Justicia diminuta: gran justicia


                Hay un dicho según el cual las cosas buenas se conservan en frascos pequeños, al que alguien –normalmente de elevada estatura o envergadura considerable- contesta que el veneno también. Ciertas ambas cosas, no podemos obviar el encanto del minimalismo, de las cosas pequeñas, que dan su juego en el cine. Hasta el punto que Carlño, he encogido a los niños fue un gran éxito de taquilla, como lo son cada vez que aparecen en escena seres tan chiquitos como Los Pitufos, Los diminutos, Pulgarcito o Garbancito.. Y es que Las pequeñas cosas es lo que tienen, Pequeños detalles, La alegría de las pequeñas cosas o mi preferida, Pequeña Miss Sunshine.

                En nuestro teatro las pequeñas cosas a veces dan grandes alegrías, aunque no siempre somos capaces de darnos cuenta  Sobre todo, no es fácil percatarse e la importancia que algunas cosas tienen para el justiciable simplemente porque nuestra escala de valores es diferente y también, porque no hacemos ese ejercicio de empatía necesario que es ponerse en la piel de otras personas.

                ¿Cuántas veces habremos oído esas frases que tanta rabia dan, que tal cosa es injusta o que no hay derecho a tal otra? Son expresiones que solemos utilizar en la vehemencia de la adolescencia, donde todo es urgente y nuestro mundo se reduce, salvo honrosas excepciones, a conjugar el yo mi me conmigo. El problema es que hay gente que no supera la adolescencia aunque su cuerpo siga sumando años, Y hasta trienios, que en todas partes cuecen habas.

                La versión reeditada de esa frase es el famoso “Qué hay de lo mío” que todo el mundo escucha con frecuencia en Toguilandia. Recuerdo que cuando, por primera vez hice una de aquellas visitas obligatorias de fiscal a presos preventivos, mis compañeros más veteranos me dijeron que aquello se reducía a escuchar la pregunta de marras, ¿Qué hay de lo mío? Una vez y otra. Lo que aprendí con la práctica, y bien rápido, por cierto, es que lo suyo podían ser muchas cosas. Desde la obvia de cuándo va a salir de allí o cuándo iría a verle su abogado a otras más pedestres pero que tenían su importancia o no, según se mire Recuerdo un interno bastante conflictivo que se empeñaba en que “le cambiaran de forense” porque el que iba llevaba gafas de sol y a él le gustaba verle los ojos. Claro ejemplo de cosa pequeña sin importancia, sobre todo si una comprobaba que el forense en cuestión nunca informaba lo que él pretendía, esto es, que no podía estar encerrado porque decía que tenía claustrofobia. Cosas que pasan.

                Pero había otras cosas que podían parecer pequeñas y no lo eran para ellos o ella. Saber si habían enviado una carta o había llegado un paquete podía ser esencial para un persona en prisión, sobre todo si era extranjera Todavía me acuerdo de una mujer, encarcelada por haber hecho de “mula” en el tráfico de drogas, que esperaba con ansia la llegada de un envío del álbum de fotos de la fiesta de quinceañera de su hija. Ni que decir tiene que en aquella época no había móviles que fotografiaran, por mucho que cueste imaginarlo ahora.

                Aunque las cosas también son pequeñas o no dependiendo de cómo se cuenten. Hace un tiempo se hizo viral la noticia de que una mujer había sido encarcelada por robar unos pañales en un supermercado. La verdad es que dicho así, impresionaba pensar en una pobre mujer haciéndose de ese modo con pañales ara su bebé porque no podía pagarlos. Si luego una analizaba las cosas, resulta que los pañales no eran sino una de las muchas cosas, y, sin duda, la más económica, de las, que se había llevado aquella amiga de lo ajeno, y no eran precisamente de primera necesidad. Además, si mal no recuerdo, el hecho de que fuera a prisión tenía mucho que ver con que aquello no era su primera condena y la existencia de antecedentes penales impedía la remisión de la pena. Una pena, por cierto, que la prensa contara aquella pequeñez de los pañales en lugar de explicar las cosas como eran.

                También recuerdo en aquella misma época en un programa de televisión de esos que gustan de poner a la justicia como un trapo, que acudió una señora indignada por el encarcelamiento de su hijo. Total, decía, había robado los neumáticos de un coche. Lo que no explicó la buena señora, y que yo sabía porque hice la calificación en su día, es que su angelito había puesto una navaja en el cuello del dueño del coche, un taxista, le había afanado la recaudación y se había llevado el coche un par de días y lo había dejado en un descampado en estado más que lamentable incluida la falta de los cuatro neumáticos. Así que, de nuevo, las ruedas eran una gota en el océano del delito.

                Como decía, hay cosas que parecen no tener importancia, pero tienen mucha para quienes la sufren. Y forma parte de nuestro trabajo apreciarlo y valorarlo en la medida adecuada, lo que no siempre es fácil. Me acuerdo más de una vez de uno de los antiguos juicios de faltas en que los hechos consistían en la acción de un vecino furibundo con la comisión fallera de bajo de su casa que, con la debida autorización, estaba celebrando un espectáculo de play backs. El vecino arrojó un par de cubos de agua con la suerte o la desgracia, según se mire, de que no solo pusieron perdida a la esforzada cantante amateur, sino que bañaron el equipo de música, que dejó de funcionar. Los daños no fueron muchos porque el equipo no era gran cosa y además tuvo un arreglo no demasiado caro, pero el daño fue mucho más que eso. Se quedaron sin posibilidad de celebrar nada con música durante esos cuatro días de las Fallas. Algo que ahora, después de que la pandemia nos las haya robado, apreciamos todavía más. Confieso que me costó explicarle por qué pedía perjuicios a la juez,, que era de Albacete, por cierto. Pero me entendió y, sobre todo entendió a aquella gente para la que los daños eran mucho más que daños.

                Y relacionado con las fallas, aunque podría ser con cualquier fiesta, hay otro ejemplo muy evidente. Un coche se estampaba contra un monumento recién plantado, con todas las piezas allí pero sin montar aún porque aun no había sido la Noche de la Plantà -15 de marzo- La falla quedaba destrozada y, el día que era, sin posibilidades de reparación ni sustitución. El esfuerzo y el dinero de todo el año echado a perder. Así que la indemnización que tasara solo el importe del monumento no haría justicia. El daño infligido era mucho mayor, y así había que valorarlo. Porque esas pequeñas cosas valen más que una fría factura.

Ya vemos que de muestra vale un botón, tan pequeño como esas cosas de las que hablamos. Tan pequeño como esta mini fiscalita que mi madre, a sus flamantes 97, me ha hecho con todo su amor, y su pericia. Para ella el aplauso de hoy, que es de todo menos pequeño

Libertad: no tomemos su nombre en vano


         Como he sido una niña de la Transición, nacida en el franquismo con todo lo que ello suponía, siempre que oigo la palabra “libertad” canturreo rápidamente “libertad, libertad, sin ira, libertad”, una canción del grupo Jarcha del año 75, pegadiza y con aires folklóricos, que se convirtió en la banda sonora de una época. La libertad, entonces, era una palabra sacrosanta, y así ha ondeado en el título de varias películas. Grita libertad, Dulce libertad, Nacida libre o, sencillamente, Libertad. Una palabra que, además, era el nombre de la amiga diminuta de Mafalda, con todo lo que supone.

