Mujeres: Matrioska


matrioska

Y, tan cerca como está el Dia de la Mujer, desde Con Mi Toga Y Mis Tacones, este relato como regalo para todas y también como invitación a la reflexión

 

Matrioska

Sabíamos que llegaría ese momento. Llevábamos toda la vida esperándolo y demorándolo también. Fuimos atravesando etapas, y a cada una decidíamos que sería a la siguiente.

De pronto nuestra hija, alumna ya de Bachillerato, reclamaba las explicaciones que habíamos ido esquivando.

-¿No hay fotos de cuando estabas embarazada de mí, mamá?

 

Creo que conocía la respuesta desde mucho antes de hacer la pregunta, pero quiso encontrar una excusa para obligarnos a darle la información que le habíamos negado aun sin pretenderlo. Todavía era tan doloroso para mí que no supe ver que pudiera serlo para ella.

Se quedó mirándonos con sus ojos azules casi transparentes fijos en nuestras caras. Saltaba a la vista que aquellos ojos celestes, su piel clara y ese pelo tan rubio que parecía blanco nada tenía que ver con mi tez cetrina, ni con la cara morena de su padre ni los ojos castaños que ambos compartíamos con su hermano. Ella era diferente, y lo sabía. De niña, presumía de ello, tragándose nuestros cuentos de que las princesas eran así, pero conforme fue creciendo supo que las princesas no existen

Tuvo bastante paciencia conmigo y con su padre. Estoy segura de que esperaba que llegara el día en que le contáramos la verdad sobre su origen, pero la obligamos a preguntarlo. Por eso, ella vio la ocasión entre las páginas de aquel viejo álbum de fotos donde su historia empezaba en un cochecito de bebé. A diferencia de su hermano, cuyo embarazo fue objeto de fotografías en todas las fases, nada del de ella. Un detalle que no le pasó desapercibido.

Lo difícil no era decirle que no era nuestra hija biológica, sino que quisiera saber más. No éramos capaces de mentirle y no sabíamos cómo encajaría la verdad, así que optamos por un silencio cómplice que no era sino una mentira Pero había llegado el momento. Nos jugábamos nada menos que la confianza de nuestra hija.

Me fui al cuarto trastero.  En un cajón, entre las primeras sabanitas con que la cubrimos, estaba la matrioska. Una figura gastada de madera a la que la niña estaba agarrada cuando nos la dieron en adopción y a la que siguió aferrada durante muchos meses. Exactamente, hasta el momento en que pronunció por vez primera la palabra “mamá” dirigida a mí.

Con los ojos empañados, agarré la muñeca y me fui a la salita, donde mi hija me esperaba con un interrogante pintado en sus ojos azul transparente. Se la enseñé, con la esperanza de que aquel trozo de madera me facilitara las cosas

-¿Te acuerdas de ella?

Se quedó mirándola. Aun conociéndola como la conocía, no sabría decir si había recordado la figura o la había borrado por completo de su memoria. Permaneció estática durante un par de minutos eternos.

-He soñado varias veces con ella, pero no sabía qué significaba..

La hora de la verdad era inevitable, como lo era que mi hija nos juzgara a su padre y a mí por ello. Temía esa sentencia como si se tratase de la del Juicio Final. En realidad, lo era.

Natalia no era nuestra hija biológica. Ni siquiera se llamaba Natalia, aunque yo la rebauticé con ese nombre porque me parecía bonito y con reminiscencias a su tierra de origen. Su madre era una prostituta rusa a la que yo conocía por mi trabajo. Había concebido una niña que no podía mantener y yo deseaba una niña que no podía concebir. Era el trueque prefecto, o eso me pareció entonces, y quise pensar que también lo era para la madre de Natalia. Lo más complicado era la parte burocrática, que solucionamos con relativa facilidad. Teníamos contactos dispuestos a hacer la vista gorda respecto a las listas de espera, y la madre estaba dispuesta a firmar lo que fuera. Le abrimos una cuenta con un capitalito como agradecimiento para compensarle las molestias….

-¿Cómo? ¿Pagasteis por mí? ¿Me comprasteis?

Mi hija dio un portazo que retumbó en mis entrañas. El juicio final se había celebrado y su padre y yo habíamos sido condenados con la más dura de las penas: su odio. O peor, su indiferencia.

Natalia permaneció varios días encerrada en su habitación junto a la matrioskaç. Comía lo que su hermano le llevaba, pero no me quería ni ver, ni tampoco a su padre.

Algo me dolía especialmente. No era capaz de perdonarme por haber pagado una cantidad a su verdadera madre, pero no parecía guardar ningún rencor a esa madre que aceptó mi dinero. Quería explicárselo, hacerme perdonar, redimirme y recuperarla, pero ella se mantenía firme en su propósito de fustigarme con el látigo de su indiferencia. Hasta que la mediación de su hermano me consiguió una conversación con ella.

La encontré en su cama, con la matrioska en la mano. Con parsimonia, abrió por la raja de la cintura una muñeca tras otra, hasta cuatro .Faltaba la última, la chiquitita, la que no tenía raja en su cintura de madera.

-Hija, entiéndeme. Era una situación desesperada

-No -mi hija sonaba tajante- Tú pudiste elegir, ella no. Tuvo que dedicarse a la prostitución porque era mujer y pobre, y no tuvo otra opción que entregarme en adopción

-¿Cómo puedes saber eso?

-Lo que me extraña es que cómo pudiste no saberlo tú

Abandoné la habitación tras mirar hipnotizada cómo mi hija volvía a meter a sus muñecas rusas una dentro de otra sin siquiera alzar la vista hacia mí.

Ella tenía toda la razón. Debí ayudar a aquella chica en lugar de aprovecharme de sus circunstancias. No debí vivir en el engaño de que había hecho un gran gesto altruista quedándome a la niña.

Pero no me resignaba a perderla para siempre. Deseaba el indulto por encima de todo, así que decidí buscar hasta encontrar la pieza que faltaba en nuestras vidas. La muñequita que debería ocupar el centro de las entrañas de la matrioska y, por supuesto, a su propietaria.

 

Seguiré buscando hasta encontrarla. Tal vez entonces consiga cerrar el círculo

Juicio: momento estrella


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La vida de cualquier obra de arte es, o puede ser, más o menos larga, pero tiene su momento estrella. El estreno o la exposición marcan el límite entre el todo y la nada, y son, sin duda, la puerta de entrada al éxito. O al menos son la puerta grande, aunque hoy en día haya otras puertas laterales que se agrandan por momentos, como las redes sociales o las plataformas digitales. Pero, sea cual sea modo, lo esencial es que se muestre al mundo, que exista ese acto donde todo lo realizado hasta entonces cobre sentido. Esas cosas que podemos ver en todas las películas, que son muchas, dedicadas a artistas, como Carvaggio, Picasso, Miró o Rembrant,

Nuestro teatro también tiene su momento estrella, sin duda, que no es otro que el juicio oral en sí mismo. Algo de lo que hemos hablado en diferentes estrenos, según el tipo de procedimiento –faltas, jurado, conformidades– pero que no ha tenido su propia premiere, Y ya le tocaba, la verdad.

El juicio oral es el astro rey de la fase de enjuiciamiento, que empieza con los preparativos para su celebración, tales como citaciones, notificaciones y, sin duda, los escritos de calificación y termina con la sentencia. Esta, y no otra, es o debería ser la reina absoluta de la función de los miembros de la judicatura. Y, como he dicho más de una vez, no es que lo diga yo, es que lo dice la Constitución cuando se refiere a ellos diciendo eso de “juzgando y haciendo ejecutar los juzgado”. Así que de cosas como el Registro Civil Registro Civil  se encargan los jueces pero no tendrían por qué hacerlo si no lo dice la ley porque no forma parte de la labor jurisdiccional.

Esto, que está claro respecto del Registro Civil, lo está un poco menos respecto de la instrucción, como ya contaba en un estreno reciente porque, tras el enésimo anuncio de un gobierno de que van a llevar la instrucción los fiscales se han desatado rayos y centellas en redes sociales y fuera de ellas. Y yo que, como Santo Tomás, hasta que no lo vea no lo creeré, dejaré este tema aparcado para el momento. Ya le hemos dado bastantes vueltas, y acabaremos mareándonos.

