Sensibilidad: no somos de piedra


sensibilidad

El arte se alimenta de sentimientos. No hace falta decir que por refinada que sea la técnica, perfecta que sea la ejecución o impecable el guión, si no toca el corazón, no vale nada. Llegar directo al alma es lo que hace que obras técnicamente peores logren el triunfo que les es esquivo a otras de factura exquisita e irreprochable. Es esa cosa intangible llamada talento, ángel, duende o cualquier otro nombre similar. Es la cualidad de mover los sentimientos, aunque a veces el cine se pase de frenada y sea demasiado fácil traspasar la línea que separa la sensibilidad a la sensiblería. Tampoco es necesario que no demos abasto para sorbernos los mocos, como ocurría en películas como Love Story o Campeón, que menuda jartá de llorar. O aquella serie de mi infancia, La casa de la pradera, tan lacrimógena que la conocíamos como La casa de la plorera –plorar es llorar en valenciano-. Y es que los sentimientos son tan importantes que hasta ellos mismos han protagonizado algún filme, como Del revés.

En nuestro teatro tenemos fama de insensibles, una fama no siempre merecida. Se duda de nuestro Sentido y sensibilidad para achacarnos más lo del Orgullo y prejuicio. Pero ni Todos los hombres –y mujeres- son iguales ni es oro todo lo que reluce. A veces, ni siquiera llega a oropel.

Pero, como quiera que esta toguitaconada es Pobre, pero honrada, como decía Lina Morgan, lo primero que he de hacer es dar a cada uno lo suyo –esto lo dijo Ulpiano, claro, nada que ver con la Morgan – y reconocer que la idea de este estreno no es mía. La idea primigenia pertenece a @ladycrocs, tuitera de pro como todo el mundo sabe. Yo solo le pedí prestado el hilo para hacer mi propia madeja, mezclada con la suya. Pero, como me dio permiso, no hay apropiación indebida, ni robo, ni siquiera hurto. Y así consta, que seguro que pueden dar fe cualquiera de los notarios y lajs que andan por los dominios del pajarito azul.

Se quejaba mi compi, y con razón, de todas aquellas personas que olvidan que  quienes vestimos toga también lo somos. Y acaban haciendo en muchos cassos exactamente lo mismo que denostan: no ponerse en nuestra piel, lo que viene llamándose empatía  Decía estar harta, y yo lo suscribo, de la gente que llega al juzgado y nos espeta cosas como que se nota que no tenemos hijos, o padres, o hermanos, según el caso, o que no es a nosotras a quienes nos ha pasado lo que quiera que sea. Y, aunque pueda resultar sorprendente resulta que sí, que tenemos padres y madres, hijas e hijos, que nos casamos o nos divorciamos, que perdemos a seres queridos y que pasamos por dramas diversos. Y, aunque a veces finjamos lo contrario, nuestras togas  pueden ser capas de superhéroe, pero no son una coraza. A veces no llegan ni a escudo.

Mi amiga tuitera cuenta en su hilo  lo afectada que se sentía cuando tuvo que decidir sobre la invalidez de un niño cuando a su hijo le acababan de diagnosticar una enfermedad, o lo terrible que fue visitar una residencia de ancianos recién fallecida su madre. Pero no le voy a robar sus historias, que ella las cuenta mejor que nadie. Y, una vez más, voy a hacer un ejercicio de umbralismo toguitaconado, y hablaré de mi libro. Y de algún que otro libro más que he vivido de cerca.

Me retrotraeré en el tiempo a antes de llegar a Toguilandia. A esa etapa de la oposición de la que ya contamos nuestras cuitas en el estreno dedicado al tesón. Apenas llevaba unos pocos meses estudiando cuando perdí a mi tío, algo que, además, viví con una angustia redoblada por lo que tenía de revivir la reciente muerte de mi padre. El día que le enterraron era día de cante así que, haciendo de tripas corazón, me fui directamente del cementerio al preparador, sin solución de continuidad. Recuerdo que varias personas me dijeron eso de “no sé cómo puedes” y hasta un velado “no tienes sentimientos”. Pues bien, los tengo. Y recuerdo que me costó la vida cantar el tema de “daños, incendios y estragos”, un tema fácil al que tuve manía desde aquel mismo día. Y que sigue sin gustarme ni pizca, porque siempre me devuelve a aquel momento.

