Tesón: esfuerzo y recompensa


posible

Todo esfuerzo tiene su recompensa. Algo que siempre nos dicen aunque en ocasiones es difícil ver Mas allá de la lágrimas. Y, desde luego, en el mundo del espectáculo tiene su traducción en aquella frase de la profesora de Fama a la que ya he aludido otra veces. La fama cuesta, y aquí es donde vais a empezar a pagarla, con sudor. Y pese a todos los inconvenientes, como el niño de Billy Elliot que triunfó pese a que todo lo tenía en contra.

Esto se cumple en nuestro teatro, punto por punto. Aunque hay quien no lo crea. Y no solo una vez dentro del escenario. Lo más duro es muchas veces llegar hasta él. Eso es lo que recordé cuando desde twitter @ladycrocs nos dejó encogida el alma contando sus avatares hasta llegar a vestir toga y puñetas. A ella le siguieron más, y de este ejercicio de sinceridad nace este estreno, que probablemente sea uno de los más emotivos que he hecho.

Como no me parece justo mantenerme como espectadora mientras los demás desnudan su alma, empezaré por mi propia historia, pequeñita al lado de otras que demuestran que la oposición no es el camino de rosas para niños y niñas de papá que mucha gente se empeña en hacer ver.

Como he contado más veces, soy hija de una abogado al que le hubiera encantado ser fiscal. En teoría, lo tenía más fácil que gran parte de mis compañeros de carrera a la hora de despegar, con un despacho a mano donde batir mis primeros duelos toguitaconados. Pero nada es lo que parece. Mi padre ya había perdido la vista y, el mismo día que regresé del viaje de fin de carrera, supe que se moría. Dicen que aguantó más tiempo del que el destino le había señalado por verme acabar la carrera y, sobre todo, por hacerme prometer que  conseguiría ser fiscal. De hecho, no abandonó este mundo hasta que estuvo seguro de que tenía todo encauzado: preparador, tema y ganas. Y acertó. El mismo día que cerró los ojos, yo ya me había estudiado mis dos primeros temas, los que mejor me sabía, los que nunca olvidaré. El sabía que el resto no sería fácil. Su enfermedad y la falta de previsión del régimen de la abogacía en aquel momento nos dejó en una situación económica complicada, pero sabía que con mi madre a mi lado nada iba a fallar. Recuerdo tantas veces las noches pasadas junto a ella, yo estudiando, y ella pendiente de mí y de la aguja con que seguía cosiendo para que nada me faltara. En justa compensación, tuve que abandonar el ballet, mis ganas de escribir y los trabajillos que hasta entonces hacía –desde pintar abanicos a pasar a limpio las cuentas de un perito-. Juntas forjamos el objetivo de sacar la oposición lo más pronto posible, aunque, como decía, tuviéramos que ir al más remoto de los pueblos a criar gallinas. Lo logramos a los dos años y pocos meses. Y el día que apareció mi familia al completo en la estación de autobuses con una boteella de cava, lo vi. Mi padre estaba allí, brindando junto a nosotras. Y por la cara de mi madre, ella también lo vio.

Y es que los padres marcan nuestra vida. Aun tengo los pelos como escarpias del testimonio de una compañera que supo, el mismo día que aprobó, que su madre la iba a dejar. Que, de hecho, había estirado y disimulado una terrible enfermedad con tal de que su hija cumpliera su sueño. Impelida por una fuerza sobrehumana, mantuvo la consciencia hasta salir a celebrar el logro de su hija con un desayuno con pasteles. Tan dulce y tan amargo. Fue su última salida de casa. Después el destino regaló a ambas una prórroga de un mes para despedirse. Y para grabar en el corazón de mi compañera algo que nunca olvidará. El momento en que su madre le decía orgullosa que había llegado hasta donde solo podían llegar antes los hombres. Y, vista su trayectoria, esa frase y ese espíritu la ha marcado. Nunca ha dejado de pelear por los derechos de las mujeres.

Pero, con todo lo importantes que son estas herencias, hay otras historias de superación dignas de la mejor película del hombre hecho a sí mismo. Claro ejemplo es la que nos contaba @nandogerman a raíz de este ejercicio de sinceridad tuitero. Sirviendo copas en bares de noche y estudiando de día hasta acabar la carrera. No contento con ello, preparando una oposición de funcionario que su tesón y su capacidad lograron al primer intento. Y, mientras desarrollaba su trabajo, lejos de acomodarse, dando una nueva pirueta preparando la oposición de fiscal hasta, después de un intento baldío, sacarla adelante. Y, entretanto, con unos hijos a los que tener, cuidar y mantener. Como un ejercicio de malabarismo que le llevó hasta la meta, aunque hubiera corrido la maratón con los pies descalzos junto a atletas con equipaciones ergonómicas y su propio entrenador personal. Todo un ejemplo.