Vayamos, pues, al juicio. Ya sé que he roto más de un mito contando que lo que se ve en las películas americanas no es lo que aquí sucede, ni nos levantamos cuando llega el juez al grito de “preside el Honorable Juez x”, ni se jura alzando la mano ni poniéndola encima de la Biblia a la pregunta de acerca de la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad -aquí con decir lo de la verdad una vez nos basta, no como a los  los yankis que han de decírselo tres veces- . Y, por supuesto, no llevamos peluca, aunque he oído decir a alguno que le gustaría llevarla par disimular así las entradas…y hasta las salidas. Pero va a ser que no.

En nuestro proceso penal, la forma en que se desarrolle el juicio depende de la clase de procedimiento ante el que nos hallemos aunque en esencia, los trámites son los mismos, con la excepción del jurado.

Los juicios empiezan con la lectura de los escritos de conclusiones provisionales de las partes, donde generalmente el Fiscal acusa y la defensa pide la absolución, aunque puede no ser así. Como ya he dicho otras veces, el Ministerio Fiscal defiende la legalidad así que pude darse el caso -y se da- de que esos escritos de conclusiones se formulen en sentido absolutorio y solo sustente la acusación la acusación particular y/o la popular. He de confesar que, aunque formalmente han de leerse esos escritos, más de una vez se pasa por alto, si las partes están suficientemente informadas, o se leen tan deprisa que no hay quien se entere. Pero también hay que reconocer que es un tanto absurdo que nos tengan que leer algo cuya copia tenemos delante. ¿O no?

Antes de ese momento hay un trámite que en muchos casos es un mero requisito formal pero en otros tiene mucha enjundia: las cuestiones previas. Pido perdón por la comparación pero para mí son como La habitación del pánico en que todo puede pasar y todo por sorpresa. Tan pronto  pueden pedir testigos como alegar una prescripción, una cosa juzgada o aportar varios tomos de documentación. Te mueres del susto porque sabes que Su Señoría va a tardar un nanosegundo en darte la palabra para que informes al respecto, y, como toda buena sorpresa, no se puede tener preparada, así que a veces pasamos verdaderos apuros, por más cara de seguridad y aplomo que pongamos. Es verdad que cosas como la prescripción, si los hechos sucedieron en el año de la picor, puede intuirse que va a ser traída al terreno de juego, pero otras nos dejan totalmente outside. Aunque disimulemos de maravilla. O no.

Pero retomemos. Después de leer -o no- los escritos, llega el juicio propiamente dicho, que empieza, como no puede ser de otro modo, por los testigos. Estos han de haber sido propuestos y citados en los escritos o en las cuestiones previas, en cuyo caso han de traerse puestos y ser admitidos por el Juez o jueza. Por supuesto que no cabe cualquier testigo y en cualquier momento, sino que tiene que ser alguien relacionado con lo que se juzgado y hacerse en el momento procesal oportuno. Lo cual no quiere decir otra cosa, y siento destrozar otro mito, que aquí no vale ese testigo sorpresa que llega en el último momento y que atraviesa la sala contoneándose para desesperación del abogado que creía que la cosa era pan comido. Pues no, aquí no hay pan comido que se le atragante a nadie porque todo está previsto y más que previsto. Un proceso que pude parecer más rígido y bastante menos entretenido pero que es, sin duda y por suerte, más garantista.

Tras los testigos vienen los peritos, categoría en la que entran médicos forenses que hacen la autopsia, los profesionales que analizan restos de sangre o de otros fluidos, quienes determinan si una sustancia es droga, o si el ADN es del acusado, o estudian las huellas dactilares o las balas que se han disparado, por poner un ejemplo. Y aquí, en muchos casos, sí que nos acercamos a lo que hemos visto en algunas pelis. Ver a un buen perito informar es, para los legos en su ciencia, un momento apasionante que, además, pude inclinar la balanza de la culpabilidad en uno u otro sentido.

No está de más, llegados a este punto, hacer una precisión. A testigos y peritos se les oye y, aun mejor, se les escucha. No se les audiciona, como me dijeron hoy, que me los imaginaba haciendo una audición como si aspiraran a entrar en Operación Triunfo, ni tampoco se les audita, que iríamos aviados si les tuviéramos que hacer una auditoría a cada uno. Y los audio tampoco se audicionan, se oyen, como toda la vida.

Luego la cosa baja de nivel y llega el momento de la prueba documental. Como si fuera una cantinela aprendida, en la inmensa mayoría de los casos decimos eso de “por reproducida” que no quiere decir otra cosa que se deben tener en cuenta los documentos que ya están en la causa. Lógico. Salvo que se impugnen y les den la razón. Más lógico aún.

Por último llega el trámite de informes. Hay que reconocer que el informe, donde el Ministerio Fiscal y las representaciones de cada parte exponen lo que se ha probado en el juicio, y por qué piden esta o aquella condena, son en muchos casos una letanía que sirve para poco porque  ya estaba todo el bacalao vendido. Tal vez deberíamos dar una vuelta a esto. En el Tribunal del Jurado, sin embargo, el informe es esencial puesto que, al dirigirnos a personas legas en Derecho, hemos de explicarles nuestras conclusiones en base a lo que han visto. Se sea partidario o no, hacer un juicio de jurado es un gran experiencia para cualquier jurista. La recomiendo.

Por último, señalaré un detalle que muchas veces pasa desapercibido pero que puede ser muy importante. ¿Quién mantiene el orden el la sala, si algo o alguien se sale de madre? Pues, sin duda alguna, el juez, jueza, presidente o presidenta del tribunal, encargado de una cosa que recibe un nombre horroroso, policía de las vistas, pero que en román paladino consiste en mantener el orden. Y eso tanto en el sentido procesal, impidiendo preguntas impertinentes o trato inadecuado como respecto del público que, a veces, es para darles de comer aparte, haciendo afirmaciones o negaciones con la cabeza, dándose golpes de pecho y hasta levantando una mano como si aquello fuera una tertulia televisiva donde cualquiera pudiera tomar la palabra. Y para eso está la policía de las vistas, para explicar, entre otras cosas, que un juicio se parece a Sálvame como a un huevo a una castaña. Y si no es que algo falla.

Y hasta aquí el estreno de hoy. Se cierra el telón justo en el momento de la sentencia, pero antes toca dar el aplauso. Y hoy va dirigido, obviamente, a quienes intervienen en los juicios nuestros de cada día sin perder la paciencia, el humor ni los  nervios. Ahí queda eso.

 

Monopolios: ¿de quién es la instrucción?


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   La investigación es la niña bonita del mundo de la literatura, el cine y la televisión. Pocas cosas con mayores expectativas de éxito que una buena novela negra, una saga de investigación o una serie sobre jueces y tribunales. Da igual que se trate de una encantadora ancianita como la Miss Marple de Agatha Christie o la Jessica Fletcher de Se ha escrito un crimen, de un tipo pintoresco con abrigo de capelina a cuadros y pipa como Sherlock Holmes o de unas más o menos glamurosas Angeles de Charlie en cualquiera de sus versiones. Y eso sin hablar de las parejas de investigadores en que la tensión de encontrar al asesino combina con la tensión sexual a las mil maravillas, como  Remington Steel o Luz de luna, pistoletazo de salida para Pierce Brosnan y Bruce Willis o la setentera MacMillan y esposa, con un Rock Hudson que quitaba el hipo. Aunque nada como aquella Canción triste de Hill Street cuyo mítico “tengan cuidado ahí fuera” era el santo y seña de mis primeros días como fiscal.

En nuestro teatro, lo que la gente conoce comúnmente como investigación se llama instrucción y, aunque ya tuvo su propio estreno cuando este escenario apenas daba sus primeras funciones, creo que ha llegado el momento de volver a hablar de ello, hoy que todo el mundo lo hace como si acabara de descubrir la pólvora. Pero la pólvora ya existía desde hace muchos muchos años

Lo primero que hay que destacar es, una vez más, el lenguaje. Qué manía tenemos en Toguilandia de darles vueltas a las cosas para ponerles distintos nombres y acaben liando a todo el mundo. Y, más que en quienes por aquí transitamos, el legislador, sea quien sea. Porque claro, cuando ya todo el mundo había asumido que lo que se entiende cono investigar se llama instruir y acaba en la imputación o no de una persona, nos trajeron una reforma donde la instrucción se sigue llamando igual pero la persona a la que finalmente se atribuye o no el delito se llama investigado, así que la instrucción,  si en vez de acabar con una imputación, acaba con una investigación -el imputado se llama ahora investigado- resulta que acaba donde debía empezar, o sea, investigando. Y, para rizar más el rizo, resulta que se recibe declaración en calidad de investigado a alguien para, si se acaba sobreseyendo, no investigarlo, que es como se debería decir si adoptamos la nomenclatura coherente con la incoherencia lingüística de esa reforma. Y es que, claro, cuando se mezclan la política con lo tribunales, lío habemus. Y en este cambio el motivo estaba en las líneas rojas para ocupar cargos públicos: si no se puede estar imputado, quitamos de la ley la palabra “imputado” y problema resuelto. Sin contar que la patata caliente venía a nuestro teatro. Menos mal que, digan lo que digan, entre bambalinas seguimos hablando de imputación e imputados, que así nos entendemos.

