Olvidos: ¡Andá, la mascarilla!


                El olvido y la desmemoria son temas recurrentes en el mundo del arte, sobre todo cuando va unido al dolor y melancolía que forman ingredientes esenciales de cualquier buen melodrama. La dificultad de continuar Más allá del olvido, la de tratar de pensar en El olvido que seremos o componer Los versos del olvido son algunos ejemplos, como lo es la petición de que No me olvides.

                En nuestro teatro los olvidos son tan frecuentes como en cualquier otro ámbito, aunque hay que andarse con cuidado porque los efectos pueden ser mucho más graves. Hay olvidos grandes y pequeños, importantes o intrascendentes, y hay olvidos inevitables en estos tiempos de pandemia.

                Más de una vez en estos días me he acordado del anuncio de Donuts de mi más tierna infancia, donde un niño –en blanco y negro todavía- olvidaba su almuerzo y, como quiera que regresaba a remediar el despiste, cometía uno mayor. Su frase de “Anda la cartera” ha seguido repitiéndose como paradigma del despiste, aunque, desde luego, revela la edad de quienes lo recordamos.

                Como decía, más de una vez me he sentido ahora como el niño de los Donuts cuando he salido de casa. Y es que, no sé por qué, nos olvidamos de la mascarilla, obligatoria en estos tiempos pandémicos que nos ha tocado vivir. No sé si es mi subconsciente, que quiere hacerse la ilusión de que nada de esto ha pasado, o mi esperanza, que quiere mirar a un futuro en que volvamos a vernos la cara completa. Pero, sea uno u otra, confieso que he tenido que andar alguna vez sobre mis pasos para coger la mascarilla.

                Algo así debió pasarle el otro día a un abogado, que entró en una declaración tapando su nariz y su boca con una braga de motorista que agarraba con la mano para que no se le bajara. Estoy segura que olvidó el tapabocas –como dicen, tan bonito, en Hispanoamérica-, algo que se intuía no solo por el sucedáneo que utilizaba sino por la expresión de apuro que se adivinaba en su cara.

                Y, aunque no sea exactamente un olvido, no puedo dejar de recordar al hilo de esto una anécdota que me pasó en mis primeros tiempos en la fiscalía, relacionada, precisamente, con la prenda de ropa en cuestión. Resulta que me encontré con un atestado por el robo en una gasolinera donde los acusados “cubrían su cara con bragas”. Me quedé impactada imaginando a los acusados de semejante guisa porque, por aquel entonces, yo desconocía que existieran más bragas que las que forman parte de la ropa interior femenina, y me preguntaba por qué habían elegido aquello como disfraz. El entuerto se deshizo cuando cometí la ingenuidad de preguntarle a un compañero cómo colocarían los agujeros para las piernas. Mi compañero debe estar riéndose de mí todavía, y yo aún me sonrojo solo de pensarlo. Eso sí, aquí no hay olvido que valga, nunca dejaré de recordar que existen más bragas que las de lencería.

                Por supuesto, hay olvidos más relacionados con nuestro trabajo. Yo, que el día que repartieron la cualidad del orden estaba haciendo pellas, suelo tener olvidos y despistes día sí día también, que trato de suplir con alarmas, notas y pósits que a mí misma me cuestan de entender . Sin ir más lejos, confieso que tengo un grupo de whatsapp conmigo misma donde me digo todas las cosas pendientes, pero aún así he llegado a ir a coger un tren un día antes del curso que iba a hacer, o he olvidado la hora en que salía y he llegado por los pelos al siguiente, como me ocurrió para la celebración de las bodas de plata de mi promoción de fiscales.

                También me sucede de vez en cuando con juicios y carpetillas, y aunque nunca ha llegado la sangre al río, el mal rato no me lo quita nadie. Recuerdo una vez que pasé una hora entera sentada en la sala de vistas, indignada porque no había llegado ni jueza, ni letrados ni partes. Indignada, llamé al juzgado para pedir explicaciones y aún están carcajeándose con la fiscal que llegó con un día de antelación a sala. Si eso no es puntualidad, ya me dirán qué es.

                Otro de los olvidos horribles es el de las carpetillas, nuestro instrumento para conocer los pormenores del juicio al que vamos, que muchas veces no hemos calificado ni instruido.  Sabiendo eso, no es difícil imaginar cómo se queda una al saber que se ha olvidado la carpetilla en casa, en el coche, o donde sea. O que a ha confundido con otra. Y, aunque siempre se encuentra una solución –volver a por ella, mirar los autos in situ o pedir un receso, el mal trago no nos lo quita nadie.

                Supongo que, mutatis mutandi –toma latinajo- lo mismo se podría decir de las carpetas donde los letrados y letradas llevan sus copias o del expediente que maneja Su Señoría. Aunque en su caso no suele darse la circunstancia tan habitual en los fiscales de no haber visto ese asunto hasta la fase de juicio, salvo casos como sustituciones entre compañeros o la llegada a un nuevo juzgado con asuntos antiguos. Quien se haya visto en este caso seguro que sabe de lo que estoy hablando.

                Otro de los útiles cuyo olvido es relativamente frecuente es la toga, pero hoy ya no tiene trascendencia. Entre las muchas cosas que se ha llevado el coronavirus por delante está la obligatoriedad de la toga en estrados. Ahora la uniformidad y solemnidad del negro se ha visto sustituida por una variedad de colores que a veces hasta se agradece, porque, como le dijo una vez a su madre la hija de una compañera, hay quien se pregunta por qué hemos de ir vestidos de cucarachas. Sea como sea, ya dedicamos a la toga epi un estreno, así que ahí lo dejo.

                Y ahora solo queda el aplauso, que de eso no me olvido. Y lo daré esta vez a todas aquellas personas que, como yo, sufren con sus despistes. Al final, todo tiene remedio .Aunque siempre queda el bochorno, claro

Y hablando de olvidos, casi se me olvida citar la fuente de la viñeta de Idígoras y Pachi exclusiva de jupsin’. https://jupsin.com/la-vineta/vuelta-al-cole-del-donut-a-la-mascarilla-y-el-gel/… Gracias por traducir a imágenes nuestros pensamientos

Onlainismo: pantallas a tutiplen


                En el mundo del espectáculo están acostumbrados desde hace más de un siglo a la utilización de pantallas. Sin ellas, el cine no hubiera nacido y no podríamos disfrutar de ese grandioso invento de Los hermanos Lumiere. Pero las ciencias adelantan que es un barbaridad, como dice la canción, y la tecnología que en su día convirtió el cine mudo en sonoro, que lo hizo panorámico o en 3 D también forma parte del contenido de las películas. Y se queda obsoleto tan rápido como en la vida real. Así, lo que era tecnología punta en Tienes un email o El diario de Bridget Jones, el correo electrónico, ha pasado a quedarse limitado al ámbito formal para dar paso a WhatsApp, redes sociales o cualquier otro modo de mensajería que también acabará pasando de moda. La red que dio lugar a la película de ese nombre nada tiene que ver con la de hoy. Deprisa, deprisa.

                En nuestro teatro, la digitalización siempre lleva retraso respecto del resto del mundo, ya lo hemos dicho en varios estrenos y mucho me temo que seguiremos teniendo que decirlo. Pero si algo ha traído consigo la pandemia y el confinamiento que supuso y supone en uno u otro grado es la activación de la vida digital. Teletrabajo , webinars y todo tipo de actividades on line sustituyen al presencialismo de toda la vida. A la fuerza ahorcan.

                Como tantas otras cosas, cuando empezó el confinamiento, pensamos que saldríamos cambiados. Creímos que, además de ser mejores personas por fin entraríamos en la modernidad, especialmente en Justicia. No sé como pudimos tener tanta ingenuidad. Ni mejores personas, ni una Justicia más eficiente. Parches, parches y más parches, como siempre. Y chapuzas y chapucillas de todos los modelos. Y es que no se podía sacar de donde no había, por más que se pusiera buena voluntad.

