Balconismo: una nueva especie


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Hay situaciones en que la vida queda limitada a lo que se puede alcanzar a través de una ventana o un balcón. Una idea muy interesante si el que mira es James Stewart y el que dirige Alfred Hitchcook que puede dar lugar a una obra maestra como La ventana indiscreta Pero que es mucho más desesperante cuando se trata de una, como nos pasa ahora mismo. Y es que no podemos olvidar que las relaciones entre vecinos no siempre son idílicas. Que se lo digan si no a los protagonistas de series de vecinos como Aquí no hay quien viva, Lo que se avecina o, muchísimo antes, Un hombre en casa o Los Roper.

En nuestro teatro -madre mía, cómo lo echo de menos- los pleitos de vecindad han proliferado durante mucho tiempo, sobre todo en los antiguos juicios de faltas, como vimos en el estreno dedicado al vecinismo Un vecino o vecina puede ser testigo esencial en un juicio, o puede ser parte interesada, como ocurría en aquellos juicios antológicos en que la mancha de lejía que una vecina causaba a otra daban lugar a un pleito de varias horas, como el resto del vecindario tuviera a bien -o a mal- tomar partido por una u otra.

Me acuerdo ahora de los preceptos relativos a la responsabilidad extracontractual que nos hablaban de las cosas que se caían o arrojaban de los balcones, y que pasábamos por alto como si esa prolongación de las casas no tuviera importancia. Quién nos iba a decir que en algún momento se iban a convertir en el epicentro de nuestras vidas.

De otro lado, las relaciones de vecindad son el objeto de unos cuantos preceptos de nuestro Código Civil, sobre todo cuando se trata de explicar las distancias que ha de haber entre balcones, los muros medianeros o algunas servidumbres, como la de paso. Yo confieso que todavía sigo enamorada del precepto que habla de la ventana con reja remetida, un verdadero hit de mi oposición.

Pero ahora, si me hubiera visto envuelta en un juicio de esa clase, estoy segura que estaría arrepentida. Porque lo de la reja y, sobre todo, si es remetida, nos quita gran parte de nuestra actual vida social, por no decir toda. Que, con esto del confinamiento, salir al balcón a aplaudir y hasta a regar las plantas es el mejor momento del día. O, al menos, el de mayor socialización. Hay que ver qué relaciones se cimentan con solo unos minutos cada día. Mi vecina de enfrente, la de la bata, nos decía por gestos el otro día que habían estado esperándonos la tarde anterior, que mi hija y yo no pudimos salir a balconear. Y mi vecino del otro lado nos pregunta a grito pelado cuándo habrá discomóvil balconil  con los DJ de arriba. Y, por supuesto, estamos todos de acuerdo en que la fiestuqui que nos vamos a montar en plena calle cuando esto acabe será de los que hacen historia.

Eso sí, que quede claro que será para entonces, y solo para entonces, No vayan a meternos un pleito por desobediencia y entre en Toguilandia por la puerta de atrás, sin toga ni tacones.

Y es que hay que tener cuidado, que hasta desde los balcones se puede delinquir, si nos ponemos. Que, con el síndrome de abstinencia verbenil que nos quedó desde Fallas, Semana Santa y otras celebraciones, nos arriesgamos a venirnos arriba con el Resistiré y acabamos incurriendo en un delito contra el medio ambiente por contaminación acústica. Por más que otro vecino contraataque con  la indirecta de Y ya no puedo más de Camilo Sesto o la directa del Se acabó en cualquier de sus versiones. Que solo nos faltaba eso.

Quienes deben estar de celebración son los especialistas en delitos contra la seguridad vial, que, con la restricción de movilidad, habrán visto disminuida la faena un montón, que no hay mal que por bien no venga. Porque, aunque echemos de menos conducir, fingir que estamos al volante desde la ventana no es lo mismo. Ni tampoco la consola, aunque cualquier día los juegos son tan reales que hasta te ponen la multa o te encausan por delito.

Y es que hay que ver las cosas como cambian. Hasta hace nada, el término balconing nos transportaba a las majaderías de tipos que habían consumido cualquier cosa y se jugaban la vida saltando desde los balcones de hoteles, más de una vez con resultados letales. Supuestas juergas veraniegas que deberían ser de las cosas que nadie añore.

Ahora, sin embargo, el balcón es el entorno donde recordamos que hay algo más que nuestras cuatro paredes. Es la promesa de lo que llegará a la salida, y también de lo que podemos hacer mientras tanto, como cuidar las plantas o escuchar los pajaritos, ahora que, sin coches ni polución, se pueden oir. Devolvamos al medio ambiente un poco de lo que le hemos ido quitando durante tanto tiempo.

Por todas estas cosas, hoy el aplauso no podría dedicárselo a otras personas que a los vecinos y vecinas que hacen esto no solo soportable sino incluso agradable. A mi vecina del batín rosa y al que pide canciones de su época, al dueño del altavoz, y a la que dirige la coreografía o monta un bingo improvisado. Mil gracias por estar ahí.

La ovación extra es esta vez para Kolo ilustrador, que me ha prestado su dibujo para este estreno. Y para su perro Lolo, no se me vaya a enfadar. Mil gracias a ambos.

 

Plan de choque: más choque que plan (II)


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Ya he dicho alguna vez que en cine se suele hacer realidad el dicho de que segundas partes nunca fueron buenas., aunque hay gloriosas excepciones, entre las cuales podríamos citar la saga de El Padrino o la de La Guerra de las Galaxias y hasta, si me apuras, la de Indiana Jones. Así que voy a arriesgarme a continuar con el estreno anterior, porque me quedé a medias y porque siempre está bien acordarse no solo de la parte contratante de la primera parte, sino también de la parte contratante de la segunda parte. Y eso, por supuesto, con el `permiso de Groucho. Aunque ahora sea imposible emular su famoso camarote. Ya quisiéramos pasar con ellos Una noche en la ópera.

Así que sigamos. En el estreno anterior nos quedamos en la quinta de las propuestas que en el orden penal hace el Consejo para salir de este entuerto, el muchólogo judicial llamado Plan de choque. Así que habrá que avanzar hasta llegar al 13, el numero que han escogido para proponer en esta materia.

La sexta propuesta, referida a la supresión de recursos contra resoluciones interlocutorias, me plantea muchas dudas en un aspecto, y muy pocas en otros. En cuanto a lo primero puede ser buena idea el hacer un recurso mix que incluya las impugnaciones de fondo como de forma en una suerte de dos por uno procesal, siempre que no padezcan las garantías del justiciable. Y puede aprovecharse para eliminar esas duplicidades de recursos que hacen las causas interminables, como sucede cuando corren vidas paralelas el recurso contra el auto de prisión y contra el auto de ratificación de la prisión con iguales motivos y dos días de diferencia, aunque esto no lo hayan previsto. Es una medida que, según se lleve a cabo -el propio documento plantea dos opciones- puede ser útil. No obstante, no podemos correr el riesgo de eliminar trámites si esto afecta la tutela judicial efectiva.

