Señalamientos: día y hora


 

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              Hay que planificar las cosas. El momento en que se hagan es un factor fundamental para que salgan bien o sean un desastre. Bien lo saben los empresarios del espectáculo, que planean minuciosamente los estrenos en función de diversidad de variables. Y un error en eso puede ser vital a la hora del éxito o el fracaso. Siempre vemos que los estrenos de películas con aspiraciones a premio se amontonan en fechas próximas al fallo de los mismos, o cómo se dejan las películas u obras familiares para las vacaciones de verano, o  se hacen funciones ex profeso de cara a la Navidad. Y, por supuesto, el día en que se planea una acción es importantísimo, como el famoso Día D del Desembarco de Normandía. O, por qué no, El día de la Bestia y hasta El Día después

Nosotros también tenemos nuestro día D. O, mejor dicho, muchos días D. Tantos, como funciones representamos a diario en nuestro teatro. Y el cómo y cuándo se señalan es esencial al buen fin de nuestra función.

Decía mi tutor en su día que los jueces cuentan con una de las armas más peligrosas en su poder: el libro de señalamientos. Y no le faltaba razón. Agenda en mano, pueden dar con el momento para que el juicio sea por completo satisfactorio o pueden incluso destrozarte los planes más elaborados sin contemplaciones. A propósito o sin buscarlo. Y hoy en día con la inestimable ayuda de los LAJs, aliados imprescindibles en ese trance. O cómplices, según se mire.

Una sesión de juicios con unos señalamientos bien pensados y planificados es garantía si no de éxito seguro, casi. Y viceversa. Unos señalamientos mal planificados es una llamada al desastre. Salvo milagro, por supuesto. Y todo ello aderezado por las coincidencias  que, para quienes no somos jueces o lajs, nos obligan a hacer encaje de bolillos. Y a veces es muy difícil no enredar el hilo.

Pero no creamos, que no es cosa fácil. No se trata de poner al azar los juicios, o hacerlo por orden cronológico tal cual van entrando. Hay que hacer unos cálculos aproximados de la duración previsible, para decidir cuánto tiempo le dan hasta el siguiente. Y, por añadidura, hacer un ejercicio de adivinación para suponer los que tienen posibilidades de conformidad o acuerdo o aquéllos en los que toda avenencia es imposible. Cualquiera que haya dado algo más de un par de paseos por Toguilandia sabe que no es lo mismo una alcoholemia sin accidente que un alzamiento de bienes, una reclamación de cantidad sencilla que una negligencia médica. Por eso, un buen señalamiento combina cálculos de probabilidades que ni los ingenieros de la NASA y las labores de la más inspirada pitonisa. Y aún así a veces no se acierta.

Por supuesto que todo sería mucho más sencillo si los juzgados tuvieran una carga razonable de trabajo y no se vieran obligados en muchos casos a forzar la máquina señalando más juicios de los que se pueden celebrar, confiando en que la providencia toguipuñetera les eche una mano en forma de acuerdo, conformidad o suspensión. Pero mientras las cosas sigan así, esto es lo que hay.

La primera decisión a tomar es la relativa al número máximo de juicios a señalar, seguida de el tiempo destinado a cada uno de ellos. Hay quien señala juicios cada cinco minutos, y quien lo hace cada hora, pero lo habitual y lo más adecuado es imaginar la posible duración del mismo. Porque, como sabemos, en cuando uno dura más de lo previsto, arrastra a los demás como fichas de dominó y se empieza a acumular el retraso. Y, con él, los nervios, la impaciencia… y el hambre. Jurp que más de una vez me he visto en verdaderos apuros para lograr hacer callar a mis tripas, que pugnaban por rugir enfurecidas.

Si no me falla la memoria, mi record absoluto ha sido celebrar treinta y tres juicios en una mañana. Y acabando a una hora razonable, encima, aunque con una considerable empanada mental. Y, por el otro lado, he acabado a más de las 8 de la tarde sesiones que deberían haber terminado antes del mediodía sin parar a comer. Gajes del oficio. Y eso que no he consultado el Guiness, que tal vez debería plantearse una sección toguitaconada.

Confieso que, en ocasiones, cuando el tiempo supera lo previsible, empiezo a ver a los demás togados con cara de bocata de jamón, hasta el punto de costarme mantener la concetración. Y más de una vez hemos presenciado muestras de impaciencia en ese “letrado, sea breve”, que tanto puede llegar a incomodar. Pero lo mejor es hacer de tripas corazón -nunca mejor dicho- y tratar de ponernos en la piel del otro. Tan difícil y pesado es estar en la puerta varias horas esperando, como permanecer dentro celebrando un juicio tras otros sin solución de continuidad. A cada cual, lo suyo.

Por eso hoy el aplauso es doble. Para quienes señalan con tino y previsión, de una parte, y para quienes soportan con paciencia y educación los imponderables que hacen que las cosas no se celebren cuando debieran. Porque, aunque a veces se nos olvide, todos viajamos en el mismo barco.

 

Abrazos: tesoros impagables


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Como dice el anuncio, hay cosas que no se pagan con nada del mundo. Pequeños tesoros que cambian por completo el día, la semana y hasta la vida de una. Y los abrazos son uno de esos tesoros, aunque a veces no sepamos reconocerlo. En el cine, abrazos de todo tipo –o la falta de ellos- han protagonizado y sobre todo, puesto el The End a muchas películas, y en algunas incluso  son los que dan título a la obra, como Los abrazos rotos o El abrazo de la serpiente. Son innumerables los abrazos que podemos encontrar, desde los más castos a los más libidinosos, de los más sinceros a los más traicioneros, desde los de saludo a los de despedida.

Y aunque no lo creamos, los abrazos también forman parte de nuestro teatro. O quizás deberían formar parte más de lo que lo hacen, que muchas veces nos contenemos demasiado a la hora de expresar determinados sentimientos. No olvidemos que bajo las togas siempre late un corazón y ay de nosotros y del justiciable si no es así.

A lo largo de mi vida toguitaconada he visto y vivido muchos abrazos, todos ellos importantes en mayor o menor medida. El primero que me gustaría destacar, uno de los más trascendentales, es el abrazo triunfador, ese abrazo que marca la frontera entre la opositora y la fiscal –trasladable a cualquier otra oposición o profesión-. Ese abrazo desmedido, con saltitos incluidos, que le endosas a cualquiera que pilles cerca cuando tu nombre aparece en la lista de aprobados. En ese momento, abrazarías a cualquiera que estuviera a tiro, incluído el mismísimo demonio con rabo, cuerno y tridente. Y por supuesto, hay modalidades de esos abrazos cada vez que se aprueba un examen difícil, sea en la carrera, en el colegio o en cualquier otro ámbito.

