Pruebas: la necesidad


PRUEBAS

El mundo del arte se nutre de sentimientos. Cada artista plasma en su obra no la realidad sino cómo ve y siente la realidad para transmitir ese sentimiento a quien la vea. Los artistas no tienen que acreditar nada. Pueden pintar unas manzanas de color azul en un bodegón que nadie exigirá que se pruebe que las manzanas son azules. Y, si de cine o teatro se trata, hablan de sentimientos que son imposibles de probar, Amor sin fin, Un día de furia, Dolor y dinero, La belleza …Incluso en alguna, como Del revés, tratan de poner cara y cuerpo a esos sentimientos. Y aunque nadie puede probar que algo sea así o de otra manera, tampoco nadie puede exigirlo.

En nuestro teatro sucede exactamente lo contrario. Es un mundo de evidencias, donde si algo no está probado no pude haber condena, por más que en nuestro fuero interno creamos que es verdad. Una y mil veces he leído a justiciables quejándose de que no les creemos. Craso error. En Toguilandia necesitamos pruebas porque, de lo contrario, llega la presunción de inocencia y trae consigo una sentencia absolutoria. Como no puede ser de otro modo en un estado de derecho.

Pero la verdad es que la idea que la gente en general tiene de las pruebas viene muy contaminada de las películas y series de televisión americanas. Más de una vez he comentado el daño que nos hace el CSI, en sus diversas versiones, que convierte en criminólogo a cualquiera que se haya visto una temporada entera –sin máster ni nada, oiga-. Por eso, no es extraño encontrarnos a denunciantes de robo indignados porque no acudan de inmediato las versiones patrias de Murder y Scully a hacer barridos, recoger vestigios y organizar un laboratorio de investigación, aunque lo sustraído sean un par de chicles del kiosko, o ese vestido tan mono que ha desaparecido del tendedero.

Con esto no estoy diciendo, por supuesto, que nuestra policía y guardia civil no hagan bien su trabajo. Nada de eso, que recogen los vestigios cuando toca y averiguan lo que se puede averiguar, a veces con carencias importantes. Pero lo cierto es que se parecen poco a los de las series.

Otra cosa común en quienes no frecuentan Toguilandia es creer que jueces y, sobre todo, fiscales, nos arremangamos las togas y nos vamos a la calle a buscar las pruebas. Piensan que en eso consiste la instrucción, más aún con ese juego terminológico en que han metido con calzador, el término “investigado”, para confundir a propios y ajenos. Y ya sé que resultaría más vistoso y peliculero pero en nuestro Derecho son las fuerzas y cuerpos de seguridad quienes salen a la calle y nos remiten el resultado de sus investigaciones a nuestros despachos, para que tomemos las decisiones adecuadas sobre la continuación de la investigación o para darle la forma jurídica de archivo o juicio, absolución o condena. Aunque en algunos casos, como en levantamientos de cadaver, reconstrucción del hecho –mucho menos frecuente de lo que se cree- o entradas y registros –mucho más frecuentes de lo que se cree- salgamos a la calle. Y, en estos casos, quien más labor tiene es el LAJ , una figura muchas veces desconocida pero esencial para estos y otros menesteres.

Pero lo que de verdad se llama prueba, y se practica como tal, es la que se desarrolla en el juicio oral, propuesta debidamente por fiscal y defensa –y, sí la hay, acusación particular- Por supuesto que hay cosas que no se pueden practicar en el juicio. No nos van a hacer la autopsia en vivo y en directo en la sala de vistas –a más de uno y de una le daría un parraque- ni van a traer el alijo de drogas para hacer in situ las pruebas de laboratorio. Tampoco se examinan las lesiones en estrados, aunque más de una vez alguien se ha empeñado en enseñarnos la cicatriz que le quedó y, si no lo evitamos a tiempo, se arremaga la ropa y nos la muestra. Para esas cosas existen los documentos que plasman el resultado de los estudios o la pericia hecha, contando además con la posibilidad de que el perito venga a explicarnos o aclararnos su informe.

Pero todo lo que puede ser practicado en el juicio, allí se hace. Y, por descontado, la prueba testifical es la reina absoluta. Los testigos acuden, tras ser debidamente citados, a contar, bajo juramento o promesa –sin biblia ni mano en el pecho, This is not America– lo que vieron, oyeron o percibieron con sus sentidos. O sea, lo que en las pelis aparece como la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad, aunque aquí seamos más sencillitos y les digamos que están obligados a decir verdad una sola vez, eso sí, con los apercibimientos legales, que no son otra cosa que advertirles que si mienten ante el tribunal pueden cometer un delito y acabar en el talego. También es importante que sepan que han de constestar a las preguntas que se les hagan, no decir lo que les venga en gana, ni mucho menos, contestar con otra pregunta. Que, aunque crean que no, he visto más de una vez a testigos repreguntando cosas como ¿qué hubiera hecho usted en mi lugar?, a lo que una responde con elegancia que eso es algo que no interesa aquí. Por más que le interese al testigo en cuestión, que todo puede ser.

Otra de las pruebas reinas es la declaración del acusado. Este, a diferencia de los testigos, no tiene obligación de declarar ni tampoco de decir la verdad. Puede mentir como un cosaco, aunque es algo que no suele gustar a Sus Señorías, más aún si se trata de versiones increíbles. Ya hablé en alguna ocasión de un magistrado que advertía que podía no declarar, pero que se abstuviera de tomarle el pelo al tribunal. Pero, como decía, aquí no hay delito de perjurio como en las películas, entre otras cosas, porque al acusado no se le recibe juramento. También ellos deben responder a las preguntas, si quieren hacerlo, aunque tienen una oportunidad de decir lo que les venga en gana, el derecho a la última palabra,  un derecho que a veces se convierte en su propia condena, como el de aquel que trató de coleguear con el magistrado diciéndole que ya sabe que hay que poner en su sitio de vez en cuando a la parienta.

Y, si hay un procedimiento donde las pruebas se relajan y regalan verdaderas anécdotas, ese es el de las antiguas faltas, hoy delitos leves o, mejor, levitos. Como quiera que la ley establece que las partes vendrán al juicio con las pruebas de que intenten valerse, hemos visto de todo. Desde una señora que venía con el televisor a cuestas – cuando pesaban una barbaridad- para ponernos la cinta de video, hasta todo tipo de prendas de ropa en diferentes estados para demostrar que la vecina les echó lejía. Aun recuerdo una señora acusada de decirle a su vecina que era una guarra porque no se lavaba la faja, que llegó a la sala con una faja a la que buena falta le hacía una dosis de detergente para demostrarnos que sus afirmaciones eran ciertas. Un pretendido uso pintoresco de la exceptio veritatis.

Aunque si de ropa en diversos estados hablamos, de eso también se ve mucho en los juicios de familia, donde demandantes y demandados nos obsequian de vez en cuando con calcetines con agujeros, chándales sin lavar o uniformes en diversos estados de conservación, para acreditar que el otro no lleva a las criaturas como un pincel.

Así que hoy el aplauso no pude ser otro que el dedicado, una vez más, a la santa paciencia que nos permite presenciar esas cosas sin perder la compostura. Y, por supuesto, al sentido común para valorarlas, que no es cosa fácil.

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Competencia: tener o no tener


homer croupier

La noción de competencia es necesaria en todas partes. En el teatro, si una de las piezas chirría, por un director, intérprete, guionista o tramoyista incompetente, la obra se va al traste. Y es que con personal  incompetente no se va a ningún sitio. Y la obra se desmorona, como les ocurría a los protagonistas de Esta casa es una ruina.

En nuestro teatro, sin embargo, la competencia es algo mucho más complejo que en los demás ámbitos. Se puede ser incompetente sin necesidad de hacer nada mal y, en nuestro caso, es un adjetivo que no siempre resulta negativo. Aunque profesionales incompetentes, como en todas partes, los haya. Pero son los menos, por más que a veces se empeñen en dar de nuestro mundo una imagen desastrosa de la que poca culpa tenemos.

La competencia, en Derecho, hace referencia a la asunción de un asunto por un órgano determinado, al que le corresponde según unas normas preestablecidas. Esas normas vienen en las leyes, obviamente, pero hay que saber aplicarlas a cada caso. Y olvidarnos de una regla no escrita pero que a veces nos asalta. La de “tonto el último”.

