Implicación. ¿hacerse churrero?


 

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El mundo del espectáculo siempre ha sido un mundo comprometido con causas justas. Incluso utilizan muchas veces sus festivales como escaparate de determinadas reivindicaciones, las más reciente, cuyos ecos aún se escuchan, la del #MeToo o la necesidad de visibilizar a las mujeres en el cine. Y, por supuesto, son muchas las películas que centran su metraje en alguna de esas reivindicaciones y su momento histórico, como Sufragistas, Pride, Ghandi, Arde Mississippi y tantas otras.

Nuestro teatro, sin embargo, en ocasiones parece anestesiado. Tengo un compañero que, ante la posibilidad de una decisión que empeore todavía más las cosas, advierte que, en tal caso, se hará churrero. Y, la verdad es que, aunque de momento ignoro si está haciendo las gestiones oportunas para encontrar una churrería, de querer mantener su palabra, debía estar en ello.

Y es que hay que hacerse ver, protestar, hacerse churrero, o charcutero, o lo que sea –dicho sea con todo el respeto para tan dignas profesiones, por cierto-. Si no se hace nada, si nos resignamos y nos aborregamos soportando estoicamente lo que nos caiga, acabaremos teniendo lo que nos merezcamos. Protestar, encadenarse, salir a la calle, manifestarse, participar en actividades ciudadanas, firmar peticiones, presentar quejas, votar, hacer huelga, usar la libertad de expresión allá donde podamos expresarnos, utilizar redes sociales, medios de comunicación, lo que esté en nuestra mano, con tal de no consentir un atropello.

No me vale aquello de callarse porque hay quien está peor, no reclamar derechos laborales porque haya gente que esté en el paro, ni acceso a una vivienda digna, o la sanidad, la enseñanza o la justicia porque haya gente que tenga que vivir debajo de un puente. El silencio y la resignación ante la injusticia no llevan a ninguna parte.

Hay que hacer todo lo que esté en nuestra mano, aunque parezca inútil. Mucha gente está que trina, y con razón, por muchas partes arden mechas. Y no podemos permanecer pasivos. No se trata de una llamada a la subversión, sino a utilizar los medios que estén a nuestro alcance, en forma de votos, de asociaciones, de quejas, de manifestaciones o del ejercicio de cualquiera de los derechos que tenemos reconocidos. Porque los tenemos, y porque no debemos ni podemos consentir que nos los recorten.

Así que, la próxima vez que nos propongan participar en algo que nos parezca justo, animémonos a hacerlo, y a no sucumbir a la comodidad del sofá y las zapatillas. De no hacerlo, perderemos todo derecho a reclamar. Conformarse es perder.

Igual, si no hacemos nada, perdemos incluso la oportunidad de hacernos churreros. Y no nos queda otra que respirar hondo, antes de que hagan de uno un criminal, como advierte a menudo otro de mis compañeros.

Yo, de momento, voy a ver si me agencio algún curso de cocina express. Porque lo mío no es la cocina ni los churros… Pero igual no me queda otra que hacerme churrera también.

Mientras tanto, ahí queda el aplauso. Hoy, para quienes no se resignan. Ni más ni menos

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Sin tregua: contra la trata


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Nunca es suficiente todo lo que hagamos para llamar la atención sobre ese enorme drama que es la trata de mujeres con fines de explotación sexual

Por eso, hoy nuestro escenario estrena un cuento, una historia de ficción que por desgracia, podría ser verdad

LA CAJA DE LOS TRUENOS

-¿Qué es esto, mamá?

-¿De dónde lo has sacado?

-Estaba en el trastero. Me ha caído encima cuando buscaba cosas viejas con qué disfrazarme…

-Tíralo – gritó imperativa- Tíralo a la basura inmediatamente

-.. Me gusta –abre la maleta y saca una prensa de ropa gastada- Me puede servir

-Tíralo –dijo con menos energía- Por favor…

La niña ignoró el ruego de su madre. Continuó sacando objetos de la maleta. Un abrigo y un jersey viejos, unas botas,varias prendas de ropa interior anticuadas y muy gastadas, algunas fotos antiguas, un rudimentario botiquín con vendas, un frasco de mercomina reseco y unas pastillas sin identificar, un sobre lleno de papeles amarillentos, y un chupete viejo y descolorido.

– ¿Qué pasa mamá? ¿Estás llorando?

La maleta contenía todo su pasado. Estaba tan escondida como hubiera querido que estivieran sus recuerdos. Hasta el momento en que a su hija le cayó encima .Y al abrirla abrió la caja de los truenos. Una caja que, una vez abierta, fue imposible cerrar.

“Es cierto que nací en un pueblo pequeño de un país a muchos kilómetros de aquí. Y cierto es también mi nombre de pila, casi lo único cierto de la historia que inventé para ocultar la realidad.

“Llegué aquí sola, después de dar muchas vueltas por lugares que no conocía y cuyo nombre nunca llegaré a saber. Me captaron en mi país, con la promesa de un trabajo que nunca llegó. Iba a ser secretaria, o recepcionista, o algo así. Qué más daba. La necesidad de salir de allí y el hambre que pasaba mi familia hicieron que me agarrara a aquella oferta como a un clavo ardiendo. Me creí a pies juntillas todo lo que me dijeron, y me embarqué en un vuelo sin retorno hacia el infierno”

Su hija conoció en ese momento todo lo que había pasado su madre. De club de alterne en club de alterne, de mano en mano. Violada, humilllada, amenazada. Y finalmente, anulada hasta el punto en que todo le daba igual. Hasta el momento en que todo cambió.

Se había quedado embarazada. Era su segundo embarazo, el tercero si tenía en cuenta aquel que no llegó a fraguarse. En el primero parió a un niño que le robaron nada más nacer y al que nunca había vuelto a ver. Por eso, la primera patada que sintió en  su tripa fue el revulsivo que necesitaba. Por primera vez en mucho tiempo, deseó vivir.

Escapó, jugándose la vida de ella y la del bebé que llevaba en las entrañas. O mejor dicho, jugándose la muerte, porque aquello no era vida. Y ganaron la partida.

– Por eso me llamaste Libertad

Le contó como fue su huida, la colaboración con la policia, la ayuda de algunas personas buenas, el cambio de ciudad y de vida. Y también le contó que, pese a todo, su pasado venía a visitarla en sueños, sin faltar una sola noche.

La niña cerró la maleta mientras su madre la miraba con lágrimas en los ojos. De un puntapié, la lanzó por la ventana, tan lejos como pudo. Esta vez la patada de su hija arrumbó para siempre el pasado.