Después, he oido eso de “cómo se nota que no le ha pasado” más veces de las que quisiera. Y me lo han dicho tanto desde el lado de las víctimas como del de los culpables y sus familias. He escuchado a familiares de víctimas o a las propias víctimas lamentarse porque en algún caso no he pedido la pena más alta, la que ellos creen que merece quien les ha causado tanto dolor. En los accidentes de tráfico, por ejemplo. Que difícil era de explicar aquello de la imprudencia o el delito contra la seguridad para quien consideraban el asesino de su hija por haberla atropellado. Y, cuando mis propias hijas tienen la edad de esa pobre chica, se te desgarra el alma de pensarlo, pero no puedes salir de la coraza de la toga y, menos aún, la de la ley. A lo más, explicarlo. Pero en esas circunstancias poco entienden tales explicaciones. Y se comprende. Porque debajo de la toga hay sentimientos, se crea o no. Puede que parezcamos de plástico, pero un plástico que se derrite en cuanto le acercan una cerilla.

¿Alguien ha pensado lo difícil que es enfrentarse desde estrados con adicciones, o con problemas mentales, cuando se han podido vivir de cerca, en familia o amigos? ¿Lo duro que resulta oir eso de “usted no sabe de lo que hablo, porque no lo ha vivido”? ¿Lo terrible que es ir al levantamiento de cadáver de un niño, más aún si tiene la misma edad que el tuyo propio? ¿Y lo complicado, lo terriblemente complicado que es decidir en ese caso teniendo que colocar una barrera imaginaria entre ese caso y la propia experiencia?

  Especialmente admirable me pareció en su momento la actitud de una jueza respecto a quienes habían vendido preferentes, cuando yo sabía que a su propio padre, enfermo de Alzheimer, le habían esquilmado por esa vía. Nadie notó el nudo que tenía en  la garganta y en el corazón.

No somos de piedra. Y porque no lo somos, recuerdo la única vez en que estuve a punto de perder los nervios. Fue en la declaración de un pederasta que afirmaba que le encantaban las niñas de ocho años, exactamente la edad que tenía mi hija en ese momento. Seguro que cualquiera puede leer mi mente e imaginar lo que me pedía el cuerpo. Y cómo me sentí cuando tuve que solicitar el archivo de la causa, porque en ese momento la mera tenencia de material pornográfico de menores no era delictiva.

Los ejemplos son muchos. Y seguro que debajo de cada toga se han vivido mil y una experiencias de ese tipo. Pero, por no acabar con el corazón encogido, lo haré con una anécdota simpática al respecto. Estábamos esperando el comienzo de un juicio a que una de sus principales protagonistas llegara. Apareció con más de una hora de retraso, y, más fresca que una lechuga, nos explicó que era por causa de sus hijos. Como quiera que le dije que eso no era excusa, mirándome, me dijo “usted no sabe lo que es tener niños pequeños”. Por supuesto, le contesté, como no podía ser de otro modo. “No, señora, las mías nacieron con doce años cumplidos y la ESO terminada”. Acabáramos. creo que fue la última vez que esgrimió semejante causa como motivo de demora.

Por todo eso, hoy el aplauso es múltiple. Para la inspiradora de este estreno, de una parte, a la que parafrasearé citando al Mercader de Venecia con una pregunta muy ilustrativa de este estreno: ¿Acaso no sangro si me pinchan?. Y, por supuesto, para todos y todas las que usan su toga como escudo aunque sepan que no es una coraza. Ni debe serlo.

 

 

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