Ignorancia: lo que hay


ignorancia

Hay un dicho popular según el cual la ignorancia es muy osada. Y no le falta razón. El mundo del espectáculo está lleno de fracasos gloriosos de quienes pensaron que cualquiera podía dirigir cine o teatro aunque no estuviera preparado para ello. Lo mismo que ocurre con esos famosillos que por el hecho de tener cierta repercusión mediática se deciden a escribir un libro como si eso fuera coser y cantar. Aunque, a veces, las colas para que esos famosillos firmen tales libros nos demuestren que no todo el mundo conoce el refrán. No hace falta ser La tonta del bote para saberlo.

Que nadie se me asuste. No voy a decir que Toguilandia esté llena de ignorantes, ni mucho menos. Ni siquiera que existan, aunque  como en cualquier sitio, pueda haber de todo. Pero hoy me voy a centrar más en las afueras de Toguilandia, en sus barrios periféricos reales o virtuales.

No sé que tiene el Derecho, que todo el mundo se cree que sabe, aunque jamás haya pisado una Facultad de Derecho ni haya visto un juicio más que en la tele o el cine. Pasa algo parecido con la Medicina, que hay que ver la cantidad de catedráticos que andan sueltos recomendándote un remedio infalible contra el dolor de muelas, la indigestión o la depresión sin bata blanca  que les avale ni visos de tenerla. Y, por supuesto, como en el fútbol, que es bien sabido que todo el mundo tiene un seleccionador nacional en su interior.

Ya dedicamos otros estrenos a cuñadismo, y al cuñadismo on line, su versión digital y a todo lo que aprenden muchas personas en Twitter University. Pero, de un tiempo a esta parte, parece que han proliferado los opinadores jurídicos sin toga, sea en la variante de tertulias de café o redes sociales, o sea en la de todólogos o tontulianos -cojo prestado el término que alguien me pasó- en medios de comunicación del más diverso pelaje. Dicho sea, por supuesto, con todo el  respeto para quienes colaboran en los medios con conocimiento de causa y aportando saber, que es lo que más necesitamos en los tiempos que corren.

Y es que, de pronto, todo el mundo sabe de presunción de inocencia, carga de la prueba, medidas cautelares, tipificación de delitos, procedimiento penal o reglas de determinación de la pena, por poner un ejemplo. Tanto es así que he llegado a pensar que quienes somos tontos somos quienes hemos invertido años de nuestra vida y seguimos invirtiéndolo en saber de eso llamado Derecho. Me compadezco de los estudiantes de la carrera y de quienes se encierran estudiando una oposición para luego ver que todo el mundo parece saber de eso que tanto les está costando aprender. No desfallezcáis, os necesitamos.

La frase “no soy jurista pero…” parece haberse convertido en un mantra, especialmente en las redes sociales. Estoy segura que si me dieran un euro por cada cuenta que replica a algo que haya dicho usando esta frase, sacaría un capitalito. Y así se leen las cosas que se leen. Hoy mismo, sin ir más lejos me decía alguien que el habeas corpus no prospera en violencia de género contra la detención porque es una medida cautelar. Imposible explicar que precisamente ese procedimiento solo es aplicable a la detención, medida cautelar por excelencia.

Por no hablar de la empanada mental que tiene mucha gente con el concepto de “prueba” y sus consecuencias. Que el testimonio de la víctima no es una prueba, que si la palabra de uno contra la de otro, que si inversión de la carga de la prueba. No deja de sorprenderme que sin tener ni idea de cuáles son las pruebas en nuestro Derecho -incluida la testifical, por supuesto-, en qué consiste la carga de la misma y dónde se regula, se pueda hablar alegremente de inversión de la carga de la prueba. Como si yo dijera que estoy en contra de la fisión nuclear de los átomos y a favor de la de los protones, sin tener ni la más repajolera idea de los que son unos y otros

Los ejemplos son muchos. La orden de protección, sin ir más lejos. Cuánta gente hay por ahí hablando de órdenes de alejamiento, que jurídicamente no existen, sino que son órdenes de protección, que pueden incluir el alejamiento y otras medidas, y autos de alejamiento, y que pueden imponerse, la primera, en todo el ámbito de la violencia doméstica además de la de género y la segunda, en cualquier ámbito, exista relación familiar o no. Más veces de las que quisiera, incluso en publicaciones aparentemente serias, se habla de que en una sentencia se impuso una orden de alejamiento, cuando eso es jurídicamente imposible. Las sentencias imponen penas, las órdenes de alejamiento son medidas cautelares, aunque puedan tener el mismo contenido material.

Y otra cuestión que me tiene hablando sola es la invención de un término nuevo: anticonstitucional. Como quiera que el Tribunal Constitucional dice que determinada norma no es inconstitucional, y a quien sea no le gusta como ha resuelto, pues dice de la norma que no es inconstitucional sino anticonstitucional, y se queda tan pichi. O sea, que usted no tiene un constipado sino un resfriado, porque lo digo yo.

Estas  cosas vienen la mayoría de  veces de perfiles anónimos, así que te dicen eso de “yo no soy jurista, pero…” y comentan sobre tu trabajo dejándote en franca desigualdad. Porque como no sé si se trata de albañiles, físicos nucleares o torneros fresadores, nunca les podré contestar si en su oficio se aprenden estas cosas mejor que en el mío.

Pero la que más me alucina es la que hace referencia a un supuesto reproche moral. Una condena una crimen -la violencia de género, en otros no pasa- y siempre hay alguien que le espeta de modo agrio que no condene la violencia a menores, la siniestralidad laboral o cualquier otra cosa, como si fuera incompatible. Y ojo, sin cortarse un pelo, te dicen que eres cómplice del asesinato de esos menores -en un caso en que me lo dijeron, fui yo misma quien calificó el asunto y logró la condena, por cierto-.Algo que voy a comparar con un ejemplo de la medicina, para que se entienda mejor.

-Fulanito es un oncólogo premiado por haber logrado un método para curar muchos casos de leucemia

-Así que Fulanito no cura el SIDA. ¡¡¡¡Es cómplice de las muertes causadas por el SIDA!!!!

Ridículo,¿no?. Pues eso.

Ya sé que puede parecer predicar en el desierto, pero siempre albergo la esperanza de que en el desierto haya alguien más. Por eso hoy el aplauso es, sin duda, no solo para quienes opinan con conocimiento de causa sino para la prudencia de quienes no lo hacen si es que no lo tienen.