 

Recuerdos: togas con memoria


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Los recuerdos, sean de un época cercana o más lejanos, configuran nuestra vida y moldean nuestro carácter. No seríamos de la manera que cada cual somos sin nuestros recuerdos, y eso es algo de lo que cine y el teatro echan mano continuamente. Ya Hitchcock titulaba a una de sus películas Recuerda, y la emblemática Rebeca empezaba diciendo aquello de “Anoche soñé que volvía a Manderley”. El mundo del cine está lleno de títulos con Algo para recordar, y el miedo a no ser recordado es algo no solo propio del ser humano sino que incluso trasciende más allá de la muerte, como ocurría en Coco, cuyo tema muestra repetía Recuérdame una y otra vez.

Los recuerdos también tienen su hueco en Toguilandia, como en cualquier otro ámbito. Y cuanto más tiempo lleva una, más de ellos se acumulan en la memoria. De hecho, muchas de las cosas que he contado en tatos estrenos de nuestro teatro no hubieran sido posibles sin mis recuerdos de casi 27 años de fiscal, así como sin los de mis compis y su generosidad a la hora de compartirlos.

Distinta de los recuerdos es la memoria, aunque guarda íntima relación con ellos, porque es algo así como el recipiente donde se almacenan los recuerdos. Como no podía ser de otro modo, la memoria tiene algunas aplicaciones jurídicas, como son la ley de la memoria histórica  o la existencia de instituciones como la prescripción o la usucapión, que confieren efectos jurídicos al paso del tiempo. Otras manifestaciones vendrían dadas por el llamado derecho al olvido, algo así como la contrapartida de la memoria en la vía digital. Pero hoy, más que de Derecho, quería hablar de hechos, aunque a veces hecho y derecho no resulten fáciles de separar.

Los recuerdos, propios y ajenos, son muy importantes en nuestro teatro, tanto que pueden marcar a que lado de la línea que separa absolución de condena cae la sentencia. Cualquiera que hay actuado o haya asistido a un juicio habrá visto que gran parte de los interrogatorios comienzan por un “¿recuerda usted qué pasó el día x?”, que sirve de introducción para pedir al declarante que relate los hechos de que conozca. Aunque esa frase a veces es mucho más, lo aseguro, y sirve como un comodín -no sé si el de la llamada o el del público, pero tanto da- para esos casos en que por alguna razón -el compañero no te dejó nota al respecto, por ejemplo- no tienes ni repajolera de quién es ese testigo y de qué narices va a hablar. Suele funcionar, aunque se pasa más de un mal rato. Y en ocasiones da lugar a situaciones pintorescas, como en algún caso en que simplemente se habían confundido en la citación y el testigo no es testigo de nada. En uno de esos casos, me contaba una compañera de  una testigo que, preguntada si había visto la agresión de un hombre a una mujer en la calle, dijo que ella a esos señores no les conocía de nada, pero que su señor esposo sí que le pegaba a ella, dejando ojipláticos a los presentes y motivando que se tuviera que deducir testimonio e investigar a  su referido señor esposo. Ignoro cómo acabaría aquello, pero me encantaría saberlo para comprobar si es cierto eso de que la verdad siempre acaba saliendo o, en términos cinematográficos, que el criminal nunca gana.

Tal vez de lo que más  recuerdos atesoro es de cómo eran las cosas cuando llegué a Toguilandia, en relación a cómo son ahora. Incluso me puedo retrotraer un poco antes, ya que mi condición de hija de abogado hizo que estuviera familiarizada con los expedientes, al menos en lo que a forma se trata. Y ahí, aunque creamos que estamos retrasados -que lo estamos- hemos avanzado un mundo.

En el despacho de mi padre, trabajaban con máquina de escribir -una Olivetti que escribía con letra inclinada que aún conservo-, papel cebolla y papel de calco. Para quien no lo sepa -conocer la existencia del papel de calco es inversamente proporcional al número de canas en la cabeza, si es que se conserva pelo-, eran unas hojas de papel negro que machaban todo lo que tocaban -también se llamaba papel carbón- y se utilizaban para hacer copias de lo que se escribía. Ni corta y pega , ni fotocopia, ni posibilidad de borrar lo escrito, como no fuera con pegote de típex, ni nada parecido. Y había que dar a las teclas con energía porque en caso contrario no se marcaban las letras en las copias que, ignoro por qué razón, se hacían en papel cebolla, un papel finísimo y transparente que se rompía a la mínima. Con el tiempo, pasaron a sustituir esa máquina por una eléctrica, que por aquel entonces era la envidia de mis compañeros de facultad porque tenía una función de borrado de lo más moderno para entonces, tecleando retroceso y poniendo el pegote de típex de forma automática. Tecnología punta, oiga, que me dejaba los apuntes niquelados. Solo diré que cuando llegué a mi primer destino, aunque los despachos ya habían pasado a la era de la informática, me encontré con una Olivetti igual que la desahuciada del despacho de mi padre, y que tuvieron que pasar varios años para que viéramos un ordenador por los juzgados. Eso sí, en casa ya teníamos, costeados, por supuesto, con nuestro dinero.

Pero la tecnología no solo afectaba al modo de hacer los escritos y sus copias, también a algo fundamental: las búsquedas de leyes y jurisprudencia. Hasta no hace tanto tiempo eran manuales, y había que estar pendiente del BOE y pasar con infinita paciencia todas aquellas hojas tipo sábana hasta dar con lo que buscábamos – o no- . La jurisprudencia, por su parte, se buscaba en unos tomos enormes de Aranzadi, clasificados por años y editados en un papel semejante al de las biblias de mi colegio de monjas -o al famoso papel cebolla- que tenía un índice con palabras clave. Lo recuerdo bien porque mi primer trabajo en la facultad versaba sobre las sentencias sobre delito de aborto del año 1958 y, aunque me gané una matrícula de honor, perdí unas cuantas dioptrías en el intento.

Hay que aclarar que por aquel entonces ni las sentencias ni los escritos eran tan largos como ahora, y las citas de jurisprudencia se limitaban al párrafo adecuado al caso, no a toda la sentencia citada ni a la retahíla a que ésta a su vez redirige en un bucle eterno. Es obvio que, al tener que teclear -o escribir a mano para que otro teclee- palabra por palabra, la selección tenía que ser mucho más cuidadosa. Hoy en día los adelantos tecnológicos -el cortaypega fundamentalmente- tienen el riesgo de privarnos de gran parte de la creación intelectual al caso concreto en pro de una sucesión de citas. Y. como sabemos, ni tanto ni tal calvo. En el punto medio está la virtud por más que cueste encontrarlo.

Supongo que si el día de mañana alguien se encontrar mi despacho tal como está hoy, también alucinaría con la profusión de pósits -siguen siendo indispensables para mí- y de expedientes en papel con fotocopias repetidas del mismo documento una y otra vez. Aunque el verdadero problema es que con los medios de los que se dispone en algunos sitios, o con esos programas informáticos que dan más trabajo del que quitan, mucha gente alucina ya, sin necesidad de viajar al futuro. Porque la Justicia sigue siendo la hermanita pobre de la Administración.

