FISCALES: MUCHO MAS QUE ACUSADORES


 

                fiscalfiscal 2

 

                Ya se ha abierto el telón. Ya han empezado a desfilar por este gran teatro de la justicia todos los que tienen su papel en él, protagonista o de reparto, fijo o eventual, profesional o figurante. Todos imprescindibles, todos importantes. Y todos, dispuestos a interpretar su papel sin apenas ensayos.

                Hablaba en mi anterior entrada del protagonista absoluto, el imputado, ése sin el cual esta función no tiene sentido. Y decía también quién era mi favorito, por razones obvias. El Fiscal, como no podía ser de otra manera, que por algo dicen que la cabra siempre tira al monte. Así que allá voy, a pintar a este personaje de reparto, pero fijo en la saga. Algo así como el special guest star de las series de mi infancia.

                Los fiscales somos, aunque a veces no lo parezca, los grandes desconocidos de la justicia, o al menos unos de los grandes desconocidos –más aún son, si cabe, los Secretarios judiciales, pero ellos ya tendrán su espacio, lo prometo-. A primera vista, casi todo el mundo sabe, o cree saber, qué es un fiscal, qué hace, y qué no hace, por qué no decirlo. Pero la idea colectiva, sobre todo la de aquellos que no están en el ajo, es la de las películas y las series de televisión americanas. Es nombrar un fiscal, y venírsele a muchos a la cabeza la imagen de un señor malísimo, trajeado a la perfección, y empeñado en hacérselas pasar canutas a cualquier precio a un pobre chico acusado injustamente, con tal de sacar tajada. Si la referencia es una fiscal, rápidamente uno se representa a una señora seria y aburrida, peinada con un moño apretado a juego con su apretado rictus, y ataviada con un traje de chaqueta oscuro con una inevitable falda de tubo. Y en ambos casos, carentes de sentido del humor y con una clara aspiración en la vida: llegar a Gobernador del Estado. Es el famoso fiscal del distrito por el que tantas veces me han preguntado. Y seguro que no soy la única.

               Tan es así la cosa que, cuando aprobé la oposición, a mi madre le amargaban la alegría preguntándole de qué me había servido estudiar tanto para acabar siendo la mala de la película. Y por más que les explicaba lo que yo le contaba una y otra vez, me decía que no convencía a nadie, o a casi nadie. Pero bueno, al menos mi madre sabe que no somos los malos y que, como yo digo muchas veces, somos los más buenos, ya que defendemos a todos, pero especialmente a los más desvalidos. O así es como debe ser.

                Y es que los fiscales, además de la función más conocida de las que ejercemos, esto es, la de acusar, hacemos miles de cosas que la mayoría de gente desconoce. Y cada día más, dicho sea de paso. Protegemos a las víctimas, sobre todo a las más desvalidas, como los menores, los discapaces o las víctimas de violencia de género. Intervenimos en defensa de los consumidores, o en defensa de los derechos de los trabajadores cuando éstos han sido conculcados, informamos a la opinión pública, dirigimos el procedimiento de menores y tomamos parte cuando se afecta al derecho al honor de las personas. Y, por supuesto, somos parte activa de la investigación de cualquier tipo de delitos.

             Una de nuestras grandes ventajas, según mi parecer, es que estamos en todas las fases del procedimiento, desde el momento de la denuncia hasta la ejecución de la sentencia, pasando por el juicio oral y el recurso, si lo hay. Vivimos el proceso de principio a fin, con una visión global distinta de la de los jueces, que sólo intervienen en una de sus fases, según sean instructores, juzgadores o ejecutores. Y eso confiere una riqueza a nuestro trabajo difícilmente superable.

             Además, quienes, como yo, sufren de una considerable incontinencia verbal, contamos con la ventaja adicional de que somos quienes en el juicio hablamos más que nadie. Como alguna vez me han dicho, una verdadera suerte, con lo que me gusta hablar y que encima me paguen por ello.

