Preguntas difíciles: más sobre menores


bebe ojos

A veces los estrenos dan lugar a sus remakes, a sus spin off, sus secuelas o sus sagas. O simplemente, sus respuestas. De crítica, público o ambos. Y siempre que se puede hay que responder. O se puede perder el favor del público. Y eso sí que no.

Nuestro teatro no podía ser menos. Y, entre los amables mensajes y rebloggeos con que lo honran, recibió ayer uno que contenía algo más. Un guante lanzado a esta humilde toguitaconada como si de Errol Flyn se tratara, presta a batirse en duelo por cualquier causa que lo merezca. Aunque más que un duelo acabe siendo una llamada a la reflexión. O lo pretenda.

El guante en cuestión venía rubricado con la tarjeta virtual de Francisco Rosales (@notarioalcala), del que no me desharé en elogios porque basta leer lo que se plantea y cómo lo hace para percatarse de su calidad humana y jurídica. Para los que no le conozcan, que las estrellas es lo que tienen. Aunque sean digitales y regenten una Notaría.

Así que sin más preámbulos se alza el telón:

gif telon 2

 

No se si esto es un post o una carta, no se si la amistad cibernética que nos une me permite empezar diciendo querida amiga, o tu oficio y el mío me obliga a empezar con un Ilustrísima Señora.

El motivo de estas líneas es un post que escribiste explicando que los menores son los más vulnerables ante la justicia.

No sé si existen las casualidades, de hecho creo que no existen, y es frecuente que en mi despacho vengan padres acompañados de menores, tema sobre el que he escrito en mi blog.

Sin embargo tu post llega en una semana en la que personalmente viví una experiencia de ésas que todos los juristas vivimos a veces y que nos llevamos directamente a algún sitio del alma donde se acumulan momentos en los que lo personal irrumpe en lo profesional, provocando muchas preguntas y unas sensaciones que no puedo explicar.

Sabes que soy Notario en Alcalá de Guadaíra, y sinceramente me duele que mi pueblo sea más famoso por un centro penitenciario en el que estuvo ingresada una folclórica cuyo nombre no es al caso, que por otras cosas muy bonitas que tiene.

Lo cierto es que en ocasiones tengo que acudir a ese centro, pues los reclusos como ciudadanos también necesitan en ocasiones de los servicios de un Notario.

Nunca me ha dejado indiferente el acudir a ese sitio, pues lo primero que compruebas es que las personas que están ahí son tan normales como cualquier persona que puede acudir a tu despacho; quizá el ver tantas películas deforma mucho lo que creemos que es la cárcel, pues es un sitio muy distinto al que aparece en las películas.

El tema es que esta semana me enteré que hay un módulo de madres, en el que están las reclusas que tienen hijos menores, los cuales viven con ellas.

En un principio me pareció que la idea es buena, pues no puede haber castigo más cruel que separar a una madre de un hijo, o a un hijo de una madre; y que si el fin de la cárcel no es castigar, sino rehabilitar, la mejor manera de hacer ver a alguien que se ha equivocado es probablemente con un niño.

Por circunstancias del trabajo, llegué a la cárcel justo cuando los menores salían de la guardería que tiene el propio centro penitenciario; así me lo hicieron saber, y nuevamente pensé que era bueno ayudar a las madres a la crianza de los hijos, y formar a esos hijos, así como que los hijos vivieran en un entorno lo más parecido al que hay fuera de una cárcel.

Confieso que iba alabando nuestro sistema jurídico, pensando en lo buenos que somos, y lleno de una especie de felicidad.

Pero todo cambió cuando terminé de entender a la reclusa y saliendo abren la puerta que hay frente a mi.

No apareció un niño, apareció una batería de ojos negros como platos, con la inocencia que sólo los ojos de un niño puede transmitir, menos dos que eran mayores (o sea tenían no más de tres o cuatro años) todos esos ojos sobresalían de unos chupetes enormes que no podían ocultar la sonrisa que tiene un niño cuando ve a su madre.

Todos se veían felices, y no es para menos, estaban viendo a sus mamás, todos llevaban en la mano, no se qué regalo que ese día habían hecho para sus madres, y todas esas madres abrían los brazos, como sólo una madre puede abrirlos dispuestos a apretar a una parte de ellas mismas.

Los funcionarios sonreían, ayudaban a niños y a madres, que montaban el guirigay que muchas veces he visto en la salida de un colegio.

Sin embargo, eso era una cárcel, eran niños en una cárcel, yo lo sabía, las madres también, los funcionarios también y sólo de pensar que lo supieran los dueños de esos chupetes sentí que algo se rompía en mi alma, pensé que todas las tonterías que pensaba antes de entrar tonterías que sólo puede pensar un majadero.

Sonreía, no puedo negar que sonreía viendo a esos niños y a esas madres, pero algo lloraba muy dentro de mi, no sé explicarlo; sé que esas mujeres están ahí por algo, perdona que trate de culparte (no lo hago créeme) me acordé de ti, pues pensé en qué juez y qué fiscal puede pedir esa condena.

Sé que el fiscal no pide condena, sólo defiende la ley; sé que el juez no condena, simplemente aplica la ley, sé que la ley la hacemos todos, y que en muchas ocasiones es justa, que esas mujeres están ahí porque hicieron algo.

Sin embargo, no encuentro consuelo, algo me dice que probablemente no lo haya, eran niños en una cárcel, y nadie me puede convencer que ese no es el sitio para un niño.

¿Puedes ayudarme?

 

 

Ya está el guante echado, como echado queda nuestro telón para hacer un intermedio. El que precede a la segunda parte de esta sesión especial de nuestra función.

