Lectura: milagros en blanco y negro


Hoy nuestro teatro estrena un cuento, mi cuento que forma parte de la antología de Generación Bibliocafé «Salgan con los libros en alto». Espero que os guste

Milagro en blanco y negro

 “Las personas libres jamás podrán concebir lo que los libros significan para quienes vivimos encerrados”

Diario de Anna Frank

         Nunca pensé que el sonido de una alarma antiaérea fuera a hacerme feliz. Ni siquiera sabía unos meses antes qué era una alarma antiaérea, salvo lo que había visto en alguna de aquellas películas antiguas en blanco y negro que tanto le gustaban a mi padre. Pero, a veces, las cosas que creemos que nunca van a pasar, pasan. Y a mí me pasó.

         La primera vez me causó un gran impacto, aunque no fuera consciente de lo que ocurría. Mi madre llevaba días muy nerviosa, deambulaba de un lado a otro trayendo y llevando cosas que yo ni siquiera sabía qué eran. Mi abuela casi no hacía otra cosa que llorar y suspirar, y repetir en voz muy baja “otra vez, no”. Mi padre estaba fuera de casa, en uno de sus viajes de negocios que esta vez se me estaba haciendo más largo de lo normal. Pero yo seguía con mi vida sin hacer mucho caso a todo aquello. Hasta que mi madre me gritó, con una voz aguda que nunca antes le había oído

  • Coge lo más preciso que tenemos que irnos a un sitio. Y coge unos cuantos libros, que te vendrán bien.

¿Libros? Yo leía de vez en cuando, aunque no tenía una gran pasión por la lectura. Lo que me obligaban en el colegio y poco más. En todo caso, alguna cosa que me recomendaban mis colegas o que se había puesto de moda. Ni siquiera supe de dónde coger los libros a que aludía mi madre. Ella, viendo mi cara de desconcierto, me llevó a una estantería del despacho donde trabajaba mi padre, y cogió unos cuantos

  • Estos te gustarán- aseguró- Y ahora corre al sótano. Yo ayudaré a la abuela a bajar.

        Su voz quedó casi oculta por el sonido de un timbre agudo y persistente que se me quedó grabado en el oído y en el alma.

         Salí a la escalera con los libros en una mano y el desconcierto en la otra. No tuve problema en encontrar el dichoso sótano porque varios vecinos me antecedían a la carrera, mientras otros me empujaban por detrás instándome a que me apresurara. Mi madre llegó al cabo de un rato que se me hizo eterno, junto a mi abuela, que repetía su salmodia entre sollozos “otra vez, otra vez.”

         El sótano era bastante diferente de lo que me había imaginado. No estaba mal del todo. Tenía sillas de sobra, un par de mesas y hasta un sofá desvencijado donde acomodaron a mi abuela. También tenía una pequeña nevera, y varias bombillas que colgaban desnudas del techo. Ahora ya entendía todos aquellos viajes de mi madre cargada de cosas.

         Me cogió de la mano y me situó en una silla, junto a una mesa y una pequeña estantería. Yo todavía llevaba los libros que me había dado en la mano, sin saber muy bien qué hacer con ellos. Me señaló la estantería

  • Puedes dejarlos aquí. Así echaremos mano de ellos cuando acabemos el que estamos leyendo. Elige uno

        Hasta entonces no había tenido tiempo de mirar ni siquiera las portadas. Tres libros de Julio Verne, ese autor que mi padre se empeñaba en que leyera, a lo que yo me había resistido porque me parecían anticuado, y “El diario de Anna Frank”. No sé si la elección de ese libro fue casual o intencionada, pero parecía lo más acorde con nuestra nueva situación. Lo cogí sin demasiadas ganas y me sumergí en sus páginas.

         No llevaba ni diez minutos leyendo cuando alguien se sentó a mi lado.

  • ¿Puedo?

       Agarró “El rayo verde” de la estantería y se quedó mirándome esperando mi asentimiento.

  • Claro

       No pronunciamos una palabra más. Continuamos durante más de dos horas cada cual en su libro hasta que nuestras madres vinieron a buscarnos

  • Ya podemos volver. El peligro ha pasado.

       Ni siquiera nos despedimos. Antes de marcharme, dejé mi ejemplar de El diario de Anna Frank en la estantería. No sé por qué lo hice, si porque no quería volver a aquellas cuatro paredes o porque quería dejarlo como un rehén para mi vuelta. Ahora sospecho que fue más por lo segundo, pero entonces no tenía ni idea. Ni de eso, ni de nada de lo que pasaba.

         Regresamos a nuestra vida, aunque nada volvió a ser como antes. Mi abuela seguía sollozando y mi madre continuaba trajinando de acá para allá. Mi padre continuaba sin aparecer, pero ya no me atrevía a preguntar por él.

         En un par de días, cuando ese pitido agudo y desagradable volvió a alterar nuestra rutina, me descubrí dando saltos de alegría. Bajé las escaleras a toda prisa, con un cargamento precioso en mis manos. Había cogido varios libros más de la biblioteca de mi padre y los fui a dejar en la estantería con el corazón en la boca. Cuando llegué, una de las dos sillas ya estaba ocupada y “El rayo verde” había vuelto a la mesa.

  • Te estaba esperando. He traído unos cuantos libros de mi casa para nuestra estantería
  • Yo también

        Apenas había retomado a Anna Frank donde la dejé, una niña se acercó a nuestro rincón

  • ¿Me podrías dejar un libro?
  • Claro. Coge el que quieras
  • ¿Cuál me recomendáis?

       Le explicamos lo que sabíamos de cada ejemplar y decidimos que “Mujercitas” le podía gustar. Se fue con una sonrisa

  • Cuando lo acabes, te lo cambiamos por otro

         Se corrió la voz y en, poco tiempo, los ejemplares se habían multiplicado y también quienes acudían en busca de algo de lectura para espantar las sombras de la guerra. Pusimos un pretencioso cartel casero de “librería” en el estante más alto y comenzamos una actividad frenética.

         Yo había acabado hacía días “El diario de Anna Frank” y estaba a punto de terminar “La vuelta al mundo en 80 días” cuando me preguntó si me había gustado. Le dije que sí, que era una buena ayuda en nuestra situación

  • Pues voy a leerlo yo

          Una vez más nuestras madres nos interrumpieron, con aquella frase que ya no quería decir nada

  • El peligro ha pasado, volvamos a casa.

         Esta vez parecía que iba en serio. Pasaron varios días sin que la alarma nos incordiara, y un espejismo de tranquilidad nos invadió. A todo menos a mí, que anhelaba en secreto volver a mi librería.

         El espejismo, no obstante, acabó pronto. En unos días, la alarma volvió a sonar con más fuerza que nunca. Casi al mismo tiempo, un estruendo nos hizo tambalearnos mientras bajábamos por la escalera hasta el sótano. Cuando llegamos, supimos la terrible noticia. Una bomba había alcanzado de pleno al edificio contiguo, en el que vivían más de la mitad de las personas que se refugiaban en nuestro sótano.

         De pronto, me invadió el pánico. Corrí a mi librería y no vi a nadie. Un negro presentimiento me sacudió, y me puse a buscar un libro, el único libro que faltaba en la librería, “El Diario de Anna Frank”.

