Más derecho casero: más allá del BOE


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Hace apenas nada dedicábamos un estreno  al Derecho que crean las madres, esas grandes y desconocidas jurisconsultas de andar por casa. Pero, como me apuntaba mi querido notario Francisco Rosales,  aun me quedaron muchas cosas en el tintero. Y, pese a que nunca sería posible contar Todo sobre mi madre, me dispuse a enmendar ese error en la medida de lo posible. Porque, Mamma Mía, hay que ver lo que las madres dan de sí. Sean una Mater amantísima, como la de Mujercitas, o la mismísima madre de Psicosis, cuya calavera tanto susto nos hizo pasar. Por eso se recorrió Marco el mundo entero en busca de la suya.

Las madres, como ya vimos, son una auténtica fuente del derecho, la madrisprudencia. Y quien no me crea, que siga leyendo, y veremos si al final me da la razón.

Ellas, antes que nadie, nos enseñaron la importancia de los plazos, y si no, recordemos la impaciencia con la que esperábamos las impepinables 2 horitas para poder bañarnos después de haber comido, no nos fuera a dar el famoso corte de digestión. Pero no es ese el único plazo, porque las madres tiene su propia concepción de causa preferente, cuando nos dicen “quiero ver tu habitación arreglada ya” y, si remoloneamos pidiendo una prórroga, nos contestan con eso de “ya es ya”. Incluso inventaron la prisión preventiva, con eso de “no sales de tu cuarto hasta que hayas acabado los deberes”, sin derecho a habeas corpus ni nada. Eso sí, tienen su propia idea de las medidas cautelares, por eso suelen decir eso de “tú no lo hagas, por si acaso”.

También las madres fueron pioneras en la aplicación de las penas privativas de derechos y los trabajos en beneficio de la comunidad. Que me digan si no en qué consistían esos castigos de irse a la cama sin postre o quedarse sin ver la tele una temporada. También son pioneras del secuestro y el comiso de bienes, que te dejaban sin radio, sin música y, ahora, sin móvil hasta que cumplieras la condena. Y, por supuesto, de una madre debió partir la idea de los cursos de reeducación, cuando decía aquello de que te iba a poner un profesor particular para el verano, o te iba a endosar los inevitables cuadernos de vacaciones Santillana. Y ojo, que también inventaron la libertad vigilada mucho antes que el legislador, tanto en su versión real –“ y no te muevas de ahí que te estoy viendo”-, como en la virtual, desde bien críos –“acuérdate que los Reyes Magos te están viendo”-. E incluso conocen al dedillo la jurisdicción universal, de ahí el famoso e intimidante “ya puedes esconderte”

Las madres son además las precursoras de las garantías procesales, y si no recordemos esos de “que sepas que no me ha dolido el zapatillazo”. Y son también unas maestras en utilizar el sistema de recursos más efectivo, cuando te decían aquello de “como se lo diga a tu padre, vas a ver”. Para rematar, son unas verdaderas maestras de la instrucción de causas, que siempre averiguan por su cuenta donde estás, incluso recurriendo a la cooperación judicial versión materna: “he hablado con la madre de Zutanita y no has estado con ella”. Y es que entra las madres hay un corporativismo que ríase usted de cualquier otro cuerpo o profesión.

Pero que nadie crea que se bastan con sus propios conocimientos. Que va. Las madres hacen un uso exquisito del precedente jurisprudencial cuando nos decían aquello de “Fulanita arregla su cuarto todos los días” o “Menganito saca todo sobresalientes”. Y hasta echan mano, si hace falta, del Derecho comparado, que más de una vez hemos oído eso de “en casa de Perengano no pasan estas cosas”, por más que conozcamos a los hijos del sr. Perengano y sepamos que de eso nada. Pero , una vez agotado el sistema de recursos, la decisión es irrecurrible. Acabáramos. Y si no, las madres usan su propia modalidad de huelga con un toque de chantaje psicológico con su “me vas a matar a disgustos”.

Las madres también conocen las eximentes, pero son duras a la hora de contemplarlas. Ellas son quienes han perfilado los requisitos del arrepentimiento espontáneo para que tenga valor, y si no que alguien me explique si no era eso lo que hacían cuando decían “no te creas que con pedir perdón ahora te vas a salir de rositas”, versión materna del “a buenas horas, mangas verdes” de toda la vida. Y todavía son más implacables con otras eximentes como el consumo de alcohol u otras sustancias. Ay del que pretenda justificarse ante una madre aludiendo a que había tomado unas copas de más. No quisiera yo verme en su pellejo, Y tampoco les vale la obediencia debida ni nada parecido, que ellas ahí siguen erre que erre con lo de que “si uno se tira por la ventana, tú también“, como si nuestras amistades se dedicaran al balconing mucho antes de que este se pusiera de moda.

Y si hay algo en lo que son especialistas, es el Derecho Procesal. Delimitan el objeto procesal como nadie, con eso de “no me vengas con cuentos”, y valoran las pruebas como el mejor de los juzgadores, empezando por el interrogatorio, siempre implacable. Por eso las madres exigen eso de “contesta a lo que te pregunto” y “no te andes por las ramas”. Y, por su puesto, inventaron antes que nadie eso de dar por confeso, tan propio del proceso civil, que enseguida sueltan eso de “si no dices nada, algo tienes que ocultar”.

Por descontado, las madres conocen y valoran el escalafón, por eso nos repiten lo de que no nacieron ayer, que han sido cocineras antes que frailes –por más que no hayan sido ni una cosa ni otra- y acaban siempre preguntándonos si nos creemos que se chupan el dedo. Y ojo con contestar, que todavía es peor. Es como usar el derecho a la última palabra para acabar metiendo la pata hasta el fondo.

Pero, como no solo de derecho penal versa la madrisprudencia, aquí dejo un ejemplo de su conocimiento del Derecho civil. Las madres sabían mucho antes que nadie lo que era la custodia compartida y el régimen de visitas cuando le decían al hermano mayor que llevara consigo a su hermana. Y, por supuesto, también en la modalidad de visitas intervenidas, cuando añaden que no le quites el ojo de encima a la hermanita.

De lo que no cabe duda es que fue una madre la inventora del sistema de fichar de los funcionarios. Lo de “ a las diez en casa” era un clásico. Y ahí estaba, esperando que ficharas. Y, caso contrario, esgrimía otra arma de la que también fue una precursora: las TIC. Porque las madres no necesitaban hacer, solo con una mirada hacia la zapatilla nos convencían, haciendo un uso propio de las tecnologías  de información y comunicación sin usar dispositivo alguno. Eso sí que era ser una adelantada a su tiempo y no lo de Julio Verne.

Así que ahí queda la segunda parte del derecho de las madres. Un auténtico filón del que no se ha hecho tesis doctoral alguna, aunque bien lo merece. Aunque, de momento, se llevan nuestro aplauso. Tan merecido como ninguno.

 

 

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