Supervivientes: lo que el viento no se llevó


              Hay cosas que son eternas, y cosas que duran menos que un soplido. Como ocurre en el teatro, en la literatura o el cine. Shakespeare o Cervantes sobreviven al paso del tiempo, y seguro que hoy leemos  Romeo y Julieta o Don Quijote de la Mancha, o sus versiones fílmicas, sin que nos salpique ni una mota de caspa. Otros casos, más cercanos en el tiempo, han envejecido tan mal que es difícil verlos fuera del tiempo en el que fueron concebidos, como ocurre con aquellas películas de destape en que cualquier excusa era buna para enseñar las tetas. Y es que siempre existe la diferencia entre Lo que el viento se llevó y lo que el viento no se pudo llevar.

               Hoy, en nuestro teatro, me gustaría echar la vista atrás para comparar aquello que teníamos y aquello que tenemos hoy, y qué relación hay entre ese pasado y ese presente. Y ver, de paso, si avanzamos algo de cara al futuro.

              Cuando yo aterrizaba en Toguilandia, todavía estaban llenos los despachos de máquinas de escribir, como la que tenía mi padre, con su papel de calco y sus copias en papel cebolla. Y por supuesto, había que tener cerca una botellita de tippex, o su sustituto en papelitos adhesivos. Curiosamente, desaparecieron de las mesas las máquinas -Olivetti, en su mayor parte-, aunque aun se llena de polvo alguna que otra en un altillo o sobre un armario, y es imposible encontrar papel de calco. Sin embargo, el famosos tippex ahí sigue, entre nuestros imprescindibles, aunque sea en versión remasterizada dentro de un cartucho de plástico con pretensiones de diseño aerodinámico. Así que aquí encontramos el primer superviviente.

              Más tarde que pronto, las máquinas fueron sustituidas por ordenadores, que fueron ganando precisión y perdiendo tamaño pero que, en esencia, sobreviven, como sobrevive el cambio radical que supusieron. La jurisprudencia dejó de mirarse en tomos similares a Biblias y pasaron a ser consultados directamente en una base de datos, cambiando el copiado amanuense por el corta y pega que tanto agranda el tamaño de sentencias y dictámenes. Faltaría saber si eso fue una ganancia o una pérdida, pero esa es otra historia.

              Sin embargo, ya poca gente se acuerda de algunos instrumentos que parecían el no va más de la modernidad, Los diskettes donde transportábamos los documentos de un ordenador a otro, sin ir mas lejos. Nunca olvidaré a uno de mis jefes refiriéndose a ellos como “casquetes”, con la consiguiente hilaridad del personal. Y no era para menos. Porque el sentido del humor también sobrevive.

              La misma suerte que aquellos disquetes acabaran corriendo otros soportes que ya casi usamos solo en justicia, que somos los últimos en desprendernos de las cosas. Se trata de los CD’s, que ya tuvieron su propio estreno y que cada vez son más difíciles de ver lejos de Toguilandia. Junto a ellos, otro incunable permanece ajeno a que su existencia se circunscribe a nuestras paredes: el fax. Que alguien pruebe a pedir fuera de nuestro ámbito que alguien le dé el número de fax, que lo que le dará es un ataque de risa.

              Otra de las evoluciones reseñables es la de la telefonía y similares. En su día, parecía el no va más la existencia de aquellos aparatejos llamados “busca”, que importamos de profesiones sanitarias, y que hacían un papelón en la guardia considerable porque permitían, al menos poder desplazarse más allá de los límites de un teléfono fijo cuando se estaba de guardia de disponibilidad. Lo malo fue que cuando nos llegaron a nosotros, ya empezaban a cambiarse en otros sectores por teléfonos móviles, de aquellos que pesaban un quintal, antena incluida. De ahí pasaron a un modelo más pequeño, exclusivamente para hacer llamadas -nadie soñaba entonces con las funciones que tendrían los móviles poco más tarde- que ha permanecido en manos de juez, fiscal, o forense de guardia por los siglos de los siglos. Incluso me consta que hay lugares donde todavía sobreviven, aunque sea pegados con cinta adhesiva.

              Sin embargo, hay algunas cosas que sobreviven y si las cosas siguen así, les auguro larga vida. Entre ellas, fundamentales las pegatinas de llamada de atención sobre causas con preso, preferentes, o cualquiera otra, o sus hermanos pequeños, los imprescindibles posits. A su lado, los clips, las grapas y hasta las máquinas taladradoras por las que suspiraba en el colegio y por las que a veces, ante causas de varios tomos físicamente ingobernables, sigo suspirando.

              También los marcadores, iluminadores o como quiera que se llamen lo fosforitos de toda la vida, lo primero que desparece del cajón del material, son unos supervivientes en toda regla, al igual que las gomas de caucho de toda la vida, que no hay fiscalía que se precie sin ellas para sujetar las carpetillas.

              Por supuesto, estas cosas cambiarán cuando la digitalización sea una realidad y los folios pasen a mejor vida. Pero aún queda. También me queda por saber si los bolis verdes que permanecen en el armario son los mismos que trajeron cuando llegué a Fiscalía o van renovándose porque alguien -que yo jamás he visto- los usa. Igual cualquier día surge una historia como la de la mermelada y el perro de Ricky Martin. Estaré atenta por si acaso.

              Y hasta aquí, el estreno de hoy. El aplauso, por supuesto, para quienes sobreviven a tanto superviviente y se adaptan a lo nuevo. Que ambas cosas son precisas

Pasatiempos: rosco toguitaconado


Las vacaciones con un buen momento para el entretenimiento. Cuando no tenemos la suerte de gozar de unas Vacaciones en Roma, ni aunque sean solo 9 semanas y media, ni de irnos de campamento como en Camp Rock o de vacaciones familiares tipo 12 fuera de casa, algo hemos de hacer para entretenernos. Y a falta de playa o montaña, buenos son concursos -como Quiz Show– o pasatiempos. Así que vamos a ello.

Con esto, abrimos una sección especial en nuestro teatro, que aparecerá de vez en cuando, emulando diferentes concursos de éxito en versión toguitaconada. Esperemos que tenga mucho éxito y recibir muchas respuestas directamente, en el blog o en redes, o, cono hacemos cuando lo vemos en la tele, contestado al cuello de nuestra camisa.

Para inaugurar la sección, el rosco más famoso después del roscón de Reyes: el rosco de Pasapalabra. Esperemos no tener los problemas que con los derechos de autor tuvieron en dos cadenas de televisión con el programa. Pero ya se sabe, quien no se arriesga no pesca

¿Todo el mundo preparado? Pues allá va

  • Con la A: uno de los personajes principales de Toguilandia, que siempre lleva toga pero suele llevarla sin puñetas, salvo excepciones
  • Con la B : relativo a los poderes de los procuradores, y en concreto a su suficiencia
  • Con la C: jurista cuyo manual de Derecho Civil se estudia en España desde tiempo inmemorial
  • Con la D: protagonista absoluto del Derecho Penal
  • Con la E: fase del proceso posterior a la sentencia firme
  • Con la F: yo misma
  • Con la G: materia que da lugar a un proceso -a veces, bastante aburrido- donde se determina si son ordinarios o extraordinarios
  • Con la H: Reacción que nos producen algunos delitos como asesinatos o violaciones
  • Con la I: Sentimiento que hemos de renovar a diario para no caer en el burn out en nuestra profesión
  • Con la J: coloquialmente, personaje conocido en algunos ámbitos como SuSe
  • Con la K : abono de dietas por desplazamiento que cuesta la vida cobrar
  • Con la L: adjetivo que se atribuye a la justicia y que, como los pimientos de Padrón, unas vez es así y otras non
  • Con la M: causa que, referida al investigado, da lugar al archivo de la causa
  • Con la N: aplicado al juez, lo contrario de “ad hoc”
  • Contiene la Ñ: Dícese de la fiscal dura o inasequible al desaliento
  • Con la O: Una de las partes del Derecho Civil definida en el artículo 1088 del Código
  • Con la P: lo que ha de hacerse con una herencia cuando hay varios herederos
  • Contiene la Q: intercambio de una cosa por otra que es abuelo de la compraventa
  • Con la R. circunstancia agravante basada en la repetición de delitos de la misma naturaleza
  • Con la S: nombre que antiguamente recibían los malos tratos
  • Con la T: eje sobre el que pivota la jurisdicción social
  • Con la U: derecho real definido en latín como “ius alieni rebus utendi frundi salva rerum substantia”
  • Con la V: derecho que, aplicado a los hijos e hijas, constituye la parte más conflictiva del Derecho de Familia
  • Contiene la X: Dícese de un recurso presentado fuera de tiempo
  • Contiene la Z: Tiempo en el que había que haberse presentado el recurso anterior

Y hasta aquí, el rosco de hoy. Esperemos que todo el mundo lo acierte, aunque aun no hayamos acumulado bote. Pero ¿Qué mejor bote que el aplauso que vamos a dar desde aquí?

