Domicilio: hogar, dulce hogar


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El hogar es el lugar donde se pasa gran parte del tiempo. Hay películas, obras de teatro o novelas que transcurren por completo dentro de una casa lo que, de paso, supone un ahorro importante de decorados, que todo cuenta y más en tiempos de crisis. Nuestra casa o el lugar donde vivimos se puede convertir en escenario de intriga o terror, como pasa en Los otros, Poltergeist o El resplandor, por citar algunas, y hasta ser la protagonista  que sirve de unión a personajes y acciones, como en el caso de La casa de los espíritus. Incluso puede volar, y si no que se lo digan al entrañable abuelito de Up. Y, por supuesto, es el marco de innumerables comedias y series televisivas, por más que repitan que Aquí no hay quien viva, tengan que estar A las 11 en casa, y la protagonicen Dos hombres y medio o Las chicas de oro, Los Simpson o los miembros de  Modern Family. Y es que nada como el Hogar, dulce hogar

El hogar, el domicilio, la vivienda o la casa, que a veces son sinónimos pero entre los cuales existen numerosos matices que son un mundo para juristas, es un gran protagonista en Toguilandia. Desde el siglo XIX, con la importancia de la propiedad privada, hasta la progresiva consolidación de los derechos sociales, el hecho de tener vivienda, o carecer de ella cobra especial importancia en nuestro teatro. Y lo hace, además, en diversos ámbitos del Derecho.

Durante este verano raro, raro, raro, me ha llamado la atención la profusión de atención informativa sobre un fenómeno que, aun siendo importante, no sé si lo es tanto como para ganar espacio en los noticiarios al coronavirus, la crisis y todas esas consecuencias que tanto están alterando nuestras vidas. Estoy hablando de lo que ha dado en llamarse okupación, con esa vistosa k que parece que da importancia a algunas cosas. Algo que, en Derecho Penal, se llama usurpación de inmuebles, aunque pueda entrar también en el campo de acción de otros delitos, como el allanamiento de morada.

En Derecho, el domicilio es algo tan importante que puede decidir la nacionalidad o la vecindad civil, que se pueden adquirir por residencia, determina qué ley es aplicable y qué juzgado en competente. Tanto es así que la ausencia del mismo durante largo tiempo da lugar a un procedimiento destinado a dar forma a esa desaparición de cara a los efectos jurídicos que pueda producir en cuestiones como las herencias. Esto, que parece propio de películas, es muy necesario cuando han existido conflictos bélicos o cualquier otro tipo de catástrofe, natural o no, que implique la desaparición de personas. Y no es cosa de ahora, hasta una cancioncilla infantil nos daba la pista: Mambrú se fue a la guerra, no sé cuando vendrá.

En cualquier caso, aunque ahora parece no existir otra posibilidad jurídica que la usurpación de inmuebles que, además, nos venden como un problema tremendo e irresoluble cuando hay varias posibilidades de resolución en Derecho, la profanación del lugar donde vivimos da para mucho en Derecho penal. El robo en casa habitada es un supuesto agravado del robo con fuerza, la circunstancia de que la violencia de género o doméstica suceda en el domicilio de la víctima constituye un subtipo agravado como lo supone que una estafa se refiera a vivienda, además de que el allanamiento de morada es un delito en sí mismo. No podría ser de otra manera cuando la Constitución reconoce entre los derechos fundamentales la inviolabilidad del domicilio. Pero, no lo perdamos de vista, las distintas denominaciones tienen diferentes matices. En un solo párrafo me he referido a domicilio, morada, vivienda, inmueble y casa. Y si de Derecho Civil se tratara hablaríamos también de fundo y predio, que suenan más rimbombantes.

Como decía, no sé que intereses ocultos se esconden tras el interés informativo en la okupación, porque si una mira determinadas cadenas de televisión, parecería que en cuanto dejes un momento tu casa para ir al súper, se te va a llenar de una horda de gente a la que, además, no vamos a poder echar nunca. Por un lado, el fenómeno de los okupas suele circunscribirse –salvo alguna excepción, como siempre- a  casas o locales deshabitados y requiere algo más que irse un rato. Además, como en cualquier caso, se pueden tomar medidas por parte de la fuerzas y cuerpos de seguridad para reponer las cosas a su estado y para detener al delincuente in fraganti. ¿Alguien de verdad cree que si te vas a pasar un fin de semana va a entrar alguien en tu casa forzando la puerta,  a pesar del vecindario, y no va a haber modo de sacarlo de allí? Todo puede pasar pero, desde luego, no es lo común ni lo frecuente. Que se trata de Ricitos de Oro colándose en la casa de los Tres Ositos.

A mí, la verdad, me preocuparía más un posible robo en ausencia vacacional, mucho más factible y habitual, por eso me llama tanto la atención el empeño informativo en los okupas. Pero igual es cosa mía. Bueno y de mi amigo Toni, que sé que está tan mosqueado por el tema que cualquier día nos colapsa Twitter. Tranquilidad.

Tal vez lo que pasa es que con esta saturación de pantallas a la que nos llevó el confinamiento y con la que continuamos en la dichosa nueva normalidad, se ve de todo. Pero, por Dios, que nadie piense que si los supuestos ocupantes gritan eso de “habeas corpus, habeas corpus”  como he visto en algunos vídeos, van a lograr algo. Eso es un procedimiento judicial para acabar con detenciones ilegales, no un abracadabra jurídico. Lo siento por quien crea otra cosa, pero decir “Habeas corpus” –o corpus Cristi, o ave escorpio, que de todo hay- no es un  “Abrete sésamo” judicial. No se abren los juzgados de par en par como si hubiera llegado Alí Babá, con o sin Cuarenta ladrones

Y hasta aquí el estreno de hoy, que cada cual pude leer desde su casa, domicilio, vivienda, morada o desde cualquier otro sitio. El aplauso va hoy para quienes cada día se esfuerzan en explicar que en Derecho no es oro todo lo que reluce. Ni todo lo que sale en la tele.

 

Líneas rojas: límites escurridizos


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Los límites entre lo que se puede y lo que no se puede hacer siempre han sido terreno abonado para literatura y cine. Esa zona de riesgo, La delgada línea roja, con el color rojo como indicador de peligro, ha dado lugar a exitosos títulos. Porque el rojo siempre tiene su atractivo:  Teléfono rojo, volamos hacia Moscú, Rojos o Las zapatillas rojas son alguno de los ejemplos. Aunque no solo este color tiene su simbolismo. A la trilogía que unió al Rojo, el Blanco y el Azul, podemos sumar otros títulos con Colores como Azul oscuro casi negro, El rayo verde, o El color púrpura . Y es que es frecuente flipar en colores.

  En nuestro teatro, más allá de los simbolismos de las negras togas y sus blancas puñetas, la imaginaria línea roja es el pan nuestro de cada día. La que separa la absolución de la condena, el delito del ilícito civil, lo punible de lo impune, la imputablidad de la falta de ella.

Pero las líneas rojas a las que quería dedicar este estreno son, probablemente, las más difíciles de dibujar, sobre todo a partir de ese fenómeno de judicialización de la política –con su otra cara de politización de la justicia- que hace que el pobre Montesquieu se revuelva en su tumba.

Como decía, cuando nuestra vida política empezó a trasladarse a las páginas de tribunales de los periódicos, los partidos comenzaron a hablar de aquello que llamaban líneas rojas, sobre todo cuando el interfecto pertenecía al partido rival y estaba incurso, en mayor o menor medida, en una causa judicial. Y es ahí donde está el quid de la cuestión, que sea en mayor o menor medida. En un momento dado empieza el baile de líneas rojas en boca de políticos sacando pecho, que dicen que en su partido nunca admitirían la candidatura o la permanencia en un cargo público de alguien que estuviera imputado.

Imputado o imputación pasan a ser la palabra mágica, aunque la prensa suele preferir el incorrecto término de “procesado” o “procesamiento”. Cualquiera que haya estudiado un poquito de Derecho procesal sabe que el procesamiento solo cabe para delitos castigados con penas superiores a nueve años –aunque se pida menos pena-, esto es delito graves como la violación. A estos delitos graves hay que restar otros, como los delitos contra la vida consumados –homicidios y asesinatos- que son competencia del tribunal del jurado. Así que ese procesamiento que para la prensa parece regla general es en realidad excepción.