         No estaba por ningún sitio. Sabía que la última vez que lo vi estaba en sus manos, y aquello solo podía significar una cosa.

         Lloré y lloré sin consuelo, dejando que las lágrimas empaparan todos los ejemplares que había revuelto en mi búsqueda frenética. Maldita guerra y malditas bombas. Me senté a sollozar en silencio junto a mi abuela, que no había dejado de hacerlo desde el primer día en que bajamos a aquel sótano.

         No sé cuánto tiempo transcurrió, pero una voz desconocida me sacó de mi marasmo

  • Necesito un libro Y no hay nadie en la librería

          Fui arrastrando los pies y el alma. Sentía que era mi deber, por más que no tuviera ganas de nada. Cuando llegué a mi rincón, no pude creer lo que estaba viendo. Mi ejemplar de “El diario de Anna Frank” estaba de nuevo en la estantería

  • Me salvó. Anna me salvó –me dijo llorando de pena mientras yo lloraba de alegría- Bajé hoy al sótano porque tenía ganas de leer y el libro estaba en nuestra librería. Estaba aquí cuando pasó todo. Ahora ya no tengo nada. Solo los libros

        Nos abrazamos y lloramos hasta que no nos quedaron lágrimas. Luego recordé a la niña que me había pedido el libro, que seguía esperando

  • ¿Qué libros te gustan?

LAJ: entender para comprender


              No siempre somos conscientes de la importancia de las cosas hasta que nos quedamos sin ellas. Y entonces, como suele pasar, las consecuencias son inevitables- Jugando con títulos de películas, la Bendita ignorancia no es siempre tan bendita, y La sabiduría es fundamental para prevenir los riesgos Antes que sea tarde.

              En nuestro teatro no siempre sabemos darnos a entender, sobre todo a la opinión pública. Y luego vienen las consecuencias, que esa misma opinión publica no entiende. Ese es el sentido de este escenario toguitaconado, y en eso vamos a abundar.

              Hoy voy a hablar de los LAJ, dicho coloquialmente, o de los Letrados y Letradas de la Administración de Justicia utilizando la nomenclatura correcta. Y lo voy a hacer porque, desde hace tiempo, están enredados en unas reivindicaciones tan justas como desconocidas. Y ya se sabe que es una obra de misericordia enseñar al que no sabe. Que luego se suspenden las vistas, las declaraciones o cualquier otra actuación en los Juzgados y la gente no sabe por qué.

              Este teatro, en las primeras funciones de su historia ya dedicó un estreno -de los más visitados hasta el día de hoy- a los entonces llamados Secretarios Judiciales, un estreno que hacía referencia a la cara oculta de la luna por el desconocimiento de su existencia aunque siempre estén ahí. Incluso la propia denominación daba lugar a desagradables equívocos, cuando había quien pensaba que eran los secretarios particulares de los jueces o juezas, cuya misión era llevarles el café, hacerles las fotocopias y poco más. En tan lamentable error cayó alguna que otra película y serie de televisión, siendo la más recordada al respecto la segunda parte de Turno de oficio, que dio incluso lugar a una queja del colectivo. Con toda la razón.

              Ya hace mucho tiempo, en el año 2015, cambiaron su nombre por el de Letrados -y Letradas- de la Administración de Justicia. No me atrevería a decir si el nuevo nombre fue un acierto, porque la confusión puede seguir existiendo respecto de la abogacía, pero lo cierto es que ya hace bastantes que nos quedamos con la versión reducida a siglas que, aunque no es demasiado armónica al pronunciarla, sí les dota de una individualidad que no da lugar a dudas a quienes habitamos Toguilandia. Y tal vez ahí está el problema, en que solo es en nuestro mundo donde lo tenemos claro. Y a veces ni eso.

              Hagamos la prueba. Preguntemos a cualquier persona -incluidos periodistas no especializados en tribunales y tertulianos y opinólogos varios- qué es un LAJ. La cara de asombro de cualquiera ante la pregunta es un hecho. Pero pongámoselo más fácil. Preguntemos si saben qué es un Letrado de la administración de Justicia y a buen seguro que, además de los consabidos no sabe/no contesta encontraremos respuestas de lo más variopintas, pero todas ellas más cerca de la función de la Abogacía que de la que les es propia. Y es que si siempre digo que la fiscalía es la gran desconocida de la Justicia, lo suyo ya es un Expediente X que ni Iker Jiménez. Y bien está arrojar un poco de luz a este nuestro Cuarto Milenio particular.

              Tradicionalmente, los Secretarios Judiciales -así, en masculino, que era como se denominaba al cuerpo- tenían por función fundamental la fe pública. Es decir, que eran algo así como los notarios de la Administración de Justicia. Y esto no es cualquier cosa, porque nada de lo que hagamos tendría validez si no dejan constancia de ello. Y esta función fundamental se ha visto aumentada en los últimos tiempos con otras muchas, incluida la de dictar algunas resoluciones que antes competían de manera exclusiva al poder judicial. De hecho, iba a escribir a «Sus Señorías», incurriendo en un frecuente error, que también lo son, al igual que lo somos las y los fiscales. Como también llevan su toga y sus puñetas, nuestro particular uniforme de trabajo.

              La función de los LAJs es indispensable en actuaciones tan conocidas y necesarias como entradas y registros, apertura de correspondencia o, algo que cada vez se ve más en estos tecnológicos tiempos, transcripción de conversaciones y cotejo. Sin eso, no hay prueba que valga, y sin prueba, ya se sabe que no hay condena. Ni siquiera vale un levantamiento de cadáver si no están presentes. Y esto son solo algunos ejemplos.

              Hay quien puede pensar que, como ya no están en las salas de vistas recogiendo como un monje amanuense en acta manuscrita todo lo que ocurre en juicio, ya no son necesarios. Craso error. Lo que resultaba anacrónico es que en pleno siglo XXI tuvieran que estar recogiendo cosas al dictado como me hacía mi madre cuando iba a Primaria. Ahora lo hacen los ordenadores, por descontado. Pero es necesario que se garantice que esos ordenadores, con ese programa informático y el modo de hacer responden fielmente a lo que ha sucedido en el juicio, en la declaración o en el acto que sea, y que tenga validez. Y eso es lo que hacen los LAJs, y sin eso no hay nada de nada.

              ¿Y por qué cuento esto? Pues para que se entienda que, como está sucediendo ahora, si se declaran en huelga, los efectos para el justiciable, que ve suspendidos juicios, declaraciones u otros actos judiciales que estaba esperando son graves. Por no hablar de las consecuencias para otros profesionales, fundamentalmente la abogacía.

              Lo verdaderamente penoso es que hayan tenido que llevar sus reivindicaciones hasta las últimas consecuencias para que les hagan caso, porque padecen de un mal que comparten con jueces y fiscales, cual es la falta de órganos sindicales que puedan negociar sus derecho laborales con eficacia. Si unimos a eso que somos cuatro gatos en la inmensidad de la población -y cuatro gatos dan pocos votos- y que la Justicia es la hermanita pobre de las Administraciones públicas, tenemos La tormenta perfecta. Aunque sin Gerge Clooney al timón, ya quisiéramos.

