Penas accesorias: las otras penas


                En el mundo del cine y el teatro, más de una vez el actor o actriz secundaria se come al principal. Tanto es así, que en un momento dado dejaron esa denominación de “secundarios” para pasar a ser, sencillamente, actores y actrices “de reparto”, como debe de ser. Porque más de una vez la trama no tendría sentido sin ellos. Kramer contra Kramer no sería lo mismo sin ese primer Oscar, de reparto, de Meryl Streep, al que luego siguieron varios más y tropemil nominaciones. Otra secundaria que ha marcado un hito en nuestro cine fue el obtenido por Penélope Cruz por Vicky Cristina Barcelona o el de Javier Bardem por No es país para viejos. Aunque quizás el más curioso es el que obtuvo Paul Newman, después de tantas nominaciones como actor principal, como actor de reparto por El color del dinero.

                En nuestro teatro es difícil hablar de protagonistas principales y secundarios, protagonistas y de reparto. Todas las personas que intervenimos en nuestro gran teatro de la justicia tenemos un papel esencial sin el cual no habría función.

                Sin embargo, hay en algo donde la secundariedad parece evidente. Se trata de las penas accesorias, esas que acompañan a la principal y que, a diferencia de la pena estrella, la de prisión , en su versión provisional o definitiva, que es privativa de libertad, de lo que privan es de otros derechos distintos. Y aclaro esto porque de la nomenclatura que usamos podría desprenderse una contradicción- Si la pena de prisión es privativa de libertad y las demás son privativas de derechos ¿se entiende que la libertad no es un derecho?. Pues, obviamente, no. Por eso, deberían llamarse penas privativas de otros derechos. Pero ya se sabe que en Toguilandia no siempre hablamos lo claro que deberíamos.

                Según lo que dice el Código Penal cuando habla de las penas accesorias, estas son la de inhabilitación, sea absoluta –para todo, todo y todo, como dice la niña del anuncio- o especial o parcial, y su hermana pequeña, la de suspensión. En cuanto a la inhabilitación no absoluta puede ser la que sirve de cajón de sastre para cuando no se prevé otra, esto es, la de inhabilitación especial para el derecho de sufragio pasivo durante el tiempo de la condena, o para actividades concretas.

                Hay que reconocer que esa inhabilitación especial para el derecho de sufragio es algo que decimos de carrerilla y sin tomar aire, como una coletilla que va indisolublemente unida a la pena que realmente importa, la de prisión. Y, por regla general, a nuestra clientela le importa o le importaba un pimiento no poder ser candidato en unas elecciones. Pero eso era antes, claro está. De un tiempo a esta parte, desde que la política y los tribunales andan tan mezclados que es casi imposible distinguir entre las páginas de una y otra materia en la prensa, importa bastante más. En alguna ocasión, más, incluso, que la pena principal, si está es susceptible de suspensión. Porque no olvidemos que aunque se suspenda la pena de prisión la inhabilitación queda ahí, tanto para ser cumplida como para ser contada a los efectos del cómputo de la prescripción, que no es ninguna tontería. Y otro tanto cabría decir si hablamos de indulto , y este solo comprende la pena privativa de libertad.

                Cuando la pena de inhabilitación es una concreta para algunos delitos, la cosa se empieza a complicar. Porque puede inhabilitar para el ejercicio de empleo o cargo público –solapada, en muchos casos, con la responsabilidad disciplinaria- o para el ejercicio de determinadas profesiones, como ocurre con las relacionadas con la educación. Pero el caso más transcendente es el que afecta a la custodia o relación paterno filial. Una pena accesoria tanto o más importante que la pena principal, cualquiera que sea esta, es la de suspensión o privación de la patria potestad, tutela y similares, o de vertientes del ejercicio de estas, como la guardia y custodia o las visitas. A este respecto, no hay que perder ojo a las reforma de junio de 2021, que refuerzan su adopción como medidas cautelares. Una decisión, por cierto, mucho más difícil de adoptar de lo que la gente cree. Como sabemos, no todo es blanco o negro, y la cantidad de matices de gris es proporcional a la cantidad de dolores de cabeza que causa una decisión de esta índole.

                En estos caso, es el precepto concreto el que establece el ámbito de inhabilitación, que pude abarcar cualquier actividad. A modo de ejemplo, citaré el de la inhabilitación de actividades relacionadas con animales domésticos y tenencia de estos, para delito de maltrato de animales, o la de ejercer cualquier profesión educativa o de tiempo libre para el caso de delitos de odio. Prohibiciones que, por obvias que a priori resulten, no se podían aplicar hasta que el Código no diera su pasaporte.

                Hay, sin embargo, otras penas que sin ser accesorias, acompañan a la de privación de libertad y hay quien las llama así, de una manera técnicamente incorrecta pero que todo el mundo entiende. Son las privaciones del derecho de armas, del permiso de conducir o las medidas de alejamiento y prohibición de comunicación, sea de una persona, de un lugar o de ambas. De hecho se convierten muchas veces en la miga de las penas, o en el obstáculo para alcanzar una conformidad, según se mire.

                Lo de las armas, por ejemplo, no me di cuenta de lo que pica en algunos casos hasta que llevé una temporada un partido judicial donde era habitual la caza. Un señor llegó a decirnos muy compungido que estaba dispuesto a estar más tiempo en prisión, o hacer más trabajos comunitarios, o lo que sea, pero que no le dejáramos sin escopeta para cazar en temporada. Y todavía más cuando del carnet de conducir se trata. Y es que, como decía mi madre, solo nos damos cuenta de las cosas que tenemos cuando las perdemos.

                Y hasta aquí, el estreno de hoy. El aplauso se lo decido a todas las personas, principales o de reparto, que intervienen en nuestro teatro para la aplicación de las penas. Algo que puede parecer automático pero que, bien hecho, tiene mucho cerebro y mucho corazón detrás. Gracias por hacer uso de ambos

Parque jurásico: medios de museo


                Al mundo del arte en general le es muy querida la Antigüedad como marco de historias. No es extraño, porque la primera forma que tuvo de expresarse el ser humano fue a través del arte, en las pinturas rupestres que han llegado hasta nosotros. El parque jurásico provocaba tanta curiosidad que las películas que lo tuvieron por protagonista fueron un éxito. Aunque yo, la verdad, soy más de Los Picapiedra y sus ingenios pleistocénicos. Tal vez porque tienen que ver con nuestro día a día más de lo que la gente pudiera creer.

                En nuestro teatro, en eso de los medios y la tecnología siempre vamos como cuatro pueblos por detrás, O cuatrocientos, según se mire. No olvidemos que la ley de enjuiciamiento criminal es de cuando todavía no existían vehículos automóviles y que, hasta no hace demasiado, contaba los días para citar a los derogados juicios de faltas en virtud de la distancia. Y en muchas cosas ahí nos hemos quedado.

                Esta semana, sin ir más lejos, comprobaba que una de las causas que manejo, se había citado varias veces por telegrama. Comprobé, además, que no era nada raro, sino absolutamente normal en Toguilandia. Y entonces quise hacer una prueba, pregunté a mis hijas si sabían lo que era un telegrama, y todavía están riéndose. Además, una de ellas me mostró muy solícita una noticia que sacó de San Google donde decía que en Francia han dejado de existir los telegramas. Pero aquí sigue, como el no va más de la seguridad jurídica para citar a testigos.

                Otro de nuestros top ten es el correo con acuse de recibo. Nuestras bandejas de entrada -reales, no virtuales- tienen muchas veces esos papelitos rosas con forma de cuartilla apaisada que llegan cuando ya el destinatario nos ha dado las gracias -o las desgracias- y nos ha mandado un par de fotos con su móvil, ese instrumento de Satán que tanto costó implantar en Justicia.

                Porque quienes llevamos tiempo en Toguilandia, recordamos con angustia al predecesor del móvil, el busca, un artefacto que pitaba para decirte que había “algo” y que corrieras a buscar la cabina de teléfonos más cercana -os lo juro, existían- para que te desvelaran el contenido del sobre sorpresa. Generalmente, había sido agraciada con un habeas corpus, un detenido a destiempo o hasta un levantamiento de cadáver, que no se diga. Lo curioso de aquellos artefactos es que sobrevivieron en el tiempo y cuando ya todo el mundo, de cualquier administración pública o empresa privada, gastaba teléfono móvil, nosotros seguíamos con ellos. Y como ir al ralentí es lo que tiene, cuando nos llegaron fueron las sobras, y hemos estado luciendo móviles de la guardia sin acceso a Internet y con pantalla en blanco y negro cuando ya estaba llegando el 4G. Que no se diga que no somos austeros.