                Es cierto que con las obligadas restricciones a la movilidad, aprendimos que si se hacen determinadas cosas a través de videoconferencia, no implosiona el mundo ni se cae la balanza de la justicia sobre nuestras cabezas. Por fin nos hemos dado cuenta de que no hacen falta cortinajes de terciopelo y togas para hacer justicia. Eso sí, fieles a nuestro peculiar estilo, parece que siempre se escoge el sistema informático más complejo y menos intuitivo, y que el “se me escucha, se me oye” va a seguir siendo un clásico. Ya hablé de muchas de esas covinécdotas cuando tuvieron su propio estreno.

                La cuestión es que hemos vuelto exactamente al sitio donde nos encontrábamos, con alguna excepción. Seguimos llevándonos el trabajo  a casa en nuestras maletas y maletines, por más que lo llamen teletrabajo porque queda mejor, allá donde no había digitalización. Y allá donde la había, tienen exactamente los mismos problemas que antes de la llegada del virus. Y es que no hay virus que pueda con las vetustas costumbres de Toguilandia, ni vacuna que las prevenga.

                Pero hablaba de una excepción, y esa son los webinars -¿o las webinars?-. una palabreja que antes nadie conocía y ahora es el pan nuestro de cada día. O, mejor dicho, la pantalla nuestra de cada día. Se hacen para todo, formación, talleres de todo tipo, presentaciones de libro o tutoriales de maquillaje, yoga o macramé. El formato es sufrido y admite todo. Pero quienes no acabaremos admitiendo todo somos quienes las presenciamos, porque o se cuida el sistema o satura. Y ya andamos cortos de paciencia como para saturarnos más.

                La formación on line ha acabado siendo un sistema barato que amenaza con quedarse. En nuestro caso, adiós licencias de estudios porque podemos hacer el curso cuando acabemos de trabajar en casita, en el rato dedicado a nuestro ocio o a la conciliación, y a coste cero. Y eso no era exactamente lo que se pretendía. Pero parece que va a ser la tónica general. Lo que no sé es si no acabará decayendo el interés.

                No obstante, hay formaciones on line fantásticas. Se trata de adaptarse al sistema, y acoplarse a sus ventajas y dejar sus inconvenientes. Y me parece que por ahí flojeamos si no se plantea una adaptación completa. Que algo se haga por medio de un ordenador no significa formación on line, sino que necesita un plus de interacción y de atracción que va más allá de una ponencia tras otra leída o contada. O al menos eso creo, y no soy la única.

                Hemos de tener presente que no todas las cosas admiten el formato digital, que hay situaciones que, circunstancias mediante, no pueden dejar de tener su componente de ser realizadas en vivo y en directo, o pierden mucho. Yo confieso que el testimonio de una víctima por videoconferencia pierde mucho, y en los matices está a veces la diferencia entre una absolución y una condena. Si, además, esa declaración es con mascarilla y acompañada de las acostumbradas deficiencias técnicas, la cosa empeora y se vuelve casi imposible si a todo eso le sumamos la asistencia de intérprete . Quien lo haya experimentado sabrá de lo que hablo.

                Además ese tipo de declaraciones teleconferenciadas dan lugar a situaciones hilarantes cuando, como si del juego del teléfono escacharrado se tratara, entendemos una cosa por otra. Ser docente no es lo mismo que ser inocente o llamarse Vicente. Ni ser insolvente e insolente son la misma cosa aunque suenen parecidas.

                Así que ánimo. Aguantaremos carros y carretas digitales mientras no nos quede otro remedio pero habrá que recuperar algunas cosas cuando sea posible. No todo cabe en la pantalla de un ordenador.

                Mientras tanto, daremos un aplauso digital a Toguilandia entera. Porque de vez en cuando tenemos que animarnos,

Taquicardia: corazones desbocados


         ¿Quién no conoce la sensación de tener el corazón a punto de salírsele por la boca, o de reventarle en el pecho? Es algo tan conocido que no podía ser ajeno al mundo del cine, y un título paradigmático así lo atestigua: todo el mundo se ha sentido alguna vez como Esas mujeres al borde del ataque de nervios de Almodóvar. No son las únicas, claro. También hay quien se siente Con el corazón en la boca, o se va Donde el corazón de te lleve, pero los Nervios ahí están, A flor de piel.

         En nuestro teatro, los nervios son fieles visitantes, tanto que ahí están casi siempre, aunque no los veamos. Y, junto a ellos, para redondear el asunto, la taquicardia, ese modo de latir el corazón de modo desbocado que anticipa un acontecimiento importante. Y es que para el justiciable “lo suyo” siempre es importante.

         Pero no solo nuestro público sufre esa taquicardia de la que hablaba, como antesala al momento en que se conoce una decisión. También quienes somos intérpretes fijos en Toguilandia hemos sufrido de ese mal. Y, aunque parezca mentira, lo seguimos sufriendo. Más aun en este tiempo en que la incertidumbre es lo más cierto que hay.

         Los momentos al borde del ataque de nervios llegan pronto. Mucho antes de que nos hayamos puesto la toga por vez primera, llegan los exámenes de la facultad, con su reparto de notas que, como toda evaluación que se tercie, nos tiene expectantes hasta que conocemos el resultado.

Pero si hay un momento en que el corazón se acerca tanto a la boca que aún no sé cómo no han encontrado más de uno por los suelos, es durante el desarrollo de la oposición, Conocer el resultado de cada prueba, saber que se van superando -o no- etapas y que al final se obtiene la plaza es algo difícilmente explicable para quien no lo haya experimentado. Aunque ya lo he contado alguna vez, no puedo evitar rememorar lo que ocurrió a uno de mis compañeros en el examen oral en el Tribunal Supremo. Yo estaba allí y me dejaron para el siguiente día, pero él si se examinó, y, cuando esperaba el resultado tras la deliberación, vio cómo el agente judicial salía con el veredicto -el papel que fijaban al tablón- y decía “ningún aprobado hoy”. El se marchó cabizbajo, desde luego, sin saber que mientras tanto yo comprobaba que lo que el agente judicial dijo no era cierto. El sí había aprobado, y tuve que recorrerme los pasillos del Tribunal Supremo para decírselo. Por supuesto, aquello forjó una amistad para toda la vida, además de la relación de compañeros de una profesión que me llegaría a mí al día siguiente.

         No obstante, el pellizco llegaba para quedarse. Y confieso que hay muchas ocasiones en que me siento igual, por mucho que haya pasado el tiempo. Una de ellas es el momento en que una espera el veredicto del jurado, sobre todo después de algún caso especialmente difícil. Cuando, ya sentada en mi sitio, espero a que el portavoz del tribunal del jurado lea su veredicto, los golpes que me da el corazón son tan fuertes que creo que van a oírlos desde el otro lado de estrados. Y la verdad es que nunca lo he preguntado, que igual es así. Nunca se sabe.

         Por supuesto, ese es un caso especial, pero en general la llegada de cualquier resolución sobre un tema en el que se ha estado trabajando, produce un efecto similar. Más aún cuando se trata de la resolución de un recurso que hemos interpuesto. Imagino que jueces y juezas también sentirán algo parecido cuando la Sala, el Tribunal Constitucional o quien quiera que sea, se dispone a confirmar o revocar. Son gajes del oficio, pero gajes que a veces nos ponen al borde del síncope. O del simposium, como me dijo una señora, que en su declaración testifical decía que lo que presenció fue tan terrible que casi le da un simposium. Y casi nos da otro a quienes lo escuchamos, hay que reconocerlo.

         Ahora, la dichosa pandemia nos ha puesto de nuevo en el disparadero de tener el corazón desbocada a cada poco. O a mí, al menos. He de reconocer que cada comparecencia del Presidente del Gobierno, del Ministro de Sanidad, del Presidente de la Comunidad Autónoma o de quien quiera que nos informe, me tiene en un ay hasta que suelta la bomba. Así hemos escuchado esas cosas que creímos que no escucharíamos nunca , como declaración de estado de alarma o confinamiento. Y ojala no tuviéramos que volver a oírlo, pero mucho me temo que nos quedan muchos telediarios a sufrir.

