Bichos: inquilinos indeseados


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Cualquiera ha padecido las molestias de insectos y otra fauna pequeña o diminuta. Seres que, sin ser invitados, se cuelan en nuestros espacios y nos pican, muerden, o fastidian de cualquier forma imaginable. Aun recuerdo cómo me picaba todo cuando ví por vez primera Cuando ruge la marabunta, o el pánico que me invadió al ver Los pájaros. Pero el cine suele ser generoso con ellos y los muestra coloridos, felices y contentos las más de las veces, sean Bichos, Ants, La Abeja Maya o la fauna simpar que acompañaba a Blancanieves por el bosque o a Cenicienta en su desdicha.

A lo largo de mi vida toguitaconada he visto ratas comiéndose archivos –en una sede que ya no existe, por fortuna-, cucarachas acompañándote en el ascensor y varios inquilinos indeseados más con los que no es posible ejecutar un desahucio por precario. Y no es cosa del pasado. Sin ir más lejos, en el juzgado de guardia nos atacan unos mosquitos del tamaño de elefantes. Y eso porque soy valenciana, que si fuera andaluza exageraría diciendo que tienen el tamaño de mamuts. Y los fabricantes de insecticidas tan contentos de que incorporemos a nuestro kit de guardia, junto al Código Penal y demás, un spray matabichos. Siempre hay alguien que saca tajada de la desdicha ajena.

Los mosquitos y demás amiguillos me hicieron recordar una plaga de pulgas de hace un par de años y los titulares surgidos al efecto. Recupero algo que escribí entonces, pero que, mutatis mutandi, valdría en cualquier momento.

 

PULGAS CON CLASE

                En los pasados días leía una noticia que me dejó pasmada. Rezaba el titular en cuestión que las pulgas incordiaban a los magistrados en los juzgados de Valencia. Tal cual. Y digo que me quedé pasmada no por el hecho en sí, que ya conocía en mis propias carnes, sino por la manera de contarlo. O por la manera de comportarse de las dichosas pulgas, que una nunca sabe.

El hecho es que ante tal afirmación una no puede dejar de sorprenderse ante el comportamiento pulguil, y analizar a qué se debe semejante titular. Y así, visto que no existe ninguna declaración de las protagonistas activas de la noticia, hay que barajar todas las posibles opciones: a) las pulgas son extremadamente clasistas y sólo le gustan quienes visten toga y puñetas y, entre éstos, sólo los magistrados; b) únicamente los magistrados tienen sensibilidad suficiente para que les afecte el comportamiento de tales bichitos; c) el resto de seres humanos que habitamos los juzgados somos inmunes a las picaduras. Cualquiera de éstas sería válida, digo yo, porque, por supuesto habría que descartar otras dos opciones, a saber : que quien escribió el artículo no tenía ni idea que en los juzgados, además de magistrados y pulgas, hay otros seres vivos, algunos de ellos humanos, o que quería hacer un titular redondo y llamativo a cualquier precio. Pero eso seguro que no es así, y contrastó la noticia antes de sacarla a la luz a bombo y platillo. Faltaría más.

Así que, a pesar de todo, me han dado una alegría. Porque ahora sé que las pulgas en cuestión sólo buscan incordiar a los magistrados, así que los demás podemos estar tranquilos, por más que las marcas en la piel lo contradigan. Bastará con advertir que no somos magistrados para que se retiren, según parece. Que estoy por hacerme una etiqueta como los niños de la guardería para anunciar cuál es mi profesión o, mejor, cuál no es.

El caso es que lo que me pregunto es si realmente lo que les gusta a las pulgas es el conocimiento del derecho, que quizás son unas estudiosas de la pulguisprudencia, o se trata de mero clasismo, y son pulgas de la jet set. Igual hay que buscar entre los canales de televisión y sintonizar el Púlgame de luxe y así nos enteramos.

Lo que sí tengo claro es que la cosa no es autóctona. Que no sé si se trata de pulguillas inmigrantes o de empingorotadas pulgas cosmopolitas, pero al igual que ahora aparecieron de falleras, me consta que ya lucieron trajes de faralaes o de chulapas, en sus respectivas comunidades, y que si no bailan la sardana es porque tienen unos aparatitos que les impiden acercarse.

Ahora, por suerte, parece que la cosa ha pasado, y ya deben haber emigrado en busca de otros lares, porque ya van varios días que no aparecen. Eso sí, por si vuelve a pasar, estaré atenta. Y esgrimiré un “yo no soy magistrado” como anatema para librarme de su ataque. Igual, hasta le vendo la idea a alguna casa de insecticidas y le saco un rendimiento, que todo es posible.

Así que, si se acercan por algún juzgado, ya lo saben. Las pulgas solo incordian a los magistrados. Los demás, al parecer, estamos a salvo ¿O no?

Y hasta aquí, lo que escribía entonces. Aunque seguimos teniendo de vez en cuando polizones insectiles, que eso no ha cambiado nada. Y seguro que los titulares tampoco lo harían. Por eso, es difícil que el aplauso no sea para nadie más que para quienes aguantamos contra viento y marea. O mejor, contra moscas y mosquitos.Aunque sea a base de rascarnos hasta levantarnos la piel a tiras.

 

 

 

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Siniestros: sálvese quien pueda


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Las grandes catástrofes son género recurrente en pantallas y escenarios. Desde las que se originan dentro del propio teatro, como el incendio que da origen a El fantasma de la ópera, hasta una larga saga de naufragios, terremotos, inundaciones, accidentes y demás. Y, por supuesto, incendios, encabezados por la ya lejana El coloso en llamas, pasando por Llamaradas, a finales tan candentes como el de Malditos bastardos, entre otras.

Nuestro teatro, aunque no lo parezca, también tiene lo suyo con llamas y fuegos. Los incendios forestales, sin ir más lejos, son parte importante del acervo delictivo, y tienen hasta su sección propia en la Fiscalía, dentro de la Fiscalía de Medio Ambiente.

Y hasta dan para sus propias anécdotas. No hace mucho, me contaba una compañera la de un juicio por el  incendio de una barbacoa entre cuyas piezas de convicción se encontraba nada menos que la morcilla chamuscada y obviamente reseca. Cosas veredes, amigo Sancho.

Pero la cosa se pone Al rojo vivo cuando es nuestro propio escenario el protagonista del siniestro. No escapará al avezado lector que, siendo como soy una toguitaconada valenciana, vaya a hablarles aquí y ahora del incendio que ha tenido lugar en la nuestra supuestamente flamante y moderna Ciudad de la Justicia. Y acertó, desde luego. Una cosa así no podía quedar sin su propio estreno.

  No es la primera vez que ocurre en los últimos tiempos. Hace no mucho, la sede judicial de Torrejón de Ardoz fue pasto de las llamas, causando un discreto ruido al principio que parece que ya se haya olvidado. Y no es cosa para olvidar, ni para dejarlo como una mera anécdota. Porque, por un lado, sacan a la luz los defectos de seguridad y mantenimiento de unas sedes que deberían estar cuidadas de una manera, cuanto menos, digna. Y de otra, puede tener una enorme repercusión para el ciudadano cuyo pleito estuviera en el lugar siniestrado.

Es curioso que un edificio relativamente nuevo, y que presume de ser santo y seña de una Justicia moderna, haya sufrido semejante siniestro. Nada menos que cuatro juzgados muy afectados, y la suspensión sine die de señalamientos hasta nueva orden. A salvo la guardia que, para quien no lo sepa, se realiza en un edificio anexo. Y, afortunadamente, sin desgracias personales, gracias a que el hecho sucedió en domingo, porque si no podríamos estar lamentando cosas mucho más graves, con un millar de personas trabajando allí y otro tanto acudiendo a ventilar sus pleitos. No sonó alarma ninguna, y el último simulacro de incendio debió ser hace más de diez años. Ahí es nada.

