Derecho casero: mucho más que Códigos


MAMA MAFALDA

No todo en el mundo del arte es profesional, ni todos los profesionales nacieron siéndolo. Hay grandes obras de arte que nacen de la pluma, de los pinceles o del talento de amateurs que, sin haberse preparado estrictamente para ello, poseen una intuición y una frescura que valen un potosí. Y también hay momentos en que salirse de los esquemas e irse al conocimiento que aporta el sentido común vale la pena. Y de eso saben mucho las madres. Quizás por eso hay tantos títulos en que salen a colación, como Todo sobre mi madre, Mamá cumple cien años, La madre de la novia y muchos más.

Aunque no lo creamos, las madres saben mucho más Derecho práctico que lo que podemos encontrar en miles de códigos. Y hay que escucharlas. En nuestro teatro y fuera de él.

No hace mucho, alguien me hacía una pregunta en tuiter, a lo que respondí con una frase de mi madre “tanta culpa tiene quien hace como quien deja hacer”. Y, al hilo de un comentario sobre el derecho penal de las madres, surgió la idea de este post. Y es que esa frase engloba una definición clara y concisa del delito de omisión. Nada más y nada menos

No es esta la única figura jurídica que conocen muchas madres aun sin haber estudiado Derecho. Hay madres que inventaron el alejamiento , cuando nos decían, enfadadas “vete de aquí, que no quiero ni verte” o “ni te acerques a tu hermano” en plena disputa fraternal.

También las madres tiene su propia versión de la orden de busca y captura, cuando nos dicen si se pierde algo eso de “ a que si voy yo a buscarlo, aparece”, rematado con un “las cosas no tienen patitas” que bien valdría para el conocido comodín de “el expediente está en Fiscalía”, tan usado en los juzgados.

Las madres también tenían muy claro la necesidad de la especialización cuando nos decían aquello de “aprendiz de todo, oficial de nada” o lo de que “quien mucho abarca poco aprieta”. Y además, debían conocer perfectamente la estructura del Ministerio Fiscal, al decir eso de que algo es como un chicle, que se estira y se encoge. De la misma manera, podrían hacer un tratado del estado de la Justicia, con lo de “a perro flaco, todo son pulgas”, y del escepticismo ante cualquier reforma, que siempre tienen su lado oscuro, por lo de “poco dura la alegría en la casa del pobre”. Y efectivamente, es como si hablaran de la falta de medios y la necesidad de optimizarlos, cuando les oímos eso de la hebra de Juan Moco, que cosió cuatro camisas y aun le quedó un poco. Podrían aplicarse punto por punto –o puntada por puntada- a los presupuestos de Justicia.

La sabiduría materna, además, es muy buena para animarnos a estudiar, a trabajar o a lo que sea, por más difíciles que sean las circunstancias. Lo de “todos los cuchillos cortan, solo es cuestión de afilarlos más”, podría aplicarse tanto a los opositores a la hora de prepararse como a profesionales a la hora de tener que asumir algo que se sale de lo que solemos hacer.

Las madres además inventaron el principio de libre valoración de la prueba, cuando nos dicen eso de “ni pitos ni flautas” o que estamos entre Pinto y Valdemoro.  Y por supuesto, con el famoso “ni mamá ni mamó”, que, además muestra que eran unas adelantadas en el empleo del lenguaje inclusivo.

También las madres saben mucho de cómo interrogar y hasta hacer los apercibimientos legales. Más de una vez nos repiten lo de “para decir eso, más te vale estar callada” que le vendría al pelo a más de un investigado para evitar que meta la pata. O con el “no me vengas con historias” que es un modo perfecto de delimitar el objeto del proceso para no andarse por los cerros de Ubeda. Y, por supuesto, son un hacha en los delitos económicos, que no hay estafa que se les resista en aplicación del principio de que el dinero no entra por la chimenea o su versión ecológica de “el dinero no crece el los árboles”.

Y también saben un rato de derecho procesal. Por eso aplican a la perfección las normas de competencia y saben cuándo hay que inhibirse al decir eso de “vete a otro con el cuento” o “cuéntale eso a otro, a ver si cuela”

Asimismo, las madres tienen muy claro el tema de la jerarquía normativa y el escalafón. Por eso más de una vez terminan con un “porque lo digo yo” o lo de “cuando seas madre, comerás huevos”. En uso de ello, controlan la policía de las vistas mejor que el más experimentado magistrado, con esa frase tan conocida de “mientras vivas en esta casa, las cosas se hacen a mí manera”. Aunque, para suavizar las cosas, siempre te acaban con un “qué sabrás tú” o una batallita que comienza con un “en mis tiempos” que haría dura competencia con muchas de las historias que algún acusado imaginativo nos quiere hacer tragar.

Las madres, incluso, saben de extranjería y de fueros internacionales, por eso más de una vez amenazan con irse al extranjero y no volver más. Y, cuando se enfadan, asustan más que cualquiera de nuestras movilizaciones, diciendo eso de hasta aquí llegó la riada –al menos las madres valencianas-  e incluso usan el chantaje psicológico como campeonas, si te dicen eso de “ya lo llorarás”.

Y también son unas especialistas en arbitraje y mediación. O a ver que es lo que están haciendo cuando dicen eso de “dale una abrazo a tu hermana y que no vuelva a veros discutir”.

El caso es que sin madres nada sería lo mismo. Y ojo con no hacerles caso que, no hay científico que les chiste cuando dicen que al zumo se le van las vitaminas si no lo tomas enseguida, una interpretación sui generis de los plazos procesales.

La cuestión es que a veces me planteo que debería existir una nueva rama del Derecho, la madrelogía, incluso con sus propios tribunales especializados. Y, por supuesto, con un Código madrológico en el que habría respuestas para todo.

Por todo eso, hoy el aplauso no puede ser para nadie más que para nuestras madres y para todas las madres del mundo. Unas juristas desconocidas y no siempre valoradas.

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3 pensamientos en “Derecho casero: mucho más que Códigos

  1. Y me permito un añadido: son las mejores economistas. Sólo hay que ver cómo estiran y estiran los ingresos del hogar para llegar a fin de mes.
    Y es que aplican la máxima de toda economía que se precie: nunca gastar más de lo que se gana.

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