Y esto es todo por hoy. Dejo ya el modo Abuela Cebolleta contando batallitas para volver a la realidad y dar el aplauso de hoy, que va destinado, por supuesto, a quienes han sabido y saben adaptarse a los tiempos. Porque ni cualquier tiempo pasado fue mejor ni siempre en el futuro está la respuesta.

 

 

Caratrista: mi nueva criatura


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Ya casi se ha convertido en una tradición que cada libro nuevo nuevo tenga un estreno nuevo en este escenario que compartimos. Así que, como La familia crece, como se titulaba la serie de televisión, vamos a celebrar que ya somos La familia y uno más. Podría traer a colación otros títulos de series o pelis como Con 8 basta o Doce fuera de casa, pero a estas alturas, no me quiero poner límites numéricos. Prefiero, como en Toy Story, ir hasta el infinito y mas allá.

El día 29 de abril de 2019 hemos bautizado a mi nueva criaturita, Caratrista. Una criaturita adorable -el adjetivo se lo tomo prestado a una amiga que así la llama-. Ya sé que igual queda feo  decir algo tan bonito de mi propio libro, pero esto es como pasa con las hijas e hijos: son lo mejor del mundo mundial. Y si no, que se lo digan a la famosilla que ha hecho historia en el mundo de las frases antológicas con su “yo, por mi hija,maaaaato”. Aunque no se comiera el pollo, por cierto.

Pero vamos a lo que vamos. Caratrista se estrenaba en la Feria del libro de Valencia en un día muy especial para su orgullosa mamá. El día de uno de los patrones de Valencia y a su vez el día internacional de la Danza. Como si me lo hubieran buscado a propósito, a mí, valenciana hasta la médula y amante del ballet hasta esa misma médula. Y claro, no podía pasar otra cosa que salir todo fantástico.

Como dije en la presentación, Caratrista es la historia de dos niñas que se enfrentan a temas de adulto, la violencia de género, acompañado por alguna otra cosa más propia de su entrono, como el acoso escolar. Y juro no hacer más spoiler sobre el tema. Solo dejaros con el come come para que queráis leerla.

La gestación de Caratrista fue curiosa. El claro ejemplo de que las redes sociales pueden aportar cosas muy buenas, En este caso me regalo a @madebycarol2, mi ilustradora de cabecera, que ha iluminado varios de los estrenos de este blog. Pues bien , tras conocernos a través de las redes y preguntarnos cómo no nos habíamos conocido antes, empezamos a pergeñar la primera idea de lo que sería Caratrista. Un libro sobre Violencia de género destinado a infancia y adolescencia que ella ilustraría y al que yo pondría texto. Era tan nuestro, que dimos a las protagonistas el nombre de nuestras propias hijas.

La idea estaba a punto. Solo nos faltaba encontrar un lugar donde dar a luz a la criatura. Y lo encontramos enseguida. Como quiera que yo soy tenaz -que no pesada- hasta decir basta, fui contando mi idea a todo el mundo hasta que mi buena amiga Marisa la recogió al vuelo y me guió al sitio adecuado. Me dirigió a Manolo y la editorial Vincle, que acogieron la idea de Caratrista enseguida. Eso sí, tenía que ser en valenciano, lo cual no solo era un inconveniente sino un placer para mí -aunque seguro que podréis entenderla, confío en que tenga tanto éxito que haya en el futuro una edición en castellano-

La novela casi se escribió sola. Y cada vez que veía las ilustraciones, todavía corría más. Las aventuras y desventuras de Lucía y Carla tratan de entretener pero también de ayudar a los más jóvenes a detectar las situaciones de machismo y violencia de género y poder reaccionar contra ellas. No olvidemos que en la educación en igualdad está la clave para un futuro sin violencia de género. Y Caratrista es la apuesta de muchas personas para conseguirlo o, al menos, intentarlo.

En la presentación me acompañaron, además de todas esas personas que tienen que ver con ella, la fiscal Superior, Teresa Gisbert, y la Presidenta del Consell Escolar, Encarna Cuenca, que fueron las mejores madrinas imaginables. Con nosotras estaban mi familia -la de carne y hueso, claro está-, y muchísimos amigos y amigas, tanto en presencia física como en la espiritual, que también cuenta, y mucho.

Caratrista ya ha empezado a volar. Si quieres verla, puedes acudir aquí o a las librerías que lo tengan a bien -oye, y si no, insistimos-. No quiero chantajear a nadie,pero no me gustaría dejarla sola.

Así que hoy el aplauso es para todas las personas que apoyan mis locuras, ahora que ya tengo carnet de familia numerosa en criaturas de papel. Mil gracias.

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Escena: nada es casual


Preparativos en la Audiencia para el juicio de Carrasco /

En cualquier espectáculo la puesta en escena es algo fundamental. De poco sirve un guión fantástico ni unos intérpretes maravillosos si los decorados, el escenario, la ambientación, el vestuario y todo lo que concierne al entorno donde se desarrolla la función no están cuidados. De no ser así, nos podemos encontrar que lo que aspiraba a ser un inolvidable Moulin Rouge,  se quede en Qué ruina de función.

En nuestro teatro la puesta en escena es importante. En pocos entornos profesionales se da tanta trascendencia a las formas como en el nuestro, hasta el punto de resultar según algunas opiniones excesivas. O, cuando menos, necesitadas de una buena capa de chapa y pintura. Pero, como digo, es cuestión de opiniones, que para gustos hay colores y hay quien entiende que esa pompa es necesaria para dar a la Justicia una imagen de solemnidad.

En cualquier caso, el modo en que nos situamos y realizamos nuestras intervenciones, sobre todo en los juicios, no  responde al capricho ni a la casualidad. Está todo previsto -sea por norma, sea por costumbre- desde la noche de los tiempos. Y tiene todo una razón de ser, aunque tal vez con el paso de los años han desaparecido los motivos de fondo y se han quedado solo las formas como si de la cáscara de un huevo sin yema se tratase

De la toga  y su puñetas  ya hemos hablado más de una vez. La toga es algo así como nuestro uniforme de trabajo, pero no del mismo modo que ocurre en otras profesiones. Así como las batas en sanidad, los monos de mecánico o los delantales en la cocina tienen por objeto una mayor comodidad en el desempeño de las funciones y preservar la ropa de calle de manchas y salpicaduras, nuestra toga ni es cómoda ni sirve para evitar estropearnos la ropa, sino que solo se usa en determinados actos y se hace para dar solemnidad. Y además, no es exclusiva de juristas: en el ámbito de la universidad también la usan en actos solemnes, sea cual sea la carrera de que se trate. Y aunque tienda a creerse lo contrario, ni todos los jueces y juezas llevan puñetas -solo lo hacen cuando ascienden a magistrado- ni son exclusivas de la judicatura -fiscales, Lajs y algunos Letrados también las llevamos-

La cuestión es que los juicios son el acto fundamental en nuestro teatro. Es el clímax de la función, el minuto de oro en términos televisivos. Porque en el proceso, sobre todo el penal, la ley da toda la importancia al momento del juicio y a las pruebas que se desarrollan en el mismo. Las que se puedan, claro está, que no es plan de hacer la autopsia en ese momento delante de todo el mundo , y en esos casos lo que se hace es traer al forense para que la cuente.