Me explico. La primera norma al respecto viene dada por la propia Constitución. Esta establece como derecho fundamental el de tener el juez ordinario predeterminado por la ley. Lo que quiere decir que ha de existir la norma y el órgano antes del asunto y no crearse ex profeso para él, como ocurre en otros sistemas no democráticos. Por eso se prohiben los tribunal ad hoc –formados para un caso concreto y determinado, así como los de excepción, como aquel Tribunal de orden público que tantos disgustos ocasionó a quienes nos precedieron.

Esa norma, que tiene que existir antes, viene determinada por las leyes procesales, tanto la ley orgánica del poder judicial, que crea nuestros juzgados y tribunales, como las leyes que regulan cada proceso. Así, para la comisión de un delito, se establecen determinadas reglas de cuál será el órgano que instruirá, que será el del lugar de comisión del delito como regla general, con varios fueros subsidiarios por si el lugar no puede determinarse y con una sola excepción, el caso de violencia de género, donde el órgano competente es el del domicilio de la víctima. Todo muy clarito en teoría, aunque en la práctica hay que confesar que se gasta más papel y tiempo en inhibiciones y viajes del papel –nada de 0- de uno a otro juzgado del que sería deseable. Que ya se sabe que entre juzgados la distancia más pequeña nunca es la línea recta.

Y es que del dicho al hecho hay un buen trecho. He conocido jueces y juezas que pasan más tiempo estudiando todos los pormenores a ver cómo se pueden quitar el asunto de encima que el que tardarían en resolverlo. Y ojo, no solo ellos. También hay fiscales que hacen otro tanto, y abogados que recurren o piden inhibiciones dilatando el procedimiento. Y es que ante la acumulación de trabajo, la tentación es mucha. También he de decir que conozco jueces y juezas con fama de “quedárselo todo” aunque tengan duda de si les corresponde, por no plantear problemas y no tener que elevar cuestión de competencia para que la resuelva el superior jerárquico, que es el procedimiento que establece la ley para resolver el conflicto. No olvidemos que en Derecho todo es discutible.

Las normas de competencia tienen muchos perendengues. Y no solo en el ámbito penal. También en el civil, y en otros campos, dan para mucho, incluidos los de las jurisdicciones entre sí, que han de resolverse, en última instancia, por una sala de conflictos.

Los conflictos de competencia son distintos de las cuestiones de competencia, y estas a su vez de las de reparto, pero muchas veces tienden a confundirse, a mezclarse y a dar más de un quebradero de cabeza.

Por contar algún ejemplo, me referiré a casos de los más frecuentes. El primero de ellos, el de las llamadas querellas catalanas –aunque, visto lo visto, tal vez habrá que cambiarles el apodo por si las moscas-, consistentes en una querella criminal –como le gusta decir a alguna política de pro- por hechos que o frisan entre el ilícito penal o el civil o entran de lleno en el segundo, pero que mientras se averiguan, da para la práctica de diligencias de oficio, que le ahorran lo suyo a quien pretendiera pedirlas por la vía civil, y dan tiempo para que, entre bambalinas, las partes querellante y querellada vayan pergeñando acuerdos. Y más de un a vez los llevan a término cuando ya el proceso ha vislumbrado un tema penal, y acaban dejando al fiscal, como vulgarmente se dice, Con el culo al aire. O Solo ante el peligro, si se prefiere.

También son frecuentes, desde que empezaron a funcionar los juzgados de violencia sobre la mujer, las cuestiones entre los juzgados de instrucción y éstos. Decidir si las partes han tenido una relación se convierte a veces en una labor de ingeniería donde cada día de relación es oro. Recuerdo muy bien a un denunciado que nos dijo muy serio que él no tenía relación de afectividad alguna, porque aunque se acostaba con la denunciante, no le tenía ningún afecto. Tal cual. Y a otro que negaba a grandes gritos conocerla hasta ella dijo, con más gritos y ante la estupefacción de todos “Johny, si tú fuiste quien me desvirgó”, sin que nos diera tiempo a evitar que nos mostrara un tatuaje con el nombre del tal Johnny en salva sea la parte. Y, ante tales cosas, se lo pusieron difícil al juez de violencia para apartar de sí ese cáliz.

Pero tal vez las cuestiones más controvertidas son las relativas a las normas de reparto que, aunque hay quien piensa que sí, no son competencia en sentido estricto, ni requieren auto de inhibición ni intervención del fiscal. Como en cada partido las normas son distintas, a gusto del consumidor, he visto escudriñar expedientes para descubrir una diferencia de cinco minutos en la fecha de entrada, determinante de la asunción de un juzgado u otro, o rebuscar en antecedentes hasta el Pleistoceno, para poder mandar el expediente a otro juzgado que presuntamente conoció alguna vez de aquello.

Y, aunque tampoco sea competencia en sentido estricto, también los fiscales tenemos nuestros conflictos. Hay una norma, vigente en la mayoría de fiscalías, que dice que quien mete una vez el boli mete la pata para siempre, quedándose el asunto aunque cambie de juzgado. Confieso la alegría inmensa que me ha embargado alguna vez al comprobar que, perdida entre los miles de folios de una causa de varios tomos, descubro la firma de un compañero. Pero, como nada es tan sencillo como parece, luego vienen los problemas: que si esto lo despaché por vacaciones pero no era mío, que si la compañera estaba de baja pero a la vuelta le tocaba a ella, que si por un “visto” no hay que asumir una causa para siempre, que si el informe no es más que de trámite. O sea, todo un mundo donde parece que, como dije al principio, la regla acabe siendo “tonto el último”.

Pero es lo que hay. El problema es que mientras debatimos cuestiones de jurisdicción, de competencia, de reparto o de distribución, las causas viajan de una mesa a otra. Por eso, el aplauso lo daré precisamente a quienes asumen lo que les corresponde, y aún más, sin protestar y con una sonrisa de propina.  Que para discusiones ya tenemos más que suficiente.

Movilizaciones: #MerecemosUnaJusticiaDeCalidad


movilizaciones

Por más que un artista tenga vocación y ganas, hay ciertas cosas que son necesarias para desarrollar su talento. Las personas, artistas o no, tienen la costumbre de comer, de ir al médico, necesitan realizar su trabajo en unas condiciones dignas y que se reconozcan sus derechos.  Sin nada de todo esto, el teatro no podía levantar el telón en cada función, o lo haría hecho jirones, con la mitad del elenco o en un patio con butacas desvencijadas. Y, claro, el público se quejaría. Y con razón. Hay que deshacer la casa que Esta casa es una ruina.

Y algo así nos ocurre en nuestro teatro. Pasa el tiempo, y seguimos viendo los mismos cortinajes de terciopelo año tras año, que no son sino un símbolo del tiempo en que, para muchas cosas, quedó anclada la Justicia. Y llega un momento en que hay que decir basta. Hasta aquí llegó la riada. Que ya está bien de reuniones, que mucho te quiero perrico, pero pan, poquico.

Y eso hemos hecho. Como quiera que estamos hasta las mísmisimas puntillas de nuestras puñetas de que cada vez que pedimos algo nos manden, valga la redundancia, a hacer puñetas, ha llegado el momento de pasar del dicho al hecho, aunque haya un buen trecho. Y por eso han empezado las movilizaciones.

Sé que mucha gente en la calle se preguntará por qué nos movilizamos. Que las interpretaciones son variopintas, desde que somos unos señoritos que queremos cobrar más hasta que somos unos quejicas. Y nada de eso. Aunque, por supuesto, reivindiquemos nuestros derechos laborales –faltaría más- no se trata de eso. Se trata de pedir unas condiciones dignas para que podamos ofrecer una Justicia digna a la ciudadanía, que esto no es otra cosa que un servicio público. Así que voy a tratar de explicar lo que pedimos, que tampoco es la luna, no vayan a creer.