Pero hoy quería ir más allá de precisiones lingüísticas. La nueva legislatura nos ha soltado así, como quien no quiere la cosa, la primera perla jurídica de la temporada: que antes de fin de año la instrucción recaerá en los fiscales. Cuerpo a tierra, que vienen los nuestros, dan ganas de decir. Aunque si luego una sigue leyendo -un ejercicio muy recomendable, por cierto- se encuentra con que lo que se dice es que estará en marcha la ley para operar el cambio. Algo que tampoco es raro, porque no había más que sacar de algún cajón del Ministerio alguno de los proyectos que al respecto se plantearon.

Puede ser que alguien piense que estoy exagerando, que ya está aquí la agonías de la toguitaconada diciendo que eso ya lo sabía ella, mira que listilla. Pues podría no decirlo, pero no me resisto a no comentar algunas cosas que he sacado del baúl de los recuerdos de Internet, cual Karina toguitaconada: he encontrado un artículo mío que habla de la instrucción al fiscal como un tema ya debatido de 2010, y otros de varios años más tarde, de 2014   y de 2016; y otro compañero me cuenta que él ya estuvo en una reunión defendiendo la instrucción del fiscal en 1996. Que no ha llovido ni nada.

Pero llueva, truene o relampaguee, siempre pasa lo mismo. Surgen un montón de voces indignadas ante la idea de que estos monigotes ignorantes que somos los fiscales vayamos a poner nuestras contaminadas zarpas en el sacrosanto tesoro de la instrucción. “No pueden darle la instrucción a los fiscales” o peor, “vade retro, Satanás, van a quitar la instrucción a los jueces”. Seguro que lo hemos leído, y menudo error de bulto alimentamos con ello ¿Por qué? Pues porque no se puede dar lo que no se tiene, y los jueces no son los dueños de la instrucción, así que no pueden dárnosla. Es más, como no les pertenece, no se la pueden quitar, aunque haya quien insista en ello, clamando eso de “mi tesoro” como si esto fuera El Señor de los bolillos. Y ojo, que muchos de los que defienden a capa y espada tal cosa no llevan instrucción desde hace mucho tiempo.

Tengamos seriedad. ¿Qué pasa si instruye la fiscalía? ¿Va a haber una Apocalipsis total? ¿Se va a juntar el mar y el cielo, como en el bolero de Los Panchos? Pues nada de eso, porque en el resto de Europa, salvo un país además de España, se hace así y aun no se ha quebrado a pedacitos, brexit aparte, claro. ¿Es que en el resto de Europa los fiscales son súper ideales de la muerte y aquí somos unos mindundis -que no mismunidis– que no sabemos dar un paso sin que nos llame el Gobierno? Pues no, pero a veces así lo creen. Yo recuerdo como cada vez que pasa algo en Francia el Fiscal da una rueda de prensa donde explica todo y aplaudimos encantados, y aquí, a poco que un -o una- fiscal salga a hacer una declaración los mismos que aplaudían entusiasmados se le echan encima hablando de filtraciones, de parcialidad y del Infierno redivivo

No nos pongamos dramáticos. O sí, pero por otras cosas. Los problemas de la instrucción son dos, y ninguno de ellos es que los fiscales no estamos preparados, que ya me gustaría ver a mí a Mc Gyver ejerciendo en las condiciones que los hacen algunos compañeros.

Por un lado, y una vez más, un problema de medios, que paso a explicar en términos sencillos. Si yo, como fiscal, tengo para auxiliarme en mi despacho de trabajo a media funcionaria -y tengo suerte- y en un juzgado de instrucción hay un juez y cuanto menos cinco funcionarios, o hacen un traspaso de personal y despachos, o las cuentas no salen. Si además tengo que recibir declaraciones con todas las personas que intervienen en ella en mi despacho -y eso que soy de las privilegiadas con despacho individual- seguro que se nos aparece el espíritu de Groucho Marx para decirnos que salgamos de su camarote de inmediato. Y dos huevos duros, por supuesto. Y así todo. Una persona y media con el espacio físico que ocupan una persona y cuarto no pueden hacer el trabajo que hoy hacen ocho o diez personas.

El  segundo problema es del mismo cariz, aunque incluso más peliagudo ¿Cómo reestructuramos las carreras judicial y fiscal para que se inviertan los términos, que hoy son más del doble que nosotros? Difícil, y más con las relaciones de amor/odio que nos caracterizan. Y eso que, en principio, en cuanto a preparación, nada lo impediría, porque es la misma oposición con el mismo aprobado. Aunque se empeñen en hacer creer que a los fiscales nos ponen un chip que nos impide movernos sin que nos lo mande el Gobierno de turno.

Sin embargo, no veo problema alguno en cómo se configura la carrera fiscal. Puesto que se hace por ley, se modifica la ley como haga falta, y listo. Vendría además de cine para modernizar este rancio estatuto orgánico de 1981, por no hablar del Reglamento, de 1969, donde ni siquiera prevé que podamos estar de baja maternal porque no había mujeres en la carrera cuando se promulgó. Ni democracia, por cierto. Así que la ocasión la pintan calva.

Y ahora, seamos realistas ¿Va a afectar en algo a la vida diaria de las personas que sea yo, o cualquiera de mis compañeros, quienes instruyan? ¿Vamos a aplicar otra ley, otra Constitución? Pues no, trabajaremos en las trincheras como hacemos cada día, ajenos a lo que se rumia en despachos ministeriales donde hace mucho que no pisan un juzgado y seguiremos adelante sin otro objetivo que dar el mejor servicio a la ciudadanía, que no es poca cosa.

Y si alguien tiene alguna duda, que mire el ejemplo de la jurisdicción de Menores, donde desde hace mucho tiempo es el fiscal quien instruye y no solo no se ha acabado el mundo sino que dan un ejemplo de dedicación y especialización constante.

Así que hoy el aplauso va dirigido a quienes han entendido que lo importante es hacer Justicia, y no pelearse por ella. Porque no pertenece a nadie que no sea el pueblo, a quien nos debemos. Con instrucción o sin ella. Aunque, como acabo de leer a un compañero, con esto de la instrucción me veo emulando a Jennifer López cantando eso de “¿El anillo pa cuando?

 

 

Divertimento: más blabadurías


carcajadas

Aunque a veces se piense otra cosa, el mundo del arte se nutre de todo tipo de cosas, con mayor y menor carga de profundidad. Cuando de cine o teatro hablamos, hay quien entiende que si no se trata de obras dramáticas, donde se reflexiona mucho y se llora aun más, la cosa no tiene suficiente valor. Y olvidan que hacer reír es, muchas veces, mucho más difícil que hacer llorar, y suele ser menospreciado por añadidura. Hay que valorar mucho las comedias, y pensar que, en realidad, no son tan ligeras como pudiera parecer. Como decía Chaplin en El Gran dictador “pensamos demasiado y sentimos muy poco”, y en ocasiones, nos perdemos el sentido de las frases que juegan con el malentendido. Hoy ilustraré este estreno dedicado al Divertimento con dos de ellas: “no me acuerdo de olvidarte”, de Memento y “Nadie es perfecto” de Con faldas y a lo loco. Así que, parafraseando El imperio contraataca, riamos o no riamos, pero no lo intentemos.

No hace mucho dedicaba un estreno a las Blabladurías, dichos retorcidos hasta la hilaridad, de la mano de la familia Abadía. Me quedó mucha pluma en el tintero y prometí un bis si me lo pedían, así que, como lo prometido es deuda, ahí va un poco más de retorcimientos lingüísticos sacados de mi experiencia o de las de los autores del Pájaro de paragüero que se ha convertido en un imprescindible en mi vida. Tanto cuando me toguitacono como cuando no lo hago.

