como parecía, ni El pequeño ruiseñor era tan feliz como sus trinos hacían creer. Mucho se ha escrito sobre niños prodigio, pero, sea cual sea la historia de cada cual, su presencia en las películas suele funcionar. Es desternillante saber qué piensan los bebés de Mira quien habla, qué hace un niño que se queda Solo en casa, o conocer como crece Harry Potter película a película.

                En nuestro teatro la intervención de menores es tan frecuente como importante, y sus derechos han de ser objeto de especial protección, algo a lo que ya dedicamos más de un estreno. Pero hoy vamos a ponernos en su piel y saber que piensan de Toguilandia y de las cosas que pasan en el mundo.

                Cuando mi hija mayor tenía 5 años, su monitor de natación, un chico muy joven vino un día a hablar conmigo y, un poco azorado, me dijo que él no sabia en qué trabajaría yo, pero la niña le había dicho muy seria que si la volvía a obligar a tirarse de cabeza su madre -o sea, yo- le metería en la cárcel. Entre la risa y el bochorno, tuve que explicar a aquel chico que yo era fiscal y que ese era el modo en que mi hija interpretaba mi trabajo, barriendo, claro está, para casa. La verdad es que no sé si esto influiría pero años más tarde, estando en el Juzgado de guardia, un joven abogado me llamó, y en su cara pude reconocer después de un rato a aquel monitor de natación.

                Lo bien cierto es que entre nuestras hijas e hijos el tema de la prisión es muy recurrente, quizá porque es la manera más sencilla de explicarles nuestro oficio. Aunque no siempre piensan que es lo mejor. Entre nuestros vástagos, hay quienes quieren ser como mamá o como papá, y quienes de ningún modo porque trabajan mucho, como le dijeron a una compañera, o porque vuestras conversaciones son muy aburridas, como nos decían mis hijas. Pero cuidado, que cuando la niña de esta compañera le dijo que prefería ser ladrona para coger los dineritos, la hermana le advirtió que no lo hiciera porque su mamá le metería en la cárcel. No fue, sin embargo, el único. También otra compañera tuvo que escuchar de labios de su hijo de 5 años su vocación de ladrón en vez de fiscal aunque, en este caso, porque le parecía bastante más divertido. Y a lo mejor algo de razón tiene, el angelito.

                Lo bien cierto es que a veces les armamos un lío. Dice un compañero que su criatura no sabía muy bien lo que era su padre, que debía ser policía o médico porque trabajaba siempre en la guardia. Me cuenta otra compañera que, tras explicar pacientemente a sus niños que su trabajo como fiscal consistía en meter en la cárcel a los malos y en proteger a los niños, les preguntó si lo habían entendido. Aun se está riendo de su respuesta, ya que había hecho un mix y le dijo que los fiscales metían a los niños en la cárcel. Y tan contento.

                Sin duda, debemos tener cuidado con lo que les contamos, o nos podrá pasar lo que a una compañera, que se enteró que su hijo, muy fan de la policía, en una charla que le dieron en el colegio, afirmó con toda convicción que su madre trabajaba con los malos.

                Y es que las criaturas interpretan lo que ven a su manera. Ya  conté en las covidnécodtas que la niña de otra compi decía que ella no iba a hacer los deberes porque no era la niña de guardia, tras oír a su madre decir que ella no era la fiscal de guardia en ese momento. Ahora ya sabe un poco más y le pide a su madre que llame al juez para organizarse, no vaya ser que haya un malo malísimo detenido por coger algo del Ale Hop -lo peor de lo peor en su particular ranking delictivo- y les fastidie la tarde.

                A veces, no sabemos explicarnos bien, desde luego. Por eso la hija de 4 años de una compañera se quedó asombrada porque su madre le explicó que el malo del día había robado una casa. Después de preguntarle cómo lo hizo, con lo muchísimo que pesaría, ella misma se contestó. Con una grúa, claro. Blanco y en botella.

