#historiasdesuperacion


Hoy, Día Contra la Violencia de Género, mi toga y mis tacones se visten de lila para contar una ·de esas #historiasdesuperacion que vemos cada día.

Acompañada de una magnífica ilustración de @madebycarol

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MAQUILLAJE

Aquello no me podía estar pasando a mí. No a una mujer como yo. Me lo repetía una y mil veces mientras cubría con una gruesa capa de maquillaje aquella paleta de colores entre el amarillo y el morado en que se estaba convirtiendo mi pómulo.

Por fin lo logré. Los cosméticos hicieron su milagro y taparon por completo las heridas de mi cara. Pero no había cosmética que pudiera tapar las de mi alma. Ahí seguían, obstinadas en gritar a los cuatro vientos que ellas no admitían maquillaje.

Me negaba a admitirlo. Eso le pasaba a otras. A esas otras que no habían vivido con un padre intermitente y una madre que nunca supe si vivía o sobrevivía en función de que él estuviera presente o ausente. A otras que no tenían trabajo, ni independencia económica. A otras que no habían estudiado una carrera y varios master ni tenían un puesto directivo donde mandaban a muchos hombres. Eso no le pasaba a mujeres que habíamos peleado a brazo partido contra un mundo hostil para llegar a lo más alto.

Pero allí estaba. Mi mejilla quemaba bajo las capas de un carísimo maquillaje. Pero eso no era nada en comparación con lo que quemaba el resto de mi misma. Me repetía que eso no me podía estar pasando.

Y entonces fue cuando ella volvió. Se plantó delante de mi espejo con su cara de infinito cansancio y me miró a los ojos. Seguía pidiéndome perdón con la mirada. Perdón por no haberle parado los pies, perdón por no haber reaccionado a tiempo, perdón por volver con él una y otra vez, perdón por haberle perdonado.

No era la primera vez que aparecía allí. Odiaba sus apariciones en mi espejo tanto como llegué a odiarla a ella por blanda, por pusilánime, por débil. Por no saber reaccionar como yo lo hubiera hecho en su caso.

Y sin embargo, esta vez fue distinto. Su cara era mi cara. Una cara con muchos años y mucho menos maquillaje. Me atravesó con sus ojos de color tristeza y esta vez lo acepté. Aquello me estaba pasando a mí. Aquella mujer del espejo no era mi madre. Era yo, desprovista del disfraz que me ponía cada día.

Me quité el maquillaje. Me fui a la comisaría más cercana, y entregué aquel papel que llevaba en mi bolso de marca desde hacía tiempo y que pesaba como una tonelada de plomo. En la denuncia lo contaba todo, y me quité tal peso de encima que por un momento pensé que iba a salir volando.

Pero no era suficiente. Nadie más debería pasar por aquello. Y le debía algo a mi madre.

Dejé mi fantástico puesto de trabajo antes de que me invitaran a marcharme. Me compadecían, pero una mujer maltratada no era una buena imagen de marca. Pero ya poco me importaba aquella marca por la que tiempo atrás hubiera dado la vida.

Mi marca es ahora una asociación dedicada a ayudar a mujeres que tampoco creían que esto les estuviera pasando a ellas. La he llamado El Espejo, como un pequeño homenaje a mi madre. Espero que sepa perdonarme algún día por ser tan ciega. Así se lo pido cada vez que visito su tumba, esa lápida que no había vuelto a ver desde aquel día, hace veinte años, en que una adolescente destrozada asistía al entierro de su madre asesinada.

Aunque estoy segura que cuando hoy, desde allá donde esté, haya visto cómo mi hija adolescente recibía un premio por haber salvado a una compañera  de instituto de las garras de su maltratador, habrá podido, por fin, descansar en paz. Ella nunca necesitará maquillar su vida.

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