                Otro de nuestros medios característicos, casi con exclusividad, es el fax. Lástima que nuestros teléfonos oficiales no tengan pantalla, porque sería digna de ver la cara que se le queda a alguien cuando le sugieres que te envíe lo que sea por fax. No hace mucho, una periodista me preguntaba “¿y aún existe eso?”. La invité a nuestras dependencias y dice que se sintió como en el Museo paleontológico. Y es que, justo en ese momento, había junto a la máquina de fax y fotocopias un procedimiento con sus CD´s primorosamente metidos en bolsitas y grapados. No la dejé preguntar, simplemente, le dije “también los usamos. Y como nos des un pen gritamos de la alegría”. Ella aun no da crédito.

                Una de mis compañeras, cuando le he pedido que me recuerden esas antiguallas que tanto usamos, me hace una reflexión certera. ¿qué hay más anticuado que una auxilio judicial que llame a voces desde la puerta? Y tiene toda la razón, aunque con un matiz. Hay veces que el auxilio en cuestión no está o no lo hay, y es el propio fiscal o juez quien lo hace, toga al vuelo. Que por poner de nuestra parte que no sea.

                Pero nuestra vida judicial sería imposible sin una serie de adminículos absolutamente indispensables: los posits , que nos dan la vida, ya sea pegados a la causa, a la mesa o en la propia pantalla de ordenador, y siempre y cuando se tenga la suerte de tenerlos. Si además, si son de variado color y tamaño, ya nos podemos dar con un canto en los dientes. Luego están las grapadoras, preferentemente con grapas adecuadas, los quitagrapas, el tippex, otra joya de la naturaleza y, por descontado, las gomas . Que nadie me malinterprete pero ¿qué sería de una o una fiscal sin esas gomas de caucho marrón, algunas de ellas pasadas, que igual sostienen los autos, las carpetillas, que alguna esquina de un cajón que se ha desvencijado. A mí me valen incluso, para hacer el nudo a San Cucufato -lo confieso, le tenga mucha voluntad- cada vez que pierdo algo, que es con frecuencia. Y, se crea o no, me funciona.

                Y, desde luego, hay un clásico que no pude faltar, como me recuerda una compañera. El vaso de lápices de variada procedencia, con su boli plastiquero propaganda de una funeraria, cuatro o cinco clips desvencijados y las inevitables gomas enrolladas en la capucha de un boli bic. ¿A que lo estamos viendo ahora mismo? Pues eso.

                No obstante, me dejo para último la mejor anécdota. La de otra compañera que me cuenta como su papá, fiscal, cuando ella tendría unos doce años, le pagaba 25 pesetas por pasarle a máquina escritos de calificación, con su papel de seda y su calco de carbón que tiznaba los dedos. Me hizo mucha gracia leerla porque yo tengo alguna experiencia parecida con escritos de defensa de mi padre. Y es que nada había por aquel entonces como una Olivetti de las de toda la vida. Algunas todavía pululan en algún armario de fiscalía.

                Y ahora cierro el telón, tirando de unos cordeles imaginarios como los que atan, todavía, nuestras valijas de correo. El aplauso se lo daré, una vez más, a todas las compañeras y compañeros que han aportado su granito de tecnología jurásica a esta función, incluido aquel de cuyo muro hurté la imagen -gracias Ernesto- Y, por supuesto, su sentido del humor, que eso sí que es necesario,

Violencia vicaria: donde más duele


      Hoy en nuestro teatro solo hay lugar para las lágrimas por esas criaturas. Por eso en esta ocasión compartiré una relato que escribí hace tiempo, con el que quiero hacer homenaje a esas dos niñas asesinadas, y a todas las víctimas de este dolor inmenso. El círculo del dolor se extiende como una mancha de aceite imposible de borrar. Ojala este cuento sirva para reflexionar sobre ello

Utilizo, como tantas otras veces, una imagen de mi ilustradora de cabecera, @madebycarol, cuyo compromiso con todas las causas sociales conozco desde hace tiempo y que ha sido injustamente criticada por esa preciosa imagen de dos pequeñas sirenas que tanta gente -incluida yo misma- ha compartido

ALFILERES

(relato publicado en mi antología Mar de Lija y en la antología de Generación Bibliocafé Mayores sin reparos)

Desde que la conocí, su vida andaba entre alfileres. Siempre que iba a su casa, me abría, con una sonrisa en la boca, y varios alfileres prendidos en su bata, parte inseparable de ella y de su casa. A veces, hasta cuando coincidía con ella en el portal, cuando volvía de comprar el pan o cualquier otra cosa, todavía llevaba en la muñeca ese acerico de terciopelo rojo que siempre llevaba mientras tomaba medidas del bajo de las faldas o de los vestidos. También era parte inseparable de ella.

      Nunca entendía muy bien cómo aquella mujer no perdía la sonrisa. Aunque pocas veces hablaba de ello, en el vecindario todos sabíamos por todo lo que había pasado, y a mí me parecía casi imposible que conservara esa amabilidad que siempre la había caracterizado. A veces llegué a pensar que se la había prendido con esos mismos alfileres con que prendía las orillas de las faldas y que, como todo lo que cosía, no se desprendía jamás. Aunque la tela de debajo estuviera hecha jirones.

      Ella era costurera. Desde siempre se había ganado la vida con el esfuerzo de sus manos, cosiendo encargos de aquí y allá para conseguir salir adelante. No le iba mal, porque era una gran trabajadora, pero, de haber tenido suerte, podría haber aprovechado mucho mejor su talento. Cosía de maravilla, pero ningún gran modisto la habría descubierto en esa modesta casa del no menos modesto barrio donde vivíamos. Pero no parecía desdichada, aunque trabajaba como una mula para sacar adelante ella sola a sus hijos y, en los ratos libres, conseguía hacer milagros para que los niños del barrio pudiéramos seguir usando la ropa que teníamos a pesar de que nuestros cuerpos en crecimiento se obstinaran en dejarla atrás. Recuerdo que muchas veces aquellos alfileres me pinchaban, y mi madre me reñía si me atrevía a quejarme. Era como una maga, sacando tela de donde no la había en costuras insospechadas, haciendo remiendos invisibles o dando la vuelta a la tela de un abrigo para hacer otro que pareciera nuevo. Ningún milagro era imposible cuando ella y sus alfileres se lo proponían.

      Y cada vez que la adversidad empezó a llamar a su puerta, cogió su acerico y se prendió la fortaleza con sus alfileres mágicos, y consiguió que nadie notara nada en mucho tiempo, como ese abrigo que parecía nuevo pero estaba hecho del forro y los remiendos de uno muy gastado.

      Cuando sus hijos, un chico y una chica, empezaron a abandonar el nido para coser sus propios vestidos, ella vivía con la continua ilusión de esos nietos que tenían que llegar, esos nietos que ella deseaba por encima de todo. Y no tardaron mucho. Soñaba con hacer primorosos vestiditos para sus nietas y camisas y pantaloncitos para los niños. Y con coserles, antes de todo eso, un hermoso faldón de Bautizo con esos encajes que había ido guardando con esmero para cuando llegara la ocasión.

      Se quedó, eso sí, con las ganas de coserle a su niña el vestido de novia más bonito que hubiera en el mundo. La niña no quería casarse por la Iglesia, y se empeñó en ir a un Juzgado frío y destartalado con unas pocas personas para firmar un papel que decía que ya estaba casada. Ella no protestó, pero hubo de disimular mucho para que no se notara el dolor de aquel alfiler clavado en su corazón. Sin saber que aquello no era nada para lo que habría de venir. Solo uno de los miles de alfileres del acerico de su vida.

      Cuando quienes vivíamos en el barrio comenzamos a sospechar lo que pasaba, ella ya lo sabía hacía tiempo. Aquel hijo buen mozo que ella idolatraba nunca gustó demasiado a nadie. Era taciturno y malhumorado, pero ella siempre decía que estaba demasiado ocupado, y preocupado, con sus cosas, y que era un buen chico. Y le había dado dos nietos preciosos.

      Cosió su anhelado traje de cristianar, que nos enseñó ilusionada a todas las vecinas, pero un día le confesó a mi madre, su íntima amiga, que jamás llegaron a estrenarlo. Su hijo prefirió ponerles a los niños el que compró en una tienda de postín, y ella se quedó con la ilusión colgada en un armario, prendida de esos alfileres que jamás llegó a quitar.

      Cuando mi madre lo supo, ya se había percatado que casi no veía a aquellos nietos por los que ella suspiraba. Tampoco había visto apenas a la madre. Pensaba que, por una causa desconocida, su nuera la odiaba y le había transmitido parte de ese sentimiento a su hijo. Y mientras, con su sonrisa fijada con alfileres, fingía ante el mundo que todo iba bien, como siempre hizo. Hasta aquel día en que mi madre descubrió el faldón de Bautizo.