         Aunque, como juristas, nada como el cambio de una ley o las declaraciones del Ministro de Justicia de turno. Eso sí que es vivir al límite y lo demás son tonterías. Ya me gustaría ver a mí a Van Damme o a Schwarzanegger -aunque a mí me gusta más llamarlo Sobresagüer, como la madre de un amiga mía- en una de estas. Y es que, como Rambo, no sentimos las piernas. Ni los brazos, ni la cabeza, ni nada de nada.

         Espero poder cerrar el telón de la función de hoy sin otro sobresalto, que no damos para sustos. Mientras tanto, daré el aplauso a todas aquellas personas que llevan estas cosas con sosiego, y dan calma a quienes lo necesitamos, Habría que clonarlas y repartirlas por el mundo.

Discapacidad: distintas capacidades


         Mucho se ha hablado de las diferentes maneras de llamar a esas personas especiales a las que ya dedicamos un estreno.  Parece que discapacidad es el término que parece más empleado en Derecho, y, como alguien me sugirió hace tiempo, lo acepto siempre que se entienda como distintas capacidades, con las que se pueden conseguir cosas asombrosas. El cine nos lo mostró en su día con Campeones y ahora con Especiales y a estas personas me gustaría dedicar mi post de hoy, un relato incluido en el libro Cada Vez Más Iguales, de Valencia Escribe

EL JURADO

¡Maldita sea la hora en que acepté ser jurado! No sé en qué narices estaría pensando para decir que sí tan alegremente.

No dejaba de repetírmelo una vez y otra mientras, al otro lado de la pared, el conflicto seguía enquistado.

Me dijeron que iba a ser sencillo. No tenía más que leer cada uno de los relatos y puntuarlo como me pareciera. La dueña de la editorial, amiga de mi amiga Mara -que el diablo la confunda- me metió en el lío y me explicó que mi papel era hacer de contrapeso, que había un escritor atormentado al que todo le parecía mal y una escritora de novelas románticas a la que todos le daban pena y les otorgaba buena puntuación. Yo no tendría que hacer nada más que aportar sentido común.

En ello estábamos cuando recibimos la llamada de Mara. En la editorial se habían enterado de que una de las participantes era una chica con síndrome de Down, y estaría bien que miráramos su relato con especial cariño. Se me llevaron los demonios, y por más de un motivo. Nada en la plica que presentaban debería indicar un dato así de la autora, y mucho menos debería influir en nosotros. Solo insinuarlo era un insulto.

Aún había más. Aunque ganara aquella chica, no tenía por qué hacerse pública otra cosa que su nombre, y nadie tendría por qué saber que tenía síndrome de Down. Salvo, claro está, que apareciera algún oportuno periodista acompañado de una cámara no menos oportuna a la recogida de un premio que nunca había sido objeto de más atención mediática que, con suerte, una reseña de cuatro líneas al final de algún suplemento cultural.

Cuando recibimos la llamada, me temí lo peor. Pensé que íbamos a enfrascarnos en una discusión eterna, que a la escritora romántica le daría pena y al escritor atormentado le daría rabia y a mí me tocaría hacer una mediación imposible. Los subestimé. Ambos se indignaron con la editorial por siquiera insinuarlo y dijeron que abandonarían el jurado si les obligaban a tomar una decisión así. Y yo me quedé sin nada acerca de lo que mediar. No podía estar más de acuerdo.

Le comunicamos a la amiga de Mara -el diablo la siga confundiendo- nuestra decisión inapelable. Ni siquiera queríamos saber cuál era el título del relato de aquella chica para impedir que afectara nuestra decisión.

Después de oír unos cuantos gritos al otro lado de la pared y de una tensa conversación con la representante de la editorial, decidieron que seguiríamos y que sería con nuestras condiciones.

Así fue, y reconozco que los lazos con mis compañeros de tarea se estrecharon con un vínculo que ha perdurado después de aquello. No tardamos gran cosa en ponernos de acuerdo. Cuando recogió el veredicto, la amiga de Mara -que el diablo la haya confundido para siempre- evitó mirarnos a la cara.

Yo tenía claro que nunca más me llamarían de la editorial cuando vi en la pantalla de mi móvil el número de la oficina. Me invitaban a la entrega de premios que se celebraría en un par de semanas.

Acudí, y compartí palco con mis amigos, el escritor atormentado y la escritora romántica. No era la primera vez que nos veíamos desde que fuimos jurado. Ahora quedábamos todos los miércoles a tomarnos unas cañas.

Cuando llegó el momento de desvelar quién había ganado, miré alrededor de la sala. Ni un periodista ni una cámara en varios kilómetros a la redonda. Y, la verdad, fue una lástima, De haber estado allí hubieran hecho un fantástico reportaje sobre la ganadora, una joven con síndrome de Down, que se había alzado con el galardón con un relato titulado “El jurado”.

Haters: odiadores en red


         Aunque no siempre se reconoce, todo el mundo ha sentido odio alguna vez. Odiar es humano, al igual que querer. Y tanto uno como otro sentimiento están presentes en la mayoría de películas, aunque en algunas El odio es el protagonista absoluto. Ya dice el refrán, y el título de una película que Del odio al amor no hay más que un paso, y buena prueba de ello la tenemos en filmes como La guerra de los Rose, el paradigma de una ruptura dramática. Aunque la lista, desde luego, podría ser tan larga como quisiéramos.

 En nuestro teatro, el odio tiene su propia sede. Los delitos de odio, que ya tuvieron su estreno, cada día son más visibles. Pero no es oro todo lo que reluce. Como he dicho más de una vez, ni todo el odio es delito de odio, y no es necesario que exista un odio tal como lo conocemos para cometer ese delito.

Me explico. En el caso de un hombre que asesine al amante de su mujer porque ha descubierto la infidelidad, puede hacerlo porque le odia mucho, incluso pude gritarlo a los cuatro vientos, pero no es delito de odio. Tampoco lo sería en el caso inverso, esto es, que la mujer acabara con la vida de la amante de su pareja, por más que lo odiara. Para que no se diga que siempre voy a los mismos ejemplos.

Por su parte, para cometer un delito de incitación al odio no es necesario odiar a una persona concreta, ni siquiera dirigir los insultos a alguien determinado, pero sí arrojar esa semilla de difusión propia del llamado discurso de odio.

Precisamente, era del discurso de odio de lo que iba a hablar hoy, al hilo del anuncio de una proposición no de ley para que las redes sociales eliminen los mensajes de odio. Algo que, confieso, por más que tenga la mejor intención, me pone los pelos como escarpias, porque no sé que legitimidad tiene una red social para calificar lo que incita al odio o no. Y ya sé que no se habla de delitos de odio, sino de incitación al odio. Precisamente, ahí está el problema. Si se tratara de delitos, está claro quién debe calificarlo de tal. –juez y fiscal, dentro de sus respectivas competencias- y cómo actuar al respecto, que para eso está el procedimiento, por más mejorable que sea.

El verdadero conflicto viene cuando hablamos de esas otras expresiones por las que no se sigue un procedimiento judicial, la de esos seres enmascarados en el anonimato virtual que escupen su odio y su repugnancia un día sí y otro también, algo de lo que más de un tuitero y tuitera –incluida esta toguitaconada- sufrimos a diario. Ya dedicamos en su día otro estreno a los trolls pero los haters –u odiadores, que no suena tan in– son sus primos hermanos. O, más bien, sus primos de Zumosol.

Reconozco que hay que armarse de paciencia para soportar el acoso cibernético de quien torpedea, malinterpreta y da la vuelta a cualquier mensaje, algo de lo que el feminismo sabe un rato. Cualquier excusa es buena para vomitar el odio. Por ejemplo, el atentado yihadista en una Iglesia de Francia o la noticia de que se condena a un taxista por no dejar entrar en su vehículo al perro guía de un ciego. De lo primero tienen la culpa, como no. las feminazis, y de lo segundo se hace burla solo porque una feminazi lo comparta. Y, de paso, pues le digo unas cuantas cosas sobre su físico, su profesionalidad o cualquier otra cosa, que no nos falte de na. Os invito a dar una vuelta por mi perfil de twitter para comprobarlo

La verdad es que algunos de estos haters no hacen sino dar mucho más valor al odiado u odiada del que en realidad tiene. Cuando te culpan de las decisiones del gobierno, de las del Poder Judicial o de las de la Fiscalía en pleno, no hacen sino creerte capaz de ejercer una influencia tal que pueda cambiar esas decisiones.

