Karma: la fuerza del destino


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  La mayoría de las personas creemos en la existencia del  destino. la Providencia, el karma o lo que quiera que sea que pueda intervenir en los acontecimientos al margen de la actuación humana.  Se tengan las creencias que se tenga, o no se tenga ninguna, todo el mundo se ha acordado alguna vez de ese Más allá que a veces bromea con nuestras vidas. Y, por supuesto, el mundo del arte refleja perfectamente esto en muchas obras. El ángel de Qué bello es vivir, ese dios que se equivoca de El cielo puede esperar o alusiones al destino en títulos como Dos hombres y una destino son una buena muestra. Aunque a mi el título que más me gusta al respecto es No culpes al karma de lo que te pase por gilipollas. Muy ilustrativo. Tanto como, más breve, el de Maldito karma.

  En nuestro teatro, aunque nada digan las leyes –faltaría más- el karma interviene gastándonos sus bromas pesadas o macabras muchas más veces de las que creemos. Seguro que mucha gente ha tenido experiencias de ese tipo

En mi vida profesional, pocos casos me han remitido más al karma, o a la justicia divina, si se prefiere, que uno que me encontré al principio de mi andadura toguitaconada. Se trataba de una mujer que fue violada salvajemente. La víctima y el autor se vieron por vez primera en un bar e iniciaron una conversación, tras la cual él se ofreció para llevarla a casa en coche. Una vez el vehículo, lejos de dirigirse a casa de ella, se desvió y, en un descampado, le requirió para tener relaciones sexuales y como ella se negó, le dijo que lo haría por las buenas o por las malas. Ella, en ese trance, le advirtió repetidas veces que estaba infectada del virus VIH y que podría contagiarse. El no le hizo caso y la violó de un modo tan bestial que, a los fluidos propios del sexo se añadió la sangre. Pues bien aquel desalmado fue condenado, entre otras cosas, por la prueba fundamental consistente en la pericial que acreditaba que se había contagiado del virus. Para acabar la historia, diré que en aquella época el SIDA causaba un enorme número de muertes. No sé si ese fue el destino del violador pero lo que si es claro es que el karma le dio un buen palo. Más que merecido, por cierto.

La otra ocasión en que los hechos me demostraron que el karma existe, fue otro de los asuntos que más me ha marcado en mi trayectoria profesional, del que creo que ya he hablado alguna vez. Se trataba de una mujer mayor que se negó a denunciar los malos tratos que le propinaba su pareja que, además, parece ser que le sacaba los cuartos, según dijeron sus sobrinas. A pesar de que se negó a declarar, se impuso, a instancias del Ministerio Fiscal, un auto de alejamiento. En unos días, la mujer apareció muerta en la bañera. La investigación condujo a la detención de él y su ingreso en prisión preventiva, pero sabíamos que, pese a la concurrencia de indicios claros de su intervención en la muerte de ella, no sería fácil de probar. No hubo lugar, porque el destino quiso que muriera de un infarto en el centro penitenciario. Algo más que sumar al karma, aunque confieso que aquella mujer que no logramos salvar todavía se me parece en sueños más de una vez. Ojalá descanse  de verdad en paz.

Pero no todo va a ser dramático cuando de destino se trata. En ocasiones, el karma nos devuelve deudas pendientes de mucho tiempo atrás. Confieso que sentí un noséqué perverso cuando, muchos años después de haberla visto por última vez, tropecé con una compañera de colegio que parecía tenérmela jurada en su día. Ella no pudo evitar ponerse verde envidia al comprobar que yo era fiscal y ella nunca había conseguido aprobar nada y yo recibí la noticia sin poder evitar una sonrisa.

Curiosa es también la historia de una de mis compañeras que tuvo que sufrir que, en el rato anterior a entrar a examinarse de la oposición, los padres de otro de los examinandos trataran de desarmarla diciendo lo bien preparado que iba su hijo y que mejor sería que ella se casara con aquel novio tan majo que la acompañaba y dejara paso a quienes sabían. Mi amiga fue una de las primeras de aquella promoción de 150 fiscales, mientras que el niño de papá suspendió. El karma, sin duda.

Otras veces, el banquillo es un lugar donde el karma brilla especialmente. Así le pasó a un compañero que tuvo como detenido a quien le hizo la vida imposible con una historia de acoso escolar en el colegio a la que entonces nadie daba importancia. El acosador adolescente devino delincuente adulto y fue a prisión con tantas pruebas contra él que mi compañero no tuvo remordimientos ni duda alguna.

Y, si de detenidos hablamos, recordaré la historia del muchacho que atracó, navaja en mano a una mujer embarazada en su patio y que, detenido al día siguiente, prorrumpió en llanto al comprobar que aquella embarazada víctima de su delito era nada menos que la fiscal de guardia. Ella se abstuvo, pero él reconoció su delito y fue a prisión derechito.

Parecido destino tuvo otro atracador incauto que no tuvo otra ocurrencia que perseguir a la víctima a la que había echado el ojo por varias calles hasta esperar el momento propicio para poner en marcha su plan sin percatarse que la mal fortuna había querido que eligiera a una fiscal como víctima, y que la persiguió hasta la mismísima puerta del juzgado de guardia donde ella, que sí se había percatado del acecho, no tuvo más que decirlo para que salieran a buscarle de inmediato. El angelito, además, estaba en busca y captura por un par de robos más. Desde luego, debió maldecir el momento en que decidió seguir a aquella mujer con un maletín en la mano.

Por último, otra historia de detenidos. La de un quebrantador de condena profesional –todos los días se plantaba delante de casa de su ex – que, tras haberse librado de prisión en la primera y segunda detención alegando que era extranjero y no entendía bien el auto, fue nuevamente detenido y coincidió, oh mala suerte, con la misma fiscal, que ya le había advertido que cuidado con volverlo a hacer, que lo de no entender ya no iba a colar. Al verme –habeis adivinado, era yo- se tiró al suelo llorando y maldiciendo su mala suerte. Por supuesto, en perfecto español.

Hasta aquí, las historia del karma. El aplauso, para todos aquellos que solo se merecen que les devuelva cosas buenas. Seguro que al final, el karma me da la razón

 

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Código Civil: la madre de todos los Códigos


 

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En todos los ámbitos hay un referente, un principio, un origen de todo. Siempre se necesita un punto de partida y un puerto al que acudir cuando una se desnorta. En la literatura, Cervantes o Shakespeare ahí están –con sus múltiples trasuntos cinematográficos como Shakespeare inlove, El hombre de la Mancha y tantos otros- como agarradera. En el cine, todos esos directores que han hecho historia desde que Los hermanos Lumiere dieran el pistoletazo de salida, o esos hitos como el paso del cine mudo al cine sonoro a partir de El cantor de Jazz.

   En nuestro teatro, también tenemos nuestros referentes y nuestros asideros. El Derecho Civil es, además del que regula las relaciones jurídicas entre particulares, el derecho supletorio para todas las demás materias. Algo así como la madre de todo el Derecho. Y, por supuesto, el Código Civil, su cuerpo legislativo fundamental –amén del Derecho Civil propio de algunas Comunidades autónomas- sería la madre de todos los Códigos.

