Procesiones: otra Semana Santa


            Cada vez que llega Semana Santa, recuerdo las de mi más tierna infancia, cuando todo entretenimiento que no fuera rezar, asistir a misas o procesiones o ver películas religiosas estaba proscrito por Decreto. Los cines cerraban y, aunque entonces yo no tenía edad de eso, supongo que con más razón cerrarían bares, discotecas o cualquier cosa que se consideraran, en esos días de obligado recogimiento, antros de perdición. Nos aprendimos casi de memoria Ben Hur y Quo Vadis mientras comíamos potajes y torrijas. Aunque yo, ahora que puedo, confieso que lo que más me gustaba era la longaniza de Pascua, que hurtaba de la nevera sin miedo a la maldición de quemarme en el infierno por comer carne durante esos días de Pasión.

            Nuestro teatro, como todo, paraba sus máquinas, salvo las de la guardia, así que mi papá abogado no trabajaba y estaba en casa. Y eso sí que sigue como entonces, aunque se acabaran los rezos forzosos y la religión por decreto.

            Más allá de Toguilandia, aunque más cerca de lo que pueda parecer, las procesiones también han seguido celebrándose, aunque, eso sí, para quien quiera disfrutar de ellas. Y no es la primera vez que les dedicamos un estreno, que las togas penitentes ya tuvieron el suyo hace tiempo. Pero en un año tan especial, donde tras dos años de pandemia pueden salir de nuevo con sus pasos y sus cosas, abriremos el telón de nuevo para ello.

            Habrá quién se pregunte cómo relacionar una cosa con otra, en un estado teóricamente laico del que la Justicia es uno de los poderes, pero si seguimos leyendo, veremos cómo no son dos mundos tan alejados.

            He de decir que este estreno viene inspirado, una vez más, por la decoración maravillosa con que Vicente, un funcionario de fiscalía cuya obra ya enseñé en otra función, ha convertido el gris y anodino despacho de la Ciudad de la Justicia en una explosión de color, con cofrades, clavariesas, pasos de Semana Santa y hasta torrijas, que nunca faltan. Y, como siempre, no exento de sentido del humor, que tampoco debe faltar. Ni que decir tiene que su obra es la que ilustra esta función, aunque nada como verla en vivo y en directo.

            Como decía, la religión y las procesiones todavía aparecen por las esquinas de nuestro Derecho y nuestros Códigos a poco que miremos. Ahí tenemos, sin ir más lejos, un delito contra los sentimientos religiosos que más de uno ha usado como excusa para tratar de imponer su intolerancia sobre la libertad de expresión. Me viene a la cabeza el asunto que tanta fama alcanzó, el de la llamada procesión del coño insumiso, por el que se siguió un juicio por un delito contra los sentimientos religiosos. Y es importante insistir en esto: no se hablaba de delito de odio, aunque hay quine todavía confunda ambas cosas. Tal vez el hecho de que la sección de tutela penal de la igualdad y contra la discriminación de la Fiscalía, coloquialmente conocida como Fiscalía contra los delitos de odio, también tiene atribuido el conocimiento de estos delitos, cuando se cometen, claro, pero eso no transmuta su naturaleza. Tampoco ayuda el frecuente divorcio entre el lenguaje común y el de un Código Penal tan pacato que no se ha atrevido a utilizar términos tan aceptados como “Delitos de odio” o “Violencia de género”, a pesar de que los regule y sancione.

            No obstante, no quiero dejar de decir algo que digo siempre que tengo ocasión, que para algo este es mi espacio y hago con él lo que me da la gana. Hay cosas que pueden ser de dudoso gusto, hasta de mal gusto sin duda alguna, Pero el mal gusto no es delito. No hipertrofiemos los delitos no vaya a ser que nos revientes y se queden en nada. Y es que la que revienta si no lo dice es esta toguitaconada.

            Me cuentan que hace tiempo -una tiene una edad, pero tampoco tanta- en las procesiones desfilaban las fuerzas vivas del lugar y, entre ellas, por supuesto, las élites de Toguilandia. Todavía había pueblos, en mis primeros días en este mundo, en que invitaban al juez -uso juez con toda la intención, no porque no use lenguaje inclusivo- y al fiscal -si sabían que existía, que no siempre era el caso porque la mayoría estaban en la capital de provincia- a las procesiones. Y más de un compañero se veía agobiado ante semejante invitación que, aunque a buen seguro hecha con la mejor intención, era un compromiso incómodo además de un marrón considerable. Otra cosa es que haya habitantes de Toguilandia que, en su tiempo destoguitaconado, tomen parte activa o pasiva en ello. Por supuesto, hacen muy bien, que cada uno puede hacer con su ocio lo que quiera. Ya dice el refranero que primero la obligación y luego la devoción. Y ya puestos, que recen un poquito por todas y todos, y, si tienen línea directa con las alturas, que no se olviden de pedirles que nos traten algo mejor con eso de los medios materiales y personales, que siempre se agradecen los buenos contactos. Si hay un dicho según el cual hay que tener amigos hasta en el Infierno, ni que decir tiene que en Cielo todavía más.

            No voy a cerrar el telón de hoy sin desear felices vacaciones o procesiones, según los casos, y hasta si se pueden combinar, mejor que mejor. Por eso no me voy a enrollar más, que el tiempo no sé si hoy será oro, pero incienso seguro. Y robarlo puede ser constitutivo de delito, y líbreme Dios de cometerlo.

            Por supuesto, el aplauso hoy es para ese funcionario que alegra no solo nuestro espacio sino nuestra vida realizando estas ambientaciones maravillosas que se han convertido en visita obligada en mi fiscalía. Aprovecho para recomendar que miréis con detalle las imágenes. Los detalles no tienen desperdicio

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