Pero, aun no habiendo lo que se ha dado en llamar males mayores –o sea, víctimas-, vayamos a los males menores, que de menores poco tienen. Por un lado, acometer las labores de reparación, que vistas las fotografías no van a ser moco de pavo, con los siempre misérrimos presupuestos asignados a Justicia. Por otro, reubicar a los afectados, en un edificio en el que ya hay que ir jugando al Tetris cada vez que se crea –se creaba, porque de un tiempo a esta parte, nasti de plasti– un juzgado.

Y lo más delicado de todo. Los expedientes. ¿Qué pasa con las causas afectadas por el fuego?. Si las cosas fueran como algunos pretenden hacernos creer la respuesta sería sencilla: Nada. Con todo eso del papel 0 y el expediente electrónico la incidencia debería ser mínima. Porque, de una parte, como cualquiera que haya seguido con atención con los episodios de Barrio Sésamo, si el papel es 0, debía ser inexistente. Y, por tanto, ningún expediente se habría quemado. Pero de eso nada, monada. No hemos llegado a las dimensiones de nuestras fallas, ni de un Fahrenheit 451, pero las fotografías publicadas hablan por si mismas. Ahora sí que hay papel 0, pero por causa de fuerza mayor. Nunca mejor dicho.

Siguiendo por ese camino, alguien podría pensar que aunque hubiera expediente físicos, con lo de la digitalización  no tendría importancia. Se entra en el programa informático correspondiente y se recupera todo, aunque sea a base de imprimir como si no hubiese un mañana. Pero mira tú por donde que ahí tampoco las cosas son como las cuentan, y con esos programas informáticos que a Los Picapiedra les parecerían obsoletos, se recuperará lo que se pueda. Y sanseacabó.

Porque, y ahí viene lo siguiente, por más informatizado que se estuviera en Los mundos de Yupi toguitaconados, nuestras leyes siguen exigiendo cuños, papelitos rosa, acuses de recibo y pruebas en soporte papel que no entran en los archivos informáticos como no sea metiéndolas por una ranura. Como hizo mi hija de pequeña metiendo los Pin y Pon en la ranura de las cintas de vídeo porque quería que salieran en la tele.Y yo no he encontrado la ranura. Ni sé de nadie que lo haya hecho. Así que nada de nada.

Por eso, solo queda acudir a lo que prevé la ley de toda la vida. La reconstrucción. Quienes hayan participado en alguna, sabrán lo tediosa que es. Porque, por rimbonbante y prometedor que resulte el nombre de expediente de reconstrucción, la realidad es bien distinta. Se trata de ir casi mendigando a las partes que han intervenido en cada procedimiento que nos presten, por el amor de dios, las copias que tengan guardadas. E ir montando de nuevo el puzzle con sus cuños, sus papelitos rosas y sus acuses de recibo. Si se tienen y si la buena fe de las partes los entrega todos. Eso se mezcla con lo que se haya podido guardar en el ordenador y voilà. Reconstrucción hecha. Ya podemos ponerle una carpeta, foliar y grapar y disfrutar del genuino Papel 0 cortesía de la Justicia española. Tal como lo cuento. Y eso suponiendo que se encuentre a las partes, a sus letrados y procuradores y a quienes intervinieron, que bien podrían en el ínterin y dado lo vetusto de algún procedimiento, haberse jubilado, desaparecido o emigrado a Tombuctú o a las Batuecas.

Y eso es lo que hay. Habrá que ver qué falló en la seguridad y en el mantenimiento de edificios que cobijan cosas tan importantes. Pero mientras, habrá que tratar de desfacer el entuerto de la mejor manera posible. O de la menos mala.

Así que hoy el aplauso va a ser un pequeño homenaje. A los directamente afectados por éste y por otros siniestros semejantes que, pese a todo, seguirán impartiendo Justicia. Como siempre.

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Piezas de convicción: pasen y vean


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Gracias al teatro, el cine y las series de televisión, muy aficionadas a los temas detectivescos y de crímenes, cualquiera tiene una mínima idea de lo que son las piezas de convicción, como la tiene del cuerpo del delito En la ficción, un recurso fantástico para redondear la solución de un crimen o para servir de hilo conductor. El cuadro de Laura, la Caja de Música, el picador de hielo de Instinto básico o el alfiler de sombrero de Matador son algunos de los objetos que están directamente vinculados a la trama. Y casi se elevan a la categoría de fetiches.

En nuestro teatro son especialmente importantes las piezas de convicción. Tanto, que es desde aquí desde donde se han importado directamente al mundo de la ficción y el arte. Aunque muchas veces no son tan glamurosas ni llamativas como las que vemos en la pantalla, y se acercan más al nivel de las estampitas del timo de La tonta del bote. Aunque de todo hay. Una vez más, la realidad supera la ficción.

Cuando se habla de este tipo de cosas, lo primero que le viene a una a la cabeza son las armas utilizadas, sean más o menos convencionales, o sean objetos usados a ese fin. Recuerdo que en una causa me apareció una navaja grapada en un sobre entre los folios, con la que no me corté de milagro. Pero la que más recuerdo fue una katana que constituía el arma homicida, y que dio mucho de sí. La katana en cuestión estaba colgada en la cabecera de la cama del acusado y, cuando éste fue aprehendido, ya la había limpiado de sangre y vuelto a colgar en su sitio porque, según él “le daba pena que no estuviera allí, con lo bonita que era”. En el juicio, y tras hacer dar varios paseos a la agente judicial con la katana delante del jurado –perdóneseme la frivolidad, pero a veces me recuerdan a las azafatas de El precio justo-, el acusado me miró y me dijo “¿ves como yo tenía razón y es muy bonita?”. No hace falta que cuente al avispado lector –o lectora- cuál fue el resultado de aquel pleito.

Pero aparte de las armas, hay cosas de lo más diverso y pintoresco. Y muchas de ellas rozan lo escatológico sino se adentran directamente en ello. Una compañera me cuenta que dentro del propio expediente encontró unas colillas de una marca rara que habían recogido a la puerta del supermecado, lo que, aparte de resultar del todo inútil –¡viva la cadena de custodia!- confería al expediente un olor a cenicero que tiraba de espaldas. Y otra me cuenta que en uno de esos antiguos juicios de faltas que tantos ratos curiosos nos han proporcionado, celebrado por la denuncia de una vecina contra otra porque le tiraba porquería por el balcón, trajo una bolsa con cáscaras de pipas con la pretensión de que obtuvieran en ADN de la ínclita.

Pero para escatológico de verdad, la anécdota que me aporta un compañero, de un juicio por la denuncia de un hombre contra su compañero de piso porque, según decía, defecaba en su cama. Ni qué decir tiene que traía en una bolsa como pieza de convicción. Ni qué rapidez de reflejos la del juez para inadmitirla. Las caras del personal no es difícil imaginarlas, claro. Ni la agresión a las pituitarias, tampoco.

Me cuentan también el caso de otro juicio de vecinos, en este caso originado por la muerte de un gato. El denunciante, indignado por el presunto asesinato de su mascota, no tuvo mejor ocurrencia que aparecer con una nevera portátil donde se encontraba el cadáver congelado del minino, al que pretendía que se le practicara la autopsia. Ante ello, la causa se transformó en unas diligencias previas por maltrato animal, y ahí sigue el buen hombre guardando la nevera y su contenido para exhibirlo en el momento del juicio. Habrá que saber cómo acaba.

También debió ser digna de ver la cara de los comparecientes en un juicio por el hurto de un frasco pequeño y caro de perfume en una tienda. Se ocupó a la autora y se conservó íntegro. Pero, una vez sabido que el lugar donde lo ocultó fue una parte muy íntima de su anatomía, la cosa cambió. Por supuesto, hubo que avisar a la tienda de tal circunstancia, por si se ponía de nuevo a la venta.

