Hermandad: sea por un día


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Llegan estas fechas, y hay algo inevitable: las cenas de empresa o de trabajo -aunque en algunos casos sean comida- Un preludio de lo que va a ocurrir luego en casa de cada cual. Un escenario proclive, según las películas, a ligoteos e historias varias, que yo nunca veo en las nuestras, no sé si porque mis compis son muy sosos o yo soy una pardilla que no me entero de nada de lo que sucede a mi alrededor. O ambas cosas. Pero nada que ver con esas fiestas que se veían en El diario de Bridget Jones y sus secuelas, o en Fiesta de empresa. Unas veladas que pretenden ser, al menos un solo día al año, Noche de paz. Si fueran falleros, se llamarían Sopar de Germanor, como decía ayer mismo una compañera.

En nuestro teatro, aunque no sea una empresa en sentido estricto, también hay eso que se llama “cenas de empresa”. Podríamos llamarlo “comida del trabajo”, que es más propio, pero la verdad es que puede confundirse con una “comida de trabajo” y dejar la hermandad a un lado para ponerse a seguir currando. Y eso sí que no. Así que, sean comidas o cenas, se llamen “de empresa” o “del trabajo”, lo importante es que se trata de los ágapes que compartimos con los compañeros y compañeras del trabajo por motivo de la Navidad. Y ahí puede pasar de todo.

Como todo tiene su vertiente judicial, contaré para empezar algunas anécdotas presenciadas desde mi toga y mis tacones por otros intérpretes de nuestro teatro. Aunque parezca mentira, he visto alguna que otra cena de empresa que acababa con una visita a Toguilandia. Las más frecuentes, por desgracias, las que derivan del consumo excesivo de alcohol  en combinación con el uso de vehículos a motor, una pareja que nunca debe entablar relaciones. No olvidemos el eslogan de aquel viejo spot “Si bebes no condussscashh”, un fantástico consejo. En el mejor de los casos, puede suponernos una condena. En el peor, un accidentes de consecuencias imprevisibles. No hay que jugársela.

También hay cosas bastante más pintorescas. Recuerdo en una ocasión en que todos los asistentes a una cena de empresa acudieron en tropel a denunciar en el juzgado que les habían birlado todas las prendas de abrigo mientras brindaban con cava por una feliz navidad. Al parecer, algún espabilado aprovechó el momento de hermandad para ir al improvisado guardarropa -un perchero sin vigilancia- y aprovisionarse de prendas suficientes para montar una bien surtida parada en algún mercadillo o hacer un top manta versión outfit. La verdad es que, aunque a las víctimas no pareció hacerles gracia, tenia su aquel verles en pleno mes de diciembre en mangas de camisa o en vestidito de tirantes sin una triste chaqueta o chal que llevarse a los hombros. Menos mal que mi tierra no es demasiado fría, porque no quiero ni pensar que esto ocurra en la jurisdicción de un juzgado de esos donde nieva con frecuencia. A buen seguro que, además de la causa por hurto, tendrían varias demandas en que resolver sobre los daños y perjuicios causados por gastos de hospital después de la más que segura neumonía.

Y, cuando llegan estas fechas, me acuerdo siempre de un juicio de faltas donde varios familiares habían acabado como el rosario de la aurora por causa de una herencia. Como quiera que en el juicio se dijeron de todo menos cosas bonitas, sin que les importara un pimiento la anonadada presencia de abogados, fiscal y juez, este último interrumpió el bochornoso espectáculo de cruce de insultos para decir, aprovechando que estábamos en plenas fiestas navideñas, una frase que debiera pasar a los anales de las navidades judiciales. Dijo su Señoria: ya veo que su familia también se junta por Navidad, pero ni su tono ni las dependencias de este Juzgado son lo adecuado para hacerlo. Y los dejó tan planchados a todos, que no abrieron más la boca y se quedaron mirando las tiras de espumillón que colgaban de las paredes como si se les fuera a aparecer trepando por ellas el mismísimo Niño Jesús.

Otros de los clásicos navideños por excelencia, es el juego del amigo invisible. Esa práctica que, aun con distintas variantes, consiste en que se hacen y se reciben regalos de alguien a quien le has tocado por sorteo entre un grupo de personas con algo en común. Pueden ser las amigas del cole, el grupo de coros y danzas donde una hace sus pinitos, la familia o hasta el trabajo. Y si regalarle algo a ese cuñado que solo ves dos veces al año -y te sobran tres- es difícil, hacerlo con compañeros de trabajo debe ser la pera limonera. Aunque en nuestro caso, se puede simplificar mucho, debido a una administración de justicia que nos lo pone fácil. ¿Por qué digo esto? Pues, como muchos y muchas habréis adivinado, porque, dadas nuestras carencias, un taco de posit, un boli que no sea verde, o unas grapas que casen con la grapadora pueden ser un regalo estupendo. Y oye, si se tiene maña, hasta unas etiquetas nuevas para señalar las causas urgentes o las causas con preso y sustituyan el rayote con rotulador o las reutilizadas que van perdiendo trozos. Por supuesto, del tema informático no hablamos, que estamos tratando de la germanor y no hay que alterarse, no vaya a despertarse El grinch que algunos llevan dentro

Así que ahí lo dejo. Campana sobre campana y sobre campana una, asómate a la ventana, que está el aplauso en la cuna. Y ya sé que no era así, pero no me he podido sustraer al espíritu navideño para darle esa ovación a quienes organizan estos saraos, porque mira que tiene  mérito. Y que menos que reconocérselo

Como reconozco, una vez más, el de mi querida amiga e ilustradora de cabecera @madebycarol2, que siempre da con la imagen adecuada y, además tiene  la generosidad de prestármela. Mil gracias una vez más

 

Cumpleaños: soplando velas


 

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Lo confieso, soy de la generación del Cumpleaños feliz de Parchís, esa cancioncilla que siempre aparece cuando alguien cumple años y le quieren homenajear. Para quien no lo sepa, sobre todo por razón de edad, cuando dice eso de “te desean tus amigos de Parchís” no se refiere a una peña que se dedica al dado y las fichas, sino a un  grupo musical de la época. También soy del Feliz, feliz en tu día, amiguita que Dios me bendiga, que cantaba Fofó en Los payasos de la Tele en un tiempo en que todavía pensaba que Susanita tiene un ratón fue escrita para mí. Ya he comentado otras veces que películas dedicadas al cumpleaños hay para todos los gustos y de todos los géneros, desde el terrorífico Cumpleaños sangriento hasta el drama social de Mamá cumple cien años pasando por Familia, Aniversario y hasta Feliz no cumpleaños, como hacía Alicia en el País de las Maravillas.