                No estaba sin embargo, tan blanco y en botella nuestro trabajo para el hijo de un colega que explicó en el colegio que su padre trabajaba en correos. Alertado por la tutora, que conocía que el padre era fiscal, preguntaron al niño quien, muy convencido, explicó que su padre llevaba muchos papeles y ponía muchos sellos. Y, desde luego, tenía toda la razón del mundo. Viva el Papel 0

                Pero nuestros retoños no solo se preocupan de nuestro trabajo. El coronavirus ha cambiado sus vidas tanto como las nuestras y sus reacciones han sido de lo más curiosas. Me cuenta una amiga abogada que su niño se le aparecía en pleno confinamiento al pie de su cama con sus zapatos en la mano, pidiéndole que le llevara al parque porque en ese momento, en plena noche, el virus estaría durmiendo. Su madre no pudo convencerle de que eso no era así exactamente, así que el niño acabó diciendo que se quería poner malo, así que fueran a la calle ya. Y, como no es tonto, cuando le riñen por portarse mal, le echa la culpa al virus, Y yo creo que voy a copiarlo, que como excusa no tiene rival.

                Desde luego esto del covid ha alterado incluso sus sueños y preocupaciones. La misma niña que no es la niña de guardia está muy agobiada pensando en cómo lo harán los Reyes y Papá Noel para llegar a las casas pese al virus y a las medidas restrictivas, y otro fiscalito junior se pregunta si no superarán el aforo los tres reyes y los habitantes de la casa. Y, además, a ver cómo lo apañan que no solo no son convivientes sino que además son personas de riesgo con las de años que tienen. Y así es, desde luego.

                Y a veces, por más que nos empeñemos en que son mayores para saber ciertas cosas, tiene sus propios tiempos. El sobrino de una compañera se encontró en una pintoresca situación cuando su padre decidió decirle que el ratoncito Pérez era él. El niño, ni corto ni perezoso, le miró asombrado y le dijo : Ualaaa ¿y cómo lo haces para ir a todas las casas?. A ver quién era el guapo de insistir con la verdad ahora.

                Porque los niños y las niñas saben muy bien lo que quieren. Que se lo digan si no a otra compañera que, harta de oir a su hija decir “yo quiero, yo quiero” una y otra vez , quiso contestarle diciéndole lo que quería ella. La niña le interrumpió, indignada, diciendo “estamos hablando de mí, no de ti”. Tal cual.

                Claro está que con esa actitud su madre no se enteraría de lo que pretendía saber otra fiscalita baby, cuando le preguntaba si tenía un enano en el estómago. Ante la sorpresa materna, la niña explicó que eso era como los que bailan flamenco, que se tiene o no se tiene. Y eso a los 6 años, que habrá que oírla cuando crezca.

                Para acabar, recordaré lo que dijo una niña valenciana a las cámaras de televisión, dándonos una lección de civismo acerca del uso de mascarillas. “Me ahogo un poquito, pero más vale ahogarse un poquito que morirse”. Ojala las personas adultas fuéramos tan consecuentes.

Por si acaso alguien no quiere hacerme caso, no dudaré en lo que hace la sobrina de otra compañera, de solo 6 meses que, apercibida de que cuando tose corren a cogerla, ahora finge una tos que ni un carretero después de fumar cuatro paquetes de caliqueños. Me la anoto como técnica de márquetin.

                Y esto es todo en Minitoguilandia, al menos de momento. El aplauso, sin duda, es para todos los niños y niñas cuyas palabras forman parte, aun sin saberlo, de este estreno, y para sus mamás y papás que me lo han querido contar.. Mil gracias

Por supuesto, no me olvido de la ovación extra para mi ilustradora de cabecera @madebycarol, que con sus pinceles todo lo mejora. Gracias otra vez

LECRIM. la entrañable viejecita


                Pocas cosas causan más ternura que una ancianita encantadora, aunque no siempre es oro todo lo que reluce. Las pantallas y los escenarios se han poblado en muchas ocasiones de todo tipo de viejecitas más o menos maravillosas. Las aparentemente inocentes protagonistas de Arsénico por compasión o la madre momificada del protagonista de Psicosis son cualquier cosa menos angelicales, desde luego. Sin embargo, hay heroínas entrañables como la Miss Marple de Agatha Christie o la Jessica Fletcher de Se ha escrito un crimen. Aunque, si tuviera que elegir, dudaría entre la Abuelita Paz de los tebeos de mi infancia, la abuelita de Piolín a la que le parecía haber visto un lindo gatito, o La vieja del Visillo del programa de televisión. Me producen una mezcla de ternura y mala leche que seguro que comparte más de uno y de una.

