101 valencianas: el espejo mágico


                Hay momentos mágicos en la vida. Y momentos que se reflejan en espejos mágicos, que no siempre son como el de la madrastra de Blancanieves. Mi espejo esta vez es el que refleja a las mujeres de mi nuevo libro, 101 valencianas frente a mi espejo. Porque a mi Gran familia de libros se une una criatura nueva. La familia y uno más.

                Desde nuestro teatro hemos visto como mi familia de papel y tinta crecía, desde la primera criatura, Mar de lija, hasta la última hasta el momento, Caratrista, pasando por Remos de plomo, Descontando hasta cinco, No me obligues y Balanza de género. Ya tengo el carnet de familia numerosa, incluso de primera clase. Me veo en poco tiempo emulando a aquellas que salían en el NO-DO, de más de 15 hermanitos. Por mí que no sea.

                Son tiempos difíciles, sin duda. Y en estos tiempos tan difíciles presentar un libro tiene doble valor. Al esfuerzo que supone escribir, se suma el esfuerzo que hace a editorial y quien apoya y patrocina el libro. La editorial es Vinatea, una editorial solidaria cuyas ganancias se destinan a acciones humanitarias. Mi anfitrión, y el de mis 101 paisanas, el querido ICAV, el colegio de abogados al que pertenecieron mi abuelo y mi padre, encabezado, además por su primera Decana, Auxiliadora Borja.

                Precisamente Auxiliadora es uno de los personajes de la obra, como lo son también Teresa Gisbert, primera fiscal superior de la comunidad valenciana, y Pilar de la Oliva, la primera presidenta de nuestro TSJ, y la única en España durante varios años y las tres han sido madrinas y coautoras de un prólogo muy especial, que huele a Derecho e igualdad. Un leit motiv perfecto que se enmarca en el año del centenario de Ascensión Chirivella, la primera abogada de España colegiada en Valencia, y que no podía faltar entre las protagonistas del libro.

                En ese entorno, con esa anfitriona y esas madrinas, la cosa no podía sino salir más que bien, a pesar de los pesares. Porque las protagonistas son tan fantásticas que no hay pandemia, ni restricciones que pudieran con ellas. No Había mejor manera que presentar el día de la mujer de este atípico 2021 que esta, y cumplió con todas las expectativas. Mías y estoy segura que de todas y todos los presentes. Lo único que siento es no haber podido invitar, por obvias razones de aforo, a muchas más de las mujeres que forman parte del libro, o a sus descendientes. Pero nos resarciremos. En cuando las circunstancias nos lo permitan, haremos un bis, como todas las buenas representaciones.

                Pero ¿qué es 101 valencianas frente a mi espejo? Pues, ni más ni menos que un homenaje a todas esas mujeres que, vinculadas con mi tierra, contribuyeron a cambiar el mundo. Desde sus casas, desde un convento, en la política, en los tribunales, en un museo o en un laboratorio. Pero no se trata de un libro de biografías, sino de un libro de relatos, o tal vez de cuentos. Se trata de escoger algo que pasó, o que podía haber pasado, a cada una de esas mujeres para visibilizarlas a ellas, a sus gestas, o a ambas. Porque algunas son conocidas, pero otras totalmente anónimas. Y merece la pena conocerlas.

                Mujeres de todas las épocas, de todas las clases sociales, de todas las procedencias y de todos los oficios, desfilan por sus páginas. Desde la Venus de Valltorta, protagonista de una pintura rupestre, hasta mujeres actuales como las que se sentaban en la mesa, más de un centenar de pioneras esperan ser descubiertas,

                101 valencianas frente a mi espejo es un libro que pretende crear dependencia y síndrome de abstinencia a la vez. Pretende enganchar por la potencia de sus protagonistas y que entren ganas de saber más. Y que no haya atenuante que aminore la necesidad de saber. Si lo consigue, al menos un poquito, objetivo logrado.

                Soy muy afortunada de poder vivir estos momentos, de poder meterme en la piel de todas estas pioneras, y de poderlo compartir con tanta gente, en personas o a través de las pantallas. Y a todas esas personas os dedico hoy el aplauso. Mil gracias por estar ahí

                Y, para quien quiera saber dónde encontrar el libro, además de en librerías, en este enlace de la editorial lo encontraréis seguro. Espero que nos veamos pronto para poder dedicarlo.

Individualización pena: echando cuentas


                A primera vista, parece que las matemáticas están siempre reñidas con las humanidades, y con el arte. Aunque muchos matemáticos son excelentes músicos, ignoro porque extraña relación incomprensible para mi mentalidad de letras. Para mí, todo puede ser, hasta que uno más uno son siete, como cantaba Fran Perea en Los Serrano. Pero cuando el arte se encuentra historias tan fantásticas como las de Una mente maravillosa, La teoría del todo o las calculadoras humanas de Figuras ocultas, la unión entre ambas cosas está servida. Y en bandeja de oro.

                En nuestro teatro, más de una vez habríamos necesitado de esas calculadoras humanas para hacer cuentas, sobre todo antes de la llegada –siempre después que en todas partes- de los ordenadores. Y seguro que de las calculadoras que, aunque ahora pueda asombrar a muchas generaciones, hubo un momento en que no existían. Todavía recuerdo el cambalache con el que convenció el padre de una de mis mejores amigas del colegio –y que lo sigue siendo- a su hija para que no insistiera en pedirle que le dejara ir a un viaje. Le compraría una calculadora. Ella accedió, claro. No tenía muchas opciones, conociendo a su padre: o se quedaba en casa de buena gana y con calculadora, o de mala gana y las manos vacías. Eso sí, fue la envidia de la clase durante mucho tiempo.

                Atrás quedaron aquellos tiempos, pero las cuentas en la administración de Justicia siguen haciéndose. Y no bastan los ordenadores para ello. Las personas todavía no somos sustituibles. Y hay dos campos donde especialmente hace falta hacer cuentas, aunque sea la cuenta de la vieja: las liquidaciones y refundiciones de condena, y la individualización de la pena a la hora de determinar cuál es la aplicable en cada caso.

                En cuanto a las liquidaciones, todavía recuerdo mis primeros tiempos, en que teníamos que comprobar con papel y lápiz si se habían liquidado todas las condenas, fueran de la naturaleza que fueran, si estaba bien transcrito y, especialmente, si se habían hecho bien los abonos de preventiva. Además, con la legislación penal anterior había unas redenciones que eran tan misteriosas como la Santísima Trinidad para mí. Hablaban de redenciones ordinarias y extraordinarias, y de aquella institución hoy extinta, por fortuna, la redención de penas por el trabajo. Recuerdo que decían que cosas como donar sangre y asistir a un concierto redimían pena, pero no había modo de comprobarlo.

                De aquellos tiempos, es, por cierto, la leyenda urbana que sigue diciendo que los presos salen antes de prisión por buen comportamiento, cosa que a día de hoy es absolutamente incierta. Las penas se cumplen en sus términos y no el buen comportamiento, sino el malo, pueden hacer que se deje de cumplir en el régimen que por las circunstancias corresponda, progresivo conforme se va agotando el tiempo. Así que mito fuera: portarse como un angelito no hace que dejes de pagar por cuando te comportaste como un demonio, aunque pueda mejorarte el modo de pasarlo.

                El otro ámbito importante donde echar cuentas es fundamental es el de la individualización de la pena. Me acordaba de ello y decidí dedicarle un estreno cuando escuché el otro día una ponencia de mi querido amigo y compañero Javier Montero. Su lucidez para hacer fácil lo que en mis tiempos de facultad parecía imposible me trasladó a aquellos tiempos, y me hizo pensar en que ojala lo hubiera conocido antes.