Recuerdo que, cuando estudiaba en la Facultad de Derecho, el texto del Código Civil “recomendado” nuestro profesor llevaba como subtítulo “el centenario de una gran obra legislativa”. Y, aunque entonces no era consciente de ello, he comprobado que así es, que ha soportado el paso del tiempo mucho mejor que otras leyes de la misma época, como la pobre Ley de Enjuiciamiento Criminal, llena de achaques y cicatrices.

Pues bien, con motivo de sus flamantes 130 años –hay que ver cómo pasa el tiempo- un compinche nos retaba en Twitter a citar nuestro artículo favorito, reto que yo hice extensivo a otras redes sociales, como a mi querido foro de fiscales. Me juego mi toga y mis tacones a que el resultado no os defraudará

Mi amigo proponía como su top codigocivilero el artículo 612, en lo que coincidió con otro querido compañero fiscal. Y es que es un precepto que no tiene  desperdicio, porque reconoce nada menos que el derecho del propietario de un enjambre de abejas a perseguirlas sobre el fundo ajeno. Algo que vemos todos los días, sin duda, sobre todo si están la abeja Maya y su amigo Willy entre las abejitas traviesas. Aunque no son los únicos animales rebeldes que contempla el Código, qué va. El artículo siguiente, el 613, se refiere a palomas, conejos y peces que pasen de un criadero a otro, aunque recnozco que tengo debilidad por los peces. Es más, creo que acabo de descubrir en que se basó Pixar para su Buscando a Nemo.

Y es que, aunque el Código ha envejecido mejor que otros textos gracias a algunas cirugías tan necesarias como bien hechas  -como el profundo cambio en el derecho de familia o en los derechos de la mujer a partir de la Constitución- aun le queda un tufillo viejuno en gran parte de su lenguaje y en algunas de su instituciones. Sin ir más lejos, hay varios artículos –1094, 1104, 1903- que todavía ponen como modelo de familia la tradicional y como su cabeza visible el buen padre de familia, cuyo comportamiento ha de ser modélico para ser medida de todas las cosas. Entre ellas, sin ir más lejos, redimir a sus hijos de la suerte de soldado, como dice el artículo 1043, algo que era muy común en la Guerra de Cuba, pero que hace más de un siglo que desapareció. Y ese mismo artículo había de comprarle a ese hijo -un nini de los de entonces, por lo visto- un título de honor, que no había modo de hacer carrera del muchacho. Claro, que siempre podría ser menestral o criado, terminología que todavía usa el artículo 1967 cuando habla de la prescripción.

La moral es otra de las cosas que les encantaba a los redactores del Código. A ella se refieren en la regulación de los contratos en los artículos 1275 –objeto- o 1255 – la famosa autonomía de la voluntad-  y a las buenas costumbres, que tampoco son moco de pavo, hace alusión el 1271.

Son precisamente esas “buenas costumbres”  o esa moral de la época las que hacían que el Código presuma en su artículo 69 –que nadie busque dobles sentidos- que los cónyuges viven juntos salvo prueba en contrario. Va a ser por eso que la viuda que crea que está encinta  -ojo, aunque no esté segura- debe decírselo, según el artículo 959 a quienes tengan derechos en la herencia y dar aviso también del parto (961) aunque queda dispensada si el marido  hubiera reconocido en documento “la preñez de su esposa” (artículo 963). Pero también tiene su contraprestación, no creamos. Esa viuda que queda encinta tiene derecho a ser alimentada “aunque sea rica” (art. 964) con los bienes de la herencia. Me deja bastante tranquila eso de no dejar morir de inanición a la viuda encinta, la verdad, aunque sea millonaria.

Y es que a los redactores del Código Civil les encantaba presumir cosas. Por presumir, presumen –artículo 33– hasta cuando se produjo la muerte de cada uno si se trata de dos personas con derecho a sucederse, algo muy útil para todos los guionistas de series de sagas tipo Dinastía o Falcon Crest. Y también presumen cuando se murió el ausente en el artículo 34, que bien pudo ser la inspiración del famoso Mambrú se fue a la guerra. Pero no solo presumen muertes, el artículo 1901 presume, nada menos, que el error en el pago, que hay que ver que bien pensados eran por aquella época.

El aspecto ya era, también, preocupación de la época. No olvidemos que el artículo 30 empleaba la expresión “figura humana”. Pero lo mejor, el artículo 1800 que exceptúa de la prohibición del juego, los que contribuyen al ejercicio del cuerpo, un claro precursor del gimnasio, sin duda. Hay que aclarar que los juegos al que se hace referencia como prohibido son los de suerte, envite o azar (art. 1798) un precepto que sigue ahí, lo creamos  o no, aunque haga lustros que no es de aplicación, que se lo digan si no al calvo  de la lotería y similares.

Por mi parte, mi artículo favorito era, sin duda, el que se refería al tesoro oculto, el 351, que podía acabar quedándose en que lo había encontrado, aunque fuera por casualidad (artículo 614). De nuevo inspiración de muchos escritores, como el Stevenson de La isla del tesoro. Obviamente, el tesoro son alhajas, dinero u otros objetos preciosos, como dice el artículo siguiente, talmente como el de Ali Baba y los 40 ladrones

Otro de los filones del Código vienen dado en la regulación de las relaciones entre fincas, que él llama fundos o predios, que es mucho más fino. Yo reconozco que desde mis tiempos de opositora tengo fijación con la servidumbre de luces y vistas y su reja remetida del artículo 581, y que comparto con otro compañero su predilección por las del artículo 570, a saber: cañada, cordel, vereda, abrevadero, descansero y majada. Ahí es nada, oiga. Como dice mi compañero, ¡es mundial!

Y cómo no hacer referencia a la accesión, pesadilla de opositores. Yo todavía alucino con esas reglas que dan los artículos 367 y siguientes para cosas tan habituales como que llegue un árbol a tu heredad, que se forme una isla o se mute un cauce.

Hay también un artículo que me recuerda poderosamente a Groucho Marx y su famosa parte contratante de la primera parte, el  811, que regula la reserva troncal. Ese ascendiente que heredare de su descendiente podría hacer que su redactor ganara en un pleito por propiedad intelectual al mismísimo Groucho. ¿O no?

Y no me voy a dejar un clásico, el testamento ológrafo (artículo 678), esto es, el manuscrito, y sobre todo la famosa sentencia de 8 de junio de 2018 que entendió que existía esta en una carta de amor (Pacicos de mi vida, todo para ti, todo, para que me quieras siempre y no te olvides nunca del cariño de tu Matilde) Aun recito de corrido esta carta, como secuela de la oposición. Claro que hoy, envíandole un whatsapp, no sería lo mismo.

Por último he dejado la aportación de una buena amiga, cuya parte favorita del Código era su promulgación, hecha, a diferencia de la mayoria de textos legales, por una mujer, la regente Maria Cristina. Un guiño a la igualdad de hombres y mujeres.

Solo queda el aplauso. Hoy lo daré, sin duda, a nuestro Código y a quienes lo aplican a diario. Por supuesto, más allá de anécdotas y chanzas, aunque una sonrisa nunca venga mal. Espero haberla conseguido. Y eso sí, ovaciòn extra para mi buena amigo, culpable de este estreno con el reto del artículo favorito. Mil gracias

Más clientes: ¿siguen sin tener razón?