En nuestro teatro tenemos varias ancianitas venerables. Y no me refiero a ninguna magistrada, abogada o fiscal entrada en años, que nadie me malinterprete. Me refiero a nuestras leyes. Varias de ellas son centenarias, como el Código Civil , la ley de enjuiciamiento criminal o la ley de indulto y, como pasa en todas partes, hay quien envejece mejor o peor. Por supuesto, también depende de las operaciones a que se haya sometido, y de la calidad del profesional de la cirugía que las haya efectuado, que todo cuenta. No siempre basta con el Botox y la silicona.

Pues bien, entre las venerables ancianitas más achacosas que tenemos, está la ley de enjuiciamiento criminal, Lecrim para los amigos. La pobre está cerca de cumplir 140 años, ahí es nada, y no la dejan jubilarse. Y mira que se lo han prometido veces, pero no hay manera. Le hacen una operación de chapa y pintura y a funcionar. Y claro, tiene tantas cicatrices de cada operación que a duras penas puede ser útil. Y no la culpo. A ver quién aguantaría 140 años y seguiría estando tan pichi. Excepción hecha, claro está, de Matusalén, pero ya quisiera verlo yo teniendo que solventar tantas cosas como ha de hacerlo la Lecrim.

El caso es que, en los últimos tiempos, se habla con lo que parece mucha fuerza de una posible jubilación de la ancianita y su sustitución por una nuevecita de cabo a rabo. Quienes llevamos tiempo transitando por Toguilandia sabemos que eso no es nuevo. Se lleva hablando de una nueva ley de enjuiciamiento criminal desde, al menos, que yo estudiaba en la Facultad y seguro que antes. De hecho, comentaba un querido compañero en twitter, dirigiéndose a quienes preparan la oposición, que no se preocupen que seguro que, como tantas veces ha pasado, no queda más que en un proyecto más. Y no seré yo quien le contradiga. Recuerdo que, mientras estaba en la Escuela Judicial, ya nos juraban en arameo que nos preparáramos, que a la fiscalía nos iba a caer encima la instrucción. Y aquí estoy, tas veintiocho años, con mi paraguas para protegerme de la llegada de la instrucción apolillado por falta de uso.

Lo que no podemos negar es que ese parece el principal escollo o, al menos, lo más llamativo. Tanto es así, que ya tuvimos un estreno dedicado a la instrucción, donde, como si estuviéramos en El señor de los anillos, la judicatura sigue clamando por la instrucción por su tesoooooro. Un tesoro envenenado, por otra parte, porque como eso de “darnos” -como si le perteneciera a alguien que graciosamente nos la cede- la instrucción, si al final prospera, no viene acompañado de un plan de cambios a medio plazo y unos medios materiales y personales a plazo inmediato, va a ser el más sonado de los fracasos. Y yo, aunque odio a los profetas, acabaré teniendo que decir ese “¿Lo ves?” que tanta rabia da. ¿O no?

Por supuesto, hay más cosas, pero creo que el cambio de sistema es el eje de una reforma que, como Santo Tomás, creeremos cuando la veamos en el BOE. Lo que es obvio es que una ley que ha pasado por varias monarquías, una república, una dictadura y hasta un par de pandemias merece un descanso. Ya podría venir algún juez a tumbarla, una expresión tan utilizada en los últimos tiempos en los medios de comunicación y que tanto enfada a Sus Señorías, y con razón. Se están convirtiendo en tumbadores profesionales capaces, el día menos pensado, de noquear al mismo Mohamed Alí en su buena época. Tiempo al tiempo.

Y es que, si lo pensamos, el esquema inicial ha ido cediendo tanto que el sumario ordinario, que era el procedimiento tipo, ha pasado a ser excepcional y extraordinario, el proceso más común que es el abreviado se regula como un proceso especial y, pese a su nombre, puede llegara tener tomos y tomos y nada breves. Y así con todo.

Así que, démosle un merecido descanso que ya toca. Pero dotemos al bebé que le sustituirá de un buen ajuar, o el pobre no podrá salir adelante o lo hará renqueando.

De momento, ahí va mi aplauso para ella, como homenaje por el tiempo que lleva acompañándonos. No vaya a ser que me equivoque y esta vez sea que sí.

