Sentimientos: corazón togado


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Entre los espectadores de cualquier función, siempre hay entendidos, expertos en el arte de que se trate, sea teatro, cine, danza o música. Pero la mayoría no lo son. Quienes acudimos al teatro, esperamos ver una representación que nos llegue, aunque jamás hayamos solfeado una nota, ni hayamos pisado un aula de ninguna Escuela de Arte Dramático, ni sepamos distinguir una triple pirouette de una vuelta de las de toda la vida. Pero todos sabemos algo incuestionable: si la función nos gusta o no. Y para eso no necesitamos saber si el artista se formó en el Bolshoi o en el Actor’s Studio. Es más, puede no transmitirnos nada aunque tenga la formación más depurada, o puede dejarnos tocados aunque no haya pasado jamás por tan reputadas aulas. Porque, para que un artista llegue al público necesita un ingrediente fundamental que no se enseña en ninguna escuela: ponerle corazón a lo que hace. Sólo así consigue traspasar esa frontera que hay entre nuestros cuerpos y nuestras almas. Si, además, tiene una preparación exquisita, pues miel sobre hojuelas. Y es entonces cuando una interpretación perfecta se convierte en sublime. Algo a que aspira cualquier artista.

Nuestro teatro no puede suponer una excepción, por más que muchos no lo vean. La formación nos viene de serie, que no en vano hemos pasado por las correspondientes Facultades, hemos hecho nuestras prácticas y, muchos de los protagonistas, hemos pasado por una dura oposición con su traumático examen  que, más allá de ser la meta, no constituye sino el principio del camino. Y es que, si no ponemos algo más que conocimientos en nuestras actuaciones, corremos el riesgo de convertirnos en robots sin alma, una suerte de Robocops togados que se alejan de las personas, ese ciudadano al que nos debemos y cuyo servicio debe animar nuestras representaciones.

Desde el principio de mis días en este teatro, comenté a mis compañeros más allegados que si un día se apercibían de que perdía la ilusión y el alma me avisaran, porque habría llegado el momento de tomar medidas. Y siguen advertidos. Y es más, si alguien se percata, que no deje decírmelo. Es posible que mi toga haya perdido los superpoderes que tenía, o quizás alguien haya encontrado la kriptonita jurídica. Y sería hora de luchar contra eso.

Y es que nuestra función, aunque a muchos pueda parecerles algo frío y encorsetado, tiene muchos momentos en que el corazón se te sale por la boca con tal fuerza que amenaza con hacerme caer de mis tacones. Menos mal que esa capa de superhéroe con puñetas y galleta siempre me ayuda a equilibrarme.

Hay asuntos obvios. Hay que tener el Corazón Helado para no estremecerse ante las historias que tantas veces vemos: violaciones, asesinatos, malos tratos, pérdidas de seres queridos y todos los terribles dramas con los que nos enfrentamos día a día. Pero no son ésos los únicos casos en que se nos subleva el alma, por más que sean los más aparentes.

Recuerdo, hace algunos años, cuando todavía íbamos a todos –o casi todos- los levantamientos de cadáver, uno que me impresionó especialmente. No había periodistas en la puerta, ni nadie se hizo eco en los medios de comunicación. Ni siquiera nos dieron noticia de ello con especial  alarma. Aparentemente, solo era una muerte natural que ningún médico certificó, pero había mucho más. Y no me refiero con ello a que se tratara de un crimen oculto, ni de actuaciones de una mafia ni nada parecido, no. Se trataba de una mujer mayor, que había muerto sola en su casa, y cuya muerte no fue descubierta hasta que la pituitaria de los vecinos, en un sofocante mes de agosto, no pudo más y avisó a la policía. La mujer estaba tirada en el suelo, sola, víctima de una muerte tranquila. Nadie la había echado de menos. Pero en su casa, perfectamente ordenada, se veían por todas partes los vestigios de la vida que un día tuvo. Fue una vedette de un cierto éxito, y su humilde pisito estaba lleno de fotografías de ella con sus plumas, su sonrisa y sus adoradores, algún trofeo, y varios retratos con famosos de su época dorada. También había fotografías dedicadas por estrellas reconocidas. Pero nada quedaba de eso, ni de las estrellas, ni de la fama, ni de los adoradores. Y había muerto sola, tan sola, que nadie se había percatado de su ausencia. Pero a mí, aquella muerte jurídicamente insignificante me atravesó el alma.

Porque no podemos perder de vista que detrás de cada expediente y de cada asunto hay personas reales con sus historias reales de risas y de lágrimas, desde el más insignificante insulto hasta el más terrible asesinato. Y también los hay en cada reclamación de dinero, de reparación o de cualquier cosa que a nosotros nos pueda parecer un trámite más. Y eso es algo que siempre hemos de tener en cuenta para tomar una declaración o hacer un dictamen. Porque encontrar sentencias que contemplen casos iguales es tan importante como saber que cada caso es distinto.

Por eso hoy el aplauso es para los que hacen su trabajo aplicando la mayor exquisitez jurídica sin perder de vista a las personas. A todos esos que compatibilizan cerebros preparados con corazones togados. Con el permiso de Anne Igartiburu, claro.

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6 pensamientos en “Sentimientos: corazón togado

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