              Así que cuando vayamos a quejarnos de que algo se suspende o se retrasa por estas movilizaciones, parémonos a pensar qué el lo que piden, y si es justo. Y no nos quedemos en la simpleza de que solo quieren que les subamos el sueldo, que ya lo he oído más de una vez y no solo de ellos. Reclamar un salario justo no es pedir sin más que suban el sueldo, y pedir unas condiciones de trabajo dignas no es un capricho. Porque ese trabajo es, precisamente, un servicio público, y para darlo en condiciones, se tienen que tener los medios adecuados, incluido el reconocimiento a la dignidad de la función, que es mucho más que palabrerío.

              En definitiva, se pueden compartir o no las reivindicaciones, pero lo que no se pueden nunca es ignorar. Así que, enterémonos bien de lo que reclaman, porque nadie se pone en huelga, perdiendo un dinero tan necesario,  por capricho

              Por eso hoy les dedico el aplauso. Porque es justo y necesario

Enfermedades : de la toga a la cama


            Son muchas las películas que tratan el tema de las enfermedades, desde uno u otro punto de vista. Un monstruo viene a verme, Camino, Cuarta planta, Mi vida sin mí, Maktub, Quédate a mi lado, entre otras muchas, como Philadelphia, que aborda la enfermedad en nuestro mundo de togas. Y, aunque no todas las enfermedades son graves, cuando lo son es cuando, sin duda, más juego dan al celuloide, por todos los sentimientos que despiertan

En nuestro teatro, como en todas partes, sufrimos enfermedades. Nadie se libra, ni la judicatura, fiscalía o abogacía ni encausados, testigos o peritos. Es la vida.

Hoy dedicaremos este estreno no a las enfermedades en sí mismas, sino a las consecuencias que producen en Toguilandia, no siempre fáciles de solucionar. Y recordemos que en nuestro mundo, pasa como con las fichas de dominó falla una y se caen todas. Sin remedio. O casi.

Durante estos últimos años hemos visto, entre la estupefacción y la adaptación, como un virus, el COVid, alteraba toda nuestra vida y dejaba sentir sus efectos más allá del tiempo del confinamiento y las restricciones. Primero fueron las suspensiones, y luego la acumulación de trabajo para recuperar el tiempo perdido pero aún ahora continuamos encontrándonos con más suspensiones y aplazamientos porque alguno de los intérpretes de nuestras funciones había cogido el dichoso bicho. Hoy, sin ir más lejos, ha sido una funcionaria de guardia la que ha tenido que ser sustituida a toda prisa por esa causa. Suma y sigue.

Pero no todas las enfermedades son pandémicas ni graves, Volvemos a ver, con más fuerza que nunca, el constipado nuestro de cada día, o la gripe nuestra de cada año que parece que no, pero puede dejar más incapacitada que si un camión de mudanzas te hubiera pasado por encima con toda su carga, piano incluido, Porque no hay mudanza que se precie sin piano, que si hay que ir, se va, que ir para nada es tontería.

Y es entonces, claro, cuando llega la pregunta del millón. ¿Qué se hace cuando, de repente, alguien de quienes estaban llamados a protagonizar la función del día no viene porque algo más que un moco ha ido a verle? Pues según depende, como todo.

Si se trata de un investigado, se suspende, por supuesto, siempre y cuando acredite la enfermedad de algún modo. Incluso si no la acreditara se suspendería en aquellos juicios que no se pueden celebrar en ausencia –penas mayores a dos años de prisión- aunque si no justifica esa ausencia de modo convincente, se ganará una busca y captura como la copa de un pino, y una comparecencia de prisión cuando la búsqueda dé frutos, con todo lo que ello puede suponer, que no es moco de pavo.

Si se trata de testigos, y también consta la imposibilidad por enfermedad, lo suyo es suspender, si la prueba fue admitida. Otra cuestión es si se trataba de un testigo que iba a proponerse como cuestión previa, porque en ese caso tiene que decidir su Señoría ponderando la certeza de la imposibilidad y la necesidad de su testimonio. Cosas de la tutela judicial efectiva, vaya.

Algo parecido ocurriría si se trata de un perito aunque, si es de los peritos “de la casa” –médicos forenses, psicólogos forenses- puede ser sustituido por un compañero o compañera que se come el marrón de estudiarse a toda prisa el informe para poder dar cuenta de él en la declaración o el juicio.

Si se trata de Su Señoría, las posibilidades son varias. Antes, cuando atábamos los perros con longanizas y teníamos siempre un sustituto a mano, la solución era sencilla, se les llamaba y punto pelota. Pero desde que nos cicatearon los medios personales, la cosa se pone más complicada y, aunque hay sustitutos y sustitutas para eventualidades, puede acabar siendo el juez de al lado quien se haga cargo de la sesión de juicios o de las declaraciones programadas, haciendo gala de un don de la ubicuidad que se nos presume a pesar de no ir en el programa de la oposición ni venderse con la toga y las puñetas.

Lo de la fiscalía todavía tiene más perendengues, porque siempre hay alguien que te espeta eso de que como el fiscal es único, pues que vaya cualquiera. Y ahí es dónde está el problema, que no siempre es fácil encontrar a cualquiera que esté libre, dada la multiplicidad de funciones con las que batallamos cada día. Y, además, aunque se encuentre el bombero para apagar el fuego, no siempre tenemos la información suficiente del asunto en cuestión para tirarnos así, a pecho descubierto. Pero más de una vez lo hemos hecho. No queda otra.

Y me he dejado para el final el caso de los Letrados y Letradas, con quienes nos encontramos cada día al otro lado de estrados. Sus dificultades son mayores, ya que al no ser un cuerpo público dotado de sustitutos, ni poder tirar de “cualquiera” como la fiscalía, se lo ponen chungo. En principio, la incomparecencia en juicio del abogado o abogada del investigado, da lugar a la suspensión, si bien las consecuencias para el profesional que no justifique su ausencia pueden ser lo más variadas, incluidas posibles sanciones. Por supuesto, se trataría de justificar, a priori si es posible o a posteriori si no lo es, la enfermedad padecida. Pero hay veces que las cosas no son tan claras y no se es tan receptivo a las peticiones de suspensión con un “que le venga a sustituir un compañero”. Sé de abogadas a las que les ha pasado algo así con relación a algo tan obvio como los embarazos y su desenlace forzoso en el parto. Y lo lamento profundamente. Hay que entender que, a pesar de que otro profesional pueda hacerse cargo del asunto, ello supone una pérdida económica y de clientes que no hay por qué soportar, cuando de un derecho tan esencial como la salud o la maternidad se trata. Pero sé que siguen peleando por ello. Y aquí dejo mi granito de arena para echar una mano, si es posible. Porque no podemos permitirnos, cuando de derechos se trata, eso de que en casa del herrero cuchillo de palo.

Por supuesto, cuando la enfermedad es lo suficientemente grave o prolongada en el tiempo, las medidas a tomar han de ser, por fuerza, distintas. En estos casos no se puede eternizar la duración de un proceso, y es cuando es necesario echar mano de los diferentes mecanismos de sustitución posibles. No hay más remedio.