      Para entonces ya era tan tarde que poco se pudo hacer para evitar la tragedia, si es que era evitable. Y cuando la avisaron, cuenta mi madre que pudo ver como se desprendían ante sus ojos todos los alfileres con que ella había ido prendiendo su vida.

      Los demás lo vimos por la televisión, con una cara de asombro que aún no se nos ha quitado, ni creo que llegué a quitársenos del todo. Las imágenes de las camillas llevándose los cuerpos, y la del que fue nuestro vecino esposado y escoltado por la policía, son más de lo que una madre podría soportar, y eso no hay alfileres que lo remienden.

      Su hijo, en un arrebato de una furia que usaba desde niño, había acabado con la vida de su esposa y de su hija, y casi lo había logrado con el niño, que luchaba por su supervivencia en un hospital de la ciudad.

      Mi madre me contó que entonces se dio cuenta de todo. De que aquellos moratones que tenía su amiga con frecuencia tenían otra causa que los golpes fortuitos que ella le contaba, y de ese empeño en que el niño no se relacionara mucho con la gente, no fueran a saber. Y de tantas otras cosas ocultas entre los pliegues del vestido de su vida.

      Por suerte, el niño se salvó, después de mucho tiempo en el hospital, y su padre permaneció en la cárcel desde el día en que se desencadenó la tragedia, y allí se quedaría muchos años en virtud de la sentencia que le impusieron. No podía ser de otro modo. Las víctimas clamaban justicia.

      Pero había otra víctima en la que nadie apenas reparaba. La madre destrozada porque su propio hijo le había quitado lo más hermoso de su vida: a sus nietos. Porque no solo había perdido a la niña, que nunca llevaría los vestiditos que ella le cosía en su imaginación, sino también al niño, trasladado a otra ciudad bajo la guarda y custodia de sus abuelos maternos, que no querían ni oír hablar de nadie de la sangre de aquel que quebró sus vidas para siempre.

      Y ella recogió como pudo los alfileres de su vida y fue cosiendo un vestido con los remiendos que quedaban. Y siguió y siguió contra viento y marea, según me contaba mi madre, su fiel amiga hasta el día que también ella nos dejó.

      Cuando perdí a mi madre, heredé de ella mucho más que el amor y la fortaleza que siempre me supo transmitir. Heredé el encargo de estar cerca de esa amiga que sobrevivía a base de reconstruir una y otra vez los pedazos de su vida con alfileres. Y prometí hacerlo.

      Y hoy, por fin, creo que he conseguido cumplir el encargo de mi madre. Porque, ejerciendo la carrera de abogada que ella y mi padre me pagaron con su esfuerzo, voy a hacer el mejor trámite que puede que nunca haya de realizar en mi oficio.

      Y lo he hecho como a mi madre le hubiera gustado. Entregando a su querida amiga un sobre, que he cerrado con unos cuantos alfileres. Y cuando ella lo ha abierto, y ha prendido el papel de su sempiterna bata, la he visto llorar por vez primera.

      Era la resolución que le reconoce el derecho a ver, dos veces por semana, a su querido nieto, por lo que había seguido luchando sin venirse abajo un solo instante.

      Y esta vez, al abrazarme, no me importó que me pincharan los alfileres.

Juntas: algo más que reuniones


A chalk outline vector silhouette illustration of a business meeting in a conference room with business men and women sitting around a table with a monitor on the wall in the background.

                Los seres humanos somos sociales. Desde que el mundo es mundo nos juntamos en reuniones y cuchipandas varias para interactuar, algo de los que la pandemia nos ha privado en gran medida. Pero reunirse, sea para La gran buffe, para celebrar La cena de los idiotas para conversar con Los amigos de Peter, para celebrar Cuatro bodas y un funeral o simplemente para pasar 3 días en familia o para que La gran familia española se reencuentre, es un argumento recurrente y resultón para cine y teatro. Es lo que tiene la sociabilidad

                En nuestro teatro hay muchos tipos de juntas. Y son, además, mucho más que reuniones de café o celebraciones, como las que celebramos en nuestras bodas de plata. Nuestras juntas pueden tener valor jurídico. Y de hecho, en muchos caso, lo tienen.

                A mi y a mi fiscalita interior las primeras Juntas que se me vienen a la cabeza son unas, pero las dejaré para el final. Empezaré por las que más serias y aburridas me parecen, como las juntas de acreedores. Jamás asistí a ninguna, pero imaginarme a un montón de señores y señoras que lo que tienen en común es que les debe dinero la misma persona o empresa, me da como yuyu. Claro que igual me confundo y son de los más amigable, aunque no es eso lo que creo. Tal vez esté influenciada porque la única vez que anduve cerca de una fue para tener que dirimir en a vía penal los incidentes que se habían provocado en una muy numerosa. Una de aquellas sesiones de juicios de faltas () que pasarán a la historia.

                Otras juntas con fama de aburridas son las juntas de accionistas que se celebran en el seno de las sociedades. Tampoco he visto ninguna, pero me las figuro como algo plúmbeo -salvo que se trate de un equipo de fútbol, claro-, si bien, de vez en cuando, tienen sus flecos penales. Ya sabemos, esa parte del Derecho Penal que no tiene ni sexo, ni sangre ni vísceras, es decir, los delitos económicos y en concreto los societarios.

                Aunque para divertidas, las Juntas de propietarios. Ya tuvieron su propio estreno pero darían para escribir un libro. ¿Quién no tiene una vecina a la que siempre le molesta el modo de tender del resto, otro a quien molesta la música o las pisadas o una cuestión de estado por un tema del color de los toldos o por los cerramientos? La verdad es que los juicios han perdido mucho color desde que, tras la reforma que barrió las faltas, desaparecieron esos pleitos, pero siempre recuerdo con una sonrisa la bronca entre dos familias nacida a partir de que la matriarca de una de ellas acusara a la de la otra de no lavarse bien la faja.

                En cualquier caso, si hay Juntas importantes, esas son las Juntas de Fiscales. Nuestras Juntas son mucho más que una reunión, más que un cambio de impresiones, por jurídico que sea. Son una institución de nuestra carrera, contemplada como tal en nuestro Estatuto Orgánico, y cuya importancia es tal que llega a ser capital para resolver esas cuestiones sobre las famosas órdenes de las que tanto gusta hablar a la gente. Si un fiscal no está de acuerdo con algo que le dice su superior, no ha de obedecerlo sino que puede plantear un procedimiento en que lo somete a la Justa de Fiscales correspondiente, que puede decidir en el sentido que defiende uno u otro. También es bien conocida la importante labor que realiza la Junta de Fiscales de Sala, máximo órgano colegiado de la carrera -sin perjuicio del órgano consultivo, el Consejo Fiscal- Aunque hay quine lo ignora hasta el punto que cuando construyeron el edificio donde trabajo, hicieron una supuesta sala de juntas donde no hay sitio ni para la décima parte. Y ahí está claro que no nos juntamos.

                Pero las Juntas más pintorescas son las que celebramos en las fiscalías de los distintos territorios, esto es, las de las trincheras con sus peculiaridades. Lo primero que angustia de estas es que, cuando una llega a un destino y es la última del escalafón, le toca ser la secretaria de la junta, lo cual implica que ni puede escaquearse de ir ni pude estar dormitando mientras se celebra, porque ha de tomar nota de todo. Además, ha de rellenar un libro de actas de los de toda la vida, se crea o no. Como quiera que el Estatuto Orgánico preveía la celebración de una junta con carácter mensual, recuerdo que en mi primer destino rellenábamos aquel libro con una fórmula del tipo “reunidos los señores reseñados al margen -entonces lo de lenguaje inclusivo ni se planteaba- tratan de los asuntos de interés de la Fiscalía” Y punto pelota. Ni que decir tiene que el secretario o secretaria anhelaba la llegada de alguien más joven que le librara de ese cáliz, y de ese soniquete de “esto no lo pongas en el acta” tan característico de nuestras juntas

                Eso sí, cuando se trataba un tema intenso, especialmente cuando de reparto de trabajo se trata, juraría se pueden hasta oír volar los cuchillos. Ahí no hay aburrimiento que valga, aunque es cierto que de ahí han nacido enemistades eternas. Pero siempre hay alguien que relaja la tensión, como el compañero que, tras anunciar que íbamos a tratar del visado, dejó escapar un “el que visa no es traidor” que nos sacó más de una carcajada. En esa misma junta es donde ocurrió una anécdota que ya conté, la de la llamada de la mujer de un fiscal reprendiéndoles porque había calentado los chirizos en el cazo del biberón del niño, y que todos escuchamos porque el fiscal jefe le pasó la llamada por el manos libres.

