No-discriminación: perspectiva de igualdad


            Machismo, racismo, xenofobia, homofobia, xenofobia, discriminación por ideología, discapacidad, religión, enfermedad, o cualquier otro de los motivos que dan lugar a lo que se conoce como delitos de odio, han sido ampliamente reflejados en cine, teatro y series de televisión. Desde películas que recogen hechos históricos como Arde Mississipi, El milagro de Anna Sullivan, Invictus o La lista de Schindler a fábulas bienintencionadas como Forrest Gump o Rain Man. Y, más recientemente, Coda, el oscarizado remake de la francesa La familia Bélier, la historia de una familia de personas sordomudas, un tema que ya trató la también oscarizada Hijos de un dios menor Y es que la diferencia vende bien, aunque se compre peor. Verdad verdadera.

            En nuestro teatro la diferencia también tiene un papel importante, aunque a veces menor del que debería, o incluso del que decimos otorgarle. Ya dedicamos sendos estrenos a la igualdad de género , a los delitos de odio y, como no, a darle la bienvenida a ese pionero de las puñetas que es Héctor , mi amigo y compañero -por ese orden- invidente.

            Pero hoy quería dar una vuelta más al tema. Una vuelta que, confieso que no apareció sola en mi cabeza, sino que vino espoleada por una conversación con Natalia Velilla en el Centro de Estudios Jurídicos, en un estupendo curso sobre delitos de odio dirigido por Mayte Verdugo. Ambas, por una u otra razón, concluimos que en nuestras carreras, y en la vida en general, se echa de menos la perspectiva de discapacidad, una vez que hemos conseguido integrar, aunque sea a duras penas y a fuerza de pelear, la denominada perspectiva de género. De hecho, ella escribió un precioso artículo sobre los huesos del amor al que solo veo un pero: no haberlo escrito yo antes. Aunque me lo dedicó, que no se diga, que es de bien nacida ser agradecida.

            Como decía, quise dar una vuelta al tema e ir más allá. No solo nos falta perspectiva de discapacidad, sino que nos falta perspectiva de igualdad, entendida en sentido amplio y no solo como igualdad entre hombres y mujeres. Por eso tal vez sería mejor llamarla perspectiva de no-discriminación.

            La perspectiva de no-discriminación debería hacer que personas como una abogada a la que considero amiga, aunque solo la conozco por twitter, no tuviera que contar como una rareza que la juez con la que iba a celebrar un juicio lo hiciera en una sala adaptada a sus capacidades diferentes, puesto que necesita una silla de ruedas para desplazarse. La perspectiva de igualdad debería hacer que quien tiene que trabajar con cualquier persona con diversidad funcional o sensorial pensara en prever qué va a necesitar en lugar de lamentarse por si aquello puede suponer un retraso. También debería implicar que nadie se quejara porque la administración destina dinero a adaptar los puestos de trabajo -siempre hay alguien que ronronea eso de que “con la falta que hace para otras cosas…”- o porque las personas con discapacidad tengan derecho por ley a la reserva de un porcentaje de plazas en las oposiciones o en los puestos de trabajo. Porque estas cosas casi nadie las dice en voz alta, pero sí en la intimidad de cafés y chats creyéndose cargados de razón. Y todo el mundo lo sabemos, aunque hagamos como que no. Verdad verdadera.

            Una vez, la madre de una niña con una discapacidad importante, como esas de las que hablaba en el estreno dedicado a personas especiales me contó que su hija se quejaba de que la gente no la miraba a los ojos. Y lo cierto es que no lo había pensado hasta ahora, pero es una verdad como un piano. Las personas diferentes nos incomodan, porque más de una vez ponen al descubierto nuestra mezquindad y nuestro egoísmo, y ante eso es difícil reaccionar. Por eso, cuando no las miramos no es porque no las queramos ver, sino porque no queremos ver nuestro reflejo en ellas. La zona de confort es lo que tiene.

            Alguna vez he presenciado cómo a un funcionario con discapacidad se le arrinconaba dándole poco o incluso ningún trabajo en lugar de enseñarle a hacer lo que con un poco de ayuda podría hacer perfectamente. He de decir que también he visto lo contrario, pero en esos casos sí estaríamos ante esa perspectiva de no-discriminación de la que hablaba. Ojala fueran estos casos y no los otros los únicos que viera.

            Incluso a la hora de proponer testigos, podemos caer en ello sin darnos cuenta. Porque llamar a un testigo sordomudo puede implicar tener que buscar a un intérprete de signos, o interrogar a alguien con discapacidad intelectual puede requerir más dosis de paciencia y de tiempo. Nos decimos a nosotras mismas que no vamos a molestarnos, pero no nos perdemos un minuto en pensar que no solo ellos quizás quieran que conozcamos su versión, sino que su testimonio puede ser tanto o más útil como el de cualquiera. Porque creemos tener buena intención, pero nos falta esta perspectiva de no-discriminación de la que hablo.

            También nos falta cuando tratamos con alguna persona que viene de otro país, incluso de otra cultura, y pretendemos aplicarles nuestros parámetros. Es difícil que alguien te explique por qué no denunció si en su tierra esas cosas no se denuncian, no son delito o, simplemente, ni siquiera lo sabe.

            Otro tanto nos sucede cuando una persona vulnerable es víctima de un delito. El homosexual que no quiere que se conozca su orientación sexual, el inmigrante que teme que su denuncia saque a la luz su condición de sin papeles, o la persona que se avergüenza por haber sido víctima de una agresión sexual.

            Partimos de la base de que el mundo es como lo vemos, y que no hay más perspectivas. Nos faltan gafas de todos los colores para no suponer que si se habla de un matrimonio, este sea heterosexual, por ejemplo, por más que la ley lleve muchos años de rodaje. Pero las mentes necesitan rodar, a veces, más que las leyes. Y no siempre están dispuestas a hacerlo. Lástima que no haya un BOE que las cambie como cambia la legislación.

            Estos son solo algunos ejemplos, pero podría citar cientos. Y seguro que, a poco que lo pensemos, también se nos ocurrirían unos cuantos.

            Por eso el aplauso de hoy se lo daré, además de a Natalia,a Héctor, a Rosa y a Mayte, a las que ya cité y que por un u otro motivo son responsables de estas reflexiones, sino a quienes piensen un momento antes de decidir como tratar a una persona. Porque la perspectiva de no-discriminación es necesaria.

Procesiones: otra Semana Santa


            Cada vez que llega Semana Santa, recuerdo las de mi más tierna infancia, cuando todo entretenimiento que no fuera rezar, asistir a misas o procesiones o ver películas religiosas estaba proscrito por Decreto. Los cines cerraban y, aunque entonces yo no tenía edad de eso, supongo que con más razón cerrarían bares, discotecas o cualquier cosa que se consideraran, en esos días de obligado recogimiento, antros de perdición. Nos aprendimos casi de memoria Ben Hur y Quo Vadis mientras comíamos potajes y torrijas. Aunque yo, ahora que puedo, confieso que lo que más me gustaba era la longaniza de Pascua, que hurtaba de la nevera sin miedo a la maldición de quemarme en el infierno por comer carne durante esos días de Pasión.

            Nuestro teatro, como todo, paraba sus máquinas, salvo las de la guardia, así que mi papá abogado no trabajaba y estaba en casa. Y eso sí que sigue como entonces, aunque se acabaran los rezos forzosos y la religión por decreto.

            Más allá de Toguilandia, aunque más cerca de lo que pueda parecer, las procesiones también han seguido celebrándose, aunque, eso sí, para quien quiera disfrutar de ellas. Y no es la primera vez que les dedicamos un estreno, que las togas penitentes ya tuvieron el suyo hace tiempo. Pero en un año tan especial, donde tras dos años de pandemia pueden salir de nuevo con sus pasos y sus cosas, abriremos el telón de nuevo para ello.