Pero hasta ahí llega la cosa. Hemos de recordar que la libertad de expresión no solo es un bien precioso sino que es uno de los pilares de nuestras democracias. Como se cree que dijo Voltaire -aunque no está claro-, “estoy en desacuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirtlo”

Limitar un derecho fundamental solo es posible cuando se vulneran los derechos fundamentales de otras personas, y eso ocurre cuando se comete el delito de odio, pero no cuando se dirige un mensaje que manifiesta odio, que de eso vemos todos los días y aviada estaría si tuviera que perseguirlos. Y los delitos, repito, los califican fiscales y los juzgan jueces y juezas.

¿Quiere esto decir que la red social, o el medio de comunicación donde se viertan no pueda hacer nada? Por supuesto que sí, puede hacerlo pero con unos límites muy claros, los que se aceptan en el contrato que, aunque no lo sepamos, firmamos al acceder a la red social y, sin duda, los que dispongan los juzgados si adoptan medidas cautelares. Pero de ahí a que una ley convierta a la red social en policía hay mucho camino. Y mucho peligro.

Lo mejor es poner en práctica el viejo refrán de que no hay mejor desprecio que no hacer aprecio. Y recordar eso de Ladran luego cabalgamos que, aunque se le suele atribuir a Quijote, pertenece a unos versos de Goethe que no aparecen en la obra cervantina.

Por todo eso el aplauso es para todas las personas que comprenden una cosa tan sencilla como que para el discurso del odio hay una vacuna. Se llama respeto y está disponible desde hace mucho tiempo al módico precio de 0 euros, solo hay que administrarla.

Una vez más, la ovación extra es para mi ilustradora de cabecera @madebycarol , cuya obra es tan fantástica que hay quien se arroga el derecho de copiarla sin pedirle permiso, cosa que no se puede permitir, por supuesto, con odio o sin él

Toque de queda: nueva Cenicienta


                No es algo extraño que nuestras vidas vengan limitadas por el mecanismo de un reloj. Cada cosa a su tiempo y un tiempo para cada cosa, dice en refrán, y al final el refranero siempre tiene razón, aunque cada cual lo interprete a su modo. El mundo de las artes escénicas no es una excepción, y así encontramos desde obras que transmiten a la perfección esas limitaciones paternas que marcaban nuestra a adolescencia, como aquella serie que se llamaba A las once en casa, hasta otras que recogen es vertiente bélica del Toque de queda. En cualquier caso, no podemos olvidar a la más conocida de las protagonistas de un toque de queda cinematográfico, La Cenicienta, paradigma de cómo se esfuman las cosas si nos pasamos del tiempo preordenado. Y, como siempre viene bien un toque de humor, recordaré también a aquel El Ceniciento de un Jerry Lewis que tanto me hacía reír cada vez que lo veía en la tele. El también tenía que estar a las 12 en casa.

                Como reza  un dicho, la vida siempre supera la ficción y nuestro teatro es buena prueba de ello. Si nos hubieran dicho hace apenas un año que desde Toguilandia se tendría que estar ratificando el marco jurídico de cosas como un estado de alarma o un toque de queda, le hubiéramos respondido a quien lo dijera que dejara las drogas o lo que quiera que le causara esas increíbles alucinaciones. Y sin embargo, aquí estamos, hablando tanto de estas cosas que acaban pareciendo lo más normal del mundo. O, quizás, lo más normal dentro de la anormalidad de una situación tremenda.

                Hablaba en otro estreno, dedicado al reseteo, de esas cosas que no volvería a decir después de la pandemia y sus consecuencias. Cosas como estado de alarma, restricción de la libertad ambulatoria o confinamiento, que creí que nunca conocería, han venido a instalarse a nuestras vidas. Y, según parece, con la intención de quedarse mucho más tiempo del que quisiéramos y, desde luego, del que éramos capaces de imaginar. O al menos, yo, y eso que siempre he tenido una imaginación desbordada, como me decía –y me sigue diciendo- mi madre.

                Ahora, a esas expresiones y la realidad que les acompaña, se une una nueva: toque de queda. Confieso que solo oírlo me pone los pelos de punta, aunque ya me voy acostumbrando. Tiene ese toque entre militar y dictatorial que hace estremecerse al escucharlo. Tal vez influya el recuerdo que quienes vivimos en Valencia tenemos del 23 F. Pero, sea como sea, la perplejidad me invade, y de tanto abrir los ojos como platos se me van a quedar pegadas las pestañas a las cejas. Es lo que hay

                No sé si los Simpson, que todo lo predicen, llegaron a anticipar esto del toque de queda, pero la que si lo hizo a la perfección fue Cenicienta. Qué íbamos a pensar cuando de niñas leíamos el cuento o veíamos la película de Disney que nos llegaríamos a sentir como ella, aunque sin hada madrina , traje brillante ni zapatito de cristal. Y por supuesto, sin príncipe, pero eso maldita la falta que nos hace ahora. Salvo que sea científico y que traiga la anhelada vacuna, claro está. Entonces se podría hacer una excepción. (Ojo, una excepción a la regla, no un estado de excepción, que no quiero ni nombrarlo por si las moscas)

                El caso es que nos hemos convertido en Cenicientas y dependemos que los ratoncitos y pajaritos nos hagan el traje para ir al baile. Y ahí está el problema, me temo. En que en vez de esos encantadores animalitos, dependemos de unos políticos que no siempre dan la talla. Y, lo peor de todo, que no se ponen de acuerdo ni así los maten. ¿Alguien se imagina que mientras los pajaritos le hacen un lazo para el cuello precioso a Cenicienta, los ratoncitos planean un vestido palabra de honor donde el lazo en el cuello no pueda ponerse? O que quisieran sustituir los zapatitos de cristal por botas de montaña. Pues algo así es lo que pasa, por simplona que parezca la comparación.

                Aunque lo verdaderamente importante es lo de la hora de regresar a casa. Ahí es donde nos parecemos a Cenicienta, aunque hay que ser conscientes de que las consecuencias de incumplir la norma serán todavía peores que lo fueron para ella. En su caso, la carroza se convertía en calabaza y los lacayos en animales. En el nuestro, a corto plazo, nos podremos llevar una sanción que nos ponga a temblar. Y a largo, lo más importante, hará que se aleje ese horizonte del fin de la pandemia que tanto deseamos.

                Así que, cuando nos vengamos abajo, recordemos que si el príncipe encontró a Cenicienta solo a partir de una zapato y a pesar de que la tenían escondida, también podemos encontrar una solución a esto del coronavirus , aunque cueste vislumbrarla en el horizonte. Y entonces no sé si comeremos perdices, pero seguro que seremos felices. Y, por supuesto, celebraremos juicios como si no hubiera un mañana, porque habrá que recuperar el tiempo perdido. Y hasta nos quejaremos, que nunca estamos conformes con las cosas. Y que nadie me venga con que ni se imagina que podamos quejarnos de eso, porque le recordaré que tampoco nos podíamos imaginar la que nos ha caído encima y aquí está

                Por todo eso, mi aplauso está para cada una de las Cenicientas cumplidoras de las normas, especialmente si son capaces de esbozar una sonrisa. El que le daría a ratoncitos y pajaritos, me lo guardo para cuando tengan el vestido terminado. Que sepan que les estamos vigilando y que aquí no hay hada madrina que valga

Identificación: las generales de la ley


                La identidad es una de las primeras cosas que adquirimos las personas, por no decir la primera. Nada más nacemos, ya se nos conoce con un nombre, una filiación y unos datos que marcarán nuestro futuro, algunos de los cuales persistirán y otros irán cambiando. Saber quién es una misma, y cómo lo perciben los demás, ha dado para más de una obra de ficción, aunque sea basada en hechos reales, La protagonista de Comer, rezar, amar se pasa la película tratando de encontrarse a sí misma, y más de uno y de una se preguntan ¿Quién soy yo? constantemente, y si no, se hacen preguntas como ¿Quién conoce a Joe Black? ¿Quién es el culpable? O ¿Quién es esa chica?. Y es que las cosas no son tan fáciles como parece, que se puede tener una Identidad oculta o hasta una Identidad borrada.