Cuando llegamos a la sala, los puestos están ya predeterminados. Aunque no siempre se cumple, la disposición legal es la del juez o tribunal presidiendo, el Ministerio Fiscal a su izquierda, y las acusaciones, de haberlas, junto al fiscal y las defensas -que siempre las hay- enfrente, al otro lado de la mesa del tribunal. Nótese que digo que hablo del Fiscal “y las acusaciones” y no “el resto de acusaciones” porque, pese a lo que mucha gente piensa, el Ministerio Fiscal no necesariamente acusa y puede hasta pedir una absolución, aunque no sea lo más frecuente.

Hay una excepción a esta disposición, que es cuando quien actúa como fiscal sea fiscal jefe -o jefa, aunque de cuando data la norma no se planteaban que tal cosa fuera posible- en cuyo caso se situarán a la derecha. Pero todo esto, que pude estar muy bien aunque resulte un poco rígido, choca con el mundo real. En toda mi vida profesional no he visto que se cambie el sitio de costumbre del Ministerio Fiscal en esa sala en virtud de la categoría profesional de quien representa la institución. Hay en Juzgados donde nos ponemos a la derecha, y juzgados donde nos ponemos a la izquierda, sin más explicación que “siempre lo hacemos así”. Recuerdo sobre esto lo que decía Antonio del Moral sobre la costumbre como fuente del derecho aunque sea contra legem, de la que ya hablé en el estreno dedicado a las fuentes Y, además, no olvidemos que la logística importa. Y que si los muebles se han puesto de una manera, así se van a quedar venga quien venga a juicio. Si la silla del Fiscal -que ha de ser igual a la del juez, aunque no siempre es así- está a un lado, ahí estará per secula seculorum, venga el jefe o el último del escalafón.

Justo en paralelo y enfrente del tribunal, se sitúa el banquillo de los acusados, donde éstos permanecen durante el juicio. Los y las testigos, sin embargo, han de esperar fuera a ser llamados cuando sea su turno. La causa es, obviamente, que no puedan saber lo que dicen los demás para que su declaración se ajuste a su experiencia y no a lo que cuenten el resto y para -¿por qué no decirlo’- podernos dar cuenta si incurren en contradicción respecto de lo que declararon otros. Antes de eso les toman juramento o promesa de decir verdad -cosa que nunca se hace con acusados- y se le advierte que de no hacerlo podría incurrir en delito castigado con penas de prisión, una mención que, por cierto, pone nerviosa a la gente aunque se tratase de la mísmisima Virgen María  -libre de pecado, como me decían en el cole de monjas- E insisto que no hay Biblia sobre la que poner la mano para prestar juramento, que eso es cosa de pelis americanas.

Por último, hablaré de un detallito que a veces resulta un tanto enojoso: el de pedir la venia. Es costumbre inveterada pedir la venia del juez o tribunal cuando se va a tomar la palabra. Esto no significa sumisión ni inferioridad, sino que se trata de un modo de pedir permiso a quien dirige el debate y preside el acto para empezar a hablar. Aunque lo común es usar el consabido “con la venia”, podría sustituirse sin problema por un “con permiso” o incluso por cualquier modo de comunicación no verbal que significara lo mismo. Y se trata, sin duda, de una fórmula de estilo. Aun no he visto -ni creo que vea- a ningún miembro de la judicatura negando la venia para hablar a un profesional llegado su turno. Aunque estoy segura que más de una vez han tenido ganas de hacerlo. Mejor no dar ideas…

Por esta razón es por la que no se ha de pedir la venia en otras actuaciones judiciales como declaraciones, aunque mucha gente lo haga. No es una acto solemne, no se lleva toga ni se emplean fórmulas solemnes. Y menos aún si se tratara de funciones no jurisdiccionales, como el Registro Civil o la Junta electoral, por poner un par de ejemplos

Así que con esto me despido hoy, cerrando el telón de este estreno para dar el aplauso a quienes saben encontrar el equilibrio entre la solemnidad de las formas y la flexibilidad del fondo. Un difícil ejercicio

 

Pedagogía: haciendo escuela


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La escuela es otro de los escenarios más frecuentes en películas, teatro y series de televisión. De hecho, ha habido aluvión de series de todas las nacionalidades acerca de las aventuras y desventuras de sus protagonistas en el colegio o instituto, Al salir de clase, Segunda enseñanza, Compañeros, Rebelde, Rebelde Way, Sensación de vivir , Lizzy McGuire o Merlí son muchos de los títulos de series de adolescentes centradas en sus peripecias en el centro de enseñanza, por más que, en algunas de ellas, apenas aparezca una sola clase y menos todavía una lección. Por supuesto también en cine han encontrado su filón, y películas como Grease o High School Musical, han marcado generaciones enteras.

En nuestro teatro no hay escuela una vez nos hemos puesto la toga, aunque sí haya mucho que aprender. La facultad , la preparación de la oposición  y las prácticas se supone que nos dan la formación adecuada para meternos de cabeza en Toguilandia, si bien aderezada con algunos cursos  de vez en cuando. El resto, corre por nuestra cuenta y depende de nuestro tiempo y nuestras ganas, que no siempre pueden ir a la par.

Pero más que de lo que aprendamos, que también, hoy quería dedicar este estreno a lo que podemos enseñar. Es más, a mi juicio, debería decir a lo que debemos enseñar, aunque sé que no todo el mundo coincide con esta idea mía de que Toguilandia debería ser más accesible. Sigamos con la función y veamos si al final he logrado convencer a alguien más.

La verdad es que cuando yo aterricé en este mundo todo me parecía muy lejano, a pesar de que no era la primera  jurista en mi familia. Pero ese universo de cortinajes de terciopelo, pesados muebles, jerga incomprensible y frases en latín ya me resultaba extraña. Eso sí, tenía la pompa de lo desconocido, de lo inaccesible a los simples mortales. Pero eso mismo parecía ser su gran defecto. No tardé mucho en atreverme a decir en voz alta que aquello me parecía viejuno, aunque es verdad que tardé un poco más en escribirlo, en cuanto mi toga y mis tacones me dieron pie a ello.

Ahora, como ya me he soltado la melena, trato de dedicarme a hacer pedagogía o, cuanto menos, a desmontar algunos mitos que que mucha gente se forma en relación con la Justicia. Aunque es una medalla que no quiero ponerme si no es compartida con todos los compañeros y compañeras juristas que desde sus blogs o sus cuentas de redes sociales se empeñan en hacer más comprensible este mundo nuestro. Como digo siempre ,la Justicia pertenece al pueblo y se administra en su nombre, según la propia Constitución, así que ¿cómo vamos a administrar en su nombre algo que no entiende? Por eso creo que es tan necesario hacerse comprender, como ya dije en otros estrenos.