           Pero ya sé que todo esto parece muy bonito, y más de uno estará pensando que las cosas no son tan fabulosas como yo las cuento. Y tienen razón. Tenemos desventajas, desde luego, algunas verdaderas y otras basadas en verdaderos mitos que ahora mismo me propongo desvirtuar.

          El primero y más conocido viene de esa afirmación que leemos en prensa todos los días, esto es, que los fiscales no somos imparciales porque dependemos del Gobierno y recibimos órdenes de éste. Como si nos llamaran todos los días para decirnos qué es lo que debemos de hacer o de dejar de hacer. Y de eso, nada. A lo largo de mis ya más de dos décadas en esta carrera jamás he recibido una llamada del señor ministro ni de ninguno de sus antecesores. Y la verdad es que a veces pienso que no me disgustaría recibirla. Me encantaría descolgar el teléfono y explicarle al señor ministro cómo trabajamos, las peleas que a diario entablamos con el ordenador y la impresora, la miseria de los despachos compartidos, la angustia de las mesas atiborradas de trabajo. También me gustaría preguntarle si él estaría dispuesto a sustituir al ministro de defensa, o de sanidad, si se pone enfermo, como pretende que hagamos nosotros, y si ha de perder su tiempo en rellenar estadísticas, planillas y papelotes varios en vez de que lo hagan sus subordinados. Y, sobre todo, me encantaría invitarle a pasar una maravillosa jornada de domingo en un juzgado de guardia. Pero mucho me temo que va a ser que no. Que esa llamada ni está ni se la espera. Al menos en las trincheras, donde peleamos la inmensa mayoría de nosotros.

            Y el caso es que yo entiendo en parte la existencia de ese mito. Que la forma de nombramiento del Fiscal General del Estado lleve a la conclusión simple de que todos nosotros dependemos del gobierno. Pero eso sería tanto como poner en duda nuestra profesionalidad, el mérito derivado de una dura oposición y del ejercicio de una carrera como ésta en condiciones nada fáciles. Y por ahí no paso.

            Otro de los lugares comunes con los que bregamos cada día es nuestro propio complejo de inferioridad, alimentado por muchos años de un trato que no corresponde con nuestra función. Para el común de los mortales, el Fiscal está a las órdenes del juez, y por debajo de él. Parece que es menos importante, trabaja menos y tiene una menor responsabilidad. Muchos de nosotros hemos vivido la anécdota de que alguien nos diga que no nos preocupemos, que ya ascenderemos a juez. Y por más que expliquemos que somos iguales en cargos, honores y tratamientos –como dice la ley- y que tan necesaria es una función como otra, que si quieres arroz, Catalina. Sólo cuando damos con la frase mágica, parece que se despejan las dudas. Frase que no podría ser otra que la de que cobramos lo mismo. Triste recurrir al vil metal, pero efectivo como ninguna otra cosa del mundo.

          Pero, ¿qué van a pensar?. Cuando nos vemos obligados a compartir despachos, a medios más que patéticos y a que no se respete nuestra imagen, sin que a veces abramos la boca para quejarnos, estamos siendo cómplices de nuestra propia infravaloración.

           Pero ya está bien de lloriqueos. Somos afortunados por tener uno de los mejores papeles de esta función. Así que, hay que estar a la altura. Y hacer una interpretación digna de un Oscar. Como la que día a día hacen tantos compañeros y compañeras. Para ellos va desde aquí, si no un Oscar, sí este pequeño homenaje.

 

 

 

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7 pensamientos en “FISCALES: MUCHO MAS QUE ACUSADORES

  1. Muy útil todo lo que aquí expones, especialmente para los que todavía no sabemos para dónde tirar 🙂
    Un besazo enorme, y un consejillo de alguien que aún no ha vivido mucho, respecto a toda la gente que te diga cosas como las que mencionas: ¿para qué hacerle caso a medios días habiendo días enteros? 😉

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  2. Lo has clavado, esa descripción de la función del Fiscal y lo que la gente piensa de nosotros, no puede ajustarse más a la realidad. Gracias por expresar en palabras el sentir de los fiscales de trincheras, como los llamas.

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