Descontento: cuando no gustamos


no es no carol

En el mundo del espectáculo se tiene asumida la posibilidad de crítica, incluso de la más feroz. En un ámbito donde se vive de cara al público y de él se depende, nadie se lleva las manos a la cabeza porque el respetable exprese su acuerdo o desacuerdo con una buena o mala crítica -tanto profesional como del boca-oreja- o con las vías de hecho más básicas, simplemente, no ver el espectáculo ni comprar entradas. Así es el Juego de Hollywood. Y así era también, el entrañable mundo de Cinema Paradiso.

En nuestro teatro, sin embargo, las cosas no son así.  O no lo habían sido nunca. El público, esto es, el justiciable, que es a quien nos debemos, tiene poco que decir ni que hacer cuando no le han gustado nuestras funciones. La vía de hecho está descartada, obviamente. No podemos dejar de acudir a la función que nos toque, ni tampoco elegir a qué sesión vamos, según nos guste más o menos el protagonista. Ni tampoco elegir qué película ver. Nadie puede escoger juez, ni juzgado, ni siquiera verse o no inmerso en determinados asuntos o ser citado como testigo, por ejemplo. Y sí, ya sé que a veces entran ganas de que mi asunto lo conozca tal o tal juez, que me cae mejor, me produce más confianza o me han dicho que es rápido como el rayo y señala a dos días vista. O fiscal, que también sé que circulan por ahí hasta rankings y cada cual somos hijos e hijas de nuestro padre y nuestra madre. De momento, no cabe lo de pedirse juez o fiscal de cabecera como nos pedíamos en el colegio a la niña más hábil para que formara parte de nuestro equipo. Y ojo, no es que lo diga yo, que lo dice la Constitución cuando habla del juez predeterminado por la ley como una garantía del derecho a la tutela judicial efectiva. Y así tiene que ser.

Por tanto, descartada la vía de hecho, queda la directa, la de criticar, protestar y opinar acerca de las resoluciones judiciales, o del informe de la fiscalía, en su caso. Y estos, como todo en una sociedad democrática, sí son criticables y opinables. Por supuesto, dentro de unos límites encuadrados en el respeto, que más de una vez se saltan. Pero se puede. Las sentencias se acatan, pero pueden no compartirse, y hasta no respetarse. Eso sí, sin perder el respeto a quien las dicta y a la representación que ostentan, que no es lo mismo. Y pronunciarse en contra no debería ser malo siempre que, como digo, se mantenga esa crítica en los límites del respeto . Y ya sé, ya sé que a veces cuesta. Y que morderse la lengua es un ejercicio doloroso, pero en ocasiones necesario.

No me voy a andar con circunloquios. A estas alturas, todo el mundo conoce el fallo del asunto de La Manada, aunque mucha de la gente que afirma haberlo leído no lo ha hecho. Casi cuatrocientos folios no se tragan así como así. Pero también es cierto que criticamos los presupuestos generales del Estado sin haberlos leído enteritos, y lo hacemos con muchas leyes o disposiciones del Poder Ejecutivo de las que solo conocemos las líneas esenciales. Y en ese caso no pasa nada. Nadie exige a quien se queja, por ejemplo, de que no hay inversión suficiente en Justicia en los presupuestos que se haya leído los mismos de pe a pa. Así que se puede criticar u opinar sin que sea necesario conocer la sentencia al dedillo, aunque lo que no se puede es inventar lo que no dice. Que de todo se oye, y más cuando entramos en la rueda de tertulias, magazines y todólogos varios.

Mucha gente se ha echado a las calles. Y no solo mujeres. Hay quien critica que se haya hecho, aduciendo que al Poder Judicial se le debe dejar trabajar tranquilo. Y no seré yo quien prive a sus Señorías de su tranquilidad, pero si se puede salir a la calle a criticar y protestar contra decisiones del Ejecutivo, otro poder del estado, o del Legislativo, ¿por qué no del judicial?. ¿O acaso alguien admite que se diga que se deje trabajar al Ejecutivo tranquilo cuando nos está dejando la justicia hecha unos zorros, si nosotros mismos nos hemos movilizado en contra? Así que, como poder del Estado, debemos admitir estas movilizaciones, nos gusten o no. Y ojo, que a mí lo que no me gustan son las generalizaciones. Confieso que la sentencia de marras no me gusta, pero no admito que por ello se denoste la labor de muchos profesionales que estamos cada día dando el callo. Que cada palo aguante su vela.