A la chita callando, hemos ido consiguiendo que la gente sepa que la Justicia en España no es como la que ven en las películas y series, en su mayoría anglosajonas. Así que hay quien por fin ha descubierto que no llevamos peluca, que no usamos mazo sino campanilla -o deberíamos- y que no nos levantamos al entrar en sala el juez al grito de “ en pie, preside el ilustre juez x”.  También creo que ha quedado claro a estas alturas que los testigos no ponen la mano en la Biblia, ni sobre el pecho, que no juran decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad y que el investigado, precisamente porque no jura nada, no puede cometer delito de perjurio -que como tal no existe en nuestro país- Y, otra cosa muy importante, que en las bodas no se dice eso de que quien tenga algo que decir que hable ahora o que calle para siempre, aunque sea muy chulo y haya dado lugar a escenas gloriosas de la historia del cine, como el grito de “Elaaaaaaaine” de “El graduado”.

Pero tal vez de las cosas que más nos hemos esforzado en explicar es en que consiste la figura del Ministerio  Fiscal  y qué papel desempeñamos. Después de todo lo que hemos contado otros compis y yo, espero de todo corazón que nadie nos venga a decirnos eso de que recibimos órdenes del Gobierno para cualquier cosa o, la herejía más terrible, que estamos a las órdenes de los jueces. Si quieres ganar la enemistad de un fiscal hasta el fin de tus días, dí algo así y no te lo perdonará. Y diría que doy fe de ello si no fuera porque no usurparé el papel de otros de los grandes desconocidos, los LAJs -Letrados y Letras de la Administración de Justicia, antiguos Secretarios judiciales– a cuya función también se ha dedicado más de un estreno.

Hacer pedagogía no es quitar seriedad a la Justicia, ni rebajar su nivel. Por el contrario, creo que la engrandece, al ponerla al alcance de todas las personas a quienes va destinada. Solo si conocen nuestro trabajo pueden valorarlo. Y solo lo conocerán si somos capaces de mostrarlo.

Y como de muestra vale un botón, recurriré a algo que me pasó ayer mismo. Estaba en la guardia, compartiendo instalaciones con mis compañeros de Fiscalía de Menores. La fiscal de Menores le decía al funcionaría que “tendrían que hacer una muñeca”, lo cual dejó estupefacta a una señora que andaba por allí denunciando el delito del que había sido víctima a manos de ese presunto menor. Imagino, por su cara de sorpresa, que la señora estaría preguntándose si los fiscales no teníamos otra cosa que hacer que andar fabricando muñequitas. Menos mal que la compañera se apercibió y le explicó de inmediato que se trataba de la radiografía de muñeca para determinar si el ínclito era mayor o menor de edad. Pedagogía instantánea que, de no haberse hecho, hubiera dejado a la mujer con la duda eterna.

Algo parecido viví hace mucho tiempo con la referencia a un levantamiento de cadáver. La madre del fallecido, con la mejor intención, nos dijo que iba a ser imposible que lo levantáramos, porque su hijo estaba muy gordo. Obviamente, echamos mano de la pedagogía instantánea para explicarle que lo de “levantar” no es literal, sino el momento a partir del cual se mueve el cadáver de donde se encuentre y se empiezan las gestiones para la investigación y por supuesto, para las exequias.

Así que hoy el aplauso no podía ser otro que para quienes desde sus despachos, desde sus cuentas de redes sociales, o desde los medios de comunicación, acercan la Justicia a la ciudadanía. Porque una justicia que no se entienda siempre parecerá menos justa.

 

Juicio a Jesús: la primera crónica de tribunales de la Historia


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Hace unos años presencié la representación del juicio de Jesús que hacen en Benetússer, un pueblo cercano a Valencia. Algo que me atrevo a recomendar con entusiasmo, sean cuales les sean las creencias de cada uno o la ausencia de ellas.

Como quiera que la deformación profesional es lo que tiene, lo primero que me vino a la cabeza fue pensar que quienes describieron este momento, estaban realizando, sin saberlo, la primera crónica de tribunales de la historia. Y, probablemente, la más leída. Todos unos precursores, vaya.

Y, como no tengo remedio, me vine arriba y empecé a ver el juicio con esos ojos de fiscal que, lo quiera o no, me acompañan allá donde voy. Y decidí escribir algo sobre ese juicio. Por supuesto, desde el respeto que me merecen todas las creencias. Pero pensé que ese primer juicio retransmitido bien merecía algunas reflexiones, así que allá voy.

Lo primero que me llama la atención es la detención del pobre Jesucristo, allá en el huerto de Los Olivos. Un supuesto clarísimo de detención ilegal, que daría lugar a un procedimiento de habeas corpus en toda regla. Que tal vez habría cambiado el curso de la historia, sin duda. Porque si la Virgen, o María Magdalena, hubieran sabido que podían acudir a rebatir la legalidad de la detención, otro gallo nos cantara. Y no precisamente ese que le recordó a Pedro que era un cobarde.

¿Y qué pasa con la figura de Judas? ¿Un confidente? ¿Un testigo protegido? ¿Un denunciante anónimo? ¿Cabría haber procedido contra él por acusación y denuncia falsa? Algo que nunca sabremos porque, además de que desconocemos el catálogo de delitos de la época, su suicidio nos lo habría impedido. A no ser, claro está, que en el derecho Penal de entonces no rigiera el principio de personalidad de la pena, que nunca se sabe.

Pero, una vez superado el primer escollo, nos encontramos con un grave conflicto de jurisdicción, y también de competencia. Tan grave, que eso de andar de Herodes a Pilatos es un dicho que ha llegado hasta nuestros días y que describe como pocas cosas esos viajes de ida y vuelta que dan muchos expedientes actuales, en busca del juez que se declare competente, o no. Pensemos en lo que ocurre con asuntos donde hay aforados, sin ir más lejos.

Pero claro, el concepto de entonces del auto de inhibición era bastante diferente. Por lo que sabemos, consistía en ir con el presunto imputado – ¿se llamaría, quizás, investigado o encausado?- a cuestas, a ver que autoridad le pone el cascabel al gato. Y unos y otros tratando de escaquearse.

Otra de las cuestiones sería la del conflicto de jurisdicción, de un tribunal religioso o civil. Pero esa ya la trataron de solucionar los miembros del Sanedrín, muy listos ellos, insistiendo en que eso de “rey de los judíos” atacan a la autoridad de Roma. ¿Rebelión? ¿Sedición? Nunca llegaremos a saberlo.