            Habrá quién se pregunte cómo relacionar una cosa con otra, en un estado teóricamente laico del que la Justicia es uno de los poderes, pero si seguimos leyendo, veremos cómo no son dos mundos tan alejados.

            He de decir que este estreno viene inspirado, una vez más, por la decoración maravillosa con que Vicente, un funcionario de fiscalía cuya obra ya enseñé en otra función, ha convertido el gris y anodino despacho de la Ciudad de la Justicia en una explosión de color, con cofrades, clavariesas, pasos de Semana Santa y hasta torrijas, que nunca faltan. Y, como siempre, no exento de sentido del humor, que tampoco debe faltar. Ni que decir tiene que su obra es la que ilustra esta función, aunque nada como verla en vivo y en directo.

            Como decía, la religión y las procesiones todavía aparecen por las esquinas de nuestro Derecho y nuestros Códigos a poco que miremos. Ahí tenemos, sin ir más lejos, un delito contra los sentimientos religiosos que más de uno ha usado como excusa para tratar de imponer su intolerancia sobre la libertad de expresión. Me viene a la cabeza el asunto que tanta fama alcanzó, el de la llamada procesión del coño insumiso, por el que se siguió un juicio por un delito contra los sentimientos religiosos. Y es importante insistir en esto: no se hablaba de delito de odio, aunque hay quine todavía confunda ambas cosas. Tal vez el hecho de que la sección de tutela penal de la igualdad y contra la discriminación de la Fiscalía, coloquialmente conocida como Fiscalía contra los delitos de odio, también tiene atribuido el conocimiento de estos delitos, cuando se cometen, claro, pero eso no transmuta su naturaleza. Tampoco ayuda el frecuente divorcio entre el lenguaje común y el de un Código Penal tan pacato que no se ha atrevido a utilizar términos tan aceptados como “Delitos de odio” o “Violencia de género”, a pesar de que los regule y sancione.

            No obstante, no quiero dejar de decir algo que digo siempre que tengo ocasión, que para algo este es mi espacio y hago con él lo que me da la gana. Hay cosas que pueden ser de dudoso gusto, hasta de mal gusto sin duda alguna, Pero el mal gusto no es delito. No hipertrofiemos los delitos no vaya a ser que nos revientes y se queden en nada. Y es que la que revienta si no lo dice es esta toguitaconada.

            Me cuentan que hace tiempo -una tiene una edad, pero tampoco tanta- en las procesiones desfilaban las fuerzas vivas del lugar y, entre ellas, por supuesto, las élites de Toguilandia. Todavía había pueblos, en mis primeros días en este mundo, en que invitaban al juez -uso juez con toda la intención, no porque no use lenguaje inclusivo- y al fiscal -si sabían que existía, que no siempre era el caso porque la mayoría estaban en la capital de provincia- a las procesiones. Y más de un compañero se veía agobiado ante semejante invitación que, aunque a buen seguro hecha con la mejor intención, era un compromiso incómodo además de un marrón considerable. Otra cosa es que haya habitantes de Toguilandia que, en su tiempo destoguitaconado, tomen parte activa o pasiva en ello. Por supuesto, hacen muy bien, que cada uno puede hacer con su ocio lo que quiera. Ya dice el refranero que primero la obligación y luego la devoción. Y ya puestos, que recen un poquito por todas y todos, y, si tienen línea directa con las alturas, que no se olviden de pedirles que nos traten algo mejor con eso de los medios materiales y personales, que siempre se agradecen los buenos contactos. Si hay un dicho según el cual hay que tener amigos hasta en el Infierno, ni que decir tiene que en Cielo todavía más.

            No voy a cerrar el telón de hoy sin desear felices vacaciones o procesiones, según los casos, y hasta si se pueden combinar, mejor que mejor. Por eso no me voy a enrollar más, que el tiempo no sé si hoy será oro, pero incienso seguro. Y robarlo puede ser constitutivo de delito, y líbreme Dios de cometerlo.

            Por supuesto, el aplauso hoy es para ese funcionario que alegra no solo nuestro espacio sino nuestra vida realizando estas ambientaciones maravillosas que se han convertido en visita obligada en mi fiscalía. Aprovecho para recomendar que miréis con detalle las imágenes. Los detalles no tienen desperdicio

Casos inolvidables: Dulce de leche


Hoy en nuestro teatro, os invito a recordar aquel caso que os marcó para siempre. Para ello, traigo un relato que escribí en su día para la Revista de Abogacía Española, donde tuve el honor de que se publicara

DULCE DE LECHE

  • De postre, le recomendamos nuestro dulce de leche. Es nuestra especialidad y seguro que nunca ha probado nada tan rico
  • No sé. Creo que ya probé hace mucho tiempo el mejor dulce de leche del mundo
  • Insisto. Pruébelo y me dice

        La camarera del restaurante insistió tanto que acabé accediendo. Pero estaba segura de que no sería como aquel. Nunca volví a probar nada igual.

         Yo acababa de empezar mi carrera como abogada, si es que a colgar un cartel en la puerta y cruzar los dedos para que entre alguien se le puede llamar “comenzar” Había acabado mis prácticas, con más pena que gloria, en un despacho, y ni siquiera tenía la antigüedad necesaria para inscribirme en el turno de oficio. Mi único patrimonio era mi flamante título, mis ganas, y una mesa de despacho que había comprado de segunda mano. Y, por supuesto, el cartel de la entrada.

      Apenas contaba con experiencia cuando ella puso sus pies por vez primera en mi despacho, una habitación de mi casa adaptada al efecto. Llevaba una bandeja en la mano, que no soltaba por nada del mundo. Me contó su historia y, cuando yo todavía me reponía de la impresión, me explicó qué era aquel tesoro

  • No tengo dinero para pagarle. Pero le he hecho una tarta de dulce de leche, que me sale muy bueno. Me enseñó mi madre, que vivió de pequeña en Argentina. Pruébelo antes de tomar una decisión

      Di una cucharada de aquella tarta deliciosa, y me oí a mi misma decir que aceptaba el caso. Todavía me pregunto si lo habría aderezado con algo que influyera en mi voluntad, o era el poder del azúcar caramelizado en sí mismo. Pero la cosa no tenía marcha atrás. Como no la tenía, tampoco, la sucesión de noches sin dormir que me acababa de regalar a mí misma por el precio de un pastel

      Mi clienta tenía entre manos un asunto más que espinoso. Las posibilidades de ganar eran ínfimas y se jugaba mucho. Tanto era así que me vi. obligada a recordarle mi inexperiencia y a aconsejarle que buscara otra profesional. Ella se sinceró, y me dijo que ya lo había hecho. Lo intentó en varios despachos, y antes de eso hizo la solicitud de abogado de oficio. Pero no tuvo éxito. Yo fui la única que quiso probar su deliciosa tarta.

      Tenía una hija de tres años. La había criado sola y jamás había dicho a nadie que era fruto de una violación. El hijo de la casa donde ella trabajaba había abusado varias veces de ella. La tiraba sobre la cama, la sujetaba con fuerza y la penetraba, mientras se reía con unas carcajadas que todavía resonaban en su cabeza. Le decía que si contaba algo la despedirían de inmediato, y nadie creería su versión. Pero, cuando conoció su embarazo, no le quedó más remedio que decírselo a su jefa, la madre de él, con la esperanza de que la ayudaran de algún modo. No hubo más reacción que llamarla “puta” y ponerla de patitas en la calle

  • A saber quién te ha hecho esa barriga, y ahora quieres cargar el sambenito a mi hijo

Se marchó lejos a tener a su bebé, que resultó ser una niña preciosa. Nunca se le pasó por la cabeza denunciar la violación. Estaba convencida de que nadie le creería y, además, prefería hacer borrón y cuenta nueva. Empezaría una nueva vida con su niña y podrían ser felices.

