Movilizaciones: #MerecemosUnaJusticiaDeCalidad


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Por más que un artista tenga vocación y ganas, hay ciertas cosas que son necesarias para desarrollar su talento. Las personas, artistas o no, tienen la costumbre de comer, de ir al médico, necesitan realizar su trabajo en unas condiciones dignas y que se reconozcan sus derechos.  Sin nada de todo esto, el teatro no podía levantar el telón en cada función, o lo haría hecho jirones, con la mitad del elenco o en un patio con butacas desvencijadas. Y, claro, el público se quejaría. Y con razón. Hay que deshacer la casa que Esta casa es una ruina.

Y algo así nos ocurre en nuestro teatro. Pasa el tiempo, y seguimos viendo los mismos cortinajes de terciopelo año tras año, que no son sino un símbolo del tiempo en que, para muchas cosas, quedó anclada la Justicia. Y llega un momento en que hay que decir basta. Hasta aquí llegó la riada. Que ya está bien de reuniones, que mucho te quiero perrico, pero pan, poquico.

Y eso hemos hecho. Como quiera que estamos hasta las mísmisimas puntillas de nuestras puñetas de que cada vez que pedimos algo nos manden, valga la redundancia, a hacer puñetas, ha llegado el momento de pasar del dicho al hecho, aunque haya un buen trecho. Y por eso han empezado las movilizaciones.

Sé que mucha gente en la calle se preguntará por qué nos movilizamos. Que las interpretaciones son variopintas, desde que somos unos señoritos que queremos cobrar más hasta que somos unos quejicas. Y nada de eso. Aunque, por supuesto, reivindiquemos nuestros derechos laborales –faltaría más- no se trata de eso. Se trata de pedir unas condiciones dignas para que podamos ofrecer una Justicia digna a la ciudadanía, que esto no es otra cosa que un servicio público. Así que voy a tratar de explicar lo que pedimos, que tampoco es la luna, no vayan a creer.

En primer lugar, que se refuerce la independencia judicial, a la que ya dedicamos un estreno. Sin entrar a disquisiciones acerca de cuál es el sistema ideal para el Consejo General del Poder Judicial, hay una cosa en que estamos de acuerdo. Que el que hay, desde luego, no lo es. Y se ve así desde fuera, donde continuamente hay quejas de que está politizado, y desde dentro, en que los jueces no se sienten representados y siguen reclamando algo tan obvio como que se les ampare cuando son atacados, es decir, que les dejen trabajar en paz. Y que, a la hora de designar altos cargos, que, como dice la Constitución, prime el mérito y capacidad, y la igualdad de género,  y no nos quedemos con la sensación de que andamos en intrigas palaciegas propias de Las amistades peligrosas.

Otra de las cosas que se piden, y vergüenza da hasta decirlo, es que se modernice la Administración de Justicia. Resulta increíble que cuando el ciudadano quiere ejercitar sus derechos tropiece con montón de cosas con las que no tropieza el Estado a la hora de reclamárnoslas vía Hacienda. Los sistemas informáticos son neandertalianos, lentos e incompatibles entre sí, y lo del Papel 0 es una quimera que daría risa si no diera pena.

Y, por supuesto, necesitamos medios personales. No es asumible que la ratio de jueces y fiscales esté en el furgón de cola de Europa, tanto en número como en las condiciones laborales  y retributivas. No se trata de estar montados en el dolar, pero que hacer una guardia cueste dinero porque cobra más quien cuida mientras tanto a nuestros hijos e hijas que lo que percibimos debería sonrojar a cualquiera. Si muchas personas conocieran las nóminas de algunos jueces y fiscales, alucinaría. Y no hay que olvidar lo grande que es la responsabilidad de decidir, por ejemplo, sobre la libertad de las personas, y la continua exposición pública en que estamos cada vez que tomamos una decisión.

Y no solo se trata de sueldo. Se trata de cargas de trabajo, en muchos casos inasumibles, y de condiciones de vida, porque, aunque sea sorprendente, tenemos hijos e hijas, enfermedades, bajas y personas mayores a las que cuidar, como todo hijo de vecino. Y, sin embargo, ni siquiera tenemos reconocido el permiso de paternidad como el resto de la ciudadanía ni nos han repuesto los permisos que nos arrebataron en virtud de unos recortes que, en este aspecto, más eran una humillación que un tema económico. Porque mientras funcionarios de todas clases han recuperado moscosos, canosos, días azules y de todos los colores, para jueces y fiscales ha actuado Santa Rita al revés. Lo que se quita no se da.

Insisto en que se trata de estar en condiciones dar un mejor servicio, no de reclamaciones individuales. Por eso, por parte de los fiscales, hemos añadido a lo anterior la necesidad de que se suprima la limitación del plazo de instrucción mientras no vaya acompañada de medidas para hacerla posible. ¿Quiere esto decir, como he oido alguna vez, que nos negamos a que nos pongan plazos? Pues no. Lo que nos negamos es a que nos pongan la soga al cuello mientras sigue subiendo el agua a nuestros pies. Porque lo que se hizo en su día, por más que se hayan vanagloriado de ello, no fue sino darnos una colleja diciendo que las cosas caducan pero no darnos medios para evitarlo. Y eso no es que nos angustie, que también, sino que, como se ha advertido por activa y por pasiva, puede impedir la persecución de delitos complejos o dejar desprotegidas a víctimas. Tal como suena.

Y por supuesto que desde la carrera fiscal, además de reclamar la independencia judicial  –de la que, por cierto, somos garantes- reclamamos nuestra propia autonomía, incluida la presupuestaría. ¿No se le llena a tanta gente la boca diciéndonos que dependemos del gobierno, que obedecemos órdenes y todas esas cosas que estamos hasta las narices de oir? Pues vamos a cambiarlo. Que, por si no lo saben, tenemos un Reglamento de 1969, y ya es tiempo de darle un repasito, que lleva camino de convertirse en incunable.

¿Verdad que leído así es razonable? ¿Verdad que hasta nos quedamos cortos? Pensemos que quien tiene un divorcio pendiente, una reclamación de una deuda o está esperando una indemnización por un despido o por un accidente de tráfico seguro que prefiere tenerla hoy que mañana o pasado. Y no crean, nosotros también. Que les aseguro que a nadie le gusta tener los expedientes decorando su despacho y su casa, y hasta habitando sus sueños, como si fueran parte del escenario de nuestras vidas.

Y sí, es cuestión de dinero, pero no del nuestro, sino del Estado, que lleva sin crear juzgados ni plazas, por ejemplo, desde la noche de los tiempos y que tiene a los recién llegados sin plaza fija un montón de años, como  togas en el purgatorio. Aunque no solo es dinero. También son ganas, o dicho en términos políticamente correctos, voluntad política. Ni más ni menos.

Y ojo, que la cosa es tan importante que, por una vez, hemos conseguido algo inaudito en nuestro país: ponernos de acuerdo. Todas las asociaciones de las carrera fiscal y judicial, haciendo Lo imposible. Todos a una, Fuentetoguna.

Por último, hay que recordar que la unión hace la fuerza y dar un empujoncito al resto de los operadores jurídicos y a la ciudadanía entera para que nos apoyen, que la Justicia es cosa de todo el mundo. Y no lo digo yo, sino la Constitución, según la cual la Justicia emana del pueblo.

Por eso hoy, después de ponerme toga en alto, doy el aplauso a quienes se han plantado, y seguirán luchando para que esto funcione. Porque #MerecemosUnaJusticiaDeCalidad.

Y como es de bien nacida ser agradecida, un aplauso extra a Lara por la foto de nuestra alter ego de Playmobil.

 

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