Identificación: las generales de la ley


                La identidad es una de las primeras cosas que adquirimos las personas, por no decir la primera. Nada más nacemos, ya se nos conoce con un nombre, una filiación y unos datos que marcarán nuestro futuro, algunos de los cuales persistirán y otros irán cambiando. Saber quién es una misma, y cómo lo perciben los demás, ha dado para más de una obra de ficción, aunque sea basada en hechos reales, La protagonista de Comer, rezar, amar se pasa la película tratando de encontrarse a sí misma, y más de uno y de una se preguntan ¿Quién soy yo? constantemente, y si no, se hacen preguntas como ¿Quién conoce a Joe Black? ¿Quién es el culpable? O ¿Quién es esa chica?. Y es que las cosas no son tan fáciles como parece, que se puede tener una Identidad oculta o hasta una Identidad borrada.

                En nuestro teatro una de las primeras cosas que hay que tener claro de quien actúa en él, sea protagonista o secundario, fijo o eventual, es su identidad. Y, aunque parece sencillo, a veces no lo es tanto, porque no siempre hay colaboración cuando de imputados, investigados, sospechosos o acusados de trata. Cualquier que haya pasado por Toguilandia lo sabe bien.

                En los juicios siempre se empieza haciendo a quienes declaran unas preguntas cuya denominación llama poderosamente la atención a quienes no frecuenta nuestro mundo. Las llamamos las generales de la ley, y no son unas señoras militares que vengan a imponernos la legalidad vigente a cualquier precio, sino algo mucho más sencillo. Es, ni más ni menos, que la identificación y unas cuantas advertencias, aunque ya sabemos que aquí a todo le damos nombres extraños.

                En cuanto a la identificación de los presuntos culpables –o culpables sin presunción, cuando ya se les ha juzgado- hay muchas anécdotas curiosas. Ya dedicamos en su día un estreno a los nombres, pero queda todavía mucha tela que cortar.

                Una de las cosas más cómodas que le pueden ocurrir a un delincuente es tener un hermano gemelo. Correlativamente, una de las peores cosas que le pueden suceder a una buena persona, es tener un hermano gemelo delincuente. Me explico: el habitual del lado oscuro de Toguilandia que se encuentra en ese caso suele sucumbir a la tentación de dar el nombre de su hermano para evitar el riesgo de la reincidencia. Aunque tal vez lo haga por proporcionarle una experiencia nueva, que no hay que ser mal pensada.

                También puede ocurrir que ambos sean habituales del lado oscuro, y se dediquen a marear al personal, lo que a veces se hace extensivo a primos de edad y características parecidas. A propósito de ello, tuve un caso que no olvidare nunca, Se trataba de hermanos que, al ser gemelos univitelinos, tenían el mismo ADN, cosa que ambos conocían por su florido historial delictivo. Los dos se vieron envueltos en un turbio asunto de una pelea donde murió una persona, entre cuyas ropas se encontraron restos del ADN compartido. Por supuesto, para exculparse se culpaban recíprocamente, y la cosa hubiera podido quedar en una absolución de no ser porque apareció un testigo que desde una ventana había visto a dos personas de similar envergadura física pelearse con la víctima, así que fueron finalmente condenados ambos.

                Pero no siempre hay tantas reticencias a la hora de identificarse. A veces, a pesar de que se colabora dando todos los datos, acabamos teniendo problemas con las grafías extranjeras e incluso el orden de nombre y apellidos. No es extraño el caso de una misma persona con diversos nombres en los que cambia una letra, y que pueden acabar eludiendo la reincidencia porque tienen varias hojas de antecedentes distintas. Nunca sabremos si estos errores son casuales o vienen incentivados por el afectado. Pero también hay que decir que en muchos casos nos damos cuenta, que para algo reza el dicho que la Policía no es tonta.

                Lo de la documentación es otro cantar. Si me dieran un euro por cada uno o una que ha perdido su documentación, se la han robado, ha desparecido o se la ha dejado en el sitio más insospechado, sería rica. Recuerdo que en los primeros tiempos de mi carrera se puso de moda entre la población delincuente de la zona donde trabajaba decir que la documentación se la habían dejado en Egea de los Caballeros, Zaragoza, aunque nadie me explicaba por qué allí y no en ningún otro sitio. Desde entonces, cada vez que oigo hablar de esa población me la imagino con un depósito enorme de documentaciones.. Espero que algún día pueda solucionar el enigma, que ni Iker Jiménez ha sabido resolver.

                Por otro lado, no solo han de identificarse quienes comparecen como investigados,. Los testigos también han de dar cumplida cuenta de sus datos personales, salvo que se trate de un excepcional caso de protección de testigos, que los hay. No obstante, que nadie piense que ocurre como en las películas americanas en que hay un programa de protección de testigos en que te dan una identidad nueva y una nueva vida, con su casa, su trabajo y todo, que aquí, de eso. nada, Nuestras piezas de protección de testigos son mucho más modestas, y se limitan a tomar las medidas para que no se conozca su identidad ni demás datos. Algo que, más de una vez, resulta francamente difícil. Recuerdo un caso en que la testigo protegida era la ex novia de uno de los acusados, y lo que sabía era por razón de esa relación. ¿Cómo preguntarle en el juicio si no pude explicar por qué sabe lo qué sabe o qué hacía en el lugar de los hechos o con el culpable? Pues eso. Algo a lo que podríamos dedicar un estreno entero. O varios.

                Aparte de esos casos, lo normal es que todo discurra plácidamente, aunque siempre hay alguna cosa pintoresca en ese trámite. Cuando quienes deponen –o sea, declaran, que menuda manía tenemos de usar verbos con connotaciones escatológicas- son testigos que, como los policías o médicos forenses, son personajes habituales de nuestro escenario, se les dice algo así como que no se le informa de las generales de la ley por conocerlas. Y es así. Saben que han de identificarse, que decir verdad y que si no lo hacen pueden incurrir en delito de falso testimonio. Y hasta ahí todo correcto. Pero nos podemos encontrar con algún espontáneo que quiera intervenir, como me pasó a mí en un juicio con un testigo que ya había declarado y se había quedado dentro de la sala a ver el resto del juicio. El testigo en cuestión se levantó muy enfadado diciendo que a ver por qué a los policías no les decían eso de que podían ir a la cárcel si mentían, y a él sí. Y a ver quien es la guapa que le explica que eso va dentro de eso que llamamos “las generales de la ley”. Y es que ese uso del lenguaje de nuestra secta trae esas consecuencias.

                Así que hasta aquí el estreno de hoy. El aplauso se lo dedicaré a todas esas personas anónimas que pasan por Toguilandia y nos lo ponen todo fácil. Que, más de una vez, con las prisas y la costumbre se nos olvida darles un simple gracias. Aquí queda dicho

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