                Por si alguien no lo sabe, el Código Penal no es una máquina de precisión donde introduces delito cometido y circunstancias personales de su autor y sale la pena a aplicar con años, días y horas. Para nada. Hay que hacer un ejercicio de abstracción donde se empieza por la pena aplicable en abstracto, que siempre es un tramo – de tantos a tantos años, por ejemplo- y a partir de ahí subirla o bajarla conforme sea el grado de ejecución, de participación, y las circunstancias modificativas, específicas o concretas.

                En cuanto al grado de ejecución, los delitos pueden ser intentados o consumados, y es obvio que no es justo que se castigue igual a quien mató a alguien que a quien no consiguió ese objetivo, por más que por su culpabilidad –él quería matar- pueda parecer que lo merezca. Tampoco es igual si se es autor, directo o intelectual, que si se es una mero partícipe, como el cómplice. Ni puede castigarse igual a quien tiene una causa que le hace un poco más perdonable el hecho, como el miedo insuperable. La legítima defensa, o el estado de necesidad o cualquier otra atenuante que quien, además, es reincidente o actúa con abuso de superioridad. A l que hay que sumar, antes, si se da alguna circunstancia agravante que haga más grave el delito para esa persona determinada, como el docente que abusa respecto de su alumno o el que trafica con drogas con menores o en un establecimiento público.

 Todos estos son los mimbres con los que hay que ir haciendo la cesta de la individualización de la pena, subiendo o bajando escalones en función de todos estos parámetros. Pero, al final, hay que rematar la cesta con eso que se llama arbitrio judicial, que no es otra cosa que la concreción de la pena para ese hecho y esa persona dentro del tramo final que quedó tras todos esos cálculos.

El sistema de nuestro Código actual hacer referencia a las penas superiores o inferiores en grado, y al grado mínimo o máximo, lo que a veces lleva a confusión. El anterior tenía un sistema más rígido para el reo pero tal vez más fácil para el aplicador del derecho. Las penas tenían sus propios nombres para cada tramo de pena –arresto mayor, prisión menor, prisión mayor- y se dividían siempre en tres tramos. De ahí viene el famosos “y 1 día” que no es un capricho de los juristas, sino que es día de más o de menos era una exigencia para que se tratara de una pena u otra.

Y hasta aquí, este pequeño repaso de la determinación de la pena. El aplauso se lo daré a quien la utiliza cada día con paciencia y acierto y especialmente a Javier por inspirarme este post. Gracias

#HistoriasDePioneras: Humo morado


-(Imagen @madebycarol )
  • Vamos, Elizabeth, hemos tenido suerte
  • ¿Vamos? ¿Adónde?
  • A la fábrica, hija, dónde va a ser. La hija de mi amiga Rose acaba de tener a su hijo y ha dicho que puedes sustituirla en su puesto hasta que se recupere
  • Pero madre, yo no quiero ir a la fábrica. Quiero seguir yendo a la escuela
  • Calla, hija, no sabes la suerte que hemos tenido. Que durante unos días entre un sueldo más en casa, con la falta que nos hace. Solo serán cuatro o cinco días, lo justo para que pueda moverse. Igual, si las cosas se complican, son un par de días más
  • Pero madre, yo solo tengo trece años
  • Shhh. Ni se te ocurra decirlo. Para todo el mundo tienes catorce. ¿Está claro?
  • Sí, madre

A regañadientes, la pequeña Elizabeth fue con su madre a su lugar de trabajo. Era una fábrica de camisas de mujer. La niña vio asombrada como en apenas unos metros se hacinaban un montón de personas, la mayoría mujeres. No era la única niña, aunque tenía la sensación de que era la única que no se resignaba a su suerte. Las demás parecían estar adaptadas, e incluso encantadas de su destino. Eso, al menos, le dijo Mary, una amiga del mismo barrio a la que no veía desde que meses antes, abandonara la escuela. La situaron en una máquina de coser pegada a la de ella, junto a la ventana. A sus pies, desde varios pisos de altura, la Nueva York de principios del siglo XX se desperezaba ajena a sus cuitas.

Elizabeth y su compañera cosían en su mesa cuando la voz de su madre se escuchó por encima del sonido de las máquinas

-¡¡¡¡¡Fuego, fuego!!!!!!. ¡Elizabeth, corre a la puerta’. ¡Ven’

Fueron las últimas palabras que se escucharon antes de que el fuego se propagara en la factoría. No había salida. El dueño había cerrado todas las puertas, según se dijo, para evitar robos, aunque corría el rumor de que querían castigar a aquellas mujeres que, días antes, se habían atrevido a hacer una huelga para reclamar mejores condiciones laborales.

Al día siguiente, los cadáveres calcinados de Elizabeth y su madre se encontraban entre las 123 mujeres muertas en aquella fábrica

Durante el incendio, las calles de Nueva York se llenaron con el humo de color morado que salía de la fábrica de camisas, porque ese era el color de las prendas que confeccionaban.

Cada 8 de marzo, mi madre me contaba esta historia mientras me colocaba un pañuelo morado al cuello. Me decía que era el color de las mujeres, por aquel humo morado que salió de la fábrica de camisas de Nueva York.

Hoy soy yo quien le cuenta la misma historia a mi hija, que se marcha orgullosa al colegio con un pañuelo morado al cuello. Cuando la dejo en la puerta del colegio, camino de la empresa textil que dirijo, se despide de mí tocándose el pañuelo

-Por Elizabeth, mamá

-Por todas las Elizabeths del mundo. Porque sin ellas, no estaríamos aquí

Día de la mujer: por todas


Por este día de la mujer, tan distinto en la forma pero tan igual en el fondo, quiero haceros un regalo, un relato al que le tengo especial cariño, incluido en mi antología Mar de Lija Por todas las niñas y las mujeres del mundo

LA NIÑA QUE NO SABÍA HACER PASTELES

Relato ganador del 3er premio certamen de narrativa El Vedat 2015

-No olvides poner mucho azúcar. Y no pasarte con las almendras

-Lo sé, lo sé, tranquila. Lo tengo todo controlado

            Mentía. No tenía controlado nada. Pero nada de nada. La voz de mi abuela, desde la otra punta de la casa, me apremiaba para que terminara aquella tarta. No sé en qué maldito momento se me ocurrió seguirle la corriente y decirle que la haría, ni mucho menos afirmar que sabía cómo se hacía. La cocina nunca había sido mi fuerte, y la repostería mucho menos. La verdad es que jamás me interesó demasiado, a pesar de esa obsesión casi enfermiza de mi querida abuela por los pasteles, que nunca comprendí del todo. O quizás por causa de ella.

            El caso es que ya era una mujer mayor y, aunque en general gozaba de buena salud de cuerpo y mente, andaba cargada de manías y achaques, y no quería disgustarla. Por eso me ofrecí a elaborar la dichosa tarta. Y maldita la hora en que lo hice, porque ahora el tiempo me apremiaba, tenía miles de cosas que hacer, y aquel dulce estaba empecinado en sacarme de quicio. Y lo estaba logrando.

            Al final, pude con ello. O casi. El bizcocho se había tostado en exceso, y no había subido demasiado. Pero estaba aceptable. Y pensaba que se la podría colar a mi abuela, que ya no tenía la vista de antaño.

            Craso error. Engañé a sus ojos, pero para su paladar exquisito no había pasado el tiempo, y mi tarta no había superado la prueba.

            La miré de hito en hito, esperando que me cayera una colleja como cuando era una niña. Pero en lugar de rezongar y reprenderme, se echó a llorar. Era un llanto suave, silencioso, como si se le estuviera escapando el alma por los ojos. Y, sin comprender muy bien lo qué pasaba, me eché a llorar yo también, porque en esas lágrimas parecía estar licuado el corazón de mi abuela.

