Vocación: llegada a Toguilandia


 

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La vocación es uno de los ingredientes necesarios para triunfar en el mundo del espectáculo, aunque no el único. Sin olvidar que siempre hay excepciones, si la vocación no va acompañada de talento y de mucho trabajo, puede quedarse en solo un sueño, y si se llega sin todo eso, encontrarnos con que Más dura será la caída. Sin duda es importante el momento en que Ha nacido una estrella, pero, como mucha gente recuerda, tanto o más difícil que llegar a la cima es mantenerse. Hay que recordar que, como en Eva al desnudo, siempre hay gente esperando para ocupar el sitio, y dispuesta a lo que sea por ello.

En nuestro teatro la vocación también existe, pero no aparece del mismo modo. Puede existir desde siempre, aparecer tarde o no aparecer nunca. Puede, incluso, que existan buenos profesionales sin pizca de vocación capaces de hacer un trabajo eficaz, pero sin ese plus nunca alcanzarán la excelencia que distingue lo correcto de lo extraordinario.

Todas las personas que conozco hemos tenido diferentes vocaciones a lo largo de nuestra vida. Que son, además, compatibles entre sí. Algunas quedan en un simple sueño, otras se confirman a lo largo de la vida y otras más persisten como una Asignatura pendiente. Ser cantante, actriz, bailarina o futbolista son los ejemplos típicos de lo que todos las niñas y niños hemos querido ser en algún momento, a lo que tal vez habría que añadir hoy en día lo de influencer o youtubber, que los tiempos cambian.

Yo confieso que colecciono un montón de vocaciones, algunas cumplidas, otras cumplidas a medias y otras esperando a realizarse. De ellas, la relacionada con el Derecho o con ser fiscal fue de las más tardías. Siempre quise -y sigo queriendo, por más imposible que sea- ser bailarina, pero hubo una época en que también quise ser peluquera y fantaseé con ser médica. También deseé desde siempre ser escritora, y eso sí, en ello estamos -nunca es tarde si la dicha es buena-. Pero, para vocaciones curiosas, la del hijo de una amiga, que contaba a quien quisiera oírle que quería ser reparador de ollas. Ante nuestra sorpresa, un día descubrimos la razón de esa curiosa vocación, que no era otra que haber escuchado un día a su madre, cuando llevaba a arreglar una olla, decir “a este precio con cuatro cacerolas que arreglen se hacen millonarios”. Y claro, el niño lo tomó al pie de la letra. Ignoro si a día de hoy sigue en las mismas o alguien le ha quitado eso de la cabeza y si algún día se hará millonario con las ollas, que nunca se sabe.

Yo llegué al Derecho por casualidad, o por inercia, como muchas personas. Hija y nieta de abogado, con un cerebro mucho más dotado para las letras que para los números y descartando a priori toda opción que desembocara en la docencia, pocas alternativas me quedaban. Si a eso le sumamos que la carrera que hubiera escogido -periodismo- no existía en mi ciudad y que mis amigas estaban en las mismas, la cosa estaba casi cantada. Porque, aunque quede poco profesional admitirlo, el hecho de ir con mis amigas a clase era otro factor determinante a mis diecisiete añitos.

Por fortuna, la carrera no me disgustó, se me dio bien y, en un momento dado, empezó a inocularme su veneno adictivo. Hacia la mitad, ya tenía claro que quería ser juez o fiscal y cuando descubrí lo que era ser fiscal, la vocación ya me había atrapado. Mejor tarde que nunca. Así que, una vez fijada la meta, ya no había más salida que empeñarse en recorrer el camino. Y tesón  no me faltó, a pesar de que las circunstancias se tornaron menos favorables de los que en principio cabía esperar. El resultado no me defraudó, y he decir que ni un solo día me he arrepentido de la decisión de ser fiscal ni del tiempo invertido en conseguirlo. Algo que repito mucho a quienes opositan o tienen la intención de hacerlo. Si queréis, poner toda vuestra vida en ello, aquí en el otro lado esperamos con ansia para recibiros.

Hasta aquí, mi pequeña historia. Aunque, mutatis mutandi -hablando de Derecho, algún latinajo habría que haber- otro tanto cabe decir respecto a la judicatura, notaría, Registro de la propiedad , Lajs o cualquier otra profesión, jurídica o no, de las que transitan por Toguilandia y sus aledaños. Conozco amigas que desde pequeñas querían ser abogadas y otras que lo descubrieron con el tiempo, pero sin ese extra que es la vocación, su trabajo no sería tan bueno.

Además, estas cosas tienen premio extra. Es posible -aunque sea difícil a veces por razón de tiempo- compaginar con otras vocaciones. Pintura, escultura, danza, escritura o corte y confección, por ejemplo. Y además, puede servir de vía para encauzar otras vocaciones, como, en mi caso, la inquietud que siempre tuve por los temas de igualdad y relacionados con la mujer. Y también la reivindicación, que ya en mi más tierna infancia apuntaba maneras cuando, con otras compañeras de colegio, montamos una manifestación en el patio porque no queríamos hacer la primera Comunión con hábito de monja. Y he de decir que nos salimos con la nuestra, y puedo demostrarlo con fotografías con mi flamante vestido de organdí.

Así que, quien tenga dudas, que sepa que es normal. A mí nunca se me apareció Ulpiano en sueños, y tampoco leía las Partidas sino el SuperPop -toma confesión,guardadme el secreto- y los libros de Los Cinco, que eran lo más en mi infancia, y aquí estoy.

Lo que nunca sabré es si al otro lado del banquillo de los acusados hay alguna clase de vocación, aunque siempre recuerdo con una sonrisa a un delincuente que me hablaba muy convencido de la tradición y el negocio familiar cuando era acusado de receptación por venta en establecimiento de objetos robados. Y era tal su firmeza, que casi nos convence, aunque al final no llegó la sangre al río, y cumplimos con nuestra vocación de hacer que se cumpliera la ley.

Por todo esto, hoy el aplauso es para todas las personas que luchan por convertir en profesión su vocación, para que persistan en ello, y también para quienes lo lograron,, porque nunca pierdan la ilusión del primer día. Aunque a veces cueste.

Y como siempre, una ovación extra para @madebycarol2 que, una vez más, ilustra con su vocación y su talento este estreno

 

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Machismos cotidianos: cuento de Libertad


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Llega el 8 M y de nuevo en Con Mi Toga Y Mis Tacones queremos conmemorarlo -que no celebrarlo- de una manera especial. Me gustaría que llegara el día en que este blog publicara tal día como este un estreno normal, hablando de las cosas que pasan por nuestro mundo toguitaconado, sin necesidad de alertar a nadie sobre la necesidad de ponernos las gafas violetas, porque todo el mundo las llevara puestas de serie. Ojalá llegue pronto el día en que nada haga falta porque ya se ha roto el techo de cristal, se ha cerrado la brecha salarial y se ha acabado con la violencia de género, entre otras muchas cosas. Pero aún no es el momento.

Hoy este escenario, que ya ha dedicado varios estrenos a temas tan importantes, va a bajar hasta algo más usual, algo que pasa por delante de nuestras narices sin que apenas nos demos cuenta y que contribuye a que ser cada vez más iguales todavía sea una carrera de obstáculos. Los machismos cotidianos, eso que hay quien llama micromachismos y que no debieran llamarse así, porque el machismo es un enemigo grande y no hay machismos pequeños, como no hay racismo ni homofobia pequeña que haga hablar de microrracismo o de microhomofobia.

Os hablaré de ellos con un cuento, el Cuento de Libertad.

Abuela, ¿somos los hombres y las mujeres iguales en nuestra sociedad?

-¿Por qué me preguntas eso?

-La maestra nos ha mandado hacer un trabajo sobre la conquista de la igualdad en nuestra sociedad

-¿La conquista? – la abuela se quedó pensando- No me gusta ese término. Parece que ya lo hayamos conseguido todo

-¿Y no es así, abuela?

-Vamos a hacer una cosa, Libertad. Fíjate bien en las cosas que hacen hombres y mujeres a lo largo de un día y ve anotándolas. Y luego me traes tu redacción y hablamos

“7 de marzo. Mamá ha venido a despertarme para ir al cole. Tiene el desayuno preparado, para mí y para mi hermano, aunque a él le cuesta mucho tomarse la papilla. La pobre mamá se tiene que cambiar de ropa porque se la ha escupido toda. Menos mal que ahora trabaja solo unas horas porque pidió una cosa llamada “reducción de horas en el trabajo”, porque si no no llegaría a tiempo. Mientras mi hermanito sigue berreando, me bajo porque papá ya me espera en el coche.

