Menores: los más vulnerables


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Los niños siempre han sido una garantía de éxito para el mundo del espectáculo. Desde El Chico que acompañaba a Charlie Chaplin a la Pequeña Coronela de tirabuzones dorados llamada Shirley Temple, desde la pizpireta Marisol a la más concentrada Ana Belén de Zampo y yo y, cómo no, el inevitable Joselito con sus 12 cascabeles y su Campanera a cuestas o el tierno Pablito Calvo de Marcelino Pan y Vino. Aún a costa de ellos mismos y de perder su infancia, como han contado luego algunos de ellos. Como la propia Marisol, la niña de ET, el extraterrestre o el niño de Solo en Casa. Pero, sea como fuere, la receta siempre ha sido infalible y ahí está Harry Potter y toda su saga para demostrarlo.

También en nuestro teatro contamos con muchos protagonistas que no han alcanzado la mayoría de edad. A uno y otro lado del banquillo, como autores o como cómplices, como actores principales o secundarios, están mucho más presentes de lo que a primera vista pudiera parecer. No solo en los casos mediáticos, esos que hacen clamar a gritos un endurecimiento de las medidas a imponer a los menores que delinquen, o esos otros que hacen clamar, a gritos también, un amento de la protección de los menores que son víctimas. Ni son solo los que salen en noticias truculentas en los informativos, ni puede dejarse las medidas a adoptar en uno u otro caso a lo que se pida a golpe de telediario.

Reconozco que los niños y las niñas que visitan los juzgados, por una u otra cusa, nos han arrancado a todos más de una sonrisa. Hay momentos tiernos, pequeños detalles, que quedarán en el disco duro de nuestras memorias para siempre. Recuerdo que hace tiempo, cuando las dependencias del Juzgado de Violencia sobre la Mujer no estaban en el Juzgado de guardia, improvisamos una pequeña sala para ellos a base de llevar juguetes de los que nuestras propias criaturas habían dejado en desuso. Allí se entretenían aquellos angelitos que se veían obligados a acudir allí con sus madres porque éstas no tenían dónde ni con quién dejarles. Con muñecas, coches, libros o piezas de construcción, aunque el top ten siempre acababan siendo los fosforitos y el cuño del Juzgado. Teníamos también una pequeña exposición de sus obras pictóricas, que a buen seguro hubieran dado material suficiente para más de un dictamen psicológico. Una de aquellas obras maestras, hecha por la hija de un abogado que la trajo con él por exigencias de la conciliación –o mejor dicho, la falta de ella- me gustaba especialmente. Una figura garabaeteada de una mujer con una enorme sonrisa, los labios pintados, grandes pestañas, una capa negra y unos enormes zapatos de tacón, y una leyenda abajo “para Susana”. Quizás aquel dibujo fue el precursor de estas historias toguitaconadas. Hace unos días volví a ver a la niña, ya una mujer, y recordé su dibujo. Y junto a él, todos los demás dibujos de otros niños, la mayoría menos alegres que aquél.

Y es que los niños son constantes visitantes de las tablas de nuestro escenario. Unas veces, como autores, protagonistas absolutos de esa jurisdicción de menores tan delicada y tan difícil. Es una pena que apenas se conozca ese trabajo cuando hechos terribles lo traen a las portadas. Menores que cometen delitos tan graves que lo único que emerge es un grito de venganza social, demandando un incremento de penas. Sin que se sepa que las medidas que se aplican a ellos no son penas, y no pueden ser tratadas como tales. Y que también son duras, cuando tienen que serlo, aunque nunca puede –ni debe-compararse con las de los delitos cometidos por mayores de edad. Pero lo que no se ve, ni se sabe, es todo el trabajo que se hace con muchos menores, trabajo que da como resultado su reinserción en una sociedad que, en gran parte de los casos, no fue todo lo generosa que debería ser con ellos.

Me contaba el otro día una abogado amigo, especialista en menores, que le llevaron a un menor y no sé qué narices le habrían contado, pero le tomó por una especie de hechicero. Y es que en verdad a veces hay que ser magos para encontrar soluciones a temas tan delicados.

Y luego están todos esos menores que son víctimas de delitos. Muchos, por desgracia, de delitos contra la libertad sexual por desalmados que nos revuelven las entrañas. Otros, de malos tratos por aquellos que más debieran cuidar de ellos. Y, en otros muchos casos, víctimas invisibles de las disputas de sus padres, o del maltrato que se ejerce en su entorno aún sin ponerles a ellos una mano encima.

¿Pensamos siempre lo difícil que es para un niño venir a un juzgado, declarar ante unos señores que no conoce de nada o recordar cosas que su mente quiere borrar, o hablar de sus padres? Lo cierto es que hay grandes profesionales que, aún con medios escasos hacen todo lo que pueden para intentar aminorar los efectos negativos. Y que cada vez se intenta hacer mejor. Pero aún le falta mucho al sistema, y más todavía cuando leyes como la de la Infancia o el Estatuto de la Víctima nacen sin dotación presupuestaria porque así lo establece la propia ley. Cosas del disposicionadicionalismo low cost que nos ha invadido.

Así que el aplauso lo dedicaremos hoy a todos los profesionales que se dejan el alma y las horas en hacer que la vida de esos menores sea mejor. Pero no dejaremos sin lanzar una ración de tomates a quienes no ponen todos los medios que hacen falta. Porque nada hay más vulnerable que un niño. O una niña, claro, está.

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