TIC: de causa a efecto


              El arte siempre ha tenido su parte de vanguardia. No hay evolución humana que no vaya acompañada, o precedida, de una evolución en el mundo del arte. Pensemos en lo que supusieron las obras de Van Gogh, El loco del pelo rojo o Picasso, cuyas vidas inmortalizó el cine más de una vez.  Y el mundo actual no podía ser una excepción, las tecnologías de la información y la comunicación -TIC, antes llamadas nuevas tecnologías- se incorporan al mundo del espectáculo como medio y como objeto. Y en nada han quedado obsoletas realidades como las que plasmaba Tienes un email, La red, y hasta los malabarismos informáticos de Lisbeth Salander en la saga Milennium.

              En nuestro teatro las TIC han pasado a ser una parte imprescindible. Forman parte -o deberían formar- de nuestros medios, pero también de las causa, el objeto, la prueba y los efectos. Y de eso era de lo que vamos a hablar en este estreno, en una suerte de batiburrillo de ingredientes que ríase usted del mejor chef con sus tropemil estrellas Michelín.

              En cuanto a los medios, no me voy a repetir con lo que tantas veces he contado respeto a la digitalización , Lexnet y compañía. Unas ínfulas de modernización muy cacareadas que llegan siempre pasadas de moda. Aquí tuvimos busca cuando todo el mundo tenía ya teléfono móvil, y andábamos por la primera generación de móviles cuando el mundo acometía ya la cuarta y la quinta. Y así con todo. Hasta el punto que seguimos usando el fax y el telegrama. Verdad verdadera.

              Pero, como decía, mientras en Toguilandia nos desperezamos al mundo digital, en la vida real ya forma parte de todo. Y eso lo vemos en cualquier guardia, con los atestados que nos llegan. ¿Cuántas broncas de pareja que acaban con algo peor no han empezado con el descubrimiento de un mensaje en el móvil del otro? ¿Cuántos delitos de lesiones no han venido originados a raíz de algún texto o imagen que provocó las iras del otro? Puedo asegurar que si me dieran un euro por cada asunto donde no intervengan las TIC de algún modo, me sobrarían dedos de la mano para contar mis ganancias. Y es que hoy quien no use internet desde cualquier soporte o plataforma se ha convertido en un espécimen digno de museo

              Especialmente penosa me parece la costumbre de parejas jóvenes -y no tan jóvenes- de cederse las respectivas claves de redes y dispositivos como signo de confianza. No entienden que el signo de confianza es no solo no pedirlas, sino no aceptarlas si se ofrecen. Con lo claro que lo teníamos cuando se trataba de cartas escritas. Abrir el correo a alguien era algo terrible. De hecho, la inviolabilidad de las comunicaciones siempre ha tenido rango de derecho en cualquier Constitución democrática que se precie. Como debe de ser.

           El problema surge después, cuando se acaba la relación, y se abuso de esa confianza que un día se tuvo. Llegan las pornovenganzas y similares Con poco esfuerzo de memoria recordaremos el precio que han tenido que pagar algunas personas por lo que sus ex despechados han difundido. Y de poco sirve que el Derecho se esfuerce en dar una respuesta penal porque este llega siempre tarde para evitar los efectos devastadores.

              En otros casos, son las TIC directamente el medio por el que se cometen los delitos. Son los que conocemos como delitos informáticos o ciberdelincuencia, aunque esa no es una tipificación sino una clasificación por el medio. Lo que se cometerán serán estafas, defraudaciones, injurias, amenazas  o coacciones, tan punibles si se hacen a través de las TIC como si se hacen en la plaza del pueblo, aunque mucho más dañinas por sus consecuencias. En realidad, es lo mismo repartir fotos de la ex desnuda en la puerta del colegio donde trabaja, como un asunto que tuve, que hacer lo mismo a través de redes, pero la trascendencia y la capacidad de difusión es totalmente diferente. Por eso ya hay algunos tipos legales que agravan e delito si se comete a través de Internet, como ocurre con los delitos de odio. Es obvio que el efecto de transmitir mensajes nazis en un bar que hacerlo a través de redes es radicalmente diferente, e infinitamente más peligroso.

              Luego están las consecuencias. Esos delitos que se han cometido en la vida analógica, como toda la vida, pero se inmortalizan y difunden. Es lo que vemos a diario con grabaciones sean de imágenes o de conversaciones, algo que se ha convertido en el pan nuestro de cada día en Toguilandia.

             Con eso entramos en la llamada prueba digital, relativamente sencilla cuando se trata de algo tan pedestre como esas grabaciones, o la aportación de un whatsapp o un correo electrónico, y que se convierte en algo casi imposible cuando hablamos de delitos más sofisticados cometidos a través de las redes, como casos de phishing u otras estafas elaboradas y cometidas por grupos criminales. Es muy indicativo que sepamos perfectamente como proceder ante la sospecha delictiva en un manuscrito -cuerpo de escritura, perito calígrafo y demás- y que tengamos tanta zozobra a la hora de dar valor probatorio a un simple whatsap. Pero es lo que hay.

              Por último, hablaré de la consecuencia en redes de la comisión del delito. Aunque al principio costó que la jurisprudencia lo admitiera, ya viene imponiéndose como pena la prohibición de acceder a determinada red social como aplicación de la pena de alejamiento. Algo que puede parecer poco importante pero lo es mucho. Pensemos que le supondría para un youtuber o influencer cuyos ingresos provenientes de esos medios son muchos, el quedarse sin acceso a ello. Porque no es lo mismo que dejen si acceder a twitter a mi tía Puri, que tiene 3 seguidores y medio, que a uno de estos fenómenos que ganan tanto que hasta los hay que se van al extranjero para no rascarse el bolsillo pagando lo que les toca de impuestos.

              Y hasta aquí, este pequeño repaso tictoguitaconado. El aplauso me permitiréis que se lo dé hoy a mis compañeras y compañeros que tanto hacen por normalizar la existencia de las TIC en nuestro mundo como en cualquier otro. No daré nombres, pero seguro que sabréis de quienes se trata.

#ArtistaInvitada: Amparo Salom


Hoy retomo esta nueva sección de Con Mi Toga Y Mis Tacones, donde tengo la suerte de contar con verdaderos referentes de Toguilandia que no solon saben mucho Derecho sino que saben mucho de todo, incluidos los dos sentidos fundamentales: el sentido común y el sentido del humor

Amparo, paisana y miembro de la carrera hermana, ha sido todo un descubrimiento para mí. Es la mitad de «A hacer punyetas», una cuenta que hay que seguir si se quiere saber de nuestro mundo, pero de verdad

Por supuesto, hoy el aplauso es para ella. Y todo mi agradecimiento

HABILIDADES DE LITIGACIÓN ¿Qué es eso?

          No sé si con la edad me estoy haciendo más cascarrabias, o que la calidad de las y los letrados en Sala va bajando. O las dos cosas a la vez. Pero lo cierto es que últimamente he visto algunas intervenciones durante los juicios que me han dado que pensar, y ahora que Susana me invita a su toguitaconeado blog, aprovecho.