25 N: Como Dios manda


Para conmemorar el Día para la erradicación de las Violencias contra las mujeres, este escenario abre el telón con un estreno especial, un cuento que fue seleccionado y publicado en la antología de Valencia Escribe “Cada Vez Más Iguales”

Ojala no hubiera que escribir más cuentos como este, o solo fueran cosa del pasado

COMO DIOS MANDA

-¿Puedo, madre? ¿Puedo?

– Mientras no se entere padre y no descuides tus obligaciones, haz lo que te venga en gana. Pero yo no quiero saber nada. ¿Está claro?

         Se fue a su cuarto dando saltos de alegría. Al final convenció a su madre, aunque le costó mucho. Pero mereció la pena. A partir de ese momento, podría ponerse en marcha para cumplir su sueño.

          Quería ser maestra. Le encantaba estudiar, y enseñar lo que había estudiado y, era, además, el modo perfecto de esquivar el futuro que le esperaba, ese futuro que habían diseñado para ella.

          Sus padres eran granjeros, como lo era casi el pueblo entero. No tenían más idea en la cabeza que la de que su hija les ayudara con las faenas de la casa hasta que la casaran con un buen hombre, y que el chico se hiciera cargo de la granja. Era una pena que el destino se hubiera burlado de ellos y les hubiera caído en suerte una chica lista y organizada y un chico que era un zoquete que pasaba las horas entre la calle y la taberna. Confiaban en que con el tiempo sentarían la cabeza aunque, si era difícil en el caso de él, en el de ella lo era todavía más. Pocas niñas sentían tan poca inclinación por las cosas de la casa.

         Fue la maestra del pueblo la que le dio la idea en el mismo momento en que sus padres decidieron que abandonara la escuela. Ella la prepararía en su casa para ser maestra. Era inteligente y aplicada y conseguiría sacarse el título, estaba segura.

          No se equivocó y, una vez consiguió el permiso de su madre –o que, al menos, hiciera la vista gorda- se aplicó como nunca había visto la maestra aplicarse a nadie.

          Cumplió su sueño. Pocos años después de aquella conversación con su madre, firmaba su contrato. Sería la maestra del pueblo vecino. Tendría su trabajo, su sueldo y su casa propia y, aunque las condiciones eran entre injustas y ridículas, las asumió con alegría. ¿Qué más le daba a ella llevar doble enagua, no andar con varones, no teñirse el pelo ni vestir de colores brillantes, ni toda esa sarta de tontadas? Era libre.

            Su padre, sin embargo, sintió que se la habían ido las cosas de madre. Cuando la niña se plantó con la maleta en una mano y el título en la otra, gritó que había dejado de ser su hija. Pero fue la madre quien pagó la osadía de su hija. Le dio tal paliza que casi no lo cuenta, aunque no le importó demasiado. Unos cuantos huesos rotos eran un precio asumible a cambio de la libertad de su hija.

            El no pensaba igual. Le avergonzaba que la niña anduviera por ahí como una cualquiera en vez de estar en la granja como Dios manda. Además, le vendría muy bien casarla con el panadero, que había enviudado. Así lograría un dinerito extra para salvar el desastre a que le habían llevado las deudas de su hijo.

            Cuando llegó aquel inspector y le pidió que le mostrara las instalaciones, ella no sospechó nada. Pero la sangre se le heló en las venas cuando vio lo que había en su cajón. No dudó ni un instante cómo había llegado hasta allí.

             La barra de labios que encontraron en su pupitre fue suficiente para su despido fulminante como maestra. Su contrato, fechado en el año 1923, le prohibía, entre otras muchas cosas, maquillarse. Era el fin.

             Regresó a casa de sus padres con la cabeza alta, pero no les miró a la cara. Su madre solo pudo pedirle perdón con una mirada triste de su ojo sano. Descubrió el plan cuando él recibió en paquete postal la barra de carmín, pero no pudo impedir que lo ejecutara.

               Apenas llevaba un día de vuelta cuando su padre la encontró en la cama con el cuchillo de la matanza clavado en el abdomen. A su alrededor, un charco de sangre tan roja como el carmín con el que se había pintado los labios por primera y última vez en su vida.

