Raimunda: una medalla distinta


Hoy nuestro escenario se viste de gala para hacer algo a petición del público: publicar el relato con el que gané el tercer premio del concurso de narrativas del ICAV (ilustre Colegio de Abogados de Valencia), titulado “Raimunda”

Dedicado con todo mi cariño a todas las personas que trabajan en Justicia y, muy especialmente, a abogados y abogadas de oficio

Y, como siempre, a mi padre

                RAIMUNDA

-¿Nombre?

-Raimunda

-¿Cómo Raimundo Amador, el cantante?

-No. Como Raimundo de Peñafort, el jurista

         Siempre la misma historia. Durante una época, no había vez que me identificara en que alguien no me hiciera la dichosa preguntita como una gracia. Y no había vez tampoco en que yo no respondiera del mismo modo, sin ánimo de hacer gracia alguna, a pesar de lo que la gente creyera. Es algo que me venía a la cabeza en cada ocasión en que, como hoy, tengo que inscribirme en algún listado más o menos oficial. Y esta vez, tan especial para mí no podía ser menos, del mismo modo que no podía, aunque quisiera, evitar que mi mente volara a un pasado no tan lejano.

 Mi nombre, por extraño que pareciera en un entorno como el mío, era un homenaje a San Raimundo de Peñafort. Algo que solo podía entenderse si se conocían los detalles de mi historia.

         La verdad es que mi nacimiento no pudo ser más pintoresco. Y, aunque, por razones obvias, yo no estoy en condiciones de recordarlo, puedo hacerme cargo de lo que supuso. Incluso a veces sueño con ese episodio, como si lo hubiera vivido como una espectadora en lugar de como la protagonista.

         Según parece, yo tenía mucha prisa por nacer. Mi madre ya se lo advirtió a los policías que acababan de detenerla por llevarse unas cuantas prendas de un centro comercial sin pasar por caja. Ellos creyeron que se trataba de una de sus artimañas habituales y la ignoraron a ella, y a la panza de ocho meses en la que yo me removía inquieta.

         Así que, sin hacer ningún caso a los gritos de mi madre, que aseguraba tener contracciones de inminente parto, la subieron en el furgón y la llevaron hasta el juzgado de guardia. Fue allí donde se empezaron a asustar al ver que la cara de mi madre se desencajaba más por momentos, e hicieron lo que mejor creyeron, no tanto para mí madre sino para ellos mismos: la llevaron de inmediato a disposición de la jueza de guardia.

         A la pobre mujer casi le da un colapso de ver en qué estado traían a mi madre detenida. El momento del nacimiento era tan evidente que, según he oído contar, una de las policías que la custodiaba dijo que había visto mi cabeza asomar desde el primer momento.

         No debió equivocarse mucho porque, antes de que le leyeran por completo sus derechos -que, por otra parte, ella se sabía de memoria por la cantidad de veces que los había escuchado-, ya se había recostado en una de las sillas, con contracciones que la partían en dos

-Que viene, que viene- se interrumpió para jadear varias veces-Se lo juro, mi Señorita.

-Soy Su Señoría, recuerde. Su Se-ño-rí-a

-Pues eso. Se lo juro, Su Señoría.

La jueza no dudó de ella. Probablemente, el hecho de que ya tuviera dos niñas y otra en camino le ayudó a distinguir los dolores de parto del mero fingimiento. De hecho, dicen que la Juez se puso todavía más pálida que mi madre

-Llamen a la ambulancia inmediatamente -grito- Y, mientras tanto, hagan el favor de avisar al forense de guardia. Que venga cagando leches… ummm-quiso corregirse- Perdón, que venga ya, quería decir

-Que cague leche o lo que quiera, pero que venga, joder -mi madre, genio y figura, gritaba entre una contracción y otra- Que venga ya, mi Señorita.

         Esta vez ya ni se molestó en corregirla. La situación era desesperada. El forense no llegaba y los policías -un hombre y una mujer- que custodiaban a mi madre parecían haberse convertido en estatuas de sal.

-Venga, échenme una mano mientras llega alguien -dijo la juez tratando de recostarla como podía- Este niño parece llevar mucha prisa

-Ni..ña -corrigió mi madre entre jadeos- Es niña

Lo era, sin duda. Niña, precipitada y llorona como pocas. Mis prisas en nacer eran tales que cuando apareció el forense, la juez ya sostenía mi cabecita. Al menos, llegó a tiempo de cortar el cordón umbilical de un modo higiénico, mientras la juez, que ya se había hecho con la situación, me envolvía con su toga, lo único que tenía a mano para taparme.

-Pues nada, dicen que el fin justifica los medios. Y que esta niñita esté bien tapada justifica que me quede sin mi toga como me quedé sin abuela. Ni las puñetas se salvan -rezongaba la juez para sí, según me contaron- Pero ha merecido la pena, sin duda.

No quedó otra opción que llamarme Raimunda. La juez se negó a que me pusieran su nombre, por más que mi madre se empeñó, no sabía si por vergüenza, por modestia o por discreción, aunque más tarde descubrí la razón. La pobre se llamaba Eduvigis, nombre con el que cargaba con la mayor dignidad posible, pero que no quería perpetuar de ninguna de las maneras.