          No podemos olvidar que un porcentaje muy importante de un juicio se juega en Sala, y estas habilidades suelen ser infravaloradas en comparación con el conocimiento del derecho sustantivo. Mucho master sobre reformas legales, compliance etc pero después, en un interrogatorio, o en una vista, se pierde fuelle.

          Lanzo simples pinceladas de un tema, las litigation skills o habilidades de litigación, que daría para mucho más. Por ejemplo, si puedes contar lo que ha pasado en 2 folios, no hace falta que uses 20. Mi compañera Marisa y yo siempre decimos lo mismo: los jueces somos personas. Parece obvio, pero de vez en cuando hay que recordarlo. Si no es necesario, no me des a leer un mamotreto de 200 folios, porque, en primer lugar, se va a perder el foco de lo que estás contando (aunque a veces eso es precisamente lo que se busca) y, en segundo lugar, le vas a quitar tiempo a otros asuntos y el tuyo se quedará relegado porque nunca tendremos el tiempo suficiente para dedicarle una o dos horas a leer una demanda. Por ejemplo, si pides la nulidad de unas preferentes, no me cuentes cómo se fundó Bankia (esto me recuerda que: ojito con el corta-pega)

          Lo mismo se puede extrapolar en Sala. Si algo me lo puedes decir en dos minutos, no utilices veinte. ¿por qué? Bueno, primero es desesperante escuchar algo que no te está aportando nada para dictar la sentencia. Si lo has dicho en la demanda o en la contestación, no lo repitas, tranquilo o tranquila, nos lo vamos a leer. Segundo, a partir de cierto tiempo, 10-15 minutos, el cerebro humano pierde la capacidad de atención. (recordemos, los jueces somos personas) Por último, se te llevan los demonios cuando estás escuchando como el letrado informante está repitiendo lo mismo que ya consta en actuaciones y el juicio siguiente va con retraso. De ahí el ya famoso, “vaya concluyendo”.

          Las conclusiones son eso, conclusiones que se extraen de la prueba practicada, no repeticiones.

          Recientemente tuve una vista en la que la contestación a la demanda tenía la friolera de 250 folios, friolera innecesaria, porque si el tema fuera complejo, no tendría nada que decir. La instructa de prueba, 35 folios. De los que 32 eran innecesarios. Es ESENCIAL saber ver el núcleo del asunto y desbrozar y extraer las cuestiones innecesarias para resolver, que son simplemente tangenciales y que nada aportan al objeto del proceso. Al letrado que dirigía este asunto le pareció una atrocidad que, en la audiencia previa, a muchos meses de la vista, les dijera a los dos que las conclusiones iban a durar 20 minutos. Le pareció poquísimo.

Es imprescindible saber el derecho sustantivo, qué decir del procesal (ya sabemos que #elderechoprocesalganajuicios) pero es igualmente de esencial saber resumir, abreviar, dar la información precisa y para lo demás remitirnos a los escritos de demanda y contestación que los jueces nos los vamos a leer, los vamos a subrayar, haremos anotaciones, consultaremos las sentencias que se citan etc. Y por supuesto, saber reaccionar con rapidez, es decir podemos ir a Sala pensando que nos dejarán hablar x tiempo y resulta que es mucho menos; es necesario saber separar el grano de la paja y ajustarse al tiempo marcado.

Comprendo que cuando el cliente está mirando, todo esto es complicado, pero no dejan de ser habilidades que marcan la diferencia de una/un buen abogada/o.

Grabaciones: peligro al canto


              No hace muchos años, nadie hubiera concebido un mundo donde todas las cosas pudieran ser inmortalizadas en movimiento en un instante. Sin complicadas y pesada cámaras, sin conocimientos técnicos y sin más armas que un teléfono móvil que cabe en la palma de la mano. Atrás quedaron los tiempos de Sexo, mentiras y cintas de vídeo, aunque la esencia siga ahí. Solo cambia el soporte. Y la Intimidad se pone en peligro

              En nuestro teatro las grabaciones son el pan nuestro de cada día. Y a cada momento. Tan pronto las tenemos como prueba, como como soporte del acta del juicio, como causa como consecuencia. La cuestión es que es difícil, si no imposible, hacer un juicio en cualquier jurisdicción sin una tecnología capaz de grabar y reproducir grabaciones.

              En primer lugar, no podemos olvidar que desde hace un tiempo las sesiones de juicio y hasta las declaraciones se graban. Atrás quedó el tiempo de las actas manuscritas, y de los continuos “que conste en acta, Señor secretario” eternamente respondido con un bufido. En el acta consta todo, Señora Letrada. Faltaría más.

              Pero como más se prodigan las grabaciones en nuestro mundo es como medio de prueba. Cada vez más son las personas que viven pegadas al botón de grabar de su móvil, y no hay entrega de niños recogida, discusión familiar o llamada de teléfono que no sea convenientemente inmortalizada. Hay criaturas que viven en un constante estudio de grabación, porque sus padres, sobre todo si están enfrentados, graban cualquier momento de su vida para demostrar o bien que son muy buenos -mira qué feliz está la nena conmigo- o que el otro es Satanás -mira que mal la trata, venga a darle tirones de pelo-. Luego, por supuesto, las cosa no son como las pintan, y la nena feliz podía lucir una sonrisa de diez segundos y la nena de los tirones de pelo podía ser feliz una vez peinada y desenredada. Todo es relativo.

              Recuerdo un tiempo en que estas cosas, aunque existían, eran excepción y no regla. Nunca olvidaré un juicio de faltas donde, a la vista de que en la citación se ponía que el denunciante deberá venir con los medios de prueba de que disponga, este trajo la televisión, el aparato reproductor de vídeo y las cintas grabadas bajo la floristería  donde le ponían silicona a la puerta. La cosa tiene su mérito, porque por aquel entonces las televisiones pesaban un quintal, y los reproductores de aquellas cinas VHS no le andaban a la zaga. Y no hace tanto, aunque ahora parezcan batallitas de boomers.

              El verdadero problema que tenemos con las grabaciones es, una vez más, que tenemos una ley del siglo XIX para una realidad del siglo XXI. Un AVE por las vías de un tren de mercancías. Y, por más que la parcheen, revienta por sus costuras. Y, como de muestra vale un botón, pensemos que el modo que había previsto de garantizar la intimidad de la víctima era la celebración del juicio a puerta cerrada. Algo que hoy da risa, si no fuera preocupante. Porque por más que cierren puertas y ventanas, no se puede evitar que se graben las cosas y se acaben filtrando. Los ejemplos son tantos que si me pudiera a enumerarlos tendría no para un post sino para una saga. Con su ración de Sálvame incluida.