            Me dijo que la tarta era para su hermana, aunque yo ignoraba hasta entonces que hubiera tenido una hermana, y que era necesario que la tuviera lista a tiempo. Yo sospechaba que la edad estaba empezando a pasar factura a su anciano cerebro, pero pronto me di cuenta que no era así Y, de repente, mi abuela me transportó en un viaje en el tiempo a un pueblo del interior, más de medio siglo atrás.

            Mi abuela, en efecto, tuvo una hermana. Apenas era dos años menor que ella, y estaban muy unidas. Juntas, se dedicaban a soñar con un mundo distinto, un mundo donde ellas y su madre harían lo que quisieran, y no lo que mandara su padre, un mundo donde las cosas buenas no fueran siempre para sus hermanos y los despojos para ellas. Anhelaban un futuro donde no hubiera que levantarse a las cinco de la mañana para encender el horno y preparar las masas de la panadería, el pequeño negocio familiar que les daba de comer, y que a ellas las tenía encadenadas como una bola de preso desde que eran unas niñas. Odiaban la harina, la levadura y aquel olor a leña que se les quedaba siempre impregnado en la ropa y en el alma. Pero cuando veían sus brazos, llenos de las cicatrices con que el fuego del horno los tatuaba cada vez que se despistaban, la realidad imponía su dictadura, recordándoles que no había otro futuro que el pan y los pasteles día tras día, sin domingos ni festivos.

            Llegado el momento, su padre las obligaba a dejar el colegio, apenas hubieran aprendido lo suficiente para que no les timaran con el cambio al despachar el pan, para dedicarse a tiempo completo al negocio familiar. A mi abuela le tocó primero, y aunque protestó, no hubo nada que hacer. Cuando llegó el turno a su hermana, se rebeló. Lloró y pataleó, porque le gustaba el colegio y era una alumna excepcional, pero ni siquiera la intercesión de la maestra pudo doblegar la inquebrantable voluntad del padre. Las chicas debían quedarse ayudando a la madre en el negocio, y de ninguna manera aquella solterona amargada iba a conseguir que eso no fuera así. Y asunto zanjado.

            Su madre no sirvió de gran ayuda. Era una mujer ajada y taciturna que no hacía otra cosa que trabajar como una mula y obedecer lo que dijera su marido, sin siquiera cuestionarlo. Su voluntad había desaparecido muchos años antes, y cuando sus hijas trataban de preguntarle, sólo respondía que ya era bastante afortunada por no estar siempre llena de cardenales, como su prima Dorita, que andaba siempre con marcas en el cuerpo y la cara de las palizas que le atizaba su esposo.

            Mi abuela quería huir de aquello a toda costa, pero no sabía cómo lograrlo. Su hermana, sin embargo, se las ingenió para elaborar un plan para librarse. Le pidió ayuda para llevar a cabo su propósito, que no era otro que seguir estudiando a escondidas, mientras sus padres creían que estaba en el horno. Se escapaba por la ventana, con el mandil y la ropa de faena, y se encontraba en una cita clandestina con aquella maestra que su padre consideraba una solterona amargada. Mientras, mi abuela cubría la falta de su hermana, tratando de trabajar el doble para que no se notase su ausencia.

            Las cosas funcionaron bien durante un tiempo. Los padres no notaron las horas de ausencia de su hija pequeña y, aunque alguna vez su madre preguntó por ella en alguna visita fugaz al obrador donde ellas estaban mientras ella atendía al público, mi abuela daba una excusa cualquiera y la creía, o fingía creerla. Su padre, mientras tanto, permanecía ajeno a todo ello repartiendo por los pueblos cercanos el fruto del trabajo de las mujeres de la casa.

            Hasta que llegó un día en que el padre tenía que llevar un importante encargo, dos gigantescas tartas de boda hechas con almendra. Cando llegó el momento, solo estaba hecha una de ellas. Mi abuela no había conseguido acabar con su tarea y la de su hermana a tiempo, y él fue a comprobar el estado del encargo. Ante la ausencia la menor de sus hijas, no se tragó las excusas que mi atribulada abuela alcanzaba a musitar y, tras darle un bofetón que la arrojó contra las brasas y le dejó una cicatriz que todavía podía distinguirse en su espalda, logró que confesara.

            A partir de ahí, el infierno en que se convirtió su vida hizo que añoraran la oprimente rutina anterior. A su hermana le propinó una paliza, cinturón en ristre, de la que tardó varios días en recuperarse físicamente. Pero ya no volvió a ser la misma. Cuando supo que su amada maestra había sido despedida y expulsada del pueblo, se vino abajo, y dejó de ser la niña tenaz que había sido. Hacía su trabajo como una autómata y nunca volvió a esbozar una sonrisa.

            No había otra salida para ellas que tratar de encontrar un marido que las sacara de allí. Era la única forma en que su padre consentiría que salieran, así que se esforzaron en ello, esperando que algún mozo las rescatara. No esperaban un príncipe azul, sino un salvoconducto de salida. Y, aunque tardó, acabó llegando para mi abuela, que apenas tardó unos meses en contraer matrimonio.

            En la propia boda, su hermana conoció a un tío lejano del novio, que mostró interés en ella. Pese a que era un hombre rudo y más bien desagradable, se dejó cortejar y ella también logró salir de allí, altar mediante. Y creyó que por fin sería libre.

            Por un tiempo, recobró la alegría y volvió a ser la que fue. Aprovechaba las ausencias de su esposo para tratar de hacer acopio de libros y cuadernos, y estudiaba todo lo que podía. A su marido tampoco parecían gustarle las mujeres letradas, así que acabó haciéndolo a escondidas, como aquella vez.

            Las cosas discurrían tranquilas cuando avisaron corriendo a mi abuela de que acudiera a casa de su hermana y su esposo. Su querida hermana estaba malherida, con el cuerpo ensangrentado y un gran golpe en la cabeza. Su cuñado le dijo que la muy torpe se había caído, pero los ojos inyectados en sangre de él desmentían sus palabras. Al cabo de unos días, su hermana murió, destrozada por las heridas de su cuerpo y de su alma.

            Mi abuela fue a su entierro con una enorme torta de almendra, aquélla que, si hubiera hecho a tiempo, hubiera cambiado el curso de la historia de su querida hermana.

            Y, sin darse cuenta, fue ella misma quien cambió el curso de la historia para siempre. Con el cadáver de su hermana aún caliente, tomó fuerzas de flaqueza y se enfrentó a su marido. Le dijo que no lo quería a él, ni a esa vida, y que iba a marcharse, lo quisiera o no. Y acto seguido, cerró la puerta y se marchó, sin que nadie pudiera impedirlo.

            Se fue a la ciudad y, con su experiencia en la panadería, consiguió un trabajo en una pastelería que le permitía depender sólo de sí misma. Jamás dejó de trabajar, ni siquiera cuando quedó embarazada de mi madre, fruto de un momento de pasión con un novio que acabó casándose con una chica de su pueblo con la que estaba prometido sin que mi madre lo supiera. Pero ella sacó a su hija adelante, y se dejó la piel en que tuviera estudios, independencia y, sobre todo, la conciencia de lo que valía como mujer y como persona.

            Esa mujer, mi madre, fue una de las primeras ingenieras con un puesto fijo en un ministerio. Construía puentes y caminos y yo siempre había estado muy orgullosa de ella, como también lo estaba de mi padre, un colega suyo que siempre le animó a seguir adelante.

            Lo que hasta ese día ignoraba es que, todos los 25 de Mayo, mi madre acompañaba a mi abuela a un cementerio lejano a llevar una gigantesca tarta de almendra en honor de aquélla hermana. La tarta que no acabó a tiempo un día muy lejano.

            Y entonces, volví a mirar la tarta que yo había hecho y abracé a mi abuela. Y juntas nos fuimos a llevarla a aquel remoto pueblo del interior.