              Su venganza no acabó ahí. Su padre hubo de soportar un entierro clandestino fuera del cementerio, con el reproche y las lágrimas de su esposa como única compañía.

              Tuvo en su muerte la libertad que le negaron en su vida.  Las suicidas no pueden tener un sepelio como Dios manda.

Cambios: rebus sic stantibus


                El cambio es una constante en nuestras vidas. Tal vez por eso, las miradas al pasado tienen tanto éxito en cine y teatro, a pesar de que no siempre se pueda afirmar que cualquier tiempo pasado fue mejor. Recuerda es el mismo títulos de una película ya clásica, y es que rememorar Tal como éramos siempre gusta, sobre todo si es para revivir nuestra particular Belle Epoque. También es bueno atreverse a Volver, aunque no siempre los recuerdos sean amables, pero es necesario para Volver a empezar. Y en ello estamos

                En nuestro teatro el pasado es un componente esencial  porque, al fin y al cabo, los argumentos siempre hacen referencia a un pretérito más o menos remoto, o más o menos inmediato. Se trata de colocar el cartel de The End a aquella historia que vivimos y que acaba en los pasillos de Toguilandia, sea para poner una pena al culpable de un hecho delictivo, para resarcir a una víctima, para regular los efectos de una ruptura matrimonial o para ventilar las vicisitudes de una herencia o los conflictos con una propiedad.

                Los tiempos que nos ha tocado vivir, y que hace nada nos hubieran parecido una película de ciencia ficción, han hecho que tengamos que adaptarnos a unos cambios que nunca hubiéramos imaginado. Si han venido a quedarse o no, el tiempo lo dirá. Aunque, mientras tanto, podemos hacer un ejercicio de adivinación, porque el futuro es tan incierto que toda previsión lógica puede saltar por los aires en cualquier momento.

                Entre las cosas de las que espero librarme lo mas pronto posible –siempre, claro está, que sea lícito hacerlo- están las mascarillas. Aun recuerdo cuando veíamos las imágenes de un Michael Jackson desteñido y enmascarillado y nos parecía algo totalmente irreal. Ahora, lo de las mascarillas es el pan nuestro de cada día y en cuanto al desteñido, no es de extrañar vislumbrar cierta palidez en nuestras caras, ya que pasamos una buena temporada entre las cuatro paredes de nuestra casa y ahora, aunque salgamos, no lo podemos hacer ni con la frecuencia ni con a alegría de antaño. Quién nos lo iba a decir hace nada.

                La cuestión es que lo de las mascarillas puede tener, incluso, su lado bueno, aunque a mí me costaba encontrarlo. Una compañera, contestando a una de esas preguntas con las que le doy la lata para nutrir estos estrenos, me decía que en algunas cosas echará de menos las mascarillas cuando desaparezcan de nuestras vidas, esperemos que más bien pronto que tarde. Decía que el tapabocas le sirve para poder comentar cosas por lo bajini con su juez y “adelantar faena” –hay que ver cómo le sacamos partido a cualquier cosa.- y que además permite disimular cuando a una le entra la risa con las numerosas anécdotas con las que bregamos día a día. Esta parte confieso que me gusta más, y que además la vivía ayer mismo cuando una testigo dijo con toda su intención, a la pregunta de si era cierto que vio determinada cosa, que ella, como Chus Lampreave, era testiga y no podía mentir. Así que, visto lo visto, nos resultó útil la mascarilla para ocultar el ataque de risa, hay que reconocerlo.

                También la mascarilla nos da una excusa perfecta para esas veces en que no hemos saludado a alguien o no queremos hacerlo. Y para cuando, cosa muy posible, no recuerdas a la persona y ella sí te recuerda a ti. A este respecto, haré una confesión: alguna vez me encontraba en los pasillos con abogadas o abogados que me abordaban hablándome de “nuestro asunto”, sin que yo recordara de qué se trataba. Ahora es más fácil escabullirte con un “no le reconocía con la mascarilla”. Incluso puede ser cierto, además.

