Librerías: lugares mágicos


IMG_20160423_083909

¿Qué sería del teatro sin los libros, y sin esos templos donde se guarecen, las librerías? Grandes o chicas, antiguas o modernas, nos han regalado preciosas escenas. ¿Cómo olvidar la biblioteca de Love Story?

Y en nuestro teatro ¿qué sería de nosotros si todas esas librerías donde hemos ido adquiriendo Códigos y tratados?

Por eso hoy, cuando llega el Día del Libro, me subo a mis tacones y toga en ristre rescato este relato para reivindicar ese tesoro

 

EL CUADERNO ROSA

(Relato incluído en la antología Ultimo Encuentro en Bibliocafé, de Generación Bibliocafé)

La primera vez que Lydia estuvo allí fue por casualidad. Salió de su casa, harta de los gritos y muerta de pánico, después de que su padre la persiguiera por el pasillo cinturón en ristre. Estaba harta de pasar miedo, de esconderse debajo de la cama o encerrarse en la galería, de agazaparse pensando que el próximo golpe le caería a ella. Pero también estaba harta de que al día siguiente, cuando a él se le hubiera pasado la borrachera, fuera lloriqueando a su madre y ella le perdonara, como si nada hubiera pasado, aunque todavía tuviera en carne viva cualquier zona de su cuerpo. Era aun una niña, pero ya había pasado más terror que muchas personas adultas en toda su existencia. Así que, con solo nueve años, decidió coger la puerta y salir corriendo hasta que amainara la tormenta.

Aterrizó allá donde vio una puerta abierta. Le pareció una cafetería algo extraña, pero como sabía, porque la veía desde su ventana, que cerraban tarde, decidió entrar. Se sentó en una mesa en un rincón, con la esperanza de que tardaran en descubrirla y por tanto, en echarla. Pero el tiempo pasaba y nadie decía nada, y ella empezó a sentirse cómoda en aquel sitio.Al cabo de un rato, se percató que aquella no era una cafetería cualquiera. Tenía pocas mesas y estaba llena de libros por todas partes. Y no parecía haber por ningún sitio restos de pinchos de tortilla, ni palillos ni huesos de aceituna en el suelo. Era limpia y muy bonita.

Pasaba el tiempo y, pese que había algunas personas que zascandileaban por allí, mirando libros, nadie parecía apercibirse de su presencia. Así que, al cabo de un rato, se relajó, y tomó uno al azar de un estante cercano. Y, casi sin querer, se vio sumida en otra vida que le gustaba más que la suya, hasta que se dio cuenta de que habían pasado un par de horas. Su padre debería estar ya durmiendo la mona –así llamaba su madre a tirarse roncando, sucio y sudoroso en un sofá- y la tempestad ya habría pasado. Así que regresó a casa.

Aquel fue el primero de muchos de los días de su infancia. En cuanto oía los gritos de su padre, salía despedida rumbo a aquel lugar que le había dado cobijo. Allí se sentaba en su mesa del rincón, donde nadie le decía nada. Los libros estaban siempre allí, como esperándola. Cuando dejaba uno a medias, siempre lo encontraba abierto en el mismo sitio donde se quedó, cuidadosamente depositado como si la estuviera aguardando. A veces, hallaba sobre la mesa un libro sin abrir, invitándole a su lectura. Y siempre eran historias preciosas, historias que le hacían olvidar, al menos por un rato, el infierno doméstico de cada día.

Aquel espacio se convirtió en su segundo hogar, e incluso se acostumbró a ir allí para hacer sus deberes o preparar los exámenes. Aunque concentrarse en sus tareas le costaba un gran esfuerzo. Siempre había algún libro encima de la mesa esperando a que ella se sumergiera en sus páginas.

La situación doméstica fue empeorando cada día más. Las borracheras de su padre pasaron de ser semanales a diarias, y cada día más frecuentes y violentas. Supo que él se había quedado sin trabajo y tenía todo el tiempo libre del mundo para dedicarse a destrozarle la vida a ella y a su madre. O, mejor dicho, a su madre no, porque a ella ya la había aniquilado hacía años.

Así que cada vez pasaba más tiempo allí. Ni siquiera aparecía por casa muchas veces a la hora de comer, ya que ahora siempre estaba él, o lo que es peor, su sombra. Como ya no trabajaba –antes, comía en la fábrica-, al mediodía todavía estaba tumbado en la cama, si no se había ido ya algún bar del que sabían que volvería en cualqier momento hecho un enérgumeno. Y Lydia, cuando venía avecinarse la tragedia, cogía una manzana, un trozo de pan o cualquier otra cosa comestible, y se lo llevaba a su mesa del rincón.