                También recuerdo con tanta hilaridad como en su día, el momento en que un fiscal jefe en los primeros tiempos de la informática en juzgados, tuvo un lapsus curioso y se refirió a un disquete como un casquete. Verdad verdadera.

                Fantástica es la aportación de un compañero acerca de las llamadas juntas de autocrítica, que se implantaron a mediados de los 80 y que debían celebrarse, al menos, anualmente. Su entonces Fiscal Jefe la convocó, y debió de pensar que todo era perfecto y que no había ninguna crítica. Tampoco es que se le censurara, fueron solo apreciaciones de mejora nada estructurales pero el caso es que no le gustó nada, pues no volvió a convocarlas y estuvo algunos días sin hablar a nadie. En otra, se ve que había aprendido fue más inteligente. Convocó una junta con un determinado orden del día, que se celebró con normalidad. Al concluir, dejó claro que el tema que iba a tratar era fuera de junta y a efectos meramente informativos. Llevaba un caso muy polémico y como sabía que la decisión que adoptó no iba a gustar a la mayoría de los fiscales (como así fue) lo sacó de la junta para sustraer el debate que se hubiera podido producir en el seno de la misma. Cubrió el expediente e hizo lo que le da la gana.

            Otra compañera me cuenta una anécdota de una de sus primeras juntas, en la que era la secretaria. Era la época en la que Maduro dijo que Chávez se le había aparecido en forma de pájaro o algo así y, como quiera que el punto culminante del debate de una cuestión polémica, una gaviota se puso a hacer ruido en la ventana, alguien hizo la broma de que era Chávez encarnado y que había que hacer caso a la gaviota. Lástima que mi compañera no sucumbiera a la tentación de hacerlo constar en acta, porque ese acta no tendría precio.

            Los jueces, por su parte, también celebran sus Juntas, pero no son ni tan frecuentes ni tan institucionalizadas como las nuestras. Y me conta que, con todo el cariño, dedican siempre una parte de ellas a recordar cuanto nos quieren. Por algo son la carrera hermana.

            Y aquí es donde hoy se cierra el telón. Seguro que hay otras juntas tanto o más interesantes, pero solo eran unas pinceladas. Por supuesto, sin olvidarme del aplauso, que hoy va dirigido a quienes, en algún momento, tuvieron que hacer de secretario o secretaria. Con todo mi cariño.

Privilegios: no somos conscientes


                Hay un viejo dicho según el cual no valoramos las cosas hasta que no las perdemos. Y vale para cosas, pero también para personas. De pronto, alguien desaparece de nuestras vidas y empezamos a echarle de menos aunque jamás antes le hubiéramos tenido en cuenta, y comenzamos a pensar en las Cosas que no nos dijimos y que tendríamos que habernos dicho. Otros bienes, como la libertad, se dan por supuestos hasta que nos faltan, como hemos visto en tantas películas sobre largos encarcelamientos, entre las que me quedo con Mandela. Especialmente difícil es el caso de la memoria y los recuerdos, esos que se lleva la enfermedad o la muerte. El olvido que seremos o Lo que fuimos son algunos ejemplos, pero hasta la animación de Arrugas o la abuela de Coco nos muestra el privilegio de estar vivos y poder recordar.

                En nuestro teatro no nos damos cuenta de nuestros privilegios o, al menos, no nos damos cuenta hasta que un primer choque de realidad nos arroja a la cara otras realidades distintas. En general, y aun con las diversas historias de tesón por las que más de una y de uno, hemos llegado hasta aquí, tenemos la suerte de estar. Un verdadero privilegio.

                Si algo se aprende rápido en Toguilandia es la cantidad de situaciones difíciles en las que se puede encontrar el ser humano. A este respecto siempre me acuerdo de que cuando era era (más) joven y todavía existía el servicio militar, los que lo hacían o lo habían hecho siempre acababan contando batallitas –nunca mejor dicho- de la mili, aquellas Historias de la puta mili que dieron lugar a una película. Si había una situación odiosa en la vida, era la de estar con alguien que se encontraba a un compañero de mili. Y si encima habían ido al colegio juntos, apaga y vámonos. El abuelo Cebolleta quedaba a su lado como un aprendiz. Pero siempre había un lugar común: la cantidad de personas de diferentes orígenes que habían conocido y que nunca hubieran encontrado de no ser por aquello. Contaba, por ejemplo, un amigo mío que tenía un compañero analfabeto, algo que en nuestro mundo era inaudito, u otro que jamás había salido de su pueblo. Por fortuna, aquello del servicio militar obligatorio pasó y espero que jamás vuelva, pero sirva como recordatorio de que esas otras realidades mostraban privilegios de los que no se era consciente.

                Hemos tenido el privilegio de poder estudiar, de tener un oficio que nos gusta –en la mayoría de casos- y de poder ejercerlo en libertad, ahí es nada. No quiero ni pensar como sería ser jurista y demócrata en un tiempo, no hace tanto, en que la libertad no existía, en que las propias leyes discriminaban por razones como el sexo, la orientación sexual o la ideología y que solo decirlo te podía costar la profesión, la libertad o incluso la vida. Si hoy es difícil en muchos casos defender los derechos de las personas, entonces podía llegar a ser una heroicidad. Y lo fue

                Por suerte, en nuestro país las cosas cambiaron, pero no en todo el mundo es así. Todavía quedan muchos países donde se castiga con pena de muerte la homosexualidad o el solo hecho de pensar diferente, donde las niñas no pueden ir a la escuela o donde las personas son vendidas como si se tratara de objetos. Hay lugares donde las mujeres valemos menos que nada y el futuro y el horizonte no tienen más colores que la oscuridad.

            Cuando nos quejamos, no somos capaces de pensar que si hubiéramos nacido en otro punto de la Tierra o en otro lugar, las cosas podrían ser muy distintas y mucho peores. Que ser lo que somos y estar donde estamos es un privilegio.

                Por eso hoy quería dedicar este estreno a la reflexión, a recordar que quejarse de lo que nos falta está muy bien, como lo está luchar para tenerlo, pero que también hay que pensar en lo que tenemos, que no es poca cosa. Cuando yo iba al colegio recuerdo que las monjas siempre me reñían porque no me comía las lentejas –las sigo odiando, como Mafalda la sopa- y me decían aquello de “tú dejándote el plato lleno y los negritos muriéndose de hambre”. Al margen de que aquello no era un ejemplo de corrección política, lo que hoy veo claro es el mensaje que querían transmitir. Tuvieron que pasar años para entenderlo, porque yo entonces veía mucho más lógico que les dieran mis lentejas a aquellos niños que las querían, en África o donde fuera, y todos contentos.

                Como juristas, y también como ciudadanas y ciudadanos, no podemos olvidar que muchas de las cosas que tenemos son privilegios de los que no goza la mitad del planeta y que nuestro deber es reivindicar los derechos de todo el mundo, no mantener privilegios a toda costa. Y esto es algo que la pandemia debería habernos hecho ver. Ojala sirva al menos para eso.

                Así que hoy termino este estreno, que más bien parece una filípica que una función. No me olvido del aplauso que esta vez va, con toda mi admiración, para quienes renuncian a sus privilegios para luchar por los derechos de todas las personas. Gracias por hacer de este mundo un mundo mejor. O, al menos, por intentarlo.

Matrículas: más que una identificación


                Hay cabeceras de series que, por alguna razón, se recuerdan siempre. Una de esas cabeceras inolvidables, para mí, era la de La ley de Los Ángeles, que mostraba una matrícula de coche con la leyenda “LA Law”. Y es que las matrículas siempre han tenido su aquel, sea la del Cadillac amarillo o la de aquel mágico Chity Chity Bang Bang. Y hasta las de los protagonistas de Cars, en todas sus versiones.

                En nuestro teatro, las matrículas también tienen su aquel. Y no solo por la matrícula de vehículo oficial que llevan los cada vez más escasos vehículos de los que nos valemos –o mejor dicho, se valen- para el trabajo. Recuerdo que cuando aterricé en Toguilandia, teníamos a nuestra disposición un coche del parque móvil que nos llevaba a los juicios en sedes distintas y lejanas a la de nuestro despacho oficial. Todavía recuerdo con cariño los nombres de aquellos chóferes que nos llevaban y nos cuidaban al mismo tiempo. Aún me acuerdo de la cara de susto de uno de ellos cuando le dije, con mi tripa de embarazada casi salida de cuentas, que me tenía que llevar al pueblo a hacer juicios de faltas. El pobre hombre se puso pálido, y no cesó de preguntarme cada cinco minutos si estaba bien o necesitaba algo. Poco a poco las cosas cambiaron, los vehículos quedaron reducidos a los de los jefes para actos oficiales y el de la guardia para lo estrictamente necesario. Ahora, cuando es necesario, es el servicio de taxis concertado el que se hace cargo.