 

 

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Hostilidad: huida hacia delante


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No todo en el mundo pueden ser aplausos y palmaditas en la espalda. Desde que el mundo es mundo, siempre ha habido personas que responden a cualquier cosa con un bufido. O con algo peor. Porque, desde luego, ni en el escenario ni en la vida vivimos en Los mundos de Yupi. Por eso, el cine se hace eco de tantos títulos tremendos donde sentimientos negativos como la Traición, la Revancha o la Venganza son los protagonistas, convirtiendo a los personajes en Enemigos irreconciliables, lo busquen o no.

Nuestro teatro, como la vida misma, no se libra de esos sentimientos, unas veces justificados y otras menos. No me cansaré de decir que sentarnos a uno u otro lado de estrados no convierte a los profesionales de la justicia en enemigos, pero sí hay quien se lo toma así y llega a asumir la defensa o representación de una parte como una cuestión personal. Ya he dicho alguna vez que esa frase de “en estrictos términos de defensa” puede llevar una carga de profundidad que incluye acordarse de los ancestros de la sra fiscal, aunque no tenga por qué ser así.

Pero es que hay quien sale de casa con el enfado puesto. O lo lleva de serie. Siempre me acuerdo de aquel chiste en el que uno le pregunta a otro cómo está, y aquél le responde “pues anda que tú”. Y eso, que parece exagerado, a veces hasta se queda corto.

Una de las ocasiones en que estas cosas se hacen patentes es cuando preguntamos por eso que se llama “las generales de la ley”, unas preguntas destinadas a evaluar la credibilidad del testigo, entre las que se incluye la de si tiene interés directo o indirecto en la causa, y cuáles su relación con las partes. Como quiera que nuestro lenguaje   no es siempre entendible para quienes son ajenos a este mundo, las respuestas pueden ser de lo más pintorescas.

Lo de si tiene interés directo o indirecto  en la causa parece una pregunta trampa. Y, en ocasiones, lo es. La respuesta correcta, si se tratara de un examen, sería decir que no, pero no suele entenderse lo que se pregunta. Por eso, he oído respuestas del cariz de “como no voy a querer que castiguen a este -o esta- sinvergüenza” o “claro que tengo interés en que hagan caso a mi prima Puri”. Cuando los testigos contestan así, suele verse la cara atribulada de quien lo ha propuesto y, si llega a reaccionar, un intento de salvar la situación con un “lo que quiere es que se haga justicia, ¿no?”, a lo que el testigo en cuestión suele responder con un “claro que sí” algo confundido. Aunque a veces, ni eso, e insisten con lo de que lo que quieren es que ese pague por lo que ha hecho a la pobre Puri.

Situaciones más curiosas aún nos encontramos cuando preguntamos por las relaciones con las partes. Una señora, que debía venir con el enfado de serie, malinterpretó eso de las “relaciones” y nos dijo muy ofendida que “ella solo tenía relaciones con su marido, faltaría más”. Y otro nos respondió que él era muy ecualizador con todos sus vecinos, porque de eso iba el tema. Confieso que me costó unos segundos caer en que quería decir ecuánime y que, después, me costó mantener la compostura. Aunque la palma se la lleva un señor un poco duro de oído que contestó preguntando que tenía el juicio que ver con sus partes.

    Cuando se trata de parientes, la cosa se pone aún más peliaguda, sobre todo cuando hay un antagonismo familiar desde tiempo ha. Más de una vez he visto repreguntar diciendo “usted no tiene mala relación con su madre ¿verdad?”. No señor, quien diga eso miente, no tenemos mala relación porque no nos dirigimos la palabra desde hace cuatro años. Pues eso.

Pero esa hostilidad no solo la vemos en persona. Últimamente, la veo y leo en redes sociales a diestro y siniestro. Hasta extremos impensables. Confieso que había hecho una lista por orden alfabético de los insultos con los que me han obsequiado en twitter a raíz de un hilo en que explicaba lo que dice y no dice la ley. Dudaba si contarlo o no hasta que he visto algo que me ha hecho reaccionar en sentido positivo. A una mujer a la que conozco, que ha sufrido un calvario por violencia de género y que por fin se ha decidido a contarlo en un reportaje, le contestaban de mala manera y en tono burlón. Y eso sí que no. Vaya desde aquí mi admiración y todo mi apoyo a ella, además de todo mi cariño. Y por añadidura, a la periodista que firma el reportaje que tiene que padecer cada vez que sale en la tele el ataque de los  machistas que comentan sobre su aspecto físico y le obsequian con toda clase de lindezas.

Así que me despediré recordando que el insulto es el argumento de quienes no tienen argumentos. Y por supuesto, lo de que “ladran, luego cabalgamos” que, aunque no es cierto que se diga en Don Quijote, está muy bien dicho.

Mi aplauso, esta vez, para ellas dos y para quienes cada día padecen esa hostilidad injusta e injustificada. Por no decir otra cosa, y caer en lo que trato de evitar.

De nuevo, Reyes: nuestra carta


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No fallan. Cada año. El 6 de enero, llegan a nuestras casas Los Reyes Magos. Melchor, Gaspar y Baltasar dejan su Oriente natal para visitarnos y, si nos hemos portado bien, obsequiarnos. O eso es, al menos, lo que vemos en las películas en las que salen Los tres Reyes Magos, porque Papá Noel les gana la partida en protagonismo, sin duda alguna.

Ya es una costumbre hacer nuestra particular carta a los Reyes toguitaconada, como hemos hecho otros años desde nuestro escenario. Aunque hay que admitir que mucho caso no nos han hecho. Y no me quiero poner tonta, pero mirad, queridos Reyes Magos, que como nos falléis nos pasamos a Santa Claus. Aunque si tres no pueden traernos lo que pedimos, es difícil que uno solo, y con sobrepeso además, pueda. Pero nunca se sabe.

Cada año, como si se tratará del mismísimo día de la marmota, pido dos cosas que nunca encuentro. Una es la bola de cristal, para poder adivinar en cada caso qué es lo que va a pasar, cuál es el riesgo y cómo han sucedido los hechos, con lo cual acertar con la decisión sería mucho más sencillo. La otra es la varita mágica, que he de reconocer que este año me llegó por mi cumpleaños de manos de una letrada -me encantó el detalle- y que guardo para probar su poder cuando corresponda. Por si acaso, pediré una dosis  extra de polvo de hadas del de Campanilla , que seguro que me va a hacer falta.

Pero a lo que iba. Como los Reyes Magos ya están mayores y seguro que están muy cansados de leer cartas y buscar regalos, se lo voy a poner fácil. Tienen el catálogo completo de nuestras peticiones en los motivos por los cuales hicimos movilizaciones  este año. Ahí tienen detalladas nuestras peticiones: medios materiales y personales, despolitización de la justicia y alguna cosita más que no voy a detallar pero que queda englobada en aquel hastag de “MerecemosUnaJusticiaDeCalidad. Y la seguimos mereciendo, vaya.