Una de las modadlidades más frecuentes es el abrazo saludo, algo que cada día se ve más pero que todavía nos cuesta, especialmente a una generación a la que nos inculcaron muchos reparos hacia el contacto físico. Se puede dar cada día, pero la verdad es que no suelo ver que los togados andemos abrazándonos cada dos por tres. Además, resultaría raro a la vista de la gente que juez y fiscal se abrazaran antes o después del juicio, o lo hicieran con letradas o lajs. Ni que fuéramos Los Teletubbies, diría alguno, sin caer en que una señal de afecto no hace daño a nadie. Pero hay ocasiones en que son necesarios. Hace nada, vino a vernos una funcionaria de baja tras una operación. No pude dejar de abrazarla, aunque no lo haga habitualmente. Pero no veo mejor manera de mostrarle mi alegría por verla recuperada.

Otro tipo de abrazos frecuentes son los abrazo despedida. Son abrazos que se dan empapados en lágrimas, contenidas o no. Entre estos, destaco algunos de los que seguro que hemos sido testigos quienes habitamos el planeta Toguilandia. Me refiero a ese abrazo que le da la madre –u otro familiar- al delincuente que va a ingresar en prisión. Muchas veces, en la propia sala de vistas, donde la mujer pregunta si puede abrazar a su hijo. Confieso que más de una vez se me han saltado las lágrimas ante esta escena, donde el dolor trasciende mucho más allá de los cuerpos que se abrazan.

Y también existe el abrazo felicitación. El que le estampamos a un compañero o compañera que ha tenido un éxito en su vida, personal o profesional. Y cuidado con estos abrazos. Muchos son sinceros, pero alguno que otro es el abrazo del oso, y hasta hay que ir mirando las espaldas por si vuelan puñales. Cosas de la vida.

Y, aunque haya tantas clases de abrazos como personas y sentimientos, quería dejar para el final un abrazo especial: el abrazo reconfortante. No hace mucho, en un acto público, quiso venir a conocerme en persona alguien de quien conocía su triste historia de maltrato a través de un  contacto virtual. Que viniera a verme, se identificara y me buscara me emocionó tanto que le di uno de los abrazos mas sinceros que haya dado nunca. Creo que era mi modo de decirle que aunque no estuviera en mi mano hacer algo más por ella, podía contar conmigo. Y noté como una corriente de cariño traspasaba nuestros cuerpos hasta meterse dentro de nuestras almas. Y ella debió notar lo mismo, porque al llegar a casa encontré un mensaje suyo diciendo que lo mejor del acto había sido ese abrazo.

Ese abrazo me recordó otro. El que hace ya tiempo dí a otra mujer con una historia igual de dura. La conocía y conocía su historia por razones profesionales, pero a pesar de ser toda una superviviente, no estaba dispuesta a contar su historia, ni siquiera a aparecer en fotos. Cuando llegó a mi despacho un día y me dijo que iba a hablar en público para ayudar a otras mujeres, dando la cara, no pude hacer otra cosa que darle un enorme abrazo. El que le sigo dando cada vez que nos vemos. Y lo mejor de estos abrazos no es darlos, sino recibirlos. Qué afortunada me siento por ello.

Por eso hoy el aplauso no será aplauso. Es un enorme abrazo para todas las personas que superan sus aprensiones para manifestar su afecto, su apoyo, su solidaridad, su cariño y hasta su dolor. Porque un abrazo es mucho más que dos cuerpos que se juntan.

 

Semana Santa: togas penitentes


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Pocos temas han dado para tanto metraje como la vida de Jesucristo y la temática religiosa en general. Y pocas películas han sido tan repetidas a lo largo de la historia de televisión como ese arsenal que nos ponían cada Semana Santa sin solución de continuidad. La túnica sagrada, Jesús de Nazaret, Quo Vadis, Ben Hur, El Evangelio según San Mateo, Los Diez Mandamientos y muchas más, a las que han sucedido otras versiones más iconoclastas como La ultima tentación de Cristo. Aunque, insuperable en el ranking La vida de Bryan, que una dosis de humor siempre viene bien.

En nuestro teatro no hay representaciones religiosas, desde luego. Pero también vivimos la Semana Santa a nuestra manera toguitaconada. O sea, vacaciones, en el bien entendido caso de que vacaciones no significa no llevarse deberes  a casa, como tantas veces nos toca. Pero es lo que hay.

Con motivo de estas vacaciones pascueras, desde Con Mi Toga y Mis Tacones queremos sumarnos a nuestro modo a ese espíritu de celebración, montando nuestra propia Pascua. Que espero que no le haga la pascua a nadie.

Como no hay Semana Santa sin procesiones, podemos montar la nuestra propia. Y lo primero que no pueden faltar son los penitentes. Y los penitentes no son otros que aquellos que tienen que desfilar purgando sus pecadillos. Y ahi, desde luego, hasta nos faltarían capirotes. Los que le pondría a todos los culpables de que las plazas de jueces y de fiscales sigan siendo las mismas que desde la noche de los tiempos, los que siguen sin crear juzgados, los que continúan sin dar una retribución digna y adecuada al turno de oficio, los que consienten que algunas sedes judiciales se caigan a pedazos, los que continúan manteniendo programas informáticos y equipos que funcionan a pedal o los que inventan leyes sin presupuesto. Y, en el papel de clavarios o clavariesas quienes, además de todo esto, presumen de que la digitalización va viento en popa o de que se ha agilizado la instrucción de las causas. Que cada cual les ponga nombre, y su sitio adecuado en el cortejo.

En nuestra procesión imaginaria, podríamos sacar en andas a Lexnet, que menuda murga han dado con ese invento que, hasta el momento, da más dolores de cabeza que otra cosa.

Pero en Pascua no todo son procesiones. También hay gastronomía propia de la época. Torrijas, potaje de bacalao, mona y huevos de pascua y hasta longaniza propia de la época. Y ¿por qué no transformarlas en un suculento menú judicial, propio del mejor bistro jurídico?. Tan suculento que no dé tiempo a que prescriba, ni a que se agote el plazo de instrucción, porque ya hayamos dado buena cuenta de ello, haciendo de la digestión la fase de consumación del delito. Con premeditación y alevosía, si hace falta

Podríamos empezar por un potaje de leyes, como el que nos hacen cada vez que les entra el furor reformista, bien aderezado con la retroactividad de la ley penal más favorable y no demasiado generoso, que siempre va a venir acompañado de una disposición adicional que nos escamote los ingredientes, que es tiempo de ayuno y abstinencia. Y como es momento de vigilia, nada de carne, pero sí unas verduritas aliñadas al aroma de claúsulas suelo, con un toque de jurisprudencia europea para darle sabor. Y, por supuesto, ligero, para que no origine lesiones en la gula que requieran tratamiento médico ni dejen como secuelas cartucheras de unas armas cuya tenencia no sepamos si es iícita o no.

Y como siempre, lo mejor, los postres. Esas torrijas de Semana Santa cocinadas a base de presunción de inocencia y consumidas más deprisa que cualquier juicio rápido. Y sin demasiada bebida espirituosa, que luego llegan las pruebas de alcoholemia y ya se sabe. Y cuidado con comer más de una, que podemos caer en la reincidencia y hasta en la habitualidad. Un poquito de zumo de equidad para alcanzar la medida justa, sin necesidad de acudir a arbitraje ni mediación alguna. Con aplicación estricta del principio de oportunidad, por descontado, que nada más oportuno que darnos un homenaje de vez en cuando.