Y hasta aquí, este estreno dedicado a eso que tanto ocurre por estas fechas de frío. Y que, por ocurrir con tanta frecuencia, deberíamos de tener previsto. Pero las cosas son así en Toguilandia. Y por eso el aplauso es hoy para quienes se ven en la obligación de aguantar el chaparrón con el paraguas agujerado. O sin siquiera paraguas.

Medidas de seguridad: las no-penas


              No todo lo que parecen cárceles lo son. Las películas nos han dado amplios testimonios sobre centros psiquiátricos de verdadero horror, como la escalofriante Alguien voló sobre el nido del cuco, o teñidos de esperanza como en Despertares. Pero, en cualquier caso, son encierros que no son penas, aunque a veces lo parezcan. Y de eso precisamente se trata, de lo que parece y no es, porque, como dice un refrán y reproduce el título de una película Las apariencias engañan.

              En nuestro teatro hay penas que no son penas pero lo parecen. Incluso en algún caso inducen a confusión hasta a los más avezados, porque la terminología no siempre ayuda. Quizás por eso la mayor paradoja es que esas penas que no son penas se llamen “medidas de seguridad” cuando la más segura de las medidas a aplicar según los casos sería, precisamente, la prisión. Pero la prisión es una pena y nunca una medida de seguridad y así son las cosas, Y eso es lo que vamos a tratar de explicar.

              Lo primero que hay que aclarar es que las medidas de seguridad no son sanciones. Son, como su propio nombre indica, medidas, o sea, prevenciones que se toman respecto de alguien que haya cometido un delito, encaminadas a su rehabilitación y a que no repita esa conducta. Ese es otro requisito importante, porque las medidas predelictuales basadas en una supuesta peligrosidad quedaron derogadas cuando acabó la vigencia de la Ley de vagos y maleantes y su heredera la Ley de peligrosidad social, ambas del franquismo, y que metían en el mismo caso homosexualidad, proxenetismo, mendicidad, prostitución o consumo de drogas, entre otras muchas cosas. Un batiburrillo que se derogó no hace tanto tiempo, exactamente con la entrada en vigor del Código de 1995, aunque muchas de sus disposiciones habían dejado de aplicarse antes por inconstitucionalidad sobrevenida.

              Dicho esto, huelga decir que tales medidas pueden ser impuestas en sustitución de una pena, como ocurre con los inimputables respecto de los cuales se decreta el internamiento en centro psiquiátrico, conjuntamente con la pena, como puede suceder con un tratamiento ambulatorio o incluso con posterioridad al cumplimiento de la misma, como pasa con la libertad vigilada. Pero, aun así, no es oro todo lo que reluce.

              Vayamos por partes. Las medidas de seguridad vienen específicamente expuestas en la parte general de nuestro Código Penal, que las divide en dos tipos, privativas y no privativas de libertad.

 A las primeras pertenecen el internamiento en centro psiquiátrico, en centro de deshabituación o en centro educativo especial, y nunca pueden imponerse si el delito cometido no estuviera castigado con pena de prisión, algo que, aunque es lógico, hace que surja la confusión en más de un caso.

 Al segundo tipo, esto es, las no privativas de libertad pertenecen la inhabilitación profesional, la expulsión en caso de extranjeros sin residencia legal, la libertad vigilada, la custodia familiar, la privación de derecho a conducir y la de tenencia y porte de armas.

En cuanto a las medidas de internamiento en cualquiera de los centros citados, se trata de medidas que, con una enorme frecuencia, se aplican a quienes resultan absueltos por razón de inimputabilidad, o a quienes se les aplica una eximente incompleta y se sustituye la pena por esta medida. Del primer supuesto, recuerdo algunos casos muy llamativos de personas con verdaderos trastornos psiquiátricos, aunque el que más me impactó fue el de un hombre que degolló a su mujer en la creencia de que ella quería envenenarle y luego escribió en las paredes con su sangre. En el otro lado del espectro, recuerdo con cariño a un tipo convencido de que cada semana le abducían los extraterrestres y le obligaban a cometer pequeños delitos contra la propiedad, algo que relataba con una naturalidad pasmosa. Como hermana pequeña de esta medida está el tratamiento ambulatorio, del que se solía echar mano en caso de eximentes incompletas, y que suponía una vía intermedia entre el internamiento y la libertad.

El problema surge cuando estas medidas se confunden con los requisitos para conceder la suspensión de la ejecución de la pena, especialmente si se trata de deshabituación de drogodependientes de lo que se habló en los estrenos dedicados a la ejecución Aunque el contenido sea el mismo, las consecuencias de su vulneración son diferentes, ya que si se trata de un requisito de la suspensión de la pena dará lugar a la revocación del beneficio y al cumplimiento de la pena, lo que nunca sucederá en un internamiento decretado para un inimputable.

Y, si en el caso de las medidas privativas de libertad puede haber confusión, en los de las medidas no privativas de libertad se multiplica. En primer lugar, tres de ellas, la inhabilitación profesional, la privación del derecho a conducir y la de tenencia de armas, son también penas en el catálogo general que de las mismas hace e Código Penal. Pero hay que distinguir muy claramente cuando se imponen en uno u otro concepto porque también las consecuencias son diferentes, ya que si se trata de penas se incurriría en un nuevo delito, el de quebrantamiento de condena, castigado condena de prisión. Por su parte, y para rizar el rizo, otra de las medidas previstas, la de expulsión, puede coincidir en su contenido con una sanción administrativa o con una medida de sustitución de la pena, y de nuevo las consecuencias del incumplimiento cambian porque, si es una pena sustituida y se regresa al territorio habrá que cumplir la pena a la que sustituyó, mientras que si es una sanción administrativa se le volverá a expulsar.

Y si la cosa no estaba bastante enredada, aun hay más, porque alguna de estas medidas puede formar parte de las reglas de conducta adicionales cuya observancia se impone como requisito de la suspensión de la pena. Y entonces ocurre lo que sucede con las prohibiciones de aproximación impuestas en ese concepto y no en el de pena, que dan lugar -aunque no obligatoriamente- a la revocación del beneficio o, al menos, a una modificación en sus condiciones, y no a un delito de quebrantamiento. Un lío, vamos. Tanto que en una ocasión el propio policía que nos traía a un detenido nos decía que no sabían si había quebrantado o no, a pesar de que lo encontraron en la vía pública haciéndose arrumacos con la persona a la que debía mantenerse alejado. Y, mira por dónde, resultó que no, porque la pena de alejamiento la había cumplido y lo que le quedaba por cumplir era una regla de conducta para la concesión de la suspensión de la pena, que, por supuesto, se le revocó. Así que no se salió tan de rositas como pretendía. Cosas del Derecho Penal.

Y hasta aquí, el estreno dedicado a estas medidas de seguridad. Espero que haya arrojado un poco de luz o, aunque sea, un poco de ese otro tipo de seguridad, la jurídica, que no es moco de pavo. Por eso quiero dar hoy el aplauso a quienes cada día se ven en el brete de aplicar todas estas normas, juntas o separadamente, Porque a veces el legislador parece que quiere gastarnos bromas pesadas.