De todas formas, me voy a centrar en alguna que urge especialmente. La primera, la de la derogación del límite de instrucción  el famoso artículo 324 de la Lecrim que tanto daño hace y puede seguir haciendo. Queridos Reyes Magos, por si no lo sabéis, por culpa de este articulito puede quedar impune más de un delincuente, y pueden también quedar sin protección víctimas de delitos al archivarse las causas. También supone una fuente de conflictos y un trabajo extra para los profesionales de la justicia en general y los fiscales en particular, a quienes esta ley tuvo la ocurrencia de convertirnos en guardianes pero sin darnos la llave. Y, según parece, con lo fácil que sería cambiar unas letritas en el BOE, no hay manera. Una y otra vez hay bloqueos que nos siguen dejando a los pies de los caballos. Como profesionales y como personas.

La otra cosita en la que voy a insistir es el el tema de la digitalización. Que está muy bien, desde luego, en el qué pero no en el cómo. Aunque yo no pertenezco a una fiscalía donde se haya implantado eso de la fiscalía digital, he visto a compañeros y compañeras absolutamente desesperados con el tema. Y no es de recibo que una instrumento destinado a facilitarnos trabajo, en realidad nos dé más, y más quebraderos de cabeza. De hecho, juraría que les han salido algunas canas extra desde que usan el dichoso programita. Absurdos con los que vivimos día a día.

Por supuesto, esto no es exclusivo de los fiscales. Ya hemos contado más de una vez el estado de absoluta desesperación en que se encontraban abogados y procuradores con todas las cuitas que les causa Lexnet, que tampoco es cosa de broma. Cualquiera diría estas reformas están patrocinadas por alguna empresa de tintes, que a base de salirnos canas podría forrarse. Pero, cuidado, no vaya a acabar cayéndosenos el pelo y quedándose sin trabajo.

Y, ya que me he venido arriba, pediré unas cuantas cositas más. Unas buenas dosis de compañerismo, de unión entre los operadores jurídicos, a ver si entendemos de una vez que remamos en el mismo barco, de ilusión que a veces tanto cuesta de mantener, y, cómo no, de empatía, sin la cual Toguilandia no puede funcionar como toca.

     Mi petición extra, queridos Reyes Magos, iba a ser que la Violencia de género acabara, y que la negra cifra de mujeres asesinadas fuera 0. Pero, por desgracia, ya llego tarde y eso es imposible, porque una nueva víctima inaugura el contador de la vergüenza.  Así que solo puedo pedir que no siga creciendo.

Como siempre, acabaré este estreno con un aplauso. El que, haciendo un acto de fe, dedicaré a Melchor, Gaspar y Baltasar. No nos falleis

Y también pediré alguna cosilla más para @madebycarol1, que siempre hace ilustraciones maravillosas, como la que me ha regalado para este estreno

 

2018: gracias por venir


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Es costumbre en el mundo del espectáculo acabar el año haciendo balance de lo que pasó en él. Algo para recordar se convierte en el título, no solo de una película, sino en el de muchos reportajes, programas y resúmenes varios antes de las Campanadas a media noche.

En nuestro escenario no vamos a ser menos, manteniendo la costumbre de años anteriores. Así que toca exprimir las neuronas de la memoria  y repasar el año toguitaconado. Aunque implique una dosis de umbralismo extra. Disculpas por adelantado si me paso de frenada, pero después de tantas quejas, me gusta compartir las cosas bonitas.

El año empezaba bien. Nada más comenzar recibía el premio del público del concurso de historias del bus, organizado por Descriu. También este mismo año volví a recibir el premio del público en otro concurso de Descriu, el de “un día de partido”, y el tercer premio del Maratón de Microrrelatos de Massalfassar. La cosa prometía.

Las promesas se hicieron realidades. En febrero de 2018 tuve la dicha de cumplir un sueño: publicar mi primera novela. Descontando hasta cinco  se presentaba en Valencia y desde entonces ha recorrido la geografía española: Cáceres, Orense, Madrid, Barcelona y pueblos y ciudades de mi comunidad autónoma (Vlllar del Arzobispo, Manises, Paterna, Mislata, Náquera, Altura, El Perelló, Xátiva, Massamagrell, Calles…) y ahí sigue, proporcionándome alegrías.

Mientras tanto, este blog  seguía creciendo. Con Mi Toga Y Mis Tacones ya ha llegado a superar las 350.000 visitas, y este año me trajo una sorpresa escondida entre la toga y los tacones: la nominación al  premio 20blogs  de 20 minutos al mejor blog en la categoría de blogosfera. Es una gran alegría que un blog sobre Derecho se abra paso en unos premios así. Y, aunque no ganó, fue todo un honor ser finalista, y prometo volver a intentarlo con más ahínco. Porque el Derecho no tiene por qué ser aburrido.

En el terreno literario, el año ha sido fructífero. Además de publicaciones en solitario, he tenido el gusto de formar parte de varias antologías. De un lado, Reescribiendo a Blasco Ibáñez y GB con The Beatles, de mi querida Generación Bibliocafé; de otro, los Cuentos de las Estaciones de mi no menos querida Valencia Escribe. Como colofón, en noviembre presentábamos Mujeres en construcción (perdonen las molestias) un proyecto con la Editorial Vinatea en el que 30 autoras hemos puesto gran ilusión. También ha visto la luz un libro en el que he tenido especial ilusión en intervenir, la nueva edición de Medicina Legal y Toxicología del Profesor Gisbert Calabuig.

En cuanto a premios, el año todavía me reservaba algunas sorpresas agradables, como ser finalista del Certamen de narrativa breve Beatriu Civera del Ayuntamiento de Valencia, del certamen de microrrelatos falleros de Levante EMV, y del certamen Carolina Planells contra la Violencia de género. Y para poner la guinda al pastel, el segundo premio del concurso de Microrrelats per la Igualtat de Alzira.

Y, como no solo de escribir se trata, durante todo este tiempo he continuado, cómo no, en las trincheras de Toguilandia, aunque este año tenía un incentivo extra, el reconocimiento de la Policía Local  con la concesión de su medalla al mérito civil, algo que me hizo muy feliz. Ya no me quejaré de eso de que nadie es profeta en su tierra.

También he hecho un periplo por Colegios de Abogados, Universidades, Ayuntamientos y otras entidades hablando y compartiendo cosas sobre igualdad y violencia de género. Asturias, Cáceres, Barcelona, Pamplona, Tarragona, Ourense, Madrid, Alicante, Cuenca y, desde luego, Valencia, me han recibido con los brazos abiertos. Es un lujo compartir experiencias y poder seguir aprendiendo de tanta gente interesante. Sin olvidar eso de la desvirtualización , que siempre es un placer.

