Amabilidad: el valor de una sonrisa


AMABLE

La sonrisa es algo necesario para cualquier artista, sobre todo si se trata de quienes viven delante de las cámaras. Actores y actrices, cantantes y todo tipo de estrellas y estrellitas se pasean por las alfombras rojas luciendo sus hileras de dientes perfectas y radiantes, aunque por dentro sientan cualquier otra cosa. Y es que todo el mundo espera eso de esas personas a las que sigue o admira. Aunque hoy se lo pongan cada vez más difícil con los móviles, porque todo el mundo parece dispuesto a hacerse el selfie de rigor con el famoso de turno, e imagino que a veces debe costar sonreír, cuando la procesión va por dentro. Sonrisas y lágrimas. Pero, como dicen, son las servidumbres de la Fama. Y cuando no se hace así, hay que prepararse para ser pasto de críticas y objeto de programas de zapping. Y si no, recordemos la antológico escena de Fernando Fernán Gómez mandando a hacer puñetas a quien hasta ese día era su admirador.

En nuestro teatro no tenemos alfombra roja, ni fans empeñados en hacerse selfies, salvo alguna que otra toga mediática . Pero hay que reconocer que, como trabajamos de cara al público, una cara amable o una sonrisa nunca viene mal. Eso si, sin caer en el dientes, dientes que tan famoso hizo cierta folklórica.

La verdad es que sonreir cuesta bien poco y se agradece. Y también sirve para salir de algún que otro atolladero o evitar que alguien reacciones airadamente. Como dice el refrán, se atrapan más moscas con miel que con hiel. Y eso vale para cualquier sitio, incluida Toguilandia.

Recuerdo lo que contaban de un fiscal jefe cuyo nombre omitiré por prudencia. Decían de él que cuando te llamaba a su despacho, te trataba con una amabilidad tan exquisita que, aunque te endosara el doble de trabajo, la gente acababa saliendo de allí dándole las gracias y creyendo que casi le estaban haciendo un favor. Hasta que, una vez  fuera del influjo de sus formas amables, caían en que les había encalomado un marrón, pero entonces ya la cosa no tenía remedio. No pude experimentarlo en persona, pero no dudo que sería así .

Pero no hace falta ser jefe para tratar a la gente con amabilidad. Ni tampoco hace falta tener que asignar un trabajo extra para desplegar ciertos encantos. Como he dicho más veces, llegar y saludar con un “buenos días” a quienes comparten lugar de trabajo con nosotros es una buen ejercicio y cuesta poco. Y se agradece mucho. Y, aunque no hace falta venirse arriba y cantar aquello de” Good morning, good morning”, saltando entre los expedientes como los protagonistas de Cantando bajo la lluvia, no estaría nada mal hacerlo, aunque fuera solo una vez. Por si acaso, me iré haciendo con unos zapatitos de claqué. Con tacones, por descontado.

Otro ejercicio que me planteé hace ya tiempo llevar a la práctica es uno muy sencillo. Agradecer a mis compañeros o compañeras el trabajo bien hecho. Si estaba bien calificado el asunto con el que fui a juicio, si el extracto me ayudó y si dejó notas útiles, pues se lo digo, igual que le digo a un abogado o abogada si me ha gustado su informe o a su señoría si me pareció espléndida la sentencia. Y no se trata de andar haciendo la pelota todo el día, sino de obrar exactamente al contrario de lo que solemos. Porque parece que haya quien solo abre la boca para decir que algo no estaba bien hecho, que menudo sofoco que me he tragado por culpa de quien sea. Buenrollismo al poder, que tampoco cuesta tanto. Aunque sea buenrollismo puñetero.

No obstante, no hay que pasarse con eso de las sonrisas y los buenos modos. Yo confieso que a veces uso mi mejor sonrisa y mi vocecilla atiplada para pedir una prisión preventiva o unos cuantos años de cárcel, y eso puede no sentar bien. Y confieso también que no lo hago para fastidiar, sino porque me sale. Pero hay que andarse con cuidado con los límites, no confundan la amabilidad con la burla. Y eso sí que no.

Para acabar, recordaré  a un señor al que en un juicio de faltas de los de antes le pedí una pena de multa, la prevista para el hecho cometido, una bronca vecinal con insultos en la que cayó algún mamporro. Aquel buen hombre, cuando le preguntaron si estaba de acuerdo con lo que solicitaba, respondió que cómo no iba a estarlo, si se lo había pedido de un modo tan bonito. Y juro que a punto estuve yo de retirar mi petición, poseída por el espíritu de Mimosín. Menos mal que reaccioné antes de que el coma diabético nos sumiera en una explosión de besos y abrazos

Así que hoy, como no podía ser de otro modo, mi aplauso para quienes empiezan el día con una sonrisa pero, sobre todo, para quienes consiguen acabarlo igual. Que eso sí que tiene mérito.

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4 pensamientos en “Amabilidad: el valor de una sonrisa

  1. Querida Susana agradecerte tu sonrisa y amabilidad en todos los foros q estás…lo has explicado perfectamente, ya que aunque tu vida sea una mierda, llegues tarde al curro, se te hayan quemado las tostadas o no hayas dormido ni 5 minutos esa noche, cuando aparcas el coche y te pones delante, en mi caso de la paciente, siempre, siempre, siempre con la mejor de tus sonrisas…ellos no deben de pagar “tus platos rotos”…. por cierto buenos dias y feliz domingo😍

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