Evolución: tal como éramos


                Llegado el mes de marzo, es casi obligatorio para cualquiera y del todo obligatorio para mí hacer un homenaje a todas esas mujeres que han aportado su granito de arena -o su playa entera- en ese largo camino para alcanzar la igualdad entre hombres y mujeres. Mujeres que fueron pioneras como Marie Curie, o como esas Figuras ocultas de las que hasta hace poco nada sabíamos y sin las cuales no hubiera sido posible la carrera espacial. Mujeres que, aunque caminen Solas siguen adelante, mujeres que disfrutan con los Tomates verdes fritos, sean Criadas o señoras. Solo es una pequeña referencia a los cientos de películas dedicadas a estas mujeres, pero todavía son pocas si las comparamos con los protagonistas masculinos.

                En nuestro teatro, el mundo de la Justicia, la presencia de mujeres es mayoritaria pero no lo es tanto conforme nos acercamos a la cúpula de las carreras jurídicas. El famosos techo de cristal va teniendo alguna fisura, pero no acaba de romperse. Y sí, es cierto que hemos pasado de no tener ninguna Fiscal general del Estado a tener tres seguidas, pero tampoco echemos cohetes: ninguna de las tres ha cubierto de momento un mandato entero. Claro está que, si nos vamos a la carrera hermana, la judicial, el tanteo es de cero. Ninguna mujer ha ocupado el cargo de presidenta del Consejo General del Poder Judicial -y, por tanto, del Tribunal Supremo- Asimismo, y pese a quien insiste en que todo funciona normalmente, durante mucho tiempo la autonomía valenciana era la única que contaba con una presidenta del tribunal superior de justicia, a la que en los últimos tiempos se ha unido Extremadura. Dos de 17 no es nada representativo de lo que ocurre en la carrera, digan lo que digan.

                Hubo un tiempo en que la excusa estaba servida. El pasado, ese pasado en el que las mujeres éramos tratadas como seres de segunda clase por las leyes, seguía pesando. Como quiera que hasta una ley de diciembre de 1966 -de 28 de diciembre por cierto, ¿casualidad?- las mujeres no podían acceder a la carrera judicial ni fiscal -tampoco podían ser militares o policías-, no fue hasta bien entrada la década de los 70 cuando efectivamente empezamos a vestir las togas de la fiscalía o la judicatura. Pues bien, por si aquello no fuera suficientemente ominoso, hemos tenido que aguantar muchos años la cantinela de que no había pasado el tiempo suficiente para tener los requisitos que se exigen para alcanzar la cima. Pero esto ya no puede valer. Aquellas valientes mujeres que abrieron la brecha, de las que ya hablé en otro estreno, ya se han jubilado. Y las nuevas promociones tienen una mayoría tan abrumadora de mujeres que no tiene explicación que no copemos todos los puestos importantes. Esperemos que el próximo Consejo General del Poder Judicial, si alguna vez llega a constituirse, suponga un soplo de aire fresco que ventile los pesador cortinajes de terciopelo de nuestro escenario.

                Pero el pasado pesa, valga la redundancia, y no solo en las leyes. Las leyes pueden cambiar a golpe de BOE, pero las mentalidades que florecían con esas leyes, y cuyo legado aun se deja sentir, no se cambian tan fácilmente. Aportaba el otro día un compañero -Gregorio M Callejo- a las redes sociales. Junto a su erudición, la imagen del texto que reflejaba las discusiones en la tramitación del Código Penal de 1822 sobre el privilegio penológico del homicidio a la esposa o descendiente femenina sorprendidas yaciendo. Se despachaba a tal tipo con una pena de arresto de seis meses cuando no, según otros de los debatientes, con la exención absoluta. De milagro no les daban un premio. Y obsérvese que no solo se trata de hallar a la mujer en una infidelidad, sino que incluye cualquier acto sexual que con cualquier hombre pudieran practicar hijas, nietas o hasta tataranietas. Para tataramorirse de la impresión.

                No hace falta irse tan lejos. El llamado uxoricidio en adulterio -matar a la mujer pillada en un acto de infidelidad- persistió en España hasta los 60. Las mujeres éramos tan poca cosa que matarnos se castigaba poco, y dejarnos lesionadas de por vida, nada. Eso sí, para ser castigadas éramos capaces por completo, y hasta más. El adulterio femenino era mucho más grave que su equivalente masculino, el amancebamiento. Solo cuando la honra estaba por medio, podíamos “beneficiarnos” y así algo tan espantoso como matar a un recién nacido para ocultar la deshonra no era objeto de la pena que hoy merecería, ni tampoco del reproche social. Aunque, como contrapartida, solo se castigaba la violación si la mujer violada era honesta, se entendiera como se entendiera ese término. Y así, delitos contra la honestidad, es como siguieron llamándose los delitos contra la libertad sexual hasta finales del siglo XX

                Lo del Derecho Civil aún era peor. No se podía hacer cosas tan simples como viajar, abrir una cuenta corriente o firmar un contrato sin permiso del padre o marido hasta 1975, y aun quedaron flecos que impedían comprar inmuebles o tener la patria potestad de los hijos en determinados casos hasta 1981. Y, por supuesto, divorciarse. Con la Iglesia hemos topado.

                ¿Pero qué queremos en una sociedad donde hasta la canción protesta por antonomasia contra la pena de muerte, El preso número nueve, describía un caso de violencia de género de libro? Como si el protagonista no hubiera podido estar preso por cualquier otro delito que no fuera “matar a su mujer y a un amigo desleal”

                Así estaban las cosas, hace varios años y una pandemia ¿De aquellos polvos estos lodos? Faltaré ver si el confinamiento, el teletrabajo, la crisis y todas las consecuencias de la pandemia dichosa no se llevan consigo lo que habíamos adelantado. De momento, ya amenazan las prioridades. Y no olvidemos, en igualdad todo lo que nos es avanzar es retroceder

                Mi aplauso, por eso, es para todas esas valientes que no desfallecieron. Gracias por prepararnos el camino

Crueldad: casos que nos marcaron


                El mundo del espectáculo se ensaña muchas veces con historias especialmente crueles, respondan a hechos reales o no. El silencio de los corderos, Seven, Los crímenes del museo de cera o La matanza de Texas son solo una muestra de las que son pura ficción -o casi-, y filmes como El misterio von Bülow, A sangre fría, El irlandés o Crimen en familia lo son, en su versión más o menos fiel a la realidad, de casos que ocuparon las portadas. Y, por supuesto, Jack el destripador, la tremenda historia cuyas múltiples versionas cabalgan entre la realidad y la ficción.

                En nuestro teatro este tipo de historias no suceden todos los días , por fortuna, pero suceden. No pretendo que esta función se refocile en el morbo, sino recoger algunas de las muchas historias reales que a mis compañeros o a mí nos impresionaron especialmente por su crueldad.

                Empezaré haciendo referencia a algunos casos mediáticos que todo el mundo conoce. El de las niñas de Alcácer, muy doloroso en mi tierra, el asesinato de sus hijos por José Bretón, el de la niña Mari Luz, el de Diana Quer, Sandra Palo, el del niño Gabriel Cruz o el de Asunta Basterra fueron algunos de los que más llamaron en su momento, aunque la lista es mucho más larga. No obstante, no se trata de enumerar los crímenes más mediáticos sino de algo más subjetivo, de señalar algunos que nos dejaron huella a quienes los llevamos.

                En mi caso, el primer asunto que me marcó vivamente fue el de un taxista atacado por un grupo de jóvenes, algunos de ellos menores. Le dispararon con balines durante el trayecto hasta saltarle un ojo, le robaron la recaudación y tras machacarle el cráneo con una piedra lo arrojaron por un barranco, dándolo por muerto. El pobre hombre sobrevivió contra todo pronóstico, aunque quedó muy tocado. Todavía se me ponen los pelos de punta al revivir su actitud en el reconocimiento en rueda. “Esos son los que me mataron”, dijo. Sin comentarios.