Este año, además, he hecho cosas que nunca pensé que haría. Cosas como hacer el prólogo de un libro, y de ciencia ficción nada menos, un género que pensaba que me era mucho más lejano de lo que en realidad era. Ha sido un honor prologar ese Diosas de tierra y metal  de Marisa Alemany que tanto éxito está cosechando. He sido, además, jurado de varios premios literarios y he tenido la maravillosa experiencia de impartir un taller de relatos con Bibliocafé. Si alguien me hubiera dicho un año antes que haría  estas cosas, probablemente le hubiera  contestado preguntándole qué narices había bebido para  imaginar eso.

Quedaba la traca final, nada menos que dos libros veían la luz a final de año. El primero de ellos Balanza de Género , del que tengo que agradecer la confianza depositada en mí por Nuria Coronado y la editorial Lo que no existe, además de las ilustraciones de mi querida @madebycarol1 y un prólogo y un epílogo de lujo, firmados por Gloria Poyatos y Teresa Peramato. En noviembre veía la luz en Madrid y luego en Valencia. Y lo que le queda de camino.

Y en diciembre, mi otra criatura salía a la palestra. Remos de plomo  hacía su entrada triunfal en el mundo del libro en Valencia, aunque ya tiene también su hoja de ruta para el año  próximo, y seguirá navegando en las librerías reales y virtuales ( ya en Amazon )

Quizás penséis que no me pasan cosas tristes o negativas, o que no tengo vida personal. A lo primero, me pasan, sin duda, pero prefiero guardármelas para mí y a lo segundo solo diré que no solo de la toga y el teclado vive esta toguitaconada. Aunque no puedo dejar de compartir un hecho personal que me ha hecho enormemente feliz: el nombramiento de mi hija como fallera mayor de mi falla de siempre, Cádiz Denia.

No olvido el tema de las fallas. Quienes me conocéis ya sabéis mi debilidad por mi nuestra fiesta , por eso me hizo tan feliz que el libro de la falla Plaça del Forn de Alzira, dedicado a las mujeres y en el que colaboré, fuera premiado con sendos premios en Alzira y en la Generalidad.

Por lo demás, he seguido colaborando en medios de comunicación. El Mundo, Confilegal,  El Periódico de aquí o Tribuna Feminista, entre otros ,siguen confiando en mí y yo sigo disfrutando con ellos.

Así que, gracias, gracias y gracias a este año que se va. Me quedo con todo lo bueno que me ha dado.

Y, como no podía ser de otro modo, me despido con un aplauso,  el que dedico a quienes tenéis la paciencia de leerme. Gracias por estar ahí y disculpad este arrebato de umbralismo. La ocasión lo merecía.

 

 

 

Efecto mariposa: pequeñas grandes cosas


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Todo el mundo ha oído hablar del Efecto mariposa alguna vez, ese que dice que el aleteo de una sencilla mariposa puede ser suficiente para desencadenar grandes cosas, como sucedía en Cadena de favores, en que la simple idea de unir a las personas haciéndoles un favor daba lugar a cambios sorprendentes en sus vidas.

Yo no sé si lo que voy a contar es causa o consecuencia de ello, pero sí estoy segura que nos hará pensar en un pequeño gesto  que puede contribuir a hermosos resultados. Y lo haré contando la historia de Isabel, la niña que soñaba volar.

Era el final. Isabel había hecho todo cuanto había podido para enderezar el rumbo del avión y lograr aterrizar, pero las circunstancias eran demasiado adversas para lograrlo. Cuando notó cómo su cabeza se golpeaba contra algo duro, se convenció de que no lo había conseguido.

                En ese momento, como había oído tantas veces, vio cómo su vida transcurría ante sus ojos como en una película. Revivió aquel momento terrible en que descubrió el cuerpo de su madre en su portal, cosido a puñaladas, y cómo lloró de pena, de impotencia y de rabia al saber que era su propio padre quien la había asesinado.

                Su padre, aquel hombre que tan pronto parecía un santo como un demonio, no había aceptado la ruptura con ella, y la buscó cuando salía de uno de los múltiples trabajos con los que sacaba adelante a Isabel y sus hermanos, para poner fin a su vida del modo más cruel. Quebró sus alas para que no volara, y a punto estuvo de romper también las de Isabel, cuyo sueño desde niña era pilotar aviones.

                Su madre trabajaba duro para que pudiera estudiar, pero sin ella, con su padre en la cárcel, y sin nadie más en el mundo, Isabel sabía que su sueño nunca se haría realidad.

                Pero desde el cielo le llegó un regalo. O así lo sintió ella cuando alguien de una Fundación que financiaba becas para niños y niñas como ella, le dijo que podría seguir estudiando. Isabel pensó entonces que, si los ángeles tenían forma humana, ella acababa de ver uno.

                Siguieron desfilando ante ella los momentos importantes de su vida. Uno de los más especiales su graduación como piloto, la primera de su promoción. También se vio a sí misma la primera vez que tomó los mandos de un avión, con todo el cielo ante ella. Un cielo en el que siempre creía ver a su madre. Esa imagen fue la última que vio antes de que todo se hiciera oscuro

                Despertó en una camilla. La sacaban del avión. A su lado, una de las azafatas le daba las gracias con lágrimas en los ojos. Su pericia había conseguido realizar un aterrizaje casi imposible.

                Las doscientas cincuenta personas que viajaban en el avión salvaron la vida. Entre ellos había un grupo de niños y niñas de un colegio que habían ganado el viaje con un trabajo de clase, otro grupo de congresistas de Medicina nuclear de regreso tras haber logrado avances científicos importantes, varios jóvenes que iban a ver a sus familias después de ahorrar durante meses lo suficiente para el pasaje, y mucha más gente. La más pequeña, una bebé de apenas 9 meses que iba junto a su madre para, por fin, reunirse con su padre. Los más mayores, una pareja de ancianos de más de ochenta años que viajaban desde otro continente para conocer a sus nietos.

                Isabel los salvó, sin duda. Si no hubiera sido ella quien pilotaba el avión, y quien decidió jugárselo todo en una maniobra arriesgada, es probable que hubieran muerto. No en vano era la piloto mejor preparada de la promoción.

                Pero nada de eso hubiera ocurrido si un día a Isabel no le hubieran financiado los estudios con esa beca que ella creyó caída del cielo  y que le regaló sus alas, las alas con lasque volaba en su avión y fuera de él.