Otro tanto le ocurría a un compañero en un juicio por violación, en que en la causa venían sujetas, nada menos que con una cuerda, las bragas de la victima. Llegado el momento de exhibirlas el Presidente se escaqueó de hacerlo y dijo al agente que las depositara en la mesa del fiscal que no tuvo más remedio que proceder a pinzarlas como pudo para mostrarlas con el menor contacto posible con sus dedos. Cuenta que la carcajada en que prorrumpieron los estudiantes de Derecho presentes en la Sala ante la expresión de su cara fue de las que hacen historia.

Y si hay algo que da de sí como pieza de convicción, son las prendas de ropa. Recuerdo un asunto por asesinato en que la prueba esencial era una chaqueta que la autora, presuntamente, había dejado en casa de la víctima. La de paseos con la chaqueta Arriba y Abajo, que presenciamos en la sala, y la de tiempo dedicado a sus detalles, su talla y a quién le venía bien o no. De hecho, un periodista pretendió bautizarlo como “el crimen de la chaqueta”.

Aunque no hace falta irse a un hecho tan grave. Otra compañera, ante el otrora habitual juicio de faltas por una denuncia de una vecina contra otra por mancharle la ropa de lejía, presenció la exhibición de parte del guardarropas íntimo de la denunciante. Trajo una bolsa llena, y, con toda solemnidad, sacó un tanga lleno de lejía. No contenta con ello, empezó a sacar una tras otras las prendas que llevaba guardadas en una bolsa de basura. Todo ropa íntima y toda ella “picante”. Claro, que ella pretendía demostrar que su valor superaba el límite entre el delito y la falta. Habría que saber si lo logró, aunque lo que sí logró fue la hilaridad de los presentes.

Yo he presenciado exhibiciones de prendas de ropa en los momentos más inesperados. En un juicio de divorcio, por ejemplo, donde el demandante traía una bolsa llena de calcetines con agujeros, pantalones del chándal con desgarros y camisetas con lamparones, para demostrarnos lo sucios que estaban los niños cuando los recogía del cole el fin de semana que le tocaba hacerlo. Como si los angelitos tuvieran que salir de allí como un pincel o su madre tuviera la culpa de que salieran hechos unos adanes.

Y si de piezas de convicción curiosas hablamos, a las que se refiere una compañera, unos aparatitos de sex shop que la declarante estaba dispuesta a exhibir caiga quien caiga -igual si la dejan hasta hace una demostración práctica- O una de las que más me ha impresionado, la dentadura postiza de un acusado de alcoholemia que se quitó en pleno juicio y empezó a manejar con la mano como si fuera un ventrílocuo, mientras la juez y yo no sabíamos adonde dirigir la vista.

La verdad, un verdadero filón esto de las piezas de convicción. Un mar de anécdotas que les debo, como siempre, a mis queridos compañeros. Así que, una vez más, para ellos y ellas el aplauso. Mil gracias de nuevo.

 

Sorpresas: lo imprevisible


CAJA SORPRESA

El mundo del arte está lleno de sorpresas. Es más, me atrevería a decir que la sorpresa es su esencia misma. Sea un espectáculo, un cuadro, una escultura o un libro, gran parte de su éxito es debido a la sensación de novedad del espectador, a encontrarse con algo inesperado, algo que le da un pellizco en donde quiera que tengamos situada la tecla correspondiente. La caja de bombones de la que hablaba a Forrest Gump su madre.

También nuestro teatro tiene su propia caja de bombones. Unos, riquísimos, otros, normalitos y alguno que otro con la almendra amarga que nos roba el regusto dulce que nos habían dejado los otros. Y, de vez en cuando, uno de los bombones  nos deja sorprendidos, como el licor dentro del chocolate del que nada sabíamos y que explota en la boca. A veces hasta nos mancha la cara y la ropa.

Alguien podría pensar que, con las bodas de plata toguitaconadas ya cumplidas, nada de este mundo podría sorprenderme. Va de retro, Satanás. He dicho una y mil veces que cuando llegue ese día será el momento de colgar la toga y dedicarme al corte y confección o a la cría del calamar salvaje.

  Sigo notando el pellizco cada vez que escucho a una víctima, cada vez que alguien me cuenta su historia, cada vez que una asunto se resuelve de manera inesperada o de la misma manera inesperada, no llega a resolverse. Hay cosas aparentemente fáciles que acaban complicándose hasta el paroxismo, y asuntos que augurábamos complicados que resultan ser sencillos como hacer palotes en primaria. He visto cosas que no creerías. Juicios de faltas o juicio por delitos leves que duran horas, y hasta días, partiendo de un expediente de apenas cincuenta folios. Y expedientes de un montón de tomos  que terminan –y bien- más aprisa que canta un gallo. Y, de repente, el último tomo. Y zas.

Pero como decía, no todo está en el número de folios, ni en la cantidad de normas jurídicas a aplicar, por más dolores de cabeza que nos regalen. Lo realmente sorprendente son las personas. Y lo son porque jamás un caso es igual a otro, por más que se parezcan a primera vista. Precisamente por eso se siguen necesitando jueces, fiscales, lajs, abogados, procuradores, médicos forenses, funcionarios y toda clase de operadores de este universo judicial. Si no fuera así, bastaría con un ordenador programado para introducir los datos. Denunciado, denunciante, hecho, antecedentes, fecha y rellenando todos los campos que se necesiten, saldría una sentencia calentita y crujiente como un churrito recién hecho. Y de eso nada. La naranja mecánica no debe florecer en nuestro mundo. Ni La toga mecánica, tampoco

También hay otras sorpresas más pedestres, más prosaicas. Las que nos llevamos día a día en el momento más inesperado. O las que nos gustaría llevarnos, que también. ¿Acaso nadie sueña con llegar a su despacho y llevarse la sorpresa de que Los Pitufos, los enanitos de Blancanieves, o los Tres Ositos de Ricitos de oro se hayan llevado sus expedientes y los hayan resuelto durante la noche? ¿Cómo sería si los ratoncitos de Cenicienta se dejaran de perder el tiempo en hacer un vestido para una sola noche y se pusieran a despachar sumarios y procedimientos abreviados? Si además, a estas alturas de la película ya deben saber que las malvadas hermanastras van a romperlo, y que el Hada Madrina solo tiene tiempo para calabazas y zapatitos de cristal y jamás ha asomado su nariz por Toguilandia?. Pues yo sigo esperando que pase, pero nada. No hay sorpresa que valga.

Aunque a veces el hada madrina anda por ahí camuflada y no sabemos verla. Yo confieso que la he descubierto alguna vez metida en el cuerpo de alguna compañera que me ha echado una mano cuando estaba agobiada sin esperar siquiera agradecimiento. Cosas como sustituirte en una guardia o en juicios, o aparecer con esa jurisprudencia que justo te hacía falta y con la que no dabas de ningún modo. Claro que esas hadas madrinas, como buenas hadas, hacen su trabajo a hurtadillas sin esperar nada a cambio. Para las que me estén leyendo, gracias. Que sepáis que os he visto más de una vez, aunque me haga la loca.

Pero no podemos acabar este estreno sin hablar de las sorpresas desagradables. No todo iba a ser alegría y buenrollismo. Porque a veces fallan las personas, y aquél de quien esperabas que te echara una mano va y si te descuidas te la echa al cuello.

Y luego están las sorpresas de andar por casa, tan frecuentes en nuestro teatro. Techos que se caen, inundaciones en cuanto caen cuatro gotas, material que desaparece, pequeños inquilinos como pulgas que nos hacen visitas inesperadas, sillas que se rompen y demás. Y una que, no por frecuente, deja de ser una auténtica pesadilla. Ese momento en que, tras celebrar el juicio, no se ha grabado nada. Y toca Volver a empezar.

