JUECES: LOS IMPRESCINDIBLES


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            Pocas cosas hay más difíciles para una fiscal que se precie que hablar sobre los jueces. Siendo sincera, claro, más allá de lugares comunes y de las sempiternas rivalidades entre nuestras dos carreras, que llamamos “hermanas” no sé muy bien si por lo fraternal de nuestra relación o por las continuas disputas como ocurre con todos los hermanos del mundo. Pero como todos los hermanos del mundo, condenados a entenderse y profesándose mucho más cariño que el que están dispuestos a admitir.

           En este gran teatro de la justicia, el juez es, desde luego, el personaje más imprescindible. Ese invitado de lujo sin el cual la representación carece de sentido. Porque, huelga decirlo, sin jueces no hay justicia como no hay mañana sin sol ni noche sin luna.

           Ser juez es muy difícil, que nadie se lleve a engaño. Supone aprobar una dura oposición, ya lo he dicho muchas veces, pero no sólo eso. Hay que dedicar tiempo, una buena dosis de sentido común y una paciencia infinita. Y es que, aunque lo desearían, no les dan una bola de cristal para adivinar qué es lo que ha pasado, ni una varita mágica para solucionarlo. Es más, como se están poniendo las cosas, a veces no les dan ni un triste post-it, o un bolígrafo, para hacer su trabajo. Y de tecnología, ni hablamos. Un ordenador del Pleistoceno en su despacho, y va que vuela. Que para una vez que les dieron unos modestos portátiles les piden después que los devuelvan.

           Y eso es lo que hay. Los jueces se enfrentan a los más variados problemas con la obligación de resolverlos. Desde las peleas de vecinos que dejarían en nada las de las series de televisión, hasta los más alambicados casos de ingeniería financiera, desde la delincuencia de guante blanco hasta los crímenes más sangrientos, desde el despido de un trabajador al desmantelamiento de una gran empresa, desde una multa de tráfico hasta la anulación de la más compleja de las disposiciones legales. La vida en sus manos, en sus múltiples facetas. Y la opinión pública siempre pendiente de sus actos.

            Porque quizás una de las peores cosas de ser juez es eso de andar siempre “en el candelero”, como dijo una famosilla en su día. Y ahí les llevamos ventaja los colegas de toga de la carrera hermana que, al menos hasta hace bien poco, éramos casi invisibles, y cargaban ellos con todas las culpas del sistema, que no son pocas. A bregar día tras día con el sambenito de que la justicia es lenta, cuando hay millares de asuntos que se resuelven de inmediato en la guardia. A aguantar constantemente eso de que para la justicia no todos son iguales cuando, en la mayoría de asuntos, ni siquiera saben de qué pie cojean fuera del procedimiento los afectados, si es que cojean de alguno. Y a soportar las críticas porque cobran un gran sueldo y trabajan poco, cuando desconocen que de gran sueldo nada, y que muchos se dejan las horas en la guardia por una cantidad de dinero a la hora inferior a la que por esa misma hora cobra quien tenga que encargarse de sus hijos en su ausencia.

              Y por si fuera poco, a aguantar sobre sus hombros el peso de las leyendas urbanas. Por un lado, que si la justicia está politizada, cuando, en todo caso, lo que está politizado es el Consejo General del Poder Judicial, y no los jueces a los que, desde su respectivo juzgado, tanto les da a quién vote el denunciado de turno. Y de otro, la consabida historia de los jueces estrella, como si los magistrados aspiraran a la alfombra roja en lugar de la negra y triste toga. Por supuesto, que de todo hay en la viña del Señor, y divas y divos no nos iban a faltar en nuestro gran teatro, pero aquí como en todas partes, hablemos de médicos, de electricistas, de empresarios o de charcuteros.

              El juez, nuestro personaje de hoy, trabaja y mucho. Y trabaja bien, sin olvidar que cuando no lo hace tan bien o tan rápido como quisiéramos, es más por culpa de quienes no les ponen medios, les escamotean personal, o les obligan a sustituirse entre ellos, que de ellos mismos. Así que, desde aquí, mi Oscar ya lo tienen. Y como digo siempre, ánimo, y arriba las togas.

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3 pensamientos en “JUECES: LOS IMPRESCINDIBLES

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