La séptima medida, referente a las prioridades, es tan obvia como decir que a la mano cerrada se le llama puño. Por supuesto que se establecerán las prioridades en función de la materia y la urgencia, y también en relación con el retardo sufrido. Lo que da miedito son los criterios y la posible laxitud a la hora de interpretarlos. Pero voy a ser buena gente y voy a dar un voto de confianza, Nadie mejor que quienes habitamos Toguilandia para saber lo que es urgente.

En cuanto a la ejecución dineraria, medida que tiene el ordinal  8, solo se me ocurre decir que no sé por qué no lo habían pensado antes. Que nos auxilie Hacienda, nuestra prima mayor y rica, es de Perogrullo. Hoy y también ayer. Pero, volviendo al refranero, nunca es tarde si la dicha es buena. Y si Hacienda, que es capaz de recibir las declaraciones de IRPF en un solo clic sin necesidad de Lexnet ni de gaitas, nos ayuda, seguro que nos va a ir de perlas. Lástima no habernos hecho amigüitas antes.

La novena de las medidas, supresión de algunos delitos leves, me resulta un deja vu. Seguro que quienes requieren urgentemente un paso por la peluquería para teñirse saben de lo que hablo. En el año 92 salió una norma parecida, que hacía que los fiscales bailáramos -yo acababa de llegar- en un pie. Podía dejar de acudirse a determinados juicios de faltastras la oportuna circular que nos legitimara a ello. Fue nuestra despedida de muchos juicios de tráfico que, según me contaron, hicieron pasar muchas horas a jueces y fiscales con disquisiciones no tan jurídicas. Ahora se prevé que, además de las que necesiten denuncia, podamos abstenernos de ir a otros delitos leves, herederos de las faltas. Solo queda saber cuáles. Y saber, también, por qué no se les había ocurrido antes. Porque la razón esgrimida, aprovechar los medios materiales del Ministerio Fiscal, es tan evidente que no se entiende cómo no se hizo mucho antes-

La décima de las medidas atañe al Jurado. Y no hace sino darnos la razón a la mayoría de juristas, juradistas o no, con más de veinte años de retraso. Que el allanamiento de morada, las amenazas condicionales o la omisión del deber de socorro enjuiciados por un tribunal de jurado es matar moscas a cañonazos lo sabe cualquiera. Y que los cañonazos son caros, también. Así que bienvenido sea aunque resulte más aplicable que nunca el refrán de que más vale llegar tarde que rondar cien años. Ahora, supongo que dentro de 25 años más, alguien pensará que eso de las exacciones ilegales, que hasta a los juristas nos cuesta definir, tampoco es lo más adecuado para este tipo de proceso. Esperemos que no necesitemos otra pandemia para descubrirlo.

La undécima de las medidas se refiere a las notificaciones. Y digo yo que está muy bien  que se agilice, pero que la existencia de trámites absurdos ya llevaba tiempo esperando, y si no son absurdos habría que pensarlo no vaya a ser que prive de garantías. La pescadilla que se muerde la cola…o no

Otro tanto cabe decir de la duodécima medida, referente a la supresión del trámite de audiceica previa en el proceso de menores. Si es superfluo no sé a qué esperaban para quitarlo, y si no lo es, cuidadin no nos pasemos de castaño oscuro.

Por último, se habla de suprimir ciertos casos del recurso de queja, el que tiene el nombre más bonito por evidente, nada de su primo el de súplica, que parece que estamos arrodillándonos en vez de ejercitar derechos. Pero vuelvo a lo mismo, bienvenida sea la supresión de trámites innecesarios, pero no olvidemos que el derecho al recurso forma parte de la tutela judicial efectiva. Y no lo digo yo sino el Tribunal Constitucional, que es quien sabe de eso.

Y ahora las dos medidas fantasmas. Por no decir invisibles o inexistente. La primera, tan obvia que es casi insultante hablar de ella. ¿Dónde está el dinerito? Porque de poco sirve que se habilite el mes de agosto si no hay jueces ni fiscales ni Lajs que sustituyan a quienes estén de vacaciones -que algún día podremos tener, digo yo-. Y eso por no hablar del resto de personal o de los medios materiales, que también. Esto suena a muchólogo de “mucho te quiero perrico, pero pan poquico”

Y, para última, la de siempre. ¿Dónde está lo de la supresión del límite de instrucción, que no lo encuentro? Que muchos proyectos pero nada de nada. Y si las causas seguían caducando y provocando impunidad hasta ahora, a partir de este momento no quiero ni pensarlo. Prefiero creer que se han olvidado y recórdarselo con todo mi cariño. Ya lo sabe, quien corresponda

Y hasta aquí mi resumen y comentario del muchólogo de tropemil medidas. Veremos a ver si se hace real y cómo resulta. Hasta entonces, me guardo en la nevera mi aplauso. Y le pongo mascarlla y hasta guantes, que se conserve bien sano para cuando llegue el momento.

 

 

Plan de choque: más choque que plan (I)


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Los intentos de arreglar las cosas han dado mucho al mundo de cine y series. Ya el tebeo de toda la vida estaban unos personajes antológicos, Pepe Gotera y Otilio, chapuzas a domicilio, sin duda los precursores de aquellos Manolo y Benito de Manos a la Obra. Y es que a veces, construir La casa de tus sueños puede convertirse en Esta casa es una ruina. Y hay que tener cuidado, no nos caiga encima. Y es que cuando, como en Apolo XIII, decimos eso de Houston, tenemos un problema, hay que atarse los machos

En Toguilandia tenemos un problema. Y no sé si más grave que el de la nave espacial, pero sí tan importante. Se nos hunde la casa. Si ya andaba renqueando, la situación imprevisible del coronavirus y sus consecuencias nos han machacado. Pero no tenemos que preocuparnos. O sí. Tenemos nuestra propia Liga de la Justicia para salvarnos. O no

El Consejo General del Poder Judicial, como no podía ser de otra manera, ha elaborado un muchólogo de medidas. Permitidme que le llame así, que es lo que se me ocurre hacer con un decálogo que no es tal sino que tiene muchas propuestas.  Tropemil, para ser exacta, o hijoemil, que diría una buena amiga. En penal, en concreto, son 13. Espero que la elección de este número no sea premonitoria de sus efectos. Mejor no ser supersticiosa.

No obstante, no pretendamos que estas medidas vayan a ser la solución absoluta. Y, aunque lo han llamado pomposamente Plan de choque, me parece que hay más choque que plan, y eso vale para todas las materias, aunque el derecho penal tenga sus peculiaridades.

El derecho procesal penal venía pidiendo a gritos una reforma desde hace décadas, y cualquier cosa que no sea una reforma integral no es más que una capa de gotelé sobre unos muros agrietados. Esperemos que nuestro gotelé judicial aguante más que el Manolo y Benito. Y ahora, al lío.

La primera medida hacer referencia al fomento de las conformidades. Me hace gracia, como si fuera algo que no estuviéramos haciendo desde hace mucho, incluso en esas secciones específicas  que parece inventar y ya existen en muchas fiscalía, como en la mía, y con grandes resultados. De todas maneras, ya sabemos, porque la conformidad tuvo su propio estreno, que si se fuerza la máquina corremos el riesgo de convertir los procesos en un mercadillo. Y hay que tener cuidado, no acabemos ofreciendo lotes de “llévate tres juicios y paga solo dos”, como el el híper.