                En nuestro teatro una de las primeras cosas que hay que tener claro de quien actúa en él, sea protagonista o secundario, fijo o eventual, es su identidad. Y, aunque parece sencillo, a veces no lo es tanto, porque no siempre hay colaboración cuando de imputados, investigados, sospechosos o acusados de trata. Cualquier que haya pasado por Toguilandia lo sabe bien.

                En los juicios siempre se empieza haciendo a quienes declaran unas preguntas cuya denominación llama poderosamente la atención a quienes no frecuenta nuestro mundo. Las llamamos las generales de la ley, y no son unas señoras militares que vengan a imponernos la legalidad vigente a cualquier precio, sino algo mucho más sencillo. Es, ni más ni menos, que la identificación y unas cuantas advertencias, aunque ya sabemos que aquí a todo le damos nombres extraños.

                En cuanto a la identificación de los presuntos culpables –o culpables sin presunción, cuando ya se les ha juzgado- hay muchas anécdotas curiosas. Ya dedicamos en su día un estreno a los nombres, pero queda todavía mucha tela que cortar.

                Una de las cosas más cómodas que le pueden ocurrir a un delincuente es tener un hermano gemelo. Correlativamente, una de las peores cosas que le pueden suceder a una buena persona, es tener un hermano gemelo delincuente. Me explico: el habitual del lado oscuro de Toguilandia que se encuentra en ese caso suele sucumbir a la tentación de dar el nombre de su hermano para evitar el riesgo de la reincidencia. Aunque tal vez lo haga por proporcionarle una experiencia nueva, que no hay que ser mal pensada.

                También puede ocurrir que ambos sean habituales del lado oscuro, y se dediquen a marear al personal, lo que a veces se hace extensivo a primos de edad y características parecidas. A propósito de ello, tuve un caso que no olvidare nunca, Se trataba de hermanos que, al ser gemelos univitelinos, tenían el mismo ADN, cosa que ambos conocían por su florido historial delictivo. Los dos se vieron envueltos en un turbio asunto de una pelea donde murió una persona, entre cuyas ropas se encontraron restos del ADN compartido. Por supuesto, para exculparse se culpaban recíprocamente, y la cosa hubiera podido quedar en una absolución de no ser porque apareció un testigo que desde una ventana había visto a dos personas de similar envergadura física pelearse con la víctima, así que fueron finalmente condenados ambos.

                Pero no siempre hay tantas reticencias a la hora de identificarse. A veces, a pesar de que se colabora dando todos los datos, acabamos teniendo problemas con las grafías extranjeras e incluso el orden de nombre y apellidos. No es extraño el caso de una misma persona con diversos nombres en los que cambia una letra, y que pueden acabar eludiendo la reincidencia porque tienen varias hojas de antecedentes distintas. Nunca sabremos si estos errores son casuales o vienen incentivados por el afectado. Pero también hay que decir que en muchos casos nos damos cuenta, que para algo reza el dicho que la Policía no es tonta.

                Lo de la documentación es otro cantar. Si me dieran un euro por cada uno o una que ha perdido su documentación, se la han robado, ha desparecido o se la ha dejado en el sitio más insospechado, sería rica. Recuerdo que en los primeros tiempos de mi carrera se puso de moda entre la población delincuente de la zona donde trabajaba decir que la documentación se la habían dejado en Egea de los Caballeros, Zaragoza, aunque nadie me explicaba por qué allí y no en ningún otro sitio. Desde entonces, cada vez que oigo hablar de esa población me la imagino con un depósito enorme de documentaciones.. Espero que algún día pueda solucionar el enigma, que ni Iker Jiménez ha sabido resolver.

                Por otro lado, no solo han de identificarse quienes comparecen como investigados,. Los testigos también han de dar cumplida cuenta de sus datos personales, salvo que se trate de un excepcional caso de protección de testigos, que los hay. No obstante, que nadie piense que ocurre como en las películas americanas en que hay un programa de protección de testigos en que te dan una identidad nueva y una nueva vida, con su casa, su trabajo y todo, que aquí, de eso. nada, Nuestras piezas de protección de testigos son mucho más modestas, y se limitan a tomar las medidas para que no se conozca su identidad ni demás datos. Algo que, más de una vez, resulta francamente difícil. Recuerdo un caso en que la testigo protegida era la ex novia de uno de los acusados, y lo que sabía era por razón de esa relación. ¿Cómo preguntarle en el juicio si no pude explicar por qué sabe lo qué sabe o qué hacía en el lugar de los hechos o con el culpable? Pues eso. Algo a lo que podríamos dedicar un estreno entero. O varios.

                Aparte de esos casos, lo normal es que todo discurra plácidamente, aunque siempre hay alguna cosa pintoresca en ese trámite. Cuando quienes deponen –o sea, declaran, que menuda manía tenemos de usar verbos con connotaciones escatológicas- son testigos que, como los policías o médicos forenses, son personajes habituales de nuestro escenario, se les dice algo así como que no se le informa de las generales de la ley por conocerlas. Y es así. Saben que han de identificarse, que decir verdad y que si no lo hacen pueden incurrir en delito de falso testimonio. Y hasta ahí todo correcto. Pero nos podemos encontrar con algún espontáneo que quiera intervenir, como me pasó a mí en un juicio con un testigo que ya había declarado y se había quedado dentro de la sala a ver el resto del juicio. El testigo en cuestión se levantó muy enfadado diciendo que a ver por qué a los policías no les decían eso de que podían ir a la cárcel si mentían, y a él sí. Y a ver quien es la guapa que le explica que eso va dentro de eso que llamamos “las generales de la ley”. Y es que ese uso del lenguaje de nuestra secta trae esas consecuencias.

                Así que hasta aquí el estreno de hoy. El aplauso se lo dedicaré a todas esas personas anónimas que pasan por Toguilandia y nos lo ponen todo fácil. Que, más de una vez, con las prisas y la costumbre se nos olvida darles un simple gracias. Aquí queda dicho

Raimunda: una medalla distinta


Hoy nuestro escenario se viste de gala para hacer algo a petición del público: publicar el relato con el que gané el tercer premio del concurso de narrativas del ICAV (ilustre Colegio de Abogados de Valencia), titulado “Raimunda”

Dedicado con todo mi cariño a todas las personas que trabajan en Justicia y, muy especialmente, a abogados y abogadas de oficio

Y, como siempre, a mi padre

                RAIMUNDA

-¿Nombre?

-Raimunda

-¿Cómo Raimundo Amador, el cantante?

-No. Como Raimundo de Peñafort, el jurista

         Siempre la misma historia. Durante una época, no había vez que me identificara en que alguien no me hiciera la dichosa preguntita como una gracia. Y no había vez tampoco en que yo no respondiera del mismo modo, sin ánimo de hacer gracia alguna, a pesar de lo que la gente creyera. Es algo que me venía a la cabeza en cada ocasión en que, como hoy, tengo que inscribirme en algún listado más o menos oficial. Y esta vez, tan especial para mí no podía ser menos, del mismo modo que no podía, aunque quisiera, evitar que mi mente volara a un pasado no tan lejano.

 Mi nombre, por extraño que pareciera en un entorno como el mío, era un homenaje a San Raimundo de Peñafort. Algo que solo podía entenderse si se conocían los detalles de mi historia.

         La verdad es que mi nacimiento no pudo ser más pintoresco. Y, aunque, por razones obvias, yo no estoy en condiciones de recordarlo, puedo hacerme cargo de lo que supuso. Incluso a veces sueño con ese episodio, como si lo hubiera vivido como una espectadora en lugar de como la protagonista.

         Según parece, yo tenía mucha prisa por nacer. Mi madre ya se lo advirtió a los policías que acababan de detenerla por llevarse unas cuantas prendas de un centro comercial sin pasar por caja. Ellos creyeron que se trataba de una de sus artimañas habituales y la ignoraron a ella, y a la panza de ocho meses en la que yo me removía inquieta.