El verdadero problema es de terminología. Cuando dicen procesado querían decir “imputado”. Pero como ni las leyes ni quienes las hacen ponen fáciles las cosas, rizaron el rizo inventando el término “investigado”. Y las líneas rojas empezaron a temblar como si de un terremoto jurídico político se tratara, sin escala Richter que lo mida.

Pero avancemos más en la explicación. Como decía, cuando la política y la Justicia se mezclan que ni la comixtión que estudiábamos en Derecho Civil, surge la frase lapidaria. Nadie que sea imputado podrá hacer lo que sea, se trate de tener un cargo público, de presentarse a las elecciones o de ser candidato para determinado puesto. Pero ¿qué es imputado? La verdad es que podría emular a Becquer y decir eso de “imputado eres tú”. Pero más de uno y una se enfadaría. Y con razón.

En el sumario era fácil distinguir las fases del proceso, y cuando existía el procesamiento y, por ende la calidad de procesado, ya existían unos indicios claros que permitían atribuir a una persona un hecho delictivo, sin perjuicio de lo que se resolviera en el juicio con aplicación del irrenunciable principio de presunción de inocencia.

Pero en el Procedimiento Abreviado, que, a pesar de regularse como un procedimiento especial es el más común de los procesos, no existe esta división nítida en fases. De ahí que se llame “Procedimiento Abreviado”, porque se abrevia en estos trámites, y no porque duren poco –los hay que duran varios años- Paradojas legislativas. Por ello se intenta encontrar un paralelismo para ese auto de procesamiento que marca el límite. Y ya está el lío armado.

¿Por qué digo esto? Pues porque, aunque en principio se equipara con el auto de incoación de procedimiento abreviado –vulgo, auto de PALO-, desde mucho antes la palabra “imputado” está gravitando en la causa. Y así ocurre cuando se decide citar a alguien como “imputado”. Podría pensarse a primera vista que eso implica ya ciertos indicios, y ahí debería estar la famosa linea roja, pero nos equivocamos. Se puede citar como imputado a alguien al principio del proceso simplemente para conocer su versión, y la calidad de imputado se le atribuye para dotarle de mayores derechos. Si se hiciera como testigo, no podría llevar abogado y estaría obligado a decir verdad, y si luego hubiera que decidir que fuera imputado, habría serios problemas de nulidad.

Lo explicaré con un ejemplo. Imaginemos que alguien me denuncia por haberle sustraído la cartera cuando estábamos tomando un café en el bar de la Ciudad de la Justicia. Me pueden citar inmediatamente como imputada, ante lo cual yo puedo demostrar, con documentos y testigos, que ese día estaba en Madrid en un curso. Así que se archivaría inmediatamente, y esa citación como imputada nunca hubiera supuesto nada.

El problema viene cuando el político de turno saca pecho y en cuanto existe una citación como imputado de su contrario, da por hecho que cuando el río suena agua lleva, o, lo que es lo mismo, cuando la citación como imputado suena, condena lleva. Pero Toguilandia no se rige por las normas de la naturaleza. Qué más quisiéramos.

Hubo quien inventó, como zona intermedia, el famoso auto de imputación, que en la ley no existe, pero que en casos como el de la infanta dio mucho juego porque permitió que entraran en acción recursos y contrarrecursos que posibilitaban que la pelota anduviera de un tejado a otro. Pero eso, repito, no está en la ley. Y, según lo que nos enseñaron, lo que no está en la ley no existe. O no debería, por buena que sea la idea.

Por si no hubiera suficiente, y visto que aquello podía perjudicar a tirios y troyanos, decidieron dar una paso más en la confusión más absoluta. Se cambia el término imputado por el de investigado. Y se llega a un resultado tan absurdo como que hay un investigado antes de que haya una investigación, que pude concluir por no considerar investigado a quien se investigó o viceversa. O sea, que se le cita como investigado para investigarlo. El mundo al revés. Así que la línea roja acaba pasando de ser recta y definida a ser curva, sinuosa y difuminada, e incluso puede aparecer y desparecer como el mismísimo Guadiana.

Y si con esto no fuera suficiente, también tenemos las Diligencias de Investigación de Fiscalía. Que ya se llamaban así, pero respecto de las que la confusión de términos con el de investigado no hace más que marear la perdiz. Las Diligencias de Fiscalía son una posibilidad de investigación por parte de la fiscalía anterior al juzgado, algo así como una mini instrucción previa, aunque no necesaria. Cuando se recibe una denuncia, sea como sea , se incoan esas diligencias aunque sea para archivarlas. Pero ese momento puede ser aprovechado para el político de turno, el periodista ávido de titulares o ambos, diciendo “Fiscalía investiga a X” Y, repito, por contradictorio que parezca, abrir unas Diligencias de Investigación no siempre supone investigar.

Imaginemos el mismo ejemplo de la denuncia por robar la cartera en la cafetería. Fiscalía incoaría diligencias de investigación que archivaría de inmediato porque consta que yo estaba en Madrid en un curso. Pero como algún maldiciente viera esa incoación, diría lo de “Fiscalia investigará…” y ya está el lío armado. Y lo más triste es que más de una vez se ponen denuncias en Fiscalía, a sabiendas de su nulo recorrido, para provocar ese titular.

No es fácil de entender, desde luego, pero no nos podemos dejar llevar por el sensacionalismo. Ni dejar que se manipule a la opinión pública, se trate de quien se trate el afectado, y sea cual sea su color, si de colores se trata. Por eso el aplauso es hoy para quienes ponen todo el cuidado para que esto no ocurra. Aunque no siempre lo consiga

Oportunidad: igualdad hoy y siempre


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Cuando era niña, frecuentaba los cines de verano, como la mayoría de mi generación. Ahora han desaparecido, como aquel Cinema Paradiso de la película aunque, al igual que la película, intentan reeditarse en versiones renovadas.

En nuestro escenario también hay funciones de verano. Pero, más que comedias amables, prefiero estrenos que hagan pensar. Como el relato de hoy, una oportunidad perdida para ser cada vez más iguales

 

La oportunidad 

                  Cuando vi en la pantalla del teléfono móvil aquel número tan largo, sabía que algo malo tenía que pasar. No fallaba. Los números larguísimos nunca traían buenas noticias.

                   No me equivoqué ni un ápice. Mi hijo se había caído en el patio del colegio y había perdido por unos instantes la consciencia y, aunque ya parecía estar recuperado, le habían llevado al hospital y reclamaban a sus progenitores, como era normal. Pero, como era normal también, habían marcado primero el número de teléfono de la madre –o sea, el mío- por más que les había explicado hasta la saciedad que, precisamente a aquellas horas, yo estaba particularmente ocupada y era al padre a quien debían avisar primero. Pregunté, una vez me aseguré de que el niño estaba bien, si avisaron al padre y me dijeron que no lo habían encontrado. No sé muy bien las ganas que pusieron en ello, pero es lo que había. No quise perder más tiempo y me marché al centro sanitario, cargando con la rabia de tener que abandonar mi trabajo, y con la culpa por sentir esa rabia. Odiaba arrastrar ese complejo de mala madre, pero no podía evitarlo.

                  Al menos, pensé que sería una oportunidad de oro para Andrea. La oportunidad que llevaba esperando tanto tiempo. Ella me sustituiría en mi puesto de presentadora del informativo del mediodía, el más visto en la cadena de televisión donde ambas trabajábamos. Como la apreciaba de verdad, me consolé con aquello de que no hay mal que por bien no venga. Y me despedí a toda prisa olvidando desearle suerte. Un olvido imperdonable.

                  Cuando llegué a la clínica, mi hijo ya había sido atendido y trasladado a una habitación, donde permanecería en observación. Como, por fortuna, se encontraba perfectamente, le pedí permiso para encender la televisión de monedas que había en el cuarto y poder ver cómo se las arreglaba mi compañera, aunque estaba segura de que lo haría a la perfección. No me falló el instinto. Andrea se desenvolvía ante las cámaras con una soltura impropia de una debutante, perfectamente vestida, maquillada y alicatada para la ocasión. Sonreí al comprobar que se había puesto el vestido verde que llevaba meses languideciendo en una percha de vestuario, a la espera de que yo adelgazara lo suficiente para caber dentro. No había manera de hacer comprender a los responsables de la cadena que era la ropa la que tenía que adaptarse a nuestra medida, y no nosotras quienes debíamos lograr un volumen adecuado a la ropa. Era una batalla perdida y ya había perdido la cuenta de la cantidad de dietas que había intentado sin lograr enfundarme en el vestido verde que lucía Andrea y que le sentaba como un guante. Tanto que, por un instante, temí por mi propio puesto de trabajo y, al instante después, me recriminé por haberlo temido. Qué duro se hacía tener que parecer siempre perfecta.