   Hoy es mi cumpleaños. La verdad es que es la primera vez que celebro el mío y no el del blog. Pero es que no solo soy yo. Mis otras yos, Fiscalita y Taconita -recordad que hay una leyenda urbana según la cual soy una de tres trillizas– me han dicho que si no lo celebrábamos se enfadaban. Y enfadar a tus voces interiores puede ser peligroso. Se pueden poner a gritar y una corre el riesgo de que le estalle la meninge. Y eso sí que no.

Ahora bien, una vez cumplido el trámite de felicitarme y felicitarlas, habrá que ir al lío, que nuestro teatro sigue ahí, esperando abrir el telón para dar su función. Y es que aquí también tenemos cumpleaños. Unos buenos, otros malos y otros regulares. De todo hay en botica, o mejor dicho, en toguica. Y vamos a ver algunos de los que más me acuerdo, por una razón u otra.

Desde luego, no voy a perder mi oportunidad para seguir reivindicando el fin de un precepto que nunca debió existir, el tristemente famoso artículo 324 de la Lecrim, que limita el tiempo de instrucción, ese que hace que juristas en general y fiscales en particular vivamos con el temporizador de una bomba de relojería a punto de estallar en forma de impunidad, mientras presuntos corruptos y otros malandrines pasean esa impunidad y se quedan tan pichis. He perdido la cuenta de las promesas de derogación de esa norma que ya lleva más de cuatro años torturándonos, y, lo que es peor, ya he perdido la cuenta también de los bloqueos que esa derogación ha sufrido, incluso por quienes luego se lamentan de que algunos se salgan de rositas. El juego político, que a veces tiene más de juego que de política entendida como bien común.

Y es que hay que insistir es el de nuestra ancianita, la Ley de Enjuiciamiento Criminal, ya ha cumplido más de un  siglo -es de 1882- y ya no puede más la pobre entre achaques y cicatrices de todas las intervenciones que ha venido sufriendo a lo largo de su historia en forma de reformas. La pobre ya no da más de sí, las heridas se le infectan y los huesos se le rompen, y está esperando como agua de mayo su jubilación, bien ganada. No podemos olvidar que se trata de una ley procesal pensada para cuando se iba a juicio en diligencia, que se tiene que aplicar en plena era digital.

También aprovecharé la oportunidad para reclamar la modificación de otro de sus preceptos, el 416, referido a la dispensa a declarar de determinados parientes. En los casos de violencia doméstica y de género -sobre todo en esta última- está resultando un herramienta apta para cavar la tumba de algunas víctimas. Así que a ver si hacemos algo mientras se prepara a la criatura para la jubilación.

Por otro lado, tenemos otro ancianito que se conserva bastante mejor. El Código Civil, también centenario, nos ha resultado con buenos genes y aguanta los achaques de la edad con bastante entereza. También ha sufrido sus operaciones pero, o quienes hicieron las cirugías fueron mejores profesionales, o la materia prima era de mejor calidad. El caso es que ahí está.

Mucho más joven es, sin embrago, su  primo el Código Penal  que está a punto de cumplir sus bodas de plata. La verdad es que de momento resiste bien, y eso que no debe ser nada fácil estar en boca de todo el mundo, y ser al primero que quieren meter mano en cuanto surge el descontento. Que sufrido es el pobre, con esa constante manía de modificarlo por cualquier cosa. Como resulta tan barato…

Y cómo no olvidarnos de la Constitución, cuyo cumpleaños celebramos hace poco. Ya va teniendo sus años (más de cuarenta) y aguanta como una jabata. Solo un par de retoques estéticos y ahí sigue, inasequible al desaliento, a pesar de las manazas que tantas veces quieren manipularla o quedársela para sí. Por muchos años, guapa.

Acabaré recordando un aniversario agridulce. El de laderogación de las tasas judiciales, por el que tanto luchamos, pero que nos dejó un fleco que perdura. Continúan teniendo que pagarlas oNG y Pymes y parece haberse olvidado el tema o quedarse aparcado. Y no es poca cosa.

Y no me quiero olvidar de un aniversario especial, por importante y doloroso. Tal día como hoy Ana Orantes era asesinada por su marido, y con su muerte, la lucha contra la Violencia de Género despegó de un modo imparable. Solo pido que no demos ni un paso atrás ni borremos jamás a Ana de nuestra memoria

Y ahora ya llegó el momento de pedir mi regalo. Por mi cumple, quiero unas leyes nuevecitas que sustituyan esos artículos de la ley de enjuiciamiento criminal que no aguantan más, y eso ya, mientras preparan la residencia donde llevar a la ley completa. También quiero una justicia con medios y, sobre todo, que la clase política nos tome en serio. Además, por encima de todo, quiero que la igualdad ante la ley sea más que papel mojado, que no vamos a ser pobres hasta para pedir. Y bueno, si de paso queréis regalarme un jamón, genial O unos cuantos posits y bolis que no sean verdes, que siempre vienen  bien.

El aplauso lo dejaré en suspenso. Me espero a darlo a quien lo merezca cuando veo que me han llegado los obsequios que pido. Que para una vez que pido para mí….

Y no se me olvida. Gracias una vez más a @madebycarol2 por el regalazo de esta ilustración para mi cumple.

 

Ataques gratuitos: lo innecesario


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¿Quién no recuerda a Estela Reynolds en La que se avecina repitiendo una y otra vez eso de “Qué ataque más gratuito”? Como ocurre tantas veces, la ficción cómica no es más que una caricatura de la realidad, no tan cómica. Casi todo el mundo ha sido atacado alguna vez de un modo totalmente innecesario. Y, cuando del mundo de la farándula se trata, donde todo se amplifica incluidas las envidias, mucho más. Ya decía la misma Este Reynolds eso de Qué sola estoy.

  En nuestro teatro, los ataques gratuitos, como las meigas, existen, aunque no siempre sean evidentes o se vean con tanta claridad, y aunque no siempre se quiera reconocer.

Seguro que cualquiera de las personas que transitamos por Toguilandia hemos sufrido alguna vez la experiencia en mayor o menor medida. El juicio oral, por ejemplo, es un lugar proclive a estas cosas. Y lo de “en estrictos términos de defensa” un comodín muy útil para llamar al adversario de todo menos bonito. Y bien está defender al cliente, pero no está tan bien que eso se convierta en una pelea de gallos, aunque sea de gallos con toga. A ver si en vez de arrojarse artículos del Código, se arrojan los propios Códigos. Hay que ir con cuidado.

Sus Señorias tampoco se libran de cometer este error, y he visto en alguna ocasión a un Magistrado mandar a un abogado de muy malos modos a la facultad por ignorante. En un caso, en que se trataba de una persona mayor, me resultó especialmente violento y doloroso. La verdad es que se trata de una excepción, pero cuanto daño hacen esas excepciones que confirman la regla del buen y educado trato en estrados.

