#JuecesON: lo que han de oir


muñecas juezas

Ya lo hemos dicho varias veces. La literatura, los escenarios y las grandes o pequeñas pantallas tienen un filón inacabable con el mundo de la justicia. Y, si hay alguna estrella rutilante que nunca falta, son los jueces -y juezas, aunque mucho menos-. A diferencia de lo que ocurre con otras figuras, todo el mundo tiene una idea aproximada de lo que es un juez, pero no siempre responde a nuestra realidad jurídica, sino más bien a lo que se ve en películas,  como el fantástico Spencer Tracy de La Costilla de Adán, u otras como El Juez, Acción Civil y hasta cintas futuristas como Juez Dredd. Solo por citar alguna, porque los ejemplos son muchos.

Dedícábamos el anterior estreno de nuestro escenario a esas cosas que tenemos que oir los y las fiscales y que nos dejan a cuadros. Y ya advertía -la que avisa no es traidora- que traería sucesivas entregas si otros operadores jurídicos entraban al trapo twittero y me contaban algunas de esas cosas. Y, como soy una toguitaconada con suerte, hubo juezas y jueces que recogieron el guante. Así que ahí van sus aportaciones, verdaderas joyitas recién llegadas de Juecilandia.

En primer lugar, la curiosidad de la gente es mucha, aunque su conocimiento de su labor no sea tanta. Por eso tienen que oir preguntas tan pintorescas como si no les molesta la peluca, por más que hayamos explicado hasta la saciedad que en España no se lleva peluca, aunque a algún magistrado de frente despejada igual le gustaba. Una de las preguntas más comunes es la de “¿no tienes cargo de conciencia?”, seguida generalmente por un “yo no podría ser juez” o, directamente “¿ser juez es muy difícil?”. Pues desde luego que sí, ya lo contamos en su día en uno de los primeros estrenos

El desempeño de sus funciones también es objeto de enorme curiosidad, así que tan pronto encuentras a alguien pregunta por su horario – a a ver quién les explica que depende de la hora en que la gente decida cometer delitos, por ejemplo- y quien suelta a quemarropa eso “¿metes a muchos en la cárcel?”, como si anduvieran con las llaves de la prisión en la cintura cual sereno. Pero también hay preguntas que exceden del ámbito penal -repito que no solo de derecho penal vive el jurista- entre las cuales la reina absoluta es eso de “¿me puedes casar?” que, como casaran a todo el que lo pide, no darían abasto. Incluso en una ocasión llegué a escuchar decirle a un juez que le pagaban lo que quisiera si iba a casar a la parejita al chalet de la sierra, a lo que, por supuesto, el juez de marras contestó con una doble negativa: ni caso ni voy al chalet. Acabáramos.

Un efecto curioso que se produce cuando la gente sabe que alguien es juez o jueza, es creer que automáticamente se sabe todos los códigos y leyes de memoria. Y que, además, está a disposición de todo el mundo, así que lo de “¿te puedo hacer una consulta?” es el pan nuestro de cada día, aunque se esté en el gimnasio, haciendo running o bailes regionales o en un curso de macramé. Pero ojo que no les guste su respuesta. Me cuenta una magistrada que, tras responder a una pregunta de este tipo, al ínclito no debió gustarle un pelo, y le soltó que vaya consejo que le daba, que mejor hablaba con un amigo suyo que seguro que le entendía mejor. Y es posible que entender le entendiera, pero no le arriendo la ganancia.

Otras de las cosas que tiene que oir viene relacionada con su aspecto. La gente debe creer que los jueces nacen con la toga puesta y la llevan hasta para dormir, acompañada de una cara seria y circunspecta. Por eso, más de una compañera escucha eso de “no tienes pinta de juez” o “no pareces juez”. Y, como sea joven y para más inri mujer, hay gente a la que le cuesta asumirlo. Alguna se ha oído eso de “¿y tan joven, cómo va arreglar lo mío?” o, directamente, “yo solo hablo con el juez”, a pesar de que alí estaba la jueza interrogándole desde hacía un buen rato. Yo fui testigo de algo parecido, cuando en uno de los partidos judiciales de mi primer destino, en que había 3 juzgados, todo el mundo se dirigía al único magistrado varón asumiendo que era el decano, a pesar de que era el último del escalafón entre los tres titulares.

Otras cosa que a la gente le cuesta comprender es que sus señorías tengan una vida más allá del juzgado, y que hagan las cosas que hace todo el mundo. Cuenta una magistrada que le ha pasado más de una vez que en una boda, cuando está haciendo lo que hacen los invitados a las bodas -o sea, divertirse- ha escuchado a alguien decir “mira, la que salta es juez”. A eso puedo sumar yo mi propia experiencia de consorte de juez y convidada a bodas, ya que en una, cuando estábamos dándolo todo en la pista de baile, alguien nos dijo “anda, me habían dicho que erais juez y fiscal, no unos hoolighans” -juro que nos hacíamos nada fuera de lo normal-. Pero la gente sigue creyendo que somos una especie de extraterrestres, y parece que le gusta porque si cuentas que te han puesto una multa o te ha parado la policía por algo, siempre hay alguien que pregunta “¿y no le dijste que eres juez?”. Pues no, no van con el carnet en la boca. Faltaría más.

También desde el otro lado de estrados vienen reacciones curiosas y salpicadas de anécdotas. Acusados e investigados tienen los suyo a la hora de tratar a sus señorías, y así me cuentan de uno que, preguntado por quién le vendió la droga respondía muy ufano: ¿para qué se lo voy a decir si no lo conoce?. Otro se conforman con el clásico “yo solo pido Justicia” o”yo solo quiero que se me escuche”.

También los testigos tienen lo suyo.Mas de uno hay que reclama la máquina de la verdad, y no hay que perder de vista el clásico que ante la pregunta de si jura o promete decir verdad dice que jura y promete, hasta por el niñito Jesús si hace falta, o que me muera ahora mismo si miento, que dijo otro, ante nuestro espanto por si se cumplía. Y ojo, si se insiste en que elija, podemos encontrarnos con lo que le paso a una compañera: “eaa, pues juro”. Vamos, que para ti la perra gorda.

No obstante, de las mejores cosas que se escuchan son las que salen de la boca de abogados y abogadas. Ese “dígaselo usted a mi cliente, que a mí no me escucha”, o lo de hablar en estrictos términos de defensa. Muy peculiar es la reivindicación de un derecho nuevo, el derecho al desahogo, esgrimido por un letrado frente a un juez al que pretendía discutirle un auto de prisión. Olvidaba que el libro de reclamaciones en Justicia existe, y se llama recurso.

No me olvido de las relaciones con los funcionarios, que a veces obsequian con frases impagables.” ¿Señoria, hoy va a firmar?” o “Señoría, ya están todos, venga a sala” son dos de ellas. Pero sin duda mi favorita fue una que viví hace ya mucho tiempo en vivo y en directo, cuando un funcionario que llevaba toda la vida en un juzgado no estaba de acuerdo con la resolución del juez, recién llegadito de la escuela, y le dijo: “los tratadistas y yo pensamos otra cosa”.  Sin palabras se quedó el pobre.

Y ahí quedan todas esas cosa que oyen sus señorías.  Para ellos y ellas es hoy mi aplauso. Especialmente para quienes, con sus aportaciones, han hecho posible este estreno. Mil gracias.

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