Primer destino: Solos ante el peligro


PRIMER DESTINO

                Todos los artistas recuerdan con cariño su debut, el día que pisaron por primera vez las tablas del escenario. No siempre es un triunfo clamoroso, claro. Es más, generalmente, el papel no es muy lucido y el intérprete, por más que se esfuerce, sale del paso como buenamente puede. Pero sale. Y ahí puede estar el comienzo de una gran carrera.

                Y en nuestra función ocurre exactamente lo mismo. Tras mucho tiempo de preparación, nos tiran al ruedo de la justicia tal cual. Y ya formamos parte de la función, así, sin anestesia. Y comienzan a habitar nuestros estómagos esas mariposas previas al estreno que no deberían marcharse nunca. Y da igual que hayamos hecho prácticas, y asistido a juicios y despachado expedientes. Porque siempre teníamos alguien a nuestro lado. Un más o menos veterano actor que sabemos a ciencia cierta que hará de apuntador cuando nos quedemos en blanco.

                Solo ante el peligro. El título de una película que a muchos se nos viene a la cabeza esa primera vez. Algo que se repite, promoción tras promoción, sean cuales sean los tiempos.

                Ya conté una vez cómo fue esa primera ocasión en que, con mi toga y mis tacones, hice mi primer juicio. Una violación de una mujer octogenaria por un chico que apenas había cumplido los veinticinco, y que entró por su ventana para abusar de ella. Y esa víctima que de resistía a contarme lo sucedido porque yo era soltera, y mujer, y joven, y no debería de escuchar aquellas cosas. Ni que decir tiene que, tras varias tilas, la cosa acabó en condena. Y mi bautismo de fuego superado.

                Antes de eso ya había tenido mis ensayos, claro. El ensayo general fue un apasionante juicio de faltas por un muchacho que había cogido el tren sin pagar el billete. Y ahí estaba yo, informando nada menos que tres cuartos de hora ante la paciencia infinita de la juez y la sonrisa de mi tutor, que más que hacer de apuntador, debía clamar en silencio para que acabara de una vez. A la juez en cuestión, con la que años más tarde he vuelto a compartir sala de vistas, alguna vez le recuerdo esto. Y aún no se ha atrevido a decirme lo pesada que fui. Pero condenó, vaya si condenó…

                Y es que, por más que hayamos ensayado, ese momento en que caes en tu primer destino, y es solo tuyo y de tu entera responsabilidad, da mucho vértigo. Salvo que seas un loco y entonces el vértigo haya de entrarle al justiciable. Y quizás el vértigo sea aún mayor para los jueces, que los fiscales siempre tenemos más cerca a un compañero para echar mano. Incluso, a veces, demasiado cerca, compartiendo mesa, despacho… y hasta posits. Y otro tanto cabe decir de los Letrados, que muchas veces vienen en parejas, como esperando el momento de dar la alternativa al compañero recién llegado a este mundo.

                Yo aterricé en mi primer destino a punto de empezar la Semana Santa, junto con dos compañeras más, con las que creé unos lazos de amistad que nunca se han roto, y a otra que cambiaba de plaza tras poco tiempo en la anterior. Nuestros colegas esperaban ansiosos nuestra llegada para poder tomarse, por fin, algunos días de permiso reglamentario, algo de lo que no habían podido disfrutar por las dichosas “necesidades del servicio” –argumento que igual vale para un roto que para un descosido-. Una buena razón para que nos recibieran con los brazos abiertos, por supuesto.

                Todavía comento a veces con una de esas compañeras de viaje que tardamos cerca de una hora en poner nuestro primer “visto” a algo tan complicado como un sobreseimiento por autor desconocido, sentadas en aquella mesa de despacho que compartíamos con siete fiscales más. Y nuestra primera junta, en que tratando del famoso visado, otro compañero dijo una frase que se quedó para siempre en nuestra memoria y que aún uso de vez en cuando, “el que visa, no es traidor”. Y tantas y tantas cosas.

                Hace no mucho tiempo, y por razones que no vienen al caso, uno de aquellos fiscales que ya estaban allí me recordaba mi aterrizaje en aquella fiscalía, diciendo que recordaba mi llegada como una fiscal joven llena de ilusiones, y que había vivido mi evolución hasta convertirme en una fiscal ya veterana, llena de compromiso. Preciosas palabras que fueron un bálsamo para mí en un mal momento, de ésos que todos tenemos. Aunque no pierdo de vista que el cariño era el principal motor de sus palabras, lo que también se agradece. Y mucho, por cierto.

                Por todo eso, y por mucho más -como decía una vieja canción-, hoy daré mi aplauso, desde mi concha de apuntador, a todos esos que tienen la fortuna de acceder a su primer destino. Los demás, como aquellos compañeros míos, les esperamos ansiosos. Y esperamos no defraudaros

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2 pensamientos en “Primer destino: Solos ante el peligro

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