Sin olvidar la merienda. Una buena mona de Pascua confeccionada por alguien que no sea el tercero hipotecario, que a ése nadie lo ha visto, no vaya a ser que su ingesta se convierta en un delito imposible por falta de objeto. Y, coronando la mona, un buen puñado de azúcar de instrucción, que aún no sabemos si se lo acabarán comiendo jueces o fiscales, y si dejaran algo para el resto de habitantes de toguilandia. Buen provecho.

Una forma de celebrar una especial Semana Santa Toguitaconada que algunos afortunados no verán porque han conseguido enlazar varios días de vacaciones y marcharse a desconectar a Dios sabe dónde. Bienaventurados sean, aunque no salgan en el sermón de las siete palabras.

Así que hoy el aplauso es para todos. Con un especial recuerdo a quienes pasarán estos días en el Juzgado de guardia, y una ovación muy especial para esas personas que, desde twitter, elaboraron esa idea del #BistroJuridico que he tomado prestada. Mil gracias.

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Gafas: vida en colores


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Ya dijo Campoamor eso de “En este mundo traidor nada es verdad o es mentira, todo es según el color del cristal con que se mira”. Unos versos que todo el mundo conoce y todo el mundo aplica. Y es que las cosas cambian según las gafas que uno se ponga para mirar la realidad.

Las gafas dan mucho más juego del que a primera vista –nunca mejor dicho- pudiera parecer. Y en el mundo del espectáculo han dado también para mucho. Que se lo digan si no a Manolito Gafotas o a Mister Magoo. O hasta a una miope y encantadora Marilyn de Los caballeros las prefieren rubias. O la escena antológica de Thelma y Louise, con sus gafas de sol y su pañuelo al cuello dispuestas a todo.

También en nuestro teatro las lentes nos dan mucho juego. Particularmente a mí, que como bien sabe quien me conozca, jamás salgo de casa sin unas buenas gafas de sol ancladas en mi cabeza, para deseperación de una buena amiga que me riñe cada vez que me ve con ellas. Eso sí, a juego con la ropa, a ser posible. Y ellas acompañan a mi toga y mis tacones por donde quiera que voy. De hecho, alguna anécdota han suscitado en la sala de vistas, como ya conté un una ocasión. Tal vez ese amor mío por las gafas de sol viene de la época en que veía menos que un gato de escayola –circunstancia hábilmente corregida por un cirujano-, pero lo cierto es que ya forman parte de mí. Y sí, también tienen cristales de colores.

Pero la cuestión va mucho más allá de las gafas como soporte físico. Se trata de la mirada que una use en cada ocasión, en cada momento. Y no siempre es fácil ponerse las gafas adecuadas.

Lo más manido es referise a eso de ver las cosas de color de rosa. Una alusión al optimismo, a ver la parte buena de las cosas. Ponerse las gafas rosas es estar dispuesta a interpretar cualquier cosa que pase desde una perspectiva positiva. Nada fácil, y menos en nuestro teatro. Pero a veces es conveniente hacer ese ejercicio para no desesperarse. ¿Qué no va el ascensor? Pues se da las gracias a mantenimiento por ayudarnos a ponernos en forma. ¿Qué no funciona el ordenador? Pues agradecidisima porque cuiden de que no olvide la escritura manual. ¿Que se suspende un juicio? Pues encantada de la vida porque tendré oportunidad de estudiármelo de nuevo. ¿Que las temperaturas superan los 40 grados por fallos de la climatización? Pues es una suerte el disponer de sauna gratis. ¿Qué, por el contrario, nos quedamos congelados como pingüinos?. Pues menuda fortuna la nuestra, con lo bueno que es el frío para la circulación y para la piel. ¿Qué no funciona Lexnet? Pues así nos daremos un paseíto para llevar los autos, que la espalda sufre de tanto sedentarismo. Y así, hasta el infinito y más allá. Por más que muchas veces, los cristales rosas acaben por ahumarse o entren ganas de lanzarlos por la ventana.

En el otro extremo, tenemos las gafas negras. Las que hacen verlo todo de la peor manera posible. Esas que hacen que quien ha ganado un recurso se lamente porque se ha puesto el listón muy alto, o que se asusten ante una guardia tranquila porque seguro que al día siguiente es horrorosa. Las que llevamos todos cada vez que anuncian la enésima reforma procesal, porque eso de “virgencita, que me quede como estoy” se va a acabar convirtiendo en un mantra. Esas mismas gafas son las que llevan quienes, cuando consiguen conectarse en el ordenador, miran a todos lados pensando que de un momento a otro se autodestruirá como los mensajes del Super Agente 86, zapatófono incluido. Pero, la verdad, visto lo visto, en nuestro teatro se hace muy difícil a veces quitarse las gafas oscuras y tratar de ver la vida en colores.

Primas hermanas de las anteriores, están las gafas grises. Esas que dan una versión plomiza y rutinaria de todo cuanto ocurre. Y de la que hay que huir a toda costa, por más que a veces entre burocracia y trámites absurdos acabe a una acabándosele la paciencia e instalando la rutina en su trabajo. Vade retro, Satanás.

Pero hay otro tipo de gafas más hermosas. A mí me gustan mucho las de colores, las que emulan el arco iris de la bandera del orgullo gay y que constituyen todo un símbolo de tolerancia y libertad. Ojala nos las consiguiéramos colocar todos los días.

Y para último me he dejado mis gafas preferidas. Las gafas lilas , o violetas, o moradas. Esas que hay que ponerse para dotar a la vida, y a la Justicia, de una perspectiva de género de la que andamos tan necesitados. Con ellas se han puesto sentencias que nos acercan a ese objetivo de ser cada vez más iguales que tantas personas perseguimos. Como ésas tan recientes que aplican la agravante de género a asesinatos cometidos en ese ámbito, o la que reconoce el derecho a una pensión a una víctima de violencia de género. Y con ellas puestas, conseguiríamos que la paridad en los más altos tribunales y órganos fuera una realidad y no solo una quimera. Así que a ver si, aunque sea poco a poco, se va logrando que se incorpore una par de ellas a cada toga, con tacones o sin ellos.

Así que hoy el aplauso es para quienes, pese a todo, huyen de esas gafas negras y grises y se las ponen del tono adecuado. Porque, por más que cueste, vale la pena. Y todo se ve mucho mejor

Traslados: de la Ceca a la Meca


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En cualquier ámbito es fundamental la necesidad de trasladarse, o de trasladar las cosas de un lado a otro. Y en el teatro lo es, si cabe, todavía más, ya que cuantos más sitios se visiten, más gente verá el espectáculo, si bien hoy los medios de difusión ayudan mucho. Pero, por más que haya pasado el tiempo, los artistas siguen haciendo bolos con sus funciones y con sus conciertos, porque sin contacto con el público el espectáculo pierde gran parte de su sentido. Y aunque se pague a veces un precio caro por ello, como les sucede a los protagonistas de la oscarizada y actual La la land, o de las antigua serie de Melodías de Broadway, por ir de un extremo a otro. O a los músicos, prestos a ir con la música a otra parte, como los deliciosos protagonistas de Con faldas y a lo loco.