Manos tendidas: Imprescindible


Hoy, en nuestro teatro, un cuento para pensar y repensar. Y, por supuesto, para entretener, que si no no sería un teatro, y lo cortés no quita lo valiente

Imprescindible

  • ¿No viene tu amiga hoy?
  • No -respondí con mucha tristeza- Su novio no la deja
  • ¿Cómo? -mi interlocutora pareció crecer tres palmos- ¿Qué estás diciendo?
  • Eso, que no la deja. Yo tampoco lo entiendo, pero es lo que me ha dicho
  • Pero eso no lo puedes consentir. Si te consideras su amiga, no debes consentirlo
  • ¿Y qué puedo hacer yo?
  • Siempre, siempre, puedes hacer algo -me travesaba con la mirada- Lo que no puedes hacer es mirar hacia otro lado.

Rosa era la directora de un grupo de voluntarias que nos dedicábamos a atender a las personas sin hogar. Desde que en la pandemia del coronavirus de 2020 fallecieran gran número de indigentes, la sociedad había cobrado conciencia de lo grave de este problema. En su día, dijeron que todo el mundo debía quedarse en casa, pero el drama era que estas personas no tenían casa en la que quedarse.

Cayeron como chinches, y eso hizo que Rosa, y otras como ella, fundaran la asociación en la que mi amiga Mónica y yo colaborábamos. O, al menos, colaboraba yo, porque Mónica me había dicho ayer mismo que no volvería. A su novio no le gustaban nada los indigentes y se lo había prohibido. A mí quien no me gustaba era su novio, pero si se lo decía me arriesgaba a perder a Mónica para siempre, y eso hubiera sido peor. Al menos, sabía qué era de ella. Mónica y yo éramos amigas desde la guardería y no quería ni pensar en que pudiera pasarle algo malo.

La verdad es que yo pensaba que César, el novio de mi amiga, no sería capaz de hacerle nada. Le había visto gritarle, pero jamás le puso la mano encima delante de mí y, según ella, tampoco fuera de mi presencia. Lo que no sabía cómo soportaba Mónica era el constante control al que la tenía sometida. No podíamos ir a ningún lado sin que la llamara unas cuantas veces y le mandara infinitos mensajes. Ella le remitía su ubicación y fotos y hasta vídeos del lugar donde nos encontrábamos, pero aquello era insufrible. Me di cuenta cuando me percaté cómo le cambiaba la cara al recibir según qué mensajes.

Poco a poco, Mónica fue alejándose de nuestro grupo. Empezó espaciando nuestras quedadas semanales, Siempre ponía alguna escusa: se encontraba mal, le había bajado la regla, tenía que estudiar, no tenía dinero para salir, su madre necesitaba que la ayudara… Luego dejó de venir a cumpleaños y fiestas especiales con las mismas excusas. Todo mentira. Era César, que estaba construyendo un muro alrededor de ella para aislarla. Un muro donde ella misma, sin darse cuenta, iba poniendo los ladrillos.

No obstante, siempre había respetado el voluntariado. Era algo que hacíamos desde hacía tiempo Mónica y yo, porque siempre nos apeteció ayudar a quienes lo necesitaban. Pero no solo era eso. El voluntariado se había convertido en una cuestión muy valorada en los currículums, sobre todo a partir de aquella crisis sanitaria que en 2020 sacudió el mundo. La misma que propició que Rosa fundara la asociación.

Ahora César le prohibía venir también a la asociación. Al leerla, sentí un hilo invisible se rompía y la enviaba muy lejos de mí. Era el hilo con el que manteníamos el contacto. Y creo que era la única amiga con la que todavía lo tenía.

Yo le había dicho que lo dejara, que no le hacía bien. No me atreví a decirle que le denunciara porque nunca llegué a saber hasta qué punto lo que él le hacía sería delictivo. Y porque, igual que ella, yo también me engañaba a mí misma. Me repetía una vez y otra que César era celoso, ególatra, maleducado y hasta impresentable pero que en modo alguno podría hacer daño a Mónica. Quería creer eso. Igual que quería creer ella que lo que aquel tipo sentía por ella era verderol amor.

  • Angela, ¿te das cuenta de lo que estás diciendo? – Rosa casi se enfrentaba conmigo- ¿Te das cuenta?
  • No sé- balbuceé- No sé a qué te refieres
  • Estás siendo cómplice de un maltratador
  • No digas eso, Rosa. Yo le ofrecí ayuda y la rechazó. Yo le dije…
  • Bobadas -me interrumpió, alzando la voz- Eso son bobadas. Tú no quieres ayudar a Mónica, quieres acallar tu conciencia. Quieres irte a casa convencida de que eres una buena chica porque le has dicho que lo deje. Igual que venís aquí para convenceros a vosotras mismas de que hacéis algo por los demás
  • Rosa -se me saltaban las lágrimas- ¿Cómo me puedes decir eso?
  • No me lo preguntes -seguía enfadada- Pregúntate a ti misma cómo has podido decir que no puedes hacer nada por tu amiga.

Me fui llorando, destrozada por lo que me había dicho Rosa, a la que admiraba, y destrozada también por mi amiga Mónica. Después de aquella conversación, la había llamado varias veces y no contestaba. ¿Y si Rosa tenía razón? No quería ni pensarlo.

Por el camino, tropecé con Ángela, otra de las fundadoras de la asociación que, al ver mis lágrimas, me preguntó. No hizo falta que le dijera apenas nada para que entendiera mis cuitas. Me consoló y me contó una historia que no olvidaré nunca

Era el año 2020, recién estrenada la primavera, cuando el sol asomaba y todo el mundo tenía ganas de salir, pero, en lugar de eso, tocaba estar encerrado en casa. Yo era muy pequeña, y apenas me acuerdo de ello, pero en el colegio lo hemos estudiado como la época del confinamiento. Un virus muy dañino se había extendido tanto que no quedó otro remedio que obligar a la gente a quedarse en casa, para evitar el contagio y lograr vencer a la pandemia. Entre todas aquellas personas condenadas a no salir de casa sen encontraba una amiga suya. Una amiga de la que todo el mundo sabía, salvo ella misma, que sufría violencia de género. Saltaba a la vista que su modo de comportarse, de esquivar a la gente, de mirar al suelo cuando le preguntaban y muchas otras cosas no eran normales. No obstante, seguían quedando con ellos como pareja, y todo el mundo se hacía el loco si él la reprendía en público, diciéndole que no sabía hacer nada y poniéndola en ridículo una vez y otra. Hasta que decretaron el estado de alarma. A partir de entonces no volvimos a saber de ella. No contestaba a las llamadas, ni respondía a las proposiciones de participar en chats e iniciativas comunes para matar el tiempo.

Ella no aguantó todo el tiempo encerrada. Antes de acabarse la cuarentena, salió de casa. Pero lo hizo en una camilla, con un tajo en el cuello del que salía tanta sangre que aquello no parecía tener remedio.

  • ¿Se salvó? -le pregunté
  • ¿Nunca te has preguntado por qué Rosa lleva siempre pañuelos anudados al cuello, haga el tiempo que haga?