                  En cuanto terminó el informativo, envié un mensaje por el móvil a Andrea para felicitarla por su trabajo, pero no me contestó. Me la imaginé celebrando su éxito ante su pareja, nuestro compañero Antonio, el de deportes, y no quise importunarla más. Ya hablaría con ella más tarde. Y, cuando el niño saliera del hospital, iríamos a celebrarlo juntas.

                  Lo que yo no supe entonces es que ella no leyó mi mensaje, ni menos la causa por la que no lo hizo. Mientras yo me la imaginaba feliz hablando con su novio, Antonio, el de deportes, le había mandado cientos de mensajes llamándola “puta”, “zorra” y cuantos sinónimos diera de sí el diccionario. La insultaba por exponerse ante el país entero enfundada en aquel vestido verde que tan bien le sentaba, y, según él, maquillada como una cualquiera. Tampoco supe que estos mensajes se los enviaba en los descansos de su actuación diaria ante las cámaras, comentando con desenvoltura acerca del último fichaje de un equipo o la boda de algún jugador de postín con una escultural modelo, cuyo escotado vestido y lo bien que le sentaba ocupaban buena parte de su espacio deportivo.

                  Reconozco que, si lo hubiera sabido, me hubiera costado mucho de creer. La pareja que formaban Andrea con Antonio, el de deportes, era de lo más envidiado de la contornada. Jóvenes, guapos y sobradamente preparados, y, por más que la figura de ella quedara eclipsada ante el éxito de él, decían vivir a la espera de que le llegara la oportunidad anhelada, precisamente ésa que le brindó la caída fortuita de mi hijo en el patio del colegio.

                  Andrea nunca nos contó, ni a mí ni a nadie, que el encantador periodista deportivo desaparecía como por ensalmo en cuanto traspasaba los muros de su casa. Que con ella se quitaba la careta para convertirse en un déspota obsesionado por saber en todo momento dónde, con quién y cómo estaba, y por apartarla de todo lo que no girara alrededor de él. Si lo hubiera sabido, habría comprendido sus continuas negativas a salir a tomar algo con el equipo, sus excusas para venir a las comidas de trabajo a las que él no asistía, o su cara de melancolía constante. Si lo hubiera sabido, habría sospechado que sus sempiternas gafas de sol no se debían a la conjuntivitis crónica que decía padecer. Si lo hubiera sabido, hubiera actuado de otro modo. Pero tal vez yo misma no quise saberlo y preferí quedarme instalada en mi zona de confort donde Andrea y Antonio, el de deportes, eran la pareja ideal.

                  Supe más tarde que la esperada celebración se convirtió en una tortura. Un episodio más de los que Andrea vivía y callaba a diario, y que habían llegado a motivar llamadas de los vecinos a la policía. Aunque nunca iban a ningún sitio. Los vecinos se venían atrás en cuanto desparecía la causa de su malestar, los gritos que perturbaban su tranquilidad. Y Andrea quitaba importancia a las cosas ante la policía con el convencimiento de que, una vez más, él se arrepentiría y, esta vez en serio, no volvería a suceder. Y aquella noche no fue una excepción. La policía acudió una vez más al domicilio y, una vez más, se marchó tras escucharle a ella decirles, una y mil veces, que no pasaba nada. Comprobaron que no tenía ninguna herida visible y, eso sí, anotaron cuidadosamente todo, que no en balde no era la primera vez que los llamaban y ya andaban con la mosca tras la oreja. Y, a pesar de las súplicas de Andrea, prometieron que volverían a la mañana siguiente a comprobar que todo seguía en orden.

                  Mientras tanto yo, ajena a todo aquello, trataba de entretener a mi hijo, ya cansado de estar en la cama viendo televisión o jugando a vídeo juegos. Le tenían  que hacer unas cuantas pruebas más y, a pesar de que su padre acudió en cuanto terminó su jornada laboral, los propios médicos aconsejaron que fuera yo quien me quedara a pasar la noche con él, que los críos siempre están más tranquilos con las mamás. De nuevo a culpabilidad se apoderó de mí, porque lo primero que pensé fue en mi trabajo. La situación tenía toda la pinta de no haberse despejado cuando llegara de momento de ir a trabajar. Así que hice de tripas corazón y llamé a mi jefe, a sabiendas de que el hecho de que yo ejercitara mi derecho a tener un día libre por el ingreso hospitalario de mi hijo le sentaría a cuerno quemado. Pero, al fin y al cabo, estaba Andrea, que me había sustituido a las mil maravillas el día anterior y que a buen seguro volvería a hacerlo. Así lo hice, y traté de no darle más vueltas ni perder la compostura ante el torrente verbal que soltaba mi airado jefe. Le envié otro mensaje a Andrea, que tampoco contestó y esta vez no olvidé desearle suerte. Mucha suerte.

                  La noche transcurrió sin sobresaltos. Mi hijo estaba bien y, según parecía, la cosa no quedaría en más que un susto. Así que esperamos pacientemente a que terminaran con todas las pruebas precisas y toda la burocracia necesaria para que le dieran el alta lo más pronto posible y volver a nuestras vidas en el punto que las dejamos el día anterior.

                  Estaba a punto de ser mediodía cuando el corazón me dio un respingo. De nuevo mi teléfono móvil me amenazaba desde su pantalla luciendo un flamante número largo que, como yo sabía nunca traía buenas noticias. En efecto, mi jefe, fuera de sí, me ordenaba que fuera inmediatamente a los estudios. Andrea no había dado señales de vida y apenas quedaba una hora para emitir el informativo. Alejé el teléfono de mi oreja, para no destrozarme el tímpano con los alaridos, y me resigné a no argumentar que tenía derecho a quedarme con mi hijo. Sabía que no admitiría nada de lo que le pudiera decir.

                  A toda prisa, le resumí la situación a la enfermera y tras prometer regresar lo antes posible, me metí en un taxi, desde el que le dejé un mensaje a mi marido en el buzón de voz para que se ocupara del niño. Llegué al estudio con el tiempo justo para que me empolvaran la cara apresuradamente, y me senté ante la pantalla, por vez primera, con la ropa que traía puesta. No había tiempo de repasar los textos y me dispuse a leerlos directamente, como mejor pudiera, de la pantalla que nos ponían delante.

                  Entonces sucedió. No podía creer lo que las letras componían ante mis ojos, y mi cerebro se negaba a leerlo en voz alta. Prescindí por completo del texto oficial y, con una voz que no reconocía como propia, grité más que dije: “el malnacido de Antonio, el deportes, ha asesinado a Andrea Montes, nuestra querida compañera, de varios navajazos. Malditos seamos todos, por nuestra complicidad”

                  Lo siguiente lo recuerdo como en una película a cámara rápida. El brusco corte de la emisión, la cara furibunda de mi jefe, la mirada esquiva de quienes allí estábamos y muchos gemidos sofocados. Me levanté, dejando ante mí la pantalla con el texto del guión, que rezaba: “Ha fallecido la periodista de esta cadena Andrea Montes. Su cuerpo fue hallado esta mañana con varias puñaladas y, aunque han detenido a su compañero sentimental, no se han esclarecido las causas”.

                  Fue mi último día de trabajo. Fui fulminantemente despedida por algo que llamaron “causas objetivas” aunque mi jefe no se privó de aclararme que la razón fue mi falta de profesionalidad, añadiendo que, de todos modos, me estaba haciendo mayor y ganando demasiados kilos como para presentar el informativo.

                  Hoy, mientras envío el enésimo currículum en demanda de un empleo que nadie me da, no puedo reprimir una sonrisa mientras veo en la televisión a una chica joven y delgada, enfundada en un vestido verde, contar cómo se están reduciendo notablemente las desigualdades entre hombres y mujeres, según los últimos estudios. Y apenas soy capaz de reconocer el sillón en el que está sentada, el que ocupé yo durante tanto tiempo y en el que Andrea se sentó una sola vez.