                Pero si de matrículas hablamos en Derecho, lo primero que se le viene a una a la cabeza es la falsificación de placas de matrícula de vehiculo automóvil, que hubo un tiempo en que era bien frecuente. Acusábamos también por ello cuando tapaban uno o varios números para evitar identificar el vehículo en cuestión. Aunque, en su día, lo que más me costó fue entender que aquello se considerara un documento, y además un documento oficial. En aquellos tiempos, una identificaba los documentos con el papel y los sellos, muchos de los cuales todavía subsisten en Justicia, aunque en otros ámbitos han quedado reducidos a identificaciones digitales. Quién nos iba a decir por aquel entonces que podrías firmar sin papel ni bolígrafo, o enviar los autos al juzgado sin trasladar ni un papel. Ahora, claro está, sabemos que se puede, pero faltan uno o varios empujoncitos para que eso del papel 0 sea una realidad. Seguiremos esperando con nuestros tomos.

                Y, como digo siempre, no solo de Derecho Penal vive el jurista, aunque a veces lo parezca. Y en esto de las matrículas es especialmente notorio. ¿Quién no ha tenido alguna vez un problema con la inmatriculación de fincas o con la falta de estas?. A este respecto, hay una anécdota que me hizo en su día mucha gracia. Preguntaba una señora por qué no le habían embargado la casita el pueblo a su marido para pagarle la pensión de los niños, que le debía desde tiempo inmemorial, y le explicaron que había un problema porque no figuraba inmatriculada a su nombre por algo relacionado con una herencia. La señora, ni corta ni perezosa, apareció un día con una placa de metal que había encargado a saber dónde en la que ponía el nombre y número de DNI de su ex marido y deudor y dijo que a ver si la poníamos en la puerta de la casa y ya tenía la dichosa matrícula. La pobre aún no entiende por qué su solución no convenció a Su Señoría. Y la verdad es que ingenio y resolución no le faltaba.

                Hay otro tipo de matrículas que nos llevan a mal traer a quienes llevamos Derecho de Familia. Hablo, claro está, de la matrícula del colegio. A Dios pongo por testigo que si me dieran un euro por cada pleito en que he intervenido porque los progenitores no se ponían de acuerdo en que colegio matricular a su criatura, si querían cambiarlo de uno a otro o si lo hacía uno sin el consentimiento del otro, ahora mismo sería rica. Y si a eso sumamos las de las actividades extraescolares, sería millonaria. Nos hemos visto abocadas tantas veces a decidir si la niña iba a ballet o a judo, a dibujo o a piano, a inglés o a alemán, si estudiaba en un colegio religioso o laico o en uno bilingüe o de línea en valenciano, que hay que dar la razón a la jueza que se quejaba de que había tomado más decisiones en la vida de algunos niños que su padre o su madre. Y es que judicializar la vida es lo que tiene. Por algo se dice eso de que más vale un mal acuerdo que un buen pleito. Porque juro que en una ocasión nos pidieron, incluso, que decidiéramos qué traje de comunión se ponía la niña, si el que le compró el papá o la mamá. Y la pobre niña, que hizo dos comuniones, con dos trajes a cada cual más historiado, acabó confesándonos cuando declaró que ella lo que quería era llevar pantalones vaqueros para poder jugar a gusto. Y tenía más razón que una santa.

                Y hasta aquí, el estreno de hoy. El aplauso se lo daré a quienes, para estas cosas que parecen nimias pero no lo son, aplican el sentido común y evitan pleitos innecesarios. Que, como dice el refrán, es el menos común de los sentidos

Consecuencias: dolor eterno


Hoy nuestro teatro estrena un relato que quiere llamar la atención sobre los efectos de las violencia de género en las hijas e hijos que la presencian aunque no les pongan una mano encima.

A ello dedicaba mi relato Azogue, que ganó el premio Carolina Planells de narrativa contra la Violencia de Género en 2020, y que ahora comparto

AZOGUE

Siempre me fascinó el armario del cuarto de mis padres. Lo había heredado mi madre de mi abuela, y esta a su vez puede que lo heredara de alguien, y tenía un enorme espejo de cuerpo y medio ante el que yo, mi madre, mi abuela y no sé cuántas mujeres más peinamos nuestros cabellos, maquillamos nuestras caras y aventuramos nuestros sueños. Solo aquel viejo espejo podía saber cuántos de aquellos sueños se habían cumplido y cuántos, como el azogue que hacía que un simple cristal nos devolviera nuestra imagen, se habían ido diluyendo hasta desaparecer.

                  El camión de la mudanza estaba a punto de llegar, y yo aun no me había decidido a desprenderme de aquel viejo mueble, que tantos momentos me había acompañado. Mi marido, sin embargo, tan pegado a la realidad siempre, no podía entender mi apego a aquel armario viejo y desvencijado que un día fue el mejor mueble que sus dueños habían tenido nunca.

-Mujer, por Dios. ¿No ves que está a punto de romperse? ¿Dónde quieres poner semejante cachivache?

-Bueno, ya le encontraremos sitio en casa

-¿En casa? -él subió el tono de voz, indignado- Ese trasto no sirve para nada y, además, seguro que tiene carcoma y la traspasa a todos nuestros muebles nuevos. Si ni siquiera el espejo sirve para reflejarse, de tan desportillado que está.

Tenía razón. El azogue, la magia que convertía un trozo de vidrio en un espejo, estaba levantándose por todas las esquinas. Dentro de poco se verían las tripas del del armario, despojado de su capa de magia y de misterio. Porque, para mí, siempre fue algo así. Aunque nunca fui capaz de reconocerlo ante mí misma ni, mucho menos, de hablar de ello en voz alta.

Aunque nadie lo sabía, yo estaba metida dentro del armario el día que pasó todo. Ya por aquel entonces el azogue del espejo empezaba a levantarse, y yo no tuve más que rascar un poco con la uña para convertir una esquina del armario en una mirilla casi perfecta. Aunque más de una vez me he arrepentido de ello.

Yo no me escondí a propósito porque pasara algo. Lo cierto es que me metía allí casi a diario, como si se tratara de mi cueva secreta, el lugar donde me alejaba de un mundo que me gustaba menos de lo que quería reconocer. Dentro de mi escondrijo, permanecía ajena a las cosas que pasaban en mi casa, y de las que yo no quería saber nada. Antes de descubrir mi escondite, lo evitaba tapándome los oídos con fuerza, y tratando de cantar una canción que ocultara todo sonido desagradable. Pero lo del armario era mucho mejor. Como yo siempre fui muy menuda, estaba tan cómoda que algún día hasta pegué una cabezadita en su interior, ajena al mundo exterior.

Aquel día me había metido dentro con un libro. Se llamaba “El tiempo vuelve” y la autora se llamaba Carmen, como mi madre. Era una novela de amor de las que a ella le gustaba leer y a mi padre no le gustaba que leyera, Lo había sacado a hurtadillas del cajón de la mesilla de mi madre, y había cogido mi preciada linterna para leerlo. La linterna me la trajeron los Reyes Magos después de mucho pedir y suplicar, porque, según decía mi madre, aquello no era un juguete para niñas. Ella hubiera preferido que pidiera una de aquellas muñecas de cara de porcelana y bucles dorados con que jugaban mis primas, pero a mí aquellas muñecas no me hacían ninguna gracia, incluso me daban un poco de miedo, aunque nunca se lo dije a mi madre por no darle un disgusto. No sabía yo por aquel entonces que nada de lo que dijera podría disgustarla, al lado de lo que vivía cada día.

No sé bien si me había llegado a quedar dormida o estaba tan absorta en mi libro robado que no me di cuenta antes, pero un golpe seco me sacó de mi ensimismamiento. No sé qué pudo pasar, aunque poco a poco puede reconstruir el rompecabezas de los hechos. Escuchaba un gemido casi inaudible que, tras mucho aguzar el oído, identifiqué como de mi madre. Oía, por encima de él y de cualquier otro sonido posible, la voz de mi padre, con una potencia atronadora, tan distinta de la que normalmente usaba conmigo que me costó admitir que proviniera de la misma garganta. Fue entonces cuando, rascando con la uña, di forma a la mirilla por la que tal vez nunca debí mirar

Hacía más de treinta años de aquello, pero todavía podía verse aquel hueco circular en la luna del espejo por el que me asomé al horror. Mi cuerpo ya no cabía dentro del armario, pero me bastó acercar el ojo al hueco circular para volver a vivirlo todo, como si me encontrara ante una pantalla de cine que volvía a proyectar la misma película muchos años después.