El relato de Angela me dejó helada. Nada más oírlo, regresé a buscar a Rosa y la abracé con fuerza

  • Perdóname. Te juro que volveré con Mónica. Voy a sacarla de ese infierno, le guste o no.

Rosa me devolvió el abrazo. Y del modo que lo hizo, supe que confiaba en mí.

No le fallaría. Ni a ella, ni a Mónica.

De Juzgado de guardia: no es delito todo lo que reluce


              Hay frases que, a base de usarlas, se convierten en parte del acervo colectivo y acaban por significar cosas distintas de las que realmente significan. Que algo sea de Juzgado de Guardia es una de ellas. No sé si por contagio de la hilarante serie americana del mismo nombre, Juzgado de guardia, por la recordada serie española Turno de oficio o por la profusión de películas que abordan desde un prisma u otro, o con más o menos acierto, la realidad judicial. Todo el mundo repite esa frase una y otra vez. Incluso quienes no deberían

              El juzgado de guardia es, desde luego, una parte esencial de nuestro teatro. Tanto, que nuestra vida no se comprende sin las horas y horas que hemos pasado en el mismo. Creo que, en un cómputo total del año, si sumamos las horas de guardia efectiva, las de disponibilidad y el tiempo empleado en todas esas cosas que se nos atribuyen porque estábamos de guardia cuando sucedieron, superarían, con mucho, las horas de sueño o las dedicadas a otros menesteres.

              Pero las guardias ya tuvieron su propio estreno y hoy pensaba hablar no tanto de su contenido sino de esas cosas que nos llegan al juzgado de guardia, como consecuencia de esa creencia popular de que todo lo que está mal es delictivo, y todo lo que es delictivo puede ser denunciado ante juzgado de guardia.

              Vaya por delante que el Juzgado de guardia no es el único lugar ante el que se interponen denuncias . Como vimos en su día, se pueden interponer ante la Fiscalía y en las dependencias de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad, práctica muy habitual y recomendable en gran parte de casos, porque son quienes de facto realizan la investigación. Recordemos que This is not America y que jueces y fiscales no salimos a la calle en busca de las pruebas, sino que ordenamos lo que hay que hacer desde nuestros despachos, y en buena parte quienes reciben esas órdenes son la Policía y la Guardia Civil. Y, llegada a este punto, cabe preguntarse por qué no tienen la misma fama en el habla coloquial. Nadie dice que esto o aquello es de Policía de guardia.

              A lo largo de mi vida toguitaconada he vivido multitud de anécdotas en el Juzgado de guardia. Muchas de ellas, derivadas directamente de esa manía de entender que cualquier cosa que no nos guste “es de juzgado de guardia”

              He visto a personas alteradas denunciando que su vecino se ha dejado el grifo abierto, que ha hecho un cerramiento en su galería en contra del criterio de la Comunidad de Propietarios e incluso que ha puesto un toldo negro con la calavera y las tibias de la bandera pirata cuando todos tenían que ponerlo de color verde con primorosas florecillas primaverales. Reconozco que este asunto me hizo tanta gracia que, cuando salí del Juzgado, pasé por el edificio en cuestión y comprobé la ocurrencia de vecino rebelde, y no pude evita reírme

              El toldo con la bandera pirata tenía su punto, sin duda. Era perfectamente lógico el enfado de los vecinos, pero no era de juzgado de guardia en sentido literal. Aunque encaje de lleno en lo que mucha gente dice que es de juzgado de guardia.

              Hemos de pensar, además, que en los juzgados de guardia la actividad es frenética, y, por más que nos parezca importantísimo lo que nos ha ocurrido, hay prioridades. Nunca olvidaré lo hilarante que me pareció la queja de una famosa, jaleada por la conductora de magazín sabelotodo de turno, sobre el tiempo que le habían hecho esperar en el juzgado de guardia para denunciar que a su hijito le había mordido un perro y, aunque no tenía heridas, no se le había ido el susto del cuerpo. Lo mejor era el argumento de la famosa, indignada porque la jueza se había ido a levantar un cadáver en vez de atender de inmediato a su rorro. Y es que hay juezas que tienen caprichos incomprensibles, como levantar cadáveres o atender detenidos.

              Y, si de famosas y famosuelas hablamos, no puedo dejar de contar a la que pretendía que se suspendiera la emisión de un programa en directo, que había de emitirse esa misma noche, porque sabía de buena tinta que iban a sacar fotos comprometedoras de ella y suponía en buena lógica que la iban a poner a caer de un burro. Pues bien, a pesar de que sus suposiciones se confirmaron, toda España pudimos verlo porque no se suspendió la emisión del programa. Y eso porque, aunque ella lo creyera, aquello no era competencia del Juzgado de guardia.

              En otras ocasiones, son personajes pintorescos con historias pintorescas quienes aparece por los juzgados de guardia. Muchas veces con carácter repetitivo y muchas también con situaciones que frisan o entran de lleno en la enfermedad mental. Inolvidable un ciudadano que cada semana venía a denunciar que le abducían los marcianos de uno u otro modo y que alcanzó su cénit el día que se empeñó en contarnos que le violaban a través del ombligo. Ni que decir tienen que ese fue el pistoletazo de salida para su incapacitación, usando la terminología y el proceso de aquel momento.

              Oto grupo de usuarios curiosos del juzgado de guardia son quienes reclaman un escarmiento. De ahí al famoso auto de escarmiento -en vez de alejamiento- no hay más que un paso. Hay situaciones desesperadas, como familiares de adictos que no quieren denunciarle, pero sí que un juez le diga que está mal lo que hace o que le advierta que si no deja de beber lo meterán en la cárcel. Y es difícil comprender que, aunque a veces lo hagamos si viene al caso, no está entre nuestras funciones la de dar filípicas. Y más difícil hacerlo comprender

              Aunque para el premio a la mejor reacción, la de una mujer que, ante la denuncia de su hija de porque quería irse con su padre, que no “le obligaba a hace cosas en contra de su voluntad”, acabó diciendo que se marchara con él, a ver cuanto tiempo aguantaba lavándole la ropa y limpiando su cuarto. Porque al final esas cosas a las que le obligaba la madre eran las tareas domésticas. Y como alguien le dijo que aquello era de juzgado de guardia, pues lo tomó al pie de la letra. Angelito.

              Y hasta aquí el estreno de hoy. Espero que no resulte tan intempestivo como esas denuncias que recibimos e el juzgado de guardia. Y, por supuesto, no olvido el aplauso, dedicado, una vez más, a la santa paciencia y a quienes la ejercitan cada día en estas situaciones. Ya me gustaría ver al Santo Job en una de ellas

#ArtistaInvitado: Héctor Melero


Hoy en nuestro teatro inauguramos una sección dedicada a artistas invitados, como ocurre en toda serie que se precie. Aunque ya había existido alguna colaboración puntual, hoy se convierte en sección fija, que estrenará e vez en cuando

¿Y quién mejor que mi compañero Héctor, el primer fiscal invidente además de fantástico amigo y profesionales, para hacer una estreno de campanillas?

Así que ahí os dejo sus palabras. Para disfrutarlas y paladearlas

Más de un año en una profesión apasionante.