Además están las bien conocidas peleas fratricidas entre jueces y fiscales. Ya he contado alguna vez que las carreras hermanas, como todos los hermanos, se quieren pero se pelean  mucho y con mucha energía.. Normalmente no pasa de ahí, de una competición a ver quién es quién más trabaja, quien peor lo pasa y quién es más sacrificado. Pero, alguna vez, de unas a otras señorias se dirigen unas perlas que son un verdadero ejemplo de lo que nunca se debe hacer entre compañeros. Ahora mismo me están viniendo a la cabeza las declaraciones que sobre el Ministerio Fiscal hacía una juez de pose altiva, gafas de sol y sempiterno maletín de ruedines que hace que se despierten mis peores instintos. O, mejor dicho, los peores instintos de mi fiscalita interior.

Hay otras veces donde estos ataques gratuitos e innecesarios suceden allende la sala de vistas, pero por causas relacionadas con la misma o que se creen relacionadas. Recuerdo una vez que un periodista, para criticar la suspensión de una vista por un asunto mediático, llegó a insinuar que era por un capricho de la fiscal, que poco menos que había elegido aquellas fechas a propósito para operarse, que hay que ver qué cosas tenemos las fiscales. Aquello, que así contado parecía una frivolidad, resultó ser una enfermedad grave que ella había ocultado a su familia y que acabó enterándose por esa mala praxis -por no decirlo de un modo más grueso- del periodista en cuestión. De nuevo, la excepción que confirma la regla hace más daño a la profesión que años de buenas maneras. Ah, por cierto, mi compañera está a día de hoy estupendamente, por fortuna.

Algunas de estas cosas ocurren apelando a la vida familiar o íntima del injustamente vivlipendidado. Sea revelando detalles que desea que no se conozcan, sea desvelando la identidad de quien ha elegido -pudiendo hacerlo- permanecer en el anonimato o sea, directamente, pasando al insulto o a la ofensa directa, dejan al aludido en una situación de impotencia muy frustrante. O entra en el barro y hace que se remueva más un tema del que no quiere que se hable, o permanece en un elegante silencio que hace que siempre haya alguien que exclame eso de “el que calla, otroga”. Y ojo, en la vida, pero sobre todo en redes sociales, el que calla no otorga nada, simplemente se niega a entrar en el juego de quien pretende ofender. Tampoco el que calla tiene muchas más opciones, porque normalmente quienes actúan de ese modo no quieren debatir sino discutir, no quieren dialogar sino atacar. Sea por lo que dices, por lo que creen que dices, o por lo que quieren creer que dices.

Hace nada me ha pasado. Y esto no es como las drogas, que se va aumentando el umbral de tolerancia. Aquí duele siempre, y más bien se desarrolla la capacidad de encajar el dolor sin que se note, Especialmente cuando el ataque viene de personas con las que siempre te has portado bien.

Pero, como todas las cosas tienen dos lados la cara B de estos tragos amargos son las otras personas. Esas que están ahí, quizás silentes, quizás agazapadas, pero saltan como un resorte en cuanto ven el ataque. Las que nunca fallan, por amistad, porque ven la injusticia o, normalmente, por una conjunción de ambas cosas. Como la “princesa del pueblo”, con su “yo por mi hija maaaaaaaaato”  pero en versión toguitaconada.

Decía Luther King que temía más el silencio de los buenos que el grito de los malos. Pues, ya que no podemos evitar el grito de los malos, no caigamos en el silencio de los buenos. o más literalmente ,” No me preocupa el grito de los violentos, de los corruptos, de los deshonestos, de los … Lo que más me preocupa es el silencio de los buenos”  Precisamente para esos que no se callan ante la injusticia va hoy el aplauso. Gracias por estar ahí.

 

Respuestas: de todo un poco


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Ya dijo Oscar Wilde “las preguntas nunca son indiscretas, las respuestas, sí” y hay quien dice que no hay pregunta impertinente sino respuesta inteligente. Por eso, lo de las preguntas y las respuestas es muy relativo, pero da buen juego para películas y obras literarias, nunca mejor dicho. Hay películas sobre juegos de preguntas y respuestas, como Quiz Show o Slumdug Millonaire, y sobre algo más que un juego de preguntas y respuestas, como Exam. Y también hay títulos que dicen mucho al caso, como La Llamada o La repuesta. La cuestión es que, sea cuales sean ambas, ahí están las preguntas, esperando ser respondidas.

En nuestro teatro no se pueden aplicar al pie de la letra esos dichos. Entre otras cosas, porque sí que hay preguntas que merecen el reproche jurídico. Son las famosas preguntas impertinentes, por capciosas o sugestivas. Una nomenclatura que ha dado lugar a más de un malentendido.

Respecto de las preguntas impertinentes, ya he contado alguna vez la anécdota de mi amiga abogada que, en uno de sus primeros juicios, tuvo que aguantar el rapapolvo del cliente que, de una manera harto injusta, le reprendía diciéndole que lo había hecho tan mal que hasta el juez la había llamado impertinente. Huelga decir que no sirvió de nada explicarle que lo impertinente era la pregunta, y no ella, y menos aún por qué lo era.

En cuanto a las preguntas capciosas, poco he visto hablar de ella, pero las sugestivas son otra cosas. Por proximidad idiomática, más de una vez se refieren a ellas como “sugerentes” y yo no puedo evitar imaginarme al abogado o abogada haciendo guiños sexys. Una tontuna mía. O quizás no tanto, porque me contaron de un caso en que la testigo, cuando oyó que desestimaban na pregunta por “sugestiva”, dijo muy airada “y qué querrá, que me ponga en bikini”. Es lo que hay.

Pero lo verdaderamente curioso no son tanto las preguntas, sino las respuestas de todo tipo que se escuchan en Toguilandia. Una de mis preferidas es la de un forense muy guasón que, preguntado al modo habitual del proceso civil “diga ser cierto…” dijo, simple y llanamente “ser cierto”. Y se quedó más a gusto que un arbusto. Hasta que le reformularon la pregunta en otros términos.

Una buena ración de cosas curiosas viene dada directamente de la pregunta más sencilla del mundo, necesaria para cualquier testigo. A la pregunta de si jura o promete decir verdad me he encontrado de todo, desde juramentos por lo más sagrado, manos en el pecho, preguntas de dónde está la Biblia y el consabido “juro y prometo”. Que no nos falte de ná. Y si no, que se lo digan a aquel testigo que respondió a la gallega con un “¿me ve usted cara de mentiroso?”