¿Por qué os cuento esta historia? Pues porque cualquiera podemos ser el día de mañana el padre o la madre de los niños de la excursión escolar, los abuelos que van a reunirse con su nieta o la familia de los jóvenes trabajadores en el extranjero. También podríamos padecer alguna de las enfermedades para las que encontraron remedio en el Congreso médico, o padecerlas un ser querido. Historias que acabarán con un final feliz  porque Isabel tuvo un día la  oportunidad de estudiar a pesar de que la vida le había golpeado con dureza.

Por eso hoy os invito a que ayudéis a las Isabeles del mundo. A esos niños y niñas  a los que la Violencia de género dejó sin madre y les cerró las puertas de muchas cosas. Desde la Fondo de  becas Soledad Cazorla, que debemos a una gran fiscal  que se nos fue, financian becas para la formación de jóvenes como Isabel. Y eso no es gratis, desde luego.

Tenemos una forma sencilla de contribuir, comprando un décimo -o más- de la lotería del Sorteo del Niño. Una pequeña contribución para una gran causa. Así que no hay excusa. Aunque no os guste jugar, haced una excepción. Y para quienes dicen que nunca les toca, esta vez si toca, aunque no toque. Porque hay muchas Isabeles esperando para salvar el mundo.

Por último, esta humilde toguitaconada os anima a comprar cualquiera de los décimos amadrinados. Pero confieso que si lo hacéis con el mío, me daréis una alegría extra. Y seguro que también a mi querida @madebycarol1, mi ilustradora de cabecera, que de nuevo me regala una imagen para ilustrar este post especial (Ojo: aunque veáis en la imagen la fecha del sorteo del pasado año, el número es el mismo este año).

No me dejo el aplauso. Lo daré a quienes contribuyáis. Espero poder hacerlo hasta que me sangren las manos.

Aquí os dejo el enlace para comprar los décimos. Un solo clic para hacer el mundo un poco mejor

https://www.playloterias.com/la-loteria-de-la-madrina-susana-gisbert

 

Pretérito indefinido: #cuentosdeNavidad


bola navidad

– ¿Me ha entendido bien? ¿Tiene alguna duda?

No la tenía, desde luego ¿Cómo iba a tenerla, si me había repetido lo mismo varias veces? Lo que pasaba es que, mientras me hablaba, había fijado mi mirada en las bolas rojas del árbol de Navidad que había tras ella, y había viajado en el tiempo.

Me encontré de pronto en las navidades felices de mi infancia, cuando mi abuela encarnaba al mismísimo espíritu de la Navidad. Hasta el día en que dejaron de ser felices.

Fue un 8 de diciembre, el día de su santo. Ese día íbamos todos a su casa, y yo llegaba siempre ilusionada, con la seguridad de que mi abuela Concha habría adornado la casa con su arbolito de bolas rojas y doradas, su Belén de loza, y con todos los cuadros de la casa rodeados de espumillón brillante algo despeluchado. Hacía mantecados caseros y pasteles de boniato, y yo salivaba de pensarlo con solo subir aquellas escaleras.

Pero ese día no había nada. Ni arbolito, ni Belén, ni espumillón, ni un solo dulce. Cuando protesté, mi abuela puso una cara muy rara diciendo que se había olvidado. No fue el único olvido de esas navidades, y la cara rara se le quedó fijada de modo permanente. El día de Nochebuena se le quemó el pavo y mi madre y yo tuvimos que ir corriendo a comprar turrones porque tampoco había. Después de cenar, mi abuela rompió a llorar diciendo que no sabía qué le pasaba, y luego volvió a quedarse ausente diciendo cosas que yo no comprendía.

Pasadas las fiestas, supimos qué le pasaba. Le diagnosticaron el mal de Alzheimer y mi madre me explicó que era una enfermedad que barría los recuerdos, que tendría que ser paciente y cariñosa con ella. Entonces fui yo quien lloré.  Intuía que las navidades felices se habían acabado.

Así fue. Las siguientes navidades mi abuela apenas era una sombra de lo que fue. Se iba y volvía a un mundo imaginario, un mundo donde yo era su hermana y mi madre era su madre. De vez en cuando regresaba, y volvía a llamarme por mi nombre. Entonces yo todavía creía que aquello tendría remedio.

Un año más tarde, mi abuela ya no nos reconocía. Ni tan siquiera era capaz de hablar, salvo alguna frase incoherente. Ya no nos reconocía, aunque de vez en cuando me miraba con una sonrisa enigmática.

Esas Navidades decidí pedir a los Reyes un regalo especial. Les pedí que mi abuela, aunque fuera por un momento, recuperara la memoria y me reconociera.

El 6 de enero la mujer que cuidaba a mi abuela nos llamó con urgencia, diciendo que le pasaba algo. Cuando llegué, estaba sentada en su cama mirándome. Me llamó por mi nombre y pidió quedarse a solas conmigo. Solo fueron unos minutos, pero mi abuela Concha volvió al mundo y pude decirle cuánto la quería, y ella me dio un abrazo que todavía llevo pegado a mi piel. Al día siguiente, murió, con una enorme sonrisa pintada en la boca.

Volví del mundo de los recuerdos para contestar a aquella mujer que insistía en preguntarme si lo había entendido todo. Le contesté que sí, y que tenía prisa por marcharme, que era Navidad y tenía muchas cosas por hacer.

Aquella mujer se quedó con una expresión indescriptible en la cara. Probablemente, en toda su vida profesional como neuróloga, ninguna otra paciente a la que hubiera dado un diagnóstico tan terrible había reaccionado así.

Me acababa de decir que yo padecía Alzheimer.

Corrí a mi casa, dando gracias de que aún recordaba la dirección, y escribí una carta. Era una carta a los Reyes Magos, que dejé en la mesita de noche de mi hija para que se la entregara a mi nieta.

Mi carta está dirigida a “los reyes magos del futuro” y pide lo mismo para mí que pedí en su día para mi abuela. Unos minutos de memoria.

-Abuela, ¿y cuándo he de pedirlo?

-No te preocupes, lo sabrás cuando haga falta

En ese momento, la niña me abrazó muy fuerte. Y ese abrazo se me ha quedado pegado a la piel para siempre junto al de mi abuela Concha. Solo espero no olvidarlo nunca

Toguinavidad: con mi toga y mi zambomba


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Lo decimos cada año cuando llegan estas fechas. La Navidad es terreno abonado para las artes escénicas. No hay Navidad sin el Cascanueces, sin echar unas lagrimitas viendo Qué bello es vivir o sin esbozar una almibarada sonrisa con Love Actually. Y eso solo por poner tres ejemplos de los más típicos. Y es que por más siesa que se sea, es difícil escaparse de la espiral de regalos, polvorones, panderetas y zambombas entre el sonido de los niños de San Ildefonso cantando la lotería y el de villancicos varios.