En primer lugar, que se refuerce la independencia judicial, a la que ya dedicamos un estreno. Sin entrar a disquisiciones acerca de cuál es el sistema ideal para el Consejo General del Poder Judicial, hay una cosa en que estamos de acuerdo. Que el que hay, desde luego, no lo es. Y se ve así desde fuera, donde continuamente hay quejas de que está politizado, y desde dentro, en que los jueces no se sienten representados y siguen reclamando algo tan obvio como que se les ampare cuando son atacados, es decir, que les dejen trabajar en paz. Y que, a la hora de designar altos cargos, que, como dice la Constitución, prime el mérito y capacidad, y la igualdad de género,  y no nos quedemos con la sensación de que andamos en intrigas palaciegas propias de Las amistades peligrosas.

Otra de las cosas que se piden, y vergüenza da hasta decirlo, es que se modernice la Administración de Justicia. Resulta increíble que cuando el ciudadano quiere ejercitar sus derechos tropiece con montón de cosas con las que no tropieza el Estado a la hora de reclamárnoslas vía Hacienda. Los sistemas informáticos son neandertalianos, lentos e incompatibles entre sí, y lo del Papel 0 es una quimera que daría risa si no diera pena.

Y, por supuesto, necesitamos medios personales. No es asumible que la ratio de jueces y fiscales esté en el furgón de cola de Europa, tanto en número como en las condiciones laborales  y retributivas. No se trata de estar montados en el dolar, pero que hacer una guardia cueste dinero porque cobra más quien cuida mientras tanto a nuestros hijos e hijas que lo que percibimos debería sonrojar a cualquiera. Si muchas personas conocieran las nóminas de algunos jueces y fiscales, alucinaría. Y no hay que olvidar lo grande que es la responsabilidad de decidir, por ejemplo, sobre la libertad de las personas, y la continua exposición pública en que estamos cada vez que tomamos una decisión.

Y no solo se trata de sueldo. Se trata de cargas de trabajo, en muchos casos inasumibles, y de condiciones de vida, porque, aunque sea sorprendente, tenemos hijos e hijas, enfermedades, bajas y personas mayores a las que cuidar, como todo hijo de vecino. Y, sin embargo, ni siquiera tenemos reconocido el permiso de paternidad como el resto de la ciudadanía ni nos han repuesto los permisos que nos arrebataron en virtud de unos recortes que, en este aspecto, más eran una humillación que un tema económico. Porque mientras funcionarios de todas clases han recuperado moscosos, canosos, días azules y de todos los colores, para jueces y fiscales ha actuado Santa Rita al revés. Lo que se quita no se da.

Insisto en que se trata de estar en condiciones dar un mejor servicio, no de reclamaciones individuales. Por eso, por parte de los fiscales, hemos añadido a lo anterior la necesidad de que se suprima la limitación del plazo de instrucción mientras no vaya acompañada de medidas para hacerla posible. ¿Quiere esto decir, como he oido alguna vez, que nos negamos a que nos pongan plazos? Pues no. Lo que nos negamos es a que nos pongan la soga al cuello mientras sigue subiendo el agua a nuestros pies. Porque lo que se hizo en su día, por más que se hayan vanagloriado de ello, no fue sino darnos una colleja diciendo que las cosas caducan pero no darnos medios para evitarlo. Y eso no es que nos angustie, que también, sino que, como se ha advertido por activa y por pasiva, puede impedir la persecución de delitos complejos o dejar desprotegidas a víctimas. Tal como suena.

Y por supuesto que desde la carrera fiscal, además de reclamar la independencia judicial  –de la que, por cierto, somos garantes- reclamamos nuestra propia autonomía, incluida la presupuestaría. ¿No se le llena a tanta gente la boca diciéndonos que dependemos del gobierno, que obedecemos órdenes y todas esas cosas que estamos hasta las narices de oir? Pues vamos a cambiarlo. Que, por si no lo saben, tenemos un Reglamento de 1969, y ya es tiempo de darle un repasito, que lleva camino de convertirse en incunable.

¿Verdad que leído así es razonable? ¿Verdad que hasta nos quedamos cortos? Pensemos que quien tiene un divorcio pendiente, una reclamación de una deuda o está esperando una indemnización por un despido o por un accidente de tráfico seguro que prefiere tenerla hoy que mañana o pasado. Y no crean, nosotros también. Que les aseguro que a nadie le gusta tener los expedientes decorando su despacho y su casa, y hasta habitando sus sueños, como si fueran parte del escenario de nuestras vidas.

Y sí, es cuestión de dinero, pero no del nuestro, sino del Estado, que lleva sin crear juzgados ni plazas, por ejemplo, desde la noche de los tiempos y que tiene a los recién llegados sin plaza fija un montón de años, como  togas en el purgatorio. Aunque no solo es dinero. También son ganas, o dicho en términos políticamente correctos, voluntad política. Ni más ni menos.

Y ojo, que la cosa es tan importante que, por una vez, hemos conseguido algo inaudito en nuestro país: ponernos de acuerdo. Todas las asociaciones de las carrera fiscal y judicial, haciendo Lo imposible. Todos a una, Fuentetoguna.

Por último, hay que recordar que la unión hace la fuerza y dar un empujoncito al resto de los operadores jurídicos y a la ciudadanía entera para que nos apoyen, que la Justicia es cosa de todo el mundo. Y no lo digo yo, sino la Constitución, según la cual la Justicia emana del pueblo.

Por eso hoy, después de ponerme toga en alto, doy el aplauso a quienes se han plantado, y seguirán luchando para que esto funcione. Porque #MerecemosUnaJusticiaDeCalidad.

Y como es de bien nacida ser agradecida, un aplauso extra a Lara por la foto de nuestra alter ego de Playmobil.

 

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Canciones: letra y música


canciones

Ya recalcamos en otra ocasión la importancia de la banda sonora  en el mundo del espectáculo. Nada sería igual sin ellas. Pero a veces, llegamos más lejos. Una frase, un título o un estribillo se nos fijan en la meninge y acuden a nuestra mente en los momentos más insospechados. Tú la letra, y yo la música, como aquella película. Y es que las canciones, sea una Canción de juventud, estemos Cantando bajo la lluvia o sea el leit motiv de la obra, como el Ay mi pescadito de Capitanes Intrépidos que tanto me hizo llorar en su día. Y es que, como dice el refrán, el que canta su mal espanta.

Por eso, hoy nuestro escenario trae a colación algunos títulos de canciones que nos vienen a la cabeza en los momentos más insospechados. O algunas canciones que, en sí mismas, son todo un máster delictivo, e incluso darían lugar a incoar procedimiento de oficio.

A la cabeza, un clásico, El preso número 9, toda una apología de la violencia de género cuando en realidad se trataba de hacer un alegato contra la pena de muerte. Curiosa paradoja de lo poco que importaba esta tragedia. Junto a ellas, otras como La mataré, de Loquillo, aunque hay que decir en su descargo que tiempo más tarde decidió no cantarla por lo que pudiera suponer. Por no hablar de la copla, que tiene unas letras que dan para mucho en este tema, como eso de ser mi vida y mi muerte, Y sin embargo, te quiero. O la Cruz de navajas de Mecano que nos cuenta un crimen sin resolver con adulterio de por medio que ya quisiera pillarlo para sí Ana Rosa. Eso sí, menos mal que siempre hay mujeres que se plantan y dice eso de Vete, y  Pega la vuelta por más de que él se empeñe en hacerse el tontito. Porque los hay pesados, como el que se empeñaba en perseguir a Adelita por tierra y por mar si ella se iba con otro, rozando, si no entrando de lleno, en el delito de acoso.