-Ni hablar de eso, No le he puesto mi nombre a mis hijas ni he permitido que se lo pongan a mis sobrinas, mucho menos se lo va a poner a la suya. Déjese de bobadas

´-Como quiera, mi Señorita

´-Su Señoría

-Pues Su Señoría, pero dígame al menos quien es su patrona. Alguna Virgen tendrán los picapleitos, digo yo

-Pues -la juez se quedó pensando- no sé de ninguna Virgen, la verdad, Lo que sí recuerdo, desde los tiempos de la facultad, es que el patrón es San Raimundo de Peñafort

-Pues, sea

Por fin había llegado la ambulancia y se llevaron a mi madre antes de que la Juez pudiera decir nada. Sin quererlo, acababa de darme nombre. A partir de ese momento, fue Raimunda. Incluso antes de bautizarme ni de inscribirme en el Registro Civil, mi madre ya me llamaba Raimunda. Ni Rai, ni Mundi, ni ningún diminutivo. Raimunda, con todas las letras. Como le decía la gente, mucho nombre para una niña tan chica.

La vida de mi madre, según me contaron más tarde, no cambió gran cosa. Aunque justo después de nacer yo parece que hizo propósito de enmienda y quería cambiar de vida, pronto olvidó tal propósito. O quizás no tuvo otro remedio que olvidarlo. El caso es que, en cuanto fui capaz de dar un paso seguido de otro sin caerme al suelo, comencé a acompañarla en lo que ella llamaba “sus compras”. Lo recuerdo como algo divertido porque íbamos a tiendas muy bonitas y de pronto ella decía “Raimunda, corre” y yo corría todo lo que podía hasta perder de vista a quienes querían darnos alcance. Normalmente eran señores uniformados que, con el correr del tiempo, he sabido que eran vigilantes de seguridad, pero ella lo contaba todo a su modo

-Son los malos, Raimunda, los malos. Por eso escapamos de ellos. No quieren que mamá se lleve a casa lo que ha comprado.

Conforme fui cumpliendo años, comprendí que la naturaleza de las compras de mi madre no era trigo limpio. Al principio, cuando empecé a ir al colegio, echaba de menos las correrías con ella, pero, en cuanto fui consciente de lo que ocurría, empecé a rechazarla. Ahora sé que a ella le dolía, pero entonces era incapaz de procesar toda aquella información. Una información que, además, se mezclaba con hombres que entraban y salían de nuestra casa con cierta frecuencia. A mi madre no le gustaba vivir sin pareja, y las que se buscaba eran a cada cual peor. Ni uno solo me gustó, aunque, en honor a la verdad, he de reconocer que ninguno se portó mal conmigo. Tampoco se portó ninguno bien, pero, visto lo visto, me podía dar con un canto en los dientes. Con la pátina del tiempo, creo que más de uno de aquellos tipos cuyo nombre ni siquiera recuerdo le pegaba, pero mi mente ha borrado esos episodios hasta hacerlos transparentes. Solo recuerdo gritos y más gritos y, de repente, un clic de desconexión. Tal vez algún día recupere esos retazos de mi vida, o tal vez queden escondidos para siempre. De momento, me conformo con que permanezcan al margen de mis sueños y no los conviertan en pesadillas.

Los Servicios Sociales visitaban con frecuencia nuestra casa, un piso casi en ruinas que nos había prestado una tía de mi madre mientras esperaba a poderlo vender. Era una cochambre, pero era, al menos, un techo donde resguardarse, una cama donde dormir y una mesa donde se podía comer, cuando teníamos la suerte de que hubiera comida.

 La mitad de los días yo no llegaba a tiempo al colegio, a pesar de que me gustaba mucho ir, y que era de las mejores estudiantes de la clase, por no decir la mejor, Pero mi madre no siempre me llevaba, o no siempre me llevaba en el momento en que debía hacerlo. Por no hablar de los deberes: ni una sola vez la recuerdo ayudarme a hacerlos. Aunque ahora ni siquiera sabría afirmar a ciencia cierta si sabía leer y escribir. La trabajadora social no dejaba de recriminarle la falta de implicación en mis estudios, y entonces ella lloraba y a mí me daba una pena horrible porque pensaba que estaba triste por mi culpa. Solo era una niña.

Fue en una de aquellas visitas cuando me enteré de lo que le pasaba a mi madre. Aquel día, cuando volví del colegio -ya era mayor para andar las dos manzanas de distancia sola- me encontré la puerta abierta y mi madre en el suelo. Tenía los ojos en blanco y una jeringuilla clavada en el antebrazo. Llamé a una vecina, lo único que se me ocurrió hacer. Por fortuna ella, que más de una noche se había quedado conmigo, se hizo cargo de la situación. Yo estaba tan impresionada que mi mente desconectó por un buen rato, y no soy capaz de recordar quien ni cómo se la llevaron, ni tampoco cómo me trasladaron a mí a mi nuevo hogar.