En nuestro teatro la libertad se escribe con letras mayúsculas. Es el derecho por antonomasia que, además, tiene diversas variantes según el apellido. Libertad de circulación, de reunión, libertad ambulatoria, libertad religiosa o de culto y, por supuesto, libertad de expresión, el santo y seña de cualquier democracia.

Los derechos fundamentales y las libertades públicas vienen recogidas en nuestra Constitución y son, además, objeto del mayor grado de protección, tanto por los tribunales ordinarios como por el Tribunal Constitucional a través del recurso de amparo.

La libertad es una palabra con múltiples facetas. Una de ellas es la que contrapone libertad a esclavitud, la privación de libertad más absoluta. La esclavitud existió en muchas sociedades y fueron muchas las personas que dieron su vida para abolirla en distintos puntos del mundo, aunque siempre se nos vengan a la cabeza las plantaciones del Sur de Estados Unidos y, por supuesto, la Guerra de Secesión, que acabó, por fortuna, con ella. No obstante, no olvidemos que todavía quedan situaciones de esclavitud en el mundo, tanto laboral como esa lacra terrible de la esclavitud sexual, tan relacionada con la trata de personas y la prostitución.

No obstante, cuando en Toguilandia se habla de libertad,  casi todo el mundo piensa en lo mismo, en esa libertad que es el antónimo de la prisión, sea como medida cautelar o sea como pena. Siempre que pienso en ello me acuerdo de un juicio donde, dilucidándose varios años de prisión por tráfico de drogas, en el momento álgido de la declaración, sonó el móvil de una de las personas que se sentaba entre el público. La sintonía no era ni más ni menos que la canción de Los Chichos cuyo estribillo, a ritmo de rumba, repite una y otra vez eso de “libre, libre quiero ser quiero se quiero ser libre”. Tuvimos que hacer un gran esfuerzo para aguantar la carcajada, pero lo conseguimos. Y no resultó premonitorio, desde luego. Los acusados se marcharon derechitos al mismo centro penitenciario del que habían venido conducidos, aunque la prisión pasó de ser provisional a estar más cerca de ser definitiva, a falta de recurso. No hubo suerte tampoco en segunda instancia para el fan del trío rumbero.

Lo que sí hay que aclarar una y otra vez es que en España no existe la libertad con cargos y sin cargos. Eso es una cosa del proceso americano y por eso la oímos en las películas, aunque a la prensa le encanta. La libertad es provisional o definitiva, condicional o no, con fianza o sin ella. Lo de los cargos es una carga lingüística con la que nos toca bregar siempre.

Por otro lado, las causas donde se juega la diferencia entre libertad y prisión son preferentes y de máxima urgencia, Tanto, que, desde la perspectiva de quienes habitamos Toguilandia, pueden convertirse en la peor pesadilla cuando aterrizan en nuestra mesa justo antes de irnos de vacaciones o, lo que es peor aún, cuando el compañero o compañera a quien le correspondía está de vacaciones porque toca apechugar con ella. Gajes del oficio. Tanto que más de una vez usamos el juego de palabras que la convierte de causa con preso en causa con prisa.

En estos tiempos que nos ha tocado vivir, la libertad ha sido una de las víctimas del covid. Permanecimos encerrados durante un tiempo, con restricción de la libertad ambulatoria, y hasta ahora se han seguido manteniendo en mayor o menor medida de restricciones parciales por razones de salud y bajo el paraguas del instrumento jurídico adecuado, el estado de alarma. Algo que estudiábamos durante a carrera y la oposición y nunca pensamos que fuéramos a vivir, y mucho menos durante un año. Y es que nunca me cansaré de repetir eso de que la realidad siempre supera la ficción, incluido en el ámbito del Derecho.

En cualquier caso, la libertad que no se regula en ningún sitio es la de tomar una cerveza. Oyendo y leyendo alguna de las cosas que se leen y oyen cualquiera pensaría que es el súmmum de la libertad. Pobres de nuestros antepasados que lucharon y hasta perdieron la vida por ella si vieran el uso tan frívolo de la palabra.

Ya solo queda el aplauso. Y hoy se lo daré, con mucho gusto, a quienes usan la palabra “libertad” en su justa medida, sin banalizarla y ensuciarla. Ha costado mucho lograrla para frivolizar con ella.

Imposibles: ni cifras ni letras


                Ya hemos hablado otras veces de los juegos de palabras, o las palabras como juego, que dan mucho juego, valga la redundancia para títulos y titulares. Parafrasear al usar frases como No me chilles que no te veo o Gary Cooper que estás en los cielos o cambiar resultados lógicos por otros ilógicos, como en la sintonía de Los Serrano, 1+ 1 son 7 son algunos ejemplos. También se tiraba mucho de este recurso en aquel cine español de Esteso y Pajares, que daba a la vuelta a refranes para titular con frases como Los extremeños se tocan o La Lola nos lleva al huerto. Se trata, en definitiva, de usar el equívoco para despertar la hilaridad. Que se consiga o no, es otra historia. Y no La historia interminable, precisamente.

                En nuestro teatro los equívocos existen, como en cualquier otro ámbito. Ya hablamos de ello en algún estreno, como hablamos también de esos titulares que reproducen algunos de nuestros asuntos de un modo tan sui generis que es imposible no reírse. Por supuesto, tampoco me olvido de las erratas y de esos casos en que una letra puede cambiar tanto las cosas.

                Pero este tipo de cosas son una fuente inagotable, y siempre acaban apareciendo más y más que sería una pena no compartir. Y a eso dedicaremos hoy nuestra función. Una función que, por cierto, no podría existir sin todas esas aportaciones de amigos y amigas que, desde redes sociales, me han alegrado el día. Ya saben mi máxima: a los tacones, vas. Y, claro, lo prometido es deuda.

                Empezaré por el extraño caso del juzgado más grande del mundo. Y es extraño porque, cuando todo el mundo andamos reclamando más medios y más espacio, en este debe sobrarles. Debe ser por eso que en el escrito de demanda el suplico se dirige “Al Juzgadon”. Me encantaría saber donde está ese juzgado gigantesco. Seguro que no tienen problemas de limitación de aforo

                Por supuesto, no es el único juzgado peculiar. Leía no hace mucho que alguien se refería al Juzgado de Tercera Instancia. Que no sé por dónde andará porque, como es bien sabido, en nuestro derecho solo hay dos instancias, la que da nombre a los juzgados de entrada, y la que resuelve los recursos. Me dan ganas de cantarle, como la sevillana, lo de “mirala cara a cara que es la tercera” mientras taconeo y uso mi toga a modo de bata de cola. A falta de volantes, buenos son sus pliegues.

                Y, por si nos faltaba algo, ahí están los titulares de prensa, tan relacionados con Toguilandia que a veces son tan de letras como quienes aquí trabajamos. Será por eso que las cuentas no les salen, y nos encontramos con titulares como este: “seis de cada cuatro canarios creen que el Gobierno autónomo dedica pocos recursos a la lucha contra la delincuencia”. Y. la verdad, lo que no sé es cómo el gobierno en cuestión no llama rápidamente a Iker Jiménez para que localice a los canarios perdidos en algún agujero negro de las cuentas de este periodista, porque salir, no salen.