         Así que, sin hacer ningún caso a los gritos de mi madre, que aseguraba tener contracciones de inminente parto, la subieron en el furgón y la llevaron hasta el juzgado de guardia. Fue allí donde se empezaron a asustar al ver que la cara de mi madre se desencajaba más por momentos, e hicieron lo que mejor creyeron, no tanto para mí madre sino para ellos mismos: la llevaron de inmediato a disposición de la jueza de guardia.

         A la pobre mujer casi le da un colapso de ver en qué estado traían a mi madre detenida. El momento del nacimiento era tan evidente que, según he oído contar, una de las policías que la custodiaba dijo que había visto mi cabeza asomar desde el primer momento.

         No debió equivocarse mucho porque, antes de que le leyeran por completo sus derechos -que, por otra parte, ella se sabía de memoria por la cantidad de veces que los había escuchado-, ya se había recostado en una de las sillas, con contracciones que la partían en dos

-Que viene, que viene- se interrumpió para jadear varias veces-Se lo juro, mi Señorita.

-Soy Su Señoría, recuerde. Su Se-ño-rí-a

-Pues eso. Se lo juro, Su Señoría.

La jueza no dudó de ella. Probablemente, el hecho de que ya tuviera dos niñas y otra en camino le ayudó a distinguir los dolores de parto del mero fingimiento. De hecho, dicen que la Juez se puso todavía más pálida que mi madre

-Llamen a la ambulancia inmediatamente -grito- Y, mientras tanto, hagan el favor de avisar al forense de guardia. Que venga cagando leches… ummm-quiso corregirse- Perdón, que venga ya, quería decir

-Que cague leche o lo que quiera, pero que venga, joder -mi madre, genio y figura, gritaba entre una contracción y otra- Que venga ya, mi Señorita.

         Esta vez ya ni se molestó en corregirla. La situación era desesperada. El forense no llegaba y los policías -un hombre y una mujer- que custodiaban a mi madre parecían haberse convertido en estatuas de sal.

-Venga, échenme una mano mientras llega alguien -dijo la juez tratando de recostarla como podía- Este niño parece llevar mucha prisa

-Ni..ña -corrigió mi madre entre jadeos- Es niña

Lo era, sin duda. Niña, precipitada y llorona como pocas. Mis prisas en nacer eran tales que cuando apareció el forense, la juez ya sostenía mi cabecita. Al menos, llegó a tiempo de cortar el cordón umbilical de un modo higiénico, mientras la juez, que ya se había hecho con la situación, me envolvía con su toga, lo único que tenía a mano para taparme.

-Pues nada, dicen que el fin justifica los medios. Y que esta niñita esté bien tapada justifica que me quede sin mi toga como me quedé sin abuela. Ni las puñetas se salvan -rezongaba la juez para sí, según me contaron- Pero ha merecido la pena, sin duda.

No quedó otra opción que llamarme Raimunda. La juez se negó a que me pusieran su nombre, por más que mi madre se empeñó, no sabía si por vergüenza, por modestia o por discreción, aunque más tarde descubrí la razón. La pobre se llamaba Eduvigis, nombre con el que cargaba con la mayor dignidad posible, pero que no quería perpetuar de ninguna de las maneras.

-Ni hablar de eso, No le he puesto mi nombre a mis hijas ni he permitido que se lo pongan a mis sobrinas, mucho menos se lo va a poner a la suya. Déjese de bobadas

´-Como quiera, mi Señorita

´-Su Señoría

-Pues Su Señoría, pero dígame al menos quien es su patrona. Alguna Virgen tendrán los picapleitos, digo yo

-Pues -la juez se quedó pensando- no sé de ninguna Virgen, la verdad, Lo que sí recuerdo, desde los tiempos de la facultad, es que el patrón es San Raimundo de Peñafort

-Pues, sea

Por fin había llegado la ambulancia y se llevaron a mi madre antes de que la Juez pudiera decir nada. Sin quererlo, acababa de darme nombre. A partir de ese momento, fue Raimunda. Incluso antes de bautizarme ni de inscribirme en el Registro Civil, mi madre ya me llamaba Raimunda. Ni Rai, ni Mundi, ni ningún diminutivo. Raimunda, con todas las letras. Como le decía la gente, mucho nombre para una niña tan chica.

La vida de mi madre, según me contaron más tarde, no cambió gran cosa. Aunque justo después de nacer yo parece que hizo propósito de enmienda y quería cambiar de vida, pronto olvidó tal propósito. O quizás no tuvo otro remedio que olvidarlo. El caso es que, en cuanto fui capaz de dar un paso seguido de otro sin caerme al suelo, comencé a acompañarla en lo que ella llamaba “sus compras”. Lo recuerdo como algo divertido porque íbamos a tiendas muy bonitas y de pronto ella decía “Raimunda, corre” y yo corría todo lo que podía hasta perder de vista a quienes querían darnos alcance. Normalmente eran señores uniformados que, con el correr del tiempo, he sabido que eran vigilantes de seguridad, pero ella lo contaba todo a su modo

-Son los malos, Raimunda, los malos. Por eso escapamos de ellos. No quieren que mamá se lleve a casa lo que ha comprado.

Conforme fui cumpliendo años, comprendí que la naturaleza de las compras de mi madre no era trigo limpio. Al principio, cuando empecé a ir al colegio, echaba de menos las correrías con ella, pero, en cuanto fui consciente de lo que ocurría, empecé a rechazarla. Ahora sé que a ella le dolía, pero entonces era incapaz de procesar toda aquella información. Una información que, además, se mezclaba con hombres que entraban y salían de nuestra casa con cierta frecuencia. A mi madre no le gustaba vivir sin pareja, y las que se buscaba eran a cada cual peor. Ni uno solo me gustó, aunque, en honor a la verdad, he de reconocer que ninguno se portó mal conmigo. Tampoco se portó ninguno bien, pero, visto lo visto, me podía dar con un canto en los dientes. Con la pátina del tiempo, creo que más de uno de aquellos tipos cuyo nombre ni siquiera recuerdo le pegaba, pero mi mente ha borrado esos episodios hasta hacerlos transparentes. Solo recuerdo gritos y más gritos y, de repente, un clic de desconexión. Tal vez algún día recupere esos retazos de mi vida, o tal vez queden escondidos para siempre. De momento, me conformo con que permanezcan al margen de mis sueños y no los conviertan en pesadillas.

Los Servicios Sociales visitaban con frecuencia nuestra casa, un piso casi en ruinas que nos había prestado una tía de mi madre mientras esperaba a poderlo vender. Era una cochambre, pero era, al menos, un techo donde resguardarse, una cama donde dormir y una mesa donde se podía comer, cuando teníamos la suerte de que hubiera comida.

 La mitad de los días yo no llegaba a tiempo al colegio, a pesar de que me gustaba mucho ir, y que era de las mejores estudiantes de la clase, por no decir la mejor, Pero mi madre no siempre me llevaba, o no siempre me llevaba en el momento en que debía hacerlo. Por no hablar de los deberes: ni una sola vez la recuerdo ayudarme a hacerlos. Aunque ahora ni siquiera sabría afirmar a ciencia cierta si sabía leer y escribir. La trabajadora social no dejaba de recriminarle la falta de implicación en mis estudios, y entonces ella lloraba y a mí me daba una pena horrible porque pensaba que estaba triste por mi culpa. Solo era una niña.

Fue en una de aquellas visitas cuando me enteré de lo que le pasaba a mi madre. Aquel día, cuando volví del colegio -ya era mayor para andar las dos manzanas de distancia sola- me encontré la puerta abierta y mi madre en el suelo. Tenía los ojos en blanco y una jeringuilla clavada en el antebrazo. Llamé a una vecina, lo único que se me ocurrió hacer. Por fortuna ella, que más de una noche se había quedado conmigo, se hizo cargo de la situación. Yo estaba tan impresionada que mi mente desconectó por un buen rato, y no soy capaz de recordar quien ni cómo se la llevaron, ni tampoco cómo me trasladaron a mí a mi nuevo hogar.