 

Y ahora viene lo más difícil. Contestar. O, al menos, tratar de hacerlo. Y no a una sola pregunta, sino a varias.

¿Qué habían hecho estas mujeres para estar en prisión? ¿Es la cárcel el mejor sitio para esos niños? ¿Es mejor separarlos de sus madres para que vivan en libertad? ¿Es posible que las madres de niños tan pequeños dejen de cumplir sus condenas en prisión para criar en sus hijos en un entorno adecuado? ¿Hay alguna otra opción de cumplimiento para evitar estos efectos?

La respuesta no es que no sea fácil. Es que es imposible. Pero al menos trataré de coger a los lectores imagianariamente de la mano, si me lo permiten, y darnos un paseo por estas cuestiones. Vamos allá.

La cárcel es uno de los sitios más feos donde se puede estar. Por más humana que quieran hacerla, el sonido de una puerta que se cierra y cierra con ella la libertad es uno de los sonidos más horribles. Incluso cuando vamos de visita profesional esas puertas ponen los pelos de punta. Y no es para menos. Eso es algo que pienso cuando alguien frivoliza con lo bien que están los presos, con que si tienen piscina o televisor o pueden estudiar una carrera. Por fortuna, no estamos en los tiempos de El Conde de Montecristo ni el terrible Chateau de If, ni siquiera en los de Fuga de Alcatraz. Acabáramos.

Pero lo bien cierto es que, por más que intenten hacer un entorno amable para las madres presas y sus hijos, una cárcel es una cárcel. Y esos niños perderán de su infancia lo que la mayoría de nosotros guardamos como un tesoro: los juegos en la calle, estar en un parque, en una playa, en la montaña, ir de un lado a otro. Aunque es cuanto tengan la edad escolar salgan de allí, han perdido un tesoro. Sin olvidar otra cosa importante: el contacto con su padre, sea quien sea y haga lo que haga. Algo también a tener en cuenta.

De otra parte, si se quedaran lejos de sus madres perderían el contacto con ellas, otro tesoro que jamás recuperarían. Los primeros años con una madre marcan para siempre. Como también lo marcan con un padre. Al igual que marca la ausencia de ambos. Una ecuación difícil de despejar.

Pero hay una tercera incógnita. La sociedad. Es ésta y sus leyes las que han decidido, sentencia mediante, que la madre en cuestión debe estar en prisión por el delito que ha cometido. Y es difícil sostener otra cosa, porque hacer una excepción podría suponer un peligroso antecedente. El viejo dicho de ser peor el remedio que la enfermedad. O no. Pero la cuestión es que no puede dejar de castigarse un hecho o rebajar una condena porque la circunstancia de que la autora sea madre, si esto nada tiene que ver con el delito cometido. Y las víctimas de ese delito no lo entenderían. Imaginemos que la condena existe por matar a alguien, a una persona que también tiene madre ¿cómo explicarle que quien le privó de su hijo pueda librarse de su justo castigo por el hecho de tener un hijo?

Así que cualquier solución posible estaría tejida con renuncias. La del niño a criarse en libertad, la de ese mismo niño a tener a su madre, o la de la sociedad a la que el niño pertenece a que se haga justicia. Y eso solo partiendo de los derechos del niño o de la niña en cuestión, que son los que más deben importarnos.

Difícil decisión. Así que lamento no poder dar respuesta a la carta y dejar las dudas en el aire. Eso sí, con un ruego. Si esas criaturas han de empezar su vida entre las paredes de una prisión, que les garanticemos las mejores condiciones posibles. Y no solo eso. Que, una vez estén fuera de ese recinto, les sigamos garantizando una vida que haga que jamás vuelvan a pisarlo. No les fallemos en eso, porque la educación es el único modo de cerrar el círculo.

 

Se cierra el telón. Los aplausos, por supuesto, para el invitado especial. Gracias por hacernos pensar y sentir.

 

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3 pensamientos en “Preguntas difíciles: más sobre menores

  1. Hoy escribo a Susana, desde que estoy haciendo un curso sobre la pena de muerte,relacionandome con distintas sensibilidades,en distintos paises y en respuesta a tu pregunta, desde mi humilde opinión, que es mía, cuando dejemos de ver al reo no solo por el delito cometido,sino como un ser humano con sus circunstancias de madre porque el delito no define a la persona sino la suma de sus circunstancias y a ella no solo para justificar sino porque va más allá, porque en situaciones extremas¿Que haríamos? y no nos rasguemos las vestiduras.
    Por otra parte está lo totalmente discriminatorio que puede resultar la ley,porque quién termina cumpliendo condena,quien carece de medios económicos ,que tremenda injusticia, y dolorosa lección y siempre teniendo en cuenta que la función de la pena no solo es castigar con el látigo del Estado sino la reeducación y reinserción en la sociedad Y ahÍ TENDRÍA IMPORTANCIA LAS VICTIMAS , QUE TIENEN MUCHO QUE DECIR,

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  2. Los aplausos son para ti, por afrontar un tema tan delicado, y aliviar el dolor que aún sigo sintiendo.

    Me quedo con la esperanza de que alguien que no sea jurista lea este post antes de hacer una tontería, y que comprenda que no hay una, sino muchas víctimas de un delito.

    Se que es un problema complejo, y que el primer responsable es quien hace lo que no debe de hacer; pero si creo que post como este pueden ayudar a evitar situaciones como las que viví (por cierto, lo que comentas de las puertas es verdad).

    Te agradezco de corazón tus palabras, y espero que sirvan para entender que un fiscal no es ese que sale en las pelis que tanto te gustan, y que normalmente hacen de malos, sino una persona que está cerca de problemas muy serios, y tiene las santas narices de intentar resolver lo que un notario de pueblo no puede olvidar.

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