Hoy tenía que ser un gran día, porque es el cumple de mi amiga Cecilia, y vamos a hacer una fiesta. Por eso ayer fui a la peluquería y me veía genial hasta que Rosa me fastidió como siempre. Dijo que con este pelo corto parezco un chico, y luego empezó a meterse con mi ropa. A mi no me gustan sus vestidos, son incómodos y no me dejan jugar a gusto, pero ella y varias de sus amigas siguen burlándose de mi chándal de Superman. Casi lloro, pero al final no les hago caso. La propia Cecilia viene a consolarme y me dice que no llore que pareceré una niña pequeña. Qué manía con lo de las niñas y los niños, si en casa quien más llora es el quejica de mi hermano.

Hoy toca clase de Matemáticas. Estamos aprendiendo a resolver problemas, pero sigo sin entender por qué siempre son Juanito y Luisito los que dan o quitan caramelos que hemos de sumar o restar. Le he preguntado a la profe por qué no son Luisita y Juanita, y me dice que eso no tiene importancia. Pero yo creo que sí la tiene.

Por fin llega la hora de la salida. Nos vamos al cumple de Cecilia. La verdad es que me he llevado un chasco, porque yo quería una ludoteca o un parque, y en vez de eso nos ha llevado a un sitio adornado de rosa y con mucha purpurina donde dice que nos van a maquillar y a disfrazar de princesas, con lo poco que me gustan a mí las princesas. Encima, solo ha invitado a niñas, así que ya me puedo ir olvidando de estar con Lucas, con quien tanto me divierto.

Al lado hay una cafetería donde la madre de Cecilia dice que hay sitio para los padres. Me pregunto si no habrá también sitio para las madres, que son mayoría, pero parece que lo aclara, y pueden ir también. Eso sí, no sé por qué las mamás se sientan todas juntas en un lado y los papás en otro. El camarero debe tener una bola de cristal, porque trae las bebidas y se las da a cada cual sin preguntarle. Deja el té y las pastas en el lado de las mamás y las cervezas en el de los papás.  Pero su bola de cristal debió de fallar porque la madre de Eva dice que ella quería cerveza y no té, y solo por eso la miran raro. No lo entiendo muy bien, deben ser cosas de mayores.

Me aburría bastante con lo de las princesas, así que me quedé mirando lo que hacían en la cafetería. De repente, todo el mundo se calló y las mamás hablaban en susurros. La hermana mayor de Ceclilia debió haberse caído, porque tenía una mancha de sangre en el pantalón pero, en vez de curarla, trataban de esconderla y de que nadie se enterara. No lo entiendo, porque cuando mi primo Antonio se abrió la barbilla y se hizo sangre, todo el mundo hablaba de ello a gritos, y contaba cómo se lo había hecho. Y digo yo que la sangre será igual ¿no?. Fui a preguntar qué le había pasado, pero nadie me lo quiso contar, me dijeron que eso son cosas que ya entendería cuando fuera mayor.

Cuando pasó un rato, varias de las mamás se fueron, diciendo que tenían que preparar la cena. Los papás se quedaron para acabarse sus cervezas. Me dio mucha pena por la madre de Eva que, aunque había llegado más tarde porque salía de la oficina, no pudo acabarse la suya, con lo que le había costado de conseguir. Ella también tenía que preparar la cena.

A mí me llevó papá a casa. Mamá no había podido venir porque mi hermanito no dejaba de llorar porque le dolían los dientes. Aunque no sé a qué dientes se referían, porque yo solo le veo uno, y muy chiquito.

Antes de irnos, Cecilia nos ha dado un regalito a cada una. Me he llevado un disgusto porque no eran chuches, sino un paquetito con un lazo. Al abrirlo, me he encontrado con algo que no me sirve para nada. Sé que son un par de pendientes, pero yo no tengo agujeros en las orejas. Cuando se lo he dicho, varias niñas me han mirado como con pena, y me han dicho que le diga a mi madre que me los haga, o Rosa seguirá burlándose de mí porque parezco un chico. Y la verdad, yo no sé qué tiene eso de malo, pero ni papá ni mamá me lo saben explicar. Estoy harta de que me sigan repitiendo que las cosas las entenderé cuando sea mayor.

Ya en casa, quería ver dibujos en el salón antes de acostarme, pero mamá dijo que no podía ser, que había fútbol y papá lo estaba viendo. Y así era, porque amarraba el mando a distancia como si fuera su tesoro. Fui a protestar, pero mamá me dijo que podíamos ver los dibujos juntas en la cocina. Qué remedio.

Me iba a acostar enfurruñada pero, como siempre, mamá vino a contarme un cuento y se me pasó. Aunque la pobre se quedó dormida antes que yo. Debía estar muy cansada de trabajar, cuidar al bebé, hacernos la cena y dejarlo todo listo para mañana. Así que no quise despertarla. Ni siquiera abrió los ojos cuando papá desde el salón, gritó “Goooooool”

 

-Abuela, aquí tienes la redacción.

-Y ¿qué conclusión has sacado? -preguntó la mujer tras leer el cuaderno de su nieta-

-Que tenías razón. No es una conquista. Es una lucha

-Y entonces, ¿ya sabes cómo vas a llamar a tu trabajo?

-Claro. Un cuento de Libertad

Así que hoy el aplauso es para todas. Para la pequeña Libertad y su abuela, para todas las mujeres, y una mención extra a @madebycarol2, autora de la ilustración que da marco a este cuento.

Feliz Día de la Mujer

 

Juicios rápidos: justicia exprés


alta velocidad

En el mundo del espectáculo el tiempo es relativo. Gracias a su magia, podemos viajar en un nanosegundo a nuestros más remotos antepasados, yendo a Altamira en busca del Cavernícola, En busca del valle encantado o de los protagonistas de Ice Age, o llegar a un futuro incierto como el del Planeta de los Simios.  Pero a veces, el tiempo se mide en términos más cercanos, y hay que ir Deprisa, deprisa o correr como locos en el autobús dae Speed. Y es que la velocidad es plato de gusto en muchas pantallas.

En nuestro teatro, aunque tenemos fama de ser más lentos que el caballo del malo, a veces hacemos nuestro lo de “desenfunda forastero” y nos ponemos las pilas en virtud de ese instrumento procesal llamado juicio rápido. Que, aunque haya a quien le extrañe, no solo los hay sino que suelen ser rápidos de verdad. Eso sí, sin confundir la rapidez con la precipitación, que luego pasa lo que pasa.

Según la ley que los regula, uno de tantos parches de nuestra viejecita ley de enjuiciamiento criminal, son los que se celebran en el propio juzgado de guardia por afectar a determinadas materias o ser, con carácter general, de instrucción sencilla. Aunque, como ocurre con el tiempo, también lo de la sencillez es relativo.

Entre los más frecuentes se encuentran los relativos a la conducción bajo los efectos del alcohol o de sustancias estupefacientes. Poco hay que instruir si contamos con un atestado bien hecho, con una prueba que da positivo -a veces no me explico cómo no rompen el etilómetro con las tasas tan altas que arrojan algunos-  realizada con todas las previsiones legales, y con todos los protagonistas en el juzgado. Esa parte es la que a veces más cuesta, porque es difícil que con la cogorza que llevan algunos se enteraran de que les han citado a juicio al día siguiente. Confieso que en alguna ocasión me he quedado con la sensación de que aún padecían algunos efectos de la intoxicación etílica. Pero, en la mayoría de casos, vienen y además se conforman. Pocas opciones les quedan cuando está tan claro, y, como quiera que el conformarse tiene premio -una rebaja de un tercio de la pena-, suele ser lo más conveniente. Aunque alguno, aún así, es renuente, y nos obsequian con excusas como que han bebido “lo normal” -un par de whiskys, una botella de vino y varias cervecitas antes, por ejemplo-, convencidos de que tienen toda la razón. También los hay empeñados en contar que les sentó mal un medicamento, y por más que les expliquemos que la tasa no mide lo que le afecta sino lo que han bebido, no parecen convencerse. Y hasta hay quien pretende hacer una demostración práctica de lo bien que está poniéndose a hacer una exhibición con un pie levantado, tratando de poner la mano entre la nariz y la rodilla, como han visto en alguna película. Pero no cuela.