En nuestro teatro nos trasladamos de muchos modos. Y unos más que otros, sin duda. Nos trasladamos cambiando de destino a través de los concursos, o nos trasladamos de un señalamiento a otro dentro del mismo sentido, con nuestras togas portátiles, con chófer  o sin el, o más frecuente, con los tiempos que corren.

Pero no solo es preciso que nos traslademos nosotros. También es, más si cabe, que lo haga el papel, recorriendo su trayectoria judicial de Herodes a Pilatos, de la Ceca a la Meca, o, dicho de otro modo, de un profesional a otro. Del juez al fiscal, de éste a la Sala, de aquélla al Procurador, de éste al Letrado, pasando por en medio por los LAJ, y todos los funcionarios que hagan falta y, en su caso, por el médico forense o el perito de que se trate –o sus homónimas femeninas en todos los casos- Y el sufrido papel va de un lado a otro, en original o en fotocopia, en valija o en carrito, en persona o por correo. De ahí precisamente” debe venir la fórmula de encabezar los escritos con eso de “evacuar el traslado conferido”. Horrible verbo, por cierto, ese de “evacuar”, solo comparable en fealdad con el “deponer” atribuido a los testigos.

Y es que por más que nos vendan como la panacea eso de Papel 0, a día de hoy, de 0 nada. Como mucho, podrán viajar los escritos por las ondas misteriosas de lexnet, pero acaban siendo impresos en un juzgado e incorporados en papel a la causa como toda la vida. Eso sí, con todas la variedades que podamos imaginar.

En primer lugar, la más tradicional del mundo. La de entrega personal a través del auxilio judicial –funcionario o funcionaria encargado de llevarlo de un sitio a otro-. Que, aunque a un profano pueda parecerle tarea sencilla, nada de eso. Porque dado que cada juzgado, y cada fiscalía, tienen sus propio personal, y su propia distribución interna, puede pasar por muchas manos antes de llegar a su destinatario. Auxiliados, por supuesto, de los sempiternos carritos, de papelería, de súper, o hasta de sillas con ruedines haciendo las funciones. Porque, aunque resulte difícil de creer, en Justicia la distancia más corta entre dos puntos nunca es la línea recta, y un procedimiento puede tardar en llegar del despacho del juez al del fiscal, distantes uno o dos pisos, varios días. Pura eficiencia, a la que hay que sumar la obligación de registrarlo en el programa informático de una y otra dependencia, generalmente incompatibles entre sí, y en el del órgano superior, si es que existe recurso.

Pero eso que ya es bastante absurdo en el caso de que los procedimeitnos empiecen diractamente en el juzgado que ha de conocer de ellos, se vuelve una locura cuando entran desde Decanato, desde la guardia, o inhibidos desde cualquier otro lugar. Las causas siguen un via crucis en estos casos que ríase usted de los de Semana Santa. De Herodes, a Pilatos, como decía. Y como se reechace la inhibición o haya un conflicto de competencias, vuelta a empezar. Una verdadera locura que parecería una broma si no se tratara de un asunto tan serio.

Y ojo, que la cosa puede complicarse más todavía. Porque si cambiamos de partido judicial, entra en acción la famosa valija. Que no es otra cosa que una suerte de correo postal entre unos y otros órganos. Cuando llegan, los procedimientos están a veces ya viejos de tantas vueltas. Las grapas se sueltan, y más de una vez hemos tenido que tirarnos en el suelo para recomponerlos, como si fuéramos críos haciendo un rompecabezas. Y, ay de ellos como también susciten conflictos de competencias…

Por supuesto, cuando los papeles viajan, como todo viaje que se precie, se les ponen sus correspondientes cuños de entrada y salida, que para eso sí que somos serios. Como si fuera un pasaporte, con sus visados y todo.

Y así seguimos. En plena era digital, con estos sistemas de notificación tan modernos, a los que se suman, los crean o no, el sempiterno papelito rosa del acuse de recibo del correo y hasta el telegrama, no vaya a ser que el señor Morse se enfade y venga a azotarnos desde su tumba. Y el otro papelito rosa indispensable, el mandamiento de devolución del Banco. Modernización en estado puro, oiga.

Así que una vez más, el aplauso para quienes siguen trabajando en pleno siglo XXI como si estuvieran en el siglo XX e incluso antes. La modernización es lo que tiene.

 

Carteles: avisos varios


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Pocos símbolos con más magia en el espectáculo que los carteles anunciadores. Esas pequeñas obras de artes que anuncian el estreno de una película o una obra de teatro. Pintados a mano, en principio, y hoy con la más moderna tecnología. Maravilloso ver cómo cambiaban los de las películas en Cinema Paradiso o cómo los hacía Toulouse Lautrec para el mítico Moulin Rouge. Y, por supuesto, un verdadero sueño ver colgado el de “no hay localidades”, y una pesadilla ver el de “función suspendida”. La vida en carteles.

Y nuestro teatro no podía ser menos. Tenemos, por supuesto, nuestros carteles anunciadores, más o menos rimbombantes, en cada sede, y, más bien menos que más, en el interior de las mismas, para conducirnos con mayor o menor fortuna a la dependencia buscada. En Valencia, por ejemplo, contamos un sistema de colores, como si fuéramos los mismísimos Parchís: rojo el penal, azul el civil, amarillo el social. Supongo que a quienes lo idearon ni se les pasó por la cabeza que pudiera existir una jurisdicción contencioso administrativa, ni unos elementos extraños como los Juzgados de lo Mercantil o los de Violencia sobre la Mujer.

Aunque, respecto a mi supuestamente flamante Ciudad de la Justicia, no puedo ver el cartel anunciador del edificio sin que se me venga a la cabeza una anécdota que me contó una buena amiga procuradora. Había quedado con un cliente y tenían que concertar el lugar de la cita, y el cliente en cuestión se empeñaba en quedar “donde el caballo”. Mi amiga se volvía loca pensando a qué narices se referiría, puesto que no hay ningún cuadro, ni escultura ni nada que reproduzca un ejemplar equino, ni tampoco unas cuadras cerca. Cuál no sería su sorpresa cuando descubrió que se refería a la puerta principal, donde luce el escudo de la Generalitat, que no tiene caballo alguno, pero sí un dragón coronándolo. Increíble pero cierto.

Pero hay otros carteles mucho menos institucionales que abundan por todas las sedes judiciales y dan idea del estado de las mismas, y hasta del humor o la ausencia de él de sus titulares. En mi primer destino, y al hilo de un rifirafe entre un juez y un letrado acerca de la vestimenta de este último, surgió un cruce de carteles de lo más pintoresco. Como quiera que el letrado se obcecaba en vestir a su modo, el juez colgó un cartel que decía: “prohibido entrar sin corbata”. El letrado acudió al día siguiente con una corbata fosforescente enorme, vaqueros y sandalias de nazareno. El juez no cedió y colgó un nuevo cartel que prohibía la entrada sin calcetines, y al día siguiente el letrado acudió ataviado con bermudas y sandalias con calcetines al modo guiri. El incidente terminó de modo abrupto ante las quejas de las letradas que, en pleno verano mediterráneo, se negaban, obviamente, a ponerse calcetines bajo sus bonitos zapatos o sandalias. Pero dio su juego.