              En el sistema originario de la LECrim nadie hubiera pensado no en teléfonos móviles, sin tan siquiera en fijos. El tiempo fue perfilando reformas que pretendían garantizar el derecho  la intimidad y al secreto de las comunicaciones y, durante mucho tiempo, la jurisprudencia sobre el tema cambiaba a  cada rato, con esa doctrina de la fruta del árbol envenenado que dio lugar a absoluciones de las que todo el mundo se acuerda, no por no haber cometido el hecho sino por haberse declarado nulas las escuchas.

              Pero hay veces que las cosas se sacan de quicio, y dan lugar a resultados cuanto menos cómicos. No me ha pasado una vez ni dos que la defensa de alguien pretenda que no se tenga por válida la prueba de una grabación por no haberse hecho con permiso ni autorización judicial. Acabáramos. Una cosa son las escuchas que hacen las fuerzas y cuerpos de seguridad, o un tercero de una conversación ajena, y otra muy distinta es pretender que, si grabas a tu ex diciéndote de todo menos guapa, le pidas antes permiso para grabarte. “Puedes insultarme a gusto, que voy a grabarte y así me sale una prueba divina”. Pues no, evidentemente. Hay que recordar que lo grabado en una conversación entre dos es válido si es uno de los dos quien lo aporta o si el implicado reconoce su voz. Aunque a veces se quiera ser más papista que el Papa.

              La verdad es que hay criaturas que ni que fueran retoños de famoso. La cantidad de horas de grabación de sus vidas es infinita, porque sus padres han judicializado tanto su ida y sus desavenencias que podrían plantar una tienda e campaña en el juzgado. Y no saben el daño que hacen a esos críos.

              Por último, no me quiero olvidar de dos tipos especiales de canallas. De un lado, los grabadores profesionales, esos tipos que aprovechan cualquier circunstancia para tener un fondo de armario de grabaciones para chantajear a todo el mundo cuando las caras vengan mal dadas. Seguro que no tengo que explayarme más para que se entienda a qué me refiero

              De otro lado, quienes, habiendo dispuesto de un vídeo íntimo de laque fue su pareja basada en la relación de confianza que en su día existió, difunden a diestro y siniestro ese vídeo con resultados terribles para la víctima, que en algunos casos ha llegado hasta el suicidio

              Y hasta aquí, el estreno de hoy. Y, aunque me gusta la tecnología, sigo prefiriendo el encanto de un post escrito que una grabación robada. Por eso el aplauso lo dedico hoy a quienes comparten este gusto mío y siguen leyéndome semana a semana. Mil gracias una vez más

Salvamento: rescate toguitaconado


              No son pocas las películas que tienen por tema el salvamento de alguien, generalmente en circunstancias peligrosísimas solo al alcance de unos pocos héroes. Hay que Salvar al soldado Ryan, vivir el Armagedon o La aventura del Poseidón o responder a una Alerta roja, Neptuno hundido, y superar mil millones de obstáculos por tierra, mar y aire. Aunque  mí confieso que el que más me impresiona sigue siendo el pedrusco gigante de Indiana Jones. Antigua que es una.

              Esta misma semana tuve la oportunidad -por llamarla de alguna manera- de vivir un rescate, versión toguitaconada, que, aunque pueda parecer a pequeña escala para mi fue tremendo en ese momento. Y, por cierto, todo ocurrió cuando trataba de llegar a nuestro teatro.

              Conste que la historia la conté en tamaño resumido en un hilo de twitter, pero como parece que mi público pedía más, aquí está, un estreno en primera persona. Y con moraleja, así que habrá que leer hasta el final. No queda otra.

              Hallábame yo, como cada día, subida a mi coche, con mi troller lleno de expedientes y mis ojos aún con legañas, dentro del ascensor de mi garaje. Porque, señoras y señores, mi garaje es de esos en los que se mete el coche con la conductora dentro, de esos que cualquiera ve por vez primera, incluida yo, y exclama ¡Qué horror, qué agobio! Yo no soy una excepción y, aunque me daba taquicardia cada vez que estaba dentro, l cosa durqa poco y la tenía casi superada. Hasta hoy

              Hete tú aquí que el ascensor de marras se para, exactamente, entre el segundo y el primer sótano. Después de proferir alguna que otra maldición, me dije a mi misma que no pasaba nada. Ahí mismo estaba el número de emergencias de la empresa y un botón que se supone que te conecta con alguien de inmediato. Se supone.

              Así que a ello. Cogí mi móvil, con un discreto 30 por ciento de batería, y tecleé el número que ponía en la pared. Y ¡sorpresa!. No hay red disponible, no se pueden efectuar llamadas. El corazón empezó a acelerárseme, pero ahí estaba el botoncito dorado, brillante, con su auricular dibujado y la leyenda “presione hasta que contacten con usted”. Y, menos mal que no le hice caso, porque después de esguinzarme el dedo a base de apretar, comprendí que servía lo mismo apretar ese botón que apretar la punta de nariz. Eso sí, mi nariz hubiera acabado roja como un tomate y el botoncito seguía igual de brillante e inmaculado.

              Confieso que ahí empezó la taquicardia seria, ayudada por una claustrofobia no diagnosticada con la que llevo conviviendo desde siempre. Y los gritos de socorro que dejaban a Pepe Pótamo y su grito hipohuracanado en un aprendiz. De hecho, estoy segura de que si me graban y lo usan en un casting, me gano la protagonista de la Dama de las Camelias o poco menos. Pero energía desperdiciada porque en un segundo sótano no me oía ni el Tato.

              Pensé por un momento en que alguien podría necesitar su coche, alojado en el mism garaje, y oírme. Pero tenía pocas esperanzas, porque es un garaje pequeño y con tan pocas plazas que podían pasar horas hasta que apareciera alguien. Y, mira tú por donde, en Fiscalía tampoco me iban a echar en falta porque era uno de esos rarísimos días en que no he sido bendecida con un lote de juicios, de guardia, de incidencias ni de cualquier otra cosa. Por no tener, ni una cita con algún abogado para conformidad, con lo que les gusta venir…

              Así que, llegada a ese punto tuve una visión. Y nada reconfortante, por cierto. Me veía como a José Luis López Vázquez en La cabina, esa pesadilla que Antonio Mercero trasladó de su imaginación a nuestras noches de insomnio. Y no quiero hacer spoiler, pero ya sabemos cómo acababa el pobre.

              Con lágrimas como puños empeñadas en salir de mis ojos, de pronto, vi la luz. O una lucecita, al menos. Algún que otro whatsap llegaba, aunque la mayoría se quedaban con el circulito que dice que no ha llegado a quien debía. Así que me lancé a enviar mensajes a un grupo de whatsap, uno donde, precisamente, pensaba que había posibilidades de ser leída. Porque la profesión de quienes lo componen, abogados y abogadas en ejercicio y su afición a redes y similares, hacían presumir que me atenderían. Mandé un angustiado “¿me leéis?” inmediatamente respondido por Yolanda, una de las compinches del grupo. Como si hubiera abierto la espita, empecé a soltar frases concisas (pensaba que mejor llegaría un mensaje corto que largo) diciendo que estaba encerrada, que no podía salir y no tenía cobertura pero sí mucho miedo. Y la operación rescate empezó a rodar, aunque yo entonces no lo sabía, porque no todos los mensajes llegaban.