                Sin embargo, hay algo a lo que es difícil encontrar el lado positivo, aunque también puede tenerlo. Se trata de las limitaciones a las reuniones sociales que, desde luego, incluyen esos cafetitos que con distancia y pocas personas, no saben igual, si es que se llegan a hacer. Pero, bien mirado, también nos pueden librar de algún compromiso indeseado, aunque yo he de confesar que cada día echo más en falta la vida social, incluso para cosas que antes no valoraba. No obstante, a mi café burbuja -las cuatro compañeras que tomamos juntas el primer café de la mañana- no lo cambio por nada

                Pero, aparte de la mascarilla y de las limitaciones en distancia y número de personas, si algo ha traído consigo el coronavirus y sus consecuencias es la pantallización de muchos ámbitos de nuestras vida, desde el profesional hasta el lúdico. Ya dedicamos un estreno a las pantallas a tutiplén y, mucho antes, al teletrabajo , pero es algo que, desde luego, ha venido a quedarse, si no en todo, en buena parte. Me dice una compañera que su gran cambio laboral ha sido el teletrabajo y que “de aborrecer el expediente digital ha pasado a adorarlo”. La verdad es que es curioso que hayamos necesitado nada menos que una pandemia mundial para dar este cambio, pero bienvenido sea si es para bien. Lo bien cierto es que ha solucionado muchas cosas que no podrían hacerse con las restricciones, y que es mucho más seguro para nuestra salud y la de los nuestros. Así que, si mejoraran los medios, ya seria lo más. A ver si toma nota quien corresponda y llega el día en que podamos celebrar sin que ningún “me se escucha, me se oye” enturbie el proceso, y sin tener que pasar más rato conectando que en el acto procesal en sí mismo. Prefiero pensar que todo se andará, aunque hay que recordar que hay muchos lugares donde la digitalización sigue sin existir. Yo, sin ir más lejos, sigo llevándome los expedientes a casa en mi maletita. O maletota, vaya.

                La otra cosa que ha cambiado radicalmente son los cursos, como me apunta otra compañera. Su parte positiva es que permite realizar más formación al no tener que depender del traslado varios días y, especialmente, permite tener contacto con muchos sitios y entidades a los que no se accede en persona con tanta facilidad., como puede ser el Consejo de Europa. Pero esta es a su vez una parte negativa, porque perdemos el contacto con compañeros y compañeras que, muchas veces, son lo mejor del curso, tanto en su vertiente profesional al compartir experiencias, como en la lúdica, que tampoco hay que desdeñarla. No solo de juicios vive el jurista.

                Así que cojamos lo bueno y desprendámonos lo mas pronto que las circunstancias permitan, de todo lo negativo que nos ha obsequiado esta pandemia. Y eso sí, tengamos mucho cuidado en que no sirva de excusa para cicatearnos medios, que no es que yo sea malpensada, pero tampoco podemos ir siempre con el lirio en la mano.

                El aplauso de hoy, por su parte, es obvio. Y se lo doy a esas compañeras y compañeros que con sus comentarios han ayudado, una vez más, a que abra el telón de este escenario. Mil gracias. Espero que pronto nos podamos ver en persona, aunque hayamos aprendido que también se pueden hacer las cosas de otro modo.

Homofobia: el estanque de las tortugas


Hoy, nuestro teatro se viste de gala para estrenar un cuento, un cuento sobre amor, discriminación e injusticia. Algo que ojala fuera solo cosa del pasado

EL ESTANQUE DE LAS TORTUGAS

(Relato seleccionado en la antología “Cada vez más iguales” de Valencia escribe)

Me costó un mundo cumplir la última voluntad de mi abuela, pero tenía que hacerlo. Se lo había prometido, y maldecía el momento en que lo había hecho. Y todavía maldecía más la otra promesa que me arrancó con su último suspiro: que guardaría silencio. Así que, por más que costara no había otro remedio que proceder conforme ella quiso.

Esa era la razón de que yo me encontrara aquel domingo sola, frente a un estanque lleno de tortugas, mientras que el resto de mi familia estaban en el entierro de mi abuela. Mi madre se había enfadado tanto que temía que no volviera a dirigirme jamás la palabra. Y yo cargaba con la impotencia de no poderle explicar nada.

– Ya sé que ibas todos los domingos con la abuela a ese dichoso parque, pero ella ya no está. ¿Lo entiendes? No está. Y lo que tú tienes que hacer ahora es venirte al funeral con tu familia.

Bajé la cabeza y seguí adelante, mientas me tragaba mis lágrimas y las que le veía derramar a ella.