                Como tampoco salen las cuentas de los bebés que dio simultáneamente a luz una buena mujer. Según el diario parió 9 bebés de una vez. Hasta ahí todo correcto. Pero luego explica que 5 eran niños y 5 niñas, así que algo falla. Quizá ahí se encuentren los dos canarios que habían desaparecido de la noticia anterior. Habrá que averiguarlo.

                Y habrá que averiguar, también, qué cosas tan curiosas pasan en Cantabria donde, según un titular de prensa cuentan con 131,73 reclusos por habitante. No sabía yo que la delincuencia estuviera tan extendida por aquellos lares, pero de verdad compadezco a mis pobres compañeros, que no darán abasto

                Si es así, seguro que necesitan algún tratamiento médico para aguantarlo. Lo que sí que les recomendaría es que miraran bien qué médico les trata. Y que no sea ese forense cuyo dictamen circula por ahí y que queda a la espera de la santidad, porque eso es mucho esperar, sin duda, y el que espera desespera. Siempre y cuando, claro está, que no tenga que resolver una magistrado de lo contagioso administrativo, que es como rotularon a una señoría en televisión. Espero que ya le hayan vacunado, por el bien del justiciable.

De cualquier modo, cuidado, que por menos de nada se organizan unas guerras intestinales y eso tiene muy mal pronóstico. Igual tienen algo que ver con el señor que se declaró disolvente, porque no tenía bienes con qué pagar.

                Así que ahí queda eso. El aplauso se lo dedicaré hoy una vez más a quienes desde sus cuentas en redes, en persona o por cualquier otro medio, me hacen llegar estas cosas. Como veréis, lo de “a los tacones vas” era mucho más que una amenaza.

Esclavitud: cicatrices


(Retrato de Lucretia Mott. Joseph Kyle 1870)

En el mundo del cina, la esclavitud ha sido un tema recurrente. Desde la legendaria Lo que el viento se llevó hemos visto mil y una lecturas de este crimen contra los Derechos Humanos que no siempre ha recibido el rechazo que merece. La cabaña del Tío Tom, 12 años de esclavitud, El color púrpura, Django desencadenado o la serie Raíces con el inolvidable Kunta Kinte son algunos de los muchos filmes dedicados al tema

Hoy quiero compartir el relato que, inspirado en la figura de Lucretia Mott, realicé para la antología Visibilizarte III

Sirva como homenaje a todas las personas cuyo esfuerzo, tesón y sacrificio sirvió para abolir este crimen. Y para las que cada día siguen luchando para que los Derechos Humanos sean una realidad en todo el mundo

CICATRICES

– ¿Dónde está Hannah? No la veo por ningún sitio

         La pequeña Lucretia buscaba a su amiga con desesperación. No la conocía mucho tiempo, pero había hecho muy buenas migas con ella desde que la vio por vez primera en el jardín colindante con el suyo. Hannah era diferente a todas las niñas que había conocido. Tenía la piel del color del caramelo quemado y las ganas de saber cosas escritas en sus ojos enormes. Le contó que ella y sus padres habían venido desde muy lejos. Que habían sido esclavos y que su dueño les dio la libertad en el testamento

-¿Esclavos? ¿Qué es ser esclavo?

-Mira

Hannah se levantó el vestido y le mostró la espalda. Una telaraña de cicatrices la recorría. Lucretia se debatía entre la aprensión y la sorpresa.

Su amiga le contó que aquello se lo hizo el hijo de su dueño, un chico pálido y cruel que en nada se parecía a su padre, pero al que este le consentía todos los caprichos. Le pidió una jarra de limonada, y, como se le cayó al suelo al traerla, la azotó. Le dolió mucho y tardó en cicatrizar, pero, no obstante, se consideraba una niña con suerte. A ella solo le habían azotado una vez, pero a su hermano habían sido varias. Y su mejor amigo se había quedado cojo después de una paliza de su amo no sabía exactamente por qué causa.

-Pero eso no puede ser, Hannah. Los hombres no pueden ser dueños de otros hombres.

Después de aquel día, quedaron cada tarde. Hannah le hablaba de la tierra del Sur donde nació, y del lugar remoto donde habían nacido sus abuelos, y al que decía que algún día iría a visitar. Lucretia le enseñaba a leer y a escribir y, en su mapa de la escuela, le mostró dónde estaban los sitios de los que hablaba.

Pero un buen día Hannah desapareció, y Lucretia no volvió a verla. Nadie le dio explicación alguna, pero, escuchando detrás de las puertas, como era su costumbre, supo que alguien había obligado a Hannah y su familia a huir de allí.

Quiso buscarla, saber donde vivía para mandarle una carta, volver a tener contacto con ella, pero se esfumó. Conforme fue creciendo, Lucretia comprendió lo que había en la súbita desaparición de Hannah. Temió lo peor. Y aquella palabra que ella le enseñó, “esclavitud”, la acompañó siempre. Decidió dedicar su vida a acabar con ello, a que ninguna niña tuviera unas cicatrices como las que Hannah le enseñó un día en el jardín.

Muchos años más tarde, cuando Lucretia acabó de dar un discurso en su incansable campaña antiabolicionista, una mujer se acercó a ella. Tenía la piel del color del caramelo quemado y las ganas de saber escritas en sus ojos enormes. No necesitaron más que unos segundos para reconocerse, a pesar del tiempo transcurrido, y se fundieron en un gigantesco abrazo

-Gracias, Lucretia, por toda tu lucha

-No, Hannah, no. Gracias a ti por abrirme los ojos. Sin ti nada hubiera sido posible

Política: togas destogadas


                La política es algo complicado y peliagudo. Tanto, que más de una familia se ha roto por culpa de las opiniones discordantes de sus miembros, sobre todo cuando hay un ambiente en la sociedad de frentismo y polarización. Son muchas las películas que hablan de la política y sus consecuencias en distintos registros, entre las que citaré, por nombrar algunas Mientras dure la guerra, El gran dictador o La dama de hierro. Pero son infinidad de obras las que se dedican a ello, porqué al fin y al cabo ¿qué es política?

                En nuestro teatro la política, en teoría, debería estar vedada. Deberíamos estar cerrados a cal y canto a cualquier entrada de un elemento político en virtud de una cosa de la que mucho se habla pero pronto se olvida llamada división de poderes. Más de una vez he pensado que si Montesquieu, el papá del invento, levantara la cabeza, le daría un ataque. Ya dedicamos otro estreno a la independencia judicial , o a la falta de ella, pero como nada se ha resuelto de entonces a acá -más bien lo contrario- habrá que coger de nuevo el toro por los cuernos. O al poder judicial de los pliegues de las togas, vaya.

                Hay que reconocer que en un pasado muy remoto, todo parecía estar muy claro. Cuando no había democracia no había separación de poderes, y punto pelota. A nadie se le ocurría reclamarla, como no se le ocurría reclamar pluralidad política o libertad de expresión. Es lo que había y lo que, afortunadamente, la mayoría ni siquiera hemos conocido. A estos efectos recordaré algo que me contó una persona que hoy ocupa un alto cargo en la carrera fiscal. El día que estaba convocada para examinarse era, ni más ni menos, que el 23 de febrero de 1981, es decir, el famoso 23F, el día del fallido -afortunadamente- golpe de estado. Obviamente, no examinaron ese día, con el consiguiente trastorno para quienes estaban en ese trance. Pero según refería el problema no era el día del examen, era que tenía que claro que, como aquello prosperase, no se pensaba presentar al examen entonces ni nunca. No estaba dispuesta a formar parte de un Ministerio Fiscal en un país sin democracia ni división de poderes.

