Viceversa: cuando somos víctimas


delincuente

A veces es bueno verse en el otro lado. En mundo del espectáculo no es infrecuente la inversión de papeles, y hasta la conjunción en uno solo. Actores que pasan a ser directores hay muchos, inclusos algunos con más éxito o reconocimiento que en su ocupación original, como Robert Redford, que consiguió como director el Oscar que se le resistía como actor por Gente corriente, o Clint Eatswood y sus Puentes de Madison. Y tampoco es extraña la incursión al revés, basta con recordar la afición de Hitchcook de salir al menos un instante en las películas que dirigía.

En nuestro teatro, con la salvedad de quienes ejercen la abogacía que, sin dejar su toga, ora son acusadores, ora defensores, en un ejercicio de esquizofrenia digno de admiración, no somos demasiado proclives a cambiar nuestros papeles. Ni siquiera los fiscales , que, aunque en más de una ocasión hacemos cosas diferentes que lo que mucha ente cree que hacemos en exclusiva, o sea, acusar, no puede decirse que mudemos de papel, porque acaba siendo el mismo, el de defensores de la legalidad. Por eso no cambiamos nuestro sitio en estrados.

Pero hete tú aquí que tenemos otra vida. A pesar de que haya quien crea que no, que el otro día una tuitera me recriminaba por escribir artículos diciéndome que me dedicara a ejercer de fiscal en vez de hacer otras cosas. Y, se crea o no, ser fiscal no impide ser o hacer otras muchas cosas, como escribir, pero también ser madre, amiga, salir de fiesta, y hasta practicar deportes de riesgo si me viene en gana, o dedicarme a hacer macramé o a la cría del calamar salvaje. Acabáramos.

Y como quiera que tenemos otra vida, también de vez en cuando nos vemos Al otro lado del espejo, como Alicia en el País de las maravillas. Y, querámoslo o no, somos víctimas de delitos y usuarios de la Administración de Justicia.

La verdad es que, por suerte, mis experiencias como víctima de delitos han sido pocas. Pero algunas tengo, como todo el mundo. Y algunas más me han contado compañeros y compañeras, y muy pintorescas.

En cuanto a mi vida personal, recuerdo una ocasión en que un amigo de lo ajeno se encaprichó de mi bolso, que lucía, flamante, en el asiento del copiloto de mi vehículo de motor mientras yo abría el portón de mi garaje. Cuando ví eso que llamamos el acto depredatorio, hice todo lo que no se debe hacer. Gritar como una posesa –mi hija oyó mis berridos desde el sexto piso y llamó a la policía- y correr como alma que lleva el diablo tras el autor, subida a mis tacones y arriesgándome a partirme la crisma. En esa ocasión comprobé el valor de la solidaridad ciudadana. Mientras un hombre al que no conocía de nada le bloqueaba el paso, otro le perseguía junto a mi hasta lograr arrancarle mi preciado bolso, al tiempo que una pareja recogía del suelo todas mis pertenencias desparramadas, que recuperé íntegramente, dinero incluido. No pudimos detenerle pero sí al menos recuperar lo sustraído. Y, tan importante como eso, reforzar mi fe en el género humano.

En otra ocasión robaron en el apartamento donde veraneo, cuando no había nadie. Como debió gustarles, repitieron al día siguiente, y entonces fue cuando les trincaron, y dio la casualidad que yo estaba de guardia. Me abstuve, claro está, pero reconocer las pertenencias robadas en vivo y en directo fue un golpe de suerte para mí y mis vecinos y de todo lo contrario para el delincuente, que, visto lo visto, acabó conformándose.

Aunque de las experiencias más pintorescas desde el otro lado, la de una compañera que, perseguida e intimidada cuando caminaba con su bolsa llena de expedientes por un atracador con jeringa –cosa muy habitual en una época- tuvo los arrestos de decirle que ella no tenía nada, pero que si iba con ella le llevaría donde estaban sus amigos, que le darían todo lo que tuviesen. El atracador, no demasiado espabilado, le hizo caso, y fue a parar de cabeza al bar donde toda la comisión judicial de guardia tomaba café. Ni que decir tiene cuál fue el final de esta historia.

Y otra compañera, embarazadísima, sufrió un atraco en su portal. Al día siguiente, el atracador, que imagino que siguió con sus fechorías, fue detenido y puesto a disposición del juez y la fiscal de guardia. Que no fue otra que la embarazadísima víctima del día anterior. Cuenta que el pobre se echó a llorar nada más verla y que cantó La Traviata. Otro final que cualquier imaginará.

También recuerdo el caso de unos carteristas que andaban detrás de los bolsos de dos de mis amigas, ambas casadas con jueces. Lo más gracioso fue cuando pude oir perfectamente cómo uno le decía a otro: “quita, quita, que son las esposas de sus señorías”. Y estoy segura que no se referían a los grilletes. Por supuesto, actuaron con lo que en derecho llamamos un “desistimiento voluntario” que impidió que el delito llegara a realizarse.

Aunque no todos los finales son tan felices. Cuando, no hace mucho, mi hija menor de edad fue víctima de un robo de móvil por un mocito que se dio a la fuga y no hubo modo de encontrar, la acompañé a denunciar al día siguiente. Aun recuerdo la cara del Guardia Civil cuando, tras preguntarme si lo denunciaba para cobrar el seguro, le dijo muy seria que no, que lo denunciaba porque era un delito y había que perseguirlo. Aunque he de decir que no se quedó muy convencido.

También recuerdo mi paso por la Administración de Justicia como testigo de unas injurias. Y la verdad es que mi actuación como testigo dejó bastante que desear, y confieso que me sentí como pez fuera del agua mientras me interrogaba una compañera. Y, aunque la cosa acabó en condena, ésta y esas otras experiencias me sirvieron para apreciar, aunque solo sea por un instante, como se siente una al otro lado.

Así que hoy mi aplauso no será para los delincuentes que tuvieron la desgracia de elegir mal sus víctimas, desde luego. El aplauso de hoy está dedicado a quienes, cada día, administran justicia desde la imparcialidad, sean quienes sean autores y víctimas, algo que sucede todos los días del año en miles de juzgados a lo largo y ancho de nuestra geografía. Y por quienes, alguna vez, se han visto al otro lado.

 

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