Para alguien como yo, que no soy muy dado a escribir, esto es complicado, pero Susana, amiga, compañera y jefa en delitos de odio por ese orden me pidió una colaboración en este blog contando mi primer año como Fiscal, y ni he querido ni he podido decirle que no.
Al ser el primer fiscal ciego que ha pasado por nuestra institución, el fiscal Jefe y yo acordamos que me dedicaría solamente a hacer juicios, no teniendo por tanto que despachar papel, ya que podía complicar el trabajo por tener que escanear toda la documentación.
Un juicio oral es algo apasionante, todavía me pongo nervioso cada vez que empezamos uno y el juez me pregunta si el Fiscal tiene alguna cuestión previa. Y qué decir del informe, donde hay que resumir el juicio Pero esa adrenalina es maravillosa.
Debo agradecer a mis compañeros sus calificaciones y extractos, que son siempre muy buenos. Y se preguntarán los ajenos al mundo de la toga, ¿qué es esto?
La calificación es el escrito de acusación, donde explicamos los hechos que entendemos han ocurrido, decimos de qué delito se trata y finalmente pedimos la pena, y los extractos son un resumen de la causa, que te permite hacer el juicio sin mirar la totalidad de la misma.
Dedicarse al juicio oral te da multitud de perspectivas diferentes, ya que ves todo tipo de
delitos habidos y por haber. Si hay algo que me gusta es individualizar, ya que detrás de cada juicio, acusado o testigo hay personas así que aprovechando este post, os voy a contar alguna que otra anécdota.
Todo juicio empieza con las negociaciones entre fiscal y partes para rebajar la pena y llegar a un acuerdo para no celebrar el juicio. Yo siempre aplico en estas negociaciones la máxima de que un precepto penal no te arruine una buena conformidad, e intento bajar las penas al máximo posible salvo en contadas excepciones, como aquel juicio, en que un chico marroquí pidió a través de su letrado que se le pusiese un año y un día, que quería que lo expulsasen de España, que aquí no había tenido suerte y quería volver a su país.
Cuando no hay conformidad, se pasa al interrogatorio del acusado, salvo en algunas
excepciones que o no declaran, aplicando eso de que «si el silencio es más interesante que tus palabras, cállate», o cuando los abogados piden la declaración en último lugar del acusado para garantizar mejor su derecho de defensa, dando su versión tras la práctica de toda la prueba.
Recuerdo a un acusado, al que habían pillado en un robo de pleno, y cuando su abogado le
ofreció la conformidad le dijo que para el juicio. Yo le pregunté si era cierto el robo, y él, más
ancho que largo me dijo que sí, y cuando le pregunto si había entendido lo de la conformidad, va y me suelta que le daban igual cuatro que tres años.
Posteriormente se pasa siempre a la práctica de la prueba testifical, y quiero hablar de las
víctimas en general y de las de violencia de género en particular. Tenemos que agradecerlas que declaren, que nos cuenten lo que han vivido, y reflexionar todos los que componemos la administración de Justicia. Las víctimas quieren dejar de pensar en estos hechos, tan cotidianos y habituales para nosotros los profesionales pero tan traumáticos para ellas, y debemos tardar menos en terminar con los procedimientos, con el máximo respeto a los derechos de todo investigado. Más juzgados y sobre todo más juzgados especializados en violencia de género los necesitamos como el comer, porque trabajamos mucho todos los que estamos, pero necesitamos ser más para ayudar de verdad a las víctimas.
Tras las testificales, y después de dar por reproducida la documental, pasamos a las
conclusiones. Tras el informe final, en donde se resume el caso por todas las partes y el derecho a la última palabra del acusado, donde alguna vez alguno se ha declarado culpable por un ataque de sinceridad, queda el juicio visto para sentencia.
Pero no solo vivo de los juicios, también hago alguna que otra guardia, donde puedes
encontrarte cualquier situación, y cualquier llamada intempestiva pidiendo un “habeas
corpus”, como me pasó no hace mucho, y también formo parte de dos secciones
especializadas como son Delitos Económicos (acabo de entrar y poco hay que contar), como en delitos de odio, (con la artista de este blog), donde llevo desde mi incorporación a esta fiscalía como voluntario y estoy muy contento. Os hablaría más de esta última, pero se lo dejo a Susana, que lo hará mejor.
Que una persona ciega entrase a formar parte de la fiscalía, y al ser algo nuevo, podía resultar complicado al principio, pero creo que hemos superado el examen con nota. Quiero agradecer a todos los que trabajan diariamente conmigo, a los compañeros, que siempre están dispuestos a echar una mano, a José francisco Ortiz y a Teresa Gisbert, Fiscal Jefe y Fiscal Superior respectivamente, que me han dado todas las facilidades del mundo, y no han visto un problema en mi discapacidad. También a todos los jueces, que cuando voy a su juzgado nunca se molestan si hay que leer alguna documentación, o explicar alguna imagen, y finalmente a los funcionarios de nuestra fiscalía, que hacen nuestro trabajo mucho más fácil, organizando nuestras carpetillas para ir a juicio, tramitando todo el papel para que a todos los compañeros nos llegue a tiempo y un largo etc, y, especialmente, a Ana, mi funcionaria en exclusiva, por aguantarme tanto, por haberse quedado sin almorzar algún que otro día y por ser mis ojos en esta maravillosa profesión.

Ya hasta aquí, la palabras de Héctor. A partir de este momento, el aplauso. Y la ovación cerrada, que bien la merece

Aprendizaje: la práctica eterna


              Si hay algo que dura desde el principio al final de la vida, eso es el aprendizaje. O debería serlo. A lo largo de nuestra existencia, diversos maestros marcan nuestras vidas y encarrilan nuestros caminos. Y, por supuesto, ni el cine ni el teatro ni la literatura podían ser ajenos a esta figura tan especial que es la maestra o el maestro. Entre mis preferidos, el de la Lengua de las mariposas o El club de los poetas muertos, pero se podían citar muchos más.

              Si en algún ámbito el aprendizaje debería ser constante, es en nuestro teatro. Las leyes cambian casi cada día y la jurisprudencia todavía más porque, si la primera es estática y necesita de un proceso reglado en el Parlamento para cambiar, la segunda es dinámica y no necesita más que la motivación de quienes dictan la sentencia. El ABC de Toguilanda.

              Cuando yo era una pipiola que estudiaba Derecho, una de mis íntimas amigas solía decir, cuando fantaseábamos con nuestro futuro, que ella aspiraba a un trabajo donde no tuviera que llevarse deberes para casa. Chica lista, sin duda, de la que he de decir que se salió con la suya. Eso sí, no diré a qué se dedica no vaya a caerme la del pulpo. Mujer prevenida vale por dos.

              Lo que está claro que mi amiga no podía elegir de ningún modo es formar pate de nuestro teatro. Ya vimos en otro estreno que, desde los antiguos maletines de cuero hasta las actuales maletitas de ruedas, llevarnos trabajo para casa es una constante en nuestras vidas. Una constante que, además, la pandemia consagró con la llegada o la consolidación del teletrabajo que, como decíamos en su día, en nuestro caso no es otra cosa que llevarnos la tarea a casa como hemos hecho toda la vida. Exactamente, como no quería hacer mi amiga.

              Pero, obviamente, para trabajar hay que saber. Y para saber hay que estudiar y, además, hay que hacerlo siempre, porque en Toguilandia los conocimientos de hoy pueden quedar obsoletos mañana en un pis pas. Basta como decíamos que un golpe de BOE cambie una ley o un golpe de CENDOJ cambie la jurisprudencia para que nos hundan en la miseria. O mejor dicho, para que nos hagan hundir la cabeza en la pantalla del ordenador.

              No obstante, no todo en nuestro teatro son las leyes y su aplicación, aunque a veces lo parezca. Y no solo se aprenden materias sesudas, que todo es necesario. Y entre ese todo, el sentido común, ese que llaman el menos común de los lo sentidos. En más de una ocasión en el sentido común tenemos la clave del asunto a resolver. Algo que es evidente en muchos temas, entre los que quiero destacar los de Derecho de Familia.

              Para estas cosas es muy recomendable poner los pies en el suelo. Lo que me recuerda otra materia que debemos hacer esfuerzos por aprender cada día, la humildad. Proliferan, por desgracia, en nuestro ámbito, togados y togadas que se creen Dios con pandereta y van dando lecciones a diestro y siniestro, como si estuvieran en la continua y permanente posesión de la verdad. Y nadie posee tan divino tesoro, por más que se lo crea. Y por más que mi madre crea que es todo mío. Que no se entere, pero yo también me equivoco. Guardadme el secreto.

              Confieso que a mí me encanta aprender. Aprendo de mis compañeros y compañeras, de quienes se sientan en los otros lados de los estrados, del justiciable y hasta a veces del investigado. Al menos, te enseñan qué es lo que no se debe hacer, que no es poca cosa en los tiempos que corren. De hecho, siempre digo que el día que deje de aprender, tendré que colgar la toga porque habré perdido la perspectiva. Y la ilusión.