La segunda medida se refiere a las posibles conformidades en los delitos leves, y propone que el Ministerio Fiscal haga un traslado extra proponiendo por escrito una conformidad, para el caso que el denunciado quisiera conformarse -y si no, pues trabajo del fiscal a la basura, vaya-. La verdad es que esta medida me da sarpullidos, porque parece que es cambiar las manzanas de cesto. Si el fiscal ha de calificar, este procedimiento más rápido se vuelve casi igual que el abreviado, y adoptará sus tiempos. Quizá haga más rápido el juicio, pero ralentiza la tramitación. Lo que viene siendo pan para hoy y hambre para mañana.

La siguiente propuesta es la de supresión de algunos delitos leves, nuestras antiguas faltas. Un primer bloque sería el de los delitos leves de alteración de lindes y distracción del curso de las aguas. Hay que ver lo cerca que teníamos la solución a los problemas de la justicia, y nosotros sin verlo. Sin duda que la supresión de dos delitos que jamás he visto en 27 años es definitiva para arreglarlo todo. Eso sí, ¿qué será lo próximo? ¿Derogar el precepto del Código Civil  que regula la persecución de abejas por fundo ajeno o el del tesoro oculto? No somos nadie.

Sin embargo, lo de suprimir otros delitos leves como las amenazas y las coacciones sí que me plantea serias dudas. Hay conductas de esta índole que no llegan al delito grave pero pueden resultar dañinas, y dejarlas impunes tal vez no sea lo más conveniente. El principio de oportunidad podría hacer ahí una gran trabajo, en lugar de ir a la derogación directa. Y también preveo problemas respecto al paralelismo con conductas de la misma naturaleza en el ámbito de la violencia de género o doméstica. Pero mejor no me anticipo. Tiempo al tiempo.

La cuarta propuesta aun me tiene hablando sola. Alude a la introducción como alternativa a la pena de multa de la pena de trabajos en beneficio de la comunidad o localización permanente. No sé qué ventajas puede tener una sobre otra a la hora de ejecutar, ni alcanzo a comprenderlo, más todavía cuando sabemos de buena tinta que hay veces que los trabajos sociales no llegan a cumplirse por no disponer de plazas o por otras razones, como la de la pandemia de ahora mismito. Y tampoco sé cómo casa la agilización con la proporcionalidad de bienes jurídicos en cada caso. Seguiré hablando sola, a ver si doy con la clave.

La quinta de las propuestas de choque del Consejo General del Poder Judicial es la que alude a las sentencias in voce, que también se prevén para otras jurisdicciones. En la jurisdicción penal ya existían para los casos que trata, delitos leves y conformidades, y la única novedad en este caso consiste en sustituir la documentación por la mera acta del juicio en soporte digital. Esto es, que no habrá sentencia tal como la conocemos. No dudo de lo práctico de esta medida, sobre todo si están conformes las partes. Me plantea, sin embargo, muchas más dudas cuando no lo están, porque la tutela judicial efectiva, de la cual es parte fundamental la motivación de las resoluciones y el derecho al recurso, pueden tambalearse. Y eso sí que no

Así que hasta aquí la primera parte del muchólogo de medidas y sus comentarios. No quiero cerrar el telón son agradecer a mi compañera @Si_be_lius su hilo en twitter guiándome para un primer resumen. Para ella, y para todos y todas los que se están afanando para interpretar todo este batiburrillo, va el aplauso. Para el propio Consejo autor, un silencio expectante a ver cómo sigue la cosa. Pese a mi escepticismo, ojala en un futuro no muy lejano pudiera romperme las manos aplaudiendo, pero ya veremos. Como veremos, sin duda, la segunda parte de este choque sin plan. Permanezcan atentos a sus pantallas

 

Reseteo: cosas que no volveré a decir


aplauso

Había un programa de televisión que, parafraseando el refrán castizo, decía algo así como que el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. Era un programa dedicado a la seguridad vial -pionero en su época-, presentado por Paco Costas y que, si no recuerdo mal, se emitía antes del inolvidable Un dos tres responda otra vez, protagonista de mis noches de viernes durante mucho tiempo. El programa de llamaba La Segunda oportunidad y ese sonsonete me lleva persiguiendo ya varios días, y se repite en mi cabeza sin cesar, más que la canción del coro del anuncio de telefonía por el que se pregunta el prota del spot si estará pagando de más. Como el título de aquella película, lo que estamos viviendo es una buena razón para decir Las cosas que no nos dijimos y para darnos Una nueva oportunidad, sea La segunda oportunidad o la que hace mil.

En estos días he pensado mucho en el valor de la libertad, un bien jurídico que damos tanto por hecho que pensamos que no podemos perder. Salvo, claro está, que cometamos algo muy gordo. Algunas veces se bromea con mandar a los investigados a prisión refiriéndose a “enviarlos al hotelito” o cosas parecidas. Y la opinión pública, o parte de ella, frivolizan con la pena privativa de libertad por excelencia diciendo poco menos que son unos suertudos que se van a un retiro pagado con televisión, gimnasio y piscina. Pensemos por un momento en que, si se pasa mal simplemente con la imposibilidad de salir más que para lo básico, encerrados en nuestra propia casa y con todas nuestras comodidades, hacerlo en un sitio diferente y por la fuerza debe ser tremendo. Y no se parece nada a un hotelito ni a ninguna de esas cosas que se dicen sin saber. Espero que nunca más caigamos en el error de decir algo así.

También me he acordado más de una vez estas días de mis propias peticiones a pena de localización permanente a la que reconozco que soy muy aficionada, sobre todo en caso de delitos leves. Solo hay que echar un vistazo a la cantidad de quebrantamientos de esta pena para apercibirnos de que permanecer en casa sin más no es tan fácil como parece. Y, desde luego, por lo que a mí respecta, borraré de mi vocabulario esa costumbre de quitar importancia a esta pena, como si no fuera nada. Y es que perder la libertad, aunque sea por poco tiempo, duele.

De otra parte, voy a desmitificar para siempre algo, creo que junto con medio mundo. Adiós a la mantita sofá como objetivo de los fines de semana o días de asueto. Creo que, por bastante tiempo, voy a dejar que la mantita y el sofá sobrevivan sin mí que, en cuanto pueda, me voy a dedicar a callejear como si no hubiera un mañana. Si siempre han dicho de mí que el techo no me caerá encima, ahora va a ser literal. Por estas que son cruces.

E igual es cosa mía, pero tengo la sensación de que hay delitos que en una temporada no vamos a tener que calificar. A ver quién es el guapo a quien le han quedado ganas de cometer un allanamiento de morada, como si no hubiéramos tenido bastante casa por muchos días. Y, que me perdonen los del plan de choque -que tiene más de choque que de plan-, pero que no piensen que es por su medida de suprimir la competencia del tribunal de jurado para este tipo de delitos. Semejante decisión respondía simplemente al sentido común, a ese al que no han querido hacer caso en mucho tiempo. La naturaleza de este delito -como de algunos otros- nunca ha justificado el despliegue de medios que supone el tribunal del jurado.