 

 

 

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Ya lo he dicho otras veces, aunque  haya un refrán que diga que segundas partes nunca fueron buenas, hay otra que dice que toda regla tiene su excepción. Y el  cine es un buen ejemplo de ello. Por eso, a pesar de que la regla general sobre las segundas partes suele cumplirse, la excepción también existe, y lo podemos ver en la saga de El Padrino o en la de La guerra de las galaxias. Al menos, según algunas opiniones, que para gustos hay colores y en la variedad está el gusto. Así que, inspirada por esta posibilidad, continúo con este pequeño canto a la clientela y sus cosas

En el pasado estreno, hablamos de esas cosas que oyen en los despachos de abogados de sus clientes, y que les dejan croquis, no digo más. Y hoy, animada por el aplauso y la petición de bis, continúo con algunas otras, provenientes de ese filón que es la libreta de mi amiga Patricia, y alguna más que he ido encontrando.

Lo primero que iba a contar va en relación con la categoría de los juicios. Una vez, explicando que el procedimiento se llevaría por los trámites del ordinario, me encontré con una repregunta antológica. ¿Y no se podría llevar de un modo más especial, aunque haya de pagar algo más? Y es que claro, eso de ordinario no queda nada cool, sin duda. Que El cliente Quería tener un juicio de categoría y no cualquier mindundez

El derecho penal y sus cosas dan mucho de sí. Que si te roban, pues han de venir los de antihuellas. Aunque no a todo el mundo le hace gracia eso, y dicen muy serios que si quiere hacerlo, será por debajo de un cadáver, aunque eso de los cadáveres les dé un poco de esgrima. Pues claro que sí, que me imagino a Errol Flyn en plena acción, con su look de espadachín a punto

Pero, haya paz, que no hay que obligar a la gente a hacer las cosas en contra de su voluntariedad. Por más que una cliente le explicara a mi amiga abogada que la juez dijo que había de llevar a la niña esforzada, que si se descuida le dará una hernia a la pobre. Y es que llevarla a la fuerza le parecía poco, aunque  de vez en cuando haya que dar un rempujón para evitar un enforcejeo y hasta para defenderse de una puñalada trasera, que son muy traicioneras. Y claro, si te pillan, pues igual te condenan a trabajos en beneficio de la comunidad valenciana y a una pena de escarmiento, que ni se te ocurra quebrantarla ronroneando por los alrededores de la casa porque el disgusto puede ser muy serio.

Si hablamos de juicios, también hay mucho que decir. Lo primero, que hay que ver la perra que tienen algunos jueces en saber el domicilio, como si no les bastará con saber que uno prenocta en el Pacheco de la Pechina –la Casa de la Caridad en Valencia está en el Paseo de la Pechina- o, mejor aún, en el Palacio de la Pechina. Todo eso lo preguntan cuando te hacen los percebes legales –hay que ver qué nivel de menú, oiga- Lo que no entendía uno era que le aplicaran el principio de indubio a por ello, y a punto estuvo por culpa de eso de mandar a su abogada a la Conchinchilla. Y ojo, que  se perdería su show de alto standard que no es cualquier cosa, que les gusta no solo a los etéreos sexuales sino también a los dis-sexuales.

En cualquier caso, no acabaré este estreno sin contar lo que oyó mi amiga que decía un cliente de ella. Nada menos que a su abogada se le hinchaba la carotica en juicio. Y es que hay que tomarse las cosas en serio, claro que sí, au a riesgo de que se te hinche la carotica dichosa, la meninge o el trifàsico

Hablando de cosas serias, pocas cosas hay más serias que el aplauso. Otra vez dedicado a quienes me aportan todas estas cosas, en especial, de nuevo, a Patricia y su libreta. Que echarse unas risas de vez en cuando, no tiene precio

Clientes: ¿siempre tienen razón?


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Ningún negocio podría funcionar sin clientela. Tampoco el negocio del
espectáculo, sin duda, que tiene su sentido en el público que acude a comprar su
entrada y aplaude –o abuchea- la función. Sin público, no siquiera El mayor
espectáculo del mundo funciona. Pero, aunque hay un dicho según el cual El cliente
siempre tiene razón, a veces es difícil aplicarlo a pìes juntillas. Por eso, hay quien
acaba el dicho añadiendo que, si no es así, hay que estar a lo primeramente
enunciado, esto es, que tiene razón.
En nuestro teatro, es el justiciable quien con carácter general constituye esa
clientela que nos da sentido. Pero hoy vamos a dar un pasito más y profundizar en
una visión de los clientes que solo pueden tener algunos intérpretes, las Letradas y
Letrados. A una de ellas, Patricia, abogada y buena amiga, debo esta recopilación de
respuestas y frases que ponen muy en duda eso de que el cliente tenga siempre razón.
Empezaremos esta antología tomando fuerzas con algo que valga la pena.
Para comer, un picoslabis o hasta un psicoslabis, una mezcla ente merienda y
psicología que no sé yo qué resultados puede arrojar si se toma una cantidad
indigente de comida. Aunque siempre mejor si va acompañado de un buen vino que,
como todo el mundo sabe, es un vino de domiciliación bancaria. Olvídense los
señores que se encargan de las denominaciones de origen, que se ha acabado su
monopolio. Ahora los vinos van al banco, igual que las mamotrecas -¿una extraña
mezcla entre mamotreto e hipoteca?- Que ya se sabe que igual valen para un roto
que para un cosío, como dijo de si mismo un cliente de mi amiga, no sé si
refiriéndose a un remiendo o a un tomo de la enciclopedia de los toros. Temo que me
quedaré con las ganas de saberlo
Y es que no solo de Derecho vive el jurista, aunque las mejores aportaciones
vienen del campo jurídico por parte de quienes no están demasiado acostumbrados a
moverse en él. Así, una abogada se quedó de piedra pómez al oír a su cliente
explicar que no le habían restringido el contrato. No supo si se refería a que no se lo
habían rescindido, pero todavía lo supo menos al decirle que no había reanudado el
trato restringido, según le explicó su cuñado. Un crac, como cualquier cuñado que se
precie.
Pero ahí no acaba todo, que mi amiga abogada se quedó superfacta cuando le
dijeron que, o le arreglaba lo de la célula de habitación –mucho más que de
habitabilidad, dónde va a parar- o le ponía una denuncia por rectificadora.
Acabáramos. Y eso sí, como debe de ser, le pedía que le pasara luego la diminuta
que, por supuesto, habrá de ser ajustada a ese libro que tienen los abogados con el
barómetro de lo que cobran, según los remedios económicos que tenga cada cual. Y
ojo con no llevarse el dinero a las islas Catamarán, que todo se acaba sabiendo y
pude acabar metido en San Tintín.
En cualquier caso, hay clientes muy sabihondos que quieren examinar hasta el
encabezonamiento del escrito, ese que lo manda pal Juzgado. De ahí se manda a
reparto al Desacato de los Juzgados, y el juez que toque se estudia el asunto hasta

que lo deja listo para sentencia. Y, si no sale bien la cosa, pues a repelar la
sentencia y Sanseacabó, que más vale prevenir que jurar y es público y notorio que
del derecho al hecho hay un estrecho. Tanto, que algunos e encuentran entre la pata
y la pared.
Así que, dicho y no hecho. Acudamos a un profesional del Derecho cuando
corresponda, que para eso han estudiado, y dejémonos de cuñadismos, todógos,
sabihondos y marisabidillas, que sus lubrucaciones no llevan a ningún sitio. Y, si nos
queda lejos, tomemos nuestro vehículo de motor y, después de varias redondas, nos
involucramos en la autopista, sin olvidar usar el elevaduras eléctrico, no vayamos a
asfixiarnos.
Ahí lo dejo por hoy, prometiendo, eso sí, una segunda parte si el aplauso es
suficientemente fuerte. Yo, por mi parte, se lo dedico a Patricia, mi amiga abogada, y a
todas mis amigas y amigos que ejercen la profesión y tienen que bregar día a día con
clientes de todas clases y variedades. Un mérito enorme el suyo.