En el otro extremo, una juez de uno de los partidos judiciales que he recorrido con la toga a cuestas, que tenía el juzgado empapelado de carteles donde advertía las horas, modos y maneras en que se podía entrar en su despacho, con cosas del tipo “los funcionarios solo podrán entrar de 11 a 12” “absténgase de molestar a Su Señoría cuando está la puerta cerrada” “la firma solo se pasa a su Señoría de 12 a 2” o “Su Señoría no atiende Letrados salvo cita previa”. Como no me gustaba nada aquello y, aunque no sea letrado, no había cartel referido al Ministerio Fiscal, permanecí callada y modosita hasta que salió a la puerta. Cuando me preguntó por qué no había entrado, le dije, obviamente, que no había cartel referido a la fiscal. Por suerte, no hemos vuelto a coincidir.

También hay carteles ilustrativos acerca, como decía, del estado de las sedes. “No abran ventanas, que luego no cierran”o “cierren que hace frío”, aunque uno de los buenos es el que rezaba “no subirse a las estanterías” a cuenta de un incidente en que éstas se habían desplomado con todos sus expedientes sobre los funcionarios.

Y uno de los grandes protagonistas de la cartelería judicial es, paradójicamente, el propio papel. Las advertencias a los letrados de que acudan sus propios folios o no podrán hacer fotocopias abundan por los juzgados de España. Pero la mejor es la que me cuenta una compañera, que decía “utilicen el papel estrictamente necesario”. Lo peor es que en este caso se refería al papel higiénico, nada menos. Toda una alegoría de lo que sería después el tan traído y llevado Papel0.

Las instrucciones también son parte del escenario habitual. Las de la fotocopiadora, el escaner o el fax, incluidas referencias a las teclas que no funcionan en algún caso. Tan ignoradas como la sempiternaa de “apagar el móvil”, la de “prohibido el paso”, o la de “peligro, suelo mojado”, sea porque el personal de limpieza ha acudido en horas de trabajo o porque una inundación o una gotera nos ha recordado cómo estamos. O una muy celebrada en su día “prohibido mascar chicle en este juzgado”. Y el colmo, la fijada en un frigorífico junto a unos frascos que decía “ojo, muestras de semen”. Aún no sé el “ojo” a qué se referiría exactamente.

Buena muestra de la constante modernización es un cartel que tiene su aquel, fijado en el ascensor de la Ciudad de La Justicia de Valencia. Aparte de su estado lamentable, anuncia que los pisos cuarto y tercero son “zona de descanso de funcionarios”. Lo cual ha dado para más de una chuflaina, porque en esos pisos está ubicada actualmente una sección de la Audiencia y una parte de fiscalía, precisamente la mía. Y poner a tiro al bromista de turno que nuestros despachos son zona de descanso es arriesgar demasiado. Obviamente, el cartel pertenece a otra época. Pero da mucho juego. Y a mí, mucha rabia.

Pero, para sentido del humor, la de quien colocó un cartel sobre varios expedientes, con la leyenda “no tocar, están prescribiendo”. Otro visionario que debió adivinar el advenimiento de la reforma procesal con su límite de instrucción.

Otra cosa que se trasciende en la cartelería son las relaciones personales. O la falta de ellas. Me cuentan que una juez, publicado su traslado y a punto de hacerlo efectivo, colocó un cartel en la nevera que tenían diciendo “el frigorífico es mío y me lo llevo, vaciadlo antes del lunes”. Imagino que así lo harían, porque no parece que admitiera prueba en contrario.

Aunque yo el cartel que guardo con cariño es el que confeccioné y fijé en la puerta de mi despacho con el texto “fiscal en huelga” con motivo de la única huelga que hemos hecho los fiscales.

Lamentablemente, el odio y la intolerancia también tienen su reflejo en carteles y pasquines. Todos hemos visto los que periódicamente colocan en la puerta de los juzgados de violencia sobre la mujer de cualquier lugar de España. Ese “stop feminazis” tan terrible e insultos parecidos, una verdadera oda a la sinrazón.

Así que hoy el aplauso es especial. El que desde Con Mi toga y mis tacones doy a quienes me han prestado sus anécdotas y fotos, sin las cuales no hubiera existido este estreno. Mil gracias.

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Excusas: no todo vale


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Recuerdo que cada vez que trataba de dar explicaciones a algo que había hecho mal, o no tan bien como se esperaba de mí, mi madre me salía al paso diciéndome que aquello eran excusas de mal pagador. Ya podían ser las notas del cole, por haber llegado tarde y por no haber arreglado mi habitación –esto último, lo más freecuente-. Y es que las cosas hay que hacerlas cuando hay que hacerlas. Y como hay que hacerlas, desde luego.

El teatro no puede ser una excepción. Imaginemos que una escena no se rueda porque el cámara llega tarde, o que el estreno o la entrega de premios no tiene lugar porque olvidaron la alfombra roja en el tinte. No colaría. Como nunca han colado las actitudes de esos divos y divas que, llevados de su divismo, se permiten llegar cuándo y cómo les viene en gana. Por más divos que sean, sus carreras acaban acusándolo porque no se puede trabajar con tal falta de respeto al prójimo, que sí que cumple. Las excusas en sí mismas son el leit motiv de algunas películas, como la propia ¡Excusas!, o alguna otra cuyo título ya en sí mismo lo es como Los chicos no lloran, Papá está en viaje de negocios o ¿Por qué lo llaman amor cuando quieren decir sexo?. Y es que, aun cuando vengan a modo preventivo, ya se sabe eso de “excusatio non petita, acusatio manifiesta”.

Nuestro teatro y sus protagonistas, como no podía ser de otro modo, está plagado de excusas. Algunas admisibles, como la sempiterna falta de medios que impide tantas cosas, y otras menos. Y vienen de todas partes. Veamos si no.

La tardanza es una de las razones que más hace mover la imaginación para crear excusas, reales o inventadas. Y, en los más de los casos, tuneadas. Un semáforo en rojo se puede convertir, a la hora de pedir disculpaas, en un atasco inconmensurable, y una simple vomitona del niño en una gastroenteritis vírica de grandes dimensiones, que suena mucho más fino. En mi primer destino, Castellón, a 70 kilómetros de mi docmicilio habitual, me encontraba más de una vez con abogados que llegaban tarde aduciendo que venían de Valencia, y que ya se sabía. A mí se me llevaban los demonios pensando que si yo me había pegado el madrugón de la vida para estar convenientemnte toguitaconada a la hora señalada, a ver por qué no lo podían hacer los demás. Y una vez, ya harta, porque solía tratarse de las mismas personas, me decidí a contestar. “No lo puedo saber, el Ministerio Fiscal se teletransporta para llegar a tiempo”. Fue agua de mayo, porque al menos por parte de esa persona no volvió a contarme el mismo cuento. Eso sí, cambió de discurso, y en otra ocasión me dijo “yo no soy el típico abogado jovencito que llega tarde”. Pero como ya me había venido arriba, le dije muy seria que el típico abogado jovencito lo último que haría sería llegar tarde a una vista. Y me quedé más a gusto que un arbusto.