Pero no me voy a poner demasiado intensa. Hay canciones que son verdaderas confesiones de delitos, como aquel Cómo pudiste hacerme esto a mí de Alaska, que encima gritaba que no se arrepentía. Como tampoco se arrepentía en su día Rocío Jurado de espetar una caterva de injurias a Ese hombre -necio, estúpido, engreído, egoista, caprichoso, payaso, vanidoso..-, que hubieran dado para varios juicios de faltas o para un procedimiento por delito en toda regla. Tal vez por eso pasó David Civera un verano entero pidiendo Que la detengan. Y no se si la detendrían al final cantando Los pajaritos, en La barbacoa o en El chiringuito, antes de que llegara El final del verano y se hubiera secado Una lágrima que cayó en la arena a Eva María con su biquini de rayas o a Maria Isabel con su sombrero de quita y pon. Y si gritaría, como Nino Bravo en su momento, que quería ser Libre o escaparía al ritmo de Volare, clamando por su Libertad sin ira o cantando emulando al Titi lo de Libérame. Y claro, a darnos trabajo, teniendo que buscarla sea En tierra extraña,  Camino Soria, en Hawai, Bombai o hasta en America, si procede, pasando por Guadalajara, México lindo o Donde quiera que tú vayas, aunque sea en un Barco a Venus

El funcionamiento de la Justicia también tiene su aquel, y nos aporta más de un título sugestivo. Y aunque todo el mundo quiera apartar Lo malo de sí, la cuestión es que tal como estamos, no nos queda otra que hacerlo Despacito, por más que cuando las cosas salen bien entren ganas de gritar aquello de We are de champions. También nos puede ocurrir que los plazos nos atormenten, y nos repitamos que es The final countdown, al ritmo de Europe, mientras el trabajo amenaza con volvernos Loca, loca, loca y los expedientes van de Izquierda a derecha, adelante y atrás, como La yenka. Pero lo que no pude ser, no puede ser y, además es imposible. Que, como todo el mundo sabe, Una rosa es una rosa y Black is Black.

¿Y que ocurre cuando nos encontramos a un delincuente reincidente, o a alguien de los que resultan más habituales de lo que quisiéramos? Pues que, por si no nos acordamos, nos puede explicar que Yo soy aquel y que esta puede ser Mi gran noche, que le hayan detenido por formar un gran Escándalo por más que el pensara que Mola mazo. Probablemente nos cuente que solo ha tomado Un sorbito de champan, aunque más pareciera que se tomó la botella de Cuatro rosas entera, o toda la Agüita amarilla que encontró, y por eso  la chevecha se le sube a chavecha, se la sirviera o no el Cantinero de Cuba o la Camarera de su amor. Y esto no hay Enfermera de noche que lo arregle por mucho que se esfuerce, ni por más que nos diga que es La Bomba o que se empeñe en pedir disculpas repitiendo lo de Perdóname una y otra vez.

En ocasiones, vemos tantas veces a los mismos sujetos, que nos dan ganas de cantar, con Mocedades, diciendo que Eres tú, que ya te dije que Volverás y lo has cumplido, por más que te hayan repetido lo de Déjame. Y, como todo puede excusarse, nos puede salir con lo de que Soy un truhán, soy un señor, a ver si lo de ser bipolar cuela como atenuante. O, como han dicho hoy en la tele, como “eximente mental” -chupate ésa- Y, aunque respondamos que Lo dudo, ellos ahí, insistiendo, con lo de decir que La culpa fue del cha cha cha pero Échame a mí la culpa, que Resistiré porque soy un Bandido y la cosa está que Arde, y lo que me pasa es que Tengo una debilidad.

En fin, que de vez en cuando hay que darse un respiro, un poco de Relax y tomar Aire, y hacer nuestro eso de Vivo cantando, sea cual sea Tu canciónla saeta o el Lalala.

Así que hoy, Antes muerta que sencilla, os doy un toguitaconado aplauso a todas las personas que me leeis. Y, por qué no, con Congratulations incluidas por la paciencia de hacerlo. Como diría Lina Morgan, agradecida y emocionada, Gracias por venir.

Productividad: no hacemos churros


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El arte no siempre va de la mano de la productividad. Aunque hay artistas con una ingente producción, también los hay con apenas una o dos obras, cuya calidad e inspiración han merecido un puesto en el Olimpo de los elegidos. Así ocurre con pintores, escritores o cualquier otra manifestación artística, incluidas las que desarrollan en los escenarios. Las musas es lo que tienen, que vienen cuando les da la gana, y no se le puede exigir a un artista que fabrique obras como si fuera el protagonista de Tiempos Modernos en plena cadena de montaje.

La productividad tampoco debería casar bien con determinados trabajos. Es comprensible que si se fabrican automóviles o se venden enciclopedias o pólizas de seguro, se premie a quien más fabrique o venda, sobre todo si depende de su esfuerzo, y la empresa quiere recompensarlo a la vez que incentivarlo. Pero no todas las cosas se elaboran como churros. Y algo así es lo que nos pasa en Toguilandia.

He de reconocer –al césar lo que es del césar- que la idea de este estreno no llegó sola. Las musas –si es que hay musas inspiradoras de post- venían de la mano de un hilo de twitter de @JuzgeTheZipper acerca de nuestros sueldos – a los que ya dedique un estreno– y la falsa creencia de que estamos nadando en el dólar. Nada más lejos de la realidad, desde luego. Por eso exhorto a quien quiera saber un poco más a leer el hilo en cuestión y –haciendo gala de un poco de umbralismo- el estreno al respecto de nuestro teatro.

Así que he querido ir un poco más allá, y explicar algo que mucha gente seguro que ignora, en qué consiste la productividad en las carreras judicial y fiscal, un complemento que nos pagan de vez en cuando, como si fuera una limosna, en lugar de adaptar de una vez los sueldos –sobre todo algunos de ellos- a la dignidad de nuestra función. Y ojo, hablo de dignidad, que va mucho más allá de una reivindicación basada en el vil metal, por más que pudiera parecerlo.

Hace ya algún tiempo alguien se sacó de la manga una cosa llamada “productividad”, tal como hacen determinadas empresas privadas con sus empleados más dispuestos. Lo primero que cuestiono es el propio concepto. Si el Estado forma y selecciona a determinadas personas para ejercer un puesto, si las dota de los medios y distribuye el trabajo de forma adecuada, no cabe este concepto. El Estado no produce, sino que satisface las necesidades y el ejercicio de los derechos de la ciudadanía, que no son cuantificables ni mucho menos comparables entre ellos. Incluso si se trata de incentivar, tiene algo de insulto. Porque es insultante pensar que jueces o fiscales vayamos a poner más sentencias, o a hacer más dictámenes si nos pagan más por ello. Se supone que nuestro sueldo está para eso, sin necesidad de incentivar nada, ¿no? Aunque tal vez sea yo que peque de ilusa. He ahí la principal razón por la que nos hemos opuesto a este complemento. Somos servidores públicos, no mercenarios de la justicia.

Pero además del qué, está el cómo, que da para mucho. En esencia, ese complemento de productividad, semestral, se abona a jueces y fiscales en función de unos baremos, por haber hecho determinado número de escritos que superan unos módulos. Y ahí empiezan los problemas, precisamente. En los baremos y en los módulos de la puñeta, nunca mejor dicho.

El baremo se hace en función de la naturaleza del escrito. Sentencias de determinado tipo o tal otro, escritos de calificación, recursos, informes, autos y demás. Pero se olvida que en Justicia tratamos de asuntos concretos de personas concretas, que no se parecen nada entre sí. Y no puede compararse, por poner un ejemplo, un escrito de calificación de una alcoholemia por superar la tasa con una causa por una malversación de varios tomos y con varios acusados. Pero valen exactamente lo mismo en puntos , como valen igual sentencias complicadísimas que otras que se resuelven casi tirando de formulario.  Es más, hay cosas que ni siquiera se valoran, como las contestaciones de demandas civiles hechas por los fiscales, o la asistencia a declaraciones, por mucho que éstas duren. Así las cosas, lo primero que falla es el baremo.

La siguiente cuestión es la de los módulos. ¿Quien decide cuantas sentencias ha de poner un juez como media para ser valorado en uno u otro escalón –los jueces tienen tres-? ¿O cuanto ha de calificar un fiscal para ser tenido por bueno?  Y todavía hay más, porque nosotros no tenemos modo de saber cuál será el módulo, que se decide a posteriori en función del total que hayan hecho los compañeros. Incluso he visto alguna vez a jueces “guardándose” sentencias para ponerlas el mes próximo, que este ya me he pasado y lo que haga de más me sale gratis. Y no se lo reprocho, es lo que obligan a hacer. Aunque aclaro, para malpensantes, que eso solo cuando la diferencia es de días, que nadie se guarda resolver una cuestión en meses por la dichosa productividad, aunque el sistema parece que llame a ello.