              ¿Y el 112? Os preguntaréis. ¿No es cierto que puede contactarse aunque no se tenga tarjeta, ni cobertura? Pues si y no, Porque contactar, contactaba, pero ni ellos me oían ni yo a ellos. Y si me oían no podían transmitírmelo.

              Me acerqué lo más que pude a la puerta, contorsionándome como la bailarina que llevo dentro para salir del coche e tan reducido espacio, a ver si mejoraba la cobertura. Y bingo. Llegaron de golpe varios mensajes del grupo de whatsapp, que me decían que habían pedido ayuda. Y, como me fío, empecé a respirar un poco. Pero solo un poco

              Yo no sabía que mientras me dejaba las cuerdas vocales por si acaso alguien pasaba por el garaje, el dispositivo de emergencia amiguil se había puesto en marcha, Aun deben estar flipando en el 112 de Cáceres y en Ponferrada porque les pidieran ayuda para el mismo cent4ro de Valencia (del Cid, no de Valencia de Alcántara provincia de Cáceres). Mi hija tampoco entendía como le llamaban desde Galicia y Ponferrada para pedirle la ubicación de un garaje que estaba exactamente a 100 metros de ella, mientras que desde Jaén seguían dándome apoyo

              Lo que sí supe es que llegaban los bomberos, porque consiguieron llamarme y que les escuchara. Cuando por fin les vi, me parecieron dioses. Bueno, y aún me lo parecen. Por fin fuera, tras casi una hora que me pareció muchas más.

              Y como dicen, este cuento tiene moraleja. Y no es otra que, por más que denosten las redes sociales, pueden resultar maravillosas. Y no tanto por lo que sean, sino porque son el instrumento que emplean personas como este puñados de amigas que consiguieron que esto haya pasado de ser un drama, a una anécdota más. Mil gracias

              No me olvido del aplauso. Y esta vez, además de a mis maravillosos compinches, se lo doy, con ovación especial, a esos bomberos cuya visión me pareció lo más hermoso que había visto en mucho tiempo. Y no lo digo -o no solo- en el aspecto físico. Ya sea que lo mío solo era un pequeño salvamento, pero era el mío, y ahí estaban. Como están siempre que se les necesita.

#Concursos: crucigrama toguitaconado


              Hace algunos estrenos inaugurábamos un nueva sección, la de concursos toguitaconados. Hoy, y aunque distemos tanto de Los bingueros, de Pajares y Esteso, como de El jugador, de Dostoievsky, allá vamos. Hoy, con un crucigrama toguitaconado, el que vemos en en la imagen

HORIZONTALES

  1. Doctrina del Tribunal Supremo que tan pronto pued servir para apoyar tu pretensión como para hundirte en la miseria
  2. Caso. Primer ordinal de las alegaciones, cuando se es tan cursi como para hacerlas en números romanos Al revés, me atreva a contradecir a Su Señoría. Número empleado n matemáticas y que nada tiene que ver con Toguilandia. Quinta de las alegaciones de un escrito si se ordenan por letras en vez de por números
  3. Vocal que sustituye a la y si la siguiente palabra empieza por i. Al revés, preposición latina que usamos de vez en cuando. Adjetivo que aplicamos a unos hechos probados que son difíciles de soportar, en especial para las víctimas
  4. Última letra del abecedario. Ocupación donde se dan gran parte de los accidentes laborales. Adverbio que se emplea para formular conclusiones alternativas. Al revés, realizo una conducta con la lengua que según como sea, podría ser delictiva
  5. Interjección que empleo cuando me entra una causa con preso el día antes de empezar las vacaciones. Segunda de mis alegaciones si soy el mismo cursi que emplea números romanos. Consonante muda. Adjetivo coloquial y políticamente incorrecto para los afectados por la eximente completa del artículo 20.1
  6. Interjección que empleo cuando una compañera se hace cargo de la cusa con preso que me había entrado justo antes de vacaciones. Coloquialmente, lo confiesa todo. Dícese de una de las mafias criminales más peligrosas
  7. Letra que imitan en su deambular quienes han cometido un delito contra la seguridad del tráfico por haber conducido bebidos. Parte superior de un juzgado (o de cualquier otra cosa). Primera sílaba de ese escrito de impugnación que constituye nuestra última esperanza ante una resolución contraria a nuestros intereses. Lo que pondríamos si hiciérmos 50 alegaciones numeradas con números romanos. Dícese al plan alternativo al principal
  8. Lo que decimos a los alumnos de Practicum cuando nos piden salir antes. Inicial del contrato protagonista del Derecho Laboral. La misma inicial. En Derecho Romano, cien. Contracción. Animal con alas que se protege en la fiscalía de Medio Ambiente.
  9. Primera letra de cada conclusión absolutoria. Organismo sin cuya existencia la Jurisdicción Social trabajaría mucho menos y los trabajadores estaría mucho menos protegidos. Equivocarse (en Derecho o en la vida)

VERTICALES

  1. Mujer que, debidamente togada y pertrechada, administra Justicia. Preposisión que se usa en la conclusión cuarta cuando no existen circunstancias modificativas
  2. Uno. Sujeto activo de una confesión en primera persona. Apócope de Don.
  3. Delito clásico entre los delitos contra el patrimonio. Artículo que antecede al adjetico “forense” para evidenciar que se trata de una mujer y no un hombre. Inicial de mi personaje favorito de Toguilandia.
  4. Primero. El testamento puede ser… o cerrado
  5. Monosílabo con el que deben contestar los acusados, tras el acuerdo al respecto, a la pregunta de si reconocen los hechos y aceptan la pena. Al revés, marchar (del Juzgado o de cualquier sitio). Inicial del recurso que se interpone ante el mismo órgano jurisdiccional. Inicial de los dos apellidos de esta Toguitaconada
  6. Letra que se emplea para evitar pronunciar una palabra sinónima de prostituta. Primera letra. Momento y lugar en que has de acudir al Juzgado
  7. De apellido social, espacio virtual donde se cometen cada vez más delitos. Al revés, interjección con la que intentas aparentar que no te importa que no te hayan dado la razón. La misma letra que vuelve a dibujar en el suelo el conductor borracho de la pregunta anterior
  8. Derecho real cuyo nombre es el más corto. Coloquialmente (o en vocabulario de José Mota) lugar donde el corrupto guarda el producto de su delito
  9. En Derecho Penal, intención sin la cual no hay delito. Inicial del sinónimo penal de imprudencia
  10. Segunda vocal. Letra con la que confundes el 0 en las claves del wi fi. Que realiza una de las actividades propias de quien tiene un contrato de aparcería.
  11. Inicial de negación. Papel que te toca representar en cada juicio. Nombre de la letra inicial del nombre de una de las pocas magistradas del TC
  12. Primera letra del apellido del jurista que da nombre al manual más famosos de Derecho Civil. Al revés, característica del arma homicida que no tiene filo ni punta. Letra con la que empieza la anterior característica.
  13. Acto de designar un perito entre varios posibles
  14. Primera de las preposiciones en orden alfabético. Al revés, dícese de quine no comete el delito en compañía de otros. Hace lo contrario de venir
  15. Se dice de quien trabaja de algo en Toguilandia, como Juez o Fiscal. Verbo vulgar que en estrados se sustituye por “iura novit curia”

Y hasta aquí, el juego estreno de hoy. El aplauso, si conseguís completarlo.