De cine: del celuloide a Toguilandia


              Hay frases de películas que han pasado a formar parte del imaginario colectivo. Desde El padrino a Toy Story, de La guerra de las galaxias a Mujeres al borde de un ataque de nervios, de Lo que el viento se llevó a El exorcista, son muchas las películas cuyo legado, además de audiovisual, es una frase que se incorpora a nuestras vidas y pasa a formar parte de ellas para siempre.

              En nuestro teatro no podíamos ser menos e incorporamos estas frases rápidamente, incluso sin darnos cuenta de ello. Porque no puede ser de otro modo.

              En algunos casos, ya el propio contenido de la frase nos conecta directamente con Toguilandia sin ningún género de dudas. ¿Quién no ha caído alguna vez en la tentación de llamar a un letrado “Abogadoooo” con la entonación característica del pavoroso protagonista de El cabo del miedo? ¿Quién no ha emulado a Groucho ante un documento indescifrable y ha aludido a la parte contratante de la primera parte? ¿Quién no ha dicho con voz de ultratumba, que en ocasiones veo muertos, en sentido literal, como el niño de El sexto sentido, o en sentido figurado?

              Aunque quizás una de nuestras figuras más característica, los testigos, ha dado lugar a los momentos más hilarantes o al menos, curiosos. Más allá de emplear una y otra vez el tan socorrido A dios pongo por testigo de Escarlata O’Hara, yo soy más de Chus Lampreave que, en un momento inolvidable de la no menos inolvidable Mujeres al borde de un ataque de nervios, afirmaba que ella era testiga de Jehová y que no podía mentir, añadiendo que eso es lo malo de las testigas, que no pueden mentir. Todavía me dan ataques de risa cuando una amiga, que sabía que iba a ser llamada a testificar en una causa bastante mediática, hizo su propio homenaje a la actriz refiriéndose a sí misma como “testiga” y diciendo que por eso no podía mentir. Algún día lo contaré con detalle en mis memorias, si ella no se adelanta con las suyas. Y, por supuesto, no me refiero a las Memorias de la fiscalía, por si alguien se equivoca.

              De todos modos, no hace falta que las frases tengan relación directa con Toguilandia. Todo puede trasladarse a nuestro mundo, y así, nos hemos sentido ante la estrechez de algunos espacios como en el camarote de los Hermanos Marx en Una noche en la ópera, y nos ha costado no sucumbir a la tentación de añadir “y dos huevos duros”. También hemos sentido ante algunas de las cosas que pasan en los juicios que nos giraba la cabeza como a la niña del exorcista y si no preguntamos eso de ¿“has visto lo que ha hecho la guarra de tu hija? No es por falta de ganas. Y, por supuesto, cuando un juicio se repito una y otra vez, hemos afirmado encontrarnos ante el día de la marmota de Atrapados en el tiempo.

              Y no olvidemos un clásico. Cuando, inasequibles al desaliento, nos sentimos con fuerzas para presentar los recursos que hagan falta ante todas las instancias habidas y por haber, decimos que iremos Hasta el infinito y mal allá, como el Bud Lightyear de Toy Story. Y, si en algún momento del periplo no podemos con nuestras vidas, exclamamos que no siento las piernas como Rambo. Y, por supuesto, cuando recobramos las fuerzas, pedimos Más madera, de nuevo con Groucho.

              Confieso que yo, que además de toguitaconada tengo querencia a los tutús y las zapatillas de punta, me animo a mí misma cuando las cosas no van demasiado bien recordando a la profe de Fama repitiendo con su bastón eso de que La fama cuesta y aquí es donde vais a empezar a pagarlo, con sudor. Si las cosas siguen cuesta arriba, me repito eso de Houston, tenemos un problema como si estuviera en Apolo XIII y hasta aviso con un Teléfono rojo. Y si, finalmente, la cosa no sale como una esperaba, bien muy bien tirar de Casablanca y repetir que siempre nos quedará París.

              En otras ocasiones, las lecciones de filosofía de la madre de Forrest Gump son muy útiles, tanto casi como un informe forense para determinar la imputabilidad, al decir que Tonto es el que dice tonterías. Y hablando de informes periciales, un buen resumen de las pruebas de ADN es la frase antológica de la saga de las galaxias, Yo soy tu padre. A lo que siempre cabría contestar, con Clark Gable, que francamente, querido, me importa un bledo. Y es que Nadie es perfecto, una de mis frases favoritas, de esa escena memorable de Con faldas y a lo loco, aunque en nuestro caso sería Con togas y a lo loco.

              No acabaré este estreno sin pediros que vengáis a la luz, como la Carolyn de Poltergeist, para dar el aplauso merecido a quienes, inasequibles al desaliento, no se desaniman ante el fracaso y, con Escarlata de nuevo, repiten lo de mañana será otro día. Y, además, nos invitan a seguir con un Ven a jugar con nosotras, como las gemelas de El Resplandor. ¿Vamos?

#ArtistaInvitada : Loreto Ochando


Hoy, en nuestro escenario, una nueva entrega de la sección dedicada artistas invitados. Y hoy no es jurista, aunque sí alguien que está muy cerca de nuestro puñetero mundo de togas y latinajos.

Loreto es periodista de tribunales, conocida por sus apariciones en televisión y sus textos, tan auténticos como ella misma.

Pero para mí Loreto es mucho más que eso. Es, probablemente, el mejor regalo que me traje de mi etapa de portavoz de la fiscalía. Desde el primer día que entró e mi despacho, supe que no iba a salir de mi vida. Hoy, me enorgullezco de que sea más que una amiga, una hermana, mi sister.

Por eso no se podía escaquear de la llamada de los tacones, y me regala un texto tan real y tan auténtico como es ella. Ojala lo que dice no tuviera que ser dicho, pero al menos existen personas como ella que lo ponen negro sobre blanco.

Os pido desde ya el aplauso para ella

Hasta las narices

Loreto Ochando

Acabo de ver una noticia en La Sexta sobre Australia. Una asesora del parlamento australiano denunció haber sido violada y hasta el primer ministro pidió perdón. Hoy, un representante de la Fiscalía ha salido diciendo que se cierra el caso para que la víctima pueda sanar, porque la joven está ingresada en el hospital después de haber recibido presiones y amenazas. 

Y una piensa, no me jodas, ¿en serio? Pues sí, en serio. Y es en ese momento cuando una piensa en lo sucedido tras la entrada en vigor de la ley del solo sí es sí. ¿Qué es una chapuza jurídica? Sí, sin lugar a dudas. Es lo que pasa cuando los políticos se pasan por sus partes pudentas los informes preceptivos. Pero si una gira el cuello y mira hacia otros países aun tiene que dar las gracias por cómo estamos en España, pues pese a las reducciones de penas, aquí las mujeres lo tienen mucho mejor que en otros países para conseguir que las crean.

Hace unos días me he leído el maravilloso libro ‘Fuego’ de la periodista y, sí, mi amiga, Gema Peñalosa, que cuenta el crimen de Benejúzar, donde una madre quemó vivo al violador de su hija.

Aquí la que suscribe estas líneas no está de acuerdo con el ‘ojo por ojo’, pero joder, cuando ves lo de Australia piensas: poco pasa. Vivimos en un país donde una ley, la Ley Integral contra la Violencia de Género, que se aprobó por unanimidad en el Congreso de los Diputados y ahora, gracias a un partido político, está en la picota.