En la misma línea, dudo que en una larga temporada haya ganas de cometer delito de robo en casa habitada, o cualquier otra cosa que suponga cerrarse entre cuatro paredes. Y en consonancia con ello, la próxima vez que tenga entre las manos un delito de detención ilegal tendré que respirar hondo un par de veces para no pedir las penas del infierno para el infractor.

Otras de las cosas que habrán de cambiar es la aplicación de la agravante de disfraz. Con esto de la generalización de las mascarillas, si se sigue entendiendo como disfraz cualquier artificio que impida la identificación del autor, todo el mundo estaría disfrazado. Ojala no tarde el día en que dejemos de estarlo, y no porque trabajar con mascarilla y guantes dé un aspecto fantasma a los juzgados, sino porque desechar su uso significará que el peligro ha pasado.

Y, claro esta, me temo que si se hacen realidad las previsiones y rumores que ya corren como la pólvora, habremos de dar carpetazo a todas esas frases propias de veteranos a bisoños: “no cojas agosto de vacaciones, que aunque trabajes no tendrás trabajo” Pues va a ser que no, que parece que será hábil, y que nos destrozará la clara diferencia entre días hábiles e inhábiles que ya se ha visto sacudida por un terremoto con el estado de alarma. Y, por supuesto, en el mes de agosto la ciudad de la justicia ya no será una ciudad fantasma, sino el metro en hora punta, cuando el metro y la hora punta eran lo que eran.

Por último, hay otra cuestión mucho más triste, que por eso dejo para el final. No creo que nadie vuelva a plantearse ahorrar en sanidad, comentar que el personal sanitario se pega la vida padre porque libra tras las guardias ni nada parecido. Pero especialmente doloroso es algo en lo que tal vez nunca nos habíamos parado a pensar, lo importante que es poder acompañar a un ser querido en sus últimos momentos. Las circunstancias han hecho que poder ir a un entierro sea un verdadero lujo y también han hecho que nos demos cuenta de lo trascendentes que son esas cosas. Ojala no las olvidemos nunca

Pero, para no cerrar el telón con mal sabor de boca, quedémonos con otra cosa que cobra valor especialmente. Los aplausos. En este escenario los teníamos en cada estreno, pero tan vez nunca les conferimos su verdadera importancia. Por eso, hoy quiero dar el aplauso a quien aplaude, Porque reconocer el mérito ajeno tienen mucho mérito. Más del que parece.

 

 

#NuestrosHéroes


 

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   PLÁCIDA

 

Cuando Plácida recibió aquella llamada de teléfono, no tenía ni idea de qué podía tratarse. Estuvo a punto de no acudir, por un lado, porque no creía que fuera algo demasiado importante y, por otro, porque era difícil cambiar el turno con alguna de sus compañeras. Lo pensó mucho, pero, al final, la curiosidad mató al gato. O, mejor dicho, a Plácida.

Ya hacía tres meses que la pesadilla de la pandemia había pasado y la ciudad poco a poco a poco iba recuperando su pulso. Ya solo quedaba la necesidad de llevar mascarilla para realizar algunos trabajos, impuesta por el Gobierno, y el resquemor al contacto físico, secuela espontánea del horror vivido.

A Plácida, sin embargo, le quedaba mucho más. Se le habían quedado dentro un montón de historias que no pensó que fueran a permanecer con ella para siempre cuando, un día de finales del mes de marzo de 2020, aceptó un empleo temporal después de que su empresa la despidiera antes de que la ley le impidiera hacerlo.

No se consideraba ninguna heroína, desde luego. Más bien al contrario. Aceptó el trabajo simple y llanamente porque lo necesitaba para dar de comer a su hija, y la verdad es que desde la distancia le pareció un verdadero espanto, pero era lo que había. En cualquier caso, aquello ya pertenecía al pasado. Y ya había conseguido no pensar en ello en todo el día, aunque la noche fuera otro cantar.

Iba pensando todo esto cuando llegó al lugar donde la habían citado, una calle estrecha y larga como cualquier otra en el centro de la ciudad, muy cercana al Ayuntamiento. Esperó con ansiedad a que llegara alguien, incluso temió haberse confundido o, peor aún, haberse equivocado cuando decidió acudir a aquella cita a ciegas. Ni rastro de ninguna persona. Le recorrió un escalofrío recordando aquellas semanas en que no había ni un alma en ningún sitio.

De pronto, se abrieron a la vez puertas y ventanas, balcones y azoteas, y de cada uno de ellos surgieron personas que aplaudían con entusiasmo. Plácida miró a su alrededor y reconoció algo que le era muy familiar. Cada una de las personas que aplaudía llevaba en su mano un papel que agarraban con fuerza. Todos estaban escritos de puño y letra de Plácida. Y contenían un nombre y una pequeña frase, una oración, un verso o incluso un dibujo. Juan, Antonia, Virtudes, Dolores, Beatriz, Julián, Lorenzo, Elena, Carlos, Asunción, Silvia, Roque, Jesús… Eran las pequeñas tarjetas que Plácida escribía cada vez que, en aquel trabajo en la funeraria, tenían que enterrar a alguien y sus familiares no había podido asistir por el riesgo de contagio o por la restricción de movilidad. Plácida les hizo llegar una nota personal y una vela, para que no sintieran que la persona a la que quisieron se iba sola.

Ahora, a las 8 de la tarde, como tantas tardes durante el confinamiento, sonaba un aplauso cerrado y lleno de emoción. Era el que los familiares de todas aquellas personas le dedicaron a Plácida, la mujer que hizo su duelo un poco más soportable. La mujer que convirtió en humano lo inhumano.

 

 

Desobediencia: delito estrella


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     La rebeldía a las órdenes a la autoridad siempre se ha teñido de un toque romántico. Héroes como Garibaldi, Ghandi o Mandela, de uno u otro modo, se plantaron ante un orden que consideraban injusto, y se convirtieron en leyendas que, por descontado, dieron lugar a su correspondiente película. También otros tipos de insumisión, como la de Rebeldes o Rebeldes del swim resultan muy atractivas al mundo del espectáculo. Pero, cuando las órdenes son justas y necesarias, hay que proceder como el título de aquella película, Haz lo que debas, si no queremos vernos en una situación en que No hay salida.

En momentos como los que vivimos a veces cuesta colocarse la sonrisa y ver El lado bueno de las cosas, pero hay que sobreponerse y hacerlo, porque no nos queda otra. Pero poner al mal tiempo buena cara no supone hacer la vista gorda ni reirles la gracia a los irresponsables que se saltan las órdenes en un momento tan delicado. Porque no tienen ni pizca de gracia.

Como decía, no tiene ni pizca de gracia que gran parte de nuestro trabajo en las guardias sea porque unos cuantos impresentables se han creído por encima del bien y del mal y han vulnerado el confinamiento que tanta gente está cumpliendo a rajatabla, por más que en muchos casos cueste. El delito de desobediencia a agentes de la autoridad, y su hermano el de resistencia, así como su primo de Zumosol, el de atentado, han aumentado hasta niveles estratosféricos. Y eso no es que suponga ponerse en riesgo ellos, que también, sino que supone poner a girar la maquinaria para un montón de gente -jueces, fiscales, LAJs, funcionario, Fuerzas y Cuerpos de seguridad, letrados y letradas, forense, etcétera etcétera- que por tanto, incrementan el riesgo para toda la población, incluidos los irresponsables.