Y luego está el tema del indulto. En eso, me temo, que estamos igual que entonces. Porque apelar a una tradición para saltarse una decisión judicial es exactamente lo que ocurre en pleno siglo XXI, hay que reconocerlo. Por eso todos sabemos quién era Barrabás. Y lo que es una barrabasada, claro.

Incluso podríamos, forzando un poco el tema, ver el primer precedente de un jurado popular. Poncio Pilatos declina su competencia en manos del pueblo, que es a quien finalmente le endosa la decisión, con el resultado que todos sabemos. Aunque la sentencia tuvo que ponerla él. Como hace ahora el Magistrado Presidente del tribunal del Jurado, ni más ni menos.

Y eso sí, aunque pudiéramos ponernos tan anchos pensando que la pena impuesta, la de muerte, no sería posible ahora, no hay que echar las campanas al vuelo. No, desde luego, en nuestro país, pero si echamos un vistazo al globo terráqueo, vemos en cuántos lugares sí se aplica, aunque muchas veces cerremos los ojos ante ello. Y también si buceamos en nuestra historia reciente. Y por delitos políticos, como ése del que acusaban a Jesús.

Así que, al final, un juicio sin garantías, nada de división de poderes –Montesquieu aún tardaría muchos años en nacer-, tratos inhumanos o degradantes al reo, pena de muerte… Un catálogo suficiente para actuar desde otros sitios, si es que la reforma de la justicia universal no nos hubiera cortado las alas al respecto.

Pero, bien mirado, quizás hoy nada de eso hubiera llegado a ocurrir. Porque, posiblemente, a alguien que solo predicaba públicamente la paz y el amor le hubieran tomado por loco. Y, como hizo Herodes, le habrían colocado la vestimenta destinada a señalar a los orates, aunque hoy no se trate de una señal externa tan evidente. Y, si las cosas siguen por el camino que van, nunca hubiera podido dar ninguno de sus sermones. Le hubieran detenido antes por manifestarse ilegalmente.

Por eso hoy el aplauso es una invitación a reflexionar. Para quienes se consideran creyentes, y para los que no. Y también para los que ni siquiera saben si creen, y en qué. Ahí lo dejo.

NOTA DE LA AUTORA: la primera versión de este post se publicó en su día en Confilegal- La ilustración, sin embargo, es nueva, cedida por @madebycarol2, para la que pido una ovación extra

Consentimiento: el quid de la cuestión


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El consentimiento es el límite que establece que un mismo hecho sea correcto o reprochable, impune o delictivo. El consentimiento protagoniza multitud de películas porque, entre otras, es el nudo gordiano de la mayoría de comedias románticas y de enredo. Entre el “me quiere, no me quiere” de Deshojar la margarita hasta el “no quiero” de Novia a la fuga, hay un montón de situaciones. Y el cine sabe sacarles partido. Hay títulos que dan fe de la existencia de cosas que pasan Sin consentimiento, como Niñera a la fuerza, Familia a la fuerza, Equipo a la fuerza y varias posibilidades más, incluido un consejo, Nunca digas nunca jamás.

En nuestro teatro el consentimiento ocupa un papel estelar. Sin duda alguna, estemos en la jurisdicción que estemos, la ausencia o presencia de consentimiento es en gran parte el quid de la cuestión de muchos pleitos porque lo es de muchas figuras jurídicas. Es, sin ir más lejos, como estudiamos desde los primeros cursos de la carrera, uno de los elementos esenciales del contrato,  cuya ausencia puede dar lugar a la nulidad del negocio jurídico en cuestión. Nada más y nada menos.

No obstante, no pretendo hacer un tratado sobre el consentimiento y sus implicaciones jurídicas. Más bien, llamar la atención sobre su importancia. Pensemos en el matrimonio, sin ir más lejos. Si el consentimiento no existe o está viciado, o se ha obtenido mediante error, nos encontramos con una clarísima causa de nulidad, incluso de nulidad eclesiástica. Y si, además, se ha obligado a alguien a contraerlo, como ocurre por desgracia en algunos entornos con niñas, estamos ante algo tan grave como los matrimonios forzados, una lacra deleznable contra la que no se puede permanecer impasible.

Uno de los ámbitos donde la ausencia o presencia del consentimiento tiene mayores consecuencias es, sin duda, el del Derecho Penal. Recuerdo que cuando estudiaba la carrera había un tipo penal contemplado en el Código que castigaba al que se mutilara o dejara que otro lo hiciera con el fin de eximirse del servicio militar. Al margen de lo raro que resulta ahora leer cosas como esas, no hay que perder de vista de que se trataba de un supuesto extraordinario, la excepción de la excepción: las lesiones son delito con la excepción de que haya consentimiento, y éstas con la excepción de que se hubiera dado para librarse de la mili. Habría que ver cuántas cosas pasaban en aquel servicio para que alguien fuera capaz de mutilarse para escaquearse, pero eso de las Historias de la puta mili es harina de otro costal.

Al hilo de esto, la regulación del consentimiento en las lesiones es esencial para que determinadas conductas queden fuera de dudas y exentas de la consideración de delito, como podría ser una operación quirúrgica, especialmente si se trata de cosas tan peliagudas como la cirugía transexual o el trasplante de órganos, que por eso mismo son nombradas expresamente en nuestro Código. Todavía más delicado sería el tema de la esterilización de personas incapaces, pero ese es un asunto con multitud de aristas y no voy a meter mis tacones en un jardín así sin haberlo explorado con mucho más detenimiento.

Pero tal vez el tema más espinoso en cuanto al consentimiento, y más todavía en estos días, es el de la eutanasia o, como se llama en nuestro Código Penal, auxilio e inducción al suicidio. Lo primero que voy a decir respecto de este tema es que le tengo un enorme cariño, porque  gracias a él aquí estamos mis tacones y yo en Toguilandia, ya que fue uno de los que las bolas me repartieron en suerte en el examen  de la oposición. Pero, al margen de ello, o tal vez a su hilo, una reflexión: hace más de veintisiete años de aquel día y nada ha cambiado en el Código. Ya entonces era una regulación controvertida que reclamaba una revisión, y seguimos igual. Y parece que poca gente se lo plantea hasta que la actualidad, con casos tan terribles como el de Ramón Sampedro inmortalizado en el filme Mar adentro o el más actual de Angel y Maria José nos espolean la conciencia. O quizás, la falta de ella, por mirar hacia otro lado hasta que la realidad nos estalla ante las narices.

