Cuñadismo on Line: la saga continúa


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No hace mucho dedicábamos un estreno al cuñadismo, ése que todo lo sabe. La famosa maestra Piñones, que de nada sabe y da lecciones. Y hete tú aquí que entre los comentarios encontré un denominador común, algo así como El hombre Invisible. El cuñadismo on line, que sale directamente del teclado pasa asentarse en la obstinación de quienes pretenden sentar cátedra sobre algo por la sola razón de haberlo leído en Internet. Rápido, fácil e indoloro. O no. Atrás quedaron los tiempos en que las enciclopedias las hacían sesudos señores, como los que acompañaban a Gary Cooper en Bola de fuego o a Danny Kaye en su remake, Nace una canción. Hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad, como decían en La Verbena de la Paloma, y ya han quedado desfasados los alardes tecnológicos de una agobiada Sandra Bullock atrapada en La Red, o los festivos correos electrónicos de Tienes un email o El diario de Bridget Jones. Así que, se hable de lo que se hable, siempre hay algún enteradillo que cree saber más.
Como no podía ser de otro modo, en nuestro teatro reina ese tipo de cuñadismo. Tanto es así que, junto al cuñadismo  de primer grado y de segundo grado del que hablamos en su día, hay otro de tercer grado, como el parentesco, el cuñadismo on line. Ese que bebe directamente de las fuentes de Internet sin pararse siquiera a contrastar de dónde sale esa información. Y que, para colmo, la reinterpreta a su modo, arrimando generalmente el ascua a su sardina. Faltaría más.
La mayor parte de víctimas de esta especie, cuando de nuestro teatro hablamos, se encentran en los abogados y abogadas, que se ven obligados a sufrir en silencio –si no estallan, claro- toda clase de consejos, admoniciones y recetas varias para hacer su trabajo de parte de clientes que creen saber más que nadie. Y, aunque esto no sea un comercio y no sea aplicable al cien por cien lo de “el cliente siempre tiene razón”, no se les puede mandar al sitio donde les gustaría en ocasiones. Y hay que tragar árnica. Me contaba una abogada amiga el otro día que uno de sus clientes, no contento con decirle lo que debía hacer, llegó a sugerirle que él haría el escrito y ella no tendría más que firmarlo. Un chollo, vaya. Ni que decir tiene lo que ella le contestó acerca de su sugerencia.
Y es que los hay que saben de todo. Desde leyes extranjeras que, por alguna razón, ha tenido a bien ponerle ante sus narices San Google, y que deciden que son aplicables sin pararse a pensar en esos pequeños detalles de competencia y ámbito de aplicación de las leyes que nos enseñaron en ese extraño lugar llamado Facultad de Derecho. ¿Para qué  molestarse? Y hasta se ofenden si se explica que eso aquí no cabe. Y ojo, que es curioso. Todo el mundo entiende que aquí al ladrón no se le corta la mano porque ese no es –por suerte- nuestro entorno jurídico, pero se les nubla la vista cuando quieren que se aplique una resolución de Wisconsin que obliga a indemnizar en una cantidad millonaria porque el airbag del coche no funcionaba o porque las películas de cowboys nos ensañaban a fumar el más puro sabor americano. En alguna ocasión recuerdo haber oído que querían pedir que su asunto fuera visto por un jurado porque así lo elegían en las películas, o que se pactara con el fiscal general del estado para cambiar la acusación por la de homicidio en tercer grado por la misma razón. Y tan frescos.
Incluso hay quien se atreve a traer un modelo de contrato sacado de un formulario de vaya usted a saber dónde y que se rellene a su gusto. Ni más ni menos que les hacen a los médicos, eternos sufridores de esta plaga de cuñados on line, a los que les dicen qué medicamentos les han de recetar.
Pero si alguien cree que en el mundo de las puñetas andamos escasos de cuñadismo on line, se equivoca de medio a medio. Porque, si bien es cierto que cara a cara es más complicado, hay otros medios. Uno especialmente frecuente son las “cartas al novio” que nos llegan de prisión de los propios internos. En ellas no solo nos cuentan su vida, o una versión reinterpretada de la misma, sino que nos dan cumplida noticia de toda la jurisprudencia habida y por haber en materia de refundiciones de condena y cómputo de días a efectos de liquidación. Y que, como no escapará al avezado lector, siempre les favorece. Con lo que cuesta refundir condenas y a ellos les salen las cuentas como churros.
Siempre me acordaré de un escrito de un interno que solicitaba un habeas corpus porque se habían vulnerado sus derechos ya que el médico forense le había visitado con gafas de sol puestas. Acompañaba a su escrito, primorosamente manuscrito, una referencia a resoluciones totalmente desconocidas que jamás encontré, pero que merecían ser guardadas por lo pintorescas. Y a otro que, día sí y día también, freía a escritos a juez, fiscal, laj y quien se pusiera por delante para explicar que no podía cumplir su condena de muchos años de prisión por homicidio porque tenía todos los síntomas de la claustrofobia que había leído en Internet y no podía estar encerrado. Tal cual lo cuento.
Así que antes esas cosas una se plantea el tiempo que ha perdido para conseguir, encaramada en los tacones, vestir la toga. Con lo fácil que resulta echar mano de teclado y wi-fi. Pero es lo que tiene. Que afortunadamente, los títulos no se expiden con la facilidad que se buscan supuestas soluciones.
Por eso el aplauso va hoy para la santa paciencia de la que hay que echar mano para atender a esos cuñados sin perder las formas. Que, a veces, tiene casi el mismo mérito que estudiar la carrera.

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5 pensamientos en “Cuñadismo on Line: la saga continúa

  1. Hace años tuve un jefe “sabiondo” que se había comprado un Ford turbonosequé, el último alarido, vamos. Le salió un punto de óxido en el techo (donde iba anclada la antena de la radio) y tras un par de visitas al concesionario en las que no avanzó gran cosa me dijo: “le voy a montar un contencioso administrativo a la Ford que va a cerrar la fábrica en España (Almusafes)” Convencidísimo, llegué a dudar.

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  2. Pingback: Críticas: sanas e insanas | Con mi toga y mis tacones

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