Hay otros delitos que también estarían en el top ten de conformidades en la guardia. Los robos en que han sido pillados con las manos en la masa, los quebrantamientos de condena o de medidas cautelares, o los malos tratos en el ámbito de la violencia doméstica o de género. La conformidad es, en estos casos, el mal menor, aunque hay que dejar claro que no hay conformidad posible si el investigado no reconoce los hechos. He visto más de una vez palidecer a abogados y abogadas que, tras negociar con el fiscal y explicárselo pacientemente a su cliente, se ven en la situación de que éste se viene arriba y dice eso de “yo no he sido, pero mi abogado me ha dicho que me conforme”. A eso le suelen acompañar caras de estupefacción, y hasta alguna reprimenda del abogado, que se esfuerza en recordarle que eso no es lo que habían hablado. Y lo peor viene cuando lo intentan arreglar. Bueno, me reconozco culpable y me conformo… pero no he sido. Como si fueran el mismísimo Galileo después de abjurar de que la Tierra era redonda. Pero, a diferencia del científico, que se salvó de la Inquisición, nuestros investigados no se salvan de la pena que les toca.

No todos los juicios rápidos acaban con conformidad. Cuando no hay reconocimiento o cuando no se llega a un acuerdo, se realizan los escritos de calificación y el juicio se celebrará ante el juzgado de lo penal al cabo de poco tiempo. Y entonces, aunque cambie de opinión respecto a la conformidad, ya no hay rebaja que valga.

Pero no es juicio rápido todo lo que reluce. A pesar de que la ley, además de un límite material y de sencillez en la instrucción, establece un tope de pena imponible -3 años de prisión para conformidad, 5 en otro caso- en alguna ocasión me he encontrado cosas tan pintorescas como un atestado de “juicio rápido por violación” o “juicio rápido por tentativa de homicidio”, tal cual. Huelga decir que, en esos casos, no se puede hacer otra cosa que transformar en el procedimiento adecuado -Diligencias Previas o sumario-, lo que también se hace cuando hay que practicar alguna diligencia. Y, por arte de birlibirloque, el juicio rápido se vuelve  lento, o, al menos, no tan rápido como se presumía.

En cualquier caso, son curiosas las reacciones del justiciable cuando se celebran estos juicios. Algunos, ni siquiera son conscientes de que lo que se ha hecho es un juicio completo, y se quedan mirando su sentencia de conformidad con cara de interrogante, y hasta alguno exclama que cuándo le van a llamar para el juicio de verdad. Alguna vez he estado tentada de decirle que esto era un juicio de verdad, no de la señorita Pepis, pero en esos momentos más vale callarse, que no suele estar el horno para bollos.

No hay que negar que, a pesar de que tiene sus detractores, y de que no se puede juiciorapidizar cualquier delito ni forzar las conformidades, son un instrumento útil y que agiliza. Por eso, hoy el aplauso va destinado a todas y todos los profesionales de la justicia que,con su esfuerzo, consiguen que ésta salga adelante. Sea en alta velocidad, en cercanía o en media distancia.

#hombresyalgunasmujeres: no me esperes a cenar


 

NO ME ESPERES A CENAR

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Creo que he llegado a un punto sin retorno. No puedo seguir accediendo a todo lo que me pide. Al principio tenía gracia. El descubrimiento de cosas nuevas, la atracción por lo prohibido y esa manera suya de hacerme sentir la reina del universo me atraparon. Pero poco a poco la cosa fue subiendo de tono hasta alcanzar un nivel insoportable. Y ahora me veo atrapada y no encuentro el modo de salir.

No sé cómo pude ser tan tonta. Me dejé engatusar por aquellas palabras dulces y picantes a la vez, unas palabras que nunca había oído antes. Yo, que estaba harta de ser el patito feo entre mis amigas, de resignarme a que ellas encadenaran un novio tras otro mientras yo me limitaba a ejercer el papel de confidente, me encontraba de pronto en la situación opuesta. Era ahora la protagonista, la guapa, la deseada, la que contaba a las amigas mi historia de amor mientras ellas me escuchaban boquiabiertas. Paladeé por vez primera la sensación de ser envidiada en lugar de envidiar. Y me gustó. Tal vez fue lo que más me gustó de toda la historia.

Lo conocí en un chat de contactos. Hablamos de lo divino y de lo humano -más de lo humano que de lo divino- y tras un par de semanas, no me pareció extraño que me pidiera una foto. El también me enviaría una suya, claro.

Cuando vi la imagen de él que me devolvía la pantalla, me entraron sudores fríos. No podía creer que aquel Adonis de pelo rubio y pectorales marcados se hubiera fijado en mí, la feúcha, la sosa, la que siempre escuchaba eso de que te quiero solo como amiga.

Después, entré en pánico. A ver qué fotografía podría enviarle para no decepcionarle. Decidí recurrir a una de mis amigas, muy ducha con los programas de retoque de imagen, y entre las dos construimos un retrato que era yo sin ser yo. Una luz velada, un poquito de tijera en mis caderas y mi abdomen, correcciones la nariz y barbilla, y tacones de vértigo para parecer diez centímetros más alta y lo habíamos conseguido. Nadie se resistiría a aquella muchacha de la foto que era yo si ser yo.

Su respuesta no me defraudó. Demostró tanto entusiasmo por mí como yo por él. Todo parecía ir a pedir de boca. Seguíamos hablando de todo y de nada, y yo ya no podía vivir sin esas conversaciones. Soñaba con él y con el momento en que nos encontráramos, y a la vez temía que llegara. Así que fui demorando el momento mientras me ponía a dieta para parecerme a quien él creía que era yo.

Llegó un momento en que no se conformó con chatear. Teníamos simulacros de sexo a través de nuestras descripciones y un mal día me pidió una foto desnuda. Ya había adelgazado lo suficiente como para parecerme a la chica de la foto que era yo sin ser yo y, aunque me resistí un poco, acabé accediendo a sus ruegos. Me convenció, y me hice una foto en penumbra, desnuda, en la que apenas se veía mi rostro. El dijo que lloró de emoción al verme, y fui tan ingenua que lo creí.

Cada vez eran más frecuentes sus peticiones. Los ruegos se convirtieron en órdenes y las zalamerías en amenazas. Cuando quise poner fin, él ya tenía más de diez vídeos míos en actitudes íntimas, y me advirtió que, si dejaba de acceder a lo que me pedía, los difundiría por todo el instituto y los haría llegar a mis padres.

Así que no me quedó otro remedio que continuar. Ya solo me movía el terror, y cada vez me daba más asco a mí misma.

Hoy me ha exigido que nos veamos. Tengo miedo de ir, y también de no ir, porque se ha cuidado de advertirme lo que ocurrirá si falto a la cita. No veo salida. O más bien, solo veo una salida.

 

Nunca he sido partidario de hurgar en la intimidad de mi hija, pero aquel día una fuerza irresistible hizo que me asomara a la pantalla de su ordenador y me sentara a leer, como si un imán me atrajera sin remedio.

Conforme leía, la angustia se apoderaba de mí. En la última frase, el corazón parecía salírseme del pecho.

Rebobiné la cinta de las relaciones con mi hija los últimos meses. Me asusté pensando que preferí permanecer en la zona de confort, achacando los cambios a la adolescencia como un peaje indispensable en el cambio de niña a mujer ¿Cómo pude estar tan ciego?

No supe qué hacer hasta que me encontré aquella nota fijada con imán en la nevera: “no me esperes a cenar”.

El corazón me dio un vuelco. Solo podía significar una cosa. Tenía que evitarlo.

Le envié infinitos mensajes y llamadas. Sin respuesta. Apagado o fuera de cobertura. Desesperado, llamé a la policía y a emergencias. Traté de explicarme, pero un mensaje en la nevera y una frase en su ordenador no les parecían alarmantes.

Busqué entre la gente que conocía, recorrí las zonas que frecuentaba. Nada.

Al cabo de un rato, recibí un mensaje de mi hermana. Me urgía a que pusiera el informativo de la tele.