Este tipo de sorpresas también vienen de la mano de la informática y sus ondas. Ese momento en que desaparece el informe que se estaba redactando, o el que estábamos seguros de haber guardado el día anterior, o de tener una copia a buen recaudo. Y, últimamente, las que puede regalar Lexnet, que, con esos agujeros que recuerdan al de un queso gruyere, invocan a los ratoncitos de Cenicienta a ver si ellos pueden con eso. Quizás sea cuestión de llamar al Flautista de Hamelin. Todo es cuestión de plantearlo en la instancia adecuada.

Así que hoy el aplauso es para quienes, pase lo que pase, conservan la capacidad de sorprenderse con las cosas inesperadas, celebrando las buenas y sobreponiéndose a las malas. Porque no hay mejor sorpresa que la actitud positiva y la ilusión de trabajar. Venga lo que venga

 

Formalismos: tradición vs modernidad


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Mucho se ha escrito y hablado sobre los formalismos. En parte costumbres, o en parte tradiciones, a veces aparecen como barreras para el avance y otras como un seguro de que no se pierdan ciertas cosas del pasado. Y lo difícil es discernir unas de otras.

La farándula es un mundo poco dado, por su propia naturaleza, a los formalismos. Pero seguro que haberlos, haylos. Como hay  protocolos, y sus costumbres no escritas, acerca del modo de actuar en cada momento, a quién dirigirse en cada caso, y hasta cómo vestirse. Nadie cruza la alfombra roja en bikini y chanclas sino con un modelazo divino de la muerte o que pretende serlo, por más que a veces se le queden a una los ojos haciendo chiribitas viendo algunas de las cosas con las que se pasean por allí. Por no hablar de la risa que entra al pensar lo que se paga por determinados trapitos –en el más literal concepto de trapito- o, como diría mi madre, por una pantalón lleno de agujeros que están pidiendo a gritos un remiendo…y una limosna para su propietario o propietaria. Pero como también diría ella El mundo está loco, loco. O tal vez sea que Los dioses deben estar locos. Y quienes no son dioses, aún más.

Nuestro teatro es campo abonado a formalismos y tradiciones. Necesarios o viejunos, es cuestión de opinones y, sobre todo, cuestión de qué se trata. Como en botica, hay de todo. Cosas que no deberían perderse y cosas perfectamente prescindibles.

Y, por supuesto, hay que empezar por el vestuario. Aunque ya tuvo su propio estreno, la verdad es que togas, puñetas  y lo que va debajo de ellas han dado y darán mucho qué hablar. Sin olvidar mis tacones por descontado. ¿Es preciso seguir usando toga? ¿Es necesario vestir de una determinada manera y está proscrito hacerlo de otras? Pues según y depende.

En cuanto al uso de la toga, aunque, para ser sincera, no es un prodigio de alegría ni estiliza precisamente la figura, es nuestro uniforme y por tal hay que tomarlo. Aunque haya quien lo llama disfraz y hasta quien lo usa como tal, como la pequeña protagonista de la imagen que ilustra la cabecera de este blog. Como cualquier otro uniforme, es necesaria para identificar a los protagonistas de nuestro teatro e incluso para imponer un poco de respeto, aunque hay algunos que ni por ésas. “Esa del batín negro no hace más que decir mentiras”, le dijeron una vez a una compañera en un juicio de faltas. Y es que oímos de todo. Llamarnos “su señorita”, “mi señoría” o hasta “Majestad”. En una entrega de medallas, quien hacía las veces de maestro de ceremonias, después de imponer algunas a miembros del Poder Judicial, se tomó al pie de la letra eso de que somos iguales en tratamientos, y llamó a mis condecorados compañeros miembros del “Poder Fiscal”. Y ya quisiéramos.

En lo que atañe al vestuario que llevamos debajo de la toga también, tiene su aquel. Antes, todo el mundo tenía claro aquello de vestirse con solemnidad, de blanco y negro y traje de chaqueta. Lo que se sigue llamando guardar sala. Pero yo reconozco que yo no guardo nada y, aunque trato de ir adecuada, hace ya mucho tiempo que dejé de vestirme de revisor de tren, como decía una buena amiga. Y no creo que sea necesario.

Los juicios tienen su liturgia. Se supone, y así consta en las disposiciones legales, algunas más que vetustas, que el Fiscal se sentará a la izquierda del juez, salvo que su categoría sea superior al mismo, en cuyo caso irá a la derecha. La vida real es diferente. Las Salas tienen su sitio para juez, Fiscal y Laj –cuando estaban en juicio, claro- y no imagino a nadie escalafón en mano para saber cómo va el tema de las categorías y comenzar el juego de las sillas. Y mucho menos que se pueda cambiar de Sala o de mobiliario. Bastante suerte hay si se tiene sala o si ésta tiene un mobiliario decente.

Tal vez por eso cada vez es más frecuente la celebración en salas multiusos, donde juez, fiscal, letrados, procuradores, partes y testigos nos acoplamos como podemos. A veces, como piojos en costura. Algo que no está mal como solución, pero que provoca una cercanía entre todos que ha dado lugar a que las partes discutan entre ellas como si estuvieran en un bar, o interrumpan y hasta hagan escuchitas para corregir a sus propios abogados. Recuerdo una señora que, indignadísima, me dijo que ella quería hablar igual que todos los que estábamos en la mesa, a ver por qué tenía que ser menos.

Una de las tradiciones más arraigadas es la de pedir la venia. Esto no es otra cosa que pedir permiso y, la verdad es que no sé por qué lo hacemos al inicio de cada frase ni por qué con esa fórmula obsoleta y no con cualquier otra igualmente similar y respetuosa. Con permiso, por ejemplo. O simplemente con un gesto tras que se nos dé la palabra. Pero confieso que yo, contradicción pura, por más que me planteo hacerlo así, acabo dejándome llevar por la venia que posee mi garganta cada vez que abro la boca. Quizás me lo incrustaron por  chip cuando no me daba cuenta.

Parejo a ello está el tema del tuteo. ¿Hay que hablarse necesariamente de usted entre jueces, fiscales y Lajs, de un lado, y Abogados y Abogadas de otro? Pues es la costumbre, pero en mi opinión nada obsta al tuteo si se conoce a la persona de tiempo y se guarda igual respeto. A veces, un usted espetado con desprecio puede ser más ofensivo que el tuteo. Y confieso que me sigue dando risa ver a amigas que conozco muchos años dirigirse a mí de usted. Del mismo modo que yo les contesto. Lo que tengo claro es que el tuteo o el “ustedeo” ha de ser recíproco. Causa un efecto muy raro un diálogo entre dos personas en que una hable de usted y otra de tú. Y eso vale para funcionarios y para cualquier tipo de personal. Faltaría más.

Pero hay costumbres muy sanas que se van perdiendo. Cuando yo llegué a mi primer destino, y también después, el respectivo fiscal jefe nos llevaba de paseo presentádonos uno a uno a todos miembros de la carrera judicial del edificio. También al llegar nos presentábamos al resto de comapañeros haciendo el paseíllo despacho por despacho. Algo que hoy echo de menos. Sobre todo porque la plantilla crece y a veces no sé si quien está en la fotocopiadora es una compañera recién llegada o una espontánea que se acaba de colar. Y la verdad es que da corte preguntarlo, por aquello de no meter la pata. Y a lo mejor acabo metiendo la pata por no preguntarlo.

Y es que costumbres hay muchas. Una de las que recuerdo con más cariño era el modo de recibir a los recién llegados del Fiscal jefe en mi primer destino, un señor entrañable además de buen profesional. Sin cortarse un pelo, nos invitaba a sentarnos en un sofá en el que una se hundía hasta casi quedarse con las piernas colgando. Una vez allí, sacaba su almuerzo, envuelto en papel de periódico, y su termo de café u horchata, según la época. Y se ponía a almorzar tranquilamente. Por supuesto, nos tendía su bocadillo, y preguntaba eso de “¿gustas?”. No sé de nadie que gustara, pero, después de eso, una acababa creyéndose el mensaje de que éramos como una familia. Eso sí, con el tiempo, también acababa descubriendo que algunas familias terminan tirándose los trastos a la cabeza, como en la Guerra de los Rose.

