Neuras: el síndrome de la panadería


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Hay cosas que dejan huella, sin duda. Y no siempre se trata de Algo para recordar, ni de Recuerdos maravillosos. Las huellas, a veces, consisten en un trauma o, al menos, en cosas que te dejan marcada para siempre. Y cualquier día, te encuentras saltando las rayas de los adoquines como el Jack Nicholson de Mejor imposible. Y si es así, todo en orden, siempre y cuando no lleguemos a emularlo hacha en mano en El Resplandor.

En este espacio toguitaconado hablamos sin parar de jueces y fiscales  -y menos, pero también, de LAJs , esos grandes desconocidos-, pero pocas veces nos entretenemos en saber el precio de llegar hasta aquí, el tributo satisfecho y, lo que es peor, los que quedan en el camino. Ya abordamos el esfuerzo que cuesta, y el tesón  necesario para alcanzar la meta. Pero quedan cosas por contar. Y me parecía justo hablar sobre ello.

Ya he contado otras veces que una de las secuelas que arrastro de mi ya lejano tiempo de opositora es la visita nocturna del ordenamiento jurídico dispuesto a aplastarme sin piedad. Aunque aun no lo ha logrado, todavía me despierto muchas noches con sudores fríos temiendo que semejante monstruo acabe conmigo. Y esto es solo un ejemplo. Tengo una compañera que no puede soportar ver en una película las rimbobantes puertas verdes y doradas de las salas del Tribunal Supremo donde nos examinábamos sin que le entren ganas de vomitar, y también hay quien ha desarrollado una fobia terrible a los cronómetros tras tantas horas de cantar temas amenazados por esos segundos traidores. Por no hablar de las manías que heredamos de aquellos tiempos, y con las que seguimos, en muchos casos inconscientemente, como la necesidad de escribir con un bolígrafo de punta fina con la que yo continúo guerreando, o la de tener un rotulador de determinado color o una regla para subrayar. Taras absurdas y aparentemente inofensivas que darían un buen tema a una tesis doctoral en psiquiatría.

Mientras estudiaba, alguien me dijo que todo iba bien mientras no cayera en la neura de los autobuses y las matrículas. Cuando me explicaron en qué consistía, me quedé consternada: ya era tarde para mí, al parecer. Consistía, ni más ni menos, en andar por la calle mirando los números de tales vehículos y comprobando que ese número de tema estaba bien anclado –o no- en mi cabeza. Horroroso. Y también estaban los dichosos consejos o trucos supuestamente infalibles con los que los temas se fijarían indeleblemente en nuestros cerebros, desde grabarlos y escucharlos en el coche, o por la calle, hasta ponérselos debajo de la almohada. Nada de nada, pero lo bien cierto es que, durante esos espantosos años, me he levantado innumerables veces de la cama sobresaltada porque algún artículo del Código Penal o Civil había huido de mi cabeza. Verdad verdadera.

Pero quizás la peor de las cuitas del opositor es lo que llamo el síndrome de la panadería, que le persigue durante todo el tiempo de estudio y aún después. No es ni más ni menos que esa frase aparentemente inocente que nuestra madre, o cualquier otro ser cercano, escucha en la cola del pan, y que nos trae a casa para amargarnos la existencia. “Fulanita dice que su vecino aprobó la oposición en seis meses”, “Menganita me ha contado que hay un preparador con el que nunca nadie ha suspendido” “Perenganito cuenta que no van a salir plazas en seis años” “Sotanito me ha dicho que si no tienes un buen enchufe te olvides, que la prima de su cuñada aprobó sin estudiar solo porque conocía a alguien muy importante”. Y, pan en ristre, espetan cualquiera de estas sentencias, u otras peores, y te dejan hundida en la miseria para horas. Y cuantas más horas desaprovechadas, menos temas aprendidos, ya se sabe. Pero es inevitable. Nadie se sustrae al síndrome de la panadería, que sigue y sigue incluso cuando ya se ha superado la oposición. Porque incluso en el momento de la elección -¿juez o fiscal?- parece pesar lo que puedan presumir tus padres en la panadería o en el súper. Y ahí, lamentablemente, perdemos los fiscales. Porque al público en general, le parece más importante y mucho mejor ser juez que fiscal. Faltaría más. Sospecho que más de uno y una hizo una elección incorrecta por esta razón u otra parecida.

Pero, bueno, si ha llegado ese momento, se supera el síndrome y mil que vinieran. Es un momento mágico, un momento en que crees que has vencido al mundo, el día D Y es un momento que deberíamos recordar con más frecuencia, siempre que el desasosiego, la desilusión o el desencanto nos vienen a visitar en nuestro trabajo. Aunque fuera solo por todos aquellos que, mereciéndoselo como el que más, se han quedado en el camino.

Hoy, más que nunca, creía oportuno contar todas estas cosas. Hay cosas que ponen en solfa la oposición y a quienes opositamos y arrojan la sombra de la duda sobre el proceso. Y después de todo lo que ha pasado tanta gente, de lo que siguen pasando y lo que está por venir, es terrible que la sombra de una injusticia nos salpique. Por eso, utilizo las tablas de este escenario para reivindicar la transparencia y que no haya ni sombra de opacidad. Déjennos que podamos confiar en el sistema. Seguro que no hace falta que diga más, porque a buen entendedor, ya se sabe.

Por todo ello, vaya desde aquí mi homenaje en forma de aplauso a todas las personas que tienen el coraje de seguir intentándolo. A quienes cada noticia de un posible cambio legislativo les oprime el estómago, a quienes se angustian mirando el número de los autobuses, a quienes están desarrollando fobias al cronómetro o alimentando una adicción eterna a los rotuladores fosforitos.

Yo me voy a buscar mi bolígrafo de punta fina no vaya a ser que si no lo encuentro, vuelva a por mi el ordenamiento jurídico esta noche. Que nunca se sabe.

 

 

 

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2 pensamientos en “Neuras: el síndrome de la panadería

  1. Me vienen tantas cosas a la cabeza…Pero solo quiero dirigirme a los que, como yo, no superaron la oposición: chavales, es muy duro pero no sois unos fracasados. Habéis aprendido tal cantidad de materia que os va a servir, sea lo que sea lo que hagáis. Y quizás más importante: habéis adquirido una disciplina de trabajo y de esfuerzo que os ayudará en todo lo que intentéis. Os hablo por experiencia personal. Así que, repito, de fracasados nada de nada…

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  2. Es muy dura e incomprendida la vida del opositor. Realmente admiro a la gente que es capaz de resistir e incluso superar los miedos, las dificultades, los consejos de amigos y familiares. Yo lo reconozco, no puede superar la ansiedad y el estrés. Por eso, les admiro aun más. Enhorabuena por no tirar la toalla y conseguirlo.

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