Sufrimiento:  togas con cicatrices


 

 

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 El sufrimiento es un de los sentimientos más humanos que existen. Y además,de los que más metraje de filmes y de páginas en la literatura han ocasionado. Tanto, que hay géneros que se centran en él: la tragedia griega, el drama, el melodrama y similares, incluso en mezclas con el humor en la tragicomedia. ¿Quién no ha oído hablar de esos folletines de la radio cuyas protagonistas, como Lucecita, no hacían otra cosa más que sufrir? ¿O los culebrones, con títulos tan expresivos como Los ricos también lloran? ¿O aquella serie ya mítica, donde se sufría tanto que el gracejo popular sustituyó su nombre original de La casa de la Pradera por el de La casa de la plorera –”plorar” es llorar en valenciano- Por supuesto,dar un lista de películas en que se sufre sería  La historia interminable, pero no puedo dejar de nombrar alguna de las que más me hicieron padecer, como Campeón, La lista de Schindler, El paciente inglés o West Side Story, a pesar de sus cánticos y bailes fabulosos.

En nuestro teatro el sufrimiento está a la orden del día. Como quiera que en cualquiera de nuestras jurisdicciones no hacemos otra cosa que gestionar el fracaso –nadie va al juzgado si todo va bien- nuestro escenario está cuajado de grandes y pequeños dramas. Que, por supuesto, pueden  contraponerse a grandes alegrías, cuando nuestra pretensión acaba de un modo exitoso, o quien es nuestro contrario no se sale con la suya. Como en muchos otros ámbitos, la alegría de unos es el sufrimiento de otros y viceversa.

El sufrimiento,  como dicen de la risa, va por barrios también en Toguilandia. Pero nadie se libra de él. De  un lado, los y las profesionales, que sufrimos con y por nuestros representados, patrocinados o defendidos y justiciable en general. De otra, demandados y demandantes, víctimas e investigados, testigos o público. Quien esté libre de las lágrimas que arroje el primer pañuelo.

En cualquier caso, lo que no podemos olvidar nunca es que quien tiene la medalla, el récord absoluto del sufrimiento en Toguilandia son siempre las víctimas y más todavía cuando se trata de algunos delitos especialmente dolorosos. Vaya por delante que me refiero al concepto de víctima en sentido amplio, englobando en él a quienes padecieron en sus carnes o en sus derechos el delito y a quienes son perjudicados por ello, como huérfanos de las personas asesinadas o sus seres queridos. También podríamos incluir en esta categoría a quienes, sin llegar a ser víctimas de un delito, lo son de un acto no delictivo, pero igualmente doloroso o deleznable. Me acuerdo especialmente de una señora que demandó haber sido víctima de esa despreciable maniobra depredatoria que se hizo con las acciones preferentes, y que lo vivió con tal presión que no llegó a conocer su victoria ante los tribunales: murió de un infarto fulminante en las instalaciones del propio juzgado cuando fue llamada a declarar.

Algo que hay que dejar claro es que interponer una denuncia ya supone de por sí un sufrimiento, más aun si a quien se denuncia es a una persona a la que se conoce. Puede ser un socio traidor, un político corrupto o alguien tan cercano como el padre de tus hijos –también la madre, aunque en muchísima menor medida- Sin intención de desanimar a nadie, el camino que sigue a la denuncia no es precisamente un camino de rosas. Hay que pasar por un rosario de declaraciones y comparecencias –nuestro proceso penal está anclado en unos esquemas decimonónicos- que hacen que, cuando se está a punto de empezar a olvidar lo sucedido, se recuerde una y otra vez, como el dia de la marmota. Y todavía es peor cuando se cuestiona a la víctima, cuando se la somete a juicios paralelos, cuando le reduplican una vez y otra el sufrimiento en eso que se ha dado en llamar victimización secundaria y que yo bautizaría como eternización del sufrimiento. Lo explicaba muy bien  la vícitma de La Manada, una vez recaída sentencia firme. Y, recordemos, denunciar no es un paseo en barca, y no se hace por gusto. Algo que deberían comprobar quienes hablan alegremente de denuncias falsas sin conocer de la misa la media, más allá de lo que les han contado los cuñados de turno.

Por cierto, en estos días en que se ha vuelto a poner de moda el horrendo crimen que nos marcó a muchas personas, el de las niñas de Alcásser, me permitiré recordar a los sres y Sras periodistas y especialmente a los responsables de las cadenas de televisión que la insistencia en los detalles escabrosos
y la patrimonialización del morbo no hace sino reduplicar el sufrimiento de las víctimas, en este caso, de las familias de estas pobres criaturas que ya han tenido suficiente.

También me quiero referir, aunque sea un poquito, al sufrimiento de quienes ejercemos como profesionales en Toguilandia. Aunque no lo crean, aunque disimulemos, aunque pongamos cara de póker o nos disfracemos con una máscara de impasibilidad, sufrimos. Y mucho, a veces. Yo confieso que me llevo a más de una víctima pegada a mi piel y que alguna me visita en sueños, incluso después de pasados varios años. Algo que hay que contar para quien frivoliza sobre nuestra profesión.

Y, como me temo que me he puesto demasiado intensa, acabaré haciendo referencia a otros pequeños sufrimientos que amargan nuestra existencia del día a día. Esos señalamientos que coinciden el mismo día y a los que es imposible llegar a tiempo, esa ruedita que parece de pasapalabra y no nos deja enviar el documento, ese calor que achicharra nuestros toguitaconados cuerpos o ese frío que amenaza con congelarnos.¿ A que después de lo que he recordado, nos hace sufrir menos?. Pues eso, que no hay mal que por bien no venga.

Y como no quiero convertirme en una plañidera, me pongo ya en la cuestión del aplauso. Hoy destinado, sin duda alguna, a todas las personas que sufrieron o sufren en nuestro mundo, Ojala nunca tuviéramos que hablar de las que sufrirán.