                  Antes de apagar el televisor, todavía puedo oírla decir con voz neutra que la semana próxima se celebrará el juicio por la muerte de Andrea Montes. Como si Antonio, el de deportes, no hubiera tenido nada que ver en ello. Ni nuestro silencio cómplice tampoco

Inviolabilidad: excepción a la regla


 

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La fortaleza de los súperhéroes y súperheroínas, contra quienes nadie ni nada puede, es uno de los temas recurrentes de libros y películas. Y lo son porque sus superpoderes son una excepción a la regla general.  Pueden hacer cosas que el resto de personas no podemos, por eso son Superman o Superwoman. Cosa distinta es la de quienes se creen que pueden hacer cualquier cosa que quieran porque se sienten Al margen  de la ley, o por encima de ella, sea por voluntad propia o sea porque hay una norma que se lo permite, como le pasaba al rey Sol y a todos los monarcas absolutos. Pero eso son cosas del pasado

En nuestro teatro, por disposición de nuestra norma suprema, la Constitución, todos somos iguales ante la ley. Por eso es tan difícil para mucha gente entender que existan excepciones, y por qué las hay. Una pregunta que cobra actualidad en las circunstancias actuales.

Me estoy refiriendo  la inviolabilidad y a instituciones afines. ¿Qué son y por qué existen? A esa y a otras preguntas pretende responder este estreno toguitaconado, aunque habrá que dejar el momento de cerrar el telón para saber si se ha conseguido el objetivo.

La inviolabilidad, predicada en estos días del rey emérito, pero aplicable a cualquiera que pudiera gozar de ella, es la institución que impide que una persona sea juzgada conforme a la ley, aunque haya cometido un delito. En nuestro derecho, según la Constitución, la persona del rey es inviolable y, nos guste más o menos, es lo que hay. Y, aunque la norma habla de que sí responden por sus actos las personas que los refrenden –presidente del gobierno o ministros- es obvio que esto viene referido al ejericicio de las funciones de su cargo. No me imagino yo a un ministro refrendando una excursión en barca o una partida de parchís del monarca, la verdad, aunque el refrendo de que la ficha verde se salte el puente tendría su aquel. Tal vez habría que plantearse una diferencia entre lo que hace una persona inviolable en su vida oficial y en su vida no oficial pero, a día de hoy, no parece ser el caso

Lo que sí parece estar claro es que la inviolabilidad no es eterna. Es decir, que si se acaba la causa por la que se tenía, se acabó lo que se daba. Así que, en principio, el rey emérito dejaría de ser inviolable desde que dejó de ser rey y empezó a ser emérito. No obstante, habrá que esperar a ver cómo se desarrollan los acontecimientos. Ahí lo dejo.

Y, por cierto, recordemos que aquí no hay analogía que valga. Que el hecho de que una sea la reina de su casa o se crea el rey del mambo no le convierte en inviolable. Que habrá que aclararlo por si las moscas

Hay instituciones parecidas, pero no iguales, aunque a veces llevan a confusión. Una de ellas es la inmunidad, que viene referida a un hecho o ámbito concreto, y mientras dure este. El supuesto más conocido es el de la inmunidad diplomática. Pero ojo, no  la confundamos con impunidad, aunque suene casi igual. La impunidad se da cuando un hecho indiciariamente delictivo no es castigado, y no se trata e ninguna institución jurídica sino de una consecuencia. Puede ocurrir por razones jurídicas, como la prescripción, o por razones fácticas, como que el investigado muera sin ser juzgado o se dé a la fuga y no le den alcance.

Otra cuestión similar es la de los aforamientos, que también tienden a confundirse. El aforamiento es una excepción a la regla general a la hora de ser juzgado, consistente en que el tribunal que ha de juzgar a la persona aforada no es el que le correspondería de ordinario si no existiera tal aforamiento. Generalmente, se trata de u órgano superior, pero nunca de un tribunal creado al efecto o de excepción, expresamente prohibidos por la Constitución. La diferencia entre aforamiento e inviolabilidad –o inmunidad- es que en el caso de personas aforadas cambia el tribunal pero se responde igual, y en el otro no hay juicio.

Aunque no todo es tan sencillo. Entre los aforamientos, los hay de dos tipos, los de quienes lo están para todo tipo de hechos y aquellos que afectan al ejercicio del cargo que implica el fuero especial. Entre los primeros son muy discutidos los de altos cargos o miembros de instituciones del Estado, de carácter político. No parece justificado que si una de estas personas hace un simpa en un hotel tenga un trato diferente de quien hace otro tanto y no es alto cargo. Pero es que en el caso de diputados y senadores se riza el rizo. Además de ser aforados, ha de hacerse un trámite previo, el suplicatorio. Las Cámaras han de autorizar que se siga el procedimiento contra ellos. Y eso nos lleva a la pregunta del millón: ¿qué pasaría si no se concediera? Pues podríamos entrar en el terreno de una de las instituciones de las que hablábamos al principio. Y eso sería difícil, si no, imposible de entender.

Junto a estos, hay otros aforamientos que afectan solo a los actos cometidos en el ejercicio del cargo. Es el tipo de aforamiento del que gozamos –aunque llamarlo “gozar” no sería  demasiado adecuado- jueces y fiscales, entre otros. Aunque hay voces que se oponen en todos los casos, hay que explicar que la justificación es diferente, destinada a evitar que te juzgue el compañero del juzgado de al lado, con el que tomas café o te reúnes en junta, y que lo haga un tribunal superior, con mayor veteranía.

Llegada a este punto, creo que es necesario aclarar algo que nunca se explica bien. Se nos dice que nuestro país está entre los que tienen mayor número de aforamientos, incluyendo entre ellos los de carrera judicial y fiscal. Pero olvidan decir que en otros países hay un proceso que sirve de filtro para juzgar a estas personas del que nuestro país carece desde 1995, en que la ley del jurado, de una manera nunca explicada, suprimió el antejuicio, un proceso previo al enjuiciamiento de miembros de la carrera judicial o fiscal.

En cualquier caso, la igualdad ante la ley es demasiado precisa y preciosa para que existan excepciones que no estén absolutamente justificadas. Y nunca, nunca, deben entenderse como un privilegio porque no es esa su razón de ser.

Por todo eso, el aplauso es hoy para todas las personas que no necesitan de excepciones y para quienes, aun teniéndolas, no las usan porque jamás cometerían un delito. Porque no hay nada como predicar con el ejemplo.

No-verano: tópicos fuera


 

Sombrillas y bikinis, piscinas o playas, castillos de arena, chanclas y mil cosas más son tópicos a los que nos acostumbra el verano y que cine y literatura reflejan un año tras otro. Desde el clásico Verano azul hasta El final del verano tenemos toda clase de películas y series supuestamente refrescantes con que entretenernos. Aunque, entre todas, siempre recodaré aquel crucero de Vacaciones en el mar, con su capitán Stubing, su sobrecargo Smith y Julie, su sonriente relaciones públicas, a la única que conocíamos por su nombre y no por su apellido. Aquellas vacaciones eran un poco nuestras.

En nuestro teatro, un año tras otro, hemos visto desfilar todos los tópicos con sus especialidades toguitaconadas. Juzgados vacíos casi fantasmagóricos, el mes de agosto declarado inhábil, causas con preso inoportunas y un sindrome postvacacional  de proporciones cósmicas, traducido en mesas y armarios llenos de un papel que en teoría no debería existir. Es lo que hay. O, mejor dicho, lo que había.

Pero, de pronto, llega un verano que no es verano, con unas vacaciones que no son vacaciones  y unos dias inhábiles que no son del todo inhábiles. Y todo por culpa de un bichito microscópico del que nunca nadie había oído hablar, y que lo ha cambiado todo. Lo que no han podido las decisiones políticas más estrambóticas, la falta de medios o la crisis económica, lo ha conseguido el coronavirus, maldita sea su estampa.

Quién nos hubiera dicho el verano pasado, cuando el independentismo llenaba horas de informativos, que este verano apenas se le nombraría. Y otro tanto cabe decir de muchos otros temas. Pero lo peor de todo es que se acabaron las serpientes de verano. Ya no reptan por los noticiarios con historias de relleno porque los periodistas no tenían nada de que publicar. Ahora, sin embrago, les sobran temas, aunque después de todo lo que ha ocurrido a algunos y algunas lo que les falta es el empleo. Paradojas de la vida.

Nunca pensé que las echaría de menos. Pero la vida nos sorprende y aquí estoy yo hoy, escribiendo sobre esas cosas de las que parecía estar harta. Eso sí, con su toque toguitaconado, que no se diga.