No obstante, hay quien lo hace y además, se cree ocurrente y hasta se graba. Todo el mundo ha visto el vídeo de uno de estos estúpidos paseando vestido de dinosaurio, al igual que hemos visto o leído acerca de gente que ha paseado peluches y hasta electrodomésticos como si fueran perros. Incluso me cuenta un compañero de un paisano que llevaba como macota a una oveja y la llevaba por el Paseo Marítimo, Tal vez querían hacer una nueva versión del bolero llamada Balando al mar, pero que lo dejen para cuando las cosas vuelvan a su sitio y se limiten al Hogar, dulce hogar

Y, si de cosas extravagantes se trata, otra compañera me aporta esta joya. La de una muchacha que paseaba muy ufana a un conejo…en su jaula.

Y ojo, que hecha la ley hecha la trampa. Me comentaba otro compi sobre una chica con la que coincidía antes de esta hecatombe paseando su perro. La chica en cuestión sacaba a pasear a sus tres perros  a la vez, pasando en ocasiones muchos apuros para controlarlos. Sin embargo, ahora los paseaba de uno en uno y, preguntada al respecto, dijo que lo hacía para salir más veces. Y se quedó tan pichi, como si fuera más lista que nadie.

De otra parte, se comprende que los cuerpos tienen sus exigencias, y que es difícil que al confinamiento se sume la abstinencia, si no se tiene la suerte -o la desgracia, que también es posible- de compartir encierro con la pareja. Pero, como en los tiempos más duros, habremos de conformarnos, y eso vale para todo el mundo. Porque me cuenta un compañero que, a falta de hoteles bueno es un coche, y que pillaron a una pareja de esa guisa. Por descontado, no he podido evitar tararear eso de Que difícil es hacer el amor en un Simca mil, pero, también en este caso, lo dejamos para cuando esto termine.

Hay quien, en vez de coche, se lo hace un un cajero, pero tanto da. Apretar los dientes y aguantarse, como todo hijo de vecino. Por supuesto, salvo que el cajero sea su domicilio habitual por tratarse de sintecho, otro problema que nos está estallando en las narices. Si el sinhogarismo  era grave, hoy es insoportable.

La verdad es que somos un pueblo donde la picaresca está a la orden del día. En unas cosas, tiene su gracia, pero en otras no. O, al menos, ya no. Podemos pensar en el cambio de actitud que hemos ido teniendo, por ejemplo, respecto a Hacienda. Antes la gente presumía de hacer trampas para evadir impuestos, aunque fuera una cantidad mínima, pero ahora esos listillos encuentran cada vez más reproche. Quitado el caso de que sean futbolistas, en que todavía hay gente que les anima como héroes cuando van a un juicio por delito fiscal. Es lo que tiene pensar con los pies en vez de con la cabeza.

Ahora ese rechazo se hace más evidente, porque nos jugamos mucho. Nada menos que nuestra salud, y, en especial, la de las personas más vulnerables como pueden ser nuestras madres o nuestros padres, esa amiga enferma o ese primo que estaba superando un cáncer. Por eso, por ellos y ellas, nos enfadamos con esos individuos que todavía pretenden irse a sus segundas residencias o a hacer una escapada con cualquier excusa. Tolerancia cero. Y si los tenemos detenidos, leña al mono, que con la salud no se juega ni valen gracias ni gracietas.

Así que hoy el aplauso es para todas las personas que cumplen a pies juntillas el confinamiento y en especial para todas las que lo hacen cumplir. Y, sin duda, el abucheo y los tomates para los insolidarios que nos están dando tanta faena.

La ovación, una vez más, para mi ilustradora favorita, @madebycarol. Si algo tiene de bueno el confinamiento es que tiene tiempo de dibujar mucho más,

 

 

Resiliencia: adaptándonos


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Los héroes y las heroínas cinematográficos no han llegado a este status porque sí. El hecho de que el protagonista de una obra se convierta de un mero personaje en un referente se determina en gran parte por su capacidad de adaptación a las circunstancias. Como hacían los juguetes de Toy Story al verse abandonados por sus dueños, o como en Buscando a Nemo son capaces de salir de su zona de confort para buscar al pececito naranja. Aunque no hace falta ser un dibujo animado para eso. Hay figuras reales que son capaces de reinventarse del modo más admirable, como hace el Nelson Mandela de Invictus, que convierte un partido de rugby en una metáfora del avance de una nación, tras haberse pasado más de media vida en prisión.

Esta capacidad de adaptación tiene un nombre, resiliencia, y si es necesaria en muchas ocasiones en nuestro teatro y en la vida, hoy es imprescindible. Hay que reinventarse para salir adelante. Y si no, pensemos en la canción que tanto se canta estos días, el Resistiré del Duo Dinámico, que habla del “junco que se dobla pero siempre sigue en pie”. La verdad es que esto no casa demasiado bien con la parte en que se vuelve “de hierro para endurecer la piel”, pero ya se sabe, nada ni nadie es perfecto, como dice esa escena antológica de Con faldas y a lo loco.

Ahora lo fácil sería parafrasear esta escena y hablar de Con togas y a lo loco, pero no están las cosas para demasiadas bromas, aunque el sentido del humor nunca nos puede abandonar del todo o estaremos perdidos. No obstante, no me resisto a comentar que esa frase de “nadie es perfecto” es el más claro ejemplo de lo que quería hablar hoy, la resiliencia.

Se define resiliencia en el Diccionario de la Real Academia como la “capacidad de adaptación de un ser vivo frente a un agente perturbador o un estado o situación adversos. Pero este palabro tiene un significado más concreto. En psicología, es la capacidad que tiene una persona parea superar circunstancias traumáticas como la muerte de un ser querido o una accidente. Por supuesto que quien elaborara esta definición no pensaría entre los ejemplos posibles en una pandemia mundial en pleno siglo XXI, pero encajaría como un guante. Vamos a tener que elaborar toneladas de esa resiliencia para salir adelante. Ahora y en el futuro

Confieso que cuando oí por primera vez esta palabra, pensé que alguien se estaba confundiendo y se refería a resistencia. Pronto me dí cuenta de que la confundida era yo -y no por la noche, que una no es Dinio- y habían querido decir exactamente lo que habían dicho. Resiliencia.

Como decía, ahora la necesitamos más que nunca. Y la seguiremos necesitando por bastante tiempo. A veces, resulta pasmosa la capacidad del ser humano para asumir cosas que pensaba que no asumiría nunca. Hoy mismo alguien empezó a hablar en twitter de lo que hacía hace un mes, cuando no podía ni figurarse la que se nos venía encima. Yo me preparaba para mis queridas Fallas, una amiga estaba de viaje, otra manifiesta que su mayor preocupación era el colegio del próximo año de su hijo y también había quien estaba planeando las vacaciones de Semana Santa o verano. Y de pronto, la hecatombe. Nuestro mundo sufre una sacudida gigantesca, y nuestras prioridad hacen otro tanto. Nadie nos hubiera dicho hace nada que sobrevivir estaría entre ella, pero así es.