Pero el destino le reservaba una broma de mal gusto. La niña enfermó y. tras muchas pruebas, resultó tener leucemia. Era una enfermedad dañina pero al menos, la habían diagnosticado a tiempo de encontrar una cura. Con un donante compatible la niña podría salir adelante. Pensó que ella sería esa donante, pero no resultó adecuada, y solo tenía una esperanza, el padre de la niña. Ese padre que ella quiso olvidar para siempre, y que ahora necesitaba como nunca.

Me quedé boquiabierta con su historia. Y más aun cuando me dijo el nombre del padre de la criatura. Se trataba, nada menos, que del hijo de un conocidísimo político, eterno aspirante a la presidencia del gobierno. Necesitaba que reconociera los hechos, aceptara su paternidad y se convirtiera en donante. Nada más y nada menos. Y todo eso con el reloj de una bomba con temporizador descontando tiempo en la vida de su hija.

  • ¿Estarías dispuesta a denunciarle ahora?
  • Estoy dispuesta a todo

       Barajamos todas las opciones, desde la denuncia a la demanda de paternidad, pasando por todo tipo de mediación, judicial y extrajudicial. Nada de ello garantizaba la donación de médula, y, aunque consiguiéramos de un modo u otro el reconocimiento de la hija, tal vez para cuando llegara sería tarde para la niña

         Aquello me venía grande a ojos vistas, pero ella insistía en que yo era su única esperanza. Y, aunque no lo tenía nada claro, decidí hacer todo lo que estuviera en mi mano para encontrar una solución.

      Tuve que bregar con varios abogados de uno de los más caros y prestigiosos despachos del país, tuve que soportar desprecios y chantajes para convencerme a que dejara el caso y tuve, además, que convertirme en el paño de lágrimas de una mujer desesperada. Lo único que todo aquello tenía de bueno era mi ración semanal de tarta de dulce de leche, casi la única comida que me entraba en el estómago por aquellos días.

      Jamás dudé de la verdad de su historia. Creo que ahí estuvo la clave para que, tras muchos tiras y aflojas, el hombre que violó a mi clienta se aviniera a hacerse una prueba de paternidad y, seguidamente, a una prueba de compatibilidad para la donación. El precio pactado era el silencio eterno, tanto de la madre como el mío. Recordaba cuánto lloramos abrazadas cuando lo supimos. Todavía lloraba al recordarlo

  • ¿Qué tal el dulce de leche? ¿Le gustó?
  • Mucho. De verdad me ha gustado mucho
  • ¿Tanto como aquel que recuerda?

      Es curioso. Aquel postre sabía exactamente igual que aquella primera cucharada de tarta que diera un día, hacía mucho tiempo, en mi despacho. Debí de dejarme llevar por la emoción del recuerdo. Decididamente, me hacía mayor.

      Mientras esperaba para pagar la cuenta, alguien me sacó de mis ensoñaciones

  • ¿No me recuerdas? Soy Esperanza, la hija de Andrea. Mi madre siempre decía que si estoy en este mundo es gracias a ti. Miraba los periódicos cada vez que sales, y me traía las fotos recortadas para que te viera

Andrea, la que fue mi primera clienta, había muerto pocos años antes. Ya hacía tiempo que había perdido la pista de ella y de su hija aunque, hasta su muerte, nunca me faltó una felicitación de Navidad y una tarta de dulce de leche que llegaba por mensajero. No había tomado otra desde la última que envió

Andrea dejó a su hija su receta de la tarta de dulce de leche, pero también le dejó mucho más. Le dejó la dignidad. Una herencia que yo tuve el honor de compartir con su hija. Una herencia con sabor al más delicioso dulce de leche, que nunca olvidaré,

Querulancia: juicios por castigo


                Por más que lo intentáramos, sería imposible contar la cantidad de películas que tienen el juicio como protagonista, como escenario, como causa o como consecuencia, o todo ello a la vez. Delitos y faltas, Crimen y castigo, Testigo de cargo, Algunos hombres buenos, Doce hombres sin piedad, Cadena perpetua, Pena de muerte, Matar a un ruiseñor y muchísimos otros que se vienen a la cabeza de cualquiera por poco cinéfilo que sea. Y si a eso sumamos las series de televisión, como Ally Mc Beal, La ley de los Angeles, Anillos de oro, Turno de oficio, y muchas  más, nos faltarían vidas para verlas todas. Y es que pocas cosas más atractivas para juristas y para quienes no lo son que el espectáculo que se desarrolla en una sala de vistas.

En nuestro teatro, el juicio es el epicentro de la vida. Es nuestra razón de ser y la causa de nuestras alegrías y nuestras penas, y, por descontado, lo que nos da de comer. Pero hay para quien no solo es eso.

Hay una maldición bien conocida, y bien real, que dice “pleitos tengas y los ganes”. Y hasta el refranero dedica buena parte de sus textos a la justicia y lo que se mueve a su alrededor. Pocas cosas más reales que el que dice “pleitos haya, más no por mi casa” o el conocido “más vale un mal acuerdo que un buen juicio” que podría ser el fundamento de muchas conformidades

Pero, a pesar de nuestra mala fama, los pleitos, en cualquier de sus formas, son el modo establecido para conseguir justicia –o intentarlo- o para hacer valer nuestros derechos. Aunque hay quien los utiliza con otros fines, y a eso vamos a dedicar este estreno.

La querulancia puede ser una forma de trastorno por la que algunas personas, que ven pleitos en todas partes, transforman su vida en un constante ir y venir a los juzgados. Denuncian cualquier cosa, real o imaginaria, y más de una vez se trata de verdaderas enfermedades mentales que acaban con una declaración de incapacidad. Hay personas, incluso pertenecientes al ámbito de la Justicia, que denuncian a todo el mundo, por cualquier cosa que pase. Otras, que se obsesionan con un tema concreto. Recuerdo hace mucho tiempo, en mis primeros tiempos en Valencia, que había un señor que aparecía cada dos o tres días en fiscalía cargando una pesada piedra, denunciando a todo bicho viviente por algo relacionado con un terreno y una casa que él consideraba suya, y cuyas piedras traía una a una para demostrarlo

También los hay que se han especializado en poner quejas a cualquiera que ose intervenir en un procedimiento suyo y no le de la razón, sean jueces, fiscales, abogados, lajs o funcionarios. Todo vale.

En otros casos están relacionados con otras enfermedades mentales, con delirios o cualquier otra cosa similar. Había un hombre que denunciaba todas las semanas que venían los marcianos a abducirle de diversas formas. La última que recuerdo, era nada más y nada menos que una violación extraterrestre a través de su ombligo. Y ojo, que es difícil mantener la compostura ante tales afirmaciones. Como mis avezados lectores y lectoras habrán adivinado, el pobre acabó con un proceso de incapacidad de los de entonces, e ingresado en un centro.