Lo primero que vamos a echar de menos es la canción del verano. Nada de Chiringuito, ni de La Barabacoa, que estamos muy juntitos y hay riesgo de contagio. Así que señor Georgie Dan, sus derechos de autor están este verano a salvo, porque nada de verbenas. También quienes nos dedicamos al Derecho Penal nos libraremos de todas esas cosas que sucedían en los alrededores,  aunque no es necesaria una verbena para portarse mal, claro está. Aunque no haya verbena, el Si bebes no conduzcas sigue vigente. Y, por descontado, el castigo a los infractores. Un delito que siempre está de moda. Por desgracia.

Eso sí, hablando de tráfico, nos han dejado sin algunas de las serpientes de verano más recurrentes. Los atascos, las recomendaciones sobre revisar el coche antes de salir de viaje, las subidas de precio de la gasolina y algún reportaje graciosillo donde los conductores y conductoras en cola contaban su desesperación en su minuto de gloria televisivo. Se siente, pero ahora hay otras cosas de que ocuparse.

Tampoco hay, salvo que yo esté despistada al respecto, una enésima reposición de Verano Azul. Aunque podamos reproducir su sintonía con silbiditos siempre que nos dé la gana, faltaría más. Eso sí, lo veo difícil con mascarilla, pero todo es ponerse.

Si damos un paso más allá, y llegamos a las playas, nuestra desolación puede ser tremenda, si lo comparamos con  otros años. Adiós a los reportajes sobre playas atestadas y sobre las piruetas que algunos hacían para clavar su sombrilla en la playa a las 8 de la mañana para que no les falte hueco. Ahora, por desgracia, lo más que veremos son los quejidos, y con razón, de quienes alquilan hamacas porque no se comen un colín

Y aunque la playa no esté desierta como la de aquella Maria Isabel que fue canción del verano cuando la televisión era en blanco y negro, ya no da para más noticias. Con la de cosas de las que hay que ocuparse y preocuparse, a nadie le interesa si se llevan más las colchonetas de cocodrilos o de unicornios. O a casi nadie, vaya, que tampoco se puede generalizar.

Aunque si algo se echa de menos especialmente son las imágenes de aeropuertos a reventar con gente sonriente que se iba de viaje, o menos sonriente, a la que había tocado la huelga de turno, el overbooking o el vaya usted a saber qué. Tampoco tenemos, por desgracia, las escenas de llenazos en lugares turísticos, aunque no nos engañemos, no echaremos nada en falta los excesos de prácticas estúpidas como el balconning, comas etílicos y excesos varios. Podría decir que no hay mal que por bien no venga, pero me lo callaré no vaya a ser que alguien se me meriende, que no está el horno para bollos

Tampoco veremos esos reportajes que se repetían año tras año sobre los supuestos timos a la hora de recibir el apartamento alquilado, que en vez de 120 metros tenía 20 y en vez de piscina una bañerita con patas. No nos cargarán los juzgados con ese tipo de estafas, ni con los robos de cada año de quienes hacían el agosto. Y, por supuesto adiós a esos fascinantes reportajes sobre la recetas de los mojitos, el precio desorbitado de la piña colada o las herejías sobre la verdadera paella valenciana. Algo habrá, pero nada que ver a lo que teníamos costumbre.

Sin embargo, si algo no cambia son las altas temperaturas, que el calor  ahí sigue. Eso sí, por una vez de algo podemos alegrarnos, y es de no tener que llevar toga para hacerlo aun más duro. Y conste que me refiero a toga física, porque la metafórica, gracias al culebrón de la habilitación de agosto y las no vacaciones  no se la quita ni Dios.  También continua, al igual que el calor y por desgracia, los incendios forestales que tanto trabajo y tanta pena dan. Ojala esto sí que desapareciera.

La cuestión es que a la pandemia, con sus brotes, rebrotes, futuras vacunas, negacionismos e incumplimientos se unen, batallando por los titulares de los informativos , las incidencias de una corona que no va asociada a ningún virus. Y que ha echado a perder cualquier lejana esperanza de la vuelta de alguna serpiente de verano. Otra vez será

Así que hoy, una vez más, el aplauso es para quienes, sea cual sea el ritmo del verano, lo bailan con su trabajo como siempre, con profesionalidad y entrega. Sean cuales sean las circunstancias

Homenaje: El enterrador


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Hoy, víspera del aniversario del fusilamiento de las Trece Rosas, nos sumamos a su recuerdo con un relato sobre memoria histórica

Este relato está inspirado en la historia de Leoncio, el enterrador de Paterna, que se conoció como “el paredón de España”. Sirva como pequeño homenaje a los represaliados del franquismo enterrados en la fosa 112 y el resto de fosas comunes de Paterna y de toda España.

(Publicado en 2019 en la antología de Valencia Escribe “A punta de relato”)

 

EL ENTERRADOR

-No pueden llevárselo. ¿Qué delito ha cometido?

Eugenio gritaba desesperado viendo como irrumpían en su casa a media noche y se llevaban a su padre a empellones, como si fuera el peor de los delincuentes. Era un buen hombre, un buen padre y una buena persona, que le había dado todo lo que había podido en sus veinte años de vida. A él y a muchas personas más.

-¿Quieres saberlo? Pues vente tú también y verás el delito de él y todos los rojos como él 

Se llevaron también a Eugenio, pese a las protestas del padre. Se sabía perdido y no quería arrastrar con él a su hijo. Pero no pudo evitarlo. Arrastrados por sus captores, ambos recorrieron las calles de su pueblo, mientras desde cortinas y visillos se llevaban las manos a la cabeza.

El padre de Eugenio no regresó nunca. Al pobre muchacho le contaron que le hicieron elegir entre su vida y la de su hijo, y que él no lo dudó. A Eugenio le dieron una libertad que sabía a condena. Y que lo era.  El precio a pagar sería el peor de los trabajos. Sería el enterrador, quien echara tierra sobre las fosas comunes donde iban a parar desdichados como su padre tras ser fusilados. Le dijeron que tendría que enterrar a los suyos.

A Eugenio acabaron por secársele las lágrimas con el polvo de la tierra que cada día echaba sobre esos cuerpos. Tuvo que enterrar al tendero que de pequeño le regalaba dulces, al panadero que hacía aquellas tortas con las que se chupaba los dedos, y a muchos amigos. Incluso a la hija de unos vecinos con la que él soñaba para novia. Fue entonces cuando se le secaron los ojos. Cada día volvía a preguntarse qué delito habían cometido. Y cada día se marchaba a su casa sin respuesta.

Gracias a Eugenio supimos qué había sido de mi abuelo y dónde estaba enterrado. Un magro consuelo, pero consuelo al fin y al cabo. Muchas familias ni siquiera tienen eso.

Yo entonces era una niña, y no lo conocía. Pero nunca olvidaré su rostro desde aquel día en que nos entregó nuestra joya más preciada. Un viejo calcetín sucio y roto donde todavía podían verse las iniciales de mi abuelo, bordadas con primor por mi abuela. Al verlo, ella lloró y quiso abrazarle, darle algo de la poca comida que teníamos, hacer lo que fuera para pagarle. El, con la cabeza gacha, se marchó sin más. Y viéndole desde la ventana, le oí musitar algo sobre delitos que yo no entendía.

No lo volví a ver, aunque corrían por el pueblo historias contadas en voz baja sobre las cosas que traía Eugenio. Un trozo de camisa, un botón, un cordón de zapato. Cualquier cosa que ayudara a identificar a toda aquella gente y a dar a sus familias un lugar donde llorarlos.

Muchos años después, supe que estaba a punto de morir y quise hacer lo que llevaba tantos años demorando. Cogí el calcetín que mi abuela nos había dejado como herencia, y se lo mostré, dándole las gracias una y mil veces. Él sonrió, y juraría que vi escaparse su lágrima de sus ojos secos.

Eugenio murió días más tarde. Las personas que estaban con él en ese momento cuentan que, al marcharse, dijo una última frase

-Por fin he entendido cuál era el delito. Era el asesinato que cometieron con ellos.

