Tranquilidad: Misión Cumplida


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El mundo de la farándula nunca ha sido un remanso de paz. Más bien lo contrario. Un ritmo frenético, la incertidumbre de lo que pasará mañana y de si se ascenderá del anonimato al éxito o por el contrario se caerá del cielo del reconocimiento al abismo de ser ignorado en un nanosegundo. Todos recordamos historias de actores o cantantes que los fueron todo y tuvieron finales bien tristes. Hace apenas unos días mi buena amiga @MJLetrada nos despertaba desde las redes la conciencia ante el caso de un conocido actor que andaba leyendo poemas en el metro. Y es que por vertiginoso que sea el día, hay que dormir tranquilo. Y el mejor somnífero es una conciencia que le haga juego. Ya sabemos: si Pepito Grillo duerme a pierna suelta, Pinocho podrá relajarse también.

Nuestro teatro es especialmente proclive a instalar en nuestro subconsciente Historias para No dormir, como el título de aquella aplaudida serie. Situaciones, circunstancias o decisiones que, lo queramos o no, se colocan entre nuestras cabezas y la almohada, en ese momento del día en que una se ha despojado de toga y tacones. Y se empeñan en acompañarnos en nuestro paseo diario por el mundo de Morfeo, amenazando con que lo que pretendíamos que fuera El Sueño Eterno de esa noche se convierta en Pesadilla en Toga Street.

Y, como decía, el único somnífero ante ese agente patógeno es una conciencia tranquila. La del trabajo bien hecho, aun cuando los resultados no hayan sido los pretendidos. La de haber hecho todo lo que se podía y más. En calidad y cantidad. En la forma y en el fondo.

En cuanto a la cantidad, cualquiera lo sufrimos a diario. Estando como están las cosas en Toguilandia, con acumulaciones de trabajo y juzgados colapsados a diestro y siniestro y con esa curiosa ley de Murphy  que hace que todo se junte en el momento más inadecuado, seguro que a cualquiera le es familiar esa sensación de acostarse pensando en la cantidad de trabajo que queda pendiente. Y entonces es cuando los expedientes vienen a visitarte, con sus carpetas multicolores, sus pósits pegados, sus etiquetas que alertan de urgencias varias y sus grapas en equilibrio inestable amenazando con desmoronarse en cualquier instante. Papel 0  en estado puro, vaya, bailando como locos en La noche de las causas vivientes. Unos Zombies muy particulares que, en ocasiones, dan más miedo que los originales. Sobre todo porque no se terminan con el despertador y el desayuno sino que ahí siguen en las mesas, desafiándonos para que les hinquemos el diente so pena de acompañarnos otra noche más. Y es que una se programa pensando que el día tiene más de 24 horas y el chasco es morrocotudo. No le da la vida.

Pero como hay que ser moderna y digitalizarse, también las pesadillas están dispuestas a pasar por la pátina informática. Y sé de alguna que ve interrumpidos sus Dulces Sueños por recuerdos de notificaciones de Lexnet y e dichoso circulito girando, capaz de hipnotizarnos anres de que se descargue el documento. Si es que llega a hacerlo, claro está

Pero la verdadera tranquilidad viene del trabajo bien hecho en calidad jurídica y sobre todo humana. Esa víctima que te da las gracias después de un juicio, o la que después de varios años sigue acordándose de la letrada que le ayudó a sacar la cabeza del agua, flotar y finalmente, llegar a tierra firme. La felicitación de un colega –en el más amplio sentido togitaconado-, o la confirmación en forma de sentencia. Y eso vale también para los jueces, que pueden ver santificada su decisión original por el órgano superior y hasta por el Tribunal Supremo cuando toca.

Pero, a veces, son unas pocas palabras las que te reconcilian con el mundo y te permiten dormir a pierna suelta más que una tonelada de barbitúricos. El otro día recibí dos de esos mensajes que te hacen saltar las lágrimas. Uno de ellos, de alguien que fue víctima de violencia de género y todavía pelea con los flecos de su historia, que se siguen enganchando en su vida. Simplemente me decía que, tal como un día me prometió, por fin se había decidido a contar su experiencia en público para ayudar a otras mujeres en su situación, y adjuntaba en enlace a la noticia que confirmaba su valentía. Mil gracias por compartirlo.

La otra era de alguien que, después de mucho tiempo, se había decidido a denunciar las humillaciones que venía padeciendo.. Me recordó otra ocasión en que una víctima a quien no conozco se dirigió a mí a través de las redes sociales para que le hiciera llegar a una compañera de otra ciudad que algo que había hecho le había salvado la vida. Tal como suena. Ni que decir tiene que se lo hice llegar a toda prisa a mi compañera y que ambas lloramos de emoción. Porque, por si alguien lo duda, las togas también lloran.

Así que hoy, en lugar de aplauso, enviaré desde aquí un deseo. Que nunca se acaben esos somníferos de buen trabajo que nos regalan noches de sueño reparador. Que buena falta hace.

Y, por supuesto, sin olvidar un aplauso extra para @JulioAntonio48, autor de la preciosa fotografía que ilustra este estreno

 

 

 

 

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