Ese mismo día me llevaron al centro de protección de menores. Aunque en ese momento lloré y pataleé, fue providencial para mi vida. Tanto, que a veces he pensado que mi madre fue quien provocó la situación para que me llevaran allí. Mi vida comenzó a tener un orden como nunca había conocido y la alumna espabilada que apuntaba maneras pronto pasó a ser una estudiante brillante. Cada día olvidaba a mi madre un poco más, y su recuerdo se desdibujaba de mi mente a velocidades considerables.

Ella se recuperó de aquella crisis. Tras varios meses de hospitalización, salió a la calle limpia y con un tratamiento que estaba dispuesta a seguir a rajatabla. Cuando me anunciaron que mi mamá se había puesto bien, me invadieron sentimientos contradictorios, y un nerviosismo que no se calmó hasta que me explicaron que, de momento, solo vendría a visitarme de vez en cuando y que con el tiempo ya se vería si me podía volver a vivir con ella. Me entraron escalofríos solo de pensar en esa posibilidad.

Me sentí fatal, porque no tenía ningunas ganas de que aquello ocurriera. Lo de verla estaría bien, pero nada más. Además, ya hacía tiempo que había oído a unas educadoras hablar a mis espaldas de que era una pena que mi madre viviera, porque de otro modo me podría adoptar una familia de verdad. Aquello de “familia de verdad” me traspasó el alma. Yo quería una de esas con todas mis fuerzas, pero, por otro lado, me sentía como una traidora a mi madre con solo pensarlo. Había noches que no dormía ni un minuto dando vueltas a esa idea.

Llegó un momento en que pasaba algunos fines de semana con mi madre y, aunque ella parecía estar muy feliz a mi lado, yo no acababa de acoplarme. Trataba de disimular, pero no veía el momento de volver a mi vida ordenada y rutinaria en el centro. Y, por las noches, soñaba con esa “familia de verdad” de la que me hablaban tanto.

No sé si mi madre supo a ciencia cierta cómo me sentía, pero estoy segura de que de algún modo se dio cuenta. Por eso se dejó coger en aquel hurto tan tonto, y por eso, además, hizo algo que no había hecho nunca: insultó y pateó a los policías que la detuvieron. Me imagino que quería asegurarse una condena que la enviara definitivamente a prisión -ya había estado en varias ocasiones- y supusiera para mí la oportunidad de una nueva vida.

Mis sospechas se confirmaron el día que, unos meses más tarde, la educadora social me dijo, con mucha delicadeza, que mi madre se había marchado para siempre. No me explicó cómo había sido pero lo que escuché detrás de una puerta ratificó lo que ya me imaginaba: mi madre se había quitado la vida. En ese mismo instante supe que se quitó de en medio para dejarme vía libre a mí y a una vida distinta. Y me juré a mi misma que su sacrificio no sería en balde.

La familia de verdad no tardó en llegar. Tras una temporada viviendo con ellos, la situación se volvió definitiva y me preguntaron si quería tener su mismo apellido, ser su hija a todos los efectos, Nada deseaba más en el mundo, aunque la sombra de mi madre era alargada, como el título de aquel libro que me habían hecho leer en el colegio. Mi nueva madre me leyó el pensamiento y me lo puso fácil

-Raimunda, ella siempre estará en ti. Estoy segura que desde el cielo estará orgullosa de verte tan guapa y tan aplicada.

-Y… ¿no he de cambiarme el nombre?

-No, si tú no quieres. Seguirás siendo Raimunda, pero llevarás nuestros apellidos.

Hace mucho tiempo de aquello, pero todavía recuerdo muchas cosas como si acabaran de pasar ahora mismo. Mi nueva familia se esforzó en hacerme la vida agradable, y lo consiguió, sin duda, Yo, por mi parte, no necesité esforzarme demasiado en ser la hija que siempre habían querido.

 Un año antes de lo esperado, acababa la carrera de Derecho con las mejores notas. Varios despachos importantes pugnaban por ficharme, pero a mí aquello no me interesaba

-Querrás hacer oposiciones ¿no? Con tu capacidad, puedes ser notaria o registradora de la propiedad. O, si lo prefieres, jueza o fiscal. ¿Ya has decidido?

-Desde luego. Lo tengo claro desde hace mucho tiempo.

Ayer me inscribía, después de hacer los cursos de capacitación y cumplir todas las formalidades burocráticas, en el turno de oficio. Quería dedicarme profesionalmente a atender a mujeres como mi madre, quería darles las oportunidades que ella nunca tuvo. Ahí es donde volví a oír la pregunta se siempre, la pregunta que fue una constante en mi vida.-¿Nombre?

-Raimunda

-¿Raimunda? ¿como el de Peñafort?

-Bueno… Más bien como Raimundo Amador, el cantante.

Desde donde quiera que estuviese, mi madre me miró y me guiñó un ojo. Y yo, cómo no, le devolví el guiño con mi mejor sonrisa

2 pensamientos en “Raimunda: una medalla distinta

  1. Qué preciosidad de relato. El sentido del humor adorna una dura realidad que conozco de cerca por mi experiencia profesional en el ámbito sanitario. Ojalá que ocurriera con más frecuencia ese final tan grato. Enhorabuena!

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