Confieso que recordé esta promesa cuando el otro día, por casualidad, leí unas impagables palabras de una política, hablando de uno de nuestros derechos fundamentales: la libertad de cátedra es la de los catedráticos. Y se quedó tan pichi Como ficha de dominó me quedé, como decía una vecina que no tenía ni idea de que el dicho venía del latín –como chupa de domine– y no tenía nada que ver con el juego de mesa rey en los casinos de los pueblos de España. Pero confieso que me encantó la respuesta que de inmediato, le dieron: pues claro que sí, y la libertad de expresión es de los expresionistas y la de circulación de los círculos. Chapeau. Lástima que esta respuesta no llegara a verla a tiempo aquella aspirante a miss que explicaba que sus escritores favoritos eran los expresionistas porque se expresaban muy bien. Como ella misma, en su misma mismidad, sin ir más lejos.

Y si de mismidades hablamos, hoy mismo, releyendo las blabaladurías, en particular la de los perros de Ubeda, recordé algo que le pasó a una amiga en el colegio. Mi amiga se apellidaba como el pueblo de Jaén pero no conocía en absoluto su orografía, visto lo visto. Y resulta que, cuando su profesora le dijo a otra compañera que contestaba con algo diferente a la que le preguntaban que no se fuera por los cerros de Úbeda, aquella contestó muy enfadada que aunque sacara muchos ceros, no estaba bien que se rieran de ella. Y tenía razón, solo que entre cerros y ceros hay algo más que una r.

Pero seguiremos hablando de estas cosas, sobre todo las que pasan en nuestro teatro, como esos escritos donde en el relato de hechos se habla de “maniatar de pies y manos”, cuando, o se ata, o se maniata y piesata, porque si no nos quedamos cortos, dicho sea A mato groso. Y ojo que hablo de escritos de acusación, y no de escrotos de acusación, como consta en algún sitio y ha dado que pensar a más de uno y de una. Se trate del Misterio Fiscal…o del de la Santísima Trindad, vaya.

Hace apenas unos días, me hablaba una compañera en el café de una señora que vino a contarle que tenía una hipoteca nobiliaria. Mi compañera, entusiasmada porque de esa seguro que salía en las páginas de blanco y negro del Hola al decidir sobre la hipoteca de la marquesa del Potet, vio sus ilusiones marchitadas al enterarse que era una simple hipoteca de un bien mueble, como más de uno habrá supuesto.

También leía en twitter hace nada sobre el derecho de tonteo y retracto, una verdadera joya jurídica que aun no ha sido objeto de tesis doctoral, pero que lo merece sin duda. Y, si no es así, que tire de la manta con todo el equipo y nos veremos a la cara -curiosa mezcla de mirarse a la cara y verse las caras que no sé como interpretar- y conste que no lo digo para adornar la píldora a nadie que no siempre se puede estar en lo más alto de la cresta de la ola. Esté la píldora adornada o hecha unos zorros.

Pero es que parece que no, pero a veces es más difícil encontrar escritos -no escrotos, repito- bien redactados que enhebrar una aguja en un pajar. Y si no, que se lo digan a aquel que nos explicaba que no se enteró con todos los detalles porque se leyó el texto así, en horizontal, y que lo hizo sin quererlo ni beberlo. Intento imaginarme al tipo tumbado tan largo cual era, en horizontal bebiéndose un texto, pero es complicado. Aunque, como todo se soluciona, que no se preocupe, que en menos  que canta un rayo el asunto está arreglado, faltaría más, a pesar de que podrían pasar horas hablando del sexo y de los ángeles. Y eso a pesar de que aquella chica no fuera su prototipo.

Y ahora ya, voy bajando el telón de este estreno, que donde hay patrón, que manden al marinero. Por supuesto, para despedirme lo haré con una frase antológica: muchas gracias y perdonad las disculpas. Que no se diga, que a bien educada no me gana nadie

Y no olvidemos el aplauso, que no puede ser para nadie más que para quienes me proporcionan estas cosas, desde redes sociales -aunque sean cuentas seudónimas– desde la vida nuestra de cada día y desde este desternillante libro de los Abadía. Y, si apetece un tris, no hay más que pedirlo, y abriremos el melón de las Blabadurías de nuevo.

Eutanasia: muerte digna


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Sin duda alguna, si hay una tema que fascina en la vida, ese es el de la muerte. Aunque sea algo por lo que ha de pasar todo el mundo, vivimos de espaldas a ella y, cuando llega, parece que siempre nos sorprende, por poco sorprendente que sea. Incluso cuando todo se ha dispuesto, no es fácil que se cumplan las últimas voluntades, sobre todo si estas afectan a esa frontera entre la vida y la muerte que tan difícil es de rebasar. La voluntad de la persona de acabar con su vida es algo tratado y relacionado con el mundo del arte; no han sido pocos los artistas que han acabado como Van Gogh, El loco del pelo rojo, y el cine se ha recreado en ello. Por citar algún ejemplo, la Virginia Woolf de Las horas o la Sylvia Plath de Sylvia. Pero hoy quería ir más allá, a esos suicidios que caminan en la línea fronteriza, los de las personas que deciden acabar voluntariamente con una vida de sufrimiento por razón de enfermedad y piden ayuda para ello. La oscarizada Mar adentro nos ofreció la historia de Ramón Sampedro, pero no es la única. La estremecedora Johny cogió su fusil u otras como Mi vida es mía o Million dollar baby afrontan este siempre delicado tema.

    En nuestro teatro el tema de la eutanasia no es algo que se vea a diario pero, cuando aparece, nos azota suscitando todo tipo de debates. Quienes tenemos una cierta edad recordamos las reivindicaciones y las comparecencias de Ramón Sampedro en el Juzgado reivindicando su derecho a morir dignamente, y, últimamente, el caso de Angel Hernández, que quiso hablar al mundo en un programa de televisión sobre el deseo de su mujer, enferma de Alzheimer, de que acabara su vida antes de acabara su dignidad. En ambos casos se incoó un procedimiento judicial, de incierto contenido, porque la ley  sigue siendo la que existía hace mucho tiempo. Incluso en este último caso se llegó a plantear la inhibición al Juzgado de Violencia sobre la Mujer por un aplicación tan estricta de la ley que quiebra con todas las reglas de interpretación que la propia ley establece, como la de que las normas se deberán interpretar de acuerdo a las circunstancias del tiempo en que han de ser aplicadas, como dice el Código Civil

Reconozco que el difícil en un tema como este tratar de mantener el tono distendido propio de mi mundo toguitaconado, pero, como ya hice con el suicidio, trataré de que la delicadeza no me falte, Espero conseguirlo.

Para quitar hierro al asunto, empezaré diciendo que el tema del auxilio e inducción al suicidio es uno de los que más cariño me provocan. Y no porque yo sea rarita, que también, sino porque es gracias a él, entre otros diez, que conseguí ser fiscal. Era uno de los temas que me dieron el pasaporte a Toguilandiay por ello siempre estaré agradecida. Pero también he de decir que la regulación de entonces -va para veintiocho años ya- y la de ahora eran esencialmente iguales. Y eso debería darnos, cuanto menos, que pensar. Y, visto lo visto, más que eso, puesto que la reciente proposición de ley ha vuelto a traer el tema a la palestra. Y la verdad, ya era hora.

Como no hay estreno sin anécdota, traeré una vez más a colación a mi madre, inspiradora voluntaria o involuntaria de muchas de las cosas que escribo y de todas las que hago. Pues bien, ella, que va para 96 maravillosos años, me decía no hace mucho, haciendo gala de su sentido del humor -un humor negro muy suyo- que la solución para el problemas de la insuficiencia de dinero para las pensiones era fácil y que iba a escribir al presidente para proponérselo: bastaba con acabar con todos las personas mayores. Le dije de todo, claro está, pero ella erre que erre- Es tan coherente que cuando se operó hace un par de años de cataratas le dijo en el quirófano al médico que le operaba que le sabía mal que el estado desperdiciara su dinero en ella y sus ojos. Se pone muy burra a veces, mi madre, pero siempre nos hace reír. Lo que yo no podía imaginar es que alguien desde un atril público fuera a sostener argumentos parecidos y a hacerlo en serio. Cosas veredes, amigo Sancho, que diría Don Quijote.