Así que hoy el aplauso es para quienes, desde el respeto, logran el equilibrio entre la tradición y la modernidad. Algo mucho más difícil de lo que se piensa.

Regreso: deja vù


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Todo el mundo tiene derecho a vacaciones. Antes o después, nuestro trabajo se pone en modo stand by y el relax en modo on, con el loable propósito de descansar y de lo que se ha dado en llamar “cargar las pilas”. Aunque las pilas ya no son como antes, y, como los móviles, cada vez se nos descarga antes la batería aunque hayamos estado todo el verano cargándola. Llega El final del verano y es hora de volver a la rutina. Los artistas dejan sus bolos veraniegos y se preparan para los próximos estrenos de la nueva temporada. Eso sí, agotando Lo que queda del día. Aprovechando Los lunes al sol que queden.

También nuestro teatro cambia de escenario. Volvemos a cambiar el bañador por la toga, las chanclas por los tacones –o los mocasines- y los libros de lectura por Códigos y leyes. Menos actualidad de prensa y más de BOE. Y, como los niños y niñas, nos enfrentamos a la vuelta al cole con la contradicción basculando de la alegría del reencuentro con los amiguitos y amiguitas toguitaconadas –no confundir con los amigüitos del alma- y la pena del reencuentro con el despertador, los expedientes y las prisas.

Una llega con el descanso puesto en el cuerpo, dispuesta a comerse Toguilandia y zas. La realidad le da de bruces y el recuerdo de las vacaciones le dura tan poco como tarda en esfumarse el bronceado ganado en un mes.

El primer bofetón viene ya antes de salir de casa, antes de llegar al despacho. El despertador, o la alarma del móvil –su cruel sustituta- nos saca del Dolce far niente, de La dolce vita a la que ya nos habíamos acostumbrado. Y eso si no nos hemos dejado poseer por la Dory que andaba Buscando a Nemo y hemos recordado programarlo.

Pero, suponiendo que hemos superado la primera prueba, llega lo más duro. Hay que llegar al despacho. Hay que ponerse a temblar pensando en qué nos vamos a encontrar allí, pasando más miedo que cuando ví El resplandor siendo adolescente. Alguna vez, dirigiéndome al trabajo de vuelta de las vacaciones, me ha parecido ver a las gemelas de la película diciéndome eso de “ven a calificar con nosotras”, mientras la escena imaginaria se llenaba de un aluvión de expedientes pugnando por aplastarme.

Y, como la realidad siempre supera a la ficción, también juraría que alguien ha visto que mi cabeza giraba como la de la niña de El Exorcista en cuanto me asomaba por la puerta y veía en lontananza mi mesa. O más bien, la intuía, porque los expedientes no dejan ni un solo hueco donde se divise la madera o el material con el que esté hecha. Y dice la leyenda que se oye una voz que dice “¿has visto lo que ha hecho el… del Juzgado” –rellénese la línea de puntos al gusto-

Y es que, ahora que no nos ve nadie, voy a contar un fenómeno paranormal que aún no ha sido resuelto. Dicen que en Cuarto Milenio están en ello, pero no hay manera. Y no es otro que El extraño caso del Juzgado que escupía papel. Tanto más extraño cuanto que, según el mandamás de turno, el papel se va acabar porque ha llegado el expediente digital. Y ojo, que es un fenómeno universal, que me cuentan mis compañeros que no es cosa de mi despacho ni de mi destino. Es todo un agujero negro, que ríase usted de los del espacio.

Además, como todo buen agujero negro que se precie, no tiene un solo origen. Dicen que en los Juzgados también ocurre, y una Invasión de los expedientes les llega directamente desde Fiscalía. Y también ocurre en despachos de abogados, y procuradores. Y claro, eso explica muchas cosas. Entre otras, por qué con unos sistemas informáticos tan maravillosos que la NASA los envidia y un Lexnet que hace las delicias de todo el mundo por su inmejorable funcionamiento, no desaparece el papel. Señoras y señores, aquí tienen la respuesta. Pero guárdenme el secreto.

Pero ahí no acaba todo. Cuando una aún no se ha repuesto de la impresión, añorando los tiempos en que los sustitutos hacían un gran papel en estos casos, llega otra pesadilla. De repente, Un monstruo viene a verme. La agenda, las planillas de reparto de trabajo o la lista de señalamientos. Diferentes versiones del monstruo que vira nuestro aspecto hasta volvernos como El increíble Hulk. Porque solo con los poderes de La Masa es posible sacar todo eso adelante. Señalamientos sorpresa, juicios que no recordábamos, otros que hay que hacer porque Fulanito o Zutanita todavía están de vacaciones –con todo el derecho- y un sin fin de incidencias que ni los mejores tiempos del programa Sorpresa, sorpresa

Entonces es cuando a una le entran las ganas de gritar eso de Dios Mío, pero qué te hemos hecho. Una pregunta retórica cuya respuesta se desconoce y que tal vez forme parte del Tercer Misterio de Fátima. Habrá que estar atenta.

Resignarse. No cabe otra. Y, como en las más terroríficas películas de miedo, esperar a que salga el The End y acabe el sufrimiento. Sin darnos cuenta que, como en Pesadilla en Toguilandia Street, Freddy Kruger aparece cuando una menos se lo espera, hasta en sus sueños. Por eso, llega el día siguiente y toca Volver a empezar. El montón de expedientes sigue ahí, el de señalamientos también, y nuestras pilas cargadas pasaron a la historia de un plumazo. Se marcharon con esa sensación de Deja Vù que nos invade cada vez que regresamos.

Es lo que hay. Así que hoy, en lugar de aplauso, va un grito de aliento que ya hemos usado otras veces. Arriba las togas. Seguro que podemos con ello.

 

Decisiones: ¿dilemas resueltos?


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Todos los momentos de la vida están marcados por la toma de decisiones. Siempre llega un punto en que el camino se bifurca en dos – o más- y hay que elegir, sin saber qué será lo adecuado. Como la que toma quien se quiere dedicar al espectáculo desde el momento en que dice eso de Mamá quiero ser artista, ante el pasmo y desespero de atribulados progenitores, que tener un hijo o hija cómicos no estaba muy bien visto en algunos momentos.

Quizás por eso la ficción ha dejado muestras de la importancia de ello, como aquella terrible opción que tenía que tomar la protagonista de La decisión de Sophie o la invitación que desde el propio título hacía la de Elígeme.

Y cómo no, desde mucho antes de ponernos la toga, incluso antes de ser capaces de subirnos a los tacones -o a los mocasines-, el camino que lleva a Toguilandia está sembrado de baldosas amarillas, como si fuéramos la mismísima Judy Garland de El Mago de Oz. Ya hablamos de ello emulando a Sahakespeare, hamleteando que es gerundio, cuando hablábamos de las dudas que jalonan nuestro camino toguitaconado.

Pero hoy, a sugerencia de Julia, lectora y ya amiga, dedicaré este estreno a las que surgen antes. A la difícil decisión, aquí y ahora, del camino a tomar y cómo llegar hasta él.

En mi tiempo, en cierto modo lo teníamos más fácil. No nos exigían tener las cosas claras tan pronto como ahora en que, si nos descuidamos, en el mismo momento de dejar el chupete habrá que saber si se quiere hacer ciencias o humanidades, y qué tipos, optativas e itinerarios para llegar al buen puerto pretendido. El problema es que se tarda mucho en saber cuál es el puerto realmente bueno para cada quien. Y hay quién, hasta con su flamante título de licenciado –ahora grado- en Derecho, aun sigue debatiéndose en qué narices hacer con su vida.