También en Toguilandia es Navidad. Nuestras sedes se adornan por unos días con espumillón y bolas de colores, pero no echamos el cierre. Como todos los servicios públicos, alguien tiene que quedarse cuidando el fuerte, porque los malos no descansan y el mundo sigue girando. Y nos unimos a bomberos, policías, hospitales y demás trabajando para que el resto del mundo pueda tener su Noche de paz.

Por eso, en esta ocasión alzaré el telón para estrenar Toga Actually, y contar como se vive la Navidad de Juzgados para adentro.

La cosa no empieza en Navidad, sino mucho antes. Cuando, con más o menos anticipación según los casos, se reparte el calendario de guardias, todo el mundo acaba dirigiendo su mirada a esos días rojos de diciembre y enero, y se oyen varias vocecillas maldiciendo su suerte. Me ha tocado guardia en Nochebuena, en Navidad, en Nochevieja o el día de Reyes. O varias a un tiempo, que en este sorteo hay muchos más agraciados que en Navidad y El Niño juntos. Creo poder afirmar sin temor a equivocarme que no conozco a ningún habitante de Toguilandia que no haya pasado una o más veces unas navidades en el Juzgado. Con más o menos trabajo, que esa es otra lotería, claro. Pero siempre acaba cayendo algo, sea el Gordo o la pedrea.

Después de muchos años con mi toga y mis tacones, no sabría decir qué es peor, si Nochebuena, Navidad, Nochevieja, Año Nuevo o Reyes. Que cada cosa tiene su puntito.

La verdad es que la Nochebuena suele transcurrir en la guardia entre cruzar los dedos para acabar a una hora razonable, y que no pase nada que nos obligue a volver -o a permanecer- y, por qué no reconocerlo, algo de alivio pensando que serán otros quienes tendrán que ocuparse de poner la mesa y que no se queme el cordero, el pavo o el besugo. Alguna ventaja tendría que tener la cosa, aunque llegues a comértelo cuando esté frío y la familia esté ya dando buena cuenta de los polvorones. Reconozco que el único año en que llegué bastante tarde esa noche, lo hice cuando ya estaban dándole traca traca con la cucharilla a la botella de anís El Mono para acompañar los villancicos. Hace mucho tiempo de eso, pero recuerdo que tuve que asistir a un levantamiento de cadáver de un suicida. La Navidad puede ser muy triste para quienes no tienen a nadie.

Otro clásico de estas fiestas de Toguilandia para adentro son las alcoholemias. Los excesos se pagan y, como decía Steve Wonder, si bebes no conduzcas, porque además de un riesgo evidente para la circulación, puedes acabar yendo derechito al calabozo. A más de uno y de una hemos recibido el día de Navidad o el de Año Nuevo para celebrarlo con un juicio rápido por alcoholemia, algunos todavía con el gorrito de Papa Noel o el matasuegras. Y hasta con la corbata anudada en la cabeza, que no nos falte de na.

También en estas fechas no faltan las peleas varias, sea entre cuñados que se pasan de listillos, sean el en after celebrado en un bar. Aunque de las consecuencias más tristes son las surgidas a raíz de las entregas y recogidas de los menores entre padres separados y mal avenidos. Es muy triste, pero no falla. Siempre hay alguna denuncia por no haber entregado a los niños, o por haberlo hecho a destiempo. Algo a lo que, por más que pasen los años, no me acostumbro.

Tampoco me acostumbro a que cada año por estas fechas aumentan los casos de violencia de género. No sé si es la convivencia, la fiesta, el alcohol o de todo un poco, pero no hay Nochebuena que no se salde con varios de estos casos. De los más tristes que recuerdo, el de un hombre mayor, al que trajeron en pijama y del que ninguno de  los hijos se quería hacer cargo después de que su mujer decidiera que no aguantaba más y lo denunciara entre lágrimas mientras él continuaba bramando contra ella, amenazándola ante nuestras propias narices.

Por lo demás, lo de siempre corregido y aumentado, como los carteristas que hacen su agosto en diciembre alentados por la afluencia de personas haciendo las últimas compras. Nada nuevo bajo el sol.

Gajes del oficio, que la delincuencia no descansa en Navidad como no descansamos quienes, de uno u otro modo, vivimos de ella.

Por eso hoy, desde el Juzgado de guardia, mi aplauso para quienes trabajan para que el resto puedan descansar. Feliz Navidad, con la esperanza de llegar a tiempo a comerme el cocido (que este año, salvo que la cosa se tuerza, sí que sí)

 

 

Muñecos de nieve: mi regalo


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Un año más, llega la Navidad. Y un año más, mi toga, mis tacones y yo queremos hacer un regalo en forma de relato a quienes cada martes y cada viernes -o alguno de ellos- leéis este blog.

Feliz Navidad

MUÑECOS DE NIEVE

(relato publicado en la antología Remos de plomo)

Llegamos al pueblo exhaustos. Hacía frío, el viaje era largo y pesado y los críos y mi madre lo acusaban en sus caras. Pero en ella había algo más. Mucho más. Era la viva estampa de la emoción contenida. Y no era raro. Era la primera vez que pisaba su pueblo desde aquel día que, siendo aún una niña, lo abandonó de noche, deprisa y corriendo, con solo lo puesto, huyendo de una guerra que no comprendía.

La casa estaba en pie. Su prima se había preocupado de mantenerla hasta el día que murió, dejándole en herencia un trozo de su infancia perdida enccerrada en aquellos muros de piedra.

A mis hijos, de diez y doce años, todo aquello les traía sin cuidado. Llegaron con la ilusión de vivir, por primera vez en su vida, un invierno con nieve. Y con la obsesión de hacer el muñeco más grande del mundo.

  • ¿Cuándo hacemos el muñeco de nieve?

Mi madre gritó que no con una voz desconocida. Una voz de pánico que nunca le había oído. Luego se desmayó, y llegué a creer que la perdía.

Al cabo de un buen rato, recostada en un sofá que todavía cubrían unas sábanas blancas, me lo contó todo.

No sabía cuánto tiempo hacía que había empezado la guerra. Pero tenían mucha hambre. La misma nieve que impedía que llegaran las tropas hasta allí, impedía también que llegara comida. Y lo poco que daba el campo se había helado. Su hermano Isidro, tres años mayor que ella, había salido, como todos los días, en busca de algo con que aplacar aquel agujero que tenían en el estómago.