Ovación extra esta vez la que dedico a mi hija Lucía, autora de la ilustración que acompaña este estreno

Delitos de odio: cuando odiar es delito


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Por desgracia, el odio es un sentimiento tan antiguo como el mundo, desde que Caín matara a su propio hermano, allá en los tiempos de Adán, Eva y la dichosa serpiente que vino a fastidiarlo todo. Y el odio, cuando se manifiesta en delitos cometidos contra un grupo de personas por el solo hecho de su pertenencia a ese grupo –sea por razón de raza, religión, opinión, género u otra circunstancia personal o social- se convierte en lo que se bautizó como crímenes de odio de los que la historia nos deja demasiadas muestras, reflejadas desde siempre por el cine, el teatro o la literatura. Cuando hablamos de delitos de odio, los primeros que acuden a nuestra cabeza son los del nazismo, reflejados en tantas y tantas peliculas y series como La lista de Schlinder, Holocausto, La decisión de Sophie, Vencedores y vencidos y muchas más. Pero hay muchos más ejemplos, claro está. No olvidemos a Mandela y su lucha contra el apartheid, el racismo de Arde Mississippi  o la sempiterna discriminación contra las mujeres que dio lugar a episodios como el de Las  brujas de Salem.

  En nuestro teatro, como ya tuve oportunidad de contar en algún otro estreno íntimamente relacionado con el teatro el odio tiene su propio espacio en el Código Penal, fundamentalmente el delito de odio y la agravante de discriminación por motivos de odio, y también su ubicación especifica en el organigrama de cada fiscalía, reflejado en la sección de tutela penal de la igualdad y contra la discriminación que, por más nombre rimbombante que tenga, todo el mundo conoce por delitos de odio. Y cuidado, que no se deslice alguna errata como ocurrió hace poco en un rotativo con mi reciente nombramiento y lo llamen delito de ocio –ya me vale- o, según otro, de oído.

Pero bromas aparte y aprovechando la circunstancia de que el 22 de julio conmemoramos el Día Europeo en recuerdo de las víctimas de delitos de odio –en recuerdo de las 77 víctimas de la matanza de Utoya y Oslo, en 2011- he creído adecuado dedicarle un estreno. Sobre todo, porque se lo debía, desde que he tenido el privilegio de ser designada fiscal delegada para estos delitos en mi  fiscalía, como conté en su día  Eso sí, aprovecho para insistir, que la ocasión la pintan calva, que no he dejado la violencia de género.

Mi primer contacto con este tipo de delitos, más allá de lo que había visto en películas, sucedió nada más llegar a Toguilandia. Prácticamente a la vez que tomaba posesión en Castellón, mi primer destino, en abril de 1993,  tenía lugar en esa provincia un suceso escalofriante que ha constituido una de las manifestaciones más  importantes del crimen de odio: el asesinato del joven Guillem Agulló, un activista que fue asesinado por razón de su ideología política por varios neonazis. Como no me voy a colgar medallas que no me correspondan, aclararé que yo nunca llevé ese asunto –me hubiera dado un parraque, con apenas unos días como fiscal- sino que lo hizo de un modo exquisito el compañero que en la actualidad ostenta la Jefatura de la Fiscalía Provincial de Castellón, y al que aprovecho para enviar un cariñoso saludo, que sé que no solo es seguidor de este blog sino aportador de jugosas anécdotas en más de una ocasión.

La realidad de aquel asesinato me llevó de la teoría de libros y apuntes a la cruda realidad en un nanosegundo. Cuando una lleva mucho tiempo encerrada estudiando, pierde en cierto modo el contacto con la realidad hasta el punto de no ver los delitos sino preceptos que había que memorizar. Y de pronto, la realidad te pega una bofetada que te vuelve la cara del revés. Y te demuestra que todo aquello que estudiabas, todas aquellas cosa de las que hablaban las declaraciones internacionales existían a nuestro lado. No eran los juicios de Nuremberg, era el aquí y ahora.

    Como si de una premonición se tratara, abandoné aquel destino el mismo mes y año en que recaía sentencia. Una sentencia demoledora contra los asesinos que hoy, muchos años más tarde, ya han cumplido la pena. Sin dejar mi implicación personal, mi primer juicio en cuanto asumí el negociado de los delitos de odio, consistía en los gritos y amenazas consistentes en decir a los amenazados “acabaréis como Guillem”. Confieso que al leerlo, se me pusieron los pelos como escarpias. Y, aunque no sea supersticiosa, al final iba a ser una señal.

Y si de señales hablamos, ahí va otra. Mi primera colaboración en El Mundo fue una Tribuna dedicada, precisamente, al juicio de la operación Panzer, un tema también relacionado con neonazis y su barbarie, que acabó en una absolución por una cuestión de forma, ya hace también bastante tiempo.

Así que, de este modo tan personal, vaya desde aquí mi homenaje para todas las víctimas de delitos de odio. Y con ello no me refiero solo a quienes fueron asesinadas, como ese joven Guillem Agulló que representa todo el peligro de estos actos, sino a las personas que, cada día, se enfrentan a discriminaciones, desprecios y humillaciones solo por ser como son, por pensar como piensan, por rezar a quien rezan o por querer a quien quieren

A todas estas personas va dedicado el aplauso de hoy, sin olvidar una ovación extra para quienes cada día luchan para que estas cosas no vuelvan a suceder.

Y, cómo no, un guiño para el joven artista a  quien le debo la ilustración, una de las que debían ir en aquella exposición del instituto que nunca se hizo

Un lustro: cómo pasa el tiempo….


 

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  El éxito de cualquier espectáculo se mide, además de con las críticas, con la cantidad de personas que lo ven. El capítulo 100, 200, 500 o 1000 de una serie de televisión, las 1000 representaciones de una obra de teatro, el récord de taquilla en el cine o de audiencia en la televisión. Y aquí no íbamos a ser menos, con estos cinco añitos ya cumplidos. Un número bonito que, además de la rima fácil, es el referente de las lecturas juveniles de toda una generación, Los cinco.

Parece que fue ayer cuando mi toga, mis tacones y yo empezábamos nuestra andadura, hablando de nuestro gran teatro de la justicia  para ir desgajando sus personajes, sus situaciones, sus risas y sus lágrimas, que de todo hay en botica.

Como ya he contado otras veces hace ahora cinco años que, tras ver lo bien que resultaba el símil con el teatro para explicar a los miembros del Jurado el funcionamiento de la administración de Justicia, decidí sacarle partido a la idea y hacerla volar. Recordaba todo esto cuando, hace apenas unos días, una letrada me decía que me seguía desde el primer día “cuando aún no la conocía nadie”, según me dijo. Le prometí que sus gafas, que me fascinaron desde que las vi porque tenían sendos zapatitos de tacón en las patillas, protagonizarían un estreno. Y lo cumpliré, que soy toguitaconada de palabra.

En este tiempo, casi sin darme cuenta, muchas cosas han cambiado, aunque otras, como los medios materiales y en especial informáticos, siguen como si tal cosa. E, igual que me he ido acostumbrando a sobrevivir a estos, también me he ido acostumbrando a otra cosa que al principio me dejaba de pasta de boniato, con empanadilla incluida sin necesidad de ir a Móstoles. No es otra cosa que el hecho de que haya gente que me reconozca cuando hago juicios, guardias y hasta cuando estoy en la calle y me diga eso de “perdona, tú eres la de los tacones, ¿verdad?”. Mentiría si dijera que no me encanta, teniendo además en cuenta que eso me pasa de vez en cuando, que de momento no hay hordas de fans toguitaconados coreando mi nombre y haciendo cola por verme. Que no digo yo que todo se andará, pero, de momento, no hay problema.