Pero vamos al lío. Decía un juez tuitero @ViaderCarlos -al que ya he tenido el gusto de desvirtualizar- con toda la razón que la regulación de la eutanasia no te obliga a pedir que la practiquen contigo ni con tu familia, como la ley del divorcio no te obligaba a divorciarte si, como decía Cecilia “eras feliz en tu matrimonio” ni la del matrimonio homosexual a casarte con una persona de tu mismo sexo. Esto, que parece una obviedad, todavía lo es más si llevamos el ejemplo a cotas máximas: ni cuando se destipificó la homosexualidad nos obligaron a ser homosexuales ni lesbianas, ni la regulación del aborto obligaba a nadie a interrumpir su embarazo, ni la regulación de la adopción nos insta a formar familias adoptivas a cascoporro. Ni siquiera la regulación de la hipoteca obligaba a nadie a firmar una, aunque por la alegría con que se concedían en determinadas épocas pudiera parecerlo.

Así pues, si se regula la eutanasia, a quien no le guste, puede seguir con su vida y con su eventual muerte exactamente igual. Se trata de que no meta sus zarpas en la mía, ni en la de nadie. Porque la libertad de pensamiento, incluido el ético y religioso, es eso, libertad. Y si se quiere imponer el de otro, ese que obliga a mantener la vida a toda costa, se vulnera la libertad de la persona afectada, ni más ni menos.

Hasta aquí no he dicho nada nuevo. Pero, sin embargo, sí que se han dicho cosas que el texto de la proposición de ley no dice, y que conviene aclarar, BOE en mano. Reconozco que cuando oí eso de que iba a haber barra libre de homicidios suicidios, como si hablaran de una happy hour criminal en vez de de un tema tremendamente doloroso, me quedé de pasta de boniato. Y más aun cuando se defendía en serio algo como la broma de mi madre  de que la solución era acabar con la gente mayor. Voy a seguir, con su permiso, la idea que desde twitter me lanza @penal_de_pena y contaré que el proyecto que se aprobó no modifica ni un ápice el Código Penal más que en un aspecto, el de la impunidad del médico que auxilie, con todas las garantías legales, a quien opte por la muerte digna. No se ha abierto la veda a tirios y troyanos para que vayan haciendo escabechinas por los hospitales que nos dejen las arcas públicas como los chorros del oro a base de matar ancianos. Y no, tampoco se trata de que vaya a haber suicidios de adolescentes, porque nada tiene que ver la velocidad con el tocino. Tal cual.

Por último, recordaré algo que aprendí cuando estudiaba ese tema que me proporcionó mi entrada a Toguilandia. El auxilio e inducción al suicidio es el único delito donde se castiga la cooperación, necesaria o no, a una conducta que en sí no es delito. Porque no olvidemos que suicidarse no es delito, tema religioso aparte, claro. Así que si una persona pide ayuda para acabar con su vida en esas circunstancias y se la prestan pero, por la razón que sea, no muere, se castigará a quien le ayudó a hacer un acto por el que a él no se le castiga. ¿Verdad que parece absurdo? Pues para evitar esas situaciones absurdas es, precisamente, para lo que necesitamos una ley. Ahí lo dejo

Por supuesto hoy, el aplauso lo quiero dedicar a quienes han luchado desde hace tanto tiempo porque el derecho a una muerte digna sea una realidad.

Y, por supuesto, una ovación especial para MIky y Duarte (@MikiyDuarte), con cuyo permiso utilizo esta maravillosa viñeta para ilustrar este estreno. Millones de gracias

 

Dependencia: más de lo que parece


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Depender de algo o de alguien nunca es buena señal. Tal vez por eso la independencia se ha convertido en una meta para países o personas hasta el punto de que lograrla es el leit motiv de más de un filme. Sea para afirmar nuestra identidad frente a una invasión marciana, como en Independence day, para lograr la propia identidad de las colonias, como en Los últimos de Filipinas o para reafirmar el patriotismo americano como El patriota o Nacido el 4 de julio, lo importante es decir alto y claro que no dependemos de nadie. Se trate de un país, de un grupo o de una persona, como hicieron las inquebrantables Thelma y Louise.

    En nuestro teatro, si hablamos de independencia, parece que el subconsciente nos dirige inmediatamente a laindependencia judicial, a la que dedicamos ya un estreno, y que aparece siempre como meta de una Justicia democrática y no politizada. El verdadero problema estriba en saber cómo considera cada cual el camino para llegar a esa meta. Hoy en día son muchas las voces que claman por la elección directa de los miembros del poder judicial  por los miembros de la judicatura, pero ya hubo una experiencia al respecto en la primera Ley Orgánica del Poder Judicial y tampoco fue la panacea. Habrá que estar al modo en que se regule y cruzar los dedos para que, sea cual sea la reforma, funcione.

Frente a la independencia surge el contrario, el concepto de dependencia, una palabra que hace que los miembros del Ministerio Fiscal nos pongamos en guardia inmediatamente porque, a pesar de ser uno de los principios que rigen nuestra actuación según esa Constitución con la que todo el mundo se llena la boca, acaban denostándonos por contrarios a la división de poderes por algo que no depende de nosotros, En cualquier caso, no me cansaré de repetir que la “dependencia jerárquica” de la que se habla en la Constitución y nuestro Estatuto Orgánico es un modo de organización y no un instrumento para impartir órdenes por parte del Gobierno, como se empeñan en decir. Y que, por supuesto, existe un mecanismo legal para que cualquier fiscal pueda oponerse a una orden que considera inadecuada, de lo cual hemos visto más de una muestra en los últimos tiempos. Es difícil cohonestar esto con la autonomía, otro de nuestros principios de actuación, pero nadie dijo nunca que fuera fácil. Lo único que nos queda es ganarnos el respecto con nuestra actuación diaria, la de los 2500 fiscales que, desde las trincheras  de la fiscalía de ciudades y pueblos de España, nos dejamos cada día parte de nosotros mismos.

No ostante, no está de más repetir que, como he dicho otras veces, en más de veintisiete años de fiscal, jamás he recibido La llamada que me inste a hacer nada distinto a lo que haya hecho. Así que, o bien soy una mindundi fiscal, o es que no es tan frecuente como se empeñan en hacer creer. O tal vez es que nadie conoce mi número ni mi correo ni la forma de localizarme, nunca se sabe.

Pero, aparte de este binomio dependencia/independencia en términos abstractos y grandilocuentes, hay otras nociones de dependencia igual de importantes y a las que se hace bastante menos caso. Me refiero, en primer término, a la dependencia que muchas personas tienen respecto de otras para vivir, y, según el grado, para realizar las mínimas funciones de la vida como vestirse, comer o asearse, Aquello que, cuando yo estudiaba se llamaba invalidez o gran invalidez y que ahora se conoce como dependencia. La ley de dependencia, tan deseada y demandada en su momento, continúa siendo una de las grandes asignaturas pendientes de las administraciones públicas. Todo el mundo conocemos casos de personas que ya habían muerto cuando se les han concedido las ayudas a las que, en virtud de esta ley, tenían derecho. Y a eso no hay derecho, con rima y todo. Así que aprovecharé que la ocasión la pintan calva, y usaré esta pequeña ventana toguitaconada al mundo par insistir en algo en lo que no debería tenerse que insistir. Debería ser una prioridad absoluta.

Conviene en cualquier caso aclarar que la dependencia es una categoría administrativa, diferente de la declaración de incapacidad de antaño, de la que aun  se habla en algunos sitios el Código Civil, o de la actual discapacidad, más conforme con los Convenios suscritos por España al respecto. También es diferente de la incapacidad total o parcial del ámbito laboral y, por supuesto, de la imputabilidad en el ámbito penal. Y es que el Derecho se empeña en poner distintos nombres y apellidos a cosas que en muchos casos son casi iguales, y que algunas veces obligan a reduplicar trámites en uno y otro lugar para conseguir cosas que deberían rodar solas, tan sencillas como una pensión, una ayuda domiciliaria o una residencia si es necesaria.

Por último, hablaré de otra vertiente del concepto de dependencia, el de dependencia económica. Aquí estaba la razón por la que, antaño, muchas mujeres no se decidían a denunciar los malos tratos de sus parejas, y en muchos casos sigue gravitando sobre sus cabezas, sobre todo en tiempos de crisis. Antes del advenimiento de la democracia, además, esta dependencia era legal, ya que hasta la supresión de la licencia marital, en el año 1975, las mujeres no podían ni tan siquiera abrir una cuenta corriente sin el permiso de sus maridos o, en su caso, de sus padres, No olvidemos que no hace tanto tiempo como a veces creemos.

Diferente, aunque relacionada, es la dependencia emocional, otra de las razones que, sola o conjuntamente con la anterior,, encadenan a las mujeres a un maltratador del que no se atreven a desprenderse. Frases como “no puedo vivir sin ti” o “Sin mí no eres nada” son parte de los hilos con que se confecciona esa tela de araña de la que tan difícil resulta salir, No lo olvidemos y nunca, nunca, las juzguemos por eso. Ni siquiera cuando llevemos la toga puesta.

