Marrones: pies para que os quiero


marrones

El pobre color marrón siempre ha tenido mala suerte. Es el más estigmatizado de los colores, además de no tener ni siquiera hueco en el arco iris. Seguro que Judy Garland no pensaba en él cuando lo veía en El Mago de Oz. Siempre ha ido el pobre acompañado de connotaciones escatológicas. Los gases, como los de la cena de El profesor chiflado, escenas como las de American Pie y unas cuantas más de películas sobre universitarios americanos son una muestra de ese humor marrón que nos hace arrugar la nariz. Aunque luego hemos adoptado lo de hablar de “marrones”, con un lenguaje propio de El Vaquilla, para referirnos a todas esas cosas inesperadas y difíciles de soportar con la que nos obsequia la vida, el trabajo, o lo que sea.¿ Quién no ha dicho alguna vez eso de “Menudo marrón”?

Nuestro teatro es proclive a marrones varios, y de todas las tonalidades posibles. Incluso hay temporadas, cuando se aproximan vacaciones, que hay varios por semana y hasta por día. Y seguro que a diario hemos usado dicho eso de “me cago en esto o en aquello”. Y no sin razón.

Y es que una se pone a pensar, y se da cuenta que es más frecuente de lo que parece. Cómo no, en un mundo donde los fiscales “evacuamos” el traslado conferido cada dos por tres y los testigos ”deponen”. Un lenguaje bien feo que nos tendríamos que hacer mirar, por cierto, porque a nadie se le escapa esa doble interpretación susceptible del chiste facilón.

Asuntos donde el tema escatológico sale a colación hay muchos, y más frecuentes de los que pensamos. Más de una anécdota desagradable nos hemos encontrado en temas de drogas, cuando el cuerpo es el medio de transporte para las sustancias. También he leído, en el ámbito de la violencia de género, escenas francamente repugnantes en el que el maltratador obligaba a lamer heces a su víctima o se las restregaba por la cara, hechos que entran de lleno en los delitos contra la integridad moral y que le hacen perder a una la compostura.

Rebajando el tono, y pasando de la repulsión a la sonrisa, recuerdo  un juicio muy pintoresco donde el objeto sustraído no aparecía por ningún sitio. El acusado afirmaba habérselo tragado accidentalmente. Ni que decir tiene que tuvimos que esperar a la práctica de una prueba sencilla, excusado por medio, para comprobar la veracidad de su testimonio. Y sí, dijo la verdad, y fue absuelto del delito de apropiación indebida que se le imputaba. Ahora bien, no quiero yo pensar en cómo satisfaría la obligación de restitución de la cosa, y en qué condiciones la recibiría su propietario.

Pero, aparte de los escatológicos, en nuestro teatro tenemos muchos de esos marrones metafóricos de los que hablaba. De repente, alguien se pone enfermo y ahí están los juicios que tenía que hacer esperando un nuevo propietario, o, mejor dicho, pringado, o pringada, que para esto la igualdad es incuestionable. O esa causa que anda vagando sin dueño como alma en el purgatorio, yendo de un juzgado a otro, de inhibición en inhibición, a ver quién le pone el cascabel al gato. Que si aquel ya tenía una causa abierta y se acumula, que si estaba cerrada minutos antes y ya no toca, que si la víctima o la demandada cambió de domicilio el día anterior o el de después, que si la hora de la denuncia era ésta o aquella. Y, destrozando las leyes de la física, cuanto más voluminosa es la causa, más facilidad tiene para trasladarse de juzgado en juzgado, de mesa en mesa. Un fenómeno a que ni el mismísimo Einstein encontraría explicación.

¿Cuantas veces nos hemos acordado de quien sea tras entrar un  marrón de esos en una guardia? Ahí estamos, preguntándonos por qué se les ocurrió detener a Fulanito en tal día, o por qué razón Menganita denunció ese día y no el otro, o maldiciendo nuestra mala fortuna de que ese hecho terrible hubiera ocurrido precisamente cuando estamos de guardia, con la de días que tiene el año. Pero es lo que hay.

Confieso, en confianza, que más de una vez he desparecido y hasta corrido cual Usain Bolt en la Olimpiada ante la previsión de que el marrón me cayera encima. Y no soy la única, seguro. Aunque también he de reconocer que esas maniobras de escapismo no suelen dar resultado. Ni el Gran Hudini pudo escapar a su destino. Y el destino, en forma de causa con preso de varios tomos el día anterior a coger las vacaciones, acaba alcanzándote inexorablemente antes o después.

Así que hoy el aplauso no puede ser otro que el que dedico, con todo mi cariño, a quienes acaban comiéndose esos marrones. O sea, a todos los habitantes de Toguilandia. Que nos sea leve y, como decían las abuelas, que sea una horita corta. Aunque suelan ser muchas más de una.

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