Pero no quiero hacer de esto una guerra de profesiones. Tardones los hay en todas partes. Y hubo una vez que, ante una juez que sistemáticamente empezaba media hora después de lo que ella misma señalaba, me atreví a sugerirle que retrasara la hora del primer señalamiento. Pero, lejos de admitir mi sugerencia, me dijo que yo no sabía lo duro que es tener niños pequeños. Por supuesto, le dije que no, porque como todo el mundo sabe los hijos e hijas de las fiscales nacen con doce años cumplidos. Faltaría más.

Pero he de reconocer que las excusas más pintorescas me han venido de los propios acusados, algunos tan ingeniosos que ganas dan de aplicarles alguna atenuante analógica, por ser capaces de hacernos reir –o sonreir al menos- aunque estemos en medio de una guardia interminable. Los delitos contra el patrimonio de toda la vida espoleaban la imaginación de quines los cometían y así, he oido contar sin sonrojarse que aquel flamante radiocassette nuevecito –sí, existieron- lo habían encontrado en el contenedor. En mi primera guardia en prácticas casi se me escapa la carcajada al oir a una juez que ante semejante alegación, le dijo muy seria que menuda suerte tenían, que ella tiraba la basura todos los días y jamás había visto esas cosas en el contenedor de cerca de su casa. Y ojo, que aquél no se arredró, y le constestó que sería porque no miraba en los contendores adecuados. Y tan fresco.

En otro caso, el detenido nos explicó cariacontecido que debiamos entender que dejar una moto tan nueva, tan bonita y tan brillante en medio de la calle era una tentación a la que nadie podría sustraerse. Y se quedó tan tranquilo.

Pero mi excusa preferida fue la de un imputado –hoy sería investigado- que, en el trámite de la última palabra tras una compaecencia de prisión que le iba a llevar a la cárcel con toda seguridad, nos dijo que no podíamos meterlo allí porque tenía claustrofobia y no podía estar encerrado.

Aunque hubo otro que le iba a la zaga. Ante la perspectiva de una orden de protección que le iba a alejar unos cuantos metros de su ex novia y el domicilio de ésta, me dijo muy serio que no podía ser, porque él tenía que ir al gimnasio que estaba justo ahí. Amablemente, le expliqué que si ése era su problema, no se preocupara, que le enviaría a un sitio donde tendría gimnasio todos los días, y gratis, y que se llamaba centro penitenciario. Ni que decir tiene que, de pronto, la perspectiva de abandonar su amado gimnasio no le pareció tan terrible.

Pero si estas excusas son en cierto modo comprensibles, hay otras que no lo son de ningún modo, y que vienen de mucho más arriba. Y que no son otras que las que dan día sí y día también quienes se deberían encargar de proporcionarnos medios y no lo hacen. Esas sí son imperdonables. Pero ahí siguen. Sin darse por aludidos.

Así que hoy el aplauso no será para las excusas, ni para quienes las utilizan. Será, una vez más, para todos los que hacen su trabajo pese a todo y pese a todos. Sin ninguna excusa que lo impida.

Atrezzo: puesta en escena


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Cualquier cosa en la puesta en escena es importante. Un detalle aparentemente nimio puede dar al traste una buena ambientación, como el reloj de pulsera que algunos dicen haber visto en una escena de las cuádrigas de Ben Hur, fuera totalmente de la época en la que estaba ambientado. Ignoro si esta leyenda urbana es auténtica, pero lo bien cierto es que cada cosa tiene su entorno adecuado y sin él la credibilidad se va al garete. Yo nunca olvidaré la cortina con la que se hizo un vestido escarlata O,Hara en Lo que el viento se llevó, y que sigo mirando cada vez que vuelvo a ver la película sabedora de que en algún momento la ceñirá a su cuerpo y le quedará divinamente. Tampoco olvido, cada vez que miro la Lista de Shchindler, el abriguito rojo de la niña que corría en el guetto y que luego veríamos en la pila de cadáveres amontonados, todo un símbolo.

Nosotros también tenemos nuestro atrezzo, nuestra peculiar puesta en escena fruto en muchos casos de una tradición vetusta y en otros de la improvisación y la falta de medios, cuando no una mezcla de ambos.

Las sedes más antiguas todavía tienen sus viejos cortinajes de terciopelo rojo, sus tapices y su profusión de madera labrada. Como ésas que vemos en las fotos de la apertura del año judicial. Y como quienes opositamos tuvimos oportunidad de ver, con una mezcla de pánico y esperanza, cuando nos examinábamos. En mi retina han quedado para siempre grabadas las enormes puertas verdes y doradas del Tribunal Supremo, la antesala de la gloria o el fracaso. Tengo una compañera que dice que cada vez que las ve en la televisión vuelve a sentir de inmediato dolor de estómago. Y no es para menos. También recuerdo de esa época el salón de los pasos perdidos, donde caminabas contando los baldosines una y otra vez hasta que el agente judicial salía con la lista de los afortunados que habían aprobado. Nunca un papel garrapateado me ha parecido más hermoso que aquel que tenía mi nombre y mi nota apuntada. Lástima que entonces no había móviles para inmortalizarlo, porque más de uno y una lo usarían de fondo de pantalla, de perfil y hasta para empapelar el despacho, si se tercia.

Pero después las cosas nunca son tan solemnes. Las sillas nunca son tan altas ni hay cortinajes ni dorados. Ni falta que nos hacen, la verdad. Aunque esas salas vetustas tienen su aquél. Recuerdo que en la antigua Audiencia Provincial de Valencia –hoy sede del Tribunal Superior de Justicia, de la que ya he hablado alguna vez- todavía tenían brasero escondido bajo los estrados y hasta un cenicero incrustado. Ni que decir tiene que inutilizados uno y otro hoy en día. Y las sillas con muelle traidor, que espero que hayan sido reparadas o sustituidas, porque eran una tortura. Y, aunque muchos no lo saben, la campanilla. Porque en el Derecho español no hay mazo como vemos en las películas, aunque la cultura audiovisual americana se va imponiendo y ya hay muchos que se llevan su mazo de casa, regalado generalmente por algún amigo.

Lo que siempre existió y existe aún son los micrófonos. Por más que, obviamente, han cambiado su aspecto. Es curioso observar como reaccionan testigos, acusados y hasta profesionales ante el micrófono. Recuerdo una testigo que lo agarraba como si fuera a arrancarse por sevillanas, y llegó a preguntar un “¿se me escucha?”, ante el que casi se nos escapa la carcajada. También hay quien le da golpecitos y hasta alguna vez he creído oir eso de “probando, probando” como si estuviéramos en un programa de radio. Y es que a veces es difícil hacer entender que están para grabar, no para retransmitir, y que no se trata de emular a Raphael, sino de grabar la vista en condiciones. Aunque confieso que, en ocasiones, ardo en deseos de que existiera un dispositivo como en aquel programa de televisión, 59 segundos, en que el orador que se pasaba de tiempo veía como el micrófono desparecía ante sus narices. Pero, por más modernos que sean, siguen creando problemas. Y alguna vez me he visto obligada a repetir una vista porque no se había grabado. Con lo difícil que es repetir lo mismo.