No es inusual que la gente se empeñe en jurar por sus familiares. Se lo juro por mi difunta madre -que nunca comprobamos si está realmente difunta- o, lo que peor, ese juramento que a mí me da escalofríos “que se muera ahora mismo mi hijo si miento”. A lo que alguien le respondió con un “lagarto, lagarto”, “no seas pájaro de paragüero”. Para morirse, aunque sea de los esfuerzos por aguantar la risa. Lo del paragüero es verdad verdadera, contado por un letrado que me debe muchos dichos más, de los que daré buena cuenta en cuanto estén el mi poder. Pero me parece genial y no podía esperar a compartirlo

No menos genial son otras cosas que se oyen. Decía una señora que su ex marido “nadaba en la ambulancia” por lo que la pensión debería ser algo más generosa. Ante eso, a una no le queda otra que “doblegar los esfuerzos” -frase copiada de la que dijo hace poco un político en televisión- para contener la compostura. Aunque todavía me estoy preguntando cómo se doblegan los esfuerzos, que por más que lo pienso no puedo imaginármelo. Yo, por si acaso, los redoblaré.

Y ya puesta, traeré a colación una de estas perlas maravillosas, aportada en este caso por un tuitero (gracias, Pablo) que me hablaba de que a alguien sus aspiraciones se le volvieron “agua de borrascas”. Debe ser que el cambio climático tiene estas cosas, y cambia las borrajas en borrascas en un pis pas.

Para acabar por hoy, y a la espera de que mi amigo abogado me traiga el libro prometido con su colección de dichos reformulados, añadiré una de mis anécdotas preferidas, sucedida hace poco. Una señora decía muy enfadada que daba igual lo que contara, que no le harían caso por ser una “mismundi”. Y yo, la verdad, es que por ser eso la escucharía con mas ganas. Lo juro y lo prometo y por estas que son cruces. Que no se diga que no predico con el ejemplo y no me dejo, como aquella miss que no llegó a ser mundi, la piel en el pellejo.

Ahora solo me queda el aplauso, que por ir el estreno de lo que va, reformularé en forma de pregunta. ¿Qué a quien doy el aplauso? Pues, por desencontado,  es para todas esas personas maravillosas que me regalan estos momentos de humor. Por que una sonrisa no tiene precio.

Contentismo: mucho más que alegría


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La chispa de la vida, como decía aquel famoso anuncia, consiste en estar contenta, en ser feliz. Y para eso, es esencial que las cosas nos salgan bien o, mejor que bien, que nos salgan como queremos. Aunque sea verdad el dicho de que “cuidado con lo que deseas, no vaya a hacerse realidad”, lo bien cierto es que nos pasamos la vida esperando que se cumplen nuestros sueños, lo que implica, más de una vez, dar pábulo a quienes nos aseguran que eso es es posible, y dar la espalda a quien afirme lo contrario, aunque tenga más razón que un santo. Mejor instalarse en Los mundos de Yupi, con toda su Alegría de vivir que plantearnos la duda de si existe Un mundo feliz.

En nuestro teatro, aunque a veces no lo parezca, hay algunas dosis de alegría y alguna otra de contentismo, que es como yo llamo a ese anhelo porque las cosas sean como una quiere, tenga o no tenga razón, y sea o no sea posible. En ocasiones, llegando a límites que rozan el absurdo.

Las primeras dosis de contentismo llegan pronto, mucho antes de toguitaconarse por primera vez. Cuando estaba estudiando la carrera, pasaba horas estudiando -o fingiendo que lo hacía- con mis amigas. Siempre recordaremos una de aquellas noches a basé de café y coca cola en que pasamos más tiempo debatiendo acerca de si la profesora iba a hacer examen y, en ese caso, si lo iba a corregir, que estudiando Derecho Civil, que era la asignatura en cuestión. Nos había pillado el toro y, en nuestro optimismo, decidimos acogernos a la posibilidad de que la profesora, que andaba regular de salud, diera un aprobado general por su jubilación o algo parecido. Llegamos a irnos al examen convencidas de que así sería, hasta el extremo de que cuando vimos que no solo hacía examen sino que también lo corregía, nos indignamos como si fuera la mayor injusticia del mundo. Verdad verdadera.

Luego llega el tiempo de estudiar la oposición y también hay quien vive con el convencimiento de que va mejor preparado que nadie. Tanto es así que, en el caso de que aprueben, ha sido el tribunal más justo del mundo, y, en caso contrario, era el paradigma de la arbitrariedad. Aseguro que hay que poner distancia y dejar que pase algún tiempo para darnos cuenta de que ni lo uno ni lo otro. No siempre vamos tan bien preparados como pensamos, y no siempre los tribunales tienen la culpa de todo. Sin quitar, por supuesto, la enorme dificultad de aprobar algunas oposiciones. Que lo cortés no quita lo valiente.

Pero con la edad no se mejora. Contaba el otro día en twitter un microcuento que tiene más de verdad de lo que mucha gente reconoce:

– ¿Sabes? X es un/a gran jurista

– ¿Te convencieron los fundamentos de su resolución?

– No los leí

-Entonces ¿cómo sostienes que es gran jurista?

-Me dio la razón

Y esto nos pasa más a menudo de lo que parece. Nos llega una resolución, miramos el fallo, o la parte dispositiva y, si accede a nuestras pretensiones, es fantástica y si no, no lo es tanto. Cuesta mucho reconocer que una resolución que nos ponga a caer de un burro sea buena, aunque a veces lo sea. Pero es humano, claro

Lo que ya es pasarse de castaño oscuro es entender que todo lo que se aleja de lo que quieres oír es malo y quien lo dice el demonio reencarnado. Algo que pasa, por desgracia, cada vez más en redes sociales, donde he llegado a leer que me ponían verde a mí y exaltaban a otro cuando dábamos exactamente los mismos argumentos, simplemente por lo que esperaban de unos y otros. De paso, aprovecharé para decir que sigo sin entender esa gente que te sigue y lee todo lo que dices solo para ponerte verde. Más que seguidores, se trata de perseguidores, algunos bastante cansinos, por no usar un adjetivo más malsonante. Más les valdría echar mano del contentismo y seguir solo a quien va a decir lo que quiere leer. Pero hay quien parece que está encantando de vivir en el conflicto.

El contentismo, por su parte, suele hacer buenas migas con el cuñadismo. Y no solo en nuestra profesión, sino en otras muchas. Médico, psicólogo y hasta físico nuclear, si nos ponemos. Y, por supuesto, seleccionador nacional. Pero la diferencia es que una puede cambiar de abogada o de médico, pero es difícil que consiga que la fisión nuclear la haga su vecina del quinto, que tiene buena mano con  los potingues, ni que el seleccionador sea su sobrino Manolo, que cuando jugaba con el equipo del pueblo era un crack organizando. Sin embargo, sí que conozco a quien ha cambiado varias veces de ginecóloga hasta encontrar a una que no le desaconsejara tener un tercer hijo después de las dificultades de los partos anteriores. Y seguro que, si nos empeñamos encontramos a algún galeno que nos diga que para adelgazar nada mejor que hartarse de chocolate o tomarse cada día una cervecita con patatas fritas. No adelgazaremos pero que nos quiten lo bailao. Y nuestro contentismo, por descontado.