Cuando, mientras estudiábamos la carrera o la oposición tratábamos los casos de fuerza mayor, nuestra imaginación no iba más allá de una catástrofe natural indeterminada y, casi siempre, lejana. Y la turbamulta de que hablaban antes las leyes no hacía otra cosa que causar hilaridad. También reaccionábamos con displicencia ante instituciones como el testamento en tiempo de epidemia o en peligro de muerte, algo que nos parecía tan viejuno y que hoy es tan posible que duele pensarlo. Porque, nos guste o no, nada volverá a ser como era. Tampoco nuestra manera de ver la vida, en general, ni el Derecho, en particular.

Por eso, habría que revisar todas esas veces en que nos hemos referido al tiempo de estudio de la oposición como un encierro o un confinamiento. Era una cosa graciosa que ahora no tiene ni pizca de gracia. Y es que la diferencia es obvia, y no solo se basa en la voluntariedad ni en la necesidad, que es lo esencial. En el tiempo de la oposición, por más que se enclaustrara una, siempre podía salir a dar una vuelta o tomar el aire. Ahora, ni siqueira para ir al preparador, porque no es actividad esencial, aunque lo sea para quien está en ello. Menos mal que la tecnología ayuda mucho en estos casos, y se pueden cantar temas por Skype o cualquier otro método de conexión. Aunque sí hay algo en que se parecen ambas situaciones, la incertidumbre sobre cuándo terminará esta situación. En uno y otro caso, espero que pronto, y aprovecho además para dar un empujoncito de ánimo a quienes opositan , que falta les hará.

También quienes habitamos Toguilandia hemos elaborado un cambio de chip mental de más de 360 grados. Hoy, cuando estaba en Juzgado de guardia, entre personas enguantadas, alejadas entre sí, cruzando los dedos para que la videoconferencia funcione, parecía estar en una escena surreal. Pero era tan real que causaba perplejidad asumirla con tanta naturalidad.

No hablaré de nuevo del teletrabajo, ni de la diferencia con trabajar en casa, pero sí me atreveré a recordar que lo que nos viene por delante va a ser de órdago. Una vez salgamos, que saldremos, y hecho el duelo por quienes ya no están, habrá que tratar de ponerse al día. Y no va a ser fácil hacerlo en una Justicia ya colapsada. Podríamos pensar que es lo de menos. Y lo es, al lado de lo que supone la pérdida de vidas humanas, sin duda. Pero resolver sobre cosas tan esenciales como un régimen de visitas, un desahucio o la reclamación de una deuda que quedaron en stand by recobrarán su importancia. Y habrá que estar ahí.

Estaremos, sin duda, como hemos estado siempre, pero no nos lo hagan más difícil. Que esto sirva para reaccionar ante la falta de medios y de eficiencia de una justicia decimonónica. Porque si no somos eficientes, no podremos resolver todas esas cosas tan de capital importancia con eficiencia. Obvio.

De momento, aquí seguimos, dando el servicio que se pude dar y que no admite demora. Una pieza más en el engranaje que hace que la maquinaria, aunque ralentizada, siga funcionando. Y a quienes realizan este servicio público, va el aplauso de hoy. El dirigido a personal sanitario y a los que están en primera línea, lo seguiremos dando cada día en esos balcones que se han convertidos en nuestras ventanas al mundo.

No repetiré que lo vamos a conseguir. Prefiero decir que ya lo estamos consiguiendo.

 

Adiós, compañera: lo que no hubiera querido escribir


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Hoy este teatro lleva un crespón negro. He tratado hasta ahora de mirar el vaso medio lleno, pero cuando ya no ningún hay líquido, no es posible. Volveré a tratar de sacar punta a la vida en Toguilandia, al encierro, y a lo que se presente. Pero hoy la realidad me estrelló en las narices.

Tardé algo en darme cuenta. En días como estos, en que los mensajes en el móvil se suceden a un ritmo incansable, llega un momento en que hay que discriminar. O que quedarse con el último, porque el día, aún confinados, no tiene horas bastantes para leer todo lo que circula.

Pero esta vez era distinto. El maldito bicho se ha llevado a una compañera. Y no es que me importe ahora que está cerca y me trajera sin cuidado antes, sino que es ese bofetón de realidad que te demuestra que la cosa va en serio. Muy en serio.

Los seres humanos tenemos una enorme capacidad de adaptación, mucha más de la que imaginamos antes de que las cosas suceden. La de gente que hubiéramos afirmado, con todo convencimiento, que no aguantaríamos un encierro en casa de, al menos, un mes -y cruzo los dedos para que ahí quede la cosa- Yo, entre esa gente, que siempre he sido de las personas a las que no caerá la casa encima.

Pero me cayó. La casa, y mucho más que eso. Y, aunque entre aplausos en los balcones, clases de gimansia on line, sucedáneo de teletrabajo, lectura, y otros hobbys parecía que estaba la cosa controlada, nada de eso. La verdadera historia está ahí fuera, donde la gente muere cada día. Y, a veces, necesitas un golpe duro para ser consciente de ello.

El golpe duro que hoy he recibido, junto con toda la carrera fiscal, se llama Cristina Toro Ariza. O, por desgracia, se llamaba. Yo no la conocía, al menos que recuerde. Y, por lo que estoy viendo escrito sobre ella, estoy segura que, de haberla conocido, no la habría olvidado.

Cuando recibía la noticia yo estaba en fiscalía, sentada en mi despacho, atendiendo cosas que creía urgentes -cómo cambian las prioridades cuando pasan estas cosas- mientras esperaba para acudir a la vista de una causa con preso que, como cualquiera podía imaginar, se ha suspendido por falta de comparecencia de testigos y peritos. Pero, sentada en mi silla de siempre, ante la pantalla de mi ordenador de siempre y el desorden de mi mesa de siempre, podía haber caído en el engaño de que aquello era como siempre. Pero no es así. Las manos enguantadas de algunas -no todas, que los guantes están contados- de las personas que pululaban por la Ciudad de la Justicia, el aparcamiento vacío del Conservatorio al que da mi ventana y los pasillos vacíos gritaban que nada es normal. Una actividad fantasma en un edificio fantasma.

   El mazazo me lo daba la muerte de Cristina, mi compañera, por coronavirus. Como he dicho, no la conocía, pero a la vista de lo que dicen de ella, me hubiera encantado conocerla. Una cosa más que reprocharle al bicho.

Me hablan de una compañera en toda la extensión de la palabra. De esas que no se conforman con ser buena fiscal, que lo era y mucho, sino que tienen la paciencia y las ganas para ayudar a quien lo necesitara, para integrar a quien llegara de nuevo, para estar ahí siempre.

Un compañero que la conocía bien me la describe con esta frase tan expresiva “era de esas personas que transmiten buenas vibraciones desde lejos”. Y, desde luego, en cualquier fotografía su sonrisa cálida llega a traspasar la pantalla.