Pero aún hay más, y es algo obvio. Ni jueces ni fiscales dependemos de nosotros mismos para que nos entre o salga determinada cantidad de trabajo. Tener asuntos para resolver depende, en primer lugar, de que exista un hecho, de que se denuncie o demande, de que haya funcionarios suficientes para darle entrada, y de la eficiencia de todos los que estamos, entre otros muchos factores. Imaginemos un descenso de la delincuencia en determinado partido judicial, ¿ha de salir el juez o el fiscal a la calle suplicando a la gente que delinca para tener más asuntos? ¿Y que ocurre en los partidos judiciales necesarios por su emplazamiento físico pero con poco movimiento? ¿Hay que quitar el juzgado porque no es productivo y que el justiciable recorra 100 km o más para hacer valer sus derechos?

Y ahora pongamos otro ejemplo. Imaginemos un juez que retrasa su trabajo hasta lo insoportable. Obviamente, los asuntos no llegan al fiscal que, sin culpa alguna, no produce lo suficiente. O el ejemplo contrario, que sea el fiscal quien es un manta. El juez no puede hacer más porque los expedientes se atascan en fiscalía. Obviamente, son ejemplos extremos y salidos de mi imaginación, pero posibles. Y en ese caso simplemente hay que sancionar, si procede, a quien lo haga mal, pero no entrar en aspectos crematísiticos con la producción del resto de operadores.

Y tal vez lo peor de todo es que no se valora lo único que se tendría que valorar. Que no es ni más ni menos que llevar el papel al día. Ese debería ser el único módulo admisible, de admitirse alguno. Y eso, si es posible. Porque si no lo es, como ocurre con frecuencia, por falta de medios materiales y personales, es al Estado a quien hay que darle una colleja, y no al pobre que bastante tiene con lo que tiene. Si la distribución de trabajo y el número de jueces y fiscales estuviera bien hecha, nada de esto haría falta.

De este modo, la productividad, que, además, es una cantidad anecdótica, se convierte en una suerte de lotería que a veces toca y a veces, no. Incluso sé de fiscalías donde han institucionalizado una cena donde los afortunados en el bingo de la productividad invitan con eso a sus compañeros no premiados. Tal como lo cuento.

La cuestión, como decía, es de fondo. No se trata de darnos una limosna extra para tapar bocas, sino aplicar ese dinero a mejorar el sueldo de todos, especialmente de quienes, por ocupar una plaza de categoría inferior, aunque hagan el mismo trabajo, cobran bastante menos. Somos ya moyorcitos y mayorcitas para conformarnos con migajas ni limosnas.  ¿o no?

Así que, una vez explicada esta cuestión espinosa, solo queda dar el aplauso. Y esta vez para todos, que trabajamos todo lo que podemos sin tener en cuenta esas cosas. Aunque a veces entren ganas de mandarlo todo a hacer puñetas.

Climatología: anticiclones y borrascas


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Desde que el mundo es mundo, el tiempo atmosférico tiene mucho que ver en nuestras vidas. Imaginemos lo que suponía para el hombre primitivo cada lluvia o cada carencia de ella, tener cosecha y alimentarse o no hacerlo, nada menos. Y, aunque hemos avanzado mucho desde entonces, la Madre Naturaleza nos sigue recordando que, hagamos lo que hagamos, ella siempre tiene la última palabra.

Por supuesto el mundo del espectáculo no es ajeno a ello, tanto por fuera como por dentro. Un estreno puede echarse a perder por una tormenta o una helada, y más de una vez hemos visto en la alfombra roja a ateridas actrices –ellas siempre van escotadas y sin abrigo- a quienes a buen seguro el photocall les costó una pulmonía. Sin olvidar la cantidad de títulos que nos recuerdan los avatares meteorológicos o los tienen por argumento, desde Lo imposible a La tormenta perfecta, de Las nieves del Kilimanjaro o Cumbres Borrascosas. Y aún hay más. Si echamos atrás la cinta de nuestros recuerdos, comprobaremos la cantidad de escenas dramáticas que se desarrollan bajo la lluvia. O menos dramáticas, claro, porque se puede desde estar Cantando bajo la lluvia a tener Lluvia en los zapatos.

Aunque no lo parezca, en nuestro teatro también afecta la climatología. Pensemos si no en todos esos pueblos de nuestra España que se quedan aislados por la nieve o las tormentas, y lo difícil que les resulta acceder al juzgado, a la cabeza de partido judicial donde está la sede o a la capital de provincia donde tengan el juicio de que se trate. Que aunque en mi tierra no es habitual lo de las nevadas, de lluvias torrenciales sabemos un rato, y hemos vivido días en que no se podía llegar al juzgado como no fuera en helicóptero o canoa – de tenerlos a mano, claro-. Y, como de muestra vale un botón, citaré dos ejemplos muy claros. Uno, el de la “pantaná” de Tous, un juicio largo y complejo que todavía se recuerda por estos lares por un hecho cuyos efectos aún se dejan sentir. El otro, totalmente diferente, es el del hallazgo de los cuerpos de las niñas de Alcácer, en una zona anegada por las lluvias que determinó las dificultades del levantamiento de cadáver y la toma de vestigios.

Pero no todo van a ser cosas tremebundas. El clima también da a la gente excusas para las cosas más pintorescas, fundamentalmente en el modo de vestir. Recuerdo cuando llevaba el juzgado de una zona de costa, las frecuentes apariciones del justiciable en chanclas y  hasta en bañador, como si en vez de al Juzgado se fueran a la playa a darse un chapuzón. Y también a la gente que, sin cortarse un pelo, le echa la culpa al tiempo de cualquier cosa. Los hay que dicen que llegan tarde porque llovía, hacía sol o niebla. Por descontado, a esos siempre les recuerdo que el Ministerio Fiscal se teletransporta, y que, con su toga de superheroína, no le afectan el frío o el calor, los atascos ni los vendavales, y que otro tanto ocurre con su señoría, el laj o los letrados o letradas , que milagrosamente si hemos conseguido llegar a tiempo. Será que el sol no luce igual para todos.

Y no es que seamos inmunes al frío o al calor. Este último, especialmente, nos hace sufrir mucho, hasta el punto que ya mereció su propio estreno. La de veces que, en pleno mes de julio, me hubiera arrancado la toga a bocados si la canícula me hubiera dejado fuerzas para ello. Y, aunque hay veces que se exime de llevar toga, teóricamente no se puede, y recuerdo que en mi primer destino sancionaron a un juez por celebrar sin toga. Lo que no dijeron nunca es la sanción que podría haber caído de hacerlo con ella, en una sala sin ventanas y a lo largo de una mañana con más de cuarenta grados. Seguro que no pasaba una inspección de salubridad en el trabajo. Como no la pasarían tampoco esas sedes con goteras en las que se tienen que poner cubos en cuanto el cielo decide descargar. Y así siguen.

Pero además de los avatares meteorológicos físicos, están los metafóricos, que en Toguilandia dan para mucho. ¿O acaso nadie más que yo ha sentido como un verdadero terremoto sacudía hasta los cimientos del edificio cuando nos hemos encontrado con una revelación inesperada, una acusado que no era o un testigo que afirmaba en pleno juicio que el señor que se sienta en el banquillo no es el que cometió el delito? A mí me ha pasado, desde luego, y juro que noté temblar el suelo, que hubiera querido que se abriera y me tragara, en una ocasión en que, en un juicio por robo en el buffet de un hotel en que todo parecía estar muy claro, la testigo fundamental, empleada del establecimiento, me dijo : “pero si este no puede ser, que le faltan tres palmos” aludiendo a que el acusado apenas llegaba al metro y medio de estatura mientras que el autor había sido un mozalbete con una estatura propia de militar en la NBA.

También he sentido en mis carnes, como imagino que muchos de quienes me estén leyendo, cómo la tormenta se avecinaba en forma de relámpagos furibundos, cuando al juzgado que despachamos le avisan de una inspección. En ese mismo momento, rayos y truenos en forma de lluvia de expedientes llegan a fiscalía y nos inundan, literalmente, hasta que no podemos sacar cabeza. Algo parecido al síndrome del fin del mundo que se produce, sin faltar nunca, cada fin de año y cada inicio de vacaciones, como ya veíamos en otro estreno, y que consiste en que, temiendo que el mundo se termine, entran las prisas y hay que tener todo despachado o, al menos, lo más lejos posible.