Vivimos en un país donde ahora, en 2022 casi 23, el 20 por ciento de los menores de edad piensan que la violencia de género no existe. ¿Qué carajo estamos haciendo? ¿Qué carajo de sociedad estamos dejando a nuestros hijos e hijas?

Escribo estas líneas desde el cabreo más absoluto, pero es que voy a ser sincera, no puedo más. Llevo defendiendo la igualdad en charlas, en la radio, en la televisión y hasta en el bar, cerveza en mano, años. Y lo siento, pero tengo ganas de llorar. 

Utilizo este foro, el del blog de mi sister, para abrir un debate. ¿En qué estamos fallando? Porque seamos sinceros, estamos fallando.

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Vistas: juicios que no son juicios


              No todo es lo que parece. Lo que ocurre en la Administración de Justicia es un gran filón para cine y series. Pero, por el contrario a lo que parece, alguna de esas series o pelis no sacaban juicios sino otros momentos distintos, aunque igual de importantes. Es el caso de Juzgado de guardia, Turno de oficio o series de investigación como Bones o CSI en sus distintas versiones. Todo cuenta.

              En nuestro teatro hablamos constantemente de juicios, pero no vivimos contantemente con la toga puesta, al menos en sentido literal. Realizamos numerosas actuaciones que no requieren toga y que, por tanto, no son juicios. Aunque también hay actuaciones que requieren toga y tampoco son juicios. Pero vayamos por partes

              Algunas de las actuaciones judiciales más visibles son las que ocurren en el Juzgado de guardia y ninguna de ella es un juicio en sentido estricto. Hay una salvedad, claro está, la del juicio rápido con conformidad que formalmente es un juicio -empieza con un atestado o una denuncia y acaba con una sentencia firme- pero no se desarrolla materialmente como un juicio, con sus estrados, sus partes, sus togas y sus informes.

              Aparte de este caso, no hay juicios en la guardia. Ni las declaraciones, ni las comparecencias de prisión o de orden de protección lo son, aunque a veces algunos todólogos profesionales induzcan a confusión. Y el hecho de que no sean juicios se comprueba con tres claves: no se usa toga, no se acaba con sentencia y no se pide la venia para intervenir. Y sí, ya sé que hay muchos profesionales que piden la venia a su señoría cada vez que preguntan en un interrogatorio, pero no procede porque no es un juicio. Aunque pueden objetar que lo que abunda no daña. Y tendrán razón.

              Otro tanto cabe decir de las declaraciones que se realizan más allá de la guardia, en el juzgado de instrucción correspondiente, sean de investigados, sean de testigos. Pues tampoco, aunque haya a quien le gusta tanto llevar si toga a cuestas que no se deshaga de ella ni para estas cosas. Allá cada cual con sus manías.

              Tal vez los actos que induzcan más a confusión sean las comparecencias de prisión. Ignoro porque razón, hubo una época en que se llamaban “vistillas” como si fueran una hermana pequeña de los juicio, pero el hábito no hace al monje y lo que es una comparecencia no deja de serlo porque le cambies el nombre. Y sí, seguro que alguien me dice que las ha hecho con toga en la sala. Yo también, pero tampoco ese hábito nos hace ingresar en orden religiosa alguna. Y, aunque se celebre con toga por estar en la sala de vistas, no deja de ser una comparecencia. Por si alguien se pregunta en qué casos hay comparecencia de prisión preventiva en la Sala, le responderé que, en esencia, para aquellos casos en que el investigado o procesado que se encontraba en libertad provisional incurre en alguno de los supuestos que hagan que se replantee su situación personal, como el hecho de no comparecer a los llamamientos judiciales cuando le citan o no cumplir con la obligación de firmar en el juzgado con la periodicidad que se diga, lo que llamamos comparecer apud acta.

              Y, hablando de comparecencias apud acta, no puedo dejar de contar algo que presencié hoy. Un investigado iba a firmar a la ventanilla correspondiente, y le oí preguntar al funcionario si le podía ayudar, que creía que la juez del 4 le había dicho los lunes y miércoles, la del 17 los jueves, y la del otro juzgado que no se acordaba cada semana. El pobre funcionario no se aclaraba con tanto lío, así que al final el angelito dijo que iría todos los días para no equivocarse. Y es que el tipo debía tener un verdadero máster delincuencial de amplio espectro, visto lo visto. Porque si se hacen las cosas, se hacen bien, vaya

              Tampoco son juicios otras de las actuaciones estrella de los juzgados de guardia, sobre todo si son de violencia sobre la mujer, las comparecencias de orden de protección. En este caso, se escucha a las partes, y hasta se da la última palaba al investigado, pero tampoco se considera juicio ni acaba con sentencia sino con auto. Que, como nos decía mi preparador cuando empezábamos con la oposición, es algo más que un vehículo automóvil.

              Pero hay otro tipo de vistas, más formales y con toga incluida, pero que no acaban en sentencia. Se trata de las vistas de recursos que no siempre existen, en unos casos porque no está previsto y en otro porque solo hay cista si hay petición de parte. En cualquier caso, cuando se celebran, son vistas en el más estricto sentido, pero no juicios. Aunque en algunos casos lo parezcan, por su desarrollo y su solemnidad. Porque, en este caso, sí que se pide la venia para actuar.

              Y, si queremos un proceso que tiene más comparecencias que ninguno antes de llegar a la fase de juicio, ese el tribunal de jurado. Tan es así que, si se celebran todas, cuando llega el momento del juicio, los profesionales que intervenimos nos hemos visto tantas veces que hasta nos ha dado tiempo a hacernos amigos. Y hasta enemigos, en algunos casos, que no todo es happy flower en Toguilandia

              Por supuesto, me he referido solo a las vistas del proceso penal. La del civil, y otras jurisdicciones, la dejamos par otro estreno, pero e este bajamos el telón por hoy. El aplauso se lo daremos a quienes celebran vistas cada día con toga o sin toga, con sentencia o sin ella, pero con unas dosis de profesionalidad y paciencia que bien merecen un reconocimiento.

#Machismo: otro 25 N


              Este 25 de noviembre me hubiera gustado hablar de lo que hemos cambiado, de la evolución en nuestra concienciación y de la disminución del numero de víctimas, pero no puedo. Me hubiera gustado que películas como La estrella, Durmiendo con su enemigo o Te doy mis ojos fueran meros testimonios y no realidades candentes, y que cosa tan espantosas como lo que ocurría en Sor Citroën, donde se hacía mofa y befa del maltrato, ya no pasaran. Pero pasan. Y por eso no hay que callarse.

              En nuestro teatro, no podemos decir que el machismo campe por sus fueros, pero ahí está, como en la sociedad. Y por más que en los Juzgados de Violencia sobre la Mujer tratemos de poner nuestra parte para acabar con esto, es solo eso, una parte. Porque tenemos que recordar que en los Juzgados actuamos cuando el mal ya está hecho, es decir, cuando se ha cometido un delito y que, aunque podamos evitar -o intentarlo- que se cometa uno más grave, no podemos actuar sin la comisión de un delito y sin unos indicios razonables para seguir adelante. Y ese es nuestro problema y muchas veces, nuestra gran frustración.