Ese mismo día me llevaron al centro de protección de menores. Aunque en ese momento lloré y pataleé, fue providencial para mi vida. Tanto, que a veces he pensado que mi madre fue quien provocó la situación para que me llevaran allí. Mi vida comenzó a tener un orden como nunca había conocido y la alumna espabilada que apuntaba maneras pronto pasó a ser una estudiante brillante. Cada día olvidaba a mi madre un poco más, y su recuerdo se desdibujaba de mi mente a velocidades considerables.

Ella se recuperó de aquella crisis. Tras varios meses de hospitalización, salió a la calle limpia y con un tratamiento que estaba dispuesta a seguir a rajatabla. Cuando me anunciaron que mi mamá se había puesto bien, me invadieron sentimientos contradictorios, y un nerviosismo que no se calmó hasta que me explicaron que, de momento, solo vendría a visitarme de vez en cuando y que con el tiempo ya se vería si me podía volver a vivir con ella. Me entraron escalofríos solo de pensar en esa posibilidad.

Me sentí fatal, porque no tenía ningunas ganas de que aquello ocurriera. Lo de verla estaría bien, pero nada más. Además, ya hacía tiempo que había oído a unas educadoras hablar a mis espaldas de que era una pena que mi madre viviera, porque de otro modo me podría adoptar una familia de verdad. Aquello de “familia de verdad” me traspasó el alma. Yo quería una de esas con todas mis fuerzas, pero, por otro lado, me sentía como una traidora a mi madre con solo pensarlo. Había noches que no dormía ni un minuto dando vueltas a esa idea.

Llegó un momento en que pasaba algunos fines de semana con mi madre y, aunque ella parecía estar muy feliz a mi lado, yo no acababa de acoplarme. Trataba de disimular, pero no veía el momento de volver a mi vida ordenada y rutinaria en el centro. Y, por las noches, soñaba con esa “familia de verdad” de la que me hablaban tanto.

No sé si mi madre supo a ciencia cierta cómo me sentía, pero estoy segura de que de algún modo se dio cuenta. Por eso se dejó coger en aquel hurto tan tonto, y por eso, además, hizo algo que no había hecho nunca: insultó y pateó a los policías que la detuvieron. Me imagino que quería asegurarse una condena que la enviara definitivamente a prisión -ya había estado en varias ocasiones- y supusiera para mí la oportunidad de una nueva vida.

Mis sospechas se confirmaron el día que, unos meses más tarde, la educadora social me dijo, con mucha delicadeza, que mi madre se había marchado para siempre. No me explicó cómo había sido pero lo que escuché detrás de una puerta ratificó lo que ya me imaginaba: mi madre se había quitado la vida. En ese mismo instante supe que se quitó de en medio para dejarme vía libre a mí y a una vida distinta. Y me juré a mi misma que su sacrificio no sería en balde.

La familia de verdad no tardó en llegar. Tras una temporada viviendo con ellos, la situación se volvió definitiva y me preguntaron si quería tener su mismo apellido, ser su hija a todos los efectos, Nada deseaba más en el mundo, aunque la sombra de mi madre era alargada, como el título de aquel libro que me habían hecho leer en el colegio. Mi nueva madre me leyó el pensamiento y me lo puso fácil

-Raimunda, ella siempre estará en ti. Estoy segura que desde el cielo estará orgullosa de verte tan guapa y tan aplicada.

-Y… ¿no he de cambiarme el nombre?

-No, si tú no quieres. Seguirás siendo Raimunda, pero llevarás nuestros apellidos.

Hace mucho tiempo de aquello, pero todavía recuerdo muchas cosas como si acabaran de pasar ahora mismo. Mi nueva familia se esforzó en hacerme la vida agradable, y lo consiguió, sin duda, Yo, por mi parte, no necesité esforzarme demasiado en ser la hija que siempre habían querido.

 Un año antes de lo esperado, acababa la carrera de Derecho con las mejores notas. Varios despachos importantes pugnaban por ficharme, pero a mí aquello no me interesaba

-Querrás hacer oposiciones ¿no? Con tu capacidad, puedes ser notaria o registradora de la propiedad. O, si lo prefieres, jueza o fiscal. ¿Ya has decidido?

-Desde luego. Lo tengo claro desde hace mucho tiempo.

Ayer me inscribía, después de hacer los cursos de capacitación y cumplir todas las formalidades burocráticas, en el turno de oficio. Quería dedicarme profesionalmente a atender a mujeres como mi madre, quería darles las oportunidades que ella nunca tuvo. Ahí es donde volví a oír la pregunta se siempre, la pregunta que fue una constante en mi vida.-¿Nombre?

-Raimunda

-¿Raimunda? ¿como el de Peñafort?

-Bueno… Más bien como Raimundo Amador, el cantante.

Desde donde quiera que estuviese, mi madre me miró y me guiñó un ojo. Y yo, cómo no, le devolví el guiño con mi mejor sonrisa

Sinécdoque: la parte por el todo


                Referirse a la parte por el todo, se haga de una manera intencional o errónea, es un recurso frecuente en la literatura y, con ella, en las artes escénicas. Incluso así, sin más añadidos, La parte por el todo, es un título de película. Aunque también ocurre al revés, se generaliza utilizando un lugar, una profesión o cualquier otra cosa como modelo, aunque no todas las personas de ese lugar o de esa profesión sean así. Se podía vivir en West Side Story o ser Un Americano en París sin necesidad de ser Bailarín o Bailarina, por ejemplo. Es la cara y la cruz del todo y de sus partes.

                En nuestro teatro, es mucho más frecuente utilizar la parte por el todo de lo que creemos, y viceversa. Aunque no nos demos cuenta. Ya vimos alguno de esos casos cuando se abrió, por tres veces nuestro telón para hablar de nuestro argot, pero todavía queda mucha tela que cortar. Y, si no al tiempo.

                Todo el mundo en Toguilandia sabe lo que es una vista, además, por supuesto, de uno de los cinco sentidos. Vista -o vistas- es como llamamos a los juicios orales y, por extensión, a cualquier acto que realizamos ante un juzgado o tribunal. Ignoro de donde viene exactamente ese nombre, aunque bien podría imaginarse que del modo de concluir con un “visto para sentencia” o “visto para resolución”.

                La vista no vive sola en nuestro mundo, sino que podríamos creer que tiene familia. Es, sin duda, hija suya la vistilla, nombre que se da a las comparecencias que se hacen en sala pero no responden a un juicio ni por su contenido ni por su duración. Llamamos así a las comparecencias de prisión, a las de orden de protección o a las que se realizan para acordar otras medidas cautelares después de acabado un juicio y antes de la sentencia firme, entre otras. Poco tienen que ver con quien podría parecer su alter ego, los vistos, que vienen de la carrera hermana, la Fiscalía, y son el trámite por el que el Ministerio Público manifiesta su conformidad con determinadas resoluciones. Es evidente que el “Visto” no es sino una evolución del “Visto y conforme” del que trae causa, que se fue reduciendo y que, si no fuera por los cuños o los programas informáticos, acabaría en una V monda y lironda.

                Por supuesto, los Vistos son parte de algo de lo que hablamos sin cesar, y que es la pesadilla nuestra de cada día: el papel. Para nuestro mundo, el papel no son los folios sin más, sino los documentos, expedientes e informes que hemos de despachar, incluso en el paradójico caso de que no ocupen papel ninguno y se sustenten solo en expedientes electrónicos. Hasta en este caso hablamos de papel, y, más concretamente de Papel 0 que, hasta el momento y como ya hemos visto más de una vez, tiene mucho más de 0 que de papel.

                El papel en cuestión llega con el carro que, aunque más de una vez se haya perdido, nada tiene que ver con el que llevaba a Manolo Escobar por la calle de la amargura. Cuando viene el carro, cuerpo a tierra, que vienen los nuestros, y nos inundan la mesa de papel. Y si alguien te avisa que llega un carro lleno o, peor, que llegan varios, ya puedes ponerte a temblar. Y eso sin olvidar que no hace tanto tiempo uno de ellos, como telón de fondo de una entrevista a un conocido fiscal, hizo una propaganda impagable a una cadena de supermercados y lamentable a los medios de nuestra Administración de Justicia.