En cualquier caso, hay que reconocer que es un tipo penal jurídicamente curioso. Se castiga como autoría una participación en un hecho impune. Y digo impune porque el suicidio no es delito. Ya sé que a estas alturas algún listillo o listilla estará pensando que claro que no, cómo vamos a castigar a un muerto. Pero ahondemos un poco más y pensemos en los casos en que por cualquier razón quien pretendía suicidarse no logra su propósito. No se le castiga por nada, lo cual confirma que el suicidio es impune. Y, si lo es, resulta muy difícil explicar que un acto de participación -sea complicidad o cooperación necesaria- en un acto impune resulte delictivo y castigado, además, con penas considerables. Por si no vemos el contrasentido, ricemos un poco el rizo e imaginemos que el suicida no logra su propósito porque alguien llega a tiempo de que lo lleven al hospital y le hagan un lavado de estómago del veneno que ha tomado con la asistencia de otro. ¿Tendría sentido castigar a quien ha colaborado como actor secundario y no al actor principal? Pues eso

No obstante, el problema de esta actuación va mucho más allá de esas trabas técnicas. Y no es otro que el derecho a una muerte digna, huérfano de regulación adecuada desde la noche de los tiempos. Y eso es algo que nos debemos plantear para que evitar que las leyes vayan por un lado y la realidad por otra, en lugar de servir las unas para regular la otra.

El otro punto álgido en relación con el consentimiento, vendría dado por los delitos contra la libertad sexual. Como sabemos, la existencia de consentimiento o no, o el modo en que se haya obtenido este, son tan importantes que llegan a determinar el tipo delictivo -violación/agresión sexual o abuso sexual- y por supuesto, la pena asignada al mismo. Sucesos como el de La Manada han puesto de manifiesto lo importante que es la interpretación del concepto de intimidación para ello. Pero, como todavía no tenemos una sentencia definitiva, esperaremos a entonces para hacer la secuela de este estreno.

De todos modos, no quiero cerrar el telón de esta función sin escarbar en la memoria en busca de alguna anécdota sobre el consentimiento, que las hay. Tal vez las mejores vienen de hechos relacionados con los menores, que, por ejemplo, dicen que conducen el coche que le han birlado a su padre “porque él me deja “. También son frecuentes quienes, en su afán de culpar al prójimo, nos repiten en la declaración ante el juez lo de “yo no quería coger eso, pero él me obligaba”, por más que veas que a ese individuo tan resuelto y con la envergadura de un armario ropero de doble puerta seguro que nadie le puede obligar a nada. Y menos aún cuando compruebas que su lista de antecedentes es más larga que el listín telefónico. Aunque el mejor era aquel tipo que nos decía en su declaración que dejar una moto tan bonita y brillante aparcada sin candado era como pedirle que la cogiera, y, claro, no pudo resistirse.

Así que, con el consentimiento del público, ahí va el aplauso. Dedicado a quienes han de devanarse los sesos decidiendo en todos estos casos. Que la suerte os acompañe.

 

Fines de semana: ¿albricias?


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En términos generales, el fin de semana es sinónimo de descansar del trabajo, de ocio y, por tanto, de alegría. No obstante, esto que resulta lo normal para el común de los mortales, es casi lo anormal para lo que ocurre en el mundo del espectáculo. Al igual que ocurre con otras pocas profesiones, como las relacionadas con el ocio y la hostelería, para muchos y muchas artistas el fin de semana es el momento de más trabajo. Es cuando se realizan estrenos, cuando se hacen funciones, y cuando se espera más afluencia de espectadores. Su Fin de semana no es igual que para el resto del mundo, ni les atrapa la Fiebre del Sábado noche.

  En nuestro teatro compartimos algo de esa sensación, aunque también compartamos la sensación de alegría del resto del mundo. Depende del tiempo y del lugar en que nos toque estar en cada momento entre las dependencias de Toguilandia.

Como hemos visto más de una vez, cuando estamos de guardia , no hay fin de semana que valga. En ese caso hay que estar al pie del cañón en una de su variadas modalidades: presenciales o de disponibilidad, semanales o de 24/48 horas. La cuestión es que si te toca el finde, te tienes que despedir de todo posible plan, porque no se pueden hacer. Ni siquiera en el caso de que no te llamaran en todo el fin de semana -para el caso de las guardias de disponibilidad- se puede disfrutar del descanso semanal, porque hay que estar pendiente por si llega La llamada y hay que salir escopetada hacia donde sea.

En este punto, haré una aclaración. La guardia es trabajo, y cansa, aunque no la llamen a una o aunque no haga ni una sola asistencia. Ni que decir tiene que cansa más si se trabaja más, pero en modo alguno se pude decir eso de “si, total, no has hecho nada” porque no es así. Hay que estar preparada, prescindir de cualquier salida que impida llegar a tiempo, tener la logística preparada en caso de necesitar un plan B para hacerse cargo de nuestras propias criaturas y renunciar a unas cuantas cosas. Y si además, la guardia exige presencia física, hay que estar ahí, como su propio nombre indica. Parece mentira, pero nos costó la vida -entendida en términos de reclamaciones y recursos, claro está- conseguir que se nos reconociera algo tan simple como el derecho a librar tras la guardia. Que no es, como algunos piensan, un día extra de vacaciones como premio sino algo lógico: si ayer trabajaste 24 horas, lo normal es que hoy no trabajes ninguna, más aún si el día anterior fue festivo. Pero ha costado, y aún sigue costando, reconocerlo. Ya se sabe, en casa del herrero, cuchara de palo.

Quienes tienen ahí una piedra con la que se tropiezan día tras día son los Letrados y Letradas del turno de oficio. Que ya no es que les reconozcan o no, es que les cuesta lo indecible cobrar por el trabajo realizado, aunque se hayan dejado a su familia empantanada todo el fin de semana para atender detenidos o víctimas. Espero que alguna vez llegue el día en que no tenga que meter siempre esta cuñita publicitaria al respecto, pero mientras siga la situación, seguiré haciéndolo. Porque es de justicia.

Otras cuestión controvertida es la de trabajar o no en casa los fines de semana. Yo reconozco que , desde que ingresé en la carrera, he sufrido y he visto como todo el mundo se llevaba deberes a casa  porque el tiempo en el despacho no le era suficiente. Una cuestión muy  relacionada con la escasez de medios materiales  y personales y la necesidad de crear nuevos órganos, pero que a día de hoy sigue existiendo. Creo que no es deseable que nos llevemos a casa sentencias o calificaciones por poner, o juicios por estudiar, pero no queda otro remedio, mientras las cosas sigan siendo como son -o, como diríamos en plan pedante: rebus sic stantibus-. Ojala llegara el día en que nuestro horario de trabajo fuera únicamente el que desarrollamos entre las paredes de los juzgados, pero al ritmo que vamos ese día está lejos todavía. Y no reconocerlo es cerrar los ojos a la realidad.

De todos modos, no creamos que eso de los fines de semana de trabajo es cosa nuestra. Al otro lado del banquillo también se emplean a fondo, y, a veces, demasiado a fondo. Para los amigos de lo ajeno, fines de semana y festivos son campo abonado para realizar sus fechorías, y ponerse las botas sustrayendo carteras o tomando prestados efectos en tiendas o centros comerciales. Y por más que les digamos que descansen el fin de semana, que no tenemos ninguna necesidad de verlos en el Juzgado de guardia, los delincuentes profesionales hacen oídos sordos a nuestros ruegos y no se apiadan de nuestras pobres togas ni de quienes estamos dentro de ellas.