Muchas veces me pregunto por qué este blog mío, al que yo tengo tanto cariño, gusta a tantas personas. La verdad es que yo ya estaba muy contenta con que le gustara a mi madre, que a sus 95 años no se pierde un post, pero la cosa va más allá, incluso fue nominado al mejor blog en los premios 20 blogs -y confieso que este año dé un pasito más y no se quede solo en la nominación, pero guardadme el secreto-.

Esta criatura que hoy cumple 5 años me ha traído regalos maravillosos. Entre ellos, por citar algunos, destacaré las  desvirtualizaciones de personas estupendas, que me enseñan sus ciudades, me acompañan a presentar mis libros y me tratan a cuerpo de reina. Y también, cómo no, la relación con mi ilustradora de cabecera madebycarol, que cada día se consolida más tanto en lo profesional como en lo personal. Además de dar vida y luz a varios de mis post, se ha convertido en la ilustradora de dos de mis criaturas, Balanza de Género y Caratrista , la más reciente.

Por supuesto, no puedo dejar de citar a mis compinches. Ellos y ellas ya saben muy bien a quiénes me refiero. Sin su constante apoyo, lectura, comentarios, retuits y compañía tanto los tacones y la toga como yo misma algún día nos hubiéramos venido abajo. Pero nunca me lo han consentido, y ya me tienen advertida que pobre de mí como lo haga. Tranquis, ahí seguiremos cada martes y cada viernes, tratando de que este mundo de la justicia sea menos lejano y antipático a la gente.

Quizás por eso, los post dedicados a anécdotas y frases varias son de los más visitados. Es obvio que a la gente le gusta reír, y conseguir provocar esas risas es un verdadero lujo al que no renunciaría por nada en el mundo.

Algo que quizás me sorprenda más, aunque ya me voy acostumbrando, es al éxito de algunos post que explican conceptos técnicos. Este año el dedicado a la multa tuvo una repercusión espectacular, sin ir más lejos.

También es muy hermoso que cuando saco a pasear mi sensibilidad y me descuelgo con un relato, la cosa reciba respuesta. En el último año ha habido uno de mis cuentos entre el record de visitas absoluto, no me esperes a cenar. Y vivir esto es cómo presenciar cómo un hijo despliega sus alas y empieza a volar solo.

Aunque lo más hermoso y a la vez más triste es saber cuál ha sido el post más leído en este último año.Lo dedicaba a una cifra, el 1000, esos tres dígitos que ya se han superado en el cómputo de mujeres asesinadas por violencia de género, desde 2003, que es desde  cuando existen estadísticas. Sentimientos encontrados: alegría por el seguimiento, tristeza por el hecho. Ojala llegue un día que pueda dedicar un estreno al fin de la violencia de género. Pero mientras tanto, ahí estaremos, pese a trols y mala sombras que angustian al Dr, Huesos , un personaje recién creado que ya goza de muchas simpatías. Pues bien, como el DR, Huesos, su bata y su fonendoscopio, mi toga,mis tacones y yo ahí seguiremos, inasequibles al desaliento.¿Nos acompañáis?

Y, por supuesto, no me iré sin aplauso. Y hoy estaba cantado. Dedicado, como no podía ser de otro modo, a todas las personas que, durante estos cinco años, se han asomado al escenario de Con Mi Toga y mis Tacones y han presenciado alguna de su funciones. O todas, que , como dice mi madre, cuanto más azúcar, más dulce. ¡¡5 millones de gracias!!

Y, como un regalo de cumpleaños, inicio hoy una serie con los realizados por alumnos y alumnas de un instituto de Valencia, destinados a una exposición en la que nunca los pusieron. La imagen de hoy fue la que hizo una de esas niñas solo para mí al enterarse de que iban a formar parte de mi pequeño teatro, con la inestimable colaboración de su profesora Alicia. Soy una toguitaconada muy suertuda, la verdad.

 

 

#historiasdeviajes


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PENÚLTIMO VIAJE

 

Nunca olvidaré aquel verano. Y no por el viaje que hice sino, precisamente, por el que no hice, por aquel que estuve esperando durante todo un año y nunca más llegó. Pocas veces una frase tuvo el poder de destrozar tantos sueños de un solo golpe. Y es que a los catorce años la vida es demasiado intensa, con esa mezcla de hormonas y neuronas en que las primeras suelen ganar a las segundas hasta anularlas en más de una ocasión.

-Tía Elvira, ¿cuándo vamos al pueblo?

-Ya no iremos más al pueblo. He vendido la casa.

No fui capaz de pronunciar mas palabras que insultos y exabruptos dirigidos a mi pobre tía Elvira. Comencé a odiarla como pensaba que nunca sería capaz de odiar a nadie. En mi egoísmo de adolescente, olvidé todos los desvelos que aquella mujer me había dedicado desde que mis padres murieron en un accidente de tráfico cuando yo todavía usaba pañales.

Cada verano mi tía Elvira y yo cruzábamos medio país para llegar al pueblo que había visto nacer a ella y a mi madre, su querida hermana pequeña. Me encantaba su casona sobria, sus gruesos muros y las calles empinadas, pero, sobre todo, adoraba su libertad de puertas abiertas y salidas y entradas sin límites de tiempo ni espacio, esa libertad era impensable para una niña de ciudad como yo. En el pueblo me había enamorado por primera vez –o eso creía-, había recibido mi primer beso y ahí era donde esperaba ir más allá en mi recién despertada sexualidad. Pero la decisión de mi tía lo había frustrado todo. Y la odiaba por eso.

Ni por un momento se me ocurrió pensar en lo duro que habría sido para ella desprenderse del último nexo de unión con su familia, con su querida hermana perdida, con sus raíces. No me pregunté por qué lo haría ni le pregunté cómo estaba ella. No pensaba en nada más que en mí misma, mis planes frustrados y mis esperanzas rotas. Ni siquiera pesaba que la abnegada tía Elvira tuviera planes o esperanzas susceptibles de romperse. No hice otra cosa que reprocharle haberme destrozado a vida, como si el verano en aquel caserón fuera lo más importante del mundo.

Recordaba aquel momento como si fuera ahora, como si no hubieran pasado otros catorce años desde aquel día de verano en que acababa de cumplir catorce años. Por primera vez desde entonces, había vuelto al pueblo. Estaba a punto de llegar a los gruesos muros de aquel caserón con el que seguí soñando muchos años después. No era tan imponente como recordaba y no había aguantado bien el paso del tiempo. Crecía por sus muros la hiedra sin orden ni concierto, confiriéndole cierto carácter fantasmagórico.

Había conducido durante todo el día y estaba demasiado cansada para dar un paseo, así que decidí ir a la fonda que, por suerte, todavía estaba donde la recordaba, aunque reconvertida en un pequeño hotel de bajo coste.

