Terror: que no nos pare


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Ya hemos hablado en otros estrenos del éxito del thriller como género cinematográfico. Desde las sagas sangrientas hasta el terror psicológico más sofisticado, el terror es un sentimiento que da para mucho. Todos hemos visto aparecer en sueños, como aquella Pesadilla en Elm Street a una caterva de personajes, reales o ficticios, o a medias entre ambos mundos. El Hombre del Saco de nuestra infancia –o su versión más real, el Sacamantecas– , Drácula, Frankesntein, Freddy Krugger o el Hombre Lobo son ya un clásico. Y todos sabemos también a qué nos referimos cuando viramos la cabeza como la niña de El Exorcista o llamamos a la Carolyn de Poltergeist a la luz, o vemos en ocasiones muertos como el niño de El Sexto Sentido. Ya forman parte de nuestra vida, como los zombies de Michael Jackson, herederos de una tradición que aún hoy continúa.

Pero el verdadero terror, por desgracia, no es cosa del cine. El terror nos lo llevan trayendo, a la vida y a nuestro escenario, personas bien reales bajo siglas que pretenden enmascarar la maldad bajo una ideología, unos principios o una religión. Mentiras. Con todas las letras.

No nos deben parar. Show must go on. Pero tampoco podemos callar a tamaña salvajada. Bruselas acaba de teñirse de luto como hace unos meses se tiñó Paris y antes Londres y Nueva York. Y, por supuesto, Madrid, aquel infame 11 M que quedará grabado a fuego en nuestra memoria colectiva. Sin olvidarnos de todos los muertos que otra organización de otra índole pero parejo salvajismo sembró durante muchos años en España. Y muchas otras en otros lugares, en otras fronteras. Porque nada ni nadie justifica esto.

Como tampoco justifica el terror que un día tras otro sufren más allá de nuestras fronteras, más allá de nuestro continente. Ese terror que es el mismo pero que parece que no vemos igual en función del número de kilómetros que lo separan del sofá de nuestras casas. Como mucho, ellos nos dan pena. Pero ahora representan su macabra función cerca de nosotros nos dan miedo. Terror. Ese virus que se inocula de golpe y se extiende rápido.

Nuestro teatro vive parte de ese horror. Representa algunas de sus funciones reproduciendo esos escenarios, sobre todo en el ámbito de la Audiencia Nacional que, con su respectiva Fiscalía, es a quien le tocó en el reparto de papeles representar éste. Y sé que no es fácil, aunque toco de oídas. Pero seguro que a nadie se le escapa lo difícil que es transitar en ese mundo, aún parapetado tras la toga. Desde los espeluznantes levantamientos de cadáver hasta la convivencia con el miedo que obligaba a tener escolta, desde el dolor de perder a compañeros hasta la dificultad de bregar con juicios donde, a buen seguro, el corazón y el cerebro andan divorciándose a cada paso. Lo que te piden las entrañas y lo que te pide la ley, nada menos.

Pero esta es la grandeza de la civilización y del estado de derecho. Y esto es lo que hemos de defender A capa y espada. Sin que nos ganen las vísceras ni dejemos resquicio para la venganza. Ahora más que nunca.

¿Y por qué ahora más que nunca? Porque es así. Porque es fácil caer en la tentación de usar este terror para otras cosas. Para amparar medidas restrictivas e inhumanas a quienes no hacen otra cosa que huir de ese espanto. Para justificar la xenofobia y el odio, e incluso para auparse al poder personajes que recuerdan demasiado tiempos de cruces gamadas. Y también para limitar los derechos que hacen grande el estado de Derecho.

Cuidado. El terror acecha. Pero no solo lo hace dentro de explosivos. Lo hace cada vez que justifica lo injustificable. No dejemos que nos posea.

Así que hoy el aplauso es múltiple. Para todos los que luchan contra él, con o sin toga. Y también para quienes, pese a todo no se dejan doblegar. Y por supuesto, una cerrada ovación para las víctimas. Pasadas y presentes. Y ojala que no sean futuras.

 

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4 pensamientos en “Terror: que no nos pare

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