Nada más llegar al estanque, me vine abajo. Comencé a llorar sin consuelo, aferrada a la barandilla que rodeaba el pequeño islote de tortugas. Entonces la vi y lo entendí todo.

-Se ha ido ¿verdad?

Esas cuatro palabras fueron suficientes para darme cuenta de lo importante que fue aquella mujer para mi abuela. No tardé en reconocerla. Cada domingo, a la misma hora, coincidía con nosotras alrededor del estanque. Mi abuela y ella nunca se decían nada, nunca se tocaban, ni siquiera se acercaban la una a la otra, pero nunca faltaban a su cita. Yo creía que era casualidad, pero ese día conocí la razón

-Ella y yo nos amábamos desde jovencitas. Nuestros padres nos pillaron juntas y nos prohibieron vernos. A ella, además, la obligaron a casarse. Yo no me casé nunca. Desde entonces, nos conformamos con vernos a través de la reja que circunda el estanque, cada una a un lado, sin juntarnos nunca.

-¿Y jamás os volvisteis a tocar?

-Nunca. Ni un dedo, Mi padre dijo que nos denunciaría. Hubiéramos ido a la cárcel por invertidas, como él no se cansaba de repetirme,

-¿Y luego? ¿Cuándo ya no era delito?

-Era demasiado tarde para nosotras. Habíamos aprendido a disfrutar de las migajas que nos dio la vida, un par de horas mirándonos de lejos con unas tortugas como cómplices.

Le di el abrazo que llevaba tanto tiempo esperando. Yo no era mi abuela, pero era todo lo que le quedaba de ella. Nos quedamos abrazadas, llorando juntas en silencio, hasta que llegó la hora de volver a casa, la hora en que cada domingo mi abuela y yo emprendíamos el regreso.

Me maldije a mí misma por no haberme dado cuenta de nada, por no haberla ayudado, por no haber hecho algo que devolviera a estas dos mujeres, al menos, una mínima parte de lo que una sociedad injusta les había hurtado.

Nunca volví a verla. No supe nada de aquella mujer a la que había amado toda mi vida mi abuela hasta que, un par de meses más tarde, vi una noticia en la televisión. El cadáver de una mujer había sido encontrando flotando, sin signos de violencia, en un estanque rodeado de tortugas. No necesité más para saber que, por fin, estaban juntas.

Olvidos: ¡Andá, la mascarilla!


                El olvido y la desmemoria son temas recurrentes en el mundo del arte, sobre todo cuando va unido al dolor y melancolía que forman ingredientes esenciales de cualquier buen melodrama. La dificultad de continuar Más allá del olvido, la de tratar de pensar en El olvido que seremos o componer Los versos del olvido son algunos ejemplos, como lo es la petición de que No me olvides.

                En nuestro teatro los olvidos son tan frecuentes como en cualquier otro ámbito, aunque hay que andarse con cuidado porque los efectos pueden ser mucho más graves. Hay olvidos grandes y pequeños, importantes o intrascendentes, y hay olvidos inevitables en estos tiempos de pandemia.

                Más de una vez en estos días me he acordado del anuncio de Donuts de mi más tierna infancia, donde un niño –en blanco y negro todavía- olvidaba su almuerzo y, como quiera que regresaba a remediar el despiste, cometía uno mayor. Su frase de “Anda la cartera” ha seguido repitiéndose como paradigma del despiste, aunque, desde luego, revela la edad de quienes lo recordamos.

                Como decía, más de una vez me he sentido ahora como el niño de los Donuts cuando he salido de casa. Y es que, no sé por qué, nos olvidamos de la mascarilla, obligatoria en estos tiempos pandémicos que nos ha tocado vivir. No sé si es mi subconsciente, que quiere hacerse la ilusión de que nada de esto ha pasado, o mi esperanza, que quiere mirar a un futuro en que volvamos a vernos la cara completa. Pero, sea uno u otra, confieso que he tenido que andar alguna vez sobre mis pasos para coger la mascarilla.

                Algo así debió pasarle el otro día a un abogado, que entró en una declaración tapando su nariz y su boca con una braga de motorista que agarraba con la mano para que no se le bajara. Estoy segura que olvidó el tapabocas –como dicen, tan bonito, en Hispanoamérica-, algo que se intuía no solo por el sucedáneo que utilizaba sino por la expresión de apuro que se adivinaba en su cara.

