Acumulación: síndrome de Diógenes


acumulación

Todos los cambios alteran al ser humano. Y las reacciones son variadas. Hay quienes no pueden vivir sin cambiar de residencia, de trabajo o de vida cada cierto tiempo -lo que se ha venido en llamar culos de mal asiento– y quienes entran en pánico con el más mínimo cambio, como el Sheldon de Bing Bang Theory, para quien es un verdadero drama dar la vuelta al cojín del sofá. El mundo del espectáculo, que vive en continua trashumancia, es buena prueba de ello en sí mismo, y también en la cantidad de obras que dedican al tema. Te puedes cambiar de mundo, como en Alien, o tener simplemente Un buen año por ello, puedes acabar viviendo en Esta casa es una ruina o en La habitación del pánico, o puedes, incluso, irte tan lejos como puedas y no evitar que te encuentren, como el maltratador marido de Durmiendo con su enemigo. Pero sea cual sea el modelo, hay quien viaja ligero de equipaje, y a quien le cuesta una enormidad deshacerse de cada minucia. Ni que decir tiene que en esto, como en todo, en el punto medio está la virtud. El verdadero problema estriba en determinar dónde esta ese famoso punto medio.

  Nuestro teatro es un escenario proclive a los cambios, sin duda alguna. Quienes habitamos en él del lado de la función pública, seamos jueces, fiscales, lajs, forenses o funcionarios, hemos vivido más de un cambio de sede, ciudad y vida merced a los traslados, desde ese primer destino en que una va adonde puede, hasta el que van logrando escalafón, trienios y suerte por mor de los concursos . Cada cambio, lleva consigo una mudanza personal y profesional. Y no es fácil decidir en cada cambio qué conservamos y de qué hemos de deshacernos. Por supuesto, hay para quien es más difícil, como es mi caso, que cojo cariño hasta a los huesos de las aceitunas de un Martini que me tome en buena compañía. Ñoña que es una.

Cuanto más tiempo se ha pasado en un sitio, más cachivaches, papeles y trastos útiles e inútiles se han acumulado. Y, aunque la acumulación también es un concepto jurídico, especialmente en procesal, donde acumulación de acciones y acumulación de autos son el pan nuestro de cada día, no es de este tipo de acumulaciones de las que trata este estreno, sino de otras mucho menos jurídicas.

Seguro que cualquiera ha oído halar del síndrome de Diógenes. Consiste, esencialmente, en la acumulación de desperdicios y basura en el propio hogar. Curiosamente, el filósofo al que debe su nombre basaba su doctrina en la desposesión de todo bien material, llegando a dormir en un barril pero, como quiera que pertenecía a la Escuela Cínica, parece que fue por ironía por lo que se bautizó con su nombre a ese comportamiento. Por desgracia, más de una vez nos hemos topado en nuestro trabajo con casos de esta índole, en que personas viven en el total abandono y son los vecinos quienes dan la voz de alarma, debido al hedor que sale de esas viviendas. En ocasiones, tan terrible trastorno solo se descubre cuando ya es tarde, y únicamente nos queda por hacer el levantamiento del cadáver. Un problema social que nos da más de un quebradero de cabeza.

Pero más allá del verdadero síndrome, todas las personas tenemos un pequeño Diógenes en nuestro interior. Y no quiero decir con eso que nos dé por dormir en un barril precisamente. Tendemos a acumular toda clase de papeles, libros y enseres sin orden ni concierto -o con él- y solo nos vemos impelidos a revisarlos cuando nos acecha el fantasma de una mudanza. Me decía hace nada una querida amiga y compañera que estaba agobiada con el tema a pesar de que sabía de la venta de su casa desde hacía dos meses. Y no me extraña. Solo de pensarlo se me ponen los pelos verdes. La de papeles y cosas inservibles que aparecen por los rincones. Y, aunque como dice otro querido amigo, si no sabes que estaban es que no servían para nada, del dicho al hecho hay un buen trecho. Y tendemos a acumular recuerdos que luego no recordamos.