                Otro asunto que me afectó por otras razones fue el de un tipo que, para dañar a su novia, destrozó a su cachorrito golpeándole contra la pared hasta matarlo. Me pareció una crueldad enorme. Otro asunto muy cruel era el de un hombre, que fue condenado por maltrato psíquico pero luego absuelto por la Audiencia, que le repetía a su mujer, enferma terminal de cáncer, lo fea que estaba y el asco que le daban sus cicatrices, y le decía que a ver si se moría de una vez.

                También he llevado asesinatos impresionantes. Acabar con alguien con 36 puñaladas siempre es algo que te marca, y otro caso espeluznante fue el de un hombre que llegó a escribir en la pared con la sangre de su víctima.

                Una de mis compañeras me habla de un asunto que no solo la impresionó a ella sino que me ha impresionado a mí al leerlo. Se trataba del caso que se llamó de los bebés congelados, y en el que la madre daba a luz sin que nadie conociera su embarazo y metía en el congelador a sus bebés, cuyo descubrimiento no quiero ni pensar lo impactante que sería.

                Y es que la manera de deshacerse del cuerpo, aunque no suponga por sí misma un plus de pena, hace las cosas más escalofriante. Me cuenta otra compañera de un acusado que troceó, descuartizó y se comía los restos de su víctima, su madre. Lo que me recuerda algo que siempre me ha contado mi madre, de un crimen muy famoso en Valencia donde los restos, descuartizados y eliminados en cajas de galletas que el autor tiraba a un descampado, fueron descubiertos por el hedor que llegaba al cine colindante.

                Como he dicho antes, los asesinatos de hijos para dañar a la madre son especialmente dolorosos. El de José Bretón fue el más conocido, por sus especiales circunstancias, pero no el único. Otro de mis compañeros cuenta como asistió a uno de estos casos, en que, además, había un dictamen previo de suicidio, y lo tranquilo que se quedó cuando el jurado dio su veredicto unánime de culpabilidad

                La violencia de género ofrece escenas difícilmente olvidables. La que me cuenta otra compañera es la de una mujer cuyo marido, tras engañarla a ella para dejar a buen recaudo a los niños, le pega en el coche, trata de tirarla en marcha y no contento con ello va a aplastarle la cabeza con una piedra cuando fue, por suerte, descubierto por un testigo, a quien tuvo encima la cachaza de decirle que era un accidente.

                También yo he vivido varios juicios por episodios de esta índole, entre los cuales resaltaré el de el tipo que asesinó a su amante tras llevarla de pic nic, arrojándola al lago y apuñalándola dentro, para luego irse con las pertenencias de ella en el maletero, a un festival del colegio de sus hijos. O el del que, tras apuñalarla, se llevó al niño a comer una hamburguesa y le dejó allí un rato mientas iba, quemaba la vivienda, y volvía. En ambos casos recayó condena con todas las de la ley.

                Y, por último, contaré un caso cuyo fondo es más habitual de lo que parece, la doble victimización y el rechazo por quien más tenía que apoyar En este caso, una chica de 15 años, violada repetidas veces por su padre que quedó embarazada y fue rechazada por su familia cuando le denunció. Cuenta mi compañero que era tristísimo verla sola con las monjas que la acogieron en el juicio mientras la familia en pleno apoyaba al padre violador. Algo que me recuerda una frase que escuché una vez de labios de una mujer y me quedó dentro para siempre. Aquella mujer, cuya hija había sido violada por su marido y padre de la niña, sí reaccionó, aunque tarde, y decía “a mí que la estrene el padre no me pareció mal, pero que lo haga tantas veces…” Ahí lo dejo

                Y hasta aquí, el estreno de hoy. De muestra vale un botón, pero hay muchas más historias de estas, Ojala no las hubiera. Pero mientras, el aplauso será para quienes las sufren y, en especial, para esos compañeros que han querido contármelas. Una vez más, gracias.

Analogía: parecidos razonables


                Cuando las cosas, o las personas, se parecen mucho entre sí, el juego de equívocos está servido para el mundo del cine. Puede acabar en tragedia o en comedia, según quien dirija y cuál sea su propósito. Todo el mundo recordamos películas que sacan jugo al parecido físico de hermanas hermanos gemelos, desde El príncipe y el mendigo hasta Tú a Boston yo a California, pasando por la insustituible Lina Morgan de Vaya par de gemelas. Claro está que algunos gemelos son tan desiguales que resulta inexplicable que lo sean, como los protagonistas de Los gemelos golpean dos veces. Y es que nunca se sabe hasta donde llega la semejanza.

                En nuestro teatro la semejanza tiene una forma jurídica concreta, la analogía. Hablamos de analogía para referirnos a una figura jurídica que aplica las soluciones de un supuesto a otro con el que tiene similitud. La RAE define la analogía, en su primera acepción, como  ”relación de semejanza entre cosas distintas” y de eso es de lo que se trata, aunque en nuestro caso lo que nos interesa es determinar si existe tanta semejanza como para aplicar una respuesta igual. Obviamente, se trata de situaciones que no cuentan con una regulación propia, porque si fuera así, se aplicaría esta. Ni analogía ni gaitas.

                No obstante, no confundamos las cosas. Cuando aquí se habla de semejanza o similitud viene referida al supuesto de hecho al que hay que anudar la consecuencia jurídica. Nada que ver con ese pseudoderecho al que ya dedicamos un estreno, donde lo que inventan son las propias instituciones, ni con los sucedáneos , que también protagonizaron su propia función.

                En principio, la analogía es más propia de otros campos del Derecho diferentes al Derecho Penal. Y eso es porque en Derecho Penal, como limitativo de derechos fundamentales que puede ser, no cabe la aplicación extensiva de nada. Los preceptos han de interpretarse con carácter restrictivo y, ante la duda, hay que aplicar por lo más favorable al reo, esto es, por la no aplicación del precepto.

                Con el Derecho Civil, sin embargo, la cosa es harina de otro costal. Nada obsta a que se puedan aplicar las normas relativas a un contrato existente a otro que todavía no ha sido regulado. Es, sin ir más lejos, lo que pasó en su día con el contrato de garaje, que ahora está muy claro pero que aparecía como una mezcla entre el depósito y el arrendamiento, o con contratos innominados como los que tenían que cubrir nuevas realidades como el leasing o la franquicia. Pero, como en Derecho nada es lo que parece, no siempre puede aplicarse la analogía en Derecho civil. El obstáculo más claro es el derecho de familia, en especial lo relacionado con menores . Ahí sí que hay que ser más cuidadoso con analogías, como con todo.

                Y, como decía, nada en Derecho es lo que parece. Por eso, a la afirmación tajante de que no cabe analogía en Derecho Penal, hay que hacer algunos matices. Porque el propio Código Penal se tira a la piscina de nombrarla sin que el legislador supiera si había agua o no. Y nos deja a los pobres operadores jurídicos con  el problema. Y si no, vamos a verlo

                El primer caso es la de la atenuante analógica que recoge el Código como la última en el catálogo de circunstancias atenuantes . En realidad, habla de cualquier otra circunstancia de análoga significación a las anteriores. O sea, en román paladino, cualquier otra que no se nos haya ocurrido y pueda dar razones para rebajar la pena. Recuerdo que cuando estudiaba la oposición, entre las que citaban los apuntes como ejemplo, estaba la de una sentencia muy antigua que aplicaba como circunstancia atenuante analógica la fiebre láctea, bajo cuyos efectos una madre dio muerte a su bebé recién nacido. Está claro que respondía a una época que no se parece en nada a la nuestra, pero a mí aquello me parecía y me sigue pareciendo una burrada. Claro que hablamos de un sistema jurídico que castigaba con una pena muy reducida el que llamaba delito de infanticidio, que no era matar a un niño sin más, sino hacerlo por parte de la madre para ocultar su deshonra. Y es que la honra era mucha honra en aquellos días. Una honra que, por cierto, no era cosa del padre, que si mataba al bebé en el mismo caso vería caer sobre él todo el peso de la ley. Cosas de una sociedad ya caduca, por fortuna.

