Corporativismo: juntos pero no revueltos


Puñetas-jueces

En todas las profesiones existe el corporativismo, esa hermanastra mala de la necesaria unión y fraternidad entre los miembros de un determinado colectivo. Y aunque el mundo del espectáculo tampoco se libra de él, también es cierto que la competencia feroz que existe en las tablas pueden llegar a diluirlo. El todos para uno de Los Tres Mosqueteros no siempre es tan para todos y más para uno, aunque llegado el momento, y alfombra roja mediante, sí que respiran unidos a la hora de hacer ciertas reivindicaciones como ocurrió contra el IVA cultural, contra la Guerra de Iraq o, recientemente, con el movimiento #MeToo y sus secuelas.

A quienes habitamos Toguilandia se nos suele acusar de corporativismo. Pero no tanto referido a toda la fauna –dicho sea con el mayor de los respetos- jurista de togados y togadas, sino más bien dentro de cada especie, y hasta subespecie. Como si fuéramos más de Las chicas con las chicas y los chicos con los chicos que del Todos a una Fuenteovejuna. Ya dedicamos sendos estrenos a la deseable unión y a los conflictos que la empañan. Los jueces defienden a jueces, fiscales a fiscales, lajs a lajs, procuradores a procuradores y abogados a abogados –y a procuradoras y abogadas, claro está-. Y así hasta el infinito y más allá en nuestra Toguilandia Story. Pero no siempre es así. Además de que no todo lo que se tilda de corporativismo lo es, que no es oro todo lo que reluce.

En primer lugar, hay que aclarar que muchas cosas que se tachan de corporativas no lo son. El hecho de que un juez o una jueza defiendan las resoluciones de otro colega, no tiene por qué ser corporativo. Puede deberse, simplemente, a que piense que tiene razón o incluso a que le parezcan buenos su argumentos auqnue no los comparta. Y no hay que tener siempre la escopeta preparada para soltar el gatillo de la sospecha.

Y si hablamos de fiscales, todavía es peor. No solo somos corporativos sino que obedecemos órdenes del Gobierno. La cantinela que nos tiene hasta las narices Y aunque de todo hay en la viña del señor, tal vez sería el momento de recordar a quien corresponda que no se puede ver todo con las gafas políticas puestas. Se puede pedir la libertad o la prisión de alguien, acusar o pedir el sobreeseimiento, sin saber siquiera a qué partido pertenece. Se lo juro, y sin cruzar los dedos ni de los pies, que los tacones no me dejan.

Y tengo para todos. También hay cierta costumbre de apiñarse en sectores, y pensar que el de enfrente está equivocado, incluso que es injusto, por la única razón de que quien defiende la tesis opuesta es un colega, aunque ni siquiera lo conozcamos. Se ve en la vida, en las salas de vista y las guardias, y también en las redes sociales que, además, cuentan con un aliado estupendo, el cuñadismo on line. La de juicios e interpretaciones que se hacen de informes y sentencias que ni siquiera se han leído. O la de juicios de valor o críticas de lo que debió poner un fiscal, por ejemplo, en su escrito de calificación, cuando esté tiene un contenido tasado del que no puede salirse.

Muy cerca y muy lejos del corporativismo está su primo bueno, el compañerismo. Este no es otra cosa que la buena voluntad de ayudar al compañero o compañera, que a veces se traduce en hacerle los juicios o la guardia, otras en pasarle jurisprudencia y otras, en tratar de explicar un fallo o una omisión que, muchas veces, no es tal. Y eso no solo está muy bien, sino que es una práctica sana y recomendable. Si hubiera un gimnasio del compañerismo, la vigorexia sería estupenda.

Pero como nada es blanco ni es negro, hay zonas grises que también existen. Una de ellas es el respeto, que se podría traducir en que, aunque se vea que un colega la ha pifiado, no entrar al trapo ni hacer leña del árbol caído, o tratar de suavizar sus consecuencias.

Otras de las zonas grises vendría dada por la propia ley. No podemos olvidar que nuestras leyes, normas deontológicas y estatutos profesionales nos impiden hablar de ciertas cosas aunque nos puedan las ganas. El secreto de sumario, sin ir más lejos, o la necesaria reserva de las actuaciones mientras están subiudice y fuera de las cuestiones sobre las que sí se nos permite informar. Y hasta opinar, oiga, que no somos de piedra ni de plástico, ni tampoco el sacerdote de Yo confieso.

El corporativismo puro existe cuando se justifica lo injustificable, cuando se reclaman o se muestran adhesiones ciegas por la sola razón de que Fulanito o Zutanita es de nuestra estirpe, dicho sea en término togados. Y eso sí que no. Más vale callar que meter la pata.

Por eso hoy envío un aviso a navegantes. Antes de afirmar alegremente que tal o cual cosa se hace por corporativismo, pensémoslo un poco. Igual leyendo y tratando de ponernos en la piel del otro nos llevamos más de una sorpresa. Y, si no, tiempo habrá de dar leña al mono, que es de goma. Pero que sea de goma de verdad, no vaya a resultar un trampantojo.

Asi que hoy el aplauso no podría ser otro que para el compañerismo y la lealtad bien entendida. Esa virtud que se practica mucho más de lo que parece. Por fortuna

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