              Y si de alguien me gusta aprender especialmente, es de la gente joven, de quienes empiezan su vida toguitaconada y tienen muchas funciones por delante.

              Los alumnos y alumnas de Practicum siempre me aportan mucho. El hecho de saber que lo que vean -y lo que no vean- en mi trabajo va a influir decisivamente en la decisión que tomen para su futuro es una responsabilidad importante de la que no siempre somos conscientes. Pero, además, nos pueden regalar lecciones de vida impagables, como la que nos dio mi querida Celia en este mismo blog no hace mucho sobre los trastornos de alimentación

              Subiendo un escalón más, me encuentro a fiscales en prácticas. Cuánta ilusión, cuántas puertas a traspasar, cuánta vida por delante. Cuántas oportunidades de cambiar el mundo que no pueden desaprovechar. Y qué suerte la de quienes podemos compartirla y poner nuestro granito de arena.

              Aunque, quizás, de quienes más aprendo es de otros fiscales. De quienes tienen más veteranía, sin duda, y por razones obvias. Pero se puede aprender mucho de quienes acaban de llegar, y cosas que tal vez nunca imaginamos. Ya he hablado varias veces de mi compañero Héctor, que compensa con creces la carencia del sentido de la vista con dosis extras de esfuerzo. Espero que en breve atienda a mi invitación de contarnos cómo se ha sentido en su primer año de fiscal, pero yo adelanto que con él he aprendido en un año más que en infinitas enciclopedias. Y sigo aprendiendo.

              Y con esto, cierro el telón por hoy. Espero que estas reflexiones también sirvan para aprender un poco. Yo, por mi parte, también aprendo cada día de quienes me leen y de sus comentarios, así que animo a hacerlos. Y no me olvido del aplauso, hoy dedicado para todas las personas que, desde cualquier lugar y cualquier ámbito, me enseñan. Gracias

Reparto: la causa justa


              Si en el mundo del espectáculo, hablamos de “reparto” todo el mundo sabe a qué nos estamos refiriendo, al conjunto de actores y actrices que intervienen en la obra. Aunque quizá no sea tanto quiénes sino de qué manera lo que da lugar a más de un conflicto, como el querer ocupar a cualquier precio el lugar de la protagonista, como se veía en Eva al desnudo o El cisne negro. Pero ya se sabe, quien parte y reparte se queda con la mejor parte, según el refrán. Y ahí está la cuestión. En el cine y en el mundo.

              En nuestro teatro la cuestión del reparto es algo muy peliagudo, aunque no todo el mundo lo conoce. Por eso le dedicaremos este estreno a un tema que, aunque no lo parezca no es baladí. Para nada.

              Por supuesto, también en nuestro escenario, como en cualquier teatro que se precie, es fundamental el reparto de actores y actrices, principales y secundarios -de reparto-, y hasta de los figurantes y, cómo no, de la dirección y el equipo técnico. Pero a eso ya dedicamos los primeros estrenos de nuestro gran teatro de la justicia y no vamos a insistir en ello. El casting está cerrado. Así que hoy vamos a hablar de otro tipo de reparto.

              Repartir consiste, en esencia, en atribuir lo que corresponde a cada cual. Y en Toguilandia hay mucho que repartir. Porque causas, como todo el mundo sabe, hay para dar y tomar. Pero ¿por qué un asunto se atribuye a uno u otro juzgado, a una u otra sala, o a uno u otro fiscal? ¿Y por qué no a cualquier otra u otro? Pues eso es lo que trato de deslindar.

              Por un lado, están las normas de competencia, pero eso es algo que es claro y establecido en cada caso en la ley correspondiente. Sin ir más lejos, en Derecho Penal rige el principio del Juzgado perteneciente al lugar donde se cometió el delito –forum delicti comissi– salvo para violencia de género en que manda el del domicilio de la víctima. En Derecho Civil, en cambio, la regla general, salvo excepciones, es la del domicilio del demandado. A todo esto, se añaden matices relativos a conexiones, litisconsorcios y otras circunstancias que concretan el juzgado competente, territorial y funcionalmente.

              Pero en la mayoría de los partidos judiciales de España -salvo la muy excepcional existencia de partidos con un único juzgado- hay varios juzgados con la misma competencia territorial y funcional y, si hablamos de grandes ciudades, más todavía porque las jurisdicciones se desglosan por motivos de eficiencia y se crean juzgados que solo conocen una parte de esa competencia, como ocurre con los de incapacidades o familia en Derecho Civil, o los de ejecutorias en Derecho Penal.

Pues bien, hay que establecer unas reglas precisas y claras para atribuir los asuntos. Y eso son las normas de reparto. Estas normas se publican, pero no son leyes, sino disposiciones administrativas que, además, varían en cada caso. Cada partido judicial, incluso el más pequeño de los pueblos con tal de que tena más de 1 juzgado, tiene sus propias normas, que pueden parecerse las unas a las otra como un huevo a una castaña. Ahí es donde se determina si tal o cual causa la lleva el juzgado 1, o 2, o 3, si ha conocido de la detención, o si estaba de guardia cuando sucedieron los hechos, o si se establecen turno o cualquier otro criterio que imaginarse pueda. Y que nadie crea que se trata de algo pacífico. He visto a jueces y a fiscales dejarse de hablar durante años por deshacerse o quedarse de tal o cual causa.

Los conflictos, que los hay y muchos, no se tramitan como cuestiones de competencia, porque no lo son, sino que se someten al criterio de la Jueza o Juez Decano. Y aseguro que no me quisiera ver en su lugar cuando se encuentra de un conflicto de estas características enquistado. Especialmente difícil debe ser su decisión cuando se trata de un lugar pequeño con pocos compañero y compañeras con quienes debe seguir conviviendo.

Otro tanto ocurre con las salas de las Audiencias, y con las secciones de las salas cuando las hay. En algunos casos reparten por materias, como ocurre con la Violencia de Género, lo que no convierte al órgano en especializado, aunque funcionalmente actúe como tal.

Pero ¿es verdaderamente importante que “nos toque” uno u otro juzgado, con su titular correspondiente? Pues en principio no debería serlo, pero, como sabemos, del dicho al hecho hay un buen trecho y entre unos y otros el justiciable percibe diferencias en el trato, en la rapidez al resolver o en el modo de hacerlo. La verdad es que, aunque hay quien insiste en ello, la ideología no suele ser el problema, porque las resoluciones no tienen que ver con quién voten Sus Señorías. Y así es en la inmensísima mayoría de los casos, aunque a veces nos quieran vender otra cosa. Y quede claro que hablo de Justicia de trincheras, no de órganos como el Tribunal Constitucional, que ni siquiera forman parte del poder judicial

Por esas diferencias hay quien cruza los dedos según el juzgado al que toque su asunto, y sé de buena tinta que los abogados y abogadas hacen verdaderas quinielas según les corresponda. Y hasta jaculatorias al santo del día, si se tercia.

Recuerdo una época en que la policía estudiaba cuando solicitar una entrada y registro porque dependiendo de quién estuviera de guardia, se concedía con más o menos facilidad, Y he visto con estos ojitos verdaderas colas cuando determinado juzgado estaba de guardia a estos efectos. También he oído de quién solicita una orden de protección uno u otro día en función de qué juzgado está de guardia. Pero igual es una leyenda urbana. O judicial, vaya usted a saber.

¿Y qué pasa con la fiscalía? Pues que, como no pertenecemos a la organización de un juzgado como el juez o el laj, sino que estamos adscritos a uno u otro en virtud de nuestras propias normas de reparto, normalmente se sabe quién va a llevar el asunto, pero no siempre ocurre así. Porque, además, nuestras normas de reparto nos pueden llevar a cambiar de juzgado o de materia sin necesidad de concurso. Para acabarlo de arreglar, en nuestro caso el reparto por juzgados se matiza por el reparto por especialidades, y hay asuntos relativos a materias como delitos de odio, salud laboral, corrupción, drogas o medio ambiente, o a procesos como el del jurado que tienen sus propios fiscales, entre otros.

