Sorpresas: lo imprevisible


CAJA SORPRESA

El mundo del arte está lleno de sorpresas. Es más, me atrevería a decir que la sorpresa es su esencia misma. Sea un espectáculo, un cuadro, una escultura o un libro, gran parte de su éxito es debido a la sensación de novedad del espectador, a encontrarse con algo inesperado, algo que le da un pellizco en donde quiera que tengamos situada la tecla correspondiente. La caja de bombones de la que hablaba a Forrest Gump su madre.

También nuestro teatro tiene su propia caja de bombones. Unos, riquísimos, otros, normalitos y alguno que otro con la almendra amarga que nos roba el regusto dulce que nos habían dejado los otros. Y, de vez en cuando, uno de los bombones  nos deja sorprendidos, como el licor dentro del chocolate del que nada sabíamos y que explota en la boca. A veces hasta nos mancha la cara y la ropa.

Alguien podría pensar que, con las bodas de plata toguitaconadas ya cumplidas, nada de este mundo podría sorprenderme. Va de retro, Satanás. He dicho una y mil veces que cuando llegue ese día será el momento de colgar la toga y dedicarme al corte y confección o a la cría del calamar salvaje.

  Sigo notando el pellizco cada vez que escucho a una víctima, cada vez que alguien me cuenta su historia, cada vez que una asunto se resuelve de manera inesperada o de la misma manera inesperada, no llega a resolverse. Hay cosas aparentemente fáciles que acaban complicándose hasta el paroxismo, y asuntos que augurábamos complicados que resultan ser sencillos como hacer palotes en primaria. He visto cosas que no creerías. Juicios de faltas o juicio por delitos leves que duran horas, y hasta días, partiendo de un expediente de apenas cincuenta folios. Y expedientes de un montón de tomos  que terminan –y bien- más aprisa que canta un gallo. Y, de repente, el último tomo. Y zas.

Pero como decía, no todo está en el número de folios, ni en la cantidad de normas jurídicas a aplicar, por más dolores de cabeza que nos regalen. Lo realmente sorprendente son las personas. Y lo son porque jamás un caso es igual a otro, por más que se parezcan a primera vista. Precisamente por eso se siguen necesitando jueces, fiscales, lajs, abogados, procuradores, médicos forenses, funcionarios y toda clase de operadores de este universo judicial. Si no fuera así, bastaría con un ordenador programado para introducir los datos. Denunciado, denunciante, hecho, antecedentes, fecha y rellenando todos los campos que se necesiten, saldría una sentencia calentita y crujiente como un churrito recién hecho. Y de eso nada. La naranja mecánica no debe florecer en nuestro mundo. Ni La toga mecánica, tampoco

También hay otras sorpresas más pedestres, más prosaicas. Las que nos llevamos día a día en el momento más inesperado. O las que nos gustaría llevarnos, que también. ¿Acaso nadie sueña con llegar a su despacho y llevarse la sorpresa de que Los Pitufos, los enanitos de Blancanieves, o los Tres Ositos de Ricitos de oro se hayan llevado sus expedientes y los hayan resuelto durante la noche? ¿Cómo sería si los ratoncitos de Cenicienta se dejaran de perder el tiempo en hacer un vestido para una sola noche y se pusieran a despachar sumarios y procedimientos abreviados? Si además, a estas alturas de la película ya deben saber que las malvadas hermanastras van a romperlo, y que el Hada Madrina solo tiene tiempo para calabazas y zapatitos de cristal y jamás ha asomado su nariz por Toguilandia?. Pues yo sigo esperando que pase, pero nada. No hay sorpresa que valga.

Aunque a veces el hada madrina anda por ahí camuflada y no sabemos verla. Yo confieso que la he descubierto alguna vez metida en el cuerpo de alguna compañera que me ha echado una mano cuando estaba agobiada sin esperar siquiera agradecimiento. Cosas como sustituirte en una guardia o en juicios, o aparecer con esa jurisprudencia que justo te hacía falta y con la que no dabas de ningún modo. Claro que esas hadas madrinas, como buenas hadas, hacen su trabajo a hurtadillas sin esperar nada a cambio. Para las que me estén leyendo, gracias. Que sepáis que os he visto más de una vez, aunque me haga la loca.

Pero no podemos acabar este estreno sin hablar de las sorpresas desagradables. No todo iba a ser alegría y buenrollismo. Porque a veces fallan las personas, y aquél de quien esperabas que te echara una mano va y si te descuidas te la echa al cuello.

Y luego están las sorpresas de andar por casa, tan frecuentes en nuestro teatro. Techos que se caen, inundaciones en cuanto caen cuatro gotas, material que desaparece, pequeños inquilinos como pulgas que nos hacen visitas inesperadas, sillas que se rompen y demás. Y una que, no por frecuente, deja de ser una auténtica pesadilla. Ese momento en que, tras celebrar el juicio, no se ha grabado nada. Y toca Volver a empezar.

Este tipo de sorpresas también vienen de la mano de la informática y sus ondas. Ese momento en que desaparece el informe que se estaba redactando, o el que estábamos seguros de haber guardado el día anterior, o de tener una copia a buen recaudo. Y, últimamente, las que puede regalar Lexnet, que, con esos agujeros que recuerdan al de un queso gruyere, invocan a los ratoncitos de Cenicienta a ver si ellos pueden con eso. Quizás sea cuestión de llamar al Flautista de Hamelin. Todo es cuestión de plantearlo en la instancia adecuada.

Así que hoy el aplauso es para quienes, pase lo que pase, conservan la capacidad de sorprenderse con las cosas inesperadas, celebrando las buenas y sobreponiéndose a las malas. Porque no hay mejor sorpresa que la actitud positiva y la ilusión de trabajar. Venga lo que venga

 

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3 pensamientos en “Sorpresas: lo imprevisible

  1. Genial.
    ´…no todo está en el número de folios, ni en la cantidad de normas jurídicas a aplicar, por más dolores de cabeza que nos regalen. Lo realmente sorprendente son las personas.
    He subrayado esto pero me quedo con el texto entrero. Me gusta tu manera de contar las cosas.

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