                Y, aunque no sea exactamente un olvido, no puedo dejar de recordar al hilo de esto una anécdota que me pasó en mis primeros tiempos en la fiscalía, relacionada, precisamente, con la prenda de ropa en cuestión. Resulta que me encontré con un atestado por el robo en una gasolinera donde los acusados “cubrían su cara con bragas”. Me quedé impactada imaginando a los acusados de semejante guisa porque, por aquel entonces, yo desconocía que existieran más bragas que las que forman parte de la ropa interior femenina, y me preguntaba por qué habían elegido aquello como disfraz. El entuerto se deshizo cuando cometí la ingenuidad de preguntarle a un compañero cómo colocarían los agujeros para las piernas. Mi compañero debe estar riéndose de mí todavía, y yo aún me sonrojo solo de pensarlo. Eso sí, aquí no hay olvido que valga, nunca dejaré de recordar que existen más bragas que las de lencería.

                Por supuesto, hay olvidos más relacionados con nuestro trabajo. Yo, que el día que repartieron la cualidad del orden estaba haciendo pellas, suelo tener olvidos y despistes día sí día también, que trato de suplir con alarmas, notas y pósits que a mí misma me cuestan de entender . Sin ir más lejos, confieso que tengo un grupo de whatsapp conmigo misma donde me digo todas las cosas pendientes, pero aún así he llegado a ir a coger un tren un día antes del curso que iba a hacer, o he olvidado la hora en que salía y he llegado por los pelos al siguiente, como me ocurrió para la celebración de las bodas de plata de mi promoción de fiscales.

                También me sucede de vez en cuando con juicios y carpetillas, y aunque nunca ha llegado la sangre al río, el mal rato no me lo quita nadie. Recuerdo una vez que pasé una hora entera sentada en la sala de vistas, indignada porque no había llegado ni jueza, ni letrados ni partes. Indignada, llamé al juzgado para pedir explicaciones y aún están carcajeándose con la fiscal que llegó con un día de antelación a sala. Si eso no es puntualidad, ya me dirán qué es.

                Otro de los olvidos horribles es el de las carpetillas, nuestro instrumento para conocer los pormenores del juicio al que vamos, que muchas veces no hemos calificado ni instruido.  Sabiendo eso, no es difícil imaginar cómo se queda una al saber que se ha olvidado la carpetilla en casa, en el coche, o donde sea. O que a ha confundido con otra. Y, aunque siempre se encuentra una solución –volver a por ella, mirar los autos in situ o pedir un receso, el mal trago no nos lo quita nadie.

                Supongo que, mutatis mutandi –toma latinajo- lo mismo se podría decir de las carpetas donde los letrados y letradas llevan sus copias o del expediente que maneja Su Señoría. Aunque en su caso no suele darse la circunstancia tan habitual en los fiscales de no haber visto ese asunto hasta la fase de juicio, salvo casos como sustituciones entre compañeros o la llegada a un nuevo juzgado con asuntos antiguos. Quien se haya visto en este caso seguro que sabe de lo que estoy hablando.

                Otro de los útiles cuyo olvido es relativamente frecuente es la toga, pero hoy ya no tiene trascendencia. Entre las muchas cosas que se ha llevado el coronavirus por delante está la obligatoriedad de la toga en estrados. Ahora la uniformidad y solemnidad del negro se ha visto sustituida por una variedad de colores que a veces hasta se agradece, porque, como le dijo una vez a su madre la hija de una compañera, hay quien se pregunta por qué hemos de ir vestidos de cucarachas. Sea como sea, ya dedicamos a la toga epi un estreno, así que ahí lo dejo.

                Y ahora solo queda el aplauso, que de eso no me olvido. Y lo daré esta vez a todas aquellas personas que, como yo, sufren con sus despistes. Al final, todo tiene remedio .Aunque siempre queda el bochorno, claro

Y hablando de olvidos, casi se me olvida citar la fuente de la viñeta de Idígoras y Pachi exclusiva de jupsin’. https://jupsin.com/la-vineta/vuelta-al-cole-del-donut-a-la-mascarilla-y-el-gel/… Gracias por traducir a imágenes nuestros pensamientos