En cualquier caso, que llegue el fin de semana siempre es motivo de alegría para todo el mundo salvo, quizás, para esa especie rara constituida por los opositores  a quines les da igual el día que sea, ya que la semana se mide como la distancia que hay entre los días de ir a cantar al preparador. Un abrazo muy fuerte. Ya sabéis que os esperamos al otro lado

Así que hoy, el aplauso, será para quienes disfrutan del fin de semana. Y, sobre todo, para quienes no lo disfrutan para que el resto de personas podamos hacerlo

 

Semanas: día a día


 

IMG-20190409-WA0003Hace poco, oí a una persona decir que la unidad de tiempo había pasado a ser la semana. Y algo de razón tenía. Ya no contamos los ciclos en meses y menos aún en años, una semana es un ciclo completo, desde las mejores sensaciones del fin de semana hasta la pesadumbre de ascender la cuesta cada lunes. Y viceversa. El día de la semana determina en muchos casos nuestra vida y nuestra actividad, y el cine da buena muestra de ello. Encontramos títulos para cada día de la semana: Los lunes al sol, Si hoy es martes esto es Bélgica, Los miércoles no existen, Jueves, Gracias a Dios es viernes, Fiebre del sábado noche, La enfermedad del domingo. Y no olvidemos que hace unos cuantos años, los Payasos de la Tele nos obsequiaban con una canción llamada así, Los días de la semana, en que una pobre niña no podía jugar porque tenía que planchar, que barrer, que lavar, y no sé cuántas cosas más. Menos mal que las niñas de entonces no hicimos mucho caso y aquí estoy, con mi toga y mis tacones en vez de estar todo el día lavando, cosiendo, y barriendo.

También en Toguilandia determinan la vida los días de la semana. Y como quiera que  somos seres humanos, nos sentimos bien cuando llega el finde y se puede descansar, y nos cuesta la vida empezar las semanas. Porque, aunque un trabajo pueda gustar, disfrutar de otras cosas gusta cada día más, mientras sea en su justa medida.

En cualquier caso, hay que hacer una puntualización. En nuestro teatro hay muchas veces en que los días de la semana se difuminan hasta desaparecer. Es exactamente lo que ocurre en el Juzgado de guardia  y lo que nos pasa a quienes estamos de guardia  el fin de semana, porque en ese caso no hay descanso posible. Se trabaja sábados, domingos y festivos para que el resto del mundo pueda gozar de su descanso en paz.

Pero en este estreno quería centrarme en los que llamamos entresemana, que del finde ya hablaremos en otra función -atención, primicia al canto- en próximos días.

Los lunes son para la mayor parte de la gente, el peor día de la semana. O, al menos, de la gente que podemos considerar normal, que nunca se sabe. Los lunes son días de vuelta al cole después del fin de semana, o de su correlativo, la vuelta al trabajo. Con ese añadido que son los domingos por la tarde en que más de una vez me asalta la misma sensación que de niña. Dios mío, en nada es lunes y no he hecho los deberes. Y no solo eso, tampoco he hecho aquellas cosas pendientes que tenía que hacer y que me repetí a mí misma que haría estos dos días. Y sigue ocurriendo, aunque siempre nos demos el atracón jurándonos a nosotras mismas que no nos vuelve a pasar, que a la próxima no nos pilla el tren. Porque lo realmente malo es tener un señalamiento complicado un lunes, de esos que hay que estudiarse en casa sí o sí. Aunque no solo afecta a este lado de estrados. Más de una vez me he encontrado con acusados que llegaban tarde alegando, tan ricamente, que era lunes. Sin ir más lejos, una compañera que lleva Menores me contaba que alguno de sus habituales ha llegado a reñirla por señalar tan pronto un lunes, que tiene sueño y tiene que dormir. Acabáramos, que hay fiscales que no tenemos corazón y no dejamos dormir a la gente.

Los martes ya son un poco menos malos. La semana se ha encauzado como se ha podido y ya hemos arrancado. Suelen tener, eso sí, más señalamientos que los lunes, que me consta que siempre se tiende a ponerlos los días centrales de la semana, por si las moscas. No obstante, hay algo que no olvido, pese al tiempo transcurrido. Los martes eran para mí, cuando era opositora, día de cante. Porque cuando una estudia una oposición la semana se mide de otra manera, en función de los días que se va al preparador a cantar; el fin de semana no es más que un maldito obstáculo de un par de días donde el resto de la gente disfruta y quien oposita hace lo mismo que el resto de la semana, pero de peor humor. O así lo vivía yo.

El miércoles es, pese a lo que diga el refranero, el día central. Y digo eso porque todo el mundo ha escuchado alguna vez lo de “estás siempre en medio, como el jueves”. Y es que, aunque en sentido literal, el jueves es el día central, el miércoles es un okupa que ha acabado adquiriendo ese puesto central de la semana por usucapión. Y contra tábulas, nada menos. Aunque hay que admitir es que algunos de nuestros protagonistas tienen un complejo de miércoles que no se les aguanta. Están en medio de todos los fregaos. Y eso me vale tanto para profesionales como para justiciables, que hay quien tiene una vis atractiva tal para algunos temas que antes de que se sepa quién los lleva, ya hay quien ha montado la porra y la ha ganado.

El jueves el camino hacia el descanso dominical empieza a ponerse cuesta abajo. Salvo que se le compliquen mucho las cosas, una ya va sabiendo que el fin de semana se acerca y todo resulta más fácil. Salvo, por supuesto, plazos  que venzan y todas esas cosas, que no hay que olvidar que lo malo que tienen los días de la semana es que son hábiles  a efectos de cómputos de cualquier tipo

  El viernes, como la semana ya está acabando, todo parece ir bien. Aunque no hay que tomarlo al pie de la letra. Si bien es cierto que el número de señalamientos disminuye, sigue habiéndolos, y no podemos tomar como un derecho el de no tener juicios en viernes. Y no digo esto porque sí, que alguna vez he oído quejas del tipo “ese juez es un…. (rellénese la línea de puntos al gusto), que no tiene más ocurrencia que señalar en viernes”. Pues sí, señoras y señores, a efectos de juicios, los viernes, como Teruel, también existen.

Y ahí queda nuestra particular semana toguitaconada, igualitas unas a otras con la excepción de aquellas en que un puente o un festivo las hacen más atractivas. Algunas, incluso,se convierten en semanas intermitente -trabajo ahora sí, ahora no- o semanas Guadiana, porque las fiestas te hacen aparecer y desaparecer

En cualquier caso, el aplauso esta vez es para ese calendario que va marcando nuestra vida profesional, y al que nunca le dedicamos una palabra amable. Venga, hoy va por ti.