Aunque los peores casos de querulancia so los que utilizan el proceso deliberadamente para sus fines. Ya hablé algo de ello en el estreno dedicado a la violencia económica, pero hoy quería insistir en el tema. Es la también llamada violencia por poderes, y consiste, en esencia, en torpedear a la víctima, en este caso su ex, con tantos juicios que es imposible que tenga una vida medianamente normal. Quienes utilizan estas maniobras se dedican, en primer término, a recurrirlo todo, aunque no tenga visos de prosperar, y luego a convertir en pleito cualquier minucia. Desde las extraescolares de las hijas e hijos, a la factura del dentista o del oftalmólogo .Si ella quiere ballet, yo le apunto a guitarra a la misma hora y llevo el desacuerdo ante el juez, e igual con el idioma, la pertenencia a una asociación o cada competición deportiva. El traje de Comunión, las excursiones del colegio, la asistencia a la boda de la tía Puri o la afición por la cría del calamar salvaje son excusas suficientes para que el querulante monte un pleito de mil pares de narices. Y no es cuestión de broma, que eso supone un gasto de dinero en abogados, y de tiempo, que pude incluso dar lugar a problemas en el trabajo para la víctima que acaben en un despido encubierto o en una no renovación de contrato o, si se trabaja por propia cuenta, a la pérdida de clientes. Una tortura.

Pero no solo supone esto. En estos casos lo que pretende quien ejerce esta violencia por poderes es tener agarrada a la víctima, que se ve imposibilitada de pasar página y empezar una nueva vida sin su victimario. ¿Cómo va  a hacerlo, si día sí  día también se ve obligada a verlo y sufrirlo en estrados? Tal vez lo peor de esto es lo que muchas víctimas acaban haciendo para que cabe ese calvario: ceder, pasar por el aro que sea con tal de terminar con aquello. Ahí está la explicación de muchos convenios y acuerdos que a primera vista parecen inexplicables. Y es que estas maniobras pueden sacar de sus casillas a cualquiera.

Por supuesto, es muy difícil encajar estos comportamientos en algún tipo previsto en el Código penal. Y mucho más difícil encontrar una solución, que no es otra que ponerle fin, pero lo vemos a diario, y muchas veces con la impotencia de no poder hacer nada, o casi nada.

Porque tampoco podemos olvidar que estas conductas no solo perjudican a su víctima. El hecho de gastar tiempo, y medios, y esfuerzo de los órganos judiciales además de sacar de sus casillas a Sus Señorías, está detrayendo ese tiempo, medios y esfuerzo a todos los asuntos que lo necesitan. Que no son pocos, precisamente.

Así que hoy el aplauso es evidente. Se lo doy a quienes, a pesar de todo, no solo mantienen la compostura ante tales actuaciones, sino que ponen los medios para evitarlas. Por favor, que compartan la fórmula.

Comunicación entre juzgados: ¿teléfono roto?


         La comunicación ente las personas es algo esencial en las relaciones humanas. Si uno no quiere dos no riñen, dice un refrán, y dice otro que “hablando se entiende la gente” Pero ¿qué pasa cuando la comunicación no existe? Pues, como aquella película que todo el mundo recuerda, Tú a Boston, yo a California.

En nuestro teatro nos comunicamos mucho menos de lo que deberíamos. Y, ojo, que muchas veces no es por falta de voluntad. Cualquiera que haya estado en un juzgado de guardia en día festivo habrá comprobado que es poco menos que imposible conocer si existe una resolución dictada por otro juzgado y el contenido de la misma, con las consecuencias que ello comporta.

Esto que refiero ocurre con mucha frecuencia cuando nos encontramos con delitos de quebrantamiento de condena o medida cautelar, uno de los top ten de los juzgados de violencia sobre la mujer. Una está en su guardia de sábado o conmigo y, cuando le traen un detenido por este delito, no tiene acceso a la resolución que en su día dictó otro juzgado, aunque sea el vecino de planta, porque las aplicaciones informáticas solo permiten acceder a los asuntos del propio juzgado. Las cosas se suelen solventar porque alguna de las partes tiene una copia, por ejemplo, y porque existen registros donde constan las medidas de protección en violencia de género. Pero no podríamos, sin ir más lejos, continuar con el juicio rápido porque no contamos con ese testimonio necesario como prueba documental.

Este es uno de los supuestos más frecuentes y más sencillos, pero las cosas pueden complicarse mucho más. Recuerdo en una ocasión, hace mucho tiempo, que un sábado por la mañana nos trajeron un detenido por orden de la Audiencia Nacional. Y no había manera de acceder a las resoluciones de ese juzgado, con la importancia que esto podría tener a la hora de hacer lo que teníamos que hacer, nada menos que decidir sobre la libertad o prisión de esa persona. Por suerte en nuestro caso aún no había transcurrido el plazo de detención, con lo cual pudimos acudir al comodín de la prórroga y tomar la decisión el lunes siguiente, contando con todos los datos necesarios tras llamar al juzgado en cuestión y pedir que nos lo enviaran por fax, ese reducto tecnológico del que seguimos echando mano en Toguilandia. Pero no siempre es posible acudir a esta solución o, mejor dicho, apaño.

En estos días hemos visto un claro y doloroso ejemplo de lo que puede suponer esa incomunicación entre juzgados. Un nuevo caso de violencia vicaria nos estremecía y, al conocer algunos de los detalles que han trascendido, resulta que existían dos resoluciones contradictorias, una en la vía civil y otra en la vía penal, respecto de la custodia. En la vía penal existía una sentencia condenatoria, que privaba de régimen de visitas, y en la vía civil una custodia compartida acordada de mutuo acuerdo. Al parecer, ni uno ni otro juzgado sabían de la resolución del vecino, ni tampoco hay arbitrado ningún protocolo ni procedimiento legal para conocerlo, de modo que dos juzgados separados por un tabique parece que estén en continentes diferentes. Recordemos que los programas informáticos distan mucho de interconectarnos, de modo que los juzgados se pueden convertir en pequeños reinos de taifas judiciales. Salvo, claro que está, que la fortuna de que alguien conozca la causa por cualquier motivo haga saltar las alarmas, lo que no ha sido el caso.

La solución legal, de conocerse la existencia de ambos procesos, haría prevalecer lo acordado en el orden penal, porque, como dice la Ley Orgánica del Poder Judicial, la jurisdicción penal es siempre preferente. Pero para aplicar esa regla, habría que saber de la existencia del otro proceso, y eso no siempre es posible.

Por supuesto, y como ocurre siempre, a toro pasado salen a la palestra opinólogos varios que, más que dar soluciones, buscan culpables. Y si los culpables llevan toga, mejor que mejor. Pero estos supuestos son una buena muestra de los fallos de un sistema que trata de abarcar realidades del siglo XXI con medios del siglo XIX. Y lo peor es que las consecuencias pueden llegar a ser terribles, como en este caso.

Se ha dictado una ley que prohíbe las visitas –salvo excepciones muy concretas- a quienes están incursos en procedimientos de maltrato, pero no se ha previsto ningún modo de revisar resoluciones anteriores, ni medios para hacerlo, de la misma manera que no contamos con interconexiones que permitan saber al momento si existe otra resolución en otro juzgado para conocer en todos los casos si esa persona está o no incursa en un procedimiento de maltrato

El mal en este caso está hecho, y solo queda tratar de evitar que no vuelva a suceder. Y eso no se logra culpabilizando a nadie sino analizando las cosas con honestidad y sensatez, dentro y fuera de los juzgados. Porque no podemos olvidar que la sociedad ha de implicarse mucho más allá de minutos de silencio y comunicados de condena.

Por todo eso, hoy no tengo aplauso. Lo daré cuando consigamos que cosas tan terribles no vuelvan a pasar. Ojala sea pronto.

Siglas: sopa de letras


                Ya hace mucho tiempo que usamos siglas para referirnos a determinadas cosas, personas o grupos. Tanto es así, que en algunos casos ya casi ni recodamos de dónde venían esas siglas o, al menos, usamos las siglas en lugar de las palabras a las que aludían, como ocurre para referirnos a partidos políticos. Por supuesto, el mundo del espectáculo ha sido permeable a ese fenómeno,, y hay títulos como SWAT –con los bonito que era el de Los hombres de Harrelson de mi infancia- o MASH que dan buena cuenta de ello. Es más, seguro que la mayoría no seríamos capaces de saber a qué respondían estas letras sin acudir a Internet. ¿A que no?

