#historiasdebicis : El dedo corazón


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El dedo corazón

Cada vez que pasaba por el escaparate de la tienda de bicicletas, recordaba mi asignatura pendiente. Jamás aprendí a montar. Y todavía me dolía el recuerdo.

Mi padre enseñó a mis hermanos. Compró una flamante bicicleta de segunda mano, y fue iniciándoles uno a uno en el arte del pedaleo a medía que cumplían once años. Yo esperaba con ansia el día de mi undécimo cumpleaños para adquirir el derecho a subir en nuestra bicicleta, la más preciada y casi la única de nuestras posesiones.

Cuando llegó el día, me subí a aquel artefacto, sin tener ni idea de qué era lo que había que hacer. Esperaba, sentada a horcajadas en el sillín, a que llegara mi padre del campo. Mantenía el equilibrio a duras penas. La bici era enorme y no me llegaban los pies al suelo.

Por fin llegó, y yo puse una sonrisa resplandeciente, enseñando mis dientes apiñados. Fue la última vez que pude mostrarlos todos a un tiempo. Antes de que me diera cuenta, me cayó un bofetón de tal calibre que la bicicleta y yo nos estampamos contra el suelo. La boca me sabía a sangre porque se me habían partido las dos palas. Vi una de ellas en el suelo casi entera. Pero yo no tenía fuerzas para recogerla y a mi padre le interesaba más recoger la cadena de la bici, que se había salido de su guía. Las ruedas no corrieron mejor suerte, y se quedaron en forma de cuatro. Mi padre recuperó los pedazos de la bicicleta y me dejó a mí en el suelo, con mi pala rota, y la sangre saliendo a borbotones de mi boca y de mi alma. Mi madre miraba por detrás del visillo sin decir nada.

Al cabo de un rato, después de comprobados los daños, mi padre volvió. Me agarró del brazo con tanta fuerza que me retorció el dedo corazón, sumando un dolor nuevo a los que ya llevaba. Y a los que habían de venir.

Aquel día de mi cumpleaños fue la primera de las muchas palizas que recibí de él, mientras mi madre permanecía inmóvil como una estatua. Entonces fue cuando comprendí que mi madre no se caía tantas veces como nos contaba, ni se tropezaba con  las puertas. Supe en carne propia el por qué de cada hematoma, de cada rasguño, de cada hueso roto.

Llegó un momento en que los golpes ya no dolían. Solo esperábamos que pasaran pronto. Mi madre y yo veíamos aparcar la bicicleta y ya sabiamos lo que venía. Y así un día tras otro hasta el momento en que pude escapar y marcharme muy lejos.

Salí adelante como pude, trabajando en lo que saliera, sobreviviendo. Cualquier cosa antes que volver a pasar por aquello. Tuvieron que operarme el dedo corazón, que él había fracturado y nadie curó, y recomponerme los dientes que perdí. Y, conforme reponían mis huesos a su sitio, mi espíritu se iba recolocando en busca del lugar que me arrebataron siendo una niña.

Hoy hace cuarenta años de todo aquello. Es mi cumpleaños, y me he regalado a mí misma una bicicleta, que hace unos días aprendí a montar. La he subido a mi coche, y he vuelto por vez primera al pueblo donde pasé mi infancia.

Subida a mi bicicleta, he dado un paseo hasta llegar a aquella casa donde viví. Está abandonada, y su silueta siniestra ya no parece tan amenazante como lo fue un día. He pasado por el lugar donde me dijeron que esparcieron las cenizas de mi padre. Solo una cosa parece recordar su paso por el mundo. Su vieja bicicleta, oxidándose sin  que nadie lo impida.

He pedaleado hasta ponerme a su altura. Y allí, sonriendo con todos los dientes que vuelve a tener mi boca, he pensado en levantar bien alto mi recompuesto dedo corazón para expresar lo que siento. Pero lo he pensado mejor. Junto con el corazón alzo mi dedo índice y dibujo en el aire una uve imaginaria. Por fin he ganado.

 

 

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