Mi padre se abalanzaba sobre mi madre sin piedad. Le gritaba palabras que yo entonces no entendía, pero que ahora cobraban todo su terrible significado. La llamaba ramera, fulana, zorra, puta, le decía que no había nacido la mujer que le hiciera aquello y pudiera salir viva, y le daba un golpe tras otro, un golpe tras otro, y otro más, al tiempo que la voz de ella se iba apagando hasta hacerse inaudible.

-¿Separarte has dicho? -bramaba él- ¿Separarte de mí? ¿Qué quieres, irte a follar con tu fulano como si no hubiera pasado nada?

-Juan, por favor -suplicaba, entre golpe y golpe- Solo quiero que nos vayamos cada uno por nuestro lado. No quiero tu dinero, ni la casa, ni nada. Solo que me dejes ir, y llevarme a la niña

-¿A la niña, dices? ¿para convertirla en una putita como tú? Eso será por encima de mi cadáver

-Pero si tú apenas le haces caso, si no juegas con ella, si no…

No pudo seguir hablando. Le cruzó la cara con una bofetada tan sonora que hizo temblar hasta el interior del armario. Temí que se volcara, o que se abriera la puerta y me descubriera. Tenía un miedo atroz de ese individuo que tenía la cara de mi padre, la voz de mi padre y los movimientos de mi padre, pero que no podía ser mi padre. No lo reconocía. O tal vez no lo quería reconocer.

Aquella frase fue la última que escuché de labios de mi madre. El golpe la estampó contra la mesilla de noche y un reguero de sangre se dibujó a lo largo de la habitación. Yo me quedé petrificada, incapaz de moverme, tragándome mi miedo, que me sabía a bilis y a culpa. Si mi madre no hubiera dicho que quería llevarme con ella, él no le habría dado aquel golpe. Al final, yo era la causante de toda aquella desgracia.

Por alguna razón, supe desde el primer momento que mi madre estaba muerta, que la cosa no tenia marcha atrás. Él, sin embargo, no parecía tan seguro. Se abrazó a su cuerpo exánime y le cogió la cara con las manos

-Carmen, por favor, no me hagas esto -lloraba- Perdóname, No puedo vivir sin ti. Despierta, por Dios, despierta.

Perdí la noción del tiempo. No sé cuánto rato permanecería abrazado a ella ni en que momento llamó a la ambulancia, si es que fue él quien lo hizo, pero aproveché el sonido de la sirena para escabullirme sin hacer ruido e irme a toda prisa a mi cuarto. Nadie podía saber que yo había estado allí. Nadie podía saber que yo tenía la culpa de la muerte de mi madre. Porque yo sabía que ella estaba muerta mucho antes de que el médico forense lo certificara.

Me encontraron en mi habitación, aparentemente ajena a todo. Había sacado de su caja por vez primera una de aquellas muñecas de porcelana con que mi madre anhelaba que jugase, y me enredaba una vez y otra sus bucles dorados en mis deditos, sin encontrarle ni pizca de gracia. No sabía por qué a mi madre le hacía tanta ilusión que jugara con ella, pero ahora ya nunca me lo podría explicar. No obstante, la agarré con fuerza como el último recuerdo de mi madre y me la llevé de la mano cuando mi tía Pura, su hermana, me llevó a su casa.

Yo entonces no lo supe, pero al día siguiente, el más famoso periódico de sucesos de la época traía una fotografía mía en su portada, cogida de la muñeca, con una cara de infinito desconcierto. El titular, al pie de mi imagen, decía “¿Crimen pasional o desdichado accidente?” Una pregunta que marcaría el curso de la investigación y del posterior juicio.

Me llevaron a casa de mi tía y allí permanecí durante muchos meses, rodeada de más cariño del que era capaz de dar. Mi tía, viuda y sin hijos, se deshacía en atenciones y mimos, pero yo me sentía como anestesiada. Cada noche, cuando dormía, volvía a escuchar como mi madre decía que se quedaría conmigo y como era esa frase la que desataba la tragedia y hacía correr el reguero de sangre que se me aparecía en sueños cada noche

La policía me preguntó, y también lo hizo un señor que trataba de ser simpático y que luego me dijeron que era el juez, pero yo repetía siempre lo mismo. Estaba jugando en mi habitación con mi muñeca y no vi nada, ni oí nada. Nada de nada.

También mi tía Pura me intentó sonsacar, con toda la delicadeza que podía, pero yo mantuve siempre la misma versión. El temor a hacerme más daño del que ya había sufrido hizo el resto. Nadie más insistió. Y mi padre fue juzgado sin que ninguna de las personas que intervenían se planteara llamarme a declarar en ningún momento.

Al cabo de un tiempo mi padre volvió y me dijo que por fin podríamos volver a estar juntos. Aunque yo no sabía entonces qué significaba, recuerdo que le dijo a mi tía que le habían absuelto y ella asintió con cara de pocos amigos. En ese momento creía que su expresión se debía a que tendría que separarse de mí, que había vivido más de un año en su casa, pero más tarde he imaginado que era mucho más que eso. Mi madre era su hermana y a buen seguro intuía muchas cosas de las que nunca me habló, ni creo que hablara a nadie.

Mi padre se esforzó durante un tiempo en convivir conmigo, pero un hombre de aquella época apenas tenía herramientas para sacar adelante a una niña a punto de entrar en la adolescencia que, además, había perdido a su madre. Poco a poco, fui pasando temporadas más largas en casa de mi tía Pura hasta que acabé instalándome allí de modo definitivo. Mi padre venía cada domingo y me llevaba a comer calamares a la romana y flan con nata a un restaurante que conocía, y me devolvía siempre antes de que se hiciera de noche.

Fue en casa de mi tía donde supe qué había pasado con mi padre. Descubrí por casualidad una carpeta que ella guardaba en un cajón con los recortes del periódico sobre la muerte de su hermana y el juicio. Allí fue donde vi mi fotografía en la portada agarrada a la muñeca y allí fue también donde leí cómo se había desarrollado el juicio. Mi padre fue acusado de la muerte de mi madre, causada al empujarla contra la mesilla de noche, pero el tribunal le absolvía esgrimiendo que se había tratado de un accidente doméstico. Según contaba el periódico, la sentencia decía que se trató de una discusión normal de un matrimonio con un final muy desgraciado.

Volví a mirar el viejo armario, que había reabierto mis heridas. Tal vez había llegado el momento de deshacerme de él, y de pasar página de una vez por todas. Quizás así lograría desprenderme de ese sentimiento de culpa que me atenazaba desde que tenía siete años y que me impedía conciliar el sueño si no me anestesiaba con ayuda química.

Miré su luna por última vez. Toqué de nuevo el hueco del azogue en que yo misma había esculpido una mirilla tanto tiempo atrás y eché un vistazo a su interior. Algo llamó mi atención. Arrumbado en una esquina, medio tapado con una vieja manta, había un libro. Lo cogí con cuidado y lo acaricié, sin dar crédito a lo que veía. El libro que leía aquella noche seguía allí, como si nada hubiera pasado. Y su título parecía quererme dar un mensaje. El tiempo vuelve.

De pronto, supe lo que tenía que hacer. Sin decir nada a nadie, me presenté en el Juzgado de Guardia

-Pero señora, no tiene sentido que usted denuncie un crimen cometido hace tantos años.

-¿Por qué?

-Ya no se puede hacer nada. El asunto está prescrito y, además, según cuenta usted misma, el autor fue absuelto.

Era verdad. No podía hacer nada para que juzgaran a mi padre que, además, había muerto hacía varios años. Pero quería rehabilitar la memoria de mi madre, que todo el mundo supiera lo que le había ocurrido. Y necesitaba su perdón para poder perdonarme a mí misma.

Por eso se lo conté todo a la periodista, y por eso todo el mundo sabe lo que pasó. Mucha gente no entendió por qué lo hacía, qué ganaba con desempolvar un pasado tan doloroso. Quizás si hubieran sabido que ese pasado seguía siendo presente para mí, me hubieran comprendido.

Aquella noche, tras cerrar por última vez el armario, dije que se lo llevaran. Fue la primera noche en que, después de tantos años, dormí a pierna suelta.

Migrantes: el dolor de las fronteras


                Cuando yo era niña, recuerdo que de vez en cuando salían en la tele imágenes de lo que entonces llamábamos emigrantes. No eran otra cosa que españoles que necesitaron cruzar nuestras fronteras para encontrar en otros países las oportunidades que el nuestro les negaba. Los representaba la imagen de un Juanito Valderrama en blanco y negro con maleta de cartón cantando El emigrante, o una folklórica Concha Piquer cantando En tierra extraña. Con el tiempo, pasamos de ser un país emisor de emigrantes a un país receptor de inmigrantes. Películas como Cartas de Alou nos cuentan la situación de estas personas que no han encontrado aquí la tierra prometida, pero siguen luchando tras llegar Al otro lado. Ahora ya nadie habla de inmigrantes ni emigrantes, sino de migrantes. O de refugiados, pese a que no tengan refugio, ni sientan que son Bienvenidos tras su Exodo.