Por cierto, contentismo también sería, como vemos cada vez con más frecuencia, hablar de una teoría jurídica sin saber más de Derecho que lo que nos ha contado el cuñado de turno. Por ejemplo, como veo con más frecuencia de la que quisiera, referirse a delitos de autor como algo negativo. Delitos de autor son todos, obviamente, porque no se puede castigar ningún delito sin haber probado su autoría. También hay quien habla alegremente de Derecho de autor -es lo que tiene tocar de oídas- cuando eso es algo totalmente diferente, los derechos de autor, circunscritos al ámbito de la propiedad intelectual.  Obviamente, a lo que se refieren es al Derecho Penal de autor, que es lo que sí que está proscrito, y que tampoco es lo mismo que no poder castigar de modo distinto si en el autor concurren determinados requisitos. Tal sería el caso de los funcionarios públicos que, cuando son autores de delitos relacionados con su cargo, tienen asignada mayor pena y cuando son víctimas de una agresión, se pena más a quien la realiza. Pero es el riesgo de hablar de lo que no se sabe y, lo que es peor, no se tiene ningún interés en saber.

 

Así que no me enrollo más, que lo de resultar pesada no suele poner contento ni contenta a nadie. Dedicaré el aplauso, una vez más, a quienes saben aplicar las leyes en su justa medida. Aunque no se pueda contentar a todo el mundo.

#COP25: Un pingüino en mi ascensor


pinguino en ascensor

(Historias sobre el cambio climático)

 

UN PINGÜINO EN MI ASCENSOR

 

– Cariño, no te puedes imaginar qué he visto

– ¿Qué es lo que has visto, Manuela? No me tengas en ascuas

– Un pingüino en mi ascensor. Te lo juro

– Qué gracia. Recuerdo lo que te gustaba ese grupo cuando salieron, allá por los 80. ¿Te encontraste al cantante? ¿Lo has reconocido?

– Que no, Juan, que no. Que no era ningún grupo de música. Que era un pingüino, de los de verdad

– Ah, vale. Te refieres a alguien vestido de chaqué, como los directores de orquesta. Como el hortera de tu primo Lucas cuando se casó, vaya. ¿Te acuerdas cuánto nos reímos?

– Déjate de primos y de gaitas. Sé lo que he visto. Y no tenía nada que ver con la música

La voz de mi hija pequeña interrumpió nuestro diálogo de besugos. Parecía haberse vuelto loca de tanto que chillaba. Nos requería a gritos para que fuéramos a su habitación. Menos mal que su voz sonaba enérgica y alegre, porque por los decibelios a que se elevaba hubiera pensado que le pasaba algo

-Mamá, papá, venid ya -apremiaba la niña- De prisa

-Ya estamos aquí, hija. ¿Qué pasa?

-Corre, mira por la ventana. Hay un oso polar paseando por la fuente

-Otra que tal. ¿Os habéis puesto de acuerdo para volverme loca, o qué? -me asomé, a regañadientes- Yo no veo nada, hija

-Pues -intervino su padre- a mi me ha parecido ver una sombra blanca pasar por al lado de la fuente.

-Estáis mal de la cabeza. Los dos. Y queréis volverme a mí tan majareta como vosotros

 

Quería creerme lo que estaba diciendo. Lo deseaba con todas mis fuerzas. Hacía todos los esfuerzos del mundo por autoconvencerme de que aquello no estaba pasando, para no sucumbir al pánico como le estaba sucediendo a tanta gente.

Pero era difícil. Era muy difícil cuando veía que el termómetro de la terraza de mi casa de Teruel marcaba, en pleno mes de enero, 21 grados centígrados.

De no ser así, probablemente hubieran quedado marcadas las huellas de oso polar en la nieve que, por aquellas fechas, debería haber rodeado la fuente del Torico. Que no en balde Teruel también existe

Trampantojos: ilusiones ópticas


tarta sandía

Jugar con la ambigüedad, con ser una cosa y parecer otra es un buen recurso para el mundo del arte. A veces, simplemente estético. Otras, necesario. Hombres vestidos o travestidos de mujeres por una u otra razón son moneda común en el mundo del cine, como hacen la Sra. Doubtfire, Victor o Victoria, Tootsie o Flor de otoño, aunque también se da en sentido contrario, al modo que lo hizo Juana de Arco o Concepción Arenal, La visitadora de prisiones. El hacer pasar una cosa por otra es también el espíritu de obras de Dickens como El príncipe y el mendigo o hasta un modo de supervivencia en la Alemania nazi, como le ocurre al protagonista de Europa, Europa  o a Anthony Quinn en La hora 25. En definitiva, hacerse pasar por lo que no se es resulta tan frecuente como atractivo. O no, según desde que prisma se mire.

   En nuestro teatro los trampantojos, una técnica pictórica que intenta engañar a la vista, según nos dice Santa Wikipedia, existen. Pero, como ilusiones que son, cuesta encontrarlos. Y vaya por delante que no son tan apetitosos ni tan atractivos como esos platos ilusionistas que hacen en Masterchef, en que un marron glacé puede acabar siendo una fabada asturiana o lo que parece una paella convertirse en una delicada muselina de merengue y frutos del bosque con esferificaciones de mango de Manila y aire de dulce de leche.

Nuestro teatro es otra cosa. Aquí, por ejemplo, el mayor trampantojo que tenemos es el llamado Papel 0. Una auténtica ilusión óptica en la que, donde parece que no existe papel, se imprimen más folios que nunca, y se llenan despachos y archivadores de tomos y más tomos. Su prima la digitalización no le va a la zaga y, si no, que se lo digan a mis compañeros donde ya se ha implantado la fiscalía digital, en que el verdadero engaño está en el término “digital”, que pensábamos que se refería al expediente virtual y en realidad alude a las veces que el pobre fiscal ha de teclear lo mismo con sus deditos para hacer lo que antes hacía en un nanosegundo a golpe de visto con cuño -y hasta a mano, vaya-. Aunque a veces creo que lo de “digital” alude al gesto de mostrar el dedo corazón en señal de mandar todo a cierto sitio, como es de sobra conocido.

Otro de los trampantojos clásicos sería el que viene constituido por el procedimiento abreviado. Como su propio nombre indica, debería ser breve. Pero aquí está el engaño. Existen Abreviados que duran varios años y muchos tomos, de modo que tienen de breve lo que yo de carabinero. La segunda vuelta de tuerca trampantojil es la de su configuración como procedimiento especial, que es lo que le considera la LECrim. Algo que se hizo, sin duda alguna, para engañarnos, puesto que es el procedimiento por el que más asuntos se llevan en la jurisdicción penal. Y gana por goleada al ordinario, que, pese a su nombre, es cada vez menos habitual.