Crisis: lo que nos afecta


              Las crisis de cualquier tipo afectan a nuestra vida hasta darle la vuelta como un calcetín. Además de su vertiente existencial, su parte económica no deja de reflejarse en nuestro día a día, de modo que es normal que se refleje en el mundo del arte en general y del espectáculo en particular. Las crisis como tema ya apuntaron como un filón con la del 29, con películas como La gran depresión o Jueves negro, como más tarde harían filmes como Wall Street sobre la crisis de 2008. Por otro lado, cualquier crisis afecta a los medios de financiación y a la capacidad del público de pagar una entrada. Tenemos a la vuelta de esquina lo que ocurrió con la pandemia, cuyos efectos todavía perduran.

              En nuestro teatro, como en cualquier sitio, las crisis nos afectan, y mucho. Y ocurre también tanto en la forma como en el fondo, tanto en los medios personales y materiales como en el tipo de asuntos de que tratamos. Y no tiene nada de raro.

              No obstante, cuando hablamos de crisis en Derecho, lo primero que acude a mi cabeza es el título de uno -o varios- de los temas de la oposición: las crisis procesales. Confieso que el título del tema siempre me parecía más prometedor que la materia que trataba. Mi imaginación desbordante evocaba terremotos, catástrofes varias, cortes de suministro e incluso a Sus Señorías escapando del juzgado toga al aire en plan Novia a la fuga. Pero la realidad jurídica en este caso no supera la ficción y la cosa se limitaba instituciones tan útiles como aburridas, como son el desistimiento o la caducidad. Y es que no todo en Toguilandia es lo apasionante que la gente imagina desde fuera.

              Sin duda, no hay crisis que se precie que no nos dé en las narices de pleno, o, mejor dicho, en las togas. Como digna representante del papel asumido desde tiempo inmemorial de hermanita pobre, la Administración de Justicia suele ser la primera en sufrir los recortes del tipo que sea y la última en recuperarse del golpe. Por un lado, dejan de crearse plazas y juzgados y de invertir en los que hay, e incluso se llegó a un punto en que se suspendió por años la entrada en funcionamiento de los que ya estaban creados, con el consiguiente retraso y acumulación de asuntos.

              Íntimamente relacionado con ello, los medios materiales empiezan a brillar por su ausencia. Nunca olvidaré esos momentazos en que, en un levantamiento de cadáver, los únicos que no llevaban teléfonos móviles -top de la tecnología por aquel entonces- éramos jueces y fiscales, todavía encadenados a un busca, un artefacto que hoy suena al Pleistoceno pero que nos duraron lo suyo.

              Pero, además, de a la forma, las crisis afectan al fondo, y de varias maneras. Por una parte, cambian los temas a tratar, o aumenta el número de casos de cuestiones que no habían tenido demasiada importancia cuantitativa. Por supuesto, el Derecho concursal se pone a la cabeza del ranking de los más utilizados, porque las empresas que quiebran, suspenden pagos -en su día- o entran en concurso son legión. Y, aunque menos, los particulares.

              También se multiplican todos los asuntos, de cualquier jurisdicción, relativos a impagos, desde las ejecuciones hipotecarias hasta los abandonos de familia por impago de pensión. Y es lógico

              Otro efecto importante es que, en ocasiones, los problemas dan lugar, incluso, a la creación de algún tipo de órgano jurisdiccional para solucionarlos. Recordemos, sin ir más lejos, los juzgados dedicados con exclusividad a las cláusulas suelo. Si, al final, formaron parte de la solución o del problema el tiempo lo dirá. Ahí lo dejo.

              En otros casos, como sucedió tras el confinamiento, se trata de arbitrar soluciones parche que arreglen el desaguisado. Duplicar horas, incentivar conformidades o cualquier ora cosa que ayude a salir del impase. En el caso de la pandemia, además, con las medidas extra que volvían todavía más difíciles las cosas ya difíciles de por sí

              Pero como las crisis se ceban siempre con los más necesitados -a perro flaco, todo son pulgas, dice el refranero-, hay un sector de la población, las personas más vulnerables por una u otra razón, que sufren como nadie los efectos de la crisis. En este grupo podríamos incluir a todas y todos los trabajadores en precario -o en negro- cuyos derechos ya de por sí delicados se convierten en inexistentes. Y trabajo de más para la jurisdicción social si es que se atreven a iniciar acciones.

              En este sentido, las crisis se notan con mucha virulencia tanto en la violencia doméstica como en la de género. Cuando existe en un hogar la semilla de la dominación o del maltrato, cualquier excusa es buena para hacer explotar el polvorín. Y las discusiones por falta de dinero, por la situación de paro o por cualquier otra cosa convierten cada momento en una tortura para quienes lo sufren. Y multiplican el riesgo de ser víctima de un delito grave.

              Con esto, se baja el telón por hoy. Espero que la crisis no afecte nunca a nuestro teatro, pero nunca se sabe en estos tiempos en los que llegará a parecernos normal una abducción marciana. Mientras tanto, no me olvido del aplauso. Dedicado, cómo no, a los bomberos y bomberas del Derecho que, ley en mano, apagan estas crisis. Incluso cuando no llega agua a la manguera

Folklore: tradiciones toguitaconadas


              Hubo un tiempo en que nuestro folklore era uno de los temas fundamentales del cine patrio. En gran parte, el folklore andaluz de bata de cola y castañuelas de Carmen la de Triana o Morena Clara. Pero también dan entrada a otras tierras, como la aragonesa en Nobleza baturra. También cantaba copla La niña de mis ojos, la protagonista de Ay Carmela o los de Las cosas del querer, entre otras muchas. Y es que la lista sería interminable.

              En nuestro teatro, parece que somos poco de folklore, pero quizás solo lo parece, porque Toguilandia es un mundo de tradiciones y ¿qué es el folklore sino la conservación de tradiciones que merece la pena mantener?

              No sé si ocurre en otros lugares, pero en mi tierra, como entendemos que nuestras fiestas forman parte de nuestro día a día, había una tradición que a mí me duele haber perdido. Cada año, en cuanto se elegían a las falleras mayores de Valencia, estas acudían a hacer una visita institucional y protocolaria a la sede del Tribunal Superior de Justicia y Fiscalía. Llamadme cursi, o tonta directamente, pero a mí, como fallera, valenciana y fiscal, me hacía ilusión. Pero se acabó, aunque no sé exactamente por qué ni si fue un adiós provisional o definitivo. Esperemos que sea lo primero.