                En nuestro teatro, la migración y el elemento extranjero están muy presentes, aunque no siempre sepamos verlo. Ya dedicamos un estreno a la extranjería y otro a esa inacabable tragedia de los refugiados, que coparon la atención `periodística durante un verano entero y cuyo drama, que sigue tan vivo como entonces, ha sido condenado al olvido.

                Ciertamente, la sociedad peca de una hipocresía considerable cuando hablamos de inmigración. El estereotipo del inmigrante es la persona que cruza nuestras fronteras en un patera, en los bajos de un camión o escondido en un contenedor de un barco, pero no identificamos como tales a quienes llegan en clase bussiness o incluso en avión privado para cobrar cantidades obscenas dando patadas a un balón, por más que sean tan extranjeros como aquellos. Eufemismos como llamarlos” jugadores no comunitarios” los alejan de una realidad que es tan suya como de ellos, la de la persona que viene de otro país, pero que está a años luz. Aunque en algunos casos se unan ambas vertientes, como en la historia de un jugador de primera división cuyos padres lo arriesgaron todo para llegar antes de que naciera.

                En Derecho la migración es un fenómeno poliédrico que puede ser visto desde varias facetas. La primera de ellas, le relacionada con su llegada y la posibilidad de permanecer o no aquí. Es una cuestión administrativa, aunque llega a tener bordes que interseccionan con el Derecho Penal y la labor en las guardias cuando hay que proceder a la expulsión. Porque la expulsión puede tener lugar como consecuencia de una infracción administrativa, por no tener papeles, esto es, estar de manera irregular. Y también puede ser impuesta como pena para determinados delitos, o como sustitución de otra pena. Volver a nuestro país les supondría cumplir esa pena que quedó en suspenso, no obstante lo cual hay quien lo hace.

                Es en ese momento donde interviene el Derecho Civil, porque la posibilidad de acabar adquiriendo la nacionalidad es un fin con el que muchos y muchas sueñan. Pero no es fácil, hay que cumplir los requisitos que fija el Código, entre ellos la residencia legal y continuada. Y ahí es donde muchas veces encontramos la pescadilla que se muerde la cola. No les dan trabajo en condiciones legales porque no tienen papeles y no tienen papeles porque no pueden acreditar que trabajen. Y, por supuesto, que no se les ocurra cometer ningún delito por leve que sea porque si hay antecedentes adiós a los ansiados papeles o a su renovación. Así que acaban relacionándose varios ámbitos del Derecho.

                Pero falta uno, tal vez el más delicado, Me refiero a la relación con los menores. Como hemos visto estos días, los migrantes menores de edad, aun sin papeles, han de ser tutelados inmediatamente por la entidad pública correspondiente. Pero el problema es cómo se determina si son menores o no, cuando no tienen documentos. Las pruebas forenses son casi el único medio, a través de la radiografía de muñeca o de otros huesos que puedan dar idea de su edad, eliminados como ha hecho con acierto la ley de infancia los exámenes físicos de genitales con obligación de desnudarse.

                Ahora bien, estas criaturas, que llegan solas hasta nuestras fronteras, se encuentran después con la estigmatización y el rechazo de ciertos sectores. La cosa empieza por despersonalizarlas sustituyendo su nombre por un acrónimo, el de menas, que equivale a menores extranjeros no acompañados. Después, tienen que sufrir que haya quien les culpe de todos los males y haga verter sobre ellos su odio y su desprecio, pudiendo llegar incluso, como hemos visto en algunos casos, a traspasar los límites de los delitos de odio De nuevo cruzamos de una jurisdicción a otra.

                Por último, es importante reconocer que en algunos casos nos encontramos con cuestiones de Derechos Humanos muy delicadas. Se trata de cuestiones que dan lugar a peticiones de asilo por varias razones, como pueden ser el riesgo en el país de origen de ser encarcelado o perder la vida. Es el caso de personas LGTBI en países donde la homosexualidad se castiga, de niñas que podrían ser sometidas a mutilación genital o matrimonios forzosos o de cualquier otro caso donde su vida o integridad peligre. De nuevo el Derecho Penal y el administrativo se cogen de la mano.

                Lo que nunca debemos olvidar es que se trata de personas, y de personas en situaciones tremendas. Nunca se deberían convertir en moneda de cambio política. Pero en Toguilandia no hemos de hacer otra cosa que salvaguardar su dignidad y sus derechos. Que no es poca cosa. Y por eso hoy el aplauso es para quienes así lo hacen con su trabajo diario. Con Toga o sin ella.

Superación: Bienvenido, Héctor


                Todos los sentidos son importantes, pero quizás al que más hacemos caso es a la vista. No hay prenda como la vista, reza un dicho y, desde luego, con razón. Pero también hay otro según el cual Nada es imposible. No son pocas las películas en que uno o varios de los protagonistas son invidentes. Audrey Hepburn estaba Sola en a oscuridad, o En la ardiente oscuridad, como diría Buero Vallejo. Y es que quienes viven en la La larga noche de los bastones blancos tienen mucho que decirnos. Tanto como nos dijeron quienes, en su día, se llamaron Hijos de un dios menor. En el cine y en la vida.

                En nuestro teatro no son demasiadas las situaciones de ceguera con las que nos encontramos. Y siempre, hasta ahora y salvo alguna excepción, a uno solo de los lados de estrados. Hemos visto víctimas invidentes en toda clase de juicios, sea previamente, o sea como consecuencia del hecho justiciables, y podemos lidiar con ello en juzgados como los de personas con discapacidad. Y, no hace mucho, se consiguió que las personas ciegas, que no podían formar parte del tribunal del jurado, puedan hacerlo. Un gran avance, pero quedaba mucho más, y ahora ha llegado.

                Esta semana he tenido el privilegio y la enorme suerte de compartir mi trabajo con Héctor. Héctor es ciego, pero eso no le impidió trabajar, trabajar y trabajar para lograr su ilusión: ser fiscal. Y en Valencia hemos tenido la fortuna de ser testigos de ´cómo se pone la toga por vez primera, cómo toma sus primeras declaraciones y sus primeras decisiones. Y de que comparta su ilusión en dosis mayúsculas.

                Lo confieso. No puede dejar de pensar en mi padre respecto del que ya conté que el destino le jugó la mala pasada de dejarle sin vista. El no se rindió, como no se rindió Héctor cuando un día se planteó que quería ser fiscal. Y estaría orgulloso de verle pasear por los pasillos de la Ciudad de la Justicia junto a mí, su hija.  Le hubiera encantado conocerlo. Le hubiera encantado ver cómo se maneja con autonomía y cómo la tecnología suple en muchos casos aquella labor abnegada de mi madre, que le leía los sumarios y los llevaba a un lado y otro. Y estoy segura que nos estará viendo allá donde esté y no dejará de sonreir.

                He tenido mucha suerte en compartir esta experiencia con su tutor principal, ya que conmigo solo estará unos días. Doy gracias por este chute de energía, de ganas y de humildad, que no es poca cosa. Porque lo primero que hice pensé que había sido meter la pata, cuando, a su primera llamada, contesté con un espontáneo “nos vemos” que me hizo luego darme de metafóricas bofetadas por mi falta de delicadeza. Al día siguiente, después de darle muchas vueltas, me quise disculpar por mi torpeza y recibí, en vivo y en directo, una de mis primeras lecciones. “Yo también lo digo -me dijo. porque, además, no solo se ve con la vista”. Y yo, por primera vez en mucho tiempo, me quedé sin palabra. Algo harto difícil, por cierto, para quien, como yo, no calla ni debajo del agua.

                Estoy muy orgullosa. Orgullosa de que este magnífico compañero haya elegido nuestra carrera, orgullosa de que haya escogido mi tierra para hacer sus prácticas y orgullosa de lo que me ha contado. Porque según él, todos los compañeros y compañeras con quienes ha estado, todas las funcionarias con quienes ha coincidido y todos los profesionales con quienes que ha trabajado le han tratado muy bien. Y eso, llamadme cursi, me hace muy feliz en un mundo donde parece que reina el egoísmo y la falta de humanidad. Esto me da esperanza y me devuelve la ilusión de mi primer día.

                Le gusta todo, quiere hacerlo todo y ningún trabajo le cansa. Una buena lección para recordar cuando nos quejamos porque tenemos demasiado juicios, o son demasiado pesados.