En nuestro teatro usamos las siglas con la misma frecuencia que fuera de él. Incluso más en algunos casos, No olvidemos que las palabras reducidas o en diminutivos que utilizamos en nuestro peculiar argot está plagada de ellas: llamamos autos de PALO al auto de incoación de procedimiento abreviado, SP al sobreseimiento provisional –incluso lo convertimos en verbo y esepeamos que da gloria- y SL al sobreseimiento libre. También llamamos DP a las diligencias Previas y DIP a las Diligencias de Investigación Penal de la Fiscalía. Y lo hacemos con una soltura tal que a veces no nos damos cuenta que para nuestros interlocutores no iniciados en la secta toguilandista es como si habláramos en sánscrito.

Confieso que yo también me he sentido más de una vez así. No soy capaz de retener el nombre abreviado de todas las especialidades, secciones, grupos, comandos y similares de las fuerzas y cuerpos de seguridad. Por supuesto, lo de la UFAM –Unidad de atención a la familia y a la mujer- o del Grupo Gama de la Policía Local –grupo de ayuda a los Malos tratos- lo tengo claro, que a la fuerza ahorcan, pero cuando me cambian de negociado lo paso peor. O si me cambian de nombre, que esas UFAM eran antes UPAP –Unidades de Prevención, Asistencia y Protección contra los Malos Tratos a la Mujer- para complicar más las cosas.

He de reconocer que más de una vez he practicado mi mejor cara de póker ante una conversación en que me hablan de grupos que creen que conozco de sobra y sobre los que no tengo más que una ligera  idea. Pero como reconocer que no lo sabes te hace quedar como poco enterada, pues a hacer una interpretación de Oscar para que no se note que una anda perdida cuando le hablan de UDYCO, UDEV, UIP o UPR, sin ir más lejos, aunque haya muchas más. Para ahorraros la visita a San Google, aclararé que son Unidad de Delincuencia Organizada, Unidad de Delincuencia Especializada y Violenta Unidad de Intervención Policial y Unidad de Prevención y Reacción. Y eso solo en la Policía Nacional, que la Guardia Civil tiene otros tantos como el conocido SERPRONA, o TEDAX  y NRBQ, de desactivación de explosivos. La lista sería eterna, pero aseguro que tengo una amiga periodista que se los sabe todos y cuando habla parece que lo hace en otro idioma. Yo le digo que la entiendo, para que no se frustre, pero igual hoy al leerme descubre mi secreto. Son las consecuencias del bocachanclismo en redes, que a veces practicamos sin darnos cuenta.

Pero no solo se usan siglas en la policía y los Juzgados. Todo el mundo las usa hasta el punto de que es raro que alguien no sepa que es una AMPA –o antigua APA-, a cuyas reuniones haya acudido en el colegio. Un colegio donde nuestras hijas e hijos estudian la ESO, aunque antes estudiáramos la EGB, el BUP y el COU. A cambio, ahora hacen la PAU, o la EBAU en vez de la Selectividad nuestra, que sonaba más bonita pero daba el mismo miedo.

Por supuesto, no hay partido político que se precie sin unas bonitas siglas que acompañen a un bonito logo. Si además les acompañaran unas bonitas ideas, sería fantástico, y más aún si fueran adheridas a los medios para llevarlas a cabo, pero no me voy a meter en terreno pantanoso que me hundo. Aunque también tenemos siglas en nuestras asociaciones profesionales , que no se diga. Jueces y fiscales no podemos pertenecer a partidos políticos ni sindicatos pero eso no nos priva de nuestras propias siglas

Y como en todas partes cuecen habas y en Toguilandia a calderadas, no olvidemos que poca gente habla de Colegios de la Abogacía con todas las letras. Suelen –solemos- referirnos a ellos con sus siglas ICA, seguidas de su correspondiente abreviatura territorial. Y, además, hay que explicar para quien no esté ducho en la materia que la abreviatura viene de Ilustre Colegio de Abogados –o de la Abogacía, como van evolucionando de modo más inclusivo-, que la razón de la I se escapa a más de una y de uno.

Especialmente bonitas son las abreviaturas que designan las ONGs, una sigla ya en sí misma. Algunas ya con carta de naturaleza como UNICEF, FAO, ASINDOWN, UNESCO o la propia ONU. Otras , buscando su camino y un nombre que se quede en el disco duro.

Y, en el lado negativo, como decían de los Tacañones del Un dos tres de mi infancia, también hay siglas. ¿Quién no recuerda el dolor causado por organizaciones terroristas como ETA o GRAPO en su día? Ojala nunca tengamos que vivir algo así.

Y hasta aquí, el estreno de hoy. El aplauso lo reservo hoy para quines se molestan en explicarnos lo que quiere decir cada cosa cuando lo ignoramos y no lo dan por supuesto, que a veces cuesta seguir la conversación. Como dice el refrán, el saber no ocupa lugar

Feliz: Les Corts de les dones


Aunque a veces cuesta hablar de una misma, no se puede negar que el género autobiográfico es uno de los que más triunfan en cine y teatro. Contar toda o parte de la vida de alguien es lo que hacen muchas películas, desde La lista de Schindler hasta La pasión de Juana de Arco o Ghandi, entre otras muchas, aunque no siempre es fácil encontrar casos en que el protagonista sea quien escribió la historia. Nada tengo que ver con tan grandes personajes, pero sí que me gustaría hoy usar este escenario para contar un trocito de vida que quedará congelado en mi memoria para siempre, preservado entre los recuerdos más felices. Y a ello voy

En nuestro teatro no somos muy dados a los reconocimientos. Nada de Oscar, Goyas, ni nada parecido anuales. Ni con ninguna otra periodicidad. Aunque de vez en cuando cae una Raimunda , muchas de ellas acaban concediéndose por jubilación o fallecimiento. Y, para eso último, más vale seguir sin ella. Como dice el chiste, Virgencita, que me quede como estoy.

Pero a veces algunas personas tenemos la suerte de que las reglas generales no se cumplan, y eso es lo que he tenido la suerte de que me pase. Y ojo, no solo esa regla sino el conocido dicho de que nadie es profeta en su tierra, Y es que, si una tiene que cargarse los refranes, pues se los carga y ya está. Acabáramos.

Por eso, y porque quienes leen este blog son ya casi parte de mi familia, vengo hoy a compartir algo que me ha hecho muy feliz. Llamadme soberbia, o umbralista, que es menos feo, pero si no lo contaba reventaba, así que pido disculpas por adelantado. Por si las moscas.

Hace más de dos años recibía una llamada que me llenaba de ilusión. Me preguntaban si aceptaría que me propusieran como una de las mujeres a rendir homenaje en el acto anual que las Cortes Valencianas hacen con ocasión del Día de la mujer. Me lo preguntaban, sí, como si algo así se tuviera que preguntar. Tuve que morderme la lengua para no ponerme a gritar como una loca y contenerme para no dar saltos de alegría más allá de lo razonable.

No obstante, y como dice el refrán, que este sí que se cumplía, poco dura la dicha en la casa del pobre. Como quiera que estábamos a principios de marzo de 2020, no hago spoiler a nadie si cuento como acabó la cosa. Un bicho tan diminuto como maldito volvía nuestra vida del revés y a mis compañeras y a mí nos dejaba sin premio  Mi gozo en un pozo.