En la pantalla aparecía mi hija. Era la manifestación del 8 de marzo. La entrevistaban en directo. Ella hablaba muy segura de los derechos de las mujeres.

Tardó una hora más en llegar. No hizo falta preguntarle. Mi cara descompuesta, mi modo de recibirla como si hiciera siglos que no la había visto y la tapa levantada del ordenador fueron bastante expresivos.

-Papá, por dios. Solo es una historia que me cuenta una amiga. No te preocupes

Me había convencido cuando recibí un mensaje en mi móvil. Abrí el archivo adjunto y ví a mi hija desnuda. No pude seguir mirando.

Fui a su cuarto y la arropé como cuando era niña

-Pase lo que pase, estaré a tu lado.

#AbogadosON: más cosas que se oyen


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La figura del abogado -o abogada- es de las más utilizadas en la ficción. En unos casos, en su versión romántica, la de esos Caballeros sin espada dispuestos a todo de Philadelphia, Algunos hombres buenos o Arde Mississippi, decididos a salvar a su cliente de la acusación de Homicidio en primer grado, de la Pena de muerte o de la Cadena perpetua; o esa parte más oscura oculta en La Tapadera, entre otras muchas obras. Y, por supuesto, protagonistas de esas series inolvidables, desde Perry Mason a LA law, desde Anillos de oro a Turno de oficio, que despertaron más de una vocación.

En nuestro teatro, después de dedicar sendos estrenos a esas frases que tienen que oírse fiscales y jueces, no podíamos sino continuar la serie con las que tienen que oir los miembros de la abogacía. Como en los otros casos ,muchas de ellas están basadas en lugares comunes provenientes de la cultura audiovisual anglosajona y otras, directamente, de la imaginación. En cualquier caso, dan mucho juego que, en este caso, he de agradecer a las aportaciones que me han hecho desde redes sociales, además de mi propia experiencia toguitaconada y de hija y nieta de abogados.

Gran parte de estas perlas provienen de sus propios clientes. Hay que reconocerles que, como tienen una relación más directa con ellos, las posibilidades de oir cosas pintorescas se multiplica. Y la paciencia que han de tener, también, justo es reconocerlo.

El primer capítulo vendría dedicado a las quejas. Los letrados y letradas son de los seres más incomprendidos que hay en el mundo. Yo misma he sido testigo -o testiga, como Chus Lampreave- de cómo un investigado lanzaba exabruptos de su abogada del turno de oficio diciendo que a ver si le traían una abogada de verdad, porque no le gustó lo que ella le aconsejaba. Como no podía ser de otro modo, salí en su defensa diciendo que no podría tener mejor representación, a lo que el tipo se vino arriba diciéndome que estábamos compinchadas por ser mujeres. Y es que, aunque resulte increíble, hay hombres a quienes no les gustan un pelo las profesionales del sexo femenino. Eso le pasó a una abogada que, dispuesta a atender en el SOJ -Servicio de orientación jurídica-, tuvo que soportar que el cliente dijera que él quería al señor del despacho de al lado. Y, por más que explicara que tenía la misma carrera y los mismos o más años de experiencia, no quedó convencido.

Recuerdo con ternura a una compañera de carrera que salía cariacontecida de una de sus primeras vistas. Después de darlo todo en el juicio, tuvo que aguantar que su cliente le dijera “lo ha hecho tan mal que hasta el juez le ha llamado impertinente”. Huelga decir que lo impertinente era la pregunta que quería hacer, pero no hubo modo de explicárselo. Algo parecido le pasó a otra, que escuchó de boca de su representada que el juez le había llamado “incompetente”, cuando lo que había hecho era rechazar la declinatoria. Pero, como he dicho otras veces, el lenguaje no ayuda.

En otras ocasiones son los propios clientes los que no ayudan. El “soy inocente y quiero contar mi versión” le ha costado una condena a más de uno, que ignoró las recomendaciones de su Letrado de no declarar. Y es que a veces sus declaraciones son tan pintorescas que mejor cerrar la boca. Hay un clásico, el de “se clavó sola el puñal” con múltiples versiones. Una de ellas es la que cuenta una amiga abogada: se cayó sola y yo la recogí y la puse en la cama, seguramente fue entonces cuando se causó las lesiones. Otra, la historia del que contaba que le dijo al otro que fueran a pegarse al césped, que no se harían daño y, preguntado que pasó después, dijo que se pegaron en el césped y no se hicieron daño. Algo en que no estaba de acuerdo la parte contraria, claro está.

A veces pasan cosas que difícilmente dejan contener la hilaridad. Como un investigado que contaba muy convencido que lo que vendía eran paletillas. Nadie entendía qué relación tenía aquello con esa parte tan sabrosa del cordero hasta que explicó que paletillas eran esos paquetitos chiquitos donde se ponía la droga -o sea, papelinas- Visto para sentencia. Y ojo, que después de exhibiciones de este tipo, tiene que vérselas con argumentos fantásticos para no entrar en prisión como “es que yo ahí dentro me deprimo” o “no puedo entrar, que tengo claustrofobia”. La verdad es que se lo ponen difícil. Y más cuando lo intentan arreglar, como el acusado de alcoholemia que se explicaba diciendo que “solo” se había tomado dos gin tonics y un amaretto que es digestivo, oiga.

Confieso que más de una vez he compadecido a un Letrado por el papelón que le toca. De vez en cuando a algún juez se le escapa eso de “que pase el condenado” que debe hacer que se la baje el alma a los pies en un nanosegundo. Como debe ocurrir también si oyen cosas como “que pasen a juicio, que ya tengo puesta la sentencia y se la notifico enseguida”. Aunque sus señorías no siempre son tan duros, y, ante una petición de prisión denegada me cuentan que se oyó por lo bajini “es buen chaval”. Y es que un micrófono encendido es un enemigo peligroso.

Otra de las fuentes incuestionables de frases antológicas viene de la idea de la profesión que tiene la gente. Me cuenta una buena amiga abogada que, después de un buen rato comentando en el pasillo acerca del frío que hacía y otra trivialidades le tocó el turno de intervenir y que, al ponerse la toga, escuchó “anda, si no se pone la capa nunca hubiera dicho que era abogada”. Y es que hay quien cree que son de otro planeta, pero por si se les olvida, se lo recuerdan con un “compórtate, que eres abogado”, como si tuvieran que estar siempre con cara circunspecta y la toga puesta.

Pero si hay algo que la gente entiende con dificultad es la esencia misma del derecho de defensa. Por eso les pregunta cómo pueden defender a un terrorista/violador/asesino, como tienen valor para defender a un culpable o, directamente, si no pueden hacer objeción de conciencia. Pero las mejores frases vienen de la propia familia: “hija, con qué gente te juntas”o ¿”eres abogada para defender a inocentes o a todo quisqui?”.Pues a todo quisqui no sé, pero a todo quinqui aseguro que sí, que de eso se trata la cosa. Es lo que hay.

Para acabar, un ramillete de frases provenientes del desconocimiento de nuestros papeles en Toguilandia y la relación entre ellos. Probablemente, alimentada con esa escena de las películas americanas en que todo el mundo se pone en pie a la llegada de su señoría tras el anuncio de “preside el honorable juez x”. Así que hay quien se atreve a preguntar si una es abogada porque no consiguió ser juez o porque no aprobó la oposición. Y como hay quien no interioriza a un abogado o abogada haciendo de acusación, he llegado a oir que “parece un fiscal” o, aun mejor “¿si acusas mucho te puedes convertir en fiscal?”. Obvio la respuesta y la cara de estupefacción del interpelado, pero adelanto que si las miradas matasen hubiéramos tenido un levantamiento de cadáver en el acto.

Acabaré con una frase propia, la que dediqué a mi padre cuando era pequeña. “papá, qué es mejor, ser juez, fiscal o abogado?. Mi padre, aunque no era gallego sino valenciano de pura cepa, me respondió con otra pregunta “¿a quién quieres más, a mamá o a mí?”.Y entonces fue cuando usé por primera vez una frase que en el futuro pronunciaría miles de veces “no hay más preguntas”

Por todas estas razones, mi aplauso hoy es para todos los abogados y abogadas,en especial para quienes han contribuido con sus aportaciones a este estreno. Y cómo no, con ese pequeño guiño a mi padre que seguro que, desde donde esté, me estará leyendo. Y sonriendo, espero.