                Las cosas, por fortuna, salieron bien y después de aquel impás los exámenes de la oposición y la vida siguieron tal conforme estaban antes del 23F y nuestra protagonista, desde luego, aprobó la oposición solo unos días más tarde. Entonces, casi recién salidos de una dictadura y una transición y con la esperanza de la democracia ocupando las expectativas más amplias, se pensaba que bastaba con la proclamación expresa de la división de poderes para que la independencia judicial fuera real y efectiva. Pero todavía quedaban muchas teclas que tocar. Y en ello seguimos.

                Es necesario, no obstante, insistir en algo que fuera de Toguilandia no se tiene tan claro como quisiéramos. Una cosa son los jueces y juezas, las magistradas y magistrados que trabajan cada día de los 365 del año en sus juzgados de todos los puntos de la geografía española y otra muy distinta los miembros del Consejo General del Poder Judicial. Lo primero, porque no todos los miembros del Consejo pertenecen a la carrera judicial y los que pertenecen, no están ejerciendo como tales. Y si, ya sé que a base de oír una vez y otra en la tele y las tertulias lo de “el máximo órgano de la carrera judicial” nos creemos que lo son. Hay que aclarar que, como miembros del Consejo, no ponen sentencias. Insisto en esto porque mucha gente piensa, y así lo plasman las encuestas, que la justicia está politizada, pero piensa en dicho órgano, cuya vinculación política es evidente, y no tanto en quienes cada día se rompen los cuernos en esa tarea tan noble pero tan difícil de administrar justicia.

                Otro tanto, o parecido, podría decir de la carrea a la que yo pertenezco, la carrera fiscal. El hecho de que el fiscal general tenga un sistema de elección que parte del gobierno no puede empañar la profesionalidad ni la imparcialidad de quienes cada día hacemos nuestro trabajo en las fiscalías de España. También hay que recordar que el o la fiscal general del Estado no ha de pertenecer a la carrera fiscal, aunque en casos así sea, como el de la actual Fiscal general del estado. Es necesario insistir una y mil veces que no nos dan órdenes cada día sobre lo que debemos hacer y a quién debemos acusar y a quién no. De hecho, aunque la gente no lo crea, en muchos casos se ha acusado a alcaldes o políticos sin saber siquiera por el compañero que lo hacía a qué partido pertenecían los interfectos. Por supuesto, hablo de pueblos más o menos pequeños. Pretender que no se sepa quien gobierna en las grandes ciudades es imposible, pero valga como ejemplo.

                Lo que ocurre en la actualidad es que se ha creado una especie de pasarela imaginaria en los periódicos que conecta como vasos comunicantes las páginas de tribunales con las de política y viceversa. De un lado, la profusión de causas abiertas a políticos por asuntos de corrupción y similares ha convertido nuestras salas de justicia en el escenario de un trasiego constante de políticos. De otro, los avatares -por decirlo de un modo educado- en la no renovación del Consejo General del Poder Judicial por causas estrictamente política hace que estos vasos comunicantes estén constantemente a punto de explotar.

                Que nadie se haga ilusiones, que esta humilde toguitaconada no tiene la solución. Ya he dicho otras veces que cada año pido a los Reyes la varita mágica pero todavía no me ha llegado, aunque no pierdo la esperanza. Lo que sí sé es que es que la situación no puede seguir así, con un Consejo que ya hace mucho que superó el tiempo de descuento y el período de gracia. Quienes nos dedicamos a administrar justicia cada día, cada hora y en cualquier circunstancia, no nos lo merecemos. Y el justiciable, mucho menos.

                Así que hoy no hay aplauso. Ojala se lo podamos dar cuando solucionen este entuerto. Eso sí, lo que no me dejó en el tintero en este caso es la ovación extra que hoy es para Natalia Velilla por haberme prestado esta foto. Desde que la vi en sus redes sociales e lo dije: a los tacones vas. Y lo he cumplido. Mil gracias

Literalidad: al pie de la letra


                Entender las cosas en su completa literalidad ha dado más de una vez lugar a situaciones hilarantes, incluso si esa forma de entender las cosas viene de una enfermedad o trastorno como el caso de Rain man o de Forrest Gump, dos películas muy celebradas, y con razón. Y es que interpretar las cosas Al pie de la letra tiene su aquel.

                Nuestro teatro es campo abonado para equívocos y malentendidos, dada nuestra afición a utilizar una argot que solo entendemos en Toguilandia, y ni siquiera todos. Hay que tener una integración absoluta en la secta toguitaconada para no haber caído nunca en un equívoco . Pero quienes realmente lo deben pasar fatal son las personas que visitan nuestro escenario y nos oyen hablar sin saber muy bien de qué va la cosa.

                Hay una anécdota que contaba mi preparador y siempre me hizo gracia. No sé si es una leyenda urbana o responde a la realidad, pero contaba que en los tiempos de Maricastaña iban en un coche el fiscal jefe de la audiencia territorial (así se llamaba entonces) y el teniente fiscal cuando les paró la Guardia Civil por saltarse un semáforo. El Fiscal Jefe trató de identificarse y explicar quién era, pero le ignoraron. Pero en cuanto el copiloto dijo que era el Teniente fiscal se cuadraron al grito de “a sus órdenes mi teniente”, Y es que ellos no sabían, como no sabe mucha gente, que nuestra terminología tiene unas reminiscencias militares de lo más curioso.

                Otra anécdota que me gusta contar respecto a esto es una que me sucedió a mí siendo mi hija pequeña. Le dije que no podía ir al parque porque tenía que calificar .hacer escritos de calificación o acusación, para los legos-. Mi hija me dijo muy tranquila: pues ponles un 10 a todos y vamos a jugar. Tonta de mí, que no le hice caso.

                También suceden situaciones pintorescas cuando, antes de entrar en Toguilandia y siendo opositores , decimos que vamos a cantar. A todo el mundo nos han preguntado a continuación si estábamos en un coro o estudiábamos solfeo. Y bien que nos hubiera gustado entonces, que reducir la vida al tiempo que media entre cante y cante al preparador de temas era bien triste,

                Estos no son, sin embargo, más que ejemplos de situaciones a las que da lugar nuestra ambigua nomenclatura. Pero qué se puede esperar, si a hacer algo tan feo como algunos juicios lo llamamos “celebrar”. Y eso no es nada, si tenemos en cuenta que los verbos “ejecutar” y “liquidar” están a la orden del día en nuestro vocabulario, y relacionados, además, con el cumplimiento de las penas. Yo confieso que he visto más de un reo palidecer al decir que había que esperar a la ejecución o a que se liquidase la condena. Y todo eso, por haber perdido el juicio. Con razón se entiende como un sinónimo en “enloquecer” en el lenguaje popular.

                Por otro lado, parece que alguien tenía un especial empeño en utilizar vocablos escatológicos y entre “evacuar” el trámite y “deponer” los testigos parece un chiste marrón de los que les gustan a los niños pequeños en vez de un acto judicial. Por no hablar de eso de “excitar el celo” de Ministerio Fiscal o hacer las famosas preguntas sugestivas, que siempre se lían con las “sugerentes”

                Pero ¿quién nos va a entender, si hablamos de “levantar un cadáver” y lo primero que te dicen es que no toquen nada y lo dejen como está, que ni que fuera Lázaro? Y cuando a la muerte se le llama en los partes “exitus” cuando en realidad es un “fracasus” como la copa de un pino.