Como dijo acertadamente una de las premiadas cuando, por fin, pudimos retomar, era como una niña a la que dicen que se ha portado muy bien y ha ganado un premio, y tardan dos años en dárselo. Eso fue exactamente lo que nos pasó. Dos años en que llegué a dudar si aquel premio era real o era producto de mi imaginación. Porque de eso tengo para dar y regalar.

Pero hete tú aquí que el tiempo vino en mi rescate, y me confirmó que aquella llamada no era una figuración de Susanita la fantástica sino que era verdad verdadera. Y que, por fin, podíamos celebrar el acto como Dios -o quien sea- manda. Así que se entenderá que no podía dejar de contarlo.

El día D había llegado. A pesar de que la climatología había decidido gastarnos una nueva broma pesada y no paraba de llover, armada y pertrechada de paraguas, chubasquero e ilusión, me dispuse a vivir un día inolvidable. Por supuesto, y como siempre intento hacer en las grandes ocasiones, incorporando a mi vestimenta algún toque que recuerde a Valencia y a mis queridas fallas, recién recuperadas también. Las fotografías no mienten.

Todo salió a pedir de boca. Reconozco que en algún momento necesitaba pellizcarme para asegurarme de que estaba allí, en nuestro máximo órgano representativo, siendo objeto de un homenaje. Casi nada. Como decía mi madre, solo pensar que todo aquello era por mí -entre otras, claro- ya era suficiente para llenarse la mochila de buenrollismo para mucho tiempo. Y para fijar una sonrisa en la cara que ni el dentista del anuncio conseguiría.

En mis tres minutos, y pese a los nervios, dije exactamente lo que quería decir, además de expresar mi infinito agradecimiento. Expuse que, aunque pareciera que estaba sola ante ese atril, me acompañaban todas las mujeres que nos precedieron, todas las que lucharon para que hoy hayamos llegado donde hemos llegado, aun a costa de renunciar a sus propios sueños para cumplir los de sus hijas. Por supuesto, entre esas mujeres, mi especial dedicatoria era para mi madre que, con sus 97 años, estaba allí dándome su amor y su apoyo incondicional. Como dije, ojalá algún día mis hijas puedan estar la mitad de orgullosas de mí que lo que yo estoy de ella. Por eso no podemos dejar de luchar por la igualdad, porque en esta materia todo lo que no sea avanzar es retroceder, y no podemos permitírnoslo, porque un mundo en igualdad es un mundo mejor para todas las personas.

            Y hasta aquí el estreno de hoy. Vuelvo a pedir perdón si resulta algo prepotente, pero seguro que si veis el acto –aquí se puede ver – me entendéis un poquito. No me dejo el aplauso, que hoy es para quien hizo posible este momento. Y para todas las galardonadas, unas verdaderas campeonas de la vida. Mil gracias de nuevo.

Gazpacho jurídico: hay que digerirlo


Pocas comidas más populares y conocidas en nuestro país que el gazpacho, en sus diversas modalidades. Tanto el fresco y ligero gazpacho andaluz, como el contundente gazpacho manchego nos sientan a la mesa alrededor de una mezcla de ingredientes que, bien combinados hacen nuestras delicias, pero mal hecho, nos pueden destrozar el estómago. Y hasta la armonía. Se trata de una suerte de collage gastronómico, equiparable en cierto modo a las llamadas películas de collage, que se hacen al yuxtaponer metrajes de distintos filmes. Y es que también en el mundo del cine hay gazpachos, y se necesitan buenos Chefs para cocinarlos, so pena de que se convierta en una Mezcla explosiva.

            En nuestro teatro los gazpachos jurídicos son más frecuentes de los que en ocasiones sería recomendable. Y aunque es una receta atractiva, no la incluimos en el estreno dedicado a Togachef. Aunque, llegada a este punto he de reconocer que el término no es mío, que lo tomo prestado de un compañero a quien se lo escuché en una fantástica ponencia de un no menos fantástico curso sobre delitos de odio en nuestro Centro de Estudios Jurídicos. Que no se diga que cuando algo está bien no lo cuento, que mi madre si no me llama quejica.

            Nada más lo escuché, supe que era para mí, como dice la canción. Y es que era tan visual, tan atractiva y tan evocadora la figura que era imposible dejarla pasar sin más. Me imaginaba al legislador o legisladora -quien quiera que sea semejante figura- introduciendo ingredientes en su robot de cocina hasta conseguir hacer una ley digerible, aunque no siempre digestiva. Sin pasarse de pepino, que repite, ni quedarse corta de tomate, que ha de notarse; sin excederse en el ajo, que pude tapar los sabores, o quedarse corta en la sal, que vuelve la mezcla insulsa

            Por desgracia, se ha consolidado cierta costumbre de utilizar el batiburrillo, batido o gazpacho jurídico para legislar, e incluso, algunas veces, para juzgar. Es lo que viene siendo “aprovechando que el Pîsuerga pasa por Valladolid” En eso consisten, precisamente, lo que llamamos “obiter dicta” de las sentencias, que son los pronunciamientos que no afectan a la cuestión debatida sino a otra, pero que no dejan de establecer su posicionamiento sobre ello. Usarlos es una buena herramienta. Abusar de ello, un error. Como ejemplo, el que se hizo en la sentencia del Tribunal Supremo de la Manada en que, sin que nadie lo planteara, se dice que si se hubiera solicitado se habría considerado no un delito de violación sino varios. Una conclusión que no deja de ser llamativa después de que en un primer momento no solo se dudara entre la alternativa de violación o abuso sexual, sino que hubo un voto particular que abogaba por la absolución con un inequívoco lenguaje que no calificaré. Como no calificaré la necesidad o no de pronunciarse en este caso sobre más de lo pedido, que se ve que con tanta lluvia en mi tierra me haya vuelto un poco gallega.

            Pero no me desvío del tema, y volveré al gazpacho jurídico que nos monta más de una vez quien legisla. El resultado, suele ser un BOE que cuesta de digerir más que una comilona rematada con un chocolate con churros. Y entre estos, es especialmente destacable eso que llaman las leyes percha, un término que aprendí siendo opositora entre temas, sangre, dolor y lágrimas. Cuando una está estudiando cualquier cambio legislativo es más dramático que la pérdida de Tara para Escarlata O’Hara y hasta que no llegue alguien que a Dios ponga por testigo que esa modificación no entra en el examen no se recupera la respiración. Pues bien, esas leyes percha se dan cuando se aprovecha cualquier publicación de una ley para meter de rondó otra que nada tiene que ver. Entre las leyes que suelen ejercer de anfitrionas a los huéspedes percha están las de Presupuestos, que más de una vez se han convertido en una ocasión propicia para colarnos cualquier cosa.

            Aunque no hace falta que se trata de una ley percha para que e el mismo instrumento normativo se junten cosas de difícil mezcla o que, al menos, tiene una relación muy traída por los pelos. Un ejemplo evidente sería la reciente Ley de la infancia y la adolescencia que, aprovechando que ahí estaba, ha modificado cosas como la dispensa legal para declarar o la agravante de odio,

            Al hilo de esto, vuelvo al punto de partida, al gazpacho jurídico al que se refería mi compañero, los delitos de odio. Decía, y con razón, que, de una regulación demasiado sencilla, la anterior a 2015, se pasó a una regulación tan complicada que acaba teniendo más flecos que un mantón de Manila, convirtiendo la labor de aplicarla en nuestra particular Verbena de la Paloma. Así, se mezclan delitos de expresión -el verdadero discurso de odio- con delitos de acción cuya ubicación sistemática debiera estar más cerca de los delitos contra la integridad moral. Para acabarlo de arreglar, se da un catálogo de motivos que, aunque son numerus clausus, no coinciden de unos artículos a otros, especialmente tras la reforma operada por ley de la infancia en la que se introduce la aporofobia como motivo de agravación por odio, pero no como motivo en el propio delito de odio. Y no es el único caso. El gazpacho está servido.

