Nombres: marcados por el destino


bautizo

Aunque no lo parezca, el nombre que nos ponen al nacer puede marcar la vida, para bien o para mal. Un nombre inadecuado puede dificultar una carrera artística, como le decían a la protagonista de Ha nacido una estrella
para obligarla a cambiarlo. Y es que sea el de verdad, el artístico o cualquier otro, es una cuestión importante. Tanto que hasta forma parte de algunos títulos. En el nombre del padre, Todos los nombres o El nombre de la rosa son buen ejemplo de ello.
De estas cosas sabemos mucho en nuestro teatro. Además de los alias, a los que ya dedicamos un estreno, tanto en nuestra vida toguitaconada común como en la que desarrollamos en el ámbito del Registro Civil, nos encontramos con anécdotas para dar y regalar.
Alguna vez he contado que a punto estuve de tener a mi hija, toga en ristre, en el camino que mediaba entre Fiscalía y la Audiencia Provincial. Y no sé por qué, en ese momento me dio por pensar que si nacía allí mismo y tenía que arroparla con la toga, no me quedaría otra que llamarla Raimunda. Menos mal que pude reponerme y tenerla en el hospital al día siguiente. Por supuesto, tras haber celebrado la sesión de juicios en Sala. Acabáramos.
Pero, como decía, hay nombres que marcan. Que un acusado se llame Cárcel de apellido, tiene su aquel, como lo tiene, por el contrario, llamarse Inocencio. También recuerdo un Prudencio acusado del entonces delito de imprudencia temeraria, como si fuera un chiste del colmo de los colmos. Y me cuentan de un habitual de los juzgados que se apellida Justicia Palacios, como si sus padres al juntarse hubieran tenido una premonición que ni Nostradamus Y me viene a la memoria una guardia hace mucho tiempo en que, decidido un coimputado a cantar La Traviata, djo que el autor había sido su compañero Angel Bueno. Y añadió, muy serio, que de bueno no tenía nada, y de ángel menos.
Al otro lado de estrados también se ven cosas curiosas. Me cuenta una compañera de una juez con apellidos Herencia Malpartida, que ya es. Y también sé de señorias que se llaman Justos o Justinas, algo que parece que determinó su destino desde la pila.
Por su parte, las modas y lo que se ve en películas y series tiene su influencia directa en este tema. Recuerdo en mi primera época de fiscal que empezaban a aparecer en las causas las Demelsas, Cristal, Rubí o Davinias, de series como Poldark o La Fundación o de culebrones eternos. Ahora me dicen que abundan las Shakiras, y hasta una Khalessi. Aunque respecto a esta última, comparto la reflexión de una compañera, que manifestaba su justa indignación porque no le hubieran puesto Daenerys de la Tormenta, como está mandado, que lo de Khalessi ya llegaría.
Las modas hacen que la gente marque para siempre a sus retoños con nombres como María del Cisne, que debió ser lo más en una temporada, aunque tiene el riesgo de comprobar si el cisne quedó en Patito Feo y no al revés.
Y es que pocos sitios como el Registro Civil para comprobar que a padres y madres es, a veces, para matarlos o poco menos. Todavía me acuerdo cuando vi la primera denegación de inscripción de un nombre, el de Skylab que pretendían los padres, y que el encargado del Registro se negó a inscribir por “extravagante, propio de un laboratorio espacial pero no de una persona”. Quizá ese mismo criterio de sensatez debieron haber tenido quienes consintieron que existiera un Alonso Alonso Alonso, Segundo Tercero o Melodía Barata, nombres todos ellos reales y que dicen mucho –y no demasiado bueno- de los padres al encajar el patronímico con el apellido que ya venía de serie. Y, otras veces, sin necesidad de apellidos curiosos, le atizan al niños un Lenin o Stalin que pobre de él como decidiera afiliarse a un partido de derechas.
Otras veces, es la suerte la que juega esas pasadas. Como la de un matrimonio en que los cónyuges se apellidaban, respectivamente, Oliva y Aceituno, tal como suena. O la de los que ostentan un apellido foráneo que aquí suena, cuanto menos, hilarante, como Kitemoko Panda, o Karamoko, de quienes llamarlos en la puerta de estrados es todo un momentazo, como cuentan otras compañeras. O el de Mohamed Chichi, o Yousef Tirititaum que, como dice un compañero , no se sabe si tiene frío o es fan del flamenco. Y otro patronímico curioso del que me llega noticia es el de un tal sr. Triki, que hacía que, cuando era llamado, la gente esperara la aparición del monstruo de las galletas recién llegado de Barrio Sésamo.
Verdaderos casos de mala suerte son los de una mujer apellidada Pendón, que denunciaba pintadas en su puerta con la palabra “puta” o el de un hombre apellidado Preguntegui Dudagoitia. Pero para colmo de los colmos, el de una funcionaria de la Generalitat catalana que, en estos tiempos que corren, carga con el nombre –no apellido- de María España.
Pero estas cuestiones pintorescas no son siempre culpa de los padres o del azar. A veces, la actuación de los propios afectados es la que crea la anécdota. Como un señor que, decidido a cambiar su nombre , Cojoncio, por otro, escogió el de Tiburcio para el cambio. O el de otro hombre, de nombre y apellido muy normal, que pretendía hacer valer su filiación respecto de alguien que, precisamente regentaba un bar llamado “El Pichina”. Y lo más curioso, un tal señor García que solicitaba ser “García de Valladolid” porque, obviamente, era pucelano, y no se conformaba con ser un García cualquiera.
Así que ahí queda eso, que Toguilandia da para mucho en lo que a nombres se refiere. Pero como este estreno no hubiera sido posible si mis compis que me han proporcionado estas anécdotas, el aplauso es hoy para ellos. En mi nombre y en el de quienes me lean, por supuesto. Mil gracias

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