Podría decir que ojala su muerte sirva para percatarnos de lo desprotegidos que estamos, de lo frágiles que somos y de la necesidad de tomar medidas. Pero lo que hubiera querido no es que su muerte sirva, sino que no hubiera ocurrido. Lo que realmente me hubiera gustado es que ella misma pudiera contarlo y recuperar esa sonrisa.

No es posible. Un abrazo enorme a quienes tuvisteis la suerte de conocerla y de quererla, porque he comprobado que no era posible una cosa sin la otra.

Por favor, desde donde esteis, cuidad de que esto no vuelva a pasar. Y a ver si toma nota quien corresponda.

No diré más. Vaya mi aplauso, en forma de pequeño homenaje, para Cristina y, con ella, para todas las personas que han perdido la vida con esta pandemia

Y gracias, @madebycarol por ilustrar una vez más uno de mis estrenos. En este caso, el que nunca hubiera querido haber escrito

 

Stand by: quita y espera


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Siempre nos han dicho que conviene tomarse una pausa, un respiro para tomar fuerzas cuando hace falta. Pero, cuando la pausa no es voluntaria sino impuesta, la cosa se hace más difícil. Pocas cosas más impensables para un artista que el inmovilismo, cuando el mundo del arte se caracteriza por sus constante movimiento. Y, si de la escena se trata, todavía más. Tanto es así que incluso las figuras de papel más estáticas cobran vida a través de la llamada stop motion, y, además, si hay un género indiscutible es la animación. Incluso el paro laboral da lugar a obras maestras como Los lunes al sol o la inolvidable Full Monty. Pero una cosa es eso, y otra quedarse en Standby, algo de lo que en poco tiempo todo el mundo tendrá un master.

Desde que se decretó el estado de alarma, nuestro escenario se ha convertido en un teatro fantasma, y nuestras tablas son virtuales, salvo las excepciones fijadas en las que, o bien es inevitable la presencia física, o bien no hemos encontrado una forma de sustituirla, aunque la tecnología tenga muchas posibilidades. Pero como he dicho muchas veces, una ley procesal del siglo XIX no da muchas opciones, y ha hecho falta una pandemia del siglo XXI para demostrarlo. Ojala nos sirva de lección.

He tratado de encontrar una figura jurídica que describa de algún modo las sensaciones que estamos viviendo, y no se me ha ocurrido otra mejor que la quita y espera. Aunque no estoy muy ducha en Derecho Mercantil, creo recordar que se trataba de una posibilidad con la que terminar un proceso concursal –lo que antes llamábamos quiebra y que todavía es más visible en el imaginario colectivo- con un acuerdo. Dicho acuerdo, como su propio nombre indica –por una vez el Derecho es claro con os términos- consiste en que se extingue una parte de la deuda y se hace un compromiso de pago, con un aplazamiento, para la otra parte. No quiero ni pensar en el tema de las deudas cuando salgamos de este trance, pero la cosa ahora no iba de eso. Me refería a que pondremos toda la carne en el asador para que se extinga esta situación –quita- con la esperanza de volver a la normalidad –espera- y hacer frente a lo que se nos venga por delante. No nos queda otra.

Nuestra situación es de una especie de standby jurídico y vital. Somos como una grabación en pause esperando que el dedo oportuno vuelva a activarla, pero hemos de cuidar el dispositivo todo lo posible, no vaya a dar problemas de reproducción después. Por eso, mientras tanto, hay que ir solucionando los problemas que aparecen, con mejor o peor tino. Veamos algunos de ellos

El primero del que voy a hablar es de una de las excepciones al trabajo penal de los juzgados, más allá del servicio de guardia, y que no es otro que las causas con preso, también llamadas, cuando el sentido del humor florecía sin necesidad de esforzarse, causas con prisa. Como no se le escapará a nadie –aquí el Derecho vuelve a ser más claro en su nomenclatura de lo que suele- es un procedimiento donde hay, al menos, un investigado en prisión preventiva, aunque pueden ser más. Hasta aquí la claridad del Derecho porque para quien  no lo sepa le diré que hay otras causas que no se consideran tales, aunque haya una persona en prisión: se trata del caso de que esta personas ya este condenadas por sentencia firme, en cuyo caso pasa a tratarse de una causa con penado , por más que el penado esté preso, y al no considerarse “con preso”, tampoco es tanto “con prisa”. Prisa, en todo caso, la del sentenciado de que su condena pase lo más pronto posible. Como la nuestra en que este confinamiento acabe.

Pues bien, son estas causas con preso preventivo las que gozan de máxima urgencia y, por ello, están incluidas en las excepciones a la paralización de actuaciones judiciales vía estado de alarma. Pero ¿es realmente posible la celebración de un juicio con preso? Pues me van a perdonar pero tengo más que serias dudas, aunque en un par de días las solventaré y podré dar una respuesta basada en hechos reales, como las películas del domingo a mediodía. Y es que, salvo que exista una conformidad, que no es posible en muchas de las causas con preso porque la pena prevista excede del límite de la conformidad, 6 años de prisión –pensemos en un homicidio o una violación, por ejemplo- la cosa se pone complicada. Está claro que los y las profesionales, intérpretes fijos de la función, ahí estaremos. Pero ¿qué pasa con los testigos, verdaderas estrellas del juicio en muchos casos? Pues que veo casi imposible que aparezcan. Y no les culpo, claro.

Lo explicaré mejor. Si una persona recibe una citación para un juicio como testigo, su obligación es ir, sin duda. No solo eso, sino que puede ser sancionado por no hacerlo, e incluso acusado de obstrucción a la justicia o desobediencia. Pero si antes del juicio se ha decretado un estado de alarma donde se impide salir de casa, y no consta entre las excepciones el actuar como testigo, la multa se la podría llevar si sale de casa por incumplir el confinamiento. Y claro, alguien dirá que las causas con preso son una excepción, pero eso debe afectar a profesionales, pero no a testigos, que ni siquiera tienen por qué saber ni que hay un preso preventivo, ni que esa es una de las actuaciones que en Justicia se consideran como urgentes. Así que ahí está la dificultad, en quedarnos compuestos y sin testigo, que es casi lo mismo que decir sin prueba, por lo que lo suyo será acabar pidiendo la suspensión. Y acordándola, of course.

Y al hilo de esto, hablare un poco de la desobediencia. Y del delito de desobediencia, que no es lo mismo, que, como ya estamos viendo, el Derecho nada es lo que parece. Algo que se ha convertido, por desgracia, en la rutilante estrella de nuestros juzgados de guardia del confinamiento.

En estos días tan raros, hay gente que se cree con patente de corso para hacer lo que le dé la gana y aprovechan para demostrar al mundo que ser descerebrado, en tiempos de coronavirus, es ser descerebrado al cuadrado. Así, sé de buena tinta que tuvieron en la guardia detenido a un tipo por pasear un peluche, para escaquearse del confinamiento con la excusa de pasear al perro. Algo que en prensa decía que fue en Palencia y que sé que también fue en Valencia, porque me lo han confirmado fuentes oficiales. Similares fuentes me han confirmado también el multazo que le ha caído al dueño de un bar por preparar almuerzos clandestinos, como si fuera un esbirro de Al Capone en plena ley seca. Y ya no tiene nombre lo de los detenidos por celebrar fiestas de cualquier tipo en locales, azoteas o donde quiera que sea.