            Otros casos de mezclaíllos interesante está en la cantidad de verbos típicos introducidos en algunos tipos legales. Sin ir más lejos, las conductas constitutivas de delitos contra la propiedad intelectual e industrial fueron redactadas por alguien que odiaba a los estudiantes, no cabe otra explicación a esa profusión de verbos que cada vez cambian su orden. Algo parecido pasa con algunas conductas relacionadas con sustancias nocivas para la salud, o con determinado tipo relacionados con la pornografía, la libertad e indemnidad sexual o algunos supuestos de daños. Aunque respecto de estos la cosa perdió mucho cuando eliminaron la referencia a los caminos de hierro con que se aludía a las vías del tren.

            Por último, y casi como resopón, un tipo especial de gazpachuelo. Se trata del que se arma con los llamados tipos subsidiarios o, más entendible, cajones de sastre. Delitos como las coacciones o las vejaciones injustas son tan sufridos que tan pronto soportan un corte de suministro de la luz, una insistencia desmedida en llamadas telefónicas como la lectura de una poesía todos los días a una mujer a voz en grito en el patio de su casa, flores en ristre. Y que conste que todos estos ejemplos son tan reales como la vida misma.

            Y hasta aquí, el estreno de hoy. Espero que la digestión sea llevadera. Y, mientras aprovecho, como si de un post percha se tratara, para dar el aplauso a quien me inspiró este post, y a todos mis compañeros y compañeras. Sin ellos nada sería igual

#DonesEsmorzadores: igualdad a la mesa


                Cuando yo era pequeña, alguna vez escuché decir a personas mayores que a los hombres se les conquista por el estómago. Y, aunque siempre he pensado que a hombres, y a mujeres, y a hasta a animalicos si me apuran, se les llega muy bien por esa vía, además de por otras, era un dicho que confirmaba un reparto de roles que todavía perdura aunque no lo creamos.  Y, además, no olvidemos que una buena comida siempre es un buena excusa para todo, incluida una buena película, como El festín de Babette, Ratatouille, Comer, beber, amar o Bon Appetit, entre otras muchas.

Hoy en nuestro teatro me voy a salir, aparentemente, de los márgenes de Toguilandia para contar cómo cualquier excusa es buena para perpetuar la igualdad entre hombres y mujeres. Y pocas excusas como un buen festín gastronómico.

En mi tierra, Valencia, existe la buena, magnifica costumbre de almorzar –esmorzar- No me refiero a hacer un tentempié, ni un brunch o como quiera que se diga, ni a hacer un kit kat para tomarse cualquier cosa para aguantar en pie y seguir adelante. Hablo de palabras mayores, de almorzar como está mandado. O como decimos por estos lares, esmorzar, que nunca esmorzaret. Ni esmorzaret ni caloret, por cierto, que ya tenemos bastante cruz con que nos recuerden de vez en cuando ese episodio de lo más bochornoso.

Para almorzar no basta con tomarse un bocadillito. Hay que hacer toda una liturgia, que empieza por la arrancaora y acaba con el cremaet, ambos con el carácter espirituoso que cualquiera puede imaginar a poco que se ponga, y tiene por protagonista un bocadillo que es mucho más que eso. En el ínterin, como si del plazo para recurrir se tratara, es absolutamente necesario el plato de cacahuetes con su cáscara -cacau amb corfa-, las olivitas, los altramuces, y todo lo demás que tenga a bien disponer el hostelero-anfitrión de que se trate. En medio, un bocadillo a elegir que suele ser de todo menos ligero –ni falta que le hace-, y con más fundamento que las sentencias mejor motivadas. Y, por supuesto, no hay «visto para sentencia» sin el cremaet correspondiente, una suerte de café que no solo es un café.

Pensará alguien, y con razón, que lo que cuento tampoco es tan raro, y que en todas partes cuecen habas o almuerzan de uno u otro modo. Y también pensará, y sin razón, que a ver que tiene que ver este romance con la igualdad, que ya se me ha ido la pinza y que cualquier excusa es buena para soltar mi matraca. Y eso si que no.

Y es que, si miramos bien, en cualquiera de las mesas de bares donde se almuerza, encontramos una mayoría arrolladora de hombres. Hombres que, según la tradición, almorzaban y arreglaban el mundo mientras sus señoras cocinaban y arreglaban la casa , como fiel reflejo de una época en que las mujeres ni siquiera podían abrir una cuenta corriente sin el permiso de su señor esposo.

Pero hete tú aquí que los tiempos han cambiado, que las mujeres tenemos igualdad formal en nuestro país, pero que la sociedad a veces no acaba de creérselo. Y eso del almuerzo pude ser una buena muestra.

Así fu como mi ya buena amiga Coca de panses –su nombre de guerra que, traducido es algo así como Torta de pasas- me metió en este maravilloso berenjenal de les dones esmorzadores, mujeres que nos introducimos en esta cultura del almuerzo que aparecía como tan masculina, para formar parte de ella. Y ojo, no solo con el consentimiento, sino con el beneplácito y aplauso de los señores, con Paco Alonso a la cabeza, periodista y alma máter de esta historia.

Y así, a lo tonto a lo tonto, os he contado como de algo aparentemente poco relacionado con el derecho, se puede sacar jugo jurídico, y de los buenos, ese que emana de la Constitución y que consagra nuestros derechos, la igualdad entre ellos.

Para acabarlo de rematar, este año nos sacaron en una falla, a la cultura del almuerzo en particular y a les dones esmorzadores en particular. ¿Se puede pedir más? Pues eso

Así que aquí lo dejo por hoy, con la sonrisa puesta y la digestión hecha, aunque no me olvide del aplauso. Y ese va destinado, sin duda alguna, a quienes han hecho posible esta iniciativa, y demuestran que la igualdad no solo se hace efectiva a través de textos legales.

Amenazas: El tiempo que nos queda


Hoy en nuestro teatro, un cuento. Es un relato que pretende tranmitir la angustia que produce una amenaza según cómo y de quién venga

EL TIEMPO QUE NOS QUEDA

(Relato finalista de certamen Carolina Planells 2021)

                  Vivía con la angustia instalada en el cuerpo y en el alma. Era un pasajero molesto, que tomó su billete el día que me llegó el primer mensaje y nunca llegaba a su estación

                  “Disfrutad del tiempo que os queda juntas”

                    El mensaje de whatsapp parpadeaba en la pantalla de mi móvil alterando mi tranquilidad. Fui tonta al pensar que con la firma del acuerdo de divorcio podría pasar página y empezar una nueva vida. Es cierto que empezaba una nueva vida pero era, si cabe, peor. Nada que ver con lo que había imaginado el día que renuncié a todo el dinero que me correspondía en el reparto a cambio de la custodia de mis dos hijas.

                  Por el contrario de lo que creía, o de lo que quise creer, él no despareció de mi vida. Desarrolló un nuevo e insólito interés por compartir con las niñas una compañía que nunca le interesó. Mientras duró el matrimonio, jamás las recogía del colegio, nunca les cambió un pañal ni les dio una papilla, fue incapaz de llevarlas al parque o a un cumpleaños. Y, de pronto, cuando nuestra separación se hizo efectiva, le entraron unas ganas locas de ser el padre que nunca había sido. O eso fue, al menos lo que hizo creer al mundo entero, empezando por el juez que dictó la sentencia de nuestro divorcio.