Y no solo es incansable sino que además lo hace muy bien. Tan bien, que el otro día le felicitaron cuando hizo los juicios de mi juzgado, algo que a mí no me había pasado nunca. Y no por el mérito de su esfuerzo y capacidad de superación, sino por el contenido de su brillante informe. Bien por él y por la generosa abogada que así lo dijo delante de todo el mundo.

                Solo me queda dar las gracias. Gracias Héctor, por recordarme lo bonita que pude ser la vida, lo hermosa que es nuestra profesión y la suerte que tengo. Gracias por sacar lo mejor de quienes compartimos esta experiencia contigo y gracias por tu curiosidad inagotable. Pero gracias, sobre todo, por inocularme la ilusión en dosis tan elevadas. Y gracias por traer a mi padre de vuelta, porque sé que estos días ha estado recorriendo los pasillos de los juzgados con nosotros.

                No me puedo olvidar de un agradecimiento extra a tu preparador porque desde el principio apostó por ti a pesar de todos los obstáculos. Más aun cuando a ese preparador fui yo quien lo preparé y admiro al fiscal en que se ha convertido, además de tenerle un cariño inmenso. Tampoco puedo dejar de lado la labor de todas aquellas personas que, desde el Centro de estudios judiciales, desde la Generalitat, desde la Fiscalía -en especial, nuestro Fiscal jefe y nuestra Fiscal superior- y desde cualquier otro sitio o entidad han puesto su granito de arena para que esto sea posible, aunque la playa sea obra tuya.

                Y ahora, como siempre, el aplauso. Y ese es, por supuesto, para Héctor y para todas las personas que, como él, no se dejan vencer por los obstáculos, por grandes que sean. Para las personas como él, y como mi padre. Porque durante toda la semana he sentido que éramos tres.

Confusiones: errores personales


                Quien tiene boca se equivoca. Y quien tiene ojos, también, sobre todo en estas épocas en que ir embozado es obligatorio. Pero las confusiones de este tipo no son cosa de ahora, y el cine y el teatro dan buena cuenta de ello. Los cambios entre gemelos son una buena fuente de inspiración, sean las niñas de Tú a Boston, yo a California, o la comedianta de Lina Morgan en Vaya par de gemelas. Aunque no hace falta que se trate de personas idénticas, en muchos casos el equívoco viene de la torpeza o el despiste de quien trata con ellas y en otros de la conveniencia de guionistas o productores ante el plante de la estrella que ya no quiere seguir en una serie. O por supuesto, de las exigencias del argumento, por increíble que parezca, como cuando nadie reconocía a Hannah Montana porque simplemente se ponía una peluca. Y ojo, que hasta los más infalibles pueden caer, como acreditan títulos como El cielo se equivocó.

                En nuestro teatro los equívocos existen, y con más frecuencia de la que nos gustaría. O con menos, que hay que reconocer que muchas veces nos proporcionan un rato de risas, que buena falta nos hacen.

                En Derecho hay una figura jurídica que se refiere a este tipo de confusiones, el error in personam. Lo estudiábamos durante la carrera y la oposición y daba mucho de sí cuando preparábamos el caso práctico -quienes lo tuvimos- porque tenía su aquel. Se trataba de una modalidad del error de hecho en que el autor confundía a su víctima con otra persona y, convencido de esa identidad distinta, cometía el error. La cosa tenía enjundia, especialmente, cuando se trataba de delitos de propia mano, como el extinto parricidio, en que la pena se elevaba porque el muerto o la muerta era padre, madre, hijo, hija o esposa. La verdad es que la imaginación se disparaba, y no podíamos dejar de pensar en casos dignos de Falcon Crest o Dinastía, donde el asesino ni siquiera sabía que aquel a quien disparaba para quedarse los viñedos era el realidad su padre, con quien tuvo una aventura clandestina quien hasta entonces consideraba su santa madre y resultó no ser tan santa.

                No sé si alguien se ha encontrado con un asunto de este tipo, pero yo no he visto nada así en mi más de cuarto de siglo como fiscal, y bien que lo siento. Podría haberme servido de inspiración para alguna novela. Lo que sí he visto es otro tipo de errores más pedestres, de estos que si los protagonizas te producen un deseo irrefrenable de que la tierra se abra a tus pies, y si los presencias no pueden contener la carcajada.

            Ya he contado alguna vez el caso de un juez amigo que se puso a si mismo en libertad al bailar el nombre del imputado -entonces se llamaba así-  con el suyo. Lo mejor fue su respuesta cuando le advirtieron del error, porque, con toda su tranquilidad, dijo que menos mal que se había puesto en libertad, por qué a ver qué hacía si se metía en prisión y tenía que desobedecerse a sí mismo. Por supuesto, no es un caso único. Todo el mundo que habita Toguilandia ha visto alguna vez como un procurador era llamado como testigo, como decretaban el alejamiento respecto de la letrada o cómo le requerían al fiscal para prestar fianza. Las prisas y el cortaypega es lo que tienen,

           Así, una compañera me cuenta cómo interesó que se practicara la liquidación de condena respecto de una persona que resultó no ser otra que la atribulada LAJ, aunque otra lo supera, pues la pidió para el magistrado. Será cuestión de puñetas.

 Otra compañera me comenta acerca de algo que sucede con alguna frecuencia en la vorágine de los juicios rápidos en la guardia: que dirija su acusación contra el letrado. Afortunadamente, son errores que se corrigen pronto si una se apercibe pero, en otro caso, pueden arrastrarse a lo largo del proceso con consecuencias imprevisibles a la hora de citaciones a juicio,

Otro de mis generosos compañeros me cuenta lo que le pasó hace algún tiempo. En un juicio, el policía fue contestando correctamente a todas las preguntas que le hacía acerca de una intervención, con seguridad y detalles al máximo. Interrogatorio perfecto y prueba de cargo total. Como no podía ser de otra manera, el fiscal en cuestión acabó muy satisfecho la prueba, pero su alegría se frustró al llegar el turno de la defensa. Primera pregunta: ¿realizó usted las mediciones e hizo la inspección ocular? Respuesta: “No. Fue mi compañero X, yo me limité a hacer el atestado con los datos que él me daba. Por eso lo conozco al pie de la letra, pero nunca estuve en el lugar” Mi compañero deseó firmemente que la tierra le tragara, aunque, por fortuna, su deseo no se hizo realidad y podemos seguir disfrutando de sus vivencias. Eso sí, la sentencia fue absolutoria por falta de pruebas. El baile de números al citar al policía nos jugó una mala pasada.

                Pero como no solo de derecho penal vive el jurista, también hay errores fatales en el derecho civil. Este le sucedió a un compañero que acudía a un juicio ordinario previo paso del protagonista por el quirófano para el cambio de sexo. A punto de comenzar la sesión, mi compañero preguntó extrañado por el demandante, al que no veía. Su bochorno fue morrocotudo al descubrir que la estupendísima señora que él había tomado por la procuradora no era otra persona que ese demandante por el que preguntaba. Tragó saliva y se juró a sí mismo pensar las cosas antes de meter la pata,

             También los errores se dan por parte del justiciable. Cuando llegué a mi primer destino junto con dos compañeras, dado que no estaban acostumbrados a fiscales mujeres ni menos tan jóvenes como éramos -o parecíamos- solían preguntarnos por el fiscal. Más de una vez aprovechamos la tesitura para señalar a nuestro compañero varón del despacho de al lado y escurrir el bulto.

               Por último, no podía faltar un clásico. Conforme me relata otra compañera, a veces el bochorno es inevitable. Como en su caso que, extrañada porque un letrado con el que acababa de hablar hacía nada volvía a su despacho, le dijo que mantenía lo dicho anteriormente, cuando había hablado con ella. El, con una sonrisa, le explicó que no la había visto ni hablado con ella y, ante su cara de estupefacción, le explicó que tenía un gemelo, también abogado. Porque no solo pasa en las películas

               No obstante, mi anécdota preferida a este respecto fue la de un habitual del juzgado que, citado por enésima vez como denunciado en un juicio de faltas, se despacho con su proverbial cara dura diciendo a una joven que por allí había: morena, tráeme un café. La morena resultó ser la juez recién incorporada y quien quiso entonces que se abriera la tierra bajo sus pies fue él. Por supuesto, lo reconoció todo y aceptó sin chistar la condena que se impuso. Con sentencia in voce, por descontado.

                Hasta aquí, algunos de estos errores que no son sino la punta del iceberg de nuestros despistes. El aplauso, una vez más, para la generosidad de mis compañeros y compañeras que me cuentan estas cosas maravillosas. Y la ovación extra, para @madebycarol, que me ha prestado su ilustración Mil gracias una vez mas.