PUBLICO: PRESENTE O AUSENTE


publico

                Ya comentaba en la anterior entrada que nuestros espectadores se englobaban en dos grupos: los ciudadanos, destinatarios finales de nuestro trabajo, y el público presente en la sala, que también entra en el grupo de los destinatarios, pero que tiene la oportunidad de presenciar nuestro estreno en vivo y en directo. Los segundos ven la función desde el patio de butacas, pero deben guardar silencio para que ésta se desarrolle correctamente. Los segundos, ven la grabación desde sus casas, cómodamente arrebujados en sus sillones, con sus palomitas, y pueden dar al Play, y atrás y adelante según quieran, pueden saltar trozos o repetir otros su antojo, y pueden comentar y juzgar el espectáculo. Por eso son nuestros protagonistas esenciales, nunca deben quedar en meros figurantes. Pero de ellos ya hablamos.

                De quien se trata ahora es del público presente en la sala de vistas, ése que por una u otra razón asiste al juicio y presencia nuestra actuación en directo, y que puede ser cualquiera. Salvo muy contadas excepciones, en que se celebra la vista a puerta cerrada, los juicios son públicos, porque así lo dice la ley y porque no puede ser de otro modo. Y es la voz del auxilio judicial anunciando “audiencia pública” la que da entrada a todas esas personas que aguardan para ver nuestro espectáculo. Si es que hay alguna, claro, que no siempre es el caso.

                Entre el público presente en la sala, encontramos grupos del más diverso pelaje, dicho sea con todos los respetos. Desde grupos de estudiantes de instituto o facultad en visita didáctica hasta alumnos de Derecho que hacen sus prácticas, desde periodistas libreta en mano realizando su trabajo hasta simples curiosos, desde familiares de la víctima o denunciante hasta íntimos del acusado o denunciado, desde grupos de presión organizados hasta espontáneos que pasaban por allí a otros menesteres… El público presente en la sala tiene que ver, oir y callar. La ley prevé expresamente que se abstendrán, incluso, de hacer gestos de aprobación o desaprobación, so pena de poder ser desalojados. Pero no siempre es fácil evitarlo, ni menos aún no comprenderlo.

                Por supuesto, el comportamiento y las reacciones del público dependen mucho del género de la obra de que se trate que, como ya vimos, puede ir desde una amable comedia hasta un terrible drama. Como en cualquier teatro.

                Todos los que ya tenemos ciertas tablas hemos vivido anécdotas curiosas en esos inefables juicios de faltas. Peleas entre dos vecinos en que el público presente está formado por partidarios de uno u otro, y que asienten o deniegan con la cabeza según lo que oyen en las declaraciones. Incluso hacen aspavientos o se dan golpes de pecho –o de abanico, según el caso- hasta que el juez se ve obligado a advertirles que eso no pueden hacerlo. Algunos hasta levantan la mano pidiendo intervenir como si estuvieran en el colegio, y cuchichean entre ellos hasta que alguien les ordena callar, no siempre con éxito. Y hay quien, emulando las películas americanas, se levanta cuando el juez entra en escena.

                Pero las escenas entre el público no siempre son tan anecdóticas. Es estremecedor ver las caras de los familiares de una víctima asesinada cuando escuchan a los testigos del crimen. Y también lo es ver las de la familia del acusado. Y difícil compatibilizar la delicadeza del momento con la obligación de guardar el orden. Son momentos que se atraviesan en la garganta y nos instan a sacar lo mejor de nosotros mismos para concentrarnos en nuestro papel en la función. Pero a veces, son caras que nos persiguen hasta nuestras casas y se nos aparecen en sueños, se crea o no.

                Otras veces, el público está formado por verdaderos alborotadores, que esperan su momento para hacer su protesta, que para eso han venido. Son cosas que suceden en procesos mediáticos, por una u otra razón, y que seguro que todos hemos presenciado en televisión más de una vez. Generalmente, son desalojados, pero ellos ya han cumplido su objetivo. Mientras, los actores nos vemos obligados a seguir representando nuestros papeles como si nada hubiera pasado. Gajes del oficio.

                Pero no quería despedir a este personaje sin hacer alusión a algo que se ha incorporado en los últimos tiempos a nuestro devenir diario en las salas de vistas. Y ese algo no es otra cosa que el teléfono móvil. Aunque aun no hemos llegado al punto de los cines, donde un anuncio o la megafonía nos insta a silenciarlos, todos sabemos que deben estar apagados o silentes, y muchas veces así nos lo recuerda un discreto cartelito colocado en cualquier pared. Pero, indefectiblemente, el sonido de un teléfono móvil quiebra en algún momento la solemnidad de la vista. Y en ocasiones, crea momentos inolvidables. Como en un juicio en que el momento culminante de la declaración de la testigo se vio interrumpido por un “dame veneno, que quiero morir, dame veneeeeenoooo”, que tenía como tono de llamada uno de los asistentes. Pero no hay manera. Siempre hay alguien a quien le suena el móvil. E incluso hay alguien que se empeña en contestarlo y hasta pone cara de sorpresa si le llaman la atención y le echan de la sala y explica como si tal cosa “que era sólo un momento”.

                Pero ése es nuestro público el día del estreno. Y lo malo es que no puede aplaudir ni abuchearnos. Como público, no tiene otro remedio que ser un figurante, aunque como ciudadano sea protagonista. Y sólo nos queda hacerlo lo mejor posible para que, cuando llegue a su casa, nos pueda dar su aplauso como ciudadano.

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