#JuecesON: lo que han de oir


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Ya lo hemos dicho varias veces. La literatura, los escenarios y las grandes o pequeñas pantallas tienen un filón inacabable con el mundo de la justicia. Y, si hay alguna estrella rutilante que nunca falta, son los jueces -y juezas, aunque mucho menos-. A diferencia de lo que ocurre con otras figuras, todo el mundo tiene una idea aproximada de lo que es un juez, pero no siempre responde a nuestra realidad jurídica, sino más bien a lo que se ve en películas,  como el fantástico Spencer Tracy de La Costilla de Adán, u otras como El Juez, Acción Civil y hasta cintas futuristas como Juez Dredd. Solo por citar alguna, porque los ejemplos son muchos.

Dedícábamos el anterior estreno de nuestro escenario a esas cosas que tenemos que oir los y las fiscales y que nos dejan a cuadros. Y ya advertía -la que avisa no es traidora- que traería sucesivas entregas si otros operadores jurídicos entraban al trapo twittero y me contaban algunas de esas cosas. Y, como soy una toguitaconada con suerte, hubo juezas y jueces que recogieron el guante. Así que ahí van sus aportaciones, verdaderas joyitas recién llegadas de Juecilandia.

En primer lugar, la curiosidad de la gente es mucha, aunque su conocimiento de su labor no sea tanta. Por eso tienen que oir preguntas tan pintorescas como si no les molesta la peluca, por más que hayamos explicado hasta la saciedad que en España no se lleva peluca, aunque a algún magistrado de frente despejada igual le gustaba. Una de las preguntas más comunes es la de “¿no tienes cargo de conciencia?”, seguida generalmente por un “yo no podría ser juez” o, directamente “¿ser juez es muy difícil?”. Pues desde luego que sí, ya lo contamos en su día en uno de los primeros estrenos

El desempeño de sus funciones también es objeto de enorme curiosidad, así que tan pronto encuentras a alguien pregunta por su horario – a a ver quién les explica que depende de la hora en que la gente decida cometer delitos, por ejemplo- y quien suelta a quemarropa eso “¿metes a muchos en la cárcel?”, como si anduvieran con las llaves de la prisión en la cintura cual sereno. Pero también hay preguntas que exceden del ámbito penal -repito que no solo de derecho penal vive el jurista- entre las cuales la reina absoluta es eso de “¿me puedes casar?” que, como casaran a todo el que lo pide, no darían abasto. Incluso en una ocasión llegué a escuchar decirle a un juez que le pagaban lo que quisiera si iba a casar a la parejita al chalet de la sierra, a lo que, por supuesto, el juez de marras contestó con una doble negativa: ni caso ni voy al chalet. Acabáramos.

Un efecto curioso que se produce cuando la gente sabe que alguien es juez o jueza, es creer que automáticamente se sabe todos los códigos y leyes de memoria. Y que, además, está a disposición de todo el mundo, así que lo de “¿te puedo hacer una consulta?” es el pan nuestro de cada día, aunque se esté en el gimnasio, haciendo running o bailes regionales o en un curso de macramé. Pero ojo que no les guste su respuesta. Me cuenta una magistrada que, tras responder a una pregunta de este tipo, al ínclito no debió gustarle un pelo, y le soltó que vaya consejo que le daba, que mejor hablaba con un amigo suyo que seguro que le entendía mejor. Y es posible que entender le entendiera, pero no le arriendo la ganancia.

Otras de las cosas que tiene que oir viene relacionada con su aspecto. La gente debe creer que los jueces nacen con la toga puesta y la llevan hasta para dormir, acompañada de una cara seria y circunspecta. Por eso, más de una compañera escucha eso de “no tienes pinta de juez” o “no pareces juez”. Y, como sea joven y para más inri mujer, hay gente a la que le cuesta asumirlo. Alguna se ha oído eso de “¿y tan joven, cómo va arreglar lo mío?” o, directamente, “yo solo hablo con el juez”, a pesar de que alí estaba la jueza interrogándole desde hacía un buen rato. Yo fui testigo de algo parecido, cuando en uno de los partidos judiciales de mi primer destino, en que había 3 juzgados, todo el mundo se dirigía al único magistrado varón asumiendo que era el decano, a pesar de que era el último del escalafón entre los tres titulares.

Otras cosa que a la gente le cuesta comprender es que sus señorías tengan una vida más allá del juzgado, y que hagan las cosas que hace todo el mundo. Cuenta una magistrada que le ha pasado más de una vez que en una boda, cuando está haciendo lo que hacen los invitados a las bodas -o sea, divertirse- ha escuchado a alguien decir “mira, la que salta es juez”. A eso puedo sumar yo mi propia experiencia de consorte de juez y convidada a bodas, ya que en una, cuando estábamos dándolo todo en la pista de baile, alguien nos dijo “anda, me habían dicho que erais juez y fiscal, no unos hoolighans” -juro que nos hacíamos nada fuera de lo normal-. Pero la gente sigue creyendo que somos una especie de extraterrestres, y parece que le gusta porque si cuentas que te han puesto una multa o te ha parado la policía por algo, siempre hay alguien que pregunta “¿y no le dijste que eres juez?”. Pues no, no van con el carnet en la boca. Faltaría más.

También desde el otro lado de estrados vienen reacciones curiosas y salpicadas de anécdotas. Acusados e investigados tienen los suyo a la hora de tratar a sus señorías, y así me cuentan de uno que, preguntado por quién le vendió la droga respondía muy ufano: ¿para qué se lo voy a decir si no lo conoce?. Otro se conforman con el clásico “yo solo pido Justicia” o”yo solo quiero que se me escuche”.

También los testigos tienen lo suyo.Mas de uno hay que reclama la máquina de la verdad, y no hay que perder de vista el clásico que ante la pregunta de si jura o promete decir verdad dice que jura y promete, hasta por el niñito Jesús si hace falta, o que me muera ahora mismo si miento, que dijo otro, ante nuestro espanto por si se cumplía. Y ojo, si se insiste en que elija, podemos encontrarnos con lo que le paso a una compañera: “eaa, pues juro”. Vamos, que para ti la perra gorda.

No obstante, de las mejores cosas que se escuchan son las que salen de la boca de abogados y abogadas. Ese “dígaselo usted a mi cliente, que a mí no me escucha”, o lo de hablar en estrictos términos de defensa. Muy peculiar es la reivindicación de un derecho nuevo, el derecho al desahogo, esgrimido por un letrado frente a un juez al que pretendía discutirle un auto de prisión. Olvidaba que el libro de reclamaciones en Justicia existe, y se llama recurso.

No me olvido de las relaciones con los funcionarios, que a veces obsequian con frases impagables.” ¿Señoria, hoy va a firmar?” o “Señoría, ya están todos, venga a sala” son dos de ellas. Pero sin duda mi favorita fue una que viví hace ya mucho tiempo en vivo y en directo, cuando un funcionario que llevaba toda la vida en un juzgado no estaba de acuerdo con la resolución del juez, recién llegadito de la escuela, y le dijo: “los tratadistas y yo pensamos otra cosa”.  Sin palabras se quedó el pobre.

Y ahí quedan todas esas cosa que oyen sus señorías.  Para ellos y ellas es hoy mi aplauso. Especialmente para quienes, con sus aportaciones, han hecho posible este estreno. Mil gracias.

#FiscalesON: cosas que oímos


 

20190218_210036Ya sabemos que lo que ocurre en juzgados y tribunales es muy atractivo para el mundo del cine y del teatro. Series y películas tienen un verdadero filón con ello. Pero, pese a ello o tal vez por su causa, ya que nuestra cultura audiovisual es fundamentalmente anglosajona, la mayoría de gente conoce a los y las fiscales solo de oídas. Y nos imagina paseando de uno a otro lado de la sala como en Vencedores y vencidos, Presunto inocente, Testigo de cargo, Algunos hombres buenos, El jurado o en series como La fiscal Chase, Juzgado de guardia o Turno de oficio, solo por citar algún ejemplo. Aunque tampoco es infrecuente que se nos ignore olímpicamente.

