Formalismos: tradición vs modernidad


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Mucho se ha escrito y hablado sobre los formalismos. En parte costumbres, o en parte tradiciones, a veces aparecen como barreras para el avance y otras como un seguro de que no se pierdan ciertas cosas del pasado. Y lo difícil es discernir unas de otras.

La farándula es un mundo poco dado, por su propia naturaleza, a los formalismos. Pero seguro que haberlos, haylos. Como hay  protocolos, y sus costumbres no escritas, acerca del modo de actuar en cada momento, a quién dirigirse en cada caso, y hasta cómo vestirse. Nadie cruza la alfombra roja en bikini y chanclas sino con un modelazo divino de la muerte o que pretende serlo, por más que a veces se le queden a una los ojos haciendo chiribitas viendo algunas de las cosas con las que se pasean por allí. Por no hablar de la risa que entra al pensar lo que se paga por determinados trapitos –en el más literal concepto de trapito- o, como diría mi madre, por una pantalón lleno de agujeros que están pidiendo a gritos un remiendo…y una limosna para su propietario o propietaria. Pero como también diría ella El mundo está loco, loco. O tal vez sea que Los dioses deben estar locos. Y quienes no son dioses, aún más.

Nuestro teatro es campo abonado a formalismos y tradiciones. Necesarios o viejunos, es cuestión de opinones y, sobre todo, cuestión de qué se trata. Como en botica, hay de todo. Cosas que no deberían perderse y cosas perfectamente prescindibles.

Y, por supuesto, hay que empezar por el vestuario. Aunque ya tuvo su propio estreno, la verdad es que togas, puñetas  y lo que va debajo de ellas han dado y darán mucho qué hablar. Sin olvidar mis tacones por descontado. ¿Es preciso seguir usando toga? ¿Es necesario vestir de una determinada manera y está proscrito hacerlo de otras? Pues según y depende.

En cuanto al uso de la toga, aunque, para ser sincera, no es un prodigio de alegría ni estiliza precisamente la figura, es nuestro uniforme y por tal hay que tomarlo. Aunque haya quien lo llama disfraz y hasta quien lo usa como tal, como la pequeña protagonista de la imagen que ilustra la cabecera de este blog. Como cualquier otro uniforme, es necesaria para identificar a los protagonistas de nuestro teatro e incluso para imponer un poco de respeto, aunque hay algunos que ni por ésas. “Esa del batín negro no hace más que decir mentiras”, le dijeron una vez a una compañera en un juicio de faltas. Y es que oímos de todo. Llamarnos “su señorita”, “mi señoría” o hasta “Majestad”. En una entrega de medallas, quien hacía las veces de maestro de ceremonias, después de imponer algunas a miembros del Poder Judicial, se tomó al pie de la letra eso de que somos iguales en tratamientos, y llamó a mis condecorados compañeros miembros del “Poder Fiscal”. Y ya quisiéramos.

En lo que atañe al vestuario que llevamos debajo de la toga también, tiene su aquel. Antes, todo el mundo tenía claro aquello de vestirse con solemnidad, de blanco y negro y traje de chaqueta. Lo que se sigue llamando guardar sala. Pero yo reconozco que yo no guardo nada y, aunque trato de ir adecuada, hace ya mucho tiempo que dejé de vestirme de revisor de tren, como decía una buena amiga. Y no creo que sea necesario.

Los juicios tienen su liturgia. Se supone, y así consta en las disposiciones legales, algunas más que vetustas, que el Fiscal se sentará a la izquierda del juez, salvo que su categoría sea superior al mismo, en cuyo caso irá a la derecha. La vida real es diferente. Las Salas tienen su sitio para juez, Fiscal y Laj –cuando estaban en juicio, claro- y no imagino a nadie escalafón en mano para saber cómo va el tema de las categorías y comenzar el juego de las sillas. Y mucho menos que se pueda cambiar de Sala o de mobiliario. Bastante suerte hay si se tiene sala o si ésta tiene un mobiliario decente.

Tal vez por eso cada vez es más frecuente la celebración en salas multiusos, donde juez, fiscal, letrados, procuradores, partes y testigos nos acoplamos como podemos. A veces, como piojos en costura. Algo que no está mal como solución, pero que provoca una cercanía entre todos que ha dado lugar a que las partes discutan entre ellas como si estuvieran en un bar, o interrumpan y hasta hagan escuchitas para corregir a sus propios abogados. Recuerdo una señora que, indignadísima, me dijo que ella quería hablar igual que todos los que estábamos en la mesa, a ver por qué tenía que ser menos.

Una de las tradiciones más arraigadas es la de pedir la venia. Esto no es otra cosa que pedir permiso y, la verdad es que no sé por qué lo hacemos al inicio de cada frase ni por qué con esa fórmula obsoleta y no con cualquier otra igualmente similar y respetuosa. Con permiso, por ejemplo. O simplemente con un gesto tras que se nos dé la palabra. Pero confieso que yo, contradicción pura, por más que me planteo hacerlo así, acabo dejándome llevar por la venia que posee mi garganta cada vez que abro la boca. Quizás me lo incrustaron por  chip cuando no me daba cuenta.

Parejo a ello está el tema del tuteo. ¿Hay que hablarse necesariamente de usted entre jueces, fiscales y Lajs, de un lado, y Abogados y Abogadas de otro? Pues es la costumbre, pero en mi opinión nada obsta al tuteo si se conoce a la persona de tiempo y se guarda igual respeto. A veces, un usted espetado con desprecio puede ser más ofensivo que el tuteo. Y confieso que me sigue dando risa ver a amigas que conozco muchos años dirigirse a mí de usted. Del mismo modo que yo les contesto. Lo que tengo claro es que el tuteo o el “ustedeo” ha de ser recíproco. Causa un efecto muy raro un diálogo entre dos personas en que una hable de usted y otra de tú. Y eso vale para funcionarios y para cualquier tipo de personal. Faltaría más.

Pero hay costumbres muy sanas que se van perdiendo. Cuando yo llegué a mi primer destino, y también después, el respectivo fiscal jefe nos llevaba de paseo presentádonos uno a uno a todos miembros de la carrera judicial del edificio. También al llegar nos presentábamos al resto de comapañeros haciendo el paseíllo despacho por despacho. Algo que hoy echo de menos. Sobre todo porque la plantilla crece y a veces no sé si quien está en la fotocopiadora es una compañera recién llegada o una espontánea que se acaba de colar. Y la verdad es que da corte preguntarlo, por aquello de no meter la pata. Y a lo mejor acabo metiendo la pata por no preguntarlo.

Y es que costumbres hay muchas. Una de las que recuerdo con más cariño era el modo de recibir a los recién llegados del Fiscal jefe en mi primer destino, un señor entrañable además de buen profesional. Sin cortarse un pelo, nos invitaba a sentarnos en un sofá en el que una se hundía hasta casi quedarse con las piernas colgando. Una vez allí, sacaba su almuerzo, envuelto en papel de periódico, y su termo de café u horchata, según la época. Y se ponía a almorzar tranquilamente. Por supuesto, nos tendía su bocadillo, y preguntaba eso de “¿gustas?”. No sé de nadie que gustara, pero, después de eso, una acababa creyéndose el mensaje de que éramos como una familia. Eso sí, con el tiempo, también acababa descubriendo que algunas familias terminan tirándose los trastos a la cabeza, como en la Guerra de los Rose.

Así que hoy el aplauso es para quienes, desde el respeto, logran el equilibrio entre la tradición y la modernidad. Algo mucho más difícil de lo que se piensa.

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