Como lo es también el de @escar_gm, que perdió a su madre al mes de empezar la oposición y quedó huérfana, porque había perdido a su padre tres años antes. Y que, pese a todo, siguió adelante, apoyada por su familia primero y por quien hoy es su marido después y, por supuesto, por su tesón y sus ganas,  que le permitían compatibilizar el estudio con un trabajo de dependienta los fines de semana. Escarlata luchó además contra los avatares de una oposición difícil y se vio obligada a cambiar de preparador, y a partir de cero después de más de un año estudiando. Pero lo que entonces parecía ser un desastre le salvó la vida, y un año y medio tras el cambio celebraban el aprobado con todos los que la apoyaron. Los que estaban y los que se fueron. Ahora nos enseña cada día, con un sonrisa, el trabajo desde esas trincheras del derecho por las que tantos transitamos.

  Otra impresionante historia de superación es la de la propia @ladycrocs, la “culpable” de estas confesiones. Adolescente rebelde por sí misma y por la situación conflictiva del divorcio de sus padres, devino de una mala estudiante a coger por los cuernos el toro de la vida. Tuvo que estudiar mientras servia copas en un pub para subvenir sus necesidades primero, de la carrera y luego, de la oposición, con un preparador que se lo puso fácil económicamente –los preparadores no son esos endiosados peseteros que muchos suponen-. Así, llegando a estudiar a la luz de las velas porque le habían cortado la luz por falta de pago, logró sacarse la oposición, tras un primer intento frustrado. Sin desfallecer. Otro ejemplo a seguir en el que se encarna eso de” querer es poder”.

También @Kinotofukasuka nos contaba otra historia de superación, desde otros parámetros. La de quien, no contenta con un trabajo en una empresa, decidió ponerse el mundo por montera y abandonar un trabajo que la dejaba insatisfecha para preparar la oposición costara lo que costase. Dejó su ciudad, se casó y estudió en la única casa que podían pagarse en la ciudad costera donde él fue trasladado, bien avituallada de mantas porque nadie sabe lo fría que puede ser una casa en pleno invierno en la playa sin acondicionar. A los dos años y cuatro meses, objetivo cumplido. Aunque no era la única prueba que le quedaba por superar. Sigue en la brecha día a día pese a que los problemas de salud de una de sus tres hijos habrían hecho a más de uno abandonar. Y también con una sonrisa y unas ganas de pelear por los derechos de todos que no hace falta que cuente porque son bien conocidos.

No quiero acabar este estreno sin contar las angustias que se derivan de la propia oposición. No solo estar encerrados, física y psíquicamente, sino pelear con imponderables e injusticias contra las que no se puede hacer nada. A un compañero mío, tras llegar a casa y pasar varios días preparando el examen práctico –ya había superado el teórico- le llegó una carta del Tribunal diciéndole que se habían equivocado y que él no había aprobado. Un mazazo como poco he visto. No volvió a intentarlo.

No es el caso de otro compañero, que, en un récord difícil de superar, aprobó el mismo año el examen teórico de Jueces, de Fiscales –eran dos oposiciones iguales pero separadas- y de Secretarios Judiciales. Y le suspendieron en los casos prácticos de las tres, pese a que hasta ese momento habían sido un mero trámite. Con el cruel agravante de que en Judicatura sobraban plazas y el Presidente del Tribunal les aseguró que estaban todos dentro y les deseó un feliz verano, a la vuelta del cual se cargaron sin piedad y sin justificación a la mitad de los opositores de aquel tribunal maldito. Pero tampoco se dejó vencer. Al año siguiente, junto con otra compañera en el mismo caso, sacó la oposición. Y hoy es uno de los jueces mejor considerados que hay.

Y, para desenredar el nudo que se me pone en la garganta, acabaré con una anécdota. La que me proporciona otra compañera, convencida de que el fútbol es en gran medida el culpable de que ella vista hoy toga y puñetas. Porque la final de la Champions hizo que no se examinara el día que estaba citada –era la última, hándicap seguro- sino al día siguiente, con un tribunal sonriente y receptivo por la consecución de la copa por el Real Madrid –los exámenes son en Madrid-. Pero, aunque ella, dice eso, vista su trayectoria, seguro que habría aprobado aunque le hubieran metido un 7-0 al equipo de marras.

Siempre recordaré una frase que me soltó una aspirante a juez la primera vez que fui al Tribunal Supremo, como acompañante. Yo estudiaba entonces cuarto de carrera, y decía que aquello era lo que quería hacer. Aquella chica me dijo “prepárate para estudiar”. Yo le pregunté que qué era lo que había hecho hasta entonces, y me respondió con un “Nada”, que nunca olvidé. Al cabo de unos meses la vi en la tele como juez instructora de un asunto mediático.

Así que hoy, el aplauso va sin duda destinado a todos nuestros protagonistas. Y a lo que sus historias encarnan. Gracias por compartirlas.

Y, de paso, esta toguitaconada pide disculpas a lectores y lectoras por la extensión de este estreno.Pero, aún así, sé que me quedo corta.

 

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