                  Me resigné. No me quedaba más remedio. Así que uno de cada dos fines de semana preparaba sus maletitas de Minnie y lloraba por dentro, aunque les mostraba la mejor de mis sonrisas. Ya me había advertido mi abogada que por nada del mundo dijera nada a las niñas que les llevara a negarse a ir con su padre. Si aquello sucedía, podría ser contraproducente para mí, hasta el punto de quitarme la custodia de las niñas por haberlas manipulado. Esa perspectiva me producía escalofríos, no tanto porque no concebía la vida sin que estuvieran conmigo, sino porque no sabía lo que podría llegar a pasarles. Nadie más que yo sabía lo que era capaz de hacer ese hombre ni hasta dónde podía llegar.

                  Por eso, cuando me llegó el primer mensaje, se me puso el corazón en la boca y a punto estuvo de salírseme. Sabía que era un ultimátum. Y que, además, producía el efecto contrario de lo que decía: con la espada de Damocles encima, era difícil, cuando no imposible, disfrutar de nada.

                  A pesar del miedo que tenía, decidí denunciarlo. No se me pasó por la cabeza que alguien pudiera no ver lo que yo veía con toda claridad en aquella sucinta frase, una amenaza para la vida de mis hijas y para la mía. Pero el abogado que me tocó de oficio ya me advirtió de que no veía fácil que me concedieran la orden de protección que pedía.

– La frase no tiene contenido objetivamente amenazante. Entiendo que usted lo sienta así, pero tengo muchas dudas en que sus Señorías lo entiendan así

– ¿Entonces?

– Le juro que lo intentaré con todo mi empeño, pero no veo demasiadas posibilidades. Lo siento.

                  No había contado con eso. En realidad, cuando él decía que yo era tonta e inútil, debía tener razón. Si no lo fuera, habría caído en que él, el prestigioso y rico abogado con el que me casé, no iba a cometer el error de hacer algo que pudiera perjudicarle. Seguía con la misma táctica con la que me había machacado casi desde el primer día, la de mostrarse como un tipo equilibrado, encantador, inteligente y responsable que trataba a su esposa como una reina. Con una sonrisa displicente, me disculpaba cada vez que hablaba, como si yo fuera una niña cuya opinión no importaba a nadie. Confieso que llegué a pensar que era así, a pesar de que siempre fui una excelente estudiante y acabé con el premio de honor una carrera que jamás ejercí.

                  Al salir del Juzgado, con la orden de protección denegada tal conforme pronosticó mi abogado, volví a ver aquella sonrisa displicente que me atravesó como el más afilado de los cuchillos. No le hizo falta decir nada para que yo me sintiera amenazada. Y ahora, además, tenía de nuevo los mandos de un juego que jamás perdería, unos mandos que nunca había dejado de tener. Solo él y yo sabíamos que eso era una amenaza, y que el juego era un juego mortal.

                  Estaba sola. Sola, con mis hijas. Sola, a pesar de todas las personas que, a mí alrededor, querían ayudarme y no sabían cómo. Sola con mi miedo y con mi angustia.

                  Trataba de todas las maneras posibles pasar página, como me decían una y otra vez. Pese a que sabía que él no acabaría olvidándose, que nunca me dejaría en paz y que empezar una nueva vida era imposible, quise creer que podía hacerlo, como me repetían hasta la saciedad. Incluso puse en práctica lo que el mismo demonio me decía en sus mensajes de whatsapp, que se repetían casi a diario. Trataba de disfrutar del tiempo que nos quedaba.

                  Es difícil imaginar para quien no haya pasado por ahí cómo se siente alguien con un temporizador controlando su vida. Es cómo yo me sentía. Cuando llevar al parque a mis hijas, pensaba que tenía que aprovechar el tiempo porque tal vez fuera nuestro único paseo por el parque. Y me pasaba lo mismo cuando las llevaba al colegio, a merendar o al cine. Se me encogía el alma al imaginar que podía tratarse de su última clase, su último cumpleaños o su última película. Y, por más que intentara disfrutarlo, era imposible

  • Mami, ¿no quieres jugar? ¿Por qué estás siempre triste?
  • No estoy triste hija. Solo un poco cansada.

                    Por el contrario que su padre, yo era una actriz pésima. No podía disimular el desasosiego que sentía, apuntalado por cada mensaje que recibía. Y, en consecuencia, mis hijas se agobiaban en mi compañía. Intentaba disimular mi angustia, pero era muy difícil

  • ¿Sabes qué, mami? –dijo de pronto mi hija mayor- Papá cada día está más divertido. Seguro que si lo conocieras ahora, volveríais a estar juntos
  • Nos lo ha dicho él –intervino la pequeña- Que seguro que ya no estabas enfadada con él y podríamos quedar los cuatro

                      Se me cayó el alma a los pies. Él estaba repitiendo con las niñas lo que hizo conmigo en su día. Estaba atrapada en el infierno, y él tenía la llave

“Sigue disfrutando de ellas. Será por poco tiempo”

                  Cuando las niñas volvían de las visitas con su padre, respiraba aliviada. Siempre temía que no regresaran. Y ellas no entendían nada. Las estaba atrapando en su tela de araña y yo no podía hacer nada para que se soltaran

  • Jo, mamá, no nos achuches tanto. Cualquier diría que no nos vas a ver más…

                       La frase de mi hija mayor fue una premonición. Aquel domingo, a las ocho de la noche, las niñas no llegaron. Tampoco llegaron a las ocho y media, ni a las nueve, ni a las diez. Cuando las agujas del reloj mostraron que ya era un nuevo día, seguían sin venir. Y a ese día siguió otro, y otro, y otro más. El había cumplido su amenaza.

                        Fui al juzgado a denunciar su desaparición, aunque era consciente de que no serviría para nada. Me atendió el mismo juez ante el que había solicitado la orden de protección unos meses antes. Su cara se descompuso al verme. Y, aunque intentaba disimular, no lo conseguía

  • Lo siento, de veras

                     Hice una mueca que quería ser una sonrisa. No tuve fuerzas para darle las gracias, ni mucho menos para decirle que si me hubiera hecho caso, no estaríamos así. No era más que un peón en el juego y con un jugador como él a los mandos, nadie podía hacer nada. Era la dolorosa lección que había aprendido.

                  Seguimos sin saber nada de mis hijas, ni de él, durante tres eternos meses. Hasta ayer mismo

                  La historia de Carolina me impresionó sobremanera. Había oído hablar de la violencia de género, de la violencia vicaria y de todo tipo de maltrato, incluso había escrito sobre ello por encargo del periódico en el que trabajaba. Pero no me había visto en la tesitura de enfrentarme al dolor cara a cara. Y el dolor me había traspasado hasta lo más hondo.

                  Carolina era poco más que una muerta viviente. A pesar de que todo el mundo mantenía la esperanza de que las niñas estuvieran a buen recaudo en cualquier país lejano junto a su padre, ella parecía darlas por muertas. Contaba las cosas con un tono neutro, como si estuviera hueca por dentro. Sin embargo, aquel tono dolía mucho más que cualquier grito o gemido

  • No las volveré a ver. Ni yo ni nadie

                  El último mensaje había sido demoledor para ella, aunque continuaba siendo tan poco explícito como el resto

“ Espero que disfrutaras de ella cuando pudiste”

                  Yo quise consolarla diciéndole que la existencia de un mensaje después de tanto tiempo era una buena noticia. Al menos, él no se había matado arrastrando a las niñas con él, como habían hecho otros malditos machistas. Pero ella no lo veía así

  • Están muertas. Lo sé.

                    Ha pasado ya un año desde que desparecieron. Nadie las ha encontrado, ni vivas ni muertas. Tampoco ha dado nadie con el paradero se su padre, a pesar de que mi artículo con la petición de ayuda de esta madre desesperada fue el más leído del periódico en toda su historia.