Cuñadismo: para qué estudiar


listillo

Uno de los clásicos no escritos de la vida es lo que muchos llaman cuñadismo, algo así como todólogos de andar por casa. ¿Quién no tiene un cuñado o cuñada –o en su defecto, suegra, vecina y similares- que lo sabe todo, todo y todo, como el papá de la niña del anuncio? De cuñados anda el cine lleno, y por partida no doble sino múltiple. Si no, que se lo digan a los de Siete novias para siete hermanos, Doce en casa o La gran familia y sus secuelas. O a aquel Con ocho basta de mi infancia. Que siempre complicaban las cosas cuando un ser ajeno turbaba la paz familiar al tratar de formar parte de la secta familiar por la vía de la unión de hecho o de derecho. Hasta el paroxismo del suegrismo de El Padre de la novia. Y ojo, a buen seguro que las inseparables Vaya par de gemelas de una duplicada Lina Morgan o los imposibles Los Gemelos golpean dos veces no se hubieran llevado tan bien con la aparición de un tercero. Sin duda.

Nuestro teatro vive el cuñadismo de forma muy particular, y especialmente intensa. Y, por supuesto, sin necesidad de que el extraneus –hasta término jurídico tenemos, oiga- tenga una verdadera relación por consanguinidad o afinidad. En nuestro caso cabe la interpretación extensa –aunque hablen de Derecho Penal- e incluye a todo aquél que sabe lo que no está en los escritos. Entre otras cosas, porque en los escritos no suele estar los que dicen, por más que una busque.

Y, como todo buen parentesco con tintes jurídicos, también podemos distinguir grados, como nos enseñaban en Derecho de Sucesiones. Y así, tendríamos el cuñadismo de primer grado, que el boca oreja de toda la vida, y el de segundo grado, que es el que parte de tertulianos, opinadores profesionales y hasta supuestos influencers del más variado pelaje. La vieja del visillo en sus más variadas manifestaciones, con el permiso de José Mota. Que visillear es deporte nacional.

De cuñadismo de primer grado tenemos ejemplos todos los días. ¿Qué abogado no se ha encontrado a algún cliente que pretende saber más que él y le discute todas sus decisiones porque conoce a alguien que le ha contado que la prima de una compañera del vecino del quinto ganó un pleito haciendo las cosas de otra manera? Nunca olvidaré la cara de una letrada que, tras dedicar una hora a tratar de explicar a su defendido por dónde iban los tiros, tuvo que aguantar que aquél dijera delante de juez, fiscal y LAJ que quería “un abogado de verdad”, no a ésa que le habían traído que no servía para nada. También recuerdo a una amiga letrada a quien su cliente puso verde a la salida afirmando que hasta el juez la había llamado impertinente. Y no hubo modo de convencerle que lo impertinente era una de las preguntas que hizo. Pero claro, su cuñada le había explicado muy bien qué tenía que decir la abogada y no le había hecho ningún caso, y así le lució el pelo. Literal.

En otro caso recuerdo con tristeza que lo que el cliente en cuestión rechazaba era la condición de mujer de la letrada, porque aquello era violencia de género y las mujeres solo dábamos la razón a las mujeres por serlo, que ya le contó un hermano de su cuñado lo que hacíamos allí. Seguro que nos pintó con sombrero de bruja y removiendo los códigos en el caldero de pez mientras hacíamos conjuros sólo para fastidiarles.

Pero que nadie piense que estas cosas solo les pasan a colegas del otro lado del banquillo. A quienes vestimos toga con puñetas también nos vienen con ésas. No es inusual que aparezcan denunciantes presumiendo de ir cargados de razón alegando leyes inexistentes, o interpretaciones de casos teóricamente iguales y que se parecen uno a otro como un huevo a una castaña. A mí me han llegado a decir que “usted es mi fiscal y tiene que hacer lo que yo diga”. Por supuesto, les he invitado amablemente a ponerse mi toga –nunca mis tacones- y a informar en juicio mientras yo me limaba las uñas o me dedicaba a la cría del calamar salvaje. Pero ni así.

Y es que muchos de estos conocimientos les vienen del cuñadismo de segundo grado. De todos esos catedráticos que andan sueltos que estudiaron en la universidad de Sálvame, en la Ana Rosa´s School o en la Twitter University College, de conocida fama mundial. Y que tan pronto saben como hacer la partición de la herencia de un famoso como te amenazan con ponerte un alejamiento –así, ellos solitos, sin juez ni nada- o con la famosa querella criminal, como si existieran las querellas civiles. Y que les encanta eso de acogerse a la Quinta Enmienda o denunciar por delito de perjurio, ambas cosas tan lejanas a nuestro derecho como Leganés del famoso monstruo.

Así que a armarse de paciencia, que no queda otra. Con un aplauso muy fuerte para quienes sobreviven al cuñadismo sin reaccionar contra el cuñado como le pide el cuerpo. Que a veces es bien difícil.

 

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4 pensamientos en “Cuñadismo: para qué estudiar

  1. Echo en falta otro tipo de cuñado, el que ha leído algo por internet y no sabe ni de dónde viene la música. Ahí he visto cosas que harían temblar a muchos, desde gente citándome códigos latinoamericanos como si fueran el CP español, leyes derogadas desde hace 40 años o, mi favorito, el que se lee algún texto legal por encima, no se entera muy bien de qué va el tema pero a él le da igual, viene a sentar doctrina que poco menos que ha de vincular al Tribunal Supremo, al Constitucional y si nos ponemos al de la “Haiga”. Bueno y ojito con que un tribunal no resuelva en el sentido que su pseudoseñoría considera doctrinalmente correcto, que entonces empiezan los improperios, insultos, calumnias e histrionismos varios.

    Buena entrada. Un saludo.

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  2. Pingback: Cuñadismo on Line: la saga continúa | Con mi toga y mis tacones

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