Estas cosas, las que cuenta la prensa, y alguna más salida directamente de la imaginación, hacen que se tenga una visión distorsionada de la realidad de Toguilandia y en particular, de Fiscalilandia. Ya dedicamos un estreno a la ficción  y, aunque también hubo otro -uno de los primeros de nuestro escenario- dedicado a fiscales, hoy he decidido dar un paso más, y agarrarme del hilo que inició en twitter una compañera sobre esas frases que tenemos que escuchar más de una vez.

Las fuentes, como en el Derecho, son variadas, pero vienen principalmente desde dos manantiales: la gente ajena a Toguilandia y los profesionales, con todos los subapartados que se quiera.

Entre las frases a que hacía referencia mi compañera hay varias muy comunes, basadas en el desconocimiento la mayoría de las veces. Hay quien pregunta directamente qué es lo que hace un fiscal, y hay quien da un paso más, y creyéndose en la posesión de la verdad jurídica absoluta por haber visto Perry Mason, La ley de los Angeles, la fiscal Chase o Canción triste de Hill Street -según sus aficiones y su año de nacimiento- te suelta  eso de “claro, el fiscal es el que siempre acusa” o, más de colegueo, que eres la mala de los juicios, algo que en su día le dio más de un disgusto a mi madre que, después de verme quemarme las pestañas durante tanto tiempo tenía que vérselas en la panadería con las vecinas que le decían que tanto estudiar para ser la mala de la película.

Por otra parte, el lenguaje no ayuda, y es más que común que la gente piense que nos dedicamos a los impuestos y, si te pillan desprevenida, te pregunten sobre el IVA o te pidan que les hagas la declaración de la renta.

También hay gente que piensa que eso de ser fiscal te convierte en una enciclopedia ambulante de saberes jurídicos. ¿Me recurres esta multa? ¿Tengo que pagar la reforma del ascensor si vivo en el primero y subo andando? ¿He de seguir pagando la pensión si mi hija me ha dicho que mamá tiene novio? O una de mis preferidas ¿se puede desheredar a los hijos como Angela Channing en Falcon Crest?. Ante esto, no queda otra que decir simple y llanamente que no o echar balones fuera, que no siempre es fácil. Contaba un compañero que las veces que visitaba su pueblo natal -una aldea muy pequeña- los vecinos le esperaban haciendo cola para preguntarle sobre todo lo preguntable. Y a ver quien es el guapo que defrauda a un público tan entregado, y más si estaba al lado su madre sacando pecho orgullosa de lo listo que le había salido el zagal.

Confieso que otras veces las preguntas nos hacen enfadar, y hay que contar hasta tres para no lanzar un exabrupto. Eso me ocurrió a mí cuando una amiga, con la mejor de las intenciones, me dijo cuando aprobé: “no te preocupes, ya ascenderás a juez”. O,como contaba mi compañera “¿y no quieres ser juez?”. Y por más que se empeñe una en recitar esa parte de la lay orgánica que dice que jueces y fiscales somos iguales en cargos, honores y tratamientos -a lo que yo suelo añadir que también en sueldo, que se entiende mejor- no es raro que se te queden mirando con cara de poca convicción, como diciendo “pobrecilla, se consuela con cualquier cosa”

No nos conocen. Hasta el punto de que en juicios el justiciable no sabe como dirigirse a nosotros, y te sueltan un “señoría, perdón, fiscal” o directamente te llaman señorita, majestad o cualquier otra cosa. En una ocasión, en una entrega de medallas, el speaker, que tenía que anunciar las de un juez y una fiscal, dijo “miembros de poder judicial y del poder fiscal”. Y yo me sentí más poderosa que nunca, por supuesto.

Fuera de la sala la cosa no pinta mejor, y es habitual que alguien te suelte eso de que no pareces fiscal, no tienes pinta de fiscal o, mejor aún, que “eres muy normal”, como si ser fiscal implicara ser extraterrestre. Y oye,llevaremos toga, pero ni somos verdes ni tenemos antenitas.

Pero no todo viene de fuera de Toguilandia. En nuestro propio escenario también oímos cosas curiosas, por decirlo de algún modo. Cuando llegué junto con dos compañeras a mi primer destino, alguien espetó, medio en broma medio en serio, que habían pedido fiscales, no niñas. Por no hablar de las relaciones con la carrera hermana, sobre todo si hay un juicio largo de por medio : venga, aprecia una eximente/atenuante/menor entidad, que son 7 tomos y 15 testigos citados… Pero, al final de la corrida, se aprecia cuando se tiene que apreciar, y eso lo sabemos y aplicamos tanto jueces como fiscales.

Y es que las conformidades dan mucho de sí. Frases como “Qué me ofreces”, “anda, bájame la pena en grado”, “bájame la cuota diaria de multa a 2 euros, que tus compañeros lo hacen” o “tus compañeros me piden menos” son muy frecuentes. A veces pienso que algunos Letrados hacen la pregunta trampa, poniéndonos de cebo al compañero o compañera cuyo nombre no facilitan pero que, según él, seguro que la bajaría. Un compi me dice que más de una vez ha respondido que eso no era el Corte Inglés ni estaban de rebajas, y otra que, simplemente, ha tenido mala suerte porque “le he tocado yo”. Aunque hay quien es todavía más directo y te dice eso de “¿no me va a retirar la acusación?”. Y ojo, que no se me tome como una crítica, que respeto mucho que hagan todo lo que puedan por sus clientes, que algunos son para darles de comer aparte, como el que en una vista de conformidad, tras una paciente conversación con su letrado, le deja a los pies de los caballos diciendo “yo no he sido, pero me conformo si me da la suspensión”.

Eso sí, los investigados o ya acusados no son tan finos con la fiscalía, que por algo debemos ser su enemigo natural. Un compañero oyó como uno se refería a él diciendo “¿el niñato h d p me ha pedido prisión?” y yo oí en la puerta como se referían en similares términos a mi persona los familiares del ya preso preventivo. A veces, se les escapa un “pero, muchacha” o directamente como “eh, rubia”.

Pero sin duda entre mis respuestas favoritas está la de un letrado que, a la habitual pregunta del auxilio judicial sobre “si quieren hablar con el fiscal” dijo: sí, pero de esto , no. También es buena la de “por favor, háblame de tú”, cuando una lleva media hora hablando de usted, y es que lo del tratamiento siempre tiene su aquel.

Por último, acabaré con un clásico, oído de cualquiera a quien no le guste una decisión nuestra. Claro, como obedecéis órdenes del Gobierno. A lo que yo suelo responder que esperen un momento, que me llama el presidente para decirme que ropa he de ponerme. Y qué tacones ,por descontado.

En cuanto al aplauso, es obvio. Hoy va dedicado a la inspiradora de este estreno y a todos los compis que han aportado en él. Mil gracias otra vez.

Y un aviso extra. Prometo volver con frases que les dicen a jueces/abogados/LAJs/funcionarios/abogados/procuradores… y a quien quiera contármelas. Espero ansiosa vuestras aportaciones.

 

Sastrería: maestros de la costura


 

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Como todo el mundo sabe, un buen vestuario es esencial en cualquier espectáculo que se precie. La falta de cuidado en él puede dar al traste con la mejor de las películas, por buenos que sean guión e intérpretes. Hay veces que es el propio vestuario, y quienes lo confeccionan,  quienes asumen el protagonismo de las obras, como ocurre en El tiempo entre costuras, Pret a porter o El diablo viste de Prada. En otros casos, es la vida de los propios modistas y modistos las que dan lugar a interesantes biopics, como ha ocurrido con Coco Chanel, Versace o Yves Saint Lorent.

  En nuestro teatro estamos lejos de ser fashion victims, que la toga –o el batín negro, como le llaman algunos- da muy poco juego, la verdad, por más que la acompañe de mis imprescindibles tacones. Aunque su uso ha dado lugar a más de una anécdota jugosa. Jamás olvidaré a un letrado de hechuras considerables que no tuvo más remedio que verse embutido, literalmente, en una toga varias tallas pequeña porque era la única que quedaba en el toguero de su Colegio respectivo. Confieso que pasé todo el juicio sin poder evitar mirar a aquellas mangas que le quedaban tan apretadas en el codo que no le pasaban y parecían de farol, y lo difícil que le era mover los brazos dentro de aquello. Y creo que él tampoco lo olvidará, por la cara de apuro que ponía. También me he visto en el caso contrario, el de tener que usar la toga de un compañero con talla de jugador de baloncesto, y notar que flotaba a mis pies como si de una cola de novia –o de faralaes- se tratara.