En definitiva, si alguien quiere apostar por qué juez y fiscal va a llevar un asunto, tiene muchas posibilidades de acertar si conoce las reglas de reparto, pero ni aún así está todo el bacalao vendido. Y la verdad es que es parte de las reglas del juego. Y hasta tendría su gracia, por qué no, si no se ventilaran asuntos tan serios.

Y hasta aquí, el estreno de hoy. El aplauso, por descontado, para quien parte y reparte y no se queda con la mejor parte

Empeño: Querer es poder


Hoy, en nuestro teatro, abrimos el telón con un nuevo relato, uno de esos que demuestran que aunque no siempre querer es poder, es muchas más veces de lo que creemos. Si la voluntad mueve montañas, el empeño puede mover cordilleras, como ocurre con nuestra protagonista de hoy

La vida en danza

(Relato incluido en el libro «Habitaciones Propias», una iniciativa premiada y participada por La Nau Gran de la Universidad de Valencia)

         Pasaba el día entero pendiente del reloj. Deseaba con todas sus fuerzas que las horas de trabajo pasaran deprisa y llegara el momento, su momento. Ese tiempo por el que valía la pena todo.

         Hoy tocaba tango. En unos instantes, se transportaba a los rincones más auténticos de Buenos Aires y escuchaba la voz de Carlos Gardel para inspirarse mientras se ajustaba la falda de raso negra, las medias de rejilla, los zapatos de tacón. Le había costado mucho conseguir que su pierna se enroscara como una serpiente a la de su acompañante, mientras arqueaba la espalda hasta una posición inverosímil. El resto, salía solo. Los aplausos estaban servidos.

         Ayer le resultó más fácil. Había volado hasta Rusia, hasta el inigualable Teatro Bolshoi. Sus zapatillas de puntas se ajustaban como un guante, las tenía tan domadas que parecían formar parte de sí misma. Una, dos, cuatro, siete piruetas. Odile volaba con su tutú blanco a pesar de las maniobras de Odette y sus plumas negras por arrebatárselo todo. La magia se había apoderado de ella y nada podía sacarla de su ensueño. El escenario era suyo.

         Sin embargo, sus propias raíces le costaban más. Cuando tuvo que bregar con la bata de cola y las castañuelas, casi se vio en un aprieto. El zapateado se le resistía y la bata amenazaba en cada momento con enredársele en las piernas. Pero lo logró. Tras mucho esfuerzo, consiguió meterse en el personaje y parecía que nunca hubiera salido de las Alpujarras. La mismísima Carmen Amaya la hubiera ovacionado si la hubiera visto.

         Su preferido, no obstante, era el contemporáneo. De ningún otro modo se sentía tan bien como poniéndose en la piel de Isadora Duncan, la madre de la danza contemporánea. Su cuerpo se expresaba como no eran capaces de hacerlo sus palabras y transmitía todas las emociones con un solo giro, con un solo movimiento de cabeza, con solo agitar sus brazos arriba y abajo, arriba y abajo. Hubiera seguido así toda su vida.

         Pero no podía quedarse allí para siempre. París la esperaba. El Moulin Rouge abría sus puertas para ella. Sus infimitos volantes rojos y negros subían y bajaban al impulso de sus piernas kilométricas. Toulouse Lautrec hubiera enmudecido si hubiera podido verla. Tampoco el can can tenía secretos para ella.

         Una nueva vuelta de tuerca y volaba hasta los felices veinte. El Cotton Club la aguardaba y sus zapatos de claqué ya estaban preparados. La gente nunca sabría el trabajo que costaba cada uno de aquellos movimientos que lograban que los pies cantaran por encima de su propia música. Unos pies que parecían tener vida propia haciendo música al tiempo que giraban y saltaban. Otro reto conseguido. No había estilo que se le resistiera.

         Incluso se atrevía con más. Las luces de Broadway la hipnotizaban y no pudo resistirse en hacer su incursión en el musical. Si tenía que cantar, cantaría, pero no podía negarse a ponerse en el lugar de todas aquellas artistas que tanto admiraba. Cantar y bailar al mismo tiempo era difícil, pero nada era imposible. West Side Story, Chicago, A chorus line, Cabaret No había nada que ella y sus pies mágicos no pudieran conseguir con tesón e ilusión. Y de eso tenía para dar y tomar. Todo lo que hiciera falta.

         Estaba ensayando una jota cuando recibió la llamada. Odiaba que la interrumpieran cuando estaba trabajando en sus coreografías, y aquella era especialmente complicada. Nunca antes se había planteado lo de los bailes regionales, pero se había hecho el propósito de que por sus aulas y en su espectáculo, ningún estilo de danza podía faltar. Aunque necesitara el concurso de la propia Virgen del Pilar para lograrlo. O de Agustina de Aragón, que le gustaba más.

         No le quedó más remedio que interrumpir el ensayo. Mañana era el día. Había llegado el momento para el que venía preparándose tanto tiempo, casi una vida entera. Era el momento de ejecutar la mejor danza, la más coordinada, la más bella. En este estreno se lo jugaba todo.

         Por un tiempo que no supo cuánto duró, perdió la conciencia de la realidad. Conforme iba recuperándola, oía unas voces que parecían referirse a ella como si no estuviera. Pero estaba ahí mismo, escuchándolo todo.

  • La intervención ha sido difícil, pero confiamos en que todo haya ido bien
  • ¿De veras? –le pareció reconocer la voz de su madre- ¿De verdad que esta vez sí?
  • Han sido seis horas de quirófano, pero estoy muy satisfecha con el resultado. Quizás en unos meses pueda…
  • No lo diga, por Dios. No diga nada que no pueda cumplir

Cuando, una año más tarde, su madre llevó al desván la silla de ruedas que  le había acompañado casi toda su vida, ambas lloraron

  • Ahora, por fin, podrás cumplir tu sueño. Podrás empezar a bailar.

            Lo que su madre no sabía es que ella llevaba cumpliendo ese sueño toda su vida. Danzaba desde siempre, todos los días de su vida, justo cuando acababa con aquellas dolorosas sesiones de rehabilitación y fisioterapia. Había bailado siempre con su alma y su mente. Ahora, además, lo haría con sus pies.

Subjetividad: lo más complejo


              Si hay algo difícil de conocer a ciencia cierta, son los sentimientos. No hay modo de conocerlos con certeza, porque nos llegan a través de cómo los vive cada sujeto, si los oculta o los exagera. Salvo, claro está, que utilicemos la licencia artística que puede permitirse el cine, como hace en la película Del revés. Pero al margen de a ciencia ficción, si hay Alegría o Dolor y gloria, depende de quién lo cuenta y como se vive.

              En nuestro teatro los sentimientos están muchas veces a flor de piel. Pero los sentimientos, si no se reflejan en hechos, no tienen relevancia jurídica. Como ocurre con los pensamientos, que ya dice el viejo brocardo jurídico que el pensamiento no delinque.

              Pero eso no significa que la subjetividad no tenga trascendencia. La tiene, sin duda, en figuras tan esenciales como el dolo y la culpa, sea civil o sea penal. Y vaya por delante que si es difícil determinar si existe el dolo -o intención de cometer el hecho- en el ámbito delictivo, mucho más lo es cuando entramos en el ámbito del Derecho Civil. A modo de aproximación, y en pincelada gruesa, consiste en la posibilidad de imaginarse las consecuencias de determinado acto y, aun así, hacerlo.

              Sin embargo, ojalá fuera así de sencillo. Nos habríamos despachado de un plumazo una de las cuestiones más complejas del Derecho. Por eso, y como este teatro no pretende ser un tratado jurídico sino un humilde acercamiento a algunas cuestiones de Toguilandia, vamos a agarrar el toro por los cuernos. O por los sentimientos, que no se diga, aunque en un sentido diferente al de los nuestros propios, que ya tuvieron su propio estreno.