 

 

No-vacaciones: antología del disparate


vacaciones frustradas

 

Las vacaciones son un tema jugoso para el cine, el teatro o la literatura. La filmoteca está llena de obras que plasman vacaciones de diversas personas, ya se trate de princesas -Vacaciones en Roma- , de familias numerosas –12 fuera de casa-, de aspirantes a estrellas –Camp rock-. adolescentes –La tropa de Beverly Hills-, hermanas gemelas ansiosas de encontrarse –Tu a Boston, yo a California– aspirantes a encontrar el amor –Mi chica– o algo más que el amor –Dirty Dancing– o, por supuesto, pandilla inolvidable antes de saber que iba a serlo –Verano azul-. Hasta Los Picapiedra se iban de vacaciones aunque fueran Vacaciones frustradas. Aunque no olvidemos que también el verano ha sido el telón de fondo de algunas de nuestras más terroríficas pesadillas cinematográficas, como que se te aparezca un Tiburón o que susurren que Sé lo que hicisteis el último verano, sea Viernes 13 o no.

En nuestro teatro, como no podía ser de otra manera, venimos teniendo vacaciones cada año, e incluso dedicándoles más de un estreno. Pero hay que reconocer que las de este año están más cerca de las películas de terror que de las almibaradas vacaciones familiares que tanto hemos visto en la tele. Y es que entre el covid19 y la tendencia al más difícil todavía propio de Toguilandia, logramos unos resultados al lado de los que el teatro del absurdo se queda en nada. Veamos si no.

En pleno confinamiento, cuando empezábamos a vislumbrar el desastre que se nos venía encima, se tomó una decisión que nos pillo con el pie cambiado. Se iba a habilitar el mes de agosto, supuestamente para recuperar el tiempo perdido, como si fuéramos niños que han suspendido y se ven obligados a estudiar en verano para los exámenes de septiembre. Después de gritar hasta desgañitarnos en redes sociales, medios de comunicación y donde fuera posible, se rebajó el castigo y se decidió que solo serían hábiles del día 11 en adelante. Como si fuéramos críos a los que bastara quitarse la toga y ponerse el bañador para disfrutar de unas merecidas vacaciones.

Si alguien no frecuenta mucho Toguilandia, podría pensar, a primera vista, de que la medida no está mal. Se habilita agosto para recuperar el tiempo perdido y que la ciudadanía no vea demorado por más tiempo el ejercicio de sus derechos. Pero la cosa no es tan sencilla. Y eso por varias razones. La primera sería la que atañe a la propia judicatura- Porque, como es imposible dejar sin vacaciones a un trabajador por cuenta ajena -que eso somos-, lo lógico sería pensar que esa medida vendría acompañada de sustitutos que celebrarían mientras el titular no está. ¿Verdad? Pues de eso nada. Así que, como siempre, pan para hoy y hambre para mañana, porque si el juez vacaciona en septiembre, señalará en agosto y no lo hará en septiembre, y viceversa. Y no habremos adelantado nada. Si a eso le sumamos todo el personal de juzgados, incluidos lajs y fiscales, a quienes el ritmo de señalamientos determina las vacaciones, el absurdo se vuelve esperpento.

Pues bien, tal vez porque se dieron cuenta e esto  o tal vez porque vieron la luz como la Carolyn de Poltergeist, el Consejo General del Poder Judicial decidió tomar cartas en el asunto con una decisión peculiar, por decirlo de algún modo. Les dice a los jueces y juezas que, a pesar de ser hábil agosto, no señalen nada. ¿Perdón? ¿Esto en serio? Pues parece que iba en serio, aunque no fuera muy serio.

Además de lo extravagante de la situación, entra en marcha el factor tiempo. Cuando dicen tal cosa, hay quien ya tienen cerrada la agenda de señalamientos, y concedidas las vacaciones suyas y las de los que le siguen como fichas de dominó. No olvidemos que en muchos sitios, organizar las vacaciones es como la partida de más alto nivel de Tetris. De eso sabemos mucho en Fiscalía, cualquier compi puede atestiguarlo. Así que ahí se quedan los señalamientos, fijados antes del consejo del Consejo -ya solo decirlo da risa- y que salga el sol por donde quiera. Por Antequera, o por cualquier otro sitio.

Y seguro que leyendo todo esto, más de un compañero y compañera de las necesarias profesiones de la Abogacía y la Procuradoría se están acordando de mis ancestros. Tranquilos, no os olvido. Pero lo vuestro es tan gordo que lo dejo para el final, que conviene ir poco a poco. Vaya por delante que ante todas estas noticias, sé de buena tinta que el consumo de ansiolíticos, tila, valeriana y cualquier otro dapaz entre entre estas profesiones se ha multiplicado. Y no es para menos. Salvo, claro está despachos con peso suficiente como para poder turnar las vacaciones. O sea los más grandes despachos, que son los menos, aunque sena muy visibles.

Pero prosigamos con el despropósito. Llegado el mes de julio, alguien cae en que esto es una verdadera barbaridad, y decide dar marcha atrás. Deshabilitamos agosto, y listo. Y que se apañen quienes ya se habían organizado. Pero ni por esas, porque los trámites parlamentarios son los que son y, aunque lo aprueba el Congreso, falta que pase por el Senado…que ya está de vacaciones. Con lo cual se aplaza a septiembre, lo que implica que una ley que inhabilita la habilitación de agosto -precioso trabalenguas- será aprobada en septiembre. O sea, a toro pasado, cuando ya no sirve para nada.

Esto, además de un despropósito, puede producir graves efectos. Imaginemos que, por cualquier razón, la ley no aprueba en su paso por el Senado ¿Qué pasa con los actos realizados al amparo de la misma? Y si es al contrario, ¿qué pasa? Si se inhabilita lo que estaba habilitado, ¿se podría reclamar por los perjuicios por su no aplicación? ¿Devengaría intereses de algún tipo? ¿O se podría pedir la nulidad de los actos amparados en esa habilitación? En fin, un galimatías que todavía empeora más las cosas. De ser eso posible, claro.

Y ojo, que hasta aquí solo hemos hablado de señalamientos que, al fin y al cabo, se conocen con cierto tiempo, aunque hagan que se evacue el traslado en las muelas de quien señala, por decirlo de un modo fino. Pero la segunda parte todavía es peor, especialmente para letrados y letradas, procuradores y procuradoras. Hablo de los plazos, la pesadilla del jurista. De poco sirven habilitaciones y deshabilitaciones, consejos del consejo y demás zarandajas mientras el reloj sigue marcando su tic tac como si fuera una bomba con temporizador.

El resultado es zozobra para la ciudadanía, un desconcierto para Jueces, fiscales. Lajs y personal de juzgados, y el desastre más absoluto para abogacía y procuradoría que se ven, de facto, privados de un mínimo disfrute vacacional cuando más lo necesita todo el mundo. Y lo peor de todo es que este desastre para ellos no supone un beneficio para nadie, porque sin más medios, tanto da que se habilite agosto. ¿O acaso tiene sentido que se obligue a interponer un recurso en agosto si no hay juez para resolverlo?

Así que ánimo. Hoy el aplauso lo daré a todos los habitantes de Toguilandia pero un abrazo especial para Abogacía y Procuradoría. Ya vendrán tiempos mejores. Es la única esperanza que nos cabe,

 

 

 

Anglicismos: oh yeah


 

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Nuestra cultura audiovisual es, fundamentalmente, anglosajona. Quizás por eso alternamos el castizo término “película” por el más internacional de “film”, o su castellanización “filme”. Pero esos no son las únicas señales de que, a veces, creemos que por referirnos a algo en inglés somos más in, más cool o estamos más on, que no se diga. Hay muchas películas que se han dado a conocer por su nombre anglosajón, aunque tengan una perfecta traducción al castellano. Y no es cosa e ahora. Love Story, Grease o West Side Story se conocen por sus títulos originales, aunque perfectamente pudieran traducirse por “Historia de amor”, “Brillantina” o “Historia del West Side” –o incluso del lado oeste-. Cosas de The artists, que son así.

En nuestro teatro podría decirse que penetró más el latín que otros idiomas, pero no es del todo cierto. Aunque los latinajos siguen estando ahí, no podemos evitar el uso de barbarismos  como ya vimos en un estreno anterior. Pero, aunque no lo creamos, son tantos, que merecían una nueva oportunidad. Especialmente, tras la llegada de la pandemia.