                También entre esas atenuantes por analogía nombraban aquellos apuntes de hace más de un cuarto de siglo la angustiosa situación de paro. Algo que sería muy moderno entonces pero que hoy, por su lastimosa frecuencia, ya no resulta excepcional para que merezca una atenuación, por muy angustiosa que resulte

                A día de hoy, este comodín entre las atenuantes se utiliza sobre todo para intentar suplir las carencias de requisitos de otras atenuantes, como ocurre alguna vez en el caso de la confesión cuando, por ejemplo, falta el requisito temporal de haberla hecho antes de que el investigado conociera que el procedimiento se dirige contra él. Y, en este sentido, resulta muy útil para esos casos de drogadicción o enfermedad mental en que hay alguna alteración pero no la suficiente para considerar que concurre la exención completa o incompleta.

                En cualquiera de los casos, y ante la prohibición de la analogía en Derecho Penal, esto se remedia diciendo, y con razón, que se trata de analogía in bonam partem. Es decir, que como no perjudica sino beneficia, pues sí que puede valer. Bastante lógico.

                El otro caso, que ya no sé si es en tan bonam partem, es el de la relación análoga de afectividad, aun sin convivencia, de que hablan los preceptos relativos a la violencia de género, o la circunstancia mixta de parentesco. Y aquí la cosa sí se pone difícil, lo primero para adivinar qué es eso. Porque una relación análoga de afectividad al matrimonio sería la que conocemos como pareja de hecho, sin necesidad de inscripción en un registro, porque entonces, por más que la llamaran así, sería de Derecho, y no de hecho. Pero, matices aparte, parece un poco contradictorio que si la característica del matrimonio, y de la pareja de hecho por analogía, es además de la afectividad, la convivencia conyugal – en latinajo convivencia more uxorio-, añadan un inciso que incluye en este supuesto los casos en que no la haya ¿En qué quedamos, es análoga o solo un poco? Porque, en este caso, podría ser perjudicial para el reo, sea hombre o mujer. Pegar a quien es tu pareja siempre es más gravoso que a quien no lo sea. En realidad, se referían a los novios de toda la vida, pero quizá resultaba un vocablo demasiado antiguo para que lo usaran. Pero es lo que hay.

                En cualquier caso, siempre me acuerdo de aquel imputado que insistía que lo suyo de relación análoga de afectividad nada, porque afecto no le tenía ninguno. Cosas que hay que oír.

                Y con eso se cierra el telón por hoy. El aplauso, no analógo sino original, para quienes se ven en el brete de tener que aplicar esa analogía que da más de un problema. Que os sea leve.

Mañana: ¿qué pasará?


Esta vez, el estreno es un cuento, un cuento sobre lo que podría pasar en el año 2070. O no

Currículum

(Relato incluido en la antología “relatos líquidos” de Generación Bibliocafé)

Rechazada. Me habían rechazado otra vez. Pero esta vez no me iba a quedar callada, ni me iba a conformar con la transmisión de mi queja a través de las ondas. Iría en persona como se hacía antiguamente, como, según mi abuela, se hacían las cosas antes de que la pandemia del coronavirus diera al mundo la vuelta como un calcetín.

La verdad es que la abuela se ponía un poco pesada con sus batallitas del confinamiento, pero daba unos consejos tan útiles que no podía despreciarlos. Y pobre de mí si lo hacía, claro. Como alguien se enterara, me podía caer una pena de las gordas, porque cualquier falta respeto a las personas mayores de 65 años era considerado un crimen grave y tenía un grave castigo.

Yo no sabía a qué se debía esto hasta que mi madre me lo contó. En aquella dichosa pandemia de 2020 murió mucha gente mayor, así que el cataclismo en la economía fue tremendo. Además de los efectos del tiempo que estuvieron encerrados en sus casas, a la vuelta se encontraron que habían fallecido tantas personas jubiladas, que la conciliación era imposible para muchas parejas que echaban mano de los abuelos. Y encima se desplomó el consumo de muchísimas cosas, empezando por algunos medicamentos y prótesis y acabando por los viajes, a los que eran muy aficionados. Total, que fue un desastre añadido al desastre que ya habían tenido.

Me contaron también que hubo varios procesos para depurar las responsabilidades por cómo habían cuidado -o más bien habían dejado de cuidar- a las personas mayores que estaban en algunas residencias. No sabía mucho más de eso porque mi abuela se ponía muy triste cuando se hablaba del tema. Al parecer, sus propios abuelos fallecieron entonces por la epidemia.

Así que las personas mayores se habían convertido en seres de especial protección a quienes se les daba todo tipo de beneficios y cuya opinión era tenida en cuenta por encima de todo. Creo que el hecho de que fuera esa generación la que tirara del carro en esos tiempos también debió influir, o eso era al menos lo que yo pensaba.

Por todo eso, nadie mejor que mi abuela para ayudarme en este trance. No podía ser que, con toda la preparación que tenía, me rechazaran en el trabajo una y otra vez. Era la mejor de mi promoción, la del año 2069.

-¿Cómo ha ido, hija? -me preguntó- ¿Te dieron el trabajo?

´-No, abuela. Me han vuelto a rechazar. He pensado en ir en persona a pedir explicaciones

-¿En persona? ¿Lo dices en serio? Creía que en este tiempo ya no lo hacía nadie

-Y así es, pero alguien me tendrá que explicar, y se me ha ocurrido que es el único modo. Pero no sé cómo hacerlo

-Bueno, pues lo primero tendrás que saber dónde ir a reclamar

-Anda, pues no lo había pensado. Como la mayoría de empresas, tiene una sede virtual y nos comunicamos a través de las ondas, así que no tengo ni idea de adónde ir.

-Pues mal lo tienes si no lo sabes -me dijo, entre seria y divertida- Pero bueno, déjame los datos que tienes y te lo buscaré yo. Como hacíamos toda la vida.

No sé de cómo lo haría mi abuela, pero en menos de dos horas sabía todo lo que había que saber sobre la empresa en la que yo aspiraba a trabajar. Estaba a más de 1000 kilómetros, pero con el transportador eléctrico podría plantarme allí en media hora

-Gracias, abuela, mañana mismo iré. Pero ¿cómo me tengo que comportar? No he hecho nunca una entrevista de trabajo presencial.  Y menos una no-entrevista, porque de lo que se trata es de que me la hagan allí y me acepten

Bueno -comenzó, poniendo aquella expresión de “hacerse la interesante” que tan nerviosa me ponía- Yo te daría un par de consejitos

-Dime, abuela, por dios

-Fíjate, yo empezaría dándole la mano a quien te atienda. Y al marcharte, un abrazo

-¿Un abrazo? -no podía estar diciéndome aquello- No puede ser, nadie da abrazos ahora. Solo lo hemos visto en las películas antiguas

-Hazme caso. Cuando yo era muy joven, mucho antes del coronavirus, nos dábamos abrazos. Era maravilloso sentir a otro ser humano. Pero después de la pandemia la gente se acostumbró a no tocarse, y acabó por dejarse de hacer. Pero te aseguro que es fantástico. No falla

-Está bien, si tú lo dices…

-No me convenció del todo, pero no tenía nada que perder, así que lo intentaría. Dediqué un buen rato a ver películas y grabaciones antiguas, de cuando la gente todavía se abrazaba, y hasta se besaba. Me parecía tan raro…

Cuando llegué a la entrevista, estaba preparada para todo. Pensaba que me rechazarían o que ni siquiera me darían la oportunidad de hablar con nadie. Pero tenía que intentarlo.