                ¿Cómo le voy a explicar a mi madre, que me decía que señalar estaba mal, que aquí lo que está mal es no señalar? ¿Cómo le digo que pronunciar la palabra “impertinente” no es insultar sino denegar una pregunta, o que un mandamiento es un papel para ir al banco y no una orden?

                Y eso no es nada, si nos ponemos con el tema de las resoluciones judiciales. Que auto no es un vehículo automóvil era lo primero que nos decía mi preparador al empezar a preparar el caso práctico –lo había entonces- y no era ninguna tontería. Lo siguiente era saber que las diligencias no eran coches de caballos, aunque a veces se anduviera con tanta lentitud como en ellos, y que la providencia no bajaba de cielo sino que se escribía por el juez.

                También hay que hacer entender a la gente que estar en sala no es encontrarse tomando un café a casa de un amigo, sin duda como guardar sala no es permanecer allí como un vigilante. Pero tal vez una de las cosas que más cuesta explicar es que la gente sepa que interponer una demanda te convierte en actor, aunque jamás hayas tocado el método Stanislawsky, pero si eres mujer no eres actriz sino actora. Aunque te dediques a la albañilería, al macramé o a los bailes regionales.

                Para acabar, mi expresión literal favorita en Toguilandia: firmará el juez con las partes. Ahí lo dejo.

               Y, hasta aquí, el estreno de hoy. El aplauso, para todos aquellos que, con sus malentendidos, nos hacen asomar una sonrisa, con lo caras que son en Toguilandia

Escalafón: togas en orden


         El orden es importante, sin duda. Hay personas maniáticas del orden hasta el extremo de convertirse en un trastorno, como el protagonista de Mejor imposible, o hay casos en el que esa obsesión por el orden es parte del propio trastorno, como el de Rain man, pero sea como sea, da juego para el cine. Hay películas en que La cuenta atrás se hace en el propio título, como la sirena de 1.2.3 splash, y otros casos en que hay que ser el primero a toda costa, el Campeón. Aunque en ocasiones, ser El último de la fila, como el grupo icónico del pop español, tampoco está nada mal, la verdad.

         En nuestro teatro el orden es importante. Tanto, que el día que ingresamos en Toguilandia tras aprobar la oposición nos metieron en una lista en la que ya nos quedamos para siempre. Por supuesto, entonces fuimos al furgón de cola y poco a poco, se supone, hemos de ir escalando puestos, porque para eso se llama escalafón. Como decía un refrán castizo, “edad, dignidad y gobierno” si bien traducido a términos toguitaconados.

         En la carrera fiscal, y, por lo que sé, también en la judicial, el escalafón es la Biblia, el catálogo que determina gran parte de nuestras vidas profesionales, desde el tamaño del despacho y si este tiene ventana o no, hasta el reparto de códigos si llega alguna partida, desde los destinos hasta las vacaciones. De hecho, cuando te tocaba el despacho pequeño, oscuro y compartido, o las vacaciones que no quiere nadie, siempre algún compañero veterano te decía que aquello era buena señal porque eras joven o te espetaba un lacónico “ya cumplirás trienios”. Y, efectivamente, el inexorable paso del tiempo le dio la razón.

         El escalafón se ordena, en principio, por estricta antigüedad y, a igual antigüedad -quienes pertenecen a la misma promoción- por orden de notas, siendo, obviamente, mejor situado quien tiene notas más altas. A igualdad de nota, además, rige la edad, colocándose delante quien es mayor.

         Hasta aquí, todo claro, o, al menos eso parece. El escalafón es un criterio objetivo, y, por tanto, indiscutible. Pero todo tiene matices. ¿Es inamovible? ¿Es el criterio que lo rige todo o que debe regirlo? Pues esas son preguntas a las que trataré de contestar a continuación.

         En cuanto a su inamovilidad, es casi fija, salvo excepciones. Se pueden obtener cargos de mucha importancia, pero eso no implica que se salte el escalafón, porque la lista ahí sigue, al menos, mientras no se cambie de categoría o se varíe de situación administrativa al entrar en excedencia voluntaria -salvo por cuidado de hijas, hijos o mayores- o servicios especiales. Pero sí que recuerdo casos de variación del escalafón en la carrera judicial cuando se permitía renunciar al ascenso a magistrado. Y otros casos en que, sin variarlo, se salta la preferencia por estricta antigüedad y se valoran cosas como el conocimiento de la lengua cooficial

         Otra cuestión es el cambio de categoría. En la carrera judicial las categorías son tres: juez, magistrado y magistrado del Tribunal Supremo -y sus equivalentes femeninos, aunque no lo diga- En la carrera fiscal se riza el rizo y nuestras categorías, asimilables a las de la judicatura son también tres, que corren paralelas a la carrera hermana: abogado fiscal, fiscal y fiscal de Sala. Las preguntas del millón son varias, y todas tan difíciles de explicar como sencillo sería de solucionar. ¿Cómo explicar a alguien ajeno que el abogado fiscal no es abogado y que los fiscales del Tribunal Supremo no son la categoría paralela a Magistrado del Tribunal Supremo sino que lo son los Fiscales de Sala? ¿Y como explicar que esos Fiscales de Sala, categoría equivalente a Magistrado del Tribunal Supremo, no necesariamente están en el Tribunal Supremo? ¿O que un fiscal decano no coincide con un juez decano? Pues es como tratar de explicar la cuadratura del círculo, con lo sencillo que sería buscar una nomenclatura sencilla y asequible.

         La otra pregunta que siempre surge es ya antigua. Si el escalafón lo determina todo, dónde están el mérito y la capacidad de que habla la Constitución para acceder a los cargos de la carrera? ¿Por qué hay cargos discrecionales y otros que se resuelven por puro escalafón? Y, especialmente ¿por qué se usa el escalafón como el comodín del público para justificar unas decisiones y se ignora olímpicamente para otras idénticas?

         Ahí lo dejo, sin olvidarme de apuntar que, de una parte, si se apela al escalafón estricto se desprecia cualquier esfuerzo y se puede fomentar el acomodamiento y, de otra, si se ignora totalmente a la hora de dar un cargo se corre el riesgo de valoraciones en exceso subjetivas. Como siempre, en el medio está la virtud.

         Por último, no me dejaré las risas que nos echamos con cargo al último escalafón publicado -ya hay una corrección en marcha- donde había fiscales inmortales de verdad, porque se les reconocían más de 4000 años de antigüedad. Y ahí siguen, en activo, como si nada.

         Hasta aquí el estreno dedicado a esa lista con la que a veces nos dan en la cabeza pero que sigue siendo imprescindible. El aplauso, para quienes consiguen llegar a ese difícil punto medio a la hora de tomar sus decisiones. En esta materia tiene un mérito extra.

Pasado: cola de caballo


Hoy desde nuestro escenario volvemos la mirada al pasado para contar un cuento, un cuento que es ficción pero podía ser realidad. Un cuento que nos acerca a recordar Tal como éramos y nos invita a disfrutar de Lo que queda del día. Un relato que espero que, además de gustar, remueva las tripas porque está escrito Desde el corazón

COLA DE CABALLO

(Relato incluido en la antología de Generación Bibliocafé Relatos en blanco y negro, y en mi antología Mar de lija)

                     Ayer cumplí ocho años. No sé si era por eso, pero en el colegio nos hicieron una foto a todos. Nos colocaron detrás del mapamundi que guarda el director en sus despacho para las grandes ocasiones, y desfilamos de uno en uno delante del fotógrafo.

