Agobio: con mi toga y mi reloj


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Ansiedad. Agobio. Angustia. Presión. Estrés. ¿A quien no le suena? En el teatro y fuera de él. En el escenario y en la vida. Este es el mundo que nos toca vivir. O no.

En el teatro es un clásico. Los nervios del estreno, el montaje que no está acabado, el vestuario que no llega, los retoques de última hora, la estrella que llegó tarde, los caprichos de los divos, los decorados que no están a punto, el sonido que falla. Mil cosas. No sé si por un mecanismo de defensa o porque realmente es así, dicen en el teatro que un ensayo general horrendo augura un gran estreno. Y no sé si es así. Pero quizás alguien inventó el dicho para evitarle un infarto fulminante a algún director a punto del colapso. Pero en general, funciona. O al menos queremos creerlo.

Nuestro teatro no es que no se libra de esto, Es que vive permanentemente en un ay, pendiente de plazos y señalamientos, y haciendo encaje de bolillos para que no coincidan. Los Procuradores, actores principales en esta parte de la función, viven Deprisa, deprisa . Pero no son los únicos.

Desde el principio de nuestra incursión en este mundo, nos introducen en un universo de plazos y agitación. Fechas de exámenes, prácticas y demás para los estudiantes. Y, en cuanto uno se convierte en opositor, el odioso cronómetro se convierte en eterno compañero de su vida. Cantar los temas en tiempo, sin que los numeritos digitales se menos queden cortos o se nos pase el arroz. Como si fuera una paella con el riesgo de que el arroz quede duro como perdigones si falta tiempo de cocción o de quedar un emplasto apto para cimentar catedrales si uno se excede. Quizá por eso, en mis primeros tiempos de preparadora, usaba un temporizador de cocina, un huevo primero y luego una simpática ollita con sus verduritas –con ojitos y todo- rebosantes, regalo de un querido alumno. También llamados “pollitos”, siguiendo con el símil gastronómico y desde el afecto incondicional que les profeso.

Y a partir de ahí nuestra vida con toga y tacones, o sin ellos, se convierte también en una vida con toga y reloj. Sea el del teléfono móvil  o el de pulsera, del que los migrantes digitales no hemos sabido desprendernos. Como pasaría en su día al de cadena, tan elegante. El del conejito de Alicia en el País de las Maravillas.

Plazos, recursos, prisas por la entrada en vigor o por aprovechar la vacatio legis. Ya les dedicamos sus respectivos estrenos, como también a ese insufrible lexnet que tantas cuitas nos causa. Y a su papá el fantasmagórico Papel 0. Pero no solo es eso. Es vivir en un permanente corre-que-te-pillo -tacones, para qué os quiero-, cruzando los dedos para que no coincidan las cosas, no nos notifiquen una causa con preso justo el día antes de vacaciones a la vez que ese par de sentencias que andábamos esperando que y que había que recurrir sí o sí.

Todos sufrimos estos agobios. Los jueces, a los que se les amontona la faena entre juicios y sentencias, los LAJ, tratando de estar aquí y allá, los fiscales, desparramados entre guardias y juicios mientras el papel crece a su aire en los despachos, los abogados y los procuradores, con la espada de Damocles de los plazos sobre sus cabezas. Vivir sin vivir en mí, como Santa Teresa en versión toguitaconada o poco menos.

Pero si hay una cosa que demuestra este desasosiego, es algo que pasa con frecuencia. Con más de la que debería. Y que no es otra cosa que la pelea encarnizada que a veces protagonizamos En busca del Abogado perdido. O, mejor dicho, no perdido, sino secuestrado por las hordas enemigas del juzgado vecino. Tal como suena. Porque en eso se convierte el juzgado que te ha robado al letrado justo cuando lo necesitabas. Que si es preferente la guardia, la causa con preso, el señalamiento anterior, la jurisdicción penal, la violencia de género, los menores o vaya usted a saber qué. Todos tienen razón, o lo pretenden. Y confieso que más de una vez me he arremangado las puñetas de la toga y me he ido a recuperar a un abogado como si no hubiera un mañana, y he entrado donde haga falta cual elefante en cacharrería dispuesta a todo con tal de que el letrado venga. Y, como el juicio de Salomón, juro que he llegado a temer ver a  algún abogado partido por la mitad. Y aún temo a veces que llegue el día en que esto pase.

Así que, vaya hoy el aplauso para todos los que sufren el estrés nuestro de cada día. Porque no nos queda otra para hacer Justicia, tal como estamos. Y que no falte.

 

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6 pensamientos en “Agobio: con mi toga y mi reloj

  1. Me ha encantado, pero Con todos los respetos, nunca nadie se acuerda de los funcionarios de la oficina judicial, gestores, tranitadores y auxilios indispensables en el trabajo judicial y q tambien sufren ese estrés y presión

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