La jefa era una señora de edad, que, de hecho, me recordaba bastante a mi abuela. Tal vez por eso me costó lo del abrazo menos de lo que pensaba. Se lo estampé nada más llegar. Lo había ensayado bien. Me acerqué, le puse un brazo por encima de un hombro y el otro a la altura de la cintura, y apreté con fuerza, pero con cuidado de no arrimarme demasiado. Estaba satisfecha. Me había salido de maravilla.

La mujer puso una cara de sorpresa que me asustó. Pero tras un silencio que me pareció eterno, solo me dijo una palabra:

-Admitida

-¿Cómo? -no lo podía creer- ¿Cómo dice?

-Bienvenida a tu nuevo puesto de trabajo. Has entendido perfectamente nuestro objeto social, devolver a la humanidad la calidez de las cosas pequeñas de la vida. En nuestra nueva filial vamos a comercializar abrazos y besos. Creo que va a ser un éxito

-Muchas gracias -respiré hondo y me atreví a preguntar lo que había ido a preguntar- Pero ¿puedo preguntarle por qué me rechazó siempre?

-Tu currículum

-¿Mi currículum? Pero si es el mejor de mi promoción

-No bailas, no cantas, no pintas, ni escribes… ¿cómo me iba yo a fiar de alguien a quien no le interesa el arte?

Me contrataron, pero no empecé a trabajar hasta varios meses más tarde. Antes, debía acreditar que era capaz de interpretar una pieza de música con la voz, un instrumento o con la danza, o que podía escribir un poema o pintar un cuadro decente. Elegí la danza y, solo cuando fui capaz de hacer una diagonal de piruetas en condiciones, fui parte de la empresa.

Me costó entender aquel empeño artístico que más me parecía un capricho que otra cosa. Pero mi ya nueva jefa me lo explicó a la perfección-

-¿Sabes? Cuando sufrimos el confinamiento, quienes nos daban fuerza a diario eran los artistas. Una violinista en un balcón, un escritor que contaba cuentos cada día, una bailarina que daba clases virtuales, un pintor que hacía dibujos cómicos para que no perdiéramos el ánimo. Hubo hasta un grupo de escritores, llamados “Generación Bibliocafé” que hicieron un libro estupendo, llamado “2070” imaginando cómo serían los tiempos después del coronavirus, justo este año en que estamos.  Hasta entonces la gente no se había percatado del valor del arte, pero para mí fue una lección que nunca olvidaré. Por eso, sin una formación artística, de nada me vale el mejor currículum.

Iba pensando en sus palabras cuando mi abuela se acercó y se sentó a mi lado-

-¿Cómo te fue en tu primer día? -se interesó mi abuela- ¿Te sirvieron mis consejos?

Fui hacia ella y le di un abrazo. Pese a que era mi primera vez, me salió perfecto, como si llevara haciéndolo toda la vida.

Día a día: siempre queda el humor


                No hay mejor receta para superar los problemas que el humor. El humor no cura las enfermedades, ni resucita a los muertos, pero ayuda a sobrellevar la tristeza derivada de estas situaciones. Quizás por eso la comedia es uno de los géneros más exitosos, por duros que sean los tiempos. ¿Quién no recuerda el Make ‘En Laugh de Cantando bajo la lluvia, con esa lección de optimismo para el cine y la vida?. La risa y mucho más es una buena fórmula para salir adelante, aunque tengamos Sonrisas y lágrimas por partes iguales. Ya el genial Chaplin nos mostraba en El gran dictador que el humor es un instrumento ideal incluso para los temas más duros. Y es que no podemos vivir sin reír, aunque a veces cueste.

                En nuestro teatro nos encontramos, junto a situaciones dramáticas, otras en las que no podemos evitar esbozar una sonrisa, incluso en las que pasamos verdaderos apuros para disimular la carcajada. Anécdotas y más anécdotas han sido tema de varias de nuestras funciones, pero siempre hay más. Como el rayo que no cesa en versión humorística y toguitaconada.

                Hace apenas unos días tuve una sesión de juicios de esas que constituyen un verdadero filón, y no he podido sustraerme a la tentación de compartirlo. Nos hallábamos a la espera de la acusada por una apropiación indebida respecto de la cuenta de la persona a la que cuidaba. Ya pensábamos que no llegaba y que celebraríamos en ausencia cuando su propia abogada nos alertaba de que estaba en la puerta esperando que le dejaran pasar debido a un incidente que había protagonizado. La señora había traído una bandeja de pasteles, una botella de vino y un bote de olivas caseras de su pueblo. Y aún consintió que le interceptaran el dulce y la bebida, pero lo de las olivas, ni hablar. Su letrada, tratando de calmarla, le dijo que aquello no podía llevarlo, que podía ser cohecho, a lo que la señora, muy ofendida, dijo que no llamara así a las olivas de su pueblo. Ni que decir tiene que al final consiguió convencerla y nadie probó las famosas olivas que, aunque no dudo que serían deliciosas, no era el momento ni el lugar de comprobarlo.

                En ese mismo juicio la testigo principal, al tiempo que perjudicada, nos pidió entrar con su hijo, porque necesitaba que le ayudara. Como no era testigo, le dejamos pasar, instándole a que se quedara en un discreto segundo plano. Pero no había hecho apenas mi primera pregunta cuando el hijo intervino diciendo que “tenía que traducir”, lo que nos extrañó porque la mujer parecía expresarse en perfecto castellano. Cuando escuchamos que lo que el hijo hacía era repetirle lo mismo pero a muchos decibelios más, lo entendimos. La señora no es que no hablara bien castellano, sino que estaba sorda. Por supuesto, lo solucioné hablando a gritos tan fuertes que tuvieron que entrar desde otra sala preguntando si nos pasaba algo. Prueba superada.

                Apenas un día antes, en la guardia, tuve otra experiencia inolvidable. Estábamos con un asunto de acoso a través de medios tecnológicos cuando vimos a una abogada esgrimiendo muy ufana unas fotocopias al preguntarle al acusado, Cuando oí su pregunta, casi me quedo muerta. Nada menos que le preguntaba si él le había enviado aquellos mensajes desde una cuenta que se había abierto a nombre de “Spam”. Ante nuestra reacción de estupor, se disculpó diciendo que no era muy ducha en TIC. Aunque la verdad es que no le hacía falta decirlo. Por obvio.

                Pero no solo me pasan cosas pintorescas a mí. Me cuenta un abogado amigo el show que presenció en un juicio por delito leve. El empezó su interrogatorio a la denunciante diciendo si “era cierto que..” No pudo acabar la fase al ser interrumpido por ella que, a voz en grito, le dijo “Es mentira por Dios y la Virgen que yo no miento”. Mi amigo le pidió, obviamente, a Su Señoría, que le dejara terminar la pregunta antes de negar la respuesta. Y es que ya dice el refrán que por la boca muere el pez.

                Otras veces es la palabrística de querer hacer las cosas complicadas la que lleva a meter la pata. No hace mucho veíamos en un estreno varios ejemplos, pero me topé con algunos más, Otra amiga abogada contaba en Twitter algo que escuchó en la tele respecto a la paliza que recibió un hombre. El reportero dicharachero dijo que a la víctima le dejó la cara desconfigurada. Y claro está que mi amiga y yo aún le damos vueltas para saber como pudo hacer semejante muestra de ingeniería o robótica. Y nos quedaremos con la duda, claro. Lo que no dudamos es que si el periodista hubiera optado por la palabra obvia y sencilla no nos hubiera proporcionado unas risas

                No es el único. En otro programa de televisión, a propósito de las joyas dejadas por una famosa en su herencia, las describió como muy sinuosas. Y ahí estaba yo imaginando collares con forma de serpiente cuando caí en la cuenta de que no era a eso a lo que se refería sin a algo mucho más sencillo. Eran, huelga decirlo, suntuosas.

