Enseñanzas: Derecho en pantuflas


zipi zape

  La casa es la primera escuela. Por eso el cine nos cuenta las cosas que pasan cuando algo de eso no funciona, bien porque dejan al niño Solo en casa, o bien porque ni casa tiene, como les pasaba a Marcelino pan y vino o a Annie y sus compañeras. Y es que los padres son capaces de cualquier cosa por sus hijos, tanto en casos límite como La vida es bella, como en filmes más amables como Buscando a Nemo. Y si no, que se digan a Marco, que se recorrió De los Apeninos a los Andes buscando a su mamá,con su mono Amedio al hombro.

Por eso, los padres y madres, sin saberlo, nos hacen desde niños una suerte de rito iniciático a Toguilandia, se tuerza luego o no. Ya me diréis si tengo  razón cuando caiga el telón de la función de hoy.

Como me gusta ser honrada, y darle al césar lo que es del césar, he de reconocer que la idea de este estreno no se me ocurrió a mi sola como por ensalmo. Aunque ya había hablado del derecho casero, o derecho de las madres, alguien (gracias, Roberto) colgó en un foro uno de esos mensajes que corren por redes que me hizo mucha gracia. Y decidí continuarlo tirando del hilo. Con su permiso, claro está.

El texto en cuestión decía que los padres nos enseñaron, entre otras cosas, Derecho administrativo, al hacernos pedir los permisos oportunos para salir; Derecho Mercantil, al reclamarnos las vueltas de la compra; Derecho Político, al repetirnos eso de que tenemos derechos y deberes; Derecho electoral, cuando nos decían que no teníamos ni voz ni voto; Derecho aduanero, al mostrarnos las normas que regían en casa de puertas para adentro; Derecho canónico, al apelar a la Corte celestial; Derecho Internacional, al decir que algo lo sabían hasta los chinos, o Derecho comparado, porque te repetían lo poco que les importaba que Fulanito también hubiera suspendido. La verdad es que todo un resumen de los cinco -o cuatro más máster, ahora- cursos de Derecho, convertido en jurisprudencia de batín y zapatillas. Así que he decidido desarrollarlo un poco más, a modo de trabajo de fin de máster de Derecho en pantuflas.

El Derecho administrativo era, desde luego, muy usado en las casas. Además del ejemplo de los permisos, otro de los principios que se siguen a pies juntillas es el de solve et repete -paga y después reclama- pilar del Derecho administrativo según nos enseñaron. Lo que no nos dijeron es que eso no es original de ese campo del Derecho sino de las relaciones paterno filiales, porque, ¿quién no ha escuchado de boca de su padre o de su madre eso de “tú haz lo que te digo y después hablamos”? Y además, normalmente acompañado de un formulario tipo: ni peros, ni peras… ¿O no?

Además, en cuanto a los permisos, entraban rápidamente en el campo de la jurisdicción militar, exigiéndonos un pase pernocta para dormir en casa de una amiga, que podía ser anulado si habíamos hecho algo que mereciera una sanción de arresto. Y es que el Código penal Militar lo debió inventar algún padre, de los que repetían constantemente el “aquí mando yo” y su consecuencia legislativa “porque lo digo yo”. Eso sí, no andaban muy duchos en Derecho Procesal, porque lo de la motivación se lo pasaban por alto.

Sin embargo, otras partes del Derecho Procesal sí que les gustaban. Especialmente, la declinatoria y la inhibitoria, para pasar la pelota de un progenitor a otro como se remiten los asuntos de uno a otro Juzgado. “Eso, que lo resuelva tu madre” o “se lo voy a decir a tu padre y verás lo que es bueno”. Porque claro, también en el Derecho en pantuflas hay juzgados más accesibles que otros. Y ojo, que lo de los recursos también les venía de perilla cuando les convenía: le voy a mandar una nota al profesor que vas a ver. Eso sí, se trataba de recursos devolutivos, porque el profe remitía a su vez las notas a los padres. Y ahí, volvían al Derecho administrativo, porque se tenían que devolver firmadas, que el requisito de forma para hacer constar la notificación era indispensable.

No obstante, como ocurre en Derecho, siempre había resoluciones que no admitían recurso alguno, con exhortaciones al Derecho Canónico si hacía falta. Además de la Corte Celestial, a la que ya me he referido, había cosas que “no las cambia ni Dios”. Acabáramos.

En lo que no estaban muy puestos era en Derecho Constitucional. Lo de la libertad de expresión lo llevaban francamente mal, porque repetían lo de “No quiero ni oir hablar de eso” o “No me vengas con cuentos” vulnerando nuestro derecho a opinar sin duda alguna.

También tenían algunas lagunas en Derecho de familia, sobre todo en lo relativo a la filiación. Solo así se explican esas expresiones de un padre diciendo a una madre -o viceversa- “tus hijos han hecho esto o aquello” como si de repente hubiera desaparecido la relación paterno filial o materno filial y se hubieran subrogado en familia monoparental de un plumazo

Aunque si de algo sabían los padres y madres era de Derecho Penal. Ellos inventaron todas las sanciones, desde el confinamiento (“te quedas sin salir de la habitación”) hasta el destierro (“no vas a volver a ir a tal sitio”), aunque el top ten era la reprensión, tanto privada como pública, porque la bronca igual te caía en la habitación que en un bar lleno de gente, sin olvidar la reina de las condenas, el arresto domiciliario, invento paterno donde los haya. Tampoco desdeñaban las penas pecuniarias (“te quedas sin paga”) y las de privación de derechos (“a la cama sin postre”). Y por supuesto, fueron pioneros en la imposición de penas de alejamiento (“que no te vea acercarte a unos recreativos”) y de prohibición de comunicación (“y nada de hablar por teléfono”, que en la actualidad, se ampliaría a móvil, ordenador y demás).

También fueron los inventores de las reglas de conducta, en particular de los cursos de rehabilitación y reeducación. Por eso lo de no salir del cuarto hasta que hubieras leído tal o cual cosa, e incluso de un modo más sutil, “quedate ahí, y piensa en lo que has hecho”. Y, por descontado, con la espada de Damocles de ponernos un profesor particular o clases de repaso como curso de reeducación en su más genuina forma.

Además de todo eso, tenían un conocimiento exquisito de una institución del Derecho tan poderosa como el indulto. Lo podían aplicar o no a su prudente arbitrio. Y sin recurso, conforme establece la ley. Con suspensión de la pena mientras tanto según estimaran o no. Faltaría más.

Así que cuando estudiamos Derecho, resulta que todo estaba inventado, aunque no nos hubiéramos percatado. Por eso hoy, el aplauso será para esos padres y madres que, en batín y zapatillas, nos iniciaron en las leyes. Y con agradecimiento extra a quien me hizo llegar ese texto que me ha servido de inspiración. Que, como diría mi madre, es de bien nacida ser agradecida.

 

 

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