El Derecho sustantivo también tiene su buena ración de trampantojos. Son los que podríamos llamar trampantojos legales, y no son exclusivos del Derecho Penal, ni muchos menos. En Derecho Civil estudié en su día los contratos simulados y los negocios fiduciarios, que una vez salieron en el examen práctico de la oposición -cuando lo había- y la gente aun está alucinando pepinillos. Pues bien, semejante cosa no era más que disfrazar un negocio jurídico de otro para obtener ciertas ventajas o eludir determinadas responsabilidades. El típico, hacer pasar por compraventa lo que en realidad es una donación para evitar que compute de cara a una herencia, eludir el pago del impuesto de donaciones o esconder los bienes de los acreedores. Aunque, es esta última opción, podrían incurrirse en un delito, trampantojo penal donde los haya, el alzamiento de bienes. Eso que hace el listillo de poner los bienes a nombre de los hijos para que no le embarguen los acreedores y que supone, cuando lo pillan, que se vea que no era tan listillo.

El Derecho Financiero, por su parte, también puede dar lugar a esos trampantojos que bordean el ilícito penal. En el caso anterior de la donación disfrazada de compraventa para eludir impuestos, podría ser un delito fiscal si el bien o bienes donados excediera de la cifra límite a partir de la cual deja de ser una infracción administrativa apara ser un delito. Por su parte, hemos visto en los últimos tiempos noticias sobre sociedades creadas ex profeso para facturar y así eludir tributos que estaban en ese límite.

En el Derecho Laboral un ejemplo muy de moda de trampantojo jurídico sería el de los falsos autónomos. En ese caso, se trata de disfrazar una relación laboral fija con una empresa con la etiqueta de ser autónomo, lo que beneficia a la empresa a la hora de cotizar y perjudica, sin duda, al trabajador o trabajadora. Por suerte, cada vez se persiguen más estas acciones y ya no es tan sencillo salirse de rositas.

Por su parte, el Derecho Mercantil tiene un ejemplo de trampantojo que puede ser perfectamente legal pero a mí siempre me ha hecho gracia por paradójico. Se trata de la existencia de sociedades unipersonales, que, así dicho, parece contradictorio. Si es una sociedad debería tener socios, y si no hay nadie que se asocie a otro, no hay persona jurídica sino una persona física. Pero está previsto que exista, así que es lo que hay, aunque me siga pareciendo una contradicción como la copa de un pino.

En el Derecho penal voy a citar dos tipos de trampantojos jurídicos, a modo de ejemplo. Uno sería el que viene constituido por las denuncias falsas y las simulaciones de delito, delitos contra la administración de justicia en que una persona miente acerca de la existencia de un delito, llevada del propósito que sea. Las más frecuentes son las de simular un robo para estafar a la aseguradora y cobrar el seguro, aunque hay otras que también se ven algunas veces, como denunciar el robo de un coche para escaquearse si alguien se ha visto implicado en un accidente, o fingir que el conductor era otro para eludir la responsabilidad por cualquier causa. Por su parte, a pesar de que cuando se habla de denuncias falsas mucha gente piensa en la violencia de género, su incidencia no es mayor que respecto a cualquier otro delito, algo de la que ya he hablado en otros estrenos, así que no quiero repetirme.

El otro ejemplo sería lo que llamamos querella catalana. En ella lo que se finge es que ha existido una estafa cuando, normalmente, la cosa no pasa de un incumplimiento de contrato, pero el acudir a la vía penal hace que el deudor se sienta acongojado y tal vez se espabile para el pago, así como que se practiquen pruebas por el órgano judicial que el querellante no haya de hacer por sí mismo. Obviamente, cuando la cosa está clara, jueces y fiscales, que para esos hemos estudiado, nos damos cuenta y no entramos en el juego jurídico.

Hasta aquí unos cuantos casos de lo que he llamado trampantojos jurídicos. También lo sería, sin duda, disfrazar de teatro Toguilandia y a sus protagonistas de intérpretes. Y para ellos y ellas, precisamente, es para quienes pido el aplauso hoy. Pediría el Oscar, pero sería un trampantojo, sin duda, ya que en nuestro mundo, como mucho hay Raimundas. Igual cualquier día entre Raimunda y Oscar surge el idilio. Prometo contarlo en cuanto lo sepa

Gazapos: teclas traicioneras


 

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A veces una sola letra es suficiente para cambiar el sentido de un título o de una frase o, por supuesto, para estropearla. En otras ocasiones es más de una letra. Puede ser una equivocación o incluso una traición del subconsciente. El caso es que en esos casos queda escrita para la historia la equivocación, la traición del subconsciente o el error y, una vez en cartel, no hay marcha atrás. Otras, se juega con esa misma ambigüedad, haciendo pasar por error lo que en realidad no lo es, como en No me grites que no te veo. Y el error acaba siendo motivo de hilaridad, sea de un modo casual o de modo intencionado

En nuestro teatro nos equivocamos, como cualquiera, pero a veces los resultados de esas equivocaciones van más allá de la mera anécdota y pueden tener consecuencias jurídicas. Ya he hablado alguna vez del juez que se puso en libertad a sí mismo -menos mal que se puso en libertad, y no en prisión- o las veces que hemos bailado un nombre por otro para acabar acusando al procurador o asignando la defensa al investigado. Y es que las prisas no son buenas consejeras ni la acumulación de trabajo tampoco.

Yo confieso que me he equivocado más de una vez a la hora de citar a los testigos y se me ha escapado algún nombre de otro procedimiento al escribir sobre un modelo. Por suerte, entre unos y otros siempre nos hemos dado cuenta a tiempo de que la sangre no llegue al río -en nuestro caso, que el citado erróneo no llegue a juicio- aunque sí sé de algún caso en que el interrogatorio ha tenido ese tinte surrealista de quién le preguntan si recuerda lo que paso el día x del mes y y dice que estaba en la Chimbamba y que no conoce ni los hechos ni a las partes de nada. También he de decir que, como el hombre que muerde al perro, es poco frecuente y tal vez por eso se cuenta y amplifica si sucede.

En la actualidad ha entrado en tromba en los ordenadores de algunos de los habitantes de Toguilandia un instrumento peligroso: esa herramienta que traslada a texto lo que se dice de viva voz. Y a veces da lugar a resultados muy graciosos. Lo podemos ver en la tele, en los subtítulos de los programas que en ocasiones dan ganas de echarse a reír por no echar a correr. Este 25 de noviembre, quizá por hartazgo de las veces que se había escrito “violencia contra la mujer” leí un par de veces “vuecencia”, aunque despareció casi de inmediato. Aunque reconozco que lo que más gracia me hace es ese momento en que explica un cartelito que “suena música intrigante” o “cantan en idioma extranjero”. Me encantaría conocer los parámetros de quien pone esos subtítulos para calificar las músicas de trágicas, intrigantes o siniestras. Pero me da que me quedaré con mi propia intriga.