              En este nuestro teatro llevamos mucho tiempo reivindicando la lucha contra la violencia de género. El hacerlo con la toga y sin la toga puesta, con y sin los tacones, me ha valido más de un disgusto, no lo niego, pero la balanza se inclina a favor de las satisfacciones. Ya conté como me sentí de abrumada ante las muestras de apoyo por la acción en redes de alguien a quien solo calificaré llegado el momento procesal oportuno. Y no soy la única. Cada día vemos en redes, en medios de comunicación y hasta en el Parlamento como las mujeres somos agredidas por el hecho de ser mujeres. Y eso también es Violencia de Género.

              Así que hoy, como homenaje a las que ya no están, y como grito de ánimo para las que siguen enfrentándose cada día a esta tragedia, os dejo un poema. No soy poeta, pero soy mujer, y el grito me sale del alma

PERDIDA Y ENCONTRADA

Hace tiempo que perdió su sonrisa

en una olla llena de lentejas y sangre

Hace tiempo que perdió su alegría

y que la vio escaparse por el desagüe

Hace tiempo que no ve los espejos

porque no se reconoce

en esa imagen de derrota y miedo

Hace tiempo que la esperanza

dejó de ser siquiera una quimera

Pero hoy alzó su voz

y buscó su sonrisa en el plato de lentejas

y desmontó el desagüe para recuperar su alegría

Hoy le quitó al espejo

la sábana negra que le impedía verse

Y dejó que la esperanza entrara otra vez

por su ventana abierta

tiñendo de morado su cuerpo y su alma

Hoy volvió a ser ella

Y decidió que nadie

 volvería a borrarla

Hoy decidió retomar las riendas de su vida

y, por fin, nos ha invitado a acompañarla

Yo voy con ella al fin del mundo

¿quién viene con nosotras?

#HistoriasDelFuturo: De lo justo y lo injusto


De lo justo y los injusto

Su dispositivo personal le dio un aviso. El nivel de alerta que marcaba era máximo. Y la verdad, no le sorprendió. Lo que tal vez le sorprendió es que no hubiera sucedido antes.

Se le notificaba que había incurrido en un R-72-15 y que la sanción se ejecutaría de inmediato. Sería confinado en s propio domicilio del que no podría salir sin autorización de la autoridad competente, algo que solo se concedía en supuestos excepcionales. Una campana invisible compuesta de rayos de no sabía qué cubriría los límites de los que no podría salir en mucho tiempo.

Atravesar aquella capa era imposible y lo sabía. No obstante, se resignaba. Había conseguido mucho más de lo que imaginaba cuando comenzó esa locura. Ahora solo esperaba que mereciera la pena.

Todavía recordaba las historias que le contaba su abuela. Era jueza, una profesión que ya no existía, como tampoco existía la de su abuelo, fiscal de profesión según le contaron. Ahora la justicia, o lo que quiera que fuera, se impartía a través de un programa informático, algo de lo que se jactaban quienes lo implantaron, porque acabó con el sempiterno retraso de la administración de justicia a la que pertenecieron sus abuelos.

El sistema era sencillo y eficaz. Lo que no estaba tan claro era que fuera justo. Se introducían los parámetros del hecho que se hubiera cometido, a base de rellenar los diferentes ítems que el programa demandaba. Junto al hecho realizado, el lugar, la persona, su edad y poco más. Todo ello daba lugar a un sentencia instantánea, que fijaba una condena como la que acababa de caerle encima. Se notificaba de inmediato, a través del dispositivo móvil que cada persona portaba y que incluía todos sus datos personales. Lo único que tenía que ver con las antiguas sentencias de las que le habló su abuelo era el nombre. Ahora ni siquiera se necesitaba a nadie que conociera las leyes ni su aplicación, sino técnicos con conocimientos informáticos para saber introducir los datos en el programa. No había recursos, salvo que el subprograma TO de lectura algún fallo técnico, en cuyo caso e encargaba de solicitar su subsanación.

Ya hacía tiempo que venía recopilando a escondidas testimonios de personas a las que esa justicia había tratado de modo injusto. Recordaba el caso de una mujer que había cometido un supuesto delito de daños y resistencia a la autoridad porque no se resignó a que no la dejaran despedirse de su hijo, recién fallecido, y rompió todas las puertas que la separaban del cadáver. Nadie tuvo en cuenta sus dolorosas circunstancias como tampoco las tuvieron en el caso del niño autista que se revolvió contra sus compañeros después de todo un curso de acoso.

Cada día eran más. Los responsables del programa se enorgullecían de que se habín acabado los retrasos en justicia, y que se había ahorrado una gran cantidad de dinero, porque ya no había sueldos que pagar. Por fin habían llegado las jubilaciones de las últimas personas que quedaban del viejo sistema y la justicia había alcanzado su objetivo, nunca hasta entonces logrado, de ser rápida, barata y eficaz. El problema es que había dejado de ser justicia.

Por eso se embarcó en aquel proyecto, en aquella locura que no había compartido con nadie. Poco a poco, había ido haciéndose con los viejos legajos de sentencias, especialmente de asuntos en que intervinieron sus abuelos. Trasladar papel, un bien en desuso, era francamente difícil, pero lo había conseguido. Cuando le sorprendieron, ya caso había acabado su fase de recopilación, Y, en cualquier caso, tenía material suficiente para llevar a cabo su sueño. Y ahora, con su condena recién dictada, también tenía tiempo.

Su proyecto cristalizó en algo que se convirtió en una verdadera revolución. Se difundía por los circuitos clandestinos a la velocidad de la luz. Había recopilado, copiado, ordenado y comentado una ingente cantidad de resoluciones judiciales y de dictámenes jurídicos. Llamó a su obra “libro” como homenaje a las cosas que le contaba su abuela, y hasta consiguió hacer una impresión en papel que fue un verdadero escándalo.

De hecho, estaba a la espera de la nueva condena por su osadía. Pero había merecido la pena. Aunque no pudiera volver a moverse con libertad, su obra ya volaba libre. Y su búsqueda de una justicia de verdad, también. Aunque costara más tiempo y más dinero

Lo inesperado: vuelven las revisiones


              A veces tenemos la sensación de vivir en bucle. Cuando una cosa parece superada, toca Volver a empezar, como la oscarizada película española. Por supuesto, volver a ver algunas obras es maravilloso, pero con otras, el “una y no más Santo Tomás” es casi lo más recomendable. En el arte y en la vida.

              En nuestro teatro somos muy proclives a repetirnos, casi más que el ajo, y con efectos tan indeseables a veces como los de ese ingrediente tan frecuente en nuestra cocina. Quienes llevamos ya un tiempo transitando por Toguilandia, hemos pasado por varias de esas pesadillas llamadas “revisiones”.. Un nuevo Código Penal, o una reforma de calado dan lugar a auténticos maratones de revisar sentencias firmes, o procedimientos en marcha. No queda otra.

              ¿Y por qué no queda otra? Pues por algo de lo que hay parece saber todo el mundo, aunque ayer era sánscrito para la inmensa mayoría de la gente, la retroactividad de las disposiciones sancionadoras más favorables al reo. Esto es una excepción a la regla general de la irretroactividad de las normas y constituye uno de los pilares de un Derecho Penal democrático.