               Y en nuestro caso, no solo eso.  Hay compañeras que fueron en su día Falleras Mayores de Valencia o pertenecido a sus Cortes de honor, y somos legión los falleros y falleras que nos las arreglamos para tener días libres en las fiestas falleras, o, en su caso, en las de sus respectivos pueblos o ciudades. Y en algún que otro caso, la simbiosis entre Administración de Justicia y Fallas ha sido tal que han pensado en alguien de la casa para hacer las labores de mantenedor o mantenedora en la Exaltación de la Fallera Mayor de Valencia. Yo fui una de esas afortunadas, y viví un momento que jamás olvidaré.

               Me consta que en Valencia no somos un caso único, que otros pueblos y ciudades de nuestra geografía han contado con alguien de nuestro teatro para hacer el pregón de las fiestas. Y a mí, por supuesto, me parece fantástico. Una buena muestra de que la justicia pertenece al pueblo y tiene que ser cercana al mismo, algo que muchas veces se nos olvida, y que nos tendríamos que hacer mirar. No es la primera vez que lo digo.

              De otra parte, quienes habitamos Toguilandia no siempre vestimos toga. De hecho, en nuestro tiempo libre, hay quien viste el traje regional correspondiente cuando procede, como es mi caso. No hay más que darse un paseo por redes sociales para comprobar los testimonios gráficos de lo que afirmo. Una prueba más de naturalidad y cercanía que a mí, personalmente, me gusta.

              Pero en algunos casos, no nos conformamos con vestirnos y hacernos la foto. Hay quienes van más allá. He visto imágenes de toguitaconadas en el Rocío o la Feria de Abril, y tengo una buena amiga, de la otra punta de nuestro mapa, que toca en tambor cuando procede como parte de una de las fiestas más populares de su tierra. De hecho, cuántas veces nos lamentamos ella y yo durante las restricciones de la pandemia por haber perdido todas estas cosas. También recuerdo otro de nuestros amigos que se lamentaba de haber perdido sus procesiones de Semana Santa, en las que toma parte activa desde la noche de los tiempos.

              Quizá haya alguien que se pregunte por qué cuento esto y qué interés tiene. Y lo respeto, faltaría más. Pero el otro día, cuando volví a vestirme con la indumentaria tradicional para participar en una exhibición de bailes regionales con el grupo al que pertenezco, me acordé del éxito que tuvo el estreno que dediqué al disfrute de la danza y lo que supone para mí, y pensé en compartir las sensaciones maravillosas que me produce bailar una jota, o un fandango, o un bolero tradicional.

              Podría dedicarme a hacer comparaciones entre tradiciones buenas y malas, tradiciones que merece la pena conservar y otras que hay que rechazar de plano. Pero prefiero quedarme con mis pasos de danza. Creo que puede ser un buen modo de iniciar esta vuelta al cole que siempre cuesta lo suyo. Porque bailar siempre mejora todo.

              Así que aquí queda esto. Espero haber transmitido al menos una pequeña parte de la alegría que me causan estas cosas. Por eso me permito dedicar el aplauso esta vez a mis compañeros y compañeras de dansà, incluida la fotógrafa autora de la imagen que ilustra este estreno. Gracias por hacer mi mundo mejor

Okupación: ¿delito fantasma?


              Es mucho el metraje que ha gastado el cine con los fantasmas, invitados no deseados de casas y palacios y, a veces, salvadores de la vida de la amada como ocurre en Ghost o dibujitos la mar de simpáticos como Casper. Otras veces, los fantasmas no son tales y, si no, pensemos en El fantasma de la ópera. Porque a veces las cosas son más fáciles de comprender de lo que nos quieren hacer ver.

              En nuestro teatro en principio no debería haber fantasmas, más allá de quienes lo sean en sentido figurado, un jardín donde Dios me libre de meterme. Pero sí que hay algunas instituciones, figuras y delitos cuyo uso, abuso o desuso los puede convertir en verdaderos fantasmas. Y a eso vamos hoy

              Confieso que, como fiscal de diez trienios, nunca he tenido entre mis fuentes de agobio el de la okupación o, como se llama en Derecho, la usurpación de inmueble. Es un delito que existe, como tantos otros, y que, en honor a la verdad nunca ha proporcionado cifras ni resultados alarmantes más allá del lógico perjuicio del propietario. Por eso llama poderosamente la atención por qué desde hace unos pocos años y, sobre todo, cuando se acerca el tiempo de vacaciones, los medios de comunicación nos inundan con noticias alarmistas sobre okupaciones.

              Soy consciente de que no soy la primera que habla del tema. Ni seré la única, me temo. Han sido varios los miembros del poder judicial y otros juristas que han intentado explicar que en las presuntas okupaciones, no es oro todo lo que reluce. El último, si mal no recuerdo, ante el pasmo del entrevistador que parece que esperaba una respuesta en sentido contrario de la que dio, quitando importancia y denunciando alarmismo innecesario.

              No sé si será cosa mía, que a veces soy malpensada, pero no deja de ser curioso que estas noticias sueles venir acompañadas, más o menos cerca en el tiempo y el espacio, de anuncios de alamas donde los protagonistas no solo se protegen de los robos, como toda la vida, sino que parece más asustados por la posibilidad de que a su vuelta de comprar el pan se haya instalado una comuna en su casa.

              Y es ahí era donde, precisamente quería llegar. En toda mi vida de fiscal, y en la muchos otros compañeros y compañeras, hemos visto que semejante cosa haya sucedido. Que no digo yo que no pueda pasar, pero es altamente infrecuente que tras una ausencia temporal aparezca okupada la casa donde un vive. Y eso no significa que las usurpaciones de inmuebles no existan. Existen, pero suelen ser de inmuebles desocupados desde la noche de los tiempos, muchas veces de bancos de los tiempos en que se pinchó la famosa burbuja inmobiliaria.

              Y es que, deliberada o inconscientemente, se confunden las cosas. No es lo mismo la usurpación de inmueble que el allanamiento de morada. Y cuando alguien entra en la casa de otra persona, aunque en ese momento no se encuentre, comete este delito, bastante más grave que el anterior. Y que, como delito flagrante que es, se procede al desalojo inmediato. Y chimpún.

              ¿Por qué entonces nos insisten en que cuesta años conseguir ese desalojo? Pues por lo que yo decía, que confunden churras y merinas y a río revuelto, ya se sabe. Mucha gente repite hasta la saciedad que se le ha metido un okupa en la casa que heredó de su tía Puri cuando, en realidad, no es tal cosa, sino, simple y llanamente, un impago de la renta. Y el mero impago no es delito y tiene su propio procedimiento para el desahucio. Desahucios que, por otra parte, son numéricamente más frecuentes que las okupaciones, Y me atrevo a decir que socialmente más preocupantes, aunque cada caso es un mundo.

              Pero queda muy bien subirse al carro y hacer un alarde de cuñadismo contando a quine quiera oírte, incluida una cámara de televisión, que conoces al primo de la suegra de tu hermano que es víctima de unos okupas que le están destrozando la casa.