Pues bien, ese transcriptor de voz también ha llegado a nuestro escenario y me temo que lo haya hecho para quedarse. A él ha de deberse la joya que me pasa un compañero y que ilustra este post. En la resolución, al juez de que se trata se le escapan unos lamentos acerca de ”la panzá que se ha echado a trabajar” para que luego la Audiencia no le dé la razón. Y no es que yo no comprenda el disgusto, que todo el mundo hemos cogido algún berrinche porque no nos estiman lo que nos ha costado sangre, dolor y lágrimas, pero lo de decirlo en voz alta y no darse cuenta de que se ha transcrito en palabras tiene su aquel.

De vez en cuando, aun sin necesidad de echar mano de esos artificios tecnológicos, los documentos judiciales nos proporcionan alguna perlita que rompe la monotonía y ayuda a desencajar las mandíbulas, que también hay que ejercitarlas, qué narices. Mucha gente recuerda aquella ristra de excusas escatológicas para no acudir a juicio con que se despachaba un investigado, que iban desde el “apretón” a su resultado final, pasando por todas las fases del proceso digestivo y sin eludir detalle en su exposición, no fuera a ser que no le entendieran bien.

También es conocido un juez al que le dio por poner sentencias en verso, aunque pronto recibió un toque que dio al traste con sus veleidades poéticas. Ya se sabe, para el Consejo General del Poder Judicial puede que Garcilaso de la Vega esté muy bien, pero Garcilaso de la Toga ya no lo está tanto.

Pero como no solo de tecnología vive el hombre, acabaré con una gazapo de principios de mi vida toguitaconada, antes de que los móviles nos poseyeran, aunque podría suceder hoy mismo en versión digital. Estábamos reunidos en Junta de Fiscales cuando sonó el teléfono -fijo, claro-. El fiscal jefe, no sé si por despiste o sin querer queriendo, conectó el manos libres, que era de los primeros que yo había visto. Al otro lado de la línea, se oyó la voz enfurecida de la mujer de un compañero, diciéndole al jefe: ”dile a X que venga a casa inmediatamente, que ha frito los chorizos en el cazo de hervir los biberones”. X, centro de todas las miradas mientras tratábamos de contener la risa, se levantó inmediatamente, aunque aun no sé si por miedo a la furia de su mujer por el tema de los chorizos y los biberones o por la vergüenza del numerito. Y es que para un gazapo en condiciones tampoco hacían falta las nuevas tecnologías. Bastaban Tres chorizos y un biberón

Y hasta aquí, la ración de anécdotas de hoy. El aplauso se lo daré esta vez a quienes me han proporcionado el material para este estreno. Siempre se agradece poder echarnos unas risas. Que nunca nos falten

Liberación: vidas sin violencia machista


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La libertad es un bien tan necesario, tan firme y a la vez tan frágil que es inevitable que el arte le haya dedicado muchos episodios memorables. Siempre recordaré mi impresión al ver el cuadro La libertad guiando al pueblo al natural, cuando siempre había sido la portada de libros de texto o la ilustración del tema de la Revolución Francesa, o el recuerdo de aquella canción de Nino Bravo, Libre, que me transporta a mi infancia. El cine le ha dedicado multitud de títulos, como Grita libertad, Nacida libre o Libertad, entre otros. Pero la libertad de la que quiero hablar hoy es menos ambiciosa, aunque no menos importante. La de la mujer que se libra de las cadenas de la violencia de género, esas cadenas descritas en filmes como Te doy mis ojos, Durmiendo con mi enemigo, Celos, Nunca Más o Los hombres que no amaban a las mujeres, solo por citar algunas.

A lo largo de la vida de este escenario, hemos dedicado muchos estrenos, más de los que quisiéramos, a la Violencia de Género Ojalá no fuera necesario. Ojalá cuando se me ocurriera hablar del tema me llamaran cansina, o mejor, trasnochada. No anhelaría momento de estar más pasada de moda que ese, el momento en que el trabajo que hacemos fuera innecesario.

Pero de momento, nada de eso. Más bien lo contrario, parece que llegan tiempos de atarse los cinturones porque hasta las cosas que más claras parecían se cuestionan, y hasta cosas tan sencillas como un minuto de silencio por las víctimas de violencia de género o una pancarta en contra de esta tragedia no alcanza consenso y es objeto de discusión. Un caldo de cultivo estupendo para un enemigo silencioso y con un poder infinito: el miedo. El habitante de muchos más cuerpos y muchas más almas de las que podríamos imaginar.

En este 25 de noviembre no quiero, sin embargo, dedicarle más tiempo al enemigo sino a quienes le vencieron, o le vencen cada día, para animar a que muchas más lo hagan, y para hacer ver a todo el mundo que hemos de estar a su lado. Por supuesto, son nombres ficticios -o no- para historias reales.

El otro día, Candi se acercó a mí llorando. La conozco mucho tiempo, conocí su historia después de haber compartido lucha y trabajo y admiro su forma de enfrentarse a la vida, con una sonrisa por bandera. Jamás la había visto llorar hasta entonces, muchos años después de haberla conocido. Pensé que le había pasado algo, pero no era así. O no era sí exactamente. Nada en ese momento había sucedido que afectara a su vida, pero, sin embargo, algo que contaron le hizo recordar la situación en que tantas mujeres, incluida ella misma, viven en torno a sus hijos, por los que sufren cada vez que han de obligarles a cumplir con el régimen de visitas. Sus lágrimas me traspasaron. Ver llorar a alguien que tiene la sonrisa por bandera, acongoja. Pero sé que en ese momento ese visitante no querido, el miedo, había llamado a su puerta. Espero que ya se haya marchado o, al menos permanezca a raya. Es difícil que sobreviviera al abrazo tan fuerte nos dimos, capaz de aplastar a cualquiera.

       Clara, con la que hablo a diario, hace tiempo que logra que ese intruso se mantenga a raya, aunque la visita con más frecuencia de la que quisiera. Ella, como Candi, ha convertido su experiencia en fortaleza y conocimiento para ayudar a otras mujeres y, aunque no siempre lo cuenta porque cree que pueden parecernos tonterías -a ver qué día aprende que no es así-, sé que cada sonrisa que esbozan y cada paso que dan la llena de orgullo como si fuera propio. Por supuesto, también sé que cada tropezón le duele en carne propia, pero Clara es así y así es como la queremos.

Marta, de la que ya he hablado otras veces se libró del infierno hace mucho tiempo. Primero no quería que nadie supiera nada, luego empezó a dar testimonio ocultando su imagen y, después de prometerme un día que aparecería tan cual es, cumplió su promesa y fue portada de periódico por su lucha contra la violencia de género. Otra valiente que venció al miedo y lo usó para hacerle frente.

Patricia estuvo a punto de perder la vida hace muchos años, con su cuerpo cosido a puñaladas y su alma destrozada. Pero sobrevivió y hoy nos da cada día testimonio, a través de redes y prensa, de que es posible salir adelante, de que hay ahí un futuro esperando y merece la pena agarrarse a él con uñas y dientes.