              Ya se ha aludido antes al dolo y la culpa -o imprudencia, en el Código Penal anterior- la madre del cordero en lo que al Derecho Penal afecta. No en balde el Código empieza su articulado, desde la noche de los tiempos, diciendo que no hay pena sin dolo ni culpa. Lo que implica que no se comete delito si no existe la intención de causarlo o, al menos, la posibilidad de representarse sus consecuencias. Si alguien tira a la basura un bote de insecticida -por supuesto, en el contenedor correspondiente- no puede responder del envenenamiento de una personas que abre el contenedor y la bolsa de basura y se bebe su contenido. Más sencillo aun, tampoco se respondería de suministrar determinado alimento a alguien que sea alérgico, salvo que conociera esa alergia y lo hiciera a sabiendas de sus resultados fatales.

              Pero el Derecho Penal riza el rizo todavía más cuando introduce lo que conocemos como elementos subjetivos del tipo. Se trata de un especial componente de la intención que convierte en delito una conducta que en otro caso podría no serlo. Los más conocidos son el ánimo de lucro y el ánimo libidinoso, aunque hay otros. Pero empecemos por ahí.

              El ánimo de lucro es característico de los delitos patrimoniales -o delitos contra la propiedad en el Código anterior y en otros ordenamientos- y consiste, ni más ni menos, que en la intención de obtener una ganancia. Como siempre, un ejemplo lo explica mejor. Si yo cojo el jarrón chino de casa de una amiga puedo hacerlo por varias razones. Podría ser porque está a punto de caerse y quería evitar su fractura, o para gastar una broma a mi amiga,  pero podía hacerlo porque quiero quedármelo. Solo en este último caso estaré cometiendo un delito de hurto, o de robo -si hay fuerza en las cosas o violencia o intimidación en las personas-. Aunque, vistos algunos jarrones, podría ser hasta un favor, desde luego. Pero no entraré en eso, claro. Ya lo probaría si fuera acusada por ello.

              De todos modos, y para evitar algún comentario tiquismiquis, aclararé que la jurisprudencia tiene declarado desde la noche de los tiempos que ese ánimo de lucro no es necesario que suponga enriquecimiento efectivo. Volviendo al jarrón chino, no hace falta que lo venda, con el gozo contemplativo bastaría, si es que tanto me gusta. Aunque hay quien no lo entienda.

              El ánimo de lucro se traduce en nuestros escritos de calificación y sentencias en frases definitorias, algunas de ellas rimbombantes y heredadas de otro tiempo. Se habla de intención de enriquecerse a costa de lo ajeno, ánimo de enriquecimiento ilícito o cosas similares. Pero nunca “ánimo de lucro” expresamente, porque esa expresión forma parte del tipo y no se pueden introducir conceptos jurídicos en los hechos. Pejigueros que somos, vaya.

              El otro elemento subjetivo más característico es el ánimo libidinoso. En este caso el Código no lo exige expresamente, pero sí lo hace implícitamente, al hablar de cosas como “acceso carnal”. Pero tampoco aquí las cosas son tan sencillas. Es evidente el ánimo con el que actúa quien viola a otra persona, pero no es tan fácil saberlo en quien da una palmada en el trasero. No hay más que pensar las que nos hemos llevado algunas generaciones de nuestros mayores, exentas por completo de toda intención sexual. Los cómics de Zipi y Zape contenían una gran variedad de esas prácticas nada libidinosas

              Hay un caso paradigmático que merece la pena ser comentado, por ilustrativo. Cuando se reformaron los delitos sexuales para introducir la violación por vía anal, allá por lo ochenta, el tipo hablaba de penetración anal, bucal o introducción de objetos. El espíritu parecía claro, pero en la práctica nos podíamos encontrar con conductas tan poco sexuales como la de meter una cuchara en la boca a la fuerza, algo que las madres y padres venimos haciendo con la papilla de nuestras criaturas poco comedoras desde tiempo inmemorial. Así que para evitar equívocos por la aplicación literal hubo que introducir una modificación que añadiera la coletilla “por las dos primeras vías” limitando la introducción de objetos a la vía vaginal o anal. Por si las moscas… o las papillas.

              En el caso del ánimo libidinoso se introduce en los dictámenes y sentencias con su expresión literal -no proscrita porque el Código no la emplea-, otras como “ánimo lúbrico” o giros más floridos como “intención de satisfacer sus lúbricos deseos” o “ánimo de obtener placer sexual”. O cualquier otra similar. Depende de lo barroco de la pluma del jurista.

              Además de estos, hay otros elementos subjetivos del tipo, como la intención de causar daño en determinadas falsedades, o el hecho de cometer el hecho “a sabiendas” en supuestos como algunos tipos de prevaricación o malversación. Y, por supuesto, el animus iniurandi -de injuriar- que marca la diferencia entre un delito y una simple expresión, especialmente difícil cuando de animus jocandi -de broma- se trata. Que se lo digan si no a más de un artista.

              También hay supuestos donde, aun sin ser un elemento subjetivo específico, hay que hacer constar la intención porque forma parte del delito, como el caso de lo delitos contra la vida. Hay que dejar claro el ánimo de matar, lo que no siempre es fácil y marca una línea finísima entre las lesiones consumadas y el homicidio o asesinato intentado.

              ¿Y cómo probamos esos elementos subjetivos o ánimos específicos? Pues he ahí el quid de la cuestión. En casos como el homicidio, la jurisprudencia habla de arma utilizada, de lugar de las lesiones o de la existencia de amenazas previas. En otros, no está tan delimitada la cuestión, pero lo que está claro es que hay que ir caso por caso.

              Y que a nadie se le ocurra que la solución está en el polígrafo, o máquina de la verdad. Eso queda para las películas americanas y programas de televisión más o menos morbosos. Pero nuestro Derecho no lo admite. Aunque hace unos días un detenido me lo pedía a gritos y se fue muy mosqueado porque no le hicimos caso. Por supuesto, y para acabarlo de arreglar se acogió a la Quinta enmienda, faltaría más. Lástima que aquí eso no sirva de nada porque, entre otras cosas, no tenemos tal enmienda sino una Constitución bien garantista.

              Ahora ya toca bajar el telón. Por supuesto, con toda la intención de concluir este estreno, no sin antes dar el aplauso para todas y todos los operadoras jurídicas que cada día se ven en un brete para desbrozar la verdadera intención del culpable. O de quien no lo es, claro. Ahí está el mérito.

Admiración: lo que nunca decimos


         Los seres humanos somos los seres más protestontes que hay. Nos gusta tanto quejarnos que olvidamos eso que dice el refrán castizo: una de cal y otra de arena. El cine reproduce Mis quejas hacia Dios, hacia los hombres y hacia quien sea y pocas veces somos capaces de hacer públicos los Aplausos.

En nuestro teatro reproducimos este comportamiento como nadie. Nos quejamos del contrario, de compañeros y compañeras, de funcionarios y de quien se presente cuando mete la pata –o cuando creemos que la ha metido- pero pocas veces nos detenemos a agradecer una buena atención, un buen trabajo o un esfuerzo. Y no debería ser así.

Por eso hoy estoy dispuesta a remediar ese error y, aprovechando un caso mediático y un trabajo ejemplar, voy a manifestar abiertamente mi admiración a quien la merece. A pesar de que sé de buenísima tinta que le van a asaltar las ganas de asesinarme por hacerlo, porque es acérrima enemiga de cualquier tipo de notoriedad. Pero aquí estoy yo para contarlo. Porque también sé que es tan buena gente que seguro que me perdona, y lo que de veras sería imperdonable es quedarme callada.

Mi compañera Socorro Zaragozá –digo su nombre porque ha salido en toda la prensa y no descubro nada- es una fiscal de raza y vocación, de las que cada día hacen su trabajo y pelean porque la ilusión no se escape por la ventana del despacho junto con la impotencia por la falta de medios y la desesperación por todos esos trámites burocráticos que nos impiden dedicarnos a lo que realmente importa.  Más allá de exquisiteces jurídicas, de las que podría echar mano sin ningún problema, su objetivo es siempre proteger a las víctimas, a las más vulnerables. Es decir, dar voz a quienes no la tienen. Y eso es precisamente lo que ha hecho en ese juicio que todo al mundo ha seguido de uno u otro modo, el que ha tenido lugar en Valencia por la muerte de Marta Calvo y dos mujeres más, Arliene y Lady Marcela, además de por numerosos delitos sexuales respecto de ellas y muchas otras mujeres, hasta un total de treinta. Concluido con una condena por los treinta hechos como treinta soles.