El pobre hombre se esforzaba en que sonriéramos, pero yo no tenía ningunas ganas y me negué a hacerlo. Estaba muy enfadada porque, aunque era mi cumpleaños, mi madre no había querido cumplir mi deseo de llevar, aunque fuera por una sola vez, mi melena suelta. Como todos los días, se había empeñado en recogerme el pelo en aquella cola de caballo que tanto odiaba. Me la apretaba tanto, que hacía que mis ojos parecieran achinados. Y yo soñaba con llevar mi larga melena rubia al viento, esa melena que gustaba a todos y que era mi mayor orgullo. Pero ni siquiera por un día especial me dio el capricho. Y tampoco pedía tanto. Porque le había suplicado también que me dejara ir con el vestido de los domingos, pero eso sí que sabía que no lo conseguiría. Mi precioso vestido rosa, con lazos y todo, se guardaba para las grandes ocasiones y de ninguna manera lo iba a usar para ir a la escuela. Por eso insistí tanto en llevar, al menos, el pelo suelto. Pero nada. Ropa de diario y cola de caballo. Como debe de ser. Y no había más que hablar. Buena era mi madre.

Para acabarlo de arreglar, me obligaron a que me hiciera el retrato con mi hermano. El iba a la clase de los mayores, y era chico, y en el colegio no nos relacionábamos. Y le hacía tan poca gracia como a mí eso de posar juntos, pero mi madre había dado la orden, y eso era lo que importaba. No iba a gastarse el dinero en dos fotografías cuando podíamos ahorranos una. Y además, según ella, estaríamos muy guapos los dos juntos. Y guapos no lo sé, pero, desde luego, enfadados estábamos un rato largo. Si ella hubiera sabido que nunca llegaría a pagar el retrato, quizás no hubiera insistido tanto y nos hubiera dejado posar como nos hubiera venido en gana. Pero nunca lo sabría.

Me toqué la cabeza. Cuando palpaba aquella pelusa escasa volvía a la realidad de un solo golpe. No quedaba ni rastro de aquella melena rubia que era mi orgullo, ni había posibilidad alguna de que mi madre volviera a hacerme aquella cola de caballo que tanto odié y que ahora añoraba…

Y es que nunca volvimos a ver a mi madre. La discusión acerca del peinado con el que iría a clase es el último recuerdo que me queda de ella. Y casi el único, con esa habilidad que tiene el tiempo de difuminar las huellas del pasado hasta dejarlas borradas casi por completo.

Aquel día, poco después de que el fotógrafo dejara nuestra escuela, alguien entró en mi aula y me llamaron urgentemente al despacho del director. Recuerdo que pensé que tendrían que repetir la fotografía, que seguro que habría salido mal. Pero nada de eso. Aquel desconocido traía consigo la noticia que partiría en dos mi vida para siempre y marcaría el rumbo de mi historia.

Había habido un terrible incendio en mi casa. No sé por qué razón, lo primero que pregunté fue por el perro. Y me contestaron que había muerto. Como habían muerto también mis padres, y el abuelo que vivía con nosotros. Y, de pronto, mi hermano y yo nos habíamos quedado solos en el mundo. Pero no fui consciente de ello hasta más tarde.

A él lo trajeron a ese mismo despacho al cabo de unos minutos. Yo ya sabía lo que había pasado, pero me dolió más al oírlo de nuevo, para que mi hermano supiera lo ocurrido. Y entonces, lloramos y nos abrazamos sin saber que sería el último abrazo de nuestra vida. Y ahí se qedó para siempre congelada la imagen de sus ojos azules casi líquidos.

Lo que pasó después lo recuerdo a retazos, como una colcha de patchwork a medio hacer que necesitara la costurera que uniera las piezas. De pronto, me vi interna en un colegio de monjas, junto a muchas otras niñas, con unas hermanas que cuidaban de nosotras pero apenas nos daban cariño. O eso al menos me parecía a mí. Solo se preocupaban de que lo hiciéramos todo con corrección, desde vestirnos aquel uniforme azul marino que llegué a aborrecer, hasta comer o lavarnos con decoro y en el horario marcado. Y mucho rezar. La oración de la mañana, el Angelus, la Misa diaria, el rosario. Y a mí aquello se me hacía muy cuesta arriba, porque en mi casa nunca habían sido de mucho rezo.

Los días pasaban uno tras otro, uno igual que otro. Hasta era yo misma quien me hacía cada mañana la apretada cola de caballo con la que me peinaba mi madre, como si con ello fuera a conseguir que ella siguiera conmigo. Pero de nada servía. Ni siquiera me llevaron nunca a ver a mi hermano, el único nexo vivo con mi vida anterior.

Muchos domingos, nos hacían salir a unas cuantas elegidas al comedor grande, el que solo usaban las monjas. Ese día nos obligaban a arreglarnos y ponernos unos supuestos vestidos de fiesta que nada tenían que ver con mi vestido rosa, con lazos y todo. Y debíamos permanecer sonrientes mientras alguna pareja venía y nos pasaba revista, como si fuéramos una muñeca que hubieran de comprar. Y en esos días, me pedían que soltara mi melena rubia, que decían que era muy bonita. Pero para entonces yo ya no quería llevar el pelo suelto.

Así y todo, no tardé muchos domingos en resultar escogida, y uno de esos matrimonios me llevó a merendar con ellos. Me sacaron a la calle, y volvieron varios domingos más. Me trataban muy bien, la verdad. Tanto que, cuando me preguntaron si me gustaría quedarme con ellos para siempre, no dudé un instante en decirles que sí.

A partir de aquel día fueron mis nuevos padres, y me trataron como una verdadera hija. Como anhelaban una hija por encima de todo, yo fui el colmo de sus aspiraciones. Al principio, me portaba muy bien solo por miedo a que me devolvieran con las monjas. Pero en poco tiempo les cogí un cariño enorme, que pasó a convertirse en amor y hasta casi en devoción. Mi nueva madre me lo daba todo y yo le correspondía salvo en una cosa. Jamás le permití que me tocara el pelo, ni que me hiciera la cola de caballo con la que iba todos los días a mi nuevo colegio.

De mi vida anterior no quedó nada. Tan solo la fotografía, que me trajeron al internado a poco de ingresar allí, y que guardaba entre mis cosas como oro en paño. Desde aquel retrato en blanco y negro, me miraba mi hermano, con el que nunca volví a tener contacto. Mi hermano, del que solo recordaba aquellos ojos azules casi líquidos que apenas se veían en la fotografía. Mis nuevos padres dijeron que lo habían buscado, y que no hubo manera, pero yo nunca supo si eso era cierto. Me gustaba pensar que él también estaría con unos nuevos padres en una nueva vida, en la que iría a un nuevo colegio. Y que algún día nos encontraríamos y repetiríamos aquel abrazo que había sido el último.

Pero el tiempo fue pasando y todos fuimos fraguando nuestras nuevas vidas, y cada vez aquellos recuerdos, y aquellas promesas, quedaban un poco más lejanos. Hasta quedarse casi relegados a un rincón de la memoria que ocupa un pequeño sitio pero va perdiendo protgonismo.Sin saber que llegaría un día en que aquello volvería a ser de pronto importante. Y más que importante.