Pero, aparte de nuestra toga, con sus puñetas  y todo, y nuestro vestuario, al que ya le dedicamos sus correspondientes estrenos, hoy me proponía abordar otra cosa, y hacer de este estreno nuestro particular Maestros de la costura. Así que cojamos hilo, aguja, dedal y tijeras, y vamos allá.

No puedo obviar, en primer término, la casi única referencia a la costura de nuestras leyes. La que hace la ley de enjuiciamiento criminal cuando habla de los autos cosidos con cuerda floja. Reconozco que, aunque tiene bastante de anacrónico, me encanta ver todavía esos sumarios que tienen sus piezas unidas con un cordelito rojo. Algo impensable en plena era digital que, sin embrago, existe, aunque cada vez menos. Ni punto de comparación con las grapas, fasteners y demás que, además de bastante más feos, se desarman a la mínima, dejándonos los sumarios hechos unos zorros.

Así que empecemos, cómo no, por los patrones, que ya se sabe que sin un buen patrón es difícil que siente bien ninguna prenda. Esta función la cumplen en Toguilandia, sin duda alguna, las leyes procesales, que establecen las medidas, las piezas y el diseño sobre el que luego se ejecutaran esos vestidos que son los pleitos. Y aquí es donde nos empiezan a fallar las cosas, porque aun estamos con el papel Manila y el jaboncillo. Ni rastro de posibilidades digitales ni de adelantos, sobre todo en lo que a materia criminal se refiere. Así que nos exigen usar el método manual de la alta costura pero obtener unos resultados propios del pret a porter más low cost. Cuando hay situaciones nuevas, que la vieja ley de 1882 no preveía ni podía prever, no tenemos patrones a los que ajustarnos, y no queda otra que inventar nuevos desde la nada. Y claro, pasa lo que pasa. Porque, en términos de costura, la ley de enjuiciamiento es como una vieja colcha de pachtwork tan parcheada que ya le revientan todas las costuras. O como tratar de acoplarle un traje de cristianar a una niña para su primera Comunión.

Apañado el tema de los patrones, tendremos que saber qué telas usamos. Nuestros tejidos son variados aunque algo limitados. Vendrían determinados por las leyes sustantivas, y especialmente los Códigos de cada materia. Algunos, como el Código Civil, viejos pero sólidos y resistentes, a prueba del paso del tiempo, como un buen algodón. Otras, tan sutiles como una seda que, con el paso del tiempo, se aja y pierde su belleza si no se cuida bien –y aún cuidándola-, como ocurre con los Códigos penales, tan sensibles y cambiantes con el paso de los años y las veleidades políticas. Por otro lado, tenemos nuestro tejido grueso y bien armado, la Constitución,  una lona resistente pero difícil de modificar por lo dura que resulta para trabajar. Y, cómo no, también unas cuantas leyes low cost, hechas a la moda del momento y que luego se cambian o devienen inservibles. Es sí, se echa de menos algún tejido elástico, una lycra judicial que diera una mayor flexibilidad a alguna que otra ley.

Por su parte, contamos con el material propio de nuestro particular taller de costura. Algunos, como las tijeras y las gomas –tan utilizadas para unir los tomos de los expedientes o las carpetillas de fiscalía- son los mismos, y con parecida utilidad. Otros, con sus peculiaridades, como esos dedalitos de goma que utilizan algunas personas para pasar las páginas de los expedientes. Nuestra máquina de coser sería más bien el ordenador con el que trabajamos, si lo tiene a bien, y que más de una vez se parecen más a las máquinas de pedal de nuestras abuelas que a las modernas máquinas multifunción, que igual hacen una vainica doble que un ojal para abrigo. Por eso, más de una vez, tenemos que bordar a mano –con nuestro boli bic- en vez de hacerlo a máquina. Cosas de Toguilandia.

Nuestros clientes son, sin duda alguna, los justiciables. Ese que necesita un traje a medida de su asunto y del lugar que ocupe en él. Y el encargo es, desde luego, el pleito de que se trate, que tanto pude ser un traje de alta costura o simplemente un dobladillo. Pero, sea lo que sea, habrá que ejecutarlo bien, porque tan malo es que el traje de alta costura no te quede bien o sea grande o pequeño, como que un dobladillo se deshaga. Por supuesto, las técnicas utilizadas son tan diferentes como distinto sea el encargo. En ocasiones, basta con dar unas buenas puntadas, en otras, hay que hacer verdadero encaje de bolillos.

Así que ahí queda la obra final, lista y dispuesta a desfilar por la pasarela de nuestro escenario. A quines la leéis corresponde decidir si ha quedado un traje digno de la mejor pasarela o una batita del todo a cien.

Por mi parte, solo me queda el aplauso, que va dedicado a todos los maestros y maestras de la costura de Toguilandia, que saben hacer un vestido que quede como un guante aunque la materia prima no sea la más adecuada. Y eso sí, hoy me permito una dedicatoria especial par mi madre que, como buena modista, me ha inculcado el amor por la costura y, sobre todo, por las cosas bien hechas.

 

Agendas: nuestra cartelera


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Una buena organización siempre es esencial, incluso entre los artistas, por más que tengan fama de bohemios y anárquicos. Y no hay organización que se precie sin una buena agenda, sea cual sea su soporte físico. Sin ella, no sabrían cuándo tienen bolos, o se les solaparían unos con otros sin remedio. Y, al fin y al cabo, ¿qué es una cartelera de cine sino una agenda? Así que, sea La agenda oculta, o sea bien visible, no podemos prescindir de ellas.

En nuestro teatro, las agendas tienen un lugar preferente. Sean las del juzgado, la personal o la de los profesionales, sea manual o digital, es uno de nuestros imprescindibles. Hasta el punto de que perderla puede convertirse en una auténtica tragedia. Con llanto, rechinar de dientes y todo.

Cuando empecé mi andadura en Toguilandia, siendo todavía una fiscalita en prácticas, mi tutor me dijo algo que se me quedó grabado. El juez tiene en sus manos el arma más poderosa: el libro de señalamientos. Pronto pude comprobar que tenía, como siempre, más razón que un santo y que aun con todo el tiempo que ha pasado y todo lo que hemos cambiado, sigue siendo una verdad irrefutable. Sin olvidar, claro, la intervención de los LAJs en esta tarea

Es cierto que ha llovido mucho desde entonces a acá. Y aunque en nuestro escenario las cosas suelen ir más despacio que en el resto del mundo, también se ha dejado sentir el avance tecnológico y el cambio -o parcheo- de algunas leyes. Ahora hay una agenda electrónica monísima, que facilita ese sudoku que hay que hacer para encajar declaraciones, juicios y guardias. Pero, se crea o no, no han dejado de existir esas agendas de cuero -o símil, claro está- de toda la vida donde se anotan las cosas. Cuántas fotocopias de sus páginas nos han pasado directamente, con la dificultad añadida en muchos casos de interpretar la letra de quien hizo las anotaciones. Hay cosas que no cambian.

También los y las fiscales tenemos nuestra propia agenda. Que, además de la propia de cada cual, viene traducida en un instrumento del demonio: las planillas. Para quien no lo sepa, se trata de un papel -o su trasunto virtual- tipo sábana que reparte los juicios entre los fiscales de la fiscalía correspondiente. Y lo de sábana no es baladí, es el perfecto revestimiento del peor de los fantasmas, porque son como un huevo Kinder pero la sorpresa nunca hace sonreír como a las criaturas del anuncio. Y si alguien cree que exagero, que se lo pregunte a cualquier miembro de la carrera fiscal, que seguro que le confirma este extremo. Porque aunque haya quien lo ignora, los fiscales no pertenecemos a un juzgado -por eso no podemos acudir a todas las declaraciones a lo que, además, no nos obliga la ley- sino que además del juzgado o los juzgados  a los que estamos adscritos, tenemos que cubrir los señalamientos de los órganos de enjuiciamiento -Juzgados de lo Penal y Audiencias-, las bajas o ausencias de compañeros y mil incidencias más, de las que las más de las veces tenemos noticia por esa agenda global que son las planillas.