Pero ese día no volvió la hora de siempre, ni después. Ya entrada la noche les avisaron que estaba prisionero en las dependencias del antiguo colegio, una improvisada prisión que montó el nuevo alcalde, el que se autonombró en cuanto el Alzamiento tuvo lugar.

Mi tío Isidro había cometido el terrible error de destrozar el muñeco de nieve que, enarbolando una bandera, estaba en la puerta del Ayuntamiento tratando de desafiar a la guerra para decir que era Navidad. En la única vez que pudo verle, le explicó que solo quería coger la zanahoria con que le habían construido la nariz.

Después de decirle aquello mientras unos guardias le conducían hasta un claro del bosque, no lo volvieron a ver vivo. Oyeron un estruendo, y supieron lo que había pasado.

Su hermano fue ejecutado, acusado de enfrentarse a la autoridad y de dañar bienes públicos. Todo por querer coger la zanahoria de un muñeco de nieve para dar de comer a su familia. Mi madre siempre pensó que el hecho de que aquel autonombrado alcalde fuera el rival de mi abuelo por un asunto de lindes de tierras tuvo mucho que ver, pero nunca pudieron probarlo. Y ni siquiera les dejaron ver el cadáver.

Había descubierto la razón por la que mi madre había odiado siempre las zanahorias, a las que decía tener alergia. Y ahora sabía también por qué odiaba los muñecos de nieve y, por extensión, cualquier decoración navideña.

Se lo conté a mis hijos. Adoraban a su abuela y sabía que serían capaces de renunciar a su capricho por no hacerle daño.

Al cabo de unos días, los niños nos llamaron. Nos querían dar una sorpresa. Nos llevaron a su padre, a su abuela y a mí hasta un claro del bosque. Habían construido, con sus manitas, un muñeco de nieve enorme, con la zanahoria más grande que nunca había visto por nariz. Al pie, un enorme cartel con letras doradas en el que ellos mismos habían escrito “en memoria de nuestro tío Isidro”

Mi madre lloró todo lo que no había llorado en su vida. A partir de entonces, no hubo invierno sin un muñeco de nieve llamado Isidro dando la bienvenida a nuestra casa.

 

Rabia: ni una menos


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Hay veces en que la rabia es tanta, que es imposible pensar en películas agradables, ni en canciones amables, ni en colores bonitos. Esos días que se convierten en Un día de furia, en que la rabia y la impotencia se mezclan en un Coctel tan terrible que no puedes quitarte el mal sabor de boca.

En días como éste, mi toga, mis tacones y yo misma nos ponemos de luto, y somos incapaces de abrir el telón si no es para hablar de ella, y de tantas como ella.

Ayer nos llegaba la noticia de que una joven profesora, de nombre Laura, había aparecido muerta con signos de violencia a los pocos días de su desaparición, en aquel lugar donde había acudido hacía nada con las esperanzas y la ilusión intactas de quien comienza un trabajo y una vida.

Es cierto que mucha gente ya temíamos lo peor. Aunque no quisiéramos pensarlo, no era la primera vez, aunque ojalá fuera la última. Una chica joven desaparece sin aparente motivo, y su cadáver aparece tiempo más tarde confirmando los más negros augurios. Ayer se llamaba Laura y era profesora, pero antes se llamó Celia y era jugadora de golf, y antes Diana, y mucho antes Marta, Anabel, Rocío, Sonia o Miriam, Toñi y Desiré. Y eso solo por citar algunos nombres de esa otra cifra de la vergüenza en la que da miedo pensar.

En mi vida toguitaconada, recuerdo un suceso ocurrido hace muchos años que me impactó especialmente. A mí y a toda la sociedad de la época, aunque cuando eres tú quien tiene que ir a levantar el cadáver, el impacto se multiplica por infinito. No destapo ningún secreto si digo de qué asunto se trata, porque en su día hizo correr ríos de tinta. Fue el de quien se conoció como el asesino en serie de Castellón, que asesinaba mujeres jóvenes por el hecho de serlo, aunque entonces todavía no hablábamos de machismo al referirnos a estos crímenes. Confieso que me costó mucho despegarme de las ropas y el cuerpo la sensación terrible de  ver aquel cuerpo desnudo y abandonado en un barranco, el cuerpo de quien antes sería una mujer llena de vida. Y todavía no me he desprendido de la rabia y la indignación de entonces, que reedito cada vez que alguien es asesinada por el sencillo hecho de haber nacido mujer.

Yo también fui una joven como ellas, con mucha vida por delante y muy poca por detrás. Yo también estuve llena de ilusiones en un futuro por estrenar, también protesté cuando mis padres me decían que volviera acompañada a casa y, pese a ello, también llegué más de una vez a mi portal apretando el paso y con las llaves en la mano al oír una respiración detrás de mí. Yo también pensé que exageraban y repliqué que sabía cuidarme solita. Pero el problema no era que yo supiera o no cuidarme, sino que existieran unos monstruos tales de los que había que cuidarse. Pensé entonces que cuando tuviera hijas, ellas nunca tendrían que aguantar semejantes sermones paternos porque la sociedad habría cambiado. Pero me equivocaba. Y hoy soy yo a quien toca advertirles a ellas como en su día hacían mis padres, mal que me pese.

Ya hace muchos años desde aquel 25 de noviembre de 1960 en que tres jóvenes dominicanas, las hermanas Mirabal, fueran asesinadas en un acto que dio lugar tiempo más tarde, a la instauración de el día para la eliminación de la violencia contra la mujer. Muchas cosas han cambiado desde entonces, pero el machismo sigue enraizado en los cimientos de la sociedad, y se sigue matando a mujeres por el hecho de serlo.

Buena prueba de ello fueron algunos de los comentarios que ayer se leían en redes sociales y foros varios ante el aluvión de espontáneos homenajes a Laura. Aunque parezca increíble, se leían mensajes contestando a quienes reclamaban protección para las mujeres, escupiendo su veneno en una sola frase: ¿y los hombres, qué? Pues los hombres no tienen que oír a sus padres pidiéndoles cuidado, ni tienen que agarrar las llaves para entrar corriendo en el portal y, sobre todo, no desparecen sin motivo alguno y aparecen muertos días más tarde asesinados por una mujer. Así son las cosas, aunque no haya peor ciego que el que no quiera ver.

Oigo voces indignadas clamando aumentos de penas y castigo, pero lamento decirles que el Derecho Penal no es la respuesta. Hará, sin duda, caer todo el peso de la ley sobre esos salvajes, pero nunca devolverá a Laura, y a todas las Lauras del mundo, a unos padres destrozados. Ninguna condena la devolverá a la vida ni hará que recobre el futuro que le han arrebatado.