Me pareció reconocer un rostro de m infancia en la recepcionista y su modo de frotarse los ojos tras los cristales de sus gruesas gafas confirmaron mi impresión. Antoñita, la hija del panadero, me miraba con los mismos ojos de catorce años antes. Ya no llevaba trenzas, ni vestido de nido de abeja, pero era inconfundible. Nos fundimos en un gran abrazo y, en apenas unos minutos, conversábamos como si no hubiera pasado el tiempo.

Por ella conocía por fin la razón por a que mi tía Elvira me arrancó de cuajo de mis raíces y de las suyas y dejó el caserón para siempre. Ella me contó la historia que circulaba por el pueblo desde hacía años, y que todo el mundo menos yo conocía. Mi tía Elvira sufrió una de las cosas más terribles que había oído. Cuatro mozos la cogieron el día de la verbena y la violaron hasta que la dejaron como un juguete roto. Reconoció a los dos hijos del farmacéutico y así se lo dijo a sus padres, que fueron a pedirles cuentas, pero no quisieron denunciar. La niña ya tenía bastante con la vergüenza que iba a pasar en el pueblo como para hacerla pública ante más gente. A cambio de no denunciar, los padres de los muchachos prometieron llevarlos fuera del pueblo y no regresar nunca. De los otros dos, nunca más se supo.

La pobre Elvira llevó desde entonces una vida monacal, por mandato de su madre. Se sentía tan avergonzada como si toda la culpa fuera de ella. Así siguió durante muchos años hasta que la temprana muerte de su hermana le hizo mudarse a otra ciudad para cuidarme y dejar el caserón solo para las vacaciones. Mientras tanto, el farmacéutico cumplió su promesa y no volvió a ver a aquellos monstruos.

Pero, justo el verano en que yo cumplía catorce años, cuando la tía Elvira había adelantado su viaje para que la casa estuviera lista, unos de los chicos que poblaban sus pesadillas se plantó ante ella. Su padre había muerto y ya no se sentía atado por ninguna promesa. Tenía muchos más quilos y mucho menos pelo, pero sus ojos inyectados en sangre seguían idénticos a los de aquella noche.  Antoñita, que pasaba por allí, oyó lo que decía

-Vaya, Elvirita. Ya sé que tienes una sobrina tan guapa como tú. Ha sido verla, y regresar a aquella noche de verbena. Lo que daría por repetirla…

No pude seguir escuchando.  Dejé a Antonia con la palabra en la boca y me fui a mi habitación. No deshice la maleta.

Al día siguiente, subí en mi coche y emprendí el camino de regreso. Antes, saqué del maletero la urna que llevaba y la deposité en el asiento del copiloto

– Tranquila, tía Elvira, aquí no te quedas.

Sororidad: aquí está mi mano


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Hay sentimientos y actitudes que trascienden a todos los ámbitos y a todas las épocas, aunque no a todas las personas. La eterna contraposición entre solidaridad e individualismo es más patente que nunca en el mundo del espectáculo, donde nos tropezamos, por un lado, con egos de proporciones estratosféricas y, de otra, con iniciativas solidarias del mismo o mayor tamaño. Pero una cosa es la solidaridad  y otra la sororidad, aunque suenen parecido y puedan ser primas hermanas. Pero ese sentimiento de unión entre mujeres que es la sororidad es tan grande, tan fuerte y tan importante que ha dado lugar a películas de culto aun antes de haber acuñado e término, como las inolvidables Tomates verdes fritos o Thelma y Louise.

  En nuestro teatro, como en cualquier otro campo, puede existir o no pero, aunque no sea demasiado nombrada entre profesionales, la sororidad existe. Sobre todo, cuando nos hallamos ante determinados delitos, que se cometen contra mujeres por el hecho de serlo y que, por desgracia , vemos todos los días.

La sororidad consiste, como ya dije en su día en otro espacio en una «relación de solidaridad entre las mujeres, especialmente en la lucha por su empoderamiento. Una definición acertada pero demasiado fría para lo que implica.

Sororidad viene del latín «soror», que significa hermana, como el título que se da a algunas monjas. Pero nada tiene que ver con la religión y poco con la familia entendida en el sentido tradicional. Mucha relación guarda, sin embargo, con la fraternidad, en el sentido de tejer redes de solidaridad y apoyo, según yo lo entendí desde que leí por vez primera a Marcela Lagarde.

Pero no me voy a poner pesada con definiciones e ideas filosóficas y voy a tratar de ser práctica. Y, sobre todo, a contar a qué santo viene ahora dedicar este estreno a un término que, por suerte, ya va siendo no solo conocido sino aplicado. Un ejemplo sería el famosos “yo si te creo, hermana” con el que salieron las mujeres a apoyar a la victima de la Manada hoy condenada. Aunque he de matizar que en este caso si bien la expresión era muy sorora, sin duda,  lo cierto es que el tribunal –salvo el voto discordante, del que no opinaré- creyó a la víctima y se reprodujo lo que ella contó en los hechos probados de la sentencia. Lo que difería no era tanto el creerla o no  sino a interpretación jurídica de tales hechos. Hoy el Tribunal Supremo ya ha zanjado la cuestión al entender que, como defendía acusación y Ministerio fiscal, había violación. Asunto zanjado…o al menos zanjado en el primer asalto, que nunca se sabe.

Un caso paradigmático de sororidad sería el movimiento que se dio en redes sociales y otros ámbitos que instaba a las mujeres a contar lo que durante mucho tiempo habían callado porque ahora se había tejido esa red que no las dejaría caer aunque se lanzaran al vacío en un triple salto mortal. Se trataba, obviamente, del ·MeToo y sus distintas versiones, que ha logrado que muchas mujeres salieran del armario del silencio, la incomprensión y el sufrimiento. Casi nada

En este línea traigo hoy una propuesta que me ha llegado desde los lápices  el corazón de mi querida amiga e ilustradora, @madebycarol, cuya imagen dice mucho más que mil palabras, como decía el refrán. Se trata de algo tan simple como ofrecer la mano, hacer un público anuncio de que tenemos las manos tendidas para toda aquella que lo necesite por sentirse amenazada, intimidada, humillada o de cualquier modo en peligro. Sin necesidad de probar nada, que ahora no se trata de un juzgado y el miedo es libre. Aquí está mi mano. Tómala en cuanto la necesites.

No podemos perder de vista que, mientras nadie se plantee cambiarlo, la denuncia  es requisito de procedibilidad en los delitos contra la libertad sexual, y también en otros como las amenazas leves fuera del ámbito de la pareja o el acoso y vejaciones injustas. ¿Qué significa eso? Pues nada menos que el hecho de que podrían estar violando a una mujer delante de nuestras narices y si ella no denunciara, no habría nada que hacer y el autor podría irse tranquilamente en busca e su siguiente víctima, que podría ser cualquiera. Por ello, que la persona que sufre un ataque de este tipo se sienta apoyada es esencial no solo para ella sino para también muchísimas otras mujeres, víctimas potenciales de ese delincuente que se sale de rositas.