Como decía, en su día eso era más sencillo. Podíamos dejarnos llevar por la inercia, y acceder, como en muchos casos, a la carrera de Derecho por el tópico de que tiene muchas salidas. Pero hoy el problema ya no son solo las salidas, lo es también la entrada. Porque ya hay que prever muchas cosas para acceder, como una nota que permita hacer la carrera ansiada. Acompañada de un estudio milimétrico de optativas, troncales y otras zarandajas que hacen que los jóvenes se planteen el acceso a la Universidad como un cálculo estadístico. Y luego, seguir eligiendo, dónde y cómo, si un doble grado o uno sencillo. Que hemos llegado a un punto que si no se tienen al menos dos carreras no se es nadie, aunque se trate de dos cosas que tengan tan poco en común como un huevo y una castaña.

Pero sigamos la ruta. Imaginemos que ya estamos dentro. Tampoco aquí la cosa es tan sencilla como nos lo ponían antaño. Entonces los cursos tenían sus asignaturas y nuestra única obligación era aprobarlas del mejor modo posible. En mi facultad de Derecho de Valencia elegíamos entre Privado, Público o Empresa, y teníamos un par de optativas, pero era un caso excepcional, y solo eso ya nos daba más de un quebradero de cabeza. Pero ahora escogen cada asignatura en una suerte de encaje de bolillos en el que no me hubiera querido ver en su día. Confieso que una vez que tuve que matricular yo a mi hija tenía taquicardia temiendo haberme equivocado en la opción oportuna en cada caso. No sentía los dedos, por el temor a darle a la tecla errada y fastidiarle el curso.

Superado todo eso, llega lo peor. Opositar o no hacerlo, ejercer por libre o buscar colocación por cuenta ajena. Y lo que es más difícil, lograrlo. Pero vayamos por partes.

Si se decide opositar, hay que escoger a qué. Si hacer una de las consideradas “difíciles” (notarías, registros, inspección de Hacienda, abogado del estado, Juez, fiscal, Laj, entre otras) o se opta por cuerpos de gestión, de tramitación o similares. Y saber que la cosa está malica, que convocan pocas plazas, y que es posible tirarse muchos años en ello, y lograrlo o no. ¿Cómo decidirse entonces? Pues confieso que no tengo la fórmula. Pero recomiendo que, más allá de motivaciones prosaicas como lo fácil o difícil que resulte o la perspectiva de ganar más o menos dinero, pensemos directamente en el trabajo que nos espera. Es recomendable hacer una visita, o más, a Juzgados, Notarías, Registros o aquello que nos llame la atención antes de decir la última palabra. Ahora el practicum da alguna posibilidad de la que antes carecíamos. Si nos gusta, adelante. El mundo es de los valientes. Y pocas personas hay más valientes hoy en día que un opositor u opositora.

Pero no caigamos en el error de creer que elegir el ejercicio es el camino fácil. Nada de nada. También aquí hay que escoger de qué y cómo se ejerce, si abogado o procurador, si por cuenta propia o ajena, si una especialidad –si nos dejan- o cualquier cosa que caiga en nuestras manos. Y saber que a veces hay que hacer una combinación de derecho y psicología aderezada con paciencia para la que no todo el mundo está preparado. Bien tuve oportunidad de verlo en casa, con un padre abogado y enamorado de su profesión…pero que fantaseaba con tener una hija fiscal. Lo logré pero, aunque él no estaba ya conmigo, no dudo que lo vio desde donde quiera que se encuentre.

Así que ahí queda eso. No sé si sirve como consejo, pero me aventuro a darlo. Buscad vuestro camino porque sea el que os llene, que en Toguilandia esperamos ansiosos a gente con vocación y ganas.

Por eso hoy el aplauso va para quienes, pese a las dificultades, no tienen miedo en escoger la opción ansiada. Puede que no lleguen a la meta, pero el camino recorrido siempre merece la pena si se recorre con ganas. Intentarlo, ya es de valientes. Y lograrlo es posible. No lo olvidéis nunca. Palabra de toguitaconada

 

Relatividad: reescribiendo a Einstein


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Todos sabemos lo que es la relatividad. No hace falta saber formular de corrido la famosa teoría para hacerse una idea aproximada de que todo es relativo. Tampoco es necesario saberse de pe a pa la vida del científico protagonista de Einstein, o la más iconoclasta El jovencito Einstein. Ni siquiera hace falta tener Una mente maravillosa, saber ver Más allá del horizonte o ser capaz de enunciar con Hawking La teoría del todo. Sencillamente, vemos cada día que el espacio y el tiempo se perciben de forma diferente según con qué se comparen.

Eso es algo obvio en el mundo del arte. Una película, un libro, una cuadro o un espectáculo de danza pueden considerarse de una enorme repercusión si una toma como referencia un pueblo pequeño, donde todos lo han visto o leído, o considerar que la repercusión es mínima porque no ha traspasado las fronteras de ese pueblo. Todo es relativo.

En nuestro teatro, reescribimos las medidas de tiempo y espacio a diario. Tanto, que pudiera decirse que tenemos las nuestras propias. Acompáñenme si no lo creen a pasear por Toguilandia.

Empecemos con una unidad de tiempo sencilla. Un momentito, sin ir más lejos. Para el resto del mundo es un fragmento de tiempo pequeño. Pero en nuestro mundo el momentito adquiere nuevas dimensiones, del todo indeterminadas. Cuando nos dice el auxilio judicial que nuestro juicio empieza en un momentito, está haciendo referencia a un lapso de tiempo que puede abarcar desde cinco minutos hasta un par de horas. Eso es el momentito. Y no hay modo de saber si el que nos ha tocado es de los largos o cortos. Porque, precisamente, el momentito se caracteriza por vivir en la incógnita.

Algo parecido ocurre con el ratito. Cuando alguien dice que necesita un ratito para llegar a un acuerdo, hay que echarse a temblar. El ratito puede prolongarse de modo indefinido y, además, puede terminarse sin previo aviso y sin que al final haya llegado la conformidad o el acuerdo.

Y es esa misma línea, el término enseguida. Si para el común de los mortales quiere decir algo que ha de ocurrir ya mismo, no es así en nuestro caso. Ni muchísimo menos. Enseguida significa que no tenemos ni repajolera idea de cuándo va a celebrarse lo que sea, pero que no se te ocurra moverte ni un milímetro porque en cualquier momento te llaman. Eso sí, teniendo en cuenta el nuevo significado de momentito, volvemos a lo mismo. Pero ahí hay que estar. Por si acaso.

Y una advertencia. Cuidado con los diminutivos. Aquí funcionan exactamente al revés que en el resto del mundo. Cuando las horas se convierten en horitas, los minutos en minutitos y los momentos en momentitos no significa que sean más pequeños. Al contrario. Suele querer decir que te ates los machos y te resignes a esperar con la paciencia del Santo Job.

Pero no solo las unidades de tiempo varían su significado. También los adverbios lo hacen. La propia ley da la pista cuando se refiere a señalar “en el plazo más próximo posible”. O cuando mide el tiempo en audiencias en vez de días. No nos engañemos. Puras maniobras de despiste, que son muy útiles para explicar que si se ha señalado un juicio “pronto” puede ser dentro de seis meses, o “un poco tarde” en dos años, sin ir más lejos. Y como usen el diminutivo, háganse con un calendario perpetuo ya. Por si las moscas.