A lo largo de mi vida toguitaconada no he hecho muchos traslados de ciudad, pero sí que he padecido el traslado hasta cuatro veces de sede dentro de la misma provincia. A cada mudanza, acompañaba una caja donde iba metiendo lo que se apiñaba en los cajones. Confieso que conservo cosas como un Código del 73 que se cae a pedazos, CD´s y hasta disquettes que no tengo ni idea qué deben contener -y en el caso de los disquettes no creo que lo llegue a saber ya- y algunos modelos de escritos que ni de forma ni de fondo son aplicables, entre otras cosas. Pero parece que mi Diógenes interior agarra mi mano cada vez que tengo tentación de tirarlos a la basura. Igual cualquier día puedo contribuir al museo histórico de la justicia, si es que alguna vez cambiamos de siglo en Toguilandia.

Pero como soy una toguitaconada moderna, mi particular síndrome de Diógenes también me asedia por la parte virtual. Acoso y derribo. Y he de confesar que mi ordenador está lleno de archivos que guardé o descargué algún día y que mis dedos se niegan a echar a la papelera. Infodiogénes 2.0 también me ataca.

Así que ahí queda eso. Solo falta dar el aplauso de hoy que, cómo no, irá dedicado a quien encuentra ese dichoso punto medio entre guardarlo todo y tirarlo todo. Y, de propina, una ovación extra para esos dos buenos amigos que han inspirado este post. Gracias de nuevo.

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4 pensamientos en “Acumulación: síndrome de Diógenes

  1. Nos identificamos con los objetos materiales porque permanecen y con ello también permanecemos con esos momentos que se vuelven inasibles. Antaño el arte se ocupaba de darle posteridad a instantes, hechos o circunstancias que autoidentificabamos Una puesta de sol una gesta histórica, un retrato ;

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  2. Pero con un arte cada vez más centrado en lo efímero y lo artificioso, buscamos nuestro sentido de pertenecía en aquellos objetos que una vez nos fueron relevantes aún a sabiendas de su futura inutilidad. Y no nos deshacemos de ellos con la ambigua esperanza de retomar esa vivencia, cual máquina del tiempo. Tuve un estudio en el centro de Valencia y ante la extravagante noticia de que no me renovarían el contrato de alquiler puesto que harían obra estructural del edificio, sencillamente me negué a irme en el plazo de un año que me concedían, siempre bajo el argumento de ¿Y qué hago yo con todo esto? ¿Y qué era todo esto?: Muebles, cacharros, testimonios de viajes y aventuras, muchas pinturas y muchos, muchos más papeles. Pilas de papeles. A los seis meses del primer aviso y con amenazas varias mediando (ojo, no era un okupa y mi abogado se movió hasta la personación municipal por causa de beneficio general y con oferta de indemnización. Y con la finca vaciada de alquiladores, menos yo (se notaba que no quería irme), surgió una oferta laboral muy interesante en América.. Así que lo asumí con la misma pregunta original ¿Y qué hago yo con todo esto? Inútil pensar en un trastero sin saber cuánto tiempo estaría fuera, inútil intentar colarlo a amigos. Conque opté por una vía rápida y eficaz: Todos mis materiales de cocina los doné al comedor de La Beneficencia, la ropa y los libros a Cruz Roja, los Cacharros en dos cajas a casa de mi abuelo (muy lejos) Y las pinturas encontraron lugar en una docena de talleres amigos. Pero aunque mi casa parecía vacía: ¡No lo estaba! El millón de papeles parecían negarse en un surreal estoicismo que les daba voz y personalidad. Durante más de tres meses antes de mi viaje, leí todos y cada uno de esos folios (literarios o periodísticos o epistolares) anotando en un cuaderno ideas, frases o párrafos, llorando, riendo o angustiándome. Para mis amigos vivía un brote sicótico y usufructuando de ese pensamiento les prohibí molestarme. Posterior a la lectura de cada papel lo quemé, juntando una considerable cantidad de ceniza. El día de mi viaje, dejé la lleve en la puerta y me encaminé al aeropuerto; detrás quedaban enseres de veinte años, pero todos eran reemplazables. Lo importante estaba a salvo.
    Quizás sea interesante saber que viajé a América con solo una pequeña mochila y con una enorme lección aprendida: de cada cosa acumulada pude extraer su esencia justo cuando me debía deshacer de ellas.

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