Pero no solo eso. Pienso en cualquier niña, cualquier adolescente o cualquier mujer que se ve perseguida. En todas esas veces en que nos hemos visto obligadas a apretar el paso, a meternos en un portal o en cualquier establecimiento para protegernos,  en que agarramos las llaves en la mano,  cruzamos de acera o cambiamos la ruta para esquivar a alguien. En todos esos casos, y en todos los que podamos imaginar, hemos de estar ahí con la mano tendida, con el corazón abierto y la sororidad preparada para desplegarse con toda su fuerza protectora.

Es sencillo, y a la vez es muy grande. Y sus efectos pueden ser enormes. Así que yo no dudo en tener mi mano preparada para que la coja esa mujer que la necesita. Y hoy, el aplauso es para quienes decidan también estar ahí. ¿Eres tú una de ellas? Espero que sí. No por mí, sino  #PorEllas

Prescripción: pasa la vida


 

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El paso del tiempo es esencial en nuestras vidas y, por ello, uno de los temas siempre presentes en escenarios y pantallas. Sean Las Horas, los días –Días de vino y rosas-, las semanas –9 semanas y media-, las estaciones del año –Un verano en la Toscana-, los meses –9 meses-, o los años –el año de las luces-, la medida del tiempo siempre está presente, invitándonos a Volver. Y por supuesto, el transcurso del tiempo siempre tiene sus efectos en cuál sea el final de la obra.

    En nuestro teatro, el tiempo es muy importante. Yo diría que crucial. Los plazos, que ya tuvieron su propio estreno, marcan nuestro quehacer y nuestros ataques de nervios de cada día. Tanto, que no estamos al borde del ataque, como las Mujeres de Almodóvar, sino más de una vez sumidas totalmente en él.

Pero hoy no voy a hablar de plazos o no, al menos de los plazos procesales, sino del efecto que en Derecho supone el transcurso del tiempo. Lo que conocemos como prescripción y que, por cierto, nada tiene que ver con los medicamentos que prescriben los galenos aunque, si se nos caen todos sus efectos encima, bien que podríamos necesitar de algunos de esos medicamentos prescritos a granel

  La prescripción es de diversos tipos. Pero, sin ánimo de exhaustividad, diferenciaré entre la civil y la penal. Que no se diga que soy de las que solo vive del delito.

La prescripción, en Derecho civil, puede ser adquisitiva y extintiva. Quiere esto decir que el transcurso del tiempo tanto puede hacer adquirir derechos como hacer desaparecer obligaciones. Ahí es nada. Pero pongamos algún ejemplo, que siempre viene bien.

La prescripción extintiva es la que hace que ya no se puedan reclamar algunas deudas, porque ha pasado el tiempo y no nos hemos espabilado para reclamarlas. Porque eso que dice el refrán de que el que paga descansa pero el que cobra más no siempre se hace efectivo en el mundo del Derecho. Dependerá de la obligación de que se trate que tenga un plazo más o menos largo de prescripción, pero ojo con la pasividad que nos puede costar cara. Aunque podemos paliar sus efectos interrumpiendo el cómputo haciendo una reclamación antes de que haya pasado el plazo marcado. Eso es, precisamente, lo que distingue la prescripción de la caducidad, que esta no admite interrupción. Como ocurre con la de los yogures, vaya, que una vez se han puesto malos, nada puede hacerse para arregarlos.

La prescripción adquisitiva es otra cosa. Lo primero, tiene un nombre más chulo, usucapión, que suena como muy contundente. La cuestión consiste en la adquisición de la propiedad -u otro derecho- de un bien solo por el transcurso del tiempo. O sea, algo así como Santa Rita,lo que se da no se quita Para determinar cuánto tiempo ha de transcurrir depende de si se trata de un bien mueble o inmueble, y también de si ha existido buena fe y justo título. Porque incluso con mala fe puede acabar quedándose alguien con lo que le birló a otro, si ha pasado el tiempo suficiente para ello. Parece ser que eso era lo que se alegó para conservar alguna cosilla que se llevó de la catedral de Santiago la esposa del anterior Jefe del Estado, el dictador Francisco Franco. Y en las manos de su familia ha quedado la escultura, nos guste o no. Y yo que, cuando estudiaba Derecho Civil, pensaba que estas cosas no pasaban en nuestros días, ya ves…

Sin embargo, el instituto de la prescripción es más conocido en Derecho Penal, y supone que el transcurso del tiempo, mayor cuanto más grave es el delito, hace desaparecer la responsabilidad si durante ese tiempo no se ha hecho nada. Recuerdo que, cuando estudiaba , nos decían que el fundamento era algo así como castigar la indolencia o la ineficacia del estado en encontrar al culpable y castigarlo. O premiar lo listo que había sido el delincuente,visto desde el otro lado. Un ejemplo conocido, aunque fuera de nuestro Derecho, fue el de un famoso robo que dio lugar a una película Asalto al tren del dinero. Después del plazo, los delincuentes ya no tienen porque temer volver a su país porque vayan a ser detenidos.

No obstante, y como toda regla tiene su excepción, aquí también la hay, y muy justificada. Algunos delitos gravísimos, como el genocidio o los de lesa humanidad, son imprescriptibles. Es decir, no hay tiempo que  blanquee su negrura. Por eso se han podido seguir persiguiendo, sin ir más lejos, los horrendos crímenes cometidos por los nazis, por más tiempo que haya transcurrido cuando se localiza a alguno de sus autores.

La prescripción en Derecho Penal puede ser del delito o de la pena. En el primer caso, se da porque no se encuentra a delincuente ni siquiera para juzgarlo, y en el segundo se le ha juzgado e impuesto pena pero no la ha cumplido. El plazo, por supuesto, difiere en uno u otro caso y según cual sea el delito.

Juntamente a ella, corre la prescripción de la responsabilidad civil derivada del delito, esto es, la cantidad que se ha de pagar para tratar de resarcir a la víctima. Por ejemplo, la obligación de devolver lo robado o de indemnizar los daños. Cuando yo estudiaba, era de 15 años siempre, con lo cual podrían darse casos de delito no demasiado graves en que se había cumplido sentencia pero no pagado la indemnización, y ésta subsistía durante 15 años. Desde hace algún tiempo -reforma de 2015– se ha reducido a 5 años, con lo que se puede dar incluso el efecto contrario. Cosas de la vida. Y cuidadín cuidadín, que si alguien se larga del país tras haber robado una ingente cantidad sin haberla devuelto, aunque se le haya condenado a ello, podrá regresaren cinco años y pasear su fortuna sin ningún problema. Más cosas de la vida.

A este respecto, recuerdo que cuando preguntábamos si se daba alguna vez el caso de que el delincuente pagara o se le encontraran bienes más tarde porque le había sucedido aquello que llamaban “venir a mejor fortuna” en ese plazo de 15 años, siempre me ponían el mismo ejemplo: puede tocarle la lotería. Y pude ser, desde luego, pero yo nunca lo he visto.

Y hasta aquí este pequeño repaso al paso del tiempo. Faltaría referirme al del maldito artículo 324, el límite de la instrucción , del que ya he hablado, que se solapa a los de prescripción, pero prefiero no hacerme más mala sangre.

Así que hoy, el aplauso será, una vez más,, para los aplicadores del Derecho y el tiempo que emplean cada día en hacerlo. Porque perder el tiempo en hacer un buen trabajo no es sino ganarlo.