Es posible que alguien piense que la pandemia no tiene demasiada influencia en el lenguaje jurídico , pero aquí estoy yo dispuesta a demostrar lo contrario. Veremos si lo consigo

Pensemos. ¿Cuál ha sido uno de los términos más utilizadas en estos día? Sin duda alguna, “la Covid19” –que no el Covid19- que sigue en boca de todo el mundo. Ese vocablo, aunque alguna política de pro pensara que se  refería al coronavirus del mes de diciemebre de 2019, por la “d” y el número, no es sino una abreviatura del término inglés que describe la enfermedad que produce el coronavirus. La famosa “d” no se refiere al ultimo mes del año sino a la palabra anglosajona “desease”, que significa enfermedad. Incluso se emplea el orden propio de esa lengua, en que, a diferencia del castellano, el sustantivo es o que va en último lugar. Precisamente por eso se ha de nombrar en femenino, no porque haya ninguna conspiración para culparnos a las mujeres, por una vez y sin que sirva de precedente. El virus, sin embargo, es masculino, por muy coronado que sea. Y, aunque no habría pega en llamarle por su nombre español, hemos convenido hacerlo por el inglés. Tal vez para ser más cool, o tal vez para usar el mismo nombre en todo el mundo. O una mezcla de ambos.

Además, si hay una palabra que ha venido con fuerza al tiempo que el maldito bicho, esa es la de webinar. Durante el confinamiento hemos hecho webinar con el mismo entusiasmo que pan, y con la misma insistencia que hemos comprado papel higiénico. La webinar (¿o el webinar?) no es otra cosa que una conferencia, exposición o mesa redonda que se realiza por medios digitales. O sea, lo que llamamos on line, otro anglicismo usado hasta la saciedad y que en más de una ocasión se traduce por “en línea”, algo que tiene poco sentido en nuestra lengua. Lo suyo sería hablar de videoconferencia , pero es que el término ya estaba cogido, para aludir más a la forma que al fondo. Y a una forma, por cierto, que nos sigue dando más de un problema. No obstante, seguro que con un poco de imaginación dábamos con una palabra mucho más castiza y bonita que ese extraño “webinar”, que igual vale para hablar del censo enfitéutico que del mejor modo de colocar el papel pintado en la pared.

No obstante, podría pensarse que antes de la pandemia no utilizábamos términos ajenos, pero nos engañaríamos. Los préstamos lingüísticos vienen de antiguo, a veces por la simple creencia de que se es más esnob, o más sofisticado. Quedamos en el hall, cuando podríamos hacerlo en el atrio, el recibidor o, sencillamente, la entrada. Hacemos cursos on line o presenciales, y en estos nunca falta un cofee break en vez de la pausa café de toda la vida. Sin embargo, si es digital, nos preocupamos por el feedback, es decir, por la reacción de las personas. Además, para solucionar los problemas de espacio, echamos mano de un local de coworking, y compartimos gastos. Fifty fifty, vaya. Y, si no decimos todas esas cosas, parece que estemos out.

Incluso  algunos ámbitos del Derecho se han impregnado de estos anglicismos. En Derecho Laboral se habla de mini Jobs, o de trabajos low cost, aunque esto de low cost, lo que venía siendo “barato” de toda la vida, igual vale para un roto que para un descosido. Así que lo podemos usar a full.

Por supuesto, también necesitamos optimizar nuestro tiempo y nuestro descanso. Para lo primero, nada como un coach que nos enseñe a administrar y administrarnos. Y para lo segundo, unas buenas sesiones de mindfullness, y arreglado. Que es como meditar, pero en fino. Y por supuesto, con un buen personal training

Y es que hasta a las mascarillas llega la anglosajonizacion. Se llaman por su nombre español, aunque en otros países se usa la traducción literal de “tapabocas”, pero hay que tener cuidado que nos desdigan de nuestro outfit, o estropeen nuestro look. Hasta ahí podiamos llegar.

Y hasta aquí el estreno de hoy. El aplauso, para quienes están alertas en el buen uso de la lengua, que es bien necesario. Aunque haya quien prefiera decir on fire –por cierto, los subtítulos de televisión lo tradujeron como “en fuego”-, demostrando que es lo que hay.

 

 

 

Comunicación: asignatura pendiente


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   El mundo de los medios de comunicación es especialmente atractivo para cine y literatura.  Hay muchas y recordadas películas que lo tratan, como Primera Página o Al filo de la noticia, así como series de televisión, desde la inolvidable Lou Grant a la más cercana –en el tiempo y en el espacio- Periodistas, sin olvidar que el protagonista de una serie que marcó mi infancia, Con ocho basta, era periodista. Además, el mundo de los tribunales y la prensa también ha sido protagonista de varias obras de ficción, como Ausencia de malicia.

En nuestro teatro, la comunicación tiene un lugar importante, y de ahí que ya le hayamos dedicado varios estrenos  a sus protagonistas, tanto de la parte de los propios periodistas  como de los órganos encargados de la comunicación. Incluso los titulares y los gazapos han merecido su propio espacio en nuestro escenario. Y muy aplaudido, por cierto.

Hoy voy a tratar de otra cosa, cercana, pero menos de lo que me gustaría. Confieso que es un tema que me apasiona, y no he tenido más que encontrarme con la entrevista de mi amiga y compañera Escarlata  (@escar_gm) para espolearme y dedicarle un estreno como se merece. Se trata de la comunicación , entendida como el modo en que nos “vendemos” y la imagen que ofrecemos. Así que: luces, cámaras , ¡acción!

Cuando yo llegué a Toguilandia la prensa era El enemigo público número 1. A pesar de que ya entonces el artículo 4 del Estatuto Orgánico del Ministerio Fiscal nos atribuía la función de “informar a la opinión pública”, la consigna que recibíamos nada más llegar era que la prensa y los periodistas cuanto más lejos, mejor. Y eso, que valía para fiscales, valía mucho más para la judicatura que, al contar además con su propio Gabinete de prensa, podían permitirse no plantearse siquiera lo de arremangarse las puñetas y salir a la palestra. Alguien me podría replicar alegando la existencia de jueces estrella, pero también tengo respuesta para eso. Más que probablemente, su estrellato provenía de ser una rara avis o, lo que viene siendo, en román paladino, la excepción que confirma la regla.

Por fortuna, y aunque fuera a pasos de tortuga reumática, fuimos avanzando y en 2005 la Fiscalía General del Estado dictó una Instrucción (3/05) que regulaba las relaciones entre fiscales y medios de comunicación, instituyendo la figura del Portavoz, que podía asumir el propio Fiscal Jefe o delegar en otro miembro de la plantilla. Yo tuve el honor de desempeñar ese cargo durante once años, en los que disfruté muchísimo y trabajé aún más, aunque el balance podría resumirse como Sonrisas y lágrimas. Más de una vez he sentido el impulso irrefrenable de emular a Julie Andrews a informar en términos tan sencillos y comprensibles como ella hacía con las notas musicales. Podrías ser algo asi como “si las pautas conocéis, todo ya bien informaréis…”, mientras muevo mi toga cual falda de vuelo y me atuso mi imaginario almidonado delantal de batista.

La cuestión es que del modo en que transmitamos  depende mucho la forma en que percibe la ciudadanía la institución, sea la judicatura, la fiscalía o los LAJs, grandes desconocidos, entre otras cosas, por lo poco que se habla de ellos. Los médicos forenses, sin embargo, a falta de gabinete de prensa, tienen la saga de series de CSI que, aunque se parezca poco a la realidad, les hace más propaganda que la mejor agencia.

Por supuesto, la comunicación va en dos sentidos. Quienes ejercen el periodismo han de tener interés en informarse de cuál es la verdad en Toguilandia, tanto en el fondo como en la forma. Solo de ese modo, acudiendo a fuentes oficiales y contrastando las que no lo son  para confirmar que son fidedignas, proporcionan a la sociedad la información que corresponde, sin inventos ni manipulaciones, Por otro lado, tienen además que cuidar la forma, y que un poco cuidada redacción o una falta de conocimientos estropee el trabajo.  Hay que evitar el imperio de la querella criminal –todas las querellas lo son- del delito penal –idem- de la libertad sin cargos –aquí no hay cargos- o el uso de los términos “sumario” o “procesamiento” para cualquier delito, aunque solo se corresponda ese nombre los procedimientos por delitos graves.