Y, como no todos los fenómenos meteorológicos son violentos, no podemos olvidar la lluvia fina, sirimiri, o como quiera que se llame al continuo goteo de procedimientos. Eso sí, en nuestro caso ni pertinaz sequía ni nada parecido. Mientras las cosas sigan como están –esto es, mientras sigamos con los mismos medios y más trabajo- el pantano de nuestras mesas de despacho siempre está a punto del desbordamiento. E incluso a veces el trabajo crece a un ritmo que el papel llega en forma de verdaderos aludes, por lejos que estemos de la montaña y la nieve.

Así que hoy, cojamos los paraguas para soportar el aguacero de aplausos a quienes, llueva o haga sol, con nieve o sin ella, logran que los ríos de expedientes no se desborden y lleguen a buen puerto. Por más que la tormenta perfecta en forma de escasez nos ronde continuamente.

Ingeniería horaria: juegos malabares


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    El tiempo es esencial en cualquier ámbito de la vida. Y, por supuesto, también lo es en el mundo del espectáculo. Acertar con el momento de un estreno, con la duración de una película o con los horarios de exhibición pueden trazar el límite entre el éxito y el fracaso. Al tiempo se dedican muchos títulos, desde Las horas hasta 24 horas desesperadas, desde un día de furia a 9 semanas y media, de La vuelta al mundo en 80 días a El año en que vivimos peligrosamente. Y en la literatura, ni que decir tiene con 100 años de soledad encabezando la lista.

  En nuestro teatro, como ya dijimos en otro estreno, tenemos nuestra propia teoría de la relatividad  a la hora de contar el tiempo. Un momento nunca es un momento, ni cinco minutos duran exactamente cino, ni enseguida corresponde a que se hagan las cosas de inmediato. También tenemos nuestro reloj propio, el que marca los plazos procesales que tanta importancia tienen. Pero no son esos los únicos pulsos que le echamos al tiempo.

Nuestra función, como otras muchas, tiene que contar para desarrollarse correctamente con un mecanismo de imprecisión que, a decir de mi compañera @escar_gm, se pude definir como ingeniería horaria. Y si no, díganme como definirian los juegos malabares de cada día, que ni en el Gran Showman los hacían más complicados. Tanto que, a veces, en vez de juegos malabares podrían ser los Juegos del hambre y hasta Juego de tronos, aunque sea exagerando un poco. O no.

El caso es que a veces -¿o siempre?- nos sentimos como si el señor Din Don se hubiera escapado de La Bella y la Bestia para reírse de nosotros, o como si tuviéramos que hacer la competencia al mismísimo conejito de Alicia en el País de las Maravillas. Porque organizar la agenda, la logística, el horario familiar y las extraescolares propias y ajenas dan para volverse loca, si una ya no viene así de serie.

Confieso que cada día, cuando suena el despertador del móvil con su musiquilla machacona -¿qué fue de los despertadores de campana como Dios manda?- me entran ganas de aplastarlo. Y, aunque no llego a eso, reconozco que más de una vez lo apago para comprobar al cabo del rato, con el susto correspondiente, que me he dormido un poco más de lo debido y que ya empiezo el día A contratiempo, es decir, con la lengua fuera. Y eso si sale todo conforme se ha planeado minuciosamente, que si no…

Quienes transitamos por Toguilandia –y ya sé que quienes transitan por otros mundos también- llevamos un ritmo enloquecido. Juicios, guardia, conciliación familiar, algún que otro intento de ocio o de hobby que se frustra más de un día, y vuelta a empezar. Pero hasta ahí, vale. El problema viene cuando alguna pieza del edificio cuidadosamente planificado cede, y, con el efecto dominó, corremos el riesgo de que se nos desmorone la construcción como a una niña haciendo castillitos con bloques.

Es algo que pasa muchas veces. ¿A quien no le ha ocurrido cuando, de repente, un juicio se alarga tanto que le descuadra la organización? Porque, aunque mucha gente no lo sepa, no tenemos horario de oficina y si el juicio sigue hasta las mil y monas, ahí seguimos, con nuestras tripas haciendo ruido y nuestro móvil a punto de estallar para tratar de recolocar las piezas. Si hay que recoger nuestros retoños del cole, de la clase de ballet o de la de macramé o bailes regionales y el juicio se alarga, pues va a ser que no llegamos. Y ojo, que como el juego de las palabras encadenadas, si de esa salida de clase teníamos que ir a la del otro retoño, que gusta más del dibujo, de aprender ikebana o de las prácticas de acrobacias circenses, pues que tampoco llegamos. Menos mal que, para estos menesteres están las super abuelas –también los super abuelos- , super heroínas que tienen el poder de acudir a donde hagan falta, sea para hacer un disfraz de calamar, para recoger a un niño con fiebre o para ser acompañantes de cumple en un parque de bolas. Y menos mal que existen, porque si no no queda otra que echar mano del plan b, canguros a discreción.

Otro tanto ocurre cuando entre la dichosa causa con preso, con tomos, o con ambas cosas que llega en el momento más inoportuno. Por ejemplo, cuando nos íbamos al día siguiente de vacaciones. O cuando, en esta misma circunstancia, nos sorprenden con un señalamiento que da al traste con nuestras esperanzas de unos días de asueto. O a mendigar a un compañero o compañera, o a anular el viaje tocan. No queda otra.

Y, aun si todo sale según lo previsto, tampoco es fácil. Aunque conciliar conciliamos como podemos, más de uno y más de una nos hemos encontrado con expedientes embellecidos por los lápices de colores de nuestras criaturas, o decorados con lamparones de papilla y hasta de café. Y no es porque les demos café a los niños, sino porque lo necesitamos para mantenernos despejadas en las horas que le robamos al sueño. Y lo que cuesta borrar el circulito dichoso, el dibujo de colorines o el lamparón de papilla, como si no tuviéramos más cosas que hacer.

Y después están las extraescolares. Y no solo las de nuestras hijas e hijos, sino también las nuestras. Esos días en que una se compromete a dar una charla en una asociación, una clase en una Facultad o cualquier otra cosa y luego, cuando se percata que no llega, se pregunta a sí misma por qué tiene que ser víctima de ese extraño y nuevo mal llamado siatodismo. El Siatodismo consiste en la imposibilidad de decir que no a nada, y se caracteriza porque quienes lo padecemos vamos por ahí como pollos sin cabeza por culpa de un virus extraño que nos impide pronunciar la palabra “no” y que bloquea nuestros cuellos hasta hacerlos incapaces de moverse de izquierda a derecha y de derecha a izquierda, en ese gesto universal de negación que todo el mundo reconoce. Y yo, la verdad, ahora que estamos en confianza y que nadie nos oye, confieso que estoy contagiada del virus del siatodismo en una de sus cepas más virulentas. Y lo malo es que no se conoce vacuna.

Pero así son las cosas. Y así seguirán mientras nadie asuma que necesitamos más medios y más plazas para paliar un poco todos esos imponderables para los que ya no tenemos sustitutos con que contar. Es lo que hay.

Así que hoy el aplauso es para quienes hacen ingeniería horaria para llegar a todo. Y para quienes somos víctimas de nuestro propia siatodismo. Que no decaiga.

 

Retos: preguntas sin respuesta


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   Los retos son tema recurrente en el mundo del cine, del teatro y de la literatura. Desde Don Quijote hasta Los Tres mosqueteros, no hay obra de época que se precie sin que aparezca alguien velando armas, arrojando el guante, escogiendo padrinos o citándose al amanecer por una deuda de honor, por el favor de un dama o por cualquier quíteme estas pajas. Y no solo en su versión directa. También en la versión metafórica, consistente en enfrentarse al mundo por la razón que sea. Desde Duelo de titanes hasta Duelo al sol, pasando por todos lo duelos que imaginarse pueda.

En nuestro teatro, en realidad, hacemos duelos a diario. Eso sí, no usamos más armas que la palabra ni más padrinos que quienes visten toga, aunque a veces diríase que se ven volar los puñales a poco que una se fije.

Pero, además de duelos, tenemos nuestros propios retos. Los que se plantea cada cual en el modo de desarrollar su trabajo, en cada guardia, en cada juicio, con cada víctima o con cada investigado. Y otros, que nos vienen impuestos desde fuera. Y se trata de decidir si se recoge o no el guante, y cómo se hace.