Y, por si alguien no lo sabe, tampoco gastamos peluca, ni siquiera birrete, aunque sé de buena tinta que algún juez le gustaría aunque solo fuera por disimular la calvicie. Y, por qué no decirlo, también podría resultar práctico si una no lleva bien el pelo o le hace falta un repaso al tinte.

En cuanto a las sillas, aunque no lo parezca, son objeto de sus disputas. El Juez suele tener una muy grande, algo que nunca tiene el fiscal, por más que la Ley diga que son iguales en honores y tratamientos. Y a veces hay que sentarse en cualquier sitio. También es curioso el batiburrillo de mobiliario cuando en un juicio intervienen muchas partes y faltan asientos para todas ellas. Se traen de donde se puede, y se crea un curioso aspecto kisch que quita toda solemnidad, y evoca alguno de los mejores momentos de Almodóvar. Más de una vez nos hemos apretado como sardinas en lata porque los estrados no daban más de sí. Pero ahí seguimos, haciendo lo que podemos. Con toga, con tacones o mocasines pero sin peluca. Y, a veces, hasta sin silla.

Pero no podré el The End a este estreno sin referirme a algo a lo que no se da la importancia que tiene, más aún a partir de la entrada en vigor del Estatuto de la Víctima. El famoso biombo para evitar el contacto visual de víctima o testigos con el acusado, si así lo quieren. Y es que los he visto de todos los modelos posibles, desde el que hace juego con la sala pero hay que tunear con un cartón para que tape el cristal, no tan opaco como debiera, hasta los archiutilizados de mimbre, pasando por alguno que otro de tipo japonés, que vaya a ustedes a saber de dónde han salido pero me recuerdan a aquellos que usaban las vedettes para cambiarse mientras el caballero esperaba. Y, si no fuera por la seriedad del momento, en más de una ocasión parecía que iba a salir de ahí la mísmisima Sarita Montiel cantando el Fumando espero. Aunque el premio se lo lleva el construido con cartones a modo McGyver, con un agujero recortado en medio en función de mirirlla, que se usaba en uno de los primeros juzgados donde trabajé.

Así que hoy el aplauso es para quienes siguen impartiendo Justicia sea cual sea el atrezzo. O pese al mismo. Hasta con techos que se caen a pedazos y paredes desconchadas. Porque ya sabemos que el hábito no hace al monje. Ni el terciopelo al jurista.

 

Compamigos: gracias


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Más de una vez hemos tratado en nuestro escenario del lenguaje  Neologismos, barbarismos, latinajos y jerga varia que usamos, y hasta abusamos, según sea nuestro papel en la función. Palabras que el Diccionario de la real Academia admite o no según le parece a sus sesudos señores, a los que siempre me gustaría imaginar como los protagonistas de aquella película antológica en que elaboraban una Enciclopedia, Bola de Fuego, aunque mucho me temo que poco tenga que ver.

Por eso, hoy el escenario de Con Mi Toga y Mis Tacones ha decidido ayudar un poco a tan sesudos señores –y señoras, pero pocas- y hacerles alguna sugerencia. En primer lugar, como no podía ser de otro modo, cualquier día monto una petición colectiva para que admitan el término toguitaconada, y algunos otros que ya recogí en un estreno, el del Toguitaconidiccionario. Pero hoy quiero sugerirles un término nuevo: compamigos. Porque, si han admitido cosas como “amigovios”, que a mí me suena fatal, por qué no admitir esta sugerencia. Todo es proponérselo.

Y es que creo que la necesidad de acuñar este término es un hecho. En todas las profesiones hay colegas, compañeros y amigos. Y la fina línea que separa o une tales conceptos es difícil de delimitar. En el teatro, todos sabemos de compañeros de profesión que aparecen como los mejores amigos del mundo y luego no pueden ni verse. Y viceversa, porque para ellos está el tema adicional del papel que representan. Recuerdo que más de un actor, famoso por su papel de malo o mala, ha contado que ha sido insultado por la calle. Recuerdo que la primera vez que leí eso venía del intérprete del Falconetti de Hombre Rico, Hombre Pobre, que vino a España de visita y se encontró con gente que le espetaba insultos a la salida de su hotel. Y también he oído cosas parecidas de la malvada Angela Channing de Falcon Crest , la Alexis de Dinastía o el JR de Dallas. No quiero ni pensar si alguna vez el dibujo de la señorita Rottenmeier cobrara vida y me la encontrara en la calle. Le haría pagar todo lo que le hizo a la pobre Heidi y con ella a todas las niñas de la época. Faltaría más.

La cuestión es que en nuestro teatro también nos pasa algo parecido. Porque nosotros también interpretamos papeles que a veces nos enfrentan hasta llegar a hacer difícil deslindar lo profesional y lo personal. Pero hay una clase de personas, los compamigos, que siempre vienen a dulcificar cualquier situación, por dura que sea. Y sin los cuales es difícil sobrevivir en nuestra Jungla de Cristal.

Compamigos es, como cualquiera puede adivinar a simple vista sin necesidad de ser un lince, una combinación de “compañeros”, “amigos” y “colegas” –en el sentido de colegas de profesión y no de compadreo festero-. Y hay que diferenciar los términos.

Colegas, de una parte, son quienes comparten profesión. Sin más. Hay quien se refiere a los mimos como “compañeros”, pero eso es otra cosa. Ser compañero o compañera tiene un plus de generosidad y buen trato, el compañerismo al que ya le dedicamos un estreno que, por desgracia, no puede predicarse de todos aquellos que pertenecen al mismo colegio profesional se encuentran en el mismo escalafón. De hecho, hay colegas que son todo menos compañeros. Y que se caracterizan por hacer del zancadilleo profesional y el malrollismo su bandera, con un egoísmo que cualquiera ha vivido alguna vez. Los hay capaces de destrozar al que ven como enemigo aprovechando cualquier circunstancia personal o profesional. Quienes se oponen a un cambio de señalamiento por enfermedad de un familiar de quien comparten estrados, quienes aprovechan cualquier fallo para sacar ventaja, o quienes dedican su informe a despellejar al otro en lugar de defender su causa. Los ejemplos son miles.

Luego están los -y las- compañero/as, de los que ya se habló en su momento. Y, traspasando ese límite, tras haberse metido de lleno en el terreno, están los amigos que a la vez comparten toga, estrados o lo que sea. La compamistad, vaya. Personas que son capaces de ver la situación de apuro de una sin necesidad de decir nada, y que no solo la cubren, sino que fingen que no les cuesta trabajo o incluso que les viene de maravilla. Yo tengo compamigos y compamigas que me han cambiado guardias o juicios aduciendo que eran ellos quienes lo necesitaban, o han hecho cosas por mí fingiendo que lo hacían por sí mismos. Cualquier excusa es buena: a mí me viene mejor esa fecha, necesito reciclarme en esta materia, este asunto es interesante y tú ya has hecho muchos… Se les identifica enseguida. Hacen favores con una sonrisa y jamás piden que les sean devueltos. Y tenemos mucha suerte de que existan.