Pero no podemos echarles la culpa de los males del mundo. ¿Cómo van a saber hablar de Tribunales si no les informamos, o si lo hacemos con un lenguaje tan enrevesado que no hay quien lo entienda? A veces, cometemos el error de pensar que, por emplear palabras grandilocuentes y abusar de nuestra jerga  vamos a quedar como un prodigio de erudición,  y en vez de eso resultamos un fracaso de comunicación. Es más, habría que pensar si hablar a la gente en un lenguaje que no entiende roza la falta de educación o entre de lleno en ella. No olvidemos que la Justicia emana del pueblo, y el pueblo no habla en latín. Aunque e muchos casos se pueda decir que sabe latín a pesar de no haber declinado el Rosa Rosae ni conocido a Ticio, Cayo y Sempronio en su vida.

No obstante, la comunicación no solo tiene lugar por conductos oficiales. Es más, los profesionales siempre buscan un plus sobre esa info que saben que todo el mundo maneja y buscan algo más, en exclusiva, pata llevarse el gato al agua. Y eso está muy bien, siempre que respeten la verdad. Y los límites éticos, especialmente que se cuiden e que con una revelación bomba no estropeen toda una investigación. Alguna vez ha pasado que la filtración de un dato de una investigación ha echado a perder la misma. Obviamente, si alguien publica que se va a detener al político X, o se va a hacer una entrada y registro en su casa, X podrá huir o deshacerse de todas las pruebas incriminatorias que pudiera haber en su casa. Así que el periodista en cuestión habrá tenido un bombazo informativo, pero se puede haber cargado la investigación de mucho tiempo. Así que, responsabilidad, que nos jugamos mucho.

La otra parte de la extraoficialidad viene dada por la actuación de jueces, fiscales, lajs, letrados y letradas o cualquier otro habitante de Toguilandia –como esta humilde toguitaconada- en redes sociales y otros medios, como este blog, sin ir más lejos. Ya le dedicamos un estreno a juristas twitteros a lo que habría que añadir otras redes , o artículos y entrevistas en medios de comunicación. Cuando empezamos a plantearlo algunas chaladas como yo misma, nos miraban como si nos hubiera salido un cuerno rosa en la  frente. Incluso había quien abiertamente nos criticaba por el terrible pecado de darnos a conocer como personas normales que somos. Incluso nos han llegado a plantear si podemos o no hacerlo. Por suerte, cada día somos más y más normalizados. Pero, permitidme que saque pecho con algo que me dijo hace nada una ilustre tuitera togada:  que yo era la decana en esta actividad. Y, aparate de que eso implique alguna cana de más, me hizo sentirme muy orgullosa. Las canas, al fin y al cabo, se tapan.

Y hasta aquí el estreno de hoy, Mi agradecimiento a quienes cada día me acompañáis en el propósito de demostrar que no hay dioses ni semidioses con toga, sino profesionales que cada día se parten la cara y el alma por un servicio público. Vuestro es el aplauso de hoy. Gracias también por hacer posible un derecho fundamental: el derecho de la ciudadanía a recibir información veraz

Prodigios: lo increíble


asoombro

 

El mundo y el espectáculo se ha nutrido mucho de esos acontecimientos fantásticos que superan todas las previsiones, y que llamamos prodigios, o milagros. Sea en tono irónico, como Los martes, milagro o El milagro de P Tinto o para describir logros tan fantásticos que hacen que la realidad parezca un milagro, como en El milagro de Anna Sullivan, ahí están, siempre presentes. Porque La vida es bella, sobre todo si vivimos en La ciudad de los prodigios o en Un lugar llamado milagro. Aunque no nos coloquen El chip prodigioso. Es lo que hay.

En nuestro teatro también hay milagros. De hecho, ya tuvieron su propio estreno en este escenario. Pero hoy vamos a dar una vuelta de tuerca más e irnos a esas cosa inexplicables que son menos inexplicables de lo que parecen. Prodigios que son y no son a un tiempo. Vamos allá.

Lo he dicho más de una vez. En ocasiones, me siento como en los Hechos de los Apóstoles, cuando aparece la paloma y trae consigo el don de lenguas que hace que todo el mundo entienda todos los idiomas, aunque jamás los haya estudiado. Porque eso es algo que me pasa en mas de un caso.

El primero de ellos es el del detenido que no entiende castellano. O cree que no lo entiende, porque en cuanto pronuncio la palabra mágica, “prisión” , entiende perfectamente y reacciona. Algunos, incluso, llegan al punto de no solo entender sino hablar perfctamente, porque empiezan a dar argumentos con una elocuencia que ni el mismísimo Cicerón. Otro prodigio.

Un fenómeno parecido acontece cuando a ese mismo detenido que no sabe español se le explica que deberá esperar unas horitas al intérprete de su lengua. Y de repente, albricias, otro prodigio. No solo ha entendido a la perfección esa explicación, sino que le ha poseído el don de lenguas y es capaz de dar su versión de los hechos en un castellano tan perfecto que Cervantes se hubiera sentido orgulloso.

Aunque estas cosas no solo pasan con los idiomas. En esta nueva normalidad que nos ha tocado vivir, la mascarilla se convierte en un instrumento distorsionador del lenguaje, no cabe duda. Pero el grado  en que se distorsiona es diferente según el caso. Además, la palabra mágica sigue teniendo su poder. Así que alguien que no entiende nada, y se empeña en decir que nos quitemos la mascarilla o que quiere quitársela, entiende la frase “se solicita la prisión” a las mil maravillas. Casi igual que cuando lo que se solicita es la libertad, aunque la expresión de su cara, mascarilla mediante, en uno y otro caso sea radicalmente distinta.

Pero este no es el único caso de prodigios inexplicables y transformaciones milagrosas. Otro que vivo con bastante frecuencia se relaciona con Don Dinero , el poderoso caballero del que hablaba el poeta. En cuanto a esto, puedo decir que yo he visto cosas que no creeríais, y como yo la mayoría de mis compañeras y compañeros. Cosas como que una persona que se declara insolvente de todo punto, que no tiene ni donde caerse muerto, vaya, de repente encuentra dinero debajo de las piedras. ¿Cómo? Pues con otra palabra mágica combinada con la anterior: fianza. Si a prisión o libertad le añadimos la coletilla de “eludible con fianza” o ·bajo fianza de…” el insolvente encuentra el tesoro oculto y, en menos que canta un gallo, reúne el dinero. Los he visto, incluso, que deberían llevarlo en el bolsillo, de lo poco que han tardado, a pesar de que estaban declarados insolventes porque no se les encontró ni un triste euro. Igual es porque, como me dijo uno de ellos, lo que le habían declarado era “disolvente”. Tal cual.

Tampoco es este el único caso de hallazgos prodigiosos de cantidades importantes. Como quiera que desde hace tiempo uno de los requisitos para conceder la suspensión de la ejecución de la pena –o sea, que el condenado no entre en prisión si la pena es leve y es delincuente primario- es haber satisfecho la indemnización impuesta como responsabilidad civil, aparece una varita mágica nueva. Y así, quienes no habían podido pagar ni un euro durante el curso del proceso, y manifestaban estar más pelados que las ratas, al verse tocados por la varita mágica de la suspensión de condena corren a pagar la indemnización. Voluntariamente, por supuesto.

Esa misma voluntariedad se da en otro supuesto, no menos prodigioso. Me he encontrado más de una vez que, después de un proceso largo donde el interés por pagar nada de lo adeudado ha sido cero, y las posibilidades de trincar algún bien que embargar también, el día del juicio aparecen con unos dineritos y la mano extendida. Lo que ocurre es que en vez de decir eso de “dame algo” lo que quieren es que se les aprecie la atenuante de reparación del daño, como muy cualificada si es posible. Otro prodigio digno de estudio.

Por último, recordaré algunos otros prodigios relacionados con el tiempo, o, más bien, con la paciencia. He oído más de una vez a personas, tanto víctimas como investigados, que ven la luz cuando alguien les informa que lo que quiera que están esperando tardará bastante. El caso típico es el del abogado particular cuya presencia reclama la parte. Cuando se les dice que les hemos avisado pero tardará x tiempo en llegar, el abogado de oficio que rehusaron se vuelve lo mejor del mundo mundial. Y es que no hay como ver la luz, con o sin túnel.

Y hasta aquí la descripción de algunos de esos prodigios que harían las delicias del mismísimo Iker Jiménez y su Cuarto Milenio. Quizás habría que instaurar un Cuarto Milenio Toguitaconado, hasta entonces, seguiremos en nuestro escenario, que esta vez da el aplauso a quienes no se dejan deslumbrar por los prodigios. Que es casi tan difícil como mantener la compostura cuando se descubre el pastel.