Imagina: por un mundo en paz


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Hoy nuestro escenario está de luto. Mi toga es más negra que nunca, y mis tacones cambian los lunares por las rayas rojas y amarillas de la bandera catalana.

Hoy me pedía el cuerpo colgar el cartel de “cerrado por defunción”. Pero si lo hiciera ellos habrían ganado. El terror que nos quieren imponer no nos puede parar, como no nos paró en París , en Bruselas, en Berlín, en Londres  ni nos debe parar nunca.

Por eso hoy nuestro escenario abre el telón en un estreno especial. Un pequeño relato en forma de homenaje. El homenaje que no hubiera querido tener que hacer

 

IMAGINA

                Barcelona, agosto de 2027. Uno de los salones del Ayuntamiento engalanado para la celebración de una boda.

                Lleno a reventar. Los numerosos asistentes esperan la llegada de los novios con la ilusión y la emoción pintadas en sus caras. Incluso alguna lágrima se escapa de quienes ocupan las primeras filas.

                Marina y Mohammed entran en el salón cogidos de la mano. Viendo su enorme sonrisa, nadie pensaría cuánto les costó llegar hasta aquí. Pero aquí están, con una expresión en la cara que lo dice todo.

                Iniciaron su relación justo diez años antes, cuando Barcelona, Cataluña y el mundo entero lloraban las víctimas del terror que, sobre ruedas, arrasó las Ramblas, como más tarde lo haría en Cambrils y quién sabe dónde más lo habría intentado.

                Al principio no lo notaron tanto. El dolor era demasiado grande y todo el mundo trataba de sobreponerse a él de la mejor manera posible. Pero, al cabo del tiempo, cuando la herida abierta empezaba a cicatrizar, las cosas cambiaron.

                La verdad es que nadie se atrevió a rechazar a Mohammed abiertamente. Pero cada día chocaban con miradas que ponían barreras tan altas y tan duras como un muro de cemento. Tampoco nadie se atrevió a decirle a Marina con franqueza que dejara a Mohammed, pero oía constantmente recomendaciones, consejos, o expresiones que le invitaban a reconsiderar su relación. Muchas veces tuvo que tragarse las lágrimas de rabia al oir aquello de “Marina, no es el momento”, “Marina, piénsalo bien”, “Marina, hay muchos otros chicos”

                Marina permanecía callada. Mohammed así lo quería y ella respetaba sus deseos, tanto como él respetaba los suyos. También fingía que no se daba cuenta cuando algunos amigos dejaban de llamarla o no le invitaban a algunos sitios. Pero, cada vez que ocurría, juraría que oía chirriar las ruedas de aquella furgoneta maldita y el sonido de disparos en aquella tarde aciaga en Las Ramblas.

                Porque Marina estuvo allí. Como también estaba Mohammed. Todavía recuerda, como si fuera ahora, el instante en que aquel chico asustado se colaba dentro de la tienda donde ella se encontraba. Una tienda ubicada en pleno epicentro de la tragedia y que les sirvió de parapeto y refugio.

                Allí se conocieron. Allí permaneció junto a él tratando de aliviar su angustia y su impotencia. Y juntos salieron de allí después de muchas horas para no volverse a separar.

                Pero había algo más. Algo que Marina sabía y que Mohammed nunca contaba ni quería que ella lo hiciera. Su madre, Ayesha, musulmana como él, quedó tendida en el suelo de Las Ramblas para no volver a levantarse. Ella fue una de las víctimas de aquella tragedia que cambió su vida.

                Marina, al principio, le pedía que lo contase. Sufría con ese rechazo imperceptible a su raza y a su religión y pensaba que conocer su historia ayudaría a aceptarlo. Pero Mohammed fue implacable. No quería causar lástima. No quería usar la muleta que le confería el estatus de víctima para atravesar la muralla de la intolerancia y el miedo.

                Mohammed tenía razón. El, y tantas personas como él podían por sí solos hacer comprender al mundo que no hay dios ni religión que justifique aquello. Y menos aún, el suyo.

                Por suerte, el miedo poco a poco fue cediendo a la cordura, a la tolerancia y al deseo de vivir en paz. Vencieron el rechazo. Y Marina oía ahora otros consejos  distintos de aquellos que tanto le dolieron “Marina, qué chico tan fantástico” “Marina, qué buena pareja hacéis” “Marina, qué preciosa historia la vuestra”.

                Marina y Mohammed ya se han dado el sí quiero. Tras de ellos, los padres de Marina sonríen satisfechos. Pero tal vez quienes más sonríen son las hermanas de él, radiantes de alegría. Una de ellas lleva un pañuelo cubriéndole el pelo. La otra lleva la melena suelta, sujeta a un lado con una flor blanca. Y las dos están igual de hermosas, igual de felices, igual de sonrientes.

                También es idéntica la lágrima que se les escapa al escuchar la música con la que termina la ceremonia. Imagine, de John Lennon. Ellas son las únicas que, además de los novios, saben lo que aquella canción significa. En el establecimiento donde se refugiaron aquella tarde, Marina regaló a Mohammed un CD con aquella canción. Lo había comprado, como una premonición, minutos antes de que el terror sobre ruedas asolara la calle.

                La premonición de Marina y el empeño de Mohammed en seguir adelante debieron dar su fruto. Desde hace más de tres años, ningún atentado terrorista ha vuelto a abrir heridas en ciudad alguna.

 

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