SIDA: ayer y hoy


            Quienes tenemos cierta edad, recordamos con horror las noticias sobre la epidemia que nos sacudió entre finales de los 80 y los 90: el SIDA. Aquella enfermedad desconocida parecía atacar solo a ciertas personas hasta que, de repente, había famosos que reconocían padecerla y acabó con ellos. Yo recuerdo especialmente las fotografías de un Rock Hudson esquelético, aunque mucha gente recuerda más el caso de Freddy Mercury. Sea como fuere, aquello llegó para quedarse y pronto el cine se hacía eco de ello en películas como Philadelphia, Pride y, por descontado y más recientemente Bohemian Rhapsody, que contaba la vida del líder de Queen.

            En nuestro teatro pronto nos percatamos de los efectos de SIDA. Aparte de quienes, a uno u otro lado de estrados, perdieran la vida o vieran como la perdían familiares y amigos, aquella enfermedad maldita tuvo enormes efectos en la población delincuente de toda una época y, por tanto, en nuestras funciones. No podía ser de otro modo.

            Cuando yo aterricé en Toguilandia, ya estaba consumado en numerosos casos un matrimonio mortal: drogadicción y SIDA. A los terribles efectos de la heroína, que había causado estragos a varias generaciones, se unía un aliado de la muerte todavía más letal, el VIH. La enfermedad se transmitía, entre otras causas, por la sangre, y las condiciones faltas de higiene en que los adictos compartían jeringuillas les hacía compartir también un destino fatal.

            Las cárceles por aquel entonces estaban llenas de personas que eran drogadictas y delinquían, un binomio de difícil separación. En estos casos, nunca se sabía si fue antes el huevo o la gallina. Había quien delinquía y en ese ambiente comenzaba a consumir, y quien consumía y se veía obligado a delinquir para financiar su adicción. Generalmente, ambos factores se unían y acababa siendo la pescadilla que se muerde la cola, entrando en un bucle infernal del que era muy difícil salir.

            Todavía recuerdo con un nudo en la garganta la angustia de esas madres -también padres, pero sobre todo madres- destrozadas por esa adicción de su hijo, que le convertía en un ladrón incluso en su propia casa. Coches destrozados, joyeros heredados vaciados y mil cosas más componían ese mapa. Y a ese mapa sed añadía una enfermedad mortal, que obligaba a cuidar al hijo hasta sus últimos suspiros. Por el camino, ingresos voluntarios o involuntarios en instituciones que en muchos casos no hacían sino alargar la agonía.

            Así las cosas, aquello tenía varios efectos en nuestro trabajo. En primer término, y junto con la drogadicción con la que formaba siniestra pareja, constituían una atenuante, bien por la adicción en sí, bien por el síndrome de abstinencia, o bien por la alteración psíquica. En una fase posterior, y una vez en prisión el avance entonces inexorable de la enfermedad hacía que requirieran cuidados especiales y que, en muchos casos, se pidiera su excarcelación por motivos humanitarios. En otros muchos, firmábamos archivos de ejecutorias y sobreseimientos en diligencias previas con inusitada frecuencia por muerte del imputado. Recuerdo que hubo una época que no pasaba un día sin haber firmado un archivo por defunción.

            Por supuesto, esa no era la única causa de transmisión, aunque por lo que a nuestro teatro afecta, sí que era la más frecuente. Otra vía eran los pinchazos accidentales del personal sanitario que, aunque no fueran a la vía penal, podía dar lugar a peticiones de indemnización en la vía civil e incluso contenciosa. Ya sabemos que no solo de derecho penal vive el jurista.

            Aunque los pinchazos no solo eran accidentales. Era tal el clima de terror que causaba solo nombrar a la enfermedad que las jeringuillas ensangrentadas se convirtieron en el arma óptima para cometer atracos bajo la amenaza de pinchársela a la víctima.

            Y si de pinchazos hablamos, no puedo dejar de nombrar un macrojuicio que tuvo lugar en Valencia y repercusión en toda España. Se trataba del enjuiciamiento -y condena- de un anestesista que se prevalía de su posición para conseguir sus dosis de los goteros de sus propios pacientes, lo que propició un masivo contagio de hepatitis B del que todavía se habla, y se sufre. Cierto es que no se trataba de SIDA sino de hepatitis, pero por su relación con jeringas, contagios y adicciones no podía dejar de citarlo.

            No obstante, el caso relacionado con el SIDA más curioso y duro a un tiempo fue el relacionado con otro tipo de delitos. Un sujeto, tras conocer a una chica en un local de ocio, entendió que su sola amabilidad era suficiente para tener sexo con ella, aunque ella se negara desde un primer momento. La chica no solo manifestó su negativa, sino que le advirtió de que ella era seropositiva, lo que no provocó sino la furia de él que, además de penetrarla, la golpeó varias veces. El destino quiso que el sujeto se contagiara y no solo eso, sino que ese contagio evidenciado en las pruebas biológicas fue la prueba definitiva pata condenarlo por violación. La justicia o la injusticia divina hizo que él muriera en prisión.

            Ahora, cuando la enfermedad tiene un tratamiento que, si no la cura, la convierte en crónica, parece que, al menos en esta parte del globo terráqueo -en otros países de otra parte del mundo todavía es una plaga mortal en muchos casos- el VIH ya no debería suponer un problema para nadie. Sin embargo, me contaba un compañero hace poco de un caso de discriminación en un gimnasio de una persona a la que se aisló del resto de clientes cuando comunicó la circunstancia. Ignoraban que el SIDA no se contagia de ese modo, e ignoraban también que discriminar por razón de enfermedad puede ser constitutivo de un delito de odio.

            Por último, para quitar un poco de hierro al asunto, recordaré una pequeña anécdota, la del investigado que contaba a todo el mundo que tenía el VHS. Para quienes nacieran después de los dolores, como diría Chiquito de la Calzada, he de aclarar que eso era un sistema de vídeo, que era como veíamos las películas por aquel entonces. Y aunque me arriesgue a que alguien más joven me contenten con ese “ok boomer” que he oído más de una vez, asumo el riesgo. Intrépida que es una.

            Y ahora llega la hora de bajar el telón por hoy. El aplauso se lo dedico a todas las víctimas de esta enfermedad, como pequeño homenaje. Y, como no, a quienes siguen luchando contra ella.

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