Creo que hay que replantearse muchas cosas. Entre ellas, que la gente es libre de movilizarse contra lo que no le gusta, sea una ley o una sentencia, siempre que lo haga dentro de esos límites de los que hablaba. Y que, además, estaría bien que supiéramos explicar las cosas para que no se sembraran dudas donde no las hay o no se crearan malentendidos y hasta leyendas urbanas que luego no hay quien desmienta.

Y como de muestra vale un botón, pondré un ejemplo al hilo de la sentencia. Se han corrido ríos de tinta, se han llenado pancartas y colmado hastags en redes sociales con el lema #YoSiTeCreo. Y se ha transmitido la idea de que quienes firman la sentencia –salvo el voto particular, del que no hablaré por no traspasar límites- no han creído a la víctima. Y no es así. La han creído de cabo a rabo. Lo que ocurre es que no han anudado la consecuencia jurídica que mucha gente esperaba o reclamaba, la Fiscal del caso –mi reconocimiento a la compañera por su labor- entre otras. Y esto es lo que permite que el sistema actúe, por la vía que prevé la ley: los recursos. Como decían en Con faldas y a lo loco, nadie es perfecto. Y por eso se prevé un sistema para que otros ojos revisen lo fallado –en el doble sentido de la palabra-. Veremos a ver cómo respira la próxima instancia, que a buen seguro la hay, dado que, entre otras cosas, la Fiscalía ya ha anunciado que recurrirá, de lo cual me regocijo –aunque sin jolgorio alguno, que conste-

Por si no hubiera suficiente, ahí va otro botón de muestra. Oigo voces que reclaman una reforma del Código Penal. Y creo que yerran el paso. El problema no es el Código, sino quien lo interpreta. Porque el Código considera que hay violación cuando concurre intimidación o violencia. Y la verdadera cuestión está en quién y cómo se interpreta la intimidación o la violencia. Por eso la fiscal, con el mismo Código que la sala, entendía y entiende que había violación, exactamente igual que lo entiendo yo. No podemos legislar a golpe de telediario, por mucha que sea la indignación.

Mientras tanto, una llamada a la reflexión. Por un lado, creo que hay que interiorizar que no pasa nada por qué nos critiquen, como se critica a cualquier otro poder del Estado, e incluso que se manifiesten . No somos intocables. Por otro, tal vez deberíamos plantearnos salir a la palestra para explicar las cosas mejor, aunque percibo que eso ya se empieza a hacer –de hecho, yo misma lo estoy haciendo aquí y ahora-. Y, sobre todo, hay que plantearse que la jurisprudencia es dinámica, y puede cambiar de criterio y de orientación de acuerdo con los tiempos. ¿O no recordamos la famosa sentencia de la minifalda que hoy no dictaría nadie?

Así que, calma. Que no cunda el pánico. Que unos y otros, unas y otras, no se enroquen en posiciones radicales. Utilicemos las vías que la democracia nos ofrece, tanto para criticar como para impugnar. Tal vez esto sea el principio del camino para cambiar las cosas. Por eso, mi aplauso a quienes, sin perder los papeles, estén en ello, sea desde la calle o desde los despachos.

Y de nuevo, una ovación extra para @madebycarol1, autora de la estupenda ilustración que encabeza este post

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5 pensamientos en “Descontento: cuando no gustamos

  1. Totalmente de acuerdo. Por deformación profesional, he leído la sentencia completa. No la comparto pero contra ello, lo que hay que hacer es recurrirla, como se ha anunciado. Quedan, al menos, dos instancias.
    Y en contra de lo que parece que piensa la opinión pública, o publicada, los acusados no han sido absueltos, sino condenados. Otra cosa es que se piense que debían haberlo sido por otro delito con mayor pena.
    Sí a la crítica, no a la difamación ni menos al linchamiento. El share no lo justifica todo ¿ O sí?

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  2. La razón es anterior a la norma. Y la norma no se puede aplicar sin el uso de la razón. A veces deberían mirar más al espíritu de la ley, que a la propia letra. El Poder Judicial, debe ser independiente, pero no irresponsable.

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  3. Pingback: Invisibles: lo que no vemos | Con mi toga y mis tacones

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