Así que hoy solo me queda el aplauso que, esta vez, va dedicado a todas las personas que, con toga o sin ella, administran su propia independencia para hacer posible la de los demás, Ahí es nada.

 

 

Perdón: no basta pero ayuda


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Perdonar es humano, aunque no perdonar también. Que se lo digan si no a Clint Eatswood, que convirtió esa intransigencia en lo que muchos consideran una obra maestra del western, Sin perdón. Para otros el perdón no es cualquier cosa, y necesitan nada menos que Cien años de perdón. Nunca es tarde si la dicha es buena, como dice el refrán. Tal vez por eso tuvimos en su tiempo tan empeñado a Camilo Sesto en repetir lo de Perdóname, misma palabra con otra música en la que insistieron hasta la saciedad los componentes del Dúo Dinámico.

El perdón, en nuestro teatro, es algo más que un acto humano. Es un acto jurídico que puede desplegar importantes consecuencias, y, aunque ya dedicamos un estreno al arrepentimiento y un pequeño espacio a la reparación del daño al hablar de las atenuantes, es un tema con tanta trascendencia que no está de más volverlo a abordar. Y esta vez, más desde el enfoque de quien perdona del que aspira a ser perdonado.

Todavía hay personas que tienen la creencia de que en Derecho Penal basta con que perdones a alguien para que todo vuelva a su estado original. Es algo que pasa con mucha más frecuencia de la que nos gustaría tanto en violencia doméstica como, sobre todo, de género. Quien solicitó en su día una orden de protección decide perdonar al agresor y le dice eso de “te he quitado el alejamiento”, como si una auto de un juez pudiera ponerse y quitarse por la propia persona afectada a voluntad. La verdad es que no es fácil explicar en muchos casos que por más que ella quiera acogerle en su casa y en sus brazos, mientras haya un alejamiento vigente, acudir a esos brazos es delito y puede tener pena de cárcel. Y más todavía cuando se trata de una condena, en cuyo caso, por más que lo pida la persona beneficiaria de la medida, no hay nada que hacer. Hay que meter en la cabeza de la gente que el alejamiento es una resolución judicial e incumplirla es desobedecer a un Juez. Y que, por supuesto, seguir los dictados de Cupido no es atenuante ninguna.

Esto ocurre porque se trata de un delito público, esto es, perseguible de oficio aunque no existiera denuncia o aunque esta fuera interpuesta por persona ajena a la víctima. Son la mayoría en nuestro Código pero hay otros delitos, los llamados “privados”, en los que es necesaria la denuncia o la querella y en los que el perdón del ofendido extingue la acción penal. El caso paradigmático son las injurias y calumnias -salvo las cometidas contra funcionarios públicos por hechos relativos a sus cargos- aunque existen otros en nuestro Derecho. Hay que matizar, como es obvio, que en realidad no se trata tanto de un perdón en el sentido ético religioso sino en un acto de desistimiento voluntario, porque nada obsta a que quien se ha apartado del procedimiento no quiera saber nada en la vía penal pero le tenga guardada la ofensa in secula seculorum. El Derecho no afecta a eso de “arrieritos somos y en el camino nos encontraremos”.

En el camino del medio están los casos más peliagudos, el de los llamados delitos sempipúblicos o semiprivados -según convenga a quien habla de ellos, porque el Código no les pone nombre- que necesitan denuncia de la victima o su representante legal si es menor o incapaz aunque en estos casos puede hacerla también el Ministerio Fiscal. En esta categoría entran todos los delitos contra la libertad sexual y, aunque ya hablamos de ellos en el estreno dedicado a la denuncia  conviene insistir en algo que mucha gente ignora y otros no quieren contar. Las violaciones, por salvajes que sean, necesitan que la víctima denuncie. Si no lo hacen aunque haya cometido el hecho delante de un estadio de fútbol lleno a rebosar y haya tantas grabaciones de móviles como espectadores, el hecho es impune. Esto es,  el violador se pude ir de rositas a violar a otra persona sin ser, ni siquiera, reincidente.  Por eso, aunque fuera solo por esa última razón, debería darse una vuelta al tema, que ya son horas. No olvidemos que viene del tiempo en que en estos delitos se consideraba bien jurídico protegido la honestidad y no la libertad sexual, y aun quedan flecos de ese mantón. Sin embargo, en estos delitos, el perdón de la víctima no produce efecto alguno, una vez iniciado el proceso. Sin perjuicio, claro está, que si ese perdón afecta a su modo de declarar -la amnesia repentina existe-, la prueba será mucho más difícil para la acusación.

Pero, como digo otras veces, no solo de Derecho Penal vive el jurista y aquí el Derecho Civil tiene  mucho que decir. Aunque no se habla con frecuencia de perdón, salvo en algunos supuestos de derecho de Familia o, en su día, de sucesiones, el acto de retirarse o desistir sí que tiene efectos, al tratarse de una jurisdicción rogada que solo existe a impulso de parte. Si una pide el cumplimiento de un contrato o la ejecución de una servidumbre de paso y luego desiste de la acción, no se trata propiamente de que haya perdonado al incumplidor o haya disculpado al dueño del predio que no le deja pasar, pero, por la razón que sea, ha decidido no seguir con la acción civil. Debe ser porque en muchos casos se cumple eso de que más vale una mal arreglo que un buen juicio.

La excepción de la excepción es, sin embrago, el Derecho de Familia que, aunque pertenece al Derecho Civil, tiene naturaleza pública por los intereses que se ventilan en él. Por eso existen los deberes relativos a la patria potestad aunque el otro progenitor -en nombre del hijo menor- o el propio hijo o hija quieran “perdonárselos” por la razón que sea, muchas veces por pura conveniencia. Mala suerte, no hay nada que hacer.

Y ojo, ni siquiera en las cuestiones de pareja el perdón tiene más efectos que los sentimentales si no va acompañado de un acto que lo valide en Derecho, si eso es posible. Eso es lo que ocurre con la reconciliación de cónyuges en trámites de divorcio. Si llegan a tiempo y no se ha dictado sentencia, podrán celebrar como marido y mujer el próximo San Valentín, pero si ya hay sentencia, no les queda otra que volver a casarse si es que quieren seguir estando unidos, como la protagonista de la copla, con una anillo con una fecha por dentro incluido

Hasta aquí el estreno de hoy. Solo me queda disculparme si he resultado reiterativa con algunas cuestiones, pero es que me parecen de capital importancia, y pedir, como siempre, el aplauso. Esta vez dedicado a todos los profesionales del Derecho que cada día han de enfrentarse a eso que llamar “retiradas de denuncia” y explicar una y mil veces que eso en Derecho no es posible. Aunque tu vecina del quinto te haya contado que la hija de la prima de su portero lo hizo así y ahora está tan feliz con su churri. Paciencia.

Ucronías: qué hubiera pasado si…


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Se conoce como ucronía un género literario que parte de un acontecimiento histórico para cambiar algo de lo que sucedió en realidad, de modo que cambie el curso de la historia. Un futuro donde no hubieran asesinado a John Lennon y los Beatles se volvieran a reunir, otro donde Kennedy no hubiera sido asesinado -así lo hace la novela de Javier Lacomba El cuarto disparo– o cómo sería El jardín del Edén si Eva no hubiera probado la manzana serían buenos ejemplos de ello. En realidad, se trata de jugar al ¿qué hubiera pasado si…? Como ocurre en películas como Malditos bastardos, Amanecer rojo, El planeta de los simios o El día después. Y como ocurre en cierto modo con Forrest Gump, aunque en realidad no cambie el curso de la historia sino que el protagonista se introduce en ella sin alterarla. Y como sucede, por supuesto, en la inigualable El gran dictador

         En nuestro teatro quizá pueda resultar pretencioso hablar de ucronías, pero si rebajamos el nivel y pensamos en cosas que hubieran pasado o hubieran dejado de pasar si no hubieran concurrido ciertas circunstancias, es evidente que tenemos ejemplos para dar, tomar y hasta para aburrir.

El primer ejemplo que se me ocurre al respecto es el de algo que revolucionó por completo nuestra forma de trabajar, aunque ni siquiera seamos conscientes de ello. Se trata, ni más ni menos, que el advenimiento de la informática al reino de Toguilandia. Y, si bien es cierto que, como pasa siempre en nuestro teatro, lo hizo mucho más tarde que la mayoría de ámbitos y que todavía arrastramos unas disfunciones en la digitalización que quitan el hipo, no lo es menos que no llegamos a ser conscientes de lo que supuso.