Recuerdo en un ocasión que un investigado –imputado de entonces- pillado in fraganti atracando una gasolinera, nos decía muy convencido que él no había sido. Para reforzar su versión, insistía en que él no mentía jamás, porque su religión se lo prohibía. Por supuesto que la faca albaceteña  con la que acariciaba el cuello del sufrido gasolinero le parecía pecata minuta, y llegó a retarnos a que encontráramos a una sola persona que demostrara que alguna vez había mentido. Pero hete tú aquí que, como no debemos ser buena gente, no aceptamos su reto y entendimos que el testimonio del pobre empleado que aún no se había quitado el miedo dele cuerpo, y la aprehensión del arma nos parecieron suficiente para meterle en la cárcel. Cosas que pasan en nuestro mundo puñetero.

Aunque, por supuesto, hay otros retos más sutiles. Sin ir más lejos, hace unos días, un mandamas retaba al mundo entero a encontrar algún o alguna fiscal que no estuviera encantado de la vida con su reforma de la Ley de Enjuiciamiento Criminal, concretamente, con la limitación del tiempo de instrucción del artíuclo 324. Y parece que aquí sí aceptamos el reto y más de uno y de una nos esforzamos en encontrar, en persona o en redes, a tan raro ejemplar. Y, lamento decir que la búsqueda, pese a ser más difícil que encontrar a Wally, no dio el resultado deseado, Seguimos no solo sin encontrar a fiscal alguno, sino que tampoco ha aparecido abogado, procurador, juez, laj o cualquier otro habitante de Toguilandia a quien le haya gustado el invento. Así que habrá que oficiar a Paco Lobatón para que continúe con las pesquisas oportunas. O tal vez a Iker Jimenez, que nunca se sabe.

Otro reto interesante es el de la digitalización. O, mejor dicho, el de la presunta digitalización, y conste que con lo de “presunta” no me quiero referir a la presunción de inocencia, que los únicos inocentes fuimos quienes nos creìmos que esto iba en serio. De hecho, quien haya encontrado al fiscal contento con la reforma procesal a la que antes aludía, tiene ante sí otro reto: el de hallar al operador jurídico contento con Lexnet . Y, de paso, que busque al Papel 0, que es como la chica de la curva: todo el mundo ha oído hablar de ella pero nadie la ha visto. Porque, a día de hoy, ya es un dato que después de la implantación de la llamada “justicia digital” que iba a eliminar el papel, se ha multiplicado el gasto en tóner y en folios. Y no, no es broma. Como no lo es que seguimos necesitando grapadoras y otros adminículos de papelería, y no son precisamente para grapar las pantallas de nuestros sufridos ordenadores, por más que de vez en cuando nos asalten las ganas de arrojarla contra ellas mientras el dichoso circulito no deja de dar vueltas con la leyenda “espere un momento…”

Y, como me vine arriba, les contaré otro reto que me planteó mi hija, todavía menor de edad. Me decía que por qué en las papeletas que metemos en las urnas en las elecciones nos deberían obligan a poner, como en los exámenes del instituto, “justifica tu respuesta”. Si eso fuera así, podría incluso haber un subapartado para quienes trabajamos en Toguilandia, y que tuviéramos que hacer referencia a las mejoras presentes, pasadas o futuras de aquellos a quienes confiamos nuestro voto. No estaría mal, desde luego. Aunque mucho me temo que, si así fuera, la jornada de reflexión debería alargarse a una semana o un mes para dar con la respuesta adecuada. Por no hablar del momento de la votación, que podría durar un par de días. Y ni así.

Y hasta aquí llegan los retos por hoy. Pero seguro que a quien tenga la paciencia de leerme se le ocurrirán otros muchos. Por eso, hoy el aplauso es para quienes cada día saltan los obstáculos que nos ponen en el camino y continúan planteándose el hacer justicia como el reto nuestro de cada día. Que no es poca cosa.

 

Cuento fallero: contra la violencia de género


 

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Nuestro teatro se pone peineta, pero no olvida que, mientras disfrutamos de las cosas bellas, hay mujeres que siguen sufriendo cada día ese drama de la violencia de género.

En honor a ellas el escenario de Con Mi Toga Y mis Tacones quiere estrenar este cuento, creado ex profeso para una subasta solidaria a favor de la Asociación Alanna que se celebró gracias a la ayuda de la Junta Central Fallera y amadrinado por ls Falleras Mayores de Valencia de 2018.

 

LA FALLERA MEJOR

Después de tanto tiempo esperando que llegara la ocasión, lo había conseguido. Su sueño de ser fallera mayor de su querida falla se había hecho realidad cuando ya casi pensaba que no llegaría nunca. Estaba feliz y pletórica de emoción. Sin saber todavía que su sueño se convertiría en pesadilla.

La Junta donde la nombraron fue, finalmente, menos emocionante de lo que ella se había imaginado cada vez que había soñado con aquel momento. Tal vez sus expectativas eran muy altas, pero no sintió la alegría arrebatadora que debería de haber sentido. Y, aunque aun no se atrevía a reconocerlo, ella sabía por qué.

El. Su chico, su pareja. Había ido a abrazarlo y la había rechazado. Y, ademas, tenía una expresión en su cara que le hizo sentir un escalofrío de los pies a la cabeza. No obstante, no quiso que el momento se echara a perder. Y trató de quitarle importancia aunque no podía olvidarlo.

No tardó ni un instante en descubrir que su intuición no le engañaba. Esa misma noche, cuando, como hacía siempre, él le acompaño a casa, tuvieron una enorme discusión. El la recriminó por dar besos a todo el mundo, en particular a los chicos de la falla. Ella no comprendía nada. Eran sus amigos, los amigos que tenían desde que eran unos críos y se conocieron en la falla. Ella lloraba, y cuando le preguntó si no se alegraba por su nombramiento, él estalló como una mascletá de gritos. Incluso llegó a temer que, si no llega a marcharse, él le hubiera golpeado. Le decía que ahora se luciría delante de todos con escotes pronunciados, que la mirarían, que no le haría caso a él, que estarìa con otros hombres y que él la quería para él solo, como debía de ser.

Se fue a la cama con un nudo en la garganta y otro en el corazón. Intentaba explicarse qué le pasaría, que habría bebido demasiado, que tendría un mal día y lo había pagado ella. Pero a lo largo de toda una noche de insomnio, no logro creérselo. Y, de repente, fue recordando escenas que había borrado de su memoria. Días en que él había inventado cualquier excusa para no salir con sus amigas, veces en que le reclamaba su móvil para mirar los mensajes, aquella vez en que tuvo que cambiarse de vestido porque la falda le parecía demasiado corta, sus frecuentes e inexplicables arrebatos de mal humor. Pero, después de darle mil y una vueltas a la cabeza, pensó que él la quería tanto que tenía miedo de perderla. Con esa idea se convenció y miró hacia adelante. Seguro que él ya lo había comprendido y se arrepentiría. Y todo volvería a ser como siempre.

No se equivocó. Al día siguiente él pareció en su casa con un enorme ramo de flores y le pidió disculpas por su comportamiento. Juró que no volvería a hacerlo y aseguró que estaba muy contento y orgulloso de que ella fuera Fallera Mayor. Y ella le creyó

La pesadilla, sin embargo, no había hecho más que comenzar. Cada acto al que acudía, cada exaltación, cada cena, era peor que la anterior. Si él iba con ella, no dejaba de hacer comentarios despectivos y de quejarse, si no iba, no dejaba de llamarla al móvil y enviarle mensajes. Dónde estaba, con quién, envíame una foto para comprobarlo, vuelve a casa. Poco a poco, ella fue dejando de disfrutar de su reinado y muchas veces dejaba de ir a algunos actos con tal de evitarse la pelea. Se consolaba pensando en su Presentación en la que, a buen seguro, él estaría contento a su lado.

El día se acercaba y ella aún pensaba que entonces cambiaría todo. Y cambió, desde luego. Pero no en la forma en la que ella deseaba.