                Y acabo con una casi metedura e pata por culpa del corrector que también hace de las suyas. Si no llego a repasar un escrito de acusación después de varias veces, no me hubiera dado cuenta que había deslizado un “gustazo” por “Gustavo”. Y poco gusto me hubiera dado descubrirlo cuando fuera irremediable.

                Y hasta aquí la función de hoy. El aplauso se lo daré a todas estas personas que nos dan esos ratos inolvidables, con todo mi cariño. Y, por supuesto, a mis amigos y amigas letrados cuya aportación ha sido fundamental en este estreno. Mil gracias de nuevo.

Transcripciones: con el CD hemos topado


                Las nuevas formas de comunicarnos y de guardar la información también llegan al mundo del escenario. Hoy en día, y más en las actuales circunstancias, junto al formato tradicional de teatro en escenario y cine en pantalla, conviven otros muchos modos de asistir a estrenos o ver películas o series. Las plataformas de contenidos están a la orden del día, y hoy quedan prácticamente para el recuerdo las películas en VHS  -o Beta- que un día poblaron nuestras ciudades de video clubs. Formaban parte de nuestra vida hasta el punto de que de estas grabaciones hablaban películas como Sexo, mentiras y cintas de video sin saber que estos artilugios quedarían tan obsoletos como en su día quedaron las películas de Super 8 o las que veíamos en el CineExin, que recordamos varias generaciones. Menos mal que siempre hay programas de Cachitos que nos recuerdan Tal como éramos

                En nuestro teatro, aunque tarde, también han llegado las grabaciones. Y pese a quien pese, han llegado para quedarse y convivir, aunque no sustituir, a nuestra puesta en escena tradicional, con sus estrados, sus togas y su banquillo de acusados.

                Pero algo que parece tan evidente, es constante fuente de problemas entre algunos de los habitantes de Toguilandia. En concreto, surgen fricciones entre Lajs y fiscales que muchas veces ha tenido que acabar resolviendo un juez, que ha de tomar partido como la niña a quien le preguntan si quiere más a papá o a mamá. No me gustaría ponerme en el pellejo de Su Señoría en estos casos, pero es lo que hay.

                En principio, para quien no sea habitual de nuestro toguitaconado mundo, puede resultar incomprensible que el hecho de grabar y transcribir –o no- lo grabado se convierta en un problema. Pero puede ser, y mucho. Y eso es lo que trataré de explicar sacando de mí a mi fiscalita interior y tratando de ser objetiva, que no siempre es fácil. Ya me las habré de ver con esa fiscalita, que se pone inaguantable si se enfada.

                Que los juicios se graban es algo que nadie pude discutir, entre otras cosas, porque ya es una imposición legal. Y la verdad es que, a la hora de informar sobre un recurso, o de resolverlo, resulta muy útil poder reproducir en tiempo real lo sucedido en la sala de vistas en vez de fiarnos a la memoria de las partes o al acta de los secretarios judiciales –hoy LAJs- que no siempre podían tomar nota de todo al pie de la letra, ni mucho menos, describir los matices de una declaración que, más de una vez, es la única prueba de cargo. Es verdad que tropezamos con los sempiternos problemas de medios, con cosas tan sencillas como que nos den una copia en CD y que el ordenador ya no tenga disquetera para reproducirlo, o que el programa sea diferente y no haya modo de ver lo que se quiere ver. Ya dedicamos un estreno a los CD y quedaría mucho por decir.

                Pero no todo son juicios, y ahí es donde surge el problema. Las declaraciones se toman como toda la vida, pero se graban, y su transcripción o falta de ella puede ser un verdadero problema a la hora de estudiarse la causa que, eso sí, adelgaza considerablemente. Ahí vendría la primera cuestión a plantearse, dado que la Ley de Enjuiciamiento Criminal todavía habla de folios, y de aumentar el plazo para el traslado cuando exceden los 1000. ¿Cómo se mediría eso si los folios solo dicen que se graba el acto?. Ahí lo dejo.

                Más allá de este detalle, que dice mucho de cómo son las cosas, la cuestión va más allá. En teoría, la existencia de medios técnicos de reproducción de imagen y sonido deberían resultar una ahorro de tiempo y esfuerzo para todo el mundo, pero, incardinados en un sistema del siglo XIX, en realidad no lo son para nadie.

                Me explico. Mientras se recibe declaración a investigados y testigos de un procedimiento, es necesario que haya alguien  -se LAJ o funcionario- controlando la grabación y dando fe de que lo que se graba es lo que está ocurriendo. Por lo tanto, no se escribe un acta, pero se permanece en la declaración el mismo tiempo. Posteriormente, cuando fiscal o partes han de estudiarse la causa para calificar o dictaminar, han de reproducir todo lo actuado, incluidos esos fragmentos de información de derechos y demás que llamamos “morralla” , además de muchas repeticiones. Y encima. hay que hacerlo con dos dispositivos, lo que convierte lo que antes costaba en cinco minutos, fácilmente, en una hora. Y eso sin contar los problemas técnicos que se han podido tener que salvar hasta conseguir reproducir la declaración o acto de que se trate, incompatibilidades de programas informáticos y autorizaciones varias incluidas. Total, que tampoco para quien va a utilizar esas grabaciones supone un ahorro de tiempo sino más bien lo contrario.

                La solución podría estar en solicitar la transcripción de las declaraciones, desde luego. pero eso ya supone una inversión de tiempo extra para quien tenga que hacerlo, y parece lógico que se niegue cuando la ley prevé la grabación. ¿Cómo se resuelve? Pues solicitándolo y, ante la denegación, ganado la enemistad del LAj en cuestión, interponer un recurso en que, como decía antes, su Señoría ha de inclinarse por la tesis de uno u otro, por papá o por mamá. Y, claro está, ha habido de todo.

                Y es que, conforme comentaba, el proceso no está configurado para eso sino para hacerlo todo en vivo y en directo, y estas cosas metidas con calzador distorsionan hasta el absurdo de conseguir lo que se trataba de evitar: sea cual sea la solución, alguien invierte más tiempo del que invertía antes.

                Y aún hay más. ¿qué pasa con el juicio oral en cuya causa las declaraciones se documentaron así? ¿Cómo mostrar el texto de las declaraciones, dar lectura a las mismas si el testigo ha fallecido o hemos de preguntar si reconoce su firma? ¿Cómo hacer ver que donde dijo digo dice Diego? Porque lo que está previsto es que, con el folio de la declaración delante, se haga, pero a ver cómo se monta para reproducir un CD, o el contenido de un pen, e ir buscando el minuto exacto. Resulta francamente difícil.

                La cosa se pone todavía más peliaguda en el procedimiento del Jurado, a pesar de que la ley no sea tan vieja como la de enjuiciamiento. En este procedimiento se regula de una manera muy estricta la aportación de testimonios para el acto del juicio, partiendo de la base de que sean documentos, y no cachitos de un soporte audiovisual que, además, según el tiempo transcurrido puede haber sido sustituido por otro.

                En la práctica, he visto resoluciones y acuerdo de todos los colores, pero siempre hay alguien insatisfecho. Aunque el verdadero problema es que quien resulte insatisfecho sea el justiciable, algo difícil de evitar cuando las leyes no se adecuan a los tiempos.

                Ojala la próxima ley dé una mejor solución a estas cosas que hoy son un quebradero de cabeza considerable. Ese día daré mi aplauso a quien lo solucione. Mientras tanto, queda en suspenso. Hay que querer igual a papá y a mamá.