Me arrriesgaré a hacer como Sofía Petrillo y, sin necesidad de viajar en el tiempo a Sicilia, años 30, me quedaré en Toguilandia, años 90. Aunque ya dediqué un estreno a los recuerdos de mis primeros tiempos de fiscal, no está de más hacer memoria de cuáles eran los medios cuando aterricé en mi primer destino. No solo no había ordenadores sino que los fiscales no teníamos mesa propia sino una larga compartida, en la que daban ganas de hacer como en un anuncio de televisión muy famoso en su época, en que la presidenta de la empresa se tiraba tan larga cual era con una bayeta al grito de “tú pasa el Pronto, y yo el paño”. Ni que decir tiene que tampoco contábamos con máquina de escribir ni nada que se le pareciera y que compartíamos un teléfono para todos que, en uno de mis destinos, ni siquiera tenía comunicación con el exterior porque el político de turno, juez en excedencia, decidió que los fiscales no teníamos por qué hablar con nadie. Por supuesto, las calificaciones e informes se hacían a mano y lo pasaba a máquina un funcionario o funcionaria o, en otros casos, lo escribía al dictado. Ahora, aunque parece una historia propia de Parque Jurásico, cabría preguntarse qué habría pasado de no instalarse la informática, los modelos y las plantillas en nuestras vidas. Y hay que reconocer que, aunque de una parte nos hizo la vida más cómoda, por otra ahorró en personal mucho más de lo que somos capaces de imaginar. El volumen de trabajo actual sería imposible de despachar con aquellos medios.

Al hilo de esto, también han sido esenciales los buscadores de jurisprudencia. Adiós a aquellos tomos de Aranzadi escritos en papel de biblia. Ahora no hay más que teclear, cortar y pegar, y nos queda una resolución tan larga como queramos. Eso sí, no me cansaré de repetir que, con alguna excepción gloriosa, se ha perdido en creación intelectual. Antes, las sentencias dedicaban la mayoría de su contenido al hecho concreto de que se trataba, ahora en muchos casos son una sucesión de sentencias cortadas y copiadas y apenas unas líneas dedicadas al caso de autos. Y el problema es que con la acumulación de trabajo no se puede hacer mucho más.

Otro de los elementos cuya ausencia sería hoy impensable es el teléfono móvil, en especial para las guardias. Yo viví en su día el trabajo con aquel artefacto llamado “busca”, que emitía un pitido que obligaba a buscar un teléfono público allá donde una estuviera. Y eso ya se consideraba un adelanto en relación con tiempos anteriores, en que no podían moverse del sitio por si ocurría algo, fuera día o noche. Ahora es, desde luego, inconcebible.

Pero, aparte de estos artilugios, hay otras cosas que han cambiado la vida en nuestro escenario de una manera considerable. Una de la que siempre me acuerdo, y no para bien, es la llegada del famosos límite de instrucción del artículo 324 -que espero se lleven por delante de una vez- Es una auténtica ucronía los asuntos de corrupción que hubieran acabado con sentencia condenatoria y en los que los investigados se han salido de rositas por culpa de la combinación maldita entre dos factores: la existencia del límite temporal y la inexistencia de medios materiales para ponerlo en práctica. Espero que pronto sea solo una pesadilla, pero de momento ahí sigue.

Por otro lado, hay leyes que han cambiado la vida de las personas. Ahora nadie concibe la existencia de delitos de violencia doméstica o de género sin la posibilidad de imponer medidas de alejamiento y prohibición de comunicación, que se han incorporado a nuestra vida jurídica como si hubieran estado ahí siempre. Sin embargo, aparecieron en nuestro Derecho en el año 2003. Aunque hay quien se empeña en decir que fueron cosa de la Ley Integral contra la Violencia de género., no fue esta sino una ley de una año antes la que posibilitó la existencia de la orden de protección que, además, no es patrimonio exclusivo de la violencia de género sino aplicable a toda la violencia doméstica.

Y como no hay estreno sin anécdota, acabaré por contar alguna de las que atesoro. Recuerdo a más de un investigado que, aun sin tener ni idea de que estaban hablando de una ucronía, la ponían en práctica. Lo de “si llego a saber que iba a robar, no le acompaño al banco”, como si el hecho de ir con una media en la cabeza y una bolsa de deporte con una recortada dejara algún resquicio a la imaginación.

Por supuesto, las drogas y las malas compañías, juntas o por separado, son otros de los factores de los que se lamentan algunos de nuestros clientes, como si el hecho de exigirle a alguien el móvil navaja en mano fuera algo que se hace solo. Aunque el mejor fue un habitual que nos decía que el dueño no debería haberse dejado aparcada en la calle una moto tan brillante y tan bonita , porque eso era una provocación en toda regla y claro, él no pudo contenerse. Verdad verdadera.

Y hasta aquí, el estreno de hoy. El aplauso, una vez más, para quienes se adaptan a los tiempos sin pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor. Aunque, en alguna cosa, sí que lo fuera.

 

Educaciòn: lo imprescindible


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La educación es algo tan necesario que, sin ella, no habría cine, ni teatro, ni ningún tipo de arte. Sin educación no habría artistas y, si me apuran, no habría espectadores, porque el arte casa mal con la falta de educación. Sin ella no habría títulos como La lengua de las mariposas o La mala educación. Y no habría, desde luego, documentales como Maestras de la República o, en el otro espectro de la vida, series como Crónicas de un pueblo

   No es sencillo distinguir entre educación y formación y con frecuencia se confunden ambas. Pero no son lo mismo, aunque puedan ser primas hermanas. Conozco personas a las que las vicisitudes de la vida les privaron de formación pero poseen una exquisita educación y personas educadas en los colegios más elitistas que carecen por completo de ella. Lo ideal es, desde luego, poseer ambas, pero no es fácil, aunque no sea imposible. Conozco mucha gente en que sí convergen.

En estos días se habla mucho de adoctrinamiento en la escuela, con el llamado pin parental incluido, pero si la cosa sigue así, se abusará tanto de esta palabra que acabará dejándose sin contenido. No se hablaba de ello, sin embargo, en mi infancia más remota y mucho antes, a pesar de que las escenas de niños y niñas segregados por sexo, cantando el Cara al sol, estudiando una asignatura llamada Formación del espíritu nacional y asumiendo el Manual de la buena esposa de la Sección femenina como libro de cabecera para las futuras mujeres Algo tan cercano al adoctrinamiento que la serie que he citado en primer término, Crónicas de un pueblo, no se ha repuesto jamás porque, según leí, era obligatorio introducir en cada capítulo un artículo del Fuero de lo españoles. Que conste que yo recuerdo lejanamente la serie, con un cartero inolvidable, pero no tengo conciencia de mucho más, porque era muy niña cuando cambió el régimen. Solo me acuerdo de un libro que decía de García Lorca que “murió en extrañas circunstancias” y que, cuando pregunté qué extrañas circunstancias eran esas, fue respondido con un “de eso no se habla”.

Cada día percibimos en Toguilandia la existencia de personas que, desde cualquier sitio de nuestra función, tienen una educación exquisita. Personas que no ponen el grito en el cielo cuando no les atienden en el acto o no les dan la solución que pretenden, que confían en el quehacer de su letrada o letrado y respetan a quienes vestimos toga como debería hacerlo todo el mundo. Siempre me producen ternura esas señoras mayores que llegaban dos horas antes de empezar su juicio de faltas “no vayan a tener que esperar por mí”. Y se vestían de domingo, como en las ocasiones importantes de la vida.

Al otro lado de la escala imaginaria están quienes gritan a cualquier cosa, quienes interrumpen y quienes, a pesar de que se les dice una y mil veces que no pueden hacer gestos de aprobación o desaprobación, no dejan de darse golpes de pecho y mover la cabeza asintiendo o negando. Especial mención merecen los que hacen caso omiso de la indicación de desconectar el móvil y, no solo nos obsequian con música de Shakira, de Rosalía o del concursante de moda de Operación Triunfo, sino que si nos descuidamos atienden el teléfono a mitad juicio y nos dicen que esperamos, que es solo un momento, Tra tra. Por supuesto, suele coincidir con una vestimenta de lo más inadecuada, que no digo yo que haya que venir al juzgado vestido de Primera Comunión, pero tampoco es de recibo hacerlo en bañador y chanclas, gafas de sol y comiendo chicle, escena frecuente en sitios con playa. Por no hablar del cigarrillo detrás de la oreja, que no sé si es de mala educación, pero a mí me da mucho grima.