Confieso que la idea no es del todo mía. Mi compañero Héctor a quien ya dediqué un estreno en su día, fue quien me sugirió que escribiera sobre ello y, aunque en principio me resistí por respectar los deseos de discreción de la protagonista, luego pensé que es algo que debería saberse. De hecho, decidí darle voz a él también, el fiscal más joven de nuestra fiscalía, para que cuente cómo lo ha vivido, ya que él asistió a varias de las sesiones del juicio. Estas son sus palabras.

Como fiscal de la última promoción, ver a  Socorro en todas las sesiones del maratoniano  juicio en las que pude colarme fue una auténtica lección del tipo de fiscal al que quiero llegar a ser algún día. Admiro sus ganas y su ilusión, Y sobre todo el trato tan humano que ha dado a las víctimas, personas tan vulnerables como son las prostitutas, y a las que ha defendido con tanto arrojo pero sin levantar la voz.

Pero, lejos de hacer corporativismo, también he decidido recabar las palabras de personas que hacen de la objetividad en la información su oficio. La prensa, tantas veces denostada en Toguilandia porque no nos gusta algo que han publicado, coincide plenamente con lo que digo. Y como de muestra vale un botón, aquí dejo las palabras de Loreto Ochando, veterana periodista de tribunales, actualmente en El Plural y La sexta, entre otros

  Conozco a Soco desde hace 15 años. Considerada una fiscal dura en Sala por la mayoría, es la persona más empática que he visto con una toga y unas puñetas. Sus palabras al principio del juicio de Marta Calvo humanizaron a las grandes olvidadas: las prostitutas. Esas mujeres de las que solo nos acordamos cuando cambia la Ley. Pero no nos fijamos en sus problemas, nos metemos con los políticos. Viendo los debates del Congreso una sólo puede pensar: más Socorros Zaragozá y menos mamarachos con traje. Gracias Soco por tu trabajo diario con las víctimas. Siempre estás detrás, pero aunque no quieras eres la sombra que nos cobija, que nos defiende y que nos representa. Gracias, gracias y mil veces gracias

Y no es la única. Teresa Domínguez, jefa de sucesos y tribunales del diario Levante y decana del periodismo de tribunales en Valencia, que no solo no se ha perdido una sesión sino que ha seguido el caso desde el minuto 0, nos dice:

No dudó en dar un paso al frente cuando a la Fiscalía le llegó, al principio de todo, que la abogada de la madre de Marta Calvo había pedido unir todas las causas en una. Iba a ser un trabajo ímprobo y único en una Fiscalía española. Un caso con jurado sin precedentes. No solo no miró a otro lado, sino que ha sido, durante el proceso y en el juicio, la voz y la defensa públicas de esas once mujeres (diez, al final) hasta liderar incluso la batida judicial contra el predador que elegía a sus víctimas como quien busca “piezas de caza perfectas”, ese acertado término acuñado por Socorro Zaragozá. Gracias, Soco, por mostrarle al mundo la especial vulnerabilidad de las mujeres prostituidas, por defender su dignidad y sus derechos y, sobre todo, por demostrar que todas las víctimas son iguales a los ojos de la ley. Por ser su voz y su protectora. De todas.

No obstante, quizás los testimonios más importantes sean los de nuestros jefes, en una carrera donde, como todo el mundo sabe, existe la jerarquía aunque, como el mundo no sabe, no es un problema sino en muchos casos un punto de apoyo.

Teresa Gisbert, Fiscal superior de la Comunidad Valenciana, también nos aporta su testimonio

Para mí es un orgullo que Socorro Zaragoza forme parte del Ministerio Fiscal, no solo porque, como tengo comprobado desde hace muchos años, es una magnífica profesional y de nuevo se ha evidenciado durante las largas sesiones del juicio, si no porque además representa perfectamente lo que constituye la esencia y es un sello de l@s fiscales, la defensa de la víctimas y la empatía con ellas como Soco, de nuevo, ha puesto de manifiesto con su actuación.

Y, como no podía ser de otro modo, también nuestro jefe directo, José Ortiz, Fiscal jefe de la Fiscalía provincial de Valencia, hace otro tanto.

La Fiscal Socorro Zaragozá, adscrita a la Sección de Violencia de Género, de Protección de Víctimas y a la Sección de Jurado, asumió de forma voluntaria las diversas causas. Tras estudiar detenidamente su estado y elementos de prueba procedió a su acumulación asumiendo personalmente la actuación ante el Tribunal del Jurado. Lejos de buscar un protagonismo mediático y, solo guiada por su profesionalidad, rigor y buen hacer, actuó con un único referente, el estricto respeto a la legalidad y a la defensa del interés público, especialmente el de las víctimas. El resultado final no puede ser sino  la más completa satisfacción del deber cumplido

Aunque probablemente la mejor manera de conocer el trabajo de alguien es preguntar a quienes comparten su día a día. A este respecto, las palabras de Angeles Martínez Marzal, compañera de ella y mía en la sección de violencia sobre la mujer, dicen a la perfección algo que es compartido.

Cuando propios y extraños valoran el trabajo de un fiscal, resulta frecuente que sólo cuente el resultado, sea este el que sea. 

Sin embargo, los compañeros de profesión vemos otra realidad muy distinta. La que empuja a un fiscal, que por lo común debe trabajar con un asunto muy complicado, a dejar al lado otras oportunidades profesionales, a tener que hacer cambios de servicios con otros compañeros, y a postergar su vida familiar y personal, para conseguir  atender al procedimiento del que se ocupa. Si además de todo ello, la fiscal desempeña su trabajo con decisión, buen ánimo, sin que sus obligaciones laborales diarias no queden desasistidas, y agradeciendo de continuo el apoyo que los demás le prestan, entonces nos tenemos que quitar el sombrero y sentir mucho orgullo hacia nuestra compañera. Un orgullo muy sano que mantenemos con firmeza, a pesar de encontrarnos en tiempos difíciles para nuestra profesión

Y otro tanto podemos decir de las de Pilar Tomás, que también estuvo en la sección con nosotras aunque actualmente encabeza la sección de lo contencioso y laboral

Admiración a mi amiga y compañera ¿por ? Dirían mis hijas .

Por ser como es , valiente , arriesgada y trabajadora . 

En su actuación diaria revela que la protección a la víctimas supera el mimetismo de la indemnización ,consigue restaurar la dignidad dañada y pérdida en los supuestos graves y más aún que esa dignidad sea reestablecida cuando la víctima ha fallecido .

Un abrazo amiga

Por último, no quiero cerrar el telón sin explicar a quienes no conocen la figura del Ministerio Fiscal unas cuantas cosas. Cuando llevamos un asunto de importancia como este, posiblemente el jurado más largo y complejo en número de cuestiones que se ha celebrado, no es nuestro único trabajo. Durante toda la instrucción de la causa, que no es poca cosa, simultaneamos con el juzgado al que estamos adscritas sin ningún tipo de exención. Solo nos suplen mientras la celebración y a la vuelta encontramos de nuevo el papel de nuestro juzgado esperándonos. Es algo duro, que no todo el mundo sabe. Nada que ver, por descontado, con ese fiscal de las películas centrado en un único asunto y con una pléyade de adjuntos para ayudarle. Qué más quisiéramos. Por eso tiene especial mérito el conocimiento de un asunto como este que, además, asumió de modo voluntario y sin protesta alguna.

Y hasta aquí este estreno. Espero estar presente en el siguiente, si mi amiga y compañera no ha acabado conmigo después de dedicarle este post y, por supuesto, el aplauso. Yo a partir de ahora no hago otra cosa cada vez que me preguntan a qué me dedico, saco pecho y digo con orgullo “soy fiscal, como mi amiga Socorro”.