              Para quien no sepa en qué cosiste, y sea capaz de reconocerlo, y para quien no lo sea, pero esté en disposición de saber un poco más, trataré de explicar en pocas y comprensibles palabras de qué se trata. Sin ánimo de exhaustividad, como siempre hacemos en este teatro que pretende ser apto para todos los públicos y no solo para la secta de jurisabihondos. Y jurisabihondas, no me vaya a caer la del pulpo por no ser inclusiva, o alguien interprete que solo se lo achaco al género masculino. La todología no tiene género.

              Pues bien, vamos a ello. Las reglas de sucesión de las normas es que la norma nueva deroga la anterior en la misma materia, sin que pueda aplicarse la antigua desde la entrada en vigor de la nueva ni elegir entre ambas. La excepción la constituye el derecho sancionador, en este caso el Derecho Penal, el más sancionador de todos, en que, cuando un hecho sucede durante la vigencia de una norma, pero ha de juzgarse cuando ya ha entrado en vigor la otra, ha de aplicarse aquella que sea más favorable al reo.

              ¿Complicado? Menos de lo que parece si ponemos un ejemplo simple. Si, en la noche de los tiempos, cuando estaba penado el adulterio, una mujer era condenada por ello pero mientras cumplía condena llegaba la ley que lo despenalizaba, de inmediato se revocaba su condena y se la dejaba sin efecto. Otro tanto cabe decir de conducta que estuvieron sancionadas en nuestro anterior régimen, como la homosexualidad, y hoy, afortunadamente, no solo no son delito sino que entran de lleno en el ejercicio del derecho constitucional a la igualdad.

              Pero esto, que es muy sencillo en casos tan evidentes, se empieza a complicar cuando se trata de normas que no pasan de la nada al todo, sino que regulan supuestos aparentemente iguales de modo distinto. Y ahí está el quid de la cuestión, en que determinar esa similitud no siempre es fácil. Tampoco es sencillo en ocasiones determinar qué es lo más favorable, porque cuando se trata de la misma pena que sube o baja -más o menos años de prisión- es evidente, pero no lo es tanto cuando lo que se comparan son penas diferentes, como peras y manzanas. En una de las revisiones del Código nos pasaba con los arrestos de fin de semana, que para unos era mucho mejor que el cumplimiento de la pena en prisión mientras que otros preferían hacerlo de golpe, o con la opción de trabajos en beneficios de la comunidad. Por eso en casos así había que preguntar al afectado. Sin ir más lejos, la jurisprudencia ha establecido que no se puede imponer la pena de trabajos en beneficio de la comunidad cuando es alternativa a otra pena si el condenado no da su consentimiento.

              Para solventar estos y otros problemas de aplicación, porque, como he dicho, es difícil comparar peras y manzanas, las leyes de reforma suelen tener unas normas que son claves para la interpretación. Se trata de las Disposiciones Transitorias, otra cosa que hasta ayer todo el mundo desconocía y ahora parece que se conocen al dedillo. El mejor ejemplo es el del Código Penal de 1995, que traía multitud de reglas para solventar los problemas de interpretación y de aplicación de la norma más favorable respecto del Código anterior.

              Con esto, y lamento haber hecho spoiler, ya he metido el dedo en la llaga legislativa del problema con el que bregamos hoy, la famosa ley del sí es sí. La norma, que supone una reforma del Código Penal cuantitativa y cualitativamente importante, no tiene Disposiciones Transitorias. Tal vez porque nadie pensó que iban a plantearse estos problemas, tal vez porque pensaron que la regulación del Derecho Penal general bastaba, la bomba ha estallado en las manos de quienes más apostaban por ella.

              Está claro que el espíritu de la ley no era ni ha sido nunca reducir las penas para violadores y delincuentes sexuales. Más bien al contrario, se trataba de poner el foco en el consentimiento y de castigar todas las conductas en que este faltara, existiera violencia o intimidación o no. Al hilo de esto, se eliminaba -al menor en lo que al nombre se refiere- la diferencia entre agresión y abuso, condenando a este último al ostracismo. Y es que un hecho de la gravedad de un delito sexual merecía una denominación más contundente que la de “abuso”, que evoca al “mal uso” y se emplea en muchos ámbitos.

              El problema viene en que, al tratarse de categorías distintas, han surgido zonas oscuras donde es difícil entrar a determinar cual es la norma más favorable sin tocar los hechos probados, algo absolutamente prohibido. La ley contempla agravantes específicas que antes no se contemplaban, por lo que su existencia no puede venir relatada en los hechos. Es difícil aplicar un bisturí en Derecho. La solución podría haber estado en una norma similar a la que había en las disposiciones transitorias del Código del 95 y la Circular de la Fiscalía General del Estado que lo desarrollaba, esto es, decir expresamente, por un lado, que se aplicarían las normas completas de uno u otro Código -sin poder mezclar ambos- y, por otro, que no se revisarían las condenas que también hubieran sido imponibles con la nueva regulación. Ello podría haber evitado la aplicación automática de los mínimos, desde luego, pero no hay en este caso una norma similar. ¿Podría aplicarse como fruto de la práctica judicial? Pues difícil sin norma que lo ampare, pero todo es posible en Derecho. Lo que está claro es que hay que ir caso por caso sin que quepan automatismo ni generalizaciones, siempre peligrosas.

              Pero en este caso hay una nueva vuelta de tuerca. Nuestro Código Civil, aplicable para todas las materias del Derecho en sus normas generales, establece que las normas se interpretarán según el contexto y la realidad del tiempo en que han de ser aplicadas. También alude al espíritu de las nomas, que es claro que no era esta rebaja; no hay más que echar un vistazo a la Exposición de Motivos. Por otro lado, el Convenido de Estambul, del que España es parte, nos obliga a aplicar la perspectiva de género. ¿Es esta una regla infalible para evitar el indeseable efecto de rebajar la condena a violadores? Pues no, cuando estén claros los términos comparativos y opere esa retroactividad de la que hemos hablado, y sí cuando haya dos interpretaciones posibles. Y creo que aquí está el verdadero nudo del entuerto, decidir si hay o no dos interpretaciones posibles. De nuevo el caso concreto es el que ha de determinar, aunque resulte difícil o casi imposible.

              Para acabar, insistiré en una idea de la que he leído poco, pero me parece muy acertada. Estamos poniendo el foco de todo, una vez más, en el Derecho Penal, cuando el Derecho Penal no da soluciones ni previene, sino que castiga conductas cuando ya se han cometido. Lo verdaderamente deseable es que la legislación consiga erradicar estas conductas, y para esto hay que incidir en muchos aspectos de educación y prevención que poco tienen que ver con el Derecho Penal.

              Y ahora llega el momento del aplauso. Lo voy a dejar en diferido, para cuando los órganos que tienen que pronunciarse realmente lo hagan, aunque es de ley una ovación extra a quienes se ven en la coyuntura de dictar resoluciones que no van a ser comprendidas, y, aun así, las hacen, sea en el sentido que sea. No son tiempos fáciles en Toguilandia.