Fue en la conslta de mi médico. Allí estábamos mi madre adptiva y yo, esperando el diagnóstico como el reo espera su condena. Pero la expresión de la cara del médico nos tranqilizó. Mi enfermedad era grave, pero no incurable. Y estábamos a tiempo. Bastaría el traspalante de algún membro de la familia, que seguro que alguien sería compatible, y podríamos vencerla. Y claro está, nuestra expresión se emsombreció. El buen doctor dio por hecho que aquella mujer que se sentaba junto a mí, que me tomaba la mano como una madre, lloraba como una madre y a quien yo llamaba madre era mi madre. Y es verdad que lo era, pero no llevaba mi sangre, esa sangre que yo necesitaba y que ella no me podía dar.

Mi madre lloró mucho pensando que, además de no haberme podido peinar nunca, tampoco me podría dar lo que yo precisaba. Pero, al cabo de un rato, se tragó las lágrimas y sacó la fotografía de donde yo la tenía guardada. Y me dijo que lo encontraríamos.

Hace ya varios meses de aquello, y ni sombra de aquel hermano que un día tuve, ni de sus ojos azules casi líquidos. Y mientras, el mal se empeñaba en consumirme y los tratamientos todavía más. Mi melena pasó a mejor vida, y ahora era una pelusa rala y escasa la que cubría mi cabeza, aunque seguía sin permitirle a mi madre que me peinara, ni siquiera que me arreglara uno de los muchos pañuelos que se empeñaba en regalarme. Pero el tiempo pasaba y yo seguía en el corredor de la muerte esperando ese indulto que cada vez estaba más lejos.

Cuando ya apenas podía aguantar, entró mi madre, junto a un cura, en mi habitación. Supuese de inmediato lo que pasaba. Mi madre era my religiosa y, aunque sabía y respetaba que yo no compartiera su fe, se negaba a que yo abandonara este mundo sin que un sacerdote me diera la extremaunción. Me espantaba la idea, pero no sé si porque ya las fuerzas me habían abandonado del todo o porque le debía todas aquellas colas de caballo que jamás le dejé hacer, había decidido aceptarlo. Tampoco me haría ningún daño.

Y, cuando pensaba que la parafernalia religiosa volvería a mí como en aquellos días de internado, lo ví. Ví unos ojos líquidos de puro azules que se disolvían en un mar de lágrimas. Mi madre había conseguido, a base de tesón y ganas, localizar a mi hermano a través de la institucion religiosa donde le internaron y después de muchas indagaciones. Y allí estaba, dándome ese abrazo que teníamos pendiente y que no será el último.

Estaba muy mayor, más de los años que debía tener. La vida no le había sido fácil, pero ahí estaba, enarbolando una ajada copia de la fotografía como si de un trofeo se tratara. Ahí estaba con sus ojos azules casi líquidos y el pelo gris, recogido en una cola de caballo.

Y en ese instante supe que llegaría el momento en que yo también pudiera recoger mi cabello en un cola de caballo, pero que no lo haría. Se lo pediría a mi madre.

NOTA DE LA AUTORA: la niña y el niño de la foto son mis hermanos, esta no es su historia pero esa foto tan de la época me inspiró para contar una historia que podía pasar a a cualquiera

Optimismo: la botella medio llena


         En tiempos como esto no es fácil encontrar a gente que lleve el optimismo a ultranza. Los tiempos que nos ha tocado vivir lo han puesto difícil no obstante lo cual siempre hay personas dispuestas a ver la botella medio llena. El problema es a veces pasarse, y arriesgarse a que le digan a una que vive en Los mundos de Yupi, un título de programa que ha pasado a la posteridad como sinónimo de ingenuidad, aunque hay quien lo emplea sin haber visto un solo capítulo. Cosas de la edad, de haber vivido en el Barrio Sésamo o con Los Chiripitifláuticos, otros hitos de nuestra infancia. Sin olvidar, por supuesto, a la rompedora y archirecordada Bola de Cristal. Así que, remedando a aquella Leticia Sabater de las primeras pesadillas, Al mediodía, alegría. O a la tarde, o a la noche, según cuando se lean estas líneas. Es lo que tiene ver El lado bueno de las cosas.

         En nuestro teatro, parece difícil no dejarse abatir por las circunstancias. Retrasos, falta de medios y una pandemia con su confinamiento y sus medidas para acabarlo de arreglar son un caldo de cultivo óptimo para el pesimismo como veíamos en un reciente estreno. Y, aunque siempre hay quien pone su buena dosis de buenrollismo , se hace cuesta arriba. Yo reconozco que pertenezco a esa rara especie de personas capaces de ver el lado bueno de las cosas. Aunque confieso que en realidad no soy yo, sino una parte de mí, una de mis múltiples personalidades . Siempre tengo cerca de mi oreja a una Susi positiva dispuesta a ponerse las gafas de color rosa, o a una Taconita a la que le gusta el lado amable y sensible. Aunque se ponen a temblar cuando asoma mi lado Terminator. O lo que hay quien conoce como Fiscalita Destroyer. Cuidado con ella.

         No obstante, hoy quería hablar del optimismo, de esas personas que son capaces de ver la parte buena a todo. Cuando surge el tema, siempre me viene a la cabeza algo que me pasó con mi hija pequeña, reina del optimismo. Era una de las pocas veces en que un trabajo del colegio no le había ido bien y, en vez de enfadarse, como yo esperaba, me dijo: “es una buena noticia, así todo lo que haga va a ser mejorar”. Esto es moral y lo demás son cuentos, como la de aquel equipo de fútbol, el Alcoyano, que ha quedado en la memoria colectiva porque, según cuentan, cuando perdía por muchos goles de diferencia y solo quedaba un minuto, oyó decir a su entrenador “venga, que aún podemos ganarles”.

         Llevando estas premisas a Toguilandia, recuerdo a una abogada tan optimista que cuando condenaban a su cliente decía que era una gran oportunidad para poder estudiar para interponer un recurso. O a otro que, si le salía una resolución adversa, decía, como mi hija, que era una buena noticia porque a partir de ahí cualquier estimación, aunque fuera parcial, sería motivo de celebración.

         Por su parte, hay que ser muy optimista para pensar que esas cosas de las que nos hablan siempre pero nunca se cumplen un día se harán realidad. Cosas como una nueva Ley de Enjuiciamiento Criminal , la digitalización de la Administración de Justicia o unas condiciones dignas en cuanto a medios personales y materiales.

Como en el fondo soy Susi positiva y me conformo con poco, a veces sueño con montañas de posits y de bolígrafos que no sean verdes, con grapadoras a las que no haya que poner el nombre o con poder elegir el color del fosforito con que quiero subrayar mis fotocopias y me pongo contenta. Para que luego digan.

En realidad, necesitamos mucho más que optimismo para ir adelante en muchas situaciones. Y no solo por falta de medios, sino especialmente en esas situaciones tan duras en que se nos queda enganchada en el alma la impotencia de no poder haber hecho más por esa víctima.

Pero no me pondré ceniza, que hoy tocaba hablar de optimismo. Y tenemos un capital humano digno de todas las celebraciones del mundo. Con toga y sin ella, con puñetas o sin ellas, pero con la ilusión intacta para tratar de hacer cada día Justicia con mayúsculas.

