ALUMNOS EN PRÁCTICAS: JÓVENES PROMESAS


practicum

                Ya hemos visto pasar por las tablas de nuestro escenario a muchos personajes. Los actores que por él han desfilado son, la mayoría de ellos, intérpretes ya consolidados en estas lides, acostumbrados a escenificar su papel una vez y otra. Pero nuestro teatro, como todo teatro que se precie, también tiene sus meritorios. Esos jóvenes que, ávidos de conocimientos, pueblan el día a día de nuestra función con el casi único propósito de aprender. Esas jóvenes promesas que acuden a presenciar una función tras otra con la esperanza de ser algún día ellos quienes pasen a tener su papel protagonista.

                Por donde quiera que uno pasee a lo largo y ancho de nuestros juzgados y tribunales, vemos de vez en cuando a jóvenes, solos, por parejas o tríos, o en algún grupo más numeroso, que siguen a sus tutores como los patitos seguían a mamá pata en El Patito Feo. Incluso es posible que alguno de ellos sea el que se convertirá en cisne, nunca se sabe. Acompañan como una sombra fiel a jueces, fiscales, secretarios judiciales o abogados. Unos están realizando ese período obligatorio en los estudios universitarios que se viene a llamar Practicum; otros, superado ese estadio, están haciendo la fase práctica de su preparación como alumnos de la Escuela Judicial o del Centro de Estudios Jurídicos, esa pequeña parte que les falta, una vez aprobada la oposición, para convertirse en jueces, fiscales o secretarios judiciales.

                Aunque suelen ser jóvenes, no necesariamente lo son, pero siempre se les distingue por un brillo en la mirada y una ilusión al colocarse una toga y sentarse en estrados que difícilmente se vislumbra en quienes llevamos años con la toga a cuestas. Preguntan, preguntan, y vuelven a preguntar, poniéndonos en ocasiones en más de un aprieto. Pero muchas veces, con su inquietud y sus ganas, nos ayudan a recuperar la ilusión perdida, o que se andaba escapando, y nos recuerdan a la joven promesa que un día fuimos.

                Tener alumnos a nuestro cargo, sean de la Escuela Judicial o del Centro de Estudios Jurídicos, o sean del Practicum, es una enorme responsabilidad. Consiste en mucho más que pasearlos y darles expedientes a revisar. No somos conscientes de que gran parte de su futuro depende de lo que sepamos transmitirles, y que muchas de las decisiones que tomen el día de mañana estarán condicionadas por lo que aprendieron en esos días de prácticas. Y si amamos el escenario, probablemente ellos lo amarán en el futuro. Ahí es nada.

                Y a cambio, año tras año, promoción tras promoción, nos hacen un enorme regalo. Nos traen con ellos una máquina del tiempo, que nos lleva hasta aquel alumno que un día fuimos y de pronto nos retorna al tiempo actual. Y no nos queda más remedio que revisar si cumplimos con lo que ambicionábamos, o nos dejamos vencer por la desidia en algún punto del camino. Un Regreso al Futuro cuyo final está en nuestra manos.

                Los alumnos jamás deben ser una obligación, sino una devoción. Una suerte de quid pro quo en la que nosotros les entregamos la experiencia y ellos nos entregan la ilusión. Pero nuestra responsabilidad es mayor: a nosotros corresponde no estropear esas ganas que traen puestas, no vaya a ser que la joven promesa no pase de ahí por nuestra culpa. A cambio, les vampirizamos. Les chupamos la energía que les sobra y de la que nosotros ya no andamos sobrados.

                Mi experiencia como tutora de Practicum y de Fiscales y Jueces en prácticas es lo que me ha mostrado. En el fondo, y guardadme el secreto, yo he aprendido más de ellos que ellos de mí. Y espero seguir haciéndolo por mucho tiempo. Para que mi Regreso al Futuro acabe con final feliz. Y para, cómo no, lograr algún día ser quien tenga el honor de entregarles un merecido Oscar.

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4 pensamientos en “ALUMNOS EN PRÁCTICAS: JÓVENES PROMESAS

  1. Yo recuerdo mi practicum en los juzgados. Esa emoción jamás se olvidará. Fue mi “prueba definitiva” de que mi futuro pasaba por ahí, me enamoró la figura del fiscal, tan cercano a mi idealización de la palabra justicia. Y por contra esa figura del juez, poderosa, impetuosa y rigurosa…
    Yo no sé hasta qué punto me quedé enamorara de esas dos figuras, quizás lo suficiente como para decidir opositar y, aunque los días a veces pueden llegar a ser infernales y desesperantes… me anima el pensar que un día, ese puesto que con silencioso pasmo admiraba, llegaré a alcanzarlo yo.
    A mi me consiguieron transmitir la ilusión, no pierda usted esas ganas por crear nuevos adeptos a este amor incondicional por la justicia.

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