Mentiras: las patas cortas


Pinocho

Dice el refrán que las mentiras tienen las patas muy cortas. Pero bien es verdad que el teatro, a veces, consiste precisamente en eso: una gran mentira que, a veces, sirve para mostrar una gran verdad. Aunque no siempre, claro.

Lo que sí es cierto es que los actores, por su profesión, están más preparados para poder disfrazar de verdad una mentira. Y que la misma mentira ha sido protagonista de más de una película, como Secretos y mentiras o Sexo, mentiras y cintas de vídeo. Y qué decir de los mentirosos, encabezados por el histriónico Mentiroso compulsivo, del que vemos réplicas un día sí y otro también por nuestro teatro. Y por supuesto, del insustituible Pinocho y su nariz extensible

Pero también dice el refranero que se pilla antes a un mentiroso que a un cojo. Y ahí radica en parte nuestra labor, en pillarlos. Y en darles su merecido, vaya. Elemental, querido Watson.

Pero en nuestro escenario, como en la vida misma, hay mentiras y mentiras. Mentiras grandes y mentiras pequeñas. Mentirolas y mentirijillas. Y cada una tiene su efecto, según su tamaño y sus consecuencias. Como la vida misma. Que no es igual salir en Sálvame presumiendo de haber tenido una noche de pasión con el primo segundo del penúltimo expulsado de Gran Hermano Tropemil que acusar de corrupción a cualquier alto cargo. Suponiendo que una cosa u otra sean mentira, que visto lo visto, ambas son igual de posibles.

En nuestro teatro, hay mentiras y falsedades –forma más fina y técnica de llamarlas- a capazos. Tanto que a veces dan ganas de andar por ahí tarareando, moviendo toga y tacones, eso de “vamos a contar mentiras, tralará…”. Pero claro, nos hemos de quedar con las ganas.

Y es que en el Derecho español el imputado –investigado, sospechoso, encausado o como quiera que se llame- tiene derecho a guardar silencio, a no declarar contra sí mismo y a no responder a todas o algunas de las preguntas que se le hagan. Y no es infrecuente que no responda a las preguntas de la acusación, o a las del fiscal, pero sí a las de su abogado. Y menuda cara de tonta se le queda a una haciendo constar las preguntas en acta, y que nadie conteste. Pero es su derecho y hay que respetarlo, faltaría más.

Por eso mismo, no se le recibe juramento o promesa –como si se recibe a los testigos, salvo excepciones- por lo que, obviamente, no puede cometer delito de perjurio, como en otros ordenamientos. Aunque lo hayamos oído una y mil veces en las películas. Ya vimos que hay miles de leyendas y mitos () que provienen de yanquilandia y aquí no se aplican. Que no somos Perry Mason ni Alli McBeal, ni estamos en el Juzgado de Guardia de la desternillante serie.

Fruto de ese derecho, hemos oído las versiones más peregrinas de las cosas, desde cuchillos que se clavan solos hasta que una cogorza de padre y muy señor mío nos la pretendan hacer pasar por los efectos de una alergia, por no hablar de las amnesias repentinas y selectivas que hacen que los acusados se olviden de todas las cosas que les perjudican y recuerden hasta el más mínimo detalle las que les favorecen. Y ojo, que la invocación a la prisión parece aguzar su ingenio, y los he visto que en ese trance se sacan de la chistera cosas como que tienen claustrofobia y no pueden ir a tal sitio. Palabrita del Niño Jesús. O se empeñar en repetir que su religión les impide mentir y que es rigurosamente cierto que la cartera que le pillaron escondida la llevaba para ver las fotos que tenía su dueña y luego devolvérsela. Y qué decir de esos contenedores que están llenos de cosas que se encuentran nuestros “clientes”. Tanto es así que recuerdo a una juez de guardia que, harta de oir a uno tras otro detenido explicar que la cartera o el bolso robado lo encontraron en la basura, les respondía diciendo que tenían mucha suerte, que ella había empezado a buscar en los contenedores y nunca encontraba nada.

Pero si quien miente es un testigo, eso es otro cantar. Si lo hace en juicio, y le pillamos, cargará con una imputación por falso testimonio. O por una de acusación y denuncia falsa si miente al interponer la denuncia, o de simulación de delito si lo que hace es fingir ser víctima, como los listillos que se inventan un robo para cobrar el seguro y encima hay gente que les ríe la gracia. Y si, lo que se hace es confeccionar un documento falso, pues se le perseguirá por falsedad, y además por estafa si con ello engaña a alguien y le saca un dinero. Y hasta decir mentiras respecto a alguien puede castigarse, como calumnia –si le atribuye la comisión de un delito- o como injuria, aunque en este último caso la última reforma permite no seguir adelante si la ofensa no es demasiado grave. Los levitos –herederos de los juicios de faltas– es lo que tienen.

Así que mejor no mentir. Que, como ya dije, las mentiras tienen las patas cortas y se pilla antes a un mentiroso que a un cojo. Por eso, el aplauso de hoy va destinado a quienes hacen precisamente eso: desenmascarar al mentiroso. Porque a veces de ello depende el final feliz de la función.

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Un pensamiento en “Mentiras: las patas cortas

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