La semana anterior a su Exaltación sus amigas le prepararon una fiesta sorpresa. Ella acudió sin saber adonde iba, creyendo que no era más que un cafecito ente amigas. Lo pasaron de maravilla, y llegó de madrugada a casa. El la esperaba en el portal, con la misma expresión en su cara que le había visto el día de nombramiento. La agarró del brazo y le pidió que le enseñara el traje de valenciana para la Presentación. Ella obedeció, sin saber muy bien qué pretendía. Entonces, él la empujó y, con unas tijeras que llevaba consigo, comenzó a hacer cortes en el vestido hasta dejarlo destrozado. Después, con los ojos inyectados en sangre, puso las tijeras en el cuello de ella, mientras le decía que si se movía la mataría. Ella permaneció quieta, muerta de miedo, mientras él usaba las mismas tijeras para cortarle el pelo hasta dejarla casi calva. Y, como ella no dejaba de suplicarle que le dejara, le empujó con todas sus fuerzas. Ella cayó, inconsciente, al suelo, donde languidecían los retales de su precioso vestido de fallera.

Cuando su madre regresó a casa, ella ya no estaba. Alguien llamó a la policía, y la ambulancia se la llevó al hospital

Las heridas de su cabeza resultaron superficiales pero las del alma eran muy graves. Ya no habría Presentación, ni vestidos, ni moños, ni nada. Adiós a todo lo que habìa soñado. Al día siguiente, ya en su casa, le pidió a su madre que presentara su renuncia a ser Fallera Mayor.

El sábado en que tenía que haber sido su presentación, escuchó música desde su casa. Cerró la puerta para no oírla. Probablemente, otra la habría sustituído en su cargo. Pero su madre insistió en que saliera al balcón, y la llevó a la fuerza.

No podía creer lo que estaba viendo. Toda su comisión estaba allí, y gritaban su nombre. Y eso no era lo más llamativo. Todas las chicass llevaban trajes de fallera pero no estaban peinadas. Se habían cortado el pelo y lo llevaban como el de ella, casi calvas. Nuca en la vida habrá una comisión tan hermosa, aunque ninguna llevara peinetas ni agujas

La Presentación fue el acto más inolvidable de su vida. Con un vestido que había hecho entre todas, estaba más preciosa que si llevara el mejor espolín de seda. Ese día supo que no estaba sola ni lo estaría nunca. Y recuperó las fuerzas que había perdido para mirar hacia adelante con la alegría y la esperanza que le habían arrebatado. Y, por supuesto, fue la mejor Fallera Mayor de la historia

(fotografía de la Falla Na Jordana 2012, que representa una máquina para acabar con la violencia de género, cedida generosamente por Francisco M Prieto. Mil gracias)

 

Justicia Fallera: haciendo la puñeta


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Otro año más, cambiamos la toga por el traje de fallera, que llega marzo y ya toca. Y si ya plantamos una falla, la quemamos, echamos cohetes y fallereamos, esta vez  montaremos nuestra propia comisión de falla toguitaconada, contando la vida de una falla en clave puñetera. Que no se diga.

Empezaremos por la apuntà, que consiste en el momento en que, a partir del 20 de marzo, la gente se hace de una u otra comisión fallera. La nuestra se desarrolla en dos actos, como si fuera un a propòsit –una pieza de teatro corta relativa a fallas-. La primera leva, el día en que una se matricula en la Facultad de Derecho, que sería algo así como apuntarse a la comisión infantil. La segunda, ya adulta, cuando decidimos hacer una oposición o nos colegiamos, según cual sea la opción profesional elegida. Y a partir de ahí, la cosa ya no tiene remedio, ya nos han enganchado. Y, como en cualquier buena falla que se precie, no se limita a los cuatro días de Fallas, qué va. La peineta, como la toga, nos acompaña de continuo aunque no las llevemos puestas. Y hay que ir a los actos, pagar las cuotas, trabajar por la falla y todo lo que se presente. Igual que en nuestra comisión justicieta.

Empezado el ejercicio, el primer acto es el Nombramiento. Ahí ya se van desvelando los nombres y los cargos de cada uno de los intérpretes de nuestra función fallera. El día del examen de la oposición o de la prueba correspondiente en cada carrera, si se supera, empezará a desvelar las incógnitas y a revelar quiénes y en qué papel nos incorporamos a Toguilandia. Ahora sí que sí. Ya no hay marcha atrás. Ya eres juez o fiscal, laj o forense, procuradora o abogada. A prepararse toca para La que se avecina

Otro de los momentos clave es la Exaltación, que también se llama presentación. Es el acto solemne en el que se inviste a la fallera mayor de los atributos de su cargo, y se presenta a su corte de honor y a toda la comisión. Un acto comparable con nuestras juras, ese momento tan importante en que juramos o prometemos realizar bien y fielmente –ahí es nada- las obligaciones de nuestro cargo. Con las lagrimitas de nuestras familias y todo, que no es moco de pavo haber llegado hasta ahí. E incluso con las meteduras de pata pertinentes, que, de vez en cuando, alguien jura o promete,todo a la vez, que no se diga. Pero es un acto hermoso. Y, como curre en las Fallas, no es más que el principio.

A partir de ahí, enganchados al carro, el ejercicio empieza a precipitarse . Y, cómo no, el primer escollo con el que tropieza es la financiación. Las comisiones falleras lo solucionamos, o lo intentamos, por medio de venta de lotería, sponsors, publicidad, alquilando barras de bebidas o puestos de buñuelos y churros y, por supuesto, con alguna subvención que otra y también con los premios económicos por las actividades realizadas. Pero en Toguilandia no nos lo ponen fácil. Imaginemos por un momento que pudiéramos hacer algo así. Podríamos añadir una participación de lotería de Navidad a las negociaciones para conformar o llegar a acuerdos, aunque si se trata de la jurisdicción de menores tal vez sería mejor del sorteo del Niño. También podríamos hacer una rifa de una cesta, en la que en vez de jamón, vino y turrón, hubiera posits, bolígrafos y grapadoras. Y quizás fuera posible añadir una financiación extra agregando un mensaje publicitario en nuestras togas, y repartir turnos de barra del puesto de bebidas y de churros, aunque antes tendrían que incluir en los cursos de formación un apartado relativo a repostería y coctelería, que, aunque a veces las cosas salgan hechas un churro, no creo que nos los quitaran de las manos. Eso sí, lo de las subvenciones, olvidémoslo, que ya tenemos experiencia en eso de reclamar inversiones y quedarnos mirando para Cuenca, por no hablar de premios, que aquí solo se reciben testarazos si alguien mete la pata pero nadie reconoce el trabajo bien hecho en condiciones más que mejorables.

Pero, con todo, plantamos nuestras fallas cada día, en las guardias, en los juicios, en las declaraciones, en los despachos y fuera de ellos, en esa sucursal que tenemos en nuestras propias casas, adonde llegan los expedientes cargados en maletas y no a través de las ondas informáticos por mucho que nos digan. Con su resultado hacemos nuestra particular Ofrenda, que no es de flores, sino de escritos, dictámenes e informes acabados.

Y, por supuesto, con el cansancio a cuestas, llegamos a la Cremà, la traca final de cada pleito, con su sentencia firme tras todo el recorrido procesal. Y, como las fallas, las hay que queman bien, con un espectáculo fantástico, y las hay que las hacen a trompicones, con o sin sus castillos artificiales para celebrar la culminación de la fiesta.

Ya sé que quien haya llegado hasta aquí se estará preguntando quién es la fallera mayor, quién ha presidido la falla y quiénes forman la directiva, para poder hacer balance del ejercicio fallero toguitaconado. Pero eso lo dejo a la imaginación de cada cual. Que le ponga los moños y la peineta a quien crea merecerlo, y que critique la gestión de nuestra particular comisión puñetera.

Para acabar, como hacemos cada 19 de marzo cuando todo ha acabado, o cuando todo empieza, según se mire, el brindis, que hoy sustituye al aplauso. Hoy está dedicado, una vez más, a quienes cada día trabajan en esto pese a obstáculos, petardos, atascos y churros varios. Y eso, sí, un recuerdo extra para quienes en estos días, con toga o sin ella, en casa o en el exilio, nos acordamos de nuestra tierra, Valencia, y, por supuesto, para @madebycarol1 , que, una vez más, me ha cedido su deliciosa ilustración.