Pero si hay agendas que realmente dan más terror que el mismísimo Fredy Kruger, son las de las Letradas y Letrados -o procuradores y procuradoras-. Cuando les veo sacar esa libreta manoseada, mirar el móvil o la Tablet o -versión de toda la vida- llamar a su despacho me pongo a temblar. Especialmente si se trata de poner fecha a una continuación de juicio con múltiples investigados, múltiples acusaciones, o las dos cosas a un tiempo. Yo ese día tengo guardia, yo un señalamiento a 500 km, yo un recurso en la Audiencia Nacional, yo una declaración o una vista en el Tribunal Supremo o, lo que es más gordo, yo ese día tengo programada una cesárea o me operan de menisco. Y he visto más de diez propuestas sin éxito, y eso que nadie cuenta con que el fiscal tenga algo que, salvo honrosas excepciones, ya vendrá otro que para eso la Fiscalía es única, como si nos transmitiéramos los conocimientos por telequinesia. Y ojo, que tampoco me parece de recibo lo que he oído alguna vez respecto de los letrados: “pues avise a un compañero”. Tampoco hay telequinesia abogadoril.

En cualquier caso, mientras las cosas sigan como están, no nos queda otra que hacer malabarismos para encajar todas las piezas del puzle. Por más que en muchos casos hubiera que plantearse una reforma a fondo que evitara el presencialismo a machamartillo y optara por optimizar las vistas a los casos en que son realmente necesarias. Y no lo son todos esos supuestos en que simplemente se hacen alegaciones iguales a las hechas por escrito sin práctica de prueba alguna, y se celebra vista únicamente porque la ley lo prevé.

Y ya que estamos, aprovecharé para dar unos consejitos. Las agendas, además de tenerlas, hay que ponerlas al día y anotar bien las cosas. No hagáis como yo, que alguna vez me he confundido de mes y me he plantado un mes antes en un evento extrañada de estar sola allí. También lo he hecho alguna vez porque me equivocado al mirar en el día que estamos. Aunque, por suerte, siempre me he adelantado y no he dejado de aparecer porque me haya pasado lo contrario. También conviene comprobar todas las características de las cosas, que confieso que una vez me encontré en una mesa redonda teniendo que improvisar porque no había leído el correo completo y había obviado la segunda parte -por suerte, creo que no se notó, aunque a mí casi me da un patatús-. Y, para quienes no sean de la secta del despiste, disculpad este momento del Libro gordo de Taconete.

Pero, por muy despistada que esté, delo que no me olvido es del aplauso. Hoy es para todos los operadores jurídicos que consiguen dar volteretas para atender a todo. Que a veces, es Pura magia,aunque nos volvamos Del revés, como la ilustración que tan generosamente me deja una vez más, @madebycarol2 Por supuesto, una ovación extra para ella

 

 

Autoayuda: manuales toguitaconados


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De un tiempo a esta parte, cada día están más en boga los libros de autoayuda. Se ve que en en nuestro mundo necesitamos un empujoncito extra para afrontar el día a día. Y, por supuesto, esta tendencia también pasa al mundo del espectáculo, aunque se gritaba eso de Help desde mucho antes. Películas como Del revés se empeñan en que nos conozcamos por dentro, con todas nuestras emociones, a ver si somos capaces de hacer las cosas de un modo Mejor imposible.

A pesar de que hay libros de autoayuda en muchos ámbitos de la vida, no sé si hay alguno destinado a los habitantes de Toguilandia. Al menos tal y conforme los concebimos, porque en realidad los hay sin que nos hayamos dado cuenta de que lo son.

Me di cuenta de que los Códigos tienen mucho de eso a raíz de una anécdota que me contó un amigo juez hace mucho tiempo. Por aquel entonces, él era juez de un juzgado mixto y había ido a verle uno de los jueces de paz de su partido judicial. Para quien no lo sepa, explicaré que los jueces de paz son los encargados de algunas gestiones relativas a la justicia en pueblos donde no hay juzgado de primera instancia e instrucción, pero no pertenecen a la carrera judicial ni hacen oposición alguna. Pues bien, en esa consulta, relativa a un asunto de tierras, el juez de paz en cuestión, tras plantear sus cuitas dijo algo inolvidable. Sacó una cosa que llevaba guardada en su maletín y enarbolándolo con cara de triunfo, exclamó: me han dicho que me compre este libro rojo donde viene todo. Y algo de razón tenía, sin duda. Porque ese libro rojo –color de la editorial que le recomendaron- no era otro que el Código Civil. Por supuesto, el juez le dijo que era una recomendación extraordinaria, y que tomaba nota. Faltaría más.

El Código civil que no es el único de esos libros que eran pioneros de los libros de autoayuda sin saberlo. Pero hay qué ver la de cosas a las que da solución, o al menos le pone nombre, que no es poco. Hay que reconocer que saber que se llaman servidumbres cosas como que el vecino  pase por nuestra casa para ir a la suya porque así lo ha hecho toda la vida, o que no puedan levantarnos una finca delante que nos tape el panorama -con su reja remetida, o no- pues tranquiliza mucho. Y es que el Código Civil igual sirve para saber a quién le corresponde la propiedad del tronco que flota en un río, cómo qué hacer con un enjambre de abejas o con un tesoro oculto, supuestos con los que nos encontramos a diario, como todo el mundo sabe.

Bromas aparte, el Código Civil, aun cuando date del siglo XIX, resuelve muchas más cosas de lo que la gente cree. La clave, claro, está en saber buscar, y para eso nos formamos. Al hilo de esto, recuerdo algo que me pasó hace mucho y que creo que es ilustrativo. Un familiar me decía que quería formalizar algo para que en el caso de que le pasara algo, su pareja, que estaba por aquel entonces embarazada, no quedara desprotegida y se supiera que el niño que esperaba era suyo. Le dije que podía inscribirse en el Registro de parejas de hecho, que podía hacer un documento ante notario y que podía hacer testamento donde reconociera al niño, que se mantenía aunque luego hiciera otro testamento. Me miró diciendo que menudo lío. Entonces le expliqué que había algo que resolvía todo lo que quería: se llamaba matrimonio y estaba en un libro estupendo -recordé entonces al juez de paz de mi amigo- que se llamaba Código Civil. Y que, ojo, no ponía en ningún sitio que tuviera que ir acompañado de convite, vestido blanco ni tarta de merengue, por si había dudas. Y añadi que no tenían que besarse los padrinos, por si acaso.

Pero no creamos que solo el Código Civil nos da soluciones. Todas las leyes están hechas para eso, aunque a veces no lo parezca. Y entre ellas, también hay que destacar al Código Penal que, aunque, como su propio nombre indica, regula esencialmente las penas, en el sentido de dar castigo a las conductas ilícitas que él mismo define, es una autoayuda fantástica para un derecho que debería tener reconocimiento constitucional: el derecho al pataleo. Tal vez no consigas recuperar ese bolso que te robaron ni que vuelvan las cosas al estado que tenían antes de que nos causaran tal o cual mal, pero, al menos, le atribuye un castigo a quien lo ha hecho, que siempre es un consuelo.

Esta función de autoayuda la puede tener cualquier ley. Las leyes procesales, sin ir más lejos, nos indican cuál es el camino a seguir para hacer una reclamación ante los tribunales. Aunque, tal conforme están redactadas, hay que concluir que el camino más corto entre dos puntos en Derecho casi nunca es la línea recta.

Las publicaciones en el BOE pueden tener esa importante función de autoayuda. Pensemos, por ejemplo, en los concursos de traslado, o en los nombramientos. Si salen bien, te ponen en casa. Y si no, ya sabemos, nada es infalible, y el BOE menos aún.

No quisiera bajar el telón de este estreno sin hablar del contrario a esa función de autoayuda. La de no-ayuda, una característica que tienen muchas leyes que no hacen sino complicar las cosas en lugar de mejorarlas. El mejor ejemplo que me viene a la cabeza es el de la limitación de los plazos de instrucción, cuya derogación seguimos pidiendo a gritos. Que gran ayuda será el día en que el BOE, por fin, la publique, que esperemos que sea más pronto que tarde.

Solo me queda dar el aplauso, que va hoy dedicado a todas esas leyes que mejoran nuestras vidas y, sobre todo, a quienes saben aplicarlas para lograr tal efecto. Porque en eso consiste administrar justicia.