                Y, si hay que llevar el papel a casa, va en nuestra maleta, que ya ha olvidado lo que es un viaje, pandemia mediante, y solo se dedica a transportar expedientes. Lo que viene siendo el peso de la ley que, mientras no avance la informática, es mucho más que una metáfora. Hay más de una espalda que se resiente a diario de coger y dejar expedientes.

                A su vez, esas vistas y vistillas se celebran en la Sala, que no es una dependencia con mesa camilla y brasero, sino el escenario donde se desarrollan nuestras funciones. Esto es, la Sala de vistas , aunque se queda en Sala para las amistades, sean o no peligrosas.

                Como hemos visto, en las vistas se celebran juicios y se acaban, generalmente, en sentencia, pero en las vistillas se ponen otro tipo de resoluciones. Una de ellas la de mandar a alguien “al hotelito”, una expresión muy poco piadosa con la que más de uno se refiere a la cárcel. Otras de las resoluciones posibles en este tipo de actos consiste en poner lo que llamamos un bis o un ter, que no se trata de repetir o tripitir una actuación memorable sino de algo mucho más prosaico: un auto de alejamiento previsto en el artículo 544 bis o una orden de protección del articulo 544 ter, ambos de la Ley de Enjuiciamiento Criminal.

                Pocas cosas hay en nuestras toguitaconadas vidas que asusten más que el hecho de que llegue un preso. Todo el mundo se agobia cuando entra un preso, aunque no sea por lo que pudiera parecer. Me contó una compañera que una vez que se llevó a su hija al despacho -exigencias de la no conciliación- esta se puso a llorar de repente. La atribulada madre le preguntó y casi le da un ataque de risa cuando la niña dijo que había oído que había entrado un preso al despacho de su madre, y creía que alguien se había escapado de la cárcel y se le había presentado para atacarla. Y claro, a ver quién le explica que eso de entrar un preso no es otra cosa que la llegada de un expediente cuyo investigado está en prisión preventiva.

                Tampoco es fácil explicar los nombres que nos damos, para abreviar, para quitar hierro al asunto o para ambas cosas. Ya me había acostumbrado a que a quienes llevamos asuntos de violencia de género nos llamaran coloquialmente “las violentas” para encontrarme con un nuevo sobrenombre, derivado de la dedicación a los delitos de odio. Ahora soy violenta y odiosa, ahí es nada. Y lo digo con una sonrisa, como si fuera lo más bonito del mundo. Y menos mal que no me ha tocado ser siniestra -de Siniestralidad Laboral-, corrupta, o incorrupta como el brazo de Santa Teresa -de Antocorrupción- o prisionera -de Penitenciario- porque eso me faltaba.

                Aunque lo mejor fue un día que, tras haber optado por otra especialidad, dije que me había quitado de las drogas. Obviamente, me refería a que no iba a hacer más juicios por tráfico de drogas o sustancias estupefacientes, pero la verdad es que sacado de contexto suena, cuanto menos, raro. Y eso siendo bien pensada.

                Así que ahí queda eso. Solo queda el aplauso de hoy, y va dedicado a quienes emplean tiempo y paciencia para descubrirnos que en Justicia, no es oro todo lo que reluce.

#historiasrurales : Pan de ajo


PAN DE AJO

-Guapa, ¿me pones un par de hogazas de ese pan de ajo tan famoso?

-Claro, señor ¿Le gusta blanco, o más tostadito?

Pilar atendía en el mostrador mientras su madre, incansable, se empleaba a fondo en el horno. Había conseguido sacar adelante aquel establecimiento que le cedió un tío lejano a cambio de cuatro perras, cuando él se instaló en uno nuevo, en el centro del pueblo, con un horno más moderno y varios empleados a su servicio. La mujer salió del obrador, como impelida por un resorte, y le arrebató a su hija el pan que estaba a punto de entregar a aquel hombre

-No nos queda pan, señor. Ni de este ni ninguno. Tenga usted un buen día

-Pero, madre…

-Lo dicho. Váyase con viento fresco.

La panadera parecía muy alterada. Su cara brillaba encarnada a pesar de la harina que todavía le cubría las mejillas y la punta de la nariz. Su hija adolescente la miraba desconcertada. Jamás había visto a su madre en tal estado. Parecía que el corazón fuera a salírsele del pecho.

Había llegado el momento que había estado demorando tanto tiempo. El momento de contar la verdad a su hija

-Pilar, ese hombre… -respiró hondo antes de acabar la frase- es tu padre.

Aquella frase marcaría un antes y un después en la vida de Pilar, aunque mucho menos de lo que su madre imaginaba. Ya hacía mucho que dejó creer la historia del padre modélico que perdió la vida en un accidente de tractor.

Virtudes había sido una mujer muy guapa. Todavía lo era, a pesar del maltrato del tiempo y de la vida, y de que no hacía ningún esfuerzo en arreglarse. Tal vez por eso llamó la atención de Joaquín, el muchacho más rico, más malcriado y más maleducado de toda la contornada.

Ocurrió en la verbena, en las fiestas del patrón del pueblo. Joaquín agarró a Virtudes cuando subía la cuesta que llevaba de su casa, a las afueras del pueblo, a la plaza. A empellones, la metió en la cochera de una casa cercana que, como otras muchas del pueblo, pertenecía a su familia. Le arrancó su  blusa de los domingos, blanca y con cuello de encaje, y le rasgó la falda para subírsela hasta la cintura. Ella se resistió tanto como pudo, pero él era fuerte y la tenía inmovilizada

-No podía hacer otra cosa, de verdad…

Virtudes seguía culpándose, aún después de tanto tiempo. Quizás por eso nunca denunció a Joaquín, aunque lo que más le indujo a callar fueron las palabras de él. Le juró que si contaba lo sucedido a alguien, su familia lo pagaría caro. Nadie les daría trabajo y se morirían de hambre.

-Además, ¿quién va a creer a una putita paleta como tú?

           Virtudes calló, y siguió callando hasta que la biología le impidió hacerlo. A la primera falta temió lo peor, y las dos siguientes le confirmaron sus sospechas. Su abultada tripa le obligó a contárselo todo a su madre tras cinco meses de silencio. Los padres de Virtudes aceptaron aquello como una prueba más a las que les sometía la vida, y, aunque nunca culparon a su hija, tampoco tuvieron la más mínima intención de denunciar al autor, convencidos de que nadie creería a su hija frente al todopoderoso hijo del dueño de medio pueblo.

       Virtudes nunca volvió a ver a Joaquín. Se marchó, como cada invierno, a la capital, pero no regresó. Su familia lo hacía muy de Pascuas a Ramos hasta que vendieron sus propiedades y desaparecieron

       Cuando Virtudes oyó aquella voz que pedía dos hogazas de pan de ajo, revivió sus peores recuerdos. Era la misma voz que la llamaba “zorra” mientras le arrancaba su blanca blusa de los domingos, con su cuello de encaje.

       Mientras relataba todo aquello a su hija, Joaquín recorría el pueblo como si, de nuevo, volviera a ser el dueño y señor de todas las cosas. Pero no hubo pan para él tampoco en la panadería nueva, ni le sirvieron vino en la taberna ni en la recién reformada casa de comidas. Tampoco le quisieron dar habitación en la fonda, y ni tan siquiera le abrieron el ventanuco de la farmacia, pese a que era la única que había en toda la comarca.

       Cuando Virtudes se enteró de todo aquello, se dio cuenta que había hecho mal en ocultarse a todas las miradas, en no salir de casa más que para ir a Misa o llevar a la niña a la escuela, al médico o adonde hiciera falta. El pueblo que ella creía que la juzgaría a ella, había celebrado su juicio mucho antes. Y había condenado al miserable a una pena que jamás podría imponer un juez.

       Ese día cogió a su niña de la mano y fue a pasear por todo el pueblo, con la cabeza muy alta. Jamás volvió a ocultarse ni a sentirse avergonzada.

       Hacía mucho que mi madre me había contado aquella historia para explicarme que, al contrario que el resto de mis compañeras, yo no tenía abuelo materno pero a cambio tenía una abuela que valía por dos.

       Hoy lo he recordado al ver que nadie del pueblo ha faltado al entierro de mi abuela Virtudes la panadera, la que hacía el mejor pan de ajo. Y la mujer más querida y respetada de toda la comarca.