              Para acabar, un par de reflexiones para tener en cuenta. La primera, que n muchos de los casos que salen en televisión día sí día también, los indignados denunciantes -televisivos, que no judiciales- no son los propietarios del inmueble okupado sino los vecinos y vecinas a quienes no les gustan los okupantes del inmueble de al lado. En muchos de esos casos, al propietario le da igual o no está dispuesto a emprender un proceso para desalojarlos, porque, de hacerlo, lo hubiera conseguido.  Recuerdo en un caso una señora -por llamarla de algún modo- que decía que aquello era una urbanización de lujo y perdía mucho caché con la presencia de aquella familia. Tal cual.

La segunda reflexión es una pregunta que me hago mucho. ¿Por qué con otros delitos se exige un respeto exquisito a la presunción de inocencia y en este nadie habla de presuntos okupas? ¿Por qué los que para otros casos claman esa injusticia en este caso se refanfinfla? Ahí lo dejo también

              Y hasta aquí, el estreno de hoy. Espero que haya servido para aclarar términos y acallar alarmas. El aplauso, no obstante, se lo dedicaré a quienes ya antes han hecho ímprobos esfuerzos para explicar que, en Derecho, no es oro todo lo que reluce. Porque no siempre es fácil diferenciarlo del oropel

Derogación: delitos que son historia


              El paso del tiempo es uno de los grandes protagonistas de nuestras vidas. Y, cómo no, del mundo del arte. Teatro, literatura, con y cualquier otra manifestación artística no pueden permanecer ajenas al paso del tiempo, y lo que ayer era actualidad hoy es historia. Pasan Las horas, nos encontramos con Lo que queda del día y, al final, recordamos Tal como éramos. Ayer, hoy y mañana.

              En nuestro teatro no podemos permanecer ajenos al paso del tiempo. Aunque la regla general es que la ley es estática y la jurisprudencia que la aplica es dinámica, nada es inamovible y, a diferencia de lo que ocurre con la doctrina, que es flexible y cambia sin necesidad de que el BOE lo refleje, las leyes, para cambiar, necesitan del procedimiento legislativo correspondiente. Pero evolucionan, claro está. Unas se derogan y otras se promulgan, unas se modifican y otras se mantienen. Como la vida misma.

             El estreno de hoy se va a centrar no en todas las leyes que cambian, algo casi imposible de acometer en un simple post, sino en aquellos delitos que un día se aplicaron y hoy han dejado de existir por una u otra razón. Así que vamos a ello, aunque sea, claro está, sin ánimo de exhaustividad. Ya dice el refrán que de muestra vale un botón.

              Para empezar, me referiré a los recordados juicios de faltas , cuya sustitución por una nueva especie, los delitos leves -o levitos, que es mucho más bonito- nos sustrajo multitud de anécdotas que nos alegraban la vida de Toguilandia casi a diario. Hay que reconocer que sus sucesores no tienen la misma chispa. Entre otras razones, porque la desaparición de las injurias leves, salvo en el ámbito familiar, nos han privado de frases impagables de las broncas entre vecinos, como la de aquella señora tan ofendida porque su vecina le dijo que no se lavaba la faja, o la de una chica a la que otra vecina llamaba “puta” porque solo tendía lencería “picante” (sic)

              Algunas de aquellas faltas extintas respondían a otro espíritu y tenían menos miga. La de juicios que hicimos por conducir sin seguro obligatorio hasta que alguien cayó en la cuenta que se hacía exactamente lo contrario de lo pretendido: beneficiar al infractor. Porque la sanción penal era muy inferior a la que correspondía en la vía administrativa, con lo cual se había hecho de la torta un pan. Así que volvieron a aquella vía de la que nunca debieron salir

              Pero la lista de delitos derogados más extensa es la que se refiere al cambio de modelo de estado operado en nuestro país hace más de cuarenta años. El régimen franquista consolidó muchos delitos que, una vez entrada en vigor, tenían que decaer por fuerza. Vaya por delante que hay delitos que se mantienen en todas épocas y lugares, como el robo, el asesinato y sus derivados o la violación. Pero hay otros que no responden a ese espíritu que proviene del Derecho natural, y a esos es a los que aludo.

              Así, podemos recordar la punición del adulterio y el amancebamiento, según que el infiel fuera mujer u hombre, en lo que salíamos perdiendo las mujeres por goleada. Hoy, ni uno ni otro llega a concebirse que pueda ser delito. A ese mismo espíritu respondía la atenuante de uxoricidio en adulterio, que hacía que matar a la mujer infiel mereciera una pena ridícula como era el destierro, o el infanticidio, que consideraba delito menor matar al recién nacido si se hacía para ocultar la deshonra En el mismo grupo de delitos podríamos incluir la punición de las prácticas homosexuales que, por fin, despareció después de suponer muchos años de tortura e invisibilizarían para ese colectivo.

              Cuestión distinta eran los delitos considerados políticos o ideológicos. Esos que barrió de un plumazo la Constitución y que dieron lugar a la aplicación de la ley de amnistía en su día. Por suerte, hoy en día, opinar no solo no es un delito sino un derecho.

              En la misma línea se encontraban aquellos delitos contra a seguridad interior y exterior del Estado, que todavía sobrevivieron hasta 1995 y que tanto costaban de aprender a los opositores y opositoras de entonces. Todavía recuerdo al famoso español que sedujere tropa para que pasare al servicio de tropa sediciosa o separatista, que más me parecía el argumento de una película de espías que un precepto penal. Hoy no es que no existan, sino que han sido sustituidos por los delitos contra la Constitución, entre los cuales los más conocidos son la rebelión y la sedición, nada fáciles de diferenciar, como vimos en el asunto conocido como Procés.

              Entre estos, encontramos uno de esos delitos que yo calificaría de “ascensor”: suben o bajan según las tornas políticas. Algo así ocurre con el delito de convocatoria de referéndum ilegal. Aunque tal vez el delito ascensor por antonomasia es el aborto y sus distintas posibilidades de punición o impunidad

              En otros casos, son las circunstancias las que mandan, incluidos los cambios legales. Es evidente que la supresión del servicio militar llevó consigo la despenalización de los delitos relacionados con la conducta de faltar a esa obligación, como los casos de insumisión que tanta faena dieron en su día, tanto relativos al servicio militar como a la prestación social sustitutoria Y, por supuesto, de un delito que siempre me resultó difícil de entender: la automutilación para eludir el servicio militar. No quiero ni imaginar lo duro que sería aquello para alguien que es capaz de cortarse un dedo con tal de evitarlo.

              Por su parte, la realidad económica y social hizo que desapareciera un delito tan cometido en su día como el cheque sin fondos. Con el advenimiento de nuevas formas de pago, lo del cheque quedó más anticuado que, como diría Chiquito de la Calzada, el rodapié de las Cuevas de Altamira.