Marina es otra valiente asidua a los medios. Fue Evole en un Salvados quien la dio a conocer y, con ella, destapó el frasco de las esencias que muchos no se atrevían a tocar más que con pinzas. La vida de Marina es ahora una vida plena, dedicada a su niña y a todas las mujeres que necesitan su ayuda y, por supuesto, que les contagie esa risa que te deja enganchada en el alma para siempre. En esa alma que alguien quiso arrebatarle un día.

Por último, no quiero dejar de nombrar a Rosana, esa mujer cuyo asunto sigue pendiente pero que, tras varios días de coincidir en el supermercado sin que yo lo supiera, se acercó a darme un abrazo y a decirme las palabras más mágicas que se pueden oír: cuando te veo en el juzgado sé que todo va a ir bien. Ella, y todas las personas como ella, como Candi, como Clara, como Marta, como Patricia o como Marina, son quienes cada día consiguen conjurar el miedo que a mí también viene a verme, el miedo de equivocarme, el miedo de fallarles.

Por todo esto hoy el aplauso lo quiero dedicar a todas ellas y, #PorEllas, a todas las que representan y a todas la que no lo consiguieron y a las que luchan por lograrlo. Entre todas, conseguiremos vencer a ese miedo. ¿Te imaginas lo que seríamos capaces de hacer sin él? ¿Qué haríamos si no nos acompañara el miedo?

Esa frase no es mía. Es de mi amiga @madebycarol, mi ilustradora de cabecera. Ver la imagen que ilustra este post y que una vez más me ha cedido generosamente ha sido la inspiración de este estreno especial por el 25 de Noviembre. A ella, por supuesto, una ovación extra.

Pérdidas: lo que nunca querría escribir


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Los obituarios son parte imprescindible de la vida y, por supuesto, del mundo del arte. Los homenajes a personas que se han ido siempre llegan aunque hay que reconocer que, según la persona de que se trate, con mayor o menor emoción, con mayor o menor sinceridad. También es cierto que el ser humano tiende a ser desagradecido, y no valora en vida lo que valora cuando ya la persona no puede oírlo. También tiende a ser  hipócrita, y canta alabanzas de quien no las merecía tanto solo por el hecho de que haya muerto. Ni una ni otra postura es buena, aunque sí lo es homenajear a quien lo mereció. Hablar De parte de la princesa muerta, despertar La voz dormida o hacer un buen Epitafio de quien lo merece no solo es algo que se puede hacer: es algo que se debe hacer, y a ello vamos.

Desde que empecé a contar mis venturas y desventuras en este nuestro teatro, ya hemos sufrido varias pérdidas dolorosas en Toguilandia. Pérdidas, además, más dolorosos cuanto más tempranas, por lo que tienen de inexplicable, por las cosas que esas personas se han dejado por hacer, y los abrazos que hemos dejado de darles. Duele, sin duda, y mucho.

No pretendo en este estreno ser exhaustiva sino hacer un pequeño homenaje a todas las personas que nos han dejado. Citaré a quienes me han dejado una huella imborrable por una u otra toguitaconada razón, pero que ellos y ellas no sean sino la representación de todos los huecos que han quedado en nuestro mundo de togas y palabras.

Era marzo de 2014, meses antes de que este escenario abriera el telón por vez primera, cuando, a propósito de la medalla concedida a título póstumo a una querida compañera, Alicia, publicaba un post como homenaje a ella. Alicia me regaló muchas cosas, y me dejó como herencia las ganas de tener mi propio espacio para hablar de cosas como el hueco que nos dejó y esa medalla que llegó más tarde de lo que debiera.

Alicia se fue pronto, muy pronto. Pensábamos entonces que no tendríamos que pasar más por ese trago de la pérdida temprana de una compañera o compañero, e hicimos nuestro duelo como pudimos -confieso que nunca he vuelto a poder subirme a una bici de spinning, deporte que compartía con ella- pero el destino se obcecó en dar más palos en nuestra fiscalía. Y en otras muchas también. A nosotros se nos fueron, en plenitud de facultades y de un modo igual de injusto Salvador, Felipe y ahora Paco, hace apenas unos días. Sus togas seguirán viéndose en los pasillos por más que ya no estén, pero cuánto se les echa de menos.

No me quiero dejar en el tintero otras pérdidas relacionadas con este mundo, las de esas personas que han guiado nuestros pasos hasta llegar aquí. En mi caso el primero fue mi padre , abogado, del que ya he hablado largo y tendido. Pero también perdí demasiado pronto a quien fue mi preparador, Miguel Miravet, y a quien fue mi tutor, José María Gómez, ambos grandes fiscales y referentes en nuestra carrera. Me quedé huérfana de ellos de una manera demasiado brusca, demasiado temprana. Tanto, que todavía hay veces que me pregunto si ellos aprobarían tal o cual actuación o si estarían orgullosos de mí. Y me funciona. Su orgullo es un acicate para seguir adelante.

Ya existía este escenario cuando la carrera fiscal se vio sacudida por un terremoto, especialmente quienes nos dedicamos a la lucha contra la violencia de género. Soledad Cazorla, fiscal de sala contra la violencia de género nos dejaba de un modo inesperado, aunque su legado nos acompañaría siempre. Un legado que incluye esa fundación que otorga becas de estudio a huérfanos y huérfanas de la violencia de género con la que cada año os doy la lata con la lotería solidaria. Y os la seguiré dando, que nadie lo dude.

También existía este blog cuando, por primera en vez en mi historia toguitaconada y en mi recuerdo, nos dejaba un Fiscal General del Estado en el ejercicio de su cargo. Jose Manuel Maza se marchaba, exactamente, mientras mi promoción celebrábamos en Madrid nuestras bodas de plata. Recuerdo lo impactante de aquella noticia y el empeño que pusieron quienes más lo conocían en que siguiéramos con la celebración, porque es lo que él hubiera querido. Y así lo hicimos.

También hay pérdidas de personas que no conoces más que por las redes. Eso me ocurrió con Angel Vicente Illescas, a quien seguíamos en ese grupo de Facebook de El Actualizador capitaneados por Ramón Badiola, y que nos dejó consternados. A él le dediqué el post de la sentencia, y representa hoy todas esas pérdidas de personas a las que conocemos aun sin conocerlas.

Por supuesto, las pérdidas personales también nos marcaron. Os hablé de mi querida tía, cuya sonrisa se apagó hace un par de años. Que ella represente todas las pérdidas personales a pesar de las cuales hemos seguido adelante, haciendo a veces de tripas corazón, porque era lo que debíamos y porque no nos hubieran perdonado que nos viniéramos abajo

Por último el aplauso hoy se lo voy a dar a mi compañero Paco Ceacero, fallecido hace unos días, y con él a todas esas personas que hemos perdido. Porque siguen inspirando nuestras vidas y nuestra actuación profesional