Aunque no solo el tiempo varía. También el espacio. De hecho, hay varios agujeros negros que ninguna teoría científica ha logrado explicar. Uno de los más conocidos está en Fiscalía, o eso es lo que dicen porque, como la Niña de la curva, todo el mundo habla de ello pero nadie lo ha visto. Y sé de lo que hablo. Cuando dicen que los autos están en Fiscalía, significa que pueden estar en cualquier sitio, incluso en Fiscalía. Pero que no están en el Juzgado donde se reclaman. Y puedo asegurar sin temor a equivocarme que si estuvieran en Fiscalía todas las cosas que dicen que están, Fiscalía tendría el tamaño de la Vía Láctea por lo menos. Y eso sin exagerar.

Otro de los agujeros negros está en los calabozos. Estoy segura que en ellos hay una especie de Triángulo de las Bermudas que se traga a los Letrados y no se sabe si van a volver y cuándo lo harán. Y no miento. Lo experimento cada vez que me dicen que van a calabozos a hablar con su cliente. Y los ratitos y los momentitos cobran toda su nueva dimensión. Cuentan que en la segunda parte de El Sexto Sentido el niño dirá En ocasiones veo Letrados. Y vaya usted a saber si es cierto

Tampoco los medios de transporte se salvan de nuestra particular interpretación. Cuando alguien dice que está en el ascensor, no caigamos en el error de creer que tardará lo habitual en que éste recorre unos cuantos pisos. Nada de eso. El ascensor implica un viaje astral del que nunca se sabe cuando se regresa.

Como el misterio del autobús, sin ir más lejos. Los autobuses en los que viajan quienes han de acudir a juicio van al mismo ritmo que una peregrinación a Lourdes de rodillas, más o menos. Y algo parecido ocurre si se está aparcando. Aparcar en Toguilandia es algo así como ejercer de zahorí buscando agua, no se llega hasta que no se ha encontrado la fuente de la eterna juventud. Y no digamos si se ha de ir a renovar el ticket del parquímetro;  se tarda más que en renovar el carnet de conducir.

Y claro, las cosas son tan así, que cuando dien que ha pasado algo, una lo duda todo. Como lo que me pasó cuando una letrada de guardia avisó de que tardaría “un poquito” porque habia tenido un contratiempo. Cuando llegó, algo más tarde que un poquito, se salvó por los pelos de una monumental bronca. Cuando estábamos a punto de echar sapos y culebras por la boca, vimos que traía un vendaje en la cabeza y la señal de unos cuantos puntos. El contratiempo en cuestión fue un pedazo de golpe en la frente con la puerta de un coche, y el “poquito” que tardó lo pasó en el hospital sirviendo de lienzo de unos primoroso puntos de sutura. Pero acudió a la guardia, vaya que sí. Y durante mucho tiempo lució una hermosa señal en el nacimiento del pelo que me recordaba la anécdota, y su sentido del deber.

Eso sí, no poseemos el monopolio de estas peculiares formas de medir el tiempo y el espacio. Quienes se encargan de gestionar la Justicia también las utilizan. Por eso cuando hablan de el número de juzgados y de plazas de jueces y fiscales que han creado, de la notable reducción de la litigiosidad o de que la digitalización es un éxito, también hay que reinterpretarlo. Y pobres de nosotros si, además, empiezan a usar el diminutivo.

Un diminitivo que no emplearé para dar el aplauso, desde luego. Porque hoy dedico una enorme ovación, sin escamotear su tamaño, a quienes desde un genial hilo de twitter, me inspiraron a escribir este post. Es más, me retaron a ello. Y buena es esta toguitaconada ante un buen reto. Mil gracias.

Y un aplauso extra. El dedicado a la ilustradora de este post, Lucía Mompó Gisbert, que lo ha ideado y realizado ex profeso para mí, mi toga y mis tacones. Mil gracias más

 

Imagina: por un mundo en paz


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Hoy nuestro escenario está de luto. Mi toga es más negra que nunca, y mis tacones cambian los lunares por las rayas rojas y amarillas de la bandera catalana.

Hoy me pedía el cuerpo colgar el cartel de “cerrado por defunción”. Pero si lo hiciera ellos habrían ganado. El terror que nos quieren imponer no nos puede parar, como no nos paró en París , en Bruselas, en Berlín, en Londres  ni nos debe parar nunca.

Por eso hoy nuestro escenario abre el telón en un estreno especial. Un pequeño relato en forma de homenaje. El homenaje que no hubiera querido tener que hacer

 

IMAGINA

                Barcelona, agosto de 2027. Uno de los salones del Ayuntamiento engalanado para la celebración de una boda.

                Lleno a reventar. Los numerosos asistentes esperan la llegada de los novios con la ilusión y la emoción pintadas en sus caras. Incluso alguna lágrima se escapa de quienes ocupan las primeras filas.

                Marina y Mohammed entran en el salón cogidos de la mano. Viendo su enorme sonrisa, nadie pensaría cuánto les costó llegar hasta aquí. Pero aquí están, con una expresión en la cara que lo dice todo.

                Iniciaron su relación justo diez años antes, cuando Barcelona, Cataluña y el mundo entero lloraban las víctimas del terror que, sobre ruedas, arrasó las Ramblas, como más tarde lo haría en Cambrils y quién sabe dónde más lo habría intentado.

                Al principio no lo notaron tanto. El dolor era demasiado grande y todo el mundo trataba de sobreponerse a él de la mejor manera posible. Pero, al cabo del tiempo, cuando la herida abierta empezaba a cicatrizar, las cosas cambiaron.

                La verdad es que nadie se atrevió a rechazar a Mohammed abiertamente. Pero cada día chocaban con miradas que ponían barreras tan altas y tan duras como un muro de cemento. Tampoco nadie se atrevió a decirle a Marina con franqueza que dejara a Mohammed, pero oía constantmente recomendaciones, consejos, o expresiones que le invitaban a reconsiderar su relación. Muchas veces tuvo que tragarse las lágrimas de rabia al oir aquello de “Marina, no es el momento”, “Marina, piénsalo bien”, “Marina, hay muchos otros chicos”

                Marina permanecía callada. Mohammed así lo quería y ella respetaba sus deseos, tanto como él respetaba los suyos. También fingía que no se daba cuenta cuando algunos amigos dejaban de llamarla o no le invitaban a algunos sitios. Pero, cada vez que ocurría, juraría que oía chirriar las ruedas de aquella furgoneta maldita y el sonido de disparos en aquella tarde aciaga en Las Ramblas.

                Porque Marina estuvo allí. Como también estaba Mohammed. Todavía recuerda, como si fuera ahora, el instante en que aquel chico asustado se colaba dentro de la tienda donde ella se encontraba. Una tienda ubicada en pleno epicentro de la tragedia y que les sirvió de parapeto y refugio.

                Allí se conocieron. Allí permaneció junto a él tratando de aliviar su angustia y su impotencia. Y juntos salieron de allí después de muchas horas para no volverse a separar.

                Pero había algo más. Algo que Marina sabía y que Mohammed nunca contaba ni quería que ella lo hiciera. Su madre, Ayesha, musulmana como él, quedó tendida en el suelo de Las Ramblas para no volver a levantarse. Ella fue una de las víctimas de aquella tragedia que cambió su vida.

                Marina, al principio, le pedía que lo contase. Sufría con ese rechazo imperceptible a su raza y a su religión y pensaba que conocer su historia ayudaría a aceptarlo. Pero Mohammed fue implacable. No quería causar lástima. No quería usar la muleta que le confería el estatus de víctima para atravesar la muralla de la intolerancia y el miedo.

                Mohammed tenía razón. El, y tantas personas como él podían por sí solos hacer comprender al mundo que no hay dios ni religión que justifique aquello. Y menos aún, el suyo.

                Por suerte, el miedo poco a poco fue cediendo a la cordura, a la tolerancia y al deseo de vivir en paz. Vencieron el rechazo. Y Marina oía ahora otros consejos  distintos de aquellos que tanto le dolieron “Marina, qué chico tan fantástico” “Marina, qué buena pareja hacéis” “Marina, qué preciosa historia la vuestra”.