              Para acabar, no podemos dejar de aludir a la evolución de los delitos sexuales, y más ahora, recién aprobada la llamada ley del “sí es sí”. Aunque siempre se han castigado, no siempre han sido objeto de castigo las mismas conductas. La violación anal, por ejemplo, aterrizó en el Código a finales del pasado siglo, al tiempo que estos delitos dejaron de tener por bien jurídico protegido la honestidad para pasar a considerar tal la libertad sexual. La violación, por su parte, siempre se ha castigado, aunque no siempre con ese nombre, y seguro que sorprende a más de uno y de una saber que lo que hoy conocemos por sumisión química cabía en la redacción original del delito de violación -en la referencia a “privada de sentido”- pero en una reforma en plena democracia se eliminó, como se eliminó e nombre de “violación” para sustituirlo por el de “agresión sexual” en contraposición al “abuso sexual”, lo que ha hecho correr muchos ríos de tinta.

              Por último, a este respecto, una precisión. El delito de abuso sexual no desaparece, aunque desparezca su nombre, con mucho acierto, a mi juicio. Abusar es hacer un mal uso, y no se puede hacer un uso, bueno ni malo, de la libertad sexual. Pero las conductas que sancionaba siguen sancionándose, y siguen diferenciándose en función de su gravedad. No podía ser de otra manera.

              Y hasta aquí, este breve repaso, sin pretensiones de exhaustividad, de algunos delitos que se calificaban como churros y que hoy han pasado al desván del olvido. El aplauso se lo daré, como pequeño homenaje, a todas y todos los operadores jurídicos que han ido adaptándose a los tiempos. Porque sin evolución no hay derecho.

Supervivientes: lo que el viento no se llevó


              Hay cosas que son eternas, y cosas que duran menos que un soplido. Como ocurre en el teatro, en la literatura o el cine. Shakespeare o Cervantes sobreviven al paso del tiempo, y seguro que hoy leemos  Romeo y Julieta o Don Quijote de la Mancha, o sus versiones fílmicas, sin que nos salpique ni una mota de caspa. Otros casos, más cercanos en el tiempo, han envejecido tan mal que es difícil verlos fuera del tiempo en el que fueron concebidos, como ocurre con aquellas películas de destape en que cualquier excusa era buna para enseñar las tetas. Y es que siempre existe la diferencia entre Lo que el viento se llevó y lo que el viento no se pudo llevar.

               Hoy, en nuestro teatro, me gustaría echar la vista atrás para comparar aquello que teníamos y aquello que tenemos hoy, y qué relación hay entre ese pasado y ese presente. Y ver, de paso, si avanzamos algo de cara al futuro.

              Cuando yo aterrizaba en Toguilandia, todavía estaban llenos los despachos de máquinas de escribir, como la que tenía mi padre, con su papel de calco y sus copias en papel cebolla. Y por supuesto, había que tener cerca una botellita de tippex, o su sustituto en papelitos adhesivos. Curiosamente, desaparecieron de las mesas las máquinas -Olivetti, en su mayor parte-, aunque aun se llena de polvo alguna que otra en un altillo o sobre un armario, y es imposible encontrar papel de calco. Sin embargo, el famosos tippex ahí sigue, entre nuestros imprescindibles, aunque sea en versión remasterizada dentro de un cartucho de plástico con pretensiones de diseño aerodinámico. Así que aquí encontramos el primer superviviente.

              Más tarde que pronto, las máquinas fueron sustituidas por ordenadores, que fueron ganando precisión y perdiendo tamaño pero que, en esencia, sobreviven, como sobrevive el cambio radical que supusieron. La jurisprudencia dejó de mirarse en tomos similares a Biblias y pasaron a ser consultados directamente en una base de datos, cambiando el copiado amanuense por el corta y pega que tanto agranda el tamaño de sentencias y dictámenes. Faltaría saber si eso fue una ganancia o una pérdida, pero esa es otra historia.

              Sin embargo, ya poca gente se acuerda de algunos instrumentos que parecían el no va más de la modernidad, Los diskettes donde transportábamos los documentos de un ordenador a otro, sin ir mas lejos. Nunca olvidaré a uno de mis jefes refiriéndose a ellos como “casquetes”, con la consiguiente hilaridad del personal. Y no era para menos. Porque el sentido del humor también sobrevive.

              La misma suerte que aquellos disquetes acabaran corriendo otros soportes que ya casi usamos solo en justicia, que somos los últimos en desprendernos de las cosas. Se trata de los CD’s, que ya tuvieron su propio estreno y que cada vez son más difíciles de ver lejos de Toguilandia. Junto a ellos, otro incunable permanece ajeno a que su existencia se circunscribe a nuestras paredes: el fax. Que alguien pruebe a pedir fuera de nuestro ámbito que alguien le dé el número de fax, que lo que le dará es un ataque de risa.

              Otra de las evoluciones reseñables es la de la telefonía y similares. En su día, parecía el no va más la existencia de aquellos aparatejos llamados “busca”, que importamos de profesiones sanitarias, y que hacían un papelón en la guardia considerable porque permitían, al menos poder desplazarse más allá de los límites de un teléfono fijo cuando se estaba de guardia de disponibilidad. Lo malo fue que cuando nos llegaron a nosotros, ya empezaban a cambiarse en otros sectores por teléfonos móviles, de aquellos que pesaban un quintal, antena incluida. De ahí pasaron a un modelo más pequeño, exclusivamente para hacer llamadas -nadie soñaba entonces con las funciones que tendrían los móviles poco más tarde- que ha permanecido en manos de juez, fiscal, o forense de guardia por los siglos de los siglos. Incluso me consta que hay lugares donde todavía sobreviven, aunque sea pegados con cinta adhesiva.

              Sin embargo, hay algunas cosas que sobreviven y si las cosas siguen así, les auguro larga vida. Entre ellas, fundamentales las pegatinas de llamada de atención sobre causas con preso, preferentes, o cualquiera otra, o sus hermanos pequeños, los imprescindibles posits. A su lado, los clips, las grapas y hasta las máquinas taladradoras por las que suspiraba en el colegio y por las que a veces, ante causas de varios tomos físicamente ingobernables, sigo suspirando.

              También los marcadores, iluminadores o como quiera que se llamen lo fosforitos de toda la vida, lo primero que desparece del cajón del material, son unos supervivientes en toda regla, al igual que las gomas de caucho de toda la vida, que no hay fiscalía que se precie sin ellas para sujetar las carpetillas.

              Por supuesto, estas cosas cambiarán cuando la digitalización sea una realidad y los folios pasen a mejor vida. Pero aún queda. También me queda por saber si los bolis verdes que permanecen en el armario son los mismos que trajeron cuando llegué a Fiscalía o van renovándose porque alguien -que yo jamás he visto- los usa. Igual cualquier día surge una historia como la de la mermelada y el perro de Ricky Martin. Estaré atenta por si acaso.

              Y hasta aquí, el estreno de hoy. El aplauso, por supuesto, para quienes sobreviven a tanto superviviente y se adaptan a lo nuevo. Que ambas cosas son precisas