A ver, berzotas ¿cómo hay que explicar que no tiene ni pizca de gracia? ¿Qué vuestra insensatez no solo arriesga a quienes están a vuestro alrededor sino que incrementa tontamente el trabajo de jueces, fiscales, letrados y personal del juzgado, que ya tenemos bastante con lo verdaderamente urgente?. Dicen que la gente les grita por los balcones cuando ve estas cosa pero, la verdad, no es para menos. Son ocasiones en que -guardadme el secreto-  le pido al karma que actúe. Espero que no me defraude

Y ahora, para que no coincida con el  las 8 de la tarde, mi aplauso. Una vez más, para todas las personas que están al pie del cañón. Un cañón  con el que vamos a vencer al bicho verde de las narices.

Mientras tanto, en casita todo el tiempo que sea necesario. Aunque dé la impresión, como en la ilustración que encabeza el estreno, que se han invertido los papeles entre el despertador y las personas a quienes despierta. Una ovación extra para @madebycarol por pintarlo así de bonito.

Futuribles: fuera de control


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Cuántas veces habremos visto películas de ciencia ficción en que nos pintan el futuro de uno u otro modo, y hemos pensado eso de Vaya mentira. Seguro que lo pensaron los coetáneos de Julio Verne, sin saber que iba a ser posible hacer 20.000 leguas de viaje submarino o La vuelta al mundo en 80 días. Lo contaba en clave de comedia el protagonista de Regreso al futuro, cuando, en su viaje por el tiempo, descubría que un actor de cine -Ronald Reagan- era presidente de los Estados Unidos y pensaba que algo había fallado en las predicciones. Ni pensar quiero lo que diría si hubiera sabido del actual presidente, ero, como diría el protagonista de El médico, esa es otra historia y tendrá que ser contada en otro momento.

En nuestro teatro los futuribles son frecuentes. Tanto, que a veces parece que vivimos más de futuribles que de presentes, aunque echando un vistazo a algunas cosas estemos en realidad en el pasado. No sería este mal lugar para rodar el Ministerio del tiempo, aunque no ahora, claro. Ahora toca confinamiento para poder despegar luego. Y, si hay que hacerlo, se hace bien

En momentos como estos, en que una ley que creía que nunca podría leer en el BOE, nos mantiene en nuestras casas -salvo los servicios necesarios, por supuesto- podemos aprovechar para replantearnos muchas cosas. Y, por descontado, para hacérselas replantear a quien corresponda, una vez se hayan recuperado del tremendo terremoto que el coronavirus ha supuesto.

Aprovecho este inciso para hacer una confesión. Nunca me había planteado presentarme a fiscal jefa ni nada parecido pero, visto lo visto, hice bien. Porque menudo marrón del 15 se están comiendo, dicho sea en términos carcelarios. Ha habido días de hasta tres notas de servicio de mi fiscalía, más otras tantas de la Fiscalía General del Estado, más las de Decanato, el Tribunal Superior de Justicia, la Comunidad Autónoma, el Ministerio de Justicia y el Consejo General del Poder Judicial. Una verdadera locura. Y, por más que reciban críticas, que las recibirán, hay que ser solidaria. Si no les alcanza el coronavirus, igual les da una crisis de ansiedad o un brote psicótico. Porque la cosa está que arde.

Pero vayamos al lío, a esos futuribles de los que yo quería hablar hoy. Con el aburrimiento, le da a una por dar vueltas a la cabeza, que ir empijamada todo el día en vez de toguitaconada es lo que tiene. Hace nada, estábamos a la greña jueces y fiscales por quién iba a llevar lainstrucción  Me imaginaba a ambas carreras disputándose un cofre imaginario al tiempo que, como Gollum, gritábamos eso de “mi tesoooro”. Las disputas fueron tan encendidas que algún compañero incluso decidió hacer un ERTE de redes sociales para no seguir discutiendo. ¿Y ahora qué? Pues que ni para ti ni para mí, que a la vuelta no estará el patio para reformitas integrales. Bastante haremos con ponernos al día porque eso del teletrabajo, como ya dije, es una buena idea pero con unos medios escasos no es tan fácil como pintan.

Y aquí viene el segundo futurible a plantearnos. Hemos hablado muchas veces de carencia de medios, de la decrepitud de las leyes y hay que seguir reivindicando. Pero hay muchos más. Esto es un bofetón para darnos cuenta que el sistema está caduco y que, ni siquiera la digitalización tiene pies ni cabeza mientras la estructura judicial y el modo en que están concebidas las actuaciones judiciales sigan como están. Porque al final el papel no desparece, y acaban duplicándose los esfuerzos en lugar de ahorrarlos. No repetiré los absurdos en que se ha incurrido en algunos casos, pero es el mejor momento para darse cuenta y ponerle solución. Solo dejaré caer un detallito de nada: me están hablando en las notas e instrucciones de teletrabajo, pero, hasta el día en que decretaron el estado de alrama, continuábamos utilizando faxes y cuños. Verdad verdadera.

Otro futurible que nos ha atropellado es el de los plazos  y, en especial, el dichoso límite de instrucción que tantos dolores de cabeza nos ha dado. Y mucho más, porque ha sido la causa de absoluciones en procesos de corrupción y en otros muchos que nunca sabremos. ¿Qué se ganaba con ese límite? Pues aquí está, todo suspendido porque las cosas no pueden ser de otra manera. Y si se ganó algo, ahora se fue al garete. Otra cosa para pensar, reformas eficientes acompañadas de medios que les hagan juego. El papel es muy sufrido, pero no es más que eso. Y hoy lo sabemos más que nunca

En definitiva, esta vez no va a ser más que cuestión de tiempo, y de mucha paciencia. Pero aprovechemos esta lección de vida que nos dan las circunstancias, y que nos recuerda que por más que lo creamos las cosas no están bajo nuestro control absoluto. Y apliquémosla a lo que sucede en nuestro escenario, a nuestro mundo de togas y puñetas, Es hora de darse cuenta que, cuando hemos necesitado ser modernos, es cuando nos hemos dado cuenta de lo antiguos que somos, cuando hemos necesitado eficiencia hemos tropezado con la realidad de muchos trámites absurdos. Pero, como soy optimista, que sea como el refrán, que nunca es tarde si la dicha es buena. O mejor aún, el de más vale llegar tarde que rondar cien años. Porque por ahí por ahí va la cosa, siglo arriba siglo abajo.

Que no se diga que un bicho verde acabó con nosotros. Pero que nos sirva de lección. No estábamos preparados.

Así que hoy vuelvo a dedicar el aplauso a quienes, en guardias y otros servicios imprescindibles, están ahí dando el callo y arriesgando por prestar esos servicios.Vuelvo a pedir que se cuiden, que no puede faltarnos nadie a la vuelta.

Y ovación extra una vez más a @madebycarol por hacer más bonitas las cosas con sus ilustraciones. Gracias otra vez