Pero que nadie crea que me refiero solo a profesionales del mismo cuerpo al que una pertenece. Ya es hora de que hayamos superados eso de Los chicos con los chicos y las chicas con las chicas y nos mezclemos, que el derecho ya hace tiempo que dejó de meterse en compartimentos estancos. Puede haber compamigos entre jueces, fiscales, abogados, laj o procuradores, juntos o revueltos. Y así debería ser siempre por el bien de la justicia y del ciudadano. Ya sabemos que la unión hace la fuerza.

Y, también hay otra categoría, que encaja a la perfección en el término compamigos: los compinches. Esos con los que se comparte química, principios, y ganas de luchar por ellos. Yo tengo unos cuantos, y me considero realmente afortunada por ello. Queridos compinches, también para vosotros mi guiño toguitaconado, que bien sabéis a quienes me estoy refiriendo.

Así que hoy el aplauso, como no podía ser de otra manera, para todos los compamigos y compamigas del mundo. Porque debieran ser declarados una especie a proteger. Con la toga puesta, o sin ella. Gracias por estar ahí siempre.

Y gracias también de nuevo a @JulioAntonio48 por prestarme su preciosa imagen para ilustrar este estreno

 

 

 

Padres: la herencia


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La familia  y sus miembros, las relaciones entre ellos y las sagas familiares son un tema recurrente en el teatro y el cine. Como en la vida. Y en nuestro teatro les hemos dedicado varios estrenos. Con unos aplausos bien merecidos. Pero faltaba dedicarle uno a una figura importante, la del padre. Como han hecho muchas películas, desde Papá está en viaje de negocios hasta La vida es bella o Qué bello es vivir, desde Billy Elliot a En el nombre del padre. Con Sonrisas y lágrimas incluídas.

Y, aprovechando el Día del Padre, también nuestro teatro quiere hacer un homenaje a todos los padres del mundo en general, y al mío en particular. Como hice en su día con las madres . Mucho más allá de la figura del buen padre de familia a que se refiere tantas veces el Código Civil.

Mi padre ya se ha paseado otras veces por las tablas de nuestro escenario. De hecho, a él estaba dedicado el estreno referido a los abogados  e hizo un cameo de lujo en el que trataba de la Justicia gratuita  Y entonces prometí una segunda parte de esa historia tan triste y tan hermosa a su vez. La de una abogado enamorado de su oficio. Y hoy ha llegado el momento.

Mi padre llevaba toga, pero no tacones, obviamente. Pero creo que hasta eso le debo. Solía decirme que una mujer jamás debía salir de casa sin sus tacones y sus pendientes. Recuerdo que incluso cuando el destino le jugó la mala pasada de robarle la visión, me tocaba las orejas para comprobar que no cruzara el umbral sin ir como es debido. Con pendientes y con zapatos de tacón. No le hacía ni pizca de gracia que me calzara unas manoletinas o unas deportivas. Por desgracia, nunca llegó a verme con mi toga y mis tacones, porque nos dejó antes. Pero se aseguró, sobreviviendo más de lo que la enfermedad auguraba, a que no solo hubiera acabado la carrera sino que tuviera mis pasos encauzados hacia donde él quería que fueran, la carrera fiscal. Algo que a él también le hubiera encantado y que decía que a mí me iría como anillo al dedo. Y no se equivocaba. Días antes de marcharse, él y mi madre me regalaron un colgante con una balanza, que guardo como oro en paño para lucir en las grandes ocasiones.

Como conté en su día, él me transmitió su pasión por el derecho en general y por el Derecho penal en particular. Y su manera de entenderlo, como un servicio público y como un derecho fundamental a un tiempo. Mi padre asistió, en calidad de pasante, a la última ejecución de una mujer a garrote vil, la de la envenadora de Valencia, ésa que protagonizó aquel capítulo de la serie La huella del Crimen que muchos recordamos. Y justamente en ese punto empieza la segunda parte de una historia que prometí contar.

En esa ejecución estuvo también, cumpliendo con su oficio, un fiscal, tan joven y bisoño como mi propio padre. Y ambos comentaron que ojala sus desendientes vivieran en un mundo donde no tuvieran que cumplir con tan ingrata tarea.

Como el destino es caprichoso, y quizás mucho más que eso, pasados muchos, muchos años, juntó a las hijas pequeñas de aquellos dos hombres. Y las reunió en un escenario diferente, ejerciendo ambas como representantes democráticamente elegidas por sus compañeros en un órgano propio de la carrera fiscal. En plena democracia, tratando de defender el concepto de Justicia que ambas heredamos de nuestros padres, cuando ya ninguno de los dos estaba en este mundo. Cuando, tiempo después de ese momento, descubrí esta coincidencia, no podía creerlo. Pero a veces las cosas no pasan porque sí, y estoy seguro que, donde quiera que estén, disfrutarían el momento como nadie.

Y esta historia también tiene otro fleco. Relacionado con otra de las grandes pasiones heredadas, la literatura. Cuando mi padre perdió la vista, pasé mucho tiempo junto a él leyéndole novelas, como El lector de la película. Creo que eso también me marcó de por vida, además de ayudarme a hablar y leer en público tratando de transmitir todo lo posible, algo muy útil tanto en mi faceta de opositora como en mi trabajo. Como me marcó la afición por los libros, y por escribir. Mis padres siempre me recordaban una nota que dejó el jurado de un premio de redacción que gané en mi adolescencia: “nunca dejes de escribir”.

Le hice caso, y en esa faceta, me encontré con otra de las coincidencias que el destino se encapricha en regalarme. Cuando empecé a colaborar en Generación Bibliocafé, Mauro, nuestro querido editor, escribió un relato basdo en la película El Verdugo y una vivencia al respecto de su padre. Contaba que éste hablaba de la experiencia de un joven abogado que presenció aquella última ejecución de una mujer, y que, pese a sus esfuerzos, nunca consiguió localizarlo. Cuando leí su historia, no podía creerlo. Había dado con él, aunque fueran sus hijos quienes se encontraran. Y es que, como dije antes, nada pasa porque sí.

Así que hoy, día del padre, he querido dedicar estos pequeños recuerdos a mi padre. A esa persona que, a pesar de que vivió una época diferente, me transmitió unos valores de libertad, justicia e igualdad que han cimentado mi vida y lo siguen haciendo. A esa persona que, aún sin estar, me acompaña en muchos momentos de mi vida profesional y personal. Y que se da el capricho de, allá donde esté, montar aparentes casualidades para hacerse presente. Aunque no haga falta.

Por eso hoy el aplauso es para él. Y, con él, para todos los padres del mundo.

Como verás, nunca salgo de casa sin mis tacones. Ni sin tu recuerdo.