                Marina y Mohammed ya se han dado el sí quiero. Tras de ellos, los padres de Marina sonríen satisfechos. Pero tal vez quienes más sonríen son las hermanas de él, radiantes de alegría. Una de ellas lleva un pañuelo cubriéndole el pelo. La otra lleva la melena suelta, sujeta a un lado con una flor blanca. Y las dos están igual de hermosas, igual de felices, igual de sonrientes.

                También es idéntica la lágrima que se les escapa al escuchar la música con la que termina la ceremonia. Imagine, de John Lennon. Ellas son las únicas que, además de los novios, saben lo que aquella canción significa. En el establecimiento donde se refugiaron aquella tarde, Marina regaló a Mohammed un CD con aquella canción. Lo había comprado, como una premonición, minutos antes de que el terror sobre ruedas asolara la calle.

                La premonición de Marina y el empeño de Mohammed en seguir adelante debieron dar su fruto. Desde hace más de tres años, ningún atentado terrorista ha vuelto a abrir heridas en ciudad alguna.

 

Disfraz: no solo carnaval


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    Disfrazarse es, desde luego, algo muy normal en el mundo del espectáculo. Tan normal que, para interpretar otras vidas, es necesario adoptar la vestimenta de aquél a quien se interpreta. En ocasiones, se nota poco o se limita a adoptar la ropa de la época adecuada. En otras, La Máscara es suficiente para adoptar diferentes personalidades, y  en otros, todos los personajes la llevan, como en esos salones venecianos donde Casanova hacía gala de sus supuestos encantos. Y en el universo patrio, tenemos nuestro propio rey de los disfraces, Mortadelo, tal como pasó del tebeo a la pantalla. Sin olvidar lo importante que es el disfraz para cualquier superhéroe, desde el clásico Superman hasta la reciente WonderWoman, pasando por un montón de seres dotados de Los Increíbles superpoderes, indisolublemente unidos a su traje y su capa.

Nuestro teatro  les anda a la zaga. A veces imperceptibles y a veces menos, también los disfraces aparecen con frecuencia a uno y otro lado de estrados. Quizás mucho más de lo que somos conscientes.

En primer término, los habituales nos disfrazamos casi cada día. Nuestras togas, con o sin tacones, con o sin puñetas, son el uniforme con el que representamos nuestras funciones diarias. Pero más allá de lo evidente, mucho hay que hablar sobre disfraces y su repercusión en nuestro mundo.

La de disfraz es una agravante recogida en nuestro Código Penal, heredera de una tradición constante. Por el contrario de lo que una tiende a pensar cuando se lee, no es necesario ir vestida de lagarterana, de personaje de StarWars o de cualquiera de Los Tres Mosqueteros para que sea de aplicación. Basta con emplear cualquier artificio que impida el reconocimiento del delincuente y, por tanto, dificulte su persecución. Una gorra, un casco de motorista o un pasamontañas –lo que mi madre llamaba toda la vida “verdugo”- son lo más habitual, aunque en otro tiempo lo fuera la tradicional media para deformar el rostro, muy apreciada por Makinavaja para sus fechorías. Y, por supuesto, la famosa braga que, pese a lo que su nombre indica, no es ninguna prenda de lencería femenina sino una bufanda venida a más. Recuerdo a un detenido que, en su día, me contestó indignado, a la pregunta de si empleó una braga para cometer el atraco, que él eso lo usaba para otras cosas. Faltaría más.

Y, por supuesto, la cosa da para más de una anécdota. Me cuenta un compañero la de un habitual transeúnte de Toguilandia que se valió de una bolsa del propio supermercado que se disponía a atracar, colocada en su cabeza y con dos agujeros recortados. Ni que decir tiene que, tras gritar de semejante guisa “esto es un atraco” fue de inmediato reconocido por los parroquianos y abortada su más bien cutre acción depredatoria. Como no podía ser de otro modo.

Otra compañera me cuenta de su experiencia al hilo de un antiguo juicio de faltas en torno a un incidente surgido con el cobro a un moroso. En ese caso, en lugar de ir ataviado de cobrador del frac o de pantera rosa, el cobro lo realizaba vestido de payaso. Y con ese uniforme se presentó, ni corto ni perezoso, el día del juicio. Sin ser consciente de que estaba ante su minuto de gloria, porque tal vez nunca provocó tanta hilaridad –aunque contenida- su atuendo de clown.

Y es que los juicios de faltas nos dejaron muchas vivencias inolvidables. Como la de otra compañera que me relata cómo un juez, en una vista por falta de respeto a los agentes de la autoridad, preguntó a éstos “si iban convenientemente disfrazados”. No obstante, lo mejor fue la respuesta del agente aludido que, sin amilanarse, dijo “sí, señoría, al igual que usted va disfrazado en estos momentos con la toga”. Por supuesto el juez, apercibido de su lapsus, pidió disculpas y aclaró que, obviamente, quiso decir “uniformados”.

Pero si hay ocasiones en que la cosa puede alcanzar tintes esperpénticos, ésa es la comisión de delitos en plena celebración de Carnavales. Me cuentan un caso en que la víctima de unas puñaladas describió a su agresor como “el que iba disfrazado de oso”. Pues bien, ante tal afirmación, se procedió a efectuar la rueda de reconocimiento, con todos los comparecientes disfrazados de plantígrados. Confieso que daría de buen grado un par de tacones por haber asistido a tal reconocimiento que, además, se solventó identificando al autor.

Recuerdo que hace algún tiempo, fue noticia la asistencia de un juez al juzgado de guardia directamente desde los carnavales y con el disfraz de mosquetero que llevaba. Ignoro si es una leyenda urbana y, si no lo es, cómo acabaría la cosa, pero ahí queda.

Lo que sí me cuentan como verídico es la comparecencia de un abogado de guardia vestido de Nazareno de El Cautivo, directo de la procesión. Y claro, su patrocinado fue preso, para no desentonar.

Y las cosas no acaban en Carnavales  ni Semana Santa. A veces, la propia bisoñez de los delincuentes o aspirantes a serlo aborta sus propósitos. Tal cosa le ocurrió a un aprendiz de atracador que se encontró que, pese a lucir orgullosos junto a su compinche su capucha, fue increpado por una de las presuntas víctimas, que le preguntó si no era Ismael, el hijo de la peluquera. El compinche, desolado, le dijo “Ismael, nos han pillado”, y ahí acabó su aventura. En su momento, la avispada mujer explicó que si era capaz de reconocerlo de Nazareno, cómo no iba a hacerlo con una simple capucha. Elemental, querido Watson.

También me cuentan de una atracadora que, para realizar su fechoría en una joyería, se abasteció de un bonito disfraz, peluca rosa incluída, en la tienda de chinos cercana. Lo que no esperaba la pobre es que eso fuera precisamente su perdición, ya que el dueño de la tienda la reconoció como la compradora de las prendas con las que pretendía pasar desapercibida.

Y, del otro lado de estrados, me llega una sabrosa anécdota protagonizada por una aspirante a abogada. En un caso práctico, le plantearon el supuesto de un Letrado que, sin título que le habilitaba, actuaba como tal. Acertó al calificarlo de intrusismo pero se pasó de frenada al venirse arriba y aplicar la agravante de disfraz, razonando que, al no ser Abogado, la toga tenía tal consideración. Y bien pensado, tampoco es ninguna tontería, si no fuera porque va incluido en el tipo legal, ya que difícilmente uno pueda actuar de abogado y no portar toga en la sala de vistas.

Por todas estas historias, hoy mi aplauso va, de nuevo, para todos esos compañeros y compañeras que comparten sus vivencias. Un material impagable para seguir representando estas funciones Con Mi Toga y Mis Tacones. Y hasta soy capaz de disfrazarme de animadora y agitar mis pompones para ofrecérselo. Mil gracias.