Pero de todo hay en botica. Por eso, la mala educación no solo está a un lado de estrados. Quienes somos los personajes fijos de nuestra función también podemos dar algún que otro recital de mala educación y, aunque no es lo habitual, estropea todo el buen trabajo hecho por tanta gente. Alguna vez .lo he pasado francamente mal al ver como se dirigía una Señoría a sus funcionarios o a los letrados. Por suerte es la excepción que confirma la regla, pero ojala no hubiera ni siquiera eso.

   Las ocurrencias de los acusados, procesados, investigados, imputados o presuntos culpables tienen mucho peligro, y en ocasiones hay que llamarles al orden. Ya he hablado alguna vez de aquel magistrado que, con buen tino, decía que el derecho a no declarar  comprendía la posibilidad de callar o dar otra versión, pero no de tomar el pelo a la gente.

Como he dicho, distinto de la educación, que nos viene sobre todo de casa, está la formación, que es la que se adquiere en colegios y facultades, sin olvidar que no podemos dejar de formarnos jamás. Mi hija, de pequeña, me preguntaba cuándo dejábamos de estudiar. Creo que mi respuesta, diciéndole que nunca, hizo que no se decidiera por profesiones jurídicas como sus progenitores. Lo que no sabía es que la necesidad de formación no es exclusiva del Derecho

Así que hoy el aplauso es para quienes tratan a todo el mundo con educación. Aunque no sea recíproco y den ganas de soltar cuatro frescas al interfecto

 

Enfermedades mentales: lo más delicado


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Cuántas veces el mundo del cine y el teatro ha tomado como tema central de sus historias las enfermedades mentales. Despertares, Rain man, Mi pie izquierdo, Forrest Gump, Campeones, Alguien voló sobre el nido del cuco, Joker o Una mente maravillosa, entre otras, son películas que abordan estos temas y, de paso, constituyen garantía de premio casi seguro. Y es que abren una ventana a un mundo cuya puerta no es fácil de franquear.

  No es exactamente lo mismo un enfermo mental que una persona con discapacidad psíquica, pero sí es cierto que nuestro Código Penal los mete en el mismo saco, el de la alteración psíquica. Ya dedicamos un estreno a las personas especiales, para el cual conté con la inestimable colaboración de una amiga y compañera que conoce bien el tema. Pero hoy quería dar un paso más, aunque no necesariamente hacia adelante.

En Toguilandia, como en cualquier otro ámbito, escuchamos la palabra “loco” o “loca” con más frecuencia de la que cabría desear. Ese término se ha trivializado hasta el punto de que cualquiera lo usa sin darse cuenta del terrible dolor que causa a quienes padecen enfermedades mentales. O siendo consciente de ello, que de todo hay.

Muchas veces oímos hablar de de víctimas, especialmente de mujeres, en términos despectivos diciendo que están locas. Están locas porque han denunciado a su marido, locas porque denuncian una violación o locas porque dicen cosas que no se espera de ellas. También se dice de ellos en algunos casos, pero para los hombres son más frecuentes otro tipo de expresiones peyorativas.

Lo que ocurre es que, como me explicaban en clase de Psiquiatría Forense, por alguna razón que se me escapa, se banalizan los términos que describían enfermedades según las clasificaciones oficiales, como el DSM, y acaban convirtiéndose en insultos mondos y lirondos. Y así una vez y otra cada vez que se cambia. Ahora puede que haya quien no lo recuerda, pero la idiocia y la imbecilidad aparecían en el catálogo de enfermedades mentales hasta que “Idiota” e “imbécil” se convirtieron en un insulto de uso común, y otro tanto pasó con términos como “oligofrénico” o “subnormal”, por no hablar de “psicópata” Hoy en día, cualquiera habla de esquizofrenia o bipolaridad con una ligereza que daría risa si no diera pena. Pero es como un bucle . Pensemos, si no, en toda esa gente que, como una gracia, dice eso de “cuidado, que estoy muy loko” -lo de la k parece que queda más chulo- acompañado de muecas burlonas.

Para que las enfermedades mentales tengan su efecto penal, deben tratarse de alteraciones psíquicas que impidan comprender y querer la trascendencia de ese acto concreto. Y tener, por supuesto, una base patológica, porque si se trata de algo transitorio o una mera ofuscación, hay que ir a otro número entre las .atenuantes. Esto quiere decir que el sujeto debe saber lo que hace y comprender que está mal. Aún recuerdo una estupenda explicación que dio un médico forense en un juicio sobre un chico cuyas pocas luces pretendía su defensa que le eximieran de responsabilidad. El delito era un atraco a punta de navaja y el forense, a mis preguntas, dijo que tal vez ese individuo no entendiera lo que es una exacción ilegal -que levante la mano quien lo entienda bien-, pero algo tan grueso o grosero como saber que no está bien atracar a alguien con una navaja estaba al alcance de su comprensión.

Pero las enfermedades mentales en Derecho Penal no son el todo o la nada. Hay zonas intermedias que el Código traduce como eximente completa o atenuante, si concurre alguno de los requisitos pero no todos. Algo fácil de decir en teoría pero muy complicado en la práctica

No obstante, no deja de ser curioso la cantidad de catedráticos y catedráticas de psiquiatría en el anonimato que hay por el mundo. Si me dieran un euro por cada vez que un denunciante dice del denunciado, sea mujer u hombre, que era bipolar o esquizofrénico, sería rica. Luego, mi gozo va a un pozo cuando, preguntado por si está diagnosticado el trastorno, las respuestas van desde “no, pero yo lo sé” a “ya se lo he diganosticado yo”. Hay, incluso, quien se atreve a medicar, valiéndose de mister Google o hasta a pelo, que mi prima del pueblo tomaba Diazepam y le sentaba de maravilla, oye. O, como me dijeron una vez, tomaba unas pastillas llamadas “hace pam”, figúrese lo fuertes que eran.

Pero, como he dicho otras veces, no solo de Derecho Penal vive el jurista. El Derecho Civil tiene mucho que decir en esta materia, casi más que el Penal. Las personas con discapacidad pueden tener tal consideración en el ámbito laboral o administrativo, pero necesitan tenerlo en el civil para producir determinados efectos. Antes se llamaba proceso de incapacidad y también tenían ese nombre la sección de fiscalía y los juzgados dedicados a la materia. Ahora son personas con discapacidad -también podemos hablar de capacidades especiales o diversidad funcional, pero ese el término legal- y por fin han logrado que tal declaración pueda afectar a todas o solo algunas de sus facultades. A diferencia de lo que ocurría hasta no hace mucho, ahora, por ejemplo, pueden votar salvo que se distinga lo contrario.

Al hilo de esto está la importante función de jueces y fiscales a la hora de visitar los centros de internamiento y controlar la legalidad del mismo y las condiciones. Nada que ver con el concepto de “manicomio”, que despareció hace mucho tiempo. Aunque no hay que rasgarse las vestiduras para decir que en muchos casos falta un recurso legal. He visto a madres llorar en el juzgado pidiendo un alejamiento respecto de su hijo esquizofrénico y/o drogadicto -son muy frecuentes las toxifrenias- que les pegaba, y llorar más cuando se les explica que no los pueden tener en casa si hay alejamiento. El Derecho Penal no siempre es la respuesta.

Y por cierto, voy a desmontar un mito. Eso que se oye a algún todólogo de que el acusado se declara loco y no le pasa nada es una mentira como la copa de un pino. Lo primero, porque es más que difícil dársela con queso al forense, que tiene estudios en psiquiatría. Y, de otra, porque no se sale de rositas ya que hay medidas de seguridad como los psiquiátricos penitenciarios que les son aplicables. Otra cosa es que la medida acaba con la curación y no es una pena, pero eso es otro asunto para hablar largo y tendido en otro estreno.

Tampoco vale para cuando la enfermedad mental aparece tras haber sido juzgado. Es lo que la Ley de Enjuiciamiento Criminal llama “demencia sobrevenida” y, de acreditarse, dará lugar a las medidas que correspondan, pero nunca a la impunidad sin más.

Así que solo queda despedirme. Podría hacerlo con una reverencia con la toga, como hacía un interno que teníamos en un centro, que se creía el rey, pero mejor lo hago con un aplauso, como siempre. El que esta vez dedico a quienes tratan este delicado tema, uno de los más delicados que hay