A ellos y ellas va dedicado el aplauso de hoy. Y lo mejor, que no hace falta optimismo para localizarles. Se encuentran enseguida.

Vestimenta: con togas y a lo loco


           No podemos negar la importancia que tiene el vestuario para juzgar la calidad de una película u obra de teatro. De ello depende en gran parte su éxito. Y no solo de eso. La ambientación, el maquillaje o la caracterización junto con el vestuario son tan importantes que tienen su reflejo en todos los grandes premios cinematográficos. Sean películas de época, de guerra, o futuristas, la vestimenta adecuada es gran parte de la fórmula del éxito. Recordemos a Ben Hur, a cualquiera de las numerosas películas sobre la Segunda Guerra Mundial o la Guerra Civil española o los trajes espaciales o de robots del futuro. Aunque, por elegir, yo me quedo con dos momentos del cine en que de la nada sale un traje maravilloso. El vestido que Escarlata O’Hara hace con las cortinas en Lo que el viento se llevó, y el que se confecciona Carmen Maura en Ay Carmela con la tela de un colchón.

         En nuestro teatro la vestimenta tiene una gran importancia. Tanta que no es la primera vez que dedicamos un estreno a la misma. Ya se habló del vestuario , con la toga y las puñetas como elementos estrella, y también del maquillaje Pero quedaron algunas cosas en el tintero. Y hoy quería traerlas, con un matiz nuevo, el de vestimenta, y las aportaciones de varios compis tuiteros que valen su peso en oro.

         Contaba mi compañero y amigo Javier Montero una anécdota muy divertida que, aunque parezca de hacer varios siglos, no es de hace tanto. Decía que fue a Fiscalía un fiscal con su traje de chaqueta oscuro e impoluto y una igualmente impoluta camisa blanca con una suave estampado de finas rayas verticales, y fue recibido con gesto torcido por su fiscal jefe. Tras examinar su vestimenta, le preguntó si acerca de si el fiscal iba a trabajar o a hacer deporte, como si lo de las rayas fueran el no va más del atuendo deportivo. Hablamos de la década de los 60, pero, aunque las cosas han cambiado mucho, todavía nos queda mucha caspa por limpiar. Y es que no olvidemos que el Reglamento del Ministerio Fiscal todavía es el de 1969 y, aunque muchos preceptos han devenido inaplicables por inconstitucionales y obsoletos, su lectura nos hará sonreír a más de uno y una. Sin ir más lejos, nadie se planteaba que algo tan escandaloso como una mujer irrumpiera en la carrera fiscal.

         Pero hay anécdotas más actuales que también tienen su miga. Una forense a la que me une una relación muy personal suele contar que un día le llamaron la atención por ir a informar a Sala con pantalones, a pesar de que estaba de guardia y mal casa levantar un cadáver o hacer una autopsia con ir vestida de domingo. Por supuesto, explicó la circunstancia y pudo informar. Le aceptaron la justificación, pero a regañadientes.

         A decir de otro compañero, cuenta la leyenda que un fiscal aparció en vaqueros y camiseta a presentarse ante el fiscal jefe. Ante la sorpresa de este, el fiscal bisoño le respondió: no te preocupes, que son de marca. Y es que hay quien desde el primer momento tiene personalidad. Por llamarlo de un modo fino.

         También me cuentan casos de aquellos tiempos no tan lejanos en que nos miraban de cabo a rabo cuando íbamos a jurar el cargo. De hecho, otro compañero comenta que uno de los cuatro fiscales que iban hacerlo recibió una reprimenda del presidente de la Audiencia. La cosa, sin embargo, no tuvo más trascendencia porque con el tiempo el ínclito llegó a ser fiscal jefe. Y es que ya se sabe, renovarse o morir.

         Lo que yo recuerdo, y que ya conté en su día, es que en mis primeros tiempos de fiscal me veía obligada a vestir de revisor de tren. Traje de chaqueta entre negro, azul marino y gris, con su camisa blanca –aunque me atreví, oh osadía, a que tuviera rayitas-, medias y discretos zapatos de tacón. Poco a poco fui subiendo el tono de trajes y tacones, y hasta me animé a llevar vestido o pantalones. Hoy, la verdad es que llevo hasta vaqueros para trabajar, aunque si tengo que ir a sala procuro ir orgánica. Aunque lo de “guardar sala” y volver a disfrazarme de revisora de tren no lo haya vuelto a hacer.

         También cuenta una abogada que, en su día, se llevó alguna reprimenda de Su Señoría a causa de no llevar corbata con su tripa de embarazada, porque decía que “la toga y la corbata habían de llevarse con dignidad”. Como si fuera indigno el embarazo y el magistrado hubiera nacido de una coliflor. Pero, por fortuna, al menos en eso hemos avanzado. O eso espero. Y por cierto, el hijo de mi amiga hoy ya tiene edad de llevar toga, como también la tiene mi hija, aunque no sea ese el camino que ha elegido. La de la fotografía que ilustra este estreno es la única toga que llevará

         Por su parte, me recuerda una letrada de la administración de Justicia que en el 2014 el Consejo de Ministros aprobó un anteproyecto de reforma de la LOPJ que establecía como obligación para los LAJ “el incumplimiento del deber de vestir y comportarse con el decoro adecuado a su función”. Insuperable hablar de “decoro” en pleno siglo XXI. Si vamos al diccionario, se define como comportamiento adecuado y respetuoso correspondiente a cada categoría y situación” algo que, la verdad, no hacía falta decirlo Como si los laj vinieran cada día en pijama o traje de baño, vaya.

         No obstante dio para muchas risas, y no era para menos. Entre otras cosas porque los indecorosos –y las indecorosas, faltaría más- eran solo los LAJ. Según aquel texto, como ese decoro no afectaba a jueces y fiscales, nos podríamos permitir el lujo de ir en deshabillé bajo nuestra negra toga, y nadie nos sancionaría. Como hacía aquel inolvidable protagonista de la serie Juzgado de guardia.

         La cuestión es que estas cosas, que parecen rancias y arcaicas, a veces no lo son tanto. Todavía quedan señorías que no miran demasiado bien a un letrado sin corbata o a una fiscal minifaldera. Y, por regla general, ya sabemos bien cómo hemos de vestirnos. Máxime en épocas como la presente en que el covid justifica la ausencia de toga. Hay que ponerse decorosos, que ya no hay batín negro para taparnos.

         No me despediré sin aludir a un nuevo fenómeno respecto de la vestimenta causado por la pandemia, con sus secuelas de confinamiento y teletrabajo. Cuidado con lo que llevamos que, con la creencia de que solo se nos ve de cintura para arriba, nos podemos arriesgar a levantarnos y que se descubra el pastel. Así me cuenta que le pasó a una compañera, con pantalón de pijama pero impecable camisa blanca, peinado y maquillaje. Mientras hacía una videoconferencia así ataviada, la llamó su hijo y, levantándose como un resorte, olvidó que la parte inferior de su vestuario no era tan impecable. Y aun tuvo suerte. Estoy segura que en más de un caso podría ser peor.

         No me queda más que el aplauso para bajar el telón de hoy. Y va dirigido, sin duda, a los compañeros fiscales, forense, letrada y laj que me han prestado sus vivencias. Mil gracias una vez más.