Pronto empezó a encontrarse, junto al libro correspondiente, un zumo, un refresco o una botella de agua. Incluso alguna vez, si iba temprano, había algún bollo o una magdalena junto a un vaso de leche. Y Lydia sobrevivía gracias a sus excursiones a mundos imaginarios y a aquel o aquellos desconocidos que lo hacían posible.

Pero no siempre era fácil escapar. La mayoría de veces su padre centraba su furia en su madre y se olvidaba de ella. Pero en ocasiones la pillaba por medio, y recibía algún golpe, algún cinturonazo o alguna bofetada. Por suerte, nada serio para su cuerpo, aunque esos golpes minaban cada día su alma, debatiéndose entre la necesidad de salir corriendo, y la sensación de dejar desamparada a una madre que había perdido por completo la capacidad de resistirse. Sin embargo, toda aquella angustia pasaba en cuanto abría las páginas de cada uno de esos libros que sabía que le estaban esperando.

Y, como no podía ser de otra manera, un día a su padre se le escapó la mano más de lo habitual, y cuando Lydia volvió a casa, se encontró a su madre inconsciente en la cocina. No sabía qué hacer, su madre estaba en el suelo rodeada de sangre y su padre debía estar en algún lugar de la casa. Salió a la calle pidiendo auxilio, abrumada por la situación. Varios transeúntes se agolparon alrededor de ella, preguntándole qué era lo que pasaba, mientras Lydia apenas se hacía entender presa de un ataque de nervios. Para cuando comprendieron lo que había sucedido y avisaron a la policía, alguien se había hecho cargo ya de la situación. La ambulancia había llegado y había atendido a la mujer ganando unos preciosos minutos que probablemente le salvaron la vida. Y no tardaron en dar con él, que fue esposado y conducido en un furgón policial.

Cuando la gente hubo desaparecido, Lydia se quedó sola. Ninguno de los servicios de emergencias se percató de la presencia de aquella niña asustada, y ella tampoco dijo nada. Solo quería desaparecer, meterse de lleno dentro de uno de sus queridos libros, y quedarse allí para siempre. Así que se fue a su mesa del rincón, buscando esa paz que le costaba tanto de alcanzar. Allí estaba, esperándola, junto al libro que había dejado a medias el día anterior, un plato de sopa caliente, un zumo y un pastel de chocolate. Le cayeron las lágrimas al verlo, y dio buena cuenta de aquella comida como si fuera un manjar de dioses. Debajo del plato, halló una tarjeta con la dirección de un hospital, que supo que era aquel donde estaba ingresada su madre.

Afortunadamente, lo de su madre no fue tan grave como podía haber sido. Pese a que él le había clavado un cuchillo de cocina, la herida no era mortal y el riesgo derivado de la pérdida de sangre se había evitado por la rápida intervención de los servicios sanitarios, alertados por una llamada anónima.

Mientras su madre se recuperaba, una tía de Lydia se fue a vivir con ella y a hacerse cargo de lo que hiciera falta y, aunque distaba mucho de ser simpática, al menos su vida se volvió más tranquila. Por supuesto, no dejó de ir a su particular refugio y sumergirse en otras vidas mejores que la suya. Y pronto, su madre volvió a casa y su padre fue a la cárcel, según le dijeron. Las cosas mejoraron y descubrió, muy poco a poco, la mujer que había debajo de la cáscara vacía que él había creado a base de golpes en el cuerpo y en el alma. Nunca, sin embargo, dejó de acudir a su mesa del rincón, su segundo hogar. O, más bien, el primero.

Habían pasado ya cuatro años desde el primer día que apareció allí cuando, al llegar, vio un cartel en la puerta que le llenó de tristeza. Aquel local cerraría en pocos días. Cuando se sentó en su mesa, una caja llena de libros y rotulada con su nombre le esperaba. Y encima de ella, un cuaderno rosa donde una mano anónima había escrito “Cuéntalo todo”. Cogió el paquete y se marchó, llorando a lágrima viva y sin saber si quiera de quién despedirse.

 

Así lo hizo. Lo contó todo, y ésta es la historia que escribió en su cuaderno rosa. No fue más que la primera de muchas otras, que finalmente consiguió publicar y que la convirtieron en una escritora reconocida. No obstante, invirtió sus ganancias en saldar una deuda contraída desde niña: abrió una librería donde cualquiera podía sentarse a leer, a buscar otros mundos, a convertirse en otras personas y, cómo no, a soñar con otras vidas.

 

Ahora Lydia está sentada enfrente de mí, tendiéndome un cuaderno rosa con sus páginas en blanco para que sea yo quien cuente mi historia. Y lo voy a hacer. Después, claro está, de ir a curarme este ojo morado que tanto me duele, y de denunciar a quien lo hizo. Sé que aquí siempre me esperará un buen libro y un plato de sopa caliente.

Anuncios

2 pensamientos en “Librerías: lugares mágicos

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s