Alguien contestó al cartel que he usado como imagen que sería mejor desear un año nuevo sin que ningún hombre violara, matara o agrediera a una mujer, en vez de desear que ninguna mujer fuera violada, matada o agredida. Y no les falta razón. Quizá ha llegado el momento de cambiar el foco de lugar, el momento en que los padres adviertan a sus hijos al salir de casa que respeten a las mujeres. Algo bastante menos obvio de lo que parece.

Hoy, el estreno de Con Mi Toga y Mis Tacones quiere ser un homenaje a Laura, y a todas las Lauras del mundo. Para ellas va un aplauso que ojalá no tuviera que repetir nunca. Porque hoy #TodasSomosLaura

 

 

Poder: ¿es querer?


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Muchas veces nos dicen eso de “querer es poder”, una manera de remachar aquello de que la voluntad mueve montañas. Y las mueve en muchos casos, pero en otros las montañas se quedan como estaban. La voluntad es fuerte, pero no es un imbatible Abrete Sésamo como en Ali Babá y los cuarenta ladrones, por más que nos gustara que así fuera siempre. De eso saben mucho los artistas, que por más que deseen y trabajen, no siempre consiguen el anhelado papel en el casting, ni el éxito con el que habían soñado tras el estreno de su obra. Querer es una cosa, y poder, otra. Cuando van juntas, miel sobre hojuelas. Y cuando no, ya se sabe, son Las cosas del querer.

Una vez más, tengo que empezar por explicar que este estreno es fruto de una pequeña diatriba entre varios tuiteros togados, a quienes he pedido convenientemente permiso. El delito de allanamiento de talento se está convirtiendo en una costumbre en mí, así que espero que nadie tome nota de ello para una próxima reforma, no vaya a tener que cambiar la toga y los tacones por el pijama de rayas. Pero justo es reconocerlo. Al César lo que es del César -y a su mujer a dejarla en paz, qué narices-

Como decía, debatían acerca de eso de si querer es poder, y de si todo es posible a base de voluntad -a la que ya dedicamos un estreno-. Y no seré yo quien dé con la respuesta, pero sí con algunos supuestos sacados de Toguilandia para decidirlo, con uno de esos finales abiertos al gusto del espectador.

Tal vez el momento más importante donde ese “querer es poder” se utiliza para animarnos, es en los estudios, y especialmente en la oposición. Aunque en ocasiones pueda tener el efecto contrario y hundirnos en la miseria. Me explico. Nos dicen eso de “querer es poder” para animarnos, para insistir en que el esfuerzo tiene su recompensa y el tesón  acabará llevándonos a La tierra prometida -que en este caso no es Xanadú sino Toguilandia- y pretenden con eso insuflarnos una inyección de ánimo cuando éste anda por suelos o amenaza con largarse por la ventana. Y, en un momento dado, puede servir, y de hecho sirve, para seguir adelante. Pero ¿qué pasa si el objetivo no se ha conseguido? ¿Nos creemos que no lo hemos querido lo bastante fuerte, esto es, que nos ha fallado la fuerza de voluntad? Nada más propio para hundirse en la miseria.

Y es que, aunque haya quien siga defendiendo que a la suerte hay que buscarla, a veces por más que busquemos, es peor que la famosa aguja del pajar. La suerte puede sernos esquiva tanto manifestada en un mal día, unos temas que dan ganas de cortarse la mano que cogió las bolas, unos competidores talla XXL plus extra que dejan nuestro examen a la altura del betún o unos examinadores con exceso de malas pulgas o famélicos de plazas a repartir. Y no solo eso: una desgracia familiar, una enfermedad, un accidente o cualquier otra eventualidad puede dar al traste con nuestro esfuerzo aun con la más fuerte de las voluntades. Así que querer es uno de los requisitos para poder, pero no el único. Ni muchísimo menos.

Contaba uno de mis compañeros de la orden del pajarito azul su propia experiencia, en la que una de estas circunstancias-la enfermedad de una hija, en su caso- le privó de lo que más quería, aprobar la oposición. Hubo de demorarlo hasta diez años más tarde que fue cuando, por fin, el poder y el querer se reconciliaron y olvidaron su divorcio.

Una vez dentro de Toguilandia, vemos a diario que poder no siempre es fruto de querer sin más. Por eso, quienes nos sentamos a una y otra parte de estrados, queriendo cada cual una cosa diferente y opuesta a la del otro, vemos cómo por más que lo deseemos, a veces no nos dan la razón. Y no se trata de quien lo había deseado con más fuerza, ni siquiera de quién lo hizo mejor, sino de una cosa tan simple como la aplicación de la ley por quien debe de interpretarla, el juez.  Que imagino que siempre querrá que le confirmen sus resoluciones -o, mejor aún, que no se las recurran- pero ha de conformarse con lo que diga el tribunal que resuelve el recurso. Así es la vida.

Pero si para alguien es evidente que querer no es poder ni mucho menos, es para nuestros queridos investigados/ acusados. Obviamente, todos y todas quieren que su asunto se archive, y lo quieren mucho, pero muchos son los que no lo consiguen, por más que añadan a su voluntad una jaculatoria a Santa Rita y otra a San Judas Tadeo, que no sé cuál de los dos va mejor para estas cosas. Y, conforme avanzan pasos en el camino de la imputación -de sospechoso a investigado, de investigado a acusado, y de ahí a condenado, sin firmeza y luego con ella- se van reduciendo sus posibilidades de que querer salirse de rositas implique poder hacerlo.

No obstante, los casos donde más confusión he encontrado entre el querer y el poder son los relacionados con la violencia machista en sus múltiples manifestaciones. El acoso sería el paradigma. El acosador quiere que la acosada le haga caso, y por eso se cree que puede hacer cualquier cosa para lograrlo. A veces, no son cosas a priori malas, incluso podrían ser buenas en otro contexto. Recuerdo el caso de un muchacho empeñado en que una chica le hiciera caso a base de ponerse cada día en su portal a leerle poesías a voz en grito. Y no hubo manera de explicarle que querer -o quererla, como él decía- no era suficiente para que ella respondiera a sus deseos.

Y seguro que quien haya llevado asuntos en los juzgados de violencia de género ha pasado más de una vez por la experiencia del acusado recalcitrante que quebranta la condena una y otra vez, y nos repite “es que yo quiero verla”. Pues no señor, usted quiere pero no puede. Esto es lo que hay.

Así que la próxima vez que oigamos eso de “querer es poder” pongámoslo, al menos, en cuarentena. Una reflexión con la que acabo este estreno. Sin olvidar, por supuesto, el aplauso, dedicado esta vez a